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El poder para excomulgar pertenece a toda la Iglesia

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«Si pecare tu hermano contra ti, ve y repréndele. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a uno o dos, para que por la palabra de dos o tres testigos sea fallado todo el negocio. Si los desoyere, comunícalo a la Iglesia, y si a la Iglesia desoye, sea para ti como gentil o publicano» (Mt 18, 15-17).

En estas palabras del Señor está el fundamento de la excomunión en la Iglesia: sea tratado como gentil. Es decir, se da una ruptura de las relaciones personales con ese hermano, una exclusión de la comunidad de la Iglesia.

La Iglesia tiene poder para juzgar a sus hijos, por ser una sociedad perfecta, por tener el Espíritu de Santidad, por poseer la Gracia Santificante. Y cualquier pecado mortal, si la persona no se corrige, tiene efecto de excomunión para el Señor: «si pecare tu hermano contra ti».

La Iglesia ha castigado ciertos pecados con la excomunión: aborto, herejía, apostasía de la fe, cisma. Pero en la Mente de Dios, entra cualquier pecado grave.

San Pablo, contra el incestuoso de Corinto, lo excomulga fuera de la Iglesia, al entregarlo a Satanás: «entrego a ese tal a Satanás, para ruina de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús» (1 Cor 5, 5). Y enseña:

«Dios juzgará a los de fuera. Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13).

Es deber de todo miembro de la Iglesia anatematizar a los que no quieren quitar su pecado mortal y viven, dentro de Ella, pecando, amando su pecado.

San Pablo enseña a apartar de la comunidad el peligro de la contaminación, excluyendo a aquellas personas que claramente viven en sus pecados.

Un alma que no quiere quitar su pecado lo irradia en toda la Iglesia, en su familia, en la sociedad, allí donde esté. Y su pecado es tentación para otras almas, es peligro de condenación. Por lo tanto, hay que apartarlos de la Iglesia: «Al sectario, después de una y otra amonestación, evítalo» (Tit 3, 10).

San Pedro hace un juicio sobre Ananías y Safira, que origina la muerte de éstos. Y su pecado fue la avaricia: «Ananías, ¿por qué se ha apoderado Satanás de tu corazón, moviéndote a engañar al Espíritu Santo, reteniendo una parte del precio del campo?» (Hch 5, 3). En este juicio sobre el pecado de avaricia, no hay perdón: la muerte viene como consecuencia. Y San Pedro obra una excomunión, que es una Justicia Divina, un castigo divino.

En el juico que hace San Pedro a Simón Mago, no hay pena de muerte: «Sea este tu dinero para perdición tuya, pues has creído que con dinero podía comprarse el don de Dios». (Hch 8, 20). San Pedro excomulga a Simón Pedro, pero sin la pena de muerte. Su pecado era la simonía.

San Pablo entrega a Satanás a Himeneo y Alejandro «para que no aprendan a hablar blasfemia», es decir, para que aprendan a quitar su herejía de la Iglesia.

La separación de la Iglesia se realiza en concreto por la exclusión de la Eucaristía: «quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). El que recibe la Eucaristía en pecado mortal, él mismo se hace su propio juicio; él mismo se excluye del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia; él mismo se excomulga.

Se hace reo, en los ojos de Dios, se hace responsable a Dios del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, porque profana la Eucaristía, profana a Cristo y a Su Iglesia. Se hace reo de Cristo y, por tanto se hace responsable a Dios, se hace merecedor de castigo.

El que come la Eucaristía en pecado mortal pide venganza a Dios; no pide Misericordia. Pide el infierno, el castigo, la exclusión de la Iglesia.

Para estar excomulgados de la Iglesia no hace falta otro Tribunal que la Mesa del Señor, que la Eucaristía, que la Santa Misa: esa Eucaristía es juicio contra el pecador que comete este pecado. Allí el hombre comete el delito, y allí es juzgado por el mismo Señor.

Por eso, dice San Pablo: «Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos dormidos. Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados. Mas juzgados por el Señor, somos corregidos para no ser condenados por el mundo» (1 Cor 11, 30-32).

La excomunión es siempre un castigo para el alma. Y puede ser medicinal o condenatorio para el alma. Pero en la Iglesia es necesario volver a la práctica de siempre: excomulgar a quien no vive la fe. Es lo que se ha olvidado por la Jerarquía y por los fieles. Y, por eso, tenemos una Iglesia llena de herejes que han cambiado la doctrina de Cristo y han puesto sus doctrinas. Y todos tan contentos, tan felices. Y este es el desastre de toda la Iglesia.

Una Iglesia que no excomulga es una Iglesia que va de cabeza hacia el infierno: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos condenados».

Pero hoy se ha suprimido el juicio, la Justicia, el castigo. Y todo es un Dios amor y lleno de misericordia. Y Dios es otra cosa a como lo pintan los hombres.

Hoy en la Iglesia ya no hay excomunión. Muy poca. Y sólo se entiende de la exclusión de la comunidad: se aparta al que peca con una serie de condiciones. Pero ha desparecido la idea de la excomunión por un pecado mortal, sea el que sea. No es necesario pecar de herejía para estar excomulgado. Cualquier pecado, para Dios, saca de la Iglesia al alma.

Hoy las personas no tienen vida espiritual y les asusta la excomunión. Pero es necesario castigar a las almas para que se enmienden, para que vivan su fe de una manera auténtica. Es necesario juzgar en la Iglesia como san Pedro y san Pablo hacían. Y eso no lo vemos desde hace mucho tiempo, porque queremos una Iglesia que no castigue, que no juzgue, que empolve las caras de los hombres para darles una felicidad, una alabanza, una sonrisa en su pecado. Y todo eso produce la pérdida de la fe en la Iglesia.

Como se ha perdido este sentido de la Justicia, del castigo, entonces, los hombres no saben medir los pecados de la Jerarquía. Y se creen que todos los sacerdotes, todos los Obispos son santos, son justos, son impecables.

Y hay tanta Jerarquía corrupta que las almas no se dan cuenta de ello, porque esa Jerarquía hace su teatro en la Iglesia: confiesa, celebra misas, administra sacramentos, y –por sus pecados- ya están excomulgados. Pero nadie, en la Iglesia, dice que están excomulgados. Y viene la confusión, y se obedece a sacerdotes y a Obispos que no son Iglesia, que no hacen Iglesia, que están excluidos de la Iglesia por sus pecados.

Éste es el caso de Francisco y de toda su cuadrilla de gente en su gobierno horizontal. Y ¿a quién le interesa esto? A nadie. Todos quieren a Francisco porque da una alegría a la Iglesia, porque no juzga a nadie, porque habla cosas tan sentimentales que es agrado el escucharlo. Y nadie atiende a su gran pecado. A nadie le importa que lo que está haciendo en la Iglesia sea nulo y sin efecto. Y tampoco se lo cuestionan. Porque ya en la Iglesia sólo se vive de apariencias externas, pero no se vive de la verdad de la Fe en Cristo.

Nadie toma a Cristo en serio. Nadie imita a Cristo en la Iglesia. A nadie le importa hacer las obras de Cristo. Todos están inmersos en realizar sus obras humanas y llamarlas de Cristo, cuando son sólo de Satanás.

¡Qué pocos han entendido lo que la Jerarquía ha hecho permitiendo el bautizo de un hijo de las mujeres lesbianas!

La Jerarquía no es la dueña de los sacramentos y, por tanto: «No queráis dar las cosas santas a los perros, ni tiréis vuestras margaritas a los cerdos» (Mt 7, 6).

Esas dos mujeres lesbianas son perras y cerdas por su pecado de abominación. Y es voluntad de Cristo no dar Sacramentos a los perros y a los cerdos. ¿Con qué derecho la Jerarquía va en contra de la voluntad de Cristo en la Iglesia? ¿Con qué autoridad? Cristo no da el poder para pecar a Su Jerarquía. Cristo da a Su Jerarquía el poder para no pecar, para no permitir ningún pecado, para quitar el pecado, para juzgar al que peca.

Y, ¿qué ha hecho esa Jerarquía bautizando a ese niño? Pecar. Y sólo pecar. La Jerarquía sólo administra los Sacramentos que son de Cristo, que es el dueño de todos los Sacramentos. Pero la Jerarquía no decide nada en contra de Cristo.

Y es lo que han hecho. Esas dos mujeres viven en su pecado. Y no es cualquier pecado. Y el Bautismo a un niño se da por la fe de sus papás. Y ¿cuál es la fe de esas dos mujeres? Ninguna.

Si tuvieran un poco de fe en Cristo, se separarían una de otra y expiarían su pecado. El que cree en Cristo busca el perdón de su pecado. Busca salir de su pecado. Busca el arrepentimiento de su pecado.

Esas dos mujeres, ¿qué buscan? Seguir pecando. No tienen voluntad de enmendarse de su pecado. Y, entonces, ¿con qué fe piden el Bautismo para un hijo? ¿Con qué fe van a educar a ese hijo, si sólo le van a enseñar a pecar, como ellas hacen? ¿Cómo van a conducir a ese hijo al Cielo si ellas no quieren ir al Cielo?

Esa Jerarquía ha cometido un grave pecado. Y no cualquier pecado ante la Iglesia. Y es necesario excomulgar a esa Jerarquía, a esas dos mujeres y a ese niño, a la madrina que ha aplaudido ese pecado

El escándalo en toda la Iglesia ha sido muy grave. Y ese escándalo viene de la Cabeza. El culpable: Francisco, que no sólo ha permitido eso, sino que lo aplaude, lo alaba, lo quiere.

Y esto trae una consecuencia para toda la Iglesia. Este hecho, tan notorio, tan escandaloso, es el inicio de un gran cisma en toda la Iglesia.

Una Jerarquía que produce el escándalo en toda la Iglesia, que no cuida lo que no es suyo, que no sabe juzgar al que peca, que sólo está ahí para su negocio en la Iglesia. Y esto se llama: cisma.

Nadie ha sabido medir el pecado de ese bautizo, indigno, escandaloso, herético, que lleva a toda la Jerarquía hacia el cisma. Y no lo medirán, porque ya no les interesa la Verdad. Se escandalizan de la Verdad, de la gente que les dice la Verdad. Ellos sólo escuchan a la gente que habla como ellos, que piensan como ellos, que obran como ellos.

Por eso, Francisco es un maldito. Y ¡qué pocos saben llamarlo así! Porque no quieren herir sentimientos, porque quieren dar su sentimentalismo estúpido a los hombres, porque quieren bailar con el demonio. Quieren estar con Francisco, porque les da dinero y fama. Pero no quieran estar con Cristo, porque Él sólo hace sufrir al alma; su camino es de cruz; su amor es dolor.

Y, por eso, la Jerarquía, que está ahora en el Vaticano, gobernando una Iglesia que no le pertenece, tendrá su castigo del Señor tan pronto como el Papa Benedicto XVI muera. Porque han obligado a un Papa a renunciar a su misión en la Iglesia, ellos estarán obligados a renunciar a su poder en la Iglesia, usurpado, arrebatado, porque otro invadirá Roma para ocuparla y tener a la Iglesia bajos sus pies. ¡Habéis arrebatado el poder; otro os lo quitará! Por eso, a Francsico lo quitan de en medio muy pronto.

Evangelii gaudium: el falso Cristo y la falsa Iglesia

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La falsa concepción del anticristo Francisco sobre los pobres le lleva a presentar un falso Cristo de los pobres y una falsa Iglesia para los pobres.

Porque falla en poner la raíz de la pobreza material en el pecado, también falla en la obra que Cristo hace en la tierra: una Obra Redentora para quitar el pecado de los hombres, no para sacar de la pobreza material a los hombres.

Cristo nació pobre por el pecado de los hombres: la Virgen María no encontró posada en ningún sitio y tuvo que irse a un establo para dar a luz a Su Hijo por el pecado y sólo por el pecado. Ningún hombre se compadeció de su estado, le cerró las puertas de su casa, y eso sólo tiene un significado espiritual: el que vive en el pecado no tiene amor y misericordia para nadie. Si hace algún bien es sólo por su interés humano, no por amor al hombre ni a Dios.

Y esto es lo que no ha comprendido este anticristo y, por eso, dice esta herejía, que va en contra de la Obra de la Redención y que niega la misma Obra y al mismo Cristo: “Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres” (n. 197).

Esto va en contra del dogma de la Redención, porque la Obra de la Redención de los hombres se hace sólo para quitar el pecado de los hombres, para reparar sus pecados, para cargar con sus pecados, para que quien siga a Cristo se transforme en un alma víctima por los pecados de los hombres.

Y, por eso, todo el camino de nuestra redención está signado por el amor victimal de Cristo. Un amor reparador del pecado de los hombres. No un amor liberador de la pobreza material de los hombres. Cristo se ha hecho pobre para quitar y expiar el pecado de los hombres. Y no para otra cosa. Y todo aquel que sigue a Cristo tiene que quitar y expiar el pecado de los hombres. Y sólo así se ama a los hombres: cargando con sus pecados.

Por eso, la vida espiritual es difícil, porque nadie quiere cargar, ser un alma víctima, para salvar a los hombres de su negro pecado. Y, en consecuencia, no está la vida espiritual en dar de comer a nadie, no está en dejar un coche de lujo para asemejarse a los pobres del mundo, no estar en quitar nada de lo material o de lo humano de la vida para hacerse pobre con los pobres. Eso es un engaño en la vida espiritual.

Jesús vivió pobre hasta su muerte sólo porque existía el pecado en el mundo y en los hombres, no porque había pobres en la tierra. Y, por tanto, se vive desprendido de todo lo humano y de todo lo material porque hay pecado. Y sólo por una razón espiritual: porque existe el pecado. No se vive pobre o no se desprende el hombre de las cosas materiales por un razón material ni humana. No porque existan los pobres hay que vivir pobre. Se vive pobre, desprendido de todo, porque existe el pecado y, por tanto, existe el apego a todo lo material, a toda la vida humana.

Esto es lo que no enseña este anticristo y, por tanto, enseña una falacia en la vida espiritual. Quien sigue a Cristo vive desprendido de todo lo material porque ve que el apego a todo lo material es un impedimento para seguir a Cristo. Y, por tanto, se desprende de aquello que su alma se apega para no caer en el pecado.

Cristo, que no tenía pecado, estaba totalmente desprendido de todas las cosas materiales. Podía vivir en una casa lujosa sin problemas, porque Él no se apega al lujo. Los hombres, como son pecadores, se apegan al lujo. Y si quieren seguir a Cristo tiene que desapegarse del lujo. Cristo podía comer manjares exquisitos sin problemas, porque no tenía pecado en su alma. Pero Cristo vivió pobre para enseñar a los hombres el camino para salir del pecado. Es una enseñanza espiritual para el hombre, para todo hombre. Cristo no vivió pobre porque había pobres en el mundo, sino para marcar el camino para vencer el pecado.

“El Salvador nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres”(n.197): esta enseñanza descubre en el anticristo Francisco su deseo de dar a la Iglesia sólo un camino humano en Ella. Jesús nace para una Obra Divina, no nace para asemejarse a los hombres y hacer obras humanas en su vida humana.

Este anticristo presenta a Jesús como hombre, para una vida humana, no para una obra divina. Y, por eso, está anulando a Cristo, su vida, su obra. Lo anula de raíz. Anula la Iglesia de Cristo para presentar una falsa Iglesia. Y esto es sólo porque no cree en Cristo, no cree en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en su idea de lo que es Cristo, su falsa idea de Cristo. Y, por eso lo presenta pobre, humano, con una vida humana, una vida para los hombres, unas obras para los hombres, sin poner a Cristo en el centro de la vida, sino que pone a Cristo en el centro de su pensamiento. Y, de esta manera, tuerce todo el Evangelio. Todo cuanto habla y obra Cristo es para su idea de los pobres, no es para la Verdad de la Vida de Cristo.

“fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero “(n. 197): la ofrenda en el Templo era para expiar el pecado, no porque eran pobres. Tanto ricos como pobres tenían que hacer una ofrenda de acuerdo su pecado y, en lo material, de acuerdo a sus posibilidades. Siempre este anticristo resalta la pobreza material, nunca el pecado, que es la raíz de la pobreza material. Y los padres de Jesús, que no tenían pecado, hicieron lo mismo que todos, porque así se configuraban con Su Hijo, que viene a expiar el pecado.

“creció en un hogar de sencillos trabajadores y trabajó con sus manos para ganarse el pan” (n. 197): Jesús no nace en un hogar de sencillos trabajadores, sino que nace en un hogar santo, inmaculado, donde no reina el pecado, donde se vive para amar a Dios y para adorarlo en Espíritu y en Verdad. Este anticristo sólo quiere señalar la vida humana de San José y de la Virgen María, pero no enseña la vida espiritual de ambos, que es lo que interesa para seguir a Cristo. Unos padres que sólo se dediquen a su vida humana nunca pueden enseñar a sus hijos a ir al Cielo y a creer en Jesús. Este anticristo quiere formar una falsa Iglesia para lo humano, en la que todos los hombres, estén en la Iglesia sin quitar sus pecados, viviendo en la Iglesia sólo porque son buenas personas. Esta es la falsa doctrina de este anticristo Francisco.

“Cuando comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así manifestó lo que Él mismo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres»” (n. 197): esto es torcer el Evangelio, es dar al Evangelio su propia interpretación, es cortar el Evangelio, porque el Señor en ese pasaje se refiere a muchos más que los pobres. Él habla de los cautivos del espíritu, a los que viven en sus pecados, a los cuales Él va para perdonar sus pecados, para liberarlos del Maligno, para darles la luz de la Fe. Es lo que nunca va a enseñar este anticristo, porque sólo se para ante los pobres, sólo se fija en los pobres materiales, y ahí construye un falso Cristo: el falso Cristo de los pobres. Y, por tanto, construye una falsa Iglesia: la que tiene que atender a los pobres materiales.

Y nadie en la Iglesia ha captado esta herejía durante ocho meses. Y es clarísima. Está a la vista de todos. Es lo que hace diariamente en Roma: besar a los enfermos, cuidar a los pobres, atender a todos los pobres, porque para él los pobres son una enseñanza en su vida: “Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos” (n. 198).

La Iglesia es para quitar el pecado, no es para dar de comer a nadie, no para vivir en Ella con nuestros pecados. La Iglesia la componen los que luchan contra su pecado, los que luchan contra el demonio, los que luchan contra el mundo. La Iglesia no está compuesta por buena gente del mundo que vive su vida porque da dinero a los pobres.

Se da de comer para expiar el pecado, no para hacer un bien humano a nadie. Y, por tanto, la Iglesia que expía el pecado de los hombres da la Verdad a los hombres y enseña la Verdad a los hombres, porque está llena de miembros que luchan por quitar sus pecados. Sólo aquel que lucha por dejar su pecado enseña una verdad al hombre. Pero el pecador que no deja su pecado no puede enseñar ninguna verdad al hombre. Sólo enseña su pecado, su error, su mentira.

El anticristo Francisco sólo aprende de los mentirosos, no de los que viven en la Iglesia quitando el pecado. Los pobres tienen mucho que enseñar: eso significa que la verdad está puesta en la vida humana, en los hombres. Ya la verdad no está en Jesús, en las Palabras y en la Obras de Jesús, sino sólo en los hombres, en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras. Y, como Jesús se hizo pobre, entonces hay que aprender de los pobres la verdad de la vida. Esta es la falacia de su argumento. Así vive él en su vida de Obispo. Por tanto, no es Obispo, no sabe ser sacerdote, no sabe lo que es Jesús, no sabe lo que es la vida espiritual, no sabe lo que es la Iglesia.

Esto es muy claro para aquel que no tenga embebida la doctrina de la teología de la liberación, como la tiene Francisco.

Para el alma que cree con sencillez todo es muy simple en la vida espiritual y en la Iglesia. Pero para tantos pastores, tantos sacerdotes, tantos Obispos que han renegado de la doctrina de Cristo para seguir sus fábulas en la Iglesia, como este anticristo, esto produce la destrucción de toda la Iglesia, porque ellos se han puesto como jefes de la Iglesia sin serlo.

Nadie ha comprendido que lo que viene ahora a la Iglesia es gravísimo. Vean la doctrina de este anticristo. Lleva a construir un falso Cristo y una falsa Iglesia. ¿Lo quieren más claro? ¿Hasta cuándo van a estar aplaudiendo y siguiendo al anticristo Francisco? ¿Hasta cuándo le van a hacer oídos en sus vidas?

Quien escucha a un mentiroso se hace mentiroso como él. Quien escucha al anticristo Francisco se pierde en la vida espiritual y pone en grave peligro su alma.

Disciernan lo que es Francisco. No se dejen engañar de sus absurdas palabras, de sus sentimientos cuando habla, de sus obras para los hombres en la Iglesia.

Todo es un engaño montado en Roma por muchos Cardenales y sacerdotes que están bailando con el mismo demonio al lado de un farsante que sólo vive para el aplauso humano.

La santidad de la Santa Misa

“Pruébese el hombre a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz. Porque, quien come y bebe, su propia condenación come y bebe, si no discierne el Cuerpo del Señor. Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes. Que si nos examinásemos bien a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Cor 11, 28-31).

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En estas palabras de San Pablo está la santidad de la Misa.

Hay que discernir el pan y el vino. Hay que discernir lo que está en el Altar. Y hay que discernir cómo está el alma de quien celebra y el alma de quien comulga.

Contra la santidad de la Misa hay muchas cosas hoy en la Iglesia.

1. No se usa el pan adecuado para la consagración, que ha de ser un pan sin levadura, blanco, de trigo. Y no más. Todo lo que no sea eso, no vale para ser materia de consagración. Y hoy se ven en muchas misas panes que no valen. Quien consagra eso, no hace nada, porque es necesaria la materia apta para consagrar: pan ázimo; del griego ázymos, “sin levadura”, pan que preparaban los judíos en la fiesta de pascua (cf. Ex. 12, 8). La Última Cena de Jesús fue, precisamente, una cena pascual. En ella, Jesús consagró pan ázimo. (cf. Mt. 26, 17). El ázimo representa el alma que no tiene soberbia, que no está levantada, que no se infla, que no se pone arriba para destacar, para que la vea. Los fariseos son lo contrario al ázimo, se inflan en sus pensamientos humanos.

2. No se usa el vino adecuado, del fruto de la vid, vino puro de uva. Sino que se emplean vinos adulterados, fabricados de otra manera, produciendo la transformación del fruto de la vid. Está prohibida la mezcla de cualquier elemento extraño al vino. Tiene que ser un vino sencillo no un alcohol inventado en el laboratorio. Si se usa un vino adulterado, no hay consagración.

3. En la Misa es necesario las oraciones que den a entender lo que se está celebrando. En la nueva Misa de Pablo VI se han quitado muchas oraciones que son fundamentales para la santidad de la Misa. Porque la Misa es en la Iglesia. Y la Misa es para dar culto a Cristo en la Iglesia.

La Misa es un Sacrificio de Adoración a la Santísima Trinidad, conforme a la intención primordial de la Encarnación, declarada por el propio Cristo: «Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo» (Sal. 40, 7-9; Heb., 10, 5).

Y, por tanto, toda oración debe ser hecha para adorar a la santísima Trinidad. En el nuevo misal desaparecen en el Ofertorio la oración Suscipe Sancta Trinitas (o Suscipe Sancte Pater), el Prefacio de la Santísima Trinidad que ya no es obligatorio y, en la bendición final de la Misa, ya no está el Placeat tibi Sancta Trinitas.

Es necesario ofrecer a Dios el pan que se va a transformar en el Cuerpo de Cristo y el vino que será Su Sangre. Porque lo que se ofrece a Dios no es el pan y el vino, sino la oblación de Cristo en el Altar.

Jesús tiene un Cuerpo para ser Víctima por los pecados. Y ese Cuerpo es lo que se debe ofrecer en Espíritu a la Santísima Trinidad antes de la consagración. Ahí el sacerdote indica su fe en lo que va a suceder después en la consagración. Si no se dicen estas oraciónes, la Misa pierde el valor de la santidad.

Porque la santidad en una Misa es ofrecer a Dios todo lo que hay en esa Misa. Si no se ofrece a Dios lo que hay en el Altar, ¿a quién se ofrece? Al demonio, al pueblo. Y ahí se produce un mal en la Misa. Pero este mal no anula la esencia de la Misa. Este mal va en contra de la santidad de la Misa.

E igualmente hay que acabar la Misa con una oración a la Santísima Trinidad para pedir a Dios Misericordia por los pecados. Si no se hace esta oración, no se da gracias a Dios por su Misterio y no se reconoce el valor de este Misterio para la Iglesia y para las almas.

La Misa es para llenarse de la Misericordia de Dios sobre el alma y la Iglesia, para que el Señor mire al hombre con el Corazón Misericordioso de Su Hijo. Porque para eso es la bendición final: para que el Señor derrame sus misericordias, no sus gracias, no sus dones, sino lo que es la esencia del Sacrifico Redentor de Cristo sobre el hombre pecador: la Misericordia.

La Misa es un sacrificio propiciatorio, por tanto en Ella se realiza la remisión de los pecados, tanto por los vivos como por los difuntos.

Pero en el nuevo Ordo se hace hincapié sobre el alimento y la santificación de los miembros de los asistentes. Pero no se dice nada de la remisión del pecado.

Se va a una misa para limpiarse de los pecados, para quitar los pecados, para purificar el corazón del pecado.

Este es el único sentido de la Misa. Y, por tanto, se va a una Misa para participar en la Pasión de Cristo y alimentarse de ese Sacrifico.

Y la única forma de hacer esto es quitando el pecado. Hoy muchos asisten a la Misa y no comulgan sacramentalmente. Y, entonces, ¿para qué van a la Misa si no van a comulgar con el Sacrifico de Cristo? Es mejor que no vayan, porque no les aprovecha en nada escuchar una Misa en pecado.

Este es el error que se da hoy en la Iglesia por poner la Misa sólo como alimento y santificación del Pueblo.

Pero ¿cómo se santifica el Pueblo si no quita primero el pecado, si no se purifica cada alma en su corazón del pecado? Es imposible ninguna santificación.

Y, por eso, se cae en el absurdo de la ‘comunión espiritual’ de los que no pueden comulgar por sus pecados.

Pero ¿qué unión puede haber entre Dios y el que está en pecado? ¿Qué unión puede haber entre la Iglesia y el alma que vive en su pecado? Ninguna. Porque el que está en su pecado traza un abismo con Dios y con la Iglesia. Un abismo que sólo Dios puede quitar si el alma confiesa su pecado.

Entonces, hoy asisten a la Misa muchas almas que no quieren dejar sus pecados. Y eso es un obstáculo para la santidad de la Misa.

La Misa es para las almas humildes, que están en gracia y viven la gracia siendo fieles al Espíritu Santo.

La Misa no es para los pecadores. Para los pecadores es el Sacramento de la Confesión, que ya nadie utiliza porque no hay pecado.

La Misa es para que las almas vivan la Obra de la Redención y ayuden a Cristo a que los pecadores se abran a su Misericordia. Se va a una Misa para salvar almas del demonio. Pero esto no se puede hacer si el alma escucha una misa en pecado. Sólo el alma en gracia se une a Cristo en la Misa y repara con Él los pecados de los demás, de su familia, de sus hijos, de sus amigos, que viven en el pecado. y no quieren salir del pecado.

Por eso, no hay que obligar a nadie a ir a Misa si está en pecado, porque esa no es la función de la misa. La Misa sólo sirve para expiar el pecado. Y no sirve para otra cosa. Quien no quiera expiar el pécado, que no vaya a Misa. Que se queden en su vida de pecado, porque se va a misa para encontrar la salvación del alma no para seguir en el pecado.

El fin de la Misa consiste en que es primordialmente un Sacrificio, que sea agradable a Dios, es decir, que sea aceptado como sacrificio. Y, en el estado de pecado original, ningún sacrificio puede ser aceptable a Dios. Sólo el de Cristo. Por tanto cuando se ofrece el pan y el vino es necesario la consagración inmediata de ese pan y ese vino para representar sobre el altar al Sacrificio de Cristo.

Pero el nuevo Ordo de la Misa se altera la ofrenda degradándola.

Se la hace consistir en una especie de intercambio entre Dios y el hombre: el hombre pone el pan y Dios lo cambia en pan de vida; y pone el vino y Dios lo convierte en una bebida espiritual: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (o vino), fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida (o bebida de salvación)».

Las expresiones «pan de vida» (panis vitae) y «bebida espiritual» (potus spiritualis) son absolutamente indeterminadas, ya que pueden significar cualquier cosa. Aquí se invoca sólo la presencia espiritual de Cristo entre los suyos, pero no se hace hincapié en el cambio sustancial que se va a producir en la consagración, en la Presencia Real de Cristo que va a suceder. Se han suprimido las dos oraciones que producían esto: Deus qui humanae substantiae y Offerimus tibi, Domine.

Con lo cual la Misa es sólo ofrecer algo humano a Dios, pero no la Víctima que es Cristo Jesús.

Se quita lo principal en la santidad de la Misa: que es el pecado. La Misa se hace para reparar el pecado, para expiar el pecado. No tiene otra función.
Si se suprime esto, ¿qué queda? Una fiesta, una comida, una reunión de hombres, una discoteca, cualquier cosa que los hombres quieran poner en la Misa.

Por eso, observamos Misas totalmente paganas, porque ya los sacerdotes no creen en la Misa, no creen en lo que celebran, no creen en la Palabra de Dios. Les da igual la Misa. Lo que importa es hacer un acto agradable a los hombres, ya no a Dios, para que los hombres estén contentos en su vida humana.

La santidad de la Misa en el nuevo Ordo no existe, no puede darse. Y esto es muy grave.

Pero, aunque no se dé, si el sacerdote dice las palabras correctas en la consagración, entonces permanece la esencia de la Misa, hay misa, pero no santifica lo que se produce en el Altar.

Y este el problema de la Iglesia hoy día: se tiene una Misa que no cambia a las almas, sino que las deja como están.

Por eso, dice San Pablo: “Por esto hay entre vosotros muchos enfermos y achacosos, y mueren bastantes”.

La Misa da la salud al alma. Pero si no se hace correctamente, la Misa sólo trae problemas espirituales y humanos a todos.

Por eso, el mundo está como está, porque sus sacerdotes ya no celebran ni la esencia de la misa ni la santidad de la misa.

Y es lógico pensar que, muy pronto, la Misa va a ser anulada en su esencia. Con Pablo VI se anuló la santidad de la Misa. Con Francisco y con sus seguidores se anulará la esencia de la misa.

Y, cuando suceda esto, entonces ya no hay que mirar a Roma para buscar una Misa. Ya hay que buscar a aquellos sacerdotes que quieran hacer las cosas como Cristo las hacía y cómo Él lo enseñó a Sus Apóstoles.

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