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No hace falta la fe para casarse válidamente

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«Entre las circunstancias que pueden consentir tratar la causa de nulidad matrimonial por medio del proceso más breve según los cánones 1683-1687, se encuentran por ejemplo: la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad, la brevedad de la convivencia conyugal, el aborto procurado para impedir la procreación, la obstinada permanencia en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior, el ocultamiento doloso de la esterilidad o de una grave enfermedad contagiosa o de hijos nacidos de una precedente relación o de un encarcelamiento, una causa matrimonial del todo extraña a la vida conyugal o consistente en la gravidez imprevista de la mujer, la violencia física infligida para obligar el consentimiento, la falta de uso de razón comprobada por documentos médicos, etc…» (Art. 14§1).

El Sacramento del Matrimonio causa la gracia, es decir, comunica “per se” (por sí mismo) el ser de la gracia al hombre y a la mujer, que se unen en matrimonio.

No hace falta la fe, ni del varón ni de la mujer, para casarse. La fe no es un pre-requisito para que el Sacramento actúe.

Sin embargo, hace falta la fe para que el alma pueda recibir esa gracia, tenga disposición en su alma para recibir la gracia ya dada en el Sacramento.

Una cosa es la gracia que comunica el Sacramento; otra es la disposición del alma, que por su pecado o falta de fe, pone un óbice, un obstáculo para recibir en el alma la gracia que ya se ha dado en el Sacramento.

El pecado o la falta de fe no impide que el Sacramento haga su función: comunicar el ser de la gracia. Impide, por el contrario, que el alma tenga esa gracia en su interior y pueda vivir la vida divina en el matrimonio.

Por lo tanto, legislar que entre las circunstancias que pueden anular un matrimonio está la falta de fe es un error en la fe. Gravísimo error.

Porque el impedimento que anula un matrimonio es el error en la mente, no la falta de fe. Hay que discernir el error para ver si afecta a la esencia del contrato matrimonial o al objeto del contrato matrimonial, que es la misma persona.

Hay que legislar sobre el error, no sobre la falta de fe.

Legislar «la falta de fe que puede generar la simulación del consentimiento o el error que determina la voluntad» es anular el impedimento del error en el matrimonio.

Se centra en la falta de fe que, “per accidens”, puede viciar el consentimiento. Pero no se centra en si hubo, antes del matrimonio, un error que impidiera el contrato matrimonial.

Si no existe error en cuanto a la naturaleza de lo que es el matrimonio y en cuanto a la persona, con la cual se contrae matrimonio, entonces siempre el matrimonio es válido.

El valor del Sacramento del Matrimonio no depende “per se” de la fe los contrayentes. Sólo depende “per accidens”.

Aquella persona que no crea en nada en absoluto, el Sacramento que realiza es válido por sí mismo. Porque el que se casa no obra como causa principal en el Sacramento. No es por su propia fe cómo Cristo da el ser de la gracia del Sacramento. Ni es por su falta de fe cómo Cristo niega el ser de la gracia del Sacramento. El Sacramento es obra de Cristo mismo, no de la fe de la persona.

Por eso, formalmente, no influye la falta de fe para la validez de un matrimonio. Puede influir “per accidens”, indirectamente, viciando la intención de la voluntad o la forma del matrimonio (=la libre aceptación del otro).

Cuando se da un error en la mente, que tuerce la intención de querer ese contrato matrimonial como lo quiere Cristo o la Iglesia, o que se niega a aceptar la voluntad de la otra persona como parte del contrato matrimonial, entonces no puede haber matrimonio.

Aquel que se case ignorando el derecho al cuerpo, o que piense que el matrimonio sea soluble, se casa válidamente, si su pensamiento no influye ni en la libre aceptación de la otra persona, ni en la intención de su voluntad de casarse. Él quiere casarse, aunque ignore todo lo demás.

Pero aquel que tuerza su voluntad por su incredulidad, entonces se casa inválidamente. Tiene el impedimento de un error sustancial.

Una cosa es la voluntad de casarse, la intención; y otra el error, la ignorancia, la duda.

Por derecho divino, no hace falta la fe para casarse, ya que el contrato matrimonial es indisoluble por ley natural. Antes de Cristo, la gente se casaba naturalmente, sin la fe, y eso era indisoluble.

«En el plano teológico, la relación entre la fe y el matrimonio tiene un significado más profundo. El vínculo esponsal, aunque sea realidad natural entre los bautizados, fue elevado por Cristo a la dignidad de sacramento. El pacto indisoluble entre hombre y mujer no requiere, a los fines de la sacramentalidad, la fe personal de los contrayentes. Lo que si se pide como condición mínima necesaria es la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Y si bien es importante no confundir el problema de la intención con el de la fe personal de los contrayentes, no es posible separarlos totalmente. Como hacía notar la Comisión Teológica Internacional en un documento de 1977, “En el caso en el que no se advierta ningún rastro de fe en cuanto tal (en el sentido del término “creencia” disposición a creer) ni algún deseo de la gracia y de la salvación, se pone en el problema de saber en realidad si la intención general de la que hemos hablado es verdaderamente sacramental, está presente o no, y si el matrimonio ha sido contraído válidamente o no”». (La dottrina cattolica sul sacramento del matrimonio [1977], 2.3: Documenti 1969-2004, vol. 13, Bolonia 2006, p. 145). (Alocuciones a la Rota – 2003 – Benedicto XVI).

En el matrimonio todo gira en la voluntad de la persona. Aquí está la clave de la validez de un matrimonio, en que la persona decide casarse o no, y decide o no aceptar a la otra parte con un lazo eterno.

La fe no tiene nada que ver con la validez de un matrimonio, ya que el vínculo es indisoluble por derecho natural.

Por derecho eclesiástico, la Iglesia manda que los cónyuges tengan un conocimiento básico del Sacramento del Matrimonio, porque Jesús elevó el contrato matrimonial a la gracia. Es decir, ya es una ley de la gracia que incumbe a los miembros de la Iglesia, no así a los paganos. Un miembro de la Iglesia Católica tiene que saber cómo llevar su matrimonio en la ley de la gracia, en la vida eclesial, no sólo en la ley natural y en la divina. De esta manera, con ese conocimiento, el alma queda dispuesta para recibir la gracia que el Sacramento, por sí mismo, comunica.

Pero este conocimiento de lo que es un matrimonio, como Sacramento, no es una condición sin la cual no pueda darse el matrimonio. La falta de conocimiento no es un impedimento.

Una persona que tenga en su mente el error de que el matrimonio es soluble, pero acepta el deseo que tiene la otra persona de casarse para siempre, de forma indisoluble, entonces el matrimonio es válido, a pesar del error en su mente.

Porque el error en la mente, en este caso, no vicia el libre consentimiento de la voluntad hacia la otra persona: libremente se entrega a la otra persona, acepta su deseo, su mente de casarse para toda la vida, aunque en su mente permanezca el error. Su error en la mente no impide “per se” la gracia sacramental, porque en su voluntad acepta a la otra persona. Su falta de fe, su incredulidad, será un obstáculo en su matrimonio. Pero eso es otro problema.

Esta persona se casa válidamente, es decir, tiene la gracia del Sacramento, pero en su alma tiene un óbice, por el cual no puede obrar, en su matrimonio, con la gracia del Sacramento.

Legislar que la falta de fe es causa de anulación es un pecado gravísimo y un error en la fe.

Muchos ven este error manifiesto, claro, patente, en este documento, pero dicen: como formalmente no se ha cambiado la doctrina sobre el matrimonio, entonces no hay error en la fe en la doctrina, aunque sí en la reforma de la ley canónica.

Esta es la hipocresía de muchos sacerdotes y Obispos.

¡Un gran fariseísmo!

Si de hecho se ha cambiado la doctrina del matrimonio con estas leyes perversas en lo canónico, es que también se ha cambiado la doctrina del matrimonio en la Iglesia.

La forma ambigua que se emplea en ese documento, el cual no es infalible por más que se llame “motu proprio”, quiere hacer creer a la Iglesia Católica que la doctrina de 2000 años no ha cambiado.

Es el juego del lenguaje en el hereje Bergoglio. Habla para dar a cada uno lo que quiere escuchar. A los católicos, les dice que la doctrina no cambia. A los progresistas, les ofrece unas leyes que destruyen toda la doctrina católica sobre el Matrimonio.

Este es el juego de Bergoglio. Siempre ha sido así. Y siempre lo será. Y los católicos todavía en babia con ese hombre, con ese usurpador de la Sede de Pedro.

¡Qué poco espíritu de discernimientos tiene la Iglesia Católica!

¡Qué fácil es engañar a toda la Iglesia Católica con palabritas que se quieren escuchar!

Bergoglio presenta la anulación del Sacramento porque éste fue celebrado sin fe. Esta es la herejía principal en este documento. Y esto llevará, inevitablemente, a un número enorme de nulidades matrimoniales. Porque, es claro, en un tiempo en que brilla la fe por su ausencia, hay que poner leyes que gusten a todos esos hombres y mujeres que viven sin fe en sus matrimonios y que quieren otra cosa, precisamente, porque no creen en nada.

¡Es la jugada maestra de un hombre sin fe, como Bergoglio! ¡Todo cuanto toca es para pervertirlo, para anularlo, para destruirlo!

Con este documento, se abre verdaderamente el camino de la Gran Apostasía de la fe en millones de matrimonios.

Ahora, hay que creer para casarse. Y ¿en qué van a creer? ¿En un matrimonio indisoluble? Entonces, se seguirán casándose sin fe para poder seguir anulando su matrimonio, precisamente, por su falta de fe.

¡Qué jugada maestra de Bergoglio!

¡Cómo ha sabido engatusar a toda la Jerarquía!

No se puede legislar como causa posible de anulación «el aborto procurado para impedir la procreación».

Porque el valor del Sacramento del Matrimonio no depende “per se” del estado de gracia de los contrayentes.

El pecado mortal no anula ningún matrimonio. Para la validez el matrimonio, sólo es necesaria la unión de cuerpos, no engendrar un hijo. Ningún pecado que los cónyuges hagan durante la consumación de su matrimonio anula el matrimonio. Mucho menos, si ese aborto se da mucho después de la primera unión conyugal.

Un matrimonio consumado significa que se ha realizado el acto conyugal, no que de ese acto se haya seguido la prole. Ni que, en ese acto, se haya impedido la prole de alguna manera. Y, si en ese acto se ha concebido, el aborto que se procura es sólo un pecado de la persona, no causa de anulación del matrimonio.

Porque sólo se exige, para el matrimonio, el acto conyugal, no lo demás: no engendrar un hijo.

Por otra parte, legislar que «la brevedad de la convivencia conyugal» es causa de anulación es ignorar lo que es un matrimonio consumado. Sólo se pide a los cónyuges, para la validez de su matrimonio, unir sus cuerpos. No se pide que esa unión ni sea larga, ni sea breve.

No está ni en la calidad ni en la cantidad del acto conyugal la validez de un matrimonio. Sólo está en la unión física de los dos sexos. Si se ha conseguido esta unión para buscar una generación apta, entonces hay matrimonio. No se pide la cantidad del acto conyugal.

¿Qué tiene que ver la brevedad del acto con la validez del consentimiento o la aceptación de la otra persona?

¿Se la ama menos porque el acto conyugal fue breve?

Lo que es impedimento para la validez del matrimonio es la impotencia o la esterilidad. La impotencia impide la unión conyugal; la esterilidad altera el vínculo matrimonial.

Pero, un aborto o un acto conyugal breve no son impedimentos del matrimonio.

Un matrimonio es inválido porque ha sido contraído existiendo algún impedimento que lo dirime. Ese impedimento quedó oculto o fue desconocido en el momento del matrimonio.

Y la Iglesia ya ha declarado qué clases de impedimentos son los que anulan un matrimonio.

El impedimento es una ley que inhabilita a los hombres para contraer matrimonio; es decir, es una circunstancia que afecta a la persona, por la cual le queda como prohibida, como nula o ilícita, la celebración del matrimonio.

Por lo tanto, ni el aborto, ni la infidelidad, ni la falta de fe, ni la brevedad del acto conyugal, ni una enfermedad grave, ni la existencia de otros hijos, ni una encarcelamiento, ni un embarazo impuesto a la persona, ni la violencia hacia la otra persona, son causas para legislar.

Hay que legislar sobre los impedimentos, no sobre los efectos de los pecados o las circunstancias de la vida de cada persona.

No se puede legislar, como causa de anulación, «la obstinada permanencia en una relación extraconyugal en el momento de la boda o en un tiempo inmediatamente posterior».

Porque, lo que hace un matrimonio es la voluntad del que lo contrae, no su pecado obrado, ni antes, ni durante, ni después del matrimonio. El valor del Sacramento de un Matrimonio no depende de la santidad, ni de la honradez, ni de la justicia, ni del pecado que esa persona tenga en ese momento.

«No puede nadie, por más manchado que esté, manchar los sacramentos divinos…» (D334).

El Sacramento, por su propia naturaleza, no depende ni de la santidad de la persona ni exige esa santidad. Es independiente.

Es Cristo mismo el que obra. El poder que realiza el Sacramento es el poder de Jesucristo. No es la santidad de la persona. Y, por lo tanto, el pecado de la persona no puede anular el poder de Jesucristo. Jesús no viene a conferir su gracia a los santos, a los justos, a los inmaculados, sino a los pecadores. Sólo exige de ellos la disposición del alma para que pueda actuar ese poder.

Si la validez de un matrimonio se pusiera en la santidad de los contrayentes, entonces habría una gran incertidumbre acerca del matrimonio. Por consiguiente, legislar que un aborto o una infidelidad conyugal, ya sea antes, durante o después de celebrado el matrimonio, es causa de anulación, es hacer que todo el mundo se divorcie. Es anular el Sacramento del Matrimonio. Es hacerlo depender sólo de los males o circunstancias de la vida.

El que se casa pecando, al mismo tiempo, con otra persona, obtiene la gracia del Sacramento, pero no la puede recibir en su alma por el óbice de su pecado. Cristo actúa en el Sacramento del Matrimonio, pero la gracia no actúa en el alma del que contrae matrimonio en estado de pecado mortal.

Además, el vínculo matrimonial que se da entre las dos personas que se casan, excluye una tercera persona. Y, por más unión carnal que esa persona que se casa tenga con otra, antes, durante o después del matrimonio, eso ni impide el verdadero matrimonio, ni anula el vínculo matrimonial.

Lo que impide un matrimonio es la existencia de otro matrimonio, no de una unión carnal o situación de pecado.

El vínculo matrimonial es intrínsecamente indisoluble; y, por lo tanto, no puede disolverse ni siquiera por adulterio del cónyuge.

¿Desde cuándo hace falta para casarse válidamente ser santos o tener un conocimiento altísimo sobre lo que es el matrimonio?

Esta reforma de las leyes canónicas cambia la naturaleza misma del contrato matrimonial porque se legisla sobre los problemas de la vida, sobre los males, las circunstancias, no sobre los impedimentos del matrimonio.

No se centra en lo que hizo la persona con su voluntad, con su intención. Y este es el error más garrafal.

Todo el problema del matrimonio está en la libre voluntad de la persona, con la cual se acepta o no a la otra persona. Por eso, hay muy pocos matrimonios inválidos, porque casi todos se casan bien, dando su voluntad al otro, que es lo que hace válido el contrato matrimonial.

Esta reforma destruye esta esencia: la intención que tiene la persona al casarse. Y sólo se centra en lo exterior de los problemas de la vida.

En esta reforma se ve, con nitidez, la destrucción del matrimonio. Son leyes eclesiásticas para eso.

No son leyes que salvan la integridad del vínculo matrimonial, que sólo está en la intención de los contrayentes, sino que están a favor de la nulidad.

No se puede legislar con un etcétera: esto es burlarse de todo el mundo y abrir la puerta para el libre albedrío. La excusa que quieran dar para anular su matrimonio.

¡Qué bufón del Anticristo es Bergoglio!

¡Cómo se ríe de todo el mundo católico!

Y lo peor es que ese mundo católico se ríe junto con él, aplaudiendo sus burlas, obedeciendo su estúpida mente humana, y dándole una autoridad en la Iglesia que no tiene ni merece.

¡Pobre Iglesia Católica!

¡Sus días están contados!

Y aquel que no salga de Roma, después del desastre que va a ocurrir en el Sínodo, es que vive en la más absoluta inopia, en el más absurdo de la vida, en la idiotez más grande de todas.

¡Cuánta será la Jerarquía que caiga en el Sínodo!

Así como hicieron caer al Papa Benedicto XVI, imponiéndole una renuncia que no quería, así van a hacer caer a toda la Jerarquía, imponiéndoles una doctrina que desprecian.

Y la Iglesia caerá porque Su Papa, el verdadero, el legítimo, Benedicto XVI también ha caído. Se sigue el ejemplo de la Cabeza. Se sigue su martirio. Se está con él en la Cruz de la Verdad. Y se elige a Cristo por encima de todo pensamiento humano.

 

El martirio es por fe y por caridad, no por el nombre de cristianos

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«Sé que Vuestra Santidad sufre profundamente por las atrocidades de las que son víctimas sus amados fieles, asesinados sólo por el hecho de seguir a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. […] No hay ninguna diferencia en que las víctimas sean católicos, coptos, ortodoxos o protestantes. ¡Su sangre es la misma en su confesión de Cristo! La sangre de nuestros hermanos y de nuestras hermanas cristianos es un testimonio que grita para hacerse escuchar por todos los que todavía saben distinguir el bien del mal». (Mensaje al patriarca de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía, 21 de abril de 2015).

Su sangre es la misma: esta es la herejía del ecumenismo de sangre. Una misma sangre.

Mártir significa testigo: «y seréis Mis Testigos» (Act 1, 8c). El mártir da testimonio de la fe en Cristo: es testigo de Cristo, es testigo de la Palabra de Dios, es testigo de la obra de Dios, que es la Iglesia. El mártir no es el que derrama su sangre, sino el que hace un acto de fe y de fortaleza en Cristo cuando derrama su sangre.

Todo el problema del mártir está en su fe. ¿Cuál es la fe que profesa el hombre que muere con un sufrimiento que es un tormento mortal? Porque «la madre del martirio es la fe católica, que atletas ilustres rubricaron con su sangre» (San Máximo Tuarinense, Sermones, serm 88: ML 57, 708).

La madre del martirio, lo que engendra el martirio es la fe católica. Es una gracia que el alma merece por su fe, por la perseverancia en la fe, por la fidelidad a la fe.

El católico, el copto, el ortodoxo, el protestante, el budista, el judío, cuando mueren atrozmente, a manos de sus enemigos, ¿mueren con la fe católica o con qué tipo de fe mueren?

No es la sangre lo que hace un martirio: es la fe católica lo que hace un martirio. Aquellas almas que derraman su sangre en la misma confesión católica de Cristo, entonces son mártires.

Se necesita la confesión católica, la fe católica.

Bergoglio niega esto: ¡Su sangre es la misma en su confesión de Cristo! Todo el mundo confiesa a Cristo, de una manera o de otra. Pero son pocos los que tienen la fe católica. FE CATOLICA. CONFESION CATOLICA.

Ni siquiera los católicos actuales poseen la fe católica. Muchos no saben lo que supone y exige esta fe católica.

Para salvarse se requiere no cualquier fe divina, sino la fe divina y católica, en la cual el alma da adhesión a todas las verdades reveladas, que están en la Sagrada Escritura, y que la Iglesia ha declarado como tales, estableciendo así los dogmas, que son el Magisterio infalible y auténtico de la Iglesia, que es un Magisterio objetivamente cerrado, el cual nadie lo puede abrir, nadie lo puede tocar, nadie lo puede cambiar.

Para salvarse se requiere creer, no en cualquier dios, sino en el Dios que enseña la Iglesia Católica.

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

«Creo en el Padre Omnipotente, y en Jesucristo, Salvador nuestro, y en el Espíritu Santo Paráclito, en la Santa Iglesia, y en el perdón de los pecados» (D1)

Esta es la forma más antigua del Símbolo Apostólico: se cree en un solo Dios, que es Tres Personas distintas.

No se cree en un argumento sobre un Dios Uno y Trino. Se cree en Dios Uno y Trino.

Muchos ya no tienen esta fe divina y católica. Sólo poseen su fe humana,  que es un invento de su mente humana. Creen que Dios es muchas cosas, pero no creen «en un solo Dios, Padre Omnipotente…Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios Unigénito….y en el Espíritu Santo,…Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador, increado, que procede del Padre y recibe del Hijo…» (D13).

Bergoglio, y muchos como él, ya no creen en Dios como lo enseña la Iglesia Católica, sino en su concepto de Dios. Por tanto, ya no tienen la fe católica. Sólo están dando testimonio de su fe humana sobre Cristo, pero no de Cristo, no de la doctrina de Cristo, no de la Iglesia de Cristo. Si mueren a manos de ISIS, no son mártires, aunque digan con su boca que creen en Cristo, aunque lo confiesen con sus palabras, aunque se llamen cristianos o católicos.

Santa María Goretti, a fin de defender la castidad, para dar testimonio de su fe en la pureza, en la virginidad de Cristo, murió para ejercitar esta virtud. No es mártir el que es matado por motivos políticos o por otra causa. Es mártir el que muere con un tormento que se da en señal de odio contra la fe o que muere defendiendo una virtud cristiana. Pero si no se posee la fe divina y católica, no es posible morir ejercitando una virtud de Cristo. Si no se profesa la fe católica nadie te mata por odio contra la fe católica.

La fe católica y divina exige del alma la práctica de esta fe. Las demás fes no exigen del alma tal práctica. Muchos mueren, no por su fe humana, sino por otros motivos circunstanciales a su fe. Si llevarán su fe humana al límite, a la práctica, entonces no sería fe humana. Ningún hombre da la vida por otro hombre a causa de un amor humano. Todo hombre teme a la muerte. Ningún hombre quiere morir por su fe, sino que muere siempre por otro motivo distinto a su fe humana.

Muchos católicos han puesto en duda la verdad de la religión católica. Esto es un hecho que se puede constatar en todas partes. Ya no tienen certeza en su fe. Creen cualquier cosa que los hombres, que la Jerarquía les diga. Y son muchos los que han abandonado la religión católica formando sus grupos, sus asociaciones, sus iglesias, que quieren ser católicas, pero ya no poseen toda la verdad.

Desde hace 50 años está en juego la fe acerca de la verdad del magisterio de la Iglesia, de ese magisterio infalible, auténtico, intocable, objetivamente cerrado.

Muchos han perdido la credibilidad en la Iglesia, en su magisterio, por muchos motivos, y ya no pueden hacer un acto de fe divina y católica. Viven de su fe, la que su razón se inventa. Pero ya no pueden creer.

Un católico jamás puede apartarse de la fe divina y católica sin culpa alguna por su parte, porque toda defección de la fe es un pecado mortal de apostasía: «Porque quienes una vez iluminados gustaron del don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo….y cayeron en la apostasía, es imposible que sean renovados otra vez a penitencia, y de nuevo crucifiquen para sí mismo al Hijo de Dios y le expongan a la afrenta» (Heb 6, 4.6).

La apostasía pone al alma fuera de la Iglesia y en vías de condenación: «es imposible que sean renovados otra vez a penitencia».

Muchos católicos viven en esta apostasía de su fe divina y católica. No se pueden salvar porque desprecian toda la verdad. Viven sólo de sus verdades, de sus tradiciones, de sus ritos litúrgicos, de sus doctrinas. Y se hacen maestros, doctores, legistas de su fe, que es en todo falsa.

«Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, abandonar los santos preceptos que les fueron dados» (2 Pe 2, 21).

Santos preceptos: eso es la fe divina y católica. Es algo del cielo, no de la tierra. La fe no es una clase de teología. Los dogmas no son el invento de los teólogos. Es poner con palabras humanas la Verdad que Dios ha revelado en la Sagrada Escritura. Es necesario hacer eso en la economía del pecado original en que el hombre nace y muere. Todo hombre necesita de ese sustento del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para poder entender la Voluntad de Dios en su vida. De otra manera, todo se volvería confusión porque todos los hombres interpretan, a su manera, la Sagrada Escritura. Se necesita un magisterio auténtico, que diga al hombre: de esta manera hay que entender la Palabra de Dios. Por eso, todas las condenaciones, todas las herejías, todos los cismas que se han producido son sólo por no seguir este magisterio. Han seguido su interpretación de la Sagrada Escritura, y han hecho su iglesia, y creen en su concepto de cristo, con sus verdades relativas, inventándose su fe.

No de todos es la fe. Y, por lo tanto, no de todos es pertenecer a la Iglesia de Cristo. No toda la Jerarquía es la verdadera, la que permanece fiel a la doctrina de Cristo, al magisterio infalible de la Iglesia. Muchos se han vuelto lobos, traidores, engendros del demonio.

Estamos viviendo en la Iglesia con falsos católicos, con falsos sacerdotes, con falsos obispos, que ya no creen en el Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Y esa falta de credibilidad en la Iglesia produce la apostasía de la fe. Esa falta de credibilidad en la Iglesia es falta de credibilidad en Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia. ¡Muchos se inventan su falso cristo!

Quien se aparta del Magisterio infalible se aparta de la Iglesia y de Cristo. Ya no es Iglesia. Ya no es oveja de Cristo. Y vamos a llegar a la Gran Apostasía de la fe, que significa cambiar lo que no se puede cambiar, tocar lo intocable, abrir lo que está cerrado: el Magisterio auténtico e infalible.

Eso es lo que viene en el Sínodo próximo: la división en la doctrina, en el Magisterio infalible. Ahí va a iniciar la gran apostasía de la fe, comandada por los falsos católicos, que están en todas partes, no sólo en Roma. Esos falsos católicos que se saben la teología, el catecismo, el derecho canónico, la tradición, pero que la tuercen a su gusto y a su capricho.

Si no hay fe divina y católica, entonces tampoco hay caridad divina. Y no puede darse el martirio: «Si entregare mi cuerpo a las llamas y no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13, 3).

Muchos quieren dar la vida por sus amigos, pero no poseen la caridad divina. Y, por lo tanto, sus muertes no unen en la verdad.

«Para los perseguidores, nosotros no estamos divididos, no somos luteranos, ortodoxos, evangélicos, católicos… ¡No! ¡Somos uno! Para los perseguidores, somos cristianos. No les interesa otra cosa. Es el ecumenismo de la sangre que se vive hoy» (A los miembros de Asociaciones Carismáticas de Alianza, 31 de octubre de 2014).

No estamos divididos: es la gran herejía de este hombre. Todos estamos unidos en un nombre: cristianos. Somos cristianos. Y que cada cual interprete el Evangelio como quiera. Que cada cual tenga su concepto de Dios, de Cristo, de la Iglesia. Eso no interesa. Lo que interesa es el nombre vacío de cristiano.

En esto están todos los falsos católicos: siguen a Bergoglio sólo por el nombre. Como lo llaman papa, entonces hay que obedecerlo. Es el nombre lo que a muchos sólo les interesa de Bergoglio. Cuando se les dice sus herejías, no lo pueden creer. Le toman a uno por loco.

Son católicos de nombre, que sólo creen en el nombre. Ya han dejado de creer en el magisterio auténtico e infalible, que les enseña que Bergoglio no es papa, no tiene el nombre de papa. Pero esto, a ellos, ya no les interesa.

Se persiguen católicos, cristianos, ortodoxos, coptos, budistas…pero el que persigue, ¿con qué odio mata? ¿Con qué fin mata?

Hay un odio contra la fe verdadera. Y si persigue infligiendo esta señal de odio, entonces el que muere es mártir.

Pero muchos matan por diversas causas. ISIS mata a la cristiandad por muchos motivos, no todos religiosos. Le interesa políticamente matar. Quieren hacer propaganda de sus muertes. Ya la intención en matar no es el odio contra la fe, es otra cosa: la fama, la política, el dinero, la publicidad, el miedo, etc… Entonces, los que mueren no son mártires. Muchos mueren en la guerra y no son mártires. Muchos en los atentados de ISIS y no son mártires.

La unión entre los cristianos no está en el nombre de cristianos, que es lo que enseña Bergoglio: «nosotros no estamos divididos, no somos luteranos, ortodoxos, evangélicos, católicos… ¡No! ¡Somos uno!». No somos uno en el nombre de cristianos. Somos uno porque poseemos la misma caridad, el mismo amor: «La caridad es el vínculo de perfección» (Col 3, 14).

La unión entre los cristianos está en la obra de la caridad divina.

«¿Consideran que Cristo está con ellos cuando se reúnen, aquellos que lo hacen fuera de la Iglesia de Cristo? Estos hombres, aunque fuesen muertos en confesión del Nombre, su mancha no será lavada ni siquiera con la sangre vertida: el pecado grande e inexpiable de la discordia no se purga ni con suplicios. No puede ser mártir quien no está en la Iglesia: no puede lograr el Reino quien abandonó Aquélla que debe reinar. Cristo nos dio la paz. Él nos mandó ser concordes e unidos, ordenó conservar los lazos de amor y de la caridad incólumes e intactos. No puede pretender mártir aquel que no conservó la caridad fraterna». (San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, p. II, n.14 – ML 4, 510-511)

Se demuestra la perfección de la caridad, el mayor amor a una cosa, cuando por ella se desprecia lo más amado y se elige sufrir lo que más se odia.

Por amor a Cristo, por amor a la Iglesia, los mártires despreciaron su vida. Por sólo este amor. Esta es la caridad divina.

¿Qué luteranos, qué evangélicos, qué coptos,…, tienen este Amor a Cristo y a la Iglesia Católica para ser llamados mártires? Ninguno de ellos. Todos tienen el nombre de cristianos. Pero el tener el nombre de Cristo no obra el amor a Cristo: «aunque fuesen muertos en confesión del Nombre, su mancha no será lavada ni siquiera con la sangre vertida».

El amor a Cristo y a la Iglesia Católica procede de la profesión de la fe divina y católica: «No puede ser mártir quien no está en la Iglesia: no puede lograr el Reino quien abandonó Aquélla que debe reinar». Hay que estar en la Iglesia, hay que profesar la fe divina y católica.

El amor a Cristo y a Su Iglesia no viene de cualquier fe, ya humana, ya divina. Hay que creer en el Magisterio auténtico e infalible de la Iglesia para poseer la caridad divina, ese mayor amor que «lleva a dar la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Muchos mueren en la guerra, con atroces tormentos, profesando una fe en su dios…Pero no son mártires. Porque se necesita la caridad divina para sellar el martirio.

«No hay ninguna diferencia en que las víctimas sean católicos, coptos, ortodoxos o protestantes»: sí la hay, y una gran diferencia.

Ni el protestante, ni el copto, ni el ortodoxo, ni el judío,…, son de Dios, porque no son de la Iglesia Católica:

«No pueden permanecer con Dios los que no quisieron permanecer unánimes en la Iglesia de Dios…».  (San Cipriano de Cartago, De la unidad de la Iglesia, p. II, n.14 – ML 4, 510-511).

Y, por lo tanto, si mueren a manos de sus enemigos, se van al infierno:

«…y aunque consumidos por las llamas, arrojados al fuego o lanzados a las bestias, ellos perdiesen la vida, no sería una corona de fe, mas antes castigo de su perfidia, no sería la consumación gloriosa de una vida religiosa intrépida, sino un fin sin esperanza. Un individuo así puede dejarse matar, pero no puede hacerse coronar. Él se confiesa ser cristiano del mismo modo que el diablo se hace de Cristo, como el mismo Señor advierte diciendo: “Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: ‘yo soy Cristo,’ e engañarán a muchos” (Mc 13,16). Así como el diablo no es Cristo no obstante usurpe su nombre, así no puede pasar por cristiano aquel que no permanece en la verdad del Evangelio y de la Fe» (Ib).

Para ser mártir es necesario poseer la fe divina y católica: guardar el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ser de la Iglesia, que es lo que lleva a alma al mayor amor, a la caridad divina.

Todo el problema de Bergoglio es su falta de fe divina y católica. Y, por eso, cae en tantas herejías porque quiere salvar a todos con su sola palabra humana. Ha dejado el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia y se dedica a hacer su política. Y no hay manera de que hable claro cuando ISIS mata a los cristianos. Sólo llora por su ecumenismo de sangre, que es su herejía que le lleva  a levantar una falsa iglesia donde entren todos.

Y la herejía del ecumenismo de sangre nace de su falta de fe: ya no cree en Dios. Ya no cree en el Símbolo Apostólico, que es la base del magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Sin esa base, sin ese Dios, todo es un invento de su cabeza herética. Y Bergoglio sólo muestra su orgullo en el gobierno de la Iglesia. Y la gente lo sigue por su orgullo, no por la doctrina que predica. En su orgullo, Bergoglio se pone por encima de Dios, por encima del magisterio auténtico e infalible. Están siguendo a un orgulloso. Y, por lo tanto, están aprendiendo, muchos falsos católicos, a ser orgullosos, como Bergoglio. Y sólo saben decir que Bergoglio es un buen hombre que quiere unir a todos los hijos de Dios en una sola iglesia. Pero no saben hablar de sus herejías porque ya no las ven. Sólo ven el orgullo de ese hombre, que es el motor de muchos, que es lo que muchos imitan en la Iglesia: si este idiota ha podido llegar a sentarse en la Silla de Pedro, entonces seamos como él. Alcancemos los puestos grandes en la Iglesia. Busquemos el negocio en la Iglesia. Ya no importa la doctrina, sino sólo la política.

Muchos lo siguen por su sonrisa, por su cara bonita, por sus besos y abrazos a todo el mundo, porque habla con la gente, porque entiende la vida de la gente. Pero ninguno de ellos entiende lo que predica, porque ya su fe no se basa en un magisterio que no se puede cambiar. Su fe sólo es una veleta del pensamiento humano. Y así viven: defienden lo que dice ese hombre aunque suelte una estupidez. Defienden al hombre, defienden el nombre que le han puesto. Defienden el orgullo de ese hombre. Pero no son capaces de defender a Cristo en Su Iglesia, porque no viven a Cristo en sus almas. No son capaces de defender la Iglesia de un hereje, de un cismático, porque sólo buscan levantar la iglesia que esté construida por la herejía. Muchos se pasan la vida dando vueltas a lo que encuentran en sus mentes humanas. Y así construyen su vida. Y luchan por sus ideas humanas y mueren por ellas. Pero no son ni de Cristo ni de Su Iglesia. Son de ellos mismos: de sus mentes.

Es la herejía que se observa en toda la Iglesia: el culto a la mente del hombre. Y, por eso, se destroza el magisterio infalible de la Iglesia. Se destroza la vida de la Iglesia. Se destrozan muchas almas en la Iglesia.

«Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y, sus ángeles (Mt 25,41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica. (D 1351 –  Concilio de Florencia, Decreto para los Jacobitas, 4 de febrero de 1442).

Sólo se puede permanecer en el seno y en la unidad de la Iglesia Católica en la obediencia hasta la muerte al Papa legítimo y verdadero: Benedicto XVI. Sin esta obediencia, todos están en lo que vemos: ayudando a construir, a levantar, la falsa iglesia de un hombre orgulloso.

“La diferencia entre las dos formas de la Misa es muy severa”

Entrevista de gloria.tv con el Cardenal Raymond Leo Burke sobre la liturgia, el tiempo después del Concilio Vaticano II y el Sínodo de la familia.

Cambios en el Concilio Vaticano II, la gran diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Misal, el uso deshonesto del término “misericordia” durante el Sínodo para la Familia, acerca de por qué hay tan pocos cardenales mártires, y muchos otros asuntos eclesiásticos interesantes.

Fecha: 6 de diciembre del 2014

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Original inglés – gloria.tv

En polaco – gloria.tv

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Es reconfortante ver la fuerte fe y escuchar, de manera sencilla, la verdad en un Obispo de la Iglesia Católica. Sólo le falta reconocer que Bergoglio no es Papa.

Fe viva, fe muerta

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«…la verdad del entendimiento divino es inmutable. En cambio, la verdad de nuestro entendimiento es cambiable. No porque ella esté sometida a mutación, sino porque nuestro entendimiento pasa de la verdad a la falsedad»  (Sto. Tomás, parte 1, q. 16 a.8).

El pensamiento no es libre de pensar lo que se le antoje porque existe la verdad inmutable, que sólo está en la Mente de Dios. Por eso, todo hombre que se precie en su inteligencia tiene que parecer terco, dogmático e intransigente.

El hombre está hecho para pensar sólo la verdad. Y la verdad no es lo que el pensamiento piensa con más o menos evidencia subjetiva. Las cosas son como son: hay una verdad objetiva de las cosas (porque Dios las ha creado así), se da una auténtica realidad de las cosas. Y, por eso, el hombre tiene que ser dócil de espíritu, es decir, tiene que reconocer la verdad donde quiera que esté, y aunque el hombre –en su ser subjetivo- no la perciba con evidencia.

La verdad no es lo que percibe el sujeto, sino lo que se muestra a la persona.

El sujeto cambia según el cambio de su entendimiento. Siempre el hombre está pasando de una verdad a una falsedad; de una mentira a una verdad.

Por eso, el Señor ha puesto una autoridad dogmática y espiritual, que es infalible: el Papa. Es el que muestra la Verdad a todos los hombres. Una Verdad Divina, Revelada, que ningún hombre, ningún sujeto, ninguna mente humana puede cambiar. Porque la verdad no es subjetiva, ni relativa, ni opinable o dada a deliberación, sino que es absoluta, objetiva y accesible al hombre por dos caminos: la realidad de la vida y la autoridad de la revelación.

Cuando en la Silla de Pedro se sienta un hombre sin verdad, como es el caso de Bergoglio y de todo su gobierno horizontal, inmediatamente el pensamiento de los hombres se oscurece y se pierde en la mentira y en cualquier error. Y esto sucede en todas partes: dentro de la Iglesia y en el mundo entero.

Se quiere reformar la Iglesia para darle más credibilidad ante todo el mundo. Es lo que están haciendo, ahora, trastocando la Pastor Bonus, para así meter a los laicos y a las mujeres en la Curia de Roma. Hacer una nueva iglesia acorde con los nuevos tiempos. Y se pierde la verdadera credibilidad de la Iglesia: la de los santos de todos los tiempos, la de Cristo, la que enseña y gobierna con la Verdad. Y todos se engañan, porque la credibilidad no está en cambiar las estructuras de la Iglesia, sino en cambiar a las personas.

Se cambian estructuras y permanecen los mismos sujetos, que viven sus vidas en contra de la realidad misma de las cosas y de la autoridad divina. Una persona que alabe su obra de pecado es un sujeto que mueve masas -no corazones- en el mundo y en la Iglesia.

Es la Iglesia Católica la que enseña a pensar la verdad absoluta. Cuando la Iglesia comienza a enseñar la mentira, entonces el caos es total, universal e inmediato. Se pierde el realismo de la fe y el realismo de la verdad, que es el propio de la razón humana. La mente del hombre comienza a vivir una fábula, una ilusión, una noche mágica, un surrealismo, un encantamiento de la vida.

Una Jerarquía que no dogmatice la verdad revelada y, por lo tanto, que no excluya a los hombres, acaba imponiendo a todos la mentira de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías y teologías. Y es una imposición, una dictadura, que incluye a todos los hombres y que refleja en todas partes la apostasía de la fe, que conduce, inevitablemente, a la fe muerta.

San Anselmo hace una distinción entre la fe viva y la fe muerta:

«La fe viva cree en el ser en el cual debe creer1»: la fe viva es un creer en la verdad revelada. Es la fe que enseña Dios con su Autoridad. Es la fe que la Iglesia enseña con su magisterio infalible en el Papa.

«… la fe muerta cree solamente lo que debe creer»: la fe muerta es un conformarse con lo que le dicen a uno que debe creer. Es vivir en la ociosidad de la vida, en el lenguaje de los hombres. Es la fe que dictan los hombres. Es una fe sin discernimiento espiritual. Es declarar una mentira oficialmente como verdad, como ley, como norma de la vida.

La fe viva no está ociosa, porque está movida por el amor divino. Y, por eso, esa fe «se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto2».

Hay que amar la justicia: «Haz justicia y juicio, que eso es más grato a Yavé que el sacrificio» (Prov 21, 3).

Practicar la justicia: «Ofreced sacrificios de justicia y esperad en el Señor» (Salm 4, 6). Para este ofrecimiento, el hombre tiene que ser humilde en su mente: poner en el suelo su inteligencia humana. Es el mayor sacrifico que un hombre puede ofrecer a Dios. Es un sacrifico de justicia, para que se manifieste la Justicia de Dios entre los hombres. Cuando los hombres buscan sus ideas, sus filosofías, sus reformas, sólo se manifiesta la justicia de los hombres, que siempre es una injusticia, porque no puede abarcar, ni todo el bien ni todo el mal.

La fe viva busca la Justicia de Dios, porque está movida por el amor divino en el alma. Busca lo justo: no puede despreciar nada justo.

«El justo halla su gozo en practicar la justicia, en tanto que los obradores de iniquidad se espantan» (Prov 21, 15).

Admitir a Bergoglio como Papa es una injusticia, es obrar una iniquidad, es escandalizarse de la verdad. ¡Aterrador es para muchos decir que Bergoglio no es Papa! ¡Espantoso, ponen el grito en el cielo!: viven con una fe muerta.

No se puede creer en el diálogo, en la fraternidad, en la liberación de los pobres por las injusticias sociales de los ricos, en las reformas que se quieren hacer en el papado de la Iglesia…porque lo dice Bergoglio.

La Iglesia no es lo que está en la mente de un hombre. La Iglesia es la Mente de Cristo. Es decir, es la Verdad Eterna, Inmutable, útil para todos los hombres, necesaria para todos ellos, y el único camino que los lleva a la Vida.

No se puede creer allí donde no hay Verdad. Un hombre que se precie no puede conformarse con lo que le dicen que hay que pensar, obrar, creer.

Aquella persona que cree en el Papa cree en la Verdad que el Papa le ofrece, le da, le recuerda. Esto es tener una fe viva. Se cree en la Verdad. No se puede creer en un hombre ni en la mente de un hombre. No se puede conformarse con la mente de un hombre. No se puede vivir en la ociosidad que proviene de la mente de un hombre. ¡No se puede aceptar una mentira como verdad!

Un hombre que se precie en su inteligencia humana es persona, no es sujeto de la sociedad ni de la Iglesia. No se vive para un subjetivismo, sino para un personalismo.

La persona es el yo que nunca cambia en la naturaleza humana. La persona es la que decide su vida según la verdad que encuentra con su mente humana. Es algo inmutable y constante. Nadie puede cambiar a una persona. Pero todos pueden cambiar la mente de esa persona.

Cuando la persona se instala en la sociedad o en la Iglesia, se hace sujeto de esa estructura, pero no pierde su personalidad, su personalismo. Como sujeto, la persona aprehende muchas cosas que son cambiantes en su vida personal. En las estructuras sociales o religiosas o familiares, se dan muchas obras cambiantes, de acuerdo a las muchas ideas que los hombres ofrecen.

Una persona sin fe divina está expuesta a las modas, a las veleidades, a ser una veleta de cualquier pensamiento humano, un juguete de los hombres. Una persona que no esté asentada en la verdad dogmática se comporta como sujeto, en la subjetividad, en el relativismo, pero no manifiesta su persona, su verdad inmutable. No es persona, no vive su personalismo, sino su subjetivismo. Esconde su persona para seguir el pensamiento de muchos, el lenguaje variado de los hombres. Y su vida es eso: cambiante según los tiempos, según las culturas, según el progreso de los hombres.

Para dejar libre a la persona, para que se manifieste el personalismo, hay que matar en sí al sujeto: «si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga» (Lc 10, 23).

La persona tiene que seguir la Verdad con su mente y, por lo tanto, tiene que mortificar en sí misma lo que le inclina hacia la mentira, hacia el error, lo que le hace cambiar. Ser sujeto de una sociedad, de un estado, de una iglesia, dejándose llevar por lo que dicen, por lo que predican, por las leyes que imponen, es sumergir la persona en el error y llevarla hacia su autodestrucción.

«Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida»  (San José María Escrivá de Balaguer – Camino 210). Expiar los múltiples extravíos de la mente humana, que se sumerge en las diversas estructuras cambiantes. Que cambian porque las mentes de los hombres pasan de la verdad a la falsedad continuamente.

Lo que le hace cambiar al hombre, a la persona, de su ser inmutable, es su propia mente.

La mente está hecha sólo para la verdad. Pero el hombre vive en un mundo de mentira, en un mundo opuesto a la verdad, a su esencia.

Y, por eso, dice el Señor: «No améis el mundo ni lo que hay en el mundo» (1Jn 2, 15) Quien lo ama transforma su propia naturaleza humana y su propia personalidad.

Toda mentira es ir en contra de la misma esencia de la verdad. Es un pecado contra la verdad.

Todo hombre que vaya en contra de su misma naturaleza humana, se auto-degrada él mismo, se autodestruye.

Un homosexual no es persona porque va en contra de su misma naturaleza humana. Su mente, que ama el mundo, que ama el error, que ama su pecado de abominación (contra natura), sumerge a su persona en un mundo que no existe en la realidad de las cosas. Vive sin su personalidad, anclado sólo en el sujeto de su mente: en su subjetivismo, en su relativismo. Y, por eso, un homosexual no puede tener derechos: no existen en la realidad de las cosas. No existen en la Verdad Revelada por Dios.

Y toda sociedad, toda iglesia o religión que acepte a los homosexuales como personas, no puede subsistir: es un monstruo que el hombre crea como sociedad, pero que no se da en la realidad de la vida. No es una verdad que esté en Dios. Es una verdad que el hombre ha creado y que quiere proyectarla de alguna manera.

Un mundo que cambia constantemente es un mundo en busca de su propia autodestrucción. No quiere permanecer en la Verdad inmutable. Necesariamente trae la muerte a todo hombre. Por eso, tiene que venir un castigo divino a todo este mundo cambiante. Los tres días de tinieblas no andan lejos. Son necesarios para que el hombre siga siendo hombre, siga en la verdad de su naturaleza humana.

La expiación es la muerte de uno mismo3, la muerte de ese sujeto que tiende al cambio constantemente. En la expiación el hombre es hombre, adquiere el verdadero sentido de su existencia humana.

La fe no es el dictado de los hombres, sino que es la enseñanza del Espíritu a todos los hombres. Y el Espíritu es el Amor de Dios.

La fe viva es la que posee la vida del amor de Dios. Pero la fe muerta es la que carece de amor:

«… la fe ociosa no vive, porque carece de  la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad4»: muchos que se conforman con el pensamiento de Bergoglio no aman a Dios, no aman la exigencia de la verdad, que pide al alma salir de todo lo humano para poder comprender la vida de Dios.

Sólo en la expiación se llega a la vida de Dios. Ése es el camino.

Pero cuando se muestra un nuevo camino: hay que dar a los malcasados la comunión; hay que admitir a los homosexuales como hombres con derechos en la sociedad y en la Iglesia, Dios no quiere el mal, no hace justicia, no castiga, y por lo tanto, todo el mundo puede comulgar, todo el mundo puede ser bautizado, las mujeres pueden ser sacerdotes y obispas…se muestra el error, la muerte – no la vida- , la condenación eterna a los hombres.

Muchos católicos, fieles y Jerarquía, viven con una fe muerta: creen en lo que les dicen que deben creer. Y, por tanto, tienen que admitir la injusticia. Y, consecuencia, tienen que despreciar lo justo, lo santo, lo divino.

El amor es lo que vivifica la fe; no es el lenguaje de los hombres, no es la cultura del encuentro, no es el diálogo entre religiones, no es hacer obras humanas para cuidar a los niños, a los ancianos, a los pobres, al medio ambiente….

«Que amándote te encuentre, que encontrándote te ame5: la fe viva lleva en sí misma una raíz, que no pertenece a este mundo, que impulsa al alma a ver a Dios, que hace que el alma busque el rostro de Dios, se aleje de todo lo humano para estar en la Presencia de lo Eterno.

La fe viva busca al verdadero Dios y, por tanto, sólo está centrada en la Verdad que Dios manifiesta a los hombres. ¡Verdad inmutable!

Aquel que en su vida no vaya en busca de la verdad es que no busca al verdadero Dios. Busca un dios para su mente humana, para su idea de la vida, para su obra en la Iglesia. Eso es lo que Bergoglio va buscando: su dios, su cristo, su mesías, su iglesia. Eso es lo que ese hombre manifiesta cada día.

Un hombre que no busque con su inteligencia la verdad, sino el error, es un hombre insensato.

«Deseo entender de algún modo tu verdad, que cree y ama mi corazón. Y no busco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también que si no creyera, no entendería6».

El que no cree no puede entender: es insensato.

Si no se cree en la verdad que Dios revela, el hombre se ciega en su mentira, y eso le afecta en todo lo que es: en su vida y en su propia naturaleza humana.

La pérdida de la divinidad es la autodestrucción del hombre por sí mismo. La gente, hoy día, vive sin la gracia, en la desgracia de su pecado. Y la gracia es lo que diviniza al hombre. Por tanto, la gente vive en lo más absurdo de su vida: vive buscando la muerte, buscando su propia destrucción.

Un hombre que no cree en la verdad es un hombre que no levanta su mente a la contemplación de Dios, sino que pone su mente en la visión terrena de la vida. Hace como los puercos: no miran el cielo, sino las algarrobas de la tierra. Comen tierra, se alimentan de la vanidad, del orgullo de sus vidas.

El que tiene una fe viva, la verdad que encuentra con su mente, le hace ser lo que es y saber que lo es en Dios.

La fe que busca el intelecto, que busca la inteligencia de la verdad, es lo que se ha perdido en toda la Iglesia.

¡Cuántos católicos con una fe que busca la ociosidad, el conformarse con lo oficial en la Iglesia! ¡Son católicos necios, estúpidos, idiotas!

Una fe que no procura entender lo que pasa en el Vaticano es una fe muerta.

Una fe que no discierne si Bergoglio es Papa o no es Papa es una fe muerta.

Una fe que no combata las herejías que, cada día, se ofrecen desde el Vaticano, es una fe muerta.

«El insensato dijo en su corazón: no hay Dios» (Sal 14, 1): Bergoglio niega a Dios. Y esto no es sólo una pura idea, un lenguaje que se dice. Lo niega en su corazón. Por eso, se ha vuelto un impío, un hombre insensato, es decir, sin inteligencia, sin mente, sin razón, sin sentido de lo divino.

Y, por eso, Bergoglio, carece de toda prudencia en el hablar: habla como un enajenado, como un hombre fuera de sí. Es Obispo y habla fuera de su ser de Obispo. No habla como Obispo. Mucho menos como Papa.

Es un loco que se viste de Obispo y de Papa.

Un hombre cuerdo es el que entra en sí mismo, el que se recoge del mundo, de los sentidos, el que cierra las puertas al espíritu del mundo, para poder poseer la verdad, que sólo en Dios la encuentra.

Pero esto no es Bergoglio: leerlo es vomitar su contenido. Es insufrible para el alma, para el corazón y para el espíritu.

Bergoglio es demencia. Y sólo eso. Y los que le rodean han caído en la mayor estupidez de todas.

Aquel que niega la esencia de lo que es la Iglesia (= la verticalidad del Papado) está autodestruyendo la propia Iglesia. Está haciendo una obra en contra de la naturaleza de la Iglesia. Y eso es ser abominable. Eso es la abominación. El gobierno horizontal es eso: no es una verdad que está en la realidad de la Iglesia. No es una verdad que Dios ha revelado. Es una verdad que el hombre se ha fabricado en su mente y que no puede darse en la realidad de la Iglesia, porque Pedro es un gobierno vertical siempre.

Por eso, lo que hay en el Vaticano no se puede seguir: es algo anticatólico: va en contra de la misma naturaleza de la fe católica. Es la fe muerta, que se ha apoderado de toda Roma y que la lleva a una transformación que es su degradación más absoluta:

«vi una mujer sentada sobre una bestia bermeja, llena de nombres de blasfemia, la cual tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer…tenía en su mano una copa de oro, llena de abominaciones y de las impurezas de su fornicación» (Ap 17, 4).

Roma, el Vaticano, comienza a enseñar sus fornicaciones y a derramar las abominaciones por todo el mundo. La abominación es vivir una vida totalmente contraria a la verdad de la Iglesia, a la verdad de la naturaleza humana, a la verdad de la sociedad, a la verdad de la creación. Es vivir un mundo que no existe en la realidad, no existe en la Mente de Dios, pero que el hombre se esfuerza por que exista.

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1 «Y así como esa fe que obra por el amor es reconocida como viva, por lo mismo, aquella que permanece inactiva, por desprecio, sin dudar se la llama muerta. Se puede, por tanto, decir con razón que la fe viva cree en el ser en el cual debe creer, y que la fe muerta cree solamente lo que debe creer» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

2 «En efecto, esta fe a la que el amor acompañe necesariamente, no será ociosa si se presenta la ocasión; al contrario, se ejercitará frecuentemente en actos que no hubiera podido hacer sin el amor, y la prueba de esto se encuentra en que el ser que ama la justicia suprema no puede despreciar nada justo ni admitir nada injusto» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

3 «La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo, y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio y la vanidad y todos los apetitos del alma.…» (San José María Escrivá de Balaguer – Decenario al Espíritu Santo – Día sexto).

4 «Por tanto, si todo lo que obra algo muestra que hay en él una vida, sin la cual no podría obrar, no es absurdo el decir que la fe operante vive, porque tiene la vida del amor, sin la cual no operaría, y que la fe ociosa no vive, porque carece de la vida del amor, que la haría salir de la ociosidad» (San Anselmo – Monologion – Capítulo LXXVII).

5 «Enséñame a buscarte, muéstrate al que te busca, porque no puedo buscarte si no me enseñas el camino. No puedo encontrarte si no te haces presente. Yo te buscaré deseándote, te desearé buscándote, te encontraré amándote, te amaré encontrándote» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n. 100).

6 «Reconozco Señor, y te doy gracias, que has creado en mí esta imagen tuya, para que, recordándote, piense en ti y te ame. Pero borrada por el desgaste de los vicios, obnubilada por el humo de los pecados, ya no sirve para lo que fue hecha si tú no la renuevas y restauras. No pretendo, Señor, penetrar tu profundidad, porque de ningún modo puede comparar con ella mi inteligencia, pero deseo entender en cierta medida tu verdad, que mi corazón cree y ama. No busco tampoco entender para creer, sino que creo para entender. Pues creo también esto: que “si no creyera no entendería” (Is 7, 9)» (San Anselmo – Proslogion – Capítulo 1, n- 100).

El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

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«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

Puñal de Bergoglio a las familias numerosas

familia

«Pero vosotros no representáis solamente a la familia, sois, más bien, y representáis a las familias numerosas, es decir, a las más bendecidas por Dios, predilectas y estimadas por la Iglesia como preciosísimos tesoros. Pues de ellas recibe más abiertamente un triple testimonio que, a la vez que confirma ante los ojos del mundo la verdad de su doctrina y la rectitud de su práctica, redunda, por fuerza del ejemplo en gran provecho de todas las demás familias y de la misma sociedad civil. Porque donde se encuentran con frecuencia, las familias numerosas atestiguan la salud física y moral del pueblo cristiano –la fe viva en Dios y la confianza en su providencia–, la santidad fecunda y alegre del matrimonio católico» (PíoXII, 1939-1958 • Las familias numerosas, testimonio de la salud física y moral del pueblo cristiano – De la Alocución Tra le visite, a la Federación Nacional Italiana de Asociaciones de Familias Numerosas, 20 enero 1958).

En la Iglesia sólo está representada la familia numerosa. Es el estandarte de la verdad. Es lo que toda familia debe tender: tener hijos. Y tener muchos hijos.

Los muchos hijos son el tesoro precioso de la Iglesia: son la obra de la fe de la Iglesia.

Con los muchos hijos se da ante el mundo la verdad de la doctrina de Cristo: se es testimonio de la Verdad en el mundo. El mundo no quiere hijos. Dios quiere hijos. Está en su Palabra. Pero hay que tener fe en Ella.

Para traer hijos al mundo, sólo una cosa es necesaria: la fe, profunda fe:

«Para dar vida al hombre se necesita la fe en Dios. Si hoy vivimos esta gran crisis, llamada demográfica, crisis de la familia, crisis de la paternidad, crisis de la maternidad, es propiamente una consecuencia de la falta de fe en Dios. No se puede mejorar este problema sino con una profunda fe en Dios.  Se necesita una gran fe en Dios para dar la vida al hombre» .(Juan Pablo II – ver texto).

No se puede mejorar el planeta sin los muchos hijos, que vienen de la fe profunda en la Palabra de Dios.

«Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre la violencia» (Prov 10, 11).

Fuente de vida es la boca del Papa Juan Pablo II. La boca del malvado Bergoglio encubre la violencia:

«hay algunos que creen que para ser buenos católicos debemos ser como conejos». Hay que limitar los hijos: hay que matar la vida. Hay que cuidar el planeta.

¿Dónde está la verdad: en el Papa Pío XII, en el Papa Juan Pablo II o en el falso papa Bergoglio?

La verdad sólo está en el Papa verdadero y legítimo que sólo sabe enseñar la doctrina de Cristo.

La Verdad nunca está en Bergoglio. Nunca.

«Las familias numerosas, lejos de ser la “enfermedad social”, son la garantía de la salud de un pueblo, física y moral. En los hogares, donde hay siempre una cuna que llora, florecen espontáneamente las virtudes, a la par que se destierra el vicio, casi barrido por la niñez que allí se renueva como aura nueva y salutífera de primavera». (PíoXII, 1939-1958 • Las familias numerosas, testimonio de la salud física y moral del pueblo cristiano – De la Alocución Tra le visite, a la Federación Nacional Italiana de Asociaciones de Familias Numerosas, 20 enero 1958).

La familia numerosa no es una enfermedad social: no hay que medir los hijos para mantener la población.

Bergoglio habla sin Ley, sin norma de moralidad, porque ha perdido –totalmente- la fe católica. ¿Qué va a enseñar?

Que los hijos vienen de la mano de los expertos: «Yo creo que el número de tres hijos por familia, según lo que dicen los técnicos, es el número importante para mantener a la población».

«Lo que dicen los técnicos»: los que opinan los hombres: es el pueblo, es el hombre el que decide el bien y el mal. Es el hombre el que construye la iglesia. Es el hombre el que hace su matrimonio y su familia.

Ya no es Dios: «Creced y multiplicaos». Dios es la vida, pero los técnicos deciden la vida, miden la vida.

Ya no es lo que enseña la Iglesia en Sus Papas: «Las familias numerosas, lejos de ser la “enfermedad social”, son la garantía de la salud de un pueblo, física y moral».

Las familias numerosas son la garantía moral de un pueblo: no hay que tener tres hijos como máximo para cuidar el planeta. Hay que reproducirse, como conejos, porque es Voluntad de Dios. Ahí está la salvación del planeta, el cuidado de la creación: en tener muchos hijos.

«Mantener la población»: Bergoglio está en la idea masónica del nuevo orden mundial. Hay que cuidar el planeta: si hay muchos hijos, mucha población, nos cargamos el planeta. Hay que limitar los nacimientos. Vamos a medir la Voluntad de Dios. Sí, sí, los hijos son un tesoro, pero no tengas más de tres, porque «hay que ser prudentes». Como hombres técnicos en la vida sexual dicen que no más de tres, entonces la prudencia humana; pero nunca la prudencia divina. De tejas para abajo, el hombre resuelve cuántos hijos va a tener: su materia gris: su mente.

Y los hijos son una bendición de Dios: es decir, se tienen hijos como conejos porque se cree en Dios, no porque haya dinero: «Se necesita una gran fe en Dios para dar la vida al hombre».

Bergoglio es un hombre sin fe, sin ninguna fe en Dios. Sólo cree en su concepto de Dios, en su idea masónica de Dios. Pero no cree en el Dios de los católicos. Y, por eso, no enseña la doctrina de la Iglesia católica, que todos los Papas enseñan.

Hace falta fe para formar una familia y dedicarse a tener hijos para Dios. Fe. Pero como los hombres no tienen fe: se casan para algo humano; si hay dinero, entonces el hijo. Si no lo hay, entonces se recurre al juego político: es que para cuidar el planeta, es mejor tener pocos hijos. Se pone la excusa del planeta para cargarse la Voluntad de Dios sobre el matrimonio: creced y multiplicaos. Bergoglio dice: sí, creced, pero no multiplicarse más allá de tres. Hay que cuidar el planeta.

Dios no pone número. Dios no dice al hombre los hijos que tiene que tener. Es el hombre el que se dice a sí mismo, el que quiere convencerse de que hay que tener pocos hijos. Y, claro, se ampara sólo en su mente humana, no en lo que Dios revela. Y viene, por tanto, la crisis, física y moral, de todos los pueblos de la tierra.

¿Por qué el mundo está así? Porque la gente no quiere tener muchos hijos; no quiere formar familias numerosas.

Si la forman, viene el regaño de Bergoglio:

«Regañé a una mujer que se encontraba en el octavo embarazo y había tenido siete cesáreas: ‘¿Quiere dejar huérfanos a sus hijos? No hay que tentar a Dios…».

No sólo lamentable, sino satánico.

¿Este es el mensaje que un Obispo transmite a la Iglesia?

No es un mensaje para la vida, sino para la muerte, para la destrucción de la verdad en la Iglesia. La verdad del matrimonio, de la familia y de los hijos. Es un puñalada a las familias numerosas. Así habla siempre Bergoglio: haciendo daño a la Iglesia católica.

Nuestras vidas valen en tanto en cuanto haya dinero: no hay que tener los hijos que Dios quiere, que Dios da: «no hay que tentar a Dios».

Tienes siete hijos: no tengas más: «¿quieres dejar huérfanos a tus hijos?».

La idea satánica de la vida: no pongas en riesgo tu vida con otro embarazo, porque ya tienes siete hijos. No te compliques la vida con otro embarazo; es más: no compliques la vida de tus hijos porque quieras otro embarazo: no tientes a Dios buscando otro embarazo. Peca: aborta, toma pastillas, el preservativo…: «Yo conozco muchas vías lícitas, que han ayudado en esto».

Un Papa legítimo nunca dice: «yo conozco…»: nunca da su opinión en la Iglesia. ¡Nunca!

Un Papa verdadero siempre recuerda lo que la Iglesia enseña sobre la paternidad responsable.

¿Hace falta poner aquí todo lo que la Iglesia ha enseñado sobre la paternidad responsable?

Pero, a los católicos les da igual lo que es un Papa verdadero. Prefieren a este marciano, a este extraterrestre como su papa.

Bergoglio no es el Papa de la Iglesia católica, porque no enseña la Verdad de siempre. Y, por eso, habla así: como habla Satanás.

«Perdonen, pero hay algunos que creen que para ser buenos católicos debemos ser como conejos».

Perdone, Bergoglio, cállase la boca ante lo que enseña la Iglesia para ser un buen católico en el matrimonio:

«La sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven en las familias numerosas como un signo de la bendición divina y de la generosidad de los padres» (CIC 2373).

Perdone, Bergoglio, pero la Iglesia cree que para ser buen católico hay que formar una familia numerosa.

Familias numerosas: para ser buenos católicos hay que ser como los conejos. Debemos ser como conejos. ¿Entiende, Bergoglio? Él no entiende. Él no puede comprender esta Verdad Absoluta. Sólo está en su relativismo.

Esto es lo que enseña la Iglesia: las familias numerosas son un signo de la bendición de Dios. Allí donde hay un hijo, allí está Dios. Allí donde hay muchos hijos, allí está la providencia de Dios.

Perdone, Bergoglio, pero esto es lo único que hay que seguir. Esto es lo único que hay que enseñar en la Iglesia.

Perdone, Bergoglio, pero váyase a su pueblo a descansar y a morir como un energúmeno, entre los aplausos de su gente podrida en el alma como usted. No moleste más en la Iglesia, con su barata y blasfema idea masónica de la familia.

Perdone, Bergoglio, lo suyo es: satanismo. ¡Y sólo eso!

Un Papa legítimo enseña lo mismo que enseña la Iglesia. ¡Esa es la señal para discernir a un Papa!

Ahí tienen la prueba de que Bergoglio no es el Papa de la Iglesia católica. ¡Ahí la tienen!

Muchos les duele esta frase de este hereje. Y vomitan a Bergoglio. Pero son como los perros: como es su Papa, como el Espíritu Santo le sostiene en su ministerio, hay que seguir obedeciendo.

Muchos católicos son como los perros: se comen su propio vómito. No tienen las agallas de ponerse de pie en frente de Bergoglio y decir: tú no eres el Papa. Tú eres un farsante, un impostor, un embaucador, un idiota, un necio inteligente, que te han puesto en ese trono para destrozar la Iglesia con tu lengua viperina.

Bergoglio declara a los padres de familias numerosas como “conejos católicos”: para ser un buen padre católico no hagas hijos como los conejos. Ponte el máximo de tres. No manches la creación con muchos hijos.

¡Esto es satánico!

El concepto de paternidad responsable no se refiere a reducir el número de los hijos. No; no es esa visión reduccionista de la familia, del sexo, de la vida matrimonial.

La paternidad responsable es darle a Dios los hijos que Él quiere: esto es lo que cuesta en todo matrimonio, porque los hombres, enseguida, buscan sus acomodos en la vida para no tener más hijos.

Es decidir, en la presencia de Dios, con oración y con penitencia, los hijos que Dios quiere que se tengan en ese matrimonio. Es hacer responsable al sexo de sus actos ante Dios. Es meter en la relación sexual la Voluntad de Dios. Es buscar, en la prudencia divina – no en la humana, los hijos de Dios.

El Papa Juan Pablo II habló de esto en el jubileo de las familias del 2000.

El Papa Juan Pablo II, un Papa verdadero y legítimo, enseñó el camino para no tener miedo a la Vida.

Bergoglio recrimina a las familias numerosas por hacer caso a este Papa.

¡Esto es satanismo! Y no hay otra palabra.

¿Dónde está la Sucesión Papal de Bergoglio? ¿A qué Papa continúa? A ninguno. Porque no es el Vicario de Cristo, no es el Sucesor de Pedro.

Bergoglio ha lanzado un puñal a la familia: ha tirado con bala para hacer llegar su mensaje satánico. Bergoglio sólo habla para ser popular, para que los demás hagan propaganda a sus ideas maquiavélicas. Y así va destruyendo la Iglesia, con el aplauso, con el apoyo de TODOS LOS CATÓLICOS.

«Los que abandonan la Ley alaban al impío, los que la guardan le hacen la guerra» (Prov 28, 4).

¿Quieres ser de la Iglesia Católica? Haz la guerra a Bergoglio y a toda su corte, que son muchos entre jerarquía y fieles.

Bergoglio es el impío: guerra en la Iglesia al impío Bergoglio. ¡Guerra!

¿Dices que tanto amas a tu iglesia? ¡Demuéstralo, no con palabritas bonitas, sino con obras!; dando testimonio de la verdad, que es una:

¡Bergoglio no es Papa!

¡Guerra al impío usurpador del Papado: Bergoglio!

Los que no aman la Ley, los que obedecen a Bergoglio, son los que idolatran a Bergoglio, los que lo defienden. ¡Defienden a un hombre y no defienden al Papado, a su Iglesia! Así está la Iglesia: defendiendo a un hombre, pero no a la doctrina de Cristo. Excusando las palabras baratas de un subnormal, que no sabe lo que es Cristo ni lo que ha enseñado Cristo a la Iglesia.

¡Qué pocos luchan por la verdad de la Iglesia!

¡A nadie le interesa la Verdad!

¡Así nos va: idolatrando a un hombre y destruyendo a Cristo en Su Iglesia!

La fe es una virtud infusa que se pierde por el pecado de herejía

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La luz de la fe –para Bergoglio- «es la luz de una memoria fundante» (LF, n. 4), o como dice, más adelante: «la luz de la fe es una luz encarnada» (LF, n. 34).

Decir esto es estar diciendo que en la carne de todo hombre se encuentra una luz, un conocimiento, una sabiduría que nunca puede faltar. Es una «luz encarnada», es decir, en la carne, asumida por el hombre como suya propia, está la sabiduría, la fe.

La Encarnación del Verbo es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad una naturaleza humana, un hombre, «el Hombre» (Jn 19, 5c); es decir, es asumir no sólo su cuerpo, sino también su alma. Es el Verbo, la Persona Divina, la que guía al hombre, a la naturaleza humana que asume, que hace suya. Por eso, Jesús no tiene persona humana. Quien finaliza la naturaleza humana de Jesús no es una persona humana, sino la Persona Divina del Verbo. Por eso, la Encarnación del Verbo es un Misterio Divino que ni el ángel puede realizar en un hombre. Sólo Dios puede encarnarse. Ni el ángel ni el demonio se pueden encarnar en ningún hombre. Y menos el hombre encarnarse en otro hombre. El demonio puede poseer a la persona humana: vivir en su carne. Pero no puede tocar ni la libertad ni la mente del hombre: no puede asumir su alma. No puede quitarle su persona humana. Tiene que vivir, en ese cuerpo, junto al hombre, a su persona humana que guía su naturaleza. El Anticristo es la posesión perfecta de un hombre, imitando en todo la Encarnación del Verbo; pero no es una encarnación real del demonio en el hombre.

Hablar que la luz de la fe es una «luz encarnada» es destruir la verdad de lo que Dios infunde en el hombre.

En la justificación, cuando el hombre se bautiza, son infundidas tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La infusión de las virtudes no es una encarnación de la Mente de Dios en el hombre. Al hablar de infusión, se está declarando que Dios produce, de manera inmediata, las virtudes teologales en el hombre.

No son virtudes adquiridas por el hombre: no es la razón humana la que trabaja para que su voluntad obre una virtud.

Es Dios quien obra en el hombre, quien le da el poder para obrar, elevando al hombre al estado sobrenatural para que comprenda la Mente de Dios, con su razón natural, y la obre, con su voluntad humana.

En las virtudes infusas se obra algo divino, sobrenatural, nunca algo humano. En las virtudes adquiridas, siempre se obra lo humano, nunca lo divino.

La fe es virtud infusa, no adquirida. Y, por tanto, la fe no es un acto de ninguna memoria, de ninguna mente humana, que es lo que dice ese hombre: «es la luz de una memoria fundante» (LF, n. 4).

Dios, al dar la fe, da no sólo la inteligencia sino el poder para obrar esa inteligencia. Es una inteligencia divina, que permanece en el corazón del hombre, no en su alma.

Todo lo que da Dios es para el espíritu del hombre, no para el alma del hombre. El hombre es cuerpo, alma y espíritu. El hombre, en su naturaleza, no es sólo un cuerpo y un alma. Necesita el espíritu para ser hijo de Dios. Dios creó al hombre divino, con un espíritu capaz de Dios.

En el espíritu humano está la gracia, el corazón, la vida sobrenatural. Sin espíritu, el hombre no puede amar a Dios, sino que vive sólo un infierno. A los condenados, se les quita el espíritu y el hombre queda en un estado de degeneración humana: no posee la dignidad divina. No puede alcanzar la vida de Dios. Sólo vive un estado y en un lugar en donde es imposible el amor, incluso el amor natural.

El hombre creado por Dios tiene la ley eterna en su espíritu. La ley natural, que todo hombre posee en su naturaleza humana, se encuentra sólo en el espíritu del hombre. Por esa ley natural, el hombre ama naturalmente a otro hombre. Si se quita el espíritu humano, el hombre es incapaz de amar con un amor natural, no solamente espiritual. Sólo puede odiar. Y eso es el infierno.

Sólo Dios puede poner y quitar el espíritu humano a la naturaleza humana. Dios lo da siempre a todo hombre que nace en este mundo; pero sólo los que se salvan, permanecen en ellos su espíritu. En los que se condenan, les es arrancado el amor –y todo amor- de su naturaleza humana. Por eso, del infierno no se puede salir: no hay vuelta atrás. Esa es la Justicia de Dios sin ninguna Misericordia.

Mientras el hombre sea viador, el hombre encuentra alguna misericordia divina en la Justicia de Dios. Y, por eso, la vida hay que entenderla en la Justicia, no en la Misericordia. El hombre nace en la Justicia y tiene que moverse en esa Justicia, hallando una Misericordia, para salvarse y santificarse. Por eso, toda la vida espiritual del hombre está llamada a la purificación de su corazón, para poder ver a Dios: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mt 5, 8).

Quien niega la Justicia de Dios tiene que negar también Su Misericordia. Es lo que los hombres nunca acaban de aprender en la vida espiritual, y sólo se fijan en un Dios amor o en un Dios misericordioso, y no han entendido que si Dios muestra su Misericordia es porque antes ha mostrado su Justicia al hombre: le ha revelado su pecado y el camino para quitarlo, que es siempre un camino de Cruz, de desprendimientos, de negación de sí mismo.

Y hay que cumplir esa Justicia para hallar Misericordia en Dios. Quien no cumple su Justicia, quien no hace penitencia por sus pecados, no puede salvarse nunca, no puede hallar Misericordia, sino que se inventa una falsa misericordia.

Si la fe es una luz encarnada, entonces el hombre encuentra en su carne, es decir, en su alma el conocimiento para vivir esa fe. Todo está en la razón humana, con la cual se construye una vida espiritual, una religión, un cristo, una iglesia que no tiene nada que ver con lo que es Jesús y su Obra Redentora, que es Su Iglesia.

Ésta es la búsqueda de Bergoglio en su concepto de fe: levantar una nueva iglesia. Es una búsqueda que nace de su gnosis, de su conocimiento encarnado: es buscar, en su mente, con su memoria, una idea, una filosofía, una teología, que explique su concepción de Cristo y de la Iglesia. Y, al final, Bergoglio, cae en el panteísmo: «los pobres, enfermos y abandonados son la carne de Cristo» (13 de mayo 2013); o «La pobreza se aprende tocando la carne de Cristo pobre en los humildes, los pobres, los enfermos y los niños» (8 mayo 2013); o «El Señor nos ha salvado a todos con su sangre, no solamente los católicos. ‘Pero Padre, ¿y los ateos?’ También ellos. ¡Todos! Esa sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría» (23 de mayo 2013).

Cristo está en los pobres, en los enfermos, en los niños, en los abandonados; Cristo ha salvado a todos, incluso a los ateos. Todo esto, no es sólo su comunismo, sino su panteísmo, que nace de su memoria fundante, de su gnosis: tiene que buscar, en su mente humana, la idea bella que abarque a todo hombre y que lo salve. Tiene que interpretar el Evangelio según su gnosis: por lo tanto, tiene que reinterpretarlo, darle otro sentido, el que va buscando en ese conocimiento encarnado. Para Bergoglio, la gracia es una luz en el alma del hombre: una luz encarnada en el alma del hombre: «La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón» (1 de octubre del 2013). Bergoglio se guía por esta gnosis en todas sus homilías, charlas, discursos, obras en la Iglesia. Bergoglio vive en su mente, en su gnosis, en su idea del bien y del mal. Y todo hombre que concibe el mal en su pensamiento siempre acaba pecando contra el Espíritu Santo: vive una vida para encontrar caminos donde el mal concebido en la mente ya no esté. Por tanto, vive una vida de ilusión, porque ningún hombre puede encontrar un camino en la vida donde no halle un mal, donde no se conciba el mal. Es un absurdo. Y, por eso, la obsesión de Bergoglio de salvar a todo el mundo: en su mente, en su memoria fundante, en su gnosis, en su luz encarnada en su alma, todos tienen que salvarse. Si él no creyera en su gnosis, entonces hablaría de otra manera. Pero él ha hecho vida lo que predica. Es muy fácil discernir lo que es Bergoglio, pero ¡qué pocos católicos lo han hecho!

Dios infunde la fe en el corazón de la persona, es decir, que Dios produce la fe en el hombre, la obra. El hombre no tiene que hacer un acto de memoria para tener fe. Sólo tiene que hacer una cosa: oración.

«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en los secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6, 5-6).

La fe es la luz de un conocimiento divino, de una inteligencia divina. Dios da, al corazón del hombre, la fe como virtud infusa. Pero esa virtud no crece si el alma no hace oración. Si el alma se dedica a hablar, a pensar, a meditar, a hacer oraciones públicas, comunitarias, pero no hace oración a Dios, en silencio, en soledad, entonces Dios no comunica su Mente al alma; Dios no da su conocimiento divino al alma.

Es necesario saber orar para saber vivir de fe. Este es el problema de muchos católicos: no saben hacer silencio, no saben callar sus inteligencias en la Presencia de Dios, no saben apartarse de los hombres, no saben oponerse a las ideas de los hombres. Por tanto, no saben vivir de fe: sólo viven de lo oficial que dice la Jerarquía, de las palabras humanas de los hombres, de las distintas filosofías que los hombres se inventan para creer en su dios.

Si la fe es algo divino, algo que Dios da y que sólo Dios lo da, entonces el hombre sólo tiene que hacer una cosa: poner su mente en el suelo, agachar su cabeza, pisar su orgullo. Y así va a escuchar la voz de Dios en su corazón y va a poder vivir de fe. Esto sólo lo hacen los humildes de corazón; los demás, viven en la complicación de sus entendimientos humanos.

Vivir de fe es vivir obedeciendo a lo que Dios produce en el corazón: a esa verdad que Dios revela, enseña, guía en la vida de cada alma. Obedecer la verdad: eso es vivir de fe. Y quien no obedezca la verdad no vive de fe, sino que se inventa su fe.

«esto (es decir la fe, la esperanza, la caridad), no lo puede arrebatar el enemigo sino a quien lo quiere» (S. Agustín: R 1469)

La fe se pierde por el pecado de infidelidad, como enseña el Conc. Trid. (D 808); pero no por cualquier otro pecado mortal, como está definido por el mismo Concilio (D 808 838):

«Hay que afirmar también contra los sutiles ingenios de ciertos hombres que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres [Rom. 16, 18], que no sólo por la infidelidad [Can. 27],  por la que también se pierde la fe, sino por cualquier otro pecado mortal, se pierde la gracia recibida de la justificación, aunque no se pierda la fe [Can. 28]».

El pecado mortal no quita la fe, pero sí la caridad, es decir, la gracia de la justificación. La fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad. Pueden estar juntos el estado de pecado con el hábito de la fe; pero no hay fe cuando el alma decide vivir su herejía permanente. Ya no sólo se está en pecado grave, sino que es imposible salvarse: se pierde la justificación ante Dios. Es decir, el alma vive en su condenación. Y si no recibe la gracia nuevamente, no podrá salvarse. Por eso, es difícil a un bautizado que ha perdió la fe poder salvarse: ha sido infiel a la gracia de su bautismo.

Santo Tomás (II-II: 11,1) define así la herejía: «Una especie de infidelidad de aquellos que, habiendo profesado la fe en Cristo, corrompen sus dogmas».

Una es la infidelidad de los paganos y los judíos, que se resisten a creer en Cristo; creen en sus dioses o en la concepción que tiene del Mesías. Otra es la infidelidad de aquel que siendo de la Iglesia restringe su creencia a ciertos puntos de la doctrina de Cristo: los selecciona, los modifica, según su propia conveniencia, y así se obra la herejía.

Esta herejía es de muchos católicos actualmente. No sólo de Bergoglio y la Jerarquía que lo obedece. Muchos en la Iglesia ya no tienen fe en la verdad, como la Iglesia lo ha enseñado, sino que siguen sus filosofías, sus ritos litúrgicos, sus doctrinas, sus misas, sus sacramentos.

Se restringe la creencia: eso hacen los sedevacantistas: creen en sus papas, en sus concilios. Y se procuran, se inventan una teología del sedevacantismo para seguir estando en la Iglesia, para decir que son de la Iglesia Católica, pero sin seguir a unos Papas o a un Concilio determinado. Al final, caen en el pecado de la infidelidad, en la que no hay salvación, porque se pierde la fe católica.

Muchos católicos están contando las herejías de Bergoglio y todavía no lo llama hereje. Y no han caído en la cuenta que Bergoglio, antes de usurpar el Trono, ya era hereje, es decir, ya cometió su pecado de infidelidad, por el cual perdió la fe católica, la fe que lo puede salvar. Y, por eso, él predica su fe: su memoria fundante, su gnosis, que es lo que vive en la realidad de su sacerdocio.

Los católicos no saben lo que significa ser un hereje pertinaz. No es el repetir la herejía muchas veces. Bergoglio dijo: «Jesús no es un Espíritu» (28 de octubre del 2013). El hereje manifiesto no es el que repite constantemente la misma idea herética. El hereje nunca se repite, sino que cada día amplía su herejía con una idea nueva, que es herética, oscura, mentirosa, llena de errores. Y esto es lo que hace Bergoglio cada día.

Pero los católicos andan contando herejías y no acaban de resolverse a llamarlo hereje. ¿Cuántas ideas heréticas más tiene que decir Bergoglio para llamarlo hereje? No está en la cantidad de ideas heréticas, no está en la repetición de esas ideas, sino que está en su pecado de infidelidad, por el cual hace de la herejía su vida, su predicación, su obra diaria en la Iglesia.

Bergoglio es hereje manifiesto porque cometió el pecado de infidelidad, por el cual perdió la fe, la gracia de la justificación. Y ya no puede predicar la fe católica. No puede vivirla. No puede enseñarla.

Para muestra un botón:

¿Dónde nació Jesús, para Bergoglio? En Nazaret, no en Belén.

«Dios eligió nacer en una familia humana, que Él mismo formó. La formó en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano. No en Roma, que era la capital del Imperio, no en una gran ciudad, sino en una periferia casi invisible, sino más bien con mala fama. Lo recuerdan también los Evangelios, casi como un modo de decir: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1, 46). Tal vez, en muchas partes del mundo, nosotros mismos aún hablamos así, cuando oímos el nombre de algún sitio periférico de una gran ciudad. Sin embargo, precisamente allí, en esa periferia del gran Imperio, inició la historia más santa y más buena, la de Jesús entre los hombres. Y allí se encontraba esta familia. Jesús permaneció en esa periferia durante treinta años» (17 de diciembre del 2014).

Este personaje está dando vueltas a su fe comunista: la periferia. «Dios eligió nacer… en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano…con mala fama». En su comunismo, se olvida de la importancia de Belén para el Mesías. Belén era el solar de todos cuantos se creían hijos de David:

«Y tú Belén, tierra de Juda, no eres precisamente la más pequeña entre los príncipes»: no eres un poblado perdido de la periferia de Roma, ni de mala fama.

«porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel» (Mt 2, 6): es la gloria de Belén, que Bergoglio se la pasa por la entrepierna, al fijarse sólo en su estúpido comunismo.

Allí, en Belén, inicia la historia más santa y más perfecta –no buena-, la historia más divina que los hombres puedan imaginar con sus estúpidos recuerdos, con su memoria fundante. No se puede recrear el nacimiento de Jesús como lo hace aquí Bergoglio con su gnosis. Bergoglio cuenta su cuento, mal contado, a la Iglesia: dice que Jesús es el Hijo de Dios, para después hablar de su comunismo. Eso es ser hereje pertinaz. Se da a Cristo sin la doctrina de Cristo, sin la Verdad, con una mentira.

Enseña una gran mentira: la propia de su pecado de infidelidad. Bergoglio no tiene la fe católica, ni puede tenerla. Tiene su fe masónica: su memoria fundante, su luz encarnada en su mente humana. Es decir, un demonio que le guía para predicar como lo hace, para obrar en la Iglesia como obra todos los días: en contra de Cristo y de Su Iglesia. Y esto se llama ser un hereje pertinaz.

Pero, qué pocos católicos ven a Bergoglio como lo que es: un necio, un estúpido, un idiota, un ignorante de la Sagrada Escritura, un sabelotodo, que sólo sabe decir sus payasadas todos los días desde ese Trono que ha usurpado. Y los católicos felices de obedecer a un idiota como Papa.

Si quieren salvarse, es hora de llamar a cada hombre por su nombre. Bergoglio, no sólo es un falso Papa, sino un anticristo y un falso profeta, que sólo está haciendo su negocio en el poder. Y no otra cosa. No miren a Bergoglio para encontrar un camino en la Iglesia: no existe. Tienen que salir de todas esas estructuras que la Jerarquía, infiel a Cristo en Su Iglesia, está levantando para decirse a sí misma: qué santos que somos en la Iglesia. Hemos conseguido la llave que abre a todos los hombres la salvación: hagamos una iglesia universal, ecuménica, para todos los necios del mundo. Hagamos que nuestro nombre sea publicado en todo el universo. Hagamos que nuestras ideas sean aceptadas por todos los católicos. Somos la Iglesia oficial que Cristo fundó: démosle la cara del modernismo: abajo la doctrina, abajo el dogma. Viva la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Esto es lo que viene ahora. Y los católicos contando las herejías de Bergoglio para ver si un día le llaman hereje. Es inaudito. Es de locos.

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