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Un Sínodo falible para levantar una iglesia llena de herejías

«He manifestado tu Nombre a los que me has dado sacándolos del mundo… Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de Ti; porque Yo les he comunicado lo que Tú me comunicaste; ellos han aceptado verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado… Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como Yo no soy del mundo… Conságralos en la verdad: Tu Palabra es verdad. Como Tú me has enviado al mundo, Yo también los he enviado al mundo...» (San Juan 17,6ss.14.17s; véase San Juan 10,36).

El magisterio de la Iglesia fue instituido por Jesucristo, enviado por el Padre como Maestro auténtico de la verdad, en los Apóstoles.

Jesús eligió a Doce para enseñarles su doctrina: «ahora saben que todo lo que me has dado viene de Ti».

Jesús comunicó a los Doce una doctrina divina, celestial, espiritual y sagrada.

Y los Doce aceptaron esa doctrina: creyeron en las Palabras de Jesús. Dieron asentimiento, obedecieron con su mente, hicieron un acto de fe a la Palabra de Jesús: «han creído que Tú me has enviado».

Y los Doce fueron consagrados en la verdad: se les dio la virtud del Espíritu Santo para ser enseñados continuamente por el Espíritu de la Verdad, como lo fueron por el Maestro, y así aprendieron toda la plenitud de la doctrina de Jesucristo, para propagarla perpetuamente y con fidelidad hasta los confines de la tierra.

Muchos han combatido este Magisterio infalible de la Iglesia, que está por encima de toda razón humana, de toda ciencia y progreso del hombre, que va más allá de la conciencia del individuo, que proclama una autoridad divina en la Jerarquía de la Iglesia Católica.

El Magisterio infalible de la Iglesia es lo que la Iglesia enseña como revelado por Dios. No es, por tanto, la opinión de una escuela teológica, ni el magisterio privado de un teólogo o de un Obispo, ni los magisterios falibles que se dan en las Encíclicas o en los decretos que no están conexionados con las verdades reveladas, ya jurídicos, ya litúrgicos, ya magistrales.

Hay mucho magisterio del Romano Pontífice en el cual él habla con una autoridad que no alcanza la infalibilidad, es decir, no está expresando, no está enseñando algo revelado por Dios.

Hay muchos decretos que son publicados en virtud de la autoridad legítimamente comunicada por el Sumo Pontífice, es decir, tienen la firma del Papa, pero la doctrina, en ellos, no es segura.

Por ejemplo, el “Directorio para la aplicación de los principio y normas sobre el Ecumenismo”, publicado el 25 de marzo de 1993. Contiene este directorio instrucciones que van en contra de la doctrina de la Iglesia. Cualquiera que lo lea se da cuenta que la doctrina contenida en tal decreto no es segura. Y, por lo tanto, no se puede aceptar con el asentimiento de la mente. Se ha usado el nombre del Papa, su firma, para crear un directorio de normas, de leyes, que van en contra de la misma verdad revelada.

Desde el Concilio Vaticano II se dan en la Iglesia esta clase de documentos, que no pertenecen  a los decretos que están conexionados con las verdades reveladas y a los cuales se exige el asentimiento interno y religioso de la mente, sino que exponen unas reglas y unas leyes prácticas que anulan la doctrina de Cristo.

Y esto la Jerarquía lo sabe. Y es tal la perversidad de mucha Jerarquía que imponen estos decretos como verdaderos, como seguros, a sus fieles en las parroquias. Así sucedió con todos los decretos litúrgicos que se introdujeron en la Iglesia, después del Concilio, que tienen la firma del Papa, pero que no son doctrina segura, sino que imponen leyes, como la comunión en la mano, que van en contra del magisterio infalible de la Iglesia.

A estos decretos no se les puede obedecer porque no provienen de una autoridad sagrada. Tienen la firma del Papa legítimo, que es siempre una autoridad sagrada en la Iglesia, el cual tiene la función de velar por la salud y la seguridad en la doctrina. Pero han sido dados en contra de esa misma autoridad sagrada, por motivos que los hombres no pueden explicar.

¿Cómo un Papa legítimo permite en la Iglesia este tipo de documentos que enseñan doctrinas que van en contra de lo que Jesús ha revelado?

Es el Misterio del Mal: existe una jerarquía en la Iglesia Católica que combate la autoridad sagrada del Papa y que impone su doctrina a toda la Iglesia.

Muchos católicos se equivocan al decir que los Papas fueron los culpables. Y acaban llamando a esos Papas herejes. Y quedan ciegos para siempre porque no son humildes, no piden luz al Espíritu para discernir este problema en la Iglesia.

El ecumenismo no está en la Revelación. Sin embargo, la Jerarquía ha querido meter a toda la Iglesia en el objetivo de la búsqueda de la unidad de los cristianos. Un objetivo que no pertenece a la fe, a los artículos de la fe.

Y mucha Jerarquía ha publicado cantidad de documentos para fortalecer este objetivo.

Ellos son maestros de la ley: promulgaron un nuevo Código de Derecho Canónico, en la cual se introdujo una nueva situación disciplinar para todos los fieles en materia ecuménica. Esa situación disciplinar no existía en el antiguo Código, porque el ecumenismo no pertenece al depósito de la fe. Es doctrina de demonios. Son fábulas de la mente del hombre que se dan para engañar al mismo hombre.

Y la Jerarquía ha trabajado durante 50 años en el Ecumenismo, llegando al absurdo que vemos hoy día: ya nadie cree en la doctrina que salva. Todos están buscando un lenguaje nuevo que haga cambiar el mismo magisterio infalible de la Iglesia. Un nuevo lenguaje para una nueva teología.

Lo que vemos con estos documentos es claramente el Misterio del Mal dentro de la Iglesia. Y los Papas legítimos han estado prisioneros, de una forma o de  otra, de la Jerarquía movida por este Misterio del Mal.

Hoy se niega el Magisterio infalible de la Iglesia por la misma Jerarquía.

Por supuesto, esa Jerarquía ha dejado de ser católica y sólo hace la función de destruir la Iglesia, usurpando la verdad para poder introducir las innovaciones en la doctrina, para hacer una nueva teología, para levantar una nueva iglesia con un nuevo magisterio, no instituido por Cristo, sino por los hombres.

Esa Jerarquía, infiltrada en la Iglesia Católica, tiene un grupo numerable de aficionados a novedades, que desprecian toda teología escolástica para menospreciar el Magisterio infalible de la Iglesia.

Son muchos los falsos católicos que ven el Magisterio infalible de la Iglesia como impedimento al progreso, y como óbice de la ciencia humana. Muchos lo consideran como un freno injusto a sus pensamientos, a sus filosofías, a sus obras en la vida.

Y esto es señal de la falta de fe: ya no se cree que Jesús ha dado un Magisterio a sus Apóstoles que permanece siempre lo mismo, que nunca cambia, que es inmutable, que no tiene ningún error.

Por eso, ahora todos tienen a un hereje como su papa, como su maestro en el ministerio sacerdotal, como el que enseña y une a la Iglesia en la mentira de su palabra.

Y ahora todos enseñan una doctrina que no es segura, que va en contra de todas las verdades reveladas, y que son la base de la  nueva teología que se quiere imponer a todos en la Iglesia.

Las encíclicas de Bergoglio no son cartas de un Papa a los fieles exponiendo una doctrina segura, un magisterio ordinario, infalible. Son escritos de un  hereje que llevan a las almas a la apostasía de la fe y a la clara herejía. Son los escritos de un cismático que gobierna la Iglesia con un gobierno de hombres, de muchas cabezas, propio de un líder político

Ya los Jerarcas de la Iglesia no creen en el Magisterio de la Iglesia que enseña a excomulgar a un hereje. Ya no creen en el Evangelio que proclama que todo aquel que enseñe un evangelio distinto al de Jesucristo, sea tomado por anatema, sea apartado de la vida de la Iglesia.

Han dejado de creer, los hombres han perdido la fe en la Palabra de Dios.

El Magisterio de la Iglesia es infalible cuando se centra en los artículos de la fe, que son las verdades formalmente reveladas, y en aquellas verdades que están necesariamente conexionadas con los artículos de la fe.

Es decir, «per se pertenecen a la fe aquellas verdades, que nos ordenan directamente a la vida eterna» (Sto. Tomás).

«Esto es lo que has de predicar y enseñar» (1 Tim 4, 11): todo aquello que conduce al alma hacia su salvación y su santificación.

No se puede enseñar ni el ecumenismo, ni la ecología, ni tantas doctrinas que no llevan al alma hacia su salvación. Y los fieles están obligados, en la Iglesia, a combatir esas doctrinas si quieren salvarse.

Los Obispos han recibido de los Apóstoles esta doctrina de la fe que deben custodiar en santidad y ser expuesta con fidelidad por la Iglesia.

«¡Oh, Timoteo!, guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe» (1 Tim 6, 20).

Es claro que en las actuales circunstancias de la Iglesia, la mayoría de los Obispos no guarda el depósito de la fe porque se han extraviado con la falsa sabiduría humana de la ciencia y de la técnica, llenándose de errores, de mentiras, de dudas, que infestan a toda la Iglesia.

Los Apóstoles eran infalibles: hablaban en nombre de Dios, eran ayudados y fortalecidos por la asistencia divina, y su predicación estaba confirmada por milagros y profecías.

Y eran infalibles porque aceptaron «verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado». Aceptaron y creyeron: pusieron su cabeza en el suelo y obedecieron la Palabra de Dios que Jesús les enseñaba.

Los Apóstoles, en lo concerniente a la fe y a las costumbres, eran cada uno de ellos personalmente infalibles.

«Yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte mal, porque Yo tengo en esta ciudad un pueblo numeroso» (Act 18, 10).

Yo estoy contigo: significa la asistencia eficaz de Dios para realizar la misión que Dios le confió a San Pablo.

Muchos Obispos, hoy día, ya no son infalibles como lo fueron los Apóstoles. Y la razón sólo es una: ya no aceptan ni creen en Jesús. No aceptan ni creen en la doctrina de Jesús.

Creer en Jesús es creer en su doctrina.

Muchos han disociado a Jesús de su doctrina. Se quedan con un Jesús acomodado a sus intereses y pensamientos humanos. Pero no quieren saber nada de la doctrina de Jesús.

Jesús es la Palabra de Dios: es el Pensamiento vivo del Padre. Jesús es una doctrina viva. Una doctrina que no es de este mundo, que no puede caber en la mente de ningún hombre. Es la Mente de Dios lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles. Una mente infalible, incapaz de errar. Una mente inmutable, incapaz de ser alcanzada por ninguna novedad humana. La Mente de Dios no puede variar según los tiempos ni las culturas de los hombres. Es siempre la misma. Son los hombres los que no creen en la mente de Dios y acaban colocando su mente humana por encima de Dios.

Ser infalible no significa ser impecable. Se puede pecar y ser infalible al mismo tiempo.

La infalibilidad es la vigilancia de Dios, que dirige por sí mismo al hombre, para que éste predique sin error la Palabra de Dios. Dios preserva del error la inteligencia del hombre.

El que Dios preserve del error no significa hacer que la mente del hombre sea siempre infalible. La mente del hombre sigue estando sujeta a muchos errores, nieblas, dudas, oscuridades. Pero, cuando el hombre humilde trabaja para Dios, su mente queda preservada del error para que se obre lo que Dios quiere entre los hombres.

Dios es el que custodia su misma Palabra. Y lo hace asistiendo al hombre, desde fuera, para que propague esa misma Palabra sin error. El hombre puede perder esta asistencia del Espíritu sólo por el pecado de herejía y de apostasía de la fe.

Predicar de forma infalible lo tuvieron los Apóstoles y sus Sucesores, los Obispos.

Los Obispos son infalibles cuando, obedeciendo al Romano Pontífice, imponen a sus fieles la misma doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles.

Imponen la misma doctrina: hoy, nadie en la Iglesia quiere escuchar la verdad; nadie quiere obedecer la verdad; nadie quiere cumplir con las leyes divina y de la gracia.

La gente ya no quiere la doctrina de siempre, sino que va en busca de las fábulas. Y estas son las que quieren imponer a los demás. Las fábulas del ecumenismo, las fábulas de la ecología, las fábulas de tener unos ritos litúrgicos en donde se pueda pecar libremente.

Los Obispos, para ser infalibles, tienen que imponer la doctrina de Jesús. Como los Obispos hablan a los hombres las palabras que éstos quieren escuchar, entonces pierden la infalibilidad, la asistencia de Dios en sus ministerios.

Si los Obispos dan a sus fieles otra doctrina distinta a la de Cristo pierden la infalibilidad, es decir, predican y enseñan con error y con la herejía. Y esto conduce a la apostasía de la fe y a la herejía.

Es lo que comenzó después del Concilio Vaticano II: todo el mundo metió en la Iglesia doctrinas extrañas, un magisterio contrario al magisterio de la Iglesia. Y ese falso magisterio ha alcanzado la cabeza de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia es auténtico e infalible, es vivo y tradicional, es inmutable.

«La doctrina de la Fe ha sido entregada a la Esposa de Jesucristo, para custodiarla fielmente y para que la enseñe infaliblemente» (D 1800).

No se puede enseñar infaliblemente (sin error) la verdad si no se cree en la verdad revelada. Es el acto de fe el que produce la infalibilidad, es decir, el que trae consigo la asistencia de Dios para que el hombre, cuando hable, cuando piense, no se equivoque.

Todo el problema de la crisis actual de la Iglesia es el objeto de la fe.

Los Apóstoles creyeron en la doctrina de Jesús. Y creyeron en la doctrina que el Espíritu de la Verdad les enseñó. Éste es el objeto de la fe. Es la doctrina que viene de la fe, que surge en la fe. No es la doctrina que viene de la mente de un hombre, de la palabra y del lenguaje de los hombres. Se cree en la Palabra de Dios. Se conoce la Palabra de Dios. Se interpreta correctamente esa Palabra de Dios. Y se enseña con la autoridad divina la Palabra de Dios.

Esto es lo que hicieron los Apóstoles: porque creyeron en la Palabra de Dios fueron infalibles. En la fe no hay error. En el ateísmo, en la falta de fe, en la infidelidad al don de la fe están todos los errores.

Porque creyeron en la Palabra siempre enseñaron lo mismo al rebaño. Nunca introdujeron extrañas doctrinas, leyes en contra del magisterio que Jesús y el Espíritu les enseñaron.

Ellos, con la infalibilidad, pudieron levantar la Iglesia que Cristo quería. La infalibilidad es para construir la Iglesia en la Verdad: que la inteligencia de los hombres tenga la luz de la verdad, que ellos sepan dónde está la verdad, dónde encontrarla, cómo obrarla en sus vidas.

Esta infalibilidad en la inteligencia es distinta a la impecabilidad en la voluntad.

La mente no tiene el error en ella misma: eso es ser infalible;

Y la voluntad no puede elegir el pecado: eso es ser impecable.

Ser infalibles en la inteligencia no supone ser impecables en la voluntad. Y eso es sólo debido al pecado original, en el cual el hombre quedó dividido en su misma naturaleza humana.

El hombre entiende, con su mente, el bien; pero obra, con su voluntad, el mal.

Jesús construye Su Iglesia en la infalibilidad de la inteligencia humana: preserva del error la mente del hombre para que pueda obrar, sin error, con su voluntad humana. Pero, por el pecado original, la voluntad se desvía de lo que la mente ha conocido y el hombre acaba obrando el mal con su voluntad.

Para combatir esta voluntad desviada por la concupiscencia del pecado, son necesarios los Sacramentos de la Iglesia.

Jesús da a Su Iglesia, no sólo la infalibilidad, sino la gracia, la vida divina.

Es la gracia lo que sostiene la voluntad del hombre para que pueda obrar el bien que la mente entiende. Es la gracia lo que impide pecar. Pero es necesario que el alma sea fiel a la gracia que ha recibido.

La inteligencia del hombre ya conoce la verdad sin ningún error. Pero necesita la vida divina para obrar la verdad conocida. Necesita que el hombre permanezca en la gracia, persevere en la gracia, viva en la gracia.

Muchos conocen la verdad, pero no la obran. Todos los herejes conocen la verdad, pero se dedican a obrar la mentira. No obra en la gracia, sino que obran en el pecado.

No es el conocimiento de la verdad el camino para obrar el bien. Es la gracia, la vida de Dios, no sólo el camino sino la fuerza para realizar la Voluntad de Dios.

Y la gracia da al hombre una vida moral, una norma de moralidad, una voluntad arraigada en la ley de Dios.

La infalibilidad da al hombre una inteligencia sin error.

Muchas almas caen en el pecado porque en sus mentes hay muchos errores: no se asientan en la verdad, en la doctrina de la fe, que es infalible, y necesariamente deben caer, deben obrar con sus voluntades el error, el mal. No pueden ser sostenidos por la gracia: caen en el pecado, se apartan de la vida moral.

Los errores en la mente llevan a los pecados más comunes entre los hombres: gula, lujuria, desobediencias, iras, críticas, mentiras, etc…

Pero las herejías en la mente conducen a la perversidad de la mente y a la perfección en la obra del pecado. La herejía lleva a obrar sin norma de moralidad. Hace que el hombre tenga una voluntad para obrar siempre el mal.

La Iglesia, cuando custodia la verdad y mantiene los Sacramentos en la fidelidad a la verdad, en la norma de moralidad, entonces puede crecer en la vida espiritual y alcanzar la perfección que ya posee en sí misma.

Pero si los hombres de la Iglesia, si los Obispos y los fieles, se alejan de la verdad y hacen que los Sacramentos se desvirtúen al introducir leyes o reglas que conducen al pecado, entonces vemos lo que sucede actualmente en la Iglesia: la Iglesia es destruida por los mismos que deberían custodiar lo que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La Iglesia está podrida y corrompida porque en sus miembros está el pecado de herejía, que conlleva ser falibles en la predicación y en la enseñanza; y está la anulación de la vida divina al echar en saco roto la gracia (al no cumplir la vida moral)  que dan los sacramentos.

Sin la verdad revelada y sin la gracia divina en el alma se construye una nueva iglesia con una nueva doctrina, que da culto a un falso cristo.

Ya no sólo observamos una Iglesia que peca; sino que vemos una Iglesia que no quiere la verdad, que no cree en la verdad, que no puede escuchar la verdad, y que sólo quiere vivir para lo humano, para las grandezas de la tierra, buscando una felicidad que no existe en la tierra.

Una iglesia que prefiere unos sacramentos en donde se enseñe a la gente a pecar.

Una iglesia que se ha embarcado en un Sínodo maldito, en el que se busca legislar el pecado.

Una Iglesia falible que se prepara para un Sínodo falible, en donde se da una enseñanza llena de errores y de herejías, un Sínodo construido en la herejía. Y no va haber un Papa que contenga la herejía, como lo hizo Pablo VI en el Concilio Vaticano II.

La Jerarquía de la Iglesia ha tenido tiempo de liquidar a Bergoglio, de anatematizarlo. Pero han callado. Y quien calla, otorga la herejía del que habla. Está de acuerdo con la doctrina del rufián que gobierna la Iglesia.

Y es el Sínodo el inicio del desmantelamiento del magisterio infalible de la Iglesia. Es, por lo tanto, el inicio del levantamiento de una nueva iglesia en una nueva doctrina.

Ya esa iglesia fue levantada en una cabeza de usurpación, que puso el gobierno horizontal, el cual anula de raíz toda la Iglesia. Pero los hombres no saben ver que el fundamento de la Iglesia, que es la verticalidad de Pedro, ha sido acabado, ha sido destruido. Y donde no está Pedro, no está la Iglesia.

Y están todos pendientes de lo que no tienen que estar: de un Sínodo maldito.

Y siguen pendientes de las palabras de un hereje, que cuando habla sólo quiere dar  publicidad a su mentira. Y este es el error de muchos católicos: no han sabido combatir al hereje y sólo le dan publicidad.

El verdadero católico cuando lucha contra un hereje, lo deja un lado, una vez que lo ha combatido, y sigue su vida ignorando al hereje, despreciándole. Porque la vida eclesial es estar en comunión espiritual con el Papa verdadero, Benedicto XVI. Lo demás, que pase en la Iglesia, ya no interesa al verdadero católico.

Una vez que se conocen las verdaderas intenciones del hereje, entonces el alma tiene que prepararse para lo peor, sin estar pendiente de lo que dice o no dice ese hereje.

Muchos católicos no comprenden esto. Y continúan pendientes de nada en la Iglesia.

Es el momento de formar la Iglesia remanente, la Iglesia que calla y espera a que venga Su Señor para que repare todo el mal que existe en la Iglesia.

Ya no es tiempo de atacar al hereje: ya nadie busca la verdad en la Iglesia.  Nadie se va a convertir por más razones que se les den. Hay que sacudirse el polvo de las sandalias y seguir predicando la verdad a aquellas almas que quieren escuchar la verdad. A los demás, hay que dejarlos que hagan su obra: «Lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13, 27).

Lo que la Jerarquía, reunida con un maldito, obedeciendo la mente del usurpador, tenga que hacer, que lo haga pronto después del Sínodo.

La Jerarquía lleva años buscando la evolución del dogma, que supone inventarse una nueva teología. Que construya esta nueva teología pronto. Esto ya no importa a los verdaderos católicos. No hay quien pare este Misterio del Mal.

Al Cuerpo Místico de Cristo le espera la Cruz del Calvario: tiene que sufrir y morir como Su Cabeza. Sólo de esa manera, la Iglesia de Cristo resucita gloriosa. Sólo así comienza el nuevo milenio, en donde se alcanzará la gloria que Adán perdió para todo el linaje humano.

«Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos» (Jn 17, 9).

La Iglesia no es de todos, sino de los que son del Padre. Y sólo el Padre conoce a sus hijos. Y sólo el rebaño de Cristo conoce a Cristo.

Tienen que conocer quién son de Cristo y del Padre. Aquellos que no aceptan ni creen en la Palabra de la Verdad, son del demonio y hay que tratarlos como merecen.

No recen por el Sínodo, no recen por Bergoglio, no recen por la Jerarquía que ha claudicado en la doctrina de Cristo y que sólo le interesa en la Iglesia su gran negocio: dinero, sexo y poder.

Del gobierno de Bergoglio saldrá la monstruosidad del cisma

serdespreciable

«No hay paz sin justicia y no hay justicia sin verdad. Y la verdad es que el hombre inicuo, el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro. El Innominado no tiene ninguna autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo» (10 de mayo de 2015).

La verdad es que… el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro: esta verdad sólo se puede comprender en otra verdad.

«Ahora se han levantado en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es el seductor y el Anticristo. Guardaos, no vayáis a perder lo que habéis trabajado, sino haced por recibir un galardón cumplido» (2 Jn 7-8).

Bergoglio está sentado en el Trono de Pedro con la misión de seducir, de llevar al abismo a toda la Iglesia.

¿Qué hay que hacer? Guardarse de él. Resistidlo, atacadlo, huid de su doctrina.

«Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios» (Ib, 9a)

Bergoglio no tiene a Dios en su corazón porque sigue una doctrina contraria a la verdad. Bergoglio no es de Dios, sino del demonio.

«El que permanece en la doctrina, ése tiene al Padre y al Hijo» (Ib, 9b).

¡Cuánta Jerarquía en la Iglesia que no permanece en la doctrina de Cristo, sino que está extraviada en doctrina de demonios! ¡No son de la Iglesia! ¡No son de Cristo!

¿Por qué Dios ha permitido que un seductor se sentara en el Trono de Pedro?

«Tocó el séptimo ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos”» (Ap 11, 15).

La Segunda Venida de Cristo está ya a las puertas. Son pocos los que creen en esto.

Bergoglio está usurpando el Trono de Pedro porque Cristo viene en gloria para reinar por mil años en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

«…vivieron y reinaron con Cristo mil años» (Ap 20, 4): nadie cree en el milenio. Luego, nadie cree que un usurpador esté en el Trono de Pedro. Nadie atiende al peligro que viene del gobierno humano de Bergoglio.

Todos tienen ante sus narices ese peligro y nadie lo quiere ver.

Bergoglio no es papa, luego hay que echarlo de la Iglesia por su herejía y por su atrevimiento en sentarse en la Silla que no le corresponde.

Esto es lo que se debe hacer, pero esto es lo que nadie va a hacer.

Esta es la única verdad que a nadie le interesa conocer y cumplir.

El tiempo de atacar a ese hombre ya pasó. Ahora, es el tiempo de echarlo, de hacerlo renunciar. Si no se hace esto, todos -fieles y Jerarquía- van a quedar atrapados en las leyes inicuas que van a salir del Sínodo, que es la obra del Anticristo en la Iglesia.

¡Qué pocos saben lo que es Bergoglio! ¡Qué pocos han sabido atacar a Bergoglio! ¡Qué pocos ven que las almas van camino de condenación eterna!

Bergoglio está llevando a las almas hacia el infierno. Pero, a nadie le interesa esta verdad.

Y eso quiere decir que todos viven caminando hacia el infierno. Todos se creen salvos y justos, pendientes de un hombre sin verdad, que está destruyendo la Iglesia, más interesados en limpiarle las babas a ese hombre cuando habla, que en poner distancias con él, con toda la jerarquía que lo obedece y con todos los fieles tibios en su vida espiritual, que no les interesa -para nada- la verdad de lo que está sucediendo en la Iglesia.

La verdad es que el hombre sin ley –el hombre inicuo- está sentado en la Silla de Pedro. Y cuando falta la ley eterna, se hace ley el pecado. Se obliga a pecar a todo el mundo.

Cuando no se juzga ni al pecador ni al pecado, entonces se condena a todo el mundo por su pensamiento.

El que no juzga impone a los demás su idea humana. Es un tirano, un dictador de mentiras. Saca de su propia mente humana el concepto del bien y del mal. Y, con ese concepto, se hace juez de todo el mundo: se pone por encima de toda verdad, tanto divina como humana.

Jesús no fue juzgado, sino condenado en un falso juicio. Hicieron un juicio no para resolver una situación, sino para buscar una razón que condenara a un hombre.

Esto es lo que ha hecho Bergoglio con el Sínodo: allí no se van a resolver los problemas de la familia. Allí se va a buscar una razón para condenar a toda la Iglesia Católica, a todos los católicos que siguen la verdad del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, a todas las familias que cumplen con la ley de Dios.

Quien no juzga, condena por imposición de su mismo pensamiento humano. Es el imperativo categórico-moral que está en toda la Jerarquía que gobierna en la Iglesia. Es lo que tienen en sus mentes y que, aunque sea una herejía, un error, lo tienen que poner en ley, en práctica, en una obra. Es una necesidad absoluta para ellos. No pueden escapar de esta necesidad porque son incapaces de cumplir con la ley eterna de Dios. Sólo cumplen con sus leyes, con sus pensamientos humanos hechos ley en ellos mismos. Son esclavos de sus mentes humanas.

«Y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé» (Web vaticana)

Me viene a la mente: imperativo moral. Esclavitud al pecado de soberbia.

No juzgo –antes de hablar- si ese pensamiento es bueno o malo. No sé si lo que voy a decir es una insensatez o una herejía. Y, a pesar de que tengo duda, lo digo. Y no importa que sea una insensatez o una herejía. Eso no interesa. No me interesa si lo que voy a decir es una verdad o una mentira; una locura o un error.

Lo que me importa, lo que me interesa es lo que voy a decir: atiendan a mis palabras. Céntrense en mis palabras, en mi lenguaje, en mi pensamiento. Y sigan lo que yo digo porque yo lo digo.

Me viene a la mente: es un imperativo categórico-moral. No lo puedo callar. No puedo pararme a pensar si lo que voy a decir está bien o está mal. Tengo que decir lo que me viene a la mente, aunque sea una locura, aunque sea una herejía. Es una necesidad; es una esclavitud en mi mente. Tengo que decirlo y a todo el mundo. Que todo el mundo lo oiga: lo digo yo, y eso basta para agachar la cabeza y aceptar mi palabra porque es mi palabra.

¡Esta es la audacia, la osadía, el atrevimiento de un hombre que habla sin fundamento: no sabe lo que habla! Habla con la duda. Habla sin certeza. Habla una locura. ¡Habla una herejía! ¡Y la quiere hablar! ¡Quiere escandalizar a todos! ¡Quiere enseñar la herejía a todos!

Bergoglio se declara –él mismo- hereje: «…algo que puede ser… una herejía».

«Aborrece mi alma tres suertes de gentes, cuya vida me da en rostro: pobre soberbio, rico embustero y anciano adúltero y necio» (Ecle 25, 3-4).

Bergoglio: anciano adúltero de la Palabra de Dios y necio en el conocimiento de Dios. Ha llegado a su vejez y no ha acumulado sabiduría divina en su alma. No sabe lo que es al amor de Dios. No sabe amar a los hombres. Sólo sabe perseguir su necedad de vida.

¡Bergoglio es un hombre excesivamente imprudente en el hablar, temerario, que arrastra al peligro, que conduce a las almas hacia la perdición eterna con su diaria verborrea barata y blasfema! ¡Y no le pesa en su conciencia hacer esto! ¡Duerme a pierna suelta después de mostrar a las almas -cada día- el camino para irse al infierno!

¡La desfachatez con que habla, la burla que Bergoglio hace de todos los católicos por medio de sus nefastas palabras!

El gobierno de este loco es para los católicos idiotizados. Esos católicos –falsos en su fe, tibios en su vida espiritual, caducos en la vida de la gracia- que no saben llamar a un hereje por su nombre. No saben enfrentarse a los hombres, a sus mentes, a sus obras dentro de la Iglesia.

Hay que ser idiota para tener a Bergoglio como papa.

Hay que ser idiota para obedecer la mente de Bergoglio, que es la mente de un orgulloso, de uno que habla sin autoridad. Él mismo se pone por encima de la Autoridad divina para decir su mente a los hombres. Decir una locura y una herejía, y que todo el mundo aplauda ese dicho, esté atento a esa idiotez.

Bergoglio, no sólo es un hereje manifiesto: sus herejías son claras, patentes, todos las pueden leer. Sino que es un hereje pertinaz: este hombre está anclado en su forma de pensar, en su manera de ver la vida, y la impone a los demás. Vive constantemente para comunicar a todos, para publicar -por todos los medios- su falso y perverso pensamiento.

Este hombre se desvive dando entrevistas a todo el mundo. Le gusta salir en la televisión para expresar su maldito pensamiento. Le gusta echarse flores, constantemente, para que lo tengan como humilde, como pobre, como santo, como justo en sus palabras y en sus obras.

¡Qué vergüenza es -para toda la Iglesia- este sujeto!

¡No sabemos cómo a los Cardenales, a los Obispos, a los sacerdotes, no se les cae la cara de vergüenza cuando habla este personaje!

¡No entendemos cómo no saltan de indignación, cómo no les hierve la sangre viendo cómo este personaje está destruyendo la Iglesia, y cómo lleva almas al infierno!

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

El sacerdocio es para salvar almas de las garras del demonio. Y ellos están dando almas a Satanás en la persona de Bergoglio.

La Jerarquía que obedece a un hereje como su papa es enemiga de Cristo y de la Iglesia. Son enemigos, a los cuales no se les puede obedecer, seguir, escuchar en la Iglesia. Ningún fiel puede obedecer a la Jerarquía que se somete a un hereje como su papa.

Bergoglio no tiene autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo. No es Papa. No tiene Autoridad Divina en la Iglesia. El Espíritu Santo no puede elegir a un hereje como Papa de la Iglesia.

Si Bergoglio está sentado en la Silla de Pedro, no es por el Espíritu Santo, sino por los hombres, que lo han elegido para una obra satánica en la Iglesia.

¡Qué pocos se atreven a decir esto! ¡Obra de Satanás es el gobierno de Bergoglio!

¡Cuántos están en lo políticamente correcto! Y, por eso, no han atacado a Bergoglio y no son capaces de hacerle renunciar.

Para obrar el derecho canónico es necesario primero atacar al hereje, enfrentarse cara  a cara con el hereje. Y ningún Obispo ha dicho esta boca es mía. Todos sometidos a la mente de ese hereje. Todos culpables de herejía, como Bergoglio. Porque quien obedece a un hereje, sigue necesariamente su pensamiento herético: acaba perdiendo la fe.

Es lo que se ve en todas las parroquias: sacerdotes y fieles dando culto a los hombres. Abajándose a la doctrina protestante, comunista y masónica de ese hereje. Todos han perdido el norte de la verdad. Están dejando a Cristo por un plato de lentejas. Prefieren seguir comiendo y teniendo un trabajo que hablar con la verdad en la boca.

No hay justicia sin verdad: las obras de todos los sacerdotes y fieles que tienen a Bergoglio como su papa son injustas, son una clara rebeldía a la Voluntad de Dios.

Sólo en la verdad se hace una obra justa. En la mentira, todo es una injusticia.

«Quien declara la verdad, descubre la justicia; el testigo mentiroso, la falsedad» (Prov 12, 17).

Bergoglio siempre está hablando la duda, el error, la mentira, la oscuridad. Habla y no sabe lo que habla: «Quien habla sin tino hiere como espada» (Prov 12, 18a). Las palabras de Bergoglio hacen daño a toda la Iglesia, a todas las almas. Enferman más a las almas, porque sólo «la lengua de los sabios, cura» (ib, 18b).

Todo lo que se está levantando en la Iglesia con Bergoglio es una injusticia. Todas las parroquias están llenas de obras injustas, obras sin verdad, obras sin fe. Es el inicio de la gran apostasía de la fe. Todos se alejan de la justicia de Dios porque se creen justos en sus mentiras, en sus falsedades, en sus errores. Justos porque tienen a Bergoglio como su papa.

Todos viven en el camino de la condenación eterna porque se han justificado a sí mismos con sus pensamientos humanos.

Condenarse es llamar a Bergoglio como papa, es tenerlo como papa, es obedecerlo como papa.

Muchos dicen: como los Obispos lo mantienen en el Papado, a pesar de sus herejías, como no han aplicado el derecho canónico, entonces hay que tener a Bergoglio como papa. Esto es pecar, hacer pecar y vivir en el pecado. Mantenerse en este pecado. No arrepentirse de este pecado porque no se ve como pecado.

El silencio culpable de los Obispos hace que los fieles obren un imperativo moral: hay que tener a Bergoglio como papa de la Iglesia Católica. Cuando la ley de Dios dice lo contrario: Bergoglio no es papa porque es hereje.

La Iglesia: ¿es el cumplimiento de una ley canónica o el de una ley divina? Si nadie cumple con la ley canónica eso no quiere decir que no estén sujetos a la ley divina, que no haya que cumplir con la ley divina. Todos pecan por ponerse por encima de la ley divina al no cumplir con la ley canónica. Todos pecan por cumplir con la palabra oficial en la Iglesia, palabra de hombre que no puede salvar ni santificar; que no puede justificar el mal en el gobierno de la Iglesia.

Ese silencio culpable condena a muchas almas al infierno. Un silencio culpable que obra el pecado en muchas almas, que hace pecar, que justifica a un hereje en la Iglesia.

¿Para qué son Obispos de la Iglesia? Para hacer pecar a los demás.

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

Mayor pecado que el de Adán es lo que se ve en toda la Jerarquía actual de la Iglesia.

La misión de Adán era sembrar su semilla para formar la humanidad que Dios quería.

La misión de todo sacerdote es sembrar la Palabra de Dios en las almas para que se puedan salvar y santificar.

Adán rehusó a esa misión y engendró una humanidad para el demonio. Pero esa humanidad todavía podía salvarse por la gracia.

Los sacerdotes y Obispos rehúsan a su misión y hacen que las almas ya no puedan salvarse por la gracia. Hacen hombres sin capacidad de salvar su alma. Porque les presentan, siembran en sus almas la palabra de la condenación. Les dan falsos sacramentos. Levantan para esas almas una iglesia maldita en sus orígenes.

Toda esa Jerarquía que obedece a un hereje está creando el cisma dentro de la Iglesia Católica. Y van a perseguir y excomulgar a todos los verdaderos católicos que no pueden obedecer a un hereje como papa.

Del gobierno de Bergoglio va a salir una monstruosidad: una iglesia modernista dirigida por un falso papa, que es el falso profeta que combatirá a la iglesia remanente, que defiende la tradición y el magisterio. Iglesia que será clandestina y perseguida.

El fruto del gobierno de Bergoglio: el gran cisma en el interior de la Iglesia.

«Yo os traje a la tierra fértil…»: a la Iglesia Católica;

«…para que comierais sus ricos frutos. Y en cuanto en Ella entrasteis contaminasteis Mi Tierra e hicisteis abominable Mi Heredad»: pocos entienden que ha sido la misma Jerarquía la que ha obrado esta abominación que vemos en el Vaticano. Ellos han hecho abominable la Iglesia en Pedro. Lo han contaminado todo. La han destrozado. La Iglesia Católica está en ruinas.

«Tampoco los sacerdotes se preguntaron: ¿Dónde está el Señor?»: ¿está Cristo en Bergoglio? ¿Tiene Bergoglio el Espíritu de Pedro? ¿El Espíritu Santo puede poner a un hereje como Papa?

La Jerarquía de la Iglesia vive sin Dios dentro de Ella: vive sin buscar la Voluntad de Dios. No les interesa ser Santos en la Iglesia. Sólo quieren que los demás los alaben y los tomen por santos y por justos en sus decisiones.

«Siendo ellos los maestros de la Ley, Me desconocieron, y los que eran pastores Me fueron infieles» (Jer 2, 7-8).

Dios les ha dado la vocación a muchos sacerdotes y Obispos, los ha traído a la Iglesia Católica, y ellos están levantando una nueva iglesia porque desconocen la riqueza espiritual de su sacerdocio. Son infieles a la gracia que han recibido en sus sacerdocios. Son sólo fieles a las mentes de los hombres, al lenguaje que todos ellos emplean para mostrar al mundo su gran soberbia y su orgullo demoledor.

Es tiempo de persecución. Cuando no se hace caso al clamor de la verdad, se persigue al que la clama para que no moleste en la obra de abominación que se ha levantado en Roma. Necesitan una iglesia en la que todos estén de acuerdo en la maldad. Los que no quieran esa maldad, tienen que desaparecer del mapa. Ya lo están haciendo a escondidas, ocultamente, sin que nadie se entere. Pero viene el tiempo de hacerlo público, porque esa maldita iglesia de los modernistas tiene que ser visible para todos, universal, mundial, tiene que apoyar el nuevo orden mundial.

No hay paz sin justicia: sólo la guerra, las persecuciones se suceden por la obra de la injusticia de la falsa iglesia en Roma. La infidelidad a la gracia trae consigo la pérdida de la paz, tanto en el mundo como en la Iglesia.

No hay vuelta atrás

vaticanocomunista

La Iglesia está dividida. Y es la Jerarquía la que ha producido esa división. Se ha dividido la verdad del Papado. Se ha dividido a Cristo.

El Papado es una gracia que, desde la muerte del Papa Juan Pablo II, nadie la ha vivido. Todos: Cardenales, Obispos y Papa han dejado caer esa gracia en un saco roto.

La Palabra de Dios no puede ser cambiada. Jesús puso Su Iglesia en Pedro. Y esto es lo que ha sido cambiado. Muchos no han comprendido este cambio, pero ahí están los frutos, las obras: la nueva y falsa iglesia en el Vaticano. Una Iglesia que no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Una Iglesia a la que muchos siguen llamando católica, pero sólo le queda el nombre. Una palabra que se ha vuelto un negocio para muchos sacerdotes y Obispos. Ahora quieren vender lo sagrado, los templos, para levantar los nuevos templos de la nueva y perversa iglesia.

Nadie, dentro de esa iglesia batalla por la verdad. Es la iglesia para imponer la herejía a todo el mundo.

Se mata a las almas en nombre de un hombre sin verdad: Bergoglio. Haciendo propaganda de su nefasta doctrina. En el nombre de ese hombre, se destruye la Iglesia, se destruyen las vidas espirituales de muchas almas, se destruye el camino que Cristo ha puesto a las almas para su salvación y santificación.

Han puesto, al frente de esa secta diabólica, a un idiota con cara de maricón: Bergoglio.

«Llegan los tiempos oscuros para la Iglesia de Dios. La división está ya en acto en el interior de Ella. Es este Papa que pone gran freno. Imítenlo siempre en lo que hace» (Conchiglia – 5 de septiembre del 2000).

Imiten al beato Juan Pablo II. No imiten al hereje de Bergoglio.

Juan Pablo II supo frenar la división interna en el Papado. Todos querían cambiar la estructura del Papado: hacer un gobierno horizontal. Y presionaron a Juan Pablo II y no lo consiguieron. Él se mantuvo en la línea de la gracia. Usó la gracia del Papado hasta el final, hasta su muerte. Fue Papa hasta la muerte. Fue un papa católico. No echó en un saco roto esa gracia. No condescendió con los Obispos, que sólo eran amigos del poder y del dinero.

Bergoglio ha abierto la zanja para el cisma en la Iglesia Católica. Ha plantado su gobierno horizontal. Y ya está dando sus primeros frutos diabólicos.

«Ahora, estoy reconduciendo a Casa a Mi Vicario en la Tierra, el único que tenía firmemente en mano las riendas de Mi Iglesia… ¿”Quién” seguirá al mundo? A través de él he dado disposiciones. A través de él les he hecho de guía… Mi Vicario en la tierra fuerte en el carácter, fuerte en la fe, para ser luz y ejemplo a todos…» (Conchiglia – 01 de abril del 2005).

Juan Pablo II: el único que se enfrentó a la masonería. El único que tenía en mano las riendas de la Iglesia Católica. Verdadero y triunfante Papa.

A Juan Pablo II lo dejaron solo, pero gracias a su fe, a su vida espiritual, el demonio no pudo con él. La puerta de su alma quedó cerrada para la obra del demonio. Cumplió con los mandamientos de Dios y eso le llevó a la verdadera libertad del Espíritu. No se convirtió en esclavo del pecado –como muchos sacerdotes Y Obispos- y así pudo obrar la ley de la gracia, la misión que Dios le dio en la Iglesia, hasta el final de su vida. Mantuvo firme, en su mano, las riendas, el gobierno vertical en la Iglesia. Fue Pedro hasta el final de su vida. Fue Voz de Cristo en medio de los lobos infernales que le rodeaban. Los mantuvo a raya. Y tenían que callar ocultando su odio a ese Papa.

Pero quien no cumple con la ley de Dios, tampoco cumple con la ley de la gracia: falla en su ministerio sacerdotal. Falla en la gracia que ha recibido.

«…los adultos que se creen sabios creen que después de él otro papa los conducirá…No se dan cuenta lo que está a punto de ocurrir en la Iglesia» (Ib).

Todos creían que, después de Juan Pablo II, la nave de la Iglesia seguiría sin problemas. Y los soberbios se equivocaron.

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero la puerta de su alma la dejó abierta a la obra del demonio. De esa manera, no pudo cumplir con la ley de la gracia: no llevó la gracia del Papado hasta el final. La echó en un saco roto. No ha podido conducir la Iglesia hacia la verdad que Dios quería. Fue hecho prisionero en el Vaticano y, por su falta de fe, por su debilidad en la vida espiritual, por su pecado, fracasó en la gracia del Papado. No fue un papa católico: no se mantuvo en la línea de la gracia. Abrió la puerta del papado al falso profeta, que llama al Anticristo, que lo convoca para la destrucción de la Iglesia. Dejó la Iglesia en las propias manos del lobo.

«¿Es posible que no se hayan percatado que este Papa, del mismo modo que Pedro, ha sido hecho prisionero? Por esto, habría tenido que apartarse del Vaticano y denunciar cada tipo de crimen dentro de la Iglesia a costo de la muerte física. El riesgo es altísimo, ya que de hecho este Papa es tenido al oscuro sobre hechos, acontecimientos y decisiones concernientes al curso interno y externo de la Iglesia» (Conchiglia – 30 de junio del 2012).

Habría tenido que apartarse….

Benedicto XVI es el Papa legítimo, pero pecador. Por su pecado, no pudo apartarse del Vaticano cuando era el momento preciso. El riesgo era muy alto porque estaba implicado en la obra del pecado. El demonio lo tenía atado. No era libre para seguir al Espíritu de Pedro en la Iglesia. Por eso, no pudo mantenerse fiel a la gracia del Papado. Sucumbió a la presión de los Cardenales y de los Obispos. Y tomó el camino fácil de la renuncia. Ahora, debe callar ante la herejía y el cisma que contempla en el Vaticano.

Porque no hay vuelta atrás.

«No, no hay vuelta atrás. Siempre y cuando Francisco no sea más papa, su legado permanecerá fuerte. Por ejemplo, el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error. Por lo tanto, en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado. Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas» (texto).

Aquí tienen la mente de los malditos herejes. Victor Manuel Fernandez es un lobo vestido de Obispo. Es un maldito hereje, que habla el lenguaje propio del demonio, que tiene por jefe a otro maldito -como él- al cual adora en su pensamiento humano, y ofrece a las almas el camino de condenación.

«El papa debe tener sus razones, porque él conoce muy bien lo que está haciendo» (Ib): Bergoglio conoce que está condenando almas al infierno. Lo conoce muy bien. Bergoglio conoce que está destruyendo la Iglesia de Cristo. Esto lo conoce y lo quiere con toda su alma podrida. Bergoglio conoce que está interpretando un papel que ha sido obligado a interpretar.

Porque todo masón obra por un imperativo categórico-moral: una imposición de una mente ajena, de una ley en su mente. Y ningún masón sale de esa imposición. Por eso, Bergoglio sabe muy bien lo que está haciendo. Ha sido adoctrinado para esto. Es el juguete de los grandes masones, de sus mayores, de esos hombres ocultos que ni siquiera él conoce. Por eso, no le gusta lo que está haciendo. Bergoglio es orgulloso: es él y nadie más que él. Pero tiene que servir a otro con mayor poder que él. Y esto es lo que no soporta.

Bergoglio es un hereje pertinaz, que vive en su pensamiento herético, incapaz de ver la verdad. Incapaz de obrarla. Incapaz de arrepentirse de sus pecados.

Hereje pertinaz es aquel que defiende su manera de pensar, falsa y perversa, con obstinada animosidad, con terquedad, con persistencia, sin estar dispuesto a corregirse de sus errores, ni de arrepentirse de sus obras de pecado.

La Iglesia condena al hereje pertinaz:

«Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico…quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia» (Canon 194, n.2).

Pero nadie hace caso a este canon.

Bergoglio es hereje pertinaz: «el papa está convencido que las cosas que ya ha escrito y dicho no pueden ser condenadas como error».

Públicamente, Bergoglio ha manifestado sus herejías, que le apartan de la fe católica. Públicamente, Bergoglio sigue sosteniendo sus herejías manifiestas como verdaderas. Ahí tienen la última entrevista en la cual Bergoglio se echa flores sobre sí mismo. Un hombre que no se arrepiente de su maldad.

Y, públicamente, la Iglesia entera, la Jerarquía, apoya sus herejías. ¡Públicamente! Luego, ninguna Jerarquía tiene derecho a pedir obediencia en la Iglesia. Todos quedan fuera de la Iglesia verdadera. Porque están enseñando la herejía. Están imponiendo la mente de un hereje. Y dan a las almas el camino para obrar la herejía dentro de la Iglesia.

Nadie hace caso del derecho canónico para resolver el problema Bergoglio. Todos son culpables de este gran desastre que vive toda la Iglesia.

Bergoglio ha probado, sin lugar a duda, que es el hombre de la doblez, del engaño, de la manipulación, de los errores y manifiestas herejías, de las blasfemias contra Cristo, contra Su Iglesia y contra el Espíritu Santo. Y merece ser denunciado desde todo púlpito, en toda parroquia católica, en toda casa de familia católica.

El silencio de tantos católicos prueba que ellos viven en la obra de su pecado mortal, que les impide atacar al hereje y la herejía y, por lo tanto, les impide cumplir con sus deberes en la Iglesia: el deber de ser fiel a la gracia que Cristo les ha merecido con su muerte en Cruz. Ya no son fieles de Cristo, son sólo perros atados a la mente de un hombre sin verdad, que ladran para que su amo les eche de comer su herejía.

El silencio de tantos Obispos prueba que ellos no son irreprensibles en sus episcopados: son mujeriegos, codiciosos, desobedientes, rebeldes, amigos del dinero, hinchados de soberbia, infames, que se aman más a sí mismos que a Jesucristo. Merecen la condenación por su silencio culpable. Teniendo la plenitud del sacerdocio, teniendo toda la verdad de lo que es Bergoglio, se someten a la mentira que nace en la mente de ese infeliz, de ese condenado en vida.

Bergoglio no ve sus errores, sus herejías, su cinismo, su hipocresía, su idolatría, su cisma. No lo ve. Él sólo vive en su pensamiento humano que le indica el bien y el mal. Su manera de pensar; su falsa y perversa forma de ver a Cristo y a la Iglesia. El norte de la verdad, para Bergoglio, es él mismo. Lo que él ha escrito, lo que él dice cada día.  Es un ciego que se ilumina a sí mismo con su misma ceguera. Vive en su tiniebla y se alumbra con las oscuridad de su tiniebla.

Esto se llama perversión de la mente humana. El hombre queda pervertido, viciado con las malas doctrinas, perturbado con todas las filosofías y teologías que ha acumulado su mente sin ningún discernimiento. La mente de Bergoglio es una mente que razona sin luz, en las más oscura tiniebla. No discierne nada, porque es incapaz de ver algo.

Bergoglio no puede hacer una crítica sana de ninguna filosofía ni teología porque todo lo saca de él mismo, de su mente humana. Por eso, Bergoglio tiene por padre al demonio, que es mentiroso.

«Cuando habla la mentira, habla de lo suyo propio»: Bergoglio saca la mentira de su propia mente, de su dar vueltas constantemente a las ideas que tiene en su mente podrida, corrupta, inicua. Ideas que sólo están relacionadas con ellas mismas; pero nunca con la Mente de Dios. Nunca con la verdad absoluta.

Bergoglio nunca sale de su mente para comparar las ideas. Está cerrado en su soberbia. Y -como todo soberbio- sólo es capaz de ver su soberbia. No puede ver la luz de la gracia, ni la luz del Espíritu. No puede atender a la luz natural. Bergoglio es una persona sin fe, que ha perdido la fe porque ha asentado su vida en su propia mente, en sus propias luces interiores, que nunca va a dejar porque son la estela de su dios.

Si alguien le dice una idea extraña, que no tiene en su mente, la analiza con su mente y la interpreta según su mente. Si alguien hace referencia al magisterio de la Iglesia, él lo reinterpreta para acomodarlo a su manera de pensar, a su perversidad, a su falsedad de vida.

El dios de Bergoglio no es su mente, sino su forma de vida: vive para ser hombre. Vive para darse culto a sí mismo, para buscar en el otro la gloria de sí mismo. A Bergoglio sólo le interesan las alabanzas. No puede soportar las críticas. Necesita, constantemente, a su alrededor, de personajes que le limpien las babas de su boca cuando habla o escribe algo.

A Bergoglio lo maquillan cuando lanza una herejía. Y es necesario hacer eso por imposición del mismo Bergoglio. Él tiene a su gente dedicada a limpiarle las babas. Es la tarea que todo orgulloso impone a otros para cuidar su imagen en el mundo y en la Iglesia.

Bergoglio no puede acudir a Dios para ver qué es la verdad. Es como Pilatos. Conoce la verdad, sabe que está mintiendo, pero prefiere “su verdad”, que es su cosecha propia, su gran mentira. Bergoglio hace esto porque es como el demonio: «es mentiroso, padre de la mentira».

Este es el significado del falso profeta en la Escritura: el padre de la mentira, el que engendra la mentira, el que da la mentira, el que ofrece la mentira, el que obra la mentira. Y no puede dar nunca la verdad. Sólo la puede dar cuando Dios le obliga, como hace al demonio en algunos exorcismos.

Bergoglio sólo puede engendrar la mentira en las almas. Y lo hace a manera de sentimiento humano, de impulsos afectivos. Bergoglio no sabe hablar a la mente del hombre: no es lógico, no es inteligente, no sabe usar su mente para hablar con los demás, para llegar a los demás. Vive dentro de su mente. No vive para relacionar su mente con el otro. No vive para aceptar una verdad que la mente del otro tiene y que él no posea. Bergoglio sólo comparte su mente con aquel que piensa igual a él. Con los demás, se cierra, se oculta, engaña, falsea todas las cosas, manipula constantemente.

Bergoglio llega a la gente a base de sentimientos, de impulsos afectivos cuando predica. Habla, no para lanzar una idea, sino un sentimiento, un gusto, la obra de una voluntad.

A Bergoglio no le gustan los discursos. Lo que le gusta es improvisar con todo el mundo: dejarse llevar del sentimiento del momento, de la idea placentera, que es gustosa a la mente en ese momento y en esa circunstancia.

Por eso, a Bergoglio se le coge en seguida en sus herejías. Y se sabe cuándo está leyendo algo que otro ha preparado. Él mismo se delata constantemente. Por eso, nunca puede hablar el lenguaje de la fe. Nunca. Siempre va a hablar lo que le da la gana en ese momento. Su improvisación, que es una inspiración perversa. Es la sugestión que viene de la mente del demonio. El demonio le sugiere la mentira y –como Bergoglio no sabe discernir espíritus, no sabe discernir sus pensamientos humanos- el demonio le engaña con gran facilidad. Él cae en el juego del demonio. Y cae por su vida sentimental, que es lo único que vive, que es capaz de vivir. Bergoglio es un llorón de la vida humana: una “mujercita” que se acicala para gustar al hombre y al mundo.

Bergoglio vive su herejía. Su voluntad no puede adherirse a la verdad como bien propio. Constantemente, con su voluntad, inclina su entendimiento a adherirse a la mentira, al error, a la duda, a la falsedad, al engaño. Bergoglio no elige lo que en realidad enseñó Cristo, sino que elige lo que le sugiere su propio pensamiento humano. Es su inspiración perversa, malévola, inicua, diabólica. Por eso, Bergoglio constantemente está corrompiendo los dogmas, el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

«…rehúye al hereje, sabiendo que está pervertido» (Tit 3, 10-11).

El verdadero católico tiene que retirarse de la presencia de Bergoglio. Tiene que apartar de sí toda la doctrina de Bergoglio. Es un riesgo para la salvación de su alma. Es una constante tentación para caer en la propia herejía, que la mente de Bergoglio transmite cuando habla o escribe.

El hereje pertinaz sólo habla herejías, sólo obra con la herejía, sólo vive en la herejía. Bergoglio tienta a las almas constantemente. Es tentación para obrar el pecado.

Bergoglio lleva a las almas hacia su pecado de herejía pertinaz. Las almas se vuelven tercas, obstinadas, salvajes, rebeldes, desobedientes a la ley de Dios, a la Voluntad de Dios, a la enseñanza de la Iglesia. Ya no se apoyan en la Autoridad de la Iglesia para discernir la verdad de la mentira, sino que se apoyan en la mente de un hereje, de un hombre sin verdad. Se apoyan en la verborrea diaria que ese hombre transmite cada día al mundo.

Bergoglio lleva hacia el pecado contra el Espíritu Santo. Todo hereje pertinaz ha cometido ya este pecado. Por lo tanto, no puede salvarse. Y su vida sólo consiste en hacer que los demás tampoco se salven. Bergoglio, no sólo con su doctrina sino con su vida, con sus obras, impide la salvación de las almas. Se hace modelo de condenación en vida para las almas.

¡Esto es lo trágico que nadie medita!

Están fabricando el nuevo papado: «en el futuro cualquiera puede repetir esas cosas sin miedo y sin ser sancionado». El modelo de los falsos católicos: su papa hereje.

Pueblo de Dios: sé hereje como Bergoglio. Cree en los dogmas que cambian, desprecia los preceptos de la Iglesia, no te sometas al magisterio de la Iglesia, piensa como quieras, vive lo que te dé la gana. Ya no hay vuelta atrás. Ya no hay sanciones a los herejes, a los cismáticos, a los que apostatan de la fe. Al contrario, hay que santificar el error, hay que poner en los altares a los herejes, a los que crean el cisma, a los que se apartan de la verdad, a los que enarbolan la bandera del orgullo y de la soberbia.

¡Qué gran descalabro en la Iglesia gobernándola un hereje!

Evita a Bergoglio porque está pervertido: ha cambiado el orden de las cosas. Vive sin ley, vive sin verdad, vive sin camino de salvación. Un hombre sin Cristo. Un hombre sin la Cruz de Cristo. Un pelele del demonio.

Están creando los falsos católicos de la falsa iglesia, los herejes pertinaces: «Y entonces la mayoría del Pueblo de Dios con su especial sentido no aceptará fácilmente volverse atrás en ciertas cosas». Los católicos que ya no vuelven atrás: que ya no pueden arrepentirse. Los católicos que cometen el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Permanecer en el error hasta la muerte, sin volverse atrás, eso es el pecado contra el Espíritu Santo. Se está enseñando este pecado: cómo vivir condenados en vida. No vuelvas atrás. No rectifiques. No hay pena que cumplir, no hay sanción, no hay penitencia. Sigue en tu error. Sigue en tus creencias. Sigue en tu identidad. Todo el mundo se salva. Todos van al cielo.

«La sangre correrá en los pasillos del Vaticano, ya que Satanás ha seducido a muchos Purpurados Consagrados, que perteneciendo a la Masonería se ha vuelto, en ellos, fuertes» (Conchiglia – 27 de diciembre del 2005).

La idea masónica fuerte en muchos Cardenales. Por eso, han puesto a su falso papa. Es la fuerza de la masonería en ellos. Hay que quitar lo que impide que el Anticristo se manifieste: el Papa de la Iglesia Católica. Es decir, hay que poner lo que catapulta la presencia del hombre impío: el falso profeta, el falso papa que todos adoran por su estilo de vida, que está inoculado por una mente herética y cismática.

A Dios no le interesa el pobre y miserable trono humano que está en el Vaticano. Ese poder, que enarbola ese falso papa, lleva a la nada la dignidad del hombre.

El hombre es hombre porque se somete a la Verdad Absoluta, la que Dios revela, la que Dios decide para la vida de cada hombre.

Pero todo hombre que, viendo la verdad con su entendimiento humano, elige la mentira para su vida, queda atrapado en su propia locura.

Por eso, Bergoglio es un loco; y todos aquellos que le obedecen son otros locos.

La soberbia es una gran locura que muchos católicos han elegido en Bergoglio. Quien toma posición por Bergoglio como su papa, queda en la locura de su mente humana, sin poder salir de ella.

A Dios no le interesa lo que hace Bergoglio. Por eso, a los verdaderos católicos les debe traer sin cuidado todo cuanto dice ese hombre. Una vez que lo han medido como hereje pertinaz, tienen que apartarse de él y llamarlo como lo que es: un maldito hereje.

Y sabiendo que ese maldito hereje no va a dejar el cargo por su propia voluntad, sino que va a ser obligado a la renuncia por el bien de la causa de la masonería.

Quien espere que, después de Bergoglio, las cosas van a cambiar, es que no ha comprendido el teatro que se han montado en el Vaticano: «Debe darse cuenta que él está apuntando a reformar lo que es irreversible» (texto)

No hay vuelta atrás. El gobierno horizontal es irreversible. Las leyes que van a sacar del Sínodo son irreversibles. La destrucción de todo lo católico va a ser irreversible.

Es necesario destruir la Iglesia Católica. Por eso, es necesario un Falso Profeta que ponga por ley la herejía. Esto es lo que a Bergoglio le ha costado hacer. No ha podido porque es sólo un vividor de su propia mentira, pero no sabe ponerla en ley. Por eso, Bergoglio no sirve para destruir la Iglesia. Sólo sirve para entretener a las masas. Es el bufón indicado. Es el papel que mejor sabe interpretar.

Es necesario que la sangre circule en el Vaticano: hay que oponerse a los herejes. Y eso sólo se puede hacer con sangre porque nadie lo hace aplicando el derecho canónico. Si no queréis cumplir con las leyes, entonces habrá que cumplirlas con el derramamiento de la sangre.

El Papa Benedicto XVI no puede morir con la conciencia tranquila habiendo puesto la Iglesia en manos de un hereje, de un destructor, de un hombre impío. Tiene que expiar su pecado si quiere salvarse. Tiene que derramar su sangre por amor a Cristo y a la Iglesia.

Si no quiere hacer esto, entonces que se vaya del Vaticano y que ataque a ese hombre escondido de todos.

Pero hay que demostrar que el alma es de Cristo y de nadie más. Y nadie, en el Vaticano, está demostrando que ama a Cristo más que a su vida.

No es el Espíritu Santo el que ha elegido a Bergoglio como papa. Han sido los hombres los que han puesto su falso papa; y muchos católicos no quieren reconocer esta gran verdad. Y será su perdición eterna.

bmaricon

La iglesia de los maricones, comunistas y herejes

bergogliofalsareligion

«… está en curso la destrucción espiritual de la Iglesia y de las almas y harán de todo por establecer lo antes posible una Única Religión Mundial» (Conchiglia – 28 de julio del 2014).

Bergoglio ha usurpado el Trono de Pedro y representa -en el gran teatro del Vaticano- funciones públicas para entretener a las masas, y así amansarlas y hechizarlas con una doctrina en que sólo busca la gloria de sí mismo.

Bergoglio habla para atraer sobre sí mismo los méritos y las glorias que no puede tener.

Bergoglio obra para complacerse a sí mismo, dando a la masa lo que le pide, lo que le agrada, lo que le hace disfrutar de la vida.

Bergoglio es un hombre sin amor, sin fe, sin humildad. Es decir, es un hombre orgulloso, que se muestra como el salvador del mundo, que se alumbra con las luces de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe. Y, por eso, Bergoglio se arrodilla sólo delante  de las falsas religiones. No puede arrodillarse delante de Jesucristo porque no cree en Su Divinidad. Se arrodilla ante los herejes, en vez de atraerlos a la fe católica, porque no cree en la verdad inmutable.

La idea de la masonería es reunir a todas las religiones y crear una religión universal: la religión en la que todos los hombres están de acuerdo. Es la unión de mentes, que pasa por la unión de los cuerpos.

Para llegar al matrimonio gay es preciso llegar primero a la unión gay, unión de cuerpos. Una vez legalizado esta unión, en todas las iglesias, entonces se pasa al siguiente nivel: la unión de mentes. Las mentes de los hombres se unen en un matrimonio, con una atadura para formar la sociedad ideal, la iglesia universal.

Es necesario unir los cuerpos espirituales de las diversas religiones para formar la unión mística de la iglesia del anticristo, el matrimonio místico entre las almas y el anticristo, su cuerpo místico.

Para eso es necesario atacar la doctrina católica que impide que muchos hombres puedan entrar en esta religión universal.

Es necesario cambiar la doctrina católica, borrar de la faz de la tierra el sacrificio de Cristo en la Cruz.

Se quiere suprimir a Cristo para que los hombres sigan a los hombres, den culto a sus ideas maquiavélicas.

La Iglesia está en ruinas. Y esto no lo sabe ver la mayoría de los católicos.

marxlutero

Están levantando la Iglesia mundial de Satanás, en donde se enseña a todos los fieles a respetar y aprender de las enseñanzas heréticas de Martín Lutero:

«Después de cincuenta años de diálogo ecuménico, incluso para un cristiano católico se puede leer con respeto el texto de Lutero y aprovechar sus ideas» (Cardenal Reinhard Marx – Revista “Politik y Kultur”).

Sólo un hereje enseña a seguir a otro hereje. Sólo un hereje no ataca a otro hereje. Sólo un hereje destruye el camino que los santos han marcado para la salvación de las almas.

Así lo hizo Bergoglio cuando usurpó el Trono: puso como modelo la doctrina de un hereje, Kasper. Y está destruyendo todo lo santo que hay en la Iglesia.

Y así lo hacen los que lo siguen, los que obedecen a Bergoglio. Es la Jerarquía que no combate a los herejes, que no batalla por la vida espiritual, que no se dedica a salvar almas, sino que pone la herejía, el error, la mentira, como norte de la iglesia.

El error, en vez de la verdad, es el alimento de muchos católicos. Han dejado de amar la verdad, han dejado de buscar el sentido a su vida. Ahora son sólo veletas de las mentes de muchos sacerdotes y Obispos, que son falsos porque han perdido la fe en Cristo y en Su Iglesia.

Ahora es el tiempo de luchar por un prestigio social, político, económico, material, humano.

Ahora es el tiempo de la condenación de las almas en vida. Vivir sin arrepentirse de los pecados: esta es la iglesia que se busca, que se persigue.

Como «la unión con Cristo es el bien supremo del hombre, hay que unir a todos los cristianos, independientemente de su identidad» (ib): buscan el anhelo humano de tener una iglesia que no condene el pecado, que no divida por la libertad del pensamiento, que sepa reunir todas las ideas de los hombres bajo una bandera de fraternidad, de igualdad y de libertad.

«…la cooperación de las iglesias conduce a ser un testigo más creíble en la sociedad, por lo que su voz será mejor oída si se ponen de pie para el pueblo y denuncian las estructuras injustas de la sociedad, la política y la cooperación» (ib). No se quiere escuchar la voz de la Iglesia Católica porque no es la voz del pueblo. No lleva a una sociedad globalizada.

La Iglesia Católica es la voz de Cristo, que es la verdad que el hombre no quiere escuchar. Es la voz a la obediencia de la Palabra de Dios.

Pero se va a la formación de una iglesia sin verdad, con la mentira que al hombre le agrada escuchar, con la obediencia a la imposición de una idea global.

En esta iglesia de herejes, se declara mártir y beato a un sacerdote que fue víctima de la política, pero no mártir ni de Cristo ni de Su Iglesia.

«Esta muerte divide la historia de la Iglesia en antes y después. Antes de la muerte de Romero la Iglesia decía: estos cristianos mueren por razones políticas, no religiosas. Ahora (después de su muerte) está claro que Romero fue asesinado por cuestiones religiosas, aunque haya muerto no por defender los derechos de la Iglesia sino los derechos de los pobres». (Gustavo Gutiérrez – En el diario “Il Giorno”).

Romero no defendió los derechos de la Iglesia que son los derechos de Cristo. Defendió a los hombres, los derechos de los hombres. Hizo de su ministerio sacerdotal una política comunista, socialista, que sólo se centra en la conquista de un reino humano.

Por eso, todos alaban al rey Bergoglio. Es su hombre, es su papa. El papa del mundo, el papa de una sociedad globalizada, el papa amorfo que sólo sabe hablar las locuras que el mundo habla. En Bergoglio sólo se puede encontrar el lenguaje del mundo. Es el hombre que salva al pueblo salvadoreño. ¿Queréis un comunista como vuestro mártir? Yo os lo doy. Yo hago que se cumplan las palabras de Romero que si lo mataban su espíritu resucitaría en el pueblo.

El legado de este falso sacerdote está en que encarnó la voz del proletariado revolucionario salvadoreño. El pueblo encontró en este personaje, no un sacerdote que pusiera la esperanza en el más allá, sino un hombre con la firme convicción de luchar por hacer de la tierra un lugar tan agradable como un paraíso, para que así los hombres no tengan que aspirar a dejar esta vida para ser felices. Los hombres merecen ser felices, gozar de esta vida. Y, por eso, la clase trabajadora tiene que luchar en contra de la clase opresora rica, para transformar la sociedad en una igualdad humana, social. La misión es que desaparezca la pobreza en el mundo.

«El arzobispo Oscar Romero cayó sobre el altar víctima de la violencia que siempre combatió. Es un mártir» (Leonardo Boff – En el diario “Folha de S. Paulo” – 30-3-80).

Los hombres buscan sacerdotes y Obispos que sean ejemplo de denuncias y de lucha contra las injusticias sociales, para así construir la sociedad globalizada, en la que no exista la represión ni la clase alta de los ricos capitalistas. En este ideal irrealizable se hacen esfuerzos para mostrar a la gente la posibilidad de una religión que tome partido por el sufrimiento de los pobres, que su jerarquía termine sirviendo, no tanto a la causa de Cristo ni de la Iglesia, sino a sus propias concepciones religiosas personales.

Monseñor Romero es sólo un mártir del proletariado, una víctima de las ideas comunistas de los hombres. Pero no es un sacerdote de Cristo: es un hombre que olvidó que Jesús, que nació y vivió en la Palestina subyugada por la dominación romana, se dedicó sólo a una obra espiritual, sin contaminarse de las ideas políticas y sociales: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Monseñor Romero fue un hombre que olvidó que los Apóstoles misionaron en un mundo en que las injusticias socio-políticas eran mucho más graves que las actuales y los derechos civiles eran constantemente violados. Ellos sólo siguieron al Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura». Y así conquistaron el mundo lleno de injusticias. Pusieron la Justicia de Dios en medio de un mundo sin justicia. Monseñor Romero sólo buscó el reino temporal, la promoción humana, la fama del pueblo. Y por esa gloria humana, por ser voz del pueblo, murió. No murió por cristo, murió por sus malditos pobres.

Y ahora, un maldito lo hace mártir y beato. Por supuesto, que es un falso mártir y un falso santo. Pero queda la obra de ese maldito, al que muchos llaman su papa.

«Por sus obras los conoceréis»: si no conocen por las obras que hace Bergoglio lo que es Bergoglio, es que están pervertidos en la mente como él lo está.

Si les cuesta llamar a Bergoglio por su nombre, usurpador, es que trabajan para él dentro de la Iglesia.

Después de dos largos años todavía hay católicos que dudan de Bergoglio: y hoy están con él, y mañana en contra de él. Esto sólo señala una cosa: la tibieza espiritual en que viven muchos católicos. Y a los tibios, Dios los vomita.

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En la iglesia de los herejes y de los comunistas se nombra a un conocido hereje, que apoya el matrimonio homosexual, como Consejero Pontifico para la justicia y la paz, a Timothy Radcliffe:

«Y podemos presumir que Dios continuará llamando tanto a homosexuales como a heterosexuales al sacerdocio porque la iglesia necesita los dones de ambos» Timothy Radcliffe – En “The Tablet”).

La cara de este maldito es, claramente, la de un maricón. Su alma, por tanto, le pertenece al demonio. Y vive para él, para hacer las obras de su padre.

«Si la feminización de la Iglesia continúa, los hombres buscarán el alimento de su espiritualidad fuera de las iglesias, en las falsas e inadecuadas religiones, con las consecuencias mayores del daño a la Iglesia y a la sociedad» (Leon Podles – The Church Impotent: The Feminization of Christianity).

Una Iglesia de maricones, de hombres homosexuales, aleja a los varones, los despide. Y daña a toda la sociedad, a todo el mundo.

La misión del hombre es engendrar vida, dominar la vida, dar a la vida el camino de la verdad.

En una iglesia y en una sociedad de homosexuales, la misión de esos hombres es anular la vida, ser dominados por todas las cosas de la vida, y presentar al mundo el camino de la mentira.

Jesús puso Su Iglesia en Obispos varones, no en Obispos maricones. La Iglesia es de hombres, no de maricones. La Iglesia necesita a los varones, hombres heterosexuales, que tienen lo que un hombre tiene que tener: el amor varonil a Dios y a las almas. El amor verdadero a su naturaleza humana, un amor en la ley natural.

Un maricón no conoce ni su alma ni a Su Creador. Un sacerdote maricón no puede cuidar las almas, no puede alejarlas de los muchos peligros que tiene la vida, porque vive en los mismos peligros, dominados por ellos.

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Bergoglio es un Obispo maricón que se rodea de maricones. Un Obispo sin ley divina, que ha echado por tierra la ley natural y que sólo vive  de lo que su mente, a diario, le va descubriendo.

La iglesia de Bergoglio es la iglesia de los maricones. Y esa no es la Iglesia de Cristo. Una iglesia que destruye la verdad, el matrimonio, la familia y toda la sociedad.

«Los intentos actuales, dentro de las casi todas denominaciones cristianas, para normalizar la homosexualidad, más que otra cosa, convence a los hombres heterosexuales de que la religión hay que mantenerla a gran distancia» (Ib).

¡Qué gran verdad!

La religión de Bergoglio: hay que mantenerla a gran distancia. En ella no hay varones, no hay hombres hechos y derechos. No hay hombres que amen la verdad, que luchen por la verdad, que sean testimonio de la verdad. Sólo hay mujercitas, que lloran por sus estúpidas vidas de coqueteo con los hombres y con el mundo.

Allí donde está el maricón, no está ni el sacerdocio ni la familia católica. Se destruye la jerarquía, el matrimonio y se tergiversa la función de la mujer en la Iglesia, en el matrimonio y en la sociedad.

«Las Iglesia católicas que cultivan una atmósfera gay (servicios especiales arquidiocesanos para gays y lesbianas, coros gays, charlas en las escuelas para la tolerancia gay) mantienen a los hombres heterosexuales lejos. El miedo de la afeminación es una de las motivaciones más fuertes en los hombres que, a veces, prefieren morir que aparecer afeminados» (Ib).

La agenda de los sodomitas es la agenda de Bergoglio. Y es lo que se está comenzando a enseñar desde los púlpitos. Ya hay Obispos a favor de las relaciones sodomitas, como este sujeto Radcliffe.

El Obispo Cordoba en Colombia, el cardenal Nichols en Londres ofreciendo misas para los grupos “soho LGBT catolicos”. El Cardenal Dolan en Nueva york aprobó los desfiles de sodomitas para representar la Iglesia para las fiestas de San Patricio.

En Suiza la mayoría de “catolicos” votaron para que se aprueben las uniones de homosexuales.

El lema de esta agenda diabólica es: aprobar las “uniones” homosexuales, pero no calificarlo como “matrimonio”. Todo esto bajo el manto de la “divina misericordia y una Iglesia pobre para los pobres”. Primero es la unión de cuerpos, de estilos de vida; después, la unión pervertida en la mente. Crear matrimonios para una perversidad de vida, para una sociedad de perversión absoluta. Y esos matrimonios, esa sociedad, avalados por una iglesia universal.

La Iglesia universal es la iglesia de los maricones, de los comunistas y de los herejes. Esta es la base para que entre todos los demás.

Se anula el pecado y, por lo tanto, la ley divina en todas las cosas; se anula la obra de la Redención y, en consecuencia, se vive buscando un paraíso en la tierra; se anula la verdad y así se comete la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es el único que conduce al hombre a la plenitud de la verdad.

Los hombres acaban viviendo para sus ideas en la vida, para sus filosofías, para sus grandiosas teologías, para sus locas y perversas ideas. Consecuencia: los hombres se constituyen en veletas del pensamiento humano, se dan culto a sí mismos y sólo viven para darse gloria a sí mismos.

La locura del desarrollo sostenible

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«Encontraréis mejores cosas en los bosques que en los libros. Los árboles y las rocas os enseñarán lo que ningún maestro humano puede enseñar» (San Bernardo de Claraval).

Dios ha puesto al hombre en la tierra para ejercer un poder: «sometedla y dominadla» (Gn 1, 28c). El hombre tiene derecho a manejarla pero con la ley de Dios, con el sentido común, que es lo que falta en muchos discursos de gente que no sabe lo que es la ecología.

Hay que ver la naturaleza con reverencia, con un espíritu religioso, porque es la obra de Dios. Hay que tratar a la naturaleza como Dios lo hace: con sus leyes, con una ética y con una moral que conserve lo que Dios ha creado.

No hay que tratar a la naturaleza como algo sagrado, porque todo está maldito por el pecado original: ni la creación ni la persona humana son sagradas. Hay que cuidar la naturaleza como la obra de Dios, que exige un orden divino en ella.

La ecología debería ser un conocimiento profundo de la tierra: es decir, un conocimiento religioso de la tierra. Y, por tanto, una toma de conciencia de cuál es la capacidad del hombre en la obra de la creación de Dios. ¿Hasta dónde el hombre es capaz, tiene poder para someter y dominar lo que Dios ha creado, y que la sigue manteniendo en su Providencia? ¿Qué quiere Dios que el hombre obre en Su Creación? ¿Cómo hay que dominarla y someterla en la Voluntad de Dios?

Hoy, la mayoría de los ecologistas se han vuelto idólatras: niegan a Dios y promueven leyes en contra de la ley de Dios: aborto, derechos de los homosexuales, eutanasia, etc. Ninguno de ellos busca la Voluntad de Dios en la naturaleza: no buscan el conocimiento religioso de la tierra, sino una iluminación diabólica para conseguir que la creación sea un nido de maldad, regida sólo por poderes ocultos.

«Hoy día, la quema cada vez más acelerada de los combustibles fósiles, que nuestra maquinaria económica potencia, están alterando el delicado equilibrio ecológico a escala casi insondable» (Cardinal Peter K.A. Turkson, 28 de abril del 2015): la relación causa-efecto entre los combustibles fósiles y el cambio climático. Esto es volver a las cavernas del pensamiento humano, y generar la confusión entre la teoría científica del cambio climático y las acciones morales humanas.

Están todos preocupados porque ven que se gasta el gas, el petróleo; que esas energías no se usan adecuadamente, y entonces caen en un absurdo: la combustión acelerada de los combustibles fósiles producen los cambios climáticos. Esto es un pensamiento cavernícola, propio de la nueva y falsa jerarquía de la Iglesia.

La naturaleza se rebela contra el hombre sólo por su pecado, por su mala acción moral. La naturaleza no se rebela contra el hombre porque se quemen de forma no recta o acelerada los combustibles.

Todo el problema es que ven lo que no es: «el planeta Tierra, el jardín que nos fue dado como nuestra casa». ¡No estamos en el jardín del Paraíso! Dios expulsó al hombre «del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado». Y «puso delante del jardín de Edén un querubín» (Gn 3, 23.24).

La tierra no es un jardín ni el hombre es parte de la naturaleza: «El ser humano es parte de la naturaleza» (C. Turkson). Vivimos en una naturaleza creada por Dios, pero no estamos unidos a esa naturaleza. La integración en la naturaleza es sólo participar exteriormente de ella.  El ser humano vive con otras naturalezas, pero no las crea, no las transforma, no se une a ellas en ninguna manera. El ser humano es el rey de la creación, no una parte de la creación.

«Hagamos al hombre…para que domine» (Gn 2, 1) sobre todas las demás naturalezas. Ejercer el dominio es algo más que participar de la naturaleza.

La falsa jerarquía, que gobierna falsamente la Iglesia, niega el pecado original y, por lo tanto, va en busca del paraíso perdido. Quiere construir, con sus grandes pensamientos humanos, con su verborrea insoportable, una ideología barata para solucionar los problemas de los hombres. Ni los soluciona ni saben hablar con propiedad de la obra de la creación divina.

Ellos parten de un principio equivocado: «somos hechos en la imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto, (los hombres) poseen una dignidad innata que nunca puede ser negada, degradad o denigrada» (C. Turkson). Se olvidan del pecado original, por el cual la obra de Dios, no sólo en la Creación, sino en el hombre, se degrada, se niega, se denigra.

Toda esta jerarquía, que ha perdido la cabeza, ven a todos los hombres como justos, como santos, como divinos, como celestiales, por ser imagen y semejanza de Dios. Y en ese pensamiento se quedan para poder explicar el mal en la creación y en el mundo.

Ven todo como bueno: «También significa reconocer que todo lo que Dios ha creado es bueno, precioso y valioso» (C. Turkson). Pero no son capaces de ver la obra del pecado. No ven la realidad de esa maldad, sino que se inventan el concepto de pecado, el concepto de mal, según sus intereses, sus negocios en sus vidas.

Como ya el pecado no es una ofensa del hombre a Dios, entonces hay que ver el mal del cambio climático en el mal de la quema de los combustibles fósiles. Es un mal científico. No se queman bien esos combustibles… Se queman aceleradamente… Los hombres no saben quemar de manera apropiada…

Y con esta mentalidad, se hacen vaticinios apocalípticos: «En nuestra imprudencia, estamos atravesando algunos de los más fundamentales límites naturales del planeta… La misma tecnología que ha traído un gran beneficio es, ahora, un veneno que trae una gran ruina. Los desastres relacionados con el clima son una realidad tanto para los países pobres, que están en los márgenes de la economía moderna, como para aquellos que están en el corazón….Todos ellos están a merced de la furia de la naturaleza» (C. Turkson).

¿Captan el discurso apocalíptico?

¿Quién es el culpable de todo esto? ¿Es el hombre el que lleva al cambio climático con sus ciencias, técnicas, etc…? ¿O es el cambio climático, la furia de la naturaleza, lo que impulsa el desastre de tener países pobres, de estar en el riesgo de que se acaben los alimentos, las energías fósiles (gas, petróleo…), de presenciar la quiebra de una economía global que no sirve, que no ayuda a las sociedades para vivir dignamente?

Este es el mismo problema de Galileo: ¿es el Sol el que gira en torno a la tierra o es la tierra la gira en torno al Sol?

¿Cómo es posible que la tecnología sea un bien para la creación y al, mismo tiempo, un mal? ¿Qué cosa cambió en ella para convertirse en un veneno para la creación?

Si hay desastres naturales, si hay un cambio climático, ¿eso incide en la economía de los países? ¿Es el culpable el desastre natural de que la economía ya no sirva? ¿Hay que buscar otra economía –un desarrollo sostenible–  porque la naturaleza se revuelve contra el hombre? ¿Es posible encontrar un desarrollo sostenible que no ponga en furia a la naturaleza?

¿Por qué los hombres sufren? ¿Por el cambio climático o por su pecado? ¿O porque no han sido capaces de encontrar ese gobierno mundial que cuide a los hombres y al planeta?

¿Por qué la naturaleza se rebela contra el hombre? ¿Por qué obedece a Dios o por el pecado de los hombres?

¿Cuál es la solución a todo esto? Quitar el pecado. Solución que a nadie interesa. Todos se olvidan de que Dios sigue guiando Su Creación, y que por más maldad que el hombre ponga en Ella, a causa de su pecado, ni se acaban los combustibles fósiles, ni los terremotos o los cambios climáticos degradan al hombre, lo anulan, ni lo denigran.

La tierra está maldita por causa del pecado original. Esto es lo que todo el mundo olvida: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17c). Es la maldición que trae la obra del pecado original. En esa maldición, la tierra sufre por el pecado de los hombres. Pero ningún pecado del hombre puede acabar ni con el hombre ni con los recursos naturales que hay en la creación. Ningún desarrollo sostenible podrá quitar la maldición que sufre toda la Creación, porque esa maldición es una obra espiritual en la Creación de Dios. Es la obra del demonio, que ningún hombre entiende y puede anular con sus grandes pensamientos humanos.

El pecado del hombre hará la vida más complicada para el mismo hombre. Y lo que parece un cambio climático es sólo la justica de Dios en la misma obra de la creación. Porque todo el universo obedece sólo a Dios, no a los hombres. Y por más que los hombres transformen lo creado, no pueden anular ni destruir lo creado. Siempre habrá recursos naturales para todos los hombres. El hombre sólo tiene que trabajar la tierra, como Dios le mandó al expulsarlo del Paraíso. Y este es todo el problema: saber trabajar la tierra. Saber poner la Voluntad de Dios cuando se trabaja la tierra. Pero esto es lo que no enseña la falsa jerarquía.

¿Qué es lo que proponen en la iglesia de Bergoglio? El ecumenismo ecológico: todas las religiones unidas para un compromiso de una nueva y falsa moral, que la ONU lidera.

«Cada persona y cada comunidad tienen un deber sagrado para extraer con prudencia, con respeto y gratitud de la bondad de la tierra, y cuidarla en una manera que asegure su continua fecundidad para las generaciones venideras» (C. Turkson). Estos personajes se olvidan de la Voluntad de Dios, de la ley eterna. Y sólo hablan de deberes sagrados. Como la persona es imagen y semejanza de Dios, entonces obra sagradamente, tiene un deber sagrado. Nada se dice de buscar lo que Dios quiere en el trabajo de la tierra. Y, entonces, aparece el comunismo, el socialismo:

«Los que cultivan y mantienen la tierra también tienen una gran responsabilidad de compartir sus frutos con los demás – especialmente los pobres, los desposeídos, los forasteros, los olvidados…el don de la tierra es un regalo para todos» (C. Turkson). La responsabilidad de compartir porque todo es un regalo. Ellos ee olvidan del merecimiento que todo hombre tiene por su trabajo.

«Sabéis bien cómo debéis imitarnos, pues no hemos vivido entre vosotros en ociosidad, ni de balde comimos el pan de nadie, sino que con afán y con fatiga trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros… Y mientras estuvimos entre vosotros, os advertíamos que el que no quiere trabajar, que no coma» (2 Ts 3, 7.9).

El hombre está obligado a trabajar, a tener la gran responsabilidad del trabajo, que hay que hacerlo con afán y con fatiga. Pero nadie está obligado a compartir el fruto de su trabajo, para que la gente no ande ociosa en la vida. Quien no quiera trabajar, que no coma. El pobre que no quiera trabajar, que siga siendo pobre, que se muera de hambre. Porque nada es un regalo en esta vida. Todo es un merecimiento.

La falsa solidaridad -la globalización de la solidaridad- que predica toda esa falsa jerarquía, liderada por Bergoglio, proviene de haber anulado el pecado original. Y, por lo tanto, ya no hay obras de misericordia, ya no hay limosnas que expíen el pecado. Ahora, para ellos, al pobre hay que darle de comer por ser pobre, por su cara bonita: «Quisiera ser portavoz de todas estas personas, cristianos y no cristianos (…) Jesús nos ha enseñado a pedir a Dios Padre ‘danos el pan de cada día’. ¡Que la Expo sea una ocasión propicia para globalizar la solidaridad!» (Bergoglio, 1 de mayo del 2015, en la inauguración de la Expo de Milán). Jesús nos ha enseñado a regalar el fruto de nuestro trabajo. Es el mensaje del que se llama voz de los incautos pobres, de esos hombres que siguen a Bergoglio sólo por su nombre, no por la verdad que nunca puede decir, que nunca va a enseñar. Hay que globalizar la solidaridad. No sólo hay que ganar el pan con el sudor de la frente, sino que también hay que regalarlo al que no tiene. Esta es la falacia de ese hombre, que se apoya en las Palabras de Jesús para mostrar su clara herejía. Por supuesto, que a nadie le interesa ya la herejía de ese hombre. Sólo ven que habla muy bonito. Y así la gente va tirando detrás de ese hombre, sin saber que los lleva a lo más profundo del infierno.

Todo es un bien común para toda la humanidad. Todo es un regalo: tengamos «el sentido de la solidaridad intergeneracional» (C. Turkson). Esta es la falsa espiritualidad y el falso misticismo, propio de una jerarquía que no sabe lo que está diciendo. Sólo sabe hablar de política comunista. Sólo está en su lenguaje humano:

«Es evidente que hemos “labrado demasiado” y hemos “protegido muy poco”. Nuestras relaciones con Dios, con nuestros vecinos, especialmente el pobre, y con el entorno ha llegado a ser fundamentalmente “sin protección”. Debemos alejarnos de este modo de comportamiento, para llegar a ser protector, más “guardián”» (C. Turkson). Guarda a tu hermano, protege a tu hermano, mantiene a tu hermano, dale de comer, dale el fruto de tu trabajo porque se lo merece, porque es tu hermano. Pero no hagas con él una obra para expiar el pecado: el suyo y el tuyo.

Y, por eso, se predica un programa político:

«En términos prácticos, necesitamos soluciones tecnológicas y económicas,  innovadoras  y sostenibles, así como el liderazgo político, valiente y decidido, ejercido en diferentes niveles, incluyendo el global» (C. Turkson). Para que los hombres regalen el fruto de su trabajo a lo más pobres hace falta un gobierno global, que ponga una nueva economía y una nueva tecnología, y así se quitan los cambios climáticos, así desaparecen los pobres.

«Necesitamos aprender a trabajar juntos hacia el desarrollo sostenible, en un marco que vincule la prosperidad económica con la inclusión social y la protección del mundo natural. Necesitamos que la comunidad de naciones abrace este concepto de “desarrollo sostenible”» (C. Turkson).

Trabajar juntos para que no haya pobres, para quitar la pobreza, para que nadie se sienta excluido de la sociedad, para cuidar el medio ambiente. ¿Ven el discurso programático, interesado, falaz, errado y herético de la falsa jerarquía?

¿Qué es la ONU, la comunidad de naciones?

La ONU es un poderoso instrumento globalista, sincretista y gnóstico, manejado por un poder oculto, -el propio de la masonería-, desde la cual se impone a todo el mundo la voluntad de unos pocos. La ONU urde y participa en proyectos y campañas de control imperativo demográfico basadas en métodos perversos moralmente, campañas que atentan contra la identidad cultural y religiosa de los pueblos. Y, en unión con los poderes financieros, la ONU es el instrumento que se ha elegido para la instauración de un gobierno mundial que anula cualquier ley sensata que el hombre tenga y cualquier ley divina que Dios ha dado a los hombres. Es un gobierno sin ley,  llevado en el lenguaje de unos pocos hombres, para imponer sus leyes malditas a todos. Es una subversión de toda ley. Es una abominación que la mente del hombre ha creado sólo para conseguir una cosa: que el hombre sea aclamado como dios por el mismo hombre.

Y toda la jerarquía de la Iglesia, esa falsa jerarquía que gobierna la Iglesia, están detrás de esto, de ser el apoyo a este gobierno global. Y, por eso, hablan de esta manera. Hablan de un imperativo moral:

«Se trata de un imperativo moral que todo lo abarca: proteger y cuidar tanto la creación, nuestra casa jardín, y la persona humana que lo habita  – y tomar medidas para lograrlo. Si el ethos dominante, penetrante,  es el egoísmo y el individualismo, el desarrollo sostenible no se logrará» (C. Turkson). Tienes que ser ternura con los otros, tienes que vivir el bien común, y entonces el desarrollo sostenible se tendrá.

Imperativo moral: es poner la voluntad de los hombres. Hablan como lo hacen los intelectuales más obstinados en su soberbia. Es el idealismo kantiano y hegeliano que está en toda la jerarquía. No creen en nada, sólo en lo que producen sus mentes humanas, lo que ellos se inventan con sus filosofías de la vida. Es la falsa moralidad de la solidaridad. Se quiere llegar a un desarrollo sostenible con un lenguaje humano, diciendo que los hombres destruyen las especies humanas, degradan la integridad de la tierra, destruyen la naturaleza, dañan a otros hombres provocando diversas enfermedades por su mal trabajo de la tierra, porque los hombres no son solidarios con los hombres: son egoístas y viven en su individualismo.

Y viene el claro comunismo:

«Los ciudadanos de los países más ricos deben estar hombro con hombro con los pobres, tanto en casa como en el extranjero. Ellos tienen una obligación especial de ayudar a sus hermanos y hermanas en los países para hacer frente al cambio climático mediante la mitigación de sus efectos en desarrollo y ayudando con la adaptación. Ellos tienen la obligación tanto para reducir sus propias emisiones de carbono y para ayudar a proteger a los países más pobres de los desastres causados o exacerbados por los excesos de la industrialización» (C. Turkson).

¿Ven el descalabro mental de este sujeto?

Los ricos, que han propiciado una tecnología buena para todos, han trabajado mucho y han obtenido riquezas, son culpables porque no han dado el fruto de su trabajo a los pobres. Y, por lo tanto, esa gran tecnología, esa gran economía, que han seguido, se ha convertido en un veneno para los países pobres. Y han puesto a la tierra en una situación insostenible, porque no han sido solidarios con los pobres. Ese desarrollo, que han creado, no sostiene a los demás en la misma riqueza, sino que los excluye. Ahora, se les exige, es un imperativo moral, que ayuden a los países pobres del cambio climático, que ellos mismos han propiciado con su tecnología, con la quema acelerada de los combustibles, para salvar el planeta, para que emerja el desarrollo sostenible, con nuevas energías que sostengan a todos – la economía sostenible con un gobierno sostenible-, que es el propio del gobierno global.

Hay que seguir sosteniendo la mentira de unos pocos con estos cuentos chinos.

¿Ven la fábula que cuenta a todo el mundo?

Y el pobre orador va a caer en una locura mental:

«¡Seamos líderes religiosos con el ejemplo! ¡Piense en el mensaje positivo que enviaría a las personas de fe, no sólo para predicar la sostenibilidad sino para vivir vidas sostenibles! Por ejemplo, piense en el mensaje positivo que enviaría para las iglesias, mezquitas, sinagogas y templos en todo el mundo para convertirse en carbono neutral» (C. Turkson).

Vivir vidas sosteniblesSer carbono neutral… ¿Ven la locura de este hombre?

Quieren buscar las virtudes que propicien esa economía sostenible, ese gobierno global sostenible, que es el que va a quitar el bióxido de carbono de la atmósfera, que es el culpable del cambio climático.

Quieren remover de la atmósfera el bióxido de carbono con un ecumenismo ecológico:

«En este espacio moral básico, las religiones del mundo desempeñan un papel vital. Todas estas tradiciones afirman la dignidad inherente de cada individuo vinculado al bien común de toda la humanidad. Afirman la necesidad de una economía de inclusión y de oportunidad, donde todos puedan prosperar y cumplir su propósito dado por Dios. Afirman la belleza, la maravilla y la bondad inherente del mundo natural, y aprecian que es un don precioso confiado a nuestro cuidado común – por lo que es nuestro deber moral de respetar más que hacer estragos, de mantener en lugar de poner la basura, de proteger en lugar de hacer pillaje, de administrar en lugar de hacer sabotaje, el jardín, que es nuestro hogar y la herencia compartida de los recursos naturales» (C. Turkson).

Todas las religiones son buenas para este proyecto del desarrollo sostenible. Por eso, no hay que hacer proselitismo. No hay que convertir a nadie. Que todos sigan la identidad de sus creencias. Hay que apuntarse al carro de una nueva economía que sostenga al más pobre, que le regale la vida, que coma sin trabajar, y a un liderazgo de tontos e inútiles, marionetas del demonio, veletas del pensamiento humano, hombres sin fe, sin verdad, sin ley, que se pasan la vida buscando una idea maravillosa para que todo el mundo lo ponga como el modelo a seguir.

En esta conferencia, de ese falso cardenal, se invitó a leer el nuevo libro de Jeffrey Sachs, que es el autor, el que está detrás,  del vómito de Bergoglio en su falsa encíclica sobre el ecologismo. Jeffrey Sachs es el nuevo profeta de la ideología neomalthusiana:

«¿Cómo podremos disfrutar de un desarrollo sostenible en un planeta lleno de gente?…Hace dos siglos, el pensador británico Thomas Robert Malthus advirtió que el crecimiento excesivo de la población podría socavar el progreso económico. Esta es la amenaza que enfrentamos hoy…» (21 de octubre del 2011)

La falacia del control de la natalidad maltusiana, más o menos perfeccionada por los neomalthusianos, ha llegado hasta nuestros días mutando en argumentos del desarrollo sostenible aceptados inmediata y casi universalmente, sostenidos acríticamente por poderosas instituciones y organismos políticos y financieros multilaterales (ONU, BM, BEI, FMI, UE) en la aplicación de sus políticas socio-económicas.

Todos siguen un gran negocio mundial de unos pocos hombres, que tiene el poder en todo el mundo. Un poder oculto, invisible, pero que se manifiesta por todas partes.

En todo este negocio del desarrollo sostenible está en juego la célula de la sociedad, la columna vertebral, que es la familia. Y la pérdida del sentido de lo que es el matrimonio y la familia llevan a este desastre en todos los gobiernos del mundo y en la Iglesia. Buscan un desarrollo que no es el propio de la familia.

Se olvidan de que el hombre fue creado por Dios para dar hijos a Dios: dar una humanidad a Dios. Como el hombre no siguió el plan de Dios, vienen todos los problemas para el mismo hombre y para todo lo que sea matrimonio: unión entre hombre y mujer. Y, por eso, se inventan estos desarrollos, que son sólo más complicaciones para todos los hombres. Ya no se respeta el orden natural, sino que se va buscando nuevos órdenes, nuevas estructuras, nuevas energías, nuevas tecnologías, que sólo hacen la vida más difícil.

Todo es sencillo: contempla la naturaleza porque «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son conocidos mediante las criaturas» (Rom 1, 20). No hay que inventarse nada para vivir. Hay que aplicar lo que se conoce en la naturaleza.

Pero, como los hombres no creen en Dios, entonces «Dios los entregó a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuerpos» (Rom 1, 24). Aquel que peca contra su propia naturaleza, aquel que la deshonra, también peca contra toda la creación y contra Dios. Y viven en el desorden más total.

No quieran quitar ese desorden con otro desorden, con el desorden de un desarrollo sostenible. Es a lo que se va por la falta de fe de todo el mundo.

La bula del jubileo de la misericordia es una burla para toda la Iglesia

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«He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II» ( ver texto, n.4)

Sólo un masón, como lo es Bergoglio, realiza un año sobre su falsa misericordia fundamentado en un Concilio. Oculta a la Inmaculada para poner su idea masónica. Profana la Pureza de la Virgen María con un acto blasfemo.

El Concilio Vaticano II ha traído tanta división a la Iglesia que es una burla decir: «La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento» (Ib). ¿La Iglesia tiene necesidad de recordar tanta división, tanta apostasía de la fe, tanto cisma que ha producido este Concilio?

La ideología masónica entró dentro de la Iglesia bajo el Concilio Vaticano II. Y ese Concilio, por la mala vida de muchos sacerdotes y Obispos –por culpa de tanta Jerarquía que ha olvidado la oración y la penitencia-, por no saber discernir e interpretar su doctrina a la luz de la fe, a la luz de la Tradición y bajo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ha sido la inspiración para que tantos sacerdotes y Obispos se rebelaran contra el Papa y el Papado, y abandonaran la Tradición católica, constituyéndose en guías ciegos de muchas almas que han arrastrado –y continúan arrastrando- a la condenación eterna.

¡Cómo se burla de todos los católicos el bufón del Anticristo, Bergoglio!

Los masones predican los mismos escritos del Concilio Vaticano II. ¿Es un año para recordar esto? ¿Hay necesidad de mantener vivo este evento? ¡Qué gran burla!

El Concilio Vaticano II no es magisterio infalible ni auténtico de la Iglesia. Y esto lo sabe muy bien Bergoglio. Y, muchos, como lo hace este falsario, dogmatizan el Concilio para su conveniencia personal, para su negocio privado en la Iglesia.

«Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia» (Ib): los masones pusieron falsos papas desde 1972 hasta el 2013, en que consiguieron poner al falsario Bergoglio, al que hoy llaman papa –y no lo es-, porque es sólo un juguete de la masonería.

Sí, se iniciaba un  nuevo período, pero no el de la Iglesia Católica, sino del demonio dentro de la Iglesia. Dios ha llevado a Su Iglesia por otros caminos fuera de la idea masónica imperante en el Concilio. Y, por eso, durante cincuenta años se ha visto la gran división en toda la Iglesia, pero Dios no ha roto nada, no ha separado el trigo de la cizaña, porque había una Cabeza legítima y verdadera que sostenía la Iglesia en la Verdad.

Pero, una vez que los masones, trabajando dentro de la Iglesia, con su Jerarquía infiltrada, la cual son muchos –y por sus obras se los conoce-, han quitado la Cabeza visible de la Iglesia y han puesto a un loco, vestido de papa, entonces ha comenzado el cisma dentro de la Iglesia: el gran cisma.

Y un cisma querido por Dios, para separar el trigo de la cizaña.

Dos Papas en Roma, como está profetizado: uno verdadero y otro falso.

Uno que ha mantenido la fe católica hasta el final. Pero no le dejaron seguir. Le obligaron a renunciar. Con bonitas palabras, pero obligado.

Y otro que está destruyendo lo poco que queda en pie en la Iglesia. Y al que muchos, al ser tibios y pervertidos en su vida espiritual, lo llaman santo. Y Bergoglio no tiene un pelo de santidad. Sino que  está lleno de abominación, tanto en su mente, como en su palabra y en sus obras malditas.

El Concilio Vaticano II no es un punto de partida para alejarse de la verdad del dogma, de la tradición, de la doctrina de Cristo. Muchos lo ven así: como punto de partida.

Bergoglio lo anuncia: «Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo» (Ib). Derrumbadas las murallas: punto de partida. La Iglesia ya no es una ciudadela privilegiada: punto de partida. Tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo: punto de partida.

El Concilio es continuidad. No es algo nuevo, no es el Evangelio narrado según la novedad de la mente del hombre. No hay que contar fábulas a la gente con un lenguaje bello, atractivo, con garra. No hay una Iglesia antes del Concilio ni hay una Iglesia después del Concilio. No hay un antes ni un después. Está la misma Iglesia de siempre: Santa, Inmaculada, Intocable, Inmortal. Lo que varía son los hombres, sus miembros, que no son ni santos, ni inmaculados, ni intocables, ni inmortales. Son lo que son.

Y ese Concilio fue para toda la Iglesia, no para el mundo, no para los hombres. Pero, cada uno lo tomó para su gran negocio: unos lo negaron, otros lo dogmatizaron. Y muy pocos lo pusieron en su sitio. El Papa Pablo VI lo salvó de la herejía.

El Concilio no se hizo para introducir división alguna en el tiempo histórico de la Iglesia. Fue la misma Jerarquía la que produjo esa división dentro de la Iglesia. Fueron los mismos fieles de la Iglesia lo que llevaron a esa división. Es decir, fue el pecado de unos y de otros.

Errores –pero no herejías- tiene ese Concilio por ser un magisterio abierto y espiritual. Y esto no tiene que causar asombro, porque en este magisterio abierto siempre está el error. En un magisterio dogmático no hay error. Pero no es dogmático, no define nada nuevo, sino que es espiritual, es decir, trata muchas cosas con un lenguaje espiritual.

Y, por eso, hay que tener vida espiritual para saber interpretar ese magisterio. Y este ha sido el gravísimo problema de mucha jerarquía y de muchos fieles: no tienen vida espiritual. Muchos católicos, en estos años, se han abierto sin filtros ni freno al mundo. ¡Han caído! Y la culpa no es del Concilio. Sino de esos católicos que no han sabido sostener la base de su identidad católica, la cual no se puede poner en discusión, con la apertura, con el diálogo con el mundo.

Quien tiene las ideas claras sobre su fe, no teme dialogar con nadie en el mundo. Pero no dialoga para quedar atrapado en las ideas de los hombres; no se abre al mundo para hacer las obras del mundo. Se habla para convertir al otro a la Verdad. Se come con pecadores para convertir sus almas. Pero, muchos interpretaron mal ese magisterio espiritual por no tener vida espiritual. Ahora, por supuesto, no pueden creer que Bergoglio no es papa. No les entra en la cabeza. ¡Han perdido su fe católica!

Cuando la persona se abre al mundo y a su cultura y se interroga sobre las bases mismas del depósito de la fe, es que ha comenzado en ella la apostasía de la fe.

El verdadero católico no se opone al mundo, sino que vive en el mundo pero sin el espíritu del mundo. Vivir en el mundo no es amar el mundo, no es comulgar con el mundo. Es poner en el mundo lo que éste no tiene: la verdad revelada.

Es el mundo el que se opone a la Verdad, a la Iglesia Católica, a los verdaderos católicos. Porque los que son del mundo no quieren vivir en la Iglesia, sino que la combaten totalmente.

El mundo se rebela siempre que se le dice la verdad. Cuando se habla del pecado, el mundo se tapa los oídos y alza su rebelión. Cuando a las cosas se les llama por su nombre, entonces el mundo ataca a la Iglesia por los cuatro frentes.

¿Qué es lo que predica Bergoglio?

Su gran negocio: Dios lo perdona todo, Dios te ama, Dios es muy tierno con todos. Todos los hombres son santos y justos.

¡Este es el resumen de esta burla, que es su falso jubileo de su falsa misericordia!

Bergoglio anula la Justicia de Dios y sólo pone como el fundamento de la vida espiritual, su falsa misericordia.

Este hombre se llena la boca de un sentimentalismo podrido. Todo es dar vueltas a la palabra misericordia. No es capaz de definir la Justicia de Dios, el pecado, el decreto del pecado, el decreto de la Encarnación y la Obra Redentora de Cristo en la Iglesia. Cuando habla del perdón habla de una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo» (Ib, n 14): aquí tienen la locura de esta mente diabólica.

Si no juzgas entonces percibes lo bueno en la otra persona.

Si juzgas, entonces eres presuntuoso. Ya ha sido juzgado por Bergoglio.

Este hombre no sabe discernir entre juicio espiritual y juicio moral.

Todo hombre juzga de manera necesaria, porque su razón sólo sabe hacer juicios. Esto es el abc de la filosofía. Es el juicio humano o natural.

No hay hombre que no haga juicios. No hay hombre que no juzgue.

Es necesario y conveniente juzgar.

Y ante las palabras y los pensamientos y las obras del otro, sea quien sea, hay que juzgar.

Lo que prohíbe Jesús, en Su Evangelio, es hacer un juicio moral de la persona. Es decir, juzgar su intención. Nadie conoce la intención del otro. Se ven sus obras, se ve su vida, pero no el motor, no la razón oculta por la cual se vive o se obra todo eso.

Pero lo que nunca prohíbe Jesús es hacer el juicio espiritual, tanto de las palabras, como de la mente, como de la vida y obras del otro.

Y como Bergoglio no sabe distinguir estos dos juicios, por eso, no sabe decir lo que es pecado y lo que no es pecado. Lo que hay que perdonar y lo que no hay que perdonar.

Este el punto de su falsa espiritualidad. Bergoglio tiene una fe humana. Es decir, creer significa, para él, negarse a sí mismo.

La fe divina significa obedecer a un mandamiento de Dios. Quien cree obedece.

Para Bergoglio, no es así: «creer quiere decir renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo» (ver texto).

Para Bergoglio, creer es salir del propio yo, pero nunca es una obediencia a un plan de Dios. Es negarte a ti mismo: niega, renuncia a tus juicios humanos para poder percibir lo bueno que tiene el otro.

El hombre no tiene que renunciar a nada. Sólo tiene que obedecer a Dios. Esa obediencia significa negar el propio pensamiento humano, que vive en  la soberbia por nacer el hombre en el pecado original. Si el hombre sigue su juicio, ya no obedece el juicio de Dios. Y peca. Para no seguir su juicio, el hombre no tiene que salir de su yo, ni de su vida cómoda. Sólo tiene que someter su inteligencia humana al mandamiento de Dios. Y esto es sólo la fe verdadera. Después, como el hombre peca, necesita la penitencia: ayunos, mortificaciones, desprendimientos, sacrificios. Que le ayudan a vencer el principal pecado que tiene todo hombre: su soberbia.

Bergoglio está en su falsa espiritualidad, que es un falso misticismo: «la vocación cristiana es sobre todo una llamada de amor que atrae y que se refiere a algo más allá de uno mismo, descentra a la persona, inicia un ”camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios”» (Ib)

La vocación cristiana no descentra a la persona. ¡Qué absurdo! La vocación divina transforma a la persona humana.

La persona no está encerrada en su yo, no vive existencialmente encerrada en ella misma: esta forma de hablar es propia del idealismo. El hombre está metido en sus ideas, construye la vida con sus ideas. Hay que sacarlo de sus ideas, tiene que salir de su yo cerrado en sí mismo. Tiene que salir de su humanidad. Y quien habla así tiene que imponer su visión de ser hombre a los demás: esto es lo que hacen todos los dictadores. Atacan al hombre, niegan al hombre, para imponer su hombre, su estilo de vida humana a los demás. Así Hitler buscó su pueblo perfecto, quitando de en medio a la escoria, a lo que él consideraba miseria humana. Es el idealismo, que da culto a la mente del hombre.

Hablan de esta forma porque han negado el pecado de soberbia y de orgullo, que es el que cierra a los hombres en el juicio propio, en su yo orgulloso. Pero la persona no vive encerrada en ella: es la soberbia la que obra esta cerrazón. Pero es una cerrazón espiritual; no es moral, ni psicológica, ni humana, ni existencial.

Entonces, Bergoglio batalla constantemente contra todo el mundo. Cada hombre vive encerrado en sus ideas, en su yo encerrado. ¿Cómo se sale? ¡No juzgues al otro! Dale un camino para sus ideas. Si juzgas al otro entonces no vas a percibir sus ideas, su mundo interior y lo vas a hacer sufrir. Y encima eres presuntuoso.

Esto es todo en la falsa espiritualidad que enseña este hombre.

Si no juzgas, entonces vas saber perdonar y dar: «Jesús pide también perdonar y dar» (Bula, n. 14).

Y, entonces, es cuando pone su programa comunista:

«En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos» (Bula, n 15).

Los de la periferia existencial: la culpa de vivir así: el mundo moderno. ¡Lucha de clases!

Gente pobre, que sufre, que no tienen voz: la culpa de todo esto: los pueblos ricos. ¡Lucha de clases!

¿Para qué hace este falso jubileo? Para atacar a las clases ricas, pudientes, altas.

Bergoglio es la voz de los pobres, no de los ricos. ¡Voz comunista!

Y vean la charlatanería de este bufón, de este loco:

«En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención» (Ib): consuela a los pobres, a los de la periferia existencial, dales un poco de solidaridad humana, atiéndeles en sus necesidades humanas, materiales, carnales. Para eso va a hacer este falso jubileo. No para quitar pecados. No para expiar los pecados ni de los pobres ni de los ricos. Lo va a hacer para hablar mal de los ricos – para juzgarlos (él que no juzga a nadie)- y para llenar estómagos de los pobres. Eso es todo.

Y, ahora, muestra su vena llorona:

«No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo» (Ib).

¿Ven su sentimentalismo podrido?

La indiferencia humilla; lo habitual anestesia. Tienes que vivir concentrado en los problemas del otro, pero no en su conversión. No puedes juzgar  su vida de pecado. Tienes que aceptarla, pero debes preocuparte por su vida de pecado para no humillar al otro. No seas juez del otro diciéndole que su homosexualidad es pecado. Acepta su homosexualidad, preocúpate de ella para no lastimar al otro. Sé tierno con el otro. Sé compasivo con el otro. Sé misericordioso, como Dios es misericordioso.

¿Ven qué podrido está Bergoglio?

¿Ven cómo todo es llorar por los hombres, que viven en sus malditos pecados, y justificarlos de muchas maneras?

No guardes el depósito de la fe, que es lo habitual que todo católico tiene que hacer si vive en el mundo, porque eso es impedimento para poder descubrir la novedad en tu hermano que vive en su herejía.

¡Es todo justificar al pecador y su pecado!

Tienes que abrir tus ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tanta gente que no tiene dignidad: ya no abras tus ojos para mirar que la gente está viviendo en su pecado, y que es necesario la oración y la penitencia para sacarlos de su pecado.

¡Hay mucha gente sin dignidad humana! ¡Dales dignidad! ¡Dales solidaridad! ¡Dales dinero! Dales un poco de fama mundial! ¡Hagamos un mundo con personas con dignidad! ¡Comunismo y masonismo!

¡Qué pena de tantos católicos que se van a condenar por seguir a Bergoglio!

Las prostitutas tienen más claro el camino de salvación que muchos católicos que tienen a Bergoglio como su papa.

¡Es más fácil que se salve una prostituta que un católico que obedezca a Bergoglio!

Bergoglio te predica el beso y el abrazo: «Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad» (Ib). Pura idea masónica. Abraza al prójimo aunque sea el mayor hereje de la historia, aunque sea un ateo que blasfema contra Dios, aunque sea un musulmán que corta cabezas por cortarlas. Dales un abrazo. Se lo merecen. Dales un signo de fraternidad natural.

¡Qué locura de bula!

¡Qué burla esta bula de la falsa misericordia!

Ni una palabra sobre el pecado, que es el mal de este mundo. Ni una palabra. Todo es dar vueltas a lo mismo:

«Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Ib): no tienes una conciencia despierta ante la pobreza; no miras a los pobres que son los privilegiados de esta falsa misericordia.

Es siempre lo mismo: los pobres, los pobres, los pobres. Bergoglio ha puesto a los pobres por encima de Dios. Su claro comunismo. ¡Cómo apesta este hombre a humanismo! ¡Es su herejía favorita!

Y, por supuesto, dice su gran blasfemia:

«Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables» (Ib): como no tienes que juzgar al otro, entonces a perdonar sin límites. Y la gran blasfemia es que el Sacramento se ha dado tanto para atar como para desatar. No se nos ha dado el Espíritu Santo para perdonar pecados, sino para hacer un juicio tanto al pecador como a su pecado.

¡Pobres sacerdotes, lo que les espera en ese año de maldad como se atrevan a negar el Sacramento a un pecador!

Bergoglio sólo coge la palabra misericordia y la repite sin cesar en toda esta bula. Es una palabra vacía, acomodada a la mala interpretación que hace de todos los textos de la Sagrada Escritura y de los Papas.

Le sale un documento que es una burla de la Justica y de la Misericordia Divinas. ¡Una auténtica burla!

¡Qué pocos saben ya enfrentar a Bergoglio como lo que es en la realidad!

¡Ahora, todos temen ya lo que va a suceder después de Octubre! Todos lo palpan.

Pero todos son culpables porque tiempo han tenido de llamar a las cosas por su nombre. Y sólo por agradar a un hombre, a este falsario, todos entran en el castigo que viene para toda la Iglesia, que se manifestará en el mundo entero.

Castigo divino: todos encerrados en una gran oscuridad, de la cual nadie puede ver. Es la oscuridad del demonio: su tiniebla. Y, en esa tiniebla espiritual, la condenación de muchos, fieles y Jerarquía, que a pesar de su gran inteligencia, se merecen el infierno.

No salvan las teologías. Sólo salva poner la cabeza en el suelo y pedir a Dios misericordia. Pero el gran pecado de muchos en la Iglesia es que se creen salvados y santificados por su teología, porque han sabido interpretar a su manera el Concilio.

Y para no apartarse de la enseñanza espiritual del Concilio, el alma no tiene que apartarse de la Voluntad de Dios en la Iglesia, que es en lo que muchos han caído. Por querer sus tradiciones, sus liturgias, sus magisterios, se han alejado de la Voluntad de Dios en una Cabeza Visible. Y vemos la gran división que todo eso ha traído.

Ahora, todos siguen a un ignorante de la Verdad. Y a pesar de ver sus grandes herejías, sus claras obras de apostasía y su obra cismática en su gobierno, se someten a su mente humana. No tienen las agallas de levantarse contra ese hombre. En sus teologías no lo ven claro.

No salvan las teologías, sino la fe de los sencillos.

¡Cuánta gente sin inteligencia sabe lo que es Bergoglio!

¡Cuánta Jerarquía con años de teología y todavía no creen que Bergoglio no es papa! Se van a condenar.

En este tiempo de Justicia, sólo las almas sencillas se salvarán. Los demás, les espera una gran condenación. Y sólo porque ellos la han buscado en sus grandes teologías.

Esta bula del jubileo de la misericordia es una burla a la Misericordia de Dios. No es un año de bendición divina, sino de maldición. Y esa maldición la obra el demonio dentro de la Iglesia.

Hacia la destrucción del magisterio auténtico e infalible

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Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

Esta es la verdad que nadie sigue. Todos, de alguna manera, tienen a ese hombre como su papa, su jefe, su hombre que lidera su iglesia.

Desde la renuncia del Papa verdadero y legítimo, Benedicto XVI, la Iglesia está sin Cabeza visible. Sólo está manejada por una Jerarquía, que infiel a la gracia que han recibido, impone un magisterio totalmente herético y contrario al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

No hay Cabeza visible, no hay Iglesia visible.

Esto es muy importante discernirlo para no caer en tantas desviaciones como existen, hoy día, en la Iglesia.

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia».

Pedro es una persona física en la Iglesia. No es una persona moral. El Papado o la Santa Sede es una persona moral.

Jesús levanta Su Iglesia sobre una persona física, no sobre una persona moral. La Iglesia no está en la Santa Sede, no está en el Vaticano, entendido como una estructura externa moral. La Iglesia está en Pedro.

Si se quita a Pedro, su gobierno vertical en la Iglesia, entonces se quita la Iglesia: la Iglesia desaparece. Pero desaparece en Pedro; no desaparece en Jesús.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: es Jesús y sus almas. Eso es la Iglesia.

La Iglesia es una Persona Divina: el Verbo Encarnado; que ha realizado una obra divina, una obra de Redención: ha salvado a las almas de las garras del demonio y las ha unido a Él. Con una unión mística y espiritual. Una unión que no se puede explicar con el lenguaje humano, porque es la Obra del Espíritu de Dios en cada alma.

Jesús ha dado Su Carisma al hombre Pedro, para que gobierne y lleve a todas sus almas hacia la Verdad del Evangelio. Y en Pedro está todo el Poder Divino para realizar esta misión divina.

Quitaron al Papa legítimo Benedicto XVI, con el fin de colocar a su hombre. A ese hombre le ponen el nombre de Papa; un falso nombre. Y ese hombre tiene la función de destruir toda la Iglesia.

Se destruye la Iglesia aniquilando su magisterio auténtico e infalible. Es la única manera de hacer desaparecer la Iglesia: se quita su doctrina.

Para hacer esto, es necesario reemplazar esa doctrina auténtica por una falsa, que parece auténtica en lo exterior de las palabras, del lenguaje humano, pero que es manifiestamente herética.

El gran triunfo de la masonería es haber estado bombardeando, durante 50 años, la doctrina  de la Iglesia atacando dos cosas principales: la vida interior (la fe) y la vida exterior (la liturgia).

Si hay crisis de fe, entonces la esperanza y el amor van desapareciendo del corazón de las almas. Las virtudes, como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, ya no se ejercitan, sino que dan paso a los vicios contrarios. Y aparecen la desobediencia, la impureza, la impaciencia, la impiedad y el orgullo.

Si se dan estos vicios, entonces el alma ya no siente el deseo de Dios, el hambre y la sed de buscar la Voluntad de Dios para su vida, sino que se abre al deseo del mundo, de lo material, de lo humano. Se vive para construir un mundo humano, bello, perfecto, pero en donde no está la ley de Dios, porque los hombres se han olvidado de arrepentirse de sus pecados, de expiar sus pecados y de vivir luchando contra ese pecado que favorece la apostasía de la fe: la soberbia. Si no hay humildad en las almas, éstas viven, se alimentan y desean los innumerables pensamientos que conciben en su mente, y que el demonio pone.

Sin vida interior, en la crisis de fe, está la crisis de la gracia. La Gracia es el alma del alma. Es la vida sobrenatural en el alma. Sin esa vida, sin esa imagen y semejanza de Dios en el alma, aparece en ella la ausencia de Dios. Y el alma ya no posee esa vida divina, sino que comienza a poseer una vida extraña espiritualmente: la misma vida del demonio en el alma.

O el alma está con Dios o está con el demonio. No se pueden servir a dos señores al mismo tiempo. Si no hay semejanza espiritual con Dios, la hay con el demonio.

Si el alma pierde la vida sobrenatural, entonces el alma vive en la oscuridad, en la tiniebla de la vida preternatural, que es la propia del demonio. Y se alimenta y desea esa tiniebla: desea el pecado, vive de su pecado, ama su pecado. Lo mismo que hace el demonio.

Esta crisis de fe, que es crisis de vida interior, está en toda la Iglesia: es un gran mal, que hace de la Iglesia un cadáver en putrefacción. Las almas viven en estado de pecado actual: viven muertas espiritualmente. La obra de la Redención es inútil para ellas. Esas almas vuelven, de nuevo, a crucificar a Cristo. Ya no viven para quitar sus pecados, sino que viven para obrar sus pecados.

La doctrina de la Iglesia, auténtica e infalible, sigue ahí; pero nadie la vive, nadie la pone en práctica. Todos viven otra cosa diferente a esa doctrina. No se ha cambiado la doctrina, pero las almas han dejado de conocerla y practicarla.

Y esta falta de conocimiento en las almas es porque la Jerarquía de la Iglesia, los sacerdotes y los Obispos, ya no predican, ya no enseñan ese magisterio auténtico e infalible. Predican y enseñan otras cosas, que son más agradables a las almas. El pecado, el purgatorio, el infierno, la mortificación, la humildad, etc… son temas que se olvidan para poner en la memoria otros temas más importantes y relevantes para la vida del hombre.

Si hay crisis de fe, crisis de la gracia, habrá crisis en la vida de los sacramentos. Sin los Sacramentos, las almas no pueden salvarse: éstos están ligados a la Obra de la Redención. Son los frutos de la Cruz de Cristo. En ellos está todo el misterio de la vida de la gracia en las almas.

Con los Sacramentos, el hombre se vuelve espiritual. Deja la vida humana para dedicarse a un objetivo divino que le da la gracia del Sacramento. Sin Sacramentos, la vida del hombre carece del sentido divino. Y, por lo tanto, el hombre sólo se pone un sentido: el suyo, lo humano, lo material, lo carnal, lo natural…

Con los Sacramentos, los hombres tienen todos los medios, no sólo para salvarse, sino para defenderse de todos los males. Es decir, para vivir una vida sin pecado actual, haciendo en cada instante la Voluntad de Dios.

Sin la vida sacramental, el hombre vive su vida de pecado actual y, por lo tanto, hace en cada segundo lo contrario a la Voluntad de Dios.

Todos los males que se ven en la Iglesia es sólo por esta crisis de fe en sus miembros: los hombres se sacuden de encima sus propios pecados, para no atenderlos, y así dedicarse a otra cosa dentro de la Iglesia.

Sus miembros, fieles y Jerarquía, son responsables de no saber para qué están en la Iglesia. Son responsables de todo el mal que se ve en la Iglesia.

Y si no hay vida interior, entonces ¿qué es la vida exterior? ¿En qué consiste la liturgia? En vez de manifestar la obra de Dios, en las oraciones, en los ritos, sólo manifiesta la obra de los hombres.

Se administran los Sacramentos como si fuesen cosas materiales: se perdió la “sacralidad” del Sacramento. Se ha puesto lo sagrado en el hombre, en su cultura, en su mente, en sus obras, en su vida. Si hay crisis de fe, hay crisis de lo sagrado, de lo divino, de lo celestial. Y todo se ve con ojos humanos, terrenales. Y van apareciendo leyes, disposiciones, reglas litúrgicas en donde se anula lo sagrado. Y eso produce un verdadero cisma en la Iglesia: muchas divisiones en la Iglesia vienen por la liturgia, por la práctica de la vida exterior.

Sin vida interior, ¿qué se practica en la vida litúrgica? Lo que vemos en tantas misas, en tantos grupos de oración, en tantas comunidades que ya no son católicas porque, en la práctica, no ponen en obra el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Si hay crisis de fe y crisis de liturgia, entonces aparece la crisis de la doctrina. Entonces, es cuando se comienza a cuestionar lo que no se puede poner en duda: el magisterio auténtico e infalible, que es un magisterio objetivamente cerrado. Nadie lo puede tocar; nadie lo puede cambiar. Es el propio de la Iglesia. Y es lo que define a la Iglesia.

Quien no se apoya en este magisterio, sencillamente está construyendo su iglesia, su religión, su espiritualidad, a su manera humana.

Desde hace 50 años, vemos el cisma, la división, la ruptura en toda la Iglesia.

Por eso, hay un poco de todo: los lefebvristas, que imitaron a los ortodoxos, produciendo el cisma. Se separaron del Papa, para seguir teniendo sus tradiciones, sus liturgias, su doctrina. Ellos no siguen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia porque dijeron que el Papa era falible. Permitió muchas cosas con un Concilio, que no debería haber permitido, y por lo tanto, ya no representaba a la Iglesia en Pedro.

Los sedevacantistas, que se inventan una iglesia sin papa formalmente, con un antipapa que se sienta materialmente en la Silla de Pedro. Tienen el error de poner la Iglesia en el Papado, en la Santa Sede, pero no en Pedro. Y se olvidan de que estando la Sede Vacante, la Iglesia permanece hasta que no se elija otro Papa. Y aunque tarde en elegirse, la Iglesia continúa su curso. Porque la Sede Vacante no anula ni a Pedro ni a la Iglesia. Es un requisito para que la Iglesia siga: un Papa tiene que morir para que sea elegido otro. Mientras no haya Papa, ahí está la Iglesia. Esperando un Papa. Y mientras no haya Papa, nadie puede decidir nada en la Iglesia. Poner la sede vacante con antipapas es decir un absurdo. Es negar la sucesión de Papas. Es negar la infalibilidad del Papa. Es negar la doctrina del Papa. Ellos no caen en la cuenta que sólo se puede hablar de sede vacante permanente cuando no se puede elegir a un Papa. Entonces, en este caso, no se puede dar la Iglesia, porque no hay Pedro que la guíe como Vicario de Cristo. Ellos luchan por sus tradiciones, por sus papas, por sus liturgias, pero no saben oponerse a un falso papa. Y no lo saben reconocer como lo que es. Por eso, muchos critican a Bergoglio, pero tienen que juzgar a los demás papas también. Están haciendo la obra propia del demonio: destruir la Iglesia, destruyendo la doctrina en Pedro.

¡Cuántos tradicionalistas que destruyen la doctrina auténtica e infalible al atacar a un Papa legítimo!

¡Defienden sus tradiciones, pero no al Papa!

¡El Papa es el que da a la Iglesia el magisterio auténtico e infalible! ¡Es el que enseña este magisterio; el que lo recuerda, el que lo explica, el que lo defiende!

¿Quieres defender la Tradición en la Iglesia? ¡Defiende siempre al Papa en Ella! Porque en la Tradición hay muchas cosas que no pertenecen al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. ¡Cuántos Santos Padres erraron en muchas cuestiones! ¡Cuántos Obispos que tienen un magisterio herético antes de ser sacerdotes! ¡Cuántos con un magisterio herético, siendo sacerdotes! Y es sólo un Papa lo que decide en la Iglesia el magisterio que nunca se puede cambiar. Santo Tomás enseña que la Virgen no es Inmaculada. No se le puede seguir en ese punto. ¡No hay que defender la Tradición, sino a un Papa en la Iglesia!

¡Quien no defiende al Papa, construye su propia iglesia, su propia vida espiritual, su propio sacerdocio! Todos son falibles en la Iglesia, menos Su Cabeza Visible. En Ella, en obediencia a Ella, todos son infalibles. Este es el carisma de Pedro.

¡Todo aquel que quite a un Papa legítimo y verdadero en la Iglesia va en contra de todo el magisterio auténtico e infalible! ¡Y su salvación está pendiente de una espada de justicia! Si no quita su pecado en contra de la autoridad del Papa, que es una autoridad divina, no puede salvarse, aunque defienda toda la Tradición de la Iglesia.

¡Muchas divisiones se han visto en la Iglesia durante 50 años! ¡Pero, ahora, vemos la mayor de todas! ¡Ahora, presenciamos la cumbre del pecado!

Y los Obispos lo saben, pero ¿por qué no intervienen?

Porque no se preocupan ya ni de la situación ni de los peligros con los que están amenazados todo el Rebaño de la Iglesia.

No viven para salvar almas: viven para su negocio en la Iglesia.

Ya no les importa la doctrina auténtica e infalible: nadie lucha para que se ponga en práctica. Todos se han acomodado a lo que ven. Y ese acomodo hace que esos Obispos se conviertan en traidores de Cristo y de Su Iglesia.

Ahora es la cumbre del pecado en la Iglesia. Y, por lo tanto, es la cumbre de la justicia divina. Es su tiempo. Es su camino.

Francisco Bergoglio ha quitado a Pedro y el Papado: las dos cosas. Él no es el Sucesor de Pedro porque, sencillamente, es un hombre de herejía; es decir, enseña un magisterio manifiestamente herético. Todos los pueden ver, leer, discernir. No hay excusa si sigues llamando a Bergoglio como papa. Tu pecado no tiene justificación, excusa, razón de existir.

Y este hombre gobierna la Iglesia con un gobierno externo a Ella: su gobierno horizontal. Esto produce, necesariamente, en toda la Iglesia, un cisma. Y es muy claro el cisma.

Los que integran ese gobierno horizontal llevan a toda la Iglesia hacia su iglesia, es decir, a implantar una nueva doctrina que anule, oficialmente,  el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. En otras palabras, es un gobierno que quiere institucionalizar la herejía, poner un magisterio herético para que todos lo obren como si fuera un dogma, algo infalible en la Iglesia.

Ante esta cumbre del pecado, son pocos los católicos despiertos. Todos se han acomodado a Bergoglio. Lo llaman su papa y están esperando algo de ese hombre, un bien para toda la Iglesia.

Caen en un absurdo de vida.

Lo tienen como su papa, pero lo critican, lo juzgan. ¡Qué gran absurdo! Si Bergoglio es vuestro papa, entonces no le podéis criticar. Se comete un pecado grave. Muchos cometen el pecado de llamar a Bergoglio con el nombre de papa. Y todos ellos, al ver sus errores, sus oscuridades, sus dudas, sus herejías, cometen un segundo pecado de crítica contra su papa. Entonces, ¿cuál es la Iglesia a la que pertenecen esos católicos? No a la Iglesia Católica. Porque en Ésta no se puede criticar a un Papa legítimo: no se puede juzgar su doctrina, su magisterio.

Aquellos que tienen a Bergoglio como su papa tienen que someterse a su mente y a sus palabras. Tienen que aceptar como verdaderas sus herejías, su lenguaje humano, sus ideas. Y no criticarlas, no juzgarlas. Porque Bergoglio es su papa. Por tanto, Bergoglio enseña su doctrina que hay que aceptarla sin rechistar.

¡Gran absurdo es el que viven muchísimos católicos! ¡Ya no son católicos! Han perdido, no sólo la fe, sino lo que significa estar en la Iglesia Católica! ¡No son capaces de vivir el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia! ¡El cual no sólo enseña a llamar a Bergoglio con el nombre de hereje, sino que enseña a juzgar a toda aquella Jerarquía que quiera gobernar la Iglesia con la mentira de un gobierno horizontal!

Si quieres criticar a Bergoglio, entonces deja de llamarlo como tu papa. Es lo primero. Es el sentido común, que muchos católicos ya no lo tienen. Porque si no se hace eso, se comete un grave pecado, no sólo al criticarlo, sino al tenerlo como un hombre de verdad, por el cual Cristo habla a la Iglesia Su Voluntad.

Y Cristo nunca habla a través de un hereje. Decir esto; decir que Bergoglio es el Vicario de Cristo es llamar a Cristo mentiroso.

Nunca Jesús pone un Papa con un magisterio herético en Su Iglesia. Jesús no se contradice a sí mismo. Creer en Jesús es creer en una doctrina auténtica e infalible, la cual nadie la puede tocar, la puede cambiar. Ni siquiera un Papa.

Jesús pone siempre un Papa en la Verdad de la doctrina: claro, sencillo, que defiende siempre a Cristo y a Su Iglesia.

Jesús no ha puesto a Bergoglio como Papa en la Iglesia. ¡Eso ni hay que decirlo! ¡Eso se ve en las obras de ese hombre, al que muchos católicos tibios y pervertidos llaman con el nombre de papa!

Lo que dice la masa de los tibios no hace Iglesia, no es la Iglesia.

La Iglesia es la Palabra de Dios: es lo que dice Dios.

Dios nunca habla la herejía por medio de un Papa legítimo. Nunca dice una mentira a través de la Jerarquía.

Dios sólo habla la Verdad por medio de Su Jerarquía, que es fiel a la gracia que han recibido. Por eso, tienen que aprender a discernir la Jerarquía verdadera de la falsa para discernir lo que viene de Dios, la Palabra que es Verdad, de lo que viene del demonio, la palabra que siempre es mentirosa.

Han quitado a Pedro en la Iglesia. No hay Iglesia. No es visible ni en la Jerarquía ni en los fieles. Lo que es visible es la división  clara en todas partes. Y esa división no interesa a la Iglesia.

La Iglesia no es la división de pareceres; es la unidad en la verdad.

Si quieres seguir siendo Iglesia, ponte en la verdad. Y la verdad no está en tu mente humana ni en tu conciencia ni en tu estilo de vida.

La Verdad es la obra del Espíritu en la Iglesia: es la obra de un amor divino en cada alma.

Ahora, sin cabeza visible, tienes que seguir no a una Jerarquía, sino sólo al Espíritu. Porque la Iglesia ya no está en Pedro, es decir, no está en la Jerarquía. Y tampoco está en la Tradición. No está en el pasado.

Hay que mantener todas las cosas como las dejó el último papa verdadero y legítimo. Ahí debe permanecer la Iglesia, en lo que el último papa enseñó en la Iglesia. Cuando el cielo ponga a Pedro Romano, entonces habrá una autoridad divina que enseñe lo que este tiempo de un falso papa se está obrando en la Iglesia: validará o invalidará todas o parte de las obras de Bergoglio. Mientras tanto, todo cuanto hace Bergoglio es, para la Iglesia, inválido. No tienen el sello de Pedro. Sólo un Papa legítimo puede juzgar todas las obras de ese hombre, como siempre lo han hecho los Papas en los tiempos de los antipapas.

Hay que saber luchar contra Bergoglio, que es un falso papa. Y ya no es tiempo de atacar su doctrina. Cada día dice las mismas cosas, añadiendo una herejía más. Para el que sepa lo que es Bergoglio, sabe por dónde va. Sólo le queda enseñar su vómito en la Iglesia: su doctrina de la evolución, de la ecología, en la cual todos verán claramente lo que ahora no se atreven a decir, por el falso respeto humano que tienen a  ese hombre.

Es tiempo de dejar todo lo social porque viene la persecución en la Iglesia. Y viene desde arriba, desde la cabeza. Viene de sus propios miembros. Y va a ser un peligro estar con gente que es bergogliana, que aunque critican a Bergoglio lo siguen teniendo como su papa.

Muchos van a caer en el gran engaño que viene a la Iglesia. Y eso es la parte de la justicia divina.

Todos aquellos que no tengan a Bergoglio como papa, no caerán en el engaño. Pero los que sí lo tengan, -y no importa que sean lefebrvistas, o sedevacantistas, o tradicionalistas, o progresistas, o lo que sea- no van a saber discernir la mentira que la Jerarquía va a presentar a toda la Iglesia. Porque es necesario romper oficialmente lo que no se puede tocar: el magisterio auténtico e infalible. Y eso hay que hacer con la inteligencia perversa, que está en la cumbre de la perfección en el mal. Por eso, muchos sabios, muchos teólogos, mucha gente que tiene mucho conocimiento en la Iglesia, van quedar engañados. Porque tienen la verdad y la usan para obedecer a un hereje como su papa. Eso exige una justicia divina sobre ellos. La verdad es para obedecer a un hombre que sólo habla la verdad. Pero teniendo la verdad ¿la abajáis para someteros a un hombre, a su pensamiento, sólo por un interés humano? ¡No lo hacéis por el bien mayor de salvar un alma! ¡Cambiáis la verdad divina por la mente de un hombre! Es el culto al hombre, del cual se derivan muchos pecados. Y ese culto al hombre anula el culto de Dios en la Iglesia. Muchos van a quedar cegados, creyendo que siguen dando culto a Dios en la Iglesia y sólo están dando culto a la mente de un hombre. ¡Gran castigo el que viene a toda la Iglesia, principalmente a la Jerarquía!

Saben y no hacen nada. Ya no les interesan las almas en la Iglesia. Sólo velan por sus negocios en la Iglesia.

Y es un gran negocio los pobres en la Iglesia. Por eso, se tiene a Bergoglio como papa: es el negocio que da una doctrina protestante y comunista en la Iglesia.

Un Papa, en su magisterio ordinario, es siempre infalible

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Muchos piensan que un Papa es sólo infalible cuando habla ex catedra, que es el magisterio extraordinario, y, por lo tanto, es falible en el magisterio ordinario. Este error está en muchos católicos y se opone al dogma de la infalibilidad del magisterio de la Iglesia.

Por eso, los que tienen a Bergoglio como su papa, le excusan su herejía diciendo esto: se puede equivocar en el magisterio ordinario.

El magisterio infalible es aquel que conlleva el sumo grado de autoridad. Hay que ser cabeza en la Iglesia para poseer esta infalibilidad en el magisterio: es decir, hay que ser Obispo.

Donde está la infalibilidad allí está la inmunidad de error. Es decir, la persona está libre, está protegida de caer en el error, en la mentira, en las dudas, en la oscuridad de la mente.

Es una imposibilidad de errar a causa de la asistencia del Espíritu Santo. Es el Espíritu el que preserva del error al sacerdote o al Obispo. Es la vigilancia de Dios sobre Su Jerarquía fiel, para que siempre dé la Verdad que Cristo enseñó a Sus Apóstoles.

Este magisterio infalible sólo recae en la Iglesia sobre la Jerarquía. No sobre los fieles, porque necesita del sumo grado de autoridad, que sólo lo tiene la Jerarquía.

Es la Jerarquía la que enseña a los fieles la verdad, la doctrina verdadera de Cristo. Los laicos pueden equivocarse cuando quieren enseñar algo en la Iglesia. No tienen esa asistencia del Espíritu Santo. Un laico obediente a la Jerarquía fiel posee esta infalibilidad en su enseñanza. Pero un laico no obediente, no tiene la asistencia del Espíritu cuando enseña una verdad a la Iglesia.

«Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 18-20). Esta es una promesa solemne de Dios, que se hace para cumplir una misión. Es decir, significa el auxilio divino, la ayuda que Dios promete a Sus Apóstoles y, por tanto, a Sus Sucesores, que son los Obispos, de una manera absoluta y eficaz, para que la Jerarquía enseñe la doctrina misma de Jesucristo en todos los tiempos de la historia del hombre.

Hasta el fin del mundo, los Apóstoles y sus sucesores van a enseñar, con certeza y de forma infalible, la misma doctrina de Jesús, la misma y eterna verdad, la cual no puede cambiar porque al hombre no le guste o haya alcanzado, con sus conocimientos humanos, un grado de sabiduría en la que se ponga por encima de Dios.

Siempre la Jerarquía verdadera va a combatir al mundo y a los hombres, poniendo en claro la verdad que ningún conocimiento humano puede cambiar.

«Es verdad que la Iglesia católica entera no puede engañar ni vivir engañada, habiendo prometido a los Apóstoles el divino Redentor, el cual es la Verdad Misma: “He aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos”…» (Pío XII – Alocución “Nostis profecto”, 30 de octubre de 1950).

La Iglesia no puede engañar ni vivir engañada: lo que fue verdad hace 2000 años, sigue siendo verdad hoy día. No se da la evolución del dogma. No existe la ley de la gradualidad. Hay un magisterio auténtico e infalible, que todos pueden conocer en la Iglesia, desde el Papa hasta el último fiel. Y no sólo conocerlo, sino vivirlo, custodiarlo, enseñarlo, defenderlo.

Este magisterio infalible se refiere al magisterio tradicional, es decir, a aquel que solamente custodia, declara, explica y defiende el depósito de las verdades que hay que creer para estar en la Iglesia.

Todo aquel sacerdote, Obispo, fiel que enseñe la misma doctrina de Jesús, que la explique, que la defienda, que la custodie, siempre tendrá la asistencia del Espíritu para no equivocarse.

Aquella Jerarquía que añada verdades nuevas a lo ya enseñado no es magisterio infalible. Es un magisterio inventivo, que añade otras cosas todavía no aprobadas por la Iglesia con su autoridad papal.

El magisterio infalible, tradicional, es algo objetivamente cerrado: es el dogma de siempre, en el cual no se puede añadir nada más.

Por ejemplo: Jesús es Dios. A este dogma, no se puede añadir una verdad. Aquel que enseñe en la Iglesia que Jesús es Dios está en el magisterio infalible, tiene la asistencia del Espíritu Santo. Aquel que enseñe otras cosas o que niegue que Jesús sea Dios, no está en el magisterio infalible y, por lo tanto, no tiene la asistencia del Espíritu Santo.

Bergoglio enseña que Jesús no es Dios: claramente enseña, no sólo un magisterio no tradicional, inventivo, abierto, sino herético.

Si Bergoglio fuera de la Iglesia Católica, si ejerciera como Obispo, con la suma autoridad que tiene como Obispo, entonces no podría equivocarse en su enseñanza ordinaria. Tendría siempre la asistencia del Espíritu Santo. Como se equivoca, entonces hay que concluir que Bergoglio no pertenece a la Iglesia, por causa de su magisterio herético. No por causa de su pecado, sino por causa de su herejía

En la Iglesia, el magisterio infalible consiste en enseñar, en defender, en custodiar, en explicar el depósito de la fe. Aquel que no enseñe esto automáticamente está dando una herejía en su magisterio. Por lo tanto, se pone fuera de la Iglesia.

Jesucristo ha instituido en los Apóstoles, es decir, en los Obispos, un Magisterio auténtico e infalible.

Por tanto, un Obispo que no sea fiel a su vocación no posee este magisterio auténtico e infalible.

Y ser infiel a su vocación no se refiere a pecados personales, privados. Se refiere a los tres pecados que sacan a la persona fuera de la Iglesia: cisma, apostasía de la fe y herejía. Esto tres pecados imposibilitan a la Jerarquía de poseer un magisterio auténtico e infalible.

Es lo que dice san Juan:

«…muchos se han hecho anticristos… De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (2, 18c.19a).

Muchos católicos son culpables al aceptar a Bergoglio como su Papa.

Muchos católicos están pecando al estar atentos a Bergoglio como su Papa.

Porque un Papa verdadero, en su magisterio ordinario, es auténtico e infalible: enseña con autoridad divina una verdad y sin error alguno.

Es así que Bergoglio, en su magisterio ordinario, no está dotado de autoridad, enseña cosas nuevas, y ataca todo el depósito de las verdades que han sido recibidas por la Iglesia.

Luego, Bergoglio no es Papa. Cuando habla tiene que equivocarse siempre.

Bergoglio, en todas sus homilías, en todos sus discursos, en todos sus escritos, malinterpreta la Sagrada Escritura: le da un giro, le añade cosas que no existen, razona como un hombre de mundo, y enseña una doctrina contraria a la propia Palabra de Dios.

Bergoglio sólo propone a la Iglesia mentiras para que todo el mundo las crea y las tenga como dogma. No ha sabido ofrecer a la Iglesia una verdad que deba ser creída, conservada, defendida. Para Bergoglio, no existe la verdad absoluta. Por lo tanto, no puede proponer un dogma en la Iglesia. No puede recordar los dogmas. No puede defender un dogma.

Este hombre nunca podrá someter a la Iglesia a su mente errada, porque la Iglesia no puede ser engañada, ni siquiera, por un falso Papa, como Bergoglio.

Bergoglio no sabe juzgar de nada, ni en lo científico, ni en lo filosófico, ni en lo teológico, ni en lo espiritual. Y, por lo tanto, Bergoglio no sabe descubrir si existe alguna conexión entre estas verdades y el depósito de la fe. Bergoglio no tiene la fe católica, ¿con qué autoridad va a descubrir en la ciencia profana y humana alguna verdad de fe? Sólo dará al mundo lo que el mundo quiere escuchar. Sólo predicará a los hombres los que desean oír de un hombre de mundo, profano, materialista, comunista.

Sólo un Obispo dotado de autoridad divina puede enseñar de manera auténtica las verdades en la Iglesia.

Aquella Jerarquía que enseñe la mentira, el error, la duda, la herejía, como lo hace Bergoglio, está proclamando, en ese magisterio ordinario, que no tiene la autoridad divina para enseñar en la Iglesia. Que está en la Iglesia con un poder humano para una doctrina humana. En su ministerio como Obispo pone un impedimento, un óbice, para que el Espíritu Santo lo asista y así no caiga en el error.

Si no hay autoridad divina en el Obispo, tampoco se da la infalibilidad en él.

«…pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe. Y, ciertamente, la apostólica doctrina de ellos, todos los venerables Padres la han abrazado y los Santos Doctores ortodoxos venerado y seguido, sabiendo plenísimamente que esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: “Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tu, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32)» (Concilio Vaticano I – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice – D 1836).

La Santa Sede de Pedro, es decir, la sucesión de Papas verdaderos y legítimos en la Iglesia, «permanece siempre intacta de todo error»: infalibilidad.

Si hay un hombre sentado en la Silla de Pedro que en su magisterio ordinario comience a dar errores, enseñe una verborrea anticatólica, como es el caso de Bergoglio, ese hombre no es Papa, a ese hombre no se le puede llamar Papa, a ese hombre no se le puede seguir como Papa, a ese hombre hay que echarlo de la Iglesia por la impostura que hace en la Sede de Pedro.

Por eso, es de locos nombrar a Bergoglio como Papa. El Papa verdadero sigue siendo Benedicto XVI, pese a quien pese. Se crea o no se crea. Porque Pedro es un gracia en la Iglesia, no una elección de hombres en Ella, no una institución humana.

El magisterio ordinario de la Iglesia es infalible, porque no se da la autoridad divina a los Obispos para que enseñen nuevas doctrinas; no se da la asistencia del Espíritu Santo para llenar de fábulas a la Iglesia.

La autoridad que tienen los Obispos es para custodiar y fielmente exponer «la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe».

Y esto lo hacen los Obispos «santamente»: no se puede ofrecer a la Iglesia un magisterio auténtico e infalible si el Obispo vive en sus pecados, hace del pecado su obra y su vida, como la hace Bergoglio.

El que un Obispo enseñe con autoridad, es decir, sea auténtico en su magisterio; y enseñe sin error, es decir, sea infalible en su magisterio, es necesario que el alma de ese Obispo viva en la santidad de su vida sacerdotal. Si no hay esta santidad, en el magisterio ordinario, se caen en muchos errores, como lo venimos observando desde hace 50 años.

«Jesucristo ilumina a su Iglesia Universal… Viniendo de Dios como Maestro a fin de dar testimonio de la verdad (San Juan 3,2; 18,37), iluminó con su luz la primitiva Iglesia de los Apóstoles de tal forma que el Príncipe de los Apóstoles exclamó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (San Juan 6,68); Desde el cielo estuvo tan presente en los Evangelistas que ejecutaron como miembros de Jesucristo lo que conocieron como al dictado de la Cabeza. Y también hoy es para nosotros, que estamos en este exilio de la tierra, el autor de la fe, así como será el que la lleve a término en la Patria del Cielo. Él mismo es el que infunde en los fieles la luz de la fe; Él mismo es el que enriquece por obra de su poder divino con los dones celestiales de ciencia, de entendimiento y de sabiduría a los Pastores y a los Doctores, y sobre todo a su Vicario en la tierra, a fin de que custodien con fidelidad el tesoro de la fe, lo defiendan con denuedo y lo expliquen y lo confirmen piadosa y diligentemente; por último Él mismo es el que, aunque invisible, preside y brilla vivamente en los Concilios de la Iglesia” (Pío XII – Encíclica Mystici Corporis – AAS 35 (1943) 216).

Custodiar, defender, explicar y confirmar la doctrina misma de Jesucristo: esto es el magisterio ordinario de la Iglesia, que es auténtico e infalible.

Y todo sacerdote, Obispo, fiel a la gracia que Cristo le ha dado, es infalible en la Iglesia.

Pero todo sacerdote, Obispo, infiel a la gracia que Cristo le ha dado, es falible en la Iglesia.

El problema está en el hombre, no en la Silla de Pedro.

Es el hombre, que se sienta en la Silla de Pedro, el problema.

Si es hombre que ha usurpado esa Silla, inmediatamente, desde el inicio de su falso pontificado se ve que su magisterio ordinario ni es auténtico ni es infalible.

Muchos aguardan a que Bergoglio hable ex catedra para decir que no es Papa. Pero, ¡qué ciegos están todos!

Vayan a su magisterio ordinario y resolverán todo el problema con Bergoglio. ¡Y qué fácil es resolverlo! Sólo hay que conocer el depósito de la fe. Muchos católicos ni saben qué cosa es esto. ¡Con una sola homilía que cojan de las que da en Santa Marta ven que Bergoglio no es Papa! ¡Con una sola homilía! ¡Con las palabras con que inició su falso pontificado, en su primera misa! ¡Qué fácil es resolver el problema Bergoglio en la Iglesia! ¡Pero, qué ciegos están todos!

Dos años en que se ven a muchos católicos todavía dudar de lo que es Bergoglio y que le dan una oportunidad: a ver si se convierte.

Están ciegos. Y su ceguera es por su pecado.

Y no van a salir de su ceguera porque en la vida ordinaria no saben ver la mentira de un hombre. Si no sabéis huir de un hombre que os engaña tan claramente en el día a día, tampoco sabéis ver vuestros pecados diarios. No veis al demonio en vuestra vida diaria. No sabéis luchar en contra de él. No sabéis ver vuestros negros pecados. ¿Cómo vais a ver los pecados de un hombre que os vuelve loco con su verborrea diaria?. Estáis viviendo, como muchos, la novedad de tener a un hombre que habla de todas las cosas, menos de lo que importa. Así son muchos en su vida espiritual: se llenan de tantas cosas, que pierden el norte de sus almas. Un alma que no se alimenta de la verdad diariamente, es un alma que va en busca sólo de la novedad, de la moda, que cada día el hombre se inventa en su vida. ¡A cuántos gustan las fábulas que Bergoglio cuenta en Santa Marta todos los días! ¡Cuántos están ávidos de leer sus nuevas y estúpidas entrevistas! ¡Quieren descubrir perlas en un océano de herejías! ¡Qué insensatez! ¡Qué estupidez de vida! ¡Qué locura de mentes tienen muchos en la Iglesia!

¡Cuánta ceguera se observa en todas partes!

Os habéis quedado ciegos con la palabra barata de un hombre. Y la gracia no es una bisutería en la Iglesia. No deis los tesoros del cielo a los cerdos. La gracia cuesta en la Iglesia: es oro divino. Y hay que merecerla para obtenerla.

¡Cuántos viven de sus rentas en la Iglesia! ¡Les es cómodo Bergoglio para sus vidas!

Bergoglio, en el ejercicio de su gobierno, es un hereje

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Se han cumplido dos años de una usurpación y de una dinamitación del Papado.

Este es el resumen claro de la obra de Bergoglio.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero dicen: el Papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje.

Al decir esto, incurren en una grave consideración de los hechos.

Si Bergoglio es hereje, es decir, sus errores o dudas en materia de fe no pueden encubrirse de ninguna manera; están ahí, todos lo pueden ver, leer, discernir… Entonces, por ser Bergoglio hereje, no pertenece a la Iglesia Católica, porque –como decía San Jerónimo- «los herejes fulminan la sentencia contra ellos mismos al apartarse de la Iglesia siguiendo su albedrío». O, como decía San Agustín: «… ¿para qué voy a estar diciendo que se separen de la Iglesia cuando ya lo han hecho? En efecto, son herejes; ya están fuera de la Iglesia».

Si «soy católico, no quiero ser hereje» (San Hilario).

Bergoglio es hereje. Luego, ya está fuera de la Iglesia. No puede gobernar la Iglesia.

Hay muchos que quieren ser herejes y seguir llamándose católicos.

Si se ve la manifiesta herejía de ese hombre, ¿por qué dicen que en su gobierno no hay herejía?

Aquel que viola la ley moral nunca, bajo ninguna circunstancia, puede probar, por la razón, tener razón. Lo que es inmoral nunca puede acabar siendo un gobierno correcto, una enseñanza verdadera, un camino de salvación y de santificación en la Iglesia.

¿Cuál es el ejercicio de gobierno de Bergoglio? ¿Cómo ejerce su gobierno en la Iglesia?

Lo ejerce en una estructura que no pertenece al régimen establecido por Jesucristo como esencial en la Iglesia. En una estructura que viene de una obra inmoral, de pecado.

Jesús puso a Pedro para gobernar la Iglesia; en otras palabras, puso un gobierno vertical en la Iglesia. Quien gobierna la Iglesia es una sola cabeza, un solo hombre, que no es igual entre muchos. Pedro es el principio del poder en la Iglesia. La autoridad que posee no la tiene nadie más en la Iglesia. Aquel que obedece a Pedro, posee esa autoridad, que dimana de él; pero aquel que no lo obedece, no puede poseer esa autoridad divina.

Bergoglio ha colocado un gobierno horizontal en la Iglesia: una estructura de muchas cabezas, en la que Pedro es uno entre muchos. Esas cabezas deciden el destino de la Iglesia. Ese gobierno horizontal no pertenece al régimen esencial de la Iglesia. Sino que va en contra de la propia esencia de la Iglesia. Ya la Iglesia no se levanta en una cabeza, sino en muchas. Poner un gobierno horizontal viola la ley moral, es un pecado, no sólo grave, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Ese gobierno horizontal es claramente inmoral en la Iglesia. Y, en consecuencia, quien ejerce ese gobierno da la herejía en acto. El ejercicio de ese gobierno es herético. Además, los que componen ese gobierno horizontal son hombres de herejía. Por lo tanto, tampoco pertenecen a la Iglesia. Están gobernando la Iglesia desde una estructura exterior a Ella: éste es el gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿Cómo es que muchos quieren apoyarse en ese pensamiento: el papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje; cuando claramente no pueden probar que su gobierno sea correcto? Su gobierno no es el que quiere Cristo en Su Iglesia. No es el correcto. Es un gobierno de herejes y de manifiesta herejía.

¿Por qué dicen eso si están diciendo un absurdo?

Lo inmoral no es el fundamento del ejercicio de ningún gobierno. De un hereje no puede salir una verdad. De un gobierno de herejes no puede salir un gobierno de verdad en la Iglesia, una norma de moralidad, una Voluntad Divina.

Muchos argumentan así: como Bergoglio no ha dicho ex cátedra, es decir, no ha impuesto una norma, una ley, una doctrina que sea contraria a la ley de Dios, al Magisterio de la Iglesia… No ha impuesto su herejía a todos como una verdad, sino que solamente dice cosas que tapan la verdad, entonces lo tenemos como Papa verdadero y lo defendemos como el Papa.

A este absurdo están llegando muchos católicos: fieles y Jerarquía.

Y se olvidan de que el Papa sólo habla ex catedra para dejar sentado una verdad, para definir una verdad ya revelada y que toda la Iglesia la siga desde ese momento. Que esa verdad revelada sea una verdad dogmática.

Si Bergoglio es un hereje, ¿piensan que tiene capacidad de definir una verdad ex cátedra, una verdad dogmática? ¿Acaso un hereje puede hablar con la verdad?

¿Ven el absurdo al que llegan muchos, incluso tradicionales, gente que sigue la doctrina católica, y que no son tradicionalistas, pero que van perdiendo la fe?

Hablar ex cátedra sólo lo puede hacer un Papa legítimo, un hombre católico. Nunca puede hablar ex cátedra un hombre hereje. Muchos esperan eso para decir: Bergoglio no es Papa. Claramente, ellos mismos, se contradicen en su argumento.

Son como los tibios que dejan la confesión para antes de morir. Mientras no llegue la muerte, siguen viviendo en sus pecados.

Hasta que Bergoglio no diga, claramente, no lo publique, no enseñe en su magisterio que haya que tener otra fe distinta a la que se sigue en la Iglesia, entonces hay que tenerlo como Papa legítimo.

Llegar a este pensamiento es negar muchas verdades en la Iglesia. Además, ser Papa no se manifiesta en hablar ex cátedra, sino en gobernar la Iglesia en la Verdad: en la verticalidad, exigiendo a todos la obediencia a sus mandatos y enseñanzas.

Y ¿por qué la Jerarquía llega a este pensamiento?

Sólo hay una razón: tienen mucho que perder. El dinero, el trabajo, la comida, una casa, una fama, una gloria entre los hombres, un prestigio social… Y no quieren perder eso. Y, entonces, tienen que buscar un argumento, que no convence a nadie, ni siquiera a ellos mismos, en que se defienda al hombre Bergoglio y a su herejía. Hay que defender la figura que Bergoglio tiene en la Iglesia: a Pedro. Falsa obediencia a la figura vacía que representa Bergoglio.

¿Vais a defender a Pedro en la persona de un hereje? ¿Vais a defender la Verdad aceptando la herejía de un hombre sólo porque se sienta en la Silla de Pedro?

¡Cuánta demencia hay en toda la Iglesia.

No se puede probar, con la razón, que un hereje tiene razón. No se puede probar, con la razón, que Bergoglio es Papa. Un hereje nunca puede ser Papa. Un hereje nunca puede gobernar en lo correcto, en la verdad, sin la herejía. El ejercicio de su gobierno es, claramente, herético.

Bergoglio está violando la ley moral. ¿Por qué lo defienden con sus palabras, con sus razones, con sus argumentos?

¿Por qué quieren buscar un lenguaje humano adecuado para callar las manifiestas herejías de Bergoglio?

¿Por qué no quieren creer la sencilla Palabra de Dios: «aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema»?

¿Ya San Pablo ha dejado de ser guía en la Iglesia?

¿Ya un católico, de a pie, no tiene derecho de proclamar que  Bergoglio y su doctrina (su evangelio de la alegría, su falsa misericordia de las lágrimas) son  anatemas en la Iglesia?

Muchos están obligando a los fieles a decir que Bergoglio es Papa. Que es la autoridad de la Iglesia la que tiene que proclamar que Bergoglio no es Papa. Y hasta que esos jerarcas no lo hagan, hay que considerar, hay que llamar, hay que obedecer a Bergoglio como Papa.

Ya no sois como niños en la fe: ya no creéis como creen los niños: sin argumentos, sin teología, sin la ciencia del hombre. Sois como Santo Tomas: si no veo, no creo. Si una autoridad, en la Iglesia, no enseña (no proclama) que Bergoglio no es Papa, entonces no creo.

Muchos se han instalado en su clara soberbia y es lo que enseñan a su rebaño. No tienen las agallas de dar testimonio de Cristo a los demás. Creen que la Iglesia es un conjunto de borregos que deben unirse para defender a un hereje como su papa.

¿Cómo ve la Iglesia a Bergoglio?

Lo ve como un mensajero de un dios que no existe: el Dios de las sorpresas. Un concepto de Dios inventado por el lenguaje de los modernistas. Un concepto para un dios que cambia según la mente de cada uno. Ya no es un Dios que permanece en la Verdad, que enseña la misma Verdad, sino que es un dios que sorprende al hombre con cosas nuevas e inesperadas. Con este dios de las sorpresas, se acaba todo dogma, toda Tradición, se anula el Evangelio y los hombres se dedican a hacer su gran negocio en la Iglesia: el falso ecumenismo. Querer integrar a todos en una nueva iglesia ecuménica, universal, en la que las mentes de todo el mundo puedan participar. Incluso los ateos pueden creer en el dios de las sorpresas. Ellos, que no creen en dios, pueden reflejarse en ese concepto porque el dios de las sorpresas no es un dios religioso, que imponga una ley, una Voluntad a seguir, sino que es un dios de la mente del hombre. Cada uno se inventa su dios en su cabeza humana, con su lenguaje humano, con su idea filosófica. Y el ateo tiene en el dios de las sorpresas su no dios: el concepto de que dios no existe.

El falso ecumenismo es sólo la unión de las mentes de todos los hombres. No se unen las religiones, ni sus ritos, ni sus liturgias. Cada uno sigue con los suyo, pero abierto a la mente del otro, aceptando sus ritos, sus liturgias, participando de ellas, y haciendo unión con ellos sólo en la mente, en un lenguaje humano nuevo, con conceptos nuevos, inventados para esa iglesia ecuménica.

Para otros, Bergoglio es su sueño: su papa evangélico, es decir, la imitación de Lutero. Bergoglio es el nuevo Lutero para muchos fieles y gran parte de la Jerarquía. El pensamiento de Bergoglio es el que siguen muchos jerarcas. Quieren llevar el evangelio a la calle, al pueblo, a las culturas, a los problemas de los hombres, pero sin cambiar a los hombres, sin hacer proselitismo, dejándoles en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras, porque ya no se trata de dar una ley, sino un afecto, un sentimiento a los hombres. Ya ese papa evangélico tiene que acercarse al pueblo, al hombre, pero enseñando lo evangélico, es decir, una palabra amable, una palabra nueva, tierna, que guste al hombre, que la quiera escuchar el hombre, que regale los oídos del hombre. No se quiere a un papa que sea como todos los demás: imponiendo una doctrina. Se quiere un papa de gestos: que se vista pobremente, que hable sencillamente, que obre cosas que agraden a los hombres. Se quiere la figura de un papa pero sin el Espíritu de Pedro. No importa lo que diga ese hombre. Con tal de que lo diga que guste a los hombres, eso basta. Porque hay que estar con los hombres, con sus problemas, con sus vidas. Hay que dejar vivir a los hombres en sus erradas vidas y no decirles que van mal.

Por eso, muchos gustan de Bergoglio por su populismo: es un hombre del pueblo, del mundo, para los hombres, con los hombres, que sólo está preocupado por los asuntos de los hombres. Es lo que enseñaba Lutero que el poder de Dios está en el pueblo, no en la jerarquía: «a los cristianos no se les puede imponer bajo ningún derecho ley alguna». Esto es lo que enseña Bergoglio. Lo mismo. Los teólogos tienen que tener olor a pueblo. Los sacerdotes, con olor a oveja. No hay un mandamiento para cumplir: «Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto” y ”no hacer aquello” no es cristiano». Amar a Jesús no es cumplir una norma de moralidad, sino que es ser amado por Dios: «La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús». Siempre con Jesús, pero no con la doctrina que enseña Jesús. Es un Jesús para el pueblo. Si has caído, sigue en tu pecado. Levántate de tu caída, pero sigue en tu vida. Es un problema social tu caída, pero no es un pecado en tu alma. Es un problema que te hace caer, que te hace renunciar a la vida social, que es donde tienes que estar si quieres creer. Es el pueblo el que cree. Es la masa la que decide lo que es bueno y lo que es malo. Bergoglio es el hombre del mundo, el falso papa ideal para el hombre mundano. Es una figura vacía de la verdad, pero llena de todas las mentiras. La gente quiere ser pueblo. Que el pueblo tenga el poder, el conocimiento, la ley. Que del pueblo venga las leyes para todos los hombres. Muchos ven así a Bergoglio.

Por eso, para muchos estudiosos del Vaticano, Bergoglio ha traído no una época que cambia, sino un cambio de época. No es la historia del hombre que va cambiando, sino que es el cambio de la historia. Ya no se tiene a un papa católico, sino a un hombre que no es católico, pero que se le deja actuar como papa. Es el cambio de época. Ya la Iglesia tiene que asemejarse a los hombres, a sus tiempos, a su mentalidad. La Iglesia tiene que ser para todos los hombres. Tiene que ser de la época del hombre. La época en que el hombre se vuelve dios para sí mismo. Es la visibilidad de falsa iglesia del Anticristo. Ya se ven sus cabezas, sus miembros. Ya se ve el rol que manifiestan muchos porque se creen superiores a los demás hombres. Se creen dioses y con poder, con la sabiduría para cambiar la Iglesia, para romper con sus fundamentos más esenciales y hacer una iglesia totalmente nueva: refundar la Iglesia. Es el cambio de época: se necesita una nueva iglesia. Es el cambio de iglesia. Ya no es la Iglesia que cambia algunas cosas, sin cambiar lo esencial de Ella; es la iglesia que lo cambia todo, porque es el cambio de una época: la del hombre. Es la perfección de la soberbia del hombre, que nació en el Renacimiento, pero que sólo ha llegado a su culmen a finales del siglo pasado. Bergoglio es sólo el inicio de este cambio de época: el inicio de una falsa iglesia, que será el cuerpo místico del Anticristo.

Por eso, para los ciegos de la Jerarquía, que obedecen a Bergoglio como Papa, ese hereje se mueve en la normalidad del pensamiento del hombre: si vives como pecador, sigue en la obra de tu pecado. Bergoglio no cambia eso, sino que lo deja en lo de siempre, en lo normal. Bergoglio sólo ataca la doctrina católica, pero no ataca al pecador que vive su pecado y que ensalza, en la sociedad, su negro pecado. Es un papa normal para el mundo. Es la normalidad que se pide a un papa no católico, que no posee la fe católica. Y, por tanto, Bergoglio es oportunista: sabe dar a cada hombre lo oportuno, lo que desea, lo que busca en su vida. No es inoportunista: no cierra caminos, no señala dogmatismo. Es políticamente correcto en todas las cosas.

Muchos ven a Bergoglio como el que ha sembrado una iglesia y un mundo mejores. Son los que van buscando la novedad en la Iglesia, el placer, la felicidad en todas las cosas. Les llega la frase de ese hereje: «el camino de Jesús es la felicidad». Es lo que mucha Jerarquía está sembrando en el rebaño: ya no les hablan de la Cruz de Cristo, sino de la felicidad de la vida. Es el nuevo Paraíso, que viene con el cambio de época. Y es lo que va a predicar el Anticristo: un mundo nuevo, feliz, en el que todos tienen de todo, y en donde ya no hay enfermedades. El Anticristo va a curar a muchos, va a hacer muchos milagros para que todos lo sigan, fabriquen un nuevo paraíso en la tierra. Hagamos un mundo mejor con las obras del pecado de todo el mundo. Hagamos una iglesia mejor con las herejías de todo el mundo. Esto es lo que la Jerarquía busca, lo que ellos quieren para el Rebaño.

Después de dos años, la Iglesia ha caído en la degeneración más absoluta.

Un demente, no sólo un hereje, guía a la Iglesia.

Y hay que llamarlo demente. Si eres teólogo recto y has estudiado los escritos de Bergoglio, te habrás dado cuenta de que no tienen lógica humana. Ni siquiera tienen  la lógica de un Kant, de un Hegel, en que uno puede seguir su lógica errada y llegar a algo concreto en el error. Con este hombre, no hay manera de llegar a una concreción. Es todo una demencia. Y sólo por una cosa: Bergoglio no es intelectual, sino un hombre que resume, que sintetiza el pensamiento de otros hombres intelectuales, para expresarlo a su manera, en su jerga. Por eso, Bergoglio es un auténtica demencia como hombre intelectual

Y en manos de este demente está toda la Iglesia.

¡Qué gran castigo viene para todos!

Tres caminos de maldad abiertos en Roma

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«Más les hubiera no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás» (2 Pe 2, 21).

La regla de la fe no es el conocimiento humano, sino la verdad divina.

La Iglesia no se hace históricamente, según vaya evolucionando la mente de los hombres. No existe la verdad gradual. Sólo existe la verdad objetiva.

Muchos están en la Iglesia y no son Iglesia, no la hacen, no la construyen, no ponen los cimientos de la verdad sobre el único fundamento, que es Jesucristo.

Están en la Iglesia y son detestables. Han conocido la verdad, el camino de la justicia, pero se han vuelto atrás. Han mirado a los hombres, a lo que ellos piensan, a como ellos obran, a lo que hablan en sus lenguajes, que son claramente soberbios y orgullosos.

¡Cuántos luchan contra la fe recibida!

¡Cuántos rechazan el Evangelio corrompiéndolo, interpretándolo a su manera!

¡Cuántos resisten a la fe!

«No es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa; porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe» (C. Vaticano I – DS 3014).

No hay causa justa para llamar a Bergoglio como Papa. No se puede. No es una opinión teológica.

Como no hay una causa justa para que los malcasados puedan comulgar o que los homosexuales puedan casarse o que las mujeres accedan al gobierno de la Iglesia. Nadie puede poner en duda o cambiar la fe divina.

La fe católica enseña que un hombre hereje no puede ser Papa. Esta es una verdad objetiva: revelada y dogmática. Está en la sagrada Escritura, transmitida por toda la Tradición y enseñada en el magisterio de la Iglesia.

Por tanto, el que cree tiene que refutar los errores, tiene que enfrentarse a todos los hombres, a todos aquellos que quieren presentar a un hombre hereje como Papa legítimo y verdadero.

Muchos disputan dudando de la fe. Y cometen un gran pecado, porque quieren enseñar sus errores como verdaderos. Quieren probar una mentira: Bergoglio es el papa reinante. Hay que obedecerlo, hay que someterse a él. Hay que seguirlo en todas las cosas.

«Como la palabra imprudente arrastra al error, el silencio indiscreto deja en el error a aquellos que podían haber sido instruidos» (San Gregorio – II Pastor – C. 4; ML 77, 30).

No se puede callar la verdad divina: Bergoglio no es Papa. Ni tampoco es el Obispo de Roma.

Callar esto es dejar en el error a muchos: es condenar almas dentro de la Iglesia.

¡Bergoglio no es Papa!

Esta es una verdad divina, no humana. Es una verdad que está en la Mente de Dios, que no ha nacido de la mente del hombre. Pero nadie, en la Iglesia, quiere esta verdad divina, porque no creen. No tienen fe divina. Tienen su fe humana, científica, histórica, natural, filosófica, teológica, etc…

¡Bergoglio no es Papa!

¿Por qué? Porque es un hereje manifiesto. Es decir, un hombre que no pertenece a la Iglesia católica.

Bergoglio no es sólo un pecador, sino que también es un hereje.

Papas pecadores han habido muchos en la Iglesia, pero ninguno hereje.

Papas pecadores, que están en el infierno, los hay. Pero ninguno de ellos está en el infierno por su herejía, sino por su pecado.

Bergoglio es hereje: no puede ser Papa nunca. Porque no pertenece a la Iglesia Católica.

¡Esta es la verdad objetiva que nadie sigue!

Pedro es una verdad objetiva en la Iglesia. Es un dogma. Nadie puede tocar a Pedro. Nadie puede poner en duda lo que es Pedro ni cambiar su forma de gobierno en la Iglesia.

¡Nadie!

Bergoglio lo ha hecho: ha tocado a Pedro. Ha cambiado su gobierno vertical en la Iglesia. Es decir, ha cometido su pecado de herejía, que es siempre un pecado de infidelidad a la gracia recibida.

Y lo obra porque no pertenece a la Iglesia.

Nadie que pertenezca a la Iglesia obra una herejía. Es imposible. En la Iglesia se puede pecar mucho, pero no se es hereje. Quien está fuera de la Iglesia es por su pecado de herejía. Sólo se puede pecar de herejía fuera de la Iglesia, no dentro.

Quien obra una herejía destruye la verdad, la Iglesia. Nunca la edifica.

Bergoglio está destruyendo el Papado: a Pedro y su gobierno vertical.

¿Cómo es que los católicos no pueden ver esta verdad?

¿Un hereje puede proclamar santos en la Iglesia? No; nunca.

Entonces, ¿por qué llaman muchos católicos a Juan Pablo II como santo? Juan Pablo II es sólo beato. Fue proclamado beato por el Papa legítimo Benedicto XVI.

¿Por qué lo llamáis santo, si es sólo beato?

Bergoglio no es Papa, porque es hereje. Luego, no puede proclamar santos en la Iglesia. NO PUEDE. Consecuencia: Juan Pablo II es beato, no santo.

Pero, como esta cuestión – para muchos que se  dicen católicos- es sólo algo opinable, no es una verdad objetiva, entonces cada cual hace y dice lo que le da la gana en la Iglesia.

¡Toda alma, en la Iglesia, está capacitada para discernir si el hombre que se sienta en la Silla de Pedro es Papa o no es Papa!

Porque Pedro no es una verdad de los hombres, de la historia de la Iglesia, de las circunstancias que vive la Iglesia. Pedro no es una opinión de los hombres. Es una verdad dogmática, objetiva, revelada.

La fe es para el individuo, no para la masa de la gente.

El protestantismo niega esta individualidad de la fe. Bergoglio la niega. Lean en su lumen fidei. Pero muchos, leyendo la herejía, lo siguen llamando Papa u Obispo de Roma.

En la Iglesia se entra por la fe. Y se sale de Ella por la herejía.

En la Iglesia no se fuerza a creer a nadie, pero sí se fuerza a no poner obstáculos a la fe de Cristo.

¡Hay que promover la guerra contra los herejes! Eso es ser Iglesia. Eso es hacer la Iglesia.

El hereje ataca la Iglesia. Ataca la fe en Cristo del Rebaño. Uno no puede estar con los brazos cruzados, como hay muchos católicos.

¡Cuántos, que se llaman tradicionalistas, tienen a Bergoglio como Papa!

¿Qué tradición están siguiendo?

¿Cuál es su Fe en Cristo?

¿Qué es, para ellos, un Papa en la Iglesia? ¿Una opinión teológica, histórica? ¿Una fuerza de la costumbre? ¿Una rutina más que hay que aceptar para estar en la Iglesia?

¡Cuántos sede-vacantistas anulan la Iglesia calumniando a los Papas! ¡Y defienden la tradición y el magisterio de la Iglesia! ¡Pero no son Iglesia! ¡Ni pueden serlo!

Jesús levanta Su Iglesia en Pedro. Y sólo en Pedro. Y nadie puede cambiar esta verdad revelada y dogmática porque no le guste el lenguaje de un Concilio o de un Papa.

Es lo que hacen muchos con todos los Papas después del Concilio Vaticano II.

Es lo que hacen muchos teniendo a Bergoglio como Papa.

Y quien toca una verdad revelada, ya está metido en la herejía. Ya se sale fuera de la Iglesia.

«…el terror de las leyes fue tan provechoso que muchos han llegado a decir: gracias al Señor, que rompió nuestros lazos» (San Agustín – Ad Vincent – Epis. 93, c5; ML 33, 239).

Ya no se excomulga a nadie. Ya no se saca –aplicando las leyes- fuera de la Iglesia a nadie. Y, por eso, vemos lo que vemos: herejes gobernando la Iglesia.

La excomunión rompe el pecado de herejía. Rompe lazos con el demonio. El castigo es lo que salva a las almas.

San Pablo, para creer, primero fue castigado por el Señor:

«Donde resuene el griterío acostumbrado de quienes dice: es libre creer o no creer, ¿a quién hizo Cristo violencia?, reconozcan esos tales que a San Pablo Cristo le obligó primero y después le enseñó» (San Agustín – Ad Bonifacium – Epis. 185 c6; ML 33, 803).

¿Es libre creer o no creer que Bergoglio no es Papa? No; no es libre.

Es un pecado contra la fe argumentar que Bergoglio es Papa. Un gran pecado. Es otro pecado, contra la fe, llamar a Bergoglio Papa. Y es otro pecado, contra la fe, decir que Bergoglio obra como Papa en la Iglesia.

Son tres pecados diferentes, que hacen tres caminos de maldad en la Iglesia.

Quien pone a Bergoglio como Papa, pide la obediencia a un hereje. Está pidiendo una blasfemia contra el Espíritu Santo. Nadie puede obedecer la mente de un hereje. En la Iglesia, toda alma tiene que obedecer la mente del Papa. TODA. Porque esa mente humana está asumida, de manera espiritual y mística, por Cristo. Es el Misterio de la Iglesia en Pedro. Aunque el Papa sea muy pecador, no hay manera que su mente se deslice fuera de la verdad, en la herejía. Y así, con el carisma de Pedro, pueda gobernar siempre la Iglesia en la verdad. Su pecado no impide el carisma, la unión de Cristo con Pedro.

Quien llama a Bergoglio como Papa, está usurpando el nombre de Dios en la Iglesia. No sólo es un pecado contra el segundo mandamiento, que prohíbe usar el Nombre de Dios en vano, sino que es un pecado mucho más grave: no se puede llamar a un hereje como el nombre de Papa. Porque el Papa es el Vicario de Cristo, actúa como Cristo, habla como Cristo, es otro Cristo. Quien ve al Papa, ve al mismo Cristo. Un hereje llamado Papa es un hombre que se hace pasar por Cristo, y no lo es en la realidad. Es un hombre que usurpa, que roba el nombre de Cristo. Y ese robo es un sacrilegio, una simonía y un escándalo para toda la Iglesia.

Quien dice que Bergoglio obra como Papa en la Iglesia está obligando a que las almas obren las mismas obras de ese hombre. Y eso es el pecado de odio. No sólo, en la Iglesia, hay una obediencia a la mente del Papa, sino a sus obras. Y esto es ir en contra de la misma caridad divina. La Iglesia es la obra del Espíritu, no es la obra de los hombres. Es una obra divina, que comienza en Su Cabeza, en el Papa, y que continúa en los demás, que imitan lo que obra el Papa. No se puede imitar las obras de un hereje sin caer en su herejía. No se puede pensar lo que piensa un hereje sin caer en el pecado de herejía. Ni el pensamiento ni la obra de un hereje pertenecen a la Iglesia, porque no son ni la Mente de Cristo ni Su Obra de Redención en su Iglesia. Son otra cosa. Sólo en la verdad se obra el amor; en la mentira, en la falsedad, en el error, en la duda, en la oscuridad, sólo se obra el odio, la maldad, la abominación.

Son tres pecados distintos, que producen tres caminos:

El camino de la herejía: obedeciendo la mente de un hereje.

El camino de la apostasía de la fe: obrando con la voluntad de un hereje.

El camino del cisma: viviendo fuera de la ley de Dios, como el hereje.

Tres cosas son las que se ven en el Vaticano. Tres maldades. Y cada una de ellas es un abismo de pecado; es decir, contienen muchos pecados diferentes.

El pecado de cisma: el gobierno horizontal. Un organismo exterior al Papado, contrario a la autoridad divina del Papa. Impuesto por la autoridad de los hombres. Que conduce a toda la Iglesia, a todo el Rebaño, fuera de la Iglesia. FUERA.

Bergoglio está levantando su nueva iglesia: quien esté en esa nueva estructura no pertenece a la Iglesia. No puede.

Por eso, es tan peligroso ver la cuestión Bergoglio como una opinión en la Iglesia. Eres libre de creer si Bergoglio es Papa o no es Papa. Libre para creer o no creer. En la Iglesia no se da esta libertad, porque Pedro es un dogma, una verdad objetiva. Por lo tanto, cada alma, en la Iglesia, sabe si Bergoglio es o no Papa. Cada alma lo CONOCE.

Pedro no es una verdad histórica: la Iglesia no se merece a Bergoglio como Papa. No es una verdad que venga de la historia de los últimos acontecimientos y que haya que aceptarla como inevitable.

La Iglesia sólo se merece el Papa que Cristo da. Y sólo a ese Papa. Por lo tanto, la Iglesia sólo se merece al Papa Benedicto XVI. Y a nadie más. Porque no hay nadie más. No existe el Papa emérito. Lo emérito está fuera del dogma del Papado. No se puede llamar a Benedicto XVI como Papa emérito. Es un pecado llamarlo así.

Benedicto XVI es el Papa de la Iglesia Católica: el legítimo, el verdadero. Punto y final. Benedicto XVI es el último verdadero Papa. El ULTIMO.

¡Esta es la verdad objetiva que nadie sigue! ¡NADIE!

Todos creen en el lenguaje humano: nos inventamos el nombre de emérito. ¡Qué nombre más bello, más bonito!

Nadie en la Iglesia es libre para creer o no creer.

Nadie en la Iglesia es libre para llamar a Bergoglio como Papa.

La verdad no es libre, sino que obra la libertad cuando es aceptada.

Nunca la verdad es libre. Por eso, la mente del hombre no es libre para pensar lo que quiera. Ha sido creada para la Verdad. Y sólo para la verdad. La voluntad del hombre es la que la puede sacar de esa verdad objetiva

Quien llama a Bergoglio como Papa está pecando. Ya es esclavo de su pecado.

Nadie, en la Iglesia, puede obligar a aceptar una verdad, pero sí todos pueden atacar a aquel que no la acepta.

No aceptar una verdad es destruir la Iglesia. Si eres Iglesia tienes que luchar contra aquellos que la destruyen. Lucha contra Bergoglio y sus matones para ser Iglesia.

No puedes conformarte diciendo lo de todos: Bergoglio es Papa; Juan Pablo II es santo, Benedicto XVI es el Papa emérito, etc..

Para implantar una idea en la Iglesia es necesario vivirla: eso es lo que produce el pecado de cisma. El cisma es siempre una obra fuera de la verdad, ejercida por un poder, avalada por un poder.

Es lo que los Cardenales han puesto en un Cónclave: la vida del cisma. Un hombre, con un poder humano, que está levantando un edifico que no es la Iglesia. Y la gente, -muy pronto-, se conforma con esas obras, con esa vida de ese personaje.

Bergoglio vive su vida de herejía. No sólo tiene la mente de un hereje; no sólo obra con la apostasía de la fe, llevando fuera de la fe a muchos con sus obras humanas, materiales, sociales; sino que vive su vida y otros la imitan sin ningún problema.

Bergoglio vive su humanismo. Y esto es lo que le encanta a muchos católicos: un Papa humano, que se ocupe de los marginados, de los machacados, de los que están en la periferia. Católicos que no ya no saben pensar su fe, sino sólo vivir imitando a los hombres, lo que ven en los otros.

La gente imita a Bergoglio: este es el pecado de cisma. ¿Con qué autoridad lo imitan? Con el poder humano de Bergoglio. Como Bergoglio es el Papa, entonces se puede hacer. Ya no interesa el argumento. No interesa si esa obra se puede o no se puede hacer.

Bergoglio ha bendecido hojas de coca, entonces los Obispos y los sacerdotes también pueden hacer esa clase de bendición. Es la vida lo que se imita siempre al principio.

Que Bergoglio dice que hay que dar de comer a los pobres, ocuparse de los enfermos, de los ancianos, etc… Pues eso es lo que hay que vivir en la Iglesia: la dictadura del proletariado. Si no haces eso, te echan del sacerdocio.

Bergoglio no llega a la gente por su palabra: es un idiota en su mente y un estúpido en su palabra.

Bergoglio llega por su vida. Y sólo por eso. Y arrastra por el poder humano que tiene en su gobierno horizontal. Si no lo tuviera, a Bergoglio nadie le haría caso.

El pecado de cisma lleva al pecado de apostasía de la fe. Si se vive sin ley, en el pecado, entonces se obra siempre el pecado. El alma se va apartando de la Voluntad de Dios. Y quien obra el pecado de apostasía, va pensando en la mentira; medita el error. Y lo pone como verdad, cometiendo así el pecado de herejía.

Tres caminos de maldad se observan ya en el Vaticano. Son los tres caminos propios de la maldad, del demonio: soberbia, orgullo y lujuria. Los tres son un mundo de pecado. Y los tres arrastran a todas las almas, dentro y fuera de la Iglesia.

Son tres maldades, que son tres misterios. Y son la obra del demonio en la Jerarquía. En toda la Jerarquía que ha aceptado a Bergoglio como Papa.

Por eso, la Iglesia remanente es de pocos: pocos fieles y poca Jerarquía.

El trigo y la cizaña se separan: los buenos y los malos se les conoce por sus obras. Ya no permanecen juntos. La verdad divide. Y aquel que no acepte la verdad como es, objetiva, está con los malos, aunque se llame tradicionalista, sedevacantistas, bergogliano, lo que sea…

O se vive la regla de fe o se vive una auténtica utopía en la Iglesia. Es lo que viven muchos: esperando otro Papa. ¡Estáis locos! No hay camino en la Iglesia para un Papa legítimo y verdadero. Si han echado al verdadero, es quedarse ciego ilusionándose con las obras de los hombres en la Iglesia. El Vaticano es ya la Ramera del Apocalipsis. Si quieren seguir en el Vaticano, prostitúyanse con esa Ramera: con la mente de toda la Jerarquía, que obra su ministerio incensando a falsos ídolos.

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