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La Gran Tribulación

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«Porque habrá entonces una tan Gran Tribulación cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y, si no se acortasen aquellos días, nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mt 24, 21).

El 22 de diciembre del año 2012 comenzó el tiempo de la Gran Tribulación.

«Si tratan de asumir que han sido capaces de discernir el año de Mi Retorno, están muy tristemente equivocados. A nadie le será dada esta fecha, ni siquiera a los ángeles del Cielo, ni a Mi Amada Madre. Pero esto puedo revelar: la Tribulación comenzó hace un tiempo; la Gran Tribulación empezará a finales del 2012» (MDM – 18 agosto 2011).

La Tribulación comenzó en el año 1967, con la obra de la masonería eclesiástica dentro de la Iglesia Católica. Ese grupo de falsos Obispos y sacerdotes se introdujo por todas partes consiguiendo que la fe de muchos claudicara, y que el Rebaño comenzase a dispersarse.

La Tribulación ha sido el comienzo de los dolores para toda la Iglesia, pero no fue su fin. Muchos, al juzgar a todos los Papas, han anulado a la Iglesia, convirtiendo sus vidas en una apostasía de la fe, creando su filosofía de la Iglesia, su manera de pensar y de obrar en la Iglesia.

«La Iglesia, la Cátedra de San Pedro y el Papa, son una misma cosa» (San Juan Bosco – Visión de San Juan Bosco # 35, Año de 1862, M.B. Tomo VII, págs., 217 – 218).

No se puede juzgar y condenar al Papa reinante sin juzgar y condenar a toda la Iglesia. Por eso, todos aquellos que mantienen que, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, el Papado no existe, sino que todos son unos antipapas, se dedican a dar sus fábulas a los que los quieren escuchar, que son muchos católicos, los cuales siguen el error por su ignorancia culpable.

«Mi pueblo perece por falta de conocimiento; por haber rechazado tú el conocimiento, te rechazaré Yo a ti del sacerdocio a mi servicio; por haber olvidado tú las enseñanzas de Dios, Yo me olvidaré de tus hijos» (Os 4, 6).

Los católicos perecen porque han recibido un conocimiento de la fe totalmente tergiversado, amañado, por parte de muchos pastores y laicos. Y porque no se han dedicado a conocer la verdad de su fe.

No sólo han sido los sacerdotes los que, con sus predicaciones y vidas dobles, han hecho de la Iglesia el desierto que vemos, sino también los hombres que no tienen el poder para enseñar ni para gobernar la Iglesia, los que más han trabajado para oscurecer la verdad en Ella.

Y Dios rechaza del sacerdocio, tanto ministerial como común, a esas almas que no han aprendido a discernir los tiempos del Espíritu en la Iglesia.

Ahora, contemplamos una “Iglesia” sin norte, es decir sin Cristo, que es la Única Verdad. Y está por todas partes. Una “Iglesia” que llama al mundo a permanecer en su mentira para construir un Paraíso en la tierra.

Nadie se salva de esta Gran Tribulación, de «este tiempo de angustia, tal como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese día» (Dn 12, 1).

En este tiempo ya no se trata de las aflicciones personales individuales, que son oportunidades para el alma de purificar sus pecados, para perfeccionarse en la vida espiritual.

La Tribulación, que comenzó en 1967, era para cada alma, pero no para la Iglesia. La Iglesia continuaba bajo el gobierno de Cristo en Su Vicario. El alma sólo tenía que seguir obedeciendo la cabeza legítima de la Iglesia, al Papa, a pesar de ver muchas cosas que oscurecían esa obediencia. Mucho se ha sufrido en la Iglesia por mantenerse en la obediencia al Papa reinante. Los que no se han sujetado al yugo de esa obediencia, han producido más sufrimientos para todos, y han quedado ciegos para poder discernir los signos de los tiempos.

En este tiempo de la Gran Tribulación se trata de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: quitado el Papa reinante, desaparece la Iglesia verdadera. Ya no se contempla, ni en Roma, ni en las diferentes diócesis, la Iglesia en Pedro. Ha aparecido una nueva iglesia, porque han puesto una nueva cabeza.

Dios es siempre fiel a Su Palabra. Los que se dedican a hacer teología de la historia, pierden de vista la teología de la Palabra de Dios, la única importante, la única válida en la Iglesia.

«El año noveno del reinado de Sedecías, el día diez del mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con todo su ejército contra Jerusalén… La ciudad estuvo cercada….» (2 Re 25, 1.2).

El mes décimo del antiguo calendario hebreo corresponde al mes de diciembre del nuestro; y era para el hebreo el primer mes del invierno. Los judíos observaban, después del cautiverio, cuatro días de ayuno, recordando así los tiempos en que Jerusalén cayó a manos de los enemigos: el ayuno del día diez del mes de diciembre rememoraba la toma de Jerusalén por Nabucodonosor.

«Así dice Yavhé Sebaot: el ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, y el ayuno del séptimo, y el ayuno del décimo se tornarán para la casa de Judá en gozo y regocijo y en festivas solemnidades: amad, pues, la verdad y la paz» (Zac 8, 19).

El día diez del mes décimo, en el año 2012, corresponde al día 22 del mes de diciembre. El Papa Gregorio XIII ordenó el cambio del calendario, de tal manera que el día 5 de octubre de 1582 es el día 15 de octubre de 1582. Diez días se añadieron.

Por lo tanto, el 22 de diciembre de 2012 corresponde, antes del cambio del calendario, al 12 de diciembre de 2012.

La Gran Tribulación comienza a finales de diciembre, es decir, comienza recordando el día de una aparición mariana, la más importante. Comienza en invierno y en la penitencia de la vida.

La Virgen María se apareció a San Juan Diego el martes 12 de diciembre de 1531, un poco después de la luna nueva, marcando así el inicio del cuarto reino que Daniel describe:

«La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda y la hollará y la triturará» (Dn 7, 23).

Este cuarto reino dura hasta el año 2031, según el cómputo de las semanas de años:

«Contará siete semanas, siete veces siete años, viniendo a ser el tiempo de las siete semanas de cuarenta y nueve años… y santificaréis el año cincuenta…» (Lev 25, 8. 10).

El hebreo no sabía contar los días con la precisión como el hombre moderno lo hace. Pero sabía llevar el tiempo de los años. Dios habla de años a los judíos, no de días. Los tiempos medidos que el sol, la luna y las estrellas dan a los hombres son siempre imperfectos. El tiempo es una medida para el hombre, pero nunca para Dios.

Desde el 12 de diciembre del año 1531, la Virgen marca el tiempo del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grande: una Mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).

Todo este cuarto reino de la bestia «terrible, espantosa, sobremanera fuerte, con grandes dientes de hierro» (Dn 7, 7) es conducido por las apariciones de la Virgen en todo el mundo. Ella marca el camino de la Iglesia: es la Mujer siempre el camino para los hombres de la Iglesia. Y muchos Obispos y sacerdotes no creen en las apariciones marianas, quedándose así ciegos para dirigir al Rebaño, que no pueden hacerlo sólo con la gracia del Sacramento. Necesitan ayudas extraordinarias, que sólo pueden tener a través de los carismas, dones y gracias extraordinarias.

Muchos confunden la autoridad del Espíritu Santo con la autoridad de sus sacerdocios. Y se creen superiores a Dios en sabiduría y en gobierno.

No es la fe lo que lleva al hombre a Dios, sino que es el Espíritu Santo el que desciende sobre el hombre para que pueda ir a Dios, para que pueda encontrar el camino que le marca la fe en Cristo y en Su Iglesia.

Y Dios sólo entra en las almas humildes, con un corazón puro, vacías de orgullo y de arrogancia. En un clero lleno de soberbia y de orgullo es imposible guiar las almas hacia Dios, encontrar el camino de la Voluntad de Dios en la Iglesia.

El tiempo de la Gran Tribulación tenía que empezar con la Virgen María y con el ayuno. Es un tiempo de sufrimientos para todo hombre.

La Virgen María es la Estrella, es la Mujer, es la Iglesia que da a luz al Hijo Glorioso en medio de las grandes pruebas.

El tiempo de la Gran Tribulación es distinto a la última semana de Daniel.

Dios tiene sus tiempos. Y el demonio trabaja en los tiempos de Dios.

«Mi muy querida y amada hija, los tres y medio años restantes en el período de la Tribulación, comienzan en diciembre del 2012. Este es el período cuando el Anticristo emergerá como un héroe militar» (20 de julio del 2012).

Después de tres años y medio, emerge el Anticristo como un héroe militar.

Tres años y medio desde el 22 de  diciembre de 2012 dan la fecha: 21 Junio de 2016, 1278 días.

El Anticristo es la bestia que sube «de la tierra, y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como un dragón» (Ap 13, 11).

Sube de la tierra: emerge de debajo de la tierra

El Cordero en el Apocalipsis no tiene dos cuernos, sino siete: «Vi en medio del Trono y de los cuatro vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero, que estaba en pie como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra» (Ap 5, 6).

El cuerno representa el poder: una bestia con dos poderes: el del mundo (poder terrenal) y el de la iglesia universal (poder religioso). Una bestia con dos caras, con dos cabezas: la del Falso Profeta y la del Anticristo.

El ojo representa la sabiduría: es una bestia sin ojos, sin ninguna sabiduría. Es decir, lo que habla, lo que piensa, lo que medita en su corazón es sólo abominación. Es una bestia sin sentido común, sin lógica en el pensamiento humano.

El Cordero tiene siete ojos, es decir, tiene la plenitud del saber: humano, espiritual y divino.

Antes de que el Anticristo emerja, se ha dado el tiempo del primer sello, que es el tiempo del falso profeta:

«Miré y vi un caballo blanco, y el que lo montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor y para vencer aún» (Ap 6, 2).

El primer sello ha sido ya abierto.

El caballo blanco representa el espíritu del falso profeta, que está ya actuando en todo el mundo.

Es un espíritu de seducción, de maldad, de perversión. Está dentro de la Iglesia Católica como fuera de Ella, en las otras iglesias, arrebatando las almas que viven de la verdad.

Está dentro del mundo, que ya pertenece al demonio, pero que sella con la mentira perfecta la perversión de las mentes y de las vidas de los hombres en el mundo

Desde el inicio del gobierno horizontal del falso profeta (13 abril de 2013), desde que fue elegido por los hombres para ocupar la Silla que no le pertenece, nuevas creencias y doctrinas religiosas, que son todas falsas, han surgido en la Iglesia: «sabrán que este es el tiempo para que el primer sello sea revelado» (MDM 7 de marzo 2012).

¿Qué ha sido revelado? La Gran Apostasía de la verdad de la fe dentro de la Iglesia Católica, que marca la Gran Tribulación.

«El primer sello es la apostasía, vista no sólo entre los no creyentes, sino entre aquellos que profesan conocerme y aquellos que públicamente proclaman su amor por Mí» (Ib).

Es la apostasía oficial: no es la apostasía de estos cincuenta años, que muchos sacerdotes, Obispos y fieles han obrado dentro de la Iglesia.

Es la apostasía que viene de una cabeza oficial, de una jerarquía unida a esa cabeza oficial, a la cual llaman su papa, sin serlo. Es la Gran Apostasía del falso profeta.

Lo que diga Bergoglio no es lo que dice un Papa; sino que es lo que dice un hombre que ha apostatado de la verdad de la fe, y que sólo se dedica a manifestar, a irradiar su apostasía, a todos los demás.

Bergoglio vive de su cuento en la Iglesia: su gran apostasía. Y negocia con su cuento, y hace caminar a muchos por la misma vida que él ha vivido toda su existencia humana.

La Jerarquía, que obedece a Bergoglio como su papa, vive de esta obra seductora en la Iglesia: vive para engañar a las almas haciendo que obedezcan la palabra mentirosa de un falso pastor. Y sólo por un fin: levantar una nueva iglesia que sirva a los intereses del mundo, que son los intereses de una élite mundial, es decir, de unos pocos hombres.

La verdadera fe, el magisterio de la Iglesia, ha sido torcida con una doctrina light, acorde a los tiempos que se viven. Una falsa doctrina que tiene una corona: el Sínodo. La reunión de la Jerarquía, que ha apostatado de la fe, porque obedece a un impostor de la fe, de la verdad, de Cristo y de su Iglesia, para aprobar el pecado como ley en la Iglesia.

El Sínodo es el comienzo oficial, público, del cisma:

«Esta ya  próximo el gran y último cisma para Mi Iglesia, pues muchas leyes nuevas os querrán imponer, leyes que serán proclamadas bajo una falsa Misericordia para todos los hombres;  pero estas nuevas leyes van en contra Mia, van contra Mi Palabra, que es Inmutable…» (Jesús a un alma escogida).

El espíritu del falso profeta se presenta al mundo y a la Iglesia de blanco: viene montado en el caballo de la paz. Es un guerrero de la falsa paz.

Trae un arco sin flechas que representa la palabra engañosa, la habilidad para negociar la paz sin derramar una gota de sangre.

Es un guerrero experto en la palabra que engaña, que crea una unión ficticia con el diálogo, que hace ver como bueno el pecado de muchos.

«… voy a poner Yo en la tierra un pastor que no se cuidará de que desaparezcan, y no buscará a las descarriadas ni curará a las heridas, ni alimentará a las fuertes, pero se comerá a las gordas, y les romperá las uñas» (Zac 11, 16).

A esto se ha dedicado Bergoglio desde que lo pusieron en la Silla de Pedro: a hablar de paz haciendo ver a los pecadores como justos, como santos. Predicando una doctrina sin conversión, una falsa misericordia, en la que Dios ama a los hombres y no les exige cambiar de vida, arrepentirse de sus pecados.

Se ha enarbolado la doctrina propia del falso amor al hombre y a la creación.

« ¿Miren alrededor y qué ven? Religiones que rinden homenaje a nuevos dioses de los que ustedes nunca oyeron. Religiones basadas en ciencia ficción las cuales suman un sin sentido y que están vacías de substancia. Entidades espirituales que no son de este mundo, pero que muchos creen que representan el Reino Celestial de Mi Padre. Presten atención ahora, porque ustedes están viviendo en una fantasía» (Jesús a un alma escogida).

La Iglesia Católica, con Bergoglio, está viviendo una fantasía: nuevas ideas, doctrinas, que son las que en el mundo hacen furor, aparecen dentro de la Iglesia y son seguidas por la mayoría de la Jerarquía y de los fieles.

¡Un gran engaño! Y no hay manera de convencer a la gente que el ecologismo, los extraterrestres, el evangelio de la falsa alegría que predica Bergoglio, son engaños, son ilusiones, son doctrinas para pasar el tiempo y caminar en la condenación en vida.

«Dos terceras partes de las estrellas del cielo, hará que caigan, y arrastrará con su cola, quedando sólo unos cuantos sacerdotes, puros y limpios en su fe, limpios de toda contaminación y engaño…» (Ib).

Estamos en el tiempo de la Gran Tribulación: «… y vi un gran Dragón… con su cola arrastró la tercera parte de los astros del Cielo, y los arrojó a la tierra» (Ap 12, 4).

Bergoglio hará caer dos terceras partes de la Jerarquía, de lo mejor de la Iglesia. Y la corrupción de lo mejor es la peor corrupción.

Pero muchos otros que han salido de la Iglesia, hacen el mismo papel que Bergoglio:

«Otros tantos falsos testigos hay que conducen a un gran número de almas al camino de la perdición, quedando estas almas en manos de impostores, por haber salido del Verdadero Rebaño, y muchas de estas almas difícilmente podrán salir de las tinieblas para volver a entrar en Mi Luz» (Ib).

Difícil es salir de un tradicionalismo cismático lefebvriano, de un tradicionalismo herético sedevacantista, de un tradicionalismo radical, de un tradicionalismo ciego, que vive de la papolatría, de la palabra oficial, de un estado de optimismo injustificado, en donde la gente no se percata de que todos los males de la Iglesia es por causa de la falsa jerarquía, no del Concilio Vaticano II. Hay muchos falsos testigos que llevan a las almas sin el discernimiento espiritual, que quieren defender parte de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, pero que no están unidos espiritualmente con el Papa legítimo y verdadero, que sigue siendo Benedicto XVI.

Muchas almas están en manos de impostores, a imitación de Bergoglio, que ya no pertenecen a la Iglesia, aunque sigan yendo a misa y comulgando, porque han destrozado la cabeza de la Iglesia. Y quien no obedece al Papa no puede comulgar con Cristo ni construir la Iglesia en Pedro.

Todas estas almas están en la corrupción de la fe; es decir, no poseen la fe verdadera. Han caído a la tierra y así viven, buscando la mentira como alimento para sus almas: «muchas de estas almas difícilmente podrán salir de las tinieblas para volver a entrar en Mi Luz».

Esta Gran Apostasía, propia de la Gran Tribulación, que el espíritu del falso profeta, el guerrero blanco con el arco sin flechas, irradia por todas partes, conduce al cisma en la Iglesia:

«En pocos días terrenales, corto tiempo, cuando las hojas de los arboles caigan por tierra, anunciando que también caerá la desgracia sobre Mi Iglesia, será el Cisma, y tras este grande acontecimiento, toda la creación entera se verá afectada. Seguirá, tras el grande Cisma, una serie de acontecimientos y catástrofes mundiales,  ya profetizadas para estos días. Fenómenos en  toda la  tierra, naturales y sobrenaturales, señales en el cielo que anuncian Mi llegada como Juez Justo». (Jesús a un alma escogida).

Cuando las hojas de los árboles caigan: en Septiembre; es la señal natural que anuncia un signo espiritual: la desgracia sobre la Iglesia.

Toda la Iglesia caerá en el Sínodo. Caerá en el gran engaño. Esta es la desgracia: la corrupción de lo mejor. La Gran Corrupción.

La Jerarquía ya cayó en el engaño al aceptar a un impostor como su papa; pero ahora seguirá en el engaño, no sólo confiando en la mente de ese impostor, sino aceptando oficialmente la doctrina de ese impostor.

Y este gran engaño, esta corrupción de lo mejor, llevará al Cisma, el grande Cisma. Bergoglio se convertirá en una autoridad humana con una doctrina llena de herejías, con la cual podrá levantar una nueva iglesia que se pondrá por encima de la autoridad divina. Y esto es el cisma.

La Gran Tribulación tiene que traer el Gran Cisma.

Gran Cisma es lo que viene en el Sínodo.

«Él profanará Mi Sagrada Eucaristía, y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo del 2013).

La primera división: el gobierno horizontal, puesto en abril del 2013. Y resultan dos cabezas:  una cabeza que gobierna con un poder humano, con un consejo de ocho falsos Obispos; y otra cabeza verdadera, la que posee el poder divino, que gobierna sin gobierno oficial.

La primera división: dos Papas en Roma. Uno, más falso que Satanás, Bergoglio; otro, el verdadero y al cual todos tienen que comulgar con él si quieren salvarse, si quieren pertenecer a la Iglesia en Pedro.

Al haber dos Papas en Roma, se da el inicio del Cisma: un cisma encubierto por toda la Jerarquía. Les conviene tener dos cabezas porque quieren resolver la falsa doctrina que la Iglesia no puede aceptar.

Para ponerla oficial, primero tienen que dividir la cabeza, como han hecho. Después, tienen que dividir la doctrina, que es lo que harán en el Sínodo. Y esa división, tanto en la cabeza, como en la doctrina, llevará al Gran Cisma: se levantará una nueva iglesia, con una nueva doctrina, con un nuevo credo, con falsos sacramentos, que se pondrá oficialmente por encima de toda Autoridad Divina.

La segunda división: la doctrina aprobada en el Sínodo, que será puesta en leyes, con los cambios en todas las cosas. Es una doctrina llena de herejías, que producirá la huida de muchos:

«Dentro de los seis meses de que la herejía haya sido introducida dentro de Mi Iglesia, muchos que ignoraron Mi Llamado, huirán y buscarán a aquellos que permanecieron fieles a Mi Santa Palabra» (MDM – 20 octubre 2013).

Todavía hay tiempo para huir antes de que emerja el Anticristo. Todavía hay camino de salvación, pero muy pocos lo descubrirán.

Sin embargo, multitudes seguirán el camino de la falsa iglesia, porque ya siguen al falso papa, ya comulgan con su mente pervertida. Quien comulga con un falso papa construye una falsa iglesia y cree en un falso cristo.

Esa nueva iglesia ya tiene sus cimientos: un falso papa, un falso pastor, una falsa cabeza, que sólo puede enseñar la mentira y la falsedad como norma de la vida. Pero tienen que levantarla, edificarla con una doctrina universal, herética por los cuatro costados, que sea impuesta a todos.

«Cuando la abominación eche raíces, los cambios serán repentinos. El Anuncio por parte de él, para crear una Iglesia Católica unificada, por la vinculación con todos los credos y otras religiones, vendrán poco después» (Ib).

Esto no podrá hacerse sin la apertura del segundo sello: «Salió otro caballo, bermejo, y al que cabalgaba sobre él le fue concedido desterrar la paz de la tierra y que se degollasen unos a otros, y le fue dada una gran espada» (Ap 6, 4).

Si el Anticristo emerge como héroe militar, es que el mundo está atribulado por las guerras. Es el inicio de la guerra mundial, que durará cinco años, siendo su final en el Gran Castigo.

Vientos de guerra es lo que viene al mundo. Guerra nacida de una crisis económica ficticia, inventada por la élite que maneja el mundo a su carpicho.

Después del Sínodo es el Gran Cisma: «Él dirigirá la nueva religión mundial, y reinará sobre las religiones paganas» (Ib).

La Iglesia verdadera será abandonada por los Sacerdotes y Obispos, que sólo creen en las falsas doctrinas que adoptan para la nueva religión mundial. Ellos producirán el Cisma. Y lo harán público, a través de todos los medios de comunicación.

Y el Cisma traerá grandes acontecimientos para toda la Creación, para todas las naciones de la tierra. Porque es primero lo espiritual; después, lo material. Es primero el castigo espiritual a la Iglesia; después viene el castigo material.

«El cisma será cruel y una guerra sobrevendrá entre la verdad y las mentiras. Derribará a la Iglesia Católica, hasta que parezca un montón de piedras, pero la Única Verdadera Iglesia permanecerá de pie, mientras Mis siervos fieles construyen Mi Armada Remanente. Ellos lucharán hasta el fin más amargo para defender la Santa Palabra de Dios» (Jesús a un alma escogida).

«Es más fácil engañar a la gente que convencerla que ha sido engañada» (Mark Twain).

Fue fácil, para Bergoglio, engañar y seguir engañando a la gente; es difícil convencer a la gente que ha sido y sigue siendo engañada por Bergoglio.

¡Qué difícil es hacer comprender a toda la Jerarquía que no se embarquen en el Sínodo! ¡Que cumplan con el magisterio de la Iglesia excomulgando a Bergoglio y a todos sus compinches!

Esto nadie lo quiere creer, nadie lo quiere escuchar, nadie lo quiere leer, nadie lo quiere obrar.

Es más fácil engañar, seguir con el engaño, seguir en el engaño, porque eso da dinero y poder a muchos sacerdotes y Obispos.

Bergoglio «seduce a muchos y ha logrado engañar a muchas almas, a un gran número de Mis Elegidos, Mis Predilectos» (Jesús a un alma escogida), porque es el impostor de la verdad, el que trueca la verdad por su mentira. Coge la Palabra de Dios, la tergiversa, y declara su mentira como si fuera verdad. De esta manera, seduce con una palabra mentirosa, llena de engaño, que es la maldad que ese hombre tiene en su corazón.

«Muchos están ya bajo su engaño, muchas naciones, hombres de todas las creencias. Os digo: que nadie os engañe, pues es un lobo vestido con piel de oveja. Sus palabras están llenas de engaño; en él sólo hay falsedad y mentira» (Ib).

¡Qué difícil es convencer a la gente que en las palabras de Bergoglio, en su mente, en sus escritos, en sus homilías, charlas, discursos, sólo se puede encontrar falsedad y mentira!

Que nadie os engañe: Bergoglio es un lobo vestido de oveja. No es Papa, no es Obispo, no es sacerdote. Es un lobo: pertenece a la falsa jerarquía, que nunca fue llamada por Cristo, ni nunca escogida, y que siempre perseveró en su maldad.

Bergoglio es un lobo: ¡qué difícil convencer a la gente de esta verdad!

Estamos en el tiempo de la Gran Tribulación, que es también el tiempo de la Gran Misericordia. Por eso, antes de que se inicie el Reinado del Anticristo, viene la Gran Misericordia, el Gran Aviso. Pero viene con dolor. Y las señales son claras: lo que suceda en la creación: la llegada de un cometa que chocará con la tierra; las aves y los animales se refugiarán; cambios climáticos por todas partes, que presagian el castigo.

Todo está a la vuelta de la esquina, pero hay que seguir viviendo haciendo la Voluntad de Dios, que eso es lo único que importa en la vida.

«Hija mía, el hombre debe seguir su vida como lo ha hecho hasta ahora: con su ir y venir, con sus proyectos y todas sus ansias de vivir. No debe sentarse a esperar que yo castigue, pues sería una actitud necia y estúpida por parte de la persona humana…Cuando dices: El Señor no me dice nada del futuro, dices algo cierto. Pues Yo sólo quiero prepararte para lo venidero, pero no quiero angustiarte. Tu misión es salvar almas; no es pregonar el futuro. Es bueno que os preparéis en conciencia y que estéis advertidos, pero no quiero que viváis con angustias y mucho menos sin esperanza» (Jesús a Dolores – 15 de marzo 1998).

Tiempo de la restauración universal

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La Sagrada Escritura describe una serie de signos que indican dos cosas: el fin de los tiempos y la venida de Jesús en Gloria.

Los signos del fin de los tiempos son varios:

  • falsos profetas: maestros y propagadores del error: desde hace cincuenta años se ha difundido la pérdida de la fe y la apostasía,  a través de los errores que son propagados por la falsa jerarquía y por falsos teólogos, que tienen mucho peso en el Vaticano. No han enseñado la verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, dando culto al pensamiento del hombre. Muchos no han estado atentos y se han dejado engañar, de tal manera que han quedado totalmente miopes con la entrada de Bergoglio en escena. Han sido muchos que se han dedicado a engañar a multitudes. Y ahora es fácil seguir con el engaño gracias a los medios de comunicación, que controlan la mentalidad pública, la masa necia y ciega, al servicio de la palabra oficial de la falsa Jerarquía, del poder de una minoría en la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos se han encargado de engañar a mucha gente en la Iglesia. «Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado, y atraerán sobre sí una repentina ruina. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, será blasfemada el camino de la verdad. Por el deseo de riqueza harán de vosotros mercadería con palabras mentirosas…» (2 Pe, 2, 1-3). Ahí están todos los pensamientos sobre la libertad religiosa, el ecumenismo, el ecologismo, el divorcio, la afirmación de la homosexualidad, etc… que inundan las mentes de todos los católicos. Si la masa de los católicos piensa así, de manera herética, es por culpa de la Jerarquía. Todo es un negocio, una mercadería de la Jerarquía con el Rebaño. Y muchos quieren este negocio.
  • guerras y rumores de guerras: desde hace más de un siglo la guerra es un asunto político, usado para consolidar el nuevo orden mundial, que tiene sus reglas básicas: el imperio de la ley para el débil y el de la fuerza para el fuerte; los principios de racionalidad económica para los débiles, el poder y la intervención del Estado para los fuertes. Los intereses de los artífices de la política suelen diferir de los intereses de la población general. El que tiene el poder va buscando sus intereses financieros e industriales, no el bienestar de la nación. Se habla de procesos de paz y sólo hay que entender que se busca bloquear las iniciativas de paz, porque sólo interesa que los grandes, que los poderosos, sean los que dominen el mundo: «El gobierno del mundo debe confiarse a las naciones satisfechas, que no desean para sí misma más de lo que ya poseen. Sería peligroso que el gobierno del mundo estuviese en manos de naciones pobres. Pero ninguno de nosotros tiene razones para anhelar nada más. La salvaguarda de la paz debe confiarse a los pueblos que viven por sus medios y que no son ambiciosos. Nuestro poder nos sitúa por encima de los demás. Somos como hombres ricos que moran en paz dentro de sus habitaciones» (Winston Churchill). Gobernar así sólo se puede hacer mediante guerras, para establecer los procesos de paz que los fuertes quieren en los países débiles. Se va en busca de tener hombres ricos de las sociedades ricas que gobiernen en todo el mundo. Hombres ricos que compitan entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y de poder, eliminando sin clemencia a los demás, y teniendo a los ricos de la naciones pobres que obedecen sus órdenes. Y, poco a poco, se va tejiendo el nuevo orden mundial, un grupo elitista, con todo el poder en lo económico, en lo político, en lo social, en el dominio de todas las culturas, utilizando el poder del estado para conseguir sus fines. La guerra es sólo «la reglamentación de la piratería internacional» (Al-Ahram, Pirates and Emperors). El mal está tan difundido que el amor de muchos se ha enfriado, porque sólo viven para sus intereses humanos. Todos se han olvidado de los principios cristianos «…todos están de acuerdo en que los convenios de las naciones en orden a la paz, por muchos que hayan sido elaborados por los más prestigiosos cerebros, quedarán, eso sí, en los libros, cual monumentos de sabiduría política, pero no ganarán los ánimos de los pueblos ni tendrán fuerza alguna de ley ni vigencia en absoluto si no se fundan en la justicia y la equidad y si no respetan las costumbres y las instituciones de los pueblos ajustadas a esos principios cristianos…» (Benedicto XV, Gratum vehementer). Estados Unidos y Rusia se han repartido el mundo durante el siglo pasado, pero será Rusia la que domine al mundo. Rusia está conducida por Satanás; ella busca el dominio absoluto sobre toda la tierra. Mientras hablan de paz, se están preparando para la tercera guerra mundial con armas devastadoras, para la destrucción de pueblos y naciones. La guerra está próxima: «La hora de la justicia de Dios se aproxima, y será terrible. Tremendos flagelos cuelgan sobre el mundo, y varias naciones serán golpeadas por epidemias, hambre, terremotos grandes, huracanes terribles, los ríos y los mares causarán inundaciones, que traerán la muerte y la ruina. Si las personas no reconocen en estos flagelos los avisos de la Misericordia Divina, y no se vuelven a Dios con una vida verdaderamente cristiana, vendrá del oriente a occidente otra guerra terrible. Rusia, con sus ejércitos secretos, combatirá a América e invadirá a Europa. El Rio Reno estará lleno de cadáveres y de sangre» (Sor Elena Aiello – 22 agosto 1960).
  • persecución sangrienta: desde hace 50 años, todos los Papas en la Iglesia han sufrido persecución por querer mantenerse fieles a Jesús y al Evangelio. A Pablo VI le hicieron la vida imposible, fue encarcelado, perseguido y matado. A Juan Pablo I lo quitaron de en medio en seguida; a Juan Pablo II lo odiaron y lo traicionaron muchos Obispos que se rebelaron contra él. Su vida corría siempre peligro. A Benedicto XVI le obligaron a renunciar porque no se acomodó a lo que ellos querían. Y está encarcelado, sin poder gobernar la Iglesia. «Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos a causa de Mi Nombre. Entonces, muchos abandonarán la fe; se odiarán y se traicionarán el uno al otro… Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 9.10.14). Muchos católicos han abandonado la verdadera fe y se han hecho lefebvristas, sedevacantistas, disidentes, etc… Gente que dice que defiende la tradición y el magisterio de la Iglesia, pero juzgando y condenando a todos los Papas. Gente que ha odiado a los Papas, que nunca los ha entendido, nunca ha sabido discernir el Espíritu de Pedro en la Iglesia. Y ahora con un falso papa, encontramos a gente que odia a los que permanecen en la verdad. Gente que por defender a un hombre, apostata de la verdad de la fe. Gente que traiciona por un plato de lentejas, para así callar las herejías de un usurpador. Los verdaderos católicos, los verdaderos sacerdotes son dejados a un lado, son tomados por locos, son perseguidos, y sin misericordia son echados fuera de la Iglesia.
  • abominación de la desolación: con el Sínodo se inaugura el tiempo de la destrucción de la doctrina de Cristo en la Iglesia. Sacerdotes y Obispos que van a poner el camino para que el Anticristo realice el horrible sacrilegio. «Cuando viereis la abominación de la desolación instalada en donde no debe» (Mc 13, 14), «en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel» (Mt 24, 15), es decir, cuando la Santa Misa, que es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que se ofrece en todas partes al Señor, sea quitada de en medio, sea celebrada de forma adulterada en su esencia consagratoria, entonces es la hora de huir, porque esas iglesias quedarán habitadas por demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35). El Anticristo triturará las mentes de los hombres con demonios, que se instalan en ellas, y las dominan con el pecado sin confesar y sin arrepentimiento: son demonios con «dientes de hierro y garras de bronce» (Dn 7, 19), que devoran y trituran la fe y la lógica en el pensamiento humano. «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15). Y esta abolición durará tres años y medio.
  • Fenómenos extraordinarios: durante estos tres años y medio habrá signos que prepararán el retorno de Jesús en Gloria. El Anticristo hará sus signos, impondrá el microchip, que será la moneda única en el mundo, obligatoria bajo pena de muerte, desatando un período de intensas persecuciones por todos los medios: policías, militares, sistema de rastreo satelital y terrestre. Los mártires clamarán al Señor: « ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?» (Ap 6, 10). El Señor hará prodigios de su Misericordia, como el Rapto y el arrebatamiento. Antes que se desate la ira de Dios, la Santa Cruz será visible en el Cielo, sin que nadie la pueda borrar, que atraerá a todos hacia Cristo: «Entonces se verá en el Cielo la señal del hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Mt 24, 30-32)..

 

El fin de los tiempos no es el fin del mundo. Y la venida de Jesús en Gloria no es su venida para juzgar.

Son tres venidas de Cristo distintas:

  1. como Redentor: Vino pobre y humilde, «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 13); vino para sufrir, «tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores… fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en Sus Llagas hemos sido curados» (Is 53, 4.5). Fue «degollado y con tu Sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). «Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Su primera venida exige la fe en Él.
  2. como Rey: «Me voy y vengo a vosotros» (Jn 14, 28); pero «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). ¿Encontrará una Iglesia que crea en Él, en su doctrina, en Su Espíritu? Cristo es «un vástago de justicia, que, como verdadero Rey, reinará prudentemente y hará derecho y justicia en la tierra» (Jer 23, 5). Su Reino es real, no es alegórico, «presente ya en Su Iglesia, sin embargo todavía no está acabado» (CIC n. 671); su Iglesia remanente verá «venir al Hijo del Hombre en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27). Su reinado inicialmente será aquí en la tierra, «pues es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25); un reinado que durará 1000 años, y después del Juicio Final su Reino será Eterno en los Cielos, «no tendrá fin» (Lc 1, 33).
  3. como Juez: viene «acompañado de todos sus ángeles y se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31), viene para entregar a «Dios Padre su Reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder» (1 Cor 15, 24); y viene para «juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su Reino» (2 Tim 4, 1). Va a juzgar a aquellos que han creído o no en su primera venida, como a aquellos que han estado con Él en su segunda venida. Viene a juzgar a los vivos de entonces y a los muertos, en la que todos compareceremos en el tribunal de Cristo, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor 5, 10), y «cada uno dará cuenta de sí mismo ante Dios» (Rom 14, 12).

Los alegoristas o anti-milenaristas sostienen que Cristo reina ahora corporalmente desde el Santísimo Sacramento. Y, por lo tanto, no hay más reino que éste, el de la Iglesia actual.

Todas estas personas tienen que creer, para que se cumplan las profecías, en un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes del Juicio Final; es decir, creen en una nueva edad media, con el Papa como Monarca temporal Universal. De esta manera, caen en el milenarismo carnal o craso.

Todas estas personas tienen que aplaudir lo que está pasando en la Iglesia actual: ven a Bergoglio como ese papa que debe gobernar todo el mundo, con un nuevo gobierno, con una nueva economía, y que todo eso dure un milenio, para que así encajen las profecías. Es el absurdo en que caen muchos.

Muchos rezan el padre nuestro, pero no creen en las palabras «venga a nosotros Tu Reino» (Jn 19, 23), y quedarán atrapados cuando el Anticristo emerja como un salvador y un mesías, sentándose en el «templo de Dios» y proclamándose «dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4), ofreciendo un gobierno mundial para iniciar su milenio de paz: «Dios puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio, y dar a la Bestia la soberanía sobre ellos hasta que se cumplan las Palabras de Dios» (Ap 17, 17).

Los judíos reconocerán al Anticristo como su Mesías esperado; la Sede de Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén, mientras es hollada «la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). Es en el Estado de Israel, que los hombres han levantado sin la Voluntad de Dios, porque los judíos “no habían reconocido a Nuestro Señor” (Pío X a  Theodor Herzl), en donde se desarrollará el reinado del Anticristo.

Nunca la Iglesia ha condenado el milenarismo espiritual, ya que está enseñado tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición.

La Iglesia ha condenado un tipo de milenarismo craso o corporal, que dice que Cristo reinará visiblemente desde un trono de Jerusalén sobre todas las naciones, en esta tierra que está maldita por el pecado de Adán.

Todo el problema de no discernir estas tres venidas de Cristo, es por no discernir el estado de la tierra, del cuerpo del hombre. Y esto es por falta de fe: no creen en el pecado original y no creen que Dios tiene poder para renovar un mundo esclavizado por ese pecado.

El tema del milenio está unido con la redención de la carne, de lo material: «La creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de los gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-21).

El hombre posee una carne mortal, corrupta; la creación vive en la maldición del pecado, en la continua corrupción de la naturaleza. Hay que dar al hombre un cuerpo espiritual y glorioso, y a la creación el estado original que tenía cuando fue creada por Dios.

La tierra quedó maldita por Adán, por su pecado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17). Por lo tanto, es necesaria la purificación de la tierra para que sirva al plan de Dios.

Una purificación ya decretada por Dios: «He aquí la resolución tomada contra toda la tierra, he ahí la mano tendida contra todos los pueblos. Yavhé Sebaot ha tomado esta resolución, ¿quién se le opondrá? Tendida está su mano, ¿quién la apartará?» (Is 14, 26-27).

El castigo es necesario en la Justicia de Dios, porque existe el pecado. Es un castigo sin arrepentimiento de Dios, que es obrado por el bien de toda la Creación: «Llorará la tierra y se entenebrecerán los cielos, Yo lo anuncié y no me arrepentiré, Yo lo he resuelto y no desistiré de ello» (Jer 4, 28).

Esta purificación es «el día de tinieblas y de oscuridad, día de nublados y sombras» (Jl 2, 2), es «el día de la ira de Dios… toda la tierra será consumida por el fuego de su furor y consumará la ruina, la pérdida apresurada de todos los moradores de la tierra» (Sof 1, 18); es el juicio de las naciones, «juzgará Yavhé a las gentes y será juicio este contra toda carne. Los malvados los daré al filo de la espada…» (Jer 25, 31); «¡ay de aquellos que desean el día de Yavhé! ¿Qué será de vosotros? El día de Yavhé es día de tinieblas, no de luz» (Am 5, 18).  Es el juicio de este mundo: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera» (Jn 12, 31).

Es el juicio de este mundo, no es el juicio final, en donde el Anticristo y el falso papa son «ambos arrojados vivos al lago de fuego, que arde con azufre» (Ap 19, 20); sus seguidores, con su iglesia modernista, son exterminados, «fueron muertos por la espada que le salía de la boca al que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (Ap 19, 21); el demonio encadenado por mil años, «le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminar los mil años» (Ap 20, 3); y después de la purificación, descenderá el soplo del Espíritu Santo, como en la primera creación, «el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de la tierra» (Gn 1, 2), santificando y renovando toda la faz de la tierra: «si mandas Tu Espíritu, se recrean, y así renuevas la faz de la tierra» (Salm 104, 30).

La tierra, como se la conoce, no será totalmente destruida o aniquilada, porque es la portadora de los cuerpos y de las almas que han elegido la condenación para sus vidas, cuyo tormento es eterno, por los siglos de los siglos: «… y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos, y no tendrán reposo día y noche aquellos que adoren a la bestia y a su imagen, y los que reciban la marca de su nombre» (Ap 14, 11).

La tierra será transformada, «renovada por la manifestación del Señor» (Adversus Haereses V, 32, 1), y sólo así será posible que Cristo reine en Gloria.

La «nueva Jerusalén», la futura «Jerusalén, edificada como ciudad, bien unida y compacta» (Salm 122, 3), la «Ciudad Santa» (Is 52, 1), el «Tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), «edificada por Dios…», cuyo «valle… y todos los campos… serán ya jamás destruidos y devastados» (Jer 31, 38-40), que «desciende del Cielo» (Ap 21, 2), con «un nombre nuevo» (Ap 3, 12), cuya «piedra angular es el mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20-21), en cuyo interior se encuentra el «Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), en donde viven los mártires, «los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero» (Ap 7, 14), en donde no puede entrar «cosa impura ni quien cometa abominación y mentira sino los que están inscritos en el Libro de la Vida» (Ap 21, 27); es colocada en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Dios crea (Is 64, 17), en una nueva creación, en donde el relieve que actualmente conocemos ha desparecido, «el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares» (Ap 6, 14); la tierra será totalmente plana: Dios va a «humillar todo monte alto y todo collado eterno, rellenar los valles hasta igualar la tierrapara que camine Israel con seguridad para gloria de Dios» (Bar 5, 7); tierra llamada «Valle de Sitim», de las Acacias (Joel 3, 18), en donde no habrá «memoria de lo pasado» (Is 64, 17; 43, 18-19), pero se podrá observar las penas del infierno, como un memorial de todos aquellos que se rebelaron contra Dios:

«… y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne». (Is 66, 24).

Se verán los cadáveres, los cuerpos espiritualizados de los condenados, cuerpos inmortales, almas que han buscado las cosas de aquí abajo, de esta tierra, que convirtieron sus vidas en una conquista del paraíso perdido. Han querido hacer de esta tierra una felicidad permanente. Y es lo que tendrán por toda la eternidad: la tierra y su núcleo de fuego infernal será su morada para siempre, pero en el dolor que no pasa.

No existe el fin del mundo, porque nada de lo que Dios ha creado tiene fin. Pero, sin embargo, todo lo creado puede transformarse por Dios, ya para el bien, ya para el mal.

La nueva Jerusalén no puede estar en una creación maldita por el pecado, sino que necesariamente tiene que ser puesta en una creación en donde no habite el demonio, por estar encadenado, el infierno sellado, en donde no exista el pecado, «sólo un camino ancho, que llamarán la vía santa; nada impuro pasará por ella» (Is 35, 8), ni la muerte: «Y cuando esto incorruptible se revista de incorruptibilidad, y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-56).

El Reino Glorioso no puede darse en el reino del pecado, en una creación maldita. Ahora el príncipe de este mundo es el demonio. No puede haber santidad ni gloria en medio de la obra del pecado.

Por lo tanto, es necesario un cisma en la Iglesia. Gran cisma interior. Siendo la Iglesia la esposa mística de Jesucristo, tiene que pasar por la Pasión y por la muerte en Cruz, para después resucitar esplendorosa en el reino de paz: «Muchos son los pecados de Jerusalén…Echó mano el Enemigo de todos sus tesoros; vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no entrasen en tu congregación… Mandó desde lo alto contra mí un fuego que consume mis huesos…Ató con sus manos el yugo de mis iniquidades… Me entregó Yavhé en manos a las cuales no puedo resistirme…reunió contra mí un ejército para exterminar a mis mancebos…Por eso, lloro y manan lágrimas mis ojos; y se alejó de mí todo consuelo que aliviase mi alma; mis hijos están desolados al triunfar el Enemigo…» (Lam 1, 8.10. 13.14.15.16). Es necesario la separación del trigo y la cizaña. Es necesario poner un abismo entre la carne y el Espíritu, entre una iglesia carnal y una iglesia espiritual.

Es necesario que los católicos queden divididos: una iglesia super-modernista, gobernada por un falso papa; y una iglesia remanente, que es la que defiende la doctrina de Cristo, y pasará a ser clandestina y perseguida. Los sacerdotes no se preguntan: « ¿Dónde está Dios? Siendo ellos los maestros de la Ley, me desconocieron, y los que eran pastores me fueron infieles. También los profetas se hicieron profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).

Multitudes se han ido tras Bergoglio y toda su falsa Jerarquía, que son un cero a la izquierda para Dios: nada valen. « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!» (Ez 34, 2). ¡Ay de toda esa Jerarquía que se va a reunir en un Sínodo ideado por una mente perversa, obedeciendo los dictados de un hombre sin verdad! «¿Los pastores no son para apacentar el rebaño?» Entonces, ¿qué hacen en un Sínodo discutiendo la forma de condenar almas al fuego del infierno? ¿No se apacienta el rebaño poniendo el camino de salvación y de santificación al alma? «Así andan perdidas Mis Ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo» (Ez 34, 5). Son los lobos vestidos de sacerdotes y Obispos los que están levantando la Iglesia que debe reunir a todas las iglesias cristianas, a todas las confesiones religiosas de todos los credos. Son las fieras que destrozan la vida de las almas. Una super- iglesia globalizada, que expulsará y excomulgará a los verdaderos católicos por defender la pureza de la fe: «Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron ni al Padre ni a Mí» (Jn 16, 2-3). Este cisma ya ha comenzado de forma silenciosa, cuando con diplomacia hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI para poner su abominación. Pero se hará público y oficial, cuando se quite el Sacrifico Perpetuo. «Antes de Advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación desvelará el Misterio de Iniquidad bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en carne» (CIC – n. 675).

Jesús ya no puede venir en carne mortal, como lo hizo en su primera venida. Muchos seguirán al Anticristo que viene en carne mortal, y que aparece como el Mesías. Muchos caerán en esta trampa del milenio carnal, porque son carnales, contrarios al Espíritu de la Verdad: «…la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias…» (Gal 5, 17)

Jesús viene en carne gloriosa: «Tus ojos contemplarán al Rey en Su Magnificencia y verán la tierra que se extiende hasta muy lejos» (Is 33, 17). No se puede ver a Jesús glorioso si la tierra no ha sido transformada, aplanada, que se extiende hasta muy lejos, como estaba al principio de la Creación. Una creación gloriosa.

La Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo como Rey de todas las naciones sólo es posible en la nueva Jerusalén, que se da en los cielos nuevos y en la tierra nueva: «… ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creación» (Gal 6, 15). Todo nace en un solo día. « ¿Nace un pueblo en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores» (Is 66, 8).

Es el tiempo de la restauración universal. Y hay una batalla espiritual hasta el fin de este tiempo. Se termina el tiempo del hombre carnal y se inicia el tiempo del hombre espiritual. Se termina una Iglesia llena de hombres viejos y se inicia una Iglesia en la que todos serán discípulos del Señor, un reino de sacerdotes, un pueblo que se multiplicará según la Voluntad de Dios.

Muchos viven sus vidas sin atender a los signos de los tiempos, es decir, que viven sin vida espiritual. Por eso, se les hace difícil entender todas estas cosas. Pero la verdad ya ha sido escrita y revelada. Lo que piense el hombre no interesa para la obra de esa verdad. El hombre que no acepte la verdad, entonces no podrá salvar ni su alma ni su cuerpo. El que acepte la verdad como es, entonces siempre encontrará un camino en medio de un mundo que sólo vive para obrar el mal.

Sólo los cimientos de la Iglesia quedarán con el antipapa

infierno

«Dios hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su albedrío» (Ecles. 15, 14).

El hombre está en su libertad: el mismo hombre se guía, a sí mismo, con su libertad. Dios no dejó al hombre en manos del demonio, ni en manos de otros hombres o criaturas. El hombre es, en sí mismo, dueño de su ser, de su vida, de sus obras, de su mente, de sus actos.

El libre albedrío es un poder en el hombre: el hombre puede obrar y no puede obrar. El hombre mismo decide si obra o no obra. Eso es la libertad, que es más importante que la obra en sí.

Se obra un bien o un mal con el poder del libre albedrío.

Lo único que Dios no quita al hombre es su libre albedrío.

Dios puede quitar la memoria, la inteligencia, la voluntad, la vida física. Y, quitando eso, no le hace al hombre ningún agravio.

El hombre juzga, según su razón, las cosas que va a obrar. Pero una cosa es juzgar si una cosa es buena o mala; otra cosa es juzgar si se obra o no esa cosa. Es más importante en el hombre juzgar una obra según su libertad que juzgarla según su razón.

Los hombres suelen luchar por el juicio de sus razones, pero no saben luchar por el juicio de sus libertades.

El hombre soberbio es el que impone al otro el juicio de su razón. El hombre orgulloso es el que impone al otro el juicio de su libertad. Es más destructor un orgulloso que un soberbio. El soberbio se dedica a dar sus opiniones, sus juicios, sus ideas, sus filosofías, y otros la practican.

Pero el orgulloso impone un estilo de vida, no un estilo de idea, no una filosofía, para que otros la vivan, la imiten. El orgulloso hace que los hombres vivan su misma vida. Las modas son propias de los hombres orgullosos. La moda trae más atención que las ideas, que las filosofías. Las modas mueven más que las ideas. La moda es una vida.

Francisco es orgulloso, no sólo soberbio. Su filosofía es una necedad, una estupidez. Nadie la puede poner en práctica. Nadie la sigue. A nadie le interesa como idea para su mente, para su discurso. Sólo a los idiotas, que no saben pensar nada.

Pero el éxito de Francisco está en su vida: vive su error libremente. Vive en su libertad y, por tanto, enseña a otros a vivir lo mismo. Y ya no interesa la idea, sino la realidad de la vida. Interesa la moda de pecar dentro de la Iglesia, porque eso es lo que en la Iglesia se vive: el pecado. Por eso, él siempre habla para la totalidad de los hombres, para un mundo global, para una comunidad de gente pecadora. Pero él no puede hablar a cada alma porque no puede enseñar la verdad, no puede comunicar la santidad, no puede guiar hacia la verdad de la vida. Cuando enseña su doctrina, es decir, su soberbia, todos se escandalizan, porque no habla al alma, no habla al interior de la persona, a su corazón, sino que trata al hombre como un conjunto, no como alma, no como algo particular, privado. Ve al hombre como una estructura en el mundo, como una pieza que hay que colocar en el mundo.

Francisco, en todos sus escritos, enseña a vivir el pecado, no enseña a pensar la verdad, a razonar en el bien, a discernir el bien del mal. Enseña su vida, su forma de vida, con sus ideas propias, que son las que todo el mundo tiene, las que transitan en cualquier rincón del planeta: que son las del pecado. Ideas globales, para los hombres, mundanas, profanas, etc., pero nunca absolutas, dogmáticas, nunca para el alma, para la mente, sino para su vida de pecado: que estás malcasada y quieres comulgar, entonces comulga. Eso es el orgullo: se ofrece un estilo de vida, no un estilo de pensamiento, no una ley de pensamiento. Se ofrece un pecado como un valor, como una verdad, como un bien a realizar.

Que eres judío y estás en tus ritos para adorar a Dios: muy bien, yo te acompaño, yo comulgo con tus ideas, porque Dios te ama como me ama a mí.

Francisco, en su orgullo, se une a cualquier hombre del mundo porque juzga la vida según su libertad, no según su razón. Juzga al homosexual según su libertad: es bueno que siga siendo lo que es porque busca a Dios. No lo juzga según su razón: no soy quién para juzgarlo. Y no puede hacer este juicio por su orgullo: él vive un estilo de vida que le impide juzgar, con su razón, al otro. Y este estilo de vida es lo que transmite cuando habla, cuando predica, cuando escribe sus necios escritos. Es el estilo de vida en la que el pecado es una obra, es un reto, es un camino.

Este estilo de vida se contagia a los demás como la pólvora, porque los hombres no suelen vivir juzgando, según su razón, a los demás, sino que los hombres suelen vivir de manera orgullosa: lo juzgan todo según su libertad. Obran su libertad. Obran su pecado y para su pecado. No obran para una Verdad y por una Verdad.

Lo que hoy impera en todo el mundo no es tanto la soberbia, sino el orgullo: es decir, la libertad de cada hombre.

Dios ha puesto a cada hombre en manos de su propia libertad. Y cada hombre vive su libertad, independientemente de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías, de sus dogmas.

La fe hace que el hombre sepa medir su razón y su libertad: la fe hace que el hombre sea humilde y, al mismo tiempo, dependiente de Dios.

El orgulloso no quiere depender de otro: quiere ser libre, vivir su vida según su libertad, no según unas razones, unas leyes, unas ideas, unos dogmas.

El orgulloso no se ajusta a ninguna norma: él mismo es norma para sí. Su libertad es su ley. Su libertad es su moral. Por eso, el orgulloso, al imponer sus leyes, destruye las leyes naturales, divinas, morales.

Hoy día, todos los gobiernos del mundo están llenos de hombres orgullosos: hombres que imponen sus leyes, sus libertades, sus formas de vivir la vida. No imponen sus formas de entender la vida, sino de vivirla. El orgulloso vive su vida. El soberbio piensa su vida. Kant era un soberbio: todo lo medía con su razón y lo obraba. No vivía nada sin verlo antes con su razón. Francisco es lo contrario a Kant: todo lo mide con su libertad y, por tanto, lo obra sin más, sin la idea, sin discernir si es bueno o malo. Si en esa vida, ve algún problema, entonces pone su soberbia, su idea, para resolverla; pero sigue viviendo su vida, a pesar del problema. El problema no le cambia su estilo de vida.

Por eso, Francisco tiene muchos seguidores, porque, en la práctica, los hombres viven como lo hacen Francisco: en su orgullo. Francisco gusta por su orgullo, no por su soberbia. Francisco es la moda del pecado en el mundo. Para agradar a los hombres en el mundo tienes que pecar, exaltar tu pecado, amar tu pecado, justificarlo por encima de cualquier verdad, cualquier dogmatismo.

Por eso, no se puede entender la estupidez de algunos jerarcas de la Iglesia que dicen que la doctrina de Francisco es católica. Sólo se puede comprender en la razón de que se les está obligando a hacer la pelota a Francisco. Se les impone no criticar a Francisco.

Todo el mundo ve, ahora, que la doctrina de Francisco no se puede sostener. No hay quien la sostenga. No hay quien la siga. Pero el respeto humano, la falsa obediencia, la soberbia de muchos, hacen que se digan cosas realmente inconcebibles. Y eso señala sólo una cosa: en la Iglesia no hay fe. Hay muchas cosas, menos fe.

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra» (Lc 18, 8b). Esta es la señal de que Jesús regresa a la tierra.

La Gran Apostasía es la falta de fe en la Iglesia. Y es lo que estamos viviendo desde hace 50 años. El abandono y alejamiento de la fe y de los sacramentos, tanto por los consagrados como por los fieles bautizados. ¿Quién está esperando hoy a que Jesús venga? Nadie. Es una Verdad que nadie cree. Predicar que Jesús viene de nuevo, a instaurar su reino glorioso, les resulta enojoso a muchos, herético a otros y, a los más, sencillamente les causa risa.

Jesús con Su Santa Madre van a reinar y a dirigir Su Iglesia con Pedro Romano y la Jerarquía obediente a Él. Pero esto nadie se lo cree, nadie lo piensa, a nadie le importa.

El triunfo del Inmaculado Corazón es imposible que se dé ahora. La Santísima Virgen triunfa en los corazones, en muchas almas que se le entregan con generosidad. Pero no es posible que ese triunfo se dé en un mundo totalmente desquiciado por el pecado, y que ya no busca a Dios, sino que ha puesto al hombre como su dios. Las almas, en donde la Virgen ha puesto su Sagrario, deben perseverar hasta el fin de la Gran Tribulación, si quieren contemplar el Reinado Glorioso de Cristo y de Su Madre.

“Porque habrá entonces una GRAN TRIBULACIÓN, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y si no se acortasen aquellos días nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mateo 24, 21-22).

La Gran Tribulación es el Aviso, el Milagro y el Castigo de los malvados con los tres días de Tinieblas.

«Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aún a los mismos elegidos» (v. 23-24).

El Falso Profeta, que engaña a los mismos elegidos, es el antipapa, que es el que va a destruir lo que quede en pie de la Iglesia. Francisco es un falso profeta, que engaña con su vida a muchos, pero no tiene el empuje de las señales y de los milagros. Es un viejo enfermo, que no cree en nada, sólo en lo que hay en su cabeza. Y Francisco está rodeado de falsos mesías, de anti-sacerdotes, que viven su herejía y gobiernan la Iglesia con la locura de sus mentes. Ellos ya han comenzado a destruir la Iglesia. Y Francisco tiene, también, el coro de idiotas, que le hacen la pelota en los medios de comunicación y entre los fieles de la Iglesia. Todos ellos destruyen lo que queda de Iglesia, pero no pueden darle el manotazo final.

Tiene que venir un antipapa que señale al Anticristo.

Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, pero no es capaz de señalar al Anticristo, porque tampoco cree en Él.

«Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como un relámpago que sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres» (v. 24, 25-28).

No habrá otro Papa legítimo después de la muerte de Benedicto XVI: donde está el cadáver, allí están todos los que destrozan la Iglesia. El cadáver, no sólo del Papa Benedicto XVI, sino también de la Iglesia, como Cuerpo Místico. Cuando muera este Papa, muere también la Iglesia. La Iglesia tiene que ir a la Cruz, como Su Cabeza Invisible, para poder resucitar gloriosa, como Su Cabeza.

Y, por eso, no hay más Papas después de la muerte de Benedicto XVI hasta que la Iglesia no resucite gloriosa.

Esta Verdad muchos no la comprenden. Por eso, esperan en Francisco y en Benedicto XVI. Ya no hay que esperar en nadie. Benedicto XVI tiene que realizar el papel que el Señor le ponga antes de morir. Cuando muera, viene rápido la gran tribulación.

Los tiempos se acortan. Los tiempos vuelan. Ya no es tiempo de esperar, sino de sufrir. Estamos en la Purificación de la Iglesia con el castigo correspondiente a su pecado.

Estamos en el tiempo de los orgullosos: de los que viven la vida según su libertad. Viven la moda del pecado. Hay que pecar, hay que enseñar a pecar dentro de la Iglesia. Hay que valorar el pecado como un bien dentro de la Iglesia.

Y, por tanto, estamos en el tiempo de los anticristos, que preparan al Anticristo.

Tiene que aparecer el Anticristo como Mesías: «Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis». Viene haciendo los mismos milagros que hizo Jesús. Viene en carne mortal, no gloriosa. Viene como hombre y se hace dios. Y, muchos, caerán en ese engaño porque son como las vírgenes con las lámparas apagadas: hombres sin fe. Están en la Iglesia Católica creyéndose santos, y no son capaces de discernir la mentira. Todo lo llaman santo, bueno, justo, porque viven de sus lenguajes humanos, pero no de fe. Han creado su fe, su iglesia, su cristo, sus santos, sus vidas espirituales, sus dogmas, sus tradiciones, su evangelio.

El orgullo de Francisco es el inicio del tiempo de la Justicia en la Iglesia: un gran castigo es Francisco para toda la Iglesia. Habéis despreciado a los Papas durante 50 años, ahora a bailar con un bufón. Ahora, tenéis la venda en vuestros ojos y no podéis ver la verdad de lo que es ese hombre, por vuestro pecado en la Iglesia.

Muchos no ven lo que es Francisco y eso es un castigo divino. No es porque sean tontos. Es porque han vivido su pecado en la Iglesia y ahora no pueden ver cómo se condenan. Lo verán cuando ya no haya más Misericordia: verán su condenación y la querrán: «y blasfemaban del Dios del Cielo a causa de sus penas y de sus úlceras, pero de sus obras no se arrepintieron» (Ap 16, 11). Estamos en el tiempo de la condenación. No hay que tener cariños con los hombres. No hay que ser sentimentales y creer que la situación en la Iglesia va a cambiar, y que todos se van a oponer a lo que ven.

Es totalmente lo contrario. Cada día, más destrucción en la Iglesia y más que no ven nada. El Sínodo que viene será el primer desastre de todos. Y, muchos, seguirán sin ver nada. Lo que vemos en la Iglesia no es para sacar un bien de Ella. Es para apartar el trigo de la cizaña, y quemar la cizaña con fuego real en la vida de los hombres: es su justicia, es su condenación que tienen que sufrir antes de morir e ir al infierno que han escogido.

No estamos en el tiempo de la Misericordia, sino de la Justicia. Por supuesto, que sigue habiendo Misericordia, pero no es su Tiempo. Que nadie se haga la ilusión de una Iglesia emergente, que se pone a caminar y a resolver los problemas. Están todos ciegos en el Vaticano. Son una panda de corruptos y degenerados, que actúan como los hipócritas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos muertos y de toda suerte de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23, 27-28).

Es el tiempo de contemplar el infierno en la vida de los hombres: cómo vive cada hombre su infierno antes de morir. Es la Justicia Divina al mismo hombre, a su libertad. Dios no puede quitar la libertad al hombre, pero sí puede hacer que viva, con su libertad, el infierno que quiere y que merece. Es el mayor castigo de todos.

La Iglesia lo tiene todo y lo ha despreciado todo: por eso, el infierno ha comenzado ya dentro de Ella. Es lo que se merece. Vemos a un Francisco, a un gobierno de herejes, a tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, que les gusta pecar, que aman el mundo, que han despreciado la Verdad. Vemos el infierno en muchos de ellos. Vemos la cizaña. Y, por tanto, contemplamos las obras del infierno dentro de la Iglesia. Contemplamos cómo se cae la Iglesia, cómo se derrumba, cómo sólo van a quedar los cimientos: las almas que guardan en su corazón el tesoro de la verdad. Toda estructura de la Iglesia va a caer, menos los cimientos. Porque la Roca es Cristo. Y Cristo ha puesto los cimientos de Su Iglesia en las almas elegidas. Y, por eso, la verdadera Iglesia nunca el infierno la podrá derrotar. Lo que sí puede el demonio es acabar con la iglesia falsa, la de los hipócritas, como Francisco y toda su panda de gente sin sabiduría divina.

Triste es contemplar a un demonio, como Francisco, pero más triste es ver que los hombres siguen a los demonios porque los tienen como santos.

Iglesia Remanente

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“Todos recordarán que le concedí a Lucifer 100 años para que hiciese hasta lo peor para ganarse las almas de los hijos de Dios. Esos 100 años han llegado a su final, y la destrucción de las almas ha sido tremenda. Pero todavía tengo dos guerras pendientes para las almas. Estas serán unas batallas muy grandes. La Iglesia Remanente perseverará para Dios, se declarará para Dios en la Santísima Trinidad.

La primera batalla será el Gran Aviso producido por el gran amor de la Santísima Virgen María por ustedes. (…). Es una guerra porque los malos espíritus también esperan este día. Ellos también tienen un plan en el que harán todo lo posible para provocar la desesperación y la desgracia a los fieles. (…)

Será una guerra para lograr sus almas, queridos hijos. Al poco tiempo después de este evento, la segunda batalla se llevará a cabo. Esta será la del Gran Milagro durante el cual deberán declararse a favor de Dios. Durante este tiempo los espíritus malignos los estarán animando para que apoyen a su líder porque él estará en el poder. (…) Si se declaran a favor de Lucifer y reciben su marca, se irán al Infierno. Acuérdense de esto. El tiempo que dure esto será bastante corto. Nunca pierdan las esperanzas en Dios y en la Madre de Jesús”. (Mensajes a la Dra. Even – Agosto 4, 1998)

La Verdad de la Iglesia es Su Amor por Cristo. Una Iglesia que no ama la Verdad no pertenece a Cristo. Una Iglesia que sólo vive para lo humano, contentando la vida y las obras de los hombres, no es la Iglesia que fundó Cristo en Pedro.

Amar a Cristo es un deber y una obligación para todos en la Iglesia. Amar a Cristo no es vivir una vida humana y, después, recibir un Bautismo, una Confirmación o la Eucaristía diariamente.

Amar a Cristo es poseer Su Espíritu y ser guiados, por Él, hacia la Verdad Plena, que cada alma tiene que vivir en su vida.

Todas las almas están llamadas a la Plenitud de la Verdad, que sólo se da en la Plenitud del Amor. El Amor, que Dios da a Sus Almas requiere –en Ellas- una disposición, una entrega, una voluntad firme de ser siempre de Dios.

Al hombre siempre le cuesta ese Sí, ese entregar el corazón –por completo- a Dios. Pero el hombre tiene todo para poder decir ese Sí. Sólo tiene que ser fiel a la Gracia, a los Dones que el Señor le ha dado por pertenecer a Su Iglesia.

La Iglesia de Cristo es Su Cuerpo; es decir, es el conjunto de almas que se unen en Cristo, que son guiadas por el Espíritu de Cristo, que son llevadas, por Dios, a la conquista de lo divino en lo humano.

La Iglesia de Cristo no es una comunidad de hombres, que se reúnen para hablar y obrar cosas entre los hombres.

La Iglesia de Cristo son almas que dan a Cristo en todas sus actividades humanas. Y este dar a Cristo significa un camino estrecho, un sendero de sacrificio de todo lo humano.

No hay que ser humano para ser de Cristo. Hay que ser divino para ser de Cristo.

Cuanto más el hombre abandona su humanidad, aun la buena y perfecta, más se va transformando en divino, en un ser guiado por la Gracia, que es la Vida Divina.

Dejarse guiar por la Mente de Dios es lo que le cuesta a todo hombre; porque el hombre nace guiado por su mente humana y para vivir sus obras humanas.

Todo el trabajo -en la vida espiritual- es dejar de ser hombres para ser de Cristo. Imitar a cristo no es imitar al hombre; no es hacerse mundano; no es seguir las modas de los hombres ni sus pensamientos.

Imitar a Cristo es ponerse en las manos de la Virgen María, y que sea Ella la que señale el camino hacia Su Hijo.

María es la que da a Su Hijo en cada alma; es la que engendra a Su Hijo en el alma; es la que ofrece a Su Hijo al alma; es la que explica a Su Hijo al alma.

La Virgen María engendró en Su Corazón la Palabra del Verbo, e hizo de su vida la Obra de esa Palabra.

La Virgen María es Madre de cada alma: engendra en las almas lo que Ella engendró en Su Corazón. Por eso, Su Inmaculado Corazón es el Refugio de toda la Iglesia, es el lugar donde todas las almas tiene que vivir si quiere ser de Cristo.

Y amar a la Madre es sencillo cuando el corazón se deja gobernar por Ella. Escuchar a la Madre es transformarse en el Hijo de la Madre, que es Jesús. Imitar la Pureza de la Virgen, es alcanzar la capacidad para no pecar más en este mundo; capacidad -que es una Gracia altísima- sólo concedida a los verdaderos devotos de la Madre. Seguir a María es encontrar a Jesús. Obedecer a la Virgen es someterse a la Palabra del Verbo. Amar a María es amar el Corazón de Jesús.

Los hombres no saben amar porque no saben ver a la Madre, no saben contemplarla como es Ella, a los ojos de Dios. Los hombres no se hacen hijos de Dios porque no aprenden a ser hijos de María.

María lo tiene que ser todo para la Iglesia si la Iglesia quiere conservarse íntegra en el Espíritu.

Como la Iglesia ha dejado a la Virgen a un lado y se ha dedicado a otras cosas, entonces la crisis en la Iglesia es consecuencia de su falta de amor a la Madre.

Una Iglesia que no ama a la Madre, tampoco ama al Hijo de la Madre. Y, para que la Iglesia vuelva al amor de Cristo, necesita, primero, volver a la Madre.

Y, por eso, comienza –para toda la Iglesia- el tiempo de permanecer en la Verdad; tiempo para guardar el depósito de la fe en los corazones y esperar tres cosas: el Gran Aviso, el Gran Milagro y el Castigo.

Si el hombre quiere vivir el Reino de la Paz, tiene que pasar por este Purgatorio en vida. Después del Castigo, comienza el Reino de la Paz. Pero sólo serán los que amen, de verdad, a Cristo. Sólo la Iglesia Remanente alcanzará ese Reino de la Paz.

Ahora es tiempo de ser Iglesia escondida, que no se manifiesta al mundo, que vive en oración y en penitencia para prepararse a esos tres grandes eventos.

Lo que hay en Roma ya no es la Iglesia Católica. Tiene el nombre; pero –en la práctica- no es la Católica; es otra cosa, llámese como se llame: universal, mundial, ecuménica, etc.

Los verdaderos devotos de la Virgen María tienen que ir dejando todas esas parroquias, capillas, que tiene el nombre de católico, pero que viven otra cosa, obran la mentira, no la verdad de lo que es la Iglesia.

Hay que buscar aquellas parroquias que todavía den lo de siempre. Y si no se encuentra, hay que vivir escondidos, formando pequeños grupos en los que se viva la fe, en donde se guarde el depósito de la Verdad.

Muchos sacerdotes tendrán que huir, debido a la persecución que va a comenzar, antes del Gran Aviso. Hay una persecución del Anticristo, pero eso será después del Gran Aviso. Antes, viene la persecución en la que se formará la Iglesia Remanente.

Para ser Iglesia Remanente no hay que ser de ningún grupo de la Iglesia. No hay que buscar asociaciones, grupos, fundaciones, en donde –más o menos- se enseña la doctrina y se haga un apostolado. Todo eso no sirve ya para este tiempo.

La Iglesia Remanente es la que acoge la Verdad y la guarda en su corazón, esperando lo que tiene que venir: el Reino de la Paz. Pero que viene después de un Purgatorio en vida.

Y, por eso, la Iglesia Remanente es la que tiene que acoger a tantos sacerdotes que no van a tener un lugar para vivir; ni una parroquia para celebrar la Misa; que van ser perseguidos por sus mismos hermanos en el Sacerdocio, por luchar contra la mentira de muchos de ellos.

La Iglesia que permanece unida en la Verdad es la Iglesia Católica. Y no importa no tener capillas o parroquias. Sólo hace falta corazones que acepten la Verdad como Es, que no adulteren la Palabra de Cristo; que no tergiversen las enseñanzas auténticas de la Iglesia.

El panorama que ofrece la Iglesia en Roma, y en todas partes del mundo, es desolador y nadie tiene que esperar nada bueno de Roma. Esto tiene que quedar muy claro, porque muchos siguen esperando algo de Francisco y, entonces, no han comprendido la situación de la Iglesia.

Ya en Roma no está la Iglesia Católica. Y, comienza, dentro de poco, la primera persecución, que prepara al Gran Aviso.

Los tiempos son muy graves; no son como antes. Son los tiempos de la Gran Purificación y de la Gran Tribulación.

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