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Francisco es anatema

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El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad.

El Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia.

Un Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no como Obispo de Roma.

Por eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero. Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.

El Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la Iglesia.

Un Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.

Nunca un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como obra entre los hombres, en el mundo.

Un Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia. Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los hombres.

Un Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los hombres.

Es claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo, que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.

Francisco no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad, una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.

Francisco ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva economía y un nuevo orden mundial.

Francisco vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de condenar las almas al fuego del infierno.

Francisco no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para lo que se vive: la gloria de los hombres.

Un hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma. Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios divinos al alma.

Para Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente, lo quiera.

Francisco hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo natural, de lo material, de lo carnal.

Francisco es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el juego en esa locura.

Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:

1. Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la mente del hombre.

2. La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha recibido en su Elección.

3. Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa Verdad.

4. Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.

El Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los gobiernos del mundo.

Francisco aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres, las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo, haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del mundo, la política que se sigue en el mundo.

El Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa Martín I “Catholicae Ecclesiae universae”, en la cual promulga los decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es un documento ex Cátedra.

Las encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).

Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro, recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y, cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles, pero no en la sustancia, sino per accidens.

Y, por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los anteriores.

La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles. Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la doctrina.

Francisco, al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice. Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.

Francisco, al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía contra el verdadero Papa.

Pero Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido; es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia, anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.

Por tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira, pone el camino hacia el error.

En consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.

Unos Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.

Un Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.

Muchos, en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar toda la Iglesia.

Una Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la Iglesia. Viene mucho mal.

Por tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la mentira.

Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.

No se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco. Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda viendo el error, la mentira.

Francisco no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo. NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.

Francisco no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el Señor lo quita de en medio.

Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido» (1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gal.1, 8).

Francisco es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar» (Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco. La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa el pueblo, es lo que piensa Cristo.

La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia (…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].

Los que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos su comunismo en la Iglesia.

De Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo la Iglesia Católica.

Una Iglesia que no combate al demonio es una iglesia del demonio

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia,  Sabana de Bogotá, Colombia.

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia, Sabana de Bogotá, Colombia.

Dos prerrogativas están esencialmente unidas con el Primado:

1. La indefectibilidad en la fe;

2. El carácter de centro de toda la unidad católica.

1. Ser infalible significa que el Papa no puede errar cuando propone decretos de fe para que sean aceptados por todos en la Iglesia.

Ser indefectible significa que nunca el Papa puede apartarse de la fe; es decir, nunca puede enseñar el error ni defenderlo de manera pertinaz: «yo rogué por ti para que no desfallezca tu fe» (Lc 22, 32a).

Ser infalible y ser indefectible no significa ser impecable, incapaz de pecar, exento de tacha: «y tú un día, cuando te conviertas, conforta a tus hermanos» (Lc 22, 32b). Pedro puede pecar y, de hecho, pecó; y, también, sus sucesores.

Pedro es el cimiento, la piedra fundamental del edificio de la Iglesia. Esa piedra es la Fe en Cristo. Pedro es el que guarda la Fe en Cristo. No es el que tiene la Fe; sino el que la protege, el que la preserva, el que lucha por la Fe en Cristo. Hay que creer primero en Cristo para luchar por Cristo después. Según sea la fe en Cristo, así será la batalla por Cristo.

Un Papa que batalla por la doctrina de Cristo, que enseña la misma doctrina que enseñó Cristo a Sus Apóstoles, ése es Pedro en la Iglesia.

Pero un Papa que no lucha por la Verdad, que es Cristo, sino que va tras sus verdades humanas, ése no es Pedro en la Iglesia.

Si Pedro abraza el error o lo defiende de forma obstinada, entonces ese Pedro no es de la Iglesia, no constituye el cimiento de la Iglesia. Ese Pedro no es Pedro, no es el sucesor de Pedro.

2. El Papa es el centro de unidad con quien todos en la Iglesia deben comulgar.

Es claro, que a nadie se le puede obligar a comulgar con un Papa herético. No se puede conservar la Fe si sigue a un Papa que no profesa la Fe, que no guarda la verdadera Fe, que no batalla por la verdadera Fe.

El Papa es la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Si la cabeza abraza la herejía y la enseña y la defiende, entonces esa cabeza se separa del cuerpo, y éste indudablemente perece.

Todo el problema es comprender por qué siendo el Papa infalible, indefectible, en la Iglesia se da la herejía y el cisma en muchos sacerdotes y Obispos, y por qué no se combaten en contra de ellos.

Nadie comprende la renuncia del Papa Benedicto XVI. Si es infalible, ¿porque falla en su renuncia?

Como Papa, Benedicto XVI no está obligado a decir las razones de su renuncia, pero tenía el derecho y la obligación de encaminar a la Iglesia hacia la Verdad en su renuncia, porque es infalible e indefectible. Y esto es lo que no hizo.

Una vez que el Papa renuncia no puede obligar a que se elija un nuevo Papa: “declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, (…) la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, estará vacante y se convocará un cónclave que elegirá al nuevo Pontífice Supremo”.

Como Papa, Benedicto XVI puede renunciar; pero no puede declarar la sede vacante ni la elección de un nuevo Pontífice. Tenía que haber dejado todo en manos de los Obispos. De esa manera, Benedicto XVI seguiría siendo un verdadero Profeta para la Iglesia.

Con la renuncia al Papado, la sede no está vacante, sino usurpada; ha sido robada. Esto es lo que no se enseña. Esta Verdad: ha sido usurpada. El Papa tiene que ocultar esta verdad. No puede decirla. Pero no puede mentir. Sin embargo, se enseña una mentira: se declara la sede vacante. Y, por tanto, se convoca a un cónclave nulo.

Nadie puede comprender por qué Pablo VI pecó. Y su pecado rondó la herejía. Pablo VI propuso cambiar la liturgia de la misa y dar a la Iglesia un documento donde se anulaba la Eucaristía. Pablo VI tuvo un Pablo que le corrigió de su pecado, y se retractó de lo que iba a hacer. Pero al final, se saca una nueva misa, un nuevos métodos de culto católico, que insultan la santidad de la misa, que no son heréticos, pero sí pecaminosos.

¿Cómo los Papas siendo infalibles, dejan las puertas abiertas y no combaten directamente las herejías que nacen de muchos documentos, que ya no dan la infalibilidad, la indefectibilidad en la Iglesia?

Desde hace mucho tiempo en la Iglesia se esconde la verdad, ya no se revela toda la Verdad. Por lo tanto, lo que se da es una mentira. Y toda mentira aparta de la fe.

Un Papa legítimo nunca cae en herejía. Puede caer en el pecado. Pero todo Papa que peca, automáticamente su poder se debilita.

El poder de ser infalible y de ser indefectible no es algo absoluto. Es un carisma que se relaciona con la vida espiritual de la persona. En la medida en que esa persona va luchando contra el pecado, el carisma se hace más valioso, crece más, el Papa lucha más por la Fe en Cristo, por la Verdad en la Iglesia. Sabe batallar con las armas adecuadas la acción del demonio dentro de la Iglesia.

Pero si el Papa no lucha contra su pecado, entonces se hace débil contra la acción del demonio dentro de la Iglesia; y, por eso, no sabe batallar contra él, ni sabe oponerse a la herejía y al cisma en los demás. Y su poder se debilita, pero no se anula.

Pablo VI se corrigió de su pecado, pero era ya tarde. Su vida espiritual no era fuerte en la fe: se dejaba manejar por otros. No sabía combatir con fuerza el error en muchos que lo rodeaban. Y, entonces, se saca un documento que, sin ser herético, no es totalmente infalible, porque contiene muchas mentiras, que llevan a la herejía, en la práctica de la celebración de la Sta. Misa. La comunión en la mano es un sacrilegio, es un pecado que se enseña y que aparta de la fe. Cae la indefectibilidad, pero no se anula.

Es difícil ser Papa. Y es difícil comprender, desde fuera a un Papa. Juan Pablo II, fuerte en la fe, con una vida espiritual llena de Dios; pero sin embargo, no combatió a los herejes, a los cismáticos, que ya eran muchos a su alrededor, y que él conocía; pero no pudo hacer nada.

Este es el punto que muchos no disciernen: existe, desde hace mucho tiempo, -desde que la Virgen se apareció en Fátima-, un poder oculto dentro de la Iglesia que controla parte del Vaticano. En estos momentos, con la subida al poder de Francisco, ese poder oculto controla todo el Vaticano, ya no sólo una parte.

El por qué la Iglesia atenúa la Verdad, oculta la Verdad, cuando ésta es tan necesaria para que las almas crezcan en la Fe en Cristo; por qué unos Papas fueron fuertes y anatematizaron a los herejes, y otro no lo fueron, y dejaron las puertas abiertas a tantas cosas; sólo se conoce -esa razón- en el interior del Vaticano.

Los Papas no son tontos, sino que ven lo que hay a su alrededor: ven el pecado, ven la herejía, ven el cisma. Y lo ven en la Jerarquía que los apoya.

Los Papas han tenido que trabajar con sacerdotes y Obispos herejes. Y ellos lo sabían y no podían hacer nada. Tenían que dejarlos en sus herejías, que siguieran contaminando la Iglesia, como lo han hecho.

Esto produce en los fieles mucha oscuridad, mucha confusión. Por eso, muchos han abandonado la Iglesia porque han visto unos Papas que no son infalibles, que no son indefectibles, que han dejado la puerta abierta al error, al pecado, a la herejía. Y, entonces, han juzgado mal: si no combaten el error, entonces tampoco son infalibles. Luego, ellos mismos se convierten en herejes, en cismáticos.

En este error andan muchos, criticando y juzgando a todos los Papas. Y ponen como modelos del Papado a San Pío X, Pío XI y Pío XII, que combatieron la herejía.

Hay que estar metidos en ese ambiente del Vaticano para comprender cómo son las cosas dentro de la Iglesia.

Un Papa es infalible, pero no puede desbaratar toda la Iglesia cuando ve una Jerarquía totalmente herética, ya no pecaminosa. Hay tantos sacerdotes que en sus teologías son heréticos y, por tanto, ya no se alimentan ellos de la Fe en Cristo, sino que viven otra cosa. Y eso es lo que dan a los fieles. Hay tantos, que ya no se pueden combatir como antes. Ya es necesario permitir que el mal se propague dentro de la Iglesia. Permitir, no quererlo. Porque el Papa no puede ir en contra de la libertad de los hombres. Si quieren pecar, si quieren seguir en sus herejías, hay que permitir eso. Y permitirlo sin oponerse, sin declarar anatema. Este es el punto conflictivo. No pueden anatematizar, porque tienen que quitar a todos, tiene que echarlos a todos de la Iglesia.

Entonces, viene el alejamiento de muchos de la verdadera fe en Cristo. Y dentro de la Iglesia ya no se vive la Verdad, la fe en Cristo. Ya se vive medias verdades. Ya se acepta el pecado, y no se combate contra él.

Y hay que meterse en el Misterio de Iniquidad para poder comprender cómo unos Papas pueden combatir la herejía y otros no.

Tengan en cuenta que la Iglesia combate contra el demonio. Esa es su lucha principal: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (1 Juan 3, 8). Todo sacerdote está para eso en la Iglesia. Y aquel sacerdote que no luche en contra del demonio, no es sacerdote.

Si los sacerdotes no conocen al demonio en las almas, entonces no saben combatirlo, y no saben encaminar a las almas por la verdad. Si ellos mismos no ven al demonio en sus propias vidas, como sacerdotes, tampoco ven al demonio en las vidas de los demás.

Esta verdad ya no se sigue en la Iglesia. Ya no se enseña. Y es la principal. Una Iglesia que no combate al demonio es una Iglesia del demonio. Eso es lo que estamos viendo con Francisco: la Iglesia del demonio, que sólo lucha por las injusticias humanas, por los derechos de los hombres, pero que ya no llama a las cosas por su nombre: al pecado, pecado; al demonio, demonio.

Los Papas, a partir del año 58, han tenido una gran oposición, por parte del demonio, dentro de la Iglesia. Y no han sabido enfrentarse a una Jerarquía que no es de la Iglesia, una Jerarquía infiltrada, que es del demonio; con un poder real en la Iglesia, un poder que combate a los Papas directamente. Un poder capaz de poner el Papa que ellos quieren.

Pusieron a Juan XXIII, que era un Papa manejable por ellos. El cardenal Siri era duro con los masones, era recto. Pablo VI: manejable. Juan Pablo I: tierno. Papas con poca vida espiritual, pero no heréticos, que cumplieron con su papel de Papa hasta el final, sin caer en la herejía, pero sin saber batallar contra el demonio en tanta Jerarquía herética.

Y todo esto trae consecuencias para la Iglesia. Lo que se gesta en el Vaticano, después se obra en toda la Iglesia. Si los Papas no combaten el error, tampoco en la Iglesia, entre los fieles, se combate. Y así se va haciendo, poco a poco, la Iglesia que le gusta al demonio, que es la que vemos.

El demonio ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia; es decir, para acabar de destruirla. Porque esto es Francisco: el que remata la obra de tantos en la Iglesia; de tanta Jerarquía que se ha dedicado, durante años, a hacer su iglesia dentro de la Iglesia, sin que nadie les dijera nada. Por eso, hay tantos que lo siguen: son como corderos llevados al matadero, y no se dan cuenta.

Para juzgar a un Papa hay que estar metido en su pellejo. Y no se puede juzgar a un Papa legítimo. Los Papas están por encima de toda autoridad en la Iglesia y en el mundo. Están por encima de toda ley positiva. Sólo la ley divina queda por encima de ellos. Si la traspasan, entonces ya no son Papas.

Los Papas verdaderos pueden pecar, pero nunca pueden ser herejes. Pueden no saber combatir las diversas herejías y, por lo tanto, su carisma de la indefectibilidad no aparece sólido, fuerte, ante los demás. Pero de ahí no se puede sacar que el Papa se ha hecho hereje, que es lo que muchos hacen. Y caen en un grave pecado.

Sólo a Francisco se le pude juzgar, porque no es Papa. Sus juicios tienen apelación y nadie debe someterse a ellos.

Francisco no pertenece al Papado. Francisco ha caído en el pecado y no se ha levantado de él. Y enseña a pecar en la Iglesia. Enseña a dividir la Iglesia. Enseña a anular el Papado. Su política en la Iglesia es disolver la unidad, cambiando la verticalidad del Papado, en el que está construida toda la unidad de la Iglesia, para colocar su horizontalidad. Y eso significa una nueva función para el Obispo de Roma, y no ya la tradicional, la verdadera, la que han seguido todos los Papas.

Por eso, Francisco se ha dedicado a romper protocolos; a romper la tradición. Y Francisco promulga una nueva relación de todos los obispos entre sí, en la que ya el Obispo de Roma no es el centro del gobierno de la Iglesia, sino que cada obispo manda en la Iglesia.

Pablo VI intentó anular la Eucaristía; pero fue advertido por un Pablo, y vio su pecado y comenzó su verdadero Papado en la Iglesia.

Francisco ha anulado el Vértice de la Iglesia: el Papado. Y nadie se ha dado cuenta. Éste es el engaño a toda la Iglesia. Nadie ha sido un San Pablo en la Iglesia que corrija a Francisco. Señal de que los que están junto a Francisco no tienen ninguna santidad; son como él. Y todos siguen la palabrería barata y blasfema de un hombre vulgar, plebeyo, que no sabe de teología, que no sabe de vida espiritual, que se dedica a fabricar frases bellas para tener a las almas encendidas en el sentimiento de los humano.

Francisco engaña a toda la Iglesia porque no combate contra el demonio en la Iglesia, sino que hace su juego. Y, por eso, se dedica a su negocio: llenarse los bolsillos de dinero apelando al amor a los pobres. Ése es su ideal en la Iglesia. Para eso está en el gobierno de la Iglesia. Él no sabe lo que es vivir con un machacado en su vida de miseria. No ha estado nunca con los pobres, predicándoles y viviendo con ellos. No ha sido misionero del Evangelio en las regiones a donde nadie quiere ir. Sólo sabe tirarse fotos con gente pobre, con gente enferma. Pero no sabe darles el Espíritu combatiendo al demonio en ellos, para que salgan de su pobreza, de su miseria, de su endemoniada vida, de su enfermedad.

Francisco usa a los pobres para sus fines en la Iglesia, que son los mismos que Judas tuvo: el maldito dinero. Está obsesionado con la riqueza. Y, por eso, llama a los comunistas, como el, para hacer su revolución en la Iglesia, su primavera roja en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco no es centro de unidad, sino de división en la Iglesia. Quien apoya a Francisco divide la Iglesia. Quien combate a Francisco une a la Iglesia en la Verdad.

Combatan a Francisco y serán de Cristo. Háganse amigos de Francisco y tendrán al demonio en sus mentes y en sus corazones.

El Papa y su fidelidad al don de la infalibilidad

El afán de ser popular y de recibir de los hombres la palabra amable y el aplauso a sus obras heréticas en la Iglesia. Francisco es el bufón del Vaticano.

El afán de ser popular y de recibir de los hombres la palabra amable y el aplauso a sus obras heréticas en la Iglesia. Francisco es el bufón del Vaticano.

El Papa Benedicto XVI es el Vicario de Cristo, porque, en su renuncia, se da Su Papado.

Su Papado acaba con su renuncia. Y eso significa que el Papa Benedicto XVI no puede seguir en el Papado, pero sigue siendo Papa, Vicario de Cristo.

Es un Papa al que le ha sido quitado Su Trono, pero no Su Poder.

El Trono se lo han robado los hombres, de una manera sutil, pero efectiva.

El Papa Benedicto XVI ha sido un ejemplo de un hombre que comenzó en la desviación doctrinal, pero que supo convertir su mente a la Verdad del Evangelio, y corrigió sus errores en la doctrina.

En sus comienzos en la teología, era protestante. Ha leído a todos los herejes y cismáticos del protestantismo. Él conoce muy bien lo que es esa teología.

Pero su discurso mental, difícil de seguir para un hombre de la calle, fue cambiando, poco a poco, hasta encontrar la Verdad en la doctrina.

El Papa Benedicto XVI es un hombre inteligente, pero falto de fe; con una fe débil, pero suficiente para caminar como Papa.

En su Papado, no hay desviaciones heréticas, pero sí ciertos errores doctrinales, en su último tiempo. Y esos errores le llevaron a la renuncia.

Su renuncia es el resultado de su infidelidad a la Gracia del Papado.

Un Papa legítimo siempre es infalible; pero deja de serlo si es infiel al don de la infalibilidad. Y, entonces, deja de ser Papa.

El don de la Infalibilidad es un carisma en la persona, no una gracia santificante. No es algo que santifique a la persona, sino un don que tiene la persona para obrar su misión en la Iglesia.

Por tanto, este don de la infalibilidad no quiere decir que el Papa no puede equivocarse, sino que el Papa siempre va a enseñar la Verdad en la Iglesia; lo que toca a la Fe, a las costumbres, al dogma, etc… en la Iglesia. Y su enseñanza es siempre verdadera. Dios actúa en el Papa, aunque éste sea un pecador.

El pecado personal de un Papa no anula el carisma de la infalibilidad; pero el pecado de un Papa contra el carisma de la infalibilidad, anula el carisma y al Papa.

El Papa Benedicto XVI, para renunciar, tiene que ir en contra del mismo carisma de la infalibilidad. Él sabe que no puede renunciar. Lo sabe por el carisma. Dios se lo hace entender. Si renuncia, va contra la Voluntad de Dios, y se hace indigno de seguir siendo Papa.

Ahora bien, se necesita que este carisma sea obrado en las circunstancias más graves para que el Papa siempre sea infalible.

Juan Pablo II lo obró en el último tramo de Su Pontificado, cuando todos le decían que se retirara por su enfermedad. Y él continuó, abrazado a la cruz de Su Papado, sin dejar esa Cruz, que fue su victimación, la señal inequívoca de haber sido un Papa legitimo en la Iglesia, a pesar de tantas herejías y cismas que a, su alrededor, se obraba por sacerdotes, Obispos y fieles. Juan Pablo II sabía muy bien cómo estaba el patio de la Iglesia. Pero tuvo que ser Papa en ese patio, en medio de lobos, en medio de una Jerarquía herética y cismática. Pero no podía excomulgar a ninguno, porque estaba atado de pies y manos.

Pablo VI obró su carisma en el infierno del Vaticano. Mientras otro hacía su papel, él se crucificaba con Cristo. Y, cuando le permitían ejercer el Papado, tenía que callar su boca y hacer como si nada pasara. Hay que ser Papa hasta la muerte. Eso significa el carisma de la infalibilidad. El Papa es Papa, nunca se equivoca porque cree que es Papa hasta la muerte. Hay que enseñar a ser Papa hasta la muerte. La Verdad se enseña con las obras, no con las palabras.

Benedicto XVI no obró su carisma en la negación de su humanidad. Todos los Obispos se pusieron en contra de él. Y él bajó la cabeza y se sometió al pensamiento de otro. Y eso le costó no ser fiel al carisma. Un hombre, con una fe pobre, pero suficiente para ser Papa hasta la muerte. No fue fiel a la Gracia suficiente del Papado. Y, entonces, cometió su pecado. Y su pecado es su inutilidad: es un Papa legítimo, pero inútil. Ha dejado de ser Papa: no fue fiel al carisma de la infalibilidad. No fue fiel a la vida de la Iglesia. Se abalanzó sobre su vida personal.

En el Papa está su vida personal de Gracia, su vida espiritual, y su vida en la Iglesia como Papa. El carisma es para su vida en la Iglesia, pero no para su vida personal.

Un Papa que decide marcharse de la vida de la Iglesia por un asunto personal (una enfermedad) siempre es algo que va contra el carisma de la infalibilidad. El Papa tiene que volverse loco para que otro asuma el poder; pero un Papa no puede marcharse porque esté enfermo.

Pedro es la Roca. Y la Roca es inamovible en la Iglesia. ¡Inamovible!

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI pone a la Iglesia en el camino de la purificación. Y esto significa una sola cosa: no hay más Papas. No hay más cabezas. No hay la Iglesia como se la viene observando últimamente.

Desde hace 50 años lo que hay en la Iglesia Católica es un desastre. La gente ha contado con los Sacerdotes, con los religiosos, con los Obispos de la Iglesia, y éstos los han llevado a la herejía. Es la misma Jerarquía de la Iglesia la que ha desacreditado el verdadero Dogma y ha enseñado, a todo el mundo, lo que ellos creen que hace sentirse bien a la gente.

Un Sacerdote dice que perdiendo la Misa en un Domingo, de vez en cuando, no es pecado mortal; pero si pasa mucho tiempo sin ir a Misa, sí lo es. Y esto es sólo pura herejía. Pero la gente hace caso a esos sacerdotes, porque les hablan lo que ellos quieren escuchar. Y, como estás, hay miles de cosas, que son herejía y cisma, dentro de la Iglesia Católica. Y la gente vive la herejía y el cisma como alimento de sus vidas.

El camino neocatecumenal es el camino de los protestantes en la Iglesia. Cuántos Obispos están de acuerdo con este grupo, que dice cosas como ésta: el hombre no puede cometer el pecado, no puede ofender a Dios, no debe expiar el pecado. Que la Pasión y Muerte de Cristo no es verdadero Sacrificio, ofrecido al Padre para reparar el pecado y redimir al hombre, sino que Jesús ha salvado al mundo en virtud de su Resurrección; y, por tanto, sólo es necesario reconocerse pecador y creer en la potencia de Cristo Resucitado. Que la Iglesia no ha sido fundada por Cristo como único camino de salvación, sino que los demás, en otras iglesias, en otras religiones, también pueden salvarse. Que la Iglesia no es una sociedad jurídica y jerárquica, sino espiritual y carismática. Y tiene otras cosas, como su misa, que es una abominación, donde se niega la verdadera, real y sustancial presencia de Cristo en las especies sacramentales.

Y esta gente está aprobada por Roma, por el Vaticano. ¿Y quién aprueba esto en Roma? No el Papa, sino los Obispos que se rebelan contra el Papa.

El movimiento de los focolares es la acción del demonio dentro de la Iglesia, promoviendo el culto a todos los dioses. Es el camino del ecumenismo, del diálogo entre las religiones, para conseguir una unidad mundial de todos los hombres. Chiara Lubich busca la unidad de todos los hombres sólo siguiendo una idea: como todos creen en Dios, entonces todos están unidos. De esta idea, nace todo su movimiento herético. Y pone el instrumento para formar esa unidad: el diálogo. Si no se escucha al otro, si no se interesa por su vida, entonces no hay unidad. Y, por supuesto, se pone por encima del amor de Dios, el amor al hombre, el amor al otro, el amor mutuo. Para hacer unidad, hay que amarse. Es un amor que dialoga, pero no es un amor que exija una norma de moralidad. Por tanto, se busca una unidad que no sea la verdad, sino el dialogo, el respeto a la mente del otro, la tolerancia con las ideas de los demás, la fraternidad con el otro.

Y esta gente está aprobada por Roma, y son muchos los que lo siguen. ¿Y quién aprueba esto en Roma? No el Papa, sino los Obispos que se ponen por encima del Papa.

Los Carismáticos, que nacieron de los Pentecostales, a los cuales Pablo VI no los quería ni ver. No quería aprobarlos. Pero le taparon la boca. Y nació un movimiento en la Iglesia que es toda una superstición. Invocan al espíritu y no saben que están llamando al demonio en esas oraciones. Muchos de ellos se auto-proclaman clarividentes del Espíritu Santo, y no son más que agentes del maligno. Se declaran a sí mismos grandes profetas, y sólo dicen palabras inventadas a los hombres. Ellos bailan y desfilan como si estuvieran drogados. Se proyectan, entre ellos, una gran autoridad, porque demuestran sus carismas a los demás, sus poderes a los otros. Y es todo un disparate del demonio. Los carismáticos tienen la gran capacidad para ser malignos, pero ellos no reconocen el mal en su obrar, en sus apostolados. Ellos creen en una fe que le da a uno autoridad para atraer al Espíritu Santo hacia los demás. Y eso es lo más contrario a la Fe. La renovación carismática busca poner en duda y modificar los principios de la verdadera fe.

Y esta gente está aprobada por Roma, y son muchos los que se dicen carismáticos. ¿Y quién aprueba esto en Roma? No el Papa, sino los Obispos que se alejado de la verdadera Fe.

Con la renuncia del Papa Benedicto XVI, lo que tenemos en el Vaticano ya no es la Iglesia Católica.

Francisco no representa a la Iglesia Católica; es decir, no es el Vicario de Cristo; no es Papa; no es ni siquiera un Obispo Católico.

El gobierno horizontal, que él ha puesto, no gobierna la Iglesia Católica. Sólo tiene el poder humano que los hombres le han otorgado. Pero el Poder de Dios lo tiene sólo el Papa Benedicto XVI. Ese Poder no pasa a nadie porque haya renunciado, sino que se queda en el Papa legítimo hasta que muera. Una vez que muera, la Silla de Pedro se quedará vacante, sin posibilidad de elegir a ningún Papa, porque el Papa Benedicto XVI ha renunciado a la sucesión de Pedro en la Iglesia. ¡No hay más sucesión petrina! En el Papa Benedicto XVI se para la sucesión. Y eso conlleva que la Iglesia esté sin Cabeza visible, que es el mal para toda la Iglesia.

Porque el Papa es el que para, el que estorba, la acción del Maligno: “El Misterio de Iniquidad está ya en acción; sólo falta que el que le retiene sea quitado de en medio” (2 Tes 2, 7). Es lo que han hecho con el Papa Benedicto XVI: lo han apartado para que comience la iniquidad en la Iglesia. No en el mundo, sino dentro de la Iglesia.

Por tanto, lo que vemos en Roma es la iniquidad. Un hombre, que no cree en el pecado, y se mofa de toda la Iglesia, se pone de rodillas, para que le tiren la foto y así seguir engañando a los incautos, como él.

Francisco: si para ti el pecado no es una ofensa a Dios, ¿para qué te vas a confesar? Para salir en la foto y que todos digan: que santo es Francisco; nos enseña a confesar en Cuaresma. Nos da ejemplo.

Así se ríe Francisco de todos los Católicos. Así los engaña. Así miente ante toda la Iglesia. Se ha dedicado, un año entero, a decir herejías y, ahora, ¿a quién quiere engañar confesándose ante un sacerdote? Si lo que tenía que hacer es renunciar a su falso reinado y meterse en un monasterio hasta su muerte para implorar de Dios por la salvación de su alma.

A la gente le gusta estas fotitos de Francisco. ¿Es que no tenéis inteligencia? ¿Es que ya no os acordáis de sus herejías diarias? ¿Es que no veis su gobierno horizontal lleno de herejes y cismáticos?

La gente vive a sus anchas en la Iglesia: en sus mentiras, en sus herejías, en sus cismas. Y llama a todo bendición de Dios. Y no sabe el precipicio donde su alma está.

“Pueblo Mío, Yo, Cristo Jesús, vuestro Dios, clara e irrevocablemente les digo, que existe el pecado, que hay Infierno y que hay Purgatorio. Que el 80% de la gente que muere diariamente va al Infierno para siempre, por toda la eternidad. Ninguna cantidad de baile, arenga, griterío emocional, que venga de estos Sacerdotes, me hará cambiar de parecer. Ellos han creado una religión totalmente nueva, una fe totalmente nueva, que niega el valor de Mi Pasión y de Mi Muerte, y el de Mi Santa Cruz” (Jesús a la Dra. M. J. Even , 1 de Noviembre 1993).

Vivimos en un tiempo de condenación, con una Iglesia que condena almas, con una Jerarquía ciega totalmente por la vida de la Iglesia. No sabe discernir los espíritus y, por tanto, se pasa la vida haciendo su negocio en la Iglesia. Y ¿vamos a creer a un idiota, que no sabe lo que es la confesión, que no sabe medir el pecado del homosexual, que no sabe llamar al pecado con el nombre de pecado, sino como un mal social… vamos a creerle en esa foto? Francisco: el payaso que entretiene a las masas en el Vaticano.

Miedo a decir la Verdad

Se tiene miedo a decir la Verdad en la Iglesia.

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Se tiene miedo a decir que Francisco no ha sido elegido válidamente por los Cardenales. Se duda de eso y, por eso, se dice que nadie puede decir que Francisco no es Papa.

Este es el punto principal en la Iglesia.

La Iglesia no es de los hombres, sino del Espíritu. Y, por tanto, cada alma en la Iglesia, si sigue al Espíritu, ve la Verdad de la Iglesia.

Cada alma. Pero cada alma tiene que estar abierta al Espíritu. Si no hay esta apertura del corazón al Espíritu, sino que se da la apertura de la mente al mundo de los hombres, que es siempre algo exterior en la Iglesia, entonces el alma no conoce la realidad de lo que pasa en la Iglesia.

Si Francisco no es Papa, porque ha sido elegido mientras el anterior Papa estaba vivo, entonces hay que concluir, de forma absoluta, que Francisco no tiene ninguna autoridad divina en la Iglesia. Y, por tanto, Francisco no es infalible.

Si fuera infalible, entonces no dijera las herejías que habla su boca de Dragón.

El punto para discernir a un Papa es su comienzo en la Iglesia.

Si comienza mal, todo está mal.

Y Francisco comenzó mal. Y esto es lo que no se quiere ver.

Y, como se oculta la verdad, entonces todo el mundo lucha por tener a Francisco y lo ve como Papa.

Francisco se vanagloria de que es un pecador y, sin embargo, no es capaz de obrar en contra de su pecado. Es más, no ve su pecado. Y es más, obra su pecado como un bien para él y para toda la Iglesia.

Pero esto no lo ven los que no quieren verlo, los que no desean verlo, los que han hecho de su vida una obra de su pecado.

La Iglesia ha dejado de creer en el pecado y ha pasado a creer en el mal social. Y se queda sólo en ese mal como el objetivo de su Apostolado, de su servicio a Dios en la Iglesia.

Y ya no se ve el pecado. Ya la Santa Misa es sólo una fiesta, un banquete, una danza, un espectáculo, una discoteca, otra cosa a lo que es realmente.

Y eso sucede porque no existe el pecado para la Iglesia.

Y no hay otra explicación.

Es que no puede haberla.

Si las almas vieran su pecado, entonces las almas no harían lo que hacen en la Iglesia. Pero como las almas han decidido pecar y llamar a esa vida de pecado vida de santidad en la Iglesia, entonces la Iglesia es la que se abre a su destino, que es el fuego del infierno, la condenación de las almas.

Cuántos sacerdotes, Obispos están arrastrando al infierno a tantas almas porque son pecadores y llaman a su pecado el bien de toda la Iglesia.

Pero este lenguaje, hoy día, es extraño. No se encuentra en la Iglesia. Y ya no se va a encontrar.

Desde Francisco, la Iglesia ya no vuelve a ser como era. Es imposible.

La Iglesia Católica ya ha perdido su identidad en el mundo. Ya es otra cosa. La que cada uno se invente. Pero ya no es la Iglesia que Jesús fundó en Pedro.

Jesús sólo da Su Autoridad en la Iglesia a Pedro. Y a nadie más.

Francisco ha quitado la verticalidad en la Iglesia. Luego Francisco no tiene ninguna autoridad divina en la Iglesia.

Y la consecuencia es clara: todo lo que hace en la Iglesia es por su propia autoridad humana. Eso significa el despotismo.

El problema de la Iglesia es que tiene a Pedro como la fuente de la Autoridad Divina. Quien obedece a Pedro, gobierna en la Verdad a la Iglesia. Quien desobedece a Pedro, gobierna en la mentira a la Iglesia.

Pedro renunció al Papado. Automáticamente, el Poder Divino pasa a Cristo Jesús. Y se queda en Cristo Jesús, que es el Rey de la Iglesia.

El que se quiera poner como Vicario de Cristo, sólo se arroga su propia autoridad, la que le dan los hombres en la Iglesia, pero no tiene la Autoridad Divina para regir la Iglesia. Este es el problema y la astucia de la masonería.

Eso es lo que ha pasado en la Iglesia desde la renuncia de Benedicto XVI y nadie ha sabido leer los signos de los tiempos en la Iglesia.

Nadie ha sabido discernir lo que ha pasado en la Iglesia desde hace ocho meses.

Todos tan contentos porque se ha hecho la voluntad humana en la Iglesia, y eso es lo que se perseguía desde hace 50 años en la Iglesia. Y, por fin, se consiguió un ladrón que robara la Silla de Pedro, que es Benedicto XVI, y un lobo que destruyera la Iglesia en el Papado, que es Francisco.

Y esto, por su puesto, que nadie lo va a cambiar. Esto sigue y sigue hasta el final. Hasta la destrucción total de la Iglesia Católica en Roma para establecer en Roma la nueva iglesia que gusta a todo el mundo, menos a Dios.

La negación de la Verdad en la iglesia de Francisco

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Jesús es la Verdad.

Por tanto, la verdad no está en las palabras que se dicen, ni en los discursos que se presentan, ni en los argumentos que quieren explicar el Evangelio, ni en las teologías que quieren defender la verdad, ni en las obras que se hacen en la Iglesia, ni en ningún hombre de la Iglesia ni del mundo.

Para dar la Verdad, para enseñar la Verdad, para obrar la Verdad, hay que ser otro Jesús.

Y, para ser otro Jesús, es necesario tener Su Espíritu, el Espíritu de Cristo. Y tenerlo significa seguirlo en cualquier cosa que se haga en la Iglesia.

El problema de la nueva iglesia de Francisco es que niega la Verdad, porque ninguno sigue al Espíritu de Cristo.

Todos hablan de Jesús, todos dicen que creen en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, todos dicen cosas hermosas sobre la Iglesia, todos celebran la Misa, todos ocupan puestos para servir a la Iglesia, pero ninguno sigue al Espíritu de Cristo.

Esa nueva iglesia inventada por Francisco está fundamentada sólo en el pensamiento de Francisco, no en Jesús.

Y muchos tienen miedo de mostrar deslealtad a la Iglesia, incluso cuando ven que Francisco altera las enseñanzas de Cristo, porque tienen miedo al pensamiento de Francisco.

No ven la Verdad, se quedan en las palabras de Francisco y sólo saben decir: es el Papa.

Y quieren pedir consejo sobre esas palabras de Francisco y leen lo que el Prefecto para la Doctrina de la Fe, Gerhard L. Müller, dice sobre esas declaraciones de Francisco, y siguen sin ver la Verdad.

Müller dice: “El Papa ha hecho un dialogo con el editor de la Reppublica, Scalfari. No tiene ningún miedo de dialogar, porque nuestra fe viene del “logos”, de la Palabra de Dios, que es también el intelecto de Dios. Y tenemos una religión que vincula el diálogo y la fe. Y por eso la Iglesia, no sólo el Papa, también los teólogos, son los primeros interlocutores de este diálogo entre los no creyentes y los creyentes.”

Esta frase es una frase bien construida, con un pensamiento lógico, con una doctrina que parece verdadera, que convence a cualquiera que la lee y, sin embargo, es una herejía.

“El Papa ha hecho un dialogo”: Se comienza mintiendo. Francisco no ha dialogado, sino que ha usado un instrumento comunista para enseñar su mentira, su idea de cómo tiene que ser la Iglesia. Francisco da su pensamiento al editor sobre un asunto de vital importancia para la vida de toda la Iglesia. Y eso no es dialogar. Porque dialogar es hablar de cosas sin importancia. Enseñar el pensamiento es adoctrinar, no dialogar. Francisco ha adoctrino en esas declaraciones, ha dado una doctrina, ha enseñado una doctrina. No ha dialogado.

Muller comienza dando una falsedad. Luego todo su discurso se centra en esta falsedad. Como Francisco dialoga, no tiene miedo de hablar con los ateos. Y dice otra herejía: “porque nuestra fe viene del logos”.

El logos es el Verbo de Dios, es decir, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es la Palabra del Pensamiento del Padre. Y nuestra Fe no viene de la Palabra, sino de la aceptación de la Palabra. Venir y aceptar son dos cosas diferentes. Si se dice que la Fe viene de la Palabra, se está diciendo que todos los hombres tienen Fe porque leen el Evangelio de Jesús. Al leerlo surge la Fe. La Fe viene al tener un libro que habla sobre el Evangelio. La Fe viene al tener una teología que habla sobre el Evangelio. La Fe viene en cualquier documento en que se recoja el Evangelio de Jesús. La Fe viene por el solo hecho de celebrar una Misa o de rezar a Dios una oración. Esta es la fe para Muller. Esta es la fe en la nueva iglesia de Francisco. Y esta no es la Fe de la Iglesia.

“La Fe viene de la audición; y la audición, por la Palabra de Cristo”(Rom 10, 17). Hay que escuchar la Palabra para tener fe. No hay que leerla, no hay que ver signos externos, obras externas humanas, no hay que entender la Palabra para tener fe. Son dos cosas distintas lo que dice Muller y lo que dice San Pablo. Escuchar la Palabra es aceptarla. Muchos escuchan la Palabra, pero no la aceptan, porque buscan la interpretación de la Palabra. Y entonces la Fe que tienen viene de esa interpretación, no de la escucha de la Palabra.

Después de esto, Muller añade otra herejía: “que es también el intelecto de Dios”. El logos, la Palabra, no es el intelecto de Dios, no es el pensamiento de Dios. El logos, la Palabra, es el Pensamiento del Padre. Muller, como teólogo olvida la diferencia entre Dios y las Tres Personas de la Santísima Trinidad. Dios no tiene intelecto. El Padre es el que tiene intelecto. Error mayúsculo que viene de una de las cabezas más importantes que tiene la nueva iglesia de Francisco. Si así piensa esa cabeza sobre Dios, entonces las barbaridades que dice sobre la Iglesia y sobre Jesús daría para escribir un libro en contra de Muller.

Después Muller finaliza su brillante discurso con otra herejía:“Y tenemos una religión que vincula el diálogo y la fe”. La religión no está para unir la Fe y lo Profano. Muller está proclamando la unión de la Iglesia con los paganos, aceptando sus obras, sus filosofías, sus estilos de vida, sus cultos. Es lo que muestra Francisco en esas declaraciones: se une a un ateo para dialogar con él y enseñarle su doctrina y unirse a ese ateo con su doctrina.

La religión no vincula las cosas de la fe con el hablar de las cosas del mundo. Toda religión enseña su verdad al que no es de la religión. Toda iglesia hace eso, se llame como se llame y crea en lo que crea. La religión enseña algo, no dialoga, no hace una unión con los que no creen, con los que siguen otra religión. Con los que no creen se dialoga de muchas cosas, pero no de la fe. Cuando se quiere hablar de la fe con el que no cree, esa conversación ya no es un diálogo, sino una enseñanza de la fe o una apología de la fe o una defensa de la fe, pero nunca un diálogo, y menos vincular y unir la fe con el mundo.

Después Muller dice cada cosa en esa entrevista que da pena ver a un sacerdote que no tiene ninguna fe en la Iglesia y que está en la iglesia de Francisco para someterse a su pensamiento humano, para adular el pensamiento de Francisco.

En la iglesia nueva de Francisco se niega la Verdad. Y muchos tienen miedo de ser desleales a Francisco, a la Iglesia, aunque vean sus errores, aunque comprendan sus herejías, porque no ven la Verdad, sino que quieren interpretar la Verdad con su pensamiento, que es lo que se hace en la iglesia nueva de Francisco, y es lo que hace Francisco y todo su gobierno horizontal.

Ningún hombre, ningún sacerdote, ningún obispo, ni cardenal, ningún Papa tiene la autoridad para re-escribir la Palabra de Dios. Cuando se hace esto, se apartan automáticamente de la Ley de Dios y comienzan a poner sus leyes eclesiásticas, sus leyes humanas. Comienzan a interpretarlo todo según su razón. Y es la diosa razón lo que gobierna la nueva iglesia. No es el Pensamiento del Padre, no es la Palabra del Hijo, no es el Amor del Espíritu. Es lo que ese bastardo piensa sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre los santos, sobre los dogmas, sobre el pecado, sobre el demonio, sobre el infierno, sobre los paganos, etc.

Es lo que tiene en su cabeza. Por eso, niega toda la verdad en su iglesia nueva. Hace su verdad, hace su teología, hace su evangelio, hace sus normas espirituales. Todo lo ve con su razón humana.

Y el problema es que los demás no ven la Verdad y lo siguen también. Los demás quieren comprender a Francisco. Y este es el error: cuando un sacerdote va en contra de la verdad, no hay que comprenderlo, no hay que entender por qué hace eso. Hay que apartarse de él, porque si no se hace eso, el alma se aparta de la verdad. Hay que seguir siempre a la Verdad, nunca a un hombre.

Ver la Verdad es seguir al Espíritu de Cristo. No es hablar de Cristo, no es ir a Misa o celebrar Misa, no es predicar de Cristo, no es enseñar de Cristo, no es liberar demonios, no es sanar cuerpo, no es hacer milagros.

Seguir a Cristo es ser otro Cristo. Es dejarse enseñar por el Espíritu de Cristo para ser Cristo. Ser otro Cristo no se aprende en los libros, en la Teología; no se es Cristo porque se celebre Misa, sino porque el alma se deja guiar en todo por el Espíritu de Cristo. Y cuando hace eso no obra como Francisco, no habla como Francisco, no enseña como Francisco.

Sólo la Iglesia de Dios que permanece fiel a la doctrina de Jesús, a Su Evangelio, sin interpretarlo de ninguna forma, es Infalible, tiene toda la Verdad, nunca se equivoca.

Benedicto XVI se apartó del Evangelio, cayó en su pecado. Francisco se apartó del Evangelio, cayó en su pecado. Los sacerdotes que se apartan de la Verdad, que es Jesús, se declaran en contra de la Verdad y obran sus verdades en la Iglesia, produciendo un caos en toda la Iglesia.

Jesús es la Verdad. Los sacerdotes, los Obispos son los siervos de la Verdad, no los que tienen el poder para hacer de la Verdad lo que quieren. Sin la humildad, los consagrados se pierden en el orgullo de su poder.

Gobierno de hombres

SantisimaTrinidad

Dios da Su Voluntad al Papa, no a un conjunto de hombres que se reúnen para no hacer nada de lo que Dios quiere en Su Iglesia.

Dios guía a Su Iglesia con la Verdad. No la guía con la mentira. El camino de Dios en la Iglesia es un camino de Verdad, un camino que lleva hacia la Vida. Un camino que no se para en ninguna vida humana, en ninguna obra humana, en ningún pensamiento humano.

El camino de la Iglesia sólo lo tiene Dios escondido en su Corazón. Y Dios lo da sólo al Papa.

Por tanto, lo que esos hombres hagan en ese gobierno consultivo no viene de Dios. No hay que seguirlo. Porque la Voluntad de Dios sólo está en la Cabeza de la Iglesia. Y esa Cabeza ya no es de Francisco ni de ninguna Jerarquía en la Iglesia, por el pecado de Francisco y por el pecado de toda la Jerarquía.

La Verdad duele decirla. La Verdad cuesta decirla. La Verdad da horrores obrarla en la Iglesia.

La renuncia de Benedicto XVI es sólo la presión de los hombres en la Iglesia para poner un gobierno consultivo en la Iglesia. O Benedicto XVI ponía ese gobierno o se iba de la Iglesia.

Lo que ha puesto Francisco es lo que se negó hacer Benedicto XVI. Esta es la razón de su renuncia.

Con los documentos filtrados a la prensa, con las cartas del Papa Benedicto XVI filtradas, comenzó la presión sobre el Papa. Una presión de alguien que gobierna los pasillos en el Vaticano y que hace que esos pasillos se llenen de los pensamientos de esa cabeza.

La filtración de las cartas del Papa no es cualquier cosa en la Iglesia. No fue el mayordomo. El mayordomo hizo su papel. Pero había que destapar algo negro contra Benedicto XVI. Había que poner en peligro la credibilidad de un Papa. Había que mostrar al mundo que un Papa no puede gobernar solo la Iglesia, que necesita una ayuda de los hombres.

Y, por eso, esas cartas son como el anillo al dedo para obligar al Papa a la renuncia. Cartas muy graves sobre asuntos de la Iglesia. Cartas que comprometen el Papado y al Papa. No son cartas más o menos conflictivas. Son cartas que ponen el dedo en la llaga de lo que hay en el Vaticano que nadie ve, que nadie percibe, porque se calla.

Benedicto XVI renunció porque fue obligado a renunciar. No tenía otra salida. Podía haber hecho como Gregorio XII: huir y que otro leyera la renuncia. Entonces, no hubiera pecado. Pero Benedicto XVI era un pecador, sin luz del Espíritu para hacer las cosas en la Iglesia como las quiere Dios. Y tuvo que renunciar. Tuvo que poner la razón que a nadie convence, porque tenía que callar la verdadera razón: el escándalo que hay en la Iglesia y que esas cartas revelan.

La Iglesia está corrompida en todo su edificio. No hay habitación donde no se vea el moho, la mugre de la mentira, del engaño, de la lujuria en la Iglesia.

Y con esas cartas se decidió un Pontificado. Y, por eso, Francisco se ha apresurado a poner un gobierno humano en la Iglesia.

Benedicto XVI se negó a este gobierno. Pero no podía decir que no. Tenía que ponerlo, por la presión de muchos en la Iglesia. No podía dar la Verdad del gobierno de la Iglesia, porque ya estaba atado con esas cartas.

Esas cartas comprometen la Infabilidad del Papa. Este es el punto más conflictivo si uno lee esas cartas. ¿Cómo un Papa puede permitir eso siendo Papa? ¿Dónde está la Sabiduría del Cielo en el Papa? ¿Por qué el Papa permite lo que no puede permitir en la Iglesia siendo Papa?

Como no se entiende lo que pasó con Pablo VI, al permitir tanto desastre en la Iglesia, tampoco se entiende por qué Benedicto XVI permitió esos desastres en la Iglesia?

Crisis de autoridad es lo que reflejan esas cartas. Ambición de poder en la curia vaticana. Todos quieren el Poder la Iglesia. Todos se opusieron al Papa Benedicto XVI para que renunciara al Papado tras el escándalo de esas cartas.

Esas cartas descubren lo que hay en la Iglesia a las claras. Y la jugada de dar a conocer esas cartas viene de la misma Iglesia, del mismo Vaticano, de hombres que quieren el poder y que hacen lo que sea para conquistar ese poder.

Esos hombres cogieron esas cartas secretas del Papa y las divulgaron sólo para un fin: la renuncia de Benedicto XVI. Que renunciara para poner al hombre que ellos quieren en la cúpula de la Iglesia.

Todo ese lío montado en el Pontificado de Benedicto XVI viene por los que rodearon al Papa para presionarle en su gobierno y que hiciera en ese gobierno lo que ellos querían. Como Benedicto XVI se opuso, los hombres maquinaron una razón para que Benedicto XVI dejara el gobierno de la Iglesia. Y, Benedicto XVI, verdadero Papa, no tuvo la fuerza espiritual necesaria para combatir a los hombres dentro de la Iglesia y, por eso, tuvo que irse, obligado por los Cardenales y Obispos.

Y esos Cardenales y Obispos decidieron el destino de la Iglesia para poner su gobierno en la Iglesia.

Gobierno de hombres es lo que hay ahora en la Iglesia.

Gobierno de mentes humanas, mentes inteligentes para hacer la maldad, para correr en busca de la maldad, para desfigurar el bien con el mal de sus corazones.

Y las almas, como si nada hubiera pasado. Contentas con la vida, contentas con sus placeres en la vida. Contentas con tener hombres que hablen de cosas humanas, de obras humanas, de conquistas humanas, pero que no les hablen de cómo conquistar el Cielo.

La Jerarquía de la Iglesia sólo tiene un fin: conquistar el poder de la Iglesia. Es lo que se ve. Y a eso lo llaman Voluntad de Dios, porque un idiota ha firmado un documento en que quiere demostrar su inteligencia humana al constituir su negocio en la Iglesia. El negocio que le va a dar popularidad en la Iglesia. El negocio que le va a resolver el agujero económico que tiene y que no ha podido solventarlo diciendo a los hombres que le den dinero para sus pobres en la Iglesia.

Un idiota que no sabe dónde está metido, porque es sólo el títere del demonio para que todo el mundo esté contento en la Iglesia.

La Iglesia no se salva sin sus Pastores

Jesús Buen Pastor

Jesús ha dado a la Iglesias Pastores que la pastoreen.

Y, por la maldad de Sus Pastores, la Iglesia obra el mal. Y, por la bondad de Sus Pastores, la Iglesia obra el bien.

Las almas, en la Iglesia, no se pueden salvar sin sus sacerdotes, sin sus Obispos. Es imposible.

Por eso, la Iglesia es un Misterio Divino. Y si no se ve como Misterio, entonces la Iglesia es el invento de cualquier hombre en la tierra.

Y -como Misterio- en la Iglesia se da la unión entre la cabeza y su cuerpo, entre los pastores y el rebaño. Es una unión mística, no sólo espiritual. Es una unión que se produce en el Espíritu de la Iglesia y que hace que las cargas del rebaño las lleve el Pastor (el sacerdote), y las cargas del Pastor las lleve todo el rebaño.

En esta unión mística, el pecado del sacerdote es el pecado de sus fieles. Y el pecado de sus fieles es el pecado de los sacerdotes.

Este Misterio sólo se resuelve en Dios, porque hay muchos malos pastores y hay muchas ovejas que son del demonio en la Iglesia. Y eso hace que la Iglesia se condene de muchas maneras, por sus sacerdotes malos y por sus fieles malos.

Estar en la Iglesia no es estar en una empresa donde se deciden algunos asuntos y se ven los caminos para resolver otros asuntos de los hombres.

Estar en la Iglesia es vivir este Misterio de comunión entre sacerdotes y fieles.

Y, cuando un Papa, peca contra la Iglesia, como es el caso de Francisco, hace que la Iglesia peque, no sólo contra Ella misma, sino contra la cabeza. El pecado de la cabeza rompe la Unidad de la Iglesia, destruye la Verdad de la Iglesia, provoca la Ruina de la Iglesia.

Esto es lo que no se discierne con la actuación de Francisco, porque está en la Silla de Pedro, actuando como cabeza y produce un mal en la Iglesia. Un mal para él mismo y un mal para toda la Iglesia.

La Iglesia no se puede salvar si sigue a un Pastor malo: “el que es asalariado, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa” (Jn 10, 12).

Esto es lo que hizo Benedicto XVI, un mal Pastor, un asalariado, uno que no entendía el oficio para el cual lo llamó Jesús a Su Iglesia, y dejó al rebaño, por miedo al lobo. Y el rebaño quedó a la deriva, en manos del lobo.

El lobo es Francisco. Y, para muchos, es Papa, un buen Papa. Muchos lo ven como elegido por Dios. Y es sólo un Papa que Dios ha permitido tener en Su Iglesia para enseñar a Su Iglesia a discernir la Verdad.

Francisco ha hablado, pero no ha obrado. Y eso es una Misericordia de Dios con Su Iglesia. Francisco ha obrado ciertas cosas, pero que no tambalean la Fe de muchos, que no destruye el edificio de la Verdad de la Iglesia.

Dios ha permitido este Papa para un fin: porque en la Iglesia tiene que darse la Purificación.

La Purificación es un estado espiritual de toda la Iglesia en la que Dios salva a sus fieles sin su Cabeza Visible, que es el Papa.

Con la renuncia de Benedicto XVI, comienza la Purificación de la Iglesia.

Purificar significa quitar lo que impide la santidad. Purgar, arrancar lo que estorba en la Iglesia.

Y Dios comienza la Purificación de la Iglesia arrancando la Cabeza Visible de la Iglesia. La quita. Pero eso no quiere decir que no se dé la Cabeza de la Iglesia. La Cabeza es Cristo, no el Papa. El Papa es la Cabeza Visible, el Vicario de Cristo en la Tierra. Pero es un Vicario débil, frágil, pecador, porque es un hombre. Y, como Vicario, es impedimento para hacer la Iglesia que Dios quiere en la Tierra, que deber ser gloriosa. Y, por tanto, la Cabeza Visible de la Iglesia tiene que revestirse de Gloria. Y eso no puede darse si hay debilidad, fragilidad, pecado en esa Cabeza Visible de la Iglesia.

Por eso, Dios permitió la renuncia de Benedicto XVI para iniciar la Purificación de la Iglesia por la Cabeza Visible. Porque Dios siempre obra en Su Iglesia, primero por la Cabeza, después por las almas que están en la Iglesia.

Dios permite la renuncia del Papa Benedicto XVI por el pecado de un hombre. Si Benedicto XVI no hubiera pecado, Dios purifica a la Iglesia de otra manera. Pero, porque existe el pecado, entonces Dios suprime la Cabeza Visible, y deja a Su Iglesia sin Cabeza Visible. Esto significa la renuncia de Benedicto XVI: un pecado contra el Espíritu Santo, que tiene estas consecuencias. Pecado que, -para muchos en la Iglesia-, no es pecado y no lo ven como un pecado contra el Espíritu Santo.

Pero si Benedicto XVI tuvo la Infabilidad Papal, y -cuando se posee- no es posible pecar, entonces su renuncia es un misterio, no se puede explicar con palabras humanas. Si Benedicto XVI, como verdadero Papa, no puede hacer algo en la Iglesia que vaya en contra de la Verdad de la Iglesia, porque Dios lo asiste, Dios lo ayuda, entonces no se puede comprender su renuncia. O su renuncia es algo que Dios quiere y, por tanto, no es un pecado en Benedicto XVI. O su renuncia es algo que Dios no quiere y, por tanto, es un pecado. Pero si Dios quiere esa renuncia en el Papa, entonces el Papa tiene que dar la Mente de Dios en esa renuncia. Tiene que decir todo en esa renuncia. El motivo verdadero en esa renuncia. Si el Papa no dice eso, el Papa va contra la Infabilidad que tiene, va contra la Verdad que posee, y ahí su pecado contra el Espíritu Santo, que es un Espíritu de Verdad. Se es Papa para decir la verdad a la Iglesia, no para convencer a la Iglesia de un pecado, no para esconder a la Iglesia el pecado de unos cuantos para así no ofender, no dañar, a esas personas que hacen de la Iglesia una reunión para el pecado.

Si Benedicto XVI pudo ir en contra de su Infabilidad Papal, que le daba poder para no pecar, para no hacer algo en la Iglesia en contra de la Verdad en el Papado, es por el Misterio de la libertad y de la Gracia, que nos lleva al pecado de Adán y Eva en el Paraíso, donde tampoco podían pecar, porque lo tenía todo. Pero pecaron. Este es el Misterio: Adán y Eva no estaban confirmados en la Gracia, no tenían la Plenitud de la Gracia, que sólo la Virgen María posee. Tampoco la Infabilidad Papal hace al Papa confirmado en Gracia y, por tanto, puede pecar.

En la Iglesia, la única criatura que no puede pecar es la Virgen María. Esta es la excelencia de esa Mujer, a la cual se desprecia hoy en la misma Iglesia, porque se la persigue en tantas apariciones que da para toda la Iglesia y para el mundo. Cuando la Virgen habla hay que escucharla en silencio y poner en práctica lo que dice en la Iglesia. Y es lo que no se hace.

Y muchos sacerdotes no creen en la Virgen María y enseñan que lo que dice la Virgen es mentira. La llaman mentirosa y eso va contra la Plenitud de Gracia, que es Ella Misma en la Iglesia. Y, por eso, no se creyó en Fátima, porque los sacerdotes, los Obispos sólo tienen a la Virgen en sus Teologías, en sus entendimientos, pero no en sus corazones. No viven la Palabra de la Virgen en sus corazones, sino que la desprecian, porque viven las palabras que están en sus entendimientos humanos. Y eso es despreciar la Plenitud de Gracia, el Misterio de la Virgen en su Corazón.

Benedicto XVI pecó y dejó a la Iglesia en manos del lobo Francisco. Como lobo se ha comportado en su Pontificado. No como Pastor, no como buen Pastor. Y la Iglesia está en el mismo pecado que Benedicto XVI. Este es el Misterio: el pecado de la Cabeza es el pecado de toda la Iglesia.

Si Benedicto XVI pudo pecar contra su Infabilidad Papal, también toda la Iglesia puede pecar contra la Verdad, que es Ella Misma.

Y esta es la Purificación de la Iglesia. ¿Hacia dónde va la Iglesia, en estos momentos, si sólo se descubre su pecado y no quiere salir de su pecado, porque la Iglesia ve su pecado como un bien? Así ha visto el pecado de su cabeza, de Benedicto XVI: un bien. Y, entonces, la Iglesia no ve al lobo, no descubre en Francisco al lobo, sino algo bueno.

Y, por sus obras, se discierne lo que es Francisco. Y, por las obras de toda la Iglesia, se discierne lo que hay hoy en la Iglesia. Y, por eso, estamos en unos momentos de incertidumbre en la Iglesia. Tenemos un Papa en su pecado, que es Benedicto XVI, y un lobo sentado en la Silla de Pedro, no reconocido como lobo. ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿Cómo nos podemos salvar si quien nos guía es un lobo, que no da la verdad a la Iglesia, que no produce la Verdad en la Iglesia, que ha comenzado su Pontificado derribando verdades en la Iglesia?

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