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Los tres pecados sociales de la humanidad

Ana-Catalina-Emmerick.

«Sólo hay una Iglesia, la Iglesia Católica Romana. Aunque no hubiera en la tierra sino un solo católico, ése sería la Iglesia única y universal, esto es, la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del Infierno (…) muchos sacerdotes no saben lo que son, muchos fieles desconocen su propio carácter e ignoran lo que es la Iglesia de que forman parte. Para que ninguna potestad humana pueda destruir la Iglesia, Dios ha elevado la consagración sacerdotal a carácter indeleble. Mientras quede en la tierra un solo sacerdote debidamente consagrado, vivirá Jesucristo, como Dios y como Hombre, en la Iglesia en el Santísimo Sacramento del Altar» (Ana Catalina Emmerick – Tomo 1 – Libro 3 – Visiones del poder sacerdotal – 9. Palabras sobre la Iglesia Católica).

Muchos, que se dicen católicos, no saben lo que son, porque no viven la Gracia, que los Sacramentos dan al alma.

La Gracia es la unión con Cristo. Y, cada alma, se une a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo, como un sarmiento se une a la Vid. La Gracia es lo que une a Cristo. Sin Gracia, la unión que una vez se tenía, se va pudriendo, hasta que el sarmiento se cae o lo cortan de la vid.

Sin la fidelidad a la Gracia, las almas viven en la decadencia espiritual, sin poder recibir la Vida de Cristo, sin poder imitarlo, sin tener entrada a su pensamiento divino.

Por eso, hay tantas almas que revolotean en las cosas humanas, materiales, naturales, cayendo en estados de tibieza espiritual y haciendo que su mente se vaya pervirtiendo con todas las cosas humanas.

La Gracia da al alma un conocimiento divino, que enseña al hombre a pensar rectamente, no sólo las cosas divinas, sino las humanas.

Cuando el hombre cae en errores, en dudas, en temores, es por su falta de fe, que le viene por no ser fiel a la Gracia. Y permanece en lo humano, viendo la vida desde el punto de vista del hombre, sin posibilidad de mirar para arriba, de elevar su alma hacia lo divino, de entender la vida como la ve Dios.

Muchos católicos no son católicos. Tienen la etiqueta de católicos, se llaman a sí mismos católicos, pero ya no están unidos a Cristo, porque han echado en un saco roto la Gracia.

Y, entonces, están en la Iglesia sólo para una cosa: destruirla.

El Anticristo sólo tiene un fin en toda su obra: destruir la humanidad entera para destruir al sacerdote. Sabe que cuando aniquile a todos los sacerdotes, ya no habrá Iglesia. Y como hay sacerdotes que a pesar de su pecado, viven en el mundo y siguen siendo sacerdotes, el fin es claro. Por eso, muchos no han comprendido la gravedad del momento. Es el tiempo del Anticristo: el tiempo del pecado social que destruye la Iglesia.

Los tres grandes pecados sociales de la humanidad:

a. La humanidad ha pecado en Adán y Eva;

b. La humanidad ha pecado matando al Hijo de Dios, Jesucristo.

c. La humanidad peca rechazando la Iglesia que Jesús le dejó.

El plan de Dios en el Paraíso fue desbaratado y cambiado su resultado. Adán lo desbarató con su pecado, lo cambió con su vida; e hizo del Paraíso el lugar para iniciar la obra del demonio entre la humanidad.

Todo hombre que nace recibe dos espíritus: uno bueno y otro malo. Y, por tanto, en todo hombre se da una lucha espiritual entre estos dos espíritus. El hombre permanece en medio de esta batalla, y es llevado a obrar lo bueno o lo malo, según escuche a uno u a otro espíritu.

Ningún hombre está sólo en su vida. Ningún hombre obra sólo en su vida. Si obra un bien es porque escuchó al buen espíritu; si obra un mal es porque dio oídos al mal espíritu.

Es el espíritu el que hace pensar y obrar a los hombres; el que los mueve; el que les indica el camino de sus vidas.

Por eso, un hombre sin fe, sin la gracia, es un hombre perdido en la obra del mal espíritu. Pero un hombre fiel a la Gracia que ha recibido, entonces sus obras son las del buen espíritu.

Y todo está en la vida espiritual en discernir los espíritus para nunca equivocarse, para no caminar siguiendo al mal espíritu.

Adán no discernió el espíritu que movía a Eva, y quedó atrapado en la obra del mal espíritu, iniciando la maldad en el mismo Paraíso.

El desconcertante desorden, la infelicidad de la vida de los hombres, las tinieblas de la ignorancia en las mentes humanas, el odio manifiesto en las obras humanas, el mal con toda la gama de sus manifestaciones, las guerras y las violencias constantes, la posibilidad de preferir la muerte eterna en la desesperación del Infierno, son el fruto de ese pecado de Adán. Pecados sociales que vienen de un solo pecado.

De una sola obra de pecado, le vienen al hombre multitud de otros pecados, que hacen de la vida social un auténtico infierno. De esta manera, el hombre ha respondido al Amor de Dios en el Paraíso: con el pecado. Una monstruosa ingratitud, consumada en Adán y en la primera mujer, que poseían toda la Gracia, pero que prefirieron pecar, amar su pecado, vivir de su pecado.

Por el pecado de uno solo, todos hemos pecado. Es el pecado social que pocos comprenden.

Porque todos hemos pecado en Adán, entonces construimos nuestras vidas, nuestras familias, nuestros países en el pecado. Son vidas de pecado, son familias de pecado, son países para pecar, donde reina el pecado.

Y este es el sentido del pecado social: cada alma comete su pecado personal y eso se irradia en todo lo demás: familia, matrimonio, trabajo, iglesia, parroquia, comunidad, sociedad, nación, mundo entero. El pecado individual se hace social al participarlo a los demás en la vida, al comunicarlo al otro, al hacer que el otro también lo viva, lo obre en su misma vida.

El solo pecado de Adán se convirtió en el pecado de su mujer, al comunicárselo a ella, al unirse a ella, al vivirlo con ella. Y se convirtió en un pecado de los dos, de su matrimonio, un pecado social; y de los dos, nacieron otros pecados sociales; y concibieron a sus hijos en el pecado; y los educaron en el pecado. Y la familia se convirtió en un sitio de pecado social. Y el pecado se fue extendiendo socialmente, en todas las cosas, en todos los hombres, por todo el mundo.

A la rebelión de la humanidad en Adán y Eva, Dios responde con dos cosas: Justicia y Misericordia.

Con la Justicia castiga el pecado en la humanidad entera. Desde su origen hasta el fin, el hombre comerá el pan con el sudor de su frente. La Justicia pesará sobre la humanidad hasta el fin de los tiempos.

Con la Misericordia, Dios ofrece la promesa de la Redención. Para eso, escoge un pueblo, el pueblo preferido, que Dios quiere santo, pero que no se vuelve nunca santo a pesar de la lluvia de gracias y de milagros. Un pueblo que responde siempre con la ingratitud a la predilección divina.

Un pueblo lleno de profetas, que enseñan la Palabra de Dios, las obras que Dios quería, la vida que tenían que vivir los hombres en su estado de pecado, sin la gracia, para preparar el camino al Señor, que venía a implantar el Reino de Dios en la tierra.

Un pueblo que andaba entre la justicia y la misericordia, y que sólo aprendía la verdad a base de dolor, de sufrimientos, de expiación de los pecados. Un pueblo duro de cerviz porque no poseía la Gracia, que quita esa dureza, esa soberbia de mente.

Un pueblo que, a pesar de tantas gracias, cuando el Salvador nace lo combate, lo asedia, le hace la vida imposible.

El pecado social de ese pueblo elegido es tan grande que termina por matar al Hijo de Dios. Ese deicidio es más grave que el pecado de Adán en el Paraíso. Dios ha amado a su pueblo hasta lo más increíble, hasta darle a su mismo Hijo. Y su pueblo lo ha puesto en una Cruz. Ha clavado al Amor en el Odio del madero.

Y Jesús responde a esa obra de odio, suspendido en la Cruz, con una Obra de Amor: entrega a la humanidad Su Iglesia.

Esta Obra es la que culmina el pecado de Adán y abre el pecado del pueblo elegido. Adán no fue el que mató a Jesús, sino fue el pueblo que Dios había elegido.

Y, por eso, el pueblo judío no puede salvarse. Es un pecado social que incide en todo el pueblo elegido. En este deicidio se dan las dos cosas en Dios: Justicia y Misericordia.

Por la Justicia, el pueblo elegido anda errante por toda la tierra, sin posibilidad de establecerse como pueblo. Al tenerlo todo de Dios, como pueblo de Su Elección, lo perdió todo, hasta lo mínimo material. No hay providencia divina sobre el pueblo judío.

Misericordia, porque una parte del pueblo judío fue fiel al Salvador. Luego, también una parte de ese pueblo judío errante se va a salvar en el tiempo que Dios fije para eso. Y ese pueblo errante judío que se convertirá anulará, como pueblo, el pecado del pueblo elegido contra Jesús.

El pecado en el Paraíso fue de un solo hombre; el pecado del deicidio fue de un pueblo, de muchos hombres, de un grupo social. Jesús anuló el pecado de Adán en la Cruz. Pero todavía no está anulado el pecado social del pueblo judío. Jesús puso a toda la humanidad en un nuevo camino. Ya no es el camino que nace fuera del Paraíso, sino que es el camino que nace dentro de la Iglesia Católica, en la que es posible expiar todo pecado de los hombres.

Jesús entrega Su Iglesia a toda la humanidad, pero ésta se vuelve a oponer a esa Obra de Amor. Y comienza a maquinarse la destrucción del Cuerpo de Cristo, así como se maquinó la muerte de Su Cabeza.

Comienza una guerra agotadora, que se combate sin tregua desde hace más de dos mil años. Y, en este tiempo, las heridas han sido muy dolorosas, porque el pecado social sigue. Han sido muchos los esfuerzos de los hombres, en todas las épocas, para destruir a Cristo y a Su Iglesia.

Y esta batalla, que sigue su curso, que no descansa, es en estos momentos, de una furia que sólo las almas inconscientes no advierten; sólo los tibios no pueden verla. Y que llevará a la Iglesia hacia la persecución, con gran cantidad de víctimas entre el clero y los fieles.

En este tiempo en que vivimos dentro de la Iglesia se dan dos cosas muy importantes:

a. decadencia en todo el clero;

b. abominación en el Vaticano.

Son dos pecados sociales diferentes, pero que se enlazan uno con otro.

En la decadencia, observamos cómo la Jerarquía de la Iglesia va abandonando la línea de la gracia y ya no son otros Cristo, sino otros hombres, que hacen una obra de teatro en las misas, cuando se ponen a confesar, en la administración de los diferentes sacramentos. No tienen vida de oración, no saben discernir espíritus, no saben luchar contra el demonio en las almas, no enseñan la verdad a su rebaño, no lo guían hacia la santidad de la vida, no lo gobiernan en la verdad de la ley de la gracia. Es la grave decadencia, la grave corrupción de lo que es la esencia de la Iglesia: la Jerarquía. Sin un sacerdote debidamente consagrado no hay Iglesia; y sin un sacerdote que no sea otro Cristo, la Iglesia le pertenece al Anticristo.

En la abominación, se ve con claridad el fin que toma todo en la Iglesia: un fin humano, material, natural, sentimental, inicuo, carnal, de apostasía clara de la fe. La abominación comenzó cuando se puso el gobierno horizontal en la Iglesia. Y ha ido creciendo, de tal manera, que en estos momentos, es una obra de gran envergadura, que todavía no sale a luz, pero que ya está instalada en el mismo Vaticano.

Es una abominación que exige de la Jerarquía obediencia a un falso Papa, sabiendo que es falso. Se impone en las estructuras del Vaticano, que son sólo un conjunto de obras burocráticas, sin ninguna salida, sin ningún camino hacia la verdad, el silencio y el sometimiento a todo cuanto venga de Roma. Y, por eso, Francisco es intocable. A pesar de su gran pecado, nadie lo puede tocar. Es la abominación, que conducirá al cisma, un grave cisma que romperá la Iglesia en mil pedazos.

Muchos se van a condenar dentro de la Iglesia, porque ya no saben luchar contra el Enemigo. Ya no saben ver la batalla siempre en acción. Ya no disciernen nada. No saben discernir la hora de la Justicia que viene cuando el hombre destruya la Iglesia, quitando la Eucaristía. Y será la misma Jerarquía la que la destruya. Serán los mismos miembros de la Iglesia los que la destruyan.

Y, en esa hora, se producirá la mayor abominación en todos los aspectos: no sólo los hombres han matado al Salvador, sino que matarán también su Obra de Redención. Será el momento de la condenación en vida de mucha Jerarquía y de muchos fieles, que renegarán del amor a Cristo para poner su corazón en el amor a una criatura, que se hará pasar por Cristo: el Anticristo.

Esta abominación exigirá en Dios dos cosas: Justicia y Misericordia.

Justicia, porque todos los Enemigos de Cristo, dentro de Su Iglesia, perecerán y se condenarán. Toda la Jerarquía infiltrada se irá para el infierno directamente. No puede quedar como pueblo errante, porque el pecado es contra la Iglesia, que es la salvación para la humanidad. Fuera de Ella, no hay salvación. No puede quedar fuera de la Iglesia, viviendo una vida, porque esa vida es sólo para el infierno, sin posibilidad de salvar a ningún miembro de esa Jerarquía abominable. Fuera del pueblo elegido todavía había salvación, pero no fuera de la Iglesia.

Misericordia, porque la Iglesia remanente entrará en un tiempo de paz, en donde la Virgen María aplastará de nuevo, por segunda vez, la cabeza de Satanás. Quedará atado el demonio para que la Iglesia vaya hacia el Reino Glorioso.

Y será la nueva iglesia, la del Espíritu, la que anule la obra de destrucción que la Jerarquía infiltrada va a obrar dentro de poco.

Dios, en el Paraíso, ofreció al hombre una Obra Gloriosa; y el hombre la despreció;

Dios se hizo Hombre para que el hombre se divinizará; y el hombre despreció el don de ser hijo de Dios en el Hijo;

Dios, en la Cruz, ofreció a la humanidad, Su Reino glorioso; y el hombre lo despreció.

Son tres pecados sociales que van en contra de una obra social de Dios. En esos pecados sociales sólo hay que ver la batalla de espíritus para poder entender qué Dios quiere del hombre y de la Iglesia.

Y, cuando un falso Papa está sentado en el Trono que ha usurpado, entonces es claro que Dios quiere del hombre que salga de esa iglesia que no es Su Iglesia, para poder permanecer en la Verdad.

Y es lo que muchos no van a hacer, porque están pillados por la abominación en el Vaticano.

El falso amor humano en la Iglesia

fe

El amor de Dios supone un descubrimiento de Su Voluntad.

No se puede amar sin conocer la Voluntad de Dios. Por eso, hay tanto falso amor en la Iglesia, porque sólo nace del amor humano, de la concepción de la bondad humana.

Se ama porque se hace un bien humano. Y eso es ir en contra de la Voluntad de Dios.

Se ama porque se da la Voluntad de Dios. Y si no se da, si se da otra cosa, un gusto, un placer, un querer humano, un bien humano, un capricho, un deseo, entonces no se ama con el amor divino.

El amor divino nace del corazón. El amor humano nace de la mente del hombre, de sus pasiones, de sus inclinaciones, de sus muchos deseos de ser hombre y de ser tomado como hombre.

Muchos siguen su juicio humano en la Iglesia y quieren poner lo que ellos ven como verdad, como bien. Y, entonces, siempre se equivocan. Y no hacen Iglesia. No dan la Voluntad de Dios en sus obras. Dan sus caprichos humanos.

Porque si amar fuera tan sencillo como hacer un bien humano, entonces ¿para qué la Gracia, que es el camino para obrar el amor divino, para hacer una obra divina? Entonces, no tiene sentido los Sacramentos ni nada en la Iglesia, porque todo consiste en obrar algo bueno para los hombres, en contentar a los hombres, en darles una satisfacción humana, material, carnal.

Esto es lo que predican tantos sacerdotes: este amor para el hombre, este amor para dar un contento al hombre, este amor para no herir sensibilidades, este amor que va en contra del amor divino.

El hombre, en la Iglesia, se ha convertido en hombre viejo. Y no quiere salir de ahí. Ya no sabe ser hombre nuevo. Cree que todo consiste en buscar caminos nuevos en la Iglesia para seguir siendo hombres viejos, con una cara nueva, postiza, con palabras bonitas, hermosas, que agraden a todo el mundo, para que todos estemos contentos en la Iglesia.

Este pensamiento de idear el amor en la Iglesia basándose en el hombre es la caída de muchos sacerdotes y fieles de la Iglesia. Está en toda la Iglesia esta concepción del amor.

Y Jesús da su Palabra: “Si alguno quiere seguir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome a cuestas su cruz y sígame” (Mc 8, 34).

Esta Palabra de Jesús ya no se acepta por la Iglesia en su conjunto. Es una Palabra que no se entiende por el hombre.

El hombre no comprende la negación de sí mismo: no pensar como piensa el hombre, no obrar como obra el hombre, no elegir como elige el hombre, no vivir como vive el hombre.

Este lenguaje de Jesús es rechazado por muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la vida práctica, en lo concreto de la vida de cada día. Y se piensa como hombre y se obra como hombre y se vive como hombre sin darse uno cuenta. Y eso es sólo por falta de oración auténtica y de penitencia.

La oración es para llenarse del amor divino. Y primero hay que vaciarse de otros amores. Y, por eso, no cualquier tipo de oración produce este efecto. Hoy no se sabe orar, porque sólo se dicen muchas palabras para pasar el tiempo, pero no se hace la oración del deseo de corazón.

El alma tiene que desear el amor del corazón. Tiene que elevarse de otros amores y ponerse en la Presencia de Dios. Y esa Presencia es alejarse de toda otra presencia: ya humana, ya diabólica, ya carnal, ya natural, ya material. Cuanto el hombre más se acerque a Dios, Dios más le pide olvidar lo demás de la vida. Porque el hombre tiene que aprender a vivir. Y sólo se aprende a vivir en la escucha de la Palabra de Dios.

Por el oído viene la Fe, la Vida de la Gracia, el Amor de lo Divino, la Verdad del corazón. Pero si no es escucha a Dios en el corazón, no se da el amor de Dios, sino que el hombre se queda en sus amores, en sus obras humanas, en sus bienes humanos, y ya no persigue la santidad de la vida, sino su propia felicidad humana, que es lo que se ve en toda la Iglesia.

Una Iglesia humana, preocupada por todo lo humano, que no sabe ser de lo divino, que no sabe buscar lo divino, que no sabe pisotear todo lo humano para ser hijo de Dios.

Por eso, tenemos una Jerarquía de hombres, revestidos de sotanas, pero que no saben enseñar el amor, porque han aprendido a amar en su mente, en sus deseos humanos, en sus pasiones humanas, en sus obras humanas. Y no ven más allá de sus narices.

Una Jerarquía ciega para el amor de Dios, pero que abre sus ojos al esplendor de todo lo humano, donde no está la Verdad.

Una Jerarquía que vive para el dinero y el poder. Y eso nadie lo puede negar, porque todos vivimos para eso.

Una Jerarquía que ha hecho de la Iglesia un invento de la cabeza humana, un apunte de su teología humana, una excelencia de su sordidez humana.

La Jerarquía está sorda a la Palabra de Dios. Ya no escucha la Voz de Dios. Sólo escuchan la voz de sus pensamientos humanos. Y a esa voz la llaman Voz Divina, Voluntad Divina, y así engañan al Pueblo con muchas cosas que sólo son de los hombres en la Iglesia, no de Dios.

La Jerarquía de la Iglesia sólo sabe hablar, como Francisco, y después obra lo contrario a lo que habla. Con la palabra se esfuerza por dar algo que no viven. Y lo dan de cualquier manera, con muchos errores, entreteniendo a los fieles. Y, por eso, son payasos en las predicaciones: hablan para entretener a los hombres, para que el hombre pase un rato divertido en la Iglesia y se olvide de las preocupaciones de la vida. Y, después, se dedican a hacer cosas que no pertenecen a su ministerio, y a vivir para las cosas del mundo, porque hay que hacer algo entre predicación y predicación, entre misa y misa.

Así está toda la Jerarquía, con la excepción de muy pocos.

Si el Pueblo de Dios no ama con el amor divino, tampoco los sacerdotes aman con este amor. El mal de la Iglesia son sólo sus sacerdotes. Y si ellos quieren perderse, entonces pierden a toda la Iglesia. Y, para no perderse, hay que buscar a los sacerdotes santos, que viven para Dios y quieren una Iglesia donde brille el Amor de Dios, y se oculte todo amor humano.

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