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Francisco es anatema

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El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad.

El Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia.

Un Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no como Obispo de Roma.

Por eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero. Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.

El Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la Iglesia.

Un Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.

Nunca un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como obra entre los hombres, en el mundo.

Un Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia. Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los hombres.

Un Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los hombres.

Es claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo, que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.

Francisco no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad, una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.

Francisco ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva economía y un nuevo orden mundial.

Francisco vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de condenar las almas al fuego del infierno.

Francisco no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para lo que se vive: la gloria de los hombres.

Un hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma. Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios divinos al alma.

Para Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente, lo quiera.

Francisco hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo natural, de lo material, de lo carnal.

Francisco es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el juego en esa locura.

Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:

1. Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la mente del hombre.

2. La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha recibido en su Elección.

3. Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa Verdad.

4. Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.

El Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los gobiernos del mundo.

Francisco aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres, las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo, haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del mundo, la política que se sigue en el mundo.

El Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa Martín I «Catholicae Ecclesiae universae», en la cual promulga los decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es un documento ex Cátedra.

Las encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).

Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro, recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y, cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles, pero no en la sustancia, sino per accidens.

Y, por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los anteriores.

La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles. Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la doctrina.

Francisco, al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice. Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.

Francisco, al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía contra el verdadero Papa.

Pero Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido; es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia, anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.

Por tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira, pone el camino hacia el error.

En consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.

Unos Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.

Un Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.

Muchos, en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar toda la Iglesia.

Una Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la Iglesia. Viene mucho mal.

Por tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la mentira.

Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.

No se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco. Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda viendo el error, la mentira.

Francisco no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo. NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.

Francisco no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el Señor lo quita de en medio.

Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido» (1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gal.1, 8).

Francisco es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar» (Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco. La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa el pueblo, es lo que piensa Cristo.

La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia (…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].

Los que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos su comunismo en la Iglesia.

De Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo la Iglesia Católica.

Una Iglesia que no combate al demonio es una iglesia del demonio

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia,  Sabana de Bogotá, Colombia.

San Miguel Arcángel derrotando a la bestia, Sabana de Bogotá, Colombia.

Dos prerrogativas están esencialmente unidas con el Primado:

1. La indefectibilidad en la fe;

2. El carácter de centro de toda la unidad católica.

1. Ser infalible significa que el Papa no puede errar cuando propone decretos de fe para que sean aceptados por todos en la Iglesia.

Ser indefectible significa que nunca el Papa puede apartarse de la fe; es decir, nunca puede enseñar el error ni defenderlo de manera pertinaz: «yo rogué por ti para que no desfallezca tu fe» (Lc 22, 32a).

Ser infalible y ser indefectible no significa ser impecable, incapaz de pecar, exento de tacha: «y tú un día, cuando te conviertas, conforta a tus hermanos» (Lc 22, 32b). Pedro puede pecar y, de hecho, pecó; y, también, sus sucesores.

Pedro es el cimiento, la piedra fundamental del edificio de la Iglesia. Esa piedra es la Fe en Cristo. Pedro es el que guarda la Fe en Cristo. No es el que tiene la Fe; sino el que la protege, el que la preserva, el que lucha por la Fe en Cristo. Hay que creer primero en Cristo para luchar por Cristo después. Según sea la fe en Cristo, así será la batalla por Cristo.

Un Papa que batalla por la doctrina de Cristo, que enseña la misma doctrina que enseñó Cristo a Sus Apóstoles, ése es Pedro en la Iglesia.

Pero un Papa que no lucha por la Verdad, que es Cristo, sino que va tras sus verdades humanas, ése no es Pedro en la Iglesia.

Si Pedro abraza el error o lo defiende de forma obstinada, entonces ese Pedro no es de la Iglesia, no constituye el cimiento de la Iglesia. Ese Pedro no es Pedro, no es el sucesor de Pedro.

2. El Papa es el centro de unidad con quien todos en la Iglesia deben comulgar.

Es claro, que a nadie se le puede obligar a comulgar con un Papa herético. No se puede conservar la Fe si sigue a un Papa que no profesa la Fe, que no guarda la verdadera Fe, que no batalla por la verdadera Fe.

El Papa es la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Si la cabeza abraza la herejía y la enseña y la defiende, entonces esa cabeza se separa del cuerpo, y éste indudablemente perece.

Todo el problema es comprender por qué siendo el Papa infalible, indefectible, en la Iglesia se da la herejía y el cisma en muchos sacerdotes y Obispos, y por qué no se combaten en contra de ellos.

Nadie comprende la renuncia del Papa Benedicto XVI. Si es infalible, ¿porque falla en su renuncia?

Como Papa, Benedicto XVI no está obligado a decir las razones de su renuncia, pero tenía el derecho y la obligación de encaminar a la Iglesia hacia la Verdad en su renuncia, porque es infalible e indefectible. Y esto es lo que no hizo.

Una vez que el Papa renuncia no puede obligar a que se elija un nuevo Papa: “declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, (…) la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, estará vacante y se convocará un cónclave que elegirá al nuevo Pontífice Supremo”.

Como Papa, Benedicto XVI puede renunciar; pero no puede declarar la sede vacante ni la elección de un nuevo Pontífice. Tenía que haber dejado todo en manos de los Obispos. De esa manera, Benedicto XVI seguiría siendo un verdadero Profeta para la Iglesia.

Con la renuncia al Papado, la sede no está vacante, sino usurpada; ha sido robada. Esto es lo que no se enseña. Esta Verdad: ha sido usurpada. El Papa tiene que ocultar esta verdad. No puede decirla. Pero no puede mentir. Sin embargo, se enseña una mentira: se declara la sede vacante. Y, por tanto, se convoca a un cónclave nulo.

Nadie puede comprender por qué Pablo VI pecó. Y su pecado rondó la herejía. Pablo VI propuso cambiar la liturgia de la misa y dar a la Iglesia un documento donde se anulaba la Eucaristía. Pablo VI tuvo un Pablo que le corrigió de su pecado, y se retractó de lo que iba a hacer. Pero al final, se saca una nueva misa, un nuevos métodos de culto católico, que insultan la santidad de la misa, que no son heréticos, pero sí pecaminosos.

¿Cómo los Papas siendo infalibles, dejan las puertas abiertas y no combaten directamente las herejías que nacen de muchos documentos, que ya no dan la infalibilidad, la indefectibilidad en la Iglesia?

Desde hace mucho tiempo en la Iglesia se esconde la verdad, ya no se revela toda la Verdad. Por lo tanto, lo que se da es una mentira. Y toda mentira aparta de la fe.

Un Papa legítimo nunca cae en herejía. Puede caer en el pecado. Pero todo Papa que peca, automáticamente su poder se debilita.

El poder de ser infalible y de ser indefectible no es algo absoluto. Es un carisma que se relaciona con la vida espiritual de la persona. En la medida en que esa persona va luchando contra el pecado, el carisma se hace más valioso, crece más, el Papa lucha más por la Fe en Cristo, por la Verdad en la Iglesia. Sabe batallar con las armas adecuadas la acción del demonio dentro de la Iglesia.

Pero si el Papa no lucha contra su pecado, entonces se hace débil contra la acción del demonio dentro de la Iglesia; y, por eso, no sabe batallar contra él, ni sabe oponerse a la herejía y al cisma en los demás. Y su poder se debilita, pero no se anula.

Pablo VI se corrigió de su pecado, pero era ya tarde. Su vida espiritual no era fuerte en la fe: se dejaba manejar por otros. No sabía combatir con fuerza el error en muchos que lo rodeaban. Y, entonces, se saca un documento que, sin ser herético, no es totalmente infalible, porque contiene muchas mentiras, que llevan a la herejía, en la práctica de la celebración de la Sta. Misa. La comunión en la mano es un sacrilegio, es un pecado que se enseña y que aparta de la fe. Cae la indefectibilidad, pero no se anula.

Es difícil ser Papa. Y es difícil comprender, desde fuera a un Papa. Juan Pablo II, fuerte en la fe, con una vida espiritual llena de Dios; pero sin embargo, no combatió a los herejes, a los cismáticos, que ya eran muchos a su alrededor, y que él conocía; pero no pudo hacer nada.

Este es el punto que muchos no disciernen: existe, desde hace mucho tiempo, -desde que la Virgen se apareció en Fátima-, un poder oculto dentro de la Iglesia que controla parte del Vaticano. En estos momentos, con la subida al poder de Francisco, ese poder oculto controla todo el Vaticano, ya no sólo una parte.

El por qué la Iglesia atenúa la Verdad, oculta la Verdad, cuando ésta es tan necesaria para que las almas crezcan en la Fe en Cristo; por qué unos Papas fueron fuertes y anatematizaron a los herejes, y otro no lo fueron, y dejaron las puertas abiertas a tantas cosas; sólo se conoce -esa razón- en el interior del Vaticano.

Los Papas no son tontos, sino que ven lo que hay a su alrededor: ven el pecado, ven la herejía, ven el cisma. Y lo ven en la Jerarquía que los apoya.

Los Papas han tenido que trabajar con sacerdotes y Obispos herejes. Y ellos lo sabían y no podían hacer nada. Tenían que dejarlos en sus herejías, que siguieran contaminando la Iglesia, como lo han hecho.

Esto produce en los fieles mucha oscuridad, mucha confusión. Por eso, muchos han abandonado la Iglesia porque han visto unos Papas que no son infalibles, que no son indefectibles, que han dejado la puerta abierta al error, al pecado, a la herejía. Y, entonces, han juzgado mal: si no combaten el error, entonces tampoco son infalibles. Luego, ellos mismos se convierten en herejes, en cismáticos.

En este error andan muchos, criticando y juzgando a todos los Papas. Y ponen como modelos del Papado a San Pío X, Pío XI y Pío XII, que combatieron la herejía.

Hay que estar metidos en ese ambiente del Vaticano para comprender cómo son las cosas dentro de la Iglesia.

Un Papa es infalible, pero no puede desbaratar toda la Iglesia cuando ve una Jerarquía totalmente herética, ya no pecaminosa. Hay tantos sacerdotes que en sus teologías son heréticos y, por tanto, ya no se alimentan ellos de la Fe en Cristo, sino que viven otra cosa. Y eso es lo que dan a los fieles. Hay tantos, que ya no se pueden combatir como antes. Ya es necesario permitir que el mal se propague dentro de la Iglesia. Permitir, no quererlo. Porque el Papa no puede ir en contra de la libertad de los hombres. Si quieren pecar, si quieren seguir en sus herejías, hay que permitir eso. Y permitirlo sin oponerse, sin declarar anatema. Este es el punto conflictivo. No pueden anatematizar, porque tienen que quitar a todos, tiene que echarlos a todos de la Iglesia.

Entonces, viene el alejamiento de muchos de la verdadera fe en Cristo. Y dentro de la Iglesia ya no se vive la Verdad, la fe en Cristo. Ya se vive medias verdades. Ya se acepta el pecado, y no se combate contra él.

Y hay que meterse en el Misterio de Iniquidad para poder comprender cómo unos Papas pueden combatir la herejía y otros no.

Tengan en cuenta que la Iglesia combate contra el demonio. Esa es su lucha principal: “Para esto se manifestó el Hijo de Dios: para destruir las obras del diablo” (1 Juan 3, 8). Todo sacerdote está para eso en la Iglesia. Y aquel sacerdote que no luche en contra del demonio, no es sacerdote.

Si los sacerdotes no conocen al demonio en las almas, entonces no saben combatirlo, y no saben encaminar a las almas por la verdad. Si ellos mismos no ven al demonio en sus propias vidas, como sacerdotes, tampoco ven al demonio en las vidas de los demás.

Esta verdad ya no se sigue en la Iglesia. Ya no se enseña. Y es la principal. Una Iglesia que no combate al demonio es una Iglesia del demonio. Eso es lo que estamos viendo con Francisco: la Iglesia del demonio, que sólo lucha por las injusticias humanas, por los derechos de los hombres, pero que ya no llama a las cosas por su nombre: al pecado, pecado; al demonio, demonio.

Los Papas, a partir del año 58, han tenido una gran oposición, por parte del demonio, dentro de la Iglesia. Y no han sabido enfrentarse a una Jerarquía que no es de la Iglesia, una Jerarquía infiltrada, que es del demonio; con un poder real en la Iglesia, un poder que combate a los Papas directamente. Un poder capaz de poner el Papa que ellos quieren.

Pusieron a Juan XXIII, que era un Papa manejable por ellos. El cardenal Siri era duro con los masones, era recto. Pablo VI: manejable. Juan Pablo I: tierno. Papas con poca vida espiritual, pero no heréticos, que cumplieron con su papel de Papa hasta el final, sin caer en la herejía, pero sin saber batallar contra el demonio en tanta Jerarquía herética.

Y todo esto trae consecuencias para la Iglesia. Lo que se gesta en el Vaticano, después se obra en toda la Iglesia. Si los Papas no combaten el error, tampoco en la Iglesia, entre los fieles, se combate. Y así se va haciendo, poco a poco, la Iglesia que le gusta al demonio, que es la que vemos.

El demonio ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia; es decir, para acabar de destruirla. Porque esto es Francisco: el que remata la obra de tantos en la Iglesia; de tanta Jerarquía que se ha dedicado, durante años, a hacer su iglesia dentro de la Iglesia, sin que nadie les dijera nada. Por eso, hay tantos que lo siguen: son como corderos llevados al matadero, y no se dan cuenta.

Para juzgar a un Papa hay que estar metido en su pellejo. Y no se puede juzgar a un Papa legítimo. Los Papas están por encima de toda autoridad en la Iglesia y en el mundo. Están por encima de toda ley positiva. Sólo la ley divina queda por encima de ellos. Si la traspasan, entonces ya no son Papas.

Los Papas verdaderos pueden pecar, pero nunca pueden ser herejes. Pueden no saber combatir las diversas herejías y, por lo tanto, su carisma de la indefectibilidad no aparece sólido, fuerte, ante los demás. Pero de ahí no se puede sacar que el Papa se ha hecho hereje, que es lo que muchos hacen. Y caen en un grave pecado.

Sólo a Francisco se le pude juzgar, porque no es Papa. Sus juicios tienen apelación y nadie debe someterse a ellos.

Francisco no pertenece al Papado. Francisco ha caído en el pecado y no se ha levantado de él. Y enseña a pecar en la Iglesia. Enseña a dividir la Iglesia. Enseña a anular el Papado. Su política en la Iglesia es disolver la unidad, cambiando la verticalidad del Papado, en el que está construida toda la unidad de la Iglesia, para colocar su horizontalidad. Y eso significa una nueva función para el Obispo de Roma, y no ya la tradicional, la verdadera, la que han seguido todos los Papas.

Por eso, Francisco se ha dedicado a romper protocolos; a romper la tradición. Y Francisco promulga una nueva relación de todos los obispos entre sí, en la que ya el Obispo de Roma no es el centro del gobierno de la Iglesia, sino que cada obispo manda en la Iglesia.

Pablo VI intentó anular la Eucaristía; pero fue advertido por un Pablo, y vio su pecado y comenzó su verdadero Papado en la Iglesia.

Francisco ha anulado el Vértice de la Iglesia: el Papado. Y nadie se ha dado cuenta. Éste es el engaño a toda la Iglesia. Nadie ha sido un San Pablo en la Iglesia que corrija a Francisco. Señal de que los que están junto a Francisco no tienen ninguna santidad; son como él. Y todos siguen la palabrería barata y blasfema de un hombre vulgar, plebeyo, que no sabe de teología, que no sabe de vida espiritual, que se dedica a fabricar frases bellas para tener a las almas encendidas en el sentimiento de los humano.

Francisco engaña a toda la Iglesia porque no combate contra el demonio en la Iglesia, sino que hace su juego. Y, por eso, se dedica a su negocio: llenarse los bolsillos de dinero apelando al amor a los pobres. Ése es su ideal en la Iglesia. Para eso está en el gobierno de la Iglesia. Él no sabe lo que es vivir con un machacado en su vida de miseria. No ha estado nunca con los pobres, predicándoles y viviendo con ellos. No ha sido misionero del Evangelio en las regiones a donde nadie quiere ir. Sólo sabe tirarse fotos con gente pobre, con gente enferma. Pero no sabe darles el Espíritu combatiendo al demonio en ellos, para que salgan de su pobreza, de su miseria, de su endemoniada vida, de su enfermedad.

Francisco usa a los pobres para sus fines en la Iglesia, que son los mismos que Judas tuvo: el maldito dinero. Está obsesionado con la riqueza. Y, por eso, llama a los comunistas, como el, para hacer su revolución en la Iglesia, su primavera roja en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco no es centro de unidad, sino de división en la Iglesia. Quien apoya a Francisco divide la Iglesia. Quien combate a Francisco une a la Iglesia en la Verdad.

Combatan a Francisco y serán de Cristo. Háganse amigos de Francisco y tendrán al demonio en sus mentes y en sus corazones.

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