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La Iglesia Católica condena para siempre

ISIS

«El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre» (Bergoglio, 15 de febrero del 2015).

La Iglesia está sin pastor, sin cabeza. Una cabeza que no condena para siempre no es cabeza de la Iglesia, no es la voz de Cristo:

«Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25, 41).

Esta es la Palabra de Dios que condena para siempre.

Se condena para siempre el pecado, el error, la herejía, el cisma, toda obra en contra de la Voluntad de Dios.

Hay un fuego eterno, hay una condenación para siempre. Decir otra cosa es enmendar la Palabra de Dios. Es llamarle a Jesús: mentiroso.

La Iglesia, que es el Cuerpo Místico de cristo, condena, como lo hace Su Cabeza. Pero ya la Iglesia no cree en sí misma, sino en lo que los hombres dicen.

Hay que condenar a ISIS. Pero eso no lo puede hacer un hombre que habla así en la Iglesia. Un hombre que no juzga a nadie no es un hombre de Iglesia.

La herejía es condenar el error para siempre. Y, por tanto, se condena al que acepta una herejía en su mente, para obrarla en su vida. Se condena a la persona por su herejía.

La herejía es lo contrario a la fe. Quien comete herejía carece de fe divina. Y no pertenece a la Iglesia.

Lo que una vez fue condenable, ya no lo es. Éste es el sentido de las palabras de Bergoglio. Frase que esconde un pensamiento perverso. Lo oculta, porque no se atreve a darlo a conocer abiertamente.

Para Bergoglio no existe ni el infierno ni el purgatorio. Y tampoco existe el alma como ser inmortal.

Si todos se salvan, entonces ¿cómo explicar lo que hizo Hitler, cómo explicar las almas de los que han decapitado a esos católicos coptos? ¿Se salvan o se condenan? En el pensamiento de Bergoglio: se aniquilan.

Estos hombres no pueden entender a un Dios que castiga. Ellos creen que Dios acepta todo lo que es misericordioso. Y, por eso, todo el mundo se salva, se va al cielo, por el solo hecho de su buena voluntad:

«difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero» (Ib).

¿Qué pasa con aquellas almas que no piden la misericordia con corazón sincero? ¿Se condenan para siempre? No; porque la Iglesia no condena para siempre. ¿Entonces, qué ocurre? El alma tiene que aniquilarse: cuando muere su cuerpo, deja de existir el alma. Pero el alma también se va al cielo.

«En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie se acabe no se apagará la luz de Dios, que en ese momento invadirá todas las almas y todo será en todos» (RepubblicaEdición Osservatore).

La luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos: no puede darse ni el infierno ni el purgatorio. Si acaso se dan es sólo temporal o están vacíos. Como el fuego eterno fue preparado por Dios para el diablo y sus ángeles, entonces está vacío de hombres. Sólo está el demonio, si existe como tal.

También las almas, que se aniquilan, las invadirá la luz de Dios, aunque no hayan alcanzado la buena voluntad en esta vida. Vuelven a la nada, es decir, vuelven a la luz de Dios, de la cual fueron creadas. La luz de Dios no se aniquila.

Para estos hombres pervertidos en su inteligencia humana, la creación de las almas, como la del universo, no es de la nada, sino de la esencia de Dios (es el panteísmo y el panenteísmo). Y, por lo tanto, el alma que se aniquila vuelve a la esencia de la cual fue creada: Dios. Vuelve a ser luz de Dios. Por eso, dice Bergoglio: «la luz de Dios invadirá todas las almas y todo será en todos».

Por eso, este hombre no puede fustigar a toda esa basura islámica que ha hecho esta matanza. No puede juzgar al alma que mata, porque se va a morir y va a volver a Dios, va a ser Dios.

Tengan en cuenta que Bergoglio pone la luz de Dios – la gracia-  en el alma, no en el corazón:

«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón»: una vez que muere el alma, esa luz vuelve a Dios.

La gracia es una cantidad de luz: algo medible, algo finito, algo que puede dejar de ser.

El alma es una cantidad de luz: cuando el hombre hace su trabajo de amar a los demás, más que a sí mismo, entonces tiene el cielo. Pero si el hombre no hace ese trabajo, esa luz de Dios va despareciendo hasta que el alma encuentra la muerte. Ya no tiene la cantidad de luz y muere Y muere antes que la muerte del cuerpo. Y esa alma, que se aniquila, no puede condenarse, sino que vuelve a su origen, Dios. Como la misericordia de Dios es infinita, entonces esa luz invade esa alma y se reencuentra en el cielo con las demás almas. La memoria que hizo esa alma no se pierde. Se vuelve a encontrar, pero de otra manera, más sublime.

Por eso, para Bergoglio no existe el dogma, lo absoluto, lo incondicional.

Todo es un relativismo. Él está en el relativismo universal de la verdad. Todo es del color como los hombres se lo inventen con sus pensamientos humanos. Es el culto a la mente del hombre. Es la perversión de la verdad: todo se trastoca, todo se reinterpreta, todo tiene el nombre de humanismo.

No se puede condenar a ISIS porque están haciendo un buen trabajo: el ecumenismo de sangre.

«Recordando a estos hermanos que han sido muertos por el solo hecho de confesar a Cristo, pido que nos animemos mutuamente a seguir adelante con este ecumenismo que nos está alentando, el ecumenismo de la sangre» ( (ver texto) : estamos todos unidos en la sangre. Ecumenismo.

«La sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita. Sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa: son cristianos. Y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo».

La sangre que confiesa a Cristo: vean la clarísima herejía.

Es esa nueva iglesia universal, en la que todos se reúnen, es la que confiesa, con su sangre, a Cristo.

¡Que ISIS siga matando!: está obrando el ecumenismo de sangre: la nueva iglesia de los católicos, de los ortodoxos, de los coptos, de los luteranos, de los cristianos…

¡Qué gran obra la de ISIS! Ninguna condena por parte de este hombre. Sólo su llanto:

«Me permito recurrir a mi lengua materna para expresar un hondo y triste sentimiento»: deja ya de llorar, Bergoglio, por tus hombres. Deja tu sentimiento a un lado y vete a un monasterio a llorar tu triste vida. No te necesitamos en la Iglesia Católica. A un hombre que llora por los hombres no hay ninguna necesidad de él. Queremos un Papa, como Benedicto XVI, que fustigue a ISIS.

Los coptos son católicos, no cristianos. ¿No conoces a tu gente, Bergoglio? No eres católico. ¡Es normal que no conozca lo que es la Iglesia Católica! Ya a nadie le sorprende eso. Eres del mundo, y hablas como habla un político del mundo: instrumentalizando esa matanza para tu idea política de una iglesia universal, de un ecumenismo de sangre.

Bergoglio es todo del hombre y todo para el hombre.

Por eso, al explicar Bergoglio la ley de Moisés sobre los leprosos, tiene que caer en su idea humana del pecado:

«la finalidad de esa norma era la de salvar a los sanos, proteger a los justos y, para salvaguardarlos de todo riesgo, marginar el peligro, tratando sin piedad al contagiado» (15 de octubre 2015).

¡Qué poco ha entendido este hombre lo que es el Antiguo Testamento, es decir, la Palabra de Dios revelada!

No ha leído a Santo Tomás:

«Todos estos ritos tenían sus causas racionales, según que se ordenaban al culto de Dios para aquel tiempo; y las tenían figurativas, en cuanto se ordenaban a figurar a Cristo» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5). Causas racionales y causas figurativas.

Y, por lo tanto, «las purificaciones de la ley antigua se ordenaban a remover los impedimentos del culto divino» (Ib resp. 4): esta es la primera causa racional.

Los pecados son los impedimentos para dar culto espiritual de Dios. Hay que apartar del culto exterior a los hombres que tenían ciertas inmundicias corporales, como la lepra, el flujo de semen o el flujo de sangre en las mujeres, etc…

«Todas estas impurezas tenían razón literal y figurativa. La literal, por la revelación de cuanto pertenece al culto divino, ya porque los hombres no suelen tocar las cosas preciosas cuando están manchados, ya porque la dificultad de acercarse a las cosas sagradas hacía a éstas más venerables…Había otra razón literal: que los hombres, por asco de algunos enfermos y temor del contagio, por ejemplo de los leprosos, temiesen acercarse al culto divino» (Ib. resp. 4).

La finalidad de esta norma era dar culto a Dios en Espíritu y en Verdad. Los leprosos, por su enfermedad, no pueden tocar lo sagrado, no pueden estar en un sitio sagrado. Y su enfermedad podía impedir que otros viniesen a dar culto a Dios. No se les marginaba, sino que se les ponía en su lugar.

Bergoglio está en su sentimentalismo perdido:

«Imaginad cuánto sufrimiento y cuánta vergüenza debía de sentir un leproso: físicamente, socialmente, psicológicamente y espiritualmente. No es sólo víctima de una enfermedad, sino que también se siente culpable, castigado por sus pecados» (15 de octubre 2015).

No comprende, Bergoglio, que para llegar a ver a Dios hay que pasar una gran purificación, una gran expiación. Dios exige la purificación del alma y del cuerpo para su culto divino.

Por eso, las Misas que se celebran sin esta purificación del alma y del cuerpo no son agradables a Dios. Hay que ayunar antes de comulgar. El cuerpo tiene que estar dispuesto para tocar a Dios, para estar en la presencia de Dios, para recibir la Hostia Santa. Disposición corporal y espiritual.

Bergoglio pone el grito en el cielo con esta marginación de los leprosos. No ha entendido, ni el sentido racional, literal, ni el sentido figurativo de la ley mosaica1:

«La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se significaban diversos pecados… La impureza de la lepra es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana…».

En la lepra, Moisés figuraba la herejía. Cada enfermedad es de acuerdo a su pecado. La lepra en el cuerpo señala la lepra en la mente: el pecado de herejía, que aparta al alma del pueblo, de la Iglesia. La excomulga, hasta que no haya curado de su lepra, de su herejía. El apartamiento era la expiación de su pecado: era un bien para su alma. Encontraba en ese castigo la paz para su corazón.

La impureza que se originaba de la corrupción, ya sea de la mente, ya del cuerpo, tenía que ser expiada. Había que hacer sacrificios por el pecado. Por eso, el leproso tenía que irse fuera del poblado: no era por marginación social, no era por abandono de sus propios familiares, no era por exclusión de los sanos…Era para expiar el pecado.

Esto es lo que, hoy día, nadie entiende. Nos parecen las leyes del AT muy fuertes, muy exigentes, muy radicales. Pero ellos se ponían en la verdad: en el pecado como ofensa a Dios.

Bergoglio se pone en la mentira: en el pecado como ofensa a la sociedad. Entonces, tiene que predicar su vómito comunista, su bien común social. Estamos en una iglesia con una mentalidad llena de prejuicios. Hay que revolucionar las conciencias sociales. Hay que mirar la Iglesia de otra manera.

A la no condenación para siempre de Bergoglio, se opone el Papa Gelasio I2:

«¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo?»

Lo que una vez fue condenado no es lícito desatarlo. Se condenó para siempre.

Lo que una vez fue rechazado como herejía no hay que examinarlo de nuevo como si no fuera herejía. Se rechazó para siempre.

Bergoglio se empeña en restablecer a todos los herejes, los cismáticos y apóstatas de la fe. Ponerlos dentro de la Iglesia, cuando tenían que estar fuera de ella. Es su nueva iglesia mundial.

«¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…»: ¿la Iglesia del siglo XXI es más sabia que la de los primeros siglos Jerusalén para echar por tierra todos los anatemas que se hicieron?

No; no es más sabia. Es más pecadora.

La Iglesia ha compuesto, durante siglos, la regla de la fe católica contra todas las herejías. Los Papas y los Concilios comenzaron a explicitar las verdades de la fe para refutar, condenar y corregir las herejías.

¡La Iglesia condena para siempre!

Hay una regla de fe que todo católico tiene que saber. Son los principios del catolicismo.

Todas las condenas de la Iglesia, para Bergoglio, no son condenas. Son sólo formas de hablar que en el tiempo de la condena se hacía. Ahora, en estos tiempos nuevos, hay que hablar de otra manera, restableciendo al que una vez se le condenó.

Es su mente pervertida: «la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables» (15 de octubre 2015). Lo que es incurable en el pensamiento de Dios, es curable en el lenguaje de los hombres. El hombre ha anulado a Dios.

El camino que Dios ha puesto para curar el pecado en los hombres, que es la purificación, la penitencia, la expiación del pecado, ya no sirve para la nueva y falsa Jerarquía.

Si el hombre no sigue ese camino divino, es incurable en su pecado. Está en su vida de pecado. Y quien no quiere salir de esa vida de pecado, no puede ser curado con fórmulas humanas. Porque todo pecado tiene una raíz espiritual. Y hay que quitarla para ser curado.

Pero el problema de toda esta Jerarquía es que ha puesto el pecado en la raíz humana o social. Ha hecho del pecado una cuestión filosófica o social.

Por eso, Bergoglio no es quién para juzgar: no puede condenar a nadie para siempre. No ha condenado a Isis. No puede. Todo vuelve a Dios. Incluso aquella alma que ha hecho un gran mal en su vida. Es la aberración que lleva su pensamiento. Por eso, Bergoglio es un vómito cuando habla.

Las herejías antiguas –según Bergoglio- son verdaderas ahora, en este tiempo histórico, para el hombre. No son condenables. Porque todo el problema está en el pensamiento del hombre, en su filosofía de la vida, en su visión del mundo y del hombre.

San Pablo le enseña a Bergoglio:

«Al hombre herético, después de una y segunda corrección, evítalo, sabiendo que el tal se ha pervertido y peca, condenándose por su propia sentencia» (Tit 3, 10).

La Iglesia condena para siempre porque ellos se condenan para siempre por su propia sentencia.

Norma sabia para todo aquel que quiera discernir la Jerarquía de la Iglesia. Son los sordos lo que no quieren oír la Verdad y enseñan su mentira, su corrupción de doctrina, su perversión en su mente y su lenguaje ambiguo en su boca.

Lo que sale de la boca de este hombre no es ni sano ni intachable, sino todo lo contrario. La palabra de Bergoglio mata a las almas: es enfermedad para la mente y el corazón del hombre. Y, además, está provista de una espada de doble filo: mete el puñal de la mentira con el puñal de la palabra melosa, agradable, sentimental, cargada sólo de humanismo.

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1 «La razón figurativa de estas impurezas es ésta: que por ellas se significaban diversos pecados. En efecto, la impureza de los cadáveres significa la del pecado, que es muerte del alma. La impureza de la lepra es la impureza de la doctrina heretical, ya porque la herejía es contagiosa como la lepra, ya porque ninguna falsa doctrina hay que no lleve alguna verdad mezclada, como también en el cuerpo del leproso aparecen manchas de lepra en medio de la carne sana. Por la impureza de la mujer que padece flujo de sangre, se significa la impureza de la idolatría, a causa de la sangre de las víctimas. La impureza del varón por el derrame del semen designa la impureza de la vana parlería, porque semilla es la palabra de Dios (Lc 8,11). La impureza del coito y de la mujer parturienta significa la impureza del pecado original. La impureza de la menstruación es la impureza de la mente muelle por los placeres. En general, la impureza que proviene del contacto con una cosa impura significa la impureza del consentimiento en el pecado ajeno, según 2 Cor 5,17: Salid de en medio de ellas y apartaos y no toquéis cosa inmunda» (Sto. Tomás – Prima secundae q.102 a.5 resp.4).

2 « ¿Acaso Nos es a nosotros lícito desatar lo que fue condenado por los venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados? ¿Qué sentido tiene, pues, que tomemos toda precaución porque ninguna perniciosa herejía, una vez que fue rechazada, pretenda venir nuevamente a examen, si lo que de antiguo fue por nuestros mayores conocido, discutido, refutado, nosotros nos empeñamos en restablecerlo? ¿No es así como nosotros mismos – lo que Dios no quiera y lo que jamás sufrirá la Iglesia – proponemos a todos los enemigos de la verdad el ejemplo para que se levanten contra nosotros? ¿Dónde está lo que está escrito: No traspases los términos de tus padres [Prov. 22, 28] y: pregunta a tus padres y te lo anunciarán, a tus ancianos y te lo contarán [Deut. 32, 7]? ¿Por qué, pues, vamos más allá de lo definido por los mayores o por qué no nos bastan? Si, por ignorarlo, deseamos saber sobre algún punto, cómo fue mandada cada cosa por los padres ortodoxos y por los antiguos, ora para evitarla, ora para adaptarla a la verdad católica; ¿por qué no se aprueba haberse decretado para esos fines? ¿Acaso somos más sabios que ellos o podremos mantenernos en sólida estabilidad, si echamos por tierra lo que por ellos fue constituido?…» (PL 59, 31 A – De la Carta Licet inter varias, a Honorio, obispo de Dalmacia, de 28 de julio de 493).

Sacerdotes y Obispos poseídos por la mente del demonio

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«Cogió al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 2).

El Dragón es la serpiente antigua, la que apareció en el Paraíso, enemiga de la Mujer y del linaje de la Mujer (cf. Gn 3, 15).

La serpiente no es un mito o un ser fantástico, no es el diablo en forma de serpiente, sino una verdadera serpiente:

«la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios» (Gn 3, 1).

Dios creó a la serpiente, pero el demonio la poseyó.

La serpiente es un animal, pero poseído por el diablo: «El Misterio de iniquidad está ya en acción» (2 Ts 2, 7)….en el Paraíso; y se mostrará hasta el fin del mundo en que «el diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre» (Ap 20, 10).

Este Misterio del Mal vive en la Creación de Dios.

Dios crea al hombre y a la mujer para una obra en la carne. El demonio posee una carne animal para imitar la obra de Dios en la naturaleza humana.

Un animal, creado por Dios, pero poseído por el diablo. Esto supone que en el Paraíso hay un ser dominado por el pecado de Lucifer, pero que no ha recibido la sentencia de Dios.  Un ser, que siendo animal, es más astuto que el hombre, más sagaz, más inteligente.

El diablo posee un animal con una sola intención: seducir a Adán y a Eva.

El diablo se encarna en un animal: es una encarnación espiritual, no real. Es una encarnación que quiere imitar la Encarnación del Verbo, que Lucifer conocía en Dios. Es una encarnación que es una posesión.

El primer paso es tomar una bestia para anular la obra de Dios en Adán: la naturaleza humana perfecta en Dios; el segundo paso es tomar un hombre para anular la obra de Dios en el nuevo Adán, Jesús: la naturaleza espiritual y divina en el hombre. Y el tercer paso es tomar a un hombre glorioso para anular toda la obra de Dios en Cristo:

«Cuando se hubiese acabado los mil años, será satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones…y reunirlos para la guerra…Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada» (Ap 20, 8).

Sale el diablo a extraviar a un mundo transformado: «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (1 Cor 15, 51). Si no se muere, no se puede ver a Dios; sino que se sigue viviendo en peregrinación. Pero se vive con un cuerpo transformado, espiritualizado, glorioso, pero no con la plenitud de gloria que se tiene en el cielo. Es el Misterio del Reino glorioso en la tierra. El Misterio de los mil años, en que nadie cree.

Tres batallas el demonio pone a Dios:

1. En la primera, en el Paraíso, el demonio conquista al hombre y crea su linaje: hombres con un cuerpo, con un alma, pero sellados por el espíritu del diablo. De Caín nació todo ese linaje maldito:

a. «andarás maldito…Cuando labres la tierra, ella no te dará más su fruto; fugitivo, errante, vivirás sobre la tierra» (Gn 4, 12): El pecado de Caín no tiene ya remedio: es una maldición que no se puede suprimir con los buenos frutos humanos. Ni siquiera el bien de la tierra será alivió para el alma de Caín. Caín es el primer hombre que no espera el perdón. No puede esperarlo, porque Caín fue engendrado para condenarse: ese fue el pecado de Adán en Eva. Este es el Misterio de la iniquidad que se puso en acto en el Paraíso. Y que pasa a todos los hombres, de generación en generación; es decir, pasa vía acto sexual. Por eso, el Anticristo viene de una generación: de un Obispo y de una mujer hebrea dada a las artes de Satanás: . «Durante este tiempo nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo» (Profecía de la Salette). El Anticristo es un hombre poseído por el diablo, con una posesión perfecta, irrompible, que lleva al alma a obrar sólo la mente del demonio. El Anticristo no puede obrar su mente humana: no es libre. Está poseído en todo por la mente de satanás para una obra del demonio.

b. «cualquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces. Y puso Yavé una señal a Caín para que no lo matara quien lo hallase» (Gn 4, 15): Caín no será víctima de la venganza humana, sino que el mismo Dios se reserva su castigo y el de su linaje. Ningún ser humano puede acabar con todos los males que el linaje del demonio produce en la Creación. Sólo Dios puede aniquilar esa raza maldita de hombres, que viven poseídos por Satanás y que combaten, día y noche, contra los hijos de Dios, que es el linaje de la Mujer.

El demonio hace su obra poseyendo un animal, una bestia. Así engaña al hombre. Así de fácil. La inteligencia del demonio es superior a la inteligencia del hombre. Su astucia es su poder: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Sabe presentar su conocimiento mentiroso como si fuese una verdad que debe ser seguida. Es lo que hacen los falsos profetas, los falsos apóstoles, los falsos sacerdotes y Obispos. Y es lo que hace, continuamente, el maestro del error, Bergoglio, que ocupa el lugar que nunca debería haber sido suyo. Pero toda su vida ha sido un satanás disfrazado de bondad, humildad, pobreza inmaculada. Bergoglio pertenece al linaje del Anticristo: ha nacido para combatir contra Cristo y Su Iglesia. Y lo hace revistiéndose exteriormente de Cristo, como los fariseos que buscan llamar la atención con las palabras y las obras exteriores, que siempre son conformes a los pensamientos y obras humanas.

Si a Adán y a Eva, teniendo todos los dones de la gracia, dones preternaturales, una bestia poseída por el demonio los engañó, ¿se llevan las manos a la cabeza al contemplar cómo son engañados todos los católicos por un hombre poseído por Satanás? ¿Por un Bergoglio que no tiene inteligencia, que habla con un lenguaje de pueblo, que sus discursos son sin sentido común, carente de toda verdad, sólo dichos para impresionar, para captar el sentimiento, el afecto del que escucha? Pues este hombre, que es un animal poseído por el demonio en su inteligencia, ha engañado a toda la Iglesia, a todos los católicos.

¡Qué fácil es engañar a los hombres!

¡Y muchos católicos continúan en el engaño!

¡Nadie cree en el demonio; nadie cree en el misterio del mal!

Si Satanás pudo engañar a un hombre con un animal que no tiene razón, inteligencia, entonces es más fácil engañar a los hombres con hombres que poseen una inteligencia. Porque Satanás es el maestro de la mente humana. Es el que habla a la mente. Es el que conduce al hombre a través de su mente, de sus ideas humanas.

Si Adán lo tenía todo y fue engañado por un animal, los católicos, que no tienen toda la gracia, entonces son engañados por un loco. Un loco que los hace creer que todos somos santos y justos a los ojos de Dios: «Dios quiere a todos sus hijos, estén como estén, y tú eres hijo de Dios y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres».

amabominacio

¡Cómo está el patio!

Ya nadie cree ni en la ley natural, ni en la ley divina ni en la ley de la gracia. Ahora todos creen en la ley de la gradualidad: Dios nos ama a todos, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios; cada uno va gradualmente a Dios, según la evolución de su idea humana de la vida, de la iglesia, de Dios, de Jesús, etc… Cada cultura tiene su momento: ahora estamos en la cultura del encuentro, en que hay que unir las mentes de los hombres, porque la felicidad sólo está en cada hombre, en cada mente, en cada obra del hombre. Todos aportan al bien de la humanidad su granito, su valor, su dignidad, su respeto. No hay verdades absolutas, sólo hay verdades como el hombre se las invente: el relativismo universal de toda idea humana.

2. En la segunda, en el Calvario, el demonio conquista a los hombres que no creen en Cristo Crucificado: son los nuevos anticristos que marcan la venida del Anticristo. Así como el demonio se formó un linaje humano, carnal, para su obra en la Creación; así el demonio, en la Iglesia, se forma su jerarquía, su linaje espiritual, que combate al linaje de Cristo y de María.

a. «antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición» (2 ts 2, 3): el Anticristo de nuestros días es posible porque hubo un Caín en el Rebaño de Cristo: el demonio poseyó el alma de Judas. Él derramó sangre inocente, como Caín; él mató al Justo, como lo hizo Caín con su hermano Abel; y él creyó que su pecado fue demasiado grande para obtener la misericordia divina, como así lo declaró Caín: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla» (Gn 4, 13). Judas «fue y se ahorcó» (Mt 27, 5) para que se cumpliese la Escritura: «Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite sus tiendas» (Sal 69, 26), pero «sucédale otro en su ministerio» (Sal 109, 8). El pecado de Caín se sucede en el pecado de Judas; y se sigue sucediendo en toda la Jerarquía que imita el pecado de Judas. Por más que muera un Judas, siempre habrá otro. Y esto hasta el fin del mundo. Y, por eso, en la Iglesia hay que saber discernir a toda la Jerarquía: unos son de Cristo; otro son del Anticristo. Y hay que llamarlos a cada uno por su nombre, que es lo que muchos católicos no saben hacer, ni con Bergoglio, ni con la demás jerarquía que lo sigue y que le obedece.

b. «muchos se han hecho anticristos» (1 Jn 2, 18): se sabe que es la última hora sólo por una cosa: abunda una jerarquía en la Iglesia que es del demonio, que está poseída por Satanás, con la posesión más perfecta, que no es en el cuerpo, sino en la inteligencia, en la mente del hombre. Abunda: son mayoría. Han escalado los puestos más altos para conquistar toda la Iglesia, para hacer una iglesia según la entienden los hombres. Sacerdotes y Obispos tan soberbios en sus mentes que serán capaces de poner al Anticristo como jefe de la Iglesia: el Anticristo se sentará «en el templo de Dios y se proclamará dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Y esto lo hará la misma Jerarquía de la Iglesia Católica, la que una vez fueron católicos, pero ya no lo son. Si van a llegar a eso, lo de poner a Bergoglio como un falso papa es sólo el camino, el inicio de esta gran abominación; es algo tan sencillo porque la maldad es más astuta que los hombres de bien.

«Cortos de días» (Sal 109, 8) es el falso pontificado de Bergoglio, pero una gran brecha ha puesto ese hombre en el interior de la Iglesia. Brecha que ya no se puede cerrar. División que sólo la palpan los que creen con sencillez. Todos los demás, a pesar de que ven el destrozo de ese hombre en el gobierno de la Iglesia, lo siguen llamando Papa, y siguen esperando algo de él (vean la solicitud que se hace a ese energúmeno): no creen en el misterio de la iniquidad. No creen en Bergoglio como falso papa, como un hombre poseído por el demonio. No ven en Bergoglio el misterio del mal; sino que lo ven como papa verdadero, y quieren hacerle una súplica filial, como si ese hombre amara la Iglesia de Cristo y a los católicos fieles a la doctrina de Cristo. ¿No ha dado ya, durante dos años, muestras palpables de su odio a Cristo y a la Iglesia?

Esta es la ceguera de toda la Iglesia: y están ciegos por su falta de fe. ¿De qué le sirven los dogmas? De nada. No creen en el dogma del Papado: no lo practican con Bergoglio. Para muchos, mientras oficialmente no pongan una ley que apruebe el pecado, siguen llamando a Bergoglio como Papa, a pesar de su manifiesta herejía. Entonces, toda esta gente ¿en qué cree? No creen en un Papa que tenga en su corazón la verdad, sino que creen en un hombre que sólo tiene en su mente su idea de la iglesia. Sólo creen en su lenguaje humano, en su visión humana de la vida, en su pensamiento de hombre. Después del Sínodo, verán su error, pero ya será tarde para muchos. Quien sigue a Bergoglio como Papa acaba pensando como él. Hay que combatir a Bergoglio y a toda la Jerarquía para seguir siendo la familia que Dios quiere. No hay que crear un ambiente favorable para decirse a sí mismos: aquí no pasa nada; en la Iglesia todos somos santos, todos aportamos un granito de arena en esta gran confusión que reina en todas partes. Este es el conformismo de muchos que no saben batallar contra el demonio, ni en sus vidas, ni en la Iglesia.

¿No vino Cristo «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8)? Entonces, ¿qué hacen los católicos que no cogen las armas del Espíritu para combatir a Bergoglio y a todos los que le siguen? ¿Para qué se creen que están en la Iglesia: para firmar una solicitud y así procurar que Bergoglio no haga el daño que va a hacer?

¡Destruyan las obras del diablo en Bergoglio! ¡Eso es ser de Cristo! ¡Eso es ser Iglesia!

¡Cuántos católicos falsos, sólo de nombre, solo de boquilla!

«Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12), que están en Bergoglio, en su alma y en su corazón, y que están en toda la Jerarquía.

Todo el Vaticano está infestado de demonios: «Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer» (Profecía de la Salette).

Estrellas errantes: eso son Bergoglio y todos los suyos. Hombres sin oración ni penitencia. Hombres para el mundo, para la sociedad, para el aplauso de los tibios y pervertidos.

Como no se cree en el demonio, tampoco se cree en las obras del demonio en cada alma. Tampoco se ve que Roma ha perdido ya la fe. Se está ya prostituyendo con todos los gobiernos de la tierra, para aparecer, ante todos los hombres, como la Gran Ramera. Y, como toda prostituta, se engalana de sus pecados, de sus fechorías, de sus maldades, para enriquecerse a costa de otros.

El demonio hace su obra poseyendo hombres sagrados: sacerdotes, Obispos. Y así engaña a todo hombre, a todo católico, a toda la Iglesia. Así de sencillo. Así ha penetrado en toda la Iglesia y ha escalado puestos hasta llegar a la cima, al vértice tan deseado.

3. En la tercera, el demonio irá, no sólo contra todo lo sagrado, sino contra la ciudad gloriosa, santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, que «tenía la gloria de Dios» (Ap 20, 10). Pero esto nadie se lo cree porque no creen en los mil años. Nadie en la Jerarquía les va a predicar del milenio, porque no creen.

Ya nadie cree que las Escrituras han sido inspiradas por Dios. Todo el mundo quita palabras que no les gusta, frases que incomodan o interpretan la Escritura según la mente de cada cual, según la cultura, la ciencia, los avances científicos, etc… Y nadie sabe ver los Signos de los Tiempos. A nadie le interesa eso.

Nadie comprende cómo atando al demonio, puede haber un reino glorioso en la tierra si después va a ser desatado y va a extraviar a muchos hombres. ¡Este es el Misterio! No puede haber una gloria si hay un pecado, si el demonio puede seguir tentando a los hombres y conquistando almas.

Por eso, mucha Jerarquía acaba negando el Apocalipsis y se mete en una vida mundana y humana, buscando un fin en este mundo: un bien común universal, un gobierno mundial, una iglesia para todos.

Al no creer en la Palabra de Dios, tienen que negar los misterios que su mente no puede comprender ni aceptar, y pasan sus vidas condenando a las almas dentro de la Iglesia.

Y a eso sólo se dedican, a destruir la Iglesia:

El Cardenal Baldisseri ha dicho que nadie «debería estar sorprendido por los teólogos que contradicen la enseñanza de la Iglesia». Porque «los dogmas pueden evolucionar». Por lo tanto, «no habría ningún punto en celebrar un Sínodo si fuéramos simplemente a repetir lo que siempre se ha dicho». Expresó que «sólo porque una particular comprensión se haya sostenido por 2000 años, eso no quiere decir que no pueda ser cuestionada» (ver texto).

Este Cardenal claramente es un anticristo. Peor nadie se atreve a llamarlo así.

Nadie se sorprenda de que haya herejes, como Kasper, como Bergoglio, como Baldisseri, y que el vaticano no diga nada, sino que lo apruebe. Si contradices la enseñanza de la Iglesia es que vas bien en la Iglesia. ¿Para qué sirve, entonces, el magisterio infalible de la Iglesia, si se puede cambiar? ¿Para qué los dogmas si pueden evolucionar? ¿Para qué la Palabra de Dios si ya no le sirve al lenguaje de la época? ¿Para qué creer en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre?

Si los dogmas evolucionan estamos hablando de la ley de la gradualidad: se anula la ley Eterna. Se acabó la ley natural. Y, por lo tanto, hay que casar a los homosexuales. Se acabó la ley divina. En consecuencia, los malcasados pueden comulgar con toda tranquilidad de conciencia. Se acabó la ley de la gracia. ¿Por qué no las mujeres al sacerdocio, o como Obispas o que sean Papas? Se acabó la ley del Espíritu: la Iglesia no es la obra del Espíritu; los dones y carismas no pertenecen a Dios; la gracia es un ser creado por el hombre para sentirse bien en su vida humana, para tener sus conocimientos y compartirlos con todos.

Van a hacer el próximo Sínodo para empezar a destruirlo todo: no van a repetir el fracaso del pasado Sínodo. No están dispuestos a otro fracaso, a otra humillación. Ahora van a humillar a todos esos que juzgan a Kasper, a Bergoglio, y a tantos teólogos que son del demonio.

Nadie quiere la Verdad en el Vaticano: ya han puesto sus gentes en lo más alto del gobierno en la Iglesia. Todo el mundo piensa lo mismo: lo que se ha sostenido durante siglos hay que cuestionarlo. Jesús se equivocó en su enseñanza a los discípulos. Todos los Papas han errados en la Iglesia. Ningún Concilio ha dado la verdad a la Iglesia. Ahora, es el tiempo de clarificar las cosas. Ahora están en la Iglesia las superinteligencias del demonio que van a enseñar a todo el mundo sus grandes locuras. Y la mayoría de los católicos va a asentir con sus mentes a esas locuras, porque andan detrás de los hombres, pero no de Cristo.

El diablo anda suelto por todas partes, pero ya nadie cree en él. Y, por eso, se acerca el tiempo de la gran justicia. Y los primeros: la Iglesia. No queréis combatir al demonio en la Jerarquía; entonces los demonios, a través de esa jerarquía, os van a hacer la vida imposible a todos los que se dicen católicos. Y ¡ay! de quien se atreva a levantar su voz ante el linaje del demonio: quedará excomulgado, porque no besa el trasero de tantos hombres que sólo viven para agradarse a sí mismos, con sus palabras baratas y blasfemas.

Bergoglio es un anticristo, pero no es el Anticristo. Tiene, como todo anticristo, el espíritu del Falso Profeta. Pero no es el Falso Profeta. Es un gran charlatán, embaucador, que sólo vive buscando la gloria humana. Y su magisterio, no sólo está lleno de herejías manifiestas, sino que reluce en él la mente de Lucifer. Una mente rota en la inteligencia que sólo puede obrar una vida para los sentidos.

El diablo es una trinidad de personas demoníacas: Lucifer, Satanás y Belzebub. Lucifer, el que porta la luz de la maldad (= una luz rota, un conocimiento loco), representa el orgullo de la vida; Satanás, el rayo de la inteligencia, la soberbia de la mente; y Belcebub, el señor del estiércol, las obras de la lujuria.

Bergoglio es orgullo y, por lo tanto, su mente está rota: su magisterio no tiene ni pies ni cabeza: coge de aquí, de allá, e hilvana frases sólo para decir su mensaje, que es su obra: vivan como quieran. Es la obra de Belcebub. Bergoglio no tiene inteligencia para romper el dogma, pero sí es voluntad para arrastrar hacia el pecado. Vive su pecado y eso es lo que muestra a todo el mundo. Y no se le cae la cara de vergüenza. Vive convencido de que eso es la verdad. Ha llamado al pecado como un valor en la vida, como un bien para la inteligencia del hombre. Él ensalza su propio pecado; él lo justifica. Y muchos otros se encargan de aplaudirlo. Esto es siempre una persona orgullosa. Por eso, Bergoglio no sabe gobernar nada. Sus gobiernos son siempre un desastre para todo el mundo. Bergoglio sólo sabe vivir su vida. Y nada más. Los demás, que arreen: le importa nada la vida de los otros.

¡Qué pocos han sabido ver lo que es Bergoglio! Y, por eso, siguen y seguirán confundidos. Porque si a la persona orgullosa no se la encara, entonces el hombre tiene miedo de ella y termina convirtiéndose en un juego del orgulloso.

Bergoglio está jugando con toda la Iglesia. Y nadie se ha dado cuenta.

Las payasadas de Bergoglio a los jóvenes

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«La gran pregunta para todos» (ver texto):

¿Qué hace este usurpador en el Trono de Pedro?

¿A qué se dedica? ¿A entretener a las masa tibia y pervertida de los católicos?

«La gran pregunta para todos»:

¿Han caído en la cuenta que este hombre sólo está sediento de gloria humana?

¿De que sólo habla para que lo amen los hombres, para que lo idolatren?

¿Van a despertar los católicos o van a seguir llorando por este hombre?

¿No es su predicación, y su gran actuación, la conquista de la vanidad y el orgullo?

¿No conduce a los hombres a la vanidad de la vida?

¿No señala al hombre el orgullo de la vida?

«La gran pregunta para todos: ¿Por qué sufren los niños? ¿por qué sufren los niños?».

Única respuesta: porque existe el pecado como ofensa a Dios en todos los hombres.

Y no hay otra respuesta. No puede haberla.

Los niños sufren porque los niños pecan.

Los niños sufren porque los hombres pecan contra ellos.

Los niños sufren porque ni los niños ni los hombres aprenden a reparar sus malditos pecados.

Pero un comunista, es decir, aquel que busca el bien común social y que, por lo tanto, anula la propiedad privada, responde así:

«Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar, entendió nuestros dramas»: Jesús vino a aprender de los hombres lo que es la vida. Y lo aprendió: llorando por los hombres. Y, por eso, levantó una estructura social para resolver las necesidades humanas de todo tipo.

¡Pura teología de la liberación! ¡Puro marxismo! ¡Pura herejía! ¡Pura apostasía de la fe!

Es lo que predica este hombre: un Jesús llorón, sentimental, idiota, del pueblo y para el pueblo, que se acomoda al pecado de los hombres y que vivió su vida para hacer una justicia social. Y los que le mataron hicieron con él una injusticia social. Por lo tanto, hay que bajar al pobre de la cruz, y hay que llorar por los problemas de los hombres para hacer una sola cosa:

«quiero animarles, como cristianos ciudadanos de este país, a que se entreguen con pasión y sinceridad a la gran tarea de la renovación de su sociedad y ayuden a construir un mundo mejor».

Renovar la sociedad: no conviertas tu corazón a Dios: no quites tu maldito pecado de la Presencia de Dios. Con tu mente humana, con tus ideas maravillosas, renueva la sociedad: mete el error en tu familia, en el trabajo, allí donde haya un hombre que viva su pecado: pon el orden de tu cabeza humana.

Un mundo mejor: el paraíso en la tierra.

¡Cómo engaña Bergoglio a los jóvenes! ¡Qué fácil es contarles fábulas a los jóvenes! ¡Cómo se dejan engañar los hombres por la palabra barata y blasfema de un bufón, de un PAYASO!

Este es el mensaje de este hombre llorón:

«Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar».

¡Llora que te llora!

¡Qué gran discurso!

Los hombres lloran, sufren. ¡A llorar se ha dicho!

«no sabemos llorar»: el católico verdadero que llora  por sus malditos pecados personales, no sabe llorar.

El que hace oración y penitencia por sus pecados y por los de los demás: no sabe llorar.

Aquí el único que sabe llorar es Bergoglio. ¡Pero qué hombre! ¡Demos culto a este hombre que ha entendido el misterio del mal! ¡Besémosle su trasero!

¿Por qué los niños lloran? Porque los hombres no saben llorar.

¡Toma ya!

¡Qué inteligencia! ¡Qué hombre! ¡Qué portento de tío!

¡Esta es la herejía de este hombre!

Llora por el hombre, pero no llores tus pecados! ¡No hace falta! ¡Hay muchos marginados, muchos que pasan hambre, muchos inmigrantes, y hay mucha gente rica que no sabe llorar!

¡Justicia social! ¡Derechos humanos!¡Pamplinas comunistas que predica este idiota!

«Si vos no aprendes a llorar, no sos un buen cristiano».

¡Esto es todo para ser un buen cristiano! ¡Ponte a llorar!

¡Qué desgracia de sujeto para todo el mundo!

¿Y este llorón es jefe de una iglesia? ¿Lo llaman Papa porque llora mucho?

¡Es increíble cómo están los católicos ante este sinvergüenza!

¿Cómo se hace un joven sabio?

«el Evangelio nos propone un camino sereno, tranquilo: usar los tres lenguajes, el lenguaje de la mente, el lenguaje del corazón y el lenguaje de las manos. Y los tres lenguajes armoniosamente: lo que pensás, lo sentís y lo realizás».

Está hablando de su ley de la gradualidad: su fe masónica.

¿Cuál es el camino que propone el Evangelio para amar, para tener la sabiduría del cielo, para ser un joven sabio? LA CRUZ.

«que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2, 2).

La sabiduría de la cruz, que no es lo que predica Bergoglio.

Bergoglio predica la sabiduría de los masones: el lenguaje: mente, corazón, manos. Y estas tres cosas en armonía: lo que piensas, si no los sientes, no lo hagas. Tú eres el rey palomo: tú te lo guisas, en tu entendimiento, en tu sentimiento de hombre, y tú te lo comes, tú lo obras.

¡Esto es el orgullo que predica Bergoglio!

¡Vanidad y orgullo!

Vanidad de la vida: tienes que estar en la vida de los demás, resolviendo sus muchos problemas, llorando con los hombres.

Orgullo de la vida: eres libre en tu pensamiento para hacer el bien que te inventas y el mal que creas en tu cabeza.

Y lo hizo repetir a todo el mundo, como un mantra:

«Pensar, sentir, hacer. En voz alta. Y todo esto armoniosamente».

Todo en la armonía de la ley de la gradualidad: según vayas evolucionando en tu pensamiento humano, entonces sentirás más finamente, llorarás más por los problema sociales, y así llegarás a realizar las obras de justicia social que este mundo requiere para ser un Paraíso en la tierra.

¡Hay que bajar al pobre de la cruz!

¡Hay que dar al hombre la felicidad de la resurrección en este mundo!

«El verdadero amor es amar y dejarme amar»: este es el invento del amor en la cabeza de Bergoglio.

¿Qué es amar?

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).

Amar es cumplir con la ley de Dios; hacer Su Voluntad; darle al otro lo que Dios quiere, en Su Ley.

Por eso, quien ama así no puede pecar. Y es amado del Padre:

«El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre» (Jn 14, 21).

Para dejarse amar por Dios, por el Padre; primero guarda los mandamientos. Si no pecas, Dios te ama; el alma se deja amar por Dios. Es así de sencillo. Lo único difícil es quitar el pecado, luchar contra el pecado.

Pero, ¿cuál es la doctrina de este sinvergüenza, que no sabe lo que es el amor?

«Es más difícil dejarse amar que amar. Por eso es tan difícil llegar al amor perfecto de Dios, porque podemos amarlo, pero lo importante es dejarnos amar por él. El verdadero amor es abrirse a ese amor que está primero y que nos provoca una sorpresa. Si vos tenés sólo toda la información, estás cerrado a las sorpresas. El amor te abre a las sorpresas, el amor siempre es una sorpresa, porque supone un diálogo entre dos: entre el que ama y el que es amado. Y de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo».

«Es más difícil dejarse amar».

¿Por qué?

Porque tenemos «la psicología de la computadora de creer saberlo todo».

Es más difícil dejarse amar por Dios porque el hombre no quita su pecado. ¡Eso es todo!

Pero Bergoglio está en la ley de la gradualidad, es decir, en el grado de la mente: «podemos amarlo, pero lo importante es dejarnos amar por él».

Podemos amarlo: como amar es: pensar, sentir y obrar; entonces puedes pensar algo y así amas a Dios. Pero si piensas tanto, entonces eres una computadora. Tienes mucha información. Y eso no te sirve. Porque, ¿quién es Dios?

«de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa».

¡Ven el cinismo de este hombre!

¡Cómo engaña!

Dios es el Dios de las sorpresas: hoy te dice una cosa y mañana se sorprende con lo contrario. El Dios de las sorpresas. Dios no es perfecto, no es inmutable, es del color como tu mente se lo invente.

Con este Dios de las sorpresas, toda doctrina cambia: no hay una verdad absoluta, sino que todo es el relativismo universal de la verdad.

¡Es el Dios de las sorpresas! ¡El dios de la ley de la gradualidad! En otras palabras: el culto a la mente del hombre.

«Dios nos amó primero y nos espera con una sorpresa»: ha anulado, ha reinterpretado la Palabra de Dios:

«En esto está la caridad, no en que nosotros hayamos amado a dios, sino en que Él nos amó y envió a Su Hijo, como víctima expiatoria de nuestros pecados». (1 Jn 4, 10).

Bergoglio anula al Hijo y pone su sorpresa.

En este texto de San Juan se formula la definición de Dios como caridad y como divina misericordia. Esta es la verdadera misericordia de Dios con el hombre: darle a Su Hijo para que expíe los pecados de todos los hombres.

Pero Bergoglio está en su fiesta social, en su verbena, en su gran payasada: las sorpresas de la mente humana en su evolución hacia el grado más perfecto de pensamiento. Ese grado de perfección, da un sentimiento perfecto al hombre y, por tanto, una obra justa, redimida, que es siempre a favor del hombre, del bien común, para hacer un nuevo gobierno mundial.

¡Qué pocos saben leer el pensamiento de Bergoglio! Todos se quedan con la boca abierta con su lenguaje barato y blasfemo!

«Pensemos en san Mateo. Era un buen comerciante. Además, traicionaba a su patria porque le cobraba los impuestos a los judíos para pagárselos a los romanos. Estaba lleno de plata y cobraba los impuestos».

¡Cómo calumnia a San Mateo!

«traicionaba a su patria»: el pecado social. Era un rico que no entendía a los pobres, que no lloraba por los pobres. Y además, robaba a su patria.

¿Dónde está el pecado de avaricia, de usura? No existe. Hay que reinterpretarlo. Es lo propio del comunismo, de la teología de la liberación. ¡No robes a tu patria! ¡Y menos no cobres impuestos a los judíos para dárselos a los romanos! ¡Lucha de clases! ¡Comunismo! ¡Bergoglio comunista! ¡Bergoglio marxista!

Mateo; un hombre lleno de plata y que cobraba impuestos. ¡Qué delito social! ¡Pobres los católicos ricos que sigan, que obedezcan a Bergoglio! ¡Los va a despellejar de su riqueza! ¡Bergoglio está obsesionado por la bolsa del dinero!

¿Cómo se convierte Mateo?

«la sorpresa de ser amado lo vence y sigue a Jesús».

Nunca Mateo contempló su pecado de avaricia; nunca se arrepintió de su pecado de avaricia. ¡Fue una sorpresa! ¡Anda, mi madre!

«Esa mañana, cuando Mateo fue al trabajo y se despidió de su mujer, nunca pensó que iba volver sin el dinero y apurado para decirle a su mujer que preparara un banquete. El banquete para aquel que lo había amado primero, que lo había sorprendido con algo muy importante, más importante que toda la plata que tenía».

¿No ven la fábula que cuenta para indicar que el amor de Dios es una sorpresa?

¿En dónde está la verdad en este cuento?

¿Qué moraleja tiene este cuento?

No dice nada. Jesús le dio una sorpresa y Mateo ya no tenía dinero ni para un banquete. ¡Qué cuento más malo! ¡Qué predicación más bochornosa!

¿Y los jóvenes aplaudiendo esta predicación?

¿A qué fueron los jóvenes a ese encuentro?

¿A escuchar la verdad? No.

A IDOLATRAR A UN HOMBRE VESTIDO DEL ROPAJE EXTERIOR DE UN PAPA.

Los hombres ya no quieren escuchar la verdad: se conforman con las fábulas que los payasos, como Bergoglio, les cuentan.

«Cada uno de nosotros escuchemos en silencio esta palabra de Jesús: Sólo te falta una cosa. ¿Qué cosa me falta? Para todos los que Jesús ama tanto porque dan tanto a los demás, yo les pregunto: ¿Vos dejás que los otros te den de esa otra riqueza que no tenés?».

¡Cómo tuerce la Palabra de Dios este hombre para su negocio comunista!

¡Es el negociante de la Verdad!

¡Es el destructor de la Verdad!

¡Es el que maquilla la Verdad con las ideas maquiavélicas de su cabeza, dominada  en todo, por el demonio. Bergoglio es un hombre poseído, en su mente humana, por el demonio. ¡Es un satanás!

Satanás es el demonio de la mente. Donde está la soberbia, allí está Satanás. Donde está el orgullo, allí está Lucifer. Donde está la lujuria, allí está Belcebú.

En la boca de Bergoglio: la palabra de Satanás;

En la vida de Bergoglio: la lujuria de Belcebú;

En las obras de Bergoglio: el orgullo de Lucifer.

¿Qué le dice Jesús al joven rico?

«vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Mc 10, 21).

Cuando el alma, en su pecado de avaricia, se apega demasiado a sus bienes materiales, entonces tiene que hacer penitencia, expiar su pecado dando limosnas. Y no cualquier limosna, porque está apegado al dinero, al bien material. Y para quitar ese apego, el único remedio, desprenderse de lo material. Pero con un fín: la salvación del alma. No con un fin humano: no para dar de comer al que tiene hambre; o para hacer feliz al que no tiene en lo material. Es para un fin divino: seguir a Jesús. Porque:

«¿Qué aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt 16, 26).

¿Qué enseña este pendejo?

«Los saduceos, los doctores de la ley de la época de Jesús daban mucho al pueblo: le daban la ley, le enseñaban, pero nunca dejaron que el pueblo les diera algo. Tuvo que venir Jesús para dejarse conmover por el pueblo ¡Cuántos jóvenes, no lo digo de vos, pero cuántos jóvenes como vos que hay aquí saben dar, pero todavía no aprendieron a recibir! Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender».

Encima dice: «esto es no es fácil de entender».

¿Cómo va a ser fácil de entender tu idea masónica si el Evangelio es claro?

¡Jesús no le dice al joven rico: hazte mendigo!

¡Dios mío!

¿Acaso están ciegos los católicos para no ver el comunismo, la teología de la liberación de este insensato?

¿Qué cosa más tiene que hablar este ignorante de la Sagrada Escritura para que los católicos abran sus ojos a la verdad!

¡Bergoglio no es Papa! ¡No habla como un Papa! ¡No es la Voz de Cristo en la Iglesia! ¡No es capaz de enseñar la verdad que Jesús enseñó al joven rico! ¡Ha cambiado la doctrina de Cristo!

¡Bergoglio dice: hazte mendigo!

Y Jesús dice:

«¡El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame!» (Mt 16, 24)

Pero, ¿quién se cree que es Bergoglio para cambiar el Evangelio de Cristo?

«Aprender a mendigar de aquello a quienes damos».

¿Caen en la cuenta de la gravísima herejía?

Le doy dinero a un pobre; entonces tengo que mendigar de él una idea para mi vida.

¡Esto es el panenteísmo! ¡Todos estamos en Dios! Luego, todos nos necesitamos unos a otros para formar la armonía de la creación, el orden ideal, en donde haya paz, ternura para todos y pan para los estómagos. Que haya una justicia social en donde no se vea ninguna maldad social entre los hombres. Para eso, doy al que no tiene, y recibo algo de él, para poder comprender su vida y así ayudarle en su vida.

«Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho que darnos».

Al negar el pecado como ofensa a Dios, sólo queda el pecado social. Por lo tanto, hay que resolver los problemas de los demás: ayudando; evangelizando el evangelio de la alegría.

Pero no hay que decirle al pobre, al hombre que quite su pecado, que se convierta. No existe el pecado. Sólo el pecado social. Una vez que ayudo materialmente al otro, hace falta algo más para construir una sociedad perfecta: entonces escucha lo que el otro tiene que decirte para tu vida. Tolera su vida, su error, su idea y permite que no esté en la clase social baja. Súbelo de categoría. Porque la propiedad privada es una función social: es para hacer esto.

¡Ven: qué maestro en engañar es Bergoglio!

Es la idea masónica:

«¿Me hago mendigo y pido también eso? ¿O soy suficiente y solamente voy a dar? Vos que vivís dando siempre y crees que no tenés necesidad de nada, ¿sabés que sos un pobre tipo? ¿sabés que tenés mucha pobreza y necesitás que te den? ¿Te dejás evangelizar por los pobres, por los enfermos, por aquellos que ayudás?».

La realidad es una cosa: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica, sino un falsario.

Falsea el Evangelio de Cristo; falsea el Papado de la Iglesia; falsea la vida eclesial de los fieles.

Es un lobo que se viste de Papa para condenar a muchas almas.

Hay que dejarlo que siga en su pecado, porque es libre de pecar y de condenarse.

Pero no hay que seguirlo en nada. Hay que combatirlo totalmente, poniendo en ridículo su falsa doctrina, que es sólo para aquellos que se dejan engañar por sus palabras.

La Verdad, por sí misma, se revela, se descubre. No haría falta hacer todo esto; pero los hombres siempre necesitan de una palabra de verdad. Y, por eso, se hacen estos escritos: no para convertir a nadie, sino para dar testimonio de la Verdad, duela a quien duela.

Como todos tienen miedo de hablar claro: Bergoglio no es Papa; entonces, se da testimonio de esta verdad. Y esto es ser de Cristo. Esto es construir la Iglesia. Callar, someterse a Bergoglio es destruir la Iglesia.

Sólo te hace falta una cosa: imitar a Cristo. Ser otro Cristo. Y Cristo sólo nació y vino para una cosa:

«Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad; todo el que es de la Verdad oye Mi Voz» (Jn 18, 17).

Muchos, al leer estos escritos, dirán, como Pilato: «¿Y qué es la verdad?». Y seguirán sus vidas, sin comprender que la verdad de la Iglesia está, en la actualidad, en no seguir a Bergoglio, en no tenerlo como Papa.

Quien siga esta verdad, que es absoluta, entonces sabe cómo caminar en la Iglesia en medio de lobos, que son toda esa Jerarquía que apesta, porque están obedeciendo a un hombre sin fe y sin verdad en su corazón.

Es la última hora

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«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

Hablemos claro: Bergoglio no enseña ninguna verdad.

manocornuda

«Hablemos claro» (ver texto).

Así iniciaba su mentira este hombre al cual llaman Papa, alias Francisco.

«Creo que ambos son derechos fundamentales: la libertad religiosa y la libertad de expresión».

Está hablando según Voltaire: defiendo mi derecho a decir lo que pienso, aunque a usted no le guste o esté en contra de lo que usted piensa o dice.

Defender la libertad religiosa o defender la libertad de expresión eso es la modernidad: en la libertad, es decir, en la voluntad libre del hombre reposa todas las libertades públicas y privadas.

Se acabó la ley de Dios. El hombre es el propio fundamento de su libertad, de su pensamiento, de sus palabras, de sus obras.

¡El libre pensamiento! ¡Esta es la soberbia que corroe al mundo y a toda la Iglesia!

¿Cuáles son los derechos fundamentales del hombre?

Si el hombre no viene a este mundo por sí mismo, entonces ¿a qué tiene derecho?

Si el hombre no decide la vida, la existencia, sino que todo eso es un don de Dios, entonces ¿a qué tiene derecho?

El hombre tiene derecho a ser hombre. Eso es lo primero

El hombre tiene una mente y una voluntad humanas, que le constituyen en ser humano.

Pero el hombre no es hombre por sí mismo, sino que Dios lo ha creado. Luego, lo segundo, el derecho fundamental de todo ser humano es ir hacia Dios, vivir para Dios, obrar la Voluntad de Dios. ¡El hombre depende absolutamente de Dios!

Estos son los dos derechos fundamentales de todo ser humano.

Dios ha creado al hombre: le ha dado una naturaleza humana, con una razón, con una voluntad libre. Y Dios quiere que el hombre construya su vida para Dios. Y sólo para Dios. Y, por lo tanto, use su naturaleza humana, su mente y su voluntad humana, su libertad, para Dios, para hacer las obras que Dios quiere.

Por eso, Dios pone en la naturaleza humana, su Ley Eterna. Para que el hombre, con su libertad, tienda hacia este fin, que es el propio de su vida, que es el único en su vida.

Y si el hombre no hace esto, Dios lo castiga.

«No se puede ocultar una verdad: cada persona tiene el derecho de practicar la propia religión sin ofender». Esto no es una verdad. Esto es una mentira.

Cada persona tiene la obligación moral grave de abrazar y de ejercer la verdadera religión. No la propia religión de cada uno; la que cada uno con su mente se fabrica.

Sólo hay una religión positiva verdadera: la que se funda en la naturaleza humana y contiene dogmas, ritos y doctrina revelados por Dios. Y ésta es sola la Iglesia Católica.

Cada persona está obligada a investigar en una religión positiva si ésa es la verdadera, la auténtica. Si ésa es la que Dios ha revelado y ha dado sus leyes para que el hombre dé culto a Dios en ella. Y si no lo es, el hombre está obligado a seguir buscando la verdadera religión.

Pero ninguna persona tiene derecho a inventarse ninguna religión ni a practicarla.

La religión que no se fundamente en la naturaleza humana, es decir, en la ley natural, y que no haga depender al hombre totalmente de Dios, eso no es religión. Eso se llamará lo que el hombre quiera. Hay más de cuarenta mil sectas e iglesias distintas, con sus nombres variados. Toda son un bulo, un engaño.

La religión verdadera es para dar culto verdadero a Dios, con la mente y con la voluntad libre del hombre. El hombre se somete a unos preceptos divinos para realizar ese culto.

Hablemos claro: Bergoglio habla su idealismo.

Como el hombre es el que tiene el concepto del bien y del mal, entonces la obligación moral de buscar a Dios, de dar culto a Dios no procede de Dios, no está en su misma naturaleza humana, no está en lo que Dios revela, sino viene del mismo hombre: de su mente humana. El mismo hombre, en su idea del bien y del mal, busca a Dios, el concepto de Dios; la religión, el concepto de religión; la iglesia, el concepto de iglesia. Consecuencia: cada persona tiene derecho a estar en su religión, en su culto, en su iglesia, pero sin ofender al otro.

¡Sin ofender la libertad de pensamiento!

¡Pero puedes ofender a Dios lo que te dé la gana!

¡Este es el fariseísmo de Bergoglio y de muchos que se dicen católicos!

«Dos: no se puede ofender o hacer la guerra, matar en nombre de la propia religión, en nombre de Dios». Otra gran mentira, con mayúsculas.

La ley del Islam, que castiga con la muerte toda blasfemia contra Alá o su profeta, no fue inventada por los musulmanes, sino promulgada por Dios:

«Saca del campamento al blasfemo; que cuantos le han oído le pongan su mano sobre la cabeza, y que toda la asamblea le lapide. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Quienquiera que maldijere a Su Dios llevará sobre sí su iniquidad; y quien blasfemare el Nombre de Yavhé será castigado con la muerte; toda la asamblea lo lapidará. Extranjero o indígena, quien blasfemare el Nombre de Yavhé morirá» (Lev 24, 15-16).

Hoy, como queremos un Dios de ternuritas, entonces nos pasamos esta Palabra de Dios por la entrepierna. Y entonces, decimos una blasfemia: no se puede matar en nombre de la propia religión, en nombre de Dios.

Bergoglio ha blasfemado contra Dios. Dice que su Palabra es una mentira. Que Dios se equivocó cuando se escribió el levítico.

Dios está mandado matar al blasfemo, y lo manda a Su Pueblo, a través de Moisés.

¿Qué hicieron los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín con Jesús? Aplicaron la Sagrada Escritura: como te haces Hijo de Dios, eres un blasfemo, a la muerte.

Aquellos Sacerdotes, en su fariseísmo, creían en la Palabra de Dios: Dios manda castigar en Su Nombre. Dios manda matar en Su Nombre.

¿Qué le mandó Dios a Abraham? Matar a su hijo.

¿Qué hace San Pedro con Ananías y Safira? Obrar una Justicia Divina.

Toda la Sagrada Escritura está llena de ejemplos en los cuales Dios daba la victoria a su pueblo con las guerras.

No hay que negar la Palabra de Dios para complacer a los hombres.

No hay que negar la Palabra de Dios para callar la maldad de la ley musulmana: ellos no matan porque Dios se lo manda, sino porque el demonio se lo manda. Es una religión del demonio.

Bergoglio, en su fariseísmo, no cree en la Palabra de Dios. Siempre da una vuelta, siempre la reinterpreta a su manera, para acabar diciendo su blasfemia: «Como se comprenderá, también nosotros fuimos pecadores en esto, pero no se puede matar en nombre de Dios, esta es una aberración. Se debe hacer con libertad y sin ofender».

Anula todas las guerras santas que se describen en la Sagrada Escritura, anula todos los mandatos de Dios a almas que vivían la verdad, para decir su estupidez, una vez más.

No se puede matar en nombre de Dios…, y ¿por qué dices que el Corán es un libro de paz?

Estas son las aberraciones de este hombre. Habla sin lógica. Se contradice constantemente. Bergoglio no ataca a los musulmanes, sino a los que tienen una idea fundamentalista.

Los musulmanes tienen «el derecho de practicar la propia religión sin ofender»: los musulmanes están en la verdadera religión. Pero que no ofendan. Que quiten la idea fundamentalista. Tienen que evolucionar en su pensamiento como los católicos ya han evolucionado:

«pero pensemos en nuestra historia: ¡cuántas guerras de religión hemos tenido! Pensemos en la noche de San Bartolomé. Como se comprenderá, también nosotros fuimos pecadores en esto».

También fuimos pecadores en esto…, ahora no los somos: ahora hemos evolucionado el dogma, hemos cambiado la Sagrada Escritura; ahora son otras interpretaciones: las propias de la masonería.

Hoy el hombre está en los suyo, es decir, en la idea del masón: el horror homicida fundamentalista y el fanatismo intolerante. En esta idea, los hombres están dando vueltas para aceptar la blasfemia de Charlie Hebdo y de todos aquellos que se pasan la vida blasfemando contra Dios, apelando a su libre pensamiento, y queriendo no ver la realidad de los musulmanes. No todos son malos. En ellos, como en todas las demás religiones, hay fundamentalistas y fanatismo.

Esto es lo que enseña Bergoglio: hay que reivindicar la tolerancia, la laicidad y la libre expresión, para reaccionar ante todo terrorismo, que es un idea fundamentalista, cerrada en sí misma, obsesiva, enferma, corrupta.

Es hablar al hombre de manera psiquiátrica, no de manera espiritual: no se le dice la verdad revelada, sino la verdad que conviene, que gusta a los hombres. La verdad inventada por la cabeza del hombre.

«En cuanto a la libertad de expresión: cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común».

Tienes derecho a blasfemar: tienes derecho a decir lo que piensas si eso vale para el bien común.

Y la libertad no es una función social: no es para un bien común. La libertad es para cumplir la ley natural: para un bien privado. Y sólo así, cumpliendo lo natural, se puede cumplir, se puede hacer un bien común, un bien social.

Bergoglio habla de su comunismo, en el cual la propiedad privada, el derecho que tiene el hombre a poseer sus bienes es siempre un bien común: el hombre está obligado (no tiene libertad) a hacer un bien común, un bien para el otro. Eso es el idealismo kantiano, que tanto le gusta a Bergoglio, que le hace desembocar en su comunismo, que es la utopía del bien común, del gobierno mundial, de la iglesia para todos.

«Estás obligado a decir lo que piensas»: el hombre no tiene libertad para callar, para poner la otra mejilla, para guardar silencio, para humillarse ante los improperios de los otros. Está obligado a decir algo.

Y, entonces, tiene que ir en contra de la misma Palabra de Dios:

«si el doctor Gasbarri, que es un amigo, dice una grosería contra mi mamá, le espera un puñetazo. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás»

¿Dónde queda:

«al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra» (Mt 5, 39)?

Esta Palabra de Dios no sirve para resolver el problema. Estas obligado a decir lo que piensas para el bien común, para construir una sociedad justa, armoniosa, redimida.

Si alguien ofende a tu mamá, entonces practica la virtud. Y si no puedes sujetar tu ira, entonces huye de aquel que te tienta en la virtud. Pero si caes en el pecado, una vez que has puesto los medios para no pecar, entonces sólo caes por debilidad, no por malicia. Arrepiéntete por tu pecado.

Pero si no practicas la virtud y te dejas llevar, entonces pecas por malicia. Es más grave tu pecado, pero si te arrepientes, hay perdón de Dios.

Esto es lo que un Papa legítimo tiene que enseñar.

¿Qué enseña Bergoglio? Su idealismo.

«El Papa Benedicto, en un discurso habló de esta mentalidad post-positivista, de la metafísica post-positivista, que llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas eran una especie de sub-cultura, toleradas, pero poca cosa, no forman parte de la cultura iluminista. Y esta es una herencia de la Ilustración. Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás».

Primero: ¿qué cosa dijo el Papa Benedicto XVI?

«En el mundo occidental domina ampliamente la opinión de que solamente la razón positivista y las formas de filosofía que de ella derivan son universales. Pero las culturas profundamente religiosas del mundo perciben precisamente en esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón un ataque a las convicciones más íntimas. Una razón que frente a lo divino es sorda y margina la religión al ámbito de las subculturas es incapaz de incluirse en el diálogo entre culturas» (ver texto).

La razón, cuando se cierra a Dios, a la Revelación de Dios, entonces genera lucha de culturas, enfrentamiento entre los hombres. Esto es lo que dice este párrafo.

¿Cuál es la interpretación de Bergoglio?

«llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas eran una especie de sub-cultura, toleradas, pero poca cosa, no forman parte de la cultura iluminista». Ha torcido el pensamiento del Papa Benedicto XVI: las religiones son una especie de subculturas. Y no tiene nada que ver con lo que dice el Papa, que habla de la relación entre fe y razón.

Bergoglio está en lo suyo:

«Hay mucha gente que habla mal, que se burla de la religión de los demás». No juzgues. Y, entonces cae en una contradicción:

¿No dices, Bergoglio, que

«cada persona no solo tiene la libertad, sino la obligación de decir lo que pienso para apoyar el bien común»?

Entonces, tengo que decir que los musulmanes no son una religión que sirva para el bien común: ni para la familia, ni para la sociedad, ni para la iglesia, ni para nada.

Estoy obligado a decir esto: tengo «la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común». Por tanto, tengo que juzgar, tengo que hablar mal de los musulmanes, tengo que decir la verdad de los musulmanes, tengo que burlarme de sus ritos y de sus doctrinas porque son un engaño para todos.  No puedo tomarlo como algo verdadero, como algo serio, algo que dé fruto para el alma.

El mismo Bergoglio se contradice porque está en su idealismo: en su idea. Por eso, Bergoglio tiene que chocar con todo el mundo. Bergoglio no quiere que la gente se burle de los pensamientos del otro, pero sí quiere que la gente siga blasfemando contra Dios. Por defender al hombre, ataco a Dios. ¡Qué gran locura!

El mismo Bergoglio dice que es un loco:

«¿sabe usted que yo tengo un defecto? Una buena dosis de inconsciencia». Se está describiendo en lo que es: un loco de su idea humana. Un vividor de su herejía. Un hombre que obra su orgullo, cada día, en la Iglesia y que nadie le dice nada.

Y esto va a ser la ruina de muchas almas: callan ante un loco, cuando tienen la obligación de hablar clarito a las almas.

Hablemos claro: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica. Porque no dice una sola Verdad.

Esto es lo que muchos no creen ni quieren creer: tienen a ese personaje como su papa. Allá ellos. No son de la Iglesia Católica. Porque en la Iglesia Católica se sigue al que enseña la Verdad Absoluta. No se puede seguir al que enseña sus verdades relativas universales.

Hablemos claro: si sigues a Bergoglio te vas a condenar. No puedes obedecer la mente de un hereje. Es un pecado, no sólo grave, sino de blasfemia contra el Espíritu Santo. En Jesús no había ninguna herejía. En Bergoglio están todas las herejías. ¡El que lea entienda! Y si no quiere entender, nos da igual.

No llames a Bergoglio con el nombre de Papa

payaso

Nunca un Papa puede ser hereje; nunca se puede llamar a un hereje con el nombre de Papa:

«…Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Pedro, -todo Papa-, tiene el encargo, la misión del Señor de confirmar a los otros en la fe. Y, por eso, Pedro es el primero en la fe, está por encima de todos los demás en el conocimiento de la fe, ejerce la primacía sobre los demás, gobierna en vertical: no se le puede juzgar; todos le tienen que obedecer.

Si todo Papa tiene la misión de enseñar sólo la Verdad que salva a las almas, de guiar en la sola Verdad que santifica a las almas y de señalar el camino del Espíritu, el cual lleva a la plenitud de la Verdad, es claro que Bergoglio no es Papa ni puede ser llamado Papa por su manifiesta herejía.

Aquel católico o aquella Jerarquía que sostenga que un Papa pueda ser hereje o que un hereje pueda ser Papa o ser llamado Papa, es hacer una ofensa a la Palabra de Dios, a las enseñanzas infalibles de la Iglesia y es tomar por idiotas a todos los católicos.

Quien llame a Bergoglio con el nombre de Papa, quien lo reconozca como Papa verdadero está cometiendo la idolatría del pensamiento humano: el hombre que obedece una herejía, -la mente de un hombre hereje-, da culto al error en esa mente. Tiene que adorar, forzosamente, esa mente y apartarse de la Mente de Dios. Pretende buscar a Dios con conceptos equivocados sobre el bien y el mal.

«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva» (Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208).

En la Iglesia no hay herejes. Quien practique la herejía se pone él mismo fuera de la Iglesia. No hace falta un escrito oficial para declarar a alguien hereje.

Quien se aparta de la Verdad Revelada, quien no sigue la doctrina de Cristo enseñada a sus Apóstoles y transmitida por toda la Tradición católica, y dada en el Magisterio infalible de la Iglesia, automáticamente está excomulgado, es anatema.

Después, la Jerarquía de la Iglesia puede poner penas al hereje. Pero no hay que esperar a la voz oficial de la Iglesia para llamar a alguien, que se ha apartado de la verdad, como hereje.

Bergoglio es hereje. Punto y final.

Bergoglio no puede ser Papa, porque Dios no puede sustentar con Su Poder los delirios de un hereje. Jesús no fundamenta Su Iglesia en los delirios del hereje Bergoglio.

Jesús cimienta Su Iglesia en Pedro:

«Apacienta Mis Corderos…Apacienta Mis Ovejas…» (Jn 21, 15.16).

Jesús no puede poner sus corderos, sus ovejas, sus almas, su rebaño, en manos de un hereje. ¡Nunca! Jesús no puede engañar ni engañarnos. Él es la Verdad y pone Su Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede caer en el pecado de herejía.

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI clama al cielo: es poner a toda la Iglesia en las manos de un hereje. ¡Nadie ha meditado en esta renuncia! ¡Un gran pecado! Y, por ese pecado, se inutiliza el Papado de Benedicto XVI: las llaves pasan al Padre; la Iglesia sólo está en los corazones, que permanecen fieles a la Palabra de Dios, no en la Jerarquía. ¡Ya no hay Iglesia en Roma!

Jesús confirma a Pedro –y por tanto a todo Papa-, en el oficio de jefe y cabeza de los Apóstoles y Pastor de Su Rebaño.

¡Nunca un Papa es hereje!

Esto es lo que enseña el dogma del Papado, que muchos católicos desconocen. Y siguen a una Jerarquía culpable.

«Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna» (Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832).

Esto es lo que enseña Bergoglio: él no quiere convertir a nadie a la fe verdadera, sino que los demás continúen en su fe, en sus vidas, en sus religiones, en sus iglesias, y formar una unidad en la diversidad: una iglesia para todos. Y esto es declarar que los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe pueden ir al cielo. Él quiere celebrar con una fiesta la reforma de Lutero. Son los delirios de un hereje.

Ni Bergoglio ni los que obedecen a Bergoglio (= los que lo tienen como Papa verdadero) son de la Iglesia Católica ni se pueden salvar.

Todo hereje y todo aquel que siga al hereje y a su herejía, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia: son anatemas. Y, por tanto, nadie tiene que obedecer a esos hombres que viven en el delirio de su herejía. Quien los obedezca no puede encontrar salvación, en ellos, para su alma: se condena con ellos. ¡En la herejía, en una Jerarquía hereje, no hay salvación!

Por eso, lo que vemos en el Vaticano es un cisma claro: un hereje que levanta –en su orgullo- una nueva iglesia, y que atrae hacia ella a muchos católicos que han perdido totalmente la fe verdadera.

Un católico verdadero no puede obedecer a Bergoglio como Papa. Bergoglio es un hombre que vive en los delirios de su herejía. Y hay que llamarlo así: loco. Ningún hombre cuerdo se sienta en el Trono de Pedro para engañar, con su palabra, a las almas. Nadie hace eso. El que lo haga es un loco: está siguiendo la maldad que encuentra en su pensamiento humano y la está poniendo por obra, a pesar de las estupideces que habla a cada rato.

En Bergoglio no es tan importante lo que dice, sino lo que obra. El hereje no es el que predica una mentira como verdad. Todos los hombres son unos mentirosos. Aun el más santo, tiene que mentir.

El hereje es el que obra su mentira: cada uno vive en su vida lo que tiene en su pensamiento humano. Toda idea lleva al acto. Si piensas algo, eso es lo que obras siempre. Esto es ley del hombre.

Todo hombre es racional: vive de su mente humana. Dios ha dado a todo hombre el ser espiritual: el hombre tiene que esforzarse en dejar su racionalidad para entrar en la espiritualidad. Por eso, el camino de la cruz: para crucificar la voluntad humana, poner la mente en el suelo, y poder obrar la Voluntad de Dios. En la oración y en la penitencia, el hombre es siempre espiritual, hijo de Dios. Como los hombres quieren hacer su oración y su penitencia, entonces siempre se quedan en su racionalidad.

Bergoglio obra su herejía cada día. Después, entretiene a todo el mundo con su palabra barata y blasfema. Y de esa palabra se ven sus delirios de grandeza, sus locuras de hombre que sólo vive para ser adorado por los demás.

Muchos le hacen una mala publicidad: dicen sus frases, pero no las disciernen. No las combaten, porque no tienen a Bergoglio como enemigo de sus almas, sino que confían en él:

«No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad» (Ecle 12, 10).

Como muchos ven a Bergoglio como una buena persona, un buen hombre, que de vez en cuando dice una buena palabra, algo que gusta al oído y a la mente del hombre, entonces siguen esperando algo de él: confían en su juicio, en su gobierno, en sus planes.

¿Quién puede confiar en los delirios de un hereje? Sólo confía aquel que se ha vuelto hereje, como él lo es. Sólo los locos confían en los locos.

«Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él» (Ib., v. 11).

Los católicos verdaderos tienen que estar con la mosca detrás de la oreja. No porque Bergoglio declare palabras bonitas a los católicos, ni porque obre, en apariencia, cosas santas (bendiciones, misas, proclamación de santos,…), hay que acogerlo como Papa.

Como enseña Paulo IV en la Bula “Cum ex Apostolatus”, y el Código de Derecho Canónico lo asume e incorpora como Ley: el hereje, ipso facto, pierde el cargo cualquiera sea, sin necesidad de una declaración oficial y, por lo tanto, con el cargo pierde la jurisdicción que tuviere en la Iglesia.

Bergoglio no es nada: ni siquiera Obispo de Roma. Es un hereje que está levantando su nueva iglesia en Roma. Y no es más que eso. Sólo tiene un poder humano: el que los hombres, que lo han colocado ahí, le han dado. Es un poder temporal. Y, por su pecado de infidelidad, Bergoglio ni puede celebrar misa, ni puede bendecir nada, ni puede proclamar santos en la Iglesia. Todo lo que hace es una obra de teatro. ¡Cuánto cuesta entender esto a muchos católicos!

No te fíes de Bergoglio: guárdate de él si quieres salvar tu alma.

Predicar esto es hacer Iglesia, levantar la Iglesia.

No predicar esto, sino lo contrario, es destruir la Iglesia.

«El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte a la fosa» (Ecle 12, 15).

Bergoglio está tramando, todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta, cómo engañar, más y más, a todos los católicos. Cómo llevarlos al fuego del infierno. Y, como él, así obra toda aquella Jerarquía que se somete a su mente humana y le da obediencia como Papa.

Un hereje no milita en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino que se aparta, sin necesidad de sentencia oficial, de Él.

Esto es el catecismo:

«¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia?Está fuera de la verdadera Iglesia los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados» (Catecismo Mayor de San Pío X – n. 226).

¡Muchos católicos desconocen el Catecismo!

«¿Quiénes son los herejes?Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia Católica; por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes» (Ib., n. 229).

¿Bergoglio es hereje? – Sí, porque siendo un bautizado, teniendo el Sacramento del Orden ha rehusado, de manera pertinaz, manifiesta, con sus homilías, con sus escritos doctrinales, con sus variadas declaraciones, con sus libros y con sus obras, que no cree en muchas verdades reveladas por Dios y que la Iglesia ha enseñado, de manera infalible, a lo largo de la historia.

Bergoglio no cree en ninguna verdad revelada. ¡Ninguna! Pero esto los católicos no saben verlo, porque se dejan engañar de su lenguaje humano.

La herejía de los modernos está sólo en el lenguaje, no en el concepto, no en la idea: no atacan sólo una verdad revelada, sino todas en su conjunto. Y lo hacen sin que nadie se dé cuenta. Todo el mundo está pendiente del lenguaje, no de la idea. Todo el mundo sigue el giro, el juego del lenguaje. Pero nadie sigue la idea.

Esto se llama hablar al sentimiento del hombre, dando a su mente una palabra bella, una estructura mental, una bandeja de plata, en la que el hombre se agrade: no encuentra en ello alguna idea que le moleste. Por eso, los modernistas no hablan de temas negativos: infierno, pecado, cruz, penitencia, mortificación, etc…Hablan de lo que gusta a todo el mundo: amor, perdón, paz, misericordia, tolerancia, diálogo, etc…

Si Bergoglio está levantando una nueva estructura de iglesia, es claro que hay que salir de ella: de parroquias, de comunidades, etc., en donde se establezca el gobierno de herejía de este sujeto y se imponga el estudio y la enseñanza de sus escritos herejes.

Hay que salir de Roma para permanecer en la Iglesia de Pedro, en la Roca de la Verdad que Cristo ha puesto para siempre.

Hay que esperar el tiempo del Espíritu. Ya no hay que esperar a los hombres, a la Jerarquía.

Muchos esperan un Papa católico después de Bergoglio: no han comprendido que, una vez que hagan renunciar a Bergoglio, el desastre viene para toda la Iglesia, sin excepción.

Por eso, hay que elegir en la Iglesia: o Cristo o el gobierno horizontal de la nueva iglesia. Y cada uno tiene que elegir.

Y estar con Cristo es oponerse, no sólo a Bergoglio sino a mucha Jerarquía y a muchos fieles que ya no son de la Iglesia Católica, pero que han cogido el poder: tiene capillas, tienen parroquias, tienen comunidades…y se han hecho fuertes: se llaman católicos, sin serlo, y van en contra de los verdaderos católicos que no quieren someterse a sus delirios de herejía.

Es tiempo de persecución real. Y esa persecución no viene de fuera de la Iglesia. Viene de los que una vez se sentaron a la mesa, partieron el pan y ahora han traicionado a Cristo por un plato de lentejas.

Los falsos católicos

engaño

«Resulta casi imposible para la conciencia de muchos, hoy día, el llegar a ver que tras la realidad humana se encuentra la misteriosa realidad divina. Este es, como sabemos, el concepto católico de la Iglesia» (Informe sobre la fe – Cardenal Joseph Ratzinger – Capítulo XI, Hermanos, pero separados, pág 173).

La Iglesia es un Misterio Divino, que los hombres no pueden percibir con sus mentes humanas ni con sus obras en la vida.

El Misterio de la Iglesia sólo se percibe en el Espíritu Divino, no en los caminos de los hombres, ni en sus esfuerzos humanos para hacer Iglesia. La Iglesia es únicamente la Obra del Espíritu en cada alma. Las almas necesitan apoyarse en el Espíritu para ser Iglesia.

Dos iglesias se ven en el Vaticano:

  1. la Iglesia remanente: que descansa en el Papa legítimo, Benedicto XVI; Papa hasta la muerte; Papa que no gobierna, pero que posee el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, por la Gracia de Su Papado.

  2. la iglesia modernista: que se levanta en el falso papa Bergoglio; falso, porque no tiene el Espíritu de Pedro, no ha sido llamado por Dios a recibir esa Gracia, la del Papado; y que enseña una doctrina falsa, que no se apoya en el Magisterio auténtico de la Iglesia ni en la Tradición.

Muchos dicen que lo que hace Bergoglio es responsabilidad de los anteriores Papas o del Concilio Vaticano II. Y, por tanto, si se critica a Bergoglio hay que criticar también a los otros Papas y al Concilio. Y se equivocan, porque Bergoglio no da continuidad al Papado, sino que es su destrucción, su aniquilación, su degeneración.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, que es lo que nunca han hecho los otros Papas. Bergoglio no es sólo apostasía, sino cisma dentro del mismo Vaticano. Y, por eso, se le puede atacar y juzgar, porque no representa a la Sede Apostólica.

Esta división está en el ambiente eclesial: existen los falsos católicos. Y, más que nunca, se perciben en esta gran división que se ve en Roma.

Dos Papas, dos iglesias, dos doctrinas, dos Jerarquías, dos fieles: uno verdadero, otro falso.

Mons. Lefebvre provocó un cisma en la Iglesia, ordenando cuatro Obispos para la FSSPX:

«Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia –que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano– constituye un acto cismático (can. 751)…» (Carta Apostólica Ecclesia Dei, 2-VII-1988, Beato Juan Pablo II).

Desde ese momento, surgieron en la Iglesia los falsos católicos: católicos que se mantenían en la Tradición, pero opuestos al Magisterio de la Iglesia, opuestos al Papa reinante:

«La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición: imperfecta porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición, que —como enseña claramente el Concilio Vaticano II— arranca originariamente de los Apóstolos, “va progresando en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo…” (DS 3.020). Pero es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia (DS 3.060(Ib., n-3).

No se puede ser fiel a la Tradición si se rompe con el Papa: no se puede ser católico si se juzgan a todos los Papas después de Pío XII, si se juzga un Concilio como falso, como herético.

En el Papa –y sólo en el Papa-, no en la Tradición, está la unidad en la Iglesia. Fuera del Papa, sólo hay clara división.

Lefebvre y su comunidad rompieron con la unidad, rechazando la sujeción al Romano Pontífice; y comenzaron a gobernarse a sí mismos, como una nueva iglesia cismática, trabajando en todas partes y haciendo que la apostasía creciera en la Iglesia. Ellos, los lefebvristas, son en parte culpables de la apostasía de la fe en 50 años. Y mucha culpa ha tenido su obra:

«el éxito que ha tenido recientemente el movimiento promovido por mons. Lefebvre puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la Tradición de la Iglesia, propuesta auténticamente por el Magisterio eclesiástico, ordinario o extraordinario, especialmente en los Concilios Ecuménicos desde Nicea al Vaticano II. De esta meditación todos debemos sacar un nuevo y eficaz convencimiento de la necesidad de ampliar y aumentar esa fidelidad, rechazando totalmente interpretaciones erróneas y aplicaciones arbitrarias y abusivas en materia doctrinal, litúrgica y disciplinar» (Ib., n-5.a).

Muchas iglesias locales, muchos católicos no respondieron a esta exigencia apremiante del Papa: a ser fieles a la verdadera Tradición, y se pasaron al enemigo, porque ellos defienden también la Tradición.

El Concilio Vaticano II no produjo la apostasía de la fe, porque ese Concilio, en sus textos, no contiene ninguna herejía. Lo que obró esa apostasía es  renunciar muchos a la sujeción al Papa: unos, por maldad, porque son una falsa Jerarquía, lobos vestidos de corderos, que viven de sus herejías escondidas en sus ministerios; y otros, como Lefebvre y los suyos, por clara desobediencia al Papa, clara rebeldía.

Lefebvre condena a la Iglesia viva y concreta del Papa Juan Pablo II: «No se puede seguir a esa gente, es la apostasía, no creen en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo… Procedamos a la consagración [de Obispos]». (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llama cismático al Papa Juan Pablo II y a la Iglesia que gobierna: «¿Un cisma?… Si es que hay un cisma, más bien está en el hecho del Vaticano en Asís y […] está en la ruptura de la Iglesia con su Magisterio tradicional. La Iglesia contra su pasado y su Tradición no es ya la Iglesia católica; y por eso para nosotros es indiferente ser excomulgados por esta Iglesia liberal, ecuménica, revolucionaria» (ib. 576).

Duras palabras de un hombre sin fe, que se creyó que él era necesario para impedir que la Iglesia se derrumbase por un precipicio de herejías y de sacrilegios:

«Pienso yo que aparentemente será un acto de ruptura con Roma, lo que será grave. Y digo que “aparentemente”, porque pienso que ante Dios es posible que mi gesto sea un gesto necesario para la historia de la Iglesia, para la continuación de la Iglesia […], del sacerdocio católico. Así pues, no digo yo que un día no lo haga, pero en unas circunstancias todavía más trágicas» (ib. 571).

La Iglesia, para salvarse, no tiene necesidad de ningún hombre, de ninguna comunidad, de ningún apostolado humano. Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu de Dios, no es la obra de ningún hombre. No son necesarios los lefevbristas para salvar a la Iglesia de lo que presenciamos actualmente en Ella. No es necesaria la FSSPX ni ninguna de las comunidades que han surgido por esta obra cismática de Lefebvre.

Es la Iglesia la que salva a los hombres; es la Iglesia unida al Papa legítimo la que da el camino de salvación. Porque la Iglesia es Cristo, Su Cuerpo: no es un conjunto ni de hombres ni de obras humanas. Es el Espíritu de Cristo el que obra y vive en cada alma unida a Él, en la Gracia. Es la Gracia de Cristo la que salva al alma en la Iglesia. Es la Gracia del Papado, la que salva a los hombres: es ser fiel a esa gracia, ser fiel al Papa, obedecerle en todo.

Muchos falsos católicos, que asumen, de una u otra manera, este espíritu cismático de Lefebvre, se creen salvadores de la Iglesia, y son sólo instrumentos del demonio para que la apostasía de la fe siga creciendo en toda la Iglesia.

La obra cismática de Lefebvre:

  1. conduce derechamente al sedevacantismo: porque no se puede sostener que si Roma ha caído en la herejía («Roma está en las tinieblas» [Tissier 575]; «Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía» [Tissier 578]), el Papa siga siendo el Vicario de Cristo. Si hay un Papa envenenado de modernismo, si hay un Papa hereje, entonces es clara la Sede Vacante, pues no es verdadero Papa el que cae en pecado de herejía.

  2. lleva al libre examen: no hay continuidad entre el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II y el actual. Hay enfrentamiento con todos los Papas después del Concilio, con sus discernimientos, con sus mandatos, con sus enseñanzas. Ya no es Roma la que habla, la que decide, la que muestra el camino, sino que es la propia interpretación del individuo lo que prevalece. Y, por eso, muchos católicos ya no saben obedecer a la Jerarquía, no saben ser humildes, no ven la Voluntad de Dios ni en los Obispos, ni en los sacerdotes, ni en las obras apostólicas que se hacen en la Iglesia.

Hay muchos católicos que se paran en Pío XII, y sólo ven la Tradición y el Magisterio anterior al Vaticano II. Se quedaron ahí. Lo demás, ya no sirve: lo interpretan según sus ideas humanas. Se convierten en los nuevos fariseos y saduceos de la Iglesia, que combaten al mismo Cristo, en Pedro y en su Cuerpo Místico. Combaten a los mismos católicos.

Falsos católicos es lo que vemos por todas partes. Y esos falsos católicos no saben discernir a Bergoglio. Lo tienen como un Papa material, no formal.

No existe un Papa material, que es como muchos ven a Bergoglio: está sentado en la Silla de Pedro, se viste como un Papa, obra actos propios de un Papa, pero su herejía le imposibilita ser Papa formal.

Muchos, sin caer en el sedevacantismo, tienen que hacer esta interpretación filosófica del dogma: tienen que dar un rodeo en su mente para no caer en el espíritu cismático del sedevacantismo. Y, por eso, dicen: sí, Bergoglio es Papa, pero material, no formalmente.

Y es un absurdo esta interpretación, que es libre: es una interpretación protestante de la situación de la Iglesia. No se quiere captar la realidad invisible de la Iglesia.

No ven el acto infalible del Papa Benedicto XVI en su renuncia. No disciernen este punto fundamental. No ven a Benedicto XVI como el Papa legítimo, a pesar de su renuncia. Y temen caer en la Sede Vacante.

Siendo el Papa Benedicto XVI el verdadero, es infalible cuando enseña en la Iglesia. Y su acto de renuncia al gobierno de Roma es un acto infalible: está enseñando como Papa; es la obra de su gobierno infalible en el Papado.

Benedicto XVI no falló en lo que le pedía Dios: renunciar. Sí falló en el modo de renunciar. Cometió un pecado, pero su acto de renuncia fue infalible.

En todo Papa hay que ver su infalibilidad y se impecabilidad. El Papa es infalible e impecable como Cabeza Visible de la Iglesia; pero sigue siendo pecador como hombre, que es.

La santidad del Papa, como cabeza visible de la Iglesia, es distinta de la santidad del Papa como hombre, como alma unida a Cristo en la Iglesia.

La Iglesia es en Pedro, en la Santidad ontológica de Pedro como Cabeza Visible. Pedro, como hombre, sigue siendo pecador.

Jesús, que es el Santo de los Santos, elige para Su Iglesia una Cabeza Visible Santa. Por la razón de ser Cabeza, el Papa tiene la gracia de no pecar, ni como Cabeza, ni como hombre.

La Iglesia es Santa, aunque sus miembros sean pecadores. Hay una Santidad ontológica que lleva a una santidad moral en sus miembros y, por tanto, lleva a hacer obras morales santas.

La Iglesia es Santa, no es pecadora. El Papado es Santo, de manera ontológica. Y esta santidad ontológica lleva a efecto la santidad del Papa como hombre. Esta santidad ontológica no es caer en la papolatría, sino dar al Papa, como Cabeza Visible de la Iglesia, lo que es en la Iglesia, lo que Jesús ha puesto en Pedro, en el Papado, en toda la Jerarquía.

Caer en la papolatría o franciscomanía es a un hereje, como Bergoglio, llamarlo santo. Es de un hombre hereje, pecador, cismático, proclamarlo santo, justo, por las obras exteriores humanas que hace.

Benedicto XVI, en su renuncia, hizo dos cosas:

  1. un acto infalible: enseñó que no quería gobernar más la Iglesia. Fue una enseñanza infalible. No se equivocó el Papa en esa obra. Dio la Verdad a la Iglesia;

  2. un pecado como hombre: dio su obediencia al nuevo Papa que los Cardenales iban a elegir. Este pecado, en el Papa, no se puede seguir, no se puede imitar. Es un pecado como hombre, no como Cabeza Visible.

Hay que someterse a la renuncia del Papa legítimo; pero no hay que someterse a su pecado como hombre.

Este discernimiento es muy necesario si se quiere comprender qué significa la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Benedicto XVI se retiró del gobierno de la Iglesia porque así se lo pidió Dios. Pero fue una renuncia forzada por los hombres. No fue una renuncia libre. Y, por eso, el Papa no pudo elegir libremente lo que quería hacer en la Iglesia: no pudo huir de Roma y dedicarse a gobernar la Iglesia desde otra parte. Lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia. Y solo no se va a ninguna parte.

Benedicto XVI no pudo alertar a toda la Iglesia de la situación gravísima en la que estaba: hablar sería morir, ser quitado de en medio, como con todos los Papas anteriores se ha hecho.

Benedicto XVI sólo pudo retirarse al silencio y a la soledad, a un retiro monacal, que es donde permanece. Pero se retiró mal: en obediencia a un impostor.

Este pecado es sólo del Papa como hombre, pero no del Papa como Cabeza Visible de la Iglesia. Es un pecado personal que le condiciona en su retiro, en su soledad. Y, por eso, tiene que estar sometido a Bergoglio, de alguna manera.

Este pecado sólo Dios lo puede juzgar en el Papa. No le toca a la Iglesia juzgarlo. A la Iglesia sólo le toca discernir lo que ve en Roma, para poder seguir siendo Iglesia.

La Iglesia tiene que ver el magisterio infalible de Benedicto XVI en su renuncia: es decir, tiene que retirarse al desierto, tiene que vivir en silencio, en la soledad de todo lo humano. Y la razón: porque así lo enseña el Papa en su renuncia.

Un Papa legítimo siempre enseña en la Iglesia, aunque haya renunciado al gobierno de Ella.

Un Papa legítimo siempre es el que marca el camino de la salvación y de la santificación a toda la Iglesia. Benedicto XVI está enseñando a toda la Iglesia lo que tiene que hacer en estos momentos, está marcando el camino en su soledad, en su retiro monacal. Y los católicos no quieren aprender del Papa a caminar en la Iglesia. Y, por eso, se confunden: están pendientes de un impostor, de uno que no es Papa, de un falsario del Papado. Y no están pendientes de su Papa legítimo, que siempre es Voz de Cristo en la Iglesia. Siempre.

Los católicos verdaderos tienen que retirarse al desierto. No tienen que estar metidos en esta gran división, porque van a perder la fe a manos de los falsos católicos, de esos fariseos que quieren ser tradicionales pero sin 50 años de Papado, de magisterio auténtico de la Iglesia.

Hay muchos católicos que hacen caso de estos falsos católicos, y van perdiendo la fe verdadera. Si la obra de Lefebvre tuvo tanto éxito en su tiempo, la obra de Bergoglio va a tener un éxito enorme.

Sin con Lefebvre, los católicos no hicieron caso de un Papa legítimo, ahora menos van a hacer caso de Benedicto XVI en su retiro, en su renuncia. Ahora es cuando van a ser arrastrados por la corriente herética y cismática, no solo de los lefebvristas y compañía, sino de todo lo que está levantando Bergoglio en Roma.

Son pocos los católicos que han comprendido la retirada del Papa legítimo. Y, por eso, son pocos los que llaman a Bergoglio por su nombre: falso papa en una falsa iglesia.

Los falsos católicos lo llaman papa; y no comulgan con él por su herejía. ¿Cómo es que lo seguís llamando Papa? Han quedado ciegos.

Y los católicos tibios no saben quedarse ni en uno ni en otro: todo es una de cal y otra de arena. Ahora están con Bergoglio, porque ha dicho algo interesante; ahora no están, porque dice tonterías. Son tibios en su fe: no se apoyan en la verdad de un Papa, sino en la mentira de un hombre que no es Papa.

Lefebvre fue excomulgado y murió excomulgado. ¿Por qué lo llaman santo? ¿Por qué lo defienden? ¿Por qué hacen caso de su obra? Es un demonio encarnado, igual que Bergoglio. Es un demonio que ha levantado otra iglesia, que quiere tener todo lo de la Iglesia católica, quitando aquello que les lleva a su cisma.

Bergoglio quiere, dentro de los muros del Vaticano, levantar su propia iglesia y llamarla también católica, pero sin nada de su doctrina. Un catolicismo sólo en el término universal de la palabra, pero no en la sustancia de su contenido: no son católicos para una verdad, sino para un sistema global, universal, externo, donde entran todo y todos los hombres.

Bergoglio y Lefebvre son la causa de la apostasía de la fe: uno, por su clara herejía, desde siempre, en la Iglesia: es un lobo que lleva almas al infierno, con su palabrería inútil y estúpida; y el otro, es un fariseo de la tradición de la Iglesia: quiere limpiar el plato por fuera, pero su corazón está lleno de odio hacia el Papado, que es el que da la unidad en la Iglesia.

La Iglesia no está ni en Bergoglio ni en Lefebvre; no está en la FSSPX. La Iglesia sigue estando en su Papa legítimo, Benedicto XVI. Está ahora en Sede Vacante en cuanto al gobierno, pero no en cuanto al Primado de Jurisdicción: nadie gobierna la Iglesia. Sólo Cristo la rige sin la Jerarquía. Este punto, no lo saben discernir toda esa gente. Cuando muera, Benedicto XVI, es el tiempo de la destrucción de la Iglesia. Destrucción en cuanto a lo material, no a lo espiritual. Destrucción que ya se observa en muchas partes. Será el tiempo de la persecución de los verdaderos católicos: los bergoglianos y los lefebvristas perseguirán a la verdadera Iglesia, porque ellos se unirán en el odio a la verdad, para implantar su mentira.

Bergoglio representa el poder romano; los lefebvristas, el poder farisaico. Y, como en el tiempo de Jesús, se unirán para dar muerte al Cuerpo Místico de la Iglesia.

El cisma se hará público cuando anulen la Eucaristía

falsoamor

«Tampoco los sacerdotes se preguntaron: ¿Dónde está Yavhé? Siendo ellos los maestros de la Ley, Me desconocieron, y los que eran pastores Me hicieron infieles. También los profetas se hicieron profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).

Hoy día la Iglesia ha caído en un abismo de fe: ha perdido el sentido común. Ya no razona con la mente, sino con el sentimiento, con la falsa ilusión de que trabajando para las cosas del mundo, Dios está contento.

La falsa caridad es la pérdida del sentido común. Se busca un amor sin la Ley Eterna; es decir un amor sin el Amor Divino.

Dios es Amor; es decir, Dios es Ley: «Del Señor vienen la sabiduría, la ciencia y el conocimiento de la Ley; el amor y los caminos del bien obrar vienen de Él» (Ecle 11,15)

Esto es lo que hoy niega la misma Iglesia, los mismos sacerdotes, sus Obispos y hasta ese hombre, Bergoglio, que tiene el atrevimiento de seguir sentado en el Trono que no le corresponde: los caminos del bien proceden del Señor, no del hombre. No es necesario busvar un bien humano para ser Iglesia en el mundo. No hacen faltas las obras de una Jerarquía comunista para dar de comer a los pobres. Porque «es fácil cosa al Señor enriquecer al pobre en un instante» (v. 23). Dios mira la humildad de los corazones para hacer cosas grandes entre los hombres. Dios no mira las obras de los hombres

Bergoglio busca los caminos del mundo para llenar estómagos de la gente y se olvida de buscar el Reino de Dios. Y esto es el fruto de toda su vida, porque los que en el pecado viven, en él envejecen: «El error y las tinieblas son obras de los pecadores; los que en el mal se complacen, en el mal envejecen» (v. 16)

¡Qué sinvergüenza es este hombre que no tiene arrepentimiento de sus pecados! ¡No ha sabido ver el gran pecado que ha cometido en el Sínodo! ¡No sabe apreciar su gran pecado en la Iglesia! ¡No sabe lo que es la humildad de corazón! Y sigue con su sonrisa en la Iglesia, como si eso bastara para olvidar lo que ha hecho.

No se puede amar a Dios sin Ley; no se puede amar al prójimo sin Ley.

La Fe es Amor; la Fe no es un pensamiento o sentimiento del hombre. El que cree obra lo divino en lo humano. Y ¿quién puede obrar lo divino? Sólo el que se deja guiar por el Espíritu Divino.

Y el Espíritu Santo no es un soplo o un hálito o un sentimiento o una idea o una obra en común. El Espíritu no es una armonía, una comunidad de hombres.

El Espíritu Santo es una Persona Divina. Esto es lo que hoy se niega, al buscar un amor para el hombre, un amor que guste al hombre, un amor que ponga contento al hombre, un amor que obre cosas importantes para el hombre: un amor armónico, universal, global, que una a todos en la gran mentira de sus mentes humanas.

A Dios no le interesa el hombre: «¿Quién podrá sacar pureza de lo impuro? Nadie (…) El hombre, en muriendo, se acabó. En expirando, ¿qué es de él?» (Job 12, 4.10). «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, o el hijo del hombre para que Tú cuides de él?» (Sal 8, 5)

¡Qué difícil de comprender es este punto para muchos modernistas! ¡Muy difícil! Porque quieren amar con su pensamiento, con sus afectos, con sus deseos, con sus obras humanas, con su estilo de vida humana.

Si el hombre no ama con el Amor Divino, el hombre sólo obra su estilo de amor, su idea de lo que es el amor, su sentimiento de amor, su cultura de hombre: un sentimiento humano, roto, falaz, débil, insulso, que no vale para nada.

A Dios le interesa un corazón humilde. Si no ve eso en un hombre, por más que sea Papa, Obispo, Cardenal, sacerdote, fiel, no hace caso de las palabras ni de las obras de ese hombre.

Por eso, a Dios le trae sin cuidado quién es Bergoglio para los hombres. No le interesa este hombre. No le interesa lo que dice la masa de Bergoglio. Ni lo escucha, porque es un degenerado del amor, un hombre sin sentido común, un hombre que gusta al mundo, pero que cae mal a todo el mundo.

Al mundo le gustan los hombres así, como Bergoglio: hombres de entretenimiento, de farándula, que dice tantas tonterías todos los días, que eso es negocio para el mundo. ¡Gran negocio hay en el Vaticano con las herejías diarias de Bergoglio! ¡Un gran negocio! ¡Mucho dinero y mucha política! El mundo es de lo que vive: dinero e ideas que muevan el dinero.

Para eso, el mundo escoge su gente de poder, que sabe mover estas dos cosas: la economía y la idea humana.

El pecado de orgullo está por encima del pecado de avaricia y del pecado de soberbia. Es el que guía estos dos pecados. Un orgulloso tiene dos cordeles, ata con dos cuerdas: ofrece dinero a cambio de una idea. Me das tu mente, te sometes a mi idea, y te doy dinero, te doy para vivir.

Así es como funciona el mundo en todas partes. Y, para eso, ponen sus reglas, sus leyes, que son propias de los orgullosos. Ellos hablan de libertad, pero someten a sus mentes humanas a todos los hombres, las esclavizan a su idea orgullosa.

Esto es lo que hace Bergoglio: su pecado de orgullo le ha hecho renovar todo en lo económico en el Vaticano. Se ha metido en las finanzas y ha puesto sus leyes. Y con esas leyes, somete a toda la Jerarquía a su idea maquiavélica.

¿Quieres comer y tener trabajo en la Iglesia? Predica del comunismo; predica de la fraternidad; predica del diálogo. Coge mi evangelium gaudium y haz propaganda de mi herejía por todo el mundo.

¿Qué no quieres hacer eso? Adiós; ahí te quedas, en la calle. Vive como puedas.

Esta es la caridad de Bergoglio: si no te sometes a su mente humana, se acaba todo en la Iglesia. No sirves. Si le criticas, si le juzgas, no sirves. Y, por eso, la Jerarquía tiene que callar. Está obligada a callarse si quiere seguir comiendo.

Esta es la única realidad. Así vive la Iglesia por dentro, con esta falsa caridad, con esta falsa fraternidad, con esta falsa justicia. Y esto no se cuenta al exterior. Nadie lo da a conocer, porque hay que pintar una Iglesia, una Jerarquía modelo, santa, justa, inmaculada, caritativa con todo el mundo.

Y la misma Jerarquía es la que falla en la caridad entre sus mismos miembros: sus mismos sacerdotes, que predican cosas tan bonitas sobre el amor al prójimo, son entre ellos dinamita pura, odia puro.

Bergoglio gusta a todo el mundo, porque es negocio seguro; pero cae mal a todo el mundo, porque hay que someterse a ese negocio. Y si no te sometes, te apartan del negocio, no tienes parte en el pastel.

Hoy todos quieren un amor bonito, sensible, que llegue a todo el mundo y que no importe las consecuencias de ese amor. No interesa que el alma se salve o se condene, sino que el estómago tenga para comer. Eso es lo que le interesa a la Jerarquía.

Veo la herejía de Bergoglio, pero quiero seguir llenando mi estómago. Entonces, hago como Burke: vamos a buscar una presentación cuidada a los fieles para explicarles la herejía de Bergoglio, y así la puedan obrar en toda la Iglesia.

Hay que cuidar la imagen de Bergoglio: hay que respetar su humanidad, su mente humana, sus escritos, sus obras en el gobierno de la Iglesia. Se está esforzando tanto ese hombre por expresar el amor hacia los hombres, que hay que ayudarlo, hay que justificar sus grandísimas herejías, porque quiero seguir comiendo… Tengo que velar, antes por mi vida, que por la vida espiritual de las almas.

Así está toda la Jerarquía. TODA. No hay ni uno que se salve. NI UNO. Los que se salvan ya no están en este juego de dinero y de poder; han salido de ese maldito juego que tiene toda la Jerarquía en su estructura interna.

Hay que salir de Roma, del Vaticano, de las parroquias porque ya no sirven para ser Iglesia. Ya no son la Iglesia Católica. Son la Iglesia modernista.

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Ha comenzado el cisma en la Iglesia, pero de manera silenciosa. Todos callan ese cisma y, por eso, hablan de muchas cosas, menos de lo que se obra en lo oculto.

Ocurrirá un gran cisma en el interior de la Iglesia. Y toda la Iglesia quedará dividida en dos bandos:

  1. la iglesia modernista, que es dirigida por el antipapa o falso profeta del Apocalipsis;
  2. la Iglesia remanente, que es la Iglesia en Pedro, que es la que defiende la tradición y el auténtico Magisterio de la Iglesia. Una Iglesia que pasará a ser clandestina y perseguida.

Bergoglio no es el falso profeta del Apocalipsis: es sólo el turbante del demonio. El que lleva la gorra y la hace pasar por todas partes para recoger dinero para sus malditos pobres. Esto es sólo Bergoglio: una prostituta del diablo. Fornica, con su mente humana, con las ideas del demonio. Bergoglio se ha prostituido con la mente de Satanás. Y, por eso, engendra hijos para el demonio: hijos espirituales, que tienen el sello del corazón de Bergoglio: un corazón cerrado al Amor Divino y, por tanto, abierto al Odio demoníaco.

Bergoglio es sólo odio; pero un odio sentimental. Un odio que llora por lo humano, pero que es incapaz de obrar la mentira. Para eso, tiene que matar a los hombres, tiene que enfrentarse a ellos. Y eso no lo sabe hacer Bergoglio. Sólo da besos a todo el mundo, como un viejo que es, que está necesitado de un abrazo, de un afecto, de una acogida, de una sonrisa, de una compañía humana. Bergoglio no sabe hacer daño a la gente y, por eso, Bergoglio no sabe destruir el dogma: tiene que quitarse la careta y mostrarse como es. Y eso nunca lo ha hecho. Siempre ha mostrado doble cara, doble juego. Es su estilo de vida: su falsa espiritualidad concebida en su mente humana. Y ya es viejo, y los viejos no cambian de manera de pensar. Bergoglio es un viejo que le queda poco tiempo de vida.

El cisma permanece oculto, pero se puede ver sus obras en algunos miembros de la Jerarquía.

En Bergoglio es claro el cisma, al poner su gobierno horizontal. Entre los miembros de ese gobierno horizontal es clarísimo el cisma: están trabajando para el cismático Bergoglio. Y hacen muchas obras en lo oculto, que no se dan a conocer. Pero que se conocerán, poco a poco, según sean los tiempos de su maldad en el Vaticano.

Este cisma en lo oculto produce ya persecuciones veladas, expulsiones de gente que no sigue a Bergoglio. Gente en la Jerarquía (pocos) y gente entre los fieles (muchos).

Los que más se oponen a Bergoglio es la gente de la calle: los católicos fervorosos, que también son pocos. Hay muchos que siguen dudando: esos no son fervorosos, sino tibios en su fe.

Hay otros que se oponen, pero no sólo a Bergoglio, sino a todos los otros Papas: estos no son católicos; sólo de nombre. Éstos también pertenecen a la iglesia modernista. Quieren seguir en Roma, pero no de esta manera, sino de otra. Tampoco entienden que hay que salir de Roma. No lo captan.

La Iglesia remanente es aquella que vive la fe auténtica, sin meter la razón humana. Por eso, son pocos los que saben defender la pureza de la Fe. Son pocos, en la actualidad, los que saben defender a cada Papa en la Iglesia. Son muy pocos.

Son muchos los que defienden la Tradición, pero llegan a Juan XXIII y ahí se acabó todo. No son católicos: son degenerados en su fe.

Bergoglio es abominación en su fe; pero éstos son degenerados en la fe. Defienden su iglesia, su idea de la iglesia, y se han convertido en los nuevos fariseos, legistas, saduceos. Son peores que Bergoglio.

Bergoglio ha iniciado una abominación dentro de la misma Iglesia: su iglesia. Pero la ha iniciado porque es un hombre sin fe: carece, en su pensamiento humano, de la verdad; y vive según su idea humana. No puede vivir del don de la fe. Es una abominación lo que obra en el Vaticano. Y por esta abominación, lleva muchas almas al infierno. Muchísimas.

Pero toda esta gentuza que niega a los Papas anteriores, y que no son capaces de ver en ellos a Cristo, que los ha elegido para guiar Su Iglesia, tiene mayor pecado. Porque permaneciendo en la Verdad de la Iglesia, acatando los dogmas, la tradición, el magisterio de la Iglesia –cosa que no puede hacer Bergoglio- se atreven a juzgar a muchos Papas legítimos, y lo publican en todas partes como algo verdadero. Y ellos se llaman defensores de la verdad, defensores de la fe, defensores de la Iglesia. Esto es la degeneración de la mente del hombre. Son degenerados en la fe. Bergoglio es pervertido en la fe.

Ni uno ni otro se pueden salvar: unos por su pecado de soberbia; el otro, por su pecado de orgullo.

En unos, la soberbia les ciega totalmente: sus mentes quedan ciegas para la Verdad. Ya no pueden creer a la Verdad. Sólo creen en sus mentes. Y sus mentes se pararon, juzgaron a todos los Papas. Desde ese momento, comenzó la degeneración de la mente y, por tanto, su fe se fue apagando. Para ellos la Verdad acabó con Pío XII. Después, no hay Verdad. Después, es un mantener esa Verdad, pero atacando todo lo demás. Ellos llevan cincuenta años en esa degeneración. Tienen mayor pecado que Bergoglio.

No pudieron seguir al Espíritu de la Verdad, que los hubiera llevado a comprender estos cincuenta años. Ellos se han dicho a sí mismos: después de Pío XII no hay más verdad que comprender en la Iglesia. Todo es una mentira, un engaño en cada Papa. Sus mentes ya no funcionan para adquirir la verdad. Se han degenerado en la mentira que han aceptado. Y, en esa mentira, han ido creciendo y han anulado cincuenta años de verdad. ¡Un gran pecado! Y es pecado contra el Espíritu Santo. Y si se anula la Verdad no pueden comprender el juego del demonio durante este tiempo: caen en el mismo infierno. Son lazos para llevar a otros al infierno, defendiendo la verdad que ellos tienen en sus cabezas, que son sus grandes mentiras.

Bergoglio ha comenzado a levantar su imperio de pecado, de abominación en Roma. Es un gran pecado, pero todavía no ha llegado a su cumbre. La cumbre estará con el Anticristo. Todavía no alcanza el pecado de degeneración de toda esta gentuza. Lo alcanzará y lo sobrepasará, por la perfección de su pecado.

Hay un gran cisma en la Iglesia. Pero no es de ahora. Esto lleva, encubierto, muchos años. Y ahora Bergoglio toma su ventaja en lo oculto. Su gran ventaja.

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Nadie en la Iglesia se pregunta: ¿Dónde está Dios? Todos en la Iglesia creyeron que Dios estaba con Su Iglesia, con sus sacerdotes, con sus fieles. Que en cada uno de ellos, en sus obras, en sus apostolados, estaba la bendición de Dios.

Dios no está en la mente del hombre, ni en sus vidas, ni en sus obras. Dios sólo está en un corazón humilde. A Dios se le halla en la humildad de corazón. Dios está ahí: en un hombre que abaja su mente humana y acepta la Mente de Dios.

¿Dónde está Dios? No en la falsa humildad de Bergoglio, ni en su falsa pobreza, ni en sus palabras huecas.

Dios no está en el Vaticano ni en la Jerarquía que se somete a un hereje manifiesto.

Dios no está en los pobres que alimenta el Vaticano; ni está en los ricos que apoyan el Vaticano.

Dios no está en los fieles que, como masa, siguen las enseñanzas de un cismático de la verdad.

Dios no está en la falsa iglesia que es gobernada por un falso papa. Bergoglio no es el falso profeta, sino un falsario, un impostor, un degenerado, una abominación en Roma.

Bergoglio se cree santo: «Le dije al Papa que lo pueden matar y me dijo que era lo mejor que le podía pasar» (ver texto). Si te matan, con tu pecado de herejía, con tu pecado de cisma y con tu pecado de apostasía, ¿crees que te vas a salvar?

Lo mejor que te puede pasar es ¿irte al infierno? Bergoglio es abominación en la fe. Ha perdido la razón, el sentido común. Vive una falsa espiritualidad; vive un falso misticismo. Vive la propaganda de su pecado. Todo esto es publicidad para él, su gran negocio en el Vaticano.

Después de desbastar a la Iglesia durante más de año y medio, después de ver con sus ojos la gran división que ha creado en toda la Iglesia, después de estar mintiendo a todos los hombres, cada día, y sin caérsele la cara de vergüenza, por tantas estupideces que han salido de esa boca, ahora tiene el atrevimiento de declararse santo, justo, ante lo demás: no tiene miedo de morir, porque es un mártir de su falsa doctrina, de su falso cristo, de su falsa iglesia, de su bazofia en el Vaticano.

Un hombre humilde callaría y se pondría en profunda oración para resolver, ante Dios, lo que tiene que hacer en esa situación. Pero un hombre soberbio y orgulloso, se declara santo y dice que es la Voluntad de Dios morir: es lo mejor que le puede pasar.

¡Qué absurda es la mente de este hombre! ¡Qué necio! ¡Qué cosa más estúpida hay sentada en la Silla de Pedro!

Los sacerdotes, expertos en la Ley del Señor, ya no la conocen, ya no la siguen, ya no la enseñan. Quieren enseñar su falso amor a todo el mundo: dame dinero para dar de comer a mis malditos pobres, a mis almas condenadas.

Muchos sacerdotes siguen la doctrina comunista de la Evangelium gaudium, sólo para complacer a Bergoglio. Saben que es teología de la liberación, pero quieren comer, quieren tener sus estómagos llenos en la Iglesia. Son bastardos de Cristo, no son otros Cristo. No dan testimonio de la Mente de Cristo, están dando testimonio de la mente de un degenerado y de una abominación en la Iglesia.

¿Quién conoce la Ley del Señor en la Iglesia? Nadie. Todos siguen la ley de la gradualidad. Es lo que discutieron en el Sínodo. Ése fue el acercamiento del hombre a su mente humana. Los sacerdotes de la Iglesia desconocen la ley del Señor. Y los pastores de almas se han vuelto infieles a la Gracia que han recibido en el Sacramento del Orden: ya no viven para salvar almas, viven para alimentar cuerpos. Viven para enseñar una doctrina de demonios. Viven para dar publicidad a una fábula que se ha inventado un maldito, Bergoglio, en la Iglesia. Para eso viven: para alabar a Bergoglio, para dar gloria a Bergoglio, para justificar su gran pecado, que es triple en la Iglesia.

Ninguno, entre la Jerarquía, se acuerda de los intereses de Cristo. Ninguno llora por los pecados de las almas del Rebaño, a ellos encomendado; sino que lloran por sus estúpidas vidas humanas.

Pobres hombres que no tienen trabajo en su juventud, que están solos en su ancianidad; cuánta gente se muere de hambre porque unos ricos se apoderan del dinero; cuánta gente se ha creído dios y maltrata la creación. Que poca fraternidad hay entre los hombres; qué poco diálogo entre ellos. Hay muchos que se quedan en la verdad, pero que no aman a los hombres: no tienen la caridad de estar con el otro, de estar en sus problemas, en sus situaciones tan humanas, tan de todos…

Todo el mundo llorando las estúpidas vidas de sus semejantes. Y nadie llora por sus pecados. Nadie llora por los pecados que ve en el semejante. Nadie expía lo pecados de sus semejantes. Nadie hace nada por salvar su alma ni las de sus semejantes.

Pero, ¡que iglesia de degenerados están construyendo en Roma! La levanta la misma Jerarquía. Ellos son los constructores de la iglesia del Anticristo. Ellos mismos: la Jerarquía que dice con sus grandes bocas pertenecer a la Iglesia Católica.

¡Qué gran maldad hay en Roma!

Los profetas de Dios se han hecho profetas del Anticristo: ahí tienen a una Luz de María: sus últimos escritos huelen a puro demonio. Y muchos no acaban de discernirlo. Es que ya no son católicos. Es que «el pueblo se ha ido tras de los que nada valen». Ya no hay conocimiento de Dios.

El cisma se hará público cuando se quite el Sacrifico Perpetuo. Entonces, el Señor se retirará de las parroquias modernistas y allí sólo estará un nido de demonios.

Todas las parroquias y santuarios de la Iglesia Católica serán habitadas por demonios: «pues el Eterno mandará sobre Ella el fuego por largos días y, por mucho tiempo, será habitación de demonios» (Bar 4, 35).

A Roma le quedan pocos días: la Sede de Pedro se trasladará a Jerusalén, que es donde la quiere el Anticristo para gobernar a todo el mundo, mientras en Roma está la destrucción: «El atrio exterior del Templo déjalo fuera y no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones, que hollarán la Ciudad Santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2).

El Anticristo y el gobierno mundial, una vez fortalecidos, dejarán de lado la iglesia modernista, para lanzarse a su plan de dominio global: «Los diez cuernos que ves, igual que la Bestia, aborrecerán a la Ramera, y la dejarán desolada y desnuda, y comerán sus carnes y la quemarán a fuego» (Ap 17, 16).

Esa iglesia que está levantando Bergoglio, una iglesia ecuménica, en la que vale todo; no tendrán ningún valor para el Anticristo. Porque el Anticristo de nuestros días es para ser un dios de lo material, de lo humano, de lo natural. Y, por eso, se centra en lo humano. Le trae sin cuidado lo religioso, la Iglesia.

Lo que se está levantando es para destruirlo. Y nada más. El Anticristo se dedicará a lo suyo: «Porque Dios puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio y dar a la Bestia la soberanía sobre ellos, hasta que se cumplan las palabras de Dios» (v. 17).

La misión del Anticristo: gobernar el mundo entero; no la Iglesia. Por eso, tiene su falso Profeta, su falso Papa. Tiene que reunir en una iglesia a la gente que no es del mundo, a la gente de todas las religiones que adora a Dios: tiene que hacer un falso ecumenismo. Y una vez obrado, destruirlo, porque no le sirve para nada. Son sólo comunidad de mentes humanas, de ideas humanas que no le llevan a lo que él quiere: ser un dios para el hombre.

Es el tiempo de obedecer a Dios antes que a los hombres. Dios es Dios para Sí Mismo, no para el hombre. Hay que buscar a Dios por ser Dios. Hay que amar a Dios por ser Dios. Hay que someterse a Dios por ser Dios. No busques en Dios sus dones para no caer en la idolatría que vive toda la Iglesia. Busca a Dios por ser Dios, aunque te deje sin nada, desnudo, como viniste al mundo. Y, entonces, encontrarás a Dios dentro de tu corazón. De otra manera, sólo seguirás el lenguaje de los hombres sobre Dios, y así adorarás al dios del hombre: el Anticristo.

Bergoglio: semejante a un sepulcro blanqueado

modernismo

«(…) hoy, Roma, tu alma se ha vuelto el reflejo de la Bestia» (Vassula, 1/12/1994, “Hoy, Roma, tu alma se ha vuelto el reflejo de la Bestia”).

El reflejo de la Bestia es el rostro de la masonería.

Cuando la masonería alcanza el poder en la Iglesia, es que alcanzó antes a la casi totalidad de sus miembros. Y eso significa que ya la Iglesia no es católica, sino una camada masónica.

La masonería vive entre los miembros sin frenos religiosos que han hecho de su fe un falso ecumenismo, una apertura sin condiciones, absoluta, a cualquier credo, culto, rito religioso; ella misma se nutre de los renegados, ateos, disidentes, estafadores, malcasados, libertinos, y todos los católicos pervertidos y tarados de la Iglesia, que la convierten en una canallería suelta.

La masonería es un producto liberal que existe con toda actividad del hombre, que quiere abarcar todas las mentes de todos los hombres, que quiere aunar -en ella- todas las obras y todas las vidas de los hombres.

No se puede ya ser sacerdote, ni Obispo, ni Cardenal, ni Papa, sin ser antes masón, si no se pertenece, de hecho o de pensamiento, a la organización masónica.

En Roma, se piensa como piensa el demonio: en el lenguaje de la mentira; en Roma, se obra como lo hace el demonio: en el pecado. En Roma se negocia como lo hace la masonería: en lo oculto de las miradas de los hombres. En Roma se gobierna con el báculo de la masonería.

No hay sabiduría divina en Roma y, por eso: «contra ti enviaré a la más bárbara de las naciones para que te sitie». Roma, ¿quieres comunismo? Tendrás comunismo. Sitiada serás por Rusia y, en la maldad, serás destruida: «Yo haré bajar a tu desierto un fuego de furor, con una nube que cubrirá tus ciudades. Así, tu época de oscuridad llegará a su fin…».

Oscuridad vive Roma desde hace más de 50 años. Oscuridad que tiene tres efectos: pecado de herejía, pecado de apostasía de la fe y pecado de cisma.

La oscuridad es la ceguera de la mente: el entendimiento humano no es capaz de ver las realidades divinas. Sólo está pendiente de lo humano. Y, por tanto, vive sin fe divina, obra sin amor divino, espera sin Dios.

Roma sólo espera en las palabras y en las obras de los hombres: ha dejado de esperar en Dios.

El Papa Benedicto XVI frenaba el cisma en la Iglesia: «aquel que frena esta Rebelión en Mi Casa»; y así Dios no destruía con Su Justicia las obras de los hombres sin fe: «Yo Me niego a destruirlos a todos; pero ¡pobre de las manos manchadas de sangre!». Una vez apartado, el camino está abierto para todo mal en toda la Iglesia. ¡Abierto! El tiempo de la Justicia ha llegado a toda la Iglesia, porque se ha vuelto herética: Roma anula las verdades reveladas, para enseñar las mentiras, que salen de las bocas de mucha gente que ya no es católica.

No eres católico porque lo digas con tu boquita, o porque reces el Rosario o comulgues y te confieses todos los días.

Eres católico porque obedeces la Verdad –y sólo la Verdad- ; ésa que nadie quiere obedecer, porque no gusta al entendimiento de los hombres.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia se fabrica sus fábulas. Y hay que llamarlas fábulas: cuentos para no dormir. Cuentos para entretener a la masa de gente, que se dice a sí misma católica, pero que ya no es católica. Y, con esas fábulas, se llena diariamente las webs de mucha gente que se dice católica.

La implantación de la masonería en el gobierno de la Iglesia coincide con su decadencia. El Papado ha sido anulado en Bergoglio. Y de una manera absoluta al poner su gobierno horizontal, que es el sello de la decadencia del Papado. Un hombre que no gobierna, sino que deja a los demás decidir, opinar, obrar desde el gobierno.

La Iglesia está sin timón: «Hay una fuerte sensación de que la Iglesia está como una nave sin timón» (Raymond Leo Burke – ver texto). Un Cardenal ciego para la Verdad, que ha perdido el sentido común en el gobierno de la Iglesia: «Tengo todo el respeto al ministerio petrino y no quiero que parezca que soy una voz contraria al Papa». Si como Cardenal de la Iglesia Católica, obedece a un hereje, automáticamente, se hace hereje.

«El que, por obediencia, se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión debida a Él» (San Bernardo).

Si el Cardenal Burke no quiere ser una voz contraria a Bergoglio, entonces es una voz que se adhiere a la rebelión contra Dios que predica Bergoglio.

El respeto al ministerio petrino no es el respeto a Bergoglio como hombre. Es el respeto a la verdad que un Papa verdadero, legítimo, proclama en la Iglesia. Bergoglio no respeta el ministerio petrino, porque no es Papa; luego, no hay que caer en la falsa obediencia y en el falso respeto a uno que sólo lo llaman Papa sin serlo.

«El hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás de Aquino – Parte II-II-q5-a3).

En la Iglesia, la gente vive de sus opiniones, pero no obedece la Verdad: no quiere ni lo desea. La verdad se ha vuelto extraña para muchos católicos. La verdad del ministerio petrino se ha vuelto extraña para este Cardenal, que dice una verdad: no hay timón en la Iglesia; pero que obra obedeciendo al que tiene el timón en Ella: ¡esto sí que es extraño! ¡Esto sí que es un absurdo!

Y, sin embargo, esto es lo que observamos en toda la Jerarquía de la Iglesia: vive este absurdo.

Bergoglio ha negado muchos artículos de fe, muchos dogmas: «Jesús no es un Espíritu, sino una persona humana»; «No creo en un Dios católico»; «Dios no existe»; «Dios no puede hacer todas las cosas»; «el pecado no es una mancha en el alma»; «El Espíritu Santo une en la diversidad»; etc…

Bergoglio es un hombre que niega la Verdad: es un hereje;

Bergoglio es un hombre que vive sin fe, vive negando la verdad, vive en su herejía, en su idea humana de la verdad: es un apóstata de la fe;

Bergoglio es un hombre que obra en contra del Espíritu Santo en la Iglesia, obra la mentira: es un blasfemo contra el Espíritu Santo;

Bergoglio es un hombre que se ha apartado de la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo: es un cismático.

¿Por qué siguen a Bergoglio?

¿Por qué lo llaman Papa?

¿Por qué le siguen dando obediencia?

¿Por qué siguen dudando de Bergoglio?

¿Por qué no lo atacan, no se oponen a él?

¿Por qué no quieren ser voces contrarias al falso Papa?

¿Por qué?

Porque ustedes no son católicos. Ustedes son rebeldes a la Verdad, porque se someten a un hombre cuya mente la domina el demonio. Un hombre que no ha dado su asentimiento a la verdad Revelada. Un hombre sin fe, rebelde a Dios, que vive su vida deambulando por la Iglesia con su orgullo: «reza por mí; la derecha eclesial me está despellejando. Me acusan de desacralizar el papado». (Obispo anónimo).

Esta es la soberbia pura: un hombre que no ve su pecado en la Iglesia y que acusa a los demás de los problemas de la Iglesia. Son ellos, la derecha eclesial; ellos, los políticos que no quieren la ideología masónica, ellos son los que me acusan.

Un hombre humilde calla la boca y deja que Dios salga en su defensa. Un arrogante, un orgulloso, un soberbio, como Bergoglio, él mismo se defiende: está defendiendo sus intereses en la Iglesia; lo suyo, lo que ha trabajado –durante muchos años- para conquistarlo. Y, ahora, le duele dejarlo. ¡Porque se le obliga a dejarlo!

No es que Bergoglio haya desacralizado el Papado, sino que lo ha anulado.

Y, por eso, quien tenga a Bergoglio como Papa es un rebelde a Dios.

«Quien en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios en cuanto que es la soberana verdad y el motivo propio de la fe» (León XIII – Satis Cognitum)

Para un católico es clara la FE: asentir a la Verdad Divina: someter el entendimiento humano a lo que Dios revela, a lo que la Iglesia, durante años, ha enseñado como Revelación de Dios.

El objeto de la fe es la verdad divina: verdad inmutable en sí misma, que nadie puede cambiar con su grandioso entendimiento humano. El dogma no se desarrolla, sino que se cree sin más. Y el que cree puede penetrar los misterios de Dios sin su cabeza humana.

Por tanto, quien asiente a la Verdad, rechaza la mentira. Tiene que rechazar, de manera absoluta, a cualquier hombre que anule la Verdad, que viva en la Iglesia obrando su mentira.

Hay que poner a un lado a Bergoglio porque ha abdicado de toda la fe. Y eso significa poner a un lado a mucha gente: Jerarquía y fieles que siguen a un hereje. Si quieres salvarte tienes que ir en contra de Bergoglio y de todo su clan en la Iglesia. Es la única manera de mantenerse en la fe católica.

«Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre» (Símbolo de San Atanasio, D 75).

Oponerse a Bergoglio significa un escándalo: «Más vale causar escándalo que esconder la verdad» (San Gregorio Magno). Muchos esconden la verdad de lo que es Bergoglio para escandalizar a todo el Rebaño, enseñando una doctrina que no se puede seguir. Otros se escandalizan porque se critica y se juzga a Bergoglio. Y otros esconden la verdad: Bergoglio no es Papa, porque no quieren perder el plato de lentejas todos los días en sus vidas. Son pocos los que causan escándalo: no sigas a Bergoglio, no es Papa. ¿Quién oye esto de la Jerarquía de la Iglesia? Nadie; porque ninguno de ellos se atreve a causar este escándalo.

Poner a un lado a Bergoglio significa llamarlo hipócrita, sabandija, demonio: te vistes de Papa y no obras como Papa. Hipócrita. No tienes ni puedes tener el Espíritu de Pedro.

«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, pues son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!» (Mt 23, 26).

¿Por qué no llaman a Bergoglio como un sepulcro blanqueado, como lo hace Jesús de los hipócritas, y continúan dorándole la píldora (de su mente humana) a un hombre que es un demonio, que posee una mente demoníaca?

Porque ustedes no son católicos.

Ustedes lloran por su humanismo como lo hace el mismo Bergoglio: «es que la derecha eclesial me está despellejando». ¡Qué bueno que Bergoglio se lamente de su triste vida en la Iglesia. ¡Qué alegría! Es señal de que lo están dejando solo, como han hecho con todos los Papas anteriores. Pero ahora lo dejan solo porque es un inútil para todo.

La Jerarquía de la Iglesia está hecha así: se sabe la teología, hablan de cosas de Dios, hacen muchas obras apostólicas humanas y acaban juzgándolo todo.

Se sabe la Verdad, pero juzga con la mentira: no juzga con el Espíritu de la Verdad, sino con su espíritu mundano, humano, materialista, natural, carnal, sentimental, el cual se ufana de conocer la verdad.

Así se enseña a un sacerdote, a un Obispo, a un Cardenal: conoce con tu mente humana y juzga todo y a todos. Tienes poder para ello. Y no pueden salir de este esquema mental. No son capaces de dejar su gran sabiduría humana, sus recursos teológicos, filosóficos, doctrinales, lingüísticos, para dejar paso al Espíritu de Cristo en ellos. Esto no se les enseña. Están cerrados a la obra del Espíritu en la Iglesia. Por tanto, están abiertos a la obra de los hombres en Ella. Así salen del seminario, y así se quedan toda su inútil vida de sacerdotes.

Mucha Jerarquía sólo se dedica en su vida de sacerdotes a medir las obras del Espíritu, la manifestación del Espíritu en las almas, con sus cabezas humanas. Ni saben lo que significa discernir en el Espíritu. Esto es chino para mucha Jerarquía. Se creen que porque han recibido el Sacramento del Orden ya se lo conocen todo en la Iglesia, ya lo pueden todo en la Iglesia.

Ellos representan a Cristo, pero la gente, las almas, el Pueblo de Dios no logra ver en ellos a Cristo. Sólo ven sus grandiosas mentes humanas, sus maravillosas ideas humanas, con las cuales se lo saben todo y lo juzgan todo.

Esta gente que se cree sabia porque pone a Cristo en el Altar; esta gente que se muestra perfecta ante el mundo para decirse a sí misma: qué bien lo hago; son gente que vive para sí misma; que simula vivir para los demás; que exterioriza un amor al prójimo falso, lleno de palabritas sentimentales, bellas, bonitas, grandiosas, para obrar el vacío de su verdad, que es la mentira que viven; gente muy ocupada en sus cosas humanas, que las valoran por encima de las cosas divinas, pero totalmente desocupadas de la Voluntad de Dios en la Iglesia. Llaman voluntad divina a lo que encuentran con sus mentes hipócritas y llenas de fariseísmo.

Esta gente cubre sus pecados con sus hábitos costosos; son maestros en estampar sobre sus rostros una sonrisa engañosa e irónica.

Gente que habla de Dios y son sólo palabras huecas, que se las lleva el viento; gente que va a la Iglesia para celebrar una misa y es sólo su gran obra de teatro cada día; gente que se reviste de humildad, de pobreza, de respeto al ser humano, pero que después son una clara demagogia entre los hombres: quieren ser justos con todos, quieren amar la justicia y la paz, y son sólo constructores de la guerra, iniciadores de cualquier mal en el mundo.

Bergoglio es esta gente: es un sepulcro blanqueado.

Kasper, Muller, Pell…y todos esos herejes son esta gente: son sepulcros blanqueados.

Mucha gente habla sobre lo que ha pasado en el Sínodo y no ven el juego sucio de toda esa Jerarquía herética y cismática. Un Muller es hereje: ¿por qué lo ponen como si hubiera hecho algo por la Iglesia en el Sínodo? ¿Por qué lo elogian? No ha hecho nada por la Iglesia, sino por sus intereses personales.

En la Iglesia hay pecadores, pero no herejes. El que cae en la herejía: el que niega un solo dogma de fe no pertenece a la Iglesia. No hace falta negar todos los dogmas. Uno sólo hace a la persona hereje, lo saca de la Iglesia. Y lo que obra es para él mismo, no para la Iglesia.

El Cardenal Pell niega el pecado original, ¿por qué lo quieren destacar en el Sínodo si es un hereje?

¿Hay que agradecerles a estos herejes el que en el Sínodo la cosa no hubiera ido a más? No. Bergoglio y los suyos fracasaron en el Sínodo no por la lucha de los Cardenales, sino por la oración del verdadero Papa Benedicto XVI. Un hereje no puede luchar por la Iglesia, por los intereses de Dios en la Iglesia. Sólo lucha por sus intereses personales. Sólo el Papa legítimo es el que sabe luchar por la Iglesia, porque es su Iglesia. Los demás, ya buenos o malos, que asistieron al Sínodo, ninguno de ellos luchó por la verdad de la Iglesia. ¡Ninguno!

El Sínodo fue una trampa para todos. Y todos cayeron: incluido Bergoglio, ese gran idiota al que todos intentan sacar las castañas del fuego, justificándole su gran pecado.

¿Cómo es todavía que no reconocen el pensamiento de Bergoglio?

¿Se los tiene que descubrir un masón?

«Nuestros caminos son paralelos: de hecho pensamos como usted en relación con todos los problemas que aquejan a la sociedad contemporánea; como usted, que anhelamos un mundo de paz con el respeto a cada ser humano, sin distinción de ningún tipo; y absoluto respeto a todas las religiones». (ver texto)

El Gran Maestro de la Gran Logia de Italia, después de 6 meses, el 9 de septiembre del 2013, midió la cabeza de Bergoglio y estuvo de acuerdo con ella.

Los católicos, después de 6 meses, seguían embobados con las palabras baratas y blasfemas de un hombre sin fe.

Bergoglio un hombre para la sociedad masónica, pero no para Dios: «Apelo a usted, Santidad, un hombre de cualidades humanas extraordinarias, para poner fin a esta injusticia que durante siglos ha penalizado a millones de masones de todo el mundo» (Ib).

Los masones quieren a Bergoglio para anular la Iglesia. Es una injusticia lo que la Iglesia ha hecho con ellos. Este Gran Maestre cae en el pecado de siempre:

«Llenos de ira con esto sus secuaces, juzgando evadir, o debilitar a lo menos, parte con el desprecio, parte con las calumnias, la fuerza de estas sentencias, culparon a los Sumos Pontífices que las decretaron de haberlo hecho injustamente o de haberse excedido en el modo» (Leon XIII – Encíclica Humanum Genus, párrafo 5). Lleno de ira ataca a la Iglesia apelando a un hombre que no es Papa, pero que obra como Papa. Esta es la gran jugada de los masones.

Bergoglio es un hombre para resolver los problemas de la masa de la gente, para buscar el orden mundial que quiere la masonería; pero Bergoglio no es un hombre para resolver los problemas de las almas, de cada alma. No es un hombre para la Iglesia, es un hombre para la vida de los hombres. Y, por tanto, es un hombre que destruye las almas, sus vidas espirituales: las lleva por el camino de la perdición eterna.

Bergoglio es un hombre que busca un mundo de paz, que es una utopía, porque lo busca en el respeto al hombre, en el absoluto respeto a todas las religiones; pero se olvida del respeto a Dios, a la mente de Dios, al Creador.

Bergoglio vive la herejía del humanismo, que es la propia de la masonería.

Por esta herejía, este Gran Maestro no duda en decir esto:

«Me gustaría decirle a usted, Santidad, que no somos una organización adversa a la Iglesia Católica, dignamente representada por usted, sino más bien al contrario».

Enseñanza lo más contraria a lo que la Iglesia enseña en Su Magisterio infalible:

«esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la secta masónica, constituida contra todo derecho y conveniencia, era no menos perniciosa al Estado que a la religión cristiana, y amenazando con las más graves penas que suele emplear la Iglesia contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad» (Leon XIII – Encíclica Humanum Genus, párrafo 5).

Bergoglio nunca ha obedecido a los Papas y, por eso, se inscribió en esa sociedad masónica. Y sólo por eso, Bergoglio no es de la Iglesia Católica. Sólo por esto. No es nada en la Iglesia Católica: no es ni Obispo ni Papa. ¿Todavía no comprenden este punto?

¿No saben que la masonería es intrínsecamente mala?

«Los frutos de la masonería son frutos venenosos y llenos de amargura. Porque de los certísimos indicios que antes hemos mencionado, brota el último y principal de los intentos masónicos; a saber: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y la creación, a su arbitrio, de otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo» (Ib, párraf. 8).

El naturalismo es poner la naturaleza humana y la razón natural como maestras y sobernas absolutas: hacer del hombre un dios. Y esto es intrínsecamente perverso, porque es anular toda ley natural, divina, de la gracia y del Espíritu. Es poner los hombres sus leyes: la ley de la gradualidad.

La masonería nunca ha rectificado en lo más mínimo sus doctrinas malévolas, sino todo lo contrario, las ha reforzado y crece en insidia y en maldad, aprovechando el ambiente que ella misma fomenta y que tanto hoy les favorece.

La masonería ha puesto a su hombre en la Silla de Pedro: esto lo aprovechan los masones, como este Gran Maestro. Y esto lo fomentan lo masones. Por eso, el Sínodo; una encrucijada masónica para todo el mundo.

¿Todavía no reconocen lo que es Bergoglio para un masón?

¿En qué mundo de ilusiones viven ustedes en la Iglesia?

¿Qué esperan ustedes de Bergoglio si es un masón en la Iglesia?

¿Es que no saben que la Iglesia se va a convertir en esto?:

«Transformar nuestros “templos” en Templos de la Paz, casas de encuentro, lugares de testimonio de los sentimientos más elevados de solidaridad y de fraternidad; y un admirable ejemplo de excepcional abnegación para usted: con ciertas y probadas virtudes religiosas, espirituales y culturales, practicadas por la fe Católica, Apostólica y Romana y  (por medio de nuestro bautismo) por todos nosotros» (ver texto).

Los caminos de la masonería y de Roma son iguales. Lo que hay en el Vaticano son sepulcros blanqueados. Y hay que salir de ellos, de tantas parroquias porque ya se enseña a seguir a un hereje y a obedecer sus escritos, sus palabras, sus ideas maravillosas.

Ya la Iglesia no es católica porque sus miembros no son católicos: son sepulcros blanqueados. Se blanquean sus vidas de pecado para que queden preciosas para los demás, para que todos imiten el pecado de su prójimo. Para que todos justifiquen el pecado de su prójimo. Para que nadie juzgue al otro, sino que todos se acomoden a la vida fácil: a besar el trasero de toda la Jerarquía herética.

La Jerarquía vive en el pecado de herejía: no puede salvarse ni salvar a nadie

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«He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal» (Gn 3,22).

El pecado de Adán no fue un pecado sexual, sino de soberbia pura: «seréis como dioses» (Gn 3, 5c). La soberbia pura es el apetito desordenado de excelencia. Es una soberbia unida al orgullo. La soberbia pura son dos pecados que se dan al mismo tiempo: pecado de soberbia y pecado de orgullo.

Querer ser como dios es cometer un pecado de herejía. Querer conocer el bien y el mal, como lo conoce Dios, pero por el camino del demonio, eso es el pecado de herejía.

Por el Bautismo, el alma es miembro del cuerpo de la Iglesia y se hace hija de Dios por participación. El alma es como Dios, pero porque Dios la eleva a un estado que nadie puede alcanzar con sus solas fuerzas naturales.

El Bautismo imprime un carácter indeleble en el alma: un sello divino. Por este sello, el alma está obligada a vivir en la Gracia del Bautismo. Es una obligación moral, que conlleva una dependencia del alma a Cristo. Dependencia absoluta: el alma es de Cristo y de nadie más.

Cristo ha comprado con Su Sangre las almas: «Habéis sido comprados a precio» (1 Cor 6, 20a). Cada alma que se bautiza, se entrega totalmente a la Voluntad de Dios. Ya su vida humana no le pertenece, sino que es dirigida, en todo, por el Espíritu de Cristo, que ha recibido en el Bautismo: «Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6, 20b).

«y con Tu Sangre  has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9d). Por la virtud de la sangre de Cristo, se obra la Redención, se quitan los pecados y se derrama en el alma todas las riquezas de la gracia (cfr. Ef 1, 7-8). El alma bautizada posee lo que Adán perdió: la justicia. Pero ya no la original. Esa justicia tiene que alcanzarla mereciendo la gracia.

Cristo es la Verdad. Por tanto, exige de cada alma bautizada la Verdad en su vida. Un alma que no va en busca de la Verdad, que es Cristo, crucifica, de nuevo a Cristo.

Por eso, es tan importante que las almas sepan lo que es la Verdad, lo que es Cristo.

Y, para saber la Verdad, hay que ir a la misma enseñanza que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es lo que la Iglesia ha ido enseñando, durante siglos, al hombre.

En la Iglesia Católica tenemos toda la Verdad; pero la Verdad debe ser obrada con el Espíritu de la Verdad. El hombre no puede obrar esa Verdad con sus solas fuerzas naturales, humanas, materiales. Porque la Verdad es una Persona Divina, no es un conjunto de ideas, de razonamientos, de lenguajes humanos.

La Verdad es Cristo: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Verdad es el Verbo, que asume una naturaleza humana, para dar al hombre el Camino de la Vida. La Verdad es una Vida.

El hombre, todo hombre, nace sin camino, sin verdad, sin vida: nacemos en el pecado original. Somos demonios encarnados: en nuestros cuerpos vive el demonio. Y nuestras almas, en el pecado original, no saben luchar contra el demonio, que vive en toda carne.

Para eso el Bautismo, para tener la fuerza del Espíritu, fuerza sobrenatural, fuerza divina, celestial, con la cual el hombre vence al demonio en su cuerpo.

Toda alma que se bautiza tiene el camino hacia la Vida Divina. Es un camino que inicia en la misma vida humana, natural, carnal, material. Y tiene que iniciar así por el estado de pecado en que nace todo hombre.

El hombre no nace divino, no nace santo; el hombre nace pecador, humano, natural, carnal, material, esclavo del demonio. Nace en un infierno; nace poseído por el demonio.

Adán fue creado en Santidad de Vida: lo poseía todo. Y lo perdió todo. Esta verdad es un dogma de fe: «Si alguno no confiesa que Adán,… habiendo quebrantado el mandamiento de Dios en el paraíso, al instante perdió la santidad y la justicia…. e incurrió por la ofensa de esta prevaricación en el enojo y en la indignación de Dios y por ello en la muerte…, y con la muerte en la cautividad bajo el poder… del diablo… sea anatema» (C.Tridentino (D 788)). Hoy la Jerarquía está enseñando que lo que sucedió en el Paraíso es una poesía, que es lo que siguen todos los protestantes y racionalistas: quieren explicar el tránsito del hombre de un estado inculto al conocimiento del bien y del mal. Es una narración poética, que depende de otras fábulas profanas que se dieron en las ciudades babilónicas.

Es lo que enseña Bergoglio: «Ya el libro del Génesis, al presentarnos de un modo poético las primeras pinceladas de este inmenso cuadro» (Mensaje a las comunidades educativas, 2006 – “Somos un pueblo con vocación de grandeza”).

El libro del Génesis no es una narración poética, sino histórica: tiene una naturaleza histórica, un modo histórico, no un modo poético. No puede ponerse en duda el sentido literal histórico: «A la pregunta de: ¿si especialmente el sentido literal histórico puede ponerse en duda cuando se trata de los hechos narrados en estos capítulos, los cuales se refieren a los fundamentos de la religión cristiana: así como son entre otros…, el precepto dado por Dios al hombre para probar la obediencia de éste; la transgresión del precepto divino, por la persuasión del diablo bajo la forma de serpiente; la pérdida de nuestros primeros padres de aquel estado de inocencia; y también la promesa del futuro Redentor? Respuesta: negativa» (D 2123).

No se hace historia con modos poéticos, sino con la verdad de los hechos. Quien busca el modo poético en el libro del Génesis, pone su propia interpretación de lo que allí se narra: es decir, tuerce la Verdad que se Revela.

Dios no habla con un lenguaje poético, sino con la Palabra de la Verdad.

Adán cometió contra Dios una ofensa, perdiendo la justicia y la santidad, y se puso bajo el poder del diablo. Y este pecado de Adán lo transmitió a todo ser humano: «Si alguno afirma que la prevaricación de Adán le dañó a él solo…, o que aquél manchado por el pecado de desobediencia transmitió la muerte a todo el linaje humano, pero no transmitió también el pecado que es la muerte del alma, sea anatema» (D 789).

Todo hombre nace sin nada: en el pecado de su vida. Como fue engendrado, así nace. Nace en la muerte del alma, no sólo con un cuerpo que tiene que morir. Pero todo hombre lo puede poseer todo.

Y esa posesión se puede dar de dos maneras: o se posee toda la Verdad; o se posee toda la mentira.

Adán poseyó toda la Verdad. La perdió toda, porque se dedicó a poseer toda la mentira.

Todo hombre tiene que elegir en su vida: o la Verdad o la mentira.

Son dos perfecciones distintas. Y no se pueden poseer las dos: o una u la otra. Perfección en el bien; perfección en el mal.

El demonio es perfecto en el mal: ha llegado a la cima de todo mal. Su mente demoníaca sólo puede concebir, pensar, meditar, sintetizar el mal. Y quien piensa el mal, obra el mal. Quien piensa todo mal, obra todo mal.

El demonio es perfecto en su mente: es una perfección diabólica, no es divina. Es el demonio mismo el que ha hecho el camino de esta perversa perfección, oponiéndose a toda la Verdad que conocía, desde el principio, cuando fue creado por Dios.

El demonio hace su existencia espiritual oponiéndose a la Voluntad de Dios en todas las cosas. Vive para la sola mentira. No puede ni decir ni obrar una Verdad.

Toda alma bautizada tiene que escoger: o ser de Cristo o ser del demonio.

El Bautismo no quita esta elección de la voluntad de todo hombre. El Bautismo da la fuerza necesaria para ser de Cristo totalmente. Pero esta totalidad es un merecimiento del alma: si el alma es fiel a la Gracia de su Bautismo, entonces alcanza, en la perseverancia, la perfección en todo Bien. Pero si el alma no es fiel a esta Gracia, entonces, necesariamente, alcanza la perfección en todo mal.

Hay que merecer el Cielo. Y el camino es uno: Cristo Crucificado. Hay que crucificar la propia voluntad humana para obrar lo divino, la Voluntad Divina, en lo humano. Si la vida no es una penitencia, una expiación, un sufrimiento, una cruz, el alma acaba en el infierno.

El camino es simple, pero muy duro, porque el alma tiene que trabajar, cada día, para vencer las huestes del enemigo, que viven en su carne.

Por el Bautismo, se quita el pecado original, pero queda la concupiscencia: queda el demonio, que incita al alma a pecar.

La concupiscencia no es sólo lo exterior de la vida: no son sólo tentaciones exteriores al hombre. El hombre vive con un cuerpo lleno de concupiscencia, de deseos malos, de atracciones no debidas. Y esa concupiscencia es la obra del demonio en su cuerpo.

El Bautismo quita el pecado original, pero no la obra del demonio en el cuerpo. Por eso, San Pablo decía que el hombre está dividido: el alma quiere lo divino; el cuerpo quiere lo demoníaco.

Este es el Misterio del pecado de Adán. Un Misterio que no se puede resolver en esta vida por ninguna cabeza humana.

El pecado original es engendrar un hombre para el infierno. Eso fue lo que engendró Adán en Eva: una generación de hombres del demonio. Una generación de hombres que no se podían salvar: no había para ellos Misericordia, a causa del pecado de Adán: «Maldita, Adán, la tierra en tu obra» (Gn 3, 17b). Una generación de hombres maldita es la que engendró Adán, que merecía el castigo del diluvio: «Borraré al hombre que he creado de la faz de la tierra…me arrepiento de haberlos hecho» (Gn 6, 7a.7d)

Toda la Creación está maldita por el pecado de Adán: un pecado del demonio en Adán: «Por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen» (Sab 2, 22). Es un pecado que trae la maldición a toda la creación en la obra de Adán. Un pecado que conlleva por sí mismo la muerte corporal y la eterna. El efecto de ese pecado es la maldición, la condenación de almas. Lo que es maldito está condenado desde el principio de la obra. No puede haber bendición de Dios en algo maldito desde el principio.

El pecado de Adán es una maldición desde su comienzo.

No fue sólo el pecado del hombre Adán; fue la obra del demonio en la obra de Adán lo que da al pecado de Adán toda su malicia.

Adán no obedeció la Voluntad de Dios: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gn 2, 17a).  Este precepto dado a Adán fue positivo y estricto; es decir, en él aparece solamente la razón de la Voluntad de Dios, que manda algo en concreto. Adán no se sometió a Dios, no declaró con su obra a Dios como su principio y su fin. Adán pecó gravemente. Y este precepto es dado con una amenaza absoluta de la pena: «porque en cualquier día que comieres de él, de muerte morirás de él» (Gn 2, 17b).

«Por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores» (Rm 5, 19). Todos muertos en Adán. Todos alejados de la gracia de Dios. Pero no todos condenados como Adán.

Adán escuchó la mentira del demonio en Eva: «Por cuanto oíste la voz de tu mujer» (Gn 3, 17a). Siempre el pecado es la obra de una mentira: es escuchar una palabra que no tiene la Verdad, que es una verdad a medias: «De ninguna manera, de muerte moriréis… sabe Dios que… serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal» (Gn 3, 4.5a.5c). Y aceptar esa mentira constituye el pecado: «comiste del árbol del cual te mandé no comer» (Gn 3, 17b). Aceptar la mentira es una ofensa contra Dios.

Adán comió la muerte. Y toda la muerte. Y los hombres que se asemejan a Adán viven para la muerte, para engendrar muerte en sus vidas. No pueden vivir para la vida. No pueden engendrar vida, aunque tengan muchos hijos naturales, aunque obren muchas cosas buenas como hombres.

Sólo se engendra vida en la Voluntad de Dios. Y, por lo tanto, sólo se engendra muerte oponiéndose a esa Voluntad Divina.

El pecado de Adán fue un pecado de herejía. No fue un pecado sólo de lujuria ni de sola soberbia. Es ir en contra de una Verdad Inmutable.

El pecado de Adán fue mayor que los pecados de los otros a causa de la excelencia mayor de Adán. «El pecado de su [naturaleza racional] cuanto más increíble, tanto mayor condena merece… Adán mismo fue el primero de una naturaleza tan excelente, que su pecado sería tanto más grave con mucho que los pecados de los otros, cuanto mejor con mucho fue él que los demás; de donde también su castigo… fue tan grande, que continuamente estaría también sujeto a la necesidad de morir…» (S.Agustín (R 2013)).

Adán estuvo sujeto continuamente a la necesidad de morir: muerte eterna del alma. Pecado de herejía. Adán fue creado en justicia original, que es el conjunto de dones divinos, que Adán tenía como un don personal, y que debía transmitir a todos los hombres. Adán, en su pecado, perdió la justicia original, y sólo pudo transmitir el pecado original.

El hereje es el que niega una verdad que debe ser creída para poder salvarse y santificarse. No es negar cualquier verdad. Si se niega que Dios existe: eso es un pecado de herejía. Si se niega que Dios es católico, eso es un pecado de herejía. Si se niega que Dios es Omnipotente se cae en herejía.

Adán pecó de herejía porque negó la verdad que le podía salvar y santificar: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas» (Gn 2, 17a). Esta verdad tenía que cumplirla para poder vivir: «el día que comieres de él, morirás» (Gn 2, 17d).

Adán fue creado en Vida, y en toda la Vida plena, sin capacidad para morir. Adán fue creado inmortal. No podía morir. Al comer del árbol, murió: pecado de herejía. Obró negando la verdad que le mantenía en la vida. Por tanto, muere y ya no puede salvarse ni santificarse. La causa: su pecado de herejía, que es muerte eterna del alma.

La herejía no es sólo decir un conjunto de ideas erradas, sino que es obrar esa idea contraria a toda la verdad. La herejía no sólo se opone a una verdad, sino a toda Ella. El hereje comienza oponiéndose a una verdad, pero termina anulando todas las demás verdades.

Adán perdió por el pecado la gracia santificante, la integridad, la inmortalidad, la impasibilidad; estaba sujeto al reino del diablo; su entendimiento quedó oscurecido para la verdad y su voluntad debilitada para el bien. Y fue echado del Paraíso: separación total de Dios.

Hay tres pecados que hacen perder la índole de ser miembros de la Iglesia: la herejía, la apostasía de la fe y el cisma.

El alma bautizada sigue teniendo, en su cuerpo, el demonio, la fuerza preternatural del espíritu del demonio. Se quita el pecado original, pero no se quita al demonio en el cuerpo. El Bautismo sella al alma, pero no sella el cuerpo. El alma es sellada por Dios: eso quita el pecado original. Ese sello divino quita la marca del demonio en el alma. Pero en el cuerpo, queda la concupiscencia: es decir, la obra del demonio.

Toda alma bautizada tiene capacidad para llegar al mismo pecado de Adán, que la separa de Dios totalmente, a pesar de su Bautismo.

Todo hombre está dividido en su ser humano. Y esa división se palpa en toda la vida, en toda la existencia. Y, por eso, el Señor dejó el Sacramento de la Penitencia para volver, de inmediato, a la Gracia, y así seguir combatiendo al demonio en la carne.

Hoy día, las almas ya no se confiesan; los sacerdotes ya no predican del pecado, ni del infierno, ni de la penitencia. Y eso lleva al alma a vivir sin la Gracia. A vivir como Adán: en su pecado, en la obra de su pecado.

No porque el alma esté bautizada ya lo tiene todo en la vida. Hay que merecer el Cielo. Hay que sufrir para ir al Cielo. Y el Cielo es de muy pocos hombres. La mayoría vive para su vida humana, carnal, material, social, económica, política, sentimental, etc…

Cada hombre se hace su propio camino aquí en la tierra. Y son muy pocos los que viven en Gracia, los que son fieles a la Gracia del Bautismo.

La situación del alma bautizada no es como el estado de Adán. Adán fue creado en la plenitud de la Gracia; los hombres nacen en el pecado original, sin la gracia.

El pecado de Adán fue su condenación inmediata. Y su obra hizo de la Creación una maldición. Adán engendró a Caín, y el Señor lo maldijo: «Maldito serás sobre la tierra… vagabundo y fugitivo serás sobre la tierra» (Gn 4, 11a. 12b). Caín vivió obrando su maldición por donde iba. Nadie lo podía matar, porque tenía que hacer su obra, la obra del demonio en su ser: «Y puso el Señor a Caín una señal para que no le matase todo el que lo hallase» (Gn 4, 15b).

Todo hombre nace en pecado, pero no nace condenado. Nace en vías de condenación. Nace para una obra de condenación, una obra del demonio en su carne.

El alma, al recibir el Bautismo, tiene la fuerza para oponerse a esa obra. Pero sólo hay una forma para oponerse: seguir al Espíritu Divino que ha recibido en el Bautismo.

Y sólo hay una forma para obrar la condenación: seguir al espíritu del demonio que está en su carne.

obisposcondenado

La vida espiritual es una batalla de espíritus. Y el alma está en el centro de esa batalla. Y tiene que elegir uno de los dos espíritus. Es una elección fundamental para su vida. Dios y el demonio se manifiestan en toda su vida, en cualquier cosa que haga. Y hay que elegir entre las inspiraciones de Dios y las sugestiones del demonio. Por eso, es necesario aprender a discernir espíritus. Los católicos de hoy es lo que menos saben: no saben ver el espíritu. No saben discernir qué espíritu tiene una persona cuando habla, cuando actúa.

Ven a un sacerdote, a un Obispo, a un político, a un fiel, y sólo se fijan en lo exterior: su lenguaje humano, sus formas, su ropaje, su humanidad. Pero no cuestionan nada de lo que dice, de lo que habla, de cómo se viste, de cómo vive.

El alma bautizada puede llegar al pecado de herejía que la saca del camino de salvación. Todo pecado de herejía anula el don de la fe en el alma. Y sin fe no es posible salvarse. Los demás pecados, lujuria, soberbia, orgullo, avaricia, etc…, no quitan la fe al alma. Oscurecen la mente, endurecen el corazón, pero el alma todavía tiene capacidad para arrepentirse y salir de su vida de pecado.

Adán, en su pecado de herejía, ya no tenía esa capacidad de arrepentimiento, porque la herejía lo impide.

Así es mucha Jerarquía actualmente: más de la mitad de los Obispos votaron, en el Sínodo, a favor de permitir la comunión a los adúlteros, y también a favor de los sodomitas … si algo tenían de católicos, lo han perdido. No sirven a Dios, sirven al demonio, y muchas almas se perderán por causa de esa Jerarquía, en la obra de tantos sacerdotes, de tantos Obispos, que lo tienen todo, como Adán, pero que prefieren ser como dioses, como el demonio les enseña en sus mentes, a discernir el bien y el mal como lo hace el demonio: en la mentira.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia vive en el pecado de herejía: y se comienza negando una verdad. Y se termina negando todas las verdades.

Toda la Iglesia se encuentra eclipsada, es la gran apostasía de la fe. La masonería, que da culto a Lucifer, está en el seno y gremio mismo de la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos han dado su nombre al demonio y su misión es perder almas. No son pastores, son lobos disfrazados de ovejas.

Hay que resistir a las autoridades heréticas de la Iglesia, sin importar qué son en la Iglesia. Cada día son más las almas que se van al infierno porque los católicos no combaten a los mentirosos; no luchan por la Verdad que han recibido en la Iglesia, sino que se dejan manejar por la Jerarquía que vive de su mentira podrida. Ya no saben obedecer a Dios con sus corazones, sino que obedecen las mentes heréticas de muchos hombres vestidos de corderos, pero que son auténticos demonio encarnados.

El cismático es aquel que después de haber recibido el Bautismo rechaza el someterse al Sumo Pontífice, rehúsa el estar en común unión con los miembros de la Iglesia, que se someten al Papa. Y este es el gran engaño del demonio al poner un falso Papa.

Como nadie discierne nada en la Iglesia: todos vieron a Bergoglio, todos quedaron engañados. Y tienen miedo de rechazar a Bergoglio para no caer en el cisma. Es un miedo que viene de su falta de discernimiento espiritual: no saben discernir el espíritu que tiene Bergoglio. Se quedan con lo exterior que manifiesta ese hombre. Y ahí quedan cegados. Y cuando ese hombre comienza a decir claras herejías, lo único que saben decir estas pobres almas, ya pervertidas, es otra perversión de sus inteligencias:

“Lo que ocurre, es que a mucha gente el gran Papa Francisco les molesta, porque está limpiando la Iglesia de ladrones, pederastas, acomodados con mucho dinero (incluso religiosos y sacerdotes demasiado acomodados y muy mundanizados), y está poniendo las cosas en su sitio”.

Esto es perverso. Porque no queremos un Papa que limpie la Iglesia de ladrones, de gente pecadora, sino que queremos en la Iglesia un Papa que haga justicia, que ponga a cada uno en su sitio. Ladrones, avariciosos, lujuriosos son pecadores que se pueden salvar en la Iglesia. Para hacer limpieza de estos pecadores: el sacramento de la confesión. Nadie está libre de pecado. Nadie puede tirar una sola piedra, en la Iglesia, contra los sacerdotes y las almas acomodadas, avariciosas, lujuriosas….Nadie. El camino para quitar a los ladrones: ahí está puesto por Cristo en los Sacramentos: que se confiesen, que vivan la gracia, que sean fieles a ella. No hace falta un Bergoglio para limpiar la Iglesia de ladrones y de lujuriosos: eso es sólo teología de la liberación, política en la Iglesia. ¿De qué va a limpiar Bergoglio si no sabe juzgar a nadie? ¿Qué clase de justicia puede obrar este insensato si no conoce lo que es el pecado?

Hace falta un Papa con mano dura, con mano de justicia que eche a todos los pecadores de herejía, de cisma y de apostasía de la fe de la Iglesia. Porque son esta gente la que no pertenece a la Iglesia, aunque posean el sello divino del Bautismo. Hay que liberar a la Iglesia de toda esta gentuza, porque por más que se confiesen, no pueden ser perdonados por Dios ni por la Iglesia. Es la obra de su pecado de herejía. La misma obra de Adán.

Queremos un Papa que haga lo que Dios hizo con Adán: echarlo del Paraíso. Hay que echar a mucha gente herética, cismática, apóstata del Paraíso de la Iglesia.

El hombre hoy quiere ser como dios: y eso es abominable.

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