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Bergoglio: ídolo de los que se van a condenar

idolo

“El Señor, a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no sólo a los católicos. ¡A todos! ‘Padre, ¿a los ateos?’. También a ellos. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría! Somos creados hijos con la semejanza de Dios y la sangre de Cristo ¡nos ha redimido a todos! Y todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien. Y este mandamiento de hacer el bien a todos creo que es un bello camino hacia la paz. Si nosotros, cada uno por su parte, hacemos el bien a los demás, nos encontramos allá, haciendo el bien, y hacemos lentamente, despacio, poco a poco, hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad. Encontrase haciendo el bien. ‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!”. (ver texto).

  • «a todos nos ha redimido» : Jesús ha muerto en la Cruz por todos los hombres, pero no salva a todos;
  • «a todos, no sólo a los católicos»: Jesús no ha redimido a todos los hombres: la Redención es la obra de dos: de Jesús y de cada alma. Jesús muere por todos los hombres, pero le toca a cada uno aceptar la muerte de Jesús como camino de salvación para su alma. Y aceptar esa muerte es aceptar la Mente de Dios sobre cada alma. Si no se cree en la muerte de Jesús, el alma no puede agradar a Dios. Es la fe en lo que hace Jesús, en la obra de la Redención, lo que redime al alma. No es la obra de Jesús, no es la obra de la Redención lo que redime al hombre;
  • «esta sangre nos hace hijos de Dios»: La Sangre de Cristo no hace al alma hijo de Dios. Es la Gracia del Bautismo lo que hace al alma ser hijo de Dios. La filiación divina se da por la Gracia del Bautismo. Y esta Gracia es dada por Dios al hombre por los méritos de Su Hijo, Jesús, en la Cruz. La Sangre de Cristo derramada en sacrificio para expiar el pecado y satisfacer la Justicia del Padre es lo que abre la puerta del Cielo al hombre. Y para pasar por esa puerta, el hombre tiene que caminar por el puente, que es Jesús. Para llegar al Cielo, desde el infierno en el que se encuentra el hombre, por el pecado original, el Padre pone el puente, que es Su Hijo. Ese puente es un Camino Divino, que se eleva sobre el mundo, sobre los hombres, sobre la Creación entera, y se dirige directamente al Cielo. Por tanto, la Sangre de Cristo no nos hace ser hijos de Dios de primera categoría. Nos hace ser de Cristo, almas que Cristo ha comprado con Su Sangre. Y esa compra no hace esclava al alma de Cristo. Cristo compra, con Su Sangre todas las almas, pero da a cada una de ellas una elección: o ser para Cristo totalmente, o ser del demonio totalmente. Cristo, con las almas compradas en el Calvario, no se muestra como un dictador, sino como un Maestro del alma. Le enseña al alma lo que ha hecho por Ella, pero deja al alma en la libertad de seguirlo por el mismo camino que Él ha trazado, o que esa alma elija su propio camino en el mundo.
  • «Somos creados hijos con la semejanza de Dios»: Dios no ha creado a todos los hombres con su semejanza: sólo creó a Adán y a su mujer. Ellos dos eran semejantes a Dios por creación. Los demás hombres, por el pecado de Adán, nacen sin la semejanza divina: nacen en el pecado original. Sólo a Adán y a su mujer. No a todos. Luego, la consecuencia, que dice Bergoglio es una auténtica blasfemia: como todos han sido creados por Dios en semejanza divina, todos han sido redimidos por Cristo. Es una blasfemia porque tiene que negar la Obra de la Redención, que es la obra del Espíritu en el Hijo. Y al negarla, tiene que reinterpretarla según su mente humana.
  • «todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien»: Como todos somos redimidos, entonces todos tenemos que hacer el bien: hacer el bien está en la naturaleza humana, en la ley natural. No nace de la Obra de la Redención. Todos los hombres pueden hacer el bien si son fieles a la ley natural inscrita en su propia naturaleza humana. Y es un bien sólo natural, no divino, ni siquiera humano. Es el bien de la naturaleza del hombre, no es el bien que el hombre piensa con su mente humana. El bien natural es distinto al bien racional o humano. Todos los hombres pueden hacer el bien natural, pero pocos son los que hacen un bien humano. Y muy pocos los que hacen un bien divino o espiritual.
  • «este mandamiento de hacer el bien a todos»: Este hacer el bien natural no es un mandamiento de Dios, no es una ley positiva, sino una obligación, un deber en todo hombre. Es una obligación que su propia naturaleza le exige, le demanda. Por tanto, si el hombre no hace el bien natural, no puede hacer el bien al otro, ni como hermano, ni como amigo, ni como hombre, ni como enemigo. Para hacer el bien a todos, es necesario discernir a cada persona y darle una Justicia y un Amor. No se puede hacer el bien a todos de manera general, con una ley general o globalizante. No existe un amor global o universal. Es necesaria la ley divina, la ley de la gracia y la ley del Espíritu. El amor es para cada alma; el amor es en cada alma; el amor mira las necesidades de cada alma. Y, por tanto, el que ama da al otro la Voluntad de Dios, no su capricho, no sus deseos, no sus sentimientos. Y, por eso, para amar a todos, hay que conocer de Dios qué hay que darles a todos. Y Dios, cuando ama a un alma no le exige este amor global, porque es imposible. Dios, cuando ama a un alma, la va guiando en el amor, y el alma va aprendiendo a amar a su semejante, en particular. Va aprendiendo a amar a cada alma que encuentra en su camino: sea hermano, amigo, hombre, enemigo, etc… Bergoglio, como se inventa que somos hijos de Dios por creación y, por tanto, todos somos buenos y santos, y justos, entonces –al no haber pecado- vivimos en un Paraíso, en un Cielo. Y así todo bien que los hombres hacen son buenos para conseguir la paz. Es una clara blasfemia. Una más que la dice y la gente no cae en cuenta. Pero ahí están. Están escritas para aquellos que quieran ver lo que es este hombre.
  • ¿A dónde quiere llevar Bergoglio? Hacia su cultura del encuentro, que es otra gran blasfemia contra el Espíritu santo: «hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad». Bergoglio está hablando en horizontal, no en vertical. Enseña para todos los hombres; quiere abarcar a todos los hombres y así formar esa cultura del encuentro, en donde se reúnan, se encuentren todos los hombres haciendo el bien. Y no importa qué clase de bien. No interesa discernir el bien porque todos somos buenos por Creación. Todos hacemos un bien.
  • «‘Padre, ¿a los ateos?’ (…) «‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!». Que el ateo haga el bien natural; que el ateo haga el bien como él lo concibe con su mente; que el ateo, aunque no crea en Dios, está en Dios, se salva, para el cielo.

 

infierno

Esto último es lo que refleja en su carta:

«En primer lugar, me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a quien no cree o no busca la fe. Considerando que  -y es la cuestión fundamental-  la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia. Escucharla y obedecerla significa tomar una decisión frente a aquello que se percibe como bien o como mal. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestro actuar» (Carta a un ateo – ver texto).

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia»: en otras palabras: no hace falta creer para ir al cielo. El ateo, si sigue su conciencia, su propia conciencia, si escuchar y obedece a su mente humana, entonces se salva o se condena.

Esto va en contra de la misma Palabra de Dios: Cristo es «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). El hombre tiene que creer en Cristo, tiene que obedecer la Mente de Cristo, que es la luz que Cristo ha traído para iluminar al hombre. La luz divina, que es un conocimiento y una obra divina, al mismo tiempo. Y esa luz divina es la misma Vida de Cristo en la tierra. Cristo ilumina a todo hombre con su vida, con sus obras. Sus palabras divinas son obras divinas. Su Evangelio son obras divinas, que sólo se pueden hacer, imitar, si el hombre cree en Cristo. Y creer en Cristo es obedecer a Cristo.

Aquel que cree en su propia conciencia, no puede salvarse, no puede agradar a Dios: «Pero antes de ser trasladado, recibió el testimonio de haber agradado a Dios, cosa que sin la fe es imposible» (Heb 11, 6).

El ateo para salvarse tiene que dejar ser ateo. Por más que mire su conciencia, no hay camino de salvación, no se puede llegar a la vida eterna: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo» (Jn 3, 13). Un ateo no puede subir al Cielo si no va detrás de Jesús, agarrado a Él, sometido a Él. Sólo Jesús puede subir al Cielo. Sólo Él. Y, por eso, Jesús ha comprado todas las almas con Su Sangre, pero es necesario creer en la Cruz de Cristo, para ir al Cielo: «A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que creyere en Él tenga vida eterna» (v. 14-15).

Hay que creer en la Obra de la Redención: mirar la Cruz de Cristo, la que salva. Mirar al Crucificado. Quien mira y cree, entonces se va al Cielo. Pero quien mira y pone su inteligencia humana, entonces no puede ir al Cielo. Hay que mirar y creer en lo que se ve: un hombre crucificado por tus pecados. Si se mira y se cree en la propia conciencia, entonces no se alcanza el arrepentimiento del pecado, y el hombre sigue en su pecado, a pesar de la Sangre de Cristo.

Todo está en la fe de la persona, no en su conciencia. Todo está en abrirse a Dios: abrir el corazón, no la mente. Las personas suelen pensar acerca de Dios y, entonces, no creen. Acaban por dudar, por temer, por anular la Palabra de Dios. Hay que creer en Dios, no hay que pensar en Dios, no hay que tomar conciencia de Dios, no hay que mirar la conciencia para ir a Dios. Hay que dejar de mirar la conciencia con la mente humana y abrir el corazón a la Mente Divina.

Esto es claro en la Iglesia Católica, pero hay muchos católicos ciegos, que ya no ven esta claridad. Y hay mucha gente en el mundo, con sus errores, pero que ven la claridad: están abiertos a la Palabra de Dios, al Espíritu de la Palabra. Siguen siendo pecadores, porque están en el error, pero no son como muchos católicos, no son como Bergoglio: blasfemos a la obra del Espíritu.

Por eso, un protestante, ante estas palabras de Bergoglio, dijo:

«¡Que frase tan blasfema! ¡Esto es blasfemia, papa Francisco! ¡Esto es blasfemia, señor! (…)   ¿Qué le pasa a Ud. Señor? ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo los católicos se los permiten?(…) ¡Esto es absolutamente increíble!(…) ¡Ud. está equivocado! ¡Está equivocado! (…) ¿Por qué el líder de los católicos está ahora diciendo que los creyentes y los agnósticos tienen la misma oportunidad de (…) ir al Cielo? (…) ¡Sus argumentos son lunáticos, porque los ateos no creen! (…) La verdad es que Francisco no es un creyente. Él no cree en Dios. No cree en las palabras de Jesús tal como constan en la Biblia.(…) Por eso, destruye la palabra de Dios (…) Este hombre es el Anticristo (…) Los católicos, en todo el mundo, debería abrir sus ojos, de que este Papa ha dicho ahora que no hay distinción en ir al cielo entre los creyentes (…) y aquellos que no creen en Dios»

Bergoglio cae en esta blasfemia por esta herejía:

«En segundo lugar, me pregunta si el pensamiento según el cual no existe absoluto alguno y por ende tampoco una verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, es un error o un pecado. Para comenzar, yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! Tanto es así que incluso cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no significa que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Significa que la verdad se nos revela siempre y sólo como un camino y una vida». (ver texto).

  • Uno que cree no necesita de verdad absoluta: entonces cada uno cree según su verdad relativa, según su idea de la verdad, de la vida, de cristo, de la iglesia. Cada uno se inventa su fe. Si no hay una Verdad Absoluta, no existe Dios y no existe el concepto absoluto de Dios. Existen definiciones de Dios: lo que cada hombre concibe en su mente sobre Dios.
  • Bergoglio niega que exista la verdad absoluta porque es inconexa: en la mente de este hombre si uno tiene la verdad absoluta, entonces no puede haber conexión con otros hombres; no puede haber una relación, una comunicación. Aquí Bergoglio lo anula todo. Como Dios es Verdad Absoluta, entonces no puede relacionarse ni con Él Mismo, ni con las criaturas que ha creado: no hay conexión, no hay unión. Como la Iglesia es una Verdad Absoluta, entonces los miembros de la Iglesia no pueden relacionarse con los demás hombres, no pueden comunicarse con ellos, no pueden estar en la vida de esos hombres, no pueden aceptar las mentes de esos hombres… Luego, como la Verdad Absoluta carece de toda relación, nos vamos a inventar el concepto de Dios, el concepto, de Iglesia, el concepto de Padre, el concepto de Hijo, el concepto del Espíritu Santo, el concepto de Jesús, etc… Nos inventamos la Palabra de Dios. Todo lo inventamos. Por eso, él predica tanto de la unidad en la diversidad. Una herejía en la verdad le lleva a una obra blasfema: «Es el Espíritu vivo que todos nosotros tenemos dentro: él hace la unidad de la Iglesia, en la diversidad de los pueblos, de las culturas, de las personas» (24 de octubre del 2014).Como todos somos semejantes a Dios por creación, todos tenemos el Espíritu de Dios. Y, entonces, éste es el que hace la unidad en la diversidad de las mentes humanas, de sus vidas, de sus obras. Ésta es la clara enseñanza de un gobierno mundial, de una doctrina global para todos, de una Iglesia ecuménica en la que todo el mundo entra y vive su vida y así se salva, según el bien que hace a todo el mundo.
  • La unidad en la diversidad: que le hace poner la verdad en el amor de Dios hacia el hombre, cuando la verdad está en al Amor de Dios hacia Sí Mismo; que le hace decir: la verdad es una relación, cuando la Verdad es una Persona Divina, no una idea humana. Es una verdad -para Bergoglio- que no cambia al hombre: «cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc». Por tanto, es una verdad que está en el hombre y que el hombre puede seguirla sin ningún discernimiento. El hombre, como nace santo, hijo de Dios, como es semejante a Dios por creación, como no ha pecado, entonces cuando ve su mente, ve la verdad y la sigue sin problemas, y agrada a Dios haciendo el bien a toda la humanidad.
  • Y Bergoglio olvida y niega una cosa: que la Verdad es una Persona: Cristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Jn 14, 6). La verdad es la Persona Divina del Verbo. Es un Ser Absoluto que no le impide relacionarse ni con Su Padre ni con el Espíritu Santo, ni con todas las criaturas que ha creado y redimido. El que una cosa sea absoluta no anula la relación, la comunicación, la conexión, la unión a otras cosas. Pero esa relación nace del mismo Ser Absoluto, no está en la criatura, no está en el otro: es el Camino que Dios tiene para relacionarse con los hombres. Es un Camino que es una Verdad y que lleva a una Vida. La relación, la comunicación, la unión, no es algo mental, sino algo vital: una obra, una vida en cada hombre. Por eso, Jesús es el Camino para la mente del hombre. Si el hombre se somete a la doctrina de Jesús, entonces la mente de hombre camina, ve la luz, ve la verdad, y puede obrar la verdad en su vida humana. Pero si la mente del hombre no se somete a esa Verdad Absoluta, Inmutable, Eterna, a esa doctrina divina, entonces no puede caminar, no puede salvarse, no puede conocer, ni siquiera bien lo humano ni lo natural.

Por eso, Bergoglio no puede salvarse: Él niega a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Y quiere ir al cielo con su conciencia, buceando en su mente humana sobre lo que es el bien y el mal. Y así es imposible salvarse. Y todo aquel que le obedezca cae en su misma herejía, en su mismo cisma, en su misma apostasía de la fe.

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Por eso, Bergoglio odia a la Iglesia Católica. Ya lo manifestó en Caserta. Odia la Verdad, odia a Cristo, odia el dogma, odia a Dios. Para él no existe la certeza total. Para Bergoglio todo es duda, porque no hay un absoluto, no hay dónde poder agarrarse. Cada uno tiene que agarrarse a su mente humana. Y la mente del hombre, por experiencia, está llena de dudas, de temores, de debilidades:

«Este buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. (…) El riesgo que existe, pues, en el buscar y hallar a Dios en todas las cosas, son los deseos de ser demasiado explícito, de decir con certeza humana y con arrogancia: “Dios está aquí”. Así encontraríamos sólo un Dios a medida nuestra» ()

«Si uno tiene respuestas a todo, es que Dios no está con él»: Bergoglio está destruyendo la Palabra de Dios: «pero cuando viniere Aquel, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la Verdad completa» (Jn 16, 13). Se tienen respuestas a todo porque el que cree tiene el Espíritu de la Verdad, que le lleva a la plenitud del conocimiento divino y humano.

¡Pobre Bergoglio! ¡Pobrecito! Ya no puede salvarse. Para salvarse, tendría que dejarlo todo e irse a un monasterio a expiar su pecado. Pero es claro que no va a hacerlo. Si no cree en el pecado como ofensa a Dios, tampoco cree en la necesidad del silencio y de la soledad para expiar el pecado, y se dedica a lo suyo: a ser un ídolo de los paganos.

A ellos les ha trazado un camino de perdición. Y ellos lo aceptan. Mayor oscuridad no puede haber en un hombre y desde la Silla de Pedro.
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La falsa iglesia con el falso cristo en el Vaticano, regida por un falso Papa

pio xii

«Algunas piensan que no están obligados por la doctrina expuesta hace pocos años en Nuestras Encíclicas, y fundamentada en las fuentes de la revelación, la cual enseña en verdad que el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia Católica Romana son una sola y misma realidad» (Pío XII – «Humani generis»).

El Cuerpo Místico de Cristo es la Iglesia Católica. No es un concepto más amplio, según el cual los que están bautizados, pero no están en la Iglesia Católica, son miembros del Cuerpo Místico: «Muchos en los pueblos orientales se han apartado lamentablemente de la unidad del Cuerpo Místico de Cristo» (Pío XII – «Sempiternus Rex»). Para ser miembros del Cuerpo Místico, no sólo es necesario el bautismo, sino vivir la misma doctrina que Cristo enseñó. Vivir los dogmas, los Sacramentos, la vida de la gracia. Y esto sólo se puede hacer en la Iglesia Católica.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, pero no es el Cuerpo real o físico de Cristo: «La Iglesia, sin embargo, no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Y no se trata sencillamente de un modo de decir: ¡lo somos de verdad!» (Audiencia General – 22/10/2014).

¿Qué es lo que somos de verdad?

¿Un cuerpo natural? No: «en un cuerpo natural el principio de unidad traba las partes, de suerte que éstas se ven privadas de la subsistencia propia» (Pío XII – AAS 35,197). Naturalmente los hombres no son nada en la Iglesia: no se unen vidas naturales ni obras naturales. No se unen vidas sociales, ni vidas políticas. Todo esto, en la Iglesia, no tiene subsistencia propia. No hay vínculos sociales o civiles o naturales entre los miembros del Cuerpo Místico.

¿Un cuerpo físico? No: «Su Cuerpo físico, que, nacido de la Virgen Madre de Dios, está sentado ahora a la diestra del Padre» (Ib). Sólo Jesús ha nacido de Mujer, de la Virgen María, de una manera física. Los demás, hemos nacido de la Virgen de una manera espiritual. La cercanía física entre los miembros del Cuerpo Místico no hace Iglesia. La carne y la sangre no obran el ser hijos de Dios.

¿Un cuerpo moral? No: «en el cuerpo que llamamos moral el principio de unidad no es sino el fin común y la cooperación común de todos a un mismo fin por medio de la autoridad social» (Ib). La Iglesia no es para un asunto social o un gobierno social. No es para dar de comer, ni para poner escuelas, ni para levantar hospitales, ni para una cultura del encuentro. No se hace Iglesia para un bien común comunista, masónico, humanista. Se hace Iglesia para obrar el bien divino de la salvación de las almas, que sólo es posible en el cuerpo místico.

¿Un Cuerpo Místico? Sí: «en el Cuerpo místico, de que tratamos, a esta cooperación se añade otro principio interno, a saber, el Espíritu divino» (Ib)

El Cuerpo Místico es aquel que está formado por el Espíritu en cada alma. Por tanto el Cuerpo de Cristo:

  1. no es una comunidad de justos, de predestinados o de santos;
  2. no es un conjunto de almas que tienen dones y carismas;
  3. no es una institución humana dotada sólo de unas normas de disciplina y de ritos externos;
  4. no es una sociedad alimentada y formada por una caridad fraternal, comunista, masónica, social, en la que los miembros se unen con una serie de leyes, de preceptos humanos, para ayudarse, apoyarse, servirse;
  5. no es una iglesia que no pueda ser sentida ni vista, que une a muchos por algo invisible, por un espíritu que no obra la verdad;
  6. no es un quietismo por el cual sólo el Espíritu es el que obra, los demás a vivir su vida, sea la que sea, sin colaborar, sin unirse moralmente a la obra del Espíritu.

El Cuerpo Místico significa la obra del Espíritu en cada alma: «A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad…Dios ha dispuesto los miembros en el cuerpo, cada uno de ellos como ha querido» (1 Cor 12, 7.18)

Y esa obra es la que forma la Iglesia: «El Espíritu Santo vivifica y une de modo invisible a la Iglesia»: (S. Tomás, 3 q.8 a.1 a 3; véase 3 d.13 q.2 a.2 .sol. 2). Todos buscan el bien común que quiere el Espíritu. Nadie busca el bien común que quieren los hombres.

Por eso, cada alma tiene que colaborar con el Espíritu para formar la Iglesia. Y colaborar significa: quitar el pecado, expiar el pecado, crucificar la propia voluntad humana, practicar las virtudes: «no teniendo caridad, nada me aprovecha…Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad…Esforzaos por alcanzar la caridad, aspirad a los dones espirituales» (1 Cor 13, 3c.13- 14,1)

¿Qué dice Bergoglio? «La Iglesia, sin embargo, no es solamente un cuerpo edificado en el Espíritu: la Iglesia es el cuerpo de Cristo» (Audiencia General – 22/10/2014).

  1. El Espíritu no edifica un cuerpo: no existe un cuerpo edificado en el Espíritu, sino que cada alma está edificada en el Espíritu. En cada alma se manifiesta la obra del Espíritu.

La Iglesia se edifica en un alma: en Pedro. Y Pedro sigue al Espíritu y obra lo que Él quiere, y así forma la Iglesia, el Cuerpo de Místico de Cristo. Pedro es fiel a la Gracia del Espíritu, es fiel a los dones del Espíritu, es fiel a la obra del Espíritu en la Iglesia.

La obediencia a Pedro en la Iglesia edifica la Iglesia. La obediencia de cada alma a Pedro. Cada alma tiene que poner de su parte para obedecer. Quien no obedece a Pedro, entonces no es Iglesia, no es miembro del cuerpo Místico de Cristo. Se necesita del alma la fidelidad a la Gracia; seguir al Espíritu que lleva a obedecer a Pedro.

La Iglesia no se edifica en el Espíritu, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu en cada alma. La Iglesia está en cada alma fiel a la Gracia que ha recibido. Para ser Iglesia se necesita la fidelidad a la Gracia, la perseverancia en la Gracia, la permanencia en la Gracia.

Este punto es importantísimo para comprender lo que es el Cuerpo Místico de Cristo.

El Espíritu es el que une a las almas fieles en Cristo. Esa unión es mística: y así se forma el Cuerpo Místico.

El Espíritu no puede unir las almas infieles a la Gracia en Cristo, porque donde está el pecado, allí no está la Gracia. La Gracia es la unión divina, la vida divina. Un pecado rompe esa vida, rompe la unión del alma con Cristo.

  1. La Iglesia no es el Cuerpo de Cristo, sino que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: «el divino Redentor constituye con su Cuerpo social una sola persona mística» (Pío XII).

La Iglesia y Jesús forman una persona mística, una unión mística, un matrimonio místico: son dos en uno: «resulta como una sola persona de dos, de la Cabeza y del Cuerpo, del esposo y de la esposa…el Cuerpo en la Cabeza y la Cabeza en el Cuerpo» (S. Agustín). Todos las almas fieles a la Gracia, «todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo» (1 Cor 12, 12).

Como dice San Roberto Bellarmino: «esta denominación del Cuerpo de Cristo no debe explicarse solamente por el hecho de que Jesucristo debe decirse que es la Cabeza de su Cuerpo místico, sino también porque sostiene a la Iglesia y en cierto modo vive en la Iglesia de tal modo que ésta misma es como otra persona de Cristo». Cristo vive en cada miembro fiel a la Gracia; Cristo habla en cada miembro que persevera en la Gracia; Cristo está en cada miembro que permanece en la Gracia: «y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en Mí» (Gal 2, 20).

Hay una unidad por la fe entre el alma y Cristo: unidad mística. Unidad moral, porque en la Iglesia todos están sometidos a una autoridad moral, espiritual, social; pero unidad en el Espíritu: se necesita la fe para poder obrar ese sometimiento, para que esa obediencia no se quede sólo en lo exterior de la virtud, del consejo evangélico, sino que se realice la obra divina de la fe en el alma.

Pero, ¿cuál es el pensamiento de Bergoglio?

«Esta es la Iglesia, es una obra maestra, la obra maestra del Espíritu, quien infunde en cada uno la vida nueva del Resucitado y nos coloca uno al lado del otro, uno al servicio y en apoyo del otro, haciendo así de todos nosotros un cuerpo, edificado en la comunión y en el amor» (Audiencia General – 22/10/2014).

Para Bergoglio:

  1. El Espíritu infunde en cada alma la vida del Resucitado: Bergoglio nada dice de la manifestación del Espíritu en cada alma. Es un conocimiento infuso que cada alma tiene, pero está negando la obra del Espíritu en cada alma. Está diciendo que con ese conocimiento infuso el alma es el que obra en la Iglesia. No sabe discernir entre conocimiento infuso y manifestación del Espíritu.
  2. coloca un miembro al lado del otro, para servirlo, para apoyarlo: Bergoglio está diciendo que el Espíritu une hombres en la Iglesia para un bien común humano, natural, material. Recalca el servicio al otro, el apoyo al otro; pero nada dice de la fidelidad que el alma tiene que tener a la manifestación del Espíritu. Nada dice de la voluntad del Espíritu en repartir sus dones: «distribuye a cada uno según quiere» (1 Cor 12, 11c)
  3. hace de todos un cuerpo que se levanta en la comunión y en el amor.

El Espíritu no une a hombres, no coloca un hombre al lado del otro hombre, no es para servir al otro, no es para apoyarlo: no hace una unión humana ni moral ni física ni espiritual.

El Espíritu se comunica a cada alma para que obre según las funciones de cada miembro en la Iglesia: «Es un cuerpo constituido de muchos miembros y anima a todos los miembros un solo Espíritu… Las funciones de los miembros están repartidas; sin embargo el Espíritu abarca todas» (S. Agustín).

El Espíritu es el principio interno y sobrenatural que perfecciona y lleva a su término la unión moral, por la cual todos colaboran al fin de la Iglesia: que es salvar almas, que es santificar las almas.

Para Bergoglio, el Cuerpo de Cristo es una comunidad de amor, social, humana, sentimental, física, jurídica y llena de un falso misticismo, de una falsa espiritualidad, en la que todos se aman, pero ninguno sabe ver su negro pecado.

«Es el gran don que recibimos el día de nuestro Bautismo. En el sacramento del Bautismo, en efecto, Cristo nos hace suyos, acogiéndonos en el corazón del misterio de la cruz, el misterio supremo de su amor por nosotros, para hacernos luego resucitar con Él, como nuevas criaturas. Esto es, así nace la Iglesia, y así la Iglesia se reconoce cuerpo de Cristo. El Bautismo constituye un verdadero renacimiento, que nos regenera en Cristo, nos hace parte de Él, y nos une íntimamente entre nosotros, como miembros del mismo cuerpo, del cual Él es la cabeza» (Audiencia General – 22/10/2014).

Bergoglio sólo se centra en el Bautismo, pero no ha comprendido la Escritura: «Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu» (1 Cor 13, 13)

Muchos son los bautizados que no son de la Iglesia Católica. En la práctica de su vida espiritual, viven en el pecado. Por el Bautismo son miembros de la Iglesia, pero no usan la Gracia que da el Bautismo para unirse a Cristo de manera mística: el pecado les impide amar a Cristo, ser de Cristo, pertenecer al Cuerpo de Cristo. Han sido bautizados, pero no constituyen un solo cuerpo, por el estado de pecado de sus almas.

Siempre Bergoglio calla el tema del pecado. Consecuencia: da una doctrina falsa sobre el Cuerpo de Cristo. Una doctrina diluida en su mente humana, incapaz de enseñar la verdad sobre el Cuerpo de Cristo.

Quien peca no puede amar a Dios. El pecado nos arranca de Cristo. Bergoglio dice: no: «somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede ya arrancar de Él» (Audiencia General – 22/10/2014). No hay pecado para Bergoglio.

Bergoglio anula la ley del pecado: por tanto, te has bautizado, entonces ya eres de Cristo para siempre. Ya eres miembro de Cristo, ya perteneces a la Iglesia Católica.

Esto es lo que él quiere decir con esa frase: «no se trata sencillamente de un modo de decir: ¡lo somos de verdad!» (Ib). Como estamos bautizados – y eso es irrompible-, entonces: «Lo que brota de ello… es una profunda comunión de amor» (Ib). Para Bergoglio, el Cuerpo de Cristo se tiene que entender como comunidad de amor, con vínculos sociales, jurídicos, pero no sobrenaturales, porque es irrompible, no se da la ley del pecado.

«Qué hermoso sería si nos acordásemos más a menudo de lo que somos, de lo que hizo con nosotros el Señor Jesús: somos su cuerpo, ese cuerpo que nada ni nadie puede ya arrancar de Él y que él recubre con toda su pasión y todo su amor, precisamente como un esposo con su esposa» (Ib).: este es su falso misticismo.

«Qué hermoso sería si nos acordásemos más a menudo… de lo que hizo el Señor»: todo es un recuerdo en la mente de este hombre. No sabe decir: «qué hermoso sería si cada alma quitar sus malditos pecados de la presencia de Dios en la Iglesia». Esto es imposible que algún día lo diga ese hombre

A Bergoglio siempre se le olvida poner la colaboración del alma para ser de Cristo, para constituir la Iglesia. Es el Espíritu el que da el Bautismo; es el Espíritu el que mantiene la gracia; es el Espíritu el que obra. Pero cada alma tiene que ser fiel a la Gracia de Cristo, fiel a ese Bautismo que ha recibido. Y eso es lo que cuesta para ser Iglesia, para formar la Iglesia.

No hay pecado: «nada ni nadie puede arrancar de Él» (Ib).

Sólo hay un amor sentimental de Cristo hacia la Iglesia: «él recubre con toda su pasión y todo su amor, precisamente como un esposo con su esposa» (Ib). ¡Qué palabras más bellas y tan vacías de la verdad!

Es muy fácil predicar que nos amemos todos, que nos besemos, que nos apoyemos, que seamos solidarios, que ayudemos a los necesitados… Todo eso es política de los hombres: bellas palabras para no decir ninguna Verdad.

Lo que tiene que hacer cada miembro, para Bergoglio, es compartir el amor de Cristo en todos. Y ¿cómo se hace? «Apreciar en nuestras comunidades los dones y las cualidades de los demás, de nuestros hermanos…Apreciar las cualidades, estar cerca y participar en el sufrimiento de los últimos y de los más necesitados; expresar la propia gratitud a todos. El corazón que sabe decir gracias es un corazón bueno, es un corazón noble, es un corazón que está contento» (Ib).

Para quitar las divisiones en las comunidades: apreciar los dones, las cualidades, estar cerca, expresar gratitud…Todo el sentimentalismo vacío de este hombre. Pero no quites tu pecado…No luches contra tu pecado…No expíes tu pecado…Esto no se ve en ninguna predicación de este hombre. En ninguna. Esto es el falso misticismo, propio de este hombre.

En Bergoglio todo es amor, pero nada es pecado. Bergoglio sólo se queda en el asunto social del Cuerpo de la Iglesia: nos damos la mano, nos besamos, reímos, damos gracias, nos apoyamos unos a otros…, pero no da el principio sobrenatural interno por el cual el alma sigue, en todo, la obra del Espíritu. No es capaz de dar la unión moral y las virtudes necesarias para ser Iglesia, para ser Cuerpo de Cristo.

Da palabras babosas: «El apóstol Pablo dio a los corintios algunos consejos concretos que son válidos también para nosotros: no ser celosos, sino apreciar en nuestras comunidades los dones y la cualidades de nuestros hermanos. Los celos: «Ese se compró un coche», y yo siento celos. «Este se ganó la lotería», son también celos. «Y a este otro le está yendo bien, bien en esto», y son más celos» (Ib).

San Pablo está dando la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. No está dando algunos consejos. Está enseñando cómo el Espíritu obra en cada alma de la Iglesia. Y esto es lo que no enseña este hombre. Sólo da su babosidad: no ser celosos, apreciar a los demás en sus dones. Esto es lo que no enseña San Pablo. Los capítulos 12 al 14 de Corintios es toda la doctrina sobre el Cuerpo de Cristo. Es una maravilla, pero este hombre se la pasa por la entrepierna. ¿A quién le importa que el otro se compre un coche o que gane la lotería? Estos ejemplos no ayudan, para nada, para ser Iglesia, para ser de Cristo, para poder comprender lo que significa ser Cuerpo de Cristo.

Bergoglio no puede continuar la obra de los Papas legítimos. No habla como ellos.

Cristo es un solo: «un solo señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas» (1 Cor 8, 6). Sin embargo, Cristo tiene muchos y diversos miembros, que son uno: «así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo» (Rom 12, 5). Y es único cuerpo es una sola realidad con Jesucristo. Los muchos miembros son uno solo: «Jesucristo todo entero es Cabeza y Cuerpo. Cabeza es el Hijo unigénito de Dios, y Cuerpo es su Iglesia, el esposo y la esposa, dos en una sola carne» (S. Agustín).

Jesucristo es la Iglesia: este es lo que somos en verdad. Si los miembros no pertenecen a Cristo por la fe, no lo imitan por la Gracia, no son fieles a la manifestación del Espíritu en ellos, esos miembros no son Cristo, no son Iglesia.

Jesucristo es Su Iglesia, no es la iglesia que se inventan los hombres, con sus vidas, con sus pensamientos, con sus obras.

En cada miembro de la Iglesia tiene que verse al mismo Jesucristo: si no se ve, entonces ese miembro no es de la Iglesia, no constituye la Iglesia.

Por eso, si en los fieles no hay vida auténtica de fe, sino que viven un protestantismo un comunismo, un masonismo, propio de la falsa espiritualidad que predica Bergoglio; si los fieles están obedeciendo, siguiendo la mente de un hombre que no sabe decir una verdad bien dicha, que le es imposible predicar lo mismo que Cristo enseño a Sus Apóstoles, entonces lo que vemos en el Vaticano no es a Jesucristo, no es la Iglesia Católica, sino una burda representación en la que cada uno hace su papel para su negocio en esa iglesia.

Si Cristo no vive en cada alma, Cristo no es Iglesia en esa alma.

Cristo no puede hacer Iglesia en una Roma apóstata de la fe, hereje por los cuatro costados y que gobierna la Iglesia con un cisma en la cabeza, con un personaje que obra el cisma en todas partes.

Cristo hace su Iglesia en los humildes de corazón, en los que trabajan para quitar sus pecados de su vista, en los que se esfuerzan por seguir las obras que el Espíritu realiza en todas partes, porque «hemos bebido del mismo Espíritu».

Es el Espíritu el que lleva a toda la Iglesia, a todo el Cuerpo Místico, a ser el mismo Cristo; que cada alma sea otro Cristo. Esa es una obra del Espíritu y sólo del Espíritu. No es una obra del alma. Los hombres no tienen que unirse para ser Iglesia, para ser Cuerpo de Cristo.

No hay unirse a Bergoglio para estar en comunión con toda la Iglesia. La Iglesia no se hace en el lenguaje de los hombres.

Jesucristo es la Iglesia: la Iglesia se hace en la manifestación del Espíritu en cada alma. Y en Bergoglio no se da la manifestación del Espíritu de Dios, sino que se da la obra del Enemigo de la Iglesia, de las almas. Es un falso profeta, al cual no es posible unirse para ser Iglesia.

Quien se una a él no pertenece a la Iglesia Católica, no se de Jesucristo, sino que es del demonio.

Bergoglio no enseña lo que es Jesucristo; luego tampoco enseña lo que es la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. No hay obediencia a la mente de Bergoglio. No hay sometimiento a los mandatos de Bergoglio en la Iglesia. No se puede obedecer a un hereje. No se puede. Aunque el mundo lo aclame, sigue siendo hereje. Aunque los católicos tibios y pervertidos hagan una fiesta de este hombre, sigue siendo hereje. Aunque la Jerarquía se someta a él, sigue siendo un hereje.

Y Cristo no es hereje. Cristo es la Verdad. Y la Iglesia de Cristo es la obra de la Verdad, no es la obra de la herejía.

Todos están contentos con una iglesia de herejía, que lleva a la apostasía de la fe. Todos cabalgan en sus lenguajes humanos, pero nadie quiere dar la fe. Nadie comunica la fe en Cristo. y, por tanto, nadie constituye la Iglesia de Cristo. Ahora mismo, en Roma, hay una falsa Iglesia con un falso Cristo. Es un falso cuerpo de Cristo: un conjunto de hombres que buscan un bien común, el de ellos, el de su comunismo, movidos por un falso amor al prójimo; un amor que no se apoya en Cristo, en las virtudes de Su Corazón Divino, sino que sólo se apoya, se refugia en los hombres, en las mentes de cada uno que forma esa falsa iglesia.

Por tanto, si quieren salvarse, sólo tienen que renunciar a todo lo que ven en Roma y en sus parroquias, porque eso no es Jesucristo, no es la Iglesia. Sólo es el camino, bien preparado, para condenar a muchos con bellas y blasfemas palabras.

La falsa doctrina del Espíritu en Francisco

«el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos recuerda y nos dice las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Dios Padre, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y nos hace hablar en profecía» (texto).

Ésta es la blasfemia de Francisco sobre el Espíritu.

El Espíritu «nos enseña: es el Maestro interior». Sólo hay un Maestro: Jesucristo: «Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos. Ni os hagáis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro Maestro, Cristo» (Mt 23, 9-10).

Dios Padre es el Padre de las almas; Dios Hijo es el Maestro de los corazones; y ¿qué es el Espíritu del Padre y del Hijo? El Amor en el hombre.

El Espíritu es el que lleva al hombre al Padre y al Hijo. No es el que enseña el camino. Jesús es el Camino. Jesús ha enseñado la manera de caminar por ese Camino. Jesús ha dado la doctrina. El Espíritu lleva a la Verdad de esa doctrina: «pero el Abogado, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en Mi Nombre, Él os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

El Espíritu no enseña como maestro, sino como Amor. Jesús enseña como maestro, como doctor, como el que sabe la doctrina.

Pero el Espíritu enseña a vivir esa doctrina: enseña el amor. Jesús enseña la idea, la Palabra. El Espíritu hace que el hombre obre esa Palabra.

Por tanto, el Espíritu no «nos guía por el camino recto a través de situaciones de la vida». El Espíritu no guía por el camino, sino que mueve a obrar en el Camino, que es Jesús. El Espíritu es la moción divina en el corazón, para que el hombre, caminado, siguiendo las huellas de Cristo en su vida, pueda obrar la Voluntad del Padre. Es el que mueve a obrar el amor. No es el que guía. Cristo guía al alma en el Camino, que es Él Mismo. Y la guía con Su Palabra. Su Palabra es Luz para el alma, es conocimiento para la inteligencia del hombre. Pero Su Palabra también es Amor. Para que la Palabra sea Amor, es necesario el Espíritu: es el que mueve a obrar la Palabra. Es el que ama en el hombre, es el que pone el amor en el hombre, en su corazón.

El Espíritu Santo no «nos enseña a seguirlo (el camino), para andar en sus pasos». Enseña a obrar el amor, enseña a amar. Enseña a hacer la voluntad del Padre. Enseña a practicar el Evangelio, a vivir la Palabra de Dios, a imitar a Cristo en sus obras: «El que cree en Mí, ése hará también las obras que Yo hago, y las hará mayores que éstas, porque Yo voy al Padre; y lo que pidiereis en Mi nombre, eso haré» (Jn 14, 12-13). Cristo obra en el Espíritu. Cristo, que es la Palabra, obra –Su Palabra- en el Espíritu, que el Padre envía en Su Nombre.

Para hacer las obras de Cristo, y mayores que las que hizo Cristo, es necesario el Espíritu de Cristo: es el que obra la Palabra, que es Cristo. Por tanto, el Espíritu no enseña el Camino, no enseña a seguir a Cristo. Enseña a hacer las mismas obras que Cristo hizo.

«Más que un maestro de la doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de la vida. Sin duda, es una parte de la vida, incluso sabiendo, conociendo, pero en el horizonte más amplio de la existencia cristiana y armonioso». El Espíritu no es el Maestro de la vida, sino el que enseña todas las cosas, pero no como maestro, no como doctor, no como filósofo. No enseña a vivir la vida; enseña a obrar la Vida Divina. El Espíritu no es «una parte de la vida», no convive con la vida del hombre, no es parte de la vida de los hombres, no acompaña la vida de los hombres. No da conocimientos a los hombres, no les da saberes, no les hace comprender. El Espíritu mete al hombre en la Vida Divina para que obre la Palabra y realice la voluntad del Padre, en esa obra de la Palabra.

El Espíritu enseña todas las cosas de la Vida Divina: enseña a usar la Gracia Divina, los dones divinos, los carismas para la Iglesia. Enseña a usar lo divino, a poner en práctica la Palabra Divina, que es la Vida de Dios.

El Padre engendra Su Palabra y el Espíritu obra lo que el Padre engendra. Y, por eso, la Virgen María concibe en su corazón la Palabra del Pensamiento del Padre y es el Espíritu el que la obra en su Seno Virginal. Sin Fe en la Palabra, el Espíritu no puede obrar en el hombre. El Espíritu obra en la medida en que el hombre, con su corazón, cree en la Palabra.

Francisco sólo habla de una enseñanza a la mente del hombre, de un conocimiento para el hombre, de una vida humana. Quien no tenga claro la doctrina sobre el Espíritu, entonces no sabe discernir las palabras de ese hombre. Decir que el Espíritu es un maestro interior tiene sabor a gnosticismo.

El Espíritu Santo «nos recuerda todo aquello que Jesús dijo: Es la memoria viviente de la Iglesia». El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Luego, no es una memoria. No es una inteligencia, no es un acto de recordar. El Espíritu trae a la memoria todo cuanto Jesús dijo para obrar la Profecía, para hacer profetas, para obrar el amor a la Verdad. El Espíritu no «nos hace entender las palabras del Señor…». No nos trae a la memoria para entender, sino para obrar. Con el Espíritu siempre se obra. Es la Palabra la inteligencia, la que hace entender. Es la Palabra el Maestro del alma. No es el Espíritu el que hace comprender la Palabra del Hijo, sino el que obra la Palabra del Hijo. Y, cuando el alma obra la Palabra en su vida, es cuando la Palabra le enseña los misterios de Dios. Es siempre Jesús el que enseña en la Obra del Espíritu. El Espíritu nunca enseña, siempre obra la Palabra que se cree. Si el hombre no cree, el Espíritu no obra.

El Profeta es el que obra la Verdad en medio de la Iglesia y del mundo. No es el que enseña el Evangelio. No es el que enseña la doctrina de Cristo. No es un teólogo; no es un filósofo. No es uno que da ideas. El Profeta da testimonio de la Verdad de la Palabra ante hombres que no creen, que viven su mentira, que viven en el error. Y se da testimonio de la Verdad, no para enseñar a los hombres, sino para obrar la Verdad ante los hombres.

Porque, siendo Cristo la Verdad, no es una Verdad en la sola inteligencia, en el solo conocimiento, en la sola idea. No es una verdad fría de la inteligencia. Es la verdad que se obra, que se vive, que trae la Presencia de Dios, que lleva a una vida piadosa, religiosa, llena del amor a la virtud. Y el Profeta pone esa Obra de la Palabra en medio de los hombres. Y, por eso, todo profeta, no sólo dice palabras de profecía, sino que obra sanaciones, liberaciones, milagros. Se obra la Verdad; se obra a Cristo en medio de la Iglesia.

Y, por eso, todo sacerdote es un Profeta: obra a Cristo en el Altar. Muy pocos sacerdotes se dan cuenta de lo que son. ¡Cuántos sacerdotes niegan las profecías, niegan a los profetas de Dios, y se están negando a sí mismos!

El Espíritu trae a la memoria las palabras del Señor para obrar la verdad, no para entender la Verdad. No «nos hace entrar cada vez más plenamente en el sentido de sus palabras…». Francisco no ha comprendido absolutamente nada de lo que es el Espíritu, porque no cree en Él.

En su fe sólo hay dos cosas: el Padre, que es Dios; y Jesús, que es el Maestro, pero no Dios, sino un hombre santo en la gloria. Para Francisco, el Espíritu es sólo una palabra para reflejar un concepto; es un término para poder interpretar el Evangelio según ese término humano. Es una memoria viviente: es decir, es un recuerdo que se pasa, en la Iglesia, a través de la historia de los hombres. Vive en cada miembro de la Iglesia. Vive como concepto, porque es una inteligencia, es un acto de recordar las palabras de Cristo.

«Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un cristiano a mitad de camino, es un hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe atesorar su historia, no sabe leerla y vivirla como una historia de salvación». Un cristiano sin fe es el que no es un verdadero cristiano. El cristiano sin memoria sigue siendo cristiano, si tiene fe. Francisco anula la fe para poner su fe fundante en la memoria, su memoria viviente, el legado de la memoria, del recuerdo.

Para Francisco, en la Iglesia hay que tener recuerdos de la palabra de Dios para no quedarse en el tiempo presente sin hacer nada, sino que debe renovar cada hombre su tiempo interpretando el Evangelio: «con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu». Esta es la herejía principal de este hombre.

El Espíritu es un término, un concepto, para interpretar las inspiraciones interiores y la vida de cada hombre. Se cogen las palabras de Jesús, y a la luz de esas palabras, usando la mente del hombre, haciendo memoria de las cosas que ha hecho Dios en la historia de los hombres, se llega a dar con un pensamiento, con una razón, que sirva para vivir el Evangelio en el tiempo de cada hombre. Es su fe universal: se recuerda el pasado para poner un futuro a la vida de los hombres. Se recuerda para interpretar el Evangelio a la luz de cada uno, de lo que uno piensa en la vida. Y ese conocimiento es el Espíritu. Es la gnosis de Francisco. Y, por eso, cae en el canalismo: «el Espíritu Santo nos hace hablar a los hombres en la profecía, es decir nos está haciendo CANALES, humildes y obedientes de la Palabra de Dios».

El Profeta es un canal de la Palabra de Dios: ésta es su blasfemia. Esto es hablar como un ocultista, como uno de la nueva Era. El profeta trae un mensaje que canaliza, que viene de un emisor, de una fuente, de uno que experimenta fenómenos paranormales, mentales, etc.

El Profeta no es un canal, sino uno que obra la Palabra de Dios. No es un transmisor de la Palabra, es un obrador de la Palabra. La Palabra de Dios no es un emisor de energías que hay que canalizarlas. La Palabra de Dios trae una obra divina que hay que ponerla en práctica, que hay que vivirla. No trae una obra humana: «La profecía se hace con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones e injusticias, pero siempre con mansedumbre y la intención constructiva. Imbuidos del espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, que sirve, que da la vida». El profeta no muestra ni las contradicciones ni las injusticias, sino que da la Verdad como es, aunque los demás no quieran escucharla. Y es el Espíritu el que obra esa Verdad en el alma; no es el hombre el que se esfuerza por dar la Palabra. Es el Espíritu el que mueve al hombre para dar la Palabra. No hay que hacer la profecía con franqueza; porque el hombre no tiene que hacer nada. Sólo tiene que dejarse mover por el Espíritu e ir a aquel lugar que el Espíritu quiere y decir las palabras que el Espíritu pone en su boca.

Esta forma de comprender Francisco al Espíritu es signo de su falta de fe. No tiene la fe católica. No sabe guiar a la Iglesia hacia la Verdad. No sabe obrar la Verdad, porque no se deja mover del Espíritu. Busca la verdad entre los hombres, en el diálogo con ellos y es lo que enseña: «El Espíritu nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno. Es útil hablar con otras personas en el reconocimiento de sus hermanos y hermanas; hablar con los amigos, con ternura, con dulzura, la comprensión de las angustias y esperanzas, tristezas y alegrías de los demás». Es el tema de Francisco: los hombres, charlar con ellos, hablar de tantas cosas que no hay tiempo para escuchar la Voz de Dios en el corazón. Es la fraternidad con los hombres. Y, por esa fraternidad, Francisco se ha puesto como dios en la Iglesia y no sabe de la vida espiritual nada de nada. No sabe hablar la Verdad. Sólo sabe decir sus mentiras desde que se levanta hasta que se acuesta. Y, por supuesto, no se le puede hacer caso en nada. Todo lo que hace en la Iglesia es nulo para la Iglesia Católica. Será valido para aquellos hombres que, con una venda en los ojos, lo siguen al precipicio del infierno.

Dios es Amor

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Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

El espíritu de Maitreya y de Francisco

Maitreya Francisco

“En primer lugar, los hombres deben verse como hermanos, hijos del Unico Padre” (m.10)

“Recordad que la humanidad es Una, hijos del Unico Padre” (m.31)

“En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial,

“mostrar a los hombres que los hombres son hermanos;

formamos parte de la misma familia humana

que el mundo es Uno”(m. 92)

y compartimos un destino común.

“la solución para salir de vuestros problemas es (…) compartir los productos de este mundo tan abundante entre vuestros hermanos y hermanas en todas partes” (m. 11)

.

De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta

“el camino del hombre es el camino de la fraternidad, de estrecha cooperación, y de confianza y servicio mutuos. (m. 12)”

“Haced que vuestro acto de servicio sea salvar a los que mueren de hambre en el mundo” (m. 31)

en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente.

“mediante la justa distribución de los múltiples recursos de la Tierra, todos los hombres pueden disfrutar de la generosidad de Dios” (m. 51)

“Haced que vuestra labor principal sea dar a los hombres los recursos para existir con dignidad humana, como hijos de Dios, todos hermanos.
Ceded, en beneficio de todos los hombres, la producción del mundo a las naciones del mundo (m. 12).

“la Ley del Amor y la Justicia debe ponerse en práctica si la humanidad quiere sobrevivir” (m. 92).

También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria.

El Espíritu de Dios marca en la Iglesia un camino de Cruz, camino que pocos quieren tomar porque supone un enfrentamiento contra el mundo, contra la carne y contra el demonio.

Y hoy se predica, no sólo en el mundo, sino en la Iglesia, una doctrina basada sólo en el compartir. Y, en ese compartir, está la solución a todos los problemas del hombre.

Se predica esta doctrina por una razón: porque el hombre niega la Cruz de Cristo. el hombre no quiere sufrir, y, en consecuencia, quiere tenerlo todo en este mundo.

Francisco no comprende el sufrimiento de los hombres ni del mundo: “¿Qué sucede en el corazón de los hombres? ¿Qué sucede en el corazón de la humanidad?” (1 de enero 2014). Son palabras de un hombre que ya no cree en la Palabra de Dios y, por tanto, grita al hombre que debe detenerse en la espiral de la violencia, de las injusticias, para encontrar la paz. Como si la paz viniera del comportamiento del hombre sobre el mismo hombre. Y la paz es una conquista del Espíritu en el hombre. Es un Don divino que sólo se da al corazón humilde, al corazón que acepta la Palabra de Dios. Y donde está la Paz de Dios, está la Justicia Divina, y el amor entre los hombres nace sólo del Amor Divino.

Hay paz entre los hombres porque Dios ama al hombre y el hombre se deja amar por Dios. El punto es que el hombre no se deja amar por Dios y siempre está en lo mismo: en sus injusticias, en la búsqueda de una falsa paz entre los hombres.

Hoy se quiere poner al Padre Celestial como el Padre de todos los hombres. Esto es lo que predica Maitreya y Francisco. Los dos la misma cosa.

Y Cristo predica: “Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais a Mí (…) Vosotros tenéis por padre la diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre”(Jn 8, 42. 44). Es claro que hay hombres cuyo padre es el demonio, no el Padre Dios. Tanto Maitreya como Francisco no dan la doctrina de Cristo. Y tanto uno como el otro enseñan lo mismo. Luego, los dos, Maitreya y Francisco, hablan con el mismo espíritu: el espíritu de falsa profecía.

En la Iglesia, las almas tienen que aprender a discernir espíritus, para no caer en el engaño que muchos tienen dentro de la Iglesia. Se dejan llevar de fábulas, de cuentos chinos, de opiniones, de sentimentalismo y, por lo tanto, siguen a gente que no da el pensamiento de Cristo en la Iglesia, sino que da le mente del demonio, el evangelio del demonio, como hace Francisco.

Si los hombres no somos uno porque no tenemos un mismo padre, entonces, no podemos formar una familia humana, es decir, los hombres no somos hermanos. Esto es lo que predican ambos. Y Cristo predica otra cosa: “El que es de Dios oye las palabras de Dios; por eso, vosotros no oís, porque no sois de Dios” (Jn 8, 47).

Hay personas que son de Dios, que son de la familia de Dios; y hay personas que no son de Dios, que son de la familia del hombre. Hay dos familias entre los hombres. Por tanto, no existe una sola familia humana. Lo que dice Francisco: un cuento chino, una fábula. Lo dice porque tiene el mismo espíritu que posee Maitreya.

Y, entonces, como no todos somos de un mismo Padre y, por tanto, no hay una sola familia humana, se concluye: el mundo no es uno o, como dice Francisco, no compartimos el mismo destino.

Dice Cristo: “Yo ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras Yo voy a Ti. Padre Santo, guárdalos en Tu nombre a estos que me has dado, para que sea Uno como nosotros” (Jn 17, 11).

El Padre y el Hijo y los que el Padre ha dado al Hijo son los que son Uno. No es el mundo, porque Cristo no está en el mundo. Y los que el Padre ha dado al Hijo, los guarda el Hijo para que ninguno perezca en el mundo (cf. Jn 17, 12). Por tanto, tampoco son del mundo.

¿Cómo dice Francisco que todos tenemos un destino común si hay muchos que no van a hacer unidad ni en el Padre ni en el Hijo? Estas patrañas la Iglesia se las come como una verdad y nadie discierne nada. ¿Qué está pasando en la Iglesia? Está el espíritu del anticristo. Eso es lo que está pasando. ¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿Todavía os dejáis llevar por las fábulas de lobos vestidos de mansos corderos?

Consecuencia: si no es posible la unidad entre los hombres, porque unos están con Dios y otros con el demonio, entonces no es posible la justicia, la solidaridad, el bienestar del hombre, el construir un paraíso en la tierra compartiendo los bienes con los demás.

El que falte comida, dinero, y todos los demás, es algo que no debe inquietar a nadie. Es que es lo normal en un mundo donde reina el pecado. Es que pobres siempre tendréis. Es que eso de que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles, es sólo la fábula de Francisco.

El que quita su pecado, entonces comienza a amar al prójimo rectamente. Pero el que no lo quita, no hay que soñar que pueda amar al prójimo porque resuelva sus necesidades económicas. ¡No hay que soñar, no hay que hacerse ilusiones!

Porque el amor es un don de Dios al corazón. El amor no viene porque doy dinero al pobre. Dios no pone Su Amor en el corazón porque resuelvo los problemas de los demás. Dios pone Su Amor en el corazón porque mi corazón se abre al don del Amor. Y no más. Y no hay más vueltas. Si el hombre no quita su pecado, su corazón no se abre al don del Amor. Todo está, toda las prisas hay que ponerlas en el corazón, en quitar el pecado. Si la Iglesia no quita su pecado eso es lo que NO PUEDE DEJARNOS INDIFERENTES E INMÓVILES. De esto sólo hay que preocuparse en la vida. Sólo de esto: “Buscad primero el Reino de Dios y los demás por añadidura”. Pero, en el pecado, no se puede buscar el Reino de Dios y, por tanto, se carece de todas las necesidades humanas y terrenales.

Cristo no predica como Francisco y Maitreya: compartan sus bienes y serán gloriosos. Cristo dice: Aprendan a ser humildes de corazón y, entonces, tendrán todos los bienes que el corazón necesita para vivir: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29).

El descanso del alma es el descanso de la vida. Cuando el alma descansa es porque no hay problemas en la vida, todo está solucionado, siempre hay una puerta para una esperanza, para un amor, para una vida.

La doctrina de Cristo no es lo que predica Francisco. Francisco predica la doctrina del anticristo. La doctrina de un nuevo orden mundial, en la que desaparece la Iglesia, se hace mundana, se confunde con el mundo, para poner una verdad que nace del demonio: “Seréis como dioses”. A esto lleva esa doctrina: a un dios que emerge del interior de cada persona, y que se confunde con las demás personas y con el mundo, para hacer que todo sea dios, todo uno. Por eso, es necesario compartirlo todo, porque todos tienen derecho a nuestras conquistas en la vida: lo que somos, lo que tenemos, es del otro también. Y sólo así se hace esa unidad utópica, imposible de realizar en la práctica, en la vida de cada día.

Francisco propone fábulas a la Iglesia, cosas que son muy bonitas (= alimenten a los pobres), pero irrealizables de hecho. No se puede, porque existe una cosa que niega Francisco: el pecado.

Sólo por el pecado, se hace utopía lo que quiere Francisco. Por eso, Francisco no entiende el mal del mundo ni de los hombres. No puede entenderlo porque no cree en el pecado. Y el pecado es un misterio que no se resuelve compartiendo la vida con los demás. Si fuera tan sencillo como eso, entonces la vida no sería en sí un misterio. Pero cada corazón es un designio divino que sólo Dios revela al corazón. Y sólo en Dios se puede entender la vida de cada alma. No se comprende en el hombre, en sus pensamientos, en sus ciencias, en su progreso. Francisco sólo cree en las soluciones que los hombres dan a todos sus problemas humanos, sólo cree en el pensamiento del hombre, pero no cree en la Palabra de Dios.

Quien sigue el pensamiento de Francisco, sigue el pensamiento de Maitreya. Es que son una sola cosa. Dicen lo mismo, cada uno con sus palabras. Pero es lo mismo, porque nacen de un mismo espíritu, que es contrario al Espíritu de Cristo.

¿Todavía les cuesta entender que Francisco no es Papa? Francisco no fue elegido por Dios, sino por los hombres. Por eso, no es Papa. No son los hombres los que eligen. Es Dios. Y Dios no pone como Papa a un hombre que sigue a Maitreya en su pensamiento. No puede hacer eso Dios. Eso lo hacen los hombres.

Disciernan el espíritu de Francisco y vean que no tiene el Espíritu de Pedro. Pedro no habla así en la Iglesia. Así habla Maitreya.

El espíritu de la Navidad

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“Se aproxima el derrumbe total de la humanidad y de la Iglesia, la transformación de mi Iglesia ya está en marcha y en cuanto se aprueben esas reformas, pobres de mis hijos que ya serán pocas las iglesias que estará mi Presencia Real. Veréis como en poco tiempo se irá sustituyendo cosas sagradas por paganas, palabras santas por vulgares, hechos por signos. Se cerraran confesionarios, quitaran imágenes, faltaran flores y velas y sagrarios vacíos sin el alimento de los ángeles, de los hombres. Todo se sustituirá y aquel trono que tú vistes llevando a la bestia y los hombres cegados lo creían en tus sueños, es lo que sucederá. Ya no llevarán en hombros a Jesús sino al maligno y su falso pastor” (Mensajes personales de noviembre 2013 dados a una hermana elegida por Dios en el bº del pilar).

El espíritu de la Navidad es el Amor que se encarna: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

El Amor Divino se hace carne: eso significa que Dios asume al hombre, lo hace suyo, lo eleva a su dignidad, lo transforma en hombre nuevo, hombre divino, que participa de la Divinidad, que camina junto a Dios para obrar las mismas cosas que Dios obra.

Cuando el Verbo asume la carne en la Virgen María, diviniza a la Virgen, la hace lo más semejante a Él, que es la Palabra del Padre. La Virgen es la semejanza de la Palabra del Pensamiento del Padre. La Virgen engendra la Palabra del Padre; la Virgen da a luz la Palabra del Padre. Y, por tanto, María Santísima no es como cualquier mujer de la tierra; es otra cosa, tiene qu ser mirada en Dios y sólo en Dios. No se la puede mirar como mujer, como ser humano, como una persona más con una vida y obras en lo humano.

La Virgen María es la que ofrece al hombre la Palabra de Dios. Sin Ella, no es posible tener a Dios con nosotros. Sin la Madre de Dios, los hombres no pueden conocer a Dios, no pueden buscar a Dios, no pueden encontrarlo en sus vidas humanas.

La Virgen María no es la que engendra a Jesús, sino la que ofrece al Verbo su vientre, su corazón, su alma, su espíritu, para que el Espíritu obre en Ella las maravillas del Padre.

Santa María no pone en la concepción de Jesús: “Y miró la nada de su Esclava”. Dios, para encarnarse, sólo necesita un corazón humilde, desprendido de todo, en que lo humano se anule totalmente.

Por eso, cuando el verbo se encarna en María, el Verbo lo da Todo a la Virgen, porque Ella sólo puso su nada, su bajura, su humildad, su sencillez, su abatimiento ante Dios.

Santa María es la que produce a Dios en todas las cosas de su vida humana. No hay una palabra, un gesto, una obra, una sonrisa, una turbación, que no sea divina en Ella. En Ella no se dan las angustias del hombre, las preocupaciones del hombre, las tristezas humanas, porque Ella es divina, no es humana, no es carnal, no es material, no es natural, no es profana. La Virgen María no mide la vida humana con su pensamiento humano, con sus medidas humanas, con sus limitaciones humanas. La Virgen María sólo da lo divino en toda su vida humana. No da nada humano, no ofrece nada humano, no vive nada humano, no obra nada humano.

Por eso, cuando en la Iglesia se habla mal de la Virgen María eso es señal de que esa Iglesia no es la de Cristo.

La Iglesia es la Obra de la Palabra de Dios. Y, por tanto, la Iglesia es la Hija de la Virgen María. Y eso quiere decir que todo lo que es la Iglesia viene de la Virgen María. No hay en Ella algo diferente a la Virgen María. De tal Madre, tal Hija.

La Iglesia, para amar a la Virgen María, para amar a Su Madre, tiene que engrandecer las virtudes, las gracias, los dones, los carismas, los espíritus que Dios ha dado a Su Madre.

La Iglesia tiene que elevar a la Virgen María a lo más alto, a lo más sagrado, a lo más divino, porque es la Virgen María la que ha dado a luz a la Iglesia. La Iglesia nace del seno virginal de la Virgen María. La Iglesia nace de un habitáculo Santo, Sagrado, Inmaculado, Divino. Y, por tanto, es necesario que en la Iglesia, la Virgen tenga el lugar que se merece: Santa María es la Madre de Dios, la Reina absoluta de todo y la Vencedora de Satanás. Ella es la Tesorera de todas las Gracias, que el hombre no ha querido reconocer.

Si no se le da este lugar en la Iglesia, entonces esa iglesia no es la de Cristo. Cristo está donde está Su Madre. Cristo no está donde no se echa a Su Madre. Es la Virgen María el camino hacia Jesús. No sólo señala dónde está Jesús, sino que hace caminar hace Él, lleva a cada alma al Corazón de Su Hijo.

El Corazón de la Madre y el Corazón del Hijo son una sola cosa. No son dos personas distintas con dos corazones. Son dos, pero con un solo Corazón. Lo que está en el Hijo está en la Madre. Y lo que está en la Madre está en el Hijo. Entrar en el Corazón de la Madre es penetrar el Corazón del Hijo. Poseer el Corazón del Hijo es quedar poseído del Corazón de la Madre.
Nada se puede hacer sin la Virgen María en la Iglesia. No es posible. Cualquier gracia que se pida a Jesús en la Iglesia, tiene que pasar por manos de la Madre, tiene que concederla ante la Madre. Dios no da nada a Su Iglesia sin el consentimiento de Su Madre, porque la Virgen María lo dio todo a Dios: toda su Voluntad, toda su libertad, toda su vida, todo su ser. La Virgen no se quedó con algo en Ella, no se apegó a algo en su vida, no miró su vida para un fin humano, sino que sólo dio su mirada a Dios, su voz a Dios, sus oídos a Dios, sus manos a Dios, sus pies a Dios.

Quien no ama a la Virgen María no puede amar a Dios, no puede adorar a Dios, no puede hacer la Voluntad de Dios.

Quien rebaja a la Virgen María de su Trono en la Iglesia, se sale de la Iglesia de Cristo, se sitúa fuera de la Iglesia de Cristo, hace de la Iglesia de Cristo una nueva iglesia, donde no se puede amar a la Virgen ni a Jesús.

Toda iglesia que no dé culto a la Virgen no es la Iglesia de Cristo. Toda Iglesia que no ponga a la Virgen María como Reina de todas la cosas, en el mundo y en la Iglesia, no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia de Cristo es la Virgen María. El sagrario donde Cristo es guardado es el seno de Su Madre. Cada sacerdote, fiel a Cristo, es hijo predilecto de la Virgen María, es el mismo Cristo, sus mismo Hijo, otro Cristo, otro Jesús. Y, cada fiel que obedece a la Iglesia de Cristo, es el Amor de la Virgen María en la Iglesia. Cada corazón debe revelar el Amor de la Madre en la Iglesia, el Amor de Su Madre, el Amor que nace del Hijo, que es dado por el Padre en el Espíritu. Todo en la Iglesia es de la Virgen María. Y nada en Ella se hace sin la Virgen.

Por eso, quien predica en contra de la Virgen María, como lo hace Francisco y los suyos, producen el caos en toda la Iglesia y en el mundo. Cuando se eche a la Virgen María de la Iglesia, Cristo se va. Antes de que quiten la Eucaristía, la Virgen María será suprimida. Todo comienza cuando el hombre toque a la Madre de Dios. Cuando se produzca eso, la Justicia del Padre cae sobre Roma y sobre el mundo, por despreciar lo más Santo, lo más Sagrado, lo más Divino que tiene la Iglesia: Su Madre, la Virgen María.

Los falsos Profetas

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Los falsos Profetas son aquellos que hablan las palabras de la mentira, que nacen de la mente del demonio. Y, por tanto, un falso Profeta nunca dice la Verdad, porque el demonio miente desde el principio.

Una Profecía que, al principio, era de Dios y que con el tiempo comienza a verse sus mentiras, nunca fue de Dios, sino siempre del demonio.

1. El Profeta de Dios siempre dice la Verdad; el falso profeta del demonio siempre dice la mentira. Sólo hay que discernir en el falso Profeta cuándo apareció la mentira claramente, porque siempre estuvo, pero el demonio sabe ocultarla entre muchas razones que distraen de la mentira.

2. El Profeta de Dios es claro, sencillo, no razona para convencer, sino que da la Verdad como es. El falso profeta es oscuro, complicado, y da muchas razones para convencer de su mentira encubierta.

3. El Profeta de Dios siempre habla para no dar gusto ni agrado a los hombres, y sólo así Dios da la Verdad al hombre. El falso profeta siempre habla lo que al hombre le gusta escuchar, porque al hombre le atrae la mentira y nunca quiere escuchar la Verdad.

La Verdad duele escucharla y duele decirla, pero la mentira es del agrado de todos y con ella se obtienen muchos beneficios en lo humano.

4. Por un Profeta de Dios hay muchos falsos Profetas. Se multiplican porque tienen que acallar la Verdad que da un solo Profeta.

Cada Profeta es para un tiempo en la Iglesia. No hay Profetas iguales. Cada tiempo, cada estado del alma requiere una Profecía distinta.

Y, por eso, hay que analizar a cada Profeta en su tiempo, nunca fuera de su tiempo.

Ahora, en este tiempo que la Iglesia vive, sólo hay un Profeta que diga la Verdad. Todos los demás mienten sobre Francisco y la Iglesia.

Aquel que quiera que todos los profetas sea iguales, y que digan las mismas cosas, y que agraden a todos los hombres es que no sabe discernir espíritus.

Para discernir a un Profeta, primero hay que discernir la vida de la Iglesia con ese Profeta. El hombre tiene que ver en lo humano cómo está la Iglesia, qué dice la Iglesia, qué piensa la Iglesia, cómo se comportan sus miembros en la Iglesia y en el mundo. Y, una vez que discierne eso, puede acudir al Profeta para comprender los Signos de los Tiempos.

Quien quiera entender si una profecía sobre Francisco o sobre la Iglesia es verdadera o falsa, primero tiene que ver lo que habla Francisco y lo que habla la Iglesia, lo que piensa Francisco y lo que piensa la Iglesia. Primero tiene que ver cómo vive Francisco y cómo vive la Iglesia y sus miembros en este tiempo.

El Profeta de Dios nunca va a ocultar las herejías, las mentiras, los errores, los discursos vanos de Francisco y de la Iglesia. El falso Profeta siempre va a ocultar esa verdad para decir que todo está bien con Francisco y con la Iglesia.

Siempre Dios revela al hombre los pecados de lo suyos y de Su Iglesia para que el hombre se enmiende de esos pecados, se corrija, para que vea que va por mal camino.

Siempre el demonio oculta al hombre los pecados de los sacerdotes, Obispos y de la Iglesia en general, para así presentar un mundo ideal, que va viento en popa, que no necesita convertirse, porque ya vive de cara a Dios.

Nunca los Profetas de Dios son acogidos por la Iglesia, por los sacerdotes, por los Obispos, por los fieles. Nunca. Siempre se les combate. Siempre se les tapa. Siempre se los tergiversa, se los manipula, se los destruye. Así pasó con Fátima y así pasa con todas las profecías divinas.

Los falsos Profetas son acogidos, no sólo por la Iglesia sino por el mundo entero, porque hablan a la mente del hombre, ponen caminos humanos en la vida, dan el servicio de las obras humanas. Son los que hablan al oído del hombre para obtener de él un aplauso, una alabanza, un don del hombre.

Aquel que destruya a los Profetas de Dios o vaya en contra de ellos, se opone siempre a Dios, a su Voluntad Divina, a sus obras divinas en el mundo y en la Iglesia.

Porque el Padre envió, desde siempre, a los Profetas para conducir a su pueblo hacia el Reino de Dios.

El Padre envió a Su Hijo como Sacerdote Profeta para indicar al camino de salvación a los hombres.

Y el Padre siempre envía profetas al mundo para señalar el camino de Su Hijo a los hombres.

Es necesario que hayan profetas, buenos y malos, porque los hombres no saben discernir ni el bien ni el mal.

Es Dios quien revela al hombre lo que es bueno y lo que es malo.

Dios revela el bien en sus Profetas y revela el mal en los profetas del demonio. El demonio hace la obra de la Justicia Divina. Y, por eso, es mandado por Dios para que hable la mentira a los hombres. Y así los hombres puede ver dónde está la Verdad, a dónde hay que dirigirse para encontrar la Verdad, cómo batallar contra la mentira.

El bien y el mal no es algo de los hombres, sino que pertenece al Espíritu. Y, por tanto, en la vida del Espíritu se dan los espíritus buenos y los malos. Y eso es un Misterio para todo hombre.

Ningún hombre puede comprender ni el bien ni el mal si el espíritu no se lo revela. Ninguno. Por eso, son necesarias las profecías. Y sólo así el hombre aprende a ver la Verdad, porque toda la vida del hombre se encuentra en una encrucijada, en una batalla de espíritus: Dios y el demonio que guerrean con sus ángeles y sus demonios. Y el hombre está en el centro de esa guerra espiritual. Y el hombre tiene que discernir esa batalla de ideas buenas y de ideas malas. De ideas espirituales, no racionales. Y así toda profecía, sea buena o sea mala sirve para entender esa guerra espiritual y para elegir un bando: o con Dios o con el demonio.

Y eso es lo que salva al hombre: tener discernimiento de la Verdad. Ver la Verdad en medio de la guerra que el demonio pone con sus mentiras.

Por una Verdad Divina, el demonio ataca con multitud de mentiras, porque su mente divide la Verdad en infinitas partes, para destrozar la Verdad. Y, por eso, la Verdad es simple, bella, clara, sencilla. Y la mentira todo lo contrario.

Y, en consecuencia, en la vida espiritual hay que quitar todo razonamiento humano, porque el hombre hace como el demonio: divide la Verdad y se queda con la mentira que le agrada.

Ejemplo de falsos profeta: Jesús el Buen Pastor, Mirjana, Gustavo y todos aquellos que afirman que hay que seguir a Francisco y que la Iglesia va por buen camino.

Ejemplo de profetas de Dios: Maria Divine Mercy , J.N.S.R.

Siempre los profetas de Dios son menos. Y sólo hay uno para un tiempo. Ahora mismo, el único profeta de Dios es Maria Divine Mercy. JNSR es para otro tiempo en la Iglesia, no para éste.

Ahora estamos en el centro de la destrucción de la Iglesia. y, para eso, se necesita un Profeta que hable claro sobre esa destrucción. Por eso, ese Profeta es claro, sencillo, directo, va al grano, no se anda con rodeos, con razones, no quiere dar ideas para decir que todo va bien.

Y es muy importante para el hombre no creer de principio a ningún profeta hasta que no reciba la luz del Espíritu.

Porque la Profecía sólo se discierne en el Espíritu de Profecía. No se discierne ni en el amor de Dios, ni en la gracia, ni en la mente de los hombres, sino sólo en ese Espíritu.

Porque el Espíritu de la Profecía sólo da la Mente de Dios. Y nadie comprende esa Mente si no se la explican. Por eso, sin luz divina es imposible discernir ninguna profecía.

Y aquellos que combaten a los Profetas por el mero hecho de que no les gusta o que dicen cosas que sus mente no entiende, se oponen al Espíritu de la Profecía y se hacen necios para discernir la profecía.

Quien no comprenda una profecía lo mejor es pedir a Dios discernimiento, pero nunca juzgar por sí mismo o por lo que digan los demás sobre esa profecía.

La Profecía es sólo para el profeta. Y sólo el Profeta discierne su profecía. Y, cuando esa profecía se hace pública, para todo el mundo y para toda la Iglesia, cada alma tiene que pedir luz al Señor para no equivocarse en lo que lee. Porque es muy fácil dejarse llevar por las ideas de los hombres, por sus razones, por las medidas de la inteligencia humana, que no son las medidas de la inteligencia del Espíritu.

Siempre la Profecía Divina combate a cualquier hombre. Y siempre la falsa profecía agrada a todos los hombres.

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