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Medjugorje: gracia extraordinaria para toda la Iglesia.

«Medjugorje, continuación de Fátima, con el mismo llamado a la paz, a la conversión de corazón, a la vida de Gracia» (La Virgen  a un alma escogida).

Muy pocos católicos creen en esta verdad, porque han dejado de creer en Fátima. Fátima pertenece al pasado. Ahora, es necesario construir un futuro con un lenguaje nuevo, adaptado a la moda de los hombres, a sus culturas. Por eso, muchos no creen en la Virgen María, en su obra en el mundo, en su misión divina.

Si la Virgen se aparece en tantos lugares del mundo es que está anunciando la segunda Venida de Su Hijo en Gloria.

Pero, no creen en esto. Sólo creen que esa segunda venida es para el juicio final. Si no han comprendido lo que pasó en el Paraíso, tampoco comprenden el Apocalipsis, que les habla claramente del Milenio.

Y no ven las apariciones de la Virgen como «medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (Ib): no hay reino glorioso si el pecado reina en los corazones como señor. Hay que buscar la verdadera conversión, aquello que pone en camino de salvación al hombre entero, no sólo a su alma. Y, entonces, las apariciones son sólo impedimentos para construir el paraíso en la tierra. Están todos dando vueltas a lo que hay en sus grandes inteligencias humanas, y han quedado embrutecidos en su sabiduría:

«… hay algunos que siempre necesitan novedades en la identidad cristiana y olvidan que han sido elegidos, ungidos”, que “tienen la garantía del Espíritu” y que “buscan: ¿dónde están los videntes, qué nos dice hoy la carta que la Virgen les enviará a las cuatro de la tarde? – Por ejemplo ¿no? Y viven de esto. Esta no es identidad cristiana. La  última palabra de Dios se llama ‘Jesús’ y nada más».

Hay muchos que ponen su mente en el cubo de la basura y se pasan el día repitiendo las necedades y estupideces de Bergoglio. Necesitan esas palabras -tan vacías de verdad, tan llenas de mentira- porque viven buscando las fábulas en sus vidas.

¡Muchos viven del cuento! ¡Y Bergoglio es el mejor cuentista de la historia! En la Iglesia ya ha comenzado el negocio que traen las fábulas de Bergoglio!

La última palabra de Dios se llama la Virgen María. Y nada más y nada menos.

«¡Qué hermosa eres, Amada Mía, qué hermosa eres!… Cintillo de grana son tus labios, y tu hablar es suave… Eres toda hermosa… y no hay en ti defecto alguno…  eres jardín cercado, fuente sellada… fuente que mana a borbotones, fuente de aguas vivas» (Ct 4, 1a.3a.7.12b.15a).

La última palabra es la que es Fuente de aguas vivas, la que da las inteligencias del Espíritu a todos los hombres, la que ofrece al hombre la clave de los Misterios de Dios.

Sabiduría Divina es la Virgen María. Y un hombre se hace sabio porque acepta las palabras de la Virgen María en sus apariciones. Un hombre se vuelve un loco porque desprecia  a la que es toda hermosa, a la que no tiene pecado ninguno, a la que no cae en ningún error en su mente.

Bergoglio es sólo un idiota porque no cree en las apariciones.

Nadie tiene la garantía del Espíritu, porque todos somos siervos inútiles del Señor, que no merecen nada por haber sido elegidos. Nadie tiene el derecho de arrogarse el Espíritu del Señor porque es sólo del Señor, no de ninguna Jerarquía.

Y el Espíritu sopla donde quiere: «todo el que nace del Espíritu» (Jn 3, 8) no está sujeto, no vive de ningún pensamiento humano. El Espíritu lleva a las cosas espirituales,  a buscar la acción de Dios en los corazones humildes. Aquel que busque al hombre porque sólo está vestido de sacerdote o porque sólo cumple un oficio en la Iglesia, no es del Espíritu, no tiene el Espíritu. Dios se esconde a los grandes del mundo y de la Iglesia: a esos que dicen que tienen la garantía del Espíritu. Dios sólo hace maravillas con los que son nada: «¡Hermanos, empecemos de nuevo, porque hasta ahora no hemos hecho nada!» (San Francisco de Asís).

Que ningún insensato loco se atreva a maldecir a la Virgen María, porque la Iglesia vive de esto: de las palabras de la Virgen María. Esta es la identidad de la Iglesia Católica, le guste o no le guste al loco de Bergoglio. Lo entienda o no lo entienda.

La Iglesia ha silenciado a la Madre de Dios en Fátima: ahora, que sufra con las palabras malditas de Bergoglio. Ahí tenéis lo que habéis buscado. Habéis despreciado las palabras de sabiduría divina de la Virgen María, arrastraos -todo el maldito día- para alimentaros de las palabras babosas y blasfemas de un loco de atar, que ni siquiera tiene sabiduría humana. Es más bruto que los brutos.

¡No se juega con la Virgen María! Se la respeta y se la obedece por encima de todas las cosas. Hay que hacer caso antes a la Madre de Dios que a la Jerarquía de la Iglesia.

«Estos son tiempos difíciles para la Iglesia, en donde todo lo que os anuncié se cumple, pues muy despreciada por los hombres he sido, y hoy en día se cuestiona y se pone en juicio Mis Apariciones y Mi Santuario Mariano en Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

¡No hay más tiempo! ¡Se están cumpliendo lo anunciado en las profecías! Y, por eso, es necesario negar toda aparición mariana.

«Serán silenciados todos los videntes auténticos y mensajeros de Dios, y se escucharán los falsos profetas y falsos testigos, que hablan de parte del Enemigo y se levantan contra Dios, contradiciendo Su Ley y Sus Manifestaciones Divinas» (Ib).

Ya lo hicieron con Sor Lucía de Fátima, con las niñas de Garabandal, lo están haciendo con las videntes de Medjugorje, han suprimido Akita, se han olvidado de La Salette, se burlan de Guadalupe, en el Escorial lanzaron una ofensiva política contra todos, y ninguna Jerarquía cree en nada. Cada vez que oyen hablar de mensajes comienzan a despotricar por sus bocas.

«Ha llegado el tiempo profetizado, y de tanto dolor en Mi Corazón como Madre de la Iglesia: ROMA PERDERÁ LA FE, y será consumida en llamas para acabar con su pecado, purificándola de todas sus iniquidades e inmundicias, porque se prostituyó y profanó el Lugar que era tan Sagrado para Dios» (Ib).

Es el tiempo de que Roma pierda la fe. Ya ha llegado. Es el tiempo, profetizado en Fátima, de que en Roma habría dos papas: uno, el verdadero, al cual lo tienen prisionero; otro, un impostor, que prepara a la Iglesia para ser la prostituta del Anticristo.

Es el tiempo de los profetas: ¡ay de aquel que no siga el Espíritu de la profecía! Se va a perder en sus tradiciones, en sus liturgias, en su forma de comprender el magisterio de la Iglesia. Es la mediocridad de muchos: quieren defender la tradición obedeciendo a un falso papa. Al final, van a vomitar la tradición para quedarse con la mente de un pervertido.

Es el «tiempo de confusión para los tibios y los mediocres, pero no para los Verdaderos Hijos de Dios: nada los detendrá ni confundirán vuestros espíritus, impregnados de la Verdad de Dios, de Su Ley y su Verdadera Doctrina» (ib).

Hoy, como ayer, nadie cree en los profetas. Porque así es el hombre: ha nacido incrédulo, por el pecado original, y a pesar de haber recibido la fe, es como Santo Tomás: si no veo, no creo. Si no veo a Roma en llamas, no creo. Si no veo que en el Sínodo sacan una ley en contra de la ley de Dios, no creo. Si no veo cambios en la liturgia, no creo.

¡Es el tarugo mental que tienen tantos católicos llenos de teologías y filosofías!

Sus formas de pensamiento les conducen a la mayor ceguera de todas: no saben discernir los signos de los tiempos. No saben dar el paso en su mente: estamos viviendo el inicio de la Segunda Venida de Jesucristo.

Para que venga Cristo a reinar sobre la tierra, es necesario primero un gran castigo sobre la Iglesia y sobre el mundo. Los secretos de Medjugorje hablan sobre eso. Pero, como no son conocidos por la Jerarquía, entonces hay que silenciar Medjugorje. No pueden actuar como lo hicieron con Sor Lucía: no pueden presentar un mensaje adulterado. Hay que hacer callar a esos videntes o quitarlos de en medio.

«El Ángel del Señor, con la flecha de fuego para herir a Roma, la Ciudad Santa, sólo aguarda la voz potente del que está sentado en el Trono Divino y gobierna todo» (ib).

El castigo es inminente. Castigo de fuego. Castigo para purificar la Iglesia de tanto pecado como hay en toda la Jerarquía. Se lo merecen. ¡Muchos se merecen el infierno! ¡Viven como auténticos demonios encarnados!

Nadie cree en este castigo divino, sino que todos andan buscando cómo salvar el planeta del sobrecalentamiento global, que sólo existe en sus imaginaciones. Y así andan castigando a todo aquel que no se someta a su gran barbaridad intelectual, al gran insulto para la inteligencia humana que es Laudato Si.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para toda la Iglesia:

«Todo el que recibe una gracia extraordinaria debe hacerla fructificar a favor de la Iglesia. Prueba de ello es que los videntes han dicho, a propósito de algunos secretos, que cuando éstos sean revelados, para muchos será ya tarde. Esto significa que la atención está puesta sobre nuestra participación en la acción divina en nosotros, incluida la que se manifiesta en Medjugorje de modo tan extraordinario». (P. Tomislav – Veinticinco años con María).

Quien no acoge la acción de Dios, que se manifiesta de modo ordinario en su vida y de modo extraordinario en Medjugorje (y en otras apariciones marianas), será tarde para él: no podrá encontrar un camino de salvación para su alma.

¡Así está de dura la vida eclesial!

¡Ya no puedes confiar en lo que dice la Iglesia oficial! ¡Roma ha perdido la fe!

¡Es el tiempo de los secretos de Medjugorje! Pero, para que sean revelados, antes hay que silenciar a Medjugorje.

Los videntes han hecho fructificar el don que han recibido. Y muchas personas, a su alrededor, también han participado de esa obra divina en los videntes. Pero, muchos otros, dentro de la Iglesia se han dedicado a no creer: a atacar y a destruir a la Madre de Dios. Y aquel que no sabe discernir dónde está la Virgen María, no puede encontrar nunca a Jesús. Y, menos, sabrá edificar la Iglesia sobre la roca de la verdad. Sólo sabe levantar una iglesia apoyada sólo en el lenguaje humano.

Si la Jerarquía, y los miembros de la Iglesia, hubieran hecho caso a la Virgen María, fuente de aguas vivas, habrían entendido todas las cosas de este tiempo del Anticristo, que es el que se opone a Cristo.

Pero, como han despreciado a la Virgen, también han despreciado a Cristo, y están demostrando su amor al Anticristo: están levantando una iglesia para el Anticristo.

«Pedid por el clero que es impostor, por los judas de estos tiempos que traicionan al Hijo, entregando y traicionando a Su Iglesia.

Dentro de la misma Iglesia se está tramando la Traición de la Misma: el beso de Judas, uno de entre los amigos íntimos del Hijo.

Porque el instante ya está con vosotros, mis hijitos, en que manipularán la Ley de Dios y sus Mandatos Divinos. El hombre malo se hará más malo, y el bueno será más bueno por la Gracia de Dios; y será más piadoso y santo, para ser luz en medio de las tinieblas, que ya van cubriendo la tierra y la Iglesia de Mi Hijo» (La Virgen  a un alma escogida).

El clero es impostor; son judas que van tras la bolsa de dinero; se presentan con una sonrisa en la boca para terminar dando una patada en el trasero a todo aquel que no se someta a las locuras de Bergoglio.

La Virgen María reveló, desde las primeras semanas de sus apariciones, el sentido espiritual profundo de su extraordinaria presencia en Medjugorje:

«Se está desarrollando un gran combate entre mi Hijo y Satanás. Lo que está en juego son las almas de los hombres» (02.08.1981).

La Virgen recuerda lo que está en las Sagradas Escrituras: Ella es la Mujer vestida de sol, que lucha contra el Dragón que se abalanza contra la Mujer que ha dado a luz a un Hijo Varón.

Están en juego las almas, no los estómagos de los pobres. Peligra la salvación  de las almas, no la salvación del planeta para conseguir un paraíso en la tierra. Muchos ya no creen en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro, sino que han puesto su esperanza en su comunismo y en su idea masónica del Universo.

Quieren hacer de Medjugorje sólo un lugar de oración, pero no de Aparición. Y Medjugorje no es un lugar de devociones piadosas, sino que es el lugar elegido por la Virgen María para un gran combate espiritual.

«Satanás está rabioso con los que ayunan y se convierten» (15.08.1983).

Luego, Satanás está contento con Bergoglio que no quiere proselitismos: quiere que todo el mundo permanezca en su pecado y dé culto a sus dioses.

En toda aparición mariana hay combate espiritual. Es la primera señal de la Presencia de Dios.

«Os invito a todos de una manera especial a la oración y a la renuncia, porque ahora como nunca antes, Satanás quiere mostrar al mundo su rostro infame con el que arrastrar al mayor número de gente posible por el camino de la muerte y del pecado. Por esto, queridos hijos, ayudad a mi Corazón Inmaculado a triunfar en un mundo de pecado»  (25.09.1991).

En Fátima, la Virgen enseñó a los niños el infierno, para salir del pecado. En Medjugorje, la Virgen sigue haciendo lo mismo: enseña a quitar el pecado.

Medjugorje renueva el mensaje de Fátima, porque ninguna Aparición de la Virgen es para dar algo nuevo que nunca se ha revelado. Sino que es para que la mirada del hombre sea capaz de percibir lo que ha sido revelado, pero que el hombre, por su gran soberbia, por su obstinado orgullo, por su clara lujuria de la vida, no ve ni puede ver, aunque tenga todos los conocimientos filosóficos y teológicos acumulados.

Toda la Jerarquía que gobierna la Iglesia vive en sus pecados, en su mundo de pecado. Y lo saben. Tienen los caminos para quitar el pecado y no los siguen. Entonces, la consecuencia es lógica: acallemos unos mensajes que hablan de la oración, del ayuno, de la renuncia para que el hombre quite sus pecados. Si no son capaces de seguir el catecismo de la Iglesia, que les enseña a luchar contra el pecado, menos son capaces de seguir las palabras de la Virgen que les enseña lo mismo.

«No dudéis en recibir el mensaje, que es mensaje del Cielo, si se os llama a la oración, a la penitencia, al ayuno y las obras de piedad. No temáis recibir con gratitud ese mensaje porque son medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (La Virgen  a un alma escogida).

El hombre no sabe ver el mundo espiritual: no sabe convertirse al mundo de Dios. Sólo sabe vivir su mundo humano, su mundo racional, que es totalmente limitado, oscuro. Y, por eso, la Virgen se aparece para mostrárselo al hombre como es.

Muchos desprecian las apariciones porque no han comprendido el camino espiritual de la Iglesia. Se han quedado en el camino humano: lo que los hombres, la Jerarquía, dice o no dice. Y no salen de esas medidas humanas, porque tampoco saben obedecer a la Jerarquía. Siempre caen en el falso respeto y en la falsa obediencia a una Jerarquía que ha perdido la fe, que cuando habla sólo le interesa poner de relieve el temor de las revelaciones privadas para la vida eclesial.

Así son muchísimos católicos: tienen miedo de enfrentarse a una aparición de la Virgen, porque no quieren salirse de sus medidas humanas. Están tan metidos en su mente, en sus ideas, en sus malabarismos intelectuales, que ven extraño que Dios hable o que la Virgen se aparezca en algún lugar para repetir lo que ya saben.

Viven en su sueño de que ellos son mejores que muchos católicos que van buscando, aquí y allá, mensajes para su vida espiritual. Ellos, con sus dogmas, con sus tradiciones, con sus santos, acaban haciéndose unos sepulcros blanqueados.  Y sólo saben criticar a todo aquel que cree en una revelación privada. Sólo saben llenarse la boca de desprecios a la Virgen, anulando sus apariciones, para después hablar con orgullo, con palabras medidas sobre las excelencias de la Virgen.

Si la Virgen se aparece en Medjugorje, ¿quién es el hombre para negar esta verdad? ¿Quién puede comprender los designios de Dios?

«Queridos hijos, hoy, como nunca antes, os invito a la oración… Satanás es fuerte y desea destruir no sólo la vida humana, sino también la naturaleza y el planeta en el que vivís. Por esto, queridos hijos, orad para estar protegidos a través de la oración con la bendición de la paz de Dios. Dios me ha enviado a vosotros para ayudaros. Si queréis, coged el Rosario, ya sólo el Rosario puede hacer milagros en vuestra vida» (25.01.1991).

Sólo es el Rosario el que hace milagros: la oración a la Virgen María. Lo demás, no sirve para levantar este mundo lleno de pecado.

Quien sostiene a la Iglesia es el Rosario. No es la Jerarquía que obedece a un falso papa: ellos están destruyendo a la Iglesia.

Sólo los humildes de corazón saben luchar contra satanás para que las puertas del infierno no prevalezcan contra la Iglesia.

La gente humilde, con el Rosario en la mano y en el corazón, es la que edifica la Iglesia, la que levanta la Iglesia y la lleva a donde Dios la quiere.

Los demás, están perdidos en su falsa sabiduría humana. No acuden a la Fuente de aguas vivas, que es la Virgen María en todas sus apariciones.

¡Todos tienen miedo de defender las apariciones marianas! ¡Todos se apuntan al carro del relativismo!

Dios quiere realizar por medio de la Virgen María un gran plan de gracia para salvar las almas del objetivo central que tiene Satanás:

«Yo estoy con vosotros también en estos días inquietos, en los que Satanás quiere destruir todo lo que yo y mi Hijo estamos construyendo… Satanás quiere destruir todo lo que hay de santo en vosotros y en vuestro entorno. Por esto, hijitos, orad, orad, orad…» (25.09.1992).

Porque «no es nuestra lucha contra la carne y la sangre,… sino contra los espíritus que se mueven en los aires» (Ef 6, 12), que quieren destruir todo el planeta, no sólo las almas.

Y, para vencer en esa lucha, la Virgen María dictó a Jelena cómo vestirse de la armadura de Dios:

1. Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados. Evitad la televisión, sobretodo las transmisiones nocivas. Los deportes excesivos, el placer excesivo de la comida y las bebidas, el alcohol, el tabaco.
2. Abandonaos a Dios sin reservas.
3. Desterrad definitivamente cualquier tipo de angustia. No hay lugar para la angustia en el corazón de quien se abandona a Dios. Las dificultades subsistirán, pero servirán para el crecimiento espiritual y darán gloria a Dios.
4. Amad a vuestros adversarios. Desterrad el odio del corazón, la amargura, los juicios, los prejuicios. Orad por vuestros adversarios e invocad la bendición divina sobre ellos.
5. Ayunad a pan y agua dos veces por semana. Reuníos en grupo al menos una vez a la semana.
6. Consagrad a la oración al menos tres horas cada día, de las cuales al menos media hora por la mañana y media hora por la tarde. En este tiempo de oración están incluidos la Santa Misa y el Rosario. Reservaos momentos de oración a lo largo del día y recibid la Santa Comunión siempre que os sea posible. Orad con gran recogimiento. No miréis continuamente el reloj, más bien dejaos guiar por la gracia de Dios. No os preocupéis demasiado de las cosas de este mundo, confiando todo, en la oración, a nuestro Padre celestial. Cuando uno está demasiado preocupado, no puede rezar porque falta la serenidad interior.

Dios contribuirá a conducir a buen fin las cosas terrenas, cuando uno se esfuerza por abrirse a las cosas de Dios. Aquellos que van a la escuela o al trabajo deben rezar media hora por la mañana y media hora por la tarde y participar, si es posible, en la Eucaristía. Es necesario extender el Espíritu de oración al trabajo cotidiano, es decir, acompañar el trabajo con la oración.

7. Sed prudentes, porque el demonio tienta a todos aquellos que han decidido consagrarse a Dios y sobretodo a ellos. Les sugerirá que rezan demasiado, que ayunan demasiado; que deben ser como los otros jóvenes y buscar los placeres. ¡No deben escucharlo ni obedecerle! Deben prestar atención a la voz de la Virgen. Cuando su fe se haya consolidado, el demonio ya no conseguirá seducirlos.
8. Orad mucho por el obispo y por los responsables de la Iglesia. No menos de la mitad de sus oraciones y de sus sacrificios deben consagrarse a esta intención. (“Messagi e pedagogia di Maria a Medjugorje” de R. Laurentin – R. Lejeune)

Las reglas que la Virgen María dictó a los jóvenes del grupo, ¿no están totalmente de acuerdo con la doctrina de Cristo y con el magisterio de la Iglesia? Entonces, ¿por qué dicen que estas apariciones son falsas? ¿En qué se fundamentan?

Todo el problema es éste: han dejado de creer en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus palabras humanas, que las hacen oficiales. Oficializan su incredulidad

«…muchos oran, pero poquísimos entran en la oración» (La Virgen a Jelena). Muchos católicos están toda su oración en el run-run de su mente humana, dando vueltas a sus ideas magníficas, creyendo que oran cuando sólo están hablando consigo mismo. Y están así sólo por una cosa, que es la primera regla del grupo: «Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados». No han renunciado a sus pasiones y a sus grandes apegos humanos.

Quien se entrega al pecado, no puede entrar en la oración. Sólo el que renuncia a los pecados, el que los arranca de su alma, tiene la capacidad de entrar en la Presencia de Dios.

Toda esa Jerarquía que quiere negar Medjugorje es gente que no reza, porque vive muy a gusto en sus grandísimos pecados de herejía, de apostasía de la fe y de cisma.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para la Iglesia que la misma Iglesia ha despreciado. Gracia que no puede fructificar allí donde no hay fe.

Si Fátima abría a la Iglesia el camino hacia el Reino Glorioso de Cristo, Medjugorje lo descubre en su plenitud.

«Todo lo que se oponga a la Cruz y al sufrir con Cristo, no es de Dios, viene del príncipe de las mentiras.

Toda enseñanza contraria al Evangelio que les predicó Mi Hijo, y os dejó en herencia y por medio del testimonio de los primeros Apóstoles, que sea cambiado o manipulado, viene del Enemigo, el diablo, y debéis negaos a consentir todo error, toda herejía que contradiga la Palabra Divina. No provoquéis al Santo de Dios, para que no os veáis atribulados por ver el Juicio Divino sobre vosotros, que consentís el pecado» (La Virgen  a un alma escogida).

Combatan a toda esa jerarquía que combate las apariciones de la Madre de Dios. Ellos no son de la Virgen, aunque tengan en sus bocas el nombre de Ella. Lo toman en vano, para su gran negocio en la Iglesia.

Es tiempo para que los videntes de Medjugorje dejen de predicar que Bergolio es papa y defiendan la gracia extraordinaria que la Virgen les ha dado. Si no lo hacen, comprometen la misma aparición. Es la Cruz, la vida crucificada lo que da la fuerza para esto:

«La Cruz será un signo de esperanza y salvación para muchos, que se verán obligados y limitados a mantener viva esta devoción a Mis Apariciones, en ese lugar de Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

 

No existe la conciencia crística, ni la conciencia colectiva, ni el amor crístico

ethos

«Si los fundamentos se destruyen, ¿qué podrá hacer el justo» (Sal 12 [11], 3).

El fundamento del hombre: Dios. Pero no el concepto que el hombre tiene de Dios en su mente humana, sino lo que Dios Es.

Dios no es una idea para el hombre, sino una Vida.

Dios no es una conciencia universal para la humanidad, sino una Ley Eterna, Inmutable, que cada hombre, en particular, debe obrarla.

Todo hombre está obligado a formar su conciencia moral. Si no la forma, el mismo hombre destruye, con su mente humana, su fundamento.

«En nuestro tiempo se hace cada vez más fuerte la voz de los que quieren convencernos de que la religión como tal está superada. Solo la razón crítica debería orientar el actuar del hombre. Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio» (Benedicto XVI – Universidad Urbaniana  – 21 de octubre 2014).

La razón del hombre busca el poder, el orgullo de dominarlo todo sin Dios. Con su razón crítica, el hombre se inventa el concepto de Dios, el concepto de la ley natural y divina. El hombre se hace su religión, su iglesia, su espiritualidad; es decir, su fábula. Fábula que siguen muchos porque ya no saben abajar su mente a la Verdad Revelada.

El hombre crea con su razón humana una nueva moral sin moral: una moral de conceptos vacíos, de lenguaje agradable al oído humano, pero lleno de errores y de oscuridades.

El hombre va en busca de una conciencia universal, humana, crística, personal que no existe. Sólo se da en su cabeza humana, en su falsa interpretación de lo que Dios ha revelado.

«Considerarlo como el único válido disminuiría al hombre, sustrayéndole dimensiones esenciales de su existencia» (Ib.). Es lo que se ve: un hombre disminuido porque ha puesto en su mente lo único que tiene valor, y así le falta lo más importante para su vida: el sentido de lo divino. El sentido real, su fundamento real, que no está en su mente, sino fuera de ella.

Si la mente del hombre no se cierra a ella misma, entonces sólo vive para sí misma.

El hombre que aprende a cerrar su mente, vive con el corazón abierto a Dios, a su fundamento real, vivo.

Pero el hombre que busca en su mente la solución al problema de su vida, se hace él mismo esclavo de sus mismos pensamientos y los adora como dios.

El hombre tiene que abajarse, humillarse, despreciarse. Y, entonces, Dios lo ensalza, obra lo divino en su existencia humana.

«El hombre se hace más pequeño, no más grande, cuando no hay espacio para un ethos que, en base a su naturaleza auténtica retorna más allá del pragmatismo, cuando no hay espacio para la mirada dirigida a Dios» (Ib).

El hombre tiene que mirar a Dios, pero no con su pensamiento humano, sino con su corazón. Un corazón que no mira a Dios no ama al prójimo, no sabe darle lo que Dios quiere.

En el corazón humano, Dios pone su amor divino; pero en la mente humana, el demonio es el que trabaja.

Con el corazón abierto al Amor de Dios, el hombre forma su conciencia moral: el hombre es enseñado por Dios para obrar, con su mente, aquello que Dios quiere y le pone en su corazón. La mente del hombre es la que guía a la voluntad del hombre, para que haga aquello que ha comprendido de Dios con su corazón.

La mente humana no decide nada en el orden divino, no manda nada, no ejerce ningún dominio. Es sólo la guía, que tiene el hombre, para poder poner por obra la Voluntad de Dios.

La conciencia moral es el juicio de la mente, un acto de la mente sobre una acción moral, sobre una obra buena o mala moralmente. Lo moral es lo que sigue una norma suprema, una ley eterna, divina. Lo moral no está en los hombres, no lo deciden ellos con sus pensamientos o con sus obras en la vida, sino que lo regula Dios con Su Ley, con Su Voluntad.

La ley natural es una ley moral, es norma para formar la conciencia moral. Quien vaya en contra de la ley natural va en contra de su propia conciencia, hace de su propia conciencia un juicio falso del bien y del mal. Hace de su vida una abominación, como son los homosexuales.

La conciencia moral no es la conciencia psicológica, por la cual el hombre conoce que está pensando, que quiere algo en la vida, que obra algo. Conocer los propios actos internos, entendimiento y voluntad, no es tener una conciencia moral. Es sólo mirar lo humano con ojos humanos.

Conocer que esos actos internos se dirigen o no hacia Dios, hacia lo que Dios quiere, eso es la conciencia moral.

Los falsos profetas hablan de una conciencia colectiva: «Amados, oren en la praxis cotidiana de sus actos, en la conciencia personal y alertando la conciencia colectiva» (Luz de María – 17 julio 2013).

No existe ni la conciencia personal ni la colectiva. La humanidad no tiene conciencia, no tiene alma. Una comunidad, un grupo de hombres, no tiene conciencia. Una familia no tiene conciencia. Un pueblo no tiene conciencia. Para tener conciencia, es necesario poseer un alma racional.

La persona no tiene una conciencia personal: tiene un alma, un cuerpo y un espíritu. Y, en su alma, está su mente; pero la mente humana no es la conciencia personal del hombre.

Muchos confunden la razón humana con la conciencia; muchos llaman con el nombre de conciencia a sus pensamientos, a lo que conciben con sus juicios humanos. Y yerran.

El hombre tiene una conciencia psicológica, pero no como persona. Porque la persona es todo el hombre: alma, espíritu y cuerpo. La persona es algo más que el juicio de la mente y las obras de la voluntad humanas. La persona es algo más que las obras de la carne; no es sólo el estado de gracia o de pecado. La persona es intocable en el ser humano, intangible, es la que dirige todo: su alma, su espíritu y su cuerpo. Es la que ve con su conciencia moral lo que tiene que hacer. Hablar de conciencia personal es hablar de nada.

El hombre tiene una conciencia psicológica, nacida de su mente humana. Pero el hombre no es su conciencia, ni psicológica ni moral. El hombre es un ser que posee tres cosas: alma, espíritu y cuerpo.

Muchos confunde esto: hombre y conciencia. Los ponen juntos y así dicen que hay que buscar el amor crístico, la conciencia crística. Han confundido a Cristo con su conciencia moral. Cristo no es su conciencia moral. Cristo es el Verbo Encarnado. Y Cristo obró la Voluntad de Su Padre: obró una moralidad perfecta, sin pecado. Hay que buscar el Amor del Verbo, no el amor crístico. El Amor del Padre y del Hijo, no el amor de un lenguaje humano: la palabra, el verbo. Cristo no es una idea, un concepto, una forma de comprender el amor de Dios. Cristo es el Mismo Amor, porque es Dios.

Hay que unirse al Verbo Encarnado, pero eso el hombre no sabe hacerlo por más que piense en Cristo, por más que cumpla una ley divina. Es el Amor de Dios el que transforma al hombre en otro Cristo, no es el hombre el que se unifica con Cristo:

«Ustedes, amados, deben confluir unificándose con la conciencia crística en todos sus preceptos y en sus principios» (Luz de María – 14 de abril del 2014).

No existe la conciencia crística: existe el Verbo Encarnado, existe la doctrina que Cristo ha enseñado; existe la Ley Eterna, que Cristo ha cumplido totalmente en su vida humana; existe la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo místico, no un cuerpo universal.

El hombre se une a Cristo sólo por la Gracia. Y la Gracia es la Vida Divina. Y no es más que eso: lo divino que el Señor pone en el espíritu del hombre, no en su alma. La Gracia es la Vida para el espíritu del hombre. Y se vive la Gracia con el corazón, no con la mente humana.

¡Cómo engañan los falsos profetas a los mismos católicos que no saben su fe, que vive amparados de su razón práctica! Todo lo quieren entender con sus pensamientos humanos y así se disminuyen, se hacen una abominación en la misma Iglesia de Cristo.

Los falsos profetas hablan de abrir la mente:

«que abran el pensamiento, la mente, que permitan que sus sentidos se impregnen de mi amor, porque este instante es difícil» (Luz de María – 16 de Mayo de 2012).

Dios habla al corazón; Dios abre el corazón; el demonio habla a la mente; el demonio abre la mente para conquistar lo humano, la soberbia de las ideas, el orgullo de las obras de los hombres, la lujuria de la vida de cada uno sobre la tierra.

El Amor de Dios se da al corazón del hombre; pero el corazón tiene que abrirse en la humildad de la mente, cuando la mente se cierra a toda idea del hombre y del demonio. El hombre tiene que trabajar en quitar su soberbia de la mente. La soberbia abre la mente del hombre al mundo del demonio; la humildad abre el corazón del hombre al mundo de Dios. Para ser humildes, hay que pisotear la mente, hay que despreciarla, no hay que vivir pensando como lo hacen los hombres. Hay que vivir con la Mente de Cristo, que es la Mente de Dios. Y Dios no tiene conciencia porque no puede pecar. Cristo no tiene conciencia porque no puede pecar. La conciencia es para el hombre pecador, no para el santo. El Santo es aquel que siempre hace la Voluntad de Dios. Siempre. Por eso, es necesario el purgatorio porque los hombres no saben hacer la Voluntad de Dios en sus vidas humanas, a pesar de tener una conciencia que les grita que no están haciendo lo que Dios quiere.

Este es el lenguaje del demonio: «que abran el pensamiento, la mente».

¡Cuántos siguen este lenguaje! ¡A cuántos católicos les gusta este lenguaje! ¡Lo usa Bergoglio constantemente: es un hombre con la mente abierta al mundo del demonio! ¡Un hombre con un corazón cerrado al mundo de Dios!

Abrir la mente es meterse en la conciencia psicológica. Y de ella inventarse la conciencia universal, personal, crística. Es la razón práctica que busca el dominio, el poder.

Cuando el hombre habla de abrir su mente, entonces se quiere poner la raíz del mal en el mismo pensamiento humano, los pensamientos negativos:

«Se han negado a Dios, y desconocen que los pensamientos y vibraciones de cada uno no se quedan en el ser, sino se expanden y van produciendo una cadena de energía que se tornará en su contra. Los actos humanos no se dan y desaparecen; las consecuencias de éstos, acumulan negatividad, la cual regresa con prontitud a derramarse sobre la tierra» (Luz de María – 26 de Agosto de 2012).

¡Cuántos se levantan todos los días para buscar un pensamiento positivo de la vida! Van en busca de la razón práctica: quiere conseguir con sus pensamientos que la vida les vaya bien. ¡Un absurdo! El hombre no decide con su pensamiento su vida. El pensamiento del hombre no es la vida del hombre. Por más que pienses la vida no te vas a salvar. Por más que medites en el cielo, no vas a ir al cielo.

La idea humana crea una energía: es la fuerza de la mente, es el poder de la mente, es el dominio de la razón: «Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio».

El hombre está convencido de que con sus pensamientos puede arreglar el mundo: ten pensamientos positivos, no tengas negativos. El hombre quiere dominar el mundo con su mente, con su energía positiva, la que nace de sus pensamiento positivos. Son ideas que fluyen de la mente del hombre, de su boca. Estamos en el platonismo. La idea platónica: todo está en la mente: en cómo piensas, en cómo meditas, en cómo sintetizas tus ideas para crear una energía, una fuerza vital que ponga en marcha la conciencia universal.

Así hablan los falsos profetas. Y ¿qué hacen los católicos detrás de estos falsos profetas, detrás de una Luz de maría que es el atractivo del demonio para engañar a mucha gente que se cree sabia con su inteligencia humana?

«Reciban la luz divina con amplitud de conciencia y lo demás se les dará por añadidura» (Luz de María – 10 de octubre de 2013).

Pero, no dice el Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás por añadidura» (Mc 6, 33). Entonces, ¿qué hacen leyendo a Luz de María, que es la luz del Maitreya? ¿A qué juegan con sus vidas espirituales?¿De qué les sirve el Magisterio, la enseñanzas de los Santos Padres, la doctrina de Cristo en Su Evangelio?

¿Es que la luz divina se recibe con una conciencia ancha, laxa? Dios da su luz para enseñar al hombre a formar su conciencia moral, no para ampliar su conciencia, sino para hacer de la conciencia del hombre un manantial de sabiduría para no pecar más.

Dios enseña, con su luz divina, a no pecar. Y, entonces el hombre tiene una conciencia recta, verdadera, no amplia, no laxa, no ancha.

Luz de María pone en la mente del hombre, la conciencia. Y, entonces, como hay que abrir la mente, hay que ampliar la conciencia. Consecuencia, enseña este disparate:

«….miremos los apegos y a la vez los desterremos, dando paso a esa luz divina que nos conduce a la conciencia crística, en donde lo humano es superado por el ser divino de donde procedemos». (Luz de María – 14 de abril del 2014).

Una vez que se amplía la conciencia, entonces lo humano queda superado por lo divino. Y eso es la conciencia crística: estar en donde lo humano es superado por lo divino. Hay que llegar a esa conciencia.

Y ¿qué enseña la teología?

La gracia supera al hombre, pero no lo anula. La gracia da una vida que no es del hombre, una vida que está por encima del hombre, pero no es una vida que anule la conciencia, la libertad, la mente del hombre.

Dios da la gracia al hombre para que pueda vivir dos vidas mientras está de paso. Mientras el hombre viva esta vida de prueba, el hombre no puede tener a la perfección la vida divina de la gracia. El hombre tiene que morir para vivir perfectamente en la vida de Dios. Y en esa vida divina el hombre está en lo divino. No es superado por lo divino, sino que es transformado en todo lo divino.

¿Ven hacia donde lleva un falso profeta? Hacia el descalabro más total.

Para hacer un juicio moral, la persona debe aprender lo que es el bien y el mal moral.

«Hacer el bien y evitar el mal», «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a otro», «la suprema deidad debe ser adorada», «las promesas deben ser guardadas», «los preceptos deben ser cumplidos»…, no es la conciencia moral. Son sólo principios universales de donde se deduce la moralidad de los actos, pero no son un juicio de la mente sobre una obra buena o mala.

Con estos principios, se deducen muchas verdades, que son universales, para todos, y se puede hacer muchos bienes: materiales, carnales, naturales, humanos, espirituales, divinos. Y también se realizan muchos males que los hombres cree que son buenos.

Estos principios universales no constituyen una conciencia universal: un pueblo bárbaro que siga el principio de rendir culto a la divinidad, aunque esta divinidad sea un demonio, no tiene una conciencia errada como pueblo, sino que cada hombre de ese pueblo tiene su propia conciencia errada en lo moral. Hay que formar a cada miembro del pueblo para que obren lo correcto, lo verdadero, lo cierto. Las diversas culturas no forman la conciencia colectiva del pueblo. Un hombre que conozca su cultura no tiene una conciencia moral. La conciencia moral se forma en la ley divina, en la sabiduría divina, no en la sabiduría de los hombres.

La Iglesia que sigue a un usurpador, como Bergoglio, significa que los miembros de la Iglesia no tienen la conciencia moral recta, sino errada en ese punto. Y es neceario formar esa conciencia moral de cada miembro con la verdad de lo que es un Papa en la Iglesia.

Los católicos que siguen a un falso profeta, como Luz de María, tienen una conciencia moral errada. Y debe ser formada si quiere salvarse dentro de la Iglesia. Porque los falsos profetas combaten contra la Verdad de la Iglesia y producen que las almas vivan para el pecado en su inteligencia humana.

Hay que «hacer el bien y evitar el mal», pero esto no es lo que salva ni santifica al hombre. No existe un bien universal ni un mal universal; no existe un bien cultural ni un mal cultural, porque la conciencia no es universal, no es colectiva, sino de cada hombre, es particular. Y lo que cada hombre obre en su vida privada, después, tiene sus efectos en la vida comunitaria. Según sea la conciencia moral de cada hombre, así será su obra en la familia, en la comunidad, en la sociedad, en el trabajo, en las diversas culturas de los pueblos… Y esa obra que se hace para todos, ese bien o mal común, tiene repercusiones en el orden moral, ya para el individuo, ya para la sociedad en la que se hace ese bien o ese mal.

Para salvarse, el hombre tiene que hacer el bien moral y evitar el mal moral. El hombre tiene que ponerse en el orden moral para encontrar el camino de la salvación. El orden humano no salva, no es camino. El orden natural es sólo para un camino natural; pero lo moral hace referencia a Dios, no al hombre, no a lo natural.

Se necesita la ley Eterna para una norma de moralidad. Pero hoy los hombres, con su razón práctica, la anulan. Y así la gente va buscando falsos profetas.

¡Cuántos hay que se van a condenar por seguir la conciencia ancha, la conciencia colectiva! ¡Bergoglio es Papa, entonces hay que obedecerle porque si no se va en contra de la conciencia eclesial, colectiva, universal! No existe tal conciencia. Sólo existe la conciencia de cada individuo. Y cada uno tiene que resolver por sí mismo: o aceptar a Bergoglio o rechazarlo. Pero no se puede seguir la opinión de la masa en la Iglesia. Eso es condenarse.

La realidad de la Iglesia como ser sobrenatural

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«Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles» (1 Cor 4, 1-2)

¿Qué es la Iglesia? Es la Jerarquía que obedece a Cristo. Eso es la Iglesia.

Aquella Jerarquía que no obedece a Cristo no pertenece a la Iglesia, aunque esté dentro de Ella, aunque trabaje en Ella. Y, por tanto, no es posible la obediencia a una Jerarquía que no se somete a la Mente de Cristo en la Iglesia; una Jerarquía que hace del Magisterio de la Iglesia un negocio y una empresa, para limpiar la cara del pecado a muchos hombres que, vestidos de talar y de púrpura, son simplemente lobos que ahuyentan el Rebaño y lo dispersan por las riberas de la humanidad sin Dios.

¿Qué es el sacerdote en la Iglesia de Cristo? Aquel que es otro Cristo, aquel que representa al mismo Cristo, el cual le hace participar de su misma Autoridad Divina.

Y, por tanto, el sacerdote no es un hombre con un papel, con una función que se basa en el consenso de la mayoría. No es un hombre para un pueblo, ni para una comunidad, ni para un colectivo, ni para una idea política. El sacerdote no hace un servicio de coordinación de ideas, de masa, de una opinión pública; sino que sirve a la Iglesia poniendo una Autoridad, que no le pertenece, que no es suya, pero a la cual representa, por ser el mismo Cristo.

Y, por tanto, el sacerdote tiene una misión sagrada en la Iglesia; no le pertenece ninguna misión social ni cultural: no es un hombre para una sociedad, no es un hombre para las redes sociales; no es un hombre para una política del mundo; no es un hombre para una empresa económica.

Es un hombre para el Reino de Dios, que es en todo espiritual, nunca humano ni material. Es el hombre que pone el camino para ese Reino, que no es de este mundo, que no puede pervivir en este mundo, bajo estas circunstancias de pecado en que vive todo hombre. Es el hombre que obra el Reino de Dios en medio de un mundo que no cree en Él. Y es una obra espiritual, no es un apostolado humano para una satisfacción humana, para dar un ejemplo a los hombres en sus vidas humanas. Un hombre contracorriente. Un hombre que se opone al hombre, que no vive la mentalidad humana, que no obra como los demás hombres: sólo obra como Cristo, sólo es otro Cristo.

El sacerdote no es un hombre de democracias ni de consensos, sino de Autoridad divina que pide y exige del pueblo la obediencia. Muchos católicos ya no obedecen a la Jerarquía, sino que sólo quieren obedecer a Cristo. No ven el sacerdocio como algo sagrado, sino como una cosa más en la Iglesia.

La Iglesia es Pedro. Y Pedro es Autoridad Divina. Y Pedro constituye una verticalidad, una jerarquía donde no hay democracia, donde no hay opiniones, juicios encontrados. Y, en esa verticalidad, sólo la obediencia es lo que edifica el organismo sobrenatural de la Iglesia. El sometimiento a la persona de Pedro es lo que hace ser Iglesia.

Pedro es todo en la Iglesia. La Jerarquía es todo en la Iglesia. No es una parte, no es un conjunto de hombres que sumados a otros, que no son la Jerarquía, hacen la Iglesia.

Este es el pensamiento de un hereje y de un cismático, al que le han puesto la etiqueta de Papa, al que muchos predican la obediencia a su mente, del que muchos dicen que su doctrina es católica:

«La Iglesia piensa…. La Iglesia somos todos. «¿De quién hablas tú?». «No, de los sacerdotes…». Ah, los sacerdotes son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. No hay que reducirla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano… Estas son partes de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, todos de la madre» (ver texto).

¿Por qué los católicos siguen obedeciendo a un hombre que ha roto la Jerarquía en la Iglesia y, por tanto, está en el Vaticano construyendo su modelo de iglesia universal, su modelo de sacerdocio?

¿Por qué se da esa obediencia a un hombre que no sigue la enseñanza de la Iglesia sobra la misma Iglesia?

¿Para qué obedecen la mente de este hombre, que dice que la Iglesia somos todos y, en consecuencia, todos tienen algo que decir en la Iglesia; y la opinión de todos vale en la Iglesia?

¿No ven que se ha cargado la Jerarquía, a Pedro, la obediencia, y que ahora exige una obediencia que es imposible darla? Porque no se puede obedecer a todos en la Iglesia. Se obedece a Cristo, que es la única Verdad a la cual toda mente humana tiene que someterse, abajarse, inclinarse, oscurecerse. Se obedece a la Jerarquía, que es todo en la Iglesia.

Si la Jerarquía no obedece a Cristo, cae toda obediencia en la Iglesia. Nadie posee la Verdad, porque la Verdad no se crea, sino que se halla. Se encuentra en Cristo. Y sólo obedeciendo a Cristo, se permanece en la Verdad, se está en la verdad.

Como Francisco no obedece a Cristo, entonces hay que negarle cualquier obediencia, incluso la material. Francisco quiere crear la verdad por votación, por una unanimidad de sentimientos humanos, de acercamientos en las mentes. Eso es lo que va a ser el próximo Sínodo de los malditos, de los afeminados, de los pervertidos en la gracia divina: una votación para excusar el pecado en la Iglesia.

La Iglesia, para este hombre, ya no es la Jerarquía, ya no es Pedro, sino todos. Pedro y la Jerarquía es una parte de la Iglesia, pero no es el todo. Consecuencia: la Iglesia es un conjunto de hombres, que piensan y deciden qué hacer con la Iglesia, cómo vivir en Ella, cómo obrar en Ella.

La Iglesia no es ni una familia, ni un clan, ni un pueblo, ni un asunto social de los hombres. La Iglesia es la obra de la Verdad, que sólo la Jerarquía verdadera puede manifestar a toda la humanidad. Esa Verdad es camino y luz para todos. Y si no se obra esa Verdad, la Iglesia se oscurece y es sólo un tropiezo, un escollo, una escisión, una quiebra donde sólo se ve la ruina que el pecado hace en cada alma que pertenece a la Iglesia.

Es lo que contemplamos en la nueva iglesia que lidera Bergoglio en el Vaticano. Esa nueva iglesia no es la Iglesia Católica. Y si no saben discernir esta Verdad, entonces van a hacer como muchos ya hacen: construyen sus iglesias, sus asociaciones, sus comunidades, sus grupos, están en sus parroquias para dividir más a la Iglesia Católica. Y quieren seguir trabajando en la Iglesia Católica, obedeciendo a Francisco y a toda la Jerarquía que le obedece. ¡Es un absurdo! Quien no se opone a Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva sociedad instalada en los muros del Vaticano.

No se pertenece a la nueva iglesia, que lidera Bergoglio, sino que pertenecemos a la Iglesia Católica, cuyo Papa es Benedicto XVI hasta que se muera. Una vez que se muera, la Iglesia deja de verse en la realidad de la vida histórica de los hombres, porque ya no está Pedro. A Pedro se lo han cargado con la renuncia impuesta al Papa Benedicto XVI.

Hay una gran división ya en el Vaticano, y en cada parroquia que pertenece al Vaticano. Y esa división está promovida por la misma Jerarquía infiltrada que gobierna en el Vaticano. ¡Claro gobierno masónico!

Es la división en la cabeza hecha por Bergoglio con su gobierno horizontal. Es el cisma encubierto, que nadie quiere ver ni entender, pero que se manifiesta claramente: la Jerarquía se ha unido a un hereje y a un cismático, y le dan obediencia como si fuera el Papa legítimo. ¡Esto se llama cisma!

Los que están en el Vaticano lo llaman obediencia al “Papa” Francisco: están bajo Pedro, sometidos a Pedro. ¡Un falso Pedro! ¡Una falsa obediencia al falso Pedro! Y, por tanto, se llaman a sí mismos “Iglesia católica”. Y en la realidad de los hechos, ellos -los del Vaticano- han perdido la línea católica en el gobierno: no siguen la ley de la Gracia, al poner una horizontalidad que anula esta misma Ley.

La Gracia no puede darse allí donde hay un gobierno horizontal en la Iglesia. ¡No se puede! Porque la verticalidad es una iniciativa divina, una obra divina, un fin divino en la Iglesia.

Esta Verdad es la que no siguen en el Vaticano. Y esta Verdad, los católicos no saben meditarla en sus vidas y, por eso, siguen dando una obediencia que es una abominación en la Iglesia. Obedecen a una Jerarquía que no puede nunca dar la Voluntad de Dios en ninguna cosa de la Iglesia Católica. Esa obediencia no es una obediencia en la Gracia, sino en contra de la Gracia. Hacen un acto contra la Voluntad de Dios, que constituye un gran pecado de soberbia, de orgullo y de lujuria, que crucifica, de nuevo, a Cristo.

«Yo soy la Vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

Ser Iglesia es estar injertados en Cristo, en Su Cuerpo, que es la Vid llena de lo Divino.

Ser Iglesia no es insertarse en una familia de borregos, en una comunidad de herejes y de cismáticos, en un grupo de hombres que se ponen la etiqueta de católicos y se unen para vivir una obra de pecado, de tibieza y de perversión intelectual.

El origen de gran parte de los equívocos o de los auténticos errores que están amenazando tanto a la teología como a los fieles, es la crisis del concepto de Iglesia.

El sentido católico de la “Iglesia” se está perdiendo, o ya casi se ha perdido del todo. Y, en el Vaticano, ya no hay ese sentido católico, no hay línea católica, ni puede darse más. ¡No van a volver a la verticalidad! Ellos ya lo han decidido así.

Muchos no creen que la Iglesia es una realidad querida por Jesucristo, realidad sobrenatural, sino que es una mera construcción humana, un instrumento creado por los hombres de la Iglesia, y que se puede organizar según las circunstancias del momento.

Esta falsa creencia es la que ha originado la renuncia del Papa Benedicto XVI, para implantar un gobierno horizontal dentro de los muros del Vaticano; una estructura que no tiene nada que ver con la Iglesia fundada por Jesús en Pedro, y que contradice absolutamente la verticalidad exigida por el dogma del Papado, dañándolo. Es una nueva sociedad creada por la misma Jerarquía de la Iglesia: una abominación espiritual. Un engendro del demonio.

En esa nueva estructura, Cristo no está como Vid; ni puede estarlo. Y, por tanto, sin Cristo, esa nueva iglesia no puede hacer nada, no significa nada, no llega a ninguna parte, es nula para Dios. Sólo tiene el valor que los hombres quieran darle: es decir, es un engaño para todos. Es un poder humano para una obra sólo del hombre, con miras humanas y decisiones tomadas sólo por el hombre.

Cristo ha puesto su Iglesia en el Vértice, no en la horizontalidad de unas mentes humanas, de unas vidas y obras para dar gloria al mundo, que sólo trabajan en el pecado para reconocerse a sí mismos como santos y justos, dañando toda la vida eclesial en su raíz.

Esta concepción de Iglesia procede no sólo del protestantismo, sino de todas las teologías que, después del Concilio Vaticano II, han querido ofrecer una “iglesia libre” de Jerarquía, de sometimientos, de autoridad divina. Por eso, han quitado la Roca de la Iglesia, que es Pedro, en el Papa legítimo Benedicto XVI. Han puesto una serie de ladrillos, para levantar una fortaleza, que se va a caer con el viento de la Justicia Divina, una vez muera el Papa Benedicto XVI.

¡La han quitado! Y quien todavía no haya aprendido a discernir lo que es Francisco en la Iglesia, es que vive ciego, vive sin profesar la fe católica, vive sin dar frutos divinos en su unión con Cristo, en Su Cuerpo, y obra sólo para condenarse dentro de la misma Iglesia.

Francisco propone un concepto de Iglesia como “pueblo de Dios”. Con esta perspectiva, se abandona el Nuevo Testamento, para volver al Antiguo, y quedarse en una visión de la Iglesia que no es la real, que no tiene nada que ver con la verdadera Iglesia y, por tanto, con el verdadero pueblo.

“Pueblo de Dios” es, para la Escritura, Israel en sus relaciones de oración y de fidelidad al Señor, es decir, es una comunidad histórica de hombres (no es un movimiento sobrenatural), que buscan de alguna manera a Dios en sus vidas. Y ese conjunto de hombres, esa suma de intelectos humanos, esa contemplación de vidas y de obras humanas, es lo más contrario a la Iglesia que fundó Cristo en la persona de Pedro. Limitarse a esta expresión es anular la Iglesia, es ensombrecer la Palabra de Dios con discursos humanos, con razonamientos bien preparados, pero que son una auténtica blasfemia al Espíritu de la Iglesia.

El Nuevo Testamento ofrece el concepto de “Cuerpo de Cristo”. Y, por tanto, se es Iglesia y se entra en Ella, no porque se pertenece a una cultura, o una familia, o a una sociedad; sino porque el fiel está injertado en el Cuerpo mismo del Señor, por medio del Bautismo y de la Eucaristía.

Jesús era hebreo, pero no funda Su Iglesia porque pertenece al pueblo de la Alianza, por un imperativo histórico. Jesús funda Su Iglesia porque es la Voluntad de Su Padre: es un mandato divino, que sólo el Hijo lo puede realizar. Ningún otro hombre tiene capacidad de hacer lo mismo, que hizo Jesucristo al fundar Su Iglesia, en Su Misma Sangre.

Somos sarmientos que, para permanecer en la Vid, es necesario una unión con Cristo: unión individual, de cada alma con la Persona del Verbo. Y, en esa unión, el alma se une a los demás miembros de la Iglesia, por los méritos y las obras de la Cabeza, que es Cristo.

Y, por tanto, ¿quién puede obedecer la mente de este bastardo?:

«No estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta, no, nuestra identidad cristiana es pertenencia. Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia» (ver texto)

Somos cristianos a título individual, porque cada alma es un sarmiento. «Y todo sarmiento que en Mí no lleve fruto, lo cortará» (Jn 15, 2). El Padre Eterno es el que decide quién es de la Iglesia de Su Hijo y quién no pertenece a Ella. No son los miembros de la Iglesia quienes deciden eso.

Para ser Iglesia hay que ser otro Cristo, hay que imitarlo en su vida, hay que hacer las mismas obras que Él hizo. Y todo aquel que pertenezca a la Iglesia, tiene la Gracia y el Espíritu de Cristo para ser un sarmiento injertado en la vid, chupando la Vida Divina y transformándose en otra cosa a su realidad humana.

Pero quien esté en la Iglesia y no viva en la Gracia, y no sea fiel a Ella, entonces el Padre lo corta: ya no está injertado en el Cuerpo de Cristo y, por tanto, ya no pertenece a la Iglesia.

Porque nuestra identidad cristiana es ser sarmiento de Cristo para dar frutos divinos. Nuestra identidad cristiana no significa pertenecer a una Iglesia, compuesta de gente pecadora, de borregos, de herejes, de hombres cismáticos, que sólo viven para sí mismos, sin discernir entre el bien y el mal, sin capacidad para quitar el pecado de sus vidas. Nuestra identidad es vivir para Cristo, no para la Iglesia. Vivir en el Cuerpo de Cristo, obrando la Gracia que esa unión con Cristo da al alma.

Esta Verdad es la que anula Francisco en sus dos documentos: lumen fidei y evangelium gaudium. Presenta un concepto de Iglesia que sugiere la política, el partidismo, la colectividad.

Porque pertenecemos a la Iglesia, como pueblo de Dios, no como Cuerpo de Cristo, entonces él dice en su herejía:

«Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en un laboratorio, no nació improvisamente. Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo…el cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia… Pero nadie, nadie se convierte en cristiano por sí mismo» (Ibidem).

«nadie se convierte en cristiano por sí mismo»: ningún alma se injerta en el Cuerpo de Cristo para poseer la fe, sino que su fe se hace en la comunidad, en el pueblo de Dios. No hay fe particular en Cristo. Sólo existe la fe que los demás tienen de Cristo. El alma necesita beber de las fuentes de la razón humana para formar el pueblo, que es mal llamada Iglesia.

La Iglesia es una realidad más amplia, pero no es una realidad sobrenatural, divina, santa, hermosa en las virtudes, bella en la gracia, inmaculada en el Espíritu. No es capaz este hombre de hablar de manera trascendente de la Iglesia. Todo conduce a su inmanencia. Es una amplitud en la forma humana. Es más amplia en el concepto de los hombres, en su lenguaje humano. Como la Jerarquía es una parte de la Iglesia, no el todo, luego hay que meter a todos los hombres para formar la Iglesia: «se abre a toda la humanidad». Consecuencia: todos se salvan y se santifican.

La Iglesia es el Reino de Dios en la tierra y, por tanto, «¿no sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6, 9-10). La Iglesia no está abierta a toda la humanidad. Es para todos los hombres, pero no todos pueden pertenecer a Ella. No pueden ser de la Iglesia hombres que viven en su pecado y que ensalzan su pecado por encima de Dios, del bien, de la verdad. No poseen el Reino lo que aman su pecado, su vida de pecado. Poseen el Reino los que luchan contra su vida de pecado.

No pueden pertenecer a la Iglesia Católica ni Francisco ni toda la Jerarquía que se somete a Francisco: ellos están ensalzando, mostrando, justificando la blasfemia de ese hombre en el Vaticano: su gobierno horizontal. Una blasfemia contra el Espíritu Santo, quien exige la verticalidad en la Iglesia para constituirla Santa, Divina, agradable a Dios.

¿Cómo es que sacerdotes y Obispos predican que la doctrina de Francisco es católica si este hombre está levantando una nueva iglesia, fuera de la Gracia, para llenarla de pecadores y de gente malvada, que ya no mira el pecado como es, sino que lo valora como una salvación y un modo de vivir en la vida?

¿Cómo es que no se han dado cuenta -tanta Jerarquía- de la mente blasfema de este hombre, que tiene un conocimiento pervertido de la teología de la Iglesia, al cual le están tributando obediencia? ¿Cómo es posible que le sigan obedeciendo? ¿Es que ya no son otros Cristo y, por eso, su inteligencia para ver la Verdad ha sido maniatada y oscurecida en el mal? ¿Cómo entender el silencio de una Jerarquía, que sabiendo lo que es Francisco, sin embargo, le dan obediencia y ordenan al Rebaño que también le obedezca? ¿Puede haber tanta maldad entre la Jerarquía? ¿Puede haber tanta perversión en las mentes de personas cuyo sólo ideal debería ser sólo la verdad? ¿Qué ha pasado en la Iglesia para que nadie se dé cuenta del engaño que vivimos? ¿En qué se ha convertido toda la Iglesia viviendo un absurdo, un camino sin salida, un objetivo humano para alcanzar una gloria mundana y profana?

«La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma» (Ibidem). Esto es todo en la mente de este hombre. Quien no se finaliza en sí mismo no tiene ninguna identidad. Quien no se acaba en sí mismo, es un absurdo en su misma vida. Quien no da sentido a su existencia, no puede entender lo que es su vida.

La Iglesia, para la mente de este hombre, es una realidad histórica, no sobrenatural. No acabada, no finalizada, sin un fin divino, sin unos objetivos sobrenaturales. Abierta a toda la humanidad, mirando a lo humano: es un global, es una unión de todos los hombres, con sus ideas, con sus obras, con sus vidas, con sus culturas, con sus proyectos humanos sobre la vida.

Francisco tiene una idea de una iglesia humana, con unos contenidos de la fe totalmente arbitrarios, presentando una cristología sin la referencia a lo Divino, enmarcada sólo en lo humano-natural (un Cristo sólo hombre, un Jesús que no es Espíritu, sino sólo una persona humana; un santo humano); con un Evangelio que es sólo el “proyecto-Jesús”, un proyecto de liberación-social-histórico, inmanente, sin ninguna trascendencia, sin ninguna referencia a la Voluntad del Padre, sin la Obra de la Redención, y que es, en la realidad, absolutamente atea, una obra para demonizar a la sociedad y a la Iglesia.

No se es Iglesia porque se forma un colectivo, una comunidad de gentes, una familia de hombres con una fe determinada. No se es Iglesia porque se suma simplemente sus miembros. No se es Iglesia porque se aprende una fe ni porque se tiene una memoria de una fe pasada. Se es Iglesia porque se es Cuerpo de Cristo, un Cuerpo Místico, que sólo tiene implicaciones espirituales, no humanas.

La Iglesia no es nuestra, sino de Cristo. Los hombres no podemos disponer de Ella a nuestro antojo; porque siendo Cristo el que ha construido Su Iglesia, ha puesto en Ella vínculos misteriosos y realísimos, que hacen que el aspecto humano sea accesorio y efímero.

La Iglesia es una unión en la Vida Divina; unión de las almas en lazos espirituales, que los Sacramentos generan. Es una unión en las cosas santas, divinas. Es una unión en la Gracia de Cristo. Y, por tanto, no es una unión entre hombres, entre vidas humanas. No se hace Iglesia para una política, para un ideal económico. Se hace Iglesia para una obra santa, que no pertenece a este mundo, sino que lo trasciende y lleva al alma más allá de cualquier plan humano.

Por tanto, no existe la Iglesia pobre para los pobres. Existe el servicio a los pobres «que ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora» (San Vicente de Paúl – Carta 2.546).

La Iglesia es de Cristo, no es de los pobres. No es un negocio comunista. La Iglesia es para que cada alma se una a Su Cabeza, que es Cristo, y produzca obras de frutos divinos, no humanos.

Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, la unión con Jesús hace que el alma trascienda todo lo humano, y viva y obre para esa Persona Divina. Y Jesús no quiere de sus almas ni vidas ni obras humanas.

Jesús quiere lo divino en lo humano. Y esta es la dificultad de muchas almas dentro de la Iglesia. Porque viven para lo suyo humano, terminan haciendo de Cristo y de la Iglesia su negocio humano, su obra humana, su vida de hombres, que es una vida de masa, de borregos, de gente sin ningún discernimiento espiritual.

«Todo lo que hay en ti debe ser injertado en Él, y de Él debes recibir la Vida y ser gobernado por Él. Fuera de Él no hallarás la Vida verdadera, ya que Él es la única fuente de Vida verdadera; fuera de Él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de Él y por Él» (San Juan Eudes – Del tratado sobre el admirable Corazón de Jesús).

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

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«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

Ser católico no es un nombre, sino una vida de Gracia

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«Desde el Pontificado de Pío IX la Iglesia entró en una nueva fase de dolorosas pruebas. La Iglesia Militante tendrá que sufrir siempre un doble mal: exterior, por la persecución de sus enemigos; interior por la perversión de sus miembros. Desde Pío IX ese doble mal creció continuamente, debido a un asalto extraordinariamente fuerte sobre la tierra por parte de los espíritus infernales…Yo tengo más servidores que la Virgen de ustedes» (Victoria de la Inmaculada – Relatos de exorcismos, Viena, 1968, págs. 22 y ss.).

Para saber que Francisco no es Papa, sólo hay que ir a la profecía de Conchita, en Garabandal, y saber matemáticas. Muchos católicos, aparte de no tener dos dedos de frente, no saben hacer una suma con los dedos de una mano.

Muere Juan XXIIII, y quedan cuatro Papas: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y no hay más Papas. Luego, Francisco no es Papa. Esto, tan sencillo, los grandes potentados de la Iglesia, los sacerdotes, Obispos y Cardenales, no lo ven: dicen que Francisco es un Papa legítimo. Por tanto, los profetas se equivocan y los hombres sabios del Vaticano no se equivocan, porque tienen el Espíritu. No hay que hacer caso de lo que diga una niña. Si se hace caso, entonces hay que oponerse a los Cardenales que eligieron a Francisco. Y eso significa que no se hace Iglesia. Para ser Iglesia hay que unirse a las decisiones de los hombres. Seamos hombres, pensemos como ellos piensan y aceptemos a Francisco que por algo lo han elegido unos hombres que se visten de Púrpura.

Esta soberbia, clara y manifiesta de muchos en la Iglesia, es lo que produce la oscuridad y la perversión de la inteligencia humana. Es lo que piensa el hombre, de la manera como lo interpreta el hombre; es siempre el hombre el bueno de la película. Los demás, no saben de lo que va la Iglesia.

Por eso, en el Vaticano se ha iniciado la falsa iglesia de los apóstatas: de los sabios, de los prudentes, de los justos, de los santos, de los encumbrados en la gloria del mundo. Ya en esa iglesia hay santos según el mundo, y sabios según la cultura de los hombres, y justos según las leyes de los hombres. Hay un poco de todo en esa iglesia, porque está llena de mundo, de humanidad, de sinvergüenzas que sólo aspiran a ser del mundo.

«Con la desolación está desolada toda la tierra; la impiedad está sobre un trono; vuestro santuario es profanado, y la abominación entró hasta en el lugar santo…» (San Luis María Grignion de Montfort – Tratado de la Verdadera Devoción – pág. 303).

Con la desolación de la vida de los sacerdotes, desolación espiritual, que han abusado de la Sta. Misa, haciéndola un negocio político y económico, el mundo se encuentra al borde de la locura: todos buscando hombres justos, buenos, humanos, naturales, mundanos, celebridades de un día. Y sobre el Trono de Pedro, un impostor, un falsario, un embaucador, que ha comenzado la destrucción de la Iglesia, la profana con sus herejías y disfruta viendo cómo la gente lo llama santo: el vividor, el hombre que sabe vivir y deja vivir.

«La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad. ¿A qué santos rezaremos nosotros? La venganza celeste alcanzará todas las clases. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones…, sangre, se beberá sangre, sangre, se beberá…La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto).

¿A qué santos los católicos van a rezar ahora? ¿Al Padre Miguel D´ Escoto, marxista, de la religión de la Pachamama, miembro que fue del gobierno sandinista y ex Presidente de la Asamblea de las Naciones Unidas, al que Francisco le ha revocado la sentencia a divinis, después de seguir comulgando con su herejía y su cisma?¿O al Cardenal Kasper, que se pone de rodillas delante del demonio para destrozar la familia a base de soluciones pastorales? ¿O al mismo Francisco, que no soporta que le llamen mundano, porque toda su ambición en la Iglesia es ser un vividor del mundo?

La iniquidad está en Roma. ¿Cuándo van a despertar, católicos borrachos del mundo, embriagados de las excelencias del hombre, que han puesto al hombre por encima de Dios? ¿Cuándo se van a enterar que tienen un falso Papa que les regala el oído para que se queden con él y no atiendan a la verdad de sus vidas? ¿Por qué confían en una Jerarquía que no habla claro a los hombres, ni al mundo, que constantemente da tinieblas en su lenguaje humano?

Jerarquía de la Iglesia: habéis abusado de la Misericordia. Tened lo que merecéis: Justicia.

«Los Centinelas se han dormido; los enemigos han forzado las barreras y han entrado en el corazón de la ciudad. Ellos han llegado hasta las ciudadelas, donde han colocado su sede. La potencia de las tinieblas ha extendido su imperio; se ha hecho una sinagoga; ella se ha erguido altares donde ha colocado los ídolos para hacerse adorar, Satán acaba de entrar en su sinagoga… He visto tambalear las columnas de la Iglesia, he visto, inclusive, caer un gran número de los cuales se tenía motivo de esperar más estabilidad… Sí, Padre, entre aquellos que debían sustentarla, se han encontrado cobardes, indignos, falsos pastores, lobos vestidos con piel de corderos, que han entrado en el rebaño para seducir las almas simples, degollar el aprisco de Jesucristo, y librar la heredad del Señor a la depredación de los ladrones, los templos y los santos altares a la profanación…» (Sor de la Nativité – Vías sobre el Anticristo).

Vemos en el Vaticano sacerdotes y Obispos dormidos en su lujuria de la vida: creen que están haciendo la Iglesia que Dios quiere y no se dan cuenta que por, su silencio, por callar ante un hereje, son culpables de lo que pasa en la Iglesia.

Culpables de obedecer a un hereje y cismático. Culpables, porque viendo lo que es Francisco, voltean el rostro a otro lado y se hacen como los que no quieren saber. Culpables porque han puesto las bases para el trono del Anticristo en Roma. Ha aparecido la sinagoga en el Vaticano: la que culminará con la aparición del Anticristo de nuestros días: el hombre para el hombre. El hombre lleno de humanidad. El hombre que sólo piensa en el hombre, que anula toda espiritualidad, toda trascendencia hacia lo divino.

Hoy la gente espera en la Jerarquía: que los Obispos hablen en el Sínodo y pongan estabilidad. Y esperan en vano, porque no han comprendido que en la Iglesia de Roma no hay Espíritu Santo. Hay sólo hombres, que piensan como los hombres y obran como ellos. No hay hijos de Dios. No hay católicos. No hay sacerdotes dignos de ofrecer el Sacrificio sin mancha con el alma limpia de pecado. Hay tanta cantidad de sacerdotes bastardos, que se dedican a cualquier cosa cuando celebran la Misa, que la iniquidad está en toda la Iglesia por culpa de la misma Jerarquía. Una Jerarquía que sólo se dedica a engañar al Rebaño con la palabrería que gusta a todo el mundo, con la boca que agrada a los insensatos, con las obras que más ayudan a ser del mundo y para el mundo. Una Jerarquía que ya no es católica, sino comunista, protestante, masónica, cristiana, judía, budista…

Ser católico es tener la plenitud de la posesión de la Verdad Revelada, es estar bajo la Autoridad Jerárquica y es caminar con los medios de santificación que Jesús ha dado a Su Iglesia.

Ser católico no se refiere sólo a la difusión de una sola Iglesia a lo largo de todo el orbe, con una multitud visible de miembros. No es lo externo que se ve: las parroquias, capillas, fieles, asociaciones, etc.

Un fiel es católico porque profesa la fe verdadera y la obra exteriormente en la Iglesia. Son dos cosas: lo interior y lo exterior. Y, por eso, un católico verdadero no puede ser ni ortodoxo, ni protestante, ni cristiano, ni masón, ni budista…. Teniendo la posesión de la Verdad Revelada, no puede seguir a quien no la posee, no puede estar en iglesias que no siguen la línea de la Gracia.

En la Iglesia Católica no se puede obedecer a Francisco porque no es católico, no cree en un Dios católico, no profesa la fe católica. Quien tiene el dogma debe rechazar a quien no lo tiene. Por eso, quien se somete a un hombre sin verdad Absoluta, como es Francisco, se hace como él: un apóstata, un hereje y un cismático.

Para ser católico hay que ser fiel a la Gracia. Este punto es el más importante de todos. Es necesario perseverar en la Gracia para ser católico. Se puede ser católico por un tiempo, porque, en ese tiempo, se vivió en Gracia. Pero se pecó y ya no se confesó el pecado, y se vive otra vida: ya no se profesa la fe verdadera, sino que van apareciendo otras cosas en esa fe hasta anular la fe católica.

Así hay muchos católicos tibios en su fe: profesan muchas cosas que no pertenecen a la fe católica, a la Verdad Revelada: ya no creen en los dogmas, ya creen en muchas cosas y no creen en nada.

Un sacerdote es católico porque se mantiene fiel a la Gracia que ha recibido hasta el final de su vida como sacerdote. Si ese sacerdote, en un momento dado de su vida, introduce elementos extraños a esa Gracia, entonces va perdiendo la línea de la Gracia, y puede llegar a deja de ser católico, aunque, en lo exterior, en apariencia, siga celebrando y administrando los Sacramentos. Hay muchos sacerdotes que se convierten en lobos en sus ministerios porque ya no siguen la línea de la Gracia en lo esencial de su vocación.

La liturgia de la Iglesia Católica todavía es católica, porque en lo esencial sigue la línea de la Gracia. Tiene muchos elementos que son protestantes, que ya no son católicos, que ya no se apoyan en la Verdad Revelada y, por eso, no hay que seguirlos, porque no pertenecen a la fe católica.

Muchas personas no saben discernir estas cosas y creen que por encontrar elementos protestantes en la liturgia, ya toda la liturgia se anula y no sirve. Y caen en el error y el fanatismo de decir que ya no se consagra o que las ordenaciones sacerdotales son inválidas, etc., porque no saben ver si en la esencia de los Sacramentos todavía se sigue la línea de la Gracia.

Un Papa es católico si persevera hasta el final de su vida en la Gracia del Papado que ha recibido. Si ha sido Papa hasta el final, en esa Gracia fue católico. Si renunció por ley canónica –no por ley de la Gracia-, entonces deja de ser un Papa católico. Se puede renunciar por ley de la Gracia y, entonces, el Papa sigue siendo católico en su renuncia.
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Para discernir si una Jerarquía es católica o no es muy simple: sólo hay que ver lo que predica y lo que obra en el Altar. Estas dos cosas. Según se predique eso será la obra en el Altar. Si la Jerarquía no es Cristo, entonces va a predicar al hombre y pondrá una abominación en el Altar.

Esto es lo que hace Francisco: da una galleta en cada celebración y, por tanto, quien asiste a sus misas comete muchos pecados porque no discierne el Cuerpo de Cristo. Adora a un pan, creyendo que es Cristo.

Esto pasa mucho en la Iglesia Católica. Y pasa más en estos tiempos de Apostasía. Y el rebaño no es capaz de discernir esto que es obligación de todo católico: este sacerdote que celebra misa: ¿qué predica? ¿cómo vive? ¿cuáles son sus obras en la Iglesia?

Hoy sólo existen católicos de nombre, universales, pero no católicos de corazón. Quieren defender a la Iglesia Católica defendiendo a sacerdotes y Obispos herejes y cismáticos. Esto es lo que se da actualmente y que todos puede ver en sus capillas, en sus parroquias. Muchas de ellas ya no son católicas. Siguen perteneciendo, en lo exterior, al Vaticano, pero se profesa una fe que no tiene nada que ver con lo católico.

Tenemos a un Papa legítimo, que ha renunciado, y ha dejado de ser católico:

«El Soberano Pontífice será desgraciado. Toda la Iglesia será desolada a causa de él. Por él, para su liberación, será necesario recurrir al Sagrado Corazón» (Madame Royer).

Él sigue siendo un Obispo católico, porque es fiel a la gracia de su sacerdocio. Pero no ha sido fiel a la gracia de su Pontificado. Y, por eso, no cuenta para la Virgen María. Tiene el Poder Divino, pero no lo ejerce. Y, por tanto, ha dejado a la Iglesia en la desolación: en manos del lobo, de sus enemigos. Y necesita mucha oración para que quede liberado de su pecado. La Cruz ha comenzado, para él, desde que renunció. Una cruz muy pesada porque lleva a toda la Iglesia en sus hombros. Y la Jerarquía no lo quiere. Y menos ahora que todo el mundo está dividido en la Iglesia a causa de las obras de Francisco. Todos vuelven sus ojos al Papa legítimo. Y eso no gusta a los sabios de la falsa iglesia del Vaticano. Eso no gusta a los sacerdotes que obedecen a Francisco. Eso no gusta a los católicos tibios e ignorantes de la Verdad en la Iglesia.

Y si el Papa Benedicto XVI no huye de Roma, lo van a matar sin más. Las cosas en la Iglesia están muy tensas para todo el mundo. Ya no se respira confianza en nadie. Los pensamientos de todos están al descubierto. No es posible engañar más a la Iglesia. Cuando el pecado llega a su culmen es que las personas se empiezan a quitar las caretas y se ve el mal como mal, no ya encubierto. Por eso, a Francisco ya, mucha gente, le huele desde lejos. Ya sabe cómo respira porque empieza a quitarse la careta. Se empieza a ver su alma negra, su cabeza negra. Porque ser payaso es para un tiempo. Se acaba ese tiempo y la gente se cansa de las payasadas. Le gente quiere ver un hombre que coja los problemas y los resuelve, no un idiota que llora todo el día por sus pobres, que sólo sabe hablar de comunismo y de protestantismo, pero que no es capaz de dar una palabra de vida a ningún alma.

No es fácil ser católico y, por tanto, no es fácil ser Iglesia Católica. Y, desde la muerte del Papa Juan Pablo II, la catolicidad ha ido despareciendo por arte de magia en la Iglesia. Y se ha llegado a lo que vemos: un Papa que no ha querido seguir adelante con su vocación y ha puesto en peligro a toda la Iglesia.
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Benedicto XVI es el último Papa. No es Pedro Romano. Pedro Romano inaugura un nuevo tiempo en la Iglesia. Benedicto XVI ha cerrado un tiempo. Entre medias, el tiempo del Anticristo, donde no habrá Papas. La Sede estará vacante. Sólo gente que gobierna una iglesia extraña, con el nombre de católica, pero llena de musulmanes, de judíos, de cristianos, de ortodoxos, de masones, etc…

«Porque toda la malicia humana se volverá contra la Iglesia Universal; y, en efecto, Ella no tendrá defensor durante veinticinco meses y más, porque durante todo aquel tiempo no habrá ni Papa, ni emperador en Roma, ni Regente en Francia» (Fray Juan de Vatiguerro).

Tienen que cumplirse las profecías con el Papa Benedicto XVI: Es el Obispo vestido de blanco, que muere en la persecución a la Iglesia Católica. Es el último Papa que debe pasar por su sacrificio: «Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: ‘algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él’ a un Obispo vestido de Blanco ‘hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre’. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas».

Para Roma, lo que decía la Beata María Taigi: “Oh Roma, Roma. Hijos criminales. ¿Ignoráis el bien que os hice?… Tomo nota de vuestra respuesta… Pero cuando Mi Padre Celestial dé la orden… Amada Mía: verás cómo terminará Roma… Sabe que ahora caen como la nieve las almas en el infierno… que lloren y sollocen amargamente… No se puede llamar ya a Roma la Santa… tú los ves, lo ves claramente con tus propios ojos… Viven como bestias. Los hombres… no buscan aquí abajo más que el lujo, placeres y satisfacciones… y se dejan llevar de toda clase de deseos culpables… y muchos se me quejan todavía de no poder llevar el peso de sus miserias. Pero si yo pudiera hablarte… quisiera abrirte Mi Corazón… Me vengaré… en ellos” (Mons. Sallotti, págs. 169-170).

Roma, ¿la Santa? Roma, la Ramera, la que fornica con todo el mundo. La que ya no le interesa salvar las almas sino dedicarse a vivir lo humano, lo natural, lo profano. La Roma de los apóstatas de la fe. La Roma, ejemplo vivo para quien quiera irse al infierno de cabeza. Esa Roma que es sólo una estructura de hombres, una construcción mal hecha, que será demolida con el fuego del Cielo.

Aquel que quiera ser marxista que obedezca a Francisco. Aquel que desee estar con Cristo, que escupa a Francisco y a todos los payasos que lo siguen. Y no hay más. Hay que ir saliendo de esas parroquias que no dan nada al hombre para su alma, sino que sólo son instrumentos del demonio para condenar. Y hay que irse sin derramar una lágrima, porque ningún hombre se merece un llanto humano. Si los hombres no aprenden a llorar sus malditos pecados, que sufran en sus vidas la falta de comida, de vestido, de salud. Porque estás en este mundo para salvar tu alma, no para vivir bien, sin problemas. Y aquel que no te ayude a salvar tu alma, lo escupes y sigues adelante en tu vida.

Estamos bajo la ley de la Gracia: no se obedece a los hombres

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia» (Mt 16, 18)

La Iglesia que edifica Jesús es sobre Pedro y, por tanto, es sobre el sucesor de Pedro.

El que sucede a Pedro es el Papa elegido cuando el anterior muere, porque «los dones de Dios son irrevocables»: la gracia de ser Papa es hasta la muerte de la persona del Vicario de Cristo. Y hasta que no muere, esa gracia no puede pasar a otro Papa.

Con Cristo vivimos bajo la ley de la Gracia. Y esa ley significa que cuando Dios da una Gracia, ésta se mantiene, así el hombre sea lo que sea en su vida espiritual. La Gracia del matrimonio es unir a un hombre y a una mujer hasta la muerte. Y aunque hombre y mujer sean infieles a esta gracia, nadie la puede anular. Los dos siguen casados, aunque busquen un divorcio o se casen con otra persona.

Es la ley de la Gracia: se es sacerdote hasta la muerte. El sacerdote no puede casarse porque la gracia que tiene es un impedimento para atentar un matrimonio por la Iglesia.

Es la ley de la Gracia: por más que renuncie un Papa y que los hombres elijan otro, se sigue siendo Papa por Gracia. No se deja de ser Papa por renuncia. Y no se pone a otro Papa porque lo digan los hombres.

«no estáis bajo la Ley, sino bajo la Gracia» (Rom 6, 14). «Todo es Gracia» (San Agustín); ya nada decide el hombre; ya nada piensa el hombre; ya nada obra el hombre.

La Gracia es la Vida de Dios en el alma. Es una vida que no se puede medir con la inteligencia del hombre; no se puede sentir con los sentimientos humanos; no se puede obrar con el esfuerzo del hombre.

Esa vida de Dios guía a las almas hacia su destino final: infierno o cielo.

El alma fiel a la Gracia conquista el Cielo; el alma infiel a la Gracia se merece el infierno. Y en los dos caminos, es la Gracia la que guía al alma.

Por tener el alma el Sacramento del Bautismo, tiene el Espíritu de filiación divina. Ese Espíritu hace al hombre hijo de Dios. Y, por tanto, mueve al hombre a realizar las obras de un hijo de Dios.

El hombre bautizado en Cristo es movido para obrar las mismas obras que Cristo hizo en su vida humana. Son las obras del Hijo del Padre. Jesús vino a hacer la Voluntad de Su Padre. Y no vino para otra cosa. No vino para un proyecto humano; no vino para poner su vida en un objetivo humano; no vino para vivir una vida humana.

Cristo es la Gracia, la Fuente de la Gracia y, por eso, Cristo vive la misma Vida de Dios en su vida humana, terrenal. Y eso significa: obrar, desde que se levanta hasta que se acuesta, sólo la Voluntad de Su Padre.

Y esto que hizo Cristo lo puede realizar todo bautizado en la Iglesia Católica porque tiene la Gracia.

La Gracia no es algo que se recibe y después se pierde con el tiempo. La Gracia es mover al hombre hacia lo divino: es una moción divina en el alma: es el amor divino que enseña al alma a vivir lo divino.

Y, por eso, la vida espiritual es una enseñanza de Dios al alma: la necesidad de hacer oración y poner la vida humana en penitencia, para poder aprender qué Dios quiere en la vida. Como los hombres se han olvidado de lo principal en sus vidas: oración y penitencia, por eso, están perdidos en la Gracia.

El hombre que no es fiel a la Gracia se esclaviza al pecado. La Gracia libera del pecado: pone un camino para no pecar más. El que no vive en la Gracia, vive en su pecado y camina para su condenación: «¿No sabéis que, ofreciéndose a uno para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien os sujetáis, sea del pecado para la muerte, sea de la obediencia para la justicia?» (Rom 6, 16). Quien no camina en Gracia, camina en contra de la Gracia. Quien obedece al pecado para la muerte, no obedece a la justicia que viene de la fe.

Y es la Gracia la que pone estos dos caminos: «cuando eráis esclavos del pecado estabais libres respecto de la justicia»: sin la Gracia, el hombre sólo tenía que volver a cumplir la ley para poder salvarse. No era hijo de Dios por la Gracia; seguía siendo un hijo del hombre. Y cumpliendo los mandamientos de Dios, los hijos de los hombres se podían salvar sin ser hijos de Dios. Era una Misericordia de Dios sobre los hombres. Una Misericordia que ya no puede darse porque estamos en la Gracia.

Si, en este tiempo de la Gracia, el hombre vuelve a su pecado; aunque cumpla con los mandamientos de Dios, no puede salvarse; porque ya posee la Gracia: «ahora libres del pecado y siervos de Dios, tenéis por fruto la santificación y por fin la vida eterna» (Rom 6, 23).

El hombre, en la Gracia, está obligado a hacer obras santas y a poner en su vida el fin de la vida eterna. No puede poner fines temporales, caducos. No puede vivir para las cosas de este mundo.

Muy pocos hombres valoran la Gracia. Es algo que no se enseña en la misma Iglesia. Y, por eso, las cosas están como están: gente que ha recibido la Gracia y que se hace esclava del pecado. Y, como esclavos del pecado, ya no son libres respecto a la justicia. La Gracia que tienen de ser hijos de Dios les lleva a la condenación. No pueden salvarse cumpliendo con los mandamientos de Dios. Tienen que salvarse siendo fieles a la Gracia.

Por eso, es un absurdo que los malcasados comulguen. Una abominación. Una aberración. Tienes un matrimonio por la Iglesia: permanece en ese matrimonio hasta que tu cónyuge muera. Y, entonces, eres fiel a la Gracia. Y te puedes salvar. Pero si buscas otras uniones, y estás esperando la anulación que nunca llega, entonces caminas para la condenación. Y aunque no hagas obras malas en tu vida; aunque no peques mortalmente, eso no es camino para salvarse. Porque el perdón del pecado se obtiene por el Sacramento de la Penitencia. Y unido a otra persona, en un matrimonio que Dios no quiere, es imposible obtener el perdón divino por más que se pida a Dios.

Vivimos en la Ley de la Gracia. Y quien no es fiel a la Gracia es infiel a Ella. Y es la Gracia misma la que le pone el camino de condenación, porque le cierra todos los demás caminos para poder salvarse. Por eso, vivimos en un mundo de condenados: gente infiel a la Gracia.

Estamos presenciando una Iglesia que no es fiel a la Gracia del Papado. Y, entonces, por más buenas obras que quieran hacer desde ese gobierno, todo eso es condenación.

La Iglesia, para salvarse, tiene que obedecer al Papa legítimo: Benedicto XVI. Lo han echado a un lado: el Vaticano ha puesto un camino de condenación a las almas. Nadie de la Jerarquía ha sido fiel a la Gracia del Papado: han elegido a un hombre que no es Papa. La Iglesia se ha esclavizado al pecado que lleva a la muerte, porque ya no puede ser libre respecto a la justicia de Dios. La Iglesia es Iglesia bajo Pedro, bajo el sucesor de Pedro. La Iglesia no existe si no está bajo Pedro, sino que permanece bajo un usurpador. Y, por eso, lo que hay en el Vaticano es una nueva sociedad, que se une al Anticristo -y a la masonería eclesiástica- para formar una nueva iglesia.

La Iglesia verdadera, sólo está bajo el sucesor de Pedro: Benedicto XVI. Él es el Papa verdadero, pero inútil. Nadie le obedece, nadie le sigue porque él no quiere gobernar. Le han obligado a renunciar.

Y la Gracia de ser Pedro la tiene hasta que muera. Y esa Gracia significa que sólo en él está el Primado de Jurisdicción, es decir, la Autoridad Divina. En el usurpador, Francisco, no hay nada: sólo el poder humano que los hombres le otorgan. Pero todo cuanto hace en la Iglesia es nulo a los ojos de Dios. Francisco es un cero a la izquierda para la Iglesia Católica.

De mucha maneras se saca que Francisco no es Papa. Y ya llevamos más de un año con el engaño y hay mucha gente en la Iglesia que sigue sin ver nada, con la venda en los ojos. Y ya no tienen excusa. Pero no lo ven porque no son fieles a la Gracia: no tienen vida espiritual: no dejan que Dios les mueva con su Gracia. Sus pecados de soberbia, de orgullo les impiden muchas cosas y, por eso, se hacen la ilusión de tener a un hombre que les habla bonito, pero que no les llena el corazón con la Verdad, sino que es un dictador de mentiras.

Francisco está puesto para entretener a la gente. Y no tiene otra misión. Francisco es un viejo enfermo, que ya ha cumplido su misión y que sólo le resta dar un puntapié a la Iglesia. Él entretiene, pero no es capaz de mover a la gente. Se necesita un hombre joven, con una inteligencia demoniaca para destruir la Iglesia. Francisco es un sentimental pedante: se le cae la baba ante cualquier idiotez de los hombres. Por eso, gusta a la gente idiota como él, porque viven lo mismo que él vive: su humanismo: dan culto a su idea humana de Cristo y de la Iglesia.

Triste es lo que se observa en toda la Iglesia. Triste es ver una Jerarquía ciega, infiel a la Gracia, sin vida espiritual, haciendo su negocio en la Iglesia.

Triste es observar el rebaño que se esparce por culpa del pecado de toda la Jerarquía. Un rebaño a merced de los lobos, de los hombres fariseos que ya se creen dios en sus mentes humanas.

Triste es observar la división de toda la Iglesia. Cada cual da su opinión, y cada uno dialoga con el más tonto, para hacer la iglesia que condena a la mayoría. Iglesia sin fe en la Palabra de Dios. Sólo cree en sus inútiles palabras humanas, en su odioso lenguaje humano. Una Jerarquía que se entretiene en inventarse fábulas para contarlas a la gente y hacer del Altar un ideal político.

Si esto es la Iglesia sobre Pedro, entonces es mejor no pertenecer a esta Iglesia. Y, por supuesto, que esta no es la Iglesia de Cristo, sino la que se han inventado los hombres en sus locas cabezas. Y hay que dejarlos en sus locuras para que se condenen solitos. Los que quieran salvarse, tienen que renunciar al Vaticano para seguir siendo la Iglesia Católica, que ya no está en un lugar, sino en cada corazón. Y ahora hay que moverse para hacer la Iglesia remanente. Ya no hay que estar luchando contra un idiota, porque los hombres van a comenzar a dar excomuniones y a ponerse duros con todos. Y, por eso, hay que dedicar a Cristo, en la soledad, en el desierto de un mundo que ya no cree en nada, sino que sólo ha puesto como dios: su inteligencia humana, su verborrea de hombre.

Disciernan el espíritu de la profecía

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“Gloria olivae”. Este es el lema que corresponde al Papa Benedicto XVI en la Profecía de San Malaquías. Y todavía estamos en este lema porque el Papa Benedicto XVI no ha muerto. Cuando muera, entonces se entra en el siguiente lema: “In persecutione extrema S.R.E. sedebit”. Y queda, aún un último lema: “Petrus Romanus, qui pascet oves in multis tribulationibus: quibus transactis civitas septicollis diruetur, et Iudex tremedus iudicabit populum suum. Finis.”

Hay que tener claras las profecías para ver los Signos de los Tiempos.

Estamos en el tiempo de la Bestia, la que tiene diez cuernos, con diez diademas, y con siete cabezas, que son de blasfemia (cf. Ap 13, 1). Ya no es el tiempo del Dragón, que indicaba a Rusia en el siglo pasado, que no fue vencido porque no se hizo la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón. Y el Dragón atacó a la Mujer, que es la Iglesia y ésta se fue al desierto, que es donde permanece ahora, con la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Es el tiempo del cuarto reino, la cuarta bestia de Daniel, del cual despunta un reino que habla palabras arrogantes contra Dios, que somete a los Santos y que lo quiere cambiar todo, en el mundo y en la Iglesia (cf. Dn 7, 23ss).

Francisco no pertenece a la Iglesia ya que no aparece como antipapa en las profecías de Malaquías. No es un antipapa, sino un hombre que, elegido por hombres, destruye la Iglesia. Los antipapas, en sus pecados, no destruyen la Iglesia.

Francisco tiene su profecía en Nostradamus:

“Clero romano el año mil seiscientos & nueve,
En el primer día del año habrá elección,
de un gris y oscuro de la Compañía venido,
que nunca hubo nadie tan maligno”
(10 centuria, cuarteta 91)

El año 1609 corresponde al año 2013, según el estudio realizado por José María Pueyo Sierra, en su obra: Nostradamus “La Verdad del año 2031”. En el capítulo 1, titulado Cronología, cuenta cómo llegó a descubrir la transformación de las fechas en Nostradamus. Y según su fórmula, es el que más se aproxima a la verdad. Él dice que el 1609 corresponde al 2012. Tiene un error de un año.

Francisco es un hombre de espíritu oscuro, que sigue al demonio en toda su vida, no sólo en el sacerdocio. Es un hombre colocado por el demonio para iniciar su tiempo en que debe poner en la Silla de Pedro al Rey que él quiere, como también lo señala Nostradamus:

“El año mil novecientos noventa y nueve siete meses
Del cielo vendrá el gran Rey de terror
Resucitar el gran Rey de Angolmois
Antes después de Marte reinar por buena hora”
(10 centuria, cuarteta 72)

El año 1999, con siete meses, corresponde, en la interpretación de Pueyo, al año 2015. Este Rey de terror corresponde en Malaquías a S.E.R, que tiene diversas interpretaciones: sucesión de reyes en la Iglesia, reyes de Satanás en la Iglesia, que se sentarán en la última persecución que tendrá la Iglesia, que es la del Anticristo. El Anticristo viene al final de todo; antes de él se prepara el terreno con muchos hombres que reinan la Iglesia de muchas maneras para poner en Ella lo que el Anticristo quiere.

Hasta la muerte de Benedicto XVI todavía hay un tiempo en la Iglesia para despertar y prepararse a lo que viene. Es la muerte del Papa verdadero lo que inicia todo. Y esa muerte puede ocurrir de muchas maneras. No necesariamente tiene que ser una muerte natural. Puede ser provocada, como es natural que así sea porque el demonio lleva 50 años matando a los Papas.

No importa tanto conocer al detalle las fechas, porque Dios no da fechas exactas. Al hombre le gusta siempre tener una fecha para guiarse.

Lo que importa es ver los Signos de los Tiempos y saber discernirlos para no dormirse en ellos. Mucha gente está dormida. Cree que la vida sigue igual. Y todo ha cambiado, en el mundo y en la Iglesia, desde hace ya mucho tiempo. Pero ahora es cuando se ven las diferencias, los grandes cambios, las grandes divisiones en todo.

Quien gobierna la Iglesia es siempre Cristo, a pesar de los hombres, a pesar de la acción del demonio en la Jerarquía. La Iglesia tiene una sola base: Cristo Jesús. Y, por tanto, en la Iglesia las cosas no son como en el mundo, como en la vida social, como en las vida de los hombres. Y, por eso, la Iglesia no se dedica a nada. Sólo a lo espiritual. Lo demás, es una mera plataforma, una mera estructura para poder dar lo espiritual.

Cuando los Cardenales en la Iglesia buscan a hombres que sean Papas con una visión humana, política, social, económica, etc., entonces en la Iglesia se producen muchos desbarajustes porque no se centran en lo que importa: estamos en la Iglesia para salvarnos y santificarnos. Lo demás, no es Iglesia, no hace Iglesia, no vale para nada en la Iglesia.

Y es imposible transformar el mundo en las condiciones de pecado original con que nacen los hombres. Todos los hombres son pecadores, desde que son concebidos, luego todos los hombres viven el primer escalón del infierno en este mundo.

Todos los hombres nacemos como encarnaciones del demonio. Eso es la realidad del pecado original. Y Jesús, al fundar Su Iglesia, puso el camino al hombre para poder llegar a ser hijo de Dios por participación. Y eso no se consigue porque se tenga un Bautismo o un Sacramento del Matrimonio o porque se comulgue diariamente o porque se tenga un orden en la Iglesia. Eso, hasta el final de la vida, es una batalla constante, día a día, en contra de tres enemigos: demonio, mundo y carne.

Y la Iglesia de Jesús tiene todos los caminos, todas las armas, todo lo que el hombre necesita para vencer a esos tres enemigos y poder salvarse y santificarse, que es el fin que todo hombre debe tener en su vida.

Este fin, hoy día, se ha perdido en tantas cosas que ofrece el mundo y el hombre. Y ya los hombres viven para sus vidas humanas y se creen que por tener un bautismo o por comulgar o por estar casado en la Iglesia se van al cielo.

El Cielo hay que conquistarlo día a día. Y si no se conquista un día, se va perdiendo la fe. Si cada día no se lucha contra los múltiples enemigos que tiene el hombre, las almas van perdiendo la fe y llegan a la blasfemia contra el Espíritu santo, en el que no hay perdón.

Precisamente, porque Cristo ha dado al hombre la Gracia, es cuando el hombre puede pecar contra el Espíritu y condenarse. Porque la Gracia es una inteligencia divina sobre todas las cosas, incluso sobre el pecado.

El hombre, con la Gracia, puede entender perfectamente el pecado y, por tanto, puede cometer el pecado del demonio, que fue perfecto en su obra y eso le llevó a la condenación inmediata.

Adán pecó, pero no tenía la perfección del pecado. Por eso, Dios no lo condenó, sino que le puso un camino de salvación. Camino larguísimo para el hombre. Camino en que el hombre tiene que vivir en medio de demonios, porque la tierra es el primer escalón del infierno.

Y, Cristo, muriendo en la Cruz, da al hombre toda la Vida, no solamente lo que le dio a Adán. Adán, en su perfección, no tenía toda la Gracia. Pero Cristo da a Su Iglesia toda la Gracia. Luego, el hombre puede pecar perfectamente y condenarse; y puede ser santo perfectamente e irse al Cielo sin pasar por el purgatorio.

La Gracia la tienes; pero no sabes usarla. Éste es el problema de muchas almas en la Iglesia.

Se casan por el Sacramento del matrimonio y no saben usar esa Gracia. Viven en sus matrimonios con un fin humano, con una intención humana, con una inteligencia humana, con unas obras humanas. Y tienes la gracia para hacer un matrimonio divino, con hijos divinos, con obras divinas.

Todo el problema en la Iglesia es que no se sabe usar la Gracia, que salva y santifica al hombre. Y quien no sabe usar la Gracia, entonces esa Gracia es una Justicia para su vida. Y ya el hombre no se salva ni se santifica, sino que va creciendo en el mal hasta poder condenarse en vida, hasta poder llegar contra la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Los hombres tienen miedo de conocer la Verdad y, siempre, se acomodan a sus verdades, a sus razones, a sus inteligencias humanas. Y ya no crecen en el Espíritu; ya no viven de fe; porque sólo miran los suyo humano.

Y la Iglesia, siendo divina, está llena de hombres que no viven de fe, sino de sus cosas humanas, de sus negocios, de sus fines y objetivos humanos. Y, entonces, la Iglesia ya no es un camino para salvarse, sino un camino en que hay tantas cosas que ya no se entiende qué hay que hacer para salvarse y santificarse.

Y la doctrina de Cristo es muy sencilla: oración y penitencia. Ése es el resumen de toda Verdad.

Donde no hay oración, sino sólo palabras, sólo obras humanas, sólo intereses humanos; donde no hay penitencia, sino un vivir para conquistar lo humano, lo social, lo cultural, lo político; entonces no hay vida de fe, no hay vida espiritual, no hay vida de gracia.

El camino espiritual es bien sencillo, pero los hombres lo complican todo con sus inteligencias humanas, con sus formas humanas de entender a Dios, la Iglesia, Jesús, etc. Y todo hombre que no ponga su mente en el suelo no es Iglesia, no hace Iglesia, no obra en la Iglesia la Voluntad de Dios.

Hay que pisotear nuestra soberbia para seguir a Cristo Jesús. Eso es lo que no hace la Jerarquía de la Iglesia, y entonces vemos lo que se ve en todas partes: sacerdotes y Obispos que viven lo que les da la gana en la Iglesia, en sus sacerdocios, en sus vidas humanas. Y eso que viven lo enseñan a los demás. Y, entonces, ponen un camino de condenación en la Iglesia.

Lo que pasa, ahora, con Francisco es sólo eso: un hombre, en su soberbia, que se ha creído que hace una buena obra en la Iglesia.

Un hombre, en su orgullo, que se ha levantado contra Cristo, dentro de Su Misma Iglesia, para poner su invención de la iglesia, su nueva iglesia, con su nuevo evangelio de la fraternidad y su diálogo con los hombres.

Estas dos cosas que Francisco ha puesto: fraternidad y diálogo son ejemplos de su elevación en el pecado, de su perfección en el pecado.

Francisco va caminando a la perfección en el mal. Y llega a la blasfemia contra el Espíritu, porque no es fiel a la Gracia que ha recibido. Y, entonces, esa misma Gracia, le condena, es Justicia para su alma.

Dios es Justicia. Y, en Su Justicia, Dios es Misericordia. La Misericordia es fruto de la Justicia Divina. Dios es Amor, pero no Misericordia. Su Misericordia es necesaria para el hombre que peca; pero no sirve para el ángel o el hombre que ha llegado a la perfección de su pecado.

Dios es Misericordia porque creó a Adán sin las prerrogativas de su perfección humana. Creó un hombre no perfecto plenamente. Con una perfección medida, adecuada a su estado en el Paraíso.

Pero el mismo Dios se ha hecho carne. Y eso significa que el Nuevo Adán, que es Cristo, es perfecto en lo humano, no sólo en lo divino. Y, por tanto, las obras de Cristo son perfectas en todos los niveles. Y eso trae una consecuencia: en la Iglesia no se puede vivir de forma imperfecta o en pecado, porque la Iglesia es para los perfectos, para los santos, para los que quieren ser otros Cristo.

Pero, aunque la Iglesia sea perfecta, Dios, en Ella, tiene Misericordia, porque el hombre vive en el primer escalón del infierno; no vive en un Paraíso. Y, por eso, Dios no puede aplicar toda Su Justicia sobre los miembros de la Iglesia, sobre sus almas. Y, por eso, es necesario que existan el Purgatorio y el Infierno para las almas en Gracia, que tienen la Gracia y que, por tanto, poseen la perfección de la Vida Eterna.

A los demás, a los que no tienen la Gracia, Dios les juzga y los salva o condena según su Justo Juicio.

Por eso, estamos en la Iglesia para poner a los hombres un camino de salvación y de santificación, que eso es lo que no ofrece Francisco. Y no puede ofrecerlo porque está dedicado a su negocio en la Iglesia: buscando dinero para dar de comer a los pobres. Le importa un rábano si el pobre se salva o se condena. Hay que llenarle su estómago para así decirse a sí mismo que es un buen hombre para los hombres.

Y, entonces, con Francisco toda la Iglesia entra en una división, en un cisma. Esto es lo que muchos no han comprendido y están haciendo el juego a Francisco.

Francisco divide, separa, crea cisma. Francisco no une en la verdad, porque no tiene la verdad, no persigue la verdad, no obra la verdad.

Francisco divide. Y comenzó dividiendo el Papado: ha puesto muchas cabezas. Eso separa de la unidad en la Iglesia. Porque sólo un Papa une, sólo una Cabeza une, sólo un gobierno de uno es el que fundamenta la unidad en la Iglesia. El gobierno de muchos divide la Iglesia.

Francisco divide la Verdad. Y, por tanto, divide a Cristo. Ya Cristo no es Dios y Hombre. Cristo es Dios para algunas cosas y es Hombre para otras. Ya Cristo no es el Mediador, sino sólo el que intercede ante su Padre, pero no media. El que pide cosas, que ruega cosas, pero no media; es decir, no reina en la Iglesia.

Cristo, por ser Mediador, es el Rey de la Iglesia, es el que reina, el que gobierna la Iglesia. Y no sólo está intercediendo por las almas, sino que las gobierna por Voluntad de Su Padre. Cristo se pone entre Su Padre y el hombre para gobernar al hombre hacia Su Padre, para guiarlo hacia el Padre, porque nadie puede ir al Padre sin el Hijo. Y el Hijo no sólo pide por la Iglesia, sino que es Camino para ir al Padre, es Vida en la Iglesia, es Verdad en la Iglesia, es una Obra en la Iglesia, que agrada al Padre y, por tanto, da al Padre Su Misma voluntad.

Francisco no ve a Cristo como Mediador, sino sólo como un intercesor más, como un santo más en la Iglesia. Y, entonces, tiene que inventarse su gobierno de hombres. Y tiene que presentar a un falso cristo que sólo se preocupa por dar de comer a los hombres, por sanar enfermedades, por estar entre los hombres. Y no más. Y, de esa manera, tiene que poner una falsa iglesia que sólo es el pueblo de Dios, es decir, todo el mundo, todos los hombres, todas las sociedades, todas las religiones, porque Dios es tan bueno que salva y lleva al cielo a todo el mundo.

Este es el resumen de lo que propone Francisco. Y esto es lo que divide a la Iglesia. Esto precisamente.

“¡Oh, vasta Roma, tu ruina se acerca!
Ni de tus muros, de tu sangre y sustancia:
el áspero de letras hará tan horrible atentado,
hierro puntiagudo metido en todos hasta la empuñadura”
(10 Centuria, cuarteta 65)

El áspero de letras, un hombre sin inteligencia divina, un hombre soberbio, un hombre orgulloso, un hombre ciego para la verdad es el que atenta contra la Verdad. Y algo horrible, algo desquiciado, una locura porque es necesario entregar Roma al Anticristo.

La división que trae Francisco lleva a esta ruina a toda la Iglesia. Francisco es el inicio del cisma dentro de la propia Iglesia. Un cisma que permanece encubierto ahora, porque hay que quitar los dogmas, las verdades. Y Francisco sólo es un bufón que entretiene, pero que no sabe cómo quitar el dogma en la Iglesia. Lo sabe en su propia vida, porque vive sin temor de Dios, vive sin ley divina, vive sin ley moral, vive para pecar y hacer pecar a los demás. Pero no sabe el camino para quitar las verdades porque no tiene inteligencia. Es sólo un sentimental. Tiene que venir otro, de ásperas letras, temido por muchos, porque obra imponiendo el pecado, la mentira, obra sin justicia, sin verdad, sin rectitud, sin luz, para hacer caminar a los hombres hacia el infierno.

Tienen que discernir los Tiempos y dejarse de tonterías sobre los Papas anteriores. Grandes Papas fueron todos. Y, cada uno, en su pecado, fue fiel a lo que el Señor quería en su Pontificado. Ninguno de ellos descarrió a la Iglesia. Ninguno de ellos produjo un cisma en la Iglesia. Ninguno de ellos dividió la Iglesia. Todos los males de la Iglesia son por los otros: sacerdotes, Obispos y fieles que se separaron de la Iglesia para combatir a los Papas, que no se sometieron a los Papas, no obedecieron a Cristo en los Papas, sino que obedecieron su propia mente humana. Los sedevacantistas no son Iglesia porque no se ponen con los Papa verdaderos, sino que los atacan. Y, entonces, hacen el juego del demonio, que es desunir la Iglesia. Todo aquel que se dedica a combatir a los Papas anteriores y a Benedicto XVI, no es Iglesia y no hace Iglesia.

Hay que combatir a Francisco, porque él no es Papa. La batalla es contra el demonio en la Iglesia. Y el demonio ha puesto a Francisco. La batalla no es contra Cristo. Cristo ha puesto a Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo i, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Los ha puesto como Vicarios de Cristo para guiar a Su Iglesia a través de ellos. Y, por tanto, la Iglesia no se pierde siguiendo a esos Papas. La Iglesia se pierde escuchando a Francisco. Francisco trae al Anticristo. Ése es el fruto de su reinado en la Iglesia. Ésa es su obra durante este año: poner el camino para el Anticristo. Abrir puertas al demonio en la Iglesia.

La Iglesia se pierde siguiendo a Francisco. Esto es lo que muchos no comprenden, no disciernen, por llamar Papa a quien no es Papa: a Francisco.

Disciernan las profecías. No vivan en la Iglesia con su mente humana, porque se van a equivocar siempre. La Iglesia es Espíritu y, por tanto, la Iglesia es guiada en el espíritu de la profecía. Y hay que ir a los Profetas para entender el camino de la Iglesia.

Francisco engaña a los jóvenes en su mensaje para la jornada mundial

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El problema con Francisco es que deforma la Sagrada Escritura con conceptos no evangélicos, que hacen que la Palabra de Dios se diluya en ideas humanas.

Si no se tiene claro la vida espiritual, entonces los hombres se inventan todo en ella. Es el caso de Francisco, necio para el espíritu y sabio para los mundanos. Francisco habla para la gente del mundo, llena del espíritu del mundo, pero es incapaz de hablar para la gente espiritual. Todo cuanto habla produce confusión en las almas que buscan la Verdad en sus vidas.

Francisco no puede guiar hacia la verdad, porque no hay verdad en él. No puede haberla. Dice cosas que son verdad en apariencia, pero sólo con la intención de engañar.

Quiere hablar de los pobres de espíritu y termina con la lucha de clases entre ricos y pobres. Y, entonces, engaña a los jóvenes, a los cuales dedica su herejía.

Dice que “Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación”. Y ya no empieza bien, porque no da la Verdad de ese pasaje evangélico (Flp. 2), sino su interpretación.

San Pablo en ese pasaje pone dos cosas:

1. Jesús se anonadó a sí mismo no presentándose en la forma de Dios, con la Gloria que tiene siendo Dios. Y eso sólo significa que Jesús se presenta ante los hombres mortal, no inmortal. Jesús, por ser Dios, no tiene pecado y, por tanto, no puede morir. Y, cuando se encarna es el Verbo inmortal en una naturaleza humana y, en consecuencia, Jesús es inmortal. Pero se despoja de esa gloria, de la inmortalidad, y así se presenta a los hombres. Pero se despoja de algo más: Jesús no puede sufrir. Y, por tanto, no está sujeto a ninguna enfermedad, a nada en la tierra que dé dolor al cuerpo y al alma. Jesús también se despoja de eso y se muestra, en su naturaleza humana, como pasible, con capacidad de sufrimiento, de dolor, tanto en su cuerpo, como en su alma.

2. Jesús, no sólo se anonadó, sino que se humilló como hombre, en su naturaleza humana; es decir, se puso obediente a Su Padre que le mandaba una sola cosa: morir en la Cruz. Y esto significaba que Jesús se encarna para hacer una obra divina. Y, por lo tanto, no se encarna para hacer obras humanas. Por eso, Jesús no estudió, no trabajó, no se casó, no hizo nada de lo que los hombres suelen hacer en la vida humana, porque el verbo vino para algo específico, algo que quería Su Padre y por el camino que Su Padre le mandaba: el camino de la Cruz.

Estas dos cosas no las explica Francisco y, entonces, pone su engaño: Jesús eligió un camino de pobreza, de humillación. Éste es el engaño.

a. Porque Jesús, cuando se anonada, no es pobre, no se vuelve pobre, sino que se vuelve con capacidad para sufrir y para morir. Jesús viene para sufrir y para morir. Jesús no viene para ser pobre. ¿Ven la diferencia? Jesús no escogió el camino de la pobreza, sino el camino del sufrimiento y de la muerte.

b. Jesús, cuando se humilla, no se vuelve miserable, no se vuelve mendigo; sino que pone su alma en la obediencia a Dios. Jesús no escoge el camino de la humillación, sino el camino de la obediencia.

Estas dos cosas dan entender que Francisco anula toda la Sagrada Escritura cuando la predica y pone su opinión, lo que él entiende de esa Palabra, que es siempre su idea comunista.

Y, por tanto, todo el mensaje a los jóvenes está corrompido, porque no plantea la verdad desde el principio. No centra al alma en la Verdad del Evangelio, sino que sutilmente va dando su engaño, su mentira, su ideología comunista. Y esto que lo hace Francisco tan sencillamente es por su pecado de soberbia y de orgullo. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará porque ha vivido, toda su vida sacerdotal, sin quitar estos dos pecados. Por eso, es un lobo que destroza la vida espiritual de las almas.

Si Jesús viene para sufrir, para morir y para ser obediente a Su Padre, entonces la pobreza espiritual no cae en Jesús, sino sólo en los que siguen a Jesús.

Jesús no es pobre de espíritu, porque no necesita de eso para hacer la Voluntad de Dios, ya que no tiene pecado y es Dios.

El pobre de espíritu es el rico en la Gracia, es decir, el que no tiene pecado, el que lucha por quitar su pecado y así llenar su alma de gracia tras gracia, como dice San Juan: «Pues de su Plenitud todos hemos recibido gracia sobre gracia» (Jn 1, 16). Jesús lo tiene todo; luego no necesita ser pobre de espíritu. Jesús es la Gracia. El pobre de espíritu trabaja para permanecer en Gracia y así conseguir más Gracia.

Por tanto, cuando Francisco dice: “Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Está comenzando a poner su ideología comunista, ya no puede enseñar la vida espiritual a las almas.

Dios no elige ser pobre. Esto es la lucha de clases. Dios elige sufrir y morir. Eso es lo que elige Dios. Por eso, Dios puede salvar a los ricos y a los pobres, porque ofrece su sufrimiento y su muerte a ellos. Y esta es su pobreza: sufrir y morir. De esta manera, Dios enriquece a los hombres. Y sólo así se puede explicar el pasaje de san Pablo a los Corintios: «Pues conocéis la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre» (2 Cor 8, 9). La Gracia del sufrimiento y de la muerte, que es la pobreza de Cristo, es lo que enriquece el alma de los hombres. Jesús era rico porque no podía sufrir ni morir. Jesús se hizo pobre porque era pasible e inmortal. Y ésta es la pobreza de Cristo. Sólo está. La pobreza de Cristo no está en no tener dinero, en ser un miserable, en ser un pobre de la calle. La pobreza de Cristo no es una cuestión social ni económica, ni cultural, ni científica, ni humana, ni carnal. Es una obra del Espíritu en la naturaleza humana de Jesús. Jesús tenía que ser impasible e inmortal. Y el Espíritu lo hizo pasible y mortal. Y esta pobreza es la que hace ricos a los hombres. Por eso, Jesús no se dedicó a poner una empresa para hacer dinero y así dárselos a los pobres, que es lo único que quiere Francisco. Jesús se dedicó a sufrir y a morir. Y así los hombres salen de sus pobrezas humanas, económicas, sociales, etc.

Entonces, la pobreza espiritual consiste en imitar la pobreza de Cristo. Si Cristo vino a sufrir y a morir, entonces ¿cómo hay que ser pobre de espíritu? Uniéndose al sufrimiento y a la muerte de Cristo. Esto es lo que no enseña Francisco, sino que se va por su ideología comunista.

Él explica la forma de ser comunista a los jóvenes:

a. “Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas”. Para ser pobre de espíritu, lo primero la libertad. Ser libres de todas las cosas. Este es el lenguaje del comunismo.

Lo primero para poseer la pobreza de espíritu es no estar en pecado. Eso es lo primero. Quien está en pecado, es esclavo del pecado y de todos los males que engendra el pecado. Quien está en pecado hace frutos de pecado; sus obras son malas, llevan al pecado y tienen el sello del pecado. Y, por tanto, quien está en el pecado está apegado a muchas cosas. Y esto significa que no puede ser libre de todas las cosas. Luego, Francisco pone un imposible a los jóvenes: sean libres de todas las cosas. Pero, Francisco: ¿no sabes que existe el pecado y que los jóvenes viven en sus pecados? ¿Por qué no predicas que hay que quitar el pecado, que hay que confesarse, que hay que hacer penitencia por el pecado, para ser libres de las cosas? La respuesta: porque Francisco no cree en el pecado, sino en los males de todo tipo que los hombres encuentran en sus vidas, en la sociedad, etc.

b. “El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo”. Gran mentira. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélica totalmente graciosa, en la que obre la Gracia en todo. Y, por tanto, el Señor no nos llama a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. No es eso. Porque hay que estar en el mundo, hay que estar en una cultura de consumo, pero sin ser del mundo, sin seguir la cultura de consumo. El problema no está en la cultura de consumo, sino en el pecado de avaricia y de usura, que son los que originan el consumo desproporcionado. Francisco hace incapié en la cultura de consumo, como si el mal estuviera en ella. Y el mal nace del pecado de cada alma, por su avaricia, por su codicia, por su usura. Y eso es lo que hay que quitar. El Señor nos llama a quitar el pecado de avaricia, de usura, de codicia, para poder quitar el apego en el tener, en el comprar, en el vender. El problema no está en el dinero, sino en el uso que se hace del dinero. Si el dinero es plataforma para estar en Gracia, entonces el dinero sirve para todas las cosas de la vida de los hombres. Pero si el uso del dinero lleva al alma al pecado, a los apegos materiales, entonces nada sirve en la vida del hombre porque lo que se tiene, ya sea dinero, ya sean bienes materiales, impide la salvación del alma. El alma tiene que centrarse en quitar su pecado para no dejarse llevar por el espíritu mundo. No hay que quitar la cultura de consumo y poner la cultura del dar dinero a los pobres o la de recoger alimentos de las empresas que los tiran. No está en eso la vida espiritual. No está en eso la pobreza evangélica. Está en quitar el pecado y se resuelve todo los demás.

c. “para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche”. Es que no es eso la vida espiritual. No es un cambio de estilo de vida. Es un cambio de mentalidad. Hay que dejar de vivir como viven los hombres, para vivir como vive Dios. Éste es el problema. Dios da la Gracia para que el hombre viva en la vida de Dios. Y lo que impide la Gracia es sólo el pecado. Se quita el pecado y la vida cambia totalmente. Peor aquel que no quita el pecado, entonces se inventa sus estilos de vida. Y hoy no compra porque no tiene dinero; pero mañana compra porque ha recibido un dinero. Hoy es austero por las circunstancias de la vida, pero mañana es derrochador por otras circunstancias. No está en cambiar de estilos de vida, sino en vivir permanentemente en Gracia. Y la Gracia va diciendo lo que hay que comprar, lo que hay que usar, lo que hay que gastar. Es la Gracia lo que da la verdad a la vida económica. No es la cultura de los hombres, no son sus modas, no es el querer dar dinero a los demás para que vivan bien lo que hay que buscar para ser pobre de espíritu. El alma que no se deja gobernar por la Gracia, acaba siendo comunista, marxista, socialista, pragmática, capitalista, etc., pero no vive la vida espiritual. Vive como una veleta: según el viento de cada política, de cada doctrina humana. Para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a quitar el pecado de avaricia y de usura. Si no se hace esto, todo lo demás es un cuento chino, una fábula de los hombres, que no quieren sufrir por sus pecados ni morir a sus pecados para ser felices.

d. “para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales”. Éste es el comunismo puro. ¿Dónde está en el Evangelio la conversión a los pobres? Esto es idolatrar a los pobres. Esto es ser dependientes de los pobres. Esto es mirar la vida para los hombres y sólo para ellos.

El hombre, para ser pobre de espíritu, tiene que mirar a Cristo. No tiene que mirar a los pobres. Tiene que imitar a Cristo: unirse a su sufrimiento y a su muerte en la Cruz. Y eso significa una cosa: expiar su pecado, reparar su pecado, cargar con los pecados de los demás. Aquél que no quita su pecado, no puede hacer esta segunda cosa. No puede purificar su corazón y, por tanto, la pobreza de Cristo no le enriquece.

La limosna hay que darla por un motivo de gracia. ¡Cuánta gente da dinero a los demás y los deja en sus pecados, en sus vicios! Gente que comparte sus bienes materiales y hace un daño al prójimo, porque el ser humano es pecador y cae en sus vicios, en sus pecados; y si se le da todo en lo material, entonces no se le ayuda en lo espiritual. Y esto es pecar contra el prójimo. Esto no lo enseña Francisco: él dice que hay que resolver todos los problemas de los hombres, sociales, culturales, económicos, etc. Hay que entregarse al hombre pobre, al machacado, sin discernir nada. Eso se llama comunismo: “Tenemos que aprender a estar con los pobres”. Para ser pobres de espíritu hay que aprender a estar con los pobres. Esto no está en el Evangelio, sino sólo en la idea comunista de Francisco. Para alcanzar la humildad de corazón hay que estar con los hombres, hay que ocuparse de los hombres, hay que mirar a los hombres, hay que hacer obras con los hombres, hay que convertirse a los hombres. Esto es demoniaco: la doctrina de la fraternidad masónica.

Y, además, pone su palabrería barata y blasfema: “Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre”. Esto es una aberración, una abominación, un escándalo en boca de un Obispo. Porque Cristo sólo vive en los humildes de corazón, en los que son fieles a la Gracia. En los pecadores, ya sean ricos, ya sean pobres, vive el demonio y obra el demonio en ellos. A Cristo sólo se le encuentra en el humilde, es decir, en el que no tiene pecado, en el que lucha por quitar su pecado, en el que expía su pecado. En los demás, no está Cristo. Cristo no está en la carne que sufre porque no tiene un pan que comer; Cristo no está en el borracho, en el que aborta, en el que se droga, en el homosexual, en la prostituta. Cristo no está en el anciano que no es cuidado; ni en el joven que no tiene trabajo. Cristo no está en los hombres que tienen problemas económicos, políticos, culturales, humanos, carnales, materiales… Así no se encuentra a Cristo.

El que peca crucifica a Cristo: sea rico, sea pobre; sea viejo, sea joven; sea borracho, sea drogadicto… Es Cristo el que sufre el pecado de los hombres. No son los hombres los que tienen problemas y ahí está Cristo en esa carne que sufre. Esta es la aberración, la gran ignominia de ese hombre. El hombre que peca hace sufrir a Cristo; crucifica a Cristo, mata a Cristo en su alma, en su corazón , en su vida. Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña su sentimentalismo hereje: Cristo está en el que sufre. Eso es abominación. El que está en Gracia se crucifica con Cristo y salva almas. El que está en pecado, crucifica a Cristo y condena almas. Por eso, no se trata de mirar a los pobres, de estar atento a sus necesidades. Se trata de mirar a Cristo y de crucificarse con Cristo. Todo al revés en Francisco.

e. Y, por eso, viene la guinda: “Pero los pobres –y este es el tercer punto– no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres!”. Esto no sólo es de idiotas, de necios, de estúpidos, sino que es el cuento chino, la fábula, el entretenimiento de Francisco. Así que un muerto de hambre, que está tirado en la calle, pidiendo limosna, ése tiene algo que enseñar al hombre. Esta es la estupidez mayor de ese idiota.

Hay muchos que tienen de lo económico, les sobra, pero son grandes pobres ante Dios. Hay pobres que son pobres de lo económico y también en lo espiritual. Porque en el Reino de los Cielos van a entrar los ricos, pero los ricos en amor, los ricos que han aprendido a vivir según lo que Jesús ha enseñado. Y, por tanto, ¿qué sabiduría tiene un pobre que en su corazón no posee el Amor de Dios? ¿Qué se va a aprender de un hombre en pecado? ¿Qué camino de verdad da un hombre que vive su pecado? ¿Qué obras de verdad hace un hombre en su pecado?

Francisco es el mayor subnormal de todos en la Iglesia. No sabe lo que está diciendo. No sabe dónde pisan sus pies. ¡Menuda basura de mensaje a los jóvenes! ¡Cuántos jóvenes se van a condenar por seguir a tan desdichado personaje!

Cristo se humilló para obedecer a Su Padre. Ahí está la verdadera sabiduría. Y Francisco enseña a humillarse ante los hombres para obedecerlos y así aprender de sus vidas de pecado. Es la mayor necedad de todos.

Para ser pobre de espíritu, según Francisco: sé libre de cosas, atiende a los pobres y aprende de los pobres. Esta es la doctrina del demonio.

Para ser pobre de espíritu, en la doctrina de Cristo: quita tu pecado, expía tu pecado, haz penitencia por tus pecados, y vive siempre en gracia para poder obrar la Voluntad de Dios en todas partes. Con el sufrimiento reparador, con la crucifixión de la propia voluntad; con la obediencia a la Verdad, se alcanza la pobreza de espíritu.

Porque los hombres entienden la pobreza como que algo les falta en lo material. Y no es así. La pobreza que realmente necesita el hombre es espiritual. Hay mucha gente pobre en la Gracia y, por eso, está llena de pecados y de problemas su vida. Lo que importa en la vida es ser rico en la Gracia. No interesa ni tener ni no tener dinero. Esa pobreza material nunca la enseñó Jesús. Jesús enseñó a tener un corazón humilde, desprendido de todo pecado; un corazón abierto al Amor Divino y que, por tanto, combate contra todos los demás amores. Muchos son pobres de amor divino y ricos de amores humanos, terrenales, carnales, materiales, sociales, sentimentales. ¿Cómo se van a salvar de esa manera? ¿Cómo se van atender a personas que no quieren dejar sus pecados? ¿Cómo se va a aprender de personas que no tienen el Amor de Dios en sus corazones?

Por eso, Francisco condena a las almas con su doctrina comunista. ¡Da asco Francisco! ¡Da asco su pensamiento! ¡Da asco sus obras en la Iglesia! ¡Da asco como Obispo y como hombre!

La Iglesia es la Familia de Dios, no una sociedad de hombres

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Cristo Jesús murió por el pecado de Adán y estableció en el hombre el sentido de la Autoridad.

Adán, en su pecado, se rebeló contra la Autoridad Divina y, por tanto, rebajó la autoridad que tenía recibida de Dios sólo a un poder humano.

La Autoridad que da Dios al hombre es la misma que tiene Él, pero participada en el hombre. El hombre participa de la Autoridad de Dios y, por tanto, es vicario de Dios.

El hombre, en su naturaleza humana, tiene autoridad humana; en su carne, tiene autoridad carnal; en su espíritu tiene autoridad espiritual; en su alma tiene autoridad racional.

Por ser el hombre un compuesto de alma, carne y espíritu, posee diversas autoridades participadas de Dios.

Cuando el hombre forma una familia, tiene una autoridad para esa familia; es decir, un poder divino, que tiene que ser actuado en la naturaleza humana, en el orden de esa naturaleza. Y así, el varón es la cabeza de esa autoridad; pero también la mujer es autoridad en esa familia, pero no la cabeza.

En la familia, el hombre es el primero en mandar, y la mujer es la segunda en mandar. El hombre, en la familia, tiene un poder de mando: es el primero, es la cabeza; la mujer, es la segunda. Pero la familia tiene una autoridad recibida de Dios, distinta al poder de mando.

El hombre manda primero en la autoridad divina. Tiene que mandar sujeto a ese poder divino recibido de Dios. Si manda algo en contra de ese poder divino, entonces la mujer no puede obedecerlo, porque ella está sujeta a la autoridad divina en la familia, no al poder de mando del varón. La mujer obedece al varón cuando manda en la autoridad divina recibida en esa familia.

El hombre no tiene autoridad sobre la mujer, sino poder de mando. Dios es el que tiene la autoridad sobre el hombre y sobre la mujer en la familia.

Hombre y mujer son vicarios de esa autoridad en la familia. Dios revela, tanto al hombre como a la mujer, en la familia, lo que él quiere de esa familia. El hombre realiza la Voluntad de Dios porque es la Cabeza de la familia. Pero si el hombre no da la Voluntad de Dios, entonces la mujer pasa a ser cabeza, por estar sometida, en la familia, a la autoridad divina.

La mujer se somete al varón en las cosas de la naturaleza humana, pero no en las cosas del espíritu ni del alma. Sólo en las cosas de la carne, hay sometimiento al varón.

El hombre y la mujer, en su carne, tienen una autoridad de Dios recibida, un poder de Dios, para engendrar la vida que Dios quiere. Pero la mujer nace del varón en la carne; luego, la mujer queda sometida al varón en la carne. El varón, en la carne tiene autoridad sobre la carne de la mujer. Ya no tiene poder de mando; el varón no es cabeza de la carne de la mujer; el varón es cabeza de la familia con una mujer.

En la carne, la mujer tiene que someterse al varón. Y esto por derecho de la naturaleza humana, es decir, porque Dios ha creado así al hombre y a la mujer: primero el hombre; segundo la mujer.

Pero este sometimiento de la mujer al hombre, en la carne, no es absoluto; es decir, está regido por la vida espiritual. La autoridad que el hombre tiene sobre la mujer en la carne está relacionada con la vida espiritual, porque es el espíritu el que debe dominar los impulsos de la carne.

Entonces, la mujer sólo puede someterse a lo carnal cuando hay una razón espiritual. Si sólo hay una razón carnal, un deseo carnal, entonces no se da el sometimiento. Porque la autoridad en la carne que ambos poseen no son absolutas, sino relativas a su vida espiritual.

El hombre suele dominar a la mujer en la carne. Es propio de su naturaleza humana, de su carne de hombre. El hombre es carnal; pero la mujer no es carnal. El hombre es carnal porque Dios lo crea de la tierra, de la carne, de la materia. La mujer no es carnal, porque nace del varón. La mujer es una vida, fruto del varón, de la vida que hay en el varón. Por eso, la mujer es el amor en la familia y el hombre, el placer en la familia.

El hombre, en su placer, abre caminos para que la mujer obre el amor. El placer del hombre no sólo está en su sexo, sino en su inteligencia. El hombre es el que piensa en la familia; pero es la mujer la que decide, la que ve, la que obra, por ser el amor.

Y, en el sexo, es lo mismo. El hombre busca a la mujer por placer, pero es la mujer la que pone el camino al placer del hombre para obrar un amor. Siempre es la mujer la que obra el amor; el hombre sólo da su placer.

Esta autoridad familiar produce el amor entre hombre y mujer. La autoridad divina que tienen ambas en la familia es la causa del amor entre los dos.

Sin esta autoridad divina no puede darse el amor entre hombre y mujer. Sólo se daría un placer sexual, una unión de sexos, una unión de vidas humanas, una unión de obras humanas, pero sin amor, sin el amor divino; sólo con un amor humano o natural, o carnal, o material, o sentimental.

Por eso, la necesidad del Sacramento de Matrimonio para poseer esta autoridad divina en el matrimonio y en la familia, para tener este amor divino.

El hombre es sociable por naturaleza; es un ser que se comunica con otros. Este ser sociable no es por derecho de naturaleza, porque Dios crea al varón, pero no a la mujer.

Dios crea a un hombre solo, es decir, una persona incomunicable, no sociable, no comunicable con otras personas, porque no existen. Existe sólo la relación entre Dios y su criatura; y existe la relación del hombre con las demás criaturas creadas por Dios.

Pero la relación con Dios no es una sociedad ni tampoco lo es con las demás criaturas. Porque lo sociable se da sólo en la misma naturaleza humana, no entre distintas naturalezas humanas.

Dios crea al hombre, pero no existe el amor fraterno, el amor entre hombres.

Cuando Dios crea a la mujer, entonces se da el amor matrimonial entre hombre y mujer, pero no el amor fraterno.

El amor fraterno sólo se da entre los hijos del hombre y de la mujer, nunca entre hombre y mujer.

Los hijos se aman como hermanos. Y sólo ellos tienen este amor. Pero este amor fraterno nace del amor entre hombre y mujer. No lo posee cada hijo en sí mismo, sino que es un don que dan los padres a sus hijos.

El pecado original rompió este don. Y, entonces, hombre y mujer tienen hijos que no pueden amarse fraternalmente, porque no reciben el don del amor.

Cristo puso este don en el Sacramento del Matrimonio para que los padres, al buscar un hijo en Dios, es decir, al engendrar un hijo en gracia –no en pecado- ese hijo recibiera el don de la fraternidad y pueda amar a sus otros hermanos con ese amor.

Caín no pudo amar a Abel, porque fue engendrado en el pecado. No recibió el amor fraterno de sus papás.

Muchos matrimonios que se casan por la Iglesia y tienen la Gracia del Sacramento, después no la usan, porque viven en pecado y así engendran hijos en el pecado. Esos hijos, aun concebidos con el pecado original, -que se sigue transmitiendo-, no reciben el don de la fraternidad, pero por el pecado de sus papás, al engendrarlos en el pecado.

Por eso, la importancia del Bautismo de los niños nada más nacer; no sólo para quitar el pecado original, sino para que el amor fraterno pueda vivir en ese hijo.

Los papás que conciben a sus hijos en pecado no les dan ese amor fraterno, pero tampoco el hijo lo recibe cuando se bautiza, porque fue engendrado sin Gracia, en el pecado de los padres.

Hay muchos matrimonios que no viven, desde el inicio de sus matrimonios por la Iglesia, en la Gracia. Y, entonces, inutilizan el valor del Sacramento del Matrimonio. Dios da muchas gracias a los hijos a través de sus papás, que viven en Gracia y que obran con la gracia. Pero Dios no puede dar nada a los papás que no están en Gracia y que hacen el sexo en el pecado.

El sexo tiene un valor divino incalculable para Dios. Y un matrimonio debería preguntar a Dios qué hacer con sus sexos, cómo quiere Dios la relación sexual, cuándo la quiere, cómo conseguir la castidad matrimonial, cómo entender cuándo Dios quiere los hijos. Para eso es la Gracia del Sacramento del Matrimonio.

Por tanto, la fraternidad entre los hombre no puede existir. La fraternidad sólo se da entre los hijos de un hombre y de una mujer.

Entre los hombres sólo se da lo social, pero no lo fraterno. El amor al prójimo es un amor social, no es un amor entre hermanos, no es un amor fraternal.

Y ese amor social proviene de una autoridad divina entre los hombres.

Por eso, cada sociedad de hombres tiene una cabeza, un hombre con un poder, que proviene de Dios. Y ese hombre tiene que obrar la Voluntad de Dios en esa sociedad. Y, cuando la obra, entonces produce el amor divino entre los hombres, el amor social, el que los hombres se amen entre sí.

Las guerras se dan porque hay una cabeza que no obra la Voluntad de Dios y, por tanto, no se puede dar el amor social, el amor al prójimo, sino el odio.

Pero este amor social, por ser algo natural entre los hombres, no es absoluto, sino que está relacionado con la vida espiritual.

Lo social está sometido a la vida espiritual: el amor al prójimo depende del amor espiritual. Y, por tanto, hay que obrar el amor al prójimo guiado por el amor espiritual. Es siempre primero el espíritu que lo social, que la comunicación entre los hombres, que el diálogo entre los hombres.

Por eso, los hombres tienen que amarse entre sí practicando una virtud, ya humana, ya divina o teologal. Sin la práctica de la virtud, no se puede dar el verdadero amor al prójimo, sino un sucedáneo de amor, un esperpento de amor, un humanismo, un comunismo, un socialismo, un liberalismo, etc. Donde hay vicio o pecado, no hay amor al prójimo.

Por eso, no está la vida de la Iglesia en resolver la hambruna del mundo. Eso no tiene ningún sentido, ni siquiera lo exige Dios al hombre.

Es el hombre el que se pone una meta que no puede realizar, porque la vida de los hombres no es para lo social, sino para lo familiar.

Adán y Eva son creados para un matrimonio, no para una sociedad. Los hijos que tienen forman un amor fraternal, pero no social.

La relación entre los hijos con otros hijos de otros matrimonios es lo que forma la sociedad, pero ya de forma independiente a la familia, al orden familiar.

Adán y Eva no fueron creados para una sociedad, para un país, para un pueblo, sino para formar una familia. El pecado de Adán rompió la familia que Dios quería. Y, por eso, la sociedad, el mundo pertenece al demonio. No puede darse un amor al prójimo auténtico entre los hombres. Con la Gracia se puede dar un amor fraternal entre los hijos; pero difícilmente se da, de hecho, una sociedad en la que se viva de amor divino. Tiene que llegar el Reino Glorioso para que se produzca el plan original de Dios sobre Adán. Dios llamó a Adán a una familia, no a una sociedad, no a un país, no a un pueblo.

Por eso, Dios elige Su Pueblo para formar Su Familia, de forma independiente al Pueblo. Y, por eso, la Iglesia no es el Pueblo de Dios, no es una sociedad, no es una comunidad de hombres. Es el Cuerpo Místico de Cristo, es la familia de los hijos de Dios, engendrados en la Gracia. La Iglesia es una familia, no es una sociedad.

Lo importante siempre es el núcleo familiar, nunca la sociedad. Cada hombre debería vivir para su familia y ahí encontrar el amor fraterno y, en ese amor, el amor al prójimo. Porque sólo se puede amar al prójimo cuando hay amor fraterno, cuando los papás dan ese amor a sus hijos.

El pecado original rompió todo esto. La Gracia lo va restituyendo, pero sólo en aquellos hombres y mujeres que viven en la Gracia. En los demás, todo sigue igual, por el pecado.

Por eso, es tan difícil la caridad entre los hombres, porque si hombre y mujer no viven en Gracia, lo que engendran es siempre un problema para el mundo, no sólo para sus familias.

Hoy día, en la Iglesia, no se vive de Gracia, no se vive de cara a lo espiritual, porque han puesto al hombre como centro. Han quitado a Dios. Se da culto a la naturaleza del hombre. Se pone como inmutable la naturaleza humana, el amor humano, el sentido humano, la ley humana. Y, por eso, es una Iglesia ciega por su humanismo, porque no ha comprendido el Don de Dios al hombre en Cristo, que es la Ley de la Gracia.

Cristo ha puesto un camino totalmente diferente al que el hombre ve con su ciencia humana: es el camino de la gracia, que sólo se puede obrar en la Gracia.

Cuando el hombre quiere ser hombre, entonces se olvida que para llegar a la plenitud de la Verdad es necesario la guía del Espíritu, del Entendimiento Divino. Y si el hombre no deja su entendimiento humano a un lado, como inservible, entonces nunca va a encontrar la verdad, sino que se va meter en un callejón sin salida, con una puerta sólo a la autodestrucción del mismo hombre.

No somos una Iglesia de pecadores

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El pensamiento de Francisco sobre la Iglesia está influenciado por su herejía del humanismo.

Francisco no puede ver la Iglesia como la Obra del Espíritu, sino como la obra de los hombres. Por eso, dice: “somos una Iglesia de pecadores; y nosotros, los pecadores, estamos llamados a dejarnos transformar…por Dios. (…) ¿Alguno de los que está aquí ha venido sin sus pecados? No, todos llevamos nuestros pecados con nosotros” (2 de octubre 2013).

Un sacerdote que tenga celos por las almas, que quiera salvar almas en la Iglesia, dice a las almas: si tienes pecado, ve al Sacramento de la Penitencia y quita tus pecados, pero no vengas a la Iglesia con tus pecados, no convivas en la Iglesia con tus pecados. Porque Cristo ya ha puesto el camino para quitar el pecado y, por tanto, ha dado la gracia para hacer una Iglesia sin pecadores, sin gente que conviva con sus pecados. Pero, como se da en la Iglesia, almas que ya no creen en la gracia ni en el perdón de los pecados, por eso, muchos pecan y no confiesan sus pecados, y están en la Iglesia llenándola de demonios por sus obras pecaminosas. Francisco no enseña el camino para quitar el pecado, sino que enseña el camino para seguir en el pecado.

En la Iglesia están los santos y también hay almas que pecan. Eso es normal, pero la Iglesia no es una Iglesia de pecadores. La Iglesia es la Iglesia de los hijos de Dios. Y los hijos de Dios han nacido de Dios y, por tanto, no pueden pecar, porque el germen de Dios permanece en ellos. (cf. 1 Jn 3, 9)

El problema del pecado de los hijos de Dios es que no son fieles al don de Dios que han recibido, a la Gracia, y, por tanto, se vuelven a sus pecados y se convierten en hijos del diablo. El Señor pone el Sacramento de la Penitencia para volver a ser hijos de Dios por la Gracia, pero hay muchas almas que ya no lo usan o lo usan mal.

La Iglesia es la Iglesia de los hijos de Dios que luchan contra sus pecados. Y, por tanto, si se lucha contra el pecado, el hijo de Dios no lleva su pecado con él, no convive con su pecado. Siente la concupiscencia del pecado, el deseo de pecar, pero, si está en Gracia, no está en pecado. Y si cae, se confiesa al instante Luego, esa frase de que “todos llevamos nuestros pecados con nosotros” es la frase de un hereje que no cree en la Gracia, en el don que Dios ha dado al hombre con Jesucristo. Y si no cree en la Gracia, entonces ¿de qué está hablando Francisco? ¿Por qué dice esa frase? ¿Por qué dice que todos llevamos nuestros pecados con nosotros?

Él dice: “nosotros, los pecadores, estamos llamados a dejarnos transformar por Dios”. Esta frase que parece que está bien concertada, es una más de sus herejías.

Si el hombre está en pecado, Dios no lo llama a transformarse, sino a dejar su pecado. Primero es el perdón del pecado, después es la penitencia por el pecado y, en último lugar, la transformación -por amor- del hombre en hijo de Dios. No es posible ser santo si primero no se camina en la purificación del corazón. Y esa purificación supone, primero, reconocer el pecado y luchar en contra de él. Y hasta que el alma no se centra en el pecado, y no mira su pecado, y Dios no le revela todo lo que hay en su corazón de negrura, el alma no puede ser transformada. Por eso, la vida espiritual cuesta, porque muchas almas se detienen en el pecado. Se confiesan y vuelven a caer. Y así están mucho tiempo en la rutina de una vida espiritual que no conoce el pecado de su corazón porque no vive para luchar contra ese pecado.

La santidad de la vida es la obra de la justicia divina en el alma. Y, cuando se culmina esa obra, Dios pone la otra obra, la de su amor en el alma para transformarla en amor, en un ser divino, en un ser santo. Pero hay que sufrir mucho para ser transformados, para llegar a esa santidad.

La transformación del alma por Dios no comienza hasta que el hombre no crea en todo su pecado, hasta que el hombre no vea su pecado entero: nacemos en el pecado original y, durante mucho tiempo, pecamos y pecamos, sin quitar ese pecado, sin confesarnos, sin hacer nada por luchar contra ese pecado; y, después, cuando nos convertimos, no es fácil quitar toda esa vida de pecado. Y, mientras el alma esté sujeta, esclava de un pecado que quite la gracia en su alma, no puede ser transformada, santificada, hecha hija de Dios por participación. Por eso, es necesario el Purgatorio porque hay muchas almas que son tibias en la vida espiritual, muchas almas tienen miedo a la justicia divina, a este camino de purificación constante. Están en sus pecados y no luchan contra ellos, porque se han vuelto a sus vidas humanas, se han acomodado a todo lo humano. Y Dios, por tanto, no puede transformar a esa alma.

Por tanto, para Francisco el pecado es algo que está en el hombre, que el hombre no quita, sino que trae a la Iglesia, y así Dios transforma al hombre. Por eso, él dice esta barbaridad: “el término “santos” se refiere a aquellos que creen en el Señor Jesús y por él se incorporan a la Iglesia a través del bautismo” (30 de octubre 2013).

Hay muchos que creen en el Señor en el mundo, pero viven en sus pecados. Hay muchos que están bautizados en la Iglesia, pero viven en sus pecados. ¿Dónde está la santidad de estas personas si obran el pecado?

Adán tenía muchos dones de Dios en el Paraíso, pero no era santo, porque podía pecar. La Virgen María es la que es santa, porque es Inmaculada, no puede pecar, porque tiene la gracia para no pecar. Adán no tenía esa gracia y, por eso, pecó. No mereció la gracia de ser inmaculado, de ser santo, porque eligió el pecado. Hay muchos hombres, que tienen un bautismo, que son sacerdotes, que comulgan, pero que eligen el pecado en sus vidas. Y viven en el pecado. No puede haber ninguna santidad en esas almas, como no la hubo en Adán después del pecado.

Ser santo no significa creer en Dios ni estar bautizados. Y, por lo tanto, la Iglesia no es Santa porque tiene miembros que crean en el Señor y que estén bautizados.

La Iglesia es Santa porque el Espíritu Santo hace santos, hace hijos de Dios, transforma al hombre que se ha purificado de sus pecados; transforma al hombre que ya no puede pecar, que ya no puede ir en contra de la Gracia. Y si, alguna vez, cae en pecado ese hombre, sólo es por debilidad o por el combate del demonio. Pero su voluntad está firme en no querer pecar. Y, por tanto, Dios transforma por amor a ese hombre en hijo de Dios por participación, porque antes ese hombre pasó por un baño de justificación, de penitencia, de sufrimiento, de purificación por sus pecados.

Francisco no enseña que para transformarse en hijo de Dios hay que sufrir, hay que ser lijados por la Justicia Divina, castigados por Dios. La santidad, para Francisco, no es justicia, sino un beso de Dios al alma, un amor amorfo, sentimental que tiene de Dios el pecador, una ternura amanerada hacia el pecador.

En esta concepción que tiene Francisco de la santidad, enseña esta herejía: “el amor de Dios abrasa nuestro egoísmo, nuestros prejuicios, nuestras divisiones internas y externas (…) El amor de Dios abrasa también nuestros pecados” ” (30 de octubre 2013). ¡Esto es para excomulgar a Francisco!

El fuego ardiente del amor divino sólo es para los santos, para las almas que el Espíritu Santo lleva a la santidad de vida. Y, por tanto, ese fuego divino no abrasa los pecados, sino aquello que no es pecado, pero que es impedimento para la santidad, como son las imperfecciones, las debilidades, las fragilidades en la vida espiritual.

Dios no abrasa, con su amor, el pecado de nadie. Esta es la mayor herejía de todas. Y esto lo dice Francisco porque quiere meter en la Iglesia a todos los pecadores, a todos los cristianos, a todo el mundo con sus pecados. Es la Justicia Divina la que repara en el alma la obra del pecado. Y, por eso, el alma tiene que sufrir un gran purgatorio. Y eso no es la transformación por amor; eso es la penitencia por justicia. Dios hace sufrir al alma que quiere ser santa. Y ese sufrimiento es lo que quita la obra del pecado; pero el pecado sólo se quita con el Sacramento de la Penitencia. Dios no abrasa el pecado. No hace falta. Dios, en el infierno, hace que el alma se abrase en su pecado, viva en su pecado, sea pecado; y que nunca pueda salir de su pecado.

Y, entonces, Francisco enseña una manera utópica de estar en la Iglesia, diciendo esta barbaridad: “La relación entre Jesús y el Padre es la matriz de la unión entre los cristianos: si estamos radicados en esta “matriz”, en este fuego ardiente de amor, podemos llegar a poseer un único corazón y una única alma” ” (30 de octubre 2013).

Así que todos los cristianos somos uno porque estamos radicados en esa relación entre Jesús y el Padre. Esa relación es una matriz, una incubadora de amor y de unidad. Lo que hay entre Jesús y su Padre es un fuego ardiente de amor, que abrasa nuestros pecados y nos une a todos en esa matriz. ¡Mayor estupidez no se puede decir!

El protestante, con sus errores, es un santo, porque Dios abrasa sus pecados, ya que el protestante cree en Jesús y cree en el Padre. El judío lo mismo y cualquier cristiano, en el mundo, es abrasado por el amor de Dios, y así se quita el pecado, las diferencias, los egoísmos, las divisiones internas y externas de los hombres.

Por eso, dice: “La Iglesia brinda a todos la posibilidad de recorrer el camino de la santidad que es el camino del cristiano” (2 de octubre 2013).

El camino de la santidad no es el camino del cristiano, sino el camino del hijo de Dios, el camino del que lucha contra el pecado, el camino del que lucha contra el demonio, el camino del que lucha contra el mundo.

Hay muchos cristianos que no quieren ser santos. Hay muchos miembros en la Iglesia que no quieren ser santos, que quieren ser del mundo, que viven abrazados a sus pecados, que sólo quieren ser hombres, pero no hijos de Dios.

La Iglesia no es para dar un camino a los cristianos, sino para hacer Santos, porque la Iglesia es Santa. Y no se puede entrar en el Cielo si no se es santo. No es posible la santidad en la tierra si el hombre está mirando continuamente lo que no es santo, lo profano, lo mundano; si el hombre está atendiendo a lo que no es santo, si el hombre vive entre pecadores y comulgando sus pecados, no hay forma de ser santo. Si el hombre no lucha contra el pecado y contra los hombres que quieren llevarlo al pecado, entonces no es posible la santidad.

Como la Iglesia es para los cristianos, entonces la Iglesia “no cierra nunca las puertas de casa; no juzga, sino que ofrece el perdón de Dios” (18 de septiembre 2013). La Iglesia es una madre que no corrige, que no castiga, sino que siempre perdona, porque Dios siempre lo hace. La Iglesia no juzga, porque Dios no juzga: “En la Iglesia, el Dios que encontramos “no es un juez despiadado, es como el Padre de la parábola evangélica… El Señor quiere que seamos parte de una Iglesia que sabe abrir los brazos para acoger a todos, que no es la casa de unos pocos, sino de todos” (2 de octubre 2013).

Como Dios es Misericordioso, entonces todo lo acepta, todo lo soporta, todo lo espera y todo lo perdona. Luego, no es posible la Justicia de Dios, no es posible presentar a un Padre que castiga, y que es un Dios severo. Luego, no hay que purificar nada, no hay que sufrir nada en la vida por nuestros pecados, sino que ya Dios abrasa nuestro pecados porque es muy bueno con todos los hombres. Por eso, la Iglesia nunca cierra las puertas de casa, luego siempre las tiene abiertas para que pasen todos los demonios a destrozar la Iglesia.

Esto es lo que predica y enseña Francisco sobre la Iglesia. Y esto no es la Iglesia de Cristo. Ésta es su doctrina de su iglesia, que es la iglesia del demonio en Roma.

Por eso, decía a la Iglesia sobre los judíos: “Es una contradicción que un cristiano sea antisemita. Sus raíces son también judías. Un cristiano no puede ser antisemita. ¡El antisemitismo debe desterrarse del corazón y de la vida de cada hombre y de cada mujer!” (11 de octubre).

En esta frase está su humanismo, que le ciega y no le deja ver la Verdad, la realidad de los judíos.

Los judíos no creen en el Mesías. Luego, no pueden estar en la Iglesia de Cristo, porque es la Obra del Mesías. Jesús vino por los suyos, por su pueblo, el pueblo judío. Y ese pueblo lo rechazó y lo mató. Ese pueblo tiene su Justicia Divina. Y, por tanto, en esa Justicia Divina ellos no pueden entrar en la Iglesia hasta que no purifiquen sus pecados y el pecado de matar al Hijo de Dios.

Hay que oponerse a los judíos porque están en su pecado. Hay que decirles a los judíos: si no quieren quitar su pecado, entonces sigan en su pecado, pero atiendan a las consecuencias de su pecado. Lo que han sufrido en toda la historia, desde que mataron al Mesías, es sólo fruto de ese pecado. Lo que hizo Hitler es por el pecado que se cometió hace 2000 años. El pueblo judío es el pueblo errante. Es como Caín, un pueblo maldito. Pero a Caín sólo lo juzga Dios en Su Justicia. Caín no tuvo culpa del pecado de Adán, pero, después, tuvo otros pecados. El pueblo judío actual sufre el pecado de sus ancestros, y no tiene culpa de ese pecado de matar al Hijo de Dios, pero ese pecado ha sido heredado, como el pecado original, pero en la Justicia de Dios. Dios juzga al pueblo judío y, por eso, sigue errante y encuentra muerte siempre hasta que el Señor diga basta.

Y los Católicos no podemos acoger a un pueblo que Dios no acoge, que mató al Hijo de Dios. Los Católicos sólo pueden acoger a las almas de ese pueblo que salen de sus pecados, que salen de ese pueblo, y se convierten a la Palabra de Dios. A los que creen que Jesús es el Mesías. Y hasta que no crean en eso, no se les puede besar, ni abrazar, ni meterlos en la Iglesia. Se les respeta como hombres. Y, punto y final. Pero se les recuerda su pecado para que entienda por qué sufren. ¿Por qué Hitler obró eso? Por el pecado de matar al Hijo de Dios.

Esto es lo que Francisco no enseña porque se queda en su humanismo. No entiende la Justicia Divina y, entonces, proclama su justicia humana: póbrecitos los judíos que han sufrido tanto por parte de los hombres. No hay que ser antisemita, hay que comprenderlos porque son buena gente, son nuestros hermanos, los católicos tenemos las raíces judías. ¿Ven su política, su ideología, su proselitismo?

Por eso, dice en su evangelii gaudium: “Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina” (n. 249). ¿Todavía no has comprendido Francisco? Estás en tu ceguera: un pueblo que no acepta a Jesús como Mesías, entonces tampoco acepta la Palabra de Dios. Y si no cree en la Palabra, no tiene sabiduría. Y, por tanto, Dios no provoca tesoros de sabiduría en ellos, Dios no puede obrar en el pueblo judío porque no tienen fe. Sólo creen en sus ideas del Reino de Dios, sólo creen en sus interpretaciones de la Palabra de Dios, pero no creen en Jesús. Sólo ven a Jesús como un hombre, pero no como Dios. Y muchos no comprenden esto tan sencillo.

Francisco quiere hacer su justicia humana y, por eso, se esfuerza por dejar claro: “Los cristianos no podemos considerar al Judaísmo como una religión ajena, ni incluimos a los judíos entre aquellos llamados a dejar los ídolos para convertirse al verdadero Dios” (n. 248). Es que el judaísmo es una religión que se quedó en sus formas exteriores de adorar a Dios, en sus reglas, en sus leyes humanas. Es que el judaísmo es una religión ya vieja, antigua, que no sirve para nada, porque Cristo ha dado el Espíritu a Su Iglesia. Y Su Iglesia no es el pueblo judío. Su Iglesia no es para el pueblo judío. Su Iglesia es para aquellos judíos que renuncian a ser el pueblo judío, que renuncian al judaísmo. Es que la Iglesia de Jesús ya no tiene las raíces de los judíos. Ya no sirve ese argumento histórico para ser de Jesús. Jesús ha fundado Su Iglesia sobre la Verdad, no sobre las raíces judías.

Esto es lo que Francisco no comprende, por su política en la Iglesia, por su falso ecumenismo, su falsa fraternidad de querer meter a todos en la Iglesia porque todos somos buenísimos para Dios. Esto no lo comprende Francisco por su visión del Jesús histórico: hay que ir a las raíces de Jesús. Como Jesús era judío, hebreo, entonces los judíos pueden entrar en la Iglesia de Jesús. Así piensa Francisco. Este es todo su argumento. Destroza la Palabra de Dios, la Obra de Jesús, que es la Iglesia.

Y. por eso, concibe la Iglesia como una Iglesia de pecadores, no como una Iglesia de almas que viven en gracia. Para Francisco, la Iglesia no es graciosa, sino pecadora. Ésta su gran herejía. Por tanto, la santidad, para Francisco es convivir con el pecado y que todos en la Iglesia convivan con sus pecados. Y, por eso, hay que abrirse al mundo para que entren en la Iglesia todos los pecadores con todos sus pecados, porque Dios abrasa todos los pecados. Ya Dios no perdona el pecado.

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