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Los tres pecados sociales de la humanidad

Ana-Catalina-Emmerick.

«Sólo hay una Iglesia, la Iglesia Católica Romana. Aunque no hubiera en la tierra sino un solo católico, ése sería la Iglesia única y universal, esto es, la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del Infierno (…) muchos sacerdotes no saben lo que son, muchos fieles desconocen su propio carácter e ignoran lo que es la Iglesia de que forman parte. Para que ninguna potestad humana pueda destruir la Iglesia, Dios ha elevado la consagración sacerdotal a carácter indeleble. Mientras quede en la tierra un solo sacerdote debidamente consagrado, vivirá Jesucristo, como Dios y como Hombre, en la Iglesia en el Santísimo Sacramento del Altar» (Ana Catalina Emmerick – Tomo 1 – Libro 3 – Visiones del poder sacerdotal – 9. Palabras sobre la Iglesia Católica).

Muchos, que se dicen católicos, no saben lo que son, porque no viven la Gracia, que los Sacramentos dan al alma.

La Gracia es la unión con Cristo. Y, cada alma, se une a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo, como un sarmiento se une a la Vid. La Gracia es lo que une a Cristo. Sin Gracia, la unión que una vez se tenía, se va pudriendo, hasta que el sarmiento se cae o lo cortan de la vid.

Sin la fidelidad a la Gracia, las almas viven en la decadencia espiritual, sin poder recibir la Vida de Cristo, sin poder imitarlo, sin tener entrada a su pensamiento divino.

Por eso, hay tantas almas que revolotean en las cosas humanas, materiales, naturales, cayendo en estados de tibieza espiritual y haciendo que su mente se vaya pervirtiendo con todas las cosas humanas.

La Gracia da al alma un conocimiento divino, que enseña al hombre a pensar rectamente, no sólo las cosas divinas, sino las humanas.

Cuando el hombre cae en errores, en dudas, en temores, es por su falta de fe, que le viene por no ser fiel a la Gracia. Y permanece en lo humano, viendo la vida desde el punto de vista del hombre, sin posibilidad de mirar para arriba, de elevar su alma hacia lo divino, de entender la vida como la ve Dios.

Muchos católicos no son católicos. Tienen la etiqueta de católicos, se llaman a sí mismos católicos, pero ya no están unidos a Cristo, porque han echado en un saco roto la Gracia.

Y, entonces, están en la Iglesia sólo para una cosa: destruirla.

El Anticristo sólo tiene un fin en toda su obra: destruir la humanidad entera para destruir al sacerdote. Sabe que cuando aniquile a todos los sacerdotes, ya no habrá Iglesia. Y como hay sacerdotes que a pesar de su pecado, viven en el mundo y siguen siendo sacerdotes, el fin es claro. Por eso, muchos no han comprendido la gravedad del momento. Es el tiempo del Anticristo: el tiempo del pecado social que destruye la Iglesia.

Los tres grandes pecados sociales de la humanidad:

a. La humanidad ha pecado en Adán y Eva;

b. La humanidad ha pecado matando al Hijo de Dios, Jesucristo.

c. La humanidad peca rechazando la Iglesia que Jesús le dejó.

El plan de Dios en el Paraíso fue desbaratado y cambiado su resultado. Adán lo desbarató con su pecado, lo cambió con su vida; e hizo del Paraíso el lugar para iniciar la obra del demonio entre la humanidad.

Todo hombre que nace recibe dos espíritus: uno bueno y otro malo. Y, por tanto, en todo hombre se da una lucha espiritual entre estos dos espíritus. El hombre permanece en medio de esta batalla, y es llevado a obrar lo bueno o lo malo, según escuche a uno u a otro espíritu.

Ningún hombre está sólo en su vida. Ningún hombre obra sólo en su vida. Si obra un bien es porque escuchó al buen espíritu; si obra un mal es porque dio oídos al mal espíritu.

Es el espíritu el que hace pensar y obrar a los hombres; el que los mueve; el que les indica el camino de sus vidas.

Por eso, un hombre sin fe, sin la gracia, es un hombre perdido en la obra del mal espíritu. Pero un hombre fiel a la Gracia que ha recibido, entonces sus obras son las del buen espíritu.

Y todo está en la vida espiritual en discernir los espíritus para nunca equivocarse, para no caminar siguiendo al mal espíritu.

Adán no discernió el espíritu que movía a Eva, y quedó atrapado en la obra del mal espíritu, iniciando la maldad en el mismo Paraíso.

El desconcertante desorden, la infelicidad de la vida de los hombres, las tinieblas de la ignorancia en las mentes humanas, el odio manifiesto en las obras humanas, el mal con toda la gama de sus manifestaciones, las guerras y las violencias constantes, la posibilidad de preferir la muerte eterna en la desesperación del Infierno, son el fruto de ese pecado de Adán. Pecados sociales que vienen de un solo pecado.

De una sola obra de pecado, le vienen al hombre multitud de otros pecados, que hacen de la vida social un auténtico infierno. De esta manera, el hombre ha respondido al Amor de Dios en el Paraíso: con el pecado. Una monstruosa ingratitud, consumada en Adán y en la primera mujer, que poseían toda la Gracia, pero que prefirieron pecar, amar su pecado, vivir de su pecado.

Por el pecado de uno solo, todos hemos pecado. Es el pecado social que pocos comprenden.

Porque todos hemos pecado en Adán, entonces construimos nuestras vidas, nuestras familias, nuestros países en el pecado. Son vidas de pecado, son familias de pecado, son países para pecar, donde reina el pecado.

Y este es el sentido del pecado social: cada alma comete su pecado personal y eso se irradia en todo lo demás: familia, matrimonio, trabajo, iglesia, parroquia, comunidad, sociedad, nación, mundo entero. El pecado individual se hace social al participarlo a los demás en la vida, al comunicarlo al otro, al hacer que el otro también lo viva, lo obre en su misma vida.

El solo pecado de Adán se convirtió en el pecado de su mujer, al comunicárselo a ella, al unirse a ella, al vivirlo con ella. Y se convirtió en un pecado de los dos, de su matrimonio, un pecado social; y de los dos, nacieron otros pecados sociales; y concibieron a sus hijos en el pecado; y los educaron en el pecado. Y la familia se convirtió en un sitio de pecado social. Y el pecado se fue extendiendo socialmente, en todas las cosas, en todos los hombres, por todo el mundo.

A la rebelión de la humanidad en Adán y Eva, Dios responde con dos cosas: Justicia y Misericordia.

Con la Justicia castiga el pecado en la humanidad entera. Desde su origen hasta el fin, el hombre comerá el pan con el sudor de su frente. La Justicia pesará sobre la humanidad hasta el fin de los tiempos.

Con la Misericordia, Dios ofrece la promesa de la Redención. Para eso, escoge un pueblo, el pueblo preferido, que Dios quiere santo, pero que no se vuelve nunca santo a pesar de la lluvia de gracias y de milagros. Un pueblo que responde siempre con la ingratitud a la predilección divina.

Un pueblo lleno de profetas, que enseñan la Palabra de Dios, las obras que Dios quería, la vida que tenían que vivir los hombres en su estado de pecado, sin la gracia, para preparar el camino al Señor, que venía a implantar el Reino de Dios en la tierra.

Un pueblo que andaba entre la justicia y la misericordia, y que sólo aprendía la verdad a base de dolor, de sufrimientos, de expiación de los pecados. Un pueblo duro de cerviz porque no poseía la Gracia, que quita esa dureza, esa soberbia de mente.

Un pueblo que, a pesar de tantas gracias, cuando el Salvador nace lo combate, lo asedia, le hace la vida imposible.

El pecado social de ese pueblo elegido es tan grande que termina por matar al Hijo de Dios. Ese deicidio es más grave que el pecado de Adán en el Paraíso. Dios ha amado a su pueblo hasta lo más increíble, hasta darle a su mismo Hijo. Y su pueblo lo ha puesto en una Cruz. Ha clavado al Amor en el Odio del madero.

Y Jesús responde a esa obra de odio, suspendido en la Cruz, con una Obra de Amor: entrega a la humanidad Su Iglesia.

Esta Obra es la que culmina el pecado de Adán y abre el pecado del pueblo elegido. Adán no fue el que mató a Jesús, sino fue el pueblo que Dios había elegido.

Y, por eso, el pueblo judío no puede salvarse. Es un pecado social que incide en todo el pueblo elegido. En este deicidio se dan las dos cosas en Dios: Justicia y Misericordia.

Por la Justicia, el pueblo elegido anda errante por toda la tierra, sin posibilidad de establecerse como pueblo. Al tenerlo todo de Dios, como pueblo de Su Elección, lo perdió todo, hasta lo mínimo material. No hay providencia divina sobre el pueblo judío.

Misericordia, porque una parte del pueblo judío fue fiel al Salvador. Luego, también una parte de ese pueblo judío errante se va a salvar en el tiempo que Dios fije para eso. Y ese pueblo errante judío que se convertirá anulará, como pueblo, el pecado del pueblo elegido contra Jesús.

El pecado en el Paraíso fue de un solo hombre; el pecado del deicidio fue de un pueblo, de muchos hombres, de un grupo social. Jesús anuló el pecado de Adán en la Cruz. Pero todavía no está anulado el pecado social del pueblo judío. Jesús puso a toda la humanidad en un nuevo camino. Ya no es el camino que nace fuera del Paraíso, sino que es el camino que nace dentro de la Iglesia Católica, en la que es posible expiar todo pecado de los hombres.

Jesús entrega Su Iglesia a toda la humanidad, pero ésta se vuelve a oponer a esa Obra de Amor. Y comienza a maquinarse la destrucción del Cuerpo de Cristo, así como se maquinó la muerte de Su Cabeza.

Comienza una guerra agotadora, que se combate sin tregua desde hace más de dos mil años. Y, en este tiempo, las heridas han sido muy dolorosas, porque el pecado social sigue. Han sido muchos los esfuerzos de los hombres, en todas las épocas, para destruir a Cristo y a Su Iglesia.

Y esta batalla, que sigue su curso, que no descansa, es en estos momentos, de una furia que sólo las almas inconscientes no advierten; sólo los tibios no pueden verla. Y que llevará a la Iglesia hacia la persecución, con gran cantidad de víctimas entre el clero y los fieles.

En este tiempo en que vivimos dentro de la Iglesia se dan dos cosas muy importantes:

a. decadencia en todo el clero;

b. abominación en el Vaticano.

Son dos pecados sociales diferentes, pero que se enlazan uno con otro.

En la decadencia, observamos cómo la Jerarquía de la Iglesia va abandonando la línea de la gracia y ya no son otros Cristo, sino otros hombres, que hacen una obra de teatro en las misas, cuando se ponen a confesar, en la administración de los diferentes sacramentos. No tienen vida de oración, no saben discernir espíritus, no saben luchar contra el demonio en las almas, no enseñan la verdad a su rebaño, no lo guían hacia la santidad de la vida, no lo gobiernan en la verdad de la ley de la gracia. Es la grave decadencia, la grave corrupción de lo que es la esencia de la Iglesia: la Jerarquía. Sin un sacerdote debidamente consagrado no hay Iglesia; y sin un sacerdote que no sea otro Cristo, la Iglesia le pertenece al Anticristo.

En la abominación, se ve con claridad el fin que toma todo en la Iglesia: un fin humano, material, natural, sentimental, inicuo, carnal, de apostasía clara de la fe. La abominación comenzó cuando se puso el gobierno horizontal en la Iglesia. Y ha ido creciendo, de tal manera, que en estos momentos, es una obra de gran envergadura, que todavía no sale a luz, pero que ya está instalada en el mismo Vaticano.

Es una abominación que exige de la Jerarquía obediencia a un falso Papa, sabiendo que es falso. Se impone en las estructuras del Vaticano, que son sólo un conjunto de obras burocráticas, sin ninguna salida, sin ningún camino hacia la verdad, el silencio y el sometimiento a todo cuanto venga de Roma. Y, por eso, Francisco es intocable. A pesar de su gran pecado, nadie lo puede tocar. Es la abominación, que conducirá al cisma, un grave cisma que romperá la Iglesia en mil pedazos.

Muchos se van a condenar dentro de la Iglesia, porque ya no saben luchar contra el Enemigo. Ya no saben ver la batalla siempre en acción. Ya no disciernen nada. No saben discernir la hora de la Justicia que viene cuando el hombre destruya la Iglesia, quitando la Eucaristía. Y será la misma Jerarquía la que la destruya. Serán los mismos miembros de la Iglesia los que la destruyan.

Y, en esa hora, se producirá la mayor abominación en todos los aspectos: no sólo los hombres han matado al Salvador, sino que matarán también su Obra de Redención. Será el momento de la condenación en vida de mucha Jerarquía y de muchos fieles, que renegarán del amor a Cristo para poner su corazón en el amor a una criatura, que se hará pasar por Cristo: el Anticristo.

Esta abominación exigirá en Dios dos cosas: Justicia y Misericordia.

Justicia, porque todos los Enemigos de Cristo, dentro de Su Iglesia, perecerán y se condenarán. Toda la Jerarquía infiltrada se irá para el infierno directamente. No puede quedar como pueblo errante, porque el pecado es contra la Iglesia, que es la salvación para la humanidad. Fuera de Ella, no hay salvación. No puede quedar fuera de la Iglesia, viviendo una vida, porque esa vida es sólo para el infierno, sin posibilidad de salvar a ningún miembro de esa Jerarquía abominable. Fuera del pueblo elegido todavía había salvación, pero no fuera de la Iglesia.

Misericordia, porque la Iglesia remanente entrará en un tiempo de paz, en donde la Virgen María aplastará de nuevo, por segunda vez, la cabeza de Satanás. Quedará atado el demonio para que la Iglesia vaya hacia el Reino Glorioso.

Y será la nueva iglesia, la del Espíritu, la que anule la obra de destrucción que la Jerarquía infiltrada va a obrar dentro de poco.

Dios, en el Paraíso, ofreció al hombre una Obra Gloriosa; y el hombre la despreció;

Dios se hizo Hombre para que el hombre se divinizará; y el hombre despreció el don de ser hijo de Dios en el Hijo;

Dios, en la Cruz, ofreció a la humanidad, Su Reino glorioso; y el hombre lo despreció.

Son tres pecados sociales que van en contra de una obra social de Dios. En esos pecados sociales sólo hay que ver la batalla de espíritus para poder entender qué Dios quiere del hombre y de la Iglesia.

Y, cuando un falso Papa está sentado en el Trono que ha usurpado, entonces es claro que Dios quiere del hombre que salga de esa iglesia que no es Su Iglesia, para poder permanecer en la Verdad.

Y es lo que muchos no van a hacer, porque están pillados por la abominación en el Vaticano.

Renunciar a la obra de Satanás en el Vaticano

«un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable hasta sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia; impregnados, por el contrario hasta la médula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo…» (San Pío X – Pascendi)

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Los tiempos se acercan para todos. No son los tiempos de la historia, sino del Espíritu.

El hombre ha creado su historia y, por tanto, sus tiempos. Y, en esos tiempos, Dios ha ido trabajando para sacar del mal un bien para el hombre.

Cuando Jesús funda Su Iglesia tiene un plan para Ella. Pero ese plan no es humano, ni histórico, ni se puede discernir en las diferentes culturas humanas.

Dios no funda Su Iglesia para una obra humana: para tener capillas o parroquias o una estructura en Roma.

La Iglesia es el Reino Glorioso de Dios, que abarca tres estados: humano, preternatural y sobrenatural.

En el estado humano, está la Iglesia militante, que milita o lucha bajo la bandera de Cristo: son las almas que viven en Gracia y que son fieles a Ella cada día, sin importar sus vidas humanas, sociales, económicas o políticas. La Gracia no anula la naturaleza del hombre, sino que está por encima de ella, guiándola hacia la verdad de su ser. El hombre, en su naturaleza humana, debe ser transformado para adquirir la naturaleza divina, que se da en la Gracia.

La Gracia reviste al hombre de lo divino: es el vestido espiritual que el hombre posee al ser hijo de Dios por el bautismo. Y esa vestidura es invisible a los ojos de los hombres. Esa vestidura no es un comportamiento humano, ni unos ideales humanos, ni consiste en obrar cosas humanas.

La Gracia da al hombre la misma Mente de Dios. Y, en esa Mente, el hombre aprende a vivir como hombre y a ser fiel a la Gracia.

Si la Gracia no anula la naturaleza humana, eso significa que Dios necesita esa naturaleza para obrar su vida divina en la gracia. Y el hombre tiene que aprender a mirar su naturaleza humana desde la gracia, desde la vida que Dios le ofrece. De esa manera, la naturaleza del hombre se va transformando en instrumento de lo divino.

Ya el hombre, en la gracia, no es el centro de su naturaleza humana, sino que es el instrumento de Dios para obrar en su naturaleza de hombre aquello que Dios quiere.

La gracia dignifica a la persona humana, le da el sentido de la vida que nada humano, ni natural, ni social, le puede dar.

Cuanto más el hombre anda en la vida social, cuanto más está interesado por los otros hombres, menos vive en la gracia, menos es fiel a la gracia, menos entiende la vida de Dios.

La gracia no es para ser más hombres, más humanos, más fraternos, más sociales. Dios no da Su Vida para que el hombre siga siendo hombre. Jesús murió a su vida humana para que el hombre haga lo mismo. Y sólo a través de la muerte de todo lo humano se llega al estado de gloria. Y sin esa muerte, los hombres siguen siendo hombres. Y tendrán mucha perfección en todo lo humano. Pero son sólo hombres, incapaces de seguir a Dios, de servirlo, de ser instrumentos de Su Voluntad, de adorarlo en Espíritu y en Verdad.

El antropocentrismo es la herejía de estos tiempos históricos: el hombre es el centro de la creación. Eso da a todo una visión horizontal de todas las cosas. Y eso lleva, de manera inevitable, a la destrucción del hombre por el mismo hombre. Y se hace con obras buenas, obras tecnológicas que el mismo hombre ha creado, y con pensamientos y filosofías que los mismos hombres han adquirido y aceptado como un valor en sus vidas.

El humanismo es lo que todos ven en la Iglesia y en el mundo. Todos luchan por algo humano: un derecho, una justicia, una ley, una vida, una obra. Y luchan poniendo el nombre de Dios (o el de la Iglesia, o el de Cristo) en medio, como si Dios quisiera esa lucha, ese derecho, esa vida.

En el humanismo, los tres primeros mandamientos de Dios se anulan completamente: ya no hay culto debido a Dios y, por tanto, ya no hay una religión revelada; se toma el nombre de Dios en vano y para una blasfemia bien maquillada en las palabras y en las obras; se santifican los días y las obras de los hombres para señalar que Dios está en todas las obras de los hombres.

Quien viva mirando al hombre, en esta etapa histórica que vivimos, se va a perder de manera absoluta, no ya relativa. El hombre es capaz, con sus inventos, con sus obras, con sus filosofías, de condenar a los demás hombres en vida: de hacerles vivir una vida de condenación, en la que no es posible el arrepentimiento del pecado, que es la única vía para salvarse.

Cuando los hombres ya no se arrepienten de sus pecados es que ya el hombre ha dado al pecado magisterio de santidad. El pecado es una escuela que el hombre histórico del siglo XXI tiene que probar y vivir si quiere ser hombre, si quiere pertenecer a un país, a una sociedad, a una familia, a una iglesia.

Cuando el pecado es un valor y una virtud para el hombre, entonces su condenación es absoluta. Mientras permanezca en lo que es, una ofensa a Dios, y por tanto, un mal, un vicio, un error, la condenación es relativa: hay modo de salvarse.

El pecado ha sido anulado en muchas partes del mundo y, también, dentro de la Iglesia Católica. Los hombres se han olvidado de que fue, precisamente, el pecado lo que dividió a la Creación.

El Paraíso era todo Gracia: vida divina, bondad, amor divinos. No había ninguna maldad. Y por el pecado de un hombre, todos condenados. Condenación relativa, por la esencia del pecado original; pero absoluta para algunos hombres, como Caín y su descendencia.

Cuando los hombres se olvidan y anulan esta Verdad Absoluta: lo que pasó en el Paraíso, entonces viven su condenación absoluta, sin posibilidad de salvarse.

Y estamos en el tiempo histórico en que se vive esta condenación absoluta en muchos hombres, ya del mundo, ya de la Iglesia.

Es el tiempo del Anticristo: tiempo para condenarse, no para salvarse. El Anticristo no salva, sino que lleva, sin posibilidad de cambio, de arrepentimiento, al fuego del infierno.

Como los hombres ya no creen en el pecado, tampoco creen en el demonio ni en el infierno; y por tanto, todas estas palabras sobre la condenación son sólo eso: palabras.

En el humanismo se vive sólo el lenguaje humano. No se vive de filosofías, de ideas, de pensamientos elaborados. Se vive de una maqueta, de un timbre, de una etiqueta, de un nombre, que hace referencia a algo que todos conocen, pero que nadie vive.

El humanismo no pelea por los conceptos absolutos, porque sabe que no puede pelear. Lo que hace es poner la etiqueta a ese concepto absoluto, para vivir una relatividad. Este es el juego de muchos hombres y, sobre todo, de la Jerarquía infiltrada en la Iglesia.

Es fácil poner el nombre de católico, de Papa, a Francisco. Es fácil decir que su doctrina es católica. Se le pone la etiqueta, que a todos gusta. Porque la masa lo que quiere es que le digan que ese hombre, al que llaman Papa, su magisterio es católico. Si alguien les dice eso, entonces siguen sus vidas como si nada.

Este es el juego del lenguaje humano, propio del humanismo. Son las formas exteriores. Francisco se reviste del manto de la humildad y de la pobreza. Esto es lo que atrae a todo el mundo. Todo el mundo se queda con eso exterior. Y no les importa lo interior de ese hombre: Francisco, ¿obedece o no obedece a la Verdad, a Cristo, al Magisterio de la Iglesia? Esto no se lo preguntan, porque viven en el humanismo.

Y el que concibe su vida de manera antropocéntrica, sólo vive para encontrar un pensamiento positivo, que le agrade, que le ayude a quitar temores, miedos, que hay muchos en la vida. El humanista no lucha por una verdad inconmovible en su vida. No puede luchar, porque se ha acomodado a todo lo humano, que es cambiante: está mirando el mar de lo humano, sus riberas, sus confines, sus conquistas. Y no puede salir de esa mirada. Y no puede encontrar, en lo que ve, un absoluto, una eternidad, un ideal que no cambie, que permanezca. Sólo encuentra lo propio de lo humano: lo que es temporal, lo que se puede medir, lo que cambia en cualquier momento.

Cuando la vida se vive así, entonces la vida carece de sentido. Cuando el hombre permanece en él mismo, en su vida pasajera, haciendo de la tierra su patria definitiva, viviendo su historia como el centro de todas las cosas, entonces el hombre ha perdido la fe, la trascendencia, la capacidad de ir más allá de su humanidad; ya no tiene en su alma la disposición requerida para pasar adelante, para ir a otro estado de vida, que no sea el pecado y todas las cosas humanas.

Los hombres que se instalan en su pecado son los humanistas, los inmanentistas, los idealistas, los que ha dado muerte a Dios en todas las cosas. Y sólo ponen la etiqueta de Dios en todo lo que hacen en sus vidas, porque de lo que se trata es de agradar a todos los hombres.

Francisco y todos sus seguidores viven el antropocentrismo, es decir, cabalgan en la herejía del humanismo, poniendo etiqueta a todo. Se revisten de sentimientos de modestia, de humildad, de pobreza, de misericordia, pero son incapaces de obedecer a la verdad. No pueden poner sus mentes en el suelo para aceptar la verdad que Cristo ha revelado. Han bebido de todas las herejías posibles. Y sólo encuentran en sus mentes la idea apropiada para dividir toda verdad. Y con ese alimento herético están dentro de la Iglesia para reformarla y acabarla completamente.

En el humanismo, se reduce a Dios a la historia, a la cultura, a lo social, a la vida de cada hombre. Es la visión que cada hombre tiene de Dios. Es la experiencia que cada hombre tiene de la religión, de la iglesia, de Cristo. Es la conciencia tomada como dogma en el pensamiento humano: el hombre es el que decide lo que es bueno y lo que es malo. El hombre se absolutiza él mismo. Se vuelve un dios para él y para los demás. Consecuencia: es imposible salir de este estado.

Cuando el hombre se mira sólo a sí mismo comete el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Y de ese pecado, no es posible salir.

La Iglesia en el Vaticano vive la horizontalidad: han anulado el gobierno vertical en Pedro y han puesto una maqueta. Un gobierno de muchas cabezas con el nombre de un Papa, y todos dicen que están bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Esta etiqueta es sólo eso: una figura de lo que es Pedro y su gobierno en la Iglesia. Una figura vacía. Una estatua sin vida espiritual, sin vida de la gracia.

En el gobierno horizontal, que actualmente está en el Vaticano, no está la Gracia. La ley de la Gracia exige un gobierno vertical de uno solo: una sola cabeza, el Papa, que mira desde arriba a todos y que exige a todos la obediencia absoluta a su voz. Esto ha quedado anulado completamente. Esta trascendencia ha sido revocada por la inmanencia: en el Vaticano consideran ese gobierno de ocho cabezas, que es sólo algo natural, humano, como algo sobrenatural, como una Voluntad de Dios. Permanecer en el consejo de los hombres es más importante que hablar con Dios. Reunirse una serie personas para tratar los asuntos de la Iglesia y dar soluciones es llamado cosa sobrenatural. Es la trampa del lenguaje humano. Es la etiqueta que usan para acallar a todos en la Iglesia y que nadie se rebele.

Pero lo más grave es la consecuencia de este gobierno horizontal para toda la Iglesia: es la anulación de la Gracia en la Iglesia. Pocos han meditado esto.

Cristo da Su Gracia a toda la Iglesia sólo a través de Su Pedro. No existe Pedro, no hay gracia. Y, por tanto, una vez que se consolidó este gobierno horizontal, la Iglesia ha ido perdiendo la línea de la gracia en todos los campos: en la Jerarquía y en los fieles.

Ya Cristo no reparte su Gracia a través de Pedro, porque han blasfemado contra el Papado, en el Papa Benedicto XVI. Ellos, la masonería, la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, han anulado el dogma del Papado en su raíz. Y, por eso, no puede haber más Papas, por vía ordinaria. Habrá Papas, pero por vía extraordinaria.

Poco a poco, se ha ido viendo en la Iglesia el cúmulo de errores en todos sus miembros, porque ya la Iglesia ha dejado de ser infalible. Ahora vive en el error, en la mentira y en el pecado. Ahora vive en el esfuerzo de los hombres. Es el pelagianismo y el protestantismo.

Se da un pelagianismo social: todo es luchar, esforzarse para conseguir que los hombres vivan bien en sus vidas humanas, para que nadie sea pobre, esté sin trabajo, sin escuela, sin salud, etc. Y se da un protestantismo social: todos los hombres son justos y santos; son buenos, aunque sean muy pecadores.

Ante este desastre que vemos en el Vaticano, con la formación de una nueva estructura de iglesia, sin la gracia, una sociedad horizontal, que sólo vive mirando al hombre y poniendo etiquetas a todo lo divino, es necesario que el miembro de la Iglesia Católica renuncie.

Muchos esperan a un Sínodo, que es convocado por un falso Papa, que es horizontal, que no tiene la línea de la gracia, que es falible por los cuatro costados, para decidir su destino en la Iglesia. Muchos esperan esperanzados, con la ilusión de que allí no va a pasar nada, de que no van cambiar el dogma. Muchos viven así: en su humanismo, en su horizontalidad, en su inmanencia.

Hay mucha gente en la Iglesia que ya le trae sin cuidado la Gracia: ni sabe lo que es ni para qué sirve. Y sólo esperan en las decisiones de los hombres. Sólo confían en esos hombres que se ponen un manto de humildad y de pobreza y que les cuenta una serie de fábulas para adormecer sus inteligencias humanas. Con la palabra barata y blasfema es cómo Francisco ha conquistado a las almas, que se han vuelto masa en la Iglesia. Ya no son almas de gracia, sino de hombres, de ideas humanas, de estructuras externas, de leyes concebidas sólo en la herejía del pensamiento del hombre.

Quien siga a Francisco no puede seguir a Cristo y, por tanto, ya no pertenece al Rebaño de Cristo, sino a la nueva iglesia, que se levanta en Roma. Esa nueva iglesia le ponen la etiqueta de católica, pero ya no tiene la fe católica porque comienza a ser como una de tantas en el mundo: una religión para los hombres, para defender sus derechos sociales y para contar batallitas sobre el mundo, la creación y la salvación.

Es necesario no hacerse ilusiones ya con el Vaticano. El Sínodo es sólo una abominación más en la Iglesia. De ahí saldrá mucho mal para todos. Y nadie en la Jerarquía va a abrir la boca y se va a oponer a lo que salga en ese Sínodo. Nadie. Todos aceptarán, en sus mentes, una abominación. Y eso será un mal para ellos, para su vocación sacerdotal y un mal para todo el Rebaño en la Iglesia.

Para no tragarse esa abominación, cada católico tiene que renunciar a lo que hay en el Vaticano. Es como renunciar a Satanás. Es lo mismo. El gobierno horizontal es la obra de Satanás dentro de los muros del Vaticano. Hay que renunciar a esa obra. Y eso lo que muchos no van a hacer, porque no tienen vida de la gracia. Viven sólo su humanismo, contentos en todo lo humano, sin hacer caso a la Voluntad de Dios, que sólo se puede entender viviendo en gracia y para la gracia.

El lobby gay de Francisco en el Vaticano

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

Se alaba la obra del pecado de un homosexual

«Bien, se escribe mucho del lobby gay. Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay. Creo que cuando uno se encuentra con una persona así, debe distinguir el hecho de ser una persona gay, del hecho de hacer un lobby, porque ningún lobby es bueno. Son malos. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El Catecismo de la Iglesia Católica explica esto de una manera muy hermosa; dice… Un momento, cómo se dice… y dice: “No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad”. El problema no es tener esta tendencia; no, debemos ser hermanos, porque éste es uno, pero si hay otro, otro. El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby. Éste es el problema más grave para mí» (Francisco).

La mentira siempre está en la boca de un hombre que ha perdido los papeles ante Dios, que no sabe lo que significa la palabra Dios y, mucho menos, sabe hablar de Dios.

El Catecismo no dice: «No se debe marginar a estas personas, por eso, deben ser integradas en la sociedad». Esto sólo es palabra de Francisco, no de un Vicario de Cristo, que debe enseñar y guardar íntegramente el Magisterio de la Iglesia

El catecismo dice: «Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta» (CIC – n 2358), porque todo hombre, sea pecador, sea santo, sea un demonio, tiene derecho a vivir su vida humana según su libre voluntad. Discriminarlos porque sienten unas tendencias homosexuales sería injusto, porque la Iglesia está para enseñar a estas personas la forma de atacar esas tendencias. Si se las discrimina, entonces la persona no aprende a vencer eso que tiene, que siente.

Por eso, el Catecismo añade: «Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana» (CIC – n 2359).

El Magisterio de la Iglesia es muy claro y revelador. Francisco miente en todas sus palabras cuando habla de la homosexualidad.

a. Primero, es necesario juzgar a la persona gay:

La Sagrada Escritura presenta la homosexualidad como abominación: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 23). Y añade: «Cualquiera que cometa estas abominaciones será borrado de en medio de su pueblo» (v.29).

Dios ha sido muy claro con el hombre homosexual desde el principio. El homosexual es libre de vivir en ese pecado; pero Dios castiga su libertad en su pecado, con la muerte. Dios dice que no pueden seguir viviendo en sociedad. Y, por eso, existía la pena de muerte sobre el homosexual: «Si uno se acuesta con otro hombre como se hace con mujer, ambos hacen cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lv 20, 13).

Estas leyes, Dios la dio directamente a Moisés. Es Palabra de Dios. Y esa Palabra es siempre verdadera, actual, vale para todos los tiempos, para todas las épocas. La ley de Dios no es sólo Misericordia, sino también Justicia. Claramente, Dios castiga al homosexual.

La maldad de todos los hombres ha sido poner sus leyes, sus reglas, para que el homosexual, no sólo pueda tener sus derechos como otros hombres, sino que imponga a los demás el respeto a ellos.

El movimiento homosexual quiere obligar a la gente a aceptar su ideología, que los demás asientan, en su mente humana, que la homosexualidad no es una abominación, que es algo que Dios quiere. Con la excusa de una protección legal para sus vidas humanas, con la excusa de que tienen que comer y vestir y trabajar como todos los demás, ahora usan el sistema legal para asegurarse de que los que no están de acuerdo con su vida homosexual, entonces pierdan sus trabajos, sus derechos, sus ingresos, su libertad.

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Pareja de homosexuales, que obran su pecado en medio de la Iglesia

Este es el gran mal. Y Francisco apoya este gran mal con sus palabras: «¿quién soy yo para juzgarla?». Tiene el derecho y el deber, por ser sacerdote, de hacer un juicio sobre cada persona homosexual. Y si no lo haces, te conviertes –Francisco- en otro de ellos: «conociendo la sentencia de Dios, que quienes tales cosas hacen son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rom 1, 32).

¿No juzgas, Francisco, a los homosexuales? Entonces, eres homosexual y aplaudes la vida que ellos llevan. Y una imagen vale más que mil palabras, mil razonamientos. Cada uno vive en la Iglesia según su idea. Quien vive de fe, obra las obras de Cristo, imita a Cristo. Y Cristo nunca enseñó a coger de la mano a otro homosexual, sino a tener pureza de cuerpo con todos. Quien vive en contra de le fe, entonces obra su pecado siempre. Y lo ensalza en medio de todos, para que todos los vean.

b. Segundo, es necesario enseñar al homosexual cómo salir de esa vida:

«Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados» (CDF, decl. Persona humana 8). Es decir, son actos en contra de la naturaleza humana, actos contra la ley natural, que enseña que el hombre es para una mujer, y la mujer para el hombre. Y, por tanto, por ley natural, el amor sexual es siempre entre hombre y mujer. Ése es el amor natural en el sexo. El amor contra natura, en el sexo, es hombre con hombre o mujer con mujer. Este amor no es natural, sino contrario al orden que Dios ha puesto en la naturaleza.

Por tanto, no existe el hombre homosexual por naturaleza. El hombre no nace homosexual, sino que nace inclinado al homosexualismo. Y nace de esta forma por el pecado original. Si negamos la existencia de este pecado, entonces negamos la inclinación que tienen algunos hombres, cuando nacen, hacia este pecado contra natura, que es la homosexualidad. Inclinación, que es pecaminosa, pero que hay que saber juzgarla en el Espíritu: «En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (CDF, decl. Persona humana 8).

Hay que poner a la persona homosexual un camino espiritual para que pueda resolver su problema, que es de índole espiritual, no es social.

Se dice que esta tendencia proviene de una educación falsa, de que la persona no ha evolucionada con normalidad en su vida sexual, de un hábito contraído, que ya no pueden quitar, de malos ejemplos que han visto en otros, o porque tienen una especia de instinto innato, que los lleva, de forma natural, hacia lo homosexual, o porque tienen una patología, un estado mental desviado, que es incurable, y que les hace obrar y ser homosexuales.

Y no existe una razón psicológica, filosófica, teológica, metafísica, para excusar este pecado y para justificarlo en la sociedad. Y mucho menos en la Iglesia. No se pueden justificar las relaciones homosexuales, ni elevarlas al rango de un matrimonio, ni de hacer leyes civiles para ellos.

El ser homosexual no le da derecho a esa persona de que tenga una ley para poder vivir su vida homosexual. Esta es la trampa en la que muchos han caído. Han querido legalizar el homosexualismo. Y defienden los derechos de esas personas con una ley en la mano. Y esto es la abominación de la sociedad.

Un país que permita ajustar en sus códigos civiles leyes que aprueban la vida del homosexual tiene sobre su cabeza la espada de la Justicia.

Hay que distinguir dos cosas: el hombre y su pecado homosexual. El hombre tiene sus derechos como todo hombre. Y debe vivir su vida con esos derechos, atendiendo a la ley divina y a la ley natural, y a los demás derechos positivos y civiles. Pero, cuando se quiere reglar la vida sexual de la persona homosexual, entonces el hombre se pone por encima de la ley de Dios. Se hace dios y comienza a inventarse una vida que no le pertenece.

La Iglesia enseña claramente: «Indudablemente esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. También su culpabilidad debe ser juzgada con prudencia. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable» (CDF, decl. Persona humana 8).

Las relaciones homosexuales son siempre pecado, una ofensa contra Dios. Esta es la regla esencial que nadie puede anular con una ley humana. Esto es indispensable conocerlo y defenderlo siempre, si no se quiere errar en este tema tan claro para el que tiene fe en la Palabra de Dios, pero oscuro para el que no vive de fe.

c. Tercero, es necesario atacar la idea de Francisco porque viene del demonio:

Un hombre que no discierne lo que es un homosexual, como es Francisco, entonces sus obras son siempre confusión y mentira en la Iglesia.

Se besa en la mano a un sacerdote porque sus manos están consagradas; son manos que traen al Verbo Encarnado; que lo tocan, que, a través de ellas, el sacerdote es transformado en otro Cristo. Y se besa la mano de aquel sacerdote que vive íntegramente su sacerdocio en Cristo. Pero no se pueden besar esas manos cuando el sacerdote vive públicamente su pecado en la Iglesia, porque hacer eso significa alabar su vida de pecado, aplaudirla en medio de toda la Iglesia.

Es lo que ha hecho Francisco con Don Michele de Paolis, un sacerdote que está en la Iglesia para vivir su pecado de abominación, y que dice cosas como ésta: «Algunas personas de la iglesia dicen: “Está bien ser gay, pero no deben tener relaciones sexuales, no pueden amarse”. Esta es la mayor hipocresía. Es como decir que una planta que crece, “no tiene que florecer, no hay que dar frutos!” ¡Eso sí que es ir contra la naturaleza!». Un hombre que no ha comprendido la Palabra de Dios, que no puede aceptarla en su corazón y que vive blasfemando contra el Espíritu Santo en la Iglesia. Con este sacerdote, no sólo no hay que besarle la mano, sino prohibirle que siga celebrando misa, porque exalta su pecado y lo justifica ante Dios y ante la Iglesia.

Francisco, al dar un beso a la mano de este hombre, hace un gesto abominable. Y enseña a toda la Iglesia que él es también homosexual, porque no rechaza, en su mente, la idea del homosexualismo.

Se puede ser homosexual porque, en la vida sexual hay una unión carnal con otro hombre. Pero, también se es homosexual porque la mente participa de la idea del demonio. La homosexualidad no es una idea que nace de la mente del hombre, ni de su vida social, ni de sus problemas en el sexo.

La homosexualidad es una idea demoníaca, porque el hombre o la mujer homosexual va hacia el sexo, no por el amor carnal o el deseo de lujuria, sino por una idea en su mente. Esa idea la pone el demonio. Y eso significa que el demonio posee, de alguna manera, la mente del hombre. Existe una idea obsesiva, que trabaja la mente de la persona, y que no se puede quitar, y que lleva a esa persona al acto homosexual.

Por eso, es necesario hacer exorcismos a las personas homosexuales o lesbianas. Porque el demonio no sólo posee el campo sexual de la persona, sino su mente.

Hoy, como todo se quiere explicar con la psiquiatría, entonces el hombre no cree en el demonio, en la acción del demonio en la mente del hombre. Por eso, hay tantos sacerdotes, que, aunque sean exorcistas, no creen. Dan fe a la psiquiatría y no son capaces de comprender que en la mente del hombre hay un demonio, por su falta de fe en la Palabra de Dios.

Hay demonios para todo: para el estómago, columna vertebral, esternón, intestino, piernas, manos, mandíbulas, etc. Y, también, para la cabeza, la mente, la memoria; que no se manifiestan al exterior del cuerpo, pero que la persona los siente en su alma.

Aquel que empiece a poner su idea de lo que es la vida homosexual sin fijarse en la Palabra de Dios, queriendo explicar esa vida, de otra manera, con conceptos humanos, comienza a fornicar con la mente del demonio, y la idea del demonio se arraiga en él. Y comienza a defender a los homosexuales. Y eso es ser homosexual.

No se puede defender un pecado, porque si se hace la persona comete ese mismo pecado, aunque no sea en la obra. Lo comete en su pensamiento o en su deseo. Ya pecó y, por tanto, es esclavo del pensamiento del demonio, y éste lo lleva a la obra de ese pecado.

Por eso, Francisco es homosexual y obra como piensa, con su idea homosexual. Y, por eso, hay que atacar a Francisco. No se le puede dar obediencia ni respeto en la Iglesia. Es un hombre que no enseña la Verdad como está en la Palabra de Dios; sino que enseña sus interpretaciones de la Palabra, su deformación de la Verdad, su maldad en la Iglesia.

Por eso, Francisco, no sólo va a aprobar que los divorciados puedan comulgar, sino también el matrimonio homosexual en la Iglesia.

Él ve algo natural la unión entre hombre y hombre: «No se debe marginar a estas personas por eso, deben ser integradas en la sociedad». Pero si ya están integradas, ya tienen los derechos que todos los demás. ¿De qué integración hablas? Hay que integrar su vida homosexual en la sociedad, en la Iglesia. Hay que integrar su pecado abominable. Hay que dar ese paso.

Por eso, un hombre que no juzga al homosexual está permitiendo el lobby gay en el Vaticano. Sus palabras son sólo propaganda: «Todavía no he encontrado quién me enseñe un carnet de identidad que diga “gay” en el Vaticano. Dicen que los hay». Francisco sabe que existe ese lobby y lo aprueba, pero tiene que callarse. Tiene que dar un rodeo: «El problema es hacer el lobby de esta tendencia: lobby de avaros, lobby de políticos, lobby de los masones, tantos lobby». Existe el lobby gay, pero eso no importa. Hay que centrarse en los demás lobbys. Si aprueba a sacerdotes homosexuales, como son Don Michele de Paolis y Don Luigi Ciotti, entre otros muchos, tiene que aprobar, tiene que aplaudir, lo que es un secreto a voces: que Cardenales se acuestan con hombres en el Vaticano.

En la Iglesia, ahora se camina solo, sin una guía espiritual, sin un Pastor que enseñe la Verdad. Y, por eso, no se puede seguir a ninguna Jerarquía. A nadie. Todo hay que cotejarlo, medirlo, juzgarlo, porque la Jerarquía miente clara y descaradamente. Sólo se puede obedecer a aquellos sacerdotes y Obispos que hablen clarito, que llamen a cada cosa por su nombre. A los demás, hay que alejarse de ellos como si se viera al mismo demonio.

Como de este Cardenal, Lorenzo Baldisseri, cabeza del Sínodo de los Obispos, que tiene su mitra para ir en contra de la doctrina de Cristo: «La Iglesia no es eterna, vive entre las vicisitudes de la historia y el Evangelio debe ser conocido y experimentado por la gente de hoy. Es en el presente lo que el mensaje debería ser, con todo el respeto por la integridad de quien ha recibido el mensaje. Ahora tenemos dos sínodos para tratar este complejo tema de la familia, y creo que esta dinámica en dos movimientos permitirán una respuesta más adecuada a las expectativas de la gente» (Lorenzo Baldisseri). Es darle a la gente lo que ella quiere. No es darle a las personas lo que quiere Dios. Es poner el mensaje del Evangelio al capricho de la vida actual de la gente. Porque ya la Iglesia no es eterna. Tampoco Cristo y su doctrina. Todo cambia con el hombre, con los tiempos, con la evolución del pensamiento humano. Se niega la Voluntad de Dios y, por tanto, su Ley Divina. Se pone la ley de los hombres y a eso lo llaman ley divina. Mayor abominación no cabe.

Para que la idea homosexual se imponga en la Iglesia, es necesario obrarla sin más. Hacer que en cada sitio se obre esa idea, aunque no haya sido aprobada en ningún Concilio o Sínodo. Para cambiar la idea doctrinal es necesario la idea pastoral; que se imponga esa idea. El cisma es la obra de la idea, no es una idea. Quien obra la idea del homosexualismo en la Iglesia está ya produciendo el cisma, lo está ya obrando. Los demás, al aceptar esa idea como buena en la práctica, se suman al cisma y, al final, cambian la idea doctrinal. Así siempre obra el mal: haciendo caminar por el pecado. Y una vez que el pecado ha arraigado en el alma, entonces se exige la idea, se manda con obediencia esa idea, se pone la ley que promulga el pecado, que lo legaliza.

Hay que abrir los ojos ante el cisma en la Iglesia

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´La Iglesia no debe meterse en la decisión de una mujer de abortar; ni siquiera Dios, que por algo nos hizo libres´ (Sor Lucía, monja de clausura en un convento de Manresa – 23 de enero de 2014 – Ver entrevista original).

Esto es un ejemplo de cómo está la Iglesia en su interior: corrupta. Y muchas personas no acaban de creer en esta apostasía de la fe que vive toda la Iglesia.

No sólo esta monja sino sacerdotes, teólogos, Obispos que ya han abandonado la fe, la verdad, para vivir una fábula dentro de la misma Iglesia. Y defienden sus herejías como una verdad, como un bien, como un valor en medio de toda la Iglesia.

Personas consagradas que han hecho del mundo su adoración perpetua. Se dedican a la lucha de clases, a ir en contra de los ricos porque son la raíz de que existan los pobres.

Están en las redes sociales porque ya hay que ser social, ya no hay que ser persona individual. Lo que priva es la sociedad, el culto a la persona social, el culto a la comunicación social, el culto a las palabras de los hombres, a su lenguaje, a sus pensamientos. Se trata de ver qué piensa el hombre y que obra el hombre.

Han puesto la fe en solucionar problemas humanos. ¡Y en nada más! Y se apoyan en el mismo Evangelio, pero, por supuesto, lo tuercen a su manera humana, según su intelecto humano, según su punto de vista, según su filosofía, su teología, que es totalmente protestante.

Gente que defiende su mentira en medio de la Iglesia: “El Evangelio no vende ninguna ideología ni controla las conciencias, ni da recetas morales. Es una buena noticia que nos tiene que ayudar a ser personas mejores y trabajar por la justicia. Cristo no vino a inaugurar ninguna religión sino a instaurar un nuevo orden”. Así habla esta monja, diciendo tan claras herejías que son aplaudidas por muchos en la Iglesia.

Una monja que cada día recibe la comunión y que vive en su pecado, que no quiere quitar. El Evangelio no da normas morales, sino que nos ayuda a ser mejores y a obrar la justicia. Menuda herejía que dice este lobo vestido de monja. Y, como ella, muchos sacerdotes y Obispos.

El Evangelio es sólo eso: una ayuda para resolver los problemas humanos de la gente. Y, entonces, Cristo no edifica una Iglesia en Pedro, sino un nuevo orden. Y se queda tan pancha después de soltar este cisma.

Religiosos que obran el cisma dentro de la Iglesia. ¿Todavía les cuesta creer que Francisco es cismático, que no pertenece a la Iglesia Católica?

“Francisco ha traído un poco de normalidad. Si antes me descalificaban, ahora el Papa me ha redimido, ya que apoya todo el tema de la redes sociales”: ¿quién es el culpable de todo lo que pasa en la Iglesia? Francisco. Y sólo Francisco. Él es la cabeza de la herejía, del cisma, de la apostasía de la fe. Francisco ha redimido a esta monja. ¡Viva Francisco! ¡El nuevo Salvador! Cristo no salva. Cristo no ha hecho una Iglesia. Es Francisco que ha inaugurado el nuevo orden mundial.

Es tremendo lo que pasa dentro de la Iglesia. Y nadie se lo cree. No acaban de creer que Francisco, cada día, hace su camino de cisma en la Iglesia. Y lo hace con sus bonitas palabras, con una sonrisa en sus labios, diciendo que nos amamos todos, que Dios ya todo lo perdona, que hay que trabajar por quitar la hambruna del mundo. Y todos con ese hereje.

Personas consagradas que se han olvidado de la Justicia Divina y, por tanto, sólo hay que bendecir: “¿Qué opina entonces del matrimonio entre dos personas del mismo sexo? Yo siempre me pregunto qué haría Jesús, y Él siempre bendecía. Nunca maldecía. El matrimonio y el amor siempre es bendecido”. Cristo no condena, porque es todo Misericordia. Y se acabó. Todos al cielo con nuestros pecados. Peca fuertemente que ya Cristo todo lo perdona, todo lo bendice. Cristo bendice el matrimonio homosexual. Esto se llama apostasía de la fe, porque esta monja no se va de la Iglesia para decir esto, sino que se queda como monja y predica su herejía sin que nadie diga nada, sin que nadie la condene, porque, claro: “Yo creo que el Papa ha sido clarísimo y está siendo clarísimo con todas sus actitudes. Afirma que no es nadie para juzgar y si no es nadie para juzgar, no puede considerarse una enfermedad. Todos tenemos errores, pero la orientación sexual no es un pecado ni una desorientación de la naturaleza. Tenemos que acoger”.

Francisco es el culpable de que nadie en la Iglesia se levante para combatir a sacerdotes, Obispos, y religiosos y religiosos herejes, cismáticos, que con sus vidas están llevando a toda la Iglesia hacia el infierno. El culpable: Francisco.

Por eso, lo que viene a la Iglesia es catastrófico. Se está viviendo el comunismo en toda la Iglesia. Esto que dice esta monja es el comunismo, el marxismo, las comunidades de base, que tienen que apoyar a la cabeza herética, comunista, marxista, que es Francisco.

¿Por qué siguen aplaudiendo a Francisco si está destruyendo toda la Iglesia?

¿Por qué lo siguen llamando Papa si es un cismático?

¿Cómo el Papa Benedicto XVI puede escribir a Hans Kung diciendo que apoya a Francisco?

Esta es la corrupción de lo mejor: gentuza que está en la cima de la Iglesia para crear su orden mundial, que es la antesala de la iglesia del Anticristo.

El pecado de Benedicto XVI, que es su renuncia, cerró el Papado. ¡Ya no hay más Papas por la vía ordinaria!

No hay línea de sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. No existe. Un pecado lo impide. Un pecado es el obstáculo para que un Papa gobierne la Iglesia.

Francisco sólo hace una comedia sentado en la Silla de Pedro. ¡Es su obra de comedia, de teatro en la Iglesia! ¡No es Papa! ¡No puede ser Papa por el mismo pecado de Benedicto XVI!

Francisco conduce a toda la Iglesia hacia el derrumbe más total. Y Benedicto XVI aplaude ese derrumbe. Eso prueba que Benedicto XVI no ha salido de su pecado. Sigue ciego en su pecado. Cree haber hecho una buena obra dejando el Papado y no se da cuenta que ha puesto a la Iglesia en manos de los lobos.

“Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos” (homilía en la Basílica de San Pedro el domingo 24 de abril de 2005).

Benedicto XVI huyó ante los lobos y dejó la Iglesia desguarnecida, sin protección, caída en la más triste vida de pecado. Él huyo y sigue huyendo.

Como Papa predicó la Verdad: la Iglesia está llena de lobos, de gentuza que está vestida de Cristo pero que hace obras contrarias a Cristo.

Gentuza que en sus bocas tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero que son sólo palabras humanas, lenguaje humano. Y sólo creen en sus ideas políticas, que son el comunismo y el protestantismo. Y es lo que obran dentro de la Iglesia.

La Iglesia está metida en un gran lío con Francisco. Y. muy pronto, a ese hereje lo echan de patadas de la Silla de Pedro. Y la razón: su orgullo. Por su orgullo, la Iglesia tienen ahora un dilema que no sabe resolver adecuadamente: o quitamos todos los dogmas o no se hace nada en la Iglesia. Este es el dilema.

Francisco es un charlatán que habla más de la cuenta, pero que no obra lo que habla. Está sentado en la Silla de Pedro para su publicidad, para su negocio en la Iglesia, para lo que él siempre ha hecho en la Iglesia: pecar. Y quería la Silla de Pedro para mostrar al mundo su pecado. ¡Ese es su orgullo! ¡Él está feliz en su pecado! Pero la gente le pide que destruya la Iglesia. Y no sabe hacerlo, porque no se sentó para eso. Necesita gente inteligente, porque él es un necio, un palurdo en su pensamiento. Y para romper dogmas hay que ser inteligente, hay que ser un protestante con cabeza. Y eso no lo es Francisco. Francisco es un protestante sin cabeza, con un corazoncito, con un romanticismo herético, con una palabrería que gusta a la gentuza como él. Y nada más. Por eso, otro tiene que encargarse de destrozar la Iglesia.

No hay sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. Hay un abismo. Por eso, viene la sucesión de cabezas en Roma. Gente que toma el poder para quitar un dogma, para destrozar una verdad. Francisco ya quitó el Papado. Hay que quitar el resto. Pero no atina Francisco la forma de hacerlo. Y hay gente que ya se impacienta porque quiere el nuevo orden mundial.

¡Hay que abrir los ojos! El momento que pasa la Iglesia no es como antes. Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de la Gracia, de la Misericordia.

Con Juan Pablo II la Iglesia tuvo su momento de Misericordia. Con Benedicto XVI empezó la Justicia Divina. Y, cada día, más se incrementa dentro de la Iglesia la necesidad de un castigo ejemplar a toda la Iglesia.

Dios va a castigar a la Iglesia Católica porque un Papa renunció a lo que nunca tenía que renunciar y un cismático lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

No se puede uno cruzar de brazos y decir que en la Iglesia todo va viento en popa. Para el que tiene dos dedos de frente, la apostasía de la fe en muchos sacerdotes y Obispos es la señal de que muy pronto hay un giro clarísimo en Roma. Un giro en que, de forma definitiva, quitándose las caretas, se empieza a demoler la Iglesia. Es lo que todavía se está contendiendo, por el orgullo de Francisco.

La falsa ternura de Francisco

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“En Taizè hay monjes católicos, calvinistas, luteranos… todos viven realmente una vida de fraternidad” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.)

La unidad en la diversidad se vive en la fraternidad. Este es el ecumenismo para Francisco: vivir la fraternidad, el amor entre hermanos. Y estos hermanos son personas que viven, cada una, sus mentiras, sus credos religiosos, sus pensamientos humanos, sus ideales en la vida, pero que no viven a Cristo en sus vidas. Viven su visión de Cristo, su visión humana de la Verdad, pero no son capaces de aceptar la Verdad como es, a Cristo como es Revelado en el Evangelio.

Este es el problema de la falsa fraternidad, de los falsos hermanos, del falso amor fraterno.

El amor al prójimo nace sólo del amor a Dios. Y no tiene otro origen. Si no se ama a Dios en Espíritu y en Verdad, porque el amor a Dios es adoración a Dios, entonces, tampoco se ama al prójimo como lo pide Dios.

Muchos se equivocan en el amor al prójimo, porque no saben adorar a Dios, sólo saben decir que adoran a Dios, que lo aman, que creen en Él, que siguen su doctrina, pero, en la realidad de sus vidas, se aman a sí mismos y adoran muchas cosas que no son Dios.

Antes es el amor a Dios que el amor al prójimo. Francisco dice: no. “Si una persona no logra vivir la fraternidad, no puede vivir la vida religiosa”.

Este es el fallo de muchos en la Iglesia, porque conciben la Iglesia, no como la Obra del Espíritu, sino como la obra de los hombres. Por tanto, de aquí se deriva el falso ecumenismo, la utopía de unir a muchos hombres porque piensan de forma diversa, distinta.

La Iglesia es la Obra del Espíritu y, en consecuencia, la vida de la Iglesia, la vida espiritual, la vida religiosa, significa hacer la obra que el Espíritu quiere en la Iglesia. Si no se hace esa obra, ese apostolado, esa oración, esa penitencia, esa limosna, etc., ese amor fraterno no sirve para nada en la Iglesia. Porque no estamos en la Iglesia para amar a los hombres, sino para obrar lo divino en medio de los hombres.

Éste es el punto que, muchos en la Iglesia, no acaban de comprender. La Iglesia no es para hacer algo por los hombres, para mover a los hombres, para despertar la curiosidad de los hombres, para hacer que los hombres miren la Iglesia y la busquen porque presenta formas agradables para encontrar a Dios en sus vidas.

La Iglesia es para hacer la Obra Redentora de Cristo, que es una Obra del Espíritu en cada alma, en cada miembro, en cada Pastor, en cada oveja. Si no se hace esta Obra, ¿qué queda? Lo que vemos actualmente: un hereje que busca publicidad en la Iglesia, que busca poner su ideología en la Iglesia, que busca hacer proselitismo en la Iglesia, que va manejando la Iglesia según su pensamiento humano, que pertenece al demonio, pero que no es capaz de dar la Mente de Cristo en la Iglesia.

Esto es lo que debe de poner la piel de gallina a la Iglesia. Francisco engendra monstruos en la Iglesia con su doctrina marxista, comunista, de diálogo fraternal con todo el mundo.

Para Francisco “vivimos un cambio de época”, es decir, en lenguaje moderno, un cambio de era, una nueva era, un nuevo proyecto de vida en el mundo y en la Iglesia. Y, por tanto, Cristo ha quedado viejo, hay que renovarlo, hay que darle otra cara: lo moderno, el progreso del hombre, el avance de la técnica, los descubrimientos de la ciencia, la evolución del pensamiento del hombre hacia el despertar de sí mismo, buscando ese dios interior que tiene dormido en sí.

Este es el pensamiento de Francisco, que es muy semejante, a la nueva era, a lo que propone la nueva era. Y necesita gente que sea “llamada a cuidar el Pueblo de Dios”. Él no busca sacerdotes que guíen en la Verdad, que guarden la Verdad, que enseñen la Verdad, que muestren el camino de la santidad en la Iglesia, sino busca gente hecha para el Pueblo: “no tenemos que formar administradores sino padres, hermanos, compañeros de camino”.

El problema de Francisco es su lenguaje humano, porque él entiende ser padre o ser hermano o ser compañero de camino en la mentira, dando la mentira, no poniéndose en la Verdad, que es Cristo: “la unidad es superior al conflicto”. Por tanto, hay que buscar padres o hermanos o compañeros que asuman el conflicto, que asuman los pecados, los errores, porque “una vida sin conflictos no es vida”. Y, una vez que se asumen los conflictos, que son las diferencias que cada uno tiene, entonces se busca una unidad. Hay que “aceptar, soportar el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de enlace”. Este es el error en su doctrina de la unidad.

Porque el pecado no se puede aceptar. O se ama el pecado o se odia el pecado. Quien acepta el pecado lo asume, negocia con él, hace del pecado un camino en su vida.

Los hijos de Dios no pueden pecar, luego no pueden aceptar el pecado. No pueden, porque tienen la Gracia que les impide amar el pecado, que les impide servir al pecado, que les impide guardar el pecado.

Ante un hombre que peca y, que, por lo tanto, trae conflictos, es necesario ponerle un camino para quite su pecado. Y hasta que no lo quiera quitar, no puede estar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, no puede formar Iglesia. La Iglesia no puede renunciar a la Verdad para aceptar a un hombre que no quiere quitar su pecado. O se está con la Verdad o se está con la mentira. Pero, en la Iglesia, no podemos servir a dos señores, a dos bandos, a dos banderas.

Francisco acepta el conflicto, el pecado, y, por tanto, quiere resolverlo a su modo humano, en su camino humano. Ya no da el camino que Cristo ha puesto para resolver el pecado en la Iglesia. Ya se inventa su camino. Pero, lo más trágico, es que quiere transformar ese pecado, que no puede resolverlo por caminos humanos, en un eslabón. ¡Esto es lo trágico! Quiere hacer del pecado un elemento necesario para algo nuevo en la vida de la Iglesia, “un nuevo proceso” que, por supuesto, es lo más contrario a la vida cristiana, al proceso de una vida en Cristo y para Cristo.

Por eso, es inaceptable su unidad en la diversidad. Inaceptable poner la fraternidad como el objetivo para unir a muchos dentro de la Iglesia. Para Francisco, el hombre maduro es aquel que acepta el pecado y lo resuelve por caminos de amor fraterno, amor humano, de amor sentimental, de amor que pone todo el esfuerzo en agradar a los hombres. Y sólo así se quitan los conflictos. Pero sólo así se obran muchos más conflictos dentro de la Iglesia.

Para Francisco, la vida religiosa debe estar llena de ternuras, de miradas tiernas, de miradas que acogen al otro, de besos hacia el otro, de abrazos hacia el otro, porque “la ternura ayuda a superar los conflictos”. ¿Quieren quitar sus pecados? No hagan penitencia por ellos. Sea tiernos consigo mismos. Ámense a sí mismos, dense consuelos, díganse que son buenas personas, crezcan en su afectividad emocional, suban su autoestima, confíen en sí mismos, en sus pecados, en sus errores. ¿Quieren que otros se alejen del pecado? Hagan lo mismo. Que no confiesen sus pecados, que no luchen en contra de sus pecados. Hay que hablarles tiernamente, de que Dios lo ama, de que Dios lo perdona todo, de que Dios lo acepta todo y, entonces, se quita el pecado.

Francisco concibe la Misericordia diciendo que Dios todo acepta, todo soporta, todo espera y todo perdona. Y esto no es la Misericordia. La Misericordia de Dios es la benévola paciencia que Dios tiene por todos los hombres. Paciencia infinita para no dar una Justicia de condenación a los hombres, sino para dar una Justicia de salvación a los hombres.

Dios castiga de dos formas al hombre pecador: o con un castigo que lo lleva al infierno: castigo de condenación; o con un castigo que corrige al hombre pecador para que se convierta: castigo de salvación. La Sagrada Biblia está llena de estos dos castigos divinos. Francisco nunca mienta la Justicia Divina, porque no existe, ya que Dios lo perdona todo, lo acepta todo. Francisco también niega la Misericordia de Dios con su ternurismo en la Iglesia, con su evangelio de la fraternidad.

San Pedro infligió un castigo de condenación a Ananías y a Safira (Hch 5, 1ss). San Pedro se dejó de ternuras, de amor fraterno, de cariñitos y les dio a los dos la Voluntad de Dios. Esto es lo que tiene que hacer todo Papa en la Iglesia, aunque haga actos que no gusten a nadie, porque va en contra de ese sentimentaloide fraterno que no sirve para nada en la Iglesia.

La espiritualidad de San Pedro es recia, viril, hermosa porque da la Verdad en la Iglesia.

La espiritualidad que ofrece Francisco es marica, afeminada, sentimentaloide y, cien por cien, comunista.

La verdadera Misericordia con el prójimo no está en emplear formas humanas, lenguajes humanos, para que ese prójimo vea la Verdad. Sino que está en ponerle un camino para salga de su pecado, para que luche contra su pecado, para que vea el pecado como pecado. Y esto es lo que no ofrece Francisco nunca en la Iglesia.

Francisco sólo se ampara en su afecto humano: “a veces somos muy crueles”. De esta manera, nunca va a poder hacer en la Iglesia lo que hizo san Pedro. ¡Nunca! Porque mira el bien del hombre, el sentimiento hacia el hombre, el no hacer daño al hombre, el darle un gusto al hombre, en agradar al hombre. Por eso, ha recibido un premio de los homosexuales. Es por esto: su sentimentalismo que lo ciega y no puede ver la Verdad de lo que es un homosexual y, por tanto, no puede combatirla ni en la Iglesia ni en el mundo.

Como ven no se puede seguir a Francisco en nada en la Iglesia. Eso es claro para aquel que quiera permanecer en la Iglesia de Cristo, como Él la fundó, y que no admite ningún cambio en Ella. La Iglesia no es una moda, no es un cambio en la vida. La Iglesia es la Verdad, algo que siempre es lo mismo, algo que nunca cambia, aunque los hombres cambien. La Iglesia permanece siempre siendo la Iglesia. Son los hombres a los que les gusta el cambio y hacer que todo cambie en la Iglesia.

Francisco es un modernista y, por eso, hay que atacarlo como conviene a todo modernista. Hay que indicarle el camino de la Justicia Divina para que entienda su pecado dentro de la Iglesia. No hay que tratarlo con formas de misericordia, con discursos diplomáticos, que no dicen nada y que sólo hacen el juego a la doctrina de Francisco.

Francisco no se merece nada en la Iglesia. Ni siquiera el reconocimiento por estar sentado en la Silla de Pedro. No hay que reconocer a Francisco como Papa. Hay que hundirlo porque es un hombre pecador que no quiere quitar su pecado de en medio de la Iglesia.

El culto al hombre en la Iglesia

Las almas en la Iglesia no saben discernir los signos de los Tiempos, porque viven inmersas en sus pensamientos humanos. Y desde lo humano no se puede vivir lo espiritual.

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El gran error del hombre actual es verlo todo con su humanismo. Y así quiere ver a un Jesús totalmente humano. Y no pueden verlo como divino. Lo divino, lo espiritual no cuenta para muchos en la Iglesia. Sólo cuenta lo humano.

Y así Jesús en sus tres años de ministerio obró con misericordia y amor. Y ahí se paran. No saben que también Jesús obró con Justicia en esos tres años. Pero eso no cuenta, porque sólo se quiere la faz del amor en Jesús, no se quiere su ira, su cólera ante el pecador y el pecado.

Y, por supuesto, que la misión de Jesús era salvar y, por eso, daba su perdón. Pero no se dice que a las almas que no querían el perdón, Jesús no podía salvarlas. Eso no hay que decirlo. No se enseñan las disputas de Jesús contra los fariseos porque se mantenían en sus pecados, y Jesús no podía salvarlos de sus pecados porque no querían el perdón.

Se quiere sólo pintar a Jesús como el que tiene la misericordia y como el que da el perdón. Y eso es la mentira de muchos que comulgan y se confiesan y quieren hacer de la Iglesia la obra de su pensamiento humano.

Para muchos Jesús es el que sentía compasión de los hombres. Y nada más. Pero Jesús no es, para esos muchos, el que se alzaba en ira contra el pecado.

Jesús cogió un látigo para fustigar el pecado en el Templo. Pero eso no cuenta, porque eso no indica la Misericordia y el Amor de Jesús. Eso no gusta. Eso desdice de un Jesús tan humano, tan natural, tan cercano a los hombres.

Lo que le gusta a la gente es una espiritualidad donde se le hable sólo del amor de Jesús, que Jesús es muy bueno, que Jesús todo lo perdona, que Jesús nos lleva al cielo a todos.

Esta es la predicación de muchos en la Iglesia. Y, por supuesto, de Francisco.

Francisco es la cabeza de estos fieles, de estos sacerdotes, de estos Obispos para los cuales el Evangelio de Jesús es sólo amor y perdón.

Y se ciegan en eso. Y no pueden ver más porque se definen justos y santos ante los demás.

Hay dos herejías que van juntas y que son la base de la nueva iglesia de Roma:

a. el arrianismo, por el cual Jesús es hombre, no Dios;

b. el pelagianismo, por el cual no hace falta la gracia para servir a Dios en la Iglesia.

La primera es la típica de la Jerarquía Eclesiástica que para hablar de Jesús usa el término “Logos de Dios”, pero no lo usan como debe ser, es decir señalando la segunda Persona de la Santísima Trinidad, sino en el significado de una idea divina, de un pensamiento divino. Y así Jesús puede ser muchas cosas, menos Dios.

Y la segunda es la típica del Cuerpo Místico de Cristo, de los fieles de la Iglesia, que no entienden de teologías, pero practican sus herejías en concreto cada día en la Iglesia.

En la nueva iglesia de Francisco el amor al hombre es lo primero. Y es lo segundo y lo tercero y lo último. No puede existir el amor a Dios.

Eso es el pelagianismo. Y no otra cosa. Y así se afirman estas declaraciones en la Iglesia, declaraciones imbéciles: “yo creo en el hombre, en la juventud, en la mujer, en el obrero, en el pueblo…”.

Hoy la Iglesia cree en el hombre, pero ya no cree en Jesús. Ya sólo cree en Jesús como hombre, como el que ama, como el que perdona, como el que tiene compasión. Y a ese Jesús tan humano deben configurarse los hombres en la Iglesia para que todos nos amemos y confiemos unos en otros, nos fiemos porque ya tenemos esa amor compasivo que Jesús nos dio.

Y, entonces, como Jesús dio de comer, como Jesús estuvo entre los pecadores y los tocaba y comía con ellos, entonces en la Iglesia todos tenemos que hacer eso, porque Jesús lo hacía en su humanidad.

Este es el gran error que muchos siguen en la Iglesia. Y que no pueden quitarlo, porque no saben luchar contra su humanismo, su pensamiento y su voluntad humanas.

Han aprendido a ensalzar al hombre en la Iglesia. Nadie les ha enseñado a pisotear al hombre en la Iglesia, a despreciar lo humano en la Iglesia, a crucificar su voluntad humana en la Iglesia.

Este es el culto práctico que el Concilio Vaticano II enseñó a la Iglesia: el culto al hombre. Y, por eso, 50 años bebiendo este culto en la Iglesia. Todos se han hecho hombres y hombres viejos, sin Espíritu ninguno, porque no sabe seguir al Espíritu de la Iglesia. Sólo saben seguir lo que tienen en sus pensamientos, en sus maravillosos pensamientos, en sus ideales de vida, en sus planes de vida, en sus filosofías de la vida. Solamente. Y no entienden lo que es el Espíritu y lo que enseña el Espíritu en la Iglesia.

Muchos creen que la clave de la renovación del mundo y de la Iglesia está en la juventud (el mundo se salva en la fuerza de los jóvenes), en la mujer (el mundo se salva cuando se hace más femenino), los obreros (el mundo se salva cuando el trabajador tiene dinero y bienestar en su vida).

Esto es lo que enseña Francisco. Por eso, él pone como el objetivo principal en su nueva iglesia: dar trabajo a los jóvenes, cuidar a los ancianos, dedicarse a resolver los muchos problemas sociales, económicos, culturales, humanos, naturales, carnales que hay en la Iglesia.

Y esto es lo que nunca tiene que hacer un sacerdote en la Iglesia, porque nunca lo hizo Jesús en su vida terrena.

Jesús no resolvió los problemas económicos de nadie. Jesús sólo daba el Espíritu, hacía las obras del Espíritu. Y nada más. Y, cuando el Espíritu quería hacer un milagro, Jesús obraba ese milagro y todos comían. Pero cuando el Espíritu no quería hacer un milagro, entonces nadie comía y nadie era sanado o liberado de nada.

Porque el centro de la vida de Jesús es salvar el alma, no los cuerpos, no la vida humana, no la vida material de los hombres.

El centro es darle al hombre el camino para salvarse: que es despreciar todo lo humano. Y, sobre todo, despreciar la vida humana, los pensamientos humanos, las obras humanas, que los hombres de hoy no quieren y no aceptan despreciarlas.

Hoy lo humano se ha puesto por encima de lo divino. Por eso, se quiere un Jesús humano, que se predique de él sus preocupaciones por la vida humana. Pero no hay que predicar lo divino que Jesús da al hombre.

Se valora lo humano y, entonces, se desprecia lo divino. Las cosas de Dios se someten a los caprichos de los hombres, a los gustos de los hombres, a los pensamientos de los hombres.

Este es el pelagianismo en concreto en la Iglesia: la opción por el hombre, el optimismo en el hombre, la declaración de que el hombre es bueno. Por eso, hagamos la iglesia de los pobres hombres que son buenos porque Jesús los ama mucho.

Esto es lo que siguen muchos y Francisco va a la cabeza de ese naturalismo descarnado de todo lo espiritual y divino, de todo lo sagrado, que es lo pelagiano: el hombre tiene poder en sí mismo para hacer todas las cosas bien en su vida y en la Iglesia. No es necesaria la gracia, la vida divina, para obrar ningún bien en la Iglesia.

Y decía San Pablo: «no sé lo que hago… pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… es el pecado que mora en mí» (Rm 7,14-25). Ninguno tiene remedio sin la gracia de Cristo: «por gracia hemos sido salvados» (Ef 2,5).

Pero esto en la Iglesia actual no se vive en la práctica. Todos leen a San Pablo y después son pelagianos hasta morir en la Iglesia. No han captado lo que dice San Pablo de los hombres.

El pecado mora en cada hombre así se haya bautizado, así comulgue, así se confiese porque los hombres estamos divididos por el pecado original.

¡Claro! Hoy ya no existe el pecado original. Luego, ya el hombre no está dividido en su interior. Ya el hombre es fuerte en su interior y busca en ese interior la oración fuerte que le hace obrar las cosas de Dios.

En esta herejía andan muchos católicos de comunión diaria y de confesión semanal.

El hombre por más que quiera hacer el bien, siempre le sale el mal. Siempre. Y esto es lo que no se acepta, porque no hay humildad de corazón. Y así hay tanta gente que hace su oración y son sólo demonios, porque no luchan contra su soberbia en la vida. Sólo luchan por ganar dinero, por obrar sus trabajos con dignidad, por buscar caminos para resolver sus muchos problemas… Y sólo van a Dios para esto: para que les ayude en el trajín de la vida. Pero no van a Dios para que les enseñe a ser santos, para aprender a despreciar lo humano para alcanzar lo divino.

Así está toda la Iglesia.

Claro, después no entienden que hay que enfrentarse a Francisco. No lo comprenden. Porque como Francisco da discursos de amor, de misericordia, de aliento a los hombres, entonces es un gran Papa. Como Francisco besa, abraza, da de comer, da dinero a los damnificados, entonces es un gran Papa, porque imita la humanidad de Jesús, imita a Jesús hombre.

En este error anda la Iglesia y no va a salir de este error tan grave para la misma Iglesia.

Muchos no han comprendido que la Iglesia es sólo un camino para salvarse y santificarse. Y no es un camino para dar de comer a nadie, ni para resolver los problemas económicos de nadie.

Jesús no puso Su Iglesia para esto. Y esto es lo que únicamente se quiere en la Iglesia. Sólo esto. Esta es la teología de los pobres: presentar lo humano de Jesús para que los hombres hagan lo mismo en sus vidas.

Este es el mayor error de todos porque, de esta manera, se desprecia la gracia que es necesaria para hacer el bien divino en la Iglesia. Y todos haciendo sus bienes humanos que no sirven para nada en la Iglesia. Para nada. Tenemos una Iglesia llena de obras humanas que impiden caminar hacia Dios. Son un obstáculo las obras de los hombres en la Iglesia, cuando se hacen sin la Gracia.

Lo que hace Francisco: tirarse fotos con la gente, acariciar niños, abrazar a los enfermos, dar dinero, es lo que no hay que hacer en la Iglesia. Eso es sólo perder el tiempo en la Iglesia. Eso es sólo darle el gusto a la gente. La gente sólo le interesa eso: si el Papa ha acariciado a un niño.

Y todos como bobos viendo al Papa acariciar al niño.

En esto absurdos estamos en la Iglesia. Porque si Francisco fuera santo y predicara la verdad del Evangelio, entonces no habría problema en demostrar un cariño humano.

Pero como Francisco está en las antípodas de la santidad y sus predicaciones sólo un cúmulo de herejías, entonces lo que hace en todo eso es su obra de teatro en la Iglesia, es su entretenimiento en la Iglesia, es buscar el aplauso de la gente, y que la gente lo llame bueno y santo porque abraza a los enfermos, porque ayuda a la gente con problemas.

Es el pelagianismo que vivimos cada día en la Iglesia como si fuera el alma de la Iglesia.

Ahí está la verdadera herejía en la Iglesia: en las obras de las almas que ya no quieren la gracia para hacer el bien en la Iglesia. Ya no la necesitan porque son buenos hombres, son personas maravillosas, simpáticas, entrañables, cariñosas, humanas, tan naturales, tan carnales, tan enraizadas en lo humano, que la vida es bella con esas personas y qué bueno que todo el mundo sea así en la Iglesia.

El culto al hombre es la esencia del pelagianismo y es lo que vivimos en cada esquina de la Iglesia.

El hombre necesita la gracia para hacer un bien en la Iglesia, porque si no se dedica a hacer su iglesia, llenas de sus obras divididas en lo humano, llenas de su sentimiento humano, alzadas en su humanidad como si fueran las mejores obras de todos.

Hoy nadie hace la Voluntad de Dios en la Iglesia porque todos viven el optimismo por el hombre, el optimismo por la voluntad del hombre, la opción para ser grandes hombres en la Iglesia.

Esta es la herejía actual en toda la Iglesia: el culto al hombre.

El falso amor humano en la Iglesia

fe

El amor de Dios supone un descubrimiento de Su Voluntad.

No se puede amar sin conocer la Voluntad de Dios. Por eso, hay tanto falso amor en la Iglesia, porque sólo nace del amor humano, de la concepción de la bondad humana.

Se ama porque se hace un bien humano. Y eso es ir en contra de la Voluntad de Dios.

Se ama porque se da la Voluntad de Dios. Y si no se da, si se da otra cosa, un gusto, un placer, un querer humano, un bien humano, un capricho, un deseo, entonces no se ama con el amor divino.

El amor divino nace del corazón. El amor humano nace de la mente del hombre, de sus pasiones, de sus inclinaciones, de sus muchos deseos de ser hombre y de ser tomado como hombre.

Muchos siguen su juicio humano en la Iglesia y quieren poner lo que ellos ven como verdad, como bien. Y, entonces, siempre se equivocan. Y no hacen Iglesia. No dan la Voluntad de Dios en sus obras. Dan sus caprichos humanos.

Porque si amar fuera tan sencillo como hacer un bien humano, entonces ¿para qué la Gracia, que es el camino para obrar el amor divino, para hacer una obra divina? Entonces, no tiene sentido los Sacramentos ni nada en la Iglesia, porque todo consiste en obrar algo bueno para los hombres, en contentar a los hombres, en darles una satisfacción humana, material, carnal.

Esto es lo que predican tantos sacerdotes: este amor para el hombre, este amor para dar un contento al hombre, este amor para no herir sensibilidades, este amor que va en contra del amor divino.

El hombre, en la Iglesia, se ha convertido en hombre viejo. Y no quiere salir de ahí. Ya no sabe ser hombre nuevo. Cree que todo consiste en buscar caminos nuevos en la Iglesia para seguir siendo hombres viejos, con una cara nueva, postiza, con palabras bonitas, hermosas, que agraden a todo el mundo, para que todos estemos contentos en la Iglesia.

Este pensamiento de idear el amor en la Iglesia basándose en el hombre es la caída de muchos sacerdotes y fieles de la Iglesia. Está en toda la Iglesia esta concepción del amor.

Y Jesús da su Palabra: “Si alguno quiere seguir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

Esta Palabra de Jesús ya no se acepta por la Iglesia en su conjunto. Es una Palabra que no se entiende por el hombre.

El hombre no comprende la negación de sí mismo: no pensar como piensa el hombre, no obrar como obra el hombre, no elegir como elige el hombre, no vivir como vive el hombre.

Este lenguaje de Jesús es rechazado por muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la vida práctica, en lo concreto de la vida de cada día. Y se piensa como hombre y se obra como hombre y se vive como hombre sin darse uno cuenta. Y eso es sólo por falta de oración auténtica y de penitencia.

La oración es para llenarse del amor divino. Y primero hay que vaciarse de otros amores. Y, por eso, no cualquier tipo de oración produce este efecto. Hoy no se sabe orar, porque sólo se dicen muchas palabras para pasar el tiempo, pero no se hace la oración del deseo de corazón.

El alma tiene que desear el amor del corazón. Tiene que elevarse de otros amores y ponerse en la Presencia de Dios. Y esa Presencia es alejarse de toda otra presencia: ya humana, ya diabólica, ya carnal, ya natural, ya material. Cuanto el hombre más se acerque a Dios, Dios más le pide olvidar lo demás de la vida. Porque el hombre tiene que aprender a vivir. Y sólo se aprende a vivir en la escucha de la Palabra de Dios.

Por el oído viene la Fe, la Vida de la Gracia, el Amor de lo Divino, la Verdad del corazón. Pero si no es escucha a Dios en el corazón, no se da el amor de Dios, sino que el hombre se queda en sus amores, en sus obras humanas, en sus bienes humanos, y ya no persigue la santidad de la vida, sino su propia felicidad humana, que es lo que se ve en toda la Iglesia.

Una Iglesia humana, preocupada por todo lo humano, que no sabe ser de lo divino, que no sabe buscar lo divino, que no sabe pisotear todo lo humano para ser hijo de Dios.

Por eso, tenemos una Jerarquía de hombres, revestidos de sotanas, pero que no saben enseñar el amor, porque han aprendido a amar en su mente, en sus deseos humanos, en sus pasiones humanas, en sus obras humanas. Y no ven más allá de sus narices.

Una Jerarquía ciega para el amor de Dios, pero que abre sus ojos al esplendor de todo lo humano, donde no está la Verdad.

Una Jerarquía que vive para el dinero y el poder. Y eso nadie lo puede negar, porque todos vivimos para eso.

Una Jerarquía que ha hecho de la Iglesia un invento de la cabeza humana, un apunte de su teología humana, una excelencia de su sordidez humana.

La Jerarquía está sorda a la Palabra de Dios. Ya no escucha la Voz de Dios. Sólo escuchan la voz de sus pensamientos humanos. Y a esa voz la llaman Voz Divina, Voluntad Divina, y así engañan al Pueblo con muchas cosas que sólo son de los hombres en la Iglesia, no de Dios.

La Jerarquía de la Iglesia sólo sabe hablar, como Francisco, y después obra lo contrario a lo que habla. Con la palabra se esfuerza por dar algo que no viven. Y lo dan de cualquier manera, con muchos errores, entreteniendo a los fieles. Y, por eso, son payasos en las predicaciones: hablan para entretener a los hombres, para que el hombre pase un rato divertido en la Iglesia y se olvide de las preocupaciones de la vida. Y, después, se dedican a hacer cosas que no pertenecen a su ministerio, y a vivir para las cosas del mundo, porque hay que hacer algo entre predicación y predicación, entre misa y misa.

Así está toda la Jerarquía, con la excepción de muy pocos.

Si el Pueblo de Dios no ama con el amor divino, tampoco los sacerdotes aman con este amor. El mal de la Iglesia son sólo sus sacerdotes. Y si ellos quieren perderse, entonces pierden a toda la Iglesia. Y, para no perderse, hay que buscar a los sacerdotes santos, que viven para Dios y quieren una Iglesia donde brille el Amor de Dios, y se oculte todo amor humano.

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