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La nueva iglesia de Bergoglio: estercolero de la humanidad

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«Se levantó un fuerte vendaval, y las olas se echaban sobre la barca, de suerte que ésta estaba ya para llenarse» (Mc 8, 37). Mateo escribe: «las olas cubrían la nave» (8, 24). Y Lucas: «el agua que entraba los ponía en peligro» (8, 23).

La Iglesia está a la deriva en el mar impetuoso de este mundo, en un grave peligro. No hay nadie que la gobierne, que sepa poner el rumbo cierto, que tenga la fuerza necesaria para luchar en contra de la corriente que la arrastra y la lleva al precipicio.

La Jerarquía se ha hecho cómplice del mal en la Cabeza, incapaces de conducir a las almas por la senda de la verdad, temerosos de predicar a Cristo, la Verdad. Ellos constituyen un ejemplo diabólico que no puede ni imitarse ni seguirse en la Iglesia Católica. Ellos se han convertido en el estercolero de la humanidad: no están llenos del Espíritu de Cristo, sino atiborrados del espíritu mundano.

El Señor está «a la popa durmiendo» (Mc 4, 38), sin ocuparse de Ella, porque la Jerarquía se ha vuelto altanera, orgullosa, ya no cree más en las verdades de la fe, ni en los dogmas, ni en la tradición ni en el magisterio auténtico e infalible. Sólo buscan lo que encuentran en su cerrada mente humana: las ideas heréticas y erradas que se han sucedido a lo largo de toda la historia humana. Ellos las recuerdan y las manifiestan con palabras nuevas, pero ambiguas, oscuras y llenas de maldad. Ellos sólo persiguen lo que en su corazón, muerto a la vida de la gracia y a la verdad de la fe, han erigido como bastión de su necia vida humana.

Jesús es la Cabeza Invisible de la Iglesia, «el Buen Pastor» que conoce a sus ovejas, que da la vida por ellas (cf Jn 10, 14.15), que siempre las guía a pesar de los hombres, aunque ellos intenten, por todos los medios, llevarlas por otros caminos. Pero, Él duerme, deja que la Iglesia camine a la deriva, sin rumbo, poniendo en peligro todo. La Iglesia está desprovista del Espíritu de Cristo, porque el Espíritu Santo la ha abandonado a su destino.

Es el abandono de Dios para purificar a Su Iglesia, para hacer una selección, para dividir el trigo de la cizaña.

La Iglesia está en alta mar, rodeada de pensamientos y obras humanas que la cubren, que la llenan hasta poderla hundir. La Iglesia está amenazada por la misma Jerarquía que la conduce hacia el mal, que la pone bajo las cuerdas, en situaciones extremadamente peligrosas (= renuncia del verdadero papa, usurpación del gobierno de la Iglesia, establecimiento de un gobierno horizontal, falsas doctrinas, falso Sínodo de la familia, falsa reforma del derecho canónico, falso año de la misericordia… ).

Desde la renuncia del Papa Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia- no al Papado-, muchas almas han perecido en este gravísimo peligro; muchas son engañadas -cada día- por los falsos pastores; muchas han preferido irse a otros barcos, refugiarse en otras iglesias, perdiendo así la fe en el Señor que todavía duerme «apoyado sobre un cabezal» (Mc 8, 38).

«El oro se prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la tribulación» (Ecle 2, 5): hay que amar a Cristo por ser Cristo, aunque permanezca dormido, indiferente a todo lo que pasa. Este es el fuego, la tribulación por el que debe pasar cada alma que aspira a la santidad de la vida: no ames a Dios por los dones que te ofrece, sino porque es Dios, aunque te deje desnudo de todo.

Aunque Jesús deje Su Iglesia a la deriva, sin gobierno real, con un gobierno usurpado, lleno de mentiras, de maldades, de iniquidades, hay que permanecer en la Iglesia de Cristo sólo porque es la Iglesia que Cristo ha fundado. A pesar de que se vea que el barco se hunde, hay que seguir en el barco, no hay que tirarse a alta mar, no hay que buscar otros barcos.

Hay que permanecer en la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles por ser la Verdad, la única Verdad que el hombre tiene que seguir, aunque un Papa haya renunciado a gobernar la Iglesia. Su renuncia al gobierno no es la renuncia a la verdad del Papado. Benedicto XVI sigue siendo fiel a Cristo, que lo ha elegido como Vicario Suyo en la Iglesia hasta la muerte.

Las almas tienen que permanecer fieles a esta verdad, a este dogma del Papado, defendiendo al Papa que ha puesto Cristo en Su Iglesia, hasta que él muera, sufriendo las humillaciones de tanta Jerarquía y de tanto católico, que son necios (= carecen de la sabiduría divina) en sus corazones, estúpidos (= obran sin sabiduría humana) en sus mentes humanas e idiotas (= viven en sus propias ideas profanas, mundanas, alejadas de la verdad) en sus vidas; y que prefieren comulgar y obedecer a un hombre que no es capaz de enseñar ni de gobernar con la verdad.

La Jerarquía no ha permanecido fiel a la verdad del papado, obligando a un papa a renunciar, y poniendo su falso papa, su hombre, su ídolo para que lo aplaudan y lo sigan las masas.

La imagen de la Iglesia, que la Jerarquía está mostrando, es la de una máquina de fango: suciedad, pecado por todas partes, culto a la personalidad, apego al dinero y al poder, combatiendo constantemente contra los que permanecen fieles a la doctrina católica.

Hay que seguir siendo fieles a Cristo aunque la Jerarquía hable de falsas excomuniones e imponga falsas obediencias a la doctrina que enseña Bergoglio.

«… tenemos que comprender bien “la violencia física” porque algunas veces, también, las palabras son rocas y piedras, y por lo tanto creo que alguno de estos pecados, también, se extienden mucho más de lo que podemos pensar»: Monseñor Rino Fisichella tenemos que comprender los términos de la ley canónica que sólo excomulga a los que claramente obran una desobediencia al Papa.

Nunca el “lenguaje duro” contra un Papa ha sido crimen canónico. Sólo la violencia física hacia la Jerarquía de la Iglesia es puesta en la ley. Y expresamente, en ese canon, se excluye la violencia verbal.

Los cánones deben ser comprendidos según el significado de sus propias palabras, es decir, hay que leerlos estrictamente, no según interpretaciones de cada mente humana. Por eso, no tenemos que seguir su burdo razonamiento humano que juzga al que critica, al que se opone a su ídolo Bergoglio, como excomulgado en la Iglesia. Usted hace eso sólo porque no tiene una ley en la mano para excomulgar oficialmente a los que atacan a Bergoglio. Por eso, recurre a la manipulación, a infundir miedo, temor, dudas, a dejar caer que es mejor callar la herejía de ese hombre y aceptarlo como papa, que hablar mal de él y oponerse a él.

La Jerarquía que obedece a Bergoglio ya no sabe qué hacer para que la gente siga a ese hombre.

«Cuando el Papa apoya esto, no es simplemente porque la mayoría diga que la opinión científica piensa así, esta ya no es sólo una opinión; sino que es parte del magisterio,… no es dogma e infalible, pero exige un nivel de obediencia»: Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo debe recordar que Jesús otorgó la autoridad en la enseñanza cuando envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, quedando obligados todos los hombres a prestar su asentimiento porque estaba en juego la salvación eterna del alma. Esto usted lo puede leer en San Mateo 28, 18-20 y en San Marcos 16, 15.

Por lo tanto, ningún Papa, ningún Obispo, ningún sacerdote posee autoridad en la Iglesia sobre cuestiones científicas, no pueden hablar en materia de ciencia con una autoridad que exija asentimiento de la mente de los católicos.

La opinión de Bergoglio sobre el calentamiento global no es materia de fe, no pertenece al Evangelio de Jesucristo, no es un tema de una encíclica papal, no está incluida en el magisterio ordinario de la Iglesia.

La opinión de un hereje, como es la de Jorge Mario Bergoglio, no es parte del magisterio, sino que pertenece al magisterio herético, que está fuera de la Iglesia Católica.

Además, la ciencia ha demostrado que no existe el cambio climático como se enseña en esa falsa encíclica, sino que es un burdo engaño de los científicos, un invento de la élite que gobierna el mundo que los ayude a llevar a cabo su plan mundial. Esta falsa encíclica se hace cómplice de esta mentira y quiere aportar credibilidad sobre los peligros de una falsa crisis ambiental, creada por gente que no se preocupa en lo más mínimo del medio ambiente y que, además, son enemigos acérrimos de la Iglesia, de Cristo y de la Verdad Revelada.

¿Cómo es posible tomar en consideración a un hombre que dice que «la humanidad ha defraudado las expectativas divinas» por no apagar el aire acondicionado, porque no escucha el gemido de la tierra? Tantas barbaridades de orden moral como tiene lugar por todo el mundo y que claman al cielo, que conducen a la condenación de las almas, y que un hombre se dedique a hacer un llamado mundial hacia una “conversión ecológica”. Esto es una locura y es propio de una mente que alucina con su necedad. ¿Y se tiene la osadía de pedir obediencia a esta chalada de Bergoglio?

No es posible prestar la obediencia a un hombre que no es papa en la Iglesia Católica. Y no es papa por tres caminos: su herejía, su cisma y su apostasía de la fe.

Y, mucho menos, prestar obediencia a una falsa teología de la creación, en donde se anula el pecado original, y se cree en un dios que no existe en la realidad.

La creación está maldita por el pecado original, en donde la manipulación genética de los hombres, de los animales y de las plantas ha producido un caos en todo el planeta tierra. Además, la obra del demonio está también en todo el Universo, produciendo que la tierra y sus habitantes vivan esclavizados a la mente de unos pocos hombres, guiados en todo por el mismo Satanás.

Ante esta maldición sólo es posible un camino: el de la gracia. Si las almas no viven en gracia, sino que se dedican a vivir en sus pecados, la misma maldición se les echa encima y acaban malditas.

Una Jerarquía que no combata el aborto, que no luche en contra de la clonación humana, que no enseñe la doctrina de la “humanae vitae” sobre la vida en el matrimonio y en la familia, que no combata la teoría del género, y que no enseñe que el matrimonio entre hombre y mujer es una creación de Dios, sino que se apoye en ideas científicas descabelladas que han sido demostradas como un engaño global, que esté preocupada por un “planeta frágil” que se echa a perder con el uso de automóviles y lacas para el pelo, que pretende tomar medidas para “salvar” a la tierra, al agua, a los insectos de la maldad de los hombres, que “llora” por las especies extintas, que escucha el “gemido de la hermana tierra”, que impone apagar los acondicionadores de aire para alcanzar una sensibilidad ecológica,… esta Jerarquía no es de Dios, no pertenece a la Iglesia Católica, no hay que seguirla ni obedecerla, sino que hay que atacarla por los cuatro costados.

La Apostasía está en curso y la obra la propia Jerarquía de la Iglesia.

Ellos han puesto al lobo, Jorge Mario Bergoglio, al ladrón que no ha venido «sino para robar, matar y destruir» (Jn 10, 10). Este hombre ha robado la Cátedra de la Verdad, que es la Silla de Pedro; mata, con su doctrina llena de fábulas, los corazones que Cristo ha conquistado con Su Sangre; y destruye todo lo Santo y lo Sagrado en la Iglesia Católica.

Bergoglio es «un asalariado» (Jn 10, 11), un negociante de la verdad, uno que ha puesto su empresa en medio del Vaticano: la moneda del diálogo y del falso ecumenismo, con la cual la Alta Jerarquía, los poderosos de la Iglesia, salen de la Santa Iglesia, se alejan de Ella, obran la Apostasía de la Fe, para ir al encuentro y para hacer camino con los que están lejos, con los que son del mundo y quieren seguir siendo del mundo.

De esta manera, se ha iniciado oficialmente una nueva iglesia modernista que quiere estar cerca de la gente del mundo, que ya no quiere seguir más lo que Jesús ha enseñado, sino que pretende aunar en el pensamiento de los hombres una ideología global, una mente dedicada sólo a la mentira, al error, a la duda, al temor, al vicio y al pecado.

Bergoglio está dando escándalo público e incitando, pública e imperativamente, a los fieles católicos a rezar, a unirse con los herejes, apóstatas y cismáticos.

«Deben rezar con herejes, apóstatas y cismáticos» (4 de julio 2015). Deben: imperativo categórico, el propio que usan los masones, que no siguen la ley divina en sus corazones, sino la ley de su mente, lo que su conciencia les dicta que es bueno y malo, la ley de la gradualidad.

Y a ese imperativo categórico le añade su apostasía: únete con los que atacan la verdad, los herejes. Gózate con los que se apartan de la Voluntad de Dios, los apóstatas; vibra de emoción con los rebeldes y desobedientes a la Palabra de Dios, los cismáticos.

Esto es un auténtico escándalo público. Una auténtica enseñanza del infierno por la boca de Jorge Mario Bergoglio.

Y la Jerarquía que lo sigue es culpable de este escándalo, son cómplices de la ruina espiritual que las palabras y las obras de Bergoglio ocasionan en muchas almas de la Iglesia.

Bergoglio no es Pastor de las ovejas, no alimenta a las almas con la doctrina de la verdad, no confirma a la Iglesia en la verdad de la fe; es un lobo que «arrebata y dispersa a las ovejas, porque es asalariado» (Jn 10, 12), sólo le interesa su negocio, su diálogo, el quedar bien con todo el mundo, procurando que su imagen, su gloria, su personalidad, no sea dañada ni dentro ni fuera de la Iglesia. A Bergoglio sólo le importa su imagen, él mismo, no «el cuidado de las ovejas» (Jn 10, 13), no la salud de la Iglesia ni sus almas. Se ha convertido en un ídolo, en un dios, en un gigante de la decadencia y de la mentira.

Bergoglio está creando una iglesia que persigue la verdad. Una iglesia que se autodestruye a sí misma.

«La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas la persiguieron (= no la abrazaron)» (Jn 1, 5).

El verbo griego que utiliza San Juan significa: echar por tierra, demoler. Κατά (= contra) – λαμβάνω (= considerar, recibir). Es el mismo verbo que usa San Pablo: «los gentiles, que no perseguían la justicia, alcanzaron la justicia, es decir, la justicia por la fe» (Rom 9, 30). Los hombres del mundo que viven sus vidas echando por tierra la justicia, persiguiendo la injusticia, sin embargo, alcanzaron la justicia que viene por la fe, se convirtieron. Señal de que sus corazones no estaban totalmente cerrados, sino todavía abiertos para acoger la verdad que viene de Dios.

Pero en los hombres de la Iglesia, Jerarquía y fieles, que han conocido la verdad, que se saben la teología, viven en medio de las tinieblas de sus errores y de sus pecados, y se han convertido en la escoria de la humanidad; ya no pueden considerar el conocimiento de la verdad, ya no lo toman en cuenta, sino que se dedican a perseguir, a ir en contra de la luz, a demoler la verdadera Iglesia de Cristo. Sus corazones han quedado cerrados a la verdad revelada.

La Jerarquía que ha usurpado el gobierno de la Iglesia no puede abrazar a Cristo, que es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), sino que lo rechaza, lo persigue, destruye lo que Él ha construido.

La Iglesia, siendo Santa en su raíz, sin embargo está falsamente representada por una Jerarquía convertida en estercolero, que la corrompe y la inunda del espíritu del mundo.

Esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva iglesia que Bergoglio y compañía está levantando en el Vaticano. Es una Jerarquía excomulgada automáticamente por seguir a un hereje dentro de la Iglesia.

La base de esta nueva iglesia de Bergoglio es la corrupción de la verdad (= la herejía), la infidelidad a la gracia (= el amor a la obra del pecado) y la traición a Cristo en Su Palabra (= el culto a la mente y a la voluntad del hombre). Una iglesia llena de herejías, servidora de los poderes del mundo, en la cual los pastores se convierten en un gran obstáculo para el pueblo. Por eso, ya no es posible la obediencia de los fieles a ninguna Jerarquía.

Los sacerdotes, Obispos y Cardenales no están más en condición de conducir a las almas a la salvación eterna. Se han transformado en cómplices del pecado: aplauden, justifican, exaltan a cualquier hombre del mundo que viva en su pecado. Ya no combaten la blasfemia contra Dios que continuamente se ve en las palabras y en las obras de la gente del mundo. Ahora, ellos mismos se desviven por esos hombres, y se agachan para recibir las migajas corrompidas que caen de las mesas de esos personajes mundanos. Y su vida de pecado es lo que predican en sus homilías y hacen partícipes a todos en la Iglesia.

La falta de fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la causa de todo el mal que hay en el planeta tierra.

Los hombres ya no esperan a Cristo, ya no viven para Cristo, ya no son de Cristo. Y quien no cree en Jesucristo está perdido para la vida eterna. Quien no se abra a la Palabra de Dios poniendo su mente humana a un lado, queda colgado de su herejía, de su error, de su duda, de sus temores, de sus miedos, y sólo obra en contra de la Voluntad de Dios.

La Iglesia seguirá a la deriva y se verán más cosas que van a clamar al cielo. Es tiempo de lucha, de permanecer bajo la bandera de Cristo. Pero hay que saber estar en el bando de Cristo, comulgando con el verdadero Papa Benedicto XVI.

Hay que elegir una bandera: o la de Cristo o la del Anticristo. Quien está con Cristo no está con Bergoglio. Quien está con el Anticristo no está con el Papa Benedicto XVI.

Muchos quieren estar con los dos. Y no es posible: si tienes a Bergoglio como tu papa, no tienes a Benedicto XVI como papa, no estás en la Iglesia Católica, sino que estás en la nueva iglesia que ese hombre está levantando.

Muchos, todavía, no comprenden esto. Y esto es esencial para la vida eterna.

Bergoglio no tiene intención de convertirse ni tiene intención de ser un sacerdote a imitación de Cristo. No es un Obispo que continúe y transmita la enseñanza de los Apóstoles. Está excomulgado. Y, con él, todos los que lo sigan y lo obedezcan en la Iglesia Católica.

Can. 1364 § 1: «El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae». “Latae sententia”, automáticamente, por el solo hecho de transgredir una ley se incurre, sin más, sin una declaración oficial, en la pena de excomunión.

En la Iglesia, el alma se salva o se condena porque sigue o no sigue al papa. Tener claro quién es el Papa de la Iglesia Católica es una verdad de fe, es materia de fe, es predicar el Evangelio de Cristo, es indicar el camino de salvación para las almas.

Quien todavía ande confundido en torno al dogma del papado, no podrá salvarse por más que comulgue o se confiese semanalmente.

Tener como papa a Bergoglio es ir en el camino de la condenación. Combatir a Bergoglio, defendiendo al Papa Benedicto XVI, es permanecer en la verdad del papado. Quien combata a Bergoglio, pero no comulgue con el Papa Benedicto XVI, sigue el mismo camino que conduce al infierno.

Sólo la verdad libera, salva al alma. La mentira, condena, ata, esclaviza, manipula la mente del hombre y la oscurece para ver el camino y la obra de la verdad.

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Bergoglio: el gran déspota

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«Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt, 19, 6).

Lo que Dios ha unido que no lo separe Bergoglio, ni ningún obispo, ni ningún sacerdote y, mucho menos, un laico.

Porque es Dios quien ha hablado, quien ha revelado su Mente. Y cualquier hombre que no se someta a la Mente de Dios no puede encontrar el camino de salvación para su alma, y vive sólo para la idea que concibe en su mente humana.

Los bautizados, los cuales se han divorciado y se han vuelto a casar por lo civil, viven en estado de pecado mortal habitual.

Este pecado les impide hacer muchas cosas en la Iglesia, porque son miembros muertos. No son miembros vivos y, por lo tanto, no tienen que estar más integrados en las parroquias o comunidades, porque la Iglesia se construye con la vida de la gracia, no con una vida de pecado.

Quien esté en pecado en la Iglesia sabe cuál es el camino para quitar su pecado: arrepentimiento,  confesión sacramental y penitencia por sus pecados.

Los divorciados vueltos a casar no pueden confesarse porque tienen un óbice: su pecado mortal habitual, que no es sólo su lujuria, sino el de estar unidos a otra persona que no es su cónyuge a los ojos de Dios.

El matrimonio es una creación de Dios, no un invento de la mente, de los caprichos de los hombres.

Quien quiera casarse tiene que elegir en Dios la persona adecuada para poder obrar la Voluntad de Dios en su vida. Ante los ojos de Dios, no vale cualquier unión, aunque sea perfecta en lo humano.

Dios creó el matrimonio, y Dios puso el camino para que ese matrimonio tuviera validez a sus ojos.

Y, por eso:

«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 6).

«En cuanto a los casados, les doy esta orden, que no es mía sino del Señor: que la mujer no se separe de su marido. Y si se ha separado de él, que no se vuelva a casar o que haga las paces con su marido. Y que tampoco el marido despida a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Es una orden de Dios, un mandato divino.

Por lo tanto, todo Obispo y todo sacerdote tienen que enseñar este mandato de Dios a las almas.

La Jerarquía no tiene que acompañar a las personas, que viven en pecado mortal habitual, en un camino de discernimiento para ver si algún día pueden comulgar.

No es la misión de la Jerarquía ser juez de estas personas ni orientarlas hacia la comunión sacramental.

No se trata de que la jerarquía decida que los divorciados vueltos a casar están aptos para recibir los sacramentos.

La Jerarquía de la Iglesia no decide nada, sino que sólo da testimonio de la Palabra de Dios en la Iglesia.

Es misión de la Jerarquía predicar la verdad a estas personas, aconsejarlas en la verdad, para que luchen contra ese pecado mortal habitual, y ellos –no la Jerarquía- pongan el camino para erradicarlo de sus vidas.

Y hasta que ellos no se esfuercen por vivir como Dios quiere, no hay nada con ellos en la Iglesia, porque no se puede dar lo santo a los perros, a los que viven en pecado mortal habitual.

El Beato Juan Pablo II, Papa de la Misericordia, lo dejó muy claro en la Familiaris Consortio:

«La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos».

Ellos mismos son los que ponen el camino para que su forma de vida no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Ellos se esfuerzan por vivir practicando la virtud de la castidad que señala un arrepentimiento del pecado.

Si a la gente no se le enseña a practicar las virtudes cristianas, entonces la gente vive, cada uno, en el vicio que ha escogido para su vida.

Jorge Mario Bergoglio, en su falso motu proprio, con el cambio del derecho canónico, ha puesto la base legal para la obra del cisma en la Iglesia. Él ha actuado como déspota, hombre orgulloso que se pone por encima de Dios, hombre que gobierna y promulga leyes que anulan las leyes de Dios.

Bergoglio establece el adulterio como ley anulando matrimonios que, a los ojos de Dios, siguen siendo válidos.

Aquel matrimonio que, por las circunstancias propias, se separan, y se vuelven a casar con otro o con otra, ese segundo matrimonio no es válido ante Dios, sino que es un estado de adulterio habitual, en el cual la persona no se va a arrepentir de su pecado, porque ha anulado la ley de Dios.

Se ha puesto el camino, en la Iglesia, para que muchos fieles y la Jerarquía colaboren para que las leyes y mandatos de Dios sean abolidos por el mismo hombre.

Muchos van a obtener el divorcio express con esa reforma, y se van a volver a casar por la Iglesia, con el Sacramento del matrimonio. Ese segundo matrimonio, aunque los case Bergoglio, un cardenal, un obispo o un sacerdote, no lo aprueba Dios, porque no están cumpliendo su Ley. Y pecarán, y comulgarán en pecado, y se comerán y beberán su propia condenación.

La Iglesia se fundamenta en la Palabra de Dios, no en las palabras de los hombres que quieren acomodarse al gusto y a la vida del hombre y de su pecado.

La cuestión de los divorciados vueltos a casar no es un camino de discernimiento en la Iglesia ni una cuestión de foro interno entre el sacerdote y los cónyuges. Es una cuestión de cumplir con los mandamientos de la ley de Dios.

Las intenciones de Bergoglio son claras:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad de la Iglesia y de las distintas sociedades en las que actúa, pero el intento es común y en lo que se refiere a la admisión de los divorciados a los sacramentos confirma que ese principio ha sido aceptado por el sínodo. Éste es el resultado de fondo, las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores, pero al final de trayectos más veloces o más lentos todos los divorciados que lo pidan serán admitidos” (“La Repubblica”, 28 de octubre).

Y no interesa que Lombardi, de nuevo, niegue la mente de Bergoglio:

“no es verosímil y no puede ser considerado como el pensamiento del Papa” (National Catholic Register, 2 de noviembre).

Es una mentira más que ni él mismo se la cree.

La mente del gran déspota es clara:

“El distinto parecer de los obispos forma parte de la modernidad y de la Iglesia y de las distintas sociedad en las que actúa”.

En otras palabras:

“lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo -¡casi!- para el obispo de otro continente; lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Son sus mismas palabras, pronunciadas en su discurso de clausura del Sínodo, lo que dan la clave de la perversidad de su mente.

No entendemos a aquellos que dicen que ahora las expectativas están todas dirigidas hacia lo que dirá Bergoglio.

¿Qué expectativas tiene la Iglesia en la palabra y en las obras perversas de un hereje?

¿Cuál es el futuro de la Iglesia cuando un hereje la gobierna despóticamente?

Después de dos largos años de gobierno despótico en la Iglesia, ¿no saben cómo piensa Jorge Mario Bergoglio? ¿Todavía no conocen la profundidad de su pensamiento perverso en el mal? ¿Todavía tienen que esperar, con la boca abierta, como agua de mayo, lo que un traidor a Cristo y a Su Iglesia tiene que decir y decidir sobre la Mente de Dios?

¿Quién es Bergoglio para interpretar lo que Dios ha mandado a toda Su Iglesia?

¿Quién se cree que es ese hombre que sólo vive para proclamar su orgullo sentado en la Sede de Pedro?

Y los católicos que lo obedecen, ¿piensan salvarse y santificarse limpiando las babas, cada día, de un hereje, de un cismático y de un apóstata de la fe?

Jorge Mario Bergoglio está exponiendo la esencia de su nueva iglesia: la diversidad regional, el que los obispos locales tengan autoridad a nivel pastoral para resolver los problemas que sólo con los Sacramentos, en la ley de la gracia, se pueden resolver.

Jorge Mario Bergoglio expone una doctrina contraria a la fe católica, a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, además, se pone por encima, no sólo de la ley de la gracia y de la ley divina, sino de la ley natural, de las exigencias mismas de la naturaleza humana en el matrimonio.

Lo que parece normal para un obispo de un continente tiene que ser normal –no extraño, ni un escándalo-  para el obispo de otro continente.

Y la razón es sencillísima: la Iglesia es una sola en todo el mundo. Una en la Verdad Revelada. No es una en la diversidad.

Y, por lo tanto, ningún obispo puede cambiar esa Verdad. No se pueden dar cambio de verdades de uno a otro continente. Todos los Obispos y sacerdotes de la Iglesia Católica tienen que pensar igual, tienen que obedecer la Verdad Revelada. No pueden cambiar la Palabra de Dios a su antojo, según su interpretación o por las circunstancias que se viven en un tiempo o en un lugar determinado.

Lo que Dios ha enseñado y establecido es para todos los hombres, así los hombres no lo conozcan o pretendan no conocerlo. La ley Eterna es para todos.

Bergoglio dice lo contrario:

“… lo que se considera una violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Este déspota está diciendo que son las sociedades las que promulgan la ley. No es Dios quien impone su ley, quien marca el camino de la verdad. Esto significa ponerse por encima de la Autoridad Divina. Esto es crear una autoridad humana sin dependencia de la autoridad divina. Una autoridad despótica en cada diócesis.

Toda autoridad ha sido ordenada por Dios, para que tenga poder de aplicar la ley divina en sus gobiernos. La violación de un derecho en una sociedad es la violación de derecho en otra sociedad, porque el derecho proviene de Dios, no de los hombres, no de las sociedades. Y Dios ordena la autoridad humana para que ejerza el derecho divino y, por eso, son ministros de Dios para el bien, y ministros de Dios para castigo del que obra el mal.

Jorge Mario Bergoglio, al anular el derecho divino en la autoridad humana, está diciendo que las sociedades tienen que gobernarse sin ley divina, cada una como le parezca, según sus derechos humanos.

Esto es lo propio de su despotismo. Estas ideas son el fruto de su poder déspota, un poder que no se rige por el derecho divino, por la ley divina, por un gobierno divino. Su despotismo en el gobierno le viene de la herejía de la horizontalidad que ha establecido en el gobierno de la Iglesia. La Iglesia se gobierna vertical, no horizontalmente. Sólo en la verticalidad se encuentra la Autoridad Divina. En la horizontalidad, el hombre construye su propia autoridad humana, sin dependencia de la autoridad divina, que en la Iglesia se traduce por despotismo, absolutismo.

En consecuencia, el gobierno de Bergoglio no es ministro de Dios, ni para el bien ni para el mal. Y todos tienen el deber y la obligación de despreciarlo, porque se basa en una sola cosa:

“… lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede ser sólo confusión”.

Para Jorge Mario Bergoglio, es el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo.

Este es el orgullo propio de Lucifer, que pone su mente por encima de la Mente Divina. Es la libertad de su razón, de su conciencia, lo que se proclama.

Cuando la razón del hombre no es libre, sino que ha sido creada por Dios para sujetarse a la Verdad que conoce. Ha sido creada para buscar la Verdad y permanecer en esa Verdad.

Nadie es libre, en su razón, para declarar una mentira como verdad. Porque la razón siempre ve la mentira como mentira, siempre llama a la mentira por su nombre.

El hombre es libre, en su voluntad, para ir en contra de lo que claramente ve su razón.

Es la voluntad de la persona, no su razón, no su conciencia, la que decide en la vida de cada hombre.

Todos estos herejes siempre están en lo mismo: la supremacía de la razón. El culto a la mente, a la idea del hombre. Su soberbia que les lleva a su orgullo. Y, por este culto, hacen el trabajo del falso profeta, que es engañar a los hombres, darles una mentira, un engaño, una falsedad para sus mentes, presentándola como verdad, para que elijan la mentira, la falsedad, en sus vidas.

Estas ideas de Jorge Mario Bergoglio significan que su nueva iglesia no es ya católica, universal, porque no se da una única enseñanza en todo el mundo, en todas las diócesis. No hay una sola verdad en la cual la persona deba fundamentar su vida. No hay una jerarquía fundamentada, anclada, en una idea inmutable, infalible.

Se divide la doctrina y, pastoralmente, se enseña cualquier cosa, según la mente del obispo o sacerdote de turno. La práctica pastoral ya no está apoyada en la verdad, ya no existe para ayudar a vivir las verdades de la fe. Es una pastoral cambiante, que anula la doctrina, y que enseña el error y la confusión en la misma práctica pastoral: se practica la mentira apoyado sólo por la razón, por la idea que alguien ha concebido en su mente, por la idea a la cual se llega fruto de una diálogo de besugos.

Es su frase:

“…las valoraciones están confiadas de hecho a los confesores”.

Los confesores sólo juzgan el pecado y al pecador. No pueden juzgar a una persona que vive en pecado mortal habitual, y que no muestra ningún arrepentimiento ni deseo de salir de su pecado.

Jorge Mario Bergoglio pone su falsa jerarquía: la que decide, caso por caso, si pueden o no recibir los sacramentos. Es una jerarquía propia de Lucifer: sin ley, sin gobierno, sin verdad. Es una jerarquía ebria en el orgullo y en el poder humano, que reciben de un déspota, para sellar las almas y entregárselas al demonio.

Si el matrimonio es indisoluble, entonces no hay manera, no hay camino, no hay una razón pastoral que enseñe que el divorciado, vuelto a casar, esté preparado para recibir los sacramentos. No existe esta razón pastoral. Si se da es porque la persona se pone por encima de la doctrina verdadera e impone su doctrina perversa a las almas. Impone dos cosas: su herejía y su cisma. Y esta imposición lleva a la obra de la apostasía de la fe.

Claramente, todo esto lleva a la pérdida de una sola fe, al desprecio de todos los Sacramentos, lo cual significa despreciar la vida de Dios en el hombre, en el actuar humano, en las sociedades humanas.

Los hombres se apartan de Dios por estar siguiendo a los hombres, a sus mentes, a sus ideas, a sus importantísimas razones.

Todo el problema de la Iglesia actual es tener a un déspota como su papa. Este es el descalabro de muchos católicos.

El problema no viene de antes, de un Concilio. El problema comienza con Jorge Mario Bergoglio. Esto es lo que muchos no han comprendido. Y empiezan a juzgar el Concilio y a todos los papas, los cuales los llaman “conciliares”. Ya no los llaman católicos. Los juzgan y condenan; de esa manera, juzgan y condenan a toda la Iglesia. Y ellos quedan como los justos y santos, los que son de la Iglesia verdadera.

Muchos ponen la ruptura en el Concilio. Y se equivocan. La ruptura comienza con Jorge Mario Bergoglio, con su gobierno horizontal. Esta es la clave. Este es el cisma que trae la herejía de la horizontalidad.

El problema de la Iglesia no está en el Concilio Vaticano II. Ese Concilio trajo discordia, desunión y la pérdida de muchas almas. Pero el problema estuvo en los Obispos, no en el Concilio mismo. Obispos que fueron engañados en la búsqueda de una paz y una fraternidad, que no se puede dar entre los hombres si no viven como hijos de Dios, en estado de gracia.

Muchos Obispos han trabajado, desde ese momento, bajo las órdenes de Satanás en la Iglesia, poniendo en marcha la formación de una estructura de iglesia mundial, que no es la Iglesia Católica. Y eso lo han hecho en sus mismas diócesis, en el mismo Vaticano. Eso lo han hecho en franca rebeldía y desobediencia a todos los papas reinantes.

Jorge Mario Bergoglio no podría estar haciendo lo que hace en la Iglesia sin el consentimiento de todos esos Obispos y Cardenales que han trabajado durante años para consolidar la nueva iglesia. Son muy pocos los Obispos y sacerdotes fieles a Cristo y a la Iglesia. Ya en el tiempo del pontificado de Benedicto XVI muchísimos Cardenales católicos se opusieron abiertamente a sus enseñanzas «promoviendo formas de contra-formación y de sistemático magisterio paralelo guiados por muchos antipapas» (Monseñor Giampolo)

Con el Concilio Vaticano II se abrieron las puertas a toda clase de herejes, produciendo que la fe se contaminara en muchos corazones. E hizo que la Jerarquía viviera en un sopor, en un sueño del cual muchos no han despertado todavía.

No se puede comprometer la fe católica con los enemigos de Dios, de esa fe. Ningún católico se puede asociar con los enemigos de Dios, con aquellos hombres que viven sin ley, que gobiernan sin ley, que su única verdad es su mente humana, lo que conciben en ella.

Ningún católico se puede unir a un ateo, a un musulmán, a un judío, a cualquiera que viva en su herejía, o en su cisma, o en su vida de apostasía.

Por eso, no entendemos a los católicos que tienen a Bergoglio como su papa. ¿Cómo pueden comprometer su fe católica siguiendo y obedeciendo a un hombre que está destruyendo la fe católica?

Esto que vemos en la Iglesia es fruto del Concilio, que comenzó con buenas intenciones, pero que fue pervertido por la mente de muchos Obispos, que fueron instrumentos de Satanás, para implantar en la Iglesia una nueva norma de moralidad, la propia de la masonería.

No se puede convertir al enemigo de Dios, al pecador, bajando las normas, ocultando las leyes, pavimentando un camino lleno de ambigüedades.

La fe inamovible no puede cambiar, no se puede substituir por otra cosa. Se cambian las cosas para llevar al hombre a Dios. Pero no se cambian las cosas para quitar al hombre de Dios y entregárselo a Lucifer.

Después del Concilio, toda la Iglesia fue engañada por todos aquellos Obispos y sacerdotes, agentes de Satanás, siervos del demonio, que han sembrado en las almas las semillas de la propia destrucción de la Iglesia.

Quien está destruyendo la Iglesia, actualmente, son los Obispos, los Sacerdotes, los fieles que siguen a un déspota como su papa. No es el resultado de un Sínodo. No es el fruto de un Concilio. Es cada persona que se ha entregado al mal y que lo obra en la Iglesia.

El mal camino en la Iglesia, la apostasía de la fe, ya se inició con el Concilio. Y eso ha llevado a contemplar un mundo en el cual la humanidad se ha ido difamando a sí misma y revolcándose en toda clase de soberbias, lujurias y orgullo.

Pero, lo que hoy contemplamos es el inicio y el levantamiento de una nueva religión, que llama a gritos a una nueva sociedad, destruyendo la base de fe que está basada en la Tradición y en el conocimiento de los profetas. Destruyendo la doctrina católica. Haciendo caso omiso del magisterio infalible e inmutable de la Iglesia.

Estamos viendo una religión y una Iglesia que no es la de Cristo Jesús, que no tiene su misma  verdadera base.

¿Dónde está el fundamento de Pedro en la iglesia de Bergoglio si está gobernando  con la horizontalidad? ¿Dónde está la base de la verticalidad del papado en el falso pontificado de Bergoglio?

No está, ni puede estar, porque es una nueva iglesia, en donde se toma el Cuerpo de Cristo y se difama, ya no se da el conocimiento de su Divinidad. Ya Jesús no es el Dios que está con el hombre en la Eucaristía. Sino que es un hombre más, que camina con los hombres, y que los apoya en toda su vida de perversión y de pecado.

En esta nueva iglesia se va en busca de un gobierno sin ley, un gobierno de déspotas. Cada uno, en su diócesis, gobierna según sus luces, según sus inteligencias, según sus criterios humanos.

Y estos jerarcas déspotas se unirán a los gobiernos déspotas del mundo para levantar el nuevo orden mundial. Es en la diversidad cómo se establece la unión entre los hombres que sólo buscan destruir, atacar, perseguir, la Verdad Revelada.

El hombre que busca emplear sus propias desviaciones para promover una paz y una fraternidad que sólo existen en su mente humana, no en la realidad de la vida, trae al propio hombre la guerra, la destrucción, la aniquilación de toda verdad. No puede haber paz sin Fe, sin que el hombre se sujete, obedezca una verdad absoluta.

Muchos han tergiversado los mensajes y las declaraciones dados en el Concilio y los han acomodado a ellos mismos, interpretando todas las cosas para su propia conveniencia.

Han sido muy pocos los que ha sabido leer ese Concilio y ponerlo en el lugar teológico que corresponde. El Concilio no hace daño para aquella alma que tiene las ideas claras de lo que es su fe católica. Pero el Concilio hace un daño gravísimo a aquellas almas que no saben razonar su fe en la Iglesia.

Ya lo dijo el Papa Benedicto XVI:

«Ciertamente los resultados [del Concilio Vaticano II] parecen estar cruelmente opuestos a las expectaciones de todos… Yo estoy repitiendo lo que dije hace diez años después de la conclusión del trabajo: Es incontrovertible que este período definitivamente ha sido desfavorable para la Iglesia»  (Joseph Cardenal Ratzinger, L’Osservatore Romano, Edición en Inglés, 24 de Diciembre, 1984).

El Concilio trajo a la Iglesia los errores del humanismo y del modernismo, que se metieron en la mente y en el corazón de la Alta Jerarquía, la cual anda en el camino de la perdición y llevando consigo muchos almas.

Cardenales, Obispos y fieles llevan 50 años distorsionando la doctrina de Cristo, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ocultando la verdad, persiguiendo a los que viven la verdad. Son ellos, no es el Concilio. Son ellos que son movidos por un Espíritu que no es el de Cristo, sino el del Anticristo.

Y es ahora cuando a los buenos se les empieza a llamar los malos.

Es ahora cuando los malos son alabados por todo el mundo católico y son tenidos como redentores del mundo.

¿No es, acaso, eso Jorge Mario Bergoglio para muchos que se llaman católicos y para toda la gente del mundo? ¿No se ha convertido en el redentor del mundo para ellos? ¿No está, Jorge Mario Bergoglio, siendo glorificado constantemente por los hombres?

Por eso, no es fácil permanecer en el camino de la Iglesia, que es un camino angosto. Muchos renuncian a la verdad en sus ministerios para ir detrás de un déspota como su papa. Y saben que es un dictador de mentiras. Saben lo que está realmente haciendo en su gobierno de máscaras.

Lo que Jorge Mario Bergoglio está manifestando es que él se pone por encima de toda ley divina, y obra un cisma en la propia Iglesia, como jefe sentado en la Sede de Pedro. Y esto es gravísimo. Esto es la perdición de muchas almas en la Iglesia.

La Iglesia Católica no está en Jorge Mario Bergoglio, sino en el Papa Benedicto XVI. Ahí, en él, permanece la verdad de lo que es la religión católica. Y todo fiel, en la Iglesia, debe comulgar con el Papa si quiere salvarse y santificarse. Esa comunión es hasta la muerte del Papa. Una vez que el Papa muera, los fieles que permanezcan en la verdad ya no estarán obligados a obedecer a ninguna jerarquía, sino que formarán la Iglesia Remanente, la que permanece en la Verdad, esperando que el Cielo ponga su papa.

Bergoglio es el falso papa de una falsa iglesia.

¡Cómo cuesta entender esto a muchos católicos!

¡Esta verdad no es compartida por la Jerarquía! ¡Ni siquiera por las más fiel, por la más tradicional!

Eso es señal de que el gobierno despótico de Bergoglio está haciendo su trabajo en las mentes de los Cardenales, de los Obispos y de los sacerdotes.

Él está levantando su nueva jerarquía.

Y esto es abominable, porque supone que el mal está adquiriendo la perfección que necesita para instalar al Anticristo en la Iglesia y en el mundo.

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

Hay que abrir los ojos ante el cisma en la Iglesia

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´La Iglesia no debe meterse en la decisión de una mujer de abortar; ni siquiera Dios, que por algo nos hizo libres´ (Sor Lucía, monja de clausura en un convento de Manresa – 23 de enero de 2014 – Ver entrevista original).

Esto es un ejemplo de cómo está la Iglesia en su interior: corrupta. Y muchas personas no acaban de creer en esta apostasía de la fe que vive toda la Iglesia.

No sólo esta monja sino sacerdotes, teólogos, Obispos que ya han abandonado la fe, la verdad, para vivir una fábula dentro de la misma Iglesia. Y defienden sus herejías como una verdad, como un bien, como un valor en medio de toda la Iglesia.

Personas consagradas que han hecho del mundo su adoración perpetua. Se dedican a la lucha de clases, a ir en contra de los ricos porque son la raíz de que existan los pobres.

Están en las redes sociales porque ya hay que ser social, ya no hay que ser persona individual. Lo que priva es la sociedad, el culto a la persona social, el culto a la comunicación social, el culto a las palabras de los hombres, a su lenguaje, a sus pensamientos. Se trata de ver qué piensa el hombre y que obra el hombre.

Han puesto la fe en solucionar problemas humanos. ¡Y en nada más! Y se apoyan en el mismo Evangelio, pero, por supuesto, lo tuercen a su manera humana, según su intelecto humano, según su punto de vista, según su filosofía, su teología, que es totalmente protestante.

Gente que defiende su mentira en medio de la Iglesia: “El Evangelio no vende ninguna ideología ni controla las conciencias, ni da recetas morales. Es una buena noticia que nos tiene que ayudar a ser personas mejores y trabajar por la justicia. Cristo no vino a inaugurar ninguna religión sino a instaurar un nuevo orden”. Así habla esta monja, diciendo tan claras herejías que son aplaudidas por muchos en la Iglesia.

Una monja que cada día recibe la comunión y que vive en su pecado, que no quiere quitar. El Evangelio no da normas morales, sino que nos ayuda a ser mejores y a obrar la justicia. Menuda herejía que dice este lobo vestido de monja. Y, como ella, muchos sacerdotes y Obispos.

El Evangelio es sólo eso: una ayuda para resolver los problemas humanos de la gente. Y, entonces, Cristo no edifica una Iglesia en Pedro, sino un nuevo orden. Y se queda tan pancha después de soltar este cisma.

Religiosos que obran el cisma dentro de la Iglesia. ¿Todavía les cuesta creer que Francisco es cismático, que no pertenece a la Iglesia Católica?

“Francisco ha traído un poco de normalidad. Si antes me descalificaban, ahora el Papa me ha redimido, ya que apoya todo el tema de la redes sociales”: ¿quién es el culpable de todo lo que pasa en la Iglesia? Francisco. Y sólo Francisco. Él es la cabeza de la herejía, del cisma, de la apostasía de la fe. Francisco ha redimido a esta monja. ¡Viva Francisco! ¡El nuevo Salvador! Cristo no salva. Cristo no ha hecho una Iglesia. Es Francisco que ha inaugurado el nuevo orden mundial.

Es tremendo lo que pasa dentro de la Iglesia. Y nadie se lo cree. No acaban de creer que Francisco, cada día, hace su camino de cisma en la Iglesia. Y lo hace con sus bonitas palabras, con una sonrisa en sus labios, diciendo que nos amamos todos, que Dios ya todo lo perdona, que hay que trabajar por quitar la hambruna del mundo. Y todos con ese hereje.

Personas consagradas que se han olvidado de la Justicia Divina y, por tanto, sólo hay que bendecir: “¿Qué opina entonces del matrimonio entre dos personas del mismo sexo? Yo siempre me pregunto qué haría Jesús, y Él siempre bendecía. Nunca maldecía. El matrimonio y el amor siempre es bendecido”. Cristo no condena, porque es todo Misericordia. Y se acabó. Todos al cielo con nuestros pecados. Peca fuertemente que ya Cristo todo lo perdona, todo lo bendice. Cristo bendice el matrimonio homosexual. Esto se llama apostasía de la fe, porque esta monja no se va de la Iglesia para decir esto, sino que se queda como monja y predica su herejía sin que nadie diga nada, sin que nadie la condene, porque, claro: “Yo creo que el Papa ha sido clarísimo y está siendo clarísimo con todas sus actitudes. Afirma que no es nadie para juzgar y si no es nadie para juzgar, no puede considerarse una enfermedad. Todos tenemos errores, pero la orientación sexual no es un pecado ni una desorientación de la naturaleza. Tenemos que acoger”.

Francisco es el culpable de que nadie en la Iglesia se levante para combatir a sacerdotes, Obispos, y religiosos y religiosos herejes, cismáticos, que con sus vidas están llevando a toda la Iglesia hacia el infierno. El culpable: Francisco.

Por eso, lo que viene a la Iglesia es catastrófico. Se está viviendo el comunismo en toda la Iglesia. Esto que dice esta monja es el comunismo, el marxismo, las comunidades de base, que tienen que apoyar a la cabeza herética, comunista, marxista, que es Francisco.

¿Por qué siguen aplaudiendo a Francisco si está destruyendo toda la Iglesia?

¿Por qué lo siguen llamando Papa si es un cismático?

¿Cómo el Papa Benedicto XVI puede escribir a Hans Kung diciendo que apoya a Francisco?

Esta es la corrupción de lo mejor: gentuza que está en la cima de la Iglesia para crear su orden mundial, que es la antesala de la iglesia del Anticristo.

El pecado de Benedicto XVI, que es su renuncia, cerró el Papado. ¡Ya no hay más Papas por la vía ordinaria!

No hay línea de sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. No existe. Un pecado lo impide. Un pecado es el obstáculo para que un Papa gobierne la Iglesia.

Francisco sólo hace una comedia sentado en la Silla de Pedro. ¡Es su obra de comedia, de teatro en la Iglesia! ¡No es Papa! ¡No puede ser Papa por el mismo pecado de Benedicto XVI!

Francisco conduce a toda la Iglesia hacia el derrumbe más total. Y Benedicto XVI aplaude ese derrumbe. Eso prueba que Benedicto XVI no ha salido de su pecado. Sigue ciego en su pecado. Cree haber hecho una buena obra dejando el Papado y no se da cuenta que ha puesto a la Iglesia en manos de los lobos.

“Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos” (homilía en la Basílica de San Pedro el domingo 24 de abril de 2005).

Benedicto XVI huyó ante los lobos y dejó la Iglesia desguarnecida, sin protección, caída en la más triste vida de pecado. Él huyo y sigue huyendo.

Como Papa predicó la Verdad: la Iglesia está llena de lobos, de gentuza que está vestida de Cristo pero que hace obras contrarias a Cristo.

Gentuza que en sus bocas tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero que son sólo palabras humanas, lenguaje humano. Y sólo creen en sus ideas políticas, que son el comunismo y el protestantismo. Y es lo que obran dentro de la Iglesia.

La Iglesia está metida en un gran lío con Francisco. Y. muy pronto, a ese hereje lo echan de patadas de la Silla de Pedro. Y la razón: su orgullo. Por su orgullo, la Iglesia tienen ahora un dilema que no sabe resolver adecuadamente: o quitamos todos los dogmas o no se hace nada en la Iglesia. Este es el dilema.

Francisco es un charlatán que habla más de la cuenta, pero que no obra lo que habla. Está sentado en la Silla de Pedro para su publicidad, para su negocio en la Iglesia, para lo que él siempre ha hecho en la Iglesia: pecar. Y quería la Silla de Pedro para mostrar al mundo su pecado. ¡Ese es su orgullo! ¡Él está feliz en su pecado! Pero la gente le pide que destruya la Iglesia. Y no sabe hacerlo, porque no se sentó para eso. Necesita gente inteligente, porque él es un necio, un palurdo en su pensamiento. Y para romper dogmas hay que ser inteligente, hay que ser un protestante con cabeza. Y eso no lo es Francisco. Francisco es un protestante sin cabeza, con un corazoncito, con un romanticismo herético, con una palabrería que gusta a la gentuza como él. Y nada más. Por eso, otro tiene que encargarse de destrozar la Iglesia.

No hay sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. Hay un abismo. Por eso, viene la sucesión de cabezas en Roma. Gente que toma el poder para quitar un dogma, para destrozar una verdad. Francisco ya quitó el Papado. Hay que quitar el resto. Pero no atina Francisco la forma de hacerlo. Y hay gente que ya se impacienta porque quiere el nuevo orden mundial.

¡Hay que abrir los ojos! El momento que pasa la Iglesia no es como antes. Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de la Gracia, de la Misericordia.

Con Juan Pablo II la Iglesia tuvo su momento de Misericordia. Con Benedicto XVI empezó la Justicia Divina. Y, cada día, más se incrementa dentro de la Iglesia la necesidad de un castigo ejemplar a toda la Iglesia.

Dios va a castigar a la Iglesia Católica porque un Papa renunció a lo que nunca tenía que renunciar y un cismático lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

No se puede uno cruzar de brazos y decir que en la Iglesia todo va viento en popa. Para el que tiene dos dedos de frente, la apostasía de la fe en muchos sacerdotes y Obispos es la señal de que muy pronto hay un giro clarísimo en Roma. Un giro en que, de forma definitiva, quitándose las caretas, se empieza a demoler la Iglesia. Es lo que todavía se está contendiendo, por el orgullo de Francisco.

La Iglesia no es el pensamiento de nadie

Si se quisiera resumir lo que ha sido Francisco en estos meses en la Iglesia, hay una sola idea: Francisco es su pensamiento.

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Esto es lo que define a un hombre que no sabe lo que es la Iglesia, ni el sacerdocio que lleva sólo para dar una apariencia de humildad y de amor al prójimo.

Francisco es lo que piensa. Y su pensamiento es claro. Todos los pueden leer, porque ha hecho sus declaraciones que han sido su error en la Iglesia.

Declaraciones que son sólo corrientes de opinión que Francisco lanza a la Iglesia para que se vayan cogiendo.

Así es como actúa todo hombre en su pensamiento.

El que tiene una idea la quiere comunicar para que todo el mundo siga esa idea. Así trabaja el mundo. Y así, desde que Francisco está en Roma, trabaja la Iglesia.

El g8 es sólo corrientes de opinión: recabar ideas de los Obispados, de la gente de la Iglesia para así hacer la Iglesia que gusta a todo el mundo.

Corrientes de opinión es el efecto de una cosa: vivir la soberbia.

El soberbio pone en marcha su idea. Y la pone dando a los demás su pensamiento. Pero haciendo de este pensamiento el centro de todo.

Esto es lo propio que se hace en el mundo de la política. Y la Iglesia, con Francisco, se ha convertido en el mundo de la política, de las mentiras, de los engaños, de las falsedades, de las ambiciones al poder.

Eso es claro para quien lo quiera ver. Para muchos, embobados por las palabras de Francisco, no es tan claro, porque ya han perdido la fe en la Palabra. Ya han creado su propia fe, que nace de su pensamiento, de su estilo de vida, de su plan de vida humano.
Francisco no es un hombre que escucha a Dios. Más claro: agua.

Un hombre que escucha a Dios no es un hombre que escucha a los hombres. Es un hombre que se retira de los hombres para atender a Dios.

Francisco no sabe lo que es la oración, porque todo consiste para él en tener un recuerdo de Dios. Esa es su única oración. Por eso, cuando predica recuerda las palabras del Evangelio. Pero sólo las recuerda. A continuación pone su pensamiento sobre esas palabras. Y eso hace que de forma inmediata quien lea dude de lo que lee, porque no se da la verdad de esa Palabra Divina, sino que se da una doctrina encubierta, llena de ideas que Francisco tiene en su cabeza.

Sólo hay que comparar lo que otros Papas han dicho sobre lo mismo que predica Francisco y lo que él dice en esa homilía. Y en la comparación se ve el error de Francisco.

Cojan su encíclica y vayan donde habla del Bautismo, por ejemplo. Cojan el Catecismo de la Iglesia Católica y comparen ambas cosas. Verán la enorme diferencia. Hagan esto con cualquier cosa que haya escrito Francisco y verán que no es un hombre de Dios, sino del demonio.

A Francisco le pierde su palabrería engañosa. Para quien sabe ya no es escándalo lo que dice francisco cada día en sus homilías. Pero hay muchos que todavía no han captado lo que es Francisco cuando habla. Se dejan llevar por sus palabras bonitas y no van al centro de su mensaje.

Siempre hay que ir al centro de lo que se habla, porque los hombres suelen dar muchas vueltas a las cosas y no decir nada. Es lo que tiene Francisco: da vueltas para no decir la verdad del Evangelio, sino para terminar diciendo lo que le interesa en esa homilía.

Francisco es un hombre que sólo escucha a los hombres. No es la Voz de Cristo en la Iglesia. Eso se ve a la legua. No hay que ser un santo para discernir estas cosas. Quien miente es un mentiroso siempre, en el mundo, en los hombres y en la Iglesia.

Al mentiroso siempre se le coge en su mentira. Siempre. Pero hay muchos con un falso respeto a Francisco porque lo ven todavía como Papa. Este es el problema de muchos en la Iglesia. Y, por esto, siguen dormidos diciéndose a sí mismos que todo va como la seda en la Iglesia.

Este falso respeto por un sacerdote, por un Obispo, por un Papa, es señal de poca vida espiritual.

Porque en la Iglesia hay que obedecer a la Verdad. Y aquel que no da la Verdad, no hace Iglesia, no es Iglesia.

Jesús puso el fundamento de Su Iglesia en Su Palabra. Y Su Palabra es Verdad (cf. Jn 17, 17). Y ningún hombre tiene la verdad en sí mismo, porque es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad (cf. Jn 16, 13).

Por tanto, la Fe en la Palabra es la obediencia de toda alma a la Verdad. Se llame como se llame, tenga el oficio que tenga en la Iglesia, esté consagrado a Dios o no, aquella persona que no diga la Verdad en la Iglesia, que no enseñe la verdad en la Iglesia, que no guíe a las almas hacia la verdad en la Iglesia, no hay que hacerle caso.

Francisco, cuando miente, no hay que obedecerle en nada. Y Francisco, si no quita su mentira, entonces hay que enfrentarse a él. Y si Francisco justifica su mentira, entonces hay que renunciar a Roma y a Francisco y a la iglesia que presenta Francisco porque esa ya no es la Iglesia de Jesús.

Esto es claro para quien ve las cosas desde Dios. Pero para muchos, esto no está tan claro, porque se quiere seguir haciendo el juego a Francisco y seguir mirando a Roma a ver si hay algún cambio para bien en todo esto.

Muchos esperan un cambio en Francisco y que deje las cosas como estaban antes. Esto es, sencillamente, una ilusión, un sueño de muchos que todavía no han comprendido para qué está Francisco en Roma: para destruir la Iglesia y así crear su nueva iglesia.
Esto no lo ve la mayoría de la gente. No lo entiende. Pero es la única verdad. Y tiempo al tiempo. Porque esto trae su tiempo para cambiarlo todo en la Iglesia.

Lo que hay ahora en la Iglesia son las corrientes de opinión que abre a la Iglesia al pensamiento de los hombres en el mundo.

Esta es la fuerza de la nueva iglesia creada en Roma. Por eso, Roma ya no da la Verdad, sólo da los intereses de los hombres en el mundo.

El mundo se ha metido en torno a Francisco. ¿Qué es sino ese círculo mágico que rodea a Francisco? ¿Qué se creen que hace ese conjunto de personas en torno a Francisco?

Son los que idean la nueva iglesia en Roma.

Son la gente perfecta para desbaratar todo lo sagrado y lo santo y lo tradicional de la Iglesia. La gente perfecta. Hay que comprender lo que es la calaña de Francisco para entender de qué calaña se rodea Francisco.

Francisco no está rodeado de santos, sino de gente pecadora con un título, con un poder, con un oficio, con un nombre en la Iglesia.

Gente pecadora. Gente que vive su pecado como lo más normal del mundo. Como un bien para su vida. Gente que no le interesa lo que es la Iglesia de siempre, sino que va por todos los caminos que el hombre tiene para formar una empresa de hombres en Roma.

Esto es sólo la nueva iglesia: un negocio que se monta en Roma y que conserva el nombre de Iglesia Católica. Porque hay que mantener ese nombre. Esto es lo propio de los fariseos: mantienen la apariencia externa de las cosas, pero dan una doctrina contraria a todo.
Todos miran a Roma para encontrar una verdad. Ya no se puede hacer eso. Ya Roma es el habitáculo de Satanás. Y no el sagrario de Dios, no el templo de Dios. Hace mucho que Dios se retiró de Roma y dejó a los hombres discutiendo sobre sus vidas humanas y sus obras humanas, que es lo que la Iglesia ha estado haciendo durante cincuenta años: planear el futuro humano de la Iglesia.

Y ahora vemos las graves consecuencias de todo eso. Y, como muchos, hacen culto del Concilio Vaticano II, entonces no comprende la hecatombe espiritual en que está sumida la Iglesia desde hace 50 años. No comprenden este punto y, por lo tanto, ven a Francisco como un salvador de la Iglesia.

Francisco es su pensamiento. y, por tanto, su nueva iglesia es su pensamiento. Se construye a base de ideas, de recuerdos, de momentos preciosos en la vida del hombre. Y eso es todo en esa nueva iglesia.

Es una ensalada de ideas humanas, puestas en conceptos apropiados, bellos, elegantes, para que todo el mundo sea feliz en su vida. Porque hay que darle al pueblo lo que quiere. Esto es sólo la predicación de Francisco. Cuando habla es para decirle al pueblo lo que le gusta escuchar.

Por eso, trata a los ateos, a los luteranos, a los judíos, a los homosexuales, como a ellos les gusta vivir. Esa es la nueva iglesia de Francisco: el gusto por la vida humana, las obras de los hombres, los pensamientos de los hombres.

Y la Iglesia no es el pensamiento de ningún hombre. La Iglesia es la Obra del Pensamiento Divino. Y ¿quién conoce lo que piensa Dios? ¿Quién es el hombre que escruta el pensamiento de Dios?

Nadie. Ningún charlatán, como es Francisco, conoce lo que quiere Dios de Su Iglesia. Ningún idiota, como es Francisco, puede dar en la Iglesia el Pensamiento Divino. Ningún demonio, como es Francisco, puede gobernar la Iglesia hacia el Pensamiento Divino.

Eso es clarísimo. Pero ¡cuánta gente todavía hay que no ve esto!

Y tampoco se esfuerzan en preguntarse a sí mismo: ¿dónde está la Verdad?

Si el alma no tiene esta pregunta metida en su corazón desde que nace hasta que muere, entonces siempre llega un momento en su vida que se pierde en la mentira.

Cuando un hombre deja de perseguir la verdad, entonces se acomoda a sus verdades y hace de esas verdades sus obras de mentira.

La verdad no la poseen los hombres por más que piensen la vida.

La Verdad sólo se encuentra en Dios. Y cuesta entender esa Verdad. Y cuesta obrar esa Verdad en un mundo donde sólo se da la mentira.

La blasfemia de Francisco: Jesús no es un Espíritu

“¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria” (Francisco, 28 de octubre 2013).

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¿Todavía siguen sin creer que Francisco es un hereje, un cismático, un apóstata de la fe?

Jesús no es un Espíritu.

Entonces, Jesús no es Dios. Entonces, no existe la Eucaristía. Entonces, no existe el sacerdocio. Entonces, no existe la Iglesia. Entonces no existe Dios.

Eso es lo que ha dicho Francisco cuando dice: Jesús no es un Espíritu.

Si Jesús no es un Espíritu, entonces se niega que Dios es Espíritu. Y aquel que niega que Dios sea Espíritu, niega que exista el Padre, que exista el Hijo, que exista el Espíritu Santo.

Y si no se dan las Tres Personas de la Santísima Trinidad, no se da Dios: “No creo en un Dios católico”.

Para Francisco, se da un dios, el que su cabeza se invente. Eso no importa cómo definir a ese dios. Es el invento de este mentiroso que está en la Silla de Pedro. Un gran hombre, tan humilde, tan amigo de los niños, pero tan idiota como hombre, como sacerdote y como Obispo.

Como Jesús no es Espíritu, entonces, el hombre sólo se compone de alma y de cuerpo. El hombre no tiene espíritu. El hombre tiene, para Francisco, una emanación de luz, una energía de luz, que eso es lo que enseña Francisco en esta homilía.

El gran Francisco: el gran idiota sentado en la Silla de Pedro. El necio entre los necios. El que se cree sabio entre los sabios. El más ignorante de todos en la Iglesia. Ha hecho de su sacerdocio el culto al demonio y sólo adora al demonio en la Iglesia.

Esta es la consecuencia de decir: Jesús no es un Espíritu. Entonces, tampoco el demonio es un espíritu. Y, por tanto, hay que adorar al demonio como ser que todo lo sabe y que todo lo puede. El demonio es el que ha dado a Jesús el poder para hacer la Iglesia. ¿Cómo hizo Jesús Su Iglesia si no es un Espíritu? ¿De dónde sacó el poder, si Dios no existe? Es necesario concluir: de una fuerza externa al hombre, pero que no es Dios, sino el demonio, que es el dios que deben creer todos los hombres.

Si no hay Espíritu, entonces todo es una emanación, una energía. El hombre es una energía y, por tanto, el hombre se convierte en dios para sí mismo. Y el hombre, al no creer en el espíritu, cree en un ser que le da esa emanación, que es sólo el demonio.

Y, como Jesús no es Espíritu, entonces Jesús es una persona humana. Jesús no es una Persona Divina. Luego, de aquí se saca que la Virgen es sólo la madre de Jesús, pero no la Madre de Dios. Se anula todo en la Iglesia.

Hasta el momento Francisco ha negado: el dogma de la Santísima Trinidad, el dogma de la Encarnación, el dogma de la creación del hombre y el dogma de la creación de los ángeles. Y, en la práctica, Francisco ha negado todo: la Creación, la Redención, la Resurrección.

Como Jesús es una persona humana, lo que funda Jesús, Su Iglesia, es algo humano: niega el dogma de la Iglesia, que nace del dogma de la Santísima Trinidad y de la Encarnación. El Misterio de la Iglesia ya no es un misterio. La Iglesia es un negocio de los hombres.

Pero, como Jesús no es Espíritu, entonces en la Iglesia no se dan los Sacramentos, porque no hay Espíritu. Los sacramentos son cosa humana, obras humanas, y no más.

Como Jesús no es Espíritu, entonces para Francisco no existen las almas. Porque las almas son espíritu, son entes espirituales. Se niega el dogma del alma humana. El alma humana, para Francisco, es una energía divina. Y si se niega el alma, se niega al hombre entero.

Como Jesús no es Espíritu, entonces el hombre no tiene mente ni voluntad. Porque, al carecer de alma, no puede darse lo que es el alma con sus dos potencias: entendimiento y voluntad. Para Francisco, el hombre no piensa, sino que recibe el pensamiento de otro. Y el hombre no es libre, sino que otro le obliga a hacer lo que tiene que obrar en su vida. Es la doctrina de la nueva era, propia del ocultismo.

Como Jesús no es Espíritu, entonces, la eucaristía, la santa Misa es una cena, una comida, una reunión, una fiesta, unos globitos que se dan a los niños, un compartir con todos los idiotas como él, un hacerse el gracioso con todos los graciosos como él, un entretenimiento que hay que darle a la gente en la Iglesia. Por eso, Francisco es el payaso en la Iglesia: entretiene a la gente que se quiere ir al infierno riendo con sus herejías.

Y si no existe la Eucaristía ni la Santa Misa, porque no existe el Espíritu, entonces, el sacerdocio es sólo un vestido que algunos se ponen para hacer su trabajo en una iglesia que debe ser considerada como la empresa de Jesús.

¿Quieren más? Ni merece la pena seguir con la homilía. Con esto basta para demostrar la falsedad de Francisco, su herejía, su apostasía de la fe, su blasfemia.

¡Qué pena ver tantas almas que van a Roma para gritar y aplaudir a este idiota y ver que se pierden por la boca de este lobo que ya no tiene nombre en la Iglesia!

Francisco es un maldito. Y no otra cosa. Un hombre que destruye la vida de las almas y las lleva a la condenación. Eso es ser maldito a los ojos de Dios. Un hombre que devora almas y las condena en la obra que realiza en la Iglesia.

Y ¿qué dice la Jerarquía de la Iglesia ante esta blasfemia? No pasa nada. Todo está bien. Hay que entender a Francisco en el contexto que dice la frase. Hay que tener inteligencia para comprender la sabiduría de Francisco que no es para todos en la Iglesia, es sólo para un grupo reducido de sabios que lo conocen y saben que lo que dice es recto ante Dios. Para comprender a Francisco, lean la doctrina de la Nueva Era y verán que bueno y santo es Francisco para la Iglesia.

No pasa nada. Francisco no ha dicho nada. Es sólo su opinión. Es un hombre que tiene sus cosas y hay que dejarle que diga sus cosas en la Iglesia, porque como es el Papa…

¿Qué va a decir la Jerarquía de la Iglesia sobre esto? Nada. ni se van a molestar en decir algo. ¿Para que si lo tienen como un santo de Dios?

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666 versus 333

“Aquí está la sabiduría. Quien tenga inteligencia calcule el número de la Bestia, pues es número humano. Y su número es seiscientos sesenta y seis” (Ap 13, 18).

Dibujo

La Bestia tiene un número, que en griego es χξς. El nombre del demonio es el ser del demonio. Y, como el demonio pecó contra Dios, se puso por encima de Dios en su pecado, por eso, su número y su nombre está por encima de Dios.

El número de Dios es trescientos treinta y tres, que en griego es τλγ. El significado de este número es: Tres en el Verbo Engendrado (τριάς λóγος Γένεσις). Tres Personas que están en Jesús, que es el Verbo Encarnado. Y de este número se saca el nombre de Jesús: ΙΧΘΥΣ (Ιησούς Χριστός Θευο Υιος Σωτῆρ – Jesús Cristo, Hijo de Dios, Salvador).

El número del demonio es seiscientos sesenta y tres. El significado de este número es: Una imagen de Cristo en Satanás (Χριστός ξενίσαντες Σατανάς). Es decir, Satanás que aparece en un Cristo sin el Espíritu de Cristo. Cristo es un Mesías, es decir, un sacerdote, un Obispo que tiene la consagración del orden en la Iglesia.

De este número 666 se saca el nombre del Anticristo.

El Anticristo tiene que ser una persona que se oponga del todo a Cristo. No puede ser cualquier oposición. Tiene que tener en su corazón todas las herejías que existen desde que Jesús fundó la Iglesia. Tiene que negar en todo la Verdad, no sólo una parte.

Por eso, hay muchas personas que son anticristos, pero no el Anticristo. Niegan una verdad de Cristo, pero no son capaces de negar toda la Verdad.

El Anticristo niega toda la Verdad de forma inmediata. Por eso, Francisco es un anticristo, pero no el Anticristo. Si fuera éste, entonces habría acabado con la Iglesia nada más ser elegido.

Un anticristo anula la Iglesia aunque sólo niegue una verdad en Ella. Pero el Anticristo no sólo anula la Iglesia, sino que construye su iglesia en la Iglesia.

Por eso, es necesario otro anticristo diferente a Francisco para seguir la obra de destrucción de la Iglesia hasta llegar a la iglesia en la Iglesia, a la nueva iglesia en Roma.

El Anticristo es una imagen de Cristo, una figura de Cristo, una estatua de Cristo.

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Por ejemplo, el crucifijo de Francisco representa al anticristo:

Ya no está Cristo Crucificado, sino una imagen de Cristo. Es una cruz pagana.

Cristo cargando una oveja o pastoreando las ovejas. Y eso no representa la Cruz de Cristo.

Llevar esa cruz pagana es llevar un signo del anticristo, el número del anticristo, el sello de la bestia. En su pecho no cuelga Cristo Crucificado, sino la imagen de Cristo, que en este caso es un pastor que carga una oveja.

El Anticristo rompe con Cristo en todo. Por eso, se da:

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1. la cruz egipcia: símbolo de la prosperidad y fertilidad. Se utiliza en los rituales de magia negra, y también en las misas negras de consagración. Usada por la Nueva Era.

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2. la cruz invertida: simboliza el odio a Cristo y a la fe. Se invierte el significado de la muerte de Cristo. La muerte es ya una reencarnación, un pasar a otro estado de vida, un adelantarse al futuro en una vida pasada. También simboliza la no existencia del pecado.

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3. la cruz de la confusión: niega la divinidad de Jesucristo y su obra de Redención. Es anclar la Revelación sólo en la humanidad. Es la palabra del hombre lo que cuenta en la vida de los hombres. Ya no es lo que Dios habla en Su Verbo.

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4. la cruz rota: se muestra una figura repulsiva y distorsionada de Cristo, usada por la magia negra y los brujos de la Edad Media. También se llama cruz partida porque se representa de esa manera, como cayéndose. Simboliza que se anula la doctrina de Cristo para salvarse por la Cruz. Es poner el culto al demonio en la Iglesia, con sus obras maléficas.

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5. la cruz patada: utilizada por los caballeros teutónicos y los caballeros templarios y por los francmasones. Simboliza el apoyo del hombre en su vida y obras humanas.

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6. la cruz tau: símbolo del dios matras, un ángel de luz o luz celestial. Simboliza la luz divina, la emanación de la luz. Usada por los masones.

El anticristo es un ser que sólo da una figura de Cristo, sólo produce una figura de Cristo, sólo enseña la forma externa de Cristo. Pero no es capaz de dar el Espíritu de Cristo.

El nombre del Anticristo debe ser de un judío, no de un católico o de otra religión del mundo. Porque fueron los judíos los que crucificaron a Cristo, los que lo negaron, los que lo anularon.

No fueron los demás: los budas, mahometanos, satánicos, ateos, etc.

El Anticristo es aquel que se opone a toda Verdad en Cristo y eso sólo lo puede hacer un judío.

Un judío vestido de sacerdote, de Obispo, que está en la Jerarquía Eclesiástica para aparecer en su momento. Que pocos lo conocen como judío, pero es judío real, con sangre judía, con descendencia judía, con hijos judíos, con el pensamiento de un judío.

Su nombre, en sí, no es importante. Sino lo que importa es su obra en la Iglesia. Y eso se ve claro ya, porque todo está sucediendo muy rápido en la Iglesia.

La persecución ya ha comenzado en la misma Iglesia. Y es una persecución espiritual, no material. Porque primero es coger los espíritus, las almas, sus mentes. Después, viene lo demás.

Llegará un momento en que habrá que esconderse, como Jesús se escondía de los que le perseguían para matarlo.

El Anticristo quiere exterminar la Iglesia que ha fundado Jesús y borrar de la faz de la tierra a todo aquel que sea cristiano o profese la doctrina de Cristo.

La nueva iglesia en Roma no es para nadie, no es para alguna iglesia cristiana. Es para todos aquellos que profesen la doctrina del Anticristo. Y quien no la profese, no importa que sea Católico, Evangélico, Protestante, etc., será eliminada. Es una iglesia nueva con otros conceptos que sólo se puede dar en la iglesia del Anticristo.

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