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Los falsos católicos

engaño

«Resulta casi imposible para la conciencia de muchos, hoy día, el llegar a ver que tras la realidad humana se encuentra la misteriosa realidad divina. Este es, como sabemos, el concepto católico de la Iglesia» (Informe sobre la fe – Cardenal Joseph Ratzinger – Capítulo XI, Hermanos, pero separados, pág 173).

La Iglesia es un Misterio Divino, que los hombres no pueden percibir con sus mentes humanas ni con sus obras en la vida.

El Misterio de la Iglesia sólo se percibe en el Espíritu Divino, no en los caminos de los hombres, ni en sus esfuerzos humanos para hacer Iglesia. La Iglesia es únicamente la Obra del Espíritu en cada alma. Las almas necesitan apoyarse en el Espíritu para ser Iglesia.

Dos iglesias se ven en el Vaticano:

  1. la Iglesia remanente: que descansa en el Papa legítimo, Benedicto XVI; Papa hasta la muerte; Papa que no gobierna, pero que posee el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, por la Gracia de Su Papado.

  2. la iglesia modernista: que se levanta en el falso papa Bergoglio; falso, porque no tiene el Espíritu de Pedro, no ha sido llamado por Dios a recibir esa Gracia, la del Papado; y que enseña una doctrina falsa, que no se apoya en el Magisterio auténtico de la Iglesia ni en la Tradición.

Muchos dicen que lo que hace Bergoglio es responsabilidad de los anteriores Papas o del Concilio Vaticano II. Y, por tanto, si se critica a Bergoglio hay que criticar también a los otros Papas y al Concilio. Y se equivocan, porque Bergoglio no da continuidad al Papado, sino que es su destrucción, su aniquilación, su degeneración.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, que es lo que nunca han hecho los otros Papas. Bergoglio no es sólo apostasía, sino cisma dentro del mismo Vaticano. Y, por eso, se le puede atacar y juzgar, porque no representa a la Sede Apostólica.

Esta división está en el ambiente eclesial: existen los falsos católicos. Y, más que nunca, se perciben en esta gran división que se ve en Roma.

Dos Papas, dos iglesias, dos doctrinas, dos Jerarquías, dos fieles: uno verdadero, otro falso.

Mons. Lefebvre provocó un cisma en la Iglesia, ordenando cuatro Obispos para la FSSPX:

«Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia –que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano– constituye un acto cismático (can. 751)…» (Carta Apostólica Ecclesia Dei, 2-VII-1988, Beato Juan Pablo II).

Desde ese momento, surgieron en la Iglesia los falsos católicos: católicos que se mantenían en la Tradición, pero opuestos al Magisterio de la Iglesia, opuestos al Papa reinante:

«La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición: imperfecta porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición, que —como enseña claramente el Concilio Vaticano II— arranca originariamente de los Apóstolos, “va progresando en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo…” (DS 3.020). Pero es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia (DS 3.060(Ib., n-3).

No se puede ser fiel a la Tradición si se rompe con el Papa: no se puede ser católico si se juzgan a todos los Papas después de Pío XII, si se juzga un Concilio como falso, como herético.

En el Papa –y sólo en el Papa-, no en la Tradición, está la unidad en la Iglesia. Fuera del Papa, sólo hay clara división.

Lefebvre y su comunidad rompieron con la unidad, rechazando la sujeción al Romano Pontífice; y comenzaron a gobernarse a sí mismos, como una nueva iglesia cismática, trabajando en todas partes y haciendo que la apostasía creciera en la Iglesia. Ellos, los lefebvristas, son en parte culpables de la apostasía de la fe en 50 años. Y mucha culpa ha tenido su obra:

«el éxito que ha tenido recientemente el movimiento promovido por mons. Lefebvre puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la Tradición de la Iglesia, propuesta auténticamente por el Magisterio eclesiástico, ordinario o extraordinario, especialmente en los Concilios Ecuménicos desde Nicea al Vaticano II. De esta meditación todos debemos sacar un nuevo y eficaz convencimiento de la necesidad de ampliar y aumentar esa fidelidad, rechazando totalmente interpretaciones erróneas y aplicaciones arbitrarias y abusivas en materia doctrinal, litúrgica y disciplinar» (Ib., n-5.a).

Muchas iglesias locales, muchos católicos no respondieron a esta exigencia apremiante del Papa: a ser fieles a la verdadera Tradición, y se pasaron al enemigo, porque ellos defienden también la Tradición.

El Concilio Vaticano II no produjo la apostasía de la fe, porque ese Concilio, en sus textos, no contiene ninguna herejía. Lo que obró esa apostasía es  renunciar muchos a la sujeción al Papa: unos, por maldad, porque son una falsa Jerarquía, lobos vestidos de corderos, que viven de sus herejías escondidas en sus ministerios; y otros, como Lefebvre y los suyos, por clara desobediencia al Papa, clara rebeldía.

Lefebvre condena a la Iglesia viva y concreta del Papa Juan Pablo II: «No se puede seguir a esa gente, es la apostasía, no creen en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo… Procedamos a la consagración [de Obispos]». (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llama cismático al Papa Juan Pablo II y a la Iglesia que gobierna: «¿Un cisma?… Si es que hay un cisma, más bien está en el hecho del Vaticano en Asís y […] está en la ruptura de la Iglesia con su Magisterio tradicional. La Iglesia contra su pasado y su Tradición no es ya la Iglesia católica; y por eso para nosotros es indiferente ser excomulgados por esta Iglesia liberal, ecuménica, revolucionaria» (ib. 576).

Duras palabras de un hombre sin fe, que se creyó que él era necesario para impedir que la Iglesia se derrumbase por un precipicio de herejías y de sacrilegios:

«Pienso yo que aparentemente será un acto de ruptura con Roma, lo que será grave. Y digo que “aparentemente”, porque pienso que ante Dios es posible que mi gesto sea un gesto necesario para la historia de la Iglesia, para la continuación de la Iglesia […], del sacerdocio católico. Así pues, no digo yo que un día no lo haga, pero en unas circunstancias todavía más trágicas» (ib. 571).

La Iglesia, para salvarse, no tiene necesidad de ningún hombre, de ninguna comunidad, de ningún apostolado humano. Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu de Dios, no es la obra de ningún hombre. No son necesarios los lefevbristas para salvar a la Iglesia de lo que presenciamos actualmente en Ella. No es necesaria la FSSPX ni ninguna de las comunidades que han surgido por esta obra cismática de Lefebvre.

Es la Iglesia la que salva a los hombres; es la Iglesia unida al Papa legítimo la que da el camino de salvación. Porque la Iglesia es Cristo, Su Cuerpo: no es un conjunto ni de hombres ni de obras humanas. Es el Espíritu de Cristo el que obra y vive en cada alma unida a Él, en la Gracia. Es la Gracia de Cristo la que salva al alma en la Iglesia. Es la Gracia del Papado, la que salva a los hombres: es ser fiel a esa gracia, ser fiel al Papa, obedecerle en todo.

Muchos falsos católicos, que asumen, de una u otra manera, este espíritu cismático de Lefebvre, se creen salvadores de la Iglesia, y son sólo instrumentos del demonio para que la apostasía de la fe siga creciendo en toda la Iglesia.

La obra cismática de Lefebvre:

  1. conduce derechamente al sedevacantismo: porque no se puede sostener que si Roma ha caído en la herejía («Roma está en las tinieblas» [Tissier 575]; «Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía» [Tissier 578]), el Papa siga siendo el Vicario de Cristo. Si hay un Papa envenenado de modernismo, si hay un Papa hereje, entonces es clara la Sede Vacante, pues no es verdadero Papa el que cae en pecado de herejía.

  2. lleva al libre examen: no hay continuidad entre el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II y el actual. Hay enfrentamiento con todos los Papas después del Concilio, con sus discernimientos, con sus mandatos, con sus enseñanzas. Ya no es Roma la que habla, la que decide, la que muestra el camino, sino que es la propia interpretación del individuo lo que prevalece. Y, por eso, muchos católicos ya no saben obedecer a la Jerarquía, no saben ser humildes, no ven la Voluntad de Dios ni en los Obispos, ni en los sacerdotes, ni en las obras apostólicas que se hacen en la Iglesia.

Hay muchos católicos que se paran en Pío XII, y sólo ven la Tradición y el Magisterio anterior al Vaticano II. Se quedaron ahí. Lo demás, ya no sirve: lo interpretan según sus ideas humanas. Se convierten en los nuevos fariseos y saduceos de la Iglesia, que combaten al mismo Cristo, en Pedro y en su Cuerpo Místico. Combaten a los mismos católicos.

Falsos católicos es lo que vemos por todas partes. Y esos falsos católicos no saben discernir a Bergoglio. Lo tienen como un Papa material, no formal.

No existe un Papa material, que es como muchos ven a Bergoglio: está sentado en la Silla de Pedro, se viste como un Papa, obra actos propios de un Papa, pero su herejía le imposibilita ser Papa formal.

Muchos, sin caer en el sedevacantismo, tienen que hacer esta interpretación filosófica del dogma: tienen que dar un rodeo en su mente para no caer en el espíritu cismático del sedevacantismo. Y, por eso, dicen: sí, Bergoglio es Papa, pero material, no formalmente.

Y es un absurdo esta interpretación, que es libre: es una interpretación protestante de la situación de la Iglesia. No se quiere captar la realidad invisible de la Iglesia.

No ven el acto infalible del Papa Benedicto XVI en su renuncia. No disciernen este punto fundamental. No ven a Benedicto XVI como el Papa legítimo, a pesar de su renuncia. Y temen caer en la Sede Vacante.

Siendo el Papa Benedicto XVI el verdadero, es infalible cuando enseña en la Iglesia. Y su acto de renuncia al gobierno de Roma es un acto infalible: está enseñando como Papa; es la obra de su gobierno infalible en el Papado.

Benedicto XVI no falló en lo que le pedía Dios: renunciar. Sí falló en el modo de renunciar. Cometió un pecado, pero su acto de renuncia fue infalible.

En todo Papa hay que ver su infalibilidad y se impecabilidad. El Papa es infalible e impecable como Cabeza Visible de la Iglesia; pero sigue siendo pecador como hombre, que es.

La santidad del Papa, como cabeza visible de la Iglesia, es distinta de la santidad del Papa como hombre, como alma unida a Cristo en la Iglesia.

La Iglesia es en Pedro, en la Santidad ontológica de Pedro como Cabeza Visible. Pedro, como hombre, sigue siendo pecador.

Jesús, que es el Santo de los Santos, elige para Su Iglesia una Cabeza Visible Santa. Por la razón de ser Cabeza, el Papa tiene la gracia de no pecar, ni como Cabeza, ni como hombre.

La Iglesia es Santa, aunque sus miembros sean pecadores. Hay una Santidad ontológica que lleva a una santidad moral en sus miembros y, por tanto, lleva a hacer obras morales santas.

La Iglesia es Santa, no es pecadora. El Papado es Santo, de manera ontológica. Y esta santidad ontológica lleva a efecto la santidad del Papa como hombre. Esta santidad ontológica no es caer en la papolatría, sino dar al Papa, como Cabeza Visible de la Iglesia, lo que es en la Iglesia, lo que Jesús ha puesto en Pedro, en el Papado, en toda la Jerarquía.

Caer en la papolatría o franciscomanía es a un hereje, como Bergoglio, llamarlo santo. Es de un hombre hereje, pecador, cismático, proclamarlo santo, justo, por las obras exteriores humanas que hace.

Benedicto XVI, en su renuncia, hizo dos cosas:

  1. un acto infalible: enseñó que no quería gobernar más la Iglesia. Fue una enseñanza infalible. No se equivocó el Papa en esa obra. Dio la Verdad a la Iglesia;

  2. un pecado como hombre: dio su obediencia al nuevo Papa que los Cardenales iban a elegir. Este pecado, en el Papa, no se puede seguir, no se puede imitar. Es un pecado como hombre, no como Cabeza Visible.

Hay que someterse a la renuncia del Papa legítimo; pero no hay que someterse a su pecado como hombre.

Este discernimiento es muy necesario si se quiere comprender qué significa la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Benedicto XVI se retiró del gobierno de la Iglesia porque así se lo pidió Dios. Pero fue una renuncia forzada por los hombres. No fue una renuncia libre. Y, por eso, el Papa no pudo elegir libremente lo que quería hacer en la Iglesia: no pudo huir de Roma y dedicarse a gobernar la Iglesia desde otra parte. Lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia. Y solo no se va a ninguna parte.

Benedicto XVI no pudo alertar a toda la Iglesia de la situación gravísima en la que estaba: hablar sería morir, ser quitado de en medio, como con todos los Papas anteriores se ha hecho.

Benedicto XVI sólo pudo retirarse al silencio y a la soledad, a un retiro monacal, que es donde permanece. Pero se retiró mal: en obediencia a un impostor.

Este pecado es sólo del Papa como hombre, pero no del Papa como Cabeza Visible de la Iglesia. Es un pecado personal que le condiciona en su retiro, en su soledad. Y, por eso, tiene que estar sometido a Bergoglio, de alguna manera.

Este pecado sólo Dios lo puede juzgar en el Papa. No le toca a la Iglesia juzgarlo. A la Iglesia sólo le toca discernir lo que ve en Roma, para poder seguir siendo Iglesia.

La Iglesia tiene que ver el magisterio infalible de Benedicto XVI en su renuncia: es decir, tiene que retirarse al desierto, tiene que vivir en silencio, en la soledad de todo lo humano. Y la razón: porque así lo enseña el Papa en su renuncia.

Un Papa legítimo siempre enseña en la Iglesia, aunque haya renunciado al gobierno de Ella.

Un Papa legítimo siempre es el que marca el camino de la salvación y de la santificación a toda la Iglesia. Benedicto XVI está enseñando a toda la Iglesia lo que tiene que hacer en estos momentos, está marcando el camino en su soledad, en su retiro monacal. Y los católicos no quieren aprender del Papa a caminar en la Iglesia. Y, por eso, se confunden: están pendientes de un impostor, de uno que no es Papa, de un falsario del Papado. Y no están pendientes de su Papa legítimo, que siempre es Voz de Cristo en la Iglesia. Siempre.

Los católicos verdaderos tienen que retirarse al desierto. No tienen que estar metidos en esta gran división, porque van a perder la fe a manos de los falsos católicos, de esos fariseos que quieren ser tradicionales pero sin 50 años de Papado, de magisterio auténtico de la Iglesia.

Hay muchos católicos que hacen caso de estos falsos católicos, y van perdiendo la fe verdadera. Si la obra de Lefebvre tuvo tanto éxito en su tiempo, la obra de Bergoglio va a tener un éxito enorme.

Sin con Lefebvre, los católicos no hicieron caso de un Papa legítimo, ahora menos van a hacer caso de Benedicto XVI en su retiro, en su renuncia. Ahora es cuando van a ser arrastrados por la corriente herética y cismática, no solo de los lefebvristas y compañía, sino de todo lo que está levantando Bergoglio en Roma.

Son pocos los católicos que han comprendido la retirada del Papa legítimo. Y, por eso, son pocos los que llaman a Bergoglio por su nombre: falso papa en una falsa iglesia.

Los falsos católicos lo llaman papa; y no comulgan con él por su herejía. ¿Cómo es que lo seguís llamando Papa? Han quedado ciegos.

Y los católicos tibios no saben quedarse ni en uno ni en otro: todo es una de cal y otra de arena. Ahora están con Bergoglio, porque ha dicho algo interesante; ahora no están, porque dice tonterías. Son tibios en su fe: no se apoyan en la verdad de un Papa, sino en la mentira de un hombre que no es Papa.

Lefebvre fue excomulgado y murió excomulgado. ¿Por qué lo llaman santo? ¿Por qué lo defienden? ¿Por qué hacen caso de su obra? Es un demonio encarnado, igual que Bergoglio. Es un demonio que ha levantado otra iglesia, que quiere tener todo lo de la Iglesia católica, quitando aquello que les lleva a su cisma.

Bergoglio quiere, dentro de los muros del Vaticano, levantar su propia iglesia y llamarla también católica, pero sin nada de su doctrina. Un catolicismo sólo en el término universal de la palabra, pero no en la sustancia de su contenido: no son católicos para una verdad, sino para un sistema global, universal, externo, donde entran todo y todos los hombres.

Bergoglio y Lefebvre son la causa de la apostasía de la fe: uno, por su clara herejía, desde siempre, en la Iglesia: es un lobo que lleva almas al infierno, con su palabrería inútil y estúpida; y el otro, es un fariseo de la tradición de la Iglesia: quiere limpiar el plato por fuera, pero su corazón está lleno de odio hacia el Papado, que es el que da la unidad en la Iglesia.

La Iglesia no está ni en Bergoglio ni en Lefebvre; no está en la FSSPX. La Iglesia sigue estando en su Papa legítimo, Benedicto XVI. Está ahora en Sede Vacante en cuanto al gobierno, pero no en cuanto al Primado de Jurisdicción: nadie gobierna la Iglesia. Sólo Cristo la rige sin la Jerarquía. Este punto, no lo saben discernir toda esa gente. Cuando muera, Benedicto XVI, es el tiempo de la destrucción de la Iglesia. Destrucción en cuanto a lo material, no a lo espiritual. Destrucción que ya se observa en muchas partes. Será el tiempo de la persecución de los verdaderos católicos: los bergoglianos y los lefebvristas perseguirán a la verdadera Iglesia, porque ellos se unirán en el odio a la verdad, para implantar su mentira.

Bergoglio representa el poder romano; los lefebvristas, el poder farisaico. Y, como en el tiempo de Jesús, se unirán para dar muerte al Cuerpo Místico de la Iglesia.

Es pecado mortal obedecer a Bergoglio

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Nos dice Jesucristo de Sí Mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). En tanto se camina por Él en cuanto se observa con exactitud su Santísima Ley.

El Evangelio es Ley Eterna; no es un conjunto de ideas, más o menos bien puestas; no es una doctrina de hombres, inventada e interpretada por cada mente humana.

El Evangelio, para ser obrado, necesita que el hombre ponga en el suelo su cabeza; es decir, que escupa de sí mismo toda idea, por más buena y perfecta que al hombre le parezca, y se someta a la Mente de Dios.

El Evangelio es la Palabra de Dios, no es la palabra del hombre. Es la Palabra que nace de la Boca de Dios: es el Verbo que habla la Mente de Su Padre.

Jesús es el Verbo Encarnado; es decir es el Hijo del Padre, que ha asumido una naturaleza humana. Y, en ella, no existe la persona humana. Sólo existe la Persona Divina del Verbo.

Jesús es Dios hecho Hombre; pero Jesús no es una persona humana. Y esto significa que Jesús no es sólo un hombre: no se le puede mirar como un hombre cualquiera; ni su vida es como la de un hombre. Su vida es la vida del Verbo, la de una Persona Divina. Su vida humana es divina: no tiene una idea humana, un sentimiento humano, una visión humana de la vida. Jesús todo lo ve, en su vida humana, con los ojos divinos, con los ojos de Su Persona Divina. Nada ve con los ojos humanos. No entiende la vida como los hombres, sino como Dios.

Por eso, a Jesús le trae sin cuidado la vida humana, porque vive su propia vida divina en una carne humana. Y, por tanto, lleva esa naturaleza humana hacia lo que Su Padre quiere. Duerme, come,…, pero no es como los hombres: no duerme, no come, no vive como ellos…. Es el Verbo, que no puede dormir, el que hace dormir a la naturaleza humana…. Es el Verbo el que rige toda la vida humana de Jesús.

Jesús vive en su humanidad la Ley Divina. Y, por tanto, lleva toda esa humanidad al cumplimiento perfecto de la ley natural, de la ley divina y de la ley de la gracia.

Jesús es el Nuevo Adán: lo que Adán tenía que haber hecho, lo obró Jesús sin más, con su Persona Divina. Adán necesitaba la gracia para obrar lo divino en lo humano, para ser hijo de Dios por adopción. Pero Jesús sólo con Su Persona Divina mueve toda su humanidad hacia donde Él quiere, porque es el mismo Hijo de Dios. No necesita la gracia, aunque la posee, por ser Hombre Verdadero, Hombre que nace de una Mujer llena de Gracia. No la necesita, pero tiene toda la Gracia, la Plenitud de Ella, está en Él, en su naturaleza humana. Pero es el Verbo –no la Gracia- , el que sostiene a toda su naturaleza humana, el que la rige, el que decide lo que le conviene a esa naturaleza humana.

Este es el dogma de la Divinidad de Jesucristo, que muy pocos conocen y siguen. Todos pintan a un Jesús muy humano, cercano a los hombres, que camina con ellos, que vive como ellos, que ama a todo el mundo y que perdona a todos. Y este pensamiento es una falacia más de la Jerarquía modernista, que todo lo entiende con su cabeza humana. No es capaz de poner su orgullo en el suelo, ni de pisar su entendimiento humano, para poder ser otro Cristo en la tierra.

Jesús siempre ha señalado el camino a toda alma que quiera seguirle: «no peques más». Este es el eje del Evangelio: la lucha contra todo pecado.

El pecado es una ofensa a Dios: es un acto voluntario, libre, contra la ley de Dios Eterna. Esta Ley se manifiesta en la ley natural, en la ley divina, en la ley humana y en la ley de la gracia:

a. quien roba, mata, se masturba, es gay…,va contra la ley natural;

b. quien cae en herejía, quien provoca cisma, quien invoca a los muertos…, va en contra de la ley Divina positiva, contra los mandamientos revelados por Dios;

c. quien falta a misa los domingos y fiestas, o no cumple alguna ley civil válida…, se opone a la ley humano-eclesiástica o civil-política;

d. quien comulga en pecado mortal, quien se casa por lo civil teniendo ya el sacramento del matrimonio, quien casa a un homosexual, quien bautiza a hijos de lesbianas, quien usurpa el Trono de Pedro…, va en contra de la ley de la gracia.

En la vida, ningún hombre está exento de pecar. Todos caen, en uno u otro pecado. Hoy nadie atiende al pecado, nadie sabe lo que es, a nadie le interesa el pecado. Y, por supuesto, nadie sabe discernir los diferentes pecados que se dan, porque los hombres se han olvidado de lo que es Jesús.

Quien niega el pecado, quien dice que el pecado no existe o que es otra cosa, niega, necesariamente, la Divinidad de Jesucristo. Y, por tanto, comienza a inventarse su cristo, su salvador, su iglesia.

Jesús vino a liquidar el pecado. Sólo a eso. Lo demás, no le interesa.

Todo pecado produce en el alma una mancha que es necesario limpiar, purificar, con cuatro cosas: oración, ayuno, penitencia y sacrificio. Y no se puede quitar esta mancha de otra manera.

Quien confiesa una vez al mes, va a Misa todos los domingos, reza el Rosario ocasionalmente, no tiene los actos de penitencia necesarios para limpiar todas las manchas del pecado. Es pobre en la purificación de su alma. No sabe expiar, reparar el pecado de su alma.

Quien añade no comer carne los viernes, ayunar la Cuaresma, hacer obras de Misericordia, rezar el Via-Crucis, practicar las virtudes, ir a Misa todos los días y comulgar, rezar las cuatro partes del Rosario, ha avanzado un poco más en su purificación, pero todavía le falta mucho Purgatorio.

Es necesario trabajar para expiar los pecados: «no peques más». Para no pecar más, hay que sudar sangre; hay que oponerse a muchas cosas buenas, que en apariencia parecen divinas, espirituales, pero que llevan una malicia, que hace caer al hombre en el pecado.

Hay que empezar hoy mismo a quitar el Purgatorio. Y no hay que dedicarse a lo de siempre. Nunca hagan rutinas de la vida espiritual. Nunca la rutina de la oración, de la penitencia, del ayuno, del sacrificio. Que la obra que se haga no sea con rutina, no sea lo de siempre. Es necesario hacer esa obra con amor, con el fuego de la caridad divina. Y entonces se va limpiando el alma.

Muchos pueden hacer un día de ayuno riguroso, a pan y a agua, pero de manera rutinaria: es viernes, toca ayunar, hay que aguantar el ayuno. No sirve eso para limpiar el alma.

Es más provechoso hacer medio día de ayuno riguroso, pero ardientemente, con el fuego del amor divino, aprovechando cada minuto para expiar el pecado y salvar almas. El que hace la penitencia tiene que estar en la penitencia, en la reparación del pecado. No puede estar en otra cosa: estoy trabajando y estoy ayunando. Es estar en dos cosas.

Quien pueda estar atento a las dos cosas, sin perder la Presencia de Dios, ni en el ayuno ni en el trabajo, entonces eso le vale. Pero quien sólo está atento a su trabajo y le está mortificando el ayuno que hace, entonces es mejor que deje el ayuno, porque no le sirve.

Cuando se hace penitencia, Dios quiere algo del alma en esa penitencia. Y si el alma no está atenta a la Voluntad de Dios, por estar en otro negocio, entonces de nada le vale su penitencia.

Sólo Dios sabe cómo se repara un pecado para que el Purgatorio desparezca por completo. Pero el alma, cuando se pone en oración y en penitencia por sus pecados, debe atender a Dios. No debe estar atenta a otras cosas.

Por eso, son pocos los que quitan de verdad el Purgatorio aquí en vida, y son pocos los que luchan en contra del pecado hasta quitarlo.

Hay un pecado que muchos cometen en la actualidad: seguir, obedecer a un hereje. Mata el alma seguir a Bergoglio como Papa de la Iglesia Católica. ¡Mata el alma! Es un pecado mortal someter el entendimiento a la mente de ese hombre.

Esto, muchos católicos, no saben discernirlo. Y pecan por ignorancia culpable. Tienen muchos medios a su alcance para ver si ese hombre es realmente lo que dice ser. Y, de manera culpable, se quedan en su ignorancia. 18 meses para discernir lo que es Bergoglio y muchos están como al principio: embobados, alucinando con un pobre idiota.

Otros les nacen muchas dudas, pero son culpables porque son almas acostumbradas a consentir con el pecado: son de conciencia ancha. Les cuesta entender que una cosa es pecado y se conforman grandemente con ese pecado. Corren hacia el pecado, con dudas, pero corren: aceptan a ese hombre porque hace, más o menos, un bien o dice palabras, más o menos, correctas.

El que se acomoda a la vida humana, a lo que otros han puesto en la Iglesia, a lo que los Cardenales han dicho o han elegido, son siempre almas de pecado, que en caso de duda, no tienen una conciencia timorata, que les impide pecar; sino ancha. Ancha es castilla: tenemos un nuevo Papa. ¡Qué alegría! Y, a pesar de que ven cosas raras en esa persona, siguen dudando. Siempre hay en eso, malicia en la voluntad, error en el entendimiento, atadura en la vida espiritual.

Quien obedezca a Bergoglio peca mortalmente.

Bergoglio es un hereje y, por tanto, ha cometido muchos pecados contra la ley divina. Su magisterio es herético y perjudicial para la mente de cualquier hombre. Por la mente se llega al pecado. Por la idea herética se pierde la fe, la obra divina. Y, por tanto, se comienza a obrar en contra de la fe, según esa idea herética: obras de pecado, de maldad.

Esto es lo que está pasando en muchos fieles y en casi toda la Jerarquía de la Iglesia. Están aceptando la idea herética de ese hombre: están perdiendo la fe. Esto trae, como consecuencia, el inicio de la apostasía de la fe.

Pero Bergoglio, no sólo es herético, sino que es cismático. Va en contra de la ley de la gracia. Al ponerse como Papa, él se sitúa fuera del Papa legítimo. Está haciendo un cisma, encubierto, pero es un cisma.

Por tanto, no se le puede obedecer en su cargo, porque no tiene el oficio papal. Está sentado en el Trono de Pedro, pero no es Papa. En la Iglesia Católica sólo se puede dar obediencia al Papa legítimo. No cabe otra obediencia. No existe en la Iglesia Católica una obediencia humana, que se da por un poder humano. La obediencia humana en la Iglesia es siempre por un poder divino, no humano.

El cargo de Papa no es como el gobernante en el mundo que, aunque sea un hereje, es necesario darle la obediencia allí donde no hay pecado, porque toda autoridad viene de Dios.

En la Iglesia esto no puede suceder. En la Iglesia es Dios mismo quien pone su Cabeza, su gobernante. En consecuencia, aquel que usurpa el gobierno de la Iglesia carece del poder divino: no es autoridad ni divina, ni espiritual, ni moral.

Bergoglio, para la Iglesia Católica, es un don nadie, es un cero a la izquierda porque no posee el Primado de Jurisdicción. Y, al no tenerlo, no tiene ninguna otra autoridad. Sólo posee la que los hombres le han dado: un poder humano, que es un poder masónico. Y a este poder humano no es posible la obediencia. Porque en la Iglesia se obedece a un hombre que tiene el Poder Divino, el Primado de Jurisdicción. Aquel que sólo tenga un poder humano, que no está sometido al Poder Divino, como en Bergoglio, no manda nada en la Iglesia.

A Bergoglio no hay que obedecerle en nada, aunque mande cosas buenas, que no son pecado, que son propias del derecho canónico o de la liturgia. Si manda que en el canon se puede recitar a San José, no se le obedece. Si manda una jornada de oración y de ayuno, no hay obediencia. Porque él lo manda con un poder humano. No hay sometimiento a ese poder humano en la Iglesia. Sólo se obedece al Papa legítimo. Y, por tanto, sólo se obedece a la Jerarquía que se somete al Papa legítimo. No es posible la obediencia a la Jerarquía que se somete a un hereje, como Bergoglio. Si se da esa obediencia a esa Jerarquía, se peca mortalmente.

Es muy importante tener las cosas claras con este hombre en la Iglesia, que es lo que muchos no la tienen, y siguen en sus dudas, en sus ambigüedades, en sus acomodos a las circunstancias de la vida de la Iglesia.

Por eso, la Jerarquía, que sabe todo esto, es la que más peca. Están guardando las formas exteriores con ese hombre, el status quo, para hacer el juego que todos quieren. Y eso es una gran maldad, un gran pecado que toda la Jerarquía lo tiene que pagar caro.

Quien escuche una misa de Bergoglio comete un pecado mortal. Son misas de herejías, de cisma, de apostasía de la fe. No son misas en que el alma reciba una verdad. Son misas para condenar a las almas. En esas misas no está Cristo en el Altar. Se comulga una galleta.

El que asista a un acto de Bergoglio (conferencia, ángelus, charla,…) peca mortalmente. Porque no es un hombre que lleve a la santidad cuando habla. No es un hombre que haga caminar hacia el bien divino, sino que pone la puerta hacia el pecado: invita a pecar y a seguir en la vida de pecado. No es como Jesús: no peques más. Bergoglio dice: quiero una iglesia de pecadores. Para ese hombre el pecado no es un mancha en su alma, sino otra cosa, lo que su mente diabólica se ha inventado. Es un Obispo que engaña con su palabra a todo el mundo. ¿Por qué pierden el tiempo escuchando a ese hombre que no da una palabra de verdad? ¿Qué hacen contemplando sus obras? ¿Qué les importa sus viajes?

Bergoglio ya hay que ponerlo a un lado, porque ahora se hacen fuertes los demás: los que lo apoyan, que son muchos, y en muchos frentes.

Bergoglio ha sido el entretenimiento para toda la Iglesia; pero ya se le acaba la cuerda. Muchos han visto su negrura; y muchos la aceptan, la quieren para sus vidas; y sólo están esperando que ese hombre comience a destrozarlo todo en la Iglesia. Y muchos se impacientan porque ven que ese hombre tiene mucha labia, pero ninguna obra.

Bergoglio es, como todos, pero en lo malo. Todos hablan muchas cosas, pero unos son buenos, otros son unos demonios. Y cada uno tiene sus impedimentos para obrar. Así los Papas anteriores no pudieron hacer el bien que Dios les pedía, por la rebeldía de muchos Cardenales y Obispos; así Bergoglio tiene a muchos que tampoco lo quieren en su maldad. No puede hacer lo que él quiere y no deja hacer a los otros en el mal. Los tiene enfrentados.

Bergoglio ha sido orgulloso desde el principio: él ha querido poner su camino. Y ha encontrado oposición en la cima del gobierno, que es la masonería. Y ésta le ha dejado hacer, mientras convenía. Pero ya Bergoglio no conviene a la masonería, porque hay que dar un paso más: hay que empezar a romper y se necesita una cabeza pensante.

Bergoglio es sólo un vividor. Y no más que eso. Vive su vida y deja que los demás la vivan. No por eso, deja de ser un dictador. Ahí lo tienen con el golpe de estado a Mons. Rogelio Livieres. Es el acto propio de una sabandija en el gobierno: quiere que todos obedezcan a su mente diabólica, a su planteamiento de lo que debe ser la iglesia sin cristo, para el pueblo, para el comunismo, para la fraternidad, para los pobres… Y si encuentra oposición, hace lo que ha hecho. Y Bergoglio se queda tan tranquilo, porque no tiene arrepentimiento de su pecado. No ve su pecado: ve a los otros que van en contra de él. Y eso le molesta mucho, pero pone cara de idiota y de niño bueno.

En la Iglesia se habla mucho de amor fraternal, de misericordia, de humildad, de que hay que estar en la verdad, pero todo eso son palabras en mucha Jerarquía. Es sólo el lenguaje humano. A la hora de la verdad, si no te sometes a la mente de tu Obispo te quedas en la calle pidiendo limosna. Y encima te levanta una calumnia el mismo Obispo.

Esto es una realidad y está pasando en la Iglesia. Y la gente anda embobada con un necio, un estúpido y un idiota, como es Bergoglio. Y no ve lo que pasa en la Jerarquía de su parroquia. No ve los lobos que hay en su parroquia. Y, entonces, no puede ver al lobo principal, que está sentado en la Silla que no le pertenece.

La Iglesia está en el pecado habitual: colaborando con un hereje, ocultando sus herejías, dándole publicidad, y haciendo que los demás se sometan a la mente de ese hombre sólo porque está en la Silla de Pedro: sólo por una cuestión externa, para guardar las apariencias con todo el mundo y decirse a sí mismos: en la Iglesia Católica estamos todos unidos con el Papa. Todos a una con un imbécil.

Gran pecado es éste el de la Jerarquía. Muchas almas sacerdotales están muertas por su obediencia a un hereje. Y les va a ser casi imposible salir de ese pecado. Porque son los que más conocen: luego son los que más pecan. Pecan con perfección; no con ignorancia, no con dudas… Son almas con una vida sacerdotal tan mísera, tan rastrera, que no les importa someter su mente a la mente de un hereje. No les importa. Beben su pecado como si fuera un vaso de agua.

Jesús es el Verbo Encarnado, el cual ha desparecido de muchas misas, de muchas almas sacerdotales, porque la Iglesia que está en el Vaticano ya no es la Iglesia de Cristo. Ya no son sus sacerdotes: son lobos que llevan a las almas a lo más profundo del infierno. Y las almas las siguen como borregas que son.

La raíz espiritual de las guerras entre los hombres

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El mundo de los hombres tiene su reflejo por la batalla espiritual entre ángeles y demonios. Esa lucha se inicia en la Creación, cuando Dios crea a los espíritus. Hubo una división, un cisma, que hizo que dos mundos espirituales se opongan siempre.

El misterio del pecado de Lucifer no se puede comprender desde lo humano, sino que es necesario meterse en ese mundo invisible, y entender cómo vive un espíritu y cuál es el fin de su existencia.

La vida de un espíritu y su fin son totalmente diferentes a la vida de un hombre y el fin que Dios le ha puesto.

El espíritu es para Dios, no para los hombres. Dios es Espíritu, no es carne, no es algo material. Y crea ángeles para una obra sólo espiritual. El ángel no es para una obra humana. El hombre es para algo humano. Pero el ángel sirve al hombre para que éste encuentre el sentido de su vida, no sólo humana, sino espiritual.

Cuando Dios crea al hombre, le da un espíritu. Y ese espíritu humano sólo pertenece a Dios; no es del hombre. Es un don de Dios a la naturaleza humana para que pueda entrar en el mundo espiritual. Sin el espíritu humano, el hombre sólo vive para lo humano, pero es incapaz de amar a Dios, que es Espíritu. Sólo se puede amar a Dios con Su Espíritu, en Su Espíritu, desde Su Espíritu.

El hombre es alma, cuerpo y espíritu; es decir, es un ser espiritual. No es sólo un ser racional: no sólo posee una mente, una razón, una luz natural. Posee la inteligencia del Espíritu, que es la Mente de Dios. Posee una luz espiritual.

Pero, en esta naturaleza espiritual, el hombre necesita, no sólo tener un espíritu, sino ser hijo de Dios. Dios crea a los ángeles y a los hombres, pero no son hijos de Dios. Son seres que Dios crea, con una naturaleza propia y dependientes de Dios. Para que los ángeles y los hombres sean hijos de Dios, es necesario la Gracia. La gracia es la misma vida de Dios en la criatura dependiente de Él. Esa vida divina es distinta a la vida del Espíritu. Dios es Espíritu, pero su Vida son Tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La Vida Divina es la Vida del Padre, que engendra a Su Hijo en el Espíritu. Es la relación entre estas Tres Personas Divinas. Es el Amor de los Tres. Es la Obra de los Tres. Es la Vida de los Tres.

«Era la Virgen santa en el cuerpo y en el espíritu, y podía decir con especialidad: Nuestro trato es en el cielo. Santa era, repito, en el cuerpo y en el espíritu, para que nada dudes acerca de este acueducto. Sublime es en gran manera, pero no menos permanece enterísimo. Huerto cerrado es, fuente sellada, templo del Señor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua, pues no sólo tenía su lámpara llena de aceite, sino que guardaba en su vasija la plenitud de él» (San Bernardo, En la Natividad de la Bienaventurada Virgen María -Sermón llamado “Del Acueducto” (8 de septiembre)).

Dios crea al hombre con tres cosas: alma, cuerpo y espíritu. Pero también le da la Gracia. Adán fue creado en Gracia, pero no tenía toda la Gracia. La Virgen María fue creada en Gracia, pero en toda la Gracia.

Son dos creaciones distintas en Dios. Dios creó a Adán del polvo de la tierra; pero la Virgen María fue creada del Espíritu Divino. Adán, por ser polvo, puede pecar. El polvo significa no tener toda la Gracia: creado sin la Gracia Plena. La Virgen María, creada del Espíritu, es Inmaculada: no puede pecar. Dios obró en sus padres y realizó el milagro del Espíritu: crear un ser no sólo espiritual sino divino. Ese ser es una Mujer. Ya no es el hombre Adán. Adán fue creado con la capacidad de pecar; la Virgen fue creada sin la capacidad de pecar. Es la mujer la que no puede pecar. La mujer es más importante que el hombre. El hombre, al poder pecar, no es camino. La mujer, al no poder pecar, es camino. La Virgen María es el camino para encontrar a Dios. Sin Ella, no hay salvación, no hay santidad. Sin la Mujer, el Verbo no se hubiera encarnado.

El milagro del Espíritu consiste en poner en esa creación toda la Gracia, toda la Vida de Dios, esa Vida de las Tres Personas, en donde no es posible el pecado.

Este milagro, Dios no lo hizo cuando creó a Adán: lo creó de la nada, pero no con toda la Gracia. Y este misterio divino en la creación de Adán es diferente al misterio divino en la creación de la Virgen María.

Por un hombre, Adán, vino el pecado en el mundo; por una mujer, la Virgen María, el hombre se encontró con la Verdad de su existencia humana: una vida para no pecar. La Virgen nos dio a Jesús, que es más que un hombre: es Dios y Hombre verdadero. Jesús no es un hombre como todos los demás. Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se muestra en una carne humana, pero que no es un mero hombre, no es una persona humana. Y, por tanto, Jesús no necesitaba una vida humana como la entienden los hombres. Y su misión como Hombre era sólo realizar la Obra Redentora, que el Padre quería para salvar al hombre de Lucifer.

arcangel San Miguel

Dios creó a los espíritus, pero uno de ellos, Lucifer, se rebeló. Lucifer, que es espíritu puro, es decir, no tiene materia, no es creado de la materia, pecó: eso quiere decir, que cuando Dios lo creó no puso en él toda la Gracia. Lucifer tenía la capacidad para pecar. Por eso, no se mantuvo en la verdad de su ser, sino que se rebeló contra esa verdad. Y, a partir de ahí, comienza la batalla espiritual, en el Cielo, entre los ángeles que no pecaron y los que pecaron: ángeles y demonios.

El Misterio del pecado en los ángeles no se puede comprender. Si Lucifer pecó, porque no tenía toda la Gracia, entonces los demás ángeles que se mantuvieron en la gracia ¿por qué se mantuvieron? ¿Tenían todos toda la gracia para no pecar? Si el ángel más bello en la creación espiritual de Dios fue Lucifer, y éste no tenía toda la gracia, entonces lo demás tampoco, y ¿por qué unos pecaron y otros no?

El Misterio del pecado es algo que no se resuelve en este mundo. El mal siempre va a estar ahí, de una manera u otra, porque también estuvo al principio de la Creación espiritual de Dios.

Cuando Dios crea a Adán, el demonio está presente: siempre el Mal acompaña a una acción divina. Siempre el Mal imita la misma obra de Dios. Allí donde Dios está, también está el demonio.

Adán peca por el demonio, no por sí mismo. Adán no se mantuvo en la verdad, que Dios le dio en el Paraíso, sólo por la obra del demonio en Eva. El demonio trabajó en Eva para hacer caer a Adán en el pecado. El pecado es siempre la obra de Lucifer. Lucifer, en su caída, arrastró a muchos ángeles a su obra luciferina. Quien tienta a Eva, en el Paraíso, es Satanás, no Lucifer. Lucifer es el orgullo; Satanás es la soberbia. Satanás habla a Eva: le da razones para pecar. Eso es la obra de la soberbia. La obra del orgullo es levantarse sin más, aunque no se posea una razón. El orgulloso no mira razones, verdades, ideas. El orgulloso sólo se mira a sí mismo: quiere estar arriba, elevado, porque se ama sólo a sí mismo. Y, aunque encuentre una razón para no enorgullecerse, la deja siempre a un lado; nunca hace caso del razonamiento, ni siquiera lógico.

La obra de Satanás en Adán es crear una humanidad que batalle contra la humanidad que crea Dios: es la lucha entre los hijos de Dios y los hijos de los hombres.

Adán fue el padre del pecado: en él, todo hombre peca. Es decir, todo hombre nace como un demonio, como hijo de hombre. No nace como hijo de Dios. No nace en Gracia. Adán fue creado en Gracia; los hombres, por el pecado de Adán, nacen todos en desgracia; es decir, sin la gracia. Nacen con un espíritu, pero no poseen la vida de la gracia.

Desde el pecado de Adán, la humanidad se divide en dos siempre: los hijos de Dios y los hijos de los hombres: los que están en gracia y los que viven en su pecado. Y, por eso, desde Adán, siempre hay guerras. Y no puede no haberlas. Es necesario que los hombres se maten. Es una ilusión, es una fábula, tener un mundo de paz. Sólo es posible la paz cuando no se da el pecado. Pero siempre que hay un pecado, hay una guerra.

Todas las guerras que se dan entre los hombres son porque entre ángeles y demonios hay una lucha. La lucha entre los hombres es por una lucha entre los espíritus.

La primera y segunda guerra mundial es un asunto espiritual, no humano. En lo humano, venció el comunismo en la primera guerra; en la segunda, el sionismo.

Caín mató a Abel: venció el demonio de Caín al ángel bueno en Abel. Los demonios toman posiciones en la lucha espiritual con los ángeles. Esas posiciones son en los hombres: poseen a los hombres, los obsesionan, los llevan a estados de pecado. Caín es hijo del hombre: no tiene gracia. Abel es hijo de Dios: tiene la gracia. Cuando Caín mata a Abel, Caín queda poseído de un demonio para siempre. El demonio tomó posición en los hombres. Y llevó a toda la generación de Caín a batallar contra los hijos de Dios.

En la primera guerra mundial, vence el comunismo y entonces hay una posesión demoniaca en todo el país de Rusia. Por eso, la Virgen pide la consagración de Rusia: es la única manera de quitar esa posesión. A partir de esa guerra, el comunismo se va afianzando, consolidando, siendo una fuera política, económica y humana-militar.

En la segunda guerra mundial, vence el sionismo: los judíos, el estado de Israel. Y vence, precisamente, luchando contra el fascismo, el nazismo, que es la fuerza demoniaca para anular al pueblo judío. Pero este pueblo judío es otra fuerza del demonio. Son dos fuerzas espirituales, en el mismo bando, es decir, son demonios los que luchan entre sí y mueven a los hombres a luchar, para conseguir entre los hombres un fin: poner el estado de Israel.

Ninguna de las dos guerras mundiales fue justa: es decir, nunca intervino Dios en ellas. Fueron guerras provocadas por los mismos demonios, por los mismos hijos de los hombres. Los hijos de Dios sufrieron en esas guerras. Unos actuaron matando hombres. Otros no. Sólo a Dios le compete juzgar la actuación de los hijos de Dios en esas guerras. Pero el fin de las guerras lo llevaron a cabo los hijos de los hombres, no los hijos de Dios.

Entre Caín y Abel, la guerra espiritual fue entre el demonio y el ángel bueno. Venció el demonio en esa batalla.

Pero en estas dos guerras, fueron los demonios, no los ángeles. Y no hubo vencidos entre los demonios, sino sólo entre los hombres: vencieron todos los demonios, porque consiguieron en los hombres lo que se proponían.

Cuando Dios no se mete en una guerra, entonces siempre el agresor es injusto. Y lo es de ambos lados. Y cuando ambos lados son injustos, entonces no hay que meterse a solucionar nada, porque no se lucha por una Justicia, sino por una injusticia.

Al agresor injusto sólo se le ataca en la justicia, no en la injusticia. Porque, en la injustica, el agresor no atiende a razones. Por eso, hay muy pocas guerras justas, santas, que Dios quiera. En el AT, hay ejemplos de esas guerras. En nuestros días, ninguna guerra es justa. Todas están llenas de intrigas, malas intenciones, intereses creados, etc.

Lo que hace ISIS es claramente demoniaco: son los musulmanes que se levantan contra el sionismo. Son los mismos demonios quienes provocan esta matanza. Y lo que tiene que hacer el hombre en esto es no involucrarse, sino dejar que ellos mismos acaben su pelea. En el momento en que otras naciones quieren tomar parte en esta guerra sectaria, viene todo el problema.

La idea del demonio es siempre que el hombre atienda a la obra del pecado. El demonio levanta a un grupo, ISIS, bien armado y patrocinado, con cifras de 2 billones de dólares a su disposición, que está operando en Irak y estableciéndose por toda Siria y Jordania, para un plan concebido desde antiguo. Es el inicio del plan para crear un enorme conflicto de dividir y vencer, entre los musulmanes chiitas y los sunitas. Es una guerra sectaria, entre ellos. Y, por supuesto, no para ellos, sino para involucrar a todo el mundo.

Si los hombres tuvieran fe verdadera en Dios, si vivieran en la Gracia Divina, con la oración y con la penitencia, se acaban todas las guerras. Sólo con la fuerza espiritual, los hijos de Dios vencen a los hijos de los hombres. No se vencen con armas, con planes militares.

Pero como los hombres no viven en Gracia, entonces ante lo que hace ISIS entran en el juego de los demonios.

La primera y segunda guerra mundial es un plan demoniaco en la humanidad: un plan fabricado por el mismo demonio para poner el Anticristo. Ese plan nació cuando el demonio pidió permiso a Dios para destruir la Iglesia (cf. visión de León XIII). En ese plan del demonio, está la tercera guerra mundial.

Una vez que ha conseguido poner el comunismo y el sionismo, que son las dos fuerzas claves para su gobierno mundial, tiene que crear una destrucción que atraiga la atención de todo el mundo. Para eso, coge la fuerza militar del islam, que nació para destruir toda la Cristiandad. Y esa fuerza militar la pone en contra del sionismo, sólo para captar la atención, para crear un vórtice y hacer que todo el mundo se involucre. Y, claro, en la medida que cortan cabezas de gente de todos los países, no sólo de sacerdotes, sino de civiles…, las distintas naciones se irán armando contra ISIS.

No hay que caer en el juego del demonio: ver eso como una agresión injusta que pide defenderse con las mismas armas. Es todo injusto en eso. ISIS es sólo un montaje de los Illuminati para poner el desorden que el mundo necesita para establecer el nuevo orden mundial. Sólo se para a ISIS con oración y penitencia.

Pero, he aquí el problema, el grave problema: en la Iglesia no hay una cabeza espiritual, que haga oración y penitencia por los pecados. Quien guía a la Iglesia, en la práctica, es un masón, que ha quedado engañado por el mismo juego político de los hombres, y que apoya la intervención militar contra ISIS. Un masón que proclama que todos los hombres son hermanos y que, por tanto, desconoce la realidad del islamismo. El islamismo nació para aniquilar a los hombres. Y es lo que contemplamos: están cortando cabezas. Porque ellos no ven a los hombres como hermanos, sino como enemigos.

Lo grave es que, aunque se pida oración y, aunque las almas oren y hagan penitencia, no hay una fuerza espiritual para vencer a los demonios.

Si la cabeza legítima no gobierna la Iglesia, el demonio vence en todas las partes del mundo porque no encuentra oposición, sino una aceptación de su juego. El plan del demonio es involucrar a todo el mundo en su juego, para crear un desorden mundial en todas partes, porque lo que se trata es de formar un estado global, con un gobierno global y un ejército global, que rija a toda la población mundial. Para eso se necesita un problema mundial.

ISIS es la pieza clave para dar paso a lo que bien podría ser el desencadenamiento de la Tercera Guerra Mundial: es el problema mundial para poner una solución mundial.

El demonio es muy astuto. Y estamos en el tiempo del Anticristo. Y, por tanto, tiene que verse la tercera guerra mundial. Hay que sufrir esa guerra, ese desorden en todas partes.

Cuanto más se vayan involucrando las naciones en el problema creado por ISIS, más cerca está la tercera guerra mundial. Si los hombres, de verdad tuvieran fe en Cristo, todo esto no hubiera pasado.

Si la Jerarquía de la Iglesia hubiera obedecido a la Virgen consagrando a Rusia, las cosas serían de otra manera. Pero nadie hizo caso a la Virgen cuando pidió la consagración. Nadie hizo caso cuando fue leído el tercer secreto de Fátima: la Jerarquía se metió en un Concilio que Dios no quería, que abría el campo para la desunión en toda la Jerarquía de la Iglesia.

Nadie ha hecho caso a los diversos profetas que el Señor ha puesto en estos años para que la Jerarquía viera los errores en que estaba metida. Y, de esa manera, la Jerarquía infiltrada –la masonería- se ha hecho con el poder de la Iglesia.

Y ahora tenemos una Jerarquía Apóstata de la fe, que juega con el demonio y lleva a todo el Rebaño fuera de la Iglesia que ha fundado Cristo en Pedro. Han construido un falso Cristo: el Cristo cósmico; y una falsa Iglesia: universal, donde entran todos. Y eso ya se puede percibir. Y eso está en unión con la tercera guerra mundial.

Porque hay que provocar un cataclismo social en que la gente ya no crea en los hombres espirituales: que la gente se desilusione de tantos sacerdotes, obispos, cardenales, que viven como uno de tantos; que la gente vea que ya la Iglesia Católica es como todas las demás y, por tanto, ya no es seria; que la gente entienda que cualquier espiritualidad vale para salvarse.

Como los hombres siempre están ansiosos de creer en algo, de buscar una espiritualidad, una religión, entonces ante el desastre que ven, sin una Verdad, sin una guía, sin una luz verdadera en la fe, aparece el Anticristo con su doctrina, que es la misma que la de Lucifer: el orgullo de vivir, aunque la mente esté pervertida por muchas ideas, filosofías, teologías, errores, mentiras, falsedades, engaños… No importa la idea; lo que interesa es vivir la vida en paz y, por tanto, alzarse contra el que no quiera esa doctrina luciferina.

Bergoglio ya lanzó esa idea: vive y deja vivir. Eso es Lucifer. Vive su rebelión contra Dios, independientemente de cualquier idea.

Por eso, en la Iglesia se ha iniciado la división de la Verdad, que es triturar toda la verdad para que no quede nada de ella. Y los hombres vivan de cualquier manera buscando sólo su orgullo.

Cuando no hay una norma de moralidad entre los hombres, entonces las guerras se hacen justas y santas. Es lo que quiere el demonio con ISIS: que todos vean la necesidad de entrar en batalla y parar eso.

Es todo un montaje de los hombres. Por supuesto, de esos hombres que nadie conoce, pero que mueven todos los hilos de todos los gobiernos en el mundo.

Francisco no es más que lo que se ve

siyonofuera

Francisco no es más que lo que se ve, es decir, un hombre pervertido en su inteligencia humana, idealista, mundano, profano, vividor de su orgullo, fornicario de las mentes de los hombres, con una boca que siembra tempestades, con un corazón lleno de odio hacia todos los hombres, con una mente propia de un loco.

Francisco no tiene ninguna vida espiritual. No tiene unión con Dios. Vive su vida, como a él le da la real gana. Y, después, habla un poco de todo, pero sólo para calentar el ambiente, para entretener a la masa, para desviar la atención de lo que otros están haciendo en la oscuridad.

Francisco habla y nunca dice nada. No hay una verdad cuando habla. Habla para hacer ruido, pero deja un vacío a su alrededor, propio de almas que están en la vida porque tienen que estar. A Francisco le ha tocado la lotería con la Silla de Pedro. Y ahí está divirtiéndose de lo lindo, gastando su premio, derrochándolo, para acabar como un idiota ante la Iglesia y el mundo. Porque es así como todos los ven, pero nadie se atreve a decirlo, por el respeto humano, por el qué dirán, porque la gente, hoy día, sólo vive haciendo caso a sus sentimentalismos baratos y le sienta mal escuchar que Francisco es un idiota. Y es lo que muchos piensan en su interior, pero, claro, les da cargo de conciencia porque no tienen la libertad del Espíritu y no saben llamar a un idiota cuando hay que llamarlo.

Esto es Francisco: no es más que lo que se ve, con un interior vacío de toda Verdad, pero lleno de la mente del demonio para engañar a todo el mundo con palabras baratas y blasfemas. Francisco es (citas tomadas de su Evangelium Gaudium: la alegría mundana de la palabra del demonio):

• un hombre simplón: “Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de pasar un buen día” (Pg. 6)

• que no busca la conversión de las almas, sino su unión en la mentira: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (Pg.15).

• que su gloria es el mundo, su tiempo es para encontrar la alegría en el mundo, pero no para predicar a Cristo Crucificado. Hay que marcar el tiempo de la alegría profana, pero no el de la Cruz, no el del sufrimiento, no el del despojo de todo lo humano. La evangelización se marca con la Cruz, no con un beso y un abrazo: “En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría” (Pg.3)

• un hombre que no sabe lo que es la alegría del corazón, porque no llama a las obras de la tecnología como las obras del pecado, que sólo engendran placer pecaminoso, incapaz de dar la alegría al hombre: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (Pg.8).

• un personaje que no sabe hablar del amor, sino de la vida. Quien da amor da vida, pero quien da vida encuentra muerte a su alrededor. Jesús amó hasta el extremo y, por eso, dio su vida. Pero este burlón de la vida, sólo quiere crecer de cualquier manera en la vida, buscando sólo lo social, lo común, lo mundano, la fama, la gloria de los hombres. Y no se da cuenta de que está madurando para el infierno. Quien no se da a Dios no puede darse al otro: “La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Madura a la vez que nos damos a los otros” (Pg.10).

• un hombre que no sabe que Jesucristo vino a hacer la Voluntad de su Padre, que sólo se puede obrar en la Cruz del Calvario, y que, por tanto, no vino a ser creativo, a inventarse una nueva forma de vivir entre los hombres, no vino a demostrar su sabiduría humana, sino a obrar la sabiduría eterna, la que no cambia, la que no inventa, la que no crea nada nuevo: “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (Pg.11).

• Y, por eso, se hizo un maldito, se abajó de su rango para demostrar a los hombres que Dios pone un camino en la miseria del pecado a cualquier hombre que reconozca su pecado ante el Verbo Encarnado. Jesús no se hizo pobre. Jesús se humilló y escondió la riqueza de su divinidad para enseñar al hombre a caminar en la pobreza de su mente, en el despojo de su inteligencia humana, en la cruz de su voluntad propia. Dios no tiene preferencias sobre los estómagos vacíos. Dios ensalza a los humildes de corazón, a los que tienen temor de Él. A los demás, sean pobres o sean ricos, les da un manotazo en sus soberbias: “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre” (Pg.155).

• un hombre que ha anulado el poder divino por su ambición de poder humano: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado” (Pg.29).

• y que le urge descentralizarlo todo para poner el fundamento de la división y el cisma en toda la Iglesia. Los Obispos son nada en la Iglesia sin la Voz del Papa, sin la obediencia al Vicario de Cristo. Como Francisco no es Papa, entonces todos en la Iglesia están con un poder humano para hacer los que les da la gana. Y eso hay que llamarlo, en el lenguaje de un necio, sana descentralización. Es el lenguaje que usan para no decir: somos los nuevos inquisidores de Roma y estamos en todas partes. Ya no acudan a Roma para resolver nada. Nosotros somos los cabecillas de la nueva revolución comunista en cada parroquia, en cada diócesis porque tenemos el poder que un idiota nos ha entregado: “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización” (Pg.16).

• un hombre, que no sabe ser Obispo, sino un lobo que acecha a todas las ovejas, las investiga, está atento a cualquier cosa para devorarlas con su mente de iniquidad. Un Obispo que no sabe dar a la Iglesia la Voluntad de Dios. Un Obispo que no sabe enseñar las virtudes de la fe, esperanza y caridad, porque vive escuchando las necesidades del pueblo, sin hacer caso de los intereses divinos y celestiales. Un Obispo que se ha creído humilde y pobre, porque viste como un idiota, porque se sienta con la gente que come su almuerzo, porque se tira fotos con los católicos tibios que van a aplaudir a un subnormal como jefe de su iglesia. Un Obispo que se queda atrás en el camino para que las almas no pierdan la senda de la condenación, que ayuda a todos a condenarse y a bailar con el demonio mientras pasan la vida en sus grandes asuntos humanos: “El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados” (Pg.28).

• que no sabe lo que es evangelizar a Cristo, no sabe lo que es dar la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Cruz, sino que sólo le importa abrir su bocazas para irradiar humanidad: “Los evangelizadores tienen ‘olor a oveja’ y éstas escuchan su voz” (Pg.22).

• y, por tanto, está urgido a predicar lo que otros quieren oír, para engañarlos en la vida del mundo, en la tibieza de lo espiritual y en la condenación eterna: “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (Pg.122).

• un hombre que vive la empresa económica y política de sus pobres en su nueva sociedad: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos” (Pg.157).

• que no ha comprendido que el Evangelio es para salvar y santificar el alma, no para llenar estómagos, ni para saldar cuentas económicas, ni para vivir la estructura de una política de masas, invocando el estúpido bien mundial. La fe y el comunismo es la atadura del modernismo para fundar una iglesia de pecadores y de pervertidos sexuales: “Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (Pg.41).

• un hombre, que ha sido llamado por el demonio para crear una comunidad de gente sin moral, de almas sin virtud, de corazones llamados a obrar las mismas obras de Satanás en la Iglesia. Gente que sólo quiere conquistar el mundo, pero que no le interesa conquistar el Cielo. Gente que no se apoya en la seguridad del dogma, sino en el viento de su lenguaje humano, lleno de relatividades y sentimentalismos: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Pg.41).

• un hombre que hay que recordarle que el Sacramente de la Penitencia es para impartir Justicia, no Misericordia. Porque si no se juzga al pecador y a su pecado no hay Sacramento. Un hombre que convierte la gracia de la confesión en una charla psiquiátrica para darle al otro aquello que más le conviene en su estúpido sentimiento humano. En la confesión hay que estimular al penitente a nunca más pecar, a odiar el pecado, a que trabaje para quitar su maldito y negro pecado de su absurda vida: “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible” (Pg.38).

• un hombre, que anulando la Justicia, y poniendo como camino la Misericordia mal entendida en su estúpido razonamiento humano, hace de la Eucaristía el lugar del sacrilegio perpetuo y la ocasión para que las almas, que no saben discernir la vida espiritual, queden en manos del demonio y vayan contentas al infierno al ganarse el premio de la condenación: “Y tampoco las puertas de los sacramentos deben cerrarse por una razón cualquiera (…) La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Pg.40).

• un hombre, que al no cerrar las puertas del pecado, las abre para que entre todo el infierno en las comunidades de la Iglesia y sean regidas por cabezas llenas de herejías y de cismas: “Pero hay otras puertas que no se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad”. (Pg.40).

• un hombre que se rasga las vestiduras porque hay gente que muere de hambre en las calles y no llora de dolor por los innumerables pecados de toda la Jerarquía de la Iglesia, que constantemente crucifica a Cristo en el Altar, cuando consagran. Un hombre que establece una paridad: el hambre y la economía. Hay hambre porque los hombres se dedican a sus negocios. Un hombre, inculto de la vida espiritual, que no sabe que el hambre y la avaricia sólo tienen un denominador común: la falta de fe en la Providencia Divina. Porque nadie sigue este dogma, esta Verdad Absoluta, por eso, los hipócritas, como Francisco, se dedican a luchar por sus pobres, juzgando a los ricos y condenándolos por su riqueza. La noticia es la falta de fe en Cristo Jesús, en su doctrina, no el hambre ni las crisis económicas: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa” (Pg.45).

• un insensato que ha puesto la búsqueda de la verdad, el sentido de la vida en el otro, no en Dios: “Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (Pg.9).

• porque no ha comprendido que «todo es vanidad», que los bienes terrenos no son de nadie, sino de Dios. No pertenecen a los pobres. Que estamos en esta vida para expiar nuestros pecados haciendo limosnas, pero que no estamos en esta vida para llenar estómagos ni para contentar a ningún hombre en la tierra. ¿Para qué acumulas riquezas? ¿Para dárselas a los pobres? Entonces, no has comprendido el Evangelio: atesora para Dios, no para los pobres: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos” (Pg.49).

• un hombre sin fe, que no sabe lo que es la vida de una parroquia llevada por el Espíritu de la Iglesia, sino sólo encauzada en el espíritu del mundo: “La parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (Pg.26).

• que quiere solucionar los problemas sin inteligencia divina, acudiendo a la sabiduría humana, a los caminos de los hombres, a las vidas mundanas y profanas. Sólo le interesa su dinero y su política en la Iglesia: “Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra” (Pg.164).

• un hombre de poco seso, que no sabe de lo que habla, que anula lo privado para poner el camino del comunismo: “La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero” (Pg.163).

• que habla de una moral aislada como raíz de los problemas del mundo, pero no habla de la conciencia aislada de la norma de moralidad. Los hombres viven sin moral, aislados de Dios, ya no creen en la Verdad Revelada, por lo cual el gran riesgo del mundo actual es que se olvidó de que existe el pecado como ofensa a Dios, que es la raíz de todos los problemas, que es lo que destruye la sociedad, la familia, el mundo: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Pg.3).

• que no sabe lo que es el hombre en su pecado, en su miseria espiritual, un sacerdote de escritorio, que no ha conocido lo que es ser misionero allí donde los pobres aman su pobreza y no quieren salir de ella por su falta de fe y de caridad hacia Dios y hacia los demás hombres: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (Pg.8).

• que no ha aprendido a seguir la Gracia, ni a ser fiel a Ella ni, por tanto, a perseverar en el amor de Dios. Sólo aprendió a medirlo todo con su inteligencia humana, haciendo de la Iglesia un problema social, un lugar donde se lucha por los derechos humanos e injusticias sociales.: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Pg.41).

El que habla exigiendo que no se controle la gracia, es el que quiere controlarlo todo con su mente del demonio. Así habla Francisco, haciendo de la Iglesia un hospital de idiotas, de subnormales, de gente estúpida, que no ha comprendido lo que es la vida de unión con Dios. Gente que se dedica a todo en la Iglesia, menos a adorar a Dios. Cada uno adora su idea que tiene de Dios, su lenguaje que usa de Dios. Pero no ponen sus orgullos en el suelo, ni pisan sus inteligencias humanas y se han creído los más importantes hombres de la Iglesia. Y son sólo paja que el viento de la Justicia se los va a llevar muy pronto.

Esto es Francisco: un hombre simple, sin seso, sin cultura, sin dos dedos de frente, que está lleno de una terrible ambición de poder.

Ser católico no es un nombre, sino una vida de Gracia

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«Desde el Pontificado de Pío IX la Iglesia entró en una nueva fase de dolorosas pruebas. La Iglesia Militante tendrá que sufrir siempre un doble mal: exterior, por la persecución de sus enemigos; interior por la perversión de sus miembros. Desde Pío IX ese doble mal creció continuamente, debido a un asalto extraordinariamente fuerte sobre la tierra por parte de los espíritus infernales…Yo tengo más servidores que la Virgen de ustedes» (Victoria de la Inmaculada – Relatos de exorcismos, Viena, 1968, págs. 22 y ss.).

Para saber que Francisco no es Papa, sólo hay que ir a la profecía de Conchita, en Garabandal, y saber matemáticas. Muchos católicos, aparte de no tener dos dedos de frente, no saben hacer una suma con los dedos de una mano.

Muere Juan XXIIII, y quedan cuatro Papas: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y no hay más Papas. Luego, Francisco no es Papa. Esto, tan sencillo, los grandes potentados de la Iglesia, los sacerdotes, Obispos y Cardenales, no lo ven: dicen que Francisco es un Papa legítimo. Por tanto, los profetas se equivocan y los hombres sabios del Vaticano no se equivocan, porque tienen el Espíritu. No hay que hacer caso de lo que diga una niña. Si se hace caso, entonces hay que oponerse a los Cardenales que eligieron a Francisco. Y eso significa que no se hace Iglesia. Para ser Iglesia hay que unirse a las decisiones de los hombres. Seamos hombres, pensemos como ellos piensan y aceptemos a Francisco que por algo lo han elegido unos hombres que se visten de Púrpura.

Esta soberbia, clara y manifiesta de muchos en la Iglesia, es lo que produce la oscuridad y la perversión de la inteligencia humana. Es lo que piensa el hombre, de la manera como lo interpreta el hombre; es siempre el hombre el bueno de la película. Los demás, no saben de lo que va la Iglesia.

Por eso, en el Vaticano se ha iniciado la falsa iglesia de los apóstatas: de los sabios, de los prudentes, de los justos, de los santos, de los encumbrados en la gloria del mundo. Ya en esa iglesia hay santos según el mundo, y sabios según la cultura de los hombres, y justos según las leyes de los hombres. Hay un poco de todo en esa iglesia, porque está llena de mundo, de humanidad, de sinvergüenzas que sólo aspiran a ser del mundo.

«Con la desolación está desolada toda la tierra; la impiedad está sobre un trono; vuestro santuario es profanado, y la abominación entró hasta en el lugar santo…» (San Luis María Grignion de Montfort – Tratado de la Verdadera Devoción – pág. 303).

Con la desolación de la vida de los sacerdotes, desolación espiritual, que han abusado de la Sta. Misa, haciéndola un negocio político y económico, el mundo se encuentra al borde de la locura: todos buscando hombres justos, buenos, humanos, naturales, mundanos, celebridades de un día. Y sobre el Trono de Pedro, un impostor, un falsario, un embaucador, que ha comenzado la destrucción de la Iglesia, la profana con sus herejías y disfruta viendo cómo la gente lo llama santo: el vividor, el hombre que sabe vivir y deja vivir.

«La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad. ¿A qué santos rezaremos nosotros? La venganza celeste alcanzará todas las clases. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones…, sangre, se beberá sangre, sangre, se beberá…La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto).

¿A qué santos los católicos van a rezar ahora? ¿Al Padre Miguel D´ Escoto, marxista, de la religión de la Pachamama, miembro que fue del gobierno sandinista y ex Presidente de la Asamblea de las Naciones Unidas, al que Francisco le ha revocado la sentencia a divinis, después de seguir comulgando con su herejía y su cisma?¿O al Cardenal Kasper, que se pone de rodillas delante del demonio para destrozar la familia a base de soluciones pastorales? ¿O al mismo Francisco, que no soporta que le llamen mundano, porque toda su ambición en la Iglesia es ser un vividor del mundo?

La iniquidad está en Roma. ¿Cuándo van a despertar, católicos borrachos del mundo, embriagados de las excelencias del hombre, que han puesto al hombre por encima de Dios? ¿Cuándo se van a enterar que tienen un falso Papa que les regala el oído para que se queden con él y no atiendan a la verdad de sus vidas? ¿Por qué confían en una Jerarquía que no habla claro a los hombres, ni al mundo, que constantemente da tinieblas en su lenguaje humano?

Jerarquía de la Iglesia: habéis abusado de la Misericordia. Tened lo que merecéis: Justicia.

«Los Centinelas se han dormido; los enemigos han forzado las barreras y han entrado en el corazón de la ciudad. Ellos han llegado hasta las ciudadelas, donde han colocado su sede. La potencia de las tinieblas ha extendido su imperio; se ha hecho una sinagoga; ella se ha erguido altares donde ha colocado los ídolos para hacerse adorar, Satán acaba de entrar en su sinagoga… He visto tambalear las columnas de la Iglesia, he visto, inclusive, caer un gran número de los cuales se tenía motivo de esperar más estabilidad… Sí, Padre, entre aquellos que debían sustentarla, se han encontrado cobardes, indignos, falsos pastores, lobos vestidos con piel de corderos, que han entrado en el rebaño para seducir las almas simples, degollar el aprisco de Jesucristo, y librar la heredad del Señor a la depredación de los ladrones, los templos y los santos altares a la profanación…» (Sor de la Nativité – Vías sobre el Anticristo).

Vemos en el Vaticano sacerdotes y Obispos dormidos en su lujuria de la vida: creen que están haciendo la Iglesia que Dios quiere y no se dan cuenta que por, su silencio, por callar ante un hereje, son culpables de lo que pasa en la Iglesia.

Culpables de obedecer a un hereje y cismático. Culpables, porque viendo lo que es Francisco, voltean el rostro a otro lado y se hacen como los que no quieren saber. Culpables porque han puesto las bases para el trono del Anticristo en Roma. Ha aparecido la sinagoga en el Vaticano: la que culminará con la aparición del Anticristo de nuestros días: el hombre para el hombre. El hombre lleno de humanidad. El hombre que sólo piensa en el hombre, que anula toda espiritualidad, toda trascendencia hacia lo divino.

Hoy la gente espera en la Jerarquía: que los Obispos hablen en el Sínodo y pongan estabilidad. Y esperan en vano, porque no han comprendido que en la Iglesia de Roma no hay Espíritu Santo. Hay sólo hombres, que piensan como los hombres y obran como ellos. No hay hijos de Dios. No hay católicos. No hay sacerdotes dignos de ofrecer el Sacrificio sin mancha con el alma limpia de pecado. Hay tanta cantidad de sacerdotes bastardos, que se dedican a cualquier cosa cuando celebran la Misa, que la iniquidad está en toda la Iglesia por culpa de la misma Jerarquía. Una Jerarquía que sólo se dedica a engañar al Rebaño con la palabrería que gusta a todo el mundo, con la boca que agrada a los insensatos, con las obras que más ayudan a ser del mundo y para el mundo. Una Jerarquía que ya no es católica, sino comunista, protestante, masónica, cristiana, judía, budista…

Ser católico es tener la plenitud de la posesión de la Verdad Revelada, es estar bajo la Autoridad Jerárquica y es caminar con los medios de santificación que Jesús ha dado a Su Iglesia.

Ser católico no se refiere sólo a la difusión de una sola Iglesia a lo largo de todo el orbe, con una multitud visible de miembros. No es lo externo que se ve: las parroquias, capillas, fieles, asociaciones, etc.

Un fiel es católico porque profesa la fe verdadera y la obra exteriormente en la Iglesia. Son dos cosas: lo interior y lo exterior. Y, por eso, un católico verdadero no puede ser ni ortodoxo, ni protestante, ni cristiano, ni masón, ni budista…. Teniendo la posesión de la Verdad Revelada, no puede seguir a quien no la posee, no puede estar en iglesias que no siguen la línea de la Gracia.

En la Iglesia Católica no se puede obedecer a Francisco porque no es católico, no cree en un Dios católico, no profesa la fe católica. Quien tiene el dogma debe rechazar a quien no lo tiene. Por eso, quien se somete a un hombre sin verdad Absoluta, como es Francisco, se hace como él: un apóstata, un hereje y un cismático.

Para ser católico hay que ser fiel a la Gracia. Este punto es el más importante de todos. Es necesario perseverar en la Gracia para ser católico. Se puede ser católico por un tiempo, porque, en ese tiempo, se vivió en Gracia. Pero se pecó y ya no se confesó el pecado, y se vive otra vida: ya no se profesa la fe verdadera, sino que van apareciendo otras cosas en esa fe hasta anular la fe católica.

Así hay muchos católicos tibios en su fe: profesan muchas cosas que no pertenecen a la fe católica, a la Verdad Revelada: ya no creen en los dogmas, ya creen en muchas cosas y no creen en nada.

Un sacerdote es católico porque se mantiene fiel a la Gracia que ha recibido hasta el final de su vida como sacerdote. Si ese sacerdote, en un momento dado de su vida, introduce elementos extraños a esa Gracia, entonces va perdiendo la línea de la Gracia, y puede llegar a deja de ser católico, aunque, en lo exterior, en apariencia, siga celebrando y administrando los Sacramentos. Hay muchos sacerdotes que se convierten en lobos en sus ministerios porque ya no siguen la línea de la Gracia en lo esencial de su vocación.

La liturgia de la Iglesia Católica todavía es católica, porque en lo esencial sigue la línea de la Gracia. Tiene muchos elementos que son protestantes, que ya no son católicos, que ya no se apoyan en la Verdad Revelada y, por eso, no hay que seguirlos, porque no pertenecen a la fe católica.

Muchas personas no saben discernir estas cosas y creen que por encontrar elementos protestantes en la liturgia, ya toda la liturgia se anula y no sirve. Y caen en el error y el fanatismo de decir que ya no se consagra o que las ordenaciones sacerdotales son inválidas, etc., porque no saben ver si en la esencia de los Sacramentos todavía se sigue la línea de la Gracia.

Un Papa es católico si persevera hasta el final de su vida en la Gracia del Papado que ha recibido. Si ha sido Papa hasta el final, en esa Gracia fue católico. Si renunció por ley canónica –no por ley de la Gracia-, entonces deja de ser un Papa católico. Se puede renunciar por ley de la Gracia y, entonces, el Papa sigue siendo católico en su renuncia.
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Para discernir si una Jerarquía es católica o no es muy simple: sólo hay que ver lo que predica y lo que obra en el Altar. Estas dos cosas. Según se predique eso será la obra en el Altar. Si la Jerarquía no es Cristo, entonces va a predicar al hombre y pondrá una abominación en el Altar.

Esto es lo que hace Francisco: da una galleta en cada celebración y, por tanto, quien asiste a sus misas comete muchos pecados porque no discierne el Cuerpo de Cristo. Adora a un pan, creyendo que es Cristo.

Esto pasa mucho en la Iglesia Católica. Y pasa más en estos tiempos de Apostasía. Y el rebaño no es capaz de discernir esto que es obligación de todo católico: este sacerdote que celebra misa: ¿qué predica? ¿cómo vive? ¿cuáles son sus obras en la Iglesia?

Hoy sólo existen católicos de nombre, universales, pero no católicos de corazón. Quieren defender a la Iglesia Católica defendiendo a sacerdotes y Obispos herejes y cismáticos. Esto es lo que se da actualmente y que todos puede ver en sus capillas, en sus parroquias. Muchas de ellas ya no son católicas. Siguen perteneciendo, en lo exterior, al Vaticano, pero se profesa una fe que no tiene nada que ver con lo católico.

Tenemos a un Papa legítimo, que ha renunciado, y ha dejado de ser católico:

«El Soberano Pontífice será desgraciado. Toda la Iglesia será desolada a causa de él. Por él, para su liberación, será necesario recurrir al Sagrado Corazón» (Madame Royer).

Él sigue siendo un Obispo católico, porque es fiel a la gracia de su sacerdocio. Pero no ha sido fiel a la gracia de su Pontificado. Y, por eso, no cuenta para la Virgen María. Tiene el Poder Divino, pero no lo ejerce. Y, por tanto, ha dejado a la Iglesia en la desolación: en manos del lobo, de sus enemigos. Y necesita mucha oración para que quede liberado de su pecado. La Cruz ha comenzado, para él, desde que renunció. Una cruz muy pesada porque lleva a toda la Iglesia en sus hombros. Y la Jerarquía no lo quiere. Y menos ahora que todo el mundo está dividido en la Iglesia a causa de las obras de Francisco. Todos vuelven sus ojos al Papa legítimo. Y eso no gusta a los sabios de la falsa iglesia del Vaticano. Eso no gusta a los sacerdotes que obedecen a Francisco. Eso no gusta a los católicos tibios e ignorantes de la Verdad en la Iglesia.

Y si el Papa Benedicto XVI no huye de Roma, lo van a matar sin más. Las cosas en la Iglesia están muy tensas para todo el mundo. Ya no se respira confianza en nadie. Los pensamientos de todos están al descubierto. No es posible engañar más a la Iglesia. Cuando el pecado llega a su culmen es que las personas se empiezan a quitar las caretas y se ve el mal como mal, no ya encubierto. Por eso, a Francisco ya, mucha gente, le huele desde lejos. Ya sabe cómo respira porque empieza a quitarse la careta. Se empieza a ver su alma negra, su cabeza negra. Porque ser payaso es para un tiempo. Se acaba ese tiempo y la gente se cansa de las payasadas. Le gente quiere ver un hombre que coja los problemas y los resuelve, no un idiota que llora todo el día por sus pobres, que sólo sabe hablar de comunismo y de protestantismo, pero que no es capaz de dar una palabra de vida a ningún alma.

No es fácil ser católico y, por tanto, no es fácil ser Iglesia Católica. Y, desde la muerte del Papa Juan Pablo II, la catolicidad ha ido despareciendo por arte de magia en la Iglesia. Y se ha llegado a lo que vemos: un Papa que no ha querido seguir adelante con su vocación y ha puesto en peligro a toda la Iglesia.
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Benedicto XVI es el último Papa. No es Pedro Romano. Pedro Romano inaugura un nuevo tiempo en la Iglesia. Benedicto XVI ha cerrado un tiempo. Entre medias, el tiempo del Anticristo, donde no habrá Papas. La Sede estará vacante. Sólo gente que gobierna una iglesia extraña, con el nombre de católica, pero llena de musulmanes, de judíos, de cristianos, de ortodoxos, de masones, etc…

«Porque toda la malicia humana se volverá contra la Iglesia Universal; y, en efecto, Ella no tendrá defensor durante veinticinco meses y más, porque durante todo aquel tiempo no habrá ni Papa, ni emperador en Roma, ni Regente en Francia» (Fray Juan de Vatiguerro).

Tienen que cumplirse las profecías con el Papa Benedicto XVI: Es el Obispo vestido de blanco, que muere en la persecución a la Iglesia Católica. Es el último Papa que debe pasar por su sacrificio: «Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: ‘algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él’ a un Obispo vestido de Blanco ‘hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre’. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas».

Para Roma, lo que decía la Beata María Taigi: “Oh Roma, Roma. Hijos criminales. ¿Ignoráis el bien que os hice?… Tomo nota de vuestra respuesta… Pero cuando Mi Padre Celestial dé la orden… Amada Mía: verás cómo terminará Roma… Sabe que ahora caen como la nieve las almas en el infierno… que lloren y sollocen amargamente… No se puede llamar ya a Roma la Santa… tú los ves, lo ves claramente con tus propios ojos… Viven como bestias. Los hombres… no buscan aquí abajo más que el lujo, placeres y satisfacciones… y se dejan llevar de toda clase de deseos culpables… y muchos se me quejan todavía de no poder llevar el peso de sus miserias. Pero si yo pudiera hablarte… quisiera abrirte Mi Corazón… Me vengaré… en ellos” (Mons. Sallotti, págs. 169-170).

Roma, ¿la Santa? Roma, la Ramera, la que fornica con todo el mundo. La que ya no le interesa salvar las almas sino dedicarse a vivir lo humano, lo natural, lo profano. La Roma de los apóstatas de la fe. La Roma, ejemplo vivo para quien quiera irse al infierno de cabeza. Esa Roma que es sólo una estructura de hombres, una construcción mal hecha, que será demolida con el fuego del Cielo.

Aquel que quiera ser marxista que obedezca a Francisco. Aquel que desee estar con Cristo, que escupa a Francisco y a todos los payasos que lo siguen. Y no hay más. Hay que ir saliendo de esas parroquias que no dan nada al hombre para su alma, sino que sólo son instrumentos del demonio para condenar. Y hay que irse sin derramar una lágrima, porque ningún hombre se merece un llanto humano. Si los hombres no aprenden a llorar sus malditos pecados, que sufran en sus vidas la falta de comida, de vestido, de salud. Porque estás en este mundo para salvar tu alma, no para vivir bien, sin problemas. Y aquel que no te ayude a salvar tu alma, lo escupes y sigues adelante en tu vida.

En el Vaticano está la Iglesia de los apóstatas

Virgen María Reina--

Un alma explica lo que sucedió en una parroquia y la locución que recibe: “El domingo 20 de julio en misa, después de escuchar el evangelio donde el sacerdote exaltaba los mensajes y lo bueno y humilde que es el papa Francisco, y repartiera a todos el evangelii gaudium para que meditáramos…. Pedí al Señor que me iluminará, entonces me habló Dios Padre… «hija levántate, sal de esta parroquia y no vuelvas más porque mi hijo Jesús ya no está ahí… Como no está en las iglesias, y parroquias que siguen las enseñanzas y directrices que vienen del Vaticano, de Francisco el Falso Profeta»”. Después, recibe este mensaje:

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«Amado pueblo Mío, este mensaje es para todos aquellos que me aman y creen en Mi y en Mi Misericordia.

Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió.

La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro.

Caos, caos en todos los ámbitos de vida… los volcanes estallarán con furia, terremotos remecerán continentes, los niños gritarán sus verdades…después oscuridad.

Las almas clamarán a sus dioses sordos y el maligno saldrá a cosechar su siembra.

Oigan ustedes todos, humanidad corrupta, el Día del Señor se acerca, trayendo el castigo que se merecen.

Ya no queda misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor.

Para ti, hija Mía, Mi amor siempre te acompañará… Mi pueblo fiel no deberá temer, pues Yo el Todopoderoso los protejo, los amparo, y les proveo para todas sus necesidades.

Levántense con la frente en alto, sonrían y alaben a su Dios, porque el día de su liberación está cerca.

¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista.

Recordarán Mis Palabras, las que dije a Moisés, y temerosos gritarán misericordia, pero Yo no los oiré, no los miraré, no los perdonaré, y mi Divina y Perfecta Justicia caerá sobre ellos.

No temas, hija Mía, por lo que veas y oigas, Yo protegeré a los que como tú Me aman, creen en Mí y siguen mis preceptos.

Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco.

En todas las iglesias que está sucediendo lo mismo y a mis hijos fieles los estoy retirando de ahí.

Oren mucho por sus familias para que los desastres no les caigan cerca, y por sus conversiones.

El tiempo final está cerca, hija mía, te ama tu Padre del Cielo, que vela y está siempre pendiente de ti» (Mensaje del Padre Eterno a un alma – 2 de Agosto del 2014).

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El Señor, desde el Trono del Cielo, es el que guía a Su Iglesia en estos momentos: «Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco». En esa parroquia ya no se profesa la fe verdadera: su párroco vive otra fe, distinta a la católica, y eso es lo que enseña, transmite. Y, como consecuencia de esa falta de fe en ese sacerdote, ha hecho de ese sitio una cueva de ladrones, donde el pensamiento de un hombre herético es lo único que se sigue. Y hay que salir de esas parroquias, que no es salir de la Iglesia Católica, para formar la Iglesia remanente, la que permanece invariable, la que se apoya sólo en la doctrina de Cristo, en la Tradición Divina, en la enseñanza infalible de la Iglesia. Esa Iglesia Remanente que no tiene parroquias ni capillas, sino que está en los corazones fieles a la Palabra de Dios, corazones humildes, obedientes, llenos de la sabiduría divina.

No es ya la Jerarquía de la Iglesia la que guía a la Iglesia, porque ha perdido la Autoridad Divina al obedecer a un usurpador, Francisco. Esa Jerarquía, que se somete a un hombre que Dios no ha elegido, pierde la Autoridad que le viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo por obedecer a este hombre, que es un falso Papa, esa Jerarquía no tiene poder ni para guiar la Iglesia, ni para enseñar ninguna Verdad ni para santificar a ningún alma.

Esto debe estar claro para discernir a quién seguir en la Iglesia Católica. Si esto no lo tienen claro, entonces pertenecen a la falsa Iglesia Católica, que está en el Vaticano. Es falsa, porque su líder es un falso Papa. Su nombre de Papa está vació del Espíritu del Sucesor de Pedro. Es sólo una etiqueta, un lenguaje, un término. Su magisterio ordinario no es el de un Papa, sino el propio de un impostor, de un falsario, de uno que sólo vive para destruir toda la verdad dentro de la Iglesia. Es un falso Papa que gobierna una falsa iglesia: la de los herejes, apóstatas y cismáticos, como él es. Y la gobierna con un gobierno horizontal, que es el signo de su apostasía.

No esperen que de dentro de la Iglesia Católica, algún Obispo se levante y declare la apostasía y el cisma. Toda la Jerarquía de la Iglesia ha quedado ciega con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Son pocos los sacerdotes que ven, pero deben callar, porque saben lo que se cuece en la estructura interna del Vaticano y de cada diócesis. Es el Señor el que da la luz en estos momentos a cada alma, para que sepa caminar en estas tinieblas, que lo invaden todo. Es el Señor el que hace que sus almas se dirijan al desierto de todo, para esperar allí, en el silencio, en una vida escondida, el camino de la Iglesia.

Las almas tienen que salir de aquellas parroquias que ya no dan la Verdad como es, y no hacer grupos de Iglesia o irse a otros grupos o asociaciones, sino vivir su fe de manera escondida, como en las catacumbas. No hacer cosas públicamente: la oración, la misa, etc., todo de manera privada, sin que nadie lo sepa; sólo las personas que quieren la fe de siempre, que no desean lo que viene de Roma, porque eso sólo es una apostasía.

Esa falsa iglesia de los apóstatas, que está en Roma, no sigue la línea de la Gracia: han quitado la verticalidad, es decir, el Papado. Por esto sólo, se convierte en dos cosas: herética y cismática. No importa que lo demás no lo hayan tocado en la práctica: es decir, todavía no han quitado la Eucaristía y los demás Sacramentos. Pero lo harán. Sí han hecho ciertas obras, como bautizar hijos de personas lesbianas, que claramente se opone a la Gracia. Son actos heréticos, que revelan la doctrina que se sigue en esa falsa iglesia, que anulan la Gracia por seguir una ley canónica.

Han quitado a Pedro y han puesto una cabeza con un consejo de muchas cabezas. Es decir, se han convertido en una secta más, en una de tantas como hay en el mundo. Es un grupo de personas, con un fin humano y con unas obras humanas, que se ponen la etiqueta de católico, porque eso gusta mucho para atraer a las almas y para seguir engañando a la gente.

El Señor habla a los que creen en Su Misericordia y les da un mensaje lleno de Justicia, porque así es la Misericordia del Señor: en la verdad de su Justicia. Dios muestra Su Amor Misericordioso como camino en Su Justicia para el hombre. Porque el hombre, desde que nace hasta que muere, tiene que vivir colgado de la Justicia Divina, reparando sus muchos pecados, encuentra, en ese camino, justo y recto a los ojos de Dios, la Misericordia que lo salva y lo lleva a la santidad de una vida.

«Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió»: los tiempos del Fin no son los tiempos ordinarios, como el hombre los ha entendido durante 2000 años. Son los tiempos de un cambio para todo y para todos. Todo en la Creación; y todos los hombres. La Creación debe volverse gloriosa, espiritual, como fue concebida en la Mente de Dios. Y, para eso, hay que quitar lo que impide esa transformación: que son las obras del demonio y de los hombres, que han abierto su vida a la mente del demonio. Y, por tanto, este tiempo del Fin, nadie sabe cuándo comienza: se duerme uno en la vida de siempre y se levanta con otra cosa muy diferente.

Los tiempos de Dios no pueden ser medidos por los hombres. Se van conociendo en la medida en que el hombre va viendo, en su vida, las consecuencias, los efectos, de ese tiempo.

«La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro». Tiene que comenzar la guerra mundial para que el Falso Profeta se ponga en el Trono de Dios sobre la tierra, que es la Silla de Pedro. Francisco es un falso Profeta, porque tiene el mismo Espíritu de falsa profecía, pero no es el Falso Profeta, es decir, el Falso Papa que señala al Anticristo. Francisco es el inicio de un gran desastre en la Iglesia. Y eso todos lo pueden ver, lo pueden comprobar. Pero es incapaz de moverse como quiere, rompiendo el dogma. Sólo está con sus pobres y con su enamoramiento de las falsas religiones: es un comunista y un protestante. Y eso es lo que vive en la Iglesia, lo que transmite, a lo que se dedica. Pero él sabe las dificultades para quitar el dogma. Y tiene que hacerlo con medidas pastorales: un telefonazo, un Sínodo, una orden para que se bauticen, etc… Soluciones políticas que anulan la línea de la Gracia y que reflejan su pensamiento demoníaco. Pero es necesario desestabilizar el gobierno de la Iglesia, no sólo poniendo a un usurpador, sino a personas que dirijan la Iglesia hacia el rompimiento total: que es echar a Cristo de la Iglesia, quitando la Eucaristía de manera oficial. Por eso, se prepara un cambio en las estructuras de la Iglesia, en ese gobierno horizontal, para quitar a ese payaso y poner a un hombre fuerte, que comience a despojar la Iglesia de la línea de la Gracia, de lo poco que aún queda de Gracia. Y sólo así puede entrar en aparición el Anticristo.

«Ya no queda Misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor»: esto significa que el pecado ha llegado a su culmen, a su perfección, y por tanto, debe iniciarse la Justicia Divina que combata ese pecado perfecto y lo aniquile en el mundo y en la Iglesia. Si no se quita ese pecado, el demonio vence al hombre. Pero, porque Cristo vino al mundo para destruir las obras del demonio, por eso, se inicia esta Justica que se hace presente en todas partes, preparando el Día del Señor, que es el Castigo de los tres días y tres noches. Es tan perfecto el pecado de los hombres que ya no quieren convertirse, ya han despreciado la Misericordia como camino de salvación y por tanto, ya no queda Misericordia. El hombre, en pecado, siempre encuentra Misericordia. Pero, cuando el hombre desprecia la Misericordia, entonces ya no existe Misericordia.

«¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista». Los Vicarios del Señor son los Obispos, que tienen la plenitud del sacerdocio de Cristo, y que se han vuelto todos unos herejes. Pueden conocer la plenitud de la Verdad y prefieren la plenitud de la herejía.

Obispos malditos que han puesto a un hereje en la Silla de Pedro. Y ellos los saben, porque son herejes como él. Si no hubieran sido herejes, si hubieran profesado la fe verdadera, nunca hubieran elegido a Francisco ni a ningún otro. Pero están en la Iglesia, en cada diócesis, para llevar a la Apostasía a los sacerdotes y a todo el Rebaño. Son los guías puestos por Dios para llevar a las almas hacia el Cielo, con una vida de oración y de penitencia, y se han convertido, por sus muchos pecados, en lobos, en fariseos, en legistas, en hipócritas, en gente sin dos dedos de frente. Es la mayor corrupción que existe actualmente en la Iglesia: es la corrupción de lo mejor. La mente se corrompe, esa mente que ha conocido la Verdad, y se dedica a las obras del mismísimo demonio en la Iglesia. No hay mayor degeneración en la vida espiritual que un Obispo, como Francisco, que ha bebido la Verdad, pero que se emborracha de su mentira. Eso clama al cielo: el pecado de muchos Obispos que se asemejan a Francisco en la vida eclesial. Y, por eso, el castigo es modélico: fuego del cielo contra la falsa Iglesia de los apóstatas de la fe en Roma. Son Obispos que por más que clamen misericordia, no la tendrán. Ya no es tiempo de convertirse, sino de condenarse.

No son tiempos como los de antes. Son tiempos para ir formando la Iglesia remanente, que es la Iglesia Católica, pero aquella fundada en la Verdad del Evangelio. Una Iglesia que pasa a formar parte del Reino de Dios hasta que el Señor ponga el camino hacia la Nueva Creación. Una Iglesia de muy pocos, porque la mayoría prefiere estar con Roma y con la nueva iglesia que se hace más humana, más natural, más acorde al mundo. Y eso es lo que atrae a mucha gente, que son tibios en su fe y pervertidos en su mente humana. Así son muchos católicos en la Iglesia. Gente que se rasga sus vestiduras porque se juzga a Francisco por lo que es: un impostor. Gente que no sabe discernir el pan de la Vida, sino que va a la Eucaristía a tragarse una galleta de su sacerdote preferido, de aquella Jerarquía que le hable muy bonito y que le muestre sus verguenzas en público. Estamos en el tiempo del Fin. Y no hay más tiempo para convertirse. No oren por las almas que no quieran convertirse, duras en su pecado. Oren por las almas que todavía tienen dos dedos de frente y que ven que la situación no puede estar peor. Son muchas las almas, dentro de la Iglesia, que viven como condenadas. Nada se puede hacer por ellas: se han creído santas y justas en su pecado. Es mucho el fariseísmo en la Iglesia, la doblez, la mentira, el engaño. Sólo vean las páginas del Vaticano cómo exaltan los pensamientos heréticos del falso Profeta Francisco. Hay que dejarlas en su mentira y aplicarse a vivir la fe verdadera. Y todo lo que diga el Vaticano es para mirarlo con lupa, para criticarlo y para abandonarlo. Si no hacen eso, entonces caen en el error de muchos: esperan un bien de almas que viven para condenar el Rebaño. Mayor vileza no se puede encontrar. Y de idiotas que esperan algo de Francisco esta la Iglesia llena.

Francisco habla como el gran fariseo

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«Es por esta razón que la gente seguía a Jesús, porque era el Buen Pastor. No era ni un fariseo casuístico moralista, ni un saduceo que hacía negocios sucios con los políticos y los poderosos, ni un guerrillero que buscase la liberación política de su pueblo, ni un contemplativo del monasterio. ¡Él era un pastor! Un pastor que hablaba la lengua de su pueblo, lo entendían, decía la verdad, las cosas de Dios: ¡no negociaba nunca las cosas de Dios! Sino que las decía de tal manera, que la gente amaba las cosas de Dios. Por esto lo seguían» (texto).

Francisco es un hombre ciego que guía a otros ciegos con el lenguaje humano de su mente. ¿Por qué seguían a Jesús? Porque Jesús era un pastor que hablaba la lengua de su pueblo. Esto se llama: protestantismo. Esto es negar que la gente seguía a Jesús por ser el Mesías. Y esto es negar la divinidad de Jesús.

Jesús dio testimonio de que era el Mesías, el Cristo, el Ungido: «Te conjuro por el Dios vivo: di si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios. Y le contestó Jesús: Tú lo has dicho. Y Yo os digo que un día veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del Cielo» (Mt 26, 63-64).

Luego, Jesús no es un pastor que habla la lengua de su pueblo. Jesús es el Mesías que habla la Palabra del Hijo de Dios, Palabra Divina, que debe ser aceptada por el hombre, por la mente del hombre. El hombre tiene que dejar su lenguaje humano, su mente humana, sus ideas humanas, para poder creer en el Mesías, creer en la Palabra de Dios. Los fariseos, los saduceos, los hipócritas, los escribas no podían creer en el Mesías porque creían en su lenguaje humano y, por tanto, actuaban según ese lenguaje humano. No eran capaces de cambiar su mentalidad para creer en el evangelio. Permanecían en su mentalidad de hombres: en sus culturas, en sus filosofías, en sus lenguajes humanos. Para poder aceptar un dogma es necesario pisotear la mente, acallarla, humillarla, despreciarla. Y eso lo que no podían hacer toda esa ralea por su orgullo. Y es lo que no puede hacer Francisco por su orgullo.

Equiparar a Jesús con los fariseos, con los saduceos, con la gente, es anular su divinidad. No se sigue a Jesús porque haya fariseos, ni porque existan saduceos, ni porque haya en la Iglesia gente que viva como le da la gana, sin hacer caso del dogma. Se sigue a Jesús porque es Dios. Y, como Dios, ha enseñado una doctrina que es contraria a la doctrina de los fariseos, saduceos, y gente de igual ralea.

Decir que Jesús no es un contemplativo del monasterio es injuriar a la Iglesia. Una vez más, Francisco ataca, con su lenguaje humano, a la Iglesia. Una vez más, en la Iglesia se hace coro a las palabras de un hereje y de un cismático, como si fueran verdaderas y buenas para la Iglesia. En los monasterios hay de todo: almas santas y pecadoras. Hay demonios encarnados y almas transformadas en otro Cristo. Está la cizaña y el trigo juntos. Y, por tanto, no se puede predicar injuriando a los monjes contemplativos, porque muchos de ellos viven sólo para Cristo, viven para ser otro Cristo, viven para asemejarse a Cristo. Y, sin ellos, la Iglesia se pierde. Si no hay almas víctimas en los monasterios, entonces la Iglesia cabalga como lo está haciendo: dando oídos a un idiota que le llaman Papa, sin serlo.

La gente buscaba a Jesús por ser el Mesías: «Hemos hallado el Mesías» (S. Juan 1,41); «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (S. Mateo .16,16s; Véase, S. Marcos 8,29; S. Lucas 9,20). No lo buscaban porque hablaba el lenguaje del pueblo.

Esto es lo que no se contempla en la Iglesia actual. La gente va buscando a hombres que hablen lo que ellos quieren escuchar: el lenguaje de la masa, del pueblo. La gente no busca a un sacerdote que le diga la verdad, esa verdad que duele porque no se ajusta a ninguna vida humana, a ninguna filosofía del hombre, a ningún problema en la vida de los hombres. Por eso, la masa busca a Francisco: porque habla lo que la masa piensa.

Ya la gente no busca la vida eterna: «Y esta es la vida eterna, que te conozcan a TI, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo» (S. Juan 17,3). Conocer la Palabra que Dios ha revelado desde que ha creado el mundo: hoy se niega la Revelación de Dios en la historia del hombre. Se la interpreta de tantas maneras que, por eso, ya el homosexual es una creación de Dios, que es lo que muchos sacerdotes están predicando. Conocer a Jesucristo, su Palabra, su doctrina que ha dejado en Su Iglesia, es lo que muchos ya no conocen. Y, por eso, buscan el Paraíso en la tierra, la vida que no pasa en un mundo que pasa. Viven su absurdo de vida: su paganismo. Y. después, van a comulgar y a hacer apostolado en la Iglesia con su paganismo, con su vida de pagano, imitando al pagano mayor: Francisco.

«¿A mí, a quién me gusta seguir? ¿A los que me hablan de cosas abstractas o de casuísticas morales; aquellos que se hacen llamar del pueblo de Dios, pero no tienen fe y lo negocian todo con los poderes políticos y económicos; aquellos que siempre quieren hacer cosas extrañas, cosas destructivas, las llamadas guerras de liberación, pero que al final no son los caminos del Señor; o un contemplativo apartado? ¿A mí, a quién me gusta seguir?». Este es el lenguaje que destruye a la Iglesia, destruye su doctrina, destruye su fe. Este es el lenguaje del gran fariseo: Francisco.

1. ¿A los que me hablan de cosas abstractas o de casuísticas morales?: no sigas a los que hablen de dogmas, de normas de moralidad, de leyes éticas. No los sigas, porque no hablan el lenguaje del pueblo, el lenguaje de la mente de los hombres, el lenguaje de la opinión pública. No opinan como opina la masa. Se dedican a dar un lenguaje oscuro, inútil, lleno de cosas que nadie entiende. Esto es destruir el dogma. Sólo hay que leer a Santo Tomás de Aquino o a los grandes moralistas de la Iglesia, como San Alfonso María de Ligorio, para darse cuenta de que es necesaria la casuística en la Iglesia: si no se disciernen los pensamientos humanos, entonces todo vale, como propugna Francisco. No me hables de moralinas, sino da de comer al hambriento, dame un dinero para mis pobres; pero no hagas teología moral sobre los divorciados vueltos a casar, porque eso no es hacer una Iglesia para el mundo, sino para el dogma que ya no lo aguanto: «Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20). Hay que hacer casuística para no ser un fariseo ni un escriba, que es lo que Francisco obra en su vida: un auténtico fariseo, que se deja de moralinas en la práctica, pero que habla con la moralina.

2. «aquellos que se hacen llamar del pueblo de Dios, pero no tienen fe y lo negocian todo con los poderes políticos y económicos»: aquí Francisco habla de sí mismo. Él es un pagano dentro de la Iglesia: un hombre que no es fiel a la Gracia y, por tanto, vive su paganismo en su sacerdocio. Y, claramente, está negociando con los poderes del mundo: con los políticos y con los economistas. Tiene la caradura de su fariseísmo: digo la moralina: no tienen fe y, por eso, lo negocian todo. Pero practica su paganismo: se reúne con los gobernantes, con gente que no cree, con gente que vive su estúpida vida humana, y no es como San Juan Bautista: no les dice a la cara su pecado; sino que los abraza, los besa, les dice que son personas maravillosas, y los deja en sus vidas.

Y predicar esto y vivir lo contrario, en el día al día de la Iglesia, es destruirla, es abajar lo divino a la cultura, a los tiempos de los hombres. Es querer pasarse por el más santo de todos, porque comprende los problemas de todos, porque los acoge y les da el sentimiento de su estupidez: mi palabra humana os ama, mi corazoncito de hombre os ama. Sonrío ante todos para que veáis que os amo. Acojo vuestras ideas, las tolero, las engrandezco, porque os amo. Esta es la estupidez de Francisco en su gobierno herético en la Iglesia. Quiere contentar a todos los hombres respetando el pensamiento de todos los hombres: eso se llama estupidez mental. Porque la razón humana sólo busca, naturalmente la verdad. Y aquel que se para en una mentira, y la llama verdad, es un estúpido.

Si predicas que no hay que negociar con los poderes económicos y políticos, ¿por qué no lo vives?, ¿por qué no lo obras? Además de estúpido, Francisco es idiota. Y quiere que los demás sean como él: estúpidos e idiotas en la Iglesia. Esto es su gran fariseísmo. Uno ya se harta de las sandeces que Francisco da cada día en la Iglesia. Ya se está quitando la careta. Pero muchos han quedado cogidos en su estupidez, y ya no ven nada, no ven la realidad de lo que viene a la Iglesia.

3. «aquellos que siempre quieren hacer cosas extrañas, cosas destructivas, las llamadas guerras de liberación, pero que al final no son los caminos del Señor»: el lenguaje de este hombre es oscurísimo. ¡Hay en la Iglesia tanta gente que no va por el camino del Señor!. La teología de la liberación está condenada en la Iglesia. Y Francisco enseña la teología de la liberación. Francisco enseña las guerras de liberación: la lucha de clases: no hay jerarquía porque hay que atender al pueblo, a la clase idiota de la masa. El populismo es la guerra que Francisco ha iniciado en la Iglesia. El populismo es lo que tiene que liberar a la Iglesia de tanta gente que vive sus dogmas, pero que no hace caso de los estómagos que tienen hambre. Y esto es lo que destruye la Iglesia: lo que está haciendo ese hombre que de Papa no tiene un pelo. Y ese hombre sabe que lo que está haciendo no son los caminos del Señor. Su intelecto humano se lo dice, porque la razón va siempre hacia la verdad: la razón se conforma siempre con la realidad de las cosas. Y la realidad en la Iglesia es la doctrina de Cristo. Pero como no me gusta, como mi intelecto humano no aguanta obedecer a una razón divina, entonces marco diferencia: predico mi lenguaje: no hagáis cosas extrañas, no hagáis guerras de liberación, pero déjenme con mi teología de los pobres. Más hipocresía no se puede predicar. Francisco tiene la cara de un hipócrita. Predica para dar gusto a todo el mundo. Después vive, en la Iglesia, lo que le da la gana.

4. «o un contemplativo apartado»: con este final, tu mente –Francisco- se aclara. Porque, por definición, los contemplativos tienen que estar apartados de todo, incluso de la vida de la Iglesia. Viven una vocación especial: ser almas víctimas en la Iglesia. Se dedican a sufrir por todo el Cuerpo Místico. Y no tienen otro apostolado. De estos, pocos hay ya en la Iglesia. Porque también Francisco ha ido a los contemplativos para decirles: salgan al mundo. Francisco quiere una iglesia sin almas víctimas. Es un claro ejemplo de que Francisco no pertenece a la Iglesia Católica. Si le importara un poquito los problemas de los hombres, entonces no permitiría que el contemplativo estuviese abierto al mundo, sino predicaría que se aparte del mundo. Si no hay almas víctimas, los problemas de los hombres (sociales, económicos, culturales, políticos, espirituales) nunca se resuelven. Como a Francisco le importa tres pitos la gente contemplativa, sino resolver los problemas por sus caminos idealizados, utópicos, por eso, aquí se ven sus patitas de lobo. Aquí se ve al lobo, al destructor de la Iglesia, al que usa un lenguaje humano para quedar bien con todo el mundo; pero que después va a hacer lo que le da la gana en la Iglesia.

Eso es el documento que han sacado los Obispos ciegos para el Sínodo: lenguaje humano. Hablan de todo, menos de una cosa: la doctrina de Cristo. ¡Cómo Cristo ve a la familia!. No se expone en ese documento. Se expone sólo cómo los hombres del tiempo actual, que se visten de Obispos y que hablan como paganos, quieren resolver la crisis de la Iglesia y del mundo. Un documento sin una gota de fe ni en Cristo ni en la Iglesia.

Y los tontos de turno se van a recrear en ese lenguaje para decir que aman a la Iglesia y que quieren el bien de todos en la Iglesia. Y qué bueno tener a un Papa tan misericordioso. Es la estupidez que se escucha por todas partes. Y esa estupidez tiene un nombre: Francisco. El nuevo pagano de la Iglesia, que trae el nuevo paganismo a la Iglesia.

Jesús está sentado a la diestra del Poder de Dios viendo cómo la Jerarquía de la Iglesia destruye Su Iglesia. Y no va a mover un dedo para impedir esa destrucción. Porque Su Iglesia ya no está en Roma ni en las estructuras que Roma pone.

Su Iglesia está en el desierto del mundo. Y a ese desierto llama a los verdaderos católicos, a las almas que aceptan la Palabra de Dios sin poner su lenguaje humano.

Sólo los humildes pueden escuchar la Palabra de Dios en estos momentos en que ya nadie escucha a Dios, sino que todos dialogan con los hombres para escucharse unos a otros y cantar alabanzas de lo bueno que son todos en la Iglesia.

Una Iglesia que no mira el pecado como lo ve Dios es la Iglesia del demonio: la que está en el Vaticano regida por el gran fariseo, Francisco.

El gran cisma en el Vaticano

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«El cisma en Mi Iglesia será llevado en diferentes etapas. La primera etapa será cuando sólo aquellos que Me conocen verdaderamente, y comprenden la Verdad de Mis Santas Escrituras, decidirán que no pueden aceptar mentiras en Mi Nombre. La segunda etapa vendrá cuando a las personas se les niegue los Santos Sacramentos, como significan en realidad. La tercera etapa será cuando Mis Iglesias hayan sido profanadas y esto será cuando Mis sagrados siervos comprendan, al fin, la Verdad contenida en el libro del Apocalipsis» (20 octubre del 2013).

Nunca la Iglesia verdadera, nunca la Jerarquía verdadera, produce el cisma en la Iglesia, porque no es posible negarse a sí mismo. La verdad es como es, la verdad no cambia, la verdad permanece siempre en aquellos corazones que la aceptan sin poner su pensamiento humano, su idea, su opinión.

La Iglesia es la Verdad en Si Misma y, por lo tanto, no puede separarse de Ella Misma. Quien se separa de la verdad, quien se aleja de la Iglesia, es que no es de la Verdad, no es de la Iglesia.

Muchos, que son de la Iglesia, se han separado de la Iglesia porque han visto muchas cosas que llevan a la herejía y a la apostasía de la fe. Y se han separado mal, porque la Cabeza de la Iglesia no producía el cisma ni la herejía.

La Cabeza de la Iglesia, aun con sus pecados, ha permanecido fiel a la Verdad, íntegra a Cristo y a Su Iglesia. Esto, muy pocos lo comprenden. ¡Muy pocos! Y, por eso, son muy pocos los que han visto lo que es Francisco y no lo han obedecido desde el principio.

Estamos en la primera etapa del cisma. Son muy pocos los que tienen Fe en Cristo, los que conocen de verdad a Cristo. Son muchos los que lo conocen de oídas. Pero no tienen vida íntima con Cristo. No son almas de verdadera oración ni de penitencia. Están en la Iglesia como todos: haciendo cosas y, en realidad, no hacen nada de provecho para sus almas.

Son muy pocas las almas que al ver a Francisco, la primera vez, hayan dicho: éste no es Papa. Éste es un falsificador, un impostor.

Y son muy pocas las que, hablando y obrando ese hombre en la Iglesia, se hayan preguntado si eso –que habla y obra- viene de Cristo, si eso lo enseña Cristo, si eso pertenece al Magisterio de la Iglesia.

Son muy pocas que al leer las declaraciones de ese hombre, al leer sus encíclicas, hayan dicho: no puedo obedecer a este hombre como Papa, porque no da la Mente de Cristo, no enseña la Verdad del Evangelio. ¡Muy pocas! Todavía hay mucha gente que da su obediencia a Francisco. Y, sobre todo, la Jerarquía, que es la más culpable, porque posee más conocimientos que todos los fieles. Pero, porque tampoco ellos tienen vida de oración y de penitencia auténtica, no saben oponerse a Francisco.

En la primera etapa del cisma, que es en la que estamos, se ve la falta de fe auténtica de muchos miembros en la Iglesia. Son todos unos analfabetos en la fe. Y viene un baboso, con una palabrería barata, y sucumben a su herética enseñanza.

El cisma es siempre producido por aquella Jerarquía que no es la verdadera, que se hace pasar por la verdadera: que ora, celebra misa, confiesa, predica, pero que todo eso es sólo una ficción, una obra de teatro; porque son gente sin fe: por tanto, ni celebran, ni dan sacramentos, ni predican. Están en la Iglesia para su negocio. Y sólo para eso. Son gente infiltrada en el sacerdocio, sin vocación para ser sacerdotes. Sólo con la vocación del demonio, con el llamado del demonio, para obrar, en la Iglesia, la ruina de Ella.

Este punto es el que, también les cuesta entender a los miembros de la Iglesia, especialmente a la Jerarquía. Por eso, han tapado el tercer secreto de Fátima, que es el que habla sobre esto. Y no creen en el Apocalipsis, y siguen esperando el fin del mundo y otras edades en la tierra.

Hay muchos, dentro de la Jerarquía que no creen en el milenio: en el reino de Cristo en la tierra; un reino glorioso. Y no creen por sus teologías: no saben explicar el pecado original y, por tanto, no comprenden el reino glorioso de Cristo en la tierra. Y quieren explicar la Segunda Venida de Cristo de muchas maneras; y, entonces, no comprenden los Signos de los Tiempos. No puede ver a Francisco como impostor, sino que lo siguen viendo como verdadero Papa.

Éste es el punto crítico en tanta Jerarquía: ellos creen que siempre habrá un Papa verdadero en la Iglesia. Que el cisma de la Iglesia no puede hacerlo la cabeza, la Jerarquía. Y, por eso, no acaban de ver la realidad de Francisco. Están ciegos, por su falta de fe; no por inteligencia. Ellos comprenden las herejías que Francisco está diciendo. Ellos las ven, porque ellos saben de qué está hablando Francisco. Pero viven con temor, con miedo a la Autoridad en la Iglesia. No saben oponerse a una Autoridad que ya no da la Verdad, que ya se sale claramente de las reglas divinas y morales. Y serán los últimos en ver, por su soberbia. Hasta que no vean la profanación de la Eucaristía no van a entender nada. Hasta que no se les niegue la celebración de la misa, no van a comprender nada. Van a seguir dando obediencia a Francisco.

Estamos en la recta final de esta primera etapa del cisma. Tiempo ha dado el Señor para discernir a un maldito. ¡Y qué pocos han discernido! ¡Qué pocos se han enfrentado a Francisco! ¡Cuántos continúan haciéndole el juego, hablando de lo que dice o no dice, y esperando algo de él!

El que es de la Verdad no puede obedecer una doctrina mentirosa, que no da ninguna Verdad, como es la doctrina que Francisco ha impulsado en estos meses: evangelio de la fraternidad, cultura del encuentro, el diálogo con los hombres. Estas son las bases de la nueva iglesia herética y cismática puesta en el Vaticano, en Roma.

Muchos no acaban de comprender que con la renuncia del Papa Benedicto XVI, el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, que es el Papado, ha sido demolido totalmente. Y ahora se está levantando la abominación en Roma.

Esto es lo que muchos no comprenden. Ya no hay Iglesia. Ya no hay más Papas. Ya no hay más cabezas en la Iglesia. Todo ha sido tumbado por la masonería. Lo que hay es el juego de los masones, el desfile de gente para mostrar al mundo la nueva iglesia del nuevo orden mundial.

Francisco no pertenece a la Iglesia Católica. Francisco no es sacerdote. Francisco no es Obispo. Francisco es un infiltrado, que lleva viviendo su herejía toda su vida; y que la ha obrado, especialmente, como sacerdote y como Obispo. Y, ahora, en el podio de los vencedores, la sigue obrando como un falso Papa.

Esto es lo que no entra en la cabeza a muchos, incluso a gente que no es de la Iglesia. Y a mucha gente, que se salió de la Iglesia, y que por criticar a todo el Papado, tampoco ve lo que es Francisco. No saben discernir los Signos de los Tiempos. No saben nada de nada.

Francisco es sólo el inicio del cisma, pero no es todo el cisma. Hace falta algo más para tumbar la Iglesia que las babosidades de ese hombre. Esas babosidades dañan a la Iglesia, pero no obran lo que el demonio quiere. Por eso, es necesario un hombre más fuerte, que rompa los dogmas. Es necesario quitar a Francisco, porque ya ha cumplido su papel: el de ser bufón en la corte. El payaso que entretiene a las masas. Y, por ser un payaso, es un hombre sin inteligencia; que vive su herejía, pero que no sabe poner las bases intelectuales para que otros la vivan. Por eso, la masonería se encarga de quitarlo y poner a su hombre, el cual iniciará la segunda fase del cisma.

Viene el hombre temido por la Jerarquía. A Francisco no le temen, pero saben cómo son las cosas en la Iglesia. Por eso, siguen callados. Mientras haya un plato de lentejas, que las almas vivan como puedan en la Iglesia.

Viene el hombre que pone a la Jerarquía entre las cuerdas, que empieza a dar excomuniones a quien no le obedezca, porque sólo así la Iglesia funciona: con el miedo de la pena. Y aun así mucha Jerarquía callará, seguirá con los ojos vendados, dando obediencia a quien no se debe dar.

Francisco deja su falso Papado, renuncia a ello; le obligan a irse, como obligaron al Papa Benedicto XVI. Pero es más fácil ahora, porque Francisco se ha encargado de anular la figura del Papado en la Iglesia. Con su gobierno horizontal, él deja un sustituto, otro que gobierne. Es fácil crear una sucesión de hombres que gobiernen la Iglesia, cuando el gobierno de la Iglesia es eso: la sucesión de Pedro. Se quita a Pedro, y se pone otra forma de ser Pedro en la Iglesia, más acorde al pensamiento moderno, a la cultura del hombre, a la nueva fraternidad. Es cuestión de cambiar algunas normas, leyes de eso.

El fundamento de la Iglesia, que es Pedro, ya no existe en Roma. Existe lo exterior, la apariencia externa. Pero, dentro de poco, ni eso. Los hombres de la Iglesia, la Jerarquía infiltrada, la masónica, que se viste de un ropaje adecuado, pero que obra la maldad del demonio, han anulado a Pedro en la Iglesia. Esto es lo que no se quiere comprender.

La elección de Francisco por los Cardenales es sólo una ficción, una obra de teatro, algo impuesto a la Iglesia; algo que tenía que dejar el Papa Benedicto XVI, porque le obligaron a decir que la sede estaba vacante.

La renuncia del Papa Benedicto XVI es falsa, es también nula; porque no ha sido libre. Ha sido obligado a renunciar. Le han puesto una pistola en la cabeza. Y su pecado, sólo Dios lo puede juzgar. Bien podría haber dado la muerte por Cristo y por la Iglesia. Pero se bajó de la Cruz. Que sea Dios quien juzgue su pecado.

El Papa Benedicto XVI sigue siendo Pedro en la Iglesia; pero es inútil porque no puede cumplir su misión. Pero los destinos de la Iglesia sólo ahora le corresponden a Cristo, no al Papa. La forma de guiar a la Iglesia, en esta gran oscuridad, cuando no hay cabeza visible, cuando una impostura está en el gobierno de la Iglesia, ya no le pertenece al Papa, a Benedicto XVI. Ya se encarga Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, de guiar a toda Su Iglesia, a la Iglesia verdadera, a la Jerarquía verdadera, hacia la Verdad.

Pero Cristo sólo puede guiar a un alma cuando ésta abraza la Verdad. Cristo está esperando que las almas despierten del engaño de Francisco y se opongan a la mentira, con todas las consecuencias. Si el alma no lucha en contra del error, de la mentira, entonces Cristo no puede guiarla.

Por eso, es necesario saber batallar contra Francisco y contra todo aquel que siga a Francisco, que obedezca a Francisco. No hay que hablar de Francisco y meter en ello a los otros Papas, como muchos equivocadamente hacen. Hay que anular a Francisco de la Iglesia Católica, porque no es Iglesia, no pertenece a la Iglesia. No hay que anular a los otros Papas.

Un antipapa pertenece a la Iglesia, porque no es herético. Pero Francisco no es antipapa, es herejía, es cisma, es anticristo, es falso profeta. Francisco no es Iglesia.

Si no se sabe batallar contra Francisco, menos se sabrá luchar contra el temido, contra el que lo sucede en el gobierno. Si ahora caen por las estupideces de ese hombre, por sus palabras baratas y blasfemas; si ahora por un sentimentalismo idiota, se les cae la baba por Francisco, ¿qué van a hacer cuando el que viene les diga tantas razones bien concertadas, que parecen una verdad, y que serán sólo mentira, y se queden con la boca abierta, sin saber qué responder?

Francisco es el orgullo en la Iglesia: es decir, la vanidad, el amor propio, el deseo de popularidad, la vida social, la vida exterior, el estar con todo el mundo viviendo sus vidas. Eso es Francisco: se ama a sí mismo, y sólo se ama a sí mismo. Después, habla de amor a los pobres para ganar su salario en la Iglesia, para hacer su negocio en la Iglesia.

Pero el que viene es la soberbia en la Iglesia, se deja de sentimentalismos: es decir, es la idea triunfante, la razón que todo lo puede, que todo lo ve, la filosofía que todo lo divide, la mente que nunca descansa, que se sabe todos los caminos para obrar y conseguir lo que quiere. Un hombre cerrado a la verdad que no atiende a razones, sino que quiere que todo el mundo le obedezca por lo que dice y razona.

Si no han sabido luchar contra el hereje sentimental de Francisco, menos sabrán luchar contra el hereje intelectual de su sucesor en el gobierno.

El cisma nunca lo hace la Iglesia, sino aquel que se sale de la Iglesia, de la Verdad. Y no importa seguir dentro, en la apariencia externa, porque el cisma comienza siempre en el interior de la persona. Cuando la persona vive en su corazón el cisma, entonces lo obra exteriormente. Esto es lo que ya se ve en el Vaticano, pero nadie se da cuenta. Quien tiene ojos espirituales, ya reconoce el cisma en la Jerarquía. Y comienza a distinguir la verdadera Jerarquía de la infiltrada.

Ya no es tiempo de seguir a Francisco, a ver que dice, a ver qué hace. Ya no se lucha en contra de él como al principio. Viene el tiempo de la segunda parte del cisma. Y hay que prepararse para esa lucha de otra manera.

La gran obra de teatro en muchos Altares

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“ Te anunciamos la siguiente advertencia: Los discípulos que no son de Mi Evangelio están trabajando intensamente en estructurar, de acuerdo a sus propias ideas y bajo la influencia del enemigo de las almas, una nueva Misa que contenga conceptos odiosos a Mis designios. Cuando la fatal hora llegue, la fe de mis sacerdotes se pondrá a prueba; estos textos serán celebrados en el segundo periodo.

El primer periodo es aquel de Mis sacerdotes que viven sin Mí. El segundo es aquel de la persecución, cuando los enemigos de la Fe y de la Santa Religión impondrán sus fórmulas en el libro de la segunda celebración. Estos espíritus infames son aquellos que Me han crucificado y están esperando el reino del nuevo Mesías. Algunos de mis santos sacerdotes rechazarán este libro, sellado con las palabras del Abismo. Desafortunadamente, habrá muchos que lo aceptarán” (Marie-Julie Jahenny – Profecías).

El sacerdote es de Cristo, para Cristo y en Cristo.

El sacerdote no es para el pueblo, no es para la gente, no es para la sociedad, no es para la cultura de los hombres, no es para la política de las mentes humanas. El sacerdote no es un laico, sino un jerarca.

El sacerdote tiene que vivir con Cristo. Y si vive así, entonces es de la Iglesia, que es la Obra de Cristo.

“Aquellos que son ordenados se colocan a la cabeza de la comunidad. Están a la cabeza sí, pero para Jesús esto significa poner la propia autoridad al servicio de los otros” (Francisco, 26 de marzo de 2014). No; Francisco. Una vez más eres el que metes la pata hasta el fondo. Una vez más das tus fábulas sentado en la Silla que has robado al Papa Benedicto XVI. Una vez más, das tu palabra mentirosa a los hombres para que te aplaudan.

Los sacerdotes están a la cabeza, porque son jerarcas, son Autoridad, son Cabeza; pero para Francisco –no para Jesús- eso significa que deben servir al otro: poner la propia autoridad al servicio del otro. Esto se llama laicismo. Eso se llama anular la Jerarquía. Anular el sacerdocio de Cristo en la Iglesia.

El sacerdote no es un laico, sino una Jerarca; es decir, uno que tiene Autoridad Divina. El lacio es uno del pueblo, que pertenece al pueblo, que es de la gente; que no tiene autoridad. Vive en sus ideas humanas y hace su vida humana. El lacio católico es el que pone su mente humana a los pies de la Jerarquía. El laico del mundo es el que pone su mente humana por encima de la ley divina y la ley natural.

La Autoridad Divina es para obrar el Poder Divino. Y se obra con humildad, no con arrogancia. Por eso, hay que hacerse pequeño ante los demás; pero eso no significa poner la autoridad al servicio del otro. Eso sólo significa saber mandar, saber obrar la Voluntad de Dios con humildad, con sencillez, con verdad, aplicando la justicia en todo; imponiendo la ley divina a los hombres; exigiendo obediencia a Dios. La Jerarquía es para servir a Dios, a la Mente de Dios; no es para servir al pueblo, a la mente de los hombres. La Jerarquía tiene que obedecer a Dios, no al pueblo, no a la Iglesia, no a la comunidad.

Francisco anula la Jerarquía al poner la autoridad sirviendo al pueblo, a la comunidad. Es la idea masónica de servir al hombre, porque es necesario respetar el pensamiento de los hombres. Y, uno que manda, uno que tiene autoridad, tiene que mandar tolerando la idea del otro. Y, por eso, hay que poner la autoridad al servicio de la mente de los hombres, de las ideas de los hombres, de las vidas de los hombres, de las culturas de los hombres. En otras palabras, el que ejerce autoridad tiene que dar a los otros lo que ellos quieren. Y, por eso, Francisco dice su sentimentalismo herético: “Un obispo que no está al servicio de la comunidad no actúa bien; un cura o un sacerdote que no está al servicio de la comunidad, se equivoca” (Ibidem).

Ésta, su herejía, nace de su obsesión por el amor a los hombres; por poner su amor al hombre por encima del amor a Cristo.

Un Obispo que no es otro Cristo, que no imita a Cristo, entonces no actúa bien en la Iglesia, obra la maldad en la Iglesia, conduce hacia la mentira a las almas dentro de la Iglesia. Un Obispo que no está al servicio de la comunidad hace bien en la Iglesia. Porque el Obispo está sólo para servir a Dios, a los intereses de Dios en la Iglesia. Un Obispo que hace caso de los hombres en la Iglesia no es Obispo, no es Cabeza del sacerdocio.

Un sacerdote que no es otro Cristo, que no imita a Cristo, entonces siempre se equivoca en la Iglesia.

El sacerdote es Cristo en persona; actúa en la Persona de Cristo; obra en la Persona de Cristo. Es el mismo Cristo. Y si eso no lo vive el sacerdote, es mejor que no se hubiera hecho sacerdote.

La Iglesia no necesita sacerdotes para el pueblo, para la gente, para lo humano. La Iglesia necesita sacerdotes que sean otros Cristo, que den a Cristo, que vivan a Cristo, que hagan las mismas obras de Cristo.

Eso, por supuesto, no lo es Francisco. Francisco es un degenerado como sacerdote. Ha manchado su vestidura sacerdotal con la mente del demonio y con sus obras en la Iglesia. Por eso, la Iglesia Católica no tiene necesidad de Francisco, ni como sacerdote, ni como hombre. Si Francisco no respeta a Cristo en la Iglesia, que se vaya a su casa, pero que no esté en un sitio que no ama, que odia en su corazón.

Los sacerdotes están viviendo el primer período, que dice la estigmatizada: viven sin Cristo oficiando la Misa, siendo sacerdotes en la Iglesia. Viven como hombres dentro de la Iglesia y obedecen a hombres en Ella. Han dejado de obedecer a Cristo en sus sacerdocios.

El sacerdote es de Cristo, y de nadie más. No es del Obispo que lo consagra; no es de la Iglesia, de las almas que tiene asignadas; no es de la Cabeza a quien tiene que obedecer porque así lo ha puesto Cristo en Su Iglesia.

El sacerdote es de Cristo. Y la Misa es la vocación del sacerdote. Y quien no viva esa vocación divina, hace de la misa un teatro en la Iglesia.

La Liturgia no necesitaba ningún cambio, porque la Misa, en el rito antiguo, contenía la plenitud de gracias que el Nuevo Ordo no merece.

La Nueva Misa, la que los Cardenales introdujeron en la Iglesia, en desobediencia al Papa Pablo VI, sigue siendo válida, pero no da a las almas el fruto divino; es decir, no sirve para salvar y santificar a las almas. Los cambios en la liturgia dados después del Concilio Vaticano II no invalidan los sacramentos, como muchos predican en su ignorancia. Todos los sacramentos siguen siendo válidos, pero todos tienen un defecto: no dan la plenitud de gracia. Y, por eso, los sacerdotes que se ordenan con el nuevo rito, no reciben toda la gracia, que con el antiguo recibían. En consecuencia, están más dispuestos a pecar en sus vocaciones. Por eso, la relajación en todas partes en la Iglesia.

Las gracias se reciben de acuerdo a la disposición del alma y a lo que el alma obra en la Misa.

Cuando el texto que el sacerdote lee no está correcto, entonces se detiene el canal de gracias. Hay que pronunciar las palabras convenientemente, de acuerdo a la Tradición, al Evangelio, a la Voluntad de Dios.

Decir: “Esta es Mi Sangre que será derramada por vosotros y por todos”; impide que Dios derrame las gracias en esa Misa. Porque no hay que inventarse las Palabras del Evangelio, que son las de Cristo. Hay que decirlas como Cristo las dijo. Hay que decir: “Esta es Mi Sangre que será derramada por vosotros y por muchos”. El Papa Benedicto XVI logró cambiar el todos por muchos. Fue un Papa que luchó por la Misa. Francisco se ha dedicado a tumbar la Tradición en la Misa. Y, por eso, predica sus herejías en la Misa, y hace de ella una obra de teatro.

Cristo no derramó Su sangre por todos. En el deseo, quiso derramarla por todos los hombres, pero, de hecho, Cristo sólo derramó Su Sangre por los que se van a salvar, que sólo Dios sabe quiénes son. Siempre en Dios está presente la libertad de cada hombre. Y, en esa libertad, no todos quieren salvarse.

Dios quiere salvar a todos los hombres. Y Cristo va a la Cruz para todos los hombres. Cristo llama a todos los hombres a la salvación; pero, es claro, que no todos quieren salvarse. El ir a la Cruz por todos los hombres, para morir por todos, no significa salvarlos a todos. En la mente de Dios, la cosa es clara: Cristo derramó Su sangre por muchos, por aquellos que sí quieren salvarse.

A los hombres les cuesta siempre comprender el Pensamiento Divino. Y, por eso, les gusta modificar las Escrituras. Y no se puede modificar ni una palabra de lo que Cristo dijo. Hay que saber interpretarla en el Espíritu de la Palabra. Si Cristo dijo “por muchos”, es que no es “por todos los hombres”; es que no derrama Su Sangre por todos, sino por muchos. Y eso hay que decirlo en la Misa. Si no se dice correctamente, se obra una mentira. Y, en la mentira, no hay gracias, Dios no bendice.

Los Obispos cambiaron la Misa Tridentina, que contenía la plenitud de gracias para las almas en la Iglesia. Y pusieron una nueva Misa, válida, pero inútil para salvar y santificar.

Lo que un Papa prescribió en la Iglesia, que fue San Pío V, nadie lo puede anular, quitar. Pablo VI no quitó nada, no fue en contra de San Pío V; fueron los Obispos los que se rebelaron en contra de su autoridad divina en la Iglesia. Pusieron a un actor como falso Papa. E hicieron que los demás, después, culparan a Pablo VI de lo que nunca hizo. De ahí nació la desobediencia de muchos al Papa. Los culpables: los Obispos desobedientes al Papa. El Papa estaba enclaustrado, drogado, y no podía hacer nada ante la maldad de muchos. Y así permaneció hasta su muerte, que nadie sabe cuándo fue, porque en su funeral no estaba su cuerpo.

La Misa Tridentina es la mejor que existe, la verdadera, la buena, la que hace santos en la Iglesia.

Un fiel, en la Misa, que se dedica a hablar, a cantar, a ver un teatro, entonces su alma no está dispuesta para recibir las gracias. Un fiel, en la Misa, que comulga en la mano, detiene todas las gracias de Dios. Un fiel que no se arrodilla en la consagración, detiene las gracias de Dios. Un fiel que va a la misa por la rutina del domingo, porque hay que ir a misa, no recibe las gracias de Dios. Una mujer que lea las lecturas, antes del Evangelio, no recibe las gracias de Dios. La mujer que ayuda a dar la comunión, no recibe las gracias de Dios. Un fiel que no recibe la bendición final de rodillas, no recibe la gracia de esa bendición.

La Misa no es un teatro, una función de sobremesa, una comida o lo que sea. Es Cristo que da Su Gracia al hombre. Y el hombre tiene que obrar para merecer recibirla. Hay que merecer las gracias que Cristo da en la Misa. Hay que merecer la gracia de la comunión.

La Misa es el Calvario de Cristo. Y hay que saber estar en ese Calvario, como lo hizo la Virgen María y san Juan. Hay que saber contemplar el Dolor y la Muerte de Cristo.

Los fieles no tienen que hacer nada: sólo estar en oración en la Misa. Arrodillarse, cuando lo tienen que hacer. Y nada más. Así estuvo la Virgen María: en el silencio de la oración. Los fieles no tienen que entender las palabras que se dicen, ni del Evangelio ni de otra cosa en la Misa. No hace falta.

El evangelio lo explica el sacerdote en su homilía. Y eso basta para recibir las gracias de Dios. Aunque se entienda el evangelio, no por eso, se recibe la gracia. Se recibe la gracia cuando el fiel está atento a la homilía y acepta lo que el sacerdote le dice. Hay que escuchar al sacerdote, que es otro Cristo, que es Cristo el que habla por su boca.

Por supuesto, hoy día, en tantas misas con tantas homilías heréticas, el fiel no está obligado a escuchar al sacerdote. Cuando un sacerdote, comienza a predicar tonterías, mentiras, herejías, el fiel tiene que coger un Rosario o un libro y pasar su tiempo en oración para prepararse a la consagración, si es que ese sacerdote tiene fe. Si no la tiene, es mejor que busque otra misa.

Se ha quitado la ceremonia de aspersión del comienzo de la misa, en la que se rociaba a los fieles con el agua bendita y el sacerdote daba su absolución a toda la Iglesia. Hoy se reza una oración en la que se pide perdón a Dios y no se recibe ninguna gracia por esa oración. Porque la Misa es para quitar los pecados de toda la Iglesia, no para que los fieles pidan perdón por sus pecados. Y se quitan los pecados, con el agua bendita, con el incienso y con la absolución del sacerdote. Y eso hacía que todos los demonios se marcharan fuera del recinto de la Iglesia.

A nadie le incumbe, en la Iglesia, leer la Sagrada Escritura. Sólo al sacerdote. El sacerdote es Cristo y, por tanto, da la Palabra de Dios a la Iglesia. Él tiene la misión de leer las dos o tres lecturas, y el salmo correspondiente. Si los lee un fiel, entonces, no se alcanzan las gracias para las almas.

En las ofrendas del nuevo ordo se ha perdido el sentido de lo que se ofrece. Y sólo se dicen palabras a Dios; bonitas, pero que no merecen las gracias de Dios. No se ofrece a Cristo en las ofendas, sino sólo lo humano: el pan y el vino; que Dios no lo quiere. No hay que ofrecer el pan y el vino como cosas buenas humanas, sino como instrumentos para la salvación del hombre; que Cristo baje a ese pan y a ese vino, y lo haga Su Sacrificio por el pecado de los hombres. Y esto es lo que ya no se dice en el ofertorio. Y, entonces, no hay gracias de Dios.

Para consagrar a Cristo en el Altar es necesario una oración adecuada, digna, a esa obra divina. Y es necesario una serie de gestos que complementan la consagración. Ya nadie comienza la preparación a la consagración con el prefacio de la Santísima Trinidad, que era el único que había en la antigua Misa. Ahora, hay tantos prefacios que no sirven para alcanzar de Dios las gracias. La Misa es la Obra de la santísima Trinidad. Y, por tanto, hay que invocar ese Misterio con las palabras adecuadas. Si no se hace así, se pierden muchas gracias en esa Misa.

Hay que hacer las treinta y tres cruces, que ya nadie se acuerda de ellas. Porque estamos en el Calvario. Estamos ante la Cruz que salva. Estamos ante la muerte en Cruz. Estamos ante la victoria de Cristo en la Cruz. Y ese número de cruces representa muchas cosas en la Iglesia, no sólo los años de Cristo, sino los misterios de la vida de Cristo.

Hoy todo se ha perdido con el nuevo Ordo. Y son pocas las gracias que se reciben en una Misa. Por eso, la mayoría de Misas, son válidas, pero no producen en el alma todo el valor de una Misa, porque no se da la plenitud de la gracia.

Después del Concilio Vaticano II, se introdujo una primera redacción de la celebración de la Misa. Es la primera celebración, en la que se contienen palabras que no pertenecen al Evangelio, a la Tradición y que degradan los Sacramentos y toda la liturgia.

Falta la segunda redacción, que es la que ahora se está redactando en Roma y que contiene un juramento para que los sacerdotes oficien la nueva misa, los nuevos sacramentos, la nueva liturgia. Esa segunda redacción viene escrita por el demonio. Son palabras del demonio que anulan todo: ya los Sacramentos no serán válidos. Ya nada será válido. Y pocos sacerdotes comprenderán la jugada del demonio, porque muchos se han acostumbrado, en sus sacerdocios, a vivir sin Cristo, sólo mirando al hombre y dando gusto a los pensamientos de los hombres. Y, por eso, les cuesta imponerse en las Misas y dejan que los hombres, los laicos, hagan cosas que no quiere Dios en las Misas.

Pocos Sagrarios contienen ya a Cristo. En muchos hay sólo un poco de pan. Y se da eso, pan, un trozo de pan, en muchas misas, porque ya el sacerdote no tiene intención de consagrar. Aunque se digan las palabras correctas, si el sacerdote no tiene la intención de poner el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Altar, entonces sólo hay un poco de pan sobre el Altar.

Y la intención del sacerdote es fácil conocerla: aquel sacerdote que niegue las verdades, los dogmas, no posee esa intención. Si le predican herejías en la homilía, después no hay consagración. Si no se da la Palabra de Dios en el ambón, tampoco se da la Obra de la Palabra de Dios en el Altar.

Muchos sacerdotes hacen su teatro en la Iglesia. Francisco es uno de ellos. Por eso, es un bufón, un payaso. Se dedica a entretener a la gente, a estar con la gente, a darse el gusto de ser una persona social.

En la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo

reydelaiglesia

En la Iglesia Católica se vive la mentira sin posibilidad de un camino hacia la Verdad.

La Jerarquía, atada a una estructura de ideas, social, política, económica, humana, material, ha dejado de seguir al Espíritu de la Iglesia.
Hay muy pocos sacerdotes, Obispos, que sean humildes de corazón; son, la mayoría de ellos, grandes soberbios, persona orgullosas, que han hecho de sus pecados la vida en la Iglesia.

La Iglesia tiene que mirar a Cristo: ésa es su referencia. Pero, ahora, todos miran a uno que no es Papa, llamado con el nombre de Francisco, ultrajando el nombre de san Francisco y ofendiendo Su Espíritu.

San Francisco de Asís vino para reparar la Iglesia de Jesús, vino para expiar los pecados de las almas en la Iglesia de Jesús, vino para unirse a las llagas de Cristo en la Iglesia de Jesús.

Y ¿qué hace el Falsificador Francisco, el que ha manchado el nombre de Francisco? Ha tomado la pobreza de Cristo como su negocio comunista en la Iglesia. Ha vendido a Cristo por el amor a sus pobres, por un puñado de fama y de propaganda entre los hombres, en el mundo, en el interior del Vaticano.

San Francisco se hizo pequeño ante sus hermanos; no quiso ningún poder entre sus manos. Y Francisco se ha subido al podio de la popularidad y va caminando en el mundo para recibir el aplauso de tanta gente que sólo mira a la Iglesia como un bien humano, un bien social, un bien político, un bien económico, un bien para el propio bolsillo.

La Jerarquía de la Iglesia pone su referencia en Francisco, no en Cristo. Éste es el más grave error de toda la Jerarquía.

Y ¿por qué se cae en este error moral? ¿Por qué pecan los sacerdotes y los Obispos que dan su obediencia a Francisco? ¿Por qué no hay que seguir a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal, que obligue obedecer a Francisco?

Porque Francisco no es el sucesor de Pedro, no es el Papa. Es el Papa Benedicto XVI el sucesor de Pedro. Su renuncia ha obligado al Espíritu Santo a retirarse de todas las estructuras de la Iglesia. ¡De todas! ¿Qué significa eso? No hay Arquidiócesis en la tierra que tenga Espíritu. Todas han quedado en poder de los hombres, de sus mentes, de sus obras, de sus vidas humanas.

Esto, por supuesto, no se lo creen en Roma. Esto nadie se lo cree. Pero es la única Verdad. El pecado de Benedicto XVI es un pecado contra el Espíritu. Es un pecado de un Papa, no sólo de un hombre. Un Obispo con una misión específica en la Iglesia: ser el sucesor de Pedro; ser Papa hasta la muerte. Y no llegó hasta el final de esa misión.

Y no se quiera coger el atajo fácil de que un Papa puede renunciar. Ése pensamiento es la comodidad de muchos. Ese pensamiento no es divino cuando se ha visto claramente que nadie ha luchado para que el Papa no renuncie. Nadie se ha levantado para hacer que el Papa vuelva a ser Pedro. A nadie le ha importado lo que el Papa ha hecho. Y eso es un claro signo de que no es un pensamiento de Dios, sino del demonio.

Las cosas divinas dan al alma celo por la Verdad, inquietud por saber la raíz de la Verdad, ansia por conocer la verdad de los acontecimientos de la vida. Pero cuando se ven estas realidades como algo rutinario, entonces es que Dios no sopla, que las almas están dormidas en el sueño de su bien humano y no saben ver lo divino, lo santo, lo sagrado, lo único que importa en la vida: el amor a la verdad. ¡Nadie puede renunciar al don de Dios para su vida y quedarse tan tranquilo! ¡Y quedarse como si no pasará nada! ¡Toda la Iglesia ha renunciado a Su Papa porque nadie ha luchado para tener el Papa que el Señor ha puesto! ¡La Iglesia ha renunciado a la Verdad en el Papa Benedicto XVI! ¡La Iglesia ya no ama la Verdad, que es Cristo!

¿Qué verdad hay en Francisco como Papa? Ninguna. No habla como un Papa, no enseña como un Papa, no gobierna como un Papa, no vive como un Papa, no obra como un Papa. Es sólo un hombre mundano, carnal, demoniáco.

Y ¿qué hay entonces en Francisco? Lo que los hombres quieren ver. Los hombres quieren una Iglesia en la calle. Eso se lo da Francisco: la ruta del comunismo. Los hombres quieren estar con la realidad social. Eso se lo enseña Francisco: su doctrina comunista, su evangelio de la fraternidad, los bienes sociales y culturales en la Iglesia. Los hombres quieren ilusionarse con una primavera de gozo y esperanza. Eso le gusta a Francisco predicar todos los días: su cultura del encuentro, su estadía en las estructuras del mundo, su amor al mundo y a Su Príncipe, el demonio. Los hombres quieren responder a los problemas sin la verdad, sin la moral, sin la ley natural. Ese es el camino que Francisco les ofrece: ama a los hombres porque son buenos hombres; su amor humano que pone por encima del amor a Cristo.

¡Qué gran error seguir a Francisco! ¡Y muy pocos lo ven como error! ¡Pocos entre la Jerarquía! ¡Poquísimos entre los fieles!

Muchos, en la Iglesia, han hecho su partidismo, su política: siguen a un Papa porque da un ejemplo de bondad humana, de bien social, de apertura a las cosas del mundo. Siguen a un Papa porque es un buen hombre. Pero nadie sigue a un Papa porque es el Papa.

Y, entonces, viene Francisco, con una sonrisa de oreja a oreja, con una besadera de niños, con un llamar por teléfono todo el mundo, y entonces, Francisco es un superpapa. ¿La razón? Su bien humano. Y nadie discierne la verdad de lo que hay detrás de esa sonrisa, de esos besos, de ese estar en las redes sociales, de ese querer agradar a todo el mundo. ¡A todos se les ha caído la baba con Francisco! ¡A todos! Señal de que en la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo. ¡Son gente buena, apta para las llamas del infierno! Son los buenos, los que se creen buenos, los primeros candidatos para los primeros puestos en el infierno. Al cielo va sólo el que mira todo el día su pecado, su maldad, su negrura de alma, no el que se mira al espejo de su humanidad.

La Jerarquía de la Iglesia se ha vuelto como los profetas de Baal: todos dicen la misma cosa. ¡Francisco es el mejor! Todos apoyan a Francisco. ¡Es la moda! ¡Es el partidismo! Ahora, es necesario tomar partido por Francisco. Ahora, se necesita la opción de los pobres en la Iglesia. Ahora, es urgente que se abran filas al modernismo que la Iglesia ya no combate, porque se ha hecho supermoderna: tiene su gobierno horizontal y su consejo económico, como las grandes potencias del mundo. Dentro de poco, aparecerá en la Bolsa como una opción más para ser competitiva en la economía del mundo.

Estamos ante una Jerarquía que se ha olvidado, por completo, de Cristo, que ya no dice cosas diferentes a lo que se oye en el mundo. Esta Jerarquía tiene a Cristo en sus bocazas, que son muy grandes para decir todo tipo de herejías y mezclarlas con palabras de santidad. En eso se han hecho expertos muchos sacerdotes y Obispos. Es el alimento que dan cada día a su rebaño. Los engordan para el infierno. Los hacen caminar por las sendas de lo humano y de lo material. Hacen de la oración un encuentro social, en la que todos dan culto a sus dioses, y ninguno al verdadero Dios.

Ha comenzado ya la ruina en toda la Iglesia. La Iglesia se cae a pedazos. Y nadie puede reparar ese destrozo. Ya no hay almas víctimas, que sepan lo que significa sufrir con Cristo y morir con Él.

La Cruz de Cristo es la salvación de la Iglesia. La Iglesia nace cuando muere el hombre. La Iglesia vive cuando muere el pensamiento del hombre. La Iglesia obra cuando muere la obra del hombre.

Mientras el hombre siga en pie en la Iglesia, la Iglesia está muerta; la Iglesia es un nido de avispas, porque los hombres viven en Ella clavando el aguijón de sus pecados en el Corazón de Cristo.

Se renueva, cada día, la muerte de Cristo en la Jerarquía. ¡Cuántos sacerdotes, cuántos Obispos, crucifican de nuevo a Cristo! Y no por sus pecados personales, sino por sus pecados contra Cristo, contra Su Obra, la Iglesia; pecados contra la Verdad, contra la norma de moralidad.

Para ser Iglesia, ahora, hay que vivir sin mirar a Roma, sin hacer caso a ninguna Jerarquía. Viviendo la Verdad, que es Cristo, en el corazón; y preparando el alma para lo que viene. Y es algo tan grande, que los tiempos van a cambiar para todos.

La Pascua ya no será Pascua, sino el inicio de un giro en la Iglesia: un giro hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia.

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