Lumen Mariae

Inicio » Fin de los Tiempos

Archivo de la categoría: Fin de los Tiempos

Consummatum est

«Todo se ha cumplido» (Jn 19, 30).

Llegamos a los días claves en la vida espiritual: la Pasión del Señor.

Esta Cuaresma marca una etapa en la vida de la Iglesia, etapa espiritual. Se acaban los días de la Misericordia y se entran en los días de la Justicia Divina, en que todo será juzgado según las obras de cada uno.

Una obra fue encomendada por Dios que se hiciera en este blog: dar la verdad de la Iglesia en estos momentos de su existencia. Esa obra ya se ha hecho: se ha encaminado a las almas por el camino de la Voluntad de Dios para este tiempo. La Iglesia pasa al desierto, y allí es alimentada por Dios con un manjar espiritual, el maná divino de la misa espiritual.

El cometido de este blog ha sido llevar a las almas hacia la Iglesia Remanente, hacia esa unión de las almas con Cristo, unión mística y espiritual, que permanecen en la obediencia a Dios, porque la Jerarquía de la Iglesia está comulgando y obedeciendo a un hombre que no es de Dios, que Dios no lo ha puesto para dirigir Su Iglesia en la tierra. Esa Jerarquía pierde sus derechos de gobernar al Pueblo de Dios, porque no se pueden servir a dos señores. No se pueden hacer dos obras al mismo tiempo: no se puede incensar a Dios y al diablo.

Nunca fue el cometido de este blog hacer la Iglesia Remanente, cosa que muchos confunden, sino el de llevar hacia esa Iglesia, llevar a la permanencia en la verdad, hacer comprender a las almas dónde está la verdad, en un mundo y en una Iglesia llena de ciegos y de sordos espirituales.

El ciego espiritual es aquel que dice que ve, y en realidad no ve nada: está tan lleno de sus conocimientos teológicos y filosóficos, tan rebosante y envenenado de su soberbia, que ha perdido hasta el sentido común de la vida; y el sordo espiritual es el que se niega a escuchar la verdad, porque pone su mente como principio de su conocimiento espiritual.

La Palabra de Dios, que se da en las profecías, es para ponerla en obra. Y, por lo tanto, se ha dado a las almas la misa espiritual, que es el maná divino para las almas que están en este desierto espiritual de la Iglesia. Es un error no hacer la misa espiritual, error que proviene o porque no se cree en las profecías o porque se interpreta la profecía según un discernimiento racional, no espiritual.

Vienen los tiempos en que se va a suprimir el sacrificio eucarístico y , si no tienen un sacerdote a su lado, en las catacumbas, tendrán que recurrir a este maná espiritual para fortalecer sus espíritus.

Los que ya lo hacen, están preparados para los acontecimientos que vienen después de la Semana Santa.

También se ha cumplido el tiempo de las misas espirituales públicas, ofrecidas por la radio, en favor del Papa Benedicto XVI, pedidas por el cielo. Las misas seguirán ofreciéndose, pero variará la programación en la radio.

Quedarán, para cada día, las misas espirituales privadas, que podrán ser descargadas por quien desee escucharlas.

Nuestra misión ha terminado en este blog. Recuerden que estamos en el tiempo de la gran apostasía, en la que todo el mundo se aleja de toda verdad, no sólo de una parte, y serán multitudes los que seguirán al Falso Profeta y al Anticristo, en esta hora del Apocalipsis.

Es tiempo de persecución, de angustia y de castigos divinos. Es el tiempo de la renovación del mundo, de los corazones y de los cuerpos. Es el tiempo del advenimiento del Reino de Jesús: en el mundo transformado reinará Cristo. Verdad divina negada y combatida por la fe intelectual de muchísimos católicos.

Recen por el Papa Benedicto XVI, último papa verdadero y legítimo de la Iglesia, al cual le quedan pocos días de vida. Después de su muerte, la Sede de Pedro quedará vacante un tiempo, hasta la aparición de Pedro Romano, que gobernará la Iglesia remanente en una gran tribulación.

Busquen la verdad y permanezcan en ella, porque sólo la verdad los hace libres, con esa libertad propia que da el Espíritu a sus hijos, una libertad para el amor y para la vida en Dios.

Tiempo de la restauración universal

elamornoesamado

La Sagrada Escritura describe una serie de signos que indican dos cosas: el fin de los tiempos y la venida de Jesús en Gloria.

Los signos del fin de los tiempos son varios:

  • falsos profetas: maestros y propagadores del error: desde hace cincuenta años se ha difundido la pérdida de la fe y la apostasía,  a través de los errores que son propagados por la falsa jerarquía y por falsos teólogos, que tienen mucho peso en el Vaticano. No han enseñado la verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, dando culto al pensamiento del hombre. Muchos no han estado atentos y se han dejado engañar, de tal manera que han quedado totalmente miopes con la entrada de Bergoglio en escena. Han sido muchos que se han dedicado a engañar a multitudes. Y ahora es fácil seguir con el engaño gracias a los medios de comunicación, que controlan la mentalidad pública, la masa necia y ciega, al servicio de la palabra oficial de la falsa Jerarquía, del poder de una minoría en la Iglesia. Muchos sacerdotes y Obispos se han encargado de engañar a mucha gente en la Iglesia. «Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado, y atraerán sobre sí una repentina ruina. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, será blasfemada el camino de la verdad. Por el deseo de riqueza harán de vosotros mercadería con palabras mentirosas…» (2 Pe, 2, 1-3). Ahí están todos los pensamientos sobre la libertad religiosa, el ecumenismo, el ecologismo, el divorcio, la afirmación de la homosexualidad, etc… que inundan las mentes de todos los católicos. Si la masa de los católicos piensa así, de manera herética, es por culpa de la Jerarquía. Todo es un negocio, una mercadería de la Jerarquía con el Rebaño. Y muchos quieren este negocio.
  • guerras y rumores de guerras: desde hace más de un siglo la guerra es un asunto político, usado para consolidar el nuevo orden mundial, que tiene sus reglas básicas: el imperio de la ley para el débil y el de la fuerza para el fuerte; los principios de racionalidad económica para los débiles, el poder y la intervención del Estado para los fuertes. Los intereses de los artífices de la política suelen diferir de los intereses de la población general. El que tiene el poder va buscando sus intereses financieros e industriales, no el bienestar de la nación. Se habla de procesos de paz y sólo hay que entender que se busca bloquear las iniciativas de paz, porque sólo interesa que los grandes, que los poderosos, sean los que dominen el mundo: «El gobierno del mundo debe confiarse a las naciones satisfechas, que no desean para sí misma más de lo que ya poseen. Sería peligroso que el gobierno del mundo estuviese en manos de naciones pobres. Pero ninguno de nosotros tiene razones para anhelar nada más. La salvaguarda de la paz debe confiarse a los pueblos que viven por sus medios y que no son ambiciosos. Nuestro poder nos sitúa por encima de los demás. Somos como hombres ricos que moran en paz dentro de sus habitaciones» (Winston Churchill). Gobernar así sólo se puede hacer mediante guerras, para establecer los procesos de paz que los fuertes quieren en los países débiles. Se va en busca de tener hombres ricos de las sociedades ricas que gobiernen en todo el mundo. Hombres ricos que compitan entre sí para lograr mayores cuotas de riqueza y de poder, eliminando sin clemencia a los demás, y teniendo a los ricos de la naciones pobres que obedecen sus órdenes. Y, poco a poco, se va tejiendo el nuevo orden mundial, un grupo elitista, con todo el poder en lo económico, en lo político, en lo social, en el dominio de todas las culturas, utilizando el poder del estado para conseguir sus fines. La guerra es sólo «la reglamentación de la piratería internacional» (Al-Ahram, Pirates and Emperors). El mal está tan difundido que el amor de muchos se ha enfriado, porque sólo viven para sus intereses humanos. Todos se han olvidado de los principios cristianos «…todos están de acuerdo en que los convenios de las naciones en orden a la paz, por muchos que hayan sido elaborados por los más prestigiosos cerebros, quedarán, eso sí, en los libros, cual monumentos de sabiduría política, pero no ganarán los ánimos de los pueblos ni tendrán fuerza alguna de ley ni vigencia en absoluto si no se fundan en la justicia y la equidad y si no respetan las costumbres y las instituciones de los pueblos ajustadas a esos principios cristianos…» (Benedicto XV, Gratum vehementer). Estados Unidos y Rusia se han repartido el mundo durante el siglo pasado, pero será Rusia la que domine al mundo. Rusia está conducida por Satanás; ella busca el dominio absoluto sobre toda la tierra. Mientras hablan de paz, se están preparando para la tercera guerra mundial con armas devastadoras, para la destrucción de pueblos y naciones. La guerra está próxima: «La hora de la justicia de Dios se aproxima, y será terrible. Tremendos flagelos cuelgan sobre el mundo, y varias naciones serán golpeadas por epidemias, hambre, terremotos grandes, huracanes terribles, los ríos y los mares causarán inundaciones, que traerán la muerte y la ruina. Si las personas no reconocen en estos flagelos los avisos de la Misericordia Divina, y no se vuelven a Dios con una vida verdaderamente cristiana, vendrá del oriente a occidente otra guerra terrible. Rusia, con sus ejércitos secretos, combatirá a América e invadirá a Europa. El Rio Reno estará lleno de cadáveres y de sangre» (Sor Elena Aiello – 22 agosto 1960).
  • persecución sangrienta: desde hace 50 años, todos los Papas en la Iglesia han sufrido persecución por querer mantenerse fieles a Jesús y al Evangelio. A Pablo VI le hicieron la vida imposible, fue encarcelado, perseguido y matado. A Juan Pablo I lo quitaron de en medio en seguida; a Juan Pablo II lo odiaron y lo traicionaron muchos Obispos que se rebelaron contra él. Su vida corría siempre peligro. A Benedicto XVI le obligaron a renunciar porque no se acomodó a lo que ellos querían. Y está encarcelado, sin poder gobernar la Iglesia. «Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos a causa de Mi Nombre. Entonces, muchos abandonarán la fe; se odiarán y se traicionarán el uno al otro… Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24, 9.10.14). Muchos católicos han abandonado la verdadera fe y se han hecho lefebvristas, sedevacantistas, disidentes, etc… Gente que dice que defiende la tradición y el magisterio de la Iglesia, pero juzgando y condenando a todos los Papas. Gente que ha odiado a los Papas, que nunca los ha entendido, nunca ha sabido discernir el Espíritu de Pedro en la Iglesia. Y ahora con un falso papa, encontramos a gente que odia a los que permanecen en la verdad. Gente que por defender a un hombre, apostata de la verdad de la fe. Gente que traiciona por un plato de lentejas, para así callar las herejías de un usurpador. Los verdaderos católicos, los verdaderos sacerdotes son dejados a un lado, son tomados por locos, son perseguidos, y sin misericordia son echados fuera de la Iglesia.
  • abominación de la desolación: con el Sínodo se inaugura el tiempo de la destrucción de la doctrina de Cristo en la Iglesia. Sacerdotes y Obispos que van a poner el camino para que el Anticristo realice el horrible sacrilegio. «Cuando viereis la abominación de la desolación instalada en donde no debe» (Mc 13, 14), «en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel» (Mt 24, 15), es decir, cuando la Santa Misa, que es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que se ofrece en todas partes al Señor, sea quitada de en medio, sea celebrada de forma adulterada en su esencia consagratoria, entonces es la hora de huir, porque esas iglesias quedarán habitadas por demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35). El Anticristo triturará las mentes de los hombres con demonios, que se instalan en ellas, y las dominan con el pecado sin confesar y sin arrepentimiento: son demonios con «dientes de hierro y garras de bronce» (Dn 7, 19), que devoran y trituran la fe y la lógica en el pensamiento humano. «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15). Y esta abolición durará tres años y medio.
  • Fenómenos extraordinarios: durante estos tres años y medio habrá signos que prepararán el retorno de Jesús en Gloria. El Anticristo hará sus signos, impondrá el microchip, que será la moneda única en el mundo, obligatoria bajo pena de muerte, desatando un período de intensas persecuciones por todos los medios: policías, militares, sistema de rastreo satelital y terrestre. Los mártires clamarán al Señor: « ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?» (Ap 6, 10). El Señor hará prodigios de su Misericordia, como el Rapto y el arrebatamiento. Antes que se desate la ira de Dios, la Santa Cruz será visible en el Cielo, sin que nadie la pueda borrar, que atraerá a todos hacia Cristo: «Entonces se verá en el Cielo la señal del hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del Cielo con gran poder y majestad» (Mt 24, 30-32)..

 

El fin de los tiempos no es el fin del mundo. Y la venida de Jesús en Gloria no es su venida para juzgar.

Son tres venidas de Cristo distintas:

  1. como Redentor: Vino pobre y humilde, «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2, 13); vino para sufrir, «tomó sobre Sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores… fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en Sus Llagas hemos sido curados» (Is 53, 4.5). Fue «degollado y con tu Sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). «Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» (Jn 1, 11). Su primera venida exige la fe en Él.
  2. como Rey: «Me voy y vengo a vosotros» (Jn 14, 28); pero «cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18, 8). ¿Encontrará una Iglesia que crea en Él, en su doctrina, en Su Espíritu? Cristo es «un vástago de justicia, que, como verdadero Rey, reinará prudentemente y hará derecho y justicia en la tierra» (Jer 23, 5). Su Reino es real, no es alegórico, «presente ya en Su Iglesia, sin embargo todavía no está acabado» (CIC n. 671); su Iglesia remanente verá «venir al Hijo del Hombre en una nube con poder y majestad grandes» (Lc 21, 27). Su reinado inicialmente será aquí en la tierra, «pues es preciso que Él reine hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25); un reinado que durará 1000 años, y después del Juicio Final su Reino será Eterno en los Cielos, «no tendrá fin» (Lc 1, 33).
  3. como Juez: viene «acompañado de todos sus ángeles y se sentará en su trono de gloria» (Mt 25, 31), viene para entregar a «Dios Padre su Reino, cuando haya reducido a la nada todo principado, toda potestad y todo poder» (1 Cor 15, 24); y viene para «juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su Reino» (2 Tim 4, 1). Va a juzgar a aquellos que han creído o no en su primera venida, como a aquellos que han estado con Él en su segunda venida. Viene a juzgar a los vivos de entonces y a los muertos, en la que todos compareceremos en el tribunal de Cristo, «para que reciba cada uno según lo que hubiere hecho por el cuerpo, bueno o malo» (2 Cor 5, 10), y «cada uno dará cuenta de sí mismo ante Dios» (Rom 14, 12).

Los alegoristas o anti-milenaristas sostienen que Cristo reina ahora corporalmente desde el Santísimo Sacramento. Y, por lo tanto, no hay más reino que éste, el de la Iglesia actual.

Todas estas personas tienen que creer, para que se cumplan las profecías, en un futuro gran triunfo temporal de la Iglesia antes del Juicio Final; es decir, creen en una nueva edad media, con el Papa como Monarca temporal Universal. De esta manera, caen en el milenarismo carnal o craso.

Todas estas personas tienen que aplaudir lo que está pasando en la Iglesia actual: ven a Bergoglio como ese papa que debe gobernar todo el mundo, con un nuevo gobierno, con una nueva economía, y que todo eso dure un milenio, para que así encajen las profecías. Es el absurdo en que caen muchos.

Muchos rezan el padre nuestro, pero no creen en las palabras «venga a nosotros Tu Reino» (Jn 19, 23), y quedarán atrapados cuando el Anticristo emerja como un salvador y un mesías, sentándose en el «templo de Dios» y proclamándose «dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4), ofreciendo un gobierno mundial para iniciar su milenio de paz: «Dios puso en su corazón ejecutar su designio, un solo designio, y dar a la Bestia la soberanía sobre ellos hasta que se cumplan las Palabras de Dios» (Ap 17, 17).

Los judíos reconocerán al Anticristo como su Mesías esperado; la Sede de Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén, mientras es hollada «la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). Es en el Estado de Israel, que los hombres han levantado sin la Voluntad de Dios, porque los judíos “no habían reconocido a Nuestro Señor” (Pío X a  Theodor Herzl), en donde se desarrollará el reinado del Anticristo.

Nunca la Iglesia ha condenado el milenarismo espiritual, ya que está enseñado tanto en la Sagrada Escritura como en la Tradición.

La Iglesia ha condenado un tipo de milenarismo craso o corporal, que dice que Cristo reinará visiblemente desde un trono de Jerusalén sobre todas las naciones, en esta tierra que está maldita por el pecado de Adán.

Todo el problema de no discernir estas tres venidas de Cristo, es por no discernir el estado de la tierra, del cuerpo del hombre. Y esto es por falta de fe: no creen en el pecado original y no creen que Dios tiene poder para renovar un mundo esclavizado por ese pecado.

El tema del milenio está unido con la redención de la carne, de lo material: «La creación fue sometida a la caducidad, no por su voluntad, sino por la voluntad del que la sometió, porque también la Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de los gloria de los hijos de Dios» (Rom 8, 19-21).

El hombre posee una carne mortal, corrupta; la creación vive en la maldición del pecado, en la continua corrupción de la naturaleza. Hay que dar al hombre un cuerpo espiritual y glorioso, y a la creación el estado original que tenía cuando fue creada por Dios.

La tierra quedó maldita por Adán, por su pecado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17). Por lo tanto, es necesaria la purificación de la tierra para que sirva al plan de Dios.

Una purificación ya decretada por Dios: «He aquí la resolución tomada contra toda la tierra, he ahí la mano tendida contra todos los pueblos. Yavhé Sebaot ha tomado esta resolución, ¿quién se le opondrá? Tendida está su mano, ¿quién la apartará?» (Is 14, 26-27).

El castigo es necesario en la Justicia de Dios, porque existe el pecado. Es un castigo sin arrepentimiento de Dios, que es obrado por el bien de toda la Creación: «Llorará la tierra y se entenebrecerán los cielos, Yo lo anuncié y no me arrepentiré, Yo lo he resuelto y no desistiré de ello» (Jer 4, 28).

Esta purificación es «el día de tinieblas y de oscuridad, día de nublados y sombras» (Jl 2, 2), es «el día de la ira de Dios… toda la tierra será consumida por el fuego de su furor y consumará la ruina, la pérdida apresurada de todos los moradores de la tierra» (Sof 1, 18); es el juicio de las naciones, «juzgará Yavhé a las gentes y será juicio este contra toda carne. Los malvados los daré al filo de la espada…» (Jer 25, 31); «¡ay de aquellos que desean el día de Yavhé! ¿Qué será de vosotros? El día de Yavhé es día de tinieblas, no de luz» (Am 5, 18).  Es el juicio de este mundo: «ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera» (Jn 12, 31).

Es el juicio de este mundo, no es el juicio final, en donde el Anticristo y el falso papa son «ambos arrojados vivos al lago de fuego, que arde con azufre» (Ap 19, 20); sus seguidores, con su iglesia modernista, son exterminados, «fueron muertos por la espada que le salía de la boca al que montaba el caballo, y todas las aves se hartaron de sus carnes» (Ap 19, 21); el demonio encadenado por mil años, «le arrojó al abismo y cerró, y encima de él puso un sello para que no extraviase más a las naciones hasta terminar los mil años» (Ap 20, 3); y después de la purificación, descenderá el soplo del Espíritu Santo, como en la primera creación, «el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de la tierra» (Gn 1, 2), santificando y renovando toda la faz de la tierra: «si mandas Tu Espíritu, se recrean, y así renuevas la faz de la tierra» (Salm 104, 30).

La tierra, como se la conoce, no será totalmente destruida o aniquilada, porque es la portadora de los cuerpos y de las almas que han elegido la condenación para sus vidas, cuyo tormento es eterno, por los siglos de los siglos: «… y el humo de su tormento subirá por los siglos de los siglos, y no tendrán reposo día y noche aquellos que adoren a la bestia y a su imagen, y los que reciban la marca de su nombre» (Ap 14, 11).

La tierra será transformada, «renovada por la manifestación del Señor» (Adversus Haereses V, 32, 1), y sólo así será posible que Cristo reine en Gloria.

La «nueva Jerusalén», la futura «Jerusalén, edificada como ciudad, bien unida y compacta» (Salm 122, 3), la «Ciudad Santa» (Is 52, 1), el «Tabernáculo de Dios entre los hombres» (Ap 21, 3), «edificada por Dios…», cuyo «valle… y todos los campos… serán ya jamás destruidos y devastados» (Jer 31, 38-40), que «desciende del Cielo» (Ap 21, 2), con «un nombre nuevo» (Ap 3, 12), cuya «piedra angular es el mismo Cristo Jesús» (Ef 2, 20-21), en cuyo interior se encuentra el «Arca de la Alianza» (Ap 11, 19), en donde viven los mártires, «los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la Sangre del Cordero» (Ap 7, 14), en donde no puede entrar «cosa impura ni quien cometa abominación y mentira sino los que están inscritos en el Libro de la Vida» (Ap 21, 27); es colocada en los «cielos nuevos y en la tierra nueva» que Dios crea (Is 64, 17), en una nueva creación, en donde el relieve que actualmente conocemos ha desparecido, «el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares» (Ap 6, 14); la tierra será totalmente plana: Dios va a «humillar todo monte alto y todo collado eterno, rellenar los valles hasta igualar la tierrapara que camine Israel con seguridad para gloria de Dios» (Bar 5, 7); tierra llamada «Valle de Sitim», de las Acacias (Joel 3, 18), en donde no habrá «memoria de lo pasado» (Is 64, 17; 43, 18-19), pero se podrá observar las penas del infierno, como un memorial de todos aquellos que se rebelaron contra Dios:

«… y al salir verán los cadáveres de los que se rebelaron contra Mí, cuyo gusano nunca morirá y cuyo fuego no se apagará, que serán objeto de horror para toda carne». (Is 66, 24).

Se verán los cadáveres, los cuerpos espiritualizados de los condenados, cuerpos inmortales, almas que han buscado las cosas de aquí abajo, de esta tierra, que convirtieron sus vidas en una conquista del paraíso perdido. Han querido hacer de esta tierra una felicidad permanente. Y es lo que tendrán por toda la eternidad: la tierra y su núcleo de fuego infernal será su morada para siempre, pero en el dolor que no pasa.

No existe el fin del mundo, porque nada de lo que Dios ha creado tiene fin. Pero, sin embargo, todo lo creado puede transformarse por Dios, ya para el bien, ya para el mal.

La nueva Jerusalén no puede estar en una creación maldita por el pecado, sino que necesariamente tiene que ser puesta en una creación en donde no habite el demonio, por estar encadenado, el infierno sellado, en donde no exista el pecado, «sólo un camino ancho, que llamarán la vía santa; nada impuro pasará por ella» (Is 35, 8), ni la muerte: «Y cuando esto incorruptible se revista de incorruptibilidad, y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: la muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15, 54-56).

El Reino Glorioso no puede darse en el reino del pecado, en una creación maldita. Ahora el príncipe de este mundo es el demonio. No puede haber santidad ni gloria en medio de la obra del pecado.

Por lo tanto, es necesario un cisma en la Iglesia. Gran cisma interior. Siendo la Iglesia la esposa mística de Jesucristo, tiene que pasar por la Pasión y por la muerte en Cruz, para después resucitar esplendorosa en el reino de paz: «Muchos son los pecados de Jerusalén…Echó mano el Enemigo de todos sus tesoros; vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no entrasen en tu congregación… Mandó desde lo alto contra mí un fuego que consume mis huesos…Ató con sus manos el yugo de mis iniquidades… Me entregó Yavhé en manos a las cuales no puedo resistirme…reunió contra mí un ejército para exterminar a mis mancebos…Por eso, lloro y manan lágrimas mis ojos; y se alejó de mí todo consuelo que aliviase mi alma; mis hijos están desolados al triunfar el Enemigo…» (Lam 1, 8.10. 13.14.15.16). Es necesario la separación del trigo y la cizaña. Es necesario poner un abismo entre la carne y el Espíritu, entre una iglesia carnal y una iglesia espiritual.

Es necesario que los católicos queden divididos: una iglesia super-modernista, gobernada por un falso papa; y una iglesia remanente, que es la que defiende la doctrina de Cristo, y pasará a ser clandestina y perseguida. Los sacerdotes no se preguntan: « ¿Dónde está Dios? Siendo ellos los maestros de la Ley, me desconocieron, y los que eran pastores me fueron infieles. También los profetas se hicieron profetas de Baal, y el pueblo se fue tras los que de nada valen» (Jer 2, 8).

Multitudes se han ido tras Bergoglio y toda su falsa Jerarquía, que son un cero a la izquierda para Dios: nada valen. « ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos!» (Ez 34, 2). ¡Ay de toda esa Jerarquía que se va a reunir en un Sínodo ideado por una mente perversa, obedeciendo los dictados de un hombre sin verdad! «¿Los pastores no son para apacentar el rebaño?» Entonces, ¿qué hacen en un Sínodo discutiendo la forma de condenar almas al fuego del infierno? ¿No se apacienta el rebaño poniendo el camino de salvación y de santificación al alma? «Así andan perdidas Mis Ovejas por falta de pastor, siendo presa de todas las fieras del campo» (Ez 34, 5). Son los lobos vestidos de sacerdotes y Obispos los que están levantando la Iglesia que debe reunir a todas las iglesias cristianas, a todas las confesiones religiosas de todos los credos. Son las fieras que destrozan la vida de las almas. Una super- iglesia globalizada, que expulsará y excomulgará a los verdaderos católicos por defender la pureza de la fe: «Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron ni al Padre ni a Mí» (Jn 16, 2-3). Este cisma ya ha comenzado de forma silenciosa, cuando con diplomacia hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI para poner su abominación. Pero se hará público y oficial, cuando se quite el Sacrifico Perpetuo. «Antes de Advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación desvelará el Misterio de Iniquidad bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en carne» (CIC – n. 675).

Jesús ya no puede venir en carne mortal, como lo hizo en su primera venida. Muchos seguirán al Anticristo que viene en carne mortal, y que aparece como el Mesías. Muchos caerán en esta trampa del milenio carnal, porque son carnales, contrarios al Espíritu de la Verdad: «…la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias…» (Gal 5, 17)

Jesús viene en carne gloriosa: «Tus ojos contemplarán al Rey en Su Magnificencia y verán la tierra que se extiende hasta muy lejos» (Is 33, 17). No se puede ver a Jesús glorioso si la tierra no ha sido transformada, aplanada, que se extiende hasta muy lejos, como estaba al principio de la Creación. Una creación gloriosa.

La Segunda venida de nuestro Señor Jesucristo como Rey de todas las naciones sólo es posible en la nueva Jerusalén, que se da en los cielos nuevos y en la tierra nueva: «… ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva creación» (Gal 6, 15). Todo nace en un solo día. « ¿Nace un pueblo en un día? ¿Una nación nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores» (Is 66, 8).

Es el tiempo de la restauración universal. Y hay una batalla espiritual hasta el fin de este tiempo. Se termina el tiempo del hombre carnal y se inicia el tiempo del hombre espiritual. Se termina una Iglesia llena de hombres viejos y se inicia una Iglesia en la que todos serán discípulos del Señor, un reino de sacerdotes, un pueblo que se multiplicará según la Voluntad de Dios.

Muchos viven sus vidas sin atender a los signos de los tiempos, es decir, que viven sin vida espiritual. Por eso, se les hace difícil entender todas estas cosas. Pero la verdad ya ha sido escrita y revelada. Lo que piense el hombre no interesa para la obra de esa verdad. El hombre que no acepte la verdad, entonces no podrá salvar ni su alma ni su cuerpo. El que acepte la verdad como es, entonces siempre encontrará un camino en medio de un mundo que sólo vive para obrar el mal.

El Anticristo maneja los hilos de la Iglesia y de los gobiernos del mundo

b02

«antes de instaurar el Nuevo Orden Mundial, que es político, se deberá instaurar la Única Religión Mundial» (Conchiglia)

Hay muchas personas a quienes no les gusta Bergoglio. Esto es, cada día, más evidente. No se puede esconder. No se puede disimular ya. Ni siquiera los que lo siguen se encuentran a gusto con él, porque no les da lo que ellos quieren: una iglesia sin cruz, sin doctrina, sin sacramentos, sin Cristo.

Es necesario ir a la única Religión mundial. Pero no se puede ir si no se acaba con la Iglesia Católica. Hay que meter en la Iglesia Católica la división en la doctrina. Esto es lo que Bergoglio no ha podido hacer todavía. No le han dejado porque él sólo es un hombre que habla su vida de pecado, pero que no sabe poner en una ley, en una norma, esa vida.

Bergoglio es el falso profeta, pero no es la persona del Falso Profeta: no está en la iglesia del anticristo. Está, a penas, levantando su nueva estructura de iglesia. Ya ha puesto su primera división: el gobierno horizontal; pero le falta lo más importante: la doctrina.

Bergoglio es un hombre que no convierte a nadie, porque es un hombre que busca el ecumenismo sin la cruz.

«los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese» (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.1).

No hay división si hay fe en la verdad sobre la Cruz. Si los hombres no creen en la Cruz, no sólo como un hecho histórico, sino también real, eterno, que permanece y se realiza en cada Altar, entonces los hombres nunca podrán unirse en Cristo.

Cristo une en Su Cruz: ahí está toda la Vida de la Iglesia. La Cruz es el Camino hacia la Verdad de la Vida Divina. A los pies de la Cruz permaneció la Virgen y el discípulo amado. Los demás huyeron en la gran división de sus mentes humanas. El hombre no tiene otro camino, otra esperanza: el mundo hay que llevarlo a la Cruz. Hay que crucificar al hombre viejo para que renazca el nuevo.

No se puede ir al mundo sin la Cruz de Cristo, sin el mensaje que ésta representa: oración y penitencia. ¡Conversión!

«la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica». (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.9).

Fe católica, sacramentos y jerarquía: esta es la unidad que pide el Espíritu a Su Iglesia.

Y esto es, precisamente, lo que no se ve por ninguna parte.

Hombres que se pasan la vida repensando la antropología y la moral: «Hace años que tendría  que ser posible que se ordenen tanto hombres como mujeres, tanto célibes como casados» (Juan Masía, sj).

Cardenales que han perdido el juicio: «leer con respeto los textos de Lutero y sacar provecho de sus ideas» (Cardenal Marx).

Obispos que han perdido el temor de Dios y la verdad de la Iglesia: «No podemos vivir en una Iglesia con doscientos años de retraso» (Obispo Nicolás Castellanos).

La Jerarquía va buscando una religión mundial. Por eso, es necesario presentar al mundo un nuevo Cristo, un nuevo concepto del cristianismo, una nueva doctrina basada -en todo- en el lenguaje humano, en sus formas, no en la verdad.

Hay que llevar a Cristo al pueblo, a encontrarse con los hombres:

«Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo» (2 de febrero del 2015).

Esta es toda la espiritualidad de Bergoglio: los hombres, el pueblo, la humanidad, sus problemas, sus vidas.

Bergoglio nunca puede predicar la verdad del Evangelio: hay que sumergir al hombre en la muerte de Cristo.

«Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).

La Virgen María no lleva a Su Hijo para encontrarse con su pueblo. Lo lleva para presentarlo al Señor: Ella debía cumplir los deberes que como primogénito le imponía la Ley (Ex 13, 2s: “todo varón primogénito sea consagrado al Señor”) y la purificación de la Madre, prescrita en el Levítico (12, 1 s: “un par de tórtolas o dos pichones”). Pero más allá de estas ceremonias legales, la Virgen lleva a Su Hijo al Templo para que se revele la Verdad a los hombres.

La Presentación del Niño en el Templo es la segunda manifestación de Jesús. La primera a los pastores, humildes y sencillos. Jesús viene por estas almas, que son dóciles al Espíritu de la Verdad en sus corazones. Pero Jesús también se manifiesta a las almas que vivían de la esperanza del Mesías; el anciano Simeón. Y el testimonio de este hombre -testimonio de la Verdad, que se manifiesta a su alma, en los brazos de Su Madre- es la manifestación del Niño: Jesús es el Salvador y la luz de las Naciones. Un hombre que da testimonio de la verdad que contempla: eso es Simeón. Y eso es lo que no es ninguna Jerarquía actual en la Iglesia.

Es lo que enseña un verdadero Papa:

«¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El “la salvación” de Dios, la “luz para alumbrar a las naciones”, la “gloria” del pueblo de Israel, la “ruina y la resurrección de muchos en Israel”, el “signo de contradicción”. Todo esto es ese Niño, que, aun siendo “Rey de la gloria”, “Señor del templo”, entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana» (2 de febrero de 1981).

Un Papa legítimo y verdadero, como Juan Pablo II, enseña la misma Palabra de Dios: no la cambia, no la interpreta a su manera humana, no habla para el pueblo, para quedar bien con los hombres; sino que transmite el mismo pensamiento que está contenido en la Palabra de Dios, que es la Mente de Cristo.

Un falso Papa enseña su impostura:

«Guiemos el pueblo a Jesús dejándonos a su vez guiar por Él. Eso es lo que debemos ser: guías guiados». Esto es lo que deben ser los consagrados para este hombre. Una frase muy bonita, pero sin ninguna verdad: ser guías guiados. Es la mayor estupidez de este hombre.

El consagrado tiene que imitar a Jesús:

«estáis llamados a una particular imitación de Jesús y a un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios, ésta debe consumarse toda entera para su gloria» (2 de febrero de 1981).

Imitar a Cristo, -es lo que enseña un verdadero Papa-, dar testimonio de la Verdad del Evangelio en un mundo que no quiere la verdad. Y es un testimonio que es radical:

«Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un “signo de contradicción”, es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad» (Ib).

Esto es lo que no se encuentra en ningún discurso de Bergoglio: hay que romper con el espíritu del mundo, hay que ser signo de división con el mundo.

Bergoglio no da la doctrina de Cristo, sino su cristo, la doctrina que tiene en su mente sobre Cristo. Por eso, dice esa frase hermosa, pero sin la doctrina de Cristo. ¿Qué significa ser guiados por Cristo? Imitarlo. ¿Y cómo se imita a Cristo? Expiando los pecados del pueblo. ¿Y cómo se guía al pueblo hacia Cristo? Hay que meterlo en la muerte de Cristo: en la cruz, en la penitencia, en el despojo de todas las cosas por amor a Cristo.

¿Enseña esto, Bergoglio, en este discurso? No; Bergoglio predica un cristo sin doctrina, sin verdad. Sólo enseña sus frases bonitas, que sólo demuestran una cosa: este hombre sólo habla por hablar, para que los demás den publicidad a sus discursos. Pero, mientras tanto, obra otra cosa a lo que habla, a la propaganda que dan los demás de sus palabras. Así se hace la nueva iglesia: a base de impostura religiosa, de fariseísmo, el más perfecto de todos.

Bergoglio enseña como un falso papa, que sólo habla para la masa de los ignorantes, y de los tibios y pervertidos:

1. Una obediencia falsa: «quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8). Para un religioso, caminar significa abajarse en el servicio, es decir, recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6). Rebajarse haciéndose siervo para servir».

a. El camino de la obediencia no es imitar la condescendencia del Señor, no es abajarse, no es la negación y la humillación de sí mismo: es obrar la Voluntad de Dios. Se obedece a Dios para hacer lo que Él quiere. Son dos cosas diferentes: que Cristo no muestre Su Gloria a los hombres y su obediencia al Padre, hasta la muerte. Bergoglio mete ambas cosas en el mismo saco para un fin: sé obediente a los hombres, a los mayores, a la mente del hombre: «El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación». Escuchar a los mayores: escucha a tantos superiores falsos como hay en la Iglesia. Escucha a tantos herejes y apóstatas de la fe en Cristo como hay en las congregaciones, asociaciones, seminarios, etc… ¡Aquella Jerarquía que no dé la verdad no se la puede escuchar, no se la puede obedecer aunque estén como Superiores! Pero a Bergoglio lo que le interesa es:

b. Su conclusión: «caminar significa abajarse en el servicio». Es su impostura religiosa: bájate de tus ideas, de tus dogmas, de tus liturgias, de la verdad absoluta, con el fin de servir a todos los hombres, al pueblo. Es siempre su humanismo: rebájate en la mentira para servir a los demás.

No tiene nada que ver con lo que un Papa verdadero enseña a los religiosos: «También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa “voluntad de oblación”, con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo» (2 de febrero de 1981): caminar significa tener una voluntad de oblación para llegar a la Cruz, a la muerte con Cristo en la Cruz. Y se llega con los votos de castidad, de pobreza y de obediencia. Esto no lo enseña Bergoglio porque ni los tiene ni sabe cómo vivirlos. La obediencia es una voluntad de oblación en la que se muestra la lucha contra el espíritu del mundo. No es una obediencia para servir al mundo, que es lo que enseña Bergoglio. Todo al revés con este hombre. Todo. La casa se construye por el techo, según Bergoglio. Una vez que el hombre está arraigado en esta obediencia, es cuando sirve a los demás en la verdad de su vida. Y el servicio a los demás da frutos de vida eterna. Pero este servicio es lo último que se hace, lo de menos. Lo que importa es esa voluntad de oblación, por amor a Cristo, para imitar en todo a Cristo. Bergoglio sólo está en su camino humano de servicio a los intereses del hombre. Y, por lo tanto, tiene que predicar una:

2. Falsa sabiduría: «En el relato de la Presentación de Jesús, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana (…) El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley. Obediencia que, por una parte, humilla y aniquila, pero que por otra parte levanta y custodia la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo».

a. La sabiduría siempre es Cristo, nunca los hombres. Los hombres participan de la sabiduría divina por la gracia y el Espíritu. En Simeón y en Ana está representada las almas fieles a la gracia y a al Espíritu. Son dos cosas totalmente diferentes.

b. Una sabiduría creativa: los hace creativos: el alma obediente no es creativa, sino imitativa de la Mente de Dios, de la vida de Cristo: pone por obra lo que Dios piensa: no crea una idea nueva ni una obra nueva. Es el lenguaje de los modernistas, que les lleva a proclamar esta gran herejía: «Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también adaptar las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera «actualización» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia». Vamos a cambiar el dogma, las enseñanzas de siempre en la Iglesia. Hay que adaptar la ley de Dios a los tiempos. Hay que actualizar la norma de moralidad. El magisterio de la Iglesia ya se quedó anticuado y, entonces, hay que buscar otro, más acorde con los tiempos, con la mente de los hombres, con sus culturas. ¡Y eso es sabiduría divina! ¡Esta es la gran blasfemia de este hombre, que sólo vive para su humanismo! Hay que obedecer a una mentira para ser actuales, para actualizar la sabiduría, para madurar en la sabiduría. Bergoglio lo rompe todo.

Para Bergoglio todo es un relato del hombre, todo es una fiesta para los hombres:

«Es curioso advertir que, en esta ocasión, los creativos no son los jóvenes sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor a través de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría».

María y José son jóvenes, inexpertos, que cumplen con la ley; Simeón y Ana son los maduros, los que tienen la experiencia del conocimiento de Dios, los que saben ser creativos, los que transforman la obediencia en cumplimiento de la ley, y así hacen fiesta. Este es todo el mensaje de este hombre perverso.

Son los ancianos, como él, los que están destruyendo la Iglesia con su sabiduría creativa. En el camino de la obediencia se madura la sabiduría. Este hombre no sabe lo que está diciendo. No tiene ni idea, ni de lo que es la obediencia ni lo que es la sabiduría.

Pone la obediencia a la mente del hombre, pero no a la Mente de Dios. Y, por lo tanto, como la mente del hombre cambia, entonces se madura la sabiduría.

Cuando el hombre obedece a Dios no madura en su sabiduría, sino que crece en sabiduría. En la medida que el hombre vaya aceptando la Mente de Dios, por la obediencia, por el sometimiento de su mente a la verdad revelada, inmutable, eterna, en esa medida, el hombre crece en las virtudes: «El que guarda la Ley es hijo prudente» (Prov 28, 7). Y el virtuoso está lleno de la sabiduría divina: «en alma maliciosa no entrará la sabiduría» (Sab 1, 4).

María y José estaban anclados a una obediencia. Simeón es el más listo, por ser el más creativo, por cambiar en su mente y contemplar –en su ancianidad- lo que no ven María y José por ser jóvenes. Es todo un relato humano. Cuando Bergoglio predica el evangelio, es esto lo que hace: da su cuento, su fábula, su interpretación humana, su chiste. Y le queda algo que no tiene nada que ver con la Palabra de Dios.

Como se madura la sabiduría, entonces es posible también adaptar las reglas a los tiempos. ¿Por qué los homosexuales no pueden casarse? Hay que estar con los tiempos. ¿Por qué no dar la comunión a los malcasados? Hay que madurar en estas reglas que son fruto de una obediencia a lo antiguo. Hay que obedecer a los modernos, a las mentes de todos los soberbios, porque en ellas está la sabiduría creativa, que es – para este hombre sin nombre- una obra divina: «Y el Señor transforma la obediencia en sabiduría con la acción de su Espíritu Santo». ¡Mayor sin sentido no puede haber en la mente de Bergoglio!

¿Quién es María para este personaje?

«Los brazos de su Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios (…) María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de Ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él (…) También nosotros, como María y Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que se encuentre con su pueblo».

María es la que lleva en brazos a Jesús. Y no más: una madre joven, inexperta en el misterio de Cristo. Es la escalera de la condescendencia de Dios: una frase muy hermosa, pero herética:

«Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (Hb 2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, para subirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él».

Si se va a la Palabra de Dios, se ve lo que oculta Bergoglio:

«Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel, en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo»: Cristo se hace hombre, vive como los hombres, en una naturaleza humana, con un fin: expiar los pecados. Se hace sacerdote para expiar los pecados del pueblo, no para hacer fiesta con los hombres, con el pueblo.

Bergoglio calla la expiación del pecado porque no puede entrar en su discurso bello, pero sin verdad alguna. Es el discurso que gusta a la mente de los hombres. Esas mentes que ya no saben pensar la verdad, sino que sólo quieren escuchar lo que tienen en sus propias mentes. Y si hay un viejo, como Bergoglio, inexperto en la verdad, entonces se tragan cualquier cosa que sale de su inmunda boca. Y la tienen como verdad, como voluntad de Dios, como una bendición. Así siempre trabaja un falso profeta: con las formas del lenguaje humano. Formas externas: palabras bellas, frases puestas en una bandeja de plata, con un colorido que agrada a los hombres, para mostrar su mentira siempre.

Los brazos de la Virgen María no son como una escalera, sino que son el resguardo de la Madre. María protege a su Niño del mundo y de los hombres. María conserva en su corazón la Verdad y es lo que transmite al mundo cuando lleva en sus brazos a Su Hijo. María no va caminando con su Hijo para mostrarlo al pueblo. María camina con Su Hijo, en brazos, para realizar la Voluntad de Dios en Su Templo, porque María es la que está asociada en todo a Su Hijo:

«Por asociación con su Hijo, esta mujer se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. La mujer que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente, la mujer que acogió la Palabra de Dios, la mujer que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos. La mujer que es venerada como Reina de los Apóstoles sin quedar encuadrada en la constitución jerárquica de la Iglesia, y que sin embargo hizo posible toda jerarquía porque dio al mundo al Pastor y Obispo de nuestras almas. Esta mujer, esta María de los Evangelios, a quien no se menciona entre los presentes en la última Cena, acude de nuevo al pie de la cruz para consumar su aportación a la historia de la salvación. Por su actuación valiente prefigura y anticipa la valentía a lo largo de los siglos de todas las mujeres que contribuyen a dar a luz a Cristo en cada generación». (Octubre del 1979)

Leer a Juan Pablo II y leer a Bergoglio es como el día a la noche. La diferencia es abismal, porque Juan Pablo II es Papa verdadero, elegido por el Espíritu del Señor para guiar a Su Iglesia por el camino de Cristo. Pero Bergoglio no es el Papa, ni puede serlo por más que los hombres griten que Bergoglio es el Papa.

Bergoglio es sólo un falso profeta, que anuncia al anticristo de la nueva iglesia. Es ese anticristo el que va a romper la Iglesia. El anticristo es un ser inteligente que sabe romper la doctrina de Cristo con su inteligencia, con su idea, con su mente. Bergoglio sólo sabe hablar, pero no romper. Quiere romper, pero no puede. No es su tiempo.

Tiene que venir, después de él, el temido, que no es el Anticristo, sino el falso Papa que continúa la obra que ha iniciado Bergoglio. Porque hasta que no se levante la nueva iglesia, la ecuménica, la que engloba a todo el mundo, a todas las religiones, no se levanta el nuevo  orden mundial, y no puede aparecer ni el Falso Profeta ni el Anticristo.

El Anticristo necesita de un anticristo en la Iglesia: uno que lleve a la Iglesia hacia la religión mundial. Y el Anticristo necesita de un anticristo en el mundo: uno que lleve a todo el mundo hacia un gobierno mundial. Y estos dos anticristos todavía no han aparecido. Están sus voceros: Bergoglio y Obama, pero no son los indicados para el gran juego del Anticristo.

La Iglesia Católica, por las profecías, tiene que pasar dos años de sede Vacante antes de que se levante la nueva iglesia, que será la Iglesia del Anticristo. Y hasta que no muera el Papa legítimo, Benedicto XVI, Bergoglio sólo seguirá hablando de sus muchas cosas. Y, mientras entretiene  a todo el mundo con sus majaderías, se va obrando en lo oculto todo lo demás. Así, cuando llegue el tiempo requerido, se cambia todo a base de palos, de imposiciones, de sangre, de persecución.

El Anticristo está guiando a toda esta Jerarquía que apoya a Bergoglio: uno de ellos se hará con el poder en la Iglesia para hacer lo que no hace Bergoglio: dividir la doctrina, destruir el dogma. Por eso, ni entre ellos se tienen confianza: todos están en ese gobierno horizontal con el deseo, no declarado, de ser papas y así imponer la doctrina que ellos quieren en la Iglesia. A Bergoglio lo echan fuera, como a todos los demás, porque ya no sirve: sirve para la fiesta, pero no para la Iglesia que el Anticristo quiere. El Anticristo necesita una cabeza pensante, que no tenga miedo a romper el dogma. Necesita un Kasper. No necesita de un hombre que viva su pecado, como Bergoglio, porque eso ya lo tiene en el mundo y en la Iglesia. Hay que cambiar la doctrina, el dogma, para crear la nueva iglesia. Y esto hay que hacerlo a las bravas, no con sonrisitas.

Mientras Bergoglio vive su estúpida vida en la Iglesia, la doctrina no se cambia: sólo hay confusión. Sólo hay lío, división, enfrentamientos dentro de la Jerarquía y de los fieles. Y esto es sólo el fruto del gobierno de este hombre: nada claro, sin claridad, sin camino. Habla muchas cosas y nada se hace. Todo el mundo hace y deshace, pero la doctrina sigue igual. Con Bergoglio, todo sigue igual. Y esto es lo que no le gusta al Anticristo. Bergoglio fue débil en el Sínodo pasado. Y eso el Anticristo lo va a remediar en el próximo Sínodo: debe cortar la cabeza de Bergoglio para eso. Tiene que poner su anticristo, que levante su nueva iglesia mundial.

Las batallitas de Bergoglio en la ONU (I)

San_Benito_(El_Greco)

Bergoglio ha ido a la ONU a contar sus batallitas a los hombres que quieren escuchar algo para dormirse pronto. Es de esta manera, cómo hay que calibrar este discurso. Un discurso de un viejo con ideas viejas, que ya en la ONU nadie sigue, a nadie le interesa, porque ellos se mueven por la idea masónica del poder, no por la idea comunista del hombre.

Bergoglio no se apoya ni en el Magisterio de la Iglesia, ni en el Evangelio ni en la Tradición católica, sino sólo en su mente, que es el de un hombre desquiciado.

Bergoglio hace referencia al «espíritu de sus Padres fundadores», da un «mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente» (ver texto). El Patrono de Europa es San Benito, olvidado por este demonio. San Benito es el pasado de la cristiandad que ya no cuenta para la Europa masónica. San Benito deseaba que la verdad del Evangelio fuera obedecido por los hombres. Para eso puso su regla monástica, para que los hombres la copiaran, la imitaran en sus vidas humanas.

«Es necesario recordar una vez más aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava una hipoteca social, es decir, posee como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes» (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Esto es lo que enseña un auténtico Papa sobre la economía.

El hombre tiene derecho a la propiedad privada, pero este derecho no es absoluto, porque los bienes de este mundo son del Creador. No son de los hombres.

Muchos luchan por lo bienes comunes como algo propio al hombre. Y es una mentira. No hay que buscar los bienes comunes: hay que usar los bienes creados en la Voluntad de Dios. Y sólo de esa manera, el bien común llega a todos los hombres.

Siempre el problema del bien común es porque los hombres se apegan a los bienes que no son suyos, que son de Dios.

Por eso, nace el capitalismo y el marxismo: un capitalismo sin normas éticas ni morales; y un marxismo sin la verdad del Evangelio, que lucha sólo por los bienes comunes como si fuera propios del hombre y que otros se han apoderado.

Unos se acaparan las riquezas de este mundo, que no les pertenece: es el culto al dinero;

Otros luchan por las riquezas que otros se acaparan, y que tampoco les pertenece: es el culto al hombre.

Pero ninguno se desprende de los bienes creados para usarlos convenientemente, según la ley de Dios: ninguno de ellos da culto a Dios, quitando el pecado y los apegos a la vida.

Y, por eso, los dos sistemas producen muchos males en la sociedad.

Así habla un marxista, como Bergoglio: «cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma» (ver texto).

El hombre está unido a una sociedad, a una forma de vida social. En consecuencia, tiene derechos y deberes con los demás.

En este planteamiento marxista, en esta ideología, es el hombre el centro del problema, de la vida, de las obras, de las ideas humanas.

Y su error es éste: ningún hombre está unido a otro por su contexto social. Esto es sólo una frase bella, pero vacía de contenido, vacía de verdad.

Dios no crea al alma para que viva unida a los hombres. Dios crea al alma para que se una a Él. Y sin está unión, si el alma no busca en su vida la unión con Dios, entonces cuando se une a los hombres, de cualquier manera que se obre esta unión, es siempre falsedad, un error, una división en su vida.

Ningún hombre se une a un contexto social: el hombre vive en una familia, en una sociedad, en un grupo social. Vive, pero puede unirse o no a ese ambiente social.

Hay que estar en el mundo, pero no ser del mundo: hay que vivir en el mundo, pero no unido al mundo, no unido a un contexto social. Quien lo haga, peca contra Dios y contra los hombres. No se peca cuando se da a los hombres, en la sociedad, en la familia, en el grupo social, la Voluntad de Dios.

Por eso, Bergoglio lucha por su ideología marxista, pero no lucha por la verdad del Evangelio, no lucha por Cristo, sólo lucha por sus pobres, por el hombre, por el “evangelio” que hace feliz a los hombres, que da alegría a los cuerpos humanos, a sus vidas. Bergoglio propone el camino ancho, en la vida humana, que lleva al infierno al alma. Bergoglio va buscando la cultura del hombre, de los derechos del hombre, pero no busca la Voluntad de Dios en la sociedad humana. No pone la ley Eterna en el contexto social, en la familia, sino su idea marxista:

«Considero por esto que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese «todos nosotros» formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. En efecto, si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande, termina por concebirse sin limitaciones y, consecuentemente, se transforma en fuente de conflictos y de violencias».

El hombre busca una unión entre lo individual y lo comunitario; pero lo busca al margen del Evangelio, al margen de la doctrina social de la Iglesia. Bergoglio impulsa que el derecho de cada uno se ordene al bien de todos. Y esto es una barbaridad: «si el derecho de cada uno no está armónicamente ordenado al bien más grande».

El fin del hombre es ordenarse a Dios. Y sólo a Dios. Pero el fin del hombre no es unirse a los bienes de Dios, a los bienes de la Creación, aunque sea el más grande bien para toda la humanidad. Cristo no murió por el bien más grande del hombre, del mundo, de la creación. Cristo murió por el bien de la Voluntad de Dios sobre el mundo, sobre el hombre y sobre la creación.

Bergoglio ya no recuerda que, al ser el fin del hombre la unión con Dios, entonces el hombre tiene que usar los bienes creados convenientemente, sin el pecado, sin los apegos, para llegar a ese fin. Esto es lo que anula Bergoglio en todo su discurso.

Para Bergoglio sólo hay un pecado: el social, el de la mente del hombre: como los hombres no piensan bien las cosas para poner sus derechos individuales en servicio a los demás, en armonía con los derechos de los demás, entonces vienen los conflictos, las violencias. Esto es lo que llaman la conciencia de la humanidad, que los falsos profetas, como Luz de María, predican constantemente. Es la conciencia “crística”, que es buscar esta armonía que dice aquí este demonio encarnado.

Y, entonces Bergoglio comienza a contar sus batallitas:

«Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor».

Bergoglio comienza a llorar por sus ancianos, que están tan solos, tan abandonados…; derrama lágrimas por los jóvenes que no tienen trabajo, que han perdida el punto de referencia, pero no las ganas de pasárselo bien en la vida; este punto lo calla Bergoglio…Y hay que conseguir que todo el mundo tenga dinero para que la vida sea felicidad para todos…; clama por sus malditos pobres, que tienen los estómagos vacíos de comida, y sus almas negras para el infierno…; y es un político más que quiere resolver los problemas de la inmigración…El futuro del hombre: el Paraíso en la tierra, el nuevo orden mundial…

¡Qué llorón es este hombre por la vida de los hombres! Y no sabe decir, como todos los Paaas han proclamado:

«la Iglesia no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo». ((Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)

Bergoglio: ¿a qué vas a la ONU? ¿A proponer tu sistema comunista?

¿Para qué dices? «Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor». Esto es una gran mentira, porque no hablas como Pastor de las ovejas, no hablas como Vicario de Cristo, no eres la Voz de la Verdad en un mundo sin Verdad, sino que hablas como un lobo que destrozas la vida espiritual de las ovejas con tu inútil verborrea humana, hablas como un loco, que ha perdido el juicio, porque no luchas por la gloria de Dios en este mundo, sino por la gloria de los hombres.

Es necesario escuchar las palabras de un Papa con una cabeza bien puesta:

«La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones históricas, gracias al esfuerzo de todos los responsables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, económicos, políticos y culturales que se relacionan entre sí. Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común. Esta doctrina reconoce también la legitimidad de los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto de su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar en cierto sentido que «trabajan en algo propio», al ejercitar su inteligencia y libertad». (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 43)

La Iglesia no propone modelos, no llora por los hombres, sino que se dedica a salvar almas, a poner un camino de salvación y de santificación a todo el mundo. Pero Bergoglio no está por esta labor.

Una vez que ha llorado por su maldita humanidad, viene la lucha de clases:

«Esta soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas».

Hay grupos sociales que establecen reglas que van en contra de los pobres, de los ancianos, de los inmigrantes. Es clara su teología de la liberación: siempre en contra de las reglas por vivir sólo en la opción de los pobres, en el culto a la vida de los hombres.

Y hay que recordar a Bergoglio lo que dijo Juan Pablo II:

«¿Se puede decir quizá, que después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que traten de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del progreso económico y civil?» (Juan Pablo II- Centesimus annus, n. 42)

Y el Papa respondía:

«Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre»» (Ib.)

Juan Pablo II dijo sí al capitalismo, pero era contrario a un capitalismo sin reglas; pero Bergoglio es contrario a todo aquel que ponga reglas y que no beneficie a sus pobres.: es un no al capitalismo y un sí al marxismo.

Y Juan Pablo II enseña: «La solución marxista ha fracasado» (Ib.); pero Bergoglio no sigue el Magisterio de la Iglesia, la doctrina social de los Papas, sino su ideología marxista:

«los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones. A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer».

Es siempre su lenguaje: el descarte, la cultura del descarte. Palabras tan maravillosas como huecas. Es su lucha de clases. A Bergoglio no le interesa decir que el capitalismo es malo porque tiene malas reglas y, por tanto, tiene que cambiar sus reglas. Esto no lo puede decir; y tampoco lo sabe decir.

Bergoglio contraataca a esos estilos de vida, opulentos, egoístas, porque no aman a los pobres. Éste es el punto de su comunismo.

Hay que atacar al capitalista porque no ama a Dios en su economía. Y, entonces, se le hace un bien al capitalismo, se le da luz sobre su equivocación.

Pero Bergoglio contrapone al sistema capitalista su sistema marxista, que también ya ha fracasado.

El dinero no es malo porque se niega a los pobres. El dinero es malo porque no se usa en la Voluntad de Dios, se usa en el pecado, en el apego a la vida, en el orgullo de la razón humana.

La ciencia y la técnica es mala por lo mismo: no porque no se ponga en servicio de los ancianos, niños, etc., se hace buena, sino porque el hombre la usa en contra de la Voluntad de Dios. Esta es la maldad de la ciencia humana, de su técnica: el pecado del hombre en el uso de la ciencia. Es el hombre el que peca; es el hombre el que lleva al pecado cuando usa la ciencia para su pecado, en su provecho.

En el discurso de Bergoglio, Dios, la Voluntad de Dios, el pecado de los hombres, sus apegos a la vida, no aparecen nunca. Sólo aparece su opción por los pobres, su ideología marxista. Y ahí se queda, dando vueltas y vueltas, siempre a lo mismo: su mismo cuento, su misma fábula, su misma batallita. Y esa batallita ya es vieja, es la del marxismo de los años 60. Hoy el nuevo marxista no va por ese camino, sino por el dominio de los pueblos.

Bergoglio es un viejo que sólo cuenta sus batallas. Y ya cansa a todo el mundo. Ya apesta Bergoglio cuando habla:

«Ustedes, en su vocación de parlamentarios, están llamados también a una gran misión, aunque pueda parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la «cultura del descarte». Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiante, y ser capaz de dotarlo de dignidad».

Este es el tufillo comunista de este hombre.

Los pueblos no son frágiles, ni tampoco las personas. No hay que besar a los hombres, no hay que darles un abrazo, un cariño, una oportunidad en la vida. Hay que marcarles el camino de la santidad, de la Voluntad de Dios. Hay que enseñar a los hombres a formar su conciencia moral, no hablar de conciencia de la humanidad, de la preocupación por la vida de los hombres.

Bergoglio sólo está en su falsa misericordia: todos somos buenos. Hay que ayudarnos unos a otros, hay que respetarnos, hay que ser felices haciendo el bien, para no producir la cultura del descarte. Palabras tan bonitas y tan cursis. Tan del demonio. No es el bien humano lo que impide el pecado entre los hombres. No son las obras de los hombres lo que salvan de la ruina a las sociedades. Es el obrar lo divino en lo humano lo que da valor a la sociedad, a las familias, al mundo entero. Obrar lo divino, que sólo se puede hacer de la mano de Dios, en el Camino, que es Cristo mismo.

Pero Bergoglio da vueltas a su ideología: es que este mundo vive en el «modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la “cultura del descarte”». Es siempre lo mismo: opción por los pobres, lucha de clases, fuera la propiedad privada, viva el bien común…

Y hace gala de su acto de fe, su memoria fundante: hay que« proteger la memoria…hacerse cargo del presente….ser capaz de dotarlo de dignidad». Esta es su herejía, que ya expuso en su “lumen fidei”, un escrito para quemar, para olvidar, eje de su pensamiento maquiavélico.

Después de llorar por la humanidad, ahora viene su ídolo:

«deseo afirmar la centralidad de la persona humana, que de otro modo estaría en manos de las modas y poderes del momento»: el hombre, el centro del Universo, de la historia, de los problemas.

«El hombre es el rey del universo»: esto ya lo predicó en su nueva iglesia. Es su idea eje; es su culto, es su adoración: ser hombre, vivir como hombre, obrar como hombre, pensar como hombre, mirar al hombre. Pone su imagen:

«Uno de los más célebres frescos de Rafael que se encuentra en el Vaticano representa la Escuela de Atenas. En el centro están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta». El mundo de las ideas platónicas y el mundo de las obras humanas.

Para Bergoglio, Dios es sólo una idea transcendente, pero no una realidad: «el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios… Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida…». Es sólo el lenguaje de Bergoglio: el cielo como apertura a lo trascendente; los pueblos como capacidad de abrirse a lo transcendente. Es un lenguaje florido, ero vacío de la verdad. Porque el cielo es el mismo Dios y el hombre vive siempre para Dios, para el cielo, para lo transcendente, para lo que no es de este mundo. Si el hombre no vive para Dios, entonces los pueblos no viven para Dios, sino sólo para sus ideas de lo transcendente, de lo divino, de lo espiritual, de lo sagrado.

Si los pueblos no viven cumpliendo los mandamientos de Dios, los pueblos buscan sólo el lenguaje de lo transcendente, que es de muchas maneras, porque los camino del demonio, que son todos espirituales, ofrecen a los hombres muchas maneras de vivir en lo “transcendente”. Esta es la falsa espiritualidad de este hombre, su falso misticismo, que agrada a muchos. ¡Qué bonita predicación la de este hombre, dicen muchos! ¡Qué vacía predicación la que tiene este hombre todos los días! ¡Cómo engaña a muchos!

Bergoglio pone la Creación en el hombre, no pone la Creación para ser administrada por el hombre. El hombre no administra; el hombre es dueño de la Creación. Esta es su herejía principal, al negar el dogma del pecado original y a Dios como Creador. La creación, para Bergoglio, es un asunto de la evolución, no de Dios.

Es el hombre el que crea; es la materia la que evoluciona, son las fuerzas cósmicas las que siempre permanecen, las que son poderosas para llevar lo creado hacia su fin, que es un objetivo humano.

El centro: la persona humana. Comienza su idea masónica. Él está hablando a masones.

Lo principal, para Bergoglio, lo que ha hecho el hombre, no el cristianismo. Aquí se carga la Tradición católica:

«En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona».

El patrimonio cristiano del pasado es eso: pasado. Ahora, ha evolucionado a una cosa mejor: las ideas de paz, de solidaridad, de tolerancia, de dignidad humana. Esto es lo máximo para este loco. El lenguaje humano, la conquista de los hombres con sus pensamientos, su ley de la gradualidad, que «no constituye un peligro para la laicidad de los Estados». Todo el desastre que vemos en los gobiernos de todo el mundo, por poner leyes en contra de la Voluntad de Dios, de la ley Eterna, eso no es nada, eso no es un peligro. Esto es una locura de este hombre. Todas esas leyes inicuas son «un enriquecimiento». Y además dice que lo que vemos son «los ideales que la han formado desde el principio». San Benito: anulado. Sus leyes, sus reglas, que por eso es el patrono de Europa, anulado por el bello lenguaje de este hombre.

Los Estados son sagrados en su laicidad y, por eso, «quisiera renovar la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea».

Y nos preguntamos: ¿qué saldrá del dialogo entre los comunistas y los masones? Los comunistas: la Santa Sede, que ya no es Santa; la Iglesia católica, que ya no es católica: es decir, la nueva falsa iglesia que se levanta en el Vaticano. Y esta bazofia de gente habla con los demonios encarnados de la ONU: tiene que salir un nuevo orden mundial y una nueva iglesia ecuménica para todos.

(Continuará)

La Iglesia vive el tiempo del Fin

lloros2

Estamos en el tiempo del Fin: el fin de una época y, por tanto, el inicio de otra.

En este tiempo nadie cree: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». Todos siguen sus mentes humanas, sus verdades, lo que cada cual interpreta de la situación de la Iglesia.

La verdad de la Iglesia queda oculta, porque es el tiempo del mal, de la perfección del pecado entre los hombres.

«…y vi irrumpir en el mar Grande los cuatro vientos del Cielo, y salir del mar cuatro grandes bestias» (Dn 7, 2b.3a).

Cuatro bestias, cuatro reinos en el mundo, que combaten contra el Reino de Dios, que es la Iglesia en la tierra.

Estamos en el cuarto reino: «La cuarta bestia es un cuarto reino sobre la tierra, que se distinguirá de todos los otros reinos y devorará la tierra toda, y la hollará y la triturará» (v. 23).

Ese reino comenzó en 1531, que es la fecha de una señal en el Cielo: la Virgen María de Guadalupe. Se presenta como se describe en el Apocalipsis: «envuelta en sol…sobre la cabeza una corona de doce estrellas…encinta» (Ap 12, 1c.1d.2a).

Esta aparición va a marcar todo este tiempo del cuarto reino: el sufrimiento de la Madre para engendrar la Iglesia de Su Hijo. Sólo en el Dolor las almas son de Cristo. En el Dolor de la Madre de Dios.

La Iglesia ha sido envuelta en muchos sufrimientos durante estos 490 años. Y los últimos años serán los peores sufrimientos, los que más purifican y los que más condenan.

Estamos en el tiempo del Fin: el cuarto reino llega a su Fin.

«Setenta semanas están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa» (Dn 9, 24): 70 semanas de años: 490 años: de 1531 al 2021.

«Desde la salida del oráculo….hasta un ungido príncipe, habrá siete semanas» (v. 25b): 7 semanas de años: 49 años: de 1531 al 1580: el triunfo del protestantismo en toda Europa, y la reforma del catolicismo con el Concilio de Trento: abarca los tres Papas reformadores: San Pío V (1566-1572), Gregorio XIII (1572-1585) y Sixto V (1585-1590). Un ungido, Lutero, que combate a los Papas legítimos;

«En sesenta y dos semanas se reedificarán plazas y muros» (v. 25c): 62 semanas de años: 434 años: de 1580 al 2014: la Iglesia se levanta en medio de un mundo hostil a la Voluntad de Dios. La unidad en la Verdad se mantiene a pesar de la división en el mundo. Los Papas lo han tenido muy difícil para gobernar la nave de la Iglesia;

«Al fin de estos tiempos, sin juicio alguno será muerto el ungido. La ciudad y el santuario serán destruidos con un príncipe; y el fin llegará como una inundación, y durará hasta el fin la guerra» (v. 26): 1 semana: 7 años: del 2014 al 2021: será muerto el Papa legítimo, Benedicto XVI; Roma destruida y todo será un cataclismo hasta el final.

«En verdad os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra; todo será destruido» (Mt 24, 2)

Con el protestantismo se inició este cuarto reino, que ha devorado toda la tierra con su pensamiento diabólico. Y estamos en el tiempo en que la triturará, la machacará, porque se opone a toda verdad del Evangelio. Es una bestia que tiene «grandes dientes de hierro»: con la ciencia, la técnica, el progreso humano es cómo se devora la vida de los hombres sobre este mundo. La ilusión de ser hombre, de exaltar su dignidad humana, su valor como hombre, su importancia en la tierra, su lenguaje humano. El hombre, con la idea protestante, se cree dios y actúa como dios.

Es una bestia con cuernos: «los diez cuernos son diez reyes» (v. 24a), diez gobernantes, diez naciones, diez líderes. Es la vieja Europa, cuyas naciones se han unido en una sola organización. Pero éstos no son los que rigen el mundo: «tras ellos se alzará otro que diferirá de los primeros y derribará a tres de estos reyes» (v. 24c).

El tiempo del Fin es el tiempo de este rey, que es el Anticristo de nuestros días: el líder del hombre; el rey que sigue el hombre; el gobernante del mundo al cual todos le adoran como dios, el que ha ideado el gobierno global: el nuevo orden mundial. Nace en la idea protestante y llega a su culmen en la idea masónica del hombre.

Este último tiempo ha sido marcado, fuertemente, por las apariciones marianas en todo el mundo. Donde está la Virgen María, allí huye el demonio. Satanás no soporta la presencia de la Virgen y la combate a rabiar.

La Virgen María es la señal que da Dios al hombre: es el camino que el hombre tiene para encontrar la Verdad. Sin la Virgen María, el hombre, la Iglesia, las almas se pierden.

La Virgen María, en su Maternidad Divina, es la que lleva a toda la Iglesia hacia la perfección del Espíritu.  Ella es Virgen para Madre: es lo que la mujer ha rechazado: ser madre.

Ella cubrió, con Su Maternidad Divina, todo este tiempo cuando se apareció a San Juan Diego, en 1531: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la Siempre Virgen María, Madre del Verdadero Dios, por Quien se vive».

Es una aparición para el hombre incrédulo, que necesita ver con su ciencia humana para creer en Dios. Y la Virgen es camino para esos hombres.

Pero esa aparición tiene una cualidad que la sella: la humildad. La Virgen María elige a un alma sencilla, ignorante de todas las cosas, pero con un ideal: obedecer a Dios en todo. Un hombre sumiso, sencillo, disponible, obediente, que se conforma en todo con la Voluntad de Dios, para señalar que lo único que a Dios le importa del hombre es su nada, no sus obras, no sus pensamientos humanos, no su lenguaje humano, no sus problemas humanos.

Que el hombre sea nada ante Dios. Sólo en la humildad del corazón, Dios puede hacer maravillas. Pero en la soberbia de la mente, es el demonio el que obra sus maravillas.

Ante la soberbia y el orgullo que muestra el hombre en todo este tiempo del cuarto reino, la Virgen María va a escoger, para manifestar la Voluntad de Dios, a hombres que no cuentan para la humanidad. De esa manera, Ella forma la Iglesia de Su Hijo.

La Iglesia no necesita a los hombres, sino a los hijos de la Virgen María. Hoy nadie quiere imitar a Su Madre en sus virtudes: humildad, obediencia, pureza, maternidad. Todos la desprecian en sus vidas humanas.

En este tiempo se va a dar la perfección del mal entre los hombres, obrada por el demonio.

Esta perfección necesita del Poder de Dios para ser manifestada. Sin ese Poder Divino, el demonio no puede llegar a lo que quiere en su maldad.

Por eso, este cuarto reino es un tiempo de Justicia, pero de gran Misericordia. El pecado de los hombres obliga a Dios a dar, al demonio, el camino para realizar una Justicia Divina, que sólo Dios puede comprender. Los hombres no saben penetrar en esta Justicia de Dios.

Esta obra del demonio es guiada, en todo, por Dios. El demonio no puede hacer nada sin la Voluntad de Dios: está sujeto a esta Voluntad Divina.

Por eso, se manifestó Dios, a los 333 años del inicio de este tiempo: el demonio recibe el Poder de Dios para realizar la Obra de la Justicia Divina:

«En el año de 1864 Lucifer, con gran número de demonios, serán desatados del Infierno: abolirán la fe poco a poco, aún entre las personas consagradas a Dios; las cegarán de tal manera que, a menos de una gracia particular, esas personas tomarán el espíritu de sus malos ángeles: muchas casas religiosas perderán completamente la fe y perderán a muchísimas almas» (Melanie – la Salette, 1846).

La aparición de la Salette, en 1846, señala el tiempo del combate entre la Iglesia y el modernismo. Tres Papas combatieron la herejía modernista: Pío IX (1846-1878), León XIII (1878-1903) y San Pío X (1903- 1914).

En esta aparición, la Virgen María profetiza la Justicia de Dios en el mundo y en la Iglesia. Esas profecías abarcan todo este tiempo del cuarto reino y el tiempo siguiente.

El año 1864: 1531 más 333, que es el número divino; el cual representa a las Tres Personas de la Santísima Trinidad obrando Su Voluntad: se desata al demonio del infierno para que realice una Obra Divina en la Justicia de Dios. No es sólo una obra demoníaca: es un castigo divino para toda la humanidad, por su pecado.

«Hay ahora un establecimiento en vuestro mundo, una orden secreta de satanás. Esta orden ha entrado en todas las formas de vuestra vida. Cada forma de vuestro entretenimiento, vuestro gobierno, vuestras escuelas, ha sido infiltrada» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 7 de septiembre 1972). El demonio está suelto por todas partes para atarlo todo, para hacer esclavos a los hombres, para poseerlos, para obsesionarlos de muchas maneras, para llevarlos hacia el pecado, para hundirlos en el infierno. Y no es posible desatarse de eso. En cada cosa, aunque sea santa, allí hay una atadura del demonio. Es el Poder de Dios en el demonio, que pocos comprenden.

«Lucifer y sus ejércitos forman la mano ejecutora del mal en el mundo, conocida como el 666.  Como os he explicado en el pasado, hijos Míos, Yo Me repito para aquellos quienes no escucharon Mis mensajes previos, que el 666 es la concentración completa y masiva de los demonios salidos del infierno, con Lucifer como su líder.  El mismo Lucifer, el príncipe de las tinieblas, ahora camina por vuestra tierra.  Debido a un razonamiento que ninguna mente humana podría comprender, Lucifer ha retenido poder al lado del poder del Padre Eterno en la Trinidad.  Sabed, entonces, cuán grande es su poder en estos últimos días.  Su misión sobre la tierra ahora es luchar contra el Reino del Cielo y destruir cualquier oportunidad que tiene un alma de entrar al Reino del Cielo.  Él está sobre la tierra ahora, Lucifer, para reclamar a los suyos» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica – 10 de junio 1978).

El poder de la Justicia Divina, que actúa en todos los sitios, aun en la misma Iglesia, aun en lo más santo, que es la Eucaristía, por medio del demonio. Por eso, el demonio puso la ley de la comunión en la mano; y por eso, ha tenido poder para poner a un falso papa. Tiene Poder de Dios para esto. Y lucha contra toda alma, aun la más santa.

En un solo año, después de ser desatado, el demonio fue el rey de los corazones: «En el año de 1865 se verá la abominación en lugares santos, en los conventos, las flores de la Iglesia estarán corrompidas y el demonio será como el rey de los corazones» (Ib.).

¿Qué hay que decir ahora, después de siglo y medio, en que el demonio anda suelto por todas partes?

Ahora se ve la perfección de su maldad, no sólo en el mundo, sino en la Iglesia, en su cúspide. Se comienza a ver la abominación en Roma, en la Alta Jerarquía.

Bergoglio es sólo eso: la perfección del mal, que el demonio ha incubado en su inteligencia humana, para poder destruir la Iglesia, por mandato de Dios.

Bergoglio está dirigido, en todo, por Satanás; su mente humana le pertenece al demonio. Por eso, habla como habla y obra como lo hace: como un demonio.

León XIII vio a Nuestro Señor hablando con Satanás, y «cómo el demonio se jactó que tenía medio destruida a su Iglesia, y que si tuviese más libertad la destruiría por completo. Entonces el Señor le preguntó que cuánto tiempo necesitaba para destruirla, y Satanás le contestó que cincuenta o sesenta años le bastaban. Dios le concedió ese plazo, pero le dijo que después se verían…» (Cardenal Segura, Arzobispo de Sevilla, en una conferencia que dio en la catedral de Sevilla durante la Cuaresma de 1950).

Para comprender los tiempos divinos:

«Contarás siete semanas de años, siete veces siete años, viniendo a ser el tiempo de las siete semanas de cuarenta y nueve años…y santificaréis el año cincuenta…Será para vosotros jubileo» (Lv 25, 8.10a.10c). Dios obra cada 49 años y uno de jubileo, de liberación, de gracia.

Desde el momento en que Dios da al demonio el Poder para una Justicia, hay tres tiempos divinos, porque ese Poder sólo el demonio lo puede obrar en los tiempos marcados por Dios:

De 1864 al 1913: 49 años; y un año de gracia: 1914: el Tiempo del Padre: en este tiempo, el demonio perfecciona su pensamiento y lo lleva a cabo, en una guerra, con la doctrina del marxismo y con una nación, Rusia. Es el orgullo que se levanta contra la Voluntad de Dios.

De 1914 al 1963: 49 años; y un año: 1964: el Tiempo del Hijo: en este tiempo, el demonio se infiltra en la Iglesia y combate al mundo de muchas maneras, en todos los gobiernos. La jerarquía infiltrada comienza a cambiar la doctrina con nuevas filosofías y teologías. Se llega al Vaticano II con un pensamiento demoníaco, en la jerarquía, que combate al pensamiento divino.

De 1964 al 2013: 49 años; y un año: 2014: el Tiempo del Espíritu: en este tiempo, el demonio toma control de toda la Iglesia, pero de manera oculta, hasta llegar a poner a su falso papa, que abre el tiempo del Fin, los últimos siete años de este cuarto reino. Todos los Papas son usados para el mal, son atados para que no puedan realizar lo que Dios quiere; todos son quitados de en medio.

Tres tiempos de siete semanas de años, y un año de gracia. El tres representa a Dios. El siete es la perfección en la obra.

La visión de León XIII, el 13 de octubre de 1884, fue para preparar a la Iglesia a la batalla contra el demonio. Su exorcismo contra Satanás, que el demonio pudo quitar después del Concilio, en sus reformas que realizó a través de la falsa Jerarquía, es la solución para contrarrestar el poder que tiene el demonio. Muchos sacerdotes ya no lo usan.

Con la primera guerra mundial, en 1914, el demonio iniciaba su trabajo de demolición en el mundo y en la Iglesia. Una guerra que abría las puertas a la iniquidad, que implantaba un motor: la doctrina marxista, con el cual inundarlo todo.

A los tres años y medio, casi al finalizar la guerra, Fátima. A partir de ese momento, en la Iglesia se comenzó a infiltrar la Jerarquía masónica.

«el último secreto de Fátima no fue dado al mundo, porque él revelaba la Verdad de la maligna secta entrando en el Vaticano (…), en gran número, desde las apariciones de Mi Madre en el santuario de Fátima» (MDM – 26 de enero del 2012).

La Iglesia no ha creído en Fátima, sino que la ha anulado, declarando una interpretación torcida de la verdad. Para la Iglesia, ya la profecía de Fátima ha sido cumplida: una vez más la autoridad de Dios quedó anulada por la autoridad doctrinal de la Jerarquía.

Fátima es la profecía del fin del Papado: en Ella se revela la muerte del último verdadero Papa, Benedicto XVI; y, por tanto, la causa del fin del Pontificado como hasta ahora se ha entendido en la Iglesia.

«Los detalles, que Yo revelaba, son, que habrá dos hombres usando la Corona de Pedro en los Últimos Tiempos. Uno sufrirá por las mentiras que han sido creadas para desacreditarlo y que lo convertirán en un virtual prisionero. El otro elegido, traerá consigo la destrucción, no solo de la Iglesia Católica, sino de todas las iglesias que honran a Mi Padre y que aceptan las Enseñanzas de Mi Hijo, Jesucristo, el Salvador del Mundo. Solo puede haber un jefe de la Iglesia en la Tierra, autorizado por Mi Hijo, que debe permanecer como el Papa hasta su muerte. Cualquier otro, que pretenda sentarse en la Silla de Pedro, es un impostor. Este engaño tiene un propósito, para convertir almas a Lucifer y hay poco tiempo para tales almas, que no serán las más sabias, para ser convertidas» (MDM – 22 de julio del 2013).

La causa del fin del Papado: un hombre, que no es de Dios, y que levanta la nueva y falsa iglesia, atrayendo a todos a esa maldad.

Con Bergoglio se ha acabado el Papado, al poner su gobierno horizontal, que es el camino de la falsa iglesia. Es una dictadura en la que se ata a todos con buenas palabras y con sonrisas maquiavélicas. La Iglesia verdadera queda en el desierto, en remanente, a la espera del Gran Papa, que es puesto sólo por Dios, no por los Cardenales.

En 1964 se iniciaba la autodemolición de la Iglesia, en su interior, por el mismo demonio en forma humana. Para eso fue el Concilio, con el cual la Jerarquía infiltrada trabajó para conseguir su objetivo, que no pudo alcanzar hasta el 13 de marzo del 2013, poniendo el mayor engaño de todos, Bergoglio.

«Satanás, Lucifer en forma humana, entró en Roma en el año de 1972.  Él estorbó el gobierno, las funciones del Santo Padre, Paulo VI. Lucifer ha controlado a Roma y continúa este control ahora» (Mensaje de Jesús y Nuestra Señora a Verónica, 7 de Septiembre del 1978).

Ese demonio encarnado, que ha estado en el Vaticano desde 1972, ha sido el causante de todos los males que se han visto en la Iglesia: en la doctrina, en la liturgia, en los Sacramentos, en el magisterio….Todo adulterado por esa jerarquía infiltrada, que obedece órdenes de la masonería.

Ninguna culpa hay que echarla a los Papas, sino a todos los Cardenales, Obispos, sacerdotes, que no han acatado, que se han rebelado, que han desobedecido a los Papas. Todos ellos fueron quitados de en medio. Todos.

Tres años y medio, en 1961, antes de que se cumpliera esa generación, la Virgen se apareció en Garabandal, para dar la profecía del fin de los Tiempos, a la cual nadie hizo caso, por supuesto. En esa profecía, se indicaba que sólo quedaban cuatro Papas. Y, por tanto, el Papado llegaba a su fin con Benedicto XVI.

Garabandal es la continuación de Fátima, pero es el inicio de un nuevo tiempo. Cuando Benedicto XVI, que es el «Obispo vestido de blanco» que «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran cruz» (Tercer mensaje de Fátima) muera, entonces se inicia el fin de los Tiempos: se cumple una profecía, Fátima, y se inicia otra, Garabandal.

Garabandal abre a la Iglesia a nuevo tiempo; Fátima lleva a la Iglesia al fin de un tiempo.

Roma, desde 1972, sólo iba hacia una dirección: levantar la falsa iglesia con el falso cristo, hecho que se consiguió en 1998:

«El 666 enunciado 3 veces, es decir por 3, expresa el año 1998, mil novecientos noventa y ocho. En este período histórico, la masonería, ayudada por la eclesiástica, logrará su objetivo: construir un ídolo para ponerlo en lugar de Cristo y de Su Iglesia» (Al P. Gobbi, 17 de junio del 1989).

El ídolo de la mente humana, del lenguaje, de las obras humanas, al cual todos siguen actualmente. Por ese ídolo, se intentó que Juan Pablo II renunciará al Pontificado para poner lo que hoy vemos: el gobierno de los hombres en la Iglesia, el gobierno horizontal. No pudieron llevar eso a efecto, a pesar de la enfermedad del Papa, y lo quitaron de en medio.

Ese ídolo ha aplastado el fundamento de la Iglesia Católica: el Papado. Lo ha aniquilado. Por eso, todos los que esperan un nuevo Papa que arregle lo que Bergoglio está haciendo, se equivocan, no saben discernir los signos de los Tiempos.

No hay más Papas: sólo queda el fin de los tiempos. Estamos en el tiempo del Fin: en la última semana de este cuarto reino.

En este fin, emergerá el Papa puesto por el Cielo, el que es descrito en la profecía de San Malaquías: «Pedro Romano, que pastoreará a las ovejas en una gran tribulación, tras la cual, la ciudad de las siete colinas será derruida, y el juez tremendo juzgará al pueblo». Es el Papa de la gran tribulación que lleva a la Iglesia al Reino Glorioso.

Pero, antes, tiene que morir Benedicto XVI y ser destruida Roma. Será un tiempo de Sede Vacante. Será un tiempo de persecución:

«En la última persecución se sentará S.E.R» (San Malaquías).

En la última persecución, antes que aparezca el Anticristo, antes del Gran Papa, habrá una sucesión de reyes, de falsos papas, de falsos líderes, en la Iglesia.

Dos años de Sede Vacante:

«Dadas ciertas circunstancias perturbadoras el Papa tendrá que huir de Roma y cambiar de residencia. Pero ya no será reconocido su papado, lo cual dejará a la Iglesia sin el gobernante real….Cuando el mundo se encuentre perturbado el Papa cambiará de residencia, y durante 25 meses no habrá ningún gobierno ni Papa en la Iglesia de Roma» (Juan de Vatigueiro).

 “…llegará un tiempo en el que la Iglesia quedará desolada, sin Pedro ni sus sucesores” (Nicolas de Fluh).

«Es importante que Mis seguidores se mantengan alerta a cualquier nuevo Papa que pueda venir adelante, porque él no será de Dios» (MDM – 7 de junio del 2011).

El tiempo del Fin comenzó en octubre del 2014, con el Sínodo: desde la renuncia del Papa legítimo hasta esta fecha, lo que ha pasado en la Iglesia ha sido un año de gracia y de desgracia. Un año para poder comprender lo que pasa en la Iglesia. Un año para decidir a quién seguir en la Iglesia.

El tiempo de las setenta semanas se terminó en el 2013, con la renuncia del Papa; y Dios dio el año de gracia, 2014: y han sido muy pocos los católicos que lo han aprovechado. Muy pocos han discernido nada. Ahora, les espera lo peor, porque ha comenzado el tiempo del Fin.

Este tiempo no es como los demás: son siete años en que se va a presenciar la maldad en su perfección. Y, por eso, no deben confiar en nadie.

Es el tiempo de los hipócritas, de los fariseos, de los pecadores, de los condenados al infierno. Es su tiempo: toda la maldad se hace visible. El mal es un bien para todo el mundo. El mal es la obra para hacer un bien.

Por eso, la Iglesia verdadera tiene que esconderse. No hay otro camino. Y los que vayan al martirio, Dios les indicará su tiempo.

Para poder comprender este tiempo, Dios ha puesto un profeta: MDM. Tienen que seguirlo. Tres años antes, en el 2010, Dios fue preparando a la Iglesia para lo que viene con este profeta. Muy pocos han creído, como es natural. Y muy pocos van a creer, porque ya la Verdad nadie la quiere escuchar. Muchos son los falsos profetas que han surgido por todas partes, porque es el tiempo de la falsa jerarquía en la Iglesia. Esa jerarquía ya no es capaz de hablar la verdad, no es capaz de enfrentarse a un mentiroso, como Bergoglio; y se levantan los hombres que se llaman santos, justos, porque usan el lenguaje que todos quieren oír, porque viven en sus pecados.

Ahora todos siguen sus verdades, a sus profetas, a su jerarquía: unos están con Burke, otros con sus sacerdotes, otros con la falsa profeta Luz de María, otros con Bergoglio, otros con el espíritu de Lefebvre… Cada uno defiende su parcela en la Iglesia, pero nadie defiende la Verdad de la Iglesia. Todos se acomodan a lo que ven en todas partes y así se da la división: Cardenales, Obispos, sacerdotes, fieles, que permanecen divididos en medio del demonio. Se han unido a un falso Papa, a un usurpador, y pretenden buscar la unidad en la división, en la herejía, en la mente de un hombre sin verdad.  El demonio nunca puede unir, porque su obra es dividir.

«La Iglesia ha perdido su camino y se está hundiendo dentro de la oscuridad. Esto, hija Mía, ha sido profetizado y es un signo del Final de los Tiempos. Es cuando el último Papa emergerá y el mundo se perderá, bajo la dirección equivocada del Falso Profeta» (MDM – 14 de noviembre del 2010).

• Esto ha sido profetizado: la Salette, Fátima, Garabandal, el Escorial, Bayside, Dozule, Akita…

• Y es un signo del Final de los Tiempos: «Cuando viereis, pues, la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel en el lugar Santo (el que leyere entienda), entonces…habrá una gran tribulación…se oscurecerá el sol…aparecerá el estandarte del Hijo del Hombre en el cielo….y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del Cielo con poder y majestad grande» (Mt 24, 15.21a.29a.30a.30c).

La abominación ya comenzó en 1865; y el culmen de esa abominación es:

«Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo» (Melanie – la Salette, 1846).

Roma, refugio para los herejes y toda clase de abominaciones. Es decir, será cuando quiten el Sacrifico del Altar.

Muchos no creen en todo esto. Muchos católicos, que siguen a Bergoglio como si nada hubiera pasado en la Iglesia, como si todo estuviera bien, perfecto, como si la Iglesia viviera una nueva primavera espiritual. Así están de ciegos. No quieren creer a Dios, sino sólo a hombres con autoridad doctrinal.

En el Vaticano está la Iglesia de los apóstatas

Virgen María Reina--

Un alma explica lo que sucedió en una parroquia y la locución que recibe: “El domingo 20 de julio en misa, después de escuchar el evangelio donde el sacerdote exaltaba los mensajes y lo bueno y humilde que es el papa Francisco, y repartiera a todos el evangelii gaudium para que meditáramos…. Pedí al Señor que me iluminará, entonces me habló Dios Padre… «hija levántate, sal de esta parroquia y no vuelvas más porque mi hijo Jesús ya no está ahí… Como no está en las iglesias, y parroquias que siguen las enseñanzas y directrices que vienen del Vaticano, de Francisco el Falso Profeta»”. Después, recibe este mensaje:

entre

«Amado pueblo Mío, este mensaje es para todos aquellos que me aman y creen en Mi y en Mi Misericordia.

Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió.

La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro.

Caos, caos en todos los ámbitos de vida… los volcanes estallarán con furia, terremotos remecerán continentes, los niños gritarán sus verdades…después oscuridad.

Las almas clamarán a sus dioses sordos y el maligno saldrá a cosechar su siembra.

Oigan ustedes todos, humanidad corrupta, el Día del Señor se acerca, trayendo el castigo que se merecen.

Ya no queda misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor.

Para ti, hija Mía, Mi amor siempre te acompañará… Mi pueblo fiel no deberá temer, pues Yo el Todopoderoso los protejo, los amparo, y les proveo para todas sus necesidades.

Levántense con la frente en alto, sonrían y alaben a su Dios, porque el día de su liberación está cerca.

¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista.

Recordarán Mis Palabras, las que dije a Moisés, y temerosos gritarán misericordia, pero Yo no los oiré, no los miraré, no los perdonaré, y mi Divina y Perfecta Justicia caerá sobre ellos.

No temas, hija Mía, por lo que veas y oigas, Yo protegeré a los que como tú Me aman, creen en Mí y siguen mis preceptos.

Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco.

En todas las iglesias que está sucediendo lo mismo y a mis hijos fieles los estoy retirando de ahí.

Oren mucho por sus familias para que los desastres no les caigan cerca, y por sus conversiones.

El tiempo final está cerca, hija mía, te ama tu Padre del Cielo, que vela y está siempre pendiente de ti» (Mensaje del Padre Eterno a un alma – 2 de Agosto del 2014).

entre

El Señor, desde el Trono del Cielo, es el que guía a Su Iglesia en estos momentos: «Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco». En esa parroquia ya no se profesa la fe verdadera: su párroco vive otra fe, distinta a la católica, y eso es lo que enseña, transmite. Y, como consecuencia de esa falta de fe en ese sacerdote, ha hecho de ese sitio una cueva de ladrones, donde el pensamiento de un hombre herético es lo único que se sigue. Y hay que salir de esas parroquias, que no es salir de la Iglesia Católica, para formar la Iglesia remanente, la que permanece invariable, la que se apoya sólo en la doctrina de Cristo, en la Tradición Divina, en la enseñanza infalible de la Iglesia. Esa Iglesia Remanente que no tiene parroquias ni capillas, sino que está en los corazones fieles a la Palabra de Dios, corazones humildes, obedientes, llenos de la sabiduría divina.

No es ya la Jerarquía de la Iglesia la que guía a la Iglesia, porque ha perdido la Autoridad Divina al obedecer a un usurpador, Francisco. Esa Jerarquía, que se somete a un hombre que Dios no ha elegido, pierde la Autoridad que le viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo por obedecer a este hombre, que es un falso Papa, esa Jerarquía no tiene poder ni para guiar la Iglesia, ni para enseñar ninguna Verdad ni para santificar a ningún alma.

Esto debe estar claro para discernir a quién seguir en la Iglesia Católica. Si esto no lo tienen claro, entonces pertenecen a la falsa Iglesia Católica, que está en el Vaticano. Es falsa, porque su líder es un falso Papa. Su nombre de Papa está vació del Espíritu del Sucesor de Pedro. Es sólo una etiqueta, un lenguaje, un término. Su magisterio ordinario no es el de un Papa, sino el propio de un impostor, de un falsario, de uno que sólo vive para destruir toda la verdad dentro de la Iglesia. Es un falso Papa que gobierna una falsa iglesia: la de los herejes, apóstatas y cismáticos, como él es. Y la gobierna con un gobierno horizontal, que es el signo de su apostasía.

No esperen que de dentro de la Iglesia Católica, algún Obispo se levante y declare la apostasía y el cisma. Toda la Jerarquía de la Iglesia ha quedado ciega con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Son pocos los sacerdotes que ven, pero deben callar, porque saben lo que se cuece en la estructura interna del Vaticano y de cada diócesis. Es el Señor el que da la luz en estos momentos a cada alma, para que sepa caminar en estas tinieblas, que lo invaden todo. Es el Señor el que hace que sus almas se dirijan al desierto de todo, para esperar allí, en el silencio, en una vida escondida, el camino de la Iglesia.

Las almas tienen que salir de aquellas parroquias que ya no dan la Verdad como es, y no hacer grupos de Iglesia o irse a otros grupos o asociaciones, sino vivir su fe de manera escondida, como en las catacumbas. No hacer cosas públicamente: la oración, la misa, etc., todo de manera privada, sin que nadie lo sepa; sólo las personas que quieren la fe de siempre, que no desean lo que viene de Roma, porque eso sólo es una apostasía.

Esa falsa iglesia de los apóstatas, que está en Roma, no sigue la línea de la Gracia: han quitado la verticalidad, es decir, el Papado. Por esto sólo, se convierte en dos cosas: herética y cismática. No importa que lo demás no lo hayan tocado en la práctica: es decir, todavía no han quitado la Eucaristía y los demás Sacramentos. Pero lo harán. Sí han hecho ciertas obras, como bautizar hijos de personas lesbianas, que claramente se opone a la Gracia. Son actos heréticos, que revelan la doctrina que se sigue en esa falsa iglesia, que anulan la Gracia por seguir una ley canónica.

Han quitado a Pedro y han puesto una cabeza con un consejo de muchas cabezas. Es decir, se han convertido en una secta más, en una de tantas como hay en el mundo. Es un grupo de personas, con un fin humano y con unas obras humanas, que se ponen la etiqueta de católico, porque eso gusta mucho para atraer a las almas y para seguir engañando a la gente.

El Señor habla a los que creen en Su Misericordia y les da un mensaje lleno de Justicia, porque así es la Misericordia del Señor: en la verdad de su Justicia. Dios muestra Su Amor Misericordioso como camino en Su Justicia para el hombre. Porque el hombre, desde que nace hasta que muere, tiene que vivir colgado de la Justicia Divina, reparando sus muchos pecados, encuentra, en ese camino, justo y recto a los ojos de Dios, la Misericordia que lo salva y lo lleva a la santidad de una vida.

«Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió»: los tiempos del Fin no son los tiempos ordinarios, como el hombre los ha entendido durante 2000 años. Son los tiempos de un cambio para todo y para todos. Todo en la Creación; y todos los hombres. La Creación debe volverse gloriosa, espiritual, como fue concebida en la Mente de Dios. Y, para eso, hay que quitar lo que impide esa transformación: que son las obras del demonio y de los hombres, que han abierto su vida a la mente del demonio. Y, por tanto, este tiempo del Fin, nadie sabe cuándo comienza: se duerme uno en la vida de siempre y se levanta con otra cosa muy diferente.

Los tiempos de Dios no pueden ser medidos por los hombres. Se van conociendo en la medida en que el hombre va viendo, en su vida, las consecuencias, los efectos, de ese tiempo.

«La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro». Tiene que comenzar la guerra mundial para que el Falso Profeta se ponga en el Trono de Dios sobre la tierra, que es la Silla de Pedro. Francisco es un falso Profeta, porque tiene el mismo Espíritu de falsa profecía, pero no es el Falso Profeta, es decir, el Falso Papa que señala al Anticristo. Francisco es el inicio de un gran desastre en la Iglesia. Y eso todos lo pueden ver, lo pueden comprobar. Pero es incapaz de moverse como quiere, rompiendo el dogma. Sólo está con sus pobres y con su enamoramiento de las falsas religiones: es un comunista y un protestante. Y eso es lo que vive en la Iglesia, lo que transmite, a lo que se dedica. Pero él sabe las dificultades para quitar el dogma. Y tiene que hacerlo con medidas pastorales: un telefonazo, un Sínodo, una orden para que se bauticen, etc… Soluciones políticas que anulan la línea de la Gracia y que reflejan su pensamiento demoníaco. Pero es necesario desestabilizar el gobierno de la Iglesia, no sólo poniendo a un usurpador, sino a personas que dirijan la Iglesia hacia el rompimiento total: que es echar a Cristo de la Iglesia, quitando la Eucaristía de manera oficial. Por eso, se prepara un cambio en las estructuras de la Iglesia, en ese gobierno horizontal, para quitar a ese payaso y poner a un hombre fuerte, que comience a despojar la Iglesia de la línea de la Gracia, de lo poco que aún queda de Gracia. Y sólo así puede entrar en aparición el Anticristo.

«Ya no queda Misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor»: esto significa que el pecado ha llegado a su culmen, a su perfección, y por tanto, debe iniciarse la Justicia Divina que combata ese pecado perfecto y lo aniquile en el mundo y en la Iglesia. Si no se quita ese pecado, el demonio vence al hombre. Pero, porque Cristo vino al mundo para destruir las obras del demonio, por eso, se inicia esta Justica que se hace presente en todas partes, preparando el Día del Señor, que es el Castigo de los tres días y tres noches. Es tan perfecto el pecado de los hombres que ya no quieren convertirse, ya han despreciado la Misericordia como camino de salvación y por tanto, ya no queda Misericordia. El hombre, en pecado, siempre encuentra Misericordia. Pero, cuando el hombre desprecia la Misericordia, entonces ya no existe Misericordia.

«¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista». Los Vicarios del Señor son los Obispos, que tienen la plenitud del sacerdocio de Cristo, y que se han vuelto todos unos herejes. Pueden conocer la plenitud de la Verdad y prefieren la plenitud de la herejía.

Obispos malditos que han puesto a un hereje en la Silla de Pedro. Y ellos los saben, porque son herejes como él. Si no hubieran sido herejes, si hubieran profesado la fe verdadera, nunca hubieran elegido a Francisco ni a ningún otro. Pero están en la Iglesia, en cada diócesis, para llevar a la Apostasía a los sacerdotes y a todo el Rebaño. Son los guías puestos por Dios para llevar a las almas hacia el Cielo, con una vida de oración y de penitencia, y se han convertido, por sus muchos pecados, en lobos, en fariseos, en legistas, en hipócritas, en gente sin dos dedos de frente. Es la mayor corrupción que existe actualmente en la Iglesia: es la corrupción de lo mejor. La mente se corrompe, esa mente que ha conocido la Verdad, y se dedica a las obras del mismísimo demonio en la Iglesia. No hay mayor degeneración en la vida espiritual que un Obispo, como Francisco, que ha bebido la Verdad, pero que se emborracha de su mentira. Eso clama al cielo: el pecado de muchos Obispos que se asemejan a Francisco en la vida eclesial. Y, por eso, el castigo es modélico: fuego del cielo contra la falsa Iglesia de los apóstatas de la fe en Roma. Son Obispos que por más que clamen misericordia, no la tendrán. Ya no es tiempo de convertirse, sino de condenarse.

No son tiempos como los de antes. Son tiempos para ir formando la Iglesia remanente, que es la Iglesia Católica, pero aquella fundada en la Verdad del Evangelio. Una Iglesia que pasa a formar parte del Reino de Dios hasta que el Señor ponga el camino hacia la Nueva Creación. Una Iglesia de muy pocos, porque la mayoría prefiere estar con Roma y con la nueva iglesia que se hace más humana, más natural, más acorde al mundo. Y eso es lo que atrae a mucha gente, que son tibios en su fe y pervertidos en su mente humana. Así son muchos católicos en la Iglesia. Gente que se rasga sus vestiduras porque se juzga a Francisco por lo que es: un impostor. Gente que no sabe discernir el pan de la Vida, sino que va a la Eucaristía a tragarse una galleta de su sacerdote preferido, de aquella Jerarquía que le hable muy bonito y que le muestre sus verguenzas en público. Estamos en el tiempo del Fin. Y no hay más tiempo para convertirse. No oren por las almas que no quieran convertirse, duras en su pecado. Oren por las almas que todavía tienen dos dedos de frente y que ven que la situación no puede estar peor. Son muchas las almas, dentro de la Iglesia, que viven como condenadas. Nada se puede hacer por ellas: se han creído santas y justas en su pecado. Es mucho el fariseísmo en la Iglesia, la doblez, la mentira, el engaño. Sólo vean las páginas del Vaticano cómo exaltan los pensamientos heréticos del falso Profeta Francisco. Hay que dejarlas en su mentira y aplicarse a vivir la fe verdadera. Y todo lo que diga el Vaticano es para mirarlo con lupa, para criticarlo y para abandonarlo. Si no hacen eso, entonces caen en el error de muchos: esperan un bien de almas que viven para condenar el Rebaño. Mayor vileza no se puede encontrar. Y de idiotas que esperan algo de Francisco esta la Iglesia llena.

El tiempo histórico del Anticristo

Nic6153882

Francisco ha abierto su boca con audacia inaudita para blasfemar contra Dios, y no se avergüenza de enseñar manifiesta y públicamente que los misterios de nuestra religión católica son ficciones y pura invención de los hombres, que la doctrina de la Iglesia se opone al bien de toda la sociedad humana, y no tiembla de renegar de Cristo mismo y de Dios: «No estoy interesado en la conversión de los evangélicos al catolicismo. Quiero que la gente encuentre a Jesús en su propia comunidad. Hay tantas doctrinas en que nosotros nunca estaremos de acuerdo. No perdamos nuestro tiempo en eso. Por el contrario, vamos a mostrar el amor de Jesús» (texto).

• Su blasfemia: no estoy interesado en la conversión; luego, estás interesado en la condenación.

• La Gracia y los Sacramentos son una invención humana que no dan a Jesús: Quiero que la gente encuentre a Jesús en su propia comunidad.

• El magisterio de la Iglesia es falible, inútil, inservible: Hay tantas doctrinas en que nosotros nunca estaremos de acuerdo. Hay que ponerse de acuerdo en las doctrinas que más nos gustan, que más nos dan dinero, fama…

• Reniega del amor de Cristo: «vamos a mostrar el amor de Jesús»: no mostremos a Jesús crucificado, sino al Jesús que opta por los hombres del mundo.

Estamos en el Tiempo del Anticristo y, por tanto, con un Francisco que destruye la Iglesia Católica.

«Jesucristo no concibió ni formó a la Iglesia de modo que comprendiera pluralidad de comunidades semejantes en su género, pero distintas, y no ligadas por aquellos vínculos que hicieran a la Iglesia indivisible y única, a la manera que profesamos en el Símbolo e la fe: Creo en una sola Iglesia… Y es así que cuando Jesucristo hablara de este místico edificio, sólo recuerda a una sola Iglesia, a la que llama suya: Edificaré mi Iglesia [Mt. 16, 18]. Cualquiera otra que fuera de ésta se imagine, al no ser fundada por Jesucristo, no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo… Así, pues, la salvación que nos adquirió Jesucristo, y juntamente todos los beneficios que de ella proceden, la Iglesia tiene el deber de difundirlos ampliamente a todos los hombres y propagarlos a todas las edades. Consiguientemente, por voluntad de su fundador, es necesario que sea única en todas las tierras en la perpetuidad de los tiempos… Es, pues, la Iglesia de Cristo única y perpetua. Quienquiera de ella se aparta, se aparta de la voluntad y prescripción de Cristo Señor y, dejado el camino de la salvación, se desvía hacia su ruina» (León XIII – Satis cognitum – 29 de junio de 1896).

Se está en la Iglesia para convertir a los evangélicos, a los protestantes, a los masones, a los judíos, a los budistas, a los homosexuales, a cualquiera que viva de su pecado y en su pecado, de su error y en su error, de su herejía y en su herejía, de su cisma y para su cisma: «la salvación que nos adquirió Jesucristo, y juntamente todos los beneficios que de ella proceden, la Iglesia tiene el deber de difundirlos ampliamente a todos los hombres y propagarlos a todas las edades». Hay que difundir la salvación, hay que predicar el evangelio que salva, hay que poner el camino de salvación en la única Iglesia, la verdadera: «Cualquiera otra que fuera de ésta se imagine, al no ser fundada por Jesucristo, no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo…»

Cristo muere para salvar a todos los hombres, pero lo hace en Su Iglesia. No fuera de Ella, porque «Sin Mí, no podéis hacer nada». Sin Mi Iglesia no hay Gracia de salvación, no hay camino de verdad, no hay vida de Dios.

Por tanto, gran herejía: «No estoy interesado en la conversión de los evangélicos al catolicismo. Quiero que la gente encuentre a Jesús en su propia comunidad». Francisco no sigue la mente de Cristo en los Papas anteriores, sino que desobedece al Magisterio auténtico de la Iglesia, que es el único que salva, para poner su doctrina protestante: no convierto, porque no existe el pecado = no estamos en la Iglesia para convertir, para salvar, porque ya estamos todos salvados.

Y, por tanto, dice a los evangélicos: quédense en su iglesia y condénense allí: «Quiero que la gente encuentre a Jesús en su propia comunidad». ¡Quiero que la gente se condene! Vive en tu infierno de pecado. No te saco de él porque yo ya vivo como un condenado.

Jesús ha edificado Su Iglesia. Y, por tanto, a Jesús no se le puede encontrar en la propia comunidad que se invente cada hombre. Jesús no está en la Iglesia evangélica. Jesús no está con los judíos, ni con los musulmanes, ni con los ortodoxos, ni con nadie. No está en ninguna comunidad, iglesia, secta, confesión religiosa.

A Jesús sólo se le puede encontrar en Su Iglesia: la Iglesia Católica.

Como Francisco ha hecho un cisma, entonces habla de su fe masónica, no de la fe católica. Francisco no cree en el Dios de los Católicos, luego tampoco cree en la Iglesia Católica. Esto, uno que tenga dos dedos de frente, lo ve. Los demás, los que obedecen a un hombre con un magisterio masón, no pueden ver esta verdad. Los demás, la Jerarquía que obedece la doctrina protestante y comunista de un hombre necio, no pueden percibir esta Verdad.

Si no se cree en la Iglesia Católica, entonces se cree en cualquier iglesia falsa, en cualquier secta, en cualquier herejía. Y se vive, se obra haciendo un cisma, como lo está realizando Francisco desde el Vaticano.

«Quienquiera de ella se aparta, se aparta de la voluntad y prescripción de Cristo Señor y, dejado el camino de la salvación, se desvía hacia su ruina»: Francisco se ha apartado de la Iglesia Católica y, por tanto, se ha apartado de la Voluntad de Cristo, de la doctrina de Cristo, del Magisterio que la Iglesia enseña de manera infalible en sus Papas. Y, por tanto, Francisco no va por el camino de la salvación, sino que recorre el de la condenación.

Es un hombre, que está liderando una nueva sociedad maldita, con el apoyo de una Jerarquía maldita. Y la lidera con la doctrina de dos maldiciones: protestantismo y comunismo. Y enseña esta doctrina y, por tanto, enseña a pecar, enseña a justificarse por voluntad humana, y a buscar el bien común de esa sociedad, que sólo tiene ojos para resolver los problemas humanos de los hombres. Es un bien común maldito, porque la Creación gime bajo el pecado, bajo la maldición divina en el Paraíso. Y si no se quita el pecado, si no se repara el pecado, los demás males son imposibles de quitarlos. Es una utopía su doctrina de liberación de los pobres, su opción por los pobres, porque Jesús vino a salvar a los pobres de espíritu, no a los pobres de hambre material, de dinero, de bienes culturales.

Jesús no llora por los problemas de los hombres: «deja que los muertos entierren a sus muertos». Jesús llora por el pecado de los hombres, que éstos no quieren quitar.

Francisco, al hacer un cisma en el Vaticano, produce la condenación inmediata de toda aquella alma que siga su doctrina. Por sólo hacer caso a lo que enseña Francisco, el alma se pierde eternamente, porque la doctrina de Francisco está maldita: es la misma que siguen los protestantes y los marxistas. No es, por tanto, la doctrina de Cristo. Es un manifiesto comunista, es un programa para salvar estructuras mundiales, es una administración para conseguir dinero en el Vaticano.

«Hay tantas doctrinas en que nosotros nunca estaremos de acuerdo»: claramente, a Francisco le importa un rábano los dogmas, la Tradición Divina, la enseñanza de los Santos, lo que los Papas han enseñado, han guiado, han obrado en la Iglesia.

Sólo un hombre que no discierne la Verdad de la mentira habla de esta manera: hay tantas doctrinas… hay tantos dogmas en las que no estoy de acuerdo…hay tantas tradiciones divinas en las que no estoy de acuerdo… hay tantas cosas en la Iglesia Católica que no estoy de acuerdo…

Y, por eso, concluye: «No perdamos nuestro tiempo en eso»: no miréis los dogmas, no miréis al Crucificado, no miréis la vida de los santos que se han sacrificado sólo por amor a Cristo, no miréis a tantos hombres que son dogmáticos, que no dan su brazo a torcer, porque todo lo juzgan. No hay que perder el tiempo siendo fieles a la Gracia. No existe la Gracia. No existen los Sacramentos. Sólo existe mi mente humana, mi idea de lo que es Cristo y lo que debe ser la Iglesia. No hay que perder el tiempo haciendo penitencia por nuestros pecados ni por los del mundo entero, porque ya Cristo ha resucitado. Busquemos la alegría de la Resurrección; no seamos paletos del Calvario. Lloren por los hombres, abracen a los hombres, denles de comer. No pierdan el tiempo con dogmatismos mientras la gente se muere de hambre.

Y, entonces, da su final masónico: «vamos a mostrar el amor de Jesús». El amor de Jesús es lo que hay en la mente de Francisco. El amor de Jesús lleva a fraternizar con todos los hombres; el amor de Jesús conduce a buscar un gobierno mundial; el amor de Jesús consiste en crear comunidades de base, en que las justicias sociales, los derechos del pueblo, sean los conductores de los hombres. En el amor de Jesús, vayamos todos sin juzgar la mente de nadie: tienes que tolerar la herejía, porque es una verdad. Tienes que comulgar con el pecado, porque es un bien para tu vida. Tienes que poner tu vida escuchando a los hombres, porque ellos tienen una verdad que tú no posees. Tienes que pasarte tu vida dialogando con los hombres, porque en el hablar mucho está la santidad de la vida.

Francisco va hacia su ruina y lleva de la mano a muchas almas. Francisco no está sentado en la Silla de Pedro para convertir almas, sino para condenarlas al infierno.

Esta Verdad no es compartida por el Vaticano, por Roma, por la Jerarquía de la Iglesia. Y es la única Verdad: Cardenales, habéis elegido a un hombre que condena las almas. Y os habéis puesto bajo él, en obediencia a él. Y, por tanto, habéis producido el cisma en la Iglesia.

Francisco hizo su cisma: su gobierno horizontal. Pero los Cardenales hicieron el suyo: eligieron a un hombre que sabían que no lo podían elegir.

La renuncia del Papa Benedicto XVI es sólo un cuento de hadas, una fábula, un montaje bien preparado por todos los Cardenales. Más de la mitad de ese Cónclave estaba comprado: ya se sabía muy bien a quién había que poner. Lo demás, palabrería humana para tapar el engaño.

Y, ahora, todos obedeciendo a uno que habla como un protestante y como un comunista. Y esto lo sabe toda la Jerarquía. Pero como están atados a una estructura que viene de Roma, entonces no son capaces de levantarse de su asiento y de mirar a Francisco y decirle: eres un maldito; quedas excomulgado de la Iglesia Católica. Esto nadie lo va a hacer por el respeto humano: hay que hacer la pelota por el qué dirán. Hay que callar, hay que mirar a otro lado, hay que decir que la doctrina de Francisco es tradicional.

Esto es un cisma que la Jerarquía obra en la Iglesia: no se opone a un hereje, sino que comulga con sus propias ideas. Dan la espalda a Cristo, a su doctrina. Dan la espalda a las almas. Esta es la gran obra cismática de la Jerarquía maldita, que se ha posesionado del Vaticano, para hacer surgir las bases de la nueva iglesia del Anticristo.
francisco en el infierno

“Los hombres se rendirán al espíritu de la época. Dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la Fe seria simple y fácil. Pero en su día, dirán que las cosas son complejas; que la Iglesia debe actualizarse y hacerse significativa ante los problemas de la época. Cuando la Iglesia y el mundo sean uno, entonces aquellos días estarán a la mano. Porque nuestro Divino Maestro puso una barrera entre Sus cosas y las cosas del mundo” (San Antonio Abad – Disquisición CXIV).

Los hombres se matan en las guerras porque no saben escuchar a Dios en sus corazones. Los hombres mueren asesinados por otros hombres. Y esto es algo que siempre ha existido, pero es también una señal que da Dios, para que el hombre discierna que donde hay guerra hay odio.

Si los hombres se matan es porque se odian. Y si se odian entre ellos es porque no aman a Dios. Y si no son capaces de amar a Dios es porque no son capaces de escuchar su voz en sus corazones..

El que escucha a Dios no produce una guerra. Pero el que se tapa los oídos para escuchar lo que hay en su mente humana, sus ideas, obra siempre en contra del mismo hombre.

Los hombres del mundo, de la Iglesia, se han rendido al espíritu que marca esta época: el espíritu del Anticristo. Y, al rendirse, vemos a un Francisco que sólo construye destruyendo: sólo obra destrucción, guerras, maldades. Y lo hace con una sonrisa, porque ése es el espíritu del Anticristo: al exterior se manifiesta lo que todos quieren ver; pero se esconde la verdadera intención en el obrar.

Francisco se fue a Jerusalén para iniciar una guerra: la que vemos en estos días. Si hubiera ido en la Voluntad de Dios, no habría habido guerra. Pero Francisco no escucha a Dios en su corazón, sino que sólo escucha su idea masónica: la fraternidad, la tolerancia, el diálogo.

Y se reunió en Roma para plantar un arbolito. Y el árbol de la Cruz, el árbol que salva, que impide las guerras, lo ha anulado en su gobierno horizontal. Se reunió para charlar con los hombres y para decir tantas blasfemias que sólo el que está atento a la vida espiritual ha sabido captarlas. Los demás, han visto ese encuentro de una manera protestante y comunista. Un poco de marketing para llevar al rebaño a pastar la doctrina del bien común fraternal.

La gente se mata ahora por culpa de lo que Francisco ha hecho en el Vaticano. Las guerras en Israel, contra los musulmanes, no son como antes. La política ha obrado muchas guerras; pero ahora, el Anticristo las obra todas.

El Anticristo necesita poner su iglesia en Jerusalén. Necesita que Jerusalén sea el foco de la religiosidad mundial. Y, por eso, tiene que mover a los políticos y poner en ese Estado un movimiento religioso, que lo aune todo: la Iglesia y el mundo.

«Cuando la Iglesia y el mundo sean uno, entonces aquellos días estarán a la mano». Los días del Anticristo están a la mano. Ha habido un movimiento de la Iglesia de Roma hacia Jerusalén. Un movimiento religioso, para poner la doctrina de la fraternidad en aquel país. Una fraternidad para todo el mundo, no sólo para lo religioso. Era necesario poner una señal religiosa en Jerusalén, como lo hizo Francisco. Y es necesario mover con guerras para implantar esa sociedad en Jerusalén. Esa sociedad que es la nueva Iglesia, pero que no puede mostrarse como tal hasta que no llegue el momento. Hasta que no aparezca el Anticristo, no aparece la Iglesia Universal. Se dan pasos hacia esa nueva sociedad religiosa mundial.

Las guerras que se dan ahora en Jerusalén tienen otro sentido: no ya el político, sino el religioso. El Anticristo tiene que desestabilizarlo todo, en lo económico, político, cultural, etc. para poner la idea religiosa, la idea universal del amor a la creación. Cuando todo esté patas arriba, él sale a luz como el salvador de todo el mundo. Ya nada es como antes. Ninguna guerra, ninguna crisis económica, ninguna crisis política. Ahora, todo está medido porque es el tiempo del Anticristo.

«A donde voltean Mis Ojos, ellos ven traición, asesinatos, corrupción, adulterio, fraude, desorden en el matrimonio, personas que se mofan de la religión, contaminación de las almas, perjurio, pecados contra la naturaleza. Hablo como un Padre preocupado, pero afligido y ofendido. ¿Queda algún hombre recto entre ustedes?» (Mensaje del Padre Celestial al mundo –22 de marzo 2010).

En la Iglesia no queda una Jerarquía recta. En el mundo, no queda un gobierno recto. En las familias, todo está troceado, cambiado, inutilizado.

«Miro a la tierra hoy y hubiera deseado no haberla hecho jamás… ¡Mis Ojos ven lo que nunca hubiera querido ver y Mis Oídos escuchan lo qué siempre temí oír! Mi Corazón de Padre, se hunde en la tristeza. Yo creé a los hombres a Mi Imagen, y sin embargo se han degradado a sí mismos y hoy ¡muchos de ellos han tomado la apariencia de la bestia! Mi Corazón sufre porque Yo veo hasta los confines de la tierra, y lo que Yo veo no responde a los deseos de Mi Corazón… vuestro Padre gobierna todo, pero respeta vuestra libertad, y el hombre ha pervertido su libertad…» (Ibidem).

El hombre, dependiente de Dios, se ha hecho sólo dependiente de su misma libertad. No es capaz de dejar que Dios lo guíe en su libertad, sino que la pervierte: pone su libertad por encima del Poder de Dios.

«la Rebelión en Mi Casa traerá Mi ira sobre ustedes, y la más profunda oscuridad se abatirá pronto sobre la tierra. Yo había elegido levantarlos de sus sepulcros, con Misericordia y Amor, Compasión y Paz, pero cuántos de ustedes no se conmueven ante Mi ofrecimiento. Ya nada puede conmoverlos. Yo he decidido acelerar Mi Plan a causa de los grandes pecados que concibe esta generación. Todo se desvanecerá, todo se gastará como un vestido. Esta será Mi manera de destruir la profanación del pecado, y se darán cuenta que, desde el principio, ustedes eran Mis templos sagrados y que Mi Espíritu estaba viviendo en ustedes. Por este Bautismo de Fuego, oren y ayunen en estos últimos días. Yo Soy está cerca de ustedes» (Ibidem).

La Rebelión en la Iglesia: haciendo que un Papa renuncie y poniendo a un destructor para que todos le obedezcan, eso trae la Ira Divina, la Justicia de Dios sobre la Iglesia y sobre el mundo entero.

Lo que vemos es el inicio de la Ira. Por eso, no es un tiempo como los demás. Ya no hay que esperar. Ahora, hay que obrar una purificación, una justicia y una misericordia. Y eso todos tienen que hacerlo si quieren salvarse.

El tiempo del Anticristo es el tiempo del mundo al revés. Y eso es lo que vemos en todas partes. Y hay que saber vivir este tiempo porque es el más dificil de todos. Hay que saber mirar a cada hombre como lo que es: o un santo o un demonio. Porque ya no puede darse un camino intermedio.

El Tiempo del Anticristo es un tiempo de la perfección del mal: el mal llega a su cumbre, a su cima. Los hombres se especializan en obrar el mal. Por eso, todo está maldito, condenado, lleno de demonios. En el ambiente del mundo sólo se percibe el espíritu del Mal. Lo llena todo y lo abarca todo.

El pecado social de la Iglesia: obedecer a un impostor

calvario2

«Preguntad y ved. ¿Es que paren los hombres? ¿Cómo, si no, veo a todos los varones con las manos en los lomos, como en parto, demudados y amarillos todos los rostros? ¡Ah! Es el día grande. No hay anda igual a él» (Jer 30, 6).

Tiempo de Justicia el que vive la Iglesia entera, en que muchos sacerdotes y Obispos se abren de piernas, como las mujeres, y siguen celebrando sus misas. ¡Mayor abominación no puede existir dentro de la Iglesia!

El homosexualismo está condenado por Dios en Su Palabra. El homosexualismo es una vida en la carne, no es sólo un pecado de lujuria. Es algo más que caer en ese pecado. Es vivir de ese pecado. Es caminar con ese pecado. Es llamar a ese pecado el derecho, el deber, la virtud, el bien que hay que realizar para ser homosexual.

No se nace homosexual (ni lesbiana). Se nace hombre o mujer. Y se vive como hombre o como mujer, porque «el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Cor 6, 13). Dios no puede dar un cuerpo glorioso a un hombre que se arrastra en lo carnal, en la lujuria, en la sodomía. Porque ha creado el cuerpo para un bien divino, para una obra divina, para Él. Y Dios no se une a un homosexual. Cristo no está en un sacerdote homosexual. La boca de ese sacerdote es la boca del demonio. Y sus obras, en la Iglesia, son las obras del demonio.

«¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor 6, 15) Y, ¿cómo es que muchos sacerdotes y Obispos, hacen de sus cuerpos miembros de la abominación? No se puede comprender qué hace una Jerarquía en la Iglesia que se revuelca en sus lujurias. ¿Para qué celebra la misa? ¿Para qué predica? ¿Para qué está en la Iglesia?

Francisco, antes de sentarse en el Trono de Dios, aprobaba la homosexualidad:

Y, claramente, una vez que gobierna la Iglesia con un falso Papado, ha hecho de la homosexualidad el centro de su gobierno. Ésta es la primera abominación que su gobierno da en la Iglesia. Es su primer pecado, porque necesita hacer de la Iglesia una comunidad de hombres que viven, cada uno, con sus propias ideas. Y tiene que acoger las ideas de personas que son abominables para Dios y, por tanto, para toda la Iglesia Católica.

Pero este lenguaje no le gusta a Francisco porque él niega la Revelación de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22). Esta Palabra de Dios es Vida, es Tradición Divina: «Yo soy Yavé, vuestro Dios. No haréis lo que se hace en la tierra de Egipto, donde habéis morado, ni haréis lo que se hace en la tierra de Canaán, adonde Yo os llevo; no seguiréis sus costumbres. Practicaréis Mis Mandamientos y cumpliréis Mis Leyes; las seguiréis. Yo, Yavé, vuestro Dios» (Lv 18, 3-4).

Francisco es el que tiene labia fina y aguda: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Esta es la finura de la herejía. Ésta es la política de Francisco en la Iglesia. Éste es el pensamiento de ese hombre que es un falso Papa.

Hay que insistir que el homosexualismo es una abominación, porque el mundo ya no escucha la Palabra de Dios. Ya no le cree a Dios. Vive sus costumbres, sus culturas, pero no los mandamientos de Dios, no sigue las leyes divinas. Por tanto, un hombre que no insiste en que la homosexualidad es una abominación, entonces está cambiando la Palabra de Dios. Y quien la cambia, sencillamente, se aleja de la Verdad y camina hacia el infierno.

Hay que predicar, a tiempo y a destiempo, que la homosexualidad es un pecado. Y un pecado contra Dios, es decir, un pecado personal; y un pecado social, es decir, un pecado fruto del pecado personal, un pecado que se hace con otra persona: son dos personas que hacen una sociedad para pecar, para mostrar su pecado. Ése es el pecado social. No es un mal social, sino juntarse varias personas para pecar en el mismo pecado personal.

Pero, esto, a Francisco, le importa muy poco, porque no cree en el pecado, ni en el personal, ni en el social. Sólo cree en los males que los hombres hacen; pero es incapaz de ver la raíz de ese mal y dónde se fija: en el alma. “Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102). Es decir, que para Francisco, el pecado es una mancha que el hombre tiene en su mente, pero no en su corazón. Y, por ese pecado, los hombres hacen muchas cosas malas en sus vidas.

Para Francisco, el pecado no es una obra libre de la voluntad del hombre, sino una imposición de la mente del hombre. Es una idea mala que se impone al hombre y que hay que quitar. Francisco siempre juega con las palabras. En su lenguaje humano, nunca está la Verdad, nunca el concepto verdadero de la cosa, sino que él se ha inventado sus verdades, sus definiciones, sus ideas de lo que es bueno y malo.

«¿Cuándo deja de ser válida una expresión del pensamiento? Cuando el pensamiento pierde de vista lo humano, cuando le da miedo el hombre o cuando se deja engañar sobre sí mismo» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Éste es su culto a la idea humana. Y, por eso, Francisco, no puede creer en la Palabra de Dios. La idea del hombre es buena porque ve lo humano. Es mala porque pierde de vista lo humano. De este culto a la idea del hombre, vienen sus obras humanas en la Iglesia.

La idea de un hombre es válida porque su pensamiento humano acepta la Palabra de Dios; la idea de un hombre es errónea porque su mente humana no acepta la Palabra de Dios. Pero este planteamiento, Francisco no lo puede seguir. Él vive en su grandiosa mente: es decir, él vive en su locura senil. Está dando vueltas y vueltas a su idea. Éso es la locura: dar vueltas a algo sin parar. Es la mente rota que no puede callar, que sólo ve su idea. Y si su idea cabalga con lo que pasa en el mundo, entonces la obra.

pass-00074

¿Por qué ha bendecido las hojas de coca de la dirigente revolucionaria Milagro Sala, que son sagradas para ella? «Para nosotros esta hoja es sagrada, es sabiduría, es medicina y nuestros abuelos las leen. Es muy importante para nosotros, aunque algunos le hayan dado un mal uso» (Fuente Perfil ). Son una superstición, van contra el primer mandamiento de la ley de Dios que prohíbe dar culto a otros dioses. Y las ha bendecido porque su pensamiento humano está clavado en lo que hacen los hombres, en lo que viven los hombres, en lo que obran los hombres. Y, entonces, asiente a la maldad de esa mujer, porque está ciego como ella. Y, en esa bendición, Francisco comete el mismo pecado que esa mujer: idolatría, superstición, adivinanza. Y se pone a la par de la vida de esa mujer. Se abaja a su vida, a sus obras, y apoya el pecado de esa mujer. Colabora con ella para seguir pecando. Le muestra a esa mujer que su pecado es válido, que puede seguir pecando, que mientras ame a los hombres, no hay problema en lo que hace. Que siga dando culto a las hojas de coca. Esto se llama: condenar a un alma al infierno. Francisco no salva almas en lo que hace en la Iglesia, sino que les muestra el camino para seguir pecando. Y eso es abominable.

Esto es Francisco: de palabra fina y aguda, que dice que lo que antes era pecado, ahora ya no se considera así por la Iglesia, porque él lo dice: «El pensamiento de la Iglesia debe recuperar genialidad y entender cada vez mejor la manera como el hombre se comprende hoy, para desarrollar y profundizar sus propias enseñanzas» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). El pensamiento de la Iglesia es la Mente de Cristo, que es Inmutable, que no tiene en cuenta el pensamiento de ningún hombre. A Cristo le importa muy poco las ciencias de los hombres, su sabiduría, sus culturas, «porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos son vuestros caminos» (Is 55, 9). Lo que piensa Francisco no es lo que piensa Cristo. Y, por tanto, la Iglesia no tiene que entender la manera como el hombre se comprende hoy. La Iglesia tiene que comprender que si no se abaja de su pensamiento humano, se condena por ser Iglesia apóstata, que está dando culto a la mente de un hombre que no es Papa.

Este es el pecado social de toda la Iglesia hoy: es el pecado personal de muchos: Pastores, religiosos, fieles. Están obedeciendo la mente de un hombre. Esto se llama idolatría: dar culto a la idea de un hombre. Cuando Cristo enseña la verdad; Cristo ha dado toda Su Mente a la Iglesia para que los hombres den culto a Su Mente Divina. Y viene un payaso, como es Francisco, con una labia de serpiente, y nadie se atreve a decir: vete de la Iglesia, Francisco, porque eres un idolatra de tu propio pensamiento humano.

Y muchos callan por miedo, dudas, temores, etc. Pero siguen siendo culpables de idolatría, porque enseñan a los demás a seguir obedeciendo a un impostor, a uno -que saben- que no está diciendo la Verdad. Y, por eso, tienen mayor pecado.

En este pecado social, toda la Iglesia está envuelta, porque no acaba de comprender la Palabra de Dios: «ha de manifestarse el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Muchos no han comprendido que el Anticristo es un falso Papa, uno que se sienta en la Silla del Vicario de Cristo, el Vicario del Hijo de Dios. Al Anticristo hay que buscarlo, ahora, sentado en el Trono de Pedro.

666

Esta Verdad es la que no pueden creer. La Jerarquía no la puede tragar, porque se creen muy justos y muy santos. Y, por eso, callaron la boca a Sor Lucía. Va a subir a esa Silla -que ahora ocupa Francisco- el Anticristo. Y Francisco le está preparando el camino. Le pone la alfombre roja: el comunismo. Lleva a la Iglesia al redil del pecado: el protestantismo. Y hace de Cristo el payaso de la humanidad. Es lo que muestra como falso Papa. Se pone una nariz de payaso, pone en el sagrario una pelota, se coloca una pulserita gay, hace cosas que Cristo nunca las haría, porque es el Hijo de Dios, no es el hijo de los hombres. Es el verbo Encarnado que viene al mundo para que el hombre deje sus culturas, sus invenciones, sus ideas, y se someta a la idea del Padre, al plan del Padre sobre su vida humana.

Francisco se está oponiendo a Dios con su lenguaje barato y blasfemo, con su labia fina y mordaz, con sus obras de pecado. Es ya un anticristo. Es un falso Profeta. Pero no es el adecuado para romper la Iglesia. No sabe romperla porque no tiene ni idea de lo que le va a pasar. Ha sido puesto para una cosa: y ya lo ha hecho. Ahora, los mismos que lo pusieron, lo dejan en la cuneta, porque el demonio tiene prisa para destruir la Iglesia: le queda poco tiempo y el camino es otro de lo que piensa Francisco en la Iglesia.

Pero el problema de la Iglesia es su pecado social. Están todos con una venda en los ojos. Y ese pecado crece y no se dan cuenta de que ya la Iglesia no es de Cristo, porque sólo está en las manos de los enemigos de Cristo: los masones. Y hay que salir de esa iglesia porque ella ya no es la salvación, el camino de la Verdad. Llega el momento en que Cristo ya no va a reconocer los escombros de la Iglesia como Su Iglesia. Cuando la Jerarquía podrida en Roma quite la Eucaristía, entonces Cristo ya no reconocerá esa Iglesia, no podrá salvar a las almas que se queden en esa iglesia. Ahora, les muestra el camino de salida, hacia el desierto. Y muchos no acaban de entender que hay que salir de Roma, de las estructuras que Roma ha creado para ser Iglesia. Esas estructuras no valen para nada. Ahora es cuando hay que comenzar a hacer la Iglesia remanente, en el desierto del mundo, unida en la Eucaristía.

Es Cristo el que une a las almas en la Verdad de Su Iglesia. Y una Iglesia que no adora a Dios en el Altar, sino que se dedica a las cosas del mundo -como se está haciendo diariamente-, no es la Iglesia de Cristo. Y hoy muchos altares son abominación. Sacerdotes, Obispos, que viven de sus lujurias y que ponen al demonio encima del altar para que todos le den culto.

Aquel que cambia la Palabra de Dios en un punto, en una coma, no es de Cristo. Aquel que interprete el Evangelio según la cultura de los hombres no es de Cristo. Aquel que haga de la Misa una reunión de hombres, para hacer sus obras del mundo, no es de Cristo.

Se es de Cristo porque se posee su mismo Espíritu, no porque se tiene una teología y un sacerdocio. Aquella Jerarquía, con labia fina y herética, que se alaba a sí misma, es la del anticristo. «Hijitos, ésta es la hora postrera»: Cristo viene, su Segunda Venida está a la vuelta de la esquina. «y como habéis oído que está para llegar el Anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera» (1 Jn 2, 18).

Francisco se ha hecho un anticristo; en su gobierno horizontal todos ellos se han hecho unos anticristos; toda la Jerarquía que apoya a Francisco y a su gobierno, se han hecho unos anticristos. Mucha Jerarquía que calla y no da la Verdad, porque no les conviene hablar ahora, también se han hecho unos anticristos. Queda muy poca Jerarquía humilde. Muy poca. Y sólo ellos pertenecen a la Iglesia remanente.

Porque muchos se han hecho anticristos en la Iglesia, por eso, el Señor viene. Pero nadie le espera, porque ya no hay fe. Roma ha perdido la fe, como la virgen lo profetizó y los hombres no han querido creerlo. Porque nadie, en la Jerarquía, cree en las palabras de la Virgen. Nadie. Cuando la Virgen toca a Roma y a los sacerdotes, la Jerarquía niega a la Virgen. Quieren una Madre que sólo les habla de amor, pero no quieren a una Madre que los castigue por sus muchos pecados.

Los anticristos salen de la Iglesia Católica, no del mundo: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (1 Jn 2, 19). Porque un anticristo tiene que conocer toda la doctrina de Cristo y oponerse en todo a ella. Es lo que hace Francisco y toda su panda de sinverguenzas en la Iglesia. En el mundo, la gente no tiene ni idea de lo que es Cristo y Su Iglesia. Pero la Jerarquía podrida sabe lo que está haciendo con la Iglesia en estos momentos, pero es maestra en mentir y en engañar a todo el mundo, y nadie cae en la cuenta. Hay mucha maldad en la Jerarquía: parecen santos y son todos unos demonios encarnados.

En la Silla de Pedro se sentará el Anticristo. Un falso Papa, un Papado renovado en todas las herejías es el que dará la bienvenida al Anticristo. Ese Anticristo no sólo será el jefe de la Iglesia, sino que será el jefe del mundo, porque el Anticristo tiene que oponerse en todo a lo que es un Papa verdadero, que nadie lo puede juzgar, que nadie lo puede tocar. Y, como la Iglesia va a caer en la herejía más terrible de todas, por eso, ese Anticristo se presentará como Cristo, como el Mesías en carne. Y, muchos, que comulgan y se confiesan lo van adorar como Dios.

Nadie medita lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo. Todos están esperando a un Sínodo para actuar ????. Es lo más absurdo: reunirse bajo la obediencia de un impostor, de uno que no escucha a nadie, sino sólo a su cabeza humana, para sacar una verdad para la Iglesia. Y la única Verdad que la Iglesia debe entender ahora es: Francisco no es Papa, es un impostor. Porque un Papa legítimo nunca puede renunciar al Primado de Juridicción sobre la Iglesia. Y, por eso, todo el poder de Dios está sobre Benedicto XVI. Si esta Verdad no la comprenden la Jerarquía, ¿para qué han estudiado teología? Para condenar almas al infierno.

El Anticristo de nuestros días

666xyz

El Anticristo es:

1. Un ungido, un cristo, un alma consagrada en la Iglesia Católica;

2. que guía a un pueblo extraño dentro de la Iglesia, un pueblo que no son los hijos de Dios; un consagrado que engaña a las almas;

3. y lo hace con el poder del Espíritu de Satanás: es el precursor de Satanás.

El tiempo del Anticristo es ahora. El tiempo de los precursores del Anticristo ha finalizado. Desde hace dos años, el Anticristo se manifiesta dentro de la Iglesia Católica. Todavía en oculto, pero guiándolo todo con sus instrumentos en la Jerarquía.

El Anticristo en «un astro de una esfera sobrenatural» (Valtorta – 20 de agosto 1943); es decir, un Obispo, un consagrado, un ungido. No pertenece al mundo, aunque tiene el espíritu del mundo. Pero no es un gobernante, ni un rey, ni un hombre importante por su dinero o por su poder: «No un astro humano que brille en un cielo humano» (Valtorta – 20 de agosto 1943).

Es un Ungido, otro Cristo, pero falso, que ha caído en lo más bajo del pecado: «El Anticristo, por soberbia de una hora, se convertirá en el maldito y el oscuro después de haber sido un astro de mi ejército…» (Valtorta – 20 de agosto 1943). Y se dedica a las obras de su padre: «obtendrá la ayuda completa de Satanás, el cual le dará las llaves del pozo del abismo para que lo abra. Pero lo abrirá del todo para que salgan los instrumentos de horror…» (Valtorta – 20 de agosto 1943).

El Anticristo es el de esta hora, pero no es el de la última hora. El Anticristo de esta hora es el precursor del Anticristo del último tiempo: «Maitreya es el anticristo de esta hora, como para el pueblo judío fue Antíoco IV Epifanes (1 Mac 1, 41-64), y como lo fue Nerón para los primeros cristianos… y ahora para los últimos cristianos de esta Era Mesiánica, que sois vosotros, es el Maitreya o instructor del mundo, como él prefiere llamarse… Después de los mil años del Reino de la Paz, cuando Satanás sea soltado de nuevo (Ap 20, 7-10), aparecerá el último Anticristo que será Satanás en forma humana, que extraviará a todas las naciones… pero el Señor Jesús lo matará con el aliento de su boca, destruyéndole con la manifestación de su Venida (Ap 2 Tes 2, 6-112,3-4 y 8) y esta venida será la última, como juez de vivos y muertos» (Pequeña Alma, España 2001)

El Anticristo es, por tanto, un Obispo, Cabeza de la Iglesia, pero que guía a un pueblo extranjero dentro de la misma Iglesia. Pertenece a la Jerarquía infiltrada, la introducida en la Iglesia por la masonería. Y obra, dentro de la Iglesia, para llevar a las almas al fuego del infierno. Es un jefe de tropas extranjeras, de hijos de los hombres, que protege las cosas del mundo, la vida de los hombres, sus obras, sus proyectos; que pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios. Es el protector de la fraternidad satánica. Es el que encauza la doctrina del demonio acorde a los tiempos, a la cultura de los hombres, a los ideales de los hombres. Es el instructor del mundo.

No es Satanás en forma humana: ése será el último Anticristo. El de ahora, es la encarnación del espíritu del Anticristo, pero no es Satanás en persona. Es un hombre dedicado al espíritu de Satanás. El último anticristo será la misma persona de Satanás en un hombre, imitando así la Encarnación del Verbo.

El Anticristo es un espíritu de fraternidad, de comunicación social, de proyecto humano, de legislación mundial. Es un espíritu que quiere conducir a todos los hombres hacia la unidad en un ideal humano de fraternidad.

«Sí, hijo mío, pequeñín mío y nuestro, éste es el falso Mesías que tenéis entre vosotros haciendo su campaña y muchos de mi Iglesia ni lo han oído nombrar… muchas religiones o sectas están esperando un Mesías o Libertador, los musulmanes están esperando al Himan – Mahdi… en la India esperan a Kali… en el Tibet al futuro Buda… los judíos que no quisieron reconocer mi resurrección, me están esperando todavía, y los cristianos esperan mi Segunda Venida… pues bien, el Maitreya será el Mesías ideal para todos aquellos que no conozcan bien mi Doctrina Católica y mi Evangelio, y son muchos millones en el mundo. Aunque el Maitreya tiene sus contradicciones bien claras para cualquier cristiano bien instruido; éstos son una pequeña minoría en comparación. Y si de los cristianos dejamos solo los católicos, que son los elegidos, y de éstos a todos los que viven en la verdadera fe… comprenderás hijo mío que serán muy pocos en comparación con las multitudes que creerán en el Maitreya. Ahora parece que no, pero las cosas cambiarán mucho, y será bien acogido y escuchado por las masas… Así pues, el falso Mesías es el Maitreya y el falso Profeta es el Antipapa, de esta Gran Tribulación… y los dos viven bajo vuestros cielos y están entre vosotros» (Pequeña Alma, España 2001).

Es el Antipapa el precursor del Anticristo, pero no es el Anticristo. El Anticristo no aparece como Papa, sino como líder mundial, con una doctrina que es para todos, no sólo para la Iglesia Católica. Por eso, las prisas de Francisco de abrirse al mundo y que todas las iglesias entren en la Iglesia Católica. Está preparando el terreno para su maestro, el Anticristo. Las masas siguen a hombres que les hablen lo que ellos quieren escuchar y, por tanto, no atienden a la Verdad del Evangelio. Engañan a la gente con la misma Palabra de Dios: «Pero ellos, los que aspiran a implantar un solo gobierno mundial, que lo controle todo… utilizan como estrategia el Mandamiento segundo del amor al prójimo, para poner al hombre en el lugar de Dios… y hacerse como Dios ellos mismos: Primero: políticamente, lo cual han logrado ya plenamente, pues en todos los estados del mundo, salvando unos poquitos que no cuentan para ellos, los gobiernos y sus leyes son ateos y anticristianos, comenzando por los que siempre han sido tradicionalmente Católicos…» (Pequeña Alma, España 2001). El mundo, ya pertenece al Anticristo; ya está empapado de esta falsa doctrina de la fraternidad, del amor al hombre por encima de la ley de Dios. Es más importante conceder al hombre lo quiere en la vida, que mostrarle la Voluntad de Dios sobre su vida.

Por eso, «Segundo: Una vez que todas las legislaciones, al menos escritas en el papel, miren y se dirijan al bienestar y protección del hombre sobre la tierra, la protección de los derechos humanos y de los más pobres… todo esto bien publicado y predicado con algunos gestos espectaculares e insuficientes de solidaridad humana… se pensará y ya se está pensando, que Dios no es necesario para nada… ni habrá que rezarle ni pedirle algo, pues es un mito… sino que es el hombre quien lo puede todo con su esfuerzo, unidad y constancia… como los de la torre de Babel… Si uno se pone enfermo tendrá asistencia médica y hospital… si tiene hambre y frío, tendrá ropa, comida y un techo que se lo dará el gobierno… ¡pero a cambio de qué?… de ser marcado por la Bestia con el 666, incluido en un número de barras con el que reniegas de tu fe cristiana… Lo primero, lo han vivido ya en Rusia millones y durante muchos años antes de la caída del muro de Berlín… lo segundo de la marca, lo viviréis muy pronto… ¡Claro está! que no serán todos los habitantes del planeta los que piensen así como os he dicho arriba… pero sí será la gran mayoría, y esta sociedad que ha creado el hombre moderno, funciona por las mayorías, pues las minorías no cuentan más que para hacer las mayorías, y si no es así, se desprecian o marginan» (Pequeña Alma, España 2001).

«El Anticristo sale de Egipto» (Mary Jane Even, Lincoln, Nebraska, 1994), pero es «de extracción judía, de la tribu de Dan, será circuncidado» (San Anselmo, Bec, Francia, 1093). «Tenía 30 años cuando en Junio de 1996 empezó su predicación mundial. La nación judía exalta al Anticristo como el Mesías Judío profetizado en el Antiguo Testamento» (Mary Jane Even, Lincoln, Nebraska, 1994). Ahora, tiene unos 48 años. Un Obispo de esa edad, pero que no se revelará como el Anticristo, vestido de Obispo, sino sin el vestido, porque viene para todo el mundo. No se va a presentar con el líder de una religión, como un Obispo, sino como el que enseña y el que guía hacia la verdad a todos los hombres de todas las religiones. Él «reconstruirá a Jerusalén y el Templo Judío, en el que se instalará como Dios. Igualmente, empezará su trabajo de seducción entre los judíos, que lo aceptarán como el Mesías» (San Anselmo, Bec, Francia, 1093). Y, por eso, es necesario destruir los fundamentos de la Iglesia: quitar los dogmas, las verdades, las tradiciones, el magisterio auténtico.

Para que el Anticristo aparezca, «habrá una gran crisis dentro de la Iglesia, y el Anticristo se sentará en la sede del Papa» (A María Concepción Méndez H, Ladeira, Portugal, 1973). La crisis ya ha comenzado; el cisma ya está abierto. Y todo apunta a que el falso Papa pondrá la Iglesia en manos del Anticristo. Francisco es el inicio de todo esto. Sólo el inicio.

Habrá un Antipapa que proclamará «al Anticristo Maitreya como el Cristo de la Nueva Era… Se convertirá en el líder mundial con sus diez cabezas de Estados, hasta llegar a liderar el gobierno mundial único, la economía mundial única, y la religión mundial única. Ofrece soluciones a los peligrosos conflictos militares en curso, a los problemas ecológicos intratables, y los graves desequilibrios de distribución de ingresos entre las naciones» (Mary Jane Even, Lincon, Nebraska, 1994).

«El Anticristo de estos días, concretado en una sola persona como líder de Satanás es el Maitreya, que ya está entre vosotros hace tiempo haciendo su campaña y esperando el momento oportuno para hacer su aparición pública y mundial por todos los medios de comunicación principales: el Día de la Declaración, como él le llama. Es el impostor más descarado que podáis haber conocido en toda vuestra vida, pero ésta impostura sólo la descubrirán los cristianos que estén bien catequizados, porque los ignorantes de mi Palabra y Doctrina, lo verán y tomarán como el enviado en estos momentos para salvar el mundo de la gran crisis por la que pasa… Hasta el falso Papa lo nombrará como Profeta del Tercer milenio. Ya os dije en el Evangelio que: “… Se levantarán falsos Mesías y falsos profetas, y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si fuera posible, aun a los mismos elegidos” (Mt 24, 24). Dentro de mi Iglesia de los mismos bautizados… aprovechará esta Gran Apostasía en la que estáis y donde mis Ministros han descuidado la predicación de estos momentos expresados en los Evangelios, para presentarse como el Mesías y Cristo, el Salvador de esta humanidad… usará mis Palabras y dirá que Yo fui uno de sus discípulos… pero lo conoceréis porque él hablará siempre de sí mismo, a pesar de que nombre al Padre Eterno. Creedme, muchos creerán en él» (Pequeña Alma, España 2001).

Muchos ya creen, dentro de la Iglesia, las fábulas que Francisco predica. Y son facilísimas de ver: hasta un niño puede entender que ese hombre está en la Iglesia para su negocio humano, pero no para llevar la Cielo a nadie.

Francisco ha puesto el camino para el Anticristo. Pero falta lo principal: romper la Iglesia. «Hijo, solamente te digo que antes del momento de la Gloria, debe venir el terrible reino del Anticristo. El Anticristo reinará por tres años y medio, y pondrá fin a la Santa Eucaristía» (Raymond Shaw, Georgia, 1990). Hay que quitar el Amor que sostiene al mundo, para que no se caiga en el precipicio de la condenación. Y Cristo será olvidado por todos, porque la gente va a creer que Cristo, de nuevo, se pasea como un hombre por el mundo.

«Atraerá a la gente dándole completa libertad de dejar de observar todos los mandamientos divinos y eclesiásticos, perdonándole sus pecados y exigiendo que sólo crean en su divinidad. Despreciará y rechazará el Bautismo y el Evangelio. Dirá que Jesús de Nazaret no es el Hijo de Dios, sino un impostor… Dirá, yo soy el salvador del mundo y tratará sobre todo de convencer a los judíos que él es el mesías enviado por Dios, y los judíos lo aceptarán como tal. Sin embargo, tratará de trastornar todo orden en la tierra con sus leyes morales. Por consiguiente, las Sagradas Escrituras se refieren a él como el “desenfrenado”… Desechará toda ley moral y principios religiosos, para atraer el mundo hacia él. Concederá libertad total de los mandamientos de Dios y de la Iglesia y permitirá que todos vivan según sus pasiones… Se esforzará por hacer que la religión sea conveniente. Dirá que no es necesario ayunar ni amargarse la vida con renunciación… Será suficiente amar a Dios… Predicará el amor ilícito y destrozará los vínculos familiares… sostendrá que el pecado y el vicio no son pecado ni vicio…» (Santa Hildegarda, Alemania 1179).

Todo esto ya lo estamos apreciando en todas partes, incluso dentro de la Iglesia. 50 años demoliendo la Verdad, poco a poco. Dando una espiritualidad sin la Verdad, con muchas mentiras encubiertas, abriendo el camino para introducir el espíritu del Anticristo. Era necesario eso para ablandar a los hombres a ese espíritu, imitando lo que el Anticristo hace en el mundo: «el Maitreya emplea en sus mensajes al mundo un lenguaje y argumentos que contiene un poco de todo… de forma que para todos tiene unas notas y palabras claves de sus doctrinas respectivas… de mi Evangelio toma frases, palabras e ideas, que hace suyas propias, así como de los Mensajes Marianos, motivo por el cual mi Santa Madre y Yo, no hemos hablado antes tan claro como ahora al final, para que no se anticipe y os confunda más de lo permitido por el Padre… pues lo copia y utiliza sin escrúpulos, para sus fines.

De esta forma, con sus palabras suaves y cautivadoras de la serpiente antigua, y junto con los falsos prodigios y milagros que hará con el poder de Satanás, dado por mi Padre… seducirá a las masas incautas e ignorantes de esta juventud mundial que en su mayoría no tiene ni encuentra ideales justos y santos… y lo seguirán… porque será el “Mesías” esperado y deseado por la mayoría…» (Pequeña Alma, España 2001).

«Está a punto de llegar; conquistará el poder durante un período de caos mundial. El Papa Negro y el Anticristo reinarán juntos» (John Leary , Rochester, N.Y. 1993). Pero, el Señor da signos antes de ese reinado:

«La llegada de una sociedad sin manejo de dinero efectivo será la preparación para la toma de control de parte del Anticristo. Les estoy dando una advertencia, hijos míos, sobre cómo los computadores pueden ser fácilmente utilizados para manipular gente y su plata. Tengan cuidado cuando demasiado poder apoyado en los computadores estén en manos de unos pocos. Verán una centralización creciente respecto al control sobre alimentos y dinero. Cuando estas fuerzas converjan, estarán fundamentando el control del Anticristo. Cuando llegue al poder no busquen su paz ni sus mecanismos para comprar y vender. Pronto verán un llamado a toda la población para recibir el chip de computador para que se puedan registrar en el computador mundial, la “Bestia”. La Advertencia (el Aviso) vendrá antes de la transición de poder para que puedan saber en verdad que están escogiendo entre Satanás o Yo» (John Leary, Rochester, N.Y., 1993).

«Por un tiempo el lado maligno se mostrará atractivo a los sentidos humanos y su poder de sugestión llegará al máximo, pero tienen que saber que estarán escogiendo entre el estar conmigo o contra Mí. No va a haber campo intermedio. Y será una decisión impostergable. Pero una vez que tomen la marca de la Bestia, caerán en sus redes para ya no estar nunca más conmigo. Tengan en cuenta las implicaciones de la decisión. Parece sencilla pero los puede llevar a la eterna tortura del infierno. La humanidad tendrá un tiempo para escogerme a Mi o al Anticristo» (John Leary, Rochester, N.Y., 1993).

Hay que irse preparando para lo peor, porque todo ha comenzado ya en la Iglesia: se verán cosas inauditas, que antes no se pensaban. Pero todos se han unido para dar al Anticristo las llaves y el poder de la Iglesia.

En la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo

reydelaiglesia

En la Iglesia Católica se vive la mentira sin posibilidad de un camino hacia la Verdad.

La Jerarquía, atada a una estructura de ideas, social, política, económica, humana, material, ha dejado de seguir al Espíritu de la Iglesia.
Hay muy pocos sacerdotes, Obispos, que sean humildes de corazón; son, la mayoría de ellos, grandes soberbios, persona orgullosas, que han hecho de sus pecados la vida en la Iglesia.

La Iglesia tiene que mirar a Cristo: ésa es su referencia. Pero, ahora, todos miran a uno que no es Papa, llamado con el nombre de Francisco, ultrajando el nombre de san Francisco y ofendiendo Su Espíritu.

San Francisco de Asís vino para reparar la Iglesia de Jesús, vino para expiar los pecados de las almas en la Iglesia de Jesús, vino para unirse a las llagas de Cristo en la Iglesia de Jesús.

Y ¿qué hace el Falsificador Francisco, el que ha manchado el nombre de Francisco? Ha tomado la pobreza de Cristo como su negocio comunista en la Iglesia. Ha vendido a Cristo por el amor a sus pobres, por un puñado de fama y de propaganda entre los hombres, en el mundo, en el interior del Vaticano.

San Francisco se hizo pequeño ante sus hermanos; no quiso ningún poder entre sus manos. Y Francisco se ha subido al podio de la popularidad y va caminando en el mundo para recibir el aplauso de tanta gente que sólo mira a la Iglesia como un bien humano, un bien social, un bien político, un bien económico, un bien para el propio bolsillo.

La Jerarquía de la Iglesia pone su referencia en Francisco, no en Cristo. Éste es el más grave error de toda la Jerarquía.

Y ¿por qué se cae en este error moral? ¿Por qué pecan los sacerdotes y los Obispos que dan su obediencia a Francisco? ¿Por qué no hay que seguir a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal, que obligue obedecer a Francisco?

Porque Francisco no es el sucesor de Pedro, no es el Papa. Es el Papa Benedicto XVI el sucesor de Pedro. Su renuncia ha obligado al Espíritu Santo a retirarse de todas las estructuras de la Iglesia. ¡De todas! ¿Qué significa eso? No hay Arquidiócesis en la tierra que tenga Espíritu. Todas han quedado en poder de los hombres, de sus mentes, de sus obras, de sus vidas humanas.

Esto, por supuesto, no se lo creen en Roma. Esto nadie se lo cree. Pero es la única Verdad. El pecado de Benedicto XVI es un pecado contra el Espíritu. Es un pecado de un Papa, no sólo de un hombre. Un Obispo con una misión específica en la Iglesia: ser el sucesor de Pedro; ser Papa hasta la muerte. Y no llegó hasta el final de esa misión.

Y no se quiera coger el atajo fácil de que un Papa puede renunciar. Ése pensamiento es la comodidad de muchos. Ese pensamiento no es divino cuando se ha visto claramente que nadie ha luchado para que el Papa no renuncie. Nadie se ha levantado para hacer que el Papa vuelva a ser Pedro. A nadie le ha importado lo que el Papa ha hecho. Y eso es un claro signo de que no es un pensamiento de Dios, sino del demonio.

Las cosas divinas dan al alma celo por la Verdad, inquietud por saber la raíz de la Verdad, ansia por conocer la verdad de los acontecimientos de la vida. Pero cuando se ven estas realidades como algo rutinario, entonces es que Dios no sopla, que las almas están dormidas en el sueño de su bien humano y no saben ver lo divino, lo santo, lo sagrado, lo único que importa en la vida: el amor a la verdad. ¡Nadie puede renunciar al don de Dios para su vida y quedarse tan tranquilo! ¡Y quedarse como si no pasará nada! ¡Toda la Iglesia ha renunciado a Su Papa porque nadie ha luchado para tener el Papa que el Señor ha puesto! ¡La Iglesia ha renunciado a la Verdad en el Papa Benedicto XVI! ¡La Iglesia ya no ama la Verdad, que es Cristo!

¿Qué verdad hay en Francisco como Papa? Ninguna. No habla como un Papa, no enseña como un Papa, no gobierna como un Papa, no vive como un Papa, no obra como un Papa. Es sólo un hombre mundano, carnal, demoniáco.

Y ¿qué hay entonces en Francisco? Lo que los hombres quieren ver. Los hombres quieren una Iglesia en la calle. Eso se lo da Francisco: la ruta del comunismo. Los hombres quieren estar con la realidad social. Eso se lo enseña Francisco: su doctrina comunista, su evangelio de la fraternidad, los bienes sociales y culturales en la Iglesia. Los hombres quieren ilusionarse con una primavera de gozo y esperanza. Eso le gusta a Francisco predicar todos los días: su cultura del encuentro, su estadía en las estructuras del mundo, su amor al mundo y a Su Príncipe, el demonio. Los hombres quieren responder a los problemas sin la verdad, sin la moral, sin la ley natural. Ese es el camino que Francisco les ofrece: ama a los hombres porque son buenos hombres; su amor humano que pone por encima del amor a Cristo.

¡Qué gran error seguir a Francisco! ¡Y muy pocos lo ven como error! ¡Pocos entre la Jerarquía! ¡Poquísimos entre los fieles!

Muchos, en la Iglesia, han hecho su partidismo, su política: siguen a un Papa porque da un ejemplo de bondad humana, de bien social, de apertura a las cosas del mundo. Siguen a un Papa porque es un buen hombre. Pero nadie sigue a un Papa porque es el Papa.

Y, entonces, viene Francisco, con una sonrisa de oreja a oreja, con una besadera de niños, con un llamar por teléfono todo el mundo, y entonces, Francisco es un superpapa. ¿La razón? Su bien humano. Y nadie discierne la verdad de lo que hay detrás de esa sonrisa, de esos besos, de ese estar en las redes sociales, de ese querer agradar a todo el mundo. ¡A todos se les ha caído la baba con Francisco! ¡A todos! Señal de que en la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo. ¡Son gente buena, apta para las llamas del infierno! Son los buenos, los que se creen buenos, los primeros candidatos para los primeros puestos en el infierno. Al cielo va sólo el que mira todo el día su pecado, su maldad, su negrura de alma, no el que se mira al espejo de su humanidad.

La Jerarquía de la Iglesia se ha vuelto como los profetas de Baal: todos dicen la misma cosa. ¡Francisco es el mejor! Todos apoyan a Francisco. ¡Es la moda! ¡Es el partidismo! Ahora, es necesario tomar partido por Francisco. Ahora, se necesita la opción de los pobres en la Iglesia. Ahora, es urgente que se abran filas al modernismo que la Iglesia ya no combate, porque se ha hecho supermoderna: tiene su gobierno horizontal y su consejo económico, como las grandes potencias del mundo. Dentro de poco, aparecerá en la Bolsa como una opción más para ser competitiva en la economía del mundo.

Estamos ante una Jerarquía que se ha olvidado, por completo, de Cristo, que ya no dice cosas diferentes a lo que se oye en el mundo. Esta Jerarquía tiene a Cristo en sus bocazas, que son muy grandes para decir todo tipo de herejías y mezclarlas con palabras de santidad. En eso se han hecho expertos muchos sacerdotes y Obispos. Es el alimento que dan cada día a su rebaño. Los engordan para el infierno. Los hacen caminar por las sendas de lo humano y de lo material. Hacen de la oración un encuentro social, en la que todos dan culto a sus dioses, y ninguno al verdadero Dios.

Ha comenzado ya la ruina en toda la Iglesia. La Iglesia se cae a pedazos. Y nadie puede reparar ese destrozo. Ya no hay almas víctimas, que sepan lo que significa sufrir con Cristo y morir con Él.

La Cruz de Cristo es la salvación de la Iglesia. La Iglesia nace cuando muere el hombre. La Iglesia vive cuando muere el pensamiento del hombre. La Iglesia obra cuando muere la obra del hombre.

Mientras el hombre siga en pie en la Iglesia, la Iglesia está muerta; la Iglesia es un nido de avispas, porque los hombres viven en Ella clavando el aguijón de sus pecados en el Corazón de Cristo.

Se renueva, cada día, la muerte de Cristo en la Jerarquía. ¡Cuántos sacerdotes, cuántos Obispos, crucifican de nuevo a Cristo! Y no por sus pecados personales, sino por sus pecados contra Cristo, contra Su Obra, la Iglesia; pecados contra la Verdad, contra la norma de moralidad.

Para ser Iglesia, ahora, hay que vivir sin mirar a Roma, sin hacer caso a ninguna Jerarquía. Viviendo la Verdad, que es Cristo, en el corazón; y preparando el alma para lo que viene. Y es algo tan grande, que los tiempos van a cambiar para todos.

La Pascua ya no será Pascua, sino el inicio de un giro en la Iglesia: un giro hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia.

A %d blogueros les gusta esto: