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Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

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Falsa obediencia, falso misticismo

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«Os traigo a la memoria, hermanos, el Evangelio que os he predicado, que habéis recibido, en el que os mantenéis firmes…» (1 Cor 15, 1).

Bergoglio no trae a la mente de los hombres el Evangelio de Jesucristo. Su noción del Evangelio es una reforma social, una economía para las clases más pobres, una cultura del encuentro para caer bien a todo el mundo.

Bergoglio está, no sólo influenciado por la teología de la liberación, sino metido de lleno en una falsa espiritualidad y un falso misticismo, propio de la falsa iglesia que está levantando.

Bergoglio no puede comprender la Palabra de Dios, la esencia del mensaje de Cristo, no puede hacer suya las palabras del primer Papa de la Iglesia Católica:

«No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy» (Act 3, 6).

¿A qué se ha dedicado este hombre?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos….Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí» (1 de octubre – Entrevista Scalfari)

No tengo oro ni plata: no me dedico encontrar trabajo para los jóvenes; no me dedico a dar a los ancianos un cariño que no merecen.

A los ancianos y a los jóvenes hay que darles a Jesucristo, que es poner en práctica la obra de la Redención.

Pero, Bergoglio anda en otras cosas, en su política:

«Al cumplir su misión apostólica, la Iglesia debe asumir un papel profético en defensa de los pobres y contra toda corrupción y abuso de poder…» (Visita ad limina de los Obispos de Kenia – 16 de abril).

¿Papel profético en defensa de los pobres? No existe una profecía que defienda a los pobres, tal como lo entiende Bergoglio, que es en su comunismo. No existe una profecía que lleve a la Iglesia a atacar toda corrupción y abuso de poder.

«Arrepentíos, pues, y convertíos para que sean borrados vuestros pecados» (Act 3, 19).

Este es el mensaje que San Pedro dirigió a todos los israelitas. Esta es la doctrina de los Apóstoles. Esta es la misión de toda la Iglesia. Esta es la voz profética que recorre toda profecía verdadera: el arrepentimiento del pecado, la lucha contra el pecado. Si el hombre viera su pecado, entonces no habría pobres ni corrupción ni abuso de poder. Pero, hoy día, al hombre no se le predica del pecado, sino que se le da un lenguaje lleno de tantas cosas que le impiden ver la verdad de la vida. Bergoglio no enseña el pecado, porque no cree en el dogma del pecado.

Bergoglio sólo está en su falsa espiritualidad: «entrar…en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Bula del jubileo de la misericordia).

Son los pecadores, no los pobres, los privilegiados de la Misericordia de Dios: «no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia» (Lc 5, 32).

No he venido a llamar ni a los pobres ni a los ricos: no he venido a hacer propaganda política de la Palabra de Dios. No he venido a hablar lo políticamente correcto.

Jesús ha venido a poner un camino de penitencia a todo aquel que reconozca su pecado como una ofensa a Dios.

«Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202)» (Mensaje a la séptima cumbre de la Américas en Panamá – 10 de abril 2015).

Bergoglio se predica a sí mismo, pero es incapaz de predicar el Evangelio de Jesucristo.

Como el pecado no es una ofensa a Dios, entonces: «Todavía hoy siguen habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas». ¿Qué es el pecado? Aquello que ofende al hombre, a su persona, a su dignidad. Automáticamente, Bergoglio se baja de la Cruz de Cristo, que es la que libera al hombre de cualquier mal, ya sea espiritual, ya humano, para presentar al mundo su falso misticismo.

«El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia»: en esta frase está ensamblada todo el falso misticismo de la falsa iglesia.

La falsa iglesia va hacia una unión entre todos los hombres, entre todas las religiones, confesiones, para un gobierno mundial. Se necesita un misticismo: solidaridad y fraternidad. Que inevitablemente es falso, porque no es la solidaridad ni la fraternidad que provienen del Evangelio de Cristo. Es la solidaridad y la fraternidad que está en la mente de los grandes masones, que son los que rigen el mundo y la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano.

En ese falso misticismo no hay que discriminar a la gente. Por lo tanto, no hay que tener dogmas, credo, símbolos de la fe. No hay que ser indiferentes con los hombres porque tienen una manera de ver la vida, de pensarla, de obrarla. Hay que buscar la forma de unir a los hombres con este falso misticismo.

Muchos católicos no saben lo que es la vida mística. Y, por lo tanto, no saben lo que significa una falsa vida mística, un falso misticismo.

Lo místico es la unión de Cristo con cada alma. Lo místico no es lo espiritual. Cristo se une con el alma a través de la gracia: esto es una unión espiritual. Pero, Cristo también se une al alma a través del Espíritu: esto es lo místico.

A través de la gracia, el alma posee una vida divina, que es en todo espiritual, porque Dios es Espíritu.

Pero a través del Espíritu, el alma posee una vida mística, en la que el alma participa de todo lo que es Cristo.

Por la gracia se participa de la Vida de Dios. Eso es el Bautismo y todos los Sacramentos. Ser hijo de Dios es una participación de la vida divina.

Pero, por el Espíritu, el alma participa de la vida de Cristo. Por eso, la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: participa toda la Iglesia de la vida de Cristo.

La Eucaristía no sólo es una participación de la vida divina, sino del Misterio de la Encarnación. Participar en ese Misterio es vivir algo místico con el Verbo Encarnado.

Por lo tanto, quien no vive lo místico en la gracia, en los Sacramentos, tiene que vivir un falso misticismo. Ese falso misticismo es la obra del espíritu del demonio en el alma: en su mente, en su memoria, en su voluntad.

En el falso misticismo, la mente está poseída por el demonio para pensar lo que quiere el demonio. Esto es lo que se ve en Bergoglio y, no sólo en la Jerarquía que le obedece, sino en muchos fieles.

En el falso misticismo no hay manera de que la mente vea la verdad: vive una oscuridad espiritual, por su pecado de soberbia, que le impide, que le obstaculiza asentarse en la verdad. Ve la verdad de las cosas, pero siempre el alma haya una razón, una idea, para salirse de la verdad.

Esto está en todas las homilías de Bergoglio: dice una verdad y la continúa con una mentira. Esto es el falso misticismo: es la unión de la mente de la persona con el entendimiento del demonio.

El verdadero misticismo es la unión de la mente de la persona con la mente de Cristo. Por eso, dice San Pablo: «Mas nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

El espiritual juzga de todo: es decir, el que participa de la vida divina, por la gracia, puede hacer juicios espirituales sin cometer pecado. Pero nadie puede juzgar al espiritual, al que hace juicios espirituales. ¿Por qué? Porque tiene una vida mística, no sólo espiritual.

Por la vida espiritual, juzga de todo y no se equivoca. Y no se equivoca porque participa de la mente de Cristo. Y en la mente de Cristo no hay error, no hay herejía, no hay desviación de la verdad.

Muchos poseen la gracia, es decir, tienen una vida espiritual. Pero muchos, al no saber usar la gracia, no alcanzan la vida mística con Cristo. Tienen la gracia, pero siguen pensando y obrando como hombres del mundo, como hombres paganos. Eso señala una sola cosa: hay un falso misticismo. En la persona, se da una unión en la mente con el espíritu del demonio, que la lleva a pensar muchos errores y a obrarlos.

Hay tantas filosofías, tantas teologías, tantas formas de pensar en la actualidad que son impedimento para la vida mística de muchos católicos. Son el inicio y el contrafuerte de una falsa vida mística.

Para vivir con Cristo no hace falta tanta filosofía ni tanta teología. Sólo hace falta la humildad de corazón, que hace que la mente del hombre no se apoye en ninguna idea humana, por más buena y perfecta que sea para su vida. Sólo en la Mente de Cristo no está el error, sino toda la Verdad. Y es el Espíritu de la Verdad el que nos hace penetrar esa Mente Divina.

Por eso, muchos teólogos, muchos filósofos, muchos pensadores católicos ven la herejía de Bergoglio, pero lo siguen llamando Papa. No tienen vida mística: con sus teologías, con sus pensamientos impiden que el Espíritu les lleva a conocer la Mente de Cristo, ¿qué piensa Cristo de Bergoglio?  Es su pecado de soberbia, que debe incidir en toda su vida espiritual, en la manera de vivir la gracia.

La vida espiritual, es decir, la vida de la gracia, conduce, de manera necesaria, a la vida mística. Cristo no sólo te hace hijo de Dios, no sólo te da una vida divina, sino la manera de pensar esa vida divina, la manera de obrarla, de vivirla.

Quien no purifica su corazón, su mente, de tantas ideas, filosofías, teologías, errores, entonces hace un daño a su vida de la gracia y no puede penetrar la mente de Cristo, no puede vivir la vida de Cristo, no puede tener una vida mística.

Muchos, sin teología, sin filosofía, captan a la primera lo que es Bergoglio. Cuando escuchan sus homilías, en seguida dicen: no es doctrina católica. Esta persona no es Papa. Viven sencillamente su gracia y, por eso, están unidos a la Mente de Cristo, que les enseña la verdad de todas las cosas.

La gracia es siempre una inteligencia divina que sólo se puede captar en la unión con la mente de Cristo.

Quien no viva su gracia, en los Sacramentos, no tiene una vida mística, sino una falsa vida mística.

En los falsos profetas, se puede ver esa falsa vida mística: esa mente demoniaca que va dirigiendo la mente del falso profeta.

En Bergoglio, es lo que se ve en todas sus homilías, en todos sus escritos, en todos sus discursos, aun los que parecen católicos, pero nunca lo son. Un hereje nunca puede dar un discurso católico.

El demonio siempre sabe hablar a todo hombre. Siempre sabe decir la palabra que quiere oír el hombre. Por eso, Dios dice pocas palabras, pero cuando las dice las obra en el alma.

El demonio llena de palabras la mente de los hombres, para tenerlos en su juego. Esto es lo que hace, constantemente, Bergoglio. Palabras bonitas, hermosas, para terminar diciendo su herejía de siempre.

Muchos no han aprendido a discernir las palabras de Bergoglio. Son todas heréticas:

«…el hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión, que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás, II-II q.5 a.3).

Bergoglio niega el primer artículo de la fe: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser».

Quien no cree en el Dios católico no cree en Dios. Y si no cree en Dios, no cree en nada más: ni en Cristo, ni en la Iglesia, ni en la Cruz, ni en los Sacramentos. Sólo cree en lo que dicta su razón humana

¿Quién es Dios? Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Quien no cree en Dios como lo enseña el primer artículo de la fe, no cree en Dios. No tiene fe. Sino que tiene una opinión sobre Dios. Tiene su propio concepto de Dios: Dios es la luz, Abba, el Creador, etc…

Quien niega un artículo de fe los niega todos.

Bergoglio no habla el lenguaje de la fe, sólo puede dar su opinión sobre todos los temas de la fe, como la da cualquier hombre del mundo, cualquier pagano, cualquier cismático, cualquier hereje.

Por eso, nunca se equivoquen con Bergoglio cuando dice algo que parece católico. Sólo está dando su opinión, pero no puede enseñar la fe católica. Nunca. El pecado de herejía impide la fe. Y la herejía, en Bergoglio, es pertinaz. Dice sus herejías y continúa viviendo su vida como si nada hubiera dicho: no hay arrepentimiento. Y, por eso, Bergoglio está condenado en vida. Esto es lo que escandaliza a muchos.

El espiritual juzga de todo: como Bergoglio no hace un acto de arrepentimiento de sus herejías, sino que cada día las aumenta y las hace pública para todo el mundo, entonces va camino de condenación. Él vive como si fuera un santo, como si sus palabras fueras justas, apropiadas para todo el mundo. Como si sus obras tuvieran el sello de Dios. Bergoglio no puede ver sus pecados porque no cree en Dios. Y aquel que no cree en Dios, no puede salvarse. Vive su propia condenación en vida.

Todo el problema de Bergoglio es que está sentado en la Silla de Pedro. Por eso, se necesita algo más que un mea culpa para decir que Bergoglio se ha salvado. Bergoglio vive su propia condenación en vida, lo que él ha escogido para su vida. Y, por lo tanto, lleva a muchas almas a lo mismo: vivir condenadas en vida.

Este es el fruto del falso misticismo: vivir condenados.

El verdadero misticismo lleva a vivir la santidad de Dios. Vivir esperando el Cielo. Vivir para una felicidad que no es de este mundo. Por eso, los santos se confesaban hasta dos veces al día. Porque sabían que el pecado les impide el Cielo.

Hoy, en el falso misticismo de Bergoglio, todos se van al cielo. Es decir, todos viven su condenación ya en la tierra. Ya no se vive para convertir al otro, para salvar su alma del pecado. Se vive para comulgar con el pecado del otro. Se vive para una condenación.

Bergoglio sólo es un político que está en su negocio en la Iglesia. Por eso, buscó la unidad con Kenneth Copeland, con Palmer, que son personajes que sólo les importa el dinero, pero no la verdad del Evangelio. Copelando y Palmer predican el evangelio de la prosperidad, que es la teología de la liberación en Bergoglio, y son considerados herejes por los mismos protestantes.

Bergoglio no puede unirse con los Sprouls, Carsons, Piper y otros, que son los que siguen en todo a Calvino, a Lutero, en su herejía de la Sola Scriptura para alcanzar la justificación de la fe. Ellos preservan su doctrina protestante sin mezclarla con la idolatría y la avaricia de Palmer y de Copeland. Ellos quieren seguir el mensaje puro del Evangelio. A ellos ataca también Bergoglio. Por eso, entre los protestantes ya hay mucha división en torno a Bergoglio. Bergoglio es, para muchos de ellos, un hereje de la Sagrada Escritura, que hace sólo un comercio religioso de la Palabra de Dios.

A Bergoglio sólo le interesa la bolsa del dinero, como a Judas. Y busca a los judíos, sólo por el dinero. Y busca a los musulmanes, sólo por el dinero.

Para dar de comer a los pobres se necesita dinero. ¿Quién se lo da? Sólo vean con quién se junta Bergoglio. Y obliga a todas las diócesis a hacer lo mismo. Todo el mundo católico está buscando dinero para los malditos pobres de Bergoglio.

Ha corrido Bergoglio para implantar su gobierno horizontal, para promoverlo, para imponerlo. Los demás, como bobos, sin hacer nada en contra de ese gobierno de herejes y cismáticos. Por lo tanto, no les van a salvar las teologías  a muchos Obispos y sacerdotes con lo que viene. Su falsa obediencia a un falso papa llena su vida espiritual de un falso misticismo.

Cuanta jerarquía está ya poseída, en sus mentes, por el demonio. Y eso es lo que va a trabajar -en ellos- en lo que viene.

Van a poner una inteligencia que doblegue a todos los teólogos, a todos los canonistas, para poner un falso credo, apropiado a la falsa iglesia. Ya el primer artículo de la fe no será el Dios católico, sino el falso dios que la cabeza de cada hombre se quiera inventar. Es el dios gnóstico, propio de la masonería.

Aquel que no viva su vida de la gracia, el demonio le espera en su mente, y tendrá parte en el falso cuerpo místico del Anticristo, que es la falsa iglesia, que ya es visible en Roma y en todas las parroquias del mundo entero.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente

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«La caridad no pasa jamás; las profecías tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá» (1 Cor 13, 8).

Dios siempre está hablando, pero los hombres no saben estar atentos a Su Palabra. No viven en Su Presencia. No saben buscar a Dios. Sólo saben vivir su vida humana.

El Padre engendra a Su Verbo. Y es una Obra Eterna, que el hombre ni puede entender ni sabe cómo explicarla.

La Palabra de Dios se da a los corazones de los humildes. Humildad que no significa una presencia exterior del hombre. No porque el hombre vista pobremente se tenga que considerar como una persona humilde. No porque el hombre hable suavemente, diciendo palabras bellas, agradables, haya que considerarlo como un hombre humilde.

La humildad es una virtud en el hombre. Y toda virtud es una lucha del hombre contra el vicio.

El humilde es el que lucha contra su soberbia. Y la soberbia está en la mente del hombre. Está en sus ideas, en sus filosofías, en su lenguaje humano.

Todo hombre nace soberbio y muere en la soberbia. Y, por eso, los santos caen siete veces al día. Porque el pecado de Adán fue la soberbia: la mente del hombre quedó dividida para siempre.

Por más que el hombre piense, medite, analice, sintetice, nunca va a llegar a la verdad plena. Necesita al Espíritu de la Verdad para comprender la plenitud de la Verdad, para poder penetrar en la Verdad.

Es Cristo la Verdad. Porque Cristo no tenía pecado. Fue engendrado sin pecado original y, en su vida terrena, nunca pecó. Luego, su mente humana nunca estuvo dividida. Cristo, como Hombre, conocía toda la Verdad. Cristo, como Dios, era la Verdad.

Dios es la Verdad; el hombre puede conocer toda la Verdad, pero no es la Verdad.

En la vida de todo hombre, su «conocimiento es imperfecto» (Ib., v.9), por la división de su mente. Y, por lo tanto, todo cuanto conoce el hombre es imperfecto: sus filosofías, su ciencia, su técnica, sus estudios, su teología, las profecías…Todo es imperfección.

Cuando Dios habla al hombre no puede decirle toda la verdad, porque el hombre, por la división de su mente humana, no es capaz de asimilar toda la verdad. No puede. Una cosa dividida no puede alcanzar la plenitud. El hombre tiene que morir para que pueda penetrar, con su inteligencia humana, los misterios divinos.

Adán conocía toda la Verdad. Su pecado fue inmenso. Adán fue creado en la Verdad, en toda la Verdad. Pero fue creado para una obra divina, que no aceptó, a la cual no se sometió. Su mente humana rechazó la verdad de esa Obra y produjo -en todo hombre- la división de la mente.

La mente del hombre está dividida; pero también su cuerpo está dividido de su alma. El cuerpo del hombre, unido sustancialmente con el alma, no sigue al alma. No se une al alma. Sino que busca sólo lo carnal. Es una división espiritual, no de la sustancia de la naturaleza humana.

La carne fue el otro pecado de Adán. Primero, en su mente; después, en su carne. Primero, la soberbia de la mente; después, la lujuria de la carne.

La Virgen María fue Inmaculada, no sólo en su carne, sino también en su mente. Creyó en la Palabra de Dios, atajando así la soberbia. Y engendró, en Su Cuerpo, la misma Palabra del Padre.

Adán no creyó en la Palabra, produciendo la soberbia en su mente. Y engendró, con su cuerpo, un hijo para el demonio.

Los dos pecados más comunes de los hombres son: la soberbia y la lujuria. Mente pervertida y sexo desenfrenado. Estos dos vicios definen la vida espiritual de muchos hombres. Una mente pervertida en los errores, en las mentiras, en los juicios; una carne ciega en el placer.

La carne, al no buscar la luz del alma (por la división en su espíritu), queda ciega. Al querer sólo carne, queda desamparada en lo terrenal, en lo natural, en la material. Pero la carne que busca la perversión de la mente del hombre, queda –no sólo ciega- sino que hace al hombre abominable en su ser. El pecado de un homosexual es esto: una mente pervertida y una carne que vive una abominación. El hombre rechaza la luz natural para seguir una oscuridad, que es su única luz. Y eso es abominable.

Las profecías terminan: «Voy a hablar con vosotros sólo periódicamente y a través del Remanente de ahora en adelante» (ver)

Jesús ya no habla a través de la Iglesia Jerárquica. No es la Iglesia en el Vaticano la Iglesia de Jesús. Unos herejes consumados no pertenecen a la Iglesia de Cristo. No pueden ser Iglesia. No pueden construir la Iglesia en la Palabra y en la Obra de la Verdad.

Jesús sólo habla a Su Iglesia Remanente, la que está en el Reino de Dios. La que ha pasado a los corazones de los humildes, una vez que hicieron renunciar al Papa Benedicto XVI. Quitaron el fundamento de la Iglesia, Pedro (un gobierno vertical), para poner otro fundamento, un conjunto de hombre (un gobierno horizontal). La Iglesia dejó de estar en Pedro, en la Jerarquía, para pasar a estar en cada corazón fiel a la Palabra de Dios.

La Iglesia es Cristo con sus almas fieles a Él, a Su Palabra. La Iglesia no son los hombres: no es una comunidad de hombres, con una estructura externa, que se rige con una serie de normas.

En la estructura externa del Vaticano, visible a todos, ya no se ve la Iglesia en Pedro. Se ve el inicio de la abominación de la desolación, en unos hombres que no tienen a Dios en sus corazones.

Cuando Dios deja de hablar con los hombres, a través de sus profetas, es señal de que todo se ha dicho con ese profeta.

Cada profeta tiene su misión; es para una obra que Dios quiere. Pero el profeta no está siempre hablando de lo mismo. Una vez que ha edificado, exhortado y consolado, el que profetiza calla ante los hombres.

Dios tiene mucho más que decir a los hombres; pero no lo va a decir por medio de un profeta, sino por otros.

Cuando un profeta calla, es que comienza su misión, su obra. Mientras habla, sólo da la inteligencia de la obra. Cuando calla, entonces el profeta se pone a obrar lo que ha recibido.

El que recibe la profecía tiene que estudiarla, entenderla y vivirla:

«Vosotros estáis preparados para levantar vuestra armadura para luchar por mantener viva Mi Palabra en un lugar de desolación».

La obra de Dios con este profeta es que las almas difundan Su Palabra, mantengan Su Palabra viva en medio de una Iglesia que la ha rechazado completamente.

En el tiempo en que los hombres han puesto a un falso Papa como líder de una falsa iglesia, era necesario advertir a toda la Iglesia de esta maldad. Esa maldad señala el tiempo del Apocalipsis en la persona del Anticristo.

Y es cuando se necesita la luz del Espíritu: que el Espíritu enseñe al hombre la verdad de estos tiempos.

Todos los teólogos se han estancado en la cuestión del reino milenario. No ven nada. No disciernen nada. Porque son todos unos soberbios. Quieren comprender una verdad en la división de sus mentes.

La verdad de la gloria no se comprende en la verdad del pecado. Todos los teólogos no comprenden el Reino Glorioso en la tierra si existe el pecado. Y, por eso, dan multitud de interpretaciones y acaban negando el reino del milenio. Niegan la misma Palabra de Dios, que es la Verdad. Y la niegan con la soberbia de sus mentes, de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías.

Es Dios quien enseña al hombre la Palabra, la interpretación de Su Misma Palabra. Pero los hombres, siempre han sido muy soberbios. Y la Iglesia, en Su Jerarquía, que tiene la plenitud del Espíritu, acaba siempre negando esa Plenitud porque se acomodan, con sus mentes humanas, con sus soberbias, a lo que comprenden, a lo que entienden en sus ridículas inteligencias humanas.

Hoy día, ninguna Jerarquía de la Iglesia cree en los profetas. Eso es un hecho. Pregunten a los tradicionalistas y verán que creen en sus profetas, pero no en los profetas. Pregunten a los lefebvrianos y verán cómo niegan a todo profeta si no está amparado por la autoridad de la Iglesia. Pregunten a cualquiera sobre los profetas y cada uno tiene su idea de lo que es la profecía. Ninguno sabe discernir los espíritus. Ninguno sabe ver la realidad de la vida eclesial en estos momentos. Están todos perdidos en lo que pasa en el Vaticano.

Por eso, la confusión es total en la Iglesia. Es la ceguera propia de la mente del hombre que, en su soberbia, ha creído tener el camino para hacer de la Iglesia una nueva cosa, más acorde con los tiempos del mundo.

«La confusión no viene de Mí. Mi Palabra es clara; Mis Enseñanzas infinita. La humanidad ha abrazado el humanismo y el ateísmo como un sustituto de Mí. He sido apartado y Mi Palabra sólo es tolerada en algunas partes, mientras que en las otras ha sido deformada para satisfacer las necesidades de los pecadores, que quieren justificar sus iniquidades» (inglésespañol).

Todos están siguiendo la soberbia: el humanismo y el ateísmo. Nadie sigue la Palabra de Dios. Nadie escucha a los profetas. La Jerarquía de la Iglesia se cree sabia sin los profetas. Se creen profetas sin acudir al Espíritu de Profecía, negándolo en todas las cosas de sus ministerios sacerdotales.

Y ponen su soberbia como la verdad a seguir: sustituyen la Palabra de Dios con las palabras, con la verborrea de su lenguaje humano, lleno de humanismo y de ateísmo.

Toda la Jerarquía da culto a su lenguaje humano, que es dar culto a la mente del hombre, a la idea del hombre. Cuando se hace esto, entonces se pone por obra el orgullo de la persona: todo se deforma para cubrir las necesidades de la vida, de las obras, de los pensamientos de gente pecadora, gente que vive sin arrepentimiento de sus pecados, justificando, a cada paso de su vida, sus malditos pecados, sus obras de iniquidad.

La Jerarquía ya no condena la herejía, ni en la Iglesia, ni en el mundo. Sino que la condona, la excusa, la perdona, la justifica. Y eso es obrar en contra de la misma Palabra de Dios, que llama anatema a todo aquel que enseñe a vivir una mentira a los hombres.

Dios juzga al hombre por la manera que él rechaza la Palabra de Dios y por las obras pecaminosas que abraza.

Dios no juzga al hombre por su lenguaje humano, por sus errores en su mente, por sus imperfecciones en el conocimiento de la verdad. Cuando el hombre conoce una verdad, que Dios ha revelado, y vive en contra de ella, la rechaza, entonces viene el juicio de Dios contra ese hombre.

La Jerarquía de la Iglesia es la que más conoce la Verdad. Y ¿cómo viven? Viven rechazando la verdad en la realidad de la vida eclesial. Viven obrando la mentira como verdad.

Hoy la gente vive adorando a un degenerado como Papa. Están rechazando, con sus obras pecaminosas, con su obediencia a un hombre sin verdad, al mismo Cristo y a la misma Iglesia.

Y Dios juzga todo eso. Dios ha dado conocimiento a todo hombre de la verdad de quien se sienta, actualmente, en la Silla de Pedro. Y muchos han rechazado esa Verdad. Y, por eso, el castigo que viene a la Iglesia es mejor ni pensar en él.

«Yo fui rechazado por muchos durante Mi Tiempo en la tierra y especialmente por aquellas almas orgullosas que guiaban Mi Rebaño en los templos. Ellos predicaban la Palabra de Dios, pero no les gustaba oír la Verdad de Mis Labios, al verdadero Mesías. Hoy hay siervos desleales a Mí, que fallan en la adhesión a la Verdad. Muchos de ellos ya no aceptan Mi Palabra Sagrada, la cual permanece como lluvia primaveral en un cristal claro. Ellos han ensuciado el agua, que vierte la fuerza del Espíritu Santo, y que las almas inocentes beberán. La verdad será distorsionada y muchos serán forzados a tragar la doctrina de la oscuridad, que resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella».

Esta es la maldad que se avecina con el poder sacerdotal. Es el cisma, obrado por la misma Jerarquía de la Iglesia, la que gobierna actualmente la Iglesia. Jerarquía apóstata de la verdad revelada y dogmática. Jerarquía que vive en la herejía de la mente. Jerarquía que obra el cisma con su poder sacerdotal.

Es la Jerarquía la que enseña la verdad. Y la impone en la Iglesia. Si el alma quiere salvarse, dentro de la Iglesia, tiene que aceptar los dogmas que enseña la Jerarquía.

Es la Jerarquía, ahora, la que enseña la mentira. E impone esa mentira, forzando a muchos a aceptar la mentira como verdad. Y esa imposición de la mentira va a brillar en todo el mundo: «resplandecerá brillantemente, como una deslumbrante estrella»

Por eso, se necesita que las almas den testimonio de la Verdad ante una Iglesia que sólo da testimonio de su mentira, de su lenguaje humano lleno de oscuridades, de maldades, de errores.

La nueva doctrina, que ya se manifiesta en las obras de gran parte de la Jerarquía que sigue a Bergoglio como su Papa, no tiene nada que ver con Cristo, con la doctrina que Cristo enseñó a Su Iglesia, en Sus Apóstoles. Y es necesario combatirla de una manera nueva.

Porque hay que enfrentarse a la misma Jerarquía, que es la que va a poner una falsa doctrina como si fuera un dogma, que todos tienen que creer, aceptar, seguir, si quieren estar en esa falsa iglesia.

Muchos no han sabido combatir a un hombre que no es Papa. Han acabado adorándole, conformándose con su lenguaje humano, con sus obras, que no sólo son humanas, sino del demonio.

Y si no han sabido combatir a un demente, a un hombre que no tiene sentido común cuando habla, menos sabrán combatir a toda esa jerarquía que lo apoya de manera incondicional. Ellos son poderosos, no sólo por el poder que tienen sobre todos en la Iglesia, sino por la inteligencia. Saben engañar a las almas, dando vueltas a la verdad. Y la gente no sabe percibir esas vueltas, porque ya no creen en la verdad. Se quedan en las vueltas del lenguaje humano. Se quedan en lo exterior de la palabra: algo bello, algo agradable que se dice, algo interesante para la mente… Pero ya no escuchan la Verdad. No puede oírla. Sus mentes han quedado atrapadas en la soberbia.

El soberbio no escucha la Verdad, sino que está atento a la mentira, al error, a la duda.

«La vida del cuerpo llega a ser vuestra cuando creéis en Mí y vuestra alma vivirá para siempre. RechazadMe antes de Mi Segunda Venida y no estaréis preparados para recibirMe. Abrazad las mentiras, a pesar de que ya conocéis la Verdad de Mi Palabra, y caeréis en la desesperación. Y ahora, Yo voy a ser crucificado una vez más; y este tiempo habrá poco duelo para Mi Cuerpo – Mi Iglesia – porque habréis desertado de Mí en el tiempo en que Yo llego en Mi Gran Día. Yo habré sido olvidado, pero el impostor va a ser idolatrado; adorado y tratado como de la realeza, mientras Yo yaceré en la cuneta y seré pisoteado».

La nueva doctrina, que está predicando el impostor, el falsario, es sólo el inicio del mal. Una doctrina para el hombre, que gusta, no sólo a la mente del hombre, sino a su vida diaria. Una doctrina popular, de la calle, que es admirada por todos los hombres pecadores, del mundo. Es una doctrina para sus vidas de pecado: que ensalza, que justifica, esas vidas de iniquidad.

La gente aplaude a Bergoglio sólo por esto: porque les da la falsedad de una vida como si fuera la verdad. Se enseña un nuevo enfoque, una nueva visión del magisterio de la Iglesia. Se reinterpreta la Palabra de Dios según el lenguaje humano de cada uno. Lo que cada hombre ve en su mente, eso tiene que ser lo que viva. Por eso, Bergoglio anima a leer la Palabra de Dios y regala Biblias. Actúa como todo protestante.

La Jerarquía no está para decir que se lea la Biblia o para regalarla, sino que está puesta por Dios para enseñar la verdadera interpretación de las Escrituras. Por supuesto que Bergoglio no hace esto. Y en sus enseñanzas, tergiversa constantemente la Palabra de Dios. La disfraza de una manera tan bella para los hombres que estos creen que está hablando justa, rectamente, con verdad.

Muchos han quedado ciegos con la palabra barata y blasfema de Bergoglio. Ciegos. Ya no pueden ver la verdad. Y ya no hay manera de que la vean.

Si el hombre no lucha contra el vicio de su soberbia, para poder alcanzar la humildad de corazón, entonces rechaza a Cristo y rechaza a la Iglesia de Cristo.

Y para esto Dios ha puesto a este profeta: para que la Verdad permanezca en los corazones humildes. Para que la Iglesia no sea destruida por la Jerarquía que ya ha perdido el norte de la Verdad.

Dios calla para que el hombre obre lo que ha escuchado de Dios.

Cuando Dios calla, entonces comienza la Obra del Espíritu en los corazones.

Si Dios calla, es que no hay que estar repitiendo la misma cosa de siempre. Hay que comenzar a obrar.

La Iglesia Remanente no es la Iglesia en el Vaticano ni en ninguna parroquia. Es la Iglesia de Cristo, que sólo puede vivir en la humildad de los corazones. Ahora, no tiene una Jerarquía que la guíe. Porque no hace falta. Hay quienes piensan que Burke está organizando la resistencia. Y no saben que la resistencia a la mentira ya está organizada por Dios en sus profetas, en sus almas fieles a la Verdad. Burke, hasta que no salga de esas estructuras infames del Vaticano, hasta que no se oponga firmemente a Bergoglio, hablando en contra de él, sin miedo a perder su oficio, su trabajo, su comida, no organiza ninguna resistencia y no es capaz de guiar a la Iglesia remanente. Se necesitan sacerdotes y Obispos que crean en los tiempos apocalípticos que vive la Iglesia. Y ninguno de ellos cree. Todos quieren seguir en la Iglesia como hasta ahora. Quieren seguir en el gobierno de la Iglesia y ver un camino de solución.

El único camino para solucionar los problemas de la Iglesia, que es una Jerarquía que ha perdido la fe en Cristo, es salir de Roma y batallar, desde fuera, a toda esa falsa Iglesia que se muestra como verdadera. Como nadie va a hacer esto, ahora, no hace falta la guía de ninguna jerarquía para la Iglesia remanente. Cuando esa Jerarquía sienta en su propia carne la maldad que, ahora, no se atreven a combatirla, entonces actuarán como verdaderos jerarcas. Ahora, todos son unos inútiles que se refugian en sus palabritas humanas, pero que no saben oponerse a Bergoglio como falso Papa. ¡Qué miedo tienen todos!

Cuando Dios vea la necesidad, según los tiempos, la jerarquía fiel a la Palabra de Dios se levantará y guiará a la Iglesia remanente. Porque la Iglesia es la Jerarquía.

Pero hasta que no salgan de las estructuras externas, que los atan a la maldad, no hay que confiar en ninguna Jerarquía.

La única Jerarquía confiable es la que se opone TOTALMENTE a Bergoglio y a sus matones. Y de estos hay muy poquitos. Estos están escondidos, porque saben cómo es el juego del Vaticano.

Cuando Dios calla, es que todo se avecina: el mal da un paso adelante y las consecuencias serán inevitables para todos.

El pensamiento de herejía de Bergoglio

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Bergoglio es un hombre que ha usurpado el Papado; es decir, es un falso papa, rodeado de una falsa jerarquía, con el fin de levantar una nueva estructura de iglesia.

Y esto lo hace «a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos» (EG – n.223), porque es necesario «preocuparse por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político, fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).

Este es el claro pensamiento herético de este hombre, que nace de su principio masónico: el tiempo es superior al espacio.

Su reforma es lanzar al pueblo sus ideas, sembrar su falsa doctrina de la misericordia, para que genere procesos, es decir, ideas, vidas, obras, actitudes, con el fin de construir el pueblo que ellos necesitan para su nueva iglesia. No les preocupa la inmediatez, porque saben cómo es la Iglesia. Ellos van hacia la plenitud humana: alcanzar la cima del pecado de humanismo. El culto al hombre, la idea del hombre, la obra del hombre, la vida del hombre. Todo entorno al hombre. Y necesitan gente para eso.

Con Bergoglio, el concepto de pecado ha desaparecido y sólo se asoma el concepto luterano de misericordia, que el Concilio de Trento ha anatemizado:

  • D-822 Can. 12. Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza de la divina misericordia que perdona los pecados por causa de Cristo, o que esa confianza es lo único con que nos justificamos, sea anatema [cf. 798 y 802].

Esto es constante en las homilías de Bergoglio: Dios todo lo perdona, no se cansa de perdonar. Sólo hay que confiar en Dios que perdona.

  • D-831 Can. 21. Si alguno dijere que Cristo Jesús fue por Dios dado a los hombres como redentor en quien confíen, no también como legislador a quien obedezcan, sea anatema.

Jesús es sólo el hombre que salva, no es el Dios al que hay que escuchar. No vienen a poner una ley, una doctrina, un gobierno, sino que viene a estar con los hombres, a caminar con ellos, a vivir su misma vida.

  • D-837 Can. 27. Si alguno dijere que no hay más pecado mortal que el de la infidelidad, o que por ningún otro, por grave y enorme que sea, fuera del pecado de infidelidad, se pierde la gracia una vez recibida, sea anatema [cf. 808].

Si eres infiel a la fe en Cristo, entonces no te puedes salvar. Eso es un grave pecado. Los demás pecados no existen, no quitan la gracia. Por eso, los sodomitas están en gracia. Los malcasados permanecen en la gracia. Sólo los corruptos no están en gracia: son infieles a la fe.

Estas tres cosas son la base de la falsa misericordia de Bergoglio. Constantemente las predica, de una manera o de otra. Pero siempre él enseña estos anatemas como una verdad que hay que seguir en su nueva iglesia.

Ya la homosexualidad no se considera un pecado, ni una tendencia desordenada, no es un acto en contra de la ley natural, sino que se reconoce en ellos una tensión hacia el bien, con derechos jurídicos y con una acción de acogimiento pastoral. Después del Sínodo, se han aplicado aperturas pastorales, que son totalmente contrarias a la doctrina. Y han sido llevadas a cabo por la jerarquía modernista, que apoya en todo a Bergoglio.

Bergoglio desprecia la Tradición, la Roma Eterna de los Papas y toda la Liturgia. Su pensamiento es claro en la entrevista concedida al P. Antonio Spadaro, Director de La Civiltà Cattolica:

«El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo».

  • La cultura contemporánea debe ser leída a la luz del Evangelio: con Bergoglio es al revés: el Evangelio se lee a la luz de la sabiduría del mundo, no ya del hombre. De lo que hay en cada cultura en el mundo. Las consecuencias de este pensamiento son claras: demos al mundo lo que pide. ¿Por qué no bendecir las hojas de coca?
  • La crisis de la fe es por la crisis de la liturgia: para Bergoglio, la Iglesia no ha gozado de tanta salud espiritual. Grandes y enormes frutos. Ya la liturgia sirve al pueblo, no a Dios. Es para dar culto al hombre, no a Dios. Las consecuencias son manifiestas: bautizar a los hijos de los homosexuales, casar a los homosexuales, romper el vínculo matrimonial, permitir la comunión a todo hombre por más pecador que sea.
  • El Evangelio es inmutable: para este hombre, la situación histórica ha cambiado el Evangelio. Por tanto, han evolucionado todos los dogmas. Los Misterios de Dios ya no son misterios, sino una forma de inteligencia humana, una función del lenguaje humano. La verdad es gradual, no objetiva.
  • La doctrina auténtica ha desaparecido, de hecho y de derecho: es el peligro de ideologización del Vetus Ordo. En otras palabras, la represión de la Tradición se desarrolla por medios de medidas autoritarias, fuera del derecho establecido. Esos son los casos de los Franciscanos de la Inmaculada; la remoción del Cardenal Burke, y otros.

Con Bergoglio la ruptura es innegable. No hay continuidad en su falso papado. Muchos reconocen esta ruptura, pero siguen llamando a este hombre como Papa.

El daño ya es abismal en toda la Iglesia: hay una clara división en la Jerarquía y en los fieles.

Bergoglio está llevando a toda la Iglesia hacia su autodestrucción: Ella misma se destruye porque no ataca la herejía que vive dentro de Ella, en su propia Jerarquía, en su propia cabeza que la gobierna, de una forma dictatorial.

Es una dictadura lo que vemos en la Iglesia: el dictado de la mente de un hombre. Su imposición como doctrina verdadera. Y, por lo tanto, Bergoglio tiene que enfrentarse a todos los verdaderos católicos. Es lo que hace todos los días en sus homilías desde Santa Marta. No hay una en que no martillee a los defensores de la Tradición, del dogma, que son los que cargan sobre los hombres pesos insoportables.

Bergoglio odia a todos los católicos verdaderos: los pisotea constantemente. Para ellos no hay ninguna misericordia. Y es lo normal en él y en todo su clan: tiene que levantar su iglesia en donde los moralistas, los tradicionalistas, todo lo que huela a doctrina eterna, inmutable, no puede tener cabida.

La doctrina de la Iglesia es inmutable. Y la práctica pastoral no puede contradecir a la doctrina. De hecho, se la está contradiciendo constantemente. Y eso conlleva la instalación, de una manera disfrazada, de una nueva doctrina. Es así como se hace siempre cuando se quiere destruir una verdad. Se le ataca, no frontalmente, sino de manera oculta, disfrazada, velada. Es la obra del masón: el trabajo oculto.

La doctrina de Kasper, que es lo que sigue al pie de la letra Bergoglio, contradice totalmente la doctrina de la Iglesia. Y esa doctrina ya ha sido lanzada por Bergoglio para poner clara división en toda la Jerarquía.

Es una batalla, que ha arrojado el demonio, a través de Bergoglio, para imponer un gran mal a toda la Iglesia. Y la verdadera Jerarquía está callada. No lucha como tiene que hacerlo. No batalla. Se conforma con lo que tiene. Y eso va a ser el triunfo del mal en toda la Iglesia. Tienen miedo de perder el plato de lentejas. Miedo. Y no hay otra razón. Las almas se condenan y ellos callan. Esto es gravísimo para toda la Iglesia. Esta es la tibieza, clara y manifiesta, en toda la Jerarquía verdadera.

Bergoglio no cree en la Divinidad de Jesús (“Jesús no es un Espíritu”) y, por lo tanto, tiene que construir su falsa espiritualidad y misticismo: la divinización del hombre:

«Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro… Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (4 de octubre 2013).

Bergoglio pone en el mismo plano la Eucaristía y la carne de los discapacitados. Esto sacraliza la carne de los hombres que sufren por muchos motivos. Sólo por analogía la carne de los pobres es la de Cristo, pero no de una manera unívoca.

En la Eucaristía, Jesús está presente, vivo, es verdadero; pero en los pobres, en las persona enfermas, Jesús no está presente. Su carne no es la carne de Jesús. Sus llagas no son las llagas de Jesús. Esta forma de hablar tiene el sabor de la herejía y lleva a la herejía.

Todo lo que se hace «al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt 25, 40), pero la Iglesia siempre ha enseñado y practicado el sentido de la pobreza evangélica, la de los pobres en espíritu. Quien viva esta espiritualidad, obra en consecuencia: ayudando con sus obras de misericordia a los pobres materiales por un sentido de expiación del pecado, no por un sentido de un bien humanitario.

Quien siga la doctrina de este hombre cae en dos pecados: antropocentrismo y la idolatría del pauperismo. Es decir, se mete de lleno en la doctrina comunista, del bien común, produciendo que la doctrina social de la Iglesia se anule totalmente.

El pobre no es Cristo. El Evangelio enseña la pobreza espiritual y a amar a los pobres. Pero eso no significa que el Evangelio consista en el mismo pobre o en la pobreza. Y, por lo tanto, no significa que el católico tenga que escuchar a los pobres. Se escucha la voz de Cristo. Y por mandato del Padre: «Este es Mi Hijo amado: escuchadlo». Ningún católico escucha a los hombres en la Iglesia. Para ser Iglesia hay que escuchar la Voz de Cristo en el corazón. Lo demás, es la falsa espiritualidad de los pobres materiales, de los machacados, de los discapacitados; y el falso misticismo de construir el cuerpo místico de los hombres, que es la divinización de todo lo humano. Es la iglesia de los pobres y para los pobres: de los hombres y para los hombres.

No se puede equiparar, como lo hace Bergoglio, el amor a los pobres con la adoración a Cristo. Cuidar a los pobres no es adorar a Cristo. Cada uno tiene su lugar en la creación. Los pobres siempre los tendréis, para hacer con ellos una obra de expiación del pecado. Pero no siempre a Cristo se le tiene, se le posee. El alma que no está en gracia no posee a Cristo. Lo tiene en el Altar, en el sagrario, pero no vive imitando a Cristo, siendo otro Cristo por participación de la gracia.

Como Bergoglio anula la Persona Divina de Jesús (“Jesús es sólo un hombre, una persona humana, pero en la gloria”), la encarnación se realiza en todos los hombres: «estas personas y sus llagas son la carne de Jesús». Jesucristo no se ha encarnado en la humanidad. Ha asumido una naturaleza humana, pero ésta no es la de todos los hombres, sino la del hombre Jesús. Su Persona Divina, el Verbo, que Bergoglio niega absolutamente, asume un alma humana y una carne humana, unidas entre sí de manera sustancial. Y producen un ser divino, que no es un hombre solamente: es Dios y Hombre verdadero, sin persona humana. Y se adora al Verbo Encarnado. No se adora a los pobres ni a ningún hombre en la tierra. Porque Jesús sólo está en la Eucaristía, no en los pobres. En los pobres está de manera mística, pero no espiritual. Está por sus pecados. Los pecados de los pobres, como los pecados de los ricos, como los pecados de todo hombre, ofenden al Verbo Encarnado de una manera mística. Y son por estos pecados la causa de la muerte de Cristo. Jesús no murió por los pobres, ni por los ricos, ni por ningún hombre. Murió por los pecados de todos los hombres.

Poniendo a Jesús presente en todos los hombres, se está diciendo que el Verbo se une con la naturaleza pecaminosa de cada hombre. De esa manera, hay que anular el dogma de la Inmaculada Concepción, el dogma del pecado original y el dogma de la Redención.

Si Jesús se encarna en cada hombre, todos los hombres tienen una huella divina perenne en su naturaleza. No se borra por más que pequen, haciendo del bautismo una gracia por naturaleza, no por adopción:

«El hijo de Dios se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, de esta manera él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos hijos suyos y él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Dios nos ha indicado para encontrar la vía de la salvación y de las Bienaventuranzas» (1 de octubre 2013).

  • El Verbo se ha encarnado para redimir al hombre de su pecado: no se ha encarnado para dar al hombre un sentimiento de la hermandad. La auténtica hermandad nace de la Cruz, no del amor humano. En el alma del hombre no está la hermandad.
  • El amor de Cristo a los hombres, que es el ágape, es el punto de partida para poder amar a los hombres: no es el amor de cada uno de nosotros para los demás el camino de la salvación.
  • Todos somos criaturas. El Hijo de Dios es uno solo: El Verbo, el cual no ha sido creado sino generado por el Padre y se ha hecho hombre en el seno virginal de María. No se ha hecho hombre en toda la humanidad. Por lo tanto, no todos los hombres son hijos de Dios. Jesús, al encarnarse, cambia la naturaleza humana, la transforma con su gracia, la cual nos hace ser hijos de Dios por participación de la vida divina, que se da en los Sacramentos.
  • El hombre es hijo de Dios por adopción, no por naturaleza: somos hijos en el Hijo, si lo acogemos por fe. El hombre es hijo de Dios por adopción si cree en el Nombre de Jesús (Jn 1, 12). No es por el sacramento del Bautismo, sino por la fe en Cristo. Sin esa fe, el Bautismo y todo sacramento se vuelve inútil porque hay un obstáculo que impide que la vida divina pueda ser obrada por el hombre viador.
  • Dios da la gracia al hombre, pero no sustituye su naturaleza humana: sólo la transforma: «Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la Gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma Imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18).
  • La salvación no es automática, sino que hay que acogerla. Y, por eso, el sentido de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: es la que enseña a salvarse. Es la que anuncia y proporciona la salvación que Cristo ha dado a todos los hombres. Es la Iglesia la que salva, no es el amor de los hombres para con los demás.

Constantemente, Bergoglio cae en esta idolatría del hombre. Cojan cualquier discurso, homilía y ahí tienen su clara herejía.

Bergoglio no cree en el Dios católico. Por lo tanto, levanta su falso ecumenismo. Y lo hace de su principio masónico: la realidad es superior a la idea.

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (EG – n. 231)

El diálogo, para Bergoglio, no tiene que separar idea y realidad. La idea de un Dios católico no es objetiva, sino gradual: hay una tensión bipolar entre la idea y la realidad. En el tiempo histórico, la idea de un Dios católico servía para esa realidad de la vida. En los tiempos modernos, esta idea está desfasada. Ha crecido tanto los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría, que la idea de un Dios católico ha alejado de la realidad de la vida.

La idea tiene que elaborarse, es decir, el dogma tiene que evolucionar, cambiar, buscando el bien común. No hay que buscar la verdad Absoluta. El bien común es superior a cualquier verdad. La vida de los hombres, sea ésta la que sea, vivan en pecado o vivan en santidad, es lo que vale, es lo superior, está por encima de la idea de un Dios católico.

Por lo tanto, Bergoglio tiene que ir a su falso ecumenismo, que es el camino del diálogo entre todas las religiones, para buscar la realidad de una iglesia universal, para todos, en la que la idea esté por debajo del bien común, del bien globalizante:

«el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana… No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros… Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada… Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas… Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse… Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales… La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente… Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes… el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violenciaLos no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo… debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios…. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía…» (EG – n. 244-254).

  • El verdadero ecumenismo es el que salva a las almas del pecado: no es para producir la unidad de la familia humana. No existe esa unidad. Decir esto es buscar la unión entre las mentes y las obras de los hombres, una unión en la mentira, en el error. Es buscar una filosofía, un lenguaje humano, en la que la realidad de la familia humana está por encima de cualquier idea, de la verdad absoluta, del mismo Dios.
  • El Espíritu Santo no puede sembrar en los corazones que viven en el pecado. Al sembrar, una parte cae junto al camino, otra las aves se la comieron, otra cae en terreno pedregoso, otra entre cardos, otra en tierra buena (cf. Mc 4, 4- 8): no se puede recoger, en el diálogo, lo que no se ha sembrado. Hacer esto es anular la verdad para sólo fijarse en las obras, en las vidas de esos hombres que viven en sus pecados. Es la realidad por encima de la idea.
  • En el verdadero ecumenismo se enseña al otro la verdad absoluta, la verdad sin error, la verdad sin un lenguaje ambiguo. No se va al ecumenismo para aprender del otro, para aceptar al otro en su manera de pensar, de vivir, de obrar. Lo que una vez se condenó como herejía, como error, como maldad, no puede cambiar en el diálogo con los hombres. No se puede leer los escritos de Lutero para aceptar su mente herética. Lutero nunca estuvo en la verdad y nunca lo estará. Hay que leer los escritos de Lutero para criticarlos, juzgarlos, anatematizarlos con el Poder que Dios ha dado a Su Iglesia. No hacer esto es meterse en el juego del demonio, que quiere una iglesia sólo de herejes que se creen santos por lo que piensan, por lo que viven en la realidad de sus vidas. Nadie puede poner la mente de los hombres por encima de la Mente de Dios. La única realidad que existe es la divina. Quien acepta esa realidad, comprende su realidad humana, que siempre es limitada, relativa, condicionada, cambiante.
  • El verdadero ecumenismo es para hacer proselitismo: no es para dejar al otro radicado en su propia identidad. Nadie habla con el otro porque sea una buena persona, por su cara bonita. No se dialoga con los hombres, sino que se escucha a Dios y se da a los hombres lo que se ha escuchado de Dios. Y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios no quiere que los hombres se queden en sus pecados, en sus vidas llenas de errores, de mentiras, de dudas, mirando sólo su identidad religiosa, humana, natural, carnal. Dios no busca cerdos que sigan mirando lo que comen: su bazofia humana en su mente pervertida. Dios busca almas humildes, que sepan dejar sus ideas maravillosas sobre la creación y sobre Dios y se pongan en la escucha silenciosa de la Palabra de Dios, que es la única que los puede salvar de su negra vida de pecado.
  • El verdadero ecumenismo es para ofrecer la gracia, la vida divina a las almas. Se enseña la Verdad Absoluta para obrarla en la vida, con la fuerza del Espíritu. Los no cristianos no tienen la gracia ni pueden tenerla. Su conciencia no les lleva a la gracia. Sólo el arrepentimiento de sus pecados, les lleva a conocer la verdad. Y una vez que la aceptan, que acogen por fe el Nombre de Dios, comienza la gracia en sus corazones. En el verdadero ecumenismo, se ofrece el perdón de los pecados. Y, por tanto, se enseña el verdadero arrepentimiento y la verdadera penitencia por el pecado.

Desde aquella amarga primavera del 2013, en la que a los fieles se les ha impuesto la visión rosa de la Iglesia, la alegría de ser del mundo, el alejamiento de la Cruz de Cristo, la idea de que todo va viento en popa, cuando la realidad de la vida de la Iglesia es totalmente contraria, sólo se ven en los católicos un conformismo con lo que ese hombre habla y obra. Sólo se capta la tibieza en todas partes. Y Dios vomita a los tibios. Dios tiene que aborrecer lo que en el Vaticano se está levantando y vendiendo como bueno, como verdad.

Para muchos católicos –que ya no son tales-  el signo de estar en comunión con esta falsa iglesia  es hacerse un selfie con Bergoglio, falso papa de los pervertidos. Es el sentimentalismo perdido de muchos católicos. Ya no saben pensar la verdad. No saben ver ni al hereje ni a la herejía. No saben llamar a los hombres por sus nombres, por su vida de pecado, por sus obras de maldad. Todos se suben a la carroza del humanismo que Bergoglio les ofrece cada día.

Bergoglio es el hombre del año, el papa del mundo. Quien está con él, tiene la vida arreglada. Quien no está con él, lo pisotean hasta hacerle callar. Quien se opone a este hombre, lo crucifican como peste dentro de la Iglesia.

Los verdaderos católicos nos quedamos solos, en la Iglesia y en el mundo. Todo apunta hacia una iglesia universal y un orden mundial donde no pueden entrar los verdaderos católicos. Al final, tendrán que aniquilar a los dos testigos del Apocalipsis. Uno de ellos: los verdaderos católicos

La Jerarquía sigue callando miserablemente las herejías de Bergoglio y de todos los matones de este hombre. Lo siguen teniendo como Papa verdadero. El daño va a ser irreversible en toda la Iglesia.

O con Cristo o contra Cristo

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«Se levantará nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24, 7).

Dentro de las familias, habrá guerra entre hermanos, entre padres e hijos por defender el Nombre de Cristo.

Dentro de la Iglesia división de opiniones: los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella.

Dentro de la Iglesia un cisma de división abierto y claro, desde donde hace falta establecer posiciones abiertas y claras. No son posibles las medianías.

O con Cristo o contra Cristo.

El Papa Benedicto XVI tuvo miedo de producir el cisma: no se separó de toda esa Jerarquía que, en la actualidad, lo han abandonado, lo han dejado a un lado. Jerarquía preocupada por el gobierno de la Iglesia, pero no preocupada por ser de Cristo, por ser otro Cristo, por imitar a Cristo. Si la Jerarquía no mira a Cristo, los fieles de la Iglesia se apartan de Cristo, para mirar sólo a los hombres. Una Jerarquía que no está unida a Cristo produce un Rebaño que se dispersa en todas las cosas del hombre y del mundo.

Con el Papa Benedicto XVI todos discutiendo una nueva fórmula para gobernar la Iglesia. Y dejaron al Papa solo. Y el Papa tuvo que claudicar, renunciar, para que se impusiera esa nueva fórmula, la cual no es Voluntad de Dios. Esa nueva fórmula de gobierno es la horizontalidad impuesta desde el Vaticano.

Ese gobierno horizontal ha destruido el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, el Papado. Y, por lo tanto, la consecuencia es clara: la Iglesia de Cristo, la Iglesia en Pedro, como tal, ha dejado de existir. Sólo se ve en el Vaticano hombres corruptos: la política de siempre, el negocio de siempre.

Bergoglio es un hombre que maneja el poder a base de reformas, que llevan a las almas hacia el pecado, hacia el error, hacia el desorden más total, consiguiendo sólo una cosa: sembrar división, discordia. Todo el mundo discute si Bergoglio es bueno o malo. Todo el mundo ve que Bergoglio está haciendo lo que le da la gana, según su voluntad humana, sin atender a las normas de la Iglesia, sin tener en cuenta la ley de Dios, tergiversando –en todo- las enseñanzas de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Todo el mundo pierde el tiempo hablando sobre lo que hace ese hombre, pero nadie se atreve a echarlo. Eso es señal de que todos lo quieren ahí, todos lo ven como una solución al problema de la Iglesia.

En Roma, ya hay un cisma muy abierto. Y muchos católicos no se han dado cuenta. Después de dos años, hay católicos que siguen en babia con Beroglio.

En la Iglesia ya hay división contraria y abierta de opiniones, en la que cada uno debe tomar su posición. Y con todas las consecuencias.

Benedicto XVI dejó a la Iglesia en la oscuridad: no tomó la posición verdadera. No se puso al lado de Cristo. Se fue al otro lado: no se puede dejar a la Iglesia en las manos del lobo.

Pedro es la cabeza de la Iglesia. Pedro es la Voz de Cristo en la Iglesia. Pedro representa a Cristo en la Iglesia.

Pedro no representa a los hombres: no es la voz de la mayoría de los Obispos.

Benedicto XVI, con su renuncia, fue voz de los Obispos. No fue voz de Cristo. Él tuvo que decantarse con Cristo. Y no lo hizo.

Hay que dar testimonio de la verdad: Dios no quiere un gobierno horizontal. Y si los hombres quieren ponerlo, hay que ser como Juan Pablo II: no renuncio. Y si toca salir de Roma, se sale de Roma huyendo de los hombres para preservar el Papado, que es el fundamento de la Iglesia. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Por eso, ahora es obligación de cada alma, en la Iglesia, de decantarse: o con Cristo o en contra de Cristo. O estás con la doctrina de Cristo o estás con la doctrina que enseña la Jerarquía desde el Vaticano. Esa Jerarquía ya no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que están levantando su nueva estructura de iglesia: gobierno y doctrina horizontales.

El Rebaño de Cristo se divide entre buenos y malos: y eso es la señal de que viene el Fin de los Tiempos. Una Iglesia dividida; una iglesia que busca el cisma, un cisma necesario para seguir siendo la Iglesia de Cristo. Hay que apartarse de lo que no es Verdad, quedarse solo ante la mentira, para seguir siendo la Verdad. Hay que apartarse de esa jerarquía falsa que se muestra como verdadera, que llama al pecado como santo y bueno. Cristo no está representado en esa Jerarquía ni en esa iglesia.

En la renuncia del Papa Benedicto XVI, todos los Obispos buscaron una modernización de la Iglesia. No buscaron una continuidad, una permanencia en la verdad. Buscaron defender la Iglesia reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Es lo que se observa con Bergoglio. Y eso es sólo la ruina de toda la Iglesia. Eso no defiende los intereses de Cristo, que es la Iglesia,  de los ataques de los hombres y del mundo. Eso es acomodarse a los pensamientos y a las obras de los hombres en el mundo. Eso es abrir la Iglesia al espíritu del mundo.

Se tiene fe en Cristo porque se ama a Cristo. Si no hay amor, no hay fe.

Y amar a Cristo es unirse a Él. Y eso sólo significa una cosa: imitarlo.

El que ama a Cristo imita la vida de Cristo: es otro Cristo; hace las mismas obras de Cristo porque tiene la misma mente de Cristo.

Benedicto XVI, en su renuncia, no amó a Cristo: no lo imitó. Cristo dio Su vida por la Verdad, que es Él mismo. Cristo no dio Su vida por un hombre, por una idea humana, por una obra humana.

Cristo se separó de todos los hombres. Y se quedó solo ante todos los hombres. Y murió solo. No murió por los hombres. No murió para que los hombres tuvieran un paraíso en la tierra. No murió por una idea política. Murió para expiar los pecados de todos los hombres. Murió para hacer una obra divina. Murió para poner al hombre el camino para salvar y santificar su alma.

Y toda alma, en la Iglesia, tiene que imitar a Cristo para ser de Cristo, para amar a Cristo y poseer la fe en Cristo.

Benedicto XVI no murió para expiar los pecados de toda la Jerarquía: no imitó a Cristo en la Iglesia. Renunció. Tenía que haberse separado y quedarse solo en la Verdad de Cristo. Solo con Cristo, que es permanecer en la Iglesia de Cristo, que es seguir guiando a la Iglesia por el camino, que es Cristo, que es enseñar a la Iglesia cómo sufrir por amor a Cristo.

Si el Papa, en la Iglesia, no es testimonio de la vida de Cristo, entonces ¿quién lo va a ser? Todos, en la Iglesia, siguen al Papa porque es otro Cristo. Pero si el Papa deja a toda la Iglesia en manos del lobo, entonces ¿qué pasa con todas las almas?

Hubo un gran pecado en la renuncia del Papa Benedicto XVI: pecado en la cabeza, pecado en la Jerarquía, pecado en los fieles.

Benedicto XVI tenía que haberse separado para seguir la obra divina de la Iglesia: allí donde está Pedro, está la Iglesia. El Papado es un gobierno vertical, no horizontal. Es un gobierno en Pedro, en una cabeza.

Benedicto XVI tenía que dar a la Iglesia el camino de salvación y de santificación. Pero dejó a la Iglesia en el camino de condenación: Bergoglio condena a las almas. Su doctrina es doctrina de demonios.

En el Vaticano, ya se ha comenzado la reforma eclesial, que Dios no la quiere. Y el Rebaño de Cristo tiene que repartirse entre un lado y otro.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo.

Ya no vale: o estás con el Papa Benedicto XVI o estás con Bergoglio o con el que le suceda. Eso ya no vale. El Papado se ha roto, se ha aniquilado.

Para estar con Benedicto XVI, él tiene que demostrar que sigue siendo el Papa: tiene que dar testimonio de Cristo ante toda la Iglesia: tiene que imitar a Cristo. Y eso no lo hace. No se puede estar con él, aunque siga siendo el Papa hasta la muerte.

Y estar con Bergoglio es elegir el camino claro de la condenación.

Aquel que elija estar con Bergoglio, elige estar en contra de Cristo. Esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender: tienen a ese hombre como Papa. Es su perdición.

Ya no hay que ser fieles a un Papa en la Iglesia: han quitado el Papado. Han puesto un gobierno de muchas cabezas. ¿A qué cabezas quieres obedecer? ¿Cuál es tu cabeza favorita? ¿Kasper? ¿Marx? ¿Pell? La Iglesia es una cabeza: Pedro. Los demás, son cabezas en Pedro, porque se someten a Pedro, le obedecen. ¿Quiénes del gobierno horizontal obedecen a Bergoglio? Ninguno. Todos rodean a Bergoglio por el gran negocio que hay. No por otra cosa. No por una verdad: todos ellos viven en el relativismo universal de la verdad. No creen en ninguna verdad, ni siquiera la de sus mentes humanas. Sólo creen en el dinero, o en la fama, o en el poder que da ser papa en la nueva iglesia.

Ahora es el momento de ser fieles a la Verdad, que es sólo Cristo. Ya la Jerarquía, en toda la Iglesia, no da la verdad. Sólo da una mentira. Y sólo están para eso: para mentir a todo el mundo, poniendo en sus bocas los intereses de Dios, los intereses de Cristo.

Para salvar a las almas del pecado, para arrancar a las almas del demonio, se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios. Están todos, en la Iglesia, buscando cómo llenar estómagos, cómo resolver injusticias sociales, como hacer valer los derechos de los hombres. Pero nadie busca a Cristo, su doctrina. Nadie da testimonio del Nombre de Cristo ante los hombres. Nadie conoce a Cristo porque no lo aman, no saben lo que es el amor a Cristo. No lo buscan en la Eucaristía. Buscan a Cristo en los hombres, en sus pobres, en sus conceptos tan míseros que tienen del hombre.

Cruz, Redención, Gloria: esta es la obra de Cristo. Esto es lo que nadie busca.

Nadie quiere crucificar su voluntad humana; nadie quiere expiar los pecados; nadie quiere ser santo.

Para crucificar los deseos del hombre, se necesita que la mente del hombre acepte la verdad revelada: cumplir con los mandamientos de Dios. Cumplir con el dogma.

Si no hay una norma de moralidad, si se ataca a la ley natural, a la ley divina, a la ley de la gracia y a la ley del Espíritu, entonces nadie expía los pecados. Porque el pecado es una obra sin ley, en contra de toda ley. Allí donde no hay ley, reina el pecado.

Y si las almas viven en el pecado, entonces no hay salvación, no hay santidad, no hay justificación. Hay sólo condenación.

En el Vaticano, sólo se observa otra iglesia, pero no la de Cristo. Es la iglesia de la Justicia de Dios.

«La venganza de Dios se aproxima, el tiempo urge, penitencia, oh pecadores… La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad… ¿A qué santos rezaremos nosotros?… La venganza celeste alcanzará todas las clases…. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará…. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones….Sangre, se beberá Sangre, sangre, se beberá… La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto, sermón del 3 de diciembre de 1751).

Esa iglesia, que están levantando desde el gobierno horizontal, es sólo iniquidad. Y no es más que iniquidad.

Si sigues a esa iglesia, ¿a qué santo de tu devoción vas a rezar? ¿A Monseñor Romero? ¿A ese hombre comunista?

¿Es esto predicar a Cristo?

«En la medida que un hombre es feliz, se está manifestando allí, la gloria de Cristo. En la manera que un pueblo encuentra los caminos de la paz y la justicia, la fraternidad y el amor, Cristo está glorificándose, Cristo está en la historia y la historia lo refleja, como alegría de los pueblos, como confianza de los hombres» (Monseñor Oscar Romero, 20 de enero de 1980).

La gloria de Cristo, ¿está en Su Cruz o en darle al hombre una vida feliz?

«No pongamos nuestra felicidad en gozar de una salud floreciente; de lo contrario, estaríamos igual que los tontos mundanos privados de los secretos celestiales» (San Pío de Pietrelcina).

Hay que padecer con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8, 17). Hay que predicar a Cristo Crucificado: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

En la medida que un hombre sufre, se está manifestando allí la gloria de Cristo, el poder de Dios. ¡Esto es predicar el Evangelio!

Para Monseñor Romero, esto es necedad: el hombre tiene que ser feliz para que se manifieste el poder de Dios.

¿Qué opinan los católicos? ¿Cristo predicó para que el hombre fuera feliz? ¿Cristo predicó para que el pueblo encontrara los caminos de paz, justicia, fraternidad y amor? ¿En dónde se glorifica Cristo? ¿No es en Su Padre, en la Voluntad de Su Padre? ¿Cristo predicó la alegría de los pueblos o la persecución por causa de su Nombre?

Las predicaciones de este hombre están plagadas de teología de la liberación. ¿Ahora un comunista va a ser santo? Eso es una iniquidad. Por algo, Juan Pablo II y Benedicto XVI pararon el proceso. Ahora un comunista, como Bergoglio, lo ha abierto. Y todos los católicos contentos. Esto es señal de que esos católicos no buscan en sus vidas la santidad: les da igual un santo que un marxista.

Cristo está en la historia y la historia lo refleja: todos los hombres son santos y justos. ¿Qué santidad, qué martirio por la verdad, por Cristo, hay en Romero? Ninguna.

«Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social. Hacemos un llamamiento, entonces, para que nuestra Cuaresma la celebremos así: dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también, para que sin odio para nadie nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más» (Monseñor Oscar Romero, 2 de marzo de 1980).

Cristo dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación social, de injusticia, el signo de la cruz salvadora: esto es puro marxismo. Esto no es predicar el Evangelio. Esto no es dar testimonio de la verdad, de la doctrina de Cristo. Esto es engañar a la gente. La Cuaresma es para buscar la justicia social y para repartir consuelos humanos. ¡Un santo verdadero nunca enseña estas cosas! Enseña a quitar el pecado y a hacer expiación del pecado, para una sola cosa: salvar el alma.

Este hombre, en sus prédicas hacía política. Coge un texto de la Sagrada Escritura y da su versión política, no da la enseñanza espiritual:

«… los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración. No le tienen miedo al sufrimiento, se abrazan a la cruz no con conformismo sino como María, que desde su pobreza y desde su sufrimiento supo decir también: “Ha despachado vacíos a los ricos y ha colmado de bienes a los humildes, y ha despedido del trono a los poderosos cuando se convierten en idólatras de su propio poder…”».

María, desde su pobreza, va en contra de los ricos, de los que tienen riquezas. María, desde su sufrimiento, va en contra de los poderosos, que con sus leyes oprimen al pueblo, que se hacen ídolos de su propio poder. Esto es lucha de clases, pero no el Evangelio de Cristo.

Este hombre era un político, no un sacerdote. Y lo mataron por eso, no por otra cosa. No murió dando testimonio de la Verdad, que es Cristo. No murió defendiendo a Cristo, a la verdad. Murió defendiendo a sus pobres, a su visión de lo que debía ser Cristo y la Iglesia. Él se metió con los militares y con los políticos, y acabó mal.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo. Pero no puede estar en medio: hoy con Bergoglio, porque ha dicho una cosa muy bonita; mañana lo critico porque, como siempre, ha desbarrado en su palabra.

En el Vaticano ya no está la Iglesia en Pedro, sino que está una iglesia que hay que levantarla para el anticristo. Y tienen que salir de todo eso. Y es lo que más les cuesta a los católicos, porque se dejan engañar de la falsa jerarquía, que ya ha tomado posesión en todas las parroquias, y se va al asalto final: cargarse el dogma.

«La Iglesia -como tal- ya ha caído; sólo le falta el último empujón de la bestia para ya dejarla caída, pisoteada del todo en el fango. Si todas estas reformas -y las que están por llegar- se ejecutan, será el fin de la Iglesia de Pedro. Sólo unos pocos consagrados escaparán a esta mentira, que se ciñe sobre la figura de Jesús y su Iglesia. Muy pocos los que desobedecerán al que se hace llamar Papa, por miedo, por ignorancia… quedarán muy pocos ya que a muchos serán perseguidos y dados muerte para que no prediquen la verdad» (Juan Pablo II – Mensajes personales, octubre 2014)

El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

corromper

«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

La lengua cortada de Bergoglio

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«Maldito el que habla en secreto y el de lengua doble, pues muchos que tenían paz se han perdido. La lengua cortada ha desterrado a muchos y los dispersó de pueblo en pueblo… Porque su yugo es yugo de hierro y sus cadenas son cadenas de bronce… Los que abandonan al Señor caerán en ella y los abrasará sin extinguirse» (Eclo 28, 15.16.24.27).

Llama la Sagrada Escritura maldito al hombre que, en secreto, a escondidas, pone su intención para hablar, después –públicamente-, otra cosa de lo que ha pensado. Es el que habla con intención escondida, sin revelarla, sin darla a conocer.

Habla para engañar, pero no para dar a conocer lo que ha pensado.

Y ese hombre es, también, de lengua doble; es decir, cuando habla usa un doble lenguaje: no muestra su mente verdadera, sino que usa dos mentes, dos ideas encontradas, dos lenguajes distintos.

Tiene que esconder su pensamiento verdadero con un doble lenguaje, con el fin sólo de dar a los demás lo que ellos quieren escuchar: es el objetivo de entretener, de desviar la atención de los problemas reales, para hacer tiempo de poner por obra lo que se ha pensado, pero que no se revela.

Está hablando, la Sagrada Escritura, de los falsos profetas, de los falsos pastores, en los cuales no hay ni puede haber ninguna verdad manifiesta. Todo lo que dicen es, para ellos, pero los demás, los que los escuchan, los que ven sus obras, no conocen lo que piensan realmente; no saben el motivo de sus obras; no caen en cuenta de la vida que esa persona tiene en realidad.

Así es Bergoglio: el que esconde su intención, el que no revela su mente, el que da muchas cosas, -muchas-, y juega con todo el mundo. A cada uno le dice lo que quiere escuchar.

Por eso el periodista italiano Andrea Gagliarducci dice que Bergoglio hace «lo que quiere y cuando quiere». Que es un hombre en cuyo gobierno hay «sólo uno mandando, mientras que los otros se dedican a la interpretación de su voluntad».

Es el orgullo: «lo que quiere y cuando quiere»; sólo uno ordena, impone su voluntad, su visión de la vida de los hombres y de la Iglesia.

Los Cardenales pusieron a un hombre orgulloso, que sólo puede vivir para su vida, pero que no puede vivir para la vida de la Iglesia. A Bergoglio no le interesa la Iglesia Católica, sino su idea de lo que es o debiera ser la Iglesia.

Un hombre, cuya obra en la Iglesia es sólo la visión de su vida, que es su propio pensamiento; pero que no es la visión que Cristo tiene de Su Iglesia.

Un hombre ofuscado en su mente humana, dando vueltas constantemente a  su entendimiento humano, que no da a conocer a nadie – no quiere mostrarlo- , porque lo que le interesa es utilizar a todos los que están a su alrededor para conseguir su intención, su obra, que deliberadamente la oculta a todos.

Si el orgulloso muestra su mente, otro le arrebata el poder, la obra, la vida. Por eso, Bergoglio calla su mente y habla, sin parar, de muchas cosas, que no son nada para él; pero que son un camino para llegar a su obra.

Habla muchas cosas porque tiene que cumplir su misión: la del falso profeta, que es hablar con engaño, con mentira. Él habla para dar a conocer su falsa doctrina. Y habla machaconamente, de manera obsesiva sobre su doctrina. Pero no puede obrar lo que dice porque en la Iglesia se obra de otra manera.

Bergoglio, al exterior, obra para el pueblo, para los hombres, pero no lo que piensa realmente. Para obrar su verdadera mente –lo que él piensa que debe hacerse-, Bergoglio tiene que hacer una doble vida, de acuerdo a su doble lenguaje.

Todo aquel que tiene un lenguaje doble posee una vida doble.

Por eso, él se rodea de su gente: que piensa como él y que puede obrar lo que él piensa. Él ha cambiado las estructuras del gobierno para poder obrar lo que él quiere. Para eso es el gobierno horizontal: tiene que desarrollar, de alguna manera, sus obras que no puede realizar abiertamente hasta que no se cambie la doctrina en la Iglesia.

Bergoglio es el hombre de lengua doble, de intención oculta: no revela su intención: «otros se dedican a la interpretación de su voluntad». Otros pierden el tiempo en esto.

Y aquí está el error de muchos: interpretar a alguien que no es claro, que esconde su verdadera intención, que tiene un doble lenguaje, una doble vida.

Por eso, muchos católicos quieren estar atentos a lo que hace Bergoglio para comprenderlo. ¡Este es el gravísimo error de muchos! Caen en este error porque no disciernen lo que es Bergoglio para la Iglesia ni para Dios.

No puedes comprender a uno que vive escondiendo su verdadera intención, porque nadie puede leer la mente del otro. Si el otro no la revela, es perder el tiempo investigando, interpretando cuál es la voluntad del otro. Sólo queda adivinarla, por sus obras exteriores, que tampoco son claras.

Un Papa verdadero y legítimo nunca esconde su intención: es claro, es sencillo. Todos saben a qué atenerse con el Papa. El alma está en paz ante una Cabeza que da seguridad porque no les va a engañar, porque se dedica a enseñar la verdad de siempre.

Pero Bergoglio es maestro del engaño: nadie está seguro con él. Es impredecible. Sale con cualquier cosa, porque sólo vive para su vida, no para la de los demás. No sabe hacer Iglesia, Cuerpo de Cristo, porque está en su falso misticismo, en su falsa espiritualidad: buscando el cuerpo místico del hombre. Buscando una unión entre los hombres que es la negación absoluta de toda verdad.

Al hombre se le conoce por lo que piensa, por la mente que revela, que manifiesta con sencillez. A Bergoglio, nadie lo conoce:

«… desde el primer “Buenas tardes” ha mostrado que no era nada de lo que nadie podía prever, tanto es así que algunos de los cardenales que lo eligieron han ido cambiando de idea sobre él» (Vittorio Messori – ver texto).

Bergoglio no es lo que parece, lo que otros dicen que es: no es Papa. No puede actuar como Papa. No puede hablar como Papa. No puede vivir como Papa. Él vive su propia vida, pero la tiene que vivir forzadamente porque en la Iglesia la doctrina no es lo que vive Bergoglio. Es otra cosa. Es algo que no puede vivir. Y, por eso, necesita una doble vida.

Y esto lleva al desconcierto:

«Esta cualidad de “no saber qué esperar” sigue agitando la tranquilidad del católico medio que está acostumbrado a no pensar demasiado sobre la fe y la moral, y que ha sido exhortado a “seguir al Papa”» (Ib).

Se pierde la paz con un hombre de oscuras intenciones. El de lengua doble, el que posee doble intención, el que tiene doble vida es la perdición de muchos que vivían en paz.

Bergoglio, como gobernante es un yugo de hierro: es una carga insoportable porque impone su idea, su voluntad. Al no dar la Verdad, tiene que imponer su mentira. Al buscar su propia vida, distinta a la vida eclesial, tiene que abrir caminos nuevos que son una imposición para todos, porque no son los caminos de la Iglesia.

Al querer una iglesia pobre para los pobres, entonces impone a todos los sacerdotes y Obispos su comunismo: su idea y sus obras. Y el clero, que es el que debería pensar qué pasa en la Iglesia, se conforma con los lineamientos de Bergoglio, se somete a sus ideas y a sus obras.

Pero el problema de la Iglesia no está en Bergoglio: ni en sus ideas ni en sus obras. No está en su doble vida. Está en la misma fe de los católicos.

Hombres, como Vittorio Messori, que son analistas religiosos muy influyentes en Roma, carecen de fe:

«Ciertamente, en un cónclave, los instrumentos del Espíritu Santo, dentro del contexto de la fe, son los cardenales electores (…) Pero la única y verdadera cabeza de la Iglesia es el propio Cristo (…) que sabe (…) quién es el mejor para ser su representante en este momento en el mundo. Esta opción (…) en el futuro, desde una perspectiva histórica, será revelado por qué esta fue la elección adecuada. (…) todos los papas, lo sepan ellos o no, realizaron el papel para el que se les escogió, en definitiva, las cosas salieron como tenía que salir».

Vittorio, como muchos católicos, da por sentado que Dios ha elegido a Bergoglio como Papa para Su Iglesia.

¡Este es el error de muchos católicos: se quedan en lo oficial! ¡En lo que dicen los hombres o en sus obras exteriores! ¡En la elección de unos cardenales!

Y la fe de un católico no es lo oficial: es la Verdad Absoluta.

Muchos católicos ponen en sus bocas que el Espíritu Santo ha elegido, a través de los Cardenales, a Bergoglio como Papa. Son ellos los que piensan eso y lo dicen. Y este pensamiento se impone en la Iglesia.

Pero nadie se ha preguntado qué piensa Dios de Bergoglio. Y nadie se pregunta esto sólo por una razón: han perdido la fe en la verdad del Papado.

Si Jesús levanta Su Iglesia sobre Pedro, entonces no puede haber un Papa como Bergoglio, que sea hereje. Esto es la verdad del Papado: el dogma del Papado. Y los católicos ya no creen en este dogma. Y ponen en boca de Dios lo que no pertenece a Dios. Ponen a un hombre como Papa. Y esta es la mentira.

Jesús, como Cabeza de la Iglesia sabe muy bien a quién ha elegido como Papa: Benedicto XVI. Esto es lo que niega Messori y muchos como él. Por estar en lo oficial. Por no ir a la fe.

Jesús ya puso Su Papa, el Papa oficial de la Iglesia Católica: Benedicto XVI. Los hombres lo quitaron y pusieron a un impostor: el papa de los hombres, el papa del mundo, el papa de doble intención, de doble lenguaje, de doble vida. Su papa, pero no el Papa de la Iglesia Católica, que sigue siendo Benedicto XVI.

Por lo tanto, este falsario no puede realizar la obra de un Papa: no tiene el Espíritu de Pedro. No tiene una misión divina. Tiene la misión que los hombres le han puesto en la Iglesia.

Y, por eso, ya en la Iglesia las cosas no salen como tienen que salir, en la Voluntad de Dios; sino que salen como los hombres quieren que salgan. En el capricho de los hombres, en sus soberbias y orgullos.

Como no se comprende esto, como no se discierne esto, entonces, se escuchan voces como ésta:

«No nos merecemos un Papa que nos hable así» (ver texto).

Esto es hablar sin discernimiento espiritual. Con el sentimiento de un hombre herido en su sensibilidad.

Claro, las palabras de Bergoglio hieren, pero hieren más cuando se tiene a Bergoglio como Papa. Y entonces no se comprende cómo un Papa dice estas cosas. No se comprende cómo Jesús ha puesto un Papa herético.

¡Esto es la falta de fe!

Porque Jesús no puede poner nunca un Papa herético, por el dogma del Papado. Podrá ser un Papa pecador, -y muy pecador-, pero nunca cae en la herejía.

Son los hombres los que ponen un Papa herético. Son los hombres los que imponen un Papa herético. Son los hombres los que anulan la verdad del Papado.

No es Jesús el que destruye Su Iglesia con un Papa herético. Son los hombres los que destruyen la Iglesia de Cristo al poner un papa herético.

Entonces, el problema gravísimo de toda la Iglesia es que están siguiendo a los hombres, el pensamiento de los hombres, las obras humanas, los caminos del hombre, pero no a Dios en la Iglesia. No la Voluntad de Dios; no el camino de Dios para Su Iglesia.

Con Bergoglio, la Iglesia no camina: no es camino Bergoglio en la Iglesia. No es camino divino. Es el camino del hombre; son los caminos del demonio en la Iglesia.

Se camina en la Iglesia con el Papa oficial, verdadero, legítimo: Benedicto XVI. Pero a éste, ya nadie lo quiere como Papa. Entonces, no hay camino. Sólo hay confusión, perdición de las almas.

Como muchos católicos creen que Dios les ha puesto un Papa para herirlos, para llevarlos a la herejía, para confundirlos, como lo hace Bergoglio, entonces exclaman estas insensateces.

Si crees que Bergoglio es Papa, entonces te mereces que Bergoglio te hable así.

¡Esto es lo lógico!

Porque Bergoglio no te puede hablar como un Papa verdadero y legítimo. No te va a enseñar la verdad. Siempre te va hablar así: como un falso papa. Entonces, no te quejes. No te excuses diciendo que no entiendes por qué Jesús ha puesto un Papa herético que hace daño a la Iglesia.

¡Falta de fe es lo que se ve en todas partes, en cada rincón de la Iglesia! ¡Falta de fe!

La Jerarquía vive perdida obedeciendo a un hombre que no es Papa. ¡Está perdida! ¡No sabe caminar! ¡No sabe guiar al rebaño hacia la verdad porque le han impuesto una doctrina que no es de la Iglesia, que no es la de Cristo! Si no predican que la iglesia es pobre para los pobres y no hacen las obras correspondientes, entonces los echan a la calle.

Y la culpa de todo esto son ellos mismos, no Bergoglio. Ellos que, por su falta de fe, se meten bajo el yugo de un impostor, de un usurpador, de un falsario. Y es un yugo de hierro. Y son cadenas de bronce.

Y así les pasa a todos los demás. ¡Cuántos analistas religiosos están en lo mismo! ¡Cuántos intentan interpretar por dónde va el falso pontificado de ese usurpador, para ver un camino en la Iglesia! ¡Y pierden su tiempo! ¡Y decrecen en la fe! ¡Y van perdiendo la vida eclesial para meterse en unos caminos que los van a llevar a una gran impostura! ¡A un gran cisma!

Maldito el de lengua doble. Bergoglio habla para los católicos, es decir, les dice lo que ellos quieren escuchar:

«Las familias saludables son esenciales para la vida de la sociedad. Da consuelo y esperanza ver a tantas familias numerosas que acogen a los niños como un verdadero regalo de Dios. Ellos saben que cada niño es una bendición. He oído de algunos de que las familias con muchos hijos y el nacimiento de tantos niños se encuentran entre las causas de la pobreza. Parece opinión simplista» (ver texto).

Con estas palabras, los católicos que no tienen discernimiento –que son muchísimos-, creen que Bergoglio está reparando lo que dijo en su anterior entrevista. Y no repara nada. No dice que se equivocó en lo de los tres hijos; nada dice de los conejos… Nada… Sólo habla para la galería: palabra bonitas, en las que se menciona la familia numerosa y en la que quiere, de alguna manera, contentar a los católicos.

Esto es siempre el falso profeta: primero la verdad, lo que unos quieren escuchar. Luego, la mentira.

Es lo que dice la Sagrada Escritura: «La lengua cortada ha desterrado a muchos y los dispersó de pueblo en pueblo…».

La lengua cortada es aquella persona que habla cortando la verdad: primero presenta una verdad, para cortarla y poner su mentira, que es lo que quiere transmitir en su mensaje.

Bergoglio corta la verdad de su razonamiento: no lo desarrolla. No desemboca en un pedir perdón a todos los católicos por las majaderías que dijo en esa entrevista; sino que corta su idea, para poner otra idea, totalmente diferente:

«la principal causa de la pobreza es un sistema económico, que ha llevado a la persona del centro, y ha colocado al dios del dinero; un sistema económico que excluye, excluye siempre: excluye a los niños, los ancianos, los jóvenes, sin trabajo… – y que crea la cultura del descarte que vivimos. Estamos acostumbrados a ver gente desechada. Esta es la principal razón de la pobreza, no las familias numerosas».

Bergoglio coloca su herejía del comunismo.

La causa de la pobreza es el pecado de avaricia, de usura, de soberbia, de orgullo de los hombres. Se lucha contra estos pecados, la pobreza se va resolviendo.

La causa de la pobreza no es un sistema económico. Ya el magisterio de la Iglesia enseña que ni el liberalismo, ni el capitalismo, ni el comunismo, ni el socialismo, ni ningún otro sistema, son caminos para resolver los problemas económicos o sociales de los hombres, de los gobiernos, de las sociedades. Todos van, de una u otra manera, en contra de la ley natural, de la ley divina y de la ley de la gracia.

Pero Bergoglio está en su idea masónica: «que ha llevado a la persona del centro, y ha colocado al dios del dinero». Es la persona el centro; la persona es sagrada; el hombre es el centro del universo.

Está en su idea comunista: «un sistema económico que excluye, excluye siempre: excluye a los niños, los ancianos, los jóvenes, sin trabajo…». La exclusión, la lucha de clases, el poder de unos, la riqueza de unos, el talento de unos, que los otros no tienen, son excluidos, porque no persiguen un bien común.

Y está en su idea protestante: «que crea la cultura del descarte que vivimos». Los hombres no viven en su pecado, son unos santos, son todos buenísimos, pero tienen el problema de que la sociedad los descarta. Hay que hacer una sociedad que no descarte a nadie, porque todos tiene derecho a vivir su idea de la vida, aunque ésta sea un pecado para algunos que viven el dogma. Justicia social, derechos humanos.

La lengua de Bergoglio es una lengua cortada: nunca puede decir una verdad. Nunca. La corta, la hace trizas y, por eso, dispersa al Rebaño.

Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica. Pero hasta que no tengas fe en la Palabra de Dios, vas a seguir atento a lo que hace Bergoglio como Papa, y te vas a confundir más y más, hasta perderte.

Tienes que creer que Bergoglio no es Papa. Este es el paso que muchos no se atreven a dar.

O combates a Bergoglio como falso Papa o la condenación segura, porque:

«Los que abandonan al Señor caerán en ella (en la muerte espantosa = en el infierno) y los abrasará sin extinguirse».

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