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Una Iglesia que no combate al demonio es una iglesia del demonio

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia,  Sabana de Bogotá, Colombia.

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia, Sabana de Bogotá, Colombia.

Dos prerrogativas están esencialmente unidas con el Primado:

1. La indefectibilidad en la fe;

2. El carácter de centro de toda la unidad católica.

1. Ser infalible significa que el Papa no puede errar cuando propone decretos de fe para que sean aceptados por todos en la Iglesia.

Ser indefectible significa que nunca el Papa puede apartarse de la fe; es decir, nunca puede enseñar el error ni defenderlo de manera pertinaz: «yo rogué por ti para que no desfallezca tu fe» (Lc 22, 32a).

Ser infalible y ser indefectible no significa ser impecable, incapaz de pecar, exento de tacha: «y tú un día, cuando te conviertas, conforta a tus hermanos» (Lc 22, 32b). Pedro puede pecar y, de hecho, pecó; y, también, sus sucesores.

Pedro es el cimiento, la piedra fundamental del edificio de la Iglesia. Esa piedra es la Fe en Cristo. Pedro es el que guarda la Fe en Cristo. No es el que tiene la Fe; sino el que la protege, el que la preserva, el que lucha por la Fe en Cristo. Hay que creer primero en Cristo para luchar por Cristo después. Según sea la fe en Cristo, así será la batalla por Cristo.

Un Papa que batalla por la doctrina de Cristo, que enseña la misma doctrina que enseñó Cristo a Sus Apóstoles, ése es Pedro en la Iglesia.

Pero un Papa que no lucha por la Verdad, que es Cristo, sino que va tras sus verdades humanas, ése no es Pedro en la Iglesia.

Si Pedro abraza el error o lo defiende de forma obstinada, entonces ese Pedro no es de la Iglesia, no constituye el cimiento de la Iglesia. Ese Pedro no es Pedro, no es el sucesor de Pedro.

2. El Papa es el centro de unidad con quien todos en la Iglesia deben comulgar.

Es claro, que a nadie se le puede obligar a comulgar con un Papa herético. No se puede conservar la Fe si sigue a un Papa que no profesa la Fe, que no guarda la verdadera Fe, que no batalla por la verdadera Fe.

El Papa es la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Si la cabeza abraza la herejía y la enseña y la defiende, entonces esa cabeza se separa del cuerpo, y éste indudablemente perece.

Todo el problema es comprender por qué siendo el Papa infalible, indefectible, en la Iglesia se da la herejía y el cisma en muchos sacerdotes y Obispos, y por qué no se combaten en contra de ellos.

Nadie comprende la renuncia del Papa Benedicto XVI. Si es infalible, ¿porque falla en su renuncia?

Como Papa, Benedicto XVI no está obligado a decir las razones de su renuncia, pero tenía el derecho y la obligación de encaminar a la Iglesia hacia la Verdad en su renuncia, porque es infalible e indefectible. Y esto es lo que no hizo.

Una vez que el Papa renuncia no puede obligar a que se elija un nuevo Papa: “declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, (…) la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, estará vacante y se convocará un cónclave que elegirá al nuevo Pontífice Supremo”.

Como Papa, Benedicto XVI puede renunciar; pero no puede declarar la sede vacante ni la elección de un nuevo Pontífice. Tenía que haber dejado todo en manos de los Obispos. De esa manera, Benedicto XVI seguiría siendo un verdadero Profeta para la Iglesia.

Con la renuncia al Papado, la sede no está vacante, sino usurpada; ha sido robada. Esto es lo que no se enseña. Esta Verdad: ha sido usurpada. El Papa tiene que ocultar esta verdad. No puede decirla. Pero no puede mentir. Sin embargo, se enseña una mentira: se declara la sede vacante. Y, por tanto, se convoca a un cónclave nulo.

Nadie puede comprender por qué Pablo VI pecó. Y su pecado rondó la herejía. Pablo VI propuso cambiar la liturgia de la misa y dar a la Iglesia un documento donde se anulaba la Eucaristía. Pablo VI tuvo un Pablo que le corrigió de su pecado, y se retractó de lo que iba a hacer. Pero al final, se saca una nueva misa, un nuevos métodos de culto católico, que insultan la santidad de la misa, que no son heréticos, pero sí pecaminosos.

¿Cómo los Papas siendo infalibles, dejan las puertas abiertas y no combaten directamente las herejías que nacen de muchos documentos, que ya no dan la infalibilidad, la indefectibilidad en la Iglesia?

Desde hace mucho tiempo en la Iglesia se esconde la verdad, ya no se revela toda la Verdad. Por lo tanto, lo que se da es una mentira. Y toda mentira aparta de la fe.

Un Papa legítimo nunca cae en herejía. Puede caer en el pecado. Pero todo Papa que peca, automáticamente su poder se debilita.

El poder de ser infalible y de ser indefectible no es algo absoluto. Es un carisma que se relaciona con la vida espiritual de la persona. En la medida en que esa persona va luchando contra el pecado, el carisma se hace más valioso, crece más, el Papa lucha más por la Fe en Cristo, por la Verdad en la Iglesia. Sabe batallar con las armas adecuadas la acción del demonio dentro de la Iglesia.

Pero si el Papa no lucha contra su pecado, entonces se hace débil contra la acción del demonio dentro de la Iglesia; y, por eso, no sabe batallar contra él, ni sabe oponerse a la herejía y al cisma en los demás. Y su poder se debilita, pero no se anula.

Pablo VI se corrigió de su pecado, pero era ya tarde. Su vida espiritual no era fuerte en la fe: se dejaba manejar por otros. No sabía combatir con fuerza el error en muchos que lo rodeaban. Y, entonces, se saca un documento que, sin ser herético, no es totalmente infalible, porque contiene muchas mentiras, que llevan a la herejía, en la práctica de la celebración de la Sta. Misa. La comunión en la mano es un sacrilegio, es un pecado que se enseña y que aparta de la fe. Cae la indefectibilidad, pero no se anula.

Es difícil ser Papa. Y es difícil comprender, desde fuera a un Papa. Juan Pablo II, fuerte en la fe, con una vida espiritual llena de Dios; pero sin embargo, no combatió a los herejes, a los cismáticos, que ya eran muchos a su alrededor, y que él conocía; pero no pudo hacer nada.

Este es el punto que muchos no disciernen: existe, desde hace mucho tiempo, -desde que la Virgen se apareció en Fátima-, un poder oculto dentro de la Iglesia que controla parte del Vaticano. En estos momentos, con la subida al poder de Francisco, ese poder oculto controla todo el Vaticano, ya no sólo una parte.

El por qué la Iglesia atenúa la Verdad, oculta la Verdad, cuando ésta es tan necesaria para que las almas crezcan en la Fe en Cristo; por qué unos Papas fueron fuertes y anatematizaron a los herejes, y otro no lo fueron, y dejaron las puertas abiertas a tantas cosas; sólo se conoce -esa razón- en el interior del Vaticano.

Los Papas no son tontos, sino que ven lo que hay a su alrededor: ven el pecado, ven la herejía, ven el cisma. Y lo ven en la Jerarquía que los apoya.

Los Papas han tenido que trabajar con sacerdotes y Obispos herejes. Y ellos lo sabían y no podían hacer nada. Tenían que dejarlos en sus herejías, que siguieran contaminando la Iglesia, como lo han hecho.

Esto produce en los fieles mucha oscuridad, mucha confusión. Por eso, muchos han abandonado la Iglesia porque han visto unos Papas que no son infalibles, que no son indefectibles, que han dejado la puerta abierta al error, al pecado, a la herejía. Y, entonces, han juzgado mal: si no combaten el error, entonces tampoco son infalibles. Luego, ellos mismos se convierten en herejes, en cismáticos.

En este error andan muchos, criticando y juzgando a todos los Papas. Y ponen como modelos del Papado a San Pío X, Pío XI y Pío XII, que combatieron la herejía.

Hay que estar metidos en ese ambiente del Vaticano para comprender cómo son las cosas dentro de la Iglesia.

Un Papa es infalible, pero no puede desbaratar toda la Iglesia cuando ve una Jerarquía totalmente herética, ya no pecaminosa. Hay tantos sacerdotes que en sus teologías son heréticos y, por tanto, ya no se alimentan ellos de la Fe en Cristo, sino que viven otra cosa. Y eso es lo que dan a los fieles. Hay tantos, que ya no se pueden combatir como antes. Ya es necesario permitir que el mal se propague dentro de la Iglesia. Permitir, no quererlo. Porque el Papa no puede ir en contra de la libertad de los hombres. Si quieren pecar, si quieren seguir en sus herejías, hay que permitir eso. Y permitirlo sin oponerse, sin declarar anatema. Este es el punto conflictivo. No pueden anatematizar, porque tienen que quitar a todos, tiene que echarlos a todos de la Iglesia.

Entonces, viene el alejamiento de muchos de la verdadera fe en Cristo. Y dentro de la Iglesia ya no se vive la Verdad, la fe en Cristo. Ya se vive medias verdades. Ya se acepta el pecado, y no se combate contra él.

Y hay que meterse en el Misterio de Iniquidad para poder comprender cómo unos Papas pueden combatir la herejía y otros no.

Tengan en cuenta que la Iglesia combate contra el demonio. Esa es su lucha principal: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (1 Juan 3, 8). Todo sacerdote está para eso en la Iglesia. Y aquel sacerdote que no luche en contra del demonio, no es sacerdote.

Si los sacerdotes no conocen al demonio en las almas, entonces no saben combatirlo, y no saben encaminar a las almas por la verdad. Si ellos mismos no ven al demonio en sus propias vidas, como sacerdotes, tampoco ven al demonio en las vidas de los demás.

Esta verdad ya no se sigue en la Iglesia. Ya no se enseña. Y es la principal. Una Iglesia que no combate al demonio es una Iglesia del demonio. Eso es lo que estamos viendo con Francisco: la Iglesia del demonio, que sólo lucha por las injusticias humanas, por los derechos de los hombres, pero que ya no llama a las cosas por su nombre: al pecado, pecado; al demonio, demonio.

Los Papas, a partir del año 58, han tenido una gran oposición, por parte del demonio, dentro de la Iglesia. Y no han sabido enfrentarse a una Jerarquía que no es de la Iglesia, una Jerarquía infiltrada, que es del demonio; con un poder real en la Iglesia, un poder que combate a los Papas directamente. Un poder capaz de poner el Papa que ellos quieren.

Pusieron a Juan XXIII, que era un Papa manejable por ellos. El cardenal Siri era duro con los masones, era recto. Pablo VI: manejable. Juan Pablo I: tierno. Papas con poca vida espiritual, pero no heréticos, que cumplieron con su papel de Papa hasta el final, sin caer en la herejía, pero sin saber batallar contra el demonio en tanta Jerarquía herética.

Y todo esto trae consecuencias para la Iglesia. Lo que se gesta en el Vaticano, después se obra en toda la Iglesia. Si los Papas no combaten el error, tampoco en la Iglesia, entre los fieles, se combate. Y así se va haciendo, poco a poco, la Iglesia que le gusta al demonio, que es la que vemos.

El demonio ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia; es decir, para acabar de destruirla. Porque esto es Francisco: el que remata la obra de tantos en la Iglesia; de tanta Jerarquía que se ha dedicado, durante años, a hacer su iglesia dentro de la Iglesia, sin que nadie les dijera nada. Por eso, hay tantos que lo siguen: son como corderos llevados al matadero, y no se dan cuenta.

Para juzgar a un Papa hay que estar metido en su pellejo. Y no se puede juzgar a un Papa legítimo. Los Papas están por encima de toda autoridad en la Iglesia y en el mundo. Están por encima de toda ley positiva. Sólo la ley divina queda por encima de ellos. Si la traspasan, entonces ya no son Papas.

Los Papas verdaderos pueden pecar, pero nunca pueden ser herejes. Pueden no saber combatir las diversas herejías y, por lo tanto, su carisma de la indefectibilidad no aparece sólido, fuerte, ante los demás. Pero de ahí no se puede sacar que el Papa se ha hecho hereje, que es lo que muchos hacen. Y caen en un grave pecado.

Sólo a Francisco se le pude juzgar, porque no es Papa. Sus juicios tienen apelación y nadie debe someterse a ellos.

Francisco no pertenece al Papado. Francisco ha caído en el pecado y no se ha levantado de él. Y enseña a pecar en la Iglesia. Enseña a dividir la Iglesia. Enseña a anular el Papado. Su política en la Iglesia es disolver la unidad, cambiando la verticalidad del Papado, en el que está construida toda la unidad de la Iglesia, para colocar su horizontalidad. Y eso significa una nueva función para el Obispo de Roma, y no ya la tradicional, la verdadera, la que han seguido todos los Papas.

Por eso, Francisco se ha dedicado a romper protocolos; a romper la tradición. Y Francisco promulga una nueva relación de todos los obispos entre sí, en la que ya el Obispo de Roma no es el centro del gobierno de la Iglesia, sino que cada obispo manda en la Iglesia.

Pablo VI intentó anular la Eucaristía; pero fue advertido por un Pablo, y vio su pecado y comenzó su verdadero Papado en la Iglesia.

Francisco ha anulado el Vértice de la Iglesia: el Papado. Y nadie se ha dado cuenta. Éste es el engaño a toda la Iglesia. Nadie ha sido un San Pablo en la Iglesia que corrija a Francisco. Señal de que los que están junto a Francisco no tienen ninguna santidad; son como él. Y todos siguen la palabrería barata y blasfema de un hombre vulgar, plebeyo, que no sabe de teología, que no sabe de vida espiritual, que se dedica a fabricar frases bellas para tener a las almas encendidas en el sentimiento de los humano.

Francisco engaña a toda la Iglesia porque no combate contra el demonio en la Iglesia, sino que hace su juego. Y, por eso, se dedica a su negocio: llenarse los bolsillos de dinero apelando al amor a los pobres. Ése es su ideal en la Iglesia. Para eso está en el gobierno de la Iglesia. Él no sabe lo que es vivir con un machacado en su vida de miseria. No ha estado nunca con los pobres, predicándoles y viviendo con ellos. No ha sido misionero del Evangelio en las regiones a donde nadie quiere ir. Sólo sabe tirarse fotos con gente pobre, con gente enferma. Pero no sabe darles el Espíritu combatiendo al demonio en ellos, para que salgan de su pobreza, de su miseria, de su endemoniada vida, de su enfermedad.

Francisco usa a los pobres para sus fines en la Iglesia, que son los mismos que Judas tuvo: el maldito dinero. Está obsesionado con la riqueza. Y, por eso, llama a los comunistas, como el, para hacer su revolución en la Iglesia, su primavera roja en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco no es centro de unidad, sino de división en la Iglesia. Quien apoya a Francisco divide la Iglesia. Quien combate a Francisco une a la Iglesia en la Verdad.

Combatan a Francisco y serán de Cristo. Háganse amigos de Francisco y tendrán al demonio en sus mentes y en sus corazones.

Francisco es enemigo de los hijos de Dios

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“Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada” (Gn 2, 23).

La mujer nace del hombre, no es creada de la tierra, del polvo, del limo. No es creada para la tierra ni en la tierra. No es creada como tierra.

Dios da a Adán el gobierno del Paraíso y le manda poner nombre a todas las criaturas, para que éste no esté solo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él” (Gn 2, 18).

Pero Dios hizo pasar a todas las criaturas ante Adán, “pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él” (Gn 2, 20).

La mujer, Dios la piensa como ayuda, como la que está con el hombre para algo con él, para hacer una obra que el hombre tiene que realizar.

La mujer es, para el hombre, una obra, no es una compañera, no es otro hombre a la que hay que unirse para vivir una vida humana. Dios da a Adán una mujer para una obra divina, no para una vida humana.

La mujer no es para un amor fraterno, para un amor humano, para una obra humana. Es para hacer con ella lo que Dios puso en Adán.

Dios da a Adán, cuando lo crea, una vocación divina, pero no le da la mujer. Adán no puede poner en obra esa vocación divina sin una ayuda adecuada, sin alguien que sea como él.

Por eso, la mujer nace de Adán, no puede ser creada de la tierra, en el polvo, con el suelo. Tiene que ser creada de lo que tiene Adán, de lo que Dios ha puesto en Adán, para poder obrar ese Don Divino que marca el alma de Adán.

Adán, en su alma, tiene una vocación divina, no tiene una vocación fraterna, no tiene un amor a los hombres. No hace falta eso para ser hombre, para formar una familia, para vivir en sociedad.

Dios pone en Adán su amor divino para una obra divina. Dios quiere engendrar hijos de Dios con Adán. Y sólo los hijos de Dios son fraternos, viven el amor entre hermanos, viven como hermanos. Pero los que no son hijos de Dios no pueden vivir la fraternidad.

¿Por qué Caín mató a Abel? Porque no era un hijo de Dios, era un hijo del hombre. Adán engendró a Caín sin el Espíritu, porque lo perdió cuando pecó. Luego, Caín es un hijo del hombre, no es hijo de Dios. Luego, Caín, por ser un hijo del hombre, no puede amar a su hermano Abel. No puede, porque no tiene la vocación del amor divino en su alma. Y si no hay amor divino, no hay amor al prójimo.

Los hijos de los hombres no pueden amar a los hijos de Dios. Nunca. Y los hijos de los hombres no pueden amar a otros hijos de los hombres. Nunca. Porque no tienen el amor de Dios, no son hijos de Dios.

Sólo los hijos de Dios son fraternos con todos los hijos de Dios. Pero los hijos de Dios no son fraternos con los hijos de los hombres, sino que los aman con la gracia, con la virtud, con el Espíritu.

La fraternidad no existe en los hijos de los hombres. Sólo se puede dar entre los hijos de Dios.

El amor entre hermanos es el amor entre hijos de Dios. Los demás, no entran en este amor fraterno; entran en el amor de la gracia y en el amor del Espíritu.

El hijo de Dios puede amar a un enemigo, pero no como hermano, sino como enemigo: dándole a esa persona la Voluntad de Dios, lo que se merece, lo que quiere Dios.

El amor fraterno sólo existe entre los hijos de Dios. Por eso, dice San Juan: “Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce” (1 Jn 4, 7).

El amor entre hombres sólo es posible en los hijos de Dios: “todo el que ama es nacido de Dios”. El amor entre hombres no es posible en los hijos de los hombres: “Porque éste es el mensaje que desde el principio habéis oído: que nos amemos los unos a otros. No como Caín, que, inspirado del maligno, mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran mala, y las de su hermano justas” (1 Jn 3, 12).

Las obras de Caín procedían de un hombre sin gracia, sin espíritu, es decir, un hijo de hombre. Y, por tanto, no podía amar a su hermano, no podía mostrarle un amor fraterno, un amor de hijo de Dios. Su hermano Abel tenía el amor fraterno, por ser hijo de Dios. Caín no tenía el amor fraterno, por ser hijo del hombre.

Adán recibió en su alma, cuando fue creado, su vocación: el amor divino. Y, por tanto, tenía la misión de dar ese amor divino a todo cuanto hiciese en la vida. Tenía que amar a su mujer con el amor divino y así engendrar un hijo de Dios. Pero, como amó a sus mujer sin el amor divino, es decir, se unió a su mujer sólo con el deseo de la carne, con su amor carnal, con su amor humano, entonces, sólo pudo engendrar un hijo de hombre, Caín, pero no un hijo de Dios. Y todo hijo de hombre no posee el amor de Dios.

Jesús, con su muerte en Cruz, pone en el hombre este amor originario, esta vocación que le dio a Adán. Pero el hombre tiene que vivir en Gracia, tiene que obrar con la Gracia, tiene que dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para poder hacer las obras de los hijos de Dios. Y, entonces, se puede vivir el amor fraterno, pero sólo entre los hijos de Dios, no con los hijos de los hombres.

Con los hijos de los hombres, con los hombres que quieren vivir en pecado y que son sólo otros demonios, no se puede tener un amor fraterno, no se les puede ver como hermanos. Hay que verlos como son: como pecadores, como enemigos, como demonios. Y amarlos como son, es decir, hay que obrar con ellos lo que Dios quiere: o darles una caridad, o una justicia, o una misericordia, o una condena. Hay que amarlos practicando una virtud, porque no son hermanos, no son hijos de Dios ni por gracia ni por el Espíritu, ni por generación.

No se ama de la misma manera a un hombre en pecado que a un hombre en gracia. El amor es distinto por la vida que ese hombre tiene. Quien vive en pecado vive para pecar, no conoce a Dios, no conoce Su Voluntad, no puede hacer obras divinas, santas, sagradas en su vida. Hará sus obras humanas, pero esas obras humanas ya no le sirven al hijo de Dios. El hijo de Dios hace obras divinas, no humanas. Luego, ningún hijo de Dios puede comulgar, puede unirse, puede seguir a un hijo de hombre, a un hombre que vive su pecado. No se puede. Y, por eso, hay que amarlo de otra manera a como se ama a un hombre que viven en gracia y que obra la gracia.

Por eso, lo que predica Francisco es insostenible en la práctica de cada día, de hecho. Dios no nos ha dado el Bautismo para amar a todos los hombres como hermanos. Dios nos ha dado el Bautismo para hacer las obras de los hijos de Dios en un mundo que no ama a Dios, con unos hombres que odian a Dios.

“Por él nos sumergimos en la fuente inagotable de vida que proviene de la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de la historia y, gracias a este amor, podemos vivir una vida nueva, ya no al azar del mal, el pecado y la muerte, sino en comunión con Dios y con nuestros hermanos” (Francisco, 8 de enero). Francisco dice que gracias al amor de Jesús en su muerte, vivimos una vida nueva en comunión con nuestros hermanos, es decir, con todos los hombres.

Para Francisco, hermanos significa, todos los hombres: “La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano” (8 de diciembre). Y, por eso, cae en muchos errores al tratar de solucionar los problemas de los hombres con la sola fraternidad.

Sólo los hijos de Dios son hermanos entre sí. Sólo los que viven su Bautismo son hermanos entre sí. Hay muchos bautizados, de muchos credos, de muchas iglesias, pero que no están en gracia, no pueden vivir su bautismo, aunque tenga el bautismo. No son hijos de Dios en la práctica. Son demonios con el sello del Bautismo. Y un demonio no es hermano de un hijo de Dios.

La muerte de Jesús es sólo para quitar el pecado de Adán. No reviste a la humanidad, a todo hombre de la verdad, no vuelve a la humanidad a sus orígenes. No pone la armonía en la Creación, porque ésta está maldita por el pecado de Adán. Y esa maldición no se borra con la muerte de Cristo. Cristo pone un camino bendito al hombre. Cristo da una vida bendita al hombre, pero no quita la maldición entre los hombres, no quita el pecado entre los hombres. Por eso, hay que estar en el mundo, pero sin ser del mundo, porque el mundo sigue maldito. No hay amor fraterno. No puede haberlo.

Para Francisco, sí lo hay. Y, por eso, él se abre al mundo para acoger a todos los hombres como hermanos, porque no ha comprendido la Obra de la Redención, al negar el pecado original.

Para Francisco, el génesis es un mito. No es una realidad. Y, por eso, hay que explicarlo de forma mitológica, ya no como Palabra Revelada. Y, por eso, él sólo se fija en la fraternidad, porque concibe el pecado como un conflicto entre los hombres, un conflicto entre Caín y Abel, un conflicto entre hermanos. Llama hermanos a Abel y Caín. Y no son hermanos, porque no son engendrados de la misma manera. Abel fue engendrado como hijo de Dios, en la Voluntad de Dios, pero Caín fue engendrado como hijo de hombre, sin la Voluntad de Dios. Y, por tanto, son de un mismo padre carnal, Adán, pero no de un mismo padre espiritual. Adán tenía por Padre a Dios, pero Caín tenía por padre al maligno, por eso hizo caso al demonio y mató a Abel.

Lo que enseña Francisco no se puede sostener en ninguna manera. Siempre Francisco cae en su error: su humanismo. Y todo lo ve desde la fraternidad. Y no existe la fraternidad. Sólo existe el amor divino. Y sólo se puede amar a otro hombre en el amor divino.

Por eso, él continúa diciendo sus fábulas en la Iglesia: “Si conseguimos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, nuestras fragilidades y nuestros pecados, es por el Sacramento gracias al que nos hemos convertido en criaturas nuevas y revestido de Cristo” (8 de enero). Dice que si seguimos a Jesús es por el Bautismo. ¡Ésta es su fábula!

1. El Bautismo no nos reviste de Cristo, sino que nos hace hijos de Dios por adopción, nos da el sello de una vida nueva, pero

2. el bautismo no nos convierte en criaturas nuevas. El Bautismo es la puerta para ser una criatura nueva. Sólo la puerta para entrar en el camino, que es Cristo. Y, por eso,

3. el que está bautizado, necesita de los otros Sacramentos de la Iglesia para ser hijo de Dios en la práctica, para ser revestido de Cristo, para ser otro Cristo, para alcanzar la vida divina.

4. Y, sólo así, se puede seguir a Cristo y permanecer en la Iglesia de Jesús.

Francisco no enseña nada de nada. Enseña su fábula de lo que es el Bautismo, de lo que es ser hijo de Dios, es decir, enseña su humanismo y sólo su humanismo.

No se puede amar a Francisco como hermano. No se puede llamar a Francisco Papa, ni Vicario de Cristo, ni sacerdote, ni Obispo, porque no obra como los hijos de Dios. Obra como un hijo de hombre y como un hijo del demonio. Y no es posible la obediencia a un hijo del demonio.

Hay que amar a Francisco como enemigo de la Iglesia, como enemigo de los hijos de Dios, como enemigo de Cristo, pero no como hermano, no como amigo. No se puede ser amigo de un hombre que dice que Jesús no es Espíritu. Así hablan los enemigos de Dios por ser hijo de los hombres e hijo del demonio.

El hijo de Dios sólo puede amar a sus hermanos como hijos de Dios que son. Pero a los que no son, a los que obran como hijos del demonio, aunque estén bautizados, aunque tengan un sacerdocio, aunque sean lo que sean en la Iglesia, no hay amor fraternal con ellos, porque no se puede dar. Los hijos de los hombres y los hijos del demonio sólo escuchan a los hombres y al demonio, pero no son capaces de escuchar a Dios, al Padre Dios, porque no lo conocen ya que viven en sus pecados, no son fieles a la Gracia.

Por tanto, a Francisco hay que darle lo que él busca: la justicia, el infierno, al demonio. No se le puede dar un beso. No se le puede llamar Vicario de Cristo, porque no tiene el Espíritu de Cristo, no da la mente de Cristo a los hijos de Dios. Sólo da la mente del demonio a los hijos de los hombres y a los hijos del demonio.

¿Ven el juego que se la hace en la Iglesia a Francisco por no confrontarlo, por no oponerse a él? El mal es enorme el que hace la misma Iglesia cuando calla la herejía de Francisco. ¡Enorme! Y, por eso, enorme va a ser lo que viene ahora, porque la gente no quiere despertar del sueño de Francisco. Pues, van a despertar a la fuerza, sin tiempo para ver el camino de la Verdad.

Dos banderas: o Cristo o el demonio

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“No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles, que os son tan desiguales. Pues, ¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿O qué sociedad hay entre la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía de Cristo con Belial? ¿O qué parte del fiel con el infiel? ¿Y qué acuerdo entre el Templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor 6, 14).

En este nuevo documento del anticristo Francisco se enseña el error en la Iglesia, se difunde como algo verdadero y se acoge entre la general apatía e indiferencia.

Esto supone que existe una falta de fe, propagada, alentada, por muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia, que viven ya para sus vidas humanas, para sus falsas creencias sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el amor. Y, por eso, los pecados se cometen y se justifican por muchos, sin un camino para el arrepentimiento, sin la lucha contra todo aquello que se oponga a la doctrina de Cristo.

Los sacramentos se obran en el pecado y se inutiliza la Gracia de Cristo en toda la Iglesia. La tibieza en toda la Iglesia está a la orden del día y se disipan los tesoros que el Señor ha puesto en manos de Ella.

Muy pocas son las almas que escuchan en sus corazones la Voz del Espíritu, porque sólo tienen mente para la voz de los hombres, para sus palabras, sus pensamientos, sus obras, sus fines en la vida.

Pocos son los hombres decididos a vivir la Verdad que da el Espíritu, porque ya no saben buscar esa Verdad al estar impregnados de tantas mentiras como los hombres se dicen unos a otros.

Para seguir el Espíritu de Cristo es necesario oponerse al espíritu del mundo, es necesario contemplar el mundo como la escuela del pecado, de la obra del demonio entre los hombres.

Si se está en el mundo para aprender a ser hombre, entonces se vive en el mundo obrando la voluntad del demonio, que se da entre todos los hombres que no viven la Gracia Divina en sus vidas, que inutilizan esa Gracia al valorar en exceso toda su humanidad.

Pocos entienden en la Iglesia lo que supone seguir a Cristo. Y muchos quieren seguir siendo hombres, sin apartar de ellos al hombre viejo, sólo con la idea de reformarse en sus pensamientos humanos, en sus obras humanas, creyendo que eso es todo para ser un hombre nuevo.

La reforma en la Iglesia no existe, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu que no necesita cambiar nada en Ella. Lo que debe darse siempre es la conversión del hombre de su vida de pecado a la vida de la Gracia.

Es cambiar constantemente su mentalidad de hombre, para tener la Mente de Cristo, que no quiere pensamientos humanos en su Iglesia, sólo quiere el Pensamiento de Su Padre en Ella.

Y es lo que muchos no han comprendido y quieren reformar la Iglesia a base de pensamientos humanos, de filosofías humanas, de estructuras humanas, que no sirven sino para destruirlo todo en la Iglesia.

En este documento de este anticristo es lo que tenemos a la vista: sólo sirve para hacer de la Iglesia el culto al pensamiento del hombre. Y, por ello, para hacer en la Iglesia las obras del hombres que son del mundo y que viven para el mundo, llenos de su espíritu mundano, regidos en todo por el demonio, Príncipe del mundo.

Y son muchos en la Iglesia que no han captado esto, que viven como si todo marchara como siempre, con un jefe de la Iglesia que sabe lo que está haciendo y que la guía hacia la verdad y el bien.

Y no ven el desastre que viene para toda la Iglesia. No lo ven ni lo pueden ver, porque viven encerrados en su pensamiento humano, en su vida humana, en sus obras humanas dentro de la Iglesia.

La Iglesia no se hace a base de esfuerzo humano, ni a base de pensar la Iglesia con las ideas de los hombres, ni a base de obrar lo bueno humano en Ella.

En la Iglesia se hacen las obras divinas. Y quien no las haga, no hace Iglesia, sino que la destruye con sus obras humanas. Así, desde hace 50 años el edificio de la Iglesia está destruido por muchas obras de los hombres que no las quiere Dios para Su Iglesia.

Obras buenas humanas, pero sin el Espíritu de Cristo, hechas con el espíritu del mundo. Y, por tanto, obras profanas, mundanas, humanas, naturales, carnales, materiales, pero no ni santas, ni sagradas, ni divinas, ni espirituales.

El anticristo Francisco hace unión con todos los infieles del mundo y quiere unir en un mismo yugo a todos los hombres, sin distinción, sin exclusión, sin necesidad de quitar el pecado y el error en la vida de esos hombres.

Los quiere meter bajo un mismo yugo sólo porque son buenos hombres en sus pecados, en sus vidas humanas, con sus obras humanas. Y así tienen derecho natural de salvarse todos los hombres. A este planteamiento se resume todo lo que en este documento se dice sobre el falso ecumenismo, sobre el falso diálogo, sobre la falsa Iglesia de todos los hombres.

El que está en el pecado no puede participar de la Justicia de ser hijo de Dios. No puede santificarse, no puede salvarse, no puede hacer de su vida un seguimiento del Espíritu de Cristo ni, en consecuencia, no puede estar en la Iglesia siguiendo al Espíritu de la Iglesia, sino que está en Ella sólo siguiendo al espíritu del mundo. ¿Qué obras hace un pecador en la Iglesia? Las obras de su pecado. Pero no puede hacer las obras de Cristo. Nunca. Porque esas obras son sin pecado, movidas en todo por el Espíritu de Cristo. Y ese Espíritu enseña primero a quitar el pecado, a purificarse de todo, para hacer las obras que Dios quiere en la Iglesia.

Y, por eso, hay que salir en medio de los pecadores, de los infieles, de los lujuriosos, de los sin Dios, de los fornicadores de Satanás, para ser Iglesia. Quien acoge al demonio en la Iglesia rechaza a Cristo en Ella. Y esto es lo que ha hecho este anticristo, llamado por todos Papa, sin serlo, sin el llamado de Dios, sin la vocación de Dios a ser Pedro. Se puso como cabeza para destruir la Cabeza de la Iglesia: esa es su obra en medio de la Iglesia. Y todos aplaudiendo esa obra de un hereje que tiene en su corazón al demonio.

No puede haber sociedad entre la luz y las tinieblas. O el hombre está en la luz de Dios o está en la luz de las tinieblas. Pero no puede comulgar con ambas luces, tener ambas luces, seguir ambas luces, porque no se pueden seguir a dos Señores. Sólo se puede estar bajo la bandera de uno: o de Cristo o del demonio. Y sólo hay un batalla: Cristo contra el demonio. No hay más luchas en la Iglesia para ser Iglesia.

Muchos quieren estar en la Iglesia sin batallar contra el demonio. No hacen Iglesia. Porque quien está en la bandera de Cristo, bajo Cristo, que es el Rey de la Iglesia, está batallando constantemente contra el demonio en la Iglesia. Es una lucha diaria, segundo a segundo, en la que no se puede descansar, porque el amor de Cristo nos urge a hacer de la Iglesia el Sacramento de la Salvación y de la Santificación de las almas.

Y el anticristo Francisco no lucha contra el demonio en la Iglesia, sino que baila con él en medio de la Iglesia. Va siguiendo al demonio en cualquier obra que haga en la Iglesia. Y ha sacado un documento aprendido en la escuela del demonio y traducido en su pensamiento humano, que está despojado de la Verdad de la doctrina de Cristo.

Ese documento es la doctrina del demonio, es la fábula del demonio para atrapar a tantas almas que viven de cuentos chinos en la Iglesia. Se tragan cualquier idiotez que los hombres dicen con sus necias bocas humanas.

Este documento sólo sirve para construir la nueva iglesia que dará la bienvenida al Anticristo. Y sólo tiene ese fin. No posee el fin divino para hacer que las almas busquen lo divino en sus vidas y aprendan a amar a Dios y al prójimo en Espíritu y en Verdad.

No puede haber armonía entre Cristo y el demonio, entre los seguidores de Cristo y los seguidores del demonio. No hay paz, no hay alegría que trae la paz. Es imposible. Sólo hay guerra continua para conquista la Verdad y la Vida en la Iglesia.

La falsa alegría que trasluce todo este documento viene de la falsa caridad que quiere presentar este anticristo a la Iglesia.

Un falso amor para una falsa alegría. Y eso lleva consigo la destrucción de la paz en los corazones, porque se pone la alegría en la vanidad del mundo y de los hombres. La dulce alegría de los hombres que trae ajenjo al corazón. Eso lo que presenta el Inicuo Francisco, el Impío Francisco, el anticristo Francisco.

Y quien no quiera verlo así, se engaña y engaña a muchos.

No hay parte entre el fiel y el infiel. No hay comunión, no hay amor, no hay paz entre el fiel y el infiel. Sólo hay odio, división, egoísmo. Esto es lo que ha producido Francisco en medio de la Iglesia: división. La Iglesia ha quedado dividida por el odio de Francisco en Ella.

Y esa división ha traído a la Iglesia la ruptura con la doctrina de Cristo. Ya no se sigue, ya todos siguen lo que hay en sus pensamientos humanos y hacen de la Iglesia el templo de Satanás, el culto a todos los ídolos, a todos los dioses que tienen los hombres en el mundo.

Y eso conlleva una sola cosa: acoger la mentira y ponerla como la verdad, como el ladrillo para edificar la Iglesia.

Divide y vencerás: eso es el plan de Francisco. Sólo eso. Y no ha tenido luchas en la Iglesia, batallas, porque todo el mundo está dormido en su vida espiritual sin hacer nada por Cristo ni por la Iglesia.

Y, entonces, tenemos la Iglesia que nos merecemos, que queremos, que buscamos: la iglesia donde se da culto al hombre y al demonio.

Quien quiera estar en ella, que siga al demonio Francisco. Quien no quiera tiene que batallar contra ese demonio para seguir a Cristo en la Iglesia, para seguir la Verdad en la Iglesia, para tener la Vida que la Iglesia da a todos sus fieles.

Batallar en contra de Francisco y sus seguidores o morir a toda la vida espiritual y celestial. Elijan el camino. Cada uno es libre para andar un camino u otro: o Cristo o el demonio. Una de dos. O bajo Cristo o bajo el demonio. O con Cristo o con el demonio.

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