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Sacerdotes y Obispos poseídos por la mente del demonio

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«Cogió al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 2).

El Dragón es la serpiente antigua, la que apareció en el Paraíso, enemiga de la Mujer y del linaje de la Mujer (cf. Gn 3, 15).

La serpiente no es un mito o un ser fantástico, no es el diablo en forma de serpiente, sino una verdadera serpiente:

«la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios» (Gn 3, 1).

Dios creó a la serpiente, pero el demonio la poseyó.

La serpiente es un animal, pero poseído por el diablo: «El Misterio de iniquidad está ya en acción» (2 Ts 2, 7)….en el Paraíso; y se mostrará hasta el fin del mundo en que «el diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre» (Ap 20, 10).

Este Misterio del Mal vive en la Creación de Dios.

Dios crea al hombre y a la mujer para una obra en la carne. El demonio posee una carne animal para imitar la obra de Dios en la naturaleza humana.

Un animal, creado por Dios, pero poseído por el diablo. Esto supone que en el Paraíso hay un ser dominado por el pecado de Lucifer, pero que no ha recibido la sentencia de Dios.  Un ser, que siendo animal, es más astuto que el hombre, más sagaz, más inteligente.

El diablo posee un animal con una sola intención: seducir a Adán y a Eva.

El diablo se encarna en un animal: es una encarnación espiritual, no real. Es una encarnación que quiere imitar la Encarnación del Verbo, que Lucifer conocía en Dios. Es una encarnación que es una posesión.

El primer paso es tomar una bestia para anular la obra de Dios en Adán: la naturaleza humana perfecta en Dios; el segundo paso es tomar un hombre para anular la obra de Dios en el nuevo Adán, Jesús: la naturaleza espiritual y divina en el hombre. Y el tercer paso es tomar a un hombre glorioso para anular toda la obra de Dios en Cristo:

«Cuando se hubiese acabado los mil años, será satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones…y reunirlos para la guerra…Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada» (Ap 20, 8).

Sale el diablo a extraviar a un mundo transformado: «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (1 Cor 15, 51). Si no se muere, no se puede ver a Dios; sino que se sigue viviendo en peregrinación. Pero se vive con un cuerpo transformado, espiritualizado, glorioso, pero no con la plenitud de gloria que se tiene en el cielo. Es el Misterio del Reino glorioso en la tierra. El Misterio de los mil años, en que nadie cree.

Tres batallas el demonio pone a Dios:

1. En la primera, en el Paraíso, el demonio conquista al hombre y crea su linaje: hombres con un cuerpo, con un alma, pero sellados por el espíritu del diablo. De Caín nació todo ese linaje maldito:

a. «andarás maldito…Cuando labres la tierra, ella no te dará más su fruto; fugitivo, errante, vivirás sobre la tierra» (Gn 4, 12): El pecado de Caín no tiene ya remedio: es una maldición que no se puede suprimir con los buenos frutos humanos. Ni siquiera el bien de la tierra será alivió para el alma de Caín. Caín es el primer hombre que no espera el perdón. No puede esperarlo, porque Caín fue engendrado para condenarse: ese fue el pecado de Adán en Eva. Este es el Misterio de la iniquidad que se puso en acto en el Paraíso. Y que pasa a todos los hombres, de generación en generación; es decir, pasa vía acto sexual. Por eso, el Anticristo viene de una generación: de un Obispo y de una mujer hebrea dada a las artes de Satanás: . «Durante este tiempo nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo» (Profecía de la Salette). El Anticristo es un hombre poseído por el diablo, con una posesión perfecta, irrompible, que lleva al alma a obrar sólo la mente del demonio. El Anticristo no puede obrar su mente humana: no es libre. Está poseído en todo por la mente de satanás para una obra del demonio.

b. «cualquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces. Y puso Yavé una señal a Caín para que no lo matara quien lo hallase» (Gn 4, 15): Caín no será víctima de la venganza humana, sino que el mismo Dios se reserva su castigo y el de su linaje. Ningún ser humano puede acabar con todos los males que el linaje del demonio produce en la Creación. Sólo Dios puede aniquilar esa raza maldita de hombres, que viven poseídos por Satanás y que combaten, día y noche, contra los hijos de Dios, que es el linaje de la Mujer.

El demonio hace su obra poseyendo un animal, una bestia. Así engaña al hombre. Así de fácil. La inteligencia del demonio es superior a la inteligencia del hombre. Su astucia es su poder: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Sabe presentar su conocimiento mentiroso como si fuese una verdad que debe ser seguida. Es lo que hacen los falsos profetas, los falsos apóstoles, los falsos sacerdotes y Obispos. Y es lo que hace, continuamente, el maestro del error, Bergoglio, que ocupa el lugar que nunca debería haber sido suyo. Pero toda su vida ha sido un satanás disfrazado de bondad, humildad, pobreza inmaculada. Bergoglio pertenece al linaje del Anticristo: ha nacido para combatir contra Cristo y Su Iglesia. Y lo hace revistiéndose exteriormente de Cristo, como los fariseos que buscan llamar la atención con las palabras y las obras exteriores, que siempre son conformes a los pensamientos y obras humanas.

Si a Adán y a Eva, teniendo todos los dones de la gracia, dones preternaturales, una bestia poseída por el demonio los engañó, ¿se llevan las manos a la cabeza al contemplar cómo son engañados todos los católicos por un hombre poseído por Satanás? ¿Por un Bergoglio que no tiene inteligencia, que habla con un lenguaje de pueblo, que sus discursos son sin sentido común, carente de toda verdad, sólo dichos para impresionar, para captar el sentimiento, el afecto del que escucha? Pues este hombre, que es un animal poseído por el demonio en su inteligencia, ha engañado a toda la Iglesia, a todos los católicos.

¡Qué fácil es engañar a los hombres!

¡Y muchos católicos continúan en el engaño!

¡Nadie cree en el demonio; nadie cree en el misterio del mal!

Si Satanás pudo engañar a un hombre con un animal que no tiene razón, inteligencia, entonces es más fácil engañar a los hombres con hombres que poseen una inteligencia. Porque Satanás es el maestro de la mente humana. Es el que habla a la mente. Es el que conduce al hombre a través de su mente, de sus ideas humanas.

Si Adán lo tenía todo y fue engañado por un animal, los católicos, que no tienen toda la gracia, entonces son engañados por un loco. Un loco que los hace creer que todos somos santos y justos a los ojos de Dios: «Dios quiere a todos sus hijos, estén como estén, y tú eres hijo de Dios y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres».

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¡Cómo está el patio!

Ya nadie cree ni en la ley natural, ni en la ley divina ni en la ley de la gracia. Ahora todos creen en la ley de la gradualidad: Dios nos ama a todos, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios; cada uno va gradualmente a Dios, según la evolución de su idea humana de la vida, de la iglesia, de Dios, de Jesús, etc… Cada cultura tiene su momento: ahora estamos en la cultura del encuentro, en que hay que unir las mentes de los hombres, porque la felicidad sólo está en cada hombre, en cada mente, en cada obra del hombre. Todos aportan al bien de la humanidad su granito, su valor, su dignidad, su respeto. No hay verdades absolutas, sólo hay verdades como el hombre se las invente: el relativismo universal de toda idea humana.

2. En la segunda, en el Calvario, el demonio conquista a los hombres que no creen en Cristo Crucificado: son los nuevos anticristos que marcan la venida del Anticristo. Así como el demonio se formó un linaje humano, carnal, para su obra en la Creación; así el demonio, en la Iglesia, se forma su jerarquía, su linaje espiritual, que combate al linaje de Cristo y de María.

a. «antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición» (2 ts 2, 3): el Anticristo de nuestros días es posible porque hubo un Caín en el Rebaño de Cristo: el demonio poseyó el alma de Judas. Él derramó sangre inocente, como Caín; él mató al Justo, como lo hizo Caín con su hermano Abel; y él creyó que su pecado fue demasiado grande para obtener la misericordia divina, como así lo declaró Caín: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla» (Gn 4, 13). Judas «fue y se ahorcó» (Mt 27, 5) para que se cumpliese la Escritura: «Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite sus tiendas» (Sal 69, 26), pero «sucédale otro en su ministerio» (Sal 109, 8). El pecado de Caín se sucede en el pecado de Judas; y se sigue sucediendo en toda la Jerarquía que imita el pecado de Judas. Por más que muera un Judas, siempre habrá otro. Y esto hasta el fin del mundo. Y, por eso, en la Iglesia hay que saber discernir a toda la Jerarquía: unos son de Cristo; otro son del Anticristo. Y hay que llamarlos a cada uno por su nombre, que es lo que muchos católicos no saben hacer, ni con Bergoglio, ni con la demás jerarquía que lo sigue y que le obedece.

b. «muchos se han hecho anticristos» (1 Jn 2, 18): se sabe que es la última hora sólo por una cosa: abunda una jerarquía en la Iglesia que es del demonio, que está poseída por Satanás, con la posesión más perfecta, que no es en el cuerpo, sino en la inteligencia, en la mente del hombre. Abunda: son mayoría. Han escalado los puestos más altos para conquistar toda la Iglesia, para hacer una iglesia según la entienden los hombres. Sacerdotes y Obispos tan soberbios en sus mentes que serán capaces de poner al Anticristo como jefe de la Iglesia: el Anticristo se sentará «en el templo de Dios y se proclamará dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Y esto lo hará la misma Jerarquía de la Iglesia Católica, la que una vez fueron católicos, pero ya no lo son. Si van a llegar a eso, lo de poner a Bergoglio como un falso papa es sólo el camino, el inicio de esta gran abominación; es algo tan sencillo porque la maldad es más astuta que los hombres de bien.

«Cortos de días» (Sal 109, 8) es el falso pontificado de Bergoglio, pero una gran brecha ha puesto ese hombre en el interior de la Iglesia. Brecha que ya no se puede cerrar. División que sólo la palpan los que creen con sencillez. Todos los demás, a pesar de que ven el destrozo de ese hombre en el gobierno de la Iglesia, lo siguen llamando Papa, y siguen esperando algo de él (vean la solicitud que se hace a ese energúmeno): no creen en el misterio de la iniquidad. No creen en Bergoglio como falso papa, como un hombre poseído por el demonio. No ven en Bergoglio el misterio del mal; sino que lo ven como papa verdadero, y quieren hacerle una súplica filial, como si ese hombre amara la Iglesia de Cristo y a los católicos fieles a la doctrina de Cristo. ¿No ha dado ya, durante dos años, muestras palpables de su odio a Cristo y a la Iglesia?

Esta es la ceguera de toda la Iglesia: y están ciegos por su falta de fe. ¿De qué le sirven los dogmas? De nada. No creen en el dogma del Papado: no lo practican con Bergoglio. Para muchos, mientras oficialmente no pongan una ley que apruebe el pecado, siguen llamando a Bergoglio como Papa, a pesar de su manifiesta herejía. Entonces, toda esta gente ¿en qué cree? No creen en un Papa que tenga en su corazón la verdad, sino que creen en un hombre que sólo tiene en su mente su idea de la iglesia. Sólo creen en su lenguaje humano, en su visión humana de la vida, en su pensamiento de hombre. Después del Sínodo, verán su error, pero ya será tarde para muchos. Quien sigue a Bergoglio como Papa acaba pensando como él. Hay que combatir a Bergoglio y a toda la Jerarquía para seguir siendo la familia que Dios quiere. No hay que crear un ambiente favorable para decirse a sí mismos: aquí no pasa nada; en la Iglesia todos somos santos, todos aportamos un granito de arena en esta gran confusión que reina en todas partes. Este es el conformismo de muchos que no saben batallar contra el demonio, ni en sus vidas, ni en la Iglesia.

¿No vino Cristo «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8)? Entonces, ¿qué hacen los católicos que no cogen las armas del Espíritu para combatir a Bergoglio y a todos los que le siguen? ¿Para qué se creen que están en la Iglesia: para firmar una solicitud y así procurar que Bergoglio no haga el daño que va a hacer?

¡Destruyan las obras del diablo en Bergoglio! ¡Eso es ser de Cristo! ¡Eso es ser Iglesia!

¡Cuántos católicos falsos, sólo de nombre, solo de boquilla!

«Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12), que están en Bergoglio, en su alma y en su corazón, y que están en toda la Jerarquía.

Todo el Vaticano está infestado de demonios: «Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer» (Profecía de la Salette).

Estrellas errantes: eso son Bergoglio y todos los suyos. Hombres sin oración ni penitencia. Hombres para el mundo, para la sociedad, para el aplauso de los tibios y pervertidos.

Como no se cree en el demonio, tampoco se cree en las obras del demonio en cada alma. Tampoco se ve que Roma ha perdido ya la fe. Se está ya prostituyendo con todos los gobiernos de la tierra, para aparecer, ante todos los hombres, como la Gran Ramera. Y, como toda prostituta, se engalana de sus pecados, de sus fechorías, de sus maldades, para enriquecerse a costa de otros.

El demonio hace su obra poseyendo hombres sagrados: sacerdotes, Obispos. Y así engaña a todo hombre, a todo católico, a toda la Iglesia. Así de sencillo. Así ha penetrado en toda la Iglesia y ha escalado puestos hasta llegar a la cima, al vértice tan deseado.

3. En la tercera, el demonio irá, no sólo contra todo lo sagrado, sino contra la ciudad gloriosa, santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, que «tenía la gloria de Dios» (Ap 20, 10). Pero esto nadie se lo cree porque no creen en los mil años. Nadie en la Jerarquía les va a predicar del milenio, porque no creen.

Ya nadie cree que las Escrituras han sido inspiradas por Dios. Todo el mundo quita palabras que no les gusta, frases que incomodan o interpretan la Escritura según la mente de cada cual, según la cultura, la ciencia, los avances científicos, etc… Y nadie sabe ver los Signos de los Tiempos. A nadie le interesa eso.

Nadie comprende cómo atando al demonio, puede haber un reino glorioso en la tierra si después va a ser desatado y va a extraviar a muchos hombres. ¡Este es el Misterio! No puede haber una gloria si hay un pecado, si el demonio puede seguir tentando a los hombres y conquistando almas.

Por eso, mucha Jerarquía acaba negando el Apocalipsis y se mete en una vida mundana y humana, buscando un fin en este mundo: un bien común universal, un gobierno mundial, una iglesia para todos.

Al no creer en la Palabra de Dios, tienen que negar los misterios que su mente no puede comprender ni aceptar, y pasan sus vidas condenando a las almas dentro de la Iglesia.

Y a eso sólo se dedican, a destruir la Iglesia:

El Cardenal Baldisseri ha dicho que nadie «debería estar sorprendido por los teólogos que contradicen la enseñanza de la Iglesia». Porque «los dogmas pueden evolucionar». Por lo tanto, «no habría ningún punto en celebrar un Sínodo si fuéramos simplemente a repetir lo que siempre se ha dicho». Expresó que «sólo porque una particular comprensión se haya sostenido por 2000 años, eso no quiere decir que no pueda ser cuestionada» (ver texto).

Este Cardenal claramente es un anticristo. Peor nadie se atreve a llamarlo así.

Nadie se sorprenda de que haya herejes, como Kasper, como Bergoglio, como Baldisseri, y que el vaticano no diga nada, sino que lo apruebe. Si contradices la enseñanza de la Iglesia es que vas bien en la Iglesia. ¿Para qué sirve, entonces, el magisterio infalible de la Iglesia, si se puede cambiar? ¿Para qué los dogmas si pueden evolucionar? ¿Para qué la Palabra de Dios si ya no le sirve al lenguaje de la época? ¿Para qué creer en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre?

Si los dogmas evolucionan estamos hablando de la ley de la gradualidad: se anula la ley Eterna. Se acabó la ley natural. Y, por lo tanto, hay que casar a los homosexuales. Se acabó la ley divina. En consecuencia, los malcasados pueden comulgar con toda tranquilidad de conciencia. Se acabó la ley de la gracia. ¿Por qué no las mujeres al sacerdocio, o como Obispas o que sean Papas? Se acabó la ley del Espíritu: la Iglesia no es la obra del Espíritu; los dones y carismas no pertenecen a Dios; la gracia es un ser creado por el hombre para sentirse bien en su vida humana, para tener sus conocimientos y compartirlos con todos.

Van a hacer el próximo Sínodo para empezar a destruirlo todo: no van a repetir el fracaso del pasado Sínodo. No están dispuestos a otro fracaso, a otra humillación. Ahora van a humillar a todos esos que juzgan a Kasper, a Bergoglio, y a tantos teólogos que son del demonio.

Nadie quiere la Verdad en el Vaticano: ya han puesto sus gentes en lo más alto del gobierno en la Iglesia. Todo el mundo piensa lo mismo: lo que se ha sostenido durante siglos hay que cuestionarlo. Jesús se equivocó en su enseñanza a los discípulos. Todos los Papas han errados en la Iglesia. Ningún Concilio ha dado la verdad a la Iglesia. Ahora, es el tiempo de clarificar las cosas. Ahora están en la Iglesia las superinteligencias del demonio que van a enseñar a todo el mundo sus grandes locuras. Y la mayoría de los católicos va a asentir con sus mentes a esas locuras, porque andan detrás de los hombres, pero no de Cristo.

El diablo anda suelto por todas partes, pero ya nadie cree en él. Y, por eso, se acerca el tiempo de la gran justicia. Y los primeros: la Iglesia. No queréis combatir al demonio en la Jerarquía; entonces los demonios, a través de esa jerarquía, os van a hacer la vida imposible a todos los que se dicen católicos. Y ¡ay! de quien se atreva a levantar su voz ante el linaje del demonio: quedará excomulgado, porque no besa el trasero de tantos hombres que sólo viven para agradarse a sí mismos, con sus palabras baratas y blasfemas.

Bergoglio es un anticristo, pero no es el Anticristo. Tiene, como todo anticristo, el espíritu del Falso Profeta. Pero no es el Falso Profeta. Es un gran charlatán, embaucador, que sólo vive buscando la gloria humana. Y su magisterio, no sólo está lleno de herejías manifiestas, sino que reluce en él la mente de Lucifer. Una mente rota en la inteligencia que sólo puede obrar una vida para los sentidos.

El diablo es una trinidad de personas demoníacas: Lucifer, Satanás y Belzebub. Lucifer, el que porta la luz de la maldad (= una luz rota, un conocimiento loco), representa el orgullo de la vida; Satanás, el rayo de la inteligencia, la soberbia de la mente; y Belcebub, el señor del estiércol, las obras de la lujuria.

Bergoglio es orgullo y, por lo tanto, su mente está rota: su magisterio no tiene ni pies ni cabeza: coge de aquí, de allá, e hilvana frases sólo para decir su mensaje, que es su obra: vivan como quieran. Es la obra de Belcebub. Bergoglio no tiene inteligencia para romper el dogma, pero sí es voluntad para arrastrar hacia el pecado. Vive su pecado y eso es lo que muestra a todo el mundo. Y no se le cae la cara de vergüenza. Vive convencido de que eso es la verdad. Ha llamado al pecado como un valor en la vida, como un bien para la inteligencia del hombre. Él ensalza su propio pecado; él lo justifica. Y muchos otros se encargan de aplaudirlo. Esto es siempre una persona orgullosa. Por eso, Bergoglio no sabe gobernar nada. Sus gobiernos son siempre un desastre para todo el mundo. Bergoglio sólo sabe vivir su vida. Y nada más. Los demás, que arreen: le importa nada la vida de los otros.

¡Qué pocos han sabido ver lo que es Bergoglio! Y, por eso, siguen y seguirán confundidos. Porque si a la persona orgullosa no se la encara, entonces el hombre tiene miedo de ella y termina convirtiéndose en un juego del orgulloso.

Bergoglio está jugando con toda la Iglesia. Y nadie se ha dado cuenta.

Es la última hora

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«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

El Anticristo de nuestros días

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El Anticristo es:

1. Un ungido, un cristo, un alma consagrada en la Iglesia Católica;

2. que guía a un pueblo extraño dentro de la Iglesia, un pueblo que no son los hijos de Dios; un consagrado que engaña a las almas;

3. y lo hace con el poder del Espíritu de Satanás: es el precursor de Satanás.

El tiempo del Anticristo es ahora. El tiempo de los precursores del Anticristo ha finalizado. Desde hace dos años, el Anticristo se manifiesta dentro de la Iglesia Católica. Todavía en oculto, pero guiándolo todo con sus instrumentos en la Jerarquía.

El Anticristo en «un astro de una esfera sobrenatural» (Valtorta – 20 de agosto 1943); es decir, un Obispo, un consagrado, un ungido. No pertenece al mundo, aunque tiene el espíritu del mundo. Pero no es un gobernante, ni un rey, ni un hombre importante por su dinero o por su poder: «No un astro humano que brille en un cielo humano» (Valtorta – 20 de agosto 1943).

Es un Ungido, otro Cristo, pero falso, que ha caído en lo más bajo del pecado: «El Anticristo, por soberbia de una hora, se convertirá en el maldito y el oscuro después de haber sido un astro de mi ejército…» (Valtorta – 20 de agosto 1943). Y se dedica a las obras de su padre: «obtendrá la ayuda completa de Satanás, el cual le dará las llaves del pozo del abismo para que lo abra. Pero lo abrirá del todo para que salgan los instrumentos de horror…» (Valtorta – 20 de agosto 1943).

El Anticristo es el de esta hora, pero no es el de la última hora. El Anticristo de esta hora es el precursor del Anticristo del último tiempo: «Maitreya es el anticristo de esta hora, como para el pueblo judío fue Antíoco IV Epifanes (1 Mac 1, 41-64), y como lo fue Nerón para los primeros cristianos… y ahora para los últimos cristianos de esta Era Mesiánica, que sois vosotros, es el Maitreya o instructor del mundo, como él prefiere llamarse… Después de los mil años del Reino de la Paz, cuando Satanás sea soltado de nuevo (Ap 20, 7-10), aparecerá el último Anticristo que será Satanás en forma humana, que extraviará a todas las naciones… pero el Señor Jesús lo matará con el aliento de su boca, destruyéndole con la manifestación de su Venida (Ap 2 Tes 2, 6-112,3-4 y 8) y esta venida será la última, como juez de vivos y muertos» (Pequeña Alma, España 2001)

El Anticristo es, por tanto, un Obispo, Cabeza de la Iglesia, pero que guía a un pueblo extranjero dentro de la misma Iglesia. Pertenece a la Jerarquía infiltrada, la introducida en la Iglesia por la masonería. Y obra, dentro de la Iglesia, para llevar a las almas al fuego del infierno. Es un jefe de tropas extranjeras, de hijos de los hombres, que protege las cosas del mundo, la vida de los hombres, sus obras, sus proyectos; que pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios. Es el protector de la fraternidad satánica. Es el que encauza la doctrina del demonio acorde a los tiempos, a la cultura de los hombres, a los ideales de los hombres. Es el instructor del mundo.

No es Satanás en forma humana: ése será el último Anticristo. El de ahora, es la encarnación del espíritu del Anticristo, pero no es Satanás en persona. Es un hombre dedicado al espíritu de Satanás. El último anticristo será la misma persona de Satanás en un hombre, imitando así la Encarnación del Verbo.

El Anticristo es un espíritu de fraternidad, de comunicación social, de proyecto humano, de legislación mundial. Es un espíritu que quiere conducir a todos los hombres hacia la unidad en un ideal humano de fraternidad.

«Sí, hijo mío, pequeñín mío y nuestro, éste es el falso Mesías que tenéis entre vosotros haciendo su campaña y muchos de mi Iglesia ni lo han oído nombrar… muchas religiones o sectas están esperando un Mesías o Libertador, los musulmanes están esperando al Himan – Mahdi… en la India esperan a Kali… en el Tibet al futuro Buda… los judíos que no quisieron reconocer mi resurrección, me están esperando todavía, y los cristianos esperan mi Segunda Venida… pues bien, el Maitreya será el Mesías ideal para todos aquellos que no conozcan bien mi Doctrina Católica y mi Evangelio, y son muchos millones en el mundo. Aunque el Maitreya tiene sus contradicciones bien claras para cualquier cristiano bien instruido; éstos son una pequeña minoría en comparación. Y si de los cristianos dejamos solo los católicos, que son los elegidos, y de éstos a todos los que viven en la verdadera fe… comprenderás hijo mío que serán muy pocos en comparación con las multitudes que creerán en el Maitreya. Ahora parece que no, pero las cosas cambiarán mucho, y será bien acogido y escuchado por las masas… Así pues, el falso Mesías es el Maitreya y el falso Profeta es el Antipapa, de esta Gran Tribulación… y los dos viven bajo vuestros cielos y están entre vosotros» (Pequeña Alma, España 2001).

Es el Antipapa el precursor del Anticristo, pero no es el Anticristo. El Anticristo no aparece como Papa, sino como líder mundial, con una doctrina que es para todos, no sólo para la Iglesia Católica. Por eso, las prisas de Francisco de abrirse al mundo y que todas las iglesias entren en la Iglesia Católica. Está preparando el terreno para su maestro, el Anticristo. Las masas siguen a hombres que les hablen lo que ellos quieren escuchar y, por tanto, no atienden a la Verdad del Evangelio. Engañan a la gente con la misma Palabra de Dios: «Pero ellos, los que aspiran a implantar un solo gobierno mundial, que lo controle todo… utilizan como estrategia el Mandamiento segundo del amor al prójimo, para poner al hombre en el lugar de Dios… y hacerse como Dios ellos mismos: Primero: políticamente, lo cual han logrado ya plenamente, pues en todos los estados del mundo, salvando unos poquitos que no cuentan para ellos, los gobiernos y sus leyes son ateos y anticristianos, comenzando por los que siempre han sido tradicionalmente Católicos…» (Pequeña Alma, España 2001). El mundo, ya pertenece al Anticristo; ya está empapado de esta falsa doctrina de la fraternidad, del amor al hombre por encima de la ley de Dios. Es más importante conceder al hombre lo quiere en la vida, que mostrarle la Voluntad de Dios sobre su vida.

Por eso, «Segundo: Una vez que todas las legislaciones, al menos escritas en el papel, miren y se dirijan al bienestar y protección del hombre sobre la tierra, la protección de los derechos humanos y de los más pobres… todo esto bien publicado y predicado con algunos gestos espectaculares e insuficientes de solidaridad humana… se pensará y ya se está pensando, que Dios no es necesario para nada… ni habrá que rezarle ni pedirle algo, pues es un mito… sino que es el hombre quien lo puede todo con su esfuerzo, unidad y constancia… como los de la torre de Babel… Si uno se pone enfermo tendrá asistencia médica y hospital… si tiene hambre y frío, tendrá ropa, comida y un techo que se lo dará el gobierno… ¡pero a cambio de qué?… de ser marcado por la Bestia con el 666, incluido en un número de barras con el que reniegas de tu fe cristiana… Lo primero, lo han vivido ya en Rusia millones y durante muchos años antes de la caída del muro de Berlín… lo segundo de la marca, lo viviréis muy pronto… ¡Claro está! que no serán todos los habitantes del planeta los que piensen así como os he dicho arriba… pero sí será la gran mayoría, y esta sociedad que ha creado el hombre moderno, funciona por las mayorías, pues las minorías no cuentan más que para hacer las mayorías, y si no es así, se desprecian o marginan» (Pequeña Alma, España 2001).

«El Anticristo sale de Egipto» (Mary Jane Even, Lincoln, Nebraska, 1994), pero es «de extracción judía, de la tribu de Dan, será circuncidado» (San Anselmo, Bec, Francia, 1093). «Tenía 30 años cuando en Junio de 1996 empezó su predicación mundial. La nación judía exalta al Anticristo como el Mesías Judío profetizado en el Antiguo Testamento» (Mary Jane Even, Lincoln, Nebraska, 1994). Ahora, tiene unos 48 años. Un Obispo de esa edad, pero que no se revelará como el Anticristo, vestido de Obispo, sino sin el vestido, porque viene para todo el mundo. No se va a presentar con el líder de una religión, como un Obispo, sino como el que enseña y el que guía hacia la verdad a todos los hombres de todas las religiones. Él «reconstruirá a Jerusalén y el Templo Judío, en el que se instalará como Dios. Igualmente, empezará su trabajo de seducción entre los judíos, que lo aceptarán como el Mesías» (San Anselmo, Bec, Francia, 1093). Y, por eso, es necesario destruir los fundamentos de la Iglesia: quitar los dogmas, las verdades, las tradiciones, el magisterio auténtico.

Para que el Anticristo aparezca, «habrá una gran crisis dentro de la Iglesia, y el Anticristo se sentará en la sede del Papa» (A María Concepción Méndez H, Ladeira, Portugal, 1973). La crisis ya ha comenzado; el cisma ya está abierto. Y todo apunta a que el falso Papa pondrá la Iglesia en manos del Anticristo. Francisco es el inicio de todo esto. Sólo el inicio.

Habrá un Antipapa que proclamará «al Anticristo Maitreya como el Cristo de la Nueva Era… Se convertirá en el líder mundial con sus diez cabezas de Estados, hasta llegar a liderar el gobierno mundial único, la economía mundial única, y la religión mundial única. Ofrece soluciones a los peligrosos conflictos militares en curso, a los problemas ecológicos intratables, y los graves desequilibrios de distribución de ingresos entre las naciones» (Mary Jane Even, Lincon, Nebraska, 1994).

«El Anticristo de estos días, concretado en una sola persona como líder de Satanás es el Maitreya, que ya está entre vosotros hace tiempo haciendo su campaña y esperando el momento oportuno para hacer su aparición pública y mundial por todos los medios de comunicación principales: el Día de la Declaración, como él le llama. Es el impostor más descarado que podáis haber conocido en toda vuestra vida, pero ésta impostura sólo la descubrirán los cristianos que estén bien catequizados, porque los ignorantes de mi Palabra y Doctrina, lo verán y tomarán como el enviado en estos momentos para salvar el mundo de la gran crisis por la que pasa… Hasta el falso Papa lo nombrará como Profeta del Tercer milenio. Ya os dije en el Evangelio que: “… Se levantarán falsos Mesías y falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si fuera posible, aun a los mismos elegidos” (Mt 24, 24). Dentro de mi Iglesia de los mismos bautizados… aprovechará esta Gran Apostasía en la que estáis y donde mis Ministros han descuidado la predicación de estos momentos expresados en los Evangelios, para presentarse como el Mesías y Cristo, el Salvador de esta humanidad… usará mis Palabras y dirá que Yo fui uno de sus discípulos… pero lo conoceréis porque él hablará siempre de sí mismo, a pesar de que nombre al Padre Eterno. Creedme, muchos creerán en él» (Pequeña Alma, España 2001).

Muchos ya creen, dentro de la Iglesia, las fábulas que Francisco predica. Y son facilísimas de ver: hasta un niño puede entender que ese hombre está en la Iglesia para su negocio humano, pero no para llevar la Cielo a nadie.

Francisco ha puesto el camino para el Anticristo. Pero falta lo principal: romper la Iglesia. «Hijo, solamente te digo que antes del momento de la Gloria, debe venir el terrible reino del Anticristo. El Anticristo reinará por tres años y medio, y pondrá fin a la Santa Eucaristía» (Raymond Shaw, Georgia, 1990). Hay que quitar el Amor que sostiene al mundo, para que no se caiga en el precipicio de la condenación. Y Cristo será olvidado por todos, porque la gente va a creer que Cristo, de nuevo, se pasea como un hombre por el mundo.

«Atraerá a la gente dándole completa libertad de dejar de observar todos los mandamientos divinos y eclesiásticos, perdonándole sus pecados y exigiendo que sólo crean en su divinidad. Despreciará y rechazará el Bautismo y el Evangelio. Dirá que Jesús de Nazaret no es el Hijo de Dios, sino un impostor… Dirá, yo soy el salvador del mundo y tratará sobre todo de convencer a los judíos que él es el mesías enviado por Dios, y los judíos lo aceptarán como tal. Sin embargo, tratará de trastornar todo orden en la tierra con sus leyes morales. Por consiguiente, las Sagradas Escrituras se refieren a él como el «desenfrenado»… Desechará toda ley moral y principios religiosos, para atraer el mundo hacia él. Concederá libertad total de los mandamientos de Dios y de la Iglesia y permitirá que todos vivan según sus pasiones… Se esforzará por hacer que la religión sea conveniente. Dirá que no es necesario ayunar ni amargarse la vida con renunciación… Será suficiente amar a Dios… Predicará el amor ilícito y destrozará los vínculos familiares… sostendrá que el pecado y el vicio no son pecado ni vicio…» (Santa Hildegarda, Alemania 1179).

Todo esto ya lo estamos apreciando en todas partes, incluso dentro de la Iglesia. 50 años demoliendo la Verdad, poco a poco. Dando una espiritualidad sin la Verdad, con muchas mentiras encubiertas, abriendo el camino para introducir el espíritu del Anticristo. Era necesario eso para ablandar a los hombres a ese espíritu, imitando lo que el Anticristo hace en el mundo: «el Maitreya emplea en sus mensajes al mundo un lenguaje y argumentos que contiene un poco de todo… de forma que para todos tiene unas notas y palabras claves de sus doctrinas respectivas… de mi Evangelio toma frases, palabras e ideas, que hace suyas propias, así como de los Mensajes Marianos, motivo por el cual mi Santa Madre y Yo, no hemos hablado antes tan claro como ahora al final, para que no se anticipe y os confunda más de lo permitido por el Padre… pues lo copia y utiliza sin escrúpulos, para sus fines.

De esta forma, con sus palabras suaves y cautivadoras de la serpiente antigua, y junto con los falsos prodigios y milagros que hará con el poder de Satanás, dado por mi Padre… seducirá a las masas incautas e ignorantes de esta juventud mundial que en su mayoría no tiene ni encuentra ideales justos y santos… y lo seguirán… porque será el “Mesías” esperado y deseado por la mayoría…» (Pequeña Alma, España 2001).

«Está a punto de llegar; conquistará el poder durante un período de caos mundial. El Papa Negro y el Anticristo reinarán juntos» (John Leary , Rochester, N.Y. 1993). Pero, el Señor da signos antes de ese reinado:

«La llegada de una sociedad sin manejo de dinero efectivo será la preparación para la toma de control de parte del Anticristo. Les estoy dando una advertencia, hijos míos, sobre cómo los computadores pueden ser fácilmente utilizados para manipular gente y su plata. Tengan cuidado cuando demasiado poder apoyado en los computadores estén en manos de unos pocos. Verán una centralización creciente respecto al control sobre alimentos y dinero. Cuando estas fuerzas converjan, estarán fundamentando el control del Anticristo. Cuando llegue al poder no busquen su paz ni sus mecanismos para comprar y vender. Pronto verán un llamado a toda la población para recibir el chip de computador para que se puedan registrar en el computador mundial, la “Bestia”. La Advertencia (el Aviso) vendrá antes de la transición de poder para que puedan saber en verdad que están escogiendo entre Satanás o Yo» (John Leary, Rochester, N.Y., 1993).

«Por un tiempo el lado maligno se mostrará atractivo a los sentidos humanos y su poder de sugestión llegará al máximo, pero tienen que saber que estarán escogiendo entre el estar conmigo o contra Mí. No va a haber campo intermedio. Y será una decisión impostergable. Pero una vez que tomen la marca de la Bestia, caerán en sus redes para ya no estar nunca más conmigo. Tengan en cuenta las implicaciones de la decisión. Parece sencilla pero los puede llevar a la eterna tortura del infierno. La humanidad tendrá un tiempo para escogerme a Mi o al Anticristo» (John Leary, Rochester, N.Y., 1993).

Hay que irse preparando para lo peor, porque todo ha comenzado ya en la Iglesia: se verán cosas inauditas, que antes no se pensaban. Pero todos se han unido para dar al Anticristo las llaves y el poder de la Iglesia.

La idea de la fraternidad destruye la verdad de la unión con Dios

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«no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son tenidos por descendencia» (Rom 9, 8).

La idea de que todos los hombres somos hermanos está fuera del testimonio del Evangelio.

Esa idea la promulga Francisco continuamente: «la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera» (Mensaje para la jornada de la paz)

Francisco habla de la fraternidad como dimensión escrita en la naturaleza humana. Y no cae en la cuenta de que Dios ha hecho al ser humano: hombre y mujer. Ha hecho un matrimonio; ha dado al ser humano un amor esponsal, no fraternal. No lo ha hecho hermano. Los hijos de Adán y Eva son hermanos en la carne, pero no en el Espíritu.

No son los hijos de los hombres, no son sus grupos sociales, no porque los hombres se relacionan, se llaman hijos de Dios. Las ciudades, los países, las sociedades del mundo son sólo eso: un conjunto de hombres. Y no otra cosa.

Hermanos hay muchos en la carne; pero hermanos en Cristo hay pocos.

Francisco habla de una conciencia social, de un hombre que se relaciona. Habla de un conocimiento que da el relacionarse un hombre con otro. Y añade: que ese conocimiento, esa conciencia, hace ver y tratar al otro como verdadero hermano y hermana.

Esto es sólo la opinión herética de Francisco. Es una opinión, porque se lo saca de la manga: es su idea sobre lo que es el hombre y su ser relacional. Pero es herética, porque Francisco pone la verdadera hermandad entre los hombres nacida de la conciencia social, de ese conocimiento o gnosis que el hombre tiene de otro por ser un ser social.

Esta idea herética le lleva a expresar una gran mentira: «sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera»; que viniendo de un alma consagrada, es otra herejía. Porque las sociedades justas se basan en el cumplimiento del amor divino, de las leyes divinas y naturales, que Dios ha puesto en todo hombre.

El hombre vive según un orden y un fin que Dios le ha dado, porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y, por tanto, el hombre no es sólo una unión entre un cuerpo y un alma, que pasa su vida comiendo, trabajando, durmiendo. Sino que su vida, desde que nace hasta que muere, está orientada, ordenada a la Redención, a la Gracia y a la Gloria Eterna.

El hombre vive su vida, no para hacer una sociedad perfecta y justa, sino para salvar su alma, para merecer el Cielo, usando la Gracia, y conseguir la santidad en su vida.

Si el hombre no ordena sus intenciones y sus acciones en su vida para este fin, que Dios le ha puesto en su alma, entonces el hombre, por más que procure el bien social, el bien común, el progreso científico y técnico, por más que quiera ser amigo de los hombres y hermano de ellos, sólo perderá el tiempo de su vida en una utopía, una ilusión, una actividad que le lleva directo al infierno.

Todo el obrar del hombre tiene que estar relacionado con la salvación del alma y la bienaventuranza eterna. Si el hombre pone su obrar para relacionarse, para ser un ser social, para construir un paraíso en la tierra, para buscar los placeres en la vida, para sentirse amado por los demás hombres, entonces el hombre vive sin Fe. Vive con una fe inventada por su mente humana.

Esta conciencia o gnosis social, que Francisco predica, le lleva a anunciar el nuevo orden mundial: «El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros».

Existe la conciencia de todas las naciones para formar una unidad, un destino común. Está hablando, claramente, no de la salvación ni de la bienaventuranza eterna, sino de construir un mundo donde la fraternidad (= la hermandad entre los hombres) es lo esencial. Todo consiste en formar una unión porque los hombres son hermanos. El amor fraterno lleva a la unión, a la unidad entre los hombres. La gnosis es la clave de la unidad.

Este pensamiento herético (= esta falsa gnosis) tiene un problema: «Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación». Los hombres, al ser indiferentes, al no estar en los otros hombres, en sus vidas, en sus problemas, en sus sufrimientos, anulan la vocación a la fraternidad.

Francisco dice: el hombre, por creación, es fraterno. Pero, cuando se junta con otros hombres, en sus sociedades, en sus países, en sus clanes, deja de ser fraterno y cae en la indiferencia.

Francisco mismo se contradice: si el hombre es, en esencia fraternidad, entonces ¿por qué no vive eso que es? ¿cuál es la razón? ¿por qué el hombre cae en la globalización de la indiferencia?

Y, Francisco, quiere explicar su contradicción de esta manera: «Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».

Francisco nunca mienta el pecado de Adán, que es el origen de todo el problema en las sociedades, en los clanes, en las familias. Lo pasa por alto y se concentra en los dos hermanos: Abel y Caín.

Y, dice, que los dos tienen la misma vocación: la de ser hermanos. Que esta es su identidad profunda. Abel y Caín se identifican uno con otro. Son dos individuos que tienen marcado en su ser: la fraternidad. Y, en su actividad como hombres, en sus culturas, en su relación con Dios y con la creación siguen teniendo esa fraternidad. Y, entonces, ¿por qué Caín mata a Abel si son uña y carne? ¿Por qué Caín rechaza la vocación de hermano?

Y, Francisco, responde: «Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro».

Caín mata a Abel por envidia. Y, entonces, viene la pregunta: si Caín tiene escrito en su alma la fraternidad, si es esencial en él, ¿por qué la envidia hacia Abel?

Y, Francisco, se responde: Es que Caín no acepta que Dios mire a Abel con buenos ojos. Caín no acepta que Dios no se fije en su ofrenda. Entonces, el problema no es con Abel, sino con Dios.

Caín no puede ser hermano de Abel porque no acepta la Voluntad de Dios sobre Abel. No acepta la mente de Dios sobre Abel. No acepta la idea que tiene Dios de la ofrenda de Abel.

Entonces, para Francisco, lo que mata la fraternidad, que es algo esencial al hombre, es el odio que Caín siente por Dios. No ama Su Voluntad sobre Abel; luego lo odia. Caín, porque odia a Dios, mata a Abel. Y lo mata por envidia.

Este planteamiento de Francisco es totalmente herético.

Primero, hay que poner las bases del pecado de Caín:

1. Adán concibe un hijo del demonio: Caín. Si no empezamos así, entonces no podemos comprender el pecado de Caín.

Adán engendra un demonio, es decir un hijo de hombre, de carne y hueso, sin Espíritu Divino. Adán, por su pecado, pierde todos los dones de la Gracia y se queda como hombre, sin poder ser hijo de Dios por gracia. Es hijo de Dios, porque Dios lo creó, por naturaleza; pero no por gracia.

Y Adán concibe un hijo sin la gracia. Y, por su pecado, un hijo que es del demonio. Un hijo buscado porque el demonio lo engañó en el Paraíso. Un hijo para la muerte: «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés» (Rom 4, 14). Es con Moisés cuando Dios da su Ley al hombre para la Vida. Adán perdió la Vida Divina y engendra sólo muerte. Y, por eso, Caín tiene que matar a Abel. Es necesario por justicia divina.

Por tanto, en Caín no está Dios. No puede estarlo por la Justicia Divina. El pecado de Adán produce que se le castigue con un hijo para el infierno. Es lo que merece su pecado. El Señor no castiga a Adán al infierno sólo por una razón divina: su Hijo tiene que encarnarse en la naturaleza humana. Pero ese castigo, que merece su pecado en el Paraíso, pasa, por generación, a su hijo Caín.

Es su primogénito, destinado para el infierno. Caín no puede amar a Dios: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8, 8). Caín no puede amar a su hermano Abel. Caín no puede formar una sociedad justa, porque no tiene el amor de Dios en su corazón. Por eso, de Caín nace una sociedad corrompida en el pecado. Una cultura que le conduce a la formación de Sodoma y Gomorra, en donde el pecado homosexual es el común entre los hombres.

Y la homosexualidad es la que anuncia que los hombres no saben ser hermanos entre sí, no tienen por vocación divina la fraternidad. El pecado homosexual es una abominación al amor verdadero entre los hombres: es la decadencia del amor al prójimo; es la anulación de toda verdad en el hombre. Porque Dios ha creado al hombre para la mujer, y la mujer para el hombre. Entonces, la vocación del matrimonio es la esencia del ser humano.

Dios crea al ser humano para un matrimonio: con Dios, y entre hombre y mujer. Dios no crea al ser humano para ser hermanos, para un amor entre hombres, para formar un mundo entre hombres, unidos por un amor idealizado en la mente humana. Al poner Francisco la esencia del ser humano en la fraternidad -y no en el amor esponsal-, entonces tiene que afirmar la homosexualidad, no juzgarla, no negarla, porque ésta es una manera de amarse los hombres entre sí; es un amor que lleva el hombre escrito por vocación. Francisco cae en una aberración total en su gnosis social.

2. Adán concibe un hijo para Dios: Abel. Y lo hace movido por su arrepentimiento. Es un hijo que Dios se agrada en sus obras. Y, por tanto, ese hijo tiene el Espíritu de Dios. Abel es un hijo de Dios. Caín es un hijo del hombre. Son dos hijos del mismo padre, pero no son hermanos. Son hermanos porque tienen un mismo padre, hermanos de carne y sangre. Pero no son los hijos de la carne, los hijos de Dios. El hijo de Dios es el que recibe el Espíritu de filiación divina, no el que viene por parte de hombre, de carne: «no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad del varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13).

Francisco anula a los hijos de Dios y todo lo contempla desde el hombre, y quiere imponer su idea de la fraternidad, del amor fraterno, como idea única para formar su gobierno mundial.

Y, Francisco, sigue adelante en su herejía; y quiere explicar la manera de formar una unidad, a pesar de que el hombre pueda traicionar esa vocación a la fraternidad.

1. Dice que: «Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9)». Es decir, el Padre crea hermanos. Como hay un solo Padre, entonces todos somos hermanos. Es decir, que los hombres son hermanos por creación. Como Dios ha creado al hombre, entonces –por esa única razón- todos somos hijos de Dios. Luego, hermanos.

Francisco cae en un grave error: sólo Adán es creado por Dios. Dios crea las almas, pero no los cuerpos. Los cuerpos vienen por generación, por unión sexual entre hombre y mujer. Pero sólo Dios crea el cuerpo y el alma de Adán y de la mujer. Los demás hombres, no son por creación, sino por generación. Y este punto es esencial para poder comprender el pecado de Adán.

Como Dios es Padre, crea las almas de todos los hombres; pero la fraternidad, la hermandad entre los hombres sólo es posible por generación; no por creación. Luego, los hombres no somos hermanos por creación.

«La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios». No; la fraternidad está enraizada en la generación sexual, no en la paternidad de Dios. Dios crea todas las almas, pero porque Adán pecó, los hombres nacen en el pecado original, es decir, no son hijos de Dios. Y si no son hijos de Dios, no son hermanos entre sí. Son hermanos de carne, pero eso no hace ser hijo de Dios.

Francisco, al decir que todos somos hermanos al tener un mismo Padre, tiene que negar el pecado original y definir el pecado como un mal social, como un error común, como algo que engloba a los hombres en la sociedad, en las culturas, en las familias. Y esa idea global le llevará, después, a una abominación cuando quiera explicar la obra de la Creación.

2. Y dice más: «Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos». Esto no es sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

En la Cruz se da la Redención del hombre: el hombre es redimido por los sufrimientos de Cristo. Cristo ha sufrido por el hombre pecador. Cristo no ha sufrido con el hombre, sino por el hombre, para salvarlo de la muerte del pecado.

En la Cruz sólo se da esto: un camino abierto a la Vida de la Gracia: «si por la transgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la Gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos» (Rom 5, 15).

Este camino de la Gracia pone al hombre en la Verdad de su vida. Y esa Verdad no es la fraternidad, sino la bienaventuranza eterna: el matrimonio con Dios. Con Cristo, el hombre puede, de nuevo, pertenecer al Cielo y conquistar el Cielo con sus méritos en la vida humana.

Francisco anula todo esto para poner su idea masónica: la fraternidad en la cruz. Jesús muere como un hermano de los hombres, pero no como el Redentor de los hombres. Jesús no conquista la Gracia para el hombre, sino la fraternidad, que es el fundamento para un mundo nuevo. Todo se resuelve con la fraternidad, no con la Gracia, no con el amor de Dios:

1. La fraternidad, fundamento y camino para la paz
2. La fraternidad, premisa para vencer la pobreza
3. El redescubrimiento de la fraternidad en la economía
4. La fraternidad extingue la guerra
5. La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad
6. La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

Para terminar, Francisco su escrito, con una oración abominable: «Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra».

En el Corazón de Jesús sólo brota el fuego del Amor de la Santísima Trinidad. Y es el único amor que Dios da a los hijos de Dios. Es la única esperanza del hombre que quiera salvarse. Y es la única fortaleza para vencer las insidias del demonio. Y teniendo en el corazón ese amor divino, entonces el hombre encuentra la paz, y vive la Voluntad de Dios en su vida y en todo su entorno.

Pero sin ese amor divino, si los hombres viven en sus pecados, haciendo culto a sus pecados, entonces es imposible ninguna paz y ningún amor entre los hombres.

Seguir las enseñanzas de Francisco es condenarse en la Iglesia. Nadie que tenga dos dedos de frente puede obedecer a Francisco ni respetarlo como Obispo. Es una abominación de hombre en la Iglesia. Sus obras son abominación. Sus palabras, destrucción. Su mente, confusión. Su alma, tiniebla del demonio.

El gran cisma en el Vaticano

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«El cisma en Mi Iglesia será llevado en diferentes etapas. La primera etapa será cuando sólo aquellos que Me conocen verdaderamente, y comprenden la Verdad de Mis Santas Escrituras, decidirán que no pueden aceptar mentiras en Mi Nombre. La segunda etapa vendrá cuando a las personas se les niegue los Santos Sacramentos, como significan en realidad. La tercera etapa será cuando Mis Iglesias hayan sido profanadas y esto será cuando Mis sagrados siervos comprendan, al fin, la Verdad contenida en el libro del Apocalipsis» (20 octubre del 2013).

Nunca la Iglesia verdadera, nunca la Jerarquía verdadera, produce el cisma en la Iglesia, porque no es posible negarse a sí mismo. La verdad es como es, la verdad no cambia, la verdad permanece siempre en aquellos corazones que la aceptan sin poner su pensamiento humano, su idea, su opinión.

La Iglesia es la Verdad en Si Misma y, por lo tanto, no puede separarse de Ella Misma. Quien se separa de la verdad, quien se aleja de la Iglesia, es que no es de la Verdad, no es de la Iglesia.

Muchos, que son de la Iglesia, se han separado de la Iglesia porque han visto muchas cosas que llevan a la herejía y a la apostasía de la fe. Y se han separado mal, porque la Cabeza de la Iglesia no producía el cisma ni la herejía.

La Cabeza de la Iglesia, aun con sus pecados, ha permanecido fiel a la Verdad, íntegra a Cristo y a Su Iglesia. Esto, muy pocos lo comprenden. ¡Muy pocos! Y, por eso, son muy pocos los que han visto lo que es Francisco y no lo han obedecido desde el principio.

Estamos en la primera etapa del cisma. Son muy pocos los que tienen Fe en Cristo, los que conocen de verdad a Cristo. Son muchos los que lo conocen de oídas. Pero no tienen vida íntima con Cristo. No son almas de verdadera oración ni de penitencia. Están en la Iglesia como todos: haciendo cosas y, en realidad, no hacen nada de provecho para sus almas.

Son muy pocas las almas que al ver a Francisco, la primera vez, hayan dicho: éste no es Papa. Éste es un falsificador, un impostor.

Y son muy pocas las que, hablando y obrando ese hombre en la Iglesia, se hayan preguntado si eso –que habla y obra- viene de Cristo, si eso lo enseña Cristo, si eso pertenece al Magisterio de la Iglesia.

Son muy pocas que al leer las declaraciones de ese hombre, al leer sus encíclicas, hayan dicho: no puedo obedecer a este hombre como Papa, porque no da la Mente de Cristo, no enseña la Verdad del Evangelio. ¡Muy pocas! Todavía hay mucha gente que da su obediencia a Francisco. Y, sobre todo, la Jerarquía, que es la más culpable, porque posee más conocimientos que todos los fieles. Pero, porque tampoco ellos tienen vida de oración y de penitencia auténtica, no saben oponerse a Francisco.

En la primera etapa del cisma, que es en la que estamos, se ve la falta de fe auténtica de muchos miembros en la Iglesia. Son todos unos analfabetos en la fe. Y viene un baboso, con una palabrería barata, y sucumben a su herética enseñanza.

El cisma es siempre producido por aquella Jerarquía que no es la verdadera, que se hace pasar por la verdadera: que ora, celebra misa, confiesa, predica, pero que todo eso es sólo una ficción, una obra de teatro; porque son gente sin fe: por tanto, ni celebran, ni dan sacramentos, ni predican. Están en la Iglesia para su negocio. Y sólo para eso. Son gente infiltrada en el sacerdocio, sin vocación para ser sacerdotes. Sólo con la vocación del demonio, con el llamado del demonio, para obrar, en la Iglesia, la ruina de Ella.

Este punto es el que, también les cuesta entender a los miembros de la Iglesia, especialmente a la Jerarquía. Por eso, han tapado el tercer secreto de Fátima, que es el que habla sobre esto. Y no creen en el Apocalipsis, y siguen esperando el fin del mundo y otras edades en la tierra.

Hay muchos, dentro de la Jerarquía que no creen en el milenio: en el reino de Cristo en la tierra; un reino glorioso. Y no creen por sus teologías: no saben explicar el pecado original y, por tanto, no comprenden el reino glorioso de Cristo en la tierra. Y quieren explicar la Segunda Venida de Cristo de muchas maneras; y, entonces, no comprenden los Signos de los Tiempos. No puede ver a Francisco como impostor, sino que lo siguen viendo como verdadero Papa.

Éste es el punto crítico en tanta Jerarquía: ellos creen que siempre habrá un Papa verdadero en la Iglesia. Que el cisma de la Iglesia no puede hacerlo la cabeza, la Jerarquía. Y, por eso, no acaban de ver la realidad de Francisco. Están ciegos, por su falta de fe; no por inteligencia. Ellos comprenden las herejías que Francisco está diciendo. Ellos las ven, porque ellos saben de qué está hablando Francisco. Pero viven con temor, con miedo a la Autoridad en la Iglesia. No saben oponerse a una Autoridad que ya no da la Verdad, que ya se sale claramente de las reglas divinas y morales. Y serán los últimos en ver, por su soberbia. Hasta que no vean la profanación de la Eucaristía no van a entender nada. Hasta que no se les niegue la celebración de la misa, no van a comprender nada. Van a seguir dando obediencia a Francisco.

Estamos en la recta final de esta primera etapa del cisma. Tiempo ha dado el Señor para discernir a un maldito. ¡Y qué pocos han discernido! ¡Qué pocos se han enfrentado a Francisco! ¡Cuántos continúan haciéndole el juego, hablando de lo que dice o no dice, y esperando algo de él!

El que es de la Verdad no puede obedecer una doctrina mentirosa, que no da ninguna Verdad, como es la doctrina que Francisco ha impulsado en estos meses: evangelio de la fraternidad, cultura del encuentro, el diálogo con los hombres. Estas son las bases de la nueva iglesia herética y cismática puesta en el Vaticano, en Roma.

Muchos no acaban de comprender que con la renuncia del Papa Benedicto XVI, el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, que es el Papado, ha sido demolido totalmente. Y ahora se está levantando la abominación en Roma.

Esto es lo que muchos no comprenden. Ya no hay Iglesia. Ya no hay más Papas. Ya no hay más cabezas en la Iglesia. Todo ha sido tumbado por la masonería. Lo que hay es el juego de los masones, el desfile de gente para mostrar al mundo la nueva iglesia del nuevo orden mundial.

Francisco no pertenece a la Iglesia Católica. Francisco no es sacerdote. Francisco no es Obispo. Francisco es un infiltrado, que lleva viviendo su herejía toda su vida; y que la ha obrado, especialmente, como sacerdote y como Obispo. Y, ahora, en el podio de los vencedores, la sigue obrando como un falso Papa.

Esto es lo que no entra en la cabeza a muchos, incluso a gente que no es de la Iglesia. Y a mucha gente, que se salió de la Iglesia, y que por criticar a todo el Papado, tampoco ve lo que es Francisco. No saben discernir los Signos de los Tiempos. No saben nada de nada.

Francisco es sólo el inicio del cisma, pero no es todo el cisma. Hace falta algo más para tumbar la Iglesia que las babosidades de ese hombre. Esas babosidades dañan a la Iglesia, pero no obran lo que el demonio quiere. Por eso, es necesario un hombre más fuerte, que rompa los dogmas. Es necesario quitar a Francisco, porque ya ha cumplido su papel: el de ser bufón en la corte. El payaso que entretiene a las masas. Y, por ser un payaso, es un hombre sin inteligencia; que vive su herejía, pero que no sabe poner las bases intelectuales para que otros la vivan. Por eso, la masonería se encarga de quitarlo y poner a su hombre, el cual iniciará la segunda fase del cisma.

Viene el hombre temido por la Jerarquía. A Francisco no le temen, pero saben cómo son las cosas en la Iglesia. Por eso, siguen callados. Mientras haya un plato de lentejas, que las almas vivan como puedan en la Iglesia.

Viene el hombre que pone a la Jerarquía entre las cuerdas, que empieza a dar excomuniones a quien no le obedezca, porque sólo así la Iglesia funciona: con el miedo de la pena. Y aun así mucha Jerarquía callará, seguirá con los ojos vendados, dando obediencia a quien no se debe dar.

Francisco deja su falso Papado, renuncia a ello; le obligan a irse, como obligaron al Papa Benedicto XVI. Pero es más fácil ahora, porque Francisco se ha encargado de anular la figura del Papado en la Iglesia. Con su gobierno horizontal, él deja un sustituto, otro que gobierne. Es fácil crear una sucesión de hombres que gobiernen la Iglesia, cuando el gobierno de la Iglesia es eso: la sucesión de Pedro. Se quita a Pedro, y se pone otra forma de ser Pedro en la Iglesia, más acorde al pensamiento moderno, a la cultura del hombre, a la nueva fraternidad. Es cuestión de cambiar algunas normas, leyes de eso.

El fundamento de la Iglesia, que es Pedro, ya no existe en Roma. Existe lo exterior, la apariencia externa. Pero, dentro de poco, ni eso. Los hombres de la Iglesia, la Jerarquía infiltrada, la masónica, que se viste de un ropaje adecuado, pero que obra la maldad del demonio, han anulado a Pedro en la Iglesia. Esto es lo que no se quiere comprender.

La elección de Francisco por los Cardenales es sólo una ficción, una obra de teatro, algo impuesto a la Iglesia; algo que tenía que dejar el Papa Benedicto XVI, porque le obligaron a decir que la sede estaba vacante.

La renuncia del Papa Benedicto XVI es falsa, es también nula; porque no ha sido libre. Ha sido obligado a renunciar. Le han puesto una pistola en la cabeza. Y su pecado, sólo Dios lo puede juzgar. Bien podría haber dado la muerte por Cristo y por la Iglesia. Pero se bajó de la Cruz. Que sea Dios quien juzgue su pecado.

El Papa Benedicto XVI sigue siendo Pedro en la Iglesia; pero es inútil porque no puede cumplir su misión. Pero los destinos de la Iglesia sólo ahora le corresponden a Cristo, no al Papa. La forma de guiar a la Iglesia, en esta gran oscuridad, cuando no hay cabeza visible, cuando una impostura está en el gobierno de la Iglesia, ya no le pertenece al Papa, a Benedicto XVI. Ya se encarga Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, de guiar a toda Su Iglesia, a la Iglesia verdadera, a la Jerarquía verdadera, hacia la Verdad.

Pero Cristo sólo puede guiar a un alma cuando ésta abraza la Verdad. Cristo está esperando que las almas despierten del engaño de Francisco y se opongan a la mentira, con todas las consecuencias. Si el alma no lucha en contra del error, de la mentira, entonces Cristo no puede guiarla.

Por eso, es necesario saber batallar contra Francisco y contra todo aquel que siga a Francisco, que obedezca a Francisco. No hay que hablar de Francisco y meter en ello a los otros Papas, como muchos equivocadamente hacen. Hay que anular a Francisco de la Iglesia Católica, porque no es Iglesia, no pertenece a la Iglesia. No hay que anular a los otros Papas.

Un antipapa pertenece a la Iglesia, porque no es herético. Pero Francisco no es antipapa, es herejía, es cisma, es anticristo, es falso profeta. Francisco no es Iglesia.

Si no se sabe batallar contra Francisco, menos se sabrá luchar contra el temido, contra el que lo sucede en el gobierno. Si ahora caen por las estupideces de ese hombre, por sus palabras baratas y blasfemas; si ahora por un sentimentalismo idiota, se les cae la baba por Francisco, ¿qué van a hacer cuando el que viene les diga tantas razones bien concertadas, que parecen una verdad, y que serán sólo mentira, y se queden con la boca abierta, sin saber qué responder?

Francisco es el orgullo en la Iglesia: es decir, la vanidad, el amor propio, el deseo de popularidad, la vida social, la vida exterior, el estar con todo el mundo viviendo sus vidas. Eso es Francisco: se ama a sí mismo, y sólo se ama a sí mismo. Después, habla de amor a los pobres para ganar su salario en la Iglesia, para hacer su negocio en la Iglesia.

Pero el que viene es la soberbia en la Iglesia, se deja de sentimentalismos: es decir, es la idea triunfante, la razón que todo lo puede, que todo lo ve, la filosofía que todo lo divide, la mente que nunca descansa, que se sabe todos los caminos para obrar y conseguir lo que quiere. Un hombre cerrado a la verdad que no atiende a razones, sino que quiere que todo el mundo le obedezca por lo que dice y razona.

Si no han sabido luchar contra el hereje sentimental de Francisco, menos sabrán luchar contra el hereje intelectual de su sucesor en el gobierno.

El cisma nunca lo hace la Iglesia, sino aquel que se sale de la Iglesia, de la Verdad. Y no importa seguir dentro, en la apariencia externa, porque el cisma comienza siempre en el interior de la persona. Cuando la persona vive en su corazón el cisma, entonces lo obra exteriormente. Esto es lo que ya se ve en el Vaticano, pero nadie se da cuenta. Quien tiene ojos espirituales, ya reconoce el cisma en la Jerarquía. Y comienza a distinguir la verdadera Jerarquía de la infiltrada.

Ya no es tiempo de seguir a Francisco, a ver que dice, a ver qué hace. Ya no se lucha en contra de él como al principio. Viene el tiempo de la segunda parte del cisma. Y hay que prepararse para esa lucha de otra manera.

Francisco no lucha en la Iglesia por salvar un alma, sino para condenarlas al infierno

Los besos impuros de Francisco; su falta de castidad; su temerario amor por los hombres.

Los besos impuros de Francisco; su falta de castidad; su temerario amor por los hombres. Ver Original

“Sólo Él salva, no nuestra observancia de los preceptos” (Francisco, 24 de marzo 2014).

Esta es la última babosidad de ese infeliz, donde demuestra que es un inculto en la vida espiritual y un hereje desde la Silla de Pedro.

Francisco no comprende el Evangelio del día, porque no sabe leerlo con humildad. Lo lee con su soberbia mente, con sus ideas brillantes, con su filosofía laicista; pero no es capaz de leerlo con el corazón. Tampoco sabe lo que es el corazón, porque sólo se dedica a llorar por su estúpida vida.

Había muchas viudas y muchos leprosos cuando Dios castigó a Su Pueblo, en el tiempo del Profeta Elías, -un castigo ejemplar, provocando la muerte de muchos por falta de comida- , y sólo Elías fue enviado a una viuda. Las demás, Dios no movió un dedo por ellas. Y, en el tiempo del Profeta Eliseo, sólo a un leproso fue enviado el Profeta para curarlo. Los demás, se quedaron con sus enfermedades, porque Dios no sana a nadie de su enfermedad (cf. Lc 4, 25). Y la enseñanza del Evangelio es que esta viuda y este leproso dejaron su soberbia para aceptar la Palabra de Dios. Eran humildes de corazón y, por eso, el Señor les concedió lo material que necesitaban en sus vidas. A los demás, que se mueran de hambre y con sus enfermedades.

Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña su ilustre cabeza: “Los leprosos y las viudas en aquel tiempo eran marginados” (Ibidem). Este es el negocio de Francisco en la Iglesia: lo social, la marginación, los problemas de los hombres. ¡Cuánto le gusta ser cura de pueblo barato!

Los leprosos y las viudas, en aquel tiempo, eran leprosos y viudas. Francisco: no te inventes la historia.

Naamán no era ningún marginado. Era “jefe del ejército del rey de Siria, gozaba el favor de su señor y era tenido en mucha estima” (2 Rey 5, 1). Pero, ¿dónde está la marginación si pertenecía a la nobleza, a la clase alta, al gobierno, era un militar?

Francisco: idiota; Francisco: estúpido; Francisco: un necio que no sabe leer la Sagrada Escritura con sencillez. Y se inventa su predicación, su homilía herética.

¿Y la viuda de sarepta, la pagana, en la que el Señor demostró su poder con dos milagros? ¿Hizo esos dos milagros porque era una marginada social o porque, en su paganismo, era una mujer de fe?

¿Qué declara Jesús de esta viuda? «a ninguna de ellas fue enviado sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda» (Lc 4, 26) Jesús está diciendo que el Padre envió a Su Profeta para llamar a los gentiles a la verdadera fe. Esa viuda representa la vocación de los gentiles a la fe en el Mesías. Los dos milagros que el Señor obra son por la fe de esa mujer en el Mesías. ¿Dónde está la maldita marginación de que habla Francisco?

Francisco: idiota. ¡No sabes leer el Evangelio con el corazón, sino sólo con tu estúpida mente!

Y, claro, tiene que decir su herejía: “los nazarenos no aceptan a Jesús porque estaban tan seguros en su ‘fe’, tan seguros en su observancia de los mandamientos, que no tenían necesidad de otra salvación” (Ibidem). Francisco, ¿acaso no sabes que una cosa es la fe, otra los mandamientos de Dios, otro los preceptos humanos, y otra la soberbia?

Los nazarenos no aceptan a Jesús porque no creen en Jesús, porque no tienen fe en el Mesías. Y los nazarenos, porque no creen, tampoco cumplen los mandamientos de Dios; sino sus reglas humanas, sus preceptos humanos. Los nazarenos no estaban seguros de la observancia de los mandamientos divinos, sino de sus preceptos humanos. ¡Eran soberbios y fariseos!

Y, entonces, Francisco cae en su gran babosidad: “Es el drama de la observancia de los mandamientos sin fe: ‘Yo me salvo solo, porque voy a la sinagoga todos los sábados, trato de obedecer a los mandamientos, ¡pero que éste no venga a decirme que eran mejor que yo aquel leproso y aquella viuda!’” (Ibidem)

Francisco: ¡no es el drama de la observancia de los mandamientos sin fe! ¡Si no los cumplen!

Francisco: ¡es el drama de observar los preceptos humanos, y sólo los preceptos humanos! ¡Y eso es lo que impide la fe en Jesús! ¡Sólo eso! ¡Y eso se llama soberbia!

Y esa soberbia de los nazarenos era la misma que tenían Naamán y la viuda. ¡La misma! Pero Naamán y la viuda, en su soberbia, eran abiertos a la Palabra de Dios. Los nazarenos estaban, en su soberbia, cerrados a la Palabra de Dios.

Naamán y la viuda tenían un corazón abierto a Dios; los nazarenos: cerrados a Dios.

Y, como a Francisco le trae sin cuidado todo esto, tiene que terminar diciendo su herejía: “Y Jesús nos dice: ‘Pero, mira, si tú no te marginas, no te sientes en el margen, no tendrás salvación’. Ésta es la humildad, el camino de la humildad: sentirse tan marginados que tenemos necesidad de la salvación del Señor. Sólo Él salva, no nuestra observancia de los preceptos”. (Ibidem)

¿Ven la necedad de este hombre en la vida espiritual? Llama humildad a marginarse, a sentirse en el margen. Y la humildad es abrir el corazón a la Verdad del Evangelio. No tiene nada que ver con el comunismo de la marginación.

A Francisco sólo le interesa su estúpida vida social en la Iglesia. Es un político que se viste de cura para que los demás lo aplaudan, porque da de comer a los pobres, a los marginados; porque se apiada de sus estómagos.

¿Cuándo van a comprender que la palabra de Francisco es sin autoridad en la Iglesia?

Es una palabra que no está revestida del Poder Divino, de la Autoridad Divina y, por tanto, Francisco no enseña a Dios en la Iglesia. Francisco no habla como el representante de Cristo. Y ¿por qué? Porque no dice las Palabras de Cristo en la Iglesia. Coge el Evangelio y le da mil vueltas para decir lo que le interesa. ¿Todavía no tenéis inteligencia de lo que es ese hombre? ¿Todavía seguís llamándole Papa y prestando obediencia a una mente desequilibrada en la Verdad? Cuando habla, llena el ambiente de mentiras. Y eso lo hace cada día. ¿Qué esperáis de él?

La soberbia está sembrando la traición entre los sacerdotes, Obispos, Cardenales, y, como Judas, se venden por unas ideas que consideran superiores al Evangelio: las ideas de la cultura del encuentro, del evangelio de la fraternidad, de la libertad religiosa entre todos los hombres, del dialogo con el demonio.

Sacerdotes os vendéis por unas ideas comunistas, protestantes, laicistas, marxistas, masónicas, en la Iglesia. Seguís a un idiota, que no sabe dónde está su mano derecha, ni sabe distinguirla de su izquierda; y estáis en la Iglesia tapando las babosidades de ese idiota, porque os da de comer y un puesto de trabajo. Y ya habéis renegado de Cristo en vuestros corazones.

El sacerdote está puesto en la Iglesia para reconstruir en las almas el rostro de Cristo, para que tengan vida en Cristo, para que obren las obras de Cristo, para que sean otros Cristo.

El sacerdote está para llevar las almas a Cristo. Y sólo se puede hacer eso con la Palabra de Cristo, que es la Palabra de la Verdad. Quien da la mentira a un alma la lleva al infierno. Quien enseña la mentira a un alma le enseña a pecar en la vida. Y ¿qué es lo que hace ese infeliz de Francisco con su mentira diaria? Condenar almas al infierno. ¿Cómo es que obedecéis a uno que condena al infierno?

Portada Gay: Francisco el que condena a los homosexuales al infierno permitiéndoles en esta vida que vivan en sus pecados.

Portada Gay: Francisco el que condena a los homosexuales al infierno permitiéndoles en esta vida que vivan en sus pecados.

El sacerdote está puesto para combatir al mundo, con sus modas, con sus culturas, con sus ideologías, con sus filosofías, con toda la impureza que tiene el mundo. Y sólo así las almas pueden vivir en la pureza de mente, de corazón, de espíritu, de cuerpo. Y si un sacerdote se hace mundano, social, terrenal, humano, natural, profano, deja de ser sacerdote, para convertirse en un engendro del demonio. ¿No es eso lo que es Francisco? Un hombre del mundo, un hombre que se arrastra por la vida social, un hombre que le agrada colocarse en las revistas más importantes del mundo para tener admiradores en el mundo, para tener fans, para crecer en la popularidad del mundo. Y esto sólo tiene un nombre para Dios: engendro del demonio.

Un sacerdote que no vive en el silencio, ni en la soledad, ni apartado de los hombres, sencillamente no es sacerdote, no tiene el Espíritu de Cristo. Tiene el espíritu del anticristo.

Sólo Cristo salva, no el cumplir los mandamientos de Dios. Luego, todos se salvan, porque todos los hombres creen en Cristo según su forma de pensar a Cristo.

Y Cristo dice: “No crean ustedes que yo he venido a suprimir la ley o los profetas; no he venido a ponerles fin, sino a darles su pleno valor. Pues les aseguro que mientras existan el cielo y la tierra, no se le quitará a la ley ni un punto ni una letra, hasta que todo llegue a su cumplimiento. Por eso, el que no obedece uno de los mandatos de la ley, aunque sea el más pequeño, ni enseña a la gente a obedecerlo, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedece y enseña a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos” (Mt 5).

La fe en Cristo es la fe en su doctrina. Y su doctrina es obrar la ley de Dios, la ley natural, la ley moral. Y aquel que no la cumpla, que no la obre, se va al infierno de cabeza, por más que diga que cree en Cristo y que ama a Cristo y que Cristo lo salva.

¡Es una pena ver cómo está la Jerarquía de la Iglesia! ¡Ciega! ¡Siguiendo a un don nadie! ¡Obedeciendo a un payaso! ¡Queriendo transmitir a toda la Iglesia que aquí no pasa nada!

Y la Iglesia ya está pasando por la gran prueba de fuego donde va a ser acrisolada, cribada, hasta que se opere la separación de la escoria. Muchos serán separados y echados fuera, porque no pueden convivir ni prosperar el Bien mezclado con el mal.

Esta es no la Iglesia de Cristo. Esto es un engendro del demonio. Y hay que salir rápido de este engendro para no morir en el alma.

Los enemigos del alma reinan hoy en la Iglesia: sacerdotes, Obispos, Cardenales y fieles, amigos del demonio. Para ellos el mundo es antes que Dios; el demonio se hace dios y la carne se muestra en toda su desnudez, desatando los apetitos desordenados. Se le quita a las almas la noción de pecado y se le hace ver a Dios como un Ser lejano y anticuado al que no hay que temer ni obedecer. Y se les indica el camino de lo humano, de lo social, de lo laical, de las ideas de los hombres. Vivan sus vidas felices que Dios los ama a todos y Dios lo perdona todo.

Nadie lucha en la Iglesia por salvar un alma; todos luchando por llenar los estómagos y los bolsillos de comida y de dinero.

¡Que asco da la Iglesia!

Los hijos de Dios no son hermanos de los hijos de los hombres

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos” (Mt 23, 9).

La Paternidad Divina no es, como los hombres piensan, dar el Padre el amor personal a cada ser humano.

Dios no ama al hombre, sino que Dios ha creado las almas de los hombres: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” (Gn 1, 26). La Paternidad Divina es creadora de las almas de los hombres. Y, por tanto, Dios es Padre de todas las almas, pero no es padre de los cuerpos de los hombres.

Por eso, ningún alma puede llamar padre a nadie, porque sólo tiene un Padre que la ha creado. Pero todo hombre puede ser hijo de Dios o hijo del hombre o hijo del diablo, porque viene al mundo en el pecado original.

Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, para hacer una familia divina, para hacer hijos de Dios: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” (Gn 1, 27).

Pero Adán pecó y, entonces, no se puede dar esa familia divina, ese plan original en las generaciones de los hombres, en los hijos de los hombres, porque Dios no manda tener hijos a los hombres, sino que mandó a la primera pareja tener los hijos de Dios, los hijos que el Padre quería: “y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra, sometedla y dominad (…) sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” Gn (1, 28). Es la bendición para engendrar hijos de Dios.

Adán no quiso ese plan original y, por tanto, de ahí nacen las guerras, las matanzas, el odio entre los hombres que eso es señal de que no todos los hombres somos hermanos, no todos somos hijos de un mismo padre: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre su linaje y el suyo” (Gn 3, 15).

El plan de Dios sobre la humanidad era formar hijos de Dios por gracia y por generación, es decir, que el hombre en gracia iba a engendrar un hijo de Dios en la mujer en gracia. El hombre, en ese plan, no podía engendrar un hijo de hombre o un hijo del diablo.

Como Adán pecó, entonces, Adán engendró hijos de Dios por generación, pero no por gracia, e hijos de hombres. Se unió a otras mujeres para tener sus hijos, que Dios no quería. Y, por tanto, se da una línea generacional de hijos de Dios y una línea de generación de hijos de hombres: “viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron” (Gn 6, 3).

De Adán salen dos familias distintas: una familia que da hijos de Dios y otra que da hijos de los hombres. La de los hijos de Dios son los hijos que Dios quiere que Adán engendre. La de los hijos de los hombres son los hijos que Dios no quiere que Adán engendre. Ésta última viene por el pecado original.

Y si se unen estas dos familias, entonces tenemos los hijos del diablo: “Existían también los gigantes en tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos” (Gn 6, 3).

La Sagrada Escritura es clara: todas las almas proceden de Dios por creación. Todas las almas tienen por Padre a Dios. Hay muchos hombres que venden sus almas al demonio. En este caso, Dios Padre sigue siendo el Padre de esa alma, pero está esclavizada al demonio. El demonio no puede crear un alma, no puede ser padre de un alma, pero puede atarla a su ser demoniaco.

Pero los hombres se dividen en: hijos de Dios, hijos de los hombres e hijos del diablo. Luego, los hombres no somos hermanos entre sí. Venimos de un mismo hombre, de Adán, pero no de una misma mujer. Este es el punto del pecado original.

Mientras Adán se unió a la mujer en la Voluntad de Dios, engendró de ella hijos de Dios; pero cuando Adán se unió a la mujer sin esa Voluntad Divina, porque comió del fruto que Dios le prohibió tomar, entonces, perdió la gracia y comenzó a engendrar hijos de los hombres, no ya hijos de Dios: “Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí comer, diciéndote: comas de él: por ti será maldita la tierra” (Gn 3, 17).

Por tanto, la doctrina de la fraternidad que enseña Francisco no puede sostenerse, hace aguas por todas partes.

Para Francisco existe en el hombre una vocación a la fraternidad. Y lo fundamenta así:

“Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios (…) se trata de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30) (…) Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre de 2013). Aquí está toda su herejía.

Hay un solo Padre, luego todos somos hermanos. Francisco no discierne las Palabras del Evangelio (cf. Mt 23,8-9) y da por sentado que se refiere a los cuerpos, no a las almas. Dios crea las almas y, por eso, es Padre de todas las almas. Pero Dios no es Padre de todos los hombres, por el pecado original. Francisco dice: todos somos hijos de un mismo Padre, en los cuerpos y en las almas.

Si se comienza mal la doctrina, entonces la conclusión no puede sostenerse: todos somos hermanos. Esto va contra la misma Palabra de Dios, porque Dios mandó a Adán engendrar hijos de Dios para hacer la familia de Dios. Si Adán no hubiera pecado, entonces todos seríamos hermanos y Dios sería el Padre de todos los hombres. Es así que Adán pecó. Luego, hay división en las generaciones de los hombres. No somos ni podemos ser hermanos.

Entonces, la fraternidad no está enraizada en la Paternidad Divina. Esta es la siguiente herejía: La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios.

Se ama al hermano porque se es hijo de Dios. Sólo es posible ser hijo de Dios por gracia, no por generación. Hay tantos cruces entre los hombres, hay tantas uniones entre los hombres, que ya no se sabe dónde está la familia de Adán, la que viene por generación divina, la que no se cruzó con los hijos de los hombres ni con los hijos del demonio. Ahora, después de la Obra Redentora de Cristo, ser hijo de Dios sólo es posible por gracia, recibiendo la gracia del Bautismo y, por tanto, recibiendo el Espíritu de filiación divina.

Pero, aunque una persona sea hija de Dios por gracia, eso no supone ser hija de Dios por generación. Luego, no hay fraternidad entre los hombres. Sólo se da la paternidad espiritual y mística por la gracia, pero no por generación.

Los hombres no somos hermanos carnales, ni tampoco espirituales. No somos hermanos de Cristo por tener un Bautismo, ni siquiera hermanos de un mismo Padre por ese Bautismo. Porque, para ser hijo de Dios, como lo quiere el Padre, según su plan original, hay que ser tres cosas:

1. hijo de Dios por gracia;
2. hijo de Dios por Espíritu;
3. hijo de Dios por generación.

Hay muchos que están en gracia y que han recibido un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia y tienen un Bautismo, pero no son hijos de Dios por generación.

Hay muchos que no están en gracia ni tienen un bautismo, y tampoco son hijos de Dios por generación.

Y la cuestión es si se puede dar el ser hijo de Dios sólo por generación, no por gracia, no por Espíritu. Y la respuesta es: no.

En las condiciones del pecado original, se ha perdido la generación de los hijos de Dios, porque el Señor puso el camino de la Gracia para ser hijos de Dios. Lo que Adán hizo al principio: engendrar hijos de Dios de una mujer, ya no es posible porque no existe esa mujer. Toda mujer, como todo hombre, está mezclado en su generación. No es puro. No es un hijo de Dios puro en la generación.

Sólo se da la pureza en la gracia. Se es hijo de Dios por gracia y por Espíritu. Para conseguir el plan de Dios original, es necesario el Reino Glorioso. Y, entonces, en ese Reino se podrá dar la fraternidad que, en estos momentos, es imposible. Por eso, Francisco se equivoca totalmente en su doctrina de la fraternidad, que es la doctrina del demonio. Es lo que metió el demonio en la mujer, en el Paraíso, para que Adán engendrara hijos de los hombres, hermanos en la carne de los hombres, pero no de Dios. Y esos hermanos dan lugar a los hermanos del demonio.

No puede darse un amor personal de Dios a cada hombre, como lo enseña Francisco, porque el Padre Celestial sólo puede amar a los que están en gracia (cf. Mt 6,25-30) y, por tanto, el Padre celestial alimenta, cuida, bendice, es providente de aquellas hombres que viven en su gracia, que es lo que les hace ser hijo de Dios. Por más que se tenga un Bautismo y, por tanto, por más que se haya recibido el Espíritu de filiación divina, si la persona no está en gracia, no se es hijo de Dios, porque se vive en el pecado. Y aquel que peca no es hijo de Dios: “el que comete pecado, ése es del diablo (…) Quien ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 3, 8.9).

Francisco siempre se olvida del pecado original. Siempre se olvida de que existe el pecado, aun cuando se reciba la Gracia y el Bautismo. Y se olvida porque no cree en el pecado. No por otra cosa.

Por eso, sólo habla de una forma bonita: “El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer” (8 de diciembre 2013).

Pero este lenguaje es herético por sí mismo. Porque no todo hombre ni toda mujer tiene en su corazón el deseo de algo pleno. No se puede hablar así, cuando hay hombres y mujeres que no buscan lo pleno en su vida, no buscan la plena verdad. Sólo les importa sus verdades, sus vidas, sus obras y ya está.

Y tampoco se puede decir que eso que tienen en su corazón viene de un anhelo indeleble de fraternidad. ¡Menuda herejía! Dios, cuando crea al hombre, no pone este sello indeleble de fraternidad. Se es hijo de Dios porque el hombre engendra en una mujer el hijo que Dios quiere. No se es hijo de Dios porque el hombre tenga en su alma un sello de ser hijo de Dios ni, por tanto, un sello de que todos somos hermanos.

Esta es su enseñanza herética. Francisco no habla claro en la Iglesia. Y, entonces, da una doctrina totalmente demoniáca. Esto tiene un sabor demoniáco, ni siquiera humano.

En la vida encontramos a muchos hombres que son enemigos, que hay que verlos como enemigos y, por tanto, no se pueden ver como hermanos. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura: “pongo enemistad”. Pero Francisco no atiende a estas verdades fundamentales y entonces cae en utopías:

“La fraternidad extingue la guerra” (8 de diciembre). El mirarnos como hermanos eso quita la guerra. Es que esto no se puede sostener. Es que está la experiencia desde Adán que, por más que el hombre dialogue y bese a otro hombre y lo abrace, siempre está la guerra, siempre habrá discordias, siempre habrá odios. Siempre. Porque hay una cosa que Francisco no cree: el pecado.

Por el pecado, se rompe la fraternidad. Se quita el pecado, entonces hay amor fraterno porque hay amor de Dios.

Francisco dogmatiza la fraternidad. La pone como un sello indeleble en el hombre. Esa es su herejía. El amor al hermano viene del amor a Dios. Dios pone en el hombre su amor divino, no el amor a los hermanos. Francisco dice: no. Todos sentimos ese anhelo indeleble de ser hermanos. Se carga el pecado original. Lo anula. y, por tanto, pone al amor a los hermanos por encima del amor a Dios. Eso es signo de su orgullo, de su pecado de orgullo, en que no puede ver su soberbia, sino que se cree que está en la Verdad. Y, por eso, da sus fábulas en la Iglesia.

Ahí tienen el documento LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ, con fecha 8 de diciembre, en la que pueden ver todas sus herejías para explicar lo que no se puede explicar: el amor de Dios en este mundo sólo es posible a través de una vida de cruz. Y, por tanto, sólo se puede amar al hermano dándole una cruz, la Voluntad de Dios, que es lo que no hizo Adán con su mujer. Se unió a ella en el placer de la vida y, por tanto, de ella nace la humanidad, los hijos de los hombres, que no saben ser hermanos entre sí porque no tienen la gracia, porque no quitan el pecado, porque se creen que con la conciencia vale para salvarse, para justificarse ante Dios. Es lo que enseña Francisco en todo este documento, totalmente herético, desde el principio al fin.

Dios es un Dios de Justicia

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“Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu linaje y el Suyo; Éste te aplastará la cabeza. Y tú le acecharás el calcañar” (Gn 3, 4).

Cada uno tiene lo que se merece en su vida.

El que peca tiene su pecado; el que vive en gracia tiene el amor de Dios.

El drogadicto posee su droga; el homosexual su lujuria en la carne; el que mata la maldición de Dios; el que miente es del demonio; el que habla la Verdad da la Palabra de Dios.

Desde el pecado original hay dos familias en la tierra: los hijos de Dios y los hijos del demonio.

Por tanto, hay dos pueblos: el pueblo de Dios y el pueblo del demonio. Y hay dos Iglesias: la Iglesia de Jesús y la Iglesia de satanás.

Y entre los hijos de Dios y los hijos del demonio hay un abismo que no se puede pasar: “entre vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros” (Lc, 16, 26).

Por tanto, no existe la fraternidad entre los hombres, es decir, el amor universal entre los hombres, el amor sin fronteras, porque no se da una Iglesia para todos los hombres, no se da un pueblo para todos los hombres, no se da un gobierno para todos los hombres.

Esto es lo que, insistentemente, predica Francisco: todo es para todos. Es su monismo y su sincretismo religioso.

No puede darse nunca un gobierno mundial universal en la práctica, porque en el mundo todos se rigen por su mente humana. Nadie en el mundo se rige por la mente de la otra persona.

En el mundo no existe la obediencia, sino la imposición de leyes, de pensamientos, de normas, gusten o no gusten a la gente. Y no importa que esas normas sean antimorales o antiéticas, porque el mundo pertenece al demonio y, por tanto, vive siempre en el pecado, sin ley, sin moral, sin ética, sin Dios.

Cuando los hombres quieren hacer un gobierno mundial, lo tienen que hacer a la fuerza, con guerras, con destrucciones, con dictaduras, imponiendo la mente de unos pocos a los demás.

En el mundo no se da el amor ni, por tanto, la confianza entre las personas. Sólo se da el interés, el negocio entre los hombres, las obras de los hombres que sólo buscan su propia gloria, su propia fama, su propio bienestar.

Por eso, el mundo no se preocupa de nada: ni de los pobres, ni de las guerras, ni de los problemas entre las personas, porque en el mundo sólo existe un poder que lo rige todo y que mantiene ocupados a los demás en cosas que ellos hacen y obran para su negocio en el poder del mundo.

La cabeza del mundo es el demonio. Y el demonio tiene su gente para gobernar todo el mundo a base de odio, destrucción, injusticias, etc.

Por eso, una Iglesia que va al mundo para amar a los hombres no es la Iglesia de Jesús.

Jesús murió para salvar nuestras almas y, de esa manera, nos ama; pero Jesús no murió para salvarnos de los males de este mundo, de los peligros de este mundo, de las miserias de este mundo, de las enfermedades, guerras, etc.

Jesús no vino para solucionar los problemas de los hombres. Por tanto, en la Iglesia no se está para dar de comer a nadie, ni para hacer que en el mundo surja una paz falsa hablando de los problemas para no hacer nada por ellos.

El mundo no hace nada por resolver los problemas. Esa es la experiencia desde que el hombre es hombre. El hombre vive para sí mismo; el hombre le importa un comino los demás.

Cuando la Iglesia basa su predicación para ayudar a la humanidad – a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los drogadictos, etc- es la señal de que esa Iglesia ya no es la de Jesús.

Jesús sólo predica Su Palabra, que es Salvación y Santificación para todos los hombres. Sólo hay que dar la Palabra, no hay que hacer una asociación, una cáritas, para recoger dinero con el fin de ayudar a la humanidad. Eso es siempre del demonio.

Quien pone su limosna en cáritas o en cualquier obra que predique el amor a la humanidad, el amor en general, no es de la Iglesia. No es Volunatd de Dios. Porque Jesús no hizo eso en su vida pública, en su vida humana.

Jesús amó a cada alma en particular. Y, por eso, la limosna tiene que darse en particular, a la persona en concreto, no a una organización que –dice- ayuda a los pobres.

Hay cantidad de asociaciones, de ongs, que ayudan a los pobres, pero nadie sabe a dónde va su dinero. Hoy los pobres se han convertido en el negocio de unos cuantos, tanto dentro de la Iglesia como fuera.

La gente sólo pide dinero para ayudar a salir de las necesidades humanas, materiales, etc., de los hombres que son sólo el fruto del pecado de cada hombre.

Vives en la pobreza es por tu pecado. Vives atado a la droga, al alcohol, al sexo, etc., y no puedes salir de esa vida de miseria, es sólo por tu pecado.

La solución no está en dar dinero para solucionar vidas rotas por el pecado. La solución está en ver el pecado, en arrepentirse del pecado y en luchar contra el pecado.

Esto es lo que nadie hace, porque es arduo y difícil. Y, cuando uno se mete en los líos de la vida, en el alcohol, droga, asesinatos, etc., no quiere poner este camino de cruz a su vida, porque ha vivido su placer. Y su placer le llevó a una vida rota en todos los sentidos del que sólo con la gracia de Dios se puede salir. Y como no se persigue esa gracia, entonces nunca se sale.

Y, por eso, no cabe en la cabeza la ayuda humanitaria, económica, etc. a personas que no quieren quitar su pecado y que quieren seguir pecando, es decir, viviendo su vida rota.

Al linaje del demonio no le interesa salir del pecado, lo que le interesa es tener dinero para seguir pecando. Que alguien le dé dinero para seguir en su vida cómoda de pecado.

Esta es una realidad: cada uno tiene en su vida lo que se merece, lo que ha perseguido, lo que ha buscado. Y los hombres no están obligados a ayudar a nadie que no quiere ver la verdad de su vida, que ya ha elegido su camino: la perdición, la condenación, el infierno.

Entre el linaje del demonio y el linaje de la Mujer hay sólo batalla, no fraternidad, no un abrazarse o darse un beso. Es lo que no le cabe en la cabeza a Francisco y los suyos. Por eso, predican de esa manera: una fe para la humanidad, un amor para la humanidad, una Iglesia para la humanidad, sin hacer distinción entre hombres.

Y, por eso, son corderos vestidos de piel de oveja, para conseguir su propósito: que le den dinero, que la gente se preocupe por quien no tiene que preocuparse: por los hijos del demonio.

Hay que luchar contra los hijos del demonio que son muchos, dentro y fuera de la Iglesia. No hay que dejarse atrapar por las frases bellas, por las palabras bonitas, por los sentimentalismos vacíos que tanto Pastores usan en sus predicaciones, en sus charlas en la Iglesia.

Esos Pastores se alzan con su orgullo dentro de la Iglesia para proclamar sus herejías y así hacer que la Iglesia viva de mentiras, como se hace en el mundo.

El amor al prójimo es el amor a una persona en concreto, sea amigo o enemigo. Pero nunca es un amor universal, a lo grande, a todos porque todos son hombres. Eso es un amor ciego, un amor mentiroso, un amor falso, porque no existe en la realidad. Sólo existe en la cabeza de los hombres. Es un ideal que nunca se llega a poner en práctica, porque es una utopía. Y esa utopía, ese amor a la humanidad, a conseguir un bien común, un gobierno común, una iglesia común, es el motor de la ideología del comunismo que Francisco ha desarrollado en su evangelii gaudium.

El que rige la Iglesia en Roma, actualmente, -Francisco- es sólo un comunista: un cordero, un lobo, un carnero, una pantera, vestida de oveja.

Francisco ni es Papa, ni es sacerdote, ni Obispo, ni nada. Es sólo el principio de la destrucción de la Iglesia. Es sólo eso. Lo demás, su obra de teatro en la Iglesia. Sólo hace su papel, que lo representa muy bien, porque lo ha estudiado durante muchos años. A Francisco le importa un bledo la Iglesia y los pobres. Sólo le interesa destruir la Iglesia. Pero él la quiere destruir a su manera. Y, claro, se equivoca, porque es un hombre sin inteligencia: no sabe dónde está parado.

Por eso, si no hay lucha dentro de la Iglesia contra los hijos del demonio, la Iglesia queda autodestruida por los mismos hijos de Dios que no saben luchar contra el demonio, que sólo saben pedir a Dios que les resuelva sus grandes necesidades en sus vidas humanas, pero que ya no buscan ni su salvación ni su santificación en la vida espiritual.

Por eso, la gente ha tardado en abrir sus ojos a la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Y muchos siguen con la venda en sus ojos, porque no hay fe. Y sólo es esa la razón de la ruina que viene ya para la Iglesia: gente que no lucha por la Verdad, sino para conseguir un trabajo, un dinero y así vivir cómodos en sus vidas.

Cuando los Pastores predican al gusto de la gente eso es señal de que se perdió la fe en toda la Iglesia. Es señal de que algo grave va a pasar en la Iglesia. Es señal de que ya la gente no vive para dar culto a Dios en sus vidas, sino que persigue otros dioses que le dan lo que ellos quieren en la vida.

Cada uno tiene lo que se merece: el infierno o el cielo. Y los que se merecen el infierno, no hay para ellos Misericordia, sino Justicia.

Dios es un Dios de Justicia. Y, por eso, cae ahora sobre toda la Iglesia su Justicia, porque pocos han entendido lo que pasa en la Iglesia. Y viene un castigo grandísimo para toda la Iglesia. Y ese castigo repercutirán en todo el mundo. Porque el mundo sólo se mueve si se mueve la Iglesia. La Iglesia es el eje del mundo, porque es la Verdad. Y, cuando Dios castiga a su Iglesia, el mundo tiembla de espanto. El mundo queda paralizado.

«…los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte» (San Agustín – Trat. evang. S.Juan 124,5).

Francisco es un anticristo

“y todo espíritu que rompe la unidad de Jesús, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo…” (1 Jn 4, 3).

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La unidad de Jesús es la unidad de la Verdad. Todo aquello que rompe esta unidad no es de Dios y sólo viene del anticristo.

1. “No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anti-conceptivos. Es imposible”.

En este pensamiento se rompe

a. la unidad en el pecado: aborto, homosexuales y anticonceptivos son pecado. Hay que seguir insistiendo en el pecado.

b. la unidad en el bien: el aborto, al ser un pecado, debe ser condenado de forma conveniente para que las almas no lo realicen sin temor a condenarse. Por eso, la excomunión a la persona que aborta. Es un bien excomulgar.

c. la unidad en la persona: Hombre y mujer son dos personas distinta. El homosexual ya no es persona por su pecado. No hay que aplaudir al homosexual y respetarlo como persona, porque su pecado lo impide.

d. la unidad en el sexo: el hombre es para la mujer y la mujer para el hombre. Lo demás es una abominación.

e. la unidad en el placer sexual: el sexo se ha hecho para el amor, no para el placer sexual. Los anticonceptivos destruyen el amor en el sexo.

2. “Debemos caminar juntos: la gente, los obispos y el Papa. Hay que vivir la sinodalidad a varios niveles. Quizá es tiempo de cambiar la metodología del Sínodo, porque la actual me parece estática”.

Este pensamiento rompe

a. la unidad de la Iglesia: Pedro es el que da la unidad a toda la Iglesia. No son la gente ni los Obispos. No hay que vivir la sinodalidad a varios niveles, sino que hay que vivir el Papado como lo quiso Cristo en Su Iglesia.

b. la unidad en Pedro: Pedro es el artífice de la verdad en la Iglesia. No son ni la gente ni los Obispos. Sólo Pedro. Si Pedro se acompaña de gente y de Obispos para gobernar a la Iglesia se anula a Pedro en la Iglesia.

c. la unidad en la Verdad: Pedro, al ser el artífice de la verdad, es el que obra sólo la Verdad. Y la obra cuando los Obispos obedecen a Pedro. Se quita la obediencia a Pedro, entonces cae la Verdad. Cuando Pedro se reúne con gente y con Obispos para dirigir la Iglesia, Pedro quita la Obediencia a Pedro y sólo queda la democracia, las corrientes de opinión, a las que todo el mundo acepta de alguna manera, pero sin sometimiento.

3. “Tenemos que caminar unidos en las diferencias: no existe otro camino para unirnos. El camino de Jesús es ese”

Este pensamiento rompe

a. la unidad en la fe: ya el camino para unirse no es la Verdad que da la Fe en la Palabra de Dios, sino que el camino para unirse es la consecución de los diferentes pensamientos de los hombres para llegar a un acuerdo en la fe. Todos quitan sus diferencias en el pensar y así todos se someten a un acuerdo. Y a eso lo llaman la fe de la Iglesia.

b. la unidad en la Verdad: el camino para unirse es la unidad en la verdad. Aquel que no quite sus mentiras no puede hacer unión en la verdad. Como se proclama que no existe la mentira, entonces se proclama la mayor herejía de todas: la verdad es la mentira de cada uno.

c. la unidad en el pecado: el camino de Jesús es ir en contra del pecado, del mundo, de la mentira, del error, del fariseísmo. Decir que el camino para la unidad es la mentira, es llamar mentiroso a Cristo y ponerse como dios en la Iglesia. Aquí Francisco concibe su orgullo en la Iglesia.

4. “En los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino. Afrontamos hoy este desafío: reflexionar sobre el puesto específico de la mujer incluso allí donde se ejercita la autoridad en los varios ámbitos de la Iglesia”.

Este pensamiento va en contra de

a. la unidad en la mujer: toda mujer tiene dignidad en la Iglesia y, por tanto, ocupa su lugar en la Iglesia, que es estar callada y no meterse en el gobierno de la Iglesia.

b. la unidad en la creación de la mujer: Dios creó a la mujer no para ser Jerarquía en la Iglesia, sino para ser Amor en la Iglesia, como es la Virgen María. Proclamar que la mujer sea puesta para gobernar la Iglesia es ir en contra de la Mente de Cristo sin posibilidad de reparar eso. Cuando se metan a las mujeres en los diferentes niveles de gobierno en la Iglesia, se destruye automáticamente el sacerdocio en la Iglesia. Porque el gobierno de la Iglesia es sólo para los hombres. Cualquier mujer que quiera gobernar la Iglesia destruye la Iglesia en su raíz, que es la Jerarquía. Y eso va en contra de lo que Dios ha creado en la mujer. La mujer es para amar, no para gobernar. El hombre es para gobernar, por eso es la cabeza de la mujer. Quien no siga esta Palabra Divina, rompe con toda la Iglesia.

5. “El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica concreta. Sí, hay líneas de hermenéutica de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible”.

Este pensamiento va en contra de

a. la unidad en la Iglesia: El Evangelio no se lee según las situaciones concretas de los hombres, sino con la fe del corazón. y, por tanto, quien quiera hacer una liturgia para el pueblo con la historia del pueblo, destruye lo sagrado y lo santo de la liturgia, porque el pueblo es siempre pagano, mundano, humano, artificial, dado a lo exterior de la vida, a lo superficial de la vida, a las prisas de la vida. Y esa es la liturgia que tenemos después del Concilio Vaticano II.

b. la unidad en la verdad: lo que hizo el Concilio debe ser reversible, porque va en contra de la Voluntad de Dios. Que Francisco no asuma el derecho de decir que no se va a cambiar nada porque él es el que menos sabe de los sagrado y lo santo en la Iglesia. Que Francisco siga en su nueva iglesia su gran herejía del populismo y del humanismo, que hacen de esa nueva iglesia un dios para el mundo, fabricada por la mente de los hombres y dada a los hombres como Voluntad de Dios. Mayor arrogancia no cabe en un hijo de Satanás como Francisco.

6. “Es verdad que tenemos la tentación de buscar a Dios en el pasado o en lo que creemos que puede darse en el futuro. Dios está ciertamente en el pasado porque está en las huellas que ha ido dejando. Y está también en el futuro como promesa. Pero el Dios “concreto”, por decirlo así, es hoy. Por eso las lamentaciones jamás nos ayudan a encontrar a Dios. Las lamentaciones que se oyen hoy sobre cómo va este mundo “bárbaro” acaban generando en la Iglesia deseos de orden, entendido como pura conservación, como defensa. No: hay que encontrar a Dios en nuestro hoy”.

Este pensamiento va en contra de

a. la unidad en Dios: Dios ni es pasado, ni futuro ni presente. Dios es Eterno. Y eso basta para decir que Francisco es el mayo ignorante sobre Dios. Sólo habla de lo que le interesa: de su dios, que es su razón, que sus gnosis, que es su gnosticismo, por el cual, él se cree dios por tener en su interior una luz que ilumina sus pasos. Francisco es un iluminista engendrado por Lucifer. Y en ese iluminismo hace creer a los demás que su sentido del orden, de la verdad, del amor es el correcto, porque quiere ponerse en el hoy del hombre, pero no quiere ponerse en el hoy de Dios.

b. la unidad en la verdad: Francisco sólo dice que para quitar el mal que hay en el mundo hay que buscar a Dios hoy. ¿Dónde? En el mundo. Y eso va en contra de toda la Sagrada Escritura que dice: no améis al mundo ni lo que hay en él. Y “no son del mundo, como tampoco Yo soy del mundo” (Jn 17, 16). Para Francisco, la Iglesia tiene que ser del mundo y dedicarse a las cosas del mundo. Esa es la gran herejía de un hombre mundano hasta lo último de su ser.

7. “Un cristiano restauracionista, legalista, que lo quiere todo claro y seguro, no va a encontrar nada. La tradición y la memoria del pasado tienen que ayudarnos a reunir el valor necesario para abrir espacios nuevos a Dios. Aquel que hoy buscase siempre soluciones disciplinares, el que tienda a la “seguridad” doctrinal de modo exagerado, el que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, posee una visión estática e involutiva. Y así la fe se convierte en una ideología entre tantas otras”.

Este pensamiento va en contra de

a. la unidad en la verdad: los fariseos, como Francisco, son los que hace la Iglesia a base de ideologías. Y, por tanto, se dedican a construir nuevos evangelios, nuevas liturgias, nuevos documentos para enseñar a la Iglesia su mente humana. Y en esa mente humana, los demás son los que hace de la fe la ideología. Pero ellos, los fariseos, no la hacen porque dan la mente de Dios como un producto de su mente divinizada. Para el fariseo no hay otra verdad que la que tiene en su mente. Y no hay forma de enseñarle la verdad, porque todo lo acomoda a su mente, todo lo distorsiona en su mente, todo lo destruye en su mente para fabricar su verdad, que es la verdad divina y no hay otra verdad divina. Aquí Francisco habla como un auténtico fariseo que se opone a todos aquellos que no sigan su pensamiento farisáico. Es el culmen de su endiosamiento en la Iglesia. Está sentado en la Silla de Pedro para que la gente le dé culto como dios. Es lo que muchos hacen porque no se atreven a desafiarlo en sus mentiras. Ven sus mentiras como oráculo divino. Eso es dar culto divino a un hombre en la Iglesia.

8. “Nos acecha siempre el peligro de vivir en un laboratorio. La nuestra no es una fe-laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas. Me dan miedo los laboratorios porque en el laboratorio se toman los problemas y se los lleva uno a su casa, fuera de su contexto, para domesticarlos, para darles un barniz. No hay que llevarse la frontera a casa, sino vivir en frontera y ser audaces”.

Este pensamiento va en contra de

a. la unidad en la Revelación: para Francisco, Dios es historia, Dios se ha revelado como historia. Entonces, Francisco niega la Revelación de Dios, niega al Padre que ha creado el Universo. Y eso es una Revelación Divina. Niega al Hijo que se ha encarnado para salvar al hombre. Y niega al Espíritu que guía a la Iglesia hacia la Verdad, que nunca se da en la historia de los hombres. Francisco ha hecho su nueva iglesia en su laboratorio, en su camino hacia el humanismo, hacia la historia de los hombres. Y, por eso, la fe de Francisco es la fe en su pensamiento humano, en sus conquistas humanas, en sus obras humanas, en sus sentimientos humanos. Porque sólo le interesa la historia del hombre. Pero no le interesa lo que hace Dios en cada alma. Él no comprende las almas, sólo ve los hechos históricos de los hombres y siempre se va a quedar en lo exterior de la obras de los hombres, nunca va a comprender lo que es un hombre. Decir que Dios se ha revelado como historia es decir que Dios es el hombre histórico. Es la doctrina de la nueva era, del gnosticismo, que dice que todo es dios, todos somos dioses, todos somos seres completos en sí mismos.

El espíritu con que habla Francisco rompe la unidad en la doctrina de Cristo. Luego es un anticristo.

¿Y todavía no quieren creer? ¿Todavía persisten en seguir a un hijo del demonio?

Falsa doctrina de Francisco

sanantonioabad

“Los hombres se rendirán al espíritu de los tiempos. Dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la fe hubiera sido sencilla y fácil. Mas en su día dirán que las cosas son complejas; que la Iglesia debe actualizarse y hacerse relevante a los problemas de la época. Cuando la Iglesia y el mundo estén en unión, aquellos días habrán llegado”. (San Antonio Abad)

Un falso Profeta se le coge, no por sus palabras, sino por sus obras que hace en contra de la Fe de la Iglesia.

El Profeta es el que enseña la Verdad de la Iglesia. Y la enseña con su vida, con sus obras, porque la Fe no es un conjunto de ideas bonitas, de pensamientos bien concertados, de obras buenas humanas. La Fe es vivir lo divino, obrar lo divino, asemejarse a lo divino.

Y, por tanto, el Profeta da a los demás lo que él vive en su corazón. Da la Verdad que recibe del Espíritu, y la transmite en obras hacia los demás. Obras que son divinas, que tienen el sello de lo divino. Obras que no se hacen para ganar el aplauso de los hombres, ni para conquistar a otros hombres, ni para sentirse bien en la vida. Se hacen esas obras porque así Dios lo quiere.

El falso Profeta es el que obra lo contrario a lo divino, porque no posee la Fe, sino que se inventa la fe. Hace de la Fe de la Iglesia, su fe humana. Vive lo que hay en la Iglesia, pero quitando lo que no le gusta, lo que no es conveniente para los tiempos que corren, lo que desagrada a muchos. Por eso, el falso Profeta predica cosas bonitas, cosas que son interesantes a todos, pero sin dañar, sin herir, sin exigir, sin querer que las almas huyan al decirles la verdad de sus vidas, para que así vean que se las ama, a pesar de que viven mal.

El falso Profeta, cuando habla, dice muchas cosas que son de Dios, cosas que sabe porque las ha aprendido en los libros, pero son cosas que no vive. Predica lo que no vive en su diario vivir. Lo aprendió y eso queda en la memoria, pero no lo asimiló el corazón. Y, por eso, el falso Profeta le gusta predicar del amor de Dios, de que la Iglesia es Madre, de que hay que acoger a todos, porque Dios ama a todos, pero no dice las exigencias del amor de Dios, no dice lo que una Madre debe hacer cuando sus hijos viven en el pecado, no enseña a caminar a aquellos que han hecho de su pecado su vida.

Es lo que se discierne en tantas homilías de Francisco: eso es lo propio del Falso Profeta. Habla de lo que ha estudiado, aprendido con su inteligencia. Pero no habla de lo que vive. Esconde su pecado, esconde sus dificultades en la vida, esconde el vacío que tiene su corazón.

Y, cuando habla de tantas cosas, que son verdad a medias, que son hermosas, que son bonitas, después obra lo contrario a lo que predica. Después sus obras son lo que es su fe, su fe inventada, construida con su razón, con su necio pensamiento.

La fe de Francisco es una fe que nace de su pensamiento humano. Con su pensamiento humano ha desbaratado la Tradición, los Dogmas de la Iglesia, las Verdades que son para siempre, y ha construido sus verdades. Y así ha hecho su vida: atendiendo a esas verdades que encuentra su pensamiento. No puede hacer la Vida que Dios da al que cree en Su Palabra. Francisco sólo cree en las palabras que nacen de su pensamiento humano.

  1. Un sacerdote que no cree que exista la Verdad Absoluta («yo no hablaría, ni siquiera para quien cree, de una verdad «absoluta»…¡la verdad es una relación!»), sino que todos son verdades relativas;

  2. Un sacerdote que llama al pecado sólo una cuestión de la conciencia de cada uno («El pecado, aún para los que no tienen fe, existe cuando se va contra la conciencia»), y no un asunto del alma y Dios, del alma y de la Iglesia, del alma y de su entorno familiar, social.;

  3. Un sacerdote que invita a buscar a los hombres («¿Voy a convencer a otro que se haga católico? ¡No, no, no! ¡Vas a encontrarlo, es tu hermano! ¡Eso basta! Y lo vas a ayudar, lo demás lo hace Jesús, lo hace el Espíritu Santo») pero a no presionarlos para que dejen sus pecados, sus vidas, sino para hacerlos sus amigos y así formar una Iglesia en la que caben todos, hasta el mismo demonio, es un sacerdote que deja mucho que desear en la Fe de la Iglesia.

Si ese sacerdote piensa así de la Fe de la Iglesia, entonces hace de la Fe de la Iglesia una falsa fe. Hace de la Iglesia un conjunto de ideas, de normas, de obras humanas. Por eso, es tan interesado en los social de la Iglesia. No le interesa lo espiritual. Francisco es un sacerdote socialista, no vive el Espíritu de la Verdad en su sacerdocio.

El problema está en que él actúa como si fuera verdadero Papa. Y, entonces, lo que diga, lo que obre, como lo dice el Papa, como lo obra el Papa, como es el Papa…, nadie dice nada en contra, nadie se opone, sino que todo el mundo lo aprueba y nadie obra en contra de Francisco en la Iglesia. Esta es la falsa Obediencia. No se puede obedecer a aquel que obra en contra de la Verdad de la Iglesia.

No hay que dialogar con Francisco, porque no escucha la Verdad de la Iglesia.

Ahora que va a iniciar con las ocho cabezas un nuevo gobierno en la Iglesia, no hay que conversar con él para que en la Iglesia se mantenga lo de siempre, porque no va a hacer caso a nadie. Sólo va a hacer caso a ese gobierno oculto en la Iglesia, que se llama masonería eclesiástica, y que ha comenzado su juego en la Iglesia.

Ahora, en la Iglesia se va a dar la batalla por el Poder. Unos y otros se va a pelear para tener la Cabeza de la Iglesia e imponer a la Iglesia su pensamiento humano.

Lo que se ha hecho en la Iglesia durante siglos a escondidas, oculto, en secreto, se va a hacer ahora a la vista de todos. Y nadie se va a sorprender de lo que ven sus ojos, porque eso es lo que se ve en el mundo: discusiones, diálogos, encuentros para dar soluciones a los problemas. Y nadie se asusta de ello. Pues, tampoco en la Iglesia, la gente se va a asustar de lo que va a ver, porque ya no hay Fe en la Iglesia. Ya no se vive la doctrina de Cristo. Ya aparece la doctrina falsa, la que ha recorrido la Iglesia durante tantos años, la que se impuso en el Concilio Vaticano II, la que viven tantos sacerdotes y Obispos en su vida diaria. Una vida sin oración, sin penitencia, sin entregarse a conocer sus pecados, sin luchar contra el demonio, viviendo sólo para ser hombres, para alcanzar las obras de los hombres, para hablar las tonterías que a los hombres les gusta escuchar cuando no siguen al Espíritu de la Verdad.

La falsa doctrina de Francisco está en lo que él obra, no en lo que él dice. Desde el principio de su reinado en la Iglesia, de su falso Pontificado, ha obrado lo que él vive: su forma de entender el Papado, la Iglesia, la Misa, etc. Esa forma de entender es una vida para él. Esa forma de entender la ha aprendido transformando la Verdad de la Iglesia, sus Tradiciones, Sus Dogmas, en lo que él cree que es la tradición, el dogma, la verdad en la Iglesia.

Cada uno es lo que vive, no lo que piensa o dice.

El falso Profeta se le coge en la vida, en las obras de la vida, en su pecado, no en sus palabras. El falso Profeta es hábil para mentir, para engañar, para hablar lo que hay que hablar en cada momento y así no ser pillado en nada. Pero el falso Profeta no puede esconder lo que vive, lo que tiene en su corazón. Y lo demuestra con obras que van contra la santidad de la Iglesia, contra lo sagrado de la Iglesia, contra la Verdad de la Iglesia.

Con el inicio de ese falso Profeta, se inicia la falsa doctrina de Cristo, que consiste en hablar del amor de Cristo y no decir nada, no enseñar lo que significa ese amor, no poner los caminos de ese amor, sino sólo en decir palabras hermosas, para que todo el mundo esté contento y alegre siguiendo, después, los pecados que tiene en su vida.

Que el homosexual siga siendo homosexual. Eso no importa. Lo que importa es que Dios lo ama. Que el ateo siga siendo ateo. Esa es su vida, su verdad. Y Dios lo ama como es. Que las mujeres accedan al sacerdocio. También son sacerdotes como los demás. Hay que abrirles el camino dando un ejemplo en el lavatorio de los pies.

Hablar del amor y obrar el pecado. Eso es la falsa doctrina de Cristo. Esa es la nueva Iglesia que ese falso Profeta está presentando en sus homilías, en sus discursos, en esa encíclica que es un mar de errores para la Iglesia.

Y nadie dice nada. Todos tan contentos de tener a un idiota, en su necio pensamiento, que diga cosas bonitas y que deje a la gente vivir su vida, como cada uno la entiende en su razón humana.

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