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La blasfema bula de convocación del jubileo

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Es propio de una mente protestante imponer, desde el principio de su discurso, un falso cristo: «Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre» (ver texto).

Así comienza Bergoglio su escrito, al que llaman Bula de convocación del Jubileo, el cual está lleno de errores y de claras herejías. Por supuesto, que ya nadie atiende a estos errores y herejías, sino que se dedican a lavar las babas que este hombre da en este discurso.

Jesús es «el Verbo» que «se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto Su Gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14).

El Verbo es la Palabra del Padre, la Palabra del Pensamiento del Padre: es la Revelación del Padre a los hombres en la Palabra de Su Hijo.

Y Jesús, cuando predicó a los hombres, les dio palabras de justicia y de misericordia. Les dio la Mente de Su Padre. Y , por lo tanto, en Jesús se vio la Justicia del Padre y, al mismo tiempo, la Misericordia. Luego, Jesús es el rostro de la Justicia y de la Misericordia del Padre.

Bergoglio anula la Justicia: «No será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor» (Ib, n.20).

Un solo momento: su ley de la gradualidad. Es un solo momento histórico, pero que se va desarrollando, va alcanzando el grado que necesita para manifestar el amor. Esta idea es la propia de una mente masónica. No distingue las dos cosas; las anula. Y pone en cada hombre, en la perfección de la mente de cada hombre, la plenitud del amor.

¿Qué ha dicho este farsante? Él lo explica más abajo:

«…en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios» (Ib, n.20).

¡Gran mentira! ¡Cómo tuerce las palabras de la Sagrada Escritura!

¿Qué es la Justicia para Bergoglio? Abandonarse confiadamente en la Voluntad de Dios.

Este significado no corresponde a la Justicia Divina. Una cosa es abandonarse a la Voluntad de Dios, otra cosa es hacer la Voluntad de Dios. La Justicia es una Santidad Divina. Es obrar esa santidad. No es conformarse con la santidad de Dios.

Todo el problema está en saber cómo un alma se justifica, cómo un alma adquiere la justicia.

Para Bergoglio, un alma es justa porque se abandona confiadamente a la Voluntad de Dios. Es su fe fiducial: como Dios te ha perdonado los pecados, como Dios te ha prometido la salvación, entonces el alma sólo tiene que hacer una cosa: confiar. Si confía, Dios no le imputa sus pecados, Dios le salva, Dios le ama, Dios le muestra su ternura…

Este concepto de fe fiducial va en contra de la fe dogmática. En la fe dogmática, es necesario aceptar las leyes de Dios, el orden divino, asentir a las verdades reveladas por Dios. Y si el alma hace esto, entonces recibe la justicia de Dios.

El mismo Bergoglio lo explica:

«Con la justicia se entiende también que a cada uno debe ser dado lo que le es debido. En la Biblia, muchas veces se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez. Generalmente es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios» (Ib, n.20).

¡Qué astuto es este hombre!

Pone la justicia como un asunto del pasado, de los buenos israelitas. Ellos observaban los mandamientos de Dios. Cumplían una justicia. Pero, ahora hay que pensar de otra manera.

La Justicia es «la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno su derecho» (S.To. 2.2 q.58 a.1 a 1).

Dios, en la Biblia, muestra dos Justicias: la estricta y la vindicativa. La estricta o la divina es la razón divina por la cual Dios acoge o rechaza a los pecadores: Dios salva o condena. Dios perdona la culpa y todo el pecado; o Dios no perdona ni la culpa ni el pecado.

La vindicativa es el castigo divino por el pecado: «El castigo se hace por la imposición de una pena. Y es de razón, por la pena, que sea contraria a la voluntad y que sea aflictiva y que se imponga por alguna culpa» (S.To. 1.2 q.46 a.6 a 2).

Muchos niegan estas justicias en Dios, y la reducen a una justicia legal o gubernativa o distributiva o conmutativa.

Esta es la visión de Bergoglio: «La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley» (Ib, n.20). Bergoglio no cree en la justicia divina, y menos en la justicia vindicativa. Todo se reduce a un orden humano, a una justicia en el orden de las leyes civiles, legales, etc…

Por eso, tiene que argumentar así: «Para superar la perspectiva legalista, sería necesario recordar que en la Sagrada Escritura la justicia es concebida esencialmente como un abandonarse confiado en la voluntad de Dios».

Anula la Justicia en Dios: y las dos justicias. Por eso, Bergoglio une la justicia con la misericordia. Como la justicia es un confiarse en Dios, entonces la misericordia ofrece al hombre el perdón y la salvación.

Él mismo cae en su propia trampa:

«Ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, dividiendo las personas en justos y pecadores, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación» (Ib, n.20).

Como la justicia es sólo un asunto legal, civil, de orden distributivo, conmutativo, entonces para no caer en la idea legalista, para no implantar una ley que juzga, que divida a las personas en justas y en pecadoras, Jesús te salva por tu cara bonita.

¡Esto es lo que dice este hombre!

¡Es su fe fiducial!

Ya no tienes que creer en una ley divina, que pone una espada, una división entre los hombres, en las sociedades, en las familias, etc…Están los hombres que cumplen con los mandamientos de Dios y están los hombres que no cumplen con los mandamientos de Dios. Los que viven en gracia y los que viven en sus pecados….

Begoglio, porque anula las dos Justicias en Dios, presenta su fe fiducial, propia de los protestantes.

¡Gravísima herejía la contenida en esta falsa bula!

Bergoglio no sabe distinguir entre el fariseísmo, el legalismo,  y los mandamientos de Dios. Y cae en este error porque no cree en Dios. Él está en su concepto de Dios. En este concepto, Dios no es Justicia, sino sólo un Padre, que es creador y que ama a todos los hombres. Y, por lo tanto, tiene que presentar un Jesús que no tiene nada que ver con el Redentor, sino que es la figura del Anticristo.

Bergoglio es claro en su herejía: «El reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas» (Ib, n.20). Está en su herejía de su humanismo: hay que estar atentos a las necesidades de las personas humanas, porque lo primero es la dignidad de ser persona humana. Si observas la ley pero no estás atento a las necesidades de tu prójimo, entonces eres un corrupto, un legalista, un fariseo. Tienes que tener ternura con tu prójimo, aunque sea un hombre que quiera vivir en su pecado. No juzgues su vida. Comparte su vida de pecado. Comparte la mesa con los pecadores. Comparte la herejía, comparte la apostasía de la fe, comparte el cisma.

Por eso, presenta un Jesús no real: «Jesús afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores» (Ib, n.20).

¿Dónde Jesús afirma que la regla de vida de sus discípulos debe ser el primado de la misericordia? En ningún sitio de la Sagrada Escritura. Sólo en la cabeza de Bergoglio, gran pastor protestante. Esta frase se la saca de la manga, como muchas en esa falsa bula. Es el lenguaje bello propio de un falso profeta.

«La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Jesús» (Ib, n.20): ¿Cuál es la dimensión fundamental de la misión de Jesús? ¿A qué vino Jesús a la tierra? A quitar el pecado de Adán. Es una obra de Justicia, no de Misericordia. En esa obra de Justicia, hay una Misericordia para todos los hombres.

La dimensión fundamental de la misión de Jesús es la Justicia de Dios.

Y todavía Jesús no ha redimido el cuerpo de los hombres, sólo su alma. El hombre sólo tiene el cuerpo mortal, pero no el cuerpo espiritual y glorioso que tenía Adán. El hombre está a la espera de la redención de su cuerpo. El hombre está esperando el cumplimiento de una Justicia Divina: «Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto, y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 22-23).

Bergoglio, al anular la Justicia en Dios, tiene que anular esta obra de la redención, y tiene que enseñar a los hombres una sola cosa: el paraíso en la tierra.

«La misericordia posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam, que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios» (Ib, n.23): el paraíso en la tierra. Los judíos son los primeros salvados por la misericordia a pesar de haber despreciado la Misericordia matando al Redentor, a Su Mesías. Y los musulmanes tienen en la misericordia el gatillo de su justicia. Están sostenidos por la misericordia para cortar cabezas de los cristianos. Tienes que relacionarte con el judío y con el islam para hacer un paraíso en la tierra.

¿No ven la falsa misericordia que predica este hombre?

¿No ven que ese jubileo no es para convertir almas sino para hacer una iglesia universal, que apoye un gobierno mundial?

¿Todavía están ciegos?

Sólo hay que creer en Jesús. Como el judío cree en Jesús, como el musulmán cree en Jesús, entonces están salvados. Ámalos, porque son tus hermanos de sangre y carne.

«La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión precedente al punto que en la carta a los Gálatas afirma: “Hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la Ley” (2,16). Parece que su comprensión de la justicia ha cambiado ahora radicalmente. Pablo pone en primer lugar la fe y no más la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley, sino la fe en Jesucristo, que con su muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón» (Ib, n.20).

¿Captan la herejía?

El Concilio Tridentino, s.6, cn.9 (D 819), definió: «Si alguno dijere que el impío queda justificado por la sola fe, de tal forma que entienda que no se requiere nada más, lo cual coopere para alcanzar la gracia de la justificación… sea anatema».

¿Qué dice Bergoglio?

«El juicio de Dios…lo constituye…la fe en Jesucristo». Nada dice este hombre del requerimiento, además de la fe, de los actos de otras virtudes para que el alma se justifique, adquiera la justicia de Dios.

Bergoglio está en su lucha contra los legalistas. No por la ley el hombre se justifica, sino por la fe. Pero no por la fe fiducial. No queda justificado el hombre por la sola fe. Hace falta «cooperar para alcanzar la gracia de la justificación».

Los judíos, ¿cooperan a la gracia? No. Luego, permanecen en la Justicia.

Los musulmanes, ¿cooperan a la gracia? No; ni siquiera creen en la gracia. Luego, sólo les espera el fuego del infierno si no se convierten.

La «muerte y resurrección trae la salvación junto con la misericordia que justifica» (Ib, n.20). Si ustedes analizan esta frase, verán una clara herejía.

Jesús, con su muerte y resurrección, trae la salvación. Pero además, esa salvación viene con la misericordia que justifica. En otras palabras, la salvación no es misericordia. La salvación es sólo eso: una muerte y una resurrección: es decir, un hecho histórico. Una obra que Jesús, como hombre, hizo. Pero esa obra, que se llama salvación, no es la misericordia, no es lo que justifica al hombre.

¿Qué es esa misericordia que justifica?

Lo dice él mismo: «la justicia de Dios es su perdón».

Dios, cuando hace justicia, sólo perdona, no condena.

¿Ven la blasfemia? Ya no hay infierno. Todos al cielo.

¿Ven el pensamiento tan complicado de este hombre?

Así habla siempre un falso profeta: dice muchas cosas y no dice nada. Para terminar hablando de nada, llenado cuartillas de herejías y de blasfemias.

Jesús, con su muerte y su resurrección trae la salvación junto con el perdón que justifica. Esta es la herejía: la misericordia es el perdón que, además, justifica. Ya no hay que expiar ningún pecado. No hay justicia vindicativa.

Y cae en la siguiente herejía: la justicia de Dios perdona.

Por eso, tiene que decir una gran blasfemia:

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón» (Ib, n.21).

«Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios»: esto, no sólo es una herejía sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios, cuando aplica Su Justicia, no es como los legalistas, los fariseos, ni como el propio Bergoglio: Dios no invoca respeto por la ley. Dios manda a cada hombre cumplir Su Ley. Y esto es la Justicia estricta de Dios. Y cuando Dios aplica Su Justicia, cuando Dios se detiene en Su Justicia es para aplicar la ley, no para hacerla respetar, no para decir: aquí estoy Yo con mi ley, respetad a mi ley.

¿Ven la blasfemia?

Bergoglio, en esas palabras, está diciendo que Dios no manda al infierno. Si Dios se detuviera en la justicia, y mandará al infierno a un alma, entonces sería como todos los hombres que invocan el respeto por la ley. Pero Dios no se detiene en la justicia, sino que va más allá. Es una justicia que perdona, que nunca condena. ¡Gravísima blasfemia!

En Dios, la Justicia por sí misma basta. Esto es lo que niega Bergoglio: el atributo de la Justicia Divina. ¡Es una gran blasfemia!

En Dios, no se puede negar que la Justicia y la Misericordia se bastan por sí mismas. Quien niegue esto blasfema contra el Espíritu santo, como hace este hombre. Y, por eso, se inventa una falsa misericordia: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón».

Por eso, Bergoglio pone el primado de la misericordia por encima de todo. No existe esta misericordia que está más allá de la justicia. Es un invento de la cabeza de este hombre. Es su locura mental. ¡Esta es la demencia de Bergoglio!

En la Justicia, el Padre halla una Misericordia para el hombre.

Pero Bergoglio dice esto: en la Justicia, hay una Misericordia que anula la Justicia, que va más allá de la Justicia.

Y él pretende resolver esta metedura de pata, con otra metedura de pata:

«Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia» (Ib, n.21).

El que se equivoca, que expíe la pena. Y uno se pregunta, ¿de qué pena habla? Porque no ha tocado el pecado en toda la bula. Habla, por supuesto, de las penas que traen las justicias civiles, distributivas, conmutativas, etc… Pero no habla de la Justicia que el Padre exige para reparar su honor ofendido por el pecado del hombre.

Él niega la expiación: «Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón». Lo que importa es la ternura de Dios. Dios te ha salvado, no con un decreto, sino con una caricia, con un beso y un abrazo. Expía el mal pensamiento de juzgar a tu hermano. Quita ese pensamiento negativo y pon el pensamiento positivo: los judíos y los musulmanes son santos. Ámalos. Son tu carne. Son tus hermanos naturales.

¡Esto es Bergoglio!

«”Desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo el que cree” (Rm 10,3-4). Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva» (Ib, n.21).

¡Gran error en el que cae este hombre!

«Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia»: en la Justicia de Dios, se halla la Misericordia para el hombre. Pero la Justicia de Dios no es la Misericordia.

Bergoglio no distingue entre la justicia activa, que es la acción de Dios que infunde la gracia; y la justicia pasiva, que son los actos necesarios en la criatura para que se reciba esa justicia.

Jesús, en la obra de la Redención, consigue la gracia de la justificación para todo hombre: es la justicia activa. Pero esa gracia, merecida por Cristo, no se da al hombre si éste no quiere: es la justicia pasiva.

Por eso, en la Justicia de Dios, en la justicia activa, se halla la justicia pasiva, es decir, la Misericordia para aquellas almas que aceptan la verdad revelada por Dios. Pero si el alma no acepta los mandamientos de Dios, esa alma queda en la Justicia Divina, que puede ser estricta o vindicativa.

Bergoglio sólo expone su fe fiducial. Y nada más que esto. Y, por eso, cae en gravísimos errores y herejías.

Y esto es sólo un punto de la bula. ¡Qué no habrá de errores en toda la bula!

¡Qué pena de católicos que no saben ver esto!

Cogen este documento y se tragan la fábula que contiene como una verdad.

Bergoglio es ruptura con el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Ruptura con toda la tradición. Ruptura con el Evangelio de Cristo. Está levantando su nueva iglesia.

Y aquí tienen esta basura de bula. Es una basura ideológica: llena de protestantismo, de comunismo y de ideas masónicas, desde el principio hasta el fin.

Esta bula es una blasfemia contra la Justicia y la Misericordia Divinas. Es un acto blasfemo y herético de ese hombre que se ha creído dios. ¡Ay de aquel que obedezca a este hombre!

No se puede obedecer la mente de este tipejo. Para los que todavía permanecen anclados en las estructuras externas de la Iglesia, les va a ser durísimo ese año consagrado a condenar almas al infierno.

Para quienes hemos dejado esas estructuras, somos libres de atacar a Bergoglio por los cuatro costados. Es el precio de la verdad: «y la verdad os hará libres».

Bergoglio es un pecador público

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El hombre es un ser creado por Dios para un fin sobrenatural: esta es la enseñanza de la Iglesia, contenida en la Sagrada Escritura y vivida por muchos Santos, a lo largo de toda la historia del hombre.

Pero he aquí que la Iglesia está en un encrucijada: o seguir a Cristo, es decir, seguir una Doctrina que no puede cambiar nunca; o seguir a un usurpador, es decir, seguir una falsa doctrina que es mostrada como verdadera.

¡Esta es la encrucijada, a la que nadie hace caso!

Todos se limitan a ver el panorama de la Iglesia: unos critican a todo el mundo; otros se acogen a lo que oficialmente se da como enseñanza en la Iglesia.

No son estos tiempos para seguir a un Papa, porque quien se sienta en el Trono de Pedro, no es un Papa, no es un hombre con el Espíritu de Pedro, sino un hombre que se viste con los harapos de Pedro, para manifestar a todo el mundo su necedad.

No es el tiempo de estar unido a Bergoglio para estar en comunión con la Iglesia.

Es el tiempo de no someterse a la mente de Bergoglio, para obedecer la Mente de Cristo y así estar en comunión con toda la Iglesia.

Si los hombres no saben ver este punto, los hombres sólo están pendientes de un hombre, que no es Papa, y que habla para que oficialmente se acepte su falsa doctrina en la Iglesia.

Un hombre que dice: «El Corán es un libro de paz, es un libro profético de paz» (ver referencia) es, sencillamente, un hombre sin cordura, sin estudios, sin sabiduría divina. Un hombre que va buscando su negocio humano sentado en el Trono de Pedro. Un político.

No es difícil rebatir este pensamiento: en el Surah 2:163-164; 9:5, 29, el Corán autoriza la violencia y el uso la fuerza: «Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, MATAD a los asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz! Alá es indulgente, y misericordioso». ¡Si esto es un libro de paz, una profecía sobre de la paz, entonces qué será la guerra para Bergoglio!

Pero a Bergoglio no le interesa esto, sino sólo su idea política:

«Yo entiendo esto y creo – al menos yo creo, sinceramente – que no se puede decir que todos los islámicos son terroristas: no se puede decir esto. Como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros también los tenemos, ¿eh? En todas las religiones existen estos grupos, ¿no?».

Bergoglio busca aquellos hombres islámicos que no creen, que no tienen fe en el Corán, sino que están en esa religión por tradición, por una cultura en la cual se manifesta esa fe; pero también busca hombres de la Iglesia Católica que no creen en el dogma, ni en la Tradición, ni en el Magisterio, sino que están en Ella por una cultura, un aspecto social, económico, político, en donde se da esa fe católica, que es –para él- fundamentalista.

Bergoglio está vendiendo su idea: es decir, está proclamando el cisma. Hagamos una iglesia donde entre los hombres que no creen en el Corán ni en el dogma. Hagamos una escisión en las dos religiones. Produzcamos un gran cisma.

Este planteamiento de Bergoglio es muy peligroso para él mismo porque lo hace sin una base; lo expone produciendo, a su alrededor, una gran malestar entre los hombres de ambas iglesias. Por eso, a Bergoglio nadie lo quiere porque dice cosas como éstas, que se salen de toda lógica.

Bergoglio lanza la idea: la vende. Pero, ¡a qué precio!: se tiene que hacer un hombre impopular en todas partes. Sólo la masa ciega lo sigue. Y aquí viene el problema de siempre: los que controlan las masas quieren este juego de Bergoglio.

Bergoglio lanza la idea para que la masa ciega la lleve a todas partes, y así se produzca lo que la inteligencia no puede hacer. Los cismas, las divisiones son siempre así: la idea, la inteligencia necesita de lo ciego, de una masa que sólo vive del sentimentalismo. De esa manera, se consigue el objetivo que la sola idea no alcanza.

Bergoglio está frenado por muchos intelectuales que saben lo que habla ese hombre. Su orgullo le hace hablar estos disparates, porque quiere su negocio sentado en el Trono de Pedro. Y no quiere otra cosa. No le interesa ni el Islam ni la Iglesia Católica. Él quiere su idea, que es el cisma, porque la quiere como jefe de una Iglesia que no le pertenece, que ha robado el ser Papa.

«…el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad. Sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad» (ver referencia)

En esta sola frase se contiene todo el pensamiento cismático de este hombre. Es el Espíritu Santo el que provoca la diversidad: lo que pasó en el Paraíso, no fue Adán en su pecado, sino que los suscitó el Espíritu Santo; el cisma de Lutero, su gran rebeldías fue a causa del Espíritu Santo; todas las divisiones y desastres de todos los hombres, alejándose de la Verdad, es por el Espíritu. Y es el mismo Espíritu el que produce, el que retorna a los hombres a la unidad.

Semejante planteamiento es una gran necedad. Este solo pensamiento descalifica a Bergoglio, no sólo como Obispo sino como hombre. No sabe razonar con lógica:

«Cuando somos nosotros quienes deseamos crear la diversidad, y nos encerramos en nuestros particularismos y exclusivismos, provocamos la división…»: entonces, ¿ya no es el Espíritu el que suscita la diversidad de pensamientos? ¿Cómo es eso? Es el hombre el que crea la diversidad, el que se encierra en sus particularismos, en sus exclusivismos, el que provoca la división…Y continúa:

«y cuando queremos hacer la unidad según nuestros planes humanos, terminamos implantando la uniformidad y la homogeneidad»: hasta aquí hemos llegado. ¿Para qué seguir leyendo esta bazofia? Ningún hombre que siga su plan humano en la Verdad llega a la uniformidad ni a la homogeneidad. ¡Ningún hombre! Todos los hombres, en su pensamiento, son variados, complicados, múltiples, complejos, distintos. Nadie sabe implantar una idea simple, permanente, fácil de entender y seguir. Aquel hombre que impone su idea, la hace siempre a la fuerza. Aquel hombre que quiere que los demás lo sigan en su idea, es siempre a la fuerza. Y produce siempre división cuando implanta su idea, nunca uniformidad, nunca homogeneidad.

Por eso, a Bergoglio no hay que respetarlo, ni siquiera como hombre, porque no sabe hablar al hombre de una manera sensata: es un loco que dice sus locuras y se queda tan loco como está. No sabe mirar a su locura para remediarla. Cada día el mundo se despierta con una blasfemia de este hombre, con una insensatez bien dicha, con la palabra barata que gusta la inteligencia de este insensato.

«Por el contrario, si nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca crean conflicto, porque él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia». Si los carismas no crean conflictos, porque se dan para salvar las almas. Pero Bergoglio no habla de los carismas verdaderos, sino que llama carismas a las inteligencias, a las obras de todos los hombres. Para Bergoglio no existe el Espíritu Santo. Es sólo un nombre, un concepto vacío, un lenguaje que hay que usar para comunicarse con la gente que cree en el Espíritu. Para Bergoglio, la función de las Tres Personas es sólo figurativa, un modelo que hay que seguir en los hombres. Y unos tendrá la figura del Padre, otros las del Hijo y otros del Espíritu. Hay que seguir, por tanto, a los hombres, con sus caracteres, psicologías, filosofías, etc…

Bergoglio es una cabeza sin verdad, que anula toda la Tradición católica, todo el magisterio auténtico de la Iglesia y toda la Sagrada Escritura. Y sigue estando como falso Papa. ¡Este es el problema de toda la Iglesia! ¿Cómo es que viendo esto la Iglesia se somete a un hombre sin cabeza, sin lógica en lo que dice?

Bergoglio sólo es lógico en sus actos, pero no en lo que habla, no en su pensamiento.

Todo hereje desvaría cuando piensa, pero es sensato en su obrar. Obra su herejía, su mentira, su error. Y siempre lo obra igual. Nunca hace una locura cuando obra el pecado.

Bergoglio, cuando reza, siempre obra su pecado: aunque celebre una misa o rece a Alá, como lo ha hecho en este viaje, es siempre lógico: nunca va a rezar al Dios de los católicos, sino que va a orar al dios que ha creado su inteligencia humana.

Bergoglio reza a su dios, que es su mente. Al concepto que tiene de Dios. Ese concepto es una locura, sin lógica. Pero eso a él le da igual. Él lo expresa a su manera, tomando de acá y de allá, porque Bergoglio no es un hombre de inteligencia, sino que es sólo un vividor. Vive una cosa y mañana vive otra, lo que le gusta, lo que va con su cultura, con sus tradiciones humanas, con su visión del mundo y de la Iglesia.

«Como no se puede decir que todos los cristianos son fundamentalistas, porque nosotros también los tenemos, ¿eh?»: ¡vaya patada a la Iglesia Católica! ¡Vaya coz a todas las demás confesiones cristianas! Bergoglio se está creando –él mismo- sus enemigos en todo el mundo.

«En todas las religiones existen estos grupos, ¿no? Yo le he dicho al Presidente: “pero, seria bello que todos los líderes islámicos – sean líderes políticos, líderes religiosos o líderes académicos – digan claramente y condenen aquello, porque esto ayudará a la mayoría del pueblo islámico a decir: ‘no’, pero de verdad, pero de la boca de sus líderes: el líder religioso, el líder académico … tantos intelectuales, y los líderes políticos”. Todos nosotros necesitamos una condena mundial, incluso de los islámicos, que tienen la identidad y que digan: “nosotros no somos aquellos. El Corán no es esto».

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Esto es dividir a la Iglesia para que el pensamiento de los hombres decida lo que es bueno y lo que es malo.

Esto es endiosar a los hombres: que los líderes hablen al pueblo y les quiten la fe en la Verdad; que sean los hombres, la mente de los hombres, su lenguaje escogido el que enseñe al pueblo la verdad de lo que tiene que creer.

Esto es anular la acción de Dios en la Iglesia y en el mundo entero. No escuchéis a los profetas, sino a los hombres.

Esto es estar ciego totalmente: el islam es el Corán; la Iglesia Católica tiene toda la Verdad, que es absoluta, dogmática, irrenunciable por más que la autoridad, los jefes de la Iglesia, la Jerarquía diga con su boca sus mentiras.

¡Qué cantidad de disparates dice este hombre! Y cuántos hombres le dan publicidad a sus palabras. Las dejan para que los otros lean la estupidez que la boca de este necio enseña.

Bergoglio se cree el maestro, el que tiene la sabiduría: «nosotros no somos aquello. El Corán no es esto». ¡Qué hombre más ciego, más tarado, más subnormal es Bergoglio! Es que no hay otras palabras para indicar lo que está diciendo. Es que aquel que siga la mente de Bergoglio s vuelve un idiota entre los hombres, defiende una necedad como una verdad, como un bien, como un pecado.

«‘Cristianofobia’, ¿de verdad? Yo no quiero usar palabras endulzadas: !no! a los cristianos los persiguen en Oriente Medio»: es su ecumenismo del sufrimiento, predicado en su viaje.

«Como nos recuerda san Pablo: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional» (ver referencia)

Coge a San Pablo y le da media vuelta, lo pone al revés, lo malinterpreta.

Equipara la sangre de los mártires con los sufrimientos de los hombres: todos los hombres son mártires porque sufren.

Pone su solución política: que todos se muevan para alimentar, ayudar, hacer un bien humanitario. Es siempre su comunismo.

Bergoglio sólo está en el hombre, no en Dios. Habla al hombre y le dice lo que vive, lo que sufre, lo que le hace feliz. Bergoglio alimenta el orgullo de los hombres: no pone un camino para que los hombres dejen sus pecados, ni su vida humana ni sus conquistas en este mundo.

«Las nuevas generaciones nunca podrán alcanzar la verdadera sabiduría y mantener viva la esperanza, si nosotros no somos capaces de valorar y transmitir el auténtico humanismo, que brota del Evangelio y la experiencia milenaria de la Iglesia». ¡Apaga y vámonos!

¿Cristo enseñó a ser hombre?

¿Cristo guió a los hombres hacia una vida humana?

¿Cristo educó a los hombres para ser pecadores, para ser del mundo, para que crezca en el mundo las culturas, los valores de los hombres?

Ciertamente no; pero a Bergoglio esto le da igual: él sigue su idolatría: el hombre, lo humano, el valor humanidad. Él se desvive por los hombres y, por eso, llora por ellos; pero llora, pide que se alimente a los pobres, no porque le importen los pobres, sino por su orgullos, por la sed que tiene de la gloria del mundo. Que el mundo vea que él hace algo por los hombres. Busca el aplauso de ellos. Y sólo eso.

Y, claro, pone como ejemplo a seguir a los herejes:

«Son precisamente los jóvenes – pienso por ejemplo en la multitud de jóvenes ortodoxos, católicos y protestantes que se reúnen en los encuentros internacionales organizados por la Comunidad de Taizé – son ellos los que hoy nos instan a avanzar hacia la plena comunión. Y esto, no porque ignoren el significado de las diferencias que aún nos separan, sino porque saben ver más allá, son capaces de percibir lo esencial que ya nos une». Ellos, los de taizé, son los sabios, los santos, en la Iglesia, los que poseen la Verdad. Los demás, están anclados a sus dogmatismos, a su fundamentalismo.

Bergoglio no es un hombre de santidad, sino de pecado.

Es un pecador público. Y así hay que verlo. Y, por eso, no hay que tener compasión ninguna con él. Es un viejo verde porque se dedica a vivir su ida de pecado. No le importa su edad para estar fornicando con la mente de todos los hombres. Si por lo menos tuviera una mujer, se podría salvar. Pero ha renunciado a la mujer para seguir una herejía. En la lujuria de la carne hay siempre salvación; pero en la lujuria de la mente sólo hay condenación.

La soberbia unida al orgullo cierra al hombre a la verdad de la vida, a la búsqueda de la santidad, del fin al cual Dios ha llamado a todos los hombres.

¿Qué ha sido este viaje de Bergoglio? Nada: vender su idea, su nueva iglesia, que levanta en Roma. Buscar adeptos para lo que se persigue en el Vaticano.

La Iglesia tiene que decidir: estar con Cristo o con el usurpador. Pero esto, muchos lo van a hacer cuando ya no es tiempo de hacerlo, cuando vean en sí mismos, en sus carnes, en sus vidas, el engaño, que los hombres han dado a la Iglesia, con un falso Papa.

Bergoglio sólo condena almas; no puede salvarlas porque no cuida de su alma. Sólo vive para cuidar su humanidad.

Francisco invoca al demonio en el Vaticano

division

Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

eucaristia

La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

Un gesto infame que exige una renuncia

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Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

Conspiración contra la Iglesia Católica

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El viaje de Francisco a Jerusalén estará formado por: un cristiano, un judío y un musulmán. Es un viaje planeado por los Illuminati, porque este grupo tiene una meta: imponer el Novus Ordo Saeculorum (o seclorum): el Nuevo Orden de los siglos o del Mundo, que es un plan global para el dominio mundial.

«En el momento preciso en la historia, el Papa visitará el sector combinado Judeo/Cristiano/Musulmán para anunciar que todas las religiones deberían ser combinadas en una. Esta acción finalmente destrabará “el atolladero” de Medio Oriente». (Bill Lambert – líder Illuminati de alto rango-, Casa de Teosofía, Boston Massachusetts, hablando en el seminario llamado “Eventos posibles y probables del futuro” – Agosto 18,1991).

La masonería está interesada en que un Papa sea el que manifieste la unidad entre cristianos, judíos y musulmanes.

Francisco va como cristiano a Jerusalén, no como católico: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo» (Evangelium gaudium – n 254). Estas palabras reflejan su fe.

Su fe no es la de un católico (no cree en el Dios de los católicos); su magisterio no guarda la Tradición ni las enseñanzas de la Iglesia Católica; su palabra no es la de un Papa, sino la de un falso Papa, un falso Profeta, que gusta a todo el mundo, menos a la verdadera Iglesia Católica.

Habla de la conciencia que justifica, anulando la gracia de Cristo, que es la que justifica al hombre:

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rm 3 ,21-26). Es necesario creer en Jesús para recibir la gracia del arrepentimiento y comenzar a ser una criatura nueva. La conciencia no justifica a nadie de su pecado; no quita el pecado de nadie. Quien vive fiel a su conciencia se hace infiel a la Gracia de Cristo.

Francisco se atreve a decir una blasfemia: «Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios» (Evangelium gaudium – n 254). Si los no cristianos no creen en Cristo, entonces Dios no puede obrar en ellos nada. Y sus ritos, sus cultos, sus religiones son sólo un camino para el infierno.

La blasfemia de Francisco consiste en decir que la gracia actúa en ellos también: «debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante». Cristo da su gracia a todo el mundo. No importa que no se esté bautizado, porque «El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones» (Evangelium gaudium – n 254). Así no habla un Papa verdadero en la Iglesia Católica, sino un hombre que se ha sentado en la Silla de Pedro, para que los demás digan que es el Papa y él pueda decir y hacer lo que le da la gana desde ese puesto. Es claro que no es posible obedecer a un hombre que no tiene ni idea de lo que es la Iglesia Católica ni lo que es ser Papa en Ella.

Francisco no va a Jerusalén representando a la Iglesia Católica, sino a su nueva iglesia: representa a todos los cristianos del mundo que no pertenecen a la Verdad, que no se convierten a la verdadera fe. Él representa a la iglesia llena de pecadores que ya no les interesan ni los dogmas ni la ley de Dios, ni la Tradición, sino que se pasan la vida con novedades y con fábulas que producen los abortos de su inteligencia humana.

Él va para hacer una unión entre tres fuerzas: cristianos (mundo), judíos y musulmanes.

“La unión que nosotros crearemos no será francesa, inglesa, irlandesa o alemana, sino una Unión Mundial judía… Bajo ninguna circunstancia un judío debe favorecer a un cristiano o a un musulmán; no antes que llegue el momento cuando el Judaísmo, la única verdadera religión, brille sobre el mundo entero” (“Manifiesto” de Adolph Isaac Cremieux –grado 33- Gran Maestro de la Orden del Rito ‘Memphis-Misraim’ y Maestro del ‘Gran Oriente’ de Francia – 1863).

Ahora, los judíos están con Francisco, favorecen a Francisco, que representa la idea cristiana y que está gobernado la Iglesia Católica de una manera fraudulenta, usurpando lo que no es suyo, pero con el apoyo de toda la Jerarquía, que tiene una venda en los ojos, y que ya no puede hacer nada para impedir la ruina de toda la Iglesia. Han puesto a un hombre sin fe –y eso lo conocían y, por tanto, son culpables de su pecado- y ahora no hay manera de volverse atrás. Su equivocación es su castigo dentro de la Iglesia.

Francisco es el hombre que recuerda que el pueblo judío fue el primero que aceptó la Palabra de Dios en Abraham y en Moisés: «Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada» (Evangelium gaudium – n 247).

Y Francisco enseña que esa misma Palabra de Dios ha sido enseñada por Mahoma: «Nunca hay que olvidar que ellos, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco une dos pueblos diferentes: judíos y los árabes, que se convirtieron en musulmanes. Francisco enseña el amor hacia el pueblo de Abraham, Isaac y de Jacob, iniciado con los judíos y continuado con los musulmanes. Enseña a amar a los musulmanes porque conservan enseñanzas del Evangelio. Y recuerda el atributo esencial que el Corán enseña, y que también está en la Tora y en el Evangelio: la Misericordia: «Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderlo con un compromiso ético y con la misericordia hacia los más pobres» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco invita a los jefes de todas las secciones del Islam para insistir, por lo menos en dos de los cinco mandamientos de los musulmanes: la caridad y la oración: «¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!» (Evangelium gaudium – n 254) . Antes ha llamado a la caridad a los cristianos: «Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica» (Evangelium gaudium – n 254).

Estas son señales alarmantes de una gran conspiración contra la Iglesia, que se lleva ya a cabo de forma descubierta dentro de la misma Iglesia.

Francisco nunca entendió la naturaleza del islam: «el verdadero Islam interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (Evangelium gaudium – n 253). Y, entonces, enseña una herejía, diciendo que ellos: «adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso» (Evangelium gaudium – n 252).

Nunca hay que olvidar que el fenómeno del Islam niega directamente el misterio de la Santísima Trinidad y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y, por tanto, no puede sostenerse lo que dice Francisco.

El islamismo es la manifestación del Anticristo para destruir, con su fuerza militar, la cristiandad; pero no lleva en sí la idea de construir un orden mundial. Los judíos son los que conciben su religión como un reino del mundo y, por lo tanto, trabajan para que se dé esa religión en el mundo entero.

«El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás y es hombre de pocos escrúpulos» (“Comunistas, judíos y demás ralea” – Pío Baroja)

Los judíos luchan en contra del islamismo: «El amor de los judíos a su pueblo sólo se traduce por odio a los demás pueblos de la tierra; odio disfrazado de amor a una idea, que es lo más abstracto que puede amarse y en nombre de la cual se predica la destrucción de todo lo existente, Humanidad inclusive. Donde veáis ruinas y estragos, podéis asegurar que por allí ha pasado el judío» (Jacinto Benavente – “Memorias, parte 1”). Nunca el judío aceptó la idea musulmana de la Biblia. Siempre la combatió, porque el fenómeno del Islam cree que son los que perfeccionan la Revelación de Dios. Son el culmen del pueblo judío. Y eso no les gustó a los judíos.

Los Illuminati controlan todo el movimiento masónico. Controlan a los Rotarios, a los Leones, la diferentes Logias, Comisiones, Grupos y Clubs.

El plan de los Illuminati tiene un objetivo principal: destruir la Iglesia Católica, que es una Sociedad Perfecta, con independencia de cualquier Estado del mundo. Los países del mundo y la Iglesia Católica están separados totalmente. Tienen convenios, pero nadie puede meterse con la Iglesia desde los gobiernos del mundo. Nadie legisla la Iglesia con las leyes del mundo, de los políticos. Nadie puede juzgar a la Iglesia desde los tribunales del mundo.

La Iglesia Católica tiene poder espiritual sobre todos los países; pero no tiene poder político ni económico, ni cultural, ni social, sobre ellos. La Iglesia tiene el deber de corregir lo moral, lo ético, lo espiritual, que se dé en los países. Pero no tiene que corregir nada que esté fuera del campo espiritual.

Por eso, es necesario destruir la Iglesia y su poder espiritual sobre todo el mundo. Ellos, para poder ejercer su dominio total en el mundo deben aniquilar el poder espiritual que tiene la Iglesia sobre todo el mundo, incluso sobre ellos mismos.

Los Illuminati tienen una táctica para conseguir su meta: «Conságrense ustedes mismos al arte del engaño, el arte de enmascararse, espiando en otros y percibiendo sus más profundos pensamientos» (Weishaupt). De esta manera, en lo oculto, con una máscara, se introducen en todas partes; también, por supuesto, en la Jerarquía de la Iglesia, formando así una falsa Jerarquía. Se infiltran para investigarlo todo y ver la manera de conseguir su fin, porque un principio de los Illuminati es: «el fin justifica los medios».

«… pero ¿para qué crió Dios a los judíos, si no para que nos sirvieran de espías?» (Duque de la Victoria: Israel Manda (Profecías cumplidas-Veracidad de los Protocolos). Editorial Época. Cuarta Edición. México D.F. 1977).

Ellos emplean el chantaje, la mentira, toda clase de engaños, el terrorismo, para alcanzar sus objetivos: «Realizaré una acción, si es pedida por la orden, a la cual no puedo no consentir, aun cuando (vista en su conjunto) fuese verdaderamente incorrecta» (Documento Nachtrag von weitern Originalschriften – Munich, 1787).

Para escalar el poder, se impone la obediencia al grupo: «Yo nunca usaré mi posición o mi puesto contra mi hermano». De esta manera, van poniendo sus hombres en lo alto de los gobiernos y en la cúpula de la Jerarquía de la Iglesia. Todos se conocen y nadie va en contra del otro. Todos están allí para conseguir sus objetivos. Todos trabajan en lo oculto, sin mostrar sus verdaderas intenciones, haciéndose pasar por otras personas, no revelando lo que realmente piensan. Ocultan sus mentes, sus intenciones. Piensan muchas cosas, pero no revelan lo que realmente piensan. Muestran al exterior un pensamiento que no es el de ellos. Hablan lo que el otro quiere escuchar, pero nunca van a hablar de sus verdaderas intenciones en lo que hacen. Son astutos en las palabras. Son serpientes en sus obras. Y todo lo que realizan al exterior es un teatro, una farsa, un modo más de engañar a todos. Mientras hacen toda esa comedia, en lo oculto, por debajo, se mueven todos los hilos del poder.

Los poderes invisibles de los Illuminati nadie los conoce. Ellos ponen sus hombres al exterior y los quitan cuando ya no conviene mantenerlos. Y esos hombres obedecen a esos poderes invisibles. Son sus marionetas. Y Francisco es una de ellas. Y no pueden no obedecer. No pueden rebelarse.

Religión, nacionalismo, patriotismo, lazos familiares, son reemplazados por una sola y fuerte lealtad a las causa del Illuminati: el nuevo orden mundial. Todo cae, cualquier sentimiento de lealtad se pierde, se abandona por el orden que establece este grupo.

Los puntos principales de este plan de los Illuminati son:

1. la supresión de todas las religiones, sin ninguna excepción. No hay doctrina, no hay iglesia, no hay secta que quede en pie.

2. la supresión de todos los sentimientos de nacionalidad y, por tanto, la abolición de todas las naciones, para que pueda surgir un nuevo mundo, una nueva nación para todos.

3. la transferencia de toda propiedad, ya privada, ya nacional, pública, a las manos de ese poder invisible, mediante leyes taxativas, impuestos a los ingresos, confiscación del dinero de los bancos, etc., con la sola intención de debilitar la sociedad. Es decir, crear un caos económico en todo el mundo, que vaya creciendo de muchas maneras, hasta que se produzca una gran depresión parecida a la del 1929.

4. un sistema de espionaje y denuncias que lo abarque todo, que lo vea todo, para tenerlo todo bajo control y saber moverse en cualquier país, en cualquier situación que los hombres hagan.

5. una regla moral global, en la que la fraternidad y el diálogo entre los hombres estén juntas para una sola cosa: someterse a una única voluntad de ese poder invisible. Todos deben dar su libertad a esos hombres. Y, para conseguir eso, hay que comenzar por hacer creer que los hombres son libres en un mundo dominado por una voluntad que obra en lo oculto.

Para instaurar un gobierno mundial es necesario abolir todas las formas de gobierno, patriotismo, religión, familia. Y, para eso, hay que emplear ideologías, de todo tipo (Nihilismo, liberalismo, fascismo, marxismo, comunismo, socialismo, Nueva Era, ecologismo) para meter las frases, las palabras, los sentimientos, que van a unir a todos los hombres. Hay que darles a los hombres lo que ellos piensan. Y, entonces, están contentos, son felices, podrán seguir a uno que les diga lo que ellos quieren.

Ese poder invisible no tiene una ideología concreta. Sólo tiene un fin: poner un hombre que lo gobierne todo: el Anticristo. Trabajan para este fin. Los medios: todos los que sirvan para colocar al hombre del mundo, al hombre del pueblo, al hombre de las ideologías humanas. Es el hombre que lo une todo, que reúne todas las ideologías, pero que es distinto a cualquier hombre, a cualquier ideología.

Los Illuminati son los enemigos de la libertad, de la verdad, del hombre. Pero se hacen pasar por los amigos de todo el mundo.

El poder de este grupo sólo es mantenido por ciertas personas escogidas, selectas. Los demás son un “don nadie”. Sólo ellos saben cómo se mueve todo en todas partes. Por eso, ellos son una dictadura ilimitada, sin fronteras, sin gobiernos, sin una política que asuman. Las quieren todas, pero gobiernan ellos a la sombra.

«Hoy en día los judíos mandan en el mundo a través de otros. Hacen que otros luchen por ellos» (Mahathir Mohamad – Discurso de apertura de la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica. Putrajaya (Malasia) 16-10-2003).

Francisco conspira contra la Iglesia Católica en su viaje a Jerusalén. Después de ese viaje, muchas cosas cambiarán, porque ya no hay tiempo. Las cosas están tan en su punto, que o se elige seguir a un hereje o se elige ponerse en contra de ese hereje dentro de la Iglesia. Que cada uno elija lo que quiera. De esa elección saldrá su condenación o su salvación.

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