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Es católico decir: Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica

non e francisco

«La fe es obra del Espíritu Santo, es un don de Mi Corazón traspasado; ella exige que se confíen al plan salvífico del Padre, aun en los sufrimientos y en las pruebas…» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Yo bendigo a quienes escuchan Mi Palabra”, 10/05/1996, pág. 6) (PDF)

La fe no es la obra de la inteligencia humana, sino de la Mente de Dios en cada alma. Es lo que Dios piensa, planea. Es lo que Dios decide en Su Espíritu. Es como Dios lo ve, no como los hombres lo entienden. Po eso:

«Un corazón dividido no está hecho para Mí. Soy esposo celoso, reclamo enteramente para Mí el corazón del alma esposa. La santidad perfecta consiste en no querer rehusar nada al Amor». (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Un corazón dividido no está hecho para Mí”, pág. 14).

Una Iglesia dividida, como la que observamos en el Vaticano, no es para Jesús. No puede serlo. En Ella no está Jesús.

La división provocada en el Sínodo por Bergoglio es signo manifiesto de las intenciones de ese hombre en Roma. Quien es de Cristo no divide a la Jerarquía como Bergoglio lo ha hecho –y lo lleva haciendo- desde que asumió su falso pontificado, en su falsa iglesia. Quien es de Cristo une a toda la Jerarquía en la Verdad, que es el mismo Cristo. ¡Esto es lo que no ha hecho Bergoglio en el Sínodo!

Si las almas leen la Palabra de Dios: «Mas aun cuando nosotros, o un ángel del cielo os evangelice fuera de lo que nosotros os hemos evangelizado, sea anatema» (Gal 1, 8); y, después, no son capaces de llamar a Bergoglio como anatema, es que no tienen fe: en ellas no se da la obra del Espíritu Santo, sino que se da la obra de su misma inteligencia humana.

Un Papa legítimo no puede enseñar una falsa doctrina, un falso evangelio. Y toda aquella alma en la Iglesia, sea fiel o sea Jerarquía, que no deseche toda novedad en la fe, por grande que sea la Autoridad de los que la quieran introducir, esa alma no tiene fe verdadera; esa alma no se confía plenamente en el plan que Dios ha puesto para salvarla; esa alma está dividida en su corazón y, por tanto, no pertenece al Corazón de Cristo, por más que comulgue diariamente.

Las almas que pertenecen a Jesús no son las que reciben, cada día, la comunión, sino las que se someten a toda la Verdad que Jesús ha enseñado en Su Iglesia. ¡Someterse a la Verdad es lo que no quiere la Iglesia actual, la que gobierna en el Vaticano!

Bergoglio enseña un evangelio del demonio, en el cual se ve claramente las ideas protestantes, comunistas y masónicas; y, en consecuencia, Bergoglio es anatema.

Y ser anatema quiere decir ser desechado con maldición, con execración y con horror: «Si alguno no ama al Señor sea anatema. Maran Atha» (1 Cor 16, 22).

«Maran Atha quiere decir: El Señor venga para ser su Juez, y para vengarse de él según su rigor» (S. Jerónimo).

Bergoglio no ama al Señor: sus obras en la Iglesia lo demuestran. Entonces, sea anatema: sea separado de la comunión del Cuerpo Místico de Cristo; sea juzgado por el Señor en cada alma de Su Cuerpo Místico. ¡Toda la Iglesia tiene el deber y el poder de juzgar a Bergoglio y a todo su clan masónico, porque no son de la Iglesia Católica!

Y si el alma en la Iglesia espera que la Jerarquía haga oficial este anatema de la Palabra de Dios para poder creer, para poder obrar, para poder decidir en la Iglesia, entonces esa alma no tiene la fe verdadera, no es católica.

En la Iglesia no se cree a la palabra de los hombres, sino a la Palabra de Dios que los hombres deben manifestar. Y si esos hombres, por más Autoridad que tengan en la Iglesia, por más sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papas, que sean, no manifiestan, no revelan, la misma Palabra de Dios como es, la Verdad como es, sin ese leguaje ambiguo tan común en todos hoy día, no hay que obedecerles, no hay que estar esperando un comunicado oficial para decir públicamente: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

«Es menester obedecer a Dios que a los hombres» (Act 5, 29), que a las autoridades legítimas de la Iglesia; porque esas Autoridades, esa Jerarquía, ya no da la Verdad en la Iglesia, ya no hace caminar hacia la Verdad en la Iglesia, ya no es legítima, porque está siguiendo la doctrina de un hereje, de un anatematizado por la Palabra de Dios. Esa Jerarquía se anatematiza, se excluye ella misma de la Iglesia, obedeciendo a un hereje.

Si el fiel de la Iglesia lee en la Bula «Cum ex apostolatus officio», de Paulo IV: «si en algún tiempo aconteciese que un Obispo… o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto…»; y, después, sigue llamando a Bergoglio como Papa, sigue diciendo a Bergoglio: gracias por habernos beatificado al Papa Pablo VI; es que, sencillamente, ese fiel no tiene la fe verdadera, no es de la Iglesia Católica, no es católico.

Porque la palabra de un Papa legítimo en la Iglesia es la Palabra del mismo Cristo, Cabeza Invisible de la Iglesia. Y si el alma no obedece lo que un Papa ha enseñado a la Iglesia sobre un falso Papa, sobre un electo Romano Pontífice que, desviado de la fe católica, falsamente gobierna la Iglesia; y está esperando que alguien en la Jerarquía diga oficialmente que los actos de Bergoglio en la Iglesia son inválidos y, por lo tanto, Pablo VI no está beatificado, es que, sencillamente, no tiene fe verdadera. Tiene, como muchos, una fe intelectual, que le impide al Espíritu Santo obrar en esa alma el don de la fe.

Ya Paulo IV ha manifestado oficialmente que Bergoglio no es Papa en la Iglesia Católica. ¿Por qué están esperando otro acto oficial de la Jerarquía? ¿No les basta ese? ¿Por qué no obedecen al Papa Paulo IV? ¿Es que sus palabras, su documento, ya no vale para este tiempo de la historia del hombre? ¿Es que han quedado anticuadas? ¿Es que ya no es el lenguaje políticamente correcto?

«…el que sea desobediente a Cristo en la tierra, que hace las veces de Cristo en el cielo, no tendrá parte en el fruto de la Sangre del Hijo de Dios» (Sta. Catalina de Sena – Carta 207, I, 435, Epistolario, di V. Mattini, Ed. Paoline, Alba 1966). La Iglesia está desobedeciendo a lo que un Papa, un Vicario de Cristo, ha enseñado en la Iglesia. No puede salvarse. No tiene parte en el fruto de la Sangre de Cristo.

A todos aquellos que critican y difaman a todos los Papas, sobre todo desde Juan XXIII: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del Cielo, sea reverencia, sea vituperio lo que hacemos». (Carta 28, I, 549). Si se llama a Juan Pablo II hereje, estamos llamando a Cristo hereje en su misma Iglesia. Y ¿piensas salvarte llamando a Cristo hereje en Su Iglesia? Y ¿pretendes salvarte llamando a Bergoglio como Vicario de Cristo? ¿Con una blasfemia a Cristo quieres ir al Cielo?

«Yo os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obediente a él, no por sí mismos (non per loro in quanto loro), sino por obediencia a Dios, como Vicario de Cristo» (Carta 407, I, 436). Todos esos que no pueden tragar a los Papas, desde Juan XXIII hasta el mismo Benedicto XVI, no pertenecen a la Iglesia Católica. No pueden salvarse. Se es Iglesia porque se obedece a un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

¡Qué pocos han entendido la obediencia a los Papas después del concilio Vaticano II! ¡Qué pocos! ¡Cómo está la Iglesia actualmente de dividida en su interior!

En la Iglesia no nos casamos con ningún Papa: nos casamos con Cristo. Nos unimos a Cristo, a Su Mente. Y aquella Jerarquía de la Iglesia que no dé la misma Mente de Cristo, que todos los Papas legítimos han manifestado – y eso no cambia, es inmutable, es para siempre, para todo tiempo- , no es Jerarquía de la Iglesia, no hay que seguirla, porque no lleva al alma, a la Iglesia, a vivir la fe en Cristo, a vivir la Mente de Cristo, sino que la hace esperar a un pronunciamiento de los hombres.

Así andan muchos en la Iglesia: tienen una fe colgada de la mente de los hombres: lo que diga la Jerarquía. Si la Jerarquía calla, entonces hay que seguir llamando a Bergoglio como Santo Padre, porque los hombres lo han sentado en ese Trono y le han puesto ese título de honor. ¡Y hay que respetar eso, hay que obedecer eso! ¡Formas externas de obediencia es lo que hay en muchos católicos! Pero no se da la obediencia a la Verdad porque, para eso, hay que someter la mente humana a toda la Verdad, que ningún hombre sabe dar.

Si te unes a Bergoglio haces comunión con toda la iglesia de Bergoglio; y ya te no puedes salvar. No hay salvación con un hereje. Hay salvación con un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

La fe es la obra del Espíritu Santo en el alma; no es la obra de la mente del hombre: no hay que llamar a Bergoglio como falso Papa cuando la Jerarquía lo llame. ¡Este es el error de muchos!

La fe es un don de Dios al alma, no es un don de la mente de la Jerarquía al fiel de la Iglesia. No es cuando la Jerarquía decida, es cuando Dios dice.

Es católico decir: Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

Es católico decir: Francisco Bergoglio es anatema en la Iglesia Católica.

Es católico decir: todos los actos de Bergoglio en el gobierno de la Iglesia Católica son ilícitos e inválidos.

Esto es lo que mucha gente, muchos intelectuales, callan. Esto lo calla toda la Jerarquía de la Iglesia.

O la Iglesia se pone en la Verdad – y la Verdad nace sólo de la Mente de Dios- o la Iglesia vive su mentira; y obra la herejía y el cisma obedeciendo a un hereje y un cismático, como es Bergoglio.

Si el dogma de la Iglesia dice: un Papa gobierna la Iglesia en vertical; ¿cómo es que puedes obedecer a un hombre que gobierna la Iglesia en horizontal? ¿Cuál es tu fe si en la Iglesia sólo puede darse un gobierno vertical en Pedro?

Muchos desconocen el dogma: las implicaciones del dogma, sus exigencias, sus obligaciones.

En la Iglesia Católica todo miembro está obligado a obedecer a un Papa, porque debajo del Papa se encuentran todos. No hay nadie que se pueda poner por encima del Papa o a su misma altura. Entonces, Bergoglio ha puesto un gobierno horizontal y, por lo tanto, no puede nunca estar gobernando la Iglesia Católica. ¿Por qué lo llamas Papa si ha anulado el dogma del Papado con su gobierno horizontal?

¿Cuál es la fe de muchos en la Iglesia? Fe a las formas externas, pero no fe a la Verdad Revelada.

Desde el momento en que Bergoglio decidió poner su gobierno horizontal: se acabó la obediencia en la Iglesia. No sólo a él, que es el líder, sino a toda la Jerarquía que le obedece.

Ya Bergoglio no puede nunca continuar la obra del Papado en la Iglesia. Nunca. Porque la gobierna con la horizontalidad. Por tanto, ha puesto la piedra del cisma con ese gobierno. Y está levantando su nueva iglesia. Y no hay manera de que esa nueva iglesia sea la de Jesús: porque no tiene a Pedro en la verticalidad. Tiene a un dictador, un falso Pedro, en la horizontalidad. Luego, no es posible la obediencia y todos los actos de Bergoglio y los de la misma Jerarquía son nulos.

Consecuencia: no esperan una nota oficial del Vaticano diciendo que Bergoglio no es Papa. ¡Nunca se va dar!

«Vestíos toda la armadura de Dios» (Ef 6, 11): la armadura son las virtudes necesarias para combatir contra nuestros enemigos, y defendernos de todas sus emboscadas: la fe, la esperanza y la caridad.

Quien no vista su corazón de fe no podrá combatir contra Bergoglio y su clan masónico. No podrá. Sino que le hará el juego de los hombres, que es lo que se ve en todas partes.

«Ceñíos vuestros lomos en la Verdad» (v. 14): arma poderosa contra el padre de la mentira es la rectitud, la sinceridad en el obrar, el vivir obedeciendo a una norma de moralidad, a una ley Eterna, a un dogma, que ninguna mente humana puede cambiar. Si la existencia del hombre no cabalga, no se rodea de la pura Verdad, la Verdad Absoluta, entonces el hombre sólo vive para su mentira, y es lo que obra siempre en su vida.

Esa iglesia del Vaticano es una obra de la mentira, del engaño, del fracaso del hombre.

«Sobre todo embrazando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno» (v. 16): si estás llamando a Bergoglio como Papa, si lo estás obedeciendo, entonces, ¿cómo pretendes ganar la batalla contra el demonio en la Iglesia? Es imposible, porque un reino, en sí mismo, dividido, no podrá subsistir por mucho tiempo.

«Todo reino en sí dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 26). ¡No puede subsistir lo que ha creado Bergoglio en el Vaticano! Y aquel que obedezca esa estructura externa de iglesia no puede salvarse nunca.

¿Cómo es que sigues rezando por Bergoglio?

«Además los herejes y cismáticos están sujetos a la censura de la mayor excomulgación por la ley del Can. “De Liguribus” (23, quest. 5), y de Can. “Nulli” (5, dist. 19). Pero los sagrados cánones de la Iglesia prohíben la oración pública por los excomulgados, como se puede ver en el capítulo “A Nobis” (cap. 4, n. 2), y cap. “Sacris,De Sententia Excomunicationis”. Aunque esto no prohíbe la oración para su conversión, aun así tales oraciones no pueden tomar forma por proclamar sus nombres en la oración solemne durante el Sacrificio de la Misa» (Papa Benedicto XIV, Ex Quo Primum # 23, 1 de marzo 1756).

Un Papa está prohibiendo la oración pública por una persona que sea hereje, que haya caído en el anatema, en la excomunión. Y, por tanto, no se puede pedir por las intenciones del Papa, si ese Papa se refiere a Bergoglio. No se puede nombrar a Bergoglio en las santas Misas. Se comete un pecado de sacrilegio, porque no se da a culto verdadero al Dios en el Sacrifico de la Misa o en las oraciones litúrgicas que se hacen en la Iglesia.

Nombrar en la oración al Papa legítimo es alabar, nombrar,  a Cristo en Su Iglesia. Pero nombrar a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe, es llamar a todo el infierno para que se haga presente en esa oración, en esa santa misa.

«Por esta razón, el obispo de Constantinopla, Juan, declaró solemnemente – y después todo el octavo Concilio Ecuménico hizo lo mismo – «que los nombres de los que fueron separados de la comunión con la Iglesia católica, es decir, de aquellos que no quisieron estar de acuerdo con la Sede Apostólica con todo los asuntos, no deben ser nombrados durante los sagrados misterios» (Papa Pio IX, Quartus Supra # 9, 6 de enero de 1873).

Mucha gente ora por «nuestro amado papa Francisco»: esto es una abominación en la Iglesia Católica. Oren por su conversión: para que deje lo que está haciendo y se vaya a un convento a expiar sus negros pecados. Pero no oren para que lo haga bien en la Iglesia.

Por quien hay que rezar es por el verdadero Papa, Benedicto XVI, y clamar como lo hacía Santa Catalina, para que corresponda a las llamadas de Cristo en el Cielo:

«Abre los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti; porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están nuestra vida y nuestra muerte, y tiene él el cuidado de recogernos a nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioni, 1; Morta, 569).

La fe no es un acto racional en la Iglesia, sino que es la obra, es un acto del Espíritu santo, que sólo se puede dar en las almas humildes, en aquellas que han puesto su mente en el suelo y que son capaces de llamar a cada cosa por su nombre.

«el racionalismo ha hecho de Mi Iglesia un destierro, la ha convertido en ruinas donde las serpientes se han anidado. Mis almas sacerdotales reprimen hoy a Mis elegidos, bloquean el camino con su escepticismo, sus dudas, su hipocresía y esto Me hace sufrir» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “El racionalismo ha hecho de la Iglesia un desierto”, 20/07/1996, pág. 23).

La Iglesia no puede ser conquistada por Bergoglio

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Tres cosas son necesarias para discernir si un hombre es Papa o no:

1. Ley de la Gracia:

a. Se es Papa hasta la muerte: El Papa es, material y formalmente, siempre Papa.

b. No existe el Papa emérito: El Primado de Jurisdicción sólo lo posee el Papa legítimo: Benedicto XVI: Canon 218, § 1 (CIC 17) : «El Pontífice Romano, sucesor del primado de San Pedro, tiene no solamente un Primado de Honor, sino también el supremo y pleno Poder de Jurisdicción sobre la Iglesia universal, concerniente a la fe y las costumbres, y concerniente a la disciplina y el gobierno de la Iglesia dispersa por todo el globo».

c. La renuncia de un Papa es al Papado, no al Episcopado Romano: Benedicto XVI renunció sólo al Episcopado; sigue siendo Papa, pero no puede ejercer su Pontificado. El ejercicio del gobierno le ha sido usurpado por el apóstata Obispo de Roma, Bergoglio.

d. El Obispo de Roma, sin el Primado de Jurisdicción, no puede ser Papa, no puede gobernar la Iglesia como Papa legítimo. No tiene la Gracia del Papado: el Espíritu de Pedro. No es Sucesor de Pedro.

2. Ley Eclesiástica:

a. Se prohíbe elegir a un apóstata de la fe católica, a un hereje o a un cismático como Romano Pontífice; si es elegido, su elección es nula: Paulus IV, Septim. Cum ex apostolatus, 9, de haereticis, ann. 1559 : «… agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto; y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…»(ver texto)

b. Esta Constitución fue confirmada por Pío V en su bula Inter multiplices, ann. 1566: «Y además siguiendo las huellas de nuestro predecesor, el Papa Paulo IV, de feliz recordación, renovamos con el tenor de las presentes, la Constituci6n contra los heréticos y cismáticos, promulgada por el mismo pontífice, el 15 de febrero de 1559, año IV de su pontificado, y la confirmamos de modo inviolable, y queremos y mandamos que sea observada escrupulosamente, según su contexto y sus disposiciones».

c. Canon 2314, § 1 (CIC 17), sacado de la Cons. Cum ex, § 2. 3 y 6 de Paulo IV: «Todos los apóstatas de la fe cristiana, todos los herejes o cismáticos y cada uno de ellos: 1º incurren por el hecho mismo en una excomunión; 2º a menos que después de haber sido advertidos, se hayan arrepentido, que sean privados de todo beneficio, dignidad, pensión, oficio u otro cargo, si los tenían en la Iglesia, que sean declarados infames y, si son clérigos, después de monición reiterada, que se los deponga; 3º Si han dado su nombre a una secta no católica o han adherido a ella públicamente, son infames por el hecho mismo y, teniendo cuenta de la prescripción del canon 188, 4º, que los clérigos, después de una monición ineficaz, sean degradados»

d. Ningún Papa puede enseñar una doctrina diferente a la de siempre; no tienen el Espíritu Santo para enseñar el error, sino para custodiar íntegramente toda el depósito de la fe, que Dios ha revelado a Su Iglesia: «Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe» (Concilio Vaticano I, Primera Constitución dogmática sobre la Iglesia de Cristo, julio 18, 1870. Tomado del libro Dogmatic Canons and Decrees, [TAN Books and Publishers] p. 254. Dz. 1836; D.S. 3069-3070)

3. Ley divina: Todo acto humano en contra de la Voluntad de Dios es un acto moralmente malo.

a. El falso Papa, Bergoglio, ha puesto en la Iglesia un gobierno horizontal, quitando la verticalidad de hecho. Ha cometido un pecado de herejía, que va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios. El pecado de herejía excluye toda obediencia en el miembro de la Iglesia: «Tal como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir a quien agrede las almas o quien altera el orden civil, o, sobre todo, a quien intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirlo, no haciendo lo que él ordena y evitando que se ejecute; no es lícito, sin embargo, juzgarlo, castigarlo o deponerlo, ya que esos actos son propios de un superior» (De Romano Pontifice, lib. II, Cap. 29, en Opera omnia, Neapoli/Panormi/Paris: Pedone Lauriel 1871, vol. I, p. 418).

b. El falso Papa, Bergoglio, gobierna la Iglesia con una horizontalidad, cometiendo el pecado de cisma: lleva a toda la Iglesia hacia el protestantismo y comunismo. Ningún miembro de la Iglesia, así sea fiel o Jerarquía, puede obedecerle, sin caer en el mismo pecado de cisma: «Y de esta segunda manera el Papa podría ser cismático, si él no estuviera dispuesto a estar en unión normal con todo el cuerpo de la Iglesia, como podría ocurrir si intentara excomulgar a toda la Iglesia, o como observaron Cayetano y Torquemada, si él quisiera trastornar los ritos de la Iglesia basados en la Tradición Apostólica. …si da una orden contraria a las rectas costumbres, él no debería ser obedecido; si él intenta hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será legítimo resistirlo; si él ataca por la fuerza, por la fuerza él puede ser repelido, con una moderación apropiada a una justa defensa» (Francisco Suárez, De Fide, Disp. X, Sec. VI, N. 16).

c. El falso Papa, Bergoglio, enseña con una doctrina marcadamente masónica, cometiendo el pecado de apostasía de la fe. En dicho pecado, quien siga sus enseñanzas, pierde completamente la fe verdadera: «no oponerse al error es aprobarlo; y no defender la verdad es suprimirla» (Papa San Félix III)

Además, hay que añadir:

4. La ley del Espíritu: la profecía:

a. Conchita: «Ah, que el Papa murió. Entonces quedan TRES papas.– ¿De donde sabes que solamente quedan TRES papas?– De la Santísima Virgen. En realidad me dijo que aún vendrían CUATRO papas pero que Ella no contaba uno de ellos.– Pero entonces, ¿por qué no tener en cuenta UNO? — Ella no lo dijo, solo me dijo que UNO no le tenía en cuenta. Sin embargo me dijo que gobernaría la Iglesia por muy poco tiempo.– ¿Quizás por eso no lo cuenta?– No lo sé. –Y qué viene después:– Ella no lo dijo» (ver texto). Es claro, por esta profecía, que Francisco Bergoglio no es Papa.

b. San Malaquias: lema «De Gloria olivæ», que corresponde al papa Benedicto XVI. Último lema de la serie de Papas. Después de este lema, no hay más lemas. Como el Papa Benedicto XVI no ha muerto, entonces seguimos en este lema. No se puede cumplir lo que sigue en esta profecía. Cuando muera Benedicto XVI, entonces se cumple lo demás. Luego, Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

c. MDM: «El que se atreve a sentarse en Mi Templo, y que ha sido enviado por el maligno, no puede decir la verdad, porque no proviene de Mí. Él ha sido enviado para desmantelar Mi Iglesia y romperla en mil pedazos antes de que la escupa por su repugnante boca» (8 de marzo 2013). «Mi amado Papa Benedicto XVI fue perseguido y huyó, como fue predicho. Yo no he nombrado a esta persona, que dice venir en Mi Nombre. Él, el Papa Benedicto, guiará a Mis seguidores hacia la Verdad. No lo he abandonado y lo sostendré cerca de Mi Corazón y le daré el consuelo que necesita en este momento terrible. Su trono ha sido robado. Su poder no» (13 de marzo 2013).

d. Mensajes del Cielo: «Yo dije: el nuevo Papa será como los camaleones que cambia de color. Hijos míos, guardaos de tanta confusión y desorden, porque os harán ver lo que no es y sentir lo que en verdad no se siente (…) Benedicto XVI será Papa hasta la muerte» (ver texto). «Cuánto dolor ver la Casa de mi Señor cómo se llena de humo de Satanás…cómo caerán tantos sacerdotes, obispos, cardenales…que en secreto trabajan para la Bestia dentro de la Casa de Dios, como ese papa de alma negra que con el anticristo, destruirá la Iglesia; cómo trabajarán para la sede de la Bestia; y ella, ahí donde fue la Sede de Dios, sea por un tiempo de ella (la Bestia), destruyendo a su paso todo» (ver texto). «Comenzará un periodo de incertidumbre, de división entre la Iglesia y confusión, mucha confusión, engaño y los míos no se darán cuenta del engaño que los está llevando a ese orden mundial en mi propia Casa cambiando la Doctrina de siempre. Aquellos que sí se percatan del error serán acusados y señalados con el dedo. ¡Qué Dios, mi Padre os ayude! Amén» (ver texto)

5. La ley positiva (humano-eclesiástica): se ha demostrado que hubo irregularidades en el cónclave: Antonio Socci y su libro “Non e francesco” (ver texto): «Como ya he dicho, la nulidad de los procedimientos seguidos el Cónclave y la consiguiente elección no implica ausencia de culpa por parte de Bergoglio. Y la invalidez de la elección es en modo alguno un juicio de valor a su la persona» (ver texto).

Teniendo todo esto, entonces ¿por qué la Iglesia calla ante el hereje Bergoglio?

La Jerarquía de la Iglesia debería hablar y no lo hace. Están siguiendo esto:

Canon 1556 (CIC 17)): “La primera Sede no es juzgada por nadie”.

Cons. Cum ex, § 1 de Paulo IV «el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie»

O con otras palabras: la fe de la Iglesia es dada no para juzgar a la Autoridad, sino para que ésta juzgue.

Muchos siguen llamando a Bergoglio con el nombre de Santo Padre, Papa, sólo porque la Iglesia oficialmente no se ha declarado en contra de este hombre, y consideran que posee todavía ese título honorífico. Un título exterior, que aunque sea hereje, hay que dárselo. Están esperando que alguien, ya sea el Papa legítimo, Benedicto XVI, ya sean unos Obispos reunidos, declaren que Bergoglio no es Papa.

Y esto es una ilusión esperarlo y pensarlo.

Porque toda la Iglesia, cuando permanece unida al Papa legítimo es infalible: «es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la Verdad» (1 Tim 3, 15). «La Iglesia Católica, luchando contra todas las herejías, puede luchar; sin embargo no puede ser conquistada. Todos los herejes salieron de Ella podados como sarmientos inútiles de vida: mas, Ella misma permanece en su raíz, en su vida, en su caridad. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (San Agustín – De symbolo serm. ad catech. 6, 14; M. 40, 635).

Y, por consiguiente, la iglesia que permanece unida a un hereje, es falible y totalmente condenable, porque no es la Iglesia Católica. Ya no estamos hablando de una usurpación del Papado, sino del establecimiento de una nueva iglesia en Roma.

No hablamos de un antipapa, al cual se examina su derecho a la Silla de Pedro, sin juzgar al Papa, sino sólo la elección y el acto de los electores: «De hecho, los papas cismáticos han sido tratados simplemente como usurpadores y desposeídos de una sede que no poseían legítimamente» (cf. El decreto contra los simoníacos del concilio de Roma de 1059, Hardouin, t. VI. col. 1064: Graciano, dist, LXXIX, c. 9; Gregorio XV: constitución 126 Aeterni Patris (1621), sect. XIX, Bullarium romanum, t. III, p. 446).

Sino que estamos hablando de una nueva sociedad religiosa en el Vaticano, que Bergoglio está levantando con su nuevo gobierno horizontal, al cual todos lo pueden juzgar porque esa sociedad no pertenece a la Iglesia Católica.

Nadie ha caído en la cuenta de la importancia de la verticalidad del gobierno en la Iglesia Católica. Es esencial para permanecer siendo Iglesia, la auténtica. Como a nadie le interesa el ejercicio del poder papal a través de la verticalidad, sino que todos se reúnen en la colegialidad para estar bajo Pedro, entonces es esperar en vano que, oficialmente, sea declarado Bergoglio como falso Papa. Esperar en vano: una ilusión. Ya los hombres no siguen la inmutabilidad de los dogmas en la Iglesia. Y, entonces, estamos como estamos, como Eliphas Levi lo expuso en el año 1862:

«Vendrá un día en que el Papa, inspirado por el Espíritu Santo, declarará levantadas todas las excomuniones y retractados todos los anatemas, en que todos los cristianos estarán unidos dentro de la Iglesia, en que los judíos y los muslimes serán benditos e invitados a ella. Conservando la unidad e inviolabilidad de sus dogmas, la Iglesia permitirá que todas las sectas se acerquen a ella por grados, y abrazará a todos los hombres en la comunión de su amor y sus oraciones. Entonces no existirán ya los protestantes. ¿Contra qué iban a protestar? El Soberano Pontífice será entonces el rey del mundo religioso, y hará cualquier cosa que quiera con todas las naciones de la tierra. Es necesario extender este espíritu de caridad universal…»

Siempre se cumple la Palabra de Dios:

«El rey Antíoco publicó un decreto en todo su reino de que todos formasen un solo pueblo, dejando cada uno sus peculiares leyes. Todas las naciones se avinieron a la disposición del rey. Muchos de Israel se acomodaron a este culto, sacrificando a los ídolos y profanando el sábado…Se les unieron muchos del pueblo, todos los que abandonaron la Ley…» (1 Mac 1, 43-45.55).

Bergoglio publicó su gobierno horizontal en toda la Iglesia y todo el mundo se ha acomodado a ese culto falso e ignominioso, y comienzan muchos a sacrificar a sus ídolos: los pobres, los homosexuales, los ateos, los pecadores,… el hombre.

Todos se han olvidado de Cristo y de Su Iglesia. Todos van corriendo a formar el nuevo orden mundial con la nueva iglesia para todos y de todos.

Que la gente siga llamando a Bergoglio como Papa no es sólo alucinante, sino una abominación. ¡Qué pocos en la Iglesia conocen su fe! ¡Qué pocos la saben guardar, la saben interpretar de manera infalible. Todos han puesto su grandiosa inteligencia y así vemos una Iglesia totalmente dividida, en la que a nadie le interesa, para nada, la Verdad.

«La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta a las inteligencias humanas para ser perfeccionada por ellas como si fuera un sistema filosófico, sino como un depósito divino confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente guardado e infaliblemente interpretado» (Concilio Vaticano I).

«Cuando está en juego la defensa de la verdad, ¿cómo se puede desear no desagradar a Dios y, al mismo tiempo, no chocar con el ambiente? Son cosas antagónicas: ¡o lo uno o lo otro! Es preciso que el sacrificio sea holocausto: hay que quemarlo todo…, hasta el “qué dirán”, hasta eso que llaman reputación». (San Josemaría Escrivá de Balaguer,”Surco”, No. 40)

La Iglesia no puede errar en materia de fe, ni conducir a los fieles a la apostasía

sordos

La Iglesia es el Misterio de la Gracia y de la libertad del hombre. No es, por tanto, una obra humana ni una obra divina. Es la obra del Espíritu Divino en las almas que dan su libertad humana a Dios.

• La Gracia es la Voluntad de Dios.

• El hombre, con su libertad puede hacer tres cosas:

1. La Voluntad de Dios, cuando pone su libertad a los pies de Jesucristo;

2. Su Voluntad humana, cuando sólo se guía por su mente humana;

3. La Voluntad del demonio, cuando es guiado por las fuerzas enemigas de Cristo.

Por tanto, el hombre, para hacer la Voluntad de Dios, tiene que discernir espíritus: tiene que dejar todos los pensamientos del demonio, todos los pensamientos de los hombres, y así se queda con la Mente de Dios y puede obrar lo que Dios quiere.

Por eso, la vida espiritual es una lucha constante contra los muchos espíritus que anda en las regiones aéreas (cf. Ef 6, 12).

El hombre, con su libertad, suele medirlo todo en la vida espiritual. Quiere medir la Gracia, medir la Voluntad de Dios. Y, por eso, al hombre le gusta poner leyes para concretar, de alguna manera, esa Voluntad Divina.

En la Iglesia, tenemos las leyes eclesiásticas, que son principios, que nacen de los dogmas para reglamentar una forma de vida en la Iglesia. Las leyes de la Iglesia no son la Voluntad de Dios, sino explicaciones humanas de esa Voluntad. Y, como no se puede medir todo lo divino, no se puede acotar a Dios con leyes humanas, por eso, en esas leyes no se llega a la plenitud de la Voluntad de Dios. Dan una Voluntad de Dios no absoluta, sino relativa. La Voluntad Absoluta de Dios sólo está en la Ley de la Gracia, no en las leyes eclesiásticas o canónicas.

Dios no se rige, para gobernar Su Iglesia, con las leyes eclesiásticas, sino que sólo se rige con la ley de la Gracia. Saber diferenciar estas dos cosas es muy importante para comprender este punto: la Iglesia no puede errar en materia de fe, ni a fortiori, conducir los fieles a la apostasía. Este principio teológico es verdadero cuando el Papa es legítimo. Este principio teológico es falso cuando el Papa es ilegítimo.

Un antipapa siempre lleva a la Iglesia hacia la apostasía y hacia la herejía. Con un antipapa, la Iglesia yerra en materia de fe.

Con un Papa legítimo, por más rebeldías y desobediencias que haya en la Jerarquía, por más cambios que se hagan en los libros litúrgicos, por más que la teología esté llena de protestantismo y de comunismo, por más que se quieran cambiar los Evangelios, nunca la Iglesia, nunca el Papa, puede errar en materia de fe ni llevar a los fieles a la Apostasía.

El Concilio Vaticano II no llevó a la Iglesia a la Apostasía, porque había un Papa legítimo. Ni las reformas que se hicieron en todas las cosas fueron causa de Apostasía en la Iglesia.

Saber valorar lo que es un Papa legítimo es saber valorar la Iglesia. Siempre el Señor pone caminos para no errar en la Iglesia.

Este principio cae cuando el que gobierna la Iglesia es un Papa ilegítimo. Y la dificultad de muchos es decir que Francisco es un Papa ilegítimo. No pueden decirlo porque creen que caen en herejía. Creen que la Jerarquía no puede elegir a un falso Papa. Si lo creyeran, entonces su principio teológico cae: La Iglesia no puede errar en materia de fe = luego, no se puede elegir a un antipapa.

Un Papa legítimo nunca se equivoca en la Iglesia.

Los demás, no son infalibles cuando no están sometidos al Papa. Y, entonces, se equivocan.

Los Cardenales, para no equivocarse en la elección de un Papa, deben seguir la ley de la Gracia, no sus leyes eclesiásticas. Esa ley de la Gracia supone que se elige un nuevo Papa porque el anterior ha muerto. Esta es la Ley de la Gracia. Esta es la Voluntad de Dios.

Para poner un Papa que Dios quiere, con una Voluntad Absoluta: elegirlo cuando se muere el anterior. Y, entonces, en las leyes eclesiásticas, en las leyes canónicas, se obra la Gracia, se da la Ley de la Gracia, la Voluntad de Dios.

Si los Cardenales no siguen la ley de la Gracia, sino que siguen sus leyes, entonces eligen siempre un antipapa. Y ellos yerran en materia de fe, y hacen errar a toda la Iglesia en materia de fe y de costumbres; y, por tanto, el Papa que eligen, que es falso, lleva a la Iglesia hacia la Apostasía.

Por ley eclesiástica, un Papa puede renunciar. Por Ley de la Gracia, el Primado de Jurisdicción sólo puede estar en un Papa. Por tanto, si el Papa renuncia, los Cardenales, para poner un nuevo Papa, tienen que esperar a que el Papa muera. Es la Ley de la Gracia: no puede haber dos hombres con el Primado de Jurisdicción. No puede haber dos hombres con la misma Autoridad Divina en la Iglesia. Como el Primado de Jurisdicción es eterno, es para siempre, es un don irrevocable, que se da al Papa y no se quita, aunque renuncie, por eso, los Cardenales tienen el deber y el derecho de esperar a elegir a otro Papa. Es un deber y un derecho divino que viene por la Gracia.

El Primado de Jurisdicción sólo pasa de un Papa a otro por ley de la Gracia, no por ley eclesiástica. El Papa, que tiene el Primado, muere; y ese don divino pasa al nuevo Papa por Gracia. Con la muerte del Papa, se acaba la unión que tiene ese Papa con la Iglesia terrenal, que es el Primado de Jurisdicción.

El Papa, en la Iglesia, es el que tiene la Autoridad Divina. Está ligado a toda la Iglesia por ese Poder que viene de Dios. Un Poder que lo ata al Cuerpo Místico de Cristo, para que lo gobierne con la Mente de Cristo. El Papa está unido a la Iglesia por la Autoridad de Dios. Esa Autoridad Divina es un carisma en la persona del Papa. No es sólo una gracia. Y ese Carisma, que es infalible, hace que la Iglesia nunca yerre en materia de fe ni pueda llevar a los hombres hacia la Apostasía.

Un antipapa, un falso Papa, como es Francisco, nunca tiene este carisma y, por los frutos, lo conoceréis: Francisco yerra en materia de fe, y esto nunca lo puede hacer un Papa legítimo. Francisco lleva a las almas hacia la apostasía de la fe, con el protestantismo y el comunismo. Y esto nunca lo puede hacer un Papa legítimo.

Dios gobierna Su Iglesia con Su Gracia, no con las leyes de los hombres. Y aunque un Papa renuncie, Dios sigue gobernado Su Iglesia con ese Papa que ha renunciado, porque tiene el Primado de Jurisdicción, que es irrevocable, que le liga a la Iglesia hasta su muerte: no se quita por ley canónica ni ley eclesiástica. Es un don divino regido sólo por el Espíritu Divino en la persona del Papa. El Papa queda libre de esa Autoridad Divina sólo cuando muere, no cuando renuncia.

Este punto es tan fundamental que si no se comprende, entonces se tiene miedo de estar en herejía.

Los Cardenales pueden fallar en materia de fe cuando, en la elección de un Papa, no se rigen por la ley de la Gracia, sino por sus leyes canónicas o eclesiásticas. Esto es lo que hicieron al renunciar Benedicto XVI. Lo hicieron mal; erraron en materia de fe y, ahora, la Iglesia camina hacia la verdadera apostasía de la fe.

Verdadera, porque durante 50 años, esa apostasía ha estado en el ambiente, pero sólo se ha materializado en aquellas almas que, realmente, han desobedecido al Papa reinante. En los demás, no se dio apostasía. Porque un Papa legítimo nunca yerra en materia de fe ni lleva a las almas a la apostasía. Un fiel o Jerarquía que obedece al Papa legítimo nunca apostata de la fe. Si no se da la obediencia al Papa legítimo, es cuando se apostata.

Todo el problema de la apostasía nace de los Cardenales que eligen un nuevo Papa, estando el otro vivo; no nace del Papa que renuncia. El Papa, aunque renuncie, no es motivo de errar en la fe. Puede ser un pecado, y muy grave. Pero Dios puede pedir a un Papa la renuncia por su sola Voluntad Divina, sin dar razones para ello a la Iglesia, porque la Iglesia la guía solo Cristo en Su Vicario. Y Él pone y quita Su Vicario como quiere.

Y los Cardenales fallan en materia de fe, es decir, eligen un falso Papa sólo porque desobedecen al Papa.

La Iglesia no puede errar en materia de fe, porque tiene un Papa legítimo. Todo aquel que desobedezca al Papa legítimo, siempre yerra en materia de fe.

Los cardenales eligen un falso Papa por desobediencia al Papa que ha renunciado. Un Papa que renuncia sigue siendo el Papa legítimo. Luego, hay que darle obediencia. Si el Papa legítimo no quiere gobernar, entonces los Cardenales tienen que hacer un gobierno ad tempus, hasta que muera el Papa. Un gobierno provisional en el que no se haga nada, no se elija nada, sólo se mantenga la fe de la Iglesia. Esto es lo que pide la ley de la Gracia: obediencia al Papa legítimo. Y, aunque haya renunciado, sigue siendo el Papa al que hay que darle la obediencia, para no errar en materia de fe.

No se puede dar la Sede Vacante, porque el Papa sigue vivo; y no se puede llamar a un cónclave porque el Papa no ha muerto. Si se hace eso, se va contra la ley de la Gracia. Si el Papa legítimo lo hace (dice que hay Sede Vacante), es porque ha sido obligado a hacerlo. Le han llevado al error cuando ha renunciado. Y ahí se comprueba que su renuncia es falsa, no es verdadera, porque falló en materia de fe. Un Papa legítimo que renuncia no falla en materia de fe; pero si dice que la Sede está vacante, entonces falla. Y hay que concluir que su renuncia no fue en la Voluntad de Dios, sino obligada por los hombres. Y ese fallo en la renuncia, que es un fallo que conduce a caer en materia de fe hace que el Papado de Benedicto XVI se vuelva inútil: Dios no puede seguir gobernando Su Iglesia a través del Papa legítimo, a pesar de que tenga el Primado de Jurisdicción. La obediencia de los fieles continúa hacia él, pero el gobierno de la Iglesia lo toma Jesucristo, como Cabeza Invisible. Ya no puede darse en la Iglesia lo que se dio con los otros Papas que renunciaron: el Señor esperó, en Su Gracia, a que muriera el Papa ilegitimo para dar Su Gracia a un Papa legítimo. Ahora, el Señor no espera, porque la renuncia ha sido impuesta, es un fraude, es una fábula, es un montaje.

Todo el problema está en definir qué es eso de materia de fe, porque, hoy día, la fe divina ha desaparecido y sólo encontramos en la Iglesia la fe humana o la fe eclesiástica o la fe intelectual.

Materia de fe o fe divina es el dogma Revelado: es toda la doctrina de Cristo, que la Iglesia enseña en Su Magisterio Infalible, autentico, el que viene de los Papas.

Fe humana es la fe que nace del pensamiento de los hombres: es cómo los hombres entienden las cosas religiosas, divinas, de la Iglesia, etc. La visión humana de Cristo, de la Iglesia, de los Sacramentos, de la Gracia, etc.

Fe eclesiástica es la que nace de las leyes que la Iglesia pone para dar una estructura interna a la vida eclesial: es cómo se legisla lo espiritual, lo divino, a nivel humano.

Fe intelectual es creer en Dios, en Cristo, en la Iglesia, con una filosofía o con una teología que no tenga errores, fallos, herejías. Y, por eso, es una fe coja, que no puede abarcar toda la Revelación divina, toda la Gracia, porque es lo que el hombre ha adquirido con su entendimiento sobre Dios, sobre la Iglesia, etc.

Dios siempre pide a la Iglesia la fe divina. Dios gobierna la Iglesia con la ley de la Gracia y, por eso, exige la fe divina a la Jerarquía.

No se puede elegir a un Papa con una fe eclesiástica, ni con una fe intelectual ni con una fe humana, porque siempre se va a errar. Nunca se va a dar en el clavo. Dios no quiere motivos humanos, ni intelectuales, ni eclesiásticos para obrar una Gracia. Dios quiere siempre un motivo divino para dar Su Gracia al hombre. Un motivo de fe divina. Y, por tanto, si los Cardenales no poseen esa fe divina, entonces yerran en materia de fe, porque la ley de la Gracia les exige seguir obedeciendo a un Papa que ha renunciado.

La Iglesia no la hacen los hombres con sus leyes. La Iglesia la hace Dios con Su Gracia. Y Su Gracia sólo descansa en el hombre humilde, en aquel que sólo posee la fe divina.

Por eso, Francisco no es Papa, es un falso Papa; es ilegítimo. Con él, la Iglesia se equivoca en materia de fe. Y ahí se ven sus homilías, sus declaraciones, sus escritos, que no pertenecen a la fe católica; y, por tanto, al ser transmitidos por la Iglesia, como doctrina católica, se produce el error: La Iglesia yerra en materia de fe al defender escritos que no son de fe, que son contrarios a la fe. La Iglesia yerra en materia de fe al enseñar escritos que no pertenecen al magisterio de un Papa legítimo. Y la Iglesia hace esto porque obedece a un Papa ilegítimo. Este es el punto. Con un Papa ilegítimo cae el principio teológico.

Por eso, si la Jerarquía quiere seguir teniendo el poder divino, tiene que obedecer al Papa legitimo, Benedicto XVI.

Si la Iglesia no quiere errar en materia de fe ni llevar a las almas hacia la apostasía, entonces tiene que dar obediencia al Papa legítimo, Benedicto XVI.

Hoy nadie valora lo que es un Papa legítimo. Nadie sabe ver el tesoro que la Iglesia tiene en Benedicto XVI: Él es la Bendición de Dios sobre la Iglesia. En el está el camino de la Iglesia. Él da la Verdad a toda la Iglesia. Él pone la Vida en la Iglesia.

Francisco es sólo la maldición de Dios sobre la Iglesia: cuanto más se le sigue, se le obedezca, se permita que sus escritos se difundan, más Justicia de Dios viene sobre toda la Iglesia. La Iglesia tiene la predicación de Jesucristo y sus milagros; y ya no cree en Él, sino que cree en la palabra barata, blasfema, absurda, de un Francisco que no sabe ni creer en el Dios católico y que lleva a toda la Iglesia hacia la Apostasía de la fe. Y, por eso, la Iglesia se merece un castigo peor que el ocurrido en Sodoma y en Gomorra: «Si en Sodoma se hubieran hecho los milagros hecho en ti, hasta hoy subsistiría» (Mt 11, 23).

Una Iglesia que yerra en materia de fe y que lleva a las almas a la apostasía, no puede subsistir. Sólo «las puertas del infierno no prevalecerán contra» (Mt 16, 18) la Iglesia que no yerra en materia de fe, la que sigue obedeciendo al Papa legítimo, Benedicto XVI. La que no obedece -, la que obedece a un Papa ilegítimo,- apostata de la fe y queda en manos del infierno.

Sólo los cimientos de la Iglesia quedarán con el antipapa

infierno

«Dios hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su albedrío» (Ecles. 15, 14).

El hombre está en su libertad: el mismo hombre se guía, a sí mismo, con su libertad. Dios no dejó al hombre en manos del demonio, ni en manos de otros hombres o criaturas. El hombre es, en sí mismo, dueño de su ser, de su vida, de sus obras, de su mente, de sus actos.

El libre albedrío es un poder en el hombre: el hombre puede obrar y no puede obrar. El hombre mismo decide si obra o no obra. Eso es la libertad, que es más importante que la obra en sí.

Se obra un bien o un mal con el poder del libre albedrío.

Lo único que Dios no quita al hombre es su libre albedrío.

Dios puede quitar la memoria, la inteligencia, la voluntad, la vida física. Y, quitando eso, no le hace al hombre ningún agravio.

El hombre juzga, según su razón, las cosas que va a obrar. Pero una cosa es juzgar si una cosa es buena o mala; otra cosa es juzgar si se obra o no esa cosa. Es más importante en el hombre juzgar una obra según su libertad que juzgarla según su razón.

Los hombres suelen luchar por el juicio de sus razones, pero no saben luchar por el juicio de sus libertades.

El hombre soberbio es el que impone al otro el juicio de su razón. El hombre orgulloso es el que impone al otro el juicio de su libertad. Es más destructor un orgulloso que un soberbio. El soberbio se dedica a dar sus opiniones, sus juicios, sus ideas, sus filosofías, y otros la practican.

Pero el orgulloso impone un estilo de vida, no un estilo de idea, no una filosofía, para que otros la vivan, la imiten. El orgulloso hace que los hombres vivan su misma vida. Las modas son propias de los hombres orgullosos. La moda trae más atención que las ideas, que las filosofías. Las modas mueven más que las ideas. La moda es una vida.

Francisco es orgulloso, no sólo soberbio. Su filosofía es una necedad, una estupidez. Nadie la puede poner en práctica. Nadie la sigue. A nadie le interesa como idea para su mente, para su discurso. Sólo a los idiotas, que no saben pensar nada.

Pero el éxito de Francisco está en su vida: vive su error libremente. Vive en su libertad y, por tanto, enseña a otros a vivir lo mismo. Y ya no interesa la idea, sino la realidad de la vida. Interesa la moda de pecar dentro de la Iglesia, porque eso es lo que en la Iglesia se vive: el pecado. Por eso, él siempre habla para la totalidad de los hombres, para un mundo global, para una comunidad de gente pecadora. Pero él no puede hablar a cada alma porque no puede enseñar la verdad, no puede comunicar la santidad, no puede guiar hacia la verdad de la vida. Cuando enseña su doctrina, es decir, su soberbia, todos se escandalizan, porque no habla al alma, no habla al interior de la persona, a su corazón, sino que trata al hombre como un conjunto, no como alma, no como algo particular, privado. Ve al hombre como una estructura en el mundo, como una pieza que hay que colocar en el mundo.

Francisco, en todos sus escritos, enseña a vivir el pecado, no enseña a pensar la verdad, a razonar en el bien, a discernir el bien del mal. Enseña su vida, su forma de vida, con sus ideas propias, que son las que todo el mundo tiene, las que transitan en cualquier rincón del planeta: que son las del pecado. Ideas globales, para los hombres, mundanas, profanas, etc., pero nunca absolutas, dogmáticas, nunca para el alma, para la mente, sino para su vida de pecado: que estás malcasada y quieres comulgar, entonces comulga. Eso es el orgullo: se ofrece un estilo de vida, no un estilo de pensamiento, no una ley de pensamiento. Se ofrece un pecado como un valor, como una verdad, como un bien a realizar.

Que eres judío y estás en tus ritos para adorar a Dios: muy bien, yo te acompaño, yo comulgo con tus ideas, porque Dios te ama como me ama a mí.

Francisco, en su orgullo, se une a cualquier hombre del mundo porque juzga la vida según su libertad, no según su razón. Juzga al homosexual según su libertad: es bueno que siga siendo lo que es porque busca a Dios. No lo juzga según su razón: no soy quién para juzgarlo. Y no puede hacer este juicio por su orgullo: él vive un estilo de vida que le impide juzgar, con su razón, al otro. Y este estilo de vida es lo que transmite cuando habla, cuando predica, cuando escribe sus necios escritos. Es el estilo de vida en la que el pecado es una obra, es un reto, es un camino.

Este estilo de vida se contagia a los demás como la pólvora, porque los hombres no suelen vivir juzgando, según su razón, a los demás, sino que los hombres suelen vivir de manera orgullosa: lo juzgan todo según su libertad. Obran su libertad. Obran su pecado y para su pecado. No obran para una Verdad y por una Verdad.

Lo que hoy impera en todo el mundo no es tanto la soberbia, sino el orgullo: es decir, la libertad de cada hombre.

Dios ha puesto a cada hombre en manos de su propia libertad. Y cada hombre vive su libertad, independientemente de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías, de sus dogmas.

La fe hace que el hombre sepa medir su razón y su libertad: la fe hace que el hombre sea humilde y, al mismo tiempo, dependiente de Dios.

El orgulloso no quiere depender de otro: quiere ser libre, vivir su vida según su libertad, no según unas razones, unas leyes, unas ideas, unos dogmas.

El orgulloso no se ajusta a ninguna norma: él mismo es norma para sí. Su libertad es su ley. Su libertad es su moral. Por eso, el orgulloso, al imponer sus leyes, destruye las leyes naturales, divinas, morales.

Hoy día, todos los gobiernos del mundo están llenos de hombres orgullosos: hombres que imponen sus leyes, sus libertades, sus formas de vivir la vida. No imponen sus formas de entender la vida, sino de vivirla. El orgulloso vive su vida. El soberbio piensa su vida. Kant era un soberbio: todo lo medía con su razón y lo obraba. No vivía nada sin verlo antes con su razón. Francisco es lo contrario a Kant: todo lo mide con su libertad y, por tanto, lo obra sin más, sin la idea, sin discernir si es bueno o malo. Si en esa vida, ve algún problema, entonces pone su soberbia, su idea, para resolverla; pero sigue viviendo su vida, a pesar del problema. El problema no le cambia su estilo de vida.

Por eso, Francisco tiene muchos seguidores, porque, en la práctica, los hombres viven como lo hacen Francisco: en su orgullo. Francisco gusta por su orgullo, no por su soberbia. Francisco es la moda del pecado en el mundo. Para agradar a los hombres en el mundo tienes que pecar, exaltar tu pecado, amar tu pecado, justificarlo por encima de cualquier verdad, cualquier dogmatismo.

Por eso, no se puede entender la estupidez de algunos jerarcas de la Iglesia que dicen que la doctrina de Francisco es católica. Sólo se puede comprender en la razón de que se les está obligando a hacer la pelota a Francisco. Se les impone no criticar a Francisco.

Todo el mundo ve, ahora, que la doctrina de Francisco no se puede sostener. No hay quien la sostenga. No hay quien la siga. Pero el respeto humano, la falsa obediencia, la soberbia de muchos, hacen que se digan cosas realmente inconcebibles. Y eso señala sólo una cosa: en la Iglesia no hay fe. Hay muchas cosas, menos fe.

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra» (Lc 18, 8b). Esta es la señal de que Jesús regresa a la tierra.

La Gran Apostasía es la falta de fe en la Iglesia. Y es lo que estamos viviendo desde hace 50 años. El abandono y alejamiento de la fe y de los sacramentos, tanto por los consagrados como por los fieles bautizados. ¿Quién está esperando hoy a que Jesús venga? Nadie. Es una Verdad que nadie cree. Predicar que Jesús viene de nuevo, a instaurar su reino glorioso, les resulta enojoso a muchos, herético a otros y, a los más, sencillamente les causa risa.

Jesús con Su Santa Madre van a reinar y a dirigir Su Iglesia con Pedro Romano y la Jerarquía obediente a Él. Pero esto nadie se lo cree, nadie lo piensa, a nadie le importa.

El triunfo del Inmaculado Corazón es imposible que se dé ahora. La Santísima Virgen triunfa en los corazones, en muchas almas que se le entregan con generosidad. Pero no es posible que ese triunfo se dé en un mundo totalmente desquiciado por el pecado, y que ya no busca a Dios, sino que ha puesto al hombre como su dios. Las almas, en donde la Virgen ha puesto su Sagrario, deben perseverar hasta el fin de la Gran Tribulación, si quieren contemplar el Reinado Glorioso de Cristo y de Su Madre.

“Porque habrá entonces una GRAN TRIBULACIÓN, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y si no se acortasen aquellos días nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mateo 24, 21-22).

La Gran Tribulación es el Aviso, el Milagro y el Castigo de los malvados con los tres días de Tinieblas.

«Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aún a los mismos elegidos» (v. 23-24).

El Falso Profeta, que engaña a los mismos elegidos, es el antipapa, que es el que va a destruir lo que quede en pie de la Iglesia. Francisco es un falso profeta, que engaña con su vida a muchos, pero no tiene el empuje de las señales y de los milagros. Es un viejo enfermo, que no cree en nada, sólo en lo que hay en su cabeza. Y Francisco está rodeado de falsos mesías, de anti-sacerdotes, que viven su herejía y gobiernan la Iglesia con la locura de sus mentes. Ellos ya han comenzado a destruir la Iglesia. Y Francisco tiene, también, el coro de idiotas, que le hacen la pelota en los medios de comunicación y entre los fieles de la Iglesia. Todos ellos destruyen lo que queda de Iglesia, pero no pueden darle el manotazo final.

Tiene que venir un antipapa que señale al Anticristo.

Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, pero no es capaz de señalar al Anticristo, porque tampoco cree en Él.

«Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como un relámpago que sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres» (v. 24, 25-28).

No habrá otro Papa legítimo después de la muerte de Benedicto XVI: donde está el cadáver, allí están todos los que destrozan la Iglesia. El cadáver, no sólo del Papa Benedicto XVI, sino también de la Iglesia, como Cuerpo Místico. Cuando muera este Papa, muere también la Iglesia. La Iglesia tiene que ir a la Cruz, como Su Cabeza Invisible, para poder resucitar gloriosa, como Su Cabeza.

Y, por eso, no hay más Papas después de la muerte de Benedicto XVI hasta que la Iglesia no resucite gloriosa.

Esta Verdad muchos no la comprenden. Por eso, esperan en Francisco y en Benedicto XVI. Ya no hay que esperar en nadie. Benedicto XVI tiene que realizar el papel que el Señor le ponga antes de morir. Cuando muera, viene rápido la gran tribulación.

Los tiempos se acortan. Los tiempos vuelan. Ya no es tiempo de esperar, sino de sufrir. Estamos en la Purificación de la Iglesia con el castigo correspondiente a su pecado.

Estamos en el tiempo de los orgullosos: de los que viven la vida según su libertad. Viven la moda del pecado. Hay que pecar, hay que enseñar a pecar dentro de la Iglesia. Hay que valorar el pecado como un bien dentro de la Iglesia.

Y, por tanto, estamos en el tiempo de los anticristos, que preparan al Anticristo.

Tiene que aparecer el Anticristo como Mesías: «Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis». Viene haciendo los mismos milagros que hizo Jesús. Viene en carne mortal, no gloriosa. Viene como hombre y se hace dios. Y, muchos, caerán en ese engaño porque son como las vírgenes con las lámparas apagadas: hombres sin fe. Están en la Iglesia Católica creyéndose santos, y no son capaces de discernir la mentira. Todo lo llaman santo, bueno, justo, porque viven de sus lenguajes humanos, pero no de fe. Han creado su fe, su iglesia, su cristo, sus santos, sus vidas espirituales, sus dogmas, sus tradiciones, su evangelio.

El orgullo de Francisco es el inicio del tiempo de la Justicia en la Iglesia: un gran castigo es Francisco para toda la Iglesia. Habéis despreciado a los Papas durante 50 años, ahora a bailar con un bufón. Ahora, tenéis la venda en vuestros ojos y no podéis ver la verdad de lo que es ese hombre, por vuestro pecado en la Iglesia.

Muchos no ven lo que es Francisco y eso es un castigo divino. No es porque sean tontos. Es porque han vivido su pecado en la Iglesia y ahora no pueden ver cómo se condenan. Lo verán cuando ya no haya más Misericordia: verán su condenación y la querrán: «y blasfemaban del Dios del Cielo a causa de sus penas y de sus úlceras, pero de sus obras no se arrepintieron» (Ap 16, 11). Estamos en el tiempo de la condenación. No hay que tener cariños con los hombres. No hay que ser sentimentales y creer que la situación en la Iglesia va a cambiar, y que todos se van a oponer a lo que ven.

Es totalmente lo contrario. Cada día, más destrucción en la Iglesia y más que no ven nada. El Sínodo que viene será el primer desastre de todos. Y, muchos, seguirán sin ver nada. Lo que vemos en la Iglesia no es para sacar un bien de Ella. Es para apartar el trigo de la cizaña, y quemar la cizaña con fuego real en la vida de los hombres: es su justicia, es su condenación que tienen que sufrir antes de morir e ir al infierno que han escogido.

No estamos en el tiempo de la Misericordia, sino de la Justicia. Por supuesto, que sigue habiendo Misericordia, pero no es su Tiempo. Que nadie se haga la ilusión de una Iglesia emergente, que se pone a caminar y a resolver los problemas. Están todos ciegos en el Vaticano. Son una panda de corruptos y degenerados, que actúan como los hipócritas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos muertos y de toda suerte de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23, 27-28).

Es el tiempo de contemplar el infierno en la vida de los hombres: cómo vive cada hombre su infierno antes de morir. Es la Justicia Divina al mismo hombre, a su libertad. Dios no puede quitar la libertad al hombre, pero sí puede hacer que viva, con su libertad, el infierno que quiere y que merece. Es el mayor castigo de todos.

La Iglesia lo tiene todo y lo ha despreciado todo: por eso, el infierno ha comenzado ya dentro de Ella. Es lo que se merece. Vemos a un Francisco, a un gobierno de herejes, a tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, que les gusta pecar, que aman el mundo, que han despreciado la Verdad. Vemos el infierno en muchos de ellos. Vemos la cizaña. Y, por tanto, contemplamos las obras del infierno dentro de la Iglesia. Contemplamos cómo se cae la Iglesia, cómo se derrumba, cómo sólo van a quedar los cimientos: las almas que guardan en su corazón el tesoro de la verdad. Toda estructura de la Iglesia va a caer, menos los cimientos. Porque la Roca es Cristo. Y Cristo ha puesto los cimientos de Su Iglesia en las almas elegidas. Y, por eso, la verdadera Iglesia nunca el infierno la podrá derrotar. Lo que sí puede el demonio es acabar con la iglesia falsa, la de los hipócritas, como Francisco y toda su panda de gente sin sabiduría divina.

Triste es contemplar a un demonio, como Francisco, pero más triste es ver que los hombres siguen a los demonios porque los tienen como santos.

Francisco escupe a la Iglesia

eucaristia

Francisco ha comenzado una enseñanza diabólica en la Iglesia. Presenta una iglesia que no es la Iglesia verdadera, no es la de Cristo, sino la que su cabeza se ha inventado. Sus enseñanzas están llenas de herejías y son totalmente cismáticas.

1. «Hoy comienzo un ciclo de catequesis sobre la Iglesia. Es un poco como un hijo que habla de la propia madre, de la propia familia. Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia» (Ver texto). Hay que poner los puntos sobre las íes: Francisco no habla como hijo de la Iglesia Católica (porque no cree en el Dios de los católicos), sino que habla como hijo del demonio. Su padre es el demonio y, por tanto, está enseñando la doctrina de su nueva y falsa iglesia, de su familia, de su mundo, de sus ideas locas en la Iglesia.

2. «En efecto, la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma o una organización privada, una ONG, ni mucho menos debe restringir su mirada al clero o al Vaticano…La Iglesia piensa. Pero la Iglesia somos todos. ¿De quién hablas tú? No, de los curas. Ah, la Iglesia son parte de la Iglesia pero la Iglesia somos todos, ¡eh! No limitarla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano. Ellos son parte de la Iglesia pero la Iglesia somos todos, todos familia de la madre. Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en laboratorio, no nació improvisadamente».

a. Primera herejía: «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma». Sólo con esta frase, ya podemos decir, con los ojos cerrados, de qué va a hablar Francisco. En esta frase, se anulan muchas cosas, pero la principal una: Cristo Jesús no es Dios. Si Cristo, al fundar Su Iglesia no le pone un fin divino en sí misma, entonces hay que negar la divinidad de Jesús. Jesús fue un hombre que funda una iglesia y que le pone el fin para ese tiempo, un fin humano acomodado a ese tiempo, a esa historia de los hombres, a sus culturas.

Si la iglesia que predica Francisco no tiene una finalidad en sí misma, sino en los hombres, entonces, preguntamos a toda la Jerarquía de la Iglesia: ¿qué estáis haciendo en una iglesia humana, temporal, mecánica, carnal material, política, natural, orgánica, que sólo obra para un fin caduco? No podemos entender cómo la Jerarquía de la Iglesia no se levanta para enseñarle a ese hombre lo que es la verdadera Iglesia.

• ¿Qué enseña la doctrina de la Iglesia sobre el fin de la Iglesia?

i. PIO IX, en la Encíclica «Etsi multa luctuosa», enseña explícitamente: «que existe un doble orden de cosas y que al mismo tiempo hay que distinguir dos potestades en la tierra, una natural… y otra, cuyo origen es sobrenatural, la cual está al frente de la Ciudad de Dios, a saber de la Iglesia de Jesucristo, instituida por Dios para la paz de las almas y para la salvación eterna»: D 1841. En otras palabras, el fin de la Iglesia es la santificación y salvación de los hombres. Es un fin sobrenatural, divino, porque el origen de la Iglesia es sobrenatural, no humano.

ii. LEON XIII de modo igualmente explícito dice en la Encíclica «Inmortale Dei»: «Así como Jesucristo vino a la tierra para que los hombres tengan vida y la tengan abundante (In 10,10), del mismo modo la Iglesia tiene propuesto como fin la salvación eterna de las almas». Más claro, agua.

iii. PIO XII enseña la misma doctrina en la Encíclica «Mystíci Corporís Christi» cuando afirma: «Así como el Hijo del Padre eterno bajó del cielo a causa de la salvación eterna de todos nosotros, del mismo modo fundó el Cuerpo de la Iglesia y lo enriqueció con el divino Espíritu en orden a procurar y a alcanzar la bienaventuranza de las almas inmortales (…) La ciudad cristiana por voluntad de su Fundador es Cuerpo social y perfecto, cuyo fin altísimo es: la constante santificación del Cuerpo mismo para gloria de Dios y del Cordero»

• ¿Qué enseña la Sagrada Escritura?

i. «Predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará» (Mc 16,15). La misión de enseñar está dirigida a la predicación del Evangelio. Y esa predicación es para que los hombres crean en Jesús, para que los hombres lo confiesen, lo adoren, invoquen su nombre. Y esto se hace para alcanzar la salvación del alma. Esto no se hace para darle un gusto a la gente, para entretenerla, sino para indicarle el camino de salvación, el camino del cielo, que es lo que no muestra Francisco: pone un camino humano, un fin temporal al hombre y a la Iglesia.

ii. «Yo soy el Buen Pastor; el Buen Pastor da Su Vida por las ovejas (…) Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga, y oirán Mi Voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor (…) pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas. Mis ovejas oyen Mi Voz, y Yo las conozco, y ellas Me siguen, y Yo les doy la Vida Eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de Mi Mano» (Jn 10,11.16.26-28). Cristo apacienta sus ovejas para darles la vida eterna, para llevarlas al cielo, no a la tierra. Y hay almas que no son de Cristo, no son del rebaño de Cristo, como es Francisco y todo su gobierno horizontal, y toda la Jerarquía que lo apoya: no son de la Iglesia Católica. Los que son de Cristo son los que escuchan la Voz de Cristo, que es la Verdad. Y esos no puede escuchar otras voces, sólo la Voz del Buen Pastor, que se da en la Iglesia en el Vicario de Cristo, en el Papa legítimo. Como Francisco no es el Papa legítimo, sino un usurpador del Papado, entonces los que son de Cristo no pueden escucharlo, no puede seguirlo, porque automáticamente se dan cuenta de que ese hombre no es de Cristo, no habla las palabras de Cristo, sino sus propias palabras, su labia mordaz, su labia fina para confundir a todo el mundo. Y sólo lo escuchan los que no son de Cristo, los que se van a condenar, los que no pertenecen a la Iglesia Católica. Se está en la Iglesia para alcanzar la Vida Eterna que sólo da Cristo a su Rebaño, no a todos los hombres, no al mundo.

iii. «Bien sabéis los preceptos que os hemos dado en nombre del Señor Jesús. Porque la Voluntad de Dios es vuestra santificación (…), que no nos llamó Dios a la impureza sino a la santidad» (1 Tes 4, 3.7). Cristo enseñó una doctrina divina a Sus Apóstoles, unos preceptos, no humanos, no carnales, no naturales, sino sobrenaturales, celestiales, sagrados, divinos. Y quien cumple esa doctrina de Cristo alcanza la santidad de vida, la perfección en todas las cosas: humanas y divinas. La Voluntad de Dios no consiste en dar de comer a los pobres, en llenar estómagos, en resolver problemas sociales, en darle un gusto al mundo. Sino que consiste en santificarse, alcanzar la misma santidad de Dios: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»

b. Segunda herejía: «La Iglesia piensa. Pero la Iglesia somos todos (…) la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad».

i. la Iglesia no somos todos, no se abre a toda la humanidad: es claro por el Evangelio: «pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas»

ii. la Iglesia no piensa sino que es la que cree en Cristo, la que tiene fe en la Palabra de Dios, la que sigue las enseñanzas de Cristo; enseñanzas que nadie puede tocar: ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún Papa, puede cambiar lo que ha enseñado Cristo a Sus Apóstoles. El pensamiento de los hombres, en la Iglesia, no hace la Iglesia. La Iglesia Católica es la Mente de Cristo, es la que tiene la Mente de Cristo: «Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo» (1 Cor 2, 16b). Aquella Jerarquía que no posea la Mente de Cristo, como es la de Francisco y todos los que le apoyan, no son de la Iglesia Católica. Aquella Jerarquía que cambie el Evangelio, lo dogmas, la Tradición Divina en la Iglesia no es de Ella. Francisco habla para los suyos: los que están en la Iglesia pensando la doctrina, innovando la doctrina con sus fábulas, cambiando la doctrina según sus interpretaciones filosóficas, políticas, económicas, culturales, de los hombres.

iii. La Iglesia es una sociedad sobrenatural:

a. «Así pues la Iglesia es una sociedad divina por su origen: sobrenatural por su fin y por todo lo que está próximo a su fin» (León XIIII – D 1959). Por tanto, la Iglesia no es una sociedad humana, terrenal, que se abre a toda la humanidad.

b. «Se citan tres sociedades necesarias, distintas entre sí: dos de éstas, a saber la asociación familiar y la sociedad civil son de orden natural; y la tercera, o sea la Iglesia, es una sociedad de orden sobrenatural…, en la cual los hombres, mediante el agua bautismal, entran en la vida de la gracia divina» (PIO XI en la Encíclica «Divini Illius Magistri» – D 2203). Los que no están bautizados no pertenecen a la Iglesia. Los que estando en la Iglesia no tienen fe en Cristo, no son de la Iglesia, a pesar de su Bautismo. Porque la Iglesia es un ser sobrenatural, no natural. Y, por tanto, se está en la Iglesia para un fin sobrenatural, no natural. No se hace la Iglesia para reunir a todos los hombres en una comunidad, que es lo que quiere Francisco: abrir la Iglesia al mundo, a todos los hombres. Se está en la Iglesia para obrar lo divino, no lo humano. Por eso, mucha gente que dice que cree en Jesús, realmente no cree porque sólo obra para un fin natural, social, civil, material, en la Iglesia. Es necesario un amor sobrenatural para conseguir este fin. Y, por eso:

c. «La sociedad cristiana es elevada a un grado, que supera enteramente todo orden natural» (Pío XII en la Encíclica «Mystici Corporis»). La Iglesia da la Gracia, que es el amor divino, para poder conquistar este fin sobrenatural, que tiene en Sí Misma. En todos los Sacramentos se da la gracia que lleva a lo sobrenatural:

i. En el Bautismo el fin es la vuelta a nacer de naturaleza sobrenatural en virtud del Espíritu Santo (Jn 3,3-5);

ii. en la Confirmación el fin es la entrega del don del Espíritu Santo (lHec. 8,14-17);

iii. en la sagrada Eucaristía el fin es la participación de aquella vida sobrenatural y eterna por la que los fieles vivan a causa de Jesucristo (Jn 6,53-58);

iv. en la Penitencia el fin el perdón verdadero de los pecados (Jn 20,21-23);

v. en la Santa Unción el fin es el alivio y la salvación del enfermo y el perdón de sus pecados (Sant 5,14-15);

vi. en el Orden el fin es conferir la gracia y la virtud para cumplir denodadamente el ministerio del Evangelio (2 Tim 1,59);

vii. en el Matrimonio el fin es darles la gracia a los contrayentes, por la que éstos puedan imitar aquella unión y amor mutuo, con los que Jesucristo se une a la Iglesia y ama a ésta (Ef 5,22-32).

c. tercera herejía: «ni mucho menos debe restringir su mirada al clero o al Vaticano (…)No limitarla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano. Ellos son parte de la Iglesia».

i. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Es decir:

a. Su Cabeza es Cristo;

b. Su Alma (= a modo de alma, en sentido analógico) es el Espíritu Santo;

c. Sus miembros: los hijos de Dios.

ii. Y Cristo, funda Su Iglesia en Pedro, que es Jerarquía, la cual no es una cabeza aparte en la Iglesia, sino el mismo Vicario de Cristo. No está fundada la Iglesia en los demás fieles, en los Apóstoles, sino en una piedra, para que haya una sola cátedra, una sola fe, una sola enseñanza, un solo Señor. Para que los hombres obedezcan a un hombre, que es el Vicario de Cristo, que da la misma Mente de Cristo. Y, por eso, la Jerarquía no es una parte de la Iglesia, sino el mismo fundamento de la Iglesia:

«El Señor dijo a Pedro: “Yo te digo que tu eres Pedro”, etc. Edifica la Iglesia sobre uno solo. A este mismo después de su resurrección le dice: “Apacienta mis ovejas” y le confía a él las ovejas para que las apaciente. Y aunque a todos los Apóstoles después de su resurrección les conceda una potestad semejante (San Juan 20,21-23), sin embargo a fin de poner en claro la unidad, ordenó con su propia autoridad el origen de esta misma unidad que tuviera su principio en uno solo y constituyó una sola cátedra. Ciertamente también los otros Apóstoles eran esto que fue Pedro, al estar dotados de consorcio análogo de honor y de potestad, sin embargo el comienzo parte de la unidad a fin de que la Iglesia de Jesucristo se muestre única. Y el Primado se le otorga a Pedro a fin de que aparezca una sola cátedra». (San Cipriano – R 555).

iii. En la Iglesia se mira a Pedro y, en Pedro, a toda la Jerarquía. Son ellos los que tienen el poder en la Iglesia: el poder para gobernar, enseñar y santificar. Los demás, en la Iglesia, son nada. No tienen ningún poder. No hacen nada. Porque se salvan y se santifican obedeciendo a la Jerarquía, no haciendo cosas en la Iglesia. La Jerarquía lo es todo en la Iglesia, no es una parte.

Cuando un hombre habla así de la Iglesia Católica, sin apoyarse en el Magisterio de la Iglesia ni en los Evangelios, sin apoyarse en lo que los Santos han dicho sobre la Iglesia, entonces es claro que su enseñanza no viene de Cristo. Que Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino que pertenece a su iglesia, una iglesia universal, donde entren todos y donde todos los hombres puedan opinar, puedan pensar la Iglesia. Sólo al comienzo de su exposición, Francisco ha dado cantidad de errores, que no se pueden seguir, que no se pueden aceptar de ninguna manera.

Y en los errores que da a continuación se ve la negrura de su alma, se ve su falta de fe, se ve para qué está en la Iglesia, para qué la está gobernando.

No pierdan el tiempo con esas catequesis. Luchen contra la mente de Francisco, muestren la Verdad a toda la Iglesia, pero no pierdan la paz por lo que dice ese hombre. Ese hombre ha perdido la sensatez espiritual. No sabe decir ni una Verdad bien dicha. Sólo sabe hablar y hablar para confundir a todo el mundo. Ése es su objetivo. No tiene otro. Los que tienen dos dedos de frente, saben muy bien de qué está hablando ese hombre en estas enseñanzas del demonio.

Francisco es la voz de un nuevo y falso Papado en la Iglesia y, por tanto, es la base para construir una nueva herejía, una nueva iglesia sin verdad, sin fundamento en la Revelación, sino sólo en lo que piensan los hombres. Y quien da culto al pensamiento del hombre se vuelve dios en la Iglesia.

La Iglesia es la Eucaristía. Ahí está toda la Iglesia. Y quien no viva a Cristo en su corazón, sólo lo destruye con su mente humana, que es lo que hace Francisco.

Contemplamos una Jerarquía podrida en Roma

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«Como ustedes no ven ni el cambio ni el desorden, ni la provocación dirigida al mismo Dios en Su propia Iglesia, Yo, Jesús, Dios y Sacerdote por excelencia, retiro las piedras muertas, las que aprisionan Mi Verdad muy santa ; hago caer todo lo que está podrido y que esconde Mi Santa Luz» (J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, p. 375).

¿Por qué hay tantas almas en la Iglesia que no ven la verdad? Porque ya no son de la Verdad, no son de la Iglesia, no son de Cristo.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Es el Espíritu el que mueve a las almas a obrar. Es el Espíritu el que da al alma la Verdad que tiene que obrar. Es el Espíritu el que ofrece la Vida al alma para que pueda obrar la Verdad.

Sin la moción del Espíritu, el alma no puede salir de su vida de pecado.

Sin la Inteligencia del Espíritu, el alma no conoce la Verdad y no puede quitar la mentira en su vida.

Sin el Amor del Espíritu, el alma no puede obrar lo divino, lo santo, lo sagrado, en su vida humana.

El Espíritu: mueve, da inteligencia y ama. Mueve para una obra de verdad divina, para que el alma salga de su visión humana, natural, de la existencia, y se ponga en la realidad divina.

El hombre, que vive lo humano, no ve lo real, el mundo real, que es siempre un mundo espiritual. El hombre sólo atiende a lo que ve con sus ojos naturales; sólo comprende lo que su mente capta, sintetiza, analiza. El hombre sólo vive en un mundo exterior, de muchas formas, modos, maneras, que no son la realidad de su vida.

El hombre está inmerso en un mundo que no puede percibirlo con sus propios medios humanos. Un mundo que tiene que revelarse al hombre para que éste se dé cuenta, para que preste atención, para que comprenda el camino de su vida.

Nada que obre el hombre, ninguna cosa que pasa por su inteligencia, es por el hombre. El hombre no se da cuenta de quién le hace pensar. Sólo ve su idea en su cabeza, pero no ve quién ha puesto esa idea en su cabeza. Y el hombre se cree que ha sido él mismo el que ha tenido esa idea. Y su ignorancia es su soberbia. El soberbio sólo ve su pensamiento humano, pero no ve de dónde viene la idea a su pensamiento; no ve quién la puso ahí.

¿Cómo ustedes no ven el cambio en la Iglesia? Por su soberbia. Y ¿cuál es la acción del Señor ante la soberbia del hombre? Una Justicia: «hago caer todo lo que está podrido y que esconde Mi Santa Luz».

Estamos en la Iglesia presenciando la caída de toda una Jerarquía podrida en el pecado y que se ha caracterizado por esconder la Verdad, la luz del Espíritu en la Iglesia: «Pastores, obispos, fieles, todos luchan contra lo sobrenatural santo y adorable que Dios descubre hoy a Sus más pequeños, para todos Sus hijos que lo escuchan» (La Virgen María en : J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, p. 160).

Una Iglesia que combate a Dios en Sus Profetas, y eso supone destruir la Iglesia. La Iglesia no la hacen los hombres, la Jerarquía, sino el Espíritu. Una Jerarquía que no cree en los profetas, sino que los obstaculiza de muchas maneras, destruye la misma Iglesia. Cristo habla a la Iglesia por Sus Profetas, por Su Espíritu. Y un sacerdote que no sea Profeta no es sacerdote. Una Iglesia que comete el mismo pecado del cual no hay perdón: «Mi Iglesia actual rechaza las manifestaciones de Mi Espíritu Santo; Ella Lo condena abiertamente y se condena a la vez Ella misma, pues he dicho que no blasfemen contra el Espíritu. Pero tantos, en Mi Iglesia, Me rechazan, que les envío a ustedes, los pequeños, darla nueva vida aportándola Mis Mensajes. (…) La Iglesia condena al Espíritu Santo, al cual Ella le prohíbe hablar… ¿Cómo quieres que Yo Me calle, hijita, ante tanta rebeldía contra Mí ?… ¿Cómo puedo Yo dejar Mi Iglesia ir a su perdición viviendo sin Mi Espíritu Santo? Eso no será; Yo la defenderé a pesar de todos» (Françoise, Jésus-Christ révèle aux siens ce qu’est la franc-maçonnerie, Éditions du Parvis, Suisse, 1998, pp. 53-54).

Hoy, en la realidad de una Iglesia que ha perdido su alma, el Espíritu, sólo Jesús la lleva en sus brazos. Sólo Él la guía hacia la Verdad sin apoyarse en ninguna Jerarquía, porque ya no creen en Cristo. Ya no creen en la vocación que Cristo les ha dado: ser otros Cristos. Sólo creen en sus inteligencias humanas, en sus conquistas humanas, en sus obras de hombres. Sólo creen en su humanidad podrida.

Este Misterio es el que estamos viviendo. Cuando un Papa ha renunciado a ser Papa (= y eso es blasfemar contra el Espíritu) y un hombre se ha puesto como falso Papa (= y eso es una blasfemia contra el Espíritu), a Dios no le queda más remedio que retirarse de Su Iglesia, la Iglesia concebida por el hombre en sus estructuras exteriores, humanas, naturales, materiales. Y, dejando lo exterior en manos de los hombres, Jesús guía Su Iglesia en cada corazón del que cree.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Ustedes Me demandan pruebas; que Yo existo, que soy Viviente, que hablo otra vez hoy, que les doy las señales de Mi presencia entre ustedes…Cada uno de ustedes es la señal viviente de Mi existencia.

Ustedes son como los fariseos: delante de ellos se encontraba la Verdad y la buscaban en otra parte, en las Escrituras. Hoy, otra vez ustedes están en la búsqueda de algo sensacional y tienen ante ustedes lo Esencial. Y todo esto que ustedes ven y escuchan de Mí al mismo instante lo ponen en duda. Hombres de poca fe….

Me anuncio Yo mismo y ustedes Me echan de Mi Tierra. Yo les hablo y ustedes se hacen los sordos. Yo Me acerco a salvarlos y ustedes rehusan Mi Mano. Ustedes escogen las tinieblas; prefieren la duda, se esconden detrás de su incredulidad; ustedes dudan que Dios pueda descender de los Cielos para advertir a Sus hijos del peligro que les amenaza.

¿Cómo puede Dios, que los ama, dejarlos en ese marasmo y en la decadencia que ustedes han creado con todas sus falsas ideas, sus principios inmorales, su orgullo insensato?

El fango que les cubre, parece ya liga: mientras más se mueven más se ahogan: el mundo entero se asfixia y el hombre es su propio verdugo.

Ustedes piensan que Dios puede quedarse indiferente y que no regresará para restablecer el orden en todas cosas que Él ha creado para el bien del hombre, y que han destruido con sus manos.

Piensan ustedes que Dios ya no puede regresar sobre la Tierra donde ha vivido entre sus hermanos humanos y donde ha dado Su Vida por Sus amigos y también por Sus enemigos. Mis hermanos, Mis hijos, Yo regreso para darles la esperanza» (J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, pp. 108-109).

Esta es la principal blasfemia de la Jerarquía eclesiástica: no creen que Jesús venga de nuevo. Viene, pero para juzgar en el último día. Pero no viene para instaurar su Reino Glorioso. Por eso, la Iglesia está abocada a un comunismo: a un reino material, humano. A un mesianismo, a encontrar un rey humano que sirva para dar un gusto a los hombres. Este es el sentido del nuevo orden mundial y de la reunión de todas las iglesias en una. Y esto que buscan los hombres es sólo por su soberbia: por una idea que el demonio ha puesto en los hombres. Y esa idea dirige a muchos hombres para conseguir lo que quiere el demonio.

Jesús viene para instaurar Su Reino. Esto es lo que el demonio quiere impedir a toda costa. Y, por eso, ha puesto dos divisiones en la Iglesia: una en el Papado; otra en la fe. Esas dos divisiones son la obra del demonio dentro de la Iglesia, con un falso Papa, con uno que usurpa el Papado, que está sentado en la Silla sólo para poner estas dos divisiones.

La señal de que la Iglesia se destruye es lo que pasa en Roma:

1. un hombre que no da continuidad al Papado, sino que lo rompe: «Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización» (EG – n 32).

Primero: el Papado no se puede tocar porque es un dogma de fe. La persona del Papa la ha puesto el mismo Jesucristo en Su Iglesia. No es posible la conversión del Papado. La persona del Papa tiene que tener Espíritu para ser fiel a Jesucristo, para poder comprender lo que Jesús quiere de un Papa. Francisco es un hombre sin ningún Espíritu. Y, por eso, pone su coletilla: «necesidades actuales de la evangelización». Francisco ha tocado el Papado: su gobierno horizontal. Esto significa romper el dogma del Papado. Ahora, busca unas nuevas leyes para poder obrar su nuevo y falso Papado. Ésta, su herejía, da a la Iglesia la ruptura en la Cabeza, que es la primera división. Una Iglesia, que se divide en la Cabeza, ya no es más la Iglesia de Cristo. Es la Iglesia de los hombres. Es la Iglesia podrida de la humanidad.

Segundo: Francisco habla como Obispo de Roma, es decir como persona particular, privada en la Iglesia. Por tanto, su opinión, que es herética y cismática, la Iglesia Católica no puede aceptarla. Francisco no puede hablar como el Sucesor de Pedro. ¡Y él lo sabe!. Por eso, siempre dice: Obispo de Roma. Y el Papa verdadero, si quiere ser persona pública, habla como el Vicario de Cristo. Cuando un Papa habla como Obispo de Roma no habla como Papa, sino como persona particular, privada. Ningún Papa legítimo habla en la Iglesia como Obispo de Roma. Aquí tienen una señal más de que Francisco no es el Papa verdadero, sino un usurpador del Papado.

Tercero: Un Papa legítimo escucha a todo el mundo en la Iglesia, pero sólo hace caso a Jesucristo. Sin vida espiritual, entonces Francisco hace su jugada: quiero opiniones para destruir el Papado. Y pone una excusa, que sólo se la cree él: para que el ejercicio en el ministerio se «vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle». Esto sólo se lo cree él porque la fe, para Francisco, es un acto mental, un recuerdo, un ir a la historia y ver qué hacían los Apóstoles en ese tiempo y ponerlo, pero en el tiempo actual: según las «necesidades actuales de la evangelización». Siempre, cuando Francisco habla, recurre a su lenguaje humano, a su juego, a su jerga. Como la fe es un recordar el pasado para poner un nuevo presente; entonces hagamos memoria de la Iglesia, hagamos memoria de la vida de Cristo, hagamos memoria de las necesidades de los hombres en sus culturas, y apañemos el Evangelio para darle un gusto al hombre. Este es todo el juego de Francisco cuando habla.

Cuarto: Francisco vive su mentira: «estoy llamado a vivir». ¿Qué cosa? Mi mentira, mi pecado: la «conversión del papado». Luego, como ya vivo mi pecado, cómo mi vida es la obra de mi pecado, como soy podredumbre en mi pecado, como me senté en la Silla de Pedro para tumbar a Pedro, entonces pongamos el camino para que también los demás vivan mi pecado y sean una iglesia podrida en el pecado. Y, para hacer esto, habla como Obispo; porque no puede hablar como Papa. Francisco ha puesto el camino, dentro de las estructuras de la Iglesia, para condenar almas.

Estos cuatro puntos nadie los ve, nadie los discierne cuando leen a Francisco. Y están ahí. Y, ¿por qué no se ve esta Verdad? Por la soberbia. No se quiere ver la Verdad. Todos se apoyan en el lenguaje humano de Francisco para asentir con su mente a la mentira que Francisco habla por su boca.

2. un hombre que divide la fe en Cristo y en la Iglesia: «Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes» (EG – n. 250s).

Primero: la Verdad no se discute, no se dialoga, no se piensa, sino que se cree. Si no hay humildad en la persona, no se puede aceptar la Verdad, que es siempre algo Absoluta; nunca es relativa al hombre o a su vida. Es algo que viene de Dios y que es obligatorio al hombre asentir con su mente a la Verdad que da Dios. El hombre tiene que abajarse para acoger la Verdad. Tiene que dejar a un lado sus pensamientos verdaderos, para poder entender lo que es verdadero en Dios. Por tanto, Francisco está en su juego: «Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo». Hay que abrirse a la verdad que cada uno posee en su mente humana. Éste es el juego, el lenguaje de Francisco. Francisco no puede enseñar que la Verdad la trae el Espíritu y, por tanto, hay que tener una actitud de apertura al Espíritu. Hay que abrirse al Espíritu, no a los hombres. Hay que hablar con el Espíritu, no con los hombres. Hay que hacer caso al Espíritu, no a los hombres. «La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero abierto a comprender las del otro y sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno» (Ibidem). Su herejía es clara: sé católico, pero también sé budista, judío, protestante, etc. Francisco no dice: mantente en la Tradición y combate el error. No, no puede decir esto. Tiene que decir, con bellas palabras, pero que son una blasfemia: Sé tradicional, pero abierto a las verdades que los otros tienen y que te enriquecen, te dan una verdad que no posee tu tradicionalismo, porque es un fundamentalismo.

Segundo: Al ser la Verdad Absoluta, quien quiera ser de la Verdad tiene que dejar sus pecados, sus errores, sus ideas humanas, aunque sean las más perfectas. La Verdad es divina, no humana. Y, por tanto, quien es de la Verdad no es de los hombres. Y esto es lo que no aguanta Francisco: «a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes». Como a todos los hombres les gustan sus ideas, sus juicios, sus opiniones, sus dogmas, entonces es necesario crear un clima para acoger los fundamentalismos de todo el mundo. Con esto está declarando que todas las confesiones religiosas son verdaderas. Con esto está diciendo que la Iglesia Católica no tiene toda la Verdad, sino que tiene verdades que son fundamentalistas, que hacen que la gente se quede colgada en su juicio y no avance a la conversión del Papado, de la Iglesia, de la doctrina de Cristo, de sus dogmas. Y, por eso, dice su gran blasfemia: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo…» (EG – n. 254s). Este texto revela el alma de Francisco: quiere una Iglesia universal, no católica. Los no cristianos están justificados –por su conciencia- mediante la Gracia. Esta es la demencia senil de ese hombre. Es su locura. Es su gran ignorancia de la vida de la Iglesia, de lo que es la Iglesia, de lo que es la Verdad y de lo que es el pecado.

Tercero: Al negar que la Iglesia Católica posea la Verdad Absoluta y que, por tanto, las demás iglesias también valen (los no cristianos ya viven en gracia), está declarando la anulación del dogma, de todos los dogmas. Y esta es la división de la fe. Por eso, fue a Jerusalén a dar comienzo a esta división. El pensamiento que está en su bazofia de encíclica lo obró en Jerusalén. Ahí comenzó, la obra de la destrucción de la Iglesia. En la primera división, en su gobierno horizontal, comenzó la destrucción de Cristo como Cabeza. En esta segunda división, comienza la destrucción de Cristo como Cuerpo.

Estas cosas, hoy día, nadie las analiza, porque todos están viendo a Francisco como lo que no es: no es Papa. Es un usurpador del Papado. Todos los ven como Papa. Y es lo que hay que analizar en el gobierno de Francisco. Éste es el gran error. Éste es el gran engaño. Éste es el gran castigo de Dios a Su Iglesia.

«El Papa Juan Pablo II es aún católico y luchará hasta la muerte por serlo y llevar al mundo las consignas del Catolicismo… pero el que le suceda no las seguirá y dará apertura a todas las herejías que están presionando hoy a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana» (Pequeña Alma, España 2001 ). Un Papa legítimo abrió la puerta a toda la maldad con su renuncia al Papado. Esta es su blasfemia. Un gravísimo pecado como Papa verdadero. No se dejó guiar por el Espíritu para hacer lo correcto como Papa, como Sucesor de Pedro. Por eso, su renuncia no es un acto de humildad. El humilde no abre las puertas de la Iglesia a todas las herejías, sino que las cierra. Su renuncia fue un acto de gran soberbia. Puso el camino para que la Iglesia sea gobernada por un falso Papa, que es el que trae todas las herejías.

El Papa Benedicto XVI no luchó hasta la muerte por ser católico, por ser el Papa de los católicos. Y no luchó por su falta de fe en Cristo y en la Iglesia. Y esa, su debilidad en la fe, hace de Su Papado, un camino abierto al error. Un camino no seguro, que le llevó a decidir una renuncia en contra de la fe católica. Cuanto más la Iglesia necesitaba de la fortaleza de una cabeza para seguir adelante, esa cabeza se hundió y ha hecho hundirse a toda la Iglesia. Y ahora la Iglesia es manejada por el demonio en la cabeza.

Por eso, el Señor no quiere cabezas. No quiere la Jerarquía. Toda esa Jerarquía está podrida en Roma. Están haciendo lo que les da la gana en Roma: es un escaparate del demonio, de la maldad. Y más pecados se irán viendo, ahora, en toda la Jerarquía podrida. Ahora es cuando se van a quitar la careta, y cada uno podrá saber quién realmente pertenece a la Iglesia Católica y quién no. Sólo queda rezar y hacer penitencia. Lo demás, no interesa en la Iglesia, no interesa en Roma. Roma ya camina hacia su destrucción, hacia su comunismo:

«¡Oh, qué visión horrible veo! ¡Una gran revolución se desarrolla en Roma! Ellos entran al Vaticano. El Papa está completamente solo, rogando. Tienen el Papa. Lo toman con fuerza. Lo golpean hasta hacerlo caer. Lo atan. ¡Oh Dios mio! ¡Oh Dios mio! Le dan patadas. ¡Qué escena horrible! ¡Eso es terrible!… Nuestra Señora se acerca. ¡Estos hombres malos caen a tierra como cadáveres! Nuestra Señora ayuda al Papa a levantarse tomándolo por el brazo; lo cubre con Su manto y le dice: ¡No temas!»

«Astas de banderas (que enarbolan la bandera roja sobre la cúpula de San Pedro y en otros lugares), la destrucción y la seducción salieron de las logias de estos siniestros brutos. Gritan esos ateos: nunca querremos que Dios reine sobre nosotros;¡queremos que Satanás sea nuestro amo!»

«Hija mia, Roma no será salvada, porque los gobernantes italianos abandonaron la luz divina. Sólo un reducido número de gente quiere verdaderamente a la Iglesia. Pero no está lejos el día donde perecerán todos los malvados, bajo los tremendos golpes de la Divina Justicia» (profecías de la Madre Elena Aiello monja, fundadora, estigmatizada (1895/1961) – Viernes Santo de 1961).

La Jerarquía podrida acabará en manos del comunismo para su perdición eterna.

Mirar al Rostro ensangrentado de Jesús para ser Iglesia

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Jesús murió en una Cruz, dio Su Vida por todos los hombres; Jesús padeció humillaciones, persecuciones. Jesús se ofreció como Víctima Divina por toda la humanidad; y, la Jerarquía de la Iglesia, los fieles de la Iglesia, ¿qué tienen para ofrecerle, que tienen para darle? ¿Cómo pretenden llegar al Cielo si desconocen las sagradas Escrituras, si no hacen vida la Palabra de Dios?

¿Quieren que el Señor les salve porque siguen a un hombre que habla para lo humano, para refrescar el ambiente de la Iglesia con herejías, con dudas, con errores? Un hombre incapaz de dar la Mente de Cristo, porque sólo está abocado en dar su propia idea humana en la Iglesia.

¿Qué pide al Señor la Jerarquía que ha apostatado de la Verdad, que es Cristo? ¿En qué se entretienen los miembros de la Iglesia que ya no saben ofrendar a Cristo sus vidas, que ya no saben entregarle sus existencias para que Él disponga de ellos?

¿No se llega a Cristo recorriendo el camino de la Cruz, andando por la calle de la amargura, y postrándose ante el Mártir del Gólgota para unirse a sus sufrimientos?

¿No se es otro Cristo mirando al Crucificado? Entonces, ¿por qué obedecen a un falso cristo, que sólo se mira a sí mismo, y sólo busca la gloria del mundo? Si Francisco no da al Crucificado, no lleva a la Cruz, entonces ¿por qué hacéis caso a su vana palabra?, ¿por qué le seguís mirando como si fuera una primavera en la Iglesia?

¿Qué unión con Dios tiene el alma de ese hombre que no cree en el Dios católico?

¿En qué consiste esa unión con Cristo en la Sta. Misa que le lleva a predicar que Jesús no es un Espíritu? ¿Es que el Espíritu de Cristo puede negarse a sí mismo? Si Francisco dice herejías, ¿por qué buscáis una razón para tapar sus herejías? Si Francisco ha producido un cisma en la Iglesia, ¿por qué esperáis algo de su gobierno para la Iglesia? ¿No la está dividiendo con su palabra barata y blasfema, con su lenguaje simbólico, sentimentaloide, lleno de basura intelectual? ¿Es que la unión se da en medio de la herejía, bebiendo de la mentira, del error, del engaño? ¿Es que se pueden unir dos mentes que dicen cosas contrarias? Pero, ¿cuál es el concepto de la verdad para una Iglesia que ya no cree en la Verdad? ¿Cómo quieren unirse los hombres si no se deshacen de sus diferencias en el pensamiento humano?

Todo el problema de la Iglesia es su soberbia. La soberbia sólo está en la mente del hombre. Y sólo se cura la soberbia aceptando la Verdad Absoluta, el dogma, la doctrina de Cristo. Si el hombre, en su pensamiento humano, no se abaja, no se humilla, no echa de sí sus ideas, el hombre crece sólo en su soberbia y busca vivir su vida con solo su pensamiento humano.

La soberbia humana se quita crucificando la voluntad humana, porque es el querer del hombre lo que lleva a su mente a errar, a admitir una idea que no es la Verdad. Es sólo la voluntad libre del hombre. Y, por eso, el acto de fe es un acto de la voluntad del hombre, no de su entendimiento. Es necesario creer sin ver, sin entender, sin mirar con los ojos del hombre, del mundo.

Hay que creer en lo sobrenatural, en lo que está más allá de lo natural. Y se cree con la voluntad humana, aplastando la mente humana, aceptando con la mente la Palabra de Dios, que es siempre la Verdad.

Dios reveló a Moisés el camino para salvarse: la ley divina. Y esa Verdad Revelada es la que tiene que cumplir todo hombre, dejando su mente a un lado. Hay que creer en los mandamientos divinos para poder salvarse. No hay que entenderlos, hay que cumplirlos.

Hoy los hombres no quieren cumplirlos, sino que buscan una razón humana, una idea humana, para ponerse por encima de Dios y creerse justos sin serlo. Justos en su pensamiento humano que les da derecho de ser lo que no son, lo que no quiere Dios, lo que Dios no ha creado.

Pocas personas saben tener fe, vivir de fe, porque sólo viven de lo que encuentran con sus razones humanas, con sus ideas filosóficas, psicológicas de la vida. Por eso, el pecado se ha hecho una cuestión de la conducta de cada uno; una cuestión psicológica, mental, y ya no es un dogma, una verdad revelada.

Ya la Palabra de Dios es un mito para los hombres, hay que interpretarla según el mito, el simbolismo, el lenguaje figurado de los hombres, de sus filosofías, de sus ciencias, de sus culturas, de su jerga. Ya no es el Pensamiento del Padre que habla a través de la Palabra de Su Hijo. Ya no es la Verdad Divina, absoluta, sino las verdades relativas que cada uno encuentra con su razón humana.

Los hombres ya no quieren permanecer al pie de la Cruz para aprender la Verdad de Cristo Crucificado. Quieren pasearse por el mundo para escuchar a los hombres, para hacer fiesta con ellos, para llegar a un planteamiento de vida totalmente absurdo para el hombre.

Sólo Cristo revela al hombre lo que es el hombre: «Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!» (Beato Juan Pablo II – Redemptor hominis- n. 10).

En la Cruz, en la vida de mortificación, de penitencia, en una vida donde ya lo humano no es el valor del hombre, no es el objetivo a seguir, no es lo principal; en una vida donde lo único que vale para el hombre, lo único que da sentido a su vida, son las llagas de Cristo –no sus heridas humanas, sociales-; el sufrimiento del Redentor –no sus dolores personales, no las injusticias sociales-; la muerte del que es la Vida –no caminar con miedo, con temor, hacia su propia muerte, no mirar el fracaso ante los hombres, en lo social-; una vida que es locura para el hombre sabio, es necedad para los que sólo quieren vivir agradando al mundo; una vida donde sólo se busca lo divino, lo sagrado, lo celestial, lo espiritual, lo que no pertenece a este mundo, desprendiéndose de todo lo humano; en esa vida el hombre encuentra su sentido, un sentido divino, que está oculto a todo hombre.

Sólo hay que mirar la Verdad, que es Cristo Crucificado. Pero sólo se puede mirar esa Verdad con el corazón, no con la mente del hombre. Porque esa Verdad está sólo en Dios, no en el hombre. El hombre no puede encontrarla en sí mismo, ni en su vida, ni en sus obras, ni en su ciencia, ni en nada de lo que haga en el mundo.

El hombre encuentra esa Verdad sólo en Cristo, y éste Crucificado. No se encuentra esa Verdad en Cristo Resucitado, en un Cristo alegre, sino en un Cristo que sufre, que muere mártir por amor a los hombres.

Son muchos los sufrimientos de Cristo en la Cruz, porque son muchos los pecados de los hombres. Cristo sufre porque el hombre peca. No sufre por otra cosa. El pecado es el mal del hombre y de toda la humanidad. El pecado es la raíz de todos los males que los hombres sufren en sus vidas. El pecado destroza vidas, familias, sociedades, países, culturas, seres.

Por un pecado del hombre, el mundo es maldecido por Dios; por una obra Redentora de Cristo, el hombre encuentra la bendición de Dios.

Si se quita la realidad del pecado de la vista del hombre y se le da un nuevo concepto, entonces todo se anula: Cristo, su Obra Redentora y la salvación de todos los hombres.

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Si la Jerarquía no llama al pecado con el nombre de pecado, entonces hace una Iglesia para condenar las almas.

Si la Jerarquía se dedica a obras sociales, a buscar los derechos de los hombres, a conseguir justicias humanas, entonces todo cae, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero.

El camino para salvarse: Cristo Crucificado. Si el mundo no mira la Cruz no puede salvarse. Si el mundo sólo se mira a sí mismo, entonces los hombres se hacen dioses de sí mismos.

La Iglesia sólo necesita hacer penitencia de sus pecados para renovarse, para cambiar su faz, para ser lo que Cristo quiere.

La Iglesia no necesita a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya para ser Iglesia. La Iglesia Católica mira al Crucificado. No mira a un hombre que baila con el mundo, con el demonio, que para hacer algo necesita la foto, necesita la propaganda, necesita hablar con los hombres, hacer declaraciones. Cuando sólo una cosa es necesaria: dar a Cristo, ofrecer el mismo amor de Cristo a las almas. Pero un alma sacerdotal que no vive clavada en la Cruz, con su Redentor, ¿cómo va a dar a Cristo?, ¿cómo va a indicar el camino de la Cruz si se aparta de la Cruz que salva, si no es capaz –ni siquiera- de portar en su cuello al Crucificado?

Cristo Jesús sufre por los hombres: son muchas las ofensas que recibe el Corazón agonizante de Jesús, porque la copa ha rebasado su límite, está rebosando. La copa de la Justicia Divina que toda la Iglesia tiene que beber para ser Santa, Inmaculada, Pura y Humilde.

Cristo Jesús ha puesto Su Iglesia para hacer de la Creación una Bendición Divina. Y sólo a través de Su Iglesia, se quita la maldición que el Padre dio a todo lo creado. Maldición que subsiste todavía, porque el pecado no ha desaparecido. Ha sido vencido en Cristo, pero cada hombre es libre para seguir pecando. Los hombres tienen que reparar –y mucho- sus vidas de pecado si quieren salvarse y santificarse. Son muchos los motivos por los cuales hay que hacer penitencia en la vida, desde que se tiene uso de razón hasta la muerte. La vida humana es una batalla espiritual del hombre contra sí mismo, del hombre contra las fuerzas espirituales del demonio, del hombre contra las fuerzas del mundo. Mundo, demonio y carne: los tres frentes que guerrean constantemente en contra de todo hombre. Tres legiones de asaltos diarios que sólo se vencen con la Cruz de Cristo.

Un hombre sin Cruz es un hombre de mundo, del pecado y del demonio.

Un hombre que no mira su pecado tiene sólo ojos para pecar.

Un hombre que no mira al demonio, es un esclavo de su mente demoníaca.

Un hombre que no mira al mundo es mundano y profano.

Hay que mirar el pecado con las llagas de Cristo, con el Corazón abierto del Redentor; hay que mirar el pecado como Cristo lo miró en lo alto de la Cruz. Cristo Crucificado mira al hombre pecador, y sufre por él y muere por él. Cristo Crucificado carga con el pecado de todos los hombres. Y ese pecado es la maldad que odia el Padre. Y Cristo ofrece su Vida a Su Padre, cargando con el pecado que odia. Y, por eso, el pecado que carga Cristo en la Cruz es la Justicia del Padre a Su Hijo. El Padre castiga a Su Hijo porque ve en Él el pecado del hombre, que odia. El Padre, amando a Su Hijo, odia lo que carga Su Hijo: el maldito pecado del hombre. Y, Cristo, muriendo a causa de la Justicia de Su Padre, trae la bendición divina al hombre.

Si el hombre, cuando peca, no va al Crucificado para arrepentirse de su pecado, el Padre no puede perdonarlo. El Padre sólo perdona al hombre a través de las llagas de Su Hijo, del dolor de Su Hijo, de la Cruz en la que Su Hijo se crucifica.

El Padre ya no puede perdonar al hombre que no sabe mirar a Cristo Crucificado, que no sabe hacer de su vida una penitencia, una mortificación, una crucifixión de su propia voluntad humana. El hombre que no vive en el desierto de todo lo humano, como lo han hecho todos los santos, reparando sus muchos pecados en su vida; el hombre que no se aleja de los hombres, del mundo, para ver sólo su pecado y, en él, el Dolor de Cristo Crucificado, ése hombre no puede salvarse, ése hombre no tiene camino de salvación.

Hay que mirar el pecado como el Padre lo ve en Su Hijo Crucificado: con odio, obrando una Justicia en ese odio, para reparar los frutos de ese pecado. Y si no se mira así el pecado, entonces todo se anula, se vive una utopía: la opción por los pobres; liberar a los hombres de sus problemas económicos, políticos, sociales. Es no comprender la Obra de la Redención en Cristo y en la Iglesia.

Hay que mirar el mundo con la Faz de Cristo, con el Rostro ensangrentado de Cristo. Hay que mirar el mundo como Cristo lo vio: Él vio la maldición de Su Padre en toda la Creación. Y Él muere dentro de la maldición de Su Padre. La Cruz es el fruto del pecado de Adán, el fruto de una maldición divina. Todo lleva a la Cruz. Todas las obras de los hombres llevan a la Cruz. Todo cuanto hace el hombre sobre la tierra lleva a la Cruz. Porque, si el hombre ha perdido el camino para adorar a Dios, entonces no sabe el camino para dar gloria a Dios en todo lo creado; no sabe cuidar la Creación, porque no sabe cuidar su propia alma del pecado. No sabe conservar la creación porque no sabe conservar su alma limpia del pecado, viviendo una vida moral, de perfección.

Cristo ve la maldición del mundo; y muere en esa maldición. Y el Padre, en Su Justicia, da a Su Hijo el camino para que todo sea bendito, todo sea renovado, todo vuelva al Plan original.

Por eso, hay que mirar el mundo como Cristo lo miró en la Cruz: no vale nada; no sirve para nada si el hombre no permanece en la Gracia Divina. El camino para conservar lo creado y que sirva como bendición, como instrumento para salvarse: la Gracia, que Cristo conquistó en la Cruz para el hombre. Un hombre sin gracia es un hombre mundano, profano, terrenal, carnal, material. No sabe usar nada de lo creado para salvar su alma ni el alma de los demás. Dios ha creado todas las cosas para Su Gloria, no para darle gloria al hombre.

El hombre que busca su gloria, su fama, su alabanza, el aplauso de los demás hombres, no puede salvarse. Porque la gloria del hombre es dar gloria de Dios. Y sólo se puede hacer en la Cruz de Cristo: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa…» (Hebr 1,2s). Cristo Jesús sostiene todas las cosas, que ha creado, con su palabra de la Cruz, para que no perezcan por la maldición del pecado del hombre. Es la Cruz de Cristo lo que sostiene al mundo para que el Padre no acabe con él. En la Cruz está la Bendición Divina. Un hombre que no se crucifica es un maldito, no puede recibir ninguna bendición.

Hay que mirar el demonio como Cristo lo miró desde Su Cruz: como un Enemigo de las almas que Él ha creado. Por el demonio, Cristo está Crucificado. Por las obras del demonio. Y es la Cruz lo que destruye las obras del demonio: «para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8). Los hombres se han olvidado de tener una cruz entre sus manos, en su cuello, en sus casas, y, por eso, el demonio puede con ellos.

Una Iglesia que no mira al Crucificado no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia que adora en Espíritu y en Verdad; no es la Iglesia que cuida la Eucaristía; no es la Iglesia que enseña a caminar hacia la Verdad de la Vida.

Una Iglesia que no permanece al pie del Crucificado, como lo hicieron la Virgen María y San Juan, no sabe reparar sus muchos males y no sabe engendrar la virtud en las almas. No sabe ser perfecta. No tiene la sabiduría divina. Es sólo una veleta de los pensamientos de los hombres, un juego, un negocio más en la vida.

Hoy día todos miran al usurpador del Papado y nadie mira al Crucificado. Nadie atiende a su Dolor Divino porque todos están muy preocupados de resolver asuntos humanos que no tienen solución sino en Cristo Crucificado, en una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillación, que los hombres no quieren vivir, porque sus pensamientos están llenos de lo que buscan en sus vidas: la gloria de los hombres.

La Fe Universal de Francisco: un hombre sin Verdad

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«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (Entrevista a Sacalfarri).

Francisco tiene una fe dual: no cree en un Dios Trino, sino en un Padre, que es Dios; y en Jesucristo, que no es Dios, sino la encarnación de Dios. El Padre es Abba, luz, creador; Jesucristo es maestro, pastor. Son dos realidades diferentes en su fe.

El Padre es Abba: «“Abbá, Padre”, es la palabra más característica de la experiencia de Jesús, que se convierte en el núcleo de la experiencia cristiana» (LF, 19). Para Francisco, Jesús al nombrar al Padre como Abba, está diciendo un concepto humano, una mentalidad de ver a Dios. En la experiencia de Jesús, en su vida humana, el Padre no es la Voluntad de Dios. Jesús no viene a hacer la Obra del Padre, sino a realizar el concepto de ser Padre. Jesús no viene a salvar almas, sino que viene a encarnar en la sociedad la luz de Dios, que es la salvación para todos los hombres.

El Padre es Luz: «La fe nos enseña que cada hombre es una bendición para mí, que la luz del rostro de Dios me ilumina a través del rostro del hermano» (LF, 54). Es una luz que está en todo hombre, en cada cara, en cada frente. Y esa luz ilumina a todos los hombres. Cada hombre es luz divina en su rostro para los demás. Cada hombre es una bendición. No hay hombres malditos, porque en todos ellos está Dios, está la Presencia de Dios. Francisco pone a Dios en todos los hombres. Está hablando del Panteísmo y niega el pecado y la Justicia de Dios sobre el pecado de los hombres.

«La fe ilumina la vida en sociedad; poniendo todos los acontecimientos en relación con el origen y el destino de todo en el Padre que nos ama, los ilumina con una luz creativa en cada nuevo momento de la historia» (LF, 55). Como todos los hombres son benditos, iluminan con sus rostros, con sus inteligencias la vida de los demás, entonces todo en el mundo es bello, está ordenado, tiene un fin divino. Todo cuanto el hombre hace en la historia está dirigido por la luz de Dios. Francisco está hablando de la universalidad del amor fraterno: su fraternidad masónica. Francisco está negando la reparación del pecado, en cada hombre, para centrarse en el amor a todo hombre, para conseguir quitar los males de la sociedad. Si no se da este amor universal hacia todos los hombres, entonces los hombres siempre vivirán en sus problemas, en sus angustias de la vida. Se niega la Obra de la Redención y, por tanto, se niega a un Dios encarnado para redimir al hombre de su pecado; y se pone el acento en un Jesús que trae una salvación universal, global, para todos los hombres, encarnando en él la luz del Padre.

Hay un Padre Creador, Universal, que ama a todos los hombres y los lleva a la felicidad en sus vidas. Un Padre que no quiere que el hombre haga penitencia por sus pecados, sino que quiere que realice en su vida lo que hay en su mente humana, que procede de Jesús.

Jesús es la encarnación de Dios, del Padre, de la luz, del Creador. No es la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios. Es la encarnación de una mente divina. Confesar a Jesús como salvador es sostener que «toda la luz de Dios se ha concentrado en él, en su “vida luminosa”» (LF. 35). Es decir, quien cree en Jesús cree en la luz que Jesús trae del Padre. No cree en el Hijo de Dios, en el Hijo del Padre. No cree en el Verbo que se encarna. Jesús es Luz de Luz; para Francisco, Jesús es la luz de Dios. No es Luz, no es la misma Luz, que el Padre es. Jesús es la luz que el Padre ha puesto en Él. Francisco rompe la Divinidad y la Trinidad.

Por tanto, toda experiencia del hombre, todo pensamiento humano, todo camino del hombre que cree, está «integrado, iluminado y purificado por esta luz» (LF. 35). Es decir, que no se puede dar la Gracia. No existe en la mente de Francisco la Gracia.

a. En los sacramentos, «se comunica una memoria encarnada» (LF, 41) , no se comunica la Gracia, sino una mente, una idea, una memoria, una luz encarnada. «De este modo, mediante la inmersión en el agua, el bautismo nos habla de la estructura encarnada de la fe» (LF, 42). Cuando el hombre se sumerge en el agua, queda encarnado de una luz, de una fe, queda poseído por algo que no es la Gracia, queda integrado en esa luz de Dios, en esa concentración de luz, de vida luminosa. Se sumerge en una estructura de vida humana, de pensamientos diversos, de obras en el mundo. En los sacramentos sólo hay vida humana, pero no Vida divina, que sólo es posible a través de la Gracia.

b. En el hombre «la luz de la fe es una luz encarnada» (LF, 34) ; no es un don de Dios, no es una Gracia. Esa luz encarnada «procede de la vida luminosa de Jesús» (Ibidem), porque Jesús es la encarnación de una luz divina, de una estructura mental divina que el hombre tiene que realizar en su vida. Su vida es una luz divina, es obrar esa luz. En el hombre, la fe se encarna, se hace una estructura mental. El hombre, al creer en Jesús, no recibe una Gracia, sino una luz, una idea, una memoria del Señor, un recuerdo de la vida de Cristo.

c. «La eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final» (LF, 44). La Eucaristía ya no es el Dios Vivo, ya no es el Verbo Encarnado que se muestra en las especies sacramentales, sino una obra de la mente del hombre, que actualiza la Eucaristía, la Sta. Misa, y que pone un camino nuevo al hombre. Hay que ver la Eucaristía no como Jesús que habla al hombre, no como el Pan de la Vida Divina, sino como una reunión de personas, que celebran una fiesta, y así caminan su vida nueva en la Iglesia. La eucaristía no es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no hay transubstanciación; es sólo pan, es sólo vino, sólo hay transformación, es un banquete, una fiesta: «El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que se hace presente en su camino pascual hacia el Padre: este movimiento nos introduce, en cuerpo y alma, en el movimiento de toda la creación hacia su plenitud en Dios» (LF, 44). Francisco niega que Jesús es Dios en la Eucaristía. La Eucaristía es sólo la imagen de Jesús; su Cuerpo, que se representa en el pan; su Sangre, idealizada en el vino. El Cuerpo y la Sangre se transforman en una imagen de Cristo, pero no dan la sustancia de Cristo. No son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Gran herejía, que después, Francisco va a culminar, diciendo: «¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (Francisco, 28 de octubre 2013). Su blasfemia es su herejía manifiesta, consentida por muchos, impulsada por la Jerarquía que lo apoya.

d. «En la celebración de los sacramentos, la Iglesia transmite su memoria, en particular mediante la profesión de fe» (LF, 45). En los Sacramentos, la Iglesia ya no transmite una Gracia, unos dones, unos carismas, sino una memoria, un recuerdo, una obra mental, un camino en la mente. Cuando se profesa la fe se hace memoria, pero no se cree, no se obtiene una Gracia, no se vive la Palabra, sino que se la interpreta según la vida de cada hombre. El Credo es confesar que Dios «es capaz de abrazar la historia del hombre, de introducirla en su dinamismo de comunión, que tiene su origen y su meta última en el Padre» (LF, 45). Es un ir recorriendo la historia del hombre y viendo lo que ha hecho Dios y el hombre. El Credo deja de ser una Vida Divina, unas Obras Divinas, un Amor Divino, y se convierte en un conjunto de vivencias humanas, de obras en los tiempos y en las circunstancias de los hombres; una manera compleja de pensar, de sentir, de experimentar la vida.

Y, por tanto, ninguna vida, ningún pensamiento, ninguna obra del hombre es mala, es pecado, porque «cuanto más se sumerge el cristiano en la aureola de la luz de Cristo, tanto más es capaz de entender y acompañar el camino de los hombres hacia Dios» (LF. 35). Cuanto más se bebe de esa luz, que es Jesús, más se comprende, más se tolera, más se fraterniza, con la vida, con los pensamientos, con las obras de todos los hombres, que buscan un camino a Dios. Esta es la fe universal de Francisco, con un Dios universal, que llama Padre y con un Jesús para todos los hombres, que enseña a todos los hombres el camino de luz, la vida de luz. Cada hombre es un pensamiento en Jesús. Jesús integra los pensamientos de los hombres, los ilumina y los purifica. Y, entonces, todo hombre es bueno y se salva. No hay justicia, no hay pecado. Pero esa salvación es algo social, global, nunca individual.

Al poner a Jesús como un concentrado de luz divina, como el que integra todos los pensamientos de los hombres, tiene que negar que Jesús es la Verdad, y decir: «Pero resulta muy difícil concebir una unidad en la misma verdad. Nos da la impresión de que una unión de este tipo se opone a la libertad de pensamiento y a la autonomía del sujeto» (LF, 47). Francisco apela a la libertad del pensamiento, pero no apela a la libertad de la voluntad. No pone la voluntad del hombre como la causa del pecado, sino su razón humana. El pensamiento no es libre para pensar, sino que busca siempre la Verdad. Es la voluntad del hombre la que es libre y la que hace que su razón se desvíe del camino de la verdad por el pecado. Si el hombre peca, entonces oscurece su inteligencia y no puede ver la Verdad. Francisco, al apelar a la libertad del pensamiento, está declarando que cualquier pensamiento del hombre es bueno, es verdadero. Y, por tanto, es necesario subir en la perfección del pensamiento humano para quitar errores, males en la sociedad. El mal está en que el hombre piensa de forma no armónica, porque no hace caso al pensamiento del otro, que le ayuda para quitar errores.

Francisco no puede ver la soberbia en el entendimiento del hombre. No puede entender su orgullo, su querer ser autónomo, independiente, recorriendo caminos extraños en su pensamiento humano. Es el orgullo del hombre, su autonomía, lo que incita a su pensamiento humano a la mentira, a vivir en la mentira, a pensar la mentira, a querer el error. Es el orgullo del hombre el que impide ver la verdad con el pensamiento. Y el hombre, en su orgullo, esclaviza a su mente a la mentira, al error, al engaño, a la falsedad de la vida.

Y, en esta libertad del pensamiento, Francisco apela al amor: «la experiencia del amor nos dice que precisamente en el amor es posible tener una visión común, que amando aprendemos a ver la realidad con los ojos del otro, y que eso no nos empobrece, sino que enriquece nuestra mirada» (LF, 47). El amor, para Francisco, es ver lo que el otro ve, ver con los ojos del otro, pensar con las ideas del otro, construir la vida como la construye el otro. El amor lleva a una visión común, a una vida en comunidad, a un bien común, en que las ideas de todos los hombres sirven, hay que respetarlas, tolerarlas, porque son una riqueza, son algo que nos ayuda a vivir la vida, a entenderla más. El pensamiento del otro, aunque sea errado, aunque sea una herejía, enriquece nuestro pensamiento y nuestra vida y nos ayuda a encontrar una estructura de vida más acorde con todo el mundo.

Francisco anula el amor de Dios al hombre. No puede comprender que Dios ama al hombre dándole Su Voluntad Divina, Su Mente Divina, que obliga a todo hombre a cumplir unos mandamientos divinos para salvarse. En la libertad del pensamiento, Francisco anula la ley divina, la ley natural, la ley moral, cualquier ley. Y dice que cada hombre es ley para sí mismo.

Y, por eso, tiene que decir: «Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe» (Entrevista a Sacalfarri). Francisco niega que el hombre aprenda de Dios el bien y el mal. Niega la fe como escucha de la Palabra Divina. Para Francisco, el bien y el mal es escuchar la propia inteligencia humana, seguir la propia palabra humana. «El bien consiste en escuchar a Dios, poner en él la fe y guardar sus mandamientos. Esto es lo que da la vida al ser humano. En cambio el mal consiste en desobedecer a Dios, lo que lo lleva a la muerte» (San Ireneo – Contra los herejes- Libro IV: las escrituras anuncian a un solo Dios y Padre – Conocimiento del bien y del mal).

Francisco es incapaz de escuchar a Dios y de obrar la Voluntad de Dios. Y, por eso, se ha levantado en su orgullo y todo lo está destrozando en la Iglesia. Porque es un hombre sin fe católica. Es un hombre que reúne la fe de muchos hombres, lo que piensan los hombres sobre Dios, sobre Cristo, sobre la Iglesia. Pero él, en su vida, no ha conseguido tener la fe que salva, la fe que ilumina, la fe que transforma la vida y el mundo entero. Por eso, es de risa contemplar la publicidad que le dan, desde el Vaticano, la Jerarquía que lo apoya. Es patético ver cómo se esfuerzan para excusar las herejías de ese hombre y para ponerlo como un hombre de paz, de gran inteligencia, de sentido común. Cuando, en Francisco, lo que menos hay es sentido común, es inteligencia, es paz. Francisco dice locuras cada día, pone más leña al fuego con sus palabras babosas, transmite una inteligencia de hombre vulgar, plebeyo, que no le importa lo que los demás piensen, pero que se pasa la vida predicando que hay que tolerar las ideas de los demás para amarlos. Si no sabe escuchar la Verdad en los hombres, si sólo sabe escuchar las verdades que tiene en su mente humana, si sólo sabe dar oídos a aquellos hombres que le dice lo que él quiere escuchar, entonces es claro su orgullo en su falsa humildad. Se reviste con la carne de la humildad, para ser arrogante con los hombres que sólo quieren la Verdad, que es Cristo, y que no les interesan las fábulas que se inventa Francisco en la Iglesia.

Pocos saben leer a Francisco. Todos adoran su estupidez mental, su locura en sus palabras y su vida de lujuria con todos los hombres.

La Iglesia, hoy, es sólo una casa vacía del Espíritu de Dios

Jesus Rey

El obispo de Saltillo, Mons. Raúl Vera, bautizó el 25 de mayo del 2014 a la hija adoptiva de dos lesbianas en la iglesia San Francisco de Asís de la ciudad de Monclova (ver noticia).

Charles Scicluna, obispo auxiliar de la Iglesia Católica en Malta, acudió el 18 de mayo del 2014 a un evento realizado por la organización Dracma, un colectivo católico de personas LGTB, con motivo del Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia (ver noticia).

“Es necesario dialogar sobre los derechos de vida común entre las personas del mismo sexo, que deciden vivir juntas. Ellas necesitan de un amparo legal en la sociedad (…) Ella (la Iglesia) no es la misma a través de los tiempos. Teniendo el Evangelio como fuerza iluminadora de su actuar, la Iglesia busca respuestas para el tiempo presente (…) La Iglesia siempre busca leer las señales de los tiempos, para ver lo que se debe o no cambiar. Las verdades de fe no cambian (….)” (Secretario general de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, Leonardo Steiner, en una entrevista publicada el 22 de mayo 2014 en el diario O Globo).

La Fe es invisible, no está hecha de materia, pero se materializa en las Obras Santas.

La Fe no es un derecho natural de la persona y, por eso, no se puede bautizar a una hija adoptiva de dos lesbianas, porque es necesario hacer una obra santa, no una obra natural.

Y toda obra santa es movida por un amor santo, sagrado, celestial, divino. Una obra natural sólo con el amor del hombre, con el amor de su carne y de su sangre, con el amor de sus sentimientos humanos, se lleva a cabo.

Pocos hay que comprenden que no se puede realizar ese bautismo porque no hay fe en las dos lesbianas. Y el niño no tiene derecho natural a ser bautizado. Al niño se le bautiza por la fe de sus papás, por razón de esa fe, por la obra santa que sus papás hacen en el matrimonio.

Es claro, que dos lesbianas, unidas en la carne, su obra es carnal, no es santa. Es claro, que esas dos lesbianas no van a educar en la fe a esa niña, porque no tienen la fe católica. Tendrán su fe inventada, su fe de muchas cosas, su fe humana; pero no la fe que lleva a hacer una obra santa. Si la tuvieran, dejarían su pecado, su abominación, y vivirían de otra manera, agradable a la Voluntad de Dios.

La Iglesia es clara en este punto: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús [Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios» (SAN FELIX m, 526-530 II – CONCILIO DE ORANGE, 529 (en la Galia)- Confirmado por Bonifacio II (contra los semipelagianos) – Sobre el pecado original, la gracia, la predestinación – Can. 5).

En esa niña no está el inicio de la fe, sino en sus papás. Y las dos lesbianas no tienen fe, no son el inicio de la fe para esa niña, porque viven su abominación, delante de todos, encumbrando su pecado, justificándolo y haciendo que la Iglesia sucumba ante su pecado.

Las dos lesbianas son enemigas de la fe católica, de los dogmas apostólicos, que dice que un matrimonio es entre un hombre y una mujer. Y, por tanto, si no se da eso, es imposible el bautizo de ningún hijo adoptado en una unión abominable, como la homosexual.

La fe no es algo natural. Si eso se dijera, entonces todo el mundo pertenecería a la Iglesia Católica. Y las dos lesbianas no pertenecen a la Iglesia Católica, porque no practican la fe católica, sino su fe humana, demoníaca.

Este punto, muchos no saben discernirlo. Y es fundamental.

La Fe es una luz interior, que se da en el corazón, y que aclara el intelecto, da claridad, inteligencia, conocimiento; y lleva, mueve, induce a razonar como lo hace Dios.

El que tiene Fe posee la Mente de Cristo, piensa como lo hace Cristo, ve las cosas como las ve Cristo. Y, por tanto, -como la idea lleva al acto-, si se piensa como Cristo lo hace, se obra como Cristo, se imita a Cristo en sus obras; el alma se va transformando en otro Cristo.

Por tanto, el que tiene Fe en Cristo, custodia la sacralidad de la Iglesia, custodia la liturgia de la Iglesia, guarda en todo la doctrina de Cristo en Ella.

Se es católico, sólo y exclusivamente, si se es practicante, es decir, se si pone en práctica la fe católica.

Muchos comulgan, se confiesan, celebran misas, administran sacramentos, predican, y lo hacen todo sin la fe católica, movidos por sus amores, pero no por el amor de Cristo, que es el amor de la Gracia.

No hay nada peor que un Católico no practicante, como es Francisco, como son los muchos tibios en su vida espiritual. Un Católico no practicante no es Católico. Tiene la apariencia de que pertenece a la Iglesia, porque tiene un bautismo o porque recibe o administra un sacramento, o porque se viste de talar.

El Católico es el que practica la fe católica, no es el que comulga y demás. Es el que tiene la Mente de Cristo y la obra en la Iglesia.

El Católico no practicante es el que se mueve en la Iglesia con su fe inventada, con sus obras de su cabeza humana, que le llevan a realizar siempre una obra para el demonio.

Sólo el que es de Cristo, hace las obras de Cristo. Los demás, hacen muchas cosas para sí mismos y para el demonio, dentro de la Iglesia.

Los católicos no practicantes son los tibios, y a éstos el Señor los vomita de su boca. Los hijos de Dios no son como los hijos de los hombres. Sólo en ellos el Espíritu Santo actúa en sus vidas. En los hijos de los hombres, al ser movidos por su amor humano, impiden que Dios pueda mover sus corazones hacia el bien divino. Y sólo realizan sus obras humanas, en su vida y en la Iglesia.

Hoy se vive esta idea, en todo el mundo: «Vivo mi verdad, la verdad que nace de la libertad del ser, del sentir, del experimentar». Es decir, que cada hombre es su propio maestro en la vida, su mejor maestro; que nadie tiene la verdad absoluta, porque la verdad es una tierra sin caminos, una vida sin norte, una existencia sin luz; que hay que vivir la vida según se sienta, se vibre, se intuya; que hay que creer en uno mismo, hay que autoconocerse para encontrar en uno mismo el camino correcto de la vida.

Se vive este culto a sí mismo, a la propia inteligencia del hombre, creyendo que el intelecto humano es libre. Este es el error. Sólo la Voluntad de la persona es libre; su entendimiento no es libre, sino que persigue constantemente la verdad.

Dios ha hecho bien al hombre: le ha puesto una inteligencia que busca sólo la verdad, que hasta que no entiende la verdad, el hombre sigue buscando. No se para en el camino. Y, por tanto, todo hombre ve la verdad. Todos. El problema está en la voluntad libre del hombre. Viendo la verdad, el hombre elige seguir la mentira, el pecado.

Por eso, cuando los hombres predican que tienen que vivir su verdad, están predicando un error. Porque aquel que ve la Verdad con su entendimiento humano la tiene que vivir, si su voluntad está libre de pecado. No se vive lo que ve el intelecto del hombre, porque éste peca con su voluntad. Quien dice: tengo que vivir mi verdad, está diciendo que vive su mentira. Porque, con su entendimiento humano ve la verdad, pero con su voluntad humana elige la mentira.

Todo homosexual, toda persona lesbiana, todo pecador que haya hecho de su pecado una vida, un camino, una verdad, una virtud, un bien, sólo vive su mentira en la vida. Una mentira que ha elegido, sabiendo que es una mentira, sabiendo que no es la verdad. Y lo sabe por su conciencia, que es el sagrario del hombre.

Todo aquel que no tiene fe, que vive su abominación: ser homosexual, ser lesbiana; tiene su entendimiento oscurecido por su pecado. La fe da claridad al intelecto humano; no vivir la fe da oscuridad. El pecado ciega el entendimiento del hombre para que no busque la verdad, para que no se mueva hacia la verdad. Y, en el pecado, el hombre oscurecido sabe que vive mal por su conciencia, que es la voz de Dios, que le dice que vive mal, que obra mal.

Por tanto, decir: «Es necesario dialogar sobre los derechos de vida común entre las personas del mismo sexo, que deciden vivir juntas. Ellas necesitan de un amparo legal en la sociedad», es aprobar, por parte de la Iglesia, la vida de pecado de los homosexuales. Es decir, que lo que en el mundo, en la sociedad se aprueba, también la Iglesia está de acuerdo. Hay que luchar para que los homosexuales católicos puedan vivir bien en el mundo, que tengan sus leyes para que puedan seguir en su pecado de abominación.

Y esto se dice porque la Jerarquía ha perdido la fe católica y, por lo tanto, permanece en la Iglesia con el entendimiento oscurecido, por su pecado. Y, con esa inteligencia sin luz, sin verdad, guía a los demás hacia la oscuridad del pecado. No son caminos de salvación de las almas, sino de condenación. Luchan por una mentira, pero no luchan por la Verdad. Luchan para dejar a los hombres en sus pecados, en sus gustos en la vida, en sus inteligencias de la vida. Pero no luchan para demostrar la mentira de sus vidas. Aprueban sus vidas de mentira y meten más a esas almas en la oscuridad de su entendimiento humano. Ya no viven persiguiendo la Verdad, que los libera, sino la mentira, que los esclaviza. Se hace dogma el pecado.

Esta es la maldad que vemos en la Iglesia, desde que Francisco se sentó en la Silla que no le corresponde.

«La Iglesia siempre busca leer las señales de los tiempos, para ver lo que se debe o no cambiar. Las verdades de fe no cambian». La fe no cambia, pero la forma de vivir la fe es lo que cambia. Ésta es la contradicción de esta Jerarquía.

Existe Dios, pero vamos a ver los caminos, las formas, para dar culto a Dios. Existe un único Dios, pero todos los caminos llevan al mismo destino: Dios.

Existe la Eucaristía, pero, como los tiempos han cambiado, entonces reformemos los ritos litúrgicos, las leyes eclesiásticas, para dar la comunión también a las personas malcasadas y a todo el mundo.

Existe el Bautismo, pero ¿por qué no bautizar a niños de matrimonios homosexuales?

Se está rebajando lo divino, lo sagrado, lo santo, a lo profano. Se está igualando a Dios con el pecado. Se equipara a Dios a las otras religiones, iglesia, sectas. Todos tienen derechos naturales de tener su dios, su culto a dios, su verdad en sus vidas.

Y la fe no es de derecho natural al hombre. La fe es un don de Dios, que el hombre no merece nunca. Y hoy se quiere dar al hombre sus derechos naturales anulando los derechos divinos, sobrenaturales.

La Iglesia hoy es sólo una casa vacía del Espíritu de Dios. Y eso la hace estéril, sin posibilidad de dar los frutos que Dios quiere en las almas.

La Jerarquía de la Iglesia está persiguiendo un plan mortal, contrario a la Obra de la Redención. Y lo persigue en nombre de los hombres, de sus ideas humanas, de sus inteligencias oscurecidas por su pecado.

En nombre de la libertad: el hombre quiere ser libre para existir, para elegir, para sentir, para unirse con cualquiera, para proclamar su dios como lo concibe en su loca cabeza humana, para vivir su vida mostrando a todos los hombres sus vergüenzas.

La Jerarquía, en nombre de la libertad,-no en nombre de la verdad, que es Cristo-, en nombre del Ecumenismo, de la reunión de todos los hombres libres para hacer lo que les da la gana, en nombre de un pensamiento humano; quiere proclamar que el hombre puede pecar por derecho divino, por ley divina. Quiere poner la inteligencia del hombre, que está oscurecida por su gran pecado de soberbia, como el camino hacia Dios.

Cada hombre, en su inteligencia, tiene su verdad; y esa verdad le conduce a Dios. Y, por tanto, hay que apoyar las uniones homosexuales en el mundo. Hay que apoyar la verdad que cada hombre tiene en su mente humana. Hay que apoyar la vida de pecado, el camino hacia esa vida pecaminosa.

Ya no hay que apoyar a Cristo, la Verdad, su doctrina en la Iglesia. Ya Cristo no es el camino. Es tu pecado, el camino de tu vida. Ahora, es necesario cambiar esa doctrina, porque cada hombre es dios para sí mismo. Cada hombre es un cristo. Cristo es el maestro de vida interior. Ya cristo no es Dios, sino un hombre perfecto que supo entenderse a sí mismo y construir una iglesia para reunir a todos los hombres perfectos en su inteligencia humana.

Esta es la herejía que viene ahora a toda la Iglesia. Y es lo que se observa en esas noticias.

Y, muchos no verán la maldad de esta Jerarquía, porque son tibios: están en la Iglesia con un intelecto oscurecido por su pecado y viviendo lo que a ellos les parece bien y mal.

La Fe sólo proviene de la escucha de la Palabra de Dios y sólo madura con la escucha de la Palabra de Dios. Cuando la Iglesia se pone a dialogar con la fe, con la verdad, se acaba por perder toda la fe. Se acaba destruyendo la Iglesia.

En la Iglesia no se dialoga con la verdad, sino que se cree en Ella. Y sólo los humildes de corazón, los que ponen su inteligencia humana en el suelo, los que pisotean su orgullo, tienen fe, obran lo santo dentro de la Iglesia. Los demás, obran sus soberbias, sus pecados.

Francisco: un hombre que no quiere salvarse

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

«¿Y quien es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el Anticristo, que niega a la vez al Padre y al Hijo». (1 Jn 2, 23).

Francisco es el mentiroso, porque niega que Jesús sea el Mesías prometido por la Santísima Trinidad:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». ( Entrevista a Francisco del fundador del periódico “la repubblica”).

Sólo por decir esta frase, lo que hace Francisco en la Iglesia Católica es NULO.

Nula su elección a la Silla de Pedro; nulas sus predicaciones, sus enseñanzas desde esa Silla; nulas sus obras en la Iglesia, porque todo aquel que niega al Padre y al Hijo es el anticristo.

Si Francisco no cree en un Dios católico, es más dice que no existe un Dios católico, entonces no cree en el Padre, que engendra a Su Hijo, y no cree en el Hijo, que es engendrado por Su Padre. Y, por tanto, no cree que el Hijo se encarnó para ser el Redentor de los hombres. Francisco cree en un dios al que llama Padre, y en un Jesús, al que llama la encarnación de ese dios. Y dice que la Iglesia Católica se ha inventado eso de un Dios católico. Y, ahora, hay que pensar como piensa Francisco a Dios. Ahora, la moda es no creer en un Dios católico. Ahora, esa es la cultura como hay que interpretar el Evangelio: según el concepto de dios que tiene Francisco en su cabeza. Según la fábula de ese hombre, así tiene que ser el culto a Dios en la Iglesia Católica.

Sólo por esto, no hay obediencia a Francisco. ¡Sólo por esto! No se puede obedecer a uno que ni cree en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. No se puede obedecer a un hombre que niega la enseñanza de la Iglesia sobre Dios.

«Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados,ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios (…)» (símbolo Quicumque vult).

Francisco no quiere salvarse, porque no profesa la fe católica, sino su fe humana, su fe masónica, su fe comunista, su fe idólatra.

Un hombre que cree en dios, pero no en el Dios católico, en el Dios que enseña la fe católica, lo está negando TODO en la Iglesia.

Un hombre que no profesa la fe católica, ni se salva ni puede salvar a los demás.

No se puede obedecer a un hombre que da culto a su mente humana. Y, en ese mente humana, ha construido un dios para él mismo.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿para qué os sirve tanta teología si tenéis una venda en los ojos para no ver la Verdad?

Francisco, al decir que no cree en un Dios católico, ¿está actuando con la autoridad de Cristo en la Iglesia? ¿Le ha dado Cristo poder a Francisco para decir: Yo creo en Dios, no en un Dios católico? ¿Le ha dado Cristo a Francisco autoridad en Su Iglesia para enseñar lo que hay en su mente: no existe un Dios católico, existe Dios?

La respuesta es clara: Francisco no tiene ese poder de Cristo.

Entonces, viene la pregunta: ¿qué poder tiene Francisco para decir eso? ¿Si Cristo no se lo ha dado, quién se lo ha dado?

Respuesta: los hombres que han colocado a ese hombre en la Silla de Pedro, para que todo el mundo lo llame Papa, sin serlo. No ha sido Dios el que ha elegido a Francisco para Papa.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿por qué obedecéis a uno que no es Papa? ¿Por qué la obediencia a un hombre que no habla en nombre de Cristo ni con la autoridad de Cristo? ¿Por qué obedecéis a un hombre que no habla las mismas palabras de Cristo, sino que se inventa el Evangelio según está en su cabeza?

Respuesta:

«(…) pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la Verdad para volverlos a las fábulas» (2 Timoteo 4:3,4).

No queréis escuchar la verdad de siempre, sino que os inquietáis en el asiento y saltáis como gacelas cuando os presentan los dogmas, las tradiciones, las enseñanzas de siempre. Huis de la Verdad para lanzaros a vuestra mentira, que nace de vuestras mentes, y que queréis enseñarla poniendo a Cristo por testigo de vuestras soberbias. Por eso, obedecéis las fábulas de ese hombre en la Iglesia.

Mas os valiera salir de la Iglesia para enseñar vuestras herejías, que quedaros dentro de Ella, oprimiendo a los humildes de corazón, porque quieren seguir la única Verdad, que es Cristo. Al Cristo, que es «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

¿Quién se han creído los teólogos que es Francisco? ¿Qué hace tanta Jerarquía, que sólo están en la Iglesia tocándose el ombligo, y diciendo que, por pertenecer a la Iglesia Católica, obedecen a Francisco porque se sienta en la Silla de Pedro?

¿Se puede caer en mayor absurdo? Sí. Todavía la soberbia del hombre puede realizar mayor pecado de soberbia.

Si seguís a uno que no cree en el Dios católico, tampoco vosotros creéis en el Dios católico. Seguís la fábula de un hombre sobre Dios; ya no seguís el Evangelio que enseña que Dios es católico. Dios es como lo enseña la Tradición, el Magisterio auténtico de la Iglesia, la Palabra de Dios. Dios no es como lo enseña Francisco. Francisco no conoce a Dios, ¿cómo va a guiar a la Iglesia hacia la Voluntad de Dios? Francisco no ama a Dios, ¿cómo va a amar a los hombres si no sabe darles la Voluntad de Dios?

Por eso, ahora, os acomodáis para seguír una fábula y declaráis obediencia a uno que cuenta cuentos en la Iglesia. ¡Esto sí que es absurdo! Y arremetéis contra aquellos que no obedecen a Francisco. ¡Más absurdo todavía!

La verdad es mentira, y la mentira es la verdad. Es lo que mucha Jerarquía está predicando en la Iglesia, está enseñando en la Iglesia.

Francisco no soporta la sana doctrina:

«No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

Son sus mismas palabras: es imposible ver el aborto como siempre, ver el matrimonio homosexual como siempre, ver el uso de los anticonceptivos como siempre.

¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿Todavía queréis pensar el aborto como un crimen social, pero no como una ofensa a Dios que exige la excomunión? ¿Todavía pensáis que no hay que juzgar al homosexual, porque es libre de vivir como le da la gana, según el invento de su mente humana, y no juzgarlo como lo juzga Dios: abominación? ¿Todavía os gusta pensar que la crisis de los matrimonios no es debido al uso de los anticonceptivos, sino a la opresión que la Iglesia hace a las pobres familias que tienen muchos hijos y que ya no aguantan más, y hay que procurarles el placer del pecado sin el remordimiento de la conciencia?

No podemos seguir insistiendo en el pecado como ofensa a Dios y, por tanto, ahora hay que meter la fábula del pecado como un mal que cada hombre se inventa en su bella cabeza humana, y que debe ser quitado atendiendo sólo a la mente del hombre. Veamos en la Iglesia otros caminos para dar un gusto a la gente en su vida humana. Salvemos a los hombres enseñándoles a pecar.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

«Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no solo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

¿Se puede obedecer a un hombre que no cree que en la Iglesia Católica está toda la Verdad? No; no se puede. Las demás iglesias son del demonio. Y si quieren salvarse, tienen que dejar sus pecados, porque la única Verdad que salva sólo la pueden encontrar en la Iglesia Católica.

Un hombre que enseña que en los judíos, en los musulmanes, en los ortodoxos, en los budistas, el Espíritu siembra la Verdad, eso no sólo es una herejía, no sólo es un cisma, sino una provocación a toda la Iglesia Católica.

Aquí estoy yo, como Papa, como Obispo de Roma, como el que se sienta en la Silla de Pedro, para que comprendáis que la Verdad también la poseen las demás iglesias. Hay que enseñar que Dios perdona todo pecado, porque ya no existe el pecado. Hay que enseñar a ser tiernos con la gente, a darles cariñitos, a ser amables con todo el mundo, porque todo el mundo es buenísimo.

Y, ante esto de Francisco, sólo queda una cosa:

«(…) no os mezcléis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal ni comer» (1 Cor 5, 11).

No estamos en la Iglesia para obedecer a un idólatra, como es Francisco. No hay unión con él, no hay obediencia a él, no hay ni siquiera respeto porque se siente en la Silla de Pedro, porque es un ladrón de esa Silla.

En la Iglesia, no estamos para ver qué cosa hace Francisco: ni comer con él. Ni alimentarnos de su palabra. Vomitar su palabra. Anular su palabra. Condenar su palabra. Escupirle a su rostro su misma palabra.

En la Iglesia Católica estamos para negar a Francisco, para tumbarle sus enseñanzas del demonio, para poner un camino de salvación a todo aquel que busca la Verdad y sólo la Verdad en la Iglesia Católica.

Porque «el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30). Francisco no está con Cristo, sino contra Él y, por tanto, sus obras son para la condenación de muchas almas dentro de la Iglesia y fuera de Ella. Está desparramando la Gracia de Cristo, la está inutilizando, la está anulando. Y eso es muy grave dentro de la Iglesia Católica para estar pidiendo obediencia a Francisco.

Es hora de no obedecer a Francisco ni a ningún Obispo que apoye a Francisco.

En la Iglesia Católica hay que tener las cosas claras:

La Iglesia está donde está el Papa. La Iglesia es si hay un Papa.

Por tanto, la Iglesia no está en Francisco, porque no es Papa, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de Cristo. No es nada en la Iglesia Católica, porque no sigue la fe católica. Sigue su fe y se condenará por seguir esa fe. Y el Católico, si quiere salvarse, tiene que seguir al verdadero Papa: Benedicto XVI. Hasta que muera, en él está la Iglesia.

Y al verdadero Católico le trae sin cuidado que ese Papa haya renunciado, porque para Dios no hay tal renuncia. Y, aunque Benedicto XVI, no haga nada por la Iglesia y se dedique a otras cosas, sigue siendo el Papa; sigue estando en él todo el Papado. Porque se es Papa hasta la muerte. ¡Y ay de aquel que toque a Su Ungido!

Que un idólatra, como Francisco, no engañe a las almas en la Iglesia. Que se vaya a su ciudad, a su pueblo, a seguir su iglesia como le dé la gana. Que renuncie al cargo que otros le han encomendado hacer si quiere salvar su vida.

Pero, mientras siga en ese cargo, con Francisco ni comer, ni un saludo, ni sentarse a mirar qué cosa hace con todos los demás. A Francisco hay que humillarlo hasta que se le asomen las vergüenzas en su cara.

Francisco es un gran castigo para toda la Iglesia. Es una maldición. Y más le valiera morirse antes de que el Señor venga sobre su vida:

«(…) y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen, mejor le sería que le echasen al cuello una muela asnal y le arrojasen al mar» (Mc 9, 42).

Cuando no se busca la verdad de la vida, el sentido de la vida, es mejor morir, porque se vive para condenarse. Y es preferible morir antes de cometer el pecado contra el Espíritu Santo, del cual no hay perdón. Un hombre que decide acabar su vida porque ha vivido de espaldas a la fe católica, un hombre que entiende eso, entonces tiene posibilidad de convertirse, antes de morir. Pero un hombre que no ha comprendido su pecado y que quiere seguir viviendo para continuar pecando, entonces llega a la perfección de su pecado, donde ya no hay salvación.

Por eso, Francisco: vete de la Iglesia, renuncia al gobierno en la Silla de Pedro, para poder salvarte. Si te empeñas en seguir, tu condenación es clara y segura.

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