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La babosería protestante de Bergoglio

interreligiosidad

«Pues la Ira de Dios se manifiesta desde el Cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su injusticia aprisionan la verdad con la injusticia» (Rom 1, 18).

El verdadero mal del hombre es el pecado.

El pecado es «un hecho o un dicho o un deseo en contra de la Ley Eterna» (S Agustín – R 1605). Es decir, una ofensa contra Dios, que lleva al apartamiento de Dios, a romper una ley que obliga moralmente.

«El que comete pecado traspasa la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley» (1 Jn 3, 4).

Obrar el pecado es obrar sin ley, por encima de la ley. Y la ley Eterna son cuatro cosas: ley natural, ley divina, ley de la gracia y ley del Espíritu.

El pecado es un desorden de la voluntad humana, por el cual el hombre se aparta de Dios para obrar su mente humana. Este apartarse de Dios produce en el alma una mancha:

«En el pecado se pueden considerar dos cosas, a saber: el acto culpable y la mancha consiguiente…la mancha del pecado no puede borrarse del alma más que por la unión con Dios, por cuyo distanciamiento incurrió en la pérdida de su propio esplendor» (1.2 q.87 a.6).

Esa mancha no es el pecado, sino el reato del pecado, que hay que purificar, expiar. Por el acto del pecado, el hombre se aparta de Dios; pero queda la mancha. Para quitarla, es necesario confesar el acto del pecado y hacer una penitencia por ese pecado:

«no vuelve el hombre inmediatamente al estado en que estaba, sino que se requiere un movimiento de la voluntad contrario al movimiento anterior» (1.2 q.87 a.1).

Hay que expiar: hay que hacer un acto de voluntad, una obra, contraria a la que se hizo en la obra del pecado.

Hoy día, se niega todo esto y las almas pecan y se confiesan y no hacen nada. No salen de sus pecados, porque no quitan sus manchas de sus almas, con la oportuna penitencia. El alma queda manchada y, por lo tanto, inclinada con mayor fuerza al pecado.

Ya aquel que esté con el alma manchada es digno de la Justicia de Dios. Por eso, el purgatorio después de la muerte: quitas tus pecados (con el sacramento de la penitencia), pero no las manchas de tu alma. Hay que purgarlas en la Justicia de Dios.

El pecado hace resaltar la justicia de Dios: «Pero si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿No es Dios injusto en desfogar su ira? (hablo a lo humano). De ninguna manera. Si así fuese, ¿cómo podría Dios juzgar la mundo?» (Rom 3, 5).

Hoy todos niegan que Dios castigue a los hombres. Se niega Su Justicia porque se niega el pecado.

«ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha» (ver texto).

No vayas a confesarte para buscar una penitencia, para saldar la deuda de tu pecado.

Bergoglio está enseñando su fe fiducial: Dios no imputa el pecado, porque Jesús me ha salvado:

«para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar. Lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme, no ir a la tintorería del japonés de la vuelta de mi casa. En todo caso, debo ir a encontrarme con Jesús que dio su vida por mí. Es una concepción bien distinta del pecado. Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (El Jesuita – pag. 100).

El pecado no es una mancha que tengo que limpiar: no es una ofensa a Dios que mancha el alma. Y, por lo tanto, se va a la confesión no para limpiar el alma, para quitar esa mancha. No se vive la vida para expiar el pecado, para hacerla un purgatorio. Se va para hablar con el sacerdote y decirse a sí mismo: soy muy pecador, pero Dios ya me perdona.

El pecado es el lugar de encuentro personal con Jesús: Bergoglio niega la gracia de Dios como lugar de encuentro con Jesús. Pone al pecado como un lugar privilegiado: es decir, está exaltando el pecado. No lo ve como un mal, como una ofensa a Dios. No muestra el pecado como lo que revela la ira de Dios.

No; el hombre tiene que estar en su pecado para que se encuentre con Dios, para que Jesús lo salve. No tiene que salir del pecado, no tiene que huir de él.

«Como de serpiente huye del pecado» (Ecle 21, 2).

Bergoglio va en contra de la palabra de Dios y dice: no huyas, la gloria del hombre es ser pecador:

«Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores» (El Jesuita – pag. 99).

O con otras palabras más claras:

«Finalmente, la idea de que iban al infierno. Pero también los protestantes… Cuando era niño, hace 70 años, todos los protestantes iban al infierno, todos. Eso nos decían… en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno. Pero me parece que la Iglesia ha crecido mucho en la conciencia del respeto…  Y sí, ha habido tiempos oscuros en la historia de la Iglesia, tenemos que decirlo, sin vergüenza, porque también nosotros nos encontramos en un camino de conversión continua: del pecado a la gracia siempre. Y esta interreligiosidad como hermanos, respetándose siempre, es una gracia» (ver texto).

Tenemos que decirlo sin vergüenza: Bergoglio es un protestante.

Hay que decirlo a cara descubierta: los tiempos oscuros en la historia de la Iglesia han comenzado con Bergoglio.

Que todo el mundo sepa esto: Bergoglio divide a la Iglesia con su gobierno horizontal y con su doctrina protestante.

Los protestantes se van al infierno siempre: no sólo hace 70 años, sino desde que surgieron como falsa iglesia. Lutero está en el infierno. Y a pesar de que rabie Bergoglio: él se va al infierno por sus malditos pecados, y por no enseñar la verdad a la Iglesia y en la Iglesia.

Él está obligado a enseñar la verdad por ser Obispo. Y está obligado moralmente a conducir las almas hacia la verdad, sin ningún error, sin ninguna mentira. Para eso tiene la plenitud del sacerdocio, que la ha metido en un saco roto.

Con Bergoglio no hay cariñitos: hay juicio y condenación.

Todos aquellos que lean a Bergoglio para quitarle los pañales, y así que no huela mal, le hacen el juego y contribuyen a destruir la Iglesia más y más.

Si quieren ser Iglesia, pisen la mente y las obras de Bergoglio. Si no hacen eso, sus vidas espirituales se van a perder para siempre, porque el que espera algo de un cismático y de un hereje sólo encuentra condenación en su vida.

Para Bergoglio, el hombre no tiene que quitar su pecado; no tiene que luchar contra su pecado. El hombre tiene que ponerse en su pecado para que Dios lo ame. Es su gloria: el pecado. La gloria del hombre no es el amor divino, sino su pecado.

El pecado de «interreligiosidad entre hermanos, respetándose siempre, es una gracia»: mayor herejía no se puede decir.

Porque una cosa es el respeto al otro porque es hombre y ha elegido el pecado para su vida: si quiere seguir pecando, que siga pencando.

Y otra cosa es decirle al que peca: quita tu pecado, porque si no lo haces te vas a condenar.

Bergoglio dice: primero es el amor al prójimo: el otro es tu hermano. Respétalo.

Segundo: no le digas que vive mal: su irreligiosidad (su religión falsa) es tu gloria.

Esta es su falsa misericordia, que viene de su protestantismo: la redención es el sumo amor de Dios a los hombres. Es entender la pasión de Cristo quitando el fin de ella: liberar al hombre de la ofensa a Dios, del pecado.

Bergoglio, como todos los protestantes, entiende la Pasión como salvar al hombre, como amar al hombre: Jesús anuncia el camino de la salvación eterna y así lo muestra a todos. El hombre no tiene que hacer nada más, sino ser salvado por Cristo, ser amado por Dios. No tiene que hacer nada por Cristo, porque ya él lo ha hecho todo. No hay que expiar el pecado:

«la duda que podría surgir en el corazón humano está en el “cuánto” Dios está dispuesto a perdonar. Y bien basta arrepentirse y pedir perdón: No se debe pagar nada, porque ya Cristo ha pagado por nosotros» (ver texto).

No se debe pagar nada, porque ya Cristo lo ha sufrido todo: no hay penitencia, no hay cruz, no hay dolor por el pecado.

Y, por lo tanto, Dios lo perdona todo:

«No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo» (Ib). El pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo también es perdonado por Dios.

A los protestantes ya Dios los ha perdonado porque son muy buenas personas.

«Pregunté a mi abuela: “Abuela, ¿son monjas?”. Y me dijo: “No, son protestantes, pero son buenas”. Fue la primera vez que oí hablar bien de una persona de otra religión, de un protestante. Entonces, en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno»(ver texto).

La mente de un protestante tiene que negar el dogma de la muerte expiatoria de Cristo. Jesús es el mensajero y el que trae la felicidad a todos los hombres: no viene a poner un camino de Cruz al hombre para salvarlo de sus pecados, porque el pecado no es una ofensa a Dios, sino una gloria del hombre, una gracia.

Y, por lo tanto, todo el mundo se salva, todos para el cielo.

Bergoglio no presenta a Jesús como el que quita el pecado, sino como el que salva.

Y, por lo tanto, confesarse es encontrarse con Jesús, que salva y hace fiesta, no con un Jesús que hace un juicio al hombre y a su pecado:

«La confesión más que un juicio, es un encuentro. Tantas veces las confesiones parecen una práctica, una formalidad : ‘Bla, bla, bla…, bla, bla, bla…, bla, bla … Vas. ¡Todo mecánico! ¡No! ¿Y el encuentro dónde está? El encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta». (ver texto).

«más que un juicio: es un encuentro»: ante todo, la confesión es un juicio. El alma va a ese Sacramento a decir sus pecados y a que el sacerdote haga un juicio sobre ellos.

No hacer esto, es convertir la confesión en una charla de hombres, en un doctorado psiquiátrico.

No se va a la confesión para dar ternuritas al alma, sino para ver su pecado y corregirlo. Si no ve su pecado: si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces no hay absolución de nada.

Muchos sacerdotes no absuelven porque no juzgan el pecado como ofensa a Dios.

O no lo ven como pecado o sólo ven males sociales, humanos, carnales, etc…

La confesión es sólo un juicio: hay que juzgar el pecado que trae el alma. Hay que verlo como pecado, y hay que discernir en qué grado pecó ese alma.

Hay que ver, también, si ese alma tiene arrepentimiento de su pecado.

¡Hay que juzgar el pecado y al pecador!

Bergoglio sólo habla para la galería: para darle al hombre lo que gusta escuchar: Dios nos ama, Dios nos salva, Dios hace fiesta por los hombres. Es el Dios que se encuentra con el hombre, pero no es el Dios que juzga al hombre, que castiga al hombre. Esto lo enseña constantemente Bergoglio y tantos como él.

El hombre tiene que experimentar haber sido salvado, no tiene que experimentar el juicio divino, la ira de Dios: «el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta».

Ahí está el encuentro, con este Jesús que es dos cosas, para Bergoglio:

«Jesús salva y Jesús es el intercesor. Estas son las dos palabras clave» (ver texto).

Jesús salva e intercede.

Para el católico: Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres, y es el Rey de todos los hombres y pueblos.

El mal del que Jesús salva principalmente a los hombres es el pecado: «salvará… de sus pecados» (Mt 1, 21).

La obra de Cristo, para el católico, es una liberación de los hombres del pecado. Y, en consecuencia, una restitución y una reintegración al estado de salvación.

Este estado de salvación es un estado del alma, un estado espiritual: el alma se pone en la gracia. Y, en ella, tiene el camino para salvarse.

Ese camino significa dos cosas:

  1. Expiar el pecado que al alma haya cometido o que cometa;
  2. Santificar su alma en la gracia.

Esta salvación que Cristo hizo la obró en su Pasión y muerte: fue el sacrifico de su vida. Toda alma que esté en el estado espiritual de gracia, tiene que asociarse a la Pasión y a la muerte de Cristo para permanecer en la gracia. Su vida, por lo tanto, es una vida de oración y de penitencia constante, porque siempre el pecado hace tender al alma fuera de la gracia.

El hombre se reconcilia con Dios y se libra del pecado por la pasión y por la muerte de Cristo. Por lo tanto, el hombre debe salir de su pecado y meterse en la Pasión de Cristo, en su muerte. Allí se encuentra a Dios, a Jesús.

Un alma que sufre con Cristo encuentra el amor de Cristo en su corazón.

Un alma que crucifica su pecado es un alma que sigue a Cristo.

Bergoglio sólo está hablando de su fe protestante, porque Cristo es el que intercede por nosotros, pero no es el Mediador, el Rey que está sentado a la derecha del Padre para gobernar y juzgar a los hombres:

«Así la gente busca a Jesús con esa intuición de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y trata de encontrar en Él la salud, la verdad, la salvación, porque Él es el Salvador y como Salvador aún hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que nuestra vida cristiana esté cada vez más convencida de que nosotros hemos sido salvados, que tenemos un Salvador, Jesús a la diestra del Padre, que intercede» (Ib).

Cristo, en cuanto hombre, une a los hombres con Dios, mostrándoles los preceptos y dones de Dios, y satisfaciendo e interpelando a Dios por los hombres. Esto es la Mediación de Cristo.

Cristo sigue satisfaciendo a Su Padre por los pecados de los hombres, porque su sacerdocio es eterno. Jesús es algo más que un intercesor. Intercesor son todos los santos; pero Jesús es Dios: es el Santo de los Santos. Su misión, a la diestra de Su Padre, no es sólo interceder, interpelar por los hombres, sino también satisfacer por sus pecados.

Los protestantes niegan esto porque sólo dan la visión de un Jesús que salva, de un Dios que es amor y que nos salva a todos.

Para los protestantes, Jesús no es Dios y, por lo tanto, es sólo un intercesor, no un mediador:

«¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria»(ver texto).

Jesús es sólo un hombre muy santo, que está en la gloria intercediendo por nosotros. Es el que ora; es el que tiene las llagas en sus manos. Algo muy bonito, pero no real.

«Porque Él es el primero en orar, es nuestro hermano. Es hombre como nosotros. Jesús es el intercesor»

Pero Jesús no es el Mediador: no es el que satisface la ofensa a su Padre. Es sólo un hombre como nosotros.

Pero no es Dios: no es una Persona Divina; que está a la derecha de la Persona Divina del Padre. Y está con su Humanidad Gloriosa. Y esa Humanidad sigue satisfaciendo por las ofensas, que los hombres siguen haciendo a Su Padre, en cada altar, en cada Misa.

«¿Decimos a Jesús: “Ruega por mí, tú que eres el primero de nosotros, tú ruega por mí”? Seguro que ora; pero decirle: “Ruega por mí, Señor, tú eres el intercesor” es mostrar una gran confianza. Él ruega por mí, Él ora por todos nosotros. Y ora valientemente, porque hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sus llagas».

Jesús no es el que hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sino el que muere en la Cruz en cada altar: sigue sufriendo, sigue expiando el pecado de los hombres, sigue muriendo. Y eso es mucho más que hacer ver al Padre sus llagas. Es el Misterio del Altar, que es el Misterio de la Eucaristía.

Por eso, la Misa es algo muy serio: es estar en el Calvario, uniéndose al Sacrifico de Cristo. La Misa no es para bailar y cantar; no es para pasárselo bien. Es para sufrir con Cristo. Y,por eso, no se puede comulgar de cualquier manera. Se comulga para sufrir, para expiar el pecado, para unirse a Dios en el dolor.

Bergoglio niega el sacrifico de la Cruz en cada misa, porque ha negado la divinidad de Jesús. Sólo presenta un Jesús que llora por los hombres y al cual le hicieron una injusticia social al matarlo.

¡Qué fácil es discernir lo que es Bergoglio para la Iglesia!

Pero los católicos ya no disciernen nada. Sólo están ocupados en destruir la Iglesia, y cada uno a su manera, según su pecado, según su injusticia.

Y Dios, mientras tanto, mirando desde el Cielo el pecado de Su Iglesia para manifestar Su Justicia.

Cuando se quite oficialmente la Eucaristía, entonces Jesús ya no podrá hacer el oficio de Mediador, en sus sacerdotes, y es cuando vendrá el Gran Día de la Ira: toda la Creación pasará por el fuego de la Cólera Divina.

¡Cuántos, antes se condenarán por estar bailando con un idiota como Papa!

El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

corromper

«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

No llames a Bergoglio con el nombre de Papa

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Nunca un Papa puede ser hereje; nunca se puede llamar a un hereje con el nombre de Papa:

«…Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Pedro, -todo Papa-, tiene el encargo, la misión del Señor de confirmar a los otros en la fe. Y, por eso, Pedro es el primero en la fe, está por encima de todos los demás en el conocimiento de la fe, ejerce la primacía sobre los demás, gobierna en vertical: no se le puede juzgar; todos le tienen que obedecer.

Si todo Papa tiene la misión de enseñar sólo la Verdad que salva a las almas, de guiar en la sola Verdad que santifica a las almas y de señalar el camino del Espíritu, el cual lleva a la plenitud de la Verdad, es claro que Bergoglio no es Papa ni puede ser llamado Papa por su manifiesta herejía.

Aquel católico o aquella Jerarquía que sostenga que un Papa pueda ser hereje o que un hereje pueda ser Papa o ser llamado Papa, es hacer una ofensa a la Palabra de Dios, a las enseñanzas infalibles de la Iglesia y es tomar por idiotas a todos los católicos.

Quien llame a Bergoglio con el nombre de Papa, quien lo reconozca como Papa verdadero está cometiendo la idolatría del pensamiento humano: el hombre que obedece una herejía, -la mente de un hombre hereje-, da culto al error en esa mente. Tiene que adorar, forzosamente, esa mente y apartarse de la Mente de Dios. Pretende buscar a Dios con conceptos equivocados sobre el bien y el mal.

«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva» (Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208).

En la Iglesia no hay herejes. Quien practique la herejía se pone él mismo fuera de la Iglesia. No hace falta un escrito oficial para declarar a alguien hereje.

Quien se aparta de la Verdad Revelada, quien no sigue la doctrina de Cristo enseñada a sus Apóstoles y transmitida por toda la Tradición católica, y dada en el Magisterio infalible de la Iglesia, automáticamente está excomulgado, es anatema.

Después, la Jerarquía de la Iglesia puede poner penas al hereje. Pero no hay que esperar a la voz oficial de la Iglesia para llamar a alguien, que se ha apartado de la verdad, como hereje.

Bergoglio es hereje. Punto y final.

Bergoglio no puede ser Papa, porque Dios no puede sustentar con Su Poder los delirios de un hereje. Jesús no fundamenta Su Iglesia en los delirios del hereje Bergoglio.

Jesús cimienta Su Iglesia en Pedro:

«Apacienta Mis Corderos…Apacienta Mis Ovejas…» (Jn 21, 15.16).

Jesús no puede poner sus corderos, sus ovejas, sus almas, su rebaño, en manos de un hereje. ¡Nunca! Jesús no puede engañar ni engañarnos. Él es la Verdad y pone Su Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede caer en el pecado de herejía.

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI clama al cielo: es poner a toda la Iglesia en las manos de un hereje. ¡Nadie ha meditado en esta renuncia! ¡Un gran pecado! Y, por ese pecado, se inutiliza el Papado de Benedicto XVI: las llaves pasan al Padre; la Iglesia sólo está en los corazones, que permanecen fieles a la Palabra de Dios, no en la Jerarquía. ¡Ya no hay Iglesia en Roma!

Jesús confirma a Pedro –y por tanto a todo Papa-, en el oficio de jefe y cabeza de los Apóstoles y Pastor de Su Rebaño.

¡Nunca un Papa es hereje!

Esto es lo que enseña el dogma del Papado, que muchos católicos desconocen. Y siguen a una Jerarquía culpable.

«Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna» (Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832).

Esto es lo que enseña Bergoglio: él no quiere convertir a nadie a la fe verdadera, sino que los demás continúen en su fe, en sus vidas, en sus religiones, en sus iglesias, y formar una unidad en la diversidad: una iglesia para todos. Y esto es declarar que los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe pueden ir al cielo. Él quiere celebrar con una fiesta la reforma de Lutero. Son los delirios de un hereje.

Ni Bergoglio ni los que obedecen a Bergoglio (= los que lo tienen como Papa verdadero) son de la Iglesia Católica ni se pueden salvar.

Todo hereje y todo aquel que siga al hereje y a su herejía, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia: son anatemas. Y, por tanto, nadie tiene que obedecer a esos hombres que viven en el delirio de su herejía. Quien los obedezca no puede encontrar salvación, en ellos, para su alma: se condena con ellos. ¡En la herejía, en una Jerarquía hereje, no hay salvación!

Por eso, lo que vemos en el Vaticano es un cisma claro: un hereje que levanta –en su orgullo- una nueva iglesia, y que atrae hacia ella a muchos católicos que han perdido totalmente la fe verdadera.

Un católico verdadero no puede obedecer a Bergoglio como Papa. Bergoglio es un hombre que vive en los delirios de su herejía. Y hay que llamarlo así: loco. Ningún hombre cuerdo se sienta en el Trono de Pedro para engañar, con su palabra, a las almas. Nadie hace eso. El que lo haga es un loco: está siguiendo la maldad que encuentra en su pensamiento humano y la está poniendo por obra, a pesar de las estupideces que habla a cada rato.

En Bergoglio no es tan importante lo que dice, sino lo que obra. El hereje no es el que predica una mentira como verdad. Todos los hombres son unos mentirosos. Aun el más santo, tiene que mentir.

El hereje es el que obra su mentira: cada uno vive en su vida lo que tiene en su pensamiento humano. Toda idea lleva al acto. Si piensas algo, eso es lo que obras siempre. Esto es ley del hombre.

Todo hombre es racional: vive de su mente humana. Dios ha dado a todo hombre el ser espiritual: el hombre tiene que esforzarse en dejar su racionalidad para entrar en la espiritualidad. Por eso, el camino de la cruz: para crucificar la voluntad humana, poner la mente en el suelo, y poder obrar la Voluntad de Dios. En la oración y en la penitencia, el hombre es siempre espiritual, hijo de Dios. Como los hombres quieren hacer su oración y su penitencia, entonces siempre se quedan en su racionalidad.

Bergoglio obra su herejía cada día. Después, entretiene a todo el mundo con su palabra barata y blasfema. Y de esa palabra se ven sus delirios de grandeza, sus locuras de hombre que sólo vive para ser adorado por los demás.

Muchos le hacen una mala publicidad: dicen sus frases, pero no las disciernen. No las combaten, porque no tienen a Bergoglio como enemigo de sus almas, sino que confían en él:

«No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad» (Ecle 12, 10).

Como muchos ven a Bergoglio como una buena persona, un buen hombre, que de vez en cuando dice una buena palabra, algo que gusta al oído y a la mente del hombre, entonces siguen esperando algo de él: confían en su juicio, en su gobierno, en sus planes.

¿Quién puede confiar en los delirios de un hereje? Sólo confía aquel que se ha vuelto hereje, como él lo es. Sólo los locos confían en los locos.

«Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él» (Ib., v. 11).

Los católicos verdaderos tienen que estar con la mosca detrás de la oreja. No porque Bergoglio declare palabras bonitas a los católicos, ni porque obre, en apariencia, cosas santas (bendiciones, misas, proclamación de santos,…), hay que acogerlo como Papa.

Como enseña Paulo IV en la Bula «Cum ex Apostolatus», y el Código de Derecho Canónico lo asume e incorpora como Ley: el hereje, ipso facto, pierde el cargo cualquiera sea, sin necesidad de una declaración oficial y, por lo tanto, con el cargo pierde la jurisdicción que tuviere en la Iglesia.

Bergoglio no es nada: ni siquiera Obispo de Roma. Es un hereje que está levantando su nueva iglesia en Roma. Y no es más que eso. Sólo tiene un poder humano: el que los hombres, que lo han colocado ahí, le han dado. Es un poder temporal. Y, por su pecado de infidelidad, Bergoglio ni puede celebrar misa, ni puede bendecir nada, ni puede proclamar santos en la Iglesia. Todo lo que hace es una obra de teatro. ¡Cuánto cuesta entender esto a muchos católicos!

No te fíes de Bergoglio: guárdate de él si quieres salvar tu alma.

Predicar esto es hacer Iglesia, levantar la Iglesia.

No predicar esto, sino lo contrario, es destruir la Iglesia.

«El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte a la fosa» (Ecle 12, 15).

Bergoglio está tramando, todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta, cómo engañar, más y más, a todos los católicos. Cómo llevarlos al fuego del infierno. Y, como él, así obra toda aquella Jerarquía que se somete a su mente humana y le da obediencia como Papa.

Un hereje no milita en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino que se aparta, sin necesidad de sentencia oficial, de Él.

Esto es el catecismo:

«¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia?Está fuera de la verdadera Iglesia los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados» (Catecismo Mayor de San Pío X – n. 226).

¡Muchos católicos desconocen el Catecismo!

«¿Quiénes son los herejes?Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia Católica; por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes» (Ib., n. 229).

¿Bergoglio es hereje? – Sí, porque siendo un bautizado, teniendo el Sacramento del Orden ha rehusado, de manera pertinaz, manifiesta, con sus homilías, con sus escritos doctrinales, con sus variadas declaraciones, con sus libros y con sus obras, que no cree en muchas verdades reveladas por Dios y que la Iglesia ha enseñado, de manera infalible, a lo largo de la historia.

Bergoglio no cree en ninguna verdad revelada. ¡Ninguna! Pero esto los católicos no saben verlo, porque se dejan engañar de su lenguaje humano.

La herejía de los modernos está sólo en el lenguaje, no en el concepto, no en la idea: no atacan sólo una verdad revelada, sino todas en su conjunto. Y lo hacen sin que nadie se dé cuenta. Todo el mundo está pendiente del lenguaje, no de la idea. Todo el mundo sigue el giro, el juego del lenguaje. Pero nadie sigue la idea.

Esto se llama hablar al sentimiento del hombre, dando a su mente una palabra bella, una estructura mental, una bandeja de plata, en la que el hombre se agrade: no encuentra en ello alguna idea que le moleste. Por eso, los modernistas no hablan de temas negativos: infierno, pecado, cruz, penitencia, mortificación, etc…Hablan de lo que gusta a todo el mundo: amor, perdón, paz, misericordia, tolerancia, diálogo, etc…

Si Bergoglio está levantando una nueva estructura de iglesia, es claro que hay que salir de ella: de parroquias, de comunidades, etc., en donde se establezca el gobierno de herejía de este sujeto y se imponga el estudio y la enseñanza de sus escritos herejes.

Hay que salir de Roma para permanecer en la Iglesia de Pedro, en la Roca de la Verdad que Cristo ha puesto para siempre.

Hay que esperar el tiempo del Espíritu. Ya no hay que esperar a los hombres, a la Jerarquía.

Muchos esperan un Papa católico después de Bergoglio: no han comprendido que, una vez que hagan renunciar a Bergoglio, el desastre viene para toda la Iglesia, sin excepción.

Por eso, hay que elegir en la Iglesia: o Cristo o el gobierno horizontal de la nueva iglesia. Y cada uno tiene que elegir.

Y estar con Cristo es oponerse, no sólo a Bergoglio sino a mucha Jerarquía y a muchos fieles que ya no son de la Iglesia Católica, pero que han cogido el poder: tiene capillas, tienen parroquias, tienen comunidades…y se han hecho fuertes: se llaman católicos, sin serlo, y van en contra de los verdaderos católicos que no quieren someterse a sus delirios de herejía.

Es tiempo de persecución real. Y esa persecución no viene de fuera de la Iglesia. Viene de los que una vez se sentaron a la mesa, partieron el pan y ahora han traicionado a Cristo por un plato de lentejas.

Ninguna verdad predicó Bergoglio sobre la Maternidad Divina

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«Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo». ver texto

Todos ven lo que hay en Roma: un falso Papa. Pero todos callan y lo siguen teniendo como Papa.

Y este es el engaño más terrible de todos.

«Todo el trabajo del hombre es para su boca, y nunca se harta su alma» (Ecle 6, 7). Así trabaja Bergoglio y todos los que le obedecen: acumulan esfuerzos para dar publicidad a un hombre, que saben que es un usurpador, pero que lo mantienen en ese puesto por el negocio que han montado en Roma.

Hay que dar publicidad a las mentiras de Bergoglio. Hay que saber darla para engañar a los hombres, a esos católicos que todavía dudan, y que con palabras buscadas, rebuscadas, bonitas, bellas, con frases bien trabajadas, se les presente un lenguaje que acepten para que no llamen a Bergoglio como hereje.

Bergoglio nunca se harta de decir herejías. Nunca. Es maestro en el engaño. Los católicos siempre se cansan de escuchar tonterías, pero cuando se les dice algo bonito, entonces olvidan que Bergoglio es hereje y lo siguen teniendo como Papa.

«Cristo y su Madre son inseparables»: es una frase bella, que gusta, que atrae. Pero el problema es lo que sigue:

«entre ellos hay una estrecha relación, como la hay entre cada niño y su madre». ¡Este es el error! ¡Garrafal error!

¿Qué relación hay entre Cristo y Su Madre? ¿Una relación entre madre e hijo? No. ¿Y por qué no? Porque María es Madre de Dios. Y ninguna mujer, en la tierra, tiene esta prerrogativa. Toda mujer que engendra un hijo es madre humana de ese hijo, pero no es Madre de Dios.

Bergoglio nunca ensalza a María como Madre de Dios, sino que la pone siempre como madre del hombre, madre humana.

Entre Cristo y Su Madre hay una estrecha relación porque María da a luz al Hijo del Eterno Padre. ¡Esta es la Gloria de María! Esto no lo puede enseñar Bergoglio. Nunca.

Bergoglio dice que la relación entre María y Su Hijo es como de un niño y su madre. No puede enseñar que la relación entra María y Su Hijo es la de una Madre con el Padre Eterno. Es una relación divina, no humana.

Madre y Padre: ésta es la relación en el Hijo. Jesús es el Hijo de María y el Hijo del Padre Eterno. No hay una relación de hijo a Madre, sino de criatura al creador: una Mujer elevada a la Paternidad Divina en su vientre virginal. Esa es la estrecha relación entre Cristo y Su Madre. Este es el Misterio de la Maternidad Divina.

Bergoglio hace una homilía sobre María desde su visión humana, su concepto de fe.

Y así comienza:

«Con la celebración de la solemnidad de María, la Santa Madre de Dios, la Iglesia nos recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición. Se cumple en ella, pues ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María, que dio un rostro humano al Verbo eterno, para que todos lo puedan contemplar».

Las palabras de Santa Isabel en el Evangelio: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?» (Lc 1,42-43); Bergoglio las tuerce, las interpreta a su manera humana, en su visión humana de la maternidad de María.

«Esta bendición está en continuidad con la bendición sacerdotal que Dios había sugerido a Moisés para que la transmitiese a Aarón y a todo el pueblo: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,24-26)». Bergoglio coge un pasaje del Antiguo Testamento para anular las palabras de Santa Isabel.

Tengan en cuenta que la herejía de Bergoglio está en su lenguaje humano. No es la herejía del concepto. Bergoglio no coge una idea dogmática y la ataca directamente, como la de los herejes antiguos, que luchaban contra un dogma en concreto. Bergoglio no hace eso. Bergoglio lucha contra todos los dogmas, pero de manera sutil, sin enfrentarlos directamente, sino de forma indirecta. De manera que los hombres no se dan cuenta que se dice una herejía porque se dice de manera bella, con un lenguaje que gusta, con un sentimiento que atrae. Esto es siempre Bergoglio. Y muy pocos los saben discernir. Cogen la homilía de la maternidad divina y ven una cosa bella, sin errores. Están ciegos.

Bergoglio es maestro en engañar con su lenguaje barato. Es tan barato, tan rastrero que sólo los católicos con fe verdadera se dan cuenta. Los demás no caen en la cuenta de las barbaridades que este hombre dice cada día y a todas horas.

En las palabras de Santa Isabel se dan dos cosas:

1. Que Santa Isabel conocía por Revelación Divina el Misterio de la Maternidad Divina en María;

2. Que Santa Isabel engrandece ese Misterio en la persona de María: lo que hay en María se hace sentir en Isabel y en el fruto de su vientre, con el cual se santifica al Precursor.

Esto es lo que Bergoglio no enseña: porque Isabel ha creído en la Maternidad Divina, entonces recibe la obra de esa fe: su hijo queda santificado en su vientre. Una santificación prematura, antes de nacer. Es la obra de la fe en Isabel lo que manifiestan esas palabras. La obra de la fe, no una bendición, no el recuerdo de una bendición.

Bergoglio no puede enseñar esto, sino que va hacia su juego: las palabras de Santa Isabel recuerdan la bendición de Aarón. La fe, para Bergoglio, es una memoria. Aquí lo tienen: hay que ir al pasado, en la Escritura, a Aarón, y entender este pasaje de Isabel en ese contexto. Y entonces, enseña:

«la Iglesia nos recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición»: falsa y herética enseñanza.

«La Iglesia nos recuerda»: acto de memoria: todo es un acto de la mente.

«que María es la primera destinataria de esta bendición»: ¿Qué tiene que ver la bendición de Aarón con la Maternidad Divina? No hay ninguna relación.

Ser Madre de Dios no es una oración de bendición: no es una oración que se dice y en la que se transmite una gracia. No es eso.

Ser Madre de Dios es una vocación divina. Y esto no tiene nada que ver con la bendición de Aarón.

Creer en la Maternidad Divina trae una bendición para Santa Isabel, pero no para María.

Es lo que dice Bergoglio: «María es la primera destinataria de esta bendición». ¡No tiene nada que ver!

María es Madre de Dios porque cree a Dios en las Palabras del ángel, no porque cree en la bendición de Aarón.

Y la Iglesia no recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición. ¿Dónde recuerda eso? ¿En dónde está escrito eso?

«El Señor te bendiga y te proteja…»: ¿eso recuerda que María es la primera destinataria de esta bendición? ¡Qué palabras tan sin sentido! ¡Tan oscuras!

Bergoglio, cuando habla, nunca puede enseñar la verdad. Nunca. Tiene que coger la maternidad divina y anularla con sus palabras rastreras: bonitas para la gente que sólo escucha a la Jerarquía para ver si dice una palabra que guste a su mente. Así hay muchos católicos en la Iglesia: me gusta ese sacerdote porque habla bien en lo humano, es grato en lo humano, dice cosas bonitas que gustan a los hombres, que agradan el estilo de vida de los hombres. Se va buscando la palabra amable en el sacerdote y no se cae en la cuenta de la herejía, del error, de la oscuridad que ese sacerdote enseña o predica.

Sólo se fijan en la idea bonita:

«ninguna otra criatura ha visto brillar sobre ella el rostro de Dios como María»: idea bella, pero herética.

No se fijan en la idea oscura: «dio un rostro humano al Verbo eterno».

María dio a Jesús el rostro del Padre: «El que me ha visto a Mí ha visto al Padre» (Jn 14, 9). No le dio un rostro humano, sino que permitió que el Rostro del Padre fuera el Rostro de Jesús.

¿En María brilló el rostro de Dios? No.

En Jesús, María vio el rostro de Dios, que es el rostro del Padre Eterno.

En María está la plenitud de la Gracia: es decir, María es imagen y semejanza de Dios: en su alma, en su espíritu y en su cuerpo. María es Divina, es Gloriosa. Pero en Ella no se refleja el rostro de Dios. Sino que Ella refleja, en todo su ser, a Dios. Son dos cosas diferentes.

Ella es la «Mujer envuelta en el Sol»: Ella refleja la Divinidad. Y toda: es decir, a la Santísima Trinidad.

Sólo en Jesús brilla el rostro de Dios, porque Jesús es Dios. En el hombre no se refleja el rostro de Dios porque ningún hombre es Dios.

Los hombres, si permanecen en la gracia, irradian la Divinidad de Jesús, pero no reflejan a Dios: en sus rostros humanos no puede brillar Dios. No puede; por el pecado original. Un alma en gracia es reflejo de Dios; pero no todo el hombre. En ninguna carne humana brilla Dios. Ésta es la herejía habitual de Bergoglio, por negar el pecado original. Tiene que caer en un panteísmo y en un panenteísmo.

Sólo María refleja a Dios, por no tener pecado original. Los hombres, al tener el pecado original no son imagen y semejanza de Dios. Hay una parte en su naturaleza humana que no puede reflejar a Dios.

El hombre humilde es reflejo de Dios, pero en la gracia, no en su naturaleza humana.

María es reflejo de Dios, no sólo en la gracia, sino en su naturaleza humana. María es Gloriosa en su humanidad. El hombre es pecador, es miserable en su humanidad.

Dios no brilla en ninguna criatura: ni siquiera en María.

Dios brilla sólo en Jesús, porque Jesús es el mismo Dios.

María es la Madre de Dios: en su maternidad, es decir, en Su Hijo brilla Dios, se adora a Dios.

María, por ser Madre de Dios, da un rostro divino al Verbo. No puede dar un rostro humano porque no engendra a Dios de manera natural, sino divina.

Es el Verbo el que asume la naturaleza humana de María, no es María la que engendra. María, en la Maternidad Divina se comporta de una manera pasiva. No hace nada sexualmente para engendrar.

Es el Poder de Dios el que asume la carne de María. Y en esa carne, Dios obra. María no da algo humano a Dios: María no pone nada humano en Su Maternidad Divina. Es Dios quien eleva todo el ser de María para ponerse Él en el vientre virginal de María. Por eso, la Maternidad de María es la Obra sola de Dios en la Virgen: no interviene María como ser humano. Es elevado el ser humano de María para la Obra Divina.

Este es el Misterio de la Maternidad Divina. No se puede concebir la maternidad de María como la maternidad de toda mujer. No tiene nada que ver. En la maternidad de la mujer entra el varón y, por tanto, entra la parte activa de la mujer. En María, no se da nada de eso. María es pasiva absolutamente en su Maternidad. Es sólo la obra de Dios en Ella. Y es una obra que no se puede entender con la cabeza humana. Sólo se puede creer.

Pero Bergoglio no cree en la Maternidad Divina: la tiene como una bendición y la trata como un panteísmo: en María se da el rostro de Dios.

María es la «Mujer envuelta en el sol» (Ap 12, 1) de Dios, de la Divinidad, del Misterio de la Unión Hipostática: metida en la Obra Divina que el Verbo hace en su ser de Mujer: elevada, transformada en su cuerpo, en su alma y en su espíritu, para que el Verbo se engendre en Ella, como el Padre engendra eternamente a Su Hijo.

Lo mismo que el Padre engendra en la Eternidad: Su Hijo; eso es lo que se engendra en María: su Maternidad.

María es Madre del Hijo del Padre: su Maternidad es lo que el Padre engendra desde toda la eternidad: Su Hijo. Su Maternidad es la Paternidad.

El rostro del Hijo es el rostro del Padre. Luego, lo que María da a Su Hijo es el mismo rostro del Padre. Este es el Misterio de la Maternidad Divina: es lo que el Padre engendra eternamente en Su Hijo. Y lo engendra en el seno virginal de María.

María no da un rostro humano a Jesús, sino un Rostro Divino: el del Padre.

Y es el Verbo el que asume una carne en María: se encarna. Y este asumir exige la pasividad de María. María no hace nada en la encarnación, sino que se deja hacer totalmente, de manera absoluta, por Dios en su seno virginal.

Pero Bergoglio está en lo suyo: en lo humano, en su visión humana de María, sólo da importancia a lo humano que pasa en María: «La carne de Cristo…se ha tejido en el vientre de María». Pero nunca toca el Misterio. Nunca profundiza en el Misterio. Lo deja a un lado, porque no puede creer en el Misterio. Él sólo cree en lo que hay en su mente humana. Y así trabaja toda su homilía, diciendo muchas cosas bonitas sobre Cristo y su Madre, pero sin enseñar la doctrina de la Maternidad Divina.

¿Para qué es Madre de Dios la Virgen María? Esto no se puede descubrir en Bergoglio. Tampoco Bergoglio sabe la razón de la existencia de la Virgen María, porque ha anulado el pecado original. Él no cree en ningún dogma: no posee la fe católica.

La misión de la virgen María es la de hacer vivir a Jesús en cada alma, hasta su plenitud. ¡Qué pocos sacerdotes son sólo Jesús! Todos son hombres, viven de lo humano, pero no de la misma Luz Divina, que es Cristo Jesús. No tienen fe, han perdido la fe en su sacerdocio. No creen en Jesús como Sacerdote. Sólo lo ven como un hombre más.

¡Y cuántas almas en la Iglesia son hombres, y sólo hombres, que piensan como los hombres y viven como los hombres. No son Jesús; no imitan a Cristo en sus vidas.

María es Madre de Dios sólo para esto: no para dar ternuritas a los hombres, sino la misma Cruz que Su Hijo elevó en el Calvario y que la hizo Camino para todos en la Iglesia.

«María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo»: Bergoglio no ha comprendido nada de lo que es la Virgen María.

María está tan unida a Jesús por su Maternidad Divina. Y punto y final.

Esa Maternidad Divina es mucho más que un conocimiento del corazón y de la fe; es mucho más que experimentar en el vientre durante 9 meses a un hijo; es mucho más que el vínculo íntimo de la madre con el hijo.

La Maternidad Divina es una Gloria para María. Y la Gloria es un conocimiento divino que el ser de María tiene de Dios. Es un conocimiento que es amor, que es una obra de amor, que es una vida de amor, que es una verdad plena, en donde no se puede dar ninguna oscuridad.

María, en Su Maternidad, abarca a todo Dios, sin ser Dios. Es Su Gloria. Es algo que no se puede explicar con palabras humanas: es como sentarse en el mismo Trono de Dios y ser una cuarta persona en la Santísima Trinidad.

Bergoglio sólo dice palabritas bonitas para llenar una cuartilla, pero no es capaz de declarar el Misterio. No sabe. Dice cosas sin sentido:

«es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4)»: ¿Y esto qué cosa significa? No sabemos. Es dar vueltas a las cosas para no decir nada, para quedar bien con todos, para expresar algo bonito, algo que guste, que capte la mente del que escucha. Pero que está vacío de la verdad: no tiene ninguna verdad.

Que María es la que percibe en Su Hijo el advenimiento de los tiempos plenos es una frase muy bien construida, pero que no lleva a ninguna parte. Es la bandeja de plata: frases bellas, sin la doctrina de Cristo, sin verdad, sólo con el objetivo de captar la atención del que escucha. ¡Ah, qué cosas más bonitas dice este hombre!

«Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación»: Dios no eligió la vida humilde de la existencia humana. Dios eligió la nada de una criatura, de una Mujer, para mostrar Su Misterio, Su Milagro.

Dios no elige al hombre: elige una Mujer para Él. Este es el Misterio de la Maternidad Divina.

Dios elige la criatura más humilde de todas; pero no elige la vía humilde de la existencia humana.

Bergoglio sólo predica de su humanismo, no del Misterio Divino. Sólo da vueltas a su humanismo, no es capaz de entrar en el Misterio. Es lo propio que hacen los locos: dan vueltas a sus ideas humanas, pero no pueden tener conocimiento de sus ideas. Los locos no conocen: sólo dan sus ideas, sólo las repiten. Eso es Bergoglio: un loco de su idea del hombre, de su humanismo. ¡Qué pocos lo disciernen así! ¡Cuántos quieren las locuras de Bergoglio para su vida humana y espiritual!

«Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, porque la Iglesia y María están siempre unidas y éste es precisamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia»: Cristo, la Iglesia, María y la mujer: todo en uno en esta frase.

La Iglesia es Cristo. Pero la Iglesia nació en el Calvario, en la muerte de Cristo. Y es María la Madre de la Iglesia. Luego, no se puede entender la salvación de Cristo sin la Maternidad Divina.

Bergoglio todo lo junta para declarar una mentira: ¿Dónde encontramos a Cristo? «Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica». Esto es una gran mentira dicha con palabras bellas.

Encontramos a Cristo en María, en Su Madre. No en la Jerarquía. Si un sacerdote, si un Obispo es un lobo vestido de piel de oveja, como es Bergoglio, ahí no se encuentra a Cristo, sino al lobo, al demonio.

Pero siempre se encuentra a Cristo en Su Madre. Siempre. Porque la Virgen María no puede pecar, no puede negar a Cristo, no puede anular a Cristo. No puede traicionar a Cristo.

La Jerarquía de la Iglesia ha demostrado durante siglos que son traidores a Cristo muchas veces.

La Iglesia es Madre si da la Maternidad Divina, si la ofrece, si la enseña, si imita a la Virgen María.

La Jerarquía, ¿cree en Jesús como María cree? No; en muchas almas sacerdotales ya no hay fe en Cristo. Sólo hay fe en la mente de los hombres, en sus proyectos humanos, en sus obras. Luego, la Iglesia Jerárquica no es Madre, porque no imita a la Virgen como Madre de Dios.

La Jerarquía, ¿enseña la verdad como María la enseñó? No; muchas almas sacerdotales se dedican a enseñar sus herejías como verdad en la Iglesia. Eso es lo que hace Bergoglio. Esa Jerarquía no puede dar lo propio de la Maternidad Divina: la luz de la Verdad Revelada. Luego, no es Madre.

La Jerarquía, ¿vive combatiendo el pecado en sus ministerios y obras? No; muchos sólo ofrecen a las almas la vida y la obra del pecado en la Iglesia. Esto es lo que ofrece Bergoglio en su gobierno horizontal: el cisma, la apostasía de la fe, la herejía. ¡Cuántos sacerdotes y Obispos viven en sus pecados sin quitarlos, sin arrepentimiento!

Bergoglio sólo está en la visión humana de María: «Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad». Y en su belleza humana, en su palabrería hueca, su herejía:

«Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo».

Si la Iglesia es Cristo, entonces la Iglesia es una idea divina, una norma de moralidad, un sentimiento divino.

Para Bergoglio, la Iglesia es una comunidad de personas, de hombres, de pueblo. Pero no es Cristo. Y, por tanto, la Iglesia tiene que dar ternuritas a todos, alegría a todos. Pero no una verdad revelada. No un dogma, no una moral.

Amar a Cristo es amar la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Amar a Cristo es seguir una doctrina que nunca cambia, que siempre es la misma. Amar a Cristo es hacer una Voluntad Divina, es decir, obrar una Idea Divina. Amar a Cristo es dejarse guiar por las inspiraciones del Espíritu Santo, que son los sentimientos divinos que toda alma tiene que tener.

Pero Bergoglio está en su idea, la que comenzó en su discurso: «la misión del Pueblo de Dios: irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo». La bendición de Aarón está en María y es la que tiene que estar en toda la Iglesia. Este es todo su mensaje sobre la Maternidad Divina: «La Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la bendición del Señor». Pero, ¿qué cosa más absurda la de ese hombre?

La Iglesia, al ser Cristo, es Camino para toda alma, es Vida divina en la gracia y es Verdad que salva y santifica. ¿Qué tiene que ver la plenitud de la bendición del Señor? Nada. Es sólo para rellenar una cuartilla de algo bonito, pero vacío de la verdad sobre la maternidad divina.

Hay que «irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo»: aquí tienen el panteísmo de Bergoglio: la bendición de Dios está encarnada en Jesús. ¡Qué frase más bonita! ¡Qué frase más herética!

«Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo»: No; que no Bergoglio; que no es esto. Sin el Magisterio auténtico de la Iglesia, sin la Verdad Revelada que la Iglesia enseña en Su Magisterio infalible, entonces el alma que sigue a Cristo sólo sigue su imaginación.

Es lo que hace Bergoglio. Bergoglio habla de su iglesia, de su concepto de iglesia, no de la verdadera Iglesia. Bergoglio nunca habla de la Verdad, del dogma, de la enseñanza infalible que hay que seguir en la Iglesia. Habla de su iglesia y de sus ideas humanas sobre la Iglesia y sobre Cristo.

Y, por eso, tiene que decir su comunismo, su fe histórica, su ideal masónico:

«Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo». La concepción histórica de la Iglesia: como si los hombres hubieran hecho la Iglesia con sus ideas, con sus vidas, con sus obras.

Y la Iglesia es una idea divina, una obra divina, un lenguaje divino, un amor divino, una vida divina, una verdad divina. La Iglesia es un ser divino. No es un concepto en la historia. No es una evolución del pensamiento del hombre. No es una voluntad humana. «No de la carne y la sangre» los hombres son hijos de Dios. Toda manifestación de Cristo, aun la más mística, se separa de la carne y de la sangre de la Iglesia. Primero, porque en la Iglesia no hay carne ni sangre; segundo, porque la Obra Divina la hace Dios siempre, en la humildad del corazón del hombre, no en su carne ni en su sangre. «La carne no sirve para nada». Y menos la sangre.

Esto es discernir las palabras de Bergoglio. Así hay que hacerlo. Y son muy pocos los que lo hacen. Todos se quedan admirando la nefasta mente de Bergoglio. Todos se quedan cegados por las palabras baratas de este charlatán.

Y nadie dice que Bergoglio es un loco cuando predica. Nadie dice las herejías de este hombre. Todos están detrás del juego de este hombre y nadie se ha tomado en serio lo que hay en el Vaticano.

Y, por eso, ya está cerca el tiempo en que ninguna verdad se podrá predicar públicamente porque eso supondrá el martirio.

Nadie en Roma vive la verdad y predica la verdad. A nadie le importa Cristo. Todos están detrás del negocio que Bergoglio está levantando en el Vaticano. A todos les interesa ese negocio porque les da de comer. Es rentable, para el estómago y para los bolsillos.

Entre tanto, entretienen a todo el mundo con las baboserías de un hombre sin fe. Hacen publicidad a sus homilías.

¿Qué verdad ha dicho Bergoglio sobre la Maternidad Divina? NINGUNA. Y, entonces, ¿por qué la Jerarquía calla y no lo combate?

Porque les da de comer. Y no hay otra razón. Tienen miedo de enfrentarse a Bergoglio porque se les acaba el plato de lentejas.

Muchos venden a Cristo por un plato de lentejas: la primogenitura, su sacerdocio, para el demonio. Con tal de tener alimento para el estómago, se hace un mutis a lo que habla un loco vestido de Papa en Roma.

Todo Papa legítimo es columna de fe y fundamento de la Iglesia: nunca es hereje.

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Todo Papa legítimo es «columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica» (Concilio de Éfeso – Sobre la primacía del Romano Pontífice – D112). Es decir, en su persona no puede existir el pecado de infidelidad, por el cual carece de la fe católica.

Aquel que no tiene fe, o que la ha perdido, se llama infiel. El infiel es el que voluntariamente se encuentra en estado de pecado y obra su pecado en contra de la verdad. El infiel no es estar en cualquier pecado, sino en aquel pecado que impide la fe, que combate la verdad dogmática.

Lo que impide la fe es someter la mente a la mentira, al error, a la duda, haciéndose el hombre enemigo del dogma, de la verdad revelada, de aquello que hay que creer para poder salvarse.

El infiel combate los dogmas que la Iglesia Católica siempre ha enseñado. Y, por eso, todo infiel es herético, produce el cisma, vive una apostasía, una renuncia de la fe verdadera.

Infiel no es el que comete un pecado de lujuria y, después, se arrepiente y se confiesa.

Infiel no es el que duda de Cristo o de la Iglesia, pero después sale de su duda para seguir creyendo.

Infiel no es el que teme enfrentarse a los hombres y dar testimonio de Cristo ante ellos, como le pasó a San Pedro en su pecado de negación, si inmediatamente resuelve su temor a los hombres en las lágrimas de su arrepentimiento.

Infiel es todo aquel que combate la verdad: combatir a Cristo y combatir a la Iglesia.

Por eso, encontramos a muchos católicos que han cometido el pecado de infidelidad y que se llaman, con la boca, católicos, sin serlo en la práctica de la vida espiritual.

La fe es una obra divina, no es un conjunto de ideas que se memorizan y que se repiten como un loro. Es una obra divina, no es un apostolado humano.

La fe es realizar una Voluntad Divina en la vida del hombre. Y, por eso, se necesita que el hombre obedezca, con su mente humana, la Verdad que Dios ha revelado.

La fe católica es obedecer a Dios. OBEDECER. Si no hay obediencia, no hay fe católica.

La fe no es natural, sino sobrenatural: el alma cree, la mente obedece a una verdad sobrenatural, no a una verdad natural, no a un escrito oficial.

Se obedece a una Verdad que Dios habla, que Dios dice, que Dios manda.

En la Iglesia Católica, desde el Papa hasta el último fiel, se tiene que dar la obediencia a esta Verdad sobrenatural. Si no hay esta obediencia, no hay Iglesia. Si el Papa no obedece la Verdad Revelada, los dogmas, no hay Iglesia. Ese Papa no es Papa legítimo, sino un falsario, un impostor.

Por eso, todo Papa  legítimo es fundamento de la Iglesia, porque todo Papa legítimo  obedece a Dios, confirma en la Verdad que Dios revela, muestra el camino para obrar la Verdad, que es siempre Cristo Crucificado.

Para obedecer a Dios –en la Iglesia- hay que crucificar el entendimiento humano. Sin esto, ningún Papa, ninguna Jerarquía es de la Iglesia de Cristo. Si el hombre no se somete, con su entendimiento humano, a la verdad revelada, al dogma, a lo que es de fe divina y católica definida, entonces el hombre no pertenece a la Iglesia porque está en su pecado de infidelidad, en el cual no puede obedecer la Verdad que Dios revela, sino que se está obedeciendo a sí mismo: a su mente, a su idea, a su plan humano, a la mentira que su mente encuentra en sí misma.

La vida de la gracia se pierde por cualquier pecado mortal: fornicarios, adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, rapaces, etc… (cf. 1 Cor 6, 9s).

Pero la fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad: toda aquella Jerarquía de la Iglesia que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres para que acepten una mentira como verdad, no posee la fe católica, no son de la Iglesia Católica, no hacen Iglesia; sino que la destruyen, -tanto la fe como la Iglesia-, vestidos de lobos, con un traje que da una apariencia de santidad a los demás, de respeto, de obediencia, pero que sólo poseen un corazón sin posibilidad de amar a Dios, porque no obedecen, con sus mentes humanas, la Verdad Revelada, la Verdad de la Mente de Dios.

La herejía es un pecado de infidelidad: todo hereje ha perdido la fe católica. Todo hereje no se somete a la Mente de Cristo, sino que impone su propia mente humana a la Iglesia.

Por eso, es imposible que un Papa legítimo sea hereje. IMPOSIBLE. Porque todo Papa legítimo es columna de la fe. Y lo que derriba esa columna es la herejía, el pecado de infidelidad en la persona del Papa.

Jesús pone la Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede cometer el pecado de herejía. NUNCA.

Muchos Papas han sido grandes pecadores, pero ninguno hereje. NINGUNO.

Esta verdad, tan sencilla, muchos católicos la desconocen. Y son culpables en su ignorancia. Tienen una ignorancia que les lleva al pecado mortal. Todo católico que no viva su fe es que, sencillamente, vive en su pecado, está en estado de pecado.

Vivir la fe católica es oponerse a toda herejía en la Iglesia. No sólo fuera de Ella, en el mundo, sino dentro de Ella. Porque es la herejía lo que destruye la Iglesia. Es la herejía lo que aniquila la vida espiritual de las almas.

No son los otros pecados, que la gente comete habitualmente, lo que impide ser de Cristo. Una prostituta puede tener más fe que mucha Jerarquía junta, que muchos católicos. Y, por eso, dice el Señor: «En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el Reino de Dios» (Mt 21, 32). Ellos, en sus pecados, todavía creen; pero los fariseos, los que creen tener fe, los que se dicen que tienen fe, esos no la tienen, no pueden tenerla porque han rechazado, con su mente humana, la Verdad que Dios les muestra; y que no se puede cambiar jamás, no se puede interpretar como al hombre le venga en gana.

Ningún pecado mortal lleva al pecado de infidelidad: no porque una persona sea muy lujuriosa o muy ladrona o muy sodomita eso sea señal de que cometa su pecado de herejía. No; no es eso. Una prostituta que pase toda su vida en su pecado de lujuria puede salvarse y estar muy alta en el Cielo, si no comete el pecado de infidelidad.

Este pecado no se comete ni con el cuerpo ni con las manos ni con el apego a las riquezas o a las criaturas. Sino que se comete con la mente humana: el hombre decide no someterse a la Verdad. Esta decisión es su pecado de infidelidad, por el cual pierde la fe católica y ya no puede salvarse, aunque se pase la vida haciendo obras humanas maravillosas, aunque dé de comer a todos los hambrientos del mundo entero.

Donde no está la fe verdadera, allí tampoco está la caridad verdadera: «Si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3).

Si el hombre no se somete, con su mente humana, a la Verdad, entonces sus obras son sin amor, sin caridad divina. Son obras de una falsa caridad, un falso amor, que viene de su falsa fe, de obedecer a una mentira.

Hubo Papas muy pecadores, pero tenían fe a pesar de sus pecados: sus mentes seguían obedeciendo la Verdad, aunque obraran sus pecados.

Hay mucha Jerarquía que sucumbe al pecado; pero se mantiene en la verdad: sus mentes se someten a la Verdad Revelada, no combaten esta Verdad, no enseñan una mentira a sus fieles. Les predican la verdad, aunque ellos vivan en sus pecados. Esta Jerarquía es digna de misericordia, porque no engaña en la Iglesia.

Pero aquella Jerarquía que engaña, que predica una mentira, que calla ante un mentiroso, esa Jerarquía no es digna de ninguna misericordia, porque está en su pecado de infidelidad: ninguna misericordia les puede salvar porque combaten la verdad de la misericordia.

«Por eso, os digo: que os será quitado el reino de Dios y será entregado a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21, 43).

Estamos en este tiempo: el tiempo del Fin.

En este tiempo, en la Iglesia no hay un Papa que sea columna de la fe ni fundamento de la Iglesia. No puede existir esa Cabeza, porque es el tiempo del Fin.

Los católicos no comprenden esto porque no tienen fe: son infieles a la Verdad que Dios revela en Su Palabra. Son fieles al lenguaje humano de los hombres, a la palabra oficial que en la Iglesia se da.

La fe no es la palabra oficial, un escrito oficial, un lenguaje humano sin verdad, unas obras apostólicas llenas de herejías, que muchos pregonan y obran.

No se puede estar en la Iglesia obedeciendo la mente de un hombre hereje, como es Bergoglio. NO SE PUEDE.

Quien se una a Bergoglio como Papa está declarando que no es católico, que no posee la fe católica, que no es de la Iglesia Católica.

En la mente de Bergoglio no se dan las Verdades sobrenaturales: en sus escritos, en su doctrina, en su magisterio no se enseña la fe católica. NO HAY LUGAR PARA ELLA. Lo que hay en la mente de Bergoglio es una clara apostasía de la fe, un claro fundamento de la mentira, una perspicaz obra en el error.

Quien se someta a la mente de Bergoglio no puede hacer comunión con la Iglesia verdadera. Donde está la herejía, donde está el pecado de infidelidad, allí no está la verdad sobrenatural, allí no está Cristo. Cristo está en el alma pecadora, pero no en el alma que comete el pecado de herejía. Cristo está en el alma que todavía tenga fe, no en el alma que decide echar a Cristo de su vida con su infidelidad a la Verdad dogmática.

Para discernir si un Papa es o no legítimo no hay que fijarse si los Cardenales lo han elegido o no. Muchos antipapas fueron elegidos por los Cardenales viviendo el Papa legítimo. No está en lo oficial que la Iglesia muestra. Ahí no está la Fe en la Iglesia de Cristo. Nadie puede creer a un Papa porque ha sido elegido por los Cardenales. NADIE.

El católico verdadero cree en el Papa porque éste es columna de la fe y fundamento de la Iglesia: es decir, en ese Papa no se da el pecado de herejía.

Si los Cardenales eligen a un hombre como Papa, y este hombre comienza a declarar herejías y a hacer obras claramente cismáticas, como es el caso de Bergoglio, entonces los católicos no tienen que esperar a que oficialmente sea declarado nulo el falso pontificado de Bergoglio. NO PUEDEN ESTAR ESPERANDO ESTO. Porque es imposible obedecer la mente de un hombre que enseña herejías. Es imposible darle obediencia, por más que oficialmente se declare a Bergoglio como Papa. Porque la fe es una verdad Revelada, no es una verdad oficial, natural, humana. La fe es obedecer la Verdad Divina; no es obedecer la mentira del hombre como una verdad, como algo impuesto que todos tienen que aceptar oficialmente. La fe no está en lo oficial, sino en la Palabra de Dios. Todo escrito oficial, toda obra oficial en la Iglesia tiene que dar testimonio de la Palabra de Dios, de la Verdad inmutable, para ser aceptada como Verdad. Sin este testimonio, es imposible seguir algo oficial que la Jerarquía imponga.

Quien vive de fe verdadera sabe que nunca Jesús pone un Pedro falso, herético. NUNCA: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Si Jesús es la Verdad, no puede poner una roca de mentira para levantar su Iglesia. Pedro es columna de fe divina, nunca de mentira humana. NUNCA. Siempre Jesús va a poner a un Papa que defienda a la Iglesia de la herejía. SIEMPRE. Nunca va a poner a un Papa que llene la Iglesia de herejías, que conduzca al Rebaño hacia la apostasía de la fe. NUNCA.

Bergoglio ya ha dicho cantidad de herejías. Y eso no es de ahora. Eso es toda su vida. Lo que hace ahora es el culmen, la perfección de su obra herética, de su vida para una maldad.

¿Qué hacen los católicos obedeciendo, sometiéndose a un hombre que no tiene la verdad en su mente?

¿A qué juegan?

¿Qué se creen que es la Iglesia de Cristo?

¿Qué se creen que es Cristo?

¿Qué creen que es Pedro en la Iglesia?

En un Papa legítimo nadie se atreve a discutir su juicio y todos le obedecen.

Pero en un falso Papa, en un impostor, –como es Bergoglio-, es necesario cuestionar todo lo que dice porque no tiene autoridad divina en la Iglesia; no se le puede dar obediencia; no hay lugar para imitar sus obras en la Iglesia.

Fiel es el Señor en sus palabras (Sal 144, 13); pero infiel es todo hombre sobre la tierra. Jesús nunca se puede apartar de la Verdad porque iría contra Sí Mismo: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida». Son los hombres – y sobre todo son los sacerdotes y los Obispos-, los que se apartan de Cristo, los infieles a la Verdad Revelada: los que obran la herejía.

Y en la Iglesia no se obedece a hombres, a doctrina de hombres. En la Iglesia se obedece a Cristo. Y toda aquella Jerarquía que no dé a Cristo, no hay obediencia, no hay sometimiento, aunque exteriormente, -oficialmente-, sea declarado un hombre como Papa.

La Fe no está en una declaración oficial de la Iglesia. La fe no es un lenguaje humano. La fe no es una palabra humana. La fe no es un apostolado humano.

La fe es una obra divina. Y si los hombres no obedecen, con sus cabezas humanas, la verdad divina; si la Jerarquía de la Iglesia no enseña, no guía, no señala el camino de la Verdad, entonces es que son unas ratas, unos lobos que se aprovechan de las circunstancias para realizar su negocio humano en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que prefieren su sillón episcopal antes de enfrentarse a Bergoglio! No quieren perder su oficio, su puesto en la Iglesia, su cargo oficial, y miran para otro lado, y dicen que todo va bien, que no hay que preocuparse. Y mienten a sus fieles. Y llevan por el camino de la maldad a su rebaño. Y sólo por apegarse a su sillón. No son capaces de dar testimonio de la Verdad ante la Iglesia porque han cometido el pecado de infidelidad: ya no poseen la fe católica. Están en el juego de Bergoglio.

Fiel es el Señor; infieles todos los demás.

«Nadie osó jamás poner sus manos sobre el que es Cabeza de los Apóstoles, y a cuyo juicio no es lícito poner resistencia: nadie jamás se levantó contra él, sino quien quiso hacerse reo de juicio» (San Bonifacio I – De la carta Manet Beatum a Rufo y demás Obispos – D 109).

Desde hace ya más de 50 años, en la Iglesia la Jerarquía ha osado poner sus manos sobre el Papa de turno. Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, quitados de en medio antes de tiempo. Se los han cargado.

Muchos, en la Iglesia, han puesto resistencia a los juicios de los Papas. Muchos se han levantado contra los Papas. Y, por tanto, son incontables los que han querido hacerse reos de juicio: se condenan en sus juicios contra los Papas.

Es cantidad la Jerarquía de la Iglesia que ha combatido a los Papas legítimos. No son sólo unos cuantos. ¡Muchísimos! Y, por eso, se ha tenido que dar lo inevitable: la renuncia de un Papa legitimo para poner un falso Papa: el falso Papa que muchos quieren.

Y a este falso Papa lo obedecen, se someten a su mente humana, e instan a que todo el mundo haga lo mismo, no por una verdad, no porque defiendan a Cristo, no porque les interese la Iglesia Católica, sino porque no son de Cristo, no son de la Iglesia. Combaten a Cristo y a la Iglesia.

Y esto es lo que a muchos católicos no les entra en la cabeza: que pueda existir una Jerarquía tan malvada dentro de la Iglesia. Y, claro, viene Bergoglio y quedan ciegos. Totalmente ciegos. Porque viven sólo de la fe oficial, de documentos oficiales. Y no recurren al Evangelio, a la Verdad, para resolver una herejía:

«Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1, 8).

El Evangelio no es lo oficial en la Iglesia: no es el documento oficial que la Iglesia saca. Pedro no es lo que los cardenales eligen.

El Evangelio es la Palabra de Dios, que Cristo enseñó a sus Apóstoles y que no cambia por el transcurso del tiempo. No puede cambiar. Es siempre lo mismo. Pedro es siempre aquel que elige el Espíritu Santo en la muerte de un Papa. ¡En su muerte, no en su renuncia!

Si viene un Bergoglio que enseña un comunismo: su evangelio de la alegría; que es distinto al Evangelio de Cristo, entonces, por más que los Cardenales lo hayan elegido para Papa, sea Bergoglio anatema. Y por más que los Obispos callen y lo sigan manteniendo como Papa, sea Bergoglio y esos Obispos, anatema. No son de la Iglesia Católica. No hay que seguirlos, no hay que obedecerlos, no hay que someterse a sus mentes humanas. Y eso no es destruir la Iglesia, sino levantarla en la verdad.

Esta es la fe católica: la doctrina de Cristo no es doctrina de hombres. No es lo que los hombres explican sobre Cristo y sobre la Iglesia. Es lo que Cristo siempre ha enseñado y que la Jerarquía verdadera lo ha transmitido sin poner ni quitar nada.

Pero el problema de tantos católicos es que no saben discernir la Jerarquía verdadera de la falsa en la Iglesia Católica. Y no lo saben porque no viven de fe.

La fe es una obra divina. Hay tantos católicos que su fe es muy humana, con unas obras muy humanas, muy sentimentales, y que se creen salvos porque comulgan cada domingo en la Iglesia. No tienen la fe divina; no tienen la fe católica. Ni saben lo que es esto.

Son como muchos protestantes: creen en un Dios amor, misericordioso, que no imputa el pecado, que no castiga, que no manda al infierno. Y, claro, están contentísimos con Bergoglio: les habla lo que ellos quieren escuchar, lo que hay en sus mentes. Les hace la vida mucho más agradable a sus sentidos.

«Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero cuidado con tomar la libertad por pretexto para servir a la carne, antes servíos unos a otros por la caridad» (Gal 5, 13).

Servir a la carne es servir a la propia mente humana, al propio pensamiento de la vida, a la idea política que gusta a todo el mundo.

Muchos toman el sacerdocio para esto: para servir a sus intereses humanos dentro de la Iglesia. Dan de comer a los pobres para alcanzar una gloria humana. Esto es lo que hace Bergoglio y toda aquella Jerarquía que calla ante su herejía.

No solamente la Jerarquía falsa es la que dice herejías; también hay que contar aquellos sacerdotes y Obispos que tienen miedo de enfrentarse a Bergoglio. Tampoco son de la Iglesia Católica. Ya ha pasado el tiempo de discernir qué cosa es Bergoglio. Ahora es el tiempo de obrar: o estoy con ese impostor o estoy con Cristo, es decir, me opongo TOTALMENTE a Bergoglio como Papa.

¿Qué Jerarquía hace esto en la Iglesia? NADIE.

¿Qué web católica hace esto? NADIE.

Por eso, os será quitado el reino de Dios, porque de Dios, de Su Iglesia, de Cristo, nadie se ríe.

Es muy grave lo que está pasando en la Iglesia para estar contentos con un subnormal de Papa. O se ponen en la verdad o caminan para el infierno de la mano de un escrito oficial. Que cada uno elija. Son libres para decidir su destino final en la vida.

La fe histórica de Bergoglio

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Todo el mundo ve que Bergoglio habla sus locuras: «El diálogo ecuménico ya no puede separarse hoy de la realidad y de la vida de nuestras iglesias. En 2017 los cristianos luteranos y católicos conmemorarán conjuntamente el quinto centenario de la Reforma. En esa ocasión ambos tendrán, por primera vez, la oportunidad de compartir la misma conmemoración ecuménica en todo el mundo, no como una celebración triunfalista, sino como una profesión de nuestra fe común en el Dios uno y trino. El fulcro de este evento serán, por tanto, la oración en común y la petición de perdón al Señor Jesucristo por las culpas recíprocas, junto con la alegría de compartir y recorrer juntos un camino ecuménico».

A Bergoglio se le ha subido el poder a la cabeza: está borracho de gloria humana.

No se puede conmemorar el pecado. La culpa de los protestantes no está en los católicos, sino en ellos: en Lutero y en toda su compañía. Por tanto, Bergoglio lo que habla es de su propia cosecha: está enseñando su fe histórica, su fe fiducial, su fe protestante.

Esto es clarísimo. Pero en la realidad de lo que vemos en el Vaticano, no es tan claro.

Si Bergoglio es un loco, más loca es toda la Jerarquía que lo apoya, lo protege y le da respeto y obediencia. Pero aún más locos son todos esos católicos que se preguntan por qué se sigue criticando, juzgando y condenando a Bergoglio. Para estos católicos, no se puede criticar a su “santo varón”, a su gran hombre, a su gran obispo, a su gran jefe de su iglesia.

Bergoglio está levantando la nueva iglesia en el Vaticano. ¡Y cuántos lo siguen, de una manera o de otra! Siguen sus palabras, su lenguaje barato y blasfemo; siguen sus enseñanzas, que no son magisterio papal; siguen sus locuras en sus obras con los hombres, creyendo que así se salvan porque están en unión con su “papa”.

Es triste ver el poco o nulo discernimiento espiritual de muchos católicos. No tienen ni idea de lo que es la fe católica. Entre ellos está toda esa Jerarquía que calla, porque no quiere quedarse en la calle, sin un techo y sin dinero para comer.

Es triste ver que los católicos no han aprendido nada durante ya casi dos años en que usurpó el poder de la Iglesia ese hombre, al cual ni se merece nombrarlo. Bergoglio es un falsario en todos los aspectos: en su fe, en su doctrina, en su gobierno, en su vida eclesial y espiritual. Falso como hombre y falso como Obispo.

Pero esto, a los católicos les trae sin cuidado. Están en la Iglesia por un hombre, para seguir a un hombre: Bergoglio. Es al que han puesto oficialmente como jefe, no como Papa. Pero no están en la Iglesia para obedecer la verdad, la doctrina de Cristo, que no cambia nunca, por más que Bergoglio anuncie lo que quiera, y diga y obre lo que le dé la gana.

¡Qué gran escándalo es Bergoglio sentado en la Silla de Pedro! ¡Qué pocos ven este escándalo! ¡Muchos buscan a Bergoglio para su negocio en la Iglesia! ¡Muchos le están dando una falsa popularidad, porque les interesa a ellos, a lo que hacen en la Iglesia, que no tiene nada que ver con los intereses de Cristo, que son siempre la salvación y la santificación de las almas!

Ya los verdaderos católicos no tienen que estar pendientes de ese pedante de Bergoglio. Cada día dice su gran locura: lo que tiene metido en su cabeza humana: su idea loca de Cristo y de la Iglesia.

Si los católicos supiesen profundizar en las palabras de Bergoglio, en su doctrina, entonces no se escandalizarían por lo que sigue diciendo. Es lógico en su pensamiento errado y herético. Lo que dice de los luteranos ya lo escribió en su lumen fidei. Pero, como los católicos, no disciernen nada, les resulta extraño que ese hombre hable así. Como los católicos no han aprendido a defender su fe, sino que sólo siguen a cualquier hombre que se llame sacerdote, Obispo o Papa, entonces tenemos católicos que viven en la inopia, en el sueño de una noche que les llevará al infierno.

Si los católicos no saben discernir las palabras de un hombre, como Bergoglio, mucho menos saben discernir la verdadera de la falsa profecía. Y si no saben eso, están en la Iglesia sólo para condenarse, con una obediencia ciega que los condena.

Bergoglio no posee la fe católica, sino su propia fe:

«La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Esto lo tienen en la segunda página de su lumen fidei. La luz de la fe procede del pasado y… viene del futuro. ¿Quieren mayor herejía? ¿Los católicos comprenden lo que está diciendo esta persona en este párrafo? Nadie se ha dado a discernir estas palabras. ¿Por qué? Porque nadie sabe lo que es la luz de la fe. Nadie sabe lo que es la fe. A nadie le importa, en la Iglesia, vivir de fe.

Y, claro, llega Bergoglio con eso de los luteranos, y ¡qué bueno que para ese año todos vamos a estar muy juntitos, abrazándonos, besándonos, bailando, porque henos encontrado la razón del cisma de Lutero. Hemos llegado a un acuerdo para ver, cada uno, nuestros errores y hacer una unión en las mentes de los hombres: la unidad de la diversidad.

La luz de la fe «es la luz de una memoria fundante», o como dice, más adelante: «la luz de la fe es una luz encarnada» (LF, n. 34).

El don de Dios, que es un don sobrenatural, es –para Bergoglio- un don encarnado, que vive en la carne del hombre, que es asumido por la persona humana en su carne, que es algo que se funda en la humanidad. Es su gnosis, sus panteismo.

Es una memoria fundante: es la fe histórica de los protestantes. Dios habló a Abraham, después a Moisés, después vino Jesús, después Lutero, y he aquí el año 2017 en que celebramos el pecado con los luteranos.

Esta es la fe histórica: «si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes, cuyo testimonio encontramos en primer lugar en el Antiguo Testamento» (LF, n. 8). Vamos a contar cuentos, historias de los hombres, fábulas para entretener a los hombres; vamos a ver el camino histórico de esos hombres que creen en una memoria. Abraham fundó una memoria.

La fe es una obra divina entre los hombres: es la obra de Dios. No es una memoria fundante.

Ir al Antiguo Testamento es para ver la acción de Dios entre los hombres: qué hace Dios, cómo inspira Dios al hombre, cómo los gobierna, cómo guía a su pueblo hacia la Verdad, que es Él Mismo. La fe no es ver a los hombres, no es fijarse en sus obras ni recorrerlas. La fe, por ser un don de Dios, es una obra de Dios, nunca de los hombres. El hombre es sólo el instrumento de Dios para realizar una Voluntad Divina.

Pero esto, a esa cabeza pensante de la maldad, que es Bergoglio, le trae sin cuidado. Él enseña su fe histórica: «Aquí Dios no se manifiesta como el Dios de un lugar, ni tampoco aparece vinculado a un tiempo sagrado determinado, sino como el Dios de una persona, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, capaz de entrar en contacto con el hombre y establecer una alianza con él»

Dios se manifiesta como «el Dios de una persona»: el Dios del hombre, de la persona humana, el Dios de la historia de Abraham, de Isaac y de Jacob. Bergoglio ha roto la revelación divina.

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

En Abraham, vemos la acción del Padre, que ordena una Voluntad Divina a Abraham: «Anda, coge a tu hijo, a tu unigénto… y ofrécemelo allí en holocausto» (Gn 22, 2). Abraham obedeció la Voluntad de Dios y, por eso, obró una acción divina en el sacrifico humano de su hijo. En su hijo estará la Palabra del Padre, una Palabra que desarmará a todos sus enemigos.

En Isaac, vemos la acción del Hijo, en el cual Dios hace una alianza con los pueblos pecadores: «Hemos visto claramente que está Yavé contigo, y nos hemos dicho: Haya entre nosotros un juramento entre ti y nosotros. Queremos hacer alianza contigo, de no hacernos tú mal, como no te hemos tocado nosotros a ti haciéndote sólo bien, y dejándote partir en paz. Tú eres ahora el bendito de Yavé» (Gn 26, 28-29). Los hombres ven en Isaac la acción de Dios. No ven a un hombre, sino a Yavé en Isaac. En la palabra de Isaac, no en las obras de la guerra con los hombres, se da la salvación. Isaac huía de los hombres y se asentaba para labrar la tierra. Y esa prosperidad de Isaac, efecto de las bendiciones de Dios, era confesada hasta por sus mismos enemigos.

En Jacob, vemos la acción del Espíritu, en el cual Dios le da la fuerza de Su Espíritu para obrar la verdad en la vida: «No te llamarás ya en adelante Jacob, sino Israel, pues has luchado con Dios y con los hombres y has vencido» (Gn 32, 28). En Jacob, Dios se hace Su Pueblo, un Pueblo fuerte en la fe, que lucha constantemente las batallas del Espíritu.

Esto no lo puede enseñar Bergoglio, porque lee la Sagrada Escritura con su mente humana y, por lo tanto, saca su interpretación, totalmente errada y sin sentido.

«en cuanto respuesta a una Palabra que la precede, la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe, en cuanto memoria del futuro, memoria futuri, está estrechamente ligada con la esperanza» (LF, n. 9). ¿Alguien ha comprendido algo de lo que dice este hombre en este pasaje? Nadie. Y, entonces, ¿por qué llaman Papa a un hombre que da oscuridades sobre la fe? ¿Un Papa no es aquel que da el fundamento de la fe? ¿Qué es un Papa para muchos católicos? ¿Tiene que ser como este hombre, que dice que la fe de Abraham es un acto de memoria? ¿En la Iglesia vivimos de nuestra memoria, de hacer actos de memoria? ¿O de qué vivimos? ¿Saben los católicos cuál es la fe católica? ¿Es un acto de memoria o es un acto de Dios en el hombre? ¿Qué es para los católicos la fe? ¿Qué es Bergoglio para los católicos?

La fe de Abraham es el sacrificio de su propia voluntad en su hijo. Dios le pidió, para poder hacer la Voluntad Divina, sacrificar su voluntad humana, su querer humano, sus afectos humanos, en lo que más quería: su hijo. Y esto no es un acto de memoria. Dios guió a Abraham desde el principio de su mandato hasta el final. Y cuando Abraham iba a descargar el golpe certero en su hijo, Dios habló: «Abraham, Abraham (…) No extiendas tu brazo sobre el niño y no le hagas nada, porque ahora he visto que temes a Dios, pues por Mí no has perdonado a tu hijo, a tu unigénito».

Por Mí, por sólo el Amor a Dios, -porque solo el Amor de Dios basta para vivir-, Abraham iba a matar a su hijo. ¡Gran amor de Abraham hacia Dios y hacia su hijo! ¡Su gran amor revela su gran fe en Dios!

Lo que hizo Abraham, ¿fue un acto de memoria? Por supuesto, que no. Fue el sacrificio de su voluntad humana. Y, por tanto, fue poner su memoria, su mente humana en el suelo. No comprendía el mandato de Dios y, sin embargo, con rapidez fue a obrarlo. Abraham: un hombre humilde: puso su mente en el suelo; agachó la cabeza ante la Voluntad de Dios.

¿Qué enseña Bergoglio? A dar culto a la mente del hombre; a adorar al hombre; a no sacrificar la voluntad del hombre, sino a darle sus caprichos, lo que él quiere ver, escuchar, obrar, vivir. Y, por eso predica: «vive y deja vivir».

¿Por qué los católicos siguen a este hombre como Papa? Porque no tienen fe. Les importa un bledo lo que es la fe. No quieren sacrificar sus voluntades humanas ni sus inteligencias para darle gloria a Dios, para amar a Dios sobre todas las cosas. Sólo saben buscarse a sí mismos dando publicidad, apoyando a un hombre que no sabe decir una sola verdad ni en lo que escribe ni en lo que habla ni en lo que obra delante del mundo y de toda la Iglesia.

Pero, ¿qué se creen los católicos que es Bergoglio? ¿Un hombre de paz? No; un hombre que guerrea contra la verdad para instalarse en su mentira como adalid del hombre, como su salvador, como el que sabe lo que hay que hacer en la historia de los hombres. Por eso, anuncia que para el 2017 todos bailando la mona con los protestantes.

Pero, ¿qué navidades creen que vienen teniendo a Bergoglio usurpando el Trono?

«El Nacimiento y el árbol de Navidad, son signos navideños siempre sugestivos y amados por nuestras familias cristianas: recuerdan el misterio de la encarnación, el Hijo unigénito de Dios que se hizo hombre para salvarnos y la luz que Jesús trajo al mundo con su nacimiento. Pero tanto el Belén como el Árbol llegan al corazón de todos, también de los que no creen, porque hablan de fraternidad, de intimidad y de amistad, llamando a la humanidad de nuestra época a descubrir de nuevo la belleza de la sencillez, del compartir y de la solidaridad» (19 de diciembre del 2014). El árbol de la Navidad no tiene nada que ver con Jesucristo. Ni el nacimiento ni el árbol hablan de fraternidad, ni de intimidad ni de amistad. Ni el nacimiento de Jesús en Belén llama a nuestra época a descubrir ni la belleza de la sencillez, ni del compartir ni de la solidaridad.

Jesús nace en Belén pobre, en silencio, en la soledad de todo lo humano. Nada quiso el Padre para Su Hijo en la tierra: sólo los brazos de Su Madre. La única que lo ama de verdad, que lo ama como Dios ama a Su Hijo.

El Padre quiso un nacimiento sin la fraternidad de ningún hombre: todos los hombres despreciaron a una Virgen que iba a dar a luz: «no había sitio para ellos en la posada» ¿Dónde está la fraternidad? En ninguna parte. Porque Dios no nace para hacer hermanos, sino para dar la vida por los hombres.

Dios nace fuera de toda intimidad humana, para declarar que la Navidad es para contemplar a Dios en el corazón y así poder acercarse a Él en la humildad del corazón, como los pastores, que fueron llamados a adorar a Dios en el silencio de toda la Creación, en el sueño de todos los hombres.

Dios no declara, en el nacimiento de Su Hijo, la amistad con los hombres, sino la espada: Y, por eso, Jesús fue perseguido desde que nació hasta que murió. Los hombres que gobernaban no quisieron la amistad con un niño, sino su muerte.

Y eso que pasó hace más de 2000 años, pasa en esta navidad del 2014, porque ningún hombre ha aprendido la lección. Todos siguen persiguiendo a Jesús, matándolo con sus pecados, con sus herejías, poniendo la palabra fraternidad para su gran negocio en el mundo y en la Iglesia.

Jesús llama, en esta Navidad, a toda la humanidad a hacer penitencia por sus grandes pecados. Penitencia que nadie va a hacer, porque se sienten tan contentos con un falso papa en la Iglesia, que van a tirar la casa por la ventana.

¡Qué pobreza, qué miseria de católicos tiene la Iglesia!

¡Qué gente más loca obedeciendo a un usurpador!

¡Qué pocos leen a los Santos!

«Entonces Jesús me dijo: Mira y ve el género humano en el estado actual. En un momento vi cosas terribles: Los verdugos se alejaron de Jesús, y otros hombres se acercaron para flagelar los cuales tomaron los látigos y azotaban al Señor sin piedad. Eran sacerdotes, religiosos y religiosas y máximos dignatarios de la Iglesia, lo que me sorprendió mucho, eran laicos de diversa edad y condición, todos descargaban su ira en el inocente Jesús. Al verlo mi corazón se hundió en una especie de agonía; y mientras los verdugos lo flagelaban, Jesús callaba y miraba a lo lejos, pero cuando lo flagelaban aquellas almas que he mencionado arriba, Jesús cerró los ojos y un gemido silencioso pero terriblemente doloroso salió de su Corazón. Y el Señor me dio a conocer detalladamente el peso de la maldad de aquellas almas ingratas: Ves, he aquí un suplicio mayor que Mi muerte». (Sta. Faustina Kowalska, n. 445).

Un gemido silencioso es lo que sufre Jesús por los pecados de Bergoglio, de la Jerarquía que lo obedece, de los católicos que lo siguen, que lo aplauden, que lo vitorean, que lo encumbran a una gran popularidad entre el mundo.

Un gemido silencioso, pero doloroso: el Dolor de Su Amor. El terrible dolor de su Corazón que ve cómo los hombres de su Iglesia son ingratos a sus enseñanzas inmutables y prefieren las palabras rastreras, baratas, blasfemas, heréticas de un hombre sin cordura mental, que ha perdido el juicio y que sólo se dedica a su gran negocio en su iglesia bastarda.

Todos descargando su ira contra Jesús en su misma Iglesia. Claro, como la fe es un acto de memoria, hemos alcanzado la cumbre de la gradualidad en el conocimiento: hemos llegado a la perfección del conocimiento. En este tiempo de la historia, ya no hay más pecado porque un idiota ha descubierto que para unirnos sólo es necesario la diversidad de pensamientos. Eso es todo. ¡Cómo no se le ocurrió a Jesús en su tiempo! ¡La mente superdotada de Bergoglio! ¡Un acto de memoria! ¡Eso es todo para salvarse! ¡Así, claro, se salvan hasta los protestantes!

Tristes Navidades para todos.

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