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Próxima ordenación de un sacerdote homosexual

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El «Hombre impío» (2 Ts 2, 3) está a punto de surgir de las tinieblas.

Y tiene necesidad de una humanidad impía, de hombres rebeldes que, habiendo nacido para ser luz, «prefieren las tinieblas» (Jn 3, 19) y, estando predestinados para la vida eterna, buscan la muerte, «la llaman con sus obras y palabras» (Sab 1, 19), y la muerte les viene a las manos como recompensa de lo que son sus vidas.

Muerte eterna es lo que merecen muchos en la Iglesia, porque son insensatos, «siervos inútiles, infieles y haraganes» (Mt 25, 26.30), se acomodan a los pensamientos y al estilo de vida del mundo, no luchan por conquistar la verdad, desprecian la verdad que han conocido, viven la vida como si jamás se hubieran de morir, y ya no quieren convertirse de corazón al Señor.

Hombres obstinados en el pecado, que pretenden dirigir una iglesia de pecadores y de gente insensata.

El Cardenal Maradiaga, hereje manifiesto, perteneciente al gobierno horizontal instalado por Bergoglio en el Vaticano, declaró que existe un lobby gay en el Vaticano:

«… llegó hasta a haber un lobby en este sentido. Esto, poco a poco, el Santo Padre trata de irlo purificando, son cosas…» ( El Heraldo)

«… trata de irlo purificando…»: ¿cómo se puede purificar un grupo de Cardenales, Obispos y sacerdotes homosexuales si Bergoglio no es quién para juzgarlos? Si no hay justicia, no hay purificación, no hay expiación, no se resuelve ningún problema.

Este hombre iracundo, que se ufana de tener el poder de Dios y que desprecia la verdad cuando se la dicen a la cara:

« ¡Todo el poder me ha sido dado a mí! ¡Yo soy el que monto el espectáculo aquí. ¿Quiénes se han creído que son esos Cardenales? Yo les quitaré sus sombreros rojos» (Onepeterfive)

Este hombre es incapaz de poner orden, no purifica nada, sino que él mismo ampara una red de silencios y de encubrimientos sobre sus estilos de vida, sus escándalos y enredos.

Bergoglio no corta la mala cizaña, sino que la presenta con otra cara, con un lenguaje apropiado para la masa católica.

Es claro, que tanto Bergoglio como Maradiaga son cómplices de este lobby porque no han hecho nada, en su gobierno, ni para depurarlo ni para purificarlo, sino que – al contrario- lo están aumentando con la manga ancha y concesiones.

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Muchos católicos no han comprendido que si se permiten que un hombre maricón, homosexual, sea ordenado de diácono -y pronto de sacerdote-, rasgarse las vestiduras sobre los escándalos de los curas pederastas es propio de fariseos y de hipócritas.

Jason Welle, SJ, de la compañía de Jesús, fue ordenado diácono el pasado 24 Octubre, por el Obispo Michael C. Barber, también perteneciente a la Compañía.

Este hombre, que ha puesto en su página de twitter la bandera gay, trabaja para el LGTB Católico, haciendo entrevistas con gente que está a favor del sacerdocio homosexual y de las religiosas lesbianas dentro de la Iglesia Católica.

Aquí tienen una entrevista con el disidente homosexual, Arthur Fitzmaurice, en un video publicado por el ministerio jesuita, América Media:

A los pocos meses de su ordenación diaconal escribió un artículo para el Jesuit Post, sitio web plagado de propaganda homosexual, titulado: “El amor gana”.

Welle se regocija de la reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos:

«… el Tribunal Supremo ha dictaminado que el matrimonio debe ser considerado un derecho civil para todas las parejas, sin excepción. Esta semana, miles de parejas en los Estados Unidos no tendrán que soportar una vida de secretismo y de inseguridad jurídica. Esta decisión significa que sus uniones están respaldadas por la ley. Sus familias serán tratadas por igual por los estados, no van a arriesgarse a perder a sus hijos y los bienes porque alguien desaprueba su unión».

Un hombre que sólo le interesa en la vida aquella ley del hombre que es una abominación, que va en contra de la ley natural y divina. Pero que no le importa lo más mínimo la norma de moralidad ni el magisterio auténtico de la Iglesia:

«Sé que seguirá habiendo objeciones por parte de los que creen que las relaciones homosexuales y lesbianas son inmorales o que los matrimonios del mismo sexo no pueden simplemente ser reconocidos como matrimonios apropiados, entre ellos los hermanos católicos y otros estadounidenses de buena voluntad».

Los católicos objetarán, pero yo no objeto, porque no me interesa la doctrina de Cristo ni lo que enseña la Iglesia Católica sobre la homosexualidad. Yo estoy construyendo otra iglesia con mi ídolo Bergoglio.

¿Cómo un hombre así, que abiertamente va en contra de la fe católica, ha sido ordenado de diácono y se dispone a recibir el sacerdocio?

¿Dónde está la purificación del lobby gay vaticano?

En ningún sitio. Todo es obra del lobby gay.

Es un cambio de cara:

«En esas discusiones, es necesario, por ejemplo, reconocer la unión de personas del mismo sexo, porque hay muchas parejas que sufren porque no se reconocen sus derechos civiles; lo que no se puede reconocer es que esa pareja sea un matrimonio.» (Entrevista al Arzobispo Marini – La nación, 20 abril 2013).

Sí a las uniones civiles, no al matrimonio religioso. La noción heterosexual del matrimonio no se debe imponer a las parejas homosexuales. Hay que atender a sus problemas humanos, no hay que predicarles ni el verdadero matrimonio ni la verdadera orientación sexual. Se trata de tolerancia, de aceptar la abominación por parte de la sociedad. Es la sociedad, no ellos, la culpable de no acoger a los homosexuales como diferentes.

Estas parejas sufren el acoso legal. Y hay que buscar una ley acomodada a su situación civil. No interesa la moral, no hay que insistir en la inmoralidad, porque a estos hombres no hay que salvarles el alma, sino que hay que ponerles el camino para que no se arrepientan más.

Esta es la impiedad de la Jerarquía: ya no salvan almas. Ahora, se dedican a ser libertadores de los derechos humanos, civiles, sociales, políticos.

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«Es alentador ver la ola de apoyo a los matrimonios homosexuales. Muestra una sociedad que aspira a una tolerancia abierta de todo tipo de personas, el deseo de que vivamos juntos en la aceptación mutua» (P. Timothy Radcliffe, homosexual dominico, consultor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz).

Para este hombre, hay que olvidar la moral, no hay mandamientos divinos, no existe una ley natural:

«No podemos empezar con la pregunta de si [el matrimonio homosexual] está permitido o prohibido».

Es necesario apelar a una nueva moral:

«Debemos preguntarnos qué significa, y hasta qué punto es eucarístico. Ciertamente, puede ser generosa, vulnerable, tierna, mutua y no violenta. Así que de muchas maneras, pensaría que ésta puede ser expresión de un regalo de Cristo».

Si la homosexualidad es un regalo de Cristo, si está llena de un amor eucarístico, entonces el lobby gay vaticano también es un regalo de Cristo. No hay que ni depurar ni purificar nada.

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Por eso, hay que ordenar otros sacerdotes al estilo Charamasa. Sacerdotes que se dediquen a las uniones civiles, y que vayan preparando el terreno para meter en la Iglesia el matrimonio religioso entre homosexuales.

Es un cambio de cara.

Es lo propio que ha traído el gobierno masónico de Bergoglio: un gobierno político, que hunde sus raíces en las libertades del hombre buscadas sin un fin último, al margen de la Voluntad de Dios, apostatando de toda verdad, incluso la propia de la naturaleza humana.

Con los Sínodos del 2014 y 2015, el lobby gay ha crecido en poder e influencia en toda la Iglesia. El Arzobispo Bruno Forte fue el que insertó los pasajes sobre la homosexualidad a espaldas de los Padres Sinodales. Y lo hizo actuando en nombre del lobby gay. No fueron acciones aisladas, sino bien planeadas por la cúpula del Vaticano.

Es un secreto a voces que la mayoría de los clérigos del Vaticano son homosexuales. Y es esta gente abominable la que ejerce presión para cambiar la doctrina en la Iglesia.

¿Cuándo fue la última vez que se escuchó a un sacerdote hablar de pecados sexuales desde el púlpito? Es la influencia del lobby gay. Desde Roma mandan no predicar sobre ninguna cuestión sexual. Ahora, todo es tolerancia, fraternidad, dialogo. Y, por eso, el lobby gay no sólo existe en Roma, sino en todas las diócesis del mundo. Basta con contemplar la Conferencia Episcopal Alemana después del Sínodo.

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Los Obispos alemanes están promoviendo la homosexualidad activa, sin reservas, para que sea el puente que conduzca a la participación de los homosexuales en todos los sacramentos de la Iglesia.

Están erigiendo la estatua del ídolo de la ideología del género, socavando el magisterio católico.

«Sal de ella, pueblo mío, para que no os contaminéis con sus pecados y para que no os alcance parte de sus plagas; porque sus pecados se amontonaron hasta llegar al cielo» (Ap 18, 4-5).

Bergoglio tiene la misión de poner el camino para llegar al pecado perfecto dentro de la Iglesia: ese pecado que condena al alma en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Muchos católicos se preguntan: ¿Hasta dónde va a llegar este hombre? Hasta el pecado perfecto. Hasta poner la Iglesia en manos del Anticristo.

Si Bergoglio ha llegado a blasfemar contra el Espíritu Santo, sus obras en la Iglesia son propias de este pecado: él condena almas en todo lo que hace. Él cierra el camino de salvación. Y lo cierra totalmente. Por eso, este hombre no puede salvarse si no deja lo que está haciendo y se retira a un monasterio para expiar sus pecados. No lo va a hacer. Él busca la muerte eterna del alma.

«Los impíos, con las obras y las palabras, llaman a la muerte; teniéndola por amiga, se desviven por ella; y con ella conciertan un pacto, pues bien merecen que la muerte les tenga por suyos» (Sab 1, 16).

Bien merece que Bergoglio se condene. Es lo que vive actualmente: su condenación en vida. ¡Ojalá se muera pronto y se condene!

Esto es lo que no comprenden muchos católicos que siguen teniendo a este hombre como su papa. Y esto es también obra de Bergoglio.

Si Bergoglio obra como un impío, el pueblo se hace idólatra, ya no comprende la verdad porque sigue a un ciego que se ceba siempre en sus propios pecados. Muchos católicos ya comienzan a reírse de las palabras conversión y arrepentimiento, porque tienen un ejemplo a seguir en ese hombre. Y esas risas están preñadas de soberbia y de altivez. Y darán un fruto: la persecución y la muerte de todos aquellos que confiesan la fe en Jesucristo.

Los hijos fieles siempre han sido perseguidos y ajusticiados, pero los que sembraron iniquidad cosecharon desgracias, y atrajeron sobre sí el castigo de sus muchos pecados. Los hechos de Sodoma y Gomorra son un testigo fiel, no sólo de la estulticia humana, sino de la justicia divina. Porque tan grande es el Señor en Su Misericordia como en Su Justicia.

Hay que salir de Roma; hay que salir de las parroquias. Están todas a una, unidas en la impiedad.

Comulgar con las ideas de Bergoglio, tenerlo como papa, es contaminarse con los pecados que ese hombre irradia cada día, y tener una espada de justicia colgando sobre la cabeza.

Quien reniega de Cristo, él sólo se juzga; quien desprecia su doctrina, es un réprobo; pero quien peca contra el Espíritu Santo, es reo de condenación eterna; no precisa, por tanto, ser juzgado, porque juicio y sentencia condenatoria penden de su cabeza.

El pecado debe ser eliminado de la vida, porque sólo «los limpios de corazón verán a Dios». Los que viven en sus pecados no pueden descubrir el reino de Dios que está en las profundidades del alma, porque Dios sólo está en aquellos que lo aman y en los que lo reciben sacramentalmente en su corazón.

Dios no está en aquellos que hacen de su vida una obra del pecado, ni en aquellos que no disciernen lo que comulgan.

Dios no está en una Iglesia que no sabe discernir al homosexual, que no elimina el pecado, sino que se hunde, cada día con más fuerza, en él.

No se puede obedecer a una Jerarquía que ama la abominación de la homosexualidad, que alardean de justos, y por doquier derraman injusticias; se creen libres, y son esclavos de los más bajos instintos; defienden los derechos humanos, y privan a los más débiles del derecho más elemental, que es la vida; enarbolan la bandera de la paz y hablan palabras sentidas de amor, de misericordia, ante los hombres, pero mienten, porque profanan el amor.

Cristo es profanado en toda la Jerarquía que comulga y obedece a Bergoglio.

La Iglesia es socavada por todos aquellos que prefieren las obras de los hombres a las del Espíritu.

La iglesia de los maricones, comunistas y herejes

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«… está en curso la destrucción espiritual de la Iglesia y de las almas y harán de todo por establecer lo antes posible una Única Religión Mundial» (Conchiglia – 28 de julio del 2014).

Bergoglio ha usurpado el Trono de Pedro y representa -en el gran teatro del Vaticano- funciones públicas para entretener a las masas, y así amansarlas y hechizarlas con una doctrina en que sólo busca la gloria de sí mismo.

Bergoglio habla para atraer sobre sí mismo los méritos y las glorias que no puede tener.

Bergoglio obra para complacerse a sí mismo, dando a la masa lo que le pide, lo que le agrada, lo que le hace disfrutar de la vida.

Bergoglio es un hombre sin amor, sin fe, sin humildad. Es decir, es un hombre orgulloso, que se muestra como el salvador del mundo, que se alumbra con las luces de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe. Y, por eso, Bergoglio se arrodilla sólo delante  de las falsas religiones. No puede arrodillarse delante de Jesucristo porque no cree en Su Divinidad. Se arrodilla ante los herejes, en vez de atraerlos a la fe católica, porque no cree en la verdad inmutable.

La idea de la masonería es reunir a todas las religiones y crear una religión universal: la religión en la que todos los hombres están de acuerdo. Es la unión de mentes, que pasa por la unión de los cuerpos.

Para llegar al matrimonio gay es preciso llegar primero a la unión gay, unión de cuerpos. Una vez legalizado esta unión, en todas las iglesias, entonces se pasa al siguiente nivel: la unión de mentes. Las mentes de los hombres se unen en un matrimonio, con una atadura para formar la sociedad ideal, la iglesia universal.

Es necesario unir los cuerpos espirituales de las diversas religiones para formar la unión mística de la iglesia del anticristo, el matrimonio místico entre las almas y el anticristo, su cuerpo místico.

Para eso es necesario atacar la doctrina católica que impide que muchos hombres puedan entrar en esta religión universal.

Es necesario cambiar la doctrina católica, borrar de la faz de la tierra el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Se quiere suprimir a Cristo para que los hombres sigan a los hombres, den culto a sus ideas maquiavélicas.

La Iglesia está en ruinas. Y esto no lo sabe ver la mayoría de los católicos.

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Están levantando la Iglesia mundial de Satanás, en donde se enseña a todos los fieles a respetar y aprender de las enseñanzas heréticas de Martín Lutero:

«Después de cincuenta años de diálogo ecuménico, incluso para un cristiano católico se puede leer con respeto el texto de Lutero y aprovechar sus ideas» (Cardenal Reinhard Marx – Revista “Politik y Kultur”).

Sólo un hereje enseña a seguir a otro hereje. Sólo un hereje no ataca a otro hereje. Sólo un hereje destruye el camino que los santos han marcado para la salvación de las almas.

Así lo hizo Bergoglio cuando usurpó el Trono: puso como modelo la doctrina de un hereje, Kasper. Y está destruyendo todo lo santo que hay en la Iglesia.

Y así lo hacen los que lo siguen, los que obedecen a Bergoglio. Es la Jerarquía que no combate a los herejes, que no batalla por la vida espiritual, que no se dedica a salvar almas, sino que pone la herejía, el error, la mentira, como norte de la iglesia.

El error, en vez de la verdad, es el alimento de muchos católicos. Han dejado de amar la verdad, han dejado de buscar el sentido a su vida. Ahora son sólo veletas de las mentes de muchos sacerdotes y Obispos, que son falsos porque han perdido la fe en Cristo y en Su Iglesia.

Ahora es el tiempo de luchar por un prestigio social, político, económico, material, humano.

Ahora es el tiempo de la condenación de las almas en vida. Vivir sin arrepentirse de los pecados: esta es la iglesia que se busca, que se persigue.

Como «la unión con Cristo es el bien supremo del hombre, hay que unir a todos los cristianos, independientemente de su identidad» (ib): buscan el anhelo humano de tener una iglesia que no condene el pecado, que no divida por la libertad del pensamiento, que sepa reunir todas las ideas de los hombres bajo una bandera de fraternidad, de igualdad y de libertad.

«…la cooperación de las iglesias conduce a ser un testigo más creíble en la sociedad, por lo que su voz será mejor oída si se ponen de pie para el pueblo y denuncian las estructuras injustas de la sociedad, la política y la cooperación» (ib). No se quiere escuchar la voz de la Iglesia Católica porque no es la voz del pueblo. No lleva a una sociedad globalizada.

La Iglesia Católica es la voz de Cristo, que es la verdad que el hombre no quiere escuchar. Es la voz a la obediencia de la Palabra de Dios.

Pero se va a la formación de una iglesia sin verdad, con la mentira que al hombre le agrada escuchar, con la obediencia a la imposición de una idea global.

En esta iglesia de herejes, se declara mártir y beato a un sacerdote que fue víctima de la política, pero no mártir ni de Cristo ni de Su Iglesia.

«Esta muerte divide la historia de la Iglesia en antes y después. Antes de la muerte de Romero la Iglesia decía: estos cristianos mueren por razones políticas, no religiosas. Ahora (después de su muerte) está claro que Romero fue asesinado por cuestiones religiosas, aunque haya muerto no por defender los derechos de la Iglesia sino los derechos de los pobres». (Gustavo Gutiérrez – En el diario “Il Giorno”).

Romero no defendió los derechos de la Iglesia que son los derechos de Cristo. Defendió a los hombres, los derechos de los hombres. Hizo de su ministerio sacerdotal una política comunista, socialista, que sólo se centra en la conquista de un reino humano.

Por eso, todos alaban al rey Bergoglio. Es su hombre, es su papa. El papa del mundo, el papa de una sociedad globalizada, el papa amorfo que sólo sabe hablar las locuras que el mundo habla. En Bergoglio sólo se puede encontrar el lenguaje del mundo. Es el hombre que salva al pueblo salvadoreño. ¿Queréis un comunista como vuestro mártir? Yo os lo doy. Yo hago que se cumplan las palabras de Romero que si lo mataban su espíritu resucitaría en el pueblo.

El legado de este falso sacerdote está en que encarnó la voz del proletariado revolucionario salvadoreño. El pueblo encontró en este personaje, no un sacerdote que pusiera la esperanza en el más allá, sino un hombre con la firme convicción de luchar por hacer de la tierra un lugar tan agradable como un paraíso, para que así los hombres no tengan que aspirar a dejar esta vida para ser felices. Los hombres merecen ser felices, gozar de esta vida. Y, por eso, la clase trabajadora tiene que luchar en contra de la clase opresora rica, para transformar la sociedad en una igualdad humana, social. La misión es que desaparezca la pobreza en el mundo.

«El arzobispo Oscar Romero cayó sobre el altar víctima de la violencia que siempre combatió. Es un mártir» (Leonardo Boff – En el diario “Folha de S. Paulo” – 30-3-80).

Los hombres buscan sacerdotes y Obispos que sean ejemplo de denuncias y de lucha contra las injusticias sociales, para así construir la sociedad globalizada, en la que no exista la represión ni la clase alta de los ricos capitalistas. En este ideal irrealizable se hacen esfuerzos para mostrar a la gente la posibilidad de una religión que tome partido por el sufrimiento de los pobres, que su jerarquía termine sirviendo, no tanto a la causa de Cristo ni de la Iglesia, sino a sus propias concepciones religiosas personales.

Monseñor Romero es sólo un mártir del proletariado, una víctima de las ideas comunistas de los hombres. Pero no es un sacerdote de Cristo: es un hombre que olvidó que Jesús, que nació y vivió en la Palestina subyugada por la dominación romana, se dedicó sólo a una obra espiritual, sin contaminarse de las ideas políticas y sociales: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Monseñor Romero fue un hombre que olvidó que los Apóstoles misionaron en un mundo en que las injusticias socio-políticas eran mucho más graves que las actuales y los derechos civiles eran constantemente violados. Ellos sólo siguieron al Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura». Y así conquistaron el mundo lleno de injusticias. Pusieron la Justicia de Dios en medio de un mundo sin justicia. Monseñor Romero sólo buscó el reino temporal, la promoción humana, la fama del pueblo. Y por esa gloria humana, por ser voz del pueblo, murió. No murió por cristo, murió por sus malditos pobres.

Y ahora, un maldito lo hace mártir y beato. Por supuesto, que es un falso mártir y un falso santo. Pero queda la obra de ese maldito, al que muchos llaman su papa.

«Por sus obras los conoceréis»: si no conocen por las obras que hace Bergoglio lo que es Bergoglio, es que están pervertidos en la mente como él lo está.

Si les cuesta llamar a Bergoglio por su nombre, usurpador, es que trabajan para él dentro de la Iglesia.

Después de dos largos años todavía hay católicos que dudan de Bergoglio: y hoy están con él, y mañana en contra de él. Esto sólo señala una cosa: la tibieza espiritual en que viven muchos católicos. Y a los tibios, Dios los vomita.

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En la iglesia de los herejes y de los comunistas se nombra a un conocido hereje, que apoya el matrimonio homosexual, como Consejero Pontifico para la justicia y la paz, a Timothy Radcliffe:

«Y podemos presumir que Dios continuará llamando tanto a homosexuales como a heterosexuales al sacerdocio porque la iglesia necesita los dones de ambos» Timothy Radcliffe – En “The Tablet”).

La cara de este maldito es, claramente, la de un maricón. Su alma, por tanto, le pertenece al demonio. Y vive para él, para hacer las obras de su padre.

«Si la feminización de la Iglesia continúa, los hombres buscarán el alimento de su espiritualidad fuera de las iglesias, en las falsas e inadecuadas religiones, con las consecuencias mayores del daño a la Iglesia y a la sociedad» (Leon Podles – The Church Impotent: The Feminization of Christianity).

Una Iglesia de maricones, de hombres homosexuales, aleja a los varones, los despide. Y daña a toda la sociedad, a todo el mundo.

La misión del hombre es engendrar vida, dominar la vida, dar a la vida el camino de la verdad.

En una iglesia y en una sociedad de homosexuales, la misión de esos hombres es anular la vida, ser dominados por todas las cosas de la vida, y presentar al mundo el camino de la mentira.

Jesús puso Su Iglesia en Obispos varones, no en Obispos maricones. La Iglesia es de hombres, no de maricones. La Iglesia necesita a los varones, hombres heterosexuales, que tienen lo que un hombre tiene que tener: el amor varonil a Dios y a las almas. El amor verdadero a su naturaleza humana, un amor en la ley natural.

Un maricón no conoce ni su alma ni a Su Creador. Un sacerdote maricón no puede cuidar las almas, no puede alejarlas de los muchos peligros que tiene la vida, porque vive en los mismos peligros, dominados por ellos.

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Bergoglio es un Obispo maricón que se rodea de maricones. Un Obispo sin ley divina, que ha echado por tierra la ley natural y que sólo vive  de lo que su mente, a diario, le va descubriendo.

La iglesia de Bergoglio es la iglesia de los maricones. Y esa no es la Iglesia de Cristo. Una iglesia que destruye la verdad, el matrimonio, la familia y toda la sociedad.

«Los intentos actuales, dentro de las casi todas denominaciones cristianas, para normalizar la homosexualidad, más que otra cosa, convence a los hombres heterosexuales de que la religión hay que mantenerla a gran distancia» (Ib).

¡Qué gran verdad!

La religión de Bergoglio: hay que mantenerla a gran distancia. En ella no hay varones, no hay hombres hechos y derechos. No hay hombres que amen la verdad, que luchen por la verdad, que sean testimonio de la verdad. Sólo hay mujercitas, que lloran por sus estúpidas vidas de coqueteo con los hombres y con el mundo.

Allí donde está el maricón, no está ni el sacerdocio ni la familia católica. Se destruye la jerarquía, el matrimonio y se tergiversa la función de la mujer en la Iglesia, en el matrimonio y en la sociedad.

«Las Iglesia católicas que cultivan una atmósfera gay (servicios especiales arquidiocesanos para gays y lesbianas, coros gays, charlas en las escuelas para la tolerancia gay) mantienen a los hombres heterosexuales lejos. El miedo de la afeminación es una de las motivaciones más fuertes en los hombres que, a veces, prefieren morir que aparecer afeminados» (Ib).

La agenda de los sodomitas es la agenda de Bergoglio. Y es lo que se está comenzando a enseñar desde los púlpitos. Ya hay Obispos a favor de las relaciones sodomitas, como este sujeto Radcliffe.

El Obispo Cordoba en Colombia, el cardenal Nichols en Londres ofreciendo misas para los grupos “soho LGBT catolicos”. El Cardenal Dolan en Nueva york aprobó los desfiles de sodomitas para representar la Iglesia para las fiestas de San Patricio.

En Suiza la mayoría de “catolicos” votaron para que se aprueben las uniones de homosexuales.

El lema de esta agenda diabólica es: aprobar las “uniones” homosexuales, pero no calificarlo como “matrimonio”. Todo esto bajo el manto de la “divina misericordia y una Iglesia pobre para los pobres”. Primero es la unión de cuerpos, de estilos de vida; después, la unión pervertida en la mente. Crear matrimonios para una perversidad de vida, para una sociedad de perversión absoluta. Y esos matrimonios, esa sociedad, avalados por una iglesia universal.

La Iglesia universal es la iglesia de los maricones, de los comunistas y de los herejes. Esta es la base para que entre todos los demás.

Se anula el pecado y, por lo tanto, la ley divina en todas las cosas; se anula la obra de la Redención y, en consecuencia, se vive buscando un paraíso en la tierra; se anula la verdad y así se comete la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es el único que conduce al hombre a la plenitud de la verdad.

Los hombres acaban viviendo para sus ideas en la vida, para sus filosofías, para sus grandiosas teologías, para sus locas y perversas ideas. Consecuencia: los hombres se constituyen en veletas del pensamiento humano, se dan culto a sí mismos y sólo viven para darse gloria a sí mismos.

La filosofía del género

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«Nunca creyeron los reyes de la tierra, ni cuantos habitan en el mundo, que entraría el Enemigo, el Adversario, por las puertas de Jerusalén» (Lm 4, 12).

Ahí está, el enemigo de Cristo y de la Iglesia, Bergoglio, sentado en la Silla que no es suya, que no le pertenece por derecho divino.

El Adversario de Cristo ha puesto su hombre para gobernar la Iglesia, que es sólo de Cristo, que no le pertenece ni al hombre ni al demonio.

Bergoglio destruye la verdad en su gobierno en la Iglesia. Y la destruye, no con su inteligencia, sino con su voluntad: con un poder humano, dado a él sólo por un tiempo.

Las personas no se convierten por las palabras de Bergoglio, sino por sus obras. Bergoglio no habla con autoridad porque no tiene inteligencia: no sabe llegar al hombre con la inteligencia. Sabe llegar al hombre con el sentimiento, con la voluntad, con las obras.

Sus obras revelan su pecado: son obras en contra de la voluntad de Dios. Obras que gustan al mundo, porque Bergoglio es del mundo. Bergoglio ama al mundo y lo que hay en el mundo. No puede no amarlo, porque en el corazón de Bergoglio no está el amor de Dios.

En Bergoglio sólo está el orgullo de la vida: él quiere su vida de pecado. Y es lo que muestra a todos en la Iglesia: no se corta a la hora de hablar o de hacer algo que vaya en contra de una ley divina; en él la concupiscencia de los ojos: su mente sólo se fija en la inteligencia que mata, que busca la mentira, que oscurece la verdad, que aniquila toda ley de Dios; y en él se encuentra la concupiscencia de la carne: sólo vive para agradar a los hombres en su carne, en su vida material, en sus conquistas humanas.

«Y el mundo pasa»: Y Bergoglio se acaba, no es eterno, no permanece en la Iglesia, porque no obra la Voluntad de Dios:

«Santificaos y sed santos, porque Yo soy Yavé, vuestro Dios. Guardad mis leyes y practicadlas» (Lev 20, 7).

Bergoglio nunca enseña a cumplir con los mandamientos de Dios. Nunca habla de la ley natural; nunca pone al alma en la ley de la gracia. No sabe lo que es la ley del Espíritu. No sabe ni hacer Iglesia ni ser Iglesia.

Bergoglio apoya la filosofía del género. Le dijo a la lesbiana Diego Neria, que fue con su pareja al Vaticano:

«¡Claro que eres hijo de la Iglesia!’ ‘Dios quiere a todos sus hijos. Te acepta como eres’, y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres» (ver texto)

Esta lesbiana vio las puertas abiertas con Bergoglio:

«Ha salido de él. Vi sus brazos muy abiertos en arropar a todo el mundo y a gente en desigualdad. Unos brazos demasiado abiertos. Y la forma que tenía de hablar y de transmitir era de absoluta bondad».

Con Bergoglio se ha sentido arropada; con Benedicto se sintió discriminada y apartada:

«Pero no he dejado de sentirme católico, apostólico y romano por ello. Cuando naces y te educas en la religión católica, no la pierdes por muy mal que lo pases. Estaba dolido, pero mi base era fuerte».

El Papa Benedicto XVI predicaba la verdad, que no gustaba a este transexual:

«no a filosofías como la del gender» (19 de enero del 2013).

Esta persona transexual es como todo homosexual: «mi base era fuerte». No creen en lo que son: son hombres (tienen una naturaleza humana). Y no creen en Dios: Dios los ha hecho así: hombres. Y, por no creer en estas dos cosas, no pueden creer en el demonio: están poseídos por el demonio.

Todo homosexual y toda lesbiana tienen una posesión demoníaca en sus cuerpos, que los lleva a vivir en contra de la verdad de su naturaleza humana y de la Voluntad de Dios sobre su vida. No son enfermos, son poseídos del demonio. Más que enfermos.

Y ese ir en contra de la verdad los hace escalar la cumbre de la soberbia: hacerse dioses a sí mismos. Y, por lo tanto, ver en los otros, en los que le ayudan a vivir como piensan, a otros dioses:

«Solo puedo decir que (Bergoglio) es un dios, es el más digno representante de Jesús de Nazaret».

Es el precio a pagar por su gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. ¡Quedan ciegos para la verdad!

«Lo que con frecuencia se expresa y entiende con el término “gender“, se reduce en definitiva a la auto-emancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre quiere hacerse por sí solo y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador» (21 de diciembre del 2008)

La persona homosexual vive contra la verdad de lo que es en su ser humano. Vive oponiéndose a esa verdad de su naturaleza. Y vive contra Dios, que lo ha creado en esa naturaleza.

La homosexualidad es la manipulación del hombre, que busca ser libre para hacer su vida, sin depender ni de Dios ni de su naturaleza humana.

Es la búsqueda de una libertad que no existe en su ser humano, en su esencia, sino que la crea él mismo en su inteligencia.

En el hombre está «inscrito un mensaje que no significa contradicción de nuestra libertad, sino su condición» (Ib). En la naturaleza humana, está la libertad que le lleva a obrar conforme a lo que es en sí mismo.

Para eso es la libertad: para obrar la naturaleza del hombre. Para poner en obra todo lo que el hombre encuentra en su ser de hombre.

Y la libertad no tiene otra función que ésta. No existe una libertad para ir en contra de la propia naturaleza humana. No existe esa libertad natural. No está inscrita en el ser del hombre. El hombre la tiene que crear él mismo. Pero es una creación sólo en su mente, que no se da en la realidad de la vida, de las cosas.: es un ideal que es imposible de vivir en la realidad. Para vivirlo hay que imponerlo a los demás: hay que someter a los demás a los dictados de la propia razón humana. Por eso, los gobiernos hacen leyes abominables a Dios y a los propios hombres. Leyes que no se pueden seguir, porque son una ruptura con todo el orden de la Creación. Por esas leyes abominables, la Creación se parece a otra Sodoma y Gomorra.

Un hombre nace hombre; una mujer nace mujer. Y se es libre para eso: para ser hombre o para ser mujer.

Y todo aquello que contradiga esta libertad en la naturaleza humana es una cosa abominable:

«Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable» (Lv 20, 13).

Ni el hombre ha nacido para acostarse con otro hombre; ni la mujer está hecha para estar con otra mujer.

No se es libre para ser homosexual o lesbiana. Dios no da la libertad para pecar, para obrar algo moralmente malo.

El pecado siempre es esclavitud, nunca señala libertad. El pecado nunca es camino para ser libre. Sólo la Voluntad de Dios hace caminar al hombre en la libertad del Espíritu.

Quien vive en el pecado, vive imponiendo su propio pensamiento, que le lleva a hacer una obra en contra de sí mismo, en contra de la humanidad y en contra de la misma Creación.

En todo pecado, el hombre se destruye a sí mismo, se hace un mal en sí mismo. Y destruye todo lo demás. El pecado siempre se irradia, como la santidad, pero en opuesto camino.

Su mente soberbia le lleva a obrar algo que, en lo exterior, parece inofensivo, pero que en lo interior, desgarra al alma y al corazón.

Lo que está en la naturaleza humana no es contradictorio con la libertad, sino su condición: es lo que necesita la libertad para poder ejercer su dominio en el hombre.

El hombre domina cuando es libre, cuando ejerce el poder de su libertad. Y lo hace en su naturaleza humana. Quien quiera ser libre fuera de su naturaleza humana obra algo abominable.

El hombre está sometido cuando se esclaviza a algo, cuando otro anula su poder de ser como es: hombre en su naturaleza humana.

El pecado siempre saca al hombre de su ser de hombre. Siempre. El que obra el pecado es dominado en su libertad, e infiere a su naturaleza humana una llaga maligna, que debe ser curada para que el hombre pueda vivir, no sólo espiritual, sino humanamente.

El hombre, pecando, quiere auto-emanciparse: quiere salir de donde está, de su ser de hombre. Este es el anhelo de todo hombre que nace en el pecado original.

Viene a un cuerpo y se encuentra encerrado en ese cuerpo. Y quiere salir, porque comprende que ese no es su cuerpo verdadero.

«Mi cárcel era mi propio cuerpo porque no se correspondía en absoluto con lo que mi alma sentía» (falso hombre, lesbiana, Diego Neria Lejárraga)

Este sentimiento lo tiene todo hombre que viene a este mundo. Las almas espirituales se conforman con la Voluntad de Dios, y con la ayuda de la gracia soportan esta vida, que es sólo un mal rato en una mala posada.

El pecado original dividió al hombre. Por eso, todo hombre experimenta estas angustias. Y de esta división, se vale el demonio para incentivar en los hombres la homosexualidad y el lesbianismo.

Todo hombre que no ha comprendido lo que es el pecado original, que niega el pecado en su vida, que niega al demonio como un ser superior a él, termina en esta abominación de su naturaleza humana.

¿Qué es eso abominable?

Que el hombre se recree a sí mismo:

«El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que esta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear» (21 de diciembre del 2012).

¡Algo abominable! Negar la propia naturaleza humana: es el pecado de Lucifer para conseguir un ideal: ser dios, no en la esencia, sino en su mente.

Todo homosexual se hace dios a sí mismo: él mismo se crea, se recrea. Él mismo decide su naturaleza humana.

El hombre rechaza que está atado a su naturaleza humana: quiere desligarse de esa atadura para realizarse él mismo, sin necesidad ni de la ley natural ni de su libertad natural.

«el hombre quiere ser absolutus, libre de todo vínculo y de toda constitución natural. Pretende ser independiente y piensa que sólo en la afirmación de sí está su felicidad» (19 de enero del 2013).

Sólo en la afirmación de sí, el hombre pretende alcanzar la felicidad. Sólo en su yo; sólo en su persona. Su orgullo le hace levantarse en contra de su propia naturaleza humana.

Esta es la nueva filosofía de la sexualidad, que cabalga por todo el mundo: el hombre no se nace, se hace; la mujer no se nace, se hace.

Hay que ir en busca de la felicidad que no se encuentra en el propio cuerpo. El cuerpo es una cárcel donde no es posible ser feliz.

Todo homosexual tiene que juzgar a Dios por haberle encerrado en esa cárcel, y no haber puesto un camino para ser feliz.

«Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía» (Ib).

Es un papel social. El sexo ya no es de la naturaleza humana, no es de la persona, sino que es un objeto de la sociedad.

El homosexual no tiene fuerza si no está amparado por una estructura social, por una autoridad humana.

Por sí mismo, ningún hombre puede vivir solo en esta vida. Siempre el hombre necesita de algo o de alguien para vivir. Y esto sólo por el pecado original, que mató al hombre en su ser sólo para Dios.

Dios creó al hombre sólo para Él, para que el hombre hiciera una obra divina, que era llevar hijos al Cielo: engendrarlos para el Cielo. Eso fue todo el plan original de Dios con el hombre y con la mujer.

Cuando Dios crea a los seres espirituales, los crea todos al mismo tiempo. Todos a la vez. No hay una generación espiritual ni entre los ángeles ni entre los demonios. Su creación es su misión: son seres para Dios, no para lo creado.

El hombre es un ser para lo creado, no sólo para Dios. Por eso, tiene la misión de engendrar hijos y de llevarlos al Cielo. El hombre vive para un hijo, no sólo para Dios.

Por eso, muy pocos han comprendido lo que es la vida sexual. El sexo define a toda la persona humana en su naturaleza. Sin sexo, la persona no puede existir. Dios ha creado al hombre con un sexo, con un fin en su sexo: engendrar hijos para Dios. De esa manera, el hombre sirve a Dios. Sólo así el hombre es sólo de Dios.

El ángel sólo ha sido creado para servir a Dios, no para tener hijos, no para administrar una creación divina.

Todo hombre sirve a Dios con su sexo. Por eso, todo hombre tiene que preguntarse qué Dios quiere con su sexo. Este es el sentido de la vida de cualquier hombre.

Un homosexual, una lesbiana, no se pregunta esto. Viven en la angustia de su sexo, de su naturaleza humana. No están conformes con lo que son en su ser natural. Están peleando consigo mismos, odiándose a sí mismo porque nacieron así y quieren ser de otra manera.

Un homosexual, para salir de esta angustia vital, necesita una estructura, una legislación, un poder humano, que lo apoye.

Por eso, hoy día todos los gobiernos se han hecho fuertes en el campo homosexual. Y es un gran peligro:

«las políticas que suponen un ataque a la familia amenazan la dignidad humana y el porvenir mismo de la humanidad» (9 de enero del 2012).

El matrimonio homosexual destruye toda la dignidad de la persona humana, la familia y el porvenir de todo hombre. Son una amenaza para todo lo creado.

«Se trata en efecto de una corriente negativa para el hombre, aunque se enmascare de buenos sentimientos con vistas a un presunto progreso o a presuntos derechos, o a un presunto humanismo» (Ib).

Lo que hoy día se legisla en todas los gobiernos es que Dios no ha creado al ser humano como varón o mujer, sino que es la sociedad la que tiene que determinar lo que es el ser humano.

El poder social destruye la familia, el matrimonio de hombre y de mujer. Todos los gobiernos del mundo están destruyendo la creación de Dios en el hombre y en la mujer. Están recreando un hombre y una mujer nuevos, que les sirva a ellos para su propia idolatría.

«Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad». (21 de diciembre del 2012).

Ya el hombre no es hombre: no es ni varón ni mujer. Es un alma, es un espíritu, que elige el cuerpo que quiere para su vida.

Este es el pensamiento diabólico que está en todas partes: el hombre quiere ser como Dios: espíritu. Le molesta su cuerpo. Y, por eso, decide determinar lo que es con su cuerpo. Y tiene que manipular toda la naturaleza del hombre.

Por lo tanto, tiene que rechazar el matrimonio como un vínculo con otra persona: un vínculo en la naturaleza humana. Y sólo puede ver el matrimonio como la autorrealización de su propio yo, sin atarse a nada ni a nadie. Si el otro comparte su vida es sólo como un objeto que le ayuda para conseguir su fin.

Y, por eso:

«La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya» (Ib).

Todos hablan de que el hombre está corrompiendo la Creación con sus progresos, con sus ciencias, con sus técnicas humanas. Y es sólo hablar para no quedarse callado.

Los gobiernos de todo el mundo están manipulando al hombre con leyes para implantar la filosofía del género. Y eso es lo que destruye al hombre mismo. No es la contaminación del medio ambiente, no son las economías que ponen al hombre al borde de una guerra mundial.

Es el mismo hombre el que se aborrece a sí mismo. Es el mismo hombre el que ya no quiere seguir siendo hombre. Sólo se ha inventado un abstracto de hombre: una pintura que, por más que se la vea, se la estudie, no se puede comprender.

No hay quien comprenda a un homosexual ni a una lesbiana, porque no quieren ser ni hombres ni mujeres. Quieren elegir su propia especie, su propia naturaleza, su propia existencia humana.

¡Es una abominación!

«Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente» (Ib).

Esto es lo que hacen las leyes abominables del género: negar que el hombre sea hombre, y que la mujer sea mujer. Y, de esa manera, no se pueden integrar en la sociedad natural. El hombre ya no es para unirse a una mujer. El hombre no encuentra su camino dentro de la mujer. Y la mujer no es para ser de un hombre. La mujer no planifica la vida para un hombre. Y, por lo tanto, hay que inventarse una sociedad para ellos, para el nuevo hombre y la nueva mujer: un gobierno mundial, un estado mundial. En donde ya la familia no puede tener cabida, porque:

«si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación» (Ib).

Están todos los gobiernos confabulados en contra de la familia que Dios quiere, para implantar la familia que la sociedad busca en su afán de una vida feliz, que le resuelva el destino que su alma no entiende en su cuerpo.

El matrimonio no ha sido creado por Dios, sino que se lo inventa cada sociedad, cada cultura, cada estructura religiosa.

Y eso supone ir en contra de los hijos. Si cada hombre y cada mujer decide lo que es en su naturaleza humana, entonces los hijos son sólo un objeto a buscar, pero no un deseo de la naturaleza humana. No son un amor en la vida, sino un uso que se da para el bien de la sociedad.

Se buscan si van a ser útiles para la sociedad. No se buscan si son un tropiezo para el medio ambiente y para la felicidad, que todo hombre persigue en su autorrealización de su yo.

«Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser» (Ib).

La homosexualidad es la degradación del hombre en su esencia. Por eso, dice San Pedro Damián, en su liber gomorrhianus, cap. XVI:

«Este vicio, sin duda, no puede compararse en modo alguno con ningún otro, pues a todos los supera enormemente…Esta peste expulsa el fundamento de la fe, absorbe las fuerzas de la esperanza, destruye el vínculo de la caridad, elimina la justicia, abate el vigor, retira la temperancia, mina el fundamento de la prudencia… El que es devorado por los ensangrentados colmillos de esta famélica bestia, es mantenido lejos, como por cadenas, de cualquier obra buena, y es instigado sin freno que lo contenga, por el precipicio de la más infame perversión. En cuanto se cae en este abismo de total perdición, se lleva a efecto el ser desterrado de la patria celeste, ser separado del Cuerpo de Cristo, rechazados por la autoridad de toda la Iglesia, condenados por el juicio de los Santos Padres, expulsados de la compañía de los ciudadanos de la ciudad celeste. El cielo se vuelve como de hierro, la tierra de bronce: ni se puede ascender a aquél, pues se está lastrado por el peso de crimen, ni sobre aquella podrá por mucho tiempo ocultar sus maldades en el escondrijo de la ignorancia. Ni podrá gozar aquí cuando está vivo, ni siquiera esperar en la otra vida cuando muera, porque ahora deberá soportar el oprobio del escarnio de los hombres y después los tormentos de la condenación eterna».

El hombre y la mujer son bellos porque hacen, en su naturaleza humana, lo que Dios les ha puesto:

«el no a filosofías como la del gender se motiva en que la reciprocidad entre lo masculino y lo femenino es expresión de la belleza de la naturaleza querida por el Creador» (19 de enero del 2013).

Todo homosexual que quiera salir de su pecado, sólo tiene que ser él mismo en su ser de hombre. Tiene que poner su vida en la penitencia de su pecado:

«Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana » (21 de diciembre del 2012).

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Dios no es novedad perenne

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«Pagad al César lo que es del Cesar; y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

Esta frase de Jesús no es irónica: «Jesús responde con esta frase irónica y genial» (Homilía – 19 de octubre 2014).

En Jesús no se da el pecado de ironía; en Jesús no hay genialidades. Jesús no es una persona humana, es una Persona Divina. Y, cuando habla, habla con sabiduría divina, y dice lo que tiene que decir en cada momento.

Jesús no es un papagayo de los hombres, como lo es Bergoglio: no repite las palabras de otro; no da a conocer lo que otro piensa; no apoya su vida en el pensamiento de ningún hombre. No habla de más. No habla para captar la atención del oyente. No habla para ser famoso entre los hombres.

Jesús es Dios y habla como Dios. Habla para enseñar la verdad del pecado del hombre: por vuestras infidelidades, de un pueblo libre que erais, os habéis sujetado al imperio de los Romanos. Cargad, ahora, con ese yugo, pagando al césar el tributo que le corresponde como gobernante de unos esclavos. Pero ese peso de vuestro pecado, no os va a impedir dar a Dios lo que le debéis como pueblo suyo que sois.

De estas palabras de Jesús resulta una lección y doctrina muy importante para todos. Todos los católicos están obligados a respetar y a honrar los gobiernos de la tierra, aunque quien gobierne sea un demonio. Ningún católico puede resistir a la potestad temporal, sino cuando ésta exige cosas que sólo pertenecen a Dios. En este caso, no hay obediencia: es necesario resistir a uno que quiere ponerse por encima de Dios, que da normas en contra de la ley de Dios.

¿Qué enseña Bergoglio?

«Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que se plantean problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego sus conveniencias, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama» (Ib). ¿Está en juego tu dinero? Dale al César tu dinero. ¿Está en juego tus riquezas? Dale al César tus riquezas. ¿Está en juego tus conveniencias? Dale al César tus conveniencias. ¿Está en juego tu poder? Dale al César tu poder. ¿Está en juego tu fama? Dale al César tu fama.

Esta es la doctrina comunista del bien común social: es más importante el que gobierna, sus intereses, sus intenciones, sus puntos de vista, que el bien privado del pueblo.

Es una barbaridad esta doctrina de Bergoglio. Y fue predicada en un acto importantísimo para ellos: la falsa beatificación del Papa Pablo VI.

¿No han caído en la cuenta que un comunista no puede beatificar a nadie en la Iglesia? Y, por lo tanto, lo que predica, lo que hace ese día, tan mediático para él, es dar su idea comunista, marxista. Y todos aplaudiendo esas palabras.

¿Qué dicen los santos sobre este pasaje?

«No dudéis que cuando Jesucristo ordena dar al César lo que pertenece al César, entiende solamente las cosas que no son contrarias a la piedad ni a la religión; porque todo lo que es contrario a la fe y a la virtud, no es el tributo que se debe al César, este es el tributo del diablo. El pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina» (San Juan Crisóstomo – Homilía L).

Pagar los tributos es bueno: no es un problema de conciencia: es un deber y una obligación moral para todos.

¿Qué enseña la Escritura?

«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores… Pagadles, pues, los tributos…Pagad a todos lo que debáis…» (Rom 13, 1.6a.7a).

¿Qué enseña Bergoglio?

«Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dad] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y profesar —ante cualquier tipo de poder— que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Esta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios».

¿No es el pensamiento de este hombre, no sólo oscurísimo, sino tiniebla pura?

Jesús no pone el acento ni en la primera ni en la segunda parte: Jesús enseña que «el pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina».

Jesús enseña a someterse a toda autoridad, porque viene de Dios: «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios» (Rom 13, 2): hay que pagar el tributo porque así lo ha dispuesto Dios. Es la carga del pecado. Pero no hay que dar a la autoridad aquello que pertenece a Dios, que manda Dios en Su Ley. No hay que reconocer ante ningún poder el poder de Dios, porque toda autoridad la ha puesto Dios. Hay que reconocer eso: que toda autoridad viene de Dios: «no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (v.1b). Pero si manda algo, en contra de Dios, entonces se la resiste, no se la quita y se pone otra.

Pero Bergoglio va a lo suyo: «esta es la novedad perenne»

La doctrina de Cristo no es ninguna novedad perenne. No es algo nuevo, que es perenne. Dios no cambia en su doctrina. Su doctrina no es novedad, sino que es inmutable. Esta es, simple y puramente, la Verdad, lo que hay que obrar. Punto y final. Es una verdad eterna. No es nueva. Lo nuevo es lo que ha nacido ahora, lo que se da ahora. Dios no es novedad. Dios es eternidad. Dios es inmutable moralmente: lo que quiere, lo quiere siempre. No cambia en su voluntad. Es una voluntad eterna. No quiere nunca una cosa opuesta a lo que quiere.

Lo perenne es lo común que se acepta en todos las épocas, es algo continuo, que no cesa. Lo perenne no es lo absoluto, no es lo eterno. Es el conjunto de pensamientos, de ideas que todo el mundo sigue, por una novedad, que no necesariamente es de sentido común, por un  problema que no se sabe resolver.

La doctrina de Cristo no es perenne, sino absoluta, que permanece siempre en la misma, que no cambia, que no es del gusto de los hombres, no es para un común de hombres, no es para una masa de hombres. Es para cada alma.

Muchos viven en el pecado como algo aceptado por todos: eso se llama perenne. Es un conjunto universal de vicios, tomados como valores, que son comunes a todas las culturas: todos valoran sus pecados. Todos hacen una vida de sus pecados. No los quitan. Es algo que no cesa en ellos. Y, por tanto, lo perenne les lleva al cambio en sus vidas, a las novedades, a las sorpresas de la vida.

El mal es algo que está en la vida de cada hombre. Es algo continuo, que se convierte en una rutina. Luego, el mal es una parte esencial de la vida de todos los hombres. Hagámoslo novedad. Que sea una novedad perenne, continua, común a todos, aceptada universalmente por todas las culturas.

Así que, para Bergoglio, Dios es novedad perenne. Dios no es ni eterno ni inmutable ni absoluto. Y, por tanto, «hemos de redescubrir cada día» a ese Dios que es novedad, que cambia, que quiere hoy una cosa y mañana da una sorpresa al hombre. Hay que «superar el temor»

Pero, ¿qué temor hay que superar? No entendemos este galimatías de la mente de Bergoglio.

«¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3b-4).

San Pablo es muy claro: hay que dar a la autoridad para estar en paz, para vivir tranquilos con ella. Pero si no se da, si por malicia, se esconde lo que hay que dar, se peca, entonces esa misma autoridad es justicia de Dios.

San Pablo habla del pecado de avaricia, que hace retener el dinero que hay que dar a la autoridad.

Bergoglio, ¿de qué habla? Habla de un temor, habla de unas sorpresas de Dios. ¡No comprendemos! ¡Ni tampoco hace falta comprenderlo, porque él va a lo suyo!

Dios «no tiene miedo de las novedades».

Esta frase es portada en la mayoría de los magazines del mundo.

Dios no tiene miedo de los gays, de los divorciados, de las nuevas familias. Esto es lo que corre por el mundo entero, porque un hereje, sentado en la Silla de Pedro, lo ha predicado.

El mundo ha comprendido el pensamiento de Bergoglio: Dios es «novedad perenne». Porque en el mundo los hombres hacen sus dioses, viven de sus continuas novedades. Viven en el cambio temporal. Y eso es perenne en ellos, porque no quieren quitar el pecado. El pecado se ha convertido en un bien del pensamiento del hombre. Un bien que hay que buscar y que hay que valorar en todas las cosas de la existencia humana. El pecado es algo perenne para el hombre. Es algo novedoso, porque hay que dar una nueva cara todos los días, para que el hombre no se aburra pecando.

«¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, abriéndonos y llevándonos por caminos imprevistos. Él nos renueva, es decir, nos hace continuamente «nuevos». Un cristiano que vive el Evangelio es «la novedad de Dios» en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta «novedad»».

Esta es la doctrina masónica: Dios ahora quiere algo que nunca lo ha querido. Dios comienza a querer algo en el tiempo de los hombres. Dios suspendió Su Voluntad, pero ahora la manifiesta con una sorpresa, con caminos imprevistos. Dios cambia, no hay Verdades Absolutas. Dios cambia en el pensamiento de cada hombre. Dios es como el hombre lo quiere pensar. El concepto de Dios, cada hombre se lo inventa.

Dios «nos hace continuamente nuevos»: ésta es la idea de la reencarnación, dicha en un lenguaje coloquial.

Dios nos regenera en el Bautismo: nos hace hombres nuevos. Pero Dios no hace eso continuamente. Lo que hizo en el Bautismo, no lo vuelve a repetir. Si el alma pierde la gracia, por el pecado, vuelve a ella por el arrepentimiento. Pero ese alma es ya hijo de Dios por el Bautismo. Ya es algo nuevo que recibió una vez, pero que no vuelve a recibirlo aunque haya pecado. Ese ser hijo de Dios no constituye a la persona en un ser puro, en una humanidad pura, en donde no puede pecar. Es ya hijo de Dios, pero con la capacidad de pecar de nuevo. Lo que se repite de nuevo es el pecado, no el ser hijo de Dios.

Dios no es novedad, sino eternidad.

Dios no es novedad, sino que es inmutable en todas las cosas.

Dios es Eterno. Dios no es nuevo. Dios permanece en lo que es: no cambia, no nace, no muere, no crece, no decrece. Permanece en la realidad de lo que es su Ser Divino. Siempre ha existido. Siempre ha querido lo mismo. No hay un antes, no hay un después. Es un ahora continuo. No tiene un principio ni un fin. No tiene una medida.

Lo que es nuevo se puede medir, se le pone principio, se le coloca un término. Lo que es nuevo, nace ahora, empieza ahora, se conoce ahora.

Dios no cambia, no tiene sucesión, no se mueve. Todo lo que es novedad es cambiante, es movedizo, es una medida finita. Dios no tiene duración, no se le puede añadir algo o quitar algo: ni adquiere ni pierde nada. La novedad es de algo que se puede dividir, que se puede quitar.

Por tanto, Dios no sorprende a nadie con novedades. Dios no abre al hombre ni lo lleva por caminos imprevistos. Esta es la doctrina propia del demonio.

Dios tiene un fin divino en todo su obrar. Y es un fin inmutable, en donde no entra ninguna sorpresa. En la luz de Dios no hay sorpresas: sólo hay enseñanza de Dios al hombre. Enseñanza de la Verdad. Y no de otra cosa, porque «Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 5b). En Dios no hay oscuridades, tinieblas, maldades. Dios, cuando da Su Luz al hombre, lo ilumina con la verdad: no le da sorpresas, no le da novedades.

Dios es la luz de la Verdad, y comunicándola a los hombres es la luz de los hombres: «Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Y la luz verdadera no quiere ahora lo contrario de lo que ha querido antes.

Dios llama a los gays: abominación: «Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lev 20, 13). Y esto es para siempre. Esto no es novedad perenne, sino doctrina inmutable y eterna.

Dios da la interpretación definitiva a lo que es un matrimonio por la Iglesia: «Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada del marido comete adulterio» (Lc 16. 18). Esto es para siempre: los divorciados no pueden comulgar porque lo dice Dios, lo enseña Dios. Y siempre Dios lo ha enseñado. Y Dios, ahora, porque lo quieran lo hombres, no va a cambiar Su Eterna Voluntad. Dios no es novedad perenne; Dios es un ahora inmutable, eterno.

Dios no es una sorpresa ni una novedad. Su doctrina no puede cambiar nunca. Permanece siempre en lo que es. Su doctrina no es nueva, es de ahora, es de siempre. Su doctrina no tiene una medida humana: no se puede dividir, no se la puede desarrollar, no se la puede interpretar con la mente del hombre.

Dios no es novedad. Dios no quiere las novedades de los hombres. No las necesita para nada, porque en Dios todo es Eterno, todo permanece siempre, en un ahora que no cambia, que no lleva a algo novedoso.  Dios quiere ahora lo que ha querido siempre. No puede mudar de propósito. No puede cambiar de intención en Su voluntad. Dios, lo que siempre ha comprendido, lo que siempre ha juzgado, no cambia por las cosas de los hombres, por sus culturas, por sus tiempos. Dios no está determinado por los hombres. Dios se determina por sí mismo para conocer la verdad. No necesita las novedades de los hombres. Lo que es una verdad desde toda la eternidad, sigue siendo verdad para este tiempo de los hombres. Dios no se muda en su Inteligencia Divina, porque las cosas tienen su verdad desde toda la eternidad. Y si una cosa se muda, es que desde toda la eternidad se muda.

Dios no hace caminar al hombre por caminos imprevistos, sino por caminos ya pensados por Él desde toda la Eternidad. Y esos caminos, ningún hombre los puede cambiar. No es el tiempo la medida de los hombres: es con lo eterno cómo los hombres tienen que medir sus vidas humanas.

Bergoglio enseña la doctrina del demonio, que gusta al mundo y a todos los católicos tibios y pervertidos, que son muchos en la Iglesia Católica. ¡Muchos!

«La eternidad es la posesión perfecta y simultáneamente total de una vida sin término» (Boecio). Quien lo posee todo, de una manera perfecta y simultánea, no necesita las novedades de los hombres.

En la Iglesia Católica tenemos al Espíritu de la Verdad que nos lleva a la plenitud de toda la Verdad, a lo eterno, a lo inmutable, a lo que no tiene capacidad de novedad alguna, a lo que no es perenne.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en la Iglesia», sino que es el mismo Cristo en la Iglesia. Y Cristo no es novedad, es eternidad.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en el mundo», sino que es el que lucha continuamente contra el espíritu del mundo.

Bergoglio sólo se dedica a lo suyo: a su negocio en el mundo. Y sólo a eso:

«En esto reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En esto reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es devolver con laboriosidad a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira la realidad futura, la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida —con los pies bien puestos en la tierra— y responder, con valentía, a los numerosos retos nuevos».

A Bergoglio sólo le interesa los retos nuevos que hay en el mundo: matrimonio de gays, comunión a los divorciados, bautizos de los hijos de las nuevas familias de lesbianas y gays, casamiento de los sacerdotes, una novedosa economía mundial, un nuevo gobierno mundial, una nueva iglesia ecuménica…Son las sorpresas de su concepto de Dios. El dios que sigue Bergoglio es el dios de su cabeza. Por eso, Bergoglio desvaría continuamente. Ya se le palpa en las últimas homilías que dice. Está diciendo cosas sin sentido, sin lógica, oscuras, necias, locuras de su mente.

«La esperanza en Dios no es una huida de la realidad»: la esperanza divina es conquistar el cielo, tender hacia lo divino, apartarse de todo lo humano, de toda la realidad. Es vivir para conquistar lo eterno, lo que nunca cambia. Y, por tanto, es vivir sabiendo usar todo lo material, todo lo humano, como plataforma para lo divino. Si algo humano me impide lo eterno, hay que cortarlo, hay que desprenderse de eso, hay que renunciar al hombre, a su pensamiento, para tener a Dios en el corazón.

El que espera en Dios no espera en los numerosos retos nuevos: da a cada uno lo que tiene que dar y, después, se dedica a adorar a Dios, huyendo de toda realidad.

Esto es tener los pies en el suelo y una cabeza bien montada.

Bergoglio es un loco, con una doctrina insoportable, demoniaca y claramente atea.

«Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los obispos —«Sínodo» significa «caminar juntos»—. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús».

Sólo un loco puede decir esta frase y quedarse tan tranquilo. Sólo una persona que ha perdido el juicio, que desvaría en su mente.

¿Pretenden los Obispos ayudar a las familias con sus herejías? ¡Por favor! ¡Vayan a contarle ese cuento a otros en la Iglesia!

Los pastores y laicos han llevado a Roma la doctrina del mundo, que es la doctrina del demonio. Han llevado la voz de las almas que no obedecen la Verdad del Evangelio, sino que viven para obedecer a sus propios pensamientos humanos, ya hechos vida, rutina, en el pecado.

¿Qué evangelio pretenden seguir con el pecado de herejía y de cisma?

¿Cómo se puede engañar a todo el mundo con estas palabras? «Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien hace crecer lo que hemos sembrado». Es el demonio el que va a hacer crecer lo que los Obispos, hijos del diablo, han sembrado en el Sínodo. Es el demonio.

Y como no comiencen a criticar a toda la Jerarquía, esos Cardenales, esos Obispos, esos sacerdotes, les van a ganar con sus inteligencias erradas, con su lenguaje maravilloso. Ellos se saben la teología a la perfección, pero no la cumplen, porque sólo les interesa vivir buscando una razón para exaltar el pecado, para justificarlo, para llamarlo bueno. ES lo que hacen con Bergoglio: si es un hereje, pero es un buen hombre.

Criticar a la Jerarquía ya no es pecado, porque se ha sometido a un hereje. Y esa es la perdición de toda la Iglesia.

La Iglesia se salva cuando obedece al Papa legítimo; la Iglesia se condena Ella misma cuando obedece a un falso Papa.

Ha sido un Sínodo preparado por Bergoglio para anular el dogma. Pero ha tenido que echarse para atrás. Y eso le va a costar el gobierno en su iglesia. Bergoglio no ha hecho lo que la masonería le ha pedido.

Sacó el documento para su aprobación la primera semana y, como es un sentimental perdido, al ver el alboroto, se echó para atrás. Ese documento fue hecho por la masonería para que todos los Obispos lo aprobaran. Y Bergoglio se echó para atrás. Y, ahora, viene su cabeza. Ahora viene su renuncia.

Primera monja católica transexual

hermafrodita

Tia Michelle Pesando (Ver video CTV NEWS London) es un hombre que ha vivido su primeros 30 años como hombre y, ahora, ha decidido vivir como mujer, quiere auto-identificarse como perteneciente al sexo femenino, tomando hormonas, y tiene la esperanza de entrar en un convento de monjas carmelitas en breve (Ver entrevista en London Community News).

Es un hombre transgénero, transexual, hermafrodita o abominación sexual. Siente que tiene órganos masculinos y femeninos. Se siente hermafrodita. Este hombre ve a las personas transexuales como existiendo en un espectro hermafrodita, en un ambiente de ser hombre en la realidad, pero viviendo como mujer, pensando como ella, mirando siempre la vida de la mujer, pero no para compartirla como hombre, sino para ser como ella misma.

Estas personas viven el sentimiento de ser mujer, pero no la realidad. No tienen el cuerpo, los órganos de la mujer. No tienen su espíritu y, por tanto, lo que hacen es una auténtica aberración en la vida.

Tienen los órganos masculinos, pero sin funcionar, como atrofiados. Y, también, poseen una especie de órganos femeninos, pero no completos. Y tampoco estos funcionan. Son como asexuales, pero sin serlo.

Esta persona es un hombre, pero que no ha podido desarrollar su vida de hombre de forma conveniente. Ha vivido como hombre porque así se ha sentido desde su nacimiento. Y este sentimiento de hombre es el que vale para él. Se nace hombre o mujer. Pero no se nace ambas cosas. Se puede nacer con una disfuncionalidad orgánica en el sexo, material. Pero la persona sabe que es hombre o mujer.

El querer cambiar a ser mujer es el camino equivocado para él. Porque el sexo no está en el cuerpo, sino en el ser de la persona. La sexualidad es la persona, no el cuerpo humano. Se nace persona hombre o persona mujer. Después, por el pecado original, el cuerpo no puede hacer su función o se tienen ambos sexos, pero la persona sigue siendo hombre o mujer.

El sexo es una vida divina en la persona, no es una vida material o carnal en ella. Dios ha creado el sexo para un amor. Dios no ha creado el sexo para un placer o para un goce carnal o para ejercer una función orgánica.

Dios ha creado la sexualidad con la persona. No existe, por tanto, la cuestión del género. La sexualidad no se la inventa el hombre, sino que se nace con ella. Se nace hombre, en un cuerpo de hombre; o se nace mujer, en un cuerpo de mujer.

Y, por lo tanto, se es hombre para amar a una mujer, aunque el sexo no funcione en el cuerpo. Y se es mujer para amar a un hombre, aunque el sexo no sirva para producir el amor que se da en el espíritu.

El sexo nunca está en el cuerpo, sino en el ser de la persona. Se nace con un alma de hombre o con un alma de mujer. No se nace con las dos almas. No se nace con una, para después pasar a otra. Las almas, que Dios crea, son o para un hombre o para una mujer. Dios no crea almas para ser transexual o hermafrodita.

El desconocimiento de la vida espiritual, de lo que es una persona, produce estas aberraciones sexuales.

A la edad de 17 años, quería ser sacerdote. Pero el demonio estaba ahí para meter la cola en el momento oportuno. Y, claro, le puso un mundo enfrente que no entendía a los homosexuales. Y comenzó a ver la Iglesia, a ver a Dios, como un muro, un obstáculo para su vida de hombre.

Actualmente vive como una virgen consagrada, aceptado por la comunidad del Carmelo y, por tanto, será la primera monja transexual del mundo.

Esta aberración sólo es posible porque la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe. Y ese convento de carmelitas, que han aceptado a este hombre, que quiere ser mujer, ha puesto la abominación en el claustro.

Él describe así su vocación:«Yo estoy convencido de la realidad de Dios y de la importancia de este llamado».

Y la pregunta es: ¿de qué Dios está convencido este hombre? Porque Dios no puede llamar a una vida de pecado y de condenación. Esta persona escucha al demonio en su mente y le hace caso. Y no sabe que es el demonio. El demonio se viste de ángel de luz y él se lo cree. Él cree que Dios le ha llamado a ser monja. Dios lo ha creado hombre, pero ahora resulta que lo llama a ser monja.

¿De qué Dios está hablando este hombre, porque este no es el Dios de los católicos? Dios crea al hombre como hombre. Y la vocación que da es para ser hombre, no para ser una mujer.

Cuando este hombre decidió ser monja, recibió la bendición de un sacerdote y, ahora, está pasando por el proceso de convertirse en la hermana Carolina: «Estoy en el proceso de formación que estará comenzando este mes de agosto, así que esto es un comienzo positivo».

Esta persona espera que la Jerarquía apruebe el final de este proceso: «El perdón tiene que comenzar en alguna parte. Tiene que empezar con nosotros, con todos nosotros, los de la comunidad LGBT y los de la fe cristiana».

Los católicos no podemos tolerar este pecado, cerrar los ojos, mirar a otra parte, y decir: sí, quedas perdonado, puedes seguir con tu vida que dará mucha gloria al demonio.

Esta persona tiene que comprender que si no ve su pecado, si no se arrepiente de él, si él no llama al pecado con el nombre de pecado, por más que los demás le digan que sí, que puede vivir esa aberración, Dios no se lo puede decir.

Él habla del perdón porque se enfrentó a la concepción de que Dios odia al homosexual y lo considera una abominación. No comprende la Palabra de Dios en su raíz espiritual. No entiende lo que es la abominación para Dios, que es cometer un acto en contra de la naturaleza humana. Dios odia todo pecado. Y Dios no puede ver un acto que vaya en contra de lo que Él ha creado, porque ese acto destruye la misma naturaleza del hombre.

El hombre que se masturba destruye su naturaleza. E igual la mujer. Son actos contra natura. Pero la masturbación no es una abominación.

Lo abominable está en usar el sexo en contra del orden debido: el sexo del hombre es para la mujer; y el de la mujer, para el hombre. Este es el orden en el sexo. Es un orden divino en la naturaleza humana. Esta es la armonía que debe haber entre hombre y mujer.

Lo abominable es vivir para lo que no se es: un hombre que quiere ser mujer; un hombre que no tiene el espíritu de ser mujer, no ha sido creado por Dios para ser persona hembra; sino que pone su vida en contra de lo que Dios ha creado. Y si el hombre no se arrepiente de esto, puede cometer el pecado contra el Espíritu Santo.

Este hombre está dolido porque no comprende la Palabra de Dios: cree que Dios lo odia, que Dios lo ha traicionado:

«Desde una perspectiva teológica, creo que tengo un argumento sólido. La gente se va de la iglesia porque siente que el Dios de amor los ha traicionado, y la traición es uno de los peores sentimientos que puedas imaginar. Así que estoy tratando de llegar a la gente diciendo que esto es lo que dice la Biblia actualmente».

Dios ha traicionado a los homosexuales. La culpa del pecado de estas personas la tiene Dios. Por supuesto, que esta idea nace del demonio que les cierra el entendimiento para poder comprender la verdad de sus vidas. Al no poder resolver su problema, se revuelven contra Dios. Es el sentimiento del rechazo que no pueden aceptar. Y, entonces tratan de buscar un argumento para salir de su existencia absurda.

Este hombre ha escrito su libro (Ver su página web) porque «siente como que son rechazados por Dios, siente como que son ciudadanos de segunda clase a los ojos de Dios».

No han comprendido la Palabra de Dios sobre sus vidas y no han encontrado un sacerdote que les pudiera ayudar en su problema. Hoy la Jerarquía ve esta cuestión como un asunto psiquiátrico, pero no ven al demonio en ellos. Y, por tanto, las almas se pierden en los razonamientos humanos, en las filosofías, en la nada de la sabiduría del hombre. Y terminan por decir esto:

«En realidad, no hay nada en la Biblia para condenar la comunidad trans porque ellos no eran simplemente conscientes de ello. Así como no hay nada en la Biblia que hable sobre la ingeniería aeroespacial, ambas de estas cosas fueron descubiertas unos 1.500 años después de que fue ésta fue escrito». Los hermafroditas no existían en aquel tiempo, cuando se escribió la biblia, sino que son de ahora. Y, entonces, lo que dice san Pablo de nada sirve para este hombre, que se identifica con el ser de la mujer, pero que no puede llegar a ser como una de ella.

Este hombre, al no comprender la Palabra de Dios, que los llama como abominación; al interpretarla como que Dios los odia y al ver que sus vidas no se resuelven y, por eso, sienten la traición de Dios, que Dios los ha dejado de la mano, sienten el rechazo de Dios, termina por anular la misma Palabra de Dios para decir que no hay nada en Ella que vaya en contra de ellos. Es siempre la soberbia del hombre el que acaba de encontrar un camino equivocado en la vida. Siempre el hombre falla en la vida por su soberbia, que anula la Mente de Dios. Y, por eso, su vida actual es una aberración. Y en esta aberración dice: «Yo estoy convencido de la realidad de Dios y de la importancia de este llamado».

Así está la Iglesia, preparando todo para el cisma. Ya la Iglesia no ayuda a las almas a salir de su pecado y no enseña los caminos del demonio en este mundo. Y, por eso, ante un Francisco que no juzga a los homosexuales, se da esta aberración en la Iglesia.

El mundo aplaude todo esto y lo justifica. Pero los católicos no podemos aceptarlo de ninguna manera. Dios es claro en Su Palabra. Y Su Palabra no miente nunca. Es sencilla la Palabra de Dios, pero es muy difícil vivirla en una Iglesia y en un mundo que ya no pertenecen a Dios, sino al demonio.

Entre risas y esperpentos de la Jerarquía, las almas van al fuego del infierno

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«No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22).

Si los hombres creyeran en la Palabra de Dios, entonces no serían homosexuales, ni lesbianas, ni bestias, sino hombres para una mujer y mujeres para un hombre.

No hay católicos homosexuales; no hay cristianos homosexuales; no hay hijos de Dios homosexuales. Hay sólo demonios encarnados: sodomitas.

El homosexual ha perdido, no sólo la inteligencia espiritual y racional, sino también la natural. Es decir, es peor que un animal. Una bestia, en su naturaleza, nunca se une a otra del mismo sexo. Su ley natural se lo impide. Su instinto se lo impide. Su inteligencia sensible se lo impide.

El pecado de fornicación es un acto racional de la naturaleza humana, es un pecado natural, que no transforma al hombre en algo abominable. Pero el pecado de sodomía es un acto en contra de la naturaleza humana, que hace que el hombre sea un ser abominable: ya no es un hombre, sino un demonio encarnado. Y es un acto irracional, sin inteligencia humana. Es un acto guiado, en todo, por la mente del demonio en la persona homosexual. Por eso, es necesario hacer muchos exorcismos para sacar al demonio de un hombre o de una mujer que vive su sodomía, su abominación en el cuerpo.

Fornicar es algo propio del cuerpo; pero juntarse a otro hombre es algo propio del demonio que posee ese cuerpo. Es el demonio el que guía a un homosexual. No es el hombre el que elige esa vida. El hombre homosexual está poseído por el demonio, que le obliga a vivir una vida que no es suya, que es abominable, porque es la propia de un demonio en el infierno.

El hombre, que se une a otro hombre, o que penetra a una mujer por el vaso indebido, no sólo peca, sino que comete un acto en contra de su misma naturaleza humana. Va contra natura. Y eso es la abominación. Va contra el orden que Dios ha puesto en su naturaleza humana. Es un orden natural, que viene del orden divino.

Un animal nunca comete un acto contra natura, nunca se pone por encima de su naturaleza. Sólo el hombre puede cometerlo. Sólo el hombre se atreve a ponerse por encima de su naturaleza parar creerse otra cosa de lo que realmente es. El acto sodomítico es un acto de idolatría de sí mismo. Se idolatra el cuerpo como cuerpo. Se da culto a la carne como carne, como órgano físico. Y, cuando el hombre ensalza ese pecado, lo justifica ante la sociedad, lucha para poner un derecho, una ley que le permita vivir su pecado de abominación, entonces ha cometido la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y todo aquel que apoye a un homosexual en su vida abominable, que le ponga un camino para que tenga derechos en la sociedad, también comete el mismo pecado contra el Espíritu Santo. Todo aquel que no juzgue al homosexual, camina hacia el pecado contra el Espíritu Santo.

Dios ha enseñado lo que es un homosexual, para que el hombre aprenda de la Palabra de Dios y viva de acuerdo a esa Palabra. Viva rectamente su vida humana. Pero son muchos los que quieren vivir una vida de abominación: el orgullo de ser distintos a los demás porque así se concibe en la mente. El culto a la sodomía es el culto a la mente del demonio.

Todos los hombres, con sus bocas dicen que creen en Dios, que aman a Dios, que sirven a Dios y, después, no viven como Dios ha enseñado. Son muy pocos los hombres que, en la realidad de sus vidas humanas, cumplan con los mandamientos de Dios. Cada uno vive como le parece y hace de la sociedad otra Sodoma y Gomorra.
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Ni siquiera, entre la Jerarquía, hay sacerdotes, Obispos y Cardenales, que ataquen convenientemente el mundo de los homosexuales, que es un mundo demoníaco, sino que los dejan estar y, por eso, cada día, tienen más fuerza, porque no hay nadie que combata este pecado contra natura, esta plaga abominable. Hoy los sacerdotes ya no exorcizan sino que se han vueltos psicólogos y psiquiatras. Todo quieren resolverlo con su inútil cabeza humana.

¡Cuántos sacerdotes ya están enseñando a ser homosexuales; ya están bautizando a hijos de parejas homosexuales; ya están viviendo como sodomitas! Y lo hacen con la aprobación de la misma Jerarquía de la Iglesia. Es la abominación en la Iglesia. Es el esperpento entre los hombres. Es decirle no a Dios, claramente, y, por consiguiente, estar en la Iglesia para una sola cosa: condenarse y condenar al infierno.

Y, si desde el gobierno de los herejes y de los sodomitas, que guía actualmente a la Iglesia, se sienta uno que aplaude al homosexual y, después, tiene la osadía de juzgar a una Jerarquía que ha cometido el pecado de abuso sexual contra los niños, entonces es claro que estamos ante un mundo boca abajo. Estamos ante una Iglesia que ha caído en lo más bajo: reconocer al homosexual como un bien para la Iglesia y para la sociedad. Eso es llevar a toda la Iglesia hacia la Apostasía de la fe.

Francisco: ¿no juzgas al homosexual y juzgas a sacerdotes que son pederastas? ¡Has perdido la cabeza! No juzgas al homosexual, porque son hombres en el mundo, porque viven buscando el mundo, porque te agradan los homosexuales; y juzgas al sacerdote, porque es una Jerarquía en la Iglesia, porque vive buscando a Dios, porque odias el sacerdocio de Cristo. Conclusión: juzgas para destruir la Iglesia. Y no tiene otro sentido tus lágrimas sobre esos niños maltratados. Te conviene juzgar al clero pederasta porque estás en la Iglesia para destruirlo todo. Pero no te conviene juzgar a los homosexuales, porque no quieres destruir el mundo, sino que quieres construir un gobierno mundial con todos los homosexuales. Quieres construir un esperpento, una abominación. Es decir, amas el mundo, pero odias la Iglesia. Amas el pecado y odias la Verdad. Y, por eso, tu juicio es una abominación en la Iglesia. Tus palabras son una abominación en todo el mundo. Tus lágrimas son de cocodrilo.

«Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón» (texto). Esta es la palabra de un hombre sin juicio, de un hombre que ha convertido la Silla de Pedro en una gloria humana, en un sitio para enseñar las vergüenzas del mundo.

¿Pides perdón por los pecados del clero y no pides perdón por levantar la bandera moral de los homosexuales? ¿No pides perdón por llevar una pulsera que escandaliza a los pequeños en la Iglesia ¿No sabes que llevándola te unes a la vida de cada persona homosexual? ¿No sabes que aplaudiendo la vida de un homosexual te conviertes en uno de ellos?

¿Pides perdón por el pecado de la Jerarquía y no pides perdón por haber dicho: no soy quién para juzgar a los homosexuales? ¿Qué significan tus palabras? ¿Quién puede dar crédito a lo que hablas en la Iglesia si exaltas el pecado de un homosexual y corriges el pecado de una Jerarquía que peca? ¿Por qué tienes acepción de personas? ¿No sabes que eso es un pecado mucho mayor que el que comete la Jerarquía cuando abusa sexualmente de los niños? ¿No sabes que juzgar a unos, porque así lo pienso, y no juzgar a otros porque así lo pienso, es una blasfemia contra el Espíritu Santo? Pones tu mente como el ideal de la justicia, como la medida de toda justicia. Eso es blasfemar contra Dios. Eso es blasfemar contra la Mente de Dios, contra la Mente de Cristo. Si no sabes juzgar según la Palabra de Dios, entonces cállate para no cometer el pecado contra el Espíritu. El hombre que juzga en Dios, arremete contra los homosexuales y contra la Jerarquía que peca. Pero el hombre que juzga en los hombres, que juzga según su medida humana, entonces tiene acepción de personas y pone su juicio como dios.

¿Pides perdón a Dios, que te enseña a juzgar a los homosexuales como abominación, haciendo una oración en la que muestras tu sodomía a Dios, tu amor al pecado de abominación de los homosexuales?

Si no juzgas a los homosexuales como tales, como abominación, es que eres otro homosexual. Y si te atreves a clamar a Dios por las víctimas de los abusos sexuales del clero contra los niños, ¿qué crees que te va a contestar Dios? ¿Crees que tu oración la escucha Dios, si no eres capaz de escuchar Su Palabra ni vivirla? ¿Es tu palabra humana más importante que la Palabra Divina? ¿Te crees con derecho de pedir a Dios perdón cuando no haces caso de la Palabra de Dios, para juzgar rectamente el pecado y al pecador? Pero, ¿quién te crees que eres? Pon tu cabeza en el suelo, humíllate y reconoce tu pecado primero. Y, después, pide perdón a Dios por los pecados de los otros. Pero nunca sabrás humillarte porque sólo has aprendido a ensalzarte a ti mismo. .Si no dices que hay que juzgar al homosexual, entonces no pidas perdón a Dios por los pecados de otros.

Estás mostrando tu sodomía al mundo y a la Iglesia. Pides perdón, por la sed de gloria que tienes del mundo. Buscas el aplauso de los hombres, que te digan: ¡por fin, alguien en la Iglesia ha hablado contra ese pecado! Sólo esto buscas, Francisco. Por eso, tus lágrimas, en esa Misa que celebraste, son tu condenación en la Iglesia. Son tu abominación en la Iglesia.

Los homosexuales se están condenando al infierno por culpa de tus palabras: no soy quien para juzgarlos. Y, ahora, ¿vienes pidiendo perdón a Dios por el pecado de un clero? ¡Por favor, Francisco, basta ya de fariseísmo, de hipocresía, de querer dar una de cal y otra de arena! Te quitas la careta, de una vez, y dices que eres homosexual, y todos tan contentos.

No se puede ser homosexual, impuro, lujurioso, con los homosexuales; y ser un santo, poner carita de casto, de pureza angélica, con el clero homosexual. No se puede, Francisco.

La gente ya no sabe ver lo que es Francisco: se lo traga todo. Está viendo a Francisco en versión política: ahora, conviene ir de la mano de un hombre y defender a los homosexuales; después conviene atacar duramente al clero homosexual. ¿Quién te cree, Francisco? Sólo los idiotas que te obedecen.

«Pido esta ayuda para que me ayuden a asegurar de que disponemos de las mejores políticas y procedimientos en la Iglesia Universal para la protección de menores y para la capacitación de personal de la Iglesia en la implementación de dichas políticas y procedimientos. Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¡Qué supina idiotez es la que muestra aquí Francisco!

La Iglesia no está para proteger a los menores ni para capacitar al personal en políticas, en procedimientos, en psicologías, en psiquiatrías, para quitar el pecado. ¡Pobrecitos los que sigan la mente de este energúmeno!

Se quita el pecado del clero atacando el pecado de lujuria, el pecado de sodomía, el pecado de bestialidad. Hay que enseñar al clero cómo se combate contra los demonios de la carne. ¿Sabes hacer eso, Francisco? No lo sabes, porque no crees en el demonio. Para ti, estos pecados del clero son cosa de la mente, un asunto psiquiátrico. Pero no son un asunto espiritual. Y, por eso, hablas de políticas, de procedimientos humanos, para no hacer nada en la Iglesia.

¡Qué absurdas son tus palabras: »Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¿Sabes cómo se quitan estos pecados en la Iglesia? Con oración y con penitencia. Con una vida de castidad. Con el empleo de métodos espirituales, en los que el cuerpo sufre para que no siga el deleite carnal? ¿Has predicado esto en esa Santa Misa? Por supuesto, que no. Porque ya no crees en la Cruz de Cristo, sino que sólo crees en tus filosofías humanas, en tus psiquiatrías, en tus obras humanas en la Iglesia.

¡Cómo engaña Francisco a toda la Iglesia! ¡Qué bien lo hace!

«Agradezco este encuentro. Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores». ¡Cómo te gusta ensalzarte, Francisco! Pero si eres un cegato y no eres capaz de ver el camino de la Misericordia. Pero si no sabes lo que es el amor misericordioso. La Misericordia exige al hombre quitar su pecado. Y tú, Francisco, exiges al hombre que siga en su pecado, que ame su pecado, que exalte su pecado. ¡Pero qué palabritas más hermosas y más blasfemas! ¡Cómo te gusta tu lenguaje humano! ¡Cómo te gusta que le gente diga: es que Francisco ha atacado al clero que peca!

¿Valiente, tú, Francisco? Eres un maldito cobarde, porque no sabes hablar con la Verdad en tu boca. La Verdad no te guía en tu vida, sino que tienes un demonio que te muestra el camino para condenar las almas en la Iglesia. Y eso es lo que cada día haces en esa Roma pervertida, que ya no pertenece a Dios, sino a tu padre, el demonio.

Estamos en la Iglesia para salvar almas, no para condenarlas. Y, por eso, estamos en la Iglesia para odiar al pecador y al pecado: «al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor» (Salm 5, 7). Hoy, en la Iglesia, está la doctrina de que hay que amar al pecador, pero odiar su pecado. Y esto es un error. Hoy nadie quiere hablar con la Palabra de Dios. Todos hablan con sus lenguajes humanos: con sus interpretaciones de la Palabra de Dios.

Dios odia el pecado y al hombre que vive en su pecado: «odias a todos los obradores de la maldad» (Salm 5, 6)). Dios no puede amar al hombre si, primero, no lo saca de su pecado. Y para eso es la Misericordia: una mano del Señor para que el hombre atienda a su pecado, luche contra él y sea digno del amor de Dios. Una vez que el hombre ha batallado, de forma conveniente, contra su pecado, Dios le muestra el camino de la santificación, que es el camino del amor divino, no de la misericordia.
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La gente no sabe hablar, hoy día, de nada en la Iglesia: confunden la Misericordia con el Amor de Dios. Y, por eso, la Iglesia, siguiendo a Francisco, se ha hecho protestante y comunista: es decir, se predica una misericordia falsa, que sólo sirve para condenar a las almas. Una misericordia sin verdad, porque Dios todo lo perdona y se está en la Iglesia para llenar estómagos de la gente, no para salvarla.

Estamos en la Iglesia para odiar a Francisco y a su pecado. Y, por lo tanto, para odiar a todos aquellos que siguen, que obedecen, que trabajan para Francisco. No estamos en la Iglesia para hacer un doctrina de campanillas: te digo que eres hereje, pero te abrazo.

Estamos en la Iglesia para hablar como habla Dios a los hombres: con justicia y con misericordia. En Dios, no hay ternuritas, cariñitos, sentimentalismos baratos, besitos, abrazos.

La Virgen María no es la Virgen de la tierna misericordia como dice ese rufián. Es la Madre de Dios que juzga a Sus Hijos y les señala un camino de Misericordia para que puedan transformarse en Su Hijo. Y aquellos hijos que no quieran ese camino, la Virgen los manda al infierno, porque Ella es la Reina junto al Rey: tiene poder para salvar y para condenar. No es una criaturita más. Es la Madre de Dios. Y terrible castigo es el que da a los sodomitas, porque Ella no ha engendrado a los sacerdotes para que sean sodomitas, para que enseñen a ser homosexuales a las almas. Ella ha engendrado a los sacerdotes para salvar las almas de los sodomitas del demonio. Por eso, las lágrimas de la Virgen son abundantes, porque tiene que condenar a Sus Hijos predilectos al infierno.

Hoy la Virgen María no tiene sacerdotes que la amen como Madre de Dios. Ve, con tristeza, a tantos sacerdotes que la odian con sus palabras humanas. Sacerdotes que ya no saben rezar el Rosario ni, por tanto, saben crucificarse con Su Hijo en la Cruz de sus sacerdocios. Son sacerdotes para el mundo, pero no para la Madre de Dios. La Virgen María quiere sacerdotes puros, inmaculados, no lujuriosos, no dados a la vida del mundo y de la profanidad.

¡Qué gran desencanto para la Madre de Dios ver una Iglesia perdida en la sodomía! ¡Cómo llora esa Madre y no hay consuelo para Ella!
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La Iglesia, hoy, es sólo una casa vacía del Espíritu de Dios

Jesus Rey

El obispo de Saltillo, Mons. Raúl Vera, bautizó el 25 de mayo del 2014 a la hija adoptiva de dos lesbianas en la iglesia San Francisco de Asís de la ciudad de Monclova (ver noticia).

Charles Scicluna, obispo auxiliar de la Iglesia Católica en Malta, acudió el 18 de mayo del 2014 a un evento realizado por la organización Dracma, un colectivo católico de personas LGTB, con motivo del Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia (ver noticia).

“Es necesario dialogar sobre los derechos de vida común entre las personas del mismo sexo, que deciden vivir juntas. Ellas necesitan de un amparo legal en la sociedad (…) Ella (la Iglesia) no es la misma a través de los tiempos. Teniendo el Evangelio como fuerza iluminadora de su actuar, la Iglesia busca respuestas para el tiempo presente (…) La Iglesia siempre busca leer las señales de los tiempos, para ver lo que se debe o no cambiar. Las verdades de fe no cambian (….)” (Secretario general de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, Leonardo Steiner, en una entrevista publicada el 22 de mayo 2014 en el diario O Globo).

La Fe es invisible, no está hecha de materia, pero se materializa en las Obras Santas.

La Fe no es un derecho natural de la persona y, por eso, no se puede bautizar a una hija adoptiva de dos lesbianas, porque es necesario hacer una obra santa, no una obra natural.

Y toda obra santa es movida por un amor santo, sagrado, celestial, divino. Una obra natural sólo con el amor del hombre, con el amor de su carne y de su sangre, con el amor de sus sentimientos humanos, se lleva a cabo.

Pocos hay que comprenden que no se puede realizar ese bautismo porque no hay fe en las dos lesbianas. Y el niño no tiene derecho natural a ser bautizado. Al niño se le bautiza por la fe de sus papás, por razón de esa fe, por la obra santa que sus papás hacen en el matrimonio.

Es claro, que dos lesbianas, unidas en la carne, su obra es carnal, no es santa. Es claro, que esas dos lesbianas no van a educar en la fe a esa niña, porque no tienen la fe católica. Tendrán su fe inventada, su fe de muchas cosas, su fe humana; pero no la fe que lleva a hacer una obra santa. Si la tuvieran, dejarían su pecado, su abominación, y vivirían de otra manera, agradable a la Voluntad de Dios.

La Iglesia es clara en este punto: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús [Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios» (SAN FELIX m, 526-530 II – CONCILIO DE ORANGE, 529 (en la Galia)- Confirmado por Bonifacio II (contra los semipelagianos) – Sobre el pecado original, la gracia, la predestinación – Can. 5).

En esa niña no está el inicio de la fe, sino en sus papás. Y las dos lesbianas no tienen fe, no son el inicio de la fe para esa niña, porque viven su abominación, delante de todos, encumbrando su pecado, justificándolo y haciendo que la Iglesia sucumba ante su pecado.

Las dos lesbianas son enemigas de la fe católica, de los dogmas apostólicos, que dice que un matrimonio es entre un hombre y una mujer. Y, por tanto, si no se da eso, es imposible el bautizo de ningún hijo adoptado en una unión abominable, como la homosexual.

La fe no es algo natural. Si eso se dijera, entonces todo el mundo pertenecería a la Iglesia Católica. Y las dos lesbianas no pertenecen a la Iglesia Católica, porque no practican la fe católica, sino su fe humana, demoníaca.

Este punto, muchos no saben discernirlo. Y es fundamental.

La Fe es una luz interior, que se da en el corazón, y que aclara el intelecto, da claridad, inteligencia, conocimiento; y lleva, mueve, induce a razonar como lo hace Dios.

El que tiene Fe posee la Mente de Cristo, piensa como lo hace Cristo, ve las cosas como las ve Cristo. Y, por tanto, -como la idea lleva al acto-, si se piensa como Cristo lo hace, se obra como Cristo, se imita a Cristo en sus obras; el alma se va transformando en otro Cristo.

Por tanto, el que tiene Fe en Cristo, custodia la sacralidad de la Iglesia, custodia la liturgia de la Iglesia, guarda en todo la doctrina de Cristo en Ella.

Se es católico, sólo y exclusivamente, si se es practicante, es decir, se si pone en práctica la fe católica.

Muchos comulgan, se confiesan, celebran misas, administran sacramentos, predican, y lo hacen todo sin la fe católica, movidos por sus amores, pero no por el amor de Cristo, que es el amor de la Gracia.

No hay nada peor que un Católico no practicante, como es Francisco, como son los muchos tibios en su vida espiritual. Un Católico no practicante no es Católico. Tiene la apariencia de que pertenece a la Iglesia, porque tiene un bautismo o porque recibe o administra un sacramento, o porque se viste de talar.

El Católico es el que practica la fe católica, no es el que comulga y demás. Es el que tiene la Mente de Cristo y la obra en la Iglesia.

El Católico no practicante es el que se mueve en la Iglesia con su fe inventada, con sus obras de su cabeza humana, que le llevan a realizar siempre una obra para el demonio.

Sólo el que es de Cristo, hace las obras de Cristo. Los demás, hacen muchas cosas para sí mismos y para el demonio, dentro de la Iglesia.

Los católicos no practicantes son los tibios, y a éstos el Señor los vomita de su boca. Los hijos de Dios no son como los hijos de los hombres. Sólo en ellos el Espíritu Santo actúa en sus vidas. En los hijos de los hombres, al ser movidos por su amor humano, impiden que Dios pueda mover sus corazones hacia el bien divino. Y sólo realizan sus obras humanas, en su vida y en la Iglesia.

Hoy se vive esta idea, en todo el mundo: «Vivo mi verdad, la verdad que nace de la libertad del ser, del sentir, del experimentar». Es decir, que cada hombre es su propio maestro en la vida, su mejor maestro; que nadie tiene la verdad absoluta, porque la verdad es una tierra sin caminos, una vida sin norte, una existencia sin luz; que hay que vivir la vida según se sienta, se vibre, se intuya; que hay que creer en uno mismo, hay que autoconocerse para encontrar en uno mismo el camino correcto de la vida.

Se vive este culto a sí mismo, a la propia inteligencia del hombre, creyendo que el intelecto humano es libre. Este es el error. Sólo la Voluntad de la persona es libre; su entendimiento no es libre, sino que persigue constantemente la verdad.

Dios ha hecho bien al hombre: le ha puesto una inteligencia que busca sólo la verdad, que hasta que no entiende la verdad, el hombre sigue buscando. No se para en el camino. Y, por tanto, todo hombre ve la verdad. Todos. El problema está en la voluntad libre del hombre. Viendo la verdad, el hombre elige seguir la mentira, el pecado.

Por eso, cuando los hombres predican que tienen que vivir su verdad, están predicando un error. Porque aquel que ve la Verdad con su entendimiento humano la tiene que vivir, si su voluntad está libre de pecado. No se vive lo que ve el intelecto del hombre, porque éste peca con su voluntad. Quien dice: tengo que vivir mi verdad, está diciendo que vive su mentira. Porque, con su entendimiento humano ve la verdad, pero con su voluntad humana elige la mentira.

Todo homosexual, toda persona lesbiana, todo pecador que haya hecho de su pecado una vida, un camino, una verdad, una virtud, un bien, sólo vive su mentira en la vida. Una mentira que ha elegido, sabiendo que es una mentira, sabiendo que no es la verdad. Y lo sabe por su conciencia, que es el sagrario del hombre.

Todo aquel que no tiene fe, que vive su abominación: ser homosexual, ser lesbiana; tiene su entendimiento oscurecido por su pecado. La fe da claridad al intelecto humano; no vivir la fe da oscuridad. El pecado ciega el entendimiento del hombre para que no busque la verdad, para que no se mueva hacia la verdad. Y, en el pecado, el hombre oscurecido sabe que vive mal por su conciencia, que es la voz de Dios, que le dice que vive mal, que obra mal.

Por tanto, decir: «Es necesario dialogar sobre los derechos de vida común entre las personas del mismo sexo, que deciden vivir juntas. Ellas necesitan de un amparo legal en la sociedad», es aprobar, por parte de la Iglesia, la vida de pecado de los homosexuales. Es decir, que lo que en el mundo, en la sociedad se aprueba, también la Iglesia está de acuerdo. Hay que luchar para que los homosexuales católicos puedan vivir bien en el mundo, que tengan sus leyes para que puedan seguir en su pecado de abominación.

Y esto se dice porque la Jerarquía ha perdido la fe católica y, por lo tanto, permanece en la Iglesia con el entendimiento oscurecido, por su pecado. Y, con esa inteligencia sin luz, sin verdad, guía a los demás hacia la oscuridad del pecado. No son caminos de salvación de las almas, sino de condenación. Luchan por una mentira, pero no luchan por la Verdad. Luchan para dejar a los hombres en sus pecados, en sus gustos en la vida, en sus inteligencias de la vida. Pero no luchan para demostrar la mentira de sus vidas. Aprueban sus vidas de mentira y meten más a esas almas en la oscuridad de su entendimiento humano. Ya no viven persiguiendo la Verdad, que los libera, sino la mentira, que los esclaviza. Se hace dogma el pecado.

Esta es la maldad que vemos en la Iglesia, desde que Francisco se sentó en la Silla que no le corresponde.

«La Iglesia siempre busca leer las señales de los tiempos, para ver lo que se debe o no cambiar. Las verdades de fe no cambian». La fe no cambia, pero la forma de vivir la fe es lo que cambia. Ésta es la contradicción de esta Jerarquía.

Existe Dios, pero vamos a ver los caminos, las formas, para dar culto a Dios. Existe un único Dios, pero todos los caminos llevan al mismo destino: Dios.

Existe la Eucaristía, pero, como los tiempos han cambiado, entonces reformemos los ritos litúrgicos, las leyes eclesiásticas, para dar la comunión también a las personas malcasadas y a todo el mundo.

Existe el Bautismo, pero ¿por qué no bautizar a niños de matrimonios homosexuales?

Se está rebajando lo divino, lo sagrado, lo santo, a lo profano. Se está igualando a Dios con el pecado. Se equipara a Dios a las otras religiones, iglesia, sectas. Todos tienen derechos naturales de tener su dios, su culto a dios, su verdad en sus vidas.

Y la fe no es de derecho natural al hombre. La fe es un don de Dios, que el hombre no merece nunca. Y hoy se quiere dar al hombre sus derechos naturales anulando los derechos divinos, sobrenaturales.

La Iglesia hoy es sólo una casa vacía del Espíritu de Dios. Y eso la hace estéril, sin posibilidad de dar los frutos que Dios quiere en las almas.

La Jerarquía de la Iglesia está persiguiendo un plan mortal, contrario a la Obra de la Redención. Y lo persigue en nombre de los hombres, de sus ideas humanas, de sus inteligencias oscurecidas por su pecado.

En nombre de la libertad: el hombre quiere ser libre para existir, para elegir, para sentir, para unirse con cualquiera, para proclamar su dios como lo concibe en su loca cabeza humana, para vivir su vida mostrando a todos los hombres sus vergüenzas.

La Jerarquía, en nombre de la libertad,-no en nombre de la verdad, que es Cristo-, en nombre del Ecumenismo, de la reunión de todos los hombres libres para hacer lo que les da la gana, en nombre de un pensamiento humano; quiere proclamar que el hombre puede pecar por derecho divino, por ley divina. Quiere poner la inteligencia del hombre, que está oscurecida por su gran pecado de soberbia, como el camino hacia Dios.

Cada hombre, en su inteligencia, tiene su verdad; y esa verdad le conduce a Dios. Y, por tanto, hay que apoyar las uniones homosexuales en el mundo. Hay que apoyar la verdad que cada hombre tiene en su mente humana. Hay que apoyar la vida de pecado, el camino hacia esa vida pecaminosa.

Ya no hay que apoyar a Cristo, la Verdad, su doctrina en la Iglesia. Ya Cristo no es el camino. Es tu pecado, el camino de tu vida. Ahora, es necesario cambiar esa doctrina, porque cada hombre es dios para sí mismo. Cada hombre es un cristo. Cristo es el maestro de vida interior. Ya cristo no es Dios, sino un hombre perfecto que supo entenderse a sí mismo y construir una iglesia para reunir a todos los hombres perfectos en su inteligencia humana.

Esta es la herejía que viene ahora a toda la Iglesia. Y es lo que se observa en esas noticias.

Y, muchos no verán la maldad de esta Jerarquía, porque son tibios: están en la Iglesia con un intelecto oscurecido por su pecado y viviendo lo que a ellos les parece bien y mal.

La Fe sólo proviene de la escucha de la Palabra de Dios y sólo madura con la escucha de la Palabra de Dios. Cuando la Iglesia se pone a dialogar con la fe, con la verdad, se acaba por perder toda la fe. Se acaba destruyendo la Iglesia.

En la Iglesia no se dialoga con la verdad, sino que se cree en Ella. Y sólo los humildes de corazón, los que ponen su inteligencia humana en el suelo, los que pisotean su orgullo, tienen fe, obran lo santo dentro de la Iglesia. Los demás, obran sus soberbias, sus pecados.

Cisma abierto en toda la Iglesia

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Muchos dicen: ¿por qué se le critica tanto a Francisco? ¿No ha dicho el Señor que no juzguen para no ser juzgados?

Las almas no han comprendido lo que es la vida espiritual, que es algo diferente a la vida moral.

Todos pueden juzgar el espíritu de otra persona: «el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2, 15).

Todos pueden juzgar a un homosexual, un ateo, a un masón, a un budista, a un protestante, a un comunista, etc., cuando el juicio es sobre su vida espiritual.

Jesús ya ha marcado el camino de la verdad en el Espíritu: las leyes divinas, las leyes naturales, los dogmas, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, la Palabra de Dios.

Todos aquellos que siguen la doctrina de Cristo juzgan a los demás: a los que la siguen y a los que no la siguen.

Los que no siguen la doctrina de Cristo no saben juzgar a los demás de manera espiritual, porque no tienen la Verdad, que viene del Espíritu de Cristo.

Todo aquel que permanece en la Verdad, que es Cristo, lo juzga todo, porque se apoya en esa Verdad, en Cristo mismo, en Su Mente; no se apoya en la verdad que tiene en su mente humana. Es la verdad que Dios ha dado al hombre y que nunca cambia, que es siempre la misma, aunque el hombre y el mundo cambien.

La ley divina dada a Moisés es para siempre, para todos los tiempos. La doctrina que enseñó Jesús a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por la Tradición, enseñada por el Magisterio auténtico de la Iglesia, y contenida en los Evangelios, es para siempre. No se puede cambiar una tilde, una palabra, a esa doctrina. Esa doctrina es la única verdad. La Verdad Absoluta. La verdad que todo hombre debe tener en su corazón, para que su mente piense la vida como Dios la ve.

Todo aquel que está en la Verdad, que se agarra a los dogmas, que no transige con la mente de los hombres ni con sus leyes, entonces lo puede juzgar todo, cualquier cosa y a cualquier persona, sea sacerdote, Obispo o Papa, en el aspecto espiritual.

Puede decir: ese sacerdote se equivoca porque no sigue el dogma, no sigue la verdad.

«Pero como todos sabemos, es el jardín de Dios una gran variedad de colores. No todos los que han nacido como un hombre se sentirán como un hombre, y también en el lado femenino. Ellos se merecen, como seres humanos, el respeto a la que todos tenemos derecho. Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito. (…) oren por él, por la bendición de Dios para su vida. ¿Una victoria de la tolerancia? (…) Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista» (Cardenal Christoph Schönborn – 15/05/2014).

Todos aquellos que siguen la Verdad pueden juzgar al Cardenal Schönborn porque se ha puesto en la mentira.

1. en el jardín de Dios, que es la Creación material sólo se da: hombre y mujer, varón y hembra, masculino y femenino. Es decir, no se dan ni los homosexuales, ni las lesbianas ni otra cosa que se invente el hombre;

2. en el jardín de Dios, se produjo el pecado de Adán y, por lo tanto, el demonio es el que crea a los homosexuales, las lesbianas, etc.

3. Dios juzga el pecado de los homosexuales y las lesbianas como abominación y lo castiga con una pena social: pena de muerte.

4. Si Dios juzga a la persona homosexual como abominación, todo hijo de Dios tiene la obligación de juzgar al homosexual como abominación. Porque el hijo de Dios sigue la mente de Dios; no sigue la mente de ningún hombre.

5. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado, en la Iglesia, a seguir la Mente de Dios y enseñarla a todas las almas. Quien no haga esto, automáticamente se pone fuera de la Iglesia.

6. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado a hacer oración y penitencia por los pecadores, para que reciban la gracia del arrepentimiento. Y están obligados a decir a un pecador público que quite su pecado si no quiere condenarse por él.

7. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, que no enseñe la ley divina, sino que se invente su ley divina en la Iglesia, y procure contentar a los hombres con sus bellas palabras humanas (=tolerancia) no pertenece a la Jerarquía verdadera, sino a la infiltrada, a la que no es de Cristo.

8. Todo fiel en la Iglesia está obligado a obedecer la Mente de Dios, no la mente de los hombres, aunque sean sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papa, cuando dicen, predican, obran lo contrario a la ley divina.

Esto es hacer un juicio espiritual: el Cardenal Schönborn pertenece a la Jerarquía infiltrada porque no enseña la Verdad sobre la homosexualidad ni sobre el acto creador divino sobre la naturaleza humana. Por tanto, no se le puede dar obediencia ni respetarlo como sacerdote ni como Obispo. Se le respeta como hombre, porque es libre de condenarse por sus pecados.

Hasta aquí el juicio espiritual, que todo el mundo puede hacer si está en la Verdad, que es Cristo.

Lo que Cristo prohíbe es el juicio moral sobre las personas.

Cada persona, independientemente de su vida espiritual, tiene una vida moral. Esa vida moral nace de su voluntad humana, que está regida por una razón.

Todo acto moral es una obra de la voluntad del hombre. Todo hombre, en su vida, elige una obra guiado por una razón: divina, humana, demoníaca. Y, según sea esa razón, así será su acto moral. Este acto moral sólo Dios puede juzgarlo, no el hombre.

Dios mandó al profeta Oseas buscar una prostituta. Y Oseas realizó un acto moral que, para los hombres es pecaminoso, pero no para Dios. Dios le mandó obrar una justicia en esa prostituta. Es un mandato divino.

Dios mandó a Abraham sacrificar a su hijo. Eso es ir en contra del mandamiento divino: «no matarás». Pero, como Dios lo manda en Su Justicia, para obrar una justicia por el pecado del hombre, entonces no es pecado y ese acto moral es bueno para Dios, para Abraham y para el hijo que se sacrifica. Igualmente, lo que hizo Oseas es un acto moral bueno, para él y para la prostituta.

Cuando Dios manda estas cosas, no se las dice a cualquiera, sino a personas de mucha vida espiritual, como Abraham y Oseas. Personas de gran fe en la Palabra de Dios. Y esto que manda Dios no es saltarse la ley divina, los mandamientos; no es una excepción en la regla; no es un capricho divino. Es una obra divina, santa, que sólo Dios sabe medir; no los hombres. Y sólo el que la obra, sabe por qué Dios se lo manda. Esta obra no es conocida por nadie. Por eso, Abraham la obró sin el conocimiento de nadie. Y lo mismo Oseas.

Pero si el hombre, en su acto moral, no sigue los mandamientos de Dios, la ley divina, entonces siempre comete un pecado. Se puede juzgar el pecado de esa persona, porque entra en la vida espiritual; pero no se puede juzgar a la persona, porque no se conoce la intención con que realizó ese pecado. No se puede juzgar su vida moral: su acto moral. Pero sí su pecado. Y, entonces, sólo queda un camino ante el acto moral de la persona: rezar por ella, hacer penitencia por su pecado.

Adán, siguiendo la mente del demonio engendró un hijo: Caín. Este acto moral es un pecado. Se juzga espiritualmente el pecado, pero no se juzga a Adán, su acto moral, que sólo Dios sabe medirlo y ponerle el camino de Su Justicia. Lo que hizo Adán es una obra de su voluntad humana según el orden de una razón demoníaca. Es un acto moral, no sólo del hombre, sino también del demonio en el hombre. Por eso, el demonio tiene derecho a la vida moral de los hombres; por el pecado de Adán.

Ante las declaraciones de este cardenal, se juzga su visión espiritual del homosexualismo, pero no su acto moral. Ha pecado con esas declaraciones. Y su pecado es muy grave, porque ha dicho una herejía y ha puesto el camino para el cisma. Pero no se puede decir que este Cardenal está condenado al fuego del infierno, porque no se le puede juzgar en su vida moral. Ésta la juzga Dios.

Lo que tiene que hacer toda alma, fiel a Jesucristo, es apartarse de este Cardenal, no seguir sus predicaciones, sus enseñanzas, porque son heréticas; y rezar para que deje lo que está haciendo en la Iglesia y busque ayuda espiritual para su alma. Porque si no ve su pecado, entonces es cuando se condena.

Estas cosas hay que tenerlas claras en la Iglesia. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla. Y se salva luchando contra el pecado y contra los hombres que ayudan a pecar, que son tentación para el pecado. Y, por tanto, en la Iglesia sobra la tolerancia humana, que es un pecado grave.

Una cosa es respetar a ese homosexual como hombre, porque es libre para obrar su pecado, donde quiera y ante quien quiera. Y otra cosa es defender la verdad ante el pecado de ese hombre.

Si no se defiende la Verdad, sino que se tolera la mentira, el pecado, el error, el engaño, entonces el pecado se anula, el pecado se apoya, se justifica, se ensalza, y se hace un mal mucho mayor. Porque quien alaba el pecado de un homosexual, quien no lo corrige, entonces no es capaz de hacer penitencia por su pecado para que su alma se salve. Sino que se le invita a seguir pecando, a seguir en el camino del pecado, y se le enseña una utopía: que Dios lo bendice en su pecado.

Es lo que este cardenal ha dicho: «oren por él, por la bendición de Dios para su vida». Lo que este Cardenal no sabe es el cisma que ha abierto con estas palabras. Este cardenal alaba el pecado del homosexual: «Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito». Esto es una grave herejía viniendo de un consagrado.

Hay que orar para que este homosexual diga un no a su pecado. No hay que orar para que Dios bendiga su vida. Dios no bendice si el alma no se aleja del pecado. Dios no derrama sus dones si el alma justifica su pecado. Dios no da nada al hombre que quiere pecar y que vive su pecado, sin poner ninguna traba a él.

Es muy grave lo que este Cardenal ha expresado. Gravísimo. Pero así es todo ahora. El culpable de estas declaraciones es Francisco. El comenzó con el juego del lenguaje: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J.- Director de La Civiltà Cattolica).

Yo soy hijo de la Iglesia, pero tenéis que pensar como yo pienso: no juzgues a los homosexuales. Hay que cambiar la ley divina en cuanto a los homosexuales.

¡Faltaría más!: yo soy hijo de la Iglesia, pero es mejor ser hijo del demonio en cuestión de los homosexuales. Es la propaganda que Francisco se hace a su orgullo, a su pecado. El que es de la Verdad dice la Verdad como es, no se anda con juegos semánticos, con licencias linguísticas, con eufemismos pegajosos.

Es que es necesario seguir insistiendo que el homosexual es una abominación. No hay que lanzar la doctrina de la tolerancia. No podemos ser tolerantes con la mentira, con la idea del demonio, con las ideas de los hombres. Porque el hijo de Dios sólo tiene la Mente de Dios. No posee ni siquiera su propia mente humana. El hijo de Dios no es de él mismo, sino de Su Padre Dios. Y, por eso, todo hijo de Dios lucha contra su mente humana y contra la mente de todo hombre, si es tentación para su vida espiritual, si es un peligro para la salvación de su alma y la de los demás.

La vida moral de las personas es para su vida espiritual. Y no es al revés. No es primero la vida espiritual: no es primero ser masón, budista, protestante, marxista, pecador, etc., para tener una vida moral. Esto es una aberración, y es lo que, hoy día, observamos en la Iglesia –y no digamos en el mundo.

Todo hombre debe cultivar su vida moral y, entonces, crece en la vida espiritual; y es capaz de juzgarlo todo; porque ya no es un niño en las cosas de Dios, sino un adulto, que sabe mirar a todos los hombres a su cara y decirles las verdades sin pestañear.

Porque los hombres se ponen por encima de la ley de Dios y de la ley natural, entonces caen en un absurdo: quieren vivir como ellos obran, según el capricho de sus voluntades. Y no se dan cuenta que para obrar, necesitan una razón. Y, como no saben discernir sus pensamientos, obran siempre una abominación, un absurdo, una ilusión, una utopía en sus vidas.

Hoy se da esa especie de culto a ser uno mismo, sin relación al ser, a la verdad, al bien y a la ley divina y a la natural.

El homosexual se da culto a sí mismo: quiere ser homosexual sin relación a su masculinidad; sin la verdad de que Dios lo ha creado para una mujer; sin el bien de un matrimonio con una mujer; sin hacer caso a la ley divina que le impone alejarse del pecado del homosexualismo, por ser una abominación; y queriendo ser ley natural para sí mismo: un gran absurdo.

Y este modo de ser uno mismo, se dice, que es signo de autenticidad y de madurez. Hasta aquí llega la oscuridad del hombre. Y que es lo que dice ese Cardenal: «Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista». Se es auténtico porque se vive en contra de la ley de Dios. Se vive poniéndose por encima de la autoridad de Dios.

Hay que tolerar a ese hombre, hay que respetarlo porque así él lo ha decidido su vida; hay que respetar su decisión personal de ser homosexual y hay que ayudarlo en ese camino.

Éste es el pensamiento de muchos con la doctrina de la tolerancia. Es un gran pecado pensar así. Y es pecado contra la fe cuando viene de un Cardenal.

En este pensamiento, que es el de muchos, se pone el bien y el mal, sólo en la persona humana. Y, entonces se cae en la herejía: como yo, en mi vida, decido ser homosexual, y no decido ser varón, entonces la verdad es lo que yo obro.

El decidir en sí mismo es aquello que funda la bondad o la maldad del ser humano. El hombre es él mismo la medida, la verdad, la bondad de todos sus actos libres. Ya no es algo fuera del hombre, ya no es la ley divina, la ley natural, la mente de Dios. Es el mismo hombre ley para sí mismo. Por eso, se clama por la tolerancia. Hay que respetar lo que otro decide sobre sí mismo. Una abominación en la vida.

Ésta es la abominación que se vive hoy día, y que predica Francisco y los suyos, con la doctrina de la tolerancia.

Y esta abominación tiene su origen en esto: en poner la vida como sola elección de la voluntad del hombre. La voluntad humana es la que ordena vivir, ordena elegir: haz lo que te dé la gana. Vive como quieras: sin ley, sin razón, sin conciencia. Sé tú mismo dios para tu vida. Ésta es la falsedad que se enseña.

Y no se cae en la cuenta de que la voluntad del hombre no puede ordenar nada sin un orden de la razón. Se tiende a algo según una razón, según una idea. En este caso, se pone la idea de que el hombre es dios en sí mismo y, por lo tanto, puede hacer lo que le dé la gana en su vida. Puede decidir lo que le parezca. Es el culto a la mente del hombre, a la vida del hombre, a las obras del hombre. Es el orgullo de ser uno mismo, independientemente de los demás.

Estamos en la Iglesia con el cisma abierto. Y, ahora, se escuchan barbaridades de sacerdotes, de Obispos, y de fieles que se creen con derecho de hacer su propia voluntad en la Iglesia, y que todos estén de acuerdo con esa voluntad. Es una gran abominación lo que vemos en toda la Iglesia.

El lobby gay de Francisco en el Vaticano

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

«Bien, se escribe mucho del lobby gay. Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay. Creo que cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir el hecho de ser una persona gay, del hecho de hacer un lobby, porque ningún lobby es bueno. Son malos. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy hermosa; dice… Un momento, cómo se dice… y dice: “No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad”. El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos, porque éste es uno, pero si hay otro, otro. El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby. Éste es el problema más grave para mí» (Francisco).

La mentira siempre está en la boca de un hombre que ha perdido los papeles ante Dios, que no sabe lo que significa la palabra Dios y, mucho menos, sabe hablar de Dios.

El Catecismo no dice: «No se debe marginar a estas personas, por eso, deben ser integradas en la sociedad». Esto sólo es palabra de Francisco, no de un Vicario de Cristo, que debe enseñar y guardar íntegramente el Magisterio de la Iglesia

El catecismo dice: «Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta» (CIC – n 2358), porque todo hombre, sea pecador, sea santo, sea un demonio, tiene derecho a vivir su vida humana según su libre voluntad. Discriminarlos porque sienten unas tendencias homosexuales sería injusto, porque la Iglesia está para enseñar a estas personas la forma de atacar esas tendencias. Si se las discrimina, entonces la persona no aprende a vencer eso que tiene, que siente.

Por eso, el Catecismo añade: «Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (CIC – n 2359).

El Magisterio de la Iglesia es muy claro y revelador. Francisco miente en todas sus palabras cuando habla de la homosexualidad.

a. Primero, es necesario juzgar a la persona gay:

La Sagrada Escritura presenta la homosexualidad como abominación: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 23). Y añade: «Cualquiera que cometa estas abominaciones será borrado de en medio de su pueblo» (v.29).

Dios ha sido muy claro con el hombre homosexual desde el principio. El homosexual es libre de vivir en ese pecado; pero Dios castiga su libertad en su pecado, con la muerte. Dios dice que no pueden seguir viviendo en sociedad. Y, por eso, existía la pena de muerte sobre el homosexual: «Si uno se acuesta con otro hombre como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lv 20, 13).

Estas leyes, Dios la dio directamente a Moisés. Es Palabra de Dios. Y esa Palabra es siempre verdadera, actual, vale para todos los tiempos, para todas las épocas. La ley de Dios no es sólo Misericordia, sino también Justicia. Claramente, Dios castiga al homosexual.

La maldad de todos los hombres ha sido poner sus leyes, sus reglas, para que el homosexual, no sólo pueda tener sus derechos como otros hombres, sino que imponga a los demás el respeto a ellos.

El movimiento homosexual quiere obligar a la gente a aceptar su ideología, que los demás asientan, en su mente humana, que la homosexualidad no es una abominación, que es algo que Dios quiere. Con la excusa de una protección legal para sus vidas humanas, con la excusa de que tienen que comer y vestir y trabajar como todos los demás, ahora usan el sistema legal para asegurarse de que los que no están de acuerdo con su vida homosexual, entonces pierdan sus trabajos, sus derechos, sus ingresos, su libertad.

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Este es el gran mal. Y Francisco apoya este gran mal con sus palabras: «¿quién soy yo para juzgarla?». Tiene el derecho y el deber, por ser sacerdote, de hacer un juicio sobre cada persona homosexual. Y si no lo haces, te conviertes –Francisco- en otro de ellos: «conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rom 1, 32).

¿No juzgas, Francisco, a los homosexuales? Entonces, eres homosexual y aplaudes la vida que ellos llevan. Y una imagen vale más que mil palabras, mil razonamientos. Cada uno vive en la Iglesia según su idea. Quien vive de fe, obra las obras de Cristo, imita a Cristo. Y Cristo nunca enseñó a coger de la mano a otro homosexual, sino a tener pureza de cuerpo con todos. Quien vive en contra de le fe, entonces obra su pecado siempre. Y lo ensalza en medio de todos, para que todos los vean.

b. Segundo, es necesario enseñar al homosexual cómo salir de esa vida:

«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados» (CDF, decl. Persona humana 8). Es decir, son actos en contra de la naturaleza humana, actos contra la ley natural, que enseña que el hombre es para una mujer, y la mujer para el hombre. Y, por tanto, por ley natural, el amor sexual es siempre entre hombre y mujer. Ése es el amor natural en el sexo. El amor contra natura, en el sexo, es hombre con hombre o mujer con mujer. Este amor no es natural, sino contrario al orden que Dios ha puesto en la naturaleza.

Por tanto, no existe el hombre homosexual por naturaleza. El hombre no nace homosexual, sino que nace inclinado al homosexualismo. Y nace de esta forma por el pecado original. Si negamos la existencia de este pecado, entonces negamos la inclinación que tienen algunos hombres, cuando nacen, hacia este pecado contra natura, que es la homosexualidad. Inclinación, que es pecaminosa, pero que hay que saber juzgarla en el Espíritu: «En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (CDF, decl. Persona humana 8).

Hay que poner a la persona homosexual un camino espiritual para que pueda resolver su problema, que es de índole espiritual, no es social.

Se dice que esta tendencia proviene de una educación falsa, de que la persona no ha evolucionada con normalidad en su vida sexual, de un hábito contraído, que ya no pueden quitar, de malos ejemplos que han visto en otros, o porque tienen una especia de instinto innato, que los lleva, de forma natural, hacia lo homosexual, o porque tienen una patología, un estado mental desviado, que es incurable, y que les hace obrar y ser homosexuales.

Y no existe una razón psicológica, filosófica, teológica, metafísica, para excusar este pecado y para justificarlo en la sociedad. Y mucho menos en la Iglesia. No se pueden justificar las relaciones homosexuales, ni elevarlas al rango de un matrimonio, ni de hacer leyes civiles para ellos.

El ser homosexual no le da derecho a esa persona de que tenga una ley para poder vivir su vida homosexual. Esta es la trampa en la que muchos han caído. Han querido legalizar el homosexualismo. Y defienden los derechos de esas personas con una ley en la mano. Y esto es la abominación de la sociedad.

Un país que permita ajustar en sus códigos civiles leyes que aprueban la vida del homosexual tiene sobre su cabeza la espada de la Justicia.

Hay que distinguir dos cosas: el hombre y su pecado homosexual. El hombre tiene sus derechos como todo hombre. Y debe vivir su vida con esos derechos, atendiendo a la ley divina y a la ley natural, y a los demás derechos positivos y civiles. Pero, cuando se quiere reglar la vida sexual de la persona homosexual, entonces el hombre se pone por encima de la ley de Dios. Se hace dios y comienza a inventarse una vida que no le pertenece.

La Iglesia enseña claramente: «Indudablemente esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable» (CDF, decl. Persona humana 8).

Las relaciones homosexuales son siempre pecado, una ofensa contra Dios. Esta es la regla esencial que nadie puede anular con una ley humana. Esto es indispensable conocerlo y defenderlo siempre, si no se quiere errar en este tema tan claro para el que tiene fe en la Palabra de Dios, pero oscuro para el que no vive de fe.

c. Tercero, es necesario atacar la idea de Francisco porque viene del demonio:

Un hombre que no discierne lo que es un homosexual, como es Francisco, entonces sus obras son siempre confusión y mentira en la Iglesia.

Se besa en la mano a un sacerdote porque sus manos están consagradas; son manos que traen al Verbo Encarnado; que lo tocan, que, a través de ellas, el sacerdote es transformado en otro Cristo. Y se besa la mano de aquel sacerdote que vive íntegramente su sacerdocio en Cristo. Pero no se pueden besar esas manos cuando el sacerdote vive públicamente su pecado en la Iglesia, porque hacer eso significa alabar su vida de pecado, aplaudirla en medio de toda la Iglesia.

Es lo que ha hecho Francisco con Don Michele de Paolis, un sacerdote que está en la Iglesia para vivir su pecado de abominación, y que dice cosas como ésta: «Algunas personas de la iglesia dicen: “Está bien ser gay, pero no deben tener relaciones sexuales, no pueden amarse”. Esta es la mayor hipocresía. Es como decir que una planta que crece, “no tiene que florecer, no hay que dar frutos!” ¡Eso sí que es ir contra la naturaleza!». Un hombre que no ha comprendido la Palabra de Dios, que no puede aceptarla en su corazón y que vive blasfemando contra el Espíritu Santo en la Iglesia. Con este sacerdote, no sólo no hay que besarle la mano, sino prohibirle que siga celebrando misa, porque exalta su pecado y lo justifica ante Dios y ante la Iglesia.

Francisco, al dar un beso a la mano de este hombre, hace un gesto abominable. Y enseña a toda la Iglesia que él es también homosexual, porque no rechaza, en su mente, la idea del homosexualismo.

Se puede ser homosexual porque, en la vida sexual hay una unión carnal con otro hombre. Pero, también se es homosexual porque la mente participa de la idea del demonio. La homosexualidad no es una idea que nace de la mente del hombre, ni de su vida social, ni de sus problemas en el sexo.

La homosexualidad es una idea demoníaca, porque el hombre o la mujer homosexual va hacia el sexo, no por el amor carnal o el deseo de lujuria, sino por una idea en su mente. Esa idea la pone el demonio. Y eso significa que el demonio posee, de alguna manera, la mente del hombre. Existe una idea obsesiva, que trabaja la mente de la persona, y que no se puede quitar, y que lleva a esa persona al acto homosexual.

Por eso, es necesario hacer exorcismos a las personas homosexuales o lesbianas. Porque el demonio no sólo posee el campo sexual de la persona, sino su mente.

Hoy, como todo se quiere explicar con la psiquiatría, entonces el hombre no cree en el demonio, en la acción del demonio en la mente del hombre. Por eso, hay tantos sacerdotes, que, aunque sean exorcistas, no creen. Dan fe a la psiquiatría y no son capaces de comprender que en la mente del hombre hay un demonio, por su falta de fe en la Palabra de Dios.

Hay demonios para todo: para el estómago, columna vertebral, esternón, intestino, piernas, manos, mandíbulas, etc. Y, también, para la cabeza, la mente, la memoria; que no se manifiestan al exterior del cuerpo, pero que la persona los siente en su alma.

Aquel que empiece a poner su idea de lo que es la vida homosexual sin fijarse en la Palabra de Dios, queriendo explicar esa vida, de otra manera, con conceptos humanos, comienza a fornicar con la mente del demonio, y la idea del demonio se arraiga en él. Y comienza a defender a los homosexuales. Y eso es ser homosexual.

No se puede defender un pecado, porque si se hace la persona comete ese mismo pecado, aunque no sea en la obra. Lo comete en su pensamiento o en su deseo. Ya pecó y, por tanto, es esclavo del pensamiento del demonio, y éste lo lleva a la obra de ese pecado.

Por eso, Francisco es homosexual y obra como piensa, con su idea homosexual. Y, por eso, hay que atacar a Francisco. No se le puede dar obediencia ni respeto en la Iglesia. Es un hombre que no enseña la Verdad como está en la Palabra de Dios; sino que enseña sus interpretaciones de la Palabra, su deformación de la Verdad, su maldad en la Iglesia.

Por eso, Francisco, no sólo va a aprobar que los divorciados puedan comulgar, sino también el matrimonio homosexual en la Iglesia.

Él ve algo natural la unión entre hombre y hombre: «No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad». Pero si ya están integradas, ya tienen los derechos que todos los demás. ¿De qué integración hablas? Hay que integrar su vida homosexual en la sociedad, en la Iglesia. Hay que integrar su pecado abominable. Hay que dar ese paso.

Por eso, un hombre que no juzga al homosexual está permitiendo el lobby gay en el Vaticano. Sus palabras son sólo propaganda: «Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay». Francisco sabe que existe ese lobby y lo aprueba, pero tiene que callarse. Tiene que dar un rodeo: «El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby». Existe el lobby gay, pero eso no importa. Hay que centrarse en los demás lobbys. Si aprueba a sacerdotes homosexuales, como son Don Michele de Paolis y Don Luigi Ciotti, entre otros muchos, tiene que aprobar, tiene que aplaudir, lo que es un secreto a voces: que Cardenales se acuestan con hombres en el Vaticano.

En la Iglesia, ahora se camina solo, sin una guía espiritual, sin un Pastor que enseñe la Verdad. Y, por eso, no se puede seguir a ninguna Jerarquía. A nadie. Todo hay que cotejarlo, medirlo, juzgarlo, porque la Jerarquía miente clara y descaradamente. Sólo se puede obedecer a aquellos sacerdotes y Obispos que hablen clarito, que llamen a cada cosa por su nombre. A los demás, hay que alejarse de ellos como si se viera al mismo demonio.

Como de este Cardenal, Lorenzo Baldisseri, cabeza del Sínodo de los Obispos, que tiene su mitra para ir en contra de la doctrina de Cristo: «La Iglesia no es eterna, vive entre las vicisitudes de la historia y el Evangelio debe ser conocido y experimentado por la gente de hoy. Es en el presente lo que el mensaje debería ser, con todo el respeto por la integridad de quien ha recibido el mensaje. Ahora tenemos dos sínodos para tratar este complejo tema de la familia, y creo que esta dinámica en dos movimientos permitirán una respuesta más adecuada a las expectativas de la gente» (Lorenzo Baldisseri). Es darle a la gente lo que ella quiere. No es darle a las personas lo que quiere Dios. Es poner el mensaje del Evangelio al capricho de la vida actual de la gente. Porque ya la Iglesia no es eterna. Tampoco Cristo y su doctrina. Todo cambia con el hombre, con los tiempos, con la evolución del pensamiento humano. Se niega la Voluntad de Dios y, por tanto, su Ley Divina. Se pone la ley de los hombres y a eso lo llaman ley divina. Mayor abominación no cabe.

Para que la idea homosexual se imponga en la Iglesia, es necesario obrarla sin más. Hacer que en cada sitio se obre esa idea, aunque no haya sido aprobada en ningún Concilio o Sínodo. Para cambiar la idea doctrinal es necesario la idea pastoral; que se imponga esa idea. El cisma es la obra de la idea, no es una idea. Quien obra la idea del homosexualismo en la Iglesia está ya produciendo el cisma, lo está ya obrando. Los demás, al aceptar esa idea como buena en la práctica, se suman al cisma y, al final, cambian la idea doctrinal. Así siempre obra el mal: haciendo caminar por el pecado. Y una vez que el pecado ha arraigado en el alma, entonces se exige la idea, se manda con obediencia esa idea, se pone la ley que promulga el pecado, que lo legaliza.

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

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