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El infierno quedó vacío con Bergoglio

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«Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto’‘ y ”no hacer aquello’‘? no es cristiano. Eso es una filosofía moral, pero no, no es cristiano. Cristiano es el amor de Jesús que es el primero en amarnos. La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús» (ver)

Palabras de un insensato, de un hombre sin norma de moralidad, que ha anulado la ley de Dios, y sólo se dedica a cosechar aplausos de la gente, contándole fábulas de viejas.

La vida moral son dos cosas: hacer la Voluntad de Dios; no hacer lo que Dios prohíbe.

Esto es todo en la vida moral. La vida moral es hacer esto y no hacer aquello. Y esto es lo que tienes que pensar, que tener dentro de tu mente y de tu corazón, no sólo para ser cristiano, sino para ser católico.

Si quieres pertenecer a la iglesia de Bergoglio, sigue su necedad. Quita de tu mente y de tu corazón la Palabra de Dios, que te enseña:

«Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15).

Para el que tiene dos dedos de frente, amar a Jesús significa cumplir con la ley de Dios.

Para el que no tiene dos dedos de frente, coge esta frase del evangelio, y dice: Jesús nunca se refirió a la ley de Moisés. Jesús se refiere a los dos mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. Y, por lo tanto, la vida moral es el amor de Jesús, el amor que enseña Jesús, que es –claro- el primero en amarnos. ¡Cuánto nos ama Jesús! ¡Vamos a llorar un poco hasta que entendamos que Jesús nos ama tanto!

La moral cristiana no es la verdad ni la falsedad. Es la misericordia.: has caído. Te doy un beso, un abrazo, te lleno el estómago de buena comida; te doy un puesto de trabajo, te curo tus enfermedades… Y la vida continúa. ¡Qué bella es la vida! ¡Vive y deja vivir! Pero no vengas con moralinas de mandamientos divinos. Eso quedó en el pasado. Jesús es amor. Dios es amor. Sé libre para amar.

Y, por eso, este gran necio, que se llama a sí mismo, papa…

(¿qué clase de papa es que no sabe enseñar la verdad? ¿para qué se llama papa? ¿por qué no se dedica a ser un pastor protestante?)

… este hombre, que es un demente espiritual (tiene atado su mente humana a la mente del demonio; y por eso habla como habla: como un demonio), dice:

«…el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor. ”Pero  si tu fueras un pecador tremendo, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además te condenasen a la pena de muerte y cuando estás para morir blasfemas, insultas y todo lo demás… Y en ese momento, miras al Cielo y dices: ¡Señor! ¿Dónde vas, al Cielo o al infierno? ¡Al Cielo!… Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

«el infierno era querer alejarse de Dios porque no se desea su amor»: ninguno va al infierno porque no desee el amor de Dios. Ninguno. Todos van al infierno porque desprecian el amor de Dios.

No desear el amor de Dios lo hacen todos los hombres: sean santos o sean pecadores. No se puede vivir deseando constantemente el amor de Dios. Para eso, se necesita una gracia divina, que sólo Dios da al que se la merece.

¡Cuántos pasan la noche oscura del alma y no desean el amor de Dios! ¡Viven sin deseo de nada!. Y eso no es pecado cuando el alma está en su purificación. El que no desea el amor de Dios es por muchas razones. Y no todas llevan al infierno. Y muchas llevan al purgatorio. Y unas cuantas son necesarias para conquistar el cielo. Desear el amor de Dios es un merecimiento del alma, no es un don de Dios. Y Dios no exige el desear su amor para ir al cielo.

El infierno es querer alejarse de Dios porque no se cumplen sus mandamientos. Punto y final. ¡Es todo tan sencillo!

Pero –para Bergoglio- para ese hombre que no tiene ni idea del Magisterio de la Iglesia, la vida moral es un sentimiento hacia Jesús. Y, claro, viene su discurso, su fábula de viejas:

Eres un gran pecador, con todos los pecados del mundo a cuestas, y además recibes la justicia de los hombres…. Y cuando estás para morir, te dedicas a hacer lo que hizo el mal ladrón: insultar, blasfemar… y ¡cuántas cosas más! Y he aquí, que por arte de magia, miras al cielo. ¡Oh, qué bello! ¡Qué frase tan tierna!… ¡Seamos tiernos con los hombres! ¡Los hombres necesitan no temer a la ternura de Dios!… Estás blasfemando contra Dios, estás echando demonios por tu boca, y miras al Cielo….No te arrepientes de tus pecados….No; eso no…No dejas de blasfemar…No; eso no… Miras al Cielo…y dices, en medio de tus blasfemias: Señor…

¡Increíble! ¿Cómo uno que va a morir, y está blasfemando contra Dios, va a poder decir: Señor?

¿Han captado la demencia de Bergoglio? ¿Captan su fábula de viejas? ¿Su cuento chino?

Y como dices: Señor….Sólo por eso…Sólo por el deseo sentimentaloide de decir la palabra: Señor… Estás lleno de irá contra el Señor, y una sola mirada al Cielo te hace decir una palabra de ternura al Señor???????

¿Quién se cree esta fábula?

Muchos. Muchos católicos.

Sólo por tu sentimiento, ¿dónde vas, al cielo o al infierno? ¡Al Cielo!

Peca fuertemente. Peca fuertemente. Blasfema antes de morir, insulta al Señor antes de morir. Pero acuérdate de mirar al cielo, y decir: Señor. Porque te vas al Cielo de cabeza, sin pasar por el purgatorio.

Y a este hombre, ¿lo llaman Papa?

¿Dónde compró el título de papa? ¿Cuánto pagó para estar sentado en esa Silla de Pedro y hablar demencias cada día?

No he visto tan gran loco como Obispo en toda mi vida.

¡Qué demencia de predicación!

Y, claro, tiene que terminar con su herejía favorita, que es de cuño protestante: el infierno existe, pero está vacío:

«Va al infierno solamente el que dice a Dios: ”No te necesito, me las arreglo solo”, como hizo el diablo que es el único del que estamos seguros que está en el infierno».

Sólo el diablo está en el infierno. Y como es espiritual, no se ve. El infierno está vacío porque todos dicen a Dios, antes de morir: te necesito. ¡Qué tierno! ¡Qué bello! ¡Qué hombre tan amoroso con los hombres!

Y este subnormal se va a poner a confesar el 13 de marzo:

«La Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice informa hoy de que el Santo Padre presidirá el Rito para la reconciliación de penitentes, con la confesión y la absolución individual, el próximo viernes 13 de marzo, en la basílica de San Pedro a las 17.00 horas».

Si no cree en el infierno, si no cree en el pecado, si no cree en la norma de moralidad, si no juzga a nadie porque nadie comete pecado, ¿de qué va a confesar? ¿qué charla psiquiátrica va a tener con la gente que vaya allí?

No te confieses con este demente: cometerías un gran pecado. Y saldrías sin la absolución de tus pecados.

¡Cómo está el Vaticano! Bailando al son de un hombre sin verdad.

Concilio XVI de Cartago (D 102, not.4): «Como quiera que el Señor dice: Quien no naciere del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos, qué católico puede dudar que será partícipe del diablo aquél que no ha merecido ser coheredero de Cristo? Pues quien no está en la parte derecha, sin duda caerá en la parte izquierda».

Hay que merecer ser coheredero con Cristo para entrar en el Cielo. No sólo hay que bautizarse, sino que hay que trabajar para ganarse el Cielo, con el sudor de la frente.

El cielo no es un regalo de Dios a nadie. No se da porque se desee o no se desee. Se da el cielo porque se merece el cielo. El alma ha luchado, en su vida terrestre, para irse al cielo. Ha luchado para cumplir con la ley de Dios. Ha luchado para permanecer en la gracia. Ha luchado para quitar todos sus vicios y pecados. Ha luchado para permanecer en la verdad.

¡Es increíble que los católicos prefieran las palabras baratas de este hombre a luchar por Cristo, a luchar para merecer ser amados por Cristo!

El que Cristo te ame es un merecimiento de tu alma, no es un regalo para tu alma. Cristo, cuando te ama, te da una Cruz. Y tienes que llevarla hasta el final. Y quien permanezca en esa Cruz, entonces se salva y se santifica.

Es la Cruz la verdad del camino. Es la sabiduría de la Cruz lo que te lleva a la Vida Divina.

Pero, nadie quiere Cruz. A nadie le interesa la Verdad.

Todos siguen a un hombre que tiene en su mente la posesión del demonio.

«…sin misericordia, se corre el riesgo de caer en la mezquindad burocrática o en la ideología. Comprender la teología es comprender a Dios, que es Amor».

Bergoglio ha puesto la misericordia, su falso concepto de  misericordia, por encima de la verdad. Por eso, resbala siempre cuando habla.

Es la verdad el objeto de la teología. No es el amor de Dios. La vida espiritual y mística trata del amor de Dios. La vida teologal trata de la verdad divina.

Sin verdad, -no sin misericordia-, se cae en la burocracia y en la ideología. Cuando los hombres viven en sus mentiras, viven para el papeleo; viven para sus ideas, para sus mentes, para sus filosofías de la vida.

Es la verdad la que lleva al alma hacia el amor de Dios. Sin verdad, sin conocer la verdad, tenemos lo que es Bergoglio: un sentimental perdido del hombre, que sólo vive para los hombres, tengan la mente que tengan. Lo que importa es esto:

«.. también los buenos teólogos, como los buenos pastores huelen a pueblo y a calle»: tienes que oler a mundo para ser un buen teólogo. ¡Qué gran locura!

Y los teólogos que le escuchaban, ¿cómo no saltaron para degollarlo ahí mismo por esta blasfemia?

¡Todos se conforman con la charlatanería de este hombre! ¡Cómo gusta su palabras barata y blasfema!

Hipócrita es Bergoglio, hombre de dos caras. Un hombre que no sabe entrar en su corazón. Que sólo mira su mente, después mira al hombre, y con su boca le dice al hombre lo que éste quiere escuchar.

Eso es la hipocresía perfecta de este hombre. Pone la cara que el hombre, el pueblo, quiere. Nunca se le ve lo que piensa. Siempre esconde su verdadera intención a los demás. Y, por eso, habla siempre para engañar, para decir otra cosa de la que realmente piensa.

Así es todo poseso del demonio.

«Aquí tenemos, según el evangelista Juan, el primer anuncio de la muerte y resurrección de Cristo: su cuerpo, destruido en la cruz por la violencia del pecado, en la resurrección se convertirá en el lugar del encuentro universal entre Dios y los hombres».

¡Gravísima herejía la que expone este hombre!

Para dar a entender lo que significa la expulsión de los vendedores del templo y su palabra final: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré»; dice que su cuerpo fue destruido en la cruz.

Bergoglio no ha leído el Evangelio: «…uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado….para que se cumpliese la Escritura: “No romperéis ni uno de sus huesos”» (Jn 19, 34.36).

Su cuerpo no fue destruido, roto. Ni siquiera por la violencia del pecado. Jesús cargó con el pecado de todos y no fue destruido por esa montaña de pecado. Jesús murió por la fuerza de su amor, no por la carga del pecado. Es más fuerte el amor que la muerte. Jesús venció el pecado, cargando con él. Venció al mundo cargando con el pecado de todo el mundo. Y ni el mundo ni el pecado destrozó su humanidad.

Y en la resurrección, su cuerpo no se convierte en el lugar del encuentro entre Dios y los hombres. ¡Esta es la gran blasfemia contra el Espíritu Santo!

El Cuerpo de Jesús no es un lugar. Es el Templo del Verbo Encarnado. Su Cuerpo físico es Su Cuerpo Glorioso: el Templo del Hijo de Dios.

Su Cuerpo Místico es Su Iglesia: el Reino de Dios, que es un lugar y un estado. Un lugar que abarca las almas en la tierra, las almas en el purgatorio, y las almas en el Cielo. Es un lugar que son muchos lugares. Jesús resucitó para prepararnos un lugar: abrir el Cielo, llevar al Cielo las almas del Purgatorio; poner en la tierra el camino para salvarse y santificarse.

Y es un estado: lo místico son estados del alma. Y cada alma crece y se desarrolla en esos estados.

Y en esos lugares no existe el encuentro universal entre Dios y los hombres. Es su idea favorita: el ecumenismo.

En cada estado del alma y en cada lugar que el alma esté, se produce un encuentro entre el alma y Dios. Lo demás, no interesa, porque nadie sabe ni lo que es el purgatorio ni lo que es el Cielo.

Pero, este hombre –Bergoglio- habla por hablar: para tener a la clientela entretenida, sin aportar ninguna verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Su mente está tejida sólo por el demonio. Y vive del demonio, se acuesta con el demonio, se levanta con el demonio y todo lo obra con el demonio.

La penas del infierno son eternas

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«Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina»1.

Estas palabras de San Basilio reflejan el estado actual de toda la Iglesia: jerarquía y fieles. La gran mayoría vive en la crápula, en la depravación, en el libertinaje de la vida. Son hombres que llevan una vida de vicio y de inmoralidad. Hay que olvidarse de ellos porque son muerte: invitan, aconsejan, llevan a la muerte espiritual del alma.

Quien vive en el vicio de su pecado, vive sin alimentar su alma de la verdad objetiva: el dogma, la regla de la fe, la norma de moralidad, la doctrina infalible de Cristo y de Su Iglesia.

Y si esa persona está como cabeza de la Iglesia – es Jerarquía –  entonces el daño es irreversible para las almas. Vive en su vicio, en la obra de su pecado, y hace que los demás vivan en sus pecados, en la vida de extravagancia que sus errores traen consigo.

Hoy las almas hacen más caso de lo que el mundo publica que de la fe que deberían profesar: «Según Francisco, en el DNA de la Iglesia de Cristo, no existe un castigo para siempre, sin retorno, inapelable» (ver)

La Iglesia ha vivido siempre de un credo: el credo de la fe. Aquel que quiera cambiar este credo, cambia toda la Iglesia. La Eucaristía dejará de existir porque los hombres impondrán su credo en la Iglesia. Y allí donde no hay fe, no hay Eucaristía.

Pero muchos católicos ya no saben -ni siquiera- lo que es la fe católica. Viven en su fe humana, científica, histórica, natural, carnal, material, técnica…Pero no poseen la fe divina en el corazón.

Si el corazón no posee el don de Dios, -la fe-, el alma nunca puede estar en la Verdad. La inteligencia de los hombres se pierde sólo por su falta de fe, es decir, porque los hombres cierran sus corazones al don de Dios, a la gracia divina, a la obra del Espíritu.

Cierran sus corazones; es decir, abren sus mentes humanas a la idea del hombre, al lenguaje de los hombres, a las obras de las civilizaciones, de las culturas.

Un corazón cerrado es una mente soberbia: una mente metida en sí misma, incapaz de alcanzar la verdad. Es una incapacidad espiritual. Por más que el hombre analice, sintetice, medite, lea, investigue, se aconseje, no puede ver -con su mente- la verdad. La tiene en sus mismas narices, pero se fija en otra cosa, que le distrae de la verdad.

Un corazón abierto es una mente humilde: una mente que por más que piense, medite, analice, sintetice, nunca se queda en su trabajo, sino que siempre lo pone a un lado. Ha hecho lo que tenía que hacer: investigar la verdad, penetrarla, buscarla. Pero lo ha hecho como siervo inútil, porque para eso Dios ha dado al hombre la razón: para permanecer en la verdad, para sujetarse a ella, para someterse a ella.

Y la verdad, para una mente humilde, está siempre fuera de ella, nunca dentro. La verdad no es un invento de la mente del hombre, sino que es la vida de Dios, la obra de Dios, el Pensamiento Divino.

Los hombres de mente soberbia no pueden comprender esto. Para ellos la verdad es una conquista del hombre, una evolución humana, un progreso en las fuerzas de la naturaleza. Pero no es algo inmutable, que permanece para siempre, y que está ahí para que el hombre se agarre fuertemente a ese clavo y no pueda soltarse, por más marea y viento que vengan.

La verdad, para muchas personas, es algo gradual: es una idea que va evolucionando en la mente del hombre. Si la mente ha alcanzado un grado de perfección, entonces el hombre obra ese grado y la idea cambia. Ya no se piensa como antes, sino de otra forma. Ya lo que antes era malo, ahora no lo es. El hombre, en su perfección mental, ha adquirido un grado que antes no tenía. Ese grado es siempre una evolución, nunca una permanencia, nunca una estabilidad, una sujeción.

La verdad gradual es el culto a la mente del hombre. Y, por eso, se basa –sobre todo- en un lenguaje humano; en formas exteriores de expresarse. Nunca la verdad gradual es una vida interior del hombre, sino que siempre indica una vida exterior, superficial, ligera, una obra humana. Es la urgencia de hacer esa obra lo que lleva al hombre a la verdad gradual.

Todo hombre que viva para una actividad exterior, si no sujeta su mente a una verdad inmutable, objetiva, tiene que comprobar cómo su mente va cambiando según su obra exterior, según su actividad. Y ese cambio mental es siempre una perfección en el mal, en el error, en la mentira. La mente del hombre, en vez de penetrar en la verdad inmutable, penetra en la mentira que siempre cambia de color, que nunca es la misma, nunca permanece en lo que es.

Por eso, el mal es un misterio que el hombre no puede conocer. ¿Cómo algo que cambia siempre permanece siempre en el mismo cambio? Este es el Misterio del Mal, del pecado de Lucifer. Una mente espiritual que no quiso penetrar la verdad en el Espíritu de Dios, y que concibió su vida de ángel para penetrar la mentira, que su misma mente le ofrecía, buscaba y encontraba. Y Lucifer no puede cambiar en esa penetración de la mentira. Permanece penetrando lo que cambia siempre, lo que siempre se opone a la verdad objetiva. Permanece en la obra de su pecado, mientras su pensamiento espiritual va cambiando según vaya penetrando la mentira, el error, la oscuridad. Su pensamiento se va haciendo gradual en su obra de pecado: va alcanzando una profundidad, una perfección en el mal, en el pecado, en el error. Por eso, toda mente soberbia siempre tiene una excusa, siempre encuentra una razón para seguir en su vida de pecado. El humilde ve que su idea equivocada no es camino para su vida y llega al arrepentimiento. El soberbio no puede llegar a este arrepentimiento porque profundiza constantemente en su mentira, en su error. Está ciego en su maldad.

Por eso, el infierno fue preparado por Dios para Lucifer:

«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y para sus ángeles» (Mt 25, 41).

Fuego eterno: pena eterna.

Lo eterno se toma en la Sagrada Escritura en su sentido propio, es decir, es una duración sin término. Lo que no tiene ni principio ni tendrá fin.

«Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad, porque no ha verdad en él» (Jn 8, 44b). Este es el Misterio del Mal, de la obra de pecado del demonio.

Homicida desde el principio de su obra de pecado. Esa obra de pecado es eterna.

Dios es eterno; la obra de pecado del demonio es eterna.

Dios tiene que preparar un lugar para el demonio: para él y para su obra de pecado. Un lugar eterno, con una pena eterna, porque la obra del demonio, que es el pecado, es eterna.

Y decir que la obra del demonio sea eterna no es decir que el demonio sea eterno.

La obra del demonio no tiene principio en el bien, en Dios. Y no tiene fin en el bien, en Dios. Por eso, se la llama eterna. Pero el demonio tiene su principio en Dios –fue creado por Dios de la nada-, pero no tiene fin –Dios no lo aniquila.

La duración de la obra del demonio, su pecado, comienza en el demonio mismo, no en Dios. Y no termina, no puede tener fin porque Dios no puede aniquilar al demonio. El demonio tiene que vivir en su propia obra de pecado. Y, por eso, Dios le preparó ese lugar eterno: para él, para sus ángeles que apostataron de la verdad, para las almas que se dejaron engañar del mismo demonio, de su misma mente pervertida en la mentira.

Esta eternidad de las penas del infierno ha sido enseñada siempre por el Magisterio de la Iglesia:

«Limpios nosotros por su muerte y sangre, creemos hemos de ser resucitados por Él en el último día en esta carne en que ahora vivimos, y tenemos esperanza que hemos de alcanzar de Él o la vida eterna, premio de nuestro buen mérito, o el castigo de suplicio eterno por nuestros pecados. Esto lee, esto retén, a esta fe has de subyugar tu alma. De Cristo Señor alcanzarás la vida y el premio» (Fórmula de fe de Dámaso – D16).

Para aquellos que escriben que «la Iglesia oficial defiende desde el siglo XV que el castigo del infierno destinado a los pecadores es eterno», hay que decirles: sois unos mentirosos. Escribís un artículo para defender sólo a un hombre: Bergoglio. Y, por tanto, lo escribís para atacar a toda la Iglesia. Es un escrito lleno de mentiras, por todas partes. Y son culpables de esas mentiras, porque la verdad está escrita en muchos libros. Pero esa gente, le importa un rábano la verdad. Escribe para engañar.

La Iglesia oficial, la de san Pedro, desde siempre ha defendido la pena eterna del infierno. Desde siempre.

Aquellos que quieren volver al origen de la Iglesia, a sus inicios, que se lean todas las homilías de todos los santos Padres desde el inicio de la Iglesia hasta el siglo XV, y verán cómo se enseña el infierno y sus penas eternas.

En el principio de la Iglesia no hacían falta los dogmas, porque las almas creían en la verdad como niños. Sus mentes eran humildes, no soberbias. Y, por eso, la Iglesia de los principios vivía en las catacumbas, porque defendían la verdad sin dogmas: la verdad como era, la que está en el Evangelio, en la Revelación. Defendían a Cristo en Su Iglesia. Y defendían la Iglesia de los hombres, del mundo, de la vida de pecado. Y, por eso, tenían que vivir escondidos. Porque los hombres sólo defienden sus intereses, sus mentalidades, sus lenguajes humanos, sus vidas, sus obras, pero no a Cristo, no el Evangelio, no la Palabra de Dios, no la Iglesia.

Hoy en la Iglesia, que tiene un magisterio de 20 siglos, que tiene un dogma, la gente sólo defiende su palabra humana. Porque quiere su vida humana. Y su humanismo dentro de la Iglesia. No quiere una vida de catacumbas. No le interesa vivir escondidos con la verdad en el corazón. No quieren una vida interior, de silencio y de soledad de todo lo humano. Quieren vivir para los hombres, con el consuelo que dan los hombres, con sus aplausos, con la fama social de ser hombre para los hombres.

La gente está defendiendo el lenguaje barato y rastrero de Bergoglio. Pero no tiene agallas para defender a Cristo, la Mente de Cristo, la Palabra de Dios en la Iglesia. Tienen miedo de estar en contra de un hombre, al que llaman falsamente Papa, sin serlo. Tienen  miedo de enfrentarlo como es y con las armas del Espíritu. No quieren perder el plato de lentejas. Prefieren limpiarle sus babas, cuando habla, que juzgarlo y condenarlo por su manifiesta herejía. Y ¿está Iglesia apela a los orígenes de la Iglesia para ser Iglesia?

En los orígenes de la Iglesia se defendía a Cristo de los hombres herejes y cismáticos. Se defendía a la Iglesia de todos los sacerdotes y Obispos heréticos. Hoy día nadie defiende a Cristo ni a Su Iglesia. Hoy día todos los medios de comunicación defienden a los herejes y cismáticos, a los apostatas de la fe, como salvadores de la Iglesia. Hoy día, los herejes y cismáticos son los que gobiernan la Iglesia. ¡Hasta dónde hemos llegado!

Kasper es el que salva hoy a la Iglesia; Bergoglio, «sin necesidad de grandes encíclicas, con sus charlas habituales, está llevando a cabo una revisión de la Iglesia para acercarla a sus raíces históricas».

Este es el pensamiento de muchos católicos. Ya no quieren los dogmas, ya no quieren la doctrina, porque viven en la crápula, en la perversidad de sus mentes humanas. Viven anclados en sus pensamientos soberbios de la vida.

Las raíces históricas de la Iglesia es la Roca de la Verdad. Ahí está la raíz. Y los primeros cristianos, los de las catacumbas, vivían apoyados en esa Roca. Y les importaba nada la sociedad, un gobierno mundial, una iglesia universal. No necesitaban charlas de un hombre que no sabe hablar, que es un loco cuando empieza a dar sus discursos. No tenían necesidad del  demente de Bergoglio. Sólo tenían necesidad de una mente humilde, de un corazón dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Esos primeros cristianos ponían su mente en el suelo –la pisoteaban- y obraban la verdad; esa verdad que es la Mente de Cristo, la Mente de Dios. Penetraban en esa Mente y, por eso, no necesitaban de un dogma. Eran, -sus vidas-, un dogma vivido, una enseñanza puesta en vida, practicada con sus vidas, con su misma sangre: vivían para Cristo, no para los hombres. Vivían para agradar a Cristo, no a los hombres.

Hoy la gente de Iglesia, -los fieles, la Jerarquía-, vive para agradar a un hombre: Bergoglio. ¿Y tenéis la caradura de apelar a las raíces históricas de la Iglesia si sólo os interesa el negocio que ese hombre os da en la Iglesia?

Si los católicos supieran, de verdad, lo que significa un Papa en la Iglesia, desde el principio del falso pontificado de Bergoglio, toda la Iglesia hubiese enfrentado y liquidado a ese hombre. Pero, ahora, tenéis lo que habéis perseguido: un ignorante de la verdad, que os hace bailar con el demonio, para llevaros al fuego del infierno, aunque vuestras mentes humanas no crean en él, no puedan concebirlo como real, como una verdad objetiva.

El infierno no es el invento de una cabeza humana, de un lenguaje humano, de una época histórica, de una mentalidad arcaica.

Dios creó el infierno para el demonio, para la obra de pecado que el demonio saca con su mente espiritual.

El infierno es la obra de Dios: obra preparada para el demonio. Esto es lo que muchos católicos no quieren entender. Porque van en busca de un Dios que no castigue: «son muy importantes para millones de cristianos que durante siglos han sufrido oprimidos por la doctrina de un Dios tirano, sediento de castigo y de castigo eterno».

Lo que ha enseñado la Iglesia, durante siglos, es opresión para muchos católicos: cuántos se reflejan en estas palabras. Cuántos tienen en sus bocas que la doctrina del infierno da un Dios tirano, un Dios que castiga, un Dios que hace Justicia. Y eso no nos gusta. Nos gusta un Dios de misericordia, que perdona siempre, que olvida siempre.

Desde el inicio de la Iglesia se ha enseñado el castigo eterno del infierno. Ahí tienen la fórmula de la fe de Dámaso; ahí tienen el Símbolo de Atanasio:

«…y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno. Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse» (Profesión de fe de Atanasio – D 40).

En estas dos profesiones de fe, apoyado en las dos, que se remontan a las raíces históricas de la Iglesia, el Concilio Lateranense IV definió el dogma:

«Todos éstos (a saber, los réprobos y los elegidos)… resucitarán… para recibir según sus obras… los réprobos con el diablo el castigo eterno, y los elegidos en unión con Jesucristo la gloria eterna». (D 429).

El dogma, definido en el siglo XIII, dice lo mismo que las profesiones de fe, que la Iglesia tenía desde el comienzo.

El dogma que se define no es algo nuevo en la vida de la Iglesia: es la verdad de siempre, que Cristo enseñó a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por toda la Tradición.

No fue San Agustín el que ideó la eternidad de las penas del infierno: no es la mente de un hombre, su lenguaje, la que ha fabricado el infierno. Es Dios el que ha creado el infierno. Es Dios el que mantiene el infierno como es. Es Dios.

Los hombres pueden pensar muchas cosas, pero si son humildes, acabarán aceptando la verdad del infierno, como le pasó a Orígenes.

Este teólogo sostenía la doctrina de la restauración universal de todos los seres, en la cual al final todos los seres participarán de la salvación de Jesucristo. Pero él hablaba como teólogo privado, diciendo una verdad que -hoy día- muchos teólogos no dicen:

«todas estas cosas las trato con gran temor y cautela, más teniéndolas por discutibles y revisables que estableciéndolas como ciertas y definitivas» (Orígenes – Peri. Arjon I,6.1).

Orígenes, en su error, tenía una mente humilde. No enseñaba su error como una verdad definitiva, sino con gran temor y cautela.

Muchos sacerdotes y Obispos, en sus errores, tienen una mente soberbia. No son capaces de decir lo que dijo Orígenes en su error.

Orígenes enseña un error:

«¿Qué significa la pena del fuego eterno?… todo pecador enciende para sí mismo la llama del propio fuego. No que sea inmerso en un fuego encendido por otros y existente antes de él, sino que el alimento y materia de ese fuego son nuestros pecados… Así, el fuego infernal de la Escritura es símbolo del tormento interior del condenado, afligido por su propia deformidad y desorden».

Es verdad que todo pecador enciende para sí mismo la llama del propio fuego; pero también es verdad que todo pecador es lanzado al fuego encendido que ya existe. Su enseñanza no va en contra directamente de la pena eterna en el infierno, sino que produce confusión.

Orígenes menciona el fuego eterno: «… las almas, cuando salen de este mundo,… ya para la vida eterna…ya para el fuego eterno…» (R 446), sin embargo establece el principio de que la pena es medicinal: «la pena que se indica mediante el fuego del infierno se entiende que se usa como ayuda» (R 468). Orígenes pone el fuego del infierno, no en algo real, extrínseco a la persona, sino en ella misma, en su conciencia: «la conciencia misma es atormentada y herida por su propios aguijones y ella viene a ser acusadora y testigo de sí misma» (R 463). Orígenes creía sólo que el fuego del infierno era metafórico, pero no real. Y eso también va contra el dogma.

En oriente y en occidente esta teoría fue aceptada por muchos, incluso por Padres de la Iglesia, como Dídimo Alejandrino, Clemente Alejandrino, Gregorio Niseno, Gregorio Nacianceno, San Jerónimo, San Ambrosio. Pero aceptada como teólogos privados, hablando sobre el tema antes que el magisterio de la Iglesia lo hubiera confirmado. Y esto no es de extrañar que los teólogos tomen teorías que contradigan, de alguna manera, la verdad revelada, si éstas no han sido definidas como dogma. Pero ninguno de los Padres de la Iglesia negó nunca ni la eternidad del infierno ni las penas eternas de éste. Sino que tomaron la dificultad que proponía Orígenes y la criticaron, pero nunca enseñando esas dificultades como ciertas, como necesarias para la vida espiritual.

La Iglesia, para acabar con estas dificultades, pone su magisterio infalible. Ningún santo es infalible. Sólo la Iglesia es infalible en su magisterio:

«Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema» (Liber adversus Origenes, año 543 – D 211).

Ya desde el siglo VI, la doctrina de Orígenes estaba condenada por la Iglesia. No es hasta el siglo XIII donde se define el dogma de la pena eterna del infierno. Una cosa es lo que pensaba Orígenes, y otra cosa lo que nació de ese pensamiento errado y que fue llamado el origenismo. Este origenismo llega hasta nuestros días, encontrándose en la profesión de muchísimos protestantes, los cuales no sólo caen en el restitucionismo (= restauración final, las almas de los condenados van a ser restituidas, convertidas a la amistad de Dios), sino en la palingenesia (= reencarnación).

Y este origenismo, con todas sus desviaciones, está en la mente de Bergoglio y de toda la Jerarquía que le obedece.

Orígenes, en su error, fue humilde. Pero toda esta gente que gobierna la Iglesia no es humilde. Porque una vez que la Iglesia ha enseñado a pensar la verdad correctamente, nadie puede volver atrás.

Ningún católico puede ir al pensamiento de Orígenes, ni de ningún Padre antiguo de la Iglesia, para pensar como ellos antes de la definición del dogma. Ya no hay excusa para sostener lo que pensaba Orígenes. Ya la Iglesia ha hablado en su magisterio infalible. No se puede mirar hacia atrás, poniendo la excusa, la vana razón, de querer buscar los orígenes de la Iglesia.

El inicio de la Iglesia es la Verdad objetiva, inmutable: las penas del infierno son eternas. Y lo que la Iglesia ha condenado sigue estando condenado, porque la Iglesia no se inventa la verdad, no crea la verdad con su lenguaje humano. Sino que la clarifica. Coge la discusión de todos los teólogos y saca la regla de la fe: esto es herejía, esto es certeza, esto es error teológico, etc… Esa regla de la fe es el credo de la Iglesia: lo que todo católico tiene que creer para ser Iglesia, para salvarse.

Muchos católicos no saben lo que la Iglesia ha definido: su fe es una mezcla de tantas cosas que caen, necesariamente, en el pecado, en la oscuridad de la mente, en una vida de crápula.

Si un católico defiende que el fuego del infierno es sólo metafórico, no propio, no se le puede absolver2. Todo católico está obligado a aprender lo que la Iglesia ha enseñado en su magisterio infalible. En la Iglesia todo el mundo tiene que pensar igual en aquello que es dogma. No puede haber diversidad de opiniones. Eso no es la unidad en la verdad.

Bergoglio enseña lo contrario: la unidad en la diversidad. Tiene que meter en la iglesia todos los errores, todas las mentiras, todas las herejías que la Iglesia ya ha condenado. Tiene que inventarse que la Iglesia no condena para siempre.

Si no están fuertes en la Verdad objetiva no pueden ser una Iglesia remanente, que viva en las catacumbas.

Es la verdad la que guía a la Iglesia. Pero la Verdad que ofrece el Espíritu del Padre y del Hijo. No es la verdad que las mentes de los hombres se inventan. La Iglesia no necesita el lenguaje de Bergoglio. La Iglesia sólo necesita de corazones humildes, valientes, que sepan llamar a cada uno por su nombre y, por lo tanto, que sepan dar a cada hombre lo que se merece.

Bergoglio, por su pecado de herejía, se merece estar fuera de la Iglesia. ¡Hay que echarlo! En vez de estar escribiendo cartitas en que se implore a Bergoglio que no haga nada en contra de la doctrina de la Iglesia en el Sínodo que viene; que se haga un escrito en que se condene a Bergoglio y se le saque fuera de la Iglesia.

El que ama a la Iglesia no quiere herejes dentro de Ella.

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1 «Añade a todo esto que el ayuno no sólo te libra de la condenación futura; sino que te preserva de muchos males y sujeta tu carne, de otro modo indómita… Ten cuidado, no sea que, por despreciar ahora el agua, tengas después que mendigar una gota desde el infierno. Vivís en la crápula y os olvidáis de alimentar el alma con los dogmas y la doctrina, como si no supierais que vivimos en batalla perpetua y que quien abastece a una de las partes influye en la derrota de su contraria, y, por lo tanto, el que sirve a la carne aniquila al espíritu, mientras que quien le ayuda reduce a servidumbre al cuerpo…» (Ad Populum variis argumentis homiliae XIX. Homiliae I et II de ieiunio Divi Basilii Magni… omnia quae in hunc diem latino sermone donata sunt opera. Apud Philippum Nuntium Antuerpiae, MDLXVIII, p. 128)

2 El 30 de junio de 1890 se le hizo a la Sagrada Penitenciaría la siguiente pregunta: «Un penitente se presenta al confesor y le dice entre otras cosas que opina que en el infierno el fuego no es real, sino metafórico, a saber que las penas del infierno, cualesquiera que éstas sean, han sido llamadas fuego según un modo de hablar; pues así como el fuego produce el dolor más intenso de todas las cosas, del mismo modo para juzgar las penas enormemente atroces del infierno no hay una imagen más adecuada en orden a formarnos idea del infierno. De aquí que el párroco pregunta, si puede dejar a los penitentes en esta opinión y si le está permitido absolverlos. E indica el párroco que no se trata de la opinión de alguna persona concreta, sino que es una opinión generalmente extendida en cierto pueblo donde suele decirse: convence solamente si puedes, a los niños de que hay fuego en el infierno». Respuesta de la Sagrada Penitenciaría: «Estos penitentes deben ser instruidos con toda diligencia y si se obstinan en su opinión no se les debe absolver» (De los Novísimos – El fuego del infierno no es metafórico, sino propio, n. 204 – P. Sagues)

La Jerarquía vive en el pecado de herejía: no puede salvarse ni salvar a nadie

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«He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal» (Gn 3,22).

El pecado de Adán no fue un pecado sexual, sino de soberbia pura: «seréis como dioses» (Gn 3, 5c). La soberbia pura es el apetito desordenado de excelencia. Es una soberbia unida al orgullo. La soberbia pura son dos pecados que se dan al mismo tiempo: pecado de soberbia y pecado de orgullo.

Querer ser como dios es cometer un pecado de herejía. Querer conocer el bien y el mal, como lo conoce Dios, pero por el camino del demonio, eso es el pecado de herejía.

Por el Bautismo, el alma es miembro del cuerpo de la Iglesia y se hace hija de Dios por participación. El alma es como Dios, pero porque Dios la eleva a un estado que nadie puede alcanzar con sus solas fuerzas naturales.

El Bautismo imprime un carácter indeleble en el alma: un sello divino. Por este sello, el alma está obligada a vivir en la Gracia del Bautismo. Es una obligación moral, que conlleva una dependencia del alma a Cristo. Dependencia absoluta: el alma es de Cristo y de nadie más.

Cristo ha comprado con Su Sangre las almas: «Habéis sido comprados a precio» (1 Cor 6, 20a). Cada alma que se bautiza, se entrega totalmente a la Voluntad de Dios. Ya su vida humana no le pertenece, sino que es dirigida, en todo, por el Espíritu de Cristo, que ha recibido en el Bautismo: «Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6, 20b).

«y con Tu Sangre  has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9d). Por la virtud de la sangre de Cristo, se obra la Redención, se quitan los pecados y se derrama en el alma todas las riquezas de la gracia (cfr. Ef 1, 7-8). El alma bautizada posee lo que Adán perdió: la justicia. Pero ya no la original. Esa justicia tiene que alcanzarla mereciendo la gracia.

Cristo es la Verdad. Por tanto, exige de cada alma bautizada la Verdad en su vida. Un alma que no va en busca de la Verdad, que es Cristo, crucifica, de nuevo a Cristo.

Por eso, es tan importante que las almas sepan lo que es la Verdad, lo que es Cristo.

Y, para saber la Verdad, hay que ir a la misma enseñanza que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es lo que la Iglesia ha ido enseñando, durante siglos, al hombre.

En la Iglesia Católica tenemos toda la Verdad; pero la Verdad debe ser obrada con el Espíritu de la Verdad. El hombre no puede obrar esa Verdad con sus solas fuerzas naturales, humanas, materiales. Porque la Verdad es una Persona Divina, no es un conjunto de ideas, de razonamientos, de lenguajes humanos.

La Verdad es Cristo: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Verdad es el Verbo, que asume una naturaleza humana, para dar al hombre el Camino de la Vida. La Verdad es una Vida.

El hombre, todo hombre, nace sin camino, sin verdad, sin vida: nacemos en el pecado original. Somos demonios encarnados: en nuestros cuerpos vive el demonio. Y nuestras almas, en el pecado original, no saben luchar contra el demonio, que vive en toda carne.

Para eso el Bautismo, para tener la fuerza del Espíritu, fuerza sobrenatural, fuerza divina, celestial, con la cual el hombre vence al demonio en su cuerpo.

Toda alma que se bautiza tiene el camino hacia la Vida Divina. Es un camino que inicia en la misma vida humana, natural, carnal, material. Y tiene que iniciar así por el estado de pecado en que nace todo hombre.

El hombre no nace divino, no nace santo; el hombre nace pecador, humano, natural, carnal, material, esclavo del demonio. Nace en un infierno; nace poseído por el demonio.

Adán fue creado en Santidad de Vida: lo poseía todo. Y lo perdió todo. Esta verdad es un dogma de fe: «Si alguno no confiesa que Adán,… habiendo quebrantado el mandamiento de Dios en el paraíso, al instante perdió la santidad y la justicia…. e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en el enojo y en la indignación de Dios y por ello en la muerte…, y con la muerte en la cautividad bajo el poder… del diablo… sea anatema» (C.Tridentino (D 788)). Hoy la Jerarquía está enseñando que lo que sucedió en el Paraíso es una poesía, que es lo que siguen todos los protestantes y racionalistas: quieren explicar el tránsito del hombre de un estado inculto al conocimiento del bien y del mal. Es una narración poética, que depende de otras fábulas profanas que se dieron en las ciudades babilónicas.

Es lo que enseña Bergoglio: «Ya el libro del Génesis, al presentarnos de un modo poético las primeras pinceladas de este inmenso cuadro» (Mensaje a las comunidades educativas, 2006 – “Somos un pueblo con vocación de grandeza”).

El libro del Génesis no es una narración poética, sino histórica: tiene una naturaleza histórica, un modo histórico, no un modo poético. No puede ponerse en duda el sentido literal histórico: «A la pregunta de: ¿si especialmente el sentido literal histórico puede ponerse en duda cuando se trata de los hechos narrados en estos capítulos, los cuales se refieren a los fundamentos de la religión cristiana: así como son entre otros…, el precepto dado por Dios al hombre para probar la obediencia de éste; la transgresión del precepto divino, por la persuasión del diablo bajo la forma de serpiente; la pérdida de nuestros primeros padres de aquel estado de inocencia; y también la promesa del futuro Redentor? Respuesta: negativa» (D 2123).

No se hace historia con modos poéticos, sino con la verdad de los hechos. Quien busca el modo poético en el libro del Génesis, pone su propia interpretación de lo que allí se narra: es decir, tuerce la Verdad que se Revela.

Dios no habla con un lenguaje poético, sino con la Palabra de la Verdad.

Adán cometió contra Dios una ofensa, perdiendo la justicia y la santidad, y se puso bajo el poder del diablo. Y este pecado de Adán lo transmitió a todo ser humano: «Si alguno afirma que la prevaricación de Adán le dañó a él solo…, o que aquél manchado por el pecado de desobediencia transmitió la muerte a todo el linaje humano, pero no transmitió también el pecado que es la muerte del alma, sea anatema» (D 789).

Todo hombre nace sin nada: en el pecado de su vida. Como fue engendrado, así nace. Nace en la muerte del alma, no sólo con un cuerpo que tiene que morir. Pero todo hombre lo puede poseer todo.

Y esa posesión se puede dar de dos maneras: o se posee toda la Verdad; o se posee toda la mentira.

Adán poseyó toda la Verdad. La perdió toda, porque se dedicó a poseer toda la mentira.

Todo hombre tiene que elegir en su vida: o la Verdad o la mentira.

Son dos perfecciones distintas. Y no se pueden poseer las dos: o una u la otra. Perfección en el bien; perfección en el mal.

El demonio es perfecto en el mal: ha llegado a la cima de todo mal. Su mente demoníaca sólo puede concebir, pensar, meditar, sintetizar el mal. Y quien piensa el mal, obra el mal. Quien piensa todo mal, obra todo mal.

El demonio es perfecto en su mente: es una perfección diabólica, no es divina. Es el demonio mismo el que ha hecho el camino de esta perversa perfección, oponiéndose a toda la Verdad que conocía, desde el principio, cuando fue creado por Dios.

El demonio hace su existencia espiritual oponiéndose a la Voluntad de Dios en todas las cosas. Vive para la sola mentira. No puede ni decir ni obrar una Verdad.

Toda alma bautizada tiene que escoger: o ser de Cristo o ser del demonio.

El Bautismo no quita esta elección de la voluntad de todo hombre. El Bautismo da la fuerza necesaria para ser de Cristo totalmente. Pero esta totalidad es un merecimiento del alma: si el alma es fiel a la Gracia de su Bautismo, entonces alcanza, en la perseverancia, la perfección en todo Bien. Pero si el alma no es fiel a esta Gracia, entonces, necesariamente, alcanza la perfección en todo mal.

Hay que merecer el Cielo. Y el camino es uno: Cristo Crucificado. Hay que crucificar la propia voluntad humana para obrar lo divino, la Voluntad Divina, en lo humano. Si la vida no es una penitencia, una expiación, un sufrimiento, una cruz, el alma acaba en el infierno.

El camino es simple, pero muy duro, porque el alma tiene que trabajar, cada día, para vencer las huestes del enemigo, que viven en su carne.

Por el Bautismo, se quita el pecado original, pero queda la concupiscencia: queda el demonio, que incita al alma a pecar.

La concupiscencia no es sólo lo exterior de la vida: no son sólo tentaciones exteriores al hombre. El hombre vive con un cuerpo lleno de concupiscencia, de deseos malos, de atracciones no debidas. Y esa concupiscencia es la obra del demonio en su cuerpo.

El Bautismo quita el pecado original, pero no la obra del demonio en el cuerpo. Por eso, San Pablo decía que el hombre está dividido: el alma quiere lo divino; el cuerpo quiere lo demoníaco.

Este es el Misterio del pecado de Adán. Un Misterio que no se puede resolver en esta vida por ninguna cabeza humana.

El pecado original es engendrar un hombre para el infierno. Eso fue lo que engendró Adán en Eva: una generación de hombres del demonio. Una generación de hombres que no se podían salvar: no había para ellos Misericordia, a causa del pecado de Adán: «Maldita, Adán, la tierra en tu obra» (Gn 3, 17b). Una generación de hombres maldita es la que engendró Adán, que merecía el castigo del diluvio: «Borraré al hombre que he creado de la faz de la tierra…me arrepiento de haberlos hecho» (Gn 6, 7a.7d)

Toda la Creación está maldita por el pecado de Adán: un pecado del demonio en Adán: «Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2, 22). Es un pecado que trae la maldición a toda la creación en la obra de Adán. Un pecado que conlleva por sí mismo la muerte corporal y la eterna. El efecto de ese pecado es la maldición, la condenación de almas. Lo que es maldito está condenado desde el principio de la obra. No puede haber bendición de Dios en algo maldito desde el principio.

El pecado de Adán es una maldición desde su comienzo.

No fue sólo el pecado del hombre Adán; fue la obra del demonio en la obra de Adán lo que da al pecado de Adán toda su malicia.

Adán no obedeció la Voluntad de Dios: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gn 2, 17a).  Este precepto dado a Adán fue positivo y estricto; es decir, en él aparece solamente la razón de la Voluntad de Dios, que manda algo en concreto. Adán no se sometió a Dios, no declaró con su obra a Dios como su principio y su fin. Adán pecó gravemente. Y este precepto es dado con una amenaza absoluta de la pena: «porque en cualquier día que comieres de él, de muerte morirás de él» (Gn 2, 17b).

«Por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores» (Rm 5, 19). Todos muertos en Adán. Todos alejados de la gracia de Dios. Pero no todos condenados como Adán.

Adán escuchó la mentira del demonio en Eva: «Por cuanto oíste la voz de tu mujer» (Gn 3, 17a). Siempre el pecado es la obra de una mentira: es escuchar una palabra que no tiene la Verdad, que es una verdad a medias: «De ninguna manera, de muerte moriréis… sabe Dios que… serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal» (Gn 3, 4.5a.5c). Y aceptar esa mentira constituye el pecado: «comiste del árbol del cual te mandé no comer» (Gn 3, 17b). Aceptar la mentira es una ofensa contra Dios.

Adán comió la muerte. Y toda la muerte. Y los hombres que se asemejan a Adán viven para la muerte, para engendrar muerte en sus vidas. No pueden vivir para la vida. No pueden engendrar vida, aunque tengan muchos hijos naturales, aunque obren muchas cosas buenas como hombres.

Sólo se engendra vida en la Voluntad de Dios. Y, por lo tanto, sólo se engendra muerte oponiéndose a esa Voluntad Divina.

El pecado de Adán fue un pecado de herejía. No fue un pecado sólo de lujuria ni de sola soberbia. Es ir en contra de una Verdad Inmutable.

El pecado de Adán fue mayor que los pecados de los otros a causa de la excelencia mayor de Adán. «El pecado de su [naturaleza racional] cuanto más increíble, tanto mayor condena merece… Adán mismo fue el primero de una naturaleza tan excelente, que su pecado sería tanto más grave con mucho que los pecados de los otros, cuanto mejor con mucho fue él que los demás; de donde también su castigo… fue tan grande, que continuamente estaría también sujeto a la necesidad de morir…» (S.Agustín (R 2013)).

Adán estuvo sujeto continuamente a la necesidad de morir: muerte eterna del alma. Pecado de herejía. Adán fue creado en justicia original, que es el conjunto de dones divinos, que Adán tenía como un don personal, y que debía transmitir a todos los hombres. Adán, en su pecado, perdió la justicia original, y sólo pudo transmitir el pecado original.

El hereje es el que niega una verdad que debe ser creída para poder salvarse y santificarse. No es negar cualquier verdad. Si se niega que Dios existe: eso es un pecado de herejía. Si se niega que Dios es católico, eso es un pecado de herejía. Si se niega que Dios es Omnipotente se cae en herejía.

Adán pecó de herejía porque negó la verdad que le podía salvar y santificar: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gn 2, 17a). Esta verdad tenía que cumplirla para poder vivir: «el día que comieres de él, morirás» (Gn 2, 17d).

Adán fue creado en Vida, y en toda la Vida plena, sin capacidad para morir. Adán fue creado inmortal. No podía morir. Al comer del árbol, murió: pecado de herejía. Obró negando la verdad que le mantenía en la vida. Por tanto, muere y ya no puede salvarse ni santificarse. La causa: su pecado de herejía, que es muerte eterna del alma.

La herejía no es sólo decir un conjunto de ideas erradas, sino que es obrar esa idea contraria a toda la verdad. La herejía no sólo se opone a una verdad, sino a toda Ella. El hereje comienza oponiéndose a una verdad, pero termina anulando todas las demás verdades.

Adán perdió por el pecado la gracia santificante, la integridad, la inmortalidad, la impasibilidad; estaba sujeto al reino del diablo; su entendimiento quedó oscurecido para la verdad y su voluntad debilitada para el bien. Y fue echado del Paraíso: separación total de Dios.

Hay tres pecados que hacen perder la índole de ser miembros de la Iglesia: la herejía, la apostasía de la fe y el cisma.

El alma bautizada sigue teniendo, en su cuerpo, el demonio, la fuerza preternatural del espíritu del demonio. Se quita el pecado original, pero no se quita al demonio en el cuerpo. El Bautismo sella al alma, pero no sella el cuerpo. El alma es sellada por Dios: eso quita el pecado original. Ese sello divino quita la marca del demonio en el alma. Pero en el cuerpo, queda la concupiscencia: es decir, la obra del demonio.

Toda alma bautizada tiene capacidad para llegar al mismo pecado de Adán, que la separa de Dios totalmente, a pesar de su Bautismo.

Todo hombre está dividido en su ser humano. Y esa división se palpa en toda la vida, en toda la existencia. Y, por eso, el Señor dejó el Sacramento de la Penitencia para volver, de inmediato, a la Gracia, y así seguir combatiendo al demonio en la carne.

Hoy día, las almas ya no se confiesan; los sacerdotes ya no predican del pecado, ni del infierno, ni de la penitencia. Y eso lleva al alma a vivir sin la Gracia. A vivir como Adán: en su pecado, en la obra de su pecado.

No porque el alma esté bautizada ya lo tiene todo en la vida. Hay que merecer el Cielo. Hay que sufrir para ir al Cielo. Y el Cielo es de muy pocos hombres. La mayoría vive para su vida humana, carnal, material, social, económica, política, sentimental, etc…

Cada hombre se hace su propio camino aquí en la tierra. Y son muy pocos los que viven en Gracia, los que son fieles a la Gracia del Bautismo.

La situación del alma bautizada no es como el estado de Adán. Adán fue creado en la plenitud de la Gracia; los hombres nacen en el pecado original, sin la gracia.

El pecado de Adán fue su condenación inmediata. Y su obra hizo de la Creación una maldición. Adán engendró a Caín, y el Señor lo maldijo: «Maldito serás sobre la tierra… vagabundo y fugitivo serás sobre la tierra» (Gn 4, 11a. 12b). Caín vivió obrando su maldición por donde iba. Nadie lo podía matar, porque tenía que hacer su obra, la obra del demonio en su ser: «Y puso el Señor a Caín una señal para que no le matase todo el que lo hallase» (Gn 4, 15b).

Todo hombre nace en pecado, pero no nace condenado. Nace en vías de condenación. Nace para una obra de condenación, una obra del demonio en su carne.

El alma, al recibir el Bautismo, tiene la fuerza para oponerse a esa obra. Pero sólo hay una forma para oponerse: seguir al Espíritu Divino que ha recibido en el Bautismo.

Y sólo hay una forma para obrar la condenación: seguir al espíritu del demonio que está en su carne.

obisposcondenado

La vida espiritual es una batalla de espíritus. Y el alma está en el centro de esa batalla. Y tiene que elegir uno de los dos espíritus. Es una elección fundamental para su vida. Dios y el demonio se manifiestan en toda su vida, en cualquier cosa que haga. Y hay que elegir entre las inspiraciones de Dios y las sugestiones del demonio. Por eso, es necesario aprender a discernir espíritus. Los católicos de hoy es lo que menos saben: no saben ver el espíritu. No saben discernir qué espíritu tiene una persona cuando habla, cuando actúa.

Ven a un sacerdote, a un Obispo, a un político, a un fiel, y sólo se fijan en lo exterior: su lenguaje humano, sus formas, su ropaje, su humanidad. Pero no cuestionan nada de lo que dice, de lo que habla, de cómo se viste, de cómo vive.

El alma bautizada puede llegar al pecado de herejía que la saca del camino de salvación. Todo pecado de herejía anula el don de la fe en el alma. Y sin fe no es posible salvarse. Los demás pecados, lujuria, soberbia, orgullo, avaricia, etc…, no quitan la fe al alma. Oscurecen la mente, endurecen el corazón, pero el alma todavía tiene capacidad para arrepentirse y salir de su vida de pecado.

Adán, en su pecado de herejía, ya no tenía esa capacidad de arrepentimiento, porque la herejía lo impide.

Así es mucha Jerarquía actualmente: más de la mitad de los Obispos votaron, en el Sínodo, a favor de permitir la comunión a los adúlteros, y también a favor de los sodomitas … si algo tenían de católicos, lo han perdido. No sirven a Dios, sirven al demonio, y muchas almas se perderán por causa de esa Jerarquía, en la obra de tantos sacerdotes, de tantos Obispos, que lo tienen todo, como Adán, pero que prefieren ser como dioses, como el demonio les enseña en sus mentes, a discernir el bien y el mal como lo hace el demonio: en la mentira.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia vive en el pecado de herejía: y se comienza negando una verdad. Y se termina negando todas las verdades.

Toda la Iglesia se encuentra eclipsada, es la gran apostasía de la fe. La masonería, que da culto a Lucifer, está en el seno y gremio mismo de la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos han dado su nombre al demonio y su misión es perder almas. No son pastores, son lobos disfrazados de ovejas.

Hay que resistir a las autoridades heréticas de la Iglesia, sin importar qué son en la Iglesia. Cada día son más las almas que se van al infierno porque los católicos no combaten a los mentirosos; no luchan por la Verdad que han recibido en la Iglesia, sino que se dejan manejar por la Jerarquía que vive de su mentira podrida. Ya no saben obedecer a Dios con sus corazones, sino que obedecen las mentes heréticas de muchos hombres vestidos de corderos, pero que son auténticos demonio encarnados.

El cismático es aquel que después de haber recibido el Bautismo rechaza el someterse al Sumo Pontífice, rehúsa el estar en común unión con los miembros de la Iglesia, que se someten al Papa. Y este es el gran engaño del demonio al poner un falso Papa.

Como nadie discierne nada en la Iglesia: todos vieron a Bergoglio, todos quedaron engañados. Y tienen miedo de rechazar a Bergoglio para no caer en el cisma. Es un miedo que viene de su falta de discernimiento espiritual: no saben discernir el espíritu que tiene Bergoglio. Se quedan con lo exterior que manifiesta ese hombre. Y ahí quedan cegados. Y cuando ese hombre comienza a decir claras herejías, lo único que saben decir estas pobres almas, ya pervertidas, es otra perversión de sus inteligencias:

“Lo que ocurre, es que a mucha gente el gran Papa Francisco les molesta, porque está limpiando la Iglesia de ladrones, pederastas, acomodados con mucho dinero (incluso religiosos y sacerdotes demasiado acomodados y muy mundanizados), y está poniendo las cosas en su sitio”.

Esto es perverso. Porque no queremos un Papa que limpie la Iglesia de ladrones, de gente pecadora, sino que queremos en la Iglesia un Papa que haga justicia, que ponga a cada uno en su sitio. Ladrones, avariciosos, lujuriosos son pecadores que se pueden salvar en la Iglesia. Para hacer limpieza de estos pecadores: el sacramento de la confesión. Nadie está libre de pecado. Nadie puede tirar una sola piedra, en la Iglesia, contra los sacerdotes y las almas acomodadas, avariciosas, lujuriosas….Nadie. El camino para quitar a los ladrones: ahí está puesto por Cristo en los Sacramentos: que se confiesen, que vivan la gracia, que sean fieles a ella. No hace falta un Bergoglio para limpiar la Iglesia de ladrones y de lujuriosos: eso es sólo teología de la liberación, política en la Iglesia. ¿De qué va a limpiar Bergoglio si no sabe juzgar a nadie? ¿Qué clase de justicia puede obrar este insensato si no conoce lo que es el pecado?

Hace falta un Papa con mano dura, con mano de justicia que eche a todos los pecadores de herejía, de cisma y de apostasía de la fe de la Iglesia. Porque son esta gente la que no pertenece a la Iglesia, aunque posean el sello divino del Bautismo. Hay que liberar a la Iglesia de toda esta gentuza, porque por más que se confiesen, no pueden ser perdonados por Dios ni por la Iglesia. Es la obra de su pecado de herejía. La misma obra de Adán.

Queremos un Papa que haga lo que Dios hizo con Adán: echarlo del Paraíso. Hay que echar a mucha gente herética, cismática, apóstata del Paraíso de la Iglesia.

El hombre hoy quiere ser como dios: y eso es abominable.

Roma: sede del Anticristo

abomina

«… hizo Yavhé llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yavhé, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres habían en ellas y hasta las plantas de la tierra» (Gn 19, 24).

Abominación es Roma. Abominación es la cabeza de Roma: Bergoglio. Abominación es toda la Jerarquía que se somete a Bergoglio.

Este hombre es un dictador de su mentira. Y, por tanto, es un hombre que sabe que está en esa posición, en ese liderazgo, para imponer su mentira a toda la Iglesia.

Este hombre es vulgar en su palabra, pero es idiota en su pensamiento; en otras palabras: es un hombre que vive dando vueltas a su idea maquiavélica, y que la transmite en un lenguaje vulgar, plebeyo, que gusta a todo el mundo por su sentimiento barato y blasfemo.

Decir idiota a alguien no es decirle tonto: Bergoglio sabe muy bien lo que dice y lo que hace. El idiota es aquel que está privado del conocimiento de la verdad y, por tanto, tiene que obrar siempre la mentira. Y si se está en la cabeza de un gobierno, eso significa una cosa: dictadura. Bergoglio es un dictador. Todos tienen que hacer lo que dice esa mente, aunque las leyes digan otra cosa.

¿Qué es, si no, la aclaración del Obispado sobre el matrimonio (ver texto) trasns celebrado en la iglesia de Santiago del Estero, en Argentina? Esta aclaración es una clara hipocresía, una fariseísmo de una Jerarquía que no pertenece a Cristo, sino que lo combate.

La ley de la Iglesia es muy clara. Se la han pasado por el arco del triunfo y se han sometido a Bergoglio. Obedecen la mente de ese hombre, poniéndose en contra de la mente de Cristo.

Aquellos que piden que Roma suspenda a este sacerdote y al Obispo por hacer este casamiento, no saben de lo que están hablando. Porque este casamiento se ha hecho con la “bendición” de Roma. Ningún Obispo hace nada en la Iglesia sin Roma. Ningún sacerdote hace nada en su parroquia, sin su Obispo.

Bergoglio: dictador de mentiras, de maldades, de abominaciones. Y todos le besan el trasero. ¡Todos! ¿Todavía no tienen inteligencia?

¡Tienen que despertar si quieren seguir en la verdadera Iglesia: la que Cristo fundó en Pedro!

Tienen que aprender a discernir la falsa de la verdadera Jerarquía. Y llamar a cada una por su nombre. Y poner a cada uno en su lugar.

Es tiempo de cuestionar a toda la Jerarquía. ¡A toda! Ya no es tiempo de obedecer a nadie en la Iglesia. Porque eso que vemos en Roma no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia Católica. Es un invento de unos hombres que, desde hace mucho tiempo, están en la Iglesia para lo que vemos: destruirla desde dentro.

No pueden asistir a misas donde sacerdotes u Obispos, casen a personas transexuales, bauticen a hijos de homosexuales, se den predicaciones claramente comunistas, protestantes, masónicas. ¡No pueden! ¡Allí donde se obra una abominación, como es casar a personas trans, después, no se puede poner a Cristo en el Altar! ¡O se está con Cristo o contra Cristo! O se tienen las ideas claras de lo que Cristo exige a un sacerdote en Su Iglesia, o se levanta una nueva y falsa iglesia con un nuevo y falso Cristo!

¡Tienen que despertar!

Dios ha dado Sus Leyes a los hombres. Y si los hombres desprecian esas leyes, sencillamente esos hombres no son hijos de Dios, sino del demonio. No son hijos de la Iglesia. No pertenecen a la Iglesia Católica.

A ese sacerdote, que casó a esta pareja, tienen que llamarlo por su nombre: sacerdote apóstata de la fe, hereje, cismático. Sacerdote que pertenece a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Sacerdote de la masonería, instrumento de la obra masónica en la Iglesia. Y, por tanto, tienen que apartarse de ese sacerdote y del Obispo que lo mantiene en su ministerio; y, por supuesto, de Bergoglio, que es el que está detrás de todo esto.

Muchos no han comprendido lo que es la herejía. Creen que hace falta un sistema filosófico o teológico para expresar una herejía.

Bergoglio las dice cada día. No hay día que no diga su herejía. Pero nadie se da cuenta. Su famosa frase: no soy quién para juzgar; es una herejía.

La herejía es oponerse a la Verdad. Y la Verdad es la Palabra de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22).

Dios enseña al hombre a juzgar al homosexual. Todo homosexual es una abominación. Luego, cada hombre tiene el deber y la obligación de juzgar. Cada hombre es quién para juzgar porque el poder se lo da Dios en Su Enseñanza, en Su Palabra, en Sus Leyes.

Por tanto, todo aquel que diga que no es quién para juzgar a un homosexual se opone directamente a Dios, a la verdad. Está enseñando su mente humana, su idea. Y la pone por encima de la idea de Dios, de lo que enseña Dios. Y si eso que dice no lo retira, sino que lo mantiene y lo pone por obra, entonces ese hombre cae en la herejía automáticamente. Es pertinaz en su mentira.

Las obras del Bergoglio ahí están. Este casamiento es su obra, porque viene de su herejía. Este casamiento es la obra de su herejía. Es lo que se llama apostasía de la fe. Ser apóstata de la fe es obrar la herejía. Y ser hereje es ser, al mismo tiempo, cismático.

Son tres pecados que están unidos. No se pueden separar. Uno está en la mente: la herejía. Y quien piensa la herejía, la obra. Y, por eso, cae en la apostasía de la fe: vive para obrar la maldad. Y quien obra la herejía, quien es apóstata, comienza a levantar una nueva vida, un nuevo camino, una nueva iglesia: el cisma.

El hereje está «enteramente pervertido y peca, condenado por su propio juicio» (Tit 3, 11). Bergolgio se condena a sí mismo con su propia sentencia: no soy quién para juzgar. Y, por tanto, sus obras son siempre de pecado y de abominación. Nunca son obras de verdad. Nunca. Su juicio lo tiene pervertido. Esto es lo que significa la palabra idiota, en griego: el hombre privado de verdadero conocimiento: el pervertido en su juicio.

Y una persona pervertida, idiota, es mala por los cuatro costados. Y, aunque su palabra sea vulgar, aunque ponga una sonrisa a todo el mundo, aunque se quiera mostrar con el vestido de la humildad y de la pobreza, hay que apartarse de estas personas, como si fueran el mismo demonio: «Al hombre herético, tras la primera y la segunda amonestación, evítalo» (Tit 3, 10)

Esto es lo que muchos católicos, que todavía dudan de si Bergoglio es o no es Papa, no hacen. Algunos todavía se preguntan si Bergoglio se ha puesto o no al margen de la Iglesia. Después de 18 meses de ver las obras de este hombre, ¿todavía no ven nada, no lo evitan, no huyen de él, están esperando todavía algún milagro en el Sínodo?. ¡Esto es de locos!

Para quien ya ha captado lo que es Roma, el Sínodo sólo es un grupo de hombres que van como corderos al matadero. No es más que eso.

“Vuestra palabra homosexualidad se puede explicar por la historia de Sodoma y Gomorra. Leed en vuestras Biblias o consultad a vuestro clero. Buscad, hijos Míos, un clero humilde y piadoso. Muchos han perdido la fe. Muchos han vendido sus almas por llegar a los altos cargos. Y esto hijos Míos, yo digo, de todas las denominaciones!” (Verónica de la cruz).

¿Por qué este sacerdote ha casado a esta pareja de homosexuales? Porque está en ese ministerio para hacer su negocio, su empresa en la Iglesia. Ha vendido su alma al demonio, para tener un puesto, una posición social y política, dentro de la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Si este sacerdote se hubiera opuesto al pensamiento de Bergoglio, lo tendríamos en la calle mendigando comida y un vestido. Pero, como quiere seguir teniendo un plato de comida todos los días en su mesa, entonces decide limpiar las babas de Bergoglio y oponerse a Cristo en Su Misma Iglesia y con la vocación que el mismo Cristo le dio: usa los dones de Dios para hacer una obra del demonio. Esto tiene el nombre de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y esto señala otra cosa: la aparición del Anticristo. Cuando la Jerarquía de la Iglesia se convierte en anticristo, como este sacerdote, automáticamente los tiempos se aclaran y se precipitan para que aparezca el Malvado, el otro dictador que tiene que ponerse en el mundo.

Hay dos dictadores en este tiempo del Anticristo: uno en la falsa iglesia: un falso Papa. Y otro en el mundo: el Anticristo. Y esos dos dictadores son los que manejan todos los gobiernos del mundo y todas las iglesias, incluida la que está en Roma.

“Debéis seguir haciendo una vigilia de oración por el clero del mundo. La oscuridad ha descendido a la iglesia de Mi Hijo. ¡Sea lo que sobrevenga a todos vosotros por el caos que está llegando rápido a vuestro país y a otras naciones del mundo! Pronto habrá un déspota en el mundo. Lo llamo número dos. Pero muchos lo han nombrado, y en el libro de la vida se refiere como el Anticristo.

Sí, hijos Míos, vosotros lo reconoceréis por sus hechos. Muchos venderán sus almas a él para conseguir altos cargos, pero todo lo que está podrido caerá. No importa las batallas que haya que librar por mantener la luz en vuestro país y en el mundo. Vosotros seguiréis adelante como soldados de la luz, llevando vuestra bandera de la fe y la verdad frente a la adversidad» (Ib).

Hay que ser soldados de Cristo para poder oponerse a los soldados del Anticristo. Tienen que oponerse, con valentía, a toda esa Jerarquía pervertida si quieren ser de Cristo. Y no tienen que tener miedo de esa Jerarquía, porque son sólo hombres, que se visten de ropas bonitas, pero que no son lo que parecen: no son sacerdotes, no son Obispos, no son Cardenales.

Tienen que tener el valor de despreciarlos en sus caras. De decirles la verdad como es, porque no merecen el respeto que un sacerdote de Cristo se merece. No tienen el espíritu de Cristo, sino del anticristo. Y, por tanto, no hay obediencia a ellos.

Esto es lo que mucha gente no comprende. Se sigue obedeciendo a una Jerarquía que cae en el pecado, que es débil en el pecado. Pero no se obedece a una Jerarquía que comete los tres pecados que le apartan de la Iglesia: herejía, cisma y apostasía de le fe.

Un sacerdote puede ser mujeriego, pero después sigue predicando la verdad. Hay obediencia a él, a pesar de su pecado de lujuria. Porque ese pecado de lujuria no se opone a la doctrina de Cristo de manera directa.

Pero un sacerdote que, por sus obras, se opone a la doctrina de Cristo, como es este sacerdote que casó a esta pareja, aunque su homilía sea maravillosa, aunque diga palabras que parecen verdaderas, cae toda obediencia. Porque la fe está en las obras. Si se tiene fe en Cristo, se obran las mismas obras de Cristo. Si no se tiene fe en Cristo, se hacen las obras del demonio, que son contrarias a las obras de Cristo. Y Cristo nunca casó a parejas homosexuales. ¡Nunca! Este sacerdote lo ha hecho. Conclusión: no hay obediencia a esta Jerarquía. Hay que combatirla, no sólo resistirla. Porque es la propia del demonio. Son los soldados del Anticristo.

“¿Qué podéis esperar para vuestro país, que permite que florezca la homosexualidad, y se vuelva una forma de vida ahora por parte de sus líderes bajo la bandera de la verdad? ¿Y la fidelidad? A su dios; ellos han tirado la bandera y están yendo en la dirección de Satanás.

“Ahora las leyes se están haciendo para proteger los que ofenden a Dios, los homosexuales. La humanidad llevará el estandarte por delante. Habrá muchas tribulaciones para la humanidad antes de que vuelva Mi Hijo para reuniros Él mismo. En su momento muchos serán quitados de la tierra. Pero habrá una tribulación antes de ese momento» (Ib).

La nueva y falsa iglesia, que se ve en Roma, está protegiendo a los que ofenden a Dios. Y van a sacar las leyes correspondientes para eso. Y ya no van a tardar. Ya no será como han hecho ahora: un fariseísmo. Ahora se van a apoyar en sus mismas leyes, que serán una gran blasfemia a Dios.

La homosexualidad es una forma de vida en la nueva iglesia. ¿No es esto lo que predicó ese sacerdote?

“Estamos reunidos celebrando el amor de Dios en nuestras vidas, un amor que estaba desde el origen de nuestra existencia, y que los ha sostenido en momentos de dificultades, de alegría, de esfuerzo cotidiano por hacer que la opción de vida que han tomado sea respetada por todos, sea el que los acompañe por el resto de sus vidas”.

Esta opción de vida es respetada por ellos, por la Jerarquía del demonio. Y tiene que ser aborrecida por los soldados de Cristo, por la verdadera Jerarquía. Si no hacen esto, entonces ustedes pertenecen a esa nueva iglesia en Roma. Si no se separan de Roma, totalmente, van a perecer en la Justicia que viene ya a toda la Iglesia. Primero a la Iglesia, después al mundo entero.

Hay que salir de Roma pagana. Roma inmunda. Roma abominable. Y hay que salir ya. No esperen a después del Sínodo. Ya Roma no es el asiento de la Verdad, sino la sede del Anticristo.

La idea de la fraternidad destruye la verdad de la unión con Dios

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«no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son tenidos por descendencia» (Rom 9, 8).

La idea de que todos los hombres somos hermanos está fuera del testimonio del Evangelio.

Esa idea la promulga Francisco continuamente: «la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera» (Mensaje para la jornada de la paz)

Francisco habla de la fraternidad como dimensión escrita en la naturaleza humana. Y no cae en la cuenta de que Dios ha hecho al ser humano: hombre y mujer. Ha hecho un matrimonio; ha dado al ser humano un amor esponsal, no fraternal. No lo ha hecho hermano. Los hijos de Adán y Eva son hermanos en la carne, pero no en el Espíritu.

No son los hijos de los hombres, no son sus grupos sociales, no porque los hombres se relacionan, se llaman hijos de Dios. Las ciudades, los países, las sociedades del mundo son sólo eso: un conjunto de hombres. Y no otra cosa.

Hermanos hay muchos en la carne; pero hermanos en Cristo hay pocos.

Francisco habla de una conciencia social, de un hombre que se relaciona. Habla de un conocimiento que da el relacionarse un hombre con otro. Y añade: que ese conocimiento, esa conciencia, hace ver y tratar al otro como verdadero hermano y hermana.

Esto es sólo la opinión herética de Francisco. Es una opinión, porque se lo saca de la manga: es su idea sobre lo que es el hombre y su ser relacional. Pero es herética, porque Francisco pone la verdadera hermandad entre los hombres nacida de la conciencia social, de ese conocimiento o gnosis que el hombre tiene de otro por ser un ser social.

Esta idea herética le lleva a expresar una gran mentira: «sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera»; que viniendo de un alma consagrada, es otra herejía. Porque las sociedades justas se basan en el cumplimiento del amor divino, de las leyes divinas y naturales, que Dios ha puesto en todo hombre.

El hombre vive según un orden y un fin que Dios le ha dado, porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y, por tanto, el hombre no es sólo una unión entre un cuerpo y un alma, que pasa su vida comiendo, trabajando, durmiendo. Sino que su vida, desde que nace hasta que muere, está orientada, ordenada a la Redención, a la Gracia y a la Gloria Eterna.

El hombre vive su vida, no para hacer una sociedad perfecta y justa, sino para salvar su alma, para merecer el Cielo, usando la Gracia, y conseguir la santidad en su vida.

Si el hombre no ordena sus intenciones y sus acciones en su vida para este fin, que Dios le ha puesto en su alma, entonces el hombre, por más que procure el bien social, el bien común, el progreso científico y técnico, por más que quiera ser amigo de los hombres y hermano de ellos, sólo perderá el tiempo de su vida en una utopía, una ilusión, una actividad que le lleva directo al infierno.

Todo el obrar del hombre tiene que estar relacionado con la salvación del alma y la bienaventuranza eterna. Si el hombre pone su obrar para relacionarse, para ser un ser social, para construir un paraíso en la tierra, para buscar los placeres en la vida, para sentirse amado por los demás hombres, entonces el hombre vive sin Fe. Vive con una fe inventada por su mente humana.

Esta conciencia o gnosis social, que Francisco predica, le lleva a anunciar el nuevo orden mundial: «El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros».

Existe la conciencia de todas las naciones para formar una unidad, un destino común. Está hablando, claramente, no de la salvación ni de la bienaventuranza eterna, sino de construir un mundo donde la fraternidad (= la hermandad entre los hombres) es lo esencial. Todo consiste en formar una unión porque los hombres son hermanos. El amor fraterno lleva a la unión, a la unidad entre los hombres. La gnosis es la clave de la unidad.

Este pensamiento herético (= esta falsa gnosis) tiene un problema: «Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación». Los hombres, al ser indiferentes, al no estar en los otros hombres, en sus vidas, en sus problemas, en sus sufrimientos, anulan la vocación a la fraternidad.

Francisco dice: el hombre, por creación, es fraterno. Pero, cuando se junta con otros hombres, en sus sociedades, en sus países, en sus clanes, deja de ser fraterno y cae en la indiferencia.

Francisco mismo se contradice: si el hombre es, en esencia fraternidad, entonces ¿por qué no vive eso que es? ¿cuál es la razón? ¿por qué el hombre cae en la globalización de la indiferencia?

Y, Francisco, quiere explicar su contradicción de esta manera: «Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».

Francisco nunca mienta el pecado de Adán, que es el origen de todo el problema en las sociedades, en los clanes, en las familias. Lo pasa por alto y se concentra en los dos hermanos: Abel y Caín.

Y, dice, que los dos tienen la misma vocación: la de ser hermanos. Que esta es su identidad profunda. Abel y Caín se identifican uno con otro. Son dos individuos que tienen marcado en su ser: la fraternidad. Y, en su actividad como hombres, en sus culturas, en su relación con Dios y con la creación siguen teniendo esa fraternidad. Y, entonces, ¿por qué Caín mata a Abel si son uña y carne? ¿Por qué Caín rechaza la vocación de hermano?

Y, Francisco, responde: «Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro».

Caín mata a Abel por envidia. Y, entonces, viene la pregunta: si Caín tiene escrito en su alma la fraternidad, si es esencial en él, ¿por qué la envidia hacia Abel?

Y, Francisco, se responde: Es que Caín no acepta que Dios mire a Abel con buenos ojos. Caín no acepta que Dios no se fije en su ofrenda. Entonces, el problema no es con Abel, sino con Dios.

Caín no puede ser hermano de Abel porque no acepta la Voluntad de Dios sobre Abel. No acepta la mente de Dios sobre Abel. No acepta la idea que tiene Dios de la ofrenda de Abel.

Entonces, para Francisco, lo que mata la fraternidad, que es algo esencial al hombre, es el odio que Caín siente por Dios. No ama Su Voluntad sobre Abel; luego lo odia. Caín, porque odia a Dios, mata a Abel. Y lo mata por envidia.

Este planteamiento de Francisco es totalmente herético.

Primero, hay que poner las bases del pecado de Caín:

1. Adán concibe un hijo del demonio: Caín. Si no empezamos así, entonces no podemos comprender el pecado de Caín.

Adán engendra un demonio, es decir un hijo de hombre, de carne y hueso, sin Espíritu Divino. Adán, por su pecado, pierde todos los dones de la Gracia y se queda como hombre, sin poder ser hijo de Dios por gracia. Es hijo de Dios, porque Dios lo creó, por naturaleza; pero no por gracia.

Y Adán concibe un hijo sin la gracia. Y, por su pecado, un hijo que es del demonio. Un hijo buscado porque el demonio lo engañó en el Paraíso. Un hijo para la muerte: «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés» (Rom 4, 14). Es con Moisés cuando Dios da su Ley al hombre para la Vida. Adán perdió la Vida Divina y engendra sólo muerte. Y, por eso, Caín tiene que matar a Abel. Es necesario por justicia divina.

Por tanto, en Caín no está Dios. No puede estarlo por la Justicia Divina. El pecado de Adán produce que se le castigue con un hijo para el infierno. Es lo que merece su pecado. El Señor no castiga a Adán al infierno sólo por una razón divina: su Hijo tiene que encarnarse en la naturaleza humana. Pero ese castigo, que merece su pecado en el Paraíso, pasa, por generación, a su hijo Caín.

Es su primogénito, destinado para el infierno. Caín no puede amar a Dios: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8, 8). Caín no puede amar a su hermano Abel. Caín no puede formar una sociedad justa, porque no tiene el amor de Dios en su corazón. Por eso, de Caín nace una sociedad corrompida en el pecado. Una cultura que le conduce a la formación de Sodoma y Gomorra, en donde el pecado homosexual es el común entre los hombres.

Y la homosexualidad es la que anuncia que los hombres no saben ser hermanos entre sí, no tienen por vocación divina la fraternidad. El pecado homosexual es una abominación al amor verdadero entre los hombres: es la decadencia del amor al prójimo; es la anulación de toda verdad en el hombre. Porque Dios ha creado al hombre para la mujer, y la mujer para el hombre. Entonces, la vocación del matrimonio es la esencia del ser humano.

Dios crea al ser humano para un matrimonio: con Dios, y entre hombre y mujer. Dios no crea al ser humano para ser hermanos, para un amor entre hombres, para formar un mundo entre hombres, unidos por un amor idealizado en la mente humana. Al poner Francisco la esencia del ser humano en la fraternidad -y no en el amor esponsal-, entonces tiene que afirmar la homosexualidad, no juzgarla, no negarla, porque ésta es una manera de amarse los hombres entre sí; es un amor que lleva el hombre escrito por vocación. Francisco cae en una aberración total en su gnosis social.

2. Adán concibe un hijo para Dios: Abel. Y lo hace movido por su arrepentimiento. Es un hijo que Dios se agrada en sus obras. Y, por tanto, ese hijo tiene el Espíritu de Dios. Abel es un hijo de Dios. Caín es un hijo del hombre. Son dos hijos del mismo padre, pero no son hermanos. Son hermanos porque tienen un mismo padre, hermanos de carne y sangre. Pero no son los hijos de la carne, los hijos de Dios. El hijo de Dios es el que recibe el Espíritu de filiación divina, no el que viene por parte de hombre, de carne: «no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad del varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13).

Francisco anula a los hijos de Dios y todo lo contempla desde el hombre, y quiere imponer su idea de la fraternidad, del amor fraterno, como idea única para formar su gobierno mundial.

Y, Francisco, sigue adelante en su herejía; y quiere explicar la manera de formar una unidad, a pesar de que el hombre pueda traicionar esa vocación a la fraternidad.

1. Dice que: «Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9)». Es decir, el Padre crea hermanos. Como hay un solo Padre, entonces todos somos hermanos. Es decir, que los hombres son hermanos por creación. Como Dios ha creado al hombre, entonces –por esa única razón- todos somos hijos de Dios. Luego, hermanos.

Francisco cae en un grave error: sólo Adán es creado por Dios. Dios crea las almas, pero no los cuerpos. Los cuerpos vienen por generación, por unión sexual entre hombre y mujer. Pero sólo Dios crea el cuerpo y el alma de Adán y de la mujer. Los demás hombres, no son por creación, sino por generación. Y este punto es esencial para poder comprender el pecado de Adán.

Como Dios es Padre, crea las almas de todos los hombres; pero la fraternidad, la hermandad entre los hombres sólo es posible por generación; no por creación. Luego, los hombres no somos hermanos por creación.

«La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios». No; la fraternidad está enraizada en la generación sexual, no en la paternidad de Dios. Dios crea todas las almas, pero porque Adán pecó, los hombres nacen en el pecado original, es decir, no son hijos de Dios. Y si no son hijos de Dios, no son hermanos entre sí. Son hermanos de carne, pero eso no hace ser hijo de Dios.

Francisco, al decir que todos somos hermanos al tener un mismo Padre, tiene que negar el pecado original y definir el pecado como un mal social, como un error común, como algo que engloba a los hombres en la sociedad, en las culturas, en las familias. Y esa idea global le llevará, después, a una abominación cuando quiera explicar la obra de la Creación.

2. Y dice más: «Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos». Esto no es sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

En la Cruz se da la Redención del hombre: el hombre es redimido por los sufrimientos de Cristo. Cristo ha sufrido por el hombre pecador. Cristo no ha sufrido con el hombre, sino por el hombre, para salvarlo de la muerte del pecado.

En la Cruz sólo se da esto: un camino abierto a la Vida de la Gracia: «si por la transgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la Gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos» (Rom 5, 15).

Este camino de la Gracia pone al hombre en la Verdad de su vida. Y esa Verdad no es la fraternidad, sino la bienaventuranza eterna: el matrimonio con Dios. Con Cristo, el hombre puede, de nuevo, pertenecer al Cielo y conquistar el Cielo con sus méritos en la vida humana.

Francisco anula todo esto para poner su idea masónica: la fraternidad en la cruz. Jesús muere como un hermano de los hombres, pero no como el Redentor de los hombres. Jesús no conquista la Gracia para el hombre, sino la fraternidad, que es el fundamento para un mundo nuevo. Todo se resuelve con la fraternidad, no con la Gracia, no con el amor de Dios:

1. La fraternidad, fundamento y camino para la paz
2. La fraternidad, premisa para vencer la pobreza
3. El redescubrimiento de la fraternidad en la economía
4. La fraternidad extingue la guerra
5. La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad
6. La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

Para terminar, Francisco su escrito, con una oración abominable: «Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra».

En el Corazón de Jesús sólo brota el fuego del Amor de la Santísima Trinidad. Y es el único amor que Dios da a los hijos de Dios. Es la única esperanza del hombre que quiera salvarse. Y es la única fortaleza para vencer las insidias del demonio. Y teniendo en el corazón ese amor divino, entonces el hombre encuentra la paz, y vive la Voluntad de Dios en su vida y en todo su entorno.

Pero sin ese amor divino, si los hombres viven en sus pecados, haciendo culto a sus pecados, entonces es imposible ninguna paz y ningún amor entre los hombres.

Seguir las enseñanzas de Francisco es condenarse en la Iglesia. Nadie que tenga dos dedos de frente puede obedecer a Francisco ni respetarlo como Obispo. Es una abominación de hombre en la Iglesia. Sus obras son abominación. Sus palabras, destrucción. Su mente, confusión. Su alma, tiniebla del demonio.

El Vaticano es una guarida de víboras

Primer anticristo

Francisco no profesa la fe católica, sino sus falsas religiones: está con los judíos, con los protestantes, con los mahometanos, con los budistas, con todo el mundo religioso, menos con la Iglesia Católica.

Francisco es el hombre de las falsas religiones, el hombre que gusta al mundo porque piensa y obra como se hace en el mundo.

Por eso, es necesario apartarse de las falsas enseñanzas que Francisco da cada día en la Iglesia.

Francisco, en cada homilía, en cada declaración, introduce palabras que no pertenecen a Jesús, que no están en el Evangelio, que no son del Magisterio de la Iglesia.

Francisco no habla como un Papa, sino como Satanás, como vicario del demonio. Su magisterio en la Iglesia no es papal, es decir, no está guiado por el Espíritu Santo, para enseñar la Verdad y guiar a la Iglesia hacia la Verdad.

La sabiduría que viene del cielo es pura, dice Santiago en su carta, y, por tanto, no viene con mentiras, con engaños, con opiniones, con dudas, con filosofías de la vida de los hombres.

La sabiduría que viene del cielo no viene con las culturas de los hombres, no viene con el pensamiento de los hombres, no viene a acomodarse a las ideas de los hombres, no viene a aplaudir el progreso de las ciencias y de las técnicas de los hombres, no viene a decir que ya todo está perdonado y, por lo tanto, a vivir la vida haciendo cosas buenas o malas, pero todo el mundo se salva, que es lo que, a fin de cuentas, enseña Francisco.

Francisco es astuto, pero tiene la astucia de su padre, el diablo. Es astuto para engañar, para mentir, para decir aquello que nadie quiere decir, porque es claramente una mentira, un pecado, pero lo dice dejándolo caer, como de pasada, como sin darle importancia.

Tiene la astucia del alma no inteligente; pero que es una astucia que produce mucho daño porque enseña la duda, pone al alma en la confusión, deja que el alma piense sólo en la mentira que le ha dado, pero que no vaya a la clara verdad. Es una astucia que impide ver la Verdad.

Por eso, Francisco es un verdadero actor: sabe actuar para meter su engaño, su mentira, su error, su duda. Prepara lo que va a decir, piensa en sus gestos, en las caras que hay que poner, en las sonrisas que hay que dar, en el ejemplo amable hacia los otros, porque Francisco sabe que esto es lo que vende entre los hombres.

Un hombre que da una sonrisa a los demás es agradable a todos. Un hombre que da palabras bellas, hermosas, cariñosas, amables, distinguidas, entonces cae bien a todo el mundo. Un hombre que no quiere imponer su pensamiento, sino que sólo lo deja caer, como de pasada, como sin darle importancia, entonces la gente sigue ese pensamiento.

Francisco sabe cómo son los hombres: como borriquillos, que van uno detrás de otro, sin fijarse en nada más que lo que tienen a su frente y dejándose guiar por todo el mundo.

Francisco sabe que los hombres son una masa. Y, por tanto, él habla para la masa. Él no es capaz de hablar a cada alma. No sabe lo que es el alma, no sabe la vida espiritual, no sabe la vida de la Iglesia.

Francisco habla como un político: para todo el mundo, para la masa de las gentes, para algo que, en sí mismo, no vale nada.

Alrededor de Francisco se reúnen las masas, pero no las almas. Alrededor de Francisco no hay un alma, porque Francisco no alimenta el alma, sino las masas.

Un alma que busque la verdad no va hacia Francisco, porque no da una verdad para un alma, da muchas cosas para todo el mundo, habla para todo el mundo, pero no habla al corazón del alma.

El alma siente cuando algo va dirigido hacia ella; pero ante Francisco, el alma sólo siente que lo que se dice es para todo el mundo, para la masa, para un conjunto de hombres que escuchan un palabra de mentira para obrarla en sus vidas.

Francisco tiene un corazón sucio, un corazón cerrado a la gracia, un corazón en pecado, que vive su pecado y que ama su pecado y que no quiere quitar su pecado. Es un corazón que impide que la verdad habite en él. Y, por tanto, lo que enseña Francisco es sólo su corazón sucio, su corazón ennegrecido por sus pecados, su corazón que sólo sabe hablar de dinero, de materialismo, de humanismo, de mundanidad, de profanidad; pero que es incapaz de tener vida espiritual.

Y, por tanto, Francisco se recubre de aquello que no cree en su corazón; se reviste de aquello que odia, porque es algo santo, es algo puro, es algo verdadero, pero que tiene que decirlo porque está haciendo su obra de teatro. Tiene que actuar como los actores lo hace en una película: se aprenden el guión, aunque saben que lo que dicen no es para ellos, no lo viven, no lo creen, pero tienen que decirlo para hacer su película.

Francisco tiene que decir las verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, pero que no cree en ellas, en su corazón. Y, justamente, porque no cree, tiene que hablar palabras buenas, palabras verdaderas, pero que no son suyas, que no están en su mente, que no vive en su corazón, que no ha asimilado porque no puede hacerlo por su pecado de orgullo.

Y Francisco, cuando hace su misa, pronuncia las palabras de la consagración, que son palabras verdaderas, auténticas; pero las pronuncia porque sabe leer y recitar, no porque cree en ellas. Y, por eso, hace su obra de teatro, hace su actuación. No consagra, no da un pan consagrado, no a Cristo, sin un pan material en sus misas.

Y, cuando predica, hace lo mismo: lee palabras del evangelio, las recita, las pronuncia, las vocaliza, pero después, mete lo que le interesa: su mentiras, sus palabras que sí cree, sus filosofías que están en su corazón, sus obras malditas que vive cada día.

Francisco tiene un corazón que odia. No tiene un corazón que ama. Y la razón sólo están en una cosa: la Virgen María.

Para ver si un sacerdote es auténtico, sólo hay que fijarse en si ama o no a la Virgen María.

Y Francisco no ama a la Virgen María. Y se prueba con esto:

“El Evangelio no nos dice nada: si dijo alguna palabra o no… Estaba silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! Tú, aquel día me dijiste que iba a ser grande; Tú me dijiste que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría por siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!” (Francisco, 20 de diciembre, en Santa Marta).

Leer estas palabras trae indignación a al alma que cree en la Verdad, que vive para no tener dudas de lo que el Señor le da.

Francisco enseña la duda para caminar ante Dios. No enseña a creer en Dios de una manera sencilla, clara, humilde, abandonada a la sola Voluntad de Dios.

Decir que María duda es ir en contra de la misma palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en Mi según tu palabra”. María no duda, sino que tiene plena confianza en la palabra de Dios, que se revela a Ella de una manera perfecta, en la que no es posible dudar, porque la Virgen es Inmaculada, no tiene pecado y, por tanto, no puede dudar. La Virgen nunca puede decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!. Nunca podía pasarse por su cabeza esta idea. Nunca. En los demás hombres, sí. En la Virgen, nunca, porque no puede pecar. Y toda duda es pecado.

Pero el pecado de Francisco no es decir que la Virgen duda, sino en decir que la Virgen es humana.

Si Francisco creyera en lo que significa ser Inmaculada y ser Madre de Dios, entonces, tendría que decir una sola cosa: la Virgen es divina, no humana.

Tiene naturaleza humana, porque es una criatura, nacida de padre y madre; pero no actúa, no piensa, no obra, no vive, como los demás hombres. Y no puede hacerlo por esas dos cosas: es Inmaculada y es Madre de Dios.

Como Francisco no cree en estos dos dogmas, entonces cae en el error de concebir a la Virgen como otro hombre más, como una pobre mujer, como una criatura mortal común, sujeta a las dudas, a los temores, a los miedos, a las inseguridades, que todo hombre tiene en su vida porque nace con pecado original y puede pecar en el transcurso de su vida.

Francisco es incapaz de comprender los Misterios de Dios en la Virgen y, por eso, la maltrata de esa manera, la anula, y la muestra como una mujerzuela más. Y eso es señal de que el sacerdocio de Francisco no pertenece a la Virgen María. Francisco no es un hijo predilecto de la Virgen María. Francisco no ama a la Virgen María. Francisco no tiene como Madre a la Virgen María. Francisco no ve a la Virgen María como Madre de la Iglesia ni como Reina del Universo. Francisco no obra en la Iglesia como lo hizo la Virgen María: con la fe divina. Sino que está en la Iglesia con su fe humana, con su fe diabólica, con su negocio humano en las cosas divinas.

Francisco hace de todo para menospreciar la Iglesia de Cristo, para abajarla, para anularla, para despojarla de todas sus verdades.

Y esto lo hace Francisco con la complicidad de sacerdotes y de Obispos, de Cardenales, que lo rodean y que quieren lo mismo que quiere él: destruir la Iglesia.

El Vaticano es el centro del poder mundial y temporal, convertido en una guarida de víboras. Ya no es el centro del poder espiritual. Desde hace 50 años sólo hay podredumbre dentro de los muros del Vaticano. El Vaticano está podrido en sus sacerdotes, en sus Obispos, en sus Cardenales, y en todas sus estructuras.

El Vaticano es un enorme sepulcro, blanqueado por fuera, para que nadie se dé cuenta, nadie atienda a la podredumbre que hay dentro de él. En el Vaticano nadie respeta la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural. Ni uno solo de esa Jerarquía, que ha tomado el poder de la Iglesia para destruirla completamente.

Si hubiera un sacerdote que respete los Mandamientos de la Ley de Dios, tendría que salir del Vaticano.

El Vaticano es una maldición para toda la Iglesia. Los buenos sacerdotes que todavía aman al Señor, son injuriados, menospreciados, perseguidos, calumniados, por el mismo Vaticano, por esa Jerarquía que está sólo para hacer su negocio en Roma, pero que le importa nada un alma sacerdotal.

Los sacerdotes son borregos a los que se utilizan parar los planes de ese Vaticano corrupto. Y muchos sacerdotes tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía, a sus Obispos, que sólo son como Francisco: mentirosos, engañabobos, que están en su oficio para ganar dinero y fama entre la gente del mundo, pero que no tienen vida espiritual. Muchos Obispos no saben dirigir el alma del sacerdote hacia la Voluntad de Dios. Son cabezas ciegas que guían a los ciegos hacia el mismo infierno.

Muchos Obispos no saben dirigir la Iglesia hacia la Verdad, que es Cristo. Sólo saben leer y citar textos de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Sólo saben recordar que existen leyes canónicas a aquellos que no quieren obedecerlos. Sólo saben mandar imponiendo su mente humana, produciendo el miedo en los sacerdotes que tienen a su cargo, para mantenerlos cautivos a sus mentiras, a sus apostolados en la Iglesia.

Muchos sacerdotes tienen miedo de sus Obispos y no defiende a Jesús y a Su Iglesia. No defienden la Verdad en la Iglesia. Están cautivos, están obligados por sus Obispos a obrar lo que las mentes de esos Obispos quieren en la Iglesia.

La Iglesia, en su Jerarquía, está podrida. Y en su Jerarquía superior: los Obispos. Son lobos, que se visten de piel de oveja, se viste de Cristo, enseñan con sus bocas lo que leen en sus escritos, que son del demonio, pero que después, obran como lobos, como carniceros de las almas, de los corazones, de los sacerdotes.

Jerarquía que mata las almas de la Iglesia, que enseña a dudar de todo, que enseña a vivir en el pecado, que enseña a amar el pecado, que enseña a anular el pecado, que enseña sus mentiras, cada día, como si fueran verdades.

Francisco da el veneno mortal de la duda en la Iglesia: eso significa sus mentiras, sus engaños, sus falsedades, sus idioteces, sus estupideces, sus boberías. El alma que escucha a Francisco, el alma que sigue a Francisco, cae siempre en la duda.

Un sacerdote que alimente a las almas con la duda es un sacerdote del demonio. ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Un anticristo sentado en la Silla de la Verdad, actuando como Papa, sin ser elegido por Dios para ser Papa, diciendo palabras bellas para engañar a todo el mundo, y con la colaboración de toda la Jerarquía de la Iglesia, que son todos unos miedosos para levantarse contra Francisco y decirle las cosas claras.

Francisco deambula en el lodazal del Ecumenismo y del diálogo con Satanás. Y lleva a todos hacia ese reino maldito del demonio, que es el mundo.

Francisco camina entre presuntuosos teólogos de la teología de la liberación, de la teología protestante, de los modernistas que sólo creen en sus cabezas humanas, en sus elucubraciones estrafalarias, en sus maravillosos textos humanos, que sólo dan la mentira y nada más que la mentira a las almas y, por tanto, enseñan a dudar de todo. Y, en esa enseñanza, tienen un fin: crear una nueva fe para su nueva iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; y, por tanto, toda cosa distinta que sostenga, que enseñe, que predique, que obre Francisco -y todos los que le siguen-, no son más que el camino hacia el Infierno, hacia la muerte del alma y del espíritu; no son más que mentira, mentira y mentira.

Es hora de que alguien con autoridad en la Iglesia se levante y diga a Francisco que se vaya, que deje la Silla de Pedro vacía, porque su magisterio lleva a la Iglesia hacia la condenación más terrible y a hacer de la Iglesia una confrontación: ya nadie está seguro siendo de la Iglesia Católica. O sigues la opinión de Francisco o ya no eres de la Iglesia. Ya te echan por defender la verdadera doctrina de Cristo y de la Iglesia.

Roma está corrupta. Es una prostituta que se acuesta con todo el mundo para hacer su negocio: dar hijos del demonio dentro de la Iglesia.

Existe el infierno

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El que adora la bestia “será atormentado con el fuego y el azufre…” (Cf. Ap. 14,9-11; 19,20). “Los cobardes, los infieles…, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte” (Cf. Ap. 20,13s).

El infierno es la casa de muchos bautizados, sacerdotes, Obispos, Papas, y fieles de la Iglesia Católica. Muchos se han merecido ir al infierno porque no han sido fieles a la Gracia que han recibido.

En el infierno están todas las almas que, una vez en su vida, han creído en Jesús. Ese momento de fe es su infierno. No fueron fieles a esa fe y eso les atormenta por toda la eternidad.

El don de la fe es lo que salva al alma de caer en el infierno. Aquella alma que no tenga fe se condena sin posibilidad de volver a la vida. La condenación al infierno es para siempre; no es una pena temporal, sino eterna.

Y se sufre en el infierno un daño real, una pena real, no algo metafórico, sino propiamente el infierno es un dolor que nunca se acaba, que no sólo está en la conciencia del hombre, sino en todo su ser. Es un dolor que no destruye el ser del hombre: lo aniquila para volverlo a aniquilar; y es un dolor que está por sí mismo, no lo puede quitar el condenado de sí.

Se cae en el infierno porque no se vive de fe. Y vivir fe significa dos cosas:

1. combatir el pecado hasta la muerte;

2. expiar el pecado hasta la muerte.

Si no se hace esto, no se vive de fe, sino que la vida es cuento chino, en la que todo el mundo se salva porque Dios es Misericordioso.

Hoy los sacerdotes y los Obispos ya no predican del infierno porque no tienen fe. Ya no creen en la Verdad y, por tanto, ya no combaten el pecado ni lo expían.

Ahí tienen a todo ese gobierno horizontal de la nueva iglesia que ha creado el hereje Francisco, en que ninguno cree en el infierno. Y, entonces, se creen santos y justos en lo que hacen en Roma. Ya no miran sus pecados, porque dicen que el pecado no es pecado, sino un mal con el cual hay que vivir y no confesar. La confesión de estos males es sólo desahogarse con el sacerdote para que éste le diga: sigue pecando, sigue con tu vida de pecado. Eso no es malo lo que haces.

El confesonario se ha convertido en una consulta psiquiátrica, donde se charla de muchos problemas y no se absuelve de ningún pecado. Porque el pecado se ha convertido en un problema psíquico, mental, pero no espiritual. Hay que curar las mentes de los hombres, que se han vueltos desquiciados con tanto mal en el mundo. Hoy muchos sacerdotes son psicólogos, psiquiatras, pero no confesores, no ministros que imparten el Sacramento de la Penitencia, porque ya no creen en el pecado. Y aquel sacerdote que no cree en el pecado, sólo habla con el penitente, pero no le absuelve ninguno de sus pecados.

“La predicación… de los novísimos no sólo no ha perdido en nuestras citas de ningún modo el ser ventajosa, sino que más bien ahora sobre todo es necesaria y urgente. También por supuesto la predicación del infierno. Sin duda tal tema debe ser presentado con dignidad y discreción. Sin embargo en cuanto a la sustancia misma del tema, la Iglesia tiene ante Dios el sagrado deber de transmitirlo y de enseñarlo sin mitigación alguna, del modo como lo reveló Jesucristo, y no se da ningún condicionamiento circunstancial, que pueda disminuir el rigor de este deber. Esto obliga en conciencia a todos los sacerdotes, a los cuales les ha sido confiado el cuidado de enseñar… a los fieles. Es verdad que el deseo del cielo es una motivación en sí más perfecta que el temor del castigo eterno; pero de ahí no se sigue el que el deseo del cielo sea para todos una motivación más eficaz que el temor del infierno en orden a apartarlos del pecado y a que se conviertan a Dios” (Pío XII Exhortación a los párrocos de Roma y a los predicadores del Sagrado Tiempo de Cuaresma: AAS 41 (1.949)).

Hoy nadie obedece a los Papas en el deber de predicar del pecado y del infierno. Es cómodo no tocar estos temas, porque a la gente no le gusta. A las almas les gusta un Dios lleno de amor y de misericordia, pero no entienden al Dios de Justicia, al Dios que castiga, al Dios que nunca perdona.

Un sacerdote que predique que Dios todo lo perdona está diciendo que no cree en el Infierno y, por tanto, dice que el pecado ya hay que mirarlo de otra manera, para seguir viviendo la vida con otra orientación más realística para los hombres.

La doctrina de la fraternidad de Francisco es lo mismo que dicen los protestantes: como el hombre se justifica por la fe, y como la sangre de Cristo nos ha quitado la expiación del pecado, entonces todos al cielo. No existe el infierno. No hay nada que pagar porque Cristo ya lo pagó todo por nosotros. Sólo hay que creer, aunque se tengan los pecados. No importa estar en la Iglesia con los pecados. No se pueden quitar, son algo que hay que cargar con ellos, son males de la naturaleza humana. El hombre, si vive una vida razonable, haciendo el bien a sus hermanos, dando dinero a los pobres, poniendo hospitales para los ancianos, dando trabajo para los jóvenes, entonces se salva, no puede condenarse, tiene derecho natural a la vida eterna, porque Dios ha creado a todos los hombres por amor. Todos somos buenos para Dios. Él ya se encarga de los males.

Este es el resumen del pensamiento de Francisco, un hombre que no cree en el pecado porque no ve su pecado. Ve que lo que hace es santo y justo. No puede entender el daño que está haciendo con su gobierno horizontal. No ve el mal que produce en toda la Iglesia, porque no ama la Verdad, no ama a las almas de la Iglesia, no se sacrifica por ellas, no hace nada por las almas que tiene encomendada en su ministerio sacerdotal. Francisco es un hombre que sólo vive para su idea de lo que debe ser la iglesia: por eso, ha fundado su nueva iglesia en Roma.

Quien no predica del infierno condena a las almas a ese lugar. Quien no habla del pecado como pecado, habla de su mentira en la Iglesia. Quien no da la Justicia de Dios en la Misericordia, entonces sólo hace de la Misericordia una irrisión, una burla, un desprecio.

Las almas no quiere oír hablar del infierno. Quien les da lo que ellas quiere oír, las condena al infierno.

El hombre, para que se salve, hay que predicarle aquello que no quiere escuchar: el pecado, la muerte, el purgatorio, el infierno, la penitencia, la expiación del pecado, la cruz.

Estos temas, hoy día, ni se tocan por muchos sacerdotes y Obispos. Eso es una señal de que no se cree en nada: ni en el pecado, ni en el infierno, ni en cielo, ni en el amor de Dios, ni en la Eucaristía,, ni en la Iglesia.

Hoy día es necesario predicar de estos temas para salvar a las almas. Necesario. Urgente. Porque todos quieren un camino fofo para salvarse. Nadie quiere la cruz, el dolor, el sufrimiento. El hombre vive ya condenado en vida y, muchos, no se han dado cuenta de eso. Cuando el hombre deja de luchar contra el pecado, entonces camina hacia el infierno.

El signo claro de que este mundo que vivimos, de que la Iglesia que contemplamos, es un infierno, es porque ya no se cree en el pecado.

Cuando un sacerdote dice que ya no hay infierno o que no es necesario hablar de esos temas, sólo está diciendo que no quiere salvar almas en la Iglesia. El pecado ya es algo sin relevancia y, por tanto, la vida espiritual hay que ponerla en objetivos humanos, naturales, carnales, materiales, en el amor fraterno. Que todos nos amemos como hermanos, nos besemos, nos abracemos, nos demos la mano, que hagamos un bien al otro, y ya está hecha la salvación.

Esto es la predicación de muchos. Y, por eso, es necesario abrirse al mundo: decir que los protestantes, los luteranos, los judíos, los calvinistas, los budistas, los musulmanes, todos se han salvado, están salvados, son hijos de Dios, se van al cielo. Esta es la idea de Francisco en su nueva iglesia. Y no es otra. Y ¿por qué? Porque ya no se cree en el pecado.

Como no se cree en el pecado, entonces hay que bautizar a los niños de padres que viven en su pecado, que no tienen fe, que no pueden transmitir la fe a sus hijos, que sólo les enseñan a condenarse en la vida. Y, entonces, bauticemos a esos niños para que vayan al infierno con el sello del Bautismo y así su infierno sea más riguroso, tengan más dolor, por el Bautismo que han recibido y que nadie les ha enseñado a usarlo como conviene; porque sus papás tampoco lo usaban ya que vivían en sus grandes pecados, los cuales no eran pecados para ellos. Sólo era una forma de vivir la vida, con unos males que hay que cargar. Como creen en Dios y como Dios todo lo perdona, entonces hagamos del Bautismo un camino para condenar a las almas al infierno. Esto es lo que el otro día hizo Francisco. Esto mismo. Porque no cree en el pecado y, por tanto, tampoco cree en el infierno. En consecuencia, le da igual la salvación del alma. Lo que importa es la publicidad: que todos venga a una iglesia abierta al amor de dios y al amor fraterno, que eso es lo que salva a los hombres.

Ya no salva vivir la Verdad, obedecer a la verdad, sino hacer que los hombres vivan sus pensamientos humanos, que son sus verdades, y cada uno tiene derecho a pensar y a vivir como quiera. Es igual. Se va a salvar de todas maneras. Vive en tu pecado y, después, pide que el cura te bautice a tu niño porque eso es bien visto por los hombres. ¿Qué culpa tiene el niño del pecado de sus padres? La misma que los hombres del pecado de Adán. La misma. Lo que viven sus padres eso vive el hijo. Como piensan sus padres, así piensa el hijo. Si sus padres lucharan por quitar el pecado, entonces no harían cometer al hijo un pecado en su vida. Pero como sus padres no luchar por vivir -ellos mismos- sin pecado y así se ejemplo para su hijo, ejemplo de una vida sin pecado, entonces cometen una gran barbaridad: ¿para qué bautizas a un hijo se le vas a enseñar a condenarse como tú vives ya?

Hoy día, como la gente no cree en el pecado, hace estos disparates. Como los Obispos no creen en el pecado, entonces bautizan a cualquiera. El pecado es algo tan grave que nadie tiene derecho a pedro una gracia sin antes quitar su pecado.

Vemos en Roma una nueva iglesia. Y, dentro de poco, vendrá el gran desastre, por el cual habrá que salir de ese engendro y seguir viviendo la Fe en Cristo en el desierto de todo lo humano, viendo cómo los hombres van bailando felices al infierno; viendo a muchos que son de la Iglesia Católica comulgar con la doctrina del demonio que les lleva al infierno.

Roma es una nación que condena ahora a todo el mundo. Ya no es la ciudad de la Verdad, sino el hogar del infierno.

Francisco es enemigo de los hijos de Dios

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“Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada” (Gn 2, 23).

La mujer nace del hombre, no es creada de la tierra, del polvo, del limo. No es creada para la tierra ni en la tierra. No es creada como tierra.

Dios da a Adán el gobierno del Paraíso y le manda poner nombre a todas las criaturas, para que éste no esté solo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él” (Gn 2, 18).

Pero Dios hizo pasar a todas las criaturas ante Adán, “pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él” (Gn 2, 20).

La mujer, Dios la piensa como ayuda, como la que está con el hombre para algo con él, para hacer una obra que el hombre tiene que realizar.

La mujer es, para el hombre, una obra, no es una compañera, no es otro hombre a la que hay que unirse para vivir una vida humana. Dios da a Adán una mujer para una obra divina, no para una vida humana.

La mujer no es para un amor fraterno, para un amor humano, para una obra humana. Es para hacer con ella lo que Dios puso en Adán.

Dios da a Adán, cuando lo crea, una vocación divina, pero no le da la mujer. Adán no puede poner en obra esa vocación divina sin una ayuda adecuada, sin alguien que sea como él.

Por eso, la mujer nace de Adán, no puede ser creada de la tierra, en el polvo, con el suelo. Tiene que ser creada de lo que tiene Adán, de lo que Dios ha puesto en Adán, para poder obrar ese Don Divino que marca el alma de Adán.

Adán, en su alma, tiene una vocación divina, no tiene una vocación fraterna, no tiene un amor a los hombres. No hace falta eso para ser hombre, para formar una familia, para vivir en sociedad.

Dios pone en Adán su amor divino para una obra divina. Dios quiere engendrar hijos de Dios con Adán. Y sólo los hijos de Dios son fraternos, viven el amor entre hermanos, viven como hermanos. Pero los que no son hijos de Dios no pueden vivir la fraternidad.

¿Por qué Caín mató a Abel? Porque no era un hijo de Dios, era un hijo del hombre. Adán engendró a Caín sin el Espíritu, porque lo perdió cuando pecó. Luego, Caín es un hijo del hombre, no es hijo de Dios. Luego, Caín, por ser un hijo del hombre, no puede amar a su hermano Abel. No puede, porque no tiene la vocación del amor divino en su alma. Y si no hay amor divino, no hay amor al prójimo.

Los hijos de los hombres no pueden amar a los hijos de Dios. Nunca. Y los hijos de los hombres no pueden amar a otros hijos de los hombres. Nunca. Porque no tienen el amor de Dios, no son hijos de Dios.

Sólo los hijos de Dios son fraternos con todos los hijos de Dios. Pero los hijos de Dios no son fraternos con los hijos de los hombres, sino que los aman con la gracia, con la virtud, con el Espíritu.

La fraternidad no existe en los hijos de los hombres. Sólo se puede dar entre los hijos de Dios.

El amor entre hermanos es el amor entre hijos de Dios. Los demás, no entran en este amor fraterno; entran en el amor de la gracia y en el amor del Espíritu.

El hijo de Dios puede amar a un enemigo, pero no como hermano, sino como enemigo: dándole a esa persona la Voluntad de Dios, lo que se merece, lo que quiere Dios.

El amor fraterno sólo existe entre los hijos de Dios. Por eso, dice San Juan: “Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce” (1 Jn 4, 7).

El amor entre hombres sólo es posible en los hijos de Dios: “todo el que ama es nacido de Dios”. El amor entre hombres no es posible en los hijos de los hombres: “Porque éste es el mensaje que desde el principio habéis oído: que nos amemos los unos a otros. No como Caín, que, inspirado del maligno, mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran mala, y las de su hermano justas” (1 Jn 3, 12).

Las obras de Caín procedían de un hombre sin gracia, sin espíritu, es decir, un hijo de hombre. Y, por tanto, no podía amar a su hermano, no podía mostrarle un amor fraterno, un amor de hijo de Dios. Su hermano Abel tenía el amor fraterno, por ser hijo de Dios. Caín no tenía el amor fraterno, por ser hijo del hombre.

Adán recibió en su alma, cuando fue creado, su vocación: el amor divino. Y, por tanto, tenía la misión de dar ese amor divino a todo cuanto hiciese en la vida. Tenía que amar a su mujer con el amor divino y así engendrar un hijo de Dios. Pero, como amó a sus mujer sin el amor divino, es decir, se unió a su mujer sólo con el deseo de la carne, con su amor carnal, con su amor humano, entonces, sólo pudo engendrar un hijo de hombre, Caín, pero no un hijo de Dios. Y todo hijo de hombre no posee el amor de Dios.

Jesús, con su muerte en Cruz, pone en el hombre este amor originario, esta vocación que le dio a Adán. Pero el hombre tiene que vivir en Gracia, tiene que obrar con la Gracia, tiene que dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para poder hacer las obras de los hijos de Dios. Y, entonces, se puede vivir el amor fraterno, pero sólo entre los hijos de Dios, no con los hijos de los hombres.

Con los hijos de los hombres, con los hombres que quieren vivir en pecado y que son sólo otros demonios, no se puede tener un amor fraterno, no se les puede ver como hermanos. Hay que verlos como son: como pecadores, como enemigos, como demonios. Y amarlos como son, es decir, hay que obrar con ellos lo que Dios quiere: o darles una caridad, o una justicia, o una misericordia, o una condena. Hay que amarlos practicando una virtud, porque no son hermanos, no son hijos de Dios ni por gracia ni por el Espíritu, ni por generación.

No se ama de la misma manera a un hombre en pecado que a un hombre en gracia. El amor es distinto por la vida que ese hombre tiene. Quien vive en pecado vive para pecar, no conoce a Dios, no conoce Su Voluntad, no puede hacer obras divinas, santas, sagradas en su vida. Hará sus obras humanas, pero esas obras humanas ya no le sirven al hijo de Dios. El hijo de Dios hace obras divinas, no humanas. Luego, ningún hijo de Dios puede comulgar, puede unirse, puede seguir a un hijo de hombre, a un hombre que vive su pecado. No se puede. Y, por eso, hay que amarlo de otra manera a como se ama a un hombre que viven en gracia y que obra la gracia.

Por eso, lo que predica Francisco es insostenible en la práctica de cada día, de hecho. Dios no nos ha dado el Bautismo para amar a todos los hombres como hermanos. Dios nos ha dado el Bautismo para hacer las obras de los hijos de Dios en un mundo que no ama a Dios, con unos hombres que odian a Dios.

“Por él nos sumergimos en la fuente inagotable de vida que proviene de la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de la historia y, gracias a este amor, podemos vivir una vida nueva, ya no al azar del mal, el pecado y la muerte, sino en comunión con Dios y con nuestros hermanos” (Francisco, 8 de enero). Francisco dice que gracias al amor de Jesús en su muerte, vivimos una vida nueva en comunión con nuestros hermanos, es decir, con todos los hombres.

Para Francisco, hermanos significa, todos los hombres: “La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano” (8 de diciembre). Y, por eso, cae en muchos errores al tratar de solucionar los problemas de los hombres con la sola fraternidad.

Sólo los hijos de Dios son hermanos entre sí. Sólo los que viven su Bautismo son hermanos entre sí. Hay muchos bautizados, de muchos credos, de muchas iglesias, pero que no están en gracia, no pueden vivir su bautismo, aunque tenga el bautismo. No son hijos de Dios en la práctica. Son demonios con el sello del Bautismo. Y un demonio no es hermano de un hijo de Dios.

La muerte de Jesús es sólo para quitar el pecado de Adán. No reviste a la humanidad, a todo hombre de la verdad, no vuelve a la humanidad a sus orígenes. No pone la armonía en la Creación, porque ésta está maldita por el pecado de Adán. Y esa maldición no se borra con la muerte de Cristo. Cristo pone un camino bendito al hombre. Cristo da una vida bendita al hombre, pero no quita la maldición entre los hombres, no quita el pecado entre los hombres. Por eso, hay que estar en el mundo, pero sin ser del mundo, porque el mundo sigue maldito. No hay amor fraterno. No puede haberlo.

Para Francisco, sí lo hay. Y, por eso, él se abre al mundo para acoger a todos los hombres como hermanos, porque no ha comprendido la Obra de la Redención, al negar el pecado original.

Para Francisco, el génesis es un mito. No es una realidad. Y, por eso, hay que explicarlo de forma mitológica, ya no como Palabra Revelada. Y, por eso, él sólo se fija en la fraternidad, porque concibe el pecado como un conflicto entre los hombres, un conflicto entre Caín y Abel, un conflicto entre hermanos. Llama hermanos a Abel y Caín. Y no son hermanos, porque no son engendrados de la misma manera. Abel fue engendrado como hijo de Dios, en la Voluntad de Dios, pero Caín fue engendrado como hijo de hombre, sin la Voluntad de Dios. Y, por tanto, son de un mismo padre carnal, Adán, pero no de un mismo padre espiritual. Adán tenía por Padre a Dios, pero Caín tenía por padre al maligno, por eso hizo caso al demonio y mató a Abel.

Lo que enseña Francisco no se puede sostener en ninguna manera. Siempre Francisco cae en su error: su humanismo. Y todo lo ve desde la fraternidad. Y no existe la fraternidad. Sólo existe el amor divino. Y sólo se puede amar a otro hombre en el amor divino.

Por eso, él continúa diciendo sus fábulas en la Iglesia: “Si conseguimos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, nuestras fragilidades y nuestros pecados, es por el Sacramento gracias al que nos hemos convertido en criaturas nuevas y revestido de Cristo” (8 de enero). Dice que si seguimos a Jesús es por el Bautismo. ¡Ésta es su fábula!

1. El Bautismo no nos reviste de Cristo, sino que nos hace hijos de Dios por adopción, nos da el sello de una vida nueva, pero

2. el bautismo no nos convierte en criaturas nuevas. El Bautismo es la puerta para ser una criatura nueva. Sólo la puerta para entrar en el camino, que es Cristo. Y, por eso,

3. el que está bautizado, necesita de los otros Sacramentos de la Iglesia para ser hijo de Dios en la práctica, para ser revestido de Cristo, para ser otro Cristo, para alcanzar la vida divina.

4. Y, sólo así, se puede seguir a Cristo y permanecer en la Iglesia de Jesús.

Francisco no enseña nada de nada. Enseña su fábula de lo que es el Bautismo, de lo que es ser hijo de Dios, es decir, enseña su humanismo y sólo su humanismo.

No se puede amar a Francisco como hermano. No se puede llamar a Francisco Papa, ni Vicario de Cristo, ni sacerdote, ni Obispo, porque no obra como los hijos de Dios. Obra como un hijo de hombre y como un hijo del demonio. Y no es posible la obediencia a un hijo del demonio.

Hay que amar a Francisco como enemigo de la Iglesia, como enemigo de los hijos de Dios, como enemigo de Cristo, pero no como hermano, no como amigo. No se puede ser amigo de un hombre que dice que Jesús no es Espíritu. Así hablan los enemigos de Dios por ser hijo de los hombres e hijo del demonio.

El hijo de Dios sólo puede amar a sus hermanos como hijos de Dios que son. Pero a los que no son, a los que obran como hijos del demonio, aunque estén bautizados, aunque tengan un sacerdocio, aunque sean lo que sean en la Iglesia, no hay amor fraternal con ellos, porque no se puede dar. Los hijos de los hombres y los hijos del demonio sólo escuchan a los hombres y al demonio, pero no son capaces de escuchar a Dios, al Padre Dios, porque no lo conocen ya que viven en sus pecados, no son fieles a la Gracia.

Por tanto, a Francisco hay que darle lo que él busca: la justicia, el infierno, al demonio. No se le puede dar un beso. No se le puede llamar Vicario de Cristo, porque no tiene el Espíritu de Cristo, no da la mente de Cristo a los hijos de Dios. Sólo da la mente del demonio a los hijos de los hombres y a los hijos del demonio.

¿Ven el juego que se la hace en la Iglesia a Francisco por no confrontarlo, por no oponerse a él? El mal es enorme el que hace la misma Iglesia cuando calla la herejía de Francisco. ¡Enorme! Y, por eso, enorme va a ser lo que viene ahora, porque la gente no quiere despertar del sueño de Francisco. Pues, van a despertar a la fuerza, sin tiempo para ver el camino de la Verdad.

El evangelio de la fraternidad: el evangelio del demonio

Primer anticristo

“En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común. De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente. También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria” (Francisco, 1 de enero de 2014).

Esto lo llama, Francisco, el evangelio de la fraternidad. Y, por supuesto, es lo más contrario al Evangelio de Cristo. Esta es su idea equivocada y herética del amor fraterno y del amor de Dios, que ya rige en su nueva iglesia en Roma. Y, que es el resumen de su panfleto evangelii gaudium.

A. “En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común”.

a. Para Francisco todos somos hijos de un único Padre Celestial: esto no sólo es un error, sino una clara herejía.

1. Dios crea el alma, pero por crearla Dios no es Padre del alma, sino sólo su Creador.

2. El alma, al nacer en el pecado original, está en manos del demonio. Y, por tanto, su padre es el demonio, no Su Creador.

3. Si el alma no se bautiza, entonces no puede recibir el Espíritu de filiación divina, y sigue en manos del demonio, y su padre sigue siendo el demonio.

4. El alma que se bautiza es hija de Dios por adopción, pero todavía no está salvada ni santificada. Todavía no puede ser llamada hija hasta que no se purifique siguiendo la huellas de Cristo. Todavía puede condenarse y, por tanto, aunque tenga el Bautismo, aunque sea hija de Dios por adopción, va con eso al infierno. Y su padre, en el infierno, es el demonio.

b. Para Francisco, todos formamos parte de la misma familia humana. Y esto sigue siendo un error. Porque una cosa es la que diferencia a los hombres desde Cristo: la gracia. Y, por tanto, los hombres se dividen en dos: los que están gracia y los que no están en gracia.

1. Los que están en gracia son los que tiene el Espíritu de Dios y lo siguen en la Iglesia. Y, por tanto, son los hijos de Dios. Ya no son los hijos de los hombres. Ya no pertenecen a la familia de los hombres. Son hombres, pero en Gracia, con un ser divino que los pone por encima de los hombres, de la familia humana. Es la familia divina. Por supuesto, son pocos los que pertenecen a la familia de Dios, porque es necesario creer en el pecado.

2. Los que no están gracia, son sólo hombres, que tienen un alma y un cuerpo, pero que no pueden seguir al Espíritu, porque no son fieles a la Gracia. Son sólo hombres, hijos de los hombres. Y, aunque tengan el bautismo, por no ser fieles a la Gracia, inutilizan ese Sacramento, y no son considerados hijos de Dios hasta que no quiten sus pecados y se pongan en gracia. Ser hijos de Dios es ser hijo en gracia, no sólo porque se haya recibido un bautismo. Y la gracia es un don de Cristo al alma, diferente al Bautismo.

c. Para Francisco, todos compartimos un destino común: terrible herejía. Está negando el cielo, el purgatorio y el infierno. Sólo dice que todos vivimos en este mundo, en el destino que este mundo nos da: una vida humana, unas obras humanas, unos planes humanos. Todos un destino común. Por supuesto, que se entiende que está diciendo que todos nos salvamos.

¿Ven su herejía? Un verdadero Papa nunca pone esta frase, porque es totalmente contraria al Evangelio de Cristo, contraria a la doctrina de Cristo, contraria al Magisterio de la Iglesia, contraria a la verdad, incluso a la verdad humana, natural.

¿Han percibido el ideal de Francisco? O ¿todavía no disciernen lo que hace Francisco en Roma? ¿Ven hacia dónde quiere llevar a la Iglesia? ¿No lo ven o hay que explicarlo? Francisco está dando el resumen de todo lo que escribió en su evangelii gaudium, que lo define como el evangelio de la fraternidad. Y, a pesar de las criticas que ha recibido, no ve su pecado, no ve su herejía, no ve que lo que ha escrito no sirve para nada. Es sólo su ideal para convencer al mundo y a la Iglesia que hay que amar la mentira, el pecado, la herejía, el error en todas las cosas.

B. “De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente”.

Desde este evangelio de la fraternidad se invita a trabajar, ¿para qué?

a. “el mundo sea una comunidad de hermanos”: ¿ven la doctrina del demonio en esta frase? ¿no la captan? El mundo es del demonio. Luego, no hay amor en el mundo, no hay amor de Dios, no hay amor fraterno. ¿Ya lo han captado? Francisco está proponiendo no sólo una utopía, sino el mismo pensamiento del demonio. Francisco no está hablando como Vicario de Cristo, sino como un demonio, como un falso Profeta. ¿Han captado? ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? ¡Si no somos del mundo, si somos de Cristo!. Por tanto, no hay que trabajar para que el mundo sea una comunidad de hermanos. ¿Ya lo han captado? Somos hermanos en el Espíritu en la Iglesia. No somos hermanos de los hombres que viven en el mundo y que tienen el espíritu del mundo. Somos contrarios al espíritu del mundo. No queremos ser del mundo ni tener su espíritu. No queremos a los hombres del mundo. No los amamos, los odiamos porque son los enemigos de Cristo y de Su Iglesia.

b. “que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente”: ¿ven todas las barbaridades que está diciendo Francisco en esta frase? Si en el mundo no hay amor, entonces ¿habrá respeto entre los hombres? No. ¿Los hombres se aceptarán unos a otros? No. ¿Los hombres se cuidarán unos a otros? No.

Es que la historia del hombre, desde que Caín mató a Abel es siempre la misma. ¿Todavía no ha aprendido la historia de los hombres Francisco? ¿En qué mundo vive Francisco? ¿Qué es lo que sueña Francisco? ¿En qué cabeza puede entrar esta doctrina de Francisco? Sólo en la de él. Y en los que tienen el mismo deseo de Francisco: destruir la Iglesia a base de un amor utópico, ilusorio, que no se sostiene con nada. Sólo está en el pensamiento de Francisco ese amor, pero, en la práctica, no hay quien lo viva, porque las cosas son de otra manera.

Francisco no cae en la cuenta de la estupidez que está diciendo en esta frase. ¡No ha caído en la cuenta! Cristo nos da Su Gracia para salvarnos y santificarnos, trabajando por quitar lo que impide la fraternidad: el maldito pecado.

En el evangelio de la fraternidad, que es el evangelio del demonio, que es el panfleto evangelii gaudium, ya no existe el pecado, porque todos somos hijos del Padre y todos vamos derecho al Cielo. Todos tenemos derecho natural a salvarnos. Y, por tanto, lo único que hay que hacer en esta vida es: trabajar para hacer un mundo bueno, mejor, más humano. Esta es la herejía que va contra la Palabra de Dios, va contra la Verdad del Evangelio, va contra la doctrina de Cristo, va contra el Magisterio de la Iglesia, va contra todos los Santos de todos los tiempos. Francisco se opone a todo. ¡A todo! Es imposible la obediencia a Francisco. Es imposible seguir su evangelio de la fraternidad. ¡Imposible para un católico!¡No se puede! Quien siga este evangelio de la fraternidad se condena, sale de la Iglesia y se pone en la iglesia de Francisco, en la iglesia del demonio.

Pero, seguramente, habrá personas que alaben este evangelio, que lo encumbren como una pieza de arte, sagrada, divina, que ha salido de la boca del más idiota de los idiotas. Habrá gente en la Iglesia que haga coro al evangelio de la fraternidad, es decir: ¿cómo ser hermanos unos con otros en el infierno? ¿qué hay que hacer para irse al infierno siendo hermanos en la vida, en el mundo? Esta es la locura que propone Francisco el día de la Maternidad Divina. Aquí se ve que no tiene ni idea de lo que es la Madre de Dios. No ha aprendido nada de la Madre en este día, que de sólo Ella habría que hablar. Ni idea. Palabritas es lo que ha dicho este día sobre la Madre de Dios. Palabritas llenas de vacío espiritual, para acabar el día diciendo su grandiosa estupidez, su grandiosa herejía, su demoniaco ideal.

C. “También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria”

a. El hijo de Dios está llamado a darse cuenta del pecado y, por tanto, a hacer oración y penitencia para que se quite el pecado y las consecuencias del pecado. Hay que vestirse de saco, de sayal, poner la cabeza en el suelo y pedir al Señor que tenga Misericordia de este mundo que sólo quiere pecar. Por tanto, no hay que mover un dedo por nadie. Si se hace oración y penitencia, el Señor dirá qué dedos hay que mover. Y si el Señor no dice nada, no hay que hacer nada de nada. Al hijo de Dios le importa un rábano los problemas de los hombres, porque sabe de dónde nacen todos sus problemas. Y si el hombre en el mundo quiere pecar y quiere hacer el mal, que lo siga haciendo. Con la oración y con la penitencia se resuelven todos los problemas del mundo sin mover un dedo por nadie. Esto es lo que dice la fe en la Palabra de Dios.

b. Francisco dice que hay que construir una sociedad más justa y solidaria. Y es que la Iglesia no está para eso. El evangelio de la fraternidad no es para la Iglesia. ¿No lo han captado? Es para el mundo. Es sólo para el mundo, para las sociedades del mundo, es para la nueva iglesia en Roma que es sólo del mundo, que se abre al mundo, que tiene el espíritu del mundo en sus entrañas. Por eso, este evangelio de la fraternidad es la doctrina del demonio. ¡Y no otra cosa! Sólo los hijos de Dios hacen una familia, una sociedad, un mundo más justo, porque obran la Voluntad de Dios. El mundo, por más ciencia que tengan, por más que trabajen, que se dediquen a ser mejores, nunca van a construir una sociedad perfecta, justa, solidaria. Es la utopía de Francisco. Es su comunismo. Es su marxismo. ¿Todavía no disciernen?

Este evangelio de la fraternidad no pertenece al Magisterio de la Iglesia. No es digno de la Iglesia. Es el fruto de la cabeza de Francisco que sólo tiene una idea: romper la Iglesia completamente, dando culto a su humanismo, a su sentimentalismo, a su deseo de ser del mundo, de vivir para el mundo, de que en la Iglesia todos se hagan del demonio.

Si quieren condenarse, allá ustedes. Si quieren ser del demonio, besen el trasero de Francisco. Él les da lo que ustedes quieren escuchar, pero nunca la Verdad del Evangelio.

El origen del pecado de renuncia del Papa Benedicto XVI

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios.(…) Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios.” (Papa Benedicto XVI – Asís, Basílica de Santa María de los Ángeles Jueves 27 de octubre de 2011).

Estas palabras del Papa Benedicto XVI son el inicio de la entrada del ateísmo, del agnosticismo, del protestantismo en la Iglesia.

“personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios”: El Papa resbala en la Fe de la Iglesia. Esta frase indica una hendidura en el edificio de la Iglesia. Y si algo no funciona en ese edificio, se va cayendo, poco a poco.

Negar una verdad en la Iglesia es negar cualquier verdad de Ella, porque todas están conectadas entre sí.

Aquellas “personas a las que no se les ha dado el don de poder creer” no pueden salvarse y, por lo tanto, no es posible que busquen a Dios en sus vidas. Dios se hace encontrar en la fe. Y sin fe no es posible ni buscarlo ni encontrarlo.

En este pasaje se está hablando de la verdad de la Predestinación y de la Reprobación. Es un dogma en la Iglesia: Dios predestina al Cielo y Dios reprueba o condena al infierno.

“He sido encontrado por los que no me buscaban; manifiestamente aparecí a quienes por mí no preguntaban [Rom. 10, 20; cf. Is. 65, l]”: Dios, para salvar al hombre, tiene que darle el don de la fe. Sin este don, los que no buscan a Dios no pueden encontrarlo. Por eso, la necesidad de predicar la Palabra de Dios para que el que escuche, reciba el don de la fe.

La fe viene por el oído. Y el que acepta esa Palabra Divina, entonces encuentra a Dios en su corazón, y comienza a vivir la fe, la salvación y la santificación en su vida.

Pero aquel que, escuchando la Palabra de Dios, la rechace, entonces no puede recibir el don de la fe y, en consecuencia, no encuentra a Dios en su corazón y no puede salvarse.

Dios nunca niega la fe a ningún hombre, pero es decisión del hombre aceptar o rechazar ese don.

Dios predestina a la Vida Eterna: eso significa que Dios, conociendo lo que va a hacer un alma en su vida, cuando la crea, le da el camino hacia el cielo, pero atendiendo a la libertad de ese alma, nunca imponiendo la salvación al alma.

Dios conoce quién se va a salvar y quien se va a condenar. Pero ese conocimiento de Dios no va en contra de la voluntad libre de cada persona, con la cual puede elegir, en cada instante de su vida, el cielo o el infierno.

Dios reprueba o condena al Infierno, a la muerte eterna del alma: eso significa que Dios, conociendo que esa alma ha elegido la condenación, le pone el camino para condenarse, que es el camino de Su Justicia.

Dios da a cada alma lo que ella se merece, lo que ella busca. Quien busca el cielo, Dios lo lleva al Cielo. Quien busca el infierno, Dios lo condena al infierno: “El alma que pecare, ésa morirá” [Ez. 18, 20], y: “¿No sabéis que si os entregáis a uno por esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien os sujetáis? “[Rom. 6, 16] . Y: “Por quien uno es vencido, para esclavo suyo es destinado” [2 Petr. 2, 19].

Dios no empuja violentamente al hombre al infierno, a la muerte eterna, sino que es la misma alma la que se entrega voluntariamente al infierno, porque rechaza el don de la fe.

No es por Voluntad de Dios que se condenen los que se condenan, sino que es por voluntad de cada hombre condenado, su condenación.

Dios sabe quién se condena y quién se salva. Y, por eso, Dios predestina y reprueba, pero atendiendo a la libertad de cada persona. No sin esa libertad del hombre.

Dios no destina a la muerte a unos y a otros predestina a la vida. Dios, en la libertad de cada uno, pone un camino para la salvación o para la condenación de cada alma.

“También creemos según la fe católica que, después de recibida por el bautismo la gracia, todos los bautizados pueden y deben, con el auxilio y cooperación de Cristo con tal que quieran fielmente trabajar, cumplir lo que pertenece a la salud del alma. Que algunos, empero, hayan sido predestinados por el poder divino para el mal, no sólo no lo creemos, sino que si hubiere quienes tamaño mal se atrevan a creer, con toda detestación pronunciamos anatema contra ellos”. (II CONCILIO DE ORANGE, 529 [III. De la predestinación.])

La predestinación a la muerte o a la vida no está en el poder de Dios, sino en el poder de la libertad de cada hombre.

El hombre elige o la muerte o la vida. Y Dios confirma esa elección en cada hombre. Es el Misterio de la Gracia y de la Libertad, que siempre van unidos en Dios y en la criatura: «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal…. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición.» (Dt, 12, 15).

“Dios omnipotente creó recto al hombre, sin pecado, con libre albedrío y lo puso en el paraíso, y quiso que permaneciera en la santidad de la justicia. El hombre, usando mal de su libre albedrío, pecó y cayó, y se convirtió en “masa de perdición” de todo el género humano. Pero Dios, bueno y justo, eligió, según su presciencia, de la misma masa de perdición a los que por su gracia predestinó a la vida [Rom. 8, 29 ss; Eph. 1, 11] y predestinó para ellos la vida eterna; a los demás, empero, que por juicio de justicia dejó en la masa de perdición, supo por su presciencia que habían de perecer, pero no los predestinó a que perecieran; pero, por ser justo, les predestinó una pena eterna. Y por eso decimos que sólo hay una predestinación de Dios, que pertenece o al don de la gracia o a la retribución de la justicia”. (CONCILIO DE QUIERSY, 853 – Cap. 1.).

Quien está en gracia está en camino de salvación, porque la gracia salva mediante la fe en la Palabra. Para salvarse por la gracia, antes hay que recibir el don de la fe. Y la fe lleva a la salvación. Quien vive en gracia está predestinado a la vida eterna.

Pero quien pierde la gracia, pierde el camino de la salvación y ya no puede llegar a la vida eterna, sino que tiene la Justicia de Dios sobre su pecado. Dios le da lo que merece en su pecado, que es la condenación o muerte eterna.

Por tanto, las palabras del Papa Benedicto XVI son muy graves para la Iglesia. Van en contra de esta verdad fundamental de la salvación y de la condenación.

Los que no pueden creer son los hombres que:

1. Nunca recibieron el don de la fe porque siempre rechazaron ese don cuando se les predicó la Palabra de Dios.

2. Teniendo el don de la fe, lo perdieron por sus pecados.

Estos hombres, sin el don de la fe no pueden buscar a Dios, no pueden encontrarlo, si Dios no les muestra el camino de la fe. Dios nunca niega ese camino, pero el problema siempre está en cada alma.

Aquel que vive en su pecado, que sólo mira su pecado, que no atiende a otra cosa sino a su pecado, entonces no puede ponerse en la verdad. No sabe lo que es la verdad. Sólo conoce su pecado.

Y llega un momento en el pecado en que no hay vuelta atrás. Es decir, no se quiere dejar el pecado. El hombre se ha cerrado completamente a Dios y, por tanto, no puede recibir el don de la fe, que le lleva a la salvación.

Esos hombres están condenados en vida sólo por su propia voluntad libre que ha escogido el pecado para vivir. Dios, en esos hombres, les muestra Su Justicia y Su Misericordia. Pero Dios sabe que siempre van a rechazar Su Misericordia. Dios les da la fe, pero ellos la rechazan siempre. Y, en ese camino, que pone el alma en su libertad de escoger el pecado, Dios pone su gracia, sus dones para salvar al alma, pero también para darle lo que ella escoge: el infierno.

Nunca se puede predicar de Dios sólo Su Misericordia o sólo Su Justicia. Hay que dar siempre las dos cosas, porque si no siempre se cae en herejía en la Iglesia.

Aquí, el Papa Benedicto XVI cae en una grave herejía. Y, por eso, culmina en una gran falsedad: “Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios”.

Si el que no cree no puede encontrar a Dios eso no es ni por las religiones ni por los creyentes, es sólo por la libertad de cada hombre. Cada hombre ha rechazado el don de la fe, la gracia para convertirse, para ver su pecado. En cada hombre, Dios trabaja para que vea la verdad. Pero cada hombre es libre de aceptar lo que hace Dios en él o de rechazarlo. La culpa nunca es de los demás, sino de la propia persona. Hay que predicar el Evangelio, pero Dios siempre obra en cada alma en particular, aunque no llegue el Evangelio. Cada alma siempre tiene la conciencia que le dice el bien y el mal. Y cada alma siempre escoge uno u otro. No es problema de los otros, sino de cada uno en particular.

Decir que “los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios” son culpables de que esas personas, sin fe, no encuentren a Dios es negar la Iglesia verdadera.

La Iglesia no tiene culpa de que haya hombres que vivan en sus pecados y que, por eso, no puedan recibir el don de la fe.

La Iglesia es la única puerta de salvación de los hombres. Estar dentro de la Iglesia salva a los hombres. Estar fuera de la Iglesia, condena al hombre. Decir que la Iglesia tiene una imagen reducida o deformada de Dios es decir que no se cree en el dogma de la Santísima Trinidad y, por tanto, se abre el camino para dar culto a otros dioses en la Iglesia.

Sólo hay un Dios: la Santísima Trinidad. Los demás dioses son todos falsos. Quien no crea en la Santísima Trinidad, quien predique que el Dios de los Católicos está deformado, como lo hace Benedicto XVI y Francisco, no puede salvarse.

Es una grave herejía en la que cae el Papa Benedicto XVI. Gravísima herejía que nadie ha contemplado.

Y esto que predicó Benedicto XVI es lo mismo que predica Francisco. El Papa Benedicto XVI abrió la puerta de la Iglesia a la mentira, al engaño, al falso ecumenismo, al culto de otros dioses en la Iglesia.

Este pecado gravísimo del Papa tiene la consecuencia de su renuncia. Un pecado lleva al otro. Negar la Santísima Trinidad, como lo hace aquí el Papa, de una forma implícita, es negar las demás verdades en la Iglesia. Y eso le llevó a su pecado de renuncia, un pecado contra el Espíritu Santo, como Papa, no como hombre.

Aquí está el origen del pecado de renuncia del Papa Benedicto XVI. Y, ahora, todos se apoyan en esto que dijo el Papa para abrirse al mundo y a todas las demás religiones e iglesias, que no tienen la Verdad y que rechazan, continuamente, el don de la fe.

Por eso, viene una gran debacle para toda la Iglesia, un gran derrumbe, porque se ha quitado el edificio de la verdad en la Iglesia y se ha puesto la mentira en Ella.

Iglesia de satanás es lo que contemplamos en Roma. Hay que salir de Roma cuanto antes.

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