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“Amoris Laetitia”: la nueva fábula de Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

Sobre las herejías del usurpador Bergoglio

«Recordando que el tiempo es superior al espacio…» (AL, 3):

Así comienza Bergoglio su falsa exhortación, llena de errores y de un lenguaje ambiguo propio de su modernismo.

Comienza con algo que nadie comprende, sólo los que lo siguen ciegamente: su tesis kantiana del tiempo y del espacio.

Para Bergoglio, el tiempo del pasado, el del presente y el del futuro deben unirse en un mismo espacio, en una misma situación de vida, en una comunidad eclesial. Y, por eso, hay que recoger todos los datos, todas las vivencias de los hombres, todas sus culturas, todas las maneras de ver la vida, y formar una doctrina que se pueda vivir por todos los hombres en este espacio de vida eclesial.

Y, por eso, lo primero que hace este hereje es dar un repaso a la Sagrada Escritura en donde se habla del matrimonio, de las familias, para sacar una conclusión que se ajuste a su tesis kantiana:

«En este breve recorrido podemos comprobar que la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje…» (AL, 22).

Es aquí donde quiere llegar: nada de teologías, nada de ideas abstractas, todo es la praxis.

La Palabra de Dios no enseña ni guía al hombre: «no es una secuencia de tesis abstractas»,

sino que es una praxis: «una compañera de viaje».

Dios que camina con el hombre. Es el hombre el que hace el camino. Ya no es Cristo el Camino de la Iglesia, un Camino en la Verdad Única y Absoluta.

Para Bergoglio, se viaja en el tiempo, no en el espacio. La fe es un recordar el tiempo pasado, coger esas ideas y actualizarlas al tiempo presente, para que se obren en el espacio concreto (matrimonio, familia, comunidad, parroquia, asociación, sociedad…) en que vive el hombre.

Bergoglio sólo está exponiendo su fe fundante que ya desarrolló en su otra fábula “lumen fidei”.

Y, por lo tanto, si en el tiempo pasado, los hombres entendieron la Palabra de Dios de una manera acorde a su vida humana o eclesial (a su espacio cultural, social, eclesial), ahora, en este tiempo hay que entenderla de otra manera, ya que el tiempo es superior al espacio. El tiempo es el que va cambiando, el que impone una reforma del espacio; el espacio, las familias, la Iglesia, las sociedades, son siempre las mismas, estructuras que no cambian pero sí que admiten reformas en cada tiempo.

De esta manera, Bergoglio enfrenta la Palabra de Dios, el Magisterio de la Iglesia, la teología católica con la pastoral, diciendo que el matrimonio nadie lo ha sabido explicar hasta que Él ha llegado a la Iglesia para exponer su inmoralismo universal:

«… hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales. Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario» (AL, 36).

El matrimonio de la Sagrada Familia es demasiado abstracto: la pureza, cumplir con los mandamientos divinos, usar la gracia del Sacramento, son construcciones artificiosas que no resuelven las situaciones concretas de las familias.

Todos los matrimonios santos, a lo largo de toda la historia eclesial, no son ejemplo para la Iglesia, porque se han construido en algo abstracto, en una doctrina inmutable que no sirve, en este tiempo actual, para los demás.

En otras palabras, para Bergoglio el matrimonio ideal es el de los cónyuges que se pelean, que son infieles a la gracia, que usan los anticonceptivos, que se divorcian, que no comulgan con una doctrina inmutable, sino cambiante…. Lo demás, es teología abstracta.

Y hay que resolverles la vida, hay que dar un espacio eclesial, social, cultural, a este “matrimonio ideal”.

El matrimonio ideal, el católico, es aquel en que los dos cónyuges están unidos a Cristo: viven y se esfuerzan por realizar la gracia del Sacramento, que han recibido en su matrimonio.

Pero esto es abstracto para la mente del usurpador. El matrimonio como lo instituyó Cristo es un insulto para la mente de Bergoglio.

Él está en su tesis kantiana: «no hemos despertado la confianza en la gracia».

La gracia, para Bergoglio, es algo inmerecido, gratis, a la cual todos pueden acceder sin ningún obstáculo. Por eso,

«Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia inmerecida, incondicional y gratuita. Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio» (AL, 297).

«Id malditos de mi Padre al fuego eterno…»: Jesús, para Bergoglio, no era consecuente con su lógica. Jesús dijo eso en un tiempo concreto, pero que ya no sirve para este tiempo actual.

No se puede hablar, ahora, de condenación para siempre, ni de infierno, ni de pecados que sacan de la comunión de la Iglesia.

No se puede seguir a San Pablo que enseña inspirado

«… que no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con éstos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Bergoglio dice: «hay que integrar a todos… No me refiero sólo a los divorciados en nueva unión sino a todos, en cualquier situación que se encuentren» (AL, 297).

De estas palabras, se deduce que los Obispos no se van a reunir en un Concilio para excomulgar a Bergoglio como hereje, porque ya no existe el pecado de herejía, ni de apostasía de la fe, ni el de cisma, que saca automáticamente de la Iglesia al que lo comete.

Ahora, se trata de hacer una iglesia para todos los herejes, ateos, homosexuales, divorciados, cismáticos, etc…

Dice Bergoglio: «hay que integrar a todos».

Dice San Pablo: «no os mezcléis… Dios juzgará a los de fuera; vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos».

Los Obispos deben extirpar el mal de Bergoglio, pero no lo van a hacer, porque ya no creen ni en Cristo ni en la Iglesia. Ya nadie defiende la doctrina inmutable de Cristo. Ahora, todos defienden su parcela, sus intereses privados en la Iglesia.

¿Quién tiene razón? ¿Quién acierta? ¿Quién está haciendo la Iglesia de Cristo? ¿San Pablo o Bergoglio?

¿Hay obligación en conciencia de seguir la verdad revelada, la que enseña Dios a través de San Pablo, o hay que seguir el invento de un hombre que se ha creído Dios en la Iglesia?

Es claro que no se debe nada a Bergoglio: ni respeto ni obediencia. Y que, para ser de Cristo y pertenecer a la Iglesia de Cristo, hay que atacar a Bergoglio y estar en comunión con el Papa Benedicto XVI, dos cosas que muchos católicos, entre ellos los tradicionalistas, no acaban de entender.

¿Por qué hay que integrar a todos?

Es sencillo: Bergoglio nos recuerda su propia herejía.

“A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio” (AL, 303).

Gran error doctrinal, moral y pastoral: la conciencia de las personas integrada en la praxis. En otras palabras, la moral autónoma kantiana.

La práctica de la Iglesia, la norma de moralidad, no está en la conciencia de ninguna persona, sino sólo en la Ley de Dios y en el magisterio de la Iglesia. Toda persona tiene obligación de aceptar esta ley divina y de someterse a la enseñanza de la Iglesia en cuestiones morales.

Cuando la conciencia de cada uno decide la moralidad, entonces el bien y el mal sólo está en la propia persona. No hay que buscarlo ni en Dios ni en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. Esa conciencia personal es el camino para todo, ya no es la fe la guía de la persona.

Y, por eso, este hombre continúa en su tesis kantiana:

«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas» (AL, 298).

«Situaciones muy diferentes… consolidada por el tiempo»: el tiempo está por encima del espacio familiar. Hay nuevos hijos, hay un nuevo amor mutuo entre los cónyuges… no se puede estar pensando en la culpa del pecado. No hay que encerrar esa vida en afirmaciones rígidas, en una doctrina inmutable, en el pecado de fornicación o de adulterio….Sino que hay que dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral.

En otras palabras:

Si la gente quiere fornicar, adulterar, y ser un homosexual, que lo haga con la bendición de los pastores. Y como los pastores ya lo hacen, pues ellos también apoyados en este documento.

Los pecadores públicos se convierten en católicos que pueden participar en todo lo que hasta ahora han sido excluidos por la Iglesia. Se hace a los Obispos jueces, los cuales en animada charla con esos pecadores, disciernen la manera de que participen en todos los Sacramentos.

La unión civil estable hay que aceptarla como camino para poder recibir el Sacramento de la Eucaristía. Los homosexuales ya pueden seguir en sus vidas y pronto tendrán su matrimonio aprobado por la Iglesia. Al cura violador de niños hay que acogerlo e integrarlo en la comunidad también. Y a aquellos sacerdotes que se quieran casar, que lo hagan sin problemas.

Esta idea Bergoglio la fundamenta en su pecado de apostasía:

«… ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada « irregular » viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante» (AL, 301).

En este párrafo, Bergoglio va a falsear la doctrina de Santo Tomás de Aquino y a decir lo contrario de lo que dice.

Santo Tomás enseña que el que tiene la gracia puede experimentar dificultad en el obrar con las virtudes, ya adquiridas ya infusas. Y quien pierde la gracia por el pecado mortal, pierde también las virtudes morales infusas.

Bergoglio dice que los que viven en situación de pecado mortal, irregular, están en gracia y, por lo tanto, hay que aplicar a su situación irregular lo que dice Santo Tomás. Y, por eso,

«… un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada» (AL, 302).

Es decir, no se puede juzgar a los divorciados vueltos a casar sobre su situación concreta porque cometan personalmente el pecado de adulterio o de fornicación. Ellos, según Bergoglio, están en la gracia santificante, tienen las virtudes morales infusas, y, por lo tanto,

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano» (AL, 304).

Es mezquino.

Toda la apostasía de Bergoglio está en negar el pecado mortal actual y pretender resolver una situación particular sin la gracia de Dios, apoyado sólo en el mismo pecado de la persona, como si ese pecado fuera un bien, un valor, un camino que debe seguir recorriendo esa persona, pese a que la ley de Dios o el magisterio le obligue a lo contrario.

Y, por eso,

«… un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas» (AL, 305).

Es repetir, con otras palabras, lo que ya dijo al principio:

La Palabra de Dios no es una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje.

El pastor debe acompañar, no juzgar a la persona porque incumpla una ley moral. La norma de la moralidad sólo está en la conciencia de la persona, en su mente. Y es ella, junto al pastor, la que va a decidir su vida.

«Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios» (AL, 305).

El adulterio da gloria a Dios, así como la fornicación, la homosexualidad, etc… Esta es la idea de Bergoglio, apoyándose en Santo Tomás de Aquino.

El pobre majadero flipa en colores. Bergoglio ha quedado “colocado” bajo los efectos de su propia droga kantiana. Y ha sacado un documento que es su alucinación, que revela su estado de locura permanente. Una locura diabólica.

Bergoglio, en este panfleto, se pone por encima de Dios y crucifica a Cristo y a Su Iglesia.

Pero, muchos católicos lo van a seguir y van a continuar llamando papa a un auténtico majadero.

Muy pocos tradicionalistas reconocen lo que es Bergoglio: un falso papa. Lo tienen como su papa, aunque vean sus herejías, y las resistan. Pero siguen comulgando con él, lo siguen teniendo como su papa. Y esto es monstruoso en un católico tradicionalista.

O se está con el verdadero Papa, Benedicto XVI, o se está con el falso. O se obra el magisterio de la Iglesia en lo concerniente a los herejes o se obra el nuevo magisterio que enseña Bergoglio. Pero no se pueden estar en los dos bandos. O con Cristo o contra Cristo.

Muy pocos católicos reconocen esto: la nueva iglesia que es ya visible en Roma y en las parroquias de todo el mundo. Y se rasgan las vestiduras por este panfleto, pero seguirán esperando en Bergoglio como su papa.

Seguirán esperando que Bergoglio renuncie para que venga otro y resuelva esta situación.

Ya no ven lo que significa este documento para la Iglesia. No ven lo que hay detrás de todo esto. No disciernen los Signos de los Tiempos. Y seguirán en lo de siempre, sin salir de esa falsa iglesia que hay en Roma.

No entienden que la Iglesia verdadera ya está en el desierto. Y que hay que ir al desierto, llevando la Iglesia en el corazón, sin hacer caso a lo que diga Bergoglio porque no es el Papa que guía la Iglesia Católica.

Bergoglio es un usurpador. Todo cuanto dice y obra a cabo carece de validez divina. Bergoglio no tiene el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios, en la Iglesia. Y, por eso, todo lo obra con un poder humano, el propio de la masonería.

Desde hace tres años, todo es inválido: sus nombramientos, sus homilías, sus escritos, sus reformas, sus proclamaciones, su falso año de la falsa misericordia, etc… No vale para nada, ni para los fieles, ni para la Jerarquía.

Ningún Obispo tiene que obedecer a Bergoglio; ningún sacerdote tiene que obedecer a Su Obispo; y los fieles no tienen que dejarse manejar, engañar, por la Jerarquía.

A Bergoglio le queda poco tiempo. Lo van a hacer renunciar. Y morirá muy pronto. Pero lo que él ha levantado, la nueva iglesia, va a seguir hasta la perfección de la maldad en el anticristo, que ya emerge.

Salgan de la nueva iglesia comandada por un loco, Bergoglio. Y estén en comunión con el único Papa de la Iglesia Católica, Benedicto XVI.

Y ya que conocen cuál es el pensamiento de Bergoglio, no estén detrás de él: no les importe lo que diga u obre ese infeliz. Porque la Iglesia ya no está en Roma, sino en cada corazón que permanece fiel a la Palabra de Dios y al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

Falsa obediencia, falso misticismo

blasfemia

«Os traigo a la memoria, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes…» (1 Cor 15, 1).

Bergoglio no trae a la mente de los hombres el Evangelio de Jesucristo. Su noción del Evangelio es una reforma social, una economía para las clases más pobres, una cultura del encuentro para caer bien a todo el mundo.

Bergoglio está, no sólo influenciado por la teología de la liberación, sino metido de lleno en una falsa espiritualidad y un falso misticismo, propio de la falsa iglesia que está levantando.

Bergoglio no puede comprender la Palabra de Dios, la esencia del mensaje de Cristo, no puede hacer suya las palabras del primer Papa de la Iglesia Católica:

«No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy» (Act 3, 6).

¿A qué se ha dedicado este hombre?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos….Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí» (1 de octubre – Entrevista Scalfari)

No tengo oro ni plata: no me dedico encontrar trabajo para los jóvenes; no me dedico a dar a los ancianos un cariño que no merecen.

A los ancianos y a los jóvenes hay que darles a Jesucristo, que es poner en práctica la obra de la Redención.

Pero, Bergoglio anda en otras cosas, en su política:

«Al cumplir su misión apostólica, la Iglesia debe asumir un papel profético en defensa de los pobres y contra toda corrupción y abuso de poder…» (Visita ad limina de los Obispos de Kenia – 16 de abril).

¿Papel profético en defensa de los pobres? No existe una profecía que defienda a los pobres, tal como lo entiende Bergoglio, que es en su comunismo. No existe una profecía que lleve a la Iglesia a atacar toda corrupción y abuso de poder.

«Arrepentíos, pues, y convertíos para que sean borrados vuestros pecados» (Act 3, 19).

Este es el mensaje que San Pedro dirigió a todos los israelitas. Esta es la doctrina de los Apóstoles. Esta es la misión de toda la Iglesia. Esta es la voz profética que recorre toda profecía verdadera: el arrepentimiento del pecado, la lucha contra el pecado. Si el hombre viera su pecado, entonces no habría pobres ni corrupción ni abuso de poder. Pero, hoy día, al hombre no se le predica del pecado, sino que se le da un lenguaje lleno de tantas cosas que le impiden ver la verdad de la vida. Bergoglio no enseña el pecado, porque no cree en el dogma del pecado.

Bergoglio sólo está en su falsa espiritualidad: «entrar…en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Bula del jubileo de la misericordia).

Son los pecadores, no los pobres, los privilegiados de la Misericordia de Dios: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia» (Lc 5, 32).

No he venido a llamar ni a los pobres ni a los ricos: no he venido a hacer propaganda política de la Palabra de Dios. No he venido a hablar lo políticamente correcto.

Jesús ha venido a poner un camino de penitencia a todo aquel que reconozca su pecado como una ofensa a Dios.

«Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202)» (Mensaje a la séptima cumbre de la Américas en Panamá – 10 de abril 2015).

Bergoglio se predica a sí mismo, pero es incapaz de predicar el Evangelio de Jesucristo.

Como el pecado no es una ofensa a Dios, entonces: «Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas». ¿Qué es el pecado? Aquello que ofende al hombre, a su persona, a su dignidad. Automáticamente, Bergoglio se baja de la Cruz de Cristo, que es la que libera al hombre de cualquier mal, ya sea espiritual, ya humano, para presentar al mundo su falso misticismo.

«El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia»: en esta frase está ensamblada todo el falso misticismo de la falsa iglesia.

La falsa iglesia va hacia una unión entre todos los hombres, entre todas las religiones, confesiones, para un gobierno mundial. Se necesita un misticismo: solidaridad y fraternidad. Que inevitablemente es falso, porque no es la solidaridad ni la fraternidad que provienen del Evangelio de Cristo. Es la solidaridad y la fraternidad que está en la mente de los grandes masones, que son los que rigen el mundo y la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano.

En ese falso misticismo no hay que discriminar a la gente. Por lo tanto, no hay que tener dogmas, credo, símbolos de la fe. No hay que ser indiferentes con los hombres porque tienen una manera de ver la vida, de pensarla, de obrarla. Hay que buscar la forma de unir a los hombres con este falso misticismo.

Muchos católicos no saben lo que es la vida mística. Y, por lo tanto, no saben lo que significa una falsa vida mística, un falso misticismo.

Lo místico es la unión de Cristo con cada alma. Lo místico no es lo espiritual. Cristo se une con el alma a través de la gracia: esto es una unión espiritual. Pero, Cristo también se une al alma a través del Espíritu: esto es lo místico.

A través de la gracia, el alma posee una vida divina, que es en todo espiritual, porque Dios es Espíritu.

Pero a través del Espíritu, el alma posee una vida mística, en la que el alma participa de todo lo que es Cristo.

Por la gracia se participa de la Vida de Dios. Eso es el Bautismo y todos los Sacramentos. Ser hijo de Dios es una participación de la vida divina.

Pero, por el Espíritu, el alma participa de la vida de Cristo. Por eso, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: participa toda la Iglesia de la vida de Cristo.

La Eucaristía no sólo es una participación de la vida divina, sino del Misterio de la Encarnación. Participar en ese Misterio es vivir algo místico con el Verbo Encarnado.

Por lo tanto, quien no vive lo místico en la gracia, en los Sacramentos, tiene que vivir un falso misticismo. Ese falso misticismo es la obra del espíritu del demonio en el alma: en su mente, en su memoria, en su voluntad.

En el falso misticismo, la mente está poseída por el demonio para pensar lo que quiere el demonio. Esto es lo que se ve en Bergoglio y, no sólo en la Jerarquía que le obedece, sino en muchos fieles.

En el falso misticismo no hay manera de que la mente vea la verdad: vive una oscuridad espiritual, por su pecado de soberbia, que le impide, que le obstaculiza asentarse en la verdad. Ve la verdad de las cosas, pero siempre el alma haya una razón, una idea, para salirse de la verdad.

Esto está en todas las homilías de Bergoglio: dice una verdad y la continúa con una mentira. Esto es el falso misticismo: es la unión de la mente de la persona con el entendimiento del demonio.

El verdadero misticismo es la unión de la mente de la persona con la mente de Cristo. Por eso, dice San Pablo: «Mas nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

El espiritual juzga de todo: es decir, el que participa de la vida divina, por la gracia, puede hacer juicios espirituales sin cometer pecado. Pero nadie puede juzgar al espiritual, al que hace juicios espirituales. ¿Por qué? Porque tiene una vida mística, no sólo espiritual.

Por la vida espiritual, juzga de todo y no se equivoca. Y no se equivoca porque participa de la mente de Cristo. Y en la mente de Cristo no hay error, no hay herejía, no hay desviación de la verdad.

Muchos poseen la gracia, es decir, tienen una vida espiritual. Pero muchos, al no saber usar la gracia, no alcanzan la vida mística con Cristo. Tienen la gracia, pero siguen pensando y obrando como hombres del mundo, como hombres paganos. Eso señala una sola cosa: hay un falso misticismo. En la persona, se da una unión en la mente con el espíritu del demonio, que la lleva a pensar muchos errores y a obrarlos.

Hay tantas filosofías, tantas teologías, tantas formas de pensar en la actualidad que son impedimento para la vida mística de muchos católicos. Son el inicio y el contrafuerte de una falsa vida mística.

Para vivir con Cristo no hace falta tanta filosofía ni tanta teología. Sólo hace falta la humildad de corazón, que hace que la mente del hombre no se apoye en ninguna idea humana, por más buena y perfecta que sea para su vida. Sólo en la Mente de Cristo no está el error, sino toda la Verdad. Y es el Espíritu de la Verdad el que nos hace penetrar esa Mente Divina.

Por eso, muchos teólogos, muchos filósofos, muchos pensadores católicos ven la herejía de Bergoglio, pero lo siguen llamando Papa. No tienen vida mística: con sus teologías, con sus pensamientos impiden que el Espíritu les lleva a conocer la Mente de Cristo, ¿qué piensa Cristo de Bergoglio?  Es su pecado de soberbia, que debe incidir en toda su vida espiritual, en la manera de vivir la gracia.

La vida espiritual, es decir, la vida de la gracia, conduce, de manera necesaria, a la vida mística. Cristo no sólo te hace hijo de Dios, no sólo te da una vida divina, sino la manera de pensar esa vida divina, la manera de obrarla, de vivirla.

Quien no purifica su corazón, su mente, de tantas ideas, filosofías, teologías, errores, entonces hace un daño a su vida de la gracia y no puede penetrar la mente de Cristo, no puede vivir la vida de Cristo, no puede tener una vida mística.

Muchos, sin teología, sin filosofía, captan a la primera lo que es Bergoglio. Cuando escuchan sus homilías, en seguida dicen: no es doctrina católica. Esta persona no es Papa. Viven sencillamente su gracia y, por eso, están unidos a la Mente de Cristo, que les enseña la verdad de todas las cosas.

La gracia es siempre una inteligencia divina que sólo se puede captar en la unión con la mente de Cristo.

Quien no viva su gracia, en los Sacramentos, no tiene una vida mística, sino una falsa vida mística.

En los falsos profetas, se puede ver esa falsa vida mística: esa mente demoniaca que va dirigiendo la mente del falso profeta.

En Bergoglio, es lo que se ve en todas sus homilías, en todos sus escritos, en todos sus discursos, aun los que parecen católicos, pero nunca lo son. Un hereje nunca puede dar un discurso católico.

El demonio siempre sabe hablar a todo hombre. Siempre sabe decir la palabra que quiere oír el hombre. Por eso, Dios dice pocas palabras, pero cuando las dice las obra en el alma.

El demonio llena de palabras la mente de los hombres, para tenerlos en su juego. Esto es lo que hace, constantemente, Bergoglio. Palabras bonitas, hermosas, para terminar diciendo su herejía de siempre.

Muchos no han aprendido a discernir las palabras de Bergoglio. Son todas heréticas:

«…el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás, II-II q.5 a.3).

Bergoglio niega el primer artículo de la fe: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser».

Quien no cree en el Dios católico no cree en Dios. Y si no cree en Dios, no cree en nada más: ni en Cristo, ni en la Iglesia, ni en la Cruz, ni en los Sacramentos. Sólo cree en lo que dicta su razón humana

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Quien no cree en Dios como lo enseña el primer artículo de la fe, no cree en Dios. No tiene fe. Sino que tiene una opinión sobre Dios. Tiene su propio concepto de Dios: Dios es la luz, Abba, el Creador, etc…

Quien niega un artículo de fe los niega todos.

Bergoglio no habla el lenguaje de la fe, sólo puede dar su opinión sobre todos los temas de la fe, como la da cualquier hombre del mundo, cualquier pagano, cualquier cismático, cualquier hereje.

Por eso, nunca se equivoquen con Bergoglio cuando dice algo que parece católico. Sólo está dando su opinión, pero no puede enseñar la fe católica. Nunca. El pecado de herejía impide la fe. Y la herejía, en Bergoglio, es pertinaz. Dice sus herejías y continúa viviendo su vida como si nada hubiera dicho: no hay arrepentimiento. Y, por eso, Bergoglio está condenado en vida. Esto es lo que escandaliza a muchos.

El espiritual juzga de todo: como Bergoglio no hace un acto de arrepentimiento de sus herejías, sino que cada día las aumenta y las hace pública para todo el mundo, entonces va camino de condenación. Él vive como si fuera un santo, como si sus palabras fueras justas, apropiadas para todo el mundo. Como si sus obras tuvieran el sello de Dios. Bergoglio no puede ver sus pecados porque no cree en Dios. Y aquel que no cree en Dios, no puede salvarse. Vive su propia condenación en vida.

Todo el problema de Bergoglio es que está sentado en la Silla de Pedro. Por eso, se necesita algo más que un mea culpa para decir que Bergoglio se ha salvado. Bergoglio vive su propia condenación en vida, lo que él ha escogido para su vida. Y, por lo tanto, lleva a muchas almas a lo mismo: vivir condenadas en vida.

Este es el fruto del falso misticismo: vivir condenados.

El verdadero misticismo lleva a vivir la santidad de Dios. Vivir esperando el Cielo. Vivir para una felicidad que no es de este mundo. Por eso, los santos se confesaban hasta dos veces al día. Porque sabían que el pecado les impide el Cielo.

Hoy, en el falso misticismo de Bergoglio, todos se van al cielo. Es decir, todos viven su condenación ya en la tierra. Ya no se vive para convertir al otro, para salvar su alma del pecado. Se vive para comulgar con el pecado del otro. Se vive para una condenación.

Bergoglio sólo es un político que está en su negocio en la Iglesia. Por eso, buscó la unidad con Kenneth Copeland, con Palmer, que son personajes que sólo les importa el dinero, pero no la verdad del Evangelio. Copelando y Palmer predican el evangelio de la prosperidad, que es la teología de la liberación en Bergoglio, y son considerados herejes por los mismos protestantes.

Bergoglio no puede unirse con los Sprouls, Carsons, Piper y otros, que son los que siguen en todo a Calvino, a Lutero, en su herejía de la Sola Scriptura para alcanzar la justificación de la fe. Ellos preservan su doctrina protestante sin mezclarla con la idolatría y la avaricia de Palmer y de Copeland. Ellos quieren seguir el mensaje puro del Evangelio. A ellos ataca también Bergoglio. Por eso, entre los protestantes ya hay mucha división en torno a Bergoglio. Bergoglio es, para muchos de ellos, un hereje de la Sagrada Escritura, que hace sólo un comercio religioso de la Palabra de Dios.

A Bergoglio sólo le interesa la bolsa del dinero, como a Judas. Y busca a los judíos, sólo por el dinero. Y busca a los musulmanes, sólo por el dinero.

Para dar de comer a los pobres se necesita dinero. ¿Quién se lo da? Sólo vean con quién se junta Bergoglio. Y obliga a todas las diócesis a hacer lo mismo. Todo el mundo católico está buscando dinero para los malditos pobres de Bergoglio.

Ha corrido Bergoglio para implantar su gobierno horizontal, para promoverlo, para imponerlo. Los demás, como bobos, sin hacer nada en contra de ese gobierno de herejes y cismáticos. Por lo tanto, no les van a salvar las teologías  a muchos Obispos y sacerdotes con lo que viene. Su falsa obediencia a un falso papa llena su vida espiritual de un falso misticismo.

Cuanta jerarquía está ya poseída, en sus mentes, por el demonio. Y eso es lo que va a trabajar -en ellos- en lo que viene.

Van a poner una inteligencia que doblegue a todos los teólogos, a todos los canonistas, para poner un falso credo, apropiado a la falsa iglesia. Ya el primer artículo de la fe no será el Dios católico, sino el falso dios que la cabeza de cada hombre se quiera inventar. Es el dios gnóstico, propio de la masonería.

Aquel que no viva su vida de la gracia, el demonio le espera en su mente, y tendrá parte en el falso cuerpo místico del Anticristo, que es la falsa iglesia, que ya es visible en Roma y en todas las parroquias del mundo entero.

El pensamiento de herejía de Bergoglio

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Bergoglio es un hombre que ha usurpado el Papado; es decir, es un falso papa, rodeado de una falsa jerarquía, con el fin de levantar una nueva estructura de iglesia.

Y esto lo hace «a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos» (EG – n.223), porque es necesario «preocuparse por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político, fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).

Este es el claro pensamiento herético de este hombre, que nace de su principio masónico: el tiempo es superior al espacio.

Su reforma es lanzar al pueblo sus ideas, sembrar su falsa doctrina de la misericordia, para que genere procesos, es decir, ideas, vidas, obras, actitudes, con el fin de construir el pueblo que ellos necesitan para su nueva iglesia. No les preocupa la inmediatez, porque saben cómo es la Iglesia. Ellos van hacia la plenitud humana: alcanzar la cima del pecado de humanismo. El culto al hombre, la idea del hombre, la obra del hombre, la vida del hombre. Todo entorno al hombre. Y necesitan gente para eso.

Con Bergoglio, el concepto de pecado ha desaparecido y sólo se asoma el concepto luterano de misericordia, que el Concilio de Trento ha anatemizado:

  • D-822 Can. 12. Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza de la divina misericordia que perdona los pecados por causa de Cristo, o que esa confianza es lo único con que nos justificamos, sea anatema [cf. 798 y 802].

Esto es constante en las homilías de Bergoglio: Dios todo lo perdona, no se cansa de perdonar. Sólo hay que confiar en Dios que perdona.

  • D-831 Can. 21. Si alguno dijere que Cristo Jesús fue por Dios dado a los hombres como redentor en quien confíen, no también como legislador a quien obedezcan, sea anatema.

Jesús es sólo el hombre que salva, no es el Dios al que hay que escuchar. No vienen a poner una ley, una doctrina, un gobierno, sino que viene a estar con los hombres, a caminar con ellos, a vivir su misma vida.

  • D-837 Can. 27. Si alguno dijere que no hay más pecado mortal que el de la infidelidad, o que por ningún otro, por grave y enorme que sea, fuera del pecado de infidelidad, se pierde la gracia una vez recibida, sea anatema [cf. 808].

Si eres infiel a la fe en Cristo, entonces no te puedes salvar. Eso es un grave pecado. Los demás pecados no existen, no quitan la gracia. Por eso, los sodomitas están en gracia. Los malcasados permanecen en la gracia. Sólo los corruptos no están en gracia: son infieles a la fe.

Estas tres cosas son la base de la falsa misericordia de Bergoglio. Constantemente las predica, de una manera o de otra. Pero siempre él enseña estos anatemas como una verdad que hay que seguir en su nueva iglesia.

Ya la homosexualidad no se considera un pecado, ni una tendencia desordenada, no es un acto en contra de la ley natural, sino que se reconoce en ellos una tensión hacia el bien, con derechos jurídicos y con una acción de acogimiento pastoral. Después del Sínodo, se han aplicado aperturas pastorales, que son totalmente contrarias a la doctrina. Y han sido llevadas a cabo por la jerarquía modernista, que apoya en todo a Bergoglio.

Bergoglio desprecia la Tradición, la Roma Eterna de los Papas y toda la Liturgia. Su pensamiento es claro en la entrevista concedida al P. Antonio Spadaro, Director de La Civiltà Cattolica:

«El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo».

  • La cultura contemporánea debe ser leída a la luz del Evangelio: con Bergoglio es al revés: el Evangelio se lee a la luz de la sabiduría del mundo, no ya del hombre. De lo que hay en cada cultura en el mundo. Las consecuencias de este pensamiento son claras: demos al mundo lo que pide. ¿Por qué no bendecir las hojas de coca?
  • La crisis de la fe es por la crisis de la liturgia: para Bergoglio, la Iglesia no ha gozado de tanta salud espiritual. Grandes y enormes frutos. Ya la liturgia sirve al pueblo, no a Dios. Es para dar culto al hombre, no a Dios. Las consecuencias son manifiestas: bautizar a los hijos de los homosexuales, casar a los homosexuales, romper el vínculo matrimonial, permitir la comunión a todo hombre por más pecador que sea.
  • El Evangelio es inmutable: para este hombre, la situación histórica ha cambiado el Evangelio. Por tanto, han evolucionado todos los dogmas. Los Misterios de Dios ya no son misterios, sino una forma de inteligencia humana, una función del lenguaje humano. La verdad es gradual, no objetiva.
  • La doctrina auténtica ha desaparecido, de hecho y de derecho: es el peligro de ideologización del Vetus Ordo. En otras palabras, la represión de la Tradición se desarrolla por medios de medidas autoritarias, fuera del derecho establecido. Esos son los casos de los Franciscanos de la Inmaculada; la remoción del Cardenal Burke, y otros.

Con Bergoglio la ruptura es innegable. No hay continuidad en su falso papado. Muchos reconocen esta ruptura, pero siguen llamando a este hombre como Papa.

El daño ya es abismal en toda la Iglesia: hay una clara división en la Jerarquía y en los fieles.

Bergoglio está llevando a toda la Iglesia hacia su autodestrucción: Ella misma se destruye porque no ataca la herejía que vive dentro de Ella, en su propia Jerarquía, en su propia cabeza que la gobierna, de una forma dictatorial.

Es una dictadura lo que vemos en la Iglesia: el dictado de la mente de un hombre. Su imposición como doctrina verdadera. Y, por lo tanto, Bergoglio tiene que enfrentarse a todos los verdaderos católicos. Es lo que hace todos los días en sus homilías desde Santa Marta. No hay una en que no martillee a los defensores de la Tradición, del dogma, que son los que cargan sobre los hombres pesos insoportables.

Bergoglio odia a todos los católicos verdaderos: los pisotea constantemente. Para ellos no hay ninguna misericordia. Y es lo normal en él y en todo su clan: tiene que levantar su iglesia en donde los moralistas, los tradicionalistas, todo lo que huela a doctrina eterna, inmutable, no puede tener cabida.

La doctrina de la Iglesia es inmutable. Y la práctica pastoral no puede contradecir a la doctrina. De hecho, se la está contradiciendo constantemente. Y eso conlleva la instalación, de una manera disfrazada, de una nueva doctrina. Es así como se hace siempre cuando se quiere destruir una verdad. Se le ataca, no frontalmente, sino de manera oculta, disfrazada, velada. Es la obra del masón: el trabajo oculto.

La doctrina de Kasper, que es lo que sigue al pie de la letra Bergoglio, contradice totalmente la doctrina de la Iglesia. Y esa doctrina ya ha sido lanzada por Bergoglio para poner clara división en toda la Jerarquía.

Es una batalla, que ha arrojado el demonio, a través de Bergoglio, para imponer un gran mal a toda la Iglesia. Y la verdadera Jerarquía está callada. No lucha como tiene que hacerlo. No batalla. Se conforma con lo que tiene. Y eso va a ser el triunfo del mal en toda la Iglesia. Tienen miedo de perder el plato de lentejas. Miedo. Y no hay otra razón. Las almas se condenan y ellos callan. Esto es gravísimo para toda la Iglesia. Esta es la tibieza, clara y manifiesta, en toda la Jerarquía verdadera.

Bergoglio no cree en la Divinidad de Jesús (“Jesús no es un Espíritu”) y, por lo tanto, tiene que construir su falsa espiritualidad y misticismo: la divinización del hombre:

«Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro… Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (4 de octubre 2013).

Bergoglio pone en el mismo plano la Eucaristía y la carne de los discapacitados. Esto sacraliza la carne de los hombres que sufren por muchos motivos. Sólo por analogía la carne de los pobres es la de Cristo, pero no de una manera unívoca.

En la Eucaristía, Jesús está presente, vivo, es verdadero; pero en los pobres, en las persona enfermas, Jesús no está presente. Su carne no es la carne de Jesús. Sus llagas no son las llagas de Jesús. Esta forma de hablar tiene el sabor de la herejía y lleva a la herejía.

Todo lo que se hace «al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt 25, 40), pero la Iglesia siempre ha enseñado y practicado el sentido de la pobreza evangélica, la de los pobres en espíritu. Quien viva esta espiritualidad, obra en consecuencia: ayudando con sus obras de misericordia a los pobres materiales por un sentido de expiación del pecado, no por un sentido de un bien humanitario.

Quien siga la doctrina de este hombre cae en dos pecados: antropocentrismo y la idolatría del pauperismo. Es decir, se mete de lleno en la doctrina comunista, del bien común, produciendo que la doctrina social de la Iglesia se anule totalmente.

El pobre no es Cristo. El Evangelio enseña la pobreza espiritual y a amar a los pobres. Pero eso no significa que el Evangelio consista en el mismo pobre o en la pobreza. Y, por lo tanto, no significa que el católico tenga que escuchar a los pobres. Se escucha la voz de Cristo. Y por mandato del Padre: «Este es Mi Hijo amado: escuchadlo». Ningún católico escucha a los hombres en la Iglesia. Para ser Iglesia hay que escuchar la Voz de Cristo en el corazón. Lo demás, es la falsa espiritualidad de los pobres materiales, de los machacados, de los discapacitados; y el falso misticismo de construir el cuerpo místico de los hombres, que es la divinización de todo lo humano. Es la iglesia de los pobres y para los pobres: de los hombres y para los hombres.

No se puede equiparar, como lo hace Bergoglio, el amor a los pobres con la adoración a Cristo. Cuidar a los pobres no es adorar a Cristo. Cada uno tiene su lugar en la creación. Los pobres siempre los tendréis, para hacer con ellos una obra de expiación del pecado. Pero no siempre a Cristo se le tiene, se le posee. El alma que no está en gracia no posee a Cristo. Lo tiene en el Altar, en el sagrario, pero no vive imitando a Cristo, siendo otro Cristo por participación de la gracia.

Como Bergoglio anula la Persona Divina de Jesús (“Jesús es sólo un hombre, una persona humana, pero en la gloria”), la encarnación se realiza en todos los hombres: «estas personas y sus llagas son la carne de Jesús». Jesucristo no se ha encarnado en la humanidad. Ha asumido una naturaleza humana, pero ésta no es la de todos los hombres, sino la del hombre Jesús. Su Persona Divina, el Verbo, que Bergoglio niega absolutamente, asume un alma humana y una carne humana, unidas entre sí de manera sustancial. Y producen un ser divino, que no es un hombre solamente: es Dios y Hombre verdadero, sin persona humana. Y se adora al Verbo Encarnado. No se adora a los pobres ni a ningún hombre en la tierra. Porque Jesús sólo está en la Eucaristía, no en los pobres. En los pobres está de manera mística, pero no espiritual. Está por sus pecados. Los pecados de los pobres, como los pecados de los ricos, como los pecados de todo hombre, ofenden al Verbo Encarnado de una manera mística. Y son por estos pecados la causa de la muerte de Cristo. Jesús no murió por los pobres, ni por los ricos, ni por ningún hombre. Murió por los pecados de todos los hombres.

Poniendo a Jesús presente en todos los hombres, se está diciendo que el Verbo se une con la naturaleza pecaminosa de cada hombre. De esa manera, hay que anular el dogma de la Inmaculada Concepción, el dogma del pecado original y el dogma de la Redención.

Si Jesús se encarna en cada hombre, todos los hombres tienen una huella divina perenne en su naturaleza. No se borra por más que pequen, haciendo del bautismo una gracia por naturaleza, no por adopción:

«El hijo de Dios se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, de esta manera él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos hijos suyos y él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Dios nos ha indicado para encontrar la vía de la salvación y de las Bienaventuranzas» (1 de octubre 2013).

  • El Verbo se ha encarnado para redimir al hombre de su pecado: no se ha encarnado para dar al hombre un sentimiento de la hermandad. La auténtica hermandad nace de la Cruz, no del amor humano. En el alma del hombre no está la hermandad.
  • El amor de Cristo a los hombres, que es el ágape, es el punto de partida para poder amar a los hombres: no es el amor de cada uno de nosotros para los demás el camino de la salvación.
  • Todos somos criaturas. El Hijo de Dios es uno solo: El Verbo, el cual no ha sido creado sino generado por el Padre y se ha hecho hombre en el seno virginal de María. No se ha hecho hombre en toda la humanidad. Por lo tanto, no todos los hombres son hijos de Dios. Jesús, al encarnarse, cambia la naturaleza humana, la transforma con su gracia, la cual nos hace ser hijos de Dios por participación de la vida divina, que se da en los Sacramentos.
  • El hombre es hijo de Dios por adopción, no por naturaleza: somos hijos en el Hijo, si lo acogemos por fe. El hombre es hijo de Dios por adopción si cree en el Nombre de Jesús (Jn 1, 12). No es por el sacramento del Bautismo, sino por la fe en Cristo. Sin esa fe, el Bautismo y todo sacramento se vuelve inútil porque hay un obstáculo que impide que la vida divina pueda ser obrada por el hombre viador.
  • Dios da la gracia al hombre, pero no sustituye su naturaleza humana: sólo la transforma: «Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la Gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma Imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18).
  • La salvación no es automática, sino que hay que acogerla. Y, por eso, el sentido de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: es la que enseña a salvarse. Es la que anuncia y proporciona la salvación que Cristo ha dado a todos los hombres. Es la Iglesia la que salva, no es el amor de los hombres para con los demás.

Constantemente, Bergoglio cae en esta idolatría del hombre. Cojan cualquier discurso, homilía y ahí tienen su clara herejía.

Bergoglio no cree en el Dios católico. Por lo tanto, levanta su falso ecumenismo. Y lo hace de su principio masónico: la realidad es superior a la idea.

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (EG – n. 231)

El diálogo, para Bergoglio, no tiene que separar idea y realidad. La idea de un Dios católico no es objetiva, sino gradual: hay una tensión bipolar entre la idea y la realidad. En el tiempo histórico, la idea de un Dios católico servía para esa realidad de la vida. En los tiempos modernos, esta idea está desfasada. Ha crecido tanto los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría, que la idea de un Dios católico ha alejado de la realidad de la vida.

La idea tiene que elaborarse, es decir, el dogma tiene que evolucionar, cambiar, buscando el bien común. No hay que buscar la verdad Absoluta. El bien común es superior a cualquier verdad. La vida de los hombres, sea ésta la que sea, vivan en pecado o vivan en santidad, es lo que vale, es lo superior, está por encima de la idea de un Dios católico.

Por lo tanto, Bergoglio tiene que ir a su falso ecumenismo, que es el camino del diálogo entre todas las religiones, para buscar la realidad de una iglesia universal, para todos, en la que la idea esté por debajo del bien común, del bien globalizante:

«el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana… No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros… Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada… Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas… Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse… Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales… La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente… Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes… el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violenciaLos no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo… debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios…. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía…» (EG – n. 244-254).

  • El verdadero ecumenismo es el que salva a las almas del pecado: no es para producir la unidad de la familia humana. No existe esa unidad. Decir esto es buscar la unión entre las mentes y las obras de los hombres, una unión en la mentira, en el error. Es buscar una filosofía, un lenguaje humano, en la que la realidad de la familia humana está por encima de cualquier idea, de la verdad absoluta, del mismo Dios.
  • El Espíritu Santo no puede sembrar en los corazones que viven en el pecado. Al sembrar, una parte cae junto al camino, otra las aves se la comieron, otra cae en terreno pedregoso, otra entre cardos, otra en tierra buena (cf. Mc 4, 4- 8): no se puede recoger, en el diálogo, lo que no se ha sembrado. Hacer esto es anular la verdad para sólo fijarse en las obras, en las vidas de esos hombres que viven en sus pecados. Es la realidad por encima de la idea.
  • En el verdadero ecumenismo se enseña al otro la verdad absoluta, la verdad sin error, la verdad sin un lenguaje ambiguo. No se va al ecumenismo para aprender del otro, para aceptar al otro en su manera de pensar, de vivir, de obrar. Lo que una vez se condenó como herejía, como error, como maldad, no puede cambiar en el diálogo con los hombres. No se puede leer los escritos de Lutero para aceptar su mente herética. Lutero nunca estuvo en la verdad y nunca lo estará. Hay que leer los escritos de Lutero para criticarlos, juzgarlos, anatematizarlos con el Poder que Dios ha dado a Su Iglesia. No hacer esto es meterse en el juego del demonio, que quiere una iglesia sólo de herejes que se creen santos por lo que piensan, por lo que viven en la realidad de sus vidas. Nadie puede poner la mente de los hombres por encima de la Mente de Dios. La única realidad que existe es la divina. Quien acepta esa realidad, comprende su realidad humana, que siempre es limitada, relativa, condicionada, cambiante.
  • El verdadero ecumenismo es para hacer proselitismo: no es para dejar al otro radicado en su propia identidad. Nadie habla con el otro porque sea una buena persona, por su cara bonita. No se dialoga con los hombres, sino que se escucha a Dios y se da a los hombres lo que se ha escuchado de Dios. Y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios no quiere que los hombres se queden en sus pecados, en sus vidas llenas de errores, de mentiras, de dudas, mirando sólo su identidad religiosa, humana, natural, carnal. Dios no busca cerdos que sigan mirando lo que comen: su bazofia humana en su mente pervertida. Dios busca almas humildes, que sepan dejar sus ideas maravillosas sobre la creación y sobre Dios y se pongan en la escucha silenciosa de la Palabra de Dios, que es la única que los puede salvar de su negra vida de pecado.
  • El verdadero ecumenismo es para ofrecer la gracia, la vida divina a las almas. Se enseña la Verdad Absoluta para obrarla en la vida, con la fuerza del Espíritu. Los no cristianos no tienen la gracia ni pueden tenerla. Su conciencia no les lleva a la gracia. Sólo el arrepentimiento de sus pecados, les lleva a conocer la verdad. Y una vez que la aceptan, que acogen por fe el Nombre de Dios, comienza la gracia en sus corazones. En el verdadero ecumenismo, se ofrece el perdón de los pecados. Y, por tanto, se enseña el verdadero arrepentimiento y la verdadera penitencia por el pecado.

Desde aquella amarga primavera del 2013, en la que a los fieles se les ha impuesto la visión rosa de la Iglesia, la alegría de ser del mundo, el alejamiento de la Cruz de Cristo, la idea de que todo va viento en popa, cuando la realidad de la vida de la Iglesia es totalmente contraria, sólo se ven en los católicos un conformismo con lo que ese hombre habla y obra. Sólo se capta la tibieza en todas partes. Y Dios vomita a los tibios. Dios tiene que aborrecer lo que en el Vaticano se está levantando y vendiendo como bueno, como verdad.

Para muchos católicos –que ya no son tales-  el signo de estar en comunión con esta falsa iglesia  es hacerse un selfie con Bergoglio, falso papa de los pervertidos. Es el sentimentalismo perdido de muchos católicos. Ya no saben pensar la verdad. No saben ver ni al hereje ni a la herejía. No saben llamar a los hombres por sus nombres, por su vida de pecado, por sus obras de maldad. Todos se suben a la carroza del humanismo que Bergoglio les ofrece cada día.

Bergoglio es el hombre del año, el papa del mundo. Quien está con él, tiene la vida arreglada. Quien no está con él, lo pisotean hasta hacerle callar. Quien se opone a este hombre, lo crucifican como peste dentro de la Iglesia.

Los verdaderos católicos nos quedamos solos, en la Iglesia y en el mundo. Todo apunta hacia una iglesia universal y un orden mundial donde no pueden entrar los verdaderos católicos. Al final, tendrán que aniquilar a los dos testigos del Apocalipsis. Uno de ellos: los verdaderos católicos

La Jerarquía sigue callando miserablemente las herejías de Bergoglio y de todos los matones de este hombre. Lo siguen teniendo como Papa verdadero. El daño va a ser irreversible en toda la Iglesia.

O con Cristo o contra Cristo

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«Se levantará nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24, 7).

Dentro de las familias, habrá guerra entre hermanos, entre padres e hijos por defender el Nombre de Cristo.

Dentro de la Iglesia división de opiniones: los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella.

Dentro de la Iglesia un cisma de división abierto y claro, desde donde hace falta establecer posiciones abiertas y claras. No son posibles las medianías.

O con Cristo o contra Cristo.

El Papa Benedicto XVI tuvo miedo de producir el cisma: no se separó de toda esa Jerarquía que, en la actualidad, lo han abandonado, lo han dejado a un lado. Jerarquía preocupada por el gobierno de la Iglesia, pero no preocupada por ser de Cristo, por ser otro Cristo, por imitar a Cristo. Si la Jerarquía no mira a Cristo, los fieles de la Iglesia se apartan de Cristo, para mirar sólo a los hombres. Una Jerarquía que no está unida a Cristo produce un Rebaño que se dispersa en todas las cosas del hombre y del mundo.

Con el Papa Benedicto XVI todos discutiendo una nueva fórmula para gobernar la Iglesia. Y dejaron al Papa solo. Y el Papa tuvo que claudicar, renunciar, para que se impusiera esa nueva fórmula, la cual no es Voluntad de Dios. Esa nueva fórmula de gobierno es la horizontalidad impuesta desde el Vaticano.

Ese gobierno horizontal ha destruido el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, el Papado. Y, por lo tanto, la consecuencia es clara: la Iglesia de Cristo, la Iglesia en Pedro, como tal, ha dejado de existir. Sólo se ve en el Vaticano hombres corruptos: la política de siempre, el negocio de siempre.

Bergoglio es un hombre que maneja el poder a base de reformas, que llevan a las almas hacia el pecado, hacia el error, hacia el desorden más total, consiguiendo sólo una cosa: sembrar división, discordia. Todo el mundo discute si Bergoglio es bueno o malo. Todo el mundo ve que Bergoglio está haciendo lo que le da la gana, según su voluntad humana, sin atender a las normas de la Iglesia, sin tener en cuenta la ley de Dios, tergiversando –en todo- las enseñanzas de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Todo el mundo pierde el tiempo hablando sobre lo que hace ese hombre, pero nadie se atreve a echarlo. Eso es señal de que todos lo quieren ahí, todos lo ven como una solución al problema de la Iglesia.

En Roma, ya hay un cisma muy abierto. Y muchos católicos no se han dado cuenta. Después de dos años, hay católicos que siguen en babia con Beroglio.

En la Iglesia ya hay división contraria y abierta de opiniones, en la que cada uno debe tomar su posición. Y con todas las consecuencias.

Benedicto XVI dejó a la Iglesia en la oscuridad: no tomó la posición verdadera. No se puso al lado de Cristo. Se fue al otro lado: no se puede dejar a la Iglesia en las manos del lobo.

Pedro es la cabeza de la Iglesia. Pedro es la Voz de Cristo en la Iglesia. Pedro representa a Cristo en la Iglesia.

Pedro no representa a los hombres: no es la voz de la mayoría de los Obispos.

Benedicto XVI, con su renuncia, fue voz de los Obispos. No fue voz de Cristo. Él tuvo que decantarse con Cristo. Y no lo hizo.

Hay que dar testimonio de la verdad: Dios no quiere un gobierno horizontal. Y si los hombres quieren ponerlo, hay que ser como Juan Pablo II: no renuncio. Y si toca salir de Roma, se sale de Roma huyendo de los hombres para preservar el Papado, que es el fundamento de la Iglesia. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Por eso, ahora es obligación de cada alma, en la Iglesia, de decantarse: o con Cristo o en contra de Cristo. O estás con la doctrina de Cristo o estás con la doctrina que enseña la Jerarquía desde el Vaticano. Esa Jerarquía ya no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que están levantando su nueva estructura de iglesia: gobierno y doctrina horizontales.

El Rebaño de Cristo se divide entre buenos y malos: y eso es la señal de que viene el Fin de los Tiempos. Una Iglesia dividida; una iglesia que busca el cisma, un cisma necesario para seguir siendo la Iglesia de Cristo. Hay que apartarse de lo que no es Verdad, quedarse solo ante la mentira, para seguir siendo la Verdad. Hay que apartarse de esa jerarquía falsa que se muestra como verdadera, que llama al pecado como santo y bueno. Cristo no está representado en esa Jerarquía ni en esa iglesia.

En la renuncia del Papa Benedicto XVI, todos los Obispos buscaron una modernización de la Iglesia. No buscaron una continuidad, una permanencia en la verdad. Buscaron defender la Iglesia reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Es lo que se observa con Bergoglio. Y eso es sólo la ruina de toda la Iglesia. Eso no defiende los intereses de Cristo, que es la Iglesia,  de los ataques de los hombres y del mundo. Eso es acomodarse a los pensamientos y a las obras de los hombres en el mundo. Eso es abrir la Iglesia al espíritu del mundo.

Se tiene fe en Cristo porque se ama a Cristo. Si no hay amor, no hay fe.

Y amar a Cristo es unirse a Él. Y eso sólo significa una cosa: imitarlo.

El que ama a Cristo imita la vida de Cristo: es otro Cristo; hace las mismas obras de Cristo porque tiene la misma mente de Cristo.

Benedicto XVI, en su renuncia, no amó a Cristo: no lo imitó. Cristo dio Su vida por la Verdad, que es Él mismo. Cristo no dio Su vida por un hombre, por una idea humana, por una obra humana.

Cristo se separó de todos los hombres. Y se quedó solo ante todos los hombres. Y murió solo. No murió por los hombres. No murió para que los hombres tuvieran un paraíso en la tierra. No murió por una idea política. Murió para expiar los pecados de todos los hombres. Murió para hacer una obra divina. Murió para poner al hombre el camino para salvar y santificar su alma.

Y toda alma, en la Iglesia, tiene que imitar a Cristo para ser de Cristo, para amar a Cristo y poseer la fe en Cristo.

Benedicto XVI no murió para expiar los pecados de toda la Jerarquía: no imitó a Cristo en la Iglesia. Renunció. Tenía que haberse separado y quedarse solo en la Verdad de Cristo. Solo con Cristo, que es permanecer en la Iglesia de Cristo, que es seguir guiando a la Iglesia por el camino, que es Cristo, que es enseñar a la Iglesia cómo sufrir por amor a Cristo.

Si el Papa, en la Iglesia, no es testimonio de la vida de Cristo, entonces ¿quién lo va a ser? Todos, en la Iglesia, siguen al Papa porque es otro Cristo. Pero si el Papa deja a toda la Iglesia en manos del lobo, entonces ¿qué pasa con todas las almas?

Hubo un gran pecado en la renuncia del Papa Benedicto XVI: pecado en la cabeza, pecado en la Jerarquía, pecado en los fieles.

Benedicto XVI tenía que haberse separado para seguir la obra divina de la Iglesia: allí donde está Pedro, está la Iglesia. El Papado es un gobierno vertical, no horizontal. Es un gobierno en Pedro, en una cabeza.

Benedicto XVI tenía que dar a la Iglesia el camino de salvación y de santificación. Pero dejó a la Iglesia en el camino de condenación: Bergoglio condena a las almas. Su doctrina es doctrina de demonios.

En el Vaticano, ya se ha comenzado la reforma eclesial, que Dios no la quiere. Y el Rebaño de Cristo tiene que repartirse entre un lado y otro.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo.

Ya no vale: o estás con el Papa Benedicto XVI o estás con Bergoglio o con el que le suceda. Eso ya no vale. El Papado se ha roto, se ha aniquilado.

Para estar con Benedicto XVI, él tiene que demostrar que sigue siendo el Papa: tiene que dar testimonio de Cristo ante toda la Iglesia: tiene que imitar a Cristo. Y eso no lo hace. No se puede estar con él, aunque siga siendo el Papa hasta la muerte.

Y estar con Bergoglio es elegir el camino claro de la condenación.

Aquel que elija estar con Bergoglio, elige estar en contra de Cristo. Esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender: tienen a ese hombre como Papa. Es su perdición.

Ya no hay que ser fieles a un Papa en la Iglesia: han quitado el Papado. Han puesto un gobierno de muchas cabezas. ¿A qué cabezas quieres obedecer? ¿Cuál es tu cabeza favorita? ¿Kasper? ¿Marx? ¿Pell? La Iglesia es una cabeza: Pedro. Los demás, son cabezas en Pedro, porque se someten a Pedro, le obedecen. ¿Quiénes del gobierno horizontal obedecen a Bergoglio? Ninguno. Todos rodean a Bergoglio por el gran negocio que hay. No por otra cosa. No por una verdad: todos ellos viven en el relativismo universal de la verdad. No creen en ninguna verdad, ni siquiera la de sus mentes humanas. Sólo creen en el dinero, o en la fama, o en el poder que da ser papa en la nueva iglesia.

Ahora es el momento de ser fieles a la Verdad, que es sólo Cristo. Ya la Jerarquía, en toda la Iglesia, no da la verdad. Sólo da una mentira. Y sólo están para eso: para mentir a todo el mundo, poniendo en sus bocas los intereses de Dios, los intereses de Cristo.

Para salvar a las almas del pecado, para arrancar a las almas del demonio, se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios. Están todos, en la Iglesia, buscando cómo llenar estómagos, cómo resolver injusticias sociales, como hacer valer los derechos de los hombres. Pero nadie busca a Cristo, su doctrina. Nadie da testimonio del Nombre de Cristo ante los hombres. Nadie conoce a Cristo porque no lo aman, no saben lo que es el amor a Cristo. No lo buscan en la Eucaristía. Buscan a Cristo en los hombres, en sus pobres, en sus conceptos tan míseros que tienen del hombre.

Cruz, Redención, Gloria: esta es la obra de Cristo. Esto es lo que nadie busca.

Nadie quiere crucificar su voluntad humana; nadie quiere expiar los pecados; nadie quiere ser santo.

Para crucificar los deseos del hombre, se necesita que la mente del hombre acepte la verdad revelada: cumplir con los mandamientos de Dios. Cumplir con el dogma.

Si no hay una norma de moralidad, si se ataca a la ley natural, a la ley divina, a la ley de la gracia y a la ley del Espíritu, entonces nadie expía los pecados. Porque el pecado es una obra sin ley, en contra de toda ley. Allí donde no hay ley, reina el pecado.

Y si las almas viven en el pecado, entonces no hay salvación, no hay santidad, no hay justificación. Hay sólo condenación.

En el Vaticano, sólo se observa otra iglesia, pero no la de Cristo. Es la iglesia de la Justicia de Dios.

«La venganza de Dios se aproxima, el tiempo urge, penitencia, oh pecadores… La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad… ¿A qué santos rezaremos nosotros?… La venganza celeste alcanzará todas las clases…. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará…. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones….Sangre, se beberá Sangre, sangre, se beberá… La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto, sermón del 3 de diciembre de 1751).

Esa iglesia, que están levantando desde el gobierno horizontal, es sólo iniquidad. Y no es más que iniquidad.

Si sigues a esa iglesia, ¿a qué santo de tu devoción vas a rezar? ¿A Monseñor Romero? ¿A ese hombre comunista?

¿Es esto predicar a Cristo?

«En la medida que un hombre es feliz, se está manifestando allí, la gloria de Cristo. En la manera que un pueblo encuentra los caminos de la paz y la justicia, la fraternidad y el amor, Cristo está glorificándose, Cristo está en la historia y la historia lo refleja, como alegría de los pueblos, como confianza de los hombres» (Monseñor Oscar Romero, 20 de enero de 1980).

La gloria de Cristo, ¿está en Su Cruz o en darle al hombre una vida feliz?

«No pongamos nuestra felicidad en gozar de una salud floreciente; de lo contrario, estaríamos igual que los tontos mundanos privados de los secretos celestiales» (San Pío de Pietrelcina).

Hay que padecer con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8, 17). Hay que predicar a Cristo Crucificado: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

En la medida que un hombre sufre, se está manifestando allí la gloria de Cristo, el poder de Dios. ¡Esto es predicar el Evangelio!

Para Monseñor Romero, esto es necedad: el hombre tiene que ser feliz para que se manifieste el poder de Dios.

¿Qué opinan los católicos? ¿Cristo predicó para que el hombre fuera feliz? ¿Cristo predicó para que el pueblo encontrara los caminos de paz, justicia, fraternidad y amor? ¿En dónde se glorifica Cristo? ¿No es en Su Padre, en la Voluntad de Su Padre? ¿Cristo predicó la alegría de los pueblos o la persecución por causa de su Nombre?

Las predicaciones de este hombre están plagadas de teología de la liberación. ¿Ahora un comunista va a ser santo? Eso es una iniquidad. Por algo, Juan Pablo II y Benedicto XVI pararon el proceso. Ahora un comunista, como Bergoglio, lo ha abierto. Y todos los católicos contentos. Esto es señal de que esos católicos no buscan en sus vidas la santidad: les da igual un santo que un marxista.

Cristo está en la historia y la historia lo refleja: todos los hombres son santos y justos. ¿Qué santidad, qué martirio por la verdad, por Cristo, hay en Romero? Ninguna.

«Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social. Hacemos un llamamiento, entonces, para que nuestra Cuaresma la celebremos así: dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también, para que sin odio para nadie nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más» (Monseñor Oscar Romero, 2 de marzo de 1980).

Cristo dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación social, de injusticia, el signo de la cruz salvadora: esto es puro marxismo. Esto no es predicar el Evangelio. Esto no es dar testimonio de la verdad, de la doctrina de Cristo. Esto es engañar a la gente. La Cuaresma es para buscar la justicia social y para repartir consuelos humanos. ¡Un santo verdadero nunca enseña estas cosas! Enseña a quitar el pecado y a hacer expiación del pecado, para una sola cosa: salvar el alma.

Este hombre, en sus prédicas hacía política. Coge un texto de la Sagrada Escritura y da su versión política, no da la enseñanza espiritual:

«… los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración. No le tienen miedo al sufrimiento, se abrazan a la cruz no con conformismo sino como María, que desde su pobreza y desde su sufrimiento supo decir también: “Ha despachado vacíos a los ricos y ha colmado de bienes a los humildes, y ha despedido del trono a los poderosos cuando se convierten en idólatras de su propio poder…”».

María, desde su pobreza, va en contra de los ricos, de los que tienen riquezas. María, desde su sufrimiento, va en contra de los poderosos, que con sus leyes oprimen al pueblo, que se hacen ídolos de su propio poder. Esto es lucha de clases, pero no el Evangelio de Cristo.

Este hombre era un político, no un sacerdote. Y lo mataron por eso, no por otra cosa. No murió dando testimonio de la Verdad, que es Cristo. No murió defendiendo a Cristo, a la verdad. Murió defendiendo a sus pobres, a su visión de lo que debía ser Cristo y la Iglesia. Él se metió con los militares y con los políticos, y acabó mal.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo. Pero no puede estar en medio: hoy con Bergoglio, porque ha dicho una cosa muy bonita; mañana lo critico porque, como siempre, ha desbarrado en su palabra.

En el Vaticano ya no está la Iglesia en Pedro, sino que está una iglesia que hay que levantarla para el anticristo. Y tienen que salir de todo eso. Y es lo que más les cuesta a los católicos, porque se dejan engañar de la falsa jerarquía, que ya ha tomado posesión en todas las parroquias, y se va al asalto final: cargarse el dogma.

«La Iglesia -como tal- ya ha caído; sólo le falta el último empujón de la bestia para ya dejarla caída, pisoteada del todo en el fango. Si todas estas reformas -y las que están por llegar- se ejecutan, será el fin de la Iglesia de Pedro. Sólo unos pocos consagrados escaparán a esta mentira, que se ciñe sobre la figura de Jesús y su Iglesia. Muy pocos los que desobedecerán al que se hace llamar Papa, por miedo, por ignorancia… quedarán muy pocos ya que a muchos serán perseguidos y dados muerte para que no prediquen la verdad» (Juan Pablo II – Mensajes personales, octubre 2014)

La babosería protestante de Bergoglio

interreligiosidad

«Pues la Ira de Dios se manifiesta desde el Cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su injusticia aprisionan la verdad con la injusticia» (Rom 1, 18).

El verdadero mal del hombre es el pecado.

El pecado es «un hecho o un dicho o un deseo en contra de la Ley Eterna» (S Agustín – R 1605). Es decir, una ofensa contra Dios, que lleva al apartamiento de Dios, a romper una ley que obliga moralmente.

«El que comete pecado traspasa la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley» (1 Jn 3, 4).

Obrar el pecado es obrar sin ley, por encima de la ley. Y la ley Eterna son cuatro cosas: ley natural, ley divina, ley de la gracia y ley del Espíritu.

El pecado es un desorden de la voluntad humana, por el cual el hombre se aparta de Dios para obrar su mente humana. Este apartarse de Dios produce en el alma una mancha:

«En el pecado se pueden considerar dos cosas, a saber: el acto culpable y la mancha consiguiente…la mancha del pecado no puede borrarse del alma más que por la unión con Dios, por cuyo distanciamiento incurrió en la pérdida de su propio esplendor» (1.2 q.87 a.6).

Esa mancha no es el pecado, sino el reato del pecado, que hay que purificar, expiar. Por el acto del pecado, el hombre se aparta de Dios; pero queda la mancha. Para quitarla, es necesario confesar el acto del pecado y hacer una penitencia por ese pecado:

«no vuelve el hombre inmediatamente al estado en que estaba, sino que se requiere un movimiento de la voluntad contrario al movimiento anterior» (1.2 q.87 a.1).

Hay que expiar: hay que hacer un acto de voluntad, una obra, contraria a la que se hizo en la obra del pecado.

Hoy día, se niega todo esto y las almas pecan y se confiesan y no hacen nada. No salen de sus pecados, porque no quitan sus manchas de sus almas, con la oportuna penitencia. El alma queda manchada y, por lo tanto, inclinada con mayor fuerza al pecado.

Ya aquel que esté con el alma manchada es digno de la Justicia de Dios. Por eso, el purgatorio después de la muerte: quitas tus pecados (con el sacramento de la penitencia), pero no las manchas de tu alma. Hay que purgarlas en la Justicia de Dios.

El pecado hace resaltar la justicia de Dios: «Pero si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿No es Dios injusto en desfogar su ira? (hablo a lo humano). De ninguna manera. Si así fuese, ¿cómo podría Dios juzgar la mundo?» (Rom 3, 5).

Hoy todos niegan que Dios castigue a los hombres. Se niega Su Justicia porque se niega el pecado.

«ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha» (ver texto).

No vayas a confesarte para buscar una penitencia, para saldar la deuda de tu pecado.

Bergoglio está enseñando su fe fiducial: Dios no imputa el pecado, porque Jesús me ha salvado:

«para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar. Lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme, no ir a la tintorería del japonés de la vuelta de mi casa. En todo caso, debo ir a encontrarme con Jesús que dio su vida por mí. Es una concepción bien distinta del pecado. Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (El Jesuita – pag. 100).

El pecado no es una mancha que tengo que limpiar: no es una ofensa a Dios que mancha el alma. Y, por lo tanto, se va a la confesión no para limpiar el alma, para quitar esa mancha. No se vive la vida para expiar el pecado, para hacerla un purgatorio. Se va para hablar con el sacerdote y decirse a sí mismo: soy muy pecador, pero Dios ya me perdona.

El pecado es el lugar de encuentro personal con Jesús: Bergoglio niega la gracia de Dios como lugar de encuentro con Jesús. Pone al pecado como un lugar privilegiado: es decir, está exaltando el pecado. No lo ve como un mal, como una ofensa a Dios. No muestra el pecado como lo que revela la ira de Dios.

No; el hombre tiene que estar en su pecado para que se encuentre con Dios, para que Jesús lo salve. No tiene que salir del pecado, no tiene que huir de él.

«Como de serpiente huye del pecado» (Ecle 21, 2).

Bergoglio va en contra de la palabra de Dios y dice: no huyas, la gloria del hombre es ser pecador:

«Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores» (El Jesuita – pag. 99).

O con otras palabras más claras:

«Finalmente, la idea de que iban al infierno. Pero también los protestantes… Cuando era niño, hace 70 años, todos los protestantes iban al infierno, todos. Eso nos decían… en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno. Pero me parece que la Iglesia ha crecido mucho en la conciencia del respeto…  Y sí, ha habido tiempos oscuros en la historia de la Iglesia, tenemos que decirlo, sin vergüenza, porque también nosotros nos encontramos en un camino de conversión continua: del pecado a la gracia siempre. Y esta interreligiosidad como hermanos, respetándose siempre, es una gracia» (ver texto).

Tenemos que decirlo sin vergüenza: Bergoglio es un protestante.

Hay que decirlo a cara descubierta: los tiempos oscuros en la historia de la Iglesia han comenzado con Bergoglio.

Que todo el mundo sepa esto: Bergoglio divide a la Iglesia con su gobierno horizontal y con su doctrina protestante.

Los protestantes se van al infierno siempre: no sólo hace 70 años, sino desde que surgieron como falsa iglesia. Lutero está en el infierno. Y a pesar de que rabie Bergoglio: él se va al infierno por sus malditos pecados, y por no enseñar la verdad a la Iglesia y en la Iglesia.

Él está obligado a enseñar la verdad por ser Obispo. Y está obligado moralmente a conducir las almas hacia la verdad, sin ningún error, sin ninguna mentira. Para eso tiene la plenitud del sacerdocio, que la ha metido en un saco roto.

Con Bergoglio no hay cariñitos: hay juicio y condenación.

Todos aquellos que lean a Bergoglio para quitarle los pañales, y así que no huela mal, le hacen el juego y contribuyen a destruir la Iglesia más y más.

Si quieren ser Iglesia, pisen la mente y las obras de Bergoglio. Si no hacen eso, sus vidas espirituales se van a perder para siempre, porque el que espera algo de un cismático y de un hereje sólo encuentra condenación en su vida.

Para Bergoglio, el hombre no tiene que quitar su pecado; no tiene que luchar contra su pecado. El hombre tiene que ponerse en su pecado para que Dios lo ame. Es su gloria: el pecado. La gloria del hombre no es el amor divino, sino su pecado.

El pecado de «interreligiosidad entre hermanos, respetándose siempre, es una gracia»: mayor herejía no se puede decir.

Porque una cosa es el respeto al otro porque es hombre y ha elegido el pecado para su vida: si quiere seguir pecando, que siga pencando.

Y otra cosa es decirle al que peca: quita tu pecado, porque si no lo haces te vas a condenar.

Bergoglio dice: primero es el amor al prójimo: el otro es tu hermano. Respétalo.

Segundo: no le digas que vive mal: su irreligiosidad (su religión falsa) es tu gloria.

Esta es su falsa misericordia, que viene de su protestantismo: la redención es el sumo amor de Dios a los hombres. Es entender la pasión de Cristo quitando el fin de ella: liberar al hombre de la ofensa a Dios, del pecado.

Bergoglio, como todos los protestantes, entiende la Pasión como salvar al hombre, como amar al hombre: Jesús anuncia el camino de la salvación eterna y así lo muestra a todos. El hombre no tiene que hacer nada más, sino ser salvado por Cristo, ser amado por Dios. No tiene que hacer nada por Cristo, porque ya él lo ha hecho todo. No hay que expiar el pecado:

«la duda que podría surgir en el corazón humano está en el “cuánto” Dios está dispuesto a perdonar. Y bien basta arrepentirse y pedir perdón: No se debe pagar nada, porque ya Cristo ha pagado por nosotros» (ver texto).

No se debe pagar nada, porque ya Cristo lo ha sufrido todo: no hay penitencia, no hay cruz, no hay dolor por el pecado.

Y, por lo tanto, Dios lo perdona todo:

«No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo» (Ib). El pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo también es perdonado por Dios.

A los protestantes ya Dios los ha perdonado porque son muy buenas personas.

«Pregunté a mi abuela: “Abuela, ¿son monjas?”. Y me dijo: “No, son protestantes, pero son buenas”. Fue la primera vez que oí hablar bien de una persona de otra religión, de un protestante. Entonces, en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno»(ver texto).

La mente de un protestante tiene que negar el dogma de la muerte expiatoria de Cristo. Jesús es el mensajero y el que trae la felicidad a todos los hombres: no viene a poner un camino de Cruz al hombre para salvarlo de sus pecados, porque el pecado no es una ofensa a Dios, sino una gloria del hombre, una gracia.

Y, por lo tanto, todo el mundo se salva, todos para el cielo.

Bergoglio no presenta a Jesús como el que quita el pecado, sino como el que salva.

Y, por lo tanto, confesarse es encontrarse con Jesús, que salva y hace fiesta, no con un Jesús que hace un juicio al hombre y a su pecado:

«La confesión más que un juicio, es un encuentro. Tantas veces las confesiones parecen una práctica, una formalidad : ‘Bla, bla, bla…, bla, bla, bla…, bla, bla … Vas. ¡Todo mecánico! ¡No! ¿Y el encuentro dónde está? El encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta». (ver texto).

«más que un juicio: es un encuentro»: ante todo, la confesión es un juicio. El alma va a ese Sacramento a decir sus pecados y a que el sacerdote haga un juicio sobre ellos.

No hacer esto, es convertir la confesión en una charla de hombres, en un doctorado psiquiátrico.

No se va a la confesión para dar ternuritas al alma, sino para ver su pecado y corregirlo. Si no ve su pecado: si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces no hay absolución de nada.

Muchos sacerdotes no absuelven porque no juzgan el pecado como ofensa a Dios.

O no lo ven como pecado o sólo ven males sociales, humanos, carnales, etc…

La confesión es sólo un juicio: hay que juzgar el pecado que trae el alma. Hay que verlo como pecado, y hay que discernir en qué grado pecó ese alma.

Hay que ver, también, si ese alma tiene arrepentimiento de su pecado.

¡Hay que juzgar el pecado y al pecador!

Bergoglio sólo habla para la galería: para darle al hombre lo que gusta escuchar: Dios nos ama, Dios nos salva, Dios hace fiesta por los hombres. Es el Dios que se encuentra con el hombre, pero no es el Dios que juzga al hombre, que castiga al hombre. Esto lo enseña constantemente Bergoglio y tantos como él.

El hombre tiene que experimentar haber sido salvado, no tiene que experimentar el juicio divino, la ira de Dios: «el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta».

Ahí está el encuentro, con este Jesús que es dos cosas, para Bergoglio:

«Jesús salva y Jesús es el intercesor. Estas son las dos palabras clave» (ver texto).

Jesús salva e intercede.

Para el católico: Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres, y es el Rey de todos los hombres y pueblos.

El mal del que Jesús salva principalmente a los hombres es el pecado: «salvará… de sus pecados» (Mt 1, 21).

La obra de Cristo, para el católico, es una liberación de los hombres del pecado. Y, en consecuencia, una restitución y una reintegración al estado de salvación.

Este estado de salvación es un estado del alma, un estado espiritual: el alma se pone en la gracia. Y, en ella, tiene el camino para salvarse.

Ese camino significa dos cosas:

  1. Expiar el pecado que al alma haya cometido o que cometa;
  2. Santificar su alma en la gracia.

Esta salvación que Cristo hizo la obró en su Pasión y muerte: fue el sacrifico de su vida. Toda alma que esté en el estado espiritual de gracia, tiene que asociarse a la Pasión y a la muerte de Cristo para permanecer en la gracia. Su vida, por lo tanto, es una vida de oración y de penitencia constante, porque siempre el pecado hace tender al alma fuera de la gracia.

El hombre se reconcilia con Dios y se libra del pecado por la pasión y por la muerte de Cristo. Por lo tanto, el hombre debe salir de su pecado y meterse en la Pasión de Cristo, en su muerte. Allí se encuentra a Dios, a Jesús.

Un alma que sufre con Cristo encuentra el amor de Cristo en su corazón.

Un alma que crucifica su pecado es un alma que sigue a Cristo.

Bergoglio sólo está hablando de su fe protestante, porque Cristo es el que intercede por nosotros, pero no es el Mediador, el Rey que está sentado a la derecha del Padre para gobernar y juzgar a los hombres:

«Así la gente busca a Jesús con esa intuición de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y trata de encontrar en Él la salud, la verdad, la salvación, porque Él es el Salvador y como Salvador aún hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que nuestra vida cristiana esté cada vez más convencida de que nosotros hemos sido salvados, que tenemos un Salvador, Jesús a la diestra del Padre, que intercede» (Ib).

Cristo, en cuanto hombre, une a los hombres con Dios, mostrándoles los preceptos y dones de Dios, y satisfaciendo e interpelando a Dios por los hombres. Esto es la Mediación de Cristo.

Cristo sigue satisfaciendo a Su Padre por los pecados de los hombres, porque su sacerdocio es eterno. Jesús es algo más que un intercesor. Intercesor son todos los santos; pero Jesús es Dios: es el Santo de los Santos. Su misión, a la diestra de Su Padre, no es sólo interceder, interpelar por los hombres, sino también satisfacer por sus pecados.

Los protestantes niegan esto porque sólo dan la visión de un Jesús que salva, de un Dios que es amor y que nos salva a todos.

Para los protestantes, Jesús no es Dios y, por lo tanto, es sólo un intercesor, no un mediador:

«¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria»(ver texto).

Jesús es sólo un hombre muy santo, que está en la gloria intercediendo por nosotros. Es el que ora; es el que tiene las llagas en sus manos. Algo muy bonito, pero no real.

«Porque Él es el primero en orar, es nuestro hermano. Es hombre como nosotros. Jesús es el intercesor»

Pero Jesús no es el Mediador: no es el que satisface la ofensa a su Padre. Es sólo un hombre como nosotros.

Pero no es Dios: no es una Persona Divina; que está a la derecha de la Persona Divina del Padre. Y está con su Humanidad Gloriosa. Y esa Humanidad sigue satisfaciendo por las ofensas, que los hombres siguen haciendo a Su Padre, en cada altar, en cada Misa.

«¿Decimos a Jesús: “Ruega por mí, tú que eres el primero de nosotros, tú ruega por mí”? Seguro que ora; pero decirle: “Ruega por mí, Señor, tú eres el intercesor” es mostrar una gran confianza. Él ruega por mí, Él ora por todos nosotros. Y ora valientemente, porque hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sus llagas».

Jesús no es el que hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sino el que muere en la Cruz en cada altar: sigue sufriendo, sigue expiando el pecado de los hombres, sigue muriendo. Y eso es mucho más que hacer ver al Padre sus llagas. Es el Misterio del Altar, que es el Misterio de la Eucaristía.

Por eso, la Misa es algo muy serio: es estar en el Calvario, uniéndose al Sacrifico de Cristo. La Misa no es para bailar y cantar; no es para pasárselo bien. Es para sufrir con Cristo. Y,por eso, no se puede comulgar de cualquier manera. Se comulga para sufrir, para expiar el pecado, para unirse a Dios en el dolor.

Bergoglio niega el sacrifico de la Cruz en cada misa, porque ha negado la divinidad de Jesús. Sólo presenta un Jesús que llora por los hombres y al cual le hicieron una injusticia social al matarlo.

¡Qué fácil es discernir lo que es Bergoglio para la Iglesia!

Pero los católicos ya no disciernen nada. Sólo están ocupados en destruir la Iglesia, y cada uno a su manera, según su pecado, según su injusticia.

Y Dios, mientras tanto, mirando desde el Cielo el pecado de Su Iglesia para manifestar Su Justicia.

Cuando se quite oficialmente la Eucaristía, entonces Jesús ya no podrá hacer el oficio de Mediador, en sus sacerdotes, y es cuando vendrá el Gran Día de la Ira: toda la Creación pasará por el fuego de la Cólera Divina.

¡Cuántos, antes se condenarán por estar bailando con un idiota como Papa!

El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

corromper

«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

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