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No llames a Bergoglio con el nombre de Papa

payaso

Nunca un Papa puede ser hereje; nunca se puede llamar a un hereje con el nombre de Papa:

«…Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 32).

Pedro, -todo Papa-, tiene el encargo, la misión del Señor de confirmar a los otros en la fe. Y, por eso, Pedro es el primero en la fe, está por encima de todos los demás en el conocimiento de la fe, ejerce la primacía sobre los demás, gobierna en vertical: no se le puede juzgar; todos le tienen que obedecer.

Si todo Papa tiene la misión de enseñar sólo la Verdad que salva a las almas, de guiar en la sola Verdad que santifica a las almas y de señalar el camino del Espíritu, el cual lleva a la plenitud de la Verdad, es claro que Bergoglio no es Papa ni puede ser llamado Papa por su manifiesta herejía.

Aquel católico o aquella Jerarquía que sostenga que un Papa pueda ser hereje o que un hereje pueda ser Papa o ser llamado Papa, es hacer una ofensa a la Palabra de Dios, a las enseñanzas infalibles de la Iglesia y es tomar por idiotas a todos los católicos.

Quien llame a Bergoglio con el nombre de Papa, quien lo reconozca como Papa verdadero está cometiendo la idolatría del pensamiento humano: el hombre que obedece una herejía, -la mente de un hombre hereje-, da culto al error en esa mente. Tiene que adorar, forzosamente, esa mente y apartarse de la Mente de Dios. Pretende buscar a Dios con conceptos equivocados sobre el bien y el mal.

«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la santa, romana, católica y apostólica, fuera de la cual creemos nadie se salva» (Papa Inocencio III, Eius exemplo, 18 de diciembre de 1208).

En la Iglesia no hay herejes. Quien practique la herejía se pone él mismo fuera de la Iglesia. No hace falta un escrito oficial para declarar a alguien hereje.

Quien se aparta de la Verdad Revelada, quien no sigue la doctrina de Cristo enseñada a sus Apóstoles y transmitida por toda la Tradición católica, y dada en el Magisterio infalible de la Iglesia, automáticamente está excomulgado, es anatema.

Después, la Jerarquía de la Iglesia puede poner penas al hereje. Pero no hay que esperar a la voz oficial de la Iglesia para llamar a alguien, que se ha apartado de la verdad, como hereje.

Bergoglio es hereje. Punto y final.

Bergoglio no puede ser Papa, porque Dios no puede sustentar con Su Poder los delirios de un hereje. Jesús no fundamenta Su Iglesia en los delirios del hereje Bergoglio.

Jesús cimienta Su Iglesia en Pedro:

«Apacienta Mis Corderos…Apacienta Mis Ovejas…» (Jn 21, 15.16).

Jesús no puede poner sus corderos, sus ovejas, sus almas, su rebaño, en manos de un hereje. ¡Nunca! Jesús no puede engañar ni engañarnos. Él es la Verdad y pone Su Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede caer en el pecado de herejía.

Por eso, la renuncia del Papa Benedicto XVI clama al cielo: es poner a toda la Iglesia en las manos de un hereje. ¡Nadie ha meditado en esta renuncia! ¡Un gran pecado! Y, por ese pecado, se inutiliza el Papado de Benedicto XVI: las llaves pasan al Padre; la Iglesia sólo está en los corazones, que permanecen fieles a la Palabra de Dios, no en la Jerarquía. ¡Ya no hay Iglesia en Roma!

Jesús confirma a Pedro –y por tanto a todo Papa-, en el oficio de jefe y cabeza de los Apóstoles y Pastor de Su Rebaño.

¡Nunca un Papa es hereje!

Esto es lo que enseña el dogma del Papado, que muchos católicos desconocen. Y siguen a una Jerarquía culpable.

«Finalmente, algunas de estas personas descarriadas intentan persuadirse a sí mismos y a otros que los hombres no se salvan sólo en la religión católica, sino que incluso los herejes pueden obtener la vida eterna» (Papa Gregorio XVI, Summo iugiter studio, # 2, 27 de mayo de 1832).

Esto es lo que enseña Bergoglio: él no quiere convertir a nadie a la fe verdadera, sino que los demás continúen en su fe, en sus vidas, en sus religiones, en sus iglesias, y formar una unidad en la diversidad: una iglesia para todos. Y esto es declarar que los herejes, los cismáticos, los apóstatas de la fe pueden ir al cielo. Él quiere celebrar con una fiesta la reforma de Lutero. Son los delirios de un hereje.

Ni Bergoglio ni los que obedecen a Bergoglio (= los que lo tienen como Papa verdadero) son de la Iglesia Católica ni se pueden salvar.

Todo hereje y todo aquel que siga al hereje y a su herejía, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia: son anatemas. Y, por tanto, nadie tiene que obedecer a esos hombres que viven en el delirio de su herejía. Quien los obedezca no puede encontrar salvación, en ellos, para su alma: se condena con ellos. ¡En la herejía, en una Jerarquía hereje, no hay salvación!

Por eso, lo que vemos en el Vaticano es un cisma claro: un hereje que levanta –en su orgullo- una nueva iglesia, y que atrae hacia ella a muchos católicos que han perdido totalmente la fe verdadera.

Un católico verdadero no puede obedecer a Bergoglio como Papa. Bergoglio es un hombre que vive en los delirios de su herejía. Y hay que llamarlo así: loco. Ningún hombre cuerdo se sienta en el Trono de Pedro para engañar, con su palabra, a las almas. Nadie hace eso. El que lo haga es un loco: está siguiendo la maldad que encuentra en su pensamiento humano y la está poniendo por obra, a pesar de las estupideces que habla a cada rato.

En Bergoglio no es tan importante lo que dice, sino lo que obra. El hereje no es el que predica una mentira como verdad. Todos los hombres son unos mentirosos. Aun el más santo, tiene que mentir.

El hereje es el que obra su mentira: cada uno vive en su vida lo que tiene en su pensamiento humano. Toda idea lleva al acto. Si piensas algo, eso es lo que obras siempre. Esto es ley del hombre.

Todo hombre es racional: vive de su mente humana. Dios ha dado a todo hombre el ser espiritual: el hombre tiene que esforzarse en dejar su racionalidad para entrar en la espiritualidad. Por eso, el camino de la cruz: para crucificar la voluntad humana, poner la mente en el suelo, y poder obrar la Voluntad de Dios. En la oración y en la penitencia, el hombre es siempre espiritual, hijo de Dios. Como los hombres quieren hacer su oración y su penitencia, entonces siempre se quedan en su racionalidad.

Bergoglio obra su herejía cada día. Después, entretiene a todo el mundo con su palabra barata y blasfema. Y de esa palabra se ven sus delirios de grandeza, sus locuras de hombre que sólo vive para ser adorado por los demás.

Muchos le hacen una mala publicidad: dicen sus frases, pero no las disciernen. No las combaten, porque no tienen a Bergoglio como enemigo de sus almas, sino que confían en él:

«No te fíes jamás de tu enemigo, pues como el ácido que destruye el hierro, así es su maldad» (Ecle 12, 10).

Como muchos ven a Bergoglio como una buena persona, un buen hombre, que de vez en cuando dice una buena palabra, algo que gusta al oído y a la mente del hombre, entonces siguen esperando algo de él: confían en su juicio, en su gobierno, en sus planes.

¿Quién puede confiar en los delirios de un hereje? Sólo confía aquel que se ha vuelto hereje, como él lo es. Sólo los locos confían en los locos.

«Aunque a ti acuda y se te muestre obsequioso, ponte sobre aviso y guárdate de él» (Ib., v. 11).

Los católicos verdaderos tienen que estar con la mosca detrás de la oreja. No porque Bergoglio declare palabras bonitas a los católicos, ni porque obre, en apariencia, cosas santas (bendiciones, misas, proclamación de santos,…), hay que acogerlo como Papa.

Como enseña Paulo IV en la Bula “Cum ex Apostolatus”, y el Código de Derecho Canónico lo asume e incorpora como Ley: el hereje, ipso facto, pierde el cargo cualquiera sea, sin necesidad de una declaración oficial y, por lo tanto, con el cargo pierde la jurisdicción que tuviere en la Iglesia.

Bergoglio no es nada: ni siquiera Obispo de Roma. Es un hereje que está levantando su nueva iglesia en Roma. Y no es más que eso. Sólo tiene un poder humano: el que los hombres, que lo han colocado ahí, le han dado. Es un poder temporal. Y, por su pecado de infidelidad, Bergoglio ni puede celebrar misa, ni puede bendecir nada, ni puede proclamar santos en la Iglesia. Todo lo que hace es una obra de teatro. ¡Cuánto cuesta entender esto a muchos católicos!

No te fíes de Bergoglio: guárdate de él si quieres salvar tu alma.

Predicar esto es hacer Iglesia, levantar la Iglesia.

No predicar esto, sino lo contrario, es destruir la Iglesia.

«El enemigo te acariciará con sus labios, pero en su corazón medita cómo echarte a la fosa» (Ecle 12, 15).

Bergoglio está tramando, todo el día, desde que se levanta hasta que se acuesta, cómo engañar, más y más, a todos los católicos. Cómo llevarlos al fuego del infierno. Y, como él, así obra toda aquella Jerarquía que se somete a su mente humana y le da obediencia como Papa.

Un hereje no milita en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, sino que se aparta, sin necesidad de sentencia oficial, de Él.

Esto es el catecismo:

«¿Quiénes están fuera de la verdadera Iglesia?Está fuera de la verdadera Iglesia los infieles, los judíos, los herejes, los apóstatas, los cismáticos y los excomulgados» (Catecismo Mayor de San Pío X – n. 226).

¡Muchos católicos desconocen el Catecismo!

«¿Quiénes son los herejes?Herejes son los bautizados que rehúsan con pertinacia creer alguna verdad revelada por Dios y enseñada como de fe por la Iglesia Católica; por ejemplo los arrianos, los nestorianos y las varias sectas de los protestantes» (Ib., n. 229).

¿Bergoglio es hereje? – Sí, porque siendo un bautizado, teniendo el Sacramento del Orden ha rehusado, de manera pertinaz, manifiesta, con sus homilías, con sus escritos doctrinales, con sus variadas declaraciones, con sus libros y con sus obras, que no cree en muchas verdades reveladas por Dios y que la Iglesia ha enseñado, de manera infalible, a lo largo de la historia.

Bergoglio no cree en ninguna verdad revelada. ¡Ninguna! Pero esto los católicos no saben verlo, porque se dejan engañar de su lenguaje humano.

La herejía de los modernos está sólo en el lenguaje, no en el concepto, no en la idea: no atacan sólo una verdad revelada, sino todas en su conjunto. Y lo hacen sin que nadie se dé cuenta. Todo el mundo está pendiente del lenguaje, no de la idea. Todo el mundo sigue el giro, el juego del lenguaje. Pero nadie sigue la idea.

Esto se llama hablar al sentimiento del hombre, dando a su mente una palabra bella, una estructura mental, una bandeja de plata, en la que el hombre se agrade: no encuentra en ello alguna idea que le moleste. Por eso, los modernistas no hablan de temas negativos: infierno, pecado, cruz, penitencia, mortificación, etc…Hablan de lo que gusta a todo el mundo: amor, perdón, paz, misericordia, tolerancia, diálogo, etc…

Si Bergoglio está levantando una nueva estructura de iglesia, es claro que hay que salir de ella: de parroquias, de comunidades, etc., en donde se establezca el gobierno de herejía de este sujeto y se imponga el estudio y la enseñanza de sus escritos herejes.

Hay que salir de Roma para permanecer en la Iglesia de Pedro, en la Roca de la Verdad que Cristo ha puesto para siempre.

Hay que esperar el tiempo del Espíritu. Ya no hay que esperar a los hombres, a la Jerarquía.

Muchos esperan un Papa católico después de Bergoglio: no han comprendido que, una vez que hagan renunciar a Bergoglio, el desastre viene para toda la Iglesia, sin excepción.

Por eso, hay que elegir en la Iglesia: o Cristo o el gobierno horizontal de la nueva iglesia. Y cada uno tiene que elegir.

Y estar con Cristo es oponerse, no sólo a Bergoglio sino a mucha Jerarquía y a muchos fieles que ya no son de la Iglesia Católica, pero que han cogido el poder: tiene capillas, tienen parroquias, tienen comunidades…y se han hecho fuertes: se llaman católicos, sin serlo, y van en contra de los verdaderos católicos que no quieren someterse a sus delirios de herejía.

Es tiempo de persecución real. Y esa persecución no viene de fuera de la Iglesia. Viene de los que una vez se sentaron a la mesa, partieron el pan y ahora han traicionado a Cristo por un plato de lentejas.

Los falsos católicos

engaño

«Resulta casi imposible para la conciencia de muchos, hoy día, el llegar a ver que tras la realidad humana se encuentra la misteriosa realidad divina. Este es, como sabemos, el concepto católico de la Iglesia» (Informe sobre la fe – Cardenal Joseph Ratzinger – Capítulo XI, Hermanos, pero separados, pág 173).

La Iglesia es un Misterio Divino, que los hombres no pueden percibir con sus mentes humanas ni con sus obras en la vida.

El Misterio de la Iglesia sólo se percibe en el Espíritu Divino, no en los caminos de los hombres, ni en sus esfuerzos humanos para hacer Iglesia. La Iglesia es únicamente la Obra del Espíritu en cada alma. Las almas necesitan apoyarse en el Espíritu para ser Iglesia.

Dos iglesias se ven en el Vaticano:

  1. la Iglesia remanente: que descansa en el Papa legítimo, Benedicto XVI; Papa hasta la muerte; Papa que no gobierna, pero que posee el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, por la Gracia de Su Papado.

  2. la iglesia modernista: que se levanta en el falso papa Bergoglio; falso, porque no tiene el Espíritu de Pedro, no ha sido llamado por Dios a recibir esa Gracia, la del Papado; y que enseña una doctrina falsa, que no se apoya en el Magisterio auténtico de la Iglesia ni en la Tradición.

Muchos dicen que lo que hace Bergoglio es responsabilidad de los anteriores Papas o del Concilio Vaticano II. Y, por tanto, si se critica a Bergoglio hay que criticar también a los otros Papas y al Concilio. Y se equivocan, porque Bergoglio no da continuidad al Papado, sino que es su destrucción, su aniquilación, su degeneración.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, que es lo que nunca han hecho los otros Papas. Bergoglio no es sólo apostasía, sino cisma dentro del mismo Vaticano. Y, por eso, se le puede atacar y juzgar, porque no representa a la Sede Apostólica.

Esta división está en el ambiente eclesial: existen los falsos católicos. Y, más que nunca, se perciben en esta gran división que se ve en Roma.

Dos Papas, dos iglesias, dos doctrinas, dos Jerarquías, dos fieles: uno verdadero, otro falso.

Mons. Lefebvre provocó un cisma en la Iglesia, ordenando cuatro Obispos para la FSSPX:

«Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia –que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano– constituye un acto cismático (can. 751)…» (Carta Apostólica Ecclesia Dei, 2-VII-1988, Beato Juan Pablo II).

Desde ese momento, surgieron en la Iglesia los falsos católicos: católicos que se mantenían en la Tradición, pero opuestos al Magisterio de la Iglesia, opuestos al Papa reinante:

«La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición: imperfecta porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición, que —como enseña claramente el Concilio Vaticano II— arranca originariamente de los Apóstolos, “va progresando en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo…” (DS 3.020). Pero es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia (DS 3.060(Ib., n-3).

No se puede ser fiel a la Tradición si se rompe con el Papa: no se puede ser católico si se juzgan a todos los Papas después de Pío XII, si se juzga un Concilio como falso, como herético.

En el Papa –y sólo en el Papa-, no en la Tradición, está la unidad en la Iglesia. Fuera del Papa, sólo hay clara división.

Lefebvre y su comunidad rompieron con la unidad, rechazando la sujeción al Romano Pontífice; y comenzaron a gobernarse a sí mismos, como una nueva iglesia cismática, trabajando en todas partes y haciendo que la apostasía creciera en la Iglesia. Ellos, los lefebvristas, son en parte culpables de la apostasía de la fe en 50 años. Y mucha culpa ha tenido su obra:

«el éxito que ha tenido recientemente el movimiento promovido por mons. Lefebvre puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la Tradición de la Iglesia, propuesta auténticamente por el Magisterio eclesiástico, ordinario o extraordinario, especialmente en los Concilios Ecuménicos desde Nicea al Vaticano II. De esta meditación todos debemos sacar un nuevo y eficaz convencimiento de la necesidad de ampliar y aumentar esa fidelidad, rechazando totalmente interpretaciones erróneas y aplicaciones arbitrarias y abusivas en materia doctrinal, litúrgica y disciplinar» (Ib., n-5.a).

Muchas iglesias locales, muchos católicos no respondieron a esta exigencia apremiante del Papa: a ser fieles a la verdadera Tradición, y se pasaron al enemigo, porque ellos defienden también la Tradición.

El Concilio Vaticano II no produjo la apostasía de la fe, porque ese Concilio, en sus textos, no contiene ninguna herejía. Lo que obró esa apostasía es  renunciar muchos a la sujeción al Papa: unos, por maldad, porque son una falsa Jerarquía, lobos vestidos de corderos, que viven de sus herejías escondidas en sus ministerios; y otros, como Lefebvre y los suyos, por clara desobediencia al Papa, clara rebeldía.

Lefebvre condena a la Iglesia viva y concreta del Papa Juan Pablo II: «No se puede seguir a esa gente, es la apostasía, no creen en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo… Procedamos a la consagración [de Obispos]». (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llama cismático al Papa Juan Pablo II y a la Iglesia que gobierna: «¿Un cisma?… Si es que hay un cisma, más bien está en el hecho del Vaticano en Asís y […] está en la ruptura de la Iglesia con su Magisterio tradicional. La Iglesia contra su pasado y su Tradición no es ya la Iglesia católica; y por eso para nosotros es indiferente ser excomulgados por esta Iglesia liberal, ecuménica, revolucionaria» (ib. 576).

Duras palabras de un hombre sin fe, que se creyó que él era necesario para impedir que la Iglesia se derrumbase por un precipicio de herejías y de sacrilegios:

«Pienso yo que aparentemente será un acto de ruptura con Roma, lo que será grave. Y digo que “aparentemente”, porque pienso que ante Dios es posible que mi gesto sea un gesto necesario para la historia de la Iglesia, para la continuación de la Iglesia […], del sacerdocio católico. Así pues, no digo yo que un día no lo haga, pero en unas circunstancias todavía más trágicas» (ib. 571).

La Iglesia, para salvarse, no tiene necesidad de ningún hombre, de ninguna comunidad, de ningún apostolado humano. Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu de Dios, no es la obra de ningún hombre. No son necesarios los lefevbristas para salvar a la Iglesia de lo que presenciamos actualmente en Ella. No es necesaria la FSSPX ni ninguna de las comunidades que han surgido por esta obra cismática de Lefebvre.

Es la Iglesia la que salva a los hombres; es la Iglesia unida al Papa legítimo la que da el camino de salvación. Porque la Iglesia es Cristo, Su Cuerpo: no es un conjunto ni de hombres ni de obras humanas. Es el Espíritu de Cristo el que obra y vive en cada alma unida a Él, en la Gracia. Es la Gracia de Cristo la que salva al alma en la Iglesia. Es la Gracia del Papado, la que salva a los hombres: es ser fiel a esa gracia, ser fiel al Papa, obedecerle en todo.

Muchos falsos católicos, que asumen, de una u otra manera, este espíritu cismático de Lefebvre, se creen salvadores de la Iglesia, y son sólo instrumentos del demonio para que la apostasía de la fe siga creciendo en toda la Iglesia.

La obra cismática de Lefebvre:

  1. conduce derechamente al sedevacantismo: porque no se puede sostener que si Roma ha caído en la herejía («Roma está en las tinieblas» [Tissier 575]; «Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía» [Tissier 578]), el Papa siga siendo el Vicario de Cristo. Si hay un Papa envenenado de modernismo, si hay un Papa hereje, entonces es clara la Sede Vacante, pues no es verdadero Papa el que cae en pecado de herejía.

  2. lleva al libre examen: no hay continuidad entre el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II y el actual. Hay enfrentamiento con todos los Papas después del Concilio, con sus discernimientos, con sus mandatos, con sus enseñanzas. Ya no es Roma la que habla, la que decide, la que muestra el camino, sino que es la propia interpretación del individuo lo que prevalece. Y, por eso, muchos católicos ya no saben obedecer a la Jerarquía, no saben ser humildes, no ven la Voluntad de Dios ni en los Obispos, ni en los sacerdotes, ni en las obras apostólicas que se hacen en la Iglesia.

Hay muchos católicos que se paran en Pío XII, y sólo ven la Tradición y el Magisterio anterior al Vaticano II. Se quedaron ahí. Lo demás, ya no sirve: lo interpretan según sus ideas humanas. Se convierten en los nuevos fariseos y saduceos de la Iglesia, que combaten al mismo Cristo, en Pedro y en su Cuerpo Místico. Combaten a los mismos católicos.

Falsos católicos es lo que vemos por todas partes. Y esos falsos católicos no saben discernir a Bergoglio. Lo tienen como un Papa material, no formal.

No existe un Papa material, que es como muchos ven a Bergoglio: está sentado en la Silla de Pedro, se viste como un Papa, obra actos propios de un Papa, pero su herejía le imposibilita ser Papa formal.

Muchos, sin caer en el sedevacantismo, tienen que hacer esta interpretación filosófica del dogma: tienen que dar un rodeo en su mente para no caer en el espíritu cismático del sedevacantismo. Y, por eso, dicen: sí, Bergoglio es Papa, pero material, no formalmente.

Y es un absurdo esta interpretación, que es libre: es una interpretación protestante de la situación de la Iglesia. No se quiere captar la realidad invisible de la Iglesia.

No ven el acto infalible del Papa Benedicto XVI en su renuncia. No disciernen este punto fundamental. No ven a Benedicto XVI como el Papa legítimo, a pesar de su renuncia. Y temen caer en la Sede Vacante.

Siendo el Papa Benedicto XVI el verdadero, es infalible cuando enseña en la Iglesia. Y su acto de renuncia al gobierno de Roma es un acto infalible: está enseñando como Papa; es la obra de su gobierno infalible en el Papado.

Benedicto XVI no falló en lo que le pedía Dios: renunciar. Sí falló en el modo de renunciar. Cometió un pecado, pero su acto de renuncia fue infalible.

En todo Papa hay que ver su infalibilidad y se impecabilidad. El Papa es infalible e impecable como Cabeza Visible de la Iglesia; pero sigue siendo pecador como hombre, que es.

La santidad del Papa, como cabeza visible de la Iglesia, es distinta de la santidad del Papa como hombre, como alma unida a Cristo en la Iglesia.

La Iglesia es en Pedro, en la Santidad ontológica de Pedro como Cabeza Visible. Pedro, como hombre, sigue siendo pecador.

Jesús, que es el Santo de los Santos, elige para Su Iglesia una Cabeza Visible Santa. Por la razón de ser Cabeza, el Papa tiene la gracia de no pecar, ni como Cabeza, ni como hombre.

La Iglesia es Santa, aunque sus miembros sean pecadores. Hay una Santidad ontológica que lleva a una santidad moral en sus miembros y, por tanto, lleva a hacer obras morales santas.

La Iglesia es Santa, no es pecadora. El Papado es Santo, de manera ontológica. Y esta santidad ontológica lleva a efecto la santidad del Papa como hombre. Esta santidad ontológica no es caer en la papolatría, sino dar al Papa, como Cabeza Visible de la Iglesia, lo que es en la Iglesia, lo que Jesús ha puesto en Pedro, en el Papado, en toda la Jerarquía.

Caer en la papolatría o franciscomanía es a un hereje, como Bergoglio, llamarlo santo. Es de un hombre hereje, pecador, cismático, proclamarlo santo, justo, por las obras exteriores humanas que hace.

Benedicto XVI, en su renuncia, hizo dos cosas:

  1. un acto infalible: enseñó que no quería gobernar más la Iglesia. Fue una enseñanza infalible. No se equivocó el Papa en esa obra. Dio la Verdad a la Iglesia;

  2. un pecado como hombre: dio su obediencia al nuevo Papa que los Cardenales iban a elegir. Este pecado, en el Papa, no se puede seguir, no se puede imitar. Es un pecado como hombre, no como Cabeza Visible.

Hay que someterse a la renuncia del Papa legítimo; pero no hay que someterse a su pecado como hombre.

Este discernimiento es muy necesario si se quiere comprender qué significa la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Benedicto XVI se retiró del gobierno de la Iglesia porque así se lo pidió Dios. Pero fue una renuncia forzada por los hombres. No fue una renuncia libre. Y, por eso, el Papa no pudo elegir libremente lo que quería hacer en la Iglesia: no pudo huir de Roma y dedicarse a gobernar la Iglesia desde otra parte. Lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia. Y solo no se va a ninguna parte.

Benedicto XVI no pudo alertar a toda la Iglesia de la situación gravísima en la que estaba: hablar sería morir, ser quitado de en medio, como con todos los Papas anteriores se ha hecho.

Benedicto XVI sólo pudo retirarse al silencio y a la soledad, a un retiro monacal, que es donde permanece. Pero se retiró mal: en obediencia a un impostor.

Este pecado es sólo del Papa como hombre, pero no del Papa como Cabeza Visible de la Iglesia. Es un pecado personal que le condiciona en su retiro, en su soledad. Y, por eso, tiene que estar sometido a Bergoglio, de alguna manera.

Este pecado sólo Dios lo puede juzgar en el Papa. No le toca a la Iglesia juzgarlo. A la Iglesia sólo le toca discernir lo que ve en Roma, para poder seguir siendo Iglesia.

La Iglesia tiene que ver el magisterio infalible de Benedicto XVI en su renuncia: es decir, tiene que retirarse al desierto, tiene que vivir en silencio, en la soledad de todo lo humano. Y la razón: porque así lo enseña el Papa en su renuncia.

Un Papa legítimo siempre enseña en la Iglesia, aunque haya renunciado al gobierno de Ella.

Un Papa legítimo siempre es el que marca el camino de la salvación y de la santificación a toda la Iglesia. Benedicto XVI está enseñando a toda la Iglesia lo que tiene que hacer en estos momentos, está marcando el camino en su soledad, en su retiro monacal. Y los católicos no quieren aprender del Papa a caminar en la Iglesia. Y, por eso, se confunden: están pendientes de un impostor, de uno que no es Papa, de un falsario del Papado. Y no están pendientes de su Papa legítimo, que siempre es Voz de Cristo en la Iglesia. Siempre.

Los católicos verdaderos tienen que retirarse al desierto. No tienen que estar metidos en esta gran división, porque van a perder la fe a manos de los falsos católicos, de esos fariseos que quieren ser tradicionales pero sin 50 años de Papado, de magisterio auténtico de la Iglesia.

Hay muchos católicos que hacen caso de estos falsos católicos, y van perdiendo la fe verdadera. Si la obra de Lefebvre tuvo tanto éxito en su tiempo, la obra de Bergoglio va a tener un éxito enorme.

Sin con Lefebvre, los católicos no hicieron caso de un Papa legítimo, ahora menos van a hacer caso de Benedicto XVI en su retiro, en su renuncia. Ahora es cuando van a ser arrastrados por la corriente herética y cismática, no solo de los lefebvristas y compañía, sino de todo lo que está levantando Bergoglio en Roma.

Son pocos los católicos que han comprendido la retirada del Papa legítimo. Y, por eso, son pocos los que llaman a Bergoglio por su nombre: falso papa en una falsa iglesia.

Los falsos católicos lo llaman papa; y no comulgan con él por su herejía. ¿Cómo es que lo seguís llamando Papa? Han quedado ciegos.

Y los católicos tibios no saben quedarse ni en uno ni en otro: todo es una de cal y otra de arena. Ahora están con Bergoglio, porque ha dicho algo interesante; ahora no están, porque dice tonterías. Son tibios en su fe: no se apoyan en la verdad de un Papa, sino en la mentira de un hombre que no es Papa.

Lefebvre fue excomulgado y murió excomulgado. ¿Por qué lo llaman santo? ¿Por qué lo defienden? ¿Por qué hacen caso de su obra? Es un demonio encarnado, igual que Bergoglio. Es un demonio que ha levantado otra iglesia, que quiere tener todo lo de la Iglesia católica, quitando aquello que les lleva a su cisma.

Bergoglio quiere, dentro de los muros del Vaticano, levantar su propia iglesia y llamarla también católica, pero sin nada de su doctrina. Un catolicismo sólo en el término universal de la palabra, pero no en la sustancia de su contenido: no son católicos para una verdad, sino para un sistema global, universal, externo, donde entran todo y todos los hombres.

Bergoglio y Lefebvre son la causa de la apostasía de la fe: uno, por su clara herejía, desde siempre, en la Iglesia: es un lobo que lleva almas al infierno, con su palabrería inútil y estúpida; y el otro, es un fariseo de la tradición de la Iglesia: quiere limpiar el plato por fuera, pero su corazón está lleno de odio hacia el Papado, que es el que da la unidad en la Iglesia.

La Iglesia no está ni en Bergoglio ni en Lefebvre; no está en la FSSPX. La Iglesia sigue estando en su Papa legítimo, Benedicto XVI. Está ahora en Sede Vacante en cuanto al gobierno, pero no en cuanto al Primado de Jurisdicción: nadie gobierna la Iglesia. Sólo Cristo la rige sin la Jerarquía. Este punto, no lo saben discernir toda esa gente. Cuando muera, Benedicto XVI, es el tiempo de la destrucción de la Iglesia. Destrucción en cuanto a lo material, no a lo espiritual. Destrucción que ya se observa en muchas partes. Será el tiempo de la persecución de los verdaderos católicos: los bergoglianos y los lefebvristas perseguirán a la verdadera Iglesia, porque ellos se unirán en el odio a la verdad, para implantar su mentira.

Bergoglio representa el poder romano; los lefebvristas, el poder farisaico. Y, como en el tiempo de Jesús, se unirán para dar muerte al Cuerpo Místico de la Iglesia.

La Iglesia está gobernada por un hombre que no es Papa, y la lleva hacia su autodestrucción

pobresdespiritu

«De hecho, los obispos que apoyan la idea de conceder la Sagrada Comunión a los “divorciados vueltos a casar” son los nuevos Fariseos y Escribas, porque descuidan el mandamiento de Dios, lo que contribuye al hecho de que de los cuerpos y de los corazones de estas personas  continúen “procediendo el adulterio”  (Mateo 15, 19), pues quieren exteriormente una solución  “limpia”, y  dar la impresión de ser “limpios” a los ojos de aquellos que tienen el poder (los medios de comunicación, el público en general). Pero cuando un día aparezcan de pie ante el tribunal de Cristo, sin duda, para su gran consternación oirán sus palabras: «¿Por qué declaras Mis Mandamientos y tienes Mi Alianza en tu boca? Teniendo luego en odio la disciplina, y te echas a las espaldas Mis Palabras (…) cuando tienes parte con los adúlteros (Salmo 50 16-18)». (Entrevista con Monseñor Atanasio Schneider) [Traducción inglesa]

Bergoglio, lobo vestido de cordero, junto a una Jerarquía traidora a la verdadera Fe, están destruyendo la Iglesia desde dentro.

Esto es lo que nadie se atreve a publicar. Y esto es lo único que importa conocer para poder evaluar lo demás que pasa en la Iglesia. Si no se parte de este hecho, entonces todo sigue igual: se ve la situación y se dice: ya en el próximo Sínodo veremos qué pasa. Continuemos la vida de la Iglesia como si nada hubiera pasado.

Bergoglio y los suyos son los nuevos fariseos y escribas, que quieren parecer santos antes los demás porque se ocupan de los problemas sociales, humanos, económicos, pero destrozan la verdad de las vidas de los hombres.

Cada alma en la Iglesia tiene que vivir la verdad a la cual ha sido llamada desde toda la eternidad. Y esa verdad es inmutable para ella, para la vida de cada hombre. Es la verdad que Dios quiere para cada hombre. Y es una verdad objetiva, que la mente humana no puede encontrar por más que piense y medite su vida. Es una verdad que revela Dios a cada alma.

La verdad de cada alma está en Cristo. Y sólo en Cristo. Y cada alma tiene que someterse a la Mente de Cristo, que significa imitar la misma Vida de Cristo: una vida para Dios, una vida en Dios, una vida con una obra divina.

Si las almas no se someten a la doctrina de Cristo, entonces están en la Iglesia con sus doctrinas, las que sacan de sus mentes humanas, y así quieren imponerlas a los demás.

Un Sínodo que fue una encrucijada para todos. Todo estaba planeado con anterioridad: «El documento preliminar (Relatio post disceptationem) fue, sin duda, un texto pre-fabricado sin ninguna referencia real a las verdaderas declaraciones de los Padres sinodales» (Ib).

O como dice el Cardenal Burke: «Todo estaba controlado y manipulado, si puedo decirlo». (Entrevista a Monseñor Raymond Leo Burke).

Y ¿a quién hay que atribuirle este barullo en el Sínodo?

A Bergoglio y a su clan masónico. Sólo a ellos.

¿Cómo es posible que un texto herético sea publicado como un documento oficial católico y traducido a cinco idiomas? «Esta es la primera vez en la historia de la Iglesia que un texto heterodoxo fue actualmente publicado como documento de una reunión oficial de los Obispos Católicos, bajo el liderazgo del Papa, a pesar de que el texto tenía sólo un carácter preliminar» (Entrevista con Monseñor Atanasio Schneider).

¿Cómo es posible?

Porque quien gobierna el vaticano actualmente son los poderes masónicos: son hombres de la masonería. Hombres ocultos. Sólo aparecen los muñecos: Bergoglio, Kasper y demás bazofia en la Iglesia. Estos son los títeres de lo que gobiernan en la Iglesia. Y estos impusieron este documento, que es una vergüenza para toda la Iglesia, es una mancha negra:

«Este documento sinodal, aunque sea preliminar, es una verdadera lástima y una indicación para evaluar el espíritu del mundo anti-cristiano que ya ha penetrado tan importantes niveles de la vida de la Iglesia. Este documento permanecerá, para las futuras generaciones y para los historiadores, una mancha negra con la cual se ha manchado el honor de la Santa Sede» (Ib).

Decir que son otros los que gobiernan la Iglesia –no Bergoglio y los suyos- nadie lo dice, nadie lo publica, pero todos lo piensan.

Que el poder masónico ha puesto a Bergoglio como falso Papa: eso es clarísimo para aquellos que no se dejan engañar por las falsas apariencias.

Bergoglio hechiza con sus apariencias externas, con sus sonrisas, con sus lisonjas, y muchos caen en ese juego maldito. Son muchos los católicos que se han vuelto auténticamente estúpidos en la vida de la Iglesia. No saben discernir cómo el demonio actúa en la Jerarquía. Desde siempre la falsa Jerarquía usa el Evangelio de Cristo y le cambia el sentido para adaptarlo a sus necesidades. Esto es lo que hace Bergoglio y los suyos todos los días desde que se levantan hasta que se acuestan. Todos los días. Y, después de 20 meses, muchos fieles católicos no se han dado cuento del juego de Bergoglio.

¿Qué hacen en la Iglesia esos católicos? Sus vidas humanas, sociales. Trabajan para sus intereses personales. Y les da igual quién gobierne la Iglesia. Les da igual.

Siempre la falsa Jerarquía se esconde con las vestiduras de la humildad, de la pobreza, de la obediencia, para llevar al Rebaño al engaño más total.

Y la Jerarquía ve este juego: «Hay afirmaciones en la Evangelii gaudium que expresan el pensamiento del Papa. Las recibimos con respeto, pero no enseñan una doctrina oficial» (Entrevista a Monseñor Raymond Leo Burke).

Y toda la Jerarquía calla.

¿Cómo es posible que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro saque un documento no católico? Ningún Papa en la Iglesia habla de manera privada cuando enseña algo. Ninguno.

¿Cómo es que a Bergoglio se le permite esto? «El propio Papa dice al principio del documento que no es magisterial, que solo ofrece indicaciones de la dirección en que llevará a la Iglesia» (Entrevista a Monseñor Raymond Leo Burke).

La misma Jerarquía de la Iglesia está viendo el desastre que es Bergoglio para toda la Iglesia y lo siguen manteniendo. Y dicen un absurdo:

Si Bergoglio dice que su documento no es magisterial, es decir, no enseña nada católico en la Iglesia, ¿para qué son esas indicaciones? ¿hacia dónde quiere dirigir la Iglesia con un documento que no es católico? ¿para qué le han puesto como Papa?

La Iglesia es llevada por Bergoglio con una enseñanza no papal, no magisterial. ¿Cómo es que la Jerarquía no actúa en contra de Bergoglio y le siguen permitiendo este desastre en la Iglesia?

¿Cómo es que Burke se atreve a decir esto?: «hace falta una presentación cuidada a los fieles, explicando la naturaleza y el peso del documento».

¿Por qué queréis presentar a los fieles algo que explique una enseñanza herética? Si este documento no es católico, ¿por qué no lo dejan a un lado y ponen un documento católico?

Si Bergoglio no es Papa, ¿por qué no lo quitan y ponen a un verdadero Papa?

Porque ya no pueden hacer esto.

Es que no se atreven a decir: Bergoglio no es Papa. Bergoglio es un fraude. Bergoglio es un impostor. No se atreven. Y, por todos los medios, lo quieren salvar, quieren justificar el pecado de Bergoglio en la Iglesia. Por todos los medios. Ni siquiera los Obispos buenos son buenos. Tienen miedo a decir la Verdad como es.

Burke vio el desastre en el Sínodo: «Esos resúmenes me sorprendieron, no reflejaban bien el contenido de las discusiones, daban la impresión de que todo se estaba dirigiendo a favor de la posición expuesta por el cardenal Kasper. El verdadero shock llegó con la Relatio post disceptationem [resumen de las intervenciones de la primera semana del Sínodo]. Parecía un manifiesto para cambiar la disciplina de la Iglesia frente a las uniones irregulares».

Y sólo se atreve a decir esto: «En un momento tan crítico, en el que hay una fuerte sensación de que la Iglesia está como una nave sin timón, no importa la razón».

¿Qué no importa la razón? Por supuesto, que importa. La Iglesia está como una nave sin timón por culpa de Bergoglio y su clan masónico. Esta es la razón. Y esto es lo que calla Burke. Tiene miedo: «Tengo todo el respeto al ministerio petrino y no quiero que parezca que soy una voz contraria al Papa».

Burke no quiere ser una voz contraria a Bergoglio. Lo sigue teniendo como Papa. Éste es el verdadero problema de su fe como Obispo.

Si no te opones a un hombre que destruye la Iglesia con su enseñanza comunista, ¿para qué eres Obispo? ¿para qué estás en la Iglesia? ¿Para qué?

Todos hablan de manera general sobre lo que ha pasado en el Sínodo: «Que en el mismo seno de la Iglesia hay personas que socavan la enseñanza de Nuestro Señor se hizo evidente ante el mundo entero gracias al Internet y al trabajo de algunos periodistas católicos que no permanecieron impasibles ante lo que estaba ocurriendo con el tesoro de la fe católica» (Entrevista con Monseñor Atanasio Schneider). No se atreve Schneider, en toda su larga entrevista, llamar a Bergoglio con su nombre: falsario, impostor.

Y sólo da soluciones para la vida general de la Iglesia: «Tenemos que animar a los católicos ordinarios a que sean fieles al Catecismo que han recibido, a que sean fieles a las claras palabras de Cristo en el Evangelio, a que sean fieles a la fe que sus padres y antepasados les transmitieron. Tenemos que organizar grupos de estudios y conferencias sobre la doctrina perenne de la Iglesia sobre el matrimonio y la castidad, invitando especialmente a los jóvenes y a las parejas casadas. Tenemos que mostrar la auténtica belleza de una vida en castidad, la auténtica belleza del matrimonio y la familia cristianos, el gran valor de la cruz y del sacrificio en nuestras vidas. Tenemos que presentar más ejemplos de los santos y de personas ejemplares que, a pesar de que sufrían las mismas tentaciones de la carne, la misma hostilidad y burlas del mundo pagano, con la gracia de Cristo tuvieron una vida feliz en castidad, en un matrimonio cristiano y en una familia».

Todo esto está muy bien, pero el problema central sigue: la Iglesia está gobernada por un hombre que no es Papa y la lleva hacia su autodestrucción.

Este es el problema.

Y esto es lo que todo el mundo calla.

Bergoglio ha puesto bajos los pies de toda la Jerarquía una alfombra roja. Y mientras hace eso, Bergoglio usa sus falsos tonos sabios y sus falsos gestos gentiles, para que todo el mundo oiga y vea cuán santo y bueno es.

Bergoglio les da a la Jerarquía lo que ella quiere: comida y trabajo. La alfombra roja. A otros les da comunismo, marxismo, protestantismo y una vida de placeres. A cada uno le pone una alfombra roja para que lo dejen tranquilo. Porque Bergoglio sabe lo que piensa cada Obispo de él.

En la Jerarquía todos nos conocemos: sabemos quién es un hereje y quién no. Y a pesar de ese conocimiento, toda la Jerarquía es engañada. ¿Cómo? Con la alfombra roja del lenguaje humanista; con la alfombra roja de los apostolados humanistas. La alfombra roja del humanismo. Con la idea humana se seduce a mucha Jerarquía. Con la política de los hombres se lleva a la Jerarquía a donde no quieren ir. Es fácil engañar a los sacerdotes y Obispos: el juego del lenguaje humano, de la vida humana, de las obras humanas. Si besas mi trasero tienes todo en la Iglesia. Esta es la alfombra roja que pone Bergoglio a mucha Jerarquía.

Bergoglio es un demonio que se viste de santo y que conduce directamente a Satanás, a la mente del demonio y a sus obras infernales.

¿Qué se puede esperar de un hombre que da culto al hombre? ¿Qué esperan del gobierno de un hombre que quiere a todo el mundo en la Iglesia? ¿De un hombre que ya no es católico, sino global, del mundo?

«Es el ecumenismo de la sangre que se vive hoy» (31 de octubre del 2014). La carne y la sangre es lo que nos hace ser hijos de Dios.

«Ecumenismo espiritual, rezar juntos y anunciar juntos que Jesús es el Señor, y obrar juntos en ayuda de los pobres, en todas sus pobrezas. Esto se debe hacer, y no olvidar que hoy la sangre de Jesús, derramada por sus numerosos mártires cristianos en diversas partes del mundo, nos interpela y nos impulsa a la unidad. Para los perseguidores, nosotros no estamos divididos, no somos luteranos, ortodoxos, evangélicos, católicos… ¡No! ¡Somos uno! Para los perseguidores, somos cristianos. No les interesa otra cosa» (Ib).

¿Ven la clara herejía? «La sangre de Jesús es derramada por su numerosos mártires cristianos en diversas parte del mundo».

La sangre de Jesús está en todos los cristianos. ¡Mayor barbaridad no se puede predicar! ¡No se puede!

Somos uno: no somos católicos, ni luteranos, ni ortodoxos…Ya no hay verdad objetiva, ni hay pecado objetivo. Todos somos santos. Todos somos mártires. La sangre nos une. Esa Sangre de Jesús que está verdaderamente en cada cuerpo humano.

¿Captan el gnosticismo de este insensato? ¿Captan hacia dónde va la Iglesia?

Pues, esto, muchos católicos no lo captan, no lo disciernen. Ya no pueden verlo, porque se han hecho amigos de uno que les pone una alfombra roja a sus pies, para que caminen sin problemas en sus vidas humanas.

Todas las almas en la Iglesia, sean fieles, sean Jerarquía, están en un gravísimo peligro. Y nadie se los dice. Nadie. Ni Burke, ni Schneider ni ningún otro. No se atreven a decirlo, porque no son capaces de amar a las almas como Cristo las ama. No son capaces.

Si quieren seguir siendo Iglesia, no hagan caso de las aparentes bellas palabras que escoden herejías y engaños. Son las nuevas fábulas que se ven ya en todas partes.

Hoy más que nunca la Iglesia está desfigurada y corrompida, y no puede renovarse imitando al mundo:

«El Papa, justamente, habla de la necesidad de ir a las periferias. La respuesta de la gente ha sido muy calurosa. Pero no podemos ir a las periferias con las manos vacías. Vamos con la Palabra de Cristo, con los sacramentos, con la vida virtuosa del Espíritu Santo. No digo que el Papa lo haga, pero está el riesgo de interpretar mal el encuentro con la cultura. La fe no puede acomodarse a la cultura, sino llamarla a la conversión. Somos un movimiento contracultural, no popular».

Burke no se atreve a decir: Bergoglio lo hace. Se va a la periferia con su herejía, con el vacío de un corazón lleno de pecado.

No dice que Bergoglio es el culpable, sino que culpa a los demás: «está el riesgo de interpretar mal el encuentro con la cultura»

Pero, ¿quién es el culpable de que se interprete mal el encuentro con el mundo? Bergoglio, porque su enseñanza no es papal. Está como cabeza, pero no actúa como cabeza. Es un fariseo, es un sepulcro blanqueado.

Que no diga Burke: «Sufren un poco de mareo, porque para ellos parece que la nave de la Iglesia ha perdido la brújula. Hay que dejar a un lado la causa de esta desorientación, pues no hemos perdido la brújula. Tenemos la constante tradición de la Iglesia, las enseñanzas, la liturgia, la moral. El catecismo no cambia».

Hemos pedido la brújula, pero no la hemos perdido. No busquemos la causa de esta desorientación. Burke se niega a ir al centro del problema: Bergoglio. Y sale por la tangente: tenemos la tradición, la moral, etc… Burke no enseña al alma la Verdad de lo que pasa en la Iglesia, en el gobierno, en las altas esferas del poder. La esconde. Tiene miedo de hablar claro.

Hoy la Iglesia quiere renovarse imitando al mundo. Y es el mundo el que tiene que imitar a Cristo. Y esto es lo que nadie enseña.

Hoy la Iglesia quiere ser gobernada con un hombre que imita al mundo.

Hoy la Iglesia quiere ser enseñada con el magisterio de un hombre que imita al mundo.

Hoy la Iglesia quiere caminar por la senda demoníaca que traza un hombre que imita al mundo.

Nadie quiere imitar a Cristo. Nadie quiere dar testimonio de la Verdad. Nadie.

Todos, aun los buenos, enseñan un engaño: sigamos en la Iglesia obedeciendo a un hombre que tiene un magisterio no católico. Un hombre que no es Papa. Un hombre que ha sido puesto para destruir la Iglesia.

Pero, ¿a dónde váis? Si el problema de la Iglesia actual es su cabeza: ese hombre al que han puesto como Papa, y que no es Papa. Éste es el problema de toda la Iglesia. El problema no son ni los malcasados ni los homosexuales. El problema es Bergoglio.

¿Qué se hace con Bergoglio?

Esto es ahora objeto de discusión en el Vaticano. Su renuncia está al caer. Pero tienen que inventarse algo para que renuncie. Pero, aunque renuncie ese hombre, todo seguirá igual. Todo. Y peor todavía. Porque le harán renunciar por el bien de la Iglesia, por el bien de los hombres, pero no por el bien de la Verdad de la Iglesia. Será una renuncia falsa, premeditada, ya obrada con anterioridad, ya pactada.

A Bergoglio le queda poco tiempo. Y bien lo sabe él. Por eso, ahora se verán las leyes inicuas en la Iglesia, para ir quitando gente “apegada” a lo tradicional, y así poner gente infestada de todo lo demoníaco.

En el Vaticano se levanta la falsa iglesia con su falso cristo

zanatema

«Falsa Iglesia, verdadera Iglesia; falso Cristo, verdadero Cristo. La falsa Iglesia la constituye aquellos sacerdotes herejes, aquellos sacerdotes anatemas, aquellos sacerdotes que mutilan la Palabra de Dios, aquellos sacerdotes que se salen del contexto bíblico; aquellos sacerdotes que llevan una doble vida, una doble moral; aquellos sacerdotes que aparentan santidad frente a las demás personas, frente a sus fieles; aquellos sacerdotes con apariencia de buenos, mientras que su corazón es un cementerio mal oliente, un sepulcro putrefacto; la blancura no se mide por lo exterior, la blancura se mide es por la pureza del alma, en la limpieza del corazón. Vosotros estáis llamados a la coherencia de vida. Vosotros estáis llamados a vivir en la radicalidad del Evangelio; estáis llamados a huir de la falsa Iglesia» (María, Madre de la Iglesia – Falsa Iglesia, verdadera Iglesia Mayo 25/09 – pag. 2- Revelaciones dadas a un alma a quien Jesús le llama Agustín del Divino Corazón. Mensajero de los Sagrados Corazones Unidos y Traspasados de Jesús y de María)

La Iglesia no es el Vaticano. En el Vaticano está la falsa Iglesia. En las diócesis que se someten al Vaticano está la falsa Iglesia.

El Vaticano ya ha demostrado, en su Jerarquía, que no es y no quiere ser parte de la Iglesia Católica. Ellos han puesto una falsa cabeza, que ha levantado una falsa iglesia, con un falso cristo. Y esto es lo que ellos venden al mundo entero. Venden un hombre al que proclaman como Papa y exigen que se le obedezca porque es el Papa.

Después de 50 años, en que en el concilio Vaticano II, los teólogos modernistas pudieron introducir la doctrina colegial según la cual el Papa tiene la misma jerarquía que los obispos —primus inter pares (el primero entre muchos)—Y, por tanto, su función se limitaría a hacer de policía entre los miembros de un poder sinárquico y no ya monárquico, sin ninguna autoridad en la Iglesia, ocasionando, por ello, la igualdad de todos los Obispos en el poder de la Iglesia, la independencia de los sínodos, de las conferencias episcopales, poniéndose por encima de la Voz del Papa, de la Voz de cada Obispo. Ya los Papas, los Obispos, como personas aisladas son absolutamente impotentes en la Iglesia; la fuerza está sólo en la colegialidad. Esto lleva, por supuesto, a la desobediencia, rebeldía y división entre los Obispos. Esto es la anarquía en el poder.

Ahora -después de 50 años- , esos teólogos, ahora los que siguen a Bergoglio pretenden que todos obedezcan a un falso Papa, cuando son ellos los que nunca han obedecido a un Papa en la Iglesia. Ellos quitaron la obediencia al Papa, para ponerla en colegialidad. El mismo Bergoglio nunca se ha sometido a la obediencia a un Papa. ¿Y ahora quiere obediencia? Ahora es cuando hay que desobedecerle en todo. Esa desobediencia no es pecado, sino una virtud, un deber moral de todo católico que sepa lo que es su fe, que haya entendido lo que es Cristo y Su Iglesia.

El Papa Pablo VI, comprendiendo que había sido engañado, se derrumbó y lloró. Por este motivo convocó de urgencia, una tarde de noviembre de 1964, al cardenal Ruffini:

«Eminencia, ¡salve el Concilio! ¡salve el Concilio! Y decía gimiendo y llorando: Sono i periti che fanno il Con-cilio! … Hay que hacer frente a la prepotencia de esos empleados». (Raymond Dulac, La collégialité épiscopale au concile Vatican II, p. 156)

El Papa mandó adjuntar, en apéndice, una Nota explicativa previa que excluía la interpretación herética, salvando la doctrina católica al último momento. Pero, el mal ya se había hecho: quedó la ambigüedad de los textos conciliares. Así es como funciona el don de la infalibilidad de un Papa, que mucha gente no entiende. Las personas creen que sólo el Papa es infalible cuando enseña ex catedra. Y se equivocan. Ese don es una providencia divina particular sobre la persona del Papa para remediar lo que es el mal en la Iglesia, para no caer ni hacer caer que la Iglesia caiga en la herejía. Por eso, ningún Papa legítimo es hereje. Puede estar rodeado de muchos herejes, que hacen mucho mal a su alrededor y procuran que sus obras heréticas tengan el sello papal. Pero nunca un Papa cae en herejía, en algo que le puede sacar de la Iglesia.

El Vaticano es una muralla que nadie puede transitar sin perder la fe católica. Los que viven allí no pertenecen a la Iglesia Católica. No tienen la fe verdadera; tienen una fe inventada por su razón humana. El culto a la idea del hombre: eso es el Vaticano. Es una madriguera de lobos en donde se viven los sietes vicios capitales, en donde los tres pecados de herejía, cisma y apostasía, son el sello de sus obras. Sacerdotes y Obispos anatemas, que mutilan, que destrozan toda Verdad en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo con todas sus almas, que fieles a la Gracia, permanecen unidas a Él, en el Espíritu. Almas que han comprendido la vida de Cristo y que la imitan sin más, dando testimonio de la única Verdad, que es Cristo.

Iglesia y Vaticano son ya dos cosas distintas. Y, por lo tanto, en la Iglesia existe una confusión total debido a muchos Cardenales y Obispos del Vaticano.

El Papa de la Iglesia Católica es Benedicto XVI, el cual no gobierna porque ha renunciado al ministerio de Obispo de Roma, pero sigue conservando, en su persona, el Primado de Jurisdicción, la Autoridad Divina, que sólo él puede tener. Esto, mucha gente, no acaba de comprenderlo, porque no vive en Gracia en la Iglesia. Viven en su mentalidad modernista y quieren que todo el mundo se someta a esa mentalidad, que supone someterse a la mente de un hereje, como es Bergoglio. Y eso es imposible en la Iglesia que Jesús ha fundado en Pedro. En la Iglesia se obedece a la Verdad, que es Cristo, no a los hombres que reniegan de la Verdad.

Pedro nunca fue hereje. Negó a Su Maestro, pero su pecado no llegó a la apostasía de la fe. No renegó de la Verdad. Una vez que vio su pecado, volvió a Cristo, a la Verdad. Esto es lo que no hace toda esa gentuza, que se llama a sí misma sacerdote y Obispo de la Iglesia, y que no tienen en sus mentes la Mente de Cristo. Sus mentes se han quedado en la mentira y sólo dan vueltas a esa mentira, sin posibilidad de arrepentimiento. No son un Pablo VI, que cayó en la cuenta de la mentira, y puso un remedio.

«¡Basta con la disensión dentro de la Iglesia! ¡Basta con una disgregadora interpretación del pluralismo! ¡Basta con la lesión que los mismos católicos infligen a su indispensable cohesión! ¡Basta con la desobediencia calificada de libertad!» (18-VII-1975). Pablo VI nunca fue escuchado ni perdonado por mucha gente, que se cree erudita en la Iglesia, porque sabe algo de teología. Su Pontificado fue un gran calvario, porque conoció la obra del mal en el mismo Concilio.

El falso Papa del Vaticano es Bergoglio: hereje, cismático y apóstata de la fe. Jefe de la nueva secta del Vaticano, que posee un clan abominable, un gobierno horizontal, con un poder humano, sin ninguna autoridad divina ni espiritual sobre la Iglesia Católica. Todo cuanto hace es nulo para Dios y para la Iglesia; válido para su nueva sociedad religiosa. Esto, tampoco, mucha gente lo acaba de comprender. Ven a un Bergoglio bueno en lo humano. Es lo que vende a todos. Pero no pueden ver la maldad que hay en su mente. Están oscurecidos por su misma palabra de herejía.

Son dos Papas en Roma. Son una clara división en la fe. Son un cisma que los propios Cardenales del Cónclave han abierto en el Vaticano. Hicieron renunciar al Papa legítimo, que gobernaba la Iglesia Católica, y pusieron a un Papa, falso y maldito, que sólo gobierna el Vaticano; no puede gobernar la Iglesia, porque no es Pedro, no es la piedra, la roca, que Cristo ha elegido para Su Iglesia: no tiene -ni puede tenerlo- el Espíritu de Pedro. Y esto lo sabe muy bien el mismo Bergoglio. Él sabe quién lo ha puesto ahí y para qué: lo ha puesto la secta masónica, de la que él es miembro. Y lo han colocado con el fin único de levantar una nueva estructura opuesta, en todo, a la Iglesia Católica: la iglesia de los malditos, de los que se van a condenar porque han elegido el infierno aquí en vida.

Estos 18 meses son su farsa, su gran engaño, su hipocresía elevada al cubo.

Estos 18 meses sólo han servido para vivir su infierno en la tierra, y así hacer méritos para tener un puesto, cuando muera, en la cumbre del infierno, al lado de los tres demonios-jefes de ese antro oscuro y tenebroso, en el cual Bergoglio no cree.

En estos 18 meses, él ha derribado al suelo gran parte de las estrellas de la Iglesia: sacerdotes, Obispos, que esclavizados por Roma, no han podido liberarse, a tiempo, de las ataduras de la inteligencia humana.

El Vaticano es maestro en pedir obediencia ciega a sus Obispos y sacerdotes. Pide obediencia a la idea del hombre, pero no a la Mente de Cristo. Sabe cómo maniatar a todos con sus leyes. Sabe cómo hacer callar a todos con sus ritos, que parecen sagrados, y son una clara profanación al Misterio de la Eucaristía. Sabe meter miedo a la Jerarquía si no se somete a su plan. Es fácil venderse al Vaticano por un plato de lentejas. Es lo que hacen muchos sacerdotes en sus diócesis: se venden a la mente de sus Obispos para que no les falte la comida todos lo días.

Quien todavía no haya comprendido esto, quien todavía no discierna lo que pasa en la Iglesia, es que es un católico tibio y pervertido, incapaz de ser de Cristo, inútil para salvarse.

«Lo que debemos buscar y esperar… es un Papa según nuestras necesidades… imbuido de los principios italianos y humanitarios… Que el clero camine bajo vuestro estandarte creyendo siempre que camina bajo la bandera de las Llaves Apostólicas…» (Los papeles secretos de la Alta Venta de los Carbonarios – Monseñor Delassus, La conjuration antichrétienne, III, pp. 1040-1046; Ploncard d´Assac, La Iglesia ocupada, p. 71.)

Bergoglio: el gran engaño puesto por la masonería en el Vaticano. Un falso Papa según las necesidades masónicas; un falso papa lleno de humanismo, que ha puesto al hombre en el centro del universo; un falso papa que hace caminar a la Jerarquía bajo la bandera de la masonería creyendo que sigue la bandera de Cristo.

¡El gran engaño, que muchos no han discernido!

¡El gran engaño preparado por el mismo clero de la Iglesia Católica! Por aquellos que se dicen de Cristo, pero que obran en contra de la doctrina de Cristo. Es la Jerarquía infiltrada desde hace mucho tiempo en la Iglesia, que en el Concilio Vaticano II tomó posiciones para poner un lenguaje teológico ambiguo, del cual han salido, dentro de la Iglesia, todas las herejías que actualmente se viven.

Estamos viviendo la corrupción de lo mejor en la Iglesia: una Jerarquía llamada a servir a Cristo que se ha convertido en demonios encarnados. ¡Auténticos demonios! Y no tienen otro nombre. Desde el vocero del Vaticano, el P. Lombardi, fariseo perfecto, inútil de hombre, auténtica miseria espiritual en su ministerio sacerdotal, hasta el idiota que se sienta en el Trono de Pedro, Bergoglio, un hombre sin inteligencia, un hombre pervertido en su juicio, un hombre que enseña a pecar, poniéndose por encima de la ley natural, de la ley divina y de la ley de la gracia. ¡Son todos unos demonios! ¡Son todos unos malditos! ¡Son todos unos babosos del mundo!

¡Gran engaño es Roma! ¡Gran Ramera, llena de fornicadores de la mente del demonio! ¡Gran Prostituta, que se alimenta de las lascivias de tantos Obispos y Cardenales en sus obras con el mundo!

Ya lo dijo Pablo VI, pero nadie le hizo caso: «La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja que nadie se habría esperado después del Concilio… La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Discurso al Seminario Lombardo, Roma – 7 de diciembre de 1968 – En Amerio, Iota unum, número 7).

Autodemolición: la misma Jerarquía de la Iglesia Católica ha ido demoliendo todo. Los enemigos de la Iglesia están dentro de Ella misma: son los mismos que hacen el teatro, cada día, de poner a Cristo en el Altar. ¡Es un teatro! ¡Es un cuento chino muchas misas de la Jerarquía!

El Cardenal Raztinger elevaba el grito de alarma: «Después del Concilio, las diferencias de confesiones entre la exégesis católica y protestante desaparecieron prácticamente… Pero el aspecto negativo de ese proceso es que, a partir de ahora, incluso en ambientes católicos, la separación entre la exégesis y el dogma es total, y la Escritura se ha convertido por sí misma en una palabra del pasado que cada cual debe esforzarse en traducir al presente, sin poder apoyarse demasiado en la base en que se aguanta. La fe se convierte entonces en una especie de filosofía de la vida que cada cual trata de extraer de la Biblia. El dogma, privado del fundamento escriturario, carece de sostén. La Biblia, que se ha separado del dogma, se convierte en un documento del pasado; ella misma pertenece al pasado» (Ratzinger, L’interprétation biblique en question, en L’essegesi cristiana oggi, Piemme, 1991).

Muchos no perdonan al Papa Benedicto xVI su teología protestante de sus inicios, cuando era un sacerdote. Muchos no han visto el cambio en su teología. Nunca un teólogo hereje puede discernir entre la verdad y la mentira. Siempre un teólogo hereje da la mentira y la proclama como verdad, que es lo que hace Kasper. Si Raztinger, como Prefecto de la Congregación, sabe lo que es lo católico, y lo sabe diferenciar de lo protestante, es que es católico, posee una fe católica, es que no puede ser hereje, sino que está en la Verdad, permanece en Ella.

«Gran parte de la teología parece haber olvidado que el sujeto que hace teología no es el estudioso individual, sino la comunidad católica en su conjunto, la Iglesia entera. De este olvido del trabajo teológico como servicio eclesial se sigue un pluralismo teológico que en realidad es, con frecuencia, puro subjetivismo, individualismo que poco tiene que ver con las bases de la tradición común» (Informe sobre la fe, de 1984 – Señales de peligro – pag 79).

La Jerarquía ha olvidado que la ciencia teólógica está para servir a la verdad, no para servir a los intereses de cada uno en sus ministerios sacerdotales. El sacerdote es para las almas, no es para la mente de las almas. Es lo que muchos no saben hacer : hablan con las almas como si fueran un conjunto de ideas, de razones, de proyectos humanos ; y no son capaces de ver la vida espiritual de las almas. Y, por eso, muchos sacerdotes son psiquiatras, pero no pastores de almas. Y, con eso, llegan al pecado contra el Espíritu Santo. Tienen el poder de penetrar en el santuario de cada alma para guiarla hacia la verdad. Y hacen el trabajo del mismo demonio : inculcan a las almas pensamientos errados, mentirosos, funestos, que las llevan a la clara condenación.

«En esta visión subjetiva de la teología, el dogma es considerado con frecuencia como una jaula intolerable, un atentado a la libertad del investigador. Se ha perdido de vista el hecho de que la definición dogmática es un servicio a la verdad, un don ofrecido a los creyentes por la autoridad querida por Dios. Los dogmas –ha dicho alguien- no son murallas que nos impiden ver, sino, muy al contrario, ventanas abiertas al infinito» (Informe sobre la fe, de 1984 – Señales de peligro – pag 80).

La fe católica ha desaparecido y se ha convertido en protestante. En la Iglesia Católica aparecieron lo nuevos Luteros : sacerdotes y Obispos que niegan el infierno, la virginidad de María, la existencia del purgatorio, que dan la comunión a los malcasados, que defienden los anticonceptivos como solución a los problemas del matrimonio y de la pareja, que lo niegan todo y siguen ahí, en la Iglesia, como si nada pasara. Son tenidos como santos en sus grandes pecados, en sus manifiestas herejías. Son aclamados por las multitudes como hombres que salvan el mundo, lo social, lo político. Eso es un Kasper, un Bergoglio, eso es todo su clan abominable de su gobierno horizontal.

Y del protestantismo se ha pasado, rápidamente, al comunismo: todos los teólogos de la liberación, que hacen de la iglesia su pecado: una iglesia de los pobres y para los pobres. Son los nuevos burgueses de la Iglesia. Una Jerarquía para la política, para el mundo, para el bien del hombre, pero nunca para el bien divino.

Y, en el marxismo, la idea masónica: la fraternidad universal, el diálogo de la igualdad, necesario para encontrar la unidad aun a costa de la verdad, y los derechos y libertades del hombre.

Hoy nadie lucha por la Verdad. Nunca ha sido tan débil la lucha contra los errores y abusos de toda la Jerarquía en la Iglesia. Nunca en el Vaticano se puede apreciar, como ahora, la distinción entre la verdadera y falsa Jerarquía.

Es el tiempo en que los católicos verdaderos salgan del Vaticano, salgan de sus parroquias, porque ya no es posible que la verdad venga de sujetos que no pueden buscarla por su pecado manifiesto.

El Vaticano ya no pertenece a la Iglesia Católica. Si esto no lo tienen claro, se van a tragar el Sínodo como un bien para la Iglesia.

Bergoglio auna las tres ideas: la protestante, la comunista y la masónica. Todo su hablar es esto. Y no hay una fe católica en él. No puede haberla. Es especialista en tergiversarlo todo, según lo que encuentra en su mente pervertida por su juicio loco. Y del Sínodo, convocado por este maleante, no puede salir nada para la fe católica. Nada bueno. Todo una mentira bien preparada por la masonería. Ellos no quieren salvar las almas, sino condenarlas. La Iglesia ha desaparecido en el Vaticano.

«Probablemente los jóvenes no hayan escuchado nunca hablar de la salvación del alma en las homilías de sus sacerdotes…La Iglesia desaparece cuando grupos, comunidades y personas se despreocupan de su misión principal: la salvación de las almas» (Cardenal Rouco – Conferencia dada en El Escorial sobre «La salvación del alma» – 30-VII-2004).

Francisco no es más que lo que se ve

siyonofuera

Francisco no es más que lo que se ve, es decir, un hombre pervertido en su inteligencia humana, idealista, mundano, profano, vividor de su orgullo, fornicario de las mentes de los hombres, con una boca que siembra tempestades, con un corazón lleno de odio hacia todos los hombres, con una mente propia de un loco.

Francisco no tiene ninguna vida espiritual. No tiene unión con Dios. Vive su vida, como a él le da la real gana. Y, después, habla un poco de todo, pero sólo para calentar el ambiente, para entretener a la masa, para desviar la atención de lo que otros están haciendo en la oscuridad.

Francisco habla y nunca dice nada. No hay una verdad cuando habla. Habla para hacer ruido, pero deja un vacío a su alrededor, propio de almas que están en la vida porque tienen que estar. A Francisco le ha tocado la lotería con la Silla de Pedro. Y ahí está divirtiéndose de lo lindo, gastando su premio, derrochándolo, para acabar como un idiota ante la Iglesia y el mundo. Porque es así como todos los ven, pero nadie se atreve a decirlo, por el respeto humano, por el qué dirán, porque la gente, hoy día, sólo vive haciendo caso a sus sentimentalismos baratos y le sienta mal escuchar que Francisco es un idiota. Y es lo que muchos piensan en su interior, pero, claro, les da cargo de conciencia porque no tienen la libertad del Espíritu y no saben llamar a un idiota cuando hay que llamarlo.

Esto es Francisco: no es más que lo que se ve, con un interior vacío de toda Verdad, pero lleno de la mente del demonio para engañar a todo el mundo con palabras baratas y blasfemas. Francisco es (citas tomadas de su Evangelium Gaudium: la alegría mundana de la palabra del demonio):

• un hombre simplón: “Hay que vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana (…) No te prives de pasar un buen día” (Pg. 6)

• que no busca la conversión de las almas, sino su unión en la mentira: “La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción” (Pg.15).

• que su gloria es el mundo, su tiempo es para encontrar la alegría en el mundo, pero no para predicar a Cristo Crucificado. Hay que marcar el tiempo de la alegría profana, pero no el de la Cruz, no el del sufrimiento, no el del despojo de todo lo humano. La evangelización se marca con la Cruz, no con un beso y un abrazo: “En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría” (Pg.3)

• un hombre que no sabe lo que es la alegría del corazón, porque no llama a las obras de la tecnología como las obras del pecado, que sólo engendran placer pecaminoso, incapaz de dar la alegría al hombre: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría” (Pg.8).

• un personaje que no sabe hablar del amor, sino de la vida. Quien da amor da vida, pero quien da vida encuentra muerte a su alrededor. Jesús amó hasta el extremo y, por eso, dio su vida. Pero este burlón de la vida, sólo quiere crecer de cualquier manera en la vida, buscando sólo lo social, lo común, lo mundano, la fama, la gloria de los hombres. Y no se da cuenta de que está madurando para el infierno. Quien no se da a Dios no puede darse al otro: “La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. Madura a la vez que nos damos a los otros” (Pg.10).

• un hombre que no sabe que Jesucristo vino a hacer la Voluntad de su Padre, que sólo se puede obrar en la Cruz del Calvario, y que, por tanto, no vino a ser creativo, a inventarse una nueva forma de vivir entre los hombres, no vino a demostrar su sabiduría humana, sino a obrar la sabiduría eterna, la que no cambia, la que no inventa, la que no crea nada nuevo: “Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina” (Pg.11).

• Y, por eso, se hizo un maldito, se abajó de su rango para demostrar a los hombres que Dios pone un camino en la miseria del pecado a cualquier hombre que reconozca su pecado ante el Verbo Encarnado. Jesús no se hizo pobre. Jesús se humilló y escondió la riqueza de su divinidad para enseñar al hombre a caminar en la pobreza de su mente, en el despojo de su inteligencia humana, en la cruz de su voluntad propia. Dios no tiene preferencias sobre los estómagos vacíos. Dios ensalza a los humildes de corazón, a los que tienen temor de Él. A los demás, sean pobres o sean ricos, les da un manotazo en sus soberbias: “El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo se hizo pobre” (Pg.155).

• un hombre que ha anulado el poder divino por su ambición de poder humano: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado” (Pg.29).

• y que le urge descentralizarlo todo para poner el fundamento de la división y el cisma en toda la Iglesia. Los Obispos son nada en la Iglesia sin la Voz del Papa, sin la obediencia al Vicario de Cristo. Como Francisco no es Papa, entonces todos en la Iglesia están con un poder humano para hacer los que les da la gana. Y eso hay que llamarlo, en el lenguaje de un necio, sana descentralización. Es el lenguaje que usan para no decir: somos los nuevos inquisidores de Roma y estamos en todas partes. Ya no acudan a Roma para resolver nada. Nosotros somos los cabecillas de la nueva revolución comunista en cada parroquia, en cada diócesis porque tenemos el poder que un idiota nos ha entregado: “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable ‘descentralización” (Pg.16).

• un hombre, que no sabe ser Obispo, sino un lobo que acecha a todas las ovejas, las investiga, está atento a cualquier cosa para devorarlas con su mente de iniquidad. Un Obispo que no sabe dar a la Iglesia la Voluntad de Dios. Un Obispo que no sabe enseñar las virtudes de la fe, esperanza y caridad, porque vive escuchando las necesidades del pueblo, sin hacer caso de los intereses divinos y celestiales. Un Obispo que se ha creído humilde y pobre, porque viste como un idiota, porque se sienta con la gente que come su almuerzo, porque se tira fotos con los católicos tibios que van a aplaudir a un subnormal como jefe de su iglesia. Un Obispo que se queda atrás en el camino para que las almas no pierdan la senda de la condenación, que ayuda a todos a condenarse y a bailar con el demonio mientras pasan la vida en sus grandes asuntos humanos: “El obispo estará a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados” (Pg.28).

• que no sabe lo que es evangelizar a Cristo, no sabe lo que es dar la Palabra de Dios, que es la Palabra de la Cruz, sino que sólo le importa abrir su bocazas para irradiar humanidad: “Los evangelizadores tienen ‘olor a oveja’ y éstas escuchan su voz” (Pg.22).

• y, por tanto, está urgido a predicar lo que otros quieren oír, para engañarlos en la vida del mundo, en la tibieza de lo espiritual y en la condenación eterna: “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (Pg.122).

• un hombre que vive la empresa económica y política de sus pobres en su nueva sociedad: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos” (Pg.157).

• que no ha comprendido que el Evangelio es para salvar y santificar el alma, no para llenar estómagos, ni para saldar cuentas económicas, ni para vivir la estructura de una política de masas, invocando el estúpido bien mundial. La fe y el comunismo es la atadura del modernismo para fundar una iglesia de pecadores y de pervertidos sexuales: “Los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” (Pg.41).

• un hombre, que ha sido llamado por el demonio para crear una comunidad de gente sin moral, de almas sin virtud, de corazones llamados a obrar las mismas obras de Satanás en la Iglesia. Gente que sólo quiere conquistar el mundo, pero que no le interesa conquistar el Cielo. Gente que no se apoya en la seguridad del dogma, sino en el viento de su lenguaje humano, lleno de relatividades y sentimentalismos: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (Pg.41).

• un hombre que hay que recordarle que el Sacramente de la Penitencia es para impartir Justicia, no Misericordia. Porque si no se juzga al pecador y a su pecado no hay Sacramento. Un hombre que convierte la gracia de la confesión en una charla psiquiátrica para darle al otro aquello que más le conviene en su estúpido sentimiento humano. En la confesión hay que estimular al penitente a nunca más pecar, a odiar el pecado, a que trabaje para quitar su maldito y negro pecado de su absurda vida: “A los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible” (Pg.38).

• un hombre, que anulando la Justicia, y poniendo como camino la Misericordia mal entendida en su estúpido razonamiento humano, hace de la Eucaristía el lugar del sacrilegio perpetuo y la ocasión para que las almas, que no saben discernir la vida espiritual, queden en manos del demonio y vayan contentas al infierno al ganarse el premio de la condenación: “Y tampoco las puertas de los sacramentos deben cerrarse por una razón cualquiera (…) La Eucaristía no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Pg.40).

• un hombre, que al no cerrar las puertas del pecado, las abre para que entre todo el infierno en las comunidades de la Iglesia y sean regidas por cabezas llenas de herejías y de cismas: “Pero hay otras puertas que no se deben cerrar. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad”. (Pg.40).

• un hombre que se rasga las vestiduras porque hay gente que muere de hambre en las calles y no llora de dolor por los innumerables pecados de toda la Jerarquía de la Iglesia, que constantemente crucifica a Cristo en el Altar, cuando consagran. Un hombre que establece una paridad: el hambre y la economía. Hay hambre porque los hombres se dedican a sus negocios. Un hombre, inculto de la vida espiritual, que no sabe que el hambre y la avaricia sólo tienen un denominador común: la falta de fe en la Providencia Divina. Porque nadie sigue este dogma, esta Verdad Absoluta, por eso, los hipócritas, como Francisco, se dedican a luchar por sus pobres, juzgando a los ricos y condenándolos por su riqueza. La noticia es la falta de fe en Cristo Jesús, en su doctrina, no el hambre ni las crisis económicas: “No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa” (Pg.45).

• un insensato que ha puesto la búsqueda de la verdad, el sentido de la vida en el otro, no en Dios: “Quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (Pg.9).

• porque no ha comprendido que «todo es vanidad», que los bienes terrenos no son de nadie, sino de Dios. No pertenecen a los pobres. Que estamos en esta vida para expiar nuestros pecados haciendo limosnas, pero que no estamos en esta vida para llenar estómagos ni para contentar a ningún hombre en la tierra. ¿Para qué acumulas riquezas? ¿Para dárselas a los pobres? Entonces, no has comprendido el Evangelio: atesora para Dios, no para los pobres: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos” (Pg.49).

• un hombre sin fe, que no sabe lo que es la vida de una parroquia llevada por el Espíritu de la Iglesia, sino sólo encauzada en el espíritu del mundo: “La parroquia tiene que estar en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no puede convertirse en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (Pg.26).

• que quiere solucionar los problemas sin inteligencia divina, acudiendo a la sabiduría humana, a los caminos de los hombres, a las vidas mundanas y profanas. Sólo le interesa su dinero y su política en la Iglesia: “Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra” (Pg.164).

• un hombre de poco seso, que no sabe de lo que habla, que anula lo privado para poner el camino del comunismo: “La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero” (Pg.163).

• que habla de una moral aislada como raíz de los problemas del mundo, pero no habla de la conciencia aislada de la norma de moralidad. Los hombres viven sin moral, aislados de Dios, ya no creen en la Verdad Revelada, por lo cual el gran riesgo del mundo actual es que se olvidó de que existe el pecado como ofensa a Dios, que es la raíz de todos los problemas, que es lo que destruye la sociedad, la familia, el mundo: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (Pg.3).

• que no sabe lo que es el hombre en su pecado, en su miseria espiritual, un sacerdote de escritorio, que no ha conocido lo que es ser misionero allí donde los pobres aman su pobreza y no quieren salir de ella por su falta de fe y de caridad hacia Dios y hacia los demás hombres: “Puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (Pg.8).

• que no ha aprendido a seguir la Gracia, ni a ser fiel a Ella ni, por tanto, a perseverar en el amor de Dios. Sólo aprendió a medirlo todo con su inteligencia humana, haciendo de la Iglesia un problema social, un lugar donde se lucha por los derechos humanos e injusticias sociales.: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Pg.41).

El que habla exigiendo que no se controle la gracia, es el que quiere controlarlo todo con su mente del demonio. Así habla Francisco, haciendo de la Iglesia un hospital de idiotas, de subnormales, de gente estúpida, que no ha comprendido lo que es la vida de unión con Dios. Gente que se dedica a todo en la Iglesia, menos a adorar a Dios. Cada uno adora su idea que tiene de Dios, su lenguaje que usa de Dios. Pero no ponen sus orgullos en el suelo, ni pisan sus inteligencias humanas y se han creído los más importantes hombres de la Iglesia. Y son sólo paja que el viento de la Justicia se los va a llevar muy pronto.

Esto es Francisco: un hombre simple, sin seso, sin cultura, sin dos dedos de frente, que está lleno de una terrible ambición de poder.

En el Vaticano está la Iglesia de los apóstatas

Virgen María Reina--

Un alma explica lo que sucedió en una parroquia y la locución que recibe: “El domingo 20 de julio en misa, después de escuchar el evangelio donde el sacerdote exaltaba los mensajes y lo bueno y humilde que es el papa Francisco, y repartiera a todos el evangelii gaudium para que meditáramos…. Pedí al Señor que me iluminará, entonces me habló Dios Padre… «hija levántate, sal de esta parroquia y no vuelvas más porque mi hijo Jesús ya no está ahí… Como no está en las iglesias, y parroquias que siguen las enseñanzas y directrices que vienen del Vaticano, de Francisco el Falso Profeta»”. Después, recibe este mensaje:

entre

«Amado pueblo Mío, este mensaje es para todos aquellos que me aman y creen en Mi y en Mi Misericordia.

Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió.

La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro.

Caos, caos en todos los ámbitos de vida… los volcanes estallarán con furia, terremotos remecerán continentes, los niños gritarán sus verdades…después oscuridad.

Las almas clamarán a sus dioses sordos y el maligno saldrá a cosechar su siembra.

Oigan ustedes todos, humanidad corrupta, el Día del Señor se acerca, trayendo el castigo que se merecen.

Ya no queda misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor.

Para ti, hija Mía, Mi amor siempre te acompañará… Mi pueblo fiel no deberá temer, pues Yo el Todopoderoso los protejo, los amparo, y les proveo para todas sus necesidades.

Levántense con la frente en alto, sonrían y alaben a su Dios, porque el día de su liberación está cerca.

¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista.

Recordarán Mis Palabras, las que dije a Moisés, y temerosos gritarán misericordia, pero Yo no los oiré, no los miraré, no los perdonaré, y mi Divina y Perfecta Justicia caerá sobre ellos.

No temas, hija Mía, por lo que veas y oigas, Yo protegeré a los que como tú Me aman, creen en Mí y siguen mis preceptos.

Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco.

En todas las iglesias que está sucediendo lo mismo y a mis hijos fieles los estoy retirando de ahí.

Oren mucho por sus familias para que los desastres no les caigan cerca, y por sus conversiones.

El tiempo final está cerca, hija mía, te ama tu Padre del Cielo, que vela y está siempre pendiente de ti» (Mensaje del Padre Eterno a un alma – 2 de Agosto del 2014).

entre

El Señor, desde el Trono del Cielo, es el que guía a Su Iglesia en estos momentos: «Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco». En esa parroquia ya no se profesa la fe verdadera: su párroco vive otra fe, distinta a la católica, y eso es lo que enseña, transmite. Y, como consecuencia de esa falta de fe en ese sacerdote, ha hecho de ese sitio una cueva de ladrones, donde el pensamiento de un hombre herético es lo único que se sigue. Y hay que salir de esas parroquias, que no es salir de la Iglesia Católica, para formar la Iglesia remanente, la que permanece invariable, la que se apoya sólo en la doctrina de Cristo, en la Tradición Divina, en la enseñanza infalible de la Iglesia. Esa Iglesia Remanente que no tiene parroquias ni capillas, sino que está en los corazones fieles a la Palabra de Dios, corazones humildes, obedientes, llenos de la sabiduría divina.

No es ya la Jerarquía de la Iglesia la que guía a la Iglesia, porque ha perdido la Autoridad Divina al obedecer a un usurpador, Francisco. Esa Jerarquía, que se somete a un hombre que Dios no ha elegido, pierde la Autoridad que le viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo por obedecer a este hombre, que es un falso Papa, esa Jerarquía no tiene poder ni para guiar la Iglesia, ni para enseñar ninguna Verdad ni para santificar a ningún alma.

Esto debe estar claro para discernir a quién seguir en la Iglesia Católica. Si esto no lo tienen claro, entonces pertenecen a la falsa Iglesia Católica, que está en el Vaticano. Es falsa, porque su líder es un falso Papa. Su nombre de Papa está vació del Espíritu del Sucesor de Pedro. Es sólo una etiqueta, un lenguaje, un término. Su magisterio ordinario no es el de un Papa, sino el propio de un impostor, de un falsario, de uno que sólo vive para destruir toda la verdad dentro de la Iglesia. Es un falso Papa que gobierna una falsa iglesia: la de los herejes, apóstatas y cismáticos, como él es. Y la gobierna con un gobierno horizontal, que es el signo de su apostasía.

No esperen que de dentro de la Iglesia Católica, algún Obispo se levante y declare la apostasía y el cisma. Toda la Jerarquía de la Iglesia ha quedado ciega con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Son pocos los sacerdotes que ven, pero deben callar, porque saben lo que se cuece en la estructura interna del Vaticano y de cada diócesis. Es el Señor el que da la luz en estos momentos a cada alma, para que sepa caminar en estas tinieblas, que lo invaden todo. Es el Señor el que hace que sus almas se dirijan al desierto de todo, para esperar allí, en el silencio, en una vida escondida, el camino de la Iglesia.

Las almas tienen que salir de aquellas parroquias que ya no dan la Verdad como es, y no hacer grupos de Iglesia o irse a otros grupos o asociaciones, sino vivir su fe de manera escondida, como en las catacumbas. No hacer cosas públicamente: la oración, la misa, etc., todo de manera privada, sin que nadie lo sepa; sólo las personas que quieren la fe de siempre, que no desean lo que viene de Roma, porque eso sólo es una apostasía.

Esa falsa iglesia de los apóstatas, que está en Roma, no sigue la línea de la Gracia: han quitado la verticalidad, es decir, el Papado. Por esto sólo, se convierte en dos cosas: herética y cismática. No importa que lo demás no lo hayan tocado en la práctica: es decir, todavía no han quitado la Eucaristía y los demás Sacramentos. Pero lo harán. Sí han hecho ciertas obras, como bautizar hijos de personas lesbianas, que claramente se opone a la Gracia. Son actos heréticos, que revelan la doctrina que se sigue en esa falsa iglesia, que anulan la Gracia por seguir una ley canónica.

Han quitado a Pedro y han puesto una cabeza con un consejo de muchas cabezas. Es decir, se han convertido en una secta más, en una de tantas como hay en el mundo. Es un grupo de personas, con un fin humano y con unas obras humanas, que se ponen la etiqueta de católico, porque eso gusta mucho para atraer a las almas y para seguir engañando a la gente.

El Señor habla a los que creen en Su Misericordia y les da un mensaje lleno de Justicia, porque así es la Misericordia del Señor: en la verdad de su Justicia. Dios muestra Su Amor Misericordioso como camino en Su Justicia para el hombre. Porque el hombre, desde que nace hasta que muere, tiene que vivir colgado de la Justicia Divina, reparando sus muchos pecados, encuentra, en ese camino, justo y recto a los ojos de Dios, la Misericordia que lo salva y lo lleva a la santidad de una vida.

«Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió»: los tiempos del Fin no son los tiempos ordinarios, como el hombre los ha entendido durante 2000 años. Son los tiempos de un cambio para todo y para todos. Todo en la Creación; y todos los hombres. La Creación debe volverse gloriosa, espiritual, como fue concebida en la Mente de Dios. Y, para eso, hay que quitar lo que impide esa transformación: que son las obras del demonio y de los hombres, que han abierto su vida a la mente del demonio. Y, por tanto, este tiempo del Fin, nadie sabe cuándo comienza: se duerme uno en la vida de siempre y se levanta con otra cosa muy diferente.

Los tiempos de Dios no pueden ser medidos por los hombres. Se van conociendo en la medida en que el hombre va viendo, en su vida, las consecuencias, los efectos, de ese tiempo.

«La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro». Tiene que comenzar la guerra mundial para que el Falso Profeta se ponga en el Trono de Dios sobre la tierra, que es la Silla de Pedro. Francisco es un falso Profeta, porque tiene el mismo Espíritu de falsa profecía, pero no es el Falso Profeta, es decir, el Falso Papa que señala al Anticristo. Francisco es el inicio de un gran desastre en la Iglesia. Y eso todos lo pueden ver, lo pueden comprobar. Pero es incapaz de moverse como quiere, rompiendo el dogma. Sólo está con sus pobres y con su enamoramiento de las falsas religiones: es un comunista y un protestante. Y eso es lo que vive en la Iglesia, lo que transmite, a lo que se dedica. Pero él sabe las dificultades para quitar el dogma. Y tiene que hacerlo con medidas pastorales: un telefonazo, un Sínodo, una orden para que se bauticen, etc… Soluciones políticas que anulan la línea de la Gracia y que reflejan su pensamiento demoníaco. Pero es necesario desestabilizar el gobierno de la Iglesia, no sólo poniendo a un usurpador, sino a personas que dirijan la Iglesia hacia el rompimiento total: que es echar a Cristo de la Iglesia, quitando la Eucaristía de manera oficial. Por eso, se prepara un cambio en las estructuras de la Iglesia, en ese gobierno horizontal, para quitar a ese payaso y poner a un hombre fuerte, que comience a despojar la Iglesia de la línea de la Gracia, de lo poco que aún queda de Gracia. Y sólo así puede entrar en aparición el Anticristo.

«Ya no queda Misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor»: esto significa que el pecado ha llegado a su culmen, a su perfección, y por tanto, debe iniciarse la Justicia Divina que combata ese pecado perfecto y lo aniquile en el mundo y en la Iglesia. Si no se quita ese pecado, el demonio vence al hombre. Pero, porque Cristo vino al mundo para destruir las obras del demonio, por eso, se inicia esta Justica que se hace presente en todas partes, preparando el Día del Señor, que es el Castigo de los tres días y tres noches. Es tan perfecto el pecado de los hombres que ya no quieren convertirse, ya han despreciado la Misericordia como camino de salvación y por tanto, ya no queda Misericordia. El hombre, en pecado, siempre encuentra Misericordia. Pero, cuando el hombre desprecia la Misericordia, entonces ya no existe Misericordia.

«¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista». Los Vicarios del Señor son los Obispos, que tienen la plenitud del sacerdocio de Cristo, y que se han vuelto todos unos herejes. Pueden conocer la plenitud de la Verdad y prefieren la plenitud de la herejía.

Obispos malditos que han puesto a un hereje en la Silla de Pedro. Y ellos los saben, porque son herejes como él. Si no hubieran sido herejes, si hubieran profesado la fe verdadera, nunca hubieran elegido a Francisco ni a ningún otro. Pero están en la Iglesia, en cada diócesis, para llevar a la Apostasía a los sacerdotes y a todo el Rebaño. Son los guías puestos por Dios para llevar a las almas hacia el Cielo, con una vida de oración y de penitencia, y se han convertido, por sus muchos pecados, en lobos, en fariseos, en legistas, en hipócritas, en gente sin dos dedos de frente. Es la mayor corrupción que existe actualmente en la Iglesia: es la corrupción de lo mejor. La mente se corrompe, esa mente que ha conocido la Verdad, y se dedica a las obras del mismísimo demonio en la Iglesia. No hay mayor degeneración en la vida espiritual que un Obispo, como Francisco, que ha bebido la Verdad, pero que se emborracha de su mentira. Eso clama al cielo: el pecado de muchos Obispos que se asemejan a Francisco en la vida eclesial. Y, por eso, el castigo es modélico: fuego del cielo contra la falsa Iglesia de los apóstatas de la fe en Roma. Son Obispos que por más que clamen misericordia, no la tendrán. Ya no es tiempo de convertirse, sino de condenarse.

No son tiempos como los de antes. Son tiempos para ir formando la Iglesia remanente, que es la Iglesia Católica, pero aquella fundada en la Verdad del Evangelio. Una Iglesia que pasa a formar parte del Reino de Dios hasta que el Señor ponga el camino hacia la Nueva Creación. Una Iglesia de muy pocos, porque la mayoría prefiere estar con Roma y con la nueva iglesia que se hace más humana, más natural, más acorde al mundo. Y eso es lo que atrae a mucha gente, que son tibios en su fe y pervertidos en su mente humana. Así son muchos católicos en la Iglesia. Gente que se rasga sus vestiduras porque se juzga a Francisco por lo que es: un impostor. Gente que no sabe discernir el pan de la Vida, sino que va a la Eucaristía a tragarse una galleta de su sacerdote preferido, de aquella Jerarquía que le hable muy bonito y que le muestre sus verguenzas en público. Estamos en el tiempo del Fin. Y no hay más tiempo para convertirse. No oren por las almas que no quieran convertirse, duras en su pecado. Oren por las almas que todavía tienen dos dedos de frente y que ven que la situación no puede estar peor. Son muchas las almas, dentro de la Iglesia, que viven como condenadas. Nada se puede hacer por ellas: se han creído santas y justas en su pecado. Es mucho el fariseísmo en la Iglesia, la doblez, la mentira, el engaño. Sólo vean las páginas del Vaticano cómo exaltan los pensamientos heréticos del falso Profeta Francisco. Hay que dejarlas en su mentira y aplicarse a vivir la fe verdadera. Y todo lo que diga el Vaticano es para mirarlo con lupa, para criticarlo y para abandonarlo. Si no hacen eso, entonces caen en el error de muchos: esperan un bien de almas que viven para condenar el Rebaño. Mayor vileza no se puede encontrar. Y de idiotas que esperan algo de Francisco esta la Iglesia llena.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

La obra demoníaca de Francisco en el lavatorio de los pies

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«Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas» (Lc 6, 26).

Muchos no han comprendido la obra de Francisco en la Iglesia y, por eso, no saben atacarlo como falso Profeta, como anticristo, como uno que ha desfigurado y anulado la doctrina de Cristo.

Muchos no saben ver las obras de Francisco como herejía y como cisma, sino que las ven como un hombre que hace el bien en la Iglesia.

Muchos no atienden a las palabras de Francisco como fuente de división en la Iglesia, sino como una nueva primavera de amor y de unidad.

Francisco nunca ha querido en la Iglesia poner la caridad, la benevolencia y la humildad de Jesús, sino que todo su plan es poner lo que él piensa que es la caridad, la benevolencia y la humildad.

Éste es el punto: Francisco no tiene fe. Luego, lo que obra en la Iglesia es su pensamiento humano, su concepción humana de Cristo y de la Iglesia.

Y, por tanto, un hombre sin fe se enfrenta a toda la Tradición de la Iglesia, a todo el Magisterio de la Iglesia, a la Verdad Revelada.

Tiene que enfrentarse de forma necesaria, inevitablemente.

Por eso, lo primero que hizo ese hombre sin fe, que es Francisco, fue lavar los pies a dos mujeres, yendo contra toda la Tradición, contra el Evangelio y contra el Magisterio de la Iglesia. Es un pecado gravísimo que anunció lo que hay en el alma de Francisco.

Y eso lo ha repetido este año, de otra manera: lavó los pies de doce discapacitados de distinta edad, sexo, raza y religión.

Es la misma obra de pecado, la misma obra herética y cismática. Es no comprender el signo del lavatorio de los pies, y comenzar a hacer sus signos, sus obras, que no pertenecen a la Iglesia.

Muchos, al ver esta obra de Francisco, la aplauden, dicen que es una cosa buena, que Francisco tiene su buena intención para realizar esto. Es el engaño en muchos.

Un Francisco arrodillado ante doce hombres que sufren, que tienen una enfermedad, porque “la única herencia que nos ha dejado Jesús: ser servidores unos de los otros, ser servidores en el amor” (Francisco, 17 de abril de 2014), es ver al demonio a los pies de cada hombre. ¡Pobres discapacitados que son atados por el demonio en la mentira de la obra de Francisco! ¡Pobres almas que se han dejado engañar por el falso gesto de un hombre, que no sabe amar a los hombres, que no sabe servir con la verdad a los hombres, que no sabe dar a los hombres el auténtico camino hacia el cielo!

Si se lee la herética homilía que Francisco pronunció ese día, entonces se ve el gran teatro de este hombre en la Iglesia. Él es el bufón del demonio para llevar a la Iglesia hacia su autodestrucción.

Jesús se arrodilló ante sus sacerdotes. Un Papa verdadero tiene que imitar las mismas obras de Cristo: hay que lavar los pies a doce sacerdotes en la Iglesia. Esta es la única Verdad. Quien no obre esta Verdad es un mentiroso en la Iglesia. Y hay que llamarlo mentiroso, engañador, falsificador, porque no es otro Cristo, no imita las obras de Cristo en la Iglesia, sino que se pone a hacer sus obras. ¡Maldito Francisco por sus obras de pecado! Hay que llamar maldito a Francisco en la Iglesia, que eso a mucha gente no le gusta. Lo entienden como una falta de respeto.

«Mas le valiera no haber nacido»: esa fue la maldición de Cristo sobre el alma de Judas. Es el misterio de la perdición, de la condenación, de la maldición. Judas buscó su maldad atacando el amor de Cristo. Por eso, es maldito. Francisco busca su maldad en la Iglesia atacando a Cristo. Por eso, es maldito. En esta sencilla Verdad mucha gente no se pone, les cuesta entender la maldad de los sacerdotes, de los Obispos en la Iglesia. Les cuesta verlos como son: como otros Judas, como hombres que ya no quieren quitar su pecado, sino que se arrastran continuamente hacia su pecado en la Iglesia, para encumbrarlo, para ponerlo como verdad.

La Jerarquía de la Iglesia está atacando lo que a Cristo le dolió tanto: a los pequeños, a los débiles, a los pobres, a los que buscan la Verdad, los que buscan el Bien Divino, a los que buscan la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Sacerdotes y Obispos que atacan a las almas de Cristo porque proponen una nueva doctrina de Cristo, una falsa doctrina de Cristo, una falsa iglesia. Y la obran, como lo hace Francisco en ese lavatorio de los pies. Y esto es una maldición sobre toda la Iglesia: «Es imposible que no haya escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños» (Lc 17, 1)

¡Ay de los Obispos y Cardenales que usan los puestos altos de la Iglesia, no para dar buen ejemplo y enseñanza, sino para ser causa de escándalo y de destrucción a las almas, que tienen la obligación de guiarlas hacia la verdad y de ayudarlas a crecer en la vida espiritual!

Y ¿qué hacen esos personajes destructivos, como Francisco y toda su ralea de ratas? Enseñar la mentira, predicar un evangelio que no es el de Cristo, engañar con falsas palabras, con el falso ecumenismo, con la falsa fraternidad, con el falso amor a los pobres, a los mismos pobres, a la gente humilde, a la gente que confía en ellos por lo que ven exteriormente.

El mal ejemplo de la Jerarquía de la Iglesia destruye la espiritualidad de muchas buenas almas en la Iglesia. Y ¿quieren que aquí nos callemos y ocultemos esta gran oscuridad que hay en la Iglesia? ¿Quieren que tratemos a Francisco con cariñitos? Pónganse en la Verdad y déjense de ciencia ficción en la Iglesia. Llamen a cada uno por su nombre. Y si les molesta lo que aquí se escribe, se van a otro sitio a que les doren la píldora.

¡Cuánta gente quiere dulcificar, disimular el daño que Francisco está haciendo en la Iglesia! No hablan con la Verdad en sus bocas, sino con la mentira que les da el demonio a sus mentes.

Francisco hizo una obra que no hizo Cristo. Francisco ha hecho su obra, la que se ha inventado en su nueva iglesia. Y todos la aplauden como buena: «¡Ay cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros…».

Un sacerdote en la Iglesia tiene que hacer las mismas obras de Cristo. Y, entonces, es un servidor fiel de Cristo. Ha hecho lo que tenía que hacer, y nadie habla de ello como algo relevante, como una noticia que hay que destacar.

El P. Ray Kelly se puso a cantar en la Misa que celebraba para una boda. Y ¿ustedes creen que hizo la misma obra de Cristo? Cristo, en el Calvario, no cantó, no se convirtió en una estrella, no agradó a ningún hombre. Hizo lo que Su Padre quería: sufrir y morir. Y los hombres hablaban mal de él, lo insultaban, lo despreciaban. Y ése es el signo de que la predicación ha llegado a las almas.

Cristo predicó con la obra de su sufrimiento y de su muerte. Y eso trajo la conversión de los que le estaban mirando en la Cruz.

Un sacerdote, que tiene la obligación de predicar el Evangelio, de dar la misma Palabra de Dios, sin quitar ni añadir nada; que es sacerdote para obrar lo mismo que Cristo obró en el Calvario, y que se pone a cantar, no es sacerdote, no está haciendo las obras de Cristo en la Iglesia. Se ha inventado su misa, su predicación, sus obras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20). ¿Está persiguiendo la gente a ese sacerdote por su obra de pecado en esa misa? No. Están viendo su video, su actuación y hablando maravillas de él. Su misa, en la que se puso a cantar, no es la obra de Cristo en la Iglesia. Ese sacerdote se puso por encima de su Señor, y entonces, el mundo lo ama. Su misa no da a Cristo en el Calvario. No ofrece el sufrimiento ni la muerte de Cristo. Ese sacerdote ofrece sus cantos, su música en la Misa. En la Misa hay que ofrecer a Cristo, y sólo a Cristo. ¿Qué creen que es la Santa Misa? ¿Una función de teatro? ¿Un juego de luces? ¿Un escenario bien montado? ¿Un canto al sentimiento del amor fraterno?

La gente está tan ciega que ya no sabe discernir las obras de nadie en la Iglesia. Y si no se sabe ver las obras como son, tampoco se sabe discernir las palabras de ese sacerdote o del Obispo de turno.

Es lo que pasa con Francisco. La gente no sabe atacarlo porque lo ve como un hombre bueno, que hace sus cosas en la Iglesia, que se dedica a trabajar como todo sacerdote. Y hay que dejarlo que haga sus cosas. Hay que rezar por él, hay que esperar algo de él.

Ante la obra de pecado de Francisco en la Iglesia, ¿qué quieren que se diga que Francisco es un buen hombre? ¿Quieren que se diga que Francisco tuvo un gran amor hacia esos hombres lavándoles los pies? ¿Quieren que se aplauda a Francisco y hacer una noticia sobre el lavatorio de los pies para engrandecer el pensamiento de Francisco? Esto es lo que muchas agencias de noticias hacen. Y, por tanto, no dan la verdad de lo que es Francisco. No enseñan la Verdad de lo que hizo Francisco ese día.

La herencia que nos ha dejado Cristo es Él Mismo. No hay otra herencia en la Iglesia Católica. En la nueva iglesia de Francisco, todo consiste en adular a los hombres, en darles culto a su inteligencia humana, en hacer obras humanas que gusten a todo el mundo, en dorar la píldora del amor fraterno, del amor a los hombres, porque hay que hacer un nuevo orden mundial, en la que todos los idiotas entren.

Con las falsas palabras del ecumenismo, la tolerancia y la fraternidad, se engañan a mucha gente en la Iglesia.

Muchos son ya los desviados por causa de Francisco: de sus enseñanzas, de sus obras demoníacas.

Ese lavatorio de los pies es la obra del demonio en la Iglesia. Es sólo eso. Llámenlo por su nombre. Lo demás, las bellas palabras de Francisco y de todos los demás que lo apoyan, para consolidar su herejía, son sólo eso: bellas palabras para engañar a las almas. Ese lavatorio de los pies es el odio de Francisco a la Iglesia. Su odio a Cristo. Su odio al Evangelio de Cristo. Su odio a los hombres en la Iglesia.

La Iglesia está en ruinas. Y ya ha comenzado la persecución.

«Llega la hora, y ya es llegada, en que os dispersaréis cada uno por su lado y a Mí me dejaréis solo» (Jn 16, 32).

El reinado de los que quieren destruir la Iglesia ya ha comenzado. Una nueva doctrina está en la Iglesia. Una doctrina que anula la Verdad Revelada, la Verdad como la enseñó Jesús a Sus Apóstoles; la Verdad, a la cual el Espíritu ha llevado a conocer a todas las almas fieles a Cristo en la Iglesia. Esa Verdad Inmutable, siempre la misma, que nunca cambia ni por los tiempos, ni por las edades, ni por los descubrimientos de los hombres, se está anulando con las obras de esa Jerarquía infiltrada en la Iglesia y que ha tomado todo el poder, que antes no tenía.

Es necesario destruir todas las estructuras de la Iglesia para que el Señor guíe a Su Iglesia hacia donde Él quiere. Los hombres la guían hacia donde ellos quieren.

Es necesario el Calvario para la Iglesia Católica: que muera en la Cruz, como Su Cabeza.

Es necesario que todos abandonen, de nuevo a Cristo. Es lo que vemos en estos días. La Jerarquía abandonan las obras de Cristo para dedicarse a hacer sus obras en la Iglesia.

Y eso produce que el rebaño se disperse. ¡Qué gran anarquía existe en toda la Iglesia! Gente que hace lo que le da la gana en la Iglesia, y que piensa lo que le da la gana sobre la doctrina de Cristo.

La Iglesia está en ruinas por la falta de fe de toda Su Jerarquía. Falta de Fe en Cristo y en la obra de Cristo, que es Su Iglesia. Todos entienden a Cristo y a la Iglesia según está en sus cabezas humanas. Pero nadie obra la Palabra de la Verdad porque no aman la Verdad: «El que no Me ama no guarda mis Palabras» (Jn 14, 24).

Cristo es la Verdad. Amar a Cristo es amar la Verdad, es obrar la Verdad. Pero quien no tiene en su corazón la Palabra de Dios, quien con su mente humana se pone a interpretar el Evangelio de Cristo, entonces, deja a Cristo solo en la Iglesia, abandona a Cristo, y se dedica a hacer su iglesia, su religión, su misa, su predicación, su apostolado, su lavatorio de los pies.

La Jerarquía de la Iglesia ya no cree en el Evangelio. Esta es la ruina de la Iglesia. El edificio de la Iglesia se construye con la Palabra de la Verdad, con la Palabra de Dios, con las obras de Dios. No se construye con palabras humanas, con proyectos humanos, con obras humanas.

Francisco: el tejedor de la maldad en la Iglesia. Sigue tejiendo, con sus obras maléficas, la ruina de toda la Iglesia. ¡Cuídense de ese hombre y de toda la Jerarquía que lo apoya!

La perfección de la ley está en un corazón purificado de toda maldad

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«No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas: no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mateo 5, 17).

¿Cómo Cristo consuma la ley mosaica? Con lo que dice San Pablo: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Gal 5, 14).

La ley mosaica es ley moral, litúrgica, social y penal. Y Jesús no viene a suprimirla, sino a llevarla a su perfección en la caridad. Y, por eso, dice: «que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la ley hasta que todo se cumpla» (v. 18). Es decir, que no se puede descuidar ninguno de los preceptos más pequeños, menos importantes, porque hay que cumplir la ley como está.

Y, entonces, viene el problema, el gravísimo problema que no resuelve Francisco, porque él dice que basta la intención para cumplir la ley, para que sea perfecta: “Jesús no da importancia sólo a la observancia disciplinar y a la conducta externa. Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas” (Francisco, 16 de febrero 2014).

Y si todo está en la intención, entonces ¿para qué Cristo viene a dar cumplimiento de la ley? ¿Para qué quiere llevarla a la perfección? Si basta la intención, entonces sobra lo demás. Si tengo intención recta, entonces ¿importa cumplir la ley en sus pequeños detalles? Esto es lo que no resuelve Francisco. Él se va por peteneras. Él habla de otras cosas, para él más importantes, que dar la verdad del Evangelio.

Una cosa es la intención en la obra de la ley y otra muy distinta es cumplir la ley a rajatabla, en sus más mínimos detalles.

Para cumplir la ley toda entera es necesario el Espíritu que se dio a la Ley. Ese Espíritu no lo tenía el pueblo de Dios. Dios da la Ley Divina, los mandamientos, pero no Su Espíritu. Moisés hace la ley, los preceptos, pero no da el Espíritu. Y, entonces, los judíos se llenan de leyes que no les sirven para cumplir la Ley de Dios, porque son leyes sin Espíritu; son leyes que los hombres ponen para poder cumplir la ley de Dios, los mandamientos de Dios.

Jesús viene a dar cumplimiento a Su Ley, es decir, a sus mandamientos. Y sólo se puede hacer con el Espíritu. Y los que cumplen los mandamientos de Dios, pueden cumplir los demás preceptos de la Ley. Pero los que no cumplen esos mandamientos, tampoco alcanzan los demás preceptos.

El pueblo judío se llenó de leyes que nadie cumplía, porque no había Espíritu, porque se quería cumplir la Ley Divina midiendo con el pensamiento humano esa Ley. En consecuencia, los judíos se llenaron de una jurisdicción, de unas normas jurídicas aplastantes para los hombres, que les impedía cumplir la ley de Dios. Y habían hecho de esas normas jurídicas la norma férrea, pero totalmente externa, de su vida individual y colectiva. Y los fariseos exigían que todo el mundo cumpliese esas leyes externas, pero ellos no lo hacían. Era una carga para todo el pueblo, menos para ellos. Y, entonces, nadie cumplía la ley de Dios, porque estaba sofocada por multitud de leyes o preceptos humanos.

Esto, al no explicarlo Francisco, hace que su homilía sea herética. Él se dedica a resaltar el amor al prójimo, pero no explica de qué forma se tiene que cumplir con los pequeños mandamientos, preceptos, reglas, que tiene la ley y que son su perfección.

Entonces, Francisco es un mismo fariseo: habla del amor al prójimo, pero no dice cómo amar al prójimo. Habla cosas bonitas, pero no enseña a realizarlas, sino que impone su pensamiento, su punto de vista.

La perfección de la ley está en el Amor, pero la pregunta es: ¿cómo amando puedo cumplir los pequeños preceptos de la ley? Francisco responde: la intención. No dice nada, no resuelve nada. Porque si la intención es buena o es mala, no se sabe si se cumple o no se cumple con toda la ley. Puedo tener intención mala y cumplir toda la ley y, por tanto, no hago una obra buena al cumplir la ley. Y puedo tener una intención buena y, sin embargo, no cumplo toda la ley. En consecuencia, la intención buena no avala el cumplimiento de toda la ley.

Entonces, ¿cómo se llega a los mínimos preceptos y se tiende a la perfección?

El problema no está en el aspecto externo o interno a la hora de practicar la ley. Hay muchas almas que externamente hacen lo correcto y tienen buena intención pero no llegan a la perfección de la ley. Las pequeñas cosas no las hacen, no las cumplen.

Y hay otras almas que internamente hacen lo correcto, con buena intención, pero tampoco llegan a la perfección de la ley.

El problema que Francisco no resuelve es éste: de los preceptos humanos hay que quitar aquello que impide tener el Espíritu de la Ley para poder llegar a la perfección de la ley.

Los escribas se llenaron de normas que no servían para tener el Espíritu, que impedían el Espíritu y, por tanto, sus leyes no servían en la práctica. Todo lo legislaban y no dejaban al alma libre para obrar en el Espíritu. Y, entonces, la vida espiritual era raquítica. Todo consistía en cumplir pequeñas normas externas sin el Espíritu; dando valor sólo a esas normas pequeñas. Y, entonces, si no se lavaban las manos, incurrían en la impureza.

Y Jesús viene a dar cumplimiento de la Ley pero quitando lo que no sirve en esos preceptos. Y, entonces, pone la norma del amor.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás; el que matare será reo de juicio. Pero Yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere «raca» será reo ante el Sanedrín; y el que le dijere «loco» será reo de la gehena del fuego» (v. 21-22).

Jesús dice que la perfección de esa Ley está en el prójimo. Los judíos habían formulado preceptos muy severos para esta ley, y se habían olvidado del prójimo, porque se mata a alguien, primero, en la mente, después, en la boca y, por último, con las manos. Y, entonces, para cumplir la ley en sus pequeños detalles, no sólo hay que legislar la muerte física de la persona, sino la muerte que dan los pensamientos y las palabras.

Porque si se atiende a quitar el pensamiento y la palabra que mata, entonces no se llega a matar físicamente y se cumple a la perfección, en los mínimos detalles toda la ley.

En consecuencia, no está en la intención la perfección de la ley, sino que está en cumplir el mandamiento del amor. Y ese mandamiento lleva al alma a fijarse en aquellos pensamientos y palabras que tienen una injuria hacia el prójimo.

Hoy día la psiquiatría llama locos a los hombres. Eso es una injuria que el Señor dice que tiene castigo del infierno. Hoy día el lenguaje filosófico de los hombres es como los escribas y fariseos: sin amor al prójimo. Con un falso amor al hombre se llama loco a los hombres, porque así lo han investigado esos filósofos con su ciencia humana. Y hoy día muchos alaban a los psiquiatras y juzgan a los hombres con esa sabiduría humana. Y están pecando contra el amor al prójimo.

Ningún sabiduría humana tiene derecho a declarar loco a ningún hombre por su comportamiento en la sociedad. Cuando se hace eso, se anula el pecado. Y ya el hombre es enfermo mental, pero no pecador. Y eso es diabólico. Y eso es digno de castigo eterno.
Hoy los hombres legislan con sus ciencias humanas la vida de los hombres: miden a los hombres con sus filosofías y van en contra del amor al prójimo.

Y cuánto sacerdotes son psiquiatras, que ven a las almas con los ojos de la filosofía, de la psiquiatría, y anulan la vida espiritual de las almas. Y eso es reo del fuego del infierno.

Cuantos sacerdotes niegan las revelaciones privadas y llaman a los que la reciben locos de mente. Tienen una enfermedad mental. Se volvieron locos. Y eso va en contra del amor de Dios.

Santa Gema Galgani no pudo entrar en el convento porque la Jerarquía la llamó loca. Y, después, de su muerte, es la santa de los Pasionistas. Ella se ganó el Cielo con las injurias de muchos sacerdotes. Y esas injurias merecían el infierno para esos sacerdotes. Porque hay cuidar los mínimos pensamientos para no pecar mortalmente. Esto es lo que enseña Jesús.

No hay que cuidar las cosas pequeñas externas, que son sólo un tumulto de normas que no sirven para nada. No hay que atender a eso, si el alma no atiende a sus más mínimos pensamientos. Hay que cuidar esos mínimos pensamientos y entonces se cumple toda la Ley.

Por eso, Francisco no explica nada de esto y su homilía es una herejía.

El que tiene ira contra su hermano, ya es juzgado, es decir, ya ha pecado. Por eso, hay que practicar la virtud de la paciencia, del silencio interior y exterior, del dominio del cuerpo, y entonces, se vence la ira.

El que dice una palabrota tiene un juicio externo; es decir, todos lo pueden juzgar, es reo del Sanedrín, porque habla mal en público contra el prójimo. Aquí no habla el Señor del pecado de la mentira, ni de la calumnia, ni de la difamación, ni de los chismes, sino de las malas palabras. Malas palabras que nacen de la ira contra el prójimo, que nacen de la envidia, del odio, del rencor. Y, por tanto, producen un mal social, una revuelta social. Y para acallar eso, para expiar eso, es necesario un juicio público.

Por tanto, no es la intención lo que lleva a la perfección de la ley. Es poner en práctica el mandamiento del amor en sus más mínimos detalles en el hombre. Que el hombre no sólo atienda a las cosas exteriores de la obras, a lo más importante de una obra, sino a las cosas pequeñas, a las raíces de donde nace la obra; porque el hombre es soberbio y, entonces, si no ama al prójimo, siempre acaba juzgándolo. Y, para no juzgarlo, tiene que cuidar sus más mínimos pensamientos y palabras.

El hombre tiene que cuidar su soberbia, echar su soberbia a un lado, para poder tener la sabiduría divina. Si no hace eso, anda en sus sabidurías humanas juzgando a todo el mundo.

El hombre tiene que quitar su pecado de soberbia para amar con sabiduría al prójimo.

El hombre tiene que practicar las virtudes para poder dar el amor recto al prójimo.

Y sólo así se cumple la ley en sus pequeñas cosas. Y esto no lo explica Francisco. No dice nada. Sólo habla de lo que le interesa hablar. Entretiene a la gente con muchas cosas que no enseñan la verdad del Evangelio.

Si el corazón humano no se purifica de sus pecados, entonces no puede amar al prójimo. Francisco se detiene en esto: “Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas”. Y no enseña a purificar el corazón, que es donde está la perfección del amor.

Un corazón que no se purifica no puede amar. Un corazón que no ve su maldad para luchar en contra de ella, no puede amar. Un corazón que no sabe discernir entre el bien y el mal, entonces no puede amar.

La raíz de la Ley no está en la intención ni en el corazón. La raíz de la Ley está en el Corazón de Dios. La Ley es Divina. El hombre, para cumplirla, tiene que tener intención recta y un corazón purificado de toda maldad. Por eso, el que peca no puede amar. Los hombres hacen obras buenas en su vida de pecado, y hacen obras perfectas en su vida de pecado: no aman; no cumplen la ley de Dios; sino que se condenan por lo que obran, porque lo hacen en su pecado. Con buena intención, pero con un corazón podrido por el pecado.

Existe la buena intención y la malicia de la obra. Una obra mala se puede realizar con buena intención. Esa es la maldad farisaica. Es una maldad al cuadrado. Es dar una sonrisa y clavar un puñal. Así son muchos hombres. Así eran los fariseos. Así es Francisco: con una sonrisa destruye la Iglesia. Con su buena intención de amar a todo el mundo, destruye la Verdad en la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia se ha vuelto farisea

elcorazondiceunacosa

Cualquiera que tenga un poco de vida espiritual se da cuenta de la gravedad en que está toda la Iglesia.

Porque un necio (ewél) está sentado en la Silla de Pedro. Esto es lo grave.

El necio es la persona que está vacía de verdad en su mente; una persona que no alcanza la verdad con su mente; que no ve la verdad con su mente; no sabe razonar, meditar, analizar con la verdad. Y, por tanto, el necio está lleno de mentira, de errores, de engaños, de falsedades, propias de su condición mental.

Francisco es un hombre necio, no razona, no tiene la verdad. Consecuencia: el hombre necio se vuelve estúpido (iwwelet), es decir, un hombre sin moral, sin norma de moralidad. Tiene una mente necia que le lleva a obrar sin ley moral, es decir, que obra el pecado. El estúpido es el que obra su pecado, que nace de su mente necia, de su mente sin verdad.

Cuando no hay verdad en la mente, entonces en el corazón no hay norma de moralidad: no se alcanza la ley divina ni la ley natural. El hombre, en su corazón, se vuelve un estúpido, es decir, obra un pecado.

Y, cuando el pecado se hace una vida, se hace un camino, se justifica de muchas maneras, la persona se vuelve idiota (nebala): obra en contra de la Voluntad de Dios de forma permanente. El idiota es el que vive su pecado como norma de su vida.

Francisco es un hombre necio, estúpido e idiota; es decir, un hombre sin verdad, sin ley moral y que obra la iniquidad desde la Silla de Pedro.

Y esto es un problema para toda la Iglesia. El desorden moral es lo que reina en toda la Iglesia. Si existe el desorden moral es porque la almas no viven la verdad, no obran la verdad. En sus mentes hay mucha confusión. No tienen las ideas claras de lo que hay que creer. Y, por tanto, la fe va desapareciendo, se va ocultando y se va perdiendo en muchas almas.

Lo que salva, en última instancia, es la fe. Si la fe se pierde, el hombre sólo camina hacia el infierno, sin posibilidad de salvarse. Todo el trabajo del demonio es hacer que las almas pierdan la fe. Para eso, el demonio da a las almas una fe humana, una fe racional una fe material, una fe romántica, una fe que agrada el oído de los hombres, una fe que es sólo un lenguaje humano, una fe que no sirve para nada, sólo para decirse a sí mismo que Dios nos ama y que Dios nos perdona.

Esta es la fe de muchos: Dios te ama y Dios te perdona. Tú sigue en tu vida porque Dios es Amor, Dios es fraternidad, Dios los es todo, lo puede todo.

Y, entonces, las almas ya no luchan por la Verdad, porque se oculta la fe, se anula la fe.

La fe es un don de Dios. Y ese don de Dios sólo Dios lo da; es decir, no lo merece ningún hombre.

Cristo da al hombre la Gracia, no la fe. Cristo da la gracia por la fe del hombre. Si no hay fe, Cristo no da la gracia.

Dios Padre dio a Abrahán el don de la fe. No le dio la gracia. No le dio el Espíritu. Le dio la posibilidad de creer, la capacidad para poseer la Verdad. Y creer en una sola cosa: en el único Dios verdadero: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Para creer hay que empezar por aquí: hay que adorar a Dios, al único Dios, al verdadero Dios.

Dios se reveló a Abrahán como Tres Personas distintas en una única naturaleza. Y Abrahán se sometió a esa Revelación Divina. Y ahí comenzó su camino de fe.

Si los hombres no creen en Dios, y comienzan a dar culto a dioses extranjeros, no pueden salvarse. Es lo que vemos en todo el mundo: hombres, con sus iglesias, con sus religiones, con sus espiritualidades, con sus asociaciones, que no creen en el único Dios verdadero. Creen en sus dioses, en sus pensamientos humanos, en sus leyes, en sus lenguajes filosóficos, teológicos, pero no creen en Dios. No tienen la fe divina. Tienen otro tipo de fe.

Los judíos perdieron la fe que tenía Abrahán porque la humanizaron, la carnalizaron, la hicieron un sentimiento humano, un don humano, un merecimiento humano. Y es lo que muchos católicos hacen hoy día con la fe y con la gracia: lo pervierten todo con sus pensamientos humanos.

El problema del don de la fe está en la soberbia del hombre. Si el hombre, en su mente, no se somete a la fe, no obedece a la Revelación de Dios, entonces no puede tener fe divina. Inmediatamente, surge la fe humana: el hombre se inventa la fe, se inventa un camino para adorar a Dios, para servir a Dios, para hacer apostolado.

Es lo que vemos en toda la Iglesia: el invento del hombre por agradarse a sí mismo diciéndose que lo que hace lo quiere Dios, es Voluntad de Dios. Y, para eso, emplea su lenguaje humano, para tapar su mentira, su engaño, su ilusión, su pecado.

Esto es lo que continuamente hace Francisco desde la Silla de Pedro. Usa su romanticismo, su lenguaje barato y blasfemo, para contentar a todo el mundo, y, al mismo tiempo, para extraviar a todo el mundo.

Esto lo puede hacer Francisco por ser necio, idiota y estúpido. Él vive su pecado. Él obra su pecado. Él guía hacia su pecado. Esto, en la Sagrada Escritura, se llama maldición. Una cosa está maldita porque está llena de la obra del pecado.

«Maldita Adán la tierra por tu causa»: el pecado de Adán trajo la maldición a toda la Tierra.

El pecado de Francisco trae la maldición a toda la Iglesia. Es decir, la Iglesia está llena de la obra del pecado de Francisco. El pecado trae males allí donde se obra. Y si se obra continuamente, entonces de forma inmediata salen males por todos los sitios, por todos los rincones. Si la Cabeza esta corrupta, todo lo demás se corrompe.

El pecado de Francisco es una obra de iniquidad. No es que Francisco diga una mentira y, después, se confiese y se acabó la cosa. Francisco obra una iniquidad. Éste es el problema. Su pecado es una iniquidad, que llena la Iglesia de maldición, no de bendiciones, no de gracias. Y, por tanto, el pecado de Francisco produce la apostasía de la fe en muchas almas de la Iglesia.

Y la apostasía de la fe indica el camino abierto al demonio dentro de la Iglesia: es una puerta abierta por donde entra en la Iglesia todo el infierno. Hay comunicación directa entre Roma y el infierno.

Antes la puerta estaba cerrada, porque había un Papa elegido por Dios. Y el pecado de las almas en la Iglesia no podía abrir esa puerta.

Pero un hombre no elegido por Dios abre el infierno en Roma; abre las puertas de la maldad en toda la Iglesia.

Por eso, el que tiene vida espiritual percibe cómo está el ambiente de cargado en toda la Iglesia. Hay demonios que recorren, no sólo el mundo, sino la Iglesia. Y la recorren libremente, sin oposición, porque se ha abierto la puerta.

«Porque el misterio de iniquidad ya está en acción; sólo falta que el que lo retiene sea apartado» (II Tes 2, 7).

Hay que apartar al Papa verdadero para que entre el hombre de iniquidad.

Durante 50 años es lo que se ha intentado hacer de manera oculta, poniendo dobles, sosías, imitadores del Papa verdadero. Y nadie se ha enterado porque los hombres, con sus ciencias, pueden lograr muchas cosas. Son ciencias malvadas, regidas por la mente del demonio, para obrar mucha maldad.

A Benedicto XVI lo apartaron de forma brusca. Tuvo que irse por la maldad de muchos hombres que, de manera científica, técnica, pusieron al Papa verdadero en un dilema: es mejor irse de una Iglesia que no sirve para nada.

Benedicto XVI sabía muy bien cómo está de corrupta la Iglesia en la Jerarquía. Pero no sabía solucionarla por los caminos divinos: que es decirle a esa Jerarquía que se dedique a quitar sus pecados y a hacer vida de penitencia. Él no supo apartar de sus cargos a muchos sacerdotes y Obispos corruptos. Los mantuvo y, entonces, la fuerza del mal pudo con él.

Benedicto XVI se encontró con una fuerza maléfica, mayor que la que encontró Juan Pablo II. Y, por su falta de fe, no supo batallar contra esa fuerza. Sucumbió. Y está ahora rendido, sin fuerza espiritual. Él sigue viendo la maldad, pero no puede hacer nada. Él se fue porque no quería hacer nada con toda esa maldad. Que otros resuelvan.

Pero el problema de la Iglesia actual es el fariseísmo de la Jerarquía. Si los sacerdotes y Obispos pecaran y se confesaran, entonces, no existiría lo que vemos. Pero, desde hace mucho tiempo, la Jerarquía se ha convertido en farisea; es decir, vive una espiritualidad falsa, que consiste en hablar muchas cosas de Dios y en obrar de manera diferente a lo que se predica.

Se habla para convencer a la gente de que son sacerdotes y Obispos buenos; se habla para agradar a los hombres en sus vidas y mantenerlos atentos sólo a las necesidades materiales o humanas de la Iglesia; se habla para captar la atención de muchas personas y dirigirlas a entornos humanos, sociales, políticos, para formar comunidades o grupos que trabajen por ideales humanos, materiales, donde se haga un bien común, dando una doctrina, más o menos, apta para conseguir que las personas sigan en esas actividades.

Y, entonces, se crean apostolados humanos, dedicados a todo lo humano, lo social, lo material, descuidando la vida espiritual o haciendo que esa vida espiritual sea sólo lo mínimo: misa dominical, oraciones, limosnas.

Y, de esta manera, va surgiendo el hombre fariseo, el hombre de mente humana, de obras humanas, de proyectos humanos, sociales, comunes a todos. Y se van realizando ideales humanos para alcanzar objetivos humanos en la Iglesia.

Y así la salvación de un alma se pierde, se anula, se tergiversa. Para salvarse ya no es necesario hacer oración y penitencia; sino hay que hacer un bien común, hay que resolver problemas de los hombres, es necesario que se sienta una solidaridad humana, común, social, en toda la Iglesia.

Cuando se predica que la misión en la Iglesia consiste en dialogar la verdad con los hombres y obrar la fraternidad en medio de ellos, se está haciendo puro comunismo en la práctica. Se está realizando lo más contrario a la doctrina de Cristo.

La misión en la Iglesia consiste en predicar la Verdad y en hacer penitencia por las almas que están en pecado. Esa es toda la misión. Eso hicieron todos los santos: salían a predicar del infierno, del pecado, de la muerte, del purgatorio, etc.; y salían para una vida de penitencia. Mientras predicaban hacían penitencia para que su predicación llegara al corazón de las almas.

Pero esto se ha perdido desde hace mucho en la Iglesia. Y la Iglesia se dedica a construir obras sociales de todo tipo para que los hombres estén contentos con la Iglesia, para que vean los hombres que la Iglesia también está pendiente de sus necesidades materiales o humanas.

Y esto es lo diabólico. Esta es la obra de la iniquidad que hace Francisco. Él no enseña la Verdad a nadie. Nada más es ver cualquiera de sus homilías, encuentros con las almas, y constatar que nunca dice la Verdad, nunca predica la Verdad. Él predica su evangelio de la fraternidad. Predica su lenguaje humano, sentimental, herético, que habla cosas de Dios, pero mal habladas, metiendo el engaño, el error, falsedades y mucho cinismo.

En el encuentro con las parejas de novios del 14 de febrero, ¿acaso Francisco se ha preocupado por dar a entender los pecados que incurren las parejas para que los quiten? No ha hablado del pecado. ¿Acaso Francisco ha enseñado a usar la gracia del Matrimonio y las cosas que son necesarias en el noviazgo para ir bien al Matrimonio y saber usar esa Gracia? En absoluto. ¿Acaso Francisco ha predicado sobre la oración y la penitencia que ambos tienen que hacer en sus noviazgos y en sus matrimonios para entender la Voluntad de Dios en esas relaciones? Francisco ni siquiera ha tocado este tema, porque él tampoco lo vive en su sacerdocio.

Francisco se ha dedicado a lo de siempre: a sus palabras hermosas, bellas, que gustan a todos, pero que están llenas de mentira, de maldad, de engaño. Se lee el discurso que ha pronunciado y el corazón encuentra un vacío, porque no ha dicho ninguna verdad evangélica.

Leer a Francisco es sentir la presencia del espíritu del demonio. Sus palabras no tienen la unción del Espíritu Divino, sino la sugestión del espíritu diabólico. Y, entonces, esas palabras van a la mente, la llenan, la cautivan; pero el alma siente un vacío en su corazón. Siente que algo no va bien en esas palabras; siente una inquietud cada vez que lee a Francisco.

Cuando se predica la Verdad, el alma encuentra la paz del corazón, porque éste se llena del amor que nace en esa Verdad. Pero cuando se predica la mentira, entonces hay turbación en el corazón, porque la mente tiene una confusión. Siempre la mentira deja al alma turbia, sin luz, en tiniebla, en duda, en temor, en miedo. Su mente no descansa en una verdad y, por tanto, su corazón no encuentra la paz. Y el corazón que no está en paz tiende al odio, a la envidia, a la ira, al pecado. Por eso, cuando se predica la mentira, las almas obran un pecado. Cuando se predica la verdad, las almas obran un amor.

Hablar la verdad y hablar la mentira son dos realidades totalmente diferentes que obran dos cosas opuestas.

Quien habla la verdad nunca puede hacer una obra de pecado. Si la hace es que no habló la Verdad. Quien habla la mentira nunca hará una obra de amor, sino siempre un pecado.

Por eso, el fariseo es aquel que predica una verdad falsa, una media verdad, un lenguaje aparente de verdad, pero que, en el fondo, es pura mentira, puro engaño. Y la Iglesia está llena de fariseos: predican cosas bonitas, que gustan a todo el mundo, pero que son auténticamente desastrosas para quien las oye.

Por eso, es mejor ir a misa y, en las homilías, leer un libro que ayude a que el alma siga en la presencia de Dios, que estar escuchando a un mentiroso. Porque el daño al alma es muy grande.

El que predica la mentira pone el odio en el corazón. Hay mucha maldad en los sacerdotes, en los Obispos, cuando predican a la gente. ¡Mucha maldad! Porque un sacerdotes está obligado a dar sólo la Verdad de la Palabra de Dios. Y tiene el poder para hacer esto, aunque sea un inculto en teología. El Santo Cura de Ars no sabía nada de teología, pero predicaba la verdad. Y convertía a las almas porque sólo predicaba la Verdad y hacía penitencia por ellas. Y sus homilías eran muy simples, pero muy claras. No tenía pelos en la lengua.

La Jerarquía ha perdido el buen espíritu y está llenado la Iglesia con sus mentiras, con sus obras demoniacas, dedicados a lo social, a lo comunitario, a resolver problemas de los hombres. Y, entonces, las almas viven una confusión. No encuentran un camino de salvación y de santificación en la Iglesia. Encuentran un comunismo, un idealismo, una verborrea que sólo sirve para echarse las manos a la cabeza y pedir al Señor que el castigo sea con misericordia, porque el pecado de la Jerarquía merece el infierno.

Cualquiera que tenga un poco de sentido común, entenderá que lo que obra Francisco en la Iglesia tiene un desenlace trágico. Si no se predica la Verdad, se obra el odio en toda la Iglesia. Y se obra con bonitas palabras, con un lenguaje humano bello, pero que va contra el amor.

Se buscan en la Iglesia gente que tenga dinero, fama, poder, cercanía hacia los hombres; y se deja a un lado a almas de oración, de penitencia, de vida espiritual. Los que valen en la Iglesia son los que hacen un bien social. Los demás, no valen, no sirven. Se está haciendo una selección de personal dentro de la Iglesia. Y eso es lo propio de comunismo. Ya el bien personal, individual, privado no sirve en la Iglesia. Sólo sirve el bien común, el que soluciona problemas de todos, el que trae satisfacción a todos.

Por eso, vienen tiempos muy duros para los que creen en la Verdad. Para los demás, son tiempos bellos, porque se acogen a cualquier idiota que predique sus necedades en la Iglesia. Y así se conforman en sus vidas, creyéndose que van bien porque sigue al que está en la Silla de Pedro. Mucha gente no discierne la Verdad porque ha sido enseñada con la mentira. Y no saben lo que es la verdadera obediencia en la Iglesia. Y no saben ver las mentiras de los demás porque sólo quieren ver sus cosas buenas, sus obras buenas, sus pensamientos buenos.

No hay que obedecer al que piensa bien o al que habla bien. Hay que obedecer al que obra la Verdad, al que se dedica a hacer lo que el Señor le ha llamado a la Iglesia. Un sacerdote que no se dedica a predicar ni a liberar del demonio, sino que sólo se dedica a resolver asuntos sociales de sus almas, no es sacerdote, no es Pastor de almas; es sólo un lobo, un comunista vestido de Cristo.

Si cada uno en la Iglesia se dedicara a aquello a lo que Dios lo ha elegido, entonces la Iglesia siempre caminaría en la Verdad. Pero la Iglesia ya no camina. Y, desde hace mucho tiempo, no camina. Porque los suyos, su Jerarquía se ha vuelto farisea e impide a los demás caminar en la Verdad, obrar la Verdad.

Jesús se encontró con un Pueblo anclado en la mentira. Y tuvo que enfrentarse a los poderosos, a los sacerdotes, a los rabinos, a los fariseos para salvar a ese pueblo de la mentira.

Y hoy nos encontramos con lo mismo: una Iglesia cerrada a la Verdad, viviendo un engaño, manejada por fariseos, y que es conducida hacia el comunismo y el protestantismo.

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