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Bergoglio: parte integrante del plan global

Grafiti-antinom

«En la búsqueda de un nuevo enemigo que nos una, se nos ocurrió la idea de la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, el hambre y similares cosas que encajen con el proyecto» (“La primera revolución Global”, un informe del Consejo del Club de Roma por Alexander King y Bertrand Schneider, 1991).

Se nos ocurrió la idea: y montaron todo un negocio con el calentamiento global. Una mentira científica que da millones a la élite luciferina, que es la que rige el mundo en todos los ámbitos.

Bergoglio ha escrito la fábula de su laudato si sobre esta mentira y eso le trae millones.

De él, han dicho que «es el hombre más peligroso del planeta», que «va a crear un cisma en la Iglesia», que es un «lobo, una persona mala» (verver)

Esto lo dice gente no religiosa, pero que sabe de política. Y Bergoglio es un hombre de política que no sabe lo que está diciendo. Un mal político, que se mete en asuntos que no son de su incumbencia, que se enfrenta a todos los capitalistas del mundo para poner su comunismo como salvador de la economía y de la política mundial.

Un gran batacazo ha sido esta falsa encíclica para Bergoglio. Y ahora es necesario auparle, mandando a toda la Jerarquía que diga en sus misas que esta fábula hay que leerla y regalarla a toda la familia.

Tienen que hacer algo para levantar a Bergoglio de donde ha caído.

Están en el proyecto de una nueva humanidad, renovando así el pecado original de Adán.

Se tienen que inventar un gigante como enemigo de la humanidad. Y hay que fabricar un quijote, una nueva humanidad, para que luche contra ese gigante.

Un enemigo que no existe: el calentamiento global. Es un molino de viento, pero lo presentan como un gigante a destronar. Porque lo que importa, para crear esa humanidad, es algo que una a la humanidad, algo por lo cual la humanidad luche globalmente.

Bergoglio es parte integrante del plan global que tiene por objetivo la instauración de una Única Religión Mundial que apoye al Único Gobierno Mundial.

Bergoglio y la élite luciferina son una misma cosa.

La élite luciferina es esa élite de elegidos que quieren gobernar un mundo dividido en 24 regiones, con su propia moneda, leyes y fuerza policial (Cf. Gerald and Patricia Mische, Toward A Human World Order: Beyond the National Security Straitjacket (New York: Paulist Press, 1977)).

Es una élite que se cree que es las más avanzada forma de humanidad: una raza inteligente, civilizada, solidaria, competente, que se sabe controlar a sí misma con el fin de ejercer el  dominio sobre los demás. Se creen superiores a todos los hombres. Se creen con derecho a cambiar el mundo sólo por lo que ellos piensan.

Ya no se habla de la capacidad individual de cada persona, ni de su libertad, ni de su conciencia individual, ni de una conversión personal:

«… no basta que cada uno sea mejor para resolver una situación tan compleja como la que afronta el mundo actual» (LS – n. 219): no quieren santos para resolver los problemas del mundo. No quieren hombres que sigan los mandamientos de Dios. No quieren una humanidad que se someta a la Voluntad de Dios, sino una humanidad que se someta la voluntad de unos pocos hombres.

Es todo tan complejo «que no hay forma de satisfacerlas con las posibilidades de la iniciativa individual y de la unión de particulares formados en el individualismo» (Ib.). No quieren hombres que piensen, que se rijan por sus ideas particulares, que sean individuos responsables de sus vidas. Las empresas familiares ya no salvan al planeta. Lo que tú piensas, lo que tú obres, tu trabajo, no vale para salvar el mundo. Es el pensamiento global la solución a la situación tan compleja que afronta el mundo actual.

Quieren hombres veletas del pensamiento y del lenguaje humano, que obedezcan ciegamente lo que esa élite proponga con su vacía inteligencia humana; que no piensen, que no decidan, que no obren libremente. Quieren esclavos a una idea global. Esclavos a una mentira. Y que es mentira sea llamada como verdad a obedecer ciegamente. Quieren hombres a los cuales se les pueda lavar el cerebro, que se dejen manejar por las inteligencias de unos pocos maestros iluminados.

Por eso, hay que convertir a los hombres a la idea ecológica, hay que predicar una conversión comunitaria, global:

«La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria» (LS – n. 219)

Cambio duradero: van buscando un gobierno mundial, una estructura mundial, y que dure siempre. No van buscando cualquier filosofía de vida. No buscan una teoría. Ya no valen las ideas filosóficas del gobierno mundial. Buscan un proyecto demoníaco: el mismo que tenía Satanás en el Paraíso y que siguió Adán.

Siempre el hombre cae en la misma piedra.

Hablan de conversión ecológica, comunitaria, porque ya no existe el pecado como ofensa a Dios, sino que sólo se da el pecado como ofensa a la inteligencia de esa élite, el pecado como ofensa a la creación.

Esa élite luciferina se ha inventado los problemas del mundo durante milenios. Y ahora quieren un cambio radical en el modo de vivir de todos los hombres. Quieren implantar un gobierno mundial y que sea para siempre, que sea eterno. Un gobierno mundial para crear la humanidad que ellos quieren. Una humanidad que dé culto a la tierra, que cuide la tierra.

Para esto, necesitan una conversión comunitaria de toda la humanidad a la idea del  gobierno mundial. El hombre tiene que dejar su mentalidad de convertirse a Dios. Está en juego la salud de la madre tierra. El hombre tiene que pensar en la ecología, no en su vida espiritual, no en su vida humana, no en sus problemas personales.

Necesitan que el hombre acepte ese cambio, que es para siempre. Y, porque conocen la rebeldía de los pueblos, entonces a base de guerras, de crisis económicas, de enfermedades que no se curan, de virus para matar a los hombres que no acepten ese cambio, van a imponer a los que sobrevivan esa estructura mundial.

Este proyecto del gobierno mundial viene con sangre, con persecuciones. No se instala porque unos piensen que es una cosa muy buena. Se impone a todo el mundo. Y lo que es imposición es siempre del demonio.

Quieren dominar el planeta: para eso tienen que dominar a los hombres, a sus inteligencias humanas, a sus voluntades.

Ellos no buscan la idea en los hombres, la filosofía, la teología, sino el sometimiento de los hombres a su idea global. No buscan, en el diálogo, crear una filosofía del gobierno mundial. Buscan someter las inteligencias de todos los hombres a la ley de su pensamiento gradual, que es una clara tiranía, que lleva a un feudalismo salvaje.

Tres cosas son la clave del nuevo gobierno mundial: evolución de la mente, la conciencia de Dios y la autoridad mundial (fuera patriotismo).

Se predica la evolución de la mente humana: el hombre tiene que llegar a la idea global: «la realidad es más importante que la idea» (EG – n. 231). Hay que llegar a esa realidad, que es una perfección en la mente del hombre, algo no real, que es más importante que la idea dogmática, que el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Se va en la búsqueda de la realidad de la existencia humana: es lo que el hombre vive y cómo lo vive; es lo que el hombre piensa y cómo lo piensa; es lo que el hombre obra y cómo lo obra.

Esa realidad, esa existencia humana, es más importante que las diversas ideas. Es el hombre que se pone por encima de la misma Verdad. El hombre se hace verdad para sí mismo, es decir una abominación.

Para esta élite, la mente del hombre tiene poder para sintetizar la religión, la filosofía, la ciencia, la psicología. Sintetizar.

Evangelizar la síntesis, no la Palabra de Dios, no la Verdad Absoluta:

«El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, allí está tu corazón» (EG – n. 143). Donde está tu mentira, tu verdad relativa, tu síntesis, allí está tu corazón cerrado a la verdad, alejado de Dios, viviendo la estupidez de tu loco pensamiento.

Evangelizar la síntesis, no las ideas, no los dogmas. No hay que dar en la Iglesia el magisterio auténtico e infalible. Hay que meterles a todos la doctrina de los masones, de los protestantes, de la teología de la liberación. Hay que lavarles el cerebro a toda la masa idiota de católicos.  Y lo tiene que hacer la Jerarquía encargada de esa masa. Esa masa obedece sólo a la Jerarquía.

Es la única manera de llegar a una unidad entre todos los hombres, que piensan la vida de forma diferente, diversa. Ya no interesa la verdad absoluta que lleva a excluir a aquellos que no se someten a la verdad divina. Sólo interesa el puro relativismo, la pura mentira, que conduce a aunar a los hombres, no en una idea, sino en una realidad existencial.

Es la fe en desarrollo, buscando una perfección que sólo se da en la unión de las mentes de los hombres, aceptando las ideas, la vida, las obras del otro. Es el vive tu mentira y deja al otro vivir su mentira. Vive tu existencia como quieras y deja que el otro viva su existencia como le parezca.

De esta manera, se destruye la fe católica y aparece la fe cultural, la fe construida en la aceptación de todas las culturas, de todas las ideas, la fe con la capacidad «de crear nuevas síntesis culturales» (EG – n. 211), una fe inculturacionada, o la fraternidad de fes. O también llamada la fraternidad universal.

Es la «evangelización entendida como inculturación» (EG – n. 122): hacer una síntesis entre fe y culturas, evolucionar el dogma hacia las nuevas ideas que la gente vive en sus culturas.

De esta manera, se llega a la perfección de un conocimiento humano, a reconciliar todas las religiones bajo un sistema de ideas relativas, sometidas a la ley de la gradualidad, subyugadas en la perfección de una inteligencia humana.

Esa síntesis es la idea global, la conciencia global, «es la realidad que es superior a la idea» (EG – n. 231).

Ya no es tu idea lo que importa en tu vida: es la conciencia global, la idea global, la realidad de un mundo unificado en la mayor tiranía posible. Un mundo en que será imposible vivir naturalmente, porque todo estará controlado por la razón del hombre. Habrá policías para todo. Nadie podrá buscar un bien privado, para sí mismo. Quien lo busque, tendrá que morir, porque no servirá para esa realidad que supera toda idea.

La evolución de la mente humana lleva al hombre a dos cosas: al panteísmo y al panenteísmo.

Para conseguir esta realidad hay que poner por obra la idea panteísta de que todos somos uno con todo, incluyendo la naturaleza. Y la idea panenteísta de que todo está en Dios.

«El universo se desarrolla en Dios» (LS – n. 233): todo el universo está evolucionando en su conciencia divina. Esto es lo que significa esta frase. Hay que elevar la materia a la divinidad; hay que hacer del hombre un dios; hay que dar a cada parte de la naturaleza la posibilidad de ser dios.

Todo está en evolución, en desarrollo: el Universo tiende a ser el mismo Dios. Va creciendo en Dios, va tomando conciencia de que es Dios. Hay que darle al Universo un cerebro y un corazón.

«Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre» (LS – n. 233). Hay mística en todo el universo. Hay conocimiento divino en una hoja, en una piedra, en el mar, en las aves. Hay una conciencia global en todos los seres del planeta. Este es el panteísmo y el panenteísmo de Bergoglio. Todo es Dios; todo está en Dios. Todo permanece en Dios. Todo es un misterio divino, algo sagrado, un sacramento. El  mundo es un sacramento:

«Los cristianos estamos llamados a aceptar el mundo como sacramento de comunión, como modo de compartir con Dios y con el prójimo en una escala global» (LS – n. 9). El mundo es un sacramento, es algo sagrado, algo divino. Todo es dios; todo está en dios. Aceptar el mundo como sacramento, como divino, como sagrado, como misterio de comunión: «… formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS – n. 221).

Somos interdependientes o estamos interrelacionados, viviendo en ciudades que son globales, que son planetarias, que son para todos. Con problemas que son de todos. No hay problemas particulares; no hay soluciones particulares. Porque todo es común, global, universal.

Se va a obligar al hombre a obrar como miembro de una comunidad mundial, pendiente de los demás, incluso de la naturaleza.

Hay que amar a los gatos, a las aves, al sol, al agua porque somos uno con ellos, estamos conectados: «Todo está conectado» (LS – n. 117).

«Cristo ha asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz» (ib.). Cristo habita en lo íntimo de cada ser: panteísmo puro.

Sólo el hombre tiene a Dios en su interior, porque ha sido creado a imagen y semejanza con Dios. Las demás criaturas «son sombras, resonancias y pintura de Aquel primer Principio poderosísimo, sapientísimo y óptimo, de Aquel origen, luz y plenitud eterna, y de aquella arte eficiente, ejemplante y ordenante» (San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios, c. 2, n. 11).

Es decir, en las demás criaturas no habita Cristo: «… son, en una palabra, ejemplares o, por mejor decir, copias propuestas a las almas todavía rudas y materiales, para que de las cosas sensibles que ven se trasladen a las cosas inteligibles como del signo a lo significado» (Ib).

Es la gran blasfemia de Bergoglio: a escala global, todos somos dioses, todo está divinizado, todos tenemos una conciencia de ser dios, porque Jesús ha metido en el Universo un germen de transformación definitiva:

«… todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva» (Ls – n. 235). La planta, el animal, la roca, la tierra, etc…  no tienen sentido en sí mismos, sino en el Verbo Encarnado, el cual ha metido en su persona parte del universo. Mayor blasfemia no se puede decir en tan pocas palabras. Es la conciencia de Dios que está en el Universo lo que dice aquí Bergoglio.

Esta es la realidad que está por encima de toda idea. Una realidad monstruosa que tiene la raíz panteísta inscrita en lo más íntimo de su ser. Todos somos dioses. Todos estamos en Dios. Dios vive en cada partícula del Universo.

Esta élite luciferina lleva a la humanidad hacia este panteísmo: se va en busca de la conciencia de Dios. Es decir, la divinidad es para todos, incluso para la misma naturaleza material. Esto significa inventarse para el universo, para la tierra, una conciencia, un cerebro, una voluntad que no pueden tener.

Hay que elevar toda la materia, toda la creación, a la divinidad, a la realidad de que es divina por sí misma. Hay que crear una familia humana divina, sagrada:

«…todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde» (LS – n. 89).

Somos una familia universal, una nueva especie creada por la mente del hombre que no existe en la realidad: la roca, el mar, el fuego, la planta, el animal, el hombre…Esta es la fábula que vende Bergoglio en su falsa encíclica.

Existe una unión invisible con todos las criaturas, la cual produce una familia universal, una comunión tan sublime que la gente se queda con la boca abierta de comprender que amando a una roca, a un gato, el hombre adquiere su sentido en la vida.

A esta estupidez llega Bergoglio, que pertenece a esta élite de personas super- inteligentes, que no tiene nada más que hacer en la vida sino inventarse un cuento de hadas para recoger dinero para sus malditos pobres del comunismo.

Bergoglio llora por la extinción de las especies, llora por la creación material:

«… la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación» (LS – n. 89; EG – n. 215). Si el sol quema de más, entonces en este sujeto aparece una enfermedad que le quita la vida. Si se talan árboles, entonces en este super-idiota, se da un grito de angustia y de lamento porque sufre una mutilación: le han arrancado de su vida algo tan íntimo cuando talaron ese árbol.

A esta brutalidad, a esta estupidez, a esta locura, llega este hombre al cual la masa de idiotas católicos llama papa.

Hay que buscar la unidad de toda la existencia humana: los hombres, porque existen (no porque son), tienen que estar unidos:

«Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras política o sociales que nos permitan aislarnos…» (LS – n. 52).

Fortalecer algo que no existe en la realidad: la conciencia de que somos una sola familia humana. Esta idea es herética, va en contra del dogma del pecado original.

El hombre se dividió en el Paraíso, cuando Adán pecó. Y unos son hijos de Dios, y otros son hijos de los hombres. No hay una sola familia humana. Hay un solo pecado original, que viene de un solo hombre: Adán.

El hombre es lo que es, es como ha sido creado por Dios: una persona para un fin divino. Una persona con una vida privada. Una persona con una responsabilidad por sus actos. Una persona que es para los demás, no que existe para los demás.

El hombre no ha sido creado para ser familia, para estar en una familia, sino para obrar la familia de Dios. Adán se negó a dar a Dios los hijos que Dios le pedía. Su pecado dividió a todo el género humano:

«El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo…. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. …Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen el campo peor parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia bajo la guía y con el auxilio de la masonería, sociedad extensamente dilatada y firmemente constituida por todas partes. No disimulan ya sus propósitos. Se levantan con suma audacia contra la majestad de Dios. Maquinan abiertamente la ruina de la santa Iglesia con el propósito de despojar enteramente, si pudiesen, a los pueblos cristianos de los beneficios que les ganó Jesucristo nuestro Salvador» (Humanun Genus, n. 1).

El género humano quedó dividido en dos campos contrarios: no somos una sola familia. Está la familia de Dios; está la familia del demonio. Y cada hombre tiene que elegir su familia. Cada hombre es libre para ser hijos de Dios o ser hijo de los hombres.

No somos una sola familia.

Somos personas humanas, individuales, singulares, intangibles, incomunicables. Luego, hay fronteras, hay barreras políticas, sociales. El hombre depende absolutamente de Dios. Por eso, vive para lo que Dios lo ha creado. Y su vida es siempre una elección: o Dios o el demonio. Y, por eso, hay que poner fronteras entre los hombres, hay que poner división, espada; hay que delimitar los campos. No todos quieren a Dios; muchos prefieren el campo del demonio.

No existe la conciencia de que somos una sola familia humana. Cada persona humana tiene su conciencia individual, intangible, incomunicable. Y cada persona elige a quien quiere servir en la vida.

Los hombres se inventan una conciencia global porque viven en el panteísmo de su razón humana: en la mente de esa élite todas las ideas de los hombres son una sola cosa, se aúnan en una sola realidad, porque el hombre es un dios sobre la tierra. Y hay que buscar la humanidad que quiera esta realidad, este idealismo puro, que no se detenga en las diversas ideas, que es lo que divide a los hombres.

«… lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento» (EG n- 232). Lo que atrae a la gente es esa realidad que la mente del hombre descubre. Se acabó la fe que ilumina la razón. Se acabó la vocación divina.

Es la realidad que la mente ilumina, que la mente del hombre esclarece. Una realidad mental, no real. Una realidad inventada por la mente del hombre porque no se apoya en la realidad del ser de Dios, en la ley de Dios, en la Autoridad divina. Sólo se apoya en sí misma. Todo está iluminado por el razonamiento: el culto a la mente del hombre. Racionalismo salvaje.

Es necesario meter en los hombres la idea que les «obligue a pensar en un solo mundo, en un proyecto común» (LS – n. 164), de tener «la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal» (LS – n. 220).

Ellos buscan su nueva humanidad: hombres inteligentes que no vivan para procrear, sino para ejercer el dominio de su inteligencia sobre los demás.

Buscan maestros que iluminen a los hombres con la luz de la inteligencia racional. Buscan una conciencia de lo absoluto, una conciencia total de Dios, un conocimiento de la divinidad que está escondido a la mayoría de los hombres, porque sólo viven para alimentarse y procrear la raza humana, pero que sólo está abierto para los seres inteligentes que ponen la fe en la auto-perfección de la inteligencia y de la voluntad humanas.

Para esta élite, el hombre es hombre porque existe, no porque es.

Para Bergoglio el hombre no significa nada, no tiene esencia, no tiene valor en sí mismo. Por eso, él dice que el alma se aniquila una vez muere el hombre.

Y como el hombre sólo tiene valor en su existencia, no en su esencia, entonces hay que buscar una humanidad con una sola alma, con una sola mente para todos los hombres, sin dejar lugar para la responsabilidad personal, sin derecho a la propiedad privada, sin dar importancia a la persona humana. Sólo fijos en lo común de la naturaleza humana. Somos humanidad. Eso basta para ser hombres. Pensemos en el bien común, en la idea común, en la mente común, en la voluntad común. Busquemos la realidad que supere toda idea.

Esto se llama la herejía del monopsiquismo: una sola psique, una sola razón, una conciencia común, que está en todos los hombres:

«Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos» (LS – n. 202).

La conciencia de un origen común. Pero, ¿no es acaso Dios el origen común de todo hombre? No. El origen común no es Dios, sino la humanidad.

Una humanidad a la que todos pertenecemos. Con un futuro que es común. Nada es personal. No se vive para una vocación particular, divina, sino que se vive para un pensamiento global, universal, una vida para todos. Una vida esclavizada a lo que una élite de superdotados piensa.

La persona desaparece para dar lugar a la masa de gente. Gente que sólo tiene una idea en su cabeza: obedecer lo que digan los hombres. Aceptar, sin rechistar, lo que la élite de los elegidos proponga.

Para conseguir este absurdo mental, es necesario que los hombres acepten todas las ideas relativas, sin juzgar ni condenar a nadie por lo que piense. Esta es la diversidad que predica Bergoglio. Es el afán de su diálogo, que no se apoya en la verdad absoluta, sino sólo en el juego de la razón humana, del lenguaje humano.

Bergoglio va buscando esa humanidad unificada en la conciencia global, en la mentalidad de un mundo unificado:

«…un evangelizador se ha liberado de la conciencia aislada…» (EG – n.282).  El evangelizador está en diálogo con el mundo, con la mente de los hombres. Está en la conciencia global. Se liberó de la conciencia asilada. Y entonces, tiene que vivir para un bien común, no para el bien privado, no para su persona, no encerrado en los límites de su propio lenguaje, no aislado en su propio saber:

«Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos. Si no lo hacemos, cargamos sobre la conciencia el peso de negar la existencia de los otros» (LS – n. 95). No puedes tener tu propiedad privada que, por ley natural, por creación divina, tiene derecho todo hombre. Lo tuyo no lo puedes administrar para ti, sino para los demás.

En la nueva humanidad que quieren crear sólo existe la conciencia global: si no vives para dar al otro el bien que merece, entonces niegas la existencia del otro. Gran blasfemia. No quieren hombres que se aíslen en sus pensamientos y que absoluticen su propio saber. Por eso, tienen que enfrentarse a toda la Iglesia Católica, a 20 siglos de dogmas y de magisterio auténtico e infalible. Tienen que derribar la Iglesia Católica.

Sólo quieren algo abominable, que es la consecuencia de su pecado.

«La corrupción de lo mejor es la peor de todas»: la autoridad mundial es la consecuencia de la corrupción de toda la Jerarquía de la Iglesia.

No se puede llegar a un gobierno mundial si la Jerarquía no ha sido capaz de traicionar la vocación divina a la que ha sido llamada en la Iglesia.

Es así que toda la Jerarquía de la Iglesia quiere obedecer la mente de un hereje y ponerla por obra.

Luego, el mundo tendrá su gobierno mundial gracias a la Jerarquía de la Iglesia.

Para hacer que un falso papa promueva el gobierno mundial en las Naciones Unidas, se requiere antes que ese falso papa levante la religión mundial, que será la síntesis de todos los pensamientos de los hombres. Hay que cogerlos todos y formar una idea global que sirva, que encaje en cada mente humana. De esa manera, aparece el Anticristo con su gobierno mundial y se le hace sentar en el Trono de Pedro, como el Mesías esperado.

A esta abominación quieren llegar.

Del gobierno de Bergoglio saldrá la monstruosidad del cisma

serdespreciable

«No hay paz sin justicia y no hay justicia sin verdad. Y la verdad es que el hombre inicuo, el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro. El Innominado no tiene ninguna autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo» (10 de mayo de 2015).

La verdad es que… el vicario del anticristo está sentado en el Trono de Pedro: esta verdad sólo se puede comprender en otra verdad.

«Ahora se han levantado en el mundo muchos seductores, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Este es el seductor y el Anticristo. Guardaos, no vayáis a perder lo que habéis trabajado, sino haced por recibir un galardón cumplido» (2 Jn 7-8).

Bergoglio está sentado en el Trono de Pedro con la misión de seducir, de llevar al abismo a toda la Iglesia.

¿Qué hay que hacer? Guardarse de él. Resistidlo, atacadlo, huid de su doctrina.

«Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios» (Ib, 9a)

Bergoglio no tiene a Dios en su corazón porque sigue una doctrina contraria a la verdad. Bergoglio no es de Dios, sino del demonio.

«El que permanece en la doctrina, ése tiene al Padre y al Hijo» (Ib, 9b).

¡Cuánta Jerarquía en la Iglesia que no permanece en la doctrina de Cristo, sino que está extraviada en doctrina de demonios! ¡No son de la Iglesia! ¡No son de Cristo!

¿Por qué Dios ha permitido que un seductor se sentara en el Trono de Pedro?

«Tocó el séptimo ángel… Entonces sonaron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos”» (Ap 11, 15).

La Segunda Venida de Cristo está ya a las puertas. Son pocos los que creen en esto.

Bergoglio está usurpando el Trono de Pedro porque Cristo viene en gloria para reinar por mil años en un cielo nuevo y en una tierra nueva.

«…vivieron y reinaron con Cristo mil años» (Ap 20, 4): nadie cree en el milenio. Luego, nadie cree que un usurpador esté en el Trono de Pedro. Nadie atiende al peligro que viene del gobierno humano de Bergoglio.

Todos tienen ante sus narices ese peligro y nadie lo quiere ver.

Bergoglio no es papa, luego hay que echarlo de la Iglesia por su herejía y por su atrevimiento en sentarse en la Silla que no le corresponde.

Esto es lo que se debe hacer, pero esto es lo que nadie va a hacer.

Esta es la única verdad que a nadie le interesa conocer y cumplir.

El tiempo de atacar a ese hombre ya pasó. Ahora, es el tiempo de echarlo, de hacerlo renunciar. Si no se hace esto, todos -fieles y Jerarquía- van a quedar atrapados en las leyes inicuas que van a salir del Sínodo, que es la obra del Anticristo en la Iglesia.

¡Qué pocos saben lo que es Bergoglio! ¡Qué pocos han sabido atacar a Bergoglio! ¡Qué pocos ven que las almas van camino de condenación eterna!

Bergoglio está llevando a las almas hacia el infierno. Pero, a nadie le interesa esta verdad.

Y eso quiere decir que todos viven caminando hacia el infierno. Todos se creen salvos y justos, pendientes de un hombre sin verdad, que está destruyendo la Iglesia, más interesados en limpiarle las babas a ese hombre cuando habla, que en poner distancias con él, con toda la jerarquía que lo obedece y con todos los fieles tibios en su vida espiritual, que no les interesa -para nada- la verdad de lo que está sucediendo en la Iglesia.

La verdad es que el hombre sin ley –el hombre inicuo- está sentado en la Silla de Pedro. Y cuando falta la ley eterna, se hace ley el pecado. Se obliga a pecar a todo el mundo.

Cuando no se juzga ni al pecador ni al pecado, entonces se condena a todo el mundo por su pensamiento.

El que no juzga impone a los demás su idea humana. Es un tirano, un dictador de mentiras. Saca de su propia mente humana el concepto del bien y del mal. Y, con ese concepto, se hace juez de todo el mundo: se pone por encima de toda verdad, tanto divina como humana.

Jesús no fue juzgado, sino condenado en un falso juicio. Hicieron un juicio no para resolver una situación, sino para buscar una razón que condenara a un hombre.

Esto es lo que ha hecho Bergoglio con el Sínodo: allí no se van a resolver los problemas de la familia. Allí se va a buscar una razón para condenar a toda la Iglesia Católica, a todos los católicos que siguen la verdad del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, a todas las familias que cumplen con la ley de Dios.

Quien no juzga, condena por imposición de su mismo pensamiento humano. Es el imperativo categórico-moral que está en toda la Jerarquía que gobierna en la Iglesia. Es lo que tienen en sus mentes y que, aunque sea una herejía, un error, lo tienen que poner en ley, en práctica, en una obra. Es una necesidad absoluta para ellos. No pueden escapar de esta necesidad porque son incapaces de cumplir con la ley eterna de Dios. Sólo cumplen con sus leyes, con sus pensamientos humanos hechos ley en ellos mismos. Son esclavos de sus mentes humanas.

«Y me viene a la mente decir algo que puede ser una insensatez, o quizás una herejía, no sé» (Web vaticana)

Me viene a la mente: imperativo moral. Esclavitud al pecado de soberbia.

No juzgo –antes de hablar- si ese pensamiento es bueno o malo. No sé si lo que voy a decir es una insensatez o una herejía. Y, a pesar de que tengo duda, lo digo. Y no importa que sea una insensatez o una herejía. Eso no interesa. No me interesa si lo que voy a decir es una verdad o una mentira; una locura o un error.

Lo que me importa, lo que me interesa es lo que voy a decir: atiendan a mis palabras. Céntrense en mis palabras, en mi lenguaje, en mi pensamiento. Y sigan lo que yo digo porque yo lo digo.

Me viene a la mente: es un imperativo categórico-moral. No lo puedo callar. No puedo pararme a pensar si lo que voy a decir está bien o está mal. Tengo que decir lo que me viene a la mente, aunque sea una locura, aunque sea una herejía. Es una necesidad; es una esclavitud en mi mente. Tengo que decirlo y a todo el mundo. Que todo el mundo lo oiga: lo digo yo, y eso basta para agachar la cabeza y aceptar mi palabra porque es mi palabra.

¡Esta es la audacia, la osadía, el atrevimiento de un hombre que habla sin fundamento: no sabe lo que habla! Habla con la duda. Habla sin certeza. Habla una locura. ¡Habla una herejía! ¡Y la quiere hablar! ¡Quiere escandalizar a todos! ¡Quiere enseñar la herejía a todos!

Bergoglio se declara –él mismo- hereje: «…algo que puede ser… una herejía».

«Aborrece mi alma tres suertes de gentes, cuya vida me da en rostro: pobre soberbio, rico embustero y anciano adúltero y necio» (Ecle 25, 3-4).

Bergoglio: anciano adúltero de la Palabra de Dios y necio en el conocimiento de Dios. Ha llegado a su vejez y no ha acumulado sabiduría divina en su alma. No sabe lo que es al amor de Dios. No sabe amar a los hombres. Sólo sabe perseguir su necedad de vida.

¡Bergoglio es un hombre excesivamente imprudente en el hablar, temerario, que arrastra al peligro, que conduce a las almas hacia la perdición eterna con su diaria verborrea barata y blasfema! ¡Y no le pesa en su conciencia hacer esto! ¡Duerme a pierna suelta después de mostrar a las almas -cada día- el camino para irse al infierno!

¡La desfachatez con que habla, la burla que Bergoglio hace de todos los católicos por medio de sus nefastas palabras!

El gobierno de este loco es para los católicos idiotizados. Esos católicos –falsos en su fe, tibios en su vida espiritual, caducos en la vida de la gracia- que no saben llamar a un hereje por su nombre. No saben enfrentarse a los hombres, a sus mentes, a sus obras dentro de la Iglesia.

Hay que ser idiota para tener a Bergoglio como papa.

Hay que ser idiota para obedecer la mente de Bergoglio, que es la mente de un orgulloso, de uno que habla sin autoridad. Él mismo se pone por encima de la Autoridad divina para decir su mente a los hombres. Decir una locura y una herejía, y que todo el mundo aplauda ese dicho, esté atento a esa idiotez.

Bergoglio, no sólo es un hereje manifiesto: sus herejías son claras, patentes, todos las pueden leer. Sino que es un hereje pertinaz: este hombre está anclado en su forma de pensar, en su manera de ver la vida, y la impone a los demás. Vive constantemente para comunicar a todos, para publicar -por todos los medios- su falso y perverso pensamiento.

Este hombre se desvive dando entrevistas a todo el mundo. Le gusta salir en la televisión para expresar su maldito pensamiento. Le gusta echarse flores, constantemente, para que lo tengan como humilde, como pobre, como santo, como justo en sus palabras y en sus obras.

¡Qué vergüenza es -para toda la Iglesia- este sujeto!

¡No sabemos cómo a los Cardenales, a los Obispos, a los sacerdotes, no se les cae la cara de vergüenza cuando habla este personaje!

¡No entendemos cómo no saltan de indignación, cómo no les hierve la sangre viendo cómo este personaje está destruyendo la Iglesia, y cómo lleva almas al infierno!

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

El sacerdocio es para salvar almas de las garras del demonio. Y ellos están dando almas a Satanás en la persona de Bergoglio.

La Jerarquía que obedece a un hereje como su papa es enemiga de Cristo y de la Iglesia. Son enemigos, a los cuales no se les puede obedecer, seguir, escuchar en la Iglesia. Ningún fiel puede obedecer a la Jerarquía que se somete a un hereje como su papa.

Bergoglio no tiene autoridad ni para decir ni para hacer porque no es vicario de Jesucristo. No es Papa. No tiene Autoridad Divina en la Iglesia. El Espíritu Santo no puede elegir a un hereje como Papa de la Iglesia.

Si Bergoglio está sentado en la Silla de Pedro, no es por el Espíritu Santo, sino por los hombres, que lo han elegido para una obra satánica en la Iglesia.

¡Qué pocos se atreven a decir esto! ¡Obra de Satanás es el gobierno de Bergoglio!

¡Cuántos están en lo políticamente correcto! Y, por eso, no han atacado a Bergoglio y no son capaces de hacerle renunciar.

Para obrar el derecho canónico es necesario primero atacar al hereje, enfrentarse cara  a cara con el hereje. Y ningún Obispo ha dicho esta boca es mía. Todos sometidos a la mente de ese hereje. Todos culpables de herejía, como Bergoglio. Porque quien obedece a un hereje, sigue necesariamente su pensamiento herético: acaba perdiendo la fe.

Es lo que se ve en todas las parroquias: sacerdotes y fieles dando culto a los hombres. Abajándose a la doctrina protestante, comunista y masónica de ese hereje. Todos han perdido el norte de la verdad. Están dejando a Cristo por un plato de lentejas. Prefieren seguir comiendo y teniendo un trabajo que hablar con la verdad en la boca.

No hay justicia sin verdad: las obras de todos los sacerdotes y fieles que tienen a Bergoglio como su papa son injustas, son una clara rebeldía a la Voluntad de Dios.

Sólo en la verdad se hace una obra justa. En la mentira, todo es una injusticia.

«Quien declara la verdad, descubre la justicia; el testigo mentiroso, la falsedad» (Prov 12, 17).

Bergoglio siempre está hablando la duda, el error, la mentira, la oscuridad. Habla y no sabe lo que habla: «Quien habla sin tino hiere como espada» (Prov 12, 18a). Las palabras de Bergoglio hacen daño a toda la Iglesia, a todas las almas. Enferman más a las almas, porque sólo «la lengua de los sabios, cura» (ib, 18b).

Todo lo que se está levantando en la Iglesia con Bergoglio es una injusticia. Todas las parroquias están llenas de obras injustas, obras sin verdad, obras sin fe. Es el inicio de la gran apostasía de la fe. Todos se alejan de la justicia de Dios porque se creen justos en sus mentiras, en sus falsedades, en sus errores. Justos porque tienen a Bergoglio como su papa.

Todos viven en el camino de la condenación eterna porque se han justificado a sí mismos con sus pensamientos humanos.

Condenarse es llamar a Bergoglio como papa, es tenerlo como papa, es obedecerlo como papa.

Muchos dicen: como los Obispos lo mantienen en el Papado, a pesar de sus herejías, como no han aplicado el derecho canónico, entonces hay que tener a Bergoglio como papa. Esto es pecar, hacer pecar y vivir en el pecado. Mantenerse en este pecado. No arrepentirse de este pecado porque no se ve como pecado.

El silencio culpable de los Obispos hace que los fieles obren un imperativo moral: hay que tener a Bergoglio como papa de la Iglesia Católica. Cuando la ley de Dios dice lo contrario: Bergoglio no es papa porque es hereje.

La Iglesia: ¿es el cumplimiento de una ley canónica o el de una ley divina? Si nadie cumple con la ley canónica eso no quiere decir que no estén sujetos a la ley divina, que no haya que cumplir con la ley divina. Todos pecan por ponerse por encima de la ley divina al no cumplir con la ley canónica. Todos pecan por cumplir con la palabra oficial en la Iglesia, palabra de hombre que no puede salvar ni santificar; que no puede justificar el mal en el gobierno de la Iglesia.

Ese silencio culpable condena a muchas almas al infierno. Un silencio culpable que obra el pecado en muchas almas, que hace pecar, que justifica a un hereje en la Iglesia.

¿Para qué son Obispos de la Iglesia? Para hacer pecar a los demás.

¡Han dejado de creer en su sacerdocio!

Mayor pecado que el de Adán es lo que se ve en toda la Jerarquía actual de la Iglesia.

La misión de Adán era sembrar su semilla para formar la humanidad que Dios quería.

La misión de todo sacerdote es sembrar la Palabra de Dios en las almas para que se puedan salvar y santificar.

Adán rehusó a esa misión y engendró una humanidad para el demonio. Pero esa humanidad todavía podía salvarse por la gracia.

Los sacerdotes y Obispos rehúsan a su misión y hacen que las almas ya no puedan salvarse por la gracia. Hacen hombres sin capacidad de salvar su alma. Porque les presentan, siembran en sus almas la palabra de la condenación. Les dan falsos sacramentos. Levantan para esas almas una iglesia maldita en sus orígenes.

Toda esa Jerarquía que obedece a un hereje está creando el cisma dentro de la Iglesia Católica. Y van a perseguir y excomulgar a todos los verdaderos católicos que no pueden obedecer a un hereje como papa.

Del gobierno de Bergoglio va a salir una monstruosidad: una iglesia modernista dirigida por un falso papa, que es el falso profeta que combatirá a la iglesia remanente, que defiende la tradición y el magisterio. Iglesia que será clandestina y perseguida.

El fruto del gobierno de Bergoglio: el gran cisma en el interior de la Iglesia.

«Yo os traje a la tierra fértil…»: a la Iglesia Católica;

«…para que comierais sus ricos frutos. Y en cuanto en Ella entrasteis contaminasteis Mi Tierra e hicisteis abominable Mi Heredad»: pocos entienden que ha sido la misma Jerarquía la que ha obrado esta abominación que vemos en el Vaticano. Ellos han hecho abominable la Iglesia en Pedro. Lo han contaminado todo. La han destrozado. La Iglesia Católica está en ruinas.

«Tampoco los sacerdotes se preguntaron: ¿Dónde está el Señor?»: ¿está Cristo en Bergoglio? ¿Tiene Bergoglio el Espíritu de Pedro? ¿El Espíritu Santo puede poner a un hereje como Papa?

La Jerarquía de la Iglesia vive sin Dios dentro de Ella: vive sin buscar la Voluntad de Dios. No les interesa ser Santos en la Iglesia. Sólo quieren que los demás los alaben y los tomen por santos y por justos en sus decisiones.

«Siendo ellos los maestros de la Ley, Me desconocieron, y los que eran pastores Me fueron infieles» (Jer 2, 7-8).

Dios les ha dado la vocación a muchos sacerdotes y Obispos, los ha traído a la Iglesia Católica, y ellos están levantando una nueva iglesia porque desconocen la riqueza espiritual de su sacerdocio. Son infieles a la gracia que han recibido en sus sacerdocios. Son sólo fieles a las mentes de los hombres, al lenguaje que todos ellos emplean para mostrar al mundo su gran soberbia y su orgullo demoledor.

Es tiempo de persecución. Cuando no se hace caso al clamor de la verdad, se persigue al que la clama para que no moleste en la obra de abominación que se ha levantado en Roma. Necesitan una iglesia en la que todos estén de acuerdo en la maldad. Los que no quieran esa maldad, tienen que desaparecer del mapa. Ya lo están haciendo a escondidas, ocultamente, sin que nadie se entere. Pero viene el tiempo de hacerlo público, porque esa maldita iglesia de los modernistas tiene que ser visible para todos, universal, mundial, tiene que apoyar el nuevo orden mundial.

No hay paz sin justicia: sólo la guerra, las persecuciones se suceden por la obra de la injusticia de la falsa iglesia en Roma. La infidelidad a la gracia trae consigo la pérdida de la paz, tanto en el mundo como en la Iglesia.

Clamando en el desierto: Bergoglio no es Papa

capitangarfio

En el lugar santo está la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel:

«A su orden se presentarán tropas que profanarán el Santuario y la Fortaleza y harán cesar el Sacrificio Perpetuo y alzarán la Abominación Desoladora» (Dn 11, 31).

Bergoglio es el inicio de esta abominación que llevará a su perfección el Anticristo: «el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (1 Ts 2, 4).

Bergoglio es abominación: está sentado en el lugar santo, en la Silla de Pedro. Y no es Su Silla. La ha usurpado y ha empezado a profanarla. No le pertenece, porque Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

¿Y por qué no es el Papa? ¿No ha sido elegido por los Cardenales? ¿No renunció el anterior Papa y dejó la Sede Vacante?

Por muchos caminos, se puede demostrar que Bergoglio no es el Papa.

Pero hay uno que todos pueden ver: su obra de herejía pertinaz y su obra cismática. Todos la pueden ver, pero nadie la quiere ver.

Si Bergoglio fuera el Papa de la Iglesia Católica, entonces la gobernaría según el dogma del Papado, es decir, según un gobierno vertical: la Iglesia es una monarquía en el gobierno; una sola cabeza que reina en todos y a la que todos tienen que obedecer.

La Iglesia es Jerárquica, no es carismática, no es una democracia, no es una congregación en donde todos realizan un servicio y son responsables en conjunto sus miembros, no es un suceso en el cual todos realizan un acto de fe y así gobiernan todas las cosas.

La verticalidad en la Iglesia le viene por haber sido instituida como sociedad jerárquica: “Si alguno dijere que la Iglesia instituida por Dios es a manera de una sociedad de iguales; y que los Obispos tienen ciertamente un cargo y un ministerio, pero que no tienen propiamente una potestad de gobierno, que les competa por ordenación divina.., sea anatema” (C. Vaticano 1- Esquema I, canon 11)

“Si alguno negare que en la Iglesia ha sido constituida por ordenación divina la Jerarquía… con potestad de orden y de jurisdicción…, sea anatema”. (C. Vaticano 1 – Esquema II, canon 3:

«La fundación de la Iglesia como sociedad se ha efectuado, contrariamente al origen del Estado, no desde abajo hacia arriba, sino desde arriba hacia abajo; es decir, que Cristo… no ha confiado a la comunidad de los fieles la misión de ser Maestro, de ser Sacerdote y de ser Pastor…sino que ha transmitido y comunicado a un colegio de Apóstoles, que Él mismo ha elegido, para que con su predicación, con su ministerio sacerdotal y con la potestad social, posean el oficio de hacer entrar en la Iglesia a la multitud de fieles, iluminarlos y conducirlos a la plena maduración del seguimiento de Cristo» (Alocución de Pío XII – 2 de octubre 1945).

Se gobierna la Iglesia de arriba abajo: eso es el gobierno vertical. ¿Qué ha hecho Bergoglio? Anularlo poniendo su gobierno horizontal: ya no hay una sola cabeza que manda, sino muchas cabezas: el vértice de la Iglesia, que es Pedro, quedó anulado.

La Iglesia está levantada en Pedro, en uno solo: es el mando de uno solo. Es un mando sagrado, porque esa cabeza es una persona sagrada, que pertenece a la Jerarquía: posee una autoridad que le viene directamente de Dios, no de los hombres.

Esto a muchos católicos les da igual. No conocen cómo se gobierna la Iglesia. Y les trae sin cuidado que Bergoglio haya puesto un gobierno horizontal. No saben ver el daño que ese hombre ha hecho a la Iglesia en su vértice. Y se pierden en las ambigüedades del lenguaje de Bergoglio. No son capaces de ir a esta obra de herejía y de cisma. Son dos obras en una.

Al poner el gobierno horizontal se va en contra del mismo dogma del Papado: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia». Se va en contra de esta Verdad Revelada. Se va en contra de todo el Magisterio de la Iglesia. Se va en contra de 20 siglos de Tradición. Y todos callan esta obra de herejía, que es la principal en Bergoglio. Es para lo que fue elegido: para quitar el Vértice. Sólo para esto sirvió Bergoglio. Lo demás, es puro entretenimiento de masas. Pero como a los católicos les da igual quien esté como Papa, entonces se cae en la idolatría de un Papa que no es Papa: se cae en la franciscomanía. Y se cumple lo que decía el Padre Leonardo Castellani:
lorenzocastellani

Tantos católicos tibios y pervertidos que, por defender a Bergoglio, se vuelven una irrisión en toda la Iglesia; están haciendo un fetichismo de ese hombre. No ven que es un hereje y lo llaman santo. ¡Es la ceguera de tantos por no profesar su fe católica! No saben lo que es un Papa en la Iglesia, no investigan su persona: este hombre, mientras era Cardenal, ¿qué cosa hizo? No lo saben. Otros sí lo saben, pero lo aceptan: muchos han renegado de Bergoglio como Cardenal, pero han aceptado a Francisco como Papa. Así hay mucha gente en la Iglesia.

¿Cómo pueden aceptar a un hereje como Papa?

¿Qué dice el Magisterio de la Iglesia?

El Papa Pablo IV publicó una Bula Papal declarando solemnemente que la elección de un hereje como Papa es nula e inválida. ¿Por qué no obedecen a este Magisterio? ¿Por qué siguen teniendo a Bergoglio como Papa si es un hereje?

«Agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía:

(i) o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto;

(ii) y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos.

(iii) Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…

(vi) los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder…

… Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor 1559, XV anterior a las calendas de Marzo, año 4º de nuestro Pontificado» (Papa Pablo IV, de la Bula Cum ex Apostolatus Officio, 15 de feb. de 1559).

¿Quién era el Cardenal Bergoglio antes de ser elegido en el Cónclave? Un hereje pertinaz, un hombre que se había desviado completamente de la Fe Católica. Un apóstata de la fe. Sus obras en la Argentina lo demuestran. Y por ser elegido a Papa, creen muchos que Bergoglio ha dejado su apostasía, que tiene una iluminación especial de Dios para guiar la Iglesia en la herejía. Esto es lo que muchos creen. Ya para muchos, la herejía es una clase de verdad divina, una forma de entender el dogma; el desarrollo de la verdad Revelada se hace, para muchos, con la mentira, con los errores, con las ideas de todos los hombres.

La elección de Bergoglio es totalmente nula, inválida, ilícita. Es decir, Francisco no es Papa de la Iglesia Católica.

Sin embargo, es aceptado por todos como Papa. También por la Jerarquía. Y esto sólo tiene un nombre: maldad diabólica. Poner a Bergoglio como Papa es una obra del demonio en la Iglesia. Obra que ha hecho a través de una Jerarquía que le pertenece, una Jerarquía diabólica. No es una obra divina, ni puede serlo nunca.

Bergoglio, que no pertenece a la Iglesia Católica por su herejía pertinaz, gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal; entonces no gobierna la Iglesia Católica, sino su nueva iglesia: no es el Papa en el Vértice de la Iglesia Católica, sino que es un hombre, un falso Papa, uno al cual lo llaman Papa, de una iglesia que se levanta en el Vaticano.

Bergoglio no gobierna la Iglesia Católica: es decir, no tiene autoridad divina en Ella porque no es Pedro. Y, por tanto, no es posible la obediencia a Bergoglio. Y es un pecado mortal someterse a su mente humana, a sus mandatos en la Iglesia. Es pecado mortal hacer publicidad de su magisterio en la Iglesia. No se puede alabar a un hereje. No se puede comulgar con un hereje. Un hereje no enseña nunca la verdad absoluta, sino sus verdades relativas.

Bergoglio, al estar en el gobierno de la Iglesia Católica con un poder humano, arrastra a todos hacia esa estructura en el gobierno: está produciendo una dictadura comunista en el gobierno. Una dictadura que se abre a una democracia: es el pueblo el que tiene el poder soberano. Es el voto de la mayoría. Es lo que opine la gente en la Iglesia. Y el Sínodo, que ya se inicia, es sólo obrar esta estructura democrática.

La obra herética de Bergoglio: poner un gobierno horizontal, que es ir en contra del dogma del Papado. Esta herejía es pertinaz: no la ha quitado. Persiste en su error, en su mentira. Y, por tanto, al persistir, al estar gobernando con esa mentira, está produciendo una obra cismática o sectaria.

Es una nueva secta lo que Bergoglio está levantando en el Vaticano: una nueva sociedad religiosa, que no es la Iglesia Católica. Esta es su obra cismática que a nadie le interesa. Nadie ve el cisma que ha levantado Bergoglio en el Vaticano. Nadie. Y todos quieren pertenecer a ese cisma, a esa nueva iglesia sectaria, que ya no posee la Verdad. Todos llaman a ese gobierno de Bergoglio como gobierno de la Iglesia Católica. ¿No ven el cisma? ¿No ven cómo toda la Jerarquía está conforme en haber quitado a Pedro de la Iglesia Católica? ¿Es que no han caído en la cuenta de lo que significa la renuncia del Papa Benedicto XVI? Es quitar el Papado. Ese es el significado de esa renuncia. El trágico significado. Y a nadie le interesa esto.

La herejía no es un conjunto de ideas, sino una obra: «Y son patentes las obras de la carne; como son: la fornicación,… idolatría,… disensiones, sectas,…, los que tales obras hacen no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5, 19.20.21c).

La herejía es la obra de la carne: el hereje obra sectariamente: divide, anula la verdad, oscurece las mentes, crea infidelidades, promueve el pecado.

Todos aquellos que, para discernir a un hereje, sólo se fijan en el lenguaje, en lo que predican o dicen, en sus escritos, no saben discernir a los herejes modernos.

El hereje moderno se sabe el dogma a la perfección, pero obra siempre en contra de ese conocimiento perfecto. Obra torcidamente, tergiversando con su mente la verdad absoluta.

El hereje moderno es experto en el lenguaje humano: da vueltas a la verdad revelada para mostrar su mentira sin que el hombre la capte. Habla un doble lenguaje: habla una verdad unida a una mentira. Y produce una confusión en todos aquellos que lo escuchan. Pero es una confusión agradable, porque sabe hablar a la mente del hombre, sabe decirle lo que, en ese momento, la persona o el grupo de personas quiere escuchar.

El hereje moderno, como se sabe el dogma, habla para los católicos, el dogma. Bergoglio predica, muchas veces, que Jesús es Dios. Y lo hace porque conviene decirlo: le está escuchando una masa de católicos, que quieren escuchar que Jesús es Dios.

Pero Bergoglio también predica que Jesús no es Dios. Y lo hace a esa masa de personas, que también son católicos, pero que quieren escuchar que Jesús no es Dios.

Y haciendo este juego del lenguaje, parece que Bergoglio no es hereje. Dice un día que Jesús no es Dios, pero al día siguiente, dice lo contrario. Entonces, muchos piensan: se arrepintió. Ya no es hereje pertinaz.

En esta ambigüedad, muchos caen, porque no saben discernir en la Iglesia la Verdad: no profesan la fe católica. Viven, como los herejes: en sus filosofías, teologías, pensamientos extraños, en sus mentes retorcidas, pervertidas. Y no hay más en ellos.

Por lo tanto, si el entendimiento humano está oscurecido y no ve la Verdad, es lógico que no puedan ver la obra de la herejía de Bergoglio.

Todos ven que Bergoglio gobierna con una horizontalidad. Y todos aplauden ese gobierno. Todos aceptan esa obra de herejía. Todos están conformes con esa obra de la carne. Nadie dice nada. Nadie ve que eso va en contra del dogma del Papado y que, por tanto, ese hombre no es Papa. Ven las ambiguedades de este hombre, pero le siguen obedeciendo, le siguen llamando Papa. Están construyendo con él su nueva iglesia.

Esto sólo significa que son muy pocos los que viven su fe católica. Son muy pocos los que saben lo que es la Iglesia, lo que es un Papa en la Iglesia y, por tanto, lo que hay que hacer cuando un Bergoglio pone un gobierno horizontal.

Y son muy pocos en la Jerarquía, no sólo en los fieles. La misma Jerarquía, que es la que tiene que hablar en contra de este hombre, calla, admite la obra herética y cismática de Bergoglio. Y, entonces, se produce otro engaño más en la Iglesia:

Como vale el gobierno horizontal para seguir siendo Iglesia, entonces ¿por qué no hacemos que la Iglesia sea, en la práctica, una democracia? Hagamos que las cuestiones se resuelvan de manera pastoral, sin tener que recurrir a Roma. Que Roma se dedique a otros asuntos, muchos más importantes para el mundo, pero demos libertad a los sacerdotes, a los Obispos, a los fieles, para que hagan y deshagan en cada diócesis. Construyamos la iglesia de abajo a arriba.

Esto es lo que se está imponiendo. Porque esto, en la práctica, se ha ido haciendo durante 50 años. Se ha hecho ocultamente. Ahora es el tiempo de oficializar la democracia. Esto es lo que viene después del Sínodo.

Es fácil poner en la Iglesia que los malcasados puedan comulgar, dar la comunión a los homosexuales, etc… Así como hicieron con la comunión en la mano, van hacer con todo esto: soluciones pastorales que se vuelven una ley maldita en la propia Iglesia.

Francisco: el Obama de la Iglesia

siuncardenal

La popularidad de Francisco ha crecido como la espuma desde que usurpó la Silla de Pedro, que es comparable a la forma como Barack Obama fue recibido por el mundo en el año 2008. Es decir, esa popularidad es un montaje llevado a cabo por el Vaticano, gobernado por masones, como lo fue el de Obama.

Esa popularidad no es un don del Espíritu, no es algo que nace entre los miembros de la Iglesia, sino una ayuda que el Espíritu del demonio hace en ese hombre, algo fabricado por la Jerarquía infiltrada, para poder atraer toda la atención del mundo y de la Iglesia hacia una persona sin letras, vulgar, del pueblo, sin ninguna inteligencia espiritual, que sólo vive su vida de acuerdo a sus medidas racionales, pero que es incapaz de ser imitador de Cristo en su sacerdocio, porque no tiene la vocación divina para ello.

Esa popularidad es siempre en contra de la Voluntad de Dios, un mal que Dios ni quiere ni permite en Su Iglesia, porque no se está en la Iglesia para ser popular, para mendigar un aplauso del mundo, para ser reconocido por los gobernantes o personas influyentes del mundo. Dios no necesita los medios de publicidad del mundo para hacer llegar su Evangelio, que es la Palabra llena de Verdad, que ningún hombre en el mundo quiere escuchar ni seguir.

Dios no necesita un Francisco para llenar Su Iglesia de almas, de gente inculta, pervertida en sus mentes humanas, que sólo viven para sus lujurias, sus deseos en la vida, sus soberbias, sus orgullos como hombres.

Dios no quiere a hombres soberbios en Su Iglesia: quiere personas humildes, que pisen su orgullo y lo mantengan en el suelo, para que puedan ser instrumentos de la Voluntad Divina.

Pero cuando el demonio se sienta en el Trono de Pedro, el mal sólo es querido por el demonio, no por Dios. Dios se cruza de brazos en todo cuanto sucede en el Vaticano y en las demás diócesis que pertenecen a Roma. Y deja que el demonio obre sin más, porque es su tiempo: el tiempo del Anticristo. Tiempo para condenar almas al infierno.

Al igual que Obama ha sido una decepción para el pueblo americano, así este hombre, al que llaman Papa sin serlo, y al que le han puesto un nombre de blasfemia, -queriendo recordar a San Francisco de Asís, pero sin seguir su Espíritu, sino en contra de la misma espiritualidad que vivió este Santo-, se ha convertido en un desastre, en un fracaso para toda la Iglesia Católica y para el mundo.

Los católicos verdaderos no han sabido ver el engaño de este hombre, cuando los bastiones del anti-catolicismo, como son los masones, los ateos, los de la teología de la liberación, toda la jerarquía tibia y pervertida que inunda la Iglesia, han salido a luchar por esta persona y a declararle su amor incondicional.

Los católicos verdaderos se han olvidado bien pronto de las palabras del Señor: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye» (1 Jn 4, 5). Y aquello de: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en el la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15).

Este olvido señala sólo una cosa: dentro de la misma Iglesia Católica hay muchas almas que aman al mundo y lo que hay en el mundo. Hay mucha Jerarquía que habla del mundo, habla de los hombres, habla para ellos y como ellos, y ellos los escuchan, porque se les dice lo que ellos quieren oír. Llena de fábulas ha estado- este año y medio- la Iglesia. De entre los católicos verdaderos, hay mucha gente que sólo es católica de nombre, de etiqueta (= va a misa, comulga, se confiesa, reza, etc.), pero que sólo vive para el mundo, no para Cristo. Se dicen “católicos verdaderos” y son sólo eso: una figura vacía de la fe católica. Almas sin fe católica, llenas de otra fe, que obran en la Iglesia de acuerdo a esa fe inventada por ellos mismos, incapaces de rechazar las fábulas, las doctrinas del demonio que Francisco y los suyos han ofrecido a toda la Iglesia.

Toda la pantalla de Francisco es su lenguaje humano. Francisco es experto en oratoria humana. Es una pantalla, una maqueta, una invención, una pintura, que al exterior se ve bonita, hermosa, agradable, pero que esconde una gran maldad, que sólo se nota cuando se acepta ese lenguaje. Francisco ora una palabra barata, que llega a todo el mundo, que gusta por su extravagancia, pero que es una blasfemia, porque carece de verdad.

Francisco ha seducido con su palabra humana: ha hecho la obra del demonio, la que siempre hace la serpiente para entrar en el alma de los hombres. Satanás sedujo a Eva con la palabra humana; Eva sedujo a Adán con la palabra humana. Seducir la mente de las personas, sus sentimientos, sus vidas, con algo que les atraiga, que les guste, que se sientan bien con ellos mismos y con quien les habla. Francisco seduce con su palabra vulgar, engañosa, ignorante, oscura, llena de maldad y de regocijo en el mal. Y muchos han dado –y siguen dando- oídos a esa palabra de un hombre sin sentido común, sin dos dedos de frente.

Cristo nunca seduce con Su Palabra, sino que es siempre Luz: expone Su Verdad, su doctrina, la muestra, la vive, la obra sin más; pero deja en libertad al alma para seguirla o despreciarla. Cristo señala el camino, pero no lo impone a la mente del hombre.

Pero la obra del demonio y, por tanto, la de Francisco es seducir; es decir, es llevar, no es exponer una doctrina, no es dar luz, sino que es tapar la luz; es conducir hacia la tiniebla, mostrar una oscuridad como una luz, es maniatar al alma, en un sentimiento, en una idea, con una obra, -aparentemente buena en lo exterior de las formas-, para que el alma acepte esa doctrina, aun cuando en su interior vea que no puede ser aceptada. Es la seducción del mal, más potente que el don de la Verdad. La Verdad arrastra sin coartar la libertad; pero el mal seduce, se impone, se obsesiona con algo, y produce la obsesión en la misma mente de la persona, imprimiendo en el alma una necesidad engañosa, una exigencia que no es tal.

Esto es el marketing que se hace con Francisco. Es necesario obedecer a un “Papa”, seguirlo, aunque su doctrina, su enseñanza esté errada. Aunque hable barbaridades, como las ha dicho, o declare cosas vergonzantes y heréticas, que supondrían la inmediata renuncia de quien las dice; pero, sin embargo, es necesario seducir, entrar en ese juego del demonio si se quiere seguir en la Iglesia con un plato de comida. Esta es la seducción más refinada llevada a cabo por todos los medios de comunicación, que asisten a Francisco, por toda la Jerarquía, que lo obedece, aunque vean con sus entendimientos humanos, que ese hombre miente descaradamente a toda la Iglesia y a todo el mundo.

Todos ven los errores de este hombre cuando habla; pero otros se encargan de taparlos, de interpretarlos, de darles la vuelta y presentarlos como un bien para toda la Iglesia, como un valor, como “doctrina católica”. Esta es la etiqueta favorita que se pone al magisterio demoniaco y satánico de un hombre sin fe católica, de un pordiosero de la riqueza del mundo, de un piernas-largas, que recorre el mundo, para estar en todas las portadas importantes de la vida social de la gente. Esta es la maldad que todos pueden ver en el Vaticano, en sus webs, en autores que se dicen expertos en política vaticanista, como un Sandro Magister, y que son sólo expertos en seguir la seducción del Vaticano, en ampliarla, en darle mayor publicidad y cobertura. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Un hombre que besa a los niños y abraza a los enfermos no es nunca noticia. Todos los Papas han hecho lo mismo, pero ninguno de ellos ha dado publicidad a esos actos. Con Francisco, hay un fotógrafo preparado para cualquier ocasión, que convenga tomar la foto a un hombre, que ama el mundo y a los hombres.

Se fotografían sus pecados, cuando besa los pies de las mujeres o ancianos en su taimado ministerio sacerdotal; o cuando se reúne con hombres de pecado para una oración de blasfemia; o cuando bendice unas hojas de coca. Esas fotos revelan su gran pecado. Y nadie, dentro de la Iglesia, lo denuncia, le exige la renuncia. Nadie se atreve a levantarse ante ese hombre, porque todos están bajo el engaño de la seducción del demonio. Todos atrapados. Si viendo sus pecados, nadie hace nada, sino que todos se conforman y aplauden esos pecados, tan manifiestos, tan claros, tan convincentes; entonces, ¿para qué sirve tanta teología, tanta filosofía, si tampoco razonando las cosas, la gente va a discernir el pecado de este hombre? ¿A qué se dedica la Jerarquía de la Iglesia que no es capaz de levantarse contra un Obispo hereje y cismático en la Iglesia?

Es necesario acercar a este hombre, que no tiene ninguna inteligencia, con gente que tampoco tiene inteligencia espiritual, gente del mundo y para el mundo, y que sólo están en la Iglesia por un sentimentalismo, por una cercanía, por un afecto humano, natural, que es también el trabajo del demonio en ellos. Es necesario acercarlo en su pecado –y para mostrar su pecado- y ponerlo a otros como ejemplo de lo que tienen que hacer, si quieren seguir en la Iglesia. Francisco, en los medios de comunicación, es ejemplo de cómo vivir pecando y en el pecado habitual. Y, por eso, gusta a todos los pecadores, ya del mundo, ya de la Iglesia. Les habla en su lenguaje de pecado y en su vida pecaminosa. Los invita a seguir en su pecado y sólo a luchar por las cosas propias de los hombres.

Francisco no es inteligente: luego no sabe llegar a las mentes inteligentes de los hombres. Pero Francisco es un vividor: vive y deja vivir. Luego, el demonio trabaja en él vía afecto, cariño, abrazo, beso, cercanía con los hombres, con los selfies, con el abajamiento a todo lo natural, a todo lo humano. Y, por eso, este hombre se pone una nariz de payaso, pone una pelotita al lado del sagrario, hace muchas cosas que ningún Papa se atrevería a hacer, porque ellos sabían bien lo que es Cristo y lo que exige Cristo a un Papa legítimo en Su Iglesia. Francisco, para llegar a los hombres, lo hace seduciendo los sentimientos de ellos: sus gustos, sus caprichos, sus deseos, sus apegos, sus miserias, sus pecados. Y, en esa seducción, los invita a seguir en sus sentimientos pecaminosos, como algo bueno para sus vidas.

Francisco ha abierto un camino de maldad, golpeando la doctrina católica, con su magisterio masónico, marxista y protestante.

Al igual que el presidente Obama le encantaba disculparse por América, Francisco le gusta pedir disculpas por la Iglesia Católica, resaltando que son los errores de Ésta los culpables de que el mundo esté mal. Es el juego político de presentar al mundo una Iglesia pasiva, callada, tolerante, que no combate el mal de otros, sino que reconoce su propio mal, con el solo fin de no ofender la sensibilidad de nadie, de acomodarse a las distintas necesidades que los hombres tienen hoy en sus vidas sociales y culturales.

En sus entrevistas con los medios de comunicación de izquierda, Francisco busca impresionar, llamar la atención, decir una palabra clave para el hombre, para la masa, pero nunca convertir, nunca dar ejemplo de la verdad, nunca testimoniar -con la propia vida- la verdad, que es Cristo. Francisco no habla en nombre de Cristo, sino en su propio nombre, en su propio lenguaje, en su propia estructura mental de la vida de la Iglesia. Todo, en esas entrevistas, es para que se vea que la Iglesia deja de estar –con Francisco- ‘obsesionada’ con el aborto, con el matrimonio gay, con las verdades absolutas, dogmáticas; y así abrir el camino al diálogo, al conocimiento del otro, a la escucha del hombre, a experimentar el mundo que nos rodea. Francisco es el innovador del mundo en la Iglesia. Es el que mete la vida del mundo, de la profanidad, de la vulgaridad, del paganismo, dentro de la Iglesia. Es la puerta al Anticristo, a su aparición.

Al tratar de complacer a los medios de comunicación y al mundo moderno, Francisco quiere ganarse su respeto, mostrándose pasivo, neutro y débil. Francisco piensa que al hablar continuamente y sin sentido de los pobres, de una manera vana, vacía, sin verdad, será respetado y escuchado por todos. Un hombre que pregunta: por qué es noticia la caída del mercado de valores, pero no la muerte de un anciano; es un hombre que desea que en los medios de comunicación haya una lista de muertes, en la que se juzgue a todo el mundo -y se le condene- por no haber hecho algo contra esos ancianos que mueren. Un hombre así es un hombre que no sirve para gobernar nada, un error de la masonería en el gobierno. Un error impuesto por muchos, pero necesario para el plan en la Iglesia. Un hombre que declara que no es quién para juzgar, pero que en la práctica de su lenguaje humano, juzga y condena a todo el mundo, es un fracaso para todos, incluso para la masonería, que lo ha impuesto en la Iglesia.

Francisco es un hombre que complace a sus enemigos y que, al mismo tiempo, ataca a sus “amigos”: da un manotazo a los católicos practicantes, fieles a la Gracia, a la Verdad Revelada, a la Cruz de Cristo. Francisco ha insultado y ha dañado severamente el trabajo de grupos pro-vida y pro-matrimonio con todas sus declaraciones; y ha pasado al ataque con grupos en la Iglesia, que viven lo de siempre, la liturgia tradicional, que es –para este hombre- una ideología maldita, una explotación de las clases altas de la Iglesia, que hay que erradicar. Todos tienen que hacer una liturgia para el pobre, porque “la Iglesia es pobre y para los pobres”. Esta necedad es la que se impone en todas las diócesis en el mundo.

En su lumen fidei, todos pueden constatar su racionalismo puro, que le lleva a predicar una fe masónica. Es la anulación del magisterio de la Iglesia en lo referente a la Revelación y a la Inspiración Divina

En su evangelium gaudium, se ve al hombre marxista, comunista, que hace de la Iglesia un pueblo, un conjunto de hombres con un solo ideal: el bien común humano. Con un solo fin: el temporal, el humano, el profano. Anula toda la obra de la Redención y, por tanto, la obra de la Elevación del hombre por la Gracia.

Golpea al capitalismo, llamándolo “una nueva tiranía”, rechazando el mercado libre, y haciendo un llamamiento inútil y absurdo para que los gobiernos reacondicionen sus sistemas financieros para atacar la desigualdad. Un hombre que no es capaz de ver su error, sino que lo exalta, diciendo: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política». Es precisamente este su afecto, su sentimentalismo herético, su gran error como gobernante. Con el sentimiento quiere gobernar unas almas que han decidido en sus vida luchar contra todo error en el mundo y en la Iglesia. Y este hombre sólo les propone el error -que combaten-, como un bien que ya no deben combatir, sino aceptar. Habla como un enemigo de la fe católica, pero sin embargo, no es capaz de reconocerlo:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor». Sólo le interesa poner de manifiestos su mente, como el culmen de la verdad que todos tienen que seguir, en el mundo y en la Iglesia: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG – n 208). Este hombre, que no está esclavizado a esa mentalidad individualista, sino que vive una mentalidad global, socializante, comunista, humanista, salvadora del hombre y del mundo, no ha comprendido que son precisamente los mercados libres los que han levantado -constantemente- a los pobres y han ayudado a salir de la pobreza, mientras que el socialismo, el comunismo, su mentalidad globalizante, sólo ha trabajado por afianzar al pobre a su pobreza, matando e impidiendo de mil formas la riqueza y todo bien para el hombre.

Él se pone como modelo a seguir para quitar las cadenas indignas que atan a los hombres a un estilo de vida humana, que nace de un pensamiento errado sobre el hombre. Este endiosamiento de Francisco es su gran fracaso como líder de la Iglesia. Un hombre que sólo vive para su mente humana, para su vida humana, para sus conquistas como hombre. Que no es capaz de mover un dedo para salvar un alma del pecado, porque ya no cree en el pecado como ofensa a Dios.

Francisco comunista al cien por cien. Olor nauseabundo. Olor a tiranía en su gobierno horizontal. Orgullo en un hombre que se ha creído con la solución a los problemas del mundo. Y la Jerarquía que lo está obedeciendo, ¿también se ha hecho comunista como este hombre? ¿También se ha endiosado, como este hombre?

Al igual que Obama, Francisco es incapaz de ver los problemas que están realmente en peligro en el mundo y en la Iglesia. Al igual que Obama confunde a los fieles con el enemigo, al enemigo con su amigo. Al igual que Obama ha caído en picado en su popularidad. Francisco es un negocio barato en la Iglesia. No es a largo plazo. No se puede sustentar por más tiempo un fraude que todos ven, pero que todos deben callar, por el falso respeto a un hombre que no es Papa. Por el falso nombre que le han colocado.

Y, así como Obama siguió jugando al golf en sus vacaciones, mientras los hombres no paraban de cortar cabezas de otros, así Francisco ha seguido ultimando su último escrito sobre la ecología, que será su gran abominación en la Iglesia: ama a la creación; ama a esos hombres que cortan cabezas porque son tus hermanos, son una parte de la creación; son algo sagrado, divino; ama a los homosexuales, a las lesbianas, a los ateos, a los masones, a los que abortan, a los grandes pecadores, a los herejes… Ámalos porque todos somos hermanos, hijos de Dios. Todos somos uno en la mente necia, estúpida e idiota de este hombre, que sólo mira su ombligo en la vida. Todo es hacer silencio cuando se comprueba que se ha errado el camino, pero nunca hablar para arrepentirse y declararse culpable de las propias acciones. Así actúan todos los líderes impuestos por la masonería: cumplen su cometido y, cuando fallan, se encarga la misma élite masónica de reparar el daño. Ellos siguen en lo suyo, en sus vidas, en sus conquistas, en sus orgullos.

Francisco es un desparpajo, una marioneta de muchos, un juego de la masonería, una decadencia en la Jerarquía de la Iglesia, un exabrupto que era necesario amplificar y remover, para dar a la Iglesia otra cara que nadie se ha atrevido a ponerla porque no era tiempo.

Salir de Roma: es lo único que hay que hacer. Renunciar a una Iglesia que ya no es la Católica, sino sólo un montaje de la masonería en Roma. El Vaticano es ya sólo un asunto de la élite masónica. Dios se ha retirado. ¿Todavía no lo han captado?

El Estado debe ser religioso y católico

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«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom 13, 1-2).

La sociedad y el Estado deben ser, en cuanto tales, religiosos y católicos. Esta verdad ya se ha perdido en todo el mundo. Dios ha dado al Estado el Poder y, en consecuencia, el Estado tiene el deber de reconocer y reverenciar al verdadero Dios, Uno y Trino, y a la religión verdadera, que es la Iglesia Católica: «Así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña e inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas» (León XIII – Inmortale Dei)

No hay autoridad sino por Dios: el hombre no tiene poder en sí mismo, en su naturaleza humana. Tiene un poder dependiente del Poder Divino, que emana de Él. Está subordinado a la Autoridad de Dios. Todo hombre que quiera gobernar, que quiera ejercer un poder, una autoridad entre los hombres, tiene que saber que cualquier autoridad por Dios ha sido ordenada. El poder de los demonios viene de Dios; el poder de los hombres, buenos y malos, viene de Dios; cualquier gobierno procede del orden divino.

Y hay que saber comprender esta procedencia para discernir las diversas autoridades.

El Poder Absoluto sólo está en Dios. Los demás poderes son relativos, son dependientes del Poder de Dios.

Con el Poder de Dios se obra cualquier bien, divino y humano. Con el poder de los demonios sólo se puede obrar el mal. Con el poder de los hombres se obran bienes y males. Y todo bien procede de Dios, es ordenado por Dios.

En la Iglesia sólo se posee el Poder de Dios. No se posee el poder humano. Los poderes humanos emanan de la Autoridad Divina, que el Papa tiene. Ese Poder Divino en la Iglesia es Absoluto, no relativo. Descansa sobre un hombre, y lo guía para que ejerza en la Iglesia tres órdenes distintos: enseñar la Verdad, guiar en la Verdad, santificar con la Verdad.

En el mundo sólo se posee el poder humano, nunca el poder divino. Ese poder humano depende, en todo, del Poder de Dios. Está sometido a ese Poder. Y, por tanto, su fin humano-temporal está subordinado al fin divino sobrenatural. Y, por tanto, en el Estado hay una vida religiosa, hay unos fines espirituales, hay un camino en la verdad: «La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones» (León XIII – Libertas)

Dios creó al demonio con una libertad dependiente de la divina. El demonio pecó con su libertad, y obra el mal con ella. Obra con el poder de su libertad. Obra para hacer el mal. No puede, con ese poder, hacer ningún bien. Es el Misterio del Mal.

La libertad es un poder, es algo más que una elección hacia el mal o hacia el bien. Se obra un mal o un bien porque se puede. Hay un poder. Y se obra, ese bien o ese mal, con la voluntad de la criatura. En la voluntad está la elección hacia el bien o hacia el mal. Pero en la libertad está el poder.

Dios ha hecho libres a los hombres: eso es un poder, una autoridad, un gobierno.

Dios ha dado a los hombres la capacidad de elegir: eso no es un poder, sino una voluntad.

Los hombres se salvan o se condenan por su voluntad, no por su libertad. No se es libre para condenarse o salvarse. Se es libre para ejercer una salvación o una condenación. Se es libre para poner en obra una elección de la voluntad.

Por eso, aquellos hombres que sólo miran la libertad como una conquista en sus vidas, viven de una utopía, de un engaño, de una falsedad. Hoy los hombres quieren ser libres, pero no quieren decidir nada en sus vidas: eso es la utopía, la fábula que muchos hombres viven.

Si el hombre, primero, no decide un bien o un mal, no puede ejercer su libertad, su poder. Se quiere ser libre porque el pensamiento busca una razón para ser libre: se vive la idea de la libertad, pero no se es libre.

Muchos hombres luchan por una idea del bien, pero no son buenos. Otros, por una idea del mal, pero tampoco son malos. Otros por una idea de la vida, pero no saben vivirla. Otros por una idea de la sociedad, pero no saben ser sociables.

Porque la libertad no está en la razón del hombre. La mente del hombre no es libre. No está hecha para la libertad. Es lo que muchos hombres no comprenden. La mente del hombre está hecha para la Verdad, para conquistar la Verdad, para llegar a la Verdad. La razón no descansa, en su juicio, hasta que no tenga la Verdad Plena. Por eso, en la vida de todo hombre no puede haber rutinas, descansos en la mentira, entretenimientos en filosofías que no llevan a nada. En la vida de los hombres tiene que existir siempre la búsqueda de la Verdad, porque no es el hombre el que posee la Verdad, sino que es la Verdad la que posee al hombre: «Ciertamente, no somos nosotros quienes poseemos la verdad, es ella la que nos posee a nosotros: Cristo, que es la Verdad, nos ha tomado de la mano, y sabemos que nos tiene firmemente de su mano en el camino de nuestra búsqueda apasionada del conocimiento» (S. S. Benedicto XVI – Discurso a la Curia Romana con motivo de la Navidad 2012 – 21 de diciembre del 2012).

El hombre soberbio nunca es poseído por la Verdad, porque está dando vueltas a su mente humana, y llama a sus ideas como verdaderas: descansa en sus ideas. Ya no lucha por la Verdad. Ya no vive caminando tras la Verdad. Ya no le interesa conocer la Verdad.

La Verdad es para la razón del hombre. Y conseguir la Verdad hace al hombre libre: «y conoceréis la Verdad, y la Verdad os librará» (Jn 8, 32). En la Verdad, el hombre tiene poder, autoridad, gobierno. En la mentira, el hombre no tiene ninguna autoridad sobre los otros hombres.

El demonio, en su mente, es mentira. Con su mente no es capaz de alcanzar ninguna verdad. La verdad no puede poseer al demonio. El demonio no es libre porque no tiene verdad: «él es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44g). El demonio eligió la mentira para su vida: «no se mantuvo en la verdad». Con su razón vio la verdad; con su voluntad, escogió la mentira. Y, con su libertad, obra la mentira: «él es homicida desde el principio» (v. 44c). Su obra es la muerte. Su poder es para la muerte. Gobierna la muerte, el infierno. Su poder no proviene de la Verdad. No es un poder que le hace libre, que le libra de la mentira, del pecado. Es un poder que le esclaviza a su mentira, a su mismo infierno, que es su mismo pecado. Es un poder relativo a su mentira, dependiente de su mentira, que incluye su misma mentira.

Sólo el Poder que nace de la Verdad, del conocimiento de la Verdad, es libre de manera absoluta. El que dice la Verdad habla con autoridad. El que dice la mentira no tiene autoridad en su palabra. El que dice la Verdad todos le siguen: «y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (Jn 10, 4b). Es una voz que habla con autoridad, con poder, con libertad, porque es Verdadera. Pero el que dice la mentira nadie le sigue: «porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10, 5b). Nadie, que esté en la Verdad, puede seguir a un mentiroso. El que no esté en la Verdad es el que sigue al mentiroso.

En la vida de los hombres hay tres cosas:

1. Razón: que busca siempre la Verdad;

2. Voluntad: que elige siempre un camino;

3. Libertad: que obra siempre el camino elegido.

Quien, con su razón no busca la Verdad, sino que la rechaza, como el demonio, elige automáticamente el camino de la mentira. Y, por tanto, obra libremente su mentira. Obra con un poder mentiroso, para engañar, para crear falsedades. Ese poder de la mentira no es libre, pero es ejercido con la libertad de la persona. La persona es libre, pero es esclava de su mentira, de su pecado. Es libre para vivir su pecado. Y lo que le condena no es su libertad, sino la elección de su pecado. En su pecado, gobierna con su mentira y para su mentira. Hace de su pecado la vida para otros muchos. Por eso, la maldad de mucha Jerarquía que no se pone en la Verdad, que no conoce la Verdad, que no habla con la Verdad: gobierna con la mentira en la Iglesia. El Poder, que reciben de Dios, lo usan para la mentira, para establecer una iglesia que no es la de Cristo: eso es una abominación.

El hombre es sociable y, por tanto, el hombre crea comunidad de hombres. El hombre, al ser sociable, es libre: obra, con su libertad, aquello que ha escogido con su voluntad. Y lo obra en sociedad. Y, por tanto, lo obra para todos los demás hombres. No lo obra sólo para él mismo, sino para los demás.

Dios puso al hombre una obra sociable con la mujer en el Paraíso. Y el hombre escogió su pecado, para caminar, con su libertad, en contra de la obra de Dios. El hombre, en su pecado, hizo una sociedad maldita. Y, por eso, Dios tuvo que mandar un castigo. Esa sociedad maldita no venía de Dios, pero el hombre la gobernaba con su pecado. El hombre tenía autoridad en esa sociedad maldita. Un poder humano. No la gobernaba con un poder divino porque no escogió el plan de Dios, la sociedad que Dios quería con la mujer. Y esa autoridad humana de Adán, en su pecado, provenía de Dios, era ordenada por Dios. Porque Dios ha puesto en el hombre tres órdenes: razón, voluntad y libertad. Pero lo que Adán constituyó, con su pecado, no era agradable a Dios. Y Dios, con su Poder Divino, machacó el poder del hombre.

Dios todo lo gobierna y, por tanto, pone al hombre, en su libertad, un fin sobrenatural. Dios hace al hombre sociable y le da un fin sobrenatural en esa sociedad. Y, por eso, el Estado tiene un fin sobrenatural. Este fin tiene que seguirlo el hombre. El Estado no puede legislar en contra de Dios, porque posee este fin, desde el principio de la creación del hombre. Cuando el Estado legisla en contra de Dios, entonces él mismo se hace maldito. Y viene el castigo divino por esa maldición que el hombre ha creado con su pecado.

El Estado no puede poner leyes que vayan en contra de la verdadera religión y del culto al verdadero Dios. Eso sería una aberración. Y, por eso, decía Pío XII: «Ante todo es preciso afirmar claramente que ninguna autoridad humana, ningún Estado, ninguna Comunidad de Estados, sea el que sea su carácter religioso, pueden dar un mandato positivo o una positiva autorización de enseñar o de hacer lo que sería contrario a la verdad religiosa o al bien moral. Un mandato o una autorización de este género no tendrían fuerza obligatoria y quedarían sin valor. Ninguna autoridad podría darlos porque es contra la naturaleza obligar al espíritu y a la voluntad del hombre al error y al mal o a considerar al uno y al otro como indiferentes. Ni siquiera Dios podría dar un mandato positivo o una positiva autorización de tal clase, porque estaría en contradicción con su absoluta veracidad y santidad» (6.XII.1953).

Esta Verdad se ha perdido claramente, en la Iglesia y en el mundo. Hoy tenemos Estados malditos, laicos, lleno de hombres que viven sus pecados y que obran sólo para hacer el mal que conciben con sus inteligencias humanas. Sus mentes ya no conquistan la Verdad, sino la mentira. Sus mentes se dan culto a sí mismas y, por eso, ponen leyes en contra de las leyes divinas, morales, naturales. La Ley Eterna no existe en muchos Estados del mundo. Existen las leyes humanas, preceptos humanos, que es el origen de muchos males que los hombres, después, no saben solucionarlos.

Si el Estado ya no es religioso ni católico, entonces no puede darse la Verdad. No puede existir una Autoridad verdadera. Los hombres, en los gobiernos del mundo, son guiados en la mentira y para condenarse. Sólo los hombres que permanecen en la Verdad, pueden oponerse a los Estados mentirosos, a los gobiernos que dictan leyes en contra de Dios. Por eso, no es fácil vivir en este mundo de demonios. Es un mundo maldito. Es un mundo que merece el castigo de Dios por sus muchos pecados.

Si todo Estado es religioso y católico, entonces tiene el deber y el derecho de poner leyes en contra de las demás confesiones religiosas, porque no son la verdadera religión: «Primero: lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno ni a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción» (Pío XII – 6.XII.1953). Pero el Estado no puede forzar a sus ciudadanos a profesar la fe católica ni obligarles a dar un culto externo a Dios. Y, por eso, se pueden justificar ciertas leyes que aprueben la existencia de religiones falsas o cultos falsos. Se tolera o permite el mal por un bien superior: «Segundo: el no impedirlo por medio de leyes estatales y de disposiciones coercitivas puede, sin embargo, hallarse justificado por el interés de un bien superior y más universal.» (Ibidem).

Esta Verdad, tampoco es seguida hoy día. Y, por eso, en muchos estados, no sólo se permite el mal, sino que se aprueba, se da validez, se vive para el pecado. Y no importa ser musulmán, budista, católico, judío, ateo, homosexual, terrorista, etc. Lo que importa es crear una sociedad maldita, llena de pecado, de males, de obras para el mal.

El Estado no tiene el deber ni el derecho de reconocer las demás religiones ni dioses. Y estas religiones no tienen derechos ante el Estado. Esta es la consecuencia lógica de la obligación que tiene el Estado de profesar, fomentar y defender la verdadera religión. Por eso, hay un principio de la intolerancia, que todo Estado tiene que seguir:

La intolerancia es la posición firme ante el bien, sin ceder ante el mal. Es una actitud negativa ante el mal en razón de una firme actitud ante el bien.

Hoy ha caído este principio de intolerancia: todos ceden ante el mal. Todos se dedican a hacer el mal en sus gobiernos.

Y si ha caído este principio, también tiene que caer el principio de la tolerancia: «no sea que al querer arrancar la cizaña arranquéis con ella el trigo» (Mt 13, 29).

La tolerancia es la permisión del mal, en razón de no impedir mayores bienes o de no provocar mayores males. Se permite el mal para que no se produzcan otros males o para que no se provocan males mayores. Se permiten ciertas leyes por un bien superior. Se permite que existan otras confesiones religiosas para un bien universal, mayor, sobrenatural. Pero hay que saber legislar esas leyes. Como los hombres, al no poseer vida espiritual, no saben discernir los pensamientos de los hombres, entonces tampoco saben poner esas leyes que permitan el mal. No saben legislar el mal. Y, entonces, se produce la decadencia de la Verdad: todos los Estados presentan el mal como un bien.

Dios tuvo que permitir el mal de Adán en el Paraíso. Y lo permitió por un bien sobrenatural. El Señor permite, en Su Iglesia, muchos males, mucha cizaña. Y la Jerarquía tiene que saber legislar esos males dentro de la Iglesia. Si la Jerarquía se pone a ceder ante el mal, pone leyes que aprueban el mal como un bien, entonces se produce una abominación en la misma Iglesia.

Y esto nos lleva a la idea masónica de la fraternidad, de la tolerancia de los pensamientos y actitudes humanas para que, en el diálogo, se forme un nuevo orden mundial y una Iglesia universal, que será una abominación para Dios: es crear un Estado mundial sin Dios, maldito por los cuatro costados. Sin ninguna referencia a la Verdad. Todo él una mentira. Será la obra del demonio entre los hombres. Será aquello que no pudo conseguir por medio de Adán porque el Señor mandó su castigo.

Estamos, en estos momentos, en el punto final de la maldad. El demonio ha trabajado, con su poder, para obrar la perfección del Mal. Por eso, es un tiempo de Justicia. Hay que arrancar la cizaña. Porque, si no se arranca, el bien divino no puede obrarse.

Francisco en la búsqueda de un gobierno mundial

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C. – «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos» (Evangelium gaudium – n 206).

I. «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero».

a. El oikos (griego:οἶκος, plural: οἶκοι) es la palabra griega que significa casa;

b. El nomos (griego: νόμος, en plural νόμοι) es la palabra griega que significa ley.

c. Oikonomia: significa la ley de la casa, la administración de la casa, el orden en la casa.

La creación es una economía divina: en ella se refleja la Ley Eterna, la ley divina, la ley natural. Todo está administrado por esta Ley Eterna, en que Dios ordena todas las acciones, tanto humanas como no humanas, hacia su fin.

En la Creación, cada criatura está ordenada a su propio acto y a su perfección. Es una ordenación divina: es la ley natural que Dios ha puesto en todo lo creado. Existe la Jerarquía de seres, en que los seres menos nobles se subordinan a los más nobles: los seres inferiores están bajo el hombre.

Cada criatura tiende a la perfección del universo. Y todo el Universo, con cada una de sus partes, está ordenado a Dios como a su fin.

Y en la Creación está la ley divina, que es lo que Dios ha revelado al hombre, y que debe cumplir para que todo permanezca en el orden divino.

El pecado de Adán produjo un desorden en toda la Creación. Y ese desorden trajo la Maldición de Dios sobre lo creado. Es una maldición en el ámbito moral, no en el ámbito de lo Creado. Lo creado sigue siendo bueno, pero no le sirve al hombre para alcanzar su fin.

Para que todo lo creado vuelva a su ser, era necesaria la Obra de la Redención. Con la Gracia, el hombre aprende a usar lo creado para Dios, a poner orden divino en la Creación.

Por tanto, la economía es un orden divino para un bien común. Ese bien común es diverso: el bien de una familia, el bien de una economía, el bien de la Iglesia, el bien de una política, el bien de una estructura social, etc. Pero nunca es el bien del mundo entero.

Hablar así supone negar el pecado original y ver la creación como buena, pero que los hombres la dañan por causas que no son el pecado como ofensa a Dios.

Decir que la economía es el arte para administrar la casa común, que es el mundo entero, es estar hablando del nuevo gobierno mundial, en que se quiere hacer una economía que funcione para todo el mundo, para todas las familias, para todas las políticas, para todas las Iglesias, etc. Y esto es un imposible, un absurdo, la negación de la Verdad de la Creación.

Es imposible hacer una economía que funcione para el mundo entero, porque:

• El mundo no pertenece a Dios, sino al demonio y, por tanto, no se rige por las leyes divinas, por un orden divino, moral, natural (el mundo debe ser comprendido en el orden moral, no en el orden de la Creación);

• El hombre es anterior al Estado y, por tanto, es antes la propiedad privada que la propiedad social; es antes la familia que la sociedad civil (cf. Pío xI Quadragesimo anno). Y, en consecuencia, se vive para el hombre, no para el mundo entero; se vive para una familia, no para todas las familias. Es antes el hombre que el mundo entero. Hay que legislar para el hombre, no para una globalización, no para un ente abstracto, sin personalidad, sin vida, regido sólo por leyes humanas para una masa impersonal de gente.

• Es necesario hacer desaparecer el Estado en donde se cree una estructura que administre cosas, pero que no gobierne a las personas. La gente, la masa de gente es la dueña de toda la humanidad, para vivir, para planificar lo que la masa quiera. Es aniquilar también al hombre para poner una voluntad para todos, un poder de todos, una inteligencia en todos. Es decir, un imposible, una utopía, un absurdo. Porque por más que se quiera imponer la masa, el hombre sigue siendo libre por Creación. Y siempre el hombre va a decidir sin la masa, sin hacer caso a la mayoría, a la opinión pública, al juicio de los hombres.

Cuando Francisco está hablando de una economía que administre el mundo entero, está indicando el plan del comunismo sobre un nuevo orden mundial. Y está yendo, en consecuencia, contra toda verdad en el hombre.

Cuando se habla de una administración del mundo entero, se está hablando de controlar la Creación divina. Administrar no sólo lo creado, sino la Creación, es decir, ponerse en el puesto de Dios y poner leyes adversas, contrarias, a la ley eterna, natural y divina. En muchos países ya se legisla en contra de la ley natural y la ley divina. Pero no pueden tocar la ley eterna.

II. «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común». Este es el ecologismo de Francisco: todo mal en la creación, en el cosmos, repercute, influye en todas partes. Es el mal social, el mal de muchos, el mal en una comunidad, el mal en una sociedad, el mal que se produce por muchos en la atmósfera, en las ciudades, en los pueblos. Y, por tanto, hay una responsabilidad común, de todos. Es el amor a la Creación puesto por encima del amor a Dios y el amor al hombre. Y, por tanto, como se hace un daño a la Creación, todos son culpables. Y, entonces, como en los países hay economías que matan, que excluyen, que discriminan, eso pasa a todo el mundo, a todo lo creado. Y todo el mundo debe tomar conciencia de ese mal común.

Dos cosas anula aquí Francisco:

a. El dogma del pecado, como acto personal que se realiza en contra de Dios

b. Los mandamientos de la ley de Dios, que son la base para el amor a Dios y al prójimo.

c. En consecuencia, queda un amor a lo creado, un amor natural, que todo hombre posee y que debe ser la guía de su vida. Si no se ama lo creado, entonces eso repercute en toda la Creación.

i. Este amor a lo creado viene de la idea de que todos los seres vivos están unidos, se relacionan entre sí. Y lo que a uno le pasa, se comunica, se irradia al otro. El bien o el mal de uno es el de toda la creación. Y en la creación, no existe tal unión, sino la subordinación de unos seres a otros. Existe una Jerarquía de seres, no una comunidad de seres.

«En las partes del universo, cada creatura es por su propio acto y perfección. En segundo lugar, empero, las creaturas inferiores son por las más nobles […], y cada una de las creaturas es por la perfección de todo el universo. Finalmente, todo el universo, con cada una de sus partes, se ordena a Dios como el fin, en cuanto la divina bondad se refleja en ellas por cierta imitación para la gloria de Dios» (Aquino, Tomás de. S.Th., q.65, a.2).

Dios ha puesto su ley eterna en la Creación. Y ésta posee un fin divino. Todas las criaturas obedecen a este fin divino en la Creación. Lo que obran en ella es siempre bueno. Porque la creación es la manifestación del orden con que Dios conduce todos los seres hacia sus fines propios y hacía sí Mismo como último fin. Dios, todo lo ha creado, para Él Mismo. Todo tiende hacia Dios.

Todos los seres inferiores al hombre: minerales, vegetales, animales irracionales están subordinados entre sí y según sus naturalezas. Son una Jerarquía con un fin propio en cada ser, pero ordenadas para un bien común, para un bien en la Creación.

Y, por tanto, cuando un animal mata a otro, no produce ningún daño a la creación, porque está obedeciendo la ley que Dios le ha puesto en su especie, una ley natural para un instinto de supervivencia. Y es una ley regida por la dependencia de unos seres hacia otros.

Estos seres inferiores están subordinados al hombre y, por tanto, son medios que el hombre tiene para alcanzar su fin. Si el hombre no sabe usar estos seres, entonces produce un daño en la Creación. Un daño moral: la crueldad contra el medio ambiente y contra los demás seres, que están al servicio del hombre, son causa de otros males por el pecado del hombre.

Por tanto, matar los animales para un fin que Dios ha puesto en el hombre (vgr. alimentarse, vestirse, etc) eso no repercute en la Creación, no daña lo creado. Pero matarlos por otros fines distintos a los que el hombre tiene, que son moralmente malos, entonces daña la Creación.

El que haya personas que sean pobres, que pasen hambre, no daña la Creación. Una economía de mercado si se rige por la ley divina, entonces no produce ningún daño moral. Cuando esa economía de mercado pasa los límites de la ley divina, de la moralidad, entonces daña la Creación y repercute en el hambre de algunas sociedades.

El pecado es el que se irradia en toda la Creación, es el que repercute en Ella. Pero decir: «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo» es una blasfemia. Francisco no sabe distinguir entre un acto económico moralmente malo y otro bueno. Todo lo engloba y dice una aberración: una fábrica que gaste millones en un producto bueno repercute en todo el planeta. Esto es algo sin sentido. Esto es el ecologismo.

Sólo los actos morales del hombre repercuten sobre su vida y la de los demás: es decir, los actos virtuosos y los actos pecaminosos. Los demás actos, no son nada en el Universo. Son actos de los hombres, actos carnales, actos materiales, etc., pero que no dañan la creación.

La Creación está dañada sólo por el pecado, no por los males o bienes de gran envergadura. Y, por tanto, cada persona tiene responsabilidad de su pecado o de su obra virtuosa. Pero ningún gobierno es responsable de actos no morales de los hombres.

Lo que daña la creación es el uso indebido de ella y, por tanto, se talan árboles, se eliminan especies, se trastoca la capa de ozono, se contaminan los ríos, se usa el dinero para fines de corrupción moral, etc., por el pecado de cada hombre, por un daño moral, pero no por un daño físico.

El hombre quiere controlar la creación, quiere meterse en el misterio de la vida, y entonces comienza a hacer daños morales. Y eso es lo que daña todo. Pero se daña no sólo por el pecado de cada hombre, sino por la maldición que la tierra tiene por el pecado de Adán: «Maldita Adán, la tierra, a causa tuya». Esa maldición de la creación influye en toda la vida de los hombres. Y, como el hombre ha crecido en su pecado de soberbia y quiere ser el dueño de lo Creado, sin la sabiduría divina, entonces la creación se vuelve contra el hombre. Es la ley Eterna, que rige todo lo Creado al margen de lo que piensen u obren los hombres.

Y el hombre quiere arreglar el mal que él ha hecho con su pecado, con una doctrina aberrante: antes de que nos quedemos sin alimento, sin vida en la tierra, entonces cuidemos la creación y busquemos un gobierno mundial para esto.

III. «De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos».

Es que no se puede alcanzar una sana economía mundial. Es necesario legislar desde el hombre, para la vida del hombre, para la vida de las familias, para la vida de las clases sociales, para la vida de los países, pero no para la vida del mundo entero. Esta es la aberración. Se habla para nada, para una utopía, para decir esta injuria a la Iglesia:

«Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (Evangelium gaudium – n 207).

Es claro el pensamiento comunista de este hombre, que no sabe nada de la doctrina social de la Iglesia. Como la Iglesia no se ocupa de los pobres, entonces es corrupta. Hasta aquí baja Francisco en su pensamiento. Hasta aquí se rebela contra la Iglesia, contra la Verdad que posee la Iglesia. Y se cree con autoridad y con sabiduría para decir estas palabras.

Aunque la Iglesia hable su doctrina social, y combata contra el mundo y los gobiernos, que ponen leyes en contra de los mandamientos divinos, eso no sirve para nada. Eso es causa de destrucción de la misma Iglesia, porque no se ocupa, de forma creativa, con eficiencia humana, de los pobres. ¡Comunismo! ¡Comunismo! ¡Comunismo! La Iglesia es infecunda en su doctrina social. No atiende al marxismo, al modernismo, al gran pensamiento de Francisco. Y entonces, Francisco va más allá y pone el párrafo de su orgullo:

«Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (Evangelium gaudium – n 208).

Es su gran orgullo: Francisco dice que él es libre en su mente humana y que los demás son esclavos de una mentalidad que los hace egoístas, porque no se dedican a los pobres. ¡Este es su gran orgullo!. Él se pone como ejemplo a seguir para los demás, para la Iglesia, cuando él mismo no está dando la Verdad del Evangelio, cuando él quiere buscar una solución a los problemas de los hombres sólo por los caminos humanos, dejando a un lado la doctrina social de la Iglesia.

Francisco se siente libre porque ama a los pobres y habla de ellos y los besa con ternura. Y a los demás, que no hacen lo que él hace, los llama esclavos, les dice que tienen cadenas indignas y que, por eso, deben alcanzar otro pensamiento más noble, más perfecto, con más dignidad.

¡Qué desfachatez la de este hombre! ¡Qué injuria a la Iglesia! ¡Qué blasfemia al Espíritu Santo! ¡Cómo se ríe de todo el mundo sentado en una Silla que no le pertenece!

Muchos admiran a Francisco por su lenguaje humano, es decir, por su necedad en el hablar, por su soberbia en su pensamiento y por su orgullo en las obras que hace en la Iglesia. Y al admirar la mente de un hombre, vacía de la Verdad, ellos mismos se niegan a ver la maldad de este hombre.

Francisco no es cabeza de la Iglesia Católica, sino que es cabeza de su propia invención de iglesia, que está formando en el Vaticano.

Pero esto, mucha gente no se atreve a decirlo. La falsa obediencia a un hereje, el falso respeto a un cismático, la incredulidad de sus vidas en la Iglesia. No creen ni en ellos mismos. No saben para qué viven. Sólo son veletas del pensamiento de los hombres, de sus ideas. Creen que en la diversidad de pensamientos está la riqueza de la Iglesia. Y se olvidan de la Palabra de Dios:

«Porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos vuestros caminos, dice Yavé. Cuanto son los Cielos más altos que la tierra, tanto están Mis Caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros, Mis Pensamientos» (Is 55, 8-9).

Pero, ¿quién te crees que eres Francisco? Si no eres capaz de dar la Mente de Cristo, entonces cállate en la Iglesia y no digas tonterías. Tú te crees que eres libre en tu mente y, sin embargo, tus mismas palabras revelan tu esclavitud al pensamiento del demonio. Hablas lo mismo que tiene el demonio en su mente. Y no te das cuenta de que eres esclavo, porque te crees libres y juzgas a los demás como esclavos.

Quieres hacer una economía para el mundo entero. En eso estás en el negocio de tu iglesia. Te has convertido en un jefe político que tratas los asuntos de la Iglesia, que son asuntos sagrados con tu profanidad, con tu mundanidad, con tu herejía en tu lenguaje humano. Eres el mismo demonio, porque te rige el Espíritu del Anticristo. Eres un falso Profeta y así debes ser tratado: como un embaucador de la Palabra de Dios. Contigo no hay parte en la Iglesia Católica porque, desde que te sentaste en esa Silla de Pedro, no has sido capaz de decir una VERDAD CATÓLICA. No eres capaz de dar una alegría al Espíritu. Sólo alegras vidas humanas, vidas sociales, vidas pecaminosas. Sólo ensalzas el pecado de muchos. Sólo das importancia a los que piensan como tú. Sólo vives para agradar al mundo. Tú vives tus verdades, tus libertades, tus sentimientos, tus necedades. Y enseñas a vivir el vacío de tu vida a muchas almas incautas, que sólo están en la Iglesia para que otros les acaricien, les den una palabra que los ciegue más en sus vidas. La ternura de tu palabra es la condenación para muchas almas. Por eso, tu orgullo no tiene excusa en la Iglesia. No hay que limpiarte las babas de tu boca; no hay que buscar una razón para callar tu herejía y para decir que aquí no pasa nada, que todo va viento en popa. Sólo hay que dar tus palabras en la Verdad del Evangelio para que tus mismas palabras te condenen.

El cisma en el gobierno horizontal

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El cisma está puesto dentro de la Iglesia.

Y nadie ha contemplado este cisma, porque no se vive de fe, sino de las cosas humanas, de la mente de los hombres, de sus obras, de su historia.

El pecado de Francisco, lo que marca su reinado en la Iglesia, su política en la Iglesia, su forma de gobierno, es la obra de su gobierno horizontal.

Eso sólo define lo que es Francisco y su paso por el gobierno de la Iglesia.

Y esto sólo es lo que nadie se ha dado cuenta; nadie ha meditado, ni siquiera la Jerarquía.

El gobierno de la Iglesia es vertical, no lineal, no horizontal.

Es un gobierno creado por Jesús en Su Iglesia. No es un gobierno de los hombres, de sus políticas, de sus economías, de sus visiones sociales o culturales.

El gobierno de la Iglesia es un orden divino, no humano; es de derecho divino, con sus leyes divinas, naturales, morales. Después, están las demás leyes de los hombres en la Iglesia; leyes eclesiásticas, normas litúrgicas y demás leyes que son necesarias para hacer cumplir ese gobierno divino.

El Vértice, en la Iglesia, está compuesto sólo por Cristo y Su Vicario. Eso es el Vértice. Después, están los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro, sometiéndose en todo a Pedro.

Y, en la obediencia a Pedro, los Obispos poseen autoridad divina; pero si desobedecen a Pedro, los Obispos no tienen ninguna autoridad de Dios.

La Autoridad, en la Iglesia, no es como la del mundo. En el mundo, la autoridad también es puesta por Dios, pero de otra manera. Y hay que obedecer a esa autoridad, siempre que no mande cosas en contra de la ley divina o natural.

Pero en la Iglesia, la Autoridad está puesta directamente por Dios. El Señor elige una cabeza, Su Vicario, y gobierna la Iglesia sólo con su Vicario. Y si falta el Papa, el Señor no gobierna nada.

Dios no se somete, en Su Iglesia, a un gobierno humano, como lo hace en el mundo. En el mundo, Dios deja obrar a los hombres y que ellos organicen sus políticas, sus economías, su vida social y pública.

Pero en la Iglesia, en Su Iglesia, el Señor gobierna sin la ayuda de ningún hombre, sólo a través de Su Pedro. Los demás, no deciden nada, no piensan nada, no obran nada.

En la Iglesia no hay autoridad humana en sí misma; existe sólo emanada de la Autoridad Divina. Es lo que el Papa quiere otorgar a los diferentes hombres para que realicen sus cometidos en la Iglesia.

Pero todo el Poder en la Iglesia reside sólo en un hombre: Pedro.

Y esto es muy importante para poder comprender el gobierno vertical de la Iglesia y el pecado del Papa Benedicto XVI.

A ningún hombre le gusta la obediencia a otro hombre. Por eso, siempre al Papa se le ha atacado de muchas maneras. Porque la soberbia de los hombres es manifiesta en todos ellos.

A los sacerdotes, a los Obispos, a los Cardenales, les cuesta obedecer al Papa porque son todos soberbios.

Con el pecado del Papa Benedicto XVI, con su renuncia, nadie gobierna la Iglesia. Si el Papa renuncia a ser Papa, entonces está diciendo que impide que el Señor gobierne la Iglesia a través de él. Jesús sólo gobierna la Iglesia con Su Vicario, en Su Vicario, mediante Su Vicario. Si éste se niega a realizar la misión que tiene en la Iglesia, el Señor no se pone en manos de los hombres, sino que, automáticamente se retira de las estructuras de toda la Iglesia.

Jesús no se va de Su Iglesia, porque la ha creado; sino de las estructuras que los hombres han inventado para obrar, en lo humano, la Iglesia, que es siempre una obra divina.

En el mundo, Dios no se mete en las estructuras humanas de los gobiernos; pero Dios manda obedecer a esas autoridades, en esas estructuras.

En la Iglesia, Dios sólo gobierna en Pedro; no en las estructuras que los hombres ponen para obrar ese gobierno. Una cosa son las estructuras, otra el Poder Divino que sólo se da a Pedro, no a las estructuras. En el mundo, los hombres tienen poder humano según sus estructuras; en la Iglesia, no se da eso.

El poder que tienen los hombres en las estructuras de la Iglesia viene del Papa, no de las mismas estructuras.

Por tanto, si el Papa renuncia, todos en la Iglesia se quedan sin autoridad divina. Quedan las estructuras humanas y un poder humano que ya no está avalado por Dios.

Por eso, las consecuencias del pecado del Papa Benedicto XVI son muy graves: nadie puede mandar en la Iglesia nada con Poder Divino. Si mandan algo, es sólo con un poder humano.

Si el Papa Benedicto XVI renunció, entonces no hay poder divino para elegir a otro Papa. Si los hombres se reúnen en Cónclave, ahí no sopla el Espíritu Santo. Y todo cuando haga ese hombre, elegido por los hombres, no por Dios, no pertenece a la Iglesia Católica. Lo hace con una autoridad humana, no avalada por la Autoridad Divina, con el Poder de Dios.

Esta Verdad es la que se debe comprender para poder discernir todo en la Iglesia. Si no se acepta esta Verdad, entonces pasa lo que vemos: todos siguiendo a un hombre, que ya ha dado muestras de que no tiene ninguna fe ni en Cristo ni en la Iglesia.

Y lo más grave es esto segundo: Francisco ha dado muestras de que no tiene fe; y muchos los siguen llamando Papa y dándole la obediencia. Esto es lo más grave, porque es señal de la apostasía de la fe dentro de la misma Iglesia Católica.

El pecado del Papa Benedicto XVI impide el gobierno divino en la Iglesia; pero el pecado de Francisco produce el cisma en la Iglesia.

Cisma significa ir en contra de una verdad de la Iglesia. El gobierno horizontal es ir en contra del dogma del Papado, ir en contra del orden divino en el Vértice. Y ese ir en contra es ya una obra consumada; no es sólo una desobediencia o una rebeldía. Durante 50 años, ha sido rebeldía de muchos sacerdotes y Obispos; ha sido desobedecer al Papa y hacerle la vida imposible. Pero, con el gobierno horizontal, es poner el cisma dentro de la misma Iglesia.

Los hombres se contentan con cualquier gobierno, como pasa en el mundo, y no caen en la cuenta de que la Iglesia es totalmente diferente al mundo, a los hombres, a la vida social, a la vida histórica, a la vida económica, a la vida de las diferentes culturas en el mundo.

Si al Papa Benedicto XVI ya no se le puede dar la obediencia porque ha renunciado a ser Papa, a renunciado a cumplir su misión en la Iglesia, mucho menos hay que darle la obediencia a un hombre que no guarda el dogma del Papado, al crear un nuevo gobierno en la Iglesia que se opone a todo; se opone, no sólo al Papado, sino a cualquier verdad, cualquier dogma, en la Iglesia.

El gobierno horizontal no guarda el depósito de la fe: está constituido por hombres (=sacerdotes, Obispos, Cardenales, laicos) que ya no creen en los dogmas, en las verdades de fe; en lo que hay que creer para salvarse y santificarse.

Si esos hombres que gobiernan una iglesia no tienen ley divina, ley moral, no cumplen los mandamientos de Dios, entonces ninguno de ellos trabaja para guardar la obediencia de la fe. Ninguno obedece a la Voluntad de Dios; todos obedecen a sus mentes humanas, a sus poderes humanos, a lo que cada uno quiere dentro de la Iglesia.

El cisma está ahí; pero no se da a conocer abiertamente, porque es necesario, antes, preparar los documentos, los escritos, las leyes, la nueva fe que debe regir las nuevas estructuras de la Iglesia.

Por eso, lo que predica Francisco, sus escritos, son una solemne tontería. No se pueden llevar a la práctica con unos dogmas en la Iglesia. Hay que desmantelar los dogmas, hay que anularlo todo, para obrar el comunismo y el protestantismo, que es la fe de Francisco. Por eso, Francisco sólo entretiene a las masas, pero en la práctica, ocultamente, se va preparando todo para pasar el relevo a otro, que comience a quitar dogmas.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha anulado todo el dogma del Papado. Y, con ello, anula todo lo demás. Pero eso no se puede percibir, porque todavía hay reglas, hay leyes, que las almas cumplen y que, por tanto, les sirve para guardar los dogmas.

El Anticristo no puede entrar en la Iglesia hasta que no se quite todo dogma. Muchos sacerdotes, Obispos, ya no creen en muchas verdades, pero todavía en la Iglesia se siguen esas verdades. Tiene que ser la Iglesia entera la que renuncie a todas esas verdades. Y eso sólo se puede hacer poniendo una nueva fe, un nuevo credo, unos nuevos libros, una nueva doctrina. Y en eso están. Y, por eso, es necesario salir de las estructuras de Roma, de toda la Iglesia, para seguir siendo Iglesia, la Iglesia Católica, la cual no vive de estructuras, sino de la Palabra del Pensamiento del Padre.

La Iglesia es de Cristo Jesús, no de ningún hombre, de ningún Papa, de ningún sacerdote, de ningún Obispos. La Iglesia le pertenece sólo a Jesús. Las almas son sólo de Jesús, no de las estructuras de la Iglesia. Y, por eso, Cristo Jesús es el que gobierna ahora, directamente, a cada alma en Su Iglesia.

Ya Cristo no gobierna por medio de la Jerarquía. No hay que obedecer a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal. Sólo se da la obediencia a aquellos Pastores que guardan íntegramente todo el depósito de la fe. A los demás, nada. Quien guarda la Verdad guarda también la obediencia. Pero quien no guarda la Verdad, no es merecedor de obediencia. La Iglesia es construida por la Jerarquía que guarda el depósito de la Fe; la Iglesia es destruida por la Jerarquía que se aparta del depósito de la Fe.

El cisma pronto se va a ver claramente, porque eso es lo que ellos desean. Esa Jerarquía que está en Roma sabe lo que está haciendo: no son tontos, pero tienen que disimular, poner cara de que aquí no pasa nada. Están dando tiempo al tiempo, entreteniendo a la gente, engañando a todo el mundo con vanas palabras. Ahora, todos en la Iglesia quieren mandar, decidir, decir lo que es bueno y lo que es malo; porque el poder se ha repartido. Y todos quieren una tajada. Y, por eso, se va a ver en cada diócesis comportamientos y obras muy diferentes; porque cada uno va a hacer su iglesia, como cada mente se la fabrica.

El Espíritu de la Iglesia está en el desierto. Y hay que ir al desierto para ser Iglesia, para continuar siendo Iglesia. Hay que ir saliendo de todas las estructuras. Esto es lo que la Jerarquía no acaba de comprender.

Los sacerdotes, los Obispos, tienen miedo de oponerse a ese gobierno horizontal, porque no viven la fe. Han dejado de creer en el dogma del Papado. Ya hace mucho que no creen en esa Verdad. Y se contentan con medianías, con acomodarse a lo que tenemos, a lo que se ofrece en Roma y, entonces, se meten, ellos mismos, en el juego del cisma. Producen, sin saberlo, el cisma en toda la Iglesia. Si ni batallan por la verdad en la Iglesia, siguen la mentira y obran la mentira.

Nadie ha luchado por Pedro en la Iglesia. Ahora tenéis lo que habéis querido: un hombre idiota que os entretiene y que os da dinero y poder. Y así os ata a su mentira.

Francisco es un rey bastardo en la Iglesia

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“soy el obispo de Roma y el Papa de la catolicidad. He decidido como primera cosa nombrar a un grupo de ocho cardenales que constituyan mi consejo. No cortesanos sino personas sabias y animadas por mis mismos sentimientos. Este es el inicio de esa Iglesia con una organización no vertical sino horizontal” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Este es el eje para poder discernir lo que es Francisco. Quien no analice esta frase en el Evangelio y no vea las consecuencias de este pensamiento de Francisco para la Iglesia, es un juguete de Francisco.

Cristo Jesús edifica Su Iglesia sobre Pedro. Y eso significa dos cosas:

1. El Papa es la unidad en la Iglesia, su fundamento, su base, su origen;

2. El Papa gobierna solo la Iglesia, sin ayuda de nadie.

Cristo Jesús edifica Su Iglesia en un Vértice, sobre un Vértice. Ese Vértice está compuesto de dos cosas:

1. Cristo Jesús, como Rey de la Iglesia;

2. El Papa, como Vicario de Cristo, Vicario del Rey.

Por tanto, quien gobierna la Iglesia es siempre Cristo, pero a través de Su Vicario.

Este Vértice produce una estructura exterior en la Iglesia. Eso significa que se da una Jerarquía en la Iglesia compuesta por: sacerdotes y Obispos. Unos y otros están bajo Pedro. Y no sólo bajo Pedro, sino bajo Cristo. Son dos obediencias distintas: una a la Verdad Absoluta, que es Cristo Jesús; otra, a un hombre que representa la Verdad Absoluta, que es el Papa.

Estas dos obediencias son una sola en el Espíritu. Fuera del Espíritu, son dos obediencias distintas.

¿Qué significa esto?

El Espíritu de la Iglesia lleva a cada alma a dar la obediencia a dos personas, pero que es una misma obediencia. Quien obedece a Cristo está obedeciendo al Papa; quien obedece al Papa está obedeciendo a Cristo.

En la Iglesia es necesario esta doble obediencia porque son dos personas distintas: Cristo y el Papa.

Cristo ha puesto su gobierno en dos obediencias, que sólo se pueden obrar en el Espíritu, no fuera del Espíritu de la Iglesia.

El Papa, como Vicario de Cristo, no tiene toda la Verdad que posee Cristo; sin embargo, posee la Verdad Absoluta y no puede apartarse de esta Verdad absoluta. Es el Espíritu de la Verdad el que lleva a cada alma a la Plenitud de la Verdad. Esa Plenitud sólo la tiene Cristo. Por eso, es necesaria la obediencia a Cristo en la Iglesia porque Él nunca se equivoca, nunca cae en el error, nunca renuncia a ser lo que es: Rey de Su Iglesia.

El Papa, al ser hombre, siempre puede caer y pecar, porque no posee el don de ser Inmaculado, como la Virgen María; pero sí tiene el don de la Infalibilidad. Por este don, que es un carisma, todo Papa exige obediencia de cada miembro de la Iglesia, cuando está enseñando la Verdad a la Iglesia, cuando conduce a la Iglesia por el camino de la Verdad, cuando obra en la Iglesia las obras de Cristo, que son las obras de la Verdad.

Un Papa, aunque peque, siempre se le debe obediencia. Obedecerle a él es obedecer a Cristo. Y no obedecerle es desobedecer a Cristo.

Fuera del Espíritu de la Iglesia, es imposible esta doble obediencia, porque siempre los hombres verán los defectos, los errores, los pecados del Papa y no se van a someter.

Sin el Espíritu de la Iglesia es imposible la obediencia en la Iglesia.

Un Papa verdadero nunca va contra de este Vértice. Este Vértice es el primer dogma en la Iglesia. La Iglesia es Pedro. La Iglesia está donde está Pedro. La Iglesia la forma, la hace Pedro. Sin Pedro no hay Iglesia; sólo quedan las estructuras exteriores, queda una Jerarquía sin cabeza; y, por tanto, queda una Jerarquía que no puede obedecer a Cristo, porque no hay Cabeza visible.

Entonces, el pecado del Papa Benedicto XVI es gravísimo. El Papa renuncia a ser Papa, renuncia a ser lo que es. Renuncia a ser la Iglesia. Renuncia a hacer la Iglesia, a formarla en el Espíritu. Y, en su renuncia, deja a toda la Iglesia sin obediencia, con un aparato exterior que no sirve para nada.

Consecuencia, quien se sienta en esa Silla de Pedro, ya es otra cosa, llámese como se llame, pero no es Papa.

Hay que tener en claro una cosa: Se es Papa hasta la muerte. Si no se parte de esta Verdad Absoluta, no se puede comprender el estado de la Iglesia en la actualidad.

Se es Papa hasta la muerte. Por tanto, no hay posibilidad de elegir un Papa si no ha muerto el que reina. No puede, en la Iglesia, coexistir varios Papas al mismo tiempo. Sólo hay un Papa verdadero. Y éste hasta la muerte. Los demás, no son Papas; son antipapas, falsos papas, anticristos, falsos profetas, etc.

Es muy importante aceptar esta Verdad Absoluta: Se es Papa hasta la muerte.

Por tanto, ahora mismo, el Papa verdadero es Benedicto XVI. Hasta que no muera, sigue siendo Papa. Pero, este es el problema: como él no quiere ser Papa, entonces no se le puede dar la obediencia. Y eso lleva una conclusión: en estos momentos, sólo se da la obediencia a Cristo, no al Papa Benedicto XVI.

Y eso lleva a otra consecuencia: no se puede dar la obediencia a ninguna Jerarquía porque no hay cabeza visible. Queda el aparato exterior, pero no hay obediencia ni a sacerdotes ni a Obispos.

Y esto sólo por el pecado del Papa Benedicto XVI.

Pero, en la Iglesia, hay otro problema, mucho más grave que la renuncia del Papa Benedicto XVI. Es el problema de tener un bastardo reinando la Iglesia.

El rey bastardo es el que usurpa el trono que le corresponde al hijo del Rey. Esto es Francisco.

Francisco no es Papa, sino un rey bastardo. Ha robado la Silla del Vicario de Cristo. Por tanto, se ha puesto él como rey. Cristo ya no es el Rey de la Iglesia en la mente de Francisco. Es Francisco el rey. Pero con una salvedad: es un rey absoluto, que se convierte en un dictador para los hombres, porque está es una posición en la que todos le rinden obediencia.

Al ser Francisco un rey bastardo, entonces ha puesto en la Iglesia su gobierno horizontal. Automáticamente, Francisco ha iniciado su nueva estructura de iglesia. Si Francisco no hubiera puesto el gobierno horizontal, la Iglesia de Cristo permaneciera en Roma; pero como ha puesto esa horizontalidad en el gobierno, lo que hay en Roma no pertenece a la Iglesia de Cristo.

Lo que pasa en Roma es una nueva iglesia, que tiene, ahora, las estructuras externas de siempre, pero que ya no representa la Iglesia de Cristo.

Francisco no representa a la Iglesia católica, sino a su nueva iglesia. Francisco no representa a Cristo, porque no ha sido elegido por Cristo a ser Pedro en Su Iglesia. Francisco representa a su mente humana y sólo a su concepción de lo que es Cristo y, por tanto, a lo que él piensa de lo que debe ser la Iglesia. Esa nueva iglesia la ha iniciado con su gobierno horizontal. El gobierno horizontal no pertenece a la Iglesia de Cristo. Es más se opone al dogma del Papado, a la Verticalidad; se opone al Papa, a Pedro en su misma esencia.

Esto trae una consecuencia para toda la Iglesia: si ya no se puede dar la obediencia a nadie en la Iglesia por el pecado del Papa Benedicto XVI, entonces no hay forma de obedecer ni a Francisco ni al gobierno horizontal que él ha creado. Y es más: es necesario luchar en contra, batallar contra, oponerse totalmente a Francisco y a su gobierno horizontal.

Nadie puede, en la Iglesia, exigir la obediencia a Francisco, porque sólo se obedece al Papa verdadero, que sigue siendo el Papa Benedicto XVI, guste o no le guste al propio Benedicto XVI.

Y nadie puede, en la Iglesia, exigir la obediencia a un gobierno horizontal porque ese gobierno no representa a Cristo en la Iglesia, sino sólo a sus intereses humanos, a sus ideales humanos, a la nueva iglesia que se crea con ese gobierno horizontal. Es Pedro quien representa el gobierno en la Iglesia. Y todos bajo Pedro en el Vértice. No todos bajo Pedro en la horizontalidad. Porque Pedro deja de ser Pedro en un gobierno horizontal. La esencia de Pedro sólo se puede obrar en el gobierno vertical. La esencia de Pedro se anula en todo gobierno horizontal. Y si se anula a Pedro, se anula la Iglesia y se construye una nueva iglesia.

Por eso, la situación en la Iglesia es muy grave.

En estos momentos, en la Iglesia hay una anarquía, un desgobierno muy fuerte en todas las diócesis que forman la Iglesia Católica. Queda una estructura exterior, queda una Jerarquía de la Iglesia sin cabeza, porque el Papa verdadero ha renunciado a ser cabeza.

Y esto gravísimo trae una elección por parte de todos los miembros de la Iglesia:

1. O se elige obedecer sólo a Cristo;

2. O se elige obedecer al gobierno horizontal, a la nueva iglesia, donde ya no es posible seguir a Cristo.

Cada alma en la Iglesia tiene que elegir si no quiere ser destrozada por la anarquía que reina en todas partes dentro de la Iglesia. O las almas se ponen en la Verdad Absoluta, que es Cristo; o las almas se ponen en la mentira, que es ir en contra de Cristo.

Entonces, viene la cuestión:

¿qué podemos hacer ante un Francisco y todo su gobierno horizontal?

1. No esperen que Francisco haga algo bueno por la Iglesia;

2. No esperen que Francisco pueda ver sus errores y así pueda enderezar la Iglesia hacia Cristo;

3. No recen para que Francisco tenga luz y pueda dirigir bien la Iglesia;

4. No recen por el gobierno horizontal para que pueda gobernar bien la Iglesia;

5. Tienen que rezar para que Francisco se vaya de la Iglesia: se vaya a un monasterio para expiar sus pecados y así pueda salvarse;

6. Tienen que rezar para que se destruya ese gobierno horizontal y se quite el impedimento que hay ahora sobre Roma.

7. Tienen que rezar para que se convierta el Papa Benedicto XVI y vuelva a ser Papa; porque es Papa hasta la muerte.

8. Tienen que hacer penitencia por tantos sacerdotes y Obispos ciegos, que no tienen vida espiritual y no saben ver la gravedad de lo que está pasando en la Iglesia.

9. No se puede dar la obediencia a nadie en la Iglesia. Sólo a aquellos Pastores que ven la Verdad, que hablan la Verdad, que guían en la Verdad y, por tanto, que saben oponerse a Francisco y a todo su gobierno horizontal. A los demás, no se les puede dar obediencia, pero se recibe de ellos los Sacramentos, porque para eso están: mientras crean en algo, dan a Cristo en los Sacramentos. Pero en cuanto empiecen a sacar nuevas reglas, nuevos credos, en los que se anule la Verdad, entonces ya ni siquiera eso.

10. No hay que ver las buenas obras de Francisco como obras de la Iglesia; son las obras de ese hombre en su nueva iglesia. Por tanto, todo aquello que sea bueno o santo en lo exterior, no pertenece a la Iglesia de Cristo. Si Francisco llegara a proclamar Santo a Juan Pablo II, eso no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino sólo a su nueva iglesia. Es una obra que hacen ellos para aguantar el chaparrón de todo lo que están viendo en la Iglesia y dar un contento a la gente que todavía espera algo de Francisco como Papa. Sólo el Papa Benedicto XVI está capacitado, tiene el poder divino, de proclamar santos en la Iglesia. Francisco hace eso con su poder humano, porque es un rey bastardo, se ha arrogado un poder que no ha recibido de Dios.

11. Todo en Roma es propaganda y publicidad hacia Francisco y a todo su gobierno horizontal. Todo está montado para hacer el juego a las mentiras que, constantemente, Francisco y los suyos predican. Y los sacerdotes y Obispos tienen que no someterse a ese juego y llamar a cada cosa por su nombre.

12. Ante esta situación creada por la misma Jerarquía de la Iglesia en Roma sólo queda un camino para seguir siendo Iglesia y para formar la Iglesia que Cristo quiere: salir de Roma, salir de las estructuras externas que la Iglesia tiene en cada diócesis, porque no se puede dar la obediencia a ningún hombre en la Iglesia. No se obedece la opinión de Francisco ni las diversas opiniones de los que forman el gobierno horizontal. No es posible dar la obediencia a aquel que está desestabilizando la unidad en la Iglesia con su comunismo, con su protestantismo con su fe masónica, que es el líder de una nueva iglesia, que es el bastardo de la Iglesia de Cristo y que se llama Francisco.

La situación en la Iglesia es muy trágica. Los hombres del mundo están con el pensamiento de Francisco, porque éste habla lo que ellos quieren escuchar. Francisco es del mundo, para el mundo, obra para adquirir una importancia en lo social, en lo político, en lo cultural, en la ciencia de los hombres. Pero Francisco no es de la Iglesia verdadera. Y nunca va a decir una Verdad bien dicha, porque no puede ponerse en la Verdad. Y eso es clarísimo: “Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Francisco sólo cree en las verdades relativas, las que cada cual adquiere con su pensamiento. Por tanto, no se puede poner nunca en la Verdad. Francisco es una veleta guiada por muchas razones humanas, por muchas doctrinas humanas, por muchos ideales humanos, que le llevan a adorar a muchos dioses en su vida. Al no creer en el Dios católico, busca su dios en su discurso, en su lenguaje humano, en su concepto del bien y del mal. Y, por tanto, abraza a todos los dioses que los hombres tienen en el mundo. E intenta reunirlos en uno solo: en su dios, que ha creado con su concepto de dios, del bien y del mal.

No esperen de Francisco una verdad ni, por tanto, la unión de la Iglesia en la Verdad. Él no puede dar la Verdad absoluta; él siempre habla una verdad y una mentira. Siempre encandena en sus discursos una verdad y una mentira. Siempre su lenguaje es si y no al mismo tiempo, porque pertenece al demonio.

Sólo esperen de Francisco la union de todas las iglesias, de todos los credos religiosos, en una mentira, en un error, en un pecado. Porque ése es el fin del diálogo que Francisco ha creado con su evangelio de la fraternidad: amar a todos los hombres por encima del amor divino, que exige la rectitud, lo moral, en cada uno de ellos. Francisco anula lo moral para imponer una misericordia sin verdad, apoyada sólo en un sentir humano, en un bien humano, en una obra humana.

Llevamos un año en que Francisco se ha paseado por la Iglesia con la mentira en su boca. Por tanto, el fruto de este año es:

1. Maldición en la Iglesia: ninguna bendición divina recae en el estado de pecado de toda la Jerarquía al elegir a un hombre para gobernar la Iglesia.
2. Justicia para la Iglesia: por el pecado de toda la Jerarquía, la Iglesia está expuesta a un castigo divino para purificarla de todos los males que vienen por ese pecado.
3. Daño irreparable en toda la Iglesia: las almas se condenan al negarles el camino de salvación y de santificación que da la Verdad del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia.

Y quien no vea así la situación de la Iglesia sólo se engaña a sí mismo. El cisma viene por Francisco; la herejía la da Francisco; el mal en toda la Iglesia es culpa de Francisco.

El gran pecado de la Jerarquía actual: su soberbia

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La verdad de la Iglesia sólo está en Cristo, que es el que la ha fundado. Por tanto, ningún hombre sabe construir la Iglesia.

Si no comenzamos desde este punto, entonces toda la Jerarquía de la Iglesia se inventa su iglesia, que es lo que vemos desde que Francisco se sentara en la Silla de Pedro: lo que importa es la opinión de los hombres en la Iglesia, pero no la Verdad de la Iglesia.

Es Cristo el fundador de la Iglesia. Y Cristo da Su Espíritu para que los hombres obren en la Iglesia lo que el Padre quiere. La Voluntad de Dios es la Obra de la Verdad. Quien hace lo que Dios quiere da sentido a su vida; pero quien va buscando sus propias voluntades, que son fruto de sus ideas, de sus opiniones, de sus puntos de vista, entonces su vida sólo tiene el sentido de su soberbia humana.

El problema de los hombres es siempre que no siguen al Espíritu de Cristo, sino que siguen a sus pensamientos humanos.

Éste es todo el problema durante 20 siglos de Iglesia: la soberbia humana impide hacer la Iglesia que Cristo quiere.

Y es sólo la soberbia humana, pecado que engendra otros muchos pecados y males en la Iglesia. El mal de toda la Iglesia es el pecado de soberbia de muchos sacerdotes y Obispos, que han perdido el norte de su vida espiritual y sólo se dedican a sus obras humanas en sus ministerios sacerdotales. Y eso lleva a toda la Iglesia a actuar como ellos; es decir, a construir una Iglesia humana, carnal, material, natural, pero cerrada todo bien divino y espiritual.

Si no se ataca, de forma conveniente esta soberbia, que todos los hombres tenemos, entonces hacemos de la Iglesia un lugar para nuestro fariseísmo: cada uno quiere imponer su idea de cómo hay que ser Iglesia y hacer Iglesia. Cada uno sigue su pensamiento humano, su lenguaje humano, su filosofía humana, pero nadie obra la Voluntad de Dios en la Iglesia.

La soberbia en el hombre es innata; es decir, todos nacemos con la soberbia original de Adán. Ese pecado de Adán se transmite a todo hombre y en todo tiempo. No hay hombre que no haya sido soberbio y que no haya querido imponer su idea en la vida de otros.

Sólo una Mujer nunca tuvo soberbia, porque fue engendrada sin el pecado de origen: en su concepción sin pecado original. Y sólo Dios podía hacer esto por los méritos de Su Hijo, que tenía que nacer, sin concurso de varón, en esa Mujer.

De la Virgen María nace Jesús; de la Mujer, el Hombre, que es el Nuevo Adán, un Hombre del Espíritu, porque es engendrado por el Espíritu en la Mujer.

Jesús no es un Hombre de hombre (de varón) y, por tanto, no es persona humana. Toda persona (en la naturaleza humana) es humana porque es engendrada de hombre y de mujer; es decir, tiene la misma naturaleza del hombre y de la mujer. Jesús es engendrado de Espíritu y de la Mujer; luego ya no es persona en la naturaleza humana, sino que hay que buscar su Persona en Su Naturaleza Divina.

Jesús tiene dos naturalezas; luego ya no es sólo hombre, ya no puede ser persona humana. Su naturaleza humana convive con la Naturaleza Divina.

Y, por tanto, Jesús es otra cosa: no sólo hombre, sino también Dios. Es un ser con dos naturalezas distintas, que no se confunden, pero que poseen una Jerarquía, un Orden, una Armonía en Jesús. Jesús sólo tiene la Persona Divina, que es el Verbo, engendrado por el Padre en el Espíritu. Y esa Persona Divina rige toda la naturaleza humana de Jesús.

Jesús, por tanto, no puede mirar a los hombres como éstos se miran unos a otros. Jesús no está para los hombres, no vive para los hombres, no obra como los hombres, no piensa como los hombres, no ve el mundo como lo ven los hombres.

Jesús, al ser Dios, mira lo humano con los ojos divinos. Y, por eso, puede entender todas las cosas del hombre. El hombre no se comprende a sí mismo, porque no tiene la visión de Dios. El hombre sólo comprende algunas cosas de él mismo y pocas del exterior. Y de Dios, el hombre no comprende nada o casi nada, porque Dios es Espíritu. Y el hombre sólo tiene un alma espiritual, incapaz de alcanzar el Espíritu por sí misma, si Dios no la ayuda.

Todo el problema de la Iglesia, actualmente, es contemplar a Jesús como hombre, como persona humana. Y, entonces, se tiene que negar lo que es Jesús y su doctrina en la Iglesia.

La Encarnación del Verbo es hacer de lo humano un ser divino, glorioso, distinto a todo lo humano. Por eso, Jesús viene con la Gloria del Padre; pero necesita despojarse de esa Gloria porque los hombres viven en el pecado, sin Gloria, sin vida espiritual, sin un fin divino. Y Jesús se despoja de Su Gloria y se queda pasible y mortal: puede sufrir y puede morir.

Y la Iglesia actual no comprende este despojo del Verbo Encarnado porque ha fabricado su Jesús, su visión de Jesús, del Mesías, del Reino del Mesías. Y, por eso, cae en el pecado de los fariseos, que es el pecado de los judíos de todo tiempo: esperar a un Mesías político, humano, terrestre, carnal, material, natural.

Este pecado es el de la Jerarquía de la Iglesia actual, la que está ahora en Roma gobernando una Iglesia que no le pertenece.

La Iglesia verdadera no está en Francisco ni en todo su gobierno horizontal. No existe en esa estructura que ha creado ese hombre, que se viste de Obispo, y que es sólo una caricatura de sacerdote, una figura enclenque de Papa.

Francisco no es Papa, sino un hombre, sin vida espiritual, que no sabe lo que es la vida de la Iglesia, que sólo se sienta en la Silla de Pedro para salir en el mundo, para aparecer ante el mundo como el que sabe lo que hay que hacer en la Iglesia.

Esto es la idea que ha recogido Francisco de la renuncia del Papa Benedicto XVI. El Papa verdadero se fue porque no encontraba un camino en la Iglesia. Y él sigue sin camino. Él sigue esperando algo de Francisco. Y éste su principal error, que viene de su pecado en la renuncia.

Un hombre inteligente como el Papa Benedicto XVI sabe lo que Francisco está diciendo. Y, sin embargo, calla. Es decir, comulga con los errores, con las mentiras, con las herejías, con el pecado de Francisco. Calla. Y esto es muy grave dentro de la Iglesia.

Muchos en la Iglesia han comenzado a hablar mal de Francisco y, por tanto, a actuar en consecuencia. Y ven la oposición que existe en la Iglesia cuando uno quiere ponerse en la Verdad: se comprueba que nadie quiere la Verdad. Todos están en la Iglesia para escuchar lo que ellos quieren. Y nadie está en la Iglesia para escuchar la Verdad y ponerla en práctica.

Es el pecado de soberbia, del fariseo que ya se cree santo porque cumple con unas normas o sigue unas estructuras en la Iglesia. Es el pecado de ver a Jesús como líder humano, líder político, líder para los hombres. Un líder que gusta a los hombres porque sigue, porque se adapta a las costumbres, a las culturas, a las ciencias de los hombres. Eso es sólo Francisco: un líder ideal para aquellos que hacen de su vida un cultura, una ciencia, un delirio social, un negocio, una empresa, una dedicación al bien humano.

Y el problema de todos estos hombres es que están cerrados al Espíritu. No pueden comprender lo que es la vida espiritual, lo que es la vida de la gracia, lo que es la vida divina en la Iglesia.

Dios ha dado Su Espíritu al hombre y, por eso, todo hombre nace con un alma, con un cuerpo y con un espíritu. Ese espíritu viene del Espíritu; no es una parte del Espíritu, sino un ser que se derrama en el hombre, que le hace tender hacia el Espíritu.

El espíritu humano es la capacidad que tiene el hombre para comprender la vida espiritual. Sin este espíritu humano, el hombre sólo se queda en su soberbia, que es el conocimiento que nace de su mente humana, que está en su alma.

El hombre piensa con su alma, con el entendimiento que su alma tiene. Pero el hombre, con su alma no abarca lo espiritual. Entiende cosas de la vida espiritual, de Dios, de los espíritus, pero no capta la esencia de todo eso.

Para captar lo espiritual como es, es necesario tener un espíritu; que es algo diferente al alma. El alma es espiritual, pero no es espíritu. La esencia del alma es espiritual, no es material. Y el alma, en esa esencia espiritual, se mueve hacia el espíritu, pero en un cuerpo, no en el Espíritu.

El hombre tiene deseos espirituales, ya por su alma, ya porque tiene un espíritu humano. Y cada hombre tiene que discernir sus deseos espirituales, porque muchos de ellos provienen de su naturaleza humana, no de Dios.

Cuando hablamos de la vida de la Iglesia estamos hablando de lo que quiere el Espíritu en la Iglesia, que es la Obra del Verbo Encarnado. Y, por tanto, no estamos hablando de lo que quieren los hombres, de lo que entienden los hombres, de lo que obran los hombres.

Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu y, por eso, no es fácil hacer la Iglesia como el Espíritu quiere.

Toda la dificultad de tantos sacerdotes y Obispos sólo está en su soberbia, en la que tiene cada uno en sí mismo. Y esa soberbia les hace quedarse en su alma y cerrarse al Espíritu.

Con el espíritu humano el hombre tiene la inteligencia divina para hacer las obras divinas en la Iglesia; con el alma humana, el hombre sólo posee su inteligencia humana, que es incapaz de hacer una obra divina en la Iglesia.

Por eso, todo hombre tiene que someterse a Dios, tiene que obedecer a Dios, en Espíritu y en Verdad.

La obediencia del hombre a Dios significa el sometimiento de su alma, de su entendimiento humano, al Entendimiento Divino. Y es un sometimiento absoluto, no relativo. Todo el hombre, todas sus ideas, todo sus conceptos de la vida tienen que someterse, inclinarse hacia Dios. Si el hombre tiene una idea que no se somete a Dios, que es distinta de lo que Dios tiene en su Pensamiento Divino, entonces el hombre cae en su soberbia.

Por eso, el mundo está lleno de ideas totalmente contrarias a lo que Dios tiene en Su Pensamiento. Y de ahí se conoce que el mundo no pertenece a Dios, porque no se quiere someter a Dios en las ideas que fabrica, que se inventa, que adquiere. El mundo será siempre del demonio, porque es el constructor de la soberbia, es el que se inventa la idea soberbia, la idea que está de moda en los hombres, que siguen los hombres, que buscan los hombres.

Una Iglesia que se olvida de combatir su soberbia en muchos consagrados hace de la Iglesia una estructura que no sirve para obrar el Evangelio. Roma ya no sirve para ser Iglesia ni para obrar la Iglesia. Es una estructura vieja, formada por la soberbia de muchos sacerdotes y Obispos, que sólo están en Roma para ganar dinero y para tener un puesto en la Iglesia. Francisco ha puesto una estructura nueva en lo viejo que estaba en Roma: su gobierno horizontal. Eso produce que Roma se hunda totalmente y en poco tiempo.

Lo que ha hecho Francisco es abrir las puertas de Roma al negocio del poder, como se comprende en el mundo. Todos, ahora, van a querer sentarse en la Silla de Pedro. Eso es ya el negocio que viene del gobierno horizontal. No se puede esperar de unos hombres herejes, que ya no creen en los dogmas, como son los que componen el gobierno horizontal, una verdad en la Iglesia. Es algo absurdo, es una ilusión creer que ese gobierno va dar solución a los problemas de la Iglesia. Eso no cabe en la cabeza cuando se vive la Verdad.

Las estructuras de la Iglesia en Roma, en la actualidad, son aptas para destruir toda la Iglesia, porque ya no existe el Vértice, una Cabeza Absoluta, que es el Papa. Por tanto, en el gobierno de esa estructura que hay en Roma está la maldición de toda la Iglesia.

Ni Francisco ni el gobierno horizontal representa a la Iglesia verdadera. Lo que hay en Roma es sólo una iglesia nueva, con lo externo de los 20 siglos de Iglesia. Pero su interior está corrupto en su raíz.

El gobierno horizontal no es un bien en la Iglesia, ni siquiera algo más o menos bueno dadas las circunstancias, sino que es una maldad en su totalidad. Poner un gobierno horizontal en la Iglesia es un pecado que no tiene perdón de Dios. Éste es el punto que muchos no comprenden.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia por haber puesto su gobierno horizontal. ¡Una maldición! Porque ese gobierno horizontal trae cualquier pecado y cualquier mal a toda la Iglesia.

Se gobierna la Iglesia estando Pedro solo, sin nadie, sin ayuda de nadie, sin colaboración de nadie. Es Cristo quien gobierna Su Iglesia, a través de Su Pedro.

Quien renuncia a ser Pedro, renuncia a la Iglesia: éste es el pecado del Papa Benedicto XVI. ¡Gravísimo pecado, que trae consecuencias desastrosas para todos en la Iglesia!

Y quien se pone como Papa sin ser llamado por Cristo a ser Pedro, atrae para la Iglesia sólo la Justicia Divina; es decir, no hay Misericordia para la Iglesia.

Si la Iglesia quiere hallar Misericordia a los ojos de Dios, tiene que enfrentarse a Francisco y a todo su gobierno horizontal. Esto es lo que muchos no acaban de comprender.

La Iglesia verdadera no es la que se ofrece en la iglesia de Roma, que dan las estructuras de Roma. Eso es sólo la nueva iglesia, la iglesia universal, la iglesia en la que todo vale, en la que está todo incluido, la que sirve para todo, porque ya no hay moralidad, ya no hay ética, ya no existe la Verdad.

La Iglesia verdadera está fuera de Roma, de sus estructuras, de esos hombres que se creen con poder y que sólo tienen una figura, una entelequia del poder del demonio. Es el demonio el que obra a través de ellos. Y sólo el demonio. Cristo no habla por bocas mentirosas, que engañan cada día, que no saben lo que es la vida de moralidad, la ley divina y la ley natural en la naturaleza humana, como es Francisco y todos los que los siguen y le aplauden sus claras herejías.

Cristo toma las bocas de los humildes, de los que son nada ante los hombres porque se pasan la vida luchando contra ellos, contra el mundo, contra el demonio, contra sus pecados.

Cuando la Iglesia se olvida de luchar contra su pecado, entonces se vuelve una maldición. Eso es el gobierno horizontal: en ese gobierno ya nadie lucha contra el pecado, sino que se lucha por conseguir una idea, una filosofía, una visión humana para anular el pecado, para decir que el pecado es un bien, un valor, un camino en la vida. Y así se inventan un lenguaje para decir que Dios perdona todo pecado y que sólo hay que buscar la manera humana de quitar males humanos para que Dios dé su perdón a todo el mundo.

Lo que hay en Roma es el fariseísmo puro: están cerrados al Espíritu. Se inventan todo en la Iglesia. ¡Todo!

La Iglesia sólo necesita de una estructura sin soberbia para que todo marche en el Espíritu. La estructura sin soberbia es muy sencilla, porque son las almas simples, dóciles, humildes, obedientes, las que la realizan.

No hay que inventarse una estructura para ser o para hacer la Iglesia. La estructura ya está puesta: en Pedro.

La Iglesia es en Pedro; la Iglesia se hace en Pedro. Si Pedro es obediente a Cristo, entonces todo funciona en la Iglesia. Pero si Pedro no obedece a Cristo, entonces nada funciona en la Iglesia.

Jesús puso a Pedro. De esa manera, edifica Su Iglesia. Su Iglesia es un organismo espiritual, sobrenatural; no es algo ni humano, ni material, ni natural, ni carnal. Necesita todo esto, pero sólo por exigencia del Espíritu, no por necesidad de origen.

Cuando Cristo funda Su Iglesia lo hace en la muerte de su humanidad. Su humanidad está muerta, no viva. Y, en la muerte de Cristo, tiene su origen la Iglesia.

La Iglesia no se funda antes de morir. Lo que hizo Jesús con Sus Apóstoles no era la Iglesia; era sólo la preparación de la Iglesia. Pero no existía la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.

Cuando muere Jesús en la Cruz, ahí nace la Iglesia. Nace en el Espíritu, no en la humano. No en la obra humana de Jesús; no en la vida humana de Jesús; sino en su muerte, cuando su alma ha abandonado su cuerpo.

Por eso, no hay que poner las estructuras de la Iglesia en nada material, nada humano, nada carnal. Sólo hace falta un alma humilde para sostener la Iglesia, para ser Iglesia, para formar la Iglesia.

La Virgen María, en la muerte de Su Hijo, sostenía la Iglesia recién nacida. Tenía a su Hijo muerto entre sus brazos. Y lo mostraba al mundo, en el Calvario. Estaba mostrando la Iglesia a todo el mundo, a toda la humanidad.

Y toda la Iglesia, en ese momento, era la Virgen María. Su Hijo, muerto; los Apóstoles, huidos; sólo San Juan, apoyando su dolor con su amor.

Y la señal de que la Iglesia nunca va a desaparecer es porque siempre está sostenida por la Madre, por el amor de los humildes, por la vida de los humildes, por las obras de los humildes.

Para ser Iglesia no hace falta ni ser rico ni ser pobre; sólo es necesario ser humilde; es decir, tener la soberbia a los pies de la Virgen; machacar nuestra soberbia para que ningún pensamiento humano, por más bueno y perfecto que sea, se ponga por encima del Pensamiento Divino.

En la nada de lo humano, nace la Iglesia; sostenida por una Virgen, por la Mujer sin soberbia, sin pecado original.

Y, por eso, allí donde hay pecado no está la Iglesia, no se sostiene la Iglesia, no se hace Iglesia.

Cristo ya ha puesto el camino para quitar todo pecado en la Iglesia: el Sacramento de la Penitencia. Eso es suficiente para no pecar más, para expiar todo pecado, para hacer la Iglesia que Dios quiere.

Pero es necesario la fe en la Palabra de Dios y la fe en la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Jesús y Su Iglesia son dos cosas diferentes: es necesario creer en Jesús, pero también es necesario creer en Su Obra, en Su Iglesia. Sin estas dos cosas, no es posible la salvación de los hombres.

El hombre no se salva porque crea en Jesús solamente; sino que es necesario, de forma absoluta, también creer en la Obra que Jesús ha edificado en Pedro.

Lo más difícil para los hombres es creer en lo segundo, porque en la Iglesia hay muchos hombres que parecen santos, que se visten de Cristo, pero que no son otros Cristos, que viven una vida humana y pecadora dentro de la Iglesia. Y, por eso, muchos pierden la fe en la Iglesia por andar mirando a los hombres que están en la Iglesia y que no viven lo que es la Iglesia.

En la Iglesia hay que mirar a solo Cristo y entender qué Él quiere de Su Obra, para realizarla por el camino que ponga el Espíritu. Y como los hombres no hacen esto, entonces, tenemos una iglesia en Roma para el hundimiento y al condenación de las almas.

Si alguien quiere salvarse, tiene que salir, de forma necesaria, de las estructuras de Roma. En Roma no está la Iglesia verdadera. Allí sólo hay un cisma que, dentro de poco, se volverá claro para todo el mundo.

Francisco: cismático y apóstata

Santisima Trinidad

«¿Acaso Cristo está dividido?» (1 Co 1, 1-17).

No, Cristo no está dividido; pero Francisco divide a Cristo.

Jesús es la Iglesia; luego, Francisco no es la Iglesia.

Jesús, que es la Verdad, es la Iglesia; Francisco, que predica la mentira, no es la Iglesia.

Jesús, que obra la Verdad, hace Su Iglesia; Francisco, que obra su mentira, crea su nueva iglesia.

La Verdad nunca ha cambiado. La Verdad es simple.

La Verdad es que en la Iglesia sólo se da el gobierno vertical. Esa Verdad no la cambia nadie, ni siquiera la mente de Francisco. Su pensamiento es su condenación. Él ha puesto el gobierno horizontal: eso condena a Francisco.¡Eso sólo! No hay que buscar otras herejías, que las tiene en abundancia cada vez que abre su maldita boca.

Francisco ha puesto un gobierno horizontal: automáticamente se ha ido de la Iglesia. Ha comenzado a crear su nueva iglesia; porque Jesús es la Iglesia.

La Iglesia ha sido fundada por Él. Y Él ha puesto un Vértice en la Iglesia. Un Vértice que nadie puede quitar. Aquel que se atreva a quitarlo queda excomulgado automáticamente. Su pecado le hace salir de la Iglesia.

Francisco ha divido a Cristo con su gobierno horizontal. Este gobierno horizontal es la obra de su pecado de orgullo. Es la obra que se opone a Cristo. Es una acción en contra de Cristo, que ha fundado Su Iglesia en un Vértice, en una Roca, en una Piedra.

Por este pecado de orgullo, Francisco recibe el nombre de anticristo. No es el Anticristo, sino uno de los anticristos, porque ha ido en contra de Cristo en una Verdad, que es el Vértice de la Iglesia.

Ese gobierno horizontal, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino a la nueva iglesia, fundada por Francisco en Roma, significa dos cosas:

1. un cisma encubierto;

2. una apostasía de la fe pública.

1. Cisma encubierto

Todo cuanto haga ese gobierno horizontal se aleja de la Verdad. Y esto de forma automática. Es decir, formalmente, las decisiones de ese gobierno son herejías, aunque sean buenas obras en apariencia, aunque sean santas en apariencia. Porque la Iglesia se gobierna con un gobierno vertical, no horizontal. Luego, lo que haga ese gobierno sólo sirve para la nueva iglesia; pero no sirve para la Iglesia de Cristo.

Jesús no gobierna Su Iglesia en un gobierno horizontal. Luego, ninguno de los que pertenecen a ese gobierno horizontal tiene el Espíritu de Cristo para gobernar la Iglesia. Ninguno de ellos. Es decir, no tienen el Poder de Dios para gobernar la Iglesia. Luego, sólo poseerán sus poderes humanos. Y, por eso, lo que hagan con esos poderes humanos es un cisma.

Francisco ha roto la estructura de la Iglesia. Ha metido a gobernar la Iglesia a Obispos y Cardenales que no han sido llamados por Dios para dirigir la Iglesia. Porque la Iglesia sólo loa dirige el Papa. Por eso, lo que ha hecho Francisco tiene el nombre de cisma.
Cisma significa: me voy de la Iglesia y pongo mi iglesia. Eso fue lo que hizo Lutero. Lutero lo hizo yéndose de Roma. Francisco lo ha hecho en la misma Roma.

Pero lo que ha hecho Francisco queda encubierto: éste es el error de Francisco. Su gran error, que será su gran caída.

Y ¿por qué? Porque no se puede predicar que Cristo no está dividido poniendo la división en la Iglesia.

No se puede predicar que hay que dar testimonio de la Verdad en la Iglesia obrando la mentira con un gobierno horizontal.

No se puede predicar que hay que ser dóciles a la Palabra de Dios, cuando él mismo es rebelde a esa Palabra.

No se puede predicar que Jesús es la Misericordia cuando él ha puesto el camino para condenar a las almas dentro de la Iglesia.

Francisco ha puesto un cisma y lo ha escondido, lo ha encubierto. Es decir, no se atreve a más, a romper con otras cosas. Tiene miedo. Sólo hay que ver sus últimas homilías. Dice cosas y no dice nada, porque sabe cómo está la Iglesia: en contra de él.

Francisco es un hablador. Y no más. Y un pésimo hablador. Su palabra no convence a nadie, pero sí hace mucho daño.

Francisco ha puesto un cisma en la Iglesia, una división clara. Pero tiene miedo de algo más. Y ¿por qué? Por su pecado de orgullo. Él ve la necesidad de dar un giro a la Iglesia, pero eso no es fácil. Él no tiene la fuerza para eso, porque no es inteligente. Es un cura de pueblo. Y no más, que entretiene a la gente. Y no más. Pero que no sabe en el lío que se ha metido.

El demonio sólo necesitaba a un Francisco para comenzar la ruina de la Iglesia. Cuando ya no le sirva, pone a otro, a uno más fuerte que Francisco.

2. Apostasía de la fe pública

Francisco predica una doctrina pública que es contraria a la doctrina de cristo: su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro. Dos cosas quiere Francisco:

a. unir a los miembros de la Iglesia en el amor fraterno, en la caridad;

b. meter en la Iglesia a los demás hombres que viven en sus pecados, en sus religiones.

Por eso, él predica la unión en la caridad, y se olvida de la unión en la verdad. Es más importante la caridad que la verdad. Por eso, se opone a la doctrina de Cristo, que es la doctrina de la verdad: Dios ama al hombre en la verdad, en la justicia, en la rectitud, en el orden moral, en el orden ético, en la ley divina.

a. Francisco propone su amor fraterno: Dios ama a todos los hombres y lo perdona todo en ellos por ser Misericordia. No se ve el atributo de la Justicia Divina, porque es un amor sin verdad, sin justicia, sin orden. Es un amor que hace del pecado algo que Dios no lo supera con Su Gracia. Por esos, él predica su doctrina de la Iglesia accidentada: cada uno con sus pecados se salva. Sólo hay que hacer bienes a los hombres, obras buenas humanas. Para Francisco, el amor fraterno está por encima del amor divino. La verdad se somete al hombre, a la cultura del hombre, al pensamiento del hombre. Por eso, para Francisco, no hay verdades absolutas, sino relativas: la verdad está relacionada con el hombre; la verdad se somete al hombre. Ya no es el hombre el que obedece a la Verdad. La verdad es como la ve el hombre, como la entiende el hombre, como la interpreta el hombre. Por eso, su doctrina del amor fraterno hace aguas por todos los lados. No sirve para unir a los hombres, en la caridad, porque no hay verdad que una. Cada hombre tiene sus verdades y el otro tiene que someterse a esas verdades, así no les guste, por un motivo de amor fraterno, de amor humano, de amor sentimental, de amor económico, de amor cultural.

b. Francisco propone a todos los hombres el diálogo, ya no la fe. Para salvarse hay que dialogar con todos los hombres. Así se alcanza la unidad que Jesús quiere en la Iglesia. Este error es de la mayoría de la Jerarquía. Sólo la fe produce la conversión del corazón. Si el alma no vive de fe, el alma sigue en sus pecados, en su vida humana, en su iglesia, en su religión, pero no accede a la Verdad, que es Cristo. Y, por más que se dialogue con los hombres que no posee la fe, que cree en algo, pero no creen en la Verdad, entonces eso no convierte a las almas.

Como Francisco no cree en la Verdad, entonces propone el diálogo para unir a todos los hombres en la Iglesia, con Cristo. Es una doctrina absurda, pero que muchos la siguen, porque no han comprendido la fe en la Palabra de Dios. Y, al no aceptar la Palabra de Dios en sus corazones, entonces, se inventan su fe, una fe humana, una fe en la que el diálogo es lo central para ser Iglesia.

Estas dos cosas de Francisco, que pertenecen a su doctrina, constituyen la apostasía de la fe pública de Francisco y de los que siguen a Francisco.

La apostasía de la fe significa algo más que separarse de la Iglesia. El cisma separa de la Verdad; pero el apóstata invita a caminar en su mentira. Predica una doctrina que es para condenar almas. Y lo hace abiertamente, de forma pública, sin oposición de nadie.

Esta es la gravedad de tener a un lobo sentado en la Silla de Pedro. Porque por ahí viene el engaño a muchas almas en la Iglesia que no disciernen nada, que se lo tragan todo, que les da igual quien está de Papa.

El daño que hace la doctrina de Francisco en la Iglesia es enorme: porque es una doctrina cismática y apóstata. Una doctrina que está revestida de cosas buenas y santas, pero que lleva, de forma inevitable, a la condenación de las almas.

Por eso, no se puede seguir a Francisco en nada. No es posible darle ninguna obediencia.

La Iglesia es Jesús. Y Jesús es la Verdad. Y la Verdad es la Gracia. El hombre no puede seguir a Jesús si no está en Gracia. Y estar en Gracia significa no estar en pecado, quitar el pecado, luchar contra el pecado. Porque la Gracia vence todo pecado. La Gracia transforma al hombre en hijo de Dios. La Gracia construye el Reino glorioso de Cristo en la Tierra.

La Iglesia está llamada a vivir los 1000 años del Reino Glorioso, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Esta es una Verdad que no se puede quitar de la Revelación. Y es una verdad que hoy día se combate, porque se quiere la felicidad humana, el progreso de los hombres, la paz entre los hombres, pero sin Gracia, sin el Espíritu de la Verdad.

Por eso, la Iglesia ha combatido a tantos profetas que han hablado sobre la Nueva Jerusalén, porque la Iglesia ya no tiene Fe en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en las palabras de los hombres, en las investigaciones de los filósofos, de los teólogos, de los científicos, de los técnicos, para decir que hay que vivir ese Reino glorioso en todo el espectro humano. Es el hombre, con sus avances, lo que lleva a construir ese reino.

Y esta es la esencia de la doctrina de Francisco: Francisco se apoya en todo lo humano para ser feliz en su vida. Ése es un gran error. Y, por eso, es un apóstata de la fe porque ama al hombre con locura. No puede amar a Dios porque no acepta la verdad del Pensamiento Divino. Sólo acepta las verdades que los hombres adquieren con sus inteligencias humanas. Por eso, él se opone a la Gracia; se opone a la Iglesia; se opone a Cristo. No se somete a la Verdad, entonces se somete a su mentira y hace de esa mentira su valor, su verdad, su bien, su derecho, su deber, en la vida.

Por eso, Francisco es cismático y apóstata al mismo tiempo. Vive su cisma y hace de la mentira el camino para muchos, y que éstos se pierdan para siempre.

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