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La falsa doctrina del Espíritu en Francisco

«el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos recuerda y nos dice las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Dios Padre, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y nos hace hablar en profecía» (texto).

Ésta es la blasfemia de Francisco sobre el Espíritu.

El Espíritu «nos enseña: es el Maestro interior». Sólo hay un Maestro: Jesucristo: «Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos. Ni os hagáis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro Maestro, Cristo» (Mt 23, 9-10).

Dios Padre es el Padre de las almas; Dios Hijo es el Maestro de los corazones; y ¿qué es el Espíritu del Padre y del Hijo? El Amor en el hombre.

El Espíritu es el que lleva al hombre al Padre y al Hijo. No es el que enseña el camino. Jesús es el Camino. Jesús ha enseñado la manera de caminar por ese Camino. Jesús ha dado la doctrina. El Espíritu lleva a la Verdad de esa doctrina: «pero el Abogado, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en Mi Nombre, Él os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

El Espíritu no enseña como maestro, sino como Amor. Jesús enseña como maestro, como doctor, como el que sabe la doctrina.

Pero el Espíritu enseña a vivir esa doctrina: enseña el amor. Jesús enseña la idea, la Palabra. El Espíritu hace que el hombre obre esa Palabra.

Por tanto, el Espíritu no «nos guía por el camino recto a través de situaciones de la vida». El Espíritu no guía por el camino, sino que mueve a obrar en el Camino, que es Jesús. El Espíritu es la moción divina en el corazón, para que el hombre, caminado, siguiendo las huellas de Cristo en su vida, pueda obrar la Voluntad del Padre. Es el que mueve a obrar el amor. No es el que guía. Cristo guía al alma en el Camino, que es Él Mismo. Y la guía con Su Palabra. Su Palabra es Luz para el alma, es conocimiento para la inteligencia del hombre. Pero Su Palabra también es Amor. Para que la Palabra sea Amor, es necesario el Espíritu: es el que mueve a obrar la Palabra. Es el que ama en el hombre, es el que pone el amor en el hombre, en su corazón.

El Espíritu Santo no «nos enseña a seguirlo (el camino), para andar en sus pasos». Enseña a obrar el amor, enseña a amar. Enseña a hacer la voluntad del Padre. Enseña a practicar el Evangelio, a vivir la Palabra de Dios, a imitar a Cristo en sus obras: «El que cree en Mí, ése hará también las obras que Yo hago, y las hará mayores que éstas, porque Yo voy al Padre; y lo que pidiereis en Mi nombre, eso haré» (Jn 14, 12-13). Cristo obra en el Espíritu. Cristo, que es la Palabra, obra –Su Palabra- en el Espíritu, que el Padre envía en Su Nombre.

Para hacer las obras de Cristo, y mayores que las que hizo Cristo, es necesario el Espíritu de Cristo: es el que obra la Palabra, que es Cristo. Por tanto, el Espíritu no enseña el Camino, no enseña a seguir a Cristo. Enseña a hacer las mismas obras que Cristo hizo.

«Más que un maestro de la doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de la vida. Sin duda, es una parte de la vida, incluso sabiendo, conociendo, pero en el horizonte más amplio de la existencia cristiana y armonioso». El Espíritu no es el Maestro de la vida, sino el que enseña todas las cosas, pero no como maestro, no como doctor, no como filósofo. No enseña a vivir la vida; enseña a obrar la Vida Divina. El Espíritu no es «una parte de la vida», no convive con la vida del hombre, no es parte de la vida de los hombres, no acompaña la vida de los hombres. No da conocimientos a los hombres, no les da saberes, no les hace comprender. El Espíritu mete al hombre en la Vida Divina para que obre la Palabra y realice la voluntad del Padre, en esa obra de la Palabra.

El Espíritu enseña todas las cosas de la Vida Divina: enseña a usar la Gracia Divina, los dones divinos, los carismas para la Iglesia. Enseña a usar lo divino, a poner en práctica la Palabra Divina, que es la Vida de Dios.

El Padre engendra Su Palabra y el Espíritu obra lo que el Padre engendra. Y, por eso, la Virgen María concibe en su corazón la Palabra del Pensamiento del Padre y es el Espíritu el que la obra en su Seno Virginal. Sin Fe en la Palabra, el Espíritu no puede obrar en el hombre. El Espíritu obra en la medida en que el hombre, con su corazón, cree en la Palabra.

Francisco sólo habla de una enseñanza a la mente del hombre, de un conocimiento para el hombre, de una vida humana. Quien no tenga claro la doctrina sobre el Espíritu, entonces no sabe discernir las palabras de ese hombre. Decir que el Espíritu es un maestro interior tiene sabor a gnosticismo.

El Espíritu Santo «nos recuerda todo aquello que Jesús dijo: Es la memoria viviente de la Iglesia». El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Luego, no es una memoria. No es una inteligencia, no es un acto de recordar. El Espíritu trae a la memoria todo cuanto Jesús dijo para obrar la Profecía, para hacer profetas, para obrar el amor a la Verdad. El Espíritu no «nos hace entender las palabras del Señor…». No nos trae a la memoria para entender, sino para obrar. Con el Espíritu siempre se obra. Es la Palabra la inteligencia, la que hace entender. Es la Palabra el Maestro del alma. No es el Espíritu el que hace comprender la Palabra del Hijo, sino el que obra la Palabra del Hijo. Y, cuando el alma obra la Palabra en su vida, es cuando la Palabra le enseña los misterios de Dios. Es siempre Jesús el que enseña en la Obra del Espíritu. El Espíritu nunca enseña, siempre obra la Palabra que se cree. Si el hombre no cree, el Espíritu no obra.

El Profeta es el que obra la Verdad en medio de la Iglesia y del mundo. No es el que enseña el Evangelio. No es el que enseña la doctrina de Cristo. No es un teólogo; no es un filósofo. No es uno que da ideas. El Profeta da testimonio de la Verdad de la Palabra ante hombres que no creen, que viven su mentira, que viven en el error. Y se da testimonio de la Verdad, no para enseñar a los hombres, sino para obrar la Verdad ante los hombres.

Porque, siendo Cristo la Verdad, no es una Verdad en la sola inteligencia, en el solo conocimiento, en la sola idea. No es una verdad fría de la inteligencia. Es la verdad que se obra, que se vive, que trae la Presencia de Dios, que lleva a una vida piadosa, religiosa, llena del amor a la virtud. Y el Profeta pone esa Obra de la Palabra en medio de los hombres. Y, por eso, todo profeta, no sólo dice palabras de profecía, sino que obra sanaciones, liberaciones, milagros. Se obra la Verdad; se obra a Cristo en medio de la Iglesia.

Y, por eso, todo sacerdote es un Profeta: obra a Cristo en el Altar. Muy pocos sacerdotes se dan cuenta de lo que son. ¡Cuántos sacerdotes niegan las profecías, niegan a los profetas de Dios, y se están negando a sí mismos!

El Espíritu trae a la memoria las palabras del Señor para obrar la verdad, no para entender la Verdad. No «nos hace entrar cada vez más plenamente en el sentido de sus palabras…». Francisco no ha comprendido absolutamente nada de lo que es el Espíritu, porque no cree en Él.

En su fe sólo hay dos cosas: el Padre, que es Dios; y Jesús, que es el Maestro, pero no Dios, sino un hombre santo en la gloria. Para Francisco, el Espíritu es sólo una palabra para reflejar un concepto; es un término para poder interpretar el Evangelio según ese término humano. Es una memoria viviente: es decir, es un recuerdo que se pasa, en la Iglesia, a través de la historia de los hombres. Vive en cada miembro de la Iglesia. Vive como concepto, porque es una inteligencia, es un acto de recordar las palabras de Cristo.

«Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un cristiano a mitad de camino, es un hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe atesorar su historia, no sabe leerla y vivirla como una historia de salvación». Un cristiano sin fe es el que no es un verdadero cristiano. El cristiano sin memoria sigue siendo cristiano, si tiene fe. Francisco anula la fe para poner su fe fundante en la memoria, su memoria viviente, el legado de la memoria, del recuerdo.

Para Francisco, en la Iglesia hay que tener recuerdos de la palabra de Dios para no quedarse en el tiempo presente sin hacer nada, sino que debe renovar cada hombre su tiempo interpretando el Evangelio: «con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu». Esta es la herejía principal de este hombre.

El Espíritu es un término, un concepto, para interpretar las inspiraciones interiores y la vida de cada hombre. Se cogen las palabras de Jesús, y a la luz de esas palabras, usando la mente del hombre, haciendo memoria de las cosas que ha hecho Dios en la historia de los hombres, se llega a dar con un pensamiento, con una razón, que sirva para vivir el Evangelio en el tiempo de cada hombre. Es su fe universal: se recuerda el pasado para poner un futuro a la vida de los hombres. Se recuerda para interpretar el Evangelio a la luz de cada uno, de lo que uno piensa en la vida. Y ese conocimiento es el Espíritu. Es la gnosis de Francisco. Y, por eso, cae en el canalismo: «el Espíritu Santo nos hace hablar a los hombres en la profecía, es decir nos está haciendo CANALES, humildes y obedientes de la Palabra de Dios».

El Profeta es un canal de la Palabra de Dios: ésta es su blasfemia. Esto es hablar como un ocultista, como uno de la nueva Era. El profeta trae un mensaje que canaliza, que viene de un emisor, de una fuente, de uno que experimenta fenómenos paranormales, mentales, etc.

El Profeta no es un canal, sino uno que obra la Palabra de Dios. No es un transmisor de la Palabra, es un obrador de la Palabra. La Palabra de Dios no es un emisor de energías que hay que canalizarlas. La Palabra de Dios trae una obra divina que hay que ponerla en práctica, que hay que vivirla. No trae una obra humana: «La profecía se hace con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones e injusticias, pero siempre con mansedumbre y la intención constructiva. Imbuidos del espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, que sirve, que da la vida». El profeta no muestra ni las contradicciones ni las injusticias, sino que da la Verdad como es, aunque los demás no quieran escucharla. Y es el Espíritu el que obra esa Verdad en el alma; no es el hombre el que se esfuerza por dar la Palabra. Es el Espíritu el que mueve al hombre para dar la Palabra. No hay que hacer la profecía con franqueza; porque el hombre no tiene que hacer nada. Sólo tiene que dejarse mover por el Espíritu e ir a aquel lugar que el Espíritu quiere y decir las palabras que el Espíritu pone en su boca.

Esta forma de comprender Francisco al Espíritu es signo de su falta de fe. No tiene la fe católica. No sabe guiar a la Iglesia hacia la Verdad. No sabe obrar la Verdad, porque no se deja mover del Espíritu. Busca la verdad entre los hombres, en el diálogo con ellos y es lo que enseña: «El Espíritu nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno. Es útil hablar con otras personas en el reconocimiento de sus hermanos y hermanas; hablar con los amigos, con ternura, con dulzura, la comprensión de las angustias y esperanzas, tristezas y alegrías de los demás». Es el tema de Francisco: los hombres, charlar con ellos, hablar de tantas cosas que no hay tiempo para escuchar la Voz de Dios en el corazón. Es la fraternidad con los hombres. Y, por esa fraternidad, Francisco se ha puesto como dios en la Iglesia y no sabe de la vida espiritual nada de nada. No sabe hablar la Verdad. Sólo sabe decir sus mentiras desde que se levanta hasta que se acuesta. Y, por supuesto, no se le puede hacer caso en nada. Todo lo que hace en la Iglesia es nulo para la Iglesia Católica. Será valido para aquellos hombres que, con una venda en los ojos, lo siguen al precipicio del infierno.

Francisco niega la Trinidad

“¡Oh, Trinidad, luz bienaventurada y unidad esencial!” (LH, Himno de vísperas).

SantisimaTrinidad

Dios es Uno en Su Esencia.

Y las Tres Persona se Unen en Su Esencia.

Francisco dice esto: “El Padre y el Hijo se unen en el Espíritu” (n. 45- Lumen Fidei).

El Padre no se une a Su Hijo en el Espíritu Santo. Enseñar esto es caer en la herejía que destruye la unidad de la Santísima Trinidad.

La Trinidad es Una. No son Tres distintas. Las Tres Personas son Una. No son dos unidas en una. Son las Tres al mismo tiempo.

Decir que el Padre y el Hijo se unen en el Espíritu es decir que el Padre no existe por Sí Mismo y que el Hijo tampoco existe por Sí Mismo. Para existir necesitan el Espíritu Santo. El Padre es Uno. El Hijo es Uno. El Espíritu Santo es Uno. La Trinidad de Personas es Una.

Las Personas Divinas no se reparten la Esencia Divina. El Padre es lo mismo que el Hijo y lo mismo que el Espíritu Santo. Es un solo Dios por Naturaleza Divina (cf. Concilio de Toledo XI, año 675).

“A causa de esta unidad, el Padre está en todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo” (Concilio de Florencia 1442).

Francisco dice además: “este Dios comunión, intercambio de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu, es capaz de abrazar la historia del hombre, de introducirla en su dinamismo de comunión, que tiene su origen y su meta última en el Padre” (n. 45- Lumen Fidei).

Llama Dios comunión al intercambio de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Así define su herejía: El amor en Dios se da como una unión del Padre y del Hijo en el Espíritu.

El Padre engendra al Hijo. El Hijo es engendrado por el Padre. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

El Espíritu Santo es el Amor que procede del Padre y del Hijo. No es el Amor que se da entre el Padre y el Hijo. No es la unión entre el Padre y el Hijo.

El Padre es el Amor. Del Amor se engendra la Palabra. Del Amor y de la Palabra procede el Espíritu Santo.

El Espíritu es el que Santifica. El Hijo es el que habla la Verdad. El Padre es el que Ama.

No tener claro esto indica una cosa muy importante en Francisco: “Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser”.

Sus declaraciones a ese periodista ateo son sólo lo que enseña en su encíclica.

No cree en la Santísima Trinidad, sino que cree en su Dios. En un Dios no como lo enseña la Iglesia Católica, que es el Misterio de la Santísima Trinidad. Y quien no cree en este Dogma no puede salvarse. Es uno de los cinco dogmas que hay que creer para salvarse.

Cree en su Dios que, para él, es una encarnación de la luz. Por eso, dice: Creo en Jesucristo, su encarnación.

En Jesús no está la Persona Divina del Verbo, el Hijo engendrado por el Padre, sino que está su encarnación. La encarnación de Jesús como luz. Se encarna en Jesús una luz no divina. Una luz que emana de un Ser Divino, que es el Dios en el que cree Francisco.

Este Ser Divino, que no es el Dios Católico, pone en la mente de la persona una luz, una iluminación. Y a esa iluminación se llama encarnación, que para Francisco es una emanación de luz. Es algo que procede de ese Ser Divino, su Dios para él.

Jesús, para Francisco es su maestro. Pero no hay que entenderlo en el sentido del Evangelio: “Tú tienes palabras de Vida Eterna” (Jn 6, 68); Jesús enseña la Verdad de la Vida, la Verdad que lleva a la Vida.

Para Francisco, maestro significa el dios interior que cada uno tiene en su ser. Porque si Jesús es su encarnación, entonces Jesús es su misma luz. Y Jesús, como maestro, enseña esa misma luz a sus discípulos. Y la forma de enseñar esa luz encarnada es estar como dios en la persona en su mente.

Para Francisco, Jesús es un gurú, un maestro interior que enseña al yo interior a abrirse a la experiencia de ese dios.

Francisco está bebiendo de toda la doctrina de la Nueva Era en su encíclica. No hay parte en ella que se pueda salvar. No hay forma. Toda ella tiene el lenguaje esotérico, mágico, engañoso de la palabra.

Para poder entenderla es necesario quitar las Palabras del Evangelio que emplea y centrarse sólo en sus palabras. Y lo que queda es eso: la doctrina esotérica, budista, que bebe toda ella en las culturas orientales apartadas de la Fe en Cristo Jesús.

Para Francisco, el Padre en la luz, es el creador. Pero debe entenderse en la doctrina esotérica, donde el Padre no existe. Sólo se da el Ser Divino que se nombra de muchas maneras, pero de ese Ser Divino sólo emana, sólo procede una luz, no un hijo. Una luz de luz. Y eso es la iluminación de la mente en la Nueva Era. Dios ilumina la mente de los hombres y les da poder mental para hacer las obras que Dios quiere. Ese Dios es el demonio encarnado en cada alma.

Francisco: su luz encarnada

nosepuedevivir

“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”. (no. 34 – Lumen Fidei).

“la luz de la fe es una luz encarnada” es el dogma que sigue Francisco en su vida de sacerdote y de Obispo.

Para él la luz de la fe es una encarnación, ya no es escuchar la Palabra de Dios.

La encarnación es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Divino, la humanidad de Jesús, quitándole la persona humana. Jesús no tiene persona humana, sino que la cumbre de su humanidad, su persona, es la Persona Divina del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo engendrado por el Padre.

Y no existen más encarnaciones.

Cuando se habla de la luz encarnada se habla de una herejía en Cristo Jesús. Un teólogo verdadero nunca usa la palabra encarnación para explicar otras cosas diferentes a la Encarnación del Verbo. Aquí se ve que Francisco no sabe lo que es la Teología. Habla de lo que ha aprendido en muchos teólogos protestantes que sigue con devoción en su encíclica.

Quien se encarnó en Jesús no es la luz, sino el Verbo: “Y el Verbo se hizo Carne” (Jn 1, 14). No es la luz la que se hizo carne.

Por tanto la vida de Jesús es la vida del Verbo, no una vida luminosa, una vida de luz. La Transfiguración del Señor no es una emanación de luz, sino la transformación de la humanidad de Cristo en la Gloria de la Divinidad. Es una transformación de sustancias, no es una emanación de sustancias.

“La luz encarnada que procede de la vida luminosa de Jesús” es una herejía que ve contra Dios y contra la Encarnación del Verbo.

Decir que hay una luz que procede de la vida de Jesús es enseñar que entre Jesús y el hombre hay una procesión, no una relación.

En Dios, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. No viene del Padre y del Hijo, sino que procede. Procede es un término teológico que sólo se puede emplear cuando se habla del Misterio de la Santísima Trinidad, que Francisco ignora por su necedad de pensamiento.

Fuera de Dios, de Su Vida Divina, Dios se relaciona con la creación, se relaciona con el hombre, se relaciona con las criaturas. Esa relación es siempre una dependencia de la criatura, del hombre, de la Creación a Dios. Por esa dependencia, Dios da a los hombres su gracia, sus dones, sus carismas. Dios da al hombre, pero de Dios no procede nada para el hombre.

Proceder, cuando se habla de Dios significa que en Dios no hay dependencia entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No hay sometimiento entre ellos. Y, por eso, en la Vida de Dios todo es para las Tres Personas. Nadie da nada al otro. Las Tres Personas lo tienen todo.

Jesús, por ser Dios, lo tiene todo en su humanidad. Y, por eso, de Jesús no procede nada para los hombres, porque los hombres no son dioses, no tienen la misma Vida Divina que está en Jesús.

Jesús da dones a los hombres, pero de Jesús no procede nada para los hombres. Jesús se relaciona con los hombres, pero Jesús no se somete a ningún hombre, por ser Dios. Jesús es más grande que todos los hombres juntos. Son los hombres quienes se tienen que someter a Jesús en toda su vida humana para ser agradables a Dios. Son los hombres los que tienen que dar su libertad a Jesús para que Jesús pueda dar sus dones a sus almas, a sus corazones, a sus espíritus. Pero Francisco no enseña esto, sino que enseña a estar a la par que Jesús, a estar a la altura de Jesús, a tener a Jesús sólo como un amigo del alma, pero no como Dios en el alma.

Entre Jesús y los hombres hay una jerarquía que los hombres no pueden alcanzar. Primero está Dios con las Tres Personas y Jesús,- por ser el Verbo Encarnado en la humanidad de Jesús-, después están los ángeles que sirven a la Santísima Trinidad, y por último están los hombres que sirven al Hijo de Dios Encarnado.

Y entre Jesús y los hombres hay un escalón que nadie puede subir, sólo la Virgen María. Los demás, se quedan abajo, en la superficie de la tierra.

Y Jesús se comunica con los hombres para darles sus gracias. Él las da por Su Voluntad, no porque se lo piden los hombres, no porque lo necesitan los hombres, no por el gusto y el capricho de los hombres.

Por tanto, de Jesús no procede una luz. De su vida humana no procede una luz. Hablar así es meterse en el gnosticismo, en la emanación de una luz en la vida de Jesús y de la vida de Jesús.

Francisco está enseñando esta emanación divina en Jesús: “la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”.

Ese procede significa emanación: “la luz de la fe es una luz encarnada que emana de la vida luminosa de Jesús”.

La vida de Jesús es Divina y, por tanto, de Ella no emana nada al hombre, de ella no procede nada al hombre. Porque en la Vida Divina sólo las Tres Personas viven esa Vida sin darse nada a Ellas Mismas.

Cuando se dice que de la Vida de Jesús emana una luz, y que esa luz se encarna en el hombre, se está diciendo esta herejía: de la vida de Jesús nace una luz que se sitúa en la mente del hombre, y así se encarna en todo hombre, para que le guíe en su vida humana.

Esta herejía es la del Demiurgo de Platón: Hay un Ser Divino, que es una Idea, -y esa Idea puede ser múltiple, la idea de Dios, la idea de la belleza, la idea de la verdad-, que baja a los hombres, al mundo y se coloca en cada hombre, en el entendimiento humano, y lo ilumina en su vida para que llegue a su destino.

Esto es lo mismo que predica Francisco: su luz encarnada es su herejía que viene de su concepción de la fe:

“La fe… se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, …Pero, al mismo tiempo… la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión” (n. 4 Lumen Fidei).

Francisco coloca la fe en la inteligencia del hombre, en un acto del entendimiento humano: la luz de la fe es una “luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús”.

La luz de la fe ya no es un acto de la voluntad humana, sino un acto de conocimiento del hombre. Hay que recordar la vida de Jesús, hay que ver sus obras y de ahí nace una idea. Esa idea es la fe para Francisco. Esa idea es una luz en la persona, que se queda siempre ahí:

“una luz que, alumbrándonos, nos llama y quiere reflejarse en nuestro rostro para resplandecer desde dentro de nosotros mismos” (n. 33 – Lumen Fidei).

La Fe es un acto de la voluntad humana por el cual se asiente a la Palabra de Dios revelada al corazón del hombre. Se asiente, se dice sí a esa Verdad Revelada. No se piensa en esa Verdad Revelada, no se discute esa Verdad Revelada, no se medita en esa Verdad Revelada. Se dice sólo sí a esa Verdad Revelada. Ese sí es un sometimiento del hombre al Pensamiento Divino. Y, en ese sometimiento, el hombre entrega a Dios su libertad para que Dios pueda obrar en él a través de la fe. Francisco niega este acto de voluntad y presenta la fe como un acto del entendimiento, como un discurso, como una ideología de la fe.

Francisco enseña que esa luz alumbra, y nos llama, y se refleja en nosotros desde dentro. Este es su error doctrinal.

La Fe es un don de Dios, no una luz. Y ese Don de Dios se da al corazón como gracia divina, no se da a la persona como inteligencia, como memoria, como datos, como razones, ideas, sentimientos.

Dios da al hombre una gracia que le ayuda a vivir la Voluntad de Dios. Esa Gracia es una Vida Divina, un Amor Divino, una enseñanza divina de Dios al hombre. Dios enseña a cada hombre, en su gracia, a buscarle y obrar en su vida humana la Voluntad de Dios.

Dios nunca da al hombre pensamientos para vivir, sentimientos para estar bien, porque la relación entre Dios y el hombre es una relación de Vida, no de diálogo de pensamientos, no de discursos de la vida, no de conocimientos sobre el bien y el mal.

Dios da su Vida al hombre en el corazón. El demonio es el que pone en la mente del hombre su inteligencia demoniáca. Dios da al corazón del hombre Su Amor, que es una inteligencia divina, que es una obra divina.

Esa Vida Divina, que Dios da, no alumbra al hombre, sino que le mueve a obrar lo divino en su vida humana. Dios siempre mueve al alma. Nunca el amor de Dios es algo rígido, algo que se queda en la inteligencia. El amor de Dios es una moción divina en el alma. Y son esas obras -nacidas de esa moción divina- lo que es la luz para los hombres, lo que es la inteligencia divina para los hombres. Por eso, dice Jesús: por sus obras los conoceréis. Por sus obras humanas, por sus obras divinas, por sus obras demoniacas.

Por eso, a Francisco se le conoce desde el principio por sus obras: sus obras no son las de Dios, no están movidas por el Espíritu Santo, sino por el espíritu del demonio. Sus obras, no sus cálidas palabras. Por las cálidas palabras, Francisco ha engañado a todo el mundo, porque a los hombres les gusta escuchar cálidas palabras, que le hablen bonito.

Esa Vida Divina sólo permanece en el hombre cuando éste es fiel a la Gracia. Si vive en pecado, esa Vida Divina desaparece y el hombre se queda en su estado natural. Y, en ese estado, puede hacer muchas cosas buenas, puede vivir una vida buena, puede tener buenos pensamientos, pero sólo eso son sus obras humanas sin la Gracia. Obras de sus leyes humanas, de sus razones humanas, que no le dan la salvación del alma. Son los fariseos que se anudan a sus obras buenas humanas y que quieren salvarse sólo por eso.

Son los que van a misa el domingo porque es un precepto, pero que no van a misa el domingo para santificarse por lo que se produce en el Altar. Obran la ley, obran el precepto, pero lo hacen sin Fe, sin la Gracia. Así hay cantidad de católicos sin Fe, que se mueven sólo por sus razones humanas en la Iglesia. Y, claro, después no saben discernir las palabras de Francisco, sus herejías, sus mentiras, porque viven de eso, -también-, en sus vidas. Viven buscando la mentira, como Francisco, y haciendo de la mentira sus verdades en la vida.

Francisco dice que esa luz alumbra al hombre. Entonces, está diciendo que esa luz va al entendimiento del hombre, no a su corazón. Porque la luz es para la mente. El amor es para el corazón.

Luego, esa luz encarnada, se encarna en la mente de cada hombre. Eso es decir, que el hombre tiene que abrir su mente. Ese abrir su mente es escuchar al demonio, como lo hizo Eva en el Paraíso: escuchó a la serpiente, dio oídos al pensamiento exterior que el demonio pone en la mente.

Y Eva escuchó esa palabra en su mente, la aceptó, y, automáticamente, perdió la Fe, la Gracia, la Vida Divina.

Adán escuchó a Eva en su pecado y, por escuchar a una mujer en pecado, por hacerla caso, entonces cometió su pecado, y la gracia se alejó de su alma.

Adán abrió su mente a Eva, que le daba un pensamiento del demonio, que le transmitía un pensamiento del demonio.

Esto es lo que enseña Francisco cuando habla de la luz encarnada: hay que abrir la mente al demonio para que ese pensamiento del demonio se escuche, se acepte en la mente, y eso es lo que alumbra en el interior de la persona, eso es lo que lleva la persona: ese engendro en la mente de la persona de Satanás.

Hablar de la luz de la fe como luz encarnada es caer en esta herejía, que es la propia de la Nueva Era. De ahí nace el culto a Satanás y a todo lo diabólico.

La luz encarnada es encarnar al demonio en la mente del hombre, es quedar poseído en la mente por el demonio, es abrir la mente a los pensamientos del demonio y, por tanto, cerrar el corazón al amor de Dios. Porque no se puede servir a dos señores. Si tengo en mi mente al demonio, no tengo en el corazón a Dios.

Por eso, esta herejía de Francisco anula la gracia en la persona que sigue esta herejía. Francisco, como la sigue, está en la Iglesia enseñando lo propio del demonio. Y eso está en cada homilía que predica. Porque él ha tenido que abrir su mente al demonio, ha tenido que escuchar los pensamientos que el demonio ha puesto en su mente, y los ha tenido que aceptar, hacerlos suyos, meditarlos, y sacar un pensamiento para su vida. Y ese pensamiento es su engendro demoniáco en su alma y en su espíritu. Por eso, es un anticristo, porque se opone a Cristo y a la Obra de Cristo, que es la Iglesia.

Francisco: gnóstico y panteísta

AMOROBRADELAVIDA

1. La fe no es “«una», en primer lugar, por la unidad del Dios conocido y confesado” (n. 47 – Lumen Fidei), sino que la fe es una por el Dios Revelado en Jesucristo: Uno en Tres Personas, que es el Misterio de la Santísima Trinidad, en el cual hay que creer para salvarse.

Francisco propone el Dios conocido y confesado. Ese Dios significa, en su herejía de la memoria fundante, el Dios que el hombre conoce con su razón y que lo encuentra en el universo, en las diversas culturas de los hombres, en los países del mundo, en las tradiciones que cada cual posea. Es un Dios que el hombre conoce con su razón y, por tanto puede ser cualquier dios que haya en el mundo. Y el hombre confiesa ese dios en su vida.

Pero el Dios Revelado no se puede conocer con la razón humana, sino sólo con los ojos de la Fe. Sin esos ojos, el hombre ve los demás dioses y se queda con ellos. Sólo el que tiene fe puede decir que Dios es Tres Persona distintas con Una única Naturaleza. Pero no puede demostrarlo con la razón humana, con un planteamiento filosófico sobre Dios.

La teología moderna niega la Santísima Trinidad y quiere poner a Dios en el conocimiento que cada hombre tiene de Dios en su vida. Por eso, hay un dios para los ateos, otro para los budistas, otro para los judíos, otro para cualquier hombre en la tierra. De esta manera, se llega al panteísmo, es decir, todo es dios, somos dioses en nuestro interior, y el exterior es la divinidad que aparece cuando vivimos nuestro dios interior.

2. La fe no es “una porque se dirige al único Señor, a la vida de Jesús, a su historia concreta que comparte con nosotros.” (n. 47 – Lumen Fidei), porque la fe no es un camino, le fe no se dirige al único Señor, la fe no mira la vida de Jesús, la fe no es conocer la historia concreta de Jesús que comparte con cada hombre.

Jesús es el Camino, la fe no es un camino, sino que la fe es la misma Vida de Jesús. La fe no lleva a la vida de Jesús. La fe da la misma vida de Jesús.

Francisco habla así por su herejía de la memoria fundante en que la fe es un recuerdo, un traer a la memoria los datos de la vida de Jesús, entenderlos en la mente, es decir, sacar un conocimiento de ellos, y poner ese conocimiento en el presente de la persona y en el futuro de la Iglesia.

Entonces, con esta visión, Francisco predica la fe como camino, pero no como vida. La fe se dirige, camina hacia el Señor, hacia su vida, hacia su historia, que se puede ver en los hombres pobres, miserables, de nuestro tiempo.

La fe nunca dirige, porque es el amor el que lleva hacia Jesús, nunca la fe. La Fe es una vida: “En Él había Vida” (Jn 1, 4). La fe es la misma Vida del Verbo Encarnado. Y esa Vida es la que manifiesta Jesús: “Y la Vida se manifestó y la hemos visto” (1 Jn 1, 2). Pero esa visión de la Vida en Cristo es una visión traída por el amor en el alma del que cree. El que no cree no puede ver la Vida en Cristo, no puede vivir la misma Vida de Cristo, no puede obrar la misma Vida de Cristo.

“lo que hemos visto y oído os lo anunciamos” (1 Jn 1, 4): la predicación de la Palabra exige escuchar la Palabra de Dios. Y esa escucha es la Fe para el alma. Lo que escucha el alma no son una serie de pensamientos, de ideas, de sentimientos que Dios le da. Escuchar la Palabra de Dios es una Obra Divina, porque Su Palabra es Vida, que lleva a una Obra de Amor: “la fe si no tuviere obras, muerta está por sí misma” (St 2, 17). La fe no dirige, no señala unas obras humanas, sino que da una obra divina, que es el sello de la fe.

Francisco proclama las obras humanas en la nueva iglesia, no las obras divinas. Hay que recordar la vida de Cristo, hay que hacer lo que hizo Cristo, pero mirando el mundo, el espíritu del mundo, abriéndose a los hombres que están en el mundo y que viven, por sus circunstancias, como marginados de la sociedad, del bien común, de las riquezas humanas. Y en esos hombres está Cristo. Y, entonces, hay que ayudar a levantar a esos hombres, que socialmente están apartados del bien, para darles el bien que necesitan en sus vidas humanas: ”Me parece haber dicho antes que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, abrirnos hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz” (Francisco en el diario “La Repubblica”, 1 de octubre).

3. La fe no es “una sola, porque pasa siempre por el punto concreto de la encarnación, sin superar nunca la carne y la historia de Cristo, ya que Dios se ha querido revelar plenamente en ella” (n. 47 – Lumen Fidei). Francisco desvirtúa la enseñanza de San Ireneo sobre la fe.

La fe no se inicia en la Encarnación, sino en el Misterio de la Santísima Trinidad. Y la fe no pasa por la Encarnación, porque la Fe es la misma Encarnación del Hijo de Dios. Si se cree en el Dios Uno y Trino, se cree en el Hijo de Dios que se encarna en la Virgen. No son dos momentos en la historia del que cree. No es que primero tenga que creer en Dios y, después, creer en Jesús. La fe en Dios Uno y Trino es la misma fe en Cristo Jesús.

Como Francisco sitúa un punto de inflexión en la fe, entonces se queda en la misma herejía de los gnósticos que combatió San Ireneo. Francisco está enseñando en su encíclica lo mismo que enseñaron los gnósticos.

Para los gnósticos hay un dualismo en la fe: hay una fe en el Creador y otra distinta en el Redentor. Estas dos nacen del error en concebir la fe como un acto de conocimiento de Dios. La razón quiere buscar una idea para creer en Dios y otra para creer en Jesucristo.

Y la idea que encuentra para tener fe en Dios es una idea abstracta, difícil para los entendimientos de los hombres. Y la idea que encuentra para creer en Jesucristo es demasiado sencilla e inútil para la fe, porque se cree en el hombre, que es Jesús, pero no se cree en su Divinidad.

Francisco propone esta fe en Jesús, que “pasa siempre por el punto concreto de la encarnación, sin superar nunca la carne”, es decir, que se queda en la humanidad de Cristo Jesús, sin percibir Su Divinidad. Es la misma herejía gnóstica en Francisco.

Francisco, por tanto, niega la Divinidad de Jesús y sólo ve a Jesús como un hombre, como una persona humana, pero sin Persona Divina, que es la enseñanza de los gnósticos, porque –para ellos- la Encarnación es una mezcla entre lo humano y lo divino, algo mistérico, algo invisible, supersticioso, mágico.

Francisco, al enseñar esto, destruye la fe en Jesucristo y comienza a enseñar otro Cristo en su nueva iglesia.

Esto demuestra, una vez más, que Francisco no es un verdadero Papa, sino un Anti-Papa.

¡Tienen sus escritos y no saben leerlos con la mirada de la fe!. Entonces, ¿qué es la fe para muchos? ¿Qué es la fe para la Iglesia? Es claro, que no es lo que dice Francisco. Es claro, que no es lo que calla Roma.

La fe es mirar con los ojos de Cristo al hombre en su realidad espiritual y juzgarlo como lo juzga Cristo. Pero para tener esta fe, es necesario luchar contra los hombres que quieren imponer su fe, inventada en su caudal de conocimientos sobre Dios, sobre Cristo y sobre la Iglesia.

Aquí se lucha contra la necedad de tantos hombres que se creen superiores porque son más inteligentes en sus palabras que los demás. Aquí se dan las cosas claras para el que las quiere entender. Aquí se va al grano de lo que pasa en la Iglesia, y no se dicen medias mentiras o medias verdades para contentar la cabeza de Francisco y a aquellas mentes que lo siguen sin discernir ninguna verdad, que eso es lo que Francisco ha enseñado a la Iglesia para que la Iglesia no se oponga a lo que él pretende realizar con su memoria fundante en la Iglesia.

Los hombres de la Iglesia callan y dan un rodeo a las palabras de Francisco, porque tienen miedo de lo que hay detrás de Francisco: la masonería que gobierna a Francisco y a toda la Jerarquía Eclesiástica. Temor de los hombres porque han perdido el temor de Dios, y hacen de la Iglesia su nueva forma de dar culto al demonio usando, para ello, las cosas divinas que tiene la Iglesia. A eso se llama: satanismo.

El satanismo es sólo usar lo divino para el demonio. Misas Negras, oraciones diabólicas empleando las palabras del Credo, ritos litúrgicos donde se meten los mantras del demonio y toda clase de pensamientos positivos y negativos para dar a la nueva iglesia la adoración al Anticristo.

Con el gnosticismo de Francisco se abre la veda para el satanismo, porque eso es la nueva iglesia del Anticristo, que ha fundado Francisco: es dar culto a Satanás. Y, para ello, hay que poner la doctrina adecuada para ese culto.

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