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La Gran Tribulación

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«Porque habrá entonces una tan Gran Tribulación cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y, si no se acortasen aquellos días, nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mt 24, 21).

El 22 de diciembre del año 2012 comenzó el tiempo de la Gran Tribulación.

«Si tratan de asumir que han sido capaces de discernir el año de Mi Retorno, están muy tristemente equivocados. A nadie le será dada esta fecha, ni siquiera a los ángeles del Cielo, ni a Mi Amada Madre. Pero esto puedo revelar: la Tribulación comenzó hace un tiempo; la Gran Tribulación empezará a finales del 2012» (MDM – 18 agosto 2011).

La Tribulación comenzó en el año 1967, con la obra de la masonería eclesiástica dentro de la Iglesia Católica. Ese grupo de falsos Obispos y sacerdotes se introdujo por todas partes consiguiendo que la fe de muchos claudicara, y que el Rebaño comenzase a dispersarse.

La Tribulación ha sido el comienzo de los dolores para toda la Iglesia, pero no fue su fin. Muchos, al juzgar a todos los Papas, han anulado a la Iglesia, convirtiendo sus vidas en una apostasía de la fe, creando su filosofía de la Iglesia, su manera de pensar y de obrar en la Iglesia.

«La Iglesia, la Cátedra de San Pedro y el Papa, son una misma cosa» (San Juan Bosco – Visión de San Juan Bosco # 35, Año de 1862, M.B. Tomo VII, págs., 217 – 218).

No se puede juzgar y condenar al Papa reinante sin juzgar y condenar a toda la Iglesia. Por eso, todos aquellos que mantienen que, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, el Papado no existe, sino que todos son unos antipapas, se dedican a dar sus fábulas a los que los quieren escuchar, que son muchos católicos, los cuales siguen el error por su ignorancia culpable.

«Mi pueblo perece por falta de conocimiento; por haber rechazado tú el conocimiento, te rechazaré Yo a ti del sacerdocio a mi servicio; por haber olvidado tú las enseñanzas de Dios, Yo me olvidaré de tus hijos» (Os 4, 6).

Los católicos perecen porque han recibido un conocimiento de la fe totalmente tergiversado, amañado, por parte de muchos pastores y laicos. Y porque no se han dedicado a conocer la verdad de su fe.

No sólo han sido los sacerdotes los que, con sus predicaciones y vidas dobles, han hecho de la Iglesia el desierto que vemos, sino también los hombres que no tienen el poder para enseñar ni para gobernar la Iglesia, los que más han trabajado para oscurecer la verdad en Ella.

Y Dios rechaza del sacerdocio, tanto ministerial como común, a esas almas que no han aprendido a discernir los tiempos del Espíritu en la Iglesia.

Ahora, contemplamos una “Iglesia” sin norte, es decir sin Cristo, que es la Única Verdad. Y está por todas partes. Una “Iglesia” que llama al mundo a permanecer en su mentira para construir un Paraíso en la tierra.

Nadie se salva de esta Gran Tribulación, de «este tiempo de angustia, tal como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese día» (Dn 12, 1).

En este tiempo ya no se trata de las aflicciones personales individuales, que son oportunidades para el alma de purificar sus pecados, para perfeccionarse en la vida espiritual.

La Tribulación, que comenzó en 1967, era para cada alma, pero no para la Iglesia. La Iglesia continuaba bajo el gobierno de Cristo en Su Vicario. El alma sólo tenía que seguir obedeciendo la cabeza legítima de la Iglesia, al Papa, a pesar de ver muchas cosas que oscurecían esa obediencia. Mucho se ha sufrido en la Iglesia por mantenerse en la obediencia al Papa reinante. Los que no se han sujetado al yugo de esa obediencia, han producido más sufrimientos para todos, y han quedado ciegos para poder discernir los signos de los tiempos.

En este tiempo de la Gran Tribulación se trata de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: quitado el Papa reinante, desaparece la Iglesia verdadera. Ya no se contempla, ni en Roma, ni en las diferentes diócesis, la Iglesia en Pedro. Ha aparecido una nueva iglesia, porque han puesto una nueva cabeza.

Dios es siempre fiel a Su Palabra. Los que se dedican a hacer teología de la historia, pierden de vista la teología de la Palabra de Dios, la única importante, la única válida en la Iglesia.

«El año noveno del reinado de Sedecías, el día diez del mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con todo su ejército contra Jerusalén… La ciudad estuvo cercada….» (2 Re 25, 1.2).

El mes décimo del antiguo calendario hebreo corresponde al mes de diciembre del nuestro; y era para el hebreo el primer mes del invierno. Los judíos observaban, después del cautiverio, cuatro días de ayuno, recordando así los tiempos en que Jerusalén cayó a manos de los enemigos: el ayuno del día diez del mes de diciembre rememoraba la toma de Jerusalén por Nabucodonosor.

«Así dice Yavhé Sebaot: el ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, y el ayuno del séptimo, y el ayuno del décimo se tornarán para la casa de Judá en gozo y regocijo y en festivas solemnidades: amad, pues, la verdad y la paz» (Zac 8, 19).

El día diez del mes décimo, en el año 2012, corresponde al día 22 del mes de diciembre. El Papa Gregorio XIII ordenó el cambio del calendario, de tal manera que el día 5 de octubre de 1582 es el día 15 de octubre de 1582. Diez días se añadieron.

Por lo tanto, el 22 de diciembre de 2012 corresponde, antes del cambio del calendario, al 12 de diciembre de 2012.

La Gran Tribulación comienza a finales de diciembre, es decir, comienza recordando el día de una aparición mariana, la más importante. Comienza en invierno y en la penitencia de la vida.

La Virgen María se apareció a San Juan Diego el martes 12 de diciembre de 1531, un poco después de la luna nueva, marcando así el inicio del cuarto reino que Daniel describe:

«La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda y la hollará y la triturará» (Dn 7, 23).

Este cuarto reino dura hasta el año 2031, según el cómputo de las semanas de años:

«Contará siete semanas, siete veces siete años, viniendo a ser el tiempo de las siete semanas de cuarenta y nueve años… y santificaréis el año cincuenta…» (Lev 25, 8. 10).

El hebreo no sabía contar los días con la precisión como el hombre moderno lo hace. Pero sabía llevar el tiempo de los años. Dios habla de años a los judíos, no de días. Los tiempos medidos que el sol, la luna y las estrellas dan a los hombres son siempre imperfectos. El tiempo es una medida para el hombre, pero nunca para Dios.

Desde el 12 de diciembre del año 1531, la Virgen marca el tiempo del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grande: una Mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).

Todo este cuarto reino de la bestia «terrible, espantosa, sobremanera fuerte, con grandes dientes de hierro» (Dn 7, 7) es conducido por las apariciones de la Virgen en todo el mundo. Ella marca el camino de la Iglesia: es la Mujer siempre el camino para los hombres de la Iglesia. Y muchos Obispos y sacerdotes no creen en las apariciones marianas, quedándose así ciegos para dirigir al Rebaño, que no pueden hacerlo sólo con la gracia del Sacramento. Necesitan ayudas extraordinarias, que sólo pueden tener a través de los carismas, dones y gracias extraordinarias.

Muchos confunden la autoridad del Espíritu Santo con la autoridad de sus sacerdocios. Y se creen superiores a Dios en sabiduría y en gobierno.

No es la fe lo que lleva al hombre a Dios, sino que es el Espíritu Santo el que desciende sobre el hombre para que pueda ir a Dios, para que pueda encontrar el camino que le marca la fe en Cristo y en Su Iglesia.

Y Dios sólo entra en las almas humildes, con un corazón puro, vacías de orgullo y de arrogancia. En un clero lleno de soberbia y de orgullo es imposible guiar las almas hacia Dios, encontrar el camino de la Voluntad de Dios en la Iglesia.

El tiempo de la Gran Tribulación tenía que empezar con la Virgen María y con el ayuno. Es un tiempo de sufrimientos para todo hombre.

La Virgen María es la Estrella, es la Mujer, es la Iglesia que da a luz al Hijo Glorioso en medio de las grandes pruebas.

El tiempo de la Gran Tribulación es distinto a la última semana de Daniel.

Dios tiene sus tiempos. Y el demonio trabaja en los tiempos de Dios.

«Mi muy querida y amada hija, los tres y medio años restantes en el período de la Tribulación, comienzan en diciembre del 2012. Este es el período cuando el Anticristo emergerá como un héroe militar» (20 de julio del 2012).

Después de tres años y medio, emerge el Anticristo como un héroe militar.

Tres años y medio desde el 22 de  diciembre de 2012 dan la fecha: 21 Junio de 2016, 1278 días.

El Anticristo es la bestia que sube «de la tierra, y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como un dragón» (Ap 13, 11).

Sube de la tierra: emerge de debajo de la tierra

El Cordero en el Apocalipsis no tiene dos cuernos, sino siete: «Vi en medio del Trono y de los cuatro vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero, que estaba en pie como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra» (Ap 5, 6).

El cuerno representa el poder: una bestia con dos poderes: el del mundo (poder terrenal) y el de la iglesia universal (poder religioso). Una bestia con dos caras, con dos cabezas: la del Falso Profeta y la del Anticristo.

El ojo representa la sabiduría: es una bestia sin ojos, sin ninguna sabiduría. Es decir, lo que habla, lo que piensa, lo que medita en su corazón es sólo abominación. Es una bestia sin sentido común, sin lógica en el pensamiento humano.

El Cordero tiene siete ojos, es decir, tiene la plenitud del saber: humano, espiritual y divino.

Antes de que el Anticristo emerja, se ha dado el tiempo del primer sello, que es el tiempo del falso profeta:

«Miré y vi un caballo blanco, y el que lo montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor y para vencer aún» (Ap 6, 2).

El primer sello ha sido ya abierto.

El caballo blanco representa el espíritu del falso profeta, que está ya actuando en todo el mundo.

Es un espíritu de seducción, de maldad, de perversión. Está dentro de la Iglesia Católica como fuera de Ella, en las otras iglesias, arrebatando las almas que viven de la verdad.

Está dentro del mundo, que ya pertenece al demonio, pero que sella con la mentira perfecta la perversión de las mentes y de las vidas de los hombres en el mundo

Desde el inicio del gobierno horizontal del falso profeta (13 abril de 2013), desde que fue elegido por los hombres para ocupar la Silla que no le pertenece, nuevas creencias y doctrinas religiosas, que son todas falsas, han surgido en la Iglesia: «sabrán que este es el tiempo para que el primer sello sea revelado» (MDM 7 de marzo 2012).

¿Qué ha sido revelado? La Gran Apostasía de la verdad de la fe dentro de la Iglesia Católica, que marca la Gran Tribulación.

«El primer sello es la apostasía, vista no sólo entre los no creyentes, sino entre aquellos que profesan conocerme y aquellos que públicamente proclaman su amor por Mí» (Ib).

Es la apostasía oficial: no es la apostasía de estos cincuenta años, que muchos sacerdotes, Obispos y fieles han obrado dentro de la Iglesia.

Es la apostasía que viene de una cabeza oficial, de una jerarquía unida a esa cabeza oficial, a la cual llaman su papa, sin serlo. Es la Gran Apostasía del falso profeta.

Lo que diga Bergoglio no es lo que dice un Papa; sino que es lo que dice un hombre que ha apostatado de la verdad de la fe, y que sólo se dedica a manifestar, a irradiar su apostasía, a todos los demás.

Bergoglio vive de su cuento en la Iglesia: su gran apostasía. Y negocia con su cuento, y hace caminar a muchos por la misma vida que él ha vivido toda su existencia humana.

La Jerarquía, que obedece a Bergoglio como su papa, vive de esta obra seductora en la Iglesia: vive para engañar a las almas haciendo que obedezcan la palabra mentirosa de un falso pastor. Y sólo por un fin: levantar una nueva iglesia que sirva a los intereses del mundo, que son los intereses de una élite mundial, es decir, de unos pocos hombres.

La verdadera fe, el magisterio de la Iglesia, ha sido torcida con una doctrina light, acorde a los tiempos que se viven. Una falsa doctrina que tiene una corona: el Sínodo. La reunión de la Jerarquía, que ha apostatado de la fe, porque obedece a un impostor de la fe, de la verdad, de Cristo y de su Iglesia, para aprobar el pecado como ley en la Iglesia.

El Sínodo es el comienzo oficial, público, del cisma:

«Esta ya  próximo el gran y último cisma para Mi Iglesia, pues muchas leyes nuevas os querrán imponer, leyes que serán proclamadas bajo una falsa Misericordia para todos los hombres;  pero estas nuevas leyes van en contra Mia, van contra Mi Palabra, que es Inmutable…» (Jesús a un alma escogida).

El espíritu del falso profeta se presenta al mundo y a la Iglesia de blanco: viene montado en el caballo de la paz. Es un guerrero de la falsa paz.

Trae un arco sin flechas que representa la palabra engañosa, la habilidad para negociar la paz sin derramar una gota de sangre.

Es un guerrero experto en la palabra que engaña, que crea una unión ficticia con el diálogo, que hace ver como bueno el pecado de muchos.

«… voy a poner Yo en la tierra un pastor que no se cuidará de que desaparezcan, y no buscará a las descarriadas ni curará a las heridas, ni alimentará a las fuertes, pero se comerá a las gordas, y les romperá las uñas» (Zac 11, 16).

A esto se ha dedicado Bergoglio desde que lo pusieron en la Silla de Pedro: a hablar de paz haciendo ver a los pecadores como justos, como santos. Predicando una doctrina sin conversión, una falsa misericordia, en la que Dios ama a los hombres y no les exige cambiar de vida, arrepentirse de sus pecados.

Se ha enarbolado la doctrina propia del falso amor al hombre y a la creación.

« ¿Miren alrededor y qué ven? Religiones que rinden homenaje a nuevos dioses de los que ustedes nunca oyeron. Religiones basadas en ciencia ficción las cuales suman un sin sentido y que están vacías de substancia. Entidades espirituales que no son de este mundo, pero que muchos creen que representan el Reino Celestial de Mi Padre. Presten atención ahora, porque ustedes están viviendo en una fantasía» (Jesús a un alma escogida).

La Iglesia Católica, con Bergoglio, está viviendo una fantasía: nuevas ideas, doctrinas, que son las que en el mundo hacen furor, aparecen dentro de la Iglesia y son seguidas por la mayoría de la Jerarquía y de los fieles.

¡Un gran engaño! Y no hay manera de convencer a la gente que el ecologismo, los extraterrestres, el evangelio de la falsa alegría que predica Bergoglio, son engaños, son ilusiones, son doctrinas para pasar el tiempo y caminar en la condenación en vida.

«Dos terceras partes de las estrellas del cielo, hará que caigan, y arrastrará con su cola, quedando sólo unos cuantos sacerdotes, puros y limpios en su fe, limpios de toda contaminación y engaño…» (Ib).

Estamos en el tiempo de la Gran Tribulación: «… y vi un gran Dragón… con su cola arrastró la tercera parte de los astros del Cielo, y los arrojó a la tierra» (Ap 12, 4).

Bergoglio hará caer dos terceras partes de la Jerarquía, de lo mejor de la Iglesia. Y la corrupción de lo mejor es la peor corrupción.

Pero muchos otros que han salido de la Iglesia, hacen el mismo papel que Bergoglio:

«Otros tantos falsos testigos hay que conducen a un gran número de almas al camino de la perdición, quedando estas almas en manos de impostores, por haber salido del Verdadero Rebaño, y muchas de estas almas difícilmente podrán salir de las tinieblas para volver a entrar en Mi Luz» (Ib).

Difícil es salir de un tradicionalismo cismático lefebvriano, de un tradicionalismo herético sedevacantista, de un tradicionalismo radical, de un tradicionalismo ciego, que vive de la papolatría, de la palabra oficial, de un estado de optimismo injustificado, en donde la gente no se percata de que todos los males de la Iglesia es por causa de la falsa jerarquía, no del Concilio Vaticano II. Hay muchos falsos testigos que llevan a las almas sin el discernimiento espiritual, que quieren defender parte de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia, pero que no están unidos espiritualmente con el Papa legítimo y verdadero, que sigue siendo Benedicto XVI.

Muchas almas están en manos de impostores, a imitación de Bergoglio, que ya no pertenecen a la Iglesia, aunque sigan yendo a misa y comulgando, porque han destrozado la cabeza de la Iglesia. Y quien no obedece al Papa no puede comulgar con Cristo ni construir la Iglesia en Pedro.

Todas estas almas están en la corrupción de la fe; es decir, no poseen la fe verdadera. Han caído a la tierra y así viven, buscando la mentira como alimento para sus almas: «muchas de estas almas difícilmente podrán salir de las tinieblas para volver a entrar en Mi Luz».

Esta Gran Apostasía, propia de la Gran Tribulación, que el espíritu del falso profeta, el guerrero blanco con el arco sin flechas, irradia por todas partes, conduce al cisma en la Iglesia:

«En pocos días terrenales, corto tiempo, cuando las hojas de los arboles caigan por tierra, anunciando que también caerá la desgracia sobre Mi Iglesia, será el Cisma, y tras este grande acontecimiento, toda la creación entera se verá afectada. Seguirá, tras el grande Cisma, una serie de acontecimientos y catástrofes mundiales,  ya profetizadas para estos días. Fenómenos en  toda la  tierra, naturales y sobrenaturales, señales en el cielo que anuncian Mi llegada como Juez Justo». (Jesús a un alma escogida).

Cuando las hojas de los árboles caigan: en Septiembre; es la señal natural que anuncia un signo espiritual: la desgracia sobre la Iglesia.

Toda la Iglesia caerá en el Sínodo. Caerá en el gran engaño. Esta es la desgracia: la corrupción de lo mejor. La Gran Corrupción.

La Jerarquía ya cayó en el engaño al aceptar a un impostor como su papa; pero ahora seguirá en el engaño, no sólo confiando en la mente de ese impostor, sino aceptando oficialmente la doctrina de ese impostor.

Y este gran engaño, esta corrupción de lo mejor, llevará al Cisma, el grande Cisma. Bergoglio se convertirá en una autoridad humana con una doctrina llena de herejías, con la cual podrá levantar una nueva iglesia que se pondrá por encima de la autoridad divina. Y esto es el cisma.

La Gran Tribulación tiene que traer el Gran Cisma.

Gran Cisma es lo que viene en el Sínodo.

«Él profanará Mi Sagrada Eucaristía, y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo del 2013).

La primera división: el gobierno horizontal, puesto en abril del 2013. Y resultan dos cabezas:  una cabeza que gobierna con un poder humano, con un consejo de ocho falsos Obispos; y otra cabeza verdadera, la que posee el poder divino, que gobierna sin gobierno oficial.

La primera división: dos Papas en Roma. Uno, más falso que Satanás, Bergoglio; otro, el verdadero y al cual todos tienen que comulgar con él si quieren salvarse, si quieren pertenecer a la Iglesia en Pedro.

Al haber dos Papas en Roma, se da el inicio del Cisma: un cisma encubierto por toda la Jerarquía. Les conviene tener dos cabezas porque quieren resolver la falsa doctrina que la Iglesia no puede aceptar.

Para ponerla oficial, primero tienen que dividir la cabeza, como han hecho. Después, tienen que dividir la doctrina, que es lo que harán en el Sínodo. Y esa división, tanto en la cabeza, como en la doctrina, llevará al Gran Cisma: se levantará una nueva iglesia, con una nueva doctrina, con un nuevo credo, con falsos sacramentos, que se pondrá oficialmente por encima de toda Autoridad Divina.

La segunda división: la doctrina aprobada en el Sínodo, que será puesta en leyes, con los cambios en todas las cosas. Es una doctrina llena de herejías, que producirá la huida de muchos:

«Dentro de los seis meses de que la herejía haya sido introducida dentro de Mi Iglesia, muchos que ignoraron Mi Llamado, huirán y buscarán a aquellos que permanecieron fieles a Mi Santa Palabra» (MDM – 20 octubre 2013).

Todavía hay tiempo para huir antes de que emerja el Anticristo. Todavía hay camino de salvación, pero muy pocos lo descubrirán.

Sin embargo, multitudes seguirán el camino de la falsa iglesia, porque ya siguen al falso papa, ya comulgan con su mente pervertida. Quien comulga con un falso papa construye una falsa iglesia y cree en un falso cristo.

Esa nueva iglesia ya tiene sus cimientos: un falso papa, un falso pastor, una falsa cabeza, que sólo puede enseñar la mentira y la falsedad como norma de la vida. Pero tienen que levantarla, edificarla con una doctrina universal, herética por los cuatro costados, que sea impuesta a todos.

«Cuando la abominación eche raíces, los cambios serán repentinos. El Anuncio por parte de él, para crear una Iglesia Católica unificada, por la vinculación con todos los credos y otras religiones, vendrán poco después» (Ib).

Esto no podrá hacerse sin la apertura del segundo sello: «Salió otro caballo, bermejo, y al que cabalgaba sobre él le fue concedido desterrar la paz de la tierra y que se degollasen unos a otros, y le fue dada una gran espada» (Ap 6, 4).

Si el Anticristo emerge como héroe militar, es que el mundo está atribulado por las guerras. Es el inicio de la guerra mundial, que durará cinco años, siendo su final en el Gran Castigo.

Vientos de guerra es lo que viene al mundo. Guerra nacida de una crisis económica ficticia, inventada por la élite que maneja el mundo a su carpicho.

Después del Sínodo es el Gran Cisma: «Él dirigirá la nueva religión mundial, y reinará sobre las religiones paganas» (Ib).

La Iglesia verdadera será abandonada por los Sacerdotes y Obispos, que sólo creen en las falsas doctrinas que adoptan para la nueva religión mundial. Ellos producirán el Cisma. Y lo harán público, a través de todos los medios de comunicación.

Y el Cisma traerá grandes acontecimientos para toda la Creación, para todas las naciones de la tierra. Porque es primero lo espiritual; después, lo material. Es primero el castigo espiritual a la Iglesia; después viene el castigo material.

«El cisma será cruel y una guerra sobrevendrá entre la verdad y las mentiras. Derribará a la Iglesia Católica, hasta que parezca un montón de piedras, pero la Única Verdadera Iglesia permanecerá de pie, mientras Mis siervos fieles construyen Mi Armada Remanente. Ellos lucharán hasta el fin más amargo para defender la Santa Palabra de Dios» (Jesús a un alma escogida).

«Es más fácil engañar a la gente que convencerla que ha sido engañada» (Mark Twain).

Fue fácil, para Bergoglio, engañar y seguir engañando a la gente; es difícil convencer a la gente que ha sido y sigue siendo engañada por Bergoglio.

¡Qué difícil es hacer comprender a toda la Jerarquía que no se embarquen en el Sínodo! ¡Que cumplan con el magisterio de la Iglesia excomulgando a Bergoglio y a todos sus compinches!

Esto nadie lo quiere creer, nadie lo quiere escuchar, nadie lo quiere leer, nadie lo quiere obrar.

Es más fácil engañar, seguir con el engaño, seguir en el engaño, porque eso da dinero y poder a muchos sacerdotes y Obispos.

Bergoglio «seduce a muchos y ha logrado engañar a muchas almas, a un gran número de Mis Elegidos, Mis Predilectos» (Jesús a un alma escogida), porque es el impostor de la verdad, el que trueca la verdad por su mentira. Coge la Palabra de Dios, la tergiversa, y declara su mentira como si fuera verdad. De esta manera, seduce con una palabra mentirosa, llena de engaño, que es la maldad que ese hombre tiene en su corazón.

«Muchos están ya bajo su engaño, muchas naciones, hombres de todas las creencias. Os digo: que nadie os engañe, pues es un lobo vestido con piel de oveja. Sus palabras están llenas de engaño; en él sólo hay falsedad y mentira» (Ib).

¡Qué difícil es convencer a la gente que en las palabras de Bergoglio, en su mente, en sus escritos, en sus homilías, charlas, discursos, sólo se puede encontrar falsedad y mentira!

Que nadie os engañe: Bergoglio es un lobo vestido de oveja. No es Papa, no es Obispo, no es sacerdote. Es un lobo: pertenece a la falsa jerarquía, que nunca fue llamada por Cristo, ni nunca escogida, y que siempre perseveró en su maldad.

Bergoglio es un lobo: ¡qué difícil convencer a la gente de esta verdad!

Estamos en el tiempo de la Gran Tribulación, que es también el tiempo de la Gran Misericordia. Por eso, antes de que se inicie el Reinado del Anticristo, viene la Gran Misericordia, el Gran Aviso. Pero viene con dolor. Y las señales son claras: lo que suceda en la creación: la llegada de un cometa que chocará con la tierra; las aves y los animales se refugiarán; cambios climáticos por todas partes, que presagian el castigo.

Todo está a la vuelta de la esquina, pero hay que seguir viviendo haciendo la Voluntad de Dios, que eso es lo único que importa en la vida.

«Hija mía, el hombre debe seguir su vida como lo ha hecho hasta ahora: con su ir y venir, con sus proyectos y todas sus ansias de vivir. No debe sentarse a esperar que yo castigue, pues sería una actitud necia y estúpida por parte de la persona humana…Cuando dices: El Señor no me dice nada del futuro, dices algo cierto. Pues Yo sólo quiero prepararte para lo venidero, pero no quiero angustiarte. Tu misión es salvar almas; no es pregonar el futuro. Es bueno que os preparéis en conciencia y que estéis advertidos, pero no quiero que viváis con angustias y mucho menos sin esperanza» (Jesús a Dolores – 15 de marzo 1998).

Tiempo de la restauración universal

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La Sagrada Escritura describe una serie de signos que indican dos cosas: el fin de los tiempos y la venida de Jesús en Gloria.

Los signos del fin de los tiempos son varios:

  • falsos profetas: maestros y propagadores del error: desde hace cincuenta años se ha difundido la pérdida de la fe y la apostasía,  a través de los errores que son propagados por la falsa jerarquía y por falsos teólogos, que tienen mucho peso en el Vaticano. No han enseñado la verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, dando culto al pensamiento del hombre. Muchos no han estado atentos y se han dejado engañar, de tal manera que han quedado totalmente miopes con la entrada de Bergoglio en escena. Han sido muchos que se han dedicado a engañar a multitudes. Y ahora es fácil seguir con el engaño gracias a los medios de comunicación, que controlan la mentalidad pública, la masa necia y ciega, al servicio de la palabra oficial de la falsa Jerarquía, del poder de una minoría en la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos se han encargado de engañar a mucha gente en la Iglesia. «Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado, y atraerán sobre sí una repentina ruina. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, será blasfemada el camino de la verdad. Por el deseo de riqueza harán de vosotros mercadería con palabras mentirosas…» (2 Pe, 2, 1-3). Ahí están todos los pensamientos sobre la libertad religiosa, el ecumenismo, el ecologismo, el divorcio, la afirmación de la homosexualidad, etc… que inundan las mentes de todos los católicos. Si la masa de los católicos piensa así, de manera herética, es por culpa de la Jerarquía. Todo es un negocio, una mercadería de la Jerarquía con el Rebaño. Y muchos quieren este negocio.
  • guerras y rumores de guerras: desde hace más de un siglo la guerra es un asunto político, usado para consolidar el nuevo orden mundial, que tiene sus reglas básicas: el imperio de la ley para el débil y el de la fuerza para el fuerte; los principios de racionalidad económica para los débiles, el poder y la intervención del Estado para los fuertes. Los intereses de los artífices de la política suelen diferir de los intereses de la población general. El que tiene el poder va buscando sus intereses financieros e industriales, no el bienestar de la nación. Se habla de procesos de paz y sólo hay que entender que se busca bloquear las iniciativas de paz, porque sólo interesa que los grandes, que los poderosos, sean los que dominen el mundo: «El gobierno del mundo debe confiarse a las naciones satisfechas, que no desean para sí misma más de lo que ya poseen. Sería peligroso que el gobierno del mundo estuviese en manos de naciones pobres. Pero ninguno de nosotros tiene razones para anhelar nada más. La salvaguarda de la paz debe confiarse a los pueblos que viven por sus medios y que no son ambiciosos. Nuestro poder nos sitúa por encima de los demás. Somos como hombres ricos que moran en paz dentro de sus habitaciones» (Winston Churchill). Gobernar así sólo se puede hacer mediante guerras, para establecer los procesos de paz que los fuertes quieren en los países débiles. Se va en busca de tener hombres ricos de las sociedades ricas que gobiernen en todo el mundo. Hombres ricos que compitan entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y de poder, eliminando sin clemencia a los demás, y teniendo a los ricos de la naciones pobres que obedecen sus órdenes. Y, poco a poco, se va tejiendo el nuevo orden mundial, un grupo elitista, con todo el poder en lo económico, en lo político, en lo social, en el dominio de todas las culturas, utilizando el poder del estado para conseguir sus fines. La guerra es sólo «la reglamentación de la piratería internacional» (Al-Ahram, Pirates and Emperors). El mal está tan difundido que el amor de muchos se ha enfriado, porque sólo viven para sus intereses humanos. Todos se han olvidado de los principios cristianos «…todos están de acuerdo en que los convenios de las naciones en orden a la paz, por muchos que hayan sido elaborados por los más prestigiosos cerebros, quedarán, eso sí, en los libros, cual monumentos de sabiduría política, pero no ganarán los ánimos de los pueblos ni tendrán fuerza alguna de ley ni vigencia en absoluto si no se fundan en la justicia y la equidad y si no respetan las costumbres y las instituciones de los pueblos ajustadas a esos principios cristianos…» (Benedicto XV, Gratum vehementer). Estados Unidos y Rusia se han repartido el mundo durante el siglo pasado, pero será Rusia la que domine al mundo. Rusia está conducida por Satanás; ella busca el dominio absoluto sobre toda la tierra. Mientras hablan de paz, se están preparando para la tercera guerra mundial con armas devastadoras, para la destrucción de pueblos y naciones. La guerra está próxima: «La hora de la justicia de Dios se aproxima, y será terrible. Tremendos flagelos cuelgan sobre el mundo, y varias naciones serán golpeadas por epidemias, hambre, terremotos grandes, huracanes terribles, los ríos y los mares causarán inundaciones, que traerán la muerte y la ruina. Si las personas no reconocen en estos flagelos los avisos de la Misericordia Divina, y no se vuelven a Dios con una vida verdaderamente cristiana, vendrá del oriente a occidente otra guerra terrible. Rusia, con sus ejércitos secretos, combatirá a América e invadirá a Europa. El Rio Reno estará lleno de cadáveres y de sangre» (Sor Elena Aiello – 22 agosto 1960).
  • persecución sangrienta: desde hace 50 años, todos los Papas en la Iglesia han sufrido persecución por querer mantenerse fieles a Jesús y al Evangelio. A Pablo VI le hicieron la vida imposible, fue encarcelado, perseguido y matado. A Juan Pablo I lo quitaron de en medio en seguida; a Juan Pablo II lo odiaron y lo traicionaron muchos Obispos que se rebelaron contra él. Su vida corría siempre peligro. A Benedicto XVI le obligaron a renunciar porque no se acomodó a lo que ellos querían. Y está encarcelado, sin poder gobernar la Iglesia. «Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos a causa de Mi Nombre. Entonces, muchos abandonarán la fe; se odiarán y se traicionarán el uno al otro… Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 9.10.14). Muchos católicos han abandonado la verdadera fe y se han hecho lefebvristas, sedevacantistas, disidentes, etc… Gente que dice que defiende la tradición y el magisterio de la Iglesia, pero juzgando y condenando a todos los Papas. Gente que ha odiado a los Papas, que nunca los ha entendido, nunca ha sabido discernir el Espíritu de Pedro en la Iglesia. Y ahora con un falso papa, encontramos a gente que odia a los que permanecen en la verdad. Gente que por defender a un hombre, apostata de la verdad de la fe. Gente que traiciona por un plato de lentejas, para así callar las herejías de un usurpador. Los verdaderos católicos, los verdaderos sacerdotes son dejados a un lado, son tomados por locos, son perseguidos, y sin misericordia son echados fuera de la Iglesia.
  • abominación de la desolación: con el Sínodo se inaugura el tiempo de la destrucción de la doctrina de Cristo en la Iglesia. Sacerdotes y Obispos que van a poner el camino para que el Anticristo realice el horrible sacrilegio. «Cuando viereis la abominación de la desolación instalada en donde no debe» (Mc 13, 14), «en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel» (Mt 24, 15), es decir, cuando la Santa Misa, que es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que se ofrece en todas partes al Señor, sea quitada de en medio, sea celebrada de forma adulterada en su esencia consagratoria, entonces es la hora de huir, porque esas iglesias quedarán habitadas por demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35). El Anticristo triturará las mentes de los hombres con demonios, que se instalan en ellas, y las dominan con el pecado sin confesar y sin arrepentimiento: son demonios con «dientes de hierro y garras de bronce» (Dn 7, 19), que devoran y trituran la fe y la lógica en el pensamiento humano. «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15). Y esta abolición durará tres años y medio.
  • Fenómenos extraordinarios: durante estos tres años y medio habrá signos que prepararán el retorno de Jesús en Gloria. El Anticristo hará sus signos, impondrá el microchip, que será la moneda única en el mundo, obligatoria bajo pena de muerte, desatando un período de intensas persecuciones por todos los medios: policías, militares, sistema de rastreo satelital y terrestre. Los mártires clamarán al Señor: « ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?» (Ap 6, 10). El Señor hará prodigios de su Misericordia, como el Rapto y el arrebatamiento. Antes que se desate la ira de Dios, la Santa Cruz será visible en el Cielo, sin que nadie la pueda borrar, que atraerá a todos hacia Cristo: «Entonces se verá en el Cielo la señal del hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Mt 24, 30-32)..

 

El fin de los tiempos no es el fin del mundo. Y la venida de Jesús en Gloria no es su venida para juzgar.

Son tres venidas de Cristo distintas:

  1. como Redentor: Vino pobre y humilde, «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 13); vino para sufrir, «tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores… fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en Sus Llagas hemos sido curados» (Is 53, 4.5). Fue «degollado y con tu Sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). «Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Su primera venida exige la fe en Él.
  2. como Rey: «Me voy y vengo a vosotros» (Jn 14, 28); pero «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). ¿Encontrará una Iglesia que crea en Él, en su doctrina, en Su Espíritu? Cristo es «un vástago de justicia, que, como verdadero Rey, reinará prudentemente y hará derecho y justicia en la tierra» (Jer 23, 5). Su Reino es real, no es alegórico, «presente ya en Su Iglesia, sin embargo todavía no está acabado» (CIC n. 671); su Iglesia remanente verá «venir al Hijo del Hombre en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27). Su reinado inicialmente será aquí en la tierra, «pues es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25); un reinado que durará 1000 años, y después del Juicio Final su Reino será Eterno en los Cielos, «no tendrá fin» (Lc 1, 33).
  3. como Juez: viene «acompañado de todos sus ángeles y se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31), viene para entregar a «Dios Padre su Reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder» (1 Cor 15, 24); y viene para «juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su Reino» (2 Tim 4, 1). Va a juzgar a aquellos que han creído o no en su primera venida, como a aquellos que han estado con Él en su segunda venida. Viene a juzgar a los vivos de entonces y a los muertos, en la que todos compareceremos en el tribunal de Cristo, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor 5, 10), y «cada uno dará cuenta de sí mismo ante Dios» (Rom 14, 12).

Los alegoristas o anti-milenaristas sostienen que Cristo reina ahora corporalmente desde el Santísimo Sacramento. Y, por lo tanto, no hay más reino que éste, el de la Iglesia actual.

Todas estas personas tienen que creer, para que se cumplan las profecías, en un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes del Juicio Final; es decir, creen en una nueva edad media, con el Papa como Monarca temporal Universal. De esta manera, caen en el milenarismo carnal o craso.

Todas estas personas tienen que aplaudir lo que está pasando en la Iglesia actual: ven a Bergoglio como ese papa que debe gobernar todo el mundo, con un nuevo gobierno, con una nueva economía, y que todo eso dure un milenio, para que así encajen las profecías. Es el absurdo en que caen muchos.

Muchos rezan el padre nuestro, pero no creen en las palabras «venga a nosotros Tu Reino» (Jn 19, 23), y quedarán atrapados cuando el Anticristo emerja como un salvador y un mesías, sentándose en el «templo de Dios» y proclamándose «dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4), ofreciendo un gobierno mundial para iniciar su milenio de paz: «Dios puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio, y dar a la Bestia la soberanía sobre ellos hasta que se cumplan las Palabras de Dios» (Ap 17, 17).

Los judíos reconocerán al Anticristo como su Mesías esperado; la Sede de Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén, mientras es hollada «la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). Es en el Estado de Israel, que los hombres han levantado sin la Voluntad de Dios, porque los judíos “no habían reconocido a Nuestro Señor” (Pío X a  Theodor Herzl), en donde se desarrollará el reinado del Anticristo.

Nunca la Iglesia ha condenado el milenarismo espiritual, ya que está enseñado tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición.

La Iglesia ha condenado un tipo de milenarismo craso o corporal, que dice que Cristo reinará visiblemente desde un trono de Jerusalén sobre todas las naciones, en esta tierra que está maldita por el pecado de Adán.

Todo el problema de no discernir estas tres venidas de Cristo, es por no discernir el estado de la tierra, del cuerpo del hombre. Y esto es por falta de fe: no creen en el pecado original y no creen que Dios tiene poder para renovar un mundo esclavizado por ese pecado.

El tema del milenio está unido con la redención de la carne, de lo material: «La creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de los gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-21).

El hombre posee una carne mortal, corrupta; la creación vive en la maldición del pecado, en la continua corrupción de la naturaleza. Hay que dar al hombre un cuerpo espiritual y glorioso, y a la creación el estado original que tenía cuando fue creada por Dios.

La tierra quedó maldita por Adán, por su pecado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17). Por lo tanto, es necesaria la purificación de la tierra para que sirva al plan de Dios.

Una purificación ya decretada por Dios: «He aquí la resolución tomada contra toda la tierra, he ahí la mano tendida contra todos los pueblos. Yavhé Sebaot ha tomado esta resolución, ¿quién se le opondrá? Tendida está su mano, ¿quién la apartará?» (Is 14, 26-27).

El castigo es necesario en la Justicia de Dios, porque existe el pecado. Es un castigo sin arrepentimiento de Dios, que es obrado por el bien de toda la Creación: «Llorará la tierra y se entenebrecerán los cielos, Yo lo anuncié y no me arrepentiré, Yo lo he resuelto y no desistiré de ello» (Jer 4, 28).

Esta purificación es «el día de tinieblas y de oscuridad, día de nublados y sombras» (Jl 2, 2), es «el día de la ira de Dios… toda la tierra será consumida por el fuego de su furor y consumará la ruina, la pérdida apresurada de todos los moradores de la tierra» (Sof 1, 18); es el juicio de las naciones, «juzgará Yavhé a las gentes y será juicio este contra toda carne. Los malvados los daré al filo de la espada…» (Jer 25, 31); «¡ay de aquellos que desean el día de Yavhé! ¿Qué será de vosotros? El día de Yavhé es día de tinieblas, no de luz» (Am 5, 18).  Es el juicio de este mundo: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera» (Jn 12, 31).

Es el juicio de este mundo, no es el juicio final, en donde el Anticristo y el falso papa son «ambos arrojados vivos al lago de fuego, que arde con azufre» (Ap 19, 20); sus seguidores, con su iglesia modernista, son exterminados, «fueron muertos por la espada que le salía de la boca al que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (Ap 19, 21); el demonio encadenado por mil años, «le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminar los mil años» (Ap 20, 3); y después de la purificación, descenderá el soplo del Espíritu Santo, como en la primera creación, «el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de la tierra» (Gn 1, 2), santificando y renovando toda la faz de la tierra: «si mandas Tu Espíritu, se recrean, y así renuevas la faz de la tierra» (Salm 104, 30).

La tierra, como se la conoce, no será totalmente destruida o aniquilada, porque es la portadora de los cuerpos y de las almas que han elegido la condenación para sus vidas, cuyo tormento es eterno, por los siglos de los siglos: «… y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos, y no tendrán reposo día y noche aquellos que adoren a la bestia y a su imagen, y los que reciban la marca de su nombre» (Ap 14, 11).

La tierra será transformada, «renovada por la manifestación del Señor» (Adversus Haereses V, 32, 1), y sólo así será posible que Cristo reine en Gloria.

La «nueva Jerusalén», la futura «Jerusalén, edificada como ciudad, bien unida y compacta» (Salm 122, 3), la «Ciudad Santa» (Is 52, 1), el «Tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), «edificada por Dios…», cuyo «valle… y todos los campos… serán ya jamás destruidos y devastados» (Jer 31, 38-40), que «desciende del Cielo» (Ap 21, 2), con «un nombre nuevo» (Ap 3, 12), cuya «piedra angular es el mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20-21), en cuyo interior se encuentra el «Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), en donde viven los mártires, «los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero» (Ap 7, 14), en donde no puede entrar «cosa impura ni quien cometa abominación y mentira sino los que están inscritos en el Libro de la Vida» (Ap 21, 27); es colocada en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Dios crea (Is 64, 17), en una nueva creación, en donde el relieve que actualmente conocemos ha desparecido, «el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares» (Ap 6, 14); la tierra será totalmente plana: Dios va a «humillar todo monte alto y todo collado eterno, rellenar los valles hasta igualar la tierrapara que camine Israel con seguridad para gloria de Dios» (Bar 5, 7); tierra llamada «Valle de Sitim», de las Acacias (Joel 3, 18), en donde no habrá «memoria de lo pasado» (Is 64, 17; 43, 18-19), pero se podrá observar las penas del infierno, como un memorial de todos aquellos que se rebelaron contra Dios:

«… y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne». (Is 66, 24).

Se verán los cadáveres, los cuerpos espiritualizados de los condenados, cuerpos inmortales, almas que han buscado las cosas de aquí abajo, de esta tierra, que convirtieron sus vidas en una conquista del paraíso perdido. Han querido hacer de esta tierra una felicidad permanente. Y es lo que tendrán por toda la eternidad: la tierra y su núcleo de fuego infernal será su morada para siempre, pero en el dolor que no pasa.

No existe el fin del mundo, porque nada de lo que Dios ha creado tiene fin. Pero, sin embargo, todo lo creado puede transformarse por Dios, ya para el bien, ya para el mal.

La nueva Jerusalén no puede estar en una creación maldita por el pecado, sino que necesariamente tiene que ser puesta en una creación en donde no habite el demonio, por estar encadenado, el infierno sellado, en donde no exista el pecado, «sólo un camino ancho, que llamarán la vía santa; nada impuro pasará por ella» (Is 35, 8), ni la muerte: «Y cuando esto incorruptible se revista de incorruptibilidad, y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-56).

El Reino Glorioso no puede darse en el reino del pecado, en una creación maldita. Ahora el príncipe de este mundo es el demonio. No puede haber santidad ni gloria en medio de la obra del pecado.

Por lo tanto, es necesario un cisma en la Iglesia. Gran cisma interior. Siendo la Iglesia la esposa mística de Jesucristo, tiene que pasar por la Pasión y por la muerte en Cruz, para después resucitar esplendorosa en el reino de paz: «Muchos son los pecados de Jerusalén…Echó mano el Enemigo de todos sus tesoros; vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no entrasen en tu congregación… Mandó desde lo alto contra mí un fuego que consume mis huesos…Ató con sus manos el yugo de mis iniquidades… Me entregó Yavhé en manos a las cuales no puedo resistirme…reunió contra mí un ejército para exterminar a mis mancebos…Por eso, lloro y manan lágrimas mis ojos; y se alejó de mí todo consuelo que aliviase mi alma; mis hijos están desolados al triunfar el Enemigo…» (Lam 1, 8.10. 13.14.15.16). Es necesario la separación del trigo y la cizaña. Es necesario poner un abismo entre la carne y el Espíritu, entre una iglesia carnal y una iglesia espiritual.

Es necesario que los católicos queden divididos: una iglesia super-modernista, gobernada por un falso papa; y una iglesia remanente, que es la que defiende la doctrina de Cristo, y pasará a ser clandestina y perseguida. Los sacerdotes no se preguntan: « ¿Dónde está Dios? Siendo ellos los maestros de la Ley, me desconocieron, y los que eran pastores me fueron infieles. También los profetas se hicieron profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).

Multitudes se han ido tras Bergoglio y toda su falsa Jerarquía, que son un cero a la izquierda para Dios: nada valen. « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!» (Ez 34, 2). ¡Ay de toda esa Jerarquía que se va a reunir en un Sínodo ideado por una mente perversa, obedeciendo los dictados de un hombre sin verdad! «¿Los pastores no son para apacentar el rebaño?» Entonces, ¿qué hacen en un Sínodo discutiendo la forma de condenar almas al fuego del infierno? ¿No se apacienta el rebaño poniendo el camino de salvación y de santificación al alma? «Así andan perdidas Mis Ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo» (Ez 34, 5). Son los lobos vestidos de sacerdotes y Obispos los que están levantando la Iglesia que debe reunir a todas las iglesias cristianas, a todas las confesiones religiosas de todos los credos. Son las fieras que destrozan la vida de las almas. Una super- iglesia globalizada, que expulsará y excomulgará a los verdaderos católicos por defender la pureza de la fe: «Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron ni al Padre ni a Mí» (Jn 16, 2-3). Este cisma ya ha comenzado de forma silenciosa, cuando con diplomacia hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI para poner su abominación. Pero se hará público y oficial, cuando se quite el Sacrifico Perpetuo. «Antes de Advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación desvelará el Misterio de Iniquidad bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en carne» (CIC – n. 675).

Jesús ya no puede venir en carne mortal, como lo hizo en su primera venida. Muchos seguirán al Anticristo que viene en carne mortal, y que aparece como el Mesías. Muchos caerán en esta trampa del milenio carnal, porque son carnales, contrarios al Espíritu de la Verdad: «…la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias…» (Gal 5, 17)

Jesús viene en carne gloriosa: «Tus ojos contemplarán al Rey en Su Magnificencia y verán la tierra que se extiende hasta muy lejos» (Is 33, 17). No se puede ver a Jesús glorioso si la tierra no ha sido transformada, aplanada, que se extiende hasta muy lejos, como estaba al principio de la Creación. Una creación gloriosa.

La Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo como Rey de todas las naciones sólo es posible en la nueva Jerusalén, que se da en los cielos nuevos y en la tierra nueva: «… ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creación» (Gal 6, 15). Todo nace en un solo día. « ¿Nace un pueblo en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores» (Is 66, 8).

Es el tiempo de la restauración universal. Y hay una batalla espiritual hasta el fin de este tiempo. Se termina el tiempo del hombre carnal y se inicia el tiempo del hombre espiritual. Se termina una Iglesia llena de hombres viejos y se inicia una Iglesia en la que todos serán discípulos del Señor, un reino de sacerdotes, un pueblo que se multiplicará según la Voluntad de Dios.

Muchos viven sus vidas sin atender a los signos de los tiempos, es decir, que viven sin vida espiritual. Por eso, se les hace difícil entender todas estas cosas. Pero la verdad ya ha sido escrita y revelada. Lo que piense el hombre no interesa para la obra de esa verdad. El hombre que no acepte la verdad, entonces no podrá salvar ni su alma ni su cuerpo. El que acepte la verdad como es, entonces siempre encontrará un camino en medio de un mundo que sólo vive para obrar el mal.

Francisco: el Obama de la Iglesia

siuncardenal

La popularidad de Francisco ha crecido como la espuma desde que usurpó la Silla de Pedro, que es comparable a la forma como Barack Obama fue recibido por el mundo en el año 2008. Es decir, esa popularidad es un montaje llevado a cabo por el Vaticano, gobernado por masones, como lo fue el de Obama.

Esa popularidad no es un don del Espíritu, no es algo que nace entre los miembros de la Iglesia, sino una ayuda que el Espíritu del demonio hace en ese hombre, algo fabricado por la Jerarquía infiltrada, para poder atraer toda la atención del mundo y de la Iglesia hacia una persona sin letras, vulgar, del pueblo, sin ninguna inteligencia espiritual, que sólo vive su vida de acuerdo a sus medidas racionales, pero que es incapaz de ser imitador de Cristo en su sacerdocio, porque no tiene la vocación divina para ello.

Esa popularidad es siempre en contra de la Voluntad de Dios, un mal que Dios ni quiere ni permite en Su Iglesia, porque no se está en la Iglesia para ser popular, para mendigar un aplauso del mundo, para ser reconocido por los gobernantes o personas influyentes del mundo. Dios no necesita los medios de publicidad del mundo para hacer llegar su Evangelio, que es la Palabra llena de Verdad, que ningún hombre en el mundo quiere escuchar ni seguir.

Dios no necesita un Francisco para llenar Su Iglesia de almas, de gente inculta, pervertida en sus mentes humanas, que sólo viven para sus lujurias, sus deseos en la vida, sus soberbias, sus orgullos como hombres.

Dios no quiere a hombres soberbios en Su Iglesia: quiere personas humildes, que pisen su orgullo y lo mantengan en el suelo, para que puedan ser instrumentos de la Voluntad Divina.

Pero cuando el demonio se sienta en el Trono de Pedro, el mal sólo es querido por el demonio, no por Dios. Dios se cruza de brazos en todo cuanto sucede en el Vaticano y en las demás diócesis que pertenecen a Roma. Y deja que el demonio obre sin más, porque es su tiempo: el tiempo del Anticristo. Tiempo para condenar almas al infierno.

Al igual que Obama ha sido una decepción para el pueblo americano, así este hombre, al que llaman Papa sin serlo, y al que le han puesto un nombre de blasfemia, -queriendo recordar a San Francisco de Asís, pero sin seguir su Espíritu, sino en contra de la misma espiritualidad que vivió este Santo-, se ha convertido en un desastre, en un fracaso para toda la Iglesia Católica y para el mundo.

Los católicos verdaderos no han sabido ver el engaño de este hombre, cuando los bastiones del anti-catolicismo, como son los masones, los ateos, los de la teología de la liberación, toda la jerarquía tibia y pervertida que inunda la Iglesia, han salido a luchar por esta persona y a declararle su amor incondicional.

Los católicos verdaderos se han olvidado bien pronto de las palabras del Señor: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye» (1 Jn 4, 5). Y aquello de: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en el la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15).

Este olvido señala sólo una cosa: dentro de la misma Iglesia Católica hay muchas almas que aman al mundo y lo que hay en el mundo. Hay mucha Jerarquía que habla del mundo, habla de los hombres, habla para ellos y como ellos, y ellos los escuchan, porque se les dice lo que ellos quieren oír. Llena de fábulas ha estado- este año y medio- la Iglesia. De entre los católicos verdaderos, hay mucha gente que sólo es católica de nombre, de etiqueta (= va a misa, comulga, se confiesa, reza, etc.), pero que sólo vive para el mundo, no para Cristo. Se dicen “católicos verdaderos” y son sólo eso: una figura vacía de la fe católica. Almas sin fe católica, llenas de otra fe, que obran en la Iglesia de acuerdo a esa fe inventada por ellos mismos, incapaces de rechazar las fábulas, las doctrinas del demonio que Francisco y los suyos han ofrecido a toda la Iglesia.

Toda la pantalla de Francisco es su lenguaje humano. Francisco es experto en oratoria humana. Es una pantalla, una maqueta, una invención, una pintura, que al exterior se ve bonita, hermosa, agradable, pero que esconde una gran maldad, que sólo se nota cuando se acepta ese lenguaje. Francisco ora una palabra barata, que llega a todo el mundo, que gusta por su extravagancia, pero que es una blasfemia, porque carece de verdad.

Francisco ha seducido con su palabra humana: ha hecho la obra del demonio, la que siempre hace la serpiente para entrar en el alma de los hombres. Satanás sedujo a Eva con la palabra humana; Eva sedujo a Adán con la palabra humana. Seducir la mente de las personas, sus sentimientos, sus vidas, con algo que les atraiga, que les guste, que se sientan bien con ellos mismos y con quien les habla. Francisco seduce con su palabra vulgar, engañosa, ignorante, oscura, llena de maldad y de regocijo en el mal. Y muchos han dado –y siguen dando- oídos a esa palabra de un hombre sin sentido común, sin dos dedos de frente.

Cristo nunca seduce con Su Palabra, sino que es siempre Luz: expone Su Verdad, su doctrina, la muestra, la vive, la obra sin más; pero deja en libertad al alma para seguirla o despreciarla. Cristo señala el camino, pero no lo impone a la mente del hombre.

Pero la obra del demonio y, por tanto, la de Francisco es seducir; es decir, es llevar, no es exponer una doctrina, no es dar luz, sino que es tapar la luz; es conducir hacia la tiniebla, mostrar una oscuridad como una luz, es maniatar al alma, en un sentimiento, en una idea, con una obra, -aparentemente buena en lo exterior de las formas-, para que el alma acepte esa doctrina, aun cuando en su interior vea que no puede ser aceptada. Es la seducción del mal, más potente que el don de la Verdad. La Verdad arrastra sin coartar la libertad; pero el mal seduce, se impone, se obsesiona con algo, y produce la obsesión en la misma mente de la persona, imprimiendo en el alma una necesidad engañosa, una exigencia que no es tal.

Esto es el marketing que se hace con Francisco. Es necesario obedecer a un “Papa”, seguirlo, aunque su doctrina, su enseñanza esté errada. Aunque hable barbaridades, como las ha dicho, o declare cosas vergonzantes y heréticas, que supondrían la inmediata renuncia de quien las dice; pero, sin embargo, es necesario seducir, entrar en ese juego del demonio si se quiere seguir en la Iglesia con un plato de comida. Esta es la seducción más refinada llevada a cabo por todos los medios de comunicación, que asisten a Francisco, por toda la Jerarquía, que lo obedece, aunque vean con sus entendimientos humanos, que ese hombre miente descaradamente a toda la Iglesia y a todo el mundo.

Todos ven los errores de este hombre cuando habla; pero otros se encargan de taparlos, de interpretarlos, de darles la vuelta y presentarlos como un bien para toda la Iglesia, como un valor, como “doctrina católica”. Esta es la etiqueta favorita que se pone al magisterio demoniaco y satánico de un hombre sin fe católica, de un pordiosero de la riqueza del mundo, de un piernas-largas, que recorre el mundo, para estar en todas las portadas importantes de la vida social de la gente. Esta es la maldad que todos pueden ver en el Vaticano, en sus webs, en autores que se dicen expertos en política vaticanista, como un Sandro Magister, y que son sólo expertos en seguir la seducción del Vaticano, en ampliarla, en darle mayor publicidad y cobertura. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Un hombre que besa a los niños y abraza a los enfermos no es nunca noticia. Todos los Papas han hecho lo mismo, pero ninguno de ellos ha dado publicidad a esos actos. Con Francisco, hay un fotógrafo preparado para cualquier ocasión, que convenga tomar la foto a un hombre, que ama el mundo y a los hombres.

Se fotografían sus pecados, cuando besa los pies de las mujeres o ancianos en su taimado ministerio sacerdotal; o cuando se reúne con hombres de pecado para una oración de blasfemia; o cuando bendice unas hojas de coca. Esas fotos revelan su gran pecado. Y nadie, dentro de la Iglesia, lo denuncia, le exige la renuncia. Nadie se atreve a levantarse ante ese hombre, porque todos están bajo el engaño de la seducción del demonio. Todos atrapados. Si viendo sus pecados, nadie hace nada, sino que todos se conforman y aplauden esos pecados, tan manifiestos, tan claros, tan convincentes; entonces, ¿para qué sirve tanta teología, tanta filosofía, si tampoco razonando las cosas, la gente va a discernir el pecado de este hombre? ¿A qué se dedica la Jerarquía de la Iglesia que no es capaz de levantarse contra un Obispo hereje y cismático en la Iglesia?

Es necesario acercar a este hombre, que no tiene ninguna inteligencia, con gente que tampoco tiene inteligencia espiritual, gente del mundo y para el mundo, y que sólo están en la Iglesia por un sentimentalismo, por una cercanía, por un afecto humano, natural, que es también el trabajo del demonio en ellos. Es necesario acercarlo en su pecado –y para mostrar su pecado- y ponerlo a otros como ejemplo de lo que tienen que hacer, si quieren seguir en la Iglesia. Francisco, en los medios de comunicación, es ejemplo de cómo vivir pecando y en el pecado habitual. Y, por eso, gusta a todos los pecadores, ya del mundo, ya de la Iglesia. Les habla en su lenguaje de pecado y en su vida pecaminosa. Los invita a seguir en su pecado y sólo a luchar por las cosas propias de los hombres.

Francisco no es inteligente: luego no sabe llegar a las mentes inteligentes de los hombres. Pero Francisco es un vividor: vive y deja vivir. Luego, el demonio trabaja en él vía afecto, cariño, abrazo, beso, cercanía con los hombres, con los selfies, con el abajamiento a todo lo natural, a todo lo humano. Y, por eso, este hombre se pone una nariz de payaso, pone una pelotita al lado del sagrario, hace muchas cosas que ningún Papa se atrevería a hacer, porque ellos sabían bien lo que es Cristo y lo que exige Cristo a un Papa legítimo en Su Iglesia. Francisco, para llegar a los hombres, lo hace seduciendo los sentimientos de ellos: sus gustos, sus caprichos, sus deseos, sus apegos, sus miserias, sus pecados. Y, en esa seducción, los invita a seguir en sus sentimientos pecaminosos, como algo bueno para sus vidas.

Francisco ha abierto un camino de maldad, golpeando la doctrina católica, con su magisterio masónico, marxista y protestante.

Al igual que el presidente Obama le encantaba disculparse por América, Francisco le gusta pedir disculpas por la Iglesia Católica, resaltando que son los errores de Ésta los culpables de que el mundo esté mal. Es el juego político de presentar al mundo una Iglesia pasiva, callada, tolerante, que no combate el mal de otros, sino que reconoce su propio mal, con el solo fin de no ofender la sensibilidad de nadie, de acomodarse a las distintas necesidades que los hombres tienen hoy en sus vidas sociales y culturales.

En sus entrevistas con los medios de comunicación de izquierda, Francisco busca impresionar, llamar la atención, decir una palabra clave para el hombre, para la masa, pero nunca convertir, nunca dar ejemplo de la verdad, nunca testimoniar -con la propia vida- la verdad, que es Cristo. Francisco no habla en nombre de Cristo, sino en su propio nombre, en su propio lenguaje, en su propia estructura mental de la vida de la Iglesia. Todo, en esas entrevistas, es para que se vea que la Iglesia deja de estar –con Francisco- ‘obsesionada’ con el aborto, con el matrimonio gay, con las verdades absolutas, dogmáticas; y así abrir el camino al diálogo, al conocimiento del otro, a la escucha del hombre, a experimentar el mundo que nos rodea. Francisco es el innovador del mundo en la Iglesia. Es el que mete la vida del mundo, de la profanidad, de la vulgaridad, del paganismo, dentro de la Iglesia. Es la puerta al Anticristo, a su aparición.

Al tratar de complacer a los medios de comunicación y al mundo moderno, Francisco quiere ganarse su respeto, mostrándose pasivo, neutro y débil. Francisco piensa que al hablar continuamente y sin sentido de los pobres, de una manera vana, vacía, sin verdad, será respetado y escuchado por todos. Un hombre que pregunta: por qué es noticia la caída del mercado de valores, pero no la muerte de un anciano; es un hombre que desea que en los medios de comunicación haya una lista de muertes, en la que se juzgue a todo el mundo -y se le condene- por no haber hecho algo contra esos ancianos que mueren. Un hombre así es un hombre que no sirve para gobernar nada, un error de la masonería en el gobierno. Un error impuesto por muchos, pero necesario para el plan en la Iglesia. Un hombre que declara que no es quién para juzgar, pero que en la práctica de su lenguaje humano, juzga y condena a todo el mundo, es un fracaso para todos, incluso para la masonería, que lo ha impuesto en la Iglesia.

Francisco es un hombre que complace a sus enemigos y que, al mismo tiempo, ataca a sus “amigos”: da un manotazo a los católicos practicantes, fieles a la Gracia, a la Verdad Revelada, a la Cruz de Cristo. Francisco ha insultado y ha dañado severamente el trabajo de grupos pro-vida y pro-matrimonio con todas sus declaraciones; y ha pasado al ataque con grupos en la Iglesia, que viven lo de siempre, la liturgia tradicional, que es –para este hombre- una ideología maldita, una explotación de las clases altas de la Iglesia, que hay que erradicar. Todos tienen que hacer una liturgia para el pobre, porque “la Iglesia es pobre y para los pobres”. Esta necedad es la que se impone en todas las diócesis en el mundo.

En su lumen fidei, todos pueden constatar su racionalismo puro, que le lleva a predicar una fe masónica. Es la anulación del magisterio de la Iglesia en lo referente a la Revelación y a la Inspiración Divina

En su evangelium gaudium, se ve al hombre marxista, comunista, que hace de la Iglesia un pueblo, un conjunto de hombres con un solo ideal: el bien común humano. Con un solo fin: el temporal, el humano, el profano. Anula toda la obra de la Redención y, por tanto, la obra de la Elevación del hombre por la Gracia.

Golpea al capitalismo, llamándolo “una nueva tiranía”, rechazando el mercado libre, y haciendo un llamamiento inútil y absurdo para que los gobiernos reacondicionen sus sistemas financieros para atacar la desigualdad. Un hombre que no es capaz de ver su error, sino que lo exalta, diciendo: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política». Es precisamente este su afecto, su sentimentalismo herético, su gran error como gobernante. Con el sentimiento quiere gobernar unas almas que han decidido en sus vida luchar contra todo error en el mundo y en la Iglesia. Y este hombre sólo les propone el error -que combaten-, como un bien que ya no deben combatir, sino aceptar. Habla como un enemigo de la fe católica, pero sin embargo, no es capaz de reconocerlo:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor». Sólo le interesa poner de manifiestos su mente, como el culmen de la verdad que todos tienen que seguir, en el mundo y en la Iglesia: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG – n 208). Este hombre, que no está esclavizado a esa mentalidad individualista, sino que vive una mentalidad global, socializante, comunista, humanista, salvadora del hombre y del mundo, no ha comprendido que son precisamente los mercados libres los que han levantado -constantemente- a los pobres y han ayudado a salir de la pobreza, mientras que el socialismo, el comunismo, su mentalidad globalizante, sólo ha trabajado por afianzar al pobre a su pobreza, matando e impidiendo de mil formas la riqueza y todo bien para el hombre.

Él se pone como modelo a seguir para quitar las cadenas indignas que atan a los hombres a un estilo de vida humana, que nace de un pensamiento errado sobre el hombre. Este endiosamiento de Francisco es su gran fracaso como líder de la Iglesia. Un hombre que sólo vive para su mente humana, para su vida humana, para sus conquistas como hombre. Que no es capaz de mover un dedo para salvar un alma del pecado, porque ya no cree en el pecado como ofensa a Dios.

Francisco comunista al cien por cien. Olor nauseabundo. Olor a tiranía en su gobierno horizontal. Orgullo en un hombre que se ha creído con la solución a los problemas del mundo. Y la Jerarquía que lo está obedeciendo, ¿también se ha hecho comunista como este hombre? ¿También se ha endiosado, como este hombre?

Al igual que Obama, Francisco es incapaz de ver los problemas que están realmente en peligro en el mundo y en la Iglesia. Al igual que Obama confunde a los fieles con el enemigo, al enemigo con su amigo. Al igual que Obama ha caído en picado en su popularidad. Francisco es un negocio barato en la Iglesia. No es a largo plazo. No se puede sustentar por más tiempo un fraude que todos ven, pero que todos deben callar, por el falso respeto a un hombre que no es Papa. Por el falso nombre que le han colocado.

Y, así como Obama siguió jugando al golf en sus vacaciones, mientras los hombres no paraban de cortar cabezas de otros, así Francisco ha seguido ultimando su último escrito sobre la ecología, que será su gran abominación en la Iglesia: ama a la creación; ama a esos hombres que cortan cabezas porque son tus hermanos, son una parte de la creación; son algo sagrado, divino; ama a los homosexuales, a las lesbianas, a los ateos, a los masones, a los que abortan, a los grandes pecadores, a los herejes… Ámalos porque todos somos hermanos, hijos de Dios. Todos somos uno en la mente necia, estúpida e idiota de este hombre, que sólo mira su ombligo en la vida. Todo es hacer silencio cuando se comprueba que se ha errado el camino, pero nunca hablar para arrepentirse y declararse culpable de las propias acciones. Así actúan todos los líderes impuestos por la masonería: cumplen su cometido y, cuando fallan, se encarga la misma élite masónica de reparar el daño. Ellos siguen en lo suyo, en sus vidas, en sus conquistas, en sus orgullos.

Francisco es un desparpajo, una marioneta de muchos, un juego de la masonería, una decadencia en la Jerarquía de la Iglesia, un exabrupto que era necesario amplificar y remover, para dar a la Iglesia otra cara que nadie se ha atrevido a ponerla porque no era tiempo.

Salir de Roma: es lo único que hay que hacer. Renunciar a una Iglesia que ya no es la Católica, sino sólo un montaje de la masonería en Roma. El Vaticano es ya sólo un asunto de la élite masónica. Dios se ha retirado. ¿Todavía no lo han captado?

Sólo los cimientos de la Iglesia quedarán con el antipapa

infierno

«Dios hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su albedrío» (Ecles. 15, 14).

El hombre está en su libertad: el mismo hombre se guía, a sí mismo, con su libertad. Dios no dejó al hombre en manos del demonio, ni en manos de otros hombres o criaturas. El hombre es, en sí mismo, dueño de su ser, de su vida, de sus obras, de su mente, de sus actos.

El libre albedrío es un poder en el hombre: el hombre puede obrar y no puede obrar. El hombre mismo decide si obra o no obra. Eso es la libertad, que es más importante que la obra en sí.

Se obra un bien o un mal con el poder del libre albedrío.

Lo único que Dios no quita al hombre es su libre albedrío.

Dios puede quitar la memoria, la inteligencia, la voluntad, la vida física. Y, quitando eso, no le hace al hombre ningún agravio.

El hombre juzga, según su razón, las cosas que va a obrar. Pero una cosa es juzgar si una cosa es buena o mala; otra cosa es juzgar si se obra o no esa cosa. Es más importante en el hombre juzgar una obra según su libertad que juzgarla según su razón.

Los hombres suelen luchar por el juicio de sus razones, pero no saben luchar por el juicio de sus libertades.

El hombre soberbio es el que impone al otro el juicio de su razón. El hombre orgulloso es el que impone al otro el juicio de su libertad. Es más destructor un orgulloso que un soberbio. El soberbio se dedica a dar sus opiniones, sus juicios, sus ideas, sus filosofías, y otros la practican.

Pero el orgulloso impone un estilo de vida, no un estilo de idea, no una filosofía, para que otros la vivan, la imiten. El orgulloso hace que los hombres vivan su misma vida. Las modas son propias de los hombres orgullosos. La moda trae más atención que las ideas, que las filosofías. Las modas mueven más que las ideas. La moda es una vida.

Francisco es orgulloso, no sólo soberbio. Su filosofía es una necedad, una estupidez. Nadie la puede poner en práctica. Nadie la sigue. A nadie le interesa como idea para su mente, para su discurso. Sólo a los idiotas, que no saben pensar nada.

Pero el éxito de Francisco está en su vida: vive su error libremente. Vive en su libertad y, por tanto, enseña a otros a vivir lo mismo. Y ya no interesa la idea, sino la realidad de la vida. Interesa la moda de pecar dentro de la Iglesia, porque eso es lo que en la Iglesia se vive: el pecado. Por eso, él siempre habla para la totalidad de los hombres, para un mundo global, para una comunidad de gente pecadora. Pero él no puede hablar a cada alma porque no puede enseñar la verdad, no puede comunicar la santidad, no puede guiar hacia la verdad de la vida. Cuando enseña su doctrina, es decir, su soberbia, todos se escandalizan, porque no habla al alma, no habla al interior de la persona, a su corazón, sino que trata al hombre como un conjunto, no como alma, no como algo particular, privado. Ve al hombre como una estructura en el mundo, como una pieza que hay que colocar en el mundo.

Francisco, en todos sus escritos, enseña a vivir el pecado, no enseña a pensar la verdad, a razonar en el bien, a discernir el bien del mal. Enseña su vida, su forma de vida, con sus ideas propias, que son las que todo el mundo tiene, las que transitan en cualquier rincón del planeta: que son las del pecado. Ideas globales, para los hombres, mundanas, profanas, etc., pero nunca absolutas, dogmáticas, nunca para el alma, para la mente, sino para su vida de pecado: que estás malcasada y quieres comulgar, entonces comulga. Eso es el orgullo: se ofrece un estilo de vida, no un estilo de pensamiento, no una ley de pensamiento. Se ofrece un pecado como un valor, como una verdad, como un bien a realizar.

Que eres judío y estás en tus ritos para adorar a Dios: muy bien, yo te acompaño, yo comulgo con tus ideas, porque Dios te ama como me ama a mí.

Francisco, en su orgullo, se une a cualquier hombre del mundo porque juzga la vida según su libertad, no según su razón. Juzga al homosexual según su libertad: es bueno que siga siendo lo que es porque busca a Dios. No lo juzga según su razón: no soy quién para juzgarlo. Y no puede hacer este juicio por su orgullo: él vive un estilo de vida que le impide juzgar, con su razón, al otro. Y este estilo de vida es lo que transmite cuando habla, cuando predica, cuando escribe sus necios escritos. Es el estilo de vida en la que el pecado es una obra, es un reto, es un camino.

Este estilo de vida se contagia a los demás como la pólvora, porque los hombres no suelen vivir juzgando, según su razón, a los demás, sino que los hombres suelen vivir de manera orgullosa: lo juzgan todo según su libertad. Obran su libertad. Obran su pecado y para su pecado. No obran para una Verdad y por una Verdad.

Lo que hoy impera en todo el mundo no es tanto la soberbia, sino el orgullo: es decir, la libertad de cada hombre.

Dios ha puesto a cada hombre en manos de su propia libertad. Y cada hombre vive su libertad, independientemente de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías, de sus dogmas.

La fe hace que el hombre sepa medir su razón y su libertad: la fe hace que el hombre sea humilde y, al mismo tiempo, dependiente de Dios.

El orgulloso no quiere depender de otro: quiere ser libre, vivir su vida según su libertad, no según unas razones, unas leyes, unas ideas, unos dogmas.

El orgulloso no se ajusta a ninguna norma: él mismo es norma para sí. Su libertad es su ley. Su libertad es su moral. Por eso, el orgulloso, al imponer sus leyes, destruye las leyes naturales, divinas, morales.

Hoy día, todos los gobiernos del mundo están llenos de hombres orgullosos: hombres que imponen sus leyes, sus libertades, sus formas de vivir la vida. No imponen sus formas de entender la vida, sino de vivirla. El orgulloso vive su vida. El soberbio piensa su vida. Kant era un soberbio: todo lo medía con su razón y lo obraba. No vivía nada sin verlo antes con su razón. Francisco es lo contrario a Kant: todo lo mide con su libertad y, por tanto, lo obra sin más, sin la idea, sin discernir si es bueno o malo. Si en esa vida, ve algún problema, entonces pone su soberbia, su idea, para resolverla; pero sigue viviendo su vida, a pesar del problema. El problema no le cambia su estilo de vida.

Por eso, Francisco tiene muchos seguidores, porque, en la práctica, los hombres viven como lo hacen Francisco: en su orgullo. Francisco gusta por su orgullo, no por su soberbia. Francisco es la moda del pecado en el mundo. Para agradar a los hombres en el mundo tienes que pecar, exaltar tu pecado, amar tu pecado, justificarlo por encima de cualquier verdad, cualquier dogmatismo.

Por eso, no se puede entender la estupidez de algunos jerarcas de la Iglesia que dicen que la doctrina de Francisco es católica. Sólo se puede comprender en la razón de que se les está obligando a hacer la pelota a Francisco. Se les impone no criticar a Francisco.

Todo el mundo ve, ahora, que la doctrina de Francisco no se puede sostener. No hay quien la sostenga. No hay quien la siga. Pero el respeto humano, la falsa obediencia, la soberbia de muchos, hacen que se digan cosas realmente inconcebibles. Y eso señala sólo una cosa: en la Iglesia no hay fe. Hay muchas cosas, menos fe.

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra» (Lc 18, 8b). Esta es la señal de que Jesús regresa a la tierra.

La Gran Apostasía es la falta de fe en la Iglesia. Y es lo que estamos viviendo desde hace 50 años. El abandono y alejamiento de la fe y de los sacramentos, tanto por los consagrados como por los fieles bautizados. ¿Quién está esperando hoy a que Jesús venga? Nadie. Es una Verdad que nadie cree. Predicar que Jesús viene de nuevo, a instaurar su reino glorioso, les resulta enojoso a muchos, herético a otros y, a los más, sencillamente les causa risa.

Jesús con Su Santa Madre van a reinar y a dirigir Su Iglesia con Pedro Romano y la Jerarquía obediente a Él. Pero esto nadie se lo cree, nadie lo piensa, a nadie le importa.

El triunfo del Inmaculado Corazón es imposible que se dé ahora. La Santísima Virgen triunfa en los corazones, en muchas almas que se le entregan con generosidad. Pero no es posible que ese triunfo se dé en un mundo totalmente desquiciado por el pecado, y que ya no busca a Dios, sino que ha puesto al hombre como su dios. Las almas, en donde la Virgen ha puesto su Sagrario, deben perseverar hasta el fin de la Gran Tribulación, si quieren contemplar el Reinado Glorioso de Cristo y de Su Madre.

“Porque habrá entonces una GRAN TRIBULACIÓN, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y si no se acortasen aquellos días nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mateo 24, 21-22).

La Gran Tribulación es el Aviso, el Milagro y el Castigo de los malvados con los tres días de Tinieblas.

«Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aún a los mismos elegidos» (v. 23-24).

El Falso Profeta, que engaña a los mismos elegidos, es el antipapa, que es el que va a destruir lo que quede en pie de la Iglesia. Francisco es un falso profeta, que engaña con su vida a muchos, pero no tiene el empuje de las señales y de los milagros. Es un viejo enfermo, que no cree en nada, sólo en lo que hay en su cabeza. Y Francisco está rodeado de falsos mesías, de anti-sacerdotes, que viven su herejía y gobiernan la Iglesia con la locura de sus mentes. Ellos ya han comenzado a destruir la Iglesia. Y Francisco tiene, también, el coro de idiotas, que le hacen la pelota en los medios de comunicación y entre los fieles de la Iglesia. Todos ellos destruyen lo que queda de Iglesia, pero no pueden darle el manotazo final.

Tiene que venir un antipapa que señale al Anticristo.

Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, pero no es capaz de señalar al Anticristo, porque tampoco cree en Él.

«Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como un relámpago que sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres» (v. 24, 25-28).

No habrá otro Papa legítimo después de la muerte de Benedicto XVI: donde está el cadáver, allí están todos los que destrozan la Iglesia. El cadáver, no sólo del Papa Benedicto XVI, sino también de la Iglesia, como Cuerpo Místico. Cuando muera este Papa, muere también la Iglesia. La Iglesia tiene que ir a la Cruz, como Su Cabeza Invisible, para poder resucitar gloriosa, como Su Cabeza.

Y, por eso, no hay más Papas después de la muerte de Benedicto XVI hasta que la Iglesia no resucite gloriosa.

Esta Verdad muchos no la comprenden. Por eso, esperan en Francisco y en Benedicto XVI. Ya no hay que esperar en nadie. Benedicto XVI tiene que realizar el papel que el Señor le ponga antes de morir. Cuando muera, viene rápido la gran tribulación.

Los tiempos se acortan. Los tiempos vuelan. Ya no es tiempo de esperar, sino de sufrir. Estamos en la Purificación de la Iglesia con el castigo correspondiente a su pecado.

Estamos en el tiempo de los orgullosos: de los que viven la vida según su libertad. Viven la moda del pecado. Hay que pecar, hay que enseñar a pecar dentro de la Iglesia. Hay que valorar el pecado como un bien dentro de la Iglesia.

Y, por tanto, estamos en el tiempo de los anticristos, que preparan al Anticristo.

Tiene que aparecer el Anticristo como Mesías: «Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis». Viene haciendo los mismos milagros que hizo Jesús. Viene en carne mortal, no gloriosa. Viene como hombre y se hace dios. Y, muchos, caerán en ese engaño porque son como las vírgenes con las lámparas apagadas: hombres sin fe. Están en la Iglesia Católica creyéndose santos, y no son capaces de discernir la mentira. Todo lo llaman santo, bueno, justo, porque viven de sus lenguajes humanos, pero no de fe. Han creado su fe, su iglesia, su cristo, sus santos, sus vidas espirituales, sus dogmas, sus tradiciones, su evangelio.

El orgullo de Francisco es el inicio del tiempo de la Justicia en la Iglesia: un gran castigo es Francisco para toda la Iglesia. Habéis despreciado a los Papas durante 50 años, ahora a bailar con un bufón. Ahora, tenéis la venda en vuestros ojos y no podéis ver la verdad de lo que es ese hombre, por vuestro pecado en la Iglesia.

Muchos no ven lo que es Francisco y eso es un castigo divino. No es porque sean tontos. Es porque han vivido su pecado en la Iglesia y ahora no pueden ver cómo se condenan. Lo verán cuando ya no haya más Misericordia: verán su condenación y la querrán: «y blasfemaban del Dios del Cielo a causa de sus penas y de sus úlceras, pero de sus obras no se arrepintieron» (Ap 16, 11). Estamos en el tiempo de la condenación. No hay que tener cariños con los hombres. No hay que ser sentimentales y creer que la situación en la Iglesia va a cambiar, y que todos se van a oponer a lo que ven.

Es totalmente lo contrario. Cada día, más destrucción en la Iglesia y más que no ven nada. El Sínodo que viene será el primer desastre de todos. Y, muchos, seguirán sin ver nada. Lo que vemos en la Iglesia no es para sacar un bien de Ella. Es para apartar el trigo de la cizaña, y quemar la cizaña con fuego real en la vida de los hombres: es su justicia, es su condenación que tienen que sufrir antes de morir e ir al infierno que han escogido.

No estamos en el tiempo de la Misericordia, sino de la Justicia. Por supuesto, que sigue habiendo Misericordia, pero no es su Tiempo. Que nadie se haga la ilusión de una Iglesia emergente, que se pone a caminar y a resolver los problemas. Están todos ciegos en el Vaticano. Son una panda de corruptos y degenerados, que actúan como los hipócritas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos muertos y de toda suerte de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23, 27-28).

Es el tiempo de contemplar el infierno en la vida de los hombres: cómo vive cada hombre su infierno antes de morir. Es la Justicia Divina al mismo hombre, a su libertad. Dios no puede quitar la libertad al hombre, pero sí puede hacer que viva, con su libertad, el infierno que quiere y que merece. Es el mayor castigo de todos.

La Iglesia lo tiene todo y lo ha despreciado todo: por eso, el infierno ha comenzado ya dentro de Ella. Es lo que se merece. Vemos a un Francisco, a un gobierno de herejes, a tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, que les gusta pecar, que aman el mundo, que han despreciado la Verdad. Vemos el infierno en muchos de ellos. Vemos la cizaña. Y, por tanto, contemplamos las obras del infierno dentro de la Iglesia. Contemplamos cómo se cae la Iglesia, cómo se derrumba, cómo sólo van a quedar los cimientos: las almas que guardan en su corazón el tesoro de la verdad. Toda estructura de la Iglesia va a caer, menos los cimientos. Porque la Roca es Cristo. Y Cristo ha puesto los cimientos de Su Iglesia en las almas elegidas. Y, por eso, la verdadera Iglesia nunca el infierno la podrá derrotar. Lo que sí puede el demonio es acabar con la iglesia falsa, la de los hipócritas, como Francisco y toda su panda de gente sin sabiduría divina.

Triste es contemplar a un demonio, como Francisco, pero más triste es ver que los hombres siguen a los demonios porque los tienen como santos.

Los Cardenales se han inventado un Papa

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«En el tercer secreto se dice, entre otras cosas, que la gran apostasía en la Iglesia comenzará por la cúspide». (Cardenal Mario Luigi Ciappi).

Nunca se ha dado a conocer la tercera parte del secreto de Fátima. El beato Juan XXIII lo leyó y cerró el sobre con la siguiente frase: «No emito ningún juicio; silencio ante algo que puede ser una manifestación del Divino (Espíritu) o no serlo».

Un Papa que no creyó en las palabras de la Virgen. Tuvo un error de desobediencia en la fe, que le llevó a callar el contenido del escrito; prefirió ocultar la verdad por miedo a los hombres.

El Papa cometió un pecado, que no va contra la Verdad Revelada, que no es herejía el ocultar esa Verdad, porque –para salvarse- no es necesario saber el contenido de la tercera parte del secreto de Fátima.

Su pecado es de su alma, no de la Iglesia. Su alma no cree en Fátima y, por eso, actúa como Papa según su fe: cierra el sobre y que el siguiente Papa se ocupe de eso. Su pecado no anula su infalibilidad como Papa. El Papa sigue siendo infalible aunque no dé a conocer ese tercer secreto.

El beato Juan Pablo II fue más allá: reveló una mentira a la Iglesia. Porque si no se da todo el secreto como la Virgen lo dio, entonces lo que se da hace daño a toda la Iglesia. Si no se quiere revelar el secreto, entonces se guarda. Pero, si se decide revelarlo, ¿por qué no se da íntegro? ¿por qué se ha escondido una parte de esa tercera parte del secreto?

El beato Juan Pablo II decidió atenuar la verdad, cuando ésta era necesaria, para fortalecer la fe de muchas almas en la Iglesia, y hacer público una mentira. Este pecado es mayor que el del Beato Juan XXIII.

Porque si la parte que se ha ocultado de la tercera parte del secreto no proviene de Dios, es necesario enseñarlo a la Iglesia. La Iglesia es Maestra en la vida espiritual. Y tiene la obligación de enseñar a discernir los espíritus. Y la mejor forma de hacerlo era dando íntegra toda la tercera parte, y señalando la parte que no venía de Dios.

Entonces, el Papa se equivocó al ocultar esa parte, al no revelar esa parte. El pecado es más grave porque ya no se enseña la Verdad, sino que se oculta. Ya la Iglesia no enseña a discernir espíritus, sino a quedarse con el espíritu que más le conviene en ese momento.

Pero este pecado del Beato Juan Pablo II sigue siendo un pecado de su alma, no de la Iglesia. Es por su falta de fe en las palabras de la Virgen. Es por dejarse de llevar por los pensamientos de los demás teólogos, que le decían que esa parte no venía de Dios. Y, por tanto, era preferible ocultarla, dejarla a un lado.

Este pecado no quita la infalibilidad al Papa, porque el tercer secreto no es necesario conocerlo para salvarse; pero rebaja la credibilidad de toda la Iglesia en la vida espiritual.

Se está ante una Jerarquía que no cree y que, por tanto, enseña a no creer. Se está ante una Jerarquía que tiene miedo de decir las cosas claras en la Iglesia, porque no se pueden decir. Hay que ser muy valientes para dar a conocer esa parte que se ha ocultado.

La última parte del secreto de Fátima no ha sido revelada porque era necesario proteger a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. La gente de esa Jerarquía fue la que presionó al Papa para que no diera todo el secreto, poniendo la excusa de que esas palabras eran invención de la cabeza de sor Lucía.

Y era necesario hacer callar a Sor Lucía. Hay que silenciar a quien ha recibido el mensaje de la Virgen. Y es fácil hacerlo si se le dice que esa parte no es de Dios, sino que fue su cabeza la que lo escribió.

Si los Papas hubieran dicho algo en contra de la Verdad Revelada; por ejemplo, que el infierno no existe; entonces su pecado sería contra la Iglesia y ya no serían Papas por su herejía. Pero los Papas sólo pecaron contra su alma: su falta de fe. Ese pecado, después, tiene su consecuencia en la Iglesia por ser Papas, por ser Jerarquía. Pero el fruto de su pecado es distinto a su pecado.

Su pecado tiene perdón de Dios y, por lo tanto, nadie tiene derecho a juzgar a los Papas por su pecado, porque no revelaron el secreto. Ellos tienen la Autoridad Divina para no revelarlo y para sacar, como hizo el Beato Juan Pablo II, sólo una parte a la luz. Ellos no se ponen por encima del Poder de Dios porque no cometen un pecado de orgullo, sino de soberbia.

Ante estos pecados de los Papas, hay que callar, no juzgar, porque nadie puede juzgar a un pecador, y menos a un Papa. La Iglesia sólo tiene que ver el pecado y orar por el Papa, pero no hablar del pecado del Papa. La Iglesia tiene que discernir las consecuencias de ese pecado del Papa para la vida de toda la Iglesia, pero nunca juzgar a un Papa por su pecado y por el mal que produce su pecado en la Iglesia.

La Iglesia, ante este comportamiento de la Jerarquía, tiene que discernir los Signos de los Tiempos para poder comprender cómo se obra en la Iglesia con una Jerarquía que miente.

Sólo la Verdad hace libres a las almas. Sólo la Verdad libera a la mente de las cargas de la mentira. Sólo el que se pone en la Verdad encuentra el camino para su vida.

Y hay que saber caminar en la Iglesia cuando el que se sienta en la Silla de Pedro es un falso Papa, que es lo que muchos no han comprendido cuando el Papa Benedicto XVI tuvo que renunciar.

«La Iglesia ha sido infestada, desde el interior, por los enemigos de Dios» (22 de julio del 2013 – Virgen María a María de la Divina Misericordia). Es un hecho innegable que el Vaticano no es de Dios desde que renunció el Papa Benedicto XVI. Nadie puede negar el desbarajuste que hay en Roma. Ahora es cuando se palpa, por todos lados la anarquía que impera por toda la Iglesia Católica. Ahora es cuando la Iglesia Católica vive de opiniones humanas, perdiendo el juicio de la Verdad. Ya nadie habla dentro de los muros del Vaticano el lenguaje de la Verdad. Todos hablan política. Todos se dan la mano para después darse un puntapié.

«Ellos – y hay 20 de ellos, que controlan desde dentro – han creado el mayor engaño» (Ibidem). Veinte Cardenales se han inventado un Papa. Son veinte hombres, que se visten de Obispos, que sonríen, que ponen cara de que aquí no pasa nada, que buscan una razón para excusar los pecados de blasfemia de Francisco, pero que son lobos, pertenecen a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia Católica. Son los que infestan los corredores de la Verdad con sus mentiras.

Veinte nombres: Francisco y su cuadrilla de herejes en el gobierno horizontal. Los ocho más los que rodean a los ocho. Lombardi es el vocero de la herejía. Es el que apoya el cisma, sin que se le caiga la cara de vergüenza cuando habla su mentira a los medios de comunicación. No fue el que eligió a Francisco; sino que fue el que abdicó de la Verdad para besar el trasero de Francisco.

Veinte malditos, que tienen al demonio en sus mentes y en sus corazones.

Veinte desgraciados que tienen la misión de destruir la Iglesia y las demás confesiones religiosas.

«Ellos han elegido a un hombre, que no es de Dios, mientras que el Santo Padre, al que se le ha concedido la Corona de Pedro, ha sido cuidadosamente eliminado» (Ibidem).

Francisco es un hombre, no es Obispo. Se hace pasar por Obispo y por santo Obispo. Tiene a toda la masa engañada con su triste vida de amor a los pobres. Es el que ha metido las leyes de los veinte, despreciando la ley de Cristo. Su pecado le ha llevado a convertirse en un falso profeta, dando paso a las profecías.

Sus palabras en la Iglesia representan a un hereje, pero no a un hombre de Dios. Francisco es el hereje, el cismático, el charlatán de feria, que no sabe hablar del Evangelio sin poner su idea tonta y estúpida de la vida humana.

Su mandato no corresponde a un Papa, porque no es Papa. Actúa dirigido por los veinte que lo han colocado ahí. Los veinte magníficos, que sólo quieren separar la Iglesia, dividir la Verdad en tantas partes como cabezas humanas existen.

Esos veinte han eliminado al Papa Benedicto XVI y han puesto a un hombre que no conoce ni a Jesús ni a la Virgen María. Un hombre, cuya boca sólo dice mentiras tras mentiras. No es capaz de decir una Verdad bien dicha. Y, por eso, hay que mantenerse alejado de Francisco y de toda su cuadrilla de herejes, porque engañan a toda la Iglesia.

«Los detalles, que Yo revelaba, son, que habrá dos hombres usando la Corona de Pedro en los Últimos Tiempos. Uno sufrirá por las mentiras que han sido creadas para desacreditarlo y que lo convertirán en un virtual prisionero. El otro elegido, traerá consigo la destrucción, no solo de la Iglesia Católica, sino de todas las iglesias que honran a Mi Padre y que aceptan las Enseñanzas de Mi Hijo, Jesucristo, el Salvador del Mundo» (Ibidem). Aquí tienen el tercer secreto de Fátima.

Escondido por la Iglesia Católica. Porque no podían aceptar las palabras de la Virgen sobre el Papado. «Dos hombres usando la corona de Pedro en los últimos tiempos». Esto no les cabía en la cabeza. Y el Papa Benedicto XVI, que leyó el secreto de Fátima, ahora cree, una vez que ha visto, una vez que ha palpado su falta de fe.

El Papa Benedicto XVI es el prisionero de la Verdad. Está atado a la Verdad que no puede ya revelar, sino que tiene que acomodarse a todo lo que se inventa en el Vaticano. No fue capaz de revelar el tercer secreto en su momento; ahora tampoco le es permitido revelar nada de lo que pasa a su alrededor. ¡Está en peligro de muerte! Los veinte lo tienen amenazado. Y él sabe quiénes son. Son los mismos que le obligaron a renunciar. ¡Los mismos!. Cuidadosamente lo han quitado de en medio. Con habilidad de serpiente; con astucia de lobo; con rapidez de león.

Veinte hombres hábiles para pensar el engaño; astutos para obrar la mentira; ágiles para colocar en los puestos más altos a su gente de maldad.

Francisco es el que trae la destrucción de todo: la amistad que tiene con los judíos, protestante, musulmanes, es engañosa. Los ama para apuñalarlos; para atraerlos a una iglesia cuyo destino es la destrucción, la muerte y el infierno. Francisco es el destructor: hay que destruirlo a él, no a los otros Papas. Muchos no han comprendido los efectos colaterales de la falta de fe en la Iglesia. Y lo critican todo. Y lo anulan todo con sus ideas humanas de lo que tiene que ser la Iglesia y el Papado.

«Solo puede haber un jefe de la Iglesia en la Tierra, autorizado por Mi Hijo, que debe permanecer como el Papa hasta su muerte. Cualquier otro, que pretenda sentarse en la Silla de Pedro, es un impostor. Este engaño tiene un propósito, para convertir almas a Lucifer y hay poco tiempo para tales almas, que no serán las más sabias, para ser convertidas» (Ibidem).

Este es el Misterio de los Últimos Tiempos: es necesario convertir almas a Lucifer, porque al demonio le queda poco tiempo. Tiene que ser atado para que se cumpla el Reino Glorioso de Cristo sobre la Tierra.

Y la única forma de atrapar las almas que él quiere es poniendo su Papa, su falso Papa, en la Iglesia Católica. Hábil maniobra, que le ha costado 100 años prepararla. Se cumplió el tiempo y todo fue uno. Y la masa, que no sabe despertar ante este engaño, porque es el tiempo de la Justicia Divina: hay que condenar en vida a tantas almas que se han creído justas y salvadas por tener un bautismo en la Iglesia. ¡Qué duro es enfrentarse a la Verdad Divina!

¿Por qué hacéis publicidad a un maldito que no sabe lo que es la vida espiritual en un alma? ¿Por qué le ponéis como ejemplo de persona que reza si no sabe elevar su mente a Dios, porque para él su dios es el demonio? ¿Por qué buscáis la foto en donde besa a un enfermo si no conoce la enfermedad de su alma? ¿Por qué permitís que os engañe con su falsa misericordia si no sabe ser misericordioso con la verdad de su alma? ¿Por qué asistís a sus celebraciones si en ellas no celebra a Cristo? ¿Por qué estáis atentos a su palabra si no sabe dar la Verdad en su boca? Porque sois llevados a la conversión a Lucifer. Os dejáis arrastrar por la tentación y no os sentís tentados. Esta es la mayor condenación que un alma puede tener.

El alma que no ve la tentación es un alma condenada en vida. Esto es lo que vemos actualmente: almas que no han caído en la cuenta de lo que es Francisco. Que leen sus escritos y les parece santidad, perfección, bondad, pura verdad. Que miran sus obras y se les cae la baba ante un hombre pecador. Los veinte quieren que todo el mundo adore a Francisco.

Y ¿dónde está el sufrimiento de Francisco? ¿Dónde está su dolor? ¿El mundo se le opone? No; el mundo lo alaba. ¿Los hombres de Iglesia lo critican? No; unos callan, otros se deshacen en elogios sobre la santidad de Francisco. Pero nadie se atreve a levantar su voz contra Francisco. Y, entonces, ¿hay que adorarlo, hay que santificarlo, porque es una persona maravillosa, porque da de comer a los pobres, porque habla de la ternura con los hombres?

¡Maldito Francisco, que quiere ir al Cielo sin Cruz!. ¿Qué valor tiene todo cuanto hace en la Iglesia sin Cruz?.

Para amar a un pobre hay que odiarse a sí mismo: «Quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla» (San Francisco de Asís).

Francisco se lame sus babosas palabras, se enorgullece de su mentira en la Iglesia, se alza sobre los mandamientos divinos, y se ajusta el pantalón para aparecer sensual ante los hombres. Francisco no es capaz de amar a un pobre porque no es pobre de espíritu. Es rico en su mente; es rico en su lujuria; es rico en su maldad. Y reparte dinero para condenar a las almas con la mentira de su palabra. No odia su pecado para dar la verdad a los pobres.

«Hijos, solo tienen que prestar atención a una advertencia, ahora: ¡No se desvíen de las Enseñanzas de Mi Hijo! ¡Cuestionen toda doctrina, que pueda ser presentada a ustedes y la cual profese venir de la Iglesia de Mi Hijo en la Tierra! ¡No permitan que nadie les nuble su juicio!» (Ibidem). Es hora de empezar a criticar a toda la Jerarquía que apoya a Francisco. Es hora de enfrentarse a los medios de comunicación que apoyan a Francisco, que dicen sus mentiras como una verdad. Ya no es hora de callar la Verdad. Ya es hora de presentar la verdad como es ante toda la Iglesia y todo el mundo.

Por eso, la necesidad de salir de unas estructuras de Iglesia que no valen para nada, sólo para condenar el alma al fuego del infierno. Si no se sale, no se puede decir la Verdad. Están todos como el Papa Benedicto xVI: prisioneros del demonio.

El Papa Benedicto XVI está bajo el control de Francisco, que es estar bajo el dominio de Satanás. Y este secreto de Fátima, tan escondido por la Jerarquía por su falta de fe en las palabras de la Virgen, por su pecado de decir que fue el invento de la cabeza de Sor Lucía, el Papa Benedicto XVI tiene que repararlo. Ahora es cuando cree, por los hechos que palpa. Ahora que ya no puede hacer nada, es cuando el Cielo le va a pedir ese sacrificio que expiará su pecado, y que reparará los pecados de los anteriores Papas por no saber creer con sencillez en las Palabras de Su Madre.

Francisco ha dado comienzo a los últimos tiempos en que se cumple toda profecía, en que se abren los sellos del Apocalipsis, en que la Justicia de Dios se palpa por todas partes.

El Papado de Francisco es nulo

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Francisco se ha levantado contra la disciplina de la verdadera Fe, de una manera perversa, diabólica y masónica. Y predica un evangelio totalmente contrario a las Sagradas Escrituras, con el fin de romper la unidad de la Iglesia Católica, de desgajar el Cuerpo Místico de Cristo, de condenar las almas al infierno.

Francisco es maestro del error, de la mentira, del engaño, porque ha despreciado ser discípulo de la Verdad. Se ha convertido en un hijo del demonio, y su padre es el diablo.

Y aquellos que sigan a Francisco, siguen su herejía, su cisma, y se colocan fuera de la Iglesia, como Francisco está.

El Papa Paulo IV, en la bula “Cum ex Apostolatus Officio” (15 de febrero de 1559), define una Verdad, que es necesario seguir (PDF):

“(…)si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía. o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto (…)” (§ 6. Nulidad de todas las promociones o elevaciones de desviados en la Fe)

Es decir, todo Obispo, todo Cardenal, que antes de ser elegido para el cargo de Arzobispo, o para ser Papa, se hubiere desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, u obrase un cisma; esa elección, para ser Arzobispo o para ser Papa, es nula, inválida, no tiene ningún efecto.

Francisco, antes de ser elegido por los cardenales para ser Papa, era hereje, se había desviado de la Fe católica, vivía en la apostasía de la fe. Por tanto, a pesar de que los Cardenales se pusieron de acuerdo para elegirlo Papa, a pesar de tener la mayoría de votos en el Cónclave, Francisco no es Papa. Su lección es NULA. Su elección es INVÁLIDA. Su Papado es sin ningún efecto. Y ¿la razón? Su herejía, su desviación de la Fe Católica, su apostasía de la fe.

Aquí tienen la invalidez de Francisco como Papa. No lo llamen Papa, porque es un hereje. No lo llamen Obispo, porque es un hereje. No lo llamen sacerdote, porque es un hereje. Todo hereje está fuera de la Iglesia de forma automática por su pecado de herejía.

Y sigue el Papa Paulo IV:” y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. (…)” (Ibidem)

A pesar de transcurrido más de un año de esa elección, sigue siendo inválida; a pesar que de que él ha aceptado el cargo; a pesar de que ha tomado posesión del gobierno de la Iglesia; a pesar de haber recibido la obediencia de los Obispos; a pesar de haber sido entronizado como Romano Pontífice; Francisco no es Papa. Todo eso es inválido, sin efecto, nulo a los ojos de Dios y de toda la Iglesia.

Y continúa el Papa Paulo IV:” Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie (…)” (Ibidem)

Todo cuanto haga Francisco en ese cargo de Papa no es legítimo: ni sus predicaciones, ni sus encíclicas, ni su gobierno, ni nada de lo que haga o promueva o disponga en la Iglesia. No tiene poder divino ni puede darlo a nadie dentro de la Iglesia. Todas sus obras son sin validez; él no da derecho a nadie en la Iglesia para gobernar la Iglesia. Ningún Obispo, ningún sacerdote tiene poder de mandar nada si está sometido a Francisco, si obedece a Francisco, si sigue a Francisco. Todos sus nombramientos son sin validez en la Iglesia Católica. Su gobierno horizontal es inválido en la Iglesia Católica. Todo cuanto él disponga u otros, bajo sus órdenes, es inválido en la Iglesia Católica.

El Poder Divino sólo recae en el verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Quien siga obedeciendo al Papa Benedicto XVI, sigue teniendo poder en la Iglesia. Pero la Jerarquía que ya no obedece al verdadero Papa, sino que se somete a Francisco, no tiene poder ni de mandar, ni de enseñar, ni de santificar en la Iglesia Católica.

Y continúa el Papa Paulo IV: “Y en consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder;

y séales lícito en consecuencia a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe, ni hubiesen sido heréticos, ni hubiesen incurrido en cisma, o lo hubiesen suscitado o cometido, tanto a los clérigos seculares y regulare, lo mismo que a los laicos;

y a los Cardenales, incluso a los que hubiesen participado en la elección de ese Pontífice Romano, que con anterioridad se apartó de la Fe, y era o herético o cismático, o que hubieren consentido con él otros pormenores y le hubiesen prestado obediencia, y se hubiesen arrodillado ante él;

a los jefes, prefectos, capitanes, oficiales, incluso de nuestra materna Urbe y de todo el Estado Pontificio; asimismo a los que por acatamiento o juramento, o caución se hubiesen obligado y comprometido con los que en esas condiciones fueron promovidos o asumieron sus funciones,

(séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas, lo que no obsta que estas mismas personas hayan de prestar sin embargo estricta fidelidad y obediencia a los futuros obispos, arzobispos, patriarcas, primados, cardenales o al Romano Pontífice, canónicamente electo.” (§7. Los fieles no deben obedecer sino evitar a los desviados en la Fe.)

Todos aquellos que están ahora subordinados a Francisco tienen la obligación de sustraerse a la obediencia y de evitar a Francisco y a todos los que le siguen. A Francisco y a su cuadra de gente, hay que tratarlos como hechiceros, pagamos, publicanos, heresiarcas, pero no como sacerdotes, ni como Obispos, ni como fieles de la Iglesia Católica ni como Papa.

Nadie puede obedecer a Francisco. Todos tienen que evitarlo. Ni hay que preocuparse ni de sus palabras, ni de sus obras, ni de su gobierno. No hay que estar pendiente de él, sino que hay que evitarlo y contra-atacarlo, hacer que se vaya de la Iglesia.

A Francisco sólo hay que echarle de la Iglesia; hay que privarlo de toda dignidad, posición, honor, título, autoridad, función y poder. Y no hace falta la reunión de Obispos; no hace falta una declaración formal. La razón: su pecado de herejía, de apostasía de la fe, que lo coloca, automáticamente, fuera de la Iglesia.

Tienen que comprender la gravedad del pecado de herejía, de apostasía de la fe y del cisma.

Son pecados que siempre son graves, porque van contra la Verdad Absoluta, contra lo que Dios ha revelado en Su Palabra, y que toda la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, ha enseñado siempre.

Cualquier fiel, sacerdote, Obispo, que vaya en contra de una sola verdad, queda fuera de la Iglesia, de forma automática. Se sale de la verdad por su pecado de infidelidad a Dios. Es infiel a la Palabra de Dios, por tanto, ya no puede estar en la Iglesia.

Es un pecado gravísimo y, por eso, la Iglesia lo condena con la excomunión. Porque la Iglesia es la Obra de la Verdad. Si no se acepta una verdad, un dogma, entonces se obra la mentira.

Lo que ha pasado, en estos 50 años, es sólo esto: la iniciación en el cisma, que ha sido promovida por tantos sacerdotes, Obispos, que se han desviado de la Fe Católica. Y han permanecido en la Iglesia, y ya no son de la Iglesia. Y el Papa y los buenos Obispos, que tienen el poder de pronunciar la excomunión, por muchos motivos, no lo han hecho, y han sembrado más confusión dentro de la Iglesia.

Y no hace falta dar una excomunión, porque la persona se pone, por su pecado, fuera de la Iglesia; pero es necesario ser ejemplar en la Iglesia y dar validez a la Autoridad que de Dios se ha recibido dando excomuniones. Si no se hace eso, entonces, la Autoridad pierde su valor, su integridad.

Por tanto, no hay que engañarse con Francisco. Por el sólo motivo de que Francisco es masón (y se pueden encontrar otras herejías en sus años de sacerdocio y de Obispo), de que ha pertenecido a la masonería antes de ser elegido Papa; por ese sólo motivo, Francisco no es Papa. Es nula su elección por los Cardenales. Es nulo todo lo que ha hecho en la Iglesia hasta ahora. Es nulo todo cuanto va a hacer en la Iglesia, hasta que se vaya. Nulo. Inválido. Francisco hace su obra de teatro. Engaña a todo el mundo. Y nadie en la Iglesia se ha dado cuenta de este engaño, porque viven como él: en la herejía, en la apostasía de la fe, en el cisma.

Y cualquiera que apruebe a un hereje, es hereje y no pertenece a la Iglesia Católica:

“Incurren en excomunión ipso facto todos los que conscientemente osen acoger, defender o favorecer a los desviados o les den crédito, o divulguen sus doctrinas; sean considerados infames, y no sean admitidos a funciones públicas o privadas, ni en los Consejos o Sínodos, ni en los Concilios Generales o Provinciales, ni en el Cónclave de Cardenales, o en cualquiera reunión de fieles o en cualquier otra elección” (§5. Excomunión ipso facto para los que favorezcan a herejes o cismáticos).

Este es el magisterio auténtico de la Iglesia, que ya nadie dentro de la Iglesia atiende ni enseña.

Desde hace 50 años se ha ido callando las herejías de muchos sacerdotes y Obispos. Y se les ha dejado que sigan haciendo sus obras, sus vidas, sin oponerse a ello. Y, por eso, tenemos lo que tenemos. La Masonería se ha hecho fuerte en toda la Iglesia y está en su cima, en su nervio, en la cumbre, en el Papado, en la Jerarquía. Está infiltrada. Y, por eso, ha puesto a un hombre de su confianza: Francisco; porque el demonio tiene prisa de demoler la Iglesia.

El Papado de Francisco es nulo: es decir, no existe, no tiene validez, no es Papa, ni Francisco gobierna la Iglesia.

Pero la Sede no está vacante: existe el verdadero Papa: Benedicto XVI. A él se le da obediencia. Pero el Señor no la impone si él permanece en su renuncia. Él tiene que quitar su pecado, para que la Iglesia le dé, de nuevo, la obediencia como Papa.

La Sede de Pedro no está vacante. Ha sido robada por Francisco. Él sólo hace su nueva iglesia. Y no hay que hacerle ni caso. Hay que tratarlo como un hereje, como un payaso, como un estúpido, como un idiota. Pero no como Iglesia.

La Iglesia está donde está el Papa verdadero: Benedicto XVI. En Francisco no está la Iglesia Católica. Sólo está un demente que se ha creído dios, y que dice que es santo porque ya no tiene pecado que quitar de su alma, sino que trabaja para quitar los males de los pobres, los males de la creación, los males que se inventa con su cabeza para así ganar un poco de dinero y de fama ante el mundo.

Francisco engaña a los jóvenes en su mensaje para la jornada mundial

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El problema con Francisco es que deforma la Sagrada Escritura con conceptos no evangélicos, que hacen que la Palabra de Dios se diluya en ideas humanas.

Si no se tiene claro la vida espiritual, entonces los hombres se inventan todo en ella. Es el caso de Francisco, necio para el espíritu y sabio para los mundanos. Francisco habla para la gente del mundo, llena del espíritu del mundo, pero es incapaz de hablar para la gente espiritual. Todo cuanto habla produce confusión en las almas que buscan la Verdad en sus vidas.

Francisco no puede guiar hacia la verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Dice cosas que son verdad en apariencia, pero sólo con la intención de engañar.

Quiere hablar de los pobres de espíritu y termina con la lucha de clases entre ricos y pobres. Y, entonces, engaña a los jóvenes, a los cuales dedica su herejía.

Dice que “Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación”. Y ya no empieza bien, porque no da la Verdad de ese pasaje evangélico (Flp. 2), sino su interpretación.

San Pablo en ese pasaje pone dos cosas:

1. Jesús se anonadó a sí mismo no presentándose en la forma de Dios, con la Gloria que tiene siendo Dios. Y eso sólo significa que Jesús se presenta ante los hombres mortal, no inmortal. Jesús, por ser Dios, no tiene pecado y, por tanto, no puede morir. Y, cuando se encarna es el Verbo inmortal en una naturaleza humana y, en consecuencia, Jesús es inmortal. Pero se despoja de esa gloria, de la inmortalidad, y así se presenta a los hombres. Pero se despoja de algo más: Jesús no puede sufrir. Y, por tanto, no está sujeto a ninguna enfermedad, a nada en la tierra que dé dolor al cuerpo y al alma. Jesús también se despoja de eso y se muestra, en su naturaleza humana, como pasible, con capacidad de sufrimiento, de dolor, tanto en su cuerpo, como en su alma.

2. Jesús, no sólo se anonadó, sino que se humilló como hombre, en su naturaleza humana; es decir, se puso obediente a Su Padre que le mandaba una sola cosa: morir en la Cruz. Y esto significaba que Jesús se encarna para hacer una obra divina. Y, por lo tanto, no se encarna para hacer obras humanas. Por eso, Jesús no estudió, no trabajó, no se casó, no hizo nada de lo que los hombres suelen hacer en la vida humana, porque el verbo vino para algo específico, algo que quería Su Padre y por el camino que Su Padre le mandaba: el camino de la Cruz.

Estas dos cosas no las explica Francisco y, entonces, pone su engaño: Jesús eligió un camino de pobreza, de humillación. Éste es el engaño.

a. Porque Jesús, cuando se anonada, no es pobre, no se vuelve pobre, sino que se vuelve con capacidad para sufrir y para morir. Jesús viene para sufrir y para morir. Jesús no viene para ser pobre. ¿Ven la diferencia? Jesús no escogió el camino de la pobreza, sino el camino del sufrimiento y de la muerte.

b. Jesús, cuando se humilla, no se vuelve miserable, no se vuelve mendigo; sino que pone su alma en la obediencia a Dios. Jesús no escoge el camino de la humillación, sino el camino de la obediencia.

Estas dos cosas dan entender que Francisco anula toda la Sagrada Escritura cuando la predica y pone su opinión, lo que él entiende de esa Palabra, que es siempre su idea comunista.

Y, por tanto, todo el mensaje a los jóvenes está corrompido, porque no plantea la verdad desde el principio. No centra al alma en la Verdad del Evangelio, sino que sutilmente va dando su engaño, su mentira, su ideología comunista. Y esto que lo hace Francisco tan sencillamente es por su pecado de soberbia y de orgullo. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará porque ha vivido, toda su vida sacerdotal, sin quitar estos dos pecados. Por eso, es un lobo que destroza la vida espiritual de las almas.

Si Jesús viene para sufrir, para morir y para ser obediente a Su Padre, entonces la pobreza espiritual no cae en Jesús, sino sólo en los que siguen a Jesús.

Jesús no es pobre de espíritu, porque no necesita de eso para hacer la Voluntad de Dios, ya que no tiene pecado y es Dios.

El pobre de espíritu es el rico en la Gracia, es decir, el que no tiene pecado, el que lucha por quitar su pecado y así llenar su alma de gracia tras gracia, como dice San Juan: «Pues de su Plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (Jn 1, 16). Jesús lo tiene todo; luego no necesita ser pobre de espíritu. Jesús es la Gracia. El pobre de espíritu trabaja para permanecer en Gracia y así conseguir más Gracia.

Por tanto, cuando Francisco dice: “Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Está comenzando a poner su ideología comunista, ya no puede enseñar la vida espiritual a las almas.

Dios no elige ser pobre. Esto es la lucha de clases. Dios elige sufrir y morir. Eso es lo que elige Dios. Por eso, Dios puede salvar a los ricos y a los pobres, porque ofrece su sufrimiento y su muerte a ellos. Y esta es su pobreza: sufrir y morir. De esta manera, Dios enriquece a los hombres. Y sólo así se puede explicar el pasaje de san Pablo a los Corintios: «Pues conocéis la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8, 9). La Gracia del sufrimiento y de la muerte, que es la pobreza de Cristo, es lo que enriquece el alma de los hombres. Jesús era rico porque no podía sufrir ni morir. Jesús se hizo pobre porque era pasible e inmortal. Y ésta es la pobreza de Cristo. Sólo está. La pobreza de Cristo no está en no tener dinero, en ser un miserable, en ser un pobre de la calle. La pobreza de Cristo no es una cuestión social ni económica, ni cultural, ni científica, ni humana, ni carnal. Es una obra del Espíritu en la naturaleza humana de Jesús. Jesús tenía que ser impasible e inmortal. Y el Espíritu lo hizo pasible y mortal. Y esta pobreza es la que hace ricos a los hombres. Por eso, Jesús no se dedicó a poner una empresa para hacer dinero y así dárselos a los pobres, que es lo único que quiere Francisco. Jesús se dedicó a sufrir y a morir. Y así los hombres salen de sus pobrezas humanas, económicas, sociales, etc.

Entonces, la pobreza espiritual consiste en imitar la pobreza de Cristo. Si Cristo vino a sufrir y a morir, entonces ¿cómo hay que ser pobre de espíritu? Uniéndose al sufrimiento y a la muerte de Cristo. Esto es lo que no enseña Francisco, sino que se va por su ideología comunista.

Él explica la forma de ser comunista a los jóvenes:

a. “Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas”. Para ser pobre de espíritu, lo primero la libertad. Ser libres de todas las cosas. Este es el lenguaje del comunismo.

Lo primero para poseer la pobreza de espíritu es no estar en pecado. Eso es lo primero. Quien está en pecado, es esclavo del pecado y de todos los males que engendra el pecado. Quien está en pecado hace frutos de pecado; sus obras son malas, llevan al pecado y tienen el sello del pecado. Y, por tanto, quien está en el pecado está apegado a muchas cosas. Y esto significa que no puede ser libre de todas las cosas. Luego, Francisco pone un imposible a los jóvenes: sean libres de todas las cosas. Pero, Francisco: ¿no sabes que existe el pecado y que los jóvenes viven en sus pecados? ¿Por qué no predicas que hay que quitar el pecado, que hay que confesarse, que hay que hacer penitencia por el pecado, para ser libres de las cosas? La respuesta: porque Francisco no cree en el pecado, sino en los males de todo tipo que los hombres encuentran en sus vidas, en la sociedad, etc.

b. “El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo”. Gran mentira. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélica totalmente graciosa, en la que obre la Gracia en todo. Y, por tanto, el Señor no nos llama a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. No es eso. Porque hay que estar en el mundo, hay que estar en una cultura de consumo, pero sin ser del mundo, sin seguir la cultura de consumo. El problema no está en la cultura de consumo, sino en el pecado de avaricia y de usura, que son los que originan el consumo desproporcionado. Francisco hace incapié en la cultura de consumo, como si el mal estuviera en ella. Y el mal nace del pecado de cada alma, por su avaricia, por su codicia, por su usura. Y eso es lo que hay que quitar. El Señor nos llama a quitar el pecado de avaricia, de usura, de codicia, para poder quitar el apego en el tener, en el comprar, en el vender. El problema no está en el dinero, sino en el uso que se hace del dinero. Si el dinero es plataforma para estar en Gracia, entonces el dinero sirve para todas las cosas de la vida de los hombres. Pero si el uso del dinero lleva al alma al pecado, a los apegos materiales, entonces nada sirve en la vida del hombre porque lo que se tiene, ya sea dinero, ya sean bienes materiales, impide la salvación del alma. El alma tiene que centrarse en quitar su pecado para no dejarse llevar por el espíritu mundo. No hay que quitar la cultura de consumo y poner la cultura del dar dinero a los pobres o la de recoger alimentos de las empresas que los tiran. No está en eso la vida espiritual. No está en eso la pobreza evangélica. Está en quitar el pecado y se resuelve todo los demás.

c. “para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche”. Es que no es eso la vida espiritual. No es un cambio de estilo de vida. Es un cambio de mentalidad. Hay que dejar de vivir como viven los hombres, para vivir como vive Dios. Éste es el problema. Dios da la Gracia para que el hombre viva en la vida de Dios. Y lo que impide la Gracia es sólo el pecado. Se quita el pecado y la vida cambia totalmente. Peor aquel que no quita el pecado, entonces se inventa sus estilos de vida. Y hoy no compra porque no tiene dinero; pero mañana compra porque ha recibido un dinero. Hoy es austero por las circunstancias de la vida, pero mañana es derrochador por otras circunstancias. No está en cambiar de estilos de vida, sino en vivir permanentemente en Gracia. Y la Gracia va diciendo lo que hay que comprar, lo que hay que usar, lo que hay que gastar. Es la Gracia lo que da la verdad a la vida económica. No es la cultura de los hombres, no son sus modas, no es el querer dar dinero a los demás para que vivan bien lo que hay que buscar para ser pobre de espíritu. El alma que no se deja gobernar por la Gracia, acaba siendo comunista, marxista, socialista, pragmática, capitalista, etc., pero no vive la vida espiritual. Vive como una veleta: según el viento de cada política, de cada doctrina humana. Para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a quitar el pecado de avaricia y de usura. Si no se hace esto, todo lo demás es un cuento chino, una fábula de los hombres, que no quieren sufrir por sus pecados ni morir a sus pecados para ser felices.

d. “para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales”. Éste es el comunismo puro. ¿Dónde está en el Evangelio la conversión a los pobres? Esto es idolatrar a los pobres. Esto es ser dependientes de los pobres. Esto es mirar la vida para los hombres y sólo para ellos.

El hombre, para ser pobre de espíritu, tiene que mirar a Cristo. No tiene que mirar a los pobres. Tiene que imitar a Cristo: unirse a su sufrimiento y a su muerte en la Cruz. Y eso significa una cosa: expiar su pecado, reparar su pecado, cargar con los pecados de los demás. Aquél que no quita su pecado, no puede hacer esta segunda cosa. No puede purificar su corazón y, por tanto, la pobreza de Cristo no le enriquece.

La limosna hay que darla por un motivo de gracia. ¡Cuánta gente da dinero a los demás y los deja en sus pecados, en sus vicios! Gente que comparte sus bienes materiales y hace un daño al prójimo, porque el ser humano es pecador y cae en sus vicios, en sus pecados; y si se le da todo en lo material, entonces no se le ayuda en lo espiritual. Y esto es pecar contra el prójimo. Esto no lo enseña Francisco: él dice que hay que resolver todos los problemas de los hombres, sociales, culturales, económicos, etc. Hay que entregarse al hombre pobre, al machacado, sin discernir nada. Eso se llama comunismo: “Tenemos que aprender a estar con los pobres”. Para ser pobres de espíritu hay que aprender a estar con los pobres. Esto no está en el Evangelio, sino sólo en la idea comunista de Francisco. Para alcanzar la humildad de corazón hay que estar con los hombres, hay que ocuparse de los hombres, hay que mirar a los hombres, hay que hacer obras con los hombres, hay que convertirse a los hombres. Esto es demoniaco: la doctrina de la fraternidad masónica.

Y, además, pone su palabrería barata y blasfema: “Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre”. Esto es una aberración, una abominación, un escándalo en boca de un Obispo. Porque Cristo sólo vive en los humildes de corazón, en los que son fieles a la Gracia. En los pecadores, ya sean ricos, ya sean pobres, vive el demonio y obra el demonio en ellos. A Cristo sólo se le encuentra en el humilde, es decir, en el que no tiene pecado, en el que lucha por quitar su pecado, en el que expía su pecado. En los demás, no está Cristo. Cristo no está en la carne que sufre porque no tiene un pan que comer; Cristo no está en el borracho, en el que aborta, en el que se droga, en el homosexual, en la prostituta. Cristo no está en el anciano que no es cuidado; ni en el joven que no tiene trabajo. Cristo no está en los hombres que tienen problemas económicos, políticos, culturales, humanos, carnales, materiales… Así no se encuentra a Cristo.

El que peca crucifica a Cristo: sea rico, sea pobre; sea viejo, sea joven; sea borracho, sea drogadicto… Es Cristo el que sufre el pecado de los hombres. No son los hombres los que tienen problemas y ahí está Cristo en esa carne que sufre. Esta es la aberración, la gran ignominia de ese hombre. El hombre que peca hace sufrir a Cristo; crucifica a Cristo, mata a Cristo en su alma, en su corazón , en su vida. Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña su sentimentalismo hereje: Cristo está en el que sufre. Eso es abominación. El que está en Gracia se crucifica con Cristo y salva almas. El que está en pecado, crucifica a Cristo y condena almas. Por eso, no se trata de mirar a los pobres, de estar atento a sus necesidades. Se trata de mirar a Cristo y de crucificarse con Cristo. Todo al revés en Francisco.

e. Y, por eso, viene la guinda: “Pero los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres!”. Esto no sólo es de idiotas, de necios, de estúpidos, sino que es el cuento chino, la fábula, el entretenimiento de Francisco. Así que un muerto de hambre, que está tirado en la calle, pidiendo limosna, ése tiene algo que enseñar al hombre. Esta es la estupidez mayor de ese idiota.

Hay muchos que tienen de lo económico, les sobra, pero son grandes pobres ante Dios. Hay pobres que son pobres de lo económico y también en lo espiritual. Porque en el Reino de los Cielos van a entrar los ricos, pero los ricos en amor, los ricos que han aprendido a vivir según lo que Jesús ha enseñado. Y, por tanto, ¿qué sabiduría tiene un pobre que en su corazón no posee el Amor de Dios? ¿Qué se va a aprender de un hombre en pecado? ¿Qué camino de verdad da un hombre que vive su pecado? ¿Qué obras de verdad hace un hombre en su pecado?

Francisco es el mayor subnormal de todos en la Iglesia. No sabe lo que está diciendo. No sabe dónde pisan sus pies. ¡Menuda basura de mensaje a los jóvenes! ¡Cuántos jóvenes se van a condenar por seguir a tan desdichado personaje!

Cristo se humilló para obedecer a Su Padre. Ahí está la verdadera sabiduría. Y Francisco enseña a humillarse ante los hombres para obedecerlos y así aprender de sus vidas de pecado. Es la mayor necedad de todos.

Para ser pobre de espíritu, según Francisco: sé libre de cosas, atiende a los pobres y aprende de los pobres. Esta es la doctrina del demonio.

Para ser pobre de espíritu, en la doctrina de Cristo: quita tu pecado, expía tu pecado, haz penitencia por tus pecados, y vive siempre en gracia para poder obrar la Voluntad de Dios en todas partes. Con el sufrimiento reparador, con la crucifixión de la propia voluntad; con la obediencia a la Verdad, se alcanza la pobreza de espíritu.

Porque los hombres entienden la pobreza como que algo les falta en lo material. Y no es así. La pobreza que realmente necesita el hombre es espiritual. Hay mucha gente pobre en la Gracia y, por eso, está llena de pecados y de problemas su vida. Lo que importa en la vida es ser rico en la Gracia. No interesa ni tener ni no tener dinero. Esa pobreza material nunca la enseñó Jesús. Jesús enseñó a tener un corazón humilde, desprendido de todo pecado; un corazón abierto al Amor Divino y que, por tanto, combate contra todos los demás amores. Muchos son pobres de amor divino y ricos de amores humanos, terrenales, carnales, materiales, sociales, sentimentales. ¿Cómo se van a salvar de esa manera? ¿Cómo se van atender a personas que no quieren dejar sus pecados? ¿Cómo se va a aprender de personas que no tienen el Amor de Dios en sus corazones?

Por eso, Francisco condena a las almas con su doctrina comunista. ¡Da asco Francisco! ¡Da asco su pensamiento! ¡Da asco sus obras en la Iglesia! ¡Da asco como Obispo y como hombre!

Francisco: cismático y apóstata

Santisima Trinidad

«¿Acaso Cristo está dividido?» (1 Co 1, 1-17).

No, Cristo no está dividido; pero Francisco divide a Cristo.

Jesús es la Iglesia; luego, Francisco no es la Iglesia.

Jesús, que es la Verdad, es la Iglesia; Francisco, que predica la mentira, no es la Iglesia.

Jesús, que obra la Verdad, hace Su Iglesia; Francisco, que obra su mentira, crea su nueva iglesia.

La Verdad nunca ha cambiado. La Verdad es simple.

La Verdad es que en la Iglesia sólo se da el gobierno vertical. Esa Verdad no la cambia nadie, ni siquiera la mente de Francisco. Su pensamiento es su condenación. Él ha puesto el gobierno horizontal: eso condena a Francisco.¡Eso sólo! No hay que buscar otras herejías, que las tiene en abundancia cada vez que abre su maldita boca.

Francisco ha puesto un gobierno horizontal: automáticamente se ha ido de la Iglesia. Ha comenzado a crear su nueva iglesia; porque Jesús es la Iglesia.

La Iglesia ha sido fundada por Él. Y Él ha puesto un Vértice en la Iglesia. Un Vértice que nadie puede quitar. Aquel que se atreva a quitarlo queda excomulgado automáticamente. Su pecado le hace salir de la Iglesia.

Francisco ha divido a Cristo con su gobierno horizontal. Este gobierno horizontal es la obra de su pecado de orgullo. Es la obra que se opone a Cristo. Es una acción en contra de Cristo, que ha fundado Su Iglesia en un Vértice, en una Roca, en una Piedra.

Por este pecado de orgullo, Francisco recibe el nombre de anticristo. No es el Anticristo, sino uno de los anticristos, porque ha ido en contra de Cristo en una Verdad, que es el Vértice de la Iglesia.

Ese gobierno horizontal, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino a la nueva iglesia, fundada por Francisco en Roma, significa dos cosas:

1. un cisma encubierto;

2. una apostasía de la fe pública.

1. Cisma encubierto

Todo cuanto haga ese gobierno horizontal se aleja de la Verdad. Y esto de forma automática. Es decir, formalmente, las decisiones de ese gobierno son herejías, aunque sean buenas obras en apariencia, aunque sean santas en apariencia. Porque la Iglesia se gobierna con un gobierno vertical, no horizontal. Luego, lo que haga ese gobierno sólo sirve para la nueva iglesia; pero no sirve para la Iglesia de Cristo.

Jesús no gobierna Su Iglesia en un gobierno horizontal. Luego, ninguno de los que pertenecen a ese gobierno horizontal tiene el Espíritu de Cristo para gobernar la Iglesia. Ninguno de ellos. Es decir, no tienen el Poder de Dios para gobernar la Iglesia. Luego, sólo poseerán sus poderes humanos. Y, por eso, lo que hagan con esos poderes humanos es un cisma.

Francisco ha roto la estructura de la Iglesia. Ha metido a gobernar la Iglesia a Obispos y Cardenales que no han sido llamados por Dios para dirigir la Iglesia. Porque la Iglesia sólo loa dirige el Papa. Por eso, lo que ha hecho Francisco tiene el nombre de cisma.
Cisma significa: me voy de la Iglesia y pongo mi iglesia. Eso fue lo que hizo Lutero. Lutero lo hizo yéndose de Roma. Francisco lo ha hecho en la misma Roma.

Pero lo que ha hecho Francisco queda encubierto: éste es el error de Francisco. Su gran error, que será su gran caída.

Y ¿por qué? Porque no se puede predicar que Cristo no está dividido poniendo la división en la Iglesia.

No se puede predicar que hay que dar testimonio de la Verdad en la Iglesia obrando la mentira con un gobierno horizontal.

No se puede predicar que hay que ser dóciles a la Palabra de Dios, cuando él mismo es rebelde a esa Palabra.

No se puede predicar que Jesús es la Misericordia cuando él ha puesto el camino para condenar a las almas dentro de la Iglesia.

Francisco ha puesto un cisma y lo ha escondido, lo ha encubierto. Es decir, no se atreve a más, a romper con otras cosas. Tiene miedo. Sólo hay que ver sus últimas homilías. Dice cosas y no dice nada, porque sabe cómo está la Iglesia: en contra de él.

Francisco es un hablador. Y no más. Y un pésimo hablador. Su palabra no convence a nadie, pero sí hace mucho daño.

Francisco ha puesto un cisma en la Iglesia, una división clara. Pero tiene miedo de algo más. Y ¿por qué? Por su pecado de orgullo. Él ve la necesidad de dar un giro a la Iglesia, pero eso no es fácil. Él no tiene la fuerza para eso, porque no es inteligente. Es un cura de pueblo. Y no más, que entretiene a la gente. Y no más. Pero que no sabe en el lío que se ha metido.

El demonio sólo necesitaba a un Francisco para comenzar la ruina de la Iglesia. Cuando ya no le sirva, pone a otro, a uno más fuerte que Francisco.

2. Apostasía de la fe pública

Francisco predica una doctrina pública que es contraria a la doctrina de cristo: su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro. Dos cosas quiere Francisco:

a. unir a los miembros de la Iglesia en el amor fraterno, en la caridad;

b. meter en la Iglesia a los demás hombres que viven en sus pecados, en sus religiones.

Por eso, él predica la unión en la caridad, y se olvida de la unión en la verdad. Es más importante la caridad que la verdad. Por eso, se opone a la doctrina de Cristo, que es la doctrina de la verdad: Dios ama al hombre en la verdad, en la justicia, en la rectitud, en el orden moral, en el orden ético, en la ley divina.

a. Francisco propone su amor fraterno: Dios ama a todos los hombres y lo perdona todo en ellos por ser Misericordia. No se ve el atributo de la Justicia Divina, porque es un amor sin verdad, sin justicia, sin orden. Es un amor que hace del pecado algo que Dios no lo supera con Su Gracia. Por esos, él predica su doctrina de la Iglesia accidentada: cada uno con sus pecados se salva. Sólo hay que hacer bienes a los hombres, obras buenas humanas. Para Francisco, el amor fraterno está por encima del amor divino. La verdad se somete al hombre, a la cultura del hombre, al pensamiento del hombre. Por eso, para Francisco, no hay verdades absolutas, sino relativas: la verdad está relacionada con el hombre; la verdad se somete al hombre. Ya no es el hombre el que obedece a la Verdad. La verdad es como la ve el hombre, como la entiende el hombre, como la interpreta el hombre. Por eso, su doctrina del amor fraterno hace aguas por todos los lados. No sirve para unir a los hombres, en la caridad, porque no hay verdad que una. Cada hombre tiene sus verdades y el otro tiene que someterse a esas verdades, así no les guste, por un motivo de amor fraterno, de amor humano, de amor sentimental, de amor económico, de amor cultural.

b. Francisco propone a todos los hombres el diálogo, ya no la fe. Para salvarse hay que dialogar con todos los hombres. Así se alcanza la unidad que Jesús quiere en la Iglesia. Este error es de la mayoría de la Jerarquía. Sólo la fe produce la conversión del corazón. Si el alma no vive de fe, el alma sigue en sus pecados, en su vida humana, en su iglesia, en su religión, pero no accede a la Verdad, que es Cristo. Y, por más que se dialogue con los hombres que no posee la fe, que cree en algo, pero no creen en la Verdad, entonces eso no convierte a las almas.

Como Francisco no cree en la Verdad, entonces propone el diálogo para unir a todos los hombres en la Iglesia, con Cristo. Es una doctrina absurda, pero que muchos la siguen, porque no han comprendido la fe en la Palabra de Dios. Y, al no aceptar la Palabra de Dios en sus corazones, entonces, se inventan su fe, una fe humana, una fe en la que el diálogo es lo central para ser Iglesia.

Estas dos cosas de Francisco, que pertenecen a su doctrina, constituyen la apostasía de la fe pública de Francisco y de los que siguen a Francisco.

La apostasía de la fe significa algo más que separarse de la Iglesia. El cisma separa de la Verdad; pero el apóstata invita a caminar en su mentira. Predica una doctrina que es para condenar almas. Y lo hace abiertamente, de forma pública, sin oposición de nadie.

Esta es la gravedad de tener a un lobo sentado en la Silla de Pedro. Porque por ahí viene el engaño a muchas almas en la Iglesia que no disciernen nada, que se lo tragan todo, que les da igual quien está de Papa.

El daño que hace la doctrina de Francisco en la Iglesia es enorme: porque es una doctrina cismática y apóstata. Una doctrina que está revestida de cosas buenas y santas, pero que lleva, de forma inevitable, a la condenación de las almas.

Por eso, no se puede seguir a Francisco en nada. No es posible darle ninguna obediencia.

La Iglesia es Jesús. Y Jesús es la Verdad. Y la Verdad es la Gracia. El hombre no puede seguir a Jesús si no está en Gracia. Y estar en Gracia significa no estar en pecado, quitar el pecado, luchar contra el pecado. Porque la Gracia vence todo pecado. La Gracia transforma al hombre en hijo de Dios. La Gracia construye el Reino glorioso de Cristo en la Tierra.

La Iglesia está llamada a vivir los 1000 años del Reino Glorioso, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Esta es una Verdad que no se puede quitar de la Revelación. Y es una verdad que hoy día se combate, porque se quiere la felicidad humana, el progreso de los hombres, la paz entre los hombres, pero sin Gracia, sin el Espíritu de la Verdad.

Por eso, la Iglesia ha combatido a tantos profetas que han hablado sobre la Nueva Jerusalén, porque la Iglesia ya no tiene Fe en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en las palabras de los hombres, en las investigaciones de los filósofos, de los teólogos, de los científicos, de los técnicos, para decir que hay que vivir ese Reino glorioso en todo el espectro humano. Es el hombre, con sus avances, lo que lleva a construir ese reino.

Y esta es la esencia de la doctrina de Francisco: Francisco se apoya en todo lo humano para ser feliz en su vida. Ése es un gran error. Y, por eso, es un apóstata de la fe porque ama al hombre con locura. No puede amar a Dios porque no acepta la verdad del Pensamiento Divino. Sólo acepta las verdades que los hombres adquieren con sus inteligencias humanas. Por eso, él se opone a la Gracia; se opone a la Iglesia; se opone a Cristo. No se somete a la Verdad, entonces se somete a su mentira y hace de esa mentira su valor, su verdad, su bien, su derecho, su deber, en la vida.

Por eso, Francisco es cismático y apóstata al mismo tiempo. Vive su cisma y hace de la mentira el camino para muchos, y que éstos se pierdan para siempre.

El inicio del orgullo

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santabrigida“Yo soy el Señor verdadero. No hay otro señor más grande que yo. No hubo señor antes de mí y no habrá alguno después de mí. Todos los señoríos vienen por mí y a través de mí. Es por esto que yo soy el Señor verdadero y por lo que nadie sino sólo Yo puede ser verdaderamente llamado Señor, ya que todos los poderes vienen de mí” (El Señor a Santa Brígida)

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El orgullo es la posesión del hombre sobre otros hombres. Es ponerse por encima de los hombres para enseñarles la mentira, -que ellos llaman verdad-, para indicarles el camino falso, -que para ellos es el verdadero-, para hacer que los hombres obren lo que quieren sólo los hombres, -y a esas obras las llaman divinas.

El orgullo se ha destapado con el inicio del gobierno horizontal. Se ha destapado, es decir, ahora se ve claramente quién es la persona orgullosa, que desobedece a la Verdad poniendo su razón como excusa y como valor ante todos.

El orgullo no es una forma de pensar. La soberbia es una forma de pensar la vida. El orgullo es una forma de vivir la vida, de obrar en la vida, porque se tiene una forma de pensarla, dada por la soberbia.

Si no se ve la soberbia, si no se atiende a la forma de pensar de alguien, tampoco se ve el orgullo, las obras de pecado que hace esa persona.

Es lo que está pasando con Francisco y con todo su séquito que ha puesto en el gobierno horizontal.

Hay una forma de pensar la vida, la Iglesia, que es la soberbia de Francisco, que es el error de su humanismo. Y, cogiendo ese error, naciendo de esa forma de pensar, viene la forma de obrar ese pensamiento, que es el orgullo.

Poner el gobierno horizontal no es una forma de pensar el gobierno, sino que es una forma de obrar el gobierno, que va en contra de la Verdad del Papado. Y se pone la razón mentirosa, para esconder la obra del orgullo, la obra del pecado: es un gobierno para ayudar al Papa.

Esta es la mentira que se dice para tranquilizar a los demás, para que el Pueblo se quede tranquilo, se quede en su dormición y no despierte ante ese pecado de poner un gobierno horizontal.

Nadie llama al gobierno horizontal de Francisco como pecado, porque todos se tragan la mentira, todos aceptan la mentira: es un gobierno de ayuda. Y nadie discierne esa mentira, porque se acoge. Y quien acoge la mentira suprime la verdad, rechaza la verdad, se opone a la verdad.

Este es el inicio del orgullo al que nadie ha atendido, sino que todos están expectantes a ver qué cosa hace Francisco para el bien de la Iglesia. ¿Pero qué cosa puede hacer de bueno uno que se ha puesto en contra de la Fe de Pedro al instalar en la Iglesia la Abominación?

Como se ve su obra como algo bueno, -y se ve porque se acoge la mentira de que es un gobierno de ayuda-, entonces se llama a ese pecado un bien. Ya no se llama pecado. Nadie atiende a eso. A nadie le interesa esa perspectiva, porque lo que interesa es que Francisco dé solución a los problemas de la Iglesia. Eso es lo que interesa. Y no importa el camino para dar solución. No importan los medios para ello. No importa cargarse el Papado. Pero, si sigue siendo Papa, si sigue vestido de Papa, si actúa como Papa. Es que no hay que esperar que Francisco diga que ya no es Papa, sino un rey. Es que nunca va a decir eso, porque le gusta el juego que ha montado en la Iglesia para fabricar su nueva iglesia.

Francisco actúa con su orgullo cuando pone el gobierno horizontal. Se ha puesto por encima de la Autoridad de Dios en la Iglesia, como hizo Lucifer. Y lo ha hecho él mismo, sin recurrir a nada ni a nadie. Y ha puesto su razón, se mentira, para contentar a todos.

Y esto lo que no se ve ni se atiende: a la vida espiritual de la Iglesia.

Todos preocupados por la vida material o humana de la Iglesia, que esa sólo es la predicación de Francisco y de tantos sacerdotes que sólo hablan de política en sus homilías, pero que no son capaces de dar lo divino a las almas porque viven para lo suyo humano. Y así hace nsu iglesia, la que ellos quieren con sus entendimientos humanos, pero no hacen la Iglesia que Dios quiere.

Ambición de poder es lo que hay ahora en la Iglesia. Tener un puesto para gobernar la Iglesia. Y un puesto en cada diócesis para hacer en cada territorio la obra del orgullo.

Por eso, el desastre que viene es mayúsculo para toda la Iglesia. Y todavía los hombres siguen dormidos en las palabras que se les dice desde el gobierno horizontal. Muy dormidos, como si todo estuviera tranquilo, como si no pasara nada, como si Dios quisiera esta nueva iglesia para todos.

El secreto de Fátima

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“Mi secreto concierne a la Iglesia.

En la Iglesia se llevará a cabo la Gran Apostasía, que se difundirá por todo el mundo; el cisma se realizará en el general alejamiento del Evangelio y de la verdadera fe.

En Ella entrará el hombre de iniquidad, que se opone a Cristo, y que llevará a su interior la Abominación de la Desolación, dando así cumplimiento al horrible sacrilegio, del cual habló el Profeta Daniel” (Mt 24, 15). (Al P. Gobbi, Mi Secreto. 11 de Marzo de 1995)

La Virgen en Fátima ha sido la Precursora de Su Hijo Jesús.

Fátima revela al mundo la Segunda Venida de Jesús.

Es una Luz Divina para estos tiempos de gran oscuridad que vive la Iglesia.

Fátima es apocalíptica, es decir, es para el Fin de los Tiempos.

Fátima no es un conjunto de profecías, de mensajes, de revelaciones, como, por ejemplo, Medugorje.

Fátima es la consecuencia de lo que es la Virgen María en la Iglesia: “la Mujer Vestida de Sol” que combate contra el demonio.

La Virgen María es la Mujer de la Iglesia.

La Virgen María no es una criatura más, un ser más, un alma más. Es el Amor en la Iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Pero Jesús no es el Amor. Jesús es el Camino que nace del Amor. Jesús es la Verdad que da el Amor. Jesús es la Vida que ofrece el Amor.

La Virgen María es el Amor en la Iglesia. No es el Amor en la Santísima Trinidad. Sólo en la Iglesia.

Porque, en la Iglesia, la mujer tiene que ser amor, no tiene que ser Jesús, no tiene que hacer lo mismo que hizo Jesús. No se iguala al sacerdocio de Cristo. La mujer tiene que imitar a la Mujer, que es la Virgen María, en la Iglesia.

Por eso, la Virgen conservaba todas las palabras de Su Hijo en Su Corazón, que es lo que tiene que imitar toda mujer.

Toda mujer en la Iglesia tiene que llevar el estandarte del amor en su corazón. Tiene que enseñar el amor a los hombres de la Iglesia, a los sacerdotes, como lo hizo la Virgen María con los Apóstoles: les enseñó a amar a Su Hijo, les enseñó a amar a la Iglesia de Su Hijo.

Los Apóstoles, después, enseñaron ese amor a toda la Iglesia con el Poder que tenían recibido de Jesús.

Por eso, la mujer no tiene que ser sacerdote, no tiene que gobernar la Iglesia, como lo hacen los hombres. La mujer tiene que aprender el amor y dar el amor en la Iglesia.

Fátima es la señal de Dios para la Iglesia. Su mensaje es sólo para la Iglesia. No es un mensaje para el mundo ni para los hombres.

En Fátima la Virgen toca a la Jerarquía en lo más profundo de Ella. Se mete con la Jerarquía porque no sigue a Su Hijo Jesús.

En Fátima la Virgen señala la destrucción del Papado y de la Iglesia. No habla de guerras o de revoluciones. Dice que el Papa dejará de ser Papa y que la Iglesia dejará de ser Iglesia.

La Virgen de Fátima es silenciada por toda la Jerarquía, incluso por los Papas. Todos tienen miedo a esa Verdad que la Virgen enseña en su mensaje.

Todos temen esas palabras porque no las creen. Y no tienen fe porque la Jerarquía de la Iglesia no vive escuchando la Palabra de Dios en la Iglesia, sino que vive escuchando las palabras de los hombres en la Iglesia.

Por eso, la Jerarquía de la Iglesia pierde la Fe. Y la Fe completamente. Y eso significa la aniquilación del Papado y de la Iglesia.

La Virgen, en Fátima, anuncia un castigo para la Iglesia. Castigo por el pecado de la misma Jerarquía de la Iglesia. No es un castigo por el pecado de los fieles de la Iglesia.

En Fátima, el Ángel da la señal para el castigo con su espada. Ese Ángel simboliza la Justicia de Dios sobre la Iglesia. Ese Ángel es la Justicia Divina sobre la Iglesia: “hemos visto…a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo”.

El Ángel tiene en la mano izquierda una espada de fuego. La mano izquierda es la Mano de la Justicia Divina. La mano derecha es la Mano de la Misericordia Divina.

El Ángel está a lado izquierdo de la Virgen, es decir, en posición de castigo, de obrar un castigo. El lado derecho es para mostrar un amor, para dar un amor.

La Virgen eclipsa con su mano derecha el castigo del Ángel. La Virgen para el castigo del Ángel. La Virgen intercede ante Dios para que el Ángel no castigue. Ella es la Corredentora, la Mediadora, como Su hijo Jesús. En Fátima, Dios da al mundo el Dogma que la Iglesia necesita para salvarse y que la Jerarquía no quiere aprobar.

Ante la Mediación de la Madre, el Ángel cambia su obra y da al mundo la Palabra de salvación: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”. La Virgen consigue de Dios un Tiempo de Misericordia para el mundo y la Iglesia.

En Fátima, la Virgen hace ver a la Jerarquía devastada por la guerra, por la muerte en el mundo: “el Santo Padre… atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino”.

El castigo de la Iglesia se da junto al castigo del mundo, al mismo tiempo. Y la razón es porque siendo la Iglesia Camino de Vida, al perder la Fe, se convierte en camino de muerte para toda la humanidad: la Gran Apostasía…se difundirá por todo el mundo”.

Y ese camino de muerte merece una Justicia Divina sobre la humanidad, no sólo sobre la Iglesia. Es decir, que la Iglesia, en vez de señalar el camino del Cielo en sus enseñanzas, en sus mandamientos, enseña lo contrario del Evangelio al mundo. Y el mundo se hace receptor de ese mensaje de la Iglesia porque ya la Iglesia ha dejado de ser Iglesia y es otra cosa: es la Gran Apostasía. La Iglesia deja de ser la Iglesia de Jesús y es algo nuevo, es para el mundo, -ya no es para Dios-, es del mundo, -ya no es de Dios-, está abocada a una vida mundana, -alejada de la Vida Divina-.

El Papa recorre un camino de muerte hacia una montaña. Ese camino lo ha producido la misma Iglesia. Es el camino del demonio que se ha aposentado en la Iglesia. Ese camino no es por la maldad del mundo. Es por el pecado de los hombres de la Iglesia.. En este punto del mensaje de Fátima se silencia el por qué ese castigo al mundo, por qué el Papa va camino hacia una montaña, donde está una Cruz, y donde es muerto en la cima de esa montaña. No se entiende esta parte del mensaje de Fátima, porque se ha silenciado lo más importante.

En Fátima no se recoge la maldad de los hombres, sino la maldad de la Jerarquía Eclesiástica. Fátima no se centra en el pecado de los hombres, sino en el pecado de la Iglesia, que es la raíz del pecado de los hombres.

En Fátima la Virgen señala el Cielo, como camino del hombre en este mundo. No señala la tierra, el mundo. Hace brillar el sol y hace que el sol se mueva hacia los hombres, inicie una andadura hacia los hombres, para recordarles el camino hacia la Verdad.

El Milagro del Sol no es un milagro cualquiera. Es la señal que da Dios a la Iglesia para que se convierta de su pecado.

Es la Señal con una rotación del sol sobre su eje. Y esa rotación hace que el sol se precipite sobre el mundo, dando su luz, su calor, su inmenso don.

Por eso, el Milagro es para convertir, para que los hombres salgan de su sueño, de su pecado, de sus miras humanas y vean un prodigio que no saben entender con sus mentes.

Ese prodigio divino despierta las conciencias y las almas para que vean la Verdad y no estén en su mentira.

Ese prodigio del sol la Virgen lo repite allí donde se aparece. Fátima sólo inicia el tiempo de la conversión en la Iglesia. Las demás apariciones completan ese tiempo de conversión, que es un tiempo de Misericordia, que da Dios a la Iglesia.

Fátima es exclusiva. No es para algo concreto, para un mensaje concreto. Fátima es para la Iglesia y sólo para la Iglesia.

Y el pecado de la Iglesia ha sido silenciar a Fátima. Y ese pecado todavía no se ha quitado. Nadie se ha atrevido a dar el mensaje de Fátima como lo dio la Virgen a Lucía. Se borró la parte que molestaba a la Jerarquía. Y quedó algo incompleto que no se puede entender sin esa parte.

Fátima anuncia la nueva iglesia que se ha inventado Francisco. Fátima anuncia los cambios que va a traer esa nueva iglesia en todo el dogma. Fátima anuncia la caída de muchos sacerdotes que van a dejar de decir la Misa, de consagrar, pero que seguirán haciendo un teatro con la misa. Fátima anuncia el desastre de la Jerarquía en cada uno de los miembros de la Alta Jerarquía, de la Curia Romana. Fátima anuncia la Verdad de la Jerarquía como Jesús la quiso desde el principio de la Iglesia, y que es rechazada en la raíz por la nueva iglesia inventada por Francisco.

El anuncio de Fátima es apocalíptico, es decir, tiene que vivirlo la Iglesia, lo quiera o no lo quiera. Lo entienda o no lo entienda, porque se trata de la Purificación de la Iglesia, de la Gran Apostasía en la Iglesia, del reinado del Anti-Cristo en la Iglesia. Y esta Verdad, que está en el Evangelio, hay que vivirla y hay que predicarla. No hay que esconderla, como hoy se hace con todo el Evangelio de Jesús.

Los hombres se han creído que el Evangelio de Jesús es un mito, una serie de historias que están ahí para entretener a la gente. Y el Evangelio es el Camino del hombre que quiere salvarse. Es el Camino de la Iglesia que busca la Verdad. Es el Camino de las almas que no se contentan en la vida con cualquier camino humano.

Sin Fátima, la Iglesia no hubiera caminado en este último siglo. Se hubiera perdido en todo lo que ha hecho el demonio, en el mundo y dentro de la Iglesia.

Fátima señala a la Iglesia la manera de combatir al demonio. Pero la Iglesia no ha hecho caso. Y, entonces, es culpable de rechazar la Palabra de la Verdad que la salva. Y ese rechazo exige una Justicia de Dios.

La nueva iglesia de Francisco es el comienzo del castigo de Dios sobre Su Iglesia, como está profetizado en Fátima. Lo que va a hacer ese energúmeno es sólo ser instrumento de la Justicia Divina, que se realiza a través del demonio. El demonio ataca a la Iglesia desde dentro y la hace esclava de su pensamiento demoniáco. Por eso, ni Francisco ni la Jerarquía Eclesiástica tienen luz de Dios para guiar la Iglesia. Tienen la luz del demonio para su iglesia nueva, para desarrollar la iglesia nueva, para lanzar al mundo al Castigo divino que se merece por los pecados de la Iglesia.

Hay que comenzar a ver la Iglesia como está en el Evangelio, no como ahora la Jerarquía va a querer presentarla.

Fátima es el anuncio de la Iglesia Gloriosa de Cristo sobre la Tierra, que para llegar a ese cumplimiento tiene que ser despojada de todo lo humano que tiene la Iglesia. Sólo así se hace gloriosa.

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