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Hay que abrir los ojos ante el cisma en la Iglesia

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´La Iglesia no debe meterse en la decisión de una mujer de abortar; ni siquiera Dios, que por algo nos hizo libres´ (Sor Lucía, monja de clausura en un convento de Manresa – 23 de enero de 2014 – Ver entrevista original).

Esto es un ejemplo de cómo está la Iglesia en su interior: corrupta. Y muchas personas no acaban de creer en esta apostasía de la fe que vive toda la Iglesia.

No sólo esta monja sino sacerdotes, teólogos, Obispos que ya han abandonado la fe, la verdad, para vivir una fábula dentro de la misma Iglesia. Y defienden sus herejías como una verdad, como un bien, como un valor en medio de toda la Iglesia.

Personas consagradas que han hecho del mundo su adoración perpetua. Se dedican a la lucha de clases, a ir en contra de los ricos porque son la raíz de que existan los pobres.

Están en las redes sociales porque ya hay que ser social, ya no hay que ser persona individual. Lo que priva es la sociedad, el culto a la persona social, el culto a la comunicación social, el culto a las palabras de los hombres, a su lenguaje, a sus pensamientos. Se trata de ver qué piensa el hombre y que obra el hombre.

Han puesto la fe en solucionar problemas humanos. ¡Y en nada más! Y se apoyan en el mismo Evangelio, pero, por supuesto, lo tuercen a su manera humana, según su intelecto humano, según su punto de vista, según su filosofía, su teología, que es totalmente protestante.

Gente que defiende su mentira en medio de la Iglesia: “El Evangelio no vende ninguna ideología ni controla las conciencias, ni da recetas morales. Es una buena noticia que nos tiene que ayudar a ser personas mejores y trabajar por la justicia. Cristo no vino a inaugurar ninguna religión sino a instaurar un nuevo orden”. Así habla esta monja, diciendo tan claras herejías que son aplaudidas por muchos en la Iglesia.

Una monja que cada día recibe la comunión y que vive en su pecado, que no quiere quitar. El Evangelio no da normas morales, sino que nos ayuda a ser mejores y a obrar la justicia. Menuda herejía que dice este lobo vestido de monja. Y, como ella, muchos sacerdotes y Obispos.

El Evangelio es sólo eso: una ayuda para resolver los problemas humanos de la gente. Y, entonces, Cristo no edifica una Iglesia en Pedro, sino un nuevo orden. Y se queda tan pancha después de soltar este cisma.

Religiosos que obran el cisma dentro de la Iglesia. ¿Todavía les cuesta creer que Francisco es cismático, que no pertenece a la Iglesia Católica?

“Francisco ha traído un poco de normalidad. Si antes me descalificaban, ahora el Papa me ha redimido, ya que apoya todo el tema de la redes sociales”: ¿quién es el culpable de todo lo que pasa en la Iglesia? Francisco. Y sólo Francisco. Él es la cabeza de la herejía, del cisma, de la apostasía de la fe. Francisco ha redimido a esta monja. ¡Viva Francisco! ¡El nuevo Salvador! Cristo no salva. Cristo no ha hecho una Iglesia. Es Francisco que ha inaugurado el nuevo orden mundial.

Es tremendo lo que pasa dentro de la Iglesia. Y nadie se lo cree. No acaban de creer que Francisco, cada día, hace su camino de cisma en la Iglesia. Y lo hace con sus bonitas palabras, con una sonrisa en sus labios, diciendo que nos amamos todos, que Dios ya todo lo perdona, que hay que trabajar por quitar la hambruna del mundo. Y todos con ese hereje.

Personas consagradas que se han olvidado de la Justicia Divina y, por tanto, sólo hay que bendecir: “¿Qué opina entonces del matrimonio entre dos personas del mismo sexo? Yo siempre me pregunto qué haría Jesús, y Él siempre bendecía. Nunca maldecía. El matrimonio y el amor siempre es bendecido”. Cristo no condena, porque es todo Misericordia. Y se acabó. Todos al cielo con nuestros pecados. Peca fuertemente que ya Cristo todo lo perdona, todo lo bendice. Cristo bendice el matrimonio homosexual. Esto se llama apostasía de la fe, porque esta monja no se va de la Iglesia para decir esto, sino que se queda como monja y predica su herejía sin que nadie diga nada, sin que nadie la condene, porque, claro: “Yo creo que el Papa ha sido clarísimo y está siendo clarísimo con todas sus actitudes. Afirma que no es nadie para juzgar y si no es nadie para juzgar, no puede considerarse una enfermedad. Todos tenemos errores, pero la orientación sexual no es un pecado ni una desorientación de la naturaleza. Tenemos que acoger”.

Francisco es el culpable de que nadie en la Iglesia se levante para combatir a sacerdotes, Obispos, y religiosos y religiosos herejes, cismáticos, que con sus vidas están llevando a toda la Iglesia hacia el infierno. El culpable: Francisco.

Por eso, lo que viene a la Iglesia es catastrófico. Se está viviendo el comunismo en toda la Iglesia. Esto que dice esta monja es el comunismo, el marxismo, las comunidades de base, que tienen que apoyar a la cabeza herética, comunista, marxista, que es Francisco.

¿Por qué siguen aplaudiendo a Francisco si está destruyendo toda la Iglesia?

¿Por qué lo siguen llamando Papa si es un cismático?

¿Cómo el Papa Benedicto XVI puede escribir a Hans Kung diciendo que apoya a Francisco?

Esta es la corrupción de lo mejor: gentuza que está en la cima de la Iglesia para crear su orden mundial, que es la antesala de la iglesia del Anticristo.

El pecado de Benedicto XVI, que es su renuncia, cerró el Papado. ¡Ya no hay más Papas por la vía ordinaria!

No hay línea de sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. No existe. Un pecado lo impide. Un pecado es el obstáculo para que un Papa gobierne la Iglesia.

Francisco sólo hace una comedia sentado en la Silla de Pedro. ¡Es su obra de comedia, de teatro en la Iglesia! ¡No es Papa! ¡No puede ser Papa por el mismo pecado de Benedicto XVI!

Francisco conduce a toda la Iglesia hacia el derrumbe más total. Y Benedicto XVI aplaude ese derrumbe. Eso prueba que Benedicto XVI no ha salido de su pecado. Sigue ciego en su pecado. Cree haber hecho una buena obra dejando el Papado y no se da cuenta que ha puesto a la Iglesia en manos de los lobos.

“Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos” (homilía en la Basílica de San Pedro el domingo 24 de abril de 2005).

Benedicto XVI huyó ante los lobos y dejó la Iglesia desguarnecida, sin protección, caída en la más triste vida de pecado. Él huyo y sigue huyendo.

Como Papa predicó la Verdad: la Iglesia está llena de lobos, de gentuza que está vestida de Cristo pero que hace obras contrarias a Cristo.

Gentuza que en sus bocas tiene al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, pero que son sólo palabras humanas, lenguaje humano. Y sólo creen en sus ideas políticas, que son el comunismo y el protestantismo. Y es lo que obran dentro de la Iglesia.

La Iglesia está metida en un gran lío con Francisco. Y. muy pronto, a ese hereje lo echan de patadas de la Silla de Pedro. Y la razón: su orgullo. Por su orgullo, la Iglesia tienen ahora un dilema que no sabe resolver adecuadamente: o quitamos todos los dogmas o no se hace nada en la Iglesia. Este es el dilema.

Francisco es un charlatán que habla más de la cuenta, pero que no obra lo que habla. Está sentado en la Silla de Pedro para su publicidad, para su negocio en la Iglesia, para lo que él siempre ha hecho en la Iglesia: pecar. Y quería la Silla de Pedro para mostrar al mundo su pecado. ¡Ese es su orgullo! ¡Él está feliz en su pecado! Pero la gente le pide que destruya la Iglesia. Y no sabe hacerlo, porque no se sentó para eso. Necesita gente inteligente, porque él es un necio, un palurdo en su pensamiento. Y para romper dogmas hay que ser inteligente, hay que ser un protestante con cabeza. Y eso no lo es Francisco. Francisco es un protestante sin cabeza, con un corazoncito, con un romanticismo herético, con una palabrería que gusta a la gentuza como él. Y nada más. Por eso, otro tiene que encargarse de destrozar la Iglesia.

No hay sucesión entre Benedicto XVI y Francisco. Hay un abismo. Por eso, viene la sucesión de cabezas en Roma. Gente que toma el poder para quitar un dogma, para destrozar una verdad. Francisco ya quitó el Papado. Hay que quitar el resto. Pero no atina Francisco la forma de hacerlo. Y hay gente que ya se impacienta porque quiere el nuevo orden mundial.

¡Hay que abrir los ojos! El momento que pasa la Iglesia no es como antes. Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de la Gracia, de la Misericordia.

Con Juan Pablo II la Iglesia tuvo su momento de Misericordia. Con Benedicto XVI empezó la Justicia Divina. Y, cada día, más se incrementa dentro de la Iglesia la necesidad de un castigo ejemplar a toda la Iglesia.

Dios va a castigar a la Iglesia Católica porque un Papa renunció a lo que nunca tenía que renunciar y un cismático lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

No se puede uno cruzar de brazos y decir que en la Iglesia todo va viento en popa. Para el que tiene dos dedos de frente, la apostasía de la fe en muchos sacerdotes y Obispos es la señal de que muy pronto hay un giro clarísimo en Roma. Un giro en que, de forma definitiva, quitándose las caretas, se empieza a demoler la Iglesia. Es lo que todavía se está contendiendo, por el orgullo de Francisco.

Francisco: cismático y apóstata

Santisima Trinidad

«¿Acaso Cristo está dividido?» (1 Co 1, 1-17).

No, Cristo no está dividido; pero Francisco divide a Cristo.

Jesús es la Iglesia; luego, Francisco no es la Iglesia.

Jesús, que es la Verdad, es la Iglesia; Francisco, que predica la mentira, no es la Iglesia.

Jesús, que obra la Verdad, hace Su Iglesia; Francisco, que obra su mentira, crea su nueva iglesia.

La Verdad nunca ha cambiado. La Verdad es simple.

La Verdad es que en la Iglesia sólo se da el gobierno vertical. Esa Verdad no la cambia nadie, ni siquiera la mente de Francisco. Su pensamiento es su condenación. Él ha puesto el gobierno horizontal: eso condena a Francisco.¡Eso sólo! No hay que buscar otras herejías, que las tiene en abundancia cada vez que abre su maldita boca.

Francisco ha puesto un gobierno horizontal: automáticamente se ha ido de la Iglesia. Ha comenzado a crear su nueva iglesia; porque Jesús es la Iglesia.

La Iglesia ha sido fundada por Él. Y Él ha puesto un Vértice en la Iglesia. Un Vértice que nadie puede quitar. Aquel que se atreva a quitarlo queda excomulgado automáticamente. Su pecado le hace salir de la Iglesia.

Francisco ha divido a Cristo con su gobierno horizontal. Este gobierno horizontal es la obra de su pecado de orgullo. Es la obra que se opone a Cristo. Es una acción en contra de Cristo, que ha fundado Su Iglesia en un Vértice, en una Roca, en una Piedra.

Por este pecado de orgullo, Francisco recibe el nombre de anticristo. No es el Anticristo, sino uno de los anticristos, porque ha ido en contra de Cristo en una Verdad, que es el Vértice de la Iglesia.

Ese gobierno horizontal, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino a la nueva iglesia, fundada por Francisco en Roma, significa dos cosas:

1. un cisma encubierto;

2. una apostasía de la fe pública.

1. Cisma encubierto

Todo cuanto haga ese gobierno horizontal se aleja de la Verdad. Y esto de forma automática. Es decir, formalmente, las decisiones de ese gobierno son herejías, aunque sean buenas obras en apariencia, aunque sean santas en apariencia. Porque la Iglesia se gobierna con un gobierno vertical, no horizontal. Luego, lo que haga ese gobierno sólo sirve para la nueva iglesia; pero no sirve para la Iglesia de Cristo.

Jesús no gobierna Su Iglesia en un gobierno horizontal. Luego, ninguno de los que pertenecen a ese gobierno horizontal tiene el Espíritu de Cristo para gobernar la Iglesia. Ninguno de ellos. Es decir, no tienen el Poder de Dios para gobernar la Iglesia. Luego, sólo poseerán sus poderes humanos. Y, por eso, lo que hagan con esos poderes humanos es un cisma.

Francisco ha roto la estructura de la Iglesia. Ha metido a gobernar la Iglesia a Obispos y Cardenales que no han sido llamados por Dios para dirigir la Iglesia. Porque la Iglesia sólo loa dirige el Papa. Por eso, lo que ha hecho Francisco tiene el nombre de cisma.
Cisma significa: me voy de la Iglesia y pongo mi iglesia. Eso fue lo que hizo Lutero. Lutero lo hizo yéndose de Roma. Francisco lo ha hecho en la misma Roma.

Pero lo que ha hecho Francisco queda encubierto: éste es el error de Francisco. Su gran error, que será su gran caída.

Y ¿por qué? Porque no se puede predicar que Cristo no está dividido poniendo la división en la Iglesia.

No se puede predicar que hay que dar testimonio de la Verdad en la Iglesia obrando la mentira con un gobierno horizontal.

No se puede predicar que hay que ser dóciles a la Palabra de Dios, cuando él mismo es rebelde a esa Palabra.

No se puede predicar que Jesús es la Misericordia cuando él ha puesto el camino para condenar a las almas dentro de la Iglesia.

Francisco ha puesto un cisma y lo ha escondido, lo ha encubierto. Es decir, no se atreve a más, a romper con otras cosas. Tiene miedo. Sólo hay que ver sus últimas homilías. Dice cosas y no dice nada, porque sabe cómo está la Iglesia: en contra de él.

Francisco es un hablador. Y no más. Y un pésimo hablador. Su palabra no convence a nadie, pero sí hace mucho daño.

Francisco ha puesto un cisma en la Iglesia, una división clara. Pero tiene miedo de algo más. Y ¿por qué? Por su pecado de orgullo. Él ve la necesidad de dar un giro a la Iglesia, pero eso no es fácil. Él no tiene la fuerza para eso, porque no es inteligente. Es un cura de pueblo. Y no más, que entretiene a la gente. Y no más. Pero que no sabe en el lío que se ha metido.

El demonio sólo necesitaba a un Francisco para comenzar la ruina de la Iglesia. Cuando ya no le sirva, pone a otro, a uno más fuerte que Francisco.

2. Apostasía de la fe pública

Francisco predica una doctrina pública que es contraria a la doctrina de cristo: su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro. Dos cosas quiere Francisco:

a. unir a los miembros de la Iglesia en el amor fraterno, en la caridad;

b. meter en la Iglesia a los demás hombres que viven en sus pecados, en sus religiones.

Por eso, él predica la unión en la caridad, y se olvida de la unión en la verdad. Es más importante la caridad que la verdad. Por eso, se opone a la doctrina de Cristo, que es la doctrina de la verdad: Dios ama al hombre en la verdad, en la justicia, en la rectitud, en el orden moral, en el orden ético, en la ley divina.

a. Francisco propone su amor fraterno: Dios ama a todos los hombres y lo perdona todo en ellos por ser Misericordia. No se ve el atributo de la Justicia Divina, porque es un amor sin verdad, sin justicia, sin orden. Es un amor que hace del pecado algo que Dios no lo supera con Su Gracia. Por esos, él predica su doctrina de la Iglesia accidentada: cada uno con sus pecados se salva. Sólo hay que hacer bienes a los hombres, obras buenas humanas. Para Francisco, el amor fraterno está por encima del amor divino. La verdad se somete al hombre, a la cultura del hombre, al pensamiento del hombre. Por eso, para Francisco, no hay verdades absolutas, sino relativas: la verdad está relacionada con el hombre; la verdad se somete al hombre. Ya no es el hombre el que obedece a la Verdad. La verdad es como la ve el hombre, como la entiende el hombre, como la interpreta el hombre. Por eso, su doctrina del amor fraterno hace aguas por todos los lados. No sirve para unir a los hombres, en la caridad, porque no hay verdad que una. Cada hombre tiene sus verdades y el otro tiene que someterse a esas verdades, así no les guste, por un motivo de amor fraterno, de amor humano, de amor sentimental, de amor económico, de amor cultural.

b. Francisco propone a todos los hombres el diálogo, ya no la fe. Para salvarse hay que dialogar con todos los hombres. Así se alcanza la unidad que Jesús quiere en la Iglesia. Este error es de la mayoría de la Jerarquía. Sólo la fe produce la conversión del corazón. Si el alma no vive de fe, el alma sigue en sus pecados, en su vida humana, en su iglesia, en su religión, pero no accede a la Verdad, que es Cristo. Y, por más que se dialogue con los hombres que no posee la fe, que cree en algo, pero no creen en la Verdad, entonces eso no convierte a las almas.

Como Francisco no cree en la Verdad, entonces propone el diálogo para unir a todos los hombres en la Iglesia, con Cristo. Es una doctrina absurda, pero que muchos la siguen, porque no han comprendido la fe en la Palabra de Dios. Y, al no aceptar la Palabra de Dios en sus corazones, entonces, se inventan su fe, una fe humana, una fe en la que el diálogo es lo central para ser Iglesia.

Estas dos cosas de Francisco, que pertenecen a su doctrina, constituyen la apostasía de la fe pública de Francisco y de los que siguen a Francisco.

La apostasía de la fe significa algo más que separarse de la Iglesia. El cisma separa de la Verdad; pero el apóstata invita a caminar en su mentira. Predica una doctrina que es para condenar almas. Y lo hace abiertamente, de forma pública, sin oposición de nadie.

Esta es la gravedad de tener a un lobo sentado en la Silla de Pedro. Porque por ahí viene el engaño a muchas almas en la Iglesia que no disciernen nada, que se lo tragan todo, que les da igual quien está de Papa.

El daño que hace la doctrina de Francisco en la Iglesia es enorme: porque es una doctrina cismática y apóstata. Una doctrina que está revestida de cosas buenas y santas, pero que lleva, de forma inevitable, a la condenación de las almas.

Por eso, no se puede seguir a Francisco en nada. No es posible darle ninguna obediencia.

La Iglesia es Jesús. Y Jesús es la Verdad. Y la Verdad es la Gracia. El hombre no puede seguir a Jesús si no está en Gracia. Y estar en Gracia significa no estar en pecado, quitar el pecado, luchar contra el pecado. Porque la Gracia vence todo pecado. La Gracia transforma al hombre en hijo de Dios. La Gracia construye el Reino glorioso de Cristo en la Tierra.

La Iglesia está llamada a vivir los 1000 años del Reino Glorioso, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Esta es una Verdad que no se puede quitar de la Revelación. Y es una verdad que hoy día se combate, porque se quiere la felicidad humana, el progreso de los hombres, la paz entre los hombres, pero sin Gracia, sin el Espíritu de la Verdad.

Por eso, la Iglesia ha combatido a tantos profetas que han hablado sobre la Nueva Jerusalén, porque la Iglesia ya no tiene Fe en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en las palabras de los hombres, en las investigaciones de los filósofos, de los teólogos, de los científicos, de los técnicos, para decir que hay que vivir ese Reino glorioso en todo el espectro humano. Es el hombre, con sus avances, lo que lleva a construir ese reino.

Y esta es la esencia de la doctrina de Francisco: Francisco se apoya en todo lo humano para ser feliz en su vida. Ése es un gran error. Y, por eso, es un apóstata de la fe porque ama al hombre con locura. No puede amar a Dios porque no acepta la verdad del Pensamiento Divino. Sólo acepta las verdades que los hombres adquieren con sus inteligencias humanas. Por eso, él se opone a la Gracia; se opone a la Iglesia; se opone a Cristo. No se somete a la Verdad, entonces se somete a su mentira y hace de esa mentira su valor, su verdad, su bien, su derecho, su deber, en la vida.

Por eso, Francisco es cismático y apóstata al mismo tiempo. Vive su cisma y hace de la mentira el camino para muchos, y que éstos se pierdan para siempre.

La máscara del pecado oculta el pecado en la Iglesia

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La Iglesia ha vendido una imagen falsa de Cristo: mirarlo resucitado, glorioso y, por tanto, lejano, porque la gloria no pertenece a esta tierra. En este mundo está el dolor y, por eso, aunque Cristo haya resucitado, está, actualmente, padeciendo continuamente por sus almas.

A Cristo hay que mirarlo Crucificado, no Resucitado. La Gloria, para el hombre que vive su vida humana, sólo se consigue a través de la Cruz, muriendo con Cristo, abrazándose a la Cruz de Cristo. Y no hay otro camino para poder entender la Resurrección.

Cristo quitó el pecado de Adán, pero no ha quitado el pecado en cada alma. Cristo tiene que seguir muriendo, en cada alma, para llevarla a la gloria de la Resurrección.

Esta doctrina es la que no se vende, y es la que salva y santifica al hombre en este mundo, que pertenece entero al demonio.

Cristo padece continuamente por nuestros pecados y negaciones hacia el Reino de Dios. Los hombres viven buscando el reino del hombre y se olvidan que ya Cristo ha instaurado su Reino en cada corazón.

Pero es un Reino espiritual, que el alma tiene que merecerlo con la Gracia. Si no se vive en Gracia, sino que se vive en pecado, entonces sólo el demonio tiene derecho al alma.

Es muy fácil vender a un Dios amor y misericordioso. A todo hombre le gusta que le hablen de eso. Pero es lo más difícil para el hombre centrarse en el sufrimiento de su vida.

Porque se viene al mundo a sufrir, no se viene a gozar, a ser feliz, a pasar el tiempo, a entretenerse en algo en la vida mientras llega la muerte.

La vida es un camino de Cruz, que es el camino que Cristo ha dado al hombre. Ese camino es Él mismo; se recorre imitando a Cristo. Y sólo es posible asumir a Cristo en Su Espíritu.

Si el Espíritu de Cristo no habita en el corazón, entonces el alma sólo vive su vida humana, pero no es otro Cristo, no camina con Cristo, no vive a Cristo, no obra con Cristo.

Y, para recibir el Espíritu de Cristo es necesario morir al espíritu del hombre.

Todo hombre viene al mundo con un espíritu humano, viejo, porque nace en el pecado de origen. Y, en ese pecado, el espíritu del hombre está corrompido: es decir, no le sirve al hombre para vivir de forma espiritual. Es algo que tiene, pero que no sabe cómo usarlo.

Cristo ha revestido al hombre con Su Espíritu, el espíritu del hombre nuevo en Cristo. Pero ese Espíritu no obra en el hombre hasta que éste no se esfuerza por dejar su hombre viejo, su espíritu humano corrompido.

Y son tres cosas, tres enemigos del alma, al que el hombre tiene que luchar toda su vida para deshacerse de su espíritu humano viejo, de su hombre viejo: mundo, demonio y carne.

Si el hombre no ve su pecado, no se opone al mundo y no lucha contra el demonio, el hombre se queda en su hombre viejo. Y, aunque posea el Bautismo, que le reviste del Espíritu de filiación divina, que lo hace hijo adoptivo de Dios, el hombre no es hijo de Dios hasta que no comienza a luchar contra aquello que no tiene el hijo de Dios: el espíritu del mundo, el pecado y el demonio.

El hombre que vive su pecado no es hijo de Dios; el hombre que se esclaviza al demonio no es hijo de Dios; el hombre mundano, que vive en el mundo con el espíritu del mundo, no es hijo de Dios.

Muchos han recibido el Bautismo y siguen siendo hijos del demonio por su pecado. No han sabido batallar contra los tres enemigos del alma.

El Bautismo no es un Sacramento que quite al hombre la lucha contra su pecado, contra Satanás y contra el mundo. Sino que es un Sacramento que da al hombre una fuerza para iniciar su andadura hacia Dios.

Pero es una fuerza que necesita de los demás Sacramentos para que el hombre llegue a su plenitud como hijo de Dios.

Y, por eso, la Confirmación hace al hombre ser soldado de Cristo: el alma tiene la fuerza necesaria para oponerse a todo pecado y, por tanto, a todo demonio, para que en su corazón viva Cristo.

Pero esa oposición requiere el Amor de Cristo, que es la Eucaristía, que da al alma la Voluntad de Dios para obrar en la vida aquello que le lleva al Cielo.

Pero, como los hombres son soberbios, nacen en el pecado y les cuesta no pecar, por eso, la necesidad del Sacramento de la Penitencia, para volver a la Gracia y continuar la batalla hasta ganar el Cielo.

Como los hombres se han olvidado del pecado, entonces inutilizan todos los Sacramentos. Ni les sirve la Eucaristía, ni la Confirmación ni el Bautismo, porque ya la gente ha tomado la Penitencia como un desahogo de la vida, como algo psicológico; las almas sólo ven la vida llena de problemas, pero no llena de pecados.

Y si no se combate el pecado, ni el matrimonio, ni el orden sagrado, ni la unción sirven para salvar ni para santificar a los hombres.

Esta es la realidad que vivimos en la Iglesia: muchas almas no viven en Gracia, sino en su pecado y, por tanto, en su hombre viejo. Y, por eso, les gusta oír que Dios todo lo perdona, pero no les gusta Crucificarse con Cristo.

Y, de esta manera, se llega a la situación que estamos: un lobo, sentado en la Silla de Pedro, llevando las almas al infierno. Nadie se opone a ese lobo, porque viven como él: en su pecado.

El hombre ha colocado una máscara frente al pecado para permitir la destrucción interior y exterior de la vida de los hombres y, por tanto, de toda la Creación.

Esa máscara consiste en aparentar ser una buena persona, ayudar a los demás, hablar de forma que la gente se sienta atraída por el lenguaje de los hombres, llena de razones, de ideas, de argumentos que convencen la mente, pero que dejan vacío el corazón.

Con la idea del progreso técnico, científico, cultural, el hombre vende felicidad a los hombres; una paz falsa, pero que gusta al hombre, porque le da una vida material buena, con unos objetivos que, a corto plazo, dan seguridad al hombre. Por eso, esta felicidad que vende el hombre tiene que cambiar constantemente para que los hombres vean que hay seguridad, que hay apoyo en la vida, que el camino es seguro porque hay cosas materiales para vivir.

Pero el hombre, en lo que vende, se olvida de su pecado. Y, entonces, lo que vende es perjudicial para el mismo hombre, porque es necesario dar cosas nuevas a la vida de los hombres, pero, para ellos, los hombres deben ser conejillos de indias.

Si el hombre quiere una medicina que le cure, hay que practicar con el mismo hombre hasta dar con esa medicina. Y, entonces, en eso, se mete el pecado por querer el hombre resolver el misterio de la vida. Y hace de toda la vida de la Creación un basurero, un estercolero, una corrupción. El hombre, al querer poseer la vida que no muere, entonces mata toda la Creación: se pone a jugar con la vida de todos los seres vivientes para conseguir su felicidad humana, temporal; para tener esa seguridad de que todo va bien en la vida.

Esta máscara del pecado, en el mundo se inició hace ya mucho tiempo. Pero, en la Iglesia, hace 50 años que la llevan puesta muchos sacerdotes y Obispos.

Porque es agradable ser humano y predicar lo que los hombres quieren oír. Esta es la predicación que venden muchos Pastores, que han dejado de serlo para convertirse en lobos, que aúllan que Dios todo lo perdona, que Dios ya no castiga, que Jesús ya ha puesto la armonía en toda la Creación y, por tanto, no hay que sufrir más, ya Cristo ha sufrido por nosotros.

Hoy los sacerdotes y Obispos niegan la Justicia de Dios. Y así lo predican a la Iglesia. Eso es lo que venden. Como Dios es Misericordioso, entonces siempre la Misericordia antecede a la Justicia. Conclusión: Dios siempre perdona; Dios nunca castiga. Esta es la predicación de muchos que, aparentan una vida de santidad, y son unos demonios en la Iglesia. Esto lo predica Francisco, pero él aparenta otra cosa. Él no sólo da la careta de hombre santo, sino de hombre redentor: quiere salvar a los hombres quitando la hambruna del mundo. Se ha puesto esa máscara, la careta de su pecado. Y no se la quita, porque está empeñado en salvar los cuerpos, no las almas. Y, por eso, su pecado de orgullo será su caída en su nueva iglesia.

El rostro de su nueva iglesia es una casa para todos: es lo que él vende ahora al mundo. “Estamos llamados a dar testimonio de una Iglesia que sea la casa de todos. ¿Somos capaces de comunicar este rostro de la Iglesia?” Estas palabras revelan la máscara de su orgullo. de su necedad como Obispo, de su ineptitud para gobernar la Iglesia y de maldita avaricia, pecado que le obsesiona y le ciega en su política en la Iglesia.

El que sigue a Cristo tiene que dar testimonio de la Verdad, como Cristo lo dio ante Pilatos. Cristo compareció ante los gobernadores del mundo y no les ofreció Su Iglesia, porque ellos no la querían, ya que despreciaban a Su Rey.

La Iglesia Católica no es la casa de todos. Esta verdad es combatida por el hereje Francisco. No se puede aceptar esa frase de este hereje, porque van contra el Evangelio. Jesús puso Su Iglesia para salvar y santificar las almas. Y no tiene otra misión la Iglesia terrena. En la Iglesia purgante, las almas se purifican; en la Iglesia celestial, las almas viven de la Voluntad de Dios.

Pero en la Iglesia terrenal, que es sólo un camino hacia la Verdad, no es posible salvar y santificar a todos los hombres. Dios lo quiere, pero los hombres, porque son libres, muchos deciden otra cosa en la vida: condenarse.

Esto es lo que niega Francisco: porque la Iglesia es la casa de todos, entonces nadie se condena. Dios, como es Amor y Misericordia, acoge a todos los hombres, en sus pecados, y los lleva a Su Reino. Francisco niega que haya dos caminos opuestos: la salvación y la condenación.

Quien cree en estos dos caminos, siempre va a decir: la Iglesia no es la casa de todos.

Pero quien no crea en estos dos caminos, entonces va a predicar lo que dice ese hereje: la Iglesia es la casa de todos.

Francisco va contra un dogma en la Iglesia. ¿Quién de la Jerarquía se ha levantado para corregir a Francisco sobre esta frase? Nadie. Y ¿por qué? Porque la Jerarquía está dividida. Eso significa una sola cosa: nadie vela por la Verdad. Unos tienen miedo de enfrentarse a Francisco; otros se acomodan a la situación creada por la misma Jerarquía en toda la Iglesia; otros ya han acogido la misma mentira de Francisco como una doctrina de verdad y que debe ser defendida en la Iglesia.

Al Papa Benedicto XVI lo odiaban en muchos sectores del Vaticano y armaron un malvado complot, los planearon muchos sacerdotes y Obispos del Vaticano, para robarle la Silla de Pedro. Y si eso hicieron con el Papa, están dispuestos a hacerlo con aquellos sacerdotes y Obispos que se opongan a la doctrina de Francisco. Todos callan porque todos tienen miedo.

Muchos de la Jerarquía ven las herejías de Francisco. ¡Las ven! Pero tienen que callar. Es el falso respeto humano. No ya la obediencia, porque hoy nadie obedece a nadie. Desde hace mucho tiempo, no hay obediencia en la Iglesia. Por eso, la crisis de la Iglesia es oscurísima.

Muchos callan, no porque tienen que obedecer a un Papa, sino porque saben lo que hay por debajo de ese Francisco. Saben el escándalo que se vive en el Vaticano. Escándalo encubierto. En el Vaticano a nadie le interesa la salvación de las almas. ¡A nadie! Todos se ha vuelto un lucro, un negocio en la Iglesia.

Francisco no está interesado en salvar almas, sino en perseguir la Verdad en la Iglesia, en combatir la Verdad en la Iglesia y, por tanto, en condenar a las almas.

Las almas se salvan dando la Verdad, predicando la Verdad, poniendo la Verdad por delante. Y Francisco, hace todo lo contrario: pone la mentira por delante.

Y esto lo sabe la Jerarquía, que le hace el juego a Francisco.

Hoy la Jerarquía necesita mucho valor y mucha fortaleza divina para salvar las almas, porque sólo hay un camino para hacerlo: enfrentando a Francisco y a los suyos en la Iglesia.

Cuando los verdaderos sacerdotes y Obispos comiencen a oponerse a la doctrina de Francisco, entonces comenzarán a salvar almas. Pero, hasta el tanto, callan. Y son culpables en el silencio. Porque tienen la vocación divina de dar testimonio de Cristo, ya que son otros Cristo. Tienen que proclamar la Verdad como Cristo lo hizo ante Pilatos. Y, entonces, comenzarán a destacarse en la Iglesia como lo que son: salvadores de almas. El sacerdote no está llamado sino para esto. Lo demás, no vale nada. Salvar cuerpos: eso es la obra del demonio siempre en la Iglesia.

A Francisco sólo le interesa los cuerpos, los hombres, sus culturas, sus mentes humanas, sus deseos humanos, sus obras humanas, su visión humana de la vida. Lo espiritual no existe. Son sólo palabras huecas que tiene que decir para contentar a muchos. Pero le importa un comino la vida de santidad en la Iglesia. Como se cree santo y justo, se dedica a cultivar su orgullo dentro de la Iglesia; se dedica a promocionar su doctrina de la fraternidad en la Iglesia; él mismo de mira todo el día en el espejo para verse el más grande de todos los hombres.

Francisco no ve su pecado: ¿qué esperan de él? Quien no ve su mal está ciego y es guía de ciegos. Quien ama su mal busca la ruina de todos los hombres en su mal. Quien no tiene en el corazón el don de la fe, ¿cómo va a guiar a las almas hacia la vida Eterna? Francisco se hace su propia vida eterna. Él mismo se salva a sí mismo invocando a su conciencia, a lo que él piensa que es bueno y que es malo. Pero nunca pregunta a Dios sobre lo bueno y lo malo. Él ve su mal y él mismo lo quita, se perdona a sí mismo. Y sigue contento viviendo su estúpida vida humana.

Francisco es un hombre sin luz en su corazón: un hombre negro, que sólo vive de sus pensamientos de hombre. No es capaz de abandonar uno solo de sus pensamientos. Y esos pensamientos serán su caída en la Iglesia.

Francisco ya ha caído en el pecado; pero ha escalado el Sillón de Pedro usando su orgullo. Y la caída de todo orgullosos es siempre un ejemplo para muchos. Muchos verán caer a Francisco y se aliviarán. Pero no habrán comprendido la raíz de esa caída.

Con la caída de Francisco se inicia el cisma en la Iglesia. El cisma, ya no encubierto, sino a las claras, público. Pero, muchos, no verán ese cisma. Se alegrarán de que cae un hereje. Y su caída es el comienzo del giro en toda la Iglesia, del cambio hacia la ruina en toda la Iglesia.

El cisma, desde la renuncia del Papa Benedicto XVI, está ahí, pero encubierto. Se tapa, se contiene, se presiona a Francisco para que rompa la Iglesia. Pero Francisco no quiere porque va tras su negocio en la Iglesia: su dinero. El gobierno horizontal está presionando para comenzar a quitar los dogmas. Hay mucha división entre ellos. Ellos no son nada santos. Se visten de piel de oveja, hacen sus ministerios en la Iglesia, pero no tienen el Espíritu de Cristo ninguno del gobierno horizontal.

Están ahí para cambiar toda la Iglesia, porque nadie de ellos cree en ningún dogma. Y de ese gobierno horizontal viene todo el giro en la Iglesia. Viene toda la persecución en la Iglesia. Vienen momentos desconcertantes para todos.

Con la renuncia del Papa Benedicto XVI se inició el impero del Falso Profeta. Primero es Él. Él anuncia al Anticristo. Pero ese imperio tiene muchos caminos, porque hay que, primero, destruir el dogma, y, segundo, poner el culto al demonio. Y eso no es fácil en una Roma de 20 siglos de tradición. Hay que ir socavando, poco a poco, como se ha hecho durante 50 años. Pero, ahora, es necesario, la parte más difícil: quitar los dogmas; poner otra doctrina, totalmente contraria a la de Jesús.

Francisco ya la predica, pero todavía no tiene la fuerza para cambiar la Iglesia, porque las almas en la Iglesia están ya hartas de tantas palabras de la Jerarquía. Muchas almas ven a la Jerarquía como habladores, pero son gente incapaz de darles el alimento que necesitan.

Hoy la Jerarquía no sabe hablar a las almas, sino sólo a las mentes de los hombres. Y eso al hombre, acostumbrado a las palabras de los hombres, escuchando diariamente las razones necias de muchos hombres, ya no les llama la atención. Por eso, lo que muchos predican, hoy día, sólo sirve para entretener a la gente, pero no para salvarlas. Y las almas, llega un momento, que necesita de la Verdad para vivir, no de palabras bellas, no de sentimientos bellos.

El alma busca la verdad para alimentarse y seguir luchando contra un mundo que no quiere la Verdad. Por eso, el tiempo de Francisco es muy corto en la Iglesia. Es uno más, pero que hay hecho un gran daño a toda la Iglesia. Francisco saca almas de la Iglesia; quita la poca fe que algunas almas tienen en la Iglesia. Francisco destruye las almas, porque se dedica a los cuerpos. Francisco no entiende la necesidad de las almas en la Iglesia; y, por eso, sólo predica a las mentes de los hombres, a sus razones, a sus ideas, a sus filosofías, a sus sentimientos de la vida. Pero no sabe predicar al corazón del hombre, porque él tiene su corazón cerrado a la Verdad.

Francisco no es lo que parece: porque un sacerdote que no dé testimonio de la Verdad, es mejor que renuncie a ser sacerdote, que pida la anulación de sus sacerdocios, porque no ha sido llamado a esa Vocación.

Muchos hay en el sacerdocio que no son llamados por Dios. Tienen el sello de la consagración, pero no el Espíritu. No son sacerdotes para Dios, sino para el mundo, para los hombres. Y son muchos los que hacen su obra de teatro en la Iglesia, porque no tienen el Espíritu. Ya no por su pecado, sino porque tienen un pecado que obstaculiza el Espíritu para ser sacerdotes.

Francisco es uno de ellos: su pecado es óbice para que el Espíritu obra en él. Su pecado es un muro, un obstáculo. Y, por tanto, lo que hace: sus misas, sus homilías, todo el apostolado en la Iglesia es su obra de teatro. Es un hombre que celebra misa, que predica, que gobierna una iglesia, etc., pero no es un sacerdote, un Obispo. Como Francisco, hay muchos en la Jerarquía.

Porque la Gracia del Sacramento sólo funciona cuando el alma quita su pecado, su óbice; ese mal que ama y que no quiere quitar. Eso significa el óbice, el obstáculo: un alma que ha llegado a una cima del pecado en que vive su pecado y sólo su pecado. Eso imposibilita la obra del Espíritu en ese alma.

La máscara del pecado la tienen muchos en la Iglesia. Pero deben quitarse la máscara. Y, cuando lo hagan, inicia el cisma en toda la Iglesia.

Francisco: un Papa negro

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Habría que decir a los obispos, que el Papa (Pablo VI) se encuentra bajo influencias. Pero no lo creen porque ellos mismos están cegados… Se tienen miedo los unos a los otros. Tienen miedo al pueblo, que lo expulsen. Quieren bailar según el violín del pueblo, a pesar que el violín emite sonidos falsos. ¡Y esto quiere llamarse Iglesia!. Se está llegando al punto en que las sectas serán mejores que vuestro catolicismo.

Porque no tienen esa ciencia y no las guía el Espíritu Santo, como ha sido guiada siempre la Iglesia…. El Vaticano está dirigido por los cardenales, el Papa sufre todo el tiempo, pero puede de esta manera salvar más almas y hacer más de lo que quisiera. Llegarán las cosas a un extremo, que Dios estará en la necesidad de echar abajo todo el modernismo. Se volverá a comenzar en lo antiguo, lo tradicional, en lo que quieren los de Allí…

Si el Papa no estuviese bajo secuestro y expiado constantemente, podría gobernar lo suficiente para que sus palabras llegasen al exterior. No llega nada al exterior. Lo que quisiera que salga, es desmentido inmediatamente, sustituido, modificado y hasta falsificado.

Se está llegando a los últimos tiempos. Si nosotros no dirigiésemos el timón de esta forma, y no tuviéramos de esta forma a los cardenales bajo nuestro poder, entonces se controlarían mejor…

La iglesia ha llegado al punto cero. Sólo la intervención del propio Dios puede salvar la Iglesia…

Os podéis consolar con el Papa, que aún sufre más que vosotros. Hace tiempo que quisiera que todo terminase… Hasta Judas, con su odiosa traición, fue menos malo que muchos sacerdotes. Judas no ha obrado a escondidas. Sentía que Jesús estaba al corriente de su falta. Después se arrepintió y tiró sus treinta dineros en el templo y dijo: “He traicionado la Sangre Inocente”. ¿Hay un sacerdote de hoy en día que haga lo mismo? Son más perversos. Ninguno se arrepentiría del mal que ha hecho. Están infectados hasta la médula, y todos se ayudan mutuamente de tal forma que todo pueda permanecer oculto. ¿Pero por cuánto tiempo? Cuando todo salga a relucir ya no seremos nosotros los que tengamos las ventajas, sino la iglesia. Ella (La Virgen María) me hace decir: “No despreciéis, ni aunque los justos se equivoquen con respecto a vosotros”. Jesús ha predicho: “Tiempo vendrá en que el que os mate, creerá rendir un servicio a Dios”. ¡Este tiempo ha llegado! No os matarán inmediatamente, se ha matado a muchos ya, pero no vosotros. Es necesario que sufráis ciertas persecuciones. Pero la situación empeorará aún más.” (Un demonio en un exorcismo – Advertencias del más allá)

Todo aquel que se siente en la Silla de Pedro tiene que hacer una cosa: someterse al Espíritu de Pedro, obedecer a Pedro, ser Pedro.

Quien quiera innovar cosas en la Iglesia, ése no tiene el Espíritu de Pedro. Si el que se sienta sobre el Trono de la Verdad no se somete a la Verdad, entonces nadie puede someterse a esa persona, porque en la Iglesia se obedece a la Verdad, que es Jesús, no se obedece al Papa. Se le da la obediencia si éste obedece a Pedro.

La Iglesia está apoyada en Pedro, no en un Papa. Esto hay que tenerlo claro, porque si no las almas no saben discernir al Papa.

No se obedece al Papa, sino a Pedro en el Papa. Si ese Papa no tiene el Espíritu de Pedro, ese Papa no es Papa. Será otra cosa, como se quiere llamar: antipapa, anticristo, falso para, falso profeta, etc.

Muchos se equivocan con el Papa, porque creen que tiene que escuchar todo lo que dice y seguirlo porque lo dice el Papa. Eso es un error de muchos.

En la Iglesia, la obediencia es a Dios. Y aquel que no dé a Dios, no se merece ninguna obediencia, así se vista de sacerdote, de Obispo, de Cardenal o de Papa.

En la Iglesia, no existe la obediencia a un hombre, a la mente de un hombre, a su juicio, a su opinión, a su punto de vista. No puede darse, porque Dios ha dado la Gracia para que el hombre dé el Pensamiento Divino en todas las cosas de la Iglesia.

Si los sacerdotes y Obispos, que son los encargados de gobernar, educar y guiar hacia la Santidad, no tienen vida espiritual, entonces se dedican en la Iglesia a dar sus puntos de vista humanos, pero no la Voluntad de Dios.

Esta ha sido siempre la lucha de la Iglesia: el elemento humano. Ha n habido épocas de mucha opinión humana en la Jerarquía y eso impide obrar la Voluntad de Dios dentro de la Iglesia.

Donde está el juicio del hombre ahí no está la Mente de Cristo. Y muchos sacerdotes y Obispos son duros de cerviz: están en sus ministerios para hacer lo que a ellos les parece y no dan nunca la Mente de Cristo a las almas. Eso es una realidad siempre en la Iglesia. Eso es algo que se puede palpar todos los días en la Iglesia, porque los hombres somos soberbios, nos gusta nuestra idea humana y la queremos imponer a los demás con el ropaje del sacerdocio, de la santidad, de lo divino.

Por eso, hay mucho fariseísmo en la Iglesia. Mucha hipocresía. Mucho decir con la boca que hay que vivir de fe, pero en la práctica, nadie vive de fe, sino de sus pensamientos humanos.

Francisco es el típico bocazas: dice muchas cosas que son agradables a los oídos de los hombres, pero vive otra cosa muy distinta.

Muchos siguen a Francisco por su modernismo, porque dice cosas nuevas sobre la Iglesia, sobre el Papado, sobre la vida espiritual. Eso es sigo de que francisco no se somete al Espíritu de Pedro. Todo Papa tiene que dar el Espíritu de Pedro para ser Papa. Es claro que Francisco no lo da, luego no es Papa. No es, ni siquiera un Anti-Papa, porque no quiere dar a Pedro. El anti-Papa da a Pedro, pero para hacer su negocio en la Iglesia. El antipapa no da modernismos en la Iglesia. Mantiene la Verdad, aunque no la viva.

Un anticristo lucha contra la Verdad; un falso profeta habla en contra de la Verdad; un falso Papa representa la Verdad, sin tocarla; da una imagen falsa de lo verdadero.

Pero Francisco no es nada de esto. No es Anti-Papa porque no es capaza de hablar como Pedro, como Papa. No le sale. No puede. Desde el principio, cuando salió a saludar, ahí se vio que no era Pedro. Sólo en la forma del saludo, del dirigirse a la Iglesia. Todo Papa verdadero, al instante, se ve revestido del Espíritu de Pedro y actúa, sin saberlo, como Él.
Pero quien no tiene ese vestido, se le ve a la legua que no es Pedro, por más que intente copiar los gestos de los otros Papas y decir las frases que decían ellos.

Francisco tiene algo de falso Profeta, porque habla en contra de la Verdad y tiene algo del anticristo, porque ha negado lo principal en la Iglesia: la verticalidad. Es decir, Francisco ha cambiado la Iglesia al poner el gobierno horizontal. Ése es el sello de todo anticristo. Sus homilías son el sello de falso Profeta.

Pero Francisco es otra cosa: es un Papa negro. Y ¿qué significa esto? Es un Papa puesto por el demonio en la Iglesia. Un Papa que no tenía que haber estado, pero que se ha dado sólo por el pecado de toda la Iglesia.

La culpa de tener a ese hereje guiando una Iglesia que no es suya es de la misma Iglesia, de toda la Iglesia. Y aquí no se salva nadie. Todos tenemos culpa de esta situación.

Un Papa negro no es un Papa sino algo que parece Papa, pero que, en realidad, es otra cosa. Francisco no es lo que parece. Parece santo y es un demonio. Parece humilde y su pecado de orgullo será su caída en la Iglesia. Parece justo y su corazón vive ansiando la injustica, la venganza, la corrupción de la verdad. Parece que habla cosas de acuerdo a la verdad y sólo es maestro de meter la mentira en todo lo que habla: tiene el doctorado del orador de mentiras. Parece que ama a los hombres y sólo busca, en ese amor, su consuelo, su fama, ser popular entre ellos, ser uno más con ellos, ser para que los demás vean qué cerca está él de ellos. Por eso, Francisco divide a la Iglesia: quien no sea como Francisco, entonces ya no hay que seguirle en la Iglesia. La gente se opone a los sacerdotes y Obispos verdaderos, porque no son como Francisco, porque no siguen a Francisco, porque no hacen caso a las opiniones de Francisco.

Ésta es la señal de la división que ha metido ese hereje en la Iglesia. Aquí se ve su obra en contra de la verticalidad del Papado. Un Papa verdadero es como todos los demás Obispos. No quiere sobresalir entre ellos. No quiere ponerse por encima de ellos. Es uno más, porque también el Papa es Obispo.

Pero Francisco, como no es Obispo, aunque tenga el ropaje de Obispo –como no posee el Espíritu del Apóstol- entonces se cree diferente a todos los demás Obispos. Se cree con derecho de innovarlo todo, de cambiarlo todo, de hacer que los demás se fije en él y así desprecian a los otros.

Es lo que está ocurriendo en toda la Iglesia: la opinión de Francisco es lo que vale en la Iglesia. Ya no la Verdad. Y, por eso, se quiere tapar los desastres que la boca de Francisco ha dicho en estos meses, porque se sabe que son auténticas herejías. Pero se pone una excusa para escurrir el bulto, para decir que no pasa nada, que francisco no ha cambiado la Iglesia, que son los demás los que no comprenden a Francisco. Y se llega a un auténtico absurdo: defender a un hereje, a un mentiroso, como se está haciendo. Esto es signo de que la Iglesia ha llegado al punto cero.

No hay quien resuelva esta papeleta. Sólo Dios sabe el camino que hay que poner teniendo a un Papa negro. ¡No tenía que estar!

Francisco, por ser un Papa negro, es sólo de transición, porque no siquiera al demonio le interesa Francisco. El demonio tiene gente inteligente para atacar los dogmas de la Iglesia. Pero ha puesto a éste, que es sólo un sentimental amanerado, añoñado de humanismo, para una sola cosa: destrozar el gobierno vertical. Para eso sólo lo quería el demonio. Lo demás, no le sirve. Ahora el demonio tiene que poner a uno más fuerte. A uno que, en verdad, rompa con todo sin misericordia.

Francisco, por ser un Papa negro, es un hombre sin espíritu ninguno. Está cerrado a la vida del Espíritu. Por eso, no sabe enseñar nada de la vida espiritual. Absolutamente nada. Sólo hay que leer su panfleto comunista, su evangelii gaudium, para darse cuenta de la ignorancia que tiene ese hombre de todo los referente a la vida de la Iglesia y a la vida de las almas.

Francisco sólo se dedica a lo suyo en la Iglesia, a lo que se ha dedicado siempre: a su humanismo. Y no le pidan otra cosa porque no es capaz de dar nada. Sólo habla para el hombre y sólo obra para el hombre. Lo demás, se ingenia para hablar bonito y contentar a la gente que todavía tiene una venda en los ojos. A los demás, él sabe que no contenta, porque ya ha visto la oposición a su visión humanística de la Iglesia, que es sólo su comunismo disfrazado de humanismo, de bondad humana.

“Un día la bandera de la Inmaculada Virgen María ondeará sobre el Kremlin, pero antes, la bandera roja flotará sobre el Vaticano” (San Maximiliano María Kolbe).

Francisco es el Papa que abre las puertas de la Iglesia al comunismo. Comunismo que es sólo un león dormido, pero que está muy vivo en gente como Francisco y como muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia. El comunismo duerme dentro de la Jerarquía de la Iglesia, presto a despertar, cuando llegue el tiempo, y así tomar el poder de toda la Iglesia.

Juan Pablo II aniquiló el comunismo, pero no en la Iglesia. Aniquiló lo que quedaba de esa raíz del 17, pero sólo en el mundo, donde había echado sus ramas. Pero, también esa raíz de metió en la Iglesia, después del 60. Y sus frutos es lo que estamos presenciando: gente vestida de sacerdote y de Obispo con el espíritu del Dragón, del comunismo, del marxismo.

La Jerarquía de la Iglesia es el león dormido. Muchos son lobos que aúllan, y que están dispuestos a destrozar las almas en la Iglesia. Gente que obra en lo oculto, a escondidas, pero que, al exterior, pone cara de santo, de justo, de hombre bondadoso.

Y ese león dormido está a punto de despertarse, porque Francisco ha abierto al puerta, que es lo que el demonio necesitaba: un gobierno de muchos en la Iglesia, porque eso es lo que ya se estaba dando desde Pablo VI. Se daba en lo oculto, quitando al Papa su verdadero Poder.

Por eso, muchos no han comprendido a los Papas desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI. Nadie ha visto al demonio al lado de ellos, sino que todos los han llamado herejes, sin serlo.

Sólo Francisco es hereje, porque es el Papa negro. Los anteriores se merecían ser Papas elegidos por Dios. Pero a Francisco sólo lo ha elegido el demonio y, por eso, no hay que igualar a Francisco con los demás Papas. No hay que decir de los demás Papas lo que se dice de Francisco. Sólo Francisco noes Papa. Los anteriores eran Papas y Papas verdaderos. ¡Todos! Y sólo hay que contemplar al demonio, obrando junto al Papa verdadero, como Satanás obra junto a Dios.

La mona de Cristo es el demonio. El que imita –en el mal- a Cristo en la Iglesia es siempre un Papa negro. Papas negros los ha habido desde Juan XXIII, pero ocultos. Nadie los ha visto ni reconocido. Los puso el demonio para que obrara junto al Papa verdadero.

Pero el demonio se le acabó el tiempo de obrar en lo oculto y, ahora, obra públicamente en un personaje que se las da de Papa, pero que es sólo el peón del demonio.

Pronto las cosas van a cambiar en la Iglesia, pero a peor. Tiempo al tiempo. Lo que queda es el desastre de los desastres. Y, cuando llegue, entonces no habrá tiempo para otra cosa sino salir de una Iglesia que ya no es la Iglesia de Jesús.

El gobierno horizontal promueve la mentira en la Iglesia

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La Iglesia tiene una forma de gobierno jerárquica (ierá-argá (en griego) = mando sagrado), es decir, la persona que tiene el poder es sagrada. No es un laico, no es alguien del mundo, no es profana, mundana, humana. Y, además, esa persona sagrada ha sido elegida directamente por Dios, de forma positiva, para un cargo sagrado.

Saúl fue elegido por Dios, pero no para un cargo sagrado. Saúl no es persona sagrada, porque su cargo, su poder no era sagrado.

Dios ha designado al gobierno de la Iglesia a los Obispos, los sacerdotes, y los diáconos. A ellos les ha dado la potestad para enseñar, gobernar y santificar a las almas: “Pues Jesucristo mismo, durante su vida en esta tierra… comunicó a los Apóstoles y a sus sucesores una triple potestad; a saber la de enseñar, la de gobernar, y la de conducir a los hombres a la santidad; y estableció como ley primera de toda la Iglesia esta potestad determinada ciertamente con unos preceptos, derechos y deberes” (AAS 35,209) ” (PÍO XII en la Encíclica “Mystici Corporis”)

Pero Dios ha puesto una persona por encima de ellos: Pedro.

Pedro no sólo tiene un poder en la Iglesia, porque pertenece a la Jerarquía, sino un poder absoluto en la Iglesia.

Ningún Obispo, sacerdote, diacono posee el poder de Pedro. San Pedro está por encima de los apóstoles, gobernando la Iglesia como una monarquía, siendo él el que tiene la potestad suprema de la Iglesia. Jesús instituyó una monarquía, es decir, un gobierno vertical. Jesús no instituyó una oligarquía, es decir, que la potestad suprema no está en un gobierno horizontal, en un colegio de obispos, o de cardenales, o de iguales.

En la Iglesia se sigue el dogma, la única Verdad: su gobierno es vertical. Éste es el dogma. Quien quite este dogma, se carga la Iglesia automáticamente.

Jesús, al fundar Su Iglesia le pone la Cabeza: Pedro y una monarquía. Éste es el dogma del Primado de Pedro en la Iglesia. Primado de Jurisdicción.

Jesús no pone un gobierno horizontal, de iguales, oligárquico. Por eso, Francisco, al poner un gobierno horizontal, anula el dogma, pone su mentira en la Iglesia. Automáticamente, comienza su nueva iglesia. Lo que vemos en Roma no es la Iglesia de Jesús, porque en Ella no existe el gobierno horizontal. Sólo vemos un inicio de una nueva iglesia, con un gobierno humano, con unos poderes humanos, con unos fines humanos, con gente que se viste de Obispo, de sacerdote,de persona sagrada pero sin un cargo sagrado. Y, por lo tanto, no rigen la Iglesia de Jesús, sino sólo su iglesia nueva. Sólo el gobierno vertical es un cargo sagrado en la Iglesia. El gobierno horizontal no tiene el sello de lo sagrado, sino de lo mundano.

Este es el desastre que Francisco ha hecho en Roma y que nadie lo analiza. Y es la obra del pecado de Francisco, por la cual se le llama maldito: pone su pecado en medio de la Iglesia, no se arrepiente de su pecado, y justifica, de muchas maneras, su pecado. Por eso, es un maldito, para el cual no hay misericordia porque no ve su pecado. Sólo la espada de la Justicia está sobre su cabeza. Su pecado es una obra pública y, por tanto, todos pueden hablar del pecado de Francisco, porque él lo enseña al mundo. Todos pueden juzgar a Francisco, porque es un hombre que ama su pecado y obra su pecado. Y, por tanto, produce un mal enorme. Y eso se siente en toda la Iglesia.

El pecador público que no quita su pecado es juzgado por todos, porque ese pecado público muestra la intención de su pecado. Y, conociendo la intención del que peca, se puede juzgar al que peca.

Cuando el pecado es privado, oculto, nadie puede juzgar al pecador, porque no conoce su intención. Pero cuando se muestra el pecado a todos, entonces también se muestra la intención.

El pecado de Francisco: quitar el dogma de la monarquía en la Iglesia, el gobierno vertical. Y, por tanto, poner su mentira, su obra de pecado.

Quitando el gobierno vertical se producen dos cosas en la Iglesia:

1. ya la cabeza de esa iglesia no es el fundamento de la unidad: se pone la división en la cabeza, que es la división de la verdad. Hay muchas cabezas que gobiernan = hay muchas verdades. Lo que prevalece son las mentiras, las muchas verdades arropadas de santidad y de justicia, que esconden el pecado, el engaño, la falsedad, el error.

2. ya la cabeza de esa iglesia no tiene el poder absoluto en Ella: por tanto, no tiene las llaves de la Verdad, las llaves del Cielo, las llaves de la salvación. Lo que obra esa cabeza es para condenar a todas las almas que pertenezcan a esa iglesia.

Esta es la gravedad del pecado de Francisco. Peligrosísima obra de Francisco en la Iglesia. Francisco ha anulado un dogma en la Iglesia. Y el dogma principal, porque es el fundamento de la Iglesia. La Iglesia se edifica en Pedro. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Pedro tiene la Suprema Potestad en la Iglesia. Pedro no es como un padre de familia, que es el primero en la familia, porque tiene una potestad de mando. El varón es la cabeza porque su potestad es para mandar, pero no es para ser autoridad. También la mujer manda en la familia, pero es segunda en el mando. En esa potestad de mando, la mujer no siempre tiene que obedecer al varón, porque éste no es el primero por derecho de autoridad, sino sólo el primero por la potestad de mandar.

Pedro no manda en la Iglesia, sino que la guía con su autoridad absoluta. Pedro no opina en la Iglesia, sino lo que dice es con su autoridad absoluta, y siempre hay que hacerle caso, siempre hay que obedecerle. Pedro recibe la autoridad del mismo Jesucristo, no de la Iglesia, no de los Sacramentos, no de la Gracia, no de los Carismas, no por derecho natural, sino de la misma Persona del Verbo Encarnado.

El varón no tiene esta autoridad, sino sólo el poder del mando que le da la naturaleza humana. Por ser el primero en ser creado y, siendo la mujer la segunda, la que nace de él, por eso tiene esta potestad de mando, pero no autoridad sobre la mujer. La mujer sólo está sometida a él en las cosas de la naturaleza humana, no en las cosas espirituales o divinas.

La autoridad que tiene Pedro en la Iglesia no se la da un conjunto de hombres: de Obispos, de Cardenales, de sacerdotes, etc. Su autoridad no viene de los hombres, de la concordia entre iguales, porque Jesús sólo da esta potestad absoluta a Pedro, no a los Apóstoles. Y se la da para que gobierne solo, sin ayuda de ningún hombre en la Iglesia.

La potestad absoluta que tiene Pedro en la Iglesia no necesita de un gobierno de ayuda o de un gobierno horizontal, porque en esa potestad está todo lo que Pedro necesita para gobernar. Pedro puede consultar con los hombres, pero los hombres no deciden nada. Sólo se consulta para ver cómo está el panorama de la Iglesia, para ver cómo están los corazones en la Iglesia, para ver los problemas que hay en la Iglesia. Pero esa consulta no es un gobierno de consulta, no es una necesidad en la Iglesia, porque la Iglesia la rige el Espíritu, no los pensamientos de los hombres. Y sólo hay que seguir al Espíritu para no equivocarse en el gobierno de la Iglesia.

“Jesucristo puso a San Pedro como gobernante supremo de la Iglesia. En verdad hizo a San Pedro y a nadie mas aquella insigne promesa: “Tu eres Pedro sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia” (San Mateo 16,18). Por estas palabras queda claro que por voluntad y por mandato de Dios la Iglesia se asienta en San Pedro, así como un edificio está asentado en sus cimientos… Por consiguiente pertenece a Pedro el sustentar la Iglesia y el defenderla unida y firme con estructura irrompible. Ahora bien ¿quién es el que puede cumplir un cargo de tan gran responsabilidad sin la potestad de mandar, de prohibir, de juzgar, a la cual potestad se la denomina verdadera y propiamente con el nombre de jurisdicción?… Además Jesús añadió lo siguiente: “Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos”… La Iglesia ostenta la imagen expresa no solo del edificio, sino también del Reino: además todo el mundo sabe que las llaves son el distintivo normal que indican el poder. Por lo cual cuando Jesús promete dar a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos, promete que le dará potestad y derecho sobre la Iglesia… Están de acuerdo con esto las palabras que Jesús le dijo a Pedro a continuación: “Y cuanto tu atares sobre la tierra, quedará atado en el cielo; y cuanto tu desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos”. La expresión empleada en sentido translaticio de atar y desatar indica el derecho de dar leyes e igualmente la potestad de juzgar y de castigar. En verdad esta potestad se dice que tendrá tanta amplitud y poder, que cualesquiera decretos de la misma los ratificará Dios. Por tanto es una potestad suprema y plenamente “sui iuris”, puesto que no hay en la tierra por encima de ella ninguna potestad de grado superior, y ya que abarca a la Iglesia entera y a todo lo que le ha sido confiado a la Iglesia” (León XIII en la Encíclica “Satis cognitum” (AAS 28,726s)).

No hay en la tierra otra potestad por encima de la de Pedro. Luego, ¿no es ridículo el gobierno horizontal ,que ha puesto Francisco en Roma, porque eso señala el poder que hay en el mundo? Los poderes en el mundo son horizontales. Luego, ese gobierno que ha puesto Francisco no es distintivo de la Iglesia, no hacen de esa iglesia algo fuera de lo que hay en el mundo, sino que sólo es otra cosa más del mundo. Ese gobierno es como los del mundo.

Y el gobierno que ha puesto Jesús en la Iglesia no está en el mundo: está por encima de cualquier potestad del mundo. ¿Ven la estupidez de ese gobierno horizontal? ¿Ven la locura a la que lleva ese gobierno horizontal? ¿No ven que, a través de ese gobierno horizontal, los poderes del mundo se unifican con la Iglesia, se meten en la Iglesia? ¿No ven el peligro de tener unas cabezas que promueven una caridad en la Iglesia pero sin el sentido sobrenatural? Es lo del mundo: hagamos un bien humano a los hombres. Eso da publicidad a los políticos. Vayamos a compartir con las diferentes ideologías de los hombres, para quedar bien ante los hombres. De esa manera, se gana adeptos para la nueva iglesia.

El gran peligro del gobierno horizontal es: meter en la Iglesia el poder del mundo y vender la Iglesia al mejor postor. Es lo que hizo Judas cuando entregó a Su Maestro. Francisco quiere dinero para sus pobres. Muy bien: dame el poder de la Iglesia. Quita los dogmas, abre la mano para que todos puedan estar en la Iglesia con sus pecados, con sus errores, con sus opiniones en la vida. Déjanos decidir los destinos de la gente en la Iglesia. Metamos la justicia del mundo en la Iglesia, la sabiduría, la ciencia de los hombres para decidir quién se salva y quién no.

A eso es lo que vamos. Eso está muy claro para que se pone en la Verdad de la Iglesia, para el que sabe ver la Verdad de la Iglesia, para el que aprecia la Verdad de la Iglesia, para que el lucha por la Verdad en la Iglesia.

Los demás, felices y contentos por tener un gobierno horizontal de gente que ni si quiera cree en el pecado, ni en el infierno, ni que Jesús sea Dios. Porque ya la verdad no interesa, los dogmas no interesan. Sólo interesa las opiniones de Francisco, sus heréticas homilías, sus necios pensamientos, la novedad de su pecado en la Iglesia.

Quien anula un dogma en la Iglesia, lo anula todo en la práctica. Pero Francisco es hábil para esconder el destrozo que ahora se va a ver por todos lados, y que sólo está oculto porque así le interesa al demonio, para ganar más almas para su infierno.

Francisco sabe cómo está la Iglesia: está llena de gente mundana, que ama su pecado y que vive en su pecado. Y habla para esa gente, porque sabe que es mucha. Y los demás, los combate, como ha hecho con los Franciscanos de la Inmaculada.

Francisco odia la verdad, ¿es que no se han dado cuenta todavía? Francisco combate a la Iglesia verdadera, porque quiere poner su iglesia, el invento de su necia cabeza. Por eso, no hay cariñitos para ese idiota. Francisco condena a las almas al poner su gobierno horizontal en la Iglesia. Sólo por eso. De ahí vienen las herejías en todas sus homilías y en todos sus escritos. De ese pecado de orgullo.

Por eso, no se puede obedecer a Francisco, ni se le puede respetar ni como Obispo, porque su pecado es público, no es privado. Y, por eso, hay que combatirlo. No hay que creerse nada de lo que diga. Sus bellas palabras, sus hermosas frases, que se las lleve al infierno. Pero no hay que hacer caso de nada de lo que diga. Hay que triturarlo, como se machaca una hormiga. Hay que pisotearlo y ponerlo verde, porque su pecado es público. Y su pecado lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

Las llaves de la Iglesia sólo las tiene Cristo, en este momento. Francisco tiene la puerta del infierno abierta para el que quiere ir. Y hay que elegir: o estar en la nueva iglesia que Francisco ya ha iniciado, o estar en la Iglesia de Jesús, que continúa en el desierto y que llama a todos los elegidos al desierto, a salir de Roma, porque Roma ya es la sede del anticristo.

El gran daño que ha hecho Francisco en la Iglesia

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La Iglesia de Cristo tiene un gobierno vertical, es decir, quien gobierna la Iglesia es Su Rey: Cristo Jesús. Él es la Corona de la Iglesia, es el Rey de cada alma y es el que guía a toda la Iglesia, a Su Cuerpo Místico, hacia la Plenitud de la Verdad.

Jesús murió por cada hombre. No murió por la humanidad, no murió por un conjunto de hombres, ni por una comunidad, ni por un país, ni por una familia.

La muerte de Jesús es por cada alma en particular, porque así es su amor: amor por cada una de sus almas ya que han sido creadas por Él.

Jesús salva a cada alma, no salva ni a la sociedad, ni a los países, ni a las familias, ni a las comunidades, ni a la humanidad.

La salvación se dirige a cada alma. Y, por tanto, el alma se salva siguiendo a Jesús, el camino que Él ha puesto para conseguir esa salvación.

La salvación Jesús la obra como Sacerdote Eterno y, por tanto, nadie se puede salvar sin el Sacerdote, que es Cristo Jesús.

Nadie puede buscar la salvación en un hombre, en una idea política, en una filosofía, en un grupo social, en una comunidad de base, etc.

La salvación el Sacerdote la obra: Jesús hizo la Obra de Redención. Sin esa Obra, el hombre hubiera seguido igual, en su pecado y, condenándose por su pecado.

Cada alma se salva porque tiene un sacerdote que obra la misma Obra Redentora de Jesús. Si el sacerdote no obra esta Obra, condena al alma, junto con él, al infierno.

La salvación no está en pertenecer a una comunidad, a una estructura de la Iglesia, a un pueblo que cree, ni siquiera a una familia cristiana.

La salvación se realiza formando las almas con el sacerdote, que las salva, el Cuerpo Místico de Cristo.

Y ¿cómo se realiza ese Cuerpo Místico? En la obediencia a la Verdad, que es Cristo Jesús. La Obediencia forma la Iglesia.

La Iglesia es Cristo Jesús. Y no es otra cosa sino sólo Cristo.

Muchos se equivocan diciendo que Jesús ha dado al hombre la capacidad de ser Dios (por el Bautismo) y, por tanto, la de actuar como si Dios quisiese las obras de los hombres. Por el hecho de que Jesús lo ha regenerado todo, también la humanidad ha sido regenerada totalmente. Y, por eso, éstos no pueden comprender que la Iglesia sea sólo Cristo Jesús, ni tampoco que la Verdad sea sólo Cristo Jesús. Hay otras verdades en el mundo, en los hombres, porque Jesús lo ha hecho todo nuevo. Y, por eso, hay que abrirse a todos los hombres porque en ellos también hay una verdad.

La Iglesia nació en la muerte de Cristo. Cuando el soldado le abrió el costado, ahí tuvo origen la Iglesia. Por eso, la Virgen María ofrece al mundo y al hombre la Iglesia, al tener entre sus brazos a Su Hijo muerto. La Iglesia está en los brazos de María en la Cruz, al igual que Ella sostuvo a Su Hijo en su nacimiento.

María fue Madre de Dios en Belén, y tuvo a Jesús vivo en sus brazos; pero María fue Madre de la Iglesia en el Calvario, y tuvo a Jesús muerto en sus brazos.

La Virgen María dio al mundo a Jesús y a su Obra, que es la Iglesia. Lo ofreció a los hombres si quieren salvarse.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. Es de Dios y la forma Dios. En la muerte de Cristo, nace la Iglesia. Nace en el dolor de una Madre y en el sacrifico de Su Hijo. La Iglesia nace en el dolor, en la muerte, cuando, entre los hombres sólo hay odio hacia Dios y hacia Su Hijo.

Y, en esa muerte de Jesús, se inicia la salvación del hombre. Entre los brazos de la Madre está la salvación del hombre. Pero de cada hombre, no de la humanidad, no de las familias de los hombres, no de los países, no de ninguna cultura o raza de lo hombres.

La Iglesia nace cuando los Apóstoles no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, por haber negado a Cristo. Sólo dos almas pertenecen a la Iglesia en ese momento: la Virgen, como Reina, y San Juan, como el Apóstol del Amor. Los demás, vivían en sus pecados. Y es sólo la Virgen María la que presenta, desde el Calvario, la Iglesia a toda la humanidad. La presenta teniendo entre sus brazos a Su Hijo muerto, porque ese Hijo muerto es la Iglesia.

La Iglesia no nace en Pentecostés. Ahí sólo se da a la Iglesia Su Espíritu para que pueda obrar la Voluntad de Dios, porque sin Espíritu no hay obras en la Iglesia, no se hace nada en la Iglesia.

La Iglesia no existe antes de la muerte de Cristo. Cristo, que es la Iglesia, hasta que no muere, no puede iniciar la Iglesia. Cristo prepara a los suyos para la Iglesia, pero no hace Iglesia, no forma ninguna Iglesia, ninguna comunidad, porque, antes había que hacer la Obra de la Redención, que era morir por todos los hombres en la Cruz. Sin esa Obra, sin esa muerte, no se inicia la Iglesia.

Por eso, muchos se equivocan al poner la Iglesia en lo que hacía Jesús con sus discípulos. No han entendido lo que es la Redención de los hombres. Jesús es Rey de los hombres en la Cruz. Y lleva a todos sus discípulos a la Cruz. Y allí inicia la Iglesia: en la muerte en Cruz. La Vida se da en la muerte. Sin el sufrimiento no hay amor que salve al hombre. Sin penitencia no hay Cielo para el hombre. Sin dolor no hay Gloria para el hombre.

Aquellos que no quieran la Cruz, el camino de la Cruz, entonces forman su propia iglesia, sus propias comunidades, que no salvan.

Cristo murió, pero resucitó de entre los muertos. Y el tiempo de Su Resurrección, antes de Su Ascensión, es para formar Su Iglesia. Cristo inicia su Iglesia en la muerte de Cruz, pero no está formada. En la Cruz, Él y Su Madre son la Iglesia. No hay nadie más. Ni siquiera San Juan era Iglesia, a pesar de que no había pecado. San Juan todavía no puede obrar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, hasta que Jesús no la inicie en Pedro.

Porque se pertenece a la Iglesia en la Roca de la Iglesia. No se pertenece a la Iglesia porque no se tenga pecado o porque se hace una cosa buena entre los hombres.

Cristo es la Roca de la Iglesia. Por eso, Él es la Iglesia. Y sólo Él. No hay ningún hombre más. Con Cristo, Su Madre, por Voluntad Divina, está en esa Roca. Pero, los demás, no pertenecen a la Iglesia, aunque sean discípulos, apóstoles, sacerdotes, Obispos. Se pertenece a la Iglesia porque se obedece a la Roca, que es Cristo, a la Verdad, que es Cristo.

Y, como los hombres siempre necesitan de un hombre para obedecer, por eso, Cristo puso a Pedro en esa Roca. Y sólo a Pedro. Pero lo puso en el tiempo de Su Resurrección, no antes.

Y se pertenece a la Iglesia porque se obedece a Pedro. Cristo Jesús, que es el Rey de la Iglesia, sólo guía a Su Iglesia a través de Pedro. No la guía de otra manera. Por eso, el gobierno de la Iglesia es vertical: Cristo Jesús y Pedro. Los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Se es Iglesia porque se obedece a Pedro. Se hace la Iglesia porque se obedece a Pedro. El alma se salva en la Iglesia porque obedece a Pedro.

La salvación no está en la comunidad, como hoy se predica. Una comunidad que cree no se salva. Un pueblo de Dios que cree no se salva. El alma se salva porque obedece a la Verdad, que es Jesús. Y Jesús ha puesto Su Iglesia, que es la Obra de la Verdad. Quien obedece a la Iglesia entonces está obedeciendo a Cristo. Quien no la obedece, no es de Cristo.

En la Iglesia están todas las verdades que el hombre tiene que aceptar si quiere salvarse. Ese aceptar es obedecer a Cristo, como Rey de la Iglesia. Y se aceptan esas verdades obedeciendo la cabeza de la Iglesia entre los hombres, que es el Vicario de Cristo. Quien no obedece al Vicario de Cristo no obedece a Cristo, y no es Iglesia, no forma la Iglesia y no se salva.

Aquel Obispo, aquel sacerdote que no obedezca al Vicario de Cristo, no es Iglesia, no forma Iglesia y, por tanto, no se le puede obedecer, no se le puede seguir, porque la Iglesia es Cristo, no el pensamiento de un hombre, sus opiniones, etc.

Los fieles, en la Iglesia, tienen que obedecer a los sacerdotes; éstos a los Obispos; éstos al Papa. Es una Jerarquía, no es una igualdad. Es una verticalidad, no es una horizontalidad.

Aquel que quite el gobierno vertical en la Iglesia de Cristo y ponga un gobierno horizontal, automáticamente sale de la Iglesia de Cristo y comienza a formar su nueva iglesia. Porque la Iglesia es sólo Cristo. Y Cristo ha puesto su gobierno vertical. Y nadie tiene derecho a quitar lo que Cristo ha puesto en Su Iglesia, porque ese gobierno vertical es la Verdad en la Iglesia. Quien quita una Verdad en la Iglesia, deja de pertenecer a Ella. No es que se oponga a una Verdad, sino que la suprime. Eso hace que la persona comience una nueva iglesia al quedar excomulgada en la Iglesia por su pecado.

Por eso, lo que ha hecho Francisco no tiene nombre: es su pecado. Un pecado que lo ha llevado fuera de la Iglesia. Su mismo pecado, porque ese pecado ha suprimido una verdad en la Iglesia. Y Francisco mantiene ese pecado. Es su orgullo. Y lo justifica, lo ensalza, lo aplaude en medio de la Iglesia. Su pecado es su nueva iglesia. Lo que él predica es su evangelio, es su fe, es su doctrina en su nueva iglesia, pero no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo, con el Evangelio de Jesús, con la doctrina de Cristo.

Jesús ha puesto la Verdad del gobierno vertical, que consiste en esto: enseñar la Verdad, guiar con la Verdad y santificar en la Verdad. Son los tres poderes que tiene la Jerarquía en la Iglesia: gobernar, enseñar y santificar. Y estos tres poderes vienen de Cristo, porque Cristo es Maestro, Rey y Sacerdote: «En efecto, ¿qué pretendió, qué quiso Jesucristo al haber fundado o al ir a fundar la Iglesia? Ciertamente esto: Transmitir para su continuación en la Iglesia la misma misión y el mismo mandato, que El había recibido del Padre. Había decidido claramente que se debía hacer esto, y esto hizo en realidad.»( LEON XIII (ASS 28,712)).

Y esto tres poderes nacen de una obediencia: «En efecto Pedro, en virtud del Primado, no es sino el Vicario de Cristo, y por ello se da solamente una sola Cabeza primordial de este Cuerpo, a saber Cristo: el cual no dejando de gobernar por sí mismo de un modo ciertamente misterioso la Iglesia, sin embargo gobierna esta misma Iglesia de un modo visible por medio del que hace las veces en la tierra de su persona… constituyendo Jesucristo y su Vicario solamente una sola Cabeza» (Encíclica «Mystici Corporis», de PIO XII Le., 211; cf. D 468; cf. 1.c., 227-242).

Quien quite el gobierno vertical, quita la sola Cabeza de la Iglesia, por la cual gobierna Cristo. Y inicia una nueva iglesia, sin Cristo.

Muchos no han caído en la cuenta del gobierno horizontal de Francisco, lo que significa: es iniciar una nueva iglesia que no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo. Por eso, Francisco hace su teatro en Roma, porque tiene que hacerlo. Tiene que engañar a muchos para que se vayan a su nueva iglesia.

Francisco ha constituido su nueva iglesia en Roma, no fuera de Roma. Dentro de la misma Iglesia. Esto es lo trágico. Ésta ha sido la jugada del demonio. Por eso, a Francisco sólo se le puede llamar maldito. Es que no tiene otro nombre. Sólo un maldito engaña así a toda la Iglesia. Y la sigue engañando. Sigue predicando su doctrina de la fraternidad, que es lo que se da en su nueva iglesia. Por eso, él prédica que nadie se salva sin comunidad, que el Bautismo nos convierte en un solo Cuerpo de Cristo (cf. 15 de enero de 2014). Francisco pone la salvación en la comunidad, en la recepción de unos sacramentos. Y dice esto sólo por su doctrina de la fraternidad: como somos todos hermanos, entonces hay que dar testimonio de una amor que nos salva, de la belleza de ese amor, aunque tengamos pecados. Francisco nunca predica del sacrificio de Cristo y de las exigencias que el que ama a Cristo tiene en la Iglesia. Nunca. Sólo pone su amor fraterno como único vehículo para salvarse.

El alma se salva por el sacerdote, por su Pastor, no por la comunidad, no por la Iglesia. Si ese Pastor no obedece al Vicario de Cristo, el alma se condena. Por eso, un fiel no puede dar la obediencia a un Pastor que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no, ese Pastor, le lleva al infierno.

Un sacerdote no puede obedecer a un Obispo que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no ese Obispo lleva al sacerdote al infierno.

Un Obispo no puede obedecer a un Vicario de Cristo que no obedezca a Cristo, porque si no ese Vicario de Cristo lo lleva al infierno.

Jesús puso su Vicario en 2005, cuando murió Juan Pablo II: el Papa Benedicto XVI. Y ese Vicario es hasta la muerte, hasta que muera Benedicto XVI. Si renunció, si lo jubilaron, eso no importa para Cristo Jesús. La Iglesia sólo tiene una Cabeza. Y sólo se puede seguir a esa Cabeza. Como el Papa Benedicto XVI no quiere ser cabeza, entonces la Iglesia es sólo regida por Cristo Jesús. Luego, no hay que obedecer a nadie en la Iglesia, porque no hay Cabeza, no hay gobierno vertical. Hay una división en la Cabeza. Y esto es lo más grave que podemos observar ahora.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha establecido su nueva iglesia, con su nueva doctrina, con su nuevo evangelio. Y, por eso, no interesa lo que hace Francisco, ni lo que dice, porque no tiene el Espíritu de Pedro. Y su pecado lo coloca fuera de la Iglesia de Cristo. Él mismo se ha ido de la Iglesia de Cristo.

Hay que combatir a Francisco. Y punto. Pero no hay que hacerle el juego. No hay que besar su trasero. Francisco no es Papa, no es Vicario de Cristo, no es Obispo. No es nada. Es una imagen del Papa, una figura del Vicario de Cristo, una estatua de Obispo. Es algo sin vida, sin valor, sin bien divino. Es una miseria humana. Es un tonto vestido de Obispo. Es uno que se cree santo porque habla del amor fraterno. Es uno que ha puesto su locura en medio de la Iglesia: resolver la hambruna del mundo. Es uno que sólo dice herejías tras herejías, todos los días. Y se levanta con ellas y se acuesta entre ellas.

Como Francisco, la historia de la Iglesia, nos da a muchos Obispos que quisieron ser Papas. Y lo fueron por poco tiempo, mientras hacían en la Iglesia su negocio. Pero Francisco no es como los anteriores Obispos que codiciaron el poder y el dinero en la Iglesia, porque los antipapas o los falsos papas, nunca quitaron el gobierno vertical. Nunca suprimieron una verdad en la Iglesia. Y, por eso, la verdad se mantuvo en la Iglesia, porque se quita al pecador de la cabeza y continúa la verdad.

Pero, cuando se quite a Francisco de su negocio en la Iglesia, continuará la herejía en la Iglesia, porque falta una verdad: el gobierno vertical. Éste es el gran daño que ha hecho ese idiota en la Iglesia.

Lo que habla Francisco son sus idioteces, pero queda su obra: la división en la cabeza de la Iglesia. Y, por esa división, no hay unidad en la Iglesia. Por eso, todo el mundo sigue las opiniones de Francisco, pero nadie sigue la Verdad, que es Jesús en la Iglesia. Esto es lo trágico, que nadie ha meditado.

Éste es el pecado de Francisco. Y, por eso, su nueva iglesia no es la Iglesia de Cristo. No hay que engañarse de las cosas que pueda hacer para tener contento a los demás: si celebra al oriente, si canoniza a algún santo u otras cosas que se hacen para dar la impresión de que se está en la Verdad.

Francisco es un lobo vestido de piel de oveja y, por tanto, no puede obrar ninguna verdad en la Iglesia. Todo está programado, todo está adulterado, todo es una comedia, para poder dar el golpe que trae la segunda división en la Iglesia.

Dos cabezas en la Iglesia

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“Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema” (CONCILIO VATICANO, 1869-1870 – SESION IV (18 de julio de 1870) – Constitución dogmática Ia sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 2. De la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices – Canon).

Pedro tiene perpetuos sucesores, es decir, siempre habrá un Pedro que gobierne la Iglesia de Jesús. Pero es a perpetuidad, para siempre, ab eterno, porque la Iglesia es Eterna, no temporal. Es un Reino que no acaba ni en el tiempo ni en el espacio. Va más allá de todo lo creado. Se dirige siempre hacia la Verdad que no tiene límites ni condiciones.

Si siempre hay un Pedro, entonces, se deduce, que Pedro tiene que ser hasta la muerte. Se es Pedro hasta morir. Y, en la muerte, se elige al sucesor de Pedro. Si no se hiciera así, entonces habría más de un Pedro en la Iglesia, más de una cabeza y eso va contra la misma Palabra de Dios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”.

La Iglesia es una sola. Luego, Pedro es un solo.

No puede haber un Papa y un Papa Emérito. No se da en la Iglesia de Jesús. Se da en la nueva iglesia de Roma, que ya ha dejado de ser la Sede Romana del Primado de Pedro. La Iglesia se sienta sobre Roma. Y, desde Roma, Pedro gobierna toda la Iglesia.

Hay dos Papas: la Iglesia desaparece de Roma. Porque la Iglesia está allí donde está Pedro. Y el Papa Benedicto XVI no gobierna la Iglesia. Un falso pastor gobierna la Iglesia. Luego, no hay Iglesia. Roma no es la Sede del Primado de Pedro. Roma no tiene Autoridad Divina para nada en la Iglesia. Tiene autoridad humana para gobernar su bodrio, que es la nueva iglesia, su falsa Iglesia en Roma.

Por eso, Roma se convierte en la Sede del Anticristo, en la sede de todas las herejías, porque el Anticristo no sólo combate una verdad, sino todas las verdades de la Iglesia.

Francisco reúne en sí todas las herejías, por ser un precursor del anticristo, pero no puede ponerlas en obra. Sólo las dice en sus homilías, en sus escritos, en sus declaraciones, y así actúa como falso Profeta, al mismo tiempo.

Pedro es hasta la muerte porque la sucesión de Pedro es a perpetuidad, para siempre. Y, por tanto, tanto Pedro como su sucesión sólo puede ser expulsada de Roma, pero no anulada.

Nadie puede anular a Pedro ni a sus sucesores. Todos pueden combatir a Pedro y a sus sucesores.

Pedro nunca cambia en la Iglesia. Su función es siempre la misma: ningún Obispo se puede igualar a Pedro; todos los Obispos reciben de Pedro la autoridad en la Iglesia por la obediencia a Él, por el sometimiento a Él, porque Pedro recibe su suprema autoridad de Cristo, no de ningún hombre; Pedro es el Vicario de Cristo, la Cabeza Visible de la Iglesia, el Juez Supremo de los fieles.

Francisco no es juez supremo de los fieles porque no quiere juzgar a nadie. Claramente, él no es Pedro, él no es Papa, él no es Vicario de Cristo, él no es Cabeza Visible de la Iglesia, sino cabeza visible de la falsa iglesia del demonio.

Y, ante las palabras de Francisco: “también debo pensar en una conversión del papado”, se concluye que Pedro ya no existe en la nueva iglesia de Roma.

Es imposible una conversión del papado. Son los Papas los que tienen que convertirse a la Verdad, no el Papado al mundo, a la mentira. Si se da esa conversión del papado, entonces se quita a Pedro de la Iglesia. No existe la reforma de la Iglesia, sólo existe la conversión de los pecadores a la gracia de la verdad.

No puede darse una autoridad para los Obispos sin Pedro, que es lo que quiere Francisco: “todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal”. Francisco va contra todo el dogma del Papado. Ningún Obispo tiene una auténtica autoridad doctrinal sin someterse a Pedro, sin la Obediencia a Pedro.

“La doctrina del Sínodo, por la que profesa: estar persuadido que el obispo recibió de Cristo todos los derechos necesarios para el buen régimen de su diócesis, como si para el buen régimen de cada diócesis no fueran necesarias las ordenaciones superiores que miran a la fe y a las costumbres, o a la disciplina general, cuyo derecho reside en los Sumos Pontífices y en los Concilios universales para toda la Iglesia, es cismática, y por lo menos errónea“ (PIO Vl, 1775-1799 – Derechos indebidamente atribuídos a los obispos- [Decr. de ord. § 25], n.6).

Toda la autoridad en la Iglesia reside en los Sumos Pontífices, en Pedro, porque el gobierno en la Iglesia es central, es único, es de una cabeza que lo da todo.

Querer dar autoridad a los Obispos, una autoridad autónoma, desprovista de la sujeción a la Cabeza, es destrozar todo el Papado, como quiere Francisco: “Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”.

Francisco se va del dogma, de la verdad sobre el Papado por seguir sólo el sentimiento de la dinámica misionera. Son dos cosas distintas: Pedro y la actividad misionera. La dinámica de las misiones nunca es razón para descentralizar el gobierno de la Iglesia.

Francisco cae en este error por este pensamiento: “el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

Pedro es la cabeza de la Iglesia, el que va delante de los ovejas, el que marca el camino a las ovejas. Nunca Pedro es el que va en medio, junto a las ovejas, o detrás, siguiendo a las ovejas o esperando a las retrasadas, que es así como piensa Francisco: “…a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados”.

Esta es la doctrina de un hereje que ya no quiere ser Pedro, que le importa muy poco la verdad de Pedro, que no ve la Iglesia como Jerarquía, como obediencia a la Verdad de la Palabra, sino que pone todo su empeño en hacer una Iglesia que salga a la calle, que sea del mundo, que sea la gente la que marque el camino. Francisco no quiere ser cabeza, quiere estar con el rebaño, quiere seguir al rebaño. Está diciendo: Pedro es una solemne tontería en la Iglesia.

Francisco se carga todo el Papado. Es lo que los hombres de la Iglesia no acaban de meditar, de ver, de vislumbrar lo que viene después de Francisco.

“Como el autor divino de la Iglesia hubiera decretado que fuera una por la fe, por el régimen y por la comunión, escogió a Pedro y a sus sucesores para que en ellos estuviera el principio y como el centro de la unidad… Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada. Para conservar debidamente la unidad de fe y comunión, no basta desempeñar una primacía de honor, no basta una mera dirección, sino que es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a que ha de someterse toda la comunidad…” (Leon XIII) – De la unicidad de la Iglesia- [De la Encíclica Satis cognitum, de 29 de junio de 1896]).

Pedro tiene el principio y el centro de la unidad. No es el pueblo ese principio, no es el pueblo el que gobierna la Iglesia. No es el pueblo que decide la Iglesia. Pedro nunca tiene que hacer caso al pueblo para mandar en la Iglesia. Sólo tiene que obedecer a Cristo. Y los demás, obedientes a Pedro. Si no se da esta obediencia a Pedro, entonces viene lo que quiere Francisco: todo “se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada”.

Francisco propone que el rebaño marque nuevos caminos. Luego, la nueva iglesia en Roma es un conjunto de hombres que sólo dan confusión y perturbación al mundo y a la Iglesia.Y esa Iglesia no es la de Jesús. La Iglesia de Jesús es la Verdad, la que da el resplandor de la Verdad.

Pedro no tiene que seguir al rebaño, a las modas de los hombres, a los avances científicos o técnicos, a las diversas filosofías o teologías llenas de errores, de mentiras, de falsedades, porque Pedro es el que marca el camino en la Iglesia.

La Iglesia y el mundo tienen dos cabezas totalmente diferentes, opuestas. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” [cf. Mt. 22, 21]. Y, por tanto, lo que vale en el mundo no vale en la Iglesia. Pero esto Francisco no lo entiende, porque es del mundo, no pertenece a la Iglesia. Lleva a la Iglesia a las calles, al mundo, a vivir bajo el poder del mundo sin la Verdad, sin el poder de Dios.

Por eso, su afán de que cada Obispado tenga su propia autoridad en la Iglesia, con lo cual se perturba totalmente el orden de las cosas, se oculta la verdad y se hace que los fieles caigan en la total oscuridad, donde no es posible la fe. A esto se quiere llegar: que cada Obispo mande sin depender de Roma, porque hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia. Y, entonces, la potestad de Pedro, que es suprema, universal y enteramente independiente, desparece por completo. Pedro es sólo una figura, un hombre que está en el gobierno de comodín, pero que no gobierna nada.

Un Papa Verdadero defiende siempre su propia autoridad en la Iglesia, constituida sólo por Dios, no por los hombres. Francisco no sale en defensa de esta autoridad de Pedro y, entonces, no es Papa, es una falsa cabeza que está puesta para destrozar la Autoridad de Pedro. Por eso, en su nueva iglesia en Roma, Francisco no gobierna. Son otros los que gobiernan. Francisco entretiene a las masas, como los hombres del mundo, como los famosos en el mundo, como la gente del mundo que sólo vive para buscar su felicidad aquí en la tierra. Pero Francisco no ha sido elegido para dar la Verdad, sino para destrozar cualquier Verdad en la Iglesia.

Su reinado es corto, muy corto, porque los enemigos de la Iglesia no perduran dentro de Ella. Pero las consecuencias de su reinado son irreversibles. Ya no se pueden cambiar, ya no hay marcha atrás. El daño ha sido hecho ya. Y las consecuencias se están viendo por todas partes. Hay una división en todo. Sólo se da la mentira que está con Francisco. Y aquel que quiere decir la verdad, que se opone a Francisco lo callan. Se ha dividido la Verdad, quitando el Papado. Ahora, viene la siguiente división: el amor. Y es cuando comenzará la persecución de aquellos que no acepten la mentira que predica Roma.

Y esto es lo que muchos no han comprendido todavía. Francisco se va cuando el mundo lo aplaude. Pero deja la destrucción de la Iglesia en germen, en la semilla que él ha puesto quitando a Pedro del gobierno de la Iglesia. Otro le sucederá, pero, también por poco tiempo, que continuará el destrozo de la Iglesia.

No se sostienen dos Papas en Roma, porque eso supone dos cabezas distintas, sin depender una de otra. Por eso, Benedicto XVI, si quiere seguir con vida, tiene que salir de Roma. Si se queda lo matarán, como han hecho con los otros.

Benedicto XVI molesta ahora a Roma, porque las almas se están despertando del sueño y miran al verdadero Papa, al que mantuvo la Iglesia en la Verdad, al que no inició su Pontificado con el modernismo en sus palabras, sino con la verdad en su boca.

Ahora, es necesario un cambio en toda la Iglesia. Dios ha dado tiempo para que las almas vean el error. Y, muchas almas, siguen con la venda en los ojos, bailando en torno a Francisco, reconociendo que ha hecho algo bueno, cuando es todo lo contrario. Y, por eso, la Iglesia ha despertado, pero sigue en su pecado. Sigue sin llamar a Francisco como lo que es: un hombre sin horizonte espiritual, un hombre para las masas, pero que no sabe dirigirlas, sólo sabe complacerlas. Por eso, es un pésimo gobernante. Sólo sabe pedir dinero, pero no sabe administrarlo para el bien de la Iglesia, ni siquiera para el bien de su alma.

Por eso, el mundo cambia cuando en la Iglesia se dé un cambio inesperado.

En Roma se oculta la verdad de sus intenciones

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“…judíos y gentiles, todos están bajo pecado; según está escrito que no hay quien sea justo, ni siquiera uno solo; no hay quien tenga seso, no hay quien busque a Dios; todos se extraviaron, a una se echaron a perder; no hay quien haga el bien, no hay siquiera uno” (Rm 8, 10-12).

La apertura de Roma al mundo es la negación de la Palabra de Dios, porque en el mundo todos están en contra de la Verdad: “no hay quien tenga seso”, no hay inteligencia en las mentes, en las ciencias, en las filosofías, en las leyes que los hombres escriben u obran.
Porque la Verdad sólo está en la Palabra de Dios y, quien la obra, es inteligente, hace el bien que Dios quiere en su vida humana.

Esto, tan sencillo de comprender, en la práctica ninguno de los que están en Roma lo entiende con su razón, porque han perdido la fe en la Palabra de Dios y sólo creen en el hombre, en el mundo; sólo están llenos de la sabiduría humana, que destruye toda la Verdad del Evangelio.

Un hombre, como Francisco, que alaba a judíos, a protestantes, a musulmanes y a todo el mundo, apartándose, para eso, de la Verdad, destruye, con su obra demoniaca, la Iglesia en todos sus cimientos.

Su afán por conseguir que la Iglesia ayude las diversas necesidades materiales o humanas de los hombres en el mundo, sin importar la Verdad del Evangelio, sin la práctica de las virtudes cristianas, sin la ley divina, poniendo el amor sólo en una bondad sentimental hacia el prójimo, eso hace que el amor de Dios se divida y se anule de raíz.

Dios no ama a nadie en el mundo. Dios ama al que tiene la gracia en su corazón. El amor de Dios se da en la gracia divina. Y quien esté en pecado, no tiene el amor de Dios y no puede ser amado por Dios. Dios, hacia el pecador, sólo tiene misericordia, pero no amor de la gracia.

Y la Misericordia Divina no consiste en reparar las vidas humanas de las personas: no consiste en dar de comer o en sanar enfermedades o en dar trabajo a los hombres o en otra cualquiera beneficencia que los hombres les gusta hacer en el mundo.

La Misericordia Divina consiste en poner un camino al pecador para que salga de su pecado y expíe su pecado para poder obrar en él el amor divino, que lo lleva hacia la santidad de la vida.

Quien no sale de su pecado, no puede sentir el amor de Dios. Y aquellos hombres que quieren acariciar a los hombres con amores humanos, con sentimientos humanos, para hacerles un bien humano sólo porque son hombres, anulan la Misericordia Divina con una falsa compasión hacia los hombres en su pecado.

El que está en gracia tiene que amar a sus enemigos. Sus enemigos son muchos hombres en el mundo, porque el mundo está lleno de pecadores que no quieren quitar sus pecados.

Y sólo es posible amarlos practicando con ellos la virtud de la justicia. No se puede amar al pecador sin esta virtud. Porque es necesario darle a cada hombre lo que quiere, lo que busca en la vida, su fin para el cual obra en su vida.

Y un pecador, que vive para su pecado, pone el fin del odio en su vida. Vive para odiar, pero no para amar. Vive para destruir, pero no para construir. Vive para engañar, pero no para dar la verdad.

Y amar al pecador no es darle el bien que él busca, sino el mal que él busca en la vida.

No se pueden dar los tesoros del Cielo a los cerdos, a los que viven en el pecado. La Verdad no la puede abrazar el que peca, porque está atado a su mentira y ve su mentira como su verdad.

Al pecador, hay que darle la justicia que vive en su vida descarriada. Y, en esa justicia, hay que darle el bien que Dios quiere en ese momento. Si Dios quiere que se le dé un trozo de pana, se le da. Pero nada más. Porque no se puede hacer el bien divino con el pecador, sino el mal divino en el pecador.

El bien divino es el Amor de Dios; el mal divino es la Justicia de Dios. Toda Justicia Divina trae un mal al hombre. Es un mal que Dios quiere por razón del pecado del hombre. No es un mal porque Dios haga un mal. Para Dios, es un bien Su Justicia. Pero, para el hombre, es un mal que viene de Dios.

Ese mal divino, que es la Justicia Divina para el hombre, es un bien divino en Dios. Pero esto el hombre no sabe comprenderlo. Y en esa Justicia Divina, Dios hace bienes materiales y humanos a los hombres sin merecerlo ellos por sus pecados que no quieren quitar.

Y, por eso, para amar a un enemigo, siempre hay que preguntar a Dios qué bien concreto se hace con ese enemigo. Porque el enemigo sólo vive en la Justicia Divina y, por tanto, no es merecedor, de la Gracia, del amor de benevolencia de Dios, con el cual Dios se regala sólo con los hombres que viven en Gracia, que viven en Su Amor. Pero no puede darse con aquellos hombres que sólo viven para sus pecados.

Dios quiere salvar a todos los hombres, y, para eso, pone un camino de Misericordia, pero no un camino de amor.

El camino de amor lo pone con las almas en Gracia, que viven sujetas, sometidas, fieles, perseverante a la Gracia Divina en sus corazones.

Por tanto, si no se practican las virtudes con los diferentes hombres, queda un esperpento de amor como lo predica Francisco y lo obra en Roma. Y Francisco hace esto porque no tiene fe ni en la Palabra de Dios ni en la Iglesia.

No tiene vida espiritual y, por tanto, no está en Gracia; ni se apoya para obrar en la Iglesia en la Verdad, en el Dogma, en la Tradición, en Su Magisterio. Y produce la división en el amor, que consiste en tener muchos amores según sean los hombres. A cada uno lo ama según su amor, su ideal en la vida. Y entonces se ama al judío participando de su pecado; se ama al protestante participando de su pecado. Y así con todos. Según sea el pecado de cada cual, el amor al pecado en cada uno, así hace un bien.

Eso es un esperpento de amor. Pero de esperpentos vive el mundo, porque el mundo carece de amor y de verdad.

Es triste comprobar cómo tantos sacerdotes y Obispos se mueve por la línea de Francisco en su obrar en la Iglesia. Y eso es una señal para la Iglesia de profunda división, de cisma encubierto, de que la verdad la ocultan, de que no se dice lo que se va a hacer, sino que se da a conocer otras cosas, preparando ocultamente un cisma, una división en la Iglesia.

Así es siempre cómo el demonio obra: da a conocer al alma algo que le gusta, pero no le descubre sus verdaderas intenciones.

Esto es lo que hace Francisco y el gobierno horizontal: se ha reunido, ¿para qué? ¿Para crear una comisión para la protección de menores? Por favor, para eso no hace falta un gobierno de ocho cabezas.

Dan a la gente lo que les gusta, pero han callado la verdad de esa reunión. Y la han callado porque no conviene decirla. Porque es necesario obrarla sin más, para imponer a la Iglesia la mentira.

Un gobierno no está para comisiones, sino para gobernar con la verdad. Pero, como ninguno de ese gobierno posee la verdad, entonces van a obrar la mentira.

Roma se ha abierto ya al mundo. Eso es claro, hasta un ciego se da cuenta que el ambiente a su alrededor no está puro, no está bien, no marcha en la armonía de la paz.

Hay enfrentamientos en el gobierno que se callan, porque quien no vive el amor de Dios, vive el odio. Y nadie del gobierno horizontal vive en la gracia de Dios. Todos acogen sus herejías en la vida, sus pecados. ¿Qué esperan de hombres, que viven sus pecados, sin quitarlos, y que se ponen a gobernar una Iglesia fundada en la Verdad? Quien espere algo bueno, vive de ilusiones. Sólo se puede esperar un mal disfrazado de bien. Sólo eso. Un mal que todos aplauden, como el evangelii gaudium, como las obras de Francisco y de muchos en la Iglesia.

Viene el desastre para toda la Iglesia y, todavía, hay muchos que no se lo creen.

Pecado contra el Espíritu Santo

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“Rompisteis con Cristo cuantos os justificáis dentro de la ley; caísteis despojados de la Gracia” (Gal 5, 4).

Quien sigue la ley de la Iglesia y la justifica por encima de la ley de Dios, rompe con Cristo y cae de la gracia.

1. Es lo que hicieron los Cardenales al elegir un nuevo Papa: justificaron la ley de la Iglesia, pero no atendieron la ley divina, la cual dice que no se puede elegir un Papa si el anterior sigue vivo. Porque sólo hay un Pedro en la Iglesia, sólo un sucesor de Pedro en la Iglesia. Y es hasta la muerte.

2. Es lo que hizo Benedicto XVI en su renuncia: justificó la ley de la Iglesia, que le permite renunciar, pero no atendió a la ley divina, por la cual Pedro no puede renunciar a ser Pedro, a su Vocación Divina en la Iglesia. Porque los Dones de Dios son irrevocables: Dios da y nunca quita, nunca hace renunciar. Es el hombre el que pierde el don por su pecado.

3. Es lo que hizo Francisco al ser elegido Papa: justificó la ley de la Iglesia, pero no atendió a la ley divina, que impide aceptar el oficio de Pedro cuando el anterior Papa sigue vivo y reinando en la Iglesia.

Nadie ha cumplido la ley divina en el Papado. Todos han caído de la Gracia. Todos han pecado: Benedicto XVI, los Cardenales en el Cónclave, Francisco.

Y de este pecado nace la nueva iglesia en Roma. En un pecado se funda el nuevo proyecto de iglesia en Roma.

Cristo edifica Su Iglesia sobre la Roca de la Verdad.

La nueva jerarquía de la nueva iglesia en Roma edifica ese esperpento en la arena de la mentira.

Del pecado de Benedicto XVI, de los Cardenales y de Francisco. El 11 de febrero de 2013 tiene su inicio, públicamente, el falso Cristo y la falsa Iglesia. Nació antes, en 1998. Pero hasta esa fecha no se da a conocer de forma pública, oficialmente.

Un pecado distinto en cada uno, pero uno en todos: es el pecado –en la Cabeza de la Iglesia, en el Papado- contra el Espíritu Santo.

1. Benedicto XVI peca con dos pecados: uno propio, otro como cabeza de la Iglesia.

2. Los Cardenales hacen lo mismo, dos pecados, pero el otro es como Apóstoles de la Iglesia, como sucesores de los Apóstoles.

3. Y para Francisco, dos pecados también, pero el otro como Obispo de la Iglesia.

Los pecados propios tienen perdón por el Señor porque sólo se peca contra el Hijo. Pero los otros pecados de BenedictoXVI, de los Cardenales y de Francisco, no tienen perdón, por ser el pecado contra el Espíritu Santo.

1. Benedicto XVI peca contra el Espíritu santo como Cabeza de la Iglesia, no como alma. Su pecado lo hace siendo Cabeza y en un asunto de la Cabeza de la Iglesia.

Benedicto XVI peca contra una obra del Espíritu Santo en la Cabeza de la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que conduce a Pedro en la Iglesia. Y lo lleva para que comprenda lo que tiene que hacer en la Iglesia.

Esta obra del Espíritu Santo es distinta a la Obra de Jesús en Pedro. Jesús, como Rey de la Iglesia, comunica a Pedro su Palabra y, por tanto, indica a Pedro la Voluntad de Su Padre en Su Palabra. Para obrar esta Palabra, es necesaria la obra del Espíritu Santo en Pedro. No se puede obrar el Evangelio sin el Espíritu. No se puede hacer la Voluntad del Padre sin el Espíritu.

Benedicto XVI se negó a seguir la Obra del Espíritu Santo en su renuncia, como Cabeza de la Iglesia; se negó a esa Fuerza Divina en su alma; se negó a la Inteligencia Divina en su corazón y, por tanto, ese rechazo le condujo al pecado contra el Espíirut Santo como Cabeza de la Iglesia. En ese pecado, Benedicto XVI también renuncia a la obra de Cristo y a la Voluntad del Padre como Cabeza de la Iglesia.

Su pecado contra el Espíritu Santo imposibilita que la Iglesia tenga un Papa, porque no hay perdón para ese pecado. Es el mismo pecado que Adán y Eva: un pecado que influye, que se manifiesta, que se da en toda la Iglesia. Todos manchados por ese pecado de Benedicto XVI como Cabeza de la Iglesia.

Ya la Iglesia no puede tener más Papas por vía ordinaria, por vía Cónclave o de elección entre los Cardenales. Ya no es posible tener un Papa de este modo hasta que el Cielo no ponga su Papa, Pedro Romano, por vía extraordinaria. Y, por tanto, si muere Benedicto XVI, la sede quedará vacante hasta Pedro Romano. Y, aunque los Cardenales elijan a un Papa, será un falso Papa o un antipapa. Nunca un Papa verdadero.

Benedicto XVI, al pecar contra el Espíritu Santo, anula el Cónclave, cualquier Cónclave, cualquier reunión de Cardenales para elegir un nuevo Papa.

2. Cuando los Cardenales se pusieron a elegir un nuevo Papa, en la renuncia de Benedicto XVI, hicieron dos cosas:

a. no discernieron el pecado de Benedicto XVI y eso les llevó a otro pecado en común: el pecado contra el Espíritu Santo: quisieron elegir a un Papa sin la obra del Espíritu Santo, sin su fuerza, sin su inteligencia divinas. Hicieron algo humano, una obra humana, una elección humana, pero el daño no está en eso, sino que mostraron esa obra humana, esa elección como divina. Y ahí está el pecado contra el Espíritu Santo: rechazaron al Espíritu y lo presentaron el espíritu del demonio en la Iglesia.

Este pecado imposibilita que haya en la Iglesia una reunión de sucesores de Apóstoles para elegir a un Papa. No se da la sucesión apostólica para una elección papal.

b. cometieron un pecado de desobediencia a Benedicto XVI, porque seguía siendo Papa ante Dios y ante la Iglesia, a pesar de que haya leído su renuncia. Los Cardenales se pusieron por encima de Su Cabeza, de Benedicto XVI, y eligieron a un hombre sin el Poder Divino. Este pecado de desobediencia es el que anula la elección en el Cónclave, porque es una herejía manifiesta, clara, de ir en contra de la Cabeza de la Iglesia. El cónclave no se anula porque se hayan hecho cosas raras dentro de él. Se anula siempre por un pecado de toda la mayoría. Aquí está ese pecado.

Los Cardenales pusieron como Papa a un hombre sin el Poder del Papa, sin la Voluntad de Dios, sin la Autoridad de Dios. Por tanto, es un hombre que sólo tiene la autoridad humana para gobernar la Iglesia. Y cuanto haga en la Iglesia, lo hace sólo por esa autoridad humana. Nada hace en la Iglesia como Papa. Y, por tanto, no se le da ninguna obediencia. Porque en la Iglesia sólo se obedece al Papa y no a ningún otro hombre. La obediencia a los Pastores se da si esos Pastores obedecen al Papa. Si no le obedecen, no hay obediencia a los Pastores.

3. El pecado de Francisco contra el Espíritu Santo consiste en anularse como Obispo de la Iglesia. Todo Obispo que se ponga como Papa sin serlo, sin la vocación divina, sin ser elegido por Dios, peca contra el Espíritu Santo y anula todo su ministerio como Obispo en la Iglesia. Automáticamente, queda excomulgado de la Iglesia, queda fuera de la Iglesia. Y sólo un Papa puede quitar esa excomunión.

Pero hay otro pecado en Francisco: su división en la Iglesia, que es otro pecado contra el Espíritu Santo. Francisco quita el Vértice de la Iglesia y pone lo horizontal, su gobierno de muchas cabezas. Esta división produce la ruptura en el Vértice de la Iglesia, es decir, no es posible que un Papa gobierne ya la Iglesia.

No solamente se da la imposibilidad por el pecado de Benedicto XVI, sino por la división en la Cabeza, que es la obra de Francisco en la Iglesia. Su obra impide que un Papa vuelva a gobernar la Iglesia. Por eso, si Benedicto XVI quisiera regir la Iglesia, tendría que salir de Roma para hacerlo. El pecado de Francisco anula a Pedro en Roma.

Esta anulación es tan radical que, por eso, es necesario que Francisco deje de gobernar la Iglesia como Papa, como falso Papa. Por eso, su idea de descentralizarlo todo. Y eso le lleva a él a una encrucijada en su vida en la Iglesia, porque se abre la lucha por el poder en la Iglesia. Ya no hace falta un Cónclave para elegir un Papa. Cualquiera puede ser Papa. De ahí nacerán los sucesores de Francisco, los anticristos.

Y de Benedicto XVI saldrán los antipapas y falsos papas. Porque ahora todos quieren regir la Iglesia a su manera humana, como lo entienden en sus cabezas.

Sucesión de anticristos

lavidanoseda

“Mas acordaos que Satanás cumple su acción solapada en las tinieblas. Os asedia con sus enredos y sutilezas de serpiente al acecho de un tupido matorral. Y porque sabe que sois viles tanto en el mal como en el bien, aunque os vea ya muy alejados de Dios no osa aún presentarse ante vosotros cara a cara y deciros: “Aquí estoy. Sígueme”.

..Después de haber intentado destruir a Cristo con las tentaciones; a la Iglesia deparándole épocas oscuras; el Cristianismo por medio de los cismas; la sociedad civil con las sectas, ahora que está en vísperas de la manifestación preparatoria para la final, intenta destruir vuestras conciencias tras haber destruido vuestro pensamiento. Sí, es así. Lo ha destruido no como capacidad de pensar como hombres sino de pensar como hijos de Dios. El racionalismo, la ciencia que se aparta de Dios, ha destruido vuestro pensamiento de índole divina y ahora pensáis como sólo el fango puede pensar: por tierra. En las cosas que ve, vuestro ojo no advierte a Dios, no advierte su sello. Para vosotros son solamente astros, montes, piedras, aguas, hierbas, animales. Para el creyente son obras de Dios y no necesita más para sumergirse en la contemplación y la alabanza del Creador, ante los innumerables signos de su poder, que os circunda y embellecen vuestra existencia y son útiles para vuestra vida.

Ahora Satanás ataca las conciencias. Ofrece el antiguo fruto: el placer, el ávido deseo de saber, la arrogante y sacrílega esperanza de llegar a ser dioses, a fuerza de morder en la carne y en la ciencia. Y así, el placer os convierte en fieras consumidas por la lujuria, repelentes, enfermas, condenadas tanto en ésta como en la otra vida a los morbos de la carne y a la muerte del espíritu. Y así, el ávido deseo de saber os entrega al Simulador pues, al intentar imponer a dios vuestra voluntad de saber debido a la ilícita sed de conocer los misterios de Dios, hacéis de modo que satanás os atrape con sus engaños.

Me causáis piedad. Me causáis horror. Siento piedad porque sois locos. Siento horror porque queréis serlo y os marcáis la carne del alma con el signo de la Bestia y rechazáis la Verdad para acoger la Mentira” (Jesús a María Valtorta – 8 de enero de 1944).

La Iglesia está henchida de orgullo y de incredulidad y, por eso, niega el poder y la presencia del demonio en Ella.

Lucifer fue creado por Dios, pero se rebeló contra Dios y se convirtió en demonio, se puso como Adversario de Dios, como el Tentador, el Envidioso, el Astuto, el Incansable, el Simulador de Dios.

Todo cuanto hace el demonio lo obra imitando a Dios. Y nada obra sin esa imitación. No puede hacer algo de sí mismo. Sólo obra en el espejo de Dios, poniéndose como dios en todas las cosas.

Y, por eso, los Obispos y los sacerdotes niegan que exista el infierno, porque ya no creen que Dios ha creado al demonio y, por tanto, ha creado un lugar y un estado para el demonio.

El infierno existe, no es algo imaginario, no es el fruto de la mente del hombre, no es una razón para meter miedo a la gente.

El infierno es la cara del demonio, es la obra de su pensamiento demoniaco, es la vida de sus tres cabezas más importantes en ese reino.

Quien no crea en el demonio es porque se ha convertido en un demonio, su conciencia se ha pervertido.

El demonio sólo cree que es dios, pero no puede creer que se transformó, por su pecado, en demonio. Sino que, siendo Ángel de Luz en la creación, sigue siendo esa luz, pero de otra manera, en estado de demonio. Y da esa luz a los hombres presentándose como Dios.

Es lo que ha hecho el anticristo Francisco desde el principio de su reinado en la Iglesia: se ha presentado como elegido por Dios para guiar a la Iglesia. Y nadie vio al demonio en él, en esa elección y en esa subida al poder.

Aquel que niega al demonio es ya un demonio en vida, se ha convertido en un demonio en vida. Su conciencia ha mordido el misterio de Dios y se presenta ante los hombres como dios.

Quien niega al demonio, niega a Dios. Y quien niega a Dios se convierte él mismo en dios para sí mismo: con su pensamiento crea todo lo que necesita para creer en la vida, para vivir y obrar su vida.

Estamos viviendo en la Iglesia el culto a la mente del hombre, que no es capaz de salir de sí misma, porque en ella lo encuentra todo para su vida espiritual. Y se ha llegado a eso porque los hombres ya no tienen conciencia. Ya no saben lo que es ni el bien ni el mal. Sólo saben pensar su bien y su mal.

El hombre ha hecho de la vida espiritual un camino en su mente. Y, por eso, contemplamos a tantos sacerdotes y Obispos que ya no creen en ninguna verdad que la Iglesia ha enseñado durante 20 siglos. No creen porque han tergiversado el Misterio de la Iglesia, el Misterio de Cristo, el Misterio de Dios con sus inteligencias humanas. Han querido enseñar el Misterio con sus mentes y han entrado en la conquista de la mente del demonio, que supera a la mente de cualquier hombre.

La mente del demonio sólo tiene un fin: ser dios. Y lleva al hombre que le sigue a lo mismo: ser dios.

Todos se oponen a la Verdad porque encuentra en sus mentes las verdades para seguir siendo lo que son en la Iglesia. Ya esas verdades no las da Dios, no las ofrece el Espíritu de la Verdad, sino la mente de cada cual en su vida.

Quien no desprecia las verdades de su mente, nunca se va a poner en la Verdad, que es Jesús. Nunca va a obrar la Verdad, que es Jesús. Nunca va a vivir la Verdad, que es Jesús. Siempre va a rechazar la Verdad.

Esto es lo que muchos no comprenden en la Iglesia: este renunciar a la mente humana para poseer la Mente de Cristo. Este crucificar lo humano para ser divino. El hombre sólo quiere ensalzarse como hombre y ponerse por encima de Dios. Ése es su pecado en el mundo y en la Iglesia. Y no se puede comprender de otra manera cómo sacerdotes y Obispos siguen siendo lo que son si dejar sus mentiras, sus errores, sus herejías, sus apostasías de la fe. No se puede comprender que el anticristo Francisco siga sentado en la Silla de Pedro si no se acude al pecado de ser dios ante la Iglesia y ante el mundo.

El pecador humilde ve su pecado y lo quita de en medio. El pecador soberbio ve su pecado y lo ensalza, lo justifica y lo aplaude en medio del mundo y de la Iglesia.

Por eso, no es de extrañar que los Obispos en la Iglesia lo estén negando todo, toda verdad, todo dogma. Es lo más normal cuando el hombre ha hecho de su razón su dios.

Quien no cree en el demonio sólo cree en su razón. Y no tiene otra fe. Y no tiene otro dios. Y su camino en la vida es su pensamiento humano, no el Espíritu de la Verdad.

Ese fue el pecado de Lucifer: seguir su pensamiento angélico, oponiéndose al Pensamiento Divino sobre su vida de Ángel.

Dios le mostró un camino para vivir su vida y el demonio eligió otro, contrario y opuesto al de Dios.

Y ese pecado se repite siempre en los hombres: en Adán y Eva, y en la Iglesia.

Jesús ha puesto un camino al hombre en la Iglesia, camino para salvarse y santificarse, y los hombres, los sacerdotes y Obispos, eligen otro camino para sus vidas de sacerdocio, incurriendo en el mismo pecado de Lucifer.

Este será siempre el Misterio de la Gracia y de la Libertad en el hombre. El hombre, a pesar de tener la Gracia, la Vida Divina, puede escoger, con su libertad, el camino opuesto a esa Vida Divina en la Iglesia.

Nadie está salvado en la Iglesia porque se haya bautizado, o comulgue, o se confiese, o haya recibido la confirmación, porque eso no da la salvación al hombre.

Nadie se salva porque Dios lo ama. Nadie se salva porque se ore y se haga penitencia. Nadie se salva porque haya pasado toda su vida sirviendo a Dios en la Iglesia.

La salvación está sólo en la Gracia. Y el hombre se salva si es fiel a la Gracia, si persevera en la Gracia, si camina en la Gracia. Y la Gracia es sólo el movimiento de Dios en el alma. Dios mueve el corazón para que el hombre obre algo divino en su vida humana.

Y reconocer este movimiento en el corazón es de la suma importancia en la vida de toda alma. Y no saber verlo es condenarse en vida haciendo muchas cosas buenas sin la acción divina en el corazón.

Por eso, la vida espiritual no es un juego de la mente: ahora creemos en el infierno, mañana ya no creemos para creer en otra cosa.

La Verdad es siempre la misma. La Verdad es la Verdad. Y la Verdad no gusta a ningún hombre, porque siempre se opone a la mente de todo hombre, a las razones que todo hombre busca para ser feliz y vivir en paz.

Vivimos en la Iglesia con sacerdotes, con Obispos, que han despreciado la Verdad para imponer sus verdades a los demás, para acoger la Mentira y que todos vayan tras esa Mentira.

Eso es el anticristo Francisco, que ha puesto su gobierno en la Iglesia, que va en contra de la Verdad. Y eso es lo que muchos no ven: esta Verdad.

Pedro solo, sin ayuda de nadie, gobierna toda la Iglesia. Esta es la Verdad que se ha despreciado y que nadie medita y nadie la quiere en la Iglesia. Se quita esta Verdad para acoger una mentira: un gobierno de muchos en la Iglesia. Y se ha quitado sin que nadie diga nada. Eso es señal de cómo están las conciencias de muchos en la Iglesia. Conciencias pervertidas en el mal.

El anticristo Francisco ha impuesto su verdad, que sale de su pensamiento humano, pero que no está en el Pensamiento Divino. No se encuentra en Dios esa verdad, porque Dios ha fundado su Iglesia en el gobierno de uno, no de muchos. Y esta ley divina se ha despreciado en la Iglesia y se ha colocado el pensamiento de un hombre que no vive la Verdad, sino que vive sus verdades en la Iglesia, que acoge las mentiras que le pone el demonio en su mente.

Francisco es un hombre que actúa como el demonio: se opone a Dios, lucha en contra de Dios, se sube encima de Dios, se pone como dios en medio de la Iglesia.

Y nadie lo entiende así, porque la Iglesia ya no cree en el demonio y, por eso, se deja engañar fácilmente por el demonio.

Quien no cree en el demonio no puede ver su acción, no puede contemplar sus obras, no puede luchar contra él.

Por eso, subió el anticristo Francisco a la Silla de Pedro y todos le siguieron, porque no se cree en el demonio. Y se toman las palabras y las obras de los hombres como Voluntad de Dios en la Iglesia.

Y la Iglesia, cuando no discierne la Verdad, cuando se apoya en los pensamientos de los hombres, en sus obras, en sus vidas, siempre yerra, siempre cae, siempre se engaña con la Mentira.

Vivimos un tiempo de total oscuridad en la Iglesia. Roma ya ha perdido la fe y se convierte en la Sede del Anticristo. La Silla de Pedro se transforma en la Silla del demonio. Y, en consecuencia, lo que resta por contemplar en Roma es la sucesión de anticristos en esa Silla, de gente que ya no ve la Verdad, y que impone sus mentiras a la Iglesia.

Por eso, durante más de dos largos años, sólo se verá en Roma la destrucción de toda la Iglesia, que durante 20 siglos se ha mantenido para dar la Verdad a todos los hombres, y que, en poco tiempo, su cara será transformada en la cara del Anticristo.

La cara de Cristo ha desparecido de Roma y se ha colocado la careta del demonio, para dar a los hombres el pensamiento del demonio, a través de Obispos que se oponen a Cristo y Su Obra, que es la Iglesia.

Son los mismos miembros de la Iglesia los que destruyen la Iglesia, cambian su cara, lavan su cara, transforman la Iglesia en una nueva iglesia, que es una falsa Iglesia.

Por eso, no estamos viviendo lo de siempre en la Iglesia: gente que desobedece, gente que no sigue la Verdad. Ya no es tiempo de eso. Estamos viviendo la rebeldía a la Verdad entre los mismos miembros de la Iglesia. La Iglesia se rebela contra su fundador y deja de ser Iglesia, porque los suyos han perdido la conciencia del bien y del mal por querer interpretar los Misterio de Dios en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma, porque Roma ya no da la Verdad a nadie.

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