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Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

La falsa misericordia

yosoy

«El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor» (1 Jn 4, 8).

Dios es Amor: así es como se define el Misterio de la Santísima Trinidad.

Las Tres Personas Divinas distintas en una sola Esencia son sólo una cosa: Amor. Amor Divino. No el amor que el hombre entiende con su razón o el que siente con sus sentimientos. Tanto el Padre, como el Hijo, como el Espíritu Santo es Amor.

Dios no es ni Justicia, ni Misericordia, ni Fidelidad, ni ningún otro Atributo Divino.

Dios es muy simple: Amor.

¿Cómo define Bergoglio a Dios?

«Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad» (Bula).

Para este falsario de la Palabra de Dios, conocer la Santísima Trinidad es conocer una palabra: misericordia. Todo está en esa palabra. Ni siquiera es capaz de nombrar la Misericordia como un atributo o una perfección divina. La misericordia, para este hombre, es sólo un concepto humano, un lenguaje humano, bello, atractivo, pero no una realidad divina. No es un atributo divino.

Dios se revela al hombre como Amor:

«El Amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a Su Hijo Unigénito para que nosotros vivamos por Él» (1 Jn 4, 9).

El Padre envía a Su Hijo para que el hombre viva por Su Hijo. Lo que revela el misterio de la Santísima Trinidad es el Amor de Dios, no la palabra misericordia.

El Padre envía Su Palabra, que es Su Hijo. Y en la Palabra del Hijo está la Vida que todo hombre tiene que vivir:

«En Él era la Vida y la Vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4).

Esa Vida Divina, que es la Gracia, que Cristo ha merecido a todo hombre, está en Cristo. Y sólo en Cristo. No está en el hombre. No es un invento del hombre.

Esa Vida Divina es conocimiento divino para el hombre. Un conocimiento que es una obra. No es sólo unas ideas sobre Dios. Es una obra divina que el hombre tiene que realizar para ser de Dios, para ser llamado hijo de Dios, para merecer el cielo, para salir de su vida de pecado.

Muchos hablan de la Misericordia y no saben de lo que están hablando.

Bergoglio es uno de ellos:

«Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Bula).

No sabe, este hombre, lo que está diciendo en esta frase.

«La palabra misericordia significa, efectivamente, tener el corazón compasivo por la miseria del otro» (Sto. Tomas, II-IIa q.30 a.1).

La Misericordia hace referencia a la miseria. El Amor hace referencia a la Vida.

El Amor es Vida. Amar es dar la Vida.

Amar no es compadecerse del otro. No es llorar por los problemas de los hombres, como lo hace Bergoglio: «Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio». Por más que el hombre grite ante el mundo sus miserias, no hay que hacer caso. Porque amar al otro no es sentirse provocado a escuchar su grito de auxilio. Amar al otro es darle una Voluntad Divina. Y esto es lo que más duele al hombre, porque hay que sujetarse a una Ley que viene de Dios.

Tener Misericordia no es dar la Vida, es sólo tener compasión de la miseria del otro.

Dar un pedazo de pan al hambriento no es darle una vida divina, no es enseñarle el camino del cielo. Es sólo eso: tener compasión de su hambre, de su miseria física. Si el hombre sólo se dedica a dar de comer al hambriento, entonces nunca va a amar verdaderamente al que vive en su miseria.

Es necesario saber discernir el amor de la misericordia. Cuando se ama se da una misericordia al otro; pero cuando se hace una misericordia, no siempre se ama.

Dios, cuando viene a nuestro encuentro, no viene para tener compasión de nosotros, sino para darnos Su Vida Divina. Ese es su acto último y supremo:

«En eso está el Amor de Dios, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y envió a Su Hijo, víctima expiatoria de nuestros pecados» (1 Juan 4, 10).

Dios ama primero al hombre: lo crea por un acto de Su Voluntad, por un acto de Amor. Dios crea al hombre no por el hombre. Dios no está obligado a crear al hombre. Si lo crea es porque Él Se ama a Sí mismo y obra conforme a Su Voluntad.

Dios pone al hombre en el mundo sólo por Su Amor, pero éste peca.

Dios, al ser fiel a Su Voluntad, al ser Su Voluntad una Verdad inmutable, que no se puede cambiar, al ser Su Voluntad libre en todo lo que obra, al ser Su Voluntad justa, entonces viendo al hombre en el pecado, muestra Su Misericordia.

Dios ha creado todo por un acto de Su Voluntad: «la Voluntad Divina es la única regla de su acto, ya que no está ordenada a un fin más elevado» (Sto. Tomás, q.63 a.1). Dios no se sujeta a nada ni a nadie cuando obra. Dios no obra porque el hombre sea miserable, o porque tenga problemas en su vida, o porque viva en sus pecados.

La Voluntad de Dios es Amor. Dios obra por Su Amor. El Amor de Dios es la única virtud que tiene Dios formalmente

Las perfecciones de esa Voluntad Divina son cinco cosas: veracidad, fidelidad, liberalidad, justicia y misericordia (Sto. Tomás, q.21)

Dios, cuando obra Su Amor, obra la verdad, obra la fidelidad, es libre en todo su actuar, da a cada uno su derecho y se compadece de la miseria del otro.

Cuando se habla del Amor de Dios se habla de muchas cosas, no sólo de Su Misericordia.

Dios, viendo al hombre en el pecado, siente compasión de la miseria espiritual y física del hombre. Y envía a Su Hijo para poner un camino al hombre que le haga salir de su miseria.

Ese Camino, que es Cristo mismo, enseña a todo hombre a salir de su pecado, que es lo único que impide al hombre obrar el Amor de Dios.

Muchos, en la actualidad, están cometiendo el pecado de presunción: ese pecado lleva al hombre «al extremo de pensar que puede alcanzar la gloria sin méritos y el perdón sin arrepentimiento» ((Sto. Tomas, II-IIa q.14 a.2).

Ésta es la enseñanza de Bergoglio. Para este hombre, no hay que convertir a nadie: que todos sigan en sus pecados, en sus obras y vidas de pecado. Sólo hay que remediar los problemas sociales, económicos, culturales, etc… de la gente. Todos quieren ir al cielo sin merecerlo: sin luchar contra el pecado, sin arrepentirse de sus pecados.

En este pecado de presunción, que es un desprecio a la Misericordia Divina y a Su Justicia, caen muchos y ya no esperan la salvación, sino que buscan en sus propias fuerzas, creen sólo en su capacidad personal para salvarse.

Sin penitencia no se puede obtener el perdón de los pecados. Sin obras de merecimiento no se puede alcanzar la gloria del cielo.

No se puede hablar de la misericordia sin hablar de la justicia, de la verdad, de la libertad, que es lo que hace este falsario:

«Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida» (Bula). En estas palabras, anula la ley de Dios en el corazón, para poner su falsa misericordia.

La ley fundamental que habita en el corazón de todo hombre es la ley Eterna de Dios, que son cuatro cosas: ley natural, ley divina, ley de la gracia y ley del Espíritu. Esta Ley Eterna es el Amor de Dios en el corazón del hombre. El hombre tiene que sujetarse, tiene que cumplir esta Ley para poder amar como ama Dios al hombre.

Bergoglio dice: mira con ojos a tu hermano que sufre, que está en tu vida. No señala el pecado del otro. No enseña a amar al otro en la Ley de Dios, en una verdad inmutable, en la libertad de elección. Enseña sólo a mirarle con compasión, con ternura. Y así se inventa su falsa misericordia.

El hombre es libre para pecar: si vive en su pecado y no quiere arrepentirse de su pecado, Dios no puede tener misericordia de Él. Dios no remedia ni siquiera las miserias físicas de los hombres cuando han decidido vivir en sus pecados. Es el demonio el que da al pecador una vida de felicidad, material, en este mundo, porque es lo que el hombre desea. Muchos venden su alma al demonio. ¿Cómo Dios va a tener Misericordia de estas almas? No puede. Les mostrará Su Justicia: les dará a cada uno de ellos su derecho. Los castigará en su justicia. Y si esos castigos no provocan en sus almas el arrepentimiento, entonces Dios los tendrá que condenar en Su Amor.

Esto es lo difícil de comprender para el hombre.

Dios ha amado al hombre desde el comienzo: lo ha creado por Amor. Y por Amor lo sigue sosteniendo en su ser. Y, a pesar del pecado del hombre, lo sigue amando. Pero ese amor no significa sólo misericordia, sino también justicia, verdad, libertad, fidelidad.

Dios es fiel a su obra en el hombre. Y, por eso, aunque el hombre haya elegido vivir en sus pecados, vivirá para siempre en el infierno con sus pecados, porque Dios es fiel a Su Amor. Dios no puede aniquilar al hombre que ha creado por Amor. Es fiel a Su Obra. Pero da al hombre, que ha creado, -porque lo merece su pecado-, el infierno.

«Al castigar a los malos eres justo, pues lo merecen; al perdonarlos, eres justo, porque así es tu bondad» (San Anselmo – Proslog. C. 10; ML 158, 233).

Así es el Amor de Dios: justicia y misericordia; veraz y fiel; libre para salvar y libre para condenar.

Nunca, en el Amor de Dios, hay que olvidarse de cinco atributos divinos para poder comprender este Amor: veracidad, fidelidad, liberalidad, justicia y misericordia.

La Misericordia de Dios se atribuye a Dios no como una pasión: Dios no llora por el hombre. Dios no siente lástima de ningún hombre. Dios no se turba, no se entristece porque el hombre tenga problemas en su vida. La miseria del hombre no es la miseria de Dios. Dios, cuando aplica Su Misericordia con el hombre, no destierra la miseria ajena porque sienta lástima de ese hombre o porque haga suya esa miseria.

Bergoglio dice una clara herejía:

«Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón» (Bula).

Es un amor visceral: pone en Dios una pasión que no tiene. Manifiesta herejía. La miseria del hombre no es la miseria de Dios. Si Dios se compadece, no lo hace como se compadece el hombre de sus semejantes. Dios no obra una compasión humana por un bien humano.

Dios hace Misericordia por una Bondad Divina: el origen de la Misericordia es la Bondad de Dios, es su Amor Divino. Y el amor de Dios es una ley en Dios. Dios es Ley para Sí mismo. El amor de Dios no es el mal del hombre, no es la compasión de su miseria, no es sentir ternura hacia el hombre. Dios, cuando se compadece del hombre, lo hace movido sólo por Su Bondad Divina, por Su Amor Divino.

Cuando Dios muestra Su Misericordia, está mostrando Su Amor, que es al mismo tiempo, veraz, fiel, justo, liberal y misericordioso. Dios remedia la miseria física del hombre, pero también la espiritual. Es decir, Dios da una justicia al hombre, pone una verdad en el hombre, exige del hombre una elección, una sumisión a Su Voluntad Divina.

La Misericordia de Dios no anula Su Justicia, sino que es la plenitud de Su Justicia:

«La misericordia hace sublime el juicio» (Sant 2, 13).

Bergoglio sólo presenta una misericordia sin estos cinco atributos. Es su falsa misericordia.

«Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción» (Bula): el atributo de la misericordia no se pone por encima de la justicia, no prevalece por encima del castigo. Esa Misericordia es, al mismo tiempo, una Justicia en Dios. Y sólo así, Dios es fiel a su obra, es veraz con su obra y muestra su poder al hombre.

Bergoglio anula la Justicia y tuerce la Sagrada Escritura. Y presenta un Jesús sin Justicia, portador de una justicia falsa, humana, carnal:

«Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión» (Bula).

Nada en Jesús es falto de compasión. Todo en él habla de misericordia. Sus signos son sobre todo para las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes. El gran fallo de Bergoglio, como el de muchos teólogos es no saber discernir entre amor y misericordia. Y el de poner la liberación de Dios en la miseria del hombre. Dios libera las miserias humanas, pero no las espirituales. Es su claro comunismo. Es su lucha de clases. Es la idea masónica de hacer una iglesia y un gobierno que sean ejemplares para la humanidad: con hombres dignos de portar la idea de ser dioses ante los demás. Hombres que viven en sus pecados, que tienen la maldad como el norte de sus vidas y que sean reconocidos por todos como buenos, justos y santos. Es el pecado de presunción que Bergoglio está enseñando en todo su magisterio en la Iglesia. Y que es claro en su bula, y será muy claro en todo ese año de gran condenación para todos los que le obedezcan.

Dios es Amor, no Misericordia. Dios es Voluntad Divina. Y aquel que niegue un atributo divino para hacer prevalecer sólo la Misericordia, está negando a Dios y su Voluntad.

No hay que tener miedo de predicar: Dios castiga porque es Amor. Se está diciendo una verdad inmutable: el Amor de Dios es Justicia y Misericordia. Si Dios permite tantos males, tantos pecados de los hombres, es sólo para obtener un bien divino: para obtener la penitencia del pecador o para castigar o condenar al que peca. Y ambas cosas son sólo por Amor, porque Dios es, sencillamente, Amor.

«Concédenos, Señor, el comprender con todos los santos, cuál es la longitud, la latitud y la sublimidad y la profundidad de tu divinidad: concédeme que, apartándome totalmente de mí mismo en el pensamiento y en el deseo, me sumerja en este océano de tu divinidad y me pierda en él a mí y a todo lo creado, sin ocuparme, ni sentir, ni amar ni desear ni ninguna otra cosa y sin anhelar nada más, sino que descanse únicamente en Ti y que posea y disfrute plenamente de todo bien sólo en Ti. Pues así como tu esencia es infinita e inmensa, del mismo modo todo bien que hay en Ti es igualmente infinito e inmenso. ¿Quién es tan avaro que no se dé por satisfecho con el bien infinito e inmenso? Por consiguiente no buscaré ni desearé nada fuera de Ti, sino que tú serás para mí a manera de todas las cosas y por encima de todas las cosas el Dios de mí corazón y de mi heredad, Dios para siempre (Lessio, Sobre las perfecciones divinas, 12 c.4).

«Me resulten viles y despreciables a mí todas las cosas transitorias a causa de Ti, y me sean queridas todas tus cosas, y Tú, Dios mío, más que todas ellas. Pues ¿qué son todas las otras cosas en comparación de la excelencia de tus bienes?. Son humo, son sombra y vanidad todas las riquezas y delicias y toda la honra de este mundo, las cuales subyugan miserablemente los ojos de los mortales, no permitiéndoles conocer ni ver a fondo los bienes verdaderos, los cuales están en Ti.

«Así pues, no amaré ni estimaré nada de las cosas de este mundo, sino que te amaré y te estimaré solamente a Ti y a tus bienes, los cuales están ocultos en Ti, bienes que en realidad consisten en Ti mismo, y bienes de los cuales gozarán eternamente aquellos que, habiendo despreciado las cosas caducas de la tierra, se hayan unido estrechamente a Ti. Te amaré sobre todas las cosas y te serviré siempre: porque eres infinitamente mejor que todos los seres y digno de que todas las criaturas por toda la eternidad te ofrezcan y consagren todo su amor, todo su afecto, todas sus bendiciones, toda su gratitud, todas sus manifestaciones de alabanza, todos sus actos de servicio, amén.» (Lessio, la obra anteriormente citada, 1. 1 c.7).

Busquen las cosas de allá arriba; no busquen el magisterio de Bergoglio para ser de la Iglesia. Con Bergoglio, la Iglesia sólo está en el desierto de cada corazón, que permanece fiel a la Palabra de Dios. Mientras un hereje permanezca en el gobierno cismático, anclado en el Vaticano, las almas sólo tienen que vivir mirando a Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia. Desprecien a Bergoglio, y a toda su compañía, y serán de la Verdad, serán de la Iglesia, serán hijos de Dios. Amen a Bergoglio y serán pasto del fuego del infierno. Los tiempos se han cumplido. Y viene el tiempo de la abominación. Hay que huir de Roma. Ya no interesa lo que haga o no haga Roma. Sólo interesa lo que Dios tiene preparado para Su Iglesia. Y esto es algo que no es de este mundo.

El pensamiento de herejía de Bergoglio

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Bergoglio es un hombre que ha usurpado el Papado; es decir, es un falso papa, rodeado de una falsa jerarquía, con el fin de levantar una nueva estructura de iglesia.

Y esto lo hace «a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos» (EG – n.223), porque es necesario «preocuparse por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político, fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).

Este es el claro pensamiento herético de este hombre, que nace de su principio masónico: el tiempo es superior al espacio.

Su reforma es lanzar al pueblo sus ideas, sembrar su falsa doctrina de la misericordia, para que genere procesos, es decir, ideas, vidas, obras, actitudes, con el fin de construir el pueblo que ellos necesitan para su nueva iglesia. No les preocupa la inmediatez, porque saben cómo es la Iglesia. Ellos van hacia la plenitud humana: alcanzar la cima del pecado de humanismo. El culto al hombre, la idea del hombre, la obra del hombre, la vida del hombre. Todo entorno al hombre. Y necesitan gente para eso.

Con Bergoglio, el concepto de pecado ha desaparecido y sólo se asoma el concepto luterano de misericordia, que el Concilio de Trento ha anatemizado:

  • D-822 Can. 12. Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza de la divina misericordia que perdona los pecados por causa de Cristo, o que esa confianza es lo único con que nos justificamos, sea anatema [cf. 798 y 802].

Esto es constante en las homilías de Bergoglio: Dios todo lo perdona, no se cansa de perdonar. Sólo hay que confiar en Dios que perdona.

  • D-831 Can. 21. Si alguno dijere que Cristo Jesús fue por Dios dado a los hombres como redentor en quien confíen, no también como legislador a quien obedezcan, sea anatema.

Jesús es sólo el hombre que salva, no es el Dios al que hay que escuchar. No vienen a poner una ley, una doctrina, un gobierno, sino que viene a estar con los hombres, a caminar con ellos, a vivir su misma vida.

  • D-837 Can. 27. Si alguno dijere que no hay más pecado mortal que el de la infidelidad, o que por ningún otro, por grave y enorme que sea, fuera del pecado de infidelidad, se pierde la gracia una vez recibida, sea anatema [cf. 808].

Si eres infiel a la fe en Cristo, entonces no te puedes salvar. Eso es un grave pecado. Los demás pecados no existen, no quitan la gracia. Por eso, los sodomitas están en gracia. Los malcasados permanecen en la gracia. Sólo los corruptos no están en gracia: son infieles a la fe.

Estas tres cosas son la base de la falsa misericordia de Bergoglio. Constantemente las predica, de una manera o de otra. Pero siempre él enseña estos anatemas como una verdad que hay que seguir en su nueva iglesia.

Ya la homosexualidad no se considera un pecado, ni una tendencia desordenada, no es un acto en contra de la ley natural, sino que se reconoce en ellos una tensión hacia el bien, con derechos jurídicos y con una acción de acogimiento pastoral. Después del Sínodo, se han aplicado aperturas pastorales, que son totalmente contrarias a la doctrina. Y han sido llevadas a cabo por la jerarquía modernista, que apoya en todo a Bergoglio.

Bergoglio desprecia la Tradición, la Roma Eterna de los Papas y toda la Liturgia. Su pensamiento es claro en la entrevista concedida al P. Antonio Spadaro, Director de La Civiltà Cattolica:

«El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo».

  • La cultura contemporánea debe ser leída a la luz del Evangelio: con Bergoglio es al revés: el Evangelio se lee a la luz de la sabiduría del mundo, no ya del hombre. De lo que hay en cada cultura en el mundo. Las consecuencias de este pensamiento son claras: demos al mundo lo que pide. ¿Por qué no bendecir las hojas de coca?
  • La crisis de la fe es por la crisis de la liturgia: para Bergoglio, la Iglesia no ha gozado de tanta salud espiritual. Grandes y enormes frutos. Ya la liturgia sirve al pueblo, no a Dios. Es para dar culto al hombre, no a Dios. Las consecuencias son manifiestas: bautizar a los hijos de los homosexuales, casar a los homosexuales, romper el vínculo matrimonial, permitir la comunión a todo hombre por más pecador que sea.
  • El Evangelio es inmutable: para este hombre, la situación histórica ha cambiado el Evangelio. Por tanto, han evolucionado todos los dogmas. Los Misterios de Dios ya no son misterios, sino una forma de inteligencia humana, una función del lenguaje humano. La verdad es gradual, no objetiva.
  • La doctrina auténtica ha desaparecido, de hecho y de derecho: es el peligro de ideologización del Vetus Ordo. En otras palabras, la represión de la Tradición se desarrolla por medios de medidas autoritarias, fuera del derecho establecido. Esos son los casos de los Franciscanos de la Inmaculada; la remoción del Cardenal Burke, y otros.

Con Bergoglio la ruptura es innegable. No hay continuidad en su falso papado. Muchos reconocen esta ruptura, pero siguen llamando a este hombre como Papa.

El daño ya es abismal en toda la Iglesia: hay una clara división en la Jerarquía y en los fieles.

Bergoglio está llevando a toda la Iglesia hacia su autodestrucción: Ella misma se destruye porque no ataca la herejía que vive dentro de Ella, en su propia Jerarquía, en su propia cabeza que la gobierna, de una forma dictatorial.

Es una dictadura lo que vemos en la Iglesia: el dictado de la mente de un hombre. Su imposición como doctrina verdadera. Y, por lo tanto, Bergoglio tiene que enfrentarse a todos los verdaderos católicos. Es lo que hace todos los días en sus homilías desde Santa Marta. No hay una en que no martillee a los defensores de la Tradición, del dogma, que son los que cargan sobre los hombres pesos insoportables.

Bergoglio odia a todos los católicos verdaderos: los pisotea constantemente. Para ellos no hay ninguna misericordia. Y es lo normal en él y en todo su clan: tiene que levantar su iglesia en donde los moralistas, los tradicionalistas, todo lo que huela a doctrina eterna, inmutable, no puede tener cabida.

La doctrina de la Iglesia es inmutable. Y la práctica pastoral no puede contradecir a la doctrina. De hecho, se la está contradiciendo constantemente. Y eso conlleva la instalación, de una manera disfrazada, de una nueva doctrina. Es así como se hace siempre cuando se quiere destruir una verdad. Se le ataca, no frontalmente, sino de manera oculta, disfrazada, velada. Es la obra del masón: el trabajo oculto.

La doctrina de Kasper, que es lo que sigue al pie de la letra Bergoglio, contradice totalmente la doctrina de la Iglesia. Y esa doctrina ya ha sido lanzada por Bergoglio para poner clara división en toda la Jerarquía.

Es una batalla, que ha arrojado el demonio, a través de Bergoglio, para imponer un gran mal a toda la Iglesia. Y la verdadera Jerarquía está callada. No lucha como tiene que hacerlo. No batalla. Se conforma con lo que tiene. Y eso va a ser el triunfo del mal en toda la Iglesia. Tienen miedo de perder el plato de lentejas. Miedo. Y no hay otra razón. Las almas se condenan y ellos callan. Esto es gravísimo para toda la Iglesia. Esta es la tibieza, clara y manifiesta, en toda la Jerarquía verdadera.

Bergoglio no cree en la Divinidad de Jesús (“Jesús no es un Espíritu”) y, por lo tanto, tiene que construir su falsa espiritualidad y misticismo: la divinización del hombre:

«Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro… Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (4 de octubre 2013).

Bergoglio pone en el mismo plano la Eucaristía y la carne de los discapacitados. Esto sacraliza la carne de los hombres que sufren por muchos motivos. Sólo por analogía la carne de los pobres es la de Cristo, pero no de una manera unívoca.

En la Eucaristía, Jesús está presente, vivo, es verdadero; pero en los pobres, en las persona enfermas, Jesús no está presente. Su carne no es la carne de Jesús. Sus llagas no son las llagas de Jesús. Esta forma de hablar tiene el sabor de la herejía y lleva a la herejía.

Todo lo que se hace «al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt 25, 40), pero la Iglesia siempre ha enseñado y practicado el sentido de la pobreza evangélica, la de los pobres en espíritu. Quien viva esta espiritualidad, obra en consecuencia: ayudando con sus obras de misericordia a los pobres materiales por un sentido de expiación del pecado, no por un sentido de un bien humanitario.

Quien siga la doctrina de este hombre cae en dos pecados: antropocentrismo y la idolatría del pauperismo. Es decir, se mete de lleno en la doctrina comunista, del bien común, produciendo que la doctrina social de la Iglesia se anule totalmente.

El pobre no es Cristo. El Evangelio enseña la pobreza espiritual y a amar a los pobres. Pero eso no significa que el Evangelio consista en el mismo pobre o en la pobreza. Y, por lo tanto, no significa que el católico tenga que escuchar a los pobres. Se escucha la voz de Cristo. Y por mandato del Padre: «Este es Mi Hijo amado: escuchadlo». Ningún católico escucha a los hombres en la Iglesia. Para ser Iglesia hay que escuchar la Voz de Cristo en el corazón. Lo demás, es la falsa espiritualidad de los pobres materiales, de los machacados, de los discapacitados; y el falso misticismo de construir el cuerpo místico de los hombres, que es la divinización de todo lo humano. Es la iglesia de los pobres y para los pobres: de los hombres y para los hombres.

No se puede equiparar, como lo hace Bergoglio, el amor a los pobres con la adoración a Cristo. Cuidar a los pobres no es adorar a Cristo. Cada uno tiene su lugar en la creación. Los pobres siempre los tendréis, para hacer con ellos una obra de expiación del pecado. Pero no siempre a Cristo se le tiene, se le posee. El alma que no está en gracia no posee a Cristo. Lo tiene en el Altar, en el sagrario, pero no vive imitando a Cristo, siendo otro Cristo por participación de la gracia.

Como Bergoglio anula la Persona Divina de Jesús (“Jesús es sólo un hombre, una persona humana, pero en la gloria”), la encarnación se realiza en todos los hombres: «estas personas y sus llagas son la carne de Jesús». Jesucristo no se ha encarnado en la humanidad. Ha asumido una naturaleza humana, pero ésta no es la de todos los hombres, sino la del hombre Jesús. Su Persona Divina, el Verbo, que Bergoglio niega absolutamente, asume un alma humana y una carne humana, unidas entre sí de manera sustancial. Y producen un ser divino, que no es un hombre solamente: es Dios y Hombre verdadero, sin persona humana. Y se adora al Verbo Encarnado. No se adora a los pobres ni a ningún hombre en la tierra. Porque Jesús sólo está en la Eucaristía, no en los pobres. En los pobres está de manera mística, pero no espiritual. Está por sus pecados. Los pecados de los pobres, como los pecados de los ricos, como los pecados de todo hombre, ofenden al Verbo Encarnado de una manera mística. Y son por estos pecados la causa de la muerte de Cristo. Jesús no murió por los pobres, ni por los ricos, ni por ningún hombre. Murió por los pecados de todos los hombres.

Poniendo a Jesús presente en todos los hombres, se está diciendo que el Verbo se une con la naturaleza pecaminosa de cada hombre. De esa manera, hay que anular el dogma de la Inmaculada Concepción, el dogma del pecado original y el dogma de la Redención.

Si Jesús se encarna en cada hombre, todos los hombres tienen una huella divina perenne en su naturaleza. No se borra por más que pequen, haciendo del bautismo una gracia por naturaleza, no por adopción:

«El hijo de Dios se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, de esta manera él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos hijos suyos y él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Dios nos ha indicado para encontrar la vía de la salvación y de las Bienaventuranzas» (1 de octubre 2013).

  • El Verbo se ha encarnado para redimir al hombre de su pecado: no se ha encarnado para dar al hombre un sentimiento de la hermandad. La auténtica hermandad nace de la Cruz, no del amor humano. En el alma del hombre no está la hermandad.
  • El amor de Cristo a los hombres, que es el ágape, es el punto de partida para poder amar a los hombres: no es el amor de cada uno de nosotros para los demás el camino de la salvación.
  • Todos somos criaturas. El Hijo de Dios es uno solo: El Verbo, el cual no ha sido creado sino generado por el Padre y se ha hecho hombre en el seno virginal de María. No se ha hecho hombre en toda la humanidad. Por lo tanto, no todos los hombres son hijos de Dios. Jesús, al encarnarse, cambia la naturaleza humana, la transforma con su gracia, la cual nos hace ser hijos de Dios por participación de la vida divina, que se da en los Sacramentos.
  • El hombre es hijo de Dios por adopción, no por naturaleza: somos hijos en el Hijo, si lo acogemos por fe. El hombre es hijo de Dios por adopción si cree en el Nombre de Jesús (Jn 1, 12). No es por el sacramento del Bautismo, sino por la fe en Cristo. Sin esa fe, el Bautismo y todo sacramento se vuelve inútil porque hay un obstáculo que impide que la vida divina pueda ser obrada por el hombre viador.
  • Dios da la gracia al hombre, pero no sustituye su naturaleza humana: sólo la transforma: «Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la Gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma Imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18).
  • La salvación no es automática, sino que hay que acogerla. Y, por eso, el sentido de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: es la que enseña a salvarse. Es la que anuncia y proporciona la salvación que Cristo ha dado a todos los hombres. Es la Iglesia la que salva, no es el amor de los hombres para con los demás.

Constantemente, Bergoglio cae en esta idolatría del hombre. Cojan cualquier discurso, homilía y ahí tienen su clara herejía.

Bergoglio no cree en el Dios católico. Por lo tanto, levanta su falso ecumenismo. Y lo hace de su principio masónico: la realidad es superior a la idea.

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (EG – n. 231)

El diálogo, para Bergoglio, no tiene que separar idea y realidad. La idea de un Dios católico no es objetiva, sino gradual: hay una tensión bipolar entre la idea y la realidad. En el tiempo histórico, la idea de un Dios católico servía para esa realidad de la vida. En los tiempos modernos, esta idea está desfasada. Ha crecido tanto los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría, que la idea de un Dios católico ha alejado de la realidad de la vida.

La idea tiene que elaborarse, es decir, el dogma tiene que evolucionar, cambiar, buscando el bien común. No hay que buscar la verdad Absoluta. El bien común es superior a cualquier verdad. La vida de los hombres, sea ésta la que sea, vivan en pecado o vivan en santidad, es lo que vale, es lo superior, está por encima de la idea de un Dios católico.

Por lo tanto, Bergoglio tiene que ir a su falso ecumenismo, que es el camino del diálogo entre todas las religiones, para buscar la realidad de una iglesia universal, para todos, en la que la idea esté por debajo del bien común, del bien globalizante:

«el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana… No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros… Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada… Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas… Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse… Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales… La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente… Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes… el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violenciaLos no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo… debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios…. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía…» (EG – n. 244-254).

  • El verdadero ecumenismo es el que salva a las almas del pecado: no es para producir la unidad de la familia humana. No existe esa unidad. Decir esto es buscar la unión entre las mentes y las obras de los hombres, una unión en la mentira, en el error. Es buscar una filosofía, un lenguaje humano, en la que la realidad de la familia humana está por encima de cualquier idea, de la verdad absoluta, del mismo Dios.
  • El Espíritu Santo no puede sembrar en los corazones que viven en el pecado. Al sembrar, una parte cae junto al camino, otra las aves se la comieron, otra cae en terreno pedregoso, otra entre cardos, otra en tierra buena (cf. Mc 4, 4- 8): no se puede recoger, en el diálogo, lo que no se ha sembrado. Hacer esto es anular la verdad para sólo fijarse en las obras, en las vidas de esos hombres que viven en sus pecados. Es la realidad por encima de la idea.
  • En el verdadero ecumenismo se enseña al otro la verdad absoluta, la verdad sin error, la verdad sin un lenguaje ambiguo. No se va al ecumenismo para aprender del otro, para aceptar al otro en su manera de pensar, de vivir, de obrar. Lo que una vez se condenó como herejía, como error, como maldad, no puede cambiar en el diálogo con los hombres. No se puede leer los escritos de Lutero para aceptar su mente herética. Lutero nunca estuvo en la verdad y nunca lo estará. Hay que leer los escritos de Lutero para criticarlos, juzgarlos, anatematizarlos con el Poder que Dios ha dado a Su Iglesia. No hacer esto es meterse en el juego del demonio, que quiere una iglesia sólo de herejes que se creen santos por lo que piensan, por lo que viven en la realidad de sus vidas. Nadie puede poner la mente de los hombres por encima de la Mente de Dios. La única realidad que existe es la divina. Quien acepta esa realidad, comprende su realidad humana, que siempre es limitada, relativa, condicionada, cambiante.
  • El verdadero ecumenismo es para hacer proselitismo: no es para dejar al otro radicado en su propia identidad. Nadie habla con el otro porque sea una buena persona, por su cara bonita. No se dialoga con los hombres, sino que se escucha a Dios y se da a los hombres lo que se ha escuchado de Dios. Y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios no quiere que los hombres se queden en sus pecados, en sus vidas llenas de errores, de mentiras, de dudas, mirando sólo su identidad religiosa, humana, natural, carnal. Dios no busca cerdos que sigan mirando lo que comen: su bazofia humana en su mente pervertida. Dios busca almas humildes, que sepan dejar sus ideas maravillosas sobre la creación y sobre Dios y se pongan en la escucha silenciosa de la Palabra de Dios, que es la única que los puede salvar de su negra vida de pecado.
  • El verdadero ecumenismo es para ofrecer la gracia, la vida divina a las almas. Se enseña la Verdad Absoluta para obrarla en la vida, con la fuerza del Espíritu. Los no cristianos no tienen la gracia ni pueden tenerla. Su conciencia no les lleva a la gracia. Sólo el arrepentimiento de sus pecados, les lleva a conocer la verdad. Y una vez que la aceptan, que acogen por fe el Nombre de Dios, comienza la gracia en sus corazones. En el verdadero ecumenismo, se ofrece el perdón de los pecados. Y, por tanto, se enseña el verdadero arrepentimiento y la verdadera penitencia por el pecado.

Desde aquella amarga primavera del 2013, en la que a los fieles se les ha impuesto la visión rosa de la Iglesia, la alegría de ser del mundo, el alejamiento de la Cruz de Cristo, la idea de que todo va viento en popa, cuando la realidad de la vida de la Iglesia es totalmente contraria, sólo se ven en los católicos un conformismo con lo que ese hombre habla y obra. Sólo se capta la tibieza en todas partes. Y Dios vomita a los tibios. Dios tiene que aborrecer lo que en el Vaticano se está levantando y vendiendo como bueno, como verdad.

Para muchos católicos –que ya no son tales-  el signo de estar en comunión con esta falsa iglesia  es hacerse un selfie con Bergoglio, falso papa de los pervertidos. Es el sentimentalismo perdido de muchos católicos. Ya no saben pensar la verdad. No saben ver ni al hereje ni a la herejía. No saben llamar a los hombres por sus nombres, por su vida de pecado, por sus obras de maldad. Todos se suben a la carroza del humanismo que Bergoglio les ofrece cada día.

Bergoglio es el hombre del año, el papa del mundo. Quien está con él, tiene la vida arreglada. Quien no está con él, lo pisotean hasta hacerle callar. Quien se opone a este hombre, lo crucifican como peste dentro de la Iglesia.

Los verdaderos católicos nos quedamos solos, en la Iglesia y en el mundo. Todo apunta hacia una iglesia universal y un orden mundial donde no pueden entrar los verdaderos católicos. Al final, tendrán que aniquilar a los dos testigos del Apocalipsis. Uno de ellos: los verdaderos católicos

La Jerarquía sigue callando miserablemente las herejías de Bergoglio y de todos los matones de este hombre. Lo siguen teniendo como Papa verdadero. El daño va a ser irreversible en toda la Iglesia.

El hombre sólo ha sido creado para dar gloria a Dios, no para cuidar la Creación

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«custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos  que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro…todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos » ( 19 de marzo de 2013).

Estos son los delirios de Bergoglio sobre la Creación de Dios.

  • ¿Es el hombre custodio de la creación? No, no lo es. Veamos qué dice la Palabra de Dios:

«y los bendijo Dios, diciéndoles: “Procread y multiplicaos. Y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gn 1, 28).

El hombre ejerce el dominio sobre la creación. No la custodia, no la cuida, no la conserva. La somete y la domina.

  • El hombre no es guardián del otro ni del medio ambiente.

«¿Soy acaso el guarda de mi hermano?» (Gn 4, 9). Bergoglio cree que cambiando el pensamiento, se quita el mal. Si Caín hubiera pensado: “Sí, soy el guarda de mi hermano”; entonces no hubiera matado a Abel.

Pero Caín mata a Abel porque no cumple con el 5 mandamiento de la ley de Dios: «La voz de la sangre de tu hermano está clamando a Mí desde la tierra» (v. 10). No está en la gramática; no está en pensar de manera positiva; no está en quitar los pensamientos negativos, no está en el lenguaje humano.

Todo está en el hombre: cumple o no cumple con la ley de Dios.

«¿Para qué unir el lobo con el cordero? Pues lo mismo es unir al impío con el justo» (Ecle 13, 21). Amar al enemigo de tu alma no es guardarlo en tu corazón, sino que es odiar su pecado y su persona que ama su pecado.

Es lo que hace el Señor:

«El Altísimo odia a los pecadores y a los impíos les hace experimentar su venganza» (Ecle 12, 6).

El Señor odia al pecador, no sólo a su pecado. ¡Qué difícil de predicar es esto, hoy día!

«No digas: “Grande es Su Misericordia. Él perdonará mis muchos pecados» (Ecle 5, 6).

La vida espiritual no son palabritas bonitas, no es una gramática que hay que aprender, sino una obra de fe: hay que convertirse al Señor, hay que arrepentirse del pecado, hay que luchar contra el hombre y sus pecados, y contra todos los demonios, hay que expiar el pecado, para poder permanecer en la verdad.

«Porque aunque es misericordioso también castiga, y su furor caerá sobre los pecadores» (v. 7). Esto es lo que nadie en la Iglesia se atreve a predicar. Nadie quiere escuchar las Palabras de Dios. Nadie quiere la verdad. Todos quieren las fábulas de los hombres. Dios castiga y, por lo tanto, el hombre no puede amar a otro hombre que Dios castiga. No puede. Bergoglio dice que hay que guardar al otro. Pero el Señor enseña lo contrario. No hay que amarlo, hay que tener misericordia del otro. Y eso es darle, ofrecerle una justicia divina.

El amor al prójimo no significa darle un beso y un abrazo, sino una Voluntad de Dios. De esa manera, se guarda la creación del mal del pecado de muchos. Si los hombres hicieran la Voluntad de Dios en el amor al prójimo, la creación no estaría como está. Pero como se busca al prójimo para ensalzar su persona y su vida de pecado (eso es lo que la Iglesia está haciendo con Bergoglio= ensalza su persona y su obra de pecado; no la odia), entonces los hombres se inventan fábulas para arreglar los malos caminos de los hombres en la Creación (ahora, en Roma se han inventado una nueva iglesia, para terminar de destruir lo poco que queda de la Iglesia).

No se puede unir al hereje con el santo. No vivimos para cuidar el medio ambiente; no vivimos para limpiar las babas de Bergoglio, sino para cuidar nuestras almas de muchos lobos que se visten de sacerdotes y de Obispos, como Bergoglio, y que sólo quieren sus negocios en la Iglesia, hablando herejías todo el día.

  • «La misericordia del hombre es para con su prójimo: la del Señor para con toda carne» (Ecle 17, 12).

No hay que guardar el medio ambiente. Hay que tener misericordia con todos los hombres, porque son unos pecadores. Del medio ambiente se encarga el Señor. De los males que el hombre hace en la creación, ya Dios los usa para un bien para todos. Ya Dios se encarga de eliminarlos en la Creación, porque ningún mal puede destruir la obra de Dios.

Lo creado es para el hombre: para su uso, para su usufructo. Lo creado no es para cuidarlo, no es para levantar una nueva iglesia ni un nuevo orden mundial.

La muerte y la destrucción que se ven en el mundo son sólo por el pecado del hombre. No es porque no se cuida la creación, no es porque no se guarda al hermano.

Dios no puso la creación en las manos del hombre: no hay que cuidarla. Hay que dominarla. La Creación sigue estando en las manos de Dios. Y Dios le dio un mandato específico al hombre, concreto: sométela y domínala.

El problema del hombre es que no ejerce ese dominio en la ley del Señor, sino combatiendo las leyes que el Señor ha puesto en la Creación, es decir, pecando contra la creación misma. Consecuencia, no sabe dominarla, sino que es la naturaleza la que lo domina a él.

La Creación sólo obedece a Dios, nunca a los hombres. La Creación es regida sólo por Dios, nunca por los hombres. La Creación es preservada sólo por Dios, nunca por los hombres.

Si los hombres saben ejercer bien su dominio sobre la creación, entonces la cuidan, la conservan como Dios quiere. Saben hacer el bien al otro sin dañar la Creación.

En lo que Dios ha creado «ninguna obra molesta al otro» (Ecle 16, 28). En la creación no hay hambre ni fatiga, nada interrumpe su trabajo, todos obedecen los mandamientos de Dios, las leyes que Dios ha puesto en Ella. (cf. Ecle 16, 26-29).

Si el hombre pasa hambre es por su pecado en contra de la Voluntad de Dios en la Creación.

Si el hombre se fatiga es por su pecado como ofensa a Dios.

No está el problema en la Creación. Todo el problema está en el hombre, que no sabe obedecer a Dios.

Todo en la creación obedece a Dios, menos el hombre.

Dios ha dado un mandato al hombre: domina la creación. El hombre la quiere cuidar para hacer su jardín, su Paraíso. Eso es desobedecer la Voluntad de Dios. Es lo que predica Bergoglio a todas horas: desobediencia a la Palabra de Dios.

El hombre no es el custodio de la creación, sino que es el que somete la creación.

Todo el problema de Bergoglio es haber anulado el pecado original, por el cual el mal entra en toda la creación y el hombre no comprende para qué sirve la creación.

¿Para qué Dios crea el mundo?

Enseña el Magisterio infalible de la Iglesia:

«Este único Dios verdadero por su bondad… creó de la nada a ambas creaturas, la espiritual y la corporal, y después la humana… no para aumentar su felicidad ni para adquirir ésta, sino para manifestar su perfección mediante los bienes, que distribuye a las creaturas…» (C. Vaticano I (D 1783)).

Dios crea el mundo para manifestar su perfección divina. Y lo hace mediante los bienes que Él ha creado: mediante toda la Creación, que da, que distribuye a todas sus creaturas.

Dios no crea el mundo para que el hombre haga un jardín de él: no lo ha creado para que el hombre adquiera una felicidad. Este es el pensamiento de Bergoglio:

«Quisiera invitar a todos a reflexionar sobre… el vigoroso llamamiento al respeto y la custodia de toda la creación, que Dios ha confiado al hombre, no para explotarla salvajemente, sino para que la convierta en un jardín» (27 de julio del 2013).

Lo creado es para el hombre: dado, comunicado por Dios, para los hombres.

Dominando lo creado, en la voluntad de Dios, el hombre manifiesta la perfección divina.

Dios crea el mundo, movido sólo por su bondad divina para manifestar y comunicar su perfección divina, es decir, para Su Gloria:

«Si alguno… negara que el mundo ha sido creado para la gloria de Dios: sea anatema» (D 1805).

Esto que enseña el Concilio es un dogma de fe: está contenido en la Sagrada Escritura y enseñado en la Iglesia para ser creído.

El mundo ha sido creado por Dios, a causa de Dios, como fin, no por necesidad, no para darle al hombre una gloria humana, no para que el hombre haga un Paraíso en él, no para que el hombre sea feliz en su vida humana (no para disfrutar la creación), sino por la bondad de Dios, el cual ha querido manifestar su Perfección en orden a su Gloria.

El mundo es para manifestar la gloria de Dios. Este es el fin de la Creación.

Dios es el fin del mundo:

«Yo soy el alfa y el omega…el principio y el fin» (Ap. 22, 13).

«¿Quién le vio primero, que tenga derecho a la recompensa? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos» (Rom 11, 36).

No es el hombre el fin del mundo: todo lo que hace el hombre en el mundo debería ser para dar gloria a Dios, no para darse gloria a sí mismo. No para hacer un jardín. Así viven muchos hombres: usando la creación para su gloria humana. Y, de esta manera, opacan, ocultan la gloria de Dios. Usan lo creado en contra de la Voluntad Divina, para su negocio humano, para su nueva iglesia ecuménica, para un nuevo orden mundial.

Lo creado es para el hombre: para que el hombre lo use manifestando las perfecciones de Dios. Por eso, es necesario usar lo creado en la Ley del Señor, no en contra de Su Ley.

Dios crea, no porque necesita la creación, no porque las creaturas sean útiles:

«¿Tiene algún interés Dios por tu justicia? ¿Gana algo con que seas intachable?» (Job 22, 3).

A Dios no le interesan ni los pensamientos ni las obras de los hombres. Dios no ha creado al hombre para que el hombre continúe la obra de la creación, sino para que el hombre manifieste, en toda su vida humana, la gloria de Dios, la santidad, la perfección de Dios.

Pero así no viven los hombres. Los hombres viven buscando la evolución de sus pensamientos humanos para construirse un Paraíso en la tierra.

«Dije al Señor: “Tú eres Mi Dios puesto que no necesita de mis bienes”» (Is 1, 11).

Dios no necesita que los hombres cuiden la creación, cuiden los bienes creados por Dios.

Dios no necesita las obras humanas que los hombres realizan en la Creación para cuidarla de alguna manera.

Tú eres Mi Dios porque eres todo para mí, no porque te doy algo. Dios no quiere tus ideas, ni tus obras, ni tu vida, ni tu ciencia, ni tu progreso, ni tus sueños, ni tus utopías, ni nada de nada.

Dios no quiere que cuides a los otros ni al medio ambiente. No te ha creado para eso.

Lo creado es para el hombre; el hombre es para Su Creador.

Dios quiere que domines al hombre y a su Creación. Sólo así das gloria a Dios en la Creación.

Para eso es la Jerarquía de la Iglesia, para eso es el gobierno de Dios, para eso es la Iglesia: para que domine al mundo, para que someta a los hombres a la verdad Revelada. Dios no ha levantado una iglesia para que el mundo la domine, para que se someta a las mentes y obras de la gente mundana. Dios no quiere una Iglesia para el mundo, que abarque a todo el mundo. Eso no existe.

Dios quiere una Iglesia para Su Hijo, porque la Iglesia es Cristo. Y Cristo no es el mundo. Cristo es el que combate el pecado del mundo, el que quita el pecado del mundo.

Hay una sola verdad que hay que obrarla en lo que Dios ha creado.

Toda la obra del demonio es destruir la obra de la Verdad en la creación. El hombre, que sigue a Dios, es el encargado de poner esta obra de la verdad. Y, para eso, tiene que ejercer el dominio sobre la mentira, sobre los hombres pecadores que viven en sus pecados y que no quieren someterse a la Verdad. Ejercer el dominio. No dar un beso y un abrazo a un maricón.

No hay que guardar a los hombres, al prójimo. Hay que dominarlos, hay que someterlos a la verdad, hay que juzgarlos: hay que darles una Voluntad Divina. Así se ejerce el dominio, el gobierno. Y así se cuida toda la creación: enseñando, gobernando y poniendo el camino de la verdad a los hombres.

Hay que salvar almas; lo demás, Dios se encarga de cuidar la creación, de que los hombres tengan para comer, para vestirse, de que el demonio no destruya lo que Él ha creado.

Pero los hombres prefieren su vida de pecado y convertir su existencia humana en un proyecto diabólico: la ecología.

«Dios…, que es el Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de los hombres; ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el alimento y todas las cosas» (Hchs 17,24s).

Dios sólo habita en un corazón despojado de todo: un corazón humilde que sólo está pronto para hacer Su Voluntad. Dios no necesita de otra cosa del hombre. Dios no quiere ningún progreso del hombre. A Dios no se le sirve con manos humanas, con obras humanas, con vidas humanas, con filosofías humanas, con teologías humanas.

Dios no quiere un nuevo orden mundial, ni una iglesia que sirva para todo el mundo, para todas las inteligencias de los hombres. Dios no quiere el ecumenismo barato que predica Bergoglio y los suyos. En ese ecumenismo, la Iglesia es dominada por la mentira, por el error, por la herejía. En ese falso ecumenismo, la Iglesia no somete ni domina con la verdad Revelada.

«¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? – dice Yahvé. Harto estoy de holocaustos de carneros…» (Is 1,11).

¿A mí que me importa vuestro ecologismo?

¿Es el número de los hombres en el planeta el gran problema de la humanidad?¿O son los estómagos de los que pasan hambre el causante de las crisis económicas?

¿Se va a acabar el alimento porque son muchos los hombres o porque los hombres derrochan sus dineros?

¿O todo está en el problema de la contaminación?

¿Un mundo finito sólo puede sostener a una población finita?

¿Hay que hacer menos hijos para preservar el medio ambiente y permitir la vida del hombre, y así no contaminar la creación?

¿Puso Dios límites a su Palabra: «procread y multiplicaos»?

¿De qué manera quiere el hombre limitar la Palabra de Dios para vivir cuidando el medio ambiente? ¿Hay que cuidar el cuerpo antes que el alma? ¿Vale más un trozo de pan que la verdad para la mente y el corazón del hombre?

¿Si son pocos los hombres entonces todos tendremos para comer? ¿Entonces ya no habrá más contaminación del medio ambiente? ¿Entonces se resolverán los problemas económicos? ¿Ya se acabarán las esclavitudes, las guerras, las matanzas, el hambre?

¿Es necesario un nuevo gobierno mundial para que unos pocos consigan este jardín ideal para todos?

¿Es necesario una nueva iglesia ecuménica en la que el dogma no discrimine a los hombres, y así todos puedan participar de este Paraíso?

¿Es más importante en la vida el medio ambiente que los hijos, que la Palabra de Dios que manda, que obliga a hacer hijos?

Si Dios manda hacer hijos, ¿no va a dar, no va a proveer al hombre, en ese mandato, con todo lo necesario para la vida material, humana, natural, de esos hijos?

El hombre ha dejado de creer en el dogma de la Providencia Divina. El hombre quiere ser él mismo la providencia para sí mismo.

Pero, ¿qué se creen que es Dios?

¿Qué creen que es la Creación de Dios?

¿Un juego de Dios? ¿Un pensamiento del hombre? ¿Una gramática bien dicha? ¿Una ley de la gradualidad?

«La fe, además, revelándonos el amor de Dios, nos hace respetar más la naturaleza, pues nos hace reconocer en ella una gramática escrita por él y una morada que nos ha confiado para cultivarla y salvaguardarla» (LF, n. 55).

Esto es el «designio de Dios inscrito en la naturaleza», que dice Bergoglio: una gramática escrita por Dios.

No es la Ley Eterna lo que está inscrito en la naturaleza. No es una vida divina, una norma de moralidad. Es una gramática, un lenguaje humano que el hombre tiene que desarrollar, tiene que ir evolucionando para que se pueda poner en obra la felicidad para todos los hombres, el jardín que tanto predica Bergoglio. Esa gramática es la ley de la gradualidad. Esta es su memoria fundante, es decir, su fe masónica.

Por eso, Bergoglio habla de cuidar la creación: hay que cuidar esta gramática.

Los teólogos ecologistas, por la boca de ese blasfemo de Boff, lo dirán de esta forma:

«Por último, tal concepto de ley natural no deja espacio suficiente a la libertad humana querida por Dios. Mediante ella el ser humano prolonga el acto creador de Dios, administrando la naturaleza y trascendiéndola. El ser humano pasa de modo continuo de una situación existencial dada por su nacimiento y por la cultura ambiente (por naturaleza) a una situación que él crea con su libertad, mediante la cual él se define a sí mismo y plasma el mundo. Solamente en esa libertad el ser humano se torna él mismo. Además de eso, hay que considerar que la naturaleza está siempre en proceso. Nunca está acabada. Está abierta al futuro de Dios y a los enriquecimientos de la evolución. Bíblicamente la verdad de la naturaleza no es tanto el que ella exista, cuanto aquello a lo que ella está llamada a ser en el plano de Dios, que progresivamente se va realizando en la historia por su propia fuerza interna y por las intervenciones del ser humano». (Boff, La dignidad de la tierra).

Este es el pensamiento de Bergoglio. Su escrito sobre la ecología está tomado de Boff.

  1. La ley natural no es inmutable;
  2. La libertad del hombre está por encima de la ley natural;
  3. El hombre, con su libertad, crea como Dios crea: continúa la obra inacabada de Dios;
  4. Por tanto, la obra de la creación no está cerrada, sino abierta a las sorpresas de Dios;
  5. Todo está en la evolución de la creación. Nada es dogma; nada es inmutable. Dios no creó de la nada, sino de él mismo: la persona humana es sagrada y, por tanto, todos somos hijos de Dios y hermanos entre sí.
  6. La verdad de la creación no está en ella, sino en lo que obra el hombre, en la evolución del pensamiento, en la ley de la gradualidad;
  7. Todo está en las fuerzas de la naturaleza, en la energía de la mente (piensa en positivo: sé el guardián de tu hermano, no lo juzgues), en la frenética actividad de los hombres.

La Creación es una obra divina donde se realza sólo la Gloria de Dios. No es una obra humana. El hombre no continúa la obra de Dios. Dios acabó su obra cuando la creó. El demonio metió su pata: puso un desorden en la creación. Dios sigue obrando en lo creado y nadie lo detiene, ni siquiera la mala pata del demonio. Dios lleva la creación hacia donde Él quiere: no hacia donde el hombre piensa o el demonio obra dentro de Ella.

El hombre vive en una opción, en una selección: o el hombre o la naturaleza. O seleccionamos las especies útiles y los fenómenos naturales adecuados para que la naturaleza permanezca en su equilibrio o dejamos que el hombre intervenga en toda la creación alterando la armonía de ésta.

Este es el pensamiento de muchos. Un pensamiento contrario al dogma católico.

O hacemos aquí un jardín, un paraíso, o se acaba el mundo por el hombre. Y, para hacer un paraíso, es necesario un nuevo orden mundial, una nueva iglesia ecuménica. Por aquí va el ecologismo.

Es lo que predica Bergoglio:

«Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no sólo al inicio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; quiere decir hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos […] Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar. Estamos perdiendo la actitud del estupor, de la contemplación, de la escucha de la creación» (5 de junio de 2013).

«no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar»: Bergoglio, ¡que siempre metes la pata cuando hablas!

La creación es un don gratuito de Dios que hay que dominar: «sometedla y dominad». No es un don para cuidar. El hombre tiene que cuidar su alma del pecado. No tiene que cuidar una creación maldita por el pecado.

«Estamos perdiendo la actitud del estupor, de la contemplación, de la escucha de la creación»: escucha la voz de la naturaleza. Esto es el budismo, el tantra, la nueva era….el culto a la naturaleza.

El católico escucha la voz de Dios y se deja de tanta tontería de Bergoglio, que sólo habla para esto:

«que todos asumiéramos el grave compromiso de respetar y custodiar la creación, de estar atentos a cada persona, de contrarrestar la cultura del desperdicio y del descarte, para promover una cultura de la solidaridad y del encuentro» (5 de junio de 2013).

Su nuevo escrito sobre la ecología es eso: para promover la cultura de la solidaridad (la fraternidad, el amor al prójimo por encima del amor divino) y la cultura del encuentro (sé el guardián de tu hermano maricón, del ateo, del hereje, del cismático, del que te roba, del que te difama, del que te pone la zancadilla. Tienes que encontrarte con la creación, no con Dios).

La naturaleza refleja la Gloria de Dios, no las fraternidades ni los encuentros de los hombres

«Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19, 2).

No necesitamos las estupideces de Bergoglio para ser Iglesia. Nos basta la Palabra de Dios. No necesitamos a Bergoglio para pertenecer a la Iglesia verdadera. Bergoglio no define el camino de la Iglesia, sino que está levantando una nueva ignominia a Dios, en la que todos aplauden a un maldito como su salvador.

Que el Señor trate a Bergoglio y a todos los que le obedecen «conforme a sus obras, conforme a la malicia de sus acciones; que les retribuya conforme a la obra de sus manos, dándoles su merecido. Porque no atienden a las obras del Señor, a la obra de sus manos. ¡Derríbalos y no los edifiques!» (Sal 28, 4-5).

La Justicia de Dios, muy pronto, se verá; primero en Roma, y después, en todas las parroquias del mundo. Todo empieza en la Iglesia y termina en el mundo. Primero, la guerra en la Iglesia; después el inicio de la tercera guerra mundial. La nueva iglesia, que Bergoglio está levantando, será derribada por la mano del Señor muy pronto.

Las batallitas de Bergoglio en la ONU (I)

San_Benito_(El_Greco)

Bergoglio ha ido a la ONU a contar sus batallitas a los hombres que quieren escuchar algo para dormirse pronto. Es de esta manera, cómo hay que calibrar este discurso. Un discurso de un viejo con ideas viejas, que ya en la ONU nadie sigue, a nadie le interesa, porque ellos se mueven por la idea masónica del poder, no por la idea comunista del hombre.

Bergoglio no se apoya ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Evangelio ni en la Tradición católica, sino sólo en su mente, que es el de un hombre desquiciado.

Bergoglio hace referencia al «espíritu de sus Padres fundadores», da un «mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente» (ver texto). El Patrono de Europa es San Benito, olvidado por este demonio. San Benito es el pasado de la cristiandad que ya no cuenta para la Europa masónica. San Benito deseaba que la verdad del Evangelio fuera obedecido por los hombres. Para eso puso su regla monástica, para que los hombres la copiaran, la imitaran en sus vidas humanas.

«Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes» (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Esto es lo que enseña un auténtico Papa sobre la economía.

El hombre tiene derecho a la propiedad privada, pero este derecho no es absoluto, porque los bienes de este mundo son del Creador. No son de los hombres.

Muchos luchan por lo bienes comunes como algo propio al hombre. Y es una mentira. No hay que buscar los bienes comunes: hay que usar los bienes creados en la Voluntad de Dios. Y sólo de esa manera, el bien común llega a todos los hombres.

Siempre el problema del bien común es porque los hombres se apegan a los bienes que no son suyos, que son de Dios.

Por eso, nace el capitalismo y el marxismo: un capitalismo sin normas éticas ni morales; y un marxismo sin la verdad del Evangelio, que lucha sólo por los bienes comunes como si fuera propios del hombre y que otros se han apoderado.

Unos se acaparan las riquezas de este mundo, que no les pertenece: es el culto al dinero;

Otros luchan por las riquezas que otros se acaparan, y que tampoco les pertenece: es el culto al hombre.

Pero ninguno se desprende de los bienes creados para usarlos convenientemente, según la ley de Dios: ninguno de ellos da culto a Dios, quitando el pecado y los apegos a la vida.

Y, por eso, los dos sistemas producen muchos males en la sociedad.

Así habla un marxista, como Bergoglio: «cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma» (ver texto).

El hombre está unido a una sociedad, a una forma de vida social. En consecuencia, tiene derechos y deberes con los demás.

En este planteamiento marxista, en esta ideología, es el hombre el centro del problema, de la vida, de las obras, de las ideas humanas.

Y su error es éste: ningún hombre está unido a otro por su contexto social. Esto es sólo una frase bella, pero vacía de contenido, vacía de verdad.

Dios no crea al alma para que viva unida a los hombres. Dios crea al alma para que se una a Él. Y sin está unión, si el alma no busca en su vida la unión con Dios, entonces cuando se une a los hombres, de cualquier manera que se obre esta unión, es siempre falsedad, un error, una división en su vida.

Ningún hombre se une a un contexto social: el hombre vive en una familia, en una sociedad, en un grupo social. Vive, pero puede unirse o no a ese ambiente social.

Hay que estar en el mundo, pero no ser del mundo: hay que vivir en el mundo, pero no unido al mundo, no unido a un contexto social. Quien lo haga, peca contra Dios y contra los hombres. No se peca cuando se da a los hombres, en la sociedad, en la familia, en el grupo social, la Voluntad de Dios.

Por eso, Bergoglio lucha por su ideología marxista, pero no lucha por la verdad del Evangelio, no lucha por Cristo, sólo lucha por sus pobres, por el hombre, por el “evangelio” que hace feliz a los hombres, que da alegría a los cuerpos humanos, a sus vidas. Bergoglio propone el camino ancho, en la vida humana, que lleva al infierno al alma. Bergoglio va buscando la cultura del hombre, de los derechos del hombre, pero no busca la Voluntad de Dios en la sociedad humana. No pone la ley Eterna en el contexto social, en la familia, sino su idea marxista:

«Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias».

El hombre busca una unión entre lo individual y lo comunitario; pero lo busca al margen del Evangelio, al margen de la doctrina social de la Iglesia. Bergoglio impulsa que el derecho de cada uno se ordene al bien de todos. Y esto es una barbaridad: «si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande».

El fin del hombre es ordenarse a Dios. Y sólo a Dios. Pero el fin del hombre no es unirse a los bienes de Dios, a los bienes de la Creación, aunque sea el más grande bien para toda la humanidad. Cristo no murió por el bien más grande del hombre, del mundo, de la creación. Cristo murió por el bien de la Voluntad de Dios sobre el mundo, sobre el hombre y sobre la creación.

Bergoglio ya no recuerda que, al ser el fin del hombre la unión con Dios, entonces el hombre tiene que usar los bienes creados convenientemente, sin el pecado, sin los apegos, para llegar a ese fin. Esto es lo que anula Bergoglio en todo su discurso.

Para Bergoglio sólo hay un pecado: el social, el de la mente del hombre: como los hombres no piensan bien las cosas para poner sus derechos individuales en servicio a los demás, en armonía con los derechos de los demás, entonces vienen los conflictos, las violencias. Esto es lo que llaman la conciencia de la humanidad, que los falsos profetas, como Luz de María, predican constantemente. Es la conciencia “crística”, que es buscar esta armonía que dice aquí este demonio encarnado.

Y, entonces Bergoglio comienza a contar sus batallitas:

«Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor».

Bergoglio comienza a llorar por sus ancianos, que están tan solos, tan abandonados…; derrama lágrimas por los jóvenes que no tienen trabajo, que han perdida el punto de referencia, pero no las ganas de pasárselo bien en la vida; este punto lo calla Bergoglio…Y hay que conseguir que todo el mundo tenga dinero para que la vida sea felicidad para todos…; clama por sus malditos pobres, que tienen los estómagos vacíos de comida, y sus almas negras para el infierno…; y es un político más que quiere resolver los problemas de la inmigración…El futuro del hombre: el Paraíso en la tierra, el nuevo orden mundial…

¡Qué llorón es este hombre por la vida de los hombres! Y no sabe decir, como todos los Paaas han proclamado:

«la Iglesia no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo». ((Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)

Bergoglio: ¿a qué vas a la ONU? ¿A proponer tu sistema comunista?

¿Para qué dices? «Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor». Esto es una gran mentira, porque no hablas como Pastor de las ovejas, no hablas como Vicario de Cristo, no eres la Voz de la Verdad en un mundo sin Verdad, sino que hablas como un lobo que destrozas la vida espiritual de las ovejas con tu inútil verborrea humana, hablas como un loco, que ha perdido el juicio, porque no luchas por la gloria de Dios en este mundo, sino por la gloria de los hombres.

Es necesario escuchar las palabras de un Papa con una cabeza bien puesta:

«La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que «trabajan en algo propio», al ejercitar su inteligencia y libertad». (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)

La Iglesia no propone modelos, no llora por los hombres, sino que se dedica a salvar almas, a poner un camino de salvación y de santificación a todo el mundo. Pero Bergoglio no está por esta labor.

Una vez que ha llorado por su maldita humanidad, viene la lucha de clases:

«Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas».

Hay grupos sociales que establecen reglas que van en contra de los pobres, de los ancianos, de los inmigrantes. Es clara su teología de la liberación: siempre en contra de las reglas por vivir sólo en la opción de los pobres, en el culto a la vida de los hombres.

Y hay que recordar a Bergoglio lo que dijo Juan Pablo II:

«¿Se puede decir quizá, que después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que traten de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del progreso económico y civil?» (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 42)

Y el Papa respondía:

«Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre»» (Ib.)

Juan Pablo II dijo sí al capitalismo, pero era contrario a un capitalismo sin reglas; pero Bergoglio es contrario a todo aquel que ponga reglas y que no beneficie a sus pobres.: es un no al capitalismo y un sí al marxismo.

Y Juan Pablo II enseña: «La solución marxista ha fracasado» (Ib.); pero Bergoglio no sigue el Magisterio de la Iglesia, la doctrina social de los Papas, sino su ideología marxista:

«los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones. A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer».

Es siempre su lenguaje: el descarte, la cultura del descarte. Palabras tan maravillosas como huecas. Es su lucha de clases. A Bergoglio no le interesa decir que el capitalismo es malo porque tiene malas reglas y, por tanto, tiene que cambiar sus reglas. Esto no lo puede decir; y tampoco lo sabe decir.

Bergoglio contraataca a esos estilos de vida, opulentos, egoístas, porque no aman a los pobres. Éste es el punto de su comunismo.

Hay que atacar al capitalista porque no ama a Dios en su economía. Y, entonces, se le hace un bien al capitalismo, se le da luz sobre su equivocación.

Pero Bergoglio contrapone al sistema capitalista su sistema marxista, que también ya ha fracasado.

El dinero no es malo porque se niega a los pobres. El dinero es malo porque no se usa en la Voluntad de Dios, se usa en el pecado, en el apego a la vida, en el orgullo de la razón humana.

La ciencia y la técnica es mala por lo mismo: no porque no se ponga en servicio de los ancianos, niños, etc., se hace buena, sino porque el hombre la usa en contra de la Voluntad de Dios. Esta es la maldad de la ciencia humana, de su técnica: el pecado del hombre en el uso de la ciencia. Es el hombre el que peca; es el hombre el que lleva al pecado cuando usa la ciencia para su pecado, en su provecho.

En el discurso de Bergoglio, Dios, la Voluntad de Dios, el pecado de los hombres, sus apegos a la vida, no aparecen nunca. Sólo aparece su opción por los pobres, su ideología marxista. Y ahí se queda, dando vueltas y vueltas, siempre a lo mismo: su mismo cuento, su misma fábula, su misma batallita. Y esa batallita ya es vieja, es la del marxismo de los años 60. Hoy el nuevo marxista no va por ese camino, sino por el dominio de los pueblos.

Bergoglio es un viejo que sólo cuenta sus batallas. Y ya cansa a todo el mundo. Ya apesta Bergoglio cuando habla:

«Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».

Este es el tufillo comunista de este hombre.

Los pueblos no son frágiles, ni tampoco las personas. No hay que besar a los hombres, no hay que darles un abrazo, un cariño, una oportunidad en la vida. Hay que marcarles el camino de la santidad, de la Voluntad de Dios. Hay que enseñar a los hombres a formar su conciencia moral, no hablar de conciencia de la humanidad, de la preocupación por la vida de los hombres.

Bergoglio sólo está en su falsa misericordia: todos somos buenos. Hay que ayudarnos unos a otros, hay que respetarnos, hay que ser felices haciendo el bien, para no producir la cultura del descarte. Palabras tan bonitas y tan cursis. Tan del demonio. No es el bien humano lo que impide el pecado entre los hombres. No son las obras de los hombres lo que salvan de la ruina a las sociedades. Es el obrar lo divino en lo humano lo que da valor a la sociedad, a las familias, al mundo entero. Obrar lo divino, que sólo se puede hacer de la mano de Dios, en el Camino, que es Cristo mismo.

Pero Bergoglio da vueltas a su ideología: es que este mundo vive en el «modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la “cultura del descarte”». Es siempre lo mismo: opción por los pobres, lucha de clases, fuera la propiedad privada, viva el bien común…

Y hace gala de su acto de fe, su memoria fundante: hay que« proteger la memoria…hacerse cargo del presente….ser capaz de dotarlo de dignidad». Esta es su herejía, que ya expuso en su “lumen fidei”, un escrito para quemar, para olvidar, eje de su pensamiento maquiavélico.

Después de llorar por la humanidad, ahora viene su ídolo:

«deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento»: el hombre, el centro del Universo, de la historia, de los problemas.

«El hombre es el rey del universo»: esto ya lo predicó en su nueva iglesia. Es su idea eje; es su culto, es su adoración: ser hombre, vivir como hombre, obrar como hombre, pensar como hombre, mirar al hombre. Pone su imagen:

«Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta». El mundo de las ideas platónicas y el mundo de las obras humanas.

Para Bergoglio, Dios es sólo una idea transcendente, pero no una realidad: «el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios… Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida…». Es sólo el lenguaje de Bergoglio: el cielo como apertura a lo trascendente; los pueblos como capacidad de abrirse a lo transcendente. Es un lenguaje florido, ero vacío de la verdad. Porque el cielo es el mismo Dios y el hombre vive siempre para Dios, para el cielo, para lo transcendente, para lo que no es de este mundo. Si el hombre no vive para Dios, entonces los pueblos no viven para Dios, sino sólo para sus ideas de lo transcendente, de lo divino, de lo espiritual, de lo sagrado.

Si los pueblos no viven cumpliendo los mandamientos de Dios, los pueblos buscan sólo el lenguaje de lo transcendente, que es de muchas maneras, porque los camino del demonio, que son todos espirituales, ofrecen a los hombres muchas maneras de vivir en lo “transcendente”. Esta es la falsa espiritualidad de este hombre, su falso misticismo, que agrada a muchos. ¡Qué bonita predicación la de este hombre, dicen muchos! ¡Qué vacía predicación la que tiene este hombre todos los días! ¡Cómo engaña a muchos!

Bergoglio pone la Creación en el hombre, no pone la Creación para ser administrada por el hombre. El hombre no administra; el hombre es dueño de la Creación. Esta es su herejía principal, al negar el dogma del pecado original y a Dios como Creador. La creación, para Bergoglio, es un asunto de la evolución, no de Dios.

Es el hombre el que crea; es la materia la que evoluciona, son las fuerzas cósmicas las que siempre permanecen, las que son poderosas para llevar lo creado hacia su fin, que es un objetivo humano.

El centro: la persona humana. Comienza su idea masónica. Él está hablando a masones.

Lo principal, para Bergoglio, lo que ha hecho el hombre, no el cristianismo. Aquí se carga la Tradición católica:

«En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona».

El patrimonio cristiano del pasado es eso: pasado. Ahora, ha evolucionado a una cosa mejor: las ideas de paz, de solidaridad, de tolerancia, de dignidad humana. Esto es lo máximo para este loco. El lenguaje humano, la conquista de los hombres con sus pensamientos, su ley de la gradualidad, que «no constituye un peligro para la laicidad de los Estados». Todo el desastre que vemos en los gobiernos de todo el mundo, por poner leyes en contra de la Voluntad de Dios, de la ley Eterna, eso no es nada, eso no es un peligro. Esto es una locura de este hombre. Todas esas leyes inicuas son «un enriquecimiento». Y además dice que lo que vemos son «los ideales que la han formado desde el principio». San Benito: anulado. Sus leyes, sus reglas, que por eso es el patrono de Europa, anulado por el bello lenguaje de este hombre.

Los Estados son sagrados en su laicidad y, por eso, «quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea».

Y nos preguntamos: ¿qué saldrá del dialogo entre los comunistas y los masones? Los comunistas: la Santa Sede, que ya no es Santa; la Iglesia católica, que ya no es católica: es decir, la nueva falsa iglesia que se levanta en el Vaticano. Y esta bazofia de gente habla con los demonios encarnados de la ONU: tiene que salir un nuevo orden mundial y una nueva iglesia ecuménica para todos.

(Continuará)

Bergoglio niega la Creación Divina y la Omnipotencia de Dios

santa

«La acción del hombre participa de la potencia de Dios y es capaz de construir un mundo apto a su doble vida corporal y espiritual; construir un mundo humano para todos los seres humanos y no para un grupo o una clase privilegiada» (ver texto)

Este es el orgullo de un hombre sin sabiduría divina: «construir un mundo apto a su doble vida corporal y espiritual». Bergoglio quiere construir un Paraíso en la tierra ¡Este es su fin en su gobierno en la maldita iglesia que ha levantado en el Vaticano! Para eso trabaja, para eso se levanta cada día: para recibir el aplauso de la gente que busca vivir una vida sin Dios. A toda esa gente, Bergoglio les da lo que piden. Y sólo de esa manera, consigue adeptos para su maldita iglesia.

Y quiere su comunismo: «construir un mundo humano…no para un grupo o una clase privilegiada». Es su lucha de clases, porque pone el pecado como un mal social, como un mal que producen las clases pudientes en contra de las clases pobres y miserables. Quiere un mundo para todos los hombres en igualdad de condiciones; que todos tengan de todo. Y eso es imposible, un absurdo, porque existe el pecado como ofensa a Dios. Y, por tanto, se da, tanto en los ricos, como en los pobres, la avaricia, el poder, el orgullo, la autodependencia, vivir como a uno le dé la gana sin contar con los demás. Y sean comunistas, ateos, liberales, conservadores, socialistas, adinerados, pobres…todos quieren una cosa: pecar; vivir pecando. Y, por tanto, es un absurdo un mundo para todos los hombres en que no se den diferencias. Un auténtico absurdo, que es lo que viven y predican todos los comunistas, como Bergoglio.

Después del rotundo fracaso del Sínodo, este hombre tiene que conseguir acaparar, de nuevo, a la gente que ha comenzado a distanciarse de él.

Tiene que hablar bien del Papa legítimo, Benedicto XVI. Tiene que inaugurar un busto para él, para que todos vean que él continúa la obra de Benedicto XVI. Todos miran, ahora, al Papa Benedicto XVI después del escándalo del Sínodo. Todos le buscan, porque comienzan a ver lo que es Bergoglio: uno que se aprovecha de la situación de la Iglesia para hacer su negocio en Ella, que es lo que hacen todos los dictadores en el mundo.

Pero el problema de Bergoglio es que no sabe esconder su herejía: cuando dice una verdad, al mismo tiempo, tiene que decir una mentira. No sabe callar su mente, que es propia de un demonio. Es la mente de un hombre que sólo vive para lo que hay en su inteligencia humana: y su inteligencia está rota por su gran soberbia. ¡Es una locura! Y esa rotura la revela a todo el mundo con su espíritu orgulloso: aquí estoy yo para levantar un busto al Papa verdadero, pero también para deciros que Dios no ha creado el universo de la nada.

«Cuando leemos en el Génesis el pasaje de la Creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas»: esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

¡Qué falta de lucidez tiene este hombre cuando habla de Dios! ¡Cómo se palpa su locura!

Dios tiene poder para hacer todas las cosas: si Bergoglio niega esto, lo niega todo. ¡Está negando la Omnipotencia de Dios! En el concepto que este hombre tiene de Dios, Dios no es Omnipotente.

Dios ha creado el mundo, pero lo que combate Bergoglio es esto: el mundo comenzó a ser; entonces, ¿de dónde le viene al mundo el que después de haber recibido el ser ya no lo pierda y se convierta en lo que es?

En otras palabras: el mundo ¿depende absolutamente de Dios para que siga siendo mundo, o son los hombres los que se encargan de hacer y de conservar el mundo?

Bergoglio niega que el mundo dependa absolutamente de Dios, porque Dios «no es un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas». Este es el lenguaje propio de su herejía: es un lenguaje barato, pero que da una blasfemia: Dios no es «capaz de hacer todas las cosas» ¡Una gran blasfemia! Y muchos la aplauden. Muchos. Porque les gusta el lenguaje barato de este hombre: «corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago». Este lenguaje barato no significa que esté exento de pecado: no; es un lenguaje barato lleno de pecado: falta al respeto a lo que es Dios. A Dios nunca se le puede relacionar con un mago. Bergoglio no sabe hablar de Dios, porque quiere poner a Dios en el lenguaje hortera de la calle: abaja a Dios al hombre. Por eso, su pecado apesta en la Iglesia: es el pecado de un orgulloso, que se cree que sabe algo de Dios, porque habla de una manera barata al pueblo.

Así que Dios creó el mundo y prescinde de él: «Él ha creado a los seres y los ha dejado desarrollar según las leyes internas que Él ha dado a cada uno, para que se desarrollaran, para que llegaran a la propia plenitud».

¡Leyes internas! ¿Qué serán esas leyes? ¿Leyes psicológicas? ¿Leyes biológicas? ¿Leyes sexuales? ¿Leyes psiquiátricas?.. ¿En dónde queda la ley natural? ¿En dónde la Ley Eterna de Dios en toda la Creación? Esto, para Bergoglio, no existe en su concepto de Dios.

Cada ser ha desarrollado una vida según unas “leyes internas”. Y así ha llegado, cada ser, a su propia plenitud. ¡Una gran blasfemia! La criatura sola, sin el concurso inmediato de Dios (porque Dios no puede hacerlo todo), llega a su plenitud. Dios no es la Vida que lo sustenta todo, sino que cada ser tiene su vida y así, en la evolución de sus leyes, llega a la perfección, a la santidad, a la plenitud de todo. ¡La ley del pecado no se da! ¡La ley de la gracia no se puede dar! ¡La ley divina nunca se va a dar con Bergoglio!

La creación de Dios, a causa de la ley del pecado, está como está: un desastre. No hay plenitud. Dios creó el Universo, creó a un ángel que se rebeló contra Él; y ese ángel metió la ley del pecado en la Ley Eterna, que rige toda la Creación. Imposible que la Creación, ni siquiera la material, llegue a su plenitud en lo material. Imposible. Porque la ley del pecado es destrucción de toda plenitud.

Los cuerpos de los hombres, por la ley del pecado original, nacen llenos de abominación. Y por más que crezcan, que se desarrollen naturalmente, como cuerpos, el hombre, al mirar su cuerpo, mira su muerte, mira una cosa que se va a morir pronto. Y se muere porque este cuerpo no es plenitud, no puede llegar a la perfección por más desarrollo en su vida carnal que tenga.

Bergoglio es anatema: se carga la ley Eterna para dar sus leyes internas, para contar la fábula de la Creación según Bergoglio.

Y ¿qué dice la Iglesia?

El Concilio Vaticano I (D 1784): «Todas las cosas que ha creado, Dios las cuida y las gobierna con su providencia…». Esto es de fe divina y católica. Esto es un dogma de fe, enseñado en el Magisterio auténtico de la Iglesia. Esto no es una opinión teológica. Dios conserva indirecta y directamente Su Creación. Bergoglio se carga este dogma con su lenguaje barato y blasfemo.

Dios tiene poder para cuidarlo todo, para gobernarlo todo con Su Providencia.

Y ¿qué dice la Sagrada Escritura?

Sab 11,25s: «Nada de lo que hiciste aborreces… Y ¿cómo habría permanecido algo si Tú no hubieses querido? ¿Cómo algo que no hubiera sido llamado por Ti se habría conservado?».

Dios conserva todas las cosas de manera directa e inmediata. Es Su Voluntad: «si Tú no hubieses querido»; «algo que no hubiera sido llamado por Ti». Dios lo conserva todo, concurre con todas las cosas con su sola Voluntad. Su Voluntad Divina es Poder. Por encima de la voluntad de los hombres, de su libertad, se encuentra el Poder de la Voluntad de Dios, que niega Bergoglio.

Sab 1,7: «Porque el Espíritu del Señor llena la tierra y El, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra».

Dios todo lo mantiene unido. Tiene poder para eso. Dios asiste con Su Omnipotencia a todas las cosas. Dios llena con Su Presencia y mantiene unido en el ser todas las cosas, para que no desaparezcan.

Un ser no puede vivir, no puede crecer, no puede desarrollarse –ni siquiera materialmente- sin la Omnipotencia de Dios.

Un hombre no puede pensar si Dios no le ayuda, no concurre con él. Un hombre no puede moverse, si Dios no gobierna sus movimientos. Un hombre no puede obrar si Dios no lo lleva en sus manos.

Hchs 17,24-28: «Dios, que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no… como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas… Pues en El vivimos, nos movemos y existimos».

El hombre vive y se mueve y existe en Dios. Y no en un sentido panteísta.  Todas las cosas han recibido de Dios, y no sólo al principio de su creación, sino que continuamente reciben de Dios, la vida, el ser, el movimiento. Es decir, que Dios conserva todas las cosas directa e inmediatamente. Todas las cosas dependen de Dios absolutamente para que puedan desarrollarse en su vida natural.

Hebr 1,2s: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa»

Todo está sostenido por la Palabra Poderosa del Hijo. ¿Tiene o no tiene Poder Dios? Con su sola Palabra lo sostiene todo. No sólo lo ha creado todo. Sino que lo conserva, lo gobierna todo.

¿Qué dice Bergoglio?

«Él ha dado la autonomía a los seres humanos del universo al mismo tiempo en el que les ha asegurado su presencia continua, dando el ser a cada realidad».

¿Captan la herejía?

Dios es presencia continua, pero no el que conserva en el ser. Dios está ahí presente, viendo cómo las criaturas nacen, crecen, mueren, se desarrollan, evolucionan… Dios es un espectador de Su Creación, pero no gobierna nada. Son las criaturas las que, con su autonomía, se gobiernan a sí mismas.

Dios ha dado el ser a cada realidad, pero ha dado la autonomía a todo ser. Dios no conserva en el ser. Sólo ha creado al ser, pero con la autonomía de cada ser, ese ser ha llegado a su plenitud.

Dios está presente, pero no conserva en el ser: “así ha ido adelante la creación durante siglos y siglos, milenios y milenios hasta que se ha convertido en la que conocemos hoy, precisamente porque Dios no es un demiurgo o un mago, sino el creador que da el ser a todos los entes». Dios es, sólo, el Creador. Y nada más. No tiene poder para más. No es un mago. ¡Ésta es su gran blasfemia!

¿Qué dicen los santos?

San Agustín (R 1694): «Hay quienes dicen que solamente el mundo ha sido creado por Dios, y que todo lo demás ya lo realiza el mundo mismo, así como Dios lo ha ordenado y lo ha mandado, pero que Dios mismo no es el que lo realiza… Tenemos que creer y, si podemos, también que entender que hasta ahora Dios sigue actuando, de tal manera que, si la actuación de Dios se sustrajera a las cosas creadas por El, éstas perecerían».

San Agustín pone entre las cuerdas el pensamiento de Bergoglio. San Agustín condena a Bergoglio.

San Gregorio Magno (R 2310): «Una cosa es ser, y otra es ser principalmente; una cosa es ser pudiendo experimentar cambios y otra es ser sin posibilidad de cambio. En efecto todas estas cosas son, pero no son principalmente, porque de ninguna manera subsisten en sí mismas, y si no fueran sostenidas por la mano del que las gobierna, de ningún modo pueden existir… En efecto todas las cosas han sido creadas de la nada, y la esencia de ellas tendería de nuevo a la nada, a no ser que el autor de todas las cosas mantuviera dicha esencia con la mano de su gobierno».

Todo está en la mano del gobierno de Dios. Nada está en la mano de los gobiernos de los hombres. Nada. Nada son las criaturas sin el Creador: no pueden subsistir. Lo que hoy conocemos, esa creación que ha ido adelante es sólo por Dios, no por la Creación misma.

Bergolgio dice que, como Dios no es un mago, no es un demiurgo, entonces nada hace en Su Creación. Está anulando la dependencia de todas las cosas a Dios. Dependencia Absoluta.

¿Quién hace los milagros? El hombre: «el científico debe ser movido por la confianza que la naturaleza esconde, en sus mecanismo evolutivos, potencialidades que corresponde a la inteligencia y la libertad descubrir y actuar para llegar al desarrollo que está en el diseño del Creador».

¿Ven la gran soberbia de este hombre? ¿Captan su gran blasfemia?

¿Quién puede medir la Mente del Creador y ver lo que el Creador quiere para Su Creación? ¿Un científico? ¿Un teólogo? ¿Bergoglio?

«Mis pensamientos no son vuestro pensamientos»: lo que hay en la naturaleza de cada ser es un misterio. Y la inteligencia de los hombres, por más que quiere conocer lo que es una naturaleza no llega a su misterio. Y si no llega a ese misterio con su inteligencia humana, tampoco sabe obrar lo conveniente para dar a esa naturaleza lo que pide esa naturaleza. Dios es el gobierna cada ser que ha creado y lo lleva a la perfección de ese ser. El diseño del Creador sólo está en el Creador, no en la inteligencia ni en la libertad de cada hombre. ¡Ésta es su gravísima blasfemia! ¡Que todo esté en la libertad e inteligencia de los hombres para descubrir y actuar y así llegar a un Paraíso en la tierra!

Nadie puede entrar en la Mente de Dios para saber cuál es el diseño del Creador. Nadie puede descubrir en la naturaleza el misterio de la Creación. Nadie. Es lo que pretende este hombre.

Pero la mente de Bergoglio se centra en esto:

«cuando, en el sexto día del pasaje del Génesis, llega la creación del hombre, Dios da al ser humano otra autonomía, una autonomía diferente de la que tiene la naturaleza, que es la libertad. Es decir, le hace responsable de la creación, también para que domine la Creación, para que la desarrolle y así hasta el final de los tiempo».

Bergoglio niega que Dios concurra con todas las criaturas, física e inmediatamente, cuando obran, porque ha puesto en el hombre: la autonomía.

Bergoglio, al final de su discurso, va a decir una gravísima blasfemia:

«la acción del hombre, cuando transforma su libertad en autonomía –que no es libertad, sino autonomía– destruye la creación y el hombre toma el lugar del Creador. Y este es el pecado grave contra Dios Creador»

La libertad se transforma en autonomía. Y es ésta – la autonomía- el pecado contra Dios, al destruir la Creación.

¿Qué es la autonomía para Bergoglio? Es algo que viene de Dios: «Dios da al ser humano otra autonomía»; y que es diferente a la libertad, que es también otra autonomía:   «una autonomía diferente de la que tiene la naturaleza, que es la libertad».

Así que la naturaleza del hombre tiene dos autonomías: una, la propia del ser humano; y otra, la libertad.

Esa autonomía de la naturaleza es una ley interna: «las leyes internas que Él ha dado a cada uno».

No existen, en la naturaleza humana, dos autonomías. Sólo existe en la naturaleza humana la ley natural. Y no hay más leyes internas ni autonomías. Y esa ley natural no es una ley interna: es la ley Eterna de Dios, inscrita en la naturaleza humana. Es algo divino que mueve al hombre a la verdad de su ser humano. Es algo divino que mueve al hombre hacia la verdad de su vida. Es algo divino que produce en el hombre la verdad de su existencia humana.

Bergoglio niega todo esto y pone dos autonomías en los hombres, dos leyes internas. Todo es un invento de la cabeza de este hombre. Todo es una fábula. Y con esas dos leyes internas, quiere explicar el pecado contra Dios Creador.

¿Ya han captado la gravísima blasfemia? ¿Ya ven por dónde va Bergoglio en este discurso?

«El Big-Bang, que hoy se pone en el origen del mundo, no contradice la intervención creadora divina sino que lo exige. La evolución en la naturaleza no contrasta con la noción de Creación, porque la evolución presupone la creación de los seres que evolucionan».

Todo en la mente de este hombre es la lucha entre Creación y evolución. Él se decanta por la evolución, por los seres que evolucionan, suprimiendo el que Dios lleve a cabo todas las cosas

Is 26,12: «Yahvé, Tú nos pondrás a salvo, que también llevas a cabo todas nuestras obras».

Es Dios el motor de toda la Creación. No es la evolución en la naturaleza.

Sal 146,7s: «Cantad a Yahvé en acción de gracias… El que cubre de nubes los cielos, el que lluvia a la tierra prepara, el que hace germinar en los montes la hierba, y las plantas para usos del hombre».

¿Quién cubre el cielo de nubes? ¿La evolución del agua y del viento, que producen las nubes? ¿Los cambios climatológicos? No; solo Dios, que mueve al agua y las nubes en el ser de cada una para que obren lo que tienen que obrar.

¿Quién hace germinar la hierba? ¿La semilla que se siembra? ¿La tierra donde se cultiva? ¿El agua que se echa? ¿El sol que calienta? No; es Dios quien, con Su Ley Eterna, con Su Providencia, lo mueve todo, en cada ser, para que obren aquello para lo cual han sido creados.

No existe la evolución de la naturaleza. Existen los cambios en ella, los desarrollos naturales, su crecimiento, su decrecimiento. Pero cada naturaleza es siempre la misma en su esencia. No evolucionan. Sólo cambian en lo exterior de ellas.

Mac 7,22s: Les decía (la madre de los Macabeos): «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno; pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas…».

¿De dónde viene el hijo? ¿Del semen del padre?¿Del óvulo de la madre? ¿Cómo crece en el vientre de la madre? ¿Ese crecimiento es una evolución de su naturaleza o es una obra divina en la naturaleza? Ese ser nuevo, ¿se va desarrollando por sus leyes internas, o es Dios el que concurre con esa naturaleza para que llegue al orden divino que Él ha establecido en esa naturaleza?

Bergoglio se queda sólo en la evolución de la naturaleza, negando incluso que Dios haya creado el Universo: «El Big-Bang, que hoy se pone en el origen del mundo, no contradice la intervención creadora divina sino que lo exige».

El Big-Bang es exigido en la creación divina: ya Dios no crea de la nada, sino de algo: del Big-Bang.

El mundo ha sido creado solamente por Dios, sin el Big-Bang. No hace falta el Big-Bang. Es inútil. Es una leyenda de los científicos, a la cual Bergoglio es fan.

Dios crea de la nada. NADA. Este es el Misterio. Y, por tanto, no existe el Big-Bang, porque nadie conoce el Misterio de la Creación. ¿Qué pasó en ese principio? ¿Cómo fue ese principio? ¿Cómo se crea algo de la nada?

Los científicos se rompen la cabeza con esto; pero Bergoglio cuenta sus fábulas a sus oyentes, cayendo en gravísimas blasfemias y herejías.

El Concilio IV de Letrán, en contra de los Albigenses (D 428), dice: «Creemos firmemente y claramente confesamos que uno solo es el verdadero Dios, eterno…: un solo principio de todas las cosas, creador de todas las cosas visibles e invisibles, espirituales y corporales: el cual con su poder omnipotente creó de la nada simultáneamente desde el principio de los tiempos a ambas creaturas, la espiritual y la corporal, esto es a los ángeles y todo lo de este mundo…».

Sólo hay un principio en la Creación: Dios. No existe el principio del Big-Bang.

«Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas, que se hallan en él, tanto espirituales como materiales, han sido creadas por Dios de la nada en cuanto a toda su substancia…: sea anatema» (D 1805).

Bergoglio es anatema, porque no confiesa que Dios ha creado todas las cosas de la nada, sino que predica que las ha creado del Big-Bang.

Por una parte, niega que Dios cree de la nada; por otra parte, dice que Dios es creador. Y, por tanto, en esta contradicción, tiene que negar la Omnipotencia de Dios, no sólo en el acto creador, sino en todo lo demás. Dios ya no conserva todas las cosas, no concurre con ellas, sino que las deja en su autonomía, en sus leyes internas. Así, Bergoglio se carga la ley Eterna. Y, al final, es el hombre el dios de la creación: el pensamiento del hombre, lo que el hombre piensa y cree.

Como ven, no hay en este discurso ninguna verdad. Ni siquiera cuando habla del Papa Benedicto XVI. Son sólo flores para captar la atención de aquellos que ya miran a Benedicto XVI como el Papa verdadero. Y esto le sienta a Bergoglio como una patada en el vientre.

Bergoglio pierde popularidad y credibilidad. Y ahora son los otros los encargados de mantener la popularidad de este hombre, diciendo cosas como estas:

Cardenal Vincent Nichols, arzobispo de Westminster:

«El impulso del Papa Francisco para hacer que la Iglesia sea más acogedora con los gays no debe ser interrumpido por la violenta reacción de los obispos conservadores. Es preciso ir más lejos».

«Estoy decepcionado porque no se usó un lenguaje más fuerte acerca de la necesidad de respetar, recibir y valorar a quienes mantienen relaciones homosexuales»

«Este retroceso no es de ninguna manera algo definitivo y espero que el Sínodo del año próximo reinstale la actitud más acogedora hacia los gays»

«El Papa Francisco rompió las normas como parte de un proceso de diálogo y discernimiento para el futuro de la Iglesia» (ver texto).

Todo es convencer a las masas para que sigan confiando en un hereje, en un cismático, en un hombre que se ha vuelto loco en su pensamiento humano. Sólo vean su gran locura en este discurso a los científicos.

Le quieren sacar las castañas del fuego en su gran derrota, que ha sido el Sínodo. Y ya no pueden.

¿Quién defiende a Bergoglio en su fracaso? La jerarquía pervertida que unida a él quiere destruirlo todo en la Iglesia. Los católicos pervertidos, que ya no pueden ver la maldad de este hombre, sino que la siguen a ciegas. La gente del mundo que quiere a un pervertido, como Bergoglio, líder de la Iglesia.

Estamos en el tiempo de la perversión de las inteligencias humanas. Y, en este tiempo, no hay ni puede haber medias tintas: o estás con unos, o con los otros. O se tiene toda la Verdad, o se poseen todas las clases de herejías.

Ustedes deciden con quiénes quieren estar: o con Cristo; y, por tanto, en la Iglesia remanente, la que no es de masas; o con el demonio; y, por tanto, con la iglesia mediática del Vaticano. Todo se hace para ganar adeptos a la causa de la masonería en Roma.

Bergoglio gobierna la Iglesia con sus delirios de grandeza

sanroberto

«para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social: desde la familia a la política y a la economía. Es decir, la cultura de las relaciones. El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto).

Esta es la boca de un masón. Y no de cualquier masón, sino de un hombre que está sentado en el Trono de la Bestia. Un hombre con delirios de grandeza.

Él habla la palabra de la fraternidad, que es su evangelio: «la ciudadela fundada por Chiara Lubich, que está inspirada en el Evangelio de la fraternidad – esa fraternidad universal-» (Ib). El movimiento de esta persona no se inspira en el Evangelio de Jesús, sino en la carne y la sangre, en la amistad entre los hombres, en la mente de cada hombre que quiera formar una unidad en la mentira.

«no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13) los que creen en el Nombre de Jesús. El poder de ser hijos de Dios lo da la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, aceptado, obedecido, por la mente del hombre. No se es hijo de Dios por el evangelio de la fraternidad, por ninguna palabra humana, por ningún afecto humano.

El hombre tiene que unirse a la Verdad de la Palabra de Dios para ser Iglesia, para ser de Cristo. No tiene que unirse a Cristo, sino a la Verdad que enseña Cristo, a su doctrina inmutable, para ser de Él. Aquel hombre que, con su mente, se une a la mentira que nace de la palabra de todo hombre, no es Iglesia, no está unido a Cristo, aunque tenga un Bautismo, aunque sea sacerdote, aunque se siente en la Silla de Pedro. Bergoglio no está unido a Cristo, porque su mente no acepta la verdad que nace de la mente de Cristo.

Someterse al Evangelio de Jesús, a las enseñanzas que Cristo dio a Sus Apóstoles, que nadie puede cambiar, y que la Iglesia ha enseñado siempre, eso es pertenecer a la Iglesia Católica, ser Iglesia, que muy pocos lo comprenden. Muy pocos han comprendido que Chiara Lubich no es de la Iglesia Católica. Y el mismo Bergoglio lo confirma al poner la inspiración de ese movimiento en un evangelio falso, que es anatema en la Iglesia Católica: el evangelio de la fraternidad. Bergoglio habla para los suyos: para la gente masónica que está dentro de la Iglesia Católica. Pocos entienden que Bergoglio no es de la Iglesia Católica.

Bergoglio predica como un masón: la palabra del humanismo, de la fraternidad universal, del amor en la que toda idea humana tiene valor, porque simboliza que los hombres son hermanos. Es el ideal del masón. La fraternidad es «uno de los lemas de la Orden. Es la palabra secreta de muchos grados masónicos. Es el título de muchas logias (…)» (Diccionario de la masonería – Frau Abrines Lorenzo, Tomo 1, pag 320).

Bergoglio no es católico, sino que pertenece a la religión de la masonería: «Cada Logia Masónica es un templo de la religión; y sus enseñanzas son instrucciones en religión» (Albert Pike, Morals and Dogma, pag. 213 – 13° Cavaliere dell’Arco Reale di Salomone – ver texto). La masonería no es un grupo de amigos que se reúnen para tratar diversos temas, sino que es la Iglesia del Anticristo, es una religión de orden mundial, en la que se engloba a todo el mundo, a todas las creencias, a todas las mentes de los hombres. Esa iglesia, que el demonio ha ido manteniendo durante siglos, para oponerse a la Iglesia de Pedro, que es la auténtica Iglesia de Cristo.

Para el masón, toda la Palabra de Dios es un símbolo: «la Biblia es usada entre los masones como símbolo de la voluntad de Dios, en cualquier modo que ésta pueda expresarse» ( Albert G. Mackey en su “Lessico della Massoneria” bajo el término ‘Biblia’- ver texto). Por lo tanto, nunca Bergolgio va a dar la Voluntad de Dios cuando habla o cuando escribe. Sino que va a dar el símbolo de esa Voluntad de Dios: va a dar su interpretación, su visión humana, su idea que concibe en su mente. A todos aquellos que esperan que Bergolgio diga algo del Sínodo, que quite ese cisma que se ha levantado, y que ponga las cosas en su sitio, es que no han comprendido el juego del lenguaje de un masón.

Un masón nunca puede hablar como un católico, con una fe católica: nunca va a decir, Bergoglio, la verdad católica, lo que quiere escuchar todo católico que se precie: la Verdad como es, como está en el Evangelio, como la Iglesia siempre la ha enseñado. Esto no lo puede hacer Bergoglio, porque pertenece a la iglesia del Anticristo, que es la iglesia de la masonería. Y se dedica a jugar con las palabras, con las verdades reveladas, con los dogmas. A jugar: a dar vueltas a la tortilla para que sólo se vea su mentira como una verdad que todos tienen que seguir. Sólo resalta lo que él quiere explicar, lo que la gente quiere oír.

Bergoglio no cree en Dios, sino en su concepto, que en su mente tiene, de Dios. Es el símbolo que él ha sacado de la sagrada Escritura. Es su símbolo, su interpretación. Por eso, “Dios no existe”; “Jesús no es un espíritu”, etc… Sólo un hombre masón, arrogante, que tiene un delirio de grandeza, se atreve a decir tantas herejías desde la Silla de Pedro y quedarse tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dicho nada. Sólo un hombre que tiene delirios de grandeza puede hacer esto.

Muchos sacerdotes, piensan lo mismo, pero lo callan. Ocultamente obran su pecado, porque saben lo que es la dignidad del Sacramento del Orden en la Iglesia. Saben lo que es ser sacerdote, aunque ellos vivan otra cosa. Pero ya se ve, desde el Vaticano, la Jerarquía propia de la masonería, la jerarquía bergogliana, la propia que vive y obra su delirio de grandeza, la cual no le interesa el sacerdocio de Cristo para nada, ni Su Iglesia, sino que sólo viven para un plan masónico.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, con un nuevo gobierno, con un nuevo evangelio, comandado por su delirio de grandeza; y que es la misma iglesia del Anticristo. Él está sentado en el Trono de la Bestia. Es ya su Trono (no es el Trono de Pedro), porque Bergoglio ha puesto en el Vaticano el gobierno de la Bestia: su gobierno horizontal. La masonería ha tomado posesión oficial del Vaticano en la persona misma de Bergoglio, en la obra misma que este hombre se ha dedicado a hacer en su tiempo de gobierno en la Iglesia. Obra masónica y, por tanto, obra demoniaca, obra que pertenece al Anticristo, unido a esa mente, a esas intenciones maquiavélicas.

Bergoglio se ve a sí mismo con centro del mundo: «Estaremos siempre con el Señor» (ver texto). Bergoglio hizo que la gente coreara esto tres veces. Esto es lo propio de un líder de masas, no de un pastor de almas, que se cree el centro de todos. Bergoglio lleva a las masas al juego de su lenguaje humano, de su obra humana en la Iglesia. Entretiene a las masas con el lenguaje de su simbolismo, ocultándoles la verdad, para que todos hablen de él, para bien o para mal. Pero que hablen de él, que es lo que quiere: está sediento de la gloria del mundo.

Todo tiene un sentido para Bergoglio, menos para los demás. Lo que piensen los otros, eso no le interesa. Sólo busca su sentido masónico, que es una interpretación simbólica, en su gobierno: una ética humanista, fraternal, globalizante. Y, por eso, Bergoglio es un hombre que genera muchas reacciones cada día. Y, muchas de ellas, agresivas y violentas.

Cada día el mundo se despierta con una frase que este hombre ha dicho; con una entrevista nueva; con una herejía, la cual se va añadiendo a su lista como lo único que puede hablar este hombre a la Iglesia.

Bergoglio no puede decir una verdad católica, porque él está metido en su idea fija de lo que debe ser la Iglesia. Esa idea, que le obsesiona, es el nexo que usa para ser social, para estar en la realidad de la vida. Es una idea que forma parte de su vida de manera esencial: si la quita, su vida ya no tiene sentido. Esa idea, carente de toda verdad, es el centro de su existir. Por eso, este hombre no puede convertirse: está atrapado en su mente. Una mente pragmática, pero incurable. La vida le ha hecho un eterno demonio: su forma de vivir, su manera de poner su idea obsesiva como obra, como acto en su existencia. Todo son sus pobres, su comunismo, su libertad, su diálogo, su fraternidad. Pero no le interesa la Iglesia Católica. ¡Le trae sin cuidado!

«La cultura de las relaciones»: Para ser Iglesia hay que fantasear con una nueva cultura. Bergoglio es el nuevo Kant, pero en moderno. Kant, en su herejía, era lógico en la mente. Bergoglio, en su idea loca, es precisamente, un hombre que desvaría.

A Bergoglio no le gusta la teología, el orden del pensamiento: coge de aquí, de este filósofo; coge de allá, de aquel teólogo, y cocina su idea. Una idea sin el orden de la lógica, pero con un fin en el pensamiento. Un fin oscuro, secreto, que sólo él comprende, le da sentido. Los demás, no comprenden por qué se dedica a decir herejías todo el día. Y menos comprenden a la Jerarquía de la Iglesia que calla ante esas herejías.

Bergoglio habla la moderna herejía, que tiene que abarcar todas las verdades fundamentales, absolutas, dogmáticas, para ocultarlas con ideas mentirosas, pero fabricadas con un lenguaje de salón, puestas en una bandeja de plata: el lenguaje del simbolismo. De esa manera, quien lee, quien escucha, queda agradado por el lenguaje, sin ver el contenido de la mente, de lo que se está diciendo, que es todo una mentira.

Todo es relación en la creación y en las criaturas. Las Personas Divinas se comunican según una relación real, que no puede ser comprendida por la mente del hombre.

Los hombres, en sus vidas, buscan la relación, de muchas maneras, para darse uno al otro.

La relación es algo que está ahí, es real, pero nadie piensa en ella: se da sin más. Se da en la vida diaria, sin necesidad de hacer un acto mental para tener una relación. Se piensan las cosas, se obran y surgen las relaciones.

Pero para Kant, la relación es un ser mental, una idea. No es algo real. Para Kant, como para Bergoglio, no existe la Verdad: la verdad sólo está en la mente del hombre. No está fuera de ella. Entonces, el hombre, para vivir su vida, tiene que crearse, él mismo, con su mente, las relaciones con los demás, que significa crearse una ley para poder obrar en la vida: es la ley de la gradualidad.

Hay que crear «la cultura de las relaciones»: de las múltiples relaciones que el hombre tiene en su vida: familiar, social, económica, sexual, política, etc… De estas muchas relaciones, hacer un común; juntarlas todas en una cultura, que defina la vida de todos los hombres. En esa cultura de las relaciones, se da la ley de la gradualidad: los grados distintos, en las diversas facetas de la vida, para constituir una comunidad armónica, ordenada, fraternal, liberal, pragmática, movida por una caridad ficticia: «una ciudadela que es testimonio vivo y eficaz de comunión entre personas de distintas naciones, culturas y vocaciones, prestando atención sobre todo al vivir cotidiano, manteniendo entre ustedes la mutua y continua caridad» (Ib).

La comunión entre distintos credos, culturas, naciones, vocaciones: unir las múltiples mentes de los hombres, con sus diversas ideas, filosofías, en un lenguaje que sirva para todos. Un lenguaje que gobierne todas las mentes, en que todos se pueden apoyar para construir esa ciudad, ese mundo de todos y para todos.

«Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en una ciudad, un símbolo por excelencia de la convivencia y la relación humana» (ver texto). La Nueva Jerusalén es un símbolo, pero no una realidad divina. Esa Nueva Jerusalén hay que entenderla como una ciudad del mundo, en donde se dé lo humano: «la convivencia y la relación humana». La Iglesia está llamada a ser ciudad del mundo, a ser del mundo.

No hay nada divino en esa ciudad, porque es un símbolo de la Voluntad de Dios: «¡Qué bien, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen muy sugerente del Apocalipsis, todos los pueblos y todas las naciones agrupados en esta ciudad, como en una tienda de campaña, será ”la tienda de Dios” .Y en este marco glorioso no habrá más aislamiento, ni intimidaciones ni discriminaciones de cualquier tipo – social, étnica o religiosa – porque todos seremos uno en Cristo» (Ib.). Todo es un símbolo, una imagen del Evangelio, que hay que ponerla en la realidad de la vida actual, según lo que pide el mundo. Así habla un hombre que tiene delirios de grandeza, que busca el nuevo orden mundial, la nueva iglesia para todos: «qué bien poder contemplar todas la naciones, todos los pueblos, todos los hombres…agrupados en esta ciudad….todos seremos uno en Cristo». Para Bergoglio es el vocablo humano: todos, sin excluir a nadie. Todos: santos y demonios. Todos: justos y pecadores. Todos. La comunión con todos: la cultura de las relaciones, la ley de la gradualidad, la ciudadela de todos los pueblos.

Para el Evangelio de Jesús no son todos, porque: «los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Ap 21, 8). Este pasaje, tan importante para poder comprender qué es la Nueva Jerusalén, Bergoglio lo tiene que callar, porque va en contra de la idea masónica, que él sigue a ciegas: «La masonería es el adelanto hacia la luz en todas las líneas del progreso, moral, intelectual y espiritual» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Y, entonces, la idea católica del infierno hay que superarla, hay que llevarla hacia adelante e interpretarla como otro símbolo, no como una palabra real, dogmática, absoluta. Hay que desarrollarla en el lenguaje positivo de la vida: la ley de la gradualidad.

El infierno es un grado del intelecto del hombre: una idea que el hombre ha concebido, que es una proporción, una relación entre su vida religiosa y su vida humana de su tiempo. En este tiempo actual, hay que hablar a la Iglesia en positivo, avanzando de esos grados negativos a los grados positivos, que pertenecen al pasado, y que hay verlos y entenderlos de otra manera, simbólicamente. No son realidades, son sólo una manera de pensar antigua, propia de un grado de perfección intelectual, que ya no tiene valor para el mundo actual.

Bergoglio usa un lenguaje que dice: «para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social» (ver texto). La linfa espiritual del Evangelio es la santidad. Pues bien, para ser santos hay que imaginar, hay que fantasear, hay que experimentar la cultura. Es el lenguaje del símbolo. Es la interpretación de la Sagrada Escritura según la mente del hombre, según su cultura, según los tiempos que vive, según lo que pide y exige el mundo actual.

¿Qué es la cultura? Es cultivar (= labrar, cuidar) la inteligencia en productos, en obras, en servicios para el hombre. Y una cultura que integre todos los campos de la vida social, humana, significa: crear el habitante del mundo. Crear el nuevo orden mundial. Crear una nueva religión mundial. Crearlo todo según la mente del hombre, según su ley de la gradualidad.

Bergoglio está hablando del nuevo orden mundial, que es la idea eje del masón. Todo es llevar al hombre a vestirse de lo humano, a presentarse ante los demás con la educación de un hombre que acepta a los demás, que lo tolera todo, que lo abarca todo, no por la verdad que cree el hombre, sino por la mentira que obra.

Para el masón, sólo existe la verdad que se encuentra en su mente. Fuera de ella, todo es mentira. Todo. Todos son grados del intelecto, pero no la verdad. En el progreso de todas las líneas humanas, se alcanza la verdad. En el progreso, en la gradualidad, en ver la vida como una proporción entre lo espiritual y lo humano.

Por tanto, el masón busca la mentira en todos los hombres. No puede buscar la verdad, porque ésta es una gradación, un desarrollo de toda idea humana. Busca todos los simbolismos para unirlos, para tolerarlos, para acogerlos, para formar una gradación de la mente del hombre, una perfección en su inteligencia. Perfección que no es la verdad. Es sólo un símbolo, pero no la verdad: «los símbolos se inventan con el fin de ocultarla (la verdad), y no de proclamarla» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Nunca Bergoglio puede proclamar la verdad. Nunca. Siempre la oculta, para que se vea su mentira. Esto es el delirio de grandeza.

El masón quiere todas las obras de los hombres, quiere todas las ideas que han concebido los hombres, a lo largo de toda su historia, y ponerlas en grados, para aunarlas, para ocultarlas, en una mente humana modelo, maestra de todas, que tiene el grado mayor, que sólo uno puede poseer, el Anticristo. Quiere llevar a todos los hombres hacia el Uno: hacia una unidad mental, no real. Una unidad impuesta por una cabeza humana, que es una cabeza demoniaca, que contempla en ella misma todas las ideas de los hombres, las abarca todas.

La ley de la gradualidad es la propia de los masones. Todo en la masonería se concibe en los grados. Pero no se puede comprender la masonería en los grados, porque son sólo éstos símbolos que ocultan otras cosas. La masonería sólo se puede comprender en la mente del Anticristo. Los demás, trabajan para esta mente diabólica. Bergoglio trabaja para la mente del Anticristo.

El Anticristo es maestro en unir mentes humanas, todas con sus ideas, todas son mentiras, son símbolos que ocultan la verdad, porque sólo existe una mente verdadera: la de Él.

Bergoglio predica que hay que experimentar el nuevo orden mundial: «una nueva cultura en todos los campos de la vida social». En esa nueva cultura estarán todas las mentes de los hombres, en una ley de gradación, unidas en una mente maestra, en un arquitecto del mundo, que es el Anticristo.

Bergolgio sólo atiende a su lenguaje simbólico: «El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto). Ser sabio es una gradación en la mente del hombre: hay que instruirse, hay que estudiar, hay que filosofar, hay que pensar… La fe es un acto de la mente del hombre para Bergoglio… La perfección del hombre es un acto de la mente del hombre, es una obra de la ley de la gradualidad.

Pensamiento que es totalmente contrario a la Palabra de Dios: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y son necios los que desprecian la sabiduría y la disciplina» (Prov 1, 7). No pecar, no ofender a Dios es el comienzo de la vedad divina. Es la verdadera instrucción, enseñanza. Pero el masón ha quitado la ley del pecado. Luego, ya no hay temor de Dios. Este pasaje de la Sagrada Escritura, sólo hay que entenderlo de manera simbólica, no real.

Si no existe este comienzo, si los hombres no aprenden esta sabiduría (= quitar sus pecados, mirarlos, arrepentirse de ellos), que es una disciplina para todo el hombre, para dominar su cuerpo y sus pasiones desenfrenadas, entonces el hombre habla, piensa y obra como un necio. Esto es lo que es Bergoglio: un necio, que vive de su lenguaje humano, en el cual no es posible hallar una verdad.

En el lenguaje humano que buscan en el Sínodo se quiere poner la ley de la gradualidad: el grado homosexual, el grado de los malcasados, el grado del Papa emérito, el grado de los sacerdotes que se casan, el grado de las uniones libres….Todo es un grado en la mente del hombre… Todo es un grado en la masonería.

La ley de la gradualidad es dividir la verdad absoluta en muchas partes, en muchas medidas, y seguir avanzando hasta conseguir el grado mayor, la cima en el grado, que sólo uno puede tener: el Anticristo. Y todos haciendo un común en esa mente, atados por una lenguaje humano, que se rige por una ley: la ley de la gradualidad.

¿Entienden por qué en el Sínodo en la primera semana sólo se han dedicado a esto: lenguaje humano, ley de la gradualidad, acompañar a todos en sus vidas de pecado? Estamos ante la religión del Anticristo, ante su iglesia, ante su trono en el Vaticano.

A mucha gente todavía le cuesta entender este punto, porque sólo se queda en el exterior del hombre Bergoglio, pero no sabe penetrar lo que hay en él. Él lo sabe esconder de manera maravillosa, porque es maestro de su propio lenguaje. Y todos quieren aprender de ese lenguaje, que es barato y blasfemo. Y nadie quiere aprender de la Palabra de Dios, que sale de la boca de los humildes, de los sencillos, de los disponibles a la Voluntad de Dios. Por eso, hay tantos falsos profetas por todas partes; tantos falsos doctores de la ley; tanto intelectual del demonio, que sólo habla doctrinas del demonio. Pero nadie quiere dar la Verdad como es.

Bergoglio tiene delirios de grandeza sólo por esto: desde la Sede de Pedro, siendo un sacerdote, siendo un Obispo, no se puede predicar la cultura de las relaciones, el evangelio de la fraternidad, el nuevo orden mundial, la iglesia ecuménica, en la que todos se salvan…. porque esto no es la Mente de Cristo. Esto no es lo que ha enseñado la Iglesia. Esto no es lo que está en el Evangelio. Todos han perdido el juicio en la Iglesia si callan ante las locuras de un hombre que sólo habla para él mismo, pero no para la Iglesia.

Es necesario no dar la obediencia a un hombre que sufre delirios de grandeza y que no sabe ver su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de un hombre que no se arrepiente públicamente de las muchas herejías que ha dicho durante más de 18 meses en la Iglesia. No se puede. Hay que enfrentarlo y hay que invitarlo a que deje ese cargo para que su alma pueda salvarse. Pero él no va a escuchar esto, porque vive centrado en su delirio: ser grande entre los hombres; alcanzar el grado mayor entre ellos; ir a la profundidad de la inteligencia sin la verdad del amor. Sólo con el odio de su mentira.

Desde Corea con el odio de la fe de un masón

falsoecumenismo

1. Bergoglio anuncia su renuncia.

Estamos presenciando el declive de un hombre, que ha subido al poder de la Iglesia, aupado por su orgullo: un Obispo apóstata de la fe, hereje manifiesto desde siempre, que ha hecho de su ministerio un negocio político, económico y cultural.

Nadie sabe el tiempo de su vida: «yo sé que esto durará como yo, dos o tres años»; nadie conoce si se va a salvar o a condenar: «y luego… ¡a la casa del Padre!». Estas dos frases indican que la masonería, que lo eligió antes del Cónclave como el hombre que debía iniciar la usurpación del Trono, ha puesto plazo a su gobierno y que es necesario un cambio en el poder. Debe dejar su orgullo, que le ha mantenido en esa Silla, para que otro la siga destruyendo, a base, no ya de pasatiempos, ni de entretenimientos, ni de payasadas, sino de golpes certeros al dogma y a la Tradición de la Iglesia. Y ese cambio no es para dentro de tres años, sino muy cercano: de la noche a la mañana.

2. Ha fracasado para el mundo.

Un hombre que no puede ver su pecado: «La oración por la paz no fue absolutamente ningún fracaso» (ver texto). Gran fracaso para los hombres porque es un gran pecado ante la faz de Dios: «Ese encuentro no era una coyuntura; es un paso fundamental de la actitud humana, una oración» (Ibidem). La oración no es una actitud humana, sino una obra divina en las almas. Y para esa obra sólo es necesario una cosa: que el hombre abra su corazón a Dios. Y sólo se puede abrir quitando lo humano de la vista del hombre. Allí donde está el hombre no está Dios. Allí donde los hombres se reúnen para decir sus palabras humanas, allí no hay oración a Dios. Porque orar es decir las Palabras del Hijo, con el Espíritu de Dios, para obrar la Voluntad del Padre. Y en esa coyuntura, en esa reunión de mentes humanas en el Vaticano, nadie creía en el Dios que ha revelado la paz a los hombres. Todos buscaban el lenguaje humano de la paz. ¡Gran fracaso ante los hombres de un gobernante ciego para la Verdad! La puerta para la paz fue cerrada a causa del pecado de Francisco en esa oración demoniaca. Es lo que no ve ni puede entender este hombre: «pero la puerta permaneció allí, abierta, desde aquel momento. Creo en Dios, creo en el Señor, esa puerta está abierta» (Ibidem). Está metido en su mente humana, dándose culto a sí mismo.

3. «El que es injusto continúe aún en sus injusticias»

Un hombre que ha perdido el juicio: «En estos casos, en los que hay una agresión injusta, solo puedo decir que es lícito «detener» a agresor injusto. Subrayo el verbo «detener», no digo bombardear, hacer la guerra, sino detenerlo. Los medios con los que se puede detener deberán ser evaluados». Estados Unidos está bombardeando Iraq. Y esto es hacer la guerra. ¿Por qué no se calla la boca este hombre? ¿Por qué no acepta que está de acuerdo en bombardear Iraq? ¿Por qué emplea su lenguaje humano para poner su idea: «es lícito detener»? La respuesta es bien sencilla: «Estoy dispuesto a ir a Irak». Y ¿para qué ese viaje?: «el verdadero islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (EG – n 254). Entonces, ya entendemos lo de es «lícito detener». Él está urgido de ir a Iraq para enseñar a todos esos que cortan cabezas la verdadera interpretación del Corán, según la sabia mente de Bergoglio, y así conseguir la paz. Él es un maestro en el Corán, no del Evangelio. Quiere ir a predicar su lenguaje humano para que todos vean que es el defensor de los marginados, de los pobres, de los sin techo, de las minorías: «En segundo lugar, las minorías. Gracias por haber usado esta palabra. Porque a mí me hablan de cristianos, los que sufren, los mártires. Y sí, hay muchos mártires. Pero aquí hay hombres y mujeres, minorías religiosas, no son todos cristianos, y todos son iguales frente a Dios». Todos los que sufren son mártires. Todos los que se llaman cristianos son mártires. Todos los hombres, no importa lo que crean, son hijos de Dios, son amados por Dios, sin iguales frente a Dios. Todos hay que meterlos en mismo saco, en un mismo lenguaje, en un mismo sentimiento, para no faltar a la caridad contra la humanidad.

Y, claro, en su ceguera sentimental se ve su locura: «Detener al agresor injusto es un derecho que la humanidad tiene, pero también es un derecho que tiene el agresor de ser detenido, para que no haga mal». Esta frase sólo la puede comprender él, porque es un absurdo: «es un derecho que tiene el agresor de ser detenido». ¿No dice la Palabra de Dios: «El que es injusto continúe aún en sus injusticias, el torpe prosiga en sus torpezas, el justo practique aún la justicia, y el santo santifíquese más» (Ap 22,11)?. El agresor tiene muchos derechos y obligaciones, pero nunca la de ser detenido. El que detiene al agresor posee el derecho de detenerlo. Pero si una persona hace el mal, lo obra por su voluntad libre. Y esa libertad es su derecho: ha elegido hacer el mal. Y, por tanto, no ha elegido hacer el bien. Ya no tiene derecho de hacer el bien, lo opuesto al mal. Sólo tiene derecho y obligación de hacer su mal, hasta que su conciencia despierte y vea su error. Mientras su conciencia no vea el error, sigue en el derecho de hacer siempre el mal. No tiene el derecho de no hacer el mal, porque su voluntad libre eligió hacer el mal. Esto es el abc de la lógica. Francisco, cuando habla, no tiene lógica. Ha perdido el juicio. Detener al agresor injusto es un derecho de Dios, no del hombre, porque el mal no está en la mano del hombre, sino del demonio: ¿y quién puede atar a Satanás con palabras humanas de paz? ¿Quién puede frenar su obra de maldad si las palabras de los hombres son el juego de la mente de Satanás? ¿Quién para una guerra sino el mismo Dios que dice al demonio: basta? El hombre no tiene derecho a detener el mal, sino a hacer el bien. Y sólo así Dios obra en los corazones que le temen. Y el hombre que agrede, que hace el mal, sólo tiene derecho de seguir haciendo el mal, de seguir agrediendo. Pero carece del derecho de ser detenido. Él no puede poseer ese derecho porque pertenece a otro. Y nadie puede imponer su derecho a otro, sino que cada uno, en su derecho, obra una injusticia o una justicia.

4. Calla la verdad ante las multitudes para decir lo políticamente correcto

Es inaceptable que un hombre, que se las da de sabio, incurra en semejante relativismo moral igualando las dos coreas: «para que se extienda cada vez más la convicción de que todos los coreanos son hermanos y hermanas, miembros de una única familia, de un solo pueblo. Hablan la misma lengua» (ver texto). Pero es aún más inaceptable querer reconciliar a Dios y al demonio, poner en el mismo plano moral a las víctimas y a los agresores, a los comunistas y a los católicos, a los salvajes y a los civilizados: «Espero que, en espíritu de amistad y colaboración con otros cristianos, con los seguidores de otras religiones y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que se preocupan por el futuro de la sociedad coreana, sean levadura del Reino de Dios en esta tierra». No se colabora con el pecado, ni con los hombres que viven haciendo el mal, ni con las personas que no quieren creer en el evangelio de Jesucristo. No se hacen amigos en los países comunistas. Con el que se ha apartado de la Verdad, ni comer, ni una sonrisa, ni un abrazo.

Corea del norte representa el totalitarismo, la miseria, la basura, la negación a la prosperidad, la falta absoluta de libertades. Y ¿por qué hay que ponerse a dialogar con estos hombres? ¿No son ellos lo que primero tienen que demostrar que ya no quieren el mal, que ya luchan en sus vidas por hacer el bien? ¿Por qué Francisco no dice esto y, sin embargo, tiene que llorar su sentimiento humano: «Recemos para que surjan nuevas oportunidades de diálogo, de encuentro, para que se superen las diferencias, para que, con generosidad constante, se preste asistencia humanitaria a cuantos pasan necesidad»? ¿Por qué este hombre se mete en cuestiones socio-políticas que no le competen, que no son su campo, que es ir en contra del mismo Magisterio de los Papas? ¿Por qué invita a superar las diferencias y no invita a quitar los pecados a Corea del Norte? ¿Por qué no se atreve a ir a Corea del Norte y hablarles la verdad en sus mismas narices? Porque es un comunista, como los que viven en Corea del norte. Y está haciendo su trabajo, su apología: la búsqueda de un nuevo orden mundial. Y, por tanto, le importa un carajo la verdad. Sólo vive en su idealismo y su comunismo.

5. Derechos humanos e injusticias sociales son la clave de su magisterio

Un hombre sólo para lo humano: «Asistir a los pobres es bueno y necesario, pero no basta. Los animo a multiplicar sus esfuerzos en el ámbito de la promoción humana, de modo que todo hombre y mujer llegue a conocer la alegría que viene de la dignidad de ganar el pan de cada día y de sostener a su propia familia» (ver texto). La dignidad de tener el estómago lleno y una vida asentada en todo lo material: este es el pensamiento de un falso pastor, que ha despreciado el alimento espiritual, y da a las almas sólo una comida que a ellas les gusta, pero que no sirve ni para salvarlas ni santificarlas.

Este hombre, al que muchos llaman Papa, y no es Papa –no es lo que parece-, sólo habla de que el hombre está «amenazado por la cultura del dinero, que deja sin trabajo a muchas personas» (Ibidem), pero no habla del pecado de orgullo, de avaricia, de usura, que cada hombre comete como ofensa a Dios y, en consecuencia, vive una cultura, una vida social, una vida política donde impera su pecado. Y si cada hombre, en particular, no quita su pecado, el pecado permanece en esa cultura, en esa vida social, en esa familia, en esa Iglesia que ya no llama a las cosas por su nombre.

La fe de este hombre es de raigambre masónica: «la fecundidad de la fe se expresa en la práctica de la solidaridad con nuestros hermanos y hermanas, independientemente de su cultura o condición social, ya que en Cristo «no hay judío ni griego»» (Ibidem). Da la vuelta a la tortilla: coge a San Pablo y dice lo contrario, porque sólo le interesa nombrar a Dios de manera blasfema, pecando contra el segundo mandamiento de la ley de Dios: «no tomarás el nombre de Dios en vano». No cojas a San Pablo para decir tu laicismo masónico: hay que ser solidarios con todo el mundo, sin estar investigando sus errores, sus mentiras, sus herejías, sus pecados, porque el hombre es bueno y hay que tolerar las mentes de cada hombre, porque se aprende de ellos muchísimo. La sabiduría humana es lo que persigue esta falsario del Evangelio de Cristo.

6. Su fe masónica destruye la Verdad del Dios que se ha Revelado en Jesucristo

«ser custodios de la memoria y ser custodios de la esperanza» (ver texto). Esta su principal herejía: la memoria fundante, que la tienen en su lumen fidei. Custodia la memoria, pero no custodies a Cristo en tu corazón. Si el corazón se entrega totalmente a Cristo, entonces ya el corazón sólo le pertenece a Cristo. Y así el hombre no tiene que estar recordando, haciendo un acto de memoria del pasado, porque Cristo está vivo en su corazón.

Pero este hombre pone al hombre en el centro: «He dicho que los pobres están en el centro del Evangelio; están también al principio y al final» (Ibidem). Cristo es el Evangelio, no los pobres. Cristo el alfa y la omega de la vida espiritual, no son los pobres. Cristo es el Evangelio de la salvación y de la santificación de las almas. Cristo es la Palabra que da la Vida Divina a las almas. Cristo no es un lenguaje bello, bonito, agradable. Cristo no es para llenar estómagos. Cristo es para dar al hombre la vida divina, que éste nunca puede encontrar en sus culturas, en sus políticas, en sus economías, en sus vidas humanas.

«La solidaridad con los pobres está en el centro del Evangelio; es un elemento esencial de la vida cristiana» (Ibidemn): Un hombre, que no habla del amor al prójimo, ni por tanto, de los 7 mandamientos de la ley de Dios que hay que cumplir para poder amar al prójimo, sino que sólo está en su solidaridad. Ser solidarios, como si esta palabra fuera más importante que la doctrina de Cristo. La solidaridad de Cristo con los hombres consistió en morir en una Cruz para quitar el pecado de los hombres. Esta virtud de Cristo conlleva muchas otras virtudes, que si no se viven, si no se practican, es imposible ser solidarios con toda la humanidad, como lo fue Cristo.

Pero este hombre sólo está en su negocio comunista, no está en la vida del Espíritu. Y nunca lo estará porque ya ha blasfemado contra el Espíritu Santo. Ahora, sólo vive su idilio con el demonio: se cree santo, justo, sabio, inmaculado, lleno de temor de Dios. Y, sin embargo, es el más pobre de todos los hombres, porque no tiene a Cristo en su corazón. Sólo tiene a un demonio que guía su vida de pecado.

Y, al poner a los pobres en el centro, cae en el panteísmo: «Si aceptamos el reto de ser una Iglesia misionera, una Iglesia constantemente en salida hacia el mundo y en particular a las periferias de la sociedad contemporánea, tenemos que desarrollar ese “gusto espiritual” que nos hace capaces de acoger e identificarnos con cada miembro del Cuerpo de Cristo» (Ibidem). Cristo no está en los hombres, sino en la Eucaristía. Hay que imitar a Cristo. Hay que identificarse con Cristo. Hay que transformarse en Cristo. No hay que identificarse con cada miembro de la Iglesia. O se es Cristo o se es un demonio. Pero no hay término medio.

Este claro panteísmo le lleva a proclamar: «¿Cómo podemos ser custodios de la esperanza sin tener en cuenta la memoria, la sabiduría y la experiencia de los ancianos y las aspiraciones de los jóvenes?» (Ibidem). Si se custodia la memoria humana, entonces se busca la sabiduría humana de unos viejos y la inexperiencia de unos jóvenes. Si el alma custodia a Cristo en su corazón, entonces no se busca al viejo para recibir una enseñanza, sino para cumplir con él el cuarto mandamiento de la ley de Dios, y se indica a los jóvenes el verdadero camino de la vida: Cristo Crucificado. Si un joven no aspira a la vida que Cristo le ofrece, entonces su vida es un sin sentido, un absurdo, un juego humano. ¿Qué experiencia de la vida tiene Francisco a sus ochenta años? Ninguna. No ha aprendido a vivir para Cristo, sino para su ideal masónico. No ha aprendido a obedecer a Cristo; no puede ser la voz de Cristo en la Iglesia. No ha aprendido a vivir la pobreza; no puede enseñar la virtud de la magnanimidad ni la virtud de la justicia a los hombres.

7. Contra el capitalismo

Muchos leen a este hombre y se lo tragan todo: eso es señal de que no tienen vida espiritual. Este hombre ataca el capitalismo: «La hipocresía de los hombres y mujeres consagrados que profesan el voto de pobreza y, sin embargo, viven como ricos, daña el alma de los fieles y perjudica a la Iglesia» (Ibidem). Esto es herir a toda la Iglesia. Esto es caer en la trampa de su mismo lenguaje: Francisco se dice pobre, humilde, y hace un viaje costosísimo para predicar tres cosas: fraternidad, teología de la liberación y vida humana. No ha ido a misionar a Corea, a predicar el Evangelio de Cristo. Ha ido a pasear, a estar entre la gente, a consolidar su nueva sociedad, a contar fábulas a los hombres. Y eso cuesta dinero. Francisco, que se dice pobre, vive como un rico: vive derrochando el dinero, porque no lo usa para hacer la Voluntad de Dios. Si estuviera en la Iglesia, como lo estuvo el Papa Juan Pablo II, obrando lo que Dios le pedía, entonces los gastos en los viajes no son derroches. Pero este hombre está en la Iglesia haciendo su negocio: buscando dinero y gastando dinero. Y tiene el orgullo de criticar a los religiosos porque no viven su pobreza. Francisco tiene que quitar antes su hipocresía para poder llamar hipócritas a los demás. Si no hace eso, entonces esta frase es comunista: tú, religioso pobre, estás malgastando un dinero que puede servir para llenar estómagos en la Iglesia. Es la misma frase de Judas. No vivir el voto de pobreza no es una hipocresía, sino un pecado en contra de la caridad. Ser hipócrita es un pecado en contra de la fe. Profesar el voto de pobreza no significa no tener dinero, sino saberlo usar en la Voluntad de Dios. Se puede tener voto de pobreza y tener millones. La Iglesia tiene millones y es pobre. Porque el problema y el pecado no está en el dinero, sino en su uso.

Este anticapitalismo de Francisco le pone en la cuerda floja. No hay homilía que no dé vueltas al dinero. Este hombre está obsesionado con el dinero: «vivimos en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos sigue llamando, pidiéndonos que le amemos y sirvamos tendiendo la mano a nuestros hermanos necesitados» (ver texto). Cristo nos llama para dar de comer a los pobres. Esto es todo en la mente de este hombre. Para Francisco, Cristo no llama para salvar el alma de un pobre. Nunca dice esta frase, porque no vela por las almas, sino por las necesidades de los cuerpos. Está predicando constantemente su falso Cristo, el de la falsa misericordia. Y los católicos, como borregos ante su inicua palabra.

«Hay un peligro, una tentación, que aparece en los momentos de prosperidad: es el peligro de que la comunidad cristiana se “socialice”… pierda la función que tienen los pobres en la Iglesia …Hasta el punto de transformarse en una comunidad de clase media, en la que los pobres llegan incluso a sentir vergüenza: les da vergüenza entrar. Es la tentación del bienestar espiritual, del bienestar pastoral. No es una Iglesia pobre para los pobres, sino una Iglesia rica para los ricos, o una Iglesia de clase media para los acomodados….No se expulsa a los pobres, pero se vive de tal forma, que no se atreven a entrar, no se sienten en su propia casa. Ésta es una tentación de la prosperidad…. Que el diablo no siembre esta cizaña, esta tentación de quitar a los pobres de la estructura profética de la Iglesia, y les convierta en una Iglesia acomodada para acomodados, una Iglesia del bienestar… no digo hasta llegar a la “teología de la prosperidad”, no, sino de la mediocridad». Todo esta parrafada se llama lucha de clases. Esto es rasgarse las vestiduras porque hay pobres en la Iglesia y criticar a los ricos porque producen riquezas.

Esto es siempre el lenguaje de la teología de la liberación. Con el ideal de que la Iglesia tiene que ser pobre para los pobres, entonces se hace esta clara política comunista. No hay nada en este párrafo que pertenezca a la doctrina de Cristo, sino que es de la doctrina marxista y protestante. Un hombre que no entiende lo que es el bienestar espiritual y que no sabe lo que significa la pobreza de espíritu. Un pobre ignorante de todo, que da claras muestras de su cansancio en el gobierno de la Iglesia. Está enfermo y está harto de no conseguir lo que su orgullo quería. Por eso, pronto tendremos a otro al frente de esa sociedad que ya no representa a la Iglesia Católica, sino a una nueva iglesia universal, donde impera el humanismo en todas las vertientes.

¡Abominación es Francisco en la Iglesia Católica!

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«La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de una integralidad armoniosa que no reduzca la alegría, estímulo, vitalidad, y la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas» (EG – n 165). En este pensamiento está su idea masónica del amor fraterno, su idea protestante de la misericordia y su idea comunista de la salvación.

1. que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa: ¡qué gran herejía la de este señor que no tiene ni idea de lo que es el amor, la salvación, lo moral y lo religioso! ¡Qué palabras tan desatinadas y tan alucinantes! ¡Qué barbaridad la de la Jerarquía de la Iglesia que hace la pelota a la mente loca de Francisco, y no tiene agallas de levantarse y decirle a ese idiota que tenga la dignidad de renunciar al gobierno de la Iglesia!

2. No existe un amor salvífico previo a la obligación moral y religiosa: si el amor salva, el amor obliga a cumplir una norma moral y una vida religiosa. El amor salva imponiendo una ley divina, exigiendo al hombre que quite su negro pecado, poniendo al hombre un camino y, si no lo escoge, entonces lo condena.

3. Cuando Dios ama, Dios lo da todo al hombre; pero cuando el hombre renuncia al amor de Dios, Dios se cruza de brazos y deja que el hombre se condene por su propia libertad, con su voluntad para hacer el mal, con el impulso de su soberbia mente, que le ayuda a condenarse.

4. Cuando Dios tiene misericordia, entonces da al hombre una mano para que se pueda salvar; pero la misericordia no es estar salvado, no es estar justificado, no es llegar a la plenitud de la verdad. La Misericordia es un camino para que el hombre aprenda a cambiar de mentalidad y viva el Evangelio sin poner su idea humana de la vida.

5. Un amor que salva pero que no condena es el protestantismo. Un amor que salva previo a la obligación moral y religiosa es lo masónico. Un amor que salva y que todo lo perdona es el comunismo. Para el protestante, todo es Misericordia, porque el pecado es un bien con el cual se consigue la salvación. Para el masón, el hombre se salva porque él mismo hace su moral y su religión. Dios lo ama como es. Para el comunista, el pecado es un mal social y, por lo tanto, no impide salvarse, no impide recibir el amor de Dios. Se vive en la gracia, cada uno, con sus males en la vida. No existe el pecado, sino la mala estructuración del hombre en su vida. Hay que salvar las estructuras, no las almas. Los hombres ya están salvados.

6. ¡Gran desatino el de Francisco, que afirma que la predicación no debe imponer la Verdad, sino que debe apelar a la libertad!: es más importante la libertad que la Verdad, yendo en contra de la misma Palabra de Dios: «Y la Verdad os hará libres». Es la verdad Revelada la que libra. Es la Verdad Revelada la que pone al hombre en la libertad. Si el hombre no conoce la Verdad Revelada, si no se somete a esa Verdad, si no abaja su inteligencia humana a esa Verdad, entonces es esclavo de su mentira, de su mente, de su idea, de su filosofía. Si el hombre persigue la libertad, el hombre se esclaviza a su idea de la libertad y, por tanto, vive una mentira. Francisco anula la Verdad Absoluta, el dogma revelado, lo que Dios habla en Su Palabra, para dejar al hombre en sus verdades, en sus libertades, en sus vidas, en sus obras. Es una auténtica aberración de la vida: sé libre, pero no seas verdadero. Sé libre y sé una abominación para todos con tus pecados. Exalta a los cuatro vientos tus vergüenzas y recibe el aplauso de todos los idiotas que exaltan sus pecados en todo el orbe. Por eso, Francisco no juzga a nadie, si sigue este pensamiento, pero juzga al que no siga este pensamiento. Es la consecuencia de anular la Verdad Absoluta. Es el fariseísmo: apela a la libertad del pensamiento para anular la libertad del ser. Sé libre para pensar lo que quieras, pero sé esclavo de tu pecado, de tu vida moral pecaminosa. Y la libertad nace cuando el hombre deja de pecar, cuando el hombre convierte su vida para una obra de amor divino. Se es libre para hacer la Voluntad de Dios. No se es libre para pensar lo que a uno le da la gana. El que se hace dios en su mente, siempre apela a la libertad del pensamiento y combate la norma de la moralidad. No quiere cumplir con las leyes divinas, con las leyes que Dios da. Sino que él mismo se hace ley e impone su ley a los demás.

7. ¡Qué estupidez el pensamiento de Francisco! ¡Cómo se palpa que vive en sus vicios, en sus obras plebeyas, en su vida de lujuria! ¡Cómo se comprende que no tiene ni idea de lo que es la virtud teologal y moral! Para él, la predicación debe tener unos valores humanos que lleven a la alegría, a la confianza, a la vida humana. Y, por tanto, no se pueden aceptar filosofías que impongan una cruz, una renuncia, un desprendimiento de lo humano. Hay que predicar para tener contentos a la gente, para darles un gusto en sus vidas humanas, para que escuchen aquello que quieren y esperan escuchar. No se les puede predicar para atormentar las conciencias con el pecado, con el infierno, con las penitencias, etc. Hay que meter a los hombres en el gozo de la vida humana y mundana. ¡Mundo, mundo y mundo! Esto se llama pelagianismo: el esfuerzo humano para ser feliz en la vida diaria, para conseguir la paz por caminos humanos, para hablar de lo humano y exaltar al hombre por encima de Dios.

Este pensamiento de Francisco está en toda su doctrina en la nueva iglesia, que ya emerge en el Vaticano.

Es muy sencillo ver que Francisco no es Papa. Pero los hombres, desde hace mucho tiempo, han perdido el norte de la fe y ya no saben discernir los espíritus. No saben ver a un hombre en su pensamiento de hombre; no saben ponerlo en entredicho; no saben llevarlo a las cuerdas y analizar su idea, para encontrar a Dios en él o al demonio en él.

Esto, los hombres, ya no lo saben hacer. Y, por eso, siguen muchos con la venda en los ojos, viendo lo que sucede en la Iglesia como algo normal. Algo de los tiempos. Y no son capaces de discernir nada, ni siquiera han podido discernir lo que ha sucedido desde el Concilio Vaticano II.

Quien no ponga el pensamiento de Francisco entre las cuerdas, quien no lo triture y lo desprecie, entonces se vuelve como él, en su vida y en su pensamiento. Se vuelve un hombre que piensa la vida en forma protestante y comunista. Se vuelve un hombre que vive la vida en forma masónica. La idea protestante y comunista lleva a una vida masónica y, por tanto, lleva a realizar unas obras abominables para Dios y para la sociedad.

¡Abominación es Francisco en la Iglesia Católica!

Francisco te va a llevar a renunciar a tu fe católica. Francisco te va a impedir creer en Dios. Francisco te va a obligar a pensar como él piensa.

Francisco es un dictador. Y no tiene otro nombre. Y, como dictador, está haciendo la obra propia de un hombre que impone su mente a los demás. La impone con bonitas palabras, con un lenguaje que al hombre le gusta, con unas palabras que engañan a todos.

¡Qué pocos hay que han medido a Francisco como lo que es: idiota! Todos le respetan porque está sentado en una Silla. Y temen criticarlo. Es el temor al hombre, a la idea del hombre. Es el falso respeto al hombre. Es la falsa tolerancia con el hombre, con el pecado de un hombre.

Una persona inteligente, que sabe pensar la vida, enseguida ve la idiotez de ese señor. Hombres que viven en pecado, y que tienen dos dedos de frente, porque saben ver que lo que dice Francisco no tiene que decirlo un Papa. Son hombres pecadores, pero abiertos a la Verdad.

¡Y cuánta gente que se dice católica, y que no sabe ver que Francisco no puede decir lo que está diciendo! Enseguida buscan una razón para excusar el pecado de Francisco. Son hombres pecadores, que se creen santos porque están en la Iglesia Católica, pero que no saben discernir la verdad de la mentira, al pecador del santo.

¡Es triste ver la cantidad de idiotas que tiene la Iglesia Católica! ¡Gente que ya no sabe pensar su fe católica! ¡Gente que le da igual la doctrina de Cristo! ¡Gente que ha perdido la fe, la sencillez de la fe de un niño, y que sólo sabe buscar a sacerdotes que le cuenten fábulas, cuentos chinos, para estar contentos en sus vidas!

«Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta» (EG- n. 49).

1. Hay que salvar las estructuras. Si estás en una estructura que no sirve para dar de comer, entonces, sal de ella.

2. El temor de Dios se anula por el temor a los hombres. Si pecas contra Dios, no importa. Pero si no das de comer a un hambriento, por esta encerrado en tus dogmas, eso es condenable.

3. El bien humano, material, natural, está por encima del bien sobrenatural. Es decir, el hombre no tiene que vivir para salvar su alma, sino que tiene que vivir para solucionar problemas humanos.

4. Y esto supone la anulación de la sociedad como institución divina. La sociedad sólo está compuesta de hombres que solucionan problemas de hombres, pero que no viven la ley Eterna. Por eso, es necesario promulgar leyes acordes a los hombres, a sus culturas, a sus ideologías, a sus vidas humanas, políticas. Todo pecado es bien visto en la sociedad. No combatas el pecado, combate a los hombres que no ayudan a otros hombres a ser hombres.

5. Y, en consecuencia, los errores se admiten, no sólo se permiten. Los males se obran como bienes. Y lo bienes son males que hay que rechazar.

6. Esto es lo que propone Francisco en este solo pensamiento, que es su idea comunista del Estado: se vive para un bien común humano, limitado, finito. Y quien no trabaje para ese fin caduco no puede salvarse.

Tienen que aprender a dinamitar el pensamiento de Francisco si quieren salvarse, porque toda la Iglesia tiene la cara vuelta a Francisco, dando la espalda a Cristo, a la doctrina que Cristo ha enseñado, y que no puede cambiar porque un idiota se siente en la Silla de Pedro y se haga llamar Papa sin serlo.

«Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes». (EG – n. 53).

1. Para Francisco, todo es cultura. Nada es pecado. Son los males de la cultura del descarte. No son los pecados de los hombres que llevan a estos males. Los males, que se suceden en una sociedad, hacen que ciertas personas queden excluidas de esa sociedad. Son males sociales, no son pecados. Males de una cultura, que viene de un pensamiento errado de los hombres. El hombre, con su idea, descarta a otros hombres, y produce una cultura del descarte, pero no produce un pecado. Concebir la cultura del descarte es el error de Francisco. Y este error sólo procede de su negación de la sociedad cono institución divina.

2. Si la sociedad es algo humano, entonces los hombres se rigen por sus leyes, por sus normas, sus ideas, que los llevan a este tipo de cultura. El hombre, con su poder humano, descarta a los hombres. Se niega el pecado, para poner de relieve el mal del hombre. Se niega que el hombre tenga en la sociedad un fin divino, una norma moral, una ley divina. Lo que importan son las culturas, y hay que quitar aquellas culturas que no sirven, que dañan la imagen de una sociedad fraterna, humana, mundana, pagana. Sólo se hace incapié en el fin humano de la vida social, que ya no está subordinado a un bien sobrenatural. Es el pecado el que lleva a los hombres, no sólo a explotar a otros hombres, sino a dejarlos a un lado. Pero, como Francisco está en su amor fraterno, en su fin humano de la sociedad, anulando el amor de Dios, la ley divina, entonces se queja de la cultura del descarte. Y cae en una aberración:

3. lucha para que esos, que son unos desechos, vuelvan a la sociedad. Lucha por una injusticia social. Pero no lucha por un bien sobrenatural, por una justicia divina, tanto a los hombres que pecan y excluyen a otros hombres, como a los propios excluidos, que también tendrán su parte de culpa. No lucha para salvar a un alma. Lucha para que un hombre tenga parte en la sociedad humana, mundana, pagana. Francisco deja a un lado la vida del cielo, para luchar por la vida de los hombres, por los derechos de los hombres, los derechos del mundo, los derechos que no son los de Dios.

«No conviene ignorar la tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa cultura evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos que una mera suma de creyentes frente a los embates del secularismo actual. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida» (EG – n. 69).

1. No existe una cultura marcada por la fe, porque el valor de la fe es diferente al valor de la cultura. El que vive la fe obra lo divino en lo humano. Pero el que no vive la fe sólo obra lo humano, o lo social, o lo económico, o lo cultural sin lo divino. ¡Cuántas culturas hay que no tienen a Dios porque los hombres no viven la fe en Cristo! No hay que meter la fe en una cultura. Hay que enseñar a cada hombre a vivir de fe, a creer en lo que Dios ha revelado. Las culturas que los hombres tienen reflejan sus vidas de fe o de ateísmo. Reflejan si creen o no creen en el verdadero Dios. Reflejan si están o no están en la verdadera Iglesia, la Católica. El problema es el hombre, no la cultura. Si el hombre no está sellado con la fe, entonces tampoco la cultura, ni la sociedad, ni la política, ni nada de lo que haga o viva el hombre. Hay que sellarse con el Sello de Dios. No hay que sellar las culturas con los pensamientos de los hombres, que es el sello del demonio.

2. Existe una sociedad religiosa, un estado religioso, una cultura religiosa, porque los hombres viven la verdadera religión, dan culto al verdadero Dios. Pero no existe una cultura, una sociedad, un país marcado por la fe. Si la fe no se pone en la verdadera religión, en la Iglesia Católica, entonces se cae en la inculturación de una fe humana en las distintas sociedades y países, que es el pensamiento de Francisco. Y, entonces, viene la abominación:

3. Para Francisco, los judíos, los musulmanes, los budistas, son personas que viven una verdadera fe. Y, por tanto, sus costumbres, sus ritos, sus culturas, sus políticas, son una verdad que hay que implantar en las demás naciones o sociedades de hombres.

4. Por eso, él se opone a esos creyentes que luchan contra el secularismo actual. Para él los creyentes verdaderos son los que tienen una cultura popular evangelizada: el pueblo con sus sabidurías populares, carnales, materiales, naturales: el pueblo está lleno de santos, de mártires, de gente sabia. Es el populismo. Ya no es la sociedad, los estados con una ley divina, con una autoridad divina. Es la sabiduría peculiar de los pueblos, de los hombres, de sus pensamientos humanos, de su lenguaje florido, lo que da la verdad a los hombres. Es el Creacionismo: hagamos una creación con un Dios que ama a todos los hombres y con un gobierno mundial en la que todos nos dediquemos a conservar lo creado, a amar lo creado, a ser buenas personas con todo el mundo.

Quien no sepa leer a Francisco se va a perder, porque hoy día nadie instruye en la Verdad. Todos hacen la pelota a los mentirosos como Francisco.

Es imposible buscar un bien común mundial

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La Verdad nadie la quiere escuchar porque asusta: «Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel» (Ap 10, 10).

La Verdad, es dulce predicarla, pero es amarga para la vida, porque nadie apoya al que dice la Verdad. Todos le dejan a un lado, porque la Verdad mete miedo a la razón del hombre. La Verdad descoloca la mente de los hombres de sus medidas, de sus planteamientos, de sus seguridades, al ponerles un camino oscuro de fe; un camino que sólo se puede conocer siguiendo al Espíritu de la Verdad; un camino que el hombre nunca puede pensar, nunca puede adivinarlo, nunca puede abarcarlo con su intelecto humano.

Por eso, cuando no se cree en la Verdad, que es Cristo, se dice esta herejía: «La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad» (EG, n. 40). Este pensamiento es fruto de la respuesta que Francisco, en su búsqueda de la conexión entre la fe y la verdad, da: «la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro « yo » pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común» (LF, n. 26).

La Verdad no es, para Francisco, la adecuación de la mente a la realidad, sino una cuestión de memoria. Es decir, la verdad está en cada mente humana, en las ideas de cada hombre. Esas ideas pueden ser, más o menos perfectas, buenas, malas; pero son la verdad. Por eso, él dice que la Iglesia tiene que creer en su interpretación de la Palabra, en su memoria, en su discurso intelectual, en sus estudios, en sus filosofías, en sus teologías. Pero no puede decir que la Iglesia necesita creer en la Palabra Revelada. Se cree a Dios que revela, que habla. Pero no se cree al hombre que interpreta o a la Iglesia que interpreta.

Se cree a la Iglesia que enseña la misma Palabra de Dios sin cambiarla nada. Por eso, hay un magisterio infalible en la Iglesia: hay unos dogmas que no se pueden tocar. Y esos dogmas no son una interpretación de la Palabra de Dios, sino que son la misma Palabra de Dios. Es la misma enseñanza divina, que no tiene tiempo, que es siempre la misma para todos los hombres y para cualquier circunstancia de la vida de los hombres. Es una Verdad que nunca pasa y que sólo puede ser creída, no pensada. No se llega a ella pensando, no es cierta por un pensamiento teológico, sino que se llega a ella creyéndole a Dios que la dice sin más, sin dar argumentos al hombre, sin explicarla, para que el hombre viva de fe, no de razones, no de memoria, no de una acto intelectual.

Por eso, cuesta decir la verdad, hablar con la verdad y creer a la verdad. Es muy fácil hablar nuestras verdades (las que nos gustan, las que nos hacen sentir bien, las que nos producen un acercamiento a los hombres), creer en nuestros sagaces pensamientos; es muy fácil medirlo todo con nuestros inútiles pensamientos; es muy fácil hacer del Misterio de Dios una filosofía para el hombre, un lenguaje para el mundo, un gobierno para los hombres.

Al hablar así, Francisco tiene que anular toda Verdad y buscar las verdades que le interesan para hacer su iglesia, su evangelio, su estilo de vida como sacerdote.

Por eso, en su evangelium gaudium anula el Misterio de la Cruz, la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, que está maldito por el pecado de Adán. Lo anula para poner su idea de los pobres y del amor fraterno.

1. «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (EG, n. 187). Francisco está haciendo su progresismo en la Iglesia, su populismo, su comunismo, su protestantismo. Porque no comprende la obra social de la Iglesia. Y no puede llegar a comprenderla porque ha anulado la esencia de la fe en Cristo.

Cristo sufre y muere para salvar y santificar cada alma. Eso es el Misterio de la Cruz. Cristo no sufre ni muere para llenar estómagos en Su Iglesia, que es a lo que se dedica este hombre: «El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar» (Entrevista a Scalfarri).

Si Francisco tuviera un poco de vida espiritual diría: El mal más grave que afecta al mundo en estos años es la falta de fe en los mandamientos divinos, en lo que Dios ha revelado. Como la gente no cree en la ley divina, como la gente no tiene vida moral, no sigue una norma de moralidad y, por tanto, no practica las virtudes morales, entonces tiene lo que se merece: paro juvenil, soledad en los ancianos, etc. Porque, al no cumplir con los mandamientos de Dios, no se puede amar a Dios ni al prójimo y, por tanto, los hombres se aplastan unos a otros, los hombres hacen guerras entre sí.

Pero, como a Francisco le es imposible creer en Cristo, en su obra, tiene que decir: «¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia?». Es un hombre que si no hace un acto de memoria no puede vivir. Francisco no vive para hacer un acto de fe: no sabe tener fe. Sólo vive para encontrar el pensamiento que más le guste en su vida miserable de hombre.

No se vive para una memoria, no se hace una familia para un bien humano, para un bienestar humano, para un futuro diseñado por los hombres. No hay que buscar el bien común humano, sino el bien común divino, el que Dios pone a una familia, a una sociedad, a un mundo que cumple con la ley eterna.

En la Iglesia se está para diseñar la ciudad católica, el Reino de Dios, que no tiene nada que ver con los reinos y ciudades humanas, sociales, culturales económicos, de los hombres. Porque «Mi Reino no es de este mundo». Pero Francisco no cree en esta Palabra Divina, y por eso busca el Reino de Dios en este mundo, humanizando lo divino, abajando lo sagrado a la mente del hombre.

Por eso, Francisco se dedica a poner en los hombres el Evangelio: «Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio» (EG, n. 69). El Evangelio de Cristo es para el alma, no para las culturas. Pero como Francisco cree que el alma no puede creer por sí misma, por eso dice esta frase. Hay que creer en masa, en la cultura de cada hombre, en una comunidad. Hay que hace grupos de hombres y allí inculturar el Evangelio, hacer cultura del Evangelio, hacer una ideología, un proselitismo, porque la Iglesia -dirá ese hereje- crece por atracción de ideas: busquemos la idea que más atraiga. Busquemos la moda; busquemos lo que al hombre le gusta. Esto es, sencillamente, destruir la Palabra de Dios con las culturas, con las ciencias, con las filosofías de los hombres.

El hombre, para creer en Cristo, tiene que salir de sus culturas, de su sabiduría humana. Si no hace esto, entonces el hombre, sencillamente, se inventa su evangelio en su cultura, en su ciencia, en su progreso técnico. Y, por supuesto, se inventa su iglesia para el evangelio de su cultura. Por eso, a Francisco le gusta hablar del evangelio de los pobres, del evangelio de las familias, del evangelio de todo el mundo. Pero no habla del Evangelio de Cristo.

2. «Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema» (EG, n. 202). Esto es querer construir una casa por el tejado.

¿Qué enseña la Iglesia?: «es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas según una justa jerarquía de valores y con vistas al bien común» (Catecismo, 2425).

Una cosa es la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano, en que se basa el liberalismo económico, y que es algo inmoral; y otra cosa es la autonomía de los mercados. No se puede suprimir la libertad humana y, por tanto, no se puede quitar la autonomía de las obras de esa libertad en el mercado. El hombre, en su libertad, tiene que practicar las virtudes morales para que el mercado no produzca ninguna injusticia, no rebaje a la persona, no la lleve a una visión materialista, consumista de la vida.

Francisco quiere cargarse la libertad del mercado. Esto es propio del comunismo. Hay que regular, según normas morales, naturales, divinas, el mercado. Y, entonces, la especulación financiera será recta.

Pero Francisco se olvida del pecado de avaricia y de usura: «Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres». Es siempre su error, su constante error. Mientras no se resuelven radicalmente el pecado de los ricos y de los pobres: su avaricia, su codicia, su usura; entonces no se resuelven los problemas económicos.

Este fallo de visión es fruto de su negación del Misterio de la Cruz: si se niega que Cristo vino a sufrir y a morir, y se pone por encima la idea de que Cristo viene a remediar, a liberar, la vida de los pobres de su pobreza material, entonces tiene que caer en una grave herejía.

3. «La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común» (EG, n. 205). Esto, no es sólo un pensamiento necio, sino el más estúpido de todos .

El hombre es un ser social y político por naturaleza. En el hombre está la vocación al amor, a obrar lo divino en lo humano. Y, por tanto, toda política que no refleje lo que es el hombre, que vaya en contra de lo que es el hombre, no sirve para nada. Ni la política, ni la filosofía, ni la ciencia, ni la sabiduría humana, son vocaciones, sino que son instrumentos, recursos que el hombre tiene para dar su vocación divina, para ser lo que es en su naturaleza humana.

La política es lo más contrario a la caridad. Si el corazón del hombre no practica la virtud de la caridad, por más política que haga, no se ve en lo social ninguna caridad, ningún amor a Dios ni al prójimo.

Es el hombre el que busca el bien común, no la política. Los sistemas políticos buscan sus intereses en el mundo, pero no el bien común. El bien no es algo de la masa, de la comunidad, sino del hombre. Hay un bien particular que todo hombre busca en su vida y un bien común, que debe ser realizado en la voluntad de Dios. El hombre tiene que saber discernir los distintos bienes comunes, porque no todos son apropiados ni para un sistema político ni económico.

«Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!»: Francisco siempre se olvida de que los políticos tienen que tener vida moral, práctica de virtudes para hacer un bien común en la política. Un bien común sin injusticas. Y esto es lo más difícil sin vida espiritual. Y muchos políticos de Dios no quieren saber nada. Hay que pedir al Señor que los políticos sientan dolor de sus propios pecados, se arrepientan de ellos, hagan penitencia por ellos y, entonces, van a resolver la vida de los pobres. No hay que pedir a Dios que los políticos se acuerden de los pobres, sino de sus pecados personales.

4. «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero» (EG, n 206).

La economía, como la misma palabra indica es, en griego, οἰκονομία [oikonomía], de οἶκος [oikos], ‘casa’, y νόμος [nomos], ‘ley’; es decir, la ley de la casa. Y el mundo entero, no es la casa de los hombres. Y una sociedad no es la casa de los hombres. Y una familia no es la casa de los hombres. Ni el propio hombre es casa para sí mismo.

La economía es regular, mediante normas divinas, los asuntos de los hombres: en lo social, en lo cultural, en lo político, en lo humano. Se dan normas. No es un arte, no es una ciencia humana. Son normas para alcanzar un bien común, distinto del bien particular. Y, por tanto, hay bienes comunes diferentes, de acuerdo a lo que viva cada hombre. Hay un bien común para la familia, otro para el matrimonio, otro para el trabajo, otro para la sociedad, etc. Y, por tanto, según el bien común buscado, existirá una economía para la familia, otra para el matrimonio, otra para el trabajo, etc. Son diferentes economías; son diferentes reglas, leyes, porque son diferentes bienes comunes a alcanzar.

Y, por tanto, no se puede hablar de una economía mundial. Eso es una aberración, una abominación. Por eso, en aquellos países en los que se da una moneda para todos, caen en esta aberración. Cada país es distinto en su economía como país, porque los hombres son diferentes en sus vidas y en sus obras particulares, familiares, etc. Hay hombres más emprendedores y otros menos en el trabajo. Hay trabajos más delicados, que necesitan de una economía más flexible, y otros con otra diferente economía. No se puede regular un bien común mundial. El bien común es para cada acto de la vida del hombre. Depende de lo que el hombre viva y obre. Depende del fin que ponga el hombre a su vida. Querer regular un bien común mundial es querer poner un fin mundial, terrenal, a la vida de todos los hombres. Y eso es una aberración moral.

5. «Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (EG, n 207). Esto se llama perder la cabeza y publicar que se ha vuelto loco. Aquí está plasmada su idea masónica sobre el nuevo orden mundial. Aquí está, no sólo la estupidez de un hombre, que no sabe lo que es la doctrina social de la Iglesia, sino la locura de una mente que sólo tiene una idea: el amor a los hombres. En ese amor, que es una idolatría en Francisco, dice una blasfemia contra el Espíritu Santo: cualquier comunidad de la Iglesia que no se ocupe de los pobres e incluya a todos, se disolverá, será mundana, profana, vacía de Dios. En otras palabras, sólo Francisco tiene el Espíritu Santo en la Iglesia, y sólo su idea de los pobres es lo que hace a la Iglesia Santa, Universal, Romana, Católica, Una.

En esta palabras se ve, con gran evidencia, que Francisco se ha alejado del Evangelio de Cristo y sólo le interesa el evangelio de sus pobres, de la fraternidad, del bien común mundial. Se cree el más inteligente de todos con esta basura intelectual, que ha destilado en su evangelium gaudium. Si la Iglesia no trabaja por lo pobres y para unir a todos los hombres, entonces es mundana, entonces se disuelve. ¡Gran locura de la mente de Francisco!

¿Y se atreverá alguien a exigir obediencia a la mente de un loco en la Iglesia? Después de leer estas babosidades, ¿alguien en la Jerarquía tendrá la estupidez de decir que la doctrina de Francisco es católica, es muy hermosa?

Después de ver la ruina a la cual Francisco ha llevado a la Iglesia, desde que se sentó en el Trono, que no le pertenece, sino que se lo ha robado al legítimo Papa, Benedicto XVI, ¿a alguien le cabe alguna duda de que en el Sínodo la Iglesia va a comenzar su cisma abiertamente?¿Es que no ven que la doctrina de Francisco separa a la Iglesia de la doctrina de Cristo? ¿Es que no ven que Francisco nunca predica de la expiación, del sufrimiento, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del infierno, del purgatorio, sino que sólo está en sus pobres y en cómo besar el trasero de todos los hombres?

Mayor estupidez y locura no puede estar sentada en el trono de Pedro.

Si esto es Magisterio de la Iglesia, entonces ¿qué son los escritos de Marx y de Lutero? Sigan lo que pensaron esos personajes y tendrán la mente de Francisco al dedillo.

Es triste comprobar cómo la Jerarquía se ha acomodado al engaño y ha dado la espalda a Cristo en la Iglesia. Está mirando lo que un dictador de mentiras está publicando en la Iglesia. Está observando como un hombre sin fe habla de lo que no sabe. Aplaude la mente de un loco en la Iglesia y ha abandonado a sus ovejas por hacer la pelota a un idiota.

Cuando Francisco abre su bocazas es para vomitar su demonio: el demonio que le lleva a la condenación en vida. Si no cambia, muy pronto veremos señales de su condenación en la Iglesia.

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