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El ecumenismo es un imposible en la Iglesia

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Dos soles anuncian dos cabezas que rigen el mundo y la Iglesia. Dos reinos que dan al hombre el camino de la perdición. Sólo hay un Sol de Justicia para el hombre: Jesucristo y Su Obra, la Iglesia. Ver video original

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«Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.”

En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo.

Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho:

“Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.”

Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?”» (Luisa Piccareta – Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén. – Noviembre 1, 1899)

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La situación en la Iglesia es de enorme gravedad, porque su purificación supone la apostasía de la fe en muchos miembros de la Iglesia.

No todos son de la Iglesia, ni pueden serlo, porque la Gracia no es permanente en los hombres. Jesús ha dado Su Gracia al hombre para que pueda vivir la Vida de Dios. Pero Jesús no ha dado la confirmación en Gracia, la cual da la capacidad al hombre para no pecar más. Ser confirmados en Gracia es una Gracia más que Dios da a quien quiere y como quiere. El hombre no es digno de esa Gracia y sólo puede pedirla, pero no puede saber si el Señor se la da.

Los hombres, en Gracia, vivimos un misterio: podemos pecar, podemos caer en el pecado, aunque hayamos alcanzado cierta plenitud en la Gracia. Es la enseñanza de la caída de Adán, el cual poseía muchos dones, muchas gracias, muchos carismas, estaba en continua presencia de Dios y, sin embargo, pecó, tenía la capacidad de pecar. No está confirmado en la Gracia. Y, por eso, su pecado sigue siendo un misterio para el hombre.

Por la muerte de Jesucristo, el hombre en gracia se encuentra en el período escatológico, es decir, en los últimos tiempos, viviendo la Resurrección con Cristo, poseyendo el Reino Futuro mediante la fe y, hasta cierto punto, poseemos ese Reino, de una forma anticipada y efectiva, pero podemos caer, de nuevo, en el pecado. Podemos volver atrás, al hombre viejo, al hombre en pecado.

Por eso, el Señor exhorta: «Estad, pues, siempre en vela, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Bien comprendéis que si el dueño supiera a qué hora de la noche había de venir el ladrón, estaría en vela y no consentiría que penetrase en casa. Por consiguiente, estad también vosotros dispuestos, porque a la hora que no sospecháis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44).

No podemos dormir porque hierve la lucha final de Jesucristo y de Satanás, la cual va a durar hasta el fin del mundo. Y, en esa lucha, el hombre siempre puede caer en los lazos del demonio si su vida no está alerta, en guardia contra la mentira y el engaño que Satanás realiza en todas partes del mundo, también en la Iglesia.

Los hombres de Iglesia se creen que, porque tienen la Gracia, ya son santos y justos, ya lo pueden todo en la Iglesia, ya pueden decidir los destinos de la Iglesia.

Muchos sacerdotes y Obispos no han comprendido que tienen que ser los últimos de todos para poder servir a la Iglesia, que tienen que dedicarse sólo a las almas. Y, lo demás, lo material y lo humano, viene por añadidura, viene en la medida en que se dedican a salvar almas.

El sacerdote es otro Cristo y, por tanto, tiene que reflejar en todo a Jesucristo. Y, muchos, sólo reflejan su humanidad, se ser de hombres, pero no la Santidad de Cristo.

Muchos sacerdotes y Obispos engañan las almas, porque sólo las alimentan de su vida humana, de sus obras humanas, de sus sentimientos humanos. Están en la Iglesia con una cara de buenos amigos, conquistando los sentimientos de los hombres, pero no son capaces de darles la Verdad de Cristo.

Por eso, la Iglesia que contemplamos tiene que ser destruida por los propios miembros de la Iglesia, porque es necesario que se cumpla lo que Adán hizo: destruir el plan de Dios en la Creación.

Es necesario destruir el plan que Jesús ha puesto en Su Iglesia: plan de salvación y de santificación. Este plan nadie lo quiere en la actualidad. Todos buscan sus planes humanos, sus objetivos humanos en la Iglesia. Todos andan tras otros caminos, más convincentes para los hombres, pero que los lleva, de forma necesaria, a convivir con el demonio en sus vidas.

Sólo la Iglesia regenerada, purificada, transformada, es imbatible, es capaz de poner un camino que el hombre no pueda anularlo: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). Estas palabras del Señor sólo se pueden cumplir en una Iglesia purificada del pecado, es decir, en una Iglesia donde los hombres tengan la confirmación en Gracia, por la cual, ya no se podrá pecar.

Jesús, cuando murió en la Cruz, alcanzó de Su Padre, la Gracia para el hombre. Y «gracia tras gracia» (Jn 1, 16b), Jesús va adornando a sus almas en la Iglesia. «De su Plenitud todos hemos recibido» (Jn 1, 16a), pero no todos viven esa Plenitud, no todos son capaces de ser fieles a la Gracia y, por tanto, no son capaces de ir creciendo en Gracia hasta llegar a la Plenitud, a la confirmación en Gracia.

Por eso, la Iglesia no es para todos los hombres, ni la salvación ni la santificación están al alcance todos los hombres. No es posible salvar a todos los hombres; sólo es posible morir por todos los hombres, para quitar el pecado de origen, en la que un hombre pecó por todos.

Jesucristo murió por todos, pero no salva a todos. Adán pecó por todos, pero no condena a todos.

Jesucristo tiene que condenar a los hombres, como Adán tiene que salvar a los hombres. Porque el pecado de Adán, en la Justicia de Dios, no es un pecado que condene al hombre, a todos los hombres, sino que es un pecado que pone un camino de purificación a todos los hombres. Y, de igual manera, la muerte de Jesucristo, es un camino de salvación y de santificación para todos los hombres, pero no se salvan todos, no se santifican todos, porque Dios ya no lo perdona todo.

Una vez que Dios ha dado Su Gracia al hombre, Dios puede condenar al hombre de forma individual. Con Adán, Dios condena al hombre de forma general, en conjunto, pero no puede condenar a todos los hombres. Pero, una vez dada la Gracia, Dios puede condenar a cada hombre en particular, porque ya el pecado de origen se satisfizo en Su Hijo.

Por eso, ya no hay que mirar a Adán ni a su pecado. Jesús quitó ese pecado de origen, aunque el hombre siga naciendo en el pecado original. Tiene que nacer hasta que el Señor no ponga su tiempo para que el hombre nazca sin pecado. Eso sólo es posible en el Reino glorioso. Esto es imposible en las actuales circunstancias de la vida de los hombres.

Muchos quieren ya estar en ese momento y es, sólo, la ilusión y el engaño del demonio en la mente de muchos sacerdotes y Obispos que se han creído santos porque tienen una gracia. Y, por su soberbia, no han sabido crecer en gracia, adquirir otra gracia, hasta llegar a la plenitud. Por eso, predican que ya no hay pecado, que todos nos salvamos, que sólo hay que hacer el bien a toda la humanidad para que así venga el Reino de Cristo en el mundo.

Esta es la predicación del Anticristo, propia de Él, y que muchos la siguen dentro de la Iglesia, olvidándose de discernir los Tiempos: «Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no sabéis discernir las señales de los Tiempos» (Mt 16, 3), porque es necesario, para ese discernimiento, vivir en Gracia, no perder la Gracia, buscar continuamente la Gracia.

Es la Gracia el camino de los hombres en la Iglesia. Ya no hay que mirar la historia de los hombres para ver cuál es el camino. No hay que ver el Paraíso que Adán perdió. No hay que buscarlo, porque el Señor ha dado el camino para el Cielo, para la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo: «Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya» (Ap 21, 1). Sólo un signo se le da al hombre para que comprenda las señales de los Tiempos: «Esta generación mala y adúltera busca una señal, mas no se le dará sino la señal de Jonás» (Mt 16, 4).

Hasta que el mundo no sea transformado en otra cosa, no es posible vivir sin pecado. Esa es la señal. Y vemos que el mundo sigue igual, sigue en su pecado de origen. Por eso, los hombres siguen naciendo en pecado, como en Adán. Todavía no es posible poner en el mundo la Victoria de Cristo sobre el pecado. Esa victoria se puede poner en cada hombre en particular, pero no en toda la humanidad, no en la Creación. No existe la armonía de la Creación.

Por eso, han habido santos que han conseguido esta gracia: la de no pecar y, por tanto, sus vidas han sido sólo para Dios, no para los hombres. Y Dios los ha guiado en todo en un mundo que no le pertenece, aunque lo haya vencido en Su Hijo.

Dios va dando el camino de la salvación y de la santificación a los hombres. Los hombres no tienen que hacer nada por Dios, sólo dejarse guiar por Él. Es lo que muchos, en la Iglesia, no sabe hacer y, por eso, están en la Iglesia para salvar los cuerpos de los hombres, pero no sus almas. Y este es el gran error de muchos. Gravísimo error.

Ese error es un pecado que, en muchos, es contra el Espíritu Santo. Porque es el Espíritu el que lleva al hombre a la Plenitud de la Verdad. Sólo el Espíritu sabe el camino. El hombre no sabe dónde está toda la verdad. Y los sacerdotes y Obispos han pecado contra el Espíritu Santo creyéndose que conocen los destinos de la Iglesia y de las almas, que el hombre sólo tiene que trabajar en lo creado para así llegar a lo nuevo de la Gracia. Y no han comprendido que para vestirse de lo nuevo hay que desvestirse de lo viejo.

La Creación sigue maldita por el pecado de Adán, a pesar de que el Nuevo Adán, Jesucristo, ha bendecido la Nueva Creación. Pero es la Nueva, no la vieja, no la antigua. Y, por eso, hasta que no se dé el cambio, hasta que el hombre no esté «en el vientre del pez por tres días y tres noches» (Jon 2, 1), no puede comenzar el Reino Glorioso de Cristo en que la Iglesia ya no podrá ser destruida por los hombres.

Ahora, los hombres pueden destruir la Iglesia, porque los hombres pueden caer en el pecado y estar en la Iglesia haciendo su iglesia, que es lo más contrario a la Iglesia de Cristo. Eso lo estamos viendo desde que Jesús fundó Su Iglesia. En todos los tiempos de la Iglesia siempre han habido sacerdotes y Obispos que han intentado vivir en la Iglesia otras cosas, según su pecado y su vida mundana. Y, hoy como ayer, el hombre sigue siendo el mismo: un gran pecador, aunque se revista de sacerdote y de Obispo. Por eso, no es de extrañar lo que hace ese hereje sentado en la Silla de Pedro. No es de maravillarse, porque así somos todos los hombres: nos creemos santos porque ya tenemos algún conocimiento de Dios.

Y Francisco es sólo un gran pecador que no sabe mirar su pecado. Es como muchos hombres: vive su vida humana y llama a esa obra, vida justa, vida santa, vida de bondad. Y cree que Dios lo escucha porque es un buen hombre. Así son muchos en la Iglesia. Se han olvidado de purificar sus corazones. Han dejado de mirar sus pecados, sus miserias, porque no han sabido ser fieles a la Gracia que han recibido. Y, por eso, se creen santos sin serlo, siendo unos grandes demonios.

«Despertaos, borrachos (de humanidad), y llorad (vuestros pecados); gemid, bebedores de vino (de la maldad de los hombres), que os han quitado el vino de la boca. Ha invadido Mi tierra un pueblo fuerte (orgulloso, soberbio), innumerable (por sus pecados que no quita)… Ha devastado Mi Viña (Mi Iglesia)… La Viña está en confusión (perdidos en sus pecados)… Venid, pasad la noche cubiertos de saco (en penitencia), ministros de mi Dios… Promulgad ayuno… y clamad al Señor» (Joel 1, 5.6ª.7ª.12ª.13b.14c).

Ya está cerca: «Día de tinieblas y oscuridad; día de nublados y sombras… Delante de ellos va el fuego consumiendo y detrás la llama abrasa. Delante de ellos es la tierra un Paraíso de Edén, detrás queda convertida en desolado desierto; ante Él no hay escape» (Joel 2, 2.3).

Si el Señor no mete al hombre en el fuego que lo purifica todo y que lo renueva todo, es imposible salvarse, porque todo está contaminado por el pecado de los hombres. Y, ahora, cada hombre, en particular tiene que buscar su salvación. Dios salva a cada hombre; pero Dios no salva a todos los hombres en conjunto, porque ya la Gracia es para cada uno, no para todos.

Y si cada hombre consigue la confirmación en gracia, entonces habrá unión entre los hombres confirmados en Gracia. Nunca la unión entre los hombres se puede dar cuando hay un pecado en ellos. Nunca, porque el pecado rompe cualquier unión. Por eso, el ecumenismo es un imposible ahora, entre los hombres y en la Iglesia. Sólo se puede llegar a un sincretismo y eso es lo más contrario a la Verdad del Evangelio y de la Iglesia.

La semana antes del Fin


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“¿Quién es Ésta que se alza como la Aurora, Hermosa cual la luna, Espléndida como el sol, Terrible como escuadrones ordenados?” (Ct 6, 19).

Es la Virgen María, que está a la diestra del Rey, como Reina, como Oro de Ofir (cf. Salm 44, 10), para dar a cada hombre su Verdad en la vida.

Ella es la señal para todo hombre, una señal divina, que indica el camino de salvación y de santificación.

“Una gran señal apareció en el Cielo” (Ap. 12, 1), en el cielo de cada alma, en la conciencia de cada uno, en el espíritu que cada persona ha recibido de Dios.

Dios habla a cada corazón con las palabras de Su Madre, porque Su “boca es vino generoso, que se entra suavemente” (Ct 6, 10) por el paladar y suavemente llega a lo más íntimo del alma.

Dios se da a través de una Mujer que no ha puesto camino a Dios, sino que le ha ofrecido toda su vida para que Él haga el camino. Su Esclavitud es el inicio de la Obra de Dios en Ella. Su Nada es la grandeza de su Ser. Su Amor es la Lealtad de su Corazón.

La Virgen María está “vestida del Sol” (Ap 12, 1) Divino, revestida de la Gracia en su plenitud, enjoyada con los Tesoros del Cielo, para dar al Padre el Hijo de Su Amor.

Ésa fue su única misión en la tierra: dar el Hijo al Padre. Dar lo que Ella recibió: el Hijo. Devolver al Padre el Don de Su Amor: el Hijo.
Y no hizo más. Su Amor de Madre sólo es eso: engendrar al Hijo para dar el Hijo.

Y la Virgen María dio el Hijo con Su Corazón. No lo dio con su mente, con su vida, con sus planes en la vida. Lo dio ofreciendo Su Corazón al Plan de Dios, que significaba sólo una cosa: la Muerte de todo lo humano.

Por eso, la Virgen María se casó, pero no usó el matrimonio, porque tenía que estar muerta al sexo y al fruto del sexo: el placer y los hijos. La Virgen María no buscó un rato de cama para pasar el tiempo de su vida. No buscó los placeres del cuerpo, no hizo de su cuerpo de mujer el agrado de un hombre. Prefirió ser Virgen que acostarse entre las piernas de un varón.

La Virgen María no se casó para tener hijos de los hombres, sino para dar a Dios el Hijo que Él le pedía, y en la forma que Él lo quería, y para la Obra que Él planificó. Porque la Vida es para dar a Dios lo que Él pone en el corazón. Y no es para otra cosa. La Vida no es para vivirla, no es para pasar el tiempo haciendo muchas cosas, no es para mirar a los hombres y mirar a Dios; no está la vida en levantar los ojos a Dios para después bajarlos hacia los hombres.

La Virgen María siempre tuvo sus ojos hacia lo Alto, mirando la hermosura de Su Creador, extasiándose en la Grandeza de Su Mirada, obrando en la Presencia de Su Amor.

La Virgen María no perdió el tiempo hablando con los hombres, buscando a los hombres, haciendo el juego a los hombres. La Virgen María dio a los hombres un portazo y los dejó a, cada uno, en su vida, mientras Ella permanecía a los pies de Su Señor, porque eso es lo único importante en la vida.

La Virgen María es la Mujer que tiene “la luna bajo sus pies” (Ap. 12, 1), porque Ella va girando continuamente en la Presencia del Sol para dar al hombre la Voluntad de Dios.

Ella aparece y desparece, mientras el Sol siempre permanece. Aparece para dar Sus Gracias a los hombres; desaparece para que los hombres clamen su Presencia Materna de nuevo. Su Tiempo es el de Su Hijo, pero Su Obra va más allá de la de Su Hijo.

Jesús vino para Obrar una sola cosa: la Redención del hombre pecador. Y no hizo otra cosa. Por eso, todo acabó en la Cruz. No era necesario más. No había que hacer, entre los hombres, otras obras, ni vivir otras vidas, ni dedicarse a nada en lo humano.

Jesús vino para morir. Y ahí se acabó su vida. Por eso, ni se casó, ni trabajó, ni hizo nada para que los hombres crecieran en lo humano. Pudo inventarlo todo. Pero sólo se dedicó a morir. Señal de que el hombre nace para morir. Ése es el camino que nadie quiere en la Iglesia. Nadie.

Hoy se quiere salvar el mundo, salvar los pueblos, salvar las comunidades, que todos tengan dinero, salud, trabajo, etc. Jesús no vino a salvar a nadie. Jesús vino a morir. Y, muriendo, lo salva todo.

El cambio del mundo, el cambio de las sociedades, el cambio de las familias, el cambio de la vida de los hombres, comienza cuando se muer, no antes de morir. Ésa es la enseñanza de Cristo, ése es el camino de Cristo, que nadie quiere entender. Por eso, vemos lo que vemos en la Iglesia: todos quieren salvarse siendo hermanos unos con otros y haciendo muchas obras buenas. Pues, ése no es el camino de Cristo. Ése es el camino del demonio.

Cristo murió y Su Madre lo acogió entre sus brazos. Y ahí, muerto Su Hijo, comenzó la Obra de la Madre. Ella fue la que dio la fe a los Apóstoles que, por no creer en Su Hijo, se fueron todos a la desbandada. Huyeron del Rostro que los Salvaba porque no comprendieron el camino hacia la Salvación.

La Virgen María, en Su Dolor de Madre, en su sufrimiento místico al pie de la Cruz, comprendió las profundidades del Plan de Dios sobre la humanidad. El Hijo había muerto para que la Madre comenzara la Vida entre los hombres.

Mientras el Hijo estaba con vida, nadie creyó en Él: sólo la Virgen María y el discípulo amado. Los demás eran unos hombres, con mente de hombres, con vida de hombres, con obras de hombres. Nadie entendió nada de lo que predicaba Jesús.

Pero, muriendo el Hijo, comenzó la fe, porque la Virgen se la daba todo aquel que la buscaba en Nombre de Su Hijo. Ella comenzó a repartir gracias entre los hombres, porque es el Canal de todas las Gracias. Ninguna se la reserva Dios para Sí, sino que las ha puesto todas en manos de Su Madre para que las administre en Nombre de Su Hijo.

Y es por María cómo la Iglesia comenzó a funcionar. Sólo por Ella. Ella invocó al Espíritu para que se derramase sobre la Iglesia. Su oración hizo bajar al Espíritu, como lo hizo en la Encarnación.

En la Encarnación del Verbo, el Espíritu le dio al Hijo; pero en Pentecostés, el Espíritu le dio la Obra del Hijo, que es Su Iglesia. Nada se mueve en la Iglesia sin la Presencia de la Virgen. Nada se decide en la Iglesia sin el Corazón de la Virgen. Nada se obra en la Iglesia sin la Gracia de la Virgen.

Por eso, es necesario que los hombres en la Iglesia, busque a la Virgen María, como lo hicieron los Apóstoles. Ellos, en su pecado, sólo pudieron postrarse a los pies de la Madre para recibir el perdón de sus pecados. Quien no se postra ante la Virgen, no encuentra el camino para salir de su vida de pecado. Ella es la que muestra cómo está el corazón y qué hay que hacer para quitar lo que impide obrar el amor de Dios.

Hoy la Iglesia no busca a la Virgen María. Está perdida en los caminos del mundo, ofreciendo a las almas el alimento de la condenación. La Iglesia ha perdido la fe en Cristo porque se dedica a hacer muchas cosas buenas en el mundo y se olvidó de una cosa: no hacer nada. Sólo hay que morir para hacer la Voluntad de Dios en el mundo, las obras divinas en el mundo.
Sólo la muerte es la vida de los hombres. Y esto es lo que nadie entiende, porque no tienen fe, no imitan a Jesús, que no hizo nada por los hombres, no movió un dedo por el mundo. Se dedicó a morir.

Y, cuando el hombre está muerto, entonces aparece la Madre para indicar el camino de las obras divinas en la Iglesia. Pero hasta que el hombre no muera, la Virgen no aparece. Se esconde como la luna, se eclipsa, pasa desapercibida.

Nadie ha comprendido el papel de la Virgen en estos Tiempos. Y es fundamental. Sin sus señales, sin sus gracias, sin sus Palabras Maternas, es imposible comprender los caminos de la Iglesia. Ella señala el norte de la Iglesia. Ella pone a la Iglesia mirando a Su Hijo. Ella hace de la Iglesia sólo lo que el Padre quiere.

Por eso, hemos entrado en los Últimos Tiempos. En Navidad, comenzó la última semana antes del Fin. La semana en la que todo se decide para muchas almas que son de la Iglesia y que son para el infierno, porque han perdido el Espíritu de la Iglesia.

La última semana es para la Iglesia: para purificarla y renovarla como Dios quiere. Es una semana de sufrimientos, de humillaciones, de desprendimientos, de cruces, de sangre derramada, porque la Iglesia tiene que dar Testimonio de la Verdad, que es Cristo Jesús.

La Iglesia tiene que aprender lo que aprendieron los Apóstoles: no se trata de ver el mal, sino de combatirlo con la Verdad, con el Espíritu de la Verdad.

Hoy muchos ven el mal que hace Francisco y los suyos, -que son sacerdotes y Obispos comunistas en la Iglesia, que la desvían de la Verdad, – y no hacen nada, como si nada pasara, como si eso fuera lo más normal en estos tiempos. No combaten el mal que hay en la Iglesia porque tampoco combaren el mal que hay en sus vidas. Sus vidas son para el mundo, para crecer en las cosas del mundo, para salvar el mundo haciendo obras buenas. Pero sus vidas ya nos para Cristo, porque se olvidaron de morir. La penitencia ya se olvidó en muchos. Ahora, sólo hay que dar dinero a los pobres y ya se consigue el cielo.

Jesús vino para dar Testimonio de la Verdad ante los hombres. Y eso le costó la vida. Señal de que la Verdad no es para todos los hombres, sino sólo para unos pocos. Por eso, no podemos ser hermanos de los hombres. Sólo podemos ser hijos de la Verdad y darla a aquellos hombre que la quieren para sus corazones. A los demás, hay que ofrecerles el camino de la Verdad, pero no darle los tesoros del Rey que no se ofrecen a los cerdos, a los hombres que sólo viven para sus mentiras en la vida.

Hemos comenzado la semana de Daniel, en la que se da la Abominación de la Desolación. Y eso es tan grave que, por eso, los acontecimientos se precipitan ya dentro de la Iglesia. Nada es lo que parece, porque ahora trabaja el traidor en la Iglesia y nadie conoce su obra hasta que no se muestra. Sólo los que sigue a la Madre conocen los pasos y los caminos en esta semana última antes del Fin.

El principio del fin de la Iglesia

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La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Y eso significa que la Iglesia no es un conjunto de hombres, sino de almas que pertenecen a estados espirituales, como son el Cielo, el Purgatorio y la vida terrena.

La vida de la Tierra hay que verla como un estado del alma, no sólo como un lugar físico, natural, material, humano.

Si no se contempla así la Iglesia, entonces los hombres siempre hacen su iglesia, la que conciben con su pensamiento, pero no hacen la Iglesia del Espíritu, la que Dios ha concebido, desde toda la Eternidad, en Su Corazón Divino.

Dios es Espíritu. Y, por tanto, todo lo que crea es Espíritu, nace del Espíritu y se mueve en el Espíritu.

Dios no crea cosas materiales. La materia, los cuerpos, el Universo, nacen de la Obra del Espíritu. Lo material pertenece al Espíritu, no a la cosa material en sí.

Por eso, el hombre no es sólo algo humano, carnal, material, de sentidos, de vivencias palpables. El hombre tiene un espíritu, que nace del mismo Espíritu. El hombre tiende, por naturaleza, hacia el Espíritu, hacia la vida del Espíritu. Por eso, tiene un alma espiritual, se alimenta de cosas espirituales, desea lo espiritual.

El problema del hombre es que está metido en una carne, en algo material, que le empuja hacia la materia, que le impide volar hacia el Espíritu y, por eso, se le dificulta entender la Obra del Espíritu.

La Vida de la Iglesia es Espíritu, es la Vida del Espíritu, es la Obra del Espíritu. Y no es otra cosa. No es lo que los hombres piensan sobre Dios. Es lo que Dios obra en Sí Mismo.

Por eso, los hombres, durante siglos, han pretendido hacer la Iglesia que conciben en sus pensamientos humanos. Y no han luchado por hacer la Iglesia que está en el Corazón de Dios.

Pero Dios, sabiendo cómo es el hombre, se atreve a hacer una Iglesia en que el elemento humano es un lastre para la Vida de la Iglesia.

Lo humano complica siempre la sencillez de la vida espiritual. Y eso todos los santos lo han contemplado en sus vidas. El santo es llamado por Dios hacia algo espiritual, pero los hombres siempre han puesto su idea de la santidad, su idea de la vida espiritual, su idea de la Iglesia y, por eso, el Santo, para hacer una Obra Divina en la Iglesia, ha tenido que enfrentarse a tantos hombres de Iglesia que sólo buscan su pensamiento humano y llaman a ese pensamiento humano Voluntad de Dios.

Por eso, los hombres de la Iglesia han puesto su ídolo en la Iglesia: el que han concebido con su razón humana.

Es el ídolo de cómo debe ser la Iglesia, cuando un Papa renuncia a su Pontificado.

Es el ídolo de la razón humana, que trae sus consecuencias para toda la Iglesia.

Porque ese ídolo es presentar a la Iglesia un camino que Dios no quiere, que Dios no ha planeado para Su Iglesia.

Ese ídolo consiste en dar a la Iglesia una nueva Cabeza y llamarla Papa. Eso es lo que se ha hecho. Se ha puesto un falso Cristo, un falso Vicario de Cristo, una falso Profeta.

Eso ha sido el comienzo. Y eso no se va a quitar, porque los hombres no ven su pecado. Y, por más que se les diga su pecado, los hombres no van a atender a su pecado, sino que van a luchar para que su pecado sea aceptado por todos.

Eso es una verdad. No hay que hacerse ilusiones sobre ese falso Profeta, que ha sido puesto por los Enemigos de la Iglesia, sólo con el fin de acabar con la Iglesia, que Dios tiene en Su Corazón, y que nadie conoce, sino sólo Dios.

El principio del fin de la Iglesia ha sido puesto por los hombres, precisamente, en la Cabeza de la Iglesia.

Y será esa falsa cabeza de la Iglesia la que hará todo lo demás para que en la Iglesia se viva lo que Dios no quiere para Su Iglesia.

Por eso, los tiempos que vivimos no son como otros tiempos anteriores.

Ya la Virgen, por todas las partes del mundo, ha dado sus profecías. Y ha profetizado esto que estamos viviendo. Y es una realidad lo que vivimos. Y aquel que no quiera ver es sólo por su soberbia, por su mala voluntad, porque ama el pecado, no ama la Verdad de la Iglesia.

Las almas se han acostumbrado al pecado y ya no saben ver la Verdad. Tienen miedo de esta Verdad.

Porque las almas les cuesta la vida espiritual en la Iglesia. Y han hecho de sus vidas espirituales una rutina. Y ven la Iglesia en su rutina. Y no saben luchar por la Verdad de la Iglesia, porque no saben luchar por la verdad de sus almas.

El alma necesita la Verdad que nace del Espíritu. Los hombres no tienen necesidad de las verdades que nacen de los pensamientos de los hombres, porque esas verdades no llenan el corazón, no hacen vivir, no obran la Verdad que está en el corazón de cada uno.

El alma necesita contemplar la Verdad. Y la Verdad se la da el Espíritu de la Verdad, no el pensamiento de un hombre.

Pero esa Verdad que se contempla también asusta, porque el alma se refugia en su mente, en su vida, en sus obras y sólo lucha por lo suyo, pero no por la vida del Cielo.

Por eso, ante el pecado de la Jerarquía de la Iglesia, nadie se ha movido, nadie ha dicho nada. Todos han asentido a ese pecado y todos ven como algo bueno ese nuevo Papa, que Dios no ha elegido, que Dios no quiere, que no es un don de Dios a Su Iglesia y que sólo significa la ruina de la Iglesia.

Y las almas se han acomodado a ese pecado. Y han tomado ese pecado como bueno, como un valor. Y no se atreven a llamar a ese nuevo Papa con su nombre verdadero: falso Profeta.

Se tiene miedo del qué dirán los demás, qué pensarán los demás. En seguida viene el juicio y la condena contra aquel que se atreva a negar al nuevo Papa que los hombres se han inventado en la Iglesia.

Cuesta ver la Verdad y cuesta decir la Verdad. Y la Verdad no gusta a nadie. Y la Verdad son pocos los que la siguen, porque siempre la Verdad crucifica la mente del hombre, su vida, sus obras, sus deseos humanos. Y nadie quiere la Cruz, nadie quiere sufrir.

La Verdad es como Es. Y nadie puede ocultarla. Ni siquiera el consenso de toda la Jerarquía de la Iglesia, al reunirse para nombrar un nuevo Papa.

La Verdad es que no tenían que reunirse. Tenían que pedir a Dios Luz en esa situación. Y, entonces, el hombre cometió otro pecado. Y eso le llevó a poner su ídolo en la Iglesia.

Un ídolo que ya no van a quitar, porque nace de la soberbia humana. Y el soberbio no ve su soberbia, sino que se tiene por justo y santo en su soberbia.

A los hombres les cuesta ser sencillos y ser humildes. Y prefieren dar a los demás lo exterior de la humildad, mostrarse ante los demás que son humildes porque no poseen muchas riquezas o porque tienen un carácter que les hace humildes en lo exterior, en su trato con los demás. Pero a todos los hombres les cuesta someter su razón a la Verdad del Espíritu. Y no hay hombre que no sufra cuando tiene que dejar su forma de entender la vida, de entender la Iglesia, de entender la cosas divinas.

La Iglesia es del Espíritu, no de cualquier idiota que se llama a sí mismo Papa por no saber discernir lo que otros idiotas hicieron cuando lo nombraron Papa.

En este falso Profeta está también su pecado de soberbia, que lo ciega a su Trono, a la Silla de Pedro, y que va a querer hacer su iglesia, su forma de entender la salvación y la santidad de la Iglesia. Y, de esa manera, producirá el cisma en toda la Iglesia, porque no es la Cabeza que Dios quiere y, por tanto, no va a poder hacer la Unidad de la Iglesia.

La Iglesia ha errado el camino

caradecristo

La Iglesia ha errado el camino en la renuncia del Papa Benedicto XVI a su Pontificado.

No ha visto esa renuncia como lo que es en Dios: el pecado de la Cabeza de la Iglesia.

Y, por no saber mirar esa renuncia como pecado, la Iglesia comete el mismo pecado que su Cabeza.

Porque el Papa se une a la Iglesia en Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo Místico de la Iglesia. Y Cristo da a su Cuerpo una Cabeza visible, que es el Papa, Su Vicario en la Tierra.

Y lo que haga ese Vicario como Cabeza de la Iglesia pertenece también al Cuerpo Místico de la Iglesia. Las virtudes y los pecados de la Cabeza lo son también del Cuerpo Místico.

Este es el Misterio de la Iglesia: misterio de Unidad y de Amor.

El Cuerpo Místico de la Iglesia no supo apreciar el pecado de su Cabeza, de su Papa, y, por tanto, sufre las consecuencias de ese pecado.

Porque el pecado no es sólo una cuestión de la conciencia, como pretende enseñar ese falso Profeta que se pone como Papa. El pecado del bautizado pertenece a toda la Iglesia, no sólo a la conciencia del que lo comete.

El Papa Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en la renuncia al Pontificado. Porque Dios no da derecho al Papa para renunciar al Don que se le da. El Papa no tiene ese derecho de dejar de ser Papa, porque el Llamado de Dios es único y para el alma del Papa.

Dios no juega con la Cabeza de la Iglesia. No la pone para después quitarla. Nunca la quita por una razón humana, natural, física, carnal, material.

Dios da el Poder a la Cabeza para hacer su misión en la Iglesia. Y los poderes del infierno y los poderes del mundo no pueden con un Papa, porque Dios lo asiste desde el principio hasta el fin de sus días.

Dios elige un Papa hasta su muerte. Y hasta que no muera, Dios no elige otro Papa. Esa es la Fe de la Iglesia. Esa es la Fe en Cristo. Y no hay otra Fe. Y los hombres no quieran inventarse la fe, según su manera humana de entender las cosas divinas y de la Iglesia.

El Papa es Elegido por Dios hasta su muerte, hasta el último hálito de vida. Y no retira esa Elección Divina ni por enfermedad del Papa, ni por el pecado del Papa, ni por los intereses humanos.

Dios es muy serio en la Elección del Papa. No pone a cualquiera. No da a la Iglesia el Papa que los hombres quieren. Da a la Iglesia el Papa que Su Corazón Divino quiere.

El Papa, como hombre, tiene el don de la libertad, con el cual puede renunciar a la Voluntad de Dios. Ese don, Dios no lo anula en el Papa. Dios da al Papa todo el Poder Divino para obrar su misión como Cabeza de la Iglesia. Pero ese Poder Divino no hace santo al Papa, no lo confirma en Gracia. A pesar de ese Poder Divino, el Papa tiene facultad para pecar, por su libre albedrío. Y Dios siempre respeta la libertad de sus almas si quieren elegir otro camino que el que Dios les traza.

Por tanto, el Papa Benedicto XVI ha pecado con su renuncia al Pontificado. Y ese pecado hace que Dios se retire de la Cabeza de la Iglesia. Y una Iglesia sin Cabeza es una Iglesia sin Unidad, sin Amor, sin Paz.

Por tanto, el Cuerpo Místico de la Iglesia, al contemplar el pecado de su Cabeza, el Papa, debería haber esperado y pedido al Señor la Luz para obrar en la Iglesia cuando la Cabeza renuncia a ser Cabeza del Cuerpo Místico.

Es lo que no hizo el Cuerpo Místico de la Iglesia, porque no vió en esa renuncia un pecado, sino algo propio de la vida de un hombre que está cansado de la vida que lleva y que quiere un poco de paz a su alrededor.

La Iglesia se embarcó en el juego del demonio y buscó una cabeza, cuando el Papa todavía está vivo. Este es el error en el camino.

Teniendo un Papa vivo, Dios no da otro Papa hasta que no muera. Hay que esperar a su muerte para elegir un Papa.

La Iglesia, por tanto, erró en el camino porque no tiene vida espiritual.

Ni el Papa Benedicto XVI tiene vida espiritual, ni tampoco la Jerarquía de la Iglesia tiene vida espiritual. Carecen de fe, de oración, de penitencia. Tienen miedo a la Cruz del Señor. Tienen miedo de las palabras de los hombres. Es una Iglesia que sirve al pensamiento de los hombres, pero no es capaz de servir al Corazón de Dios.

Por tanto, la Iglesia al errar el camino, eligió a uno que no es Papa, que no es elegido por Dios. Ese falso Profeta no es un Don de Dios a la Iglesia, porque todavía el Papa está vivo. Dios no da dos Papas. Es el hombre y el demonio el que busca sus cabezas, sus jefes para hacer de la Iglesia un pastizal del infierno.

Sólo puede haber un Papa

virgen

Sólo puede haber un Papa mientras tenga vida.

Que nadie se llame a engaño, porque la Verdad es clara.

“Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia, y las Puertas del Infierno no podrán contra Ella” (Mt 16, 18).

La Silla de Pedro es para un alma que Dios ha llamado a ese Oficio Divino.

Un alma Elegida sólo por Voluntad Divina, en la que no entra ninguna voluntad humana.

Un alma que Dios elige tomando parte la libertad de los hombres, pero que el resultado es sólo la Voluntad de Dios.

Es el Misterio de la Gracia y de la libertad del hombre. Siempre se hace lo que Dios quiere. Nunca lo que el hombre piensa o decide.

Jesús funda Su Iglesia sobre Pedro, no sobre un hombre cualquiera. Pedro es la Piedra Angular de la Iglesia. Y la Iglesia no tiene otra Roca donde apoyarse.

La Iglesia no se apoya en el pensamiento de ningún sacerdote, de ningún Obispo, de ningún Cardenal, de ningún fiel. Ni en ninguna obra que los hombres realicen en la Iglesia.

La Iglesia se apoya en Pedro. Y en Pedro está toda la inteligencia de la Iglesia y toda la obra de la Iglesia.

Este es el Poder que tiene Pedro. Un Poder que sólo Dios puede dar, no lo puede dar ningún hombre.

Por eso, con la renuncia de Benedicto XVI, el hombre ha robado el Trono de Pedro, la Silla de Pedro, pero no ha podido robar el Poder de Dios.

El Poder de Dios descansa sobre el alma que Dios ha elegido para Papa, que es el alma de Benedicto XVI. No puede estar en el alma del falso Profeta, que se sienta en la Silla de Pedro y que se llama a sí mismo Papa.

La renuncia de Bendicto XVI es un pecado del Papa en la Iglesia. Y como pecado debe ser tratado. No es que le faltaran las fuerzas, no es que lo hiciera mal en su reinado y tuviera que irse.

Benedicto XVI pecó y eso basta para producir un inmenso caos en la Iglesia. Caos espiritual, porque los hombres no saben vivir el Espíritu y, por tanto, no saben llamar a la verdad, verdad, y al pecado, pecado.

Sólo puede haber un Papa que Dios elige. Y lo elige hasta su muerte. No lo elige por un motivo humano. No lo quita porque el cuerpo esté enfermo o débil. El Papa es Papa hasta su muerte. Y esa es la Verdad que no se quiere aceptar.

Jesús no juega con Su Iglesia. Cuando pone un Papa sabe a quien pone y conoce sus debilidades y sus pecados. Y lo pone a pesar de sus debilidades y de sus pecados, porque el Papa tiene todo el Poder para regir la Iglesia, así esté enfermo, así ya no pueda más en su vida, así haya pecado.

Jesús funda su Iglesia sobre un alma que Él elige. Y le da Poder para obrar esa Obra Divina hasta el final de sus días terrenos.

Si el Papa Elegido por Dios no hace su misión para la cual ha sido elegido, eso es por el alma, que no sabe tener fe, que no sabe hacer oración, que no sabe hacer penitencia. Y, entonces, tiene miedo de los hombres que tiene a su alrededor y sigue lo que esos hombres le dicen y no hace caso de lo que el Espíritu le dice a su corazón.

Y, por eso, cae en el pecado. Pero el pecado no quita el Poder de Dios y la misión de Dios para esa alma. Porque Dios lo ha elegido para esa misión, sabiendo sus pecados y sus debilidades.

Es el Misterio de la Misericordia Divina, que ninguna mente humana es capaz de entender.

Así, en la Iglesia, ahora mismo hay un Papa: el que Dios ha elegido hasta su muerte: Benedicto XVI. Y no hay otro Papa. El que se hace llamar Papa es sólo un falso Profeta, que tampoco sabe hacer oración ni penitencia y, por tanto, no sabe ver el problema que tiene la Iglesia ahora mismo.

No sabe ver ese problema y no es capaz de pedir Luz al Espíritu para que le dé a conocer la verdad de su vida que, ahora, se mueve en una gran mentira.

Y si ha subido a la Silla de Pedro sin la Voluntad de Dios, sin el llamado de Dios, sin la misión de Dios, sin el Poder de Dios, entonces lo que haga en la Iglesia es por el poder de los hombres, por el llamado de los hombres, por la misión que los hombres quieren en la Iglesia, por la voluntad de muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales que ya no quieren seguir la doctrina de Cristo, sino que han hecho de sus sacerdocios un instrumento del demonio.

Detrás de la elección de ese falso Profeta está la Masonería, que camuflada por el Poder Sacerdotal, hace de la Iglesia el reinado del Anticristo. Y presenta a la Iglesia la nueva manera de dar culto a Dios, a través de las enseñanzas de muchos sacerdotes que han perdido el Espíritu Sacerdotal, y ya no saben dirigir a las almas hacia las praderas espirituales, sino que dan a las almas su alimento humano, fruto de su necia inteligencia y de su orgullo de la vida.

Benedicto XVI: el último verdadero Papa

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Juan Pablo II fue el último Papa que dio a la Iglesia la Verdad del Espíritu.

En su enseñanza al Pueblo de Dios no se ve ningún error y supo tener la fe que muchos sacerdotes, Obispos y cardenales no tuvieron.

En sus palabras se movía el Espíritu y, por eso, llenaba los corazones del Amor de Dios.

Escucharlo era penetrar en la Presencia de Dios y escuchar la Voz de Dios en el corazón.

Después de él, siguió Benedicto XVI, verdadero Papa, pero inútil en la enseñanza de la verdad.

Verdadero, porque es Elegido por Dios desde el principio. No fueron los hombres. Pero inútil porque todavía no ha cumplido su misión.

Él debe ser la Gloria Olivae, es decir, la Luz de la Verdad del Espíritu en la Iglesia. La Gloria es la Luz de Dios; y el olivo es la Verdad que nace de esa Luz.

Su pecado lo sitúa en la oscuridad. Y, en esa oscuridad, no puede ser Luz de Dios. Tiene que quitar su pecado, levantarse de su mal y reconocer el Llamado que el Señor le hizo en su Iglesia.

Él es Papa para un tiempo muy conflictivo en la Iglesia. Él debe ser Luz para ese Tiempo.

Y los Enemigos de la Iglesia harán lo que sea para impedir que Benedicto XVI se levante de su pecado y regrese a la Iglesia como verdadero Papa.

Él es el verdadero Papa. No hay otro. El que se sienta en el Trono de Pedro ahora es un falso Profeta, que abre las puertas de la Iglesia para destruirla desde la Cabeza. Y, por eso, no hay que seguir a este falso Profeta. Hay que seguir al verdadero Papa.

Pero ¿cómo seguir a un Papa que no reconoce su pecado y que no hace nada por quitar su pecado?

Este es el problema ahora de la Iglesia.

La Iglesia tiene un Papa verdadero que ha renunciado a la Elección Divina por voluntad propia, no por Voluntad Divina. Y Dios nunca obliga a nada a las almas. El libre albedrío es un don divino al alma. Y lo está ejerciendo Benedicto XVI quedándose en su pecado.

Y mientras esté en su pecado, no se puede seguir al verdadero Papa, porque de un pecador no se aprende la verdad. El pecador sólo enseña su pecado, no la verdad de la vida. Y, menos, la Verdad de la Iglesia.

Por eso, la Iglesia está en su máxima oscuridad: no tiene Luz del Espíritu, por el pecado de su Papa, de su Cabeza, del verdadero Vicario de Cristo, que es Benedicto XVI.

Y una Iglesia sin Luz del Espíritu es la Iglesia del demonio.

Este es el problema de la Iglesia ahora mismo: se presenta al mundo como la Iglesia verdadera, pero obra como la iglesia del demonio.

Esto es lo que no se medita por tantas almas que siguen a ese falso Profeta y que lo aman porque dice cosas que agradan a los sentimientos de los hombres, a sus mentes, a sus vidas, pero que no sabe lo que es la vida espiritual de la Iglesia.

Da pena ver cómo no existe en la Iglesia el discernimiento de espíritus. Todo el mundo cree entender porque dice que razona las cosas. Y, para discernir los espíritus, hay que ir al Espíritu y preguntarle sobre la verdad de lo que la mente ve a su alrededor.

Pero las almas ya no creen en la Palabra del Espíritu, sino que creen en las palabras humanas, en los razonamientos de los hombres, en las investigaciones de los hombres, en las medidas de los hombres y, por eso, se equivocan en sus juicios, porque no van a la Verdad, que sólo el Espíritu de la Verdad puede enseñar sobre la vida humana y sobre Su Iglesia.

Estamos viviendo lo que en el mundo se ve como algo normal, pero que es la realidad del mal, del pecado.

En el mundo no existe el pecado, sino los errores sociales, mentales, circunstanciales, médicos, culturales, que se dan en la vida de las personas. Y, cuando no existe el pecado, entonces todo es verdad, pero una verdad a medias, una verdad según la mente de cada uno, según su forma de pensar o de ver la vida con sus juicios, opiniones, medidas intelectuales.

Y, entonces, en el mundo todo se construye en el pecado. Nada es verdad absoluta en el mundo. Todo es relativo en el mundo. Y, por tanto, el mundo rechaza la verdad absoluta, porque vive de sus medias verdades, sus verdades interesadas, que sólo sirven para seguir viviendo en el pecado, en el error, en la mentira de la vida.

Y eso que está en el mundo, está ahora en la Iglesia. Y lo está en Su Cabeza, que es el verdadero Papa.

Benedicto XVI vive en su pecado, en su mentira, en su media verdad. Ha hecho de su pecado su vida. Y eso crucifica a Cristo y a la Iglesia, porque él es el verdadero Papa.

Si él no se levanta de su pecado, entonces la Iglesia camina hacia la plena destrucción, porque el que se sienta en el Trono de Pedro es el demonio. Y el demonio nunca da la verdad. Cuando habla, habla la mentira que tiene en su ser.

Por eso, este momento que pasa en la Iglesia es único en su historia.

Porque en la historia de la Iglesia han habido dos Papas e incluso más. Pero esa división fue sólo por la maldad de los hombres, no por el pecado del Papa.

La división de la Iglesia, hoy día, es por el pecado del verdadero Papa, que debe ser siempre la unidad de la Iglesia.

Pero si un Papa peca y no reconoce su pecado, entonces ¿dónde está la Unidad de la Iglesia? En ninguna parte. Y no se puede buscar en el falso Profeta que se sienta en el Trono de Pedro, porque él tampoco ve su pecado ni el pecado de quien es su verdadero Papa.

Si este falso Profeta viera la verdad de la Iglesia en estos momentos, entonces dejaría ese Trono y ni siquiera se hubiera subido a él.

Pero hoy en la Iglesia nadie ve nada y nadie hace nada por la Verdad que sólo el Espíritu puede dar.

Todos hacen muchas cosas por sus verdades, por las que están en la mente soberbia de muchos sacerdotes, Obispos, y cardenales. Y así nunca se va a quitar el pecado, sino que se va a seguir en el pecado y construir una iglesia que no sirve para nada.

La Apostasía de la Fe

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«Mayo de 1823. Tuve de nuevo la visión de la secta secreta socavando por todas partes la iglesia de San Pedro. Ellos trabajaban con instrumentos de toda especie y corrían por aquí y por allá, llevado piedras que habían arrancado. Fueron obligados a dejar el altar, no pudieron quitarlo. Vi profanar y quitar una imagen de María. (AA.III.556)

«Yo me lamentaba al Papa y le preguntaba como él podía tolerar que hubiera tantos sacerdotes entre los demoledores. (…) Vi en esta ocasión porque la Iglesia ha sido fundada en Roma; es porque ahí está el centro del mundo y que todos los pueblos si vinculan con ella por diferentes relaciones. Vi también que Roma permanecerá en pié como una isla, como una roca en medio del mar, cuando todo, alrededor de ella, caerá en ruinas.»

«Cuando vi a los demoledores, me quedé maravillada de su gran habilidad. Tenían todo tipo de máquinas: todo se hacía siguiendo un plan: nada se producía por si mismo. Ellos no hacían ruido; ponían atención a todo; recurrían a artimañas de todo tipo, y las piedras parecían a menudo desaparecer de sus manos. Algunos de entre ellos reconstruían: destruían lo que era santo y grande y lo que edificaban no era más que vacío, hueco, superfluo. Llevaban las piedras del altar y hacían con ellas una escalinata en la entrada. (AA.III.556) (Visiones de la Beata Ana Catalina Emmerich)

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El mal de la Iglesia es siempre su falta de Fe. No es otra cosa, porque la Iglesia lo tiene todo para hacer la Obra de Dios en el mundo que pertenece al demonio.

Pero los hombres de Iglesia, los hombres que están en la Jerarquía de la Iglesia, los Obispos, sacerdotes y demás miembros de la Jerarquía, no creen.

Ese es su pecado: el de la incredulidad.

A pesar de sus estudios eclesiásticos, teológicos, a pesar de tener el Espíritu, siguen sin creer, sin dejarse mover por el Espíritu Divino para hacer de la Iglesia lo que Dios quiere en Ella.

Por eso, estamos asistiendo al Tiempo de la Apostasía, que significa: apartarse de todo lo divino para entregarse a lo demoniáco.

Apostatar es hacer la obra del demonio en la Iglesia. No es irse de la Iglesia y fundar otra iglesia con otros objetivos o los mismos que se tenían en la Iglesia. Es permanecer en la Iglesia pero haciendo la obra del demonio, no la de Dios.

Esta Apostasía, que se llama la Apostasía de la Fe, es lo que impera en la Jerarquía, desde el Concilio Vaticano II. Ahí empezó el trabajo del demonio dentro de la Iglesia.

Ahí el demonio empezó a cambiar las mentes de los hombres de la Jerarquía eclesiástica y las condujo fuera del recinto de la Fe.

Así, los Obispos, los sacerdotes, en sus ministerios en la Iglesia sólo dan la mente humana, la filosofía humana, la perspectiva humana, la ciencia del hombre, y hace que la Iglesia vea el mundo como el mundo se ve a sí mismo.

Y una vez conseguido esto en la Jerarquía, el demonio empieza a cambiar todo lo espiritual en la Iglesia. Quita oraciones, destruye tradiciones, separa las congregaciones, y provoca, en medio de la Iglesia, una confusión en todo el campo espiritual que nadie puede hacer frente y que nadie sabe oponerse debidamente.

Por eso, sólo dos Papas fueron valientes en este tiempo de gran confusión en la Iglesia: San Pío X, que actuó en contra del modernismo, antes de que se introdujera en la Iglesia, y el Beato Juan Pablo II, que no tuvo miedo de los hombres que estaban en la Jerarquía de la Iglesia y puso el Espíritu de la Iglesia en medio de Ella para que manejara a la Iglesia como Dios quería.

Los demás Papas fueron débiles ante los hombres de la Iglesia y no pudieron hacer lo que Dios quería en la Iglesia. La mantenieron en la fe, pero no supieron atacar lo que el demonio iba haciendo en la Iglesia.

El Tiempo de la Apostasía es un tiempo marcado por la destrucción de todo lo divino en la Iglesia: desde Su Cabeza, pasando por la Santa Misa, hasta no dejar nada que pertenezca a Dios.

Hay que quitar las cosas divinas de la Iglesia: su tradición, Su Palabra, las obras de Su Espíritu.

Y se hace ese trabajo en silencio, destruyendo sin que nadie lo note, para en el momento oportuno asestar el golpe mortal y definitivo.

El trabajo en silencio ya ha sido realizado por el demonio en 100 años. Ahora, le es más fácil al demonio obrar en la Iglesia y poner la persona adecuada que dé ese golpe certero y definitivo para hacer de la Iglesia de Cristo, su iglesia. Hacer que la Jeraquía de la Iglesia se quede en la Iglesia pero enseñando la mente del demonio y haciendo que todos sigan esa enseñanza como cosa verdadera, como venida de la mano de Dios.

Entonces, se manifestará en la Iglesia el Tiempo del Anticristo, con todo su poder demoniáco, para demostrar al mundo que la Iglesia es de Dios y que hace en el mundo las maravillas de Dios. Pero sólo será la pantalla del demonio para embaucar al mundo en su negra inteligencia demoniáca.

Es necesario permanecer en la Iglesia, pero atacando todo aquello que sea del demonio. Y es hora de atacar la cabeza que el demonio ha puesto en la Iglesia y que actúa ante la Iglesia como Papa verdadero y sólo es un primer falso Profeta, que sigue los dictados del demonio en esa obra demoniáca en la Iglesia. En esta cabeza, que está ahora, se ven tantas cosas del demonio entre líneas que sólo hay que esperar que se manifieste completamente para comprender que no es un Papa verdadero, sino uno falso que no sabe dar el Espíritu de la Iglesia a la Iglesia.

Esta es la Apostasía de la Fe, difícil de comprender para aquellos que sólo buscan el agrado de los hombres y del mundo y que ven todas las cosas como algo bueno y algo que tiene solución entre los hombres.

En este Tiempo de Apostasía todas las cosas se van a complicar para todo el mundo, porque es una revuelta en todo para que el demonio consiga lo que quiere: la destrucción de la Iglesia.

Se destruye la Iglesia

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Dios concedió al demonio 100 años y poder para destruir la Iglesia.

Este permiso de Dios supone en la Iglesia una fuerza para repeler ese ataque del demonio (Sto. Rosario, Sta. Misa, Exorcismo de San Miguel).

Porque Dios no da permiso al demonio sin dar la fuerza a la Iglesia.

Por eso, Dios mandó al Papa León XIII que la oración a San Miguel Arcángel se rezara cada día en la Iglesia después de la Sta. Misa.

Esa oración es para repeler el ataque de los demonios en su intento de destruir la Iglesia.

Dios da un permiso al demonio para destruir la Iglesia. No le da cualquier otro permiso: no le da el permiso de dañarla de alguna manera o de causar en Ella algún estrago.

El demonio tiene poder para destruir la Iglesia.

Esta verdad no ha sido meditada en su realidad.

Porque “las puertas del infierno no podrán contra Ella” (Mt 16, 18). Entonces, ¿por qué Dios da este permiso si el demonio no puede en contra de la Iglesia, no puede destruirla?

En este permiso divino se pone de manifiesto el Misterio de Iniquidad. Misterio que obra en contra siempre de la Voluntad de Dios. Misterio que se opone siempre al Plan de Dios. Misterio que hace de la Obra de Dios una imitación demoniáca.

El demonio quiere, ante todo, ser como Dios. Y Dios formó Su Iglesia. Y, también el demonio, quiere formar su iglesia, pero haciendo de la Iglesia que Dios ha fundado, su creación demoniáca.

Siempre el demonio va en contra de Dios en sus obras: en la Creación, en la Redención, en el cumplimiento de toda Verdad que está en Dios.

Dios da este permiso porque así es el Misterio de la Iniquidad. Y no hay otra razón divina para otorgar este permiso.

El demonio nunca podrá destruir la Iglesia, pero el demonio quiere, en su Misterio, llegar a destruir la Iglesia y eso es lo que pide a Dios:

La voz gutural, la voz de satanás con su orgullo, jactándose a Nuestro Señor:

Yo puedo destruir tu Iglesia”.

La suave voz de Nuestro Señor: “¿Tu puedes? Entonces sigue adelante y hazlo”.

Satanás: “Para ello, necesito más tiempo y más poder”.

Nuestro Señor: “¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto poder?

Satanás: “75 años a 100, y un mayor poder sobre aquellos que se entregan a mi servicio”.

Nuestro Señor: “Tú tienes el tiempo, tú tendrás el poder. Has con ellos lo que quieras” (visión de León XIII, después de celebrar la Misa en el Vaticano).

Desde ese momento, ya hace más de 100 años, el demonio ha actuado en la Iglesia con el fin de destruirla.

Se ha tomado su tiempo para, poco a poco, ir consolidando su plan de destrucción.

En la Iglesia, durante estos 100 años se han visto muchas cosas que no son de Dios, sino del demonio. Y los hombres de la Iglesia se han dejado manipular por la mente del demonio y no han sabido repeler este ataque del demonio.

Porque no es cualquier tentación. No es cualquier obsesión demoniáca. No se trata de una posesión del demonio sobre las almas que pertenecen a la Iglesia.

El demonio se infiltra en la Iglesia con el fin de hacer su iglesia: transformar la Iglesia que Jesucristo ha fundado en el Papa, en Su Cabeza, en Pedro, y manifestarla al mundo como una obra demoniáca, no de Dios.

Este es el trabajo del demonio que muchos no han entendido, porque creen que la Iglesia es Santa, Inmaculada, Poderosa y que siempre Dios la sostiene en su actuar.

Y la historia de la Iglesia señala que no siempre ha sido sostenida por la mano de Dios, porque los hombres pecan en Ella. Y donde existe el pecado, Dios se retira de ese alma. Y, cuando Dios se retira, entonces el demonio actúa en la vida de ese alma y puede hacer lo que quiera en esa vida.

La vida espiritual de la Iglesia no puede ser Santa en un mundo que pertenece al demonio, cuyo Príncipe es el demonio. Los hombres de la Iglesia no están confirmados en Gracia y, por tanto, son débiles para pecar, son frágiles en todo la vida espiritual y no saben ver la acción del Mal a su alrededor.

Por eso, en la Jerarquía de la Iglesia, en estos 100 años, han habido muchos hombres que han sido del demonio, pero que han aparecido ante los demás como hombres buenos e incluso santos o justos.

Porque así es el trabajo del demonio: sin que se note exteriormente. De esta manera, puede introducirse allí donde le interesa en la Iglesia, que es la Jerarquía.

Y ha ido trabajando a la Jerarquía de la Iglesia hasta hacerla suya, hasta hacer que la Cabeza sea sólo un instrumento del demonio.

Por eso, logró el pecado en el Papa Benedicto XVI. Necesitaba ese pecado para instalarse en la Cabeza. Con ese pecado, hacía que Dios se retirara de la Cabeza y que Ésta fuera suya totalmente.

Por eso, todo aquel que se siente en el Trono de Pedro, que quiera ser Papa, después de Benedicto XVI, será un falso Profeta, asistido sólo por el demonio en el oficio de ser Papa en la Iglesia, porque ya la Cabeza es instrumento del demonio.

Y, una vez que el demonio ha conseguido ese trofeo, sólo le resta poner en esa Cabeza su cabeza demoniáca, aquella que cambiará la Faz de la Iglesia y hará de Ella la Iglesia del demonio, transformando todo lo que la Iglesia ha hecho en 20 siglos de historia.

Por eso, vienen a la Iglesia tiempos muy difíciles. Y no son como los anteriores, en que los hombres esperaban algo de cada Papa. Ahora, el demonio juega con la Cabeza, y la pone y la quita como quiere. Y la Iglesia comprueba su inestabilidad, precisamente en la Cabeza, que es la que debe dar la unidad a toda la Iglesia.

La destrucción de la Iglesia comienza con Su Cabeza. Una vez sometida la Cabeza de la Iglesia al demonio, lo demás viene sin más, por imposición de la misma Cabeza, que ya no es de Dios, pero que se muestra al exterior, al mundo, como si fuera de Dios.

Este es el Misterio de Iniquidad, que pocos meditan y pocos contemplan, porque creen que no existe el demonio, que no existe el pecado, y que todos somo ya santos y perfectos en la Iglesia y que, por tanto, no hay que oponerse a la Jerarquía de la Iglesia en su actuar.

Benedicto XVI: verdadero, pero inútil Papa

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Benedicto XVI es verdadero Papa por Su Elección Divina: Dios lo eligió como Papa. Por tanto, el Poder de Dios está en el Papa Benedicto XVI.

Su renuncia al Pontificado ha puesto a la Iglesia en un gran peligro espiritual y humano.

Porque el oficio del Papa no es un oficio humano o eclesiástico. Es algo divino, con un Poder Divino, no humano. Y, por tanto, el Papa en la Iglesia es asistido en todo por el Espíritu de la Iglesia. Y no debe acogerse a lo que los hombres piensan sobre la Iglesia.

Ver la renuncia de Benedicto XVI como algo humano, debido a la enfermedad o a otra cualquiera circunstancia o razón que se diga, es no entender el oficio del Papa en la Iglesia.

Un Papa es elegido por Dios para una msión en la Iglesia. Y sólo es Dios quien decide el tiempo de ese oficio. No lo puede decidir ni la Iglesia ni el mismo Pontífice. Dios pone el tiempo del reinado de cada Papa en la Iglesia.

Benedicto XVI, en su renuncia, no manifestó esa Voluntad de Dios y sólo se fue por razones humanas. Y las razones humanas de su enfermedad no convencen a nadie. Es claro que Benedicto XVI ha sido presionado por miembros de la Alta Jerarquía de la Iglesia para que abandone el oficio de Papa. Pero estas razones no se dicen por temor a los hombres.

Benedicto XVI, con su renuncia, pecó contra Dios, porque se opuso a la Elección del Espíritu sobre su Pontificado.

Ese pecado debe ser comprendido en su realidad para saber qué consecuencias para Benedicto XVI y para la Iglesia tiene ese pecado.

El pecado contra el Espíritu Santo es un pecado contra la Obra del Espíritu en la Iglesia. Y, por tanto, no es un pecado cualquiera. Es un pecado que va en contra de la Voluntad de Dios en aquello para lo que es elegido esa persona.

Benedicto XVI, al pecar contra el Espíritu Santo, hace de la Cabeza de la Iglesia un lugar para el demonio. Es decir, a partir de ese pecado, Dios ya no puede asistir a la Cabeza de la Iglesia como Papa. Y, por tanto, los sucesores de Benedicto XVI ya no vienen de Dios. Los eligen los hombres.

Eso supone que ya la Cabeza de la Iglesia, que es el Papa y los Obispos unidos al Papa, no son asistidos por el Espíritu en la misión que tienen encomendada en la Iglesia. Porque si ya no está el Espíritu en la Cabeza, que es el Papa, tampoco lo está en los Obispos que se unen a esa Cabeza. Y, de esta manera, el Espíritu no rige la Jerarquía de la Iglesia por el pecado de la Cabeza.

Esto trae consecuencias para toda la vida de la Iglesia. Y consecuencias muy graves, porque ese pecado no es cualquier pecado. No es un pecado personal de la persona de Benedicto XVI. Es el pecado del Papa Benedicto XVI que produce que Dios se retire de la Iglesia en la Cabeza.

Por tanto, con la renuncia de Benedicto XVI ya no puede darse la obediencia a lo que diga el Papa en la Iglesia, ni lo que digan los Obispos, porque Dios se ha retirado de ellos como Cabeza de la Iglesia. El gobierno de la Iglesia está ahora en un usurpador, no en el Papa Benedicto XVI. Dios sigue rigiendo los corazones de toda la Jerarquía de la Iglesia, pero que por el pecado de renuncia del Papa, sus oficios en la Iglesia quedan inutilizados. Y toda la Jerarquía de la Iglesia, ahora debe mirar al Espíritu, y ver en Él el destino de la Iglesia y de lo que hacen en la Iglesia.

Cada Obispo, cada sacerdote debe regirse por el Espíritu y luchar por su sacerdocio y por la Iglesia como Cuerpo Mísitco de Cristo, pero no luchar por la Cabeza de la Iglesia, porque en Ella ya no hay Espíritu. En la Cabeza está un usurpador.

Benedicto XVI pecó contra el Espíritu Santo en su oficio de Papa, pero no pecó contra el Espíritu Santo como alma sacerdotal, porque sigue siendo sacerdote. No ha dejado su sacerdocio y se ha dedicado a otra cosa. Su pecado es un pecado en la Iglesia como Cabeza, no es un pecado como alma sacerdotal. Ese pecado contra el Espíritu no se debe entender como el pecado de blasfemia contra el Espíritu.

Por tanto, Benedicto XVI, en su pecado contra el Espíritu, hace de la Cabeza de la Iglesia el lugar para que se instale el falso Profeta y el Anticristo. Ya el camino ha sido abierto por ese pecado. Y los sucesores de Benedicto XVI son sólo falsos Profetas y así hay que verlos. No se les puede seguir como Cabeza de la Iglesia, como Papa o como Obispos. No son Cabeza. Son sólo instrumentos del demonio para que éste ponga su cabeza demoniáca en la Iglesia.

De esta manera, se produce en la Iglesia la división en la Cabeza. Unos van a seguir al falso Profeta y otros no van a seguirlo. En la Iglesia, muy pronto se va a ver esta división y los que quieran oponerse al falso Profeta, que se presenta como Papa, serán marginados y perseguidos dentro de la misma Iglesia.

Las consecuencias del pecado de Benedicto XVI son nefastas para toda la Iglesia. Y es algo que todavía nadie ha meditado en ellas. Ya se ve en este falso Profeta, que es Francisco, la cabeza de la serpiente del error. Pero como se presenta con bonitas palabras para todo el mundo, nadie ha captado el trabajo del demonio en esa cabeza. Sus días están contados, porque todavía no es la cabeza que quiere el demonio. Este falso Profeta es débil en el poder, pero ha abierto la puerta para que entre lo que tiene que venir a la Iglesia.

En Benedicto XVI queda el poder de Dios como Cabeza de la Iglesia. Pero es un poder inútil. Él podría, todavía, hacer algo por la Iglesia, como Cabeza. Pero tiene que pedir mucho al Espírtitu que le enseñe la forma de quitar parte del destrozo que su pecado ha hecho. Él sigue siendo la verdadera Cabeza de la Iglesia, pero inutilizada por el pecado de la misma Iglesia, y por el pecado de Benedicto XVI como Cabeza.

San Malaquías predice el Fin de los Tiempos

Profecías de San Malaquías.

sanmalaquias

Sobre su propia muerte

Según nos relata San Bernardo, San Malaquías anunció el día exacto de sus muerte (2 de noviembre) estando con el en la abadía de Clairvaux.

Sobre Irlanda

Anuncia que Irlanda, su patria, será oprimida y perseguida por Inglaterra, trayéndole calamidades por 7 siglos, pero que preservaría la fidelidad a Dios y a Su Iglesia en medio de todas sus pruebas. Al final de ese período sería liberada y sus opresores serían entonces castigados. Irlanda católica será instrumental en el regreso de Inglaterra a la fe. Se dice que esta profecía fue copiada por Dom Mabillon de un antiguo manuscrito de Clairvaux y transmitida por el al mártir sucesor de Oliver Plunkett.

Sobre los Papas

La mas famosa de las profecías atribuidas a San Malaquías es sobre los Papas. Está compuesta de “lemas” para cada uno de 112 Papas, desde Celestino II, elegido en 1130, hasta el fin del mundo.

Los últimos Papas.

#101: “Crux de Cruce” (Cruz de Cruz). Pío IX (1846-1878)

#102: “Lumen in caelo” (Luz en el cielo). León XIII (1878-1903).

#103: “Ignis ardens” (Fuego Ardiente). Pío X (1903-1914).

#104: “Religio Depopulata” (Religión devastada). Benedicto XV (1914-1922).

# 105: “Fides intrepida” (La Fe Intrépida). Pío XI (1922 –1939).

# 106: “Pastor angelicus” (Pastor angélico). Pío XII (1939-1958). Reconocido como un gran intelectual y defensor de la paz

# 107: “Pastor y nauta” (Pastor y navegante). Juan XXIII (1958-1963)

Juan XXIII fue Cardenal de Venecia, ciudad de navegantes. Condujo la Iglesia al Con. Vat II.

# 108: “Flos florum” (Flor de las flores). Pablo VI (1963-1978).

Su escudo contiene la flor de lis (la flor de las flores).

# 109: “De medietate Lunae” (De la Media Luna). Juan Pablo I (1978-1978).

Su nombre era “Albino Luciani” (luz blanca). Nació en la diócesis de Belluno (del latín bella luna). Fue elegido el 26 de agosto del 1978. La noche del 25 al 26 la luna estaba en “media luna”. Murió tras un eclipse de la luna. También su nacimiento, su ordenación sacerdotal y episcopal ocurrieron en noches de media luna.

# 110: “De labore solis” (De la fatiga o trabajo del sol). Juan Pablo II (1978-2005). Ha sido capaz de un trabajo extraordinario y extenso. Los días de su nacimiento y muerte hubo eclipses solares.

# 111: “Gloria Olivae” (La gloria del olivo). No pertenece a Benedicto XVI, porque renunució al Pontificado sin la Voluntad de Dios. Es un Papa que no cuenta. Tampoco pertenece al Papa Francisco, porque no es Elegido por Dios para ser Papa.

# 112: “Petrus Romanus” (Pedro Romano). En su reinado ocurrirá el fin:

“En la persecución final de la Santa Iglesia Romana reinará Petrus Romanus (Pedro el Romano), quien alimentará a su grey en medio de muchas tribulaciones. Después de esto la ciudad de las siete colinas será destruida y el temido juez juzgará a su pueblo. El Fin.”

La profecía de San Malaquías es sobre el Papado y describe los Papas hasta el Fin de los Tiempos.

El Fin de los Tiempos comienza con Benedicto XVI al renunciar al Pontificado. Con él se termina un Tiempo y se inicia el Fin de los Tiempos.

El Fin de los Tiempos no son unos tiempos medidos por el hombre, sino sólo por el Espíritu.

En esos Tiempos pueden pasar muchas cosas dentro de la Iglesia. Cosas que no son relacionadas con la verdad de la Iglesia, sino con la acción del demonio dentro de la Iglesia.

El Fin de los Tiempos no es un Tiempo de Misericordia, ni de Amor, sino de Justicia.

En estos Tiempos se ve la Justicia Divina y queda oculta Su Misericordia. La Misericordia se sigue dando, pero se pone de manifiesto la Justicia Divina.

La Justicia Divina es sobre la Iglesia y sobre el mundo.

Sobre la Iglesia, porque la Iglesia desprecia la Misericordia Divina y, por tanto, cae sobre ella la Justicia. Y esa Justicia se ve en la Jerarquía de la Iglesia que no obra según el Espíritu de Cristo ni de la Iglesia, sino según el Espíritu del demonio y del mundo.

Por eso, el Papa Francisco pertenece a la Justicia Divina, no a la Misericordia Divina. En ese Papa, Dios pone de manifiesto su clara renuncia al Amor de Dios y a la Misericordia en la Iglesia. Es un Papa que no sabe dar el Espíritu de Amor y de Misericordia, sino que sólo es una pantalla del amor y de la misericordia como la entienden los hombres y no como está en Dios.

Por eso, nada bueno hay que esperar de este Papa, porque pertenece al Fin de los Tiempos. No pertenece al Tiempo de la Misericordia.

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