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Bergoglio, en el ejercicio de su gobierno, es un hereje

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Se han cumplido dos años de una usurpación y de una dinamitación del Papado.

Este es el resumen claro de la obra de Bergoglio.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero dicen: el Papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje.

Al decir esto, incurren en una grave consideración de los hechos.

Si Bergoglio es hereje, es decir, sus errores o dudas en materia de fe no pueden encubrirse de ninguna manera; están ahí, todos lo pueden ver, leer, discernir… Entonces, por ser Bergoglio hereje, no pertenece a la Iglesia Católica, porque –como decía San Jerónimo- «los herejes fulminan la sentencia contra ellos mismos al apartarse de la Iglesia siguiendo su albedrío». O, como decía San Agustín: «… ¿para qué voy a estar diciendo que se separen de la Iglesia cuando ya lo han hecho? En efecto, son herejes; ya están fuera de la Iglesia».

Si «soy católico, no quiero ser hereje» (San Hilario).

Bergoglio es hereje. Luego, ya está fuera de la Iglesia. No puede gobernar la Iglesia.

Hay muchos que quieren ser herejes y seguir llamándose católicos.

Si se ve la manifiesta herejía de ese hombre, ¿por qué dicen que en su gobierno no hay herejía?

Aquel que viola la ley moral nunca, bajo ninguna circunstancia, puede probar, por la razón, tener razón. Lo que es inmoral nunca puede acabar siendo un gobierno correcto, una enseñanza verdadera, un camino de salvación y de santificación en la Iglesia.

¿Cuál es el ejercicio de gobierno de Bergoglio? ¿Cómo ejerce su gobierno en la Iglesia?

Lo ejerce en una estructura que no pertenece al régimen establecido por Jesucristo como esencial en la Iglesia. En una estructura que viene de una obra inmoral, de pecado.

Jesús puso a Pedro para gobernar la Iglesia; en otras palabras, puso un gobierno vertical en la Iglesia. Quien gobierna la Iglesia es una sola cabeza, un solo hombre, que no es igual entre muchos. Pedro es el principio del poder en la Iglesia. La autoridad que posee no la tiene nadie más en la Iglesia. Aquel que obedece a Pedro, posee esa autoridad, que dimana de él; pero aquel que no lo obedece, no puede poseer esa autoridad divina.

Bergoglio ha colocado un gobierno horizontal en la Iglesia: una estructura de muchas cabezas, en la que Pedro es uno entre muchos. Esas cabezas deciden el destino de la Iglesia. Ese gobierno horizontal no pertenece al régimen esencial de la Iglesia. Sino que va en contra de la propia esencia de la Iglesia. Ya la Iglesia no se levanta en una cabeza, sino en muchas. Poner un gobierno horizontal viola la ley moral, es un pecado, no sólo grave, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Ese gobierno horizontal es claramente inmoral en la Iglesia. Y, en consecuencia, quien ejerce ese gobierno da la herejía en acto. El ejercicio de ese gobierno es herético. Además, los que componen ese gobierno horizontal son hombres de herejía. Por lo tanto, tampoco pertenecen a la Iglesia. Están gobernando la Iglesia desde una estructura exterior a Ella: éste es el gran pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

¿Cómo es que muchos quieren apoyarse en ese pensamiento: el papa, en el ejercicio de su gobierno, no es hereje; cuando claramente no pueden probar que su gobierno sea correcto? Su gobierno no es el que quiere Cristo en Su Iglesia. No es el correcto. Es un gobierno de herejes y de manifiesta herejía.

¿Por qué dicen eso si están diciendo un absurdo?

Lo inmoral no es el fundamento del ejercicio de ningún gobierno. De un hereje no puede salir una verdad. De un gobierno de herejes no puede salir un gobierno de verdad en la Iglesia, una norma de moralidad, una Voluntad Divina.

Muchos argumentan así: como Bergoglio no ha dicho ex cátedra, es decir, no ha impuesto una norma, una ley, una doctrina que sea contraria a la ley de Dios, al Magisterio de la Iglesia… No ha impuesto su herejía a todos como una verdad, sino que solamente dice cosas que tapan la verdad, entonces lo tenemos como Papa verdadero y lo defendemos como el Papa.

A este absurdo están llegando muchos católicos: fieles y Jerarquía.

Y se olvidan de que el Papa sólo habla ex catedra para dejar sentado una verdad, para definir una verdad ya revelada y que toda la Iglesia la siga desde ese momento. Que esa verdad revelada sea una verdad dogmática.

Si Bergoglio es un hereje, ¿piensan que tiene capacidad de definir una verdad ex cátedra, una verdad dogmática? ¿Acaso un hereje puede hablar con la verdad?

¿Ven el absurdo al que llegan muchos, incluso tradicionales, gente que sigue la doctrina católica, y que no son tradicionalistas, pero que van perdiendo la fe?

Hablar ex cátedra sólo lo puede hacer un Papa legítimo, un hombre católico. Nunca puede hablar ex cátedra un hombre hereje. Muchos esperan eso para decir: Bergoglio no es Papa. Claramente, ellos mismos, se contradicen en su argumento.

Son como los tibios que dejan la confesión para antes de morir. Mientras no llegue la muerte, siguen viviendo en sus pecados.

Hasta que Bergoglio no diga, claramente, no lo publique, no enseñe en su magisterio que haya que tener otra fe distinta a la que se sigue en la Iglesia, entonces hay que tenerlo como Papa legítimo.

Llegar a este pensamiento es negar muchas verdades en la Iglesia. Además, ser Papa no se manifiesta en hablar ex cátedra, sino en gobernar la Iglesia en la Verdad: en la verticalidad, exigiendo a todos la obediencia a sus mandatos y enseñanzas.

Y ¿por qué la Jerarquía llega a este pensamiento?

Sólo hay una razón: tienen mucho que perder. El dinero, el trabajo, la comida, una casa, una fama, una gloria entre los hombres, un prestigio social… Y no quieren perder eso. Y, entonces, tienen que buscar un argumento, que no convence a nadie, ni siquiera a ellos mismos, en que se defienda al hombre Bergoglio y a su herejía. Hay que defender la figura que Bergoglio tiene en la Iglesia: a Pedro. Falsa obediencia a la figura vacía que representa Bergoglio.

¿Vais a defender a Pedro en la persona de un hereje? ¿Vais a defender la Verdad aceptando la herejía de un hombre sólo porque se sienta en la Silla de Pedro?

¡Cuánta demencia hay en toda la Iglesia.

No se puede probar, con la razón, que un hereje tiene razón. No se puede probar, con la razón, que Bergoglio es Papa. Un hereje nunca puede ser Papa. Un hereje nunca puede gobernar en lo correcto, en la verdad, sin la herejía. El ejercicio de su gobierno es, claramente, herético.

Bergoglio está violando la ley moral. ¿Por qué lo defienden con sus palabras, con sus razones, con sus argumentos?

¿Por qué quieren buscar un lenguaje humano adecuado para callar las manifiestas herejías de Bergoglio?

¿Por qué no quieren creer la sencilla Palabra de Dios: «aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema»?

¿Ya San Pablo ha dejado de ser guía en la Iglesia?

¿Ya un católico, de a pie, no tiene derecho de proclamar que  Bergoglio y su doctrina (su evangelio de la alegría, su falsa misericordia de las lágrimas) son  anatemas en la Iglesia?

Muchos están obligando a los fieles a decir que Bergoglio es Papa. Que es la autoridad de la Iglesia la que tiene que proclamar que Bergoglio no es Papa. Y hasta que esos jerarcas no lo hagan, hay que considerar, hay que llamar, hay que obedecer a Bergoglio como Papa.

Ya no sois como niños en la fe: ya no creéis como creen los niños: sin argumentos, sin teología, sin la ciencia del hombre. Sois como Santo Tomas: si no veo, no creo. Si una autoridad, en la Iglesia, no enseña (no proclama) que Bergoglio no es Papa, entonces no creo.

Muchos se han instalado en su clara soberbia y es lo que enseñan a su rebaño. No tienen las agallas de dar testimonio de Cristo a los demás. Creen que la Iglesia es un conjunto de borregos que deben unirse para defender a un hereje como su papa.

¿Cómo ve la Iglesia a Bergoglio?

Lo ve como un mensajero de un dios que no existe: el Dios de las sorpresas. Un concepto de Dios inventado por el lenguaje de los modernistas. Un concepto para un dios que cambia según la mente de cada uno. Ya no es un Dios que permanece en la Verdad, que enseña la misma Verdad, sino que es un dios que sorprende al hombre con cosas nuevas e inesperadas. Con este dios de las sorpresas, se acaba todo dogma, toda Tradición, se anula el Evangelio y los hombres se dedican a hacer su gran negocio en la Iglesia: el falso ecumenismo. Querer integrar a todos en una nueva iglesia ecuménica, universal, en la que las mentes de todo el mundo puedan participar. Incluso los ateos pueden creer en el dios de las sorpresas. Ellos, que no creen en dios, pueden reflejarse en ese concepto porque el dios de las sorpresas no es un dios religioso, que imponga una ley, una Voluntad a seguir, sino que es un dios de la mente del hombre. Cada uno se inventa su dios en su cabeza humana, con su lenguaje humano, con su idea filosófica. Y el ateo tiene en el dios de las sorpresas su no dios: el concepto de que dios no existe.

El falso ecumenismo es sólo la unión de las mentes de todos los hombres. No se unen las religiones, ni sus ritos, ni sus liturgias. Cada uno sigue con los suyo, pero abierto a la mente del otro, aceptando sus ritos, sus liturgias, participando de ellas, y haciendo unión con ellos sólo en la mente, en un lenguaje humano nuevo, con conceptos nuevos, inventados para esa iglesia ecuménica.

Para otros, Bergoglio es su sueño: su papa evangélico, es decir, la imitación de Lutero. Bergoglio es el nuevo Lutero para muchos fieles y gran parte de la Jerarquía. El pensamiento de Bergoglio es el que siguen muchos jerarcas. Quieren llevar el evangelio a la calle, al pueblo, a las culturas, a los problemas de los hombres, pero sin cambiar a los hombres, sin hacer proselitismo, dejándoles en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras, porque ya no se trata de dar una ley, sino un afecto, un sentimiento a los hombres. Ya ese papa evangélico tiene que acercarse al pueblo, al hombre, pero enseñando lo evangélico, es decir, una palabra amable, una palabra nueva, tierna, que guste al hombre, que la quiera escuchar el hombre, que regale los oídos del hombre. No se quiere a un papa que sea como todos los demás: imponiendo una doctrina. Se quiere un papa de gestos: que se vista pobremente, que hable sencillamente, que obre cosas que agraden a los hombres. Se quiere la figura de un papa pero sin el Espíritu de Pedro. No importa lo que diga ese hombre. Con tal de que lo diga que guste a los hombres, eso basta. Porque hay que estar con los hombres, con sus problemas, con sus vidas. Hay que dejar vivir a los hombres en sus erradas vidas y no decirles que van mal.

Por eso, muchos gustan de Bergoglio por su populismo: es un hombre del pueblo, del mundo, para los hombres, con los hombres, que sólo está preocupado por los asuntos de los hombres. Es lo que enseñaba Lutero que el poder de Dios está en el pueblo, no en la jerarquía: «a los cristianos no se les puede imponer bajo ningún derecho ley alguna». Esto es lo que enseña Bergoglio. Lo mismo. Los teólogos tienen que tener olor a pueblo. Los sacerdotes, con olor a oveja. No hay un mandamiento para cumplir: «Pero si uno piensa que la vida moral sea solamente ”hacer esto” y ”no hacer aquello” no es cristiano». Amar a Jesús no es cumplir una norma de moralidad, sino que es ser amado por Dios: «La moralidad cristiana es ésta: ¿Has caído? Levántate enseguida y continúa. Este es el camino. Pero siempre con Jesús». Siempre con Jesús, pero no con la doctrina que enseña Jesús. Es un Jesús para el pueblo. Si has caído, sigue en tu pecado. Levántate de tu caída, pero sigue en tu vida. Es un problema social tu caída, pero no es un pecado en tu alma. Es un problema que te hace caer, que te hace renunciar a la vida social, que es donde tienes que estar si quieres creer. Es el pueblo el que cree. Es la masa la que decide lo que es bueno y lo que es malo. Bergoglio es el hombre del mundo, el falso papa ideal para el hombre mundano. Es una figura vacía de la verdad, pero llena de todas las mentiras. La gente quiere ser pueblo. Que el pueblo tenga el poder, el conocimiento, la ley. Que del pueblo venga las leyes para todos los hombres. Muchos ven así a Bergoglio.

Por eso, para muchos estudiosos del Vaticano, Bergoglio ha traído no una época que cambia, sino un cambio de época. No es la historia del hombre que va cambiando, sino que es el cambio de la historia. Ya no se tiene a un papa católico, sino a un hombre que no es católico, pero que se le deja actuar como papa. Es el cambio de época. Ya la Iglesia tiene que asemejarse a los hombres, a sus tiempos, a su mentalidad. La Iglesia tiene que ser para todos los hombres. Tiene que ser de la época del hombre. La época en que el hombre se vuelve dios para sí mismo. Es la visibilidad de falsa iglesia del Anticristo. Ya se ven sus cabezas, sus miembros. Ya se ve el rol que manifiestan muchos porque se creen superiores a los demás hombres. Se creen dioses y con poder, con la sabiduría para cambiar la Iglesia, para romper con sus fundamentos más esenciales y hacer una iglesia totalmente nueva: refundar la Iglesia. Es el cambio de época: se necesita una nueva iglesia. Es el cambio de iglesia. Ya no es la Iglesia que cambia algunas cosas, sin cambiar lo esencial de Ella; es la iglesia que lo cambia todo, porque es el cambio de una época: la del hombre. Es la perfección de la soberbia del hombre, que nació en el Renacimiento, pero que sólo ha llegado a su culmen a finales del siglo pasado. Bergoglio es sólo el inicio de este cambio de época: el inicio de una falsa iglesia, que será el cuerpo místico del Anticristo.

Por eso, para los ciegos de la Jerarquía, que obedecen a Bergoglio como Papa, ese hereje se mueve en la normalidad del pensamiento del hombre: si vives como pecador, sigue en la obra de tu pecado. Bergoglio no cambia eso, sino que lo deja en lo de siempre, en lo normal. Bergoglio sólo ataca la doctrina católica, pero no ataca al pecador que vive su pecado y que ensalza, en la sociedad, su negro pecado. Es un papa normal para el mundo. Es la normalidad que se pide a un papa no católico, que no posee la fe católica. Y, por tanto, Bergoglio es oportunista: sabe dar a cada hombre lo oportuno, lo que desea, lo que busca en su vida. No es inoportunista: no cierra caminos, no señala dogmatismo. Es políticamente correcto en todas las cosas.

Muchos ven a Bergoglio como el que ha sembrado una iglesia y un mundo mejores. Son los que van buscando la novedad en la Iglesia, el placer, la felicidad en todas las cosas. Les llega la frase de ese hereje: «el camino de Jesús es la felicidad». Es lo que mucha Jerarquía está sembrando en el rebaño: ya no les hablan de la Cruz de Cristo, sino de la felicidad de la vida. Es el nuevo Paraíso, que viene con el cambio de época. Y es lo que va a predicar el Anticristo: un mundo nuevo, feliz, en el que todos tienen de todo, y en donde ya no hay enfermedades. El Anticristo va a curar a muchos, va a hacer muchos milagros para que todos lo sigan, fabriquen un nuevo paraíso en la tierra. Hagamos un mundo mejor con las obras del pecado de todo el mundo. Hagamos una iglesia mejor con las herejías de todo el mundo. Esto es lo que la Jerarquía busca, lo que ellos quieren para el Rebaño.

Después de dos años, la Iglesia ha caído en la degeneración más absoluta.

Un demente, no sólo un hereje, guía a la Iglesia.

Y hay que llamarlo demente. Si eres teólogo recto y has estudiado los escritos de Bergoglio, te habrás dado cuenta de que no tienen lógica humana. Ni siquiera tienen  la lógica de un Kant, de un Hegel, en que uno puede seguir su lógica errada y llegar a algo concreto en el error. Con este hombre, no hay manera de llegar a una concreción. Es todo una demencia. Y sólo por una cosa: Bergoglio no es intelectual, sino un hombre que resume, que sintetiza el pensamiento de otros hombres intelectuales, para expresarlo a su manera, en su jerga. Por eso, Bergoglio es un auténtica demencia como hombre intelectual

Y en manos de este demente está toda la Iglesia.

¡Qué gran castigo viene para todos!

Es la última hora

obisposcondenado

«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

Bergoglio: ese hereje que gobierna en Roma

sinmoral

Bergoglio es un hereje que está gobernando en Roma sin la ley de Dios: «Un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios, pero que ame también las sorpresas de Dios, porque su ley santa no es un fin en sí misma» (Misa Santa Marta – Lunes, 13 de octubre del 2014 – L’Osservatore Romano, 17/10/2014, pág 19).

Si la ley santa no es un fin en sí misma, entonces todo está regido por el azar, por las sorpresas, por el fin que cada hombre se inventa con su mente humana.

El fin de la vida humana es procurar lo que cada uno quiere: placer, felicidad, dinero, ambición de poder, etc… Nada se obra por un fin en sí mismo. No hay una causa para obrar, sino que todo es las sorpresas de Dios: el azar. Es el epicureísmo de Bergoglio.

«Yo soy Dios desde la Eternidad, y lo soy por siempre jamás. Nadie puede librar a otro de Mis Manos; lo que hago Yo ¿quién lo estorbará?» (Is 42, 13).

La Eternidad de Dios es el fundamento de todo lo temporal, de todos los días, de todos los años, de todos los siglos. Si Dios no es desde la eternidad, nada es, ni aun pudiera ser; si Dios no vive por una eternidad, nada puede durar siempre, sino que todo es temporal.  Dios tiene un fin eterno en su vida eterna. Dios obra por ese fin eterno. Y esa obra es el principio y el fin de todo hombre.

Nadie puede librarse de Dios, del orden que Dios pone al hombre, de la Ley que Dios da al hombre, de los fines que Dios pone a los hombres en sus vidas.

«Yo soy el primero y el último…y tengo las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1, 18). Es Dios quien decide en la vida de cada hombre, el que pone el fin a la vida de cada hombre. No es el hombre el encargado de poner fines, objetivos a su vida. Todo está en las manos de Dios. La vida de cada hombre, aunque sea un demonio, aun del mismo Lucifer, depende de Dios, del fin que Dios ha puesto a esa vida.

Nadie se puede librar de la Ley Eterna. Nadie. Nadie puede estorbar la Mente de Dios. Nadie.

La Ley divina es el dictamen de la Razón Divina, que ordena todo el universo a un fin divino: «toda la comunidad del universo está gobernada por la Razón Divina» (Sto. Tomas – I-II, q.91.a1). No es un azar, no es una sorpresa.

Si se dice que la ley de Dios no es un fin en sí misma, estamos diciendo que Dios no existe, que Dios no tiene Ley y que la ley Eterna no se puede dar.

Si la ley santa no es un fin en sí misma, Dios, cuando obra no tiene un fin en ese obrar. Dios obra sin fin, es decir, como un loco. Un Dios sin un fin en sus obras no existe.  Se está diciendo que Dios lo deja todo al azar, a las sorpresas.

La Ley Eterna es la Voluntad Divina, que quiere algo de manera necesaria y desde toda la eternidad. Y lo obra para que las criaturas funden sus vidas en guardar el orden de la Sabiduría divina, que ha sido puesto por Dios desde toda la Eternidad. Y cada cosa que existe esta ordenada a sus propios fines. Nada hay que inventarse. Nada es al azar. No hay una ausencia de casualidad. Hay una causa por la que se obra y unos efectos de esa obra.

«El fin del gobierno divino es el mismo Dios y Su Ley también se identifica con Él» (Sto. Tomas – I-II, q.91.a3). Dios y Su Ley Eterna son una misma cosa. Por consiguiente, la Ley Eterna no se ordena a otro fin que a sí misma: es un fin en sí misma.

Bergoglio, en esta clarísima herejía, se ha cargado a Dios totalmente. Vive al azar, buscando con la prudencia de la carne una vida para lo humano, una vida sin un fin sobrenatural: es todo una sorpresa. Es todo un azar. El fin del hombre ya no es Dios, ya no es la bienaventuranza divina, ya no es la santidad, sino una sorpresa en la vida.

¿Por qué obedecen a un hombre sin Dios, sin Ley, sin Verdad, sin camino en la Iglesia? ¿Por qué?

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia está tan ciega que no puede ver lo que un niño ve, lo que un alma sencilla puede contemplar?

¿Cómo es que hay tanto fiel en la Iglesia, tanto católico que ha hecho de Bergoglio un talismán en la Iglesia, un ídolo de carne y hueso, un santo lleno de herejías diarias?

Y ¿cómo resuelve este hombre lo que propone, la locura de su mente, el desvarío de su inteligencia? «es un camino, es una pedagogía que nos lleva a Jesucristo» (Misa Santa Marta –  Lunes, 13 de octubre del 2014 – L’Osservatore Romano, 17/10/2014, pág 19). Es decir, la ley divina es un camino: no es un gobierno de Dios. No es algo que Dios ha ordenado, que Dios ha promulgado. No es la revelación de la Mente de Dios. No viene de la Palabra de Dios, que es Eterna. No es necesaria la existencia de una ley divina, porque hay un camino, hay una pedagogía, hay una enseñanza que el hombre obra para llegar a Jesucristo.

Los doctores de la ley se «habían olvidado que eran un pueblo en camino» (Ib.): no era un pueblo gobernado por Dios. No; “Dios no existe” (9/10/2014). Existe mi concepto de Dios: tres personas. Pero no puede darse el Ser Absoluto de Dios. Por tanto, el pueblo iba en camino, y claro: «cuando uno está en camino, se encuentra siempre cosas nuevas, cosas que no conoce» (Ib.), cosas que el hombre, con su gran inteligencia va desarrollando, va descubriendo, va dividiendo y dividiendo la verdad.

Las cosas nuevas de Bergoglio: el dogma ya no existe, porque el dogma es ley Eterna. Y ésta no es un fin en sí mismo: no existe. ¡Cosas nuevas! Este «camino no es absoluto en sí mismo, es el camino hacia un punto: hacia la manifestación definitiva del Señor» (Ib). Nada hay absoluto en las sorpresas de Bergoglio, en sus cosas nuevas, en su enseñanza en la Iglesia.

Cristo como Camino no es absoluto en sí mismo: «Yo soy el Camino». Esta Palabra de Jesús no es absoluta. Es algo relativo, es algo que los hombres pueden interpretar como quieran en sus mentes.

No es un camino que tenga un sentido moral y que indique una regla para las acciones del hombre. No; es un camino hacia un punto: «la vida es un camino hacia la plenitud de Jesucristo» (Ib).

Ya la vida no es Jesucristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

«Jesucristo es el Camino del Cielo, que está patente a nuestra vista por el ejemplo de Su Vida, y por sus Misterios. Jesús es la Verdad, que alumbra nuestro espíritu con Su Palabra. Jesús es la Vida, que alienta nuestra Voluntad para unirla con Dios por Su Gracia» (S. León Magno).

Para Bergoglio, la vida es un camino hacia Jesús. ¡Anatema sea Bergoglio!

Jesús es el Camino por sus méritos. Bergoglio dice: que los hombres vivan sus vidas y así caminen según sus propios méritos humanos. Que los hombres no se fijen en los méritos de Jesucristo, en la Gracia que Cristo ha conquistado a todo hombre para que pueda salvarse, para que pueda poner un fin divino a su vida. Que los hombres no caminen por el mismo Camino, sellado por los méritos de Jesucristo, que es Jesús. Que cada hombre haga su camino para llegar a un punto. Que ningún hombre se fije en la muerte ni en la sangre de Cristo. Que nadie vea la Cruz de Cristo, sino que todos contemplen al Resucitado, que viene en Gloria:

«”esta generación pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás”; es decir, el signo de la resurrección, de la gloria, de esa gloria escatológica hacia la que vamos de camino»(Ib.)

¿Cuál es el signo de Jonás? La Justicia Divina, el castigo: «Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez» (Jon 2, 1b). Signo claro de cruz, de penitencia de castigo, pero no de resurrección. Sino clarísimo. Y cuando Jonás fue liberado de ese pez, se puso a predicar la conversión, la penitencia. Y, por esa predicación, la gente de Nínive se puso a hacer penitencia por sus grandes pecados y «vio Dios lo que hicieron, convirtiéndose de su mal camino, y arrepintiéndose del mal que les dijo que había de hacerles, no lo hizo» (Jon 3, 10).

Bergoglio ha anulado las Sagradas Escrituras y las interpreta según su novedad, según el concepto que tiene de Dios: «muchos de sus contemporáneos estaban cerrados en sí mismos, no abiertos al Dios de las sorpresas» (Ib). No habla de la penitencia, del camino moral, de la norma de moralidad, de la ley del pecado, de la ley de la gracia, sino que sólo habla del Dios de las sorpresas, de la vida de los hombres puesta al azar. En el camino de la vida «se encuentra muchas cosas nuevas».

La novedad de caer siempre en la misma piedra, por no obedecer la Verdad, por no hacer la Voluntad de Dios, por desobedecer la ley de Dios. El hombre siempre tropieza en la misma piedra: el culto a su mente humana. Es algo que no cansa. Es novedad siempre. Siempre el hombre se inventa un camino nuevo para tropezar en lo mismo, en lo viejo, en lo de siempre.

Bergoglio se ha puesto por encima del mismo Dios: es un pecado de orgullo, como el de Lucifer. No es nada nuevo. Es lo viejo. Pero lo nuevo es su forma de caer en este pecado de orgullo. La manera de estar en la Iglesia gobernándola sin que nadie diga nada, sin que tenga oposición real. Todos le dejan, cada día, decir sus grandes barbaridades…y aquí no pasa nada… Su pecado de orgullo conlleva una oscuridad en su mente, con la cual, gobierna a muchos en la Iglesia. Bergoglio es un ciego que guía a muchos ciegos hacia la oscuridad más total.

Muchos se dejan gobernar por este maldito. Y hay que decirlo con todas las palabras: ¡Bergoglio es un maldito! Esto, para muchos, no es un lenguaje correcto. No gusta al católico de hoy esta expresión.

¿Acaso no dice la Escritura: «Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis» (Rom 12, 14)? Entonces, ¿hay que decir que Bergoglio es un bendito porque no cree en Dios, porque ha anulado la ley eterna, porque gobierna la Iglesia sin ley, sin moral? ¡Bendito seas Bergoglio porque llenas estómagos de la gente en la Iglesia! Es claro, que no se puede decir esto. Una obra buena no justifica los medios pecaminosos que se han buscado para hacerla.

Aquí no se trata, aquí no se habla de defender nuestros derechos en la Iglesia: queremos una cabeza que diga la verdad. No; no se trata de esto. Si Dios ha permitido este gran desastre en toda la Iglesia, Justo es Él. Pero esa Voluntad de Dios, que es un fin en Sí Misma, no significa tratar a Bergoglio como un santo, como un justo, como un hombre bueno, como un bendito: no hablamos de devolver un mal por otro mal. No estamos insultando a Bergoglio cuando le decimos que es un maldito; sino que estamos definiendo la esencia del alma de Bergoglio.

¿Quién es Bergoglio? Un maldito en su alma. Un alma que no conoce a Dios, que no sigue su ley, que gobierna la Iglesia con claras herejías, no es un alma bendecida por la gracia, sino maldecida por el demonio, comprada por el mismo demonio en la Iglesia.

El alma de Judas era maldita, pero el pecado de Judas no es el pecado de Bergoglio.

Judas pecó contra el Hijo del hombre y, por tanto, podía ser perdonado: «Todo el que profiere una palabra contra el Hijo del Hombre, perdonado le será» (Lc 12, 10a). Judas nunca aceptó la Palabra de Verdad que salía de la boca del mismo Jesús. Judas se opuso a la Verdad de la doctrina de Cristo. Judas nunca aceptó la Verdad que Cristo enseñó a Sus Apóstoles. Judas nunca obedeció la Mente de Su Maestro, que es la Mente de Dios. Judas nunca se sometió a esa Verdad Divina, a esos dogmas que Cristo promulgó a Sus Apóstoles. Judas traicionó a Su Maestro con un beso, por unas monedas, por una gloria humana. La Iglesia, cuando Judas pecó, todavía no había nacido. Nació en el Calvario. La traición de Judas a Jesús fue antes: fue lo que llevó a Jesús a la muerte en Cruz.

Pero el pecado de Bergoglio no es contra la Verdad, sino en contra de la obra de la Verdad, que es la obra del Espíritu en Su Iglesia. El pecado de Bergoglio es una blasfemia contra el Espíritu Santo, de la cual no hay perdón: «aquel que blasfemare contra el Espíritu santo, no le será perdonado» (v. 10b).

Jesús ha puesto en Su Iglesia una Obra del Espíritu: Pedro, la Sucesión de Pedro. Se es Papa en la Iglesia Católica porque el Espíritu lo obra. No son los hombres los que obran esa verdad.

Y se es Papa en la Iglesia en una verticalidad, en un Vértice: el gobierno vertical es la obra del Espíritu en la Iglesia, es la obra de la verdad.

¿Qué ha hecho Bergoglio? Ponerse como Papa y poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo. Y, por eso, el alma de Bergoglio está maldita: no puede ser perdonada de ese pecado.

Lo único que puede hacer Bergoglio es morir. Lo demás, es condenación. Ya viva haciendo el bien o el mal, eso ya no importa. Bergoglio vive con un alma negra, que ha elegido, por sí misma, el infierno. Bergoglio es la cabeza negra de la Iglesia. Y el mismo Jesús, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, tiene las llaves del infierno de Bergoglio.

«Porque la ira de Dios se manifiesta del Cielo contra toda impiedad e injusticia de aquellos hombres que detienen la verdad de Dios en injusticia» (Rom 1, 18).

Bergoglio detiene la Verdad de Dios: el Papado, el Papa en el Vértice, el gobierno vertical en la Iglesia; en injustica, en una obra injusta: su gobierno horizontal

Dios castiga a los malditos. Dios castiga la impiedad y la injusticia de Bergoglio en la Iglesia. Y la castiga, castigando a toda la Jerarquía, que está impedida para ver lo que es Bergoglio. Está oscurecida. Está embobada con el lenguaje blasfemo de este hombre.

Bergoglio está fuera de la verdad y, por tanto, lleva a toda la Iglesia fuera de la Verdad. Bergoglio no tiene ninguna fe: sólo manifiesta su fe masónica, su fe humana, su idea maquiavélica de lo que tiene que ser un gobierno en la Iglesia. Bergoglio detiene la Verdad Divina: la divide, la pisotea, la anula. Y, por tanto, hace surgir la mentira, el error, la oscuridad, el caos: la injusticia. Y un injusto no puede ser bendito.

Dios ha abandonado el corazón de Bergoglio para que siga sus deseos depravados, para que siga cometiendo obras de injustica y de impiedad en la Iglesia, en ese gobierno que tiene en Roma y que no es de Dios. Por tanto, ¡Bergoglio es un maldito! Su alma está maldita, condenada, sin posibilidad de salvarse, de ser perdonado.

¡Qué duras son estas palabras para los hombres de hoy! Para esos hombres que, después del Sínodo, han aplaudido a Bergoglio y le siguen obedeciendo en su herejía contumaz. ¡Qué duras! Todos quieren dar a Bergoglio palabras cariñosas, demostrarle su amistad como hombres, no faltarle el respeto como ser humano, a pesar de su gran herejía. Sí, es un traidor, pero es un buen traidor; sí, es un hereje, pero es una buena persona hereje. Es un buen hombre. Y eso es lo que importa: que sea un buen hombre.

Todos esos católicos no pueden comprender lo que se dice aquí. No pueden, porque están escuchando las palabras de un mentiroso, de un hombre que ha pecado contra la obra del Espíritu en la Iglesia, contra la obra de la Verdad. Ya no es el pecado contra Jesús, contra su doctrina. Es obrar en contra de la Obra del Espíritu en la Iglesia. Y eso es condenación segura. Un hombre que ha blasfemado contra el Espíritu para levantar una nueva iglesia sentado en el Trono de Dios: esto es una abominación.

Lutero se fue de la Iglesia para fundar su iglesia. Bergoglio se queda en la Iglesia para levantar una abominación, algo que no puede encontrar salvación en Dios.

Bergoglio se sienta en el Trono de Dios y dice: Dios no existe. ¿Entonces? ¿Es un buen hombre? ¿Hay que obedecerle? ¿Hay que decir: gracias, Dios mío, por este Sínodo en donde hemos visto el cisma en la Iglesia, la profunda división que hay en la Iglesia?

La obra de Lutero no es abominable, porque las personas pueden salvarse si dejan sus errores. Fue una obra en contra de Jesús, de su doctrina.

Pero en la obra de Bergoglio no hay salvación porque se va en contra de toda la Verdad. No sólo de una parte: de toda. Porque la Iglesia tiene toda la Verdad. Y, para estar en la Iglesia, para gobernarla, se necesita un gobierno vertical. Quien quiera gobernarla de manera horizontal obra una abominación: imposible salvarse para aquellas almas que den su mente, que obedezcan las obras de este gobierno horizontal. Imposible salvarse. Se obra en contra del Espíritu, de Su Obra en la Iglesia. ¿Pretendes salvarte si la Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra de los hombres? ¿Todavía quieres salvarte obedeciendo a Bergoglio? No se puede. Sólo en la Iglesia Católica hay salvación. Fuera de Ella, en el gobierno de Bergoglio, no hay salvación. El gobierno horizontal no salva, sino que condena de manera absoluta. No hay misericordia para aquellos que estén en ese gobierno

¡Qué pocos católicos conocen su fe católica, su Iglesia, a Cristo en Su Iglesia! ¡Qué pocos!

Dios «dará a cada uno según sus obras…a los contumaces, rebeldes a la verdad, que obedecen a la injusticia, ira e indignación. Tribulación y angustia sobre toda alma de hombre que obra el mal…» (Rom 2, 8-9a).

Clamando en el desierto: Bergoglio no es Papa

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En el lugar santo está la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel:

«A su orden se presentarán tropas que profanarán el Santuario y la Fortaleza y harán cesar el Sacrificio Perpetuo y alzarán la Abominación Desoladora» (Dn 11, 31).

Bergoglio es el inicio de esta abominación que llevará a su perfección el Anticristo: «el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (1 Ts 2, 4).

Bergoglio es abominación: está sentado en el lugar santo, en la Silla de Pedro. Y no es Su Silla. La ha usurpado y ha empezado a profanarla. No le pertenece, porque Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

¿Y por qué no es el Papa? ¿No ha sido elegido por los Cardenales? ¿No renunció el anterior Papa y dejó la Sede Vacante?

Por muchos caminos, se puede demostrar que Bergoglio no es el Papa.

Pero hay uno que todos pueden ver: su obra de herejía pertinaz y su obra cismática. Todos la pueden ver, pero nadie la quiere ver.

Si Bergoglio fuera el Papa de la Iglesia Católica, entonces la gobernaría según el dogma del Papado, es decir, según un gobierno vertical: la Iglesia es una monarquía en el gobierno; una sola cabeza que reina en todos y a la que todos tienen que obedecer.

La Iglesia es Jerárquica, no es carismática, no es una democracia, no es una congregación en donde todos realizan un servicio y son responsables en conjunto sus miembros, no es un suceso en el cual todos realizan un acto de fe y así gobiernan todas las cosas.

La verticalidad en la Iglesia le viene por haber sido instituida como sociedad jerárquica: “Si alguno dijere que la Iglesia instituida por Dios es a manera de una sociedad de iguales; y que los Obispos tienen ciertamente un cargo y un ministerio, pero que no tienen propiamente una potestad de gobierno, que les competa por ordenación divina.., sea anatema” (C. Vaticano 1- Esquema I, canon 11)

“Si alguno negare que en la Iglesia ha sido constituida por ordenación divina la Jerarquía… con potestad de orden y de jurisdicción…, sea anatema”. (C. Vaticano 1 – Esquema II, canon 3:

«La fundación de la Iglesia como sociedad se ha efectuado, contrariamente al origen del Estado, no desde abajo hacia arriba, sino desde arriba hacia abajo; es decir, que Cristo… no ha confiado a la comunidad de los fieles la misión de ser Maestro, de ser Sacerdote y de ser Pastor…sino que ha transmitido y comunicado a un colegio de Apóstoles, que Él mismo ha elegido, para que con su predicación, con su ministerio sacerdotal y con la potestad social, posean el oficio de hacer entrar en la Iglesia a la multitud de fieles, iluminarlos y conducirlos a la plena maduración del seguimiento de Cristo» (Alocución de Pío XII – 2 de octubre 1945).

Se gobierna la Iglesia de arriba abajo: eso es el gobierno vertical. ¿Qué ha hecho Bergoglio? Anularlo poniendo su gobierno horizontal: ya no hay una sola cabeza que manda, sino muchas cabezas: el vértice de la Iglesia, que es Pedro, quedó anulado.

La Iglesia está levantada en Pedro, en uno solo: es el mando de uno solo. Es un mando sagrado, porque esa cabeza es una persona sagrada, que pertenece a la Jerarquía: posee una autoridad que le viene directamente de Dios, no de los hombres.

Esto a muchos católicos les da igual. No conocen cómo se gobierna la Iglesia. Y les trae sin cuidado que Bergoglio haya puesto un gobierno horizontal. No saben ver el daño que ese hombre ha hecho a la Iglesia en su vértice. Y se pierden en las ambigüedades del lenguaje de Bergoglio. No son capaces de ir a esta obra de herejía y de cisma. Son dos obras en una.

Al poner el gobierno horizontal se va en contra del mismo dogma del Papado: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia». Se va en contra de esta Verdad Revelada. Se va en contra de todo el Magisterio de la Iglesia. Se va en contra de 20 siglos de Tradición. Y todos callan esta obra de herejía, que es la principal en Bergoglio. Es para lo que fue elegido: para quitar el Vértice. Sólo para esto sirvió Bergoglio. Lo demás, es puro entretenimiento de masas. Pero como a los católicos les da igual quien esté como Papa, entonces se cae en la idolatría de un Papa que no es Papa: se cae en la franciscomanía. Y se cumple lo que decía el Padre Leonardo Castellani:
lorenzocastellani

Tantos católicos tibios y pervertidos que, por defender a Bergoglio, se vuelven una irrisión en toda la Iglesia; están haciendo un fetichismo de ese hombre. No ven que es un hereje y lo llaman santo. ¡Es la ceguera de tantos por no profesar su fe católica! No saben lo que es un Papa en la Iglesia, no investigan su persona: este hombre, mientras era Cardenal, ¿qué cosa hizo? No lo saben. Otros sí lo saben, pero lo aceptan: muchos han renegado de Bergoglio como Cardenal, pero han aceptado a Francisco como Papa. Así hay mucha gente en la Iglesia.

¿Cómo pueden aceptar a un hereje como Papa?

¿Qué dice el Magisterio de la Iglesia?

El Papa Pablo IV publicó una Bula Papal declarando solemnemente que la elección de un hereje como Papa es nula e inválida. ¿Por qué no obedecen a este Magisterio? ¿Por qué siguen teniendo a Bergoglio como Papa si es un hereje?

«Agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía:

(i) o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto;

(ii) y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos.

(iii) Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…

(vi) los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder…

… Dado en Roma, junto a San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor 1559, XV anterior a las calendas de Marzo, año 4º de nuestro Pontificado» (Papa Pablo IV, de la Bula Cum ex Apostolatus Officio, 15 de feb. de 1559).

¿Quién era el Cardenal Bergoglio antes de ser elegido en el Cónclave? Un hereje pertinaz, un hombre que se había desviado completamente de la Fe Católica. Un apóstata de la fe. Sus obras en la Argentina lo demuestran. Y por ser elegido a Papa, creen muchos que Bergoglio ha dejado su apostasía, que tiene una iluminación especial de Dios para guiar la Iglesia en la herejía. Esto es lo que muchos creen. Ya para muchos, la herejía es una clase de verdad divina, una forma de entender el dogma; el desarrollo de la verdad Revelada se hace, para muchos, con la mentira, con los errores, con las ideas de todos los hombres.

La elección de Bergoglio es totalmente nula, inválida, ilícita. Es decir, Francisco no es Papa de la Iglesia Católica.

Sin embargo, es aceptado por todos como Papa. También por la Jerarquía. Y esto sólo tiene un nombre: maldad diabólica. Poner a Bergoglio como Papa es una obra del demonio en la Iglesia. Obra que ha hecho a través de una Jerarquía que le pertenece, una Jerarquía diabólica. No es una obra divina, ni puede serlo nunca.

Bergoglio, que no pertenece a la Iglesia Católica por su herejía pertinaz, gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal; entonces no gobierna la Iglesia Católica, sino su nueva iglesia: no es el Papa en el Vértice de la Iglesia Católica, sino que es un hombre, un falso Papa, uno al cual lo llaman Papa, de una iglesia que se levanta en el Vaticano.

Bergoglio no gobierna la Iglesia Católica: es decir, no tiene autoridad divina en Ella porque no es Pedro. Y, por tanto, no es posible la obediencia a Bergoglio. Y es un pecado mortal someterse a su mente humana, a sus mandatos en la Iglesia. Es pecado mortal hacer publicidad de su magisterio en la Iglesia. No se puede alabar a un hereje. No se puede comulgar con un hereje. Un hereje no enseña nunca la verdad absoluta, sino sus verdades relativas.

Bergoglio, al estar en el gobierno de la Iglesia Católica con un poder humano, arrastra a todos hacia esa estructura en el gobierno: está produciendo una dictadura comunista en el gobierno. Una dictadura que se abre a una democracia: es el pueblo el que tiene el poder soberano. Es el voto de la mayoría. Es lo que opine la gente en la Iglesia. Y el Sínodo, que ya se inicia, es sólo obrar esta estructura democrática.

La obra herética de Bergoglio: poner un gobierno horizontal, que es ir en contra del dogma del Papado. Esta herejía es pertinaz: no la ha quitado. Persiste en su error, en su mentira. Y, por tanto, al persistir, al estar gobernando con esa mentira, está produciendo una obra cismática o sectaria.

Es una nueva secta lo que Bergoglio está levantando en el Vaticano: una nueva sociedad religiosa, que no es la Iglesia Católica. Esta es su obra cismática que a nadie le interesa. Nadie ve el cisma que ha levantado Bergoglio en el Vaticano. Nadie. Y todos quieren pertenecer a ese cisma, a esa nueva iglesia sectaria, que ya no posee la Verdad. Todos llaman a ese gobierno de Bergoglio como gobierno de la Iglesia Católica. ¿No ven el cisma? ¿No ven cómo toda la Jerarquía está conforme en haber quitado a Pedro de la Iglesia Católica? ¿Es que no han caído en la cuenta de lo que significa la renuncia del Papa Benedicto XVI? Es quitar el Papado. Ese es el significado de esa renuncia. El trágico significado. Y a nadie le interesa esto.

La herejía no es un conjunto de ideas, sino una obra: «Y son patentes las obras de la carne; como son: la fornicación,… idolatría,… disensiones, sectas,…, los que tales obras hacen no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5, 19.20.21c).

La herejía es la obra de la carne: el hereje obra sectariamente: divide, anula la verdad, oscurece las mentes, crea infidelidades, promueve el pecado.

Todos aquellos que, para discernir a un hereje, sólo se fijan en el lenguaje, en lo que predican o dicen, en sus escritos, no saben discernir a los herejes modernos.

El hereje moderno se sabe el dogma a la perfección, pero obra siempre en contra de ese conocimiento perfecto. Obra torcidamente, tergiversando con su mente la verdad absoluta.

El hereje moderno es experto en el lenguaje humano: da vueltas a la verdad revelada para mostrar su mentira sin que el hombre la capte. Habla un doble lenguaje: habla una verdad unida a una mentira. Y produce una confusión en todos aquellos que lo escuchan. Pero es una confusión agradable, porque sabe hablar a la mente del hombre, sabe decirle lo que, en ese momento, la persona o el grupo de personas quiere escuchar.

El hereje moderno, como se sabe el dogma, habla para los católicos, el dogma. Bergoglio predica, muchas veces, que Jesús es Dios. Y lo hace porque conviene decirlo: le está escuchando una masa de católicos, que quieren escuchar que Jesús es Dios.

Pero Bergoglio también predica que Jesús no es Dios. Y lo hace a esa masa de personas, que también son católicos, pero que quieren escuchar que Jesús no es Dios.

Y haciendo este juego del lenguaje, parece que Bergoglio no es hereje. Dice un día que Jesús no es Dios, pero al día siguiente, dice lo contrario. Entonces, muchos piensan: se arrepintió. Ya no es hereje pertinaz.

En esta ambigüedad, muchos caen, porque no saben discernir en la Iglesia la Verdad: no profesan la fe católica. Viven, como los herejes: en sus filosofías, teologías, pensamientos extraños, en sus mentes retorcidas, pervertidas. Y no hay más en ellos.

Por lo tanto, si el entendimiento humano está oscurecido y no ve la Verdad, es lógico que no puedan ver la obra de la herejía de Bergoglio.

Todos ven que Bergoglio gobierna con una horizontalidad. Y todos aplauden ese gobierno. Todos aceptan esa obra de herejía. Todos están conformes con esa obra de la carne. Nadie dice nada. Nadie ve que eso va en contra del dogma del Papado y que, por tanto, ese hombre no es Papa. Ven las ambiguedades de este hombre, pero le siguen obedeciendo, le siguen llamando Papa. Están construyendo con él su nueva iglesia.

Esto sólo significa que son muy pocos los que viven su fe católica. Son muy pocos los que saben lo que es la Iglesia, lo que es un Papa en la Iglesia y, por tanto, lo que hay que hacer cuando un Bergoglio pone un gobierno horizontal.

Y son muy pocos en la Jerarquía, no sólo en los fieles. La misma Jerarquía, que es la que tiene que hablar en contra de este hombre, calla, admite la obra herética y cismática de Bergoglio. Y, entonces, se produce otro engaño más en la Iglesia:

Como vale el gobierno horizontal para seguir siendo Iglesia, entonces ¿por qué no hacemos que la Iglesia sea, en la práctica, una democracia? Hagamos que las cuestiones se resuelvan de manera pastoral, sin tener que recurrir a Roma. Que Roma se dedique a otros asuntos, muchos más importantes para el mundo, pero demos libertad a los sacerdotes, a los Obispos, a los fieles, para que hagan y deshagan en cada diócesis. Construyamos la iglesia de abajo a arriba.

Esto es lo que se está imponiendo. Porque esto, en la práctica, se ha ido haciendo durante 50 años. Se ha hecho ocultamente. Ahora es el tiempo de oficializar la democracia. Esto es lo que viene después del Sínodo.

Es fácil poner en la Iglesia que los malcasados puedan comulgar, dar la comunión a los homosexuales, etc… Así como hicieron con la comunión en la mano, van hacer con todo esto: soluciones pastorales que se vuelven una ley maldita en la propia Iglesia.

La realidad de la Iglesia como ser sobrenatural

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«Es preciso que los hombres vean en nosotros ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que en los dispensadores se busca es que sean fieles» (1 Cor 4, 1-2)

¿Qué es la Iglesia? Es la Jerarquía que obedece a Cristo. Eso es la Iglesia.

Aquella Jerarquía que no obedece a Cristo no pertenece a la Iglesia, aunque esté dentro de Ella, aunque trabaje en Ella. Y, por tanto, no es posible la obediencia a una Jerarquía que no se somete a la Mente de Cristo en la Iglesia; una Jerarquía que hace del Magisterio de la Iglesia un negocio y una empresa, para limpiar la cara del pecado a muchos hombres que, vestidos de talar y de púrpura, son simplemente lobos que ahuyentan el Rebaño y lo dispersan por las riberas de la humanidad sin Dios.

¿Qué es el sacerdote en la Iglesia de Cristo? Aquel que es otro Cristo, aquel que representa al mismo Cristo, el cual le hace participar de su misma Autoridad Divina.

Y, por tanto, el sacerdote no es un hombre con un papel, con una función que se basa en el consenso de la mayoría. No es un hombre para un pueblo, ni para una comunidad, ni para un colectivo, ni para una idea política. El sacerdote no hace un servicio de coordinación de ideas, de masa, de una opinión pública; sino que sirve a la Iglesia poniendo una Autoridad, que no le pertenece, que no es suya, pero a la cual representa, por ser el mismo Cristo.

Y, por tanto, el sacerdote tiene una misión sagrada en la Iglesia; no le pertenece ninguna misión social ni cultural: no es un hombre para una sociedad, no es un hombre para las redes sociales; no es un hombre para una política del mundo; no es un hombre para una empresa económica.

Es un hombre para el Reino de Dios, que es en todo espiritual, nunca humano ni material. Es el hombre que pone el camino para ese Reino, que no es de este mundo, que no puede pervivir en este mundo, bajo estas circunstancias de pecado en que vive todo hombre. Es el hombre que obra el Reino de Dios en medio de un mundo que no cree en Él. Y es una obra espiritual, no es un apostolado humano para una satisfacción humana, para dar un ejemplo a los hombres en sus vidas humanas. Un hombre contracorriente. Un hombre que se opone al hombre, que no vive la mentalidad humana, que no obra como los demás hombres: sólo obra como Cristo, sólo es otro Cristo.

El sacerdote no es un hombre de democracias ni de consensos, sino de Autoridad divina que pide y exige del pueblo la obediencia. Muchos católicos ya no obedecen a la Jerarquía, sino que sólo quieren obedecer a Cristo. No ven el sacerdocio como algo sagrado, sino como una cosa más en la Iglesia.

La Iglesia es Pedro. Y Pedro es Autoridad Divina. Y Pedro constituye una verticalidad, una jerarquía donde no hay democracia, donde no hay opiniones, juicios encontrados. Y, en esa verticalidad, sólo la obediencia es lo que edifica el organismo sobrenatural de la Iglesia. El sometimiento a la persona de Pedro es lo que hace ser Iglesia.

Pedro es todo en la Iglesia. La Jerarquía es todo en la Iglesia. No es una parte, no es un conjunto de hombres que sumados a otros, que no son la Jerarquía, hacen la Iglesia.

Este es el pensamiento de un hereje y de un cismático, al que le han puesto la etiqueta de Papa, al que muchos predican la obediencia a su mente, del que muchos dicen que su doctrina es católica:

«La Iglesia piensa…. La Iglesia somos todos. «¿De quién hablas tú?». «No, de los sacerdotes…». Ah, los sacerdotes son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. No hay que reducirla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano… Estas son partes de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, todos de la madre» (ver texto).

¿Por qué los católicos siguen obedeciendo a un hombre que ha roto la Jerarquía en la Iglesia y, por tanto, está en el Vaticano construyendo su modelo de iglesia universal, su modelo de sacerdocio?

¿Por qué se da esa obediencia a un hombre que no sigue la enseñanza de la Iglesia sobra la misma Iglesia?

¿Para qué obedecen la mente de este hombre, que dice que la Iglesia somos todos y, en consecuencia, todos tienen algo que decir en la Iglesia; y la opinión de todos vale en la Iglesia?

¿No ven que se ha cargado la Jerarquía, a Pedro, la obediencia, y que ahora exige una obediencia que es imposible darla? Porque no se puede obedecer a todos en la Iglesia. Se obedece a Cristo, que es la única Verdad a la cual toda mente humana tiene que someterse, abajarse, inclinarse, oscurecerse. Se obedece a la Jerarquía, que es todo en la Iglesia.

Si la Jerarquía no obedece a Cristo, cae toda obediencia en la Iglesia. Nadie posee la Verdad, porque la Verdad no se crea, sino que se halla. Se encuentra en Cristo. Y sólo obedeciendo a Cristo, se permanece en la Verdad, se está en la verdad.

Como Francisco no obedece a Cristo, entonces hay que negarle cualquier obediencia, incluso la material. Francisco quiere crear la verdad por votación, por una unanimidad de sentimientos humanos, de acercamientos en las mentes. Eso es lo que va a ser el próximo Sínodo de los malditos, de los afeminados, de los pervertidos en la gracia divina: una votación para excusar el pecado en la Iglesia.

La Iglesia, para este hombre, ya no es la Jerarquía, ya no es Pedro, sino todos. Pedro y la Jerarquía es una parte de la Iglesia, pero no es el todo. Consecuencia: la Iglesia es un conjunto de hombres, que piensan y deciden qué hacer con la Iglesia, cómo vivir en Ella, cómo obrar en Ella.

La Iglesia no es ni una familia, ni un clan, ni un pueblo, ni un asunto social de los hombres. La Iglesia es la obra de la Verdad, que sólo la Jerarquía verdadera puede manifestar a toda la humanidad. Esa Verdad es camino y luz para todos. Y si no se obra esa Verdad, la Iglesia se oscurece y es sólo un tropiezo, un escollo, una escisión, una quiebra donde sólo se ve la ruina que el pecado hace en cada alma que pertenece a la Iglesia.

Es lo que contemplamos en la nueva iglesia que lidera Bergoglio en el Vaticano. Esa nueva iglesia no es la Iglesia Católica. Y si no saben discernir esta Verdad, entonces van a hacer como muchos ya hacen: construyen sus iglesias, sus asociaciones, sus comunidades, sus grupos, están en sus parroquias para dividir más a la Iglesia Católica. Y quieren seguir trabajando en la Iglesia Católica, obedeciendo a Francisco y a toda la Jerarquía que le obedece. ¡Es un absurdo! Quien no se opone a Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino a la nueva sociedad instalada en los muros del Vaticano.

No se pertenece a la nueva iglesia, que lidera Bergoglio, sino que pertenecemos a la Iglesia Católica, cuyo Papa es Benedicto XVI hasta que se muera. Una vez que se muera, la Iglesia deja de verse en la realidad de la vida histórica de los hombres, porque ya no está Pedro. A Pedro se lo han cargado con la renuncia impuesta al Papa Benedicto XVI.

Hay una gran división ya en el Vaticano, y en cada parroquia que pertenece al Vaticano. Y esa división está promovida por la misma Jerarquía infiltrada que gobierna en el Vaticano. ¡Claro gobierno masónico!

Es la división en la cabeza hecha por Bergoglio con su gobierno horizontal. Es el cisma encubierto, que nadie quiere ver ni entender, pero que se manifiesta claramente: la Jerarquía se ha unido a un hereje y a un cismático, y le dan obediencia como si fuera el Papa legítimo. ¡Esto se llama cisma!

Los que están en el Vaticano lo llaman obediencia al “Papa” Francisco: están bajo Pedro, sometidos a Pedro. ¡Un falso Pedro! ¡Una falsa obediencia al falso Pedro! Y, por tanto, se llaman a sí mismos “Iglesia católica”. Y en la realidad de los hechos, ellos -los del Vaticano- han perdido la línea católica en el gobierno: no siguen la ley de la Gracia, al poner una horizontalidad que anula esta misma Ley.

La Gracia no puede darse allí donde hay un gobierno horizontal en la Iglesia. ¡No se puede! Porque la verticalidad es una iniciativa divina, una obra divina, un fin divino en la Iglesia.

Esta Verdad es la que no siguen en el Vaticano. Y esta Verdad, los católicos no saben meditarla en sus vidas y, por eso, siguen dando una obediencia que es una abominación en la Iglesia. Obedecen a una Jerarquía que no puede nunca dar la Voluntad de Dios en ninguna cosa de la Iglesia Católica. Esa obediencia no es una obediencia en la Gracia, sino en contra de la Gracia. Hacen un acto contra la Voluntad de Dios, que constituye un gran pecado de soberbia, de orgullo y de lujuria, que crucifica, de nuevo, a Cristo.

«Yo soy la Vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5).

Ser Iglesia es estar injertados en Cristo, en Su Cuerpo, que es la Vid llena de lo Divino.

Ser Iglesia no es insertarse en una familia de borregos, en una comunidad de herejes y de cismáticos, en un grupo de hombres que se ponen la etiqueta de católicos y se unen para vivir una obra de pecado, de tibieza y de perversión intelectual.

El origen de gran parte de los equívocos o de los auténticos errores que están amenazando tanto a la teología como a los fieles, es la crisis del concepto de Iglesia.

El sentido católico de la “Iglesia” se está perdiendo, o ya casi se ha perdido del todo. Y, en el Vaticano, ya no hay ese sentido católico, no hay línea católica, ni puede darse más. ¡No van a volver a la verticalidad! Ellos ya lo han decidido así.

Muchos no creen que la Iglesia es una realidad querida por Jesucristo, realidad sobrenatural, sino que es una mera construcción humana, un instrumento creado por los hombres de la Iglesia, y que se puede organizar según las circunstancias del momento.

Esta falsa creencia es la que ha originado la renuncia del Papa Benedicto XVI, para implantar un gobierno horizontal dentro de los muros del Vaticano; una estructura que no tiene nada que ver con la Iglesia fundada por Jesús en Pedro, y que contradice absolutamente la verticalidad exigida por el dogma del Papado, dañándolo. Es una nueva sociedad creada por la misma Jerarquía de la Iglesia: una abominación espiritual. Un engendro del demonio.

En esa nueva estructura, Cristo no está como Vid; ni puede estarlo. Y, por tanto, sin Cristo, esa nueva iglesia no puede hacer nada, no significa nada, no llega a ninguna parte, es nula para Dios. Sólo tiene el valor que los hombres quieran darle: es decir, es un engaño para todos. Es un poder humano para una obra sólo del hombre, con miras humanas y decisiones tomadas sólo por el hombre.

Cristo ha puesto su Iglesia en el Vértice, no en la horizontalidad de unas mentes humanas, de unas vidas y obras para dar gloria al mundo, que sólo trabajan en el pecado para reconocerse a sí mismos como santos y justos, dañando toda la vida eclesial en su raíz.

Esta concepción de Iglesia procede no sólo del protestantismo, sino de todas las teologías que, después del Concilio Vaticano II, han querido ofrecer una “iglesia libre” de Jerarquía, de sometimientos, de autoridad divina. Por eso, han quitado la Roca de la Iglesia, que es Pedro, en el Papa legítimo Benedicto XVI. Han puesto una serie de ladrillos, para levantar una fortaleza, que se va a caer con el viento de la Justicia Divina, una vez muera el Papa Benedicto XVI.

¡La han quitado! Y quien todavía no haya aprendido a discernir lo que es Francisco en la Iglesia, es que vive ciego, vive sin profesar la fe católica, vive sin dar frutos divinos en su unión con Cristo, en Su Cuerpo, y obra sólo para condenarse dentro de la misma Iglesia.

Francisco propone un concepto de Iglesia como “pueblo de Dios”. Con esta perspectiva, se abandona el Nuevo Testamento, para volver al Antiguo, y quedarse en una visión de la Iglesia que no es la real, que no tiene nada que ver con la verdadera Iglesia y, por tanto, con el verdadero pueblo.

“Pueblo de Dios” es, para la Escritura, Israel en sus relaciones de oración y de fidelidad al Señor, es decir, es una comunidad histórica de hombres (no es un movimiento sobrenatural), que buscan de alguna manera a Dios en sus vidas. Y ese conjunto de hombres, esa suma de intelectos humanos, esa contemplación de vidas y de obras humanas, es lo más contrario a la Iglesia que fundó Cristo en la persona de Pedro. Limitarse a esta expresión es anular la Iglesia, es ensombrecer la Palabra de Dios con discursos humanos, con razonamientos bien preparados, pero que son una auténtica blasfemia al Espíritu de la Iglesia.

El Nuevo Testamento ofrece el concepto de “Cuerpo de Cristo”. Y, por tanto, se es Iglesia y se entra en Ella, no porque se pertenece a una cultura, o una familia, o a una sociedad; sino porque el fiel está injertado en el Cuerpo mismo del Señor, por medio del Bautismo y de la Eucaristía.

Jesús era hebreo, pero no funda Su Iglesia porque pertenece al pueblo de la Alianza, por un imperativo histórico. Jesús funda Su Iglesia porque es la Voluntad de Su Padre: es un mandato divino, que sólo el Hijo lo puede realizar. Ningún otro hombre tiene capacidad de hacer lo mismo, que hizo Jesucristo al fundar Su Iglesia, en Su Misma Sangre.

Somos sarmientos que, para permanecer en la Vid, es necesario una unión con Cristo: unión individual, de cada alma con la Persona del Verbo. Y, en esa unión, el alma se une a los demás miembros de la Iglesia, por los méritos y las obras de la Cabeza, que es Cristo.

Y, por tanto, ¿quién puede obedecer la mente de este bastardo?:

«No estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su cuenta, no, nuestra identidad cristiana es pertenencia. Somos cristianos porque pertenecemos a la Iglesia» (ver texto)

Somos cristianos a título individual, porque cada alma es un sarmiento. «Y todo sarmiento que en Mí no lleve fruto, lo cortará» (Jn 15, 2). El Padre Eterno es el que decide quién es de la Iglesia de Su Hijo y quién no pertenece a Ella. No son los miembros de la Iglesia quienes deciden eso.

Para ser Iglesia hay que ser otro Cristo, hay que imitarlo en su vida, hay que hacer las mismas obras que Él hizo. Y todo aquel que pertenezca a la Iglesia, tiene la Gracia y el Espíritu de Cristo para ser un sarmiento injertado en la vid, chupando la Vida Divina y transformándose en otra cosa a su realidad humana.

Pero quien esté en la Iglesia y no viva en la Gracia, y no sea fiel a Ella, entonces el Padre lo corta: ya no está injertado en el Cuerpo de Cristo y, por tanto, ya no pertenece a la Iglesia.

Porque nuestra identidad cristiana es ser sarmiento de Cristo para dar frutos divinos. Nuestra identidad cristiana no significa pertenecer a una Iglesia, compuesta de gente pecadora, de borregos, de herejes, de hombres cismáticos, que sólo viven para sí mismos, sin discernir entre el bien y el mal, sin capacidad para quitar el pecado de sus vidas. Nuestra identidad es vivir para Cristo, no para la Iglesia. Vivir en el Cuerpo de Cristo, obrando la Gracia que esa unión con Cristo da al alma.

Esta Verdad es la que anula Francisco en sus dos documentos: lumen fidei y evangelium gaudium. Presenta un concepto de Iglesia que sugiere la política, el partidismo, la colectividad.

Porque pertenecemos a la Iglesia, como pueblo de Dios, no como Cuerpo de Cristo, entonces él dice en su herejía:

«Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en un laboratorio, no nació improvisamente. Ha sido fundada por Jesús, pero es un pueblo con una historia larga a sus espaldas y una preparación que tiene su inicio mucho antes de Cristo mismo…el cristiano es parte de un pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un pueblo que se llama Iglesia… Pero nadie, nadie se convierte en cristiano por sí mismo» (Ibidem).

«nadie se convierte en cristiano por sí mismo»: ningún alma se injerta en el Cuerpo de Cristo para poseer la fe, sino que su fe se hace en la comunidad, en el pueblo de Dios. No hay fe particular en Cristo. Sólo existe la fe que los demás tienen de Cristo. El alma necesita beber de las fuentes de la razón humana para formar el pueblo, que es mal llamada Iglesia.

La Iglesia es una realidad más amplia, pero no es una realidad sobrenatural, divina, santa, hermosa en las virtudes, bella en la gracia, inmaculada en el Espíritu. No es capaz este hombre de hablar de manera trascendente de la Iglesia. Todo conduce a su inmanencia. Es una amplitud en la forma humana. Es más amplia en el concepto de los hombres, en su lenguaje humano. Como la Jerarquía es una parte de la Iglesia, no el todo, luego hay que meter a todos los hombres para formar la Iglesia: «se abre a toda la humanidad». Consecuencia: todos se salvan y se santifican.

La Iglesia es el Reino de Dios en la tierra y, por tanto, «¿no sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6, 9-10). La Iglesia no está abierta a toda la humanidad. Es para todos los hombres, pero no todos pueden pertenecer a Ella. No pueden ser de la Iglesia hombres que viven en su pecado y que ensalzan su pecado por encima de Dios, del bien, de la verdad. No poseen el Reino lo que aman su pecado, su vida de pecado. Poseen el Reino los que luchan contra su vida de pecado.

No pueden pertenecer a la Iglesia Católica ni Francisco ni toda la Jerarquía que se somete a Francisco: ellos están ensalzando, mostrando, justificando la blasfemia de ese hombre en el Vaticano: su gobierno horizontal. Una blasfemia contra el Espíritu Santo, quien exige la verticalidad en la Iglesia para constituirla Santa, Divina, agradable a Dios.

¿Cómo es que sacerdotes y Obispos predican que la doctrina de Francisco es católica si este hombre está levantando una nueva iglesia, fuera de la Gracia, para llenarla de pecadores y de gente malvada, que ya no mira el pecado como es, sino que lo valora como una salvación y un modo de vivir en la vida?

¿Cómo es que no se han dado cuenta -tanta Jerarquía- de la mente blasfema de este hombre, que tiene un conocimiento pervertido de la teología de la Iglesia, al cual le están tributando obediencia? ¿Cómo es posible que le sigan obedeciendo? ¿Es que ya no son otros Cristo y, por eso, su inteligencia para ver la Verdad ha sido maniatada y oscurecida en el mal? ¿Cómo entender el silencio de una Jerarquía, que sabiendo lo que es Francisco, sin embargo, le dan obediencia y ordenan al Rebaño que también le obedezca? ¿Puede haber tanta maldad entre la Jerarquía? ¿Puede haber tanta perversión en las mentes de personas cuyo sólo ideal debería ser sólo la verdad? ¿Qué ha pasado en la Iglesia para que nadie se dé cuenta del engaño que vivimos? ¿En qué se ha convertido toda la Iglesia viviendo un absurdo, un camino sin salida, un objetivo humano para alcanzar una gloria mundana y profana?

«La Iglesia no es una institución finalizada a sí misma» (Ibidem). Esto es todo en la mente de este hombre. Quien no se finaliza en sí mismo no tiene ninguna identidad. Quien no se acaba en sí mismo, es un absurdo en su misma vida. Quien no da sentido a su existencia, no puede entender lo que es su vida.

La Iglesia, para la mente de este hombre, es una realidad histórica, no sobrenatural. No acabada, no finalizada, sin un fin divino, sin unos objetivos sobrenaturales. Abierta a toda la humanidad, mirando a lo humano: es un global, es una unión de todos los hombres, con sus ideas, con sus obras, con sus vidas, con sus culturas, con sus proyectos humanos sobre la vida.

Francisco tiene una idea de una iglesia humana, con unos contenidos de la fe totalmente arbitrarios, presentando una cristología sin la referencia a lo Divino, enmarcada sólo en lo humano-natural (un Cristo sólo hombre, un Jesús que no es Espíritu, sino sólo una persona humana; un santo humano); con un Evangelio que es sólo el “proyecto-Jesús”, un proyecto de liberación-social-histórico, inmanente, sin ninguna trascendencia, sin ninguna referencia a la Voluntad del Padre, sin la Obra de la Redención, y que es, en la realidad, absolutamente atea, una obra para demonizar a la sociedad y a la Iglesia.

No se es Iglesia porque se forma un colectivo, una comunidad de gentes, una familia de hombres con una fe determinada. No se es Iglesia porque se suma simplemente sus miembros. No se es Iglesia porque se aprende una fe ni porque se tiene una memoria de una fe pasada. Se es Iglesia porque se es Cuerpo de Cristo, un Cuerpo Místico, que sólo tiene implicaciones espirituales, no humanas.

La Iglesia no es nuestra, sino de Cristo. Los hombres no podemos disponer de Ella a nuestro antojo; porque siendo Cristo el que ha construido Su Iglesia, ha puesto en Ella vínculos misteriosos y realísimos, que hacen que el aspecto humano sea accesorio y efímero.

La Iglesia es una unión en la Vida Divina; unión de las almas en lazos espirituales, que los Sacramentos generan. Es una unión en las cosas santas, divinas. Es una unión en la Gracia de Cristo. Y, por tanto, no es una unión entre hombres, entre vidas humanas. No se hace Iglesia para una política, para un ideal económico. Se hace Iglesia para una obra santa, que no pertenece a este mundo, sino que lo trasciende y lleva al alma más allá de cualquier plan humano.

Por tanto, no existe la Iglesia pobre para los pobres. Existe el servicio a los pobres «que ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora» (San Vicente de Paúl – Carta 2.546).

La Iglesia es de Cristo, no es de los pobres. No es un negocio comunista. La Iglesia es para que cada alma se una a Su Cabeza, que es Cristo, y produzca obras de frutos divinos, no humanos.

Jesús es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y, por tanto, la unión con Jesús hace que el alma trascienda todo lo humano, y viva y obre para esa Persona Divina. Y Jesús no quiere de sus almas ni vidas ni obras humanas.

Jesús quiere lo divino en lo humano. Y esta es la dificultad de muchas almas dentro de la Iglesia. Porque viven para lo suyo humano, terminan haciendo de Cristo y de la Iglesia su negocio humano, su obra humana, su vida de hombres, que es una vida de masa, de borregos, de gente sin ningún discernimiento espiritual.

«Todo lo que hay en ti debe ser injertado en Él, y de Él debes recibir la Vida y ser gobernado por Él. Fuera de Él no hallarás la Vida verdadera, ya que Él es la única fuente de Vida verdadera; fuera de Él no hallarás sino muerte y destrucción. Él ha de ser el único principio de toda tu actividad y de todas tus energías; debes vivir de Él y por Él» (San Juan Eudes – Del tratado sobre el admirable Corazón de Jesús).

El cisma en el gobierno horizontal

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El cisma está puesto dentro de la Iglesia.

Y nadie ha contemplado este cisma, porque no se vive de fe, sino de las cosas humanas, de la mente de los hombres, de sus obras, de su historia.

El pecado de Francisco, lo que marca su reinado en la Iglesia, su política en la Iglesia, su forma de gobierno, es la obra de su gobierno horizontal.

Eso sólo define lo que es Francisco y su paso por el gobierno de la Iglesia.

Y esto sólo es lo que nadie se ha dado cuenta; nadie ha meditado, ni siquiera la Jerarquía.

El gobierno de la Iglesia es vertical, no lineal, no horizontal.

Es un gobierno creado por Jesús en Su Iglesia. No es un gobierno de los hombres, de sus políticas, de sus economías, de sus visiones sociales o culturales.

El gobierno de la Iglesia es un orden divino, no humano; es de derecho divino, con sus leyes divinas, naturales, morales. Después, están las demás leyes de los hombres en la Iglesia; leyes eclesiásticas, normas litúrgicas y demás leyes que son necesarias para hacer cumplir ese gobierno divino.

El Vértice, en la Iglesia, está compuesto sólo por Cristo y Su Vicario. Eso es el Vértice. Después, están los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro, sometiéndose en todo a Pedro.

Y, en la obediencia a Pedro, los Obispos poseen autoridad divina; pero si desobedecen a Pedro, los Obispos no tienen ninguna autoridad de Dios.

La Autoridad, en la Iglesia, no es como la del mundo. En el mundo, la autoridad también es puesta por Dios, pero de otra manera. Y hay que obedecer a esa autoridad, siempre que no mande cosas en contra de la ley divina o natural.

Pero en la Iglesia, la Autoridad está puesta directamente por Dios. El Señor elige una cabeza, Su Vicario, y gobierna la Iglesia sólo con su Vicario. Y si falta el Papa, el Señor no gobierna nada.

Dios no se somete, en Su Iglesia, a un gobierno humano, como lo hace en el mundo. En el mundo, Dios deja obrar a los hombres y que ellos organicen sus políticas, sus economías, su vida social y pública.

Pero en la Iglesia, en Su Iglesia, el Señor gobierna sin la ayuda de ningún hombre, sólo a través de Su Pedro. Los demás, no deciden nada, no piensan nada, no obran nada.

En la Iglesia no hay autoridad humana en sí misma; existe sólo emanada de la Autoridad Divina. Es lo que el Papa quiere otorgar a los diferentes hombres para que realicen sus cometidos en la Iglesia.

Pero todo el Poder en la Iglesia reside sólo en un hombre: Pedro.

Y esto es muy importante para poder comprender el gobierno vertical de la Iglesia y el pecado del Papa Benedicto XVI.

A ningún hombre le gusta la obediencia a otro hombre. Por eso, siempre al Papa se le ha atacado de muchas maneras. Porque la soberbia de los hombres es manifiesta en todos ellos.

A los sacerdotes, a los Obispos, a los Cardenales, les cuesta obedecer al Papa porque son todos soberbios.

Con el pecado del Papa Benedicto XVI, con su renuncia, nadie gobierna la Iglesia. Si el Papa renuncia a ser Papa, entonces está diciendo que impide que el Señor gobierne la Iglesia a través de él. Jesús sólo gobierna la Iglesia con Su Vicario, en Su Vicario, mediante Su Vicario. Si éste se niega a realizar la misión que tiene en la Iglesia, el Señor no se pone en manos de los hombres, sino que, automáticamente se retira de las estructuras de toda la Iglesia.

Jesús no se va de Su Iglesia, porque la ha creado; sino de las estructuras que los hombres han inventado para obrar, en lo humano, la Iglesia, que es siempre una obra divina.

En el mundo, Dios no se mete en las estructuras humanas de los gobiernos; pero Dios manda obedecer a esas autoridades, en esas estructuras.

En la Iglesia, Dios sólo gobierna en Pedro; no en las estructuras que los hombres ponen para obrar ese gobierno. Una cosa son las estructuras, otra el Poder Divino que sólo se da a Pedro, no a las estructuras. En el mundo, los hombres tienen poder humano según sus estructuras; en la Iglesia, no se da eso.

El poder que tienen los hombres en las estructuras de la Iglesia viene del Papa, no de las mismas estructuras.

Por tanto, si el Papa renuncia, todos en la Iglesia se quedan sin autoridad divina. Quedan las estructuras humanas y un poder humano que ya no está avalado por Dios.

Por eso, las consecuencias del pecado del Papa Benedicto XVI son muy graves: nadie puede mandar en la Iglesia nada con Poder Divino. Si mandan algo, es sólo con un poder humano.

Si el Papa Benedicto XVI renunció, entonces no hay poder divino para elegir a otro Papa. Si los hombres se reúnen en Cónclave, ahí no sopla el Espíritu Santo. Y todo cuando haga ese hombre, elegido por los hombres, no por Dios, no pertenece a la Iglesia Católica. Lo hace con una autoridad humana, no avalada por la Autoridad Divina, con el Poder de Dios.

Esta Verdad es la que se debe comprender para poder discernir todo en la Iglesia. Si no se acepta esta Verdad, entonces pasa lo que vemos: todos siguiendo a un hombre, que ya ha dado muestras de que no tiene ninguna fe ni en Cristo ni en la Iglesia.

Y lo más grave es esto segundo: Francisco ha dado muestras de que no tiene fe; y muchos los siguen llamando Papa y dándole la obediencia. Esto es lo más grave, porque es señal de la apostasía de la fe dentro de la misma Iglesia Católica.

El pecado del Papa Benedicto XVI impide el gobierno divino en la Iglesia; pero el pecado de Francisco produce el cisma en la Iglesia.

Cisma significa ir en contra de una verdad de la Iglesia. El gobierno horizontal es ir en contra del dogma del Papado, ir en contra del orden divino en el Vértice. Y ese ir en contra es ya una obra consumada; no es sólo una desobediencia o una rebeldía. Durante 50 años, ha sido rebeldía de muchos sacerdotes y Obispos; ha sido desobedecer al Papa y hacerle la vida imposible. Pero, con el gobierno horizontal, es poner el cisma dentro de la misma Iglesia.

Los hombres se contentan con cualquier gobierno, como pasa en el mundo, y no caen en la cuenta de que la Iglesia es totalmente diferente al mundo, a los hombres, a la vida social, a la vida histórica, a la vida económica, a la vida de las diferentes culturas en el mundo.

Si al Papa Benedicto XVI ya no se le puede dar la obediencia porque ha renunciado a ser Papa, a renunciado a cumplir su misión en la Iglesia, mucho menos hay que darle la obediencia a un hombre que no guarda el dogma del Papado, al crear un nuevo gobierno en la Iglesia que se opone a todo; se opone, no sólo al Papado, sino a cualquier verdad, cualquier dogma, en la Iglesia.

El gobierno horizontal no guarda el depósito de la fe: está constituido por hombres (=sacerdotes, Obispos, Cardenales, laicos) que ya no creen en los dogmas, en las verdades de fe; en lo que hay que creer para salvarse y santificarse.

Si esos hombres que gobiernan una iglesia no tienen ley divina, ley moral, no cumplen los mandamientos de Dios, entonces ninguno de ellos trabaja para guardar la obediencia de la fe. Ninguno obedece a la Voluntad de Dios; todos obedecen a sus mentes humanas, a sus poderes humanos, a lo que cada uno quiere dentro de la Iglesia.

El cisma está ahí; pero no se da a conocer abiertamente, porque es necesario, antes, preparar los documentos, los escritos, las leyes, la nueva fe que debe regir las nuevas estructuras de la Iglesia.

Por eso, lo que predica Francisco, sus escritos, son una solemne tontería. No se pueden llevar a la práctica con unos dogmas en la Iglesia. Hay que desmantelar los dogmas, hay que anularlo todo, para obrar el comunismo y el protestantismo, que es la fe de Francisco. Por eso, Francisco sólo entretiene a las masas, pero en la práctica, ocultamente, se va preparando todo para pasar el relevo a otro, que comience a quitar dogmas.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha anulado todo el dogma del Papado. Y, con ello, anula todo lo demás. Pero eso no se puede percibir, porque todavía hay reglas, hay leyes, que las almas cumplen y que, por tanto, les sirve para guardar los dogmas.

El Anticristo no puede entrar en la Iglesia hasta que no se quite todo dogma. Muchos sacerdotes, Obispos, ya no creen en muchas verdades, pero todavía en la Iglesia se siguen esas verdades. Tiene que ser la Iglesia entera la que renuncie a todas esas verdades. Y eso sólo se puede hacer poniendo una nueva fe, un nuevo credo, unos nuevos libros, una nueva doctrina. Y en eso están. Y, por eso, es necesario salir de las estructuras de Roma, de toda la Iglesia, para seguir siendo Iglesia, la Iglesia Católica, la cual no vive de estructuras, sino de la Palabra del Pensamiento del Padre.

La Iglesia es de Cristo Jesús, no de ningún hombre, de ningún Papa, de ningún sacerdote, de ningún Obispos. La Iglesia le pertenece sólo a Jesús. Las almas son sólo de Jesús, no de las estructuras de la Iglesia. Y, por eso, Cristo Jesús es el que gobierna ahora, directamente, a cada alma en Su Iglesia.

Ya Cristo no gobierna por medio de la Jerarquía. No hay que obedecer a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal. Sólo se da la obediencia a aquellos Pastores que guardan íntegramente todo el depósito de la fe. A los demás, nada. Quien guarda la Verdad guarda también la obediencia. Pero quien no guarda la Verdad, no es merecedor de obediencia. La Iglesia es construida por la Jerarquía que guarda el depósito de la Fe; la Iglesia es destruida por la Jerarquía que se aparta del depósito de la Fe.

El cisma pronto se va a ver claramente, porque eso es lo que ellos desean. Esa Jerarquía que está en Roma sabe lo que está haciendo: no son tontos, pero tienen que disimular, poner cara de que aquí no pasa nada. Están dando tiempo al tiempo, entreteniendo a la gente, engañando a todo el mundo con vanas palabras. Ahora, todos en la Iglesia quieren mandar, decidir, decir lo que es bueno y lo que es malo; porque el poder se ha repartido. Y todos quieren una tajada. Y, por eso, se va a ver en cada diócesis comportamientos y obras muy diferentes; porque cada uno va a hacer su iglesia, como cada mente se la fabrica.

El Espíritu de la Iglesia está en el desierto. Y hay que ir al desierto para ser Iglesia, para continuar siendo Iglesia. Hay que ir saliendo de todas las estructuras. Esto es lo que la Jerarquía no acaba de comprender.

Los sacerdotes, los Obispos, tienen miedo de oponerse a ese gobierno horizontal, porque no viven la fe. Han dejado de creer en el dogma del Papado. Ya hace mucho que no creen en esa Verdad. Y se contentan con medianías, con acomodarse a lo que tenemos, a lo que se ofrece en Roma y, entonces, se meten, ellos mismos, en el juego del cisma. Producen, sin saberlo, el cisma en toda la Iglesia. Si ni batallan por la verdad en la Iglesia, siguen la mentira y obran la mentira.

Nadie ha luchado por Pedro en la Iglesia. Ahora tenéis lo que habéis querido: un hombre idiota que os entretiene y que os da dinero y poder. Y así os ata a su mentira.

Francisco es un rey bastardo en la Iglesia

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“soy el obispo de Roma y el Papa de la catolicidad. He decidido como primera cosa nombrar a un grupo de ocho cardenales que constituyan mi consejo. No cortesanos sino personas sabias y animadas por mis mismos sentimientos. Este es el inicio de esa Iglesia con una organización no vertical sino horizontal” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Este es el eje para poder discernir lo que es Francisco. Quien no analice esta frase en el Evangelio y no vea las consecuencias de este pensamiento de Francisco para la Iglesia, es un juguete de Francisco.

Cristo Jesús edifica Su Iglesia sobre Pedro. Y eso significa dos cosas:

1. El Papa es la unidad en la Iglesia, su fundamento, su base, su origen;

2. El Papa gobierna solo la Iglesia, sin ayuda de nadie.

Cristo Jesús edifica Su Iglesia en un Vértice, sobre un Vértice. Ese Vértice está compuesto de dos cosas:

1. Cristo Jesús, como Rey de la Iglesia;

2. El Papa, como Vicario de Cristo, Vicario del Rey.

Por tanto, quien gobierna la Iglesia es siempre Cristo, pero a través de Su Vicario.

Este Vértice produce una estructura exterior en la Iglesia. Eso significa que se da una Jerarquía en la Iglesia compuesta por: sacerdotes y Obispos. Unos y otros están bajo Pedro. Y no sólo bajo Pedro, sino bajo Cristo. Son dos obediencias distintas: una a la Verdad Absoluta, que es Cristo Jesús; otra, a un hombre que representa la Verdad Absoluta, que es el Papa.

Estas dos obediencias son una sola en el Espíritu. Fuera del Espíritu, son dos obediencias distintas.

¿Qué significa esto?

El Espíritu de la Iglesia lleva a cada alma a dar la obediencia a dos personas, pero que es una misma obediencia. Quien obedece a Cristo está obedeciendo al Papa; quien obedece al Papa está obedeciendo a Cristo.

En la Iglesia es necesario esta doble obediencia porque son dos personas distintas: Cristo y el Papa.

Cristo ha puesto su gobierno en dos obediencias, que sólo se pueden obrar en el Espíritu, no fuera del Espíritu de la Iglesia.

El Papa, como Vicario de Cristo, no tiene toda la Verdad que posee Cristo; sin embargo, posee la Verdad Absoluta y no puede apartarse de esta Verdad absoluta. Es el Espíritu de la Verdad el que lleva a cada alma a la Plenitud de la Verdad. Esa Plenitud sólo la tiene Cristo. Por eso, es necesaria la obediencia a Cristo en la Iglesia porque Él nunca se equivoca, nunca cae en el error, nunca renuncia a ser lo que es: Rey de Su Iglesia.

El Papa, al ser hombre, siempre puede caer y pecar, porque no posee el don de ser Inmaculado, como la Virgen María; pero sí tiene el don de la Infalibilidad. Por este don, que es un carisma, todo Papa exige obediencia de cada miembro de la Iglesia, cuando está enseñando la Verdad a la Iglesia, cuando conduce a la Iglesia por el camino de la Verdad, cuando obra en la Iglesia las obras de Cristo, que son las obras de la Verdad.

Un Papa, aunque peque, siempre se le debe obediencia. Obedecerle a él es obedecer a Cristo. Y no obedecerle es desobedecer a Cristo.

Fuera del Espíritu de la Iglesia, es imposible esta doble obediencia, porque siempre los hombres verán los defectos, los errores, los pecados del Papa y no se van a someter.

Sin el Espíritu de la Iglesia es imposible la obediencia en la Iglesia.

Un Papa verdadero nunca va contra de este Vértice. Este Vértice es el primer dogma en la Iglesia. La Iglesia es Pedro. La Iglesia está donde está Pedro. La Iglesia la forma, la hace Pedro. Sin Pedro no hay Iglesia; sólo quedan las estructuras exteriores, queda una Jerarquía sin cabeza; y, por tanto, queda una Jerarquía que no puede obedecer a Cristo, porque no hay Cabeza visible.

Entonces, el pecado del Papa Benedicto XVI es gravísimo. El Papa renuncia a ser Papa, renuncia a ser lo que es. Renuncia a ser la Iglesia. Renuncia a hacer la Iglesia, a formarla en el Espíritu. Y, en su renuncia, deja a toda la Iglesia sin obediencia, con un aparato exterior que no sirve para nada.

Consecuencia, quien se sienta en esa Silla de Pedro, ya es otra cosa, llámese como se llame, pero no es Papa.

Hay que tener en claro una cosa: Se es Papa hasta la muerte. Si no se parte de esta Verdad Absoluta, no se puede comprender el estado de la Iglesia en la actualidad.

Se es Papa hasta la muerte. Por tanto, no hay posibilidad de elegir un Papa si no ha muerto el que reina. No puede, en la Iglesia, coexistir varios Papas al mismo tiempo. Sólo hay un Papa verdadero. Y éste hasta la muerte. Los demás, no son Papas; son antipapas, falsos papas, anticristos, falsos profetas, etc.

Es muy importante aceptar esta Verdad Absoluta: Se es Papa hasta la muerte.

Por tanto, ahora mismo, el Papa verdadero es Benedicto XVI. Hasta que no muera, sigue siendo Papa. Pero, este es el problema: como él no quiere ser Papa, entonces no se le puede dar la obediencia. Y eso lleva una conclusión: en estos momentos, sólo se da la obediencia a Cristo, no al Papa Benedicto XVI.

Y eso lleva a otra consecuencia: no se puede dar la obediencia a ninguna Jerarquía porque no hay cabeza visible. Queda el aparato exterior, pero no hay obediencia ni a sacerdotes ni a Obispos.

Y esto sólo por el pecado del Papa Benedicto XVI.

Pero, en la Iglesia, hay otro problema, mucho más grave que la renuncia del Papa Benedicto XVI. Es el problema de tener un bastardo reinando la Iglesia.

El rey bastardo es el que usurpa el trono que le corresponde al hijo del Rey. Esto es Francisco.

Francisco no es Papa, sino un rey bastardo. Ha robado la Silla del Vicario de Cristo. Por tanto, se ha puesto él como rey. Cristo ya no es el Rey de la Iglesia en la mente de Francisco. Es Francisco el rey. Pero con una salvedad: es un rey absoluto, que se convierte en un dictador para los hombres, porque está es una posición en la que todos le rinden obediencia.

Al ser Francisco un rey bastardo, entonces ha puesto en la Iglesia su gobierno horizontal. Automáticamente, Francisco ha iniciado su nueva estructura de iglesia. Si Francisco no hubiera puesto el gobierno horizontal, la Iglesia de Cristo permaneciera en Roma; pero como ha puesto esa horizontalidad en el gobierno, lo que hay en Roma no pertenece a la Iglesia de Cristo.

Lo que pasa en Roma es una nueva iglesia, que tiene, ahora, las estructuras externas de siempre, pero que ya no representa la Iglesia de Cristo.

Francisco no representa a la Iglesia católica, sino a su nueva iglesia. Francisco no representa a Cristo, porque no ha sido elegido por Cristo a ser Pedro en Su Iglesia. Francisco representa a su mente humana y sólo a su concepción de lo que es Cristo y, por tanto, a lo que él piensa de lo que debe ser la Iglesia. Esa nueva iglesia la ha iniciado con su gobierno horizontal. El gobierno horizontal no pertenece a la Iglesia de Cristo. Es más se opone al dogma del Papado, a la Verticalidad; se opone al Papa, a Pedro en su misma esencia.

Esto trae una consecuencia para toda la Iglesia: si ya no se puede dar la obediencia a nadie en la Iglesia por el pecado del Papa Benedicto XVI, entonces no hay forma de obedecer ni a Francisco ni al gobierno horizontal que él ha creado. Y es más: es necesario luchar en contra, batallar contra, oponerse totalmente a Francisco y a su gobierno horizontal.

Nadie puede, en la Iglesia, exigir la obediencia a Francisco, porque sólo se obedece al Papa verdadero, que sigue siendo el Papa Benedicto XVI, guste o no le guste al propio Benedicto XVI.

Y nadie puede, en la Iglesia, exigir la obediencia a un gobierno horizontal porque ese gobierno no representa a Cristo en la Iglesia, sino sólo a sus intereses humanos, a sus ideales humanos, a la nueva iglesia que se crea con ese gobierno horizontal. Es Pedro quien representa el gobierno en la Iglesia. Y todos bajo Pedro en el Vértice. No todos bajo Pedro en la horizontalidad. Porque Pedro deja de ser Pedro en un gobierno horizontal. La esencia de Pedro sólo se puede obrar en el gobierno vertical. La esencia de Pedro se anula en todo gobierno horizontal. Y si se anula a Pedro, se anula la Iglesia y se construye una nueva iglesia.

Por eso, la situación en la Iglesia es muy grave.

En estos momentos, en la Iglesia hay una anarquía, un desgobierno muy fuerte en todas las diócesis que forman la Iglesia Católica. Queda una estructura exterior, queda una Jerarquía de la Iglesia sin cabeza, porque el Papa verdadero ha renunciado a ser cabeza.

Y esto gravísimo trae una elección por parte de todos los miembros de la Iglesia:

1. O se elige obedecer sólo a Cristo;

2. O se elige obedecer al gobierno horizontal, a la nueva iglesia, donde ya no es posible seguir a Cristo.

Cada alma en la Iglesia tiene que elegir si no quiere ser destrozada por la anarquía que reina en todas partes dentro de la Iglesia. O las almas se ponen en la Verdad Absoluta, que es Cristo; o las almas se ponen en la mentira, que es ir en contra de Cristo.

Entonces, viene la cuestión:

¿qué podemos hacer ante un Francisco y todo su gobierno horizontal?

1. No esperen que Francisco haga algo bueno por la Iglesia;

2. No esperen que Francisco pueda ver sus errores y así pueda enderezar la Iglesia hacia Cristo;

3. No recen para que Francisco tenga luz y pueda dirigir bien la Iglesia;

4. No recen por el gobierno horizontal para que pueda gobernar bien la Iglesia;

5. Tienen que rezar para que Francisco se vaya de la Iglesia: se vaya a un monasterio para expiar sus pecados y así pueda salvarse;

6. Tienen que rezar para que se destruya ese gobierno horizontal y se quite el impedimento que hay ahora sobre Roma.

7. Tienen que rezar para que se convierta el Papa Benedicto XVI y vuelva a ser Papa; porque es Papa hasta la muerte.

8. Tienen que hacer penitencia por tantos sacerdotes y Obispos ciegos, que no tienen vida espiritual y no saben ver la gravedad de lo que está pasando en la Iglesia.

9. No se puede dar la obediencia a nadie en la Iglesia. Sólo a aquellos Pastores que ven la Verdad, que hablan la Verdad, que guían en la Verdad y, por tanto, que saben oponerse a Francisco y a todo su gobierno horizontal. A los demás, no se les puede dar obediencia, pero se recibe de ellos los Sacramentos, porque para eso están: mientras crean en algo, dan a Cristo en los Sacramentos. Pero en cuanto empiecen a sacar nuevas reglas, nuevos credos, en los que se anule la Verdad, entonces ya ni siquiera eso.

10. No hay que ver las buenas obras de Francisco como obras de la Iglesia; son las obras de ese hombre en su nueva iglesia. Por tanto, todo aquello que sea bueno o santo en lo exterior, no pertenece a la Iglesia de Cristo. Si Francisco llegara a proclamar Santo a Juan Pablo II, eso no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino sólo a su nueva iglesia. Es una obra que hacen ellos para aguantar el chaparrón de todo lo que están viendo en la Iglesia y dar un contento a la gente que todavía espera algo de Francisco como Papa. Sólo el Papa Benedicto XVI está capacitado, tiene el poder divino, de proclamar santos en la Iglesia. Francisco hace eso con su poder humano, porque es un rey bastardo, se ha arrogado un poder que no ha recibido de Dios.

11. Todo en Roma es propaganda y publicidad hacia Francisco y a todo su gobierno horizontal. Todo está montado para hacer el juego a las mentiras que, constantemente, Francisco y los suyos predican. Y los sacerdotes y Obispos tienen que no someterse a ese juego y llamar a cada cosa por su nombre.

12. Ante esta situación creada por la misma Jerarquía de la Iglesia en Roma sólo queda un camino para seguir siendo Iglesia y para formar la Iglesia que Cristo quiere: salir de Roma, salir de las estructuras externas que la Iglesia tiene en cada diócesis, porque no se puede dar la obediencia a ningún hombre en la Iglesia. No se obedece la opinión de Francisco ni las diversas opiniones de los que forman el gobierno horizontal. No es posible dar la obediencia a aquel que está desestabilizando la unidad en la Iglesia con su comunismo, con su protestantismo con su fe masónica, que es el líder de una nueva iglesia, que es el bastardo de la Iglesia de Cristo y que se llama Francisco.

La situación en la Iglesia es muy trágica. Los hombres del mundo están con el pensamiento de Francisco, porque éste habla lo que ellos quieren escuchar. Francisco es del mundo, para el mundo, obra para adquirir una importancia en lo social, en lo político, en lo cultural, en la ciencia de los hombres. Pero Francisco no es de la Iglesia verdadera. Y nunca va a decir una Verdad bien dicha, porque no puede ponerse en la Verdad. Y eso es clarísimo: “Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo” (Francisco a Eugenio Scalfari, fundador del diario La Repubblica).

Francisco sólo cree en las verdades relativas, las que cada cual adquiere con su pensamiento. Por tanto, no se puede poner nunca en la Verdad. Francisco es una veleta guiada por muchas razones humanas, por muchas doctrinas humanas, por muchos ideales humanos, que le llevan a adorar a muchos dioses en su vida. Al no creer en el Dios católico, busca su dios en su discurso, en su lenguaje humano, en su concepto del bien y del mal. Y, por tanto, abraza a todos los dioses que los hombres tienen en el mundo. E intenta reunirlos en uno solo: en su dios, que ha creado con su concepto de dios, del bien y del mal.

No esperen de Francisco una verdad ni, por tanto, la unión de la Iglesia en la Verdad. Él no puede dar la Verdad absoluta; él siempre habla una verdad y una mentira. Siempre encandena en sus discursos una verdad y una mentira. Siempre su lenguaje es si y no al mismo tiempo, porque pertenece al demonio.

Sólo esperen de Francisco la union de todas las iglesias, de todos los credos religiosos, en una mentira, en un error, en un pecado. Porque ése es el fin del diálogo que Francisco ha creado con su evangelio de la fraternidad: amar a todos los hombres por encima del amor divino, que exige la rectitud, lo moral, en cada uno de ellos. Francisco anula lo moral para imponer una misericordia sin verdad, apoyada sólo en un sentir humano, en un bien humano, en una obra humana.

Llevamos un año en que Francisco se ha paseado por la Iglesia con la mentira en su boca. Por tanto, el fruto de este año es:

1. Maldición en la Iglesia: ninguna bendición divina recae en el estado de pecado de toda la Jerarquía al elegir a un hombre para gobernar la Iglesia.
2. Justicia para la Iglesia: por el pecado de toda la Jerarquía, la Iglesia está expuesta a un castigo divino para purificarla de todos los males que vienen por ese pecado.
3. Daño irreparable en toda la Iglesia: las almas se condenan al negarles el camino de salvación y de santificación que da la Verdad del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia.

Y quien no vea así la situación de la Iglesia sólo se engaña a sí mismo. El cisma viene por Francisco; la herejía la da Francisco; el mal en toda la Iglesia es culpa de Francisco.

El gran pecado de la Jerarquía actual: su soberbia

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La verdad de la Iglesia sólo está en Cristo, que es el que la ha fundado. Por tanto, ningún hombre sabe construir la Iglesia.

Si no comenzamos desde este punto, entonces toda la Jerarquía de la Iglesia se inventa su iglesia, que es lo que vemos desde que Francisco se sentara en la Silla de Pedro: lo que importa es la opinión de los hombres en la Iglesia, pero no la Verdad de la Iglesia.

Es Cristo el fundador de la Iglesia. Y Cristo da Su Espíritu para que los hombres obren en la Iglesia lo que el Padre quiere. La Voluntad de Dios es la Obra de la Verdad. Quien hace lo que Dios quiere da sentido a su vida; pero quien va buscando sus propias voluntades, que son fruto de sus ideas, de sus opiniones, de sus puntos de vista, entonces su vida sólo tiene el sentido de su soberbia humana.

El problema de los hombres es siempre que no siguen al Espíritu de Cristo, sino que siguen a sus pensamientos humanos.

Éste es todo el problema durante 20 siglos de Iglesia: la soberbia humana impide hacer la Iglesia que Cristo quiere.

Y es sólo la soberbia humana, pecado que engendra otros muchos pecados y males en la Iglesia. El mal de toda la Iglesia es el pecado de soberbia de muchos sacerdotes y Obispos, que han perdido el norte de su vida espiritual y sólo se dedican a sus obras humanas en sus ministerios sacerdotales. Y eso lleva a toda la Iglesia a actuar como ellos; es decir, a construir una Iglesia humana, carnal, material, natural, pero cerrada todo bien divino y espiritual.

Si no se ataca, de forma conveniente esta soberbia, que todos los hombres tenemos, entonces hacemos de la Iglesia un lugar para nuestro fariseísmo: cada uno quiere imponer su idea de cómo hay que ser Iglesia y hacer Iglesia. Cada uno sigue su pensamiento humano, su lenguaje humano, su filosofía humana, pero nadie obra la Voluntad de Dios en la Iglesia.

La soberbia en el hombre es innata; es decir, todos nacemos con la soberbia original de Adán. Ese pecado de Adán se transmite a todo hombre y en todo tiempo. No hay hombre que no haya sido soberbio y que no haya querido imponer su idea en la vida de otros.

Sólo una Mujer nunca tuvo soberbia, porque fue engendrada sin el pecado de origen: en su concepción sin pecado original. Y sólo Dios podía hacer esto por los méritos de Su Hijo, que tenía que nacer, sin concurso de varón, en esa Mujer.

De la Virgen María nace Jesús; de la Mujer, el Hombre, que es el Nuevo Adán, un Hombre del Espíritu, porque es engendrado por el Espíritu en la Mujer.

Jesús no es un Hombre de hombre (de varón) y, por tanto, no es persona humana. Toda persona (en la naturaleza humana) es humana porque es engendrada de hombre y de mujer; es decir, tiene la misma naturaleza del hombre y de la mujer. Jesús es engendrado de Espíritu y de la Mujer; luego ya no es persona en la naturaleza humana, sino que hay que buscar su Persona en Su Naturaleza Divina.

Jesús tiene dos naturalezas; luego ya no es sólo hombre, ya no puede ser persona humana. Su naturaleza humana convive con la Naturaleza Divina.

Y, por tanto, Jesús es otra cosa: no sólo hombre, sino también Dios. Es un ser con dos naturalezas distintas, que no se confunden, pero que poseen una Jerarquía, un Orden, una Armonía en Jesús. Jesús sólo tiene la Persona Divina, que es el Verbo, engendrado por el Padre en el Espíritu. Y esa Persona Divina rige toda la naturaleza humana de Jesús.

Jesús, por tanto, no puede mirar a los hombres como éstos se miran unos a otros. Jesús no está para los hombres, no vive para los hombres, no obra como los hombres, no piensa como los hombres, no ve el mundo como lo ven los hombres.

Jesús, al ser Dios, mira lo humano con los ojos divinos. Y, por eso, puede entender todas las cosas del hombre. El hombre no se comprende a sí mismo, porque no tiene la visión de Dios. El hombre sólo comprende algunas cosas de él mismo y pocas del exterior. Y de Dios, el hombre no comprende nada o casi nada, porque Dios es Espíritu. Y el hombre sólo tiene un alma espiritual, incapaz de alcanzar el Espíritu por sí misma, si Dios no la ayuda.

Todo el problema de la Iglesia, actualmente, es contemplar a Jesús como hombre, como persona humana. Y, entonces, se tiene que negar lo que es Jesús y su doctrina en la Iglesia.

La Encarnación del Verbo es hacer de lo humano un ser divino, glorioso, distinto a todo lo humano. Por eso, Jesús viene con la Gloria del Padre; pero necesita despojarse de esa Gloria porque los hombres viven en el pecado, sin Gloria, sin vida espiritual, sin un fin divino. Y Jesús se despoja de Su Gloria y se queda pasible y mortal: puede sufrir y puede morir.

Y la Iglesia actual no comprende este despojo del Verbo Encarnado porque ha fabricado su Jesús, su visión de Jesús, del Mesías, del Reino del Mesías. Y, por eso, cae en el pecado de los fariseos, que es el pecado de los judíos de todo tiempo: esperar a un Mesías político, humano, terrestre, carnal, material, natural.

Este pecado es el de la Jerarquía de la Iglesia actual, la que está ahora en Roma gobernando una Iglesia que no le pertenece.

La Iglesia verdadera no está en Francisco ni en todo su gobierno horizontal. No existe en esa estructura que ha creado ese hombre, que se viste de Obispo, y que es sólo una caricatura de sacerdote, una figura enclenque de Papa.

Francisco no es Papa, sino un hombre, sin vida espiritual, que no sabe lo que es la vida de la Iglesia, que sólo se sienta en la Silla de Pedro para salir en el mundo, para aparecer ante el mundo como el que sabe lo que hay que hacer en la Iglesia.

Esto es la idea que ha recogido Francisco de la renuncia del Papa Benedicto XVI. El Papa verdadero se fue porque no encontraba un camino en la Iglesia. Y él sigue sin camino. Él sigue esperando algo de Francisco. Y éste su principal error, que viene de su pecado en la renuncia.

Un hombre inteligente como el Papa Benedicto XVI sabe lo que Francisco está diciendo. Y, sin embargo, calla. Es decir, comulga con los errores, con las mentiras, con las herejías, con el pecado de Francisco. Calla. Y esto es muy grave dentro de la Iglesia.

Muchos en la Iglesia han comenzado a hablar mal de Francisco y, por tanto, a actuar en consecuencia. Y ven la oposición que existe en la Iglesia cuando uno quiere ponerse en la Verdad: se comprueba que nadie quiere la Verdad. Todos están en la Iglesia para escuchar lo que ellos quieren. Y nadie está en la Iglesia para escuchar la Verdad y ponerla en práctica.

Es el pecado de soberbia, del fariseo que ya se cree santo porque cumple con unas normas o sigue unas estructuras en la Iglesia. Es el pecado de ver a Jesús como líder humano, líder político, líder para los hombres. Un líder que gusta a los hombres porque sigue, porque se adapta a las costumbres, a las culturas, a las ciencias de los hombres. Eso es sólo Francisco: un líder ideal para aquellos que hacen de su vida un cultura, una ciencia, un delirio social, un negocio, una empresa, una dedicación al bien humano.

Y el problema de todos estos hombres es que están cerrados al Espíritu. No pueden comprender lo que es la vida espiritual, lo que es la vida de la gracia, lo que es la vida divina en la Iglesia.

Dios ha dado Su Espíritu al hombre y, por eso, todo hombre nace con un alma, con un cuerpo y con un espíritu. Ese espíritu viene del Espíritu; no es una parte del Espíritu, sino un ser que se derrama en el hombre, que le hace tender hacia el Espíritu.

El espíritu humano es la capacidad que tiene el hombre para comprender la vida espiritual. Sin este espíritu humano, el hombre sólo se queda en su soberbia, que es el conocimiento que nace de su mente humana, que está en su alma.

El hombre piensa con su alma, con el entendimiento que su alma tiene. Pero el hombre, con su alma no abarca lo espiritual. Entiende cosas de la vida espiritual, de Dios, de los espíritus, pero no capta la esencia de todo eso.

Para captar lo espiritual como es, es necesario tener un espíritu; que es algo diferente al alma. El alma es espiritual, pero no es espíritu. La esencia del alma es espiritual, no es material. Y el alma, en esa esencia espiritual, se mueve hacia el espíritu, pero en un cuerpo, no en el Espíritu.

El hombre tiene deseos espirituales, ya por su alma, ya porque tiene un espíritu humano. Y cada hombre tiene que discernir sus deseos espirituales, porque muchos de ellos provienen de su naturaleza humana, no de Dios.

Cuando hablamos de la vida de la Iglesia estamos hablando de lo que quiere el Espíritu en la Iglesia, que es la Obra del Verbo Encarnado. Y, por tanto, no estamos hablando de lo que quieren los hombres, de lo que entienden los hombres, de lo que obran los hombres.

Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu y, por eso, no es fácil hacer la Iglesia como el Espíritu quiere.

Toda la dificultad de tantos sacerdotes y Obispos sólo está en su soberbia, en la que tiene cada uno en sí mismo. Y esa soberbia les hace quedarse en su alma y cerrarse al Espíritu.

Con el espíritu humano el hombre tiene la inteligencia divina para hacer las obras divinas en la Iglesia; con el alma humana, el hombre sólo posee su inteligencia humana, que es incapaz de hacer una obra divina en la Iglesia.

Por eso, todo hombre tiene que someterse a Dios, tiene que obedecer a Dios, en Espíritu y en Verdad.

La obediencia del hombre a Dios significa el sometimiento de su alma, de su entendimiento humano, al Entendimiento Divino. Y es un sometimiento absoluto, no relativo. Todo el hombre, todas sus ideas, todo sus conceptos de la vida tienen que someterse, inclinarse hacia Dios. Si el hombre tiene una idea que no se somete a Dios, que es distinta de lo que Dios tiene en su Pensamiento Divino, entonces el hombre cae en su soberbia.

Por eso, el mundo está lleno de ideas totalmente contrarias a lo que Dios tiene en Su Pensamiento. Y de ahí se conoce que el mundo no pertenece a Dios, porque no se quiere someter a Dios en las ideas que fabrica, que se inventa, que adquiere. El mundo será siempre del demonio, porque es el constructor de la soberbia, es el que se inventa la idea soberbia, la idea que está de moda en los hombres, que siguen los hombres, que buscan los hombres.

Una Iglesia que se olvida de combatir su soberbia en muchos consagrados hace de la Iglesia una estructura que no sirve para obrar el Evangelio. Roma ya no sirve para ser Iglesia ni para obrar la Iglesia. Es una estructura vieja, formada por la soberbia de muchos sacerdotes y Obispos, que sólo están en Roma para ganar dinero y para tener un puesto en la Iglesia. Francisco ha puesto una estructura nueva en lo viejo que estaba en Roma: su gobierno horizontal. Eso produce que Roma se hunda totalmente y en poco tiempo.

Lo que ha hecho Francisco es abrir las puertas de Roma al negocio del poder, como se comprende en el mundo. Todos, ahora, van a querer sentarse en la Silla de Pedro. Eso es ya el negocio que viene del gobierno horizontal. No se puede esperar de unos hombres herejes, que ya no creen en los dogmas, como son los que componen el gobierno horizontal, una verdad en la Iglesia. Es algo absurdo, es una ilusión creer que ese gobierno va dar solución a los problemas de la Iglesia. Eso no cabe en la cabeza cuando se vive la Verdad.

Las estructuras de la Iglesia en Roma, en la actualidad, son aptas para destruir toda la Iglesia, porque ya no existe el Vértice, una Cabeza Absoluta, que es el Papa. Por tanto, en el gobierno de esa estructura que hay en Roma está la maldición de toda la Iglesia.

Ni Francisco ni el gobierno horizontal representa a la Iglesia verdadera. Lo que hay en Roma es sólo una iglesia nueva, con lo externo de los 20 siglos de Iglesia. Pero su interior está corrupto en su raíz.

El gobierno horizontal no es un bien en la Iglesia, ni siquiera algo más o menos bueno dadas las circunstancias, sino que es una maldad en su totalidad. Poner un gobierno horizontal en la Iglesia es un pecado que no tiene perdón de Dios. Éste es el punto que muchos no comprenden.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia por haber puesto su gobierno horizontal. ¡Una maldición! Porque ese gobierno horizontal trae cualquier pecado y cualquier mal a toda la Iglesia.

Se gobierna la Iglesia estando Pedro solo, sin nadie, sin ayuda de nadie, sin colaboración de nadie. Es Cristo quien gobierna Su Iglesia, a través de Su Pedro.

Quien renuncia a ser Pedro, renuncia a la Iglesia: éste es el pecado del Papa Benedicto XVI. ¡Gravísimo pecado, que trae consecuencias desastrosas para todos en la Iglesia!

Y quien se pone como Papa sin ser llamado por Cristo a ser Pedro, atrae para la Iglesia sólo la Justicia Divina; es decir, no hay Misericordia para la Iglesia.

Si la Iglesia quiere hallar Misericordia a los ojos de Dios, tiene que enfrentarse a Francisco y a todo su gobierno horizontal. Esto es lo que muchos no acaban de comprender.

La Iglesia verdadera no es la que se ofrece en la iglesia de Roma, que dan las estructuras de Roma. Eso es sólo la nueva iglesia, la iglesia universal, la iglesia en la que todo vale, en la que está todo incluido, la que sirve para todo, porque ya no hay moralidad, ya no hay ética, ya no existe la Verdad.

La Iglesia verdadera está fuera de Roma, de sus estructuras, de esos hombres que se creen con poder y que sólo tienen una figura, una entelequia del poder del demonio. Es el demonio el que obra a través de ellos. Y sólo el demonio. Cristo no habla por bocas mentirosas, que engañan cada día, que no saben lo que es la vida de moralidad, la ley divina y la ley natural en la naturaleza humana, como es Francisco y todos los que los siguen y le aplauden sus claras herejías.

Cristo toma las bocas de los humildes, de los que son nada ante los hombres porque se pasan la vida luchando contra ellos, contra el mundo, contra el demonio, contra sus pecados.

Cuando la Iglesia se olvida de luchar contra su pecado, entonces se vuelve una maldición. Eso es el gobierno horizontal: en ese gobierno ya nadie lucha contra el pecado, sino que se lucha por conseguir una idea, una filosofía, una visión humana para anular el pecado, para decir que el pecado es un bien, un valor, un camino en la vida. Y así se inventan un lenguaje para decir que Dios perdona todo pecado y que sólo hay que buscar la manera humana de quitar males humanos para que Dios dé su perdón a todo el mundo.

Lo que hay en Roma es el fariseísmo puro: están cerrados al Espíritu. Se inventan todo en la Iglesia. ¡Todo!

La Iglesia sólo necesita de una estructura sin soberbia para que todo marche en el Espíritu. La estructura sin soberbia es muy sencilla, porque son las almas simples, dóciles, humildes, obedientes, las que la realizan.

No hay que inventarse una estructura para ser o para hacer la Iglesia. La estructura ya está puesta: en Pedro.

La Iglesia es en Pedro; la Iglesia se hace en Pedro. Si Pedro es obediente a Cristo, entonces todo funciona en la Iglesia. Pero si Pedro no obedece a Cristo, entonces nada funciona en la Iglesia.

Jesús puso a Pedro. De esa manera, edifica Su Iglesia. Su Iglesia es un organismo espiritual, sobrenatural; no es algo ni humano, ni material, ni natural, ni carnal. Necesita todo esto, pero sólo por exigencia del Espíritu, no por necesidad de origen.

Cuando Cristo funda Su Iglesia lo hace en la muerte de su humanidad. Su humanidad está muerta, no viva. Y, en la muerte de Cristo, tiene su origen la Iglesia.

La Iglesia no se funda antes de morir. Lo que hizo Jesús con Sus Apóstoles no era la Iglesia; era sólo la preparación de la Iglesia. Pero no existía la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo.

Cuando muere Jesús en la Cruz, ahí nace la Iglesia. Nace en el Espíritu, no en la humano. No en la obra humana de Jesús; no en la vida humana de Jesús; sino en su muerte, cuando su alma ha abandonado su cuerpo.

Por eso, no hay que poner las estructuras de la Iglesia en nada material, nada humano, nada carnal. Sólo hace falta un alma humilde para sostener la Iglesia, para ser Iglesia, para formar la Iglesia.

La Virgen María, en la muerte de Su Hijo, sostenía la Iglesia recién nacida. Tenía a su Hijo muerto entre sus brazos. Y lo mostraba al mundo, en el Calvario. Estaba mostrando la Iglesia a todo el mundo, a toda la humanidad.

Y toda la Iglesia, en ese momento, era la Virgen María. Su Hijo, muerto; los Apóstoles, huidos; sólo San Juan, apoyando su dolor con su amor.

Y la señal de que la Iglesia nunca va a desaparecer es porque siempre está sostenida por la Madre, por el amor de los humildes, por la vida de los humildes, por las obras de los humildes.

Para ser Iglesia no hace falta ni ser rico ni ser pobre; sólo es necesario ser humilde; es decir, tener la soberbia a los pies de la Virgen; machacar nuestra soberbia para que ningún pensamiento humano, por más bueno y perfecto que sea, se ponga por encima del Pensamiento Divino.

En la nada de lo humano, nace la Iglesia; sostenida por una Virgen, por la Mujer sin soberbia, sin pecado original.

Y, por eso, allí donde hay pecado no está la Iglesia, no se sostiene la Iglesia, no se hace Iglesia.

Cristo ya ha puesto el camino para quitar todo pecado en la Iglesia: el Sacramento de la Penitencia. Eso es suficiente para no pecar más, para expiar todo pecado, para hacer la Iglesia que Dios quiere.

Pero es necesario la fe en la Palabra de Dios y la fe en la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Jesús y Su Iglesia son dos cosas diferentes: es necesario creer en Jesús, pero también es necesario creer en Su Obra, en Su Iglesia. Sin estas dos cosas, no es posible la salvación de los hombres.

El hombre no se salva porque crea en Jesús solamente; sino que es necesario, de forma absoluta, también creer en la Obra que Jesús ha edificado en Pedro.

Lo más difícil para los hombres es creer en lo segundo, porque en la Iglesia hay muchos hombres que parecen santos, que se visten de Cristo, pero que no son otros Cristos, que viven una vida humana y pecadora dentro de la Iglesia. Y, por eso, muchos pierden la fe en la Iglesia por andar mirando a los hombres que están en la Iglesia y que no viven lo que es la Iglesia.

En la Iglesia hay que mirar a solo Cristo y entender qué Él quiere de Su Obra, para realizarla por el camino que ponga el Espíritu. Y como los hombres no hacen esto, entonces, tenemos una iglesia en Roma para el hundimiento y al condenación de las almas.

Si alguien quiere salvarse, tiene que salir, de forma necesaria, de las estructuras de Roma. En Roma no está la Iglesia verdadera. Allí sólo hay un cisma que, dentro de poco, se volverá claro para todo el mundo.

Francisco: cismático y apóstata

Santisima Trinidad

«¿Acaso Cristo está dividido?» (1 Co 1, 1-17).

No, Cristo no está dividido; pero Francisco divide a Cristo.

Jesús es la Iglesia; luego, Francisco no es la Iglesia.

Jesús, que es la Verdad, es la Iglesia; Francisco, que predica la mentira, no es la Iglesia.

Jesús, que obra la Verdad, hace Su Iglesia; Francisco, que obra su mentira, crea su nueva iglesia.

La Verdad nunca ha cambiado. La Verdad es simple.

La Verdad es que en la Iglesia sólo se da el gobierno vertical. Esa Verdad no la cambia nadie, ni siquiera la mente de Francisco. Su pensamiento es su condenación. Él ha puesto el gobierno horizontal: eso condena a Francisco.¡Eso sólo! No hay que buscar otras herejías, que las tiene en abundancia cada vez que abre su maldita boca.

Francisco ha puesto un gobierno horizontal: automáticamente se ha ido de la Iglesia. Ha comenzado a crear su nueva iglesia; porque Jesús es la Iglesia.

La Iglesia ha sido fundada por Él. Y Él ha puesto un Vértice en la Iglesia. Un Vértice que nadie puede quitar. Aquel que se atreva a quitarlo queda excomulgado automáticamente. Su pecado le hace salir de la Iglesia.

Francisco ha divido a Cristo con su gobierno horizontal. Este gobierno horizontal es la obra de su pecado de orgullo. Es la obra que se opone a Cristo. Es una acción en contra de Cristo, que ha fundado Su Iglesia en un Vértice, en una Roca, en una Piedra.

Por este pecado de orgullo, Francisco recibe el nombre de anticristo. No es el Anticristo, sino uno de los anticristos, porque ha ido en contra de Cristo en una Verdad, que es el Vértice de la Iglesia.

Ese gobierno horizontal, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino a la nueva iglesia, fundada por Francisco en Roma, significa dos cosas:

1. un cisma encubierto;

2. una apostasía de la fe pública.

1. Cisma encubierto

Todo cuanto haga ese gobierno horizontal se aleja de la Verdad. Y esto de forma automática. Es decir, formalmente, las decisiones de ese gobierno son herejías, aunque sean buenas obras en apariencia, aunque sean santas en apariencia. Porque la Iglesia se gobierna con un gobierno vertical, no horizontal. Luego, lo que haga ese gobierno sólo sirve para la nueva iglesia; pero no sirve para la Iglesia de Cristo.

Jesús no gobierna Su Iglesia en un gobierno horizontal. Luego, ninguno de los que pertenecen a ese gobierno horizontal tiene el Espíritu de Cristo para gobernar la Iglesia. Ninguno de ellos. Es decir, no tienen el Poder de Dios para gobernar la Iglesia. Luego, sólo poseerán sus poderes humanos. Y, por eso, lo que hagan con esos poderes humanos es un cisma.

Francisco ha roto la estructura de la Iglesia. Ha metido a gobernar la Iglesia a Obispos y Cardenales que no han sido llamados por Dios para dirigir la Iglesia. Porque la Iglesia sólo loa dirige el Papa. Por eso, lo que ha hecho Francisco tiene el nombre de cisma.
Cisma significa: me voy de la Iglesia y pongo mi iglesia. Eso fue lo que hizo Lutero. Lutero lo hizo yéndose de Roma. Francisco lo ha hecho en la misma Roma.

Pero lo que ha hecho Francisco queda encubierto: éste es el error de Francisco. Su gran error, que será su gran caída.

Y ¿por qué? Porque no se puede predicar que Cristo no está dividido poniendo la división en la Iglesia.

No se puede predicar que hay que dar testimonio de la Verdad en la Iglesia obrando la mentira con un gobierno horizontal.

No se puede predicar que hay que ser dóciles a la Palabra de Dios, cuando él mismo es rebelde a esa Palabra.

No se puede predicar que Jesús es la Misericordia cuando él ha puesto el camino para condenar a las almas dentro de la Iglesia.

Francisco ha puesto un cisma y lo ha escondido, lo ha encubierto. Es decir, no se atreve a más, a romper con otras cosas. Tiene miedo. Sólo hay que ver sus últimas homilías. Dice cosas y no dice nada, porque sabe cómo está la Iglesia: en contra de él.

Francisco es un hablador. Y no más. Y un pésimo hablador. Su palabra no convence a nadie, pero sí hace mucho daño.

Francisco ha puesto un cisma en la Iglesia, una división clara. Pero tiene miedo de algo más. Y ¿por qué? Por su pecado de orgullo. Él ve la necesidad de dar un giro a la Iglesia, pero eso no es fácil. Él no tiene la fuerza para eso, porque no es inteligente. Es un cura de pueblo. Y no más, que entretiene a la gente. Y no más. Pero que no sabe en el lío que se ha metido.

El demonio sólo necesitaba a un Francisco para comenzar la ruina de la Iglesia. Cuando ya no le sirva, pone a otro, a uno más fuerte que Francisco.

2. Apostasía de la fe pública

Francisco predica una doctrina pública que es contraria a la doctrina de cristo: su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro. Dos cosas quiere Francisco:

a. unir a los miembros de la Iglesia en el amor fraterno, en la caridad;

b. meter en la Iglesia a los demás hombres que viven en sus pecados, en sus religiones.

Por eso, él predica la unión en la caridad, y se olvida de la unión en la verdad. Es más importante la caridad que la verdad. Por eso, se opone a la doctrina de Cristo, que es la doctrina de la verdad: Dios ama al hombre en la verdad, en la justicia, en la rectitud, en el orden moral, en el orden ético, en la ley divina.

a. Francisco propone su amor fraterno: Dios ama a todos los hombres y lo perdona todo en ellos por ser Misericordia. No se ve el atributo de la Justicia Divina, porque es un amor sin verdad, sin justicia, sin orden. Es un amor que hace del pecado algo que Dios no lo supera con Su Gracia. Por esos, él predica su doctrina de la Iglesia accidentada: cada uno con sus pecados se salva. Sólo hay que hacer bienes a los hombres, obras buenas humanas. Para Francisco, el amor fraterno está por encima del amor divino. La verdad se somete al hombre, a la cultura del hombre, al pensamiento del hombre. Por eso, para Francisco, no hay verdades absolutas, sino relativas: la verdad está relacionada con el hombre; la verdad se somete al hombre. Ya no es el hombre el que obedece a la Verdad. La verdad es como la ve el hombre, como la entiende el hombre, como la interpreta el hombre. Por eso, su doctrina del amor fraterno hace aguas por todos los lados. No sirve para unir a los hombres, en la caridad, porque no hay verdad que una. Cada hombre tiene sus verdades y el otro tiene que someterse a esas verdades, así no les guste, por un motivo de amor fraterno, de amor humano, de amor sentimental, de amor económico, de amor cultural.

b. Francisco propone a todos los hombres el diálogo, ya no la fe. Para salvarse hay que dialogar con todos los hombres. Así se alcanza la unidad que Jesús quiere en la Iglesia. Este error es de la mayoría de la Jerarquía. Sólo la fe produce la conversión del corazón. Si el alma no vive de fe, el alma sigue en sus pecados, en su vida humana, en su iglesia, en su religión, pero no accede a la Verdad, que es Cristo. Y, por más que se dialogue con los hombres que no posee la fe, que cree en algo, pero no creen en la Verdad, entonces eso no convierte a las almas.

Como Francisco no cree en la Verdad, entonces propone el diálogo para unir a todos los hombres en la Iglesia, con Cristo. Es una doctrina absurda, pero que muchos la siguen, porque no han comprendido la fe en la Palabra de Dios. Y, al no aceptar la Palabra de Dios en sus corazones, entonces, se inventan su fe, una fe humana, una fe en la que el diálogo es lo central para ser Iglesia.

Estas dos cosas de Francisco, que pertenecen a su doctrina, constituyen la apostasía de la fe pública de Francisco y de los que siguen a Francisco.

La apostasía de la fe significa algo más que separarse de la Iglesia. El cisma separa de la Verdad; pero el apóstata invita a caminar en su mentira. Predica una doctrina que es para condenar almas. Y lo hace abiertamente, de forma pública, sin oposición de nadie.

Esta es la gravedad de tener a un lobo sentado en la Silla de Pedro. Porque por ahí viene el engaño a muchas almas en la Iglesia que no disciernen nada, que se lo tragan todo, que les da igual quien está de Papa.

El daño que hace la doctrina de Francisco en la Iglesia es enorme: porque es una doctrina cismática y apóstata. Una doctrina que está revestida de cosas buenas y santas, pero que lleva, de forma inevitable, a la condenación de las almas.

Por eso, no se puede seguir a Francisco en nada. No es posible darle ninguna obediencia.

La Iglesia es Jesús. Y Jesús es la Verdad. Y la Verdad es la Gracia. El hombre no puede seguir a Jesús si no está en Gracia. Y estar en Gracia significa no estar en pecado, quitar el pecado, luchar contra el pecado. Porque la Gracia vence todo pecado. La Gracia transforma al hombre en hijo de Dios. La Gracia construye el Reino glorioso de Cristo en la Tierra.

La Iglesia está llamada a vivir los 1000 años del Reino Glorioso, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Esta es una Verdad que no se puede quitar de la Revelación. Y es una verdad que hoy día se combate, porque se quiere la felicidad humana, el progreso de los hombres, la paz entre los hombres, pero sin Gracia, sin el Espíritu de la Verdad.

Por eso, la Iglesia ha combatido a tantos profetas que han hablado sobre la Nueva Jerusalén, porque la Iglesia ya no tiene Fe en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en las palabras de los hombres, en las investigaciones de los filósofos, de los teólogos, de los científicos, de los técnicos, para decir que hay que vivir ese Reino glorioso en todo el espectro humano. Es el hombre, con sus avances, lo que lleva a construir ese reino.

Y esta es la esencia de la doctrina de Francisco: Francisco se apoya en todo lo humano para ser feliz en su vida. Ése es un gran error. Y, por eso, es un apóstata de la fe porque ama al hombre con locura. No puede amar a Dios porque no acepta la verdad del Pensamiento Divino. Sólo acepta las verdades que los hombres adquieren con sus inteligencias humanas. Por eso, él se opone a la Gracia; se opone a la Iglesia; se opone a Cristo. No se somete a la Verdad, entonces se somete a su mentira y hace de esa mentira su valor, su verdad, su bien, su derecho, su deber, en la vida.

Por eso, Francisco es cismático y apóstata al mismo tiempo. Vive su cisma y hace de la mentira el camino para muchos, y que éstos se pierdan para siempre.

Francisco: un Papa negro

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Habría que decir a los obispos, que el Papa (Pablo VI) se encuentra bajo influencias. Pero no lo creen porque ellos mismos están cegados… Se tienen miedo los unos a los otros. Tienen miedo al pueblo, que lo expulsen. Quieren bailar según el violín del pueblo, a pesar que el violín emite sonidos falsos. ¡Y esto quiere llamarse Iglesia!. Se está llegando al punto en que las sectas serán mejores que vuestro catolicismo.

Porque no tienen esa ciencia y no las guía el Espíritu Santo, como ha sido guiada siempre la Iglesia…. El Vaticano está dirigido por los cardenales, el Papa sufre todo el tiempo, pero puede de esta manera salvar más almas y hacer más de lo que quisiera. Llegarán las cosas a un extremo, que Dios estará en la necesidad de echar abajo todo el modernismo. Se volverá a comenzar en lo antiguo, lo tradicional, en lo que quieren los de Allí…

Si el Papa no estuviese bajo secuestro y expiado constantemente, podría gobernar lo suficiente para que sus palabras llegasen al exterior. No llega nada al exterior. Lo que quisiera que salga, es desmentido inmediatamente, sustituido, modificado y hasta falsificado.

Se está llegando a los últimos tiempos. Si nosotros no dirigiésemos el timón de esta forma, y no tuviéramos de esta forma a los cardenales bajo nuestro poder, entonces se controlarían mejor…

La iglesia ha llegado al punto cero. Sólo la intervención del propio Dios puede salvar la Iglesia…

Os podéis consolar con el Papa, que aún sufre más que vosotros. Hace tiempo que quisiera que todo terminase… Hasta Judas, con su odiosa traición, fue menos malo que muchos sacerdotes. Judas no ha obrado a escondidas. Sentía que Jesús estaba al corriente de su falta. Después se arrepintió y tiró sus treinta dineros en el templo y dijo: “He traicionado la Sangre Inocente”. ¿Hay un sacerdote de hoy en día que haga lo mismo? Son más perversos. Ninguno se arrepentiría del mal que ha hecho. Están infectados hasta la médula, y todos se ayudan mutuamente de tal forma que todo pueda permanecer oculto. ¿Pero por cuánto tiempo? Cuando todo salga a relucir ya no seremos nosotros los que tengamos las ventajas, sino la iglesia. Ella (La Virgen María) me hace decir: “No despreciéis, ni aunque los justos se equivoquen con respecto a vosotros”. Jesús ha predicho: “Tiempo vendrá en que el que os mate, creerá rendir un servicio a Dios”. ¡Este tiempo ha llegado! No os matarán inmediatamente, se ha matado a muchos ya, pero no vosotros. Es necesario que sufráis ciertas persecuciones. Pero la situación empeorará aún más.” (Un demonio en un exorcismo – Advertencias del más allá)

Todo aquel que se siente en la Silla de Pedro tiene que hacer una cosa: someterse al Espíritu de Pedro, obedecer a Pedro, ser Pedro.

Quien quiera innovar cosas en la Iglesia, ése no tiene el Espíritu de Pedro. Si el que se sienta sobre el Trono de la Verdad no se somete a la Verdad, entonces nadie puede someterse a esa persona, porque en la Iglesia se obedece a la Verdad, que es Jesús, no se obedece al Papa. Se le da la obediencia si éste obedece a Pedro.

La Iglesia está apoyada en Pedro, no en un Papa. Esto hay que tenerlo claro, porque si no las almas no saben discernir al Papa.

No se obedece al Papa, sino a Pedro en el Papa. Si ese Papa no tiene el Espíritu de Pedro, ese Papa no es Papa. Será otra cosa, como se quiere llamar: antipapa, anticristo, falso para, falso profeta, etc.

Muchos se equivocan con el Papa, porque creen que tiene que escuchar todo lo que dice y seguirlo porque lo dice el Papa. Eso es un error de muchos.

En la Iglesia, la obediencia es a Dios. Y aquel que no dé a Dios, no se merece ninguna obediencia, así se vista de sacerdote, de Obispo, de Cardenal o de Papa.

En la Iglesia, no existe la obediencia a un hombre, a la mente de un hombre, a su juicio, a su opinión, a su punto de vista. No puede darse, porque Dios ha dado la Gracia para que el hombre dé el Pensamiento Divino en todas las cosas de la Iglesia.

Si los sacerdotes y Obispos, que son los encargados de gobernar, educar y guiar hacia la Santidad, no tienen vida espiritual, entonces se dedican en la Iglesia a dar sus puntos de vista humanos, pero no la Voluntad de Dios.

Esta ha sido siempre la lucha de la Iglesia: el elemento humano. Ha n habido épocas de mucha opinión humana en la Jerarquía y eso impide obrar la Voluntad de Dios dentro de la Iglesia.

Donde está el juicio del hombre ahí no está la Mente de Cristo. Y muchos sacerdotes y Obispos son duros de cerviz: están en sus ministerios para hacer lo que a ellos les parece y no dan nunca la Mente de Cristo a las almas. Eso es una realidad siempre en la Iglesia. Eso es algo que se puede palpar todos los días en la Iglesia, porque los hombres somos soberbios, nos gusta nuestra idea humana y la queremos imponer a los demás con el ropaje del sacerdocio, de la santidad, de lo divino.

Por eso, hay mucho fariseísmo en la Iglesia. Mucha hipocresía. Mucho decir con la boca que hay que vivir de fe, pero en la práctica, nadie vive de fe, sino de sus pensamientos humanos.

Francisco es el típico bocazas: dice muchas cosas que son agradables a los oídos de los hombres, pero vive otra cosa muy distinta.

Muchos siguen a Francisco por su modernismo, porque dice cosas nuevas sobre la Iglesia, sobre el Papado, sobre la vida espiritual. Eso es sigo de que francisco no se somete al Espíritu de Pedro. Todo Papa tiene que dar el Espíritu de Pedro para ser Papa. Es claro que Francisco no lo da, luego no es Papa. No es, ni siquiera un Anti-Papa, porque no quiere dar a Pedro. El anti-Papa da a Pedro, pero para hacer su negocio en la Iglesia. El antipapa no da modernismos en la Iglesia. Mantiene la Verdad, aunque no la viva.

Un anticristo lucha contra la Verdad; un falso profeta habla en contra de la Verdad; un falso Papa representa la Verdad, sin tocarla; da una imagen falsa de lo verdadero.

Pero Francisco no es nada de esto. No es Anti-Papa porque no es capaza de hablar como Pedro, como Papa. No le sale. No puede. Desde el principio, cuando salió a saludar, ahí se vio que no era Pedro. Sólo en la forma del saludo, del dirigirse a la Iglesia. Todo Papa verdadero, al instante, se ve revestido del Espíritu de Pedro y actúa, sin saberlo, como Él.
Pero quien no tiene ese vestido, se le ve a la legua que no es Pedro, por más que intente copiar los gestos de los otros Papas y decir las frases que decían ellos.

Francisco tiene algo de falso Profeta, porque habla en contra de la Verdad y tiene algo del anticristo, porque ha negado lo principal en la Iglesia: la verticalidad. Es decir, Francisco ha cambiado la Iglesia al poner el gobierno horizontal. Ése es el sello de todo anticristo. Sus homilías son el sello de falso Profeta.

Pero Francisco es otra cosa: es un Papa negro. Y ¿qué significa esto? Es un Papa puesto por el demonio en la Iglesia. Un Papa que no tenía que haber estado, pero que se ha dado sólo por el pecado de toda la Iglesia.

La culpa de tener a ese hereje guiando una Iglesia que no es suya es de la misma Iglesia, de toda la Iglesia. Y aquí no se salva nadie. Todos tenemos culpa de esta situación.

Un Papa negro no es un Papa sino algo que parece Papa, pero que, en realidad, es otra cosa. Francisco no es lo que parece. Parece santo y es un demonio. Parece humilde y su pecado de orgullo será su caída en la Iglesia. Parece justo y su corazón vive ansiando la injustica, la venganza, la corrupción de la verdad. Parece que habla cosas de acuerdo a la verdad y sólo es maestro de meter la mentira en todo lo que habla: tiene el doctorado del orador de mentiras. Parece que ama a los hombres y sólo busca, en ese amor, su consuelo, su fama, ser popular entre ellos, ser uno más con ellos, ser para que los demás vean qué cerca está él de ellos. Por eso, Francisco divide a la Iglesia: quien no sea como Francisco, entonces ya no hay que seguirle en la Iglesia. La gente se opone a los sacerdotes y Obispos verdaderos, porque no son como Francisco, porque no siguen a Francisco, porque no hacen caso a las opiniones de Francisco.

Ésta es la señal de la división que ha metido ese hereje en la Iglesia. Aquí se ve su obra en contra de la verticalidad del Papado. Un Papa verdadero es como todos los demás Obispos. No quiere sobresalir entre ellos. No quiere ponerse por encima de ellos. Es uno más, porque también el Papa es Obispo.

Pero Francisco, como no es Obispo, aunque tenga el ropaje de Obispo –como no posee el Espíritu del Apóstol- entonces se cree diferente a todos los demás Obispos. Se cree con derecho de innovarlo todo, de cambiarlo todo, de hacer que los demás se fije en él y así desprecian a los otros.

Es lo que está ocurriendo en toda la Iglesia: la opinión de Francisco es lo que vale en la Iglesia. Ya no la Verdad. Y, por eso, se quiere tapar los desastres que la boca de Francisco ha dicho en estos meses, porque se sabe que son auténticas herejías. Pero se pone una excusa para escurrir el bulto, para decir que no pasa nada, que francisco no ha cambiado la Iglesia, que son los demás los que no comprenden a Francisco. Y se llega a un auténtico absurdo: defender a un hereje, a un mentiroso, como se está haciendo. Esto es signo de que la Iglesia ha llegado al punto cero.

No hay quien resuelva esta papeleta. Sólo Dios sabe el camino que hay que poner teniendo a un Papa negro. ¡No tenía que estar!

Francisco, por ser un Papa negro, es sólo de transición, porque no siquiera al demonio le interesa Francisco. El demonio tiene gente inteligente para atacar los dogmas de la Iglesia. Pero ha puesto a éste, que es sólo un sentimental amanerado, añoñado de humanismo, para una sola cosa: destrozar el gobierno vertical. Para eso sólo lo quería el demonio. Lo demás, no le sirve. Ahora el demonio tiene que poner a uno más fuerte. A uno que, en verdad, rompa con todo sin misericordia.

Francisco, por ser un Papa negro, es un hombre sin espíritu ninguno. Está cerrado a la vida del Espíritu. Por eso, no sabe enseñar nada de la vida espiritual. Absolutamente nada. Sólo hay que leer su panfleto comunista, su evangelii gaudium, para darse cuenta de la ignorancia que tiene ese hombre de todo los referente a la vida de la Iglesia y a la vida de las almas.

Francisco sólo se dedica a lo suyo en la Iglesia, a lo que se ha dedicado siempre: a su humanismo. Y no le pidan otra cosa porque no es capaz de dar nada. Sólo habla para el hombre y sólo obra para el hombre. Lo demás, se ingenia para hablar bonito y contentar a la gente que todavía tiene una venda en los ojos. A los demás, él sabe que no contenta, porque ya ha visto la oposición a su visión humanística de la Iglesia, que es sólo su comunismo disfrazado de humanismo, de bondad humana.

“Un día la bandera de la Inmaculada Virgen María ondeará sobre el Kremlin, pero antes, la bandera roja flotará sobre el Vaticano” (San Maximiliano María Kolbe).

Francisco es el Papa que abre las puertas de la Iglesia al comunismo. Comunismo que es sólo un león dormido, pero que está muy vivo en gente como Francisco y como muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia. El comunismo duerme dentro de la Jerarquía de la Iglesia, presto a despertar, cuando llegue el tiempo, y así tomar el poder de toda la Iglesia.

Juan Pablo II aniquiló el comunismo, pero no en la Iglesia. Aniquiló lo que quedaba de esa raíz del 17, pero sólo en el mundo, donde había echado sus ramas. Pero, también esa raíz de metió en la Iglesia, después del 60. Y sus frutos es lo que estamos presenciando: gente vestida de sacerdote y de Obispo con el espíritu del Dragón, del comunismo, del marxismo.

La Jerarquía de la Iglesia es el león dormido. Muchos son lobos que aúllan, y que están dispuestos a destrozar las almas en la Iglesia. Gente que obra en lo oculto, a escondidas, pero que, al exterior, pone cara de santo, de justo, de hombre bondadoso.

Y ese león dormido está a punto de despertarse, porque Francisco ha abierto al puerta, que es lo que el demonio necesitaba: un gobierno de muchos en la Iglesia, porque eso es lo que ya se estaba dando desde Pablo VI. Se daba en lo oculto, quitando al Papa su verdadero Poder.

Por eso, muchos no han comprendido a los Papas desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI. Nadie ha visto al demonio al lado de ellos, sino que todos los han llamado herejes, sin serlo.

Sólo Francisco es hereje, porque es el Papa negro. Los anteriores se merecían ser Papas elegidos por Dios. Pero a Francisco sólo lo ha elegido el demonio y, por eso, no hay que igualar a Francisco con los demás Papas. No hay que decir de los demás Papas lo que se dice de Francisco. Sólo Francisco noes Papa. Los anteriores eran Papas y Papas verdaderos. ¡Todos! Y sólo hay que contemplar al demonio, obrando junto al Papa verdadero, como Satanás obra junto a Dios.

La mona de Cristo es el demonio. El que imita –en el mal- a Cristo en la Iglesia es siempre un Papa negro. Papas negros los ha habido desde Juan XXIII, pero ocultos. Nadie los ha visto ni reconocido. Los puso el demonio para que obrara junto al Papa verdadero.

Pero el demonio se le acabó el tiempo de obrar en lo oculto y, ahora, obra públicamente en un personaje que se las da de Papa, pero que es sólo el peón del demonio.

Pronto las cosas van a cambiar en la Iglesia, pero a peor. Tiempo al tiempo. Lo que queda es el desastre de los desastres. Y, cuando llegue, entonces no habrá tiempo para otra cosa sino salir de una Iglesia que ya no es la Iglesia de Jesús.

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