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El mundo no necesita de una ternura, sino una cruz, una verdad, un camino de salvación.

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«Creemos… en Nuestro Único Señor Jesucristo… quien por nuestra salvación descendió y se encarnó…» (D54).

Así define el Concilio Niceno el motivo de la Encarnación del Verbo: nuestra salvación, es decir, la redención del pecado. Redimir al género humano de la obra del demonio en su naturaleza humana.

Jesús viene al mundo para redimir. Por eso, dice:

«…así como el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

La Encarnación es para dar la vida en rescate por muchos. Eso es redimir: morir para dar la vida a otros. Redimir no es darle un beso al otro, no es darle un cariñito, ni un abrazo. Es morir. Redimir no es hablar para contentar al otro con un lenguaje que agrade a su mente y a sus oídos. Es morir a toda lengua humana, a toda filosofía del hombre. Redimir es señalar al hombre el camino en el cual no hay pecado. Porque donde no está el pecado, allí está la salvación del alma.

«… pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).

La Encarnación es para buscar y salvar lo perdido. El hombre, desde que nace hasta que muere, está perdido. Y aunque esté bautizado y reciba unos sacramentos, siempre se puede perder para toda la eternidad. Nadie está salvado mientras viva en este mundo. Nadie está confirmado en gracia mientras haya un pecado en su alma. En un instante, la salvación eterna se puede perder. Es sólo cuestión de orgullo y de soberbia:

«No hay justo, ni siquiera uno; no hay uno sabio, no hay quien busque a Dios. Todos se han extraviado, todos están corrompidos; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno» (Rom 3, 11-12).

Jesús se encarnó, Jesús nació para salvar a los pecadores. Para esto la muerte en Cruz: para que los hombres obtuvieran la gracia y la gloria.

«Cierto es, y digno de ser por todos recibido, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero». (Gal 4, 5).

Jesús no murió en la Cruz para alimentar los estómagos de los pobres, sino para purificar los corazones de sus negros pecados.

Jesús, cuando se encarna en una naturaleza humana no asume al hombre, no asume a todos los hombres, no asume sus vidas humanas, no asume sus sufrimientos humanos, no asume sus lágrimas humanas, no asume sus obras humanas, no asume sus mentes humanas.

Jesús asume una naturaleza humana gloriosa, no las miserias de los hombres, no sus pecados. Jesús, en su naturaleza gloriosa, carga con los pecados de todos los hombres. Es su obra redentora. Carga, pero no los asume, no se une a ellos. Es su Misterio de Salvación. Y, por eso, el mundo necesita la Cruz de Cristo, no necesita ternura. Necesita clavar en la Cruz la voluntad del hombre para impedir el pecado, el mal en el mundo.

«¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!» (ver texto).

¡Cuánta estupidez en la boca de este super-necio!

Bergoglio, Obispo (falso Obispo), ministro del Señor en la Iglesia (falso ministro), ni juzga rectamente ni guarda la ley del Señor.

No es verdadero profeta del Señor:

«Clama a voz en cuello sin cesar; alza tu voz como trompeta y echa en cara a Mi Pueblo sus iniquidades, y sus pecados a la casa de Jacob» (Is 58, 1).

Bergoglio no predica nunca del pecado. Nunca. Porque no tiene el Espíritu del Señor.

¿Qué es lo que predica?

Dale un beso al mundo; abraza el mundo; baila con el mundo; únete al mundo.

Falso Profeta, que clama al mundo desde su falsa iglesia, instalada en el mismo Vaticano.

«Todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que precede del mundo» (1 Jn 2, 16).

Luego, el mundo no necesita de la ternura de Dios ni de la paciencia de Dios: todo lo que hay en él es pecado. Y el pecado no necesita una ternurita, sino una justicia, un castigo, una expiación, un dolor, un sufrimiento, un despojo, una negación.

El mundo vive en sus pecados, ¿vas a darle cariñitos?

«No hay paz, dice el Señor, para los impíos» (Is 57, 21)

Dios es paciente, pero no con el mundo. No puede; Dios es Misericordioso, pero no con el mundo. No puede.

«El mundo pasa, y también sus concupiscencias» (Ib).

¿Para qué quiere el mundo la ternura si va a pasar, si se va a terminar, si no vale para nada?

¿Para qué quiere Dios ser misericordioso con un mundo que no quiere la misericordia, porque vive en el triple pecado?

Esta es la frase bella, sentimentaloide, que gusta a todos, pero que es una clara herejía, va en contra de la Sagrada Escritura. Dios enseña que:

«el que hace la Voluntad de Dios permanece para siempre» (Ib).

Dios es tierno con el que hace Su Voluntad; Dios tiene Misericordia con el que hace Su Voluntad. Esto, Bergoglio se lo pasa por su entrepierna: le importa un comino la Voluntad de Dios porque sólo vive para su estúpido orgullo de su vida.

«Riquezas, honra y vida son premio de la humildad y del temor de Dios» (Prov 22, 4).

¿Quieres dinero en tu vida? No peques. Arrepiéntete de tus pecados. Haz la Voluntad de Dios.

¿Quieres honra en tu vida? No peques. Obra, siempre, buscando la gloria de Dios con los demás.

¿Quieres una vida feliz? No peques. Usa todas las cosas como plataforma para hacer la Voluntad de Dios.

Necia es esta pregunta:

«¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?» (ver texto).

¿Tenemos el coraje de decir al prójimo: no peques más para que tu problema se quite?

¿Quedan católicos en la Iglesia que no tienen miedo de hablar claro a sus semejantes, y de decirles la verdad de las cosas aunque se queden solos, aunque pierdan el amigo o el hijo?

¿O eres de esos católicos que quieren solucionar las cosas siendo buenísimos con todo el mundo, con un beso, con un abrazo, con un cariño, con una condescendencia que los condena, porque fallan a Cristo?

El pecado del otro no necesita una ternura, sino una cruz, una espada, una justicia. ¿Se la das?

El problema de la vida se quita arrepintiéndose y expiando el pecado en cada corazón. ¿Lo haces?

¡Pero qué necios los católicos que no saben discernir una frase tan sencilla de un hombre que sólo habla para conquistar sentimientos de la gente, pero no para darles la verdad de sus vidas!

¿Qué cosa ofrece Bergoglio? La fe fiducial:

«Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?»(ver texto).

¿Qué no es importante buscar a Dios?

«Buscad a Dios mientras puede ser hallado» (Is 55, 6): porque hay un tiempo en que Dios se esconde y nadie lo encuentra.

El que no busca no encuentra.

El que no se despoja de su humanidad, no encuentra la divinidad.

El que no busca la ley eterna en su naturaleza humana no encuentra la paz del corazón en su vida espiritual.

¡Qué necesario es buscar! Porque en la vida lo más fácil es vivir sin Dios, creyendo que con un amor sentimental ya Dios está contento con uno.

«Ancho es el camino del infierno, ¡cuántos van por él!». Porque no buscan en la verdad; no buscan en la crucifixión de sus voluntades humanas; no buscan en el desierto de sus vidas.

Cuando el hombre aprende a despojarse de su vida humana, entonces comienza a buscar a Dios.

Y Dios se deja encontrar de los que le buscan. De los que no le buscan, Dios se esconde:

«Me dejé hallar de los que me buscaban» (Is 65, 1).

Dios «se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los que no desconfían de Él» (Sab 1, 2).

Hay que buscar a Dios:

«Buscad a Yavé y Su Poder, buscad siempre su Rostro» (Sal 14, 4).

Sólo los necios buscan el rostro del hombre. Sólo los estúpidos de corazón predican que no es importante buscar a Dios. Sólo los idiotas de mente hacen caso a las palabras de un necio y dejan de buscar la verdad en sus vidas.

«El Santo Espíritu de la disciplina huye del engaño y se aleja de los pensamientos insensatos, y al sobrevenir la iniquidad se aleja» (Sab 1, 5).

Dios está apartado del pecado de Bergoglio en la Iglesia. Dios se aleja de toda aquella Jerarquía que obedece a Bergoglio. Quien busca a Bergoglio como Papa deja de buscar a Dios en su vida espiritual, porque busca el engaño. Y Dios huye del engaño. Dios nunca da un Papa de pensamientos insensatos. Nunca. Cuando Bergoglio usurpó el Trono de Pedro, Dios se alejó de Roma.

Dios sólo está en el corazón que le ama como un niño:

«¿Quién te amó que no haya llegado a conseguirte?» (San Agustín).

Sólo los humildes de corazón consiguen a Dios, lo encuentran, lo hallan. Porque:

«el corazón amante está habitado por lo que ama. Quien ama a Dios lo posee en sí mismo» (Sto. Tomás – El hombre cristiano).

Amar a Dios es hacer Su Santa Voluntad. No es darle besos al mundo. Es crucificar al mundo y a los hombres, para que aprendan que la salvación es un camino estrecho, donde no hay cariñitos para nadie.

«llamadle en tanto que está cerca»: porque en el pecado Dios está lejos, pero en el arrepentimiento, Dios está al lado: «Yo habito en la altura y en la santidad, pero también con el contrito y humillado» (Is 57, 15b).

Para buscar a Dios hay que dejar los caminos del pecado, hay que abandonar los pensamientos de herejía, hay que vivir haciendo la Voluntad de Dios.

«dejar que sea él quien me busque»: Dios no busca al hombre.

«quien me encuentre»: Dios no encuentra al hombre.

«y me acaricie con cariño»: Dios no acaricia con cariño al hombre.

Dios no anda detrás del hombre. Dios no persigue al hombre. Dios hace Justicia y Misericordia con los hombres.

«Oíd y no entendáis, ved y no conozcáis. Endurece el corazón de ese pueblo, tapa sus oídos, cierra sus ojos. Que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, y no sea curado de nuevo» (Is 6, 10).

Esto es lo que ha hecho el Señor con toda la Iglesia.

Los católicos oyen a Bergoglio y no entienden que es un falso profeta. Ven sus obras y no conocen la maldad que está en ellas. Toda la Iglesia se ha endurecido en su corazón y ya no sabe amar a Dios: sólo sabe seguir un engaño, la palabra rastrera de un hombre sin piedad.

Ya los católicos no escuchan la verdad: tapan sus oídos a la verdad revelada. Sólo quieren llorar con las lágrimas de los hombres; sólo quieren vocear con las voces de los hombres; sólo quieren hablar con las palabras de los hombres.

Los católicos no ven a Dios porque no son capaces de ver al maldito que los gobierna: lo llaman bendito, santo, justo. Y lo aplauden como si fuera la figura central del Misterio de la Iglesia.

Fundamento del error es Bergoglio y ¡cuántos son los que lo ensalzan en sus parroquias, en sus capillas, en sus despachos episcopales, en sus vidas podridas en la Iglesia!

La Iglesia no tiene cura porque no quiere ser curada de la maldad, del pecado, de la mentira, del error que cada día un hombre, al que llaman Papa, pregona desde su absurdo gobierno horizontal.

¿Para qué quieres tantas cabezas en el gobierno si ninguna tiene a Dios en su corazón?

¿Para qué tanto discurso vacío de la verdad si lo que te importa es llenar tus bolsillos de dinero?

«¡Cuánta necesidad de dinero tiene el mundo de hoy!».

Cuando Bergoglio se pone sentimental es para pedir dinero en la Iglesia. Él es un maniático de la bolsa del dinero. No puede predicar una homilía sin pronunciar a sus malditos pobres en su iglesia.

«Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús» (ver texto): llora, Bergoglio, llora por tu humanidad.

«Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura» (Ib): predica, Bergoglio, predica tu teología de la liberación.

Nadie en la Iglesia se levanta para criticarte. Todos miran como bobos a un idiota de Papa. Y todos saben que es idiota. Pero todos callan, porque tú les das de comer. Y es lo único que quieren en la Iglesia. Lo demás, no les interesa.

Cristo no es importante ya en la Iglesia.

Son las lágrimas de Bergoglio lo que mueve el dinero en la Iglesia.

Bergoglio y sus estúpidas homilías eso es negocio redondo en la Iglesia.

¡Qué vergüenza de católicos!

¡Qué vergüenza de Jerarquía!

¡Qué vergüenza es Bergoglio, no sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo!

Jesús es la delicia de los hombres cuando éstos quitan de sus vidas sus malditos pecados:

«Cuando te abstengas de profanar el sábado y de ocuparte de tus negocios el día santo, y hagas del sábado tus delicias y lo santifiques, alabando a Yavé, y Me honres, dejando tus negocios, el trabajo que te ocupa y los discursos vanos, entonces será Yavé tu delicia y te llevará tu carro a las alturas de la tierra» (Is 58, 13).

El Niño Dios no pregunta desde los brazos de Su Madre: ¿permito a Dios que me quiera?

¡Qué sentimentaloide es este personaje!

¡Qué ramalazo tiene de humanismo!

¡Cómo llora por sus hombres, por su humanidad!

¡Qué falso misticismo!

¡Qué caradura de tipo!

Jesús pregunta desde su cuna: ¿Quieres quitar tus pecados para hacer Mi Voluntad o quieres seguir pecando haciendo tu propia voluntad? ¿Es Mi Voluntad Divina tu delicia o es tu voluntad humana tu placer en tu vida de hombre?

¡Que haya católicos que todavía no se enteren de los engaños de Bergoglio es señal de que la Iglesia está muy mal! ¡Todo está podrido! ¡Todo! ¡Nada más es contemplar lo absurdo de la vida de los católicos!

¿Cómo pueden obedecer la mente de un hombre que no es capaz de darles la verdad como Dios la ha revelado? ¡Esto es lo absurdo!

¡Gente que ve la herejía de este hombre y se atreven a llamarlo Papa!

¡Qué absurdo!

¡Que miopía espiritual!

Pero, ¿dónde está la Verdad en Bergoglio?

«La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre (Ib).

¡Que no! ¡Hombre, que no es eso! ¡Que no hay que vivir para una bondad humana ni para una humildad artificial, de sentimientos baratos!

¡Que la VIDA ES PARA UNA VERDAD!

¡Una verdad que Dios pone en el corazón de cada alma!

¡Una verdad divina!

¡Una verdad revelada!

¿Comprenden esto los católicos?

¿O qué quieren que se les predique?

¿Qué quieren escuchar? ¿Esto?

«Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros»(ver texto).

¿Esta mentira les gusta?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de un hombre?

¿Cuándo Dios se ha enamorado de la pequeñez de los hombres?

¿Los hombres son pequeños?

¿Los hombres son humildes?

¿Los hombres son sencillos?

¡Anda ya! ¡No te burles de los católicos! ¡Deja tu guasa a un lado!

Jesús se encarna, no para encontrarse con los hombres, sino para salvarlos de sus pecados.

¡SALVACIÓN DEL ALMA! ¡No cultura del encuentro masónico!

Jesús no viene a encontrarse con ningún hombre, con ninguna cultura, con ningún político, con ningún pensamiento del hombre.

Jesús viene a que el hombre se dedique a hacer Su Santa Voluntad.

¡Y ay de aquel hombre que decida no hacerla!

Pero a los católicos les gusta lo que predica Bergoglio:

«la humildad de Dios… es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones»: la Navidad es el amor que asume la vida de los hombres, sus sentimientos, sus ideas, sus problemas humanos.

¡Cómo gusta esto!

Jesús no nace para esto: no nace para llorar con los hombres; no nace para caminar con los hombres, no nace para abrazar y besar las heridas de los hombres. Jesús no se encarna para esto. Jesús no pierde el tiempo con los problemas de los hombres, ni con sus lágrimas, ni con sus obras maravillosas.

¿Por qué habla así este personaje?

Es fácil. Lo dice él mismo:

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13)».

Este es el concepto que Bergoglio tiene de Dios. Un concepto que no pertenece a la fe católica.

«Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre»: Dios nunca espera en el hombre, nunca pone sus esperanzas en el hombre: es el hombre el que tiene que esperar en Dios, el que tiene que desear a Dios, el que está obligado a dejar sus deseos humanos, sus planes humanos, su mente humana, para poseer la virtud de la esperanza que sólo se da en la fe.

Quien no sabe esperar a Dios es que no sabe creer a Dios cuando habla, no sabe escucharlo en su corazón, no sabe desprenderse de sus ideas humanas sobre su vida humana para someterse a la Mente de Dios.

¡Gran error de Bergoglio!

Decir esto, que Dios pone sus esperanzas en el hombre, significa que el concepto que Bergoglio tiene de Dios pertenece al hombre: es un concepto racional, natural, humano, pero nunca espiritual ni divino; que sólo se puede obrar en lo horizontal, no en lo vertical: sólo se obra mirando al hombre, no se obra desde Dios, mirando a lo alto. Se obra para darle un gusto al hombre, una gloria al hombre, pero nunca dando gloria a Dios.

Si al hombre se le muestra un Dios que no confía en el hombre, entonces el hombre no quiere ese Dios, lo aparta de sí. Es lo que trata de enseñar este personaje.

Os doy un Dios, un concepto de Dios compasivo, tierno, abierto a las necesidades del hombre, amable con todo el mundo, que está pendiente de la vida, de los problemas, de los sentimientos y deseos de los hombres. Que te da un beso, un abrazo, un cariñito: «¿permito a Dios que me quiera?»

Y, por eso, yo soy un “papa” para el hombre, para sus vidas humanas, terrenales. Yo os comprendo porque os sigo en vuestra vida de hombres, me ocupo de vosotros. Tenéis que amarme porque os doy un dios amor, un dios tan sentimentaloide que se nos cae la baba – a todos – de idiotas como nos convertimos al pensar en este concepto de Dios.

Bergoglio trata a todos los hombres como imbéciles al enseñarles un dios que no existe en la realidad:

«Seis cosas aborrece el Señor: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente. Corazón que trama iniquidades, pies que corren presurosos al mal. Testigo falso, que difunde calumnias y enciende rencores entre hermanos» (Prov 6, 16).

¿Puede un Dios estar esperando a un hombre que obra lo que Él aborrece?

¿Puede un Dios poner la esperanza en un hombre que obra lo que Él odia?

¡Por favor!

¿Cómo los católicos se dejan engañar tan fácilmente por la palabrería barata e inútil de este sinvergüenza?

¿Por qué le siguen llamando Papa a un hombre que no sabe decir una verdad dogmática cuando habla?

¿Qué ven en la mente de este hombre para alabar su inmundicia cuando habla?

Sólo hay una respuesta: los católicos pervertidos y tibios andan detrás de Bergoglio, no por sus palabras, sino por lo que les da: todos quieren sacar tajada de su gran negocio que ha montado en el Vaticano y en todas las parroquias.

Todos quieren un trozo de pastel:

Poder: estar en ese gobierno horizontal, ser una cabeza que piense la Iglesia

Dinero: repartirse las ganancias en la nueva administración donde sólo los ricos ganan, mientras se habla de que hay que recoger dinero para los pobres

Placer: una vida de felicidad terrenal en la cual no haya que ocuparse de ningún problema mientras se bese el trasero de Bergoglio, mientras se le dé publicidad.

El mundo necesita ternuritas. Sí, sí. El mundo necesita de un sistema económico que me haga rico a mí, que soy el “papa” de los idiotas, de los que se dejan engañar por mis palabras baratas y rastreras.

Y no hay más explicación. No hay otra razón.

Nadie ama a Bergoglio, pero todos dicen que lo quieren porque les da de comer, porque es negocio redondo en la Iglesia.

Es el hombre que se quería. Ahora, todos detrás del poder. Todos detrás del dinero. Todos detrás de la fama.

Quieren a Bergoglio porque quieren participar de lo que antes no podían. Ahora, a destruir la Iglesia y hacer una empresa humana en la que todos den su opinión. Todos hagan lo que les dé la gana. Todos se digan a sí mismos: qué buenos que somos porque alimentamos estómagos de los pobres.

¿Quieren comunismo? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren condenarse? Obedezcan a Bergoglio.

¿Quieren ser del mundo? Obedezcan a Bergoglio.

Cristo conoce a los suyos. Y ninguno de ellos anda besando el trasero de Bergoglio.

Todo Papa legítimo es columna de fe y fundamento de la Iglesia: nunca es hereje.

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Todo Papa legítimo es «columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica» (Concilio de Éfeso – Sobre la primacía del Romano Pontífice – D112). Es decir, en su persona no puede existir el pecado de infidelidad, por el cual carece de la fe católica.

Aquel que no tiene fe, o que la ha perdido, se llama infiel. El infiel es el que voluntariamente se encuentra en estado de pecado y obra su pecado en contra de la verdad. El infiel no es estar en cualquier pecado, sino en aquel pecado que impide la fe, que combate la verdad dogmática.

Lo que impide la fe es someter la mente a la mentira, al error, a la duda, haciéndose el hombre enemigo del dogma, de la verdad revelada, de aquello que hay que creer para poder salvarse.

El infiel combate los dogmas que la Iglesia Católica siempre ha enseñado. Y, por eso, todo infiel es herético, produce el cisma, vive una apostasía, una renuncia de la fe verdadera.

Infiel no es el que comete un pecado de lujuria y, después, se arrepiente y se confiesa.

Infiel no es el que duda de Cristo o de la Iglesia, pero después sale de su duda para seguir creyendo.

Infiel no es el que teme enfrentarse a los hombres y dar testimonio de Cristo ante ellos, como le pasó a San Pedro en su pecado de negación, si inmediatamente resuelve su temor a los hombres en las lágrimas de su arrepentimiento.

Infiel es todo aquel que combate la verdad: combatir a Cristo y combatir a la Iglesia.

Por eso, encontramos a muchos católicos que han cometido el pecado de infidelidad y que se llaman, con la boca, católicos, sin serlo en la práctica de la vida espiritual.

La fe es una obra divina, no es un conjunto de ideas que se memorizan y que se repiten como un loro. Es una obra divina, no es un apostolado humano.

La fe es realizar una Voluntad Divina en la vida del hombre. Y, por eso, se necesita que el hombre obedezca, con su mente humana, la Verdad que Dios ha revelado.

La fe católica es obedecer a Dios. OBEDECER. Si no hay obediencia, no hay fe católica.

La fe no es natural, sino sobrenatural: el alma cree, la mente obedece a una verdad sobrenatural, no a una verdad natural, no a un escrito oficial.

Se obedece a una Verdad que Dios habla, que Dios dice, que Dios manda.

En la Iglesia Católica, desde el Papa hasta el último fiel, se tiene que dar la obediencia a esta Verdad sobrenatural. Si no hay esta obediencia, no hay Iglesia. Si el Papa no obedece la Verdad Revelada, los dogmas, no hay Iglesia. Ese Papa no es Papa legítimo, sino un falsario, un impostor.

Por eso, todo Papa  legítimo es fundamento de la Iglesia, porque todo Papa legítimo  obedece a Dios, confirma en la Verdad que Dios revela, muestra el camino para obrar la Verdad, que es siempre Cristo Crucificado.

Para obedecer a Dios –en la Iglesia- hay que crucificar el entendimiento humano. Sin esto, ningún Papa, ninguna Jerarquía es de la Iglesia de Cristo. Si el hombre no se somete, con su entendimiento humano, a la verdad revelada, al dogma, a lo que es de fe divina y católica definida, entonces el hombre no pertenece a la Iglesia porque está en su pecado de infidelidad, en el cual no puede obedecer la Verdad que Dios revela, sino que se está obedeciendo a sí mismo: a su mente, a su idea, a su plan humano, a la mentira que su mente encuentra en sí misma.

La vida de la gracia se pierde por cualquier pecado mortal: fornicarios, adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, rapaces, etc… (cf. 1 Cor 6, 9s).

Pero la fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad: toda aquella Jerarquía de la Iglesia que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres para que acepten una mentira como verdad, no posee la fe católica, no son de la Iglesia Católica, no hacen Iglesia; sino que la destruyen, -tanto la fe como la Iglesia-, vestidos de lobos, con un traje que da una apariencia de santidad a los demás, de respeto, de obediencia, pero que sólo poseen un corazón sin posibilidad de amar a Dios, porque no obedecen, con sus mentes humanas, la Verdad Revelada, la Verdad de la Mente de Dios.

La herejía es un pecado de infidelidad: todo hereje ha perdido la fe católica. Todo hereje no se somete a la Mente de Cristo, sino que impone su propia mente humana a la Iglesia.

Por eso, es imposible que un Papa legítimo sea hereje. IMPOSIBLE. Porque todo Papa legítimo es columna de la fe. Y lo que derriba esa columna es la herejía, el pecado de infidelidad en la persona del Papa.

Jesús pone la Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede cometer el pecado de herejía. NUNCA.

Muchos Papas han sido grandes pecadores, pero ninguno hereje. NINGUNO.

Esta verdad, tan sencilla, muchos católicos la desconocen. Y son culpables en su ignorancia. Tienen una ignorancia que les lleva al pecado mortal. Todo católico que no viva su fe es que, sencillamente, vive en su pecado, está en estado de pecado.

Vivir la fe católica es oponerse a toda herejía en la Iglesia. No sólo fuera de Ella, en el mundo, sino dentro de Ella. Porque es la herejía lo que destruye la Iglesia. Es la herejía lo que aniquila la vida espiritual de las almas.

No son los otros pecados, que la gente comete habitualmente, lo que impide ser de Cristo. Una prostituta puede tener más fe que mucha Jerarquía junta, que muchos católicos. Y, por eso, dice el Señor: «En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el Reino de Dios» (Mt 21, 32). Ellos, en sus pecados, todavía creen; pero los fariseos, los que creen tener fe, los que se dicen que tienen fe, esos no la tienen, no pueden tenerla porque han rechazado, con su mente humana, la Verdad que Dios les muestra; y que no se puede cambiar jamás, no se puede interpretar como al hombre le venga en gana.

Ningún pecado mortal lleva al pecado de infidelidad: no porque una persona sea muy lujuriosa o muy ladrona o muy sodomita eso sea señal de que cometa su pecado de herejía. No; no es eso. Una prostituta que pase toda su vida en su pecado de lujuria puede salvarse y estar muy alta en el Cielo, si no comete el pecado de infidelidad.

Este pecado no se comete ni con el cuerpo ni con las manos ni con el apego a las riquezas o a las criaturas. Sino que se comete con la mente humana: el hombre decide no someterse a la Verdad. Esta decisión es su pecado de infidelidad, por el cual pierde la fe católica y ya no puede salvarse, aunque se pase la vida haciendo obras humanas maravillosas, aunque dé de comer a todos los hambrientos del mundo entero.

Donde no está la fe verdadera, allí tampoco está la caridad verdadera: «Si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3).

Si el hombre no se somete, con su mente humana, a la Verdad, entonces sus obras son sin amor, sin caridad divina. Son obras de una falsa caridad, un falso amor, que viene de su falsa fe, de obedecer a una mentira.

Hubo Papas muy pecadores, pero tenían fe a pesar de sus pecados: sus mentes seguían obedeciendo la Verdad, aunque obraran sus pecados.

Hay mucha Jerarquía que sucumbe al pecado; pero se mantiene en la verdad: sus mentes se someten a la Verdad Revelada, no combaten esta Verdad, no enseñan una mentira a sus fieles. Les predican la verdad, aunque ellos vivan en sus pecados. Esta Jerarquía es digna de misericordia, porque no engaña en la Iglesia.

Pero aquella Jerarquía que engaña, que predica una mentira, que calla ante un mentiroso, esa Jerarquía no es digna de ninguna misericordia, porque está en su pecado de infidelidad: ninguna misericordia les puede salvar porque combaten la verdad de la misericordia.

«Por eso, os digo: que os será quitado el reino de Dios y será entregado a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21, 43).

Estamos en este tiempo: el tiempo del Fin.

En este tiempo, en la Iglesia no hay un Papa que sea columna de la fe ni fundamento de la Iglesia. No puede existir esa Cabeza, porque es el tiempo del Fin.

Los católicos no comprenden esto porque no tienen fe: son infieles a la Verdad que Dios revela en Su Palabra. Son fieles al lenguaje humano de los hombres, a la palabra oficial que en la Iglesia se da.

La fe no es la palabra oficial, un escrito oficial, un lenguaje humano sin verdad, unas obras apostólicas llenas de herejías, que muchos pregonan y obran.

No se puede estar en la Iglesia obedeciendo la mente de un hombre hereje, como es Bergoglio. NO SE PUEDE.

Quien se una a Bergoglio como Papa está declarando que no es católico, que no posee la fe católica, que no es de la Iglesia Católica.

En la mente de Bergoglio no se dan las Verdades sobrenaturales: en sus escritos, en su doctrina, en su magisterio no se enseña la fe católica. NO HAY LUGAR PARA ELLA. Lo que hay en la mente de Bergoglio es una clara apostasía de la fe, un claro fundamento de la mentira, una perspicaz obra en el error.

Quien se someta a la mente de Bergoglio no puede hacer comunión con la Iglesia verdadera. Donde está la herejía, donde está el pecado de infidelidad, allí no está la verdad sobrenatural, allí no está Cristo. Cristo está en el alma pecadora, pero no en el alma que comete el pecado de herejía. Cristo está en el alma que todavía tenga fe, no en el alma que decide echar a Cristo de su vida con su infidelidad a la Verdad dogmática.

Para discernir si un Papa es o no legítimo no hay que fijarse si los Cardenales lo han elegido o no. Muchos antipapas fueron elegidos por los Cardenales viviendo el Papa legítimo. No está en lo oficial que la Iglesia muestra. Ahí no está la Fe en la Iglesia de Cristo. Nadie puede creer a un Papa porque ha sido elegido por los Cardenales. NADIE.

El católico verdadero cree en el Papa porque éste es columna de la fe y fundamento de la Iglesia: es decir, en ese Papa no se da el pecado de herejía.

Si los Cardenales eligen a un hombre como Papa, y este hombre comienza a declarar herejías y a hacer obras claramente cismáticas, como es el caso de Bergoglio, entonces los católicos no tienen que esperar a que oficialmente sea declarado nulo el falso pontificado de Bergoglio. NO PUEDEN ESTAR ESPERANDO ESTO. Porque es imposible obedecer la mente de un hombre que enseña herejías. Es imposible darle obediencia, por más que oficialmente se declare a Bergoglio como Papa. Porque la fe es una verdad Revelada, no es una verdad oficial, natural, humana. La fe es obedecer la Verdad Divina; no es obedecer la mentira del hombre como una verdad, como algo impuesto que todos tienen que aceptar oficialmente. La fe no está en lo oficial, sino en la Palabra de Dios. Todo escrito oficial, toda obra oficial en la Iglesia tiene que dar testimonio de la Palabra de Dios, de la Verdad inmutable, para ser aceptada como Verdad. Sin este testimonio, es imposible seguir algo oficial que la Jerarquía imponga.

Quien vive de fe verdadera sabe que nunca Jesús pone un Pedro falso, herético. NUNCA: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Si Jesús es la Verdad, no puede poner una roca de mentira para levantar su Iglesia. Pedro es columna de fe divina, nunca de mentira humana. NUNCA. Siempre Jesús va a poner a un Papa que defienda a la Iglesia de la herejía. SIEMPRE. Nunca va a poner a un Papa que llene la Iglesia de herejías, que conduzca al Rebaño hacia la apostasía de la fe. NUNCA.

Bergoglio ya ha dicho cantidad de herejías. Y eso no es de ahora. Eso es toda su vida. Lo que hace ahora es el culmen, la perfección de su obra herética, de su vida para una maldad.

¿Qué hacen los católicos obedeciendo, sometiéndose a un hombre que no tiene la verdad en su mente?

¿A qué juegan?

¿Qué se creen que es la Iglesia de Cristo?

¿Qué se creen que es Cristo?

¿Qué creen que es Pedro en la Iglesia?

En un Papa legítimo nadie se atreve a discutir su juicio y todos le obedecen.

Pero en un falso Papa, en un impostor, –como es Bergoglio-, es necesario cuestionar todo lo que dice porque no tiene autoridad divina en la Iglesia; no se le puede dar obediencia; no hay lugar para imitar sus obras en la Iglesia.

Fiel es el Señor en sus palabras (Sal 144, 13); pero infiel es todo hombre sobre la tierra. Jesús nunca se puede apartar de la Verdad porque iría contra Sí Mismo: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida». Son los hombres – y sobre todo son los sacerdotes y los Obispos-, los que se apartan de Cristo, los infieles a la Verdad Revelada: los que obran la herejía.

Y en la Iglesia no se obedece a hombres, a doctrina de hombres. En la Iglesia se obedece a Cristo. Y toda aquella Jerarquía que no dé a Cristo, no hay obediencia, no hay sometimiento, aunque exteriormente, -oficialmente-, sea declarado un hombre como Papa.

La Fe no está en una declaración oficial de la Iglesia. La fe no es un lenguaje humano. La fe no es una palabra humana. La fe no es un apostolado humano.

La fe es una obra divina. Y si los hombres no obedecen, con sus cabezas humanas, la verdad divina; si la Jerarquía de la Iglesia no enseña, no guía, no señala el camino de la Verdad, entonces es que son unas ratas, unos lobos que se aprovechan de las circunstancias para realizar su negocio humano en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que prefieren su sillón episcopal antes de enfrentarse a Bergoglio! No quieren perder su oficio, su puesto en la Iglesia, su cargo oficial, y miran para otro lado, y dicen que todo va bien, que no hay que preocuparse. Y mienten a sus fieles. Y llevan por el camino de la maldad a su rebaño. Y sólo por apegarse a su sillón. No son capaces de dar testimonio de la Verdad ante la Iglesia porque han cometido el pecado de infidelidad: ya no poseen la fe católica. Están en el juego de Bergoglio.

Fiel es el Señor; infieles todos los demás.

«Nadie osó jamás poner sus manos sobre el que es Cabeza de los Apóstoles, y a cuyo juicio no es lícito poner resistencia: nadie jamás se levantó contra él, sino quien quiso hacerse reo de juicio» (San Bonifacio I – De la carta Manet Beatum a Rufo y demás Obispos – D 109).

Desde hace ya más de 50 años, en la Iglesia la Jerarquía ha osado poner sus manos sobre el Papa de turno. Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, quitados de en medio antes de tiempo. Se los han cargado.

Muchos, en la Iglesia, han puesto resistencia a los juicios de los Papas. Muchos se han levantado contra los Papas. Y, por tanto, son incontables los que han querido hacerse reos de juicio: se condenan en sus juicios contra los Papas.

Es cantidad la Jerarquía de la Iglesia que ha combatido a los Papas legítimos. No son sólo unos cuantos. ¡Muchísimos! Y, por eso, se ha tenido que dar lo inevitable: la renuncia de un Papa legitimo para poner un falso Papa: el falso Papa que muchos quieren.

Y a este falso Papa lo obedecen, se someten a su mente humana, e instan a que todo el mundo haga lo mismo, no por una verdad, no porque defiendan a Cristo, no porque les interese la Iglesia Católica, sino porque no son de Cristo, no son de la Iglesia. Combaten a Cristo y a la Iglesia.

Y esto es lo que a muchos católicos no les entra en la cabeza: que pueda existir una Jerarquía tan malvada dentro de la Iglesia. Y, claro, viene Bergoglio y quedan ciegos. Totalmente ciegos. Porque viven sólo de la fe oficial, de documentos oficiales. Y no recurren al Evangelio, a la Verdad, para resolver una herejía:

«Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1, 8).

El Evangelio no es lo oficial en la Iglesia: no es el documento oficial que la Iglesia saca. Pedro no es lo que los cardenales eligen.

El Evangelio es la Palabra de Dios, que Cristo enseñó a sus Apóstoles y que no cambia por el transcurso del tiempo. No puede cambiar. Es siempre lo mismo. Pedro es siempre aquel que elige el Espíritu Santo en la muerte de un Papa. ¡En su muerte, no en su renuncia!

Si viene un Bergoglio que enseña un comunismo: su evangelio de la alegría; que es distinto al Evangelio de Cristo, entonces, por más que los Cardenales lo hayan elegido para Papa, sea Bergoglio anatema. Y por más que los Obispos callen y lo sigan manteniendo como Papa, sea Bergoglio y esos Obispos, anatema. No son de la Iglesia Católica. No hay que seguirlos, no hay que obedecerlos, no hay que someterse a sus mentes humanas. Y eso no es destruir la Iglesia, sino levantarla en la verdad.

Esta es la fe católica: la doctrina de Cristo no es doctrina de hombres. No es lo que los hombres explican sobre Cristo y sobre la Iglesia. Es lo que Cristo siempre ha enseñado y que la Jerarquía verdadera lo ha transmitido sin poner ni quitar nada.

Pero el problema de tantos católicos es que no saben discernir la Jerarquía verdadera de la falsa en la Iglesia Católica. Y no lo saben porque no viven de fe.

La fe es una obra divina. Hay tantos católicos que su fe es muy humana, con unas obras muy humanas, muy sentimentales, y que se creen salvos porque comulgan cada domingo en la Iglesia. No tienen la fe divina; no tienen la fe católica. Ni saben lo que es esto.

Son como muchos protestantes: creen en un Dios amor, misericordioso, que no imputa el pecado, que no castiga, que no manda al infierno. Y, claro, están contentísimos con Bergoglio: les habla lo que ellos quieren escuchar, lo que hay en sus mentes. Les hace la vida mucho más agradable a sus sentidos.

«Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero cuidado con tomar la libertad por pretexto para servir a la carne, antes servíos unos a otros por la caridad» (Gal 5, 13).

Servir a la carne es servir a la propia mente humana, al propio pensamiento de la vida, a la idea política que gusta a todo el mundo.

Muchos toman el sacerdocio para esto: para servir a sus intereses humanos dentro de la Iglesia. Dan de comer a los pobres para alcanzar una gloria humana. Esto es lo que hace Bergoglio y toda aquella Jerarquía que calla ante su herejía.

No solamente la Jerarquía falsa es la que dice herejías; también hay que contar aquellos sacerdotes y Obispos que tienen miedo de enfrentarse a Bergoglio. Tampoco son de la Iglesia Católica. Ya ha pasado el tiempo de discernir qué cosa es Bergoglio. Ahora es el tiempo de obrar: o estoy con ese impostor o estoy con Cristo, es decir, me opongo TOTALMENTE a Bergoglio como Papa.

¿Qué Jerarquía hace esto en la Iglesia? NADIE.

¿Qué web católica hace esto? NADIE.

Por eso, os será quitado el reino de Dios, porque de Dios, de Su Iglesia, de Cristo, nadie se ríe.

Es muy grave lo que está pasando en la Iglesia para estar contentos con un subnormal de Papa. O se ponen en la verdad o caminan para el infierno de la mano de un escrito oficial. Que cada uno elija. Son libres para decidir su destino final en la vida.

La fe es una virtud infusa que se pierde por el pecado de herejía

todocuantoes

La luz de la fe –para Bergoglio- «es la luz de una memoria fundante» (LF, n. 4), o como dice, más adelante: «la luz de la fe es una luz encarnada» (LF, n. 34).

Decir esto es estar diciendo que en la carne de todo hombre se encuentra una luz, un conocimiento, una sabiduría que nunca puede faltar. Es una «luz encarnada», es decir, en la carne, asumida por el hombre como suya propia, está la sabiduría, la fe.

La Encarnación del Verbo es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad una naturaleza humana, un hombre, «el Hombre» (Jn 19, 5c); es decir, es asumir no sólo su cuerpo, sino también su alma. Es el Verbo, la Persona Divina, la que guía al hombre, a la naturaleza humana que asume, que hace suya. Por eso, Jesús no tiene persona humana. Quien finaliza la naturaleza humana de Jesús no es una persona humana, sino la Persona Divina del Verbo. Por eso, la Encarnación del Verbo es un Misterio Divino que ni el ángel puede realizar en un hombre. Sólo Dios puede encarnarse. Ni el ángel ni el demonio se pueden encarnar en ningún hombre. Y menos el hombre encarnarse en otro hombre. El demonio puede poseer a la persona humana: vivir en su carne. Pero no puede tocar ni la libertad ni la mente del hombre: no puede asumir su alma. No puede quitarle su persona humana. Tiene que vivir, en ese cuerpo, junto al hombre, a su persona humana que guía su naturaleza. El Anticristo es la posesión perfecta de un hombre, imitando en todo la Encarnación del Verbo; pero no es una encarnación real del demonio en el hombre.

Hablar que la luz de la fe es una «luz encarnada» es destruir la verdad de lo que Dios infunde en el hombre.

En la justificación, cuando el hombre se bautiza, son infundidas tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La infusión de las virtudes no es una encarnación de la Mente de Dios en el hombre. Al hablar de infusión, se está declarando que Dios produce, de manera inmediata, las virtudes teologales en el hombre.

No son virtudes adquiridas por el hombre: no es la razón humana la que trabaja para que su voluntad obre una virtud.

Es Dios quien obra en el hombre, quien le da el poder para obrar, elevando al hombre al estado sobrenatural para que comprenda la Mente de Dios, con su razón natural, y la obre, con su voluntad humana.

En las virtudes infusas se obra algo divino, sobrenatural, nunca algo humano. En las virtudes adquiridas, siempre se obra lo humano, nunca lo divino.

La fe es virtud infusa, no adquirida. Y, por tanto, la fe no es un acto de ninguna memoria, de ninguna mente humana, que es lo que dice ese hombre: «es la luz de una memoria fundante» (LF, n. 4).

Dios, al dar la fe, da no sólo la inteligencia sino el poder para obrar esa inteligencia. Es una inteligencia divina, que permanece en el corazón del hombre, no en su alma.

Todo lo que da Dios es para el espíritu del hombre, no para el alma del hombre. El hombre es cuerpo, alma y espíritu. El hombre, en su naturaleza, no es sólo un cuerpo y un alma. Necesita el espíritu para ser hijo de Dios. Dios creó al hombre divino, con un espíritu capaz de Dios.

En el espíritu humano está la gracia, el corazón, la vida sobrenatural. Sin espíritu, el hombre no puede amar a Dios, sino que vive sólo un infierno. A los condenados, se les quita el espíritu y el hombre queda en un estado de degeneración humana: no posee la dignidad divina. No puede alcanzar la vida de Dios. Sólo vive un estado y en un lugar en donde es imposible el amor, incluso el amor natural.

El hombre creado por Dios tiene la ley eterna en su espíritu. La ley natural, que todo hombre posee en su naturaleza humana, se encuentra sólo en el espíritu del hombre. Por esa ley natural, el hombre ama naturalmente a otro hombre. Si se quita el espíritu humano, el hombre es incapaz de amar con un amor natural, no solamente espiritual. Sólo puede odiar. Y eso es el infierno.

Sólo Dios puede poner y quitar el espíritu humano a la naturaleza humana. Dios lo da siempre a todo hombre que nace en este mundo; pero sólo los que se salvan, permanecen en ellos su espíritu. En los que se condenan, les es arrancado el amor –y todo amor- de su naturaleza humana. Por eso, del infierno no se puede salir: no hay vuelta atrás. Esa es la Justicia de Dios sin ninguna Misericordia.

Mientras el hombre sea viador, el hombre encuentra alguna misericordia divina en la Justicia de Dios. Y, por eso, la vida hay que entenderla en la Justicia, no en la Misericordia. El hombre nace en la Justicia y tiene que moverse en esa Justicia, hallando una Misericordia, para salvarse y santificarse. Por eso, toda la vida espiritual del hombre está llamada a la purificación de su corazón, para poder ver a Dios: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mt 5, 8).

Quien niega la Justicia de Dios tiene que negar también Su Misericordia. Es lo que los hombres nunca acaban de aprender en la vida espiritual, y sólo se fijan en un Dios amor o en un Dios misericordioso, y no han entendido que si Dios muestra su Misericordia es porque antes ha mostrado su Justicia al hombre: le ha revelado su pecado y el camino para quitarlo, que es siempre un camino de Cruz, de desprendimientos, de negación de sí mismo.

Y hay que cumplir esa Justicia para hallar Misericordia en Dios. Quien no cumple su Justicia, quien no hace penitencia por sus pecados, no puede salvarse nunca, no puede hallar Misericordia, sino que se inventa una falsa misericordia.

Si la fe es una luz encarnada, entonces el hombre encuentra en su carne, es decir, en su alma el conocimiento para vivir esa fe. Todo está en la razón humana, con la cual se construye una vida espiritual, una religión, un cristo, una iglesia que no tiene nada que ver con lo que es Jesús y su Obra Redentora, que es Su Iglesia.

Ésta es la búsqueda de Bergoglio en su concepto de fe: levantar una nueva iglesia. Es una búsqueda que nace de su gnosis, de su conocimiento encarnado: es buscar, en su mente, con su memoria, una idea, una filosofía, una teología, que explique su concepción de Cristo y de la Iglesia. Y, al final, Bergoglio, cae en el panteísmo: «los pobres, enfermos y abandonados son la carne de Cristo» (13 de mayo 2013); o «La pobreza se aprende tocando la carne de Cristo pobre en los humildes, los pobres, los enfermos y los niños» (8 mayo 2013); o «El Señor nos ha salvado a todos con su sangre, no solamente los católicos. ‘Pero Padre, ¿y los ateos?’ También ellos. ¡Todos! Esa sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría» (23 de mayo 2013).

Cristo está en los pobres, en los enfermos, en los niños, en los abandonados; Cristo ha salvado a todos, incluso a los ateos. Todo esto, no es sólo su comunismo, sino su panteísmo, que nace de su memoria fundante, de su gnosis: tiene que buscar, en su mente humana, la idea bella que abarque a todo hombre y que lo salve. Tiene que interpretar el Evangelio según su gnosis: por lo tanto, tiene que reinterpretarlo, darle otro sentido, el que va buscando en ese conocimiento encarnado. Para Bergoglio, la gracia es una luz en el alma del hombre: una luz encarnada en el alma del hombre: «La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón» (1 de octubre del 2013). Bergoglio se guía por esta gnosis en todas sus homilías, charlas, discursos, obras en la Iglesia. Bergoglio vive en su mente, en su gnosis, en su idea del bien y del mal. Y todo hombre que concibe el mal en su pensamiento siempre acaba pecando contra el Espíritu Santo: vive una vida para encontrar caminos donde el mal concebido en la mente ya no esté. Por tanto, vive una vida de ilusión, porque ningún hombre puede encontrar un camino en la vida donde no halle un mal, donde no se conciba el mal. Es un absurdo. Y, por eso, la obsesión de Bergoglio de salvar a todo el mundo: en su mente, en su memoria fundante, en su gnosis, en su luz encarnada en su alma, todos tienen que salvarse. Si él no creyera en su gnosis, entonces hablaría de otra manera. Pero él ha hecho vida lo que predica. Es muy fácil discernir lo que es Bergoglio, pero ¡qué pocos católicos lo han hecho!

Dios infunde la fe en el corazón de la persona, es decir, que Dios produce la fe en el hombre, la obra. El hombre no tiene que hacer un acto de memoria para tener fe. Sólo tiene que hacer una cosa: oración.

«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en los secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6, 5-6).

La fe es la luz de un conocimiento divino, de una inteligencia divina. Dios da, al corazón del hombre, la fe como virtud infusa. Pero esa virtud no crece si el alma no hace oración. Si el alma se dedica a hablar, a pensar, a meditar, a hacer oraciones públicas, comunitarias, pero no hace oración a Dios, en silencio, en soledad, entonces Dios no comunica su Mente al alma; Dios no da su conocimiento divino al alma.

Es necesario saber orar para saber vivir de fe. Este es el problema de muchos católicos: no saben hacer silencio, no saben callar sus inteligencias en la Presencia de Dios, no saben apartarse de los hombres, no saben oponerse a las ideas de los hombres. Por tanto, no saben vivir de fe: sólo viven de lo oficial que dice la Jerarquía, de las palabras humanas de los hombres, de las distintas filosofías que los hombres se inventan para creer en su dios.

Si la fe es algo divino, algo que Dios da y que sólo Dios lo da, entonces el hombre sólo tiene que hacer una cosa: poner su mente en el suelo, agachar su cabeza, pisar su orgullo. Y así va a escuchar la voz de Dios en su corazón y va a poder vivir de fe. Esto sólo lo hacen los humildes de corazón; los demás, viven en la complicación de sus entendimientos humanos.

Vivir de fe es vivir obedeciendo a lo que Dios produce en el corazón: a esa verdad que Dios revela, enseña, guía en la vida de cada alma. Obedecer la verdad: eso es vivir de fe. Y quien no obedezca la verdad no vive de fe, sino que se inventa su fe.

«esto (es decir la fe, la esperanza, la caridad), no lo puede arrebatar el enemigo sino a quien lo quiere» (S. Agustín: R 1469)

La fe se pierde por el pecado de infidelidad, como enseña el Conc. Trid. (D 808); pero no por cualquier otro pecado mortal, como está definido por el mismo Concilio (D 808 838):

«Hay que afirmar también contra los sutiles ingenios de ciertos hombres que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres [Rom. 16, 18], que no sólo por la infidelidad [Can. 27],  por la que también se pierde la fe, sino por cualquier otro pecado mortal, se pierde la gracia recibida de la justificación, aunque no se pierda la fe [Can. 28]».

El pecado mortal no quita la fe, pero sí la caridad, es decir, la gracia de la justificación. La fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad. Pueden estar juntos el estado de pecado con el hábito de la fe; pero no hay fe cuando el alma decide vivir su herejía permanente. Ya no sólo se está en pecado grave, sino que es imposible salvarse: se pierde la justificación ante Dios. Es decir, el alma vive en su condenación. Y si no recibe la gracia nuevamente, no podrá salvarse. Por eso, es difícil a un bautizado que ha perdió la fe poder salvarse: ha sido infiel a la gracia de su bautismo.

Santo Tomás (II-II: 11,1) define así la herejía: «Una especie de infidelidad de aquellos que, habiendo profesado la fe en Cristo, corrompen sus dogmas».

Una es la infidelidad de los paganos y los judíos, que se resisten a creer en Cristo; creen en sus dioses o en la concepción que tiene del Mesías. Otra es la infidelidad de aquel que siendo de la Iglesia restringe su creencia a ciertos puntos de la doctrina de Cristo: los selecciona, los modifica, según su propia conveniencia, y así se obra la herejía.

Esta herejía es de muchos católicos actualmente. No sólo de Bergoglio y la Jerarquía que lo obedece. Muchos en la Iglesia ya no tienen fe en la verdad, como la Iglesia lo ha enseñado, sino que siguen sus filosofías, sus ritos litúrgicos, sus doctrinas, sus misas, sus sacramentos.

Se restringe la creencia: eso hacen los sedevacantistas: creen en sus papas, en sus concilios. Y se procuran, se inventan una teología del sedevacantismo para seguir estando en la Iglesia, para decir que son de la Iglesia Católica, pero sin seguir a unos Papas o a un Concilio determinado. Al final, caen en el pecado de la infidelidad, en la que no hay salvación, porque se pierde la fe católica.

Muchos católicos están contando las herejías de Bergoglio y todavía no lo llama hereje. Y no han caído en la cuenta que Bergoglio, antes de usurpar el Trono, ya era hereje, es decir, ya cometió su pecado de infidelidad, por el cual perdió la fe católica, la fe que lo puede salvar. Y, por eso, él predica su fe: su memoria fundante, su gnosis, que es lo que vive en la realidad de su sacerdocio.

Los católicos no saben lo que significa ser un hereje pertinaz. No es el repetir la herejía muchas veces. Bergoglio dijo: «Jesús no es un Espíritu» (28 de octubre del 2013). El hereje manifiesto no es el que repite constantemente la misma idea herética. El hereje nunca se repite, sino que cada día amplía su herejía con una idea nueva, que es herética, oscura, mentirosa, llena de errores. Y esto es lo que hace Bergoglio cada día.

Pero los católicos andan contando herejías y no acaban de resolverse a llamarlo hereje. ¿Cuántas ideas heréticas más tiene que decir Bergoglio para llamarlo hereje? No está en la cantidad de ideas heréticas, no está en la repetición de esas ideas, sino que está en su pecado de infidelidad, por el cual hace de la herejía su vida, su predicación, su obra diaria en la Iglesia.

Bergoglio es hereje manifiesto porque cometió el pecado de infidelidad, por el cual perdió la fe, la gracia de la justificación. Y ya no puede predicar la fe católica. No puede vivirla. No puede enseñarla.

Para muestra un botón:

¿Dónde nació Jesús, para Bergoglio? En Nazaret, no en Belén.

«Dios eligió nacer en una familia humana, que Él mismo formó. La formó en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano. No en Roma, que era la capital del Imperio, no en una gran ciudad, sino en una periferia casi invisible, sino más bien con mala fama. Lo recuerdan también los Evangelios, casi como un modo de decir: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1, 46). Tal vez, en muchas partes del mundo, nosotros mismos aún hablamos así, cuando oímos el nombre de algún sitio periférico de una gran ciudad. Sin embargo, precisamente allí, en esa periferia del gran Imperio, inició la historia más santa y más buena, la de Jesús entre los hombres. Y allí se encontraba esta familia. Jesús permaneció en esa periferia durante treinta años» (17 de diciembre del 2014).

Este personaje está dando vueltas a su fe comunista: la periferia. «Dios eligió nacer… en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano…con mala fama». En su comunismo, se olvida de la importancia de Belén para el Mesías. Belén era el solar de todos cuantos se creían hijos de David:

«Y tú Belén, tierra de Juda, no eres precisamente la más pequeña entre los príncipes»: no eres un poblado perdido de la periferia de Roma, ni de mala fama.

«porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel» (Mt 2, 6): es la gloria de Belén, que Bergoglio se la pasa por la entrepierna, al fijarse sólo en su estúpido comunismo.

Allí, en Belén, inicia la historia más santa y más perfecta –no buena-, la historia más divina que los hombres puedan imaginar con sus estúpidos recuerdos, con su memoria fundante. No se puede recrear el nacimiento de Jesús como lo hace aquí Bergoglio con su gnosis. Bergoglio cuenta su cuento, mal contado, a la Iglesia: dice que Jesús es el Hijo de Dios, para después hablar de su comunismo. Eso es ser hereje pertinaz. Se da a Cristo sin la doctrina de Cristo, sin la Verdad, con una mentira.

Enseña una gran mentira: la propia de su pecado de infidelidad. Bergoglio no tiene la fe católica, ni puede tenerla. Tiene su fe masónica: su memoria fundante, su luz encarnada en su mente humana. Es decir, un demonio que le guía para predicar como lo hace, para obrar en la Iglesia como obra todos los días: en contra de Cristo y de Su Iglesia. Y esto se llama ser un hereje pertinaz.

Pero, qué pocos católicos ven a Bergoglio como lo que es: un necio, un estúpido, un idiota, un ignorante de la Sagrada Escritura, un sabelotodo, que sólo sabe decir sus payasadas todos los días desde ese Trono que ha usurpado. Y los católicos felices de obedecer a un idiota como Papa.

Si quieren salvarse, es hora de llamar a cada hombre por su nombre. Bergoglio, no sólo es un falso Papa, sino un anticristo y un falso profeta, que sólo está haciendo su negocio en el poder. Y no otra cosa. No miren a Bergoglio para encontrar un camino en la Iglesia: no existe. Tienen que salir de todas esas estructuras que la Jerarquía, infiel a Cristo en Su Iglesia, está levantando para decirse a sí misma: qué santos que somos en la Iglesia. Hemos conseguido la llave que abre a todos los hombres la salvación: hagamos una iglesia universal, ecuménica, para todos los necios del mundo. Hagamos que nuestro nombre sea publicado en todo el universo. Hagamos que nuestras ideas sean aceptadas por todos los católicos. Somos la Iglesia oficial que Cristo fundó: démosle la cara del modernismo: abajo la doctrina, abajo el dogma. Viva la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Esto es lo que viene ahora. Y los católicos contando las herejías de Bergoglio para ver si un día le llaman hereje. Es inaudito. Es de locos.

Las cinco cosas que hay que creer para salvarse

todoloqueviene

Cinco cosas están obligados a saber y a creer, con necesidad de medio, todos los católicos si quieren salvarse:

1. Que hay un solo Dios: no hay muchos dioses.

2. Que ese Dios es Justo y Remunerador: premia al bueno y castiga al malo. Por tanto, existe el cielo, el purgatorio y el infierno. En consecuencia, existe el pecado y la gracia.

3. Que este Dios es Trino y Uno: el dogma del Misterio de la Santísima Trinidad: Unidad de Esencia y Trinidad de Personas;

4. Que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo de Dios, se hizo carne: el dogma de la Encarnación. Por tanto, el dogma de la Maternidad Divina;

5. Que Cristo murió para redimirnos de nuestros pecados con su muerte en la Cruz: el dogma de la Redención.

Sin la fe actual de estos misterios, nadie se puede justificar ni salvar. Y no excusa la ignorancia invencible. No se puede confesar a una persona que no sabe ni cree en estos misterios.  No se puede dar la comunión a nadie que no conozca y crea en estos misterios.

Estas cinco cosas son un medio preciso y necesario para justificarse y salvarse. Se quita uno de ellos, sólo queda la condenación clara.

Y la persona tiene que creer actualmente en estas cinco cosas: no vale haber creído una vez en la vida. Es necesario que actualmente los siga sabiendo y creyendo.

Son muy pocos los católicos que saben y creen en estas cinco cosas. Verdaderos católicos hay muy pocos. Hoy todo el mundo niega alguna cosa: ya sea el pecado, el infierno, el demonio, la penitencia, la Divinidad de Jesucristo, la Maternidad Divina, la Redención del hombre, la Resurrección, etc…

Estas cinco cosas forman la fe divina, que se llama así por ser de Dios. Es lo que Dios ha revelado, es Su verdad Revelada. No es cualquier verdad que el hombre tiene o adquiere con su mente humana. Es la Verdad que está en la Mente de Dios y que la Revela al hombre. Y a todo hombre, a cada alma en particular.

Estas cinco cosas son la fe católica, que es lo que define la Iglesia, en Su Magisterio, para ser creído, aceptado por todos sus miembros. Es lo que Dios habla a Su Iglesia por medio de la Jerarquía válida, verdadera.

Hay que creer que Dios existe; hay que creer a Su Palabra, lo que Dios ha hablado a través de todos los Profetas y de Su Hijo, Jesucristo; hay que aspirar a Dios, tender hacia Él como fin último; es decir, hay que obrar lo que Dios dice en Su Palabra, hay que hacer la Voluntad de Dios en Su Iglesia.

¿Estas cinco cosas las enseña Bergoglio? Claramente, no las enseña.

labocadelnecio

1. Si Dios es único, entonces hay una sola fe, un solo Bautismo: «Sólo un Señor, una fe, un bautismo» (Ef 4, 5).

La fe, para el católico, es asentir a la Verdad que Dios Revela, someterse, obedecer, sin poner nada del juicio humano. Y se asiente, no por la verdad que se revela, sino por la autoridad de Dios, que revela la verdad y que, por tanto, no puede engañar ni engañarse.

¿Cuál es la fe de Bergoglio?

Un acto de la mente, no una obediencia de la mente, no un sometimiento de la mente, no es la obediencia de la fe lo que justifica y salva, sino la memoria del sujeto, lo que la persona piensa y medita: «la fe (…) es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús» (LF, n.4). «La fe de Abrahán será siempre un acto de memoria» (n.9). «Para Israel, la luz de Dios brilla a través de la memoria de las obras realizadas por el Señor» (n.12). «la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda» (n.25). «El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande» (n. 38).  «La Iglesia, como toda familia, transmite a sus hijos el contenido de su memoria» (n. 40). «Este medio son los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia. En ellos se comunica una memoria encarnada» (n. 40). «la eucaristía es un acto de memoria» (n. 44). «En la celebración de los sacramentos, la Iglesia transmite su memoria» (n. 45). «El mismo evangelista habla de la memoria de María, que conservaba en su corazón todo lo que escuchaba y veía, de modo que la Palabra diese fruto en su vida» (n. 58).

Si todo consiste en hacer memoria del pasado para construir un futuro, entonces no puede darse, para este hombre, la Revelación de Dios. Dios no habla, sino que deja al hombre que piense y medite. La Sagrada Escritura es sólo el ejercicio de la mente del hombre, no lo que Dios ha ido revelando. Desde Abraham, que comenzó a pensar, a hacer un acto de la memoria, hasta nuestros días: todo consiste en pensar, en hacer memoria. Y, por eso, Bergoglio tiene que caer en su herejía principal:

«Cada uno tiene su idea del bien y del mal, y tiene que escoger seguir el bien y combatir el mal como él los concibe. Bastaría con esto para mejorar el mundo»: en esta frase se ve que no cree en un solo Dios. Sólo cree en su idea del bien y del mal. Anula a Dios. Dios no es capaz de revelarle a Bergoglio cuál es la idea del bien y del mal. Él, en su mente, en su memoria, tiene su idea, la concibe. Y, por tanto, Bergoglio, en su mente, se forma el concepto de Dios. Y, de esa manera, se inventa el culto a su idea de Dios. Es decir, que el mismo Bergoglio se da culto a sí mismo. Busca en él la idea de dios y hace su oración a esa idea que tiene en su cabeza. Bergoglio se hace un dios para sí mismo: se fabrica su dios en su cabeza. No puede creer que Dios exista, que hay un solo Dios fuera de su cabeza. Existe el concepto de Dios en su cabeza. Existe Dios dentro de su cabeza, pero no fuera de ella. Por tanto, no es un Dios real, que está fuera de su mente. Es un dios que vive dentro de su mente.

No sólo Bergoglio es ateo, sino agnóstico: no conoce a Dios fuera de su mente. Lo tiene que conocer dentro de su mente, con sus conocimientos, con sus memorias, con su subconsciencia. Y ahí se queda, dentro de su mente, adorándose a sí mismo: adorando su idea de Dios, su concepto de Dios.

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Por eso, él exclama: «Es imposible creer cada uno por su cuenta» (LF, n.39). Bergoglio no puede creer en Dios, no puede hacer un acto de fe, un acto de sometimiento a lo que Dios revela. Tiene que coger la Sagrada Escritura y transformarla, interpretarla según la concepción que él tiene del bien y del mal. No puede interpretarla en la fe, en la obediencia a la fe, porque no puede creer por su cuenta. Tiene que recurrir siempre a su idea del bien y del mal. Es un hombre que ha rechazado el don de la fe. Y eso supone rechazar la Misericordia que es lo único que le puede salvar. Y por eso, se fabrica su falsa misericordia, en la que no puede haber la Justicia, en la que no puede juzgar al otro, sino que es necesario salvarlo siempre. Y esto es lo enseña en su nueva iglesia: hace una iglesia de comunidad, de estructuras, de gente, de pueblo, en las que hay que creer. Hay que creer en las ideas de los hombres. Ya no es posible creer en un dogma, en una Tradición. Va a cambiar la tradición por las culturas de los hombres, por sus políticas, por sus filosofías. No vale en lo que uno cree por su cuenta. Sólo es válido la fe en una comunidad, en una mente humana, en un lenguaje apropiado al hombre.

De anular a Dios como ser real y sólo creer que Dios existe, pero en su mente, en su concepto, le viene su falso ecumenismo: da culto a su dios en cualquier iglesia, en cualquier religión, sea musulmana, judía, budista, etc… Busca la unidad en la diversidad, la unidad en el hombre, no en Dios. Pone al hombre como el centro del universo. Quita a Dios como el centro, porque Dios es sólo un concepto de su mente: Dios es sólo una perfección de su mente. Por eso, él se aplica la ley de la gradualidad, que es la propia del masón: va perfeccionando, en su mente, la idea de Dios y, por tanto, se va formando una falsa moralidad, una falsa ética, una falsa espiritualidad, un falso misticismo, que es lo que enseña constantemente. Tiene que anular toda ley divina porque anula que Dios sea uno en la realidad de la vida. Es uno, pero en su mente, como él lo concibe. Es la unidad que él concibe, no lo que existe en la realidad.

2. Por eso, para Bergoglio no existe ni el pecado como ofensa a Dios ni la gracia como vida divina.

«La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón». (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12). La gracia no es un ser divino que da una vida divina al corazón del hombre, sino una luz en su alma: es la herejía platónica. Esa luz es algo encarnado en el alma, en donde se encuentra a Jesús:

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«para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar…el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (El Jesuita – pag. 100). Esta es su fe fiducial, por la cual Dios no le imputa el pecado, sino que lo salva a pesar de su pecado. Es la confianza que da el saber que Jesús ya me ha salvado. Es la sola fe lo que salva; no es obrar en contra del pecado lo que salva. El pecado es un lugar donde se encuentra a Jesús. Es su blasfemia, porque está diciendo que Jesús es el demonio. Donde está el pecado allí el alma encuentra al demonio, no a Jesús.

Por tanto, Bergoglio no puede enseñar a un Dios que premia y que castiga, porque no existe la conversión individual, sino comunitaria. Si el hombre no puede creer por su cuenta, tampoco puede convertirse por su cuenta. Luego, todos están justificados y salvados, no se puede juzgar al otro, hay que meterlo en todas las cosas, hay que hacerlo partícipe de la vida de la Iglesia, no existe la santidad, la perfección, las obras conformes a los mandamientos de Dios, sólo existe su falsa misericordia, la falsa confianza de estar salvados:

«el verdadero signo de Jonás es aquél que nos da la confianza de estar salvados por la sangre de Cristo. Hay muchos cristianos que piensan que están salvados sólo por lo que hacen, por sus obras. Las obras son necesarias, pero son una consecuencia, una respuesta a ese amor misericordioso que nos salva (…) El síndrome de Jonás nos lleva a la hipocresía, a esa suficiencia que creemos alcanzar porque somos cristianos limpios, perfectos, porque realizamos estas obras, observamos los mandamientos, todo. Una grave enfermedad, el síndrome de Jonás». Mientras que «el signo de Jonás» es «la misericordia de Dios en Jesucristo muerto y resucitado por nosotros, por nuestra salvación» (Santa Marta, lunes 14 de octubre – OR, n.42, pag. 12). De nuevo, su fe fiducial: salva el confiar que Cristo no ha salvado; no salva el cumplir los mandamientos de Dios. Anula la fe dogmática. No hay pecado, no hay ley que cumplir, no hay justicia de Dios, no hay premio. Todos al cielo:

«Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos». (26 de nov. 2014 – OR, n.48, pag 20).

Para Bergoglio, la conversión es la confianza en Dios (fruto de su fe fiducial), no es la lucha por quitar un pecado, no es el desapego a las inclinaciones malvadas del hombre, no es luchar contras las tentaciones del demonio: «tenemos miedo a la conversión, porque convertirse significa dejar que el Señor nos conduzca» (20 nov. 2014, OR, n. 48, pag. 15). No te conviertes porque no confías en Jesús, tienes miedo: fe fiducial. Es una fe ciega: es creer en Jesús, pero no en su doctrina.

La salvación es gratuita, no es un esfuerzo del hombre: el hombre no tiene que hacer nada, no tiene que someterse a un dogma, tiene que creer ciegamente en una memoria encarnada, en una luz que el hombre tiene dentro de su alma y que descubre con su mente, que va formando con sus conceptos del bien y del mal:

«convertirse no es un acto de voluntad»; no se piensa: «ahora me convierto, me conviene…», o bien: «debo hacerlo…». No, la conversión «es una gracia», es «una visita de Dios», es Jesús «que llama a nuestra puerta, al corazón, y dice: “Ven”». (18 de nov. 2014 – OR, n. 47, pag. 13). Si no hay un acto de la voluntad, no hay un premio ni un castigo. Hay sólo una guía ciega en Jesús: cree que Jesús te ha salvado. No tengas miedo a ese pensamiento. Por eso, Bergoglio tiene que hablar de Dios como un Dios de sorpresas. Si Dios no premia ni castiga, cada día se encuentra algo nuevo para la vida. Y ése es el camino de la conversión: la novedad de la mente humana.

Para Bergoglio, la conversión es una cuestión de estructura, de comunidad, de misión, de salir de sí: es la conversión estructural, el cambio de estructuras, de planes comunitarios, de elaborar un plan pastoral en la que todos participen:

«si no nos abrimos a la misión no es posible la conversión, y la fe se hace estéril (…) la conversión debe ser misionera: la fuerza de superar tentaciones y carencias viene de la alegría profunda del anuncio del Evangelio,» (22 de nov. 2014 – OR, n. 48, pag. 19). La fe no es particular, sino comunitaria, del pueblo. Nadie puede creer si no obra algo pastoral, un servicio al prójimo. Nadie se convierte si no misiona, si no hace apostolado, si no se pone a servir. Si no se cambian las estructuras que impiden esta fe del pueblo, no se vive la fe, queda muerta en los dogmas, en las Tradiciones, en un libro llamado Evangelio, que se ha quedado obsoleto para el hombre moderno. El que vive su fe tiene una conciencia aislada, vive en referencia a sí mismo, no a los demás. El que vive su fe no tiene fe, para Bergoglio:

«Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad» (EG, n. 8). Dios no rescata al hombre de su pecado, sino de su conciencia aislada, de su memoria, de su mente, de su vida para sí. Por eso, la fe es un acto de la memoria. Una vez que Dios rescata, pone la memoria en orden y el hombre, pensando, concibiendo el bien y el mal, puede obrar para el otro, abriéndose a la mente de todos, sean santos o pecadores, estén en gracia o no. Dios no da el don de la fe, ésta se obtiene porque se obra algo para los demás, se obra para el hombre, porque se sale de ese autorreferencialismo, hay que abrirse al mundo y a todos:

«La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre (…) Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera» (n. 45). Los pecadores pueden participar de los sacramentos sin distinción, sin problemas, porque eso es la conversión: inventarse una estructura eclesial para todos, ya que no existe ni el pecado ni la gracia. Son sólo conceptos, términos que se emplean para un lenguaje ordenado, gradual entre los hombres.

«La otra es el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado.  Es  una  supuesta  seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar» (n. 94).

Tres reglas son infalibles en la fe: la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. Estas tres reglas han quedado anuladas en este último párrafo en donde este personaje ataca toda la fe divina y católica. Él abre las puertas de su iglesia a todos, menos a esas personas que son fieles a su fe católica, fieles a estas tres reglas de oro. Ellas son las principales fuentes adonde todos debemos recurrir para encontrar, sin mezcla de pestilentes humos, las claras luces de la verdad, las máximas y los principios divinos y humanos, para saber actuar en la vida eclesial. Bergoglio las anula totalmente.

En la fe que enseña Bergoglio no hay un Dios que premie o castigue, porque todos deben confiar en que Dios los ha salvado y, por tanto, todos pueden entrar en la Iglesia, compartir los Sacramentos, hacer obras pastorales, y así se salvan por su cara bonita. Cada uno se premia y se castiga a sí mismo.

Por eso, este hombre cae en su blasfemia contra el Espíritu Santo, que es doble:

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3. Negar al dogma de la Santísima Trinidad: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser. ¿Le parece que estamos muy distantes?» (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 13). Creemos que Dios es uno y trino porque Dios lo ha revelado en la Sagrada Escritura y en el Magisterio auténtico de la Iglesia. Y es enseñado por toda la Tradición católica.

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4. Negar el dogma de la Divinidad de Jesús: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, es un hombre con carne como la nuestra, pero en la gloria. (Santa Marta , 28 de octubre 2014 – OR, n.44, pag.13). Creemos que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad «se hizo carne y habitó entre nosotros». El Verbo es un Espíritu porque es Dios, y «Dios es Espíritu». Jesús sólo tiene la Persona Divina del Verbo, no tiene persona humana. Es hombre y Dios, pero sin ser persona humana. Jesús no tenía la carne como la nuestra porque no tenía pecado en Ella. La Virgen le dio una carne gloriosa, no sólo humana. Una carne sin pecado, como la de la Inmaculada, Su Madre.

Con esta blasfemia este hombre pone en Jesús una obra masónica, la fraternidad. No pone la obra de la Redención:

«El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, como Él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos sus hijos y Él se complacerá en vosotros». (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12). En esta obra, todos los hombres son hermanos e hijos de Dios. No hay demonios, no hay pecadores, no hay infierno. Todos han sido salvados porque Jesús lo ha hecho, ha dado ese don, ese sentimiento de lo fraterno, que sólo existe en la cabeza de Bergoglio.

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5. En consecuencia, Bergoglio anula el dogma de la Redención humana. Jesús muere no para salvar al hombre de su pecado, sino para darle el Paraíso en la tierra:

«Los más graves entre los males que afligen al mundo en estos años son el paro de los jóvenes y la soledad en que son dejados los viejos. Los viejos tienen necesidad de cuidados y de compañía; los jóvenes, de trabajo y de esperanzas, pero no tienen ni lo uno ni lo otro y lo malo es que ya no lo buscan. Están aplastados en el presente. Dígame Usted: ¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin deseo de proyectarse hacia el futuro construyendo un proyecto, un porvenir, una familia? Este es, a mi manera de ver, el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar» (1 de octubre – OR, n. 40, pag. 12).

En el acto de su memoria, Cristo no está en la Cruz, sino en los pobres, Dios no salva mediante la Cruz, sino mediante la pobreza de Jesús, la salvación no viene de lo alto, sino de la tierra, se ama a Jesús porque se ama al hombre, a los pobres, se encuentra a Jesús porque se encuentra a los hombres, a los pobres. El Rostro de Cristo no está en la Eucaristía, en el Calvario, no es un Rostro ensangrentado por los pecados, las blasfemias de los hombres, no es un Rostro divino puesto en la Cruz, sino que es el rostro de los pobres, de los sufrimientos de los hombres, de los problemas sociales, económicos, políticos, humanos que tiene todo hombre en su vida:

«Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto (…) En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres (…)  A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. (…) En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo (…) Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana». (Mensaje para la Cuaresma, 26 de diciembre del 2013 – OR, n. 6, pag 3)

Su comunismo, su teología de la liberación, su obsesión por el dinero, que está en todas sus predicaciones, discursos, entrevistas, anula la obra de la Redención humana. Bergoglio no cree en el Altar, en el Calvario, en el sufrimiento Redentor de Cristo, sino sólo en los hombres. Si ve a Jesús sólo como un hombre, como una persona humana, la obra de Jesús es sólo humana, no divina. Y, por eso, la salvación no viene de lo alto, sino de los hombres, no es una obra divina, que el Padre ha querido en Jesús, es la obra de los hombres, es como lo quieren los hombres, como los hombres lo conciben en sus mentes. Y, claro, lo que da popularidad a Bergoglio es hablar de los pobres, de la pobreza, es combatir a los ricos, el capitalismo, es hacer su negocio en el Vaticano poniendo lo que gusta a todo el mundo como ideal a conquistar: la pobreza. Pero, ¿de qué manera se consigue? Perdiendo la verdad de lo revelado para seguir las mentiras de todos los hombres.

Muchas citas más se pueden añadir para ver que Bergoglio no es Papa. Es muy fácil discernir esto. Hay muchos caminos para ver la maldad de Bergoglio. Pero, ¿los católicos llaman hereje a Bergoglio? Muchos no son capaces de hacerlo porque esperan el veredicto oficial de la Iglesia. Y esperan en vano. No siguen a los Santos, que son los que han vivido la fe dogmática:

« … a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud… Haya buenos predicadores y curas y confesores en detestar abiertamente y sacar a luz los errores de los herejes, con tal que los pueblos crean las cosas necesarias para salvarse, y profesen la fe católica» (San Ignacio de Loyola).

Esto es lo que hacemos aquí: después, que cada uno elija a quién seguir.

La Iglesia tiene que irse al desierto. Y esto es lo que muchos católicos no entienden: ¡cómo les cuesta salir de esa estructura del Vaticano y de las parroquias! Los últimos en salir será la Jerarquía verdadera. Pero no esperen a ellos, porque ellos saldrán mal. A ellos habrá que acogerles porque quedarán sin nada. Son los verdaderos católicos los que tienen que preparar la Iglesia Remanente. Hay que ir al desierto. Allí está la Virgen y Su Hijo Jesús. Allí está la Verdad de la Iglesia. No está en los pastores de la Iglesia que obedecen a Bergoglio como Papa. Ya nadie enseña la Verdad en la Iglesia; y nadie guía hacia esa Verdad. Ninguna Jerarquía está gobernando su parroquia con la Verdad.

«No deberían tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía, y a los convencidos de ella habríase de despojar de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo» (San Ignacio de Loyola).

¿Obediencia a Bergoglio? No; nunca.

¿Sometimiento a su mente humana? No; nunca.

¿Seguimiento a sus obras en la Iglesia? No; nunca.

Bergoglio no es Papa: ésta es la Verdad que nadie sigue.

Bergoglio enseña, como un falso papa, su falsa y herética doctrina

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1. «El Concilio Vaticano II, al presentar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, tenía bien presente una verdad fundamental, que jamás hay que olvidar: la Iglesia no es una realidad estática, inmóvil, con un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los cielos, del cual la Iglesia en la tierra es el germen y el inicio» [cf. Conc. ecum. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5] (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 20 – Audiencia general del miércoles, 26 de noviembre).

Si van a la Lumen Gentium comprobarán que no se dice nada de lo que Bergoglio habla. Allí, el Papa enseña que la Iglesia: «constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria». La Iglesia va hacia su fin: la Gloria, que es la unión con Su Cabeza Invisible en la gloria; va creciendo en la gracia y en el Espíritu. No crece en lo humano, en lo material, en lo natural. La Iglesia es una realidad divina, espiritual y, por tanto, siempre la Iglesia está en acto, pero es una obra divina en Ella, no humana.

Bergoglio pone el acento en su herejía: la Iglesia está «continuamente en camino en la historia». Ve la Iglesia como una realidad histórica, pero no divina, no espiritual. La hacen los hombres durante el tiempo en que viven. Y, por eso, este hombre pone la Iglesia, no en Jesús, sino en Abraham, en el pueblo de Dios del AT. Por eso, habla así y enseña su estilo de iglesia, que no es la Iglesia Católica.

Nombra, además, un documento de la Iglesia para predicar su mentira. Es lo que hacen muchos ahora en la Iglesia: nombran a un Papa o al magisterio o a un santo para decir su gran mentira a todos con una sonrisa.

El fin de la Iglesia es salvar y santificar las almas. Es un fin en sí mismo. Se quita ese fin, se anula la Iglesia.

• Lc 19,10:  «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús viene a salvar el alma. Éste es el fin. Confirman lo mismo las parábolas de la oveja perdida, del hallazgo de la dracma y del hijo pródigo (cfr. Lc 15,1-32).

• El Nombre de Jesús indica la finalidad de la Misión de Jesucristo: la salvación de los hombres: «Dará a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

• Y esta salvación del alma sólo se puede realizar mediante la perfección moral: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48);

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24); «cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 33). La Iglesia no se hace en la historia, en el tiempo de los hombres, sino en la lucha, en la batalla de los hombres contra los enemigos de su alma. La Iglesia no es una realidad histórica, no se lucha por un motivo humano, por un ideal social, para que no haya pobres. Se lucha para ganar el cielo:

«Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo» (Mt 10, 22). No todos son amigos de Dios en la Iglesia. Hay enemigos, hay extraños, hay traidores. Y hay que perseverar hasta el final.

¿Qué dice Bergoglio? «Es muy necesario que esto se verifique en la comunidad cristiana, en la que nadie es extranjero y, por consiguiente, todos merecen acogida y apoyo». (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 9 – Audiencia del viernes, 21 de noviembre). Nadie es extraño en la Iglesia, sino que todos son amigos, conocidos. Nadie es peligroso. Y pone la razón: «La Iglesia, además de ser una comunidad de fieles que reconoce a Jesucristo en el rostro del prójimo, es madre sin confines y sin fronteras. Es madre de todos y se esfuerza por alimentar la cultura de la acogida y de la solidaridad, en la que nadie es inútil, está fuera de lugar o hay que descartar» (Ib). En este párrafo hay tantas herejías que sería largo de desarrollar aquí. Pero tienen el pensamiento de un hombre sin fe, sin verdad, sin brújula alguna. Es el hombre que quiere la Iglesia en estos momentos. Y, por eso, con él, se pierde toda la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, porque la misión de Jesús estaba restringida a la Casa de Israel: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 15, 24). Y la misión de los Apóstoles estaba también restringida a Israel: «No vayáis a los gentiles… id más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10, 5). Eso no impide que se predique el Evangelio a todos: «Antes habrá de ser predicado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13, 10); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Pero se va a predicar al mundo entero impulsado por el Espíritu, como lo hizo San Pedro con Cornelio: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro». San Pedro, al dar cuenta de su comportamiento hace referencia no a un mandato de Jesucristo, sino a la revelación del Espíritu, a la visión que él tuvo y a la revelación que el mismo Cornelio recibió del ángel (cf. Act. 10, 17- 29). La Iglesia es la obra del Espíritu, no del hombre. Y, por tanto, entran en la Iglesia aquellas almas que quiere el Espíritu, no las que desea el hombre. «En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23). El mandato del Señor de evangelizar a Israel no contradice la evangelización del mundo entero por el Espíritu. Es el Espíritu el que sabe a quién hay que evangelizar, quién tiene que entrar en la Iglesia. Los hombres, con cumplir el mandato del Señor es suficiente para hacer la Iglesia. No tienen que meter en la Iglesia a los que Dios no ha purificado.

Al no interpretar correctamente la Sagrada Escritura, se cae en el falso ecumenismo, que hoy hace gala todo el mundo en la Iglesia. Hay que ir sólo a los infieles por mandato de Dios en su Espíritu, no porque uno lo vea. Son las misiones que antes se tenían en la Iglesia: se mandaba a misionar a los infieles. Ya eso se ha perdido. Hoy se va a los infieles, no para convertirlos, sino para ser sus amigos y vivir con ellos en sus pecados.

Al anular Bergoglio el fin de la Iglesia, y al decir que es para todo el mundo, que no hay extranjeros, que es madre de todos, que alimenta las culturas de los hombres,  entonces tiene que concluir –necesariamente- que todos van al cielo.

2. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma donde nuestras expectativas más profundas se realizarán de modo superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, llegará a la plena maduración. Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él (cf. 1 Cor 13, 12). Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma».

a. «Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos»

¿Qué enseña la Iglesia?

«Por esta constitución que ha de valer para siempre por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos…, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieron purgado…, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación… aún antes… del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor Nuestro Jesucristo…, estuvieron, están y estarán en el cielo… y vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara… definimos además, que según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales…» (Benedicto XII (D530).

Se enseña explícitamente que las almas reciben, una vez que mueren, un premio o un castigo. Y lo reciben inmediatamente: «definimos que (…) las almas de todos los santos (…) inmediatamente después de su muerte(…) están y estarán en el cielo(…)definimos además, que (…)  las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno ».

Es la definición de la Iglesia que significa que hay que creer que cuando se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Es de fe divina y católica definida. Es un dogma definido por la Iglesia, que está en la Sagrada Escritura y en toda la Tradición.

Bergoglio, por tanto, enseña su propio magisterio, que no pertenece a la Iglesia Católica. Con su doctrina, Bergoglio enseña el camino de condenación a las almas en la Iglesia.

Y esto significa una cosa: que Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

b. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma»

El cielo es un lugar concreto.

Según la sentencia común de los teólogos, las almas quedan constituidas no sólo en un cierto estado de bienaventuranza o de condenación o de purificación, sino en un lugar determinado:

• Lc 16, 22: «Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». El alma del pobre es llevada a un lugar, no se transforma en un estado, no vive en un estado: murió en estado de gracia y fue llevada al seno de Abraham, a un lugar concreto.

• Hech, 1, 25: «para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado de que prevaricó Judas para irse a su lugar»: Judas pecó, murió y se fue a su lugar en el infierno.

• Jn 14,2s: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… y luego que os haya preparado el lugar, volverá otra vez y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo estoy, también estéis vosotros»: Jesús prepara un lugar concreto para sus almas elegidas, que son las que se salvan y se santifican. Jesús, siendo Dios, también tiene su lugar en el Cielo, porque posee un Cuerpo Glorioso.

• Lc 23, 43: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»: el buen ladrón, cuando muera, va a estar con Jesús en el lugar del Paraíso; su alma no cambiará de estado, sino que estará junto a Jesús en un lugar concreto.

• Ap 21, 2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa»: la Nueva Jerusalén baja del cielo, baja de un lugar concreto. Y en el Cielo se encuentra al lado de Dios, está en un lugar concreto del cielo.

• El Concilio Florentino (D 693): «Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes». En esta definición se enseña que las almas que mueren sin pecado o que han purificado sus pecados son «inmediatamente recibidas en el cielo»: son recibidas en el lugar concreto del cielo. Y las que muere en pecado mortal  «bajan inmediatamente al infierno»: bajan al lugar concreto del infierno.

• San Cirilo de Jerusalén: «Los ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de Dios; ahora bien cada uno ve según la medida de su propio orden y lugar. Sin embargo la pura intuición del esplendor de la gloria del Padre está reservada propia y sinceramente al Hijo juntamente con el Espíritu Santo»: los ángeles también estén en un lugar concreto del cielo, no sólo en el orden de su jerarquía.

• San Gregorio Niseno: «Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios»: las almas, en el cielo, ven a Dios, pero cada una en su lugar, en su mansión:

• San Agustín: «Todas las almas tienen cuando salen de este mundo, sus diversas mansiones. Las buenas alcanzan el gozo, las malas los tormentos. Mas cuando haya acaecido la resurrección, el gozo de los buenos será mayor y los tormentos de los malos serán más terribles, cuando sean atormentadas las almas juntamente con el cuerpo…»

Más aún, los Padres y los Teólogos juzgan comúnmente que las almas no pueden salir de sus lugares, según la ley ordinaria, si bien no excluyen el que esto suceda de manera extraordinaria.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero no se atreven a llamarlo hereje manifiesto: están esperando otra herejía. Y no se han dado cuenta que el verdadero hereje no es el que dice herejías, sino el que vive su herejía, su pecado, aunque no manifieste con la palabra esa herejía.

Bergoglio es el que vive su herejia y deja vivir a otros en su herejía, en su vida de pecado. Por tanto, es el que condena a todos al infierno. Y lo hace con una sonrisa, tomando mate: vive y deja vivir, porque todos nos vamos al cielo.

No existe la conciencia crística, ni la conciencia colectiva, ni el amor crístico

ethos

«Si los fundamentos se destruyen, ¿qué podrá hacer el justo» (Sal 12 [11], 3).

El fundamento del hombre: Dios. Pero no el concepto que el hombre tiene de Dios en su mente humana, sino lo que Dios Es.

Dios no es una idea para el hombre, sino una Vida.

Dios no es una conciencia universal para la humanidad, sino una Ley Eterna, Inmutable, que cada hombre, en particular, debe obrarla.

Todo hombre está obligado a formar su conciencia moral. Si no la forma, el mismo hombre destruye, con su mente humana, su fundamento.

«En nuestro tiempo se hace cada vez más fuerte la voz de los que quieren convencernos de que la religión como tal está superada. Solo la razón crítica debería orientar el actuar del hombre. Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio» (Benedicto XVI – Universidad Urbaniana  – 21 de octubre 2014).

La razón del hombre busca el poder, el orgullo de dominarlo todo sin Dios. Con su razón crítica, el hombre se inventa el concepto de Dios, el concepto de la ley natural y divina. El hombre se hace su religión, su iglesia, su espiritualidad; es decir, su fábula. Fábula que siguen muchos porque ya no saben abajar su mente a la Verdad Revelada.

El hombre crea con su razón humana una nueva moral sin moral: una moral de conceptos vacíos, de lenguaje agradable al oído humano, pero lleno de errores y de oscuridades.

El hombre va en busca de una conciencia universal, humana, crística, personal que no existe. Sólo se da en su cabeza humana, en su falsa interpretación de lo que Dios ha revelado.

«Considerarlo como el único válido disminuiría al hombre, sustrayéndole dimensiones esenciales de su existencia» (Ib.). Es lo que se ve: un hombre disminuido porque ha puesto en su mente lo único que tiene valor, y así le falta lo más importante para su vida: el sentido de lo divino. El sentido real, su fundamento real, que no está en su mente, sino fuera de ella.

Si la mente del hombre no se cierra a ella misma, entonces sólo vive para sí misma.

El hombre que aprende a cerrar su mente, vive con el corazón abierto a Dios, a su fundamento real, vivo.

Pero el hombre que busca en su mente la solución al problema de su vida, se hace él mismo esclavo de sus mismos pensamientos y los adora como dios.

El hombre tiene que abajarse, humillarse, despreciarse. Y, entonces, Dios lo ensalza, obra lo divino en su existencia humana.

«El hombre se hace más pequeño, no más grande, cuando no hay espacio para un ethos que, en base a su naturaleza auténtica retorna más allá del pragmatismo, cuando no hay espacio para la mirada dirigida a Dios» (Ib).

El hombre tiene que mirar a Dios, pero no con su pensamiento humano, sino con su corazón. Un corazón que no mira a Dios no ama al prójimo, no sabe darle lo que Dios quiere.

En el corazón humano, Dios pone su amor divino; pero en la mente humana, el demonio es el que trabaja.

Con el corazón abierto al Amor de Dios, el hombre forma su conciencia moral: el hombre es enseñado por Dios para obrar, con su mente, aquello que Dios quiere y le pone en su corazón. La mente del hombre es la que guía a la voluntad del hombre, para que haga aquello que ha comprendido de Dios con su corazón.

La mente humana no decide nada en el orden divino, no manda nada, no ejerce ningún dominio. Es sólo la guía, que tiene el hombre, para poder poner por obra la Voluntad de Dios.

La conciencia moral es el juicio de la mente, un acto de la mente sobre una acción moral, sobre una obra buena o mala moralmente. Lo moral es lo que sigue una norma suprema, una ley eterna, divina. Lo moral no está en los hombres, no lo deciden ellos con sus pensamientos o con sus obras en la vida, sino que lo regula Dios con Su Ley, con Su Voluntad.

La ley natural es una ley moral, es norma para formar la conciencia moral. Quien vaya en contra de la ley natural va en contra de su propia conciencia, hace de su propia conciencia un juicio falso del bien y del mal. Hace de su vida una abominación, como son los homosexuales.

La conciencia moral no es la conciencia psicológica, por la cual el hombre conoce que está pensando, que quiere algo en la vida, que obra algo. Conocer los propios actos internos, entendimiento y voluntad, no es tener una conciencia moral. Es sólo mirar lo humano con ojos humanos.

Conocer que esos actos internos se dirigen o no hacia Dios, hacia lo que Dios quiere, eso es la conciencia moral.

Los falsos profetas hablan de una conciencia colectiva: «Amados, oren en la praxis cotidiana de sus actos, en la conciencia personal y alertando la conciencia colectiva» (Luz de María – 17 julio 2013).

No existe ni la conciencia personal ni la colectiva. La humanidad no tiene conciencia, no tiene alma. Una comunidad, un grupo de hombres, no tiene conciencia. Una familia no tiene conciencia. Un pueblo no tiene conciencia. Para tener conciencia, es necesario poseer un alma racional.

La persona no tiene una conciencia personal: tiene un alma, un cuerpo y un espíritu. Y, en su alma, está su mente; pero la mente humana no es la conciencia personal del hombre.

Muchos confunden la razón humana con la conciencia; muchos llaman con el nombre de conciencia a sus pensamientos, a lo que conciben con sus juicios humanos. Y yerran.

El hombre tiene una conciencia psicológica, pero no como persona. Porque la persona es todo el hombre: alma, espíritu y cuerpo. La persona es algo más que el juicio de la mente y las obras de la voluntad humanas. La persona es algo más que las obras de la carne; no es sólo el estado de gracia o de pecado. La persona es intocable en el ser humano, intangible, es la que dirige todo: su alma, su espíritu y su cuerpo. Es la que ve con su conciencia moral lo que tiene que hacer. Hablar de conciencia personal es hablar de nada.

El hombre tiene una conciencia psicológica, nacida de su mente humana. Pero el hombre no es su conciencia, ni psicológica ni moral. El hombre es un ser que posee tres cosas: alma, espíritu y cuerpo.

Muchos confunde esto: hombre y conciencia. Los ponen juntos y así dicen que hay que buscar el amor crístico, la conciencia crística. Han confundido a Cristo con su conciencia moral. Cristo no es su conciencia moral. Cristo es el Verbo Encarnado. Y Cristo obró la Voluntad de Su Padre: obró una moralidad perfecta, sin pecado. Hay que buscar el Amor del Verbo, no el amor crístico. El Amor del Padre y del Hijo, no el amor de un lenguaje humano: la palabra, el verbo. Cristo no es una idea, un concepto, una forma de comprender el amor de Dios. Cristo es el Mismo Amor, porque es Dios.

Hay que unirse al Verbo Encarnado, pero eso el hombre no sabe hacerlo por más que piense en Cristo, por más que cumpla una ley divina. Es el Amor de Dios el que transforma al hombre en otro Cristo, no es el hombre el que se unifica con Cristo:

«Ustedes, amados, deben confluir unificándose con la conciencia crística en todos sus preceptos y en sus principios» (Luz de María – 14 de abril del 2014).

No existe la conciencia crística: existe el Verbo Encarnado, existe la doctrina que Cristo ha enseñado; existe la Ley Eterna, que Cristo ha cumplido totalmente en su vida humana; existe la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo místico, no un cuerpo universal.

El hombre se une a Cristo sólo por la Gracia. Y la Gracia es la Vida Divina. Y no es más que eso: lo divino que el Señor pone en el espíritu del hombre, no en su alma. La Gracia es la Vida para el espíritu del hombre. Y se vive la Gracia con el corazón, no con la mente humana.

¡Cómo engañan los falsos profetas a los mismos católicos que no saben su fe, que vive amparados de su razón práctica! Todo lo quieren entender con sus pensamientos humanos y así se disminuyen, se hacen una abominación en la misma Iglesia de Cristo.

Los falsos profetas hablan de abrir la mente:

«que abran el pensamiento, la mente, que permitan que sus sentidos se impregnen de mi amor, porque este instante es difícil» (Luz de María – 16 de Mayo de 2012).

Dios habla al corazón; Dios abre el corazón; el demonio habla a la mente; el demonio abre la mente para conquistar lo humano, la soberbia de las ideas, el orgullo de las obras de los hombres, la lujuria de la vida de cada uno sobre la tierra.

El Amor de Dios se da al corazón del hombre; pero el corazón tiene que abrirse en la humildad de la mente, cuando la mente se cierra a toda idea del hombre y del demonio. El hombre tiene que trabajar en quitar su soberbia de la mente. La soberbia abre la mente del hombre al mundo del demonio; la humildad abre el corazón del hombre al mundo de Dios. Para ser humildes, hay que pisotear la mente, hay que despreciarla, no hay que vivir pensando como lo hacen los hombres. Hay que vivir con la Mente de Cristo, que es la Mente de Dios. Y Dios no tiene conciencia porque no puede pecar. Cristo no tiene conciencia porque no puede pecar. La conciencia es para el hombre pecador, no para el santo. El Santo es aquel que siempre hace la Voluntad de Dios. Siempre. Por eso, es necesario el purgatorio porque los hombres no saben hacer la Voluntad de Dios en sus vidas humanas, a pesar de tener una conciencia que les grita que no están haciendo lo que Dios quiere.

Este es el lenguaje del demonio: «que abran el pensamiento, la mente».

¡Cuántos siguen este lenguaje! ¡A cuántos católicos les gusta este lenguaje! ¡Lo usa Bergoglio constantemente: es un hombre con la mente abierta al mundo del demonio! ¡Un hombre con un corazón cerrado al mundo de Dios!

Abrir la mente es meterse en la conciencia psicológica. Y de ella inventarse la conciencia universal, personal, crística. Es la razón práctica que busca el dominio, el poder.

Cuando el hombre habla de abrir su mente, entonces se quiere poner la raíz del mal en el mismo pensamiento humano, los pensamientos negativos:

«Se han negado a Dios, y desconocen que los pensamientos y vibraciones de cada uno no se quedan en el ser, sino se expanden y van produciendo una cadena de energía que se tornará en su contra. Los actos humanos no se dan y desaparecen; las consecuencias de éstos, acumulan negatividad, la cual regresa con prontitud a derramarse sobre la tierra» (Luz de María – 26 de Agosto de 2012).

¡Cuántos se levantan todos los días para buscar un pensamiento positivo de la vida! Van en busca de la razón práctica: quiere conseguir con sus pensamientos que la vida les vaya bien. ¡Un absurdo! El hombre no decide con su pensamiento su vida. El pensamiento del hombre no es la vida del hombre. Por más que pienses la vida no te vas a salvar. Por más que medites en el cielo, no vas a ir al cielo.

La idea humana crea una energía: es la fuerza de la mente, es el poder de la mente, es el dominio de la razón: «Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio».

El hombre está convencido de que con sus pensamientos puede arreglar el mundo: ten pensamientos positivos, no tengas negativos. El hombre quiere dominar el mundo con su mente, con su energía positiva, la que nace de sus pensamiento positivos. Son ideas que fluyen de la mente del hombre, de su boca. Estamos en el platonismo. La idea platónica: todo está en la mente: en cómo piensas, en cómo meditas, en cómo sintetizas tus ideas para crear una energía, una fuerza vital que ponga en marcha la conciencia universal.

Así hablan los falsos profetas. Y ¿qué hacen los católicos detrás de estos falsos profetas, detrás de una Luz de maría que es el atractivo del demonio para engañar a mucha gente que se cree sabia con su inteligencia humana?

«Reciban la luz divina con amplitud de conciencia y lo demás se les dará por añadidura» (Luz de María – 10 de octubre de 2013).

Pero, no dice el Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás por añadidura» (Mc 6, 33). Entonces, ¿qué hacen leyendo a Luz de María, que es la luz del Maitreya? ¿A qué juegan con sus vidas espirituales?¿De qué les sirve el Magisterio, la enseñanzas de los Santos Padres, la doctrina de Cristo en Su Evangelio?

¿Es que la luz divina se recibe con una conciencia ancha, laxa? Dios da su luz para enseñar al hombre a formar su conciencia moral, no para ampliar su conciencia, sino para hacer de la conciencia del hombre un manantial de sabiduría para no pecar más.

Dios enseña, con su luz divina, a no pecar. Y, entonces el hombre tiene una conciencia recta, verdadera, no amplia, no laxa, no ancha.

Luz de María pone en la mente del hombre, la conciencia. Y, entonces, como hay que abrir la mente, hay que ampliar la conciencia. Consecuencia, enseña este disparate:

«….miremos los apegos y a la vez los desterremos, dando paso a esa luz divina que nos conduce a la conciencia crística, en donde lo humano es superado por el ser divino de donde procedemos». (Luz de María – 14 de abril del 2014).

Una vez que se amplía la conciencia, entonces lo humano queda superado por lo divino. Y eso es la conciencia crística: estar en donde lo humano es superado por lo divino. Hay que llegar a esa conciencia.

Y ¿qué enseña la teología?

La gracia supera al hombre, pero no lo anula. La gracia da una vida que no es del hombre, una vida que está por encima del hombre, pero no es una vida que anule la conciencia, la libertad, la mente del hombre.

Dios da la gracia al hombre para que pueda vivir dos vidas mientras está de paso. Mientras el hombre viva esta vida de prueba, el hombre no puede tener a la perfección la vida divina de la gracia. El hombre tiene que morir para vivir perfectamente en la vida de Dios. Y en esa vida divina el hombre está en lo divino. No es superado por lo divino, sino que es transformado en todo lo divino.

¿Ven hacia donde lleva un falso profeta? Hacia el descalabro más total.

Para hacer un juicio moral, la persona debe aprender lo que es el bien y el mal moral.

«Hacer el bien y evitar el mal», «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a otro», «la suprema deidad debe ser adorada», «las promesas deben ser guardadas», «los preceptos deben ser cumplidos»…, no es la conciencia moral. Son sólo principios universales de donde se deduce la moralidad de los actos, pero no son un juicio de la mente sobre una obra buena o mala.

Con estos principios, se deducen muchas verdades, que son universales, para todos, y se puede hacer muchos bienes: materiales, carnales, naturales, humanos, espirituales, divinos. Y también se realizan muchos males que los hombres cree que son buenos.

Estos principios universales no constituyen una conciencia universal: un pueblo bárbaro que siga el principio de rendir culto a la divinidad, aunque esta divinidad sea un demonio, no tiene una conciencia errada como pueblo, sino que cada hombre de ese pueblo tiene su propia conciencia errada en lo moral. Hay que formar a cada miembro del pueblo para que obren lo correcto, lo verdadero, lo cierto. Las diversas culturas no forman la conciencia colectiva del pueblo. Un hombre que conozca su cultura no tiene una conciencia moral. La conciencia moral se forma en la ley divina, en la sabiduría divina, no en la sabiduría de los hombres.

La Iglesia que sigue a un usurpador, como Bergoglio, significa que los miembros de la Iglesia no tienen la conciencia moral recta, sino errada en ese punto. Y es neceario formar esa conciencia moral de cada miembro con la verdad de lo que es un Papa en la Iglesia.

Los católicos que siguen a un falso profeta, como Luz de María, tienen una conciencia moral errada. Y debe ser formada si quiere salvarse dentro de la Iglesia. Porque los falsos profetas combaten contra la Verdad de la Iglesia y producen que las almas vivan para el pecado en su inteligencia humana.

Hay que «hacer el bien y evitar el mal», pero esto no es lo que salva ni santifica al hombre. No existe un bien universal ni un mal universal; no existe un bien cultural ni un mal cultural, porque la conciencia no es universal, no es colectiva, sino de cada hombre, es particular. Y lo que cada hombre obre en su vida privada, después, tiene sus efectos en la vida comunitaria. Según sea la conciencia moral de cada hombre, así será su obra en la familia, en la comunidad, en la sociedad, en el trabajo, en las diversas culturas de los pueblos… Y esa obra que se hace para todos, ese bien o mal común, tiene repercusiones en el orden moral, ya para el individuo, ya para la sociedad en la que se hace ese bien o ese mal.

Para salvarse, el hombre tiene que hacer el bien moral y evitar el mal moral. El hombre tiene que ponerse en el orden moral para encontrar el camino de la salvación. El orden humano no salva, no es camino. El orden natural es sólo para un camino natural; pero lo moral hace referencia a Dios, no al hombre, no a lo natural.

Se necesita la ley Eterna para una norma de moralidad. Pero hoy los hombres, con su razón práctica, la anulan. Y así la gente va buscando falsos profetas.

¡Cuántos hay que se van a condenar por seguir la conciencia ancha, la conciencia colectiva! ¡Bergoglio es Papa, entonces hay que obedecerle porque si no se va en contra de la conciencia eclesial, colectiva, universal! No existe tal conciencia. Sólo existe la conciencia de cada individuo. Y cada uno tiene que resolver por sí mismo: o aceptar a Bergoglio o rechazarlo. Pero no se puede seguir la opinión de la masa en la Iglesia. Eso es condenarse.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habló ninguna verdad (2)

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Muchos católicos quedan fascinados por la palabra barata de Bergoglio. Y eso es una señal de que ellos buscan el pensamiento barato, fácil, simplón en la Jerarquía. Muchos, que dudan de este hombre, ante su palabra vuelven a darle un voto de confianza. Y así están en la Iglesia, entre dos aguas, entre dos señores: Cristo y el diablo. Y quieren servir a los dos, al mismo tiempo.

Bergoglio resuelve el problema económico poniendo la divinización del hombre, colocando al hombre como dios: «ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana». En estas palabras anula toda la doctrina social de la Iglesia, todo el Evangelio de Jesús y toda la Tradición católica. Y muchos católicos no han despertado después de leer este discurso. Y nunca despertarán, porque ya siguen el camino barato que un usurpador pone en la Iglesia.

Un Papa verdadero, legítimo, que tiene la verdad en su corazón, habla y enseña con la misma Verdad, con la misma boca de Cristo:

“La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece –la doctrina social- al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral” (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Europa tiene que girar en torno a la teología moral, no al hombre. Sin norma de moralidad, Europa se destruye a sí misma, porque se considera dios para el mundo entero.

La doctrina social de la Iglesia no es una ideología, sino una vida de fe, que sólo es posible ponerla en práctica luchando en contra del querer de los hombres. Esto es lo que no hace Bergoglio ni la Jerarquía que lo acompaña al valle de la muerte, en donde van a encontrar la Justicia de Dios para sus cabezas.

La doctrina social de la Iglesia pertenece a la teología moral, es decir, enseña una vida moral, una conciencia moral, una norma de moralidad a todo hombre. Enseña una verdad que no puede cambiarse por la mente de ningún hombre, una verdad para el corazón, no para la mente del hombre. Una verdad que sólo el humilde de corazón puede obrar en su vida.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habla de ninguna verdad, no dice una verdad, no señala una verdad, sino que rompe con toda verdad.

«El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad…»: este es el lema de la masonería y del falso ecumenismo. Es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos, que hay que tolerarlos todos porque existe una graduación intelectual entre los hombres, una evolución hacia una conciencia más alta, más perfecta, que sólo unos privilegiados poseen.

Se quiere aunar las mentes de los hombres en una conciencia común, en un pensamiento global, al cual nadie puede dominar, pero sí acceder. Es la autoridad de un hombre que se cree dios y que quiere tener dominio sobre todos los hombres: es la mente del Anticristo.

Entre los hombres, la única manera de hacer un común es por la fuerza, es imponiendo ese común como un bien universal, global.

Dios es Uno en la Trinidad; y Trino en la Unidad. Dios obra la unidad en la Verdad. A Dios no le interesa la unidad en la diversidad de pensamientos, porque «Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos».

La mente humana tiene sólo que vivir de fe. Y esto es lo que más le cuesta al hombre y, por eso, va en busca de su concepto de fe, de su obra de fe, de su vida de fe. Y la fe sólo es tener la Mente de Cristo. Y para llegar a esto, sólo hay un camino: crucificar la voluntad de los hombres, que es matar su idea humana de la vida y de Dios.

La Unión Europea nació para eso: para ser el gobierno del Anticristo, para que ese hombre tuviera un campo de dominio propio sobre el mundo.  Y, desde ese poder humano, alcanzar el poder divino.

«…toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor».

Toda auténtica unidad vive sólo de una riqueza: del amor divino. Sin esa riqueza, lo que el hombre llama unidad es una fantasía de su mente humana. Quiere buscar entre las vidas de los hombres, en sus existencias propias, la unidad. Y es un imposible y un absurdo.

Si el hombre nace en el pecado original, todo hombre, toda sociedad, toda familia, todo grupo social, está desunido. Es imposible la unidad en la diversidad, en la desunión de vidas, de pareceres, de obras humanas.

Un hombre no se une a otro hombre porque sea carne y sangre. Las almas se unen, unas a otras, porque tienen el mismo Espíritu. Y si las almas no perciben ese mismo Espíritu, los hombres no se unen, sino que siempre buscan un camino para la desunión.

¡Cuántos unen sus cuerpos en el espíritu de la lujuria! ¡Tienen un mismo espíritu! Sus cuerpos buscan lo mismo, pero no sus almas. Al final, el placer del momento acaba cansando y se busca otra cosa, otra vida distinta a esa unión carnal.

No es la carne y la sangre lo que une: no es el ecumenismo de sangre, que tanta predica este demonio encarnado. O se hace una unión en la Verdad, que es la doctrina de Cristo, que es la enseñanza de la Iglesia, que es lo que la Tradición siempre ha vivido; o se hace una unión con el demonio que es siempre una división con todo lo demás.

«En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo».

Unión en la diversidad;

Unión aceptando las tradiciones, las culturas, los pecados, los errores, las mentiras de los demás;

Unión para tomar conciencia de la humanidad, de la historia del hombre, para ir a la raíz del hombre: ¿cuál es su raíz? ¿No es acaso la tierra, el polvo: «polvo eres y en polvo te convertirás»?¿No es el hombre sólo vanidad de vanidades? No; para Bergoglio será otra cosa.

Unión para dejar las fobias de las mentes: ¡qué miedo pensar que los homosexuales se puede casar… tienen valores! Hay que dejar estas fobias, estos temores…Hay que ser hombres valerosos que lo pueden pensar todo, porque así son libres.

Unión para dar culto al hombre: que cada uno «muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad»: no hay reglas, no hay dogmatismos, no hay norma de moralidad.

Bergoglio busca un pueblo de degenerados, de demonios encarnados, de gente que vive en su pecado y que exalta su pecado porque es su pecado. Es necesario justificar el pecado de los hombres para conseguir esta unidad en la diversidad.

Bergoglio habla de la unidad en la diversidad, pero no es cualquier unidad, porque no es cualquier diversidad. Entre la infinidad de pensamientos humanos, de vida y de obras humanas, hay muchos que no sirven a esta unidad en la diversidad.

«En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría».

He aquí el pensamiento necio de un demonio encarnado. Comienza una crítica a todo, pero sin ninguna referencia, sin ninguna verdad. Es la crítica de su filosofía absurda:

Primera contradicción: «Hay que mantener viva la democracia»: ¿Cómo quieres conseguir la unidad en la diversidad en una democracia? No se puede, porque es necesario mantener la propiedad privada, los dogmas, la ética, la moral, la sabiduría divina…  Y esto impide, precisamente, la unidad en la diversidad. Donde hay una ley divina ya no hay diversidad de pensamientos. La democracia no significa libertinaje, sino moralidad, conciencia moral en el pueblo.

Segunda contradicción: «No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático»: lo uniforme no va con la democracia. Y preguntamos: ¿cuál es la idea de lo uniforme que va con la democracia? ¿Existe la idea uniforme de lo global? ¿Esa idea se ajusta a la idea democrática?

Porque lo uniforme es lo que está en todas partes, lo que se da en todas partes, lo que es igual, lo que todos siguen. Una idea uniforme de lo global es eso: lo que vale para todos, para un mundo global. ¿Cómo es que este concepto de lo uniforme debilita «el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos»?  En la democracia hay muchas cosas para todos que son uniformes, ¿qué cosas uniformes no valen para la democracia? ¿A qué mundo global se está refiriendo? ¿A qué idea de la globalidad se refiere para que se encuentre la idea apropiada de la uniformidad, para que no debilite la organización política?

El pensamiento de Bergoglio no tiene lógica humana. Es un pensamiento oscuro y totalmente contradictorio. Tenía que haber razonado así: la idea de la uniformidad no es posible en un mundo global, no es para todos los hombres, no es para una masa de hombres, no es para una democracia. No existe un pueblo uniforme; no se da una cultura uniforme, porque los pensamientos, las vidas, las obras de todos los hombres son diversas, contradictorias, sin semejanza, sin continuidad una con otra. Sólo se puede dar una uniformidad en aspectos muy particulares, pero es imposible que se de en todos los aspectos de la vida de los hombres. No se puede hablar de la concepción uniforme de la globalidad en la democracia. Es hablar de un disparate. Para hablar de la uniformidad hay que meter la conciencia moral, que es lo que no hace Bergoglio. Los hombres viven en lo uniforme si hay una verdad, la referencia a una verdad. Pero no hay uniformidad en la referencia una globalidad sin verdad.

Tercera contradicción: «De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político». ¡Toma ya! La idea no lleva a la realidad de la democracia. Quien vive de la idea vive en un ideal, en un concepto de la democracia, pero no en la realidad. ¡Puro sentimentalismo de este hombre! No vivas en el reino de la idea: vive en el reino del sentimiento, del afecto. Pensar es vivir una fábula, un sueño. Toda la Unión Europea vive en el reino de la idea masónica. ¿A qué vienes a predicar que no vivan en el reino de la idea? ¡Qué disparate! ¿Qué es la realidad de la democracia? Si no es la idea, que es lo que mueve a todo hombre, aunque sea un subnormal, tiene que ser lo sensible, lo sentimental, los afectos vacíos y ciegos de los hombres, sus instintos carnales y animales.

Bergoglio critica el reino de la idea, pero no dice de qué ideas se refiere, qué ideas son malas para la vida. Habla de un nominalismo político, es decir, de conceptos vacíos, de ideas sin contenido. Pero, ¿cuál es el contenido de la idea para Bergoglio? Es lo que no dice, porque lo critica todo. Bergoglio va en busca de una idea, de su idea, pero no de la Verdad. Entonces, siempre su pensamiento se queda en la oscuridad. Habla de muchas cosas y no dice nada en concreto.

Y, entonces, termina con una blasfemia:

«Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría». Ha llamado idiotas a todos los hombres. Ha jugado a todos los hombres. Ha condenado a todos los hombres.

«Maneras globalizantes de diluir la realidad»: se busca un mundo real, pero la gente vive de una manera que imposibilita esa realidad. Y son maneras globalizantes, son formas de vivir, acuñadas por una mayoría, que entorpecen la realidad de la vida. Y he aquí su salvajada, esas maneras globalizantes:

Los purismos angélicos: serán los conventos de las carmelitas, la gente que vive separada del mundo, los anacoretas, los monjes del desierto, los que no quieren saber nada del mundo, los que buscan el cielo en la tierra, los que quieren ser como ángeles, sin pecado, los que luchan contra el pecado, los que llaman al pecado con el nombre del pecado, los que quiere purificar su corazón del pecado, los que todavía creen que con la gracia el hombre se hace puro, santo, justo…Pues, estos viven una manera globalizante que impide la realidad de la vida. No sirven para la democracia, para la unidad en la diversidad.

Los totalitarismos de lo relativo: Todos los hombres buscan su propiedad privada, su relación personal y privada con otra persona, con el mundo que le rodea, su vida que a nadie le incumbe. Todos viven para una relación, no para un global. Todos en esa relación se comunican con otros hombres; pero no es una comunicación totalitaria, absoluta, incondicional…Este hombre dice: en lo relatico, no seas totalitario. Y ¿qué pretende enseñar con eso? Nada. Porque lo relativo nunca es totalitario, nunca es lo absoluto. No tiene lógica Bergoglio. Ninguna lógica. Habla por hablar, para quedar bien ante todo el mundo. En la comunicación con los hombres no busques totalidad, sino parcialidad. Sé parcial, sé comprensivo, no vivas tu vida imponiendo tu relación. Ten una relación global, en la que todo el mundo entre. Si no vives así, entonces tu vida privada impide la unidad en la diversidad.

Los fundamentalismos ahistóricos: el aborto, el homosexualismo, la eutanasia, hay que mirarlos en la historia del momento, no en el pasado del tiempo. No hay que quedarse en un dogma, en una revelación, en el pasado ahistórico. Hay que coger el pasado y que sea un camino nuevo, una evolución nueva para la mente del hombre moderno, para construir el hombre del futuro, el hombre de las ideas viejas y locas, como Bergoglio. Todos aquellos que viven de una idea fija no sirven para la unidad en la diversidad. Tiene que dejar su fijeza, su dogma. Como Bergoglio no discierne entre el pecado de soberbia que lleva a un fundamentalismo malo, pecaminoso, y la norma de moralidad que lleva a un fundamentalismo bueno, entonces anula la Verdad Absoluta y condena a los hombres por sus ideas fijas.

Bergoglio juzga a toda la Tradición católica. No hay moral permanente. Tiene que haber una moral que cambie a todas horas para que se pueda producir la unidad en la diversidad

Los eticismos sin bondad: ¿Cuándo la ética no es buena? Es que si no es buena, no es ética. ¿Qué clase de bondad hay que no sea ética? ¡Qué majadero! ¡Pero qué idiota es Bergoglio!

Los intelectualismos sin sabiduría: Todo intelectual es sabio, aunque posea una sabiduría equivocada, mundana. Todo conocimiento es sabiduría. Un intelectual sin sabiduría no es intelectual sino un animal irracional. ¿Qué sabiduría humana no es intelectual, no nace del intelecto del hombre? ¡Pero, Dios mí, qué hombre más necio!

¿Cuál es el pensamiento de Bergoglio? Ninguno. Sólo vive en la voluntad: no quiere ni ética ni moral; no quiere intelectuales, no quiere sabiduría, no quiere absolutos, no quiere egoísmos…Sólo quiere una cosa: lo bueno que hay que hacer ahora: llenar estómagos, dar trabajo a los jóvenes, cuidar ancianos…La voluntad. Bergoglio es un ser que vive para obrar. Y no importa si eso que obra es bueno o malo. Hay que obrarlo, y punto y final. Por eso, Bergoglio se carga todo y no gusta a nadie. A nadie.

La gente del mundo conoce lo que es Bergoglio. Y están más despiertos que muchos católicos en la Iglesia.

Hay muchos paganos que ya están de vuelta ante lo que propone Bergoglio. Y han descubierto que eso no es la verdad. ¡Cuántos paganos van a entrar en la verdadera Iglesia porque la Jerarquía de la Iglesia ha despreciado la Verdad!

¡Cuántos paganos están viendo que lo que propone Bergoglio, desde el Vaticano, no sirve para encontrar la Verdad! ¡Pero qué poca gente en la Iglesia hay que discierna esto!

«Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece»: la fuerza real del pueblo. Es lo que le interesa a Bergoglio. Esta realidad. Y las maneras globalizantes de muchos impiden esta realidad. Esas maneras transforman el poder del pueblo en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos: teología de la liberación. El pueblo se siente oprimido por el capitalismo. Lucha de clases sociales. Fuera la tiranía del capital. Es la vieja batalla del marxismo, que un viejo la saca a relucir porque no tiene otra cosa que hacer en su maldita vida. A sus años es lo único que puede hacer: hablar sin sensatez de algo que ya la gente no quiere, porque ha visto por experiencia la maldad de lo que predica Bergoglio.

Y una vez que hace esta crítica a todo el mundo, que vive unas maneras globalizantes que impiden la unidad en la diversidad, ahora se pone como maestro. Va a hablar de la educación, de las familias, de la ecología, del trabajo. Y va a terminar su discurso con la falsa idea de la paz, buscada en el diálogo. Quiere encontrar la identidad europea, pero ¿con qué leyes, con qué verdad, con qué ética, con qué norma de moralidad? Con ninguna. Con lo que los hombres se inventen, en sus cabezas, para hallar esa unidad en la diversidad que sirva. Y pone el resumen de su loco pensamiento:

«Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira, defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad».

Creíamos que construir la Europa significaría poner a Dios en el centro. No; todo debe girar en torno al hombre, en torno a su mente, a su vida, a sus valores, a sus obras. Es el hombre, el centro. Y ese hombre es sagrado: la «sacralidad de la persona humana». Pero, ¿cuándo el hombre, que nace en el pecado original, que vive una vida para pecar, es sagrado? ¿Qué es lo sagrado para este hombre? ¿Cuál es el concepto de lo divino, de la santidad, que tiene este hombre?

Juan Pablo II resolvió el dilema de las economías en la doctrina social de la Iglesia que exige una ley moral, una ley ética, una ley divina entre los hombres.

Bergoglio anula a Juan Pablo II y pone el culto al hombre como solución de los problemas de los pueblos.

¿A quién quieren seguir? Cada alma tiene que elegir en la Iglesia: el usurpador, Bergoglio, o Cristo. No se pueden seguir a los dos. Quien obedece a Bergoglio anula a Cristo. Quien obedece a cristo, combate a Bergoglio y lucha por la Iglesia verdadera.

Pero, muchos católicos, no piensan en esto, no ven esto.

Bergoglio es un hombre de cabeza hueca: no tiene, dentro de su mente humana, la verdad. Nada más es leer este su discurso totalmente herético por los cuatro costados.

¿Por qué obedecen a un hombre de cabeza hueca, de palabra barata, de corazón malvado en la Iglesia?

¿Por qué lo llaman Papa?

¿Por qué le dan publicidad?

¿Cuál es su vida espiritual en la Iglesia? ¿Qué se creen que es la Iglesia? ¿La opinión de Bergoglio? ¿La Iglesia está en la mente de Bergoglio? ¿El camino para salvarse en la Iglesia es aceptar la mente de Bergoglio? ¿Se está en comunión con la Iglesia porque se obedece la mente de Bergoglio? ¿Cómo la comunión en la verdad puede surgir sometiendo el entendimiento a la herejía de un hombre? ¿Es eso posible?¿La verdad nace del disparate de Bergoglio? ¿La verdad se encuentra en las estupideces que dice Bergoglio todos los días? ¿Qué es la verdad para muchos católicos? ¿Es amar a Cristo en el Altar y después amar a un hereje como Papa? ¿Se puede amar a Bergoglio como Papa y no odiar a Cristo como Rey de la Iglesia?

Muchos no saben responder a estas preguntas porque ya no les importa la verdad en la Iglesia. Sólo van con la masa: con lo que dicen muchos, con lo que opinan muchos. Y, ante un discurso blasfemo de un hombre sin conocimiento de la verdad, siguen con la boca abierta, con la sorpresa de haber encontrado al gran reformador de la Iglesia.

Si ciega está toda la Jerarquía con respecto a Bergoglio, más ciega están todos los católicos que se creen algo por tener a Bergoglio como Papa verdadero, sabiendo que es un hereje contumaz.

¡Qué gran ignorante es Bergoglio y cómo lo ha demostrado en su discurso en la ONU!

Bergoglio: oso blanco

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«convertirse no es un acto de voluntad,…es una gracia» (Homilía – 18 de noviembre – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 13 y 14).

Así abre su homilía un hombre que no es Papa.

Muchos se preguntan si Bergoglio, siendo Papa, puede ser hereje. Y es una pregunta falsa, porque ningún Papa puede caer en la herejía. Un Papa nunca es hereje, nunca cae en la herejía. Este es el dogma del Papado, que a nadie le importa discernir.

Si Bergoglio dice herejías cada día, entonces, es claro que no es Papa. Clarísimo. Es un falso Papa. Esto es lo que muchos no disciernen. Tienen miedo, y dicen: hay que unirse al Papa Francisco, hay que estar en comunión con él. Este es el gravísimo error de muchos católicos y de muchos teólogos.

Hay que preguntarse: ¿cómo siendo Bergoglio un hereje, la Jerarquía lo ha elegido para ser un falso Papa?¿Qué pasó realmente en ese Cónclave para ser elegido un hereje y ser puesto como lo que no es ni puede ser, Papa? ¿Qué hay detrás de la Jerarquía? ¿Es toda ella verdadera? ¿No habrá una Jerarquía falsa? ¿Son todos santos en la Iglesia para colocar a un hereje como lo que no es? ¿Es eso la santidad en la Iglesia? ¿Queremos este tipo de santidad que no discierne entre la verdad y la mentira? ¿Queremos católicos que no sepan lo que es el pecado de herejía?

Esta es la pregunta: ¿Qué hay detrás de la renuncia del Papa legítimo, Benedicto XVI, que hizo que toda la Iglesia cayera en el gran engaño? ¿Por qué los Cardenales han engañado a toda la Iglesia poniendo un falso Papa? ¿Por qué han dado su consentimiento al gobierno horizontal de Bergoglio? ¿No saben que el gobierno horizontal anula el Papado? Los católicos de a pie ¿saben lo que es la verticalidad en la Iglesia? ¿Saben discernirla de la horizontalidad? ¿Saben que la obediencia a la Jerarquía sólo es posible en el gobierno vertical de un Papa, pero que no se puede dar en el gobierno horizontal de un falso Papa?

Hay tanta gente ignorante de lo que es la Iglesia, de lo que es Pedro, de lo que es la Jerarquía que, después, ante las palabras de Bergoglio sólo saben decir: qué bien habla este hombre, qué sencillez, cómo explica las cosas para que todos entiendan.

«Quita el libre arbitrio, y no habrá que salvar; quita la gracia y no habrá de dónde venga la salvación» (San Bernardo). La conversión es realizada por la gracia de Dios y por la voluntad del hombre. Por las dos. No se puede quitar la voluntad. Esto es lo que enseña la Iglesia:

«ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco, sin la gracia de Dios, puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo delante de El» (D 797).

No se puede decir que «convertirse no es un acto de la voluntad». Decir esto lleva a poner al hombre en la justicia original: todos somos santos, justos. Ya no hay pecado.

Jesús es el que llama a la puerta del corazón, pero el hombre tiene que abrir esa puerta con su voluntad. No es suficiente la llamada de Dios, la inspiración: hay que aceptarla o rechazarla.

Bergoglio quitó el libre albedrío, la voluntad libre. Por tanto, Bergoglio dice que el hombre está ya salvado. Ya no hay nada que salvar, que el hombre no tiene nada que hacer cuando recibe la gracia, porque ya está salvado. Esto no es el magisterio de la Iglesia. Pero como a los católicos les importa un bledo lo que enseña o no la Iglesia, siguen manteniendo a un impostor como lo que no es, Papa.

Hoy toda la Iglesia quiere a uno que no es Papa: lo está siguiendo, lo está obedeciendo, se ha unido a su mente, está haciendo caso a su doctrina no papal, no magisterial.

Y, después, salen con una payasada: Burke, el 15 de noviembre, en una conferencia sobre el matrimonio «pidió a los fieles católicos que escribiesen al Papa Francisco y a los representantes de la jerarquía en el Sínodo para expresar su opinión contraria a dar la comunión a esas personas» (ver referencia).

Esto no es serio. ¿Por qué quieren pedir a un hereje que no dé la comunión a los malcasados?¿Para qué le van a escribir a una persona que ya da la comunión a los malcasados?¿Por qué quieren perder su tiempo con un hombre que está de acuerdo en destruir la doctrina católica del matrimonio y de la familia? No tiene ningún sentido.

Burke, viendo qué ha pasado en el Sínodo, ha quedado ciego. No sabe oponerse a Bergoglio como falso Papa. Se le está oponiendo como Papa verdadero: he aquí su ceguedad. El fruto: su payasada.

Escribe a Bergoglio y le dices que se vaya a un monasterio para expiar su pecado de usurpar el Trono de Pedro. Esto es lo que hay que escribir. Pero, como en la mente de estos hombres, Bergoglio es Papa, entonces no es hereje. Y si es hereje, hay que callar su herejía.

Los absurdos en que cae toda la Jerarquía para mantener a un hereje como Papa, silenciando su clara herejía. No se ponen en la verdad. Ya nadie escucha la Verdad en la Iglesia. Ya nadie dice la Verdad en la Iglesia.  Están en la Iglesia ocultando la Verdad: Bergoglio no es Papa.

Cuesta decir que Bergoglio no es Papa. Quien lo dice se queda en la calle, sin nada. Y esto es lo que no se quiere perder: la comida para el estómago. Hay que seguir la mente de un hombre, aunque se sepa que su doctrina no es papal.

Una vez que ha dicho esto, Bergoglio habla de cosas insensatas, pero lo principal está aquí:

«“He aquí, Señor, yo doy la mitad de lo que poseo a los pobres, y si he robado a alguien” —mucho— “restituyo cuatro veces más”: esta es una regla de oro. Cuando la conversión llega a los bolsillos, es segura. ¿Cristianos de corazón? Todos. ¿Cristianos de alma? Todos. Pero, ¿cristianos de bolsillos? Pocos».

¿Cuál es la señal de que un alma se ha convertido?

No es aceptar la gracia de la conversión, porque la voluntad no juega ningún papel. No es hacer oración y penitencia, ni cumplir con los mandamientos de Dios. Los que van a misa y dicen sus oraciones, este hombre les llama así: «Es el cristianismo, la espiritualidad de la comodidad».

¿Cumples con la ley de Dios, con la ley de la Iglesia? Entonces eres un católico cómodo. Y, además, es un pecado: «es un estado de pecado: la comodidad espiritual es un estado de pecado». ¡Mayor salvajada no se puede decir en pocas palabras! Se llama comodidad al cumplimiento de la ley de Dios. ¡Gran locura la de este hombre! Y este desatino le lleva a su descalabro: ¿dónde se ve la conversión?:

Es cuando el hombre saca su cartera, enseña sus billetes y los ofrece al que no tiene. Esta es toda la enseñanza de este hombre: «Cuando la conversión llega a los bolsillos, es segura»

Fuera la penitencia, la expiación, fuera el cumplir con la ley de Dios: dame tu dinero para mis pobres. Hagamos una economía para los pobres, para darles dignidad, para quitar el hambre del mundo. Por eso, decía dos días después:

«El hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna» (Conferencia en la FAO – 20 de noviembre del 2104 – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 1).

Si la conversión es dar dinero, entonces el problema es el capitalismo, la mala economía de los gobiernos, que no atienden a los pobres, a los hambrientos. Dignidad, no limosna:

«Duele constatar además que la lucha contra el hambre y la desnutrición se ve obstaculizada por la «prioridad del mercado» y por la «preeminencia de la ganancia», que han reducido los alimentos a una mercancía cualquiera, sujeta a especulación, incluso financiera» (Ib.).

Bergoglio sólo lucha por quitar el hambre, pero no lucha para quitar el pecado de avaricia, de usura, de injusticia, de orgullo, que todos los hombres tienen. Y, ¿por qué no lucha? Porque todos los hombres son santos: «convertirse no es un acto de voluntad,…es una gracia». Luego, el pecado «no es una mancha que hay que quitar del alma», sino un problema social, económico, político, cultural, porque los hombres no han aprendido a pensar bien, no han alcanzado la conciencia de la humanidad:

Es que es necesario «escuchar el llamado de esta Conferencia y lo considere una expresión de la común conciencia de la humanidad: dar de comer a los hambrientos para salvar la vida en el planeta» (Conferencia en la FAO – 20 de noviembre del 2104 – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 4).

Esta frase es el resumen de su pensamiento:

  1. La común conciencia de la humanidad: idea masónica
  2. Dar de comer a los hambrientos: idea comunista
  3. Salvar la vida en el planeta: idea protestante

Las tres ideas que siempre cabalgan en la mente de Bergoglio. Esto es Bergoglio y no es más que esto. Lo demás, su palabrería, para llenar cuartillas de tonterías todos los días.

Las palabras de Bergoglio van en contra de toda la Sagrada Escritura.

¿Qué necesita el hambriento? Limosna, no dignidad:

«No arrebates al pobre su sostén, no vuelvas tus ojos ante el necesitado» (Eclo 4, 1).

«Pobres siempre tendréis», para que las almas hagan sacrificios por sus pecados. Cristo no luchó por quitar la pobreza ni la miseria ni humana ni material de las personas. Cristo luchó para que las almas se abrieran a la gracia, dieran su voluntad al Plan de Dios sobre cada una de ellas.

¿Por qué el hambriento necesita limosna y no dignidad?

«la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas , y es un regalo la limosna en la presencia del Altísimo para todos los que la hacen» (Tob 4, 10,11). La limosna libra de caer en el infierno y del purgatorio: expía los pecados. Y es un mérito del alma ante Dios: se consiguen más gracias.

Bergoglio sólo se dedica a su negocio en el Vaticano. Y a nada más. Anula la obra de la Redención con su teología de la liberación. Esto es clarísimo, pero a nadie le interesa decirlo. Todos hacen propaganda a un hereje, a un cismático, a un hombre de negocios en el Vaticano. Se fue a pedir dinero a las FAO; predica que le den dinero en sus homilías. Bergoglio es el hombre del dinero, de la bolsa: es el nuevo Judas.

Bergoglio no es la voz de los católicos; no es el Vicario de Cristo, sino que es el Oso Blanco, ya profetizado:

«Escucha, hija Mía, y repite después de Mí: el Oso Marrón del comunismo, de inclinación roja, buscará devorar al Santo Padre, tu Vicario el Papa, por medio del asesinato, y colocar en la Silla de Pedro una marioneta comunista conocida por todos como el Oso Blanco.  Hija Mía e hijos Míos del mundo, el desastre está por venir en Roma si esto sucede» (Nuestra Señora a Verónica, 18 de Junio, 1991).

Bergoglio: títere comunista, un juguete del comunismo, una cara para despreciar y olvidar.

El oso corresponde a la segunda bestia de Daniel: «Y he aquí que una segunda bestia, semejante a un oso, y que tenía en su boca entre los dientes tres costillas, se estaba a un lado y le dijeron: Levántate a comer mucha carne» (Dn 7, 5).

El segundo reino corresponde al tiempo del Islam, enemigo de la Iglesia. Es una ideología muy simple, con una moral cómoda, que halaga las pasiones del hombre, y con un fanatismo religioso que se apoderó de las masas con suma facilidad. Es una religión que destruye la verdad del alma, de la vida del hombre, con lo que más le gusta el hombre: placer y violencia. Por eso, se difundió rápidamente por toda Europa. Es el oso marrón del comunismo. El islam se inclina a la ideología comunista: se apodera de los bienes privados y los comparte con los demás.

El oso marrón es el que devora con la fuerza, con la propaganda de la guerra.

El oso blanco es el que tritura las almas con la propaganda del comunismo, de la teología de liberación, propia de Bergoglio y su clan masónico, que es una violencia, una dictadura a la Verdad.

Fue devorado Benedicto XVI y fue colocado, en la Silla de Pedro, una marioneta, un juguete, un títere del comunismo.

Títere que ha consolidado en el Vaticano su gobierno horizontal, con el cual anula el Papado en la Iglesia.

Títere que ha tenido un solo objetivo: hacer su negocio, una vez alcanzado el poder.

Eso es para lo que ha vivido Bergoglio, desde que quiso entrar como sacerdote: ha escalado posiciones hasta llegar a lo que él quería. Y él lo sabe.

Ya no es tiempo de presentar las herejías de Bergoglio, porque todo el mundo las ve, aunque todo el mundo las trate de callar. Y quien no las vea, es que sigue soñando despierto con una nueva primavera en la Iglesia.

Es claro lo que es Bergoglio. Él sabe que es un hereje. Toda la Jerarquía sabe que es un hereje. Los fieles saben que es un hereje. Sus más íntimos amigos saben que es un hereje.

¿Cómo hay que luchar, ahora, en la Iglesia?

Huyendo de las parroquias, de las capillas, de la Jerarquía falsa. Huyendo.

Se ha cumplido un tiempo: el tiempo para discernir lo que sucede en la Iglesia. Ellos, los malos, los herejes contumaces, van a levantar su falsa iglesia. Van a cambiarlo todo. Y ya no van a escuchar a nadie: o estás con un hereje o no lo estás. O haces comunión con la mente de un hereje o no haces comunión, te vas a tu casa.

Los sacerdotes están pidiendo a la gente que no vea las herejías de Bergoglio y lo acepten con sus herejías: eso es una abominación en la Iglesia. Eso es ocultar la verdad en la Iglesia. Eso es destruir las almas.

Nadie quiere la verdad, a nadie le interesa la verdad. Todos defienden su parcela en la Iglesia, sus intereses.

Ahora, es necesario combatir de otra manera. Viene un tiempo para levantar la falsa iglesia. Se cumplió el tiempo de consolidar el gobierno horizontal. Por eso, los profetas verdaderos van callando. Dios hace silencio. Los que siguen hablando son los falsos, que deben apoyar todo lo que pasa en la falsa iglesia.

Ahora los que hablan son la falsa jerarquía. Los buenos son silenciados.

Viene el tiempo en que Benedicto XVI tiene que huir de Roma, a sus años, ayudado por los Cardenales, porque van contra él. Él es la roca, la piedra. Y mientras siga vivo, el demonio no puede obrar lo que quiere.

La Iglesia no es lo que los hombres quieren, sino lo que el Espíritu obra. Y en esta purificación de la Iglesia, hay que presenciar la abominación de la desolación en Roma. Una vez que se vea eso, comienzo el tiempo de la gran angustia, de la gran tribulación.

Los tiempos ya se acortan porque ya ha comenzado la Justicia en la Iglesia: caerán muchas cabezas porque han sido infieles a la gracia y a la obra del Espíritu Santo en la Iglesia.

Un hereje piensa en la madre tierra, un hereje ama la maldita tierra:

«Aquí pienso en nuestra hermana y madre tierra, en el planeta, si somos libres de presiones políticas y económicas para cuidarlo, para evitar que se autodestruya» (Conferencia en la FAO – 20 de noviembre del 2104 – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 4).

Es en lo que cree Bergoglio: en  la pachamama o en la fuerza cósmica.

Los católicos sólo creen en Dios y lo aman por encima de todos los hombres y de toda la creación. La libertad se da al hombre, no para cuidar la tierra, sino para cuidar la ley divina, la ley eterna. Se es libre para someterse a la mente de Dios, a sus mandatos, a su Voluntad. No se es libre para buscar una política ni una economía para adorar la creación.

Si quieren creer en la pachamama, sigan a ese idiota. Si quieren permanecer  en la verdad, huyan de ese idiota.

Los falsos católicos

engaño

«Resulta casi imposible para la conciencia de muchos, hoy día, el llegar a ver que tras la realidad humana se encuentra la misteriosa realidad divina. Este es, como sabemos, el concepto católico de la Iglesia» (Informe sobre la fe – Cardenal Joseph Ratzinger – Capítulo XI, Hermanos, pero separados, pág 173).

La Iglesia es un Misterio Divino, que los hombres no pueden percibir con sus mentes humanas ni con sus obras en la vida.

El Misterio de la Iglesia sólo se percibe en el Espíritu Divino, no en los caminos de los hombres, ni en sus esfuerzos humanos para hacer Iglesia. La Iglesia es únicamente la Obra del Espíritu en cada alma. Las almas necesitan apoyarse en el Espíritu para ser Iglesia.

Dos iglesias se ven en el Vaticano:

  1. la Iglesia remanente: que descansa en el Papa legítimo, Benedicto XVI; Papa hasta la muerte; Papa que no gobierna, pero que posee el Primado de Jurisdicción, el Poder Divino, por la Gracia de Su Papado.

  2. la iglesia modernista: que se levanta en el falso papa Bergoglio; falso, porque no tiene el Espíritu de Pedro, no ha sido llamado por Dios a recibir esa Gracia, la del Papado; y que enseña una doctrina falsa, que no se apoya en el Magisterio auténtico de la Iglesia ni en la Tradición.

Muchos dicen que lo que hace Bergoglio es responsabilidad de los anteriores Papas o del Concilio Vaticano II. Y, por tanto, si se critica a Bergoglio hay que criticar también a los otros Papas y al Concilio. Y se equivocan, porque Bergoglio no da continuidad al Papado, sino que es su destrucción, su aniquilación, su degeneración.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, que es lo que nunca han hecho los otros Papas. Bergoglio no es sólo apostasía, sino cisma dentro del mismo Vaticano. Y, por eso, se le puede atacar y juzgar, porque no representa a la Sede Apostólica.

Esta división está en el ambiente eclesial: existen los falsos católicos. Y, más que nunca, se perciben en esta gran división que se ve en Roma.

Dos Papas, dos iglesias, dos doctrinas, dos Jerarquías, dos fieles: uno verdadero, otro falso.

Mons. Lefebvre provocó un cisma en la Iglesia, ordenando cuatro Obispos para la FSSPX:

«Ese acto ha sido en sí mismo una desobediencia al Romano Pontífice en materia gravísima y de capital importancia para la unidad de la Iglesia, como es la ordenación de obispos, por medio de la cual se mantiene sacramentalmente la sucesión apostólica. Por ello, esa desobediencia –que lleva consigo un verdadero rechazo del Primado romano– constituye un acto cismático (can. 751)…» (Carta Apostólica Ecclesia Dei, 2-VII-1988, Beato Juan Pablo II).

Desde ese momento, surgieron en la Iglesia los falsos católicos: católicos que se mantenían en la Tradición, pero opuestos al Magisterio de la Iglesia, opuestos al Papa reinante:

«La raíz de este acto cismático se puede individuar en una imperfecta y contradictoria noción de Tradición: imperfecta porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la Tradición, que —como enseña claramente el Concilio Vaticano II— arranca originariamente de los Apóstolos, “va progresando en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo…” (DS 3.020). Pero es sobre todo contradictoria una noción de Tradición que se oponga al Magisterio universal de la Iglesia, el cual corresponde al Obispo de Roma y al Colegio de los Obispos. Nadie pude permanecer fiel a la Tradición si rompe los lazos y vínculos con aquél a quien el mismo Cristo, en la persona del Apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia (DS 3.060(Ib., n-3).

No se puede ser fiel a la Tradición si se rompe con el Papa: no se puede ser católico si se juzgan a todos los Papas después de Pío XII, si se juzga un Concilio como falso, como herético.

En el Papa –y sólo en el Papa-, no en la Tradición, está la unidad en la Iglesia. Fuera del Papa, sólo hay clara división.

Lefebvre y su comunidad rompieron con la unidad, rechazando la sujeción al Romano Pontífice; y comenzaron a gobernarse a sí mismos, como una nueva iglesia cismática, trabajando en todas partes y haciendo que la apostasía creciera en la Iglesia. Ellos, los lefebvristas, son en parte culpables de la apostasía de la fe en 50 años. Y mucha culpa ha tenido su obra:

«el éxito que ha tenido recientemente el movimiento promovido por mons. Lefebvre puede y debe ser, para todos los fieles, un motivo de reflexión sincera y profunda sobre su fidelidad a la Tradición de la Iglesia, propuesta auténticamente por el Magisterio eclesiástico, ordinario o extraordinario, especialmente en los Concilios Ecuménicos desde Nicea al Vaticano II. De esta meditación todos debemos sacar un nuevo y eficaz convencimiento de la necesidad de ampliar y aumentar esa fidelidad, rechazando totalmente interpretaciones erróneas y aplicaciones arbitrarias y abusivas en materia doctrinal, litúrgica y disciplinar» (Ib., n-5.a).

Muchas iglesias locales, muchos católicos no respondieron a esta exigencia apremiante del Papa: a ser fieles a la verdadera Tradición, y se pasaron al enemigo, porque ellos defienden también la Tradición.

El Concilio Vaticano II no produjo la apostasía de la fe, porque ese Concilio, en sus textos, no contiene ninguna herejía. Lo que obró esa apostasía es  renunciar muchos a la sujeción al Papa: unos, por maldad, porque son una falsa Jerarquía, lobos vestidos de corderos, que viven de sus herejías escondidas en sus ministerios; y otros, como Lefebvre y los suyos, por clara desobediencia al Papa, clara rebeldía.

Lefebvre condena a la Iglesia viva y concreta del Papa Juan Pablo II: «No se puede seguir a esa gente, es la apostasía, no creen en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo… Procedamos a la consagración [de Obispos]». (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llama cismático al Papa Juan Pablo II y a la Iglesia que gobierna: «¿Un cisma?… Si es que hay un cisma, más bien está en el hecho del Vaticano en Asís y […] está en la ruptura de la Iglesia con su Magisterio tradicional. La Iglesia contra su pasado y su Tradición no es ya la Iglesia católica; y por eso para nosotros es indiferente ser excomulgados por esta Iglesia liberal, ecuménica, revolucionaria» (ib. 576).

Duras palabras de un hombre sin fe, que se creyó que él era necesario para impedir que la Iglesia se derrumbase por un precipicio de herejías y de sacrilegios:

«Pienso yo que aparentemente será un acto de ruptura con Roma, lo que será grave. Y digo que “aparentemente”, porque pienso que ante Dios es posible que mi gesto sea un gesto necesario para la historia de la Iglesia, para la continuación de la Iglesia […], del sacerdocio católico. Así pues, no digo yo que un día no lo haga, pero en unas circunstancias todavía más trágicas» (ib. 571).

La Iglesia, para salvarse, no tiene necesidad de ningún hombre, de ninguna comunidad, de ningún apostolado humano. Porque la Iglesia es la Obra del Espíritu de Dios, no es la obra de ningún hombre. No son necesarios los lefevbristas para salvar a la Iglesia de lo que presenciamos actualmente en Ella. No es necesaria la FSSPX ni ninguna de las comunidades que han surgido por esta obra cismática de Lefebvre.

Es la Iglesia la que salva a los hombres; es la Iglesia unida al Papa legítimo la que da el camino de salvación. Porque la Iglesia es Cristo, Su Cuerpo: no es un conjunto ni de hombres ni de obras humanas. Es el Espíritu de Cristo el que obra y vive en cada alma unida a Él, en la Gracia. Es la Gracia de Cristo la que salva al alma en la Iglesia. Es la Gracia del Papado, la que salva a los hombres: es ser fiel a esa gracia, ser fiel al Papa, obedecerle en todo.

Muchos falsos católicos, que asumen, de una u otra manera, este espíritu cismático de Lefebvre, se creen salvadores de la Iglesia, y son sólo instrumentos del demonio para que la apostasía de la fe siga creciendo en toda la Iglesia.

La obra cismática de Lefebvre:

  1. conduce derechamente al sedevacantismo: porque no se puede sostener que si Roma ha caído en la herejía («Roma está en las tinieblas» [Tissier 575]; «Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía» [Tissier 578]), el Papa siga siendo el Vicario de Cristo. Si hay un Papa envenenado de modernismo, si hay un Papa hereje, entonces es clara la Sede Vacante, pues no es verdadero Papa el que cae en pecado de herejía.

  2. lleva al libre examen: no hay continuidad entre el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II y el actual. Hay enfrentamiento con todos los Papas después del Concilio, con sus discernimientos, con sus mandatos, con sus enseñanzas. Ya no es Roma la que habla, la que decide, la que muestra el camino, sino que es la propia interpretación del individuo lo que prevalece. Y, por eso, muchos católicos ya no saben obedecer a la Jerarquía, no saben ser humildes, no ven la Voluntad de Dios ni en los Obispos, ni en los sacerdotes, ni en las obras apostólicas que se hacen en la Iglesia.

Hay muchos católicos que se paran en Pío XII, y sólo ven la Tradición y el Magisterio anterior al Vaticano II. Se quedaron ahí. Lo demás, ya no sirve: lo interpretan según sus ideas humanas. Se convierten en los nuevos fariseos y saduceos de la Iglesia, que combaten al mismo Cristo, en Pedro y en su Cuerpo Místico. Combaten a los mismos católicos.

Falsos católicos es lo que vemos por todas partes. Y esos falsos católicos no saben discernir a Bergoglio. Lo tienen como un Papa material, no formal.

No existe un Papa material, que es como muchos ven a Bergoglio: está sentado en la Silla de Pedro, se viste como un Papa, obra actos propios de un Papa, pero su herejía le imposibilita ser Papa formal.

Muchos, sin caer en el sedevacantismo, tienen que hacer esta interpretación filosófica del dogma: tienen que dar un rodeo en su mente para no caer en el espíritu cismático del sedevacantismo. Y, por eso, dicen: sí, Bergoglio es Papa, pero material, no formalmente.

Y es un absurdo esta interpretación, que es libre: es una interpretación protestante de la situación de la Iglesia. No se quiere captar la realidad invisible de la Iglesia.

No ven el acto infalible del Papa Benedicto XVI en su renuncia. No disciernen este punto fundamental. No ven a Benedicto XVI como el Papa legítimo, a pesar de su renuncia. Y temen caer en la Sede Vacante.

Siendo el Papa Benedicto XVI el verdadero, es infalible cuando enseña en la Iglesia. Y su acto de renuncia al gobierno de Roma es un acto infalible: está enseñando como Papa; es la obra de su gobierno infalible en el Papado.

Benedicto XVI no falló en lo que le pedía Dios: renunciar. Sí falló en el modo de renunciar. Cometió un pecado, pero su acto de renuncia fue infalible.

En todo Papa hay que ver su infalibilidad y se impecabilidad. El Papa es infalible e impecable como Cabeza Visible de la Iglesia; pero sigue siendo pecador como hombre, que es.

La santidad del Papa, como cabeza visible de la Iglesia, es distinta de la santidad del Papa como hombre, como alma unida a Cristo en la Iglesia.

La Iglesia es en Pedro, en la Santidad ontológica de Pedro como Cabeza Visible. Pedro, como hombre, sigue siendo pecador.

Jesús, que es el Santo de los Santos, elige para Su Iglesia una Cabeza Visible Santa. Por la razón de ser Cabeza, el Papa tiene la gracia de no pecar, ni como Cabeza, ni como hombre.

La Iglesia es Santa, aunque sus miembros sean pecadores. Hay una Santidad ontológica que lleva a una santidad moral en sus miembros y, por tanto, lleva a hacer obras morales santas.

La Iglesia es Santa, no es pecadora. El Papado es Santo, de manera ontológica. Y esta santidad ontológica lleva a efecto la santidad del Papa como hombre. Esta santidad ontológica no es caer en la papolatría, sino dar al Papa, como Cabeza Visible de la Iglesia, lo que es en la Iglesia, lo que Jesús ha puesto en Pedro, en el Papado, en toda la Jerarquía.

Caer en la papolatría o franciscomanía es a un hereje, como Bergoglio, llamarlo santo. Es de un hombre hereje, pecador, cismático, proclamarlo santo, justo, por las obras exteriores humanas que hace.

Benedicto XVI, en su renuncia, hizo dos cosas:

  1. un acto infalible: enseñó que no quería gobernar más la Iglesia. Fue una enseñanza infalible. No se equivocó el Papa en esa obra. Dio la Verdad a la Iglesia;

  2. un pecado como hombre: dio su obediencia al nuevo Papa que los Cardenales iban a elegir. Este pecado, en el Papa, no se puede seguir, no se puede imitar. Es un pecado como hombre, no como Cabeza Visible.

Hay que someterse a la renuncia del Papa legítimo; pero no hay que someterse a su pecado como hombre.

Este discernimiento es muy necesario si se quiere comprender qué significa la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Benedicto XVI se retiró del gobierno de la Iglesia porque así se lo pidió Dios. Pero fue una renuncia forzada por los hombres. No fue una renuncia libre. Y, por eso, el Papa no pudo elegir libremente lo que quería hacer en la Iglesia: no pudo huir de Roma y dedicarse a gobernar la Iglesia desde otra parte. Lo dejaron solo en el gobierno de la Iglesia. Y solo no se va a ninguna parte.

Benedicto XVI no pudo alertar a toda la Iglesia de la situación gravísima en la que estaba: hablar sería morir, ser quitado de en medio, como con todos los Papas anteriores se ha hecho.

Benedicto XVI sólo pudo retirarse al silencio y a la soledad, a un retiro monacal, que es donde permanece. Pero se retiró mal: en obediencia a un impostor.

Este pecado es sólo del Papa como hombre, pero no del Papa como Cabeza Visible de la Iglesia. Es un pecado personal que le condiciona en su retiro, en su soledad. Y, por eso, tiene que estar sometido a Bergoglio, de alguna manera.

Este pecado sólo Dios lo puede juzgar en el Papa. No le toca a la Iglesia juzgarlo. A la Iglesia sólo le toca discernir lo que ve en Roma, para poder seguir siendo Iglesia.

La Iglesia tiene que ver el magisterio infalible de Benedicto XVI en su renuncia: es decir, tiene que retirarse al desierto, tiene que vivir en silencio, en la soledad de todo lo humano. Y la razón: porque así lo enseña el Papa en su renuncia.

Un Papa legítimo siempre enseña en la Iglesia, aunque haya renunciado al gobierno de Ella.

Un Papa legítimo siempre es el que marca el camino de la salvación y de la santificación a toda la Iglesia. Benedicto XVI está enseñando a toda la Iglesia lo que tiene que hacer en estos momentos, está marcando el camino en su soledad, en su retiro monacal. Y los católicos no quieren aprender del Papa a caminar en la Iglesia. Y, por eso, se confunden: están pendientes de un impostor, de uno que no es Papa, de un falsario del Papado. Y no están pendientes de su Papa legítimo, que siempre es Voz de Cristo en la Iglesia. Siempre.

Los católicos verdaderos tienen que retirarse al desierto. No tienen que estar metidos en esta gran división, porque van a perder la fe a manos de los falsos católicos, de esos fariseos que quieren ser tradicionales pero sin 50 años de Papado, de magisterio auténtico de la Iglesia.

Hay muchos católicos que hacen caso de estos falsos católicos, y van perdiendo la fe verdadera. Si la obra de Lefebvre tuvo tanto éxito en su tiempo, la obra de Bergoglio va a tener un éxito enorme.

Sin con Lefebvre, los católicos no hicieron caso de un Papa legítimo, ahora menos van a hacer caso de Benedicto XVI en su retiro, en su renuncia. Ahora es cuando van a ser arrastrados por la corriente herética y cismática, no solo de los lefebvristas y compañía, sino de todo lo que está levantando Bergoglio en Roma.

Son pocos los católicos que han comprendido la retirada del Papa legítimo. Y, por eso, son pocos los que llaman a Bergoglio por su nombre: falso papa en una falsa iglesia.

Los falsos católicos lo llaman papa; y no comulgan con él por su herejía. ¿Cómo es que lo seguís llamando Papa? Han quedado ciegos.

Y los católicos tibios no saben quedarse ni en uno ni en otro: todo es una de cal y otra de arena. Ahora están con Bergoglio, porque ha dicho algo interesante; ahora no están, porque dice tonterías. Son tibios en su fe: no se apoyan en la verdad de un Papa, sino en la mentira de un hombre que no es Papa.

Lefebvre fue excomulgado y murió excomulgado. ¿Por qué lo llaman santo? ¿Por qué lo defienden? ¿Por qué hacen caso de su obra? Es un demonio encarnado, igual que Bergoglio. Es un demonio que ha levantado otra iglesia, que quiere tener todo lo de la Iglesia católica, quitando aquello que les lleva a su cisma.

Bergoglio quiere, dentro de los muros del Vaticano, levantar su propia iglesia y llamarla también católica, pero sin nada de su doctrina. Un catolicismo sólo en el término universal de la palabra, pero no en la sustancia de su contenido: no son católicos para una verdad, sino para un sistema global, universal, externo, donde entran todo y todos los hombres.

Bergoglio y Lefebvre son la causa de la apostasía de la fe: uno, por su clara herejía, desde siempre, en la Iglesia: es un lobo que lleva almas al infierno, con su palabrería inútil y estúpida; y el otro, es un fariseo de la tradición de la Iglesia: quiere limpiar el plato por fuera, pero su corazón está lleno de odio hacia el Papado, que es el que da la unidad en la Iglesia.

La Iglesia no está ni en Bergoglio ni en Lefebvre; no está en la FSSPX. La Iglesia sigue estando en su Papa legítimo, Benedicto XVI. Está ahora en Sede Vacante en cuanto al gobierno, pero no en cuanto al Primado de Jurisdicción: nadie gobierna la Iglesia. Sólo Cristo la rige sin la Jerarquía. Este punto, no lo saben discernir toda esa gente. Cuando muera, Benedicto XVI, es el tiempo de la destrucción de la Iglesia. Destrucción en cuanto a lo material, no a lo espiritual. Destrucción que ya se observa en muchas partes. Será el tiempo de la persecución de los verdaderos católicos: los bergoglianos y los lefebvristas perseguirán a la verdadera Iglesia, porque ellos se unirán en el odio a la verdad, para implantar su mentira.

Bergoglio representa el poder romano; los lefebvristas, el poder farisaico. Y, como en el tiempo de Jesús, se unirán para dar muerte al Cuerpo Místico de la Iglesia.

La falsa vidente Luz de Maria

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  1. 1. 26: «¿Por qué sigue Cristo sufriendo y manifestándose aquí en la tierra?»: Cristo sufre en el Cielo, de una manera mística. Cristo sufre por los pecados de Su Iglesia, de Su Cuerpo Místico, es decir, por los pecados de sus almas, que conforman su Cuerpo. Cristo no sufre porque sufre el hombre en la tierra. Cristo no se manifiesta porque los hombres obran en la tierra. Es Cristo quien sufre, no son los sufrimientos de los hombres la señal del sufrimiento de Cristo. Cristo se manifiesta en los corazones de los humildes, no en las obras ni en las vidas de las personas. Cristo vive en el corazón, no en la mente ni en la voluntad de los hombres. Cristo no está en los hombres, unido a ellos. Es el hombre el que tiene que estar en Cristo. Y eso supone quitar el pecado, arrepentirse de él y luchar contra todo aquello que impide la unión con Cristo. Eso supone estar en Gracia.

  2. 3. 10: «Expertos en el amor crístico»: este amor no es del evangelio, sino del lenguaje de los hombres. Sólo existe el Amor de Dios. Lo demás, es pura cizaña. Es hablar para confundir. Cristo puso por obra el Amor de Su Padre. Es el Amor de Cristo al hombre. Es el Amor de Dios que Cristo ofrece al hombre. Y le da un camino para poder obrarlo: la Cruz. Es el único camino. No es un camino del hombre. El Amor de Dios no se puede obrar sin el Espíritu de Dios. Para eso, se necesita la Gracia que se da en los diversos Sacramentos. Para eso se necesita pertenecer a la Iglesia que Jesús levantó en Pedro. Hay que ser expertos en el amor católico, no en el amor crístico. En el Amor Divino que Cristo pone en Su Iglesia. Amor Divino que se da en la Gracia: si las almas no están en Gracia, no permanecen en Ella, no son fieles a Ella, no perseveran en la Gracia, no hay Amor de Dios en la Iglesia, no hay amor católico. El amor católico es el Amor Divino que se da en la gracia divina: es un amor divino que lleva a la salvación y a la santidad del alma y de la Iglesia. El amor crístico es querer meter a todos los hombres, a todos los que creen en Cristo, en una sola cosa, en una comunidad, en un grupo global.

  3. 4. 10: «Cristo necesita un pueblo fiel, no un pueblo unido a una determinada iglesia»: ya esto es lenguaje comunista y masónico, al mismo tiempo. Cristo sólo necesita Su Iglesia: la que ha puesto en Pedro. Cristo no necesita un pueblo y, mucho menos, un pueblo que no es iglesia, que no está determinado a una iglesia. Cristo ha puesto Su Iglesia Católica. Y sólo salva al hombre, al pueblo, dentro de esta Iglesia Católica. Si el hombre no se une, si el pueblo no se une a la Iglesia Católica, ese pueblo no se salva, ese hombre no se salva. Es la Iglesia la que salva al hombre; no son los hombres, no es el pueblo el que se salva. Hay necesidad absoluta de la Iglesia Católica para salvarse. Para eso Cristo necesita que el hombre fiel esté unido a la Iglesia, al Cuerpo Místico, que es Él Mismo. Y el hombre se une a la Iglesia obedeciendo a Pedro y a la Jerarquía. Aquí, esta falsa vidente anula a Cristo y anula la Iglesia católica como Cuerpo Místico.

  4. 4. 31: «(Cristo necesita) una humanidad conformada en su amor, en el amor crístico». Esto es ya hablar en términos de la Nueva Era: el hombre que se moldea según la inteligencia que tiene del amor. Cristo es un hombre para la Nueva Era, pero no Dios. Un hombre que ha practicado un amor hacia los hombres. Se trata de imitarlo, pero en el plano humano, material, apoyado en una falsa espiritualidad, que es un culto a la voluntad del hombre. Cristo, al poner Su Iglesia, no busca una humanidad en el amor, porque eso es imposible de realizar por el hombre. Cristo, al levantar su Iglesia en Pedro, que es la Verdad, sólo busca que cada alma se salve y se santifique. Y si cada alma procura eso, entonces irradia la salvación y la santificación en toda su vida: familiar, social, humana, carnal,… Pero si cada alma no busca esa salvación, entonces lo que el hombre encuentra, y a lo que el hombre se va conformando, es a su idea del amor, a su idea de lo que es Cristo, a su idea de una humanidad modelo, en que todos tengan para comer, para hacer el bien de muchas maneras. Dios no busca del hombre sus obras: no des a Dios tus obras, tu vida, tu mente. Dios busca del hombre su nada, su miseria espiritual y humana. Y cuando el hombre se pone en su nada, entonces Dios obra lo divino en él. Mientras el hombre quiera ser algo para Dios y para los hombres, Dios no obra nada, sino que deja en libertad al hombre para que viva su vida. Después, Dios juzgará a cada uno según sus obras, según la fidelidad o no a la Obra del Espíritu en su corazón. Hoy la gente va tras estos profetas de Baal, y sólo porque hablan bonito de las cosas del hombre. Hablan con un lenguaje sentimental, sensible, que capta el oído del oyente, pero que le deja lleno de demonios en su alma. ¡Pobres católicos que no han aprendido a discernir las palabras de una pobre mujer, que sólo habla tonterías, y que son engañados por esta mujer!

  5. 7. 30: «¿Por qué no entran los demonios? Porque el demonio no necesita tentar al hombre; está fuera de la tierra, tranquilo, porque ya el hombre ha excedido su pecado». Esto es desconocer el trabajo de las jerarquías del demonio en los hombres. Hay demonios que tientan a los hombres y, cuando han conseguido su objetivo, ya no les tientan; sino que se apartan para dejar que otra jerarquía los tiente de otra manera. Y, por eso, siempre el demonio necesita tentar al hombre. Y lo hace de muchas maneras, para conseguir lo que quiere. Si lo deja de tentar, el hombre se convierte, porque Dios siempre está ahí para dar su luz al hombre, para llevarlo del pecado a la gracia. Cuando un demonio ha dejado de tentar, es que la tentación se ha hecho más fuerte: el demonio toma posesión de ese alma en el pecado, y la va trabajando de otra manera. La va tentado, sobre todo, en el pecado de soberbia y de orgullo. Nunca el demonio está tranquilo, porque tiene la misión de llevar al hombre a la perfección del pecado. Cuando el hombre llega a esa perfección es por obra del mismo demonio, pero de una jerarquía más perfecta en el pecado. El hombre que ha excedido su pecado es el mismo demonio: se hace uno con el demonio. El hombre no está solo sin el demonio. Es imposible. Porque hay dos caminos para el hombre: o ser de Cristo o ser del demonio. No está el camino del hombre solo. Soy yo solo el que pienso, el que obra, el que vivo. Ese camino no existe. Porque en la vida espiritual se hace todo por un Espíritu: ya el de Dios, ya del demonio. Pero nunca el hombre está sólo; y menos cuando ha llegado a la perfección del mal.

  6. 8. 05: «voluntad crística»: en la Iglesia Católica sólo conocemos la Voluntad de Dios, no esta falsa voluntad crística. Una pseudovoluntad que nace de la mente de esta mujer; un lenguaje humano, pero no la Verdad del Evangelio. Es el lenguaje de la Nueva Era, representado en esa falsa vidente.

  7. 8. 16: «cada uno de nosotros es una pieza fundamental en ese gran rompecabezas que es la voluntad crística»: esto ya anuncia el pelagianismo de esta mujer. El hombre es pieza, el hombre es clave, el hombre con sus obras, es lo que importa en el mundo. La Voluntad de Dios no es un rompecabezas, sino el mismo Amor Divino. En la Voluntad de Dios no hay partes, no hay piezas. Cuando Dios crea un alma no crea una pieza de Su Voluntad; no crea un proyecto de Su Voluntad; no crea una Obra de Su Voluntad; no crea una Vida de Su Voluntad. Dios crea un alma de Su Amor. Y Dios enseña a ese alma a obrar, a vivir, a discernir la Voluntad de Dios. Dios crea un ser divino y lo hace hijo de Dios. Eso fue la Obra de Dios al crear el hombre, en Adán. Creó una naturaleza humana lo más semejante a Él en su Naturaleza Divina. Dios no crea, en Adán, una parte de su esencia divina. Dios crea semejanza divina en la naturaleza humana. Es un Misterio Divino. Y Adán tenía la misión de engendrar semejanza divina con su naturaleza humana: hijos de Dios que fueran al Cielo directamente. Esa Obra, Adán la destruyó con su pecado. Y Dios puso otro camino al hombre para llegar a lo que quiere con el hombre cuando lo creó. Y en este camino, el hombre no es una pieza, no es una parte de ningún rompecabezas; sigue siendo un ser, pero que nace con la semejanza del demonio en su carne, y que debe luchar toda su vida para alcanzar, con la gracia, la semejanza divina. Esta mujer habla así para poner la fuerza sólo en el hombre.

  8. 8. 38: «estamos aquí para dar testimonio de la presencia de Cristo y de la presencia de la Madre aquí en la tierra». En esta voluntad crística, cada hombre tiene que dar un testimonio de Cristo y de la Virgen. Se pone el acento en el esfuerzo del hombre. Estamos en la tierra para salvarnos o condenarnos. Y no hay otro camino. Y, por eso, la vida espiritual es una lucha, una batalla contra los diversos espíritus. Y no se puede dar testimonio ni de Cristo ni de Su Madre, si no se reconoce el Espíritu de Cristo, si no se discierne. Y aquel que no discierne, entonces acaba dando testimonio de una presencia: de lo que tiene en su mente, del engaño del demonio en su vida espiritual, que es lo que hace esta mujer: está dando testimonio de una presencia demoníaca, que ella dice que es de Cristo y de su Madre. Engañada por el mismo demonio, por no sabe discernir espíritus, acaba en este engaño para muchas almas. Así es un falso profeta, como lo están viendo en el video: cree que le habla Dios y es el demonio el que le comunica la mentira, pero disfrazada de muchas verdades.

  9. 9. 43: «Tenemos que cambiar nuestra conciencia y no ser uno más del mundo…debemos unirnos, formar una muralla impenetrable, porque el arma que usa el demonio es la división.. Cada uno tiene que ser consciente que es un instrumento de amor y de unión crística». La conciencia sólo cambia en la verdad, sólo se forma con la verdad, sólo se transforma en la verdad. La conciencia hace referencia al pecado de la persona. La Nueva Era, usa la palabra conciencia para referirse a la mente del hombre. Por tanto, este mujer clama el cambio de nuestra mente: no estar divididos en las ideas humanas: no importa la verdad, no importa tener la fe verdadera, no importa la iglesia a la que pertenezcas; lo que importa son las obras buenas cristianas. Hay que ser instrumentos de este amor crístico y de esta unión crística: un amor que lo concibe la mente del hombre, y una unión en la diversidad de mentes humanas.

¡Cuántos católicos siguen a esta falsa vidente! ¡Muchos!

Después, no saben discernir las palabras de Bergoglio. Le creen a esta mujer, necesariamente se ciegan con Bergoglio.

En el video (minuto 11.16) se ve a Giorgio Bonjovani diciendo que no importa si la gente tiene  a Jesús en su mente, hasta puede no creer ni siquiera en el Padre, ni en el Hijo, «lo importante es que me tiene en el corazón con sus sentimientos» .

Este es el resumen de la enseñanza de todo falso profeta. Esto es Bergoglio, Luz de María, el Anticristo y cualquiera que pone el sentimiento humano por encima de la Verdad.

Todo falso profeta llora por los hombres, pero es incapaz de llorar por sus pecados.

Todo falso profeta recurre siempre a la imagen del castigo de Dios por el pecado del hombre, pero para ensalzar al hombre: como los hombres se unen para hacer el mal, el hombre tiene que unirse para hacer el bien.

Todo falso profeta tiene que negar la verdad inmutable de muchas maneras, dando verdades a medias, produciendo confusión en el que le oye; y sólo ofreciendo un sentimiento al hombre, nunca una verdad a la que puede agarrarse. El falso profeta habla horizontalmente, nunca de manera vertical. Habla de Dios pero para convencer al hombre de hacer obras humanas: obras horizontales. Nunca habla de Dios para que el hombre obre su salvación, su santificación: que es una obra vertical.

Nunca el falso profeta puede llevar a Dios, a su conocimiento, a su amor; sino que siempre se queda en lo humano, en lo terrenal, para una comunidad de hombres.

¿Por qué leen a esta mujer, si es un demonio encarnado?

¿Por qué sigue a Bergoglio, si es un falso papa en una falsa iglesia?

¿A qué se dedican en la Iglesia si no han aprendido a discernir espíritus?

¿A juzgar a todos? ¿A hacer partidismos? ¿A alimentarse de lo bueno y de lo malo?

¡Es increíble la oscuridad, la división y el cisma que hay dentro de la Iglesia! Y nadie se da cuenta de lo que estamos viviendo. Nadie llama a las cosas por su nombre. Todos buscan un camino en que se excuse o se aplauda el pecado de los hombres.

Estamos en el tiempo del Anticristo, que es el tiempo de los falsos profetas, de la falsa jerarquía, de los falsos católicos, de los falsos religiosos y religiosas, de los falsos cardenales, de los falsos obispos y de los falsos papas.

Por tanto, estamos en el tiempo en que en Roma se ven dos iglesias: la verdadera y la falsa.

La verdadera: en el Papa legítimo Benedicto XVI;

La falsa: en el falso papa Bergoglio.

Y si en el Vaticano se vislumbran dos iglesias, también en todas partes, aparece esa división: en las capillas, en las parroquias, en las diócesis del mundo entero.

La Iglesia es una: pero la de Cristo. La de los hombres, es múltiple, diversa. Y si no aprenden a discernir estas dos iglesias, es que no saben ver lo que hay en Roma. Quedan engañados,

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