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Próxima ordenación de un sacerdote homosexual

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El «Hombre impío» (2 Ts 2, 3) está a punto de surgir de las tinieblas.

Y tiene necesidad de una humanidad impía, de hombres rebeldes que, habiendo nacido para ser luz, «prefieren las tinieblas» (Jn 3, 19) y, estando predestinados para la vida eterna, buscan la muerte, «la llaman con sus obras y palabras» (Sab 1, 19), y la muerte les viene a las manos como recompensa de lo que son sus vidas.

Muerte eterna es lo que merecen muchos en la Iglesia, porque son insensatos, «siervos inútiles, infieles y haraganes» (Mt 25, 26.30), se acomodan a los pensamientos y al estilo de vida del mundo, no luchan por conquistar la verdad, desprecian la verdad que han conocido, viven la vida como si jamás se hubieran de morir, y ya no quieren convertirse de corazón al Señor.

Hombres obstinados en el pecado, que pretenden dirigir una iglesia de pecadores y de gente insensata.

El Cardenal Maradiaga, hereje manifiesto, perteneciente al gobierno horizontal instalado por Bergoglio en el Vaticano, declaró que existe un lobby gay en el Vaticano:

«… llegó hasta a haber un lobby en este sentido. Esto, poco a poco, el Santo Padre trata de irlo purificando, son cosas…» ( El Heraldo)

«… trata de irlo purificando…»: ¿cómo se puede purificar un grupo de Cardenales, Obispos y sacerdotes homosexuales si Bergoglio no es quién para juzgarlos? Si no hay justicia, no hay purificación, no hay expiación, no se resuelve ningún problema.

Este hombre iracundo, que se ufana de tener el poder de Dios y que desprecia la verdad cuando se la dicen a la cara:

« ¡Todo el poder me ha sido dado a mí! ¡Yo soy el que monto el espectáculo aquí. ¿Quiénes se han creído que son esos Cardenales? Yo les quitaré sus sombreros rojos» (Onepeterfive)

Este hombre es incapaz de poner orden, no purifica nada, sino que él mismo ampara una red de silencios y de encubrimientos sobre sus estilos de vida, sus escándalos y enredos.

Bergoglio no corta la mala cizaña, sino que la presenta con otra cara, con un lenguaje apropiado para la masa católica.

Es claro, que tanto Bergoglio como Maradiaga son cómplices de este lobby porque no han hecho nada, en su gobierno, ni para depurarlo ni para purificarlo, sino que – al contrario- lo están aumentando con la manga ancha y concesiones.

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Muchos católicos no han comprendido que si se permiten que un hombre maricón, homosexual, sea ordenado de diácono -y pronto de sacerdote-, rasgarse las vestiduras sobre los escándalos de los curas pederastas es propio de fariseos y de hipócritas.

Jason Welle, SJ, de la compañía de Jesús, fue ordenado diácono el pasado 24 Octubre, por el Obispo Michael C. Barber, también perteneciente a la Compañía.

Este hombre, que ha puesto en su página de twitter la bandera gay, trabaja para el LGTB Católico, haciendo entrevistas con gente que está a favor del sacerdocio homosexual y de las religiosas lesbianas dentro de la Iglesia Católica.

Aquí tienen una entrevista con el disidente homosexual, Arthur Fitzmaurice, en un video publicado por el ministerio jesuita, América Media:

A los pocos meses de su ordenación diaconal escribió un artículo para el Jesuit Post, sitio web plagado de propaganda homosexual, titulado: “El amor gana”.

Welle se regocija de la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos:

«… el Tribunal Supremo ha dictaminado que el matrimonio debe ser considerado un derecho civil para todas las parejas, sin excepción. Esta semana, miles de parejas en los Estados Unidos no tendrán que soportar una vida de secretismo y de inseguridad jurídica. Esta decisión significa que sus uniones están respaldadas por la ley. Sus familias serán tratadas por igual por los estados, no van a arriesgarse a perder a sus hijos y los bienes porque alguien desaprueba su unión».

Un hombre que sólo le interesa en la vida aquella ley del hombre que es una abominación, que va en contra de la ley natural y divina. Pero que no le importa lo más mínimo la norma de moralidad ni el magisterio auténtico de la Iglesia:

«Sé que seguirá habiendo objeciones por parte de los que creen que las relaciones homosexuales y lesbianas son inmorales o que los matrimonios del mismo sexo no pueden simplemente ser reconocidos como matrimonios apropiados, entre ellos los hermanos católicos y otros estadounidenses de buena voluntad».

Los católicos objetarán, pero yo no objeto, porque no me interesa la doctrina de Cristo ni lo que enseña la Iglesia Católica sobre la homosexualidad. Yo estoy construyendo otra iglesia con mi ídolo Bergoglio.

¿Cómo un hombre así, que abiertamente va en contra de la fe católica, ha sido ordenado de diácono y se dispone a recibir el sacerdocio?

¿Dónde está la purificación del lobby gay vaticano?

En ningún sitio. Todo es obra del lobby gay.

Es un cambio de cara:

«En esas discusiones, es necesario, por ejemplo, reconocer la unión de personas del mismo sexo, porque hay muchas parejas que sufren porque no se reconocen sus derechos civiles; lo que no se puede reconocer es que esa pareja sea un matrimonio.» (Entrevista al Arzobispo Marini – La nación, 20 abril 2013).

Sí a las uniones civiles, no al matrimonio religioso. La noción heterosexual del matrimonio no se debe imponer a las parejas homosexuales. Hay que atender a sus problemas humanos, no hay que predicarles ni el verdadero matrimonio ni la verdadera orientación sexual. Se trata de tolerancia, de aceptar la abominación por parte de la sociedad. Es la sociedad, no ellos, la culpable de no acoger a los homosexuales como diferentes.

Estas parejas sufren el acoso legal. Y hay que buscar una ley acomodada a su situación civil. No interesa la moral, no hay que insistir en la inmoralidad, porque a estos hombres no hay que salvarles el alma, sino que hay que ponerles el camino para que no se arrepientan más.

Esta es la impiedad de la Jerarquía: ya no salvan almas. Ahora, se dedican a ser libertadores de los derechos humanos, civiles, sociales, políticos.

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«Es alentador ver la ola de apoyo a los matrimonios homosexuales. Muestra una sociedad que aspira a una tolerancia abierta de todo tipo de personas, el deseo de que vivamos juntos en la aceptación mutua» (P. Timothy Radcliffe, homosexual dominico, consultor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz).

Para este hombre, hay que olvidar la moral, no hay mandamientos divinos, no existe una ley natural:

«No podemos empezar con la pregunta de si [el matrimonio homosexual] está permitido o prohibido».

Es necesario apelar a una nueva moral:

«Debemos preguntarnos qué significa, y hasta qué punto es eucarístico. Ciertamente, puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Así que de muchas maneras, pensaría que ésta puede ser expresión de un regalo de Cristo».

Si la homosexualidad es un regalo de Cristo, si está llena de un amor eucarístico, entonces el lobby gay vaticano también es un regalo de Cristo. No hay que ni depurar ni purificar nada.

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Por eso, hay que ordenar otros sacerdotes al estilo Charamasa. Sacerdotes que se dediquen a las uniones civiles, y que vayan preparando el terreno para meter en la Iglesia el matrimonio religioso entre homosexuales.

Es un cambio de cara.

Es lo propio que ha traído el gobierno masónico de Bergoglio: un gobierno político, que hunde sus raíces en las libertades del hombre buscadas sin un fin último, al margen de la Voluntad de Dios, apostatando de toda verdad, incluso la propia de la naturaleza humana.

Con los Sínodos del 2014 y 2015, el lobby gay ha crecido en poder e influencia en toda la Iglesia. El Arzobispo Bruno Forte fue el que insertó los pasajes sobre la homosexualidad a espaldas de los Padres Sinodales. Y lo hizo actuando en nombre del lobby gay. No fueron acciones aisladas, sino bien planeadas por la cúpula del Vaticano.

Es un secreto a voces que la mayoría de los clérigos del Vaticano son homosexuales. Y es esta gente abominable la que ejerce presión para cambiar la doctrina en la Iglesia.

¿Cuándo fue la última vez que se escuchó a un sacerdote hablar de pecados sexuales desde el púlpito? Es la influencia del lobby gay. Desde Roma mandan no predicar sobre ninguna cuestión sexual. Ahora, todo es tolerancia, fraternidad, dialogo. Y, por eso, el lobby gay no sólo existe en Roma, sino en todas las diócesis del mundo. Basta con contemplar la Conferencia Episcopal Alemana después del Sínodo.

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Los Obispos alemanes están promoviendo la homosexualidad activa, sin reservas, para que sea el puente que conduzca a la participación de los homosexuales en todos los sacramentos de la Iglesia.

Están erigiendo la estatua del ídolo de la ideología del género, socavando el magisterio católico.

«Sal de ella, pueblo mío, para que no os contaminéis con sus pecados y para que no os alcance parte de sus plagas; porque sus pecados se amontonaron hasta llegar al cielo» (Ap 18, 4-5).

Bergoglio tiene la misión de poner el camino para llegar al pecado perfecto dentro de la Iglesia: ese pecado que condena al alma en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Muchos católicos se preguntan: ¿Hasta dónde va a llegar este hombre? Hasta el pecado perfecto. Hasta poner la Iglesia en manos del Anticristo.

Si Bergoglio ha llegado a blasfemar contra el Espíritu Santo, sus obras en la Iglesia son propias de este pecado: él condena almas en todo lo que hace. Él cierra el camino de salvación. Y lo cierra totalmente. Por eso, este hombre no puede salvarse si no deja lo que está haciendo y se retira a un monasterio para expiar sus pecados. No lo va a hacer. Él busca la muerte eterna del alma.

«Los impíos, con las obras y las palabras, llaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella; y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que la muerte les tenga por suyos» (Sab 1, 16).

Bien merece que Bergoglio se condene. Es lo que vive actualmente: su condenación en vida. ¡Ojalá se muera pronto y se condene!

Esto es lo que no comprenden muchos católicos que siguen teniendo a este hombre como su papa. Y esto es también obra de Bergoglio.

Si Bergoglio obra como un impío, el pueblo se hace idólatra, ya no comprende la verdad porque sigue a un ciego que se ceba siempre en sus propios pecados. Muchos católicos ya comienzan a reírse de las palabras conversión y arrepentimiento, porque tienen un ejemplo a seguir en ese hombre. Y esas risas están preñadas de soberbia y de altivez. Y darán un fruto: la persecución y la muerte de todos aquellos que confiesan la fe en Jesucristo.

Los hijos fieles siempre han sido perseguidos y ajusticiados, pero los que sembraron iniquidad cosecharon desgracias, y atrajeron sobre sí el castigo de sus muchos pecados. Los hechos de Sodoma y Gomorra son un testigo fiel, no sólo de la estulticia humana, sino de la justicia divina. Porque tan grande es el Señor en Su Misericordia como en Su Justicia.

Hay que salir de Roma; hay que salir de las parroquias. Están todas a una, unidas en la impiedad.

Comulgar con las ideas de Bergoglio, tenerlo como papa, es contaminarse con los pecados que ese hombre irradia cada día, y tener una espada de justicia colgando sobre la cabeza.

Quien reniega de Cristo, él sólo se juzga; quien desprecia su doctrina, es un réprobo; pero quien peca contra el Espíritu Santo, es reo de condenación eterna; no precisa, por tanto, ser juzgado, porque juicio y sentencia condenatoria penden de su cabeza.

El pecado debe ser eliminado de la vida, porque sólo «los limpios de corazón verán a Dios». Los que viven en sus pecados no pueden descubrir el reino de Dios que está en las profundidades del alma, porque Dios sólo está en aquellos que lo aman y en los que lo reciben sacramentalmente en su corazón.

Dios no está en aquellos que hacen de su vida una obra del pecado, ni en aquellos que no disciernen lo que comulgan.

Dios no está en una Iglesia que no sabe discernir al homosexual, que no elimina el pecado, sino que se hunde, cada día con más fuerza, en él.

No se puede obedecer a una Jerarquía que ama la abominación de la homosexualidad, que alardean de justos, y por doquier derraman injusticias; se creen libres, y son esclavos de los más bajos instintos; defienden los derechos humanos, y privan a los más débiles del derecho más elemental, que es la vida; enarbolan la bandera de la paz y hablan palabras sentidas de amor, de misericordia, ante los hombres, pero mienten, porque profanan el amor.

Cristo es profanado en toda la Jerarquía que comulga y obedece a Bergoglio.

La Iglesia es socavada por todos aquellos que prefieren las obras de los hombres a las del Espíritu.

Bergoglio no es materialmente Papa

«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

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«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

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Dos años contemplando el mismo pecado de orgullo y de idolatría.

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Dos años contemplando el mismo pecado de Bergoglio el Jueves Santo: lavar los pies a las mujeres.

Este pecado no sólo va contra las rúbricas del misal:

«Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca» (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).

Hay que lavar los pies a los varones, no a las mujeres, porque:

«nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia» (SC 22 §3).

Bergoglio no tiene autoridad para cambiar la liturgia: ninguna autoridad. Sin embargo, lo hace sólo movido por su orgullo.

No sólo Bergoglio incumple una ley humana, sino una ley divina.

La liturgia es la obra sacerdotal de Cristo: es una obra divina, no humana. Es una obra sagrada:

«se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7 – Presencia de Cristo en la liturgia).

Es una acción sagrada, que sólo se puede realizar en la ley divina, es decir, cumpliendo con los mandamientos de Dios.

Cristo está presente en el sacrifico de la misa en la persona del sacerdote, del Obispo.

Quien va a una misa, va a ver a Cristo en el sacerdote. Va a contemplar las obras de Cristo en el sacerdote.

Y el sacerdote o el Obispo tienen que realizar las mismas obras de Cristo, para que la misa o la oración que se hace sea una obra de Cristo, una obra sagrada, una obra divina.

Hay que imitar a Cristo en sus obras.

¿Qué hizo Cristo? ¿Lavó los pies a las mujeres? No; su obra fue lavar los pies a sus discípulos, que son sólo hombres.

El Evangelio es claro:

«…y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida» (Jn 13, 5).

¡No hay más ciego que el que no quiere ver! Y no ver la sencillez de esta Palabra es no creer en esta Palabra de Jesús. Y, por lo tanto, quien no cree en esta Palabra obra una acción humana, natural, carnal, mundana, profana, material en el lavatorio de los pies: lava los pies a las mujeres.

La liturgia es para hacer la misma obra de Cristo: lavar los pies a los varones.

Hacer esto es realizar una acción de Cristo, es decir, una obra divina, sagrada, celestial. Porque es imitar a Cristo en su obra del lavatorio de los pies.

Se es sacerdote, se es Obispo, para imitar las obras de Cristo, no para hacer lo que a uno le dé la gana en el lavatorio de los pies.

Bergoglio no sólo atenta contra una ley humana, en las rúbricas del Misal, sino que va en contra de la misma obra de Cristo en la acción litúrgica: es decir, realiza una obra en contra de la Voluntad de Dios en su sacerdocio. En otras palabras, realiza una obra que es pecaminosa, que no puede llevar a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo, a dar el culto verdadero a Dios.

La liturgia es «el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo»: es Jesús que obra su sacerdocio en la persona del sacerdote. No es el hombre sacerdote que obra algo humano en su sacerdocio. Es la obra de Cristo, como sacerdote eterno, que «realiza la santificación del hombre».

Lo que santifica al fiel, que contempla el lavatorio de los pies, es ver que el sacerdote lava los pies a los varones. Esto santifica al sacerdote, al varón al cual se le lavan los pies, y a toda la asamblea que está presente en ese rito del lavatorio de los pies.

El sacerdote está imitando la misma obra de Cristo: lavar los pies a los varones. Y eso es lo que da santidad al rito y a los que obran el rito.

Y ejercer esa santidad produce «el culto público íntegro» a Dios. Se adora a Dios, se da culto a Dios, en Espíritu y en verdad, obrando las mismas obras de Cristo, es decir, lavando los pies a los varones, en el rito del lavatorio.

Todo sacerdote, todo Obispo que lave los pies a las mujeres, está diciendo tres cosas:

  1. No hace una obra de Cristo, una obra sagrada, sino una obra humana, natural, profana;
  2. Deja en sus pecados a los hombres: nada profano salva, santifica. No hay gracia de conversión, no hay gracia de santificación…;
  3. Se da culto falso a Dios; en otras palabras, se da culto al demonio en ese rito. En otras palabras, se obra un pecado.

Es pecado de idolatría, contra el primer mandamiento de la ley de Dios, lavar los pies a las mujeres.

¡Qué pocos entienden este pecado!

La liturgia es una acción sagrada con el único fin de adorar a Dios en lo que se hace.

Quien abaja la liturgia a una acción humana, como es la de lavar los pies a las mujeres, ya no persigue la adoración de Dios, el culto verdadero a Dios. Sólo persigue un nuevo culto. Y quien no da culto a Dios, cae en la idolatría.

Dos años contemplando este pecado de idolatría de Bergoglio.

¿Por qué cae este hombre en este pecado? Sólo hay una razón: su orgullo.

Ahí están las leyes humanas, ahí está la Palabra de Dios, ahí está todo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que enseña a lavar los pies a los varones.

¡No hay excusa para el pecado de orgullo y de idolatría de Bergoglio!

Él lava los pies a las mujeres sólo porque le da la gana. No hay una ley, una norma en que pueda apoyar su obra humana y perversa en la misa. No existe esa norma.

Bergoglio se inventa su liturgia: es decir, hace una obra de teatro en el lavatorio de los pies. No hace una obra sagrada, no imita a Cristo en su obra, sino que se dedica a una cosa: a agradar a los hombres.

El problema de esto no es el orgullo de Bergoglio, sino otra cosa mucho más abominable en su persona.

¿Qué entiende Bergoglio como pecado?

Veámoslo en el nuevo libro que ha regalado hace poco:

«Por qué confesarse: ¡Porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio» (Custodia el Corazón)

Tienen que contemplar la maldad de la mente de Bergoglio.

El pecado, para el católico verdadero, es una ofensa a Dios, por la cual se desobedece una ley de Dios, un mandato divino que Dios da al hombre. El pecado es desobediencia a una ley de Dios, no a una Palabra de Dios. No se desobedece el Evangelio, sino una ley que el Evangelio, la Palabra de Dios, enseña a cumplir para no caer en el pecado.

Bergoglio está en la idea protestante del pecado: el hombre peca si va en contra del Evangelio. Es la fe fiducial: el hombre se salva si cree en el Evangelio. El hombre se condena si no cree en el Evangelio.

La fe católica pone la salvación del hombre en la gracia, que actúa por la fe en la Palabra de Dios. La gracia es salvación. Estar en gracia es estar en camino de salvación. Estar en pecado, es decir, estar sin gracia, es camino de condenación.

Bergoglio entiende el pecado como un pensamiento y una obra en contra del Evangelio. No entiende el pecado como un pensamiento y una obra en contra de la ley Eterna de Dios.

¡Vean la maldad de este personaje!

Bergoglio enseña que hay que obrar lo que está en el Evangelio para no pecar. Por lo tanto, está enseñando a lavar los pies a los varones. Eso es lo que está en el Evangelio. Eso lo ven todos, incluso el mismo Bergoglio.

Con la boca, Bergoglio enseña a lavar los pies a los varones en el rito del lavatorio de los pies.

Pero con las obras, Bergoglio enseña otra cosa: él lava los pies a las mujeres. Hoy, jueves, 2 de abril del 2015, Bergoglio ha lavado los pies a seis mujeres, que eran reclusas.

Lo que predica con su boca no es lo que obra con sus manos.

¿Por qué, Bergoglio, enseñas lo que no obras?

¿Por qué no obras, por qué no lavas los pies a los varones, si eso es lo que enseñas en tu libro?

¿No es, para ti, pecado hacer una obra en contra del Evangelio? ¿No es lavar los pies de las mujeres una obra en contra del Evangelio?

Entonces, has pecado, Bergoglio. Pero no eres capaz de reconocer tu mismo pecado, porque no reconoces tu misma palabra.

Bergoglio no cumple su palabra. Habla por hablar, para quedar bien con todo el mundo. Escribe un libro para estar en el salón de la fama, para decir que es católico. Después, obra siempre el pecado. Y no se arrepiente nunca de su pecado.

¿Ven la maldad?

¿Quién puede confiar en la palabra humana de Bergoglio? Nadie. Bergoglio siempre realiza una obra contraria a lo que predica, a lo que habla, a lo que escribe.

Esto revela que el alma de Bergoglio se ha acostumbrado, desde siempre, desde pequeño, a hacer su propia voluntad. Nunca se sometió a una ley, a una norma, a una doctrina inmutable. No importa lo que diga, hable, Bergoglio siempre va a realizar lo que a él le da la gana.

Cuando esto lo hace un hombre que es líder, que es cabeza de un gobierno, entonces se produce la dictadura, la anarquía y la tiranía desde ese gobierno.

El fariseísmo de Bergoglio es muy claro. Su hipocresía es manifiesta. Su relativismo está en toda su doctrina. Y es una pena que los católicos sigan ciegamente a este hombre sin verdad.

¿Qué leen los católicos al leer un escrito de Bergoglio? ¿Qué cosa disciernen?

¿No son capaces de ver la herejía de este hombre?

¿No son capaces de llamarlo por su nombre? Es un hipócrita: dice una cosa y obra lo contrario. Está engañando a toda la Iglesia. ¿No ven esto los católicos? ¿No ven esto la Jerarquía de la Iglesia?

Por supuesto, que sí se ve.

Pero ya no interesa ponerse en la Verdad, luchar por la Verdad, porque Bergoglio les da de comer a todos.

¡Ay de aquel que se oponga, claramente, a Bergoglio! ¡Pobrecito!

Han hecho de Bergoglio un pastor ídolo: lo han puesto en el salón de la fama del mundo.

Bergoglio es aplaudido por la gente más pervertida que tiene el mundo. Es un dios para toda esa gente.

Y los católicos que no disciernen nada, son más culpables que mucha gente del mundo.

Porque los católicos tienen la verdad, y toda la verdad. Luego, no hay excusa para seguir obedeciendo, atendiendo, a la mente de Bergoglio. No hay excusa.

Aquel católico que se ponga en la verdad tiene que tener IRA SANTA contra Bergoglio, y contra toda la Jerarquía y todos los fieles que están con él.

Lo que se ve en el Vaticano no es la Iglesia de Jesús. Es otra iglesia. La llaman como quieran. Pero no es la Iglesia que fundó Jesús en Pedro. Y es obligación de los católicos verdaderos combatir a esa iglesia falsa si quieren seguir en la verdad.

Si quieren, sin embargo, bailar con el demonio, entonces deben apuntarse al juego del lenguaje humano: decir una cosa y obrar otra. Éste es el camino de todo falso profeta: el engaño con la palabra para, después, obrar lo contrario a lo que se dice.

En otras palabras, es darle a la gente lo que quiere escuchar. Así se ganan prosélitos para la nueva y falsa iglesia. Hay que hacer obras que contenten a los hombres. Se habla de Dios, de muchas cosas bonitas, pero eso no importa nada. Porque todo es un relativismo: que cada cual lo entienda como pueda y quiera. La fuerza de la herejía no está en las palabras, sino en las obras. Son las obras las que mueven al mundo. Y en eso es maestro Bergoglio: maestro en hacer estas obras, que agradan a todos, menos a Dios.

Bergoglio es el pastor ídolo:

«¡Ay! del Pastor, que es ídolo y abandona al rebaño: la espada sobre su brazo, y sobre su ojo derecho: que quede seco su brazo, y se obscurezca su ojo derecho» (Zac 11, 17).

Bergoglio es el pastor que no cuida de las ovejas abandonadas. Ahí está, sentado en la Silla que no le pertenece, que ha usurpado con la ayuda, con la astucia de los hombres, que sólo permanecen en la Iglesia para cumplir su negocio en la vida. Bergoglio cuida su negocio en la Iglesia, pero no cuida al Rebaño. Desprecia las almas y, por tanto, desprecia su misión como Obispo en la Iglesia.

¿Para qué lava los pies a las mujeres? Su negocio, su gran negocio en la Iglesia: ¡Cuánto dinero traen los pobres!

Bergoglio está usando el rebaño como quiere; lo está empujando donde ellos lo desean: hacia la vida del protestantismo y del comunismo. Hoy las personas quieren vivir en su pecado y buscar, en su vida social, una obra común para que todos los hombres los tengan como justos en sus vidas de pecado. Un rebaño sin amo, sin cabeza, que es alimentado con la comida del pecado y de la lucha de clases.

Esas mujeres, a la cuales Bergoglio lavó los pies, ¿se van a convertir?, ¿van a dejar sus pecados?, ¿han encontrado el camino de santidad en ese lavatorio?

Bergoglio no convierte a nadie; Bergoglio no enseña lo que es el pecado; Bergoglio sólo muestra el camino de condenación a todas las almas.

Bergoglio nubla el pensamiento de las almas y les hace olvidar el bien divino, la ley eterna de Dios, corrompiendo sus inteligencias humanas con doctrinas malditas, con un magisterio de herejía, el cual no puede pertenecer a la Iglesia.

Todos los que siguen a Bergoglio como su papa se hacen esclavos de su mente humana, y ya no quieren ser libres para buscar la verdad: han renunciado a la verdad, que es la única que libera al alma, la única que da la libertad que ningún hombre puede poseer en su naturaleza humana: la libertad del Espíritu, la propia que tiene Dios, que está en la vida de Dios.

Renuncian a esa libertad espiritual, para ser empujados, literalmente, hacia el matadero: trabajan para Bergoglio en su fin lleno de pecado hacia toda la humanidad.

Bergoglio ha querido el cargo de Pedro para llenar estómagos de los pobres, para justificar con leyes oficiales los pecados de los pecadores, para llamar a una iglesia universal, ecuménica, a todos aquellos que no tienen fe verdadera, y para organizar un gobierno global que sea el adalid de su falsa adoración a su falso dios.

Desde hace 50 años, los pastores de la Iglesia han alimentado al rebaño con la grosura de un alimento putrefacto en su esencia: han ofrecido una doctrina que no es la católica. Es sólo un cúmulo de herejías bien puestas en un lenguaje humano atractivo al pensamiento del hombre.

Es la herejía del lenguaje humano, que triunfó en toda la Jerarquía, incluso entre los más perfectos. Son muy pocos los que se salvan de la quema de ese lenguaje humano. Son muy pocos los que saben discernir el verdadero magisterio de la Iglesia de las innumerables enseñanzas que muchos pastores han ofrecido, y que sólo son fábulas que convierten la Iglesia en un erial.

Lavar los pies a las mujeres es sólo una fábula más. ¡Cuántos creen en esta fábula! ¡Cuántos justifican esta fábula! ¡Cuántos defienden a Bergoglio por hacer lo que hace, por sus obras, no por sus palabras!

El oficio de Pedro es apacentar los corderos de Cristo: «Apacienta Mis Corderos». Y Pedro tiene dos poderes: el del amor y el de la justicia. Y hay que usar los dos en la Iglesia.

El poder del amor no sirve en aquellos hombres, que parecen buenos en lo exterior de sus vidas, pero que son demonios encarnados, con un corazón de piedra.

Si la Jerarquía de la Iglesia no castiga los pecados de las almas, tanto de los fieles como de la propia Jerarquía, de tantos sacerdotes y Obispos desviados de la verdad del Evangelio, entonces esa Jerarquía se hace cómplice del pecado, porque tiene miedo de llamar por su nombre al pecado que hay en muchos.

Hay que bramar contra los pecados de muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia.

Hay que tener una ira santa contra el pecado y el pecador, para que el mundo sepa que existe la justicia divina, que el mundo sepa que hay otra medida para medir lo que los hombres obran diariamente en sus vidas.

La Jerarquía representa la Justicia de Dios. Y hay que hablar en nombre de esa Justicia.

Hay que decir claramente que la doctrina de Cristo, que el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, no ha cambiado; porque una es la ley Eterna de Dios; uno es Dios; sólo existe un Dios; una es la Iglesia que Él ha fundado…Y, por lo tanto, hoy como ayer, el pecado sigue siendo pecado.

La Jerarquía tiene que seguir enseñando que Dios ordena no robar, no fornicar, no matar…Y esto es lo que la Jerarquía ha olvidado enseñar. Pero es maliciosa en su olvido. Quiere olvidar. Prefiere olvidar. Porque ya no le interesa el rebaño.

Ahora construyen sus frases ingeniosas para no hablar del pecado: como Dios no quiere que haya pobres, entonces hay que dedicarse a sacar de la pobreza a los pobres…Bergoglio es bueno, la curia es la que está corrompida….Cada uno construye sus frases….Cada uno defiende su parcela, su territorio en la Iglesia….Pero nadie defiende la Verdad en la Iglesia. Nadie.

Todos aplauden el pecado de orgullo y de idolatría de Bergoglio en el lavatorio de los pies. A nadie le interesa la verdad.

Todos tienen puesto su mirada en su ídolo: Bergoglio.

Buscáis a Bergoglio no porque veáis en él a Cristo, una obra sagrada; sino porque os da de comer. Os da lo que queréis ver y obrar en vuestras vidas.

¡Quedaos con vuestro ídolo!

Ese maldito sólo se merece el desprecio de todos los católicos. Y eso es ponerse en la verdad. Lo demás, es seguir a ese maldito y condenarse.

Francisco no es más que lo que se ve

siyonofuera

Francisco no es más que lo que se ve, es decir, un hombre pervertido en su inteligencia humana, idealista, mundano, profano, vividor de su orgullo, fornicario de las mentes de los hombres, con una boca que siembra tempestades, con un corazón lleno de odio hacia todos los hombres, con una mente propia de un loco.

Francisco no tiene ninguna vida espiritual. No tiene unión con Dios. Vive su vida, como a él le da la real gana. Y, después, habla un poco de todo, pero sólo para calentar el ambiente, para entretener a la masa, para desviar la atención de lo que otros están haciendo en la oscuridad.

Francisco habla y nunca dice nada. No hay una verdad cuando habla. Habla para hacer ruido, pero deja un vacío a su alrededor, propio de almas que están en la vida porque tienen que estar. A Francisco le ha tocado la lotería con la Silla de Pedro. Y ahí está divirtiéndose de lo lindo, gastando su premio, derrochándolo, para acabar como un idiota ante la Iglesia y el mundo. Porque es así como todos los ven, pero nadie se atreve a decirlo, por el respeto humano, por el qué dirán, porque la gente, hoy día, sólo vive haciendo caso a sus sentimentalismos baratos y le sienta mal escuchar que Francisco es un idiota. Y es lo que muchos piensan en su interior, pero, claro, les da cargo de conciencia porque no tienen la libertad del Espíritu y no saben llamar a un idiota cuando hay que llamarlo.

Esto es Francisco: no es más que lo que se ve, con un interior vacío de toda Verdad, pero lleno de la mente del demonio para engañar a todo el mundo con palabras baratas y blasfemas. Francisco es (citas tomadas de su Evangelium Gaudium: la alegría mundana de la palabra del demonio):

• un hombre simplón: “Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de pasar un buen día” (Pg. 6)

• que no busca la conversión de las almas, sino su unión en la mentira: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» (Pg.15).

• que su gloria es el mundo, su tiempo es para encontrar la alegría en el mundo, pero no para predicar a Cristo Crucificado. Hay que marcar el tiempo de la alegría profana, pero no el de la Cruz, no el del sufrimiento, no el del despojo de todo lo humano. La evangelización se marca con la Cruz, no con un beso y un abrazo: «En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría” (Pg.3)

• un hombre que no sabe lo que es la alegría del corazón, porque no llama a las obras de la tecnología como las obras del pecado, que sólo engendran placer pecaminoso, incapaz de dar la alegría al hombre: «La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (Pg.8).

• un personaje que no sabe hablar del amor, sino de la vida. Quien da amor da vida, pero quien da vida encuentra muerte a su alrededor. Jesús amó hasta el extremo y, por eso, dio su vida. Pero este burlón de la vida, sólo quiere crecer de cualquier manera en la vida, buscando sólo lo social, lo común, lo mundano, la fama, la gloria de los hombres. Y no se da cuenta de que está madurando para el infierno. Quien no se da a Dios no puede darse al otro: «La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Madura a la vez que nos damos a los otros» (Pg.10).

• un hombre que no sabe que Jesucristo vino a hacer la Voluntad de su Padre, que sólo se puede obrar en la Cruz del Calvario, y que, por tanto, no vino a ser creativo, a inventarse una nueva forma de vivir entre los hombres, no vino a demostrar su sabiduría humana, sino a obrar la sabiduría eterna, la que no cambia, la que no inventa, la que no crea nada nuevo: «Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina» (Pg.11).

• Y, por eso, se hizo un maldito, se abajó de su rango para demostrar a los hombres que Dios pone un camino en la miseria del pecado a cualquier hombre que reconozca su pecado ante el Verbo Encarnado. Jesús no se hizo pobre. Jesús se humilló y escondió la riqueza de su divinidad para enseñar al hombre a caminar en la pobreza de su mente, en el despojo de su inteligencia humana, en la cruz de su voluntad propia. Dios no tiene preferencias sobre los estómagos vacíos. Dios ensalza a los humildes de corazón, a los que tienen temor de Él. A los demás, sean pobres o sean ricos, les da un manotazo en sus soberbias: «El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre» (Pg.155).

• un hombre que ha anulado el poder divino por su ambición de poder humano: «Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado» (Pg.29).

• y que le urge descentralizarlo todo para poner el fundamento de la división y el cisma en toda la Iglesia. Los Obispos son nada en la Iglesia sin la Voz del Papa, sin la obediencia al Vicario de Cristo. Como Francisco no es Papa, entonces todos en la Iglesia están con un poder humano para hacer los que les da la gana. Y eso hay que llamarlo, en el lenguaje de un necio, sana descentralización. Es el lenguaje que usan para no decir: somos los nuevos inquisidores de Roma y estamos en todas partes. Ya no acudan a Roma para resolver nada. Nosotros somos los cabecillas de la nueva revolución comunista en cada parroquia, en cada diócesis porque tenemos el poder que un idiota nos ha entregado: «No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización» (Pg.16).

• un hombre, que no sabe ser Obispo, sino un lobo que acecha a todas las ovejas, las investiga, está atento a cualquier cosa para devorarlas con su mente de iniquidad. Un Obispo que no sabe dar a la Iglesia la Voluntad de Dios. Un Obispo que no sabe enseñar las virtudes de la fe, esperanza y caridad, porque vive escuchando las necesidades del pueblo, sin hacer caso de los intereses divinos y celestiales. Un Obispo que se ha creído humilde y pobre, porque viste como un idiota, porque se sienta con la gente que come su almuerzo, porque se tira fotos con los católicos tibios que van a aplaudir a un subnormal como jefe de su iglesia. Un Obispo que se queda atrás en el camino para que las almas no pierdan la senda de la condenación, que ayuda a todos a condenarse y a bailar con el demonio mientras pasan la vida en sus grandes asuntos humanos: «El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados» (Pg.28).

• que no sabe lo que es evangelizar a Cristo, no sabe lo que es dar la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Cruz, sino que sólo le importa abrir su bocazas para irradiar humanidad: «Los evangelizadores tienen ‘olor a oveja’ y éstas escuchan su voz» (Pg.22).

• y, por tanto, está urgido a predicar lo que otros quieren oír, para engañarlos en la vida del mundo, en la tibieza de lo espiritual y en la condenación eterna: «El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar» (Pg.122).

• un hombre que vive la empresa económica y política de sus pobres en su nueva sociedad: «Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos» (Pg.157).

• que no ha comprendido que el Evangelio es para salvar y santificar el alma, no para llenar estómagos, ni para saldar cuentas económicas, ni para vivir la estructura de una política de masas, invocando el estúpido bien mundial. La fe y el comunismo es la atadura del modernismo para fundar una iglesia de pecadores y de pervertidos sexuales: «Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos» (Pg.41).

• un hombre, que ha sido llamado por el demonio para crear una comunidad de gente sin moral, de almas sin virtud, de corazones llamados a obrar las mismas obras de Satanás en la Iglesia. Gente que sólo quiere conquistar el mundo, pero que no le interesa conquistar el Cielo. Gente que no se apoya en la seguridad del dogma, sino en el viento de su lenguaje humano, lleno de relatividades y sentimentalismos: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (Pg.41).

• un hombre que hay que recordarle que el Sacramente de la Penitencia es para impartir Justicia, no Misericordia. Porque si no se juzga al pecador y a su pecado no hay Sacramento. Un hombre que convierte la gracia de la confesión en una charla psiquiátrica para darle al otro aquello que más le conviene en su estúpido sentimiento humano. En la confesión hay que estimular al penitente a nunca más pecar, a odiar el pecado, a que trabaje para quitar su maldito y negro pecado de su absurda vida: «A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible» (Pg.38).

• un hombre, que anulando la Justicia, y poniendo como camino la Misericordia mal entendida en su estúpido razonamiento humano, hace de la Eucaristía el lugar del sacrilegio perpetuo y la ocasión para que las almas, que no saben discernir la vida espiritual, queden en manos del demonio y vayan contentas al infierno al ganarse el premio de la condenación: “Y tampoco las puertas de los sacramentos deben cerrarse por una razón cualquiera (…) La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Pg.40).

• un hombre, que al no cerrar las puertas del pecado, las abre para que entre todo el infierno en las comunidades de la Iglesia y sean regidas por cabezas llenas de herejías y de cismas: “Pero hay otras puertas que no se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad”. (Pg.40).

• un hombre que se rasga las vestiduras porque hay gente que muere de hambre en las calles y no llora de dolor por los innumerables pecados de toda la Jerarquía de la Iglesia, que constantemente crucifica a Cristo en el Altar, cuando consagran. Un hombre que establece una paridad: el hambre y la economía. Hay hambre porque los hombres se dedican a sus negocios. Un hombre, inculto de la vida espiritual, que no sabe que el hambre y la avaricia sólo tienen un denominador común: la falta de fe en la Providencia Divina. Porque nadie sigue este dogma, esta Verdad Absoluta, por eso, los hipócritas, como Francisco, se dedican a luchar por sus pobres, juzgando a los ricos y condenándolos por su riqueza. La noticia es la falta de fe en Cristo Jesús, en su doctrina, no el hambre ni las crisis económicas: «No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa» (Pg.45).

• un insensato que ha puesto la búsqueda de la verdad, el sentido de la vida en el otro, no en Dios: «Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien» (Pg.9).

• porque no ha comprendido que «todo es vanidad», que los bienes terrenos no son de nadie, sino de Dios. No pertenecen a los pobres. Que estamos en esta vida para expiar nuestros pecados haciendo limosnas, pero que no estamos en esta vida para llenar estómagos ni para contentar a ningún hombre en la tierra. ¿Para qué acumulas riquezas? ¿Para dárselas a los pobres? Entonces, no has comprendido el Evangelio: atesora para Dios, no para los pobres: «No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos» (Pg.49).

• un hombre sin fe, que no sabe lo que es la vida de una parroquia llevada por el Espíritu de la Iglesia, sino sólo encauzada en el espíritu del mundo: «La parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos» (Pg.26).

• que quiere solucionar los problemas sin inteligencia divina, acudiendo a la sabiduría humana, a los caminos de los hombres, a las vidas mundanas y profanas. Sólo le interesa su dinero y su política en la Iglesia: «Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (Pg.164).

• un hombre de poco seso, que no sabe de lo que habla, que anula lo privado para poner el camino del comunismo: «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero» (Pg.163).

• que habla de una moral aislada como raíz de los problemas del mundo, pero no habla de la conciencia aislada de la norma de moralidad. Los hombres viven sin moral, aislados de Dios, ya no creen en la Verdad Revelada, por lo cual el gran riesgo del mundo actual es que se olvidó de que existe el pecado como ofensa a Dios, que es la raíz de todos los problemas, que es lo que destruye la sociedad, la familia, el mundo: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada» (Pg.3).

• que no sabe lo que es el hombre en su pecado, en su miseria espiritual, un sacerdote de escritorio, que no ha conocido lo que es ser misionero allí donde los pobres aman su pobreza y no quieren salir de ella por su falta de fe y de caridad hacia Dios y hacia los demás hombres: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse» (Pg.8).

• que no ha aprendido a seguir la Gracia, ni a ser fiel a Ella ni, por tanto, a perseverar en el amor de Dios. Sólo aprendió a medirlo todo con su inteligencia humana, haciendo de la Iglesia un problema social, un lugar donde se lucha por los derechos humanos e injusticias sociales.: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas» (Pg.41).

El que habla exigiendo que no se controle la gracia, es el que quiere controlarlo todo con su mente del demonio. Así habla Francisco, haciendo de la Iglesia un hospital de idiotas, de subnormales, de gente estúpida, que no ha comprendido lo que es la vida de unión con Dios. Gente que se dedica a todo en la Iglesia, menos a adorar a Dios. Cada uno adora su idea que tiene de Dios, su lenguaje que usa de Dios. Pero no ponen sus orgullos en el suelo, ni pisan sus inteligencias humanas y se han creído los más importantes hombres de la Iglesia. Y son sólo paja que el viento de la Justicia se los va a llevar muy pronto.

Esto es Francisco: un hombre simple, sin seso, sin cultura, sin dos dedos de frente, que está lleno de una terrible ambición de poder.

Francisco: un destructor de la Iglesia

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Desde que Francisco se sentó en la Silla de Pedro, que ha usurpado, ha dado al mundo y a la Iglesia un torrente de herejías, blasfemias, doctrinas ofensivas, contradictorias, marxistas, llenas de imprecisiones teológicas, con un alto índice de ignorancia en todos sus escritos.

Francisco es el que destruye la Verdad Absoluta y vive su vida con verdades relativas, verdades que agradan a todos los hombres, menos a Dios.

Francisco es una bala perdida, que hace daño a cualquiera, que va dirigida sin norte, sin camino, sin precisión, con el solo fin de hacer ruido y destrozar.

Francisco es una fuente constante de preocupación y de vergüenza atroz para todos los auténticos católicos, que vemos en la Tradición de la Iglesia y en Su Magisterio, el orden divino que el Señor ha querido en Ella, para salvar las almas del mundo, del demonio y de la carne.

• Francisco lleva las almas al mundo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG – n.2).

1. La vida interior debe estar siempre clausurada, por su misma definición. No es una vida exterior, para el hombre, para el mundo. Es la vida para el alma. Y sólo para el alma. Quien siga esta doctrina sin sentido, pierde la fe, la esperanza y la caridad. Quien no vela para santificar su propia alma, no puede nunca salvar ni santificar las almas de los demás. Quien no se refugia en el desierto de todo lo humano, quien no se separa del mundo y de los hombres, quien no vive buscando sólo a Dios en su vida, entonces las obras que hace en la Iglesia y en su vida particular son siempre del demonio.

2. Quien tiene vida interior sabe ocuparse de todas las cosas: el prójimo, los pobres, etc.; sabe tener la alegría que da el Espíritu. No tiene la alegría que la palabra amor significa para el hombre. Sabe hacer con la fuerza del Espíritu todas las obras divinas que el Señor le pone en su camino. No tiene el entusiasmo mundano, profano, que Francisco predica en todo su evangelium gaudium, un escrito que sólo sirve para limpiarse el trasero, pero no para tener fe ni practicarla.

3. No clausures tu vida interior, sino que vive tu espiritualidad para los demás: esto es el populismo, marxismo, comunismo, milenismo, etc. La Iglesia tiene que conquistar el mundo. Esto es todo el resumen del pensamiento de Francisco.

• Francisco da a las almas la misma doctrina del demonio : «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifica y festejan» (EG n. 24)

1. Si se niega la vida interior como una clausura, entonces la Iglesia es para la vida exterior, no es para la vida interior, que es lo que primero quiere el demonio; que el alma esté en todos los problemas del mundo y viendo multitud de soluciones.

2. Al no existir vida interior, la Iglesia es una comunidad: no es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, no son almas que siguen a Cristo y que están unidas místicamente unas a otras en el Espíritu de Cristo. Se niega el Espíritu de Cristo y la unión mística entre las almas y Cristo. Y se pone un conjunto de hombres, un pueblo, un grupo de amigos, que cada uno piensa lo que quiere y obra como quiere.

3. Esta comunidad son un grupo de hombres que se dicen discípulos y misioneros: discípulos de la mente de los hombres; y misioneros de las obras de los hombres. Es decir, es una comunidad de hombres, que piensan como los hombres, que viven para las ideas, las razones, las filosofías, las teologías que otros les dan; y que sólo obran lo que piensan: obras, voluntades, caprichos, deseos humanos.

4. Y son un grupo de ineptos que

I. primerean: es decir, «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y lega a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (EG – n. 24). Es claro ver, cómo Francisco, en esta frase, ha perdido el juicio.

a. Si es Dios quien ama primero, entonces el alma no tiene que hace nada. Dios, en ese amor, le indica al alma lo que tiene que realizar. Luego, no hay que tomar iniciativas, no hay que ir al encuentro de nadie, no hay que buscar a los lejanos, no hay que reparar, sanar, las enfermedades de nadie.

b. La vida espiritual no es para adelantarse al Espíritu, sino para seguir al Espíritu.

c. Esta forma de hablar de Francisco, este su lenguaje humano, revela, al que tiene vida espiritual, que este hombre no tiene ninguna fe en nada. Los demás no captan la idiotez de esta frase: Francisco es un estúpido en su pensamiento humano: hay que salir, hay que tomar iniciativas, hay que resolver problemas, hay que moverse, etc. Esta estupidez es fruto de su necedad: no hay que clausurar la vida interior. Y el estar dando vueltas a esta estupidez, hace de Francisco un idiota. Y un idiota es el que ha perdido el juicio, el que no tiene dos dedos de frente.
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II. Se involucran: «Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos» (Ibidem): esta es la ceguera más total de Francisco.

a. Un hombre sin discernimiento espiritual: como Jesús lavó los pies, entonces todo el mundo a lavar los pies de los demás. Francisco ha roto la Verdad Evangélica y obra la verdad que tiene en su pensamiento humano. Ha anulado la Verdad Absoluta, el dogma del lavatorio de los pies, para poner su verdad relativa, que agrada a todo el mundo, pero que es un pecado de sacrilegio. Y lo comete convencido que es una obra santa y virtuosa: «Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

b. Es su ceguera total. Es su condenación en vida: Seréis felices si laváis los pies a todo el mundo. Seréis santos, justos, hijos de Dios, cometiendo un pecado. Francisco tuerce el Evangelio, interpreta como quiere las Palabras del Señor, y ofrece al alma una doctrina del demonio: una mentira, un error, una confusión, un engaño. Hay que hacer obras y gestos que agraden a los demás, que quiten distancias entre los hombres: hay que darle al hombre lo que el hombre quiere. Puro humanismo. Puro sentimentalismo. Pura idiotez de vida. No practiques las virtudes con el prójimo, sino que pon en práctica las ideas que más te unan al otro, que más te acerquen a la vida del otro, que más te lleven a entender al otro. Porque, claro: hay que tocar «la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

c. Si has llegado hasta aquí, leyendo, y no te sale decir a Francisco: hereje, cismático, maldito, idiota, estúpido, loco…es que estás con Francisco, es que lo defiendes, es que luchas en la Iglesia por estas ideas totalmente contrarias al Evangelio, a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, y a lo que todos los santos han vivido.

d. La carne sufriente de Cristo está en la Eucaristía. Y en nadie más. Y decir eso, que este hombre proclama siempre, es decir, no sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo: es el pueblo el que sufre, no es Cristo el que sigue sufriendo místicamente en cada alma. No es Jesús, que vive en la Gloria de Su Padre, pero que sufre, realmente, pero de manera mística, todavía. No, son los hombres. Pobrecitos los hombres, cómo sufren. Lloremos por los hombres. Vivamos para tocar los sufrimientos de los hombres. Y toda esta bazofia de Jerarquía y de fieles que piensan así, no se dan cuenta que mientras exista el pecado en este mundo, existe la Cruz de Cristo y todos los dolores místicos de Jesús y de María. Y, por tanto, los dolores de la humanidad no valen nada, no sirven para nada, no son camino para dar una felicidad a los hombres si se quitan. Como hoy toda la Jerarquía ha pedido la fe, entonces predican la teología de los pobres, el ecologismo y las idioteces que cada uno encuentra en su estúpida cabeza humana.

e. Y tiene que llegar a decir, como Francisco: «Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz». No tengas olor a Cristo, sino olor a hombre. Que los demás te vean mundano, profano, carnal, materialista, vulgar, plebeyo, naturalista, cósmico, ecológico. Pero no huelas a castidad ni a humildad, ni santidad, ni hagas en tu vida la Voluntad del Padre. Te voy a enseñar lo que hay que hacer en la Iglesia: sé un hombre; sé como un hombre; piensa como los hombres; vive como ellos, obra como ellos. Y, entonces, los hombres escucharán tu voz. ¡Qué barbaridad lo que está escrito en esta basura del Evangelium gaudium!. Hoy la gente es una ignorante de la vida espiritual, y dice que esta bazofia es doctrina católica. ¡Por favor! Da pena cómo están tanta Jerarquía que sigue defendiendo los escritos de Francisco como si fueran una obra llena de sabiduría divina. Es que Francisco no dice una sola cosa de la Tradición. No enseña ninguna cosa del Magisterio. No ofrece el Evangelio, sino que le quita y añade sus palabras humanas para presentar un libro de fábulas a la Iglesia. Esto es su evangelium gaudium: un libro de fábulas, un cuento chino para entretener a los idiotas como él, es decir, a todos los que le obedecen, le siguen, le respetan, le hacen la pelota y se creen santos en sus vidas de herejía y pecado.
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III. Acompañan: «Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites» (EG n. 24). Tienes que acompañar al budista, al ateo, al musulmán, al evangélico, a Fidel Castro, a Obama, a los terroristas, a los cismáticos, a los herejes, a los ecologistas, a los masones, a los homosexuales, lesbianas, etc… y no maltratar límites. No toques sus vidas, sus pensamientos humanos, sus proyectos, … déjalos vivir a sus anchas, sin juzgarlos. Acompaña la idea del hombre, su obra, su capricho en la vida, su pecado, su herejía. Acompaña a Francisco mientras te predica una herejía: ten oídos atentos a esa herejía. Pero no pongas límites, no lo maltrates con tus juicios. No le digas que es un hereje. Sino que tienes que acompañarlo: tienes que decirle que su doctrina es tradicional católica, vale para la Iglesia y para todo el mundo. Acompaña la idea humana, acompaña al hombre. Espera al hombre, que puede equivocarse, pero no lo corrijas si se equivoca, porque lo que importa, no es la Verdad, sino el hombre.

IV. Fructifican: «La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora».

a. Si se anula la vida interior, entonces Dios no puede producir frutos divinos en las almas. Y, por tanto, el hombre obra sus obras humanas con sus frutos humanos. A estos frutos humanos, se refiere este inepto Obispo.

b. El trigo y la cizaña son dos cosas opuestas: el trigo son las almas que viven para salvarse y santificarse. La cizaña son las almas que viven para condenarse y condenar a los demás. Por tanto, si se ve que la cizaña obra, hay que cuidar el trigo, hay que oponerse a los herejes, hay que batallar contra el mal, hay que alarmarse, hay que despertarse y no creerse salvos ni santos. Si ves que el mal avanza -dice el idiota de Francisco-, no te quejes, no busques profecías alarmistas, no seas negativo, no seas maleducado con los que viven para condenarse, sino que haz tu obra humana: encarna la Palabra.

c. El hombre no tiene que buscar la manera de que el Evangelio se encarne en la vida de los demás. El hombre sólo tiene que predicar el Evangelio. Predicarlo. No imponerlo. Dar el camino de salvación a los demás. No decirle las obras que tiene que hacer en su vida. No llevarle a hacer obras humanas, materiales, naturales, carnales. El hombre de fe señala sólo el camino y deja en libertad para que cada uno elija salvarse o condenarse.

d. Es la Palabra de Dios la que se encarna en cada hombre cuando éste se abre a Su Enseñanza, cuando el hombre pone su mente en el suelo, cuando el hombre pisa su orgullo, cuando el hombre se niega a sí mismo. Y, entonces, Dios penetra con Su Palabra en el corazón del hombre y lo transforma en un ser divino, en un hijo de Dios que sólo busca dar gloria a Dios, no a los hombres.

e. El hombre tiene que vivir su vida para llenarse de enemigos, porque tiene tres enemigos que debe vencer constantemente: mundo, demonio y carne. Y aquel que no viva batallando contra sí mismo, contra los demás y contra el demonio, es un alma condenada en vida, que sólo vive para agradar a los demás y bailar con ellos en sus estúpidas vidas humanas y en las obras idiotas que hace en la Iglesia.

f. Dios sólo libera, Dios sólo manifiesta Su Poder en las almas humildes, no en la humanidad. Dios se cruza de brazos ante los hombres que se creen dioses, como Francisco.

V. Festejan: «Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización».

a. Siervos inútiles somos: una vez que se ha hecho la obra exterior, a esconderse, como lo hacía Jesús, que se iba al monte a pasar los tiempos en oración con Su Padre. Nada de festejos, nada de estar agradeciendo a los hombres. Porque dad gratis lo que habéis recibido gratis. Y el que recibe gratis un don de Dios sólo tiene que agradecer a Dios por ese don y por haber puesto un instrumento dócil para que llegue ese don.

b. Francisco quiere la publicidad del mundo: haz una obra y que todo el mundo la vea, la festeje, hable de ella. De esa manera, se arrastra a las almas hacia las obras de los hombres. Ven las almas que Francisco besa a los niños y quedan maravilladas, quedan con un sentimiento de estupidez ante ese hombre. Se les cae la baba.

Francisco hace bailar a los hombres para una vida carnal, material, natural y humana. Muchas almas quedan cegadas por las obras exteriores de este hombre, que sólo tiene palabras para combatir los males sociales, que sólo habla para convencer al hombre que debe conquistar el mundo, pero que no sabe decir una sola palabra para condenar el pecado del alma, no sabe poner un camino de penitencia a la Iglesia, y no quiere aceptar que sólo se puede dar gloria a Dios, en Su Iglesia, atacando a los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

Para Francisco, los enemigos del hombre son los dogmas, la enseñanza auténtica de la Iglesia y la tradición patrística. En la medida en que se combaten, se va produciendo la ruptura con la Verdad, el aniquilamiento del Amor y la esclavitud a la vida de pecado.

La Iglesia vive, con Francisco, sin Verdad: todo es mentira, error, confusión, ignorancia, en sus escritos, en sus palabras, en sus obras. La Jerarquía y los fieles se han vuelto obtusos para discernir la verdad, y obran cualquier cosa que su cabeza les dice que es bueno hacerlo.

La Iglesia camina, con Francisco, sin Amor: todo es el amor al hombre, del hombre, para el hombre, con el hombre. El Amor Divino se aniquila, desparece, se tritura, se pervierte, porque se da culto a la mente y a las obras del hombre, dentro de la Iglesia.

La Iglesia, con Francisco, está maniatada a la idea protestante y marxista: un cúmulo de errores nacen constantemente de las obras de la Jerarquía que obedece a Francisco. Se vive para pecar y para conseguir un milenismo carnal o evolucionismo de la vida humana.

El grave problema de la Iglesia es Francisco. Y no hay otro problema. Francisco, al no ser Papa, todo cuanto hace es nulo para Dios. Éste es el problema. Gravísimo problema que pone a la Iglesia fuera de la Voluntad de Dios.

Y muchos no han comprendido este problema. Y, entonces, están en la Iglesia mirando a donde mira Francisco, poniendo los ojos en donde no hay que ponerlos, dando atención a lo que no merece ninguna atención.

La Iglesia es Cristo. Los demás, somos nada en la Iglesia. El centro de atención, en la Iglesia, es Cristo, no los pobres, no los hombres, no sus problemas en el mundo. Lo que importa, en la Iglesia, es atender al Corazón de Cristo, no estar pendientes de los sentimientos de los hombres, ni de sus deseos, ni de sus pensamientos, ni de sus necesidades humanas y materiales.

Quien no mira a Cristo mira al hombre, y no puede entender lo que es Dios Padre. Tanto que se habla del Dios creador, de que Dios es Padre de todos los hombres, y nadie sabe buscarlo en Cristo.

Todos yerran el camino queriendo encontrar al Padre en las cosas del mundo, en las ideas de los hombres, en las obras materiales.

«El que Me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?» (Jn 14, 9). Es lo que la gente pide a Francisco: que le muestre, en su protestantismo, en su comunismo, en su ecologismo, a un Dios creador, Padre, que sólo existe en su cabeza humana, pero que no es el verdadero Dios.

Francisco hace que la Iglesia no mire a Cristo, sino al mundo. Y fabrica un dios según su lenguaje humano. Un dios que gusta al mundo, porque no tiene ninguna Verdad Absoluta: está lleno de verdades a medias, de errores sin cuento, de fábulas sin camino, de ignorancias que sólo un loco de atar puede seguir. Es el dios de cada cultura, de cada mente, de cada idea humana.

Si la Iglesia no mira a Cristo no puede obrar la Voluntad del Padre. Y se encuentra en una situación sin salida. El camino es Cristo, no los hombres, no el pueblo de Dios. La dignidad de los hombres, el sentido a la vida humana, se encuentra siguiendo el camino que Cristo ha puesto y que es Él Mismo. Los hombres no tienen que solucionar sus problemas sociales para ser hombres, para vivir con dignidad. No se puede atacar los males sociales sin atacar el pecado en cada alma en particular. Si se hace esto, se produce lo que Francisco ha obrado: la apostasía de la fe. La Iglesia camina en contra de Cristo: ha apostatado de la Verdad, que es Cristo, del Camino, que es Cristo, de la Vida, que es Cristo.

Cristo es tres cosas: Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Camino de la Cruz. Cristo es la Verdad en cada hombre. Cristo es la Vida para cada alma. Y sin Cruz, sin amor a la Verdad, sin las obras divinas, los hombres se pierden en todo el espectro humano.

Sólo se sirve a Cristo crucificando la propia voluntad, para poder hacer la Voluntad de Dios. Sólo se puede obrar esta Voluntad, aceptando como un niño la Verdad, que viene de Dios, que Revela Dios. Y sólo se puede dar la Vida a las almas, una Vida Divina, buscando la santidad, la perfección, en donde no existe el pecado.

Hoy la Iglesia vive en sus caprichos, haciendo lo que le da la gana con el dogma, con la Tradición, con el Magisterio; muchos, en la Jerarquía y entre los fieles, son unos demonios soberbios, orgullosos, que con palabras se dicen humildes, pobres, pero con las obras de sus manos, matan las almas con toda su herejía que viene de su mente. La Jerarquía se ha creído que hay que vivir pecando para agradar a Dios, porque ninguno de ellos cree en el dogma del pecado.

Cristo es el que hace caminar al hombre hacia la Verdad Absoluta. Cristo no da al hombre verdades a medias. Y, por eso, una Jerarquía que no habla claro en la Iglesia no pertenece a Cristo, sino al demonio.

Muchos se preguntan: ¿por qué Francisco no habla claro? Y no saben contestarse. No saben decir: no puede hablar claro porque no es el Papa legítimo. Un Papa verdadero nunca hace lo que hace Francisco; nunca habla como habla Francisco; nunca va hacia el mundo para tenerlo a sus pies, sino que va al mundo para darle una patada.

La Jerarquía de la Iglesia ya no sabe estar en el mundo sin ser del mundo: quiere estar en el mundo sin ser de Cristo, apoyando todas las barbaridades que se dan en el mundo. Por eso, hay sacerdotes que son budistas, evangélicos, musulmanes, que son de todos, menos de la Iglesia Católica.
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Francisco ha perdido la lucidez mental

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La Iglesia es la Obra del Espíritu y, por tanto, no es la obra de ningún hombre.

Todos aquellos que piensan que Cristo murió en la Cruz para que Su Iglesia conquistará el mundo, tienen siempre el error de su humanismo, de su libertad humana, de su mente de hombres que no saben penetrar el Misterio de la Gracia.

Cuando Francisco, en su infame evangelium gaudium habla de «la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio» (EG n. 69), cuando señala que es más importante amar a Jesús que dar su doctrina, que enseñar que la Iglesia que Jesús fundó como columna de Verdad es la única, sólo está señalando su error: su humanismo.

No se vive para conquistar el mundo para Dios, sino para convertir las almas a Dios. Porque el mundo no puede ser ni convertido ni conquistado: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Porque todo lo que hay en el mundo: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sin que procede del mundo. Y el mundo pasa» (1 Jn 2, 2, 15.16-17ª).

Pero Francisco señala su error: «Vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad» (EG n-75).

Francisco no vive a fondo lo divino y, por eso, no puede poner en lo humano, en los desafíos que el hombre tiene, lo divino. Éste es su gran error. Y lo tiene por todas partes, en cualquier predicación, homilía, declaración, porque Francisco es un hombre ciego: sólo ve su humanidad, la luz de su razón. Vive de racionalidad, pero no vive de espiritualidad.

«Vanidad de vanidades: todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?» (Ecle 1, 2-3)

¿Por qué Francisco se dedica en la Iglesia a alimentar a los pobres, a construir hospitales para los viejos, a buscar trabajo a los jóvenes, a hacer la vida más agradable a las mujeres que abortan, a los homosexuales que viven para su lujuria, a los ateos que sólo miran su inicua cabeza? ¿Por qué hace esto, Francisco, si todo es vanidad, si el mundo pasa, si no vale la pena mover un dedo por nadie?

Jesús vino a fundar Su Iglesia. No vino a dar de comer. No vino a hacer un gobierno mundial, no vino a establecer una economía para los pobres, no vino a lavar la cara a las culturas de los hombres.

Jesús no vino a conquistar el mundo. Edifica Su Iglesia en un mundo demoníaco. Pero no construye Su Iglesia para un mundo humano, para un reino temporal, porque «Mi Reino no es de este mundo». ¿Por qué Francisco está en la Iglesia buscando el Reino que Cristo nunca buscó?

Porque ha idolatrado al hombre: da culto, en su mente, a la idea, al lenguaje humano, a los proyectos sociales, económicos, políticos, culturales, de los hombres.

Cuando los hombres se dedican a hablar de los problemas de los hombres, de sus derechos sociales, de sus injusticias, entonces anulan, no sólo la Palabra de Dios, sino la Iglesia.

Francisco llora por sus muertos, que son los hombres:

«Cuando el hombre pierde su humanidad, ¿qué nos espera? Pasa lo que yo llamo en lenguaje común una política, una sociología, una actitud del »descarte». Se descarta lo que no sirve porque el ser humano no está en el centro. Y cuando el hombre no está en el centro, hay algo que sí lo está y el hombre está a su servicio. La idea es, entonces, la de salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Llevar otra vez al hombre al centro» (13 de julio de 2014). Esto se llama la idolatría del hombre.

Cuando el hombre pierde su humanidad, entonces ha ganado el Cielo, lo ha conquistado, porque el hombre que no renuncia a sí mismo no puede ser discípulo de Cristo. Esto es lo que enseña Cristo en Su Palabra. El hombre que sólo se ve a sí mismo, obstaculiza la bendición de Dios sobre su vida humana. El hombre que mira su idea humana, no escucha la voz de Dios en su corazón. Esto es lo que le pasa a Francisco: sordo para oír la Verdad; pero tiene atento el oído para aplaudir el error.

Cuando los hombres dan vueltas a su vida humana, preocupados por tantas cosas, los hombres se pierden en esa vida humana. Cuando los hombres buscan sus providencias humanas, los hombres dejan de recibir los dones divinos. Porque Dios no da nada al hombre que se mira a sí mismo, que no es capaz de levantar sus ojos al Cielo para que las cosas de la tierra no le nublen su entendimiento humano. Dios lo da todo al que mira al Cielo y desprecia la tierra, constantemente.

Hombres ciegos, como Francisco, son la destrucción de toda la Iglesia. Hombres que no han comprendido la Palabra que salva del Evangelio, que libera de la esclavitud del lenguaje humano, para que el hombre posea la misma Mente de Dios y las mismas obras divinas, y tenga la libertad del Espíritu en todo lo humano.

Y Francisco se pregunta: ¿qué nos espera? Es la pregunta de un hombre sin sabiduría ni humana ni divina. Es la pregunta de un patán, de uno que es el juguete de los hombres en la Iglesia: «Sobre el programa sigo lo que los cardenales han pedido durante las congregaciones generales antes del cónclave. Voy en esa dirección. El Consejo de los ocho cardenales, un organismo externo, nace de allí. Había sido pedido para que ayudase a reformar la curia(…). Mis decisiones son el fruto de las reuniones previas al cónclave. No he hecho nada solo por mi cuenta» (texto).

Francisco está en la Iglesia siguiendo lo que los hombres le han dicho: esto es ser juguete del pensamiento de los hombres. Y, por eso, su gobierno horizontal es lo que vino a hacer cuando lo nombraron como falso Papa. Otros querían ese gobierno y, por eso, el Cónclave fue un fraude.

Desde hace mucho tiempo, todo ha sido decidido en la cabeza de unos cuantos hombres de Iglesia, que pertenecen a la Jerarquía maldita, infiltrada en Roma.

Mis decisiones no son mis decisiones: soy un peón del Anticristo. Estoy en la Iglesia siendo el bufón de todos, mientras otros gobiernan la Iglesia por debajo. Yo sólo digo sí a lo que otros mandan en la Iglesia.

Para aquel que tenga dos dedos de frente, verá aquí, en esta frase de Francisco, que él no es Papa.

El Papa legítimo hace callar a todo el mundo y da la Voluntad de Dios cuando habla. Pero esto, a Francisco, por supuesto, que no le interesa, porque él vive para los hombres: hay que vivir a fondo lo humano… No vivas escuchando la voz de Cristo… No seas ingenuo: las cosas importantes en la vida te las dice tu cabecita. Vive a fondo tus ideas y será feliz.

¿Qué se puede esperar de un hombre que escucha a los hombres, que sólo se escucha a sí mismo y es, además, petulante?: «Tengo todavía en la memoria el vivo recuerdo del encuentro del 8 de junio pasado con el Patriarca Bartolomé, el Presidente Peres y el Presidente Abbas, junto a los cuales invocamos el don de la paz y escuchado la llamada a romper la espiral del odio y de la violencia. Alguien podría pensar que ese encuentro fue en vano. ¡Pero no ha sido así!» (13 de julio 2014).

¡Cállate, Francisco, y reconoce tu pecado en ese encuentro! ¡Reconoce que has fallado y eso que vemos ahí es tu obra!¡Esas bombas, esos muertos, son tus obras, que nacen de ese encuentro! Porque no has orado en la Voluntad de Dios. No has dado culto al Dios verdadero, al Uno y Trino. Te has tomado la foto, porque tienes sed de la gloria de los hombres. Por eso, tu encuentro infame en el Vaticano mata ahora a multitudes. ¡Ha sido en vano, Francisco! No quieras, ahora, darte la importancia y excusar tu negro pecado.

¿Qué futuro tiene una Iglesia donde el centro es el hombre?

«Se descarta lo que no sirve porque el ser humano no está en el centro»: Aprende, idiota. Aprende, Francisco, que eres un soberbio y un orgulloso, y que te ciega el amor a los hombres. Se descarta a los hombres porque Dios no está en el centro de la vida de los hombres.

¡Qué tarugo eres, Francisco! ¡Qué supina idiotez es la que te embarga en tu cabeza humana!

Francisco adora al hombre, ¿qué se puede esperar de su gobierno en la Iglesia? Sólo una cosa: la destrucción de todo lo divino, de todo lo sagrado, de todo lo santo.

«Y cuando el hombre no está en el centro, hay algo que sí lo está y el hombre está a su servicio»: ¿qué es lo que pone Francisco, que no es el hombre, en el centro? Francisco ataca a la Verdad: si vives un dogma, ya el que se muere de hambre no es el centro del mundo; si tienes propiedades privadas, ya los otros carecen de muchas cosas que son exigidas por el bien común; si vives juzgando a los otros, ya no puedes amar a los hombres y hacer confraternidad con ellos. Y, entonces, el hombre es esclavo de la gente que vive sus dogmas, esclavo de los personas que tienen su negocio privado, su vida privada… Todo eso hay que quitarlo: lucha de clases: nada de Jerarquía, de órdenes. Hay que buscar la armonía del Universo, poniendo al hombre en el centro.

Francisco se carga todo lo sagrado.
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Un ejemplo: la pelotita en el Sagrario. Esa fue su ofrenda a la Virgen: una camiseta conmemorativa de la Jornada Mundial de la Juventud y una pelota hinchable. Un gesto que es un sacrilegio, una profanación del lugar santo. ¿A qué hombre, lleno del Espíritu Santo, se le ocurre poner una pelota al lado del Santo de los Santos? ¿En qué cabeza cabe esta acción? En la cabeza del idiota de Francisco.

El sagrario es la Tienda Santa del Señor, donde el Señor se revela a Sí Mismo como Dios. Y todo lo que rodea al Sagrario debe conducir a la adoración y al culto al Señor: es el lugar para orar. Es un desierto en que nada de lo humano entra, nada profano, porque se está en la Presencia del Señor. ¿Qué hace una pelotita en un lugar sagrado? Es un sacrilegio. Es un pecado más de Francisco, que él no lo ve como pecado, sino que lo obra porque, en su mente, no existe Jesús en el Sagrario: él no cree en la Eucaristía y, por eso, comete un pecado mayor de sacrilegio: una profanación del lugar sagrado. Un Obispo no puede permitir nada profano en los Sagrarios. Y él lo quiere porque vive su humanidad. Y no ha comprendido que la Virgen no quiere sus obras humanas. No quiere esas ofrendas. Quiere un corazón humilde y desprendido de todo lo humano. Y eso Francisco no sabe dárselo y, por eso, le da una camiseta y una pelotita.

Francisco es un hombre de gestos heréticos, destructivos, cismáticos e idolátricos. A la gente del mundo le encantan estos gestos y dicen que, con ellos, Francisco tiene credibilidad. Y es al contrario. Ahí se ve su nada de autoridad, su estúpido poder humano, su necia sabiduría. Estás en la Iglesia, ¿para esto? ¿Para hacer marketing? Después de tu viaje a Brasil, después de predicar tu comunismo y tu protestantismo a los jóvenes, ¿te tomas la foto, en tu gran soberbia de oración, creyéndote a ti mismo que has hecho lo que Dios te ha pedido en ese viaje, para poner en el Altar una triste camiseta y un balón profano?. No tienes nada que hacer sino sólo sacarte la foto, porque estás sediento de la gloria del mundo. Que todos vean que doy gracias a la Virgen por el viaje tan maravilloso que he hecho predicando mis vergüenzas ante todo el mundo.

¿Por qué cae, Francisco, en este pecado de sacrilegio y profanación? Por su idolatría del hombre: «La idea es, entonces, la de salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Llevar otra vez al hombre al centro».

Esta es toda la locura de Francisco. Y, muchos, en la Iglesia obedecen a este loco. Hay que salvar al hombre para que vuelva al centro. Está loco de remate. Francisco se ha vuelto loco.

Cristo salvó al hombre de ponerse en el centro de su soberbia y de su orgullo. El centro es Dios, no el hombre. El hombre, en su pecado, se puso en el centro de todo. Cristo quitó al hombre del centro. Y se puso Él en el centro, porque es Dios.

Francisco pone al hombre en el centro. Para eso está en la Iglesia. Entonces, Jerarquía que obedecéis la mente de un loco, que pone al hombre en el centro, ¿no os dais cuenta de que ya no adoráis a Dios sino a la mente loca de ese hombre? ¿Qué hacéis en la Iglesia? Lo mismo que ese loco: su negocio comunista, su idolatría protestante y su orgullo masónico.

Fieles, que seguís a un idiota, que pone al hombre en el centro, ¿no os dais cuenta cómo os engaña ese hombre con su palabrería absurda, barata y blasfema? ¿Por qué continuáis escuchando su lenguaje basura? Porque os habéis creído, igualmente santos y justos, como ese idiota se cree.

El lenguaje del hombre es su dios. En el lenguaje humano muchos hombres se creen santos, y dicen que aman a Dios y que hacen en la Iglesia la Voluntad de Dios. De esta gente, la Iglesia está llena. Es una masa de gente que no sabe discernir ninguna verdad, sino que vive de palabritas hermosas y bellas, de sentimentalismos baratos. Y, a la hora de la Verdad, cuando hay que sufrir, cuando hay que dar testimonio de Cristo, huyen como cobardes y se acomodan al lenguaje de un idiota. Por eso, les encanta el lenguaje absurdo, sin verdad, de ese señor que se sienta en la Silla de Pedro, para destruir la Verdad en la Iglesia.

Francisco destruye la Iglesia. Francisco idolatra al mundo y a los hombres. Francisco sólo quiere poner su gobierno mundial, con su economía marxista, para restregar a los hombres que su pensamiento es lo único que salva al mundo de hoy.

¡Qué hombre más necio el que rige la Iglesia en estos momentos!

¿Quién, en su sano juicio, puede afirmar, la lucidez de este hombre, cuando su filosofía y su teología está llena de absurdos, de locuras, de palabras sin sentido? ¿Cómo se puede decir que este hombre es un santo cuando da culto a los hombres, cuando no cree en un Dios católico?

Pero, ¿a quién quieren engañar allí en el Vaticano? No somos sacerdotes para lavar las babas de la boca de Francisco. Somos sacerdotes para escupirle en el rostro a Francisco hasta que se vaya de la Iglesia.

Francisco: el idiota

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«No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo. Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7, 1-5).

Es lícito juzgar: «El juicio es lícito en tanto en cuanto es acto de justicia (…) se requieren tres condiciones: primera, que proceda de una inclinación de justicia; segundo, que emane de la autoridad del que preside; y tercera, que sea pronunciado según la recta razón de la prudencia» (Sto. Tomás – q. 60 a.2).

Para juzgar, es necesario:

1. Dar al otro -en ese juicio- lo que se merece;

2. Tener poder para dar ese juicio;

3. Dar el juicio de manera prudente.

Francisco, que no sabe nada de teología, ni de filosofía, explica así este pasaje: «Jesús quiere convencernos de que no juzguemos: un mandamiento que repite muchas veces. En efecto, juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía. Y Jesús define precisamente «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar» (texto).

El pobre confunde tantas cosas que da una doctrina imposible de sostenerse:

1. No juzgar no es un mandamiento de Jesús;

2. Jesús enseña a no juzgar de forma temeraria; a no juzgar la vida moral;

3. Juzgar no lleva a la hipocresía sino a la injusticia y a la imprudencia;

4. Jesús no define la hipocresía como aquellos que se ponen a juzgar. Jesús llama hipócritas a los que juzgan el pecado de una persona sin el poder de juzgar.

Esta enseñanza de Francisco es oscuridad en la Iglesia, porque la Iglesia enseña a juzgar. La Palabra de Dios enseña a juzgar. Los teólogos enseñan a juzgar. Cualquier santo enseña a juzgar. La mente del hombre enseña al hombre a juzgar. Todo el mundo juzga. El problema no está en juzgar, sino en discernir los juicios.

No se puede predicar: «Quien juzga se pone en el lugar de Dios y haciendo esto se encamina a una derrota segura en la vida porque será correspondido con la misma moneda». Hay que predicar: quien no discierne sus juicios, entonces se pone por encima del Juicio de Dios, entonces se hace dios en su pensamiento humano, entonces se hace un dictador de su propio juicio.

Jesús enseña que la vida moral de las personas no puede ser juzgada por nadie, sólo por aquellos que tienen el poder de juzgarla, que son los sacerdotes en el Sacramento de la Penitencia. Los demás, ante el pecado de otra persona, como no ven la intención con que esa persona peca, entonces no pueden dar el juicio moral sobre esa persona. Pero sí pueden dar el juico espiritual de esa persona.

El juicio moral es diferente al juicio espiritual: «Al contrario, el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle. Porqué ¿quién conoció la Mente del Señor, para poder enseñarle? Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo?» (1 cor 2, 15).

El juicio espiritual se hace siguiendo al Espíritu de la Verdad. Y, entonces, se juzga sin caer en ningún error y sin pensar mal de los demás. Se hace un juicio recto, que sólo Dios puede hacerlo, porque se hace un juicio en el Espíritu. Se da un juicio de la vida espiritual de una persona. No se juzgan los actos morales de la persona, sino sus actos espirituales, su camino espiritual, su vida en el Espíritu. Y todo aquel que no siga al Espíritu de la Verdad, entonces da su mentira, su error y es necesario combatirlo, juzgarlo, condenarlo. No se puede decir: el musulmán va por buen camino. Hay que hacer un juicio: la religión de Mahoma es condenación para el alma. Este juicio espiritual todos lo pueden hacer, porque existe la Verdad absoluta, que enseña al alma lo que es bueno y lo que es malo. La verdad Absoluta es lo que Dios revela en Su Palabra. Francisco anula la Palabra de Dios y pone el bien y el mal en su negro pensamiento humano. Y, por eso, no juzga a nadie, pero condena a todo el mundo. Tiene que caer, de manera irreversible, en su gran soberbia. En su mente, se apaña para expresar su lenguaje humano: no juzgo. Pero, en su interior, juzga a todo el mundo. Eso es la fina soberbia del fariseo, del hipócrita, del idiota.

El Señor se refiere, en este pasaje, al juicio moral. Y ese juicio moral no prohíbe el corregir una acción mala de otra persona, pero sí prohíbe el desprecio de la persona por su vida moral; sí prohíbe juzgar y condenar a otros por sospechas, por juicios temerarios, por imprudencias.

Una persona que vive en su pecado, se hace incapaz de juzgar a nadie. Su juicio natural, incluso, está oscurecido y no ve con sencillez las cosas de la vida. Y, por eso, el Señor manda no juzgar cuando se está en el pecado. No hay que estar viendo el pecado del otro, sino el propio pecado, la propia ceguera, para poder ver lo que el otro tiene. Y, cuando el hombre sale de su pecado, entonces puede corregir oportunamente la vida moral y espiritual de otras personas.

Por lo tanto, lo que enseña Francisco no puede sostenerse de ninguna manera. Hay que decirle que lea santo Tomas de Aquino y calle su boca, que es una boca llena de herejías, de mentiras: «Quien juzga se equivoca siempre». Esta sola frase indica la ceguera de ese hombre. Esta sola frase indica la estupidez de la mente de Francisco. Indica que no sabe leer la Palabra de Dios para aprender a juzgar, a emitir juicios rectos, verdaderos, ciertos, sin error. Su frase: «no soy quien para juzgar»; es el fruto de este pensamiento. Y este pensamiento viene de su soberbia: no quiere aprender de Dios a juzgar: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22). Francisco anula la Palabra de Dios, anula el Juicio de Dios sobre los homosexuales y coloca su juicio humano: no soy quien para juzgar = no juzgues al homosexual. Y haciendo eso, hablando como sacerdote, hablando como Obispo, cae en una aberración moral y espiritual. Por su sacerdocio tiene el poder de juzgar, no sólo espiritual, sino moralmente a los hombres. Si afirma que no juzga, entonces afirma que no es sacerdote. Y cae en la aberración de preferir el pensamiento y la vida de los hombres al Pensamiento de Dios sobre la vida de los hombres. Y eso significa sólo una cosa: la idolatría al hombre: el antropocentrismo: el culto a la vida del hombre.

El que juzga temerariamente se equivoca siempre. Esta Verdad, tan sencilla de predicar, es lo que no predica ese estúpido. Y hay que llamarle así: estúpido. Porque un hombre de ochenta años, con un sacerdocio y que no sepa las bases del juicio en la mente, es sencillamente estúpido, un hombre idiota en lo que dice y hace en la Iglesia.

Y llamarle estúpido e idiota no es ofenderle, no es faltarle el respeto: es darle el juicio que Francisco se merece. Te mereces, Francisco, que te llamen el idiota.

El hombre, por naturaleza, juzga: la razón da juicios. Esto lo sabe cualquier hombre. Esto lo sabe el filósofo. Esto lo saben hasta los demonios. Para no equivocarse, el hombre tiene que discernir sus juicios; tiene que ver sus pensamientos, sus ideas y quitar aquellas que no son correctas porque van contra alguna virtud. Sin vida espiritual, si no se sabe lo que es la virtud ni el vicio; si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces tenemos a tanta gente en la Jerarquía que son idiotas. Quieren imponer la doctrina de la tolerancia: no juzgues al otro, no juzgues su pensamiento, su vida, sus obras. Déjale tranquilo, que si busca a Dios, si es buena persona, si hace el bien, todo va de perlas. Respeta su pensamiento humano, su error, su mentira, su abominación. Y, entonces se predica un moralismo sin moral, se hacen leyes sin la ley divina, se propone valores sin la referencia a Cristo. Y así se hace un hombre que se da culto a sí mismo, a su lenguaje humano, a su idea de la vida, a su ciencia, a sus obras, a sus conquistas en la vida.

«Y se equivoca porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar». Francisco está diciendo que todo error en el juicio es ponerse en el lugar de Dios. Y esto es lo que no se puede admitir. Porque muchos son los juicios que los hombres hacen al faltar a alguna virtud. Luego son muchos los errores por esos juicios. Y sólo los errores que llevan a cometer el pecado de herejía y de apostasía hacen que la persona se ponga en el lugar de Dios.

Francisco es un pobre hombre que no sabe nada de nada. No sabe de lo que está hablando. Y, por eso, él cae en muchos absurdos: no es capaz de juzgar a un homosexual y es capaz de juzgar a un corrupto, a un mafioso. Esto se llama fariseísmo, hipocresía, vividor de este mundo: vive para buscar una gloria en el mundo. Está sediento del aplauso de los hombres, de la gloria de los hombres. Para tener a los homosexuales contentos y para que los demás vean que sabe atacar a los que tienen dinero. Su negocio en la Iglesia es buscar dinero. Y, por eso, no sabe discernir entre lo que es la corrupción y lo que es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Y si no sabe esto, es un idiota en su juicio: «decir de una persona que es un corrupto o una corrupta, es decir esto; es decir que está condenada; es decir que el Señor la dejó a un lado» (texto).

Que un Obispo predique esto públicamente es un escándalo para toda la Iglesia. El pecado de corrupción no es el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el Señor no deja a un lado a un alma corrupta. Luego, hay salvación. Por un pecado habitual se llega a la corrupción de la vida, que significa vivir para ese pecado. El avaricioso llega a la corrupción en su avaricia. El lujurioso, igual. Cualquier pecado habitual lleva al alma a la corrupción. Pero, para caer en el pecado contra el Espíritu, hace falta algo más que ser corrupto. Hay que ir en contra de tres virtudes: fe, esperanza y caridad. Hay que vivir, no sólo de la corrupción del pecado (dinero, sexo, etc.), sino de espaldas a la Verdad (herejía, apostasía, cisma, desesperanza, odios, etc.).

María Magdalena era corrupta en su pecado de lujuria: la poseían siete demonios. Y halló salvación. Porque en la debilidad de la carne, su corazón no estaba cerrado al don de Dios. Su corrupción no impedía su salvación. Esos siete demonios no la llevaron más lejos en el pecado. Y, por tanto, decir que una persona está corrupta es decir que todavía puede salvarse. Esto es lo que niega Francisco, porque es un hombre idiota. No sabe lo que está diciendo. Y, después, todo el mundo haciéndole coro a un idiota, quitándole las babas de su bocazas. Alguna Jerarquía ya son baberos del idiota: lo limpian todo para hacer la pelota al idiota.

¡Qué tristeza ver a la Iglesia llena de modernistas que enseñan a no juzgar, pero que son los primeros en juzgar a Cristo y a la Iglesia. Han anulado la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia, para poner su dictadura de la mentira, que son sus juicios y condenas a la verdad!

Francisco condena el Pensamiento de Dios, la Mente del Cristo, la Inteligencia del Espíritu: y eso es una blasfemia contra el Espíritu.

El pecado social de la Iglesia: obedecer a un impostor

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«Preguntad y ved. ¿Es que paren los hombres? ¿Cómo, si no, veo a todos los varones con las manos en los lomos, como en parto, demudados y amarillos todos los rostros? ¡Ah! Es el día grande. No hay anda igual a él» (Jer 30, 6).

Tiempo de Justicia el que vive la Iglesia entera, en que muchos sacerdotes y Obispos se abren de piernas, como las mujeres, y siguen celebrando sus misas. ¡Mayor abominación no puede existir dentro de la Iglesia!

El homosexualismo está condenado por Dios en Su Palabra. El homosexualismo es una vida en la carne, no es sólo un pecado de lujuria. Es algo más que caer en ese pecado. Es vivir de ese pecado. Es caminar con ese pecado. Es llamar a ese pecado el derecho, el deber, la virtud, el bien que hay que realizar para ser homosexual.

No se nace homosexual (ni lesbiana). Se nace hombre o mujer. Y se vive como hombre o como mujer, porque «el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Cor 6, 13). Dios no puede dar un cuerpo glorioso a un hombre que se arrastra en lo carnal, en la lujuria, en la sodomía. Porque ha creado el cuerpo para un bien divino, para una obra divina, para Él. Y Dios no se une a un homosexual. Cristo no está en un sacerdote homosexual. La boca de ese sacerdote es la boca del demonio. Y sus obras, en la Iglesia, son las obras del demonio.

«¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor 6, 15) Y, ¿cómo es que muchos sacerdotes y Obispos, hacen de sus cuerpos miembros de la abominación? No se puede comprender qué hace una Jerarquía en la Iglesia que se revuelca en sus lujurias. ¿Para qué celebra la misa? ¿Para qué predica? ¿Para qué está en la Iglesia?

Francisco, antes de sentarse en el Trono de Dios, aprobaba la homosexualidad:

Y, claramente, una vez que gobierna la Iglesia con un falso Papado, ha hecho de la homosexualidad el centro de su gobierno. Ésta es la primera abominación que su gobierno da en la Iglesia. Es su primer pecado, porque necesita hacer de la Iglesia una comunidad de hombres que viven, cada uno, con sus propias ideas. Y tiene que acoger las ideas de personas que son abominables para Dios y, por tanto, para toda la Iglesia Católica.

Pero este lenguaje no le gusta a Francisco porque él niega la Revelación de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22). Esta Palabra de Dios es Vida, es Tradición Divina: «Yo soy Yavé, vuestro Dios. No haréis lo que se hace en la tierra de Egipto, donde habéis morado, ni haréis lo que se hace en la tierra de Canaán, adonde Yo os llevo; no seguiréis sus costumbres. Practicaréis Mis Mandamientos y cumpliréis Mis Leyes; las seguiréis. Yo, Yavé, vuestro Dios» (Lv 18, 3-4).

Francisco es el que tiene labia fina y aguda: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Esta es la finura de la herejía. Ésta es la política de Francisco en la Iglesia. Éste es el pensamiento de ese hombre que es un falso Papa.

Hay que insistir que el homosexualismo es una abominación, porque el mundo ya no escucha la Palabra de Dios. Ya no le cree a Dios. Vive sus costumbres, sus culturas, pero no los mandamientos de Dios, no sigue las leyes divinas. Por tanto, un hombre que no insiste en que la homosexualidad es una abominación, entonces está cambiando la Palabra de Dios. Y quien la cambia, sencillamente, se aleja de la Verdad y camina hacia el infierno.

Hay que predicar, a tiempo y a destiempo, que la homosexualidad es un pecado. Y un pecado contra Dios, es decir, un pecado personal; y un pecado social, es decir, un pecado fruto del pecado personal, un pecado que se hace con otra persona: son dos personas que hacen una sociedad para pecar, para mostrar su pecado. Ése es el pecado social. No es un mal social, sino juntarse varias personas para pecar en el mismo pecado personal.

Pero, esto, a Francisco, le importa muy poco, porque no cree en el pecado, ni en el personal, ni en el social. Sólo cree en los males que los hombres hacen; pero es incapaz de ver la raíz de ese mal y dónde se fija: en el alma. “Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102). Es decir, que para Francisco, el pecado es una mancha que el hombre tiene en su mente, pero no en su corazón. Y, por ese pecado, los hombres hacen muchas cosas malas en sus vidas.

Para Francisco, el pecado no es una obra libre de la voluntad del hombre, sino una imposición de la mente del hombre. Es una idea mala que se impone al hombre y que hay que quitar. Francisco siempre juega con las palabras. En su lenguaje humano, nunca está la Verdad, nunca el concepto verdadero de la cosa, sino que él se ha inventado sus verdades, sus definiciones, sus ideas de lo que es bueno y malo.

«¿Cuándo deja de ser válida una expresión del pensamiento? Cuando el pensamiento pierde de vista lo humano, cuando le da miedo el hombre o cuando se deja engañar sobre sí mismo» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Éste es su culto a la idea humana. Y, por eso, Francisco, no puede creer en la Palabra de Dios. La idea del hombre es buena porque ve lo humano. Es mala porque pierde de vista lo humano. De este culto a la idea del hombre, vienen sus obras humanas en la Iglesia.

La idea de un hombre es válida porque su pensamiento humano acepta la Palabra de Dios; la idea de un hombre es errónea porque su mente humana no acepta la Palabra de Dios. Pero este planteamiento, Francisco no lo puede seguir. Él vive en su grandiosa mente: es decir, él vive en su locura senil. Está dando vueltas y vueltas a su idea. Éso es la locura: dar vueltas a algo sin parar. Es la mente rota que no puede callar, que sólo ve su idea. Y si su idea cabalga con lo que pasa en el mundo, entonces la obra.

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¿Por qué ha bendecido las hojas de coca de la dirigente revolucionaria Milagro Sala, que son sagradas para ella? «Para nosotros esta hoja es sagrada, es sabiduría, es medicina y nuestros abuelos las leen. Es muy importante para nosotros, aunque algunos le hayan dado un mal uso» (Fuente Perfil ). Son una superstición, van contra el primer mandamiento de la ley de Dios que prohíbe dar culto a otros dioses. Y las ha bendecido porque su pensamiento humano está clavado en lo que hacen los hombres, en lo que viven los hombres, en lo que obran los hombres. Y, entonces, asiente a la maldad de esa mujer, porque está ciego como ella. Y, en esa bendición, Francisco comete el mismo pecado que esa mujer: idolatría, superstición, adivinanza. Y se pone a la par de la vida de esa mujer. Se abaja a su vida, a sus obras, y apoya el pecado de esa mujer. Colabora con ella para seguir pecando. Le muestra a esa mujer que su pecado es válido, que puede seguir pecando, que mientras ame a los hombres, no hay problema en lo que hace. Que siga dando culto a las hojas de coca. Esto se llama: condenar a un alma al infierno. Francisco no salva almas en lo que hace en la Iglesia, sino que les muestra el camino para seguir pecando. Y eso es abominable.

Esto es Francisco: de palabra fina y aguda, que dice que lo que antes era pecado, ahora ya no se considera así por la Iglesia, porque él lo dice: «El pensamiento de la Iglesia debe recuperar genialidad y entender cada vez mejor la manera como el hombre se comprende hoy, para desarrollar y profundizar sus propias enseñanzas» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). El pensamiento de la Iglesia es la Mente de Cristo, que es Inmutable, que no tiene en cuenta el pensamiento de ningún hombre. A Cristo le importa muy poco las ciencias de los hombres, su sabiduría, sus culturas, «porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos son vuestros caminos» (Is 55, 9). Lo que piensa Francisco no es lo que piensa Cristo. Y, por tanto, la Iglesia no tiene que entender la manera como el hombre se comprende hoy. La Iglesia tiene que comprender que si no se abaja de su pensamiento humano, se condena por ser Iglesia apóstata, que está dando culto a la mente de un hombre que no es Papa.

Este es el pecado social de toda la Iglesia hoy: es el pecado personal de muchos: Pastores, religiosos, fieles. Están obedeciendo la mente de un hombre. Esto se llama idolatría: dar culto a la idea de un hombre. Cuando Cristo enseña la verdad; Cristo ha dado toda Su Mente a la Iglesia para que los hombres den culto a Su Mente Divina. Y viene un payaso, como es Francisco, con una labia de serpiente, y nadie se atreve a decir: vete de la Iglesia, Francisco, porque eres un idolatra de tu propio pensamiento humano.

Y muchos callan por miedo, dudas, temores, etc. Pero siguen siendo culpables de idolatría, porque enseñan a los demás a seguir obedeciendo a un impostor, a uno -que saben- que no está diciendo la Verdad. Y, por eso, tienen mayor pecado.

En este pecado social, toda la Iglesia está envuelta, porque no acaba de comprender la Palabra de Dios: «ha de manifestarse el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Muchos no han comprendido que el Anticristo es un falso Papa, uno que se sienta en la Silla del Vicario de Cristo, el Vicario del Hijo de Dios. Al Anticristo hay que buscarlo, ahora, sentado en el Trono de Pedro.

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Esta Verdad es la que no pueden creer. La Jerarquía no la puede tragar, porque se creen muy justos y muy santos. Y, por eso, callaron la boca a Sor Lucía. Va a subir a esa Silla -que ahora ocupa Francisco- el Anticristo. Y Francisco le está preparando el camino. Le pone la alfombre roja: el comunismo. Lleva a la Iglesia al redil del pecado: el protestantismo. Y hace de Cristo el payaso de la humanidad. Es lo que muestra como falso Papa. Se pone una nariz de payaso, pone en el sagrario una pelota, se coloca una pulserita gay, hace cosas que Cristo nunca las haría, porque es el Hijo de Dios, no es el hijo de los hombres. Es el verbo Encarnado que viene al mundo para que el hombre deje sus culturas, sus invenciones, sus ideas, y se someta a la idea del Padre, al plan del Padre sobre su vida humana.

Francisco se está oponiendo a Dios con su lenguaje barato y blasfemo, con su labia fina y mordaz, con sus obras de pecado. Es ya un anticristo. Es un falso Profeta. Pero no es el adecuado para romper la Iglesia. No sabe romperla porque no tiene ni idea de lo que le va a pasar. Ha sido puesto para una cosa: y ya lo ha hecho. Ahora, los mismos que lo pusieron, lo dejan en la cuneta, porque el demonio tiene prisa para destruir la Iglesia: le queda poco tiempo y el camino es otro de lo que piensa Francisco en la Iglesia.

Pero el problema de la Iglesia es su pecado social. Están todos con una venda en los ojos. Y ese pecado crece y no se dan cuenta de que ya la Iglesia no es de Cristo, porque sólo está en las manos de los enemigos de Cristo: los masones. Y hay que salir de esa iglesia porque ella ya no es la salvación, el camino de la Verdad. Llega el momento en que Cristo ya no va a reconocer los escombros de la Iglesia como Su Iglesia. Cuando la Jerarquía podrida en Roma quite la Eucaristía, entonces Cristo ya no reconocerá esa Iglesia, no podrá salvar a las almas que se queden en esa iglesia. Ahora, les muestra el camino de salida, hacia el desierto. Y muchos no acaban de entender que hay que salir de Roma, de las estructuras que Roma ha creado para ser Iglesia. Esas estructuras no valen para nada. Ahora es cuando hay que comenzar a hacer la Iglesia remanente, en el desierto del mundo, unida en la Eucaristía.

Es Cristo el que une a las almas en la Verdad de Su Iglesia. Y una Iglesia que no adora a Dios en el Altar, sino que se dedica a las cosas del mundo -como se está haciendo diariamente-, no es la Iglesia de Cristo. Y hoy muchos altares son abominación. Sacerdotes, Obispos, que viven de sus lujurias y que ponen al demonio encima del altar para que todos le den culto.

Aquel que cambia la Palabra de Dios en un punto, en una coma, no es de Cristo. Aquel que interprete el Evangelio según la cultura de los hombres no es de Cristo. Aquel que haga de la Misa una reunión de hombres, para hacer sus obras del mundo, no es de Cristo.

Se es de Cristo porque se posee su mismo Espíritu, no porque se tiene una teología y un sacerdocio. Aquella Jerarquía, con labia fina y herética, que se alaba a sí misma, es la del anticristo. «Hijitos, ésta es la hora postrera»: Cristo viene, su Segunda Venida está a la vuelta de la esquina. «y como habéis oído que está para llegar el Anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera» (1 Jn 2, 18).

Francisco se ha hecho un anticristo; en su gobierno horizontal todos ellos se han hecho unos anticristos; toda la Jerarquía que apoya a Francisco y a su gobierno, se han hecho unos anticristos. Mucha Jerarquía que calla y no da la Verdad, porque no les conviene hablar ahora, también se han hecho unos anticristos. Queda muy poca Jerarquía humilde. Muy poca. Y sólo ellos pertenecen a la Iglesia remanente.

Porque muchos se han hecho anticristos en la Iglesia, por eso, el Señor viene. Pero nadie le espera, porque ya no hay fe. Roma ha perdido la fe, como la virgen lo profetizó y los hombres no han querido creerlo. Porque nadie, en la Jerarquía, cree en las palabras de la Virgen. Nadie. Cuando la Virgen toca a Roma y a los sacerdotes, la Jerarquía niega a la Virgen. Quieren una Madre que sólo les habla de amor, pero no quieren a una Madre que los castigue por sus muchos pecados.

Los anticristos salen de la Iglesia Católica, no del mundo: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (1 Jn 2, 19). Porque un anticristo tiene que conocer toda la doctrina de Cristo y oponerse en todo a ella. Es lo que hace Francisco y toda su panda de sinverguenzas en la Iglesia. En el mundo, la gente no tiene ni idea de lo que es Cristo y Su Iglesia. Pero la Jerarquía podrida sabe lo que está haciendo con la Iglesia en estos momentos, pero es maestra en mentir y en engañar a todo el mundo, y nadie cae en la cuenta. Hay mucha maldad en la Jerarquía: parecen santos y son todos unos demonios encarnados.

En la Silla de Pedro se sentará el Anticristo. Un falso Papa, un Papado renovado en todas las herejías es el que dará la bienvenida al Anticristo. Ese Anticristo no sólo será el jefe de la Iglesia, sino que será el jefe del mundo, porque el Anticristo tiene que oponerse en todo a lo que es un Papa verdadero, que nadie lo puede juzgar, que nadie lo puede tocar. Y, como la Iglesia va a caer en la herejía más terrible de todas, por eso, ese Anticristo se presentará como Cristo, como el Mesías en carne. Y, muchos, que comulgan y se confiesan lo van adorar como Dios.

Nadie medita lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo. Todos están esperando a un Sínodo para actuar ????. Es lo más absurdo: reunirse bajo la obediencia de un impostor, de uno que no escucha a nadie, sino sólo a su cabeza humana, para sacar una verdad para la Iglesia. Y la única Verdad que la Iglesia debe entender ahora es: Francisco no es Papa, es un impostor. Porque un Papa legítimo nunca puede renunciar al Primado de Juridicción sobre la Iglesia. Y, por eso, todo el poder de Dios está sobre Benedicto XVI. Si esta Verdad no la comprenden la Jerarquía, ¿para qué han estudiado teología? Para condenar almas al infierno.

Francisco invoca al demonio en el Vaticano

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Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

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La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

La idolatría del hombre en Belén

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«De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño» (Homilía de la Misa en la Plaza del Pesebre, en Belén (Palestina)).

Esta es la idolatría de la humanidad en Francisco. Este es el pensamiento clave para comprender la idea herética de este hombre, sus pasos en el gobierno de la Iglesia.

«Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño…». ¿Dónde encontramos al Niño Dios, a Jesús? No en Jesús como Dios; no en la Obra que Jesús ha hecho para salvar al hombre del pecado; no en la doctrina de Jesús, que es el Camino para encontrar la Verdad de todo hombre; no en la Gracia que Jesús ha merecido para todo hombre en la Cruz, y que es la Vida Divina que todo hombre tiene que vivir si quiere entender la Voluntad de Dios; no en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro, y que es la única que salva al hombre y le da la paz para su corazón. No; esto ya no sirve. Esto ya no hay que predicarlo. Francisco no predica el Evangelio que salva, el Evangelio que despierta las conciencias dormidas por el pecado, el Evangelio que es la Palabra de Dios, viva y eficaz, que tiene la solución a todos los problemas de los hombres. Ya esto no es necesario recordarlo a los hombres, sino que hay que hacer una homilía política, económica, cultural, que se centre en los problemas reales del hombre y que obligue al hombre a buscar caminos humanos a su vida humana.

«En nuestro mundo, que ha desarrollado las tecnologías más sofisticadas, hay todavía por desgracia tantos niños en condiciones deshumanas, que viven al margen de la sociedad, en las periferias de las grandes ciudades o en las zonas rurales. Todavía hoy muchos niños son explotados, maltratados, esclavizados, objeto de violencia y de tráfico ilícito. Demasiados niños son hoy prófugos, refugiados, a veces ahogados en los mares, especialmente en las aguas del Mediterráneo».

Y, después de esta parrafada, es cuando se dice: «De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño».

En la Iglesia Católica, nos avergonzamos de que un Obispo, sentado en la Silla de Pedro, que se hace pasar por Papa, pero que no habla como Papa (porque no es Papa), sino como un ignorante de las Escrituras, esté hablando, en nombre de Cristo y de la Iglesia, sus mentiras y sus idolatrías, sin que nadie haga nada para callarle la boca.

Quien se avergüenza del sufrimiento humano, se avergüenza de Cristo y de la Iglesia. No ha sabido comprender la importancia que tiene el dolor para salvarse en la vida. Y no sabe predicarlo, de manera conveniente, para que los demás tengan inteligencia sobre el significado del dolor, el por qué del dolor, la raíz del dolor.

¿Por qué hay niños que viven en condiciones deshumanas? Porque el hombre quiere pecar y, por tanto, el fruto: el dolor de esos niños, sus vidas destrozadas.

¿Por qué hay niños que viven al margen de la sociedad? Por el pecado de los hombres, que sólo viven para su negocio y para conquistar un poder entre los hombres.

¿Por qué hay niños que son maltratados, esclavizados, usados como mercancía de los hombres? Por el pecado de muchos hombres que hacen de la humanidad el negocio de sus mentes soberbias y el comercio de sus lujurias.

¿Por qué hay niños refugiados, que huyen de muchas partes, donde es imposible vivir? Por el pecado de los hombres, que se han hecho dueños del mundo por su orgullo, su ambición de poder, sus miras egoístas.

El problema del hombre: su pecado. El problema de los países: el pecado de los hombres, que son los que componen esos países. El problema de Israel: el pecado de los judíos, de los musulmanes, de todos los hombres que no viven cumpliendo los mandamientos de Dios.

Esto es lo que no se atreve a predicar Francisco delante del Presidente Mahmoud Abbas, del Patriarca Fouad Twal, y demás autoridades. No tiene agallas de decir las cosas por su nombre. Al pan, pan; y al vino, vino. Y, por eso, hace su homilía, totalmente herética.

No pone a Jesús como el centro y, por tanto, el único Camino para resolver el problema de los hombres: sus pecados.

Sino que pone en el centro: lo que él considera su vergüenza. Francisco se avergüenza de todo eso, del sufrimiento de los niños. Y, porque cae en esta idolatría, entonces no sabe dar solución a este problema. Sólo grita como un político. Sólo da discursos para la mente del hombre, para captar una idea en el hombre, para que el hombre piense y vea la vida como la ve él. Y, entonces, vienen sus preguntas:

« Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño? ¿Quiénes somos ante los niños de hoy? ¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno? ¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo? ¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes? ¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos? ¿Somos capaces de estar a su lado, de «perder tiempo» con ellos? ¿Sabemos escucharlos, custodiarlos, rezar por ellos y con ellos? ¿O los descuidamos, para ocuparnos de nuestras cosas?».

Sus preguntas son juicios y condenas a los hombres. Te condeno porque no cuidas a los niños como lo hace María y José. Te condeno porque tienes deseos de eliminarlos, como lo hizo Herodes. Te condeno porque no adoras a los niños y les das ofrendas, como hicieron los pastores, sino que eres indiferente, egoísta. Te condeno porque ves la imagen de un niño, ves a un niño que sufre, que pasa hambre, y prefieres tu oración, tu piedad, tus liturgias, tus dogmas, que te impiden estar en las necesidades de los demás. Te condeno porque pierdes el tiempo de tu vida en tantas cosas y no estás atendiendo a lo principal: cuidar un niño. Te condeno porque descuidas a los niños por estar cuidando tu vida.

«Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño?». Respuesta: somos pecadores, soberbios, orgullosos, avariciosos, lujuriosos, demonios, gente sin alma. Somos una nada ante el Niño Dios. Somos los más inútiles ante el Niño Dios. Somos ignorantes ante el Niño Dios. Somos un esperpento ante el Niño Dios. Eso es lo que somos: somos los que no somos. El Niño Dios es el que Es.

«¿Quiénes somos ante los niños de hoy?». Respuesta: y como somos nada ante Dios, ante los hombres también somos nada. Si fuéramos algo ante Dios, también los seríamos ante los demás. Pero quien no se pone en su nada en la Presencia de Dios, tampoco sabe ponerse en su nada cuando está ante los hombres. El hombre que olvida ser nada, se hace idolatra de todas las criaturas. Es lo que está enseñando Francisco en esta homilía: adora a los niños pobres porque ellos son el Niño Dios. Como eres algo ante Dios, lo eres todo ante los hombres.

«¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno?» Respuesta: recibimos al Niño Dios en nuestro corazón porque creemos en Su Palabra. Y, por esa fe, el amor hacia el Niño Dios no es ni materno ni paterno, sino que es el mismo amor que la Virgen María y san José tuvieron en sus corazones para estar al lado del Niño Dios. Amamos a Jesús con su mismo Amor. No amamos a Jesús con un amor humano. Y, por tanto, no amamos a los hombres con el amor del hombre, sino con el amor de Dios, que exige cumplir la ley divina para dar algo a los hombres. María y José no amaron a Jesús con un amor materno ni paterno. Porque Jesús es Dios, es el Hijo del Padre, que se ha encarnado en la Virgen María. Y, por tanto, es el Hijo de la Madre. Y la Virgen María ama a Su Hijo por ser Dios en Ella. Y San José ama a Jesús porque es Hijo de la Madre y del Padre. Luego, no seas herético –hombre del demonio, que es lo que eres Francisco- y no enseñes a amar a Jesús con un amor humano. Y menos enseñes a idolatrar a los niños con ese amor humano.

«¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo?». Respuesta: Tu pregunta –Francisco- es humillante para la inteligencia de todo hombre. Porque los hombres ven el pecado de Herodes. Y los hombres, cuando entienden que otro hombre ha hecho un mal, tienen compasión de ese hombre y rezan por él. Esto lo hacen los hombres, estén con Dios o no estén con Dios. Todo hombre, al ser bueno por naturaleza, sabe los límites entre el bien y el mal. El hombre, porque es malo por su pecado, porque nace en el pecado, entonces hace obras malas dignas de compasión, de misericordia, por otros hombres. Porque nadie tiene derecho a juzgar las obras de los hombres: su vida moral. El pecado de Herodes, que es una obra moral, la juzga Dios. Y, por tanto, todo hombre que ve el pecado de Herodes, no lo juzga, como tú lo estás haciendo, Francisco, sino que comprende ese mal y da un camino al hombre para que no realice lo mismo. Tú, Francisco, juzgas el pecado de Herodes y juzgas a todo hombre que mata a los niños, porque hacen lo mismo que Herodes. Pero, tú, Francisco, no sabes enseñar la verdad del pecado de Herodes y no sabes enseñar la verdad de los hombres que matan a los niños. Como no sabes juzgar lo espiritual de las obras de los hombres, entonces caes en el juicio moral y en la condenación moral de los demás. Y te haces culpable de lo que juzgas. Cometes el mismo pecado de quien juzgas.

Herodes pecó por su pecado de avaricia, de ambición de poder, porque veía en Cristo un Mesías político, que iba a poner en jaque su gobierno de entonces. Herodes no pecó porque despreció a los niños, sino por odio a Cristo. Y los hombres que matan a los niños, no tienen el mismo pecado de Herodes. Los matarán por muchas razones: políticas, económicas, lujuriosas, etc. Pero no por la razón que estaba en la mente de Herodes. Y, por eso, tu pregunta es una condena a los hombres que matan, a los hombres que pecan. Tiras la piedra y escondes la mano. Y no sabes hablar al hombre que mata a los niños, no sabes hablar al pecador, no sabes ponerle un camino de salvación, porque los juzgas en tu mente, ya que eres un inútil para discernir los espíritus que están en los hombres. Tu pregunta da la dimensión de tu inteligencia humana: la tienes podrida por tu pecado de idolatría hacia los hombres.

«¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes?». Respuesta: Los pastores ofrecen al Niño Dios su corazón. Los pastores creyeron la Palabra de Dios y, por eso, fueron a adorar al Niño Dios. Su fe en Cristo es su Adoración a Cristo. Se da culto a Dios porque se cree en Su Palabra. Pero quien no cree en la Palabra de Dios, entonces da culto a muchos dioses. Quien adora a Dios, no tiene que adorar a los hombres. Quien da culto a Dios, tiene que dar a los hombres la Voluntad de Dios. Y, por eso, tiene que discernir esa Voluntad. Quien ora a Dios es para encontrar la obra que tiene que hacer con los hombres: entenderla y realizarla. Y, por eso, la vida del hombre que tiene fe en Cristo no consiste en ayudar a los hombres en sus necesidades materiales, sino en darles, en cada momento, lo que Dios quiere que se dé. Y, de esa manera, no se cae en el comunismo, que tú promueves –Francisco- con tu doctrina del humanismo. Tú amas a los hombres por encima de Dios. Tú prefieres dar a los hombres lo que a ti te parece que es bueno, pero no sabes preguntar a Dios qué cosa buena hay que dar a los hombres.

«¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos?». Respuesta: Francisco idolatras a los niños pobres. Ellos no son imágenes. Ellos no son el cuerpo de Cristo. Ellos no son Cristo. Ellos son niños pobres, que sufren por el pecado de los demás, o por su pecado propio. No condenes a la gente que hace su oración, que da culto a Dios y después no socorre a los niños pobres porque así lo han comprendido en Dios. ¿Por qué juzgas la vida espiritual de los que hacen oración? ¿Por qué juzgas a los hombres que siguen unos dogmas, unas verdades, una tradición, que significa la Voluntad de Dios, y que hay que seguirla para saber dar lo que el niño pobre necesita. Esta es tu mente comunista, Francisco. Y en la Iglesia Católica, despreciamos a los comunistas como tú. Y más cuando te sientas en la Silla de Pedro para lanzar tu ideología del marxismo, de la fraternidad masónica y del amor ecológico a los hombres. ¿Quién eres tú para juzgar a los hombres si no sabes juzgar lo que Dios juzga?

Y porque no sabes hablar con propiedad del pecado, por eso, caes en tu sentimentalismo barato. Se te caen las lágrimas ante los niños que sufren: «Tal vez aquel niño llora. Llora porque tiene hambre, porque tiene frío, porque quiere estar en brazos… También hoy lloran los niños, lloran mucho, y su llanto nos cuestiona. En un mundo que desecha cada día toneladas de alimento y de medicinas, hay niños que lloran en vano por el hambre y por enfermedades fácilmente curables. En una época que proclama la tutela de los menores, se venden armas que terminan en las manos de niños soldados; se comercian productos confeccionados por pequeños trabajadores esclavos. Su llanto es acallado: deben combatir, deben trabajar, no pueden llorar. Pero lloran por ellos sus madres, Raqueles de hoy: lloran por sus hijos, y no quieren ser consoladas».

Lloras, Francisco, por el hombre; pero no sabes llorar por los pecados de los hombres. No sabes cargar con ellos. No sabes hacer penitencia por tantos males que los hombres hacen en el mundo. No sabes coger una cruz y levantarla para sacar el demonio de los niños y de tantos hombres, endemoniados por sus pecados. Sólo sabes hacer tu política, tu negocio en la Iglesia. Sólo sabes llenarte la boca de tus estupideces, de tus sensiblerías. Y ahí te quedas: en el vacío de tus lágrimas. Y la gente, como tú, coge el pañuelo y se pone a llorar, y a decir qué bien que habló este hombre. Es un hombre de Dios porque entiende las necesidades de los hombres, entiende sus lágrimas. Gran mal hacen tus palabras en la Iglesia, hipócrita y fariseo: te llenas de lágrimas por la vida social de los hombres, y no has aprendido a meter tu corazón en la llagas de Cristo. Besas las llagas de los hombres idolatrando a los hombres. Pero no sabes besar a Cristo para que el corazón vea su pecado y se arrepienta de él. Besas a Cristo como Judas lo besó: para traicionarlo en su misma Iglesia.

Esto es Francisco: un hombre que idolatra al hombre y que persigue un ideal en la vida: destruir la Iglesia de Cristo, levantando sobre su orgullo la blasfemia a Cristo: el culto a la mentira que sale de los pensamientos de los hombres.

Desde la Iglesia, Francisco y los suyos, meten la confusión al convertir la mentira en verdad, y la verdad en mentira. Y de esto nace un océano de ideas, que llevan al paganismo y a la incredulidad. Que llevan a los hombres a trabajar por un ideal humano en la Iglesia; que hacen de la Iglesia una institución humana más en la vida de los hombres, perdiendo la Verdad, la Catolicidad. La Iglesia se convierte en cristiana, en una más entre tantas, porque se habla de Cristo, pero no se habla de Su Palabra, sino que se la desvirtúa, como hace Francisco en esta y en todas sus homilías. Coge una Palabra de Dios y, después pone lo que le da la gana. Nunca enseña la Verdad de esa Palabra Divina: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Sino que da su magisterio, que no es el de Cristo, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que es para hacer su falso ecumenismo.

Es necesario atraer a las demás religiones, a los demás hombres, ¿cómo? Desvirtuando los sacramentos, ocultando los dogmas y manipulando la Palabra revelada. Hay que dar a los hombres lo que ellos quieren escuchar: lágrimas, desastres, problemas. Un hombre que les hable de esto. Un hombre para el mundo.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, que es lo que hace Francisco todos los días. Y lo hace porque está hinchado de orgullo.

El falso ecumenismo acaba destruyendo la verdad, socavando los cimientos de la fe, desfigurando el Evangelio y ahogando la piedad.

No esperen nada de Francisco: sólo dolor en la Iglesia porque ya es tiempo de destruirla.

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