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Sin la fe dogmática nadie se salva en la Iglesia

17 de diciembre

Los Protestantes hablan de una triple FE:

a) La fe de los milagros, esto es la fe por la que se consiguen los milagros: «Y si teniendo (…) tanta fe que trasladase los montes» (1 Cor 13,2).

b) La fe histórica, esto es el conocimiento de la historia del Evangelio.

c) La fe de las promesas, por la cual se creen las promesas hechas por Dios acerca del perdón de los pecados. Ellos distinguen, en esta fe, una fe general y una fe especial. General es aquella por la que se cree que ha sido prometida la salvación a todos los fieles; en cambio especial es aquella por la que cada uno confía que no se le imputan los pecados. Esta fe especial es, en realidad, la fe fiducial.

Bergoglio, al hablar de la Inmaculada, tiene esta fe fiducial: fe de las promesas, en que la salvación es para todos los hombres y a nadie se le imputan sus pecados. Por eso, en toda su homilía no habla nunca del pecado ni de la santidad. Sólo trata de convencer que la salvación es gratuita y que todos los hombres la tienen en su interior:

«Nadie de nosotros puede comprar la Salvación, la Salvación es un don gratuito del Señor que viene del Señor, y habita dentro de nosotros» (ver texto). Bergoglio nada habla sobre el pecado que habita en el hombre: «Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mí» (Rom 7, 20).

Este Misterio del pecado, en cada hombre, queda anulado por este hombre: «Y no se olviden la salvación es gratuita, nosotros hemos recibido esta gratuidad, esta gracia, y tenemos que darla». (ver texto)

¿Cómo se puede dar la gracia a los demás, cómo se pueden dar los dones y carismas divinos si en todo hombre existe una ley: «que, queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me deleito en la Ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros» (Rom 7, 21-3)?

Esto, Bergoglio, ni se le pasa por la cabeza porque, para él, el hombre confía que Dios no le impute sus pecados. Tiene esa confianza maldita: su fe fiducial. Y, por eso, predica esa falsa misericordia, en la que hay que confiar en Dios, pero haciendo las obras buenas humanas para los hombres.

No es la confianza en Dios para esperar de Dios la obra divina que hay que realizar. Es la confianza en el mismo pensamiento del hombre, que él mismo se cree justo ante Dios porque Él lo ha justificado gratuitamente; y con esa confianza, se cree ya justificado ante Dios porque Dios no le imputa el pecado. Aunque el hombre peque mucho, Dios no se lo imputa, sino que lo salva a pesar de su pecado. Bergoglio se ha olvidado de ver su pecado, de luchar contra él, porque ya se cree santo ante Dios, se cree salvado, se cree justo. Y eso es lo que enseña a los demás en todas sus homilías, charlas, entrevistas, etc…: si la salvación es gratuita, entonces haz el bien a todo el mundo –cualquier bien vale para salvarse- y no importa el pecado. Confía en que Dios no te lo imputa. Ni hace falta arrepentirse de él ni hacer penitencia por el pecado.

Muchos católicos no saben leer a este hombre. Y quedan confundidos. Y el problema de tantos católicos es por tenerlo como Papa: lo buscan como Papa, lo leen como Papa, esperan algo de él como Papa. Y Bergoglio sólo está haciendo su obra de teatro en la Iglesia. Sólo eso. Y qué pocos hay que ven esa obra de teatro como tal. Muchos ven las obras de Bergoglio como Papa, como Pastor, como sacerdote. Y caen en el gran engaño.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa. Y así hay que verlo. Así hay que tratarlo. Así hay que cuestionarlo.

Por eso, a este hombre se le hace una propaganda que es pecaminosa en todos los sentidos. Se le encumbra, se le exalta, se le justifican sus pecados, sus herejías, su forma de hablar, porque es tenido como lo que no es: Papa.

¡Cuántos dudan de Bergoglio y siguen diciendo: es nuestro Papa! Son personas sin discernimiento espiritual. Están en la Iglesia para luchar por sus ideas, por sus tradiciones, por sus obras apostólicas, por sus devociones, por sus grupos. Pero son incapaces de ver la verdad como es, porque eso supondría quitar sus ideas, su manera de ver la Iglesia, su juicio propio. Y eso es lo que no quieren hacer. Y, por eso, leen a Bergoglio y quedan más confundidos. Y ante una homilía sobre la Inmaculada, sólo saben decir: hoy el Papa habló bien. No saben discernir la herejía en esa homilía, porque siguen teniendo a Bergoglio como su Papa, como su hombre, como su salvador, como el camino en la Iglesia, como el que dice una verdad. Y todavía no han caído en la cuenta que este hombre no puede decir ni una sola verdad entera, como es, sin ponerle ni quitarle nada. Siempre que dice una verdad no es la verdad, sino su mentira disfrazada de verdad.

Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de la Verdad en el mundo. No es camino para la verdad, sino senda en que se descubren tantas oscuridades como pensamientos que este hombre tiene en su cabeza humana.

Bergoglio es sólo un hombre que muestra el valor de su inteligencia humana y, por tanto, es sólo un hombre que da al hombre lo que él quiere escuchar, pero que es incapaz de revelar la Verdad al corazón del hombre. Él mismo vive sin Verdad: vive para su idea de la vida, pero no para el plan de Dios sobre su vida; un plan divino que este hombre nunca ha conocido, porque se ha pasado toda su vida dando vueltas a lo que hay en su mente humana.

Bergoglio revela lo que muchos católicos obran en sus vidas: viven sólo para sí mismos, para luchar por sus ideas, que llaman católicas, pero que son sólo las ideas de un fariseo, de un hipócrita, que se ha creído salvo porque tiene un Bautismo o practica, a su manera, una serie de devociones y ritos litúrgicos que sólo le sirven para crecer más en su soberbia y orgullo de la vida.

A muchos el conocimiento que tienen de la teología o de la Tradición sólo les sirve para condenarse en vida: lo usan para su negocio en la Iglesia, para su interés personal, para creerse que están haciendo Iglesia porque siguen unos dogmas o unos consejos evangélicos.

¿De qué sirve que sepas la teología si después no sabes ver a un hereje que enseña su herejía sentado en la Silla de Pedro?

¿Para qué comulgas la Verdad, en cada comunión que realizas, si en la práctica de la vida espiritual y eclesial, sigues teniendo a Bergoglio como Papa, como una verdad a seguir? ¿Cuándo recibes a Cristo, que es la misma Verdad, te enseña a obedecer la mentira de la mente de Bergoglio o te enseña a dejar de obedecer a Bergoglio?

Cristo no puede ir en contra de Sí Mismo, de Su Misma Enseñanza, que es Su Misma Vida, no puede engañar a los hombres, no puede poner como Papa a uno que no tiene en su corazón la Verdad de Su Mente Divina. Un hombre que sólo vive para las conquistas de su mente humana, que son contrarias a la Mente de Dios.

¡Cuántos católicos están tan confundidos por este hombre, pero por culpa de ellos mismos! Se dejan confundir porque ellos no viven la fe dogmática, sino que viven lo que predica Bergoglio: la fe fiducial, que es un instrumento con el cual el hombre hace suya la justicia de Dios y, por tanto, es el mismo hombre -no Dios en el hombre-, el que lleno de confianza en Dios -que es amor-, el que obra esa justicia que recibe: «Mostrad que la fraternidad universal no es una utopía, sino el sueño mismo de Jesús para toda la humanidad». (Mensaje para la apertura del Año de la vida consagrada – 30 de noviembre del 2014).

La fe fiducial es el camino para obtener la justificación de Dios: es tender la mano para recibir la limosna de otro. Por tanto, aquel que vive esta fe fiducial no necesita disponer su alma para ser justificado por la gracia de Cristo, sino sólo confiar en que Cristo le ha justificado.

Que los religiosos, los sacerdotes tiendan la mano a todo hombre, porque ya están salvados. Que no se les hable del pecado, sino de la búsqueda de un amor fraternal universal, que es por lo que murió Jesucristo. Jesús no murió para quitar nuestros pecados, sino para que todos los hombres se unan en un amor fraternal. Fue su sueño. Haz realidad el sueño de Jesús en tu vida humana: muestra con tu vida humana que unirte a un pecador en su pecado es el camino para salvar al hombre, a la humanidad. Ama a todos los hombres aunque sean unos demonios, aunque no comulguen con un dogma, con la verdad revelada. Es antes el amor fraternal que el amor divino. Es mayor el amor al hombre que el amor a Dios. No busques el amor divino sino el sueño de Jesús: la mística de la fraternidad universal. Bergoglio nunca habla de la Voluntad del Padre o de la Voluntad de Dios, sino de los sueños de Dios. Rebaja a Dios a la comprensión de su intelecto humano, creando una falsa espiritualidad.

Por eso, Bergoglio habla de su falso misticismo: «Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método», dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas (cf. 1 Jn 4, 8) como modelo de toda relación interpersonal» (ib.). Esto es una gran blasfemia porque supone anular la mística de la Cruz, de la muerte de Cristo en el Calvario. Cristo muere para que los hombres hablen unos con otros (mística del encuentro) y busquen el camino para solucionar los problemas. Se quita a Cristo como Camino y se anula la Obra de la Redención humana. Se pone el diálogo, la mística del encuentro, que es sólo un invento de la cabeza de Bergoglio. No existe en la realidad espiritual ni mística. La vida mística es la unión entre Cristo y el alma. Y no hay otros misticismos.

Y, además, se dice que en las Tres Personas de la Santísima Trinidad hay una relación de amor. En Dios no recorre una relación de amor en las Tres Personas. No existe eso en Dios, porque en Dios la relación divina es Dios Mismo, no algo añadido a Dios. Otra gran blasfemia en la que nadie ha caído en cuenta porque los católicos sólo siguen la figura vacía de este hombre; siguen lo exterior de ese hombre y tapan sus claras herejías, porque lo tienen como lo que no es: Papa. Y así se cumple el Evangelio: «Vi otra bestia…que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero que hablaba como un dragón….diciendo a los moradores de la tierra que hiciesen una imagen en honor de la Bestia»  (Ap 13, 11.14b).

Es la obra de teatro de Bergoglio en la Iglesia: construir la imagen, el falso ídolo, en honor a la bestia. Él tiene dos cuernos semejantes a un cordero: tiene el sacerdocio. Y él habla como un dragón: blasfema cada día. Y no hay un día que no diga su blasfemia ante todo el mundo. Y no pasa un día que los católicos y la gente del mundo aplauda sus blasfemias en la Iglesia y en el mundo. Está construyendo el falso papado para su falsa iglesia.

Se está levantando la nueva iglesia, con el falso cristo, con la falsa doctrina, que sólo condena almas; y lo hace con una sonrisa, con un palabra bella, con un gesto hermoso de un bien humano, con un sentimentalismo que mata almas.

En la fe fiducial no interesa la razón, el acto de conocimiento, el dogma, la Verdad Revelada ni enseñada por la Iglesia, sino sólo la voluntad del hombre ciega: «la Iglesia que surge en Pentecostés recibe en custodia el fuego del Espíritu Santo, que no llena tanto la mente de ideas, sino que hace arder el corazón; es investida por el viento del Espíritu que no transmite un poder, sino que dispone para un servicio de amor, un lenguaje que todos pueden entender» (Estambul, 29 de noviembre del 2014): el Espíritu Santo no da una idea, una verdad, sino un sentimiento fraterno, un lenguaje que todos pueden comprender: el del amor fraternal, universal. Un amor sin verdad, porque todo es verdad. El hombre es movido por algo en su corazón que le mueve a un servicio de amor con los demás hombres, en un lenguaje que todos los hombres puedan comprender: se anula el dogma, la verdad absoluta y se pone el lenguaje, un lenguaje ciego porque es dado por un viento que no transmite un poder, sino una esclavitud: la esclavitud de la palabra humana, de la lengua humana, de la mente humana. El hombre, buscando este lenguaje que todos entiendan, se hace esclavo de su propia mente humana, de su propia idea de la vida, de su propio plan en la vida.

En la fe fiducial el hombre no hace un acto humano, en el cual se somete a Dios que revela una verdad, sino que el hombre pone su confianza sólo en Dios, confía sólo en que Dios lo ama, tiene misericordia de él, aunque haya pecado mucho. Y, por eso, Dios mueve a todos los hombres para conseguir este servicio de amor, este lenguaje universal en que todos comprenden lo que tienen que hacer: el hombre le dice a su semejante lo que éste quiere escuchar. De esta manera, se inventa un lenguaje humano lleno de mentiras, de frases bonitas, de palabras baratas, pero que son una blasfemia contra la obra del Espíritu en la Iglesia. El hombre no recibe un poder para levantarse de su pecado, sino un lenguaje universal para un amor universal. Recibe algo ciego, sin verdad, sólo para un bien común, no para salvar su alma del pecado, no para su bien particular y privado.

Por eso, este hombre abre su homilía de la Inmaculada así:

«Queridos hermanas y hermanos, el mensaje de la fiesta fiesta de hoy, de la Inmaculada Concepción de la Virgen María se puede resumir con estas palabras: ‘todo es gracia, todo es don gratuito de Dios y de su amor por nosotros’». (ver texto)

Ante la Inmaculada, lo único que tiene este hombre en su mente es que todo es gracia. Todo es gratuidad.

Un verdadero católico, ante la Inmaculada tiene que decir: La Virgen María es toda Pura, pero su vida no es para el placer, sino para el sufrimiento, para la Cruz. Fue Virgen para crucificarse con Su Hijo. No pecó para abandonarse al plan de Dios en Su Hijo.

Es una Pureza Virginal que lleva a esa Mujer a la Cruz, con Su Hijo. Si la Virgen María, no teniendo pecado, tuvo que sufrir un martirio místico y espiritual toda su vida, ¿qué no tendrán que sufrir los demás hombres en sus vidas? ¿A qué no tendrán que morir? Por tanto, ante la Inmaculada, el creyente tiene que aclamar: enséñame Madre a quitar todo mi pecado y a sufrir todo por tu Hijo.

Esto es lo que nunca va a enseñar Bergoglio. Él lanza su idea, que es la idea que todos quieren escuchar: todo es gracia. ¡Qué bonito! Y lleva al alma hacia esa idea:

«El ángel Gabriel llama a María ‘llena de gracia’, en ella no hay lugar para el pecado, porque Dios la ha elegido desde siempre madre de Jesús y la preservó de la culpa original»: Bergoglio nunca llama a la Virgen María como Madre de Dios. Nunca. Siempre la llama madre de Jesús, que es la madre de un hombre, madre de carne y hueso, madre de sangre. Para Bergoglio, Jesús es un hombre, una persona humana, no es la Persona Divina: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíriitu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (Santa Marta – 28 de octubre del 2013)

Y, por eso, dice:

«Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella, así en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe» (ver texto): Bergoglio se ha cargado la Maternidad Divina. ¡Y qué pocos lo ven en esta frase! Se quedan con lo bonito: «en el plano espiritual, acoge la gracia y corresponde a ella con la fe». Pero no atienden a la herejía: «Así como a nivel físico recibe la potencia del Espíritu Santo, y después dona carne y sangre al Hijo de Dios que se forma en ella».

¿Qué es la Maternidad Divina? ¿Es algo físico que se recibe en la carne para que la mujer done su carne y su sangre? No. Nunca.

La Maternidad Divina es algo espiritual y divino, por el cual la Virgen es elevada al plano sobrenatural: su cuerpo y su alma. Todo su ser es llevado al cielo. No sólo está en un estado de Gracia, sino que se realiza la Encarnación en el lugar del Cielo.

Decir que a nivel físico la Virgen recibe la potencia del Espíritu es anular la virginidad de María en la obra de la Encarnación.

La Virgen María es Madre de Dios porque es Virgen: es decir, su cuerpo actuó pasivamente en esa obra divina. El cuerpo de la Virgen no hizo ningún acto sexual, ninguna relación sexual para ser Madre, para engendrar la Persona del Verbo. Actuó de manera pasiva. Y, por tanto, la Virgen no recibe a nivel físico la potencia del Espíritu. La Virgen concibe por obra y gracia del Espíritu. No es el Espíritu el que se mete en su cuerpo para engendrar un hombre en Ella. Es el Espíritu el que eleva todo el ser de la Virgen, lo lleva a un lugar inexplicable, y allí la Virgen concibe, allí el Espíritu obra en la Virgen: produce en Ella la unión hipostática, sin que su cuerpo haga algo, sin que el Espíritu obre físicamente en el cuerpo.

El Espíritu obra divinamente en el ser de la Virgen: obra lo divino en todo el ser de la Virgen: no sólo en su alma ni en su espíritu, sino también en su cuerpo.

El óvulo de una mujer es engendrado físicamente por el semen del hombre. En la Virgen no hay semen, luego no hay engendramiento físico. La obra del Espíritu en el óvulo de la Virgen no es algo físico, como lo hace el semen: el semen penetra físicamente el óvulo. El Espíritu no penetra físicamente el óvulo de la Virgen. Es el Verbo el que asume todo el ser de la Virgen y, por tanto, el óvulo queda asumido por el Verbo; y de esa manera, se produce la Encarnación, sin ningún poder físico en el cuerpo de la Virgen.

Muchos se equivocan al poner algo físico en la Encarnación.

Jesús nació de Virgen: de una Mujer que no usó su vida sexual para engendrar. Y permaneció virgen en el parto, durante el parto y después del parto. Si fue Virgen siempre es que Dios obró en Ella sin el concurso físico de su cuerpo. Por eso, la Virgen dio a luz al Salvador en un éxtasis de amor divino. Su cuerpo no hizo nada: sólo actúo pasivamente en esa obra divina.

María es siempre Virgen: no recibe en Ella, a nivel físico, la potencia del Espíritu. Decir esto supone romper la virginidad de María.

En la maternidad virginal todo se hace sobrenaturalmente por el Espíritu. Nada hay que Ella haga: «¿Cómo será esto porque no conozco varón?» (Lc 1, 35). Este impedimento puesto por la Virgen al ángel es señal de que su maternidad es del todo milagrosa, inexplicable para todo hombre: si no se penetra físicamente un óvulo no se engendra un hombre. Dios, en su obra en la Virgen, no necesita un poder físico para engendrar el óvulo: no tiene que imitar lo que hace el semen. Hacer esto supone romper la virginidad de María.

Una mujer es virgen, no sólo porque su sexo no ha conocido el sexo del varón, sino porque su óvulo no ha sido penetrado por el semen de ningún varón. Esta es la virginidad auténtica, que es la de la Virgen. Y, por eso, Dios obra en Ella sólo de manera sobrenatural, divina. No necesita el poder físico. No necesita imitar las fuerzas de la naturaleza humana del semen para engendrar el óvulo de la Virgen. Dios eleva a la Virgen a un estado divino y obra en Ella sólo lo divino, con un poder divino, nunca físico, nunca humano.

La Virgen María concibe divinamente por el Espíritu Santo, no físicamente. Por eso, la Virgen es Divina. No es humana. No hay nada de humano en Ella. Todo en la Virgen es divino. Toda la obra de Dios en Ella es de carácter divino. La Maternidad Divina no es una maternidad humana, no se obra como una maternidad humana: el Espíritu no rompe el óvulo físicamente para engendrar; el Espíritu asume el óvulo de la Virgen para engendrar lo divino. Ese es el sentido de la virginidad en la María. Es Virgen para Madre: es Virgen para una Maternidad Divina, no para una maternidad humana, concebida por el hombre y obrada por él. María no dona su cuerpo y su sangre para engendrar al Hijo de Dios, sino que es el Hijo de Dios el que asume su cuerpo para obrar la unión hipostática: la unión entre el Creador y la criatura en el Seno de una Virgen. María pertenece a esa unión en la Persona del Verbo para una obra divina en lo humano.

Pero Bergoglio se centra en su idea:

«Así como María es saludada por santa Elisabeth como ‘Bendita entre las mujeres’, así también nosotros hemos sido ‘bendecidos’, o sea amados, y por lo tanto ‘elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados» (ver texto). Todos hemos sido bendecidos, justificados, santificados, hechos buenos como María. Es su fe fiducial: todos amados por Dios y, por tanto, todos somos santos. Dios no te imputa el pecado. Bergoglio equipara a todos los hombres con la Virgen María. Si Ella bendita, todos benditos. Esta es su blasfemia constante.

Y, por eso, sigue:

«María ha sido preservada, en cambio nosotros hemos sido salvados gracias al bautismo y a la fe. A todos entretanto, sea ella que nosotros, por medio de Cristo, “a alabanza del esplendor de su gracia’, esa gracia de la cual la Inmaculada ha sido colma en plenitud’». Gracias a tu fe fiducial, te has salvado, como la Virgen fue preservada del pecado. Todo es gracia. Nadie pone su voluntad libre para aceptar o negar esa gracia. Todo está en la fe fiducial.

Y en la Iglesia Católica seguimos la fe dogmática:

«creemos que es verdad lo que ha sido revelado por Dios, no a causa de la verdad intrínseca de las cosas penetrada en virtud de la luz natural de la razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo que es el que realiza la revelación» (D 1789; cf. 1811): el hombre cree en Dios porque asiente a lo que Dios le revela, da su voluntad libre, se somete con el entendimiento al dogma que Dios le revela, a la Verdad Absoluta, que está por encima de toda mente humana, de todo lenguaje humano, de toda obra humana.

Esta fe dogmática se opone a la fe fiducial. En la fe fiducial, el hombre no se somete a una verdad, sino que obra su mentira, diciéndose a sí mismo que ya Dios le perdonó su pecado, que no lo mira más porque Cristo nos ha salvado con su Sangre, ya hay un ecumenismo de sangre, de sufrimientos, ya sólo existe un misticismo del diálogo.

¡Cuántos católicos perdidos por este hombre, al que continúan llamándole Papa!

Y un hombre que no señale el camino del cielo en la Iglesia, que es un camino de cruz, no es Papa nunca.

Un hombre que sólo le interese el campo humano, no es Papa nunca.

Un hombre que sólo viva para las conquistas de su mente humana, no es Papa nunca.

El Papado es otra cosa a lo que Bergoglio da a conocer. Ser Pedro en la Iglesia es una obra divina en el alma de Pedro. Y todo Papa legítimo hace caminar a la Iglesia en la unidad de la verdad.

Pero todo Papa ilegítimo hace caminar a la Iglesia en la mentira de la diversidad del pensamiento humano.

Jesús vino para salvar almas no para alimentar las mentes de los hombres, que es lo que hace Bergoglio: da sus ideas para que los hombres las acojan y las veán como camino en la Iglesia. Y así las almas se pierden en la idea humana. Se hacen esclavas de lo humano.

Pocas cosas hay que decir de Bergoglio. Todo está dicho. Pero los hombres lo siguen porque quieren el pecado en sus vidas, como se lo da ese hombre.

Si el hombre acepta la mente de este charlatán se hace como él: un inútil para Dios y un esclavo de los pensamientos de los hombres. Muchos están en la Iglesia por el qué dirán. Hacen un común con todos los hombres que quiere vivir su relativismo en la Iglesia. Se unen a los hombres que piensan como ellos.

Y son pocos los católicos verdaderos, que, en verdad, hacen la Iglesia, son Iglesia. Son un resto fiel al que nadie atiende porque para ser de ese Resto no hay que ser del mundo, ni de la masa de los católicos, ni de la gente que se dice que sigue la Tradición, pero que después critica a todo el mundo en la Iglesia.

Si quieren ser Iglesia huyan de todas las cosas. Vayan al desierto. Allí encontrarán la verdad de sus vidas.

Si quieren hacer la Voluntad de Dios comprendan que se quedan solos, enfrentados a todos los hombres, aun los de su misma familia.

Si quieren vivir la Vida Divina, combatan toda vida humana por más buena y perfecta que parezca. Luchen contra todo pensamiento humano aunque les parezca lo más valioso para sus vidas.

Dios no obra la Santidad sin la voluntad libre de los hombres. Dios no hace puros a los hombres porque los hombres lo piensen bien. Dios no salva al hombre si el hombre no se humilla hasta el polvo, no deja en su nada sus grandiosos pensamientos sobre su vida.

Dios quiere Santos en su Iglesia, no quiere bastardos, como son muchos católicos, que se creen algo en la Iglesia porque saben pensar y obrar algo. Dios quiere humildes, que son aquellas almas que obedecen, sin rechistar la verdad revelada, absoluta, sin cambiarla en nada ni por nada en el mundo.

Bergoglio enseña su fe protestante a toda la Iglesia. Y no es capaz de enseñar la fe católica porque no cree en el dogma, en la Verdad Revelada. Es un Lutero más que con bonitas palabras destruye toda Verdad y hace caminar a las almas hacia la perdición eterna.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habló ninguna verdad (2)

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Muchos católicos quedan fascinados por la palabra barata de Bergoglio. Y eso es una señal de que ellos buscan el pensamiento barato, fácil, simplón en la Jerarquía. Muchos, que dudan de este hombre, ante su palabra vuelven a darle un voto de confianza. Y así están en la Iglesia, entre dos aguas, entre dos señores: Cristo y el diablo. Y quieren servir a los dos, al mismo tiempo.

Bergoglio resuelve el problema económico poniendo la divinización del hombre, colocando al hombre como dios: «ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana». En estas palabras anula toda la doctrina social de la Iglesia, todo el Evangelio de Jesús y toda la Tradición católica. Y muchos católicos no han despertado después de leer este discurso. Y nunca despertarán, porque ya siguen el camino barato que un usurpador pone en la Iglesia.

Un Papa verdadero, legítimo, que tiene la verdad en su corazón, habla y enseña con la misma Verdad, con la misma boca de Cristo:

“La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece –la doctrina social- al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral” (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Europa tiene que girar en torno a la teología moral, no al hombre. Sin norma de moralidad, Europa se destruye a sí misma, porque se considera dios para el mundo entero.

La doctrina social de la Iglesia no es una ideología, sino una vida de fe, que sólo es posible ponerla en práctica luchando en contra del querer de los hombres. Esto es lo que no hace Bergoglio ni la Jerarquía que lo acompaña al valle de la muerte, en donde van a encontrar la Justicia de Dios para sus cabezas.

La doctrina social de la Iglesia pertenece a la teología moral, es decir, enseña una vida moral, una conciencia moral, una norma de moralidad a todo hombre. Enseña una verdad que no puede cambiarse por la mente de ningún hombre, una verdad para el corazón, no para la mente del hombre. Una verdad que sólo el humilde de corazón puede obrar en su vida.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habla de ninguna verdad, no dice una verdad, no señala una verdad, sino que rompe con toda verdad.

«El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad…»: este es el lema de la masonería y del falso ecumenismo. Es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos, que hay que tolerarlos todos porque existe una graduación intelectual entre los hombres, una evolución hacia una conciencia más alta, más perfecta, que sólo unos privilegiados poseen.

Se quiere aunar las mentes de los hombres en una conciencia común, en un pensamiento global, al cual nadie puede dominar, pero sí acceder. Es la autoridad de un hombre que se cree dios y que quiere tener dominio sobre todos los hombres: es la mente del Anticristo.

Entre los hombres, la única manera de hacer un común es por la fuerza, es imponiendo ese común como un bien universal, global.

Dios es Uno en la Trinidad; y Trino en la Unidad. Dios obra la unidad en la Verdad. A Dios no le interesa la unidad en la diversidad de pensamientos, porque «Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos».

La mente humana tiene sólo que vivir de fe. Y esto es lo que más le cuesta al hombre y, por eso, va en busca de su concepto de fe, de su obra de fe, de su vida de fe. Y la fe sólo es tener la Mente de Cristo. Y para llegar a esto, sólo hay un camino: crucificar la voluntad de los hombres, que es matar su idea humana de la vida y de Dios.

La Unión Europea nació para eso: para ser el gobierno del Anticristo, para que ese hombre tuviera un campo de dominio propio sobre el mundo.  Y, desde ese poder humano, alcanzar el poder divino.

«…toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor».

Toda auténtica unidad vive sólo de una riqueza: del amor divino. Sin esa riqueza, lo que el hombre llama unidad es una fantasía de su mente humana. Quiere buscar entre las vidas de los hombres, en sus existencias propias, la unidad. Y es un imposible y un absurdo.

Si el hombre nace en el pecado original, todo hombre, toda sociedad, toda familia, todo grupo social, está desunido. Es imposible la unidad en la diversidad, en la desunión de vidas, de pareceres, de obras humanas.

Un hombre no se une a otro hombre porque sea carne y sangre. Las almas se unen, unas a otras, porque tienen el mismo Espíritu. Y si las almas no perciben ese mismo Espíritu, los hombres no se unen, sino que siempre buscan un camino para la desunión.

¡Cuántos unen sus cuerpos en el espíritu de la lujuria! ¡Tienen un mismo espíritu! Sus cuerpos buscan lo mismo, pero no sus almas. Al final, el placer del momento acaba cansando y se busca otra cosa, otra vida distinta a esa unión carnal.

No es la carne y la sangre lo que une: no es el ecumenismo de sangre, que tanta predica este demonio encarnado. O se hace una unión en la Verdad, que es la doctrina de Cristo, que es la enseñanza de la Iglesia, que es lo que la Tradición siempre ha vivido; o se hace una unión con el demonio que es siempre una división con todo lo demás.

«En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo».

Unión en la diversidad;

Unión aceptando las tradiciones, las culturas, los pecados, los errores, las mentiras de los demás;

Unión para tomar conciencia de la humanidad, de la historia del hombre, para ir a la raíz del hombre: ¿cuál es su raíz? ¿No es acaso la tierra, el polvo: «polvo eres y en polvo te convertirás»?¿No es el hombre sólo vanidad de vanidades? No; para Bergoglio será otra cosa.

Unión para dejar las fobias de las mentes: ¡qué miedo pensar que los homosexuales se puede casar… tienen valores! Hay que dejar estas fobias, estos temores…Hay que ser hombres valerosos que lo pueden pensar todo, porque así son libres.

Unión para dar culto al hombre: que cada uno «muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad»: no hay reglas, no hay dogmatismos, no hay norma de moralidad.

Bergoglio busca un pueblo de degenerados, de demonios encarnados, de gente que vive en su pecado y que exalta su pecado porque es su pecado. Es necesario justificar el pecado de los hombres para conseguir esta unidad en la diversidad.

Bergoglio habla de la unidad en la diversidad, pero no es cualquier unidad, porque no es cualquier diversidad. Entre la infinidad de pensamientos humanos, de vida y de obras humanas, hay muchos que no sirven a esta unidad en la diversidad.

«En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría».

He aquí el pensamiento necio de un demonio encarnado. Comienza una crítica a todo, pero sin ninguna referencia, sin ninguna verdad. Es la crítica de su filosofía absurda:

Primera contradicción: «Hay que mantener viva la democracia»: ¿Cómo quieres conseguir la unidad en la diversidad en una democracia? No se puede, porque es necesario mantener la propiedad privada, los dogmas, la ética, la moral, la sabiduría divina…  Y esto impide, precisamente, la unidad en la diversidad. Donde hay una ley divina ya no hay diversidad de pensamientos. La democracia no significa libertinaje, sino moralidad, conciencia moral en el pueblo.

Segunda contradicción: «No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático»: lo uniforme no va con la democracia. Y preguntamos: ¿cuál es la idea de lo uniforme que va con la democracia? ¿Existe la idea uniforme de lo global? ¿Esa idea se ajusta a la idea democrática?

Porque lo uniforme es lo que está en todas partes, lo que se da en todas partes, lo que es igual, lo que todos siguen. Una idea uniforme de lo global es eso: lo que vale para todos, para un mundo global. ¿Cómo es que este concepto de lo uniforme debilita «el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos»?  En la democracia hay muchas cosas para todos que son uniformes, ¿qué cosas uniformes no valen para la democracia? ¿A qué mundo global se está refiriendo? ¿A qué idea de la globalidad se refiere para que se encuentre la idea apropiada de la uniformidad, para que no debilite la organización política?

El pensamiento de Bergoglio no tiene lógica humana. Es un pensamiento oscuro y totalmente contradictorio. Tenía que haber razonado así: la idea de la uniformidad no es posible en un mundo global, no es para todos los hombres, no es para una masa de hombres, no es para una democracia. No existe un pueblo uniforme; no se da una cultura uniforme, porque los pensamientos, las vidas, las obras de todos los hombres son diversas, contradictorias, sin semejanza, sin continuidad una con otra. Sólo se puede dar una uniformidad en aspectos muy particulares, pero es imposible que se de en todos los aspectos de la vida de los hombres. No se puede hablar de la concepción uniforme de la globalidad en la democracia. Es hablar de un disparate. Para hablar de la uniformidad hay que meter la conciencia moral, que es lo que no hace Bergoglio. Los hombres viven en lo uniforme si hay una verdad, la referencia a una verdad. Pero no hay uniformidad en la referencia una globalidad sin verdad.

Tercera contradicción: «De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político». ¡Toma ya! La idea no lleva a la realidad de la democracia. Quien vive de la idea vive en un ideal, en un concepto de la democracia, pero no en la realidad. ¡Puro sentimentalismo de este hombre! No vivas en el reino de la idea: vive en el reino del sentimiento, del afecto. Pensar es vivir una fábula, un sueño. Toda la Unión Europea vive en el reino de la idea masónica. ¿A qué vienes a predicar que no vivan en el reino de la idea? ¡Qué disparate! ¿Qué es la realidad de la democracia? Si no es la idea, que es lo que mueve a todo hombre, aunque sea un subnormal, tiene que ser lo sensible, lo sentimental, los afectos vacíos y ciegos de los hombres, sus instintos carnales y animales.

Bergoglio critica el reino de la idea, pero no dice de qué ideas se refiere, qué ideas son malas para la vida. Habla de un nominalismo político, es decir, de conceptos vacíos, de ideas sin contenido. Pero, ¿cuál es el contenido de la idea para Bergoglio? Es lo que no dice, porque lo critica todo. Bergoglio va en busca de una idea, de su idea, pero no de la Verdad. Entonces, siempre su pensamiento se queda en la oscuridad. Habla de muchas cosas y no dice nada en concreto.

Y, entonces, termina con una blasfemia:

«Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría». Ha llamado idiotas a todos los hombres. Ha jugado a todos los hombres. Ha condenado a todos los hombres.

«Maneras globalizantes de diluir la realidad»: se busca un mundo real, pero la gente vive de una manera que imposibilita esa realidad. Y son maneras globalizantes, son formas de vivir, acuñadas por una mayoría, que entorpecen la realidad de la vida. Y he aquí su salvajada, esas maneras globalizantes:

Los purismos angélicos: serán los conventos de las carmelitas, la gente que vive separada del mundo, los anacoretas, los monjes del desierto, los que no quieren saber nada del mundo, los que buscan el cielo en la tierra, los que quieren ser como ángeles, sin pecado, los que luchan contra el pecado, los que llaman al pecado con el nombre del pecado, los que quiere purificar su corazón del pecado, los que todavía creen que con la gracia el hombre se hace puro, santo, justo…Pues, estos viven una manera globalizante que impide la realidad de la vida. No sirven para la democracia, para la unidad en la diversidad.

Los totalitarismos de lo relativo: Todos los hombres buscan su propiedad privada, su relación personal y privada con otra persona, con el mundo que le rodea, su vida que a nadie le incumbe. Todos viven para una relación, no para un global. Todos en esa relación se comunican con otros hombres; pero no es una comunicación totalitaria, absoluta, incondicional…Este hombre dice: en lo relatico, no seas totalitario. Y ¿qué pretende enseñar con eso? Nada. Porque lo relativo nunca es totalitario, nunca es lo absoluto. No tiene lógica Bergoglio. Ninguna lógica. Habla por hablar, para quedar bien ante todo el mundo. En la comunicación con los hombres no busques totalidad, sino parcialidad. Sé parcial, sé comprensivo, no vivas tu vida imponiendo tu relación. Ten una relación global, en la que todo el mundo entre. Si no vives así, entonces tu vida privada impide la unidad en la diversidad.

Los fundamentalismos ahistóricos: el aborto, el homosexualismo, la eutanasia, hay que mirarlos en la historia del momento, no en el pasado del tiempo. No hay que quedarse en un dogma, en una revelación, en el pasado ahistórico. Hay que coger el pasado y que sea un camino nuevo, una evolución nueva para la mente del hombre moderno, para construir el hombre del futuro, el hombre de las ideas viejas y locas, como Bergoglio. Todos aquellos que viven de una idea fija no sirven para la unidad en la diversidad. Tiene que dejar su fijeza, su dogma. Como Bergoglio no discierne entre el pecado de soberbia que lleva a un fundamentalismo malo, pecaminoso, y la norma de moralidad que lleva a un fundamentalismo bueno, entonces anula la Verdad Absoluta y condena a los hombres por sus ideas fijas.

Bergoglio juzga a toda la Tradición católica. No hay moral permanente. Tiene que haber una moral que cambie a todas horas para que se pueda producir la unidad en la diversidad

Los eticismos sin bondad: ¿Cuándo la ética no es buena? Es que si no es buena, no es ética. ¿Qué clase de bondad hay que no sea ética? ¡Qué majadero! ¡Pero qué idiota es Bergoglio!

Los intelectualismos sin sabiduría: Todo intelectual es sabio, aunque posea una sabiduría equivocada, mundana. Todo conocimiento es sabiduría. Un intelectual sin sabiduría no es intelectual sino un animal irracional. ¿Qué sabiduría humana no es intelectual, no nace del intelecto del hombre? ¡Pero, Dios mí, qué hombre más necio!

¿Cuál es el pensamiento de Bergoglio? Ninguno. Sólo vive en la voluntad: no quiere ni ética ni moral; no quiere intelectuales, no quiere sabiduría, no quiere absolutos, no quiere egoísmos…Sólo quiere una cosa: lo bueno que hay que hacer ahora: llenar estómagos, dar trabajo a los jóvenes, cuidar ancianos…La voluntad. Bergoglio es un ser que vive para obrar. Y no importa si eso que obra es bueno o malo. Hay que obrarlo, y punto y final. Por eso, Bergoglio se carga todo y no gusta a nadie. A nadie.

La gente del mundo conoce lo que es Bergoglio. Y están más despiertos que muchos católicos en la Iglesia.

Hay muchos paganos que ya están de vuelta ante lo que propone Bergoglio. Y han descubierto que eso no es la verdad. ¡Cuántos paganos van a entrar en la verdadera Iglesia porque la Jerarquía de la Iglesia ha despreciado la Verdad!

¡Cuántos paganos están viendo que lo que propone Bergoglio, desde el Vaticano, no sirve para encontrar la Verdad! ¡Pero qué poca gente en la Iglesia hay que discierna esto!

«Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece»: la fuerza real del pueblo. Es lo que le interesa a Bergoglio. Esta realidad. Y las maneras globalizantes de muchos impiden esta realidad. Esas maneras transforman el poder del pueblo en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos: teología de la liberación. El pueblo se siente oprimido por el capitalismo. Lucha de clases sociales. Fuera la tiranía del capital. Es la vieja batalla del marxismo, que un viejo la saca a relucir porque no tiene otra cosa que hacer en su maldita vida. A sus años es lo único que puede hacer: hablar sin sensatez de algo que ya la gente no quiere, porque ha visto por experiencia la maldad de lo que predica Bergoglio.

Y una vez que hace esta crítica a todo el mundo, que vive unas maneras globalizantes que impiden la unidad en la diversidad, ahora se pone como maestro. Va a hablar de la educación, de las familias, de la ecología, del trabajo. Y va a terminar su discurso con la falsa idea de la paz, buscada en el diálogo. Quiere encontrar la identidad europea, pero ¿con qué leyes, con qué verdad, con qué ética, con qué norma de moralidad? Con ninguna. Con lo que los hombres se inventen, en sus cabezas, para hallar esa unidad en la diversidad que sirva. Y pone el resumen de su loco pensamiento:

«Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira, defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad».

Creíamos que construir la Europa significaría poner a Dios en el centro. No; todo debe girar en torno al hombre, en torno a su mente, a su vida, a sus valores, a sus obras. Es el hombre, el centro. Y ese hombre es sagrado: la «sacralidad de la persona humana». Pero, ¿cuándo el hombre, que nace en el pecado original, que vive una vida para pecar, es sagrado? ¿Qué es lo sagrado para este hombre? ¿Cuál es el concepto de lo divino, de la santidad, que tiene este hombre?

Juan Pablo II resolvió el dilema de las economías en la doctrina social de la Iglesia que exige una ley moral, una ley ética, una ley divina entre los hombres.

Bergoglio anula a Juan Pablo II y pone el culto al hombre como solución de los problemas de los pueblos.

¿A quién quieren seguir? Cada alma tiene que elegir en la Iglesia: el usurpador, Bergoglio, o Cristo. No se pueden seguir a los dos. Quien obedece a Bergoglio anula a Cristo. Quien obedece a cristo, combate a Bergoglio y lucha por la Iglesia verdadera.

Pero, muchos católicos, no piensan en esto, no ven esto.

Bergoglio es un hombre de cabeza hueca: no tiene, dentro de su mente humana, la verdad. Nada más es leer este su discurso totalmente herético por los cuatro costados.

¿Por qué obedecen a un hombre de cabeza hueca, de palabra barata, de corazón malvado en la Iglesia?

¿Por qué lo llaman Papa?

¿Por qué le dan publicidad?

¿Cuál es su vida espiritual en la Iglesia? ¿Qué se creen que es la Iglesia? ¿La opinión de Bergoglio? ¿La Iglesia está en la mente de Bergoglio? ¿El camino para salvarse en la Iglesia es aceptar la mente de Bergoglio? ¿Se está en comunión con la Iglesia porque se obedece la mente de Bergoglio? ¿Cómo la comunión en la verdad puede surgir sometiendo el entendimiento a la herejía de un hombre? ¿Es eso posible?¿La verdad nace del disparate de Bergoglio? ¿La verdad se encuentra en las estupideces que dice Bergoglio todos los días? ¿Qué es la verdad para muchos católicos? ¿Es amar a Cristo en el Altar y después amar a un hereje como Papa? ¿Se puede amar a Bergoglio como Papa y no odiar a Cristo como Rey de la Iglesia?

Muchos no saben responder a estas preguntas porque ya no les importa la verdad en la Iglesia. Sólo van con la masa: con lo que dicen muchos, con lo que opinan muchos. Y, ante un discurso blasfemo de un hombre sin conocimiento de la verdad, siguen con la boca abierta, con la sorpresa de haber encontrado al gran reformador de la Iglesia.

Si ciega está toda la Jerarquía con respecto a Bergoglio, más ciega están todos los católicos que se creen algo por tener a Bergoglio como Papa verdadero, sabiendo que es un hereje contumaz.

¡Qué gran ignorante es Bergoglio y cómo lo ha demostrado en su discurso en la ONU!

La esencia del Evangelio es la Verdad enseñada por Cristo

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«Un buen educador apunta a lo esencial. No se pierde en los detalles, sino que quiere transmitir lo que realmente cuenta para que, el niño o el estudiante, pueda encontrar el sentido y la alegría de vivir. Es la verdad. Lo esencial, según el Evangelio, es la misericordia. La esencia del Evangelio es la misericordia. Dios ha enviado a Su Hijo, Dios se ha hecho hombre para salvarnos, es decir, para darnos su misericordia. Lo dice claramente Jesús, resumiendo sus enseñanzas a sus discípulos: “Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36)». (ver texto

A los católicos tibios les gusta este lenguaje: es sencillo, sentimental y blasfemo. Es el lenguaje propio de una mente perdida en su locura; de un hombre que sólo sabe hablar para que el que lo escucha esté contento, y diga: este hombre es un santo.

Si el usurpador del Papado, que es Francisco, alguna vez dijera una verdad, entonces sería un Papa legítimo. Pero es imposible que haya una verdad en su mente y en sus palabras. ¡Imposible! Su pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo se lo impide. Y, por tanto, habla muchas cosas –y habla de todo- pero nunca dice la verdad. Da vueltas y vueltas a la verdad, mostrando sólo lo que a él le interesa, es decir, su mentira, su engaño, su error.

Francisco habla sólo su lenguaje. Como el demonio: «Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio, porque él es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44c). Francisco habla su lenguaje de la mentira, que es lo suyo propio. No tiene otro lenguaje. Y no puede tenerlo. No le entra en su cabeza, porque está cerrado a la verdad que viene del Espíritu. Y, por tanto, tiene su mente abierta a la mentira que viene del demonio.

Cuando el corazón se cierra a la Gracia, la mente se abre a la seducción del demonio. Y esto se hace de manera automática: quien no vive en Gracia, vive con el corazón cerrado a la verdad, y con la mente abierta a la mentira. Y es un juguete del demonio. Su mente da vueltas, constantemente, a lo que el demonio le vaya poniendo.

«Un buen educador apunta a lo esencial», pero un buen Obispo salva las almas del error y de la mentira: enseña la Verdad, guía hacia la verdad y gobierna con la Verdad. Eso es lo esencial en la Iglesia. Eso es lo esencial en el Evangelio de Cristo. Eso es la esencia de la vida espiritual: «Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado» (Mt 28, 19). La esencia del Evangelio es la Verdad: lo que Cristo ha enseñado a sus discípulos.

Francisco dice: «La esencia del Evangelio es la misericordia». Dice su lenguaje de la mentira. Sólo quiere presentar una mentira: su falsa misericordia. El concepto que él tiene de la misericordia. No quiere llevar al alma hacia la verdad de la misericordia, sino hacia la mentira de su idea de la misericordia: «Dios ha enviado a Su Hijo, Dios se ha hecho hombre para salvarnos, es decir, para darnos su misericordia»

Dios ha enviado a Su Hijo para quitar el pecado de Adán: «Por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la Justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida» (Rom 5, 18). Jesús nos da Su Justicia, no su misericordia. Es Su Justicia la que nos justifica.

Francisco nunca da la verdad de la misericordia: «Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición (…) para que al bendición de Abraham se extendiese sobre las gentes en Jesucristo y, por la fe, recibamos la promesa del Espíritu» (Gal 3, 13.14). La misericordia, que es la bendición que Dios da a Abraham, sólo es fruto de la Justicia: de ponerse como un maldito. Clavarse en la Cruz. Y de esa manera, los que creen, los que se unen a Cristo Crucificado, encuentran el camino de la misericordia en la Justicia del Padre.

Pero Francisco, va a lo suyo propio, al concepto que tiene en su mente de la falsa misericordia: «La Madre Iglesia nos enseña a dar de comer y beber al hambriento y sediento, vestir al desnudo». Esto es una gran mentira. «La Iglesia, “columna y fundamento de la Verdad” (1 Tim 3, 15), recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva” (LG 17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2032). Dar de comer y beber, vestir al desnudo no es la verdad que salva al alma. No es lo que enseña la Iglesia: «Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social» (Ib). La Iglesia enseña la norma de moralidad.

Francisco enseña su comunismo, que es su falsa misericordia. Toda la homilía sólo se centra en esto: «la Iglesia nos enseña a dar de comer y beber al que tiene hambre y sed; vestir al que está desnudo. Nos enseña a estar cerca del enfermo, ya sea en un hospital, en una residencia o en la propia casa. Nos enseña a visitar al encarcelado, mirándolo en su humanidad, pues sólo la misericordia puede cambiar el corazón y hacer que una persona vuelva a insertarse en la sociedad. Por último, la Iglesia nos enseña también a estar cerca del abandonado o del que muere solo».

Toda la preocupación de este hombre es que la gente viva insertada en la sociedad. Eso es todo en su falsa misericordia. Predica un plan social, unas escuelas para el pueblo, una política para las cosas del mundo, una economía para enriquecer a los pobres, una cultura en que se luche contra las injusticias sociales. Esto es todo en Francisco. Y no busquen una verdad porque es un Obispo sin verdad; es decir, ni es Obispo ni puede entender lo que es la verdad de la vida.

El buen Obispo enseña la doctrina de Cristo, que es una obediencia: «Yo os he mandado». Y lo que ha mandado Jesús no es un conjunto de palabras bonitas, que se dicen unos a otros y que todo el mundo las puede interpretar –después- como quiera. No; la doctrina de Cristo no es de Cristo, sino del Padre: «Mi doctrina no es Mía, sino de Aquel que me ha enviado» (Jn 7, 16). Y, por tanto, para enseñar esa doctrina divina, todo Obispo, todo sacerdote, tiene que poner su mente en el suelo, tiene que pisotear su orgullo, tiene que poner su vida en penitencia constante, para poder entender en su corazón esas Palabras divinas, y así ofrecerlas a los demás, sin añadir ni quitar nada.

Como esto no lo hace el gran bufón del Anticristo, al que llaman Francisco, entonces, quien vive una vida espiritual verdadera se da cuenta, al instante, de lo vacío, del sin sentido que es ese hombre, al que los necios le siguen llamando Papa, en la iglesia que ha formado en el Vaticano.

Las palabras de Francisco están vacías de la verdad: no tienen unción divina. No saben a Dios: no elevan hacia el cielo; sino que tienen el gusto de todo lo humano, de todo lo profano, de toda la porquería que se vive en el mundo. Arrastran hacia el mundo, hacia lo profano, hacia la vida de tibieza y de pecado. Dejan al alma viviendo en la inmundicia de su pecado.

Un Obispo, cuando habla, tiene que elevar el alma hacia lo divino. Francisco abaja al hombre al animal, a lo carnal, a lo material, a lo terrenal, a lo humano, a lo natural. Y lo hace con sus palabras bonitas, agradables, llenas de sentimentalismo barato. Es su lenguaje de mentira. Francisco habla para el sentimiento del hombre. Es como agarra a la gente. Lo sensual, después de lo carnal, es lo que lleva más almas al infierno. Un lenguaje sensual, desprovisto de las miras celestiales, para poner la mirada sólo en lo humano.

Francisco confunde la Misericordia con las obras de misericordia: «Lo dice claramente Jesús, resumiendo sus enseñanzas a sus discípulos: “Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36)».

Las obras de la misericordia se hacen por una justicia: «Mejor es dar limosna que acumular tesoros, pues la limosna libra de la muerte y limpia de todo pecado. Los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de felicidad, mientras que los pecadores son enemigos de su propia dicha» (Tob 12, 9-10).

¿Alguna vez, Francisco, ha dicho que dar de comer expía los pecados? Nunca. Y nunca lo va a decir, porque no puede decirlo. Él sólo está en su negocio en la Iglesia: su marxismo. ¡Su maldito comunismo!¡Su maldita iglesia de los pobres y para los pobres! Francisco sólo está en su maldito pensamiento humano. Vive en él. Duerme con él. Y se pasea por todo el mundo para recibir una alabanza humana, y así quedar saciado de gloria mundana.

¿Todavía no han aprendido a disecar las homilías de Francisco? ¿A triturarlas? ¿A escupirlas?

Si no saben la doctrina de Cristo, entonces viven como muchos en la Iglesia: besando el trasero de Francisco. Obedeciendo su mente. Y abajándose a los caprichos de ese hombre para darle un gusto a él.

Llena está la Iglesia Católica de gente que vive en la inmundicia de su pecado: ellos son enemigos de su vida de felicidad, que persiguen constantemente. Van buscando una palabra positiva en la vida para, al momento, quedar vacíos de felicidad. Viven la felicidad del momento y quedan en la angustia de la vida por siempre. Son veletas de las modas de los hombres, de los gustos del mundo, del que dirán. Y no pueden vivir su vida oponiéndose a todo lo humano, luchando contra los hombres, contra sus mentes, sus opiniones, sus lenguajes humanos. No pueden. Ya han dicho no a la Verdad, a Cristo.

Es lo que pasa en la Iglesia: una Jerarquía acomodada a un lenguaje humano, que tiene miedo de enfrentar ese lenguaje humano. Tiene miedo de encararse a Francisco. ¡Menuda panda de idiotas! ¿Sois de Cristo o sois de Francisco? ¿Sois de la doctrina de Cristo o del comunismo de Francisco? ¡Panda de imbéciles es toda la Jerarquía que se somete a Francisco! ¡Muchos ya no van a salir de esa falsa obediencia! ¡Cuántos se van a condenar de la Jerarquía! ¡Muy poquitos, al final, cuando quiten la Eucaristía, se van a salvar! ¡Muy poquitos!

Esto no es un juego. La Iglesia es la Jerarquía. Y si la Jerarquía no defiende la Verdad, que es Cristo, en la Iglesia, esa Jerarquía se condena con su mentira en la misma Iglesia de Cristo.

Renunciar a la obra de Satanás en el Vaticano

«un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable hasta sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia; impregnados, por el contrario hasta la médula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo…» (San Pío X – Pascendi)

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Los tiempos se acercan para todos. No son los tiempos de la historia, sino del Espíritu.

El hombre ha creado su historia y, por tanto, sus tiempos. Y, en esos tiempos, Dios ha ido trabajando para sacar del mal un bien para el hombre.

Cuando Jesús funda Su Iglesia tiene un plan para Ella. Pero ese plan no es humano, ni histórico, ni se puede discernir en las diferentes culturas humanas.

Dios no funda Su Iglesia para una obra humana: para tener capillas o parroquias o una estructura en Roma.

La Iglesia es el Reino Glorioso de Dios, que abarca tres estados: humano, preternatural y sobrenatural.

En el estado humano, está la Iglesia militante, que milita o lucha bajo la bandera de Cristo: son las almas que viven en Gracia y que son fieles a Ella cada día, sin importar sus vidas humanas, sociales, económicas o políticas. La Gracia no anula la naturaleza del hombre, sino que está por encima de ella, guiándola hacia la verdad de su ser. El hombre, en su naturaleza humana, debe ser transformado para adquirir la naturaleza divina, que se da en la Gracia.

La Gracia reviste al hombre de lo divino: es el vestido espiritual que el hombre posee al ser hijo de Dios por el bautismo. Y esa vestidura es invisible a los ojos de los hombres. Esa vestidura no es un comportamiento humano, ni unos ideales humanos, ni consiste en obrar cosas humanas.

La Gracia da al hombre la misma Mente de Dios. Y, en esa Mente, el hombre aprende a vivir como hombre y a ser fiel a la Gracia.

Si la Gracia no anula la naturaleza humana, eso significa que Dios necesita esa naturaleza para obrar su vida divina en la gracia. Y el hombre tiene que aprender a mirar su naturaleza humana desde la gracia, desde la vida que Dios le ofrece. De esa manera, la naturaleza del hombre se va transformando en instrumento de lo divino.

Ya el hombre, en la gracia, no es el centro de su naturaleza humana, sino que es el instrumento de Dios para obrar en su naturaleza de hombre aquello que Dios quiere.

La gracia dignifica a la persona humana, le da el sentido de la vida que nada humano, ni natural, ni social, le puede dar.

Cuanto más el hombre anda en la vida social, cuanto más está interesado por los otros hombres, menos vive en la gracia, menos es fiel a la gracia, menos entiende la vida de Dios.

La gracia no es para ser más hombres, más humanos, más fraternos, más sociales. Dios no da Su Vida para que el hombre siga siendo hombre. Jesús murió a su vida humana para que el hombre haga lo mismo. Y sólo a través de la muerte de todo lo humano se llega al estado de gloria. Y sin esa muerte, los hombres siguen siendo hombres. Y tendrán mucha perfección en todo lo humano. Pero son sólo hombres, incapaces de seguir a Dios, de servirlo, de ser instrumentos de Su Voluntad, de adorarlo en Espíritu y en Verdad.

El antropocentrismo es la herejía de estos tiempos históricos: el hombre es el centro de la creación. Eso da a todo una visión horizontal de todas las cosas. Y eso lleva, de manera inevitable, a la destrucción del hombre por el mismo hombre. Y se hace con obras buenas, obras tecnológicas que el mismo hombre ha creado, y con pensamientos y filosofías que los mismos hombres han adquirido y aceptado como un valor en sus vidas.

El humanismo es lo que todos ven en la Iglesia y en el mundo. Todos luchan por algo humano: un derecho, una justicia, una ley, una vida, una obra. Y luchan poniendo el nombre de Dios (o el de la Iglesia, o el de Cristo) en medio, como si Dios quisiera esa lucha, ese derecho, esa vida.

En el humanismo, los tres primeros mandamientos de Dios se anulan completamente: ya no hay culto debido a Dios y, por tanto, ya no hay una religión revelada; se toma el nombre de Dios en vano y para una blasfemia bien maquillada en las palabras y en las obras; se santifican los días y las obras de los hombres para señalar que Dios está en todas las obras de los hombres.

Quien viva mirando al hombre, en esta etapa histórica que vivimos, se va a perder de manera absoluta, no ya relativa. El hombre es capaz, con sus inventos, con sus obras, con sus filosofías, de condenar a los demás hombres en vida: de hacerles vivir una vida de condenación, en la que no es posible el arrepentimiento del pecado, que es la única vía para salvarse.

Cuando los hombres ya no se arrepienten de sus pecados es que ya el hombre ha dado al pecado magisterio de santidad. El pecado es una escuela que el hombre histórico del siglo XXI tiene que probar y vivir si quiere ser hombre, si quiere pertenecer a un país, a una sociedad, a una familia, a una iglesia.

Cuando el pecado es un valor y una virtud para el hombre, entonces su condenación es absoluta. Mientras permanezca en lo que es, una ofensa a Dios, y por tanto, un mal, un vicio, un error, la condenación es relativa: hay modo de salvarse.

El pecado ha sido anulado en muchas partes del mundo y, también, dentro de la Iglesia Católica. Los hombres se han olvidado de que fue, precisamente, el pecado lo que dividió a la Creación.

El Paraíso era todo Gracia: vida divina, bondad, amor divinos. No había ninguna maldad. Y por el pecado de un hombre, todos condenados. Condenación relativa, por la esencia del pecado original; pero absoluta para algunos hombres, como Caín y su descendencia.

Cuando los hombres se olvidan y anulan esta Verdad Absoluta: lo que pasó en el Paraíso, entonces viven su condenación absoluta, sin posibilidad de salvarse.

Y estamos en el tiempo histórico en que se vive esta condenación absoluta en muchos hombres, ya del mundo, ya de la Iglesia.

Es el tiempo del Anticristo: tiempo para condenarse, no para salvarse. El Anticristo no salva, sino que lleva, sin posibilidad de cambio, de arrepentimiento, al fuego del infierno.

Como los hombres ya no creen en el pecado, tampoco creen en el demonio ni en el infierno; y por tanto, todas estas palabras sobre la condenación son sólo eso: palabras.

En el humanismo se vive sólo el lenguaje humano. No se vive de filosofías, de ideas, de pensamientos elaborados. Se vive de una maqueta, de un timbre, de una etiqueta, de un nombre, que hace referencia a algo que todos conocen, pero que nadie vive.

El humanismo no pelea por los conceptos absolutos, porque sabe que no puede pelear. Lo que hace es poner la etiqueta a ese concepto absoluto, para vivir una relatividad. Este es el juego de muchos hombres y, sobre todo, de la Jerarquía infiltrada en la Iglesia.

Es fácil poner el nombre de católico, de Papa, a Francisco. Es fácil decir que su doctrina es católica. Se le pone la etiqueta, que a todos gusta. Porque la masa lo que quiere es que le digan que ese hombre, al que llaman Papa, su magisterio es católico. Si alguien les dice eso, entonces siguen sus vidas como si nada.

Este es el juego del lenguaje humano, propio del humanismo. Son las formas exteriores. Francisco se reviste del manto de la humildad y de la pobreza. Esto es lo que atrae a todo el mundo. Todo el mundo se queda con eso exterior. Y no les importa lo interior de ese hombre: Francisco, ¿obedece o no obedece a la Verdad, a Cristo, al Magisterio de la Iglesia? Esto no se lo preguntan, porque viven en el humanismo.

Y el que concibe su vida de manera antropocéntrica, sólo vive para encontrar un pensamiento positivo, que le agrade, que le ayude a quitar temores, miedos, que hay muchos en la vida. El humanista no lucha por una verdad inconmovible en su vida. No puede luchar, porque se ha acomodado a todo lo humano, que es cambiante: está mirando el mar de lo humano, sus riberas, sus confines, sus conquistas. Y no puede salir de esa mirada. Y no puede encontrar, en lo que ve, un absoluto, una eternidad, un ideal que no cambie, que permanezca. Sólo encuentra lo propio de lo humano: lo que es temporal, lo que se puede medir, lo que cambia en cualquier momento.

Cuando la vida se vive así, entonces la vida carece de sentido. Cuando el hombre permanece en él mismo, en su vida pasajera, haciendo de la tierra su patria definitiva, viviendo su historia como el centro de todas las cosas, entonces el hombre ha perdido la fe, la trascendencia, la capacidad de ir más allá de su humanidad; ya no tiene en su alma la disposición requerida para pasar adelante, para ir a otro estado de vida, que no sea el pecado y todas las cosas humanas.

Los hombres que se instalan en su pecado son los humanistas, los inmanentistas, los idealistas, los que ha dado muerte a Dios en todas las cosas. Y sólo ponen la etiqueta de Dios en todo lo que hacen en sus vidas, porque de lo que se trata es de agradar a todos los hombres.

Francisco y todos sus seguidores viven el antropocentrismo, es decir, cabalgan en la herejía del humanismo, poniendo etiqueta a todo. Se revisten de sentimientos de modestia, de humildad, de pobreza, de misericordia, pero son incapaces de obedecer a la verdad. No pueden poner sus mentes en el suelo para aceptar la verdad que Cristo ha revelado. Han bebido de todas las herejías posibles. Y sólo encuentran en sus mentes la idea apropiada para dividir toda verdad. Y con ese alimento herético están dentro de la Iglesia para reformarla y acabarla completamente.

En el humanismo, se reduce a Dios a la historia, a la cultura, a lo social, a la vida de cada hombre. Es la visión que cada hombre tiene de Dios. Es la experiencia que cada hombre tiene de la religión, de la iglesia, de Cristo. Es la conciencia tomada como dogma en el pensamiento humano: el hombre es el que decide lo que es bueno y lo que es malo. El hombre se absolutiza él mismo. Se vuelve un dios para él y para los demás. Consecuencia: es imposible salir de este estado.

Cuando el hombre se mira sólo a sí mismo comete el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Y de ese pecado, no es posible salir.

La Iglesia en el Vaticano vive la horizontalidad: han anulado el gobierno vertical en Pedro y han puesto una maqueta. Un gobierno de muchas cabezas con el nombre de un Papa, y todos dicen que están bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Esta etiqueta es sólo eso: una figura de lo que es Pedro y su gobierno en la Iglesia. Una figura vacía. Una estatua sin vida espiritual, sin vida de la gracia.

En el gobierno horizontal, que actualmente está en el Vaticano, no está la Gracia. La ley de la Gracia exige un gobierno vertical de uno solo: una sola cabeza, el Papa, que mira desde arriba a todos y que exige a todos la obediencia absoluta a su voz. Esto ha quedado anulado completamente. Esta trascendencia ha sido revocada por la inmanencia: en el Vaticano consideran ese gobierno de ocho cabezas, que es sólo algo natural, humano, como algo sobrenatural, como una Voluntad de Dios. Permanecer en el consejo de los hombres es más importante que hablar con Dios. Reunirse una serie personas para tratar los asuntos de la Iglesia y dar soluciones es llamado cosa sobrenatural. Es la trampa del lenguaje humano. Es la etiqueta que usan para acallar a todos en la Iglesia y que nadie se rebele.

Pero lo más grave es la consecuencia de este gobierno horizontal para toda la Iglesia: es la anulación de la Gracia en la Iglesia. Pocos han meditado esto.

Cristo da Su Gracia a toda la Iglesia sólo a través de Su Pedro. No existe Pedro, no hay gracia. Y, por tanto, una vez que se consolidó este gobierno horizontal, la Iglesia ha ido perdiendo la línea de la gracia en todos los campos: en la Jerarquía y en los fieles.

Ya Cristo no reparte su Gracia a través de Pedro, porque han blasfemado contra el Papado, en el Papa Benedicto XVI. Ellos, la masonería, la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, han anulado el dogma del Papado en su raíz. Y, por eso, no puede haber más Papas, por vía ordinaria. Habrá Papas, pero por vía extraordinaria.

Poco a poco, se ha ido viendo en la Iglesia el cúmulo de errores en todos sus miembros, porque ya la Iglesia ha dejado de ser infalible. Ahora vive en el error, en la mentira y en el pecado. Ahora vive en el esfuerzo de los hombres. Es el pelagianismo y el protestantismo.

Se da un pelagianismo social: todo es luchar, esforzarse para conseguir que los hombres vivan bien en sus vidas humanas, para que nadie sea pobre, esté sin trabajo, sin escuela, sin salud, etc. Y se da un protestantismo social: todos los hombres son justos y santos; son buenos, aunque sean muy pecadores.

Ante este desastre que vemos en el Vaticano, con la formación de una nueva estructura de iglesia, sin la gracia, una sociedad horizontal, que sólo vive mirando al hombre y poniendo etiquetas a todo lo divino, es necesario que el miembro de la Iglesia Católica renuncie.

Muchos esperan a un Sínodo, que es convocado por un falso Papa, que es horizontal, que no tiene la línea de la gracia, que es falible por los cuatro costados, para decidir su destino en la Iglesia. Muchos esperan esperanzados, con la ilusión de que allí no va a pasar nada, de que no van cambiar el dogma. Muchos viven así: en su humanismo, en su horizontalidad, en su inmanencia.

Hay mucha gente en la Iglesia que ya le trae sin cuidado la Gracia: ni sabe lo que es ni para qué sirve. Y sólo esperan en las decisiones de los hombres. Sólo confían en esos hombres que se ponen un manto de humildad y de pobreza y que les cuenta una serie de fábulas para adormecer sus inteligencias humanas. Con la palabra barata y blasfema es cómo Francisco ha conquistado a las almas, que se han vuelto masa en la Iglesia. Ya no son almas de gracia, sino de hombres, de ideas humanas, de estructuras externas, de leyes concebidas sólo en la herejía del pensamiento del hombre.

Quien siga a Francisco no puede seguir a Cristo y, por tanto, ya no pertenece al Rebaño de Cristo, sino a la nueva iglesia, que se levanta en Roma. Esa nueva iglesia le ponen la etiqueta de católica, pero ya no tiene la fe católica porque comienza a ser como una de tantas en el mundo: una religión para los hombres, para defender sus derechos sociales y para contar batallitas sobre el mundo, la creación y la salvación.

Es necesario no hacerse ilusiones ya con el Vaticano. El Sínodo es sólo una abominación más en la Iglesia. De ahí saldrá mucho mal para todos. Y nadie en la Jerarquía va a abrir la boca y se va a oponer a lo que salga en ese Sínodo. Nadie. Todos aceptarán, en sus mentes, una abominación. Y eso será un mal para ellos, para su vocación sacerdotal y un mal para todo el Rebaño en la Iglesia.

Para no tragarse esa abominación, cada católico tiene que renunciar a lo que hay en el Vaticano. Es como renunciar a Satanás. Es lo mismo. El gobierno horizontal es la obra de Satanás dentro de los muros del Vaticano. Hay que renunciar a esa obra. Y eso lo que muchos no van a hacer, porque no tienen vida de la gracia. Viven sólo su humanismo, contentos en todo lo humano, sin hacer caso a la Voluntad de Dios, que sólo se puede entender viviendo en gracia y para la gracia.

Francisco no es más que lo que se ve

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Francisco no es más que lo que se ve, es decir, un hombre pervertido en su inteligencia humana, idealista, mundano, profano, vividor de su orgullo, fornicario de las mentes de los hombres, con una boca que siembra tempestades, con un corazón lleno de odio hacia todos los hombres, con una mente propia de un loco.

Francisco no tiene ninguna vida espiritual. No tiene unión con Dios. Vive su vida, como a él le da la real gana. Y, después, habla un poco de todo, pero sólo para calentar el ambiente, para entretener a la masa, para desviar la atención de lo que otros están haciendo en la oscuridad.

Francisco habla y nunca dice nada. No hay una verdad cuando habla. Habla para hacer ruido, pero deja un vacío a su alrededor, propio de almas que están en la vida porque tienen que estar. A Francisco le ha tocado la lotería con la Silla de Pedro. Y ahí está divirtiéndose de lo lindo, gastando su premio, derrochándolo, para acabar como un idiota ante la Iglesia y el mundo. Porque es así como todos los ven, pero nadie se atreve a decirlo, por el respeto humano, por el qué dirán, porque la gente, hoy día, sólo vive haciendo caso a sus sentimentalismos baratos y le sienta mal escuchar que Francisco es un idiota. Y es lo que muchos piensan en su interior, pero, claro, les da cargo de conciencia porque no tienen la libertad del Espíritu y no saben llamar a un idiota cuando hay que llamarlo.

Esto es Francisco: no es más que lo que se ve, con un interior vacío de toda Verdad, pero lleno de la mente del demonio para engañar a todo el mundo con palabras baratas y blasfemas. Francisco es (citas tomadas de su Evangelium Gaudium: la alegría mundana de la palabra del demonio):

• un hombre simplón: “Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de pasar un buen día” (Pg. 6)

• que no busca la conversión de las almas, sino su unión en la mentira: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (Pg.15).

• que su gloria es el mundo, su tiempo es para encontrar la alegría en el mundo, pero no para predicar a Cristo Crucificado. Hay que marcar el tiempo de la alegría profana, pero no el de la Cruz, no el del sufrimiento, no el del despojo de todo lo humano. La evangelización se marca con la Cruz, no con un beso y un abrazo: “En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría” (Pg.3)

• un hombre que no sabe lo que es la alegría del corazón, porque no llama a las obras de la tecnología como las obras del pecado, que sólo engendran placer pecaminoso, incapaz de dar la alegría al hombre: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (Pg.8).

• un personaje que no sabe hablar del amor, sino de la vida. Quien da amor da vida, pero quien da vida encuentra muerte a su alrededor. Jesús amó hasta el extremo y, por eso, dio su vida. Pero este burlón de la vida, sólo quiere crecer de cualquier manera en la vida, buscando sólo lo social, lo común, lo mundano, la fama, la gloria de los hombres. Y no se da cuenta de que está madurando para el infierno. Quien no se da a Dios no puede darse al otro: “La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Madura a la vez que nos damos a los otros” (Pg.10).

• un hombre que no sabe que Jesucristo vino a hacer la Voluntad de su Padre, que sólo se puede obrar en la Cruz del Calvario, y que, por tanto, no vino a ser creativo, a inventarse una nueva forma de vivir entre los hombres, no vino a demostrar su sabiduría humana, sino a obrar la sabiduría eterna, la que no cambia, la que no inventa, la que no crea nada nuevo: “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (Pg.11).

• Y, por eso, se hizo un maldito, se abajó de su rango para demostrar a los hombres que Dios pone un camino en la miseria del pecado a cualquier hombre que reconozca su pecado ante el Verbo Encarnado. Jesús no se hizo pobre. Jesús se humilló y escondió la riqueza de su divinidad para enseñar al hombre a caminar en la pobreza de su mente, en el despojo de su inteligencia humana, en la cruz de su voluntad propia. Dios no tiene preferencias sobre los estómagos vacíos. Dios ensalza a los humildes de corazón, a los que tienen temor de Él. A los demás, sean pobres o sean ricos, les da un manotazo en sus soberbias: “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre” (Pg.155).

• un hombre que ha anulado el poder divino por su ambición de poder humano: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado” (Pg.29).

• y que le urge descentralizarlo todo para poner el fundamento de la división y el cisma en toda la Iglesia. Los Obispos son nada en la Iglesia sin la Voz del Papa, sin la obediencia al Vicario de Cristo. Como Francisco no es Papa, entonces todos en la Iglesia están con un poder humano para hacer los que les da la gana. Y eso hay que llamarlo, en el lenguaje de un necio, sana descentralización. Es el lenguaje que usan para no decir: somos los nuevos inquisidores de Roma y estamos en todas partes. Ya no acudan a Roma para resolver nada. Nosotros somos los cabecillas de la nueva revolución comunista en cada parroquia, en cada diócesis porque tenemos el poder que un idiota nos ha entregado: “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización” (Pg.16).

• un hombre, que no sabe ser Obispo, sino un lobo que acecha a todas las ovejas, las investiga, está atento a cualquier cosa para devorarlas con su mente de iniquidad. Un Obispo que no sabe dar a la Iglesia la Voluntad de Dios. Un Obispo que no sabe enseñar las virtudes de la fe, esperanza y caridad, porque vive escuchando las necesidades del pueblo, sin hacer caso de los intereses divinos y celestiales. Un Obispo que se ha creído humilde y pobre, porque viste como un idiota, porque se sienta con la gente que come su almuerzo, porque se tira fotos con los católicos tibios que van a aplaudir a un subnormal como jefe de su iglesia. Un Obispo que se queda atrás en el camino para que las almas no pierdan la senda de la condenación, que ayuda a todos a condenarse y a bailar con el demonio mientras pasan la vida en sus grandes asuntos humanos: “El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados” (Pg.28).

• que no sabe lo que es evangelizar a Cristo, no sabe lo que es dar la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Cruz, sino que sólo le importa abrir su bocazas para irradiar humanidad: “Los evangelizadores tienen ‘olor a oveja’ y éstas escuchan su voz” (Pg.22).

• y, por tanto, está urgido a predicar lo que otros quieren oír, para engañarlos en la vida del mundo, en la tibieza de lo espiritual y en la condenación eterna: “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (Pg.122).

• un hombre que vive la empresa económica y política de sus pobres en su nueva sociedad: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos” (Pg.157).

• que no ha comprendido que el Evangelio es para salvar y santificar el alma, no para llenar estómagos, ni para saldar cuentas económicas, ni para vivir la estructura de una política de masas, invocando el estúpido bien mundial. La fe y el comunismo es la atadura del modernismo para fundar una iglesia de pecadores y de pervertidos sexuales: “Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (Pg.41).

• un hombre, que ha sido llamado por el demonio para crear una comunidad de gente sin moral, de almas sin virtud, de corazones llamados a obrar las mismas obras de Satanás en la Iglesia. Gente que sólo quiere conquistar el mundo, pero que no le interesa conquistar el Cielo. Gente que no se apoya en la seguridad del dogma, sino en el viento de su lenguaje humano, lleno de relatividades y sentimentalismos: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Pg.41).

• un hombre que hay que recordarle que el Sacramente de la Penitencia es para impartir Justicia, no Misericordia. Porque si no se juzga al pecador y a su pecado no hay Sacramento. Un hombre que convierte la gracia de la confesión en una charla psiquiátrica para darle al otro aquello que más le conviene en su estúpido sentimiento humano. En la confesión hay que estimular al penitente a nunca más pecar, a odiar el pecado, a que trabaje para quitar su maldito y negro pecado de su absurda vida: “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible” (Pg.38).

• un hombre, que anulando la Justicia, y poniendo como camino la Misericordia mal entendida en su estúpido razonamiento humano, hace de la Eucaristía el lugar del sacrilegio perpetuo y la ocasión para que las almas, que no saben discernir la vida espiritual, queden en manos del demonio y vayan contentas al infierno al ganarse el premio de la condenación: “Y tampoco las puertas de los sacramentos deben cerrarse por una razón cualquiera (…) La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Pg.40).

• un hombre, que al no cerrar las puertas del pecado, las abre para que entre todo el infierno en las comunidades de la Iglesia y sean regidas por cabezas llenas de herejías y de cismas: “Pero hay otras puertas que no se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad”. (Pg.40).

• un hombre que se rasga las vestiduras porque hay gente que muere de hambre en las calles y no llora de dolor por los innumerables pecados de toda la Jerarquía de la Iglesia, que constantemente crucifica a Cristo en el Altar, cuando consagran. Un hombre que establece una paridad: el hambre y la economía. Hay hambre porque los hombres se dedican a sus negocios. Un hombre, inculto de la vida espiritual, que no sabe que el hambre y la avaricia sólo tienen un denominador común: la falta de fe en la Providencia Divina. Porque nadie sigue este dogma, esta Verdad Absoluta, por eso, los hipócritas, como Francisco, se dedican a luchar por sus pobres, juzgando a los ricos y condenándolos por su riqueza. La noticia es la falta de fe en Cristo Jesús, en su doctrina, no el hambre ni las crisis económicas: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa” (Pg.45).

• un insensato que ha puesto la búsqueda de la verdad, el sentido de la vida en el otro, no en Dios: “Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (Pg.9).

• porque no ha comprendido que «todo es vanidad», que los bienes terrenos no son de nadie, sino de Dios. No pertenecen a los pobres. Que estamos en esta vida para expiar nuestros pecados haciendo limosnas, pero que no estamos en esta vida para llenar estómagos ni para contentar a ningún hombre en la tierra. ¿Para qué acumulas riquezas? ¿Para dárselas a los pobres? Entonces, no has comprendido el Evangelio: atesora para Dios, no para los pobres: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos” (Pg.49).

• un hombre sin fe, que no sabe lo que es la vida de una parroquia llevada por el Espíritu de la Iglesia, sino sólo encauzada en el espíritu del mundo: “La parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (Pg.26).

• que quiere solucionar los problemas sin inteligencia divina, acudiendo a la sabiduría humana, a los caminos de los hombres, a las vidas mundanas y profanas. Sólo le interesa su dinero y su política en la Iglesia: “Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra” (Pg.164).

• un hombre de poco seso, que no sabe de lo que habla, que anula lo privado para poner el camino del comunismo: “La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero” (Pg.163).

• que habla de una moral aislada como raíz de los problemas del mundo, pero no habla de la conciencia aislada de la norma de moralidad. Los hombres viven sin moral, aislados de Dios, ya no creen en la Verdad Revelada, por lo cual el gran riesgo del mundo actual es que se olvidó de que existe el pecado como ofensa a Dios, que es la raíz de todos los problemas, que es lo que destruye la sociedad, la familia, el mundo: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Pg.3).

• que no sabe lo que es el hombre en su pecado, en su miseria espiritual, un sacerdote de escritorio, que no ha conocido lo que es ser misionero allí donde los pobres aman su pobreza y no quieren salir de ella por su falta de fe y de caridad hacia Dios y hacia los demás hombres: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (Pg.8).

• que no ha aprendido a seguir la Gracia, ni a ser fiel a Ella ni, por tanto, a perseverar en el amor de Dios. Sólo aprendió a medirlo todo con su inteligencia humana, haciendo de la Iglesia un problema social, un lugar donde se lucha por los derechos humanos e injusticias sociales.: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Pg.41).

El que habla exigiendo que no se controle la gracia, es el que quiere controlarlo todo con su mente del demonio. Así habla Francisco, haciendo de la Iglesia un hospital de idiotas, de subnormales, de gente estúpida, que no ha comprendido lo que es la vida de unión con Dios. Gente que se dedica a todo en la Iglesia, menos a adorar a Dios. Cada uno adora su idea que tiene de Dios, su lenguaje que usa de Dios. Pero no ponen sus orgullos en el suelo, ni pisan sus inteligencias humanas y se han creído los más importantes hombres de la Iglesia. Y son sólo paja que el viento de la Justicia se los va a llevar muy pronto.

Esto es Francisco: un hombre simple, sin seso, sin cultura, sin dos dedos de frente, que está lleno de una terrible ambición de poder.

Francisco: un destructor de la Iglesia

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Desde que Francisco se sentó en la Silla de Pedro, que ha usurpado, ha dado al mundo y a la Iglesia un torrente de herejías, blasfemias, doctrinas ofensivas, contradictorias, marxistas, llenas de imprecisiones teológicas, con un alto índice de ignorancia en todos sus escritos.

Francisco es el que destruye la Verdad Absoluta y vive su vida con verdades relativas, verdades que agradan a todos los hombres, menos a Dios.

Francisco es una bala perdida, que hace daño a cualquiera, que va dirigida sin norte, sin camino, sin precisión, con el solo fin de hacer ruido y destrozar.

Francisco es una fuente constante de preocupación y de vergüenza atroz para todos los auténticos católicos, que vemos en la Tradición de la Iglesia y en Su Magisterio, el orden divino que el Señor ha querido en Ella, para salvar las almas del mundo, del demonio y de la carne.

• Francisco lleva las almas al mundo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG – n.2).

1. La vida interior debe estar siempre clausurada, por su misma definición. No es una vida exterior, para el hombre, para el mundo. Es la vida para el alma. Y sólo para el alma. Quien siga esta doctrina sin sentido, pierde la fe, la esperanza y la caridad. Quien no vela para santificar su propia alma, no puede nunca salvar ni santificar las almas de los demás. Quien no se refugia en el desierto de todo lo humano, quien no se separa del mundo y de los hombres, quien no vive buscando sólo a Dios en su vida, entonces las obras que hace en la Iglesia y en su vida particular son siempre del demonio.

2. Quien tiene vida interior sabe ocuparse de todas las cosas: el prójimo, los pobres, etc.; sabe tener la alegría que da el Espíritu. No tiene la alegría que la palabra amor significa para el hombre. Sabe hacer con la fuerza del Espíritu todas las obras divinas que el Señor le pone en su camino. No tiene el entusiasmo mundano, profano, que Francisco predica en todo su evangelium gaudium, un escrito que sólo sirve para limpiarse el trasero, pero no para tener fe ni practicarla.

3. No clausures tu vida interior, sino que vive tu espiritualidad para los demás: esto es el populismo, marxismo, comunismo, milenismo, etc. La Iglesia tiene que conquistar el mundo. Esto es todo el resumen del pensamiento de Francisco.

• Francisco da a las almas la misma doctrina del demonio : «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifica y festejan» (EG n. 24)

1. Si se niega la vida interior como una clausura, entonces la Iglesia es para la vida exterior, no es para la vida interior, que es lo que primero quiere el demonio; que el alma esté en todos los problemas del mundo y viendo multitud de soluciones.

2. Al no existir vida interior, la Iglesia es una comunidad: no es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, no son almas que siguen a Cristo y que están unidas místicamente unas a otras en el Espíritu de Cristo. Se niega el Espíritu de Cristo y la unión mística entre las almas y Cristo. Y se pone un conjunto de hombres, un pueblo, un grupo de amigos, que cada uno piensa lo que quiere y obra como quiere.

3. Esta comunidad son un grupo de hombres que se dicen discípulos y misioneros: discípulos de la mente de los hombres; y misioneros de las obras de los hombres. Es decir, es una comunidad de hombres, que piensan como los hombres, que viven para las ideas, las razones, las filosofías, las teologías que otros les dan; y que sólo obran lo que piensan: obras, voluntades, caprichos, deseos humanos.

4. Y son un grupo de ineptos que

I. primerean: es decir, «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y lega a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (EG – n. 24). Es claro ver, cómo Francisco, en esta frase, ha perdido el juicio.

a. Si es Dios quien ama primero, entonces el alma no tiene que hace nada. Dios, en ese amor, le indica al alma lo que tiene que realizar. Luego, no hay que tomar iniciativas, no hay que ir al encuentro de nadie, no hay que buscar a los lejanos, no hay que reparar, sanar, las enfermedades de nadie.

b. La vida espiritual no es para adelantarse al Espíritu, sino para seguir al Espíritu.

c. Esta forma de hablar de Francisco, este su lenguaje humano, revela, al que tiene vida espiritual, que este hombre no tiene ninguna fe en nada. Los demás no captan la idiotez de esta frase: Francisco es un estúpido en su pensamiento humano: hay que salir, hay que tomar iniciativas, hay que resolver problemas, hay que moverse, etc. Esta estupidez es fruto de su necedad: no hay que clausurar la vida interior. Y el estar dando vueltas a esta estupidez, hace de Francisco un idiota. Y un idiota es el que ha perdido el juicio, el que no tiene dos dedos de frente.
lavatorio

II. Se involucran: «Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos» (Ibidem): esta es la ceguera más total de Francisco.

a. Un hombre sin discernimiento espiritual: como Jesús lavó los pies, entonces todo el mundo a lavar los pies de los demás. Francisco ha roto la Verdad Evangélica y obra la verdad que tiene en su pensamiento humano. Ha anulado la Verdad Absoluta, el dogma del lavatorio de los pies, para poner su verdad relativa, que agrada a todo el mundo, pero que es un pecado de sacrilegio. Y lo comete convencido que es una obra santa y virtuosa: «Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

b. Es su ceguera total. Es su condenación en vida: Seréis felices si laváis los pies a todo el mundo. Seréis santos, justos, hijos de Dios, cometiendo un pecado. Francisco tuerce el Evangelio, interpreta como quiere las Palabras del Señor, y ofrece al alma una doctrina del demonio: una mentira, un error, una confusión, un engaño. Hay que hacer obras y gestos que agraden a los demás, que quiten distancias entre los hombres: hay que darle al hombre lo que el hombre quiere. Puro humanismo. Puro sentimentalismo. Pura idiotez de vida. No practiques las virtudes con el prójimo, sino que pon en práctica las ideas que más te unan al otro, que más te acerquen a la vida del otro, que más te lleven a entender al otro. Porque, claro: hay que tocar «la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

c. Si has llegado hasta aquí, leyendo, y no te sale decir a Francisco: hereje, cismático, maldito, idiota, estúpido, loco…es que estás con Francisco, es que lo defiendes, es que luchas en la Iglesia por estas ideas totalmente contrarias al Evangelio, a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, y a lo que todos los santos han vivido.

d. La carne sufriente de Cristo está en la Eucaristía. Y en nadie más. Y decir eso, que este hombre proclama siempre, es decir, no sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo: es el pueblo el que sufre, no es Cristo el que sigue sufriendo místicamente en cada alma. No es Jesús, que vive en la Gloria de Su Padre, pero que sufre, realmente, pero de manera mística, todavía. No, son los hombres. Pobrecitos los hombres, cómo sufren. Lloremos por los hombres. Vivamos para tocar los sufrimientos de los hombres. Y toda esta bazofia de Jerarquía y de fieles que piensan así, no se dan cuenta que mientras exista el pecado en este mundo, existe la Cruz de Cristo y todos los dolores místicos de Jesús y de María. Y, por tanto, los dolores de la humanidad no valen nada, no sirven para nada, no son camino para dar una felicidad a los hombres si se quitan. Como hoy toda la Jerarquía ha pedido la fe, entonces predican la teología de los pobres, el ecologismo y las idioteces que cada uno encuentra en su estúpida cabeza humana.

e. Y tiene que llegar a decir, como Francisco: «Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz». No tengas olor a Cristo, sino olor a hombre. Que los demás te vean mundano, profano, carnal, materialista, vulgar, plebeyo, naturalista, cósmico, ecológico. Pero no huelas a castidad ni a humildad, ni santidad, ni hagas en tu vida la Voluntad del Padre. Te voy a enseñar lo que hay que hacer en la Iglesia: sé un hombre; sé como un hombre; piensa como los hombres; vive como ellos, obra como ellos. Y, entonces, los hombres escucharán tu voz. ¡Qué barbaridad lo que está escrito en esta basura del Evangelium gaudium!. Hoy la gente es una ignorante de la vida espiritual, y dice que esta bazofia es doctrina católica. ¡Por favor! Da pena cómo están tanta Jerarquía que sigue defendiendo los escritos de Francisco como si fueran una obra llena de sabiduría divina. Es que Francisco no dice una sola cosa de la Tradición. No enseña ninguna cosa del Magisterio. No ofrece el Evangelio, sino que le quita y añade sus palabras humanas para presentar un libro de fábulas a la Iglesia. Esto es su evangelium gaudium: un libro de fábulas, un cuento chino para entretener a los idiotas como él, es decir, a todos los que le obedecen, le siguen, le respetan, le hacen la pelota y se creen santos en sus vidas de herejía y pecado.
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III. Acompañan: «Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites» (EG n. 24). Tienes que acompañar al budista, al ateo, al musulmán, al evangélico, a Fidel Castro, a Obama, a los terroristas, a los cismáticos, a los herejes, a los ecologistas, a los masones, a los homosexuales, lesbianas, etc… y no maltratar límites. No toques sus vidas, sus pensamientos humanos, sus proyectos, … déjalos vivir a sus anchas, sin juzgarlos. Acompaña la idea del hombre, su obra, su capricho en la vida, su pecado, su herejía. Acompaña a Francisco mientras te predica una herejía: ten oídos atentos a esa herejía. Pero no pongas límites, no lo maltrates con tus juicios. No le digas que es un hereje. Sino que tienes que acompañarlo: tienes que decirle que su doctrina es tradicional católica, vale para la Iglesia y para todo el mundo. Acompaña la idea humana, acompaña al hombre. Espera al hombre, que puede equivocarse, pero no lo corrijas si se equivoca, porque lo que importa, no es la Verdad, sino el hombre.

IV. Fructifican: «La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora».

a. Si se anula la vida interior, entonces Dios no puede producir frutos divinos en las almas. Y, por tanto, el hombre obra sus obras humanas con sus frutos humanos. A estos frutos humanos, se refiere este inepto Obispo.

b. El trigo y la cizaña son dos cosas opuestas: el trigo son las almas que viven para salvarse y santificarse. La cizaña son las almas que viven para condenarse y condenar a los demás. Por tanto, si se ve que la cizaña obra, hay que cuidar el trigo, hay que oponerse a los herejes, hay que batallar contra el mal, hay que alarmarse, hay que despertarse y no creerse salvos ni santos. Si ves que el mal avanza -dice el idiota de Francisco-, no te quejes, no busques profecías alarmistas, no seas negativo, no seas maleducado con los que viven para condenarse, sino que haz tu obra humana: encarna la Palabra.

c. El hombre no tiene que buscar la manera de que el Evangelio se encarne en la vida de los demás. El hombre sólo tiene que predicar el Evangelio. Predicarlo. No imponerlo. Dar el camino de salvación a los demás. No decirle las obras que tiene que hacer en su vida. No llevarle a hacer obras humanas, materiales, naturales, carnales. El hombre de fe señala sólo el camino y deja en libertad para que cada uno elija salvarse o condenarse.

d. Es la Palabra de Dios la que se encarna en cada hombre cuando éste se abre a Su Enseñanza, cuando el hombre pone su mente en el suelo, cuando el hombre pisa su orgullo, cuando el hombre se niega a sí mismo. Y, entonces, Dios penetra con Su Palabra en el corazón del hombre y lo transforma en un ser divino, en un hijo de Dios que sólo busca dar gloria a Dios, no a los hombres.

e. El hombre tiene que vivir su vida para llenarse de enemigos, porque tiene tres enemigos que debe vencer constantemente: mundo, demonio y carne. Y aquel que no viva batallando contra sí mismo, contra los demás y contra el demonio, es un alma condenada en vida, que sólo vive para agradar a los demás y bailar con ellos en sus estúpidas vidas humanas y en las obras idiotas que hace en la Iglesia.

f. Dios sólo libera, Dios sólo manifiesta Su Poder en las almas humildes, no en la humanidad. Dios se cruza de brazos ante los hombres que se creen dioses, como Francisco.

V. Festejan: «Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización».

a. Siervos inútiles somos: una vez que se ha hecho la obra exterior, a esconderse, como lo hacía Jesús, que se iba al monte a pasar los tiempos en oración con Su Padre. Nada de festejos, nada de estar agradeciendo a los hombres. Porque dad gratis lo que habéis recibido gratis. Y el que recibe gratis un don de Dios sólo tiene que agradecer a Dios por ese don y por haber puesto un instrumento dócil para que llegue ese don.

b. Francisco quiere la publicidad del mundo: haz una obra y que todo el mundo la vea, la festeje, hable de ella. De esa manera, se arrastra a las almas hacia las obras de los hombres. Ven las almas que Francisco besa a los niños y quedan maravilladas, quedan con un sentimiento de estupidez ante ese hombre. Se les cae la baba.

Francisco hace bailar a los hombres para una vida carnal, material, natural y humana. Muchas almas quedan cegadas por las obras exteriores de este hombre, que sólo tiene palabras para combatir los males sociales, que sólo habla para convencer al hombre que debe conquistar el mundo, pero que no sabe decir una sola palabra para condenar el pecado del alma, no sabe poner un camino de penitencia a la Iglesia, y no quiere aceptar que sólo se puede dar gloria a Dios, en Su Iglesia, atacando a los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

Para Francisco, los enemigos del hombre son los dogmas, la enseñanza auténtica de la Iglesia y la tradición patrística. En la medida en que se combaten, se va produciendo la ruptura con la Verdad, el aniquilamiento del Amor y la esclavitud a la vida de pecado.

La Iglesia vive, con Francisco, sin Verdad: todo es mentira, error, confusión, ignorancia, en sus escritos, en sus palabras, en sus obras. La Jerarquía y los fieles se han vuelto obtusos para discernir la verdad, y obran cualquier cosa que su cabeza les dice que es bueno hacerlo.

La Iglesia camina, con Francisco, sin Amor: todo es el amor al hombre, del hombre, para el hombre, con el hombre. El Amor Divino se aniquila, desparece, se tritura, se pervierte, porque se da culto a la mente y a las obras del hombre, dentro de la Iglesia.

La Iglesia, con Francisco, está maniatada a la idea protestante y marxista: un cúmulo de errores nacen constantemente de las obras de la Jerarquía que obedece a Francisco. Se vive para pecar y para conseguir un milenismo carnal o evolucionismo de la vida humana.

El grave problema de la Iglesia es Francisco. Y no hay otro problema. Francisco, al no ser Papa, todo cuanto hace es nulo para Dios. Éste es el problema. Gravísimo problema que pone a la Iglesia fuera de la Voluntad de Dios.

Y muchos no han comprendido este problema. Y, entonces, están en la Iglesia mirando a donde mira Francisco, poniendo los ojos en donde no hay que ponerlos, dando atención a lo que no merece ninguna atención.

La Iglesia es Cristo. Los demás, somos nada en la Iglesia. El centro de atención, en la Iglesia, es Cristo, no los pobres, no los hombres, no sus problemas en el mundo. Lo que importa, en la Iglesia, es atender al Corazón de Cristo, no estar pendientes de los sentimientos de los hombres, ni de sus deseos, ni de sus pensamientos, ni de sus necesidades humanas y materiales.

Quien no mira a Cristo mira al hombre, y no puede entender lo que es Dios Padre. Tanto que se habla del Dios creador, de que Dios es Padre de todos los hombres, y nadie sabe buscarlo en Cristo.

Todos yerran el camino queriendo encontrar al Padre en las cosas del mundo, en las ideas de los hombres, en las obras materiales.

«El que Me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?» (Jn 14, 9). Es lo que la gente pide a Francisco: que le muestre, en su protestantismo, en su comunismo, en su ecologismo, a un Dios creador, Padre, que sólo existe en su cabeza humana, pero que no es el verdadero Dios.

Francisco hace que la Iglesia no mire a Cristo, sino al mundo. Y fabrica un dios según su lenguaje humano. Un dios que gusta al mundo, porque no tiene ninguna Verdad Absoluta: está lleno de verdades a medias, de errores sin cuento, de fábulas sin camino, de ignorancias que sólo un loco de atar puede seguir. Es el dios de cada cultura, de cada mente, de cada idea humana.

Si la Iglesia no mira a Cristo no puede obrar la Voluntad del Padre. Y se encuentra en una situación sin salida. El camino es Cristo, no los hombres, no el pueblo de Dios. La dignidad de los hombres, el sentido a la vida humana, se encuentra siguiendo el camino que Cristo ha puesto y que es Él Mismo. Los hombres no tienen que solucionar sus problemas sociales para ser hombres, para vivir con dignidad. No se puede atacar los males sociales sin atacar el pecado en cada alma en particular. Si se hace esto, se produce lo que Francisco ha obrado: la apostasía de la fe. La Iglesia camina en contra de Cristo: ha apostatado de la Verdad, que es Cristo, del Camino, que es Cristo, de la Vida, que es Cristo.

Cristo es tres cosas: Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Camino de la Cruz. Cristo es la Verdad en cada hombre. Cristo es la Vida para cada alma. Y sin Cruz, sin amor a la Verdad, sin las obras divinas, los hombres se pierden en todo el espectro humano.

Sólo se sirve a Cristo crucificando la propia voluntad, para poder hacer la Voluntad de Dios. Sólo se puede obrar esta Voluntad, aceptando como un niño la Verdad, que viene de Dios, que Revela Dios. Y sólo se puede dar la Vida a las almas, una Vida Divina, buscando la santidad, la perfección, en donde no existe el pecado.

Hoy la Iglesia vive en sus caprichos, haciendo lo que le da la gana con el dogma, con la Tradición, con el Magisterio; muchos, en la Jerarquía y entre los fieles, son unos demonios soberbios, orgullosos, que con palabras se dicen humildes, pobres, pero con las obras de sus manos, matan las almas con toda su herejía que viene de su mente. La Jerarquía se ha creído que hay que vivir pecando para agradar a Dios, porque ninguno de ellos cree en el dogma del pecado.

Cristo es el que hace caminar al hombre hacia la Verdad Absoluta. Cristo no da al hombre verdades a medias. Y, por eso, una Jerarquía que no habla claro en la Iglesia no pertenece a Cristo, sino al demonio.

Muchos se preguntan: ¿por qué Francisco no habla claro? Y no saben contestarse. No saben decir: no puede hablar claro porque no es el Papa legítimo. Un Papa verdadero nunca hace lo que hace Francisco; nunca habla como habla Francisco; nunca va hacia el mundo para tenerlo a sus pies, sino que va al mundo para darle una patada.

La Jerarquía de la Iglesia ya no sabe estar en el mundo sin ser del mundo: quiere estar en el mundo sin ser de Cristo, apoyando todas las barbaridades que se dan en el mundo. Por eso, hay sacerdotes que son budistas, evangélicos, musulmanes, que son de todos, menos de la Iglesia Católica.
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Francisco ha perdido la lucidez mental

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La Iglesia es la Obra del Espíritu y, por tanto, no es la obra de ningún hombre.

Todos aquellos que piensan que Cristo murió en la Cruz para que Su Iglesia conquistará el mundo, tienen siempre el error de su humanismo, de su libertad humana, de su mente de hombres que no saben penetrar el Misterio de la Gracia.

Cuando Francisco, en su infame evangelium gaudium habla de «la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio» (EG n. 69), cuando señala que es más importante amar a Jesús que dar su doctrina, que enseñar que la Iglesia que Jesús fundó como columna de Verdad es la única, sólo está señalando su error: su humanismo.

No se vive para conquistar el mundo para Dios, sino para convertir las almas a Dios. Porque el mundo no puede ser ni convertido ni conquistado: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Porque todo lo que hay en el mundo: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sin que procede del mundo. Y el mundo pasa» (1 Jn 2, 2, 15.16-17ª).

Pero Francisco señala su error: «Vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad» (EG n-75).

Francisco no vive a fondo lo divino y, por eso, no puede poner en lo humano, en los desafíos que el hombre tiene, lo divino. Éste es su gran error. Y lo tiene por todas partes, en cualquier predicación, homilía, declaración, porque Francisco es un hombre ciego: sólo ve su humanidad, la luz de su razón. Vive de racionalidad, pero no vive de espiritualidad.

«Vanidad de vanidades: todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?» (Ecle 1, 2-3)

¿Por qué Francisco se dedica en la Iglesia a alimentar a los pobres, a construir hospitales para los viejos, a buscar trabajo a los jóvenes, a hacer la vida más agradable a las mujeres que abortan, a los homosexuales que viven para su lujuria, a los ateos que sólo miran su inicua cabeza? ¿Por qué hace esto, Francisco, si todo es vanidad, si el mundo pasa, si no vale la pena mover un dedo por nadie?

Jesús vino a fundar Su Iglesia. No vino a dar de comer. No vino a hacer un gobierno mundial, no vino a establecer una economía para los pobres, no vino a lavar la cara a las culturas de los hombres.

Jesús no vino a conquistar el mundo. Edifica Su Iglesia en un mundo demoníaco. Pero no construye Su Iglesia para un mundo humano, para un reino temporal, porque «Mi Reino no es de este mundo». ¿Por qué Francisco está en la Iglesia buscando el Reino que Cristo nunca buscó?

Porque ha idolatrado al hombre: da culto, en su mente, a la idea, al lenguaje humano, a los proyectos sociales, económicos, políticos, culturales, de los hombres.

Cuando los hombres se dedican a hablar de los problemas de los hombres, de sus derechos sociales, de sus injusticias, entonces anulan, no sólo la Palabra de Dios, sino la Iglesia.

Francisco llora por sus muertos, que son los hombres:

«Cuando el hombre pierde su humanidad, ¿qué nos espera? Pasa lo que yo llamo en lenguaje común una política, una sociología, una actitud del ”descarte”. Se descarta lo que no sirve porque el ser humano no está en el centro. Y cuando el hombre no está en el centro, hay algo que sí lo está y el hombre está a su servicio. La idea es, entonces, la de salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Llevar otra vez al hombre al centro» (13 de julio de 2014). Esto se llama la idolatría del hombre.

Cuando el hombre pierde su humanidad, entonces ha ganado el Cielo, lo ha conquistado, porque el hombre que no renuncia a sí mismo no puede ser discípulo de Cristo. Esto es lo que enseña Cristo en Su Palabra. El hombre que sólo se ve a sí mismo, obstaculiza la bendición de Dios sobre su vida humana. El hombre que mira su idea humana, no escucha la voz de Dios en su corazón. Esto es lo que le pasa a Francisco: sordo para oír la Verdad; pero tiene atento el oído para aplaudir el error.

Cuando los hombres dan vueltas a su vida humana, preocupados por tantas cosas, los hombres se pierden en esa vida humana. Cuando los hombres buscan sus providencias humanas, los hombres dejan de recibir los dones divinos. Porque Dios no da nada al hombre que se mira a sí mismo, que no es capaz de levantar sus ojos al Cielo para que las cosas de la tierra no le nublen su entendimiento humano. Dios lo da todo al que mira al Cielo y desprecia la tierra, constantemente.

Hombres ciegos, como Francisco, son la destrucción de toda la Iglesia. Hombres que no han comprendido la Palabra que salva del Evangelio, que libera de la esclavitud del lenguaje humano, para que el hombre posea la misma Mente de Dios y las mismas obras divinas, y tenga la libertad del Espíritu en todo lo humano.

Y Francisco se pregunta: ¿qué nos espera? Es la pregunta de un hombre sin sabiduría ni humana ni divina. Es la pregunta de un patán, de uno que es el juguete de los hombres en la Iglesia: «Sobre el programa sigo lo que los cardenales han pedido durante las congregaciones generales antes del cónclave. Voy en esa dirección. El Consejo de los ocho cardenales, un organismo externo, nace de allí. Había sido pedido para que ayudase a reformar la curia(…). Mis decisiones son el fruto de las reuniones previas al cónclave. No he hecho nada solo por mi cuenta» (texto).

Francisco está en la Iglesia siguiendo lo que los hombres le han dicho: esto es ser juguete del pensamiento de los hombres. Y, por eso, su gobierno horizontal es lo que vino a hacer cuando lo nombraron como falso Papa. Otros querían ese gobierno y, por eso, el Cónclave fue un fraude.

Desde hace mucho tiempo, todo ha sido decidido en la cabeza de unos cuantos hombres de Iglesia, que pertenecen a la Jerarquía maldita, infiltrada en Roma.

Mis decisiones no son mis decisiones: soy un peón del Anticristo. Estoy en la Iglesia siendo el bufón de todos, mientras otros gobiernan la Iglesia por debajo. Yo sólo digo sí a lo que otros mandan en la Iglesia.

Para aquel que tenga dos dedos de frente, verá aquí, en esta frase de Francisco, que él no es Papa.

El Papa legítimo hace callar a todo el mundo y da la Voluntad de Dios cuando habla. Pero esto, a Francisco, por supuesto, que no le interesa, porque él vive para los hombres: hay que vivir a fondo lo humano… No vivas escuchando la voz de Cristo… No seas ingenuo: las cosas importantes en la vida te las dice tu cabecita. Vive a fondo tus ideas y será feliz.

¿Qué se puede esperar de un hombre que escucha a los hombres, que sólo se escucha a sí mismo y es, además, petulante?: «Tengo todavía en la memoria el vivo recuerdo del encuentro del 8 de junio pasado con el Patriarca Bartolomé, el Presidente Peres y el Presidente Abbas, junto a los cuales invocamos el don de la paz y escuchado la llamada a romper la espiral del odio y de la violencia. Alguien podría pensar que ese encuentro fue en vano. ¡Pero no ha sido así!» (13 de julio 2014).

¡Cállate, Francisco, y reconoce tu pecado en ese encuentro! ¡Reconoce que has fallado y eso que vemos ahí es tu obra!¡Esas bombas, esos muertos, son tus obras, que nacen de ese encuentro! Porque no has orado en la Voluntad de Dios. No has dado culto al Dios verdadero, al Uno y Trino. Te has tomado la foto, porque tienes sed de la gloria de los hombres. Por eso, tu encuentro infame en el Vaticano mata ahora a multitudes. ¡Ha sido en vano, Francisco! No quieras, ahora, darte la importancia y excusar tu negro pecado.

¿Qué futuro tiene una Iglesia donde el centro es el hombre?

«Se descarta lo que no sirve porque el ser humano no está en el centro»: Aprende, idiota. Aprende, Francisco, que eres un soberbio y un orgulloso, y que te ciega el amor a los hombres. Se descarta a los hombres porque Dios no está en el centro de la vida de los hombres.

¡Qué tarugo eres, Francisco! ¡Qué supina idiotez es la que te embarga en tu cabeza humana!

Francisco adora al hombre, ¿qué se puede esperar de su gobierno en la Iglesia? Sólo una cosa: la destrucción de todo lo divino, de todo lo sagrado, de todo lo santo.

«Y cuando el hombre no está en el centro, hay algo que sí lo está y el hombre está a su servicio»: ¿qué es lo que pone Francisco, que no es el hombre, en el centro? Francisco ataca a la Verdad: si vives un dogma, ya el que se muere de hambre no es el centro del mundo; si tienes propiedades privadas, ya los otros carecen de muchas cosas que son exigidas por el bien común; si vives juzgando a los otros, ya no puedes amar a los hombres y hacer confraternidad con ellos. Y, entonces, el hombre es esclavo de la gente que vive sus dogmas, esclavo de los personas que tienen su negocio privado, su vida privada… Todo eso hay que quitarlo: lucha de clases: nada de Jerarquía, de órdenes. Hay que buscar la armonía del Universo, poniendo al hombre en el centro.

Francisco se carga todo lo sagrado.
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Un ejemplo: la pelotita en el Sagrario. Esa fue su ofrenda a la Virgen: una camiseta conmemorativa de la Jornada Mundial de la Juventud y una pelota hinchable. Un gesto que es un sacrilegio, una profanación del lugar santo. ¿A qué hombre, lleno del Espíritu Santo, se le ocurre poner una pelota al lado del Santo de los Santos? ¿En qué cabeza cabe esta acción? En la cabeza del idiota de Francisco.

El sagrario es la Tienda Santa del Señor, donde el Señor se revela a Sí Mismo como Dios. Y todo lo que rodea al Sagrario debe conducir a la adoración y al culto al Señor: es el lugar para orar. Es un desierto en que nada de lo humano entra, nada profano, porque se está en la Presencia del Señor. ¿Qué hace una pelotita en un lugar sagrado? Es un sacrilegio. Es un pecado más de Francisco, que él no lo ve como pecado, sino que lo obra porque, en su mente, no existe Jesús en el Sagrario: él no cree en la Eucaristía y, por eso, comete un pecado mayor de sacrilegio: una profanación del lugar sagrado. Un Obispo no puede permitir nada profano en los Sagrarios. Y él lo quiere porque vive su humanidad. Y no ha comprendido que la Virgen no quiere sus obras humanas. No quiere esas ofrendas. Quiere un corazón humilde y desprendido de todo lo humano. Y eso Francisco no sabe dárselo y, por eso, le da una camiseta y una pelotita.

Francisco es un hombre de gestos heréticos, destructivos, cismáticos e idolátricos. A la gente del mundo le encantan estos gestos y dicen que, con ellos, Francisco tiene credibilidad. Y es al contrario. Ahí se ve su nada de autoridad, su estúpido poder humano, su necia sabiduría. Estás en la Iglesia, ¿para esto? ¿Para hacer marketing? Después de tu viaje a Brasil, después de predicar tu comunismo y tu protestantismo a los jóvenes, ¿te tomas la foto, en tu gran soberbia de oración, creyéndote a ti mismo que has hecho lo que Dios te ha pedido en ese viaje, para poner en el Altar una triste camiseta y un balón profano?. No tienes nada que hacer sino sólo sacarte la foto, porque estás sediento de la gloria del mundo. Que todos vean que doy gracias a la Virgen por el viaje tan maravilloso que he hecho predicando mis vergüenzas ante todo el mundo.

¿Por qué cae, Francisco, en este pecado de sacrilegio y profanación? Por su idolatría del hombre: «La idea es, entonces, la de salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Llevar otra vez al hombre al centro».

Esta es toda la locura de Francisco. Y, muchos, en la Iglesia obedecen a este loco. Hay que salvar al hombre para que vuelva al centro. Está loco de remate. Francisco se ha vuelto loco.

Cristo salvó al hombre de ponerse en el centro de su soberbia y de su orgullo. El centro es Dios, no el hombre. El hombre, en su pecado, se puso en el centro de todo. Cristo quitó al hombre del centro. Y se puso Él en el centro, porque es Dios.

Francisco pone al hombre en el centro. Para eso está en la Iglesia. Entonces, Jerarquía que obedecéis la mente de un loco, que pone al hombre en el centro, ¿no os dais cuenta de que ya no adoráis a Dios sino a la mente loca de ese hombre? ¿Qué hacéis en la Iglesia? Lo mismo que ese loco: su negocio comunista, su idolatría protestante y su orgullo masónico.

Fieles, que seguís a un idiota, que pone al hombre en el centro, ¿no os dais cuenta cómo os engaña ese hombre con su palabrería absurda, barata y blasfema? ¿Por qué continuáis escuchando su lenguaje basura? Porque os habéis creído, igualmente santos y justos, como ese idiota se cree.

El lenguaje del hombre es su dios. En el lenguaje humano muchos hombres se creen santos, y dicen que aman a Dios y que hacen en la Iglesia la Voluntad de Dios. De esta gente, la Iglesia está llena. Es una masa de gente que no sabe discernir ninguna verdad, sino que vive de palabritas hermosas y bellas, de sentimentalismos baratos. Y, a la hora de la Verdad, cuando hay que sufrir, cuando hay que dar testimonio de Cristo, huyen como cobardes y se acomodan al lenguaje de un idiota. Por eso, les encanta el lenguaje absurdo, sin verdad, de ese señor que se sienta en la Silla de Pedro, para destruir la Verdad en la Iglesia.

Francisco destruye la Iglesia. Francisco idolatra al mundo y a los hombres. Francisco sólo quiere poner su gobierno mundial, con su economía marxista, para restregar a los hombres que su pensamiento es lo único que salva al mundo de hoy.

¡Qué hombre más necio el que rige la Iglesia en estos momentos!

¿Quién, en su sano juicio, puede afirmar, la lucidez de este hombre, cuando su filosofía y su teología está llena de absurdos, de locuras, de palabras sin sentido? ¿Cómo se puede decir que este hombre es un santo cuando da culto a los hombres, cuando no cree en un Dios católico?

Pero, ¿a quién quieren engañar allí en el Vaticano? No somos sacerdotes para lavar las babas de la boca de Francisco. Somos sacerdotes para escupirle en el rostro a Francisco hasta que se vaya de la Iglesia.

Francisco: el idiota

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«No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo. Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7, 1-5).

Es lícito juzgar: «El juicio es lícito en tanto en cuanto es acto de justicia (…) se requieren tres condiciones: primera, que proceda de una inclinación de justicia; segundo, que emane de la autoridad del que preside; y tercera, que sea pronunciado según la recta razón de la prudencia» (Sto. Tomás – q. 60 a.2).

Para juzgar, es necesario:

1. Dar al otro -en ese juicio- lo que se merece;

2. Tener poder para dar ese juicio;

3. Dar el juicio de manera prudente.

Francisco, que no sabe nada de teología, ni de filosofía, explica así este pasaje: «Jesús quiere convencernos de que no juzguemos: un mandamiento que repite muchas veces. En efecto, juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía. Y Jesús define precisamente «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar» (texto).

El pobre confunde tantas cosas que da una doctrina imposible de sostenerse:

1. No juzgar no es un mandamiento de Jesús;

2. Jesús enseña a no juzgar de forma temeraria; a no juzgar la vida moral;

3. Juzgar no lleva a la hipocresía sino a la injusticia y a la imprudencia;

4. Jesús no define la hipocresía como aquellos que se ponen a juzgar. Jesús llama hipócritas a los que juzgan el pecado de una persona sin el poder de juzgar.

Esta enseñanza de Francisco es oscuridad en la Iglesia, porque la Iglesia enseña a juzgar. La Palabra de Dios enseña a juzgar. Los teólogos enseñan a juzgar. Cualquier santo enseña a juzgar. La mente del hombre enseña al hombre a juzgar. Todo el mundo juzga. El problema no está en juzgar, sino en discernir los juicios.

No se puede predicar: «Quien juzga se pone en el lugar de Dios y haciendo esto se encamina a una derrota segura en la vida porque será correspondido con la misma moneda». Hay que predicar: quien no discierne sus juicios, entonces se pone por encima del Juicio de Dios, entonces se hace dios en su pensamiento humano, entonces se hace un dictador de su propio juicio.

Jesús enseña que la vida moral de las personas no puede ser juzgada por nadie, sólo por aquellos que tienen el poder de juzgarla, que son los sacerdotes en el Sacramento de la Penitencia. Los demás, ante el pecado de otra persona, como no ven la intención con que esa persona peca, entonces no pueden dar el juicio moral sobre esa persona. Pero sí pueden dar el juico espiritual de esa persona.

El juicio moral es diferente al juicio espiritual: «Al contrario, el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle. Porqué ¿quién conoció la Mente del Señor, para poder enseñarle? Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo?» (1 cor 2, 15).

El juicio espiritual se hace siguiendo al Espíritu de la Verdad. Y, entonces, se juzga sin caer en ningún error y sin pensar mal de los demás. Se hace un juicio recto, que sólo Dios puede hacerlo, porque se hace un juicio en el Espíritu. Se da un juicio de la vida espiritual de una persona. No se juzgan los actos morales de la persona, sino sus actos espirituales, su camino espiritual, su vida en el Espíritu. Y todo aquel que no siga al Espíritu de la Verdad, entonces da su mentira, su error y es necesario combatirlo, juzgarlo, condenarlo. No se puede decir: el musulmán va por buen camino. Hay que hacer un juicio: la religión de Mahoma es condenación para el alma. Este juicio espiritual todos lo pueden hacer, porque existe la Verdad absoluta, que enseña al alma lo que es bueno y lo que es malo. La verdad Absoluta es lo que Dios revela en Su Palabra. Francisco anula la Palabra de Dios y pone el bien y el mal en su negro pensamiento humano. Y, por eso, no juzga a nadie, pero condena a todo el mundo. Tiene que caer, de manera irreversible, en su gran soberbia. En su mente, se apaña para expresar su lenguaje humano: no juzgo. Pero, en su interior, juzga a todo el mundo. Eso es la fina soberbia del fariseo, del hipócrita, del idiota.

El Señor se refiere, en este pasaje, al juicio moral. Y ese juicio moral no prohíbe el corregir una acción mala de otra persona, pero sí prohíbe el desprecio de la persona por su vida moral; sí prohíbe juzgar y condenar a otros por sospechas, por juicios temerarios, por imprudencias.

Una persona que vive en su pecado, se hace incapaz de juzgar a nadie. Su juicio natural, incluso, está oscurecido y no ve con sencillez las cosas de la vida. Y, por eso, el Señor manda no juzgar cuando se está en el pecado. No hay que estar viendo el pecado del otro, sino el propio pecado, la propia ceguera, para poder ver lo que el otro tiene. Y, cuando el hombre sale de su pecado, entonces puede corregir oportunamente la vida moral y espiritual de otras personas.

Por lo tanto, lo que enseña Francisco no puede sostenerse de ninguna manera. Hay que decirle que lea santo Tomas de Aquino y calle su boca, que es una boca llena de herejías, de mentiras: «Quien juzga se equivoca siempre». Esta sola frase indica la ceguera de ese hombre. Esta sola frase indica la estupidez de la mente de Francisco. Indica que no sabe leer la Palabra de Dios para aprender a juzgar, a emitir juicios rectos, verdaderos, ciertos, sin error. Su frase: «no soy quien para juzgar»; es el fruto de este pensamiento. Y este pensamiento viene de su soberbia: no quiere aprender de Dios a juzgar: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22). Francisco anula la Palabra de Dios, anula el Juicio de Dios sobre los homosexuales y coloca su juicio humano: no soy quien para juzgar = no juzgues al homosexual. Y haciendo eso, hablando como sacerdote, hablando como Obispo, cae en una aberración moral y espiritual. Por su sacerdocio tiene el poder de juzgar, no sólo espiritual, sino moralmente a los hombres. Si afirma que no juzga, entonces afirma que no es sacerdote. Y cae en la aberración de preferir el pensamiento y la vida de los hombres al Pensamiento de Dios sobre la vida de los hombres. Y eso significa sólo una cosa: la idolatría al hombre: el antropocentrismo: el culto a la vida del hombre.

El que juzga temerariamente se equivoca siempre. Esta Verdad, tan sencilla de predicar, es lo que no predica ese estúpido. Y hay que llamarle así: estúpido. Porque un hombre de ochenta años, con un sacerdocio y que no sepa las bases del juicio en la mente, es sencillamente estúpido, un hombre idiota en lo que dice y hace en la Iglesia.

Y llamarle estúpido e idiota no es ofenderle, no es faltarle el respeto: es darle el juicio que Francisco se merece. Te mereces, Francisco, que te llamen el idiota.

El hombre, por naturaleza, juzga: la razón da juicios. Esto lo sabe cualquier hombre. Esto lo sabe el filósofo. Esto lo saben hasta los demonios. Para no equivocarse, el hombre tiene que discernir sus juicios; tiene que ver sus pensamientos, sus ideas y quitar aquellas que no son correctas porque van contra alguna virtud. Sin vida espiritual, si no se sabe lo que es la virtud ni el vicio; si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces tenemos a tanta gente en la Jerarquía que son idiotas. Quieren imponer la doctrina de la tolerancia: no juzgues al otro, no juzgues su pensamiento, su vida, sus obras. Déjale tranquilo, que si busca a Dios, si es buena persona, si hace el bien, todo va de perlas. Respeta su pensamiento humano, su error, su mentira, su abominación. Y, entonces se predica un moralismo sin moral, se hacen leyes sin la ley divina, se propone valores sin la referencia a Cristo. Y así se hace un hombre que se da culto a sí mismo, a su lenguaje humano, a su idea de la vida, a su ciencia, a sus obras, a sus conquistas en la vida.

«Y se equivoca porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar». Francisco está diciendo que todo error en el juicio es ponerse en el lugar de Dios. Y esto es lo que no se puede admitir. Porque muchos son los juicios que los hombres hacen al faltar a alguna virtud. Luego son muchos los errores por esos juicios. Y sólo los errores que llevan a cometer el pecado de herejía y de apostasía hacen que la persona se ponga en el lugar de Dios.

Francisco es un pobre hombre que no sabe nada de nada. No sabe de lo que está hablando. Y, por eso, él cae en muchos absurdos: no es capaz de juzgar a un homosexual y es capaz de juzgar a un corrupto, a un mafioso. Esto se llama fariseísmo, hipocresía, vividor de este mundo: vive para buscar una gloria en el mundo. Está sediento del aplauso de los hombres, de la gloria de los hombres. Para tener a los homosexuales contentos y para que los demás vean que sabe atacar a los que tienen dinero. Su negocio en la Iglesia es buscar dinero. Y, por eso, no sabe discernir entre lo que es la corrupción y lo que es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Y si no sabe esto, es un idiota en su juicio: «decir de una persona que es un corrupto o una corrupta, es decir esto; es decir que está condenada; es decir que el Señor la dejó a un lado» (texto).

Que un Obispo predique esto públicamente es un escándalo para toda la Iglesia. El pecado de corrupción no es el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el Señor no deja a un lado a un alma corrupta. Luego, hay salvación. Por un pecado habitual se llega a la corrupción de la vida, que significa vivir para ese pecado. El avaricioso llega a la corrupción en su avaricia. El lujurioso, igual. Cualquier pecado habitual lleva al alma a la corrupción. Pero, para caer en el pecado contra el Espíritu, hace falta algo más que ser corrupto. Hay que ir en contra de tres virtudes: fe, esperanza y caridad. Hay que vivir, no sólo de la corrupción del pecado (dinero, sexo, etc.), sino de espaldas a la Verdad (herejía, apostasía, cisma, desesperanza, odios, etc.).

María Magdalena era corrupta en su pecado de lujuria: la poseían siete demonios. Y halló salvación. Porque en la debilidad de la carne, su corazón no estaba cerrado al don de Dios. Su corrupción no impedía su salvación. Esos siete demonios no la llevaron más lejos en el pecado. Y, por tanto, decir que una persona está corrupta es decir que todavía puede salvarse. Esto es lo que niega Francisco, porque es un hombre idiota. No sabe lo que está diciendo. Y, después, todo el mundo haciéndole coro a un idiota, quitándole las babas de su bocazas. Alguna Jerarquía ya son baberos del idiota: lo limpian todo para hacer la pelota al idiota.

¡Qué tristeza ver a la Iglesia llena de modernistas que enseñan a no juzgar, pero que son los primeros en juzgar a Cristo y a la Iglesia. Han anulado la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia, para poner su dictadura de la mentira, que son sus juicios y condenas a la verdad!

Francisco condena el Pensamiento de Dios, la Mente del Cristo, la Inteligencia del Espíritu: y eso es una blasfemia contra el Espíritu.

Francisco invoca al demonio en el Vaticano

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Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

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¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

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La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

La idolatría del hombre en Belén

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«De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño» (Homilía de la Misa en la Plaza del Pesebre, en Belén (Palestina)).

Esta es la idolatría de la humanidad en Francisco. Este es el pensamiento clave para comprender la idea herética de este hombre, sus pasos en el gobierno de la Iglesia.

«Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño…». ¿Dónde encontramos al Niño Dios, a Jesús? No en Jesús como Dios; no en la Obra que Jesús ha hecho para salvar al hombre del pecado; no en la doctrina de Jesús, que es el Camino para encontrar la Verdad de todo hombre; no en la Gracia que Jesús ha merecido para todo hombre en la Cruz, y que es la Vida Divina que todo hombre tiene que vivir si quiere entender la Voluntad de Dios; no en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro, y que es la única que salva al hombre y le da la paz para su corazón. No; esto ya no sirve. Esto ya no hay que predicarlo. Francisco no predica el Evangelio que salva, el Evangelio que despierta las conciencias dormidas por el pecado, el Evangelio que es la Palabra de Dios, viva y eficaz, que tiene la solución a todos los problemas de los hombres. Ya esto no es necesario recordarlo a los hombres, sino que hay que hacer una homilía política, económica, cultural, que se centre en los problemas reales del hombre y que obligue al hombre a buscar caminos humanos a su vida humana.

«En nuestro mundo, que ha desarrollado las tecnologías más sofisticadas, hay todavía por desgracia tantos niños en condiciones deshumanas, que viven al margen de la sociedad, en las periferias de las grandes ciudades o en las zonas rurales. Todavía hoy muchos niños son explotados, maltratados, esclavizados, objeto de violencia y de tráfico ilícito. Demasiados niños son hoy prófugos, refugiados, a veces ahogados en los mares, especialmente en las aguas del Mediterráneo».

Y, después de esta parrafada, es cuando se dice: «De todo esto nos avergonzamos hoy delante de Dios, el Dios que se ha hecho Niño».

En la Iglesia Católica, nos avergonzamos de que un Obispo, sentado en la Silla de Pedro, que se hace pasar por Papa, pero que no habla como Papa (porque no es Papa), sino como un ignorante de las Escrituras, esté hablando, en nombre de Cristo y de la Iglesia, sus mentiras y sus idolatrías, sin que nadie haga nada para callarle la boca.

Quien se avergüenza del sufrimiento humano, se avergüenza de Cristo y de la Iglesia. No ha sabido comprender la importancia que tiene el dolor para salvarse en la vida. Y no sabe predicarlo, de manera conveniente, para que los demás tengan inteligencia sobre el significado del dolor, el por qué del dolor, la raíz del dolor.

¿Por qué hay niños que viven en condiciones deshumanas? Porque el hombre quiere pecar y, por tanto, el fruto: el dolor de esos niños, sus vidas destrozadas.

¿Por qué hay niños que viven al margen de la sociedad? Por el pecado de los hombres, que sólo viven para su negocio y para conquistar un poder entre los hombres.

¿Por qué hay niños que son maltratados, esclavizados, usados como mercancía de los hombres? Por el pecado de muchos hombres que hacen de la humanidad el negocio de sus mentes soberbias y el comercio de sus lujurias.

¿Por qué hay niños refugiados, que huyen de muchas partes, donde es imposible vivir? Por el pecado de los hombres, que se han hecho dueños del mundo por su orgullo, su ambición de poder, sus miras egoístas.

El problema del hombre: su pecado. El problema de los países: el pecado de los hombres, que son los que componen esos países. El problema de Israel: el pecado de los judíos, de los musulmanes, de todos los hombres que no viven cumpliendo los mandamientos de Dios.

Esto es lo que no se atreve a predicar Francisco delante del Presidente Mahmoud Abbas, del Patriarca Fouad Twal, y demás autoridades. No tiene agallas de decir las cosas por su nombre. Al pan, pan; y al vino, vino. Y, por eso, hace su homilía, totalmente herética.

No pone a Jesús como el centro y, por tanto, el único Camino para resolver el problema de los hombres: sus pecados.

Sino que pone en el centro: lo que él considera su vergüenza. Francisco se avergüenza de todo eso, del sufrimiento de los niños. Y, porque cae en esta idolatría, entonces no sabe dar solución a este problema. Sólo grita como un político. Sólo da discursos para la mente del hombre, para captar una idea en el hombre, para que el hombre piense y vea la vida como la ve él. Y, entonces, vienen sus preguntas:

« Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño? ¿Quiénes somos ante los niños de hoy? ¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno? ¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo? ¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes? ¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos? ¿Somos capaces de estar a su lado, de “perder tiempo” con ellos? ¿Sabemos escucharlos, custodiarlos, rezar por ellos y con ellos? ¿O los descuidamos, para ocuparnos de nuestras cosas?».

Sus preguntas son juicios y condenas a los hombres. Te condeno porque no cuidas a los niños como lo hace María y José. Te condeno porque tienes deseos de eliminarlos, como lo hizo Herodes. Te condeno porque no adoras a los niños y les das ofrendas, como hicieron los pastores, sino que eres indiferente, egoísta. Te condeno porque ves la imagen de un niño, ves a un niño que sufre, que pasa hambre, y prefieres tu oración, tu piedad, tus liturgias, tus dogmas, que te impiden estar en las necesidades de los demás. Te condeno porque pierdes el tiempo de tu vida en tantas cosas y no estás atendiendo a lo principal: cuidar un niño. Te condeno porque descuidas a los niños por estar cuidando tu vida.

«Y nos preguntamos: ¿Quiénes somos nosotros ante Jesús Niño?». Respuesta: somos pecadores, soberbios, orgullosos, avariciosos, lujuriosos, demonios, gente sin alma. Somos una nada ante el Niño Dios. Somos los más inútiles ante el Niño Dios. Somos ignorantes ante el Niño Dios. Somos un esperpento ante el Niño Dios. Eso es lo que somos: somos los que no somos. El Niño Dios es el que Es.

«¿Quiénes somos ante los niños de hoy?». Respuesta: y como somos nada ante Dios, ante los hombres también somos nada. Si fuéramos algo ante Dios, también los seríamos ante los demás. Pero quien no se pone en su nada en la Presencia de Dios, tampoco sabe ponerse en su nada cuando está ante los hombres. El hombre que olvida ser nada, se hace idolatra de todas las criaturas. Es lo que está enseñando Francisco en esta homilía: adora a los niños pobres porque ellos son el Niño Dios. Como eres algo ante Dios, lo eres todo ante los hombres.

«¿Somos como María y José, que reciben a Jesús y lo cuidan con amor materno y paterno?» Respuesta: recibimos al Niño Dios en nuestro corazón porque creemos en Su Palabra. Y, por esa fe, el amor hacia el Niño Dios no es ni materno ni paterno, sino que es el mismo amor que la Virgen María y san José tuvieron en sus corazones para estar al lado del Niño Dios. Amamos a Jesús con su mismo Amor. No amamos a Jesús con un amor humano. Y, por tanto, no amamos a los hombres con el amor del hombre, sino con el amor de Dios, que exige cumplir la ley divina para dar algo a los hombres. María y José no amaron a Jesús con un amor materno ni paterno. Porque Jesús es Dios, es el Hijo del Padre, que se ha encarnado en la Virgen María. Y, por tanto, es el Hijo de la Madre. Y la Virgen María ama a Su Hijo por ser Dios en Ella. Y San José ama a Jesús porque es Hijo de la Madre y del Padre. Luego, no seas herético –hombre del demonio, que es lo que eres Francisco- y no enseñes a amar a Jesús con un amor humano. Y menos enseñes a idolatrar a los niños con ese amor humano.

«¿O somos como Herodes, que desea eliminarlo?». Respuesta: Tu pregunta –Francisco- es humillante para la inteligencia de todo hombre. Porque los hombres ven el pecado de Herodes. Y los hombres, cuando entienden que otro hombre ha hecho un mal, tienen compasión de ese hombre y rezan por él. Esto lo hacen los hombres, estén con Dios o no estén con Dios. Todo hombre, al ser bueno por naturaleza, sabe los límites entre el bien y el mal. El hombre, porque es malo por su pecado, porque nace en el pecado, entonces hace obras malas dignas de compasión, de misericordia, por otros hombres. Porque nadie tiene derecho a juzgar las obras de los hombres: su vida moral. El pecado de Herodes, que es una obra moral, la juzga Dios. Y, por tanto, todo hombre que ve el pecado de Herodes, no lo juzga, como tú lo estás haciendo, Francisco, sino que comprende ese mal y da un camino al hombre para que no realice lo mismo. Tú, Francisco, juzgas el pecado de Herodes y juzgas a todo hombre que mata a los niños, porque hacen lo mismo que Herodes. Pero, tú, Francisco, no sabes enseñar la verdad del pecado de Herodes y no sabes enseñar la verdad de los hombres que matan a los niños. Como no sabes juzgar lo espiritual de las obras de los hombres, entonces caes en el juicio moral y en la condenación moral de los demás. Y te haces culpable de lo que juzgas. Cometes el mismo pecado de quien juzgas.

Herodes pecó por su pecado de avaricia, de ambición de poder, porque veía en Cristo un Mesías político, que iba a poner en jaque su gobierno de entonces. Herodes no pecó porque despreció a los niños, sino por odio a Cristo. Y los hombres que matan a los niños, no tienen el mismo pecado de Herodes. Los matarán por muchas razones: políticas, económicas, lujuriosas, etc. Pero no por la razón que estaba en la mente de Herodes. Y, por eso, tu pregunta es una condena a los hombres que matan, a los hombres que pecan. Tiras la piedra y escondes la mano. Y no sabes hablar al hombre que mata a los niños, no sabes hablar al pecador, no sabes ponerle un camino de salvación, porque los juzgas en tu mente, ya que eres un inútil para discernir los espíritus que están en los hombres. Tu pregunta da la dimensión de tu inteligencia humana: la tienes podrida por tu pecado de idolatría hacia los hombres.

«¿Somos como los pastores, que corren, se arrodillan para adorarlo y le ofrecen sus humildes dones? ¿O somos más bien indiferentes?». Respuesta: Los pastores ofrecen al Niño Dios su corazón. Los pastores creyeron la Palabra de Dios y, por eso, fueron a adorar al Niño Dios. Su fe en Cristo es su Adoración a Cristo. Se da culto a Dios porque se cree en Su Palabra. Pero quien no cree en la Palabra de Dios, entonces da culto a muchos dioses. Quien adora a Dios, no tiene que adorar a los hombres. Quien da culto a Dios, tiene que dar a los hombres la Voluntad de Dios. Y, por eso, tiene que discernir esa Voluntad. Quien ora a Dios es para encontrar la obra que tiene que hacer con los hombres: entenderla y realizarla. Y, por eso, la vida del hombre que tiene fe en Cristo no consiste en ayudar a los hombres en sus necesidades materiales, sino en darles, en cada momento, lo que Dios quiere que se dé. Y, de esa manera, no se cae en el comunismo, que tú promueves –Francisco- con tu doctrina del humanismo. Tú amas a los hombres por encima de Dios. Tú prefieres dar a los hombres lo que a ti te parece que es bueno, pero no sabes preguntar a Dios qué cosa buena hay que dar a los hombres.

«¿Somos tal vez retóricos y pietistas, personas que se aprovechan de las imágenes de los niños pobres con fines lucrativos?». Respuesta: Francisco idolatras a los niños pobres. Ellos no son imágenes. Ellos no son el cuerpo de Cristo. Ellos no son Cristo. Ellos son niños pobres, que sufren por el pecado de los demás, o por su pecado propio. No condenes a la gente que hace su oración, que da culto a Dios y después no socorre a los niños pobres porque así lo han comprendido en Dios. ¿Por qué juzgas la vida espiritual de los que hacen oración? ¿Por qué juzgas a los hombres que siguen unos dogmas, unas verdades, una tradición, que significa la Voluntad de Dios, y que hay que seguirla para saber dar lo que el niño pobre necesita. Esta es tu mente comunista, Francisco. Y en la Iglesia Católica, despreciamos a los comunistas como tú. Y más cuando te sientas en la Silla de Pedro para lanzar tu ideología del marxismo, de la fraternidad masónica y del amor ecológico a los hombres. ¿Quién eres tú para juzgar a los hombres si no sabes juzgar lo que Dios juzga?

Y porque no sabes hablar con propiedad del pecado, por eso, caes en tu sentimentalismo barato. Se te caen las lágrimas ante los niños que sufren: «Tal vez aquel niño llora. Llora porque tiene hambre, porque tiene frío, porque quiere estar en brazos… También hoy lloran los niños, lloran mucho, y su llanto nos cuestiona. En un mundo que desecha cada día toneladas de alimento y de medicinas, hay niños que lloran en vano por el hambre y por enfermedades fácilmente curables. En una época que proclama la tutela de los menores, se venden armas que terminan en las manos de niños soldados; se comercian productos confeccionados por pequeños trabajadores esclavos. Su llanto es acallado: deben combatir, deben trabajar, no pueden llorar. Pero lloran por ellos sus madres, Raqueles de hoy: lloran por sus hijos, y no quieren ser consoladas».

Lloras, Francisco, por el hombre; pero no sabes llorar por los pecados de los hombres. No sabes cargar con ellos. No sabes hacer penitencia por tantos males que los hombres hacen en el mundo. No sabes coger una cruz y levantarla para sacar el demonio de los niños y de tantos hombres, endemoniados por sus pecados. Sólo sabes hacer tu política, tu negocio en la Iglesia. Sólo sabes llenarte la boca de tus estupideces, de tus sensiblerías. Y ahí te quedas: en el vacío de tus lágrimas. Y la gente, como tú, coge el pañuelo y se pone a llorar, y a decir qué bien que habló este hombre. Es un hombre de Dios porque entiende las necesidades de los hombres, entiende sus lágrimas. Gran mal hacen tus palabras en la Iglesia, hipócrita y fariseo: te llenas de lágrimas por la vida social de los hombres, y no has aprendido a meter tu corazón en la llagas de Cristo. Besas las llagas de los hombres idolatrando a los hombres. Pero no sabes besar a Cristo para que el corazón vea su pecado y se arrepienta de él. Besas a Cristo como Judas lo besó: para traicionarlo en su misma Iglesia.

Esto es Francisco: un hombre que idolatra al hombre y que persigue un ideal en la vida: destruir la Iglesia de Cristo, levantando sobre su orgullo la blasfemia a Cristo: el culto a la mentira que sale de los pensamientos de los hombres.

Desde la Iglesia, Francisco y los suyos, meten la confusión al convertir la mentira en verdad, y la verdad en mentira. Y de esto nace un océano de ideas, que llevan al paganismo y a la incredulidad. Que llevan a los hombres a trabajar por un ideal humano en la Iglesia; que hacen de la Iglesia una institución humana más en la vida de los hombres, perdiendo la Verdad, la Catolicidad. La Iglesia se convierte en cristiana, en una más entre tantas, porque se habla de Cristo, pero no se habla de Su Palabra, sino que se la desvirtúa, como hace Francisco en esta y en todas sus homilías. Coge una Palabra de Dios y, después pone lo que le da la gana. Nunca enseña la Verdad de esa Palabra Divina: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Sino que da su magisterio, que no es el de Cristo, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que es para hacer su falso ecumenismo.

Es necesario atraer a las demás religiones, a los demás hombres, ¿cómo? Desvirtuando los sacramentos, ocultando los dogmas y manipulando la Palabra revelada. Hay que dar a los hombres lo que ellos quieren escuchar: lágrimas, desastres, problemas. Un hombre que les hable de esto. Un hombre para el mundo.

El falso ecumenismo empieza con una falsa predicación, con un concepto errado de la verdad, con unas ideas engañosas y un deseo de notoriedad egoísta y vanidoso, que es lo que hace Francisco todos los días. Y lo hace porque está hinchado de orgullo.

El falso ecumenismo acaba destruyendo la verdad, socavando los cimientos de la fe, desfigurando el Evangelio y ahogando la piedad.

No esperen nada de Francisco: sólo dolor en la Iglesia porque ya es tiempo de destruirla.

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