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La Iglesia es la Palabra

La Iglesia es la Palabra y, por tanto, la Iglesia es la Jerarquía porque sólo el sacerdote da la Palabra en la Iglesia.

fariseismo

Una Iglesia sin Jerarquía no es Iglesia.

Una Iglesia donde la Jerarquía sólo se somete a los laicos no es Iglesia.

Los laicos, para ser Iglesia, tienen que obedecer a la Jerarquía. Si no hay obediencia, no hay laicos en la Iglesia.

El sacerdote en la Iglesia no está al servicio del pueblo, sino al servicio de la Palabra.

El sacerdote en la Iglesia no tiene que estar buscando las palabras de los hombres ni haciendo caso a lo que el Pueblo quiere en la Iglesia.

El Pueblo de Dios no decide nada en la Iglesia.

El Pueblo de Dios decide algo en la Iglesia cuando se somete a la Jerarquía.

El punto de la nueva iglesia, que ya funciona en Roma, es que no existen los sacerdotes.

Para ellos, el sacerdocio se iguala al laico, al Pueblo de Dios. El sacerdote, en esa nueva iglesia, se viste como sacerdote, pero su ministerio es resolver problemas humanos de la gente, dialogar con la gente, agradar a la gente, contarles cuentos a la gente, predicar que Dios es amor y misericordia, pero nunca predicar del pecado, ni de la justicia, ni del infierno, ni de la cruz.

Esto, que ya está en la nueva iglesia en Roma, se ha venido haciendo desde hace 50 años. Y, por eso, es fácil quitar el sacerdocio, porque los sacerdotes se dedican a sus asuntos humanos y, después, celebran una misa y hacen que predican algo sobre Dios.

Nadie en la Iglesia ha comprendido la función del sacerdocio. Todos creen que la Iglesia comienza con Pentecostés y, por tanto, todos en la Iglesia tienen sus dones y carismas para hacer en la Iglesia lo que les da la gana.

Si la Iglesia no es la Jerarquía, la Iglesia, por más que tenga dones y carismas, es nada. Porque en la Iglesia no se está para obrar un carisma, sino para obrar la Palabra de Dios.

Y aquel que no quiera obrar la Palabra de Dios hace como Francisco: se inventa su iglesia para llenarla de hombres que predican fábulas a las gentes y recogen dinero para darlo a los pobres.

Una Iglesia que pone el sacerdocio al servicio de la comunidad anula el sacerdocio.

Y lo anula de raíz.

Porque el sacerdocio es para dar culto a Dios. Y los fieles en la Iglesia siguen al sacerdote para dar culto a Dios. Los fieles no adoran a Dios sin los sacerdotes, sin sus Pastores. Nadie se salva en la Iglesia sin su Pastor, sin su sacerdote.

La Santa Misa es sólo para dar culto a Dios, no es para pasárselo bien, no es para dialogar entre sacerdote y fiel. Es para adorar a Dios en comunidad, en un acto divino. Y ese acto divino es lo que hace ser Iglesia. Sin ese acto divino, sin la Sta. Misa, no existe la Iglesia. Existirá el conjunto de hombres, que unos se visten de sacerdotes y otros de laicos. Y hacen cada uno sus obras, las que sean. Y eso es lo más contrario a la Iglesia.

Hoy ya no se define la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, sino como una comunidad de fieles.

En esta definición se da la anulación de la Iglesia.

Para acabar con la Eucaristía hay que acabar antes con el sacerdocio. Que el sacerdote haga las obras de los demás en el Iglesia. Y, por tanto, que la Misa sea algo del pueblo y para el pueblo. Por eso, se ven en la Misas lo que se ve: arte, cultura, bailes, músicas, cosas mundanas, cosas profanas, pero ya no lo divino.

Cuando en la Misa aparece todo eso con aprobación del sacerdote, eso ya no es una Misa, sino un conjunto de hombres que se dedican a hacer su teatro en la Iglesia: unos en el altar, otros en los bancos o en las mesas de la Iglesia.

En la práctica ya no se da el sacerdocio en la Iglesia. En muchas misas sólo hay una obra de teatro, aunque se digan las palabras correctas de la consagración. Porque la Misa no es sólo decir las palabras de la consagración, hacer algo en el Altar. La Misa, desde que inicia hasta que acaba, es un acto de adoración a Dios. Y si no se da este acto, si en la Misa se mete lo profano y lo mundano, es imposible hacer ese acto de adoración a Dios.

Como la Misa se ha convertido en todo menos obrar la Palabra de Dios, el sacerdocio ha desaparecido de la Iglesia.

Sólo los sacerdotes que saben lo que quieren en una Misa y que lo imponen a los demás, hacen la Misa como adoración a Dios. Los demás hacen su teatro.

La Misa como Iglesia, en la práctica, ya no se da en la Iglesia.

La Misa como conjunto de fieles, entre ellos el sacerdote, se sigue dando en la Iglesia.

La Misa como Iglesia significa que sólo en esa Misa se da la Palabra de Dios. Sólo se escucha la Palabra de Dios. Sólo se obra la Palabra de Dios. Para conseguir esto hace falta una liturgia adecuada que, desde hace 50 años, ya no se da en la Iglesia.

Sólo en algunos conventos dedicados a lo antiguo se sigue dando esta Misa como Iglesia. Porque la Iglesia es la Palabra de Dios, es Jesús y sólo Jesús.

Después hay muchas misas como conjunto de fieles. Y entre ellas muchas que ya no son misas, son otra cosa, porque prevalece en ellas lo profano y lo mundano.

Una Iglesia sin misa es nada. Una Iglesia con una misa de comunidad de fieles es algo un poco más que nada. Y una Iglesia con la Misa auténtica es la Iglesia de Jesús.

Por eso, si vemos las misas cómo están veremos que ya casi ha desaparecido la Iglesia. Y la Iglesia se está convirtiendo, en la práctica, en un conjunto de fieles. Y no más. Que obran cosas en la Iglesia. Y punto.

Por eso, la insistencia de Francisco de que los sacerdotes atiendan a los laicos en la Iglesia. Es que es eso lo que ya se vive dentro de la Iglesia.

Y se dice, luego, que todos tenemos carismas y dones y hacemos la Iglesia con todo eso. Esa es la enseñanza propia del demonio que le gusta obrar los carismas y los dones en almas que ya no creen en la Palabra.

El demonio también obra sus carismas en la Iglesia: también predica, también sana, libera, hace milagros y así obra lo que los hombres desean en la Iglesia.

La Iglesia no es la obra de los carismas, que tenga cada uno, sino que la Iglesia es la obra de la Palabra de Dios.

La Palabra obra y forma su Cuerpo.

Un Cuerpo que está integrado por almas que siguen al Espíritu de la Palabra. La Palabra es Cristo. Y el Espíritu de la Palabra es el Espíritu de Cristo. Y sólo forman la Iglesia los que tienen el Espíritu de Cristo. Los demás, aunque tengan carismas y dones, si no tienen ese Espíritu, no forman la Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, obra Su Palabra en Pedro. Y es en Pedro donde funda Su Iglesia. Y fuera de Pedro no hay Iglesia.

Jesús, que es la Palabra, da a Pedro el gobierno de toda Su Iglesia. Ese Poder que recibe Pedro es una Obra de la Palabra en la Iglesia.

Pedro gobernando la Iglesia obra la Palabra.

Pedro renunciando a ser Pedro impide la Obra de la Palabra en la Iglesia.

Desde la renuncia de Benedicto XVI no es posible Obrar la Palabra en la Iglesia.

Este es el Misterio de la Iglesia.

La Palabra se da en la Iglesia a través de Pedro. Y sólo a través de Pedro.

La Palabra obra en Pedro y lo hace la columna de la Verdad en la Iglesia. Se quita Pedro y se echa abajo esa columna. No hay Verdad en la Iglesia. Quedan 20 siglos de Verdad, pero ya nadie obra la Verdad. Queda una reliquia que nadie atiende. Por eso, ya se ve en la Jerarquía la caída de la fe católica. Ya nadie sigue el Magisterio de la Iglesia, sino que cada cual lo interpreta a su manera egoísta.

Y obedeciendo a Pedro, los demás en la Iglesia obran la Palabra. Si no existe Pedro, no hay nada en la Iglesia. No hay obediencia a nadie. No hay Autoridad Divina. No hay sujección a nada ni a nadie en la Iglesia.

Por eso, la obra de Francisco era desmontar el Papado. Y lo ha hecho anulando el gobierno vertical, es decir a Pedro.

Pero Pedro ya no existía en la Iglesia porque Benedicto XVI renunció a ser Pedro.

Lo que hizo Francisco es sólo la obra de la renuncia de Benedicto XVI, la obra de un hombre que decidió no ser Pedro, dejar de ser Pedro. La consecuencia es clara: tiene que haber un gobierno horizontal en la Iglesia.

Francisco siguió el pensamiento de Benedicto XVI. Lo siguió. Lo puso en obra. Es el Papa el que impide el gobierno horizontal. Se quita al Papa, viene el gobierno horizontal.

Benedicto XVI al renunciar produjo en el Cuerpo Místico una división que ya nadie puede arreglar.

Porque Pedro es el que une el Cuerpo Místico. Si Pedro renuncia ya no puede unir el Cuerpo y se da una división en la Cabeza, en el Vértice de la Iglesia.

Esa división trae una consecuencia para todos los fieles: todos están sujetos a una cabeza falsa.

Si se va Pedro de la Cabeza, lo que hacen los Cardenales es poner una falsa cabeza. Esa falsa cabeza ya no puede unir el Cuerpo Místico porque Benedicto XVI produjo la división en ese Cuerpo. División en el Vértice que une al Cuerpo.

Cualquier cabeza que se ponga en la Iglesia es incapaz de unir a la Iglesia en la verdad. Incapaz. Por culpa de Benedicto XVI. Él tiene la culpa.

Lo que hace Francisco es aprovecharse de esa división para crear, en la práctica, la división en la Iglesia.

El problema de Roma es que ya no puede hacer Iglesia, porque la Iglesia ha quedado rota con Benedicto XVI. Rota. Dividida. Y no hay quien la junte de nuevo. Sólo el Espíritu de la Iglesia sabe el camino de la Iglesia, que es el camino de la unidad, que ya no se puede dar en Roma.

Y lo que se ve en Roma es sólo el fruto de ese rompimiento que hizo Benedicto XVI, que conlleva destruir toda la Iglesia.

Por eso, no hay que mirar a Roma ni a Francisco. No hacen Iglesia, están haciendo lo propio de la obra de Benedicto XVI: romper la Iglesia.

Benedicto XVI se cargó la Iglesia en su renuncia. Para Dios no hay nada en Roma. Pero Dios sabe cómo son los hombres, que no disciernen nada, que no ven las consecuencias espirituales de nada, que sólo miran lo exterior de la vida y de los hombres. Y Dios espera a que las almas despierten y salgan de Roma, porque allí no hay nada.

Ahora viene a Roma otra cabeza. Y esa cabeza pondrá la anulación del sacerdocio y de la Eucaristía, porque es el siguiente paso en el plan del demonio.

El demonio no puede hacer que la Iglesia se abra, en la práctica al mundo, si no quita primero la Eucaristía.

Porque la gente va a la Iglesia por la Eucaristía. A la gente le importa muy poco el Papa o la cabeza que haya en la Iglesia. La gente no quiere saber nada de Obispos ni de sacerdotes. Sólo quieren su misa y su comunión.

Y, por eso, para sacar a la gente de eso y hacer que la Iglesia camine hacia el mundo, hay que suprimir la Eucaristía y el sacerdocio.

Y, entonces, la gente va a despertar, porque le van a tocar la niña de sus ojos. Y la gente no ha comprendido que ya no hay nada en la Iglesia. Todo es una obra de teatro. Pero Dios sabe esperar los tiempos. Y Dios se acomoda a lo que vaya haciendo los hombres en la Iglesia para dar su luz divina y hacer que las almas salgan de Roma.

Nadie puede juzgar a Pedro

“Por otra parte, que toda criatura humana esté sujeta al Romano Pontífice, esto declaramos, decimos, definimos y pronunciamos a ser del todo necesario para la salvación.” (Papa Bonifacio VIII – Unam Sanctam , n 9.)

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Pedro tiene en la Iglesia la misión de cuidar toda la Iglesia, porque la Iglesia ha sido fundada sobre él. Y, por tanto, el gobierno de la Iglesia sólo está pendiente de las decisiones de Pedro.

En Pedro, Cristo depositó la plenitud del sacerdocio. Y contra Pedro nadie puede levantarse si no quiere perder el Reino de los Cielos, porque tiene las llaves de ese Reino. En el Cielo no entra nadie sin la gracia de quien tiene las llaves.

Pero Pedro no puede ir en contra de Pedro, en contra de sí mismo, de la vocación a la que ha sido llamado en la Iglesia. Si va, entonces ya no cabe la obediencia a Pedro.

Los católicos que rechazan a Francisco como el verdadero Romano Pontífice no cometen un pecado mortal objetivo y no están excomulgados automáticamente.

Y la razón es muy sencilla: porque el verdadero Papa es Benedicto XVI, no Francisco.

Se rechaza a Francisco porque es un usurpador de la Silla de Pedro.

Benedicto XVI sigue siendo Papa a los ojos de Dios, porque el don de Dios es irrevocable, no lo puede quitar un documento firmado por Benedicto XVI y leído en la Iglesia. En ese documento no se dio la Razón Divina de la renuncia de Benedicto XVI a la Iglesia. Luego, Benedicto XVI sigue siendo el Papa verdadero, le guste o no le guste a los teólogos de Roma.

Quien quiera excomulgar a los católicos que siguen a Benedicto XVI por no seguir a Francisco lo hacen sin tener ninguna autoridad divina sobre la Iglesia, porque el Poder Divino sólo está en Benedicto XVI, no está ni en Francisco ni en la Jerarquía Eclesiástica, que han usurpado la Autoridad de Dios en la Iglesia poniendo su autoridad humana como motivo de cisma en la Iglesia.

Ellos han comenzado el cisma en toda la Iglesia al no someterse al dogma del Papado y al hacer del Papado un gobierno horizontal.

Quien quiera ahora desde ese gobierno horizontal anatematizar contra los que se oponen a Francisco sólo hacen un acto de dictadura, de fascismo, de herejía en el poder. Se arrrogan un poder que no tienen y hacen de ese poder su instrumento para el mal en la Iglesia.

Ellos, en su prepotencia, quieren que todos se sometan al pensamiento humano del gobierno de la Iglesia.

Y quien gobierna la Iglesia es Cristo con Su Vicario en un gobierno vertical, no horizontal.

El bufón de Francisco ha quitado el gobierno horizontal por su capricho humano, según su voluntad humana. Él es el que ha cometido un pecado mortal objetivo y queda excomulgado al anular un dogma en la Iglesia.

Él se ha hecho Papa sin la Voluntad de Dios, dirigiendo la atención de la Iglesia sólo a la conquista de lo humano, dejando el culto de Dios oculto en la Iglesia.

Él se ha encargado de anular cualquier voz que hable en contra de él en la Iglesia.

Él tiene a toda la Iglesia con el miedo de hablar de su necia vida en la Iglesia. Su vida es bien clara, se cae por su propio peso. Y todos, por un falso respeto a Francisco, por una absurda obediencia, por quedar ciegos por su soberbia, callan lo que otros dicen sin temor porque han comprendido la Verdad que sólo el Espíritu da en la Iglesia a los humildes de corazón.

Quien quiera seguir al usurpador, que lo siga. Allá cada uno con su conciencia. Pero aquel que quiera dar a su conciencia la verdad no puede seguir a Francisco ni tampoco a Benedicto XVI hasta que éste no salga de su pecado.

La Iglesia está ahora sin cabeza visible. Y, por tanto, lo que hay en la Iglesia es una lucha por el poder de la Iglesia. Lucha humana entre sacerdotes y Obispos.

Ni se quiere a Francisco ni se quiere a Benedicto XVI.

Ya no se quiere a ningún Papa, porque el Papa ya no sirve en un gobierno horizontal. Está de más. Nadie puede obedecer a nueve cabezas en la Iglesia. Eso no está en el dogma del Papado.

La Iglesia se fundó en Pedro, no en ocho cabezas, no en un gobierno horizontal.

Y aquel que quite la verticalidad del gobierno en la Iglesia automáticamente sale de la Iglesia, queda excomulgado por ir contra, no sólo de la Voluntad de Dios, sino del principio inmutable del gobierno vertical de la Iglesia.

Que los teólogos aprendan a discernir el Espíritu para dar la correcta interpretación de lo que pasa hoy en la Iglesia.

Es muy fácil coger los anatemas de los diferentes Concilios sobre el Papado y anatematizar a quienes no sigan a Francisco.

Eso lo hacen sólo los teólogos fariseos en la Iglesia, que sólo les interesa su pensamiento humano y que todos bailen con el necio de Francisco.

En la Iglesia no se sigue ningún pensamiento humano de nadie, ni siquiera de un Papa, cuando éste pensamiento humano va contra la Elección de Dios.

Por eso, no hay que seguir a Benedicto XVI en su renuncia porque es sólo su pensamiento humano sobre la Elección Divina al Papado. Y ese pensamiento humano se opone a la Voluntad de Dios sobre su alma y a la Vocación Divina que le ha llamado a ser Pedro en la Iglesia.

Y, en este punto, hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. No se da la obediencia a Benedicto XVI cuando renunció. Y, por tanto, no se puede dar la obediencia a Francisco. Y esto es sólo el sentido común.

Se juzga a Benedicto XVI por cometer un pecado que va contra la esencia de la Iglesia. Y nadie puede aplaudir ese pecado. Y nadie puede justificar ese pecado con un razonamiento humano de los actos del Papa Benedicto XVI.

A Benedicto XVI, al que nadie lo puede juzgar, hay que juzgarlo sólo en este pecado. En los demás que pudiera cometer en su Pontificado, no se juzga ni hay que juzgarlo.

Nadie en la Iglesia puede seguir un pecado y a un pecador. Quien quiera seguirlo, allá él con su conciencia.

Y la única verdad ante la renuncia de Benedicto XVI es obedecer a la Cabeza Invisible de la Iglesia, que da la Verdad sobre esa renuncia.

No se puede obedecer a ningún teólogo en la Iglesia porque es un acto del Papa. Y un acto que sólo el Papa hace por ser el Vicario de Cristo. Y ese acto sólo puede ser juzgado si va contra la esencia de su vocación divina al frente de la Iglesia.

Y, por tanto, sólo hay que buscar la Verdad en Dios en ese punto. No se puede buscar la Verdad en la Iglesia, porque sólo Pedro es Infalible, no la Iglesia. Y cuando Pedro va en contra de su propia infalibilidad, como es el caso de su renuncia, toda la Iglesia queda falible, al fallar la Cabeza Visible. En consecuencia, si todos somos falibles, nadie tiene la verdad sobre esa renuncia y hay que buscarla sólo en Jesús, que es el Rey de la Iglesia, la Cabeza Invisible de la Iglesia que siempre gobierna la Iglesia aunque Pedro haya renunciado a ser Pedro. Y que siempre tiene la Verdad de la Iglesia.

Benedicto XVI con su renuncia se alejó de la Iglesia. Cometió un pecado mortal y queda excomulgado por la razón de su pecado. Él mismo se excomulgó.

Que nadie ahora hable de excomuniones cuando ya no hay poder divino en la Iglesia. El poder de Dios lo tiene ahora sólo Cristo, que es el Rey de la Iglesia, la Cabeza Invisible contra la que tropieza ahora toda la Jerarquía en Roma.

Y ese tropiezo hace que Roma sea considerada como la Ciudad en la que reside el Anticristo, por oponerse a la Voluntad de Dios en Cristo Jesús, en la Cabeza Invisible de la Iglesia.

Sólo Cristo Jesús gobierna su Iglesia ahora sin ninguna cabeza humana.

Y eso es lo que Roma ni puede aceptar y nunca lo aceptará por su soberbia y su orgullo.

Están agarrados a su poder humano y no ven hacia dónde va la Iglesia ahora, porque sólo les interesa formar su nueva iglesia para así obligar a todos a seguir lo que no se puede seguir: la mentira que dan toda la Jerarquía Eclesiástica, que se ha podrido en los pasillos del Vaticano.

Y esa Jerarquía Eclesiástica, por su falta de fe, pondrá el culto al demonio quitando en la Iglesia el culto a la Eucaristía. Y lo pondrán sólo por su lucha por el poder en la Iglesia. Quieren gobernar ellos, los hombres, para hacer de la Iglesia una marioneta de los hombres.

Y ante esta desfachatez de Roma hay que decir a Roma que se quede con su nueva iglesia y que haga caminar a sus seguidores a la condenación, porque es lo que se merecen.

Roma ya es el caldo de cultivo de todas las herejías que durante 20 siglos la Iglesia ha combatido. Ahora nadie en Roma combate por la Verdad, lucha por quitar el error. A nadie le interesa en Roma lo que está pasando en la Iglesia. Lo que sucede a tantas almas en la Iglesia, porque sólo interesa que las almas se dediquen a sus vidas humanas y a sus obras humanas, pero no se les da el camino para el Cielo, sino para el infierno.

¿Quién puede seguir a una Roma con dos Papas?

¿Quién puede obedecer a un Papa con ocho cabezas en el gobierno?

¿Qué se cree que es Roma?

¿Qué se cree la Jerarquía de Roma lo que es la Iglesia?

¿Qué se creen tantos sacerdotes y Obispos que sólo luchan por tener un dinero en sus bolsillos y por darse el gusto de estar sentado en una mesa dirigiendo la Iglesia?

La Iglesia es para las almas. No es para dar a los sacerdotes y Obispos un abrazo y un beso por lo bien que lo hacen.

A muchos sacerdotes y Obispos habría que mandarles al infierno por todas sus homilías y obras que hacen en la Iglesia.

Si no saben lo que es la Iglesia, ¿para qué siguen de sacerdotes y de Obispos?

Si no saben dirigir a las almas hacia la Verdad, ¿para qué pierden tanto tiempo dando discursos vacíos y escribiendo libros que sólo sirven para quemarlos?

Por tanto, se renuncia a Roma, se renuncia al gobierno horizontal en Roma, se renuncia a cualquier autoridad en la Iglesia, se renuncia a cualquier disposición que venga de Roma.

Porque la vida es la Verdad. Y la Verdad ya no está en Roma.

Que cada uno busque la verdad de su vida en el Espíritu de la Verdad, porque ya los hombres son sólo una parte del demonio y llevan a la Iglesia hacia el reino del Anticristo.

El mundo y Roma caminan de la mano en estos momentos. Que caminen hacia donde les dé la gana.

Quien sigue a Cristo sigue el camino de la Verdad, que es siempre el camino de la Cruz, de la persecución, de la humillación en la que la Iglesia pone ahora a toda la Iglesia.

En la Iglesia sólo puede haber un Papa vivo, no dos Papas. Y, en consecuencia, se rechaza al impostor: Francisco como hereje, cismático y bufón de la Corte de Roma.

Ya Roma no puede llamarse Templo de Dios, sino sólo Templo del demonio.

Francisco no es un camino para la Iglesia

Francisco no es un camino para la Iglesia.

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Francisco es sólo la esperanza de los que no tienen esperanza.

Francisco hace caminar a la Iglesia hacia su destrucción, hacia su ruina, hacia la mentira de la vida mundana.

Francisco ha dado en los siete meses sólo el pensamiento vacío de su humanidad. Un pensamiento que, incluso, él no vive, porque su vida es otra cosa.

Francisco vive sólo para una obra de teatro en la Iglesia. Una obra que comenzó hace mucho y que la va representando allí donde tiene que poner una idea del demonio.

Francisco no es lo que parece. Parece amable, cariñoso, humilde, sencillo. Y es otra cosa en su interior.

Su interior está vacío de amor, pero lleno de odio. Un odio que no refleja en su exterior, porque es un odio espiritual, no humano, no carnal.

El odio espiritual es un reflejo de la soberbia del hombre. Es el odio que nace de la idea humana. Se concibe una mentira y se obra el odio diciendo esa mentira. Ese expresar la idea hace que esa palabra llegue al que la escucha y lo atrape en la falsedad de la vida.

Así odia el demonio.

El demonio, cuando quiere atrapar al alma, aparece como ángel de luz y dice su mentira al alma como si fuera una verdad. Y el alma no capta esa mentira, se deja atrapar por la fuerza del demonio en lo que dice. Esa fuerza hace que el alma sucumba ante el demonio por virtud sólo de la palabra del demonio.

Así sucumbió Eva: escuchó la palabra del demonio y quedó cautivada en esa palabra. Y no pudo salir de ese ambiente espiritual, maléfico, que el demonio producía. Y, por eso, no pudo ver la Verdad, no pudo discernir la Verdad ante el demonio.

Es lo que le pasa a tanta gente con Francisco: quedan atrapados por la fuerza de su palabra, que es una fuerza maléfica, una fuerza que viene sólo del demonio. Y, en ese ambiente maléfico, no ven la Verdad, no escuchan la mentira, no disciernen la Voluntad de Dios sobre Francisco.

Es hora de batallar contra Satanás que se ha sentado en la Silla de Pedro.

La primera batalla es contra Satanás en la Iglesia. Pero no se le puede vencer estando dentro de la Iglesia. Porque ha tomado el gobierno de la Iglesia y eso significa que nadie en la Iglesia puede moverse.

Para no estar atado al demonio dentro de la Iglesia, es necesario salir de la Iglesia.

Y ¿cuál es ese momento de salida?

Cuando se quite la Eucaristía. Ahí es cuando hay que dejar una iglesia que no sirve.

Y la salida es para contraatacar a esa nueva iglesia que ya no tiene la Eucaristía. Y es cuando se hace daño a Satanás.

Pero mientras se siga en la Iglesia, no es posible vencer a Satanás porque ha tomado control de toda la Iglesia en la Jerarquía. Y las almas tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía dentro de la Iglesia. Tienen miedo. Es el temor reverencial malo por no entender lo que debe ser un sacerdote para la Iglesia.

Un sacerdote para la Iglesia debe ser otro Cristo. Si no lo es, entonces no hay que hacerle caso. Hay que dejarlo en su pecado y buscar un sacerdote que sea verdaderamente otro Cristo.

Francisco no es otro Cristo. Eso se ve a la legua. Eso hasta sus compañeros más cercanos en el sacerdocio se dan cuenta de lo que es Francisco.

Por eso, las almas tienen que dejar su falso respeto por Francisco, porque sus obras no son las de un sacerdote en la Iglesia. No son las obras de Cristo en la Iglesia. No dan a Cristo en la Iglesia.

Hay que dejar de mirar ya a Francisco como el salvador de la Iglesia, como la esperanza de la Iglesia, como el que va a resolver algo en la Iglesia.

Es lo que muchas almas no se deciden a hacer porque están atrapadas en la atmósfera maléfica del demonio, que circunda a Francisco en su teatro en la Iglesia.

Francisco sólo es el portador de Satanás, del pensamiento del demonio, de la palabra del demonio. Vean cada una de sus homilías y disciernan cada pensamiento que da Francisco.

No quieran buscar una verdad para convencerse de que Francisco es bueno. Es lo que muchos buscan y se equivocan.

Hay que buscar en Francisco su mentira y sólo su mentira. Y así se sale fuera del ambiente maléfico que trae sus palabras y sus obras en la Iglesia.

Hay que salir de la presencia de Satanás para batallar en contra de él. No se puede luchar contra el demonio en su propio feudo. No se puede. Es una batalla perdida siempre.

Para luchar contra el demonio hay que salir de donde está él y retarlo a la batalla.

Y, entonces, siempre se gana.

El demonio siempre vence en su terreno, que es la mentira.

Para hacer fracasar a Francisco hay que salir de sus pensamientos, de sus obras y ponerlas al desnudo. Sólo así se le vence.

No se puede jugar con Francisco, diciendo sus mentiras y después creyendo que va a hacer algo bueno. Y aplaudirle porque ha hecho algo bueno.

Así nunca se vence a Satanás.

Francisco es un mentiroso. Y punto. No hay en él ninguna verdad. No esperen encontrar una verdad en Francisco. No existe. No se da en la realidad.

Francisco no es lo que parece. Es lo que no parece. Es lo que a muchos les cuesta entender de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa.

La Iglesia es sólo la Obra del Espíritu. Pero si la persona no sigue al Espíritu de la Iglesia, automáticamente sigue al espíritu del demonio.

Y el demonio es tan hábil con los sacerdotes y Obispos que les hace creer que lo que obran en la Iglesia lo quiere Dios.

¡Cuántas cosas hay en la Iglesia, que parecen buenas, y son sólo obra del demonio!

Para ser Iglesia hay que tener el Espíritu de la Iglesia.

Y el Espíritu de la Iglesia no es el Espíritu Santo ni el Espíritu de Cristo. Son Espíritus diferentes en Dios.

En Dios todo es Espíritu.

En Dios nada se hace sin Espíritu.

El Espíritu es el soplo divino para obrar una Voluntad de Dios.

Y Cristo tenía que obrar el Plan de Su Padre. Y, por eso, tiene Su Espíritu: el Espíritu de Cristo. Y todo aquel que sigue a Cristo, recibe ese mismo Espíritu, porque si no es imposible seguir la doctrina de Cristo, vivir su misma vida, imitarlo en todo.

Pero Cristo fundó Su Iglesia. Y Su Iglesia es Espíritu. Y para ser Iglesia, para hacer Iglesia es necesario seguir al Espíritu de la Iglesia. Si no se sigue, no se hace Iglesia por más que se hagan obras en la Iglesia. Si no se sigue no se es Iglesia por más que se haya recibido un Bautismo en la Iglesia.

Y Cristo enseña a ser santo como es Su Padre. Pero no se puede alcanzar esa santidad si no se sigue al Espíritu Santo, que lleva al Corazón del Padre para imitarlo en todo en Su Santidad.

En Dios todo es Espíritu. Y esto es lo que las almas no han comprendido todavía.

La Iglesia no la hace nadie: ningún Papa, ningún Obispo, ningún sacerdote, ningún fiel.

La Iglesia la hace el Espíritu de la Iglesia. Y ese Espíritu está en cada uno que tenga el Espíritu de Cristo. Ese Espíritu no está en quien no tenga el Espíritu de Cristo.

Y hay muchos sacerdotes y Obispos que no tienen ese Espíritu de Cristo. Y eso sólo se ve por sus obras en la Iglesia que no son las mismas de Cristo. Son obras buenas, humanas, que las puede hacer cualquiera, pero que Cristo no hizo en su vida humana.

La Iglesia está llena de sacerdotes que obran muchas cosas humanas y que no sirven para nada porque no las hizo Cristo.

Y las Obras de Cristo son muy sencillas: predicar la Palabra de Dios y obrar esa palabra en las almas que acogían esa enseñanza. Y ya está. Y no hay más.

Cristo ni puso una radio, ni una escuela, ni una tv, ni un periódico, ni nada de nada.

Cristo ha puesto Su Iglesia sólo para salvar a las almas y llevarlas al cielo. Cristo no hace de Su Iglesia un entretenimiento, un negocio, una empresa como la que vemos hoy día.

Cristo vino a salvar a los pecadores. Y quien tiene el Espíritu de Cristo va a salvar a los pecadores. Y se deja de tanta tontería como los sacerdotes hacen hoy día en la Iglesia.

No hay que alimentar a los pobres, no hay que dar trabajo a los jóvenes, no hay que cuidar a los ancianos, no hay que hacer nada de eso, porque eso no lo hizo Cristo.

Cristo predicó la Palabra y después obró lo que Su Padre quería. Punto y final. Y así hizo Su Iglesia. Y esto es lo que enseñó a Sus Apóstoles. Sólo esto. Y quien tiene el Espíritu de Cristo sólo hace esto y nada más que esto.

Y si no se hace esto, entonces las almas se condenan en la Iglesia.

La Iglesia es muy sencilla, pero los hombres la han complicado tanto que ya no sirve para nada.

La gente va a misa pero no para ser santa. Sino para pasárselo bien, como un compromiso adquirido, para hacer su negocio en la misa, y no para otra cosa.

La gente está en la Iglesia por causas totalmente contrarias a la salvación y a la santidad que pide el Espíritu de la Iglesia.

Y, entonces, se tiene lo que vemos en todas partes: la Iglesia es un cadáver, sin Espíritu, sin vida espiritual, llena de tantas obras humanas que impiden realizar la Voluntad de Dios.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo. Y, por tanto, carece del Espíritu de la Iglesia. Y, si no posee este Espíritu, entonces ¿qué Iglesia está haciendo? La del demonio. Y no otra.

Y todos siguiendo a Francisco maravillados de su doctrina, que es sólo el oráculo del demonio en la Iglesia.

Hay que salir de la Iglesia, hay que salir de Francisco, hay que salir de Roma para luchar contra Satanás que está sentado en la silla de Pedro.

Hay salir de Roma para enfrentar a Roma.

Si no es imposible ganar la batalla contra el demonio. Si no, no se puede ser Iglesia, no se puede hacer Iglesia. Porque en el Reino del demonio, el jefe es sólo el demonio, no Cristo.

El Concilio Vaticano II

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El Concilio Vaticano II no fue un concilio dogmático, es decir, no fue un concilio para definir nuevos dogmas o poner sanciones para aquellos que iban en contra del dogma.

Como no fue dogmático, las Verdades que están en la Iglesia permanecen, no cambian, porque nada se dijo de esos Dogmas, nada se cambió. El Concilio Vaticano II sólo se lee en su forma pastoral, no dogmática. Por tanto, de esa lectura no se saca nada nuevo para la Iglesia, porque no se definió nada nuevo.

El Concilio Vaticano II sólo es pastoral: es decir, una serie de enseñanzas sobre lo que es la Iglesia y no otra cosa. Un recordar con otras palabras lo mismo de siempre.

El problema está en que se hizo el Concilio para esto:

“con oportunas “actualizaciones” y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”. (DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII – Jueves 11 de octubre de 1962).

Se quería actualizar algunas cosas en la Iglesia, como la liturgia, la Sagrada Eucaristía, la Palabra de Dios, etc., pero en cuestiones secundarias, como: la introducción de las lenguas propias de cada nación, una mayor amplitud y una nueva ordenación de las diversas lecturas de la Sagrada Escritura; cambios accidentales en la misa, la recuperación de la oración común u oración de los fieles; etc.

Pero la realidad fue otra muy distinta. A partir del Concilio hay un cambio, no accidental, sino sustancial en muchas cosas que no vienen del Concilio Vaticano II, sino de la interpretación que cada uno ha seguido de ese Concilio.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no dogmático y, por tanto, no está centrado en cambiar cosas sustanciales de la Iglesia, sino cosas accidentales, para ayudar en la comprensión de la salvación de las almas en la Iglesia.

Como es Pastoral, el Concilio Vaticano II no tiene ningún error en su doctrina. Se puede seguir, pero hay que apoyarse en toda la Tradición de la Iglesia, en el Auténtico Magisterio de la Iglesia, en el Concilio Vaticano I, en todos los escritos que han dejado los Santos, los Doctores de la Iglesia, los Confesores de la Fe, porque si no ese Concilio se convierte en una herejía, como así ha ocurrido.

Al no proclamar ningún dogma, sino que se hizo para actualizar, para cambiar algunas cosas, viene el desastre para toda la Iglesia.

El problema no está en el Concilio Vaticano II, sino en aquellos que lo han interpretado a su manera, y han hecho de la Iglesia lo que vemos.

Al ser un Concilio sin dogmas, todo el mundo ha sacado de él sus dogmas, sus interpretaciones, sus ideologías en la Iglesia, como lo expresa Francisco: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea”. Hay que leer el Concilio según la cultura del momento, ya no según la Fe en la Palabra de Dios.

Y, entonces, se dicen estas cosas:

1. la Iglesia es definida como Pueblo de Dios: Pero si el Concilio Vaticano II no define nada. Utiliza un lenguaje pastoral cuando habla de la Iglesia. Y la Iglesia sigue siendo el Cuerpo Místico de Cristo, porque así lo enseña la Palabra de Dios. La Iglesia no se define como el Pueblo de Dios. Eso lo definen los teólogos, como Francisco, que no tienen Fe en la Palabra de Dios y que hacen su interpretación de algo que es sólo pastoral, una forma humana de expresar la Verdad Dogmática.

2. La jerarquía debe estar al servicio del Pueblo de Dios y no al contrario: Pero si la Palabra de Dios es clara: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia. Todos en la Iglesia tienen que obedecer al Papa. Y, por tanto, los fieles deben servir al Papa en la Obediencia. El Papa no puede servir a los fieles, no puede someterse a los fieles, porque primero es el Papa. Y debajo de él los demás. Y aquel que se quiere igualar al Papa hace como Francisco: destruye la Iglesia en el Papado.

3. La Iglesia deja su potestad (poder, jerarquía, sociedad perfecta) para ser una Iglesia servidora de la humanidad, seguidora de Jesús pobre y humilde, semilla del Reino: Esto es sólo la interpretación personal de los textos del Vaticano II. Pero en ningún momento el Concilio Vaticano II enseña que ya no exista la Jerarquía en la Iglesia y que, por tanto, la Iglesia es una democracia en la que hay que vivir para hacer el bien a todos los hombres, como se hace en el mundo. De esta mentira, Francisco ha predicado en sus siete meses como Jefe de la Iglesia.

4. La Iglesia ya no es sacramento de salvación, sino que es señal e instrumento de esta salvación: Esta es la mentira como conclusión a la visión errada de lo que es el Papa y el Papado en el gobierno vertical. Porque en la Iglesia se salvan los fieles unidos a los Pastores. Sin esta unión espiritual, que se da sólo en la Verdad, en la Fe en la Palabra de Dios, nadie puede salvarse. La Iglesia es Sacramento de Salvación porque son los Pastores, con su vida de santidad, los que salvan a las ovejas. Si los Pastores se dedican a su vida humana, no hay quién se salve en la Iglesia. Y, por eso, como ya no se cree en el Sacerdocio, entonces, la Iglesia, que es un conjunto de fieles, todo el mundo en ella se salva y no importa que se esté en pecado, porque es sólo un instrumento más para salvarse. También con los budistas el alma encuentra su salvación. También de la mano de los judíos, se encuentra la verdad de la vida. También los homosexuales se salvan, porque creen en Dios, y en la Iglesia tenemos un Dios Misericordioso que salva.

5. El sujeto de la Iglesia ya no es el Papa y los Obispos unidos a Él, sino todos los bautizados: Esta es la segunda conclusión de quitar el gobierno vertical. La Autoridad en la Iglesia ya no está en el Papa, como Vértice de la Iglesia, sino en toda la Iglesia. Para eso, es necesario el gobierno horizontal, para poner al Pueblo de Dios como sujeto de la Autoridad, que es lo que predica Francisco en todas sus homilías, esta interpretación que saca de los protestante que él admira mucho.

6. El valor en la Iglesia es la colegialidad de los obispos, no el Papa: Esta es la tercera conclusión. El Papa gobierna toda la Iglesia por el mandato de Jesús: Apacienta los Corderos. El Papa gobierna a cada Obispo y, por tanto, gobierna a cada diócesis de la Iglesia. Ahora no. Ahora son los Obispos los que se gobiernan a sí mismos. Ahora el Papa es sólo la Voz de los Obispos, ya no es la Voz de Cristo. Y esto es sólo una libre interpretación del Concilio Vaticano II. El Concilio no está definiendo nada. Entonces, ¿por qué se quieren definir cosas que el Concilio no define? La maldad de los hombres. Porque no se ama ni a la Iglesia ni a Jesús. Cada cual ama su necio pensamiento, su necia ideología en la Iglesia, su necio negocio en la Iglesia.

7. La fuente, el método y el fin de la misión eclesial ya no es Dios, sino el dinamismo, la metodología y sustentación de los pensamientos humanos: Si Dios ya no tiene la Autoridad en la Iglesia en el Papa, -porque se pasa al Pueblo de Dios-, luego la consecuencia: el Apostolado en la Iglesia lo resuelven, lo deciden los hombres, no Dios. Hay que hacer planes y planes para llevar el Evangelio a los hombres. Y, entonces, todo el mundo tiene su plan para salvar y nadie quiere salvar con el Evangelio. Sólo con sus planes, proyectos, ambiciones terrenas, que no es otra cosa el Apostolado moderno en la Iglesia, que no sirve para nada, ni para santificar ni para salvar a nadie. Es todo un negocio en la Iglesia.

8. La salvación del mundo está en el dialogo, no en el cumplimiento de la Voluntad de Dios, de la Ley Divina: Hay que dialogar con los “hermanos separados”, dialogar con el mundo, dialogar con las ciencias y con la modernidad, pero no negar el mundo, no negar la modernidad, no negar que las demás Iglesias sean portadoras también de salvación. No hay que enfrentarse al mundo, ni a los hombres, ni al pecado, ni ver lo que pasa en el mundo como algo malo para la Iglesia. Para salvar hay que hablar. Para salvar hay que dar a conocer nuestro grandes pensamientos a los demás. Para salvar hay que buscar la fraternidad con todos, que todos nos sintamos unidos en un mismo cariño, en una misma sonrisa, en un mismo abrazo. Hay que ser respetuoso con los que viven en sus pecados, porque también tienen derecho a vivir en sus pecados. El pecado es lo más maravilloso en la vida. El pecado es la salvación de todos los hombres. Así se piensa hoy porque se ha hecho un dogma de un Concilio que no es dogmático, que no define nada, que sólo habla para los hombres lo mismo de siempre, la misma Verdad. Pero a los hombres no les gusta esa misma Verdad, porque ya están hartos de vivir para un Papa que no les habla sino del fuego del infierno, de las penas del Purgatorio y del silencio y de la soledad necesarias para encontrar la verdad en la vida. No se quieren esas verdades, porque se prefiere el dinero y sexo que todos buscan en la vida.

9. Hay que destruir lo sagrado en la Iglesia para dar a la Iglesia lo profano: Esa fue toda la reforma de la Misa, de los libros litúrgicos, de la Sagrada Escritura y demás cosas que se reformaron que el Concilio no mandó. No está escrito en ninguna página del Concilio que se hiciese lo que se ha hecho con la Misa. Eso sólo fue la desobediencia de unos Obispos, masones, que querían destruir la Misa. Y el Papa Pablo VI le tocó sufrir lo más importante en la reforma de la Iglesia. Y pudo conseguir que no se quitara la esencia del Sacramento de la Eucaristía. Y, gracias, a ello, la Misa sigue, aunque no tiene la fuerza de antes, porque se han cambiado muchas cosas, pero no lo esencial de la Misa.

Para comprender todo el desastre que ha venido tras el Concilio Vaticano II, no se tiene que ir al Concilio, sino a aquellos que lo han interpretado a su manera y buscar sus errores. Cada uno ha puesto sus dogmas del Concilio, cuando el Concilio no definió ningún dogma nuevo.

Si el Concilio no define, los demás tampoco tienen derecho a definir nada. Si alguien define algo nuevo es sólo su soberbia y nada más que su soberbia.

Todo aquel que quiera dar su interpretación del Concilio Vaticano II siguiendo sólo al Concilio siempre se va a equivocar, porque el C. Vaticano II no fue hecho para definir nada nuevo en la Iglesia. Fue sólo para actualizar algunas cosas.

El problema de fondo es éste: ¿quién hace un Concilio para actualizar cosas secundarias en la Iglesia? Nadie. Esa fue la equivocación de Juan XXIII. Se hace un Concilio para definir algo nuevo, algo esencial en la Iglesia. No se hace un Concilio para decir lo mismo con otras palabras, que es eso y sólo eso es el Concilio Vaticano II.

Lo que ha venido después del Concilio es la consecuencia de este fondo: quien movió ese Concilio fue la masonería eclesiástica para poner en la Iglesia lo que vemos.

Juan XXIII hizo caso a los masones y puso en marcha un Concilio que no hacía falta a la Iglesia, que Dios no lo quería en Su Iglesia.

La culpa de todo lo que ha pasado después del Concilio: los hombres que no tenemos fe en la Palabra. No quieran culpar a ningún Papa a ni ningún Obispo, a ningún sacerdote, ni a ningún fiel, porque todos tenemos la culpa de ver lo que vemos. De contemplar el mal y de no mover un dedo para quitarlo.

Francisco: su espíritu del anticristo

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“La fe… procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús….Pero, al mismo tiempo…. la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro «yo» aislado, hacia la más amplia comunión.”. (n.3 – Lumen Fidei)

La fe procede del pasado y viene del futuro: esto significa el espíritu del Anticristo.

El anticristo es un espíritu demoniáco formado por todas las herejías que se han dado a lo largo de la historia de la Iglesia.

El anticristo no se para en una herejía, sino que habla cualquier herejía, sin detenerse en una en concreto.

Y es necesario que sea así, porque el que tiene este espíritu habla para todos los hombres que no son de la Verdad, que escuchan alguna mentira en sus vidas y obran esa mentira sin quitarla. Son los hombres que han hecho del pecado una vida. El mundo está lleno de esos hombres. La Iglesia está llena de estos hombres. La humanidad o sigue a Cristo o sigue al demonio. Pero no se puede seguir a los dos al mismo tiempo. Por eso, hay hombres que son de Cristo, pero que no son del demonio. Y hay hombres que son del demonio, pero que no son de Cristo. El problema está en saber discernir quiénes son estos hombres, porque no es fácil su discernimiento, porque todo hombre es mentiroso por el pecado original.

Cuando Francisco dice que la fe procede del pasado no se refiere a Cristo, porque Cristo vive en el Presente Eterno: ni es pasado ni es futuro. Cristo es siempre Hoy, porque para Dios no existe el tiempo. El tiempo es algo que el hombre necesita para medir lo humano. Pero lo espiritual no se mide con el tiempo sino con el Espíritu.

Decir que la fe procede del pasado es poner un principio en la fe: “Desde el principio era homicida y no se mantuvo en la Verdad porque no ha Verdad en él” (Jn 8, 44b).

El demonio tiene un principio. Dios no tiene un principio. Tampoco sus dones. La fe es eterna, sin principio ni fin. Pero el conocimiento del demonio tiene un principio. Decir que la fe procede del pasado es hablar de la mente del demonio. Francisco no está hablando de Dios, del don de la Fe. Está hablando de los conocimientos del demonio que forman su fe humana en la Iglesia, como sacerdote, como Obispo.

La fe de Francisco procede del pasado. ¿De qué pasado? De la mente del demonio, que desde el principio era homicida, mató la Verdad en su mente, aniquiló la sabiduría divina en su mente, rechazó la amistad con Dios en su mente. Y, por tanto, el demonio no pudo mantenerse en la Verdad, porque, desde el principio, no hay Verdad en él.

Francisco manifiesta su credo en el demonio, su escucha del demonio. Y, por tanto, Francisco, cuando habla, habla las palabras del demonio. La fe procede del pasado: hay que escuchar al demonio para decir esta frase. Mi fe, dice Francisco, tiene un principio. ¿Cuál? Porque en Dios no hay principio. Se cree en la Palabra de Dios ahora, no antes. No se arrastra la fe a un presente. Quien habla así poniendo la fe en el pasado está hablando de lo que escucha al demonio en su mente.

El espíritu del Anticristo se manifiesta en un espíritu de engaño. Ese espíritu de engaño es cálido en la comunicación, porque tiene que llegar a todos los hombres, sin excepción. Es un espíritu que conoce todos los sentimientos humanos y los da cuando la persona habla.

Este espíritu de engaño habla cosas divinas, pero siempre dando una mentira, un engaño, una herejía, un error.

Cojan cualquier homilía, discurso, escrito, charla de Francisco, desde su inicio hasta la última de hoy y comprobarán que no hay ninguna que se salve. En todas hay un error, una mentira, una desviación. Porque esto es lo propio del espíritu del Anticristo: no hay verdad en él.

En los modernistas, agnósticos, pelagianos, panteístas y demás herejes, siempre hay una verdad, siempre se puede encontrar una verdad en la que fundar algo diferente a la herejía que proclaman.

Pero en el espíritu del Anticristo no se puede encontrar esta verdad. Porque se dan verdades que se contradicen unas a otras en la misma persona. Y si un día se dice una verdad, al día siguiente se dice lo contrario a esa verdad. De esta manera, el lenguaje que tiene la persona, que es llevada por este espíritu, es un lenguaje confuso, oscuro, con muchas verdades y con muchas mentiras, y no se puede clasificar a la persona en un nivel intelectual, filosófico, espiritual, porque da muchas mentiras y muchas verdades que no se relacionan unas con otras, que no dan una herejía, sino que las dan todas, pero no completamente, porque no hace falta decir toda la herejía en sí.

Por eso, cuando habla Francisco, no interesa seguir su lógica, porque no existe. Quien quiera seguir su pensamiento se pierde en la inteligencia. No sabe a dónde va Francisco cuando habla.

Para seguir a francisco hay que seguir su espíritu de engaño, su sentimiento en el hablar y entonces Francisco convence, atrapa, capta la atención del que lo escucha. Porque no habla a la mente de la persona, ya que el espíritu del anticristo tiene que dirigirse a cualquier mente. No va a una en especial, no se centra ni en los doctores, no en los teólogos, ni en las almas simples en la inteligencia… Va a por todos los hombres. Y la única forma de entrar en todos los hombres es por el sentimiento humano. No hay otra manera, porque a todos los hombres les gusta el dulce presentado con elegancia. A todos les gusta que le hablen bien, bonito, que las palabras vayan bien, suenen bien en el oído, que no hayan palabras fuertes o palabras que no se entiendan o palabras escogidas que haya que explicar.

Francisco habla como un pueblerino para conseguir este efecto que quiere el espíritu que le lleva.

Cuando Francisco dice que la fe viene del futuro se está refiriendo al demonio. Porque la fe es para el presente y sólo para el presente. Dios da una verdad para que sea obrada ahora, en el presente. Dios no da una verdad para que sea obrada en el futuro. Las profecías se dan en el presente, pero no para el futuro, porque en Dios no hay futuro y nadie sabe el futuro. Por eso, Dios no da fechas, porque eso no interesa en la Verdad. Dios ve ahora el pasado, el presente y el futuro al mismo tiempo. Dios cuando habla, así sea una cosa del pasado o del futuro, la dice para el presente, para enseñar algo al alma en su presente, aunque eso que le enseñe se obre en el futuro, como es la profecía. Por eso, la Palabra de Dios no viene del futuro, sino que procede del presente.

Decir que la fe viene del futuro es invocar la mente del demonio para que dé un conocimiento del futuro.

Para Francisco la fe consiste en buscar una memoria de la vida de Cristo, un hecho del pasado, sacar de ese hecho un conocimiento para el presente, y hacer que ese conocimiento construya un futuro.

Esto que propone Francisco es un absurdo, porque Dios no da una verdad para construir un futuro. Ni el hombre pone una obra humana para un futuro, porque todo lo humano es temporal, no eterno; se pierde en el tiempo. Los hombres, aunque viven pensando en el futuro, sin embargo viven para el presente. Desconocen el futuro. El futuro lo pueden adivinar por lo que va pasando en el presente. Pero ningún hombre obra para el futuro. Desean obrar, pero la vida les trae muchos cambios, muchos reveses y lo que pensaron es de otra manera. No se construye una fe para un futuro. No tiene sentido. Sólo el demonio es capaz de dar una mentira para el futuro, porque en el demonio no hay verdad.

Francisco está dando la mente del demonio en su encíclica, en sus homilías, en sus discursos, en todo lo que obra y habla en la Iglesia.

Pero en Francisco no está el precursor del Anticristo, porque carece del aparato del Anticristo, que son señales milagrosas y obras que exceden toda razón humana. Francisco no es el anticristo ni su precursor. Pero Francisco es uno de los anticristos: “Hijuelos, es la última hora y, según oísteis que el anticristo viene ahora, pues han aparecido muchos anticristos… De nosotros salieron, mas no eran de nosotros…pero acontece así para que se ponga de manifiesto que no todos son de nosotros” (1 Jn 2, 18.19a.19c).

El espíritu de Francisco es un espíritu impío, es decir, no religioso, que se viste de todo lo religioso para confundir a los que no son de Cristo. Porque es necesario que el anticristo haga su trabajo en la Iglesia de Cristo, llevándose las almas que no son de la Verdad. Es necesario que Francisco haya sido puesto en la Silla de Pedro para purificar la Iglesia de aquellos que, parecen de la Iglesia, pero no son de la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, pero el espíritu del Anticristo es para todos, porque va hacia todos los hombres, por ser los hombres mentirosos desde su concepción. Y, por eso, no hay que extrañarse de Francisco, porque está haciendo su papel, el papel del demonio. Sólo hay que ver a Dios en todo esto. Sólo hay que discernir la acción de Dios en su Iglesia y seguirlo en estos momentos. No hay que turbarse por lo que diga Francisco. Una vez que se le coge en lo que es, uno ya sabe medirlo, medir cada palabras y sabe hacia dónde va.

Lo que importa en la Iglesia es seguir la Verdad que da el Espíritu de la verdad. Lo que haga el demonio, es porque lo quiere Dios para purificar la Iglesia. Hay que dejar que el demonio se mueva en la Iglesia, pero sin seguirlo, sino combatiéndolo. Y la mejor lucha contra Francisco es desnudarlo de lo que es y presentar sus mentiras para que la gente comprenda cómo batallar al enemigo.

No hay que hacerle el juego a Francisco. No hay que lavarle la cara. Hay que decirle la verdad de su vida a las claras y sólo así se le vence.

Muchos, cuando hablan de Francisco, dejan sus mentiras en los escritos y no saben explicar sus errores, sino que siguen sus errores. Eso es señal de que no han discernido nada con Francisco, sino que se han dejado engañar por ese espíritu de engaño que mueve sus sentimientos y les hace creer que Francisco está diciendo la verdad.

Estamos en un tiempo nuevo para la Iglesia. Un tiempo de batalla espiritual. No es como los anteriores tiempos, porque la masonería se ha instalado en la cúpula del poder vaticano y camina sin problemas en los pasillos de Roma, para dar al mundo una nueva iglesia.

Esa nueva iglesia será el cisma más grande de todos los tiempos, porque serán los nuestros, los que han compartido el pan de ángeles, los que provoquen ese cisma.

Los nuestros, salieron de nosotros, pero no son de nosotros. Y ese cisma será el castigo para el mundo, que desea una iglesia del mundo, una iglesia para el mundo, una iglesia que baile con todas las herejías que tiene el mundo.

Haced esto en Conmemoración Mía

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“Haced esto en Mi Con-Memoracíon” (Lc 22, 19), traducción literal del griego. Y en la traducción castellana: “Haced esto en Conmemoración Mía”.

Estas palabras que se dicen en la consagración de la Misa, al final, serán cambiadas por la mesa redonda, por el G8, y pondrán esta frase: “Haced esto en memoria mía”. Cuando manden desde Roma este cambio, entonces la Misa desaparecerá de la Iglesia, se anulará el Sacrificio del Altar y entraremos en el tiempo que dice Daniel: “¿Hasta cuándo va a durar esta visión de la supresión del Sacrifio Perpetuo, de la asoladora prevaricación y de la profanación del Santuario?… Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas” (Dn 8, 13b-14a).

La fe que sigue Francisco en su encíclica sobre la fe, es la fe de los protestantes al pie de la letra. Para Francisco y para la mesa redonda, la Fe es una memoria, un recordar la vida de Jesús en el pasado y ponerla en el presente para indicar un futuro.

Este recuerdo de la vida de Cristo significa entender con la mente humana el significado que Cristo hizo en cada obra de su vida. En la Eucaristía, hay que entender esa Cena con la razón del hombre, sacar sus consecuencias y, después, ponerlas en el presente cuando se celebra la Misa.

Esta fe que Francisco pregona en su encíclica, desde la primera página hasta la última, es la que anula la Fe Divina. Porque todo se convierte en un recuerdo, en un coger datos del pasado y ponerlos en el presente para que este presente ayude en algo a vivir un futuro.

Esta forma mental de entender la Fe destruye, por sí misma, la Fe de la Iglesia, la Fe en Cristo, la Verdad que se da en la Fe.

Para Francisco, la Eucaristía es sólo una memoria de lo que hizo Cristo en la Última Cena. No es una conmemoración, sino una memoria.

Conmemorar significa traer el pasado y unirlo al Espíritu de Cristo. Traer y unir. Memorar o hacer memoria es sólo traer el pasado sin la unión con el Espíritu de Cristo. Es un traer cosas, traer palabras, traer acciones, traer ritos, traer sentimientos…

Esta frase ya se quiso quitar tras el Concilio Vaticano II, pero no pudieron con el Papa. Pablo VI se enfrentó a todos los Obispos y, por eso, tuvo sus problemas hasta el final de su Pontificado. Esta frase le trajo a Juan Pablo I su muerte. Esta frase llenó de amargura a Juan Pablo II en todo su Pontificado. Y esta frase es la que condicionó la salida de Benedicto XVI del Papado.

Esta frase: “Haced esto en memoria mía” en cierra todas las herejías. Y no se escapa ninguna. Esta frase va contra todos los Dogmas de la Iglesia, y no queda uno en pie. Esta frase anula la Tradición de la Iglesia, y sólo quedan sus escritos, sus ensñanzas.

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La Fe es escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón (cf Lc 11, 29), no es memorizar lo que Jesús hizo en su vida en la mente, no es traer unos recuerdos de su vida a la mente, un estudio de su vida, una enseñanza de su vida. Escuchar a Dios no es recordar a Dios. La fe entra por el oído, no por la mente. Para escuchar a Dios hay que tener oídos espirituales, sentido espiritual.

La Fe es la misma Vida de Cristo en el corazón del que cree. La Fe no es algo intelectual, algo dogmático, algo teológico, algo científico, algo sintetizado por la razón, algo mecánico que se hace, algo que todos hacen, algo sin vida pero con un sentimiento agradable. La Fe es una Vida, una Obra en esa Vida, un Amor hacia una Verdad Divina.

La Fe es la Obra de Jesús en medio de Su Iglesia. Y para hacer esta Obra es necesario unirse al Espíritu de Cristo. Sin esta unión, la oración es sólo palabras que se dicen, recuerdos que se hablan, obras exteriores que se hacen. El Espíritu trae la Vida, porque el Espíritu es Vida. (cf. Jn 6, 63)

Al cambiar la palabra conmemorar por la palabra memorar, el recuerdo de la obra de Cristo sólo está en las palabras o en lo exterior de la obra, pero no en el Espíritu. Con-Memorar significa traer la vida de Cristo junto a Su Espíritu, con Su Espíritu, al lado de Su Espíritu. Son dos cosas: el Espíritu de Cristo, su Presencia en la obra que el sacerdote hace, y la obra que el sacerdote hace en la Misa:“Y la Vida se manifestó, y la hemos visto y damos testimonio , y os anunciamos la Vida Eterna” (1 Jn 1, 2).

Si se quita una de ellas, si se quita el Con, entonces sólo queda el memorar.

Conmemoración es hacer la Pasión junto al Espíritu de Cristo. Es ese Espíritu el que lleva la Pasión a esa oración que se hace en la Misa, y pone la Pasión en el Altar. Y lo que se produce en el Altar es lo mismo que se pasó en la Pasión hace 2000 mil años. La misma obra, el mismo acontecimiento, las misma lágrimas de la Virgen, el mismo sufrimiento de Jesús, su misma muerte, la soledad de la Virgen en la espera de la Resurrección, y la Resurrección de Cristo. Es lo mismo, pero no se ve, no se siente, no se palpa. Pero está ahí por el Espíritu de Cristo. Porque se hace esa oración con el Espíritu de Cristo, junto al Espíritu de Cristo, al lado del Espíritu de Cristo, en el Espíritu de Cristo.Es llevar la Obra de Jesús en la Última Cena hacia arriba, levantado en el Espíritu, colmado de Espíritu, obrado en el Espíritu. Este es el significado de anaménesin, que es el griego de conmemorar. No se hace esa oración porque se recuerda la Ultima Cena, porque se trae al presente lo que pasó en el pasado. El mismo Cristo se hace presente en la Eucaristía porque el sacerdote se une -no sólo haciendo unos ritos litúrgicos- sino pronunciando exactamente las mismas palabras que pronunció Cristo en la Última Cena.anaménesin

Hay que decir las palabras exactas de Jesús. No hay que inventarse el Evangelio, re-escribir el Evangelio, modificar aquello que no me gusta porque no lo entiendo o porque es más cómodo decirlo de una forma más humana, más entrañable, más popular, más necia en la sabiduría humana.

Cuando los prepotentes de la mesa redonda cambien esta frase, anularán toda la Misa. Ya no habrá Sacrificio en el Altar. Y ésa será la segunda división en la Iglesia. Segunda y definitiva.

La primera división la ha hecho Francisco al anular el Papado. Su pecado de orgullo trae la división a toda la Iglesia. La mentira es la que divide la Iglesia. Decir la Verdad es lo que une a la Iglesia. Francisco ha dividido toda la Iglesia, ha dividido la Verdad de la Iglesia. Y, por eso, ahora no se encuentra la Verdad en Roma. No se puede mirar a Roma para encontrar la paz. Ya Roma habla y las almas no quedan satisfechas, no quedan en paz, no encuentra el verdadero amor en lo que se dice desde Roma.

Muchos piensan que la división es por no ponerse al lado de Francisco. La división nunca la hace el que tiene la Verdad. Divide el que miente, el que lanza una mentira. ¿Qué ha hecho Francisco? Ahí están sus declaraciones, sus homilías. Ahí están sus mentiras. Y son esas mentiras las que ha provocado la división. Un verdadero Papa nunca miente cuando habla a la Iglesia.

Y aquí no estamos para dar a Francisco adulación, cariño, aplauso, reverencia ni obediencia. Porque no se puede dar obediencia a un hombre que miente, que engaña, que no le interesa la Verdad del Papado ni la verdad de la Iglesia. Ahí están sus obras.

Aquí estamos para crear unidad en la verdad, para hacer la verdad, para dar la verdad, pese a quien pese, le guste o no le guste a los cretinos de la Jerarquía Eclesiástica que siguen lamiendo las palabras de Francisco como la Autoridad de Dios, y que sólo ven su soberbio pensamiento, pero no son capaces de pisar su mente de hombres y pedir a Dios discernimiento para comprender los momentos que pasa la Iglesia.

La Iglesia está hecha para obrar la Verdad que está en la Palabra de Dios. Esa Palabra es una Obra Divina, no es un recuerdo mental, no es un cansarse con el entendimiento humano para sacar algo para la vida. La Palabra es la Obra del Espíritu, no es la obra de los hombres. Y cuando los hombres obran sin unirse a la Palabra, porque la suprimen, la quitan o añaden otras palabras, entonces los hombres sólo obran algo exterior, pero sin la Presencia del Espíritu de la Palabra.

Dios habla a cada alma y le dice la verdad

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suns“Mi amado Papa Benedicto XVI fue perseguido y huyó, como fue predicho. Yo no he nombrado a esta persona, que dice venir en Mi Nombre. Él, el Papa Benedicto, guiará a Mis seguidores hacia la Verdad. No lo he abandonado y lo sostendré cerca de Mi Corazón y le daré el consuelo que necesita en este momento terrible. Su trono ha sido robado. Su poder no”.(13 mar 2013. Su trono ha sido robado. Su poder, no. Mensajes de Dios dados a María de la Divina Misericordia. The Warning)

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Cuando Francisco enseña que “es imposible creer cada uno por su cuenta” está enseñando que Dios no puede hablar con las almas. Y, por tanto, está negando toda revelación privada que Dios tiene en el mundo.

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia no ha creído en Fátima? Porque niega que Dios se manifieste a un alma y le hable de cosas que la Iglesia no acepta.

¿Por qué no se ha creído en Garabandal, que es la continuación de Fátima? Porque en Garabandal se dicen cosas que no están en la Revelación, tal como la entienden los hombres soberbios de la Iglesia. Y se habla de un aviso, de un castigo, de muchas cosas que la inteligencia del hombre no puede aceptar, porque no cree.

¿Por qué se ha tapado lo que la Virgen ha dicho de la Iglesia en el Escorial? Porque son cosas que asustan a la misma Jerarquía de la Iglesia, ya que van en contra de la Autoridad de la Iglesia. Como los sacerdotes en la Iglesia ya no obran en el gobierno con fe, entonces su gobierno es algo dictatorial en la Iglesia. Y la Virgen arremete contra esta dictadura en sus mensajes. Y eso no gusta a la Jerarquía de la Iglesia. A nadie le gusta que le digan sus verdades a la cara, que le descubran sus mentiras a la cara. Y eso es lo que ha hecho la Virgen. La Virgen enseña la verdad a la Iglesia. Y la enseñan porque sus sacerdotes, sus Obispos, han dejado de enseñar esa verdad en la Iglesia. Y la Virgen es más que el sacerdote en la Iglesia. La Virgen está por encima de cualquier Obispo en la Iglesia. La Virgen está por encima del Papa en la Iglesia. Y hay que escucharla primero a Ella. Y sin Ella no se puede entender lo que pasa en la Iglesia.

Las revelaciones privadas son necesarias para la salvación y la santidad de todas las almas en la Iglesia. Porque Dios sigue hablando en Su Palabra. Dios sigue enseñando en Su Palabra. Dios sigue obrando en Su Palabra. Dios no está callado, que es lo que enseña Francisco y todos los demás en su corte regia.

Dios es Palabra, Dios no es Silencio. Y, por eso, Dios habla a cada alma y le indica el camino de la salvación y de la santidad de su vida.

El problema está en que la Iglesia ha perdido la sencillez de la Fe y ha construido todo un aparato para tener fe. Y ese aparato está de más en la Iglesia, es algo que impide vivir la Fe que da Dios a las almas.

Los hombres de la Iglesia sólo persiguen sus pensamientos humanos, pero no buscan el Pensamiento de Dios. No saben penetrar la Mente de Dios y aprender a pensar con la Verdad que está en esa Mente Divina.

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Los hombres tienen que poner su inteligencia en el suelo, tienen que pisotear sus razones, sus ideas, sus juicios, sus opiniones, sus teologías, sus ciencias, para tener fe. Si no se hace esto, entonces se cae en la fe humana, en la fe inventada por cualquier pensamiento bello del hombre. Y los hombres se quedan en ese pensamiento bello y no saben ir a más. Se llenan de pensamientos, de razones y, entonces, la Iglesia es sólo una burocracia, pero no una obra divina de fe.

Y las burocracias estorban la vida de Dios, estorban las obras de Dios, impiden realizar en la Iglesia lo que Dios quiere en cada alma.

Por eso, se persigue a los Profetas de Dios, porque se ve a las almas con las razones de la mente del hombre, pero no se ve el alma como una creación divina que sólo Dios tiene derecho a guiarla hacia la Verdad.

Los hombres se creen con derecho a decidir la vida de las almas y a decir tantas cosas para apagar la fe de las almas, la fe sencilla de las almas, porque no les gusta lo que las almas dicen de ellos.

Y, por eso, a Sor Lucía se le impuso silencio para que no revelara lo que la Iglesia quería esconder en el secreto de Fátima. A los hombres no les gustó lo que la Virgen les decía en ese secreto. Y había que quitarlo de esos escritos porque dañaba a la Jerarquía de la Iglesia. Se cumple lo que Francisco dice sobre la fe: “La Iglesia… transmite a sus hijos el contenido de su memoria”. Y como en el contenido de la memoria de la Iglesia no se encuentra lo que la Virgen enseña en Fátima, por eso, se quita esa Palabra de Fe y se deja un mensaje manipulado por la Iglesia, que no da la Verdad de la Palabra Revelada.

Es necesario creer en la Palabra de Dios antes que en la palabra de los sacerdotes, de los Obispos de la Iglesia. Primero es Dios quien enseña la Verdad, porque Jesús es la Verdad. Y ningún hombre, por más que sea Papa, Obispo o sacerdote, posee toda la Verdad.

La Fe es un don de Dios, no es un don de la Iglesia. La Fe, Dios la da al corazón del hombre, para que pueda vivir el Amor de Dios en su vida. Y pueda acercarse a Dios para transformarse en hijo de Dios.

La fe no es un juego de los hombres con sus sanas doctrinas, como lo enseña Muller, que es el intelectual del gobierno horizontal: “la sana doctrina es el instrumento para llegar a la plena comunión con Dios, la vida eterna con Dios y los prójimos”. Sana doctrina es -para Muller- lo que está haciendo Francisco en la Iglesia. Sana doctrina es -para Muller- lo que los teólogos enseñan sobre la aceptación del pecado en la Iglesia, para abrir la Iglesia hacia nuevos horizontes. Pero Muller niega la sana doctrina de Benedicto XVI, la de Juan Pablo II y la de muchos Papas que se han opuesto a lo que enseña Francisco. Muller está para hacer el juego a Francisco y para que se imponga en la Iglesia las ideas de Francisco, porque Francisco no es intelectual, es sólo un charlatán. Y necesita de una cabeza pensante en su nueva iglesia.

La comunión con Dios se hace a través de la Fe, no de la sana doctrina. La sana doctrina sólo quita obstáculos que puedan impedir la obra de la fe en el alma. El alma crece por la fe, no por la sana doctrina. El alma se alimenta de la fe, no de la sana doctrina. La sana doctrina no lleva a la comunión con Dios, es sólo un instrumento para quitar errores, como puede ser otro instrumento.

No es necesaria la sana doctrina para alcanzar la unión con Dios. No es necesario leer todos los escritos de los Papas, sus encíclicas para llegar a la vida eterna, ni todos los libros de los santos para entender la verdad de la vida divina. Es sólo necesaria la fe para esta unión. Sólo lo que Dios dice al alma eso es lo que salva. No lo que los hombres dicen, en sus predicaciones, en sus entrevistas, en sus charlas, lo que salva al alma. Pero ¿qué es la palabra de los hombres sino viento que entra por un oído y sale por otro? Los hombres quieren que los demás estén atentos a sus palabras, a sus enseñanzas sobre Dios y sobre la Iglesia. Y sólo hay un Maestro de la Verdad: el Espíritu de Cristo que se da a los humildes de corazón, a los que pisotean su orgullo para impedir que su pensamiento sea conocido por los demás y así sólo brille el Pensamiento de Dios sobre la vida.

Porque se enseña que el hombre no aprende la verdad de Dios, sino de los hombres, por eso, no se comprende cómo en una revelación privada, el Señor dice que Francisco no es Papa. Eso asusta a la Jerarquía de la Iglesia. Eso perturba a las cabezas pensantes de la Iglesia. Eso no cabe en la cabeza de muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia. Y, como no saben discernir las profecías, entonces arremeten en contra de ellas, que es la consecuencia de su soberbia. Porque ellos piensan que Francisco es Papa, es elegido por Dios, entonces atacan a quien se oponga a su pensamiento humano. Y si no quieren creer en la Profecías, por lo menos que crean en los hechos. Y Francisco ha demostrado que no es Papa, que no ha sido elegido por Dios para ser Papa. Ahí están los hechos. Pero tampoco se ven los hechos, sino que se tapan las obras de Francisco, se lava la cara a Francisco y se le presenta como el inocente en todo eso que Francisco ha promovido en la Iglesia.

Cuesta decir la verdad. Cuesta decir que francisco no es Papa, porque hay que enfrentarse al pensamiento de todos los hombres. Porque la fe no es vivir de un pensamiento humano, no es seguir un pensamiento humano, no es aplaudir un pensamiento humano. No se vive de una idea humana. Se vive de la Palabra de Dios, que es una Obra en el corazón. Una Obra divina, una obra que da la Verdad que está en Dios. Y, por eso, hay que decir la Verdad: Francisco no es Papa, porque no se puede elegir a un Papa mientras esté vivo el anterior. Esta es la verdad. Y quien no acepta esta verdad, entonces acepta su mentira y defiende su mentira. Y, por eso, se batalla contra todas las profecías que niegan esta mentira de los hombres.

Tener fe en un mundo regido por los pensamientos de los hombres, por las razones de los hombres es heróico, es para santos. Hay que enfrentarse a los hombres: eso es la vida espiritual. La vida espiritual no es hacer oración y después comulgar con cualquier pensamiento de cualquier idiota sobre la fe o sobre Dios o sobre la Iglesia. La vida espiritual es alcanzar de Dios la verdad y obrarla en todo el actuar de la existencia humana. Y hay que batallar contra el demonio, contra los hombres y contra el pecado. Y si no hay esta batalla, entonces nos hacemos amigos del demonio.

Francisco hiere a la Iglesia

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maria“¿Porqué muchos pastores de mi grey no se preguntan la razón de la esterilidad de su febril actividad?…Porque, íntimamente, se auto consideran buenos. Viven como si fueran buenos pero un velo los envuelve, el velo de su presunción por la que no ven su realidad interior que, aunque frecuentemente pasa desapercibida para los hombres, pero no para Mí, Dios. En otras palabras: les falta la verdadera y sincera humildad, esa humildad que debe hacer de cada uno de vosotros un niño; les falta la simplicidad de la humildad y a ellos mi Padre no les revela nada. Es difícil su conversión; su soberbia es refinada, revestida de humildad. Pero bajo aquella pseudo humildad está el veneno de Satanás, exactamente como ciertas joyas de apariencia preciosas, pero bajo el recubrimiento de oro está el metal vil. No creen sino en sí mismos, desdeñan y no aguantan que algún otro vea un poco más lejos que ellos”. (Michelini)

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El Papa Benedicto XVI puso en su motu proprio del 2007, “Summorum pontificum”, el camino para poder celebrar la Misa Tradicional de la Iglesia.

Francisco ha prohibido a la congregación de los frailes franciscanos de la Inmaculada celebrar y ha dado esta razón: “elección prudencial ligada a la ayuda hacia algunas personas que tienen esta sensibilidad”.

Esta frase de Francisco se apoya en su idea del Conciliarismo, en que el Concilio Vaticano II está por encima del Papado y, por tanto, en ese Concilio se deriva que el bien de la Iglesia es ir hacia lo más novedoso, lo innovador, y que aquellas personas que velan por lo antiguo, por el Vetus Ordo, la liturgia antigua, son personas enfermas que tienen miedo a los cambios en la Iglesia, a pensar de otra manera, a ver la vida de la Iglesia con otros enfoques más modernistas, más de actualidad. Y, por tanto, Francisco viene a sanar a esas personas y decide quitarles la libertad de celebrar la Misa según el rito antiguo como una ayuda a sus emociones, a sus sentimientos, a sus pensamientos, y así aprendan lo que significa estar con la Iglesia del Concilio.

Esta decisión de Francisco anula el derecho puesto por el Papa Benedicto XVI para ejercer la verdad contenida en la Misa celebrada por el rito antiguo. Verdad que Francisco no ve porque él ya no sigue la Verdad de la Iglesia, sino sus verdades.

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Benedicto XVI expresó en su momento en la carta a los Obispos que acompañaba el motu que ” las dos Formas del uso del Rito romano pueden enriquecerse mutuamente… “. Y ponía la razón del motu: “Se trata de llegar a una reconciliación interna en el seno de la Iglesia… hacer todos los esfuerzos para que a todos aquellos que tienen verdaderamente el deseo de la unidad se les haga posible permanecer en esta unidad o reencontrarla de nuevo”.

Esto es lo que ha destruido Francisco en esa prohibición. Y él se ha basado en esta razón: la reforma litúrgica postconciliar es “un servicio al pueblo como relectura del Evangelio a partir de una situación histórica concreta”.

Es decir, Francisco apela a la Universalidad del Concilio, no a la decisión de un Papa para legislar en materia de liturgia. Aquí se ve el daño, la herida que Francisco hace al Papado, en el motu propio del Papa Benedicto XVI.

Francisco rebaja la visión que tiene el Papa Benedicto XVI, que es buscar la unidad de la Iglesia, para poner su idea de la unidad en la Iglesia: «Yo veo claramente qué es lo que más necesita la Iglesia hoy: la capacidad de curar las heridas y de calentar los corazones de los fieles, la cercanía y la proximidad”. Esto es sólo la unidad de la Iglesia para Francisco: el servicio al pueblo. Y añade: “Hay que curar sus heridas. Después podremos hablar de lo demás. Curar las heridas, curar las heridas… Y hay que comenzar desde abajo”.

Esta visión de lo que es la Iglesia para Francisco viene de su pensamiento comunista en la Iglesia. Para Francisco la Iglesia es una comunión, no es un cuerpo. Es una comunidad y, por tanto, para gobernarla es necesario la colegialidad de los Obispos. No hace falta una cabeza, un Papa, sino un conjunto de hombres que atiendan las diversas necesidades que tiene la Iglesia abajo, en el Pueblo. No arriba, no en la Cabeza.

Por eso, llama a la Curia la peste, los leprosos, porque no atienden estas necesidades de las personas.

De esta manera, ejerce un acto de gobierno ejemplar sobre una comunidad que vive lo antiguo, que está en las cosas antiguas, pero que no está en las cosas de la gente, en las necesidades básicas de la Iglesia en el Pueblo.

La liturgia es para el pueblo, no es para la Jerarquía, no es para los religiosos, no es para los contemplativos. Hay que hacer liturgia curando las heridas materiales, humanas, económicas de las personas en la Iglesia.

Esto levanta ampollas en todos los sitios, porque así no se puede gobernar una Iglesia, según el capricho de Francisco que anula el motu propio por decisión sólo de su orgullo, no por hacer unidad en la Iglesia, no por buscar la unidad en la Iglesia.

A Francisco no le interesa la unidad en la Iglesia. A Francisco le interesa herir a la Iglesia, como lo ha hecho con ese acto de gobierno, que supone una decisión muy grave, porque es ir en contra de un Papa.

Y según conversaciones con las personas que visitan al Papa Benedicto XVI –como revela Chiesa-, el mismo Papa Benedicto XVI ve en ese acto de gobierno una herida hecha al Papado.

Francisco habla de curar heridas, pero para hacer eso tiene que abrir heridas, no sólo en cuanto a sus declaraciones, sino a su forma de gobierno que va en contra de la unidad de la Iglesia.

Y pocos han entendido lo que ha hecho Francisco con ese gobierno horizontal. Pocos ven la brecha que ha abierto en la Iglesia y que, con el tiempo, se verán sus obras de maldad.

Francisco ha provocado la división en la Cabeza. Y ha ido en contra del Papa Benedicto XVI sin una justificación ante lo que ha mandado el Papa en su motu. Y gobernar sin justificación, sin actos llenos de sabiduría, de prudencia, de respaldo en la verdad, es gobernar para hacer en la Iglesia el capricho de Francisco. Y eso es lo que desune la Iglesia.

La división en la Iglesia viene por Francisco, no por los franciscanos de la Inmaculada. El problema que la Iglesia tiene ahora es sólo Francisco, no los jóvenes que no tienen trabajo, o los ancianos que nadie cuida o los divorciados que quieren seguir en su pecado y comulgar con lo santo de la Iglesia.

El gran problema para toda la Iglesia es sólo Francisco. Un gobernante que no sirve para nada. Mucho hablar y pocas obras de verdad. Un gobernante que tiene miedo a gobernar y, por eso, se apoya en un grupo de hombres, mientras él se dedica a sus cosas, a fraternizar con los judíos, a llamar por teléfono a los jóvenes, a sonreír a las personas para conquistarlas en su vidas humanas, para ganarse el aplauso de los tontos, de los idiotas en la Iglesia, como él lo es.

Francisco hiere a la Iglesia, hiere al mundo, hiere a los corazones que buscan la verdad en sus vidas y que no pueden encontrarla en un charlatán, en un murmurador, en un demonio que ha hecho de su vida un honor a su pensamiento humano.

A Francisco lo quitan dentro de poco. No sirve para la Iglesia y tampoco sirve para el mundo. Sólo sirve para entretener a los ignorantes, a los que no saben discernir la verdad, a los que buscan en la vida lo que él proclama: seamos felices teniendo dinero, trabajo, salud. Lo demás, se encarga Dios. No importa vivir en el pecado. Lo que importa es el amor a Cristo. Y Cristo está en los pobres. Cristo no hay que buscarlo en las alturas de la contemplación de unos ritos antiguos, obsoletos, rígidos, que hacen que las personas se fundamenten en unas ideas morales, religiosas y tengan miedo a los cambios que hay que afrontar en la Iglesia.

Francisco pasará a la historia de la Iglesia como el que no hizo nada por la Iglesia. Sólo se dedicó a su teatro en la Iglesia.

La necedad impera en la Iglesia

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michelini“Obispos y sacerdotes deberían estar bien instruidos acerca de las terribles consecuencias del primer pecado…Un pecado de soberbia, de orgullo y de presunción, hecho por un obispo o por un sacerdote, provoca en su Iglesia local consecuencias de males en cadena. Muchos desordenes tienen aquí su origen…Es doloroso deberlo constatar, pero bastantes obispos y sacerdotes son como el necio que al edificar su casa se ocupa en cosas de poca importancia, como ciertos motivos ornamentales, y descuida los cimientos y las estructuras de sustentación, por lo que el resultado será una bella casa destinada a un seguro derrumbamiento. ¿No es esto necedad? ¡Pues bien, esta necedad impera en la Iglesia!”(El Señor a Michelini)

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El primer pecado de Adán y Eva es el pecado de Francisco al poner su gobierno horizontal. Es el mismo, pero más grave, por ser cabeza en la Iglesia por su sacerdocio. Adán y Eva no eran sacerdotes, y su pecado incidía en toda la humanidad. Pero el pecado de Francisco, no sólo incide en toda la humanidad, sino en la misma Iglesia.

Y, así como el pecado original, trajo consecuencias gravísimas para todo, el pecado de Francisco trae consecuencias de males en cadena, como lo dice el Señor.

Soberbia, orgullo y presunción. Las tres cabezas, que el Señor recuerda en su mensaje, y que son el comienzo de la nueva iglesia de Francisco.

Soberbia, que es vivir para una forma de pensar. Orgullo, que es obrar para una forma de pensar la vida, dada por la soberbia. Y presunción, que es dar a la vida la importancia que no tiene, el valor que no le corresponde, y así se presume de una vida de pecado ante los demás, se ondea la bandera del pecado, y se lucha por una vida de pecado, y el hombre se pone como el ejemplo de los demás en su pecado, el maestro de la demás en su pecado, el salvador de los demás en su pecado. Hay que imitar la vida de pecado, hay que enseñar cómo vivir en pecado, hay que caminar en pecado para encontrar el sentido a la vida. Eso será el Anticristo, con su pecado de lujuria espiritual o presunción.

La necedad impera en la nueva iglesia de Francisco. Se construye la casa desde el cimiento de este triple pecado. Y, entonces, ¿cómo será esa casa?¿Cómo puede subsistir una casa cuyo cimiento es el pecado?

Jesús puso Su Iglesia sobre la Roca de la Verdad. Francisco ha puesto su iglesia sobre la arena de su pecado. Y, como Francisco no ve su pecado, entonces presume que su nueva iglesia la quiere Dios para estos tiempos.

¡Cuántos Obispos son como Francisco que ya no atienden al pecado en las iglesias particulares, sino que son ellos mismos los que obra el pecado!

El pecado de un Obispo o de un sacerdote no son cualquier cosa en la Iglesia. Son tres pecados que se hacen al mismo tiempo y que destruyen la Iglesia. Grandes males están en la Iglesia por los pecados de soberbia, de orgullo y de presunción de muchos sacerdotes y Obispos. Y esto es lo que no se atiende en la Iglesia y, por eso, se permiten tantas cosas en la Iglesia, que son pecado, que son el fruto de estos tres pecados. Y que todo el mundo dice que no son pecado.

La comunión en la mano es un pecado de sacrilegio. La nueva misa es otro pecado que reúne muchos pecados en ella. Todas las reformas litúrgicas en los Sacramentos, en las diversas oraciones, son otro pecado contra el primer Mandamiento, que es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. Y ahora se le adora en la ciencia de los hombres y en su mentira. Las interpretaciones que se han dado a la Biblia, el quitar palabras o frases del Evangelio, todo el destrozo que el hombre ha hecho contra la Palabra de Dios es un pecado de herejía, en que se presenta la mentira de los hombres como verdad, y se oculta o se suprime la Verdad de la Palabra Divina. El negar las revelaciones privadas y el no tomarlas como algo necesario para salvarse y santificarse en la Iglesia es un pecado de orgullo, porque al hombre se le hace creer que está salvado y santificado con unas prácticas religiosas que nacen de la mente de unos hombres y no necesita más. La Iglesia necesita de las Palabras de Su Madre, la Virgen María, y de las Palabras de Su Rey, Jesús, que se dan continuamente a las almas y, sobre todo, se dan cuando la Iglesia oculta la verdad para hacer brillar su mentira.

Los Obispos y sacerdotes, con sus pecados, tienen la Iglesia en la más completa oscuridad, en que todo es lo que el hombre piensa. Todo es lo que el hombre obra. Todo es lo que el hombre enseña. Y Dios queda sólo en el recuerdo de los hombres, pero no en la vida de los hombres.

En la nueva iglesia de Francisco sólo importa la razón de las cosas, la ciencia de las cosas, el juicio que cada uno tiene sobre las cosas de la Iglesia. Pero no interesa la cosa en sí, la verdad de cada cosa, sino cómo se comprende la verdad en la mente de cada uno.

Esta es la herejía de Francisco: el bien y el mal es sólo aquello que cada uno fabrica en su mente humana. Entonces, ¿qué esperan de ese gobierno para la Iglesia? No comprendo a la gente que todavía tiene una esperanza en Francisco. Si a él también lo van a echar del gobierno, porque el rumbo que está llevando no es la iglesia que quieren los nuevos gobernantes. Es un secreto a voces: nadie que habla en contra de la Iglesia, -como lo ha hecho Francisco-, puede permanecer en la Iglesia tan tranquilo. A muchos no les gusta el estilo de gobernar de Francisco porque es lo propio de los políticos de pueblo. Pero no es el estilo que se necesita en el mundo de la política. Es necesario un hombre con carácter, fuerte en las decisiones, que arrase con todo. Y eso no es Francisco. Francisco, en su pecado, es sólo un pobre necio que se sentó en la Silla de Pedro para hablar sus necedades que, después nadie sigue, pero que a todos entretiene.

Porque Francisco es un payaso que entretiene a la gente con sus discursos, con sus palabras. Y una vez que ha dicho su gracia, la gente vuelve a lo suyo, esperando la siguiente gracia de Francisco. Francisco, como gobernante, sólo entretiene, pero no enseña, no manda, no obra lo que los hombres, -más poderosos que él-, quieren en la nueva iglesia.

El pecado de Francisco es lo que muchos sacerdotes y Obispos aplauden y acogen. Y van a luchar por ese pecado hasta el final. El amor de Francisco es su nuevo gobierno en la Iglesia. Y, por ese falso amor, él tendrá su castigo.

El inicio del orgullo

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santabrigida“Yo soy el Señor verdadero. No hay otro señor más grande que yo. No hubo señor antes de mí y no habrá alguno después de mí. Todos los señoríos vienen por mí y a través de mí. Es por esto que yo soy el Señor verdadero y por lo que nadie sino sólo Yo puede ser verdaderamente llamado Señor, ya que todos los poderes vienen de mí” (El Señor a Santa Brígida)

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sanbebito

El orgullo es la posesión del hombre sobre otros hombres. Es ponerse por encima de los hombres para enseñarles la mentira, -que ellos llaman verdad-, para indicarles el camino falso, -que para ellos es el verdadero-, para hacer que los hombres obren lo que quieren sólo los hombres, -y a esas obras las llaman divinas.

El orgullo se ha destapado con el inicio del gobierno horizontal. Se ha destapado, es decir, ahora se ve claramente quién es la persona orgullosa, que desobedece a la Verdad poniendo su razón como excusa y como valor ante todos.

El orgullo no es una forma de pensar. La soberbia es una forma de pensar la vida. El orgullo es una forma de vivir la vida, de obrar en la vida, porque se tiene una forma de pensarla, dada por la soberbia.

Si no se ve la soberbia, si no se atiende a la forma de pensar de alguien, tampoco se ve el orgullo, las obras de pecado que hace esa persona.

Es lo que está pasando con Francisco y con todo su séquito que ha puesto en el gobierno horizontal.

Hay una forma de pensar la vida, la Iglesia, que es la soberbia de Francisco, que es el error de su humanismo. Y, cogiendo ese error, naciendo de esa forma de pensar, viene la forma de obrar ese pensamiento, que es el orgullo.

Poner el gobierno horizontal no es una forma de pensar el gobierno, sino que es una forma de obrar el gobierno, que va en contra de la Verdad del Papado. Y se pone la razón mentirosa, para esconder la obra del orgullo, la obra del pecado: es un gobierno para ayudar al Papa.

Esta es la mentira que se dice para tranquilizar a los demás, para que el Pueblo se quede tranquilo, se quede en su dormición y no despierte ante ese pecado de poner un gobierno horizontal.

Nadie llama al gobierno horizontal de Francisco como pecado, porque todos se tragan la mentira, todos aceptan la mentira: es un gobierno de ayuda. Y nadie discierne esa mentira, porque se acoge. Y quien acoge la mentira suprime la verdad, rechaza la verdad, se opone a la verdad.

Este es el inicio del orgullo al que nadie ha atendido, sino que todos están expectantes a ver qué cosa hace Francisco para el bien de la Iglesia. ¿Pero qué cosa puede hacer de bueno uno que se ha puesto en contra de la Fe de Pedro al instalar en la Iglesia la Abominación?

Como se ve su obra como algo bueno, -y se ve porque se acoge la mentira de que es un gobierno de ayuda-, entonces se llama a ese pecado un bien. Ya no se llama pecado. Nadie atiende a eso. A nadie le interesa esa perspectiva, porque lo que interesa es que Francisco dé solución a los problemas de la Iglesia. Eso es lo que interesa. Y no importa el camino para dar solución. No importan los medios para ello. No importa cargarse el Papado. Pero, si sigue siendo Papa, si sigue vestido de Papa, si actúa como Papa. Es que no hay que esperar que Francisco diga que ya no es Papa, sino un rey. Es que nunca va a decir eso, porque le gusta el juego que ha montado en la Iglesia para fabricar su nueva iglesia.

Francisco actúa con su orgullo cuando pone el gobierno horizontal. Se ha puesto por encima de la Autoridad de Dios en la Iglesia, como hizo Lucifer. Y lo ha hecho él mismo, sin recurrir a nada ni a nadie. Y ha puesto su razón, se mentira, para contentar a todos.

Y esto lo que no se ve ni se atiende: a la vida espiritual de la Iglesia.

Todos preocupados por la vida material o humana de la Iglesia, que esa sólo es la predicación de Francisco y de tantos sacerdotes que sólo hablan de política en sus homilías, pero que no son capaces de dar lo divino a las almas porque viven para lo suyo humano. Y así hace nsu iglesia, la que ellos quieren con sus entendimientos humanos, pero no hacen la Iglesia que Dios quiere.

Ambición de poder es lo que hay ahora en la Iglesia. Tener un puesto para gobernar la Iglesia. Y un puesto en cada diócesis para hacer en cada territorio la obra del orgullo.

Por eso, el desastre que viene es mayúsculo para toda la Iglesia. Y todavía los hombres siguen dormidos en las palabras que se les dice desde el gobierno horizontal. Muy dormidos, como si todo estuviera tranquilo, como si no pasara nada, como si Dios quisiera esta nueva iglesia para todos.

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