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Francisco Bergoglio es condenación segura para el alma

xzxabomi

Estamos asistiendo a la decadencia de la Iglesia en todos sus miembros.

Decadencia, porque nadie vive el Espíritu de la Iglesia. Todos van tras la sensación del pensamiento humano, y obran en la Iglesia siguiendo ese pensamiento. No siguen al Espíritu, porque se ha apagado la lámpara del Espíritu en la Iglesia. Y si la luz del Espíritu no brilla en los corazones, entonces el bien que los hombres hacen dentro de la Iglesia, no les sirve para merecer la salvación:

«no hay justo en la tierra que haga sólo el bien y no peque» (Ecle 7, 20). El santo en la Iglesia es el que hace el bien y no peca.

Si los fieles sólo quieren ser hombres buenos, dentro de la Iglesia, entonces no pueden pertenecer a la Iglesia, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu, es la obra de la santidad divina, a la cual todo hombre ha sido llamado desde su nacimiento: «Sed santos como Yo, vuestro Padre Celestial, soy Santo» (Lev 19, 9 – cf. Mt 5, 48).

Es triste ver una Iglesia de esta manera: persiguiendo la ciencia humana, la filosofía humana, las obras de los hombres. Y ya nadie en la Iglesia da el Espíritu, porque no saben ver el Espíritu. Han quedado ciegos, porque han perdido el temor de Dios:

«…yo sé que los que temen a Dios tendrán el bien, los que temen ante su presencia; mientras que el impío no tendrá bien ni prolongará sus días, que serán como sombras por no temer a Dios» (Ecle 8, 13).

El hombre se ha acomodado a su limitada razón humana, y contempla todo lo divino desde su idea humana de Dios. No contempla a Dios en Dios, en el Pensamiento Divino, sino en su pensamiento humano. Un pensamiento que siempre va a errar, porque el hombre no posee la verdad en sí mismo. La verdad la tiene que buscar en Dios, y someter su mente humana a la verdad que descubre en Dios.

«Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la Sabiduría que procede de Ti, será estimado en nada» (Sab 9, 6).

Nada es el hombre sin la gracia, sin el amor divino, sin la Voluntad de Dios en su corazón. Entre los hombres puede ser muy famoso; pero en los ojos de Dios es sólo un alma que no ha comprendido la verdad de su vida, el plan que Dios quería de su existencia humana.

El hombre vive buscando su perfección humana, pero no se apoya en la Sabiduría que da el Espíritu, sólo al corazón del hombre temeroso de Dios.

El hombre soberbio es perfecto en su mente humana, pero no tiene en su corazón la caridad divina: encuentra muchas verdades que no le sirven para salvarse ni para santificarse.

Sólo el hombre humilde obra la verdad, que su entendimiento humano encuentra, en el amor que posee en su corazón, dócil al Espíritu de la Verdad. Una verdad sin el amor divino: herejía, cisma y apostasía de la fe.

Vemos una Iglesia de hombres soberbios en sus mentes humanas y duros en sus corazones.

El hombre en la Iglesia ya no se somete a Dios, sino que intenta por todos los medios humanos, hacer una Iglesia según la concibe su mente, y según la perspectiva del hombre en su razón humana. El hombre proyecta obras sin el Amor de Dios, sin la caridad divina: busca alcanzar una perfección, una santidad (falsa santidad), que con sus esfuerzos humanos sólo le reportará y le llevará a la condenación eterna.

Por eso, en la Iglesia se ven tantas cosas que no pertenecen a Dios, que ya nadie clama sobre esas cosas, ya nadie se escandaliza al ver las obras del pecado de la Jerarquía, que no posee el arrepentimiento en sus corazones: sacerdotes y Obispos que viven para pecar, y que enseñan una doctrina que aplaude y ensalza el pecado dentro de la Iglesia. Todos están pendientes de lo suyo humano, y de cómo negociar en la Iglesia con las cosas divinas. Nadie está pendiente de los intereses de Cristo en la Iglesia, que son la salvación y la santificación de las almas.

El mundo es del demonio, no de Dios. Y por tanto, para seguir a Dios, hay que batallar contra el demonio. Y es lo que no hace la Iglesia. Está preocupada por multitud de caminos humanos, de problemas humanos, de circunstancias humanas, que ya no sabe ver el camino espiritual, y ya no sabe guiar a las almas hacia lo espiritual, hacia lo divino, lo sagrado, sino que constantemente rebaja lo divino a todo el obrar humano.

Es una Iglesia donde no hay una Cabeza espiritual, porque está dedicada a los asuntos de los hombres, pero no pone su atención en los asuntos espirituales.

Francisco Bergoglio es sólo una cabeza de herejía, un hombre de negocios humanos, un empresario que busca su éxito en el mundo entero. Tiene hasta una revista (“Il mio Papa”) dedicada exclusivamente a él.

Un hombre que ha rebajado el Papado hasta las últimas consecuencias, pero que quiere y alienta la pompa, el agasajo, la gloria que recibe del mundo, de los medios de comunicación del mundo.

Francisco Bergoglio es una cabeza que sólo quiere agradar a los hombres, y que éstos le tomen como una buena persona, como alguien que se preocupa del mundo y de los hombres, que está en los problemas de los demás, pero que en realidad, no sabe guiar al hombre hacia Dios.

Busca la perfección humana sin el amor de Dios: enseña una sabiduría sin el consejo de Dios; sólo amparado en su consejo humano, en su gobierno horizontal, en sus cabezas que sólo se alimentan de pura herejía, puro disparate, pura maldad.

Francisco Bergoglio es una cabeza que cree que está en ese puesto, porque es alguien que Dios lo ha elegido, y por tanto, cree poder tener el poder para hacer lo que quiera en la Iglesia.

Una cabeza que no sabe hacer ni oración ni penitencia, no sabe crucificarse para salvar un alma del fuego del infierno; sólo sabe estar entre los hombres para recibir de ellos sus aplausos.  Sus palabras están vacías de la verdad de Dios, porque su corazón no posee el amor de Dios.

Francisco Bergoglio es una cabeza que sigue su pensamiento humano y sus obras humanas, y da el valor a su vida desde su mente humana, no desde la Mente de Cristo.

De esta manera, esa cabeza guía a la Iglesia hacia la decadencia del Espíritu, en el cual el hombre es lo importante en la vida; no Dios. Dios queda sólo a un lado: su Vida Divina, sus Obras Divinas, sus Tesoros Divinos, quedan oscurecidos y sofocados por el pensamiento del hombre, y su obra de cara al mundo y a los hombres.

En el Vaticano ya no vemos a Dios, ya no palpamos la presencia de Dios, sino que sólo se ve al hombre: sus glorias, sus pompas, sus ideales, sus interese, sus negocios.

¿Y qué se puede hacer con esta Iglesia que ya no marca el rumbo del Espíritu?

Hay que seguir en la Iglesia, pero sólo obedeciendo al Espíritu, que habla a cada corazón, y le muestra el camino de la verdad en su vida.

Ya no es tiempo de dar la obediencia a Cabezas que no saben ser espirituales, sino que se muestran muy humanas, muy del mundo, y viven para un fin humano, olvidando el fin divino para el cual han sido creadas y llamadas.

Es inútil seguir a los hombres que se empeñan en ver la vida desde su ciencia y filosofía humanas. Es perder el tiempo discutir con personas que por su vocación, deberían saber del Espíritu, y que sólo saben hablar de sus cosas e intereses humanos. Ya no son hombres de Cristo ni para Cristo; sino que son hombres en contra de Cristo.

Hay que seguir en esta Iglesia que no sirve para nada, porque los hombres han inutilizado el valor de la Iglesia: ya no hay un Papa que dé la Verdad en la Iglesia. No hay un Papa al que se le obedezca. No hay un Papa al que se le siga porque sólo habla y gobierna con la Verdad, con el Poder de Dios en su corazón. Ya no existe ese Papa. Benedicto XVI ha quedado inutilizado en la Iglesia. Y al hombre que han puesto es una blasfemia el seguirlo: quien lo siga comete el pecado contra el Espíritu Santo.

¡Esta es una Iglesia que no sirve para nada!: qué pocos entienden esto. ¡Qué pocos!

La gente vive en la Iglesia sin discernimiento espiritual: han perdido el Espíritu de la Iglesia. Son sólo hombres que piensan y ven la Iglesia con su majestuosa cabeza humana, con la perfección de sus entendimientos humanos. Y no se dan cuenta que son nada para Dios.: carecen de la sabiduría Divina con la cual entenderían los signos de los tiempos y sabrían oponerse, con valentía, a ese impostor del Trono de Dios en la tierra, mal llamado Obispo y con el nombre blasfemo de Francisco.

Hay que formar la Iglesia que quiere el Espíritu, dejando a los hombres que continúen en sus pensamientos humanos, y que pierdan su tiempo levantando una nueva iglesia, un conjunto de hombres, de intereses humanos que sólo llevan a la condenación de las almas.

Hay que salir de las estructuras de pecado en que se imponga la obediencia a cabezas de herejía. No se puede estar allí donde una Jerarquía hereje manda y enseña con el error al Rebaño.

No se puede estar ni en capillas, ni en parroquias, ni en grupos, ni en comunidades, en donde se obre la herejía, el cisma y la apostasía de la fe.

Hay que salir de todos los lugares en donde se implante el gobierno horizontal, porque allí no está la Iglesia de Cristo, que sólo está fundada en una cabeza, en un poder vertical, nunca en un poder horizontal. No se gobierna con cabezas en la Iglesia, sino con una cabeza.

Salir de esas estructuras no es dejar la Iglesia verdadera, sino permanecer en la Verdad, en la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro.

Dejar de obedecer a una Jerarquía, que llama a otros hombres a formar una iglesia sin la doctrina de Cristo, no es rebeldía, no es desobediencia, sino humildad.

El humilde es el que obedece a Dios, a la verdad que Dios ha revelado.

El soberbio es el que obedece a los hombres, a la mentira que los hombres imponen con sus mentes humanas, y la declaran oficialmente como verdad.

La Verdad no es un papel oficial, ni la obra de unos Cardenales y Obispos en la Iglesia.

La verdad, en la Iglesia, es una cabeza que Cristo pone.

Quien quite esa cabeza, divide la verdad.

Quien anule esa cabeza, destruye la Iglesia.

Quien imponga una verdad no revelada en la Iglesia, levanta una nueva estructura de iglesia, la cual nunca puede ser agradable a Dios.

Todos ven la falta de lucidez mental en ese hombre al que llaman, oficialmente, Papa.

No se puede seguir una cabeza que habla herejías.

No se puede estar gobernado por una cabeza que ha puesto el cisma con su gobierno horizontal.

No se puede vivir en la apostasía de la fe, alejándose de la verdad para complacer a unos cuantos hombres.

Lo políticamente correcto sobra en la Iglesia de Cristo.

En la Iglesia no se alaba a ningún hombre, no se hace publicidad de ninguna Jerarquía.

En la Iglesia sólo se adora la Mente de Cristo.

Lo demás, es idolatría, culto vano y supersticioso, que los hombres siempre buscan en sus vidas.

Una Iglesia sin Espíritu es la iglesia que gusta al hombre, que acomoda al hombre, que alaba al hombre, que da gloria a las obras de los hombres.

Francisco Bergoglio no es Papa, ni puede serlo, por su pecado de infidelidad.

El legítimo sucesor de Cristo es el Papa Benedicto XVI, hasta que muera.

Y poco importa que los hombres no crean ya quién es el verdadero papa.

Lo que importa es que el hombre discierna la verdad de la mano del Espíritu.

Si el hombre no aprende esto, entonces es clara su condenación en la Iglesia.

Se es Iglesia, porque el alma obedece la Verdad que da el Espíritu. Y quien no siga al Espíritu, no puede obedecer la Verdad, sino que se une a la mente de unos hombres, que sólo viven dando vueltas a sus filosofías y teologías humanas.

La Verdad es sencilla.

Pero sólo el humilde de corazón la puede ver y obrar.

Los demás, siguen en lo suyo: llamando al mal con el nombre de bien. Porque han hecho de la mentira, su estilo de verdad, su dogma, su falsa moralidad, su mediocre ética, su ley nefasta.

Cristo es la Verdad, no los hombres, no aquellos que se llaman sacerdotes y Obispos, y enseñan una mentira, guían a las almas en la mentira de sus mentes y obras humanas, y señalan un camino, en donde la mentira, la oscuridad, la duda y todos los errores, son el alimento básico de esa estructura de falsa iglesia.

Falsos pastores han habido siempre en la Iglesia; pero durante siglos, han sido combatidos dentro de la misma Iglesia, por la Jerarquía fiel a la doctrina de Cristo.

Pero cuando, oficialmente, ha sido colocado un falso pastor como papa de la Iglesia, entonces se está declarando el cisma dentro de la Iglesia. Se está dejando de combatir al hereje y a su herejía, por agradar a un hombre como falso Papa. Se está permitiendo y queriendo el error, la mentira, la falsedad, el engaño, dentro de la Iglesia.

Una Iglesia así dividida no es la Iglesia de Cristo, sino del demonio.

Una Iglesia en donde se acaricia al hombre, no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Cristo Crucificó Su Humanidad, al Hombre, en la Cruz. Tienes que imitarlo: crucifica tu voluntad humana para ser de Cristo, para amarlo, para obedecerlo. ¡Ninguna Jerarquía hace esto y, después, se atreven a pedir obediencia a sus mentes humanas! ¡Cuántos fariseos hay en la Iglesia!

Los hombres están adorando la mente de un hombre, que no posee a Cristo en su corazón sacerdotal. Lo están siguiendo, lo están obedeciendo, se están uniendo a su mente humana, para formar una comunidad, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, a la verdadera, sino que sólo pertenece a los hombres, a aquellos que ya no quieren ni desean la Verdad, la doctrina de Cristo en la Iglesia.

Y por eso, no se puede seguir a esos hombres, aunque se vistan con el traje talar, aunque quieran representar a la Jerarquía oficial de la Iglesia.

Una Jerarquía que no enseña a Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Una Jerarquía que no gobierna con Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Una Jerarquía que no pone el camino de la Cruz de Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Lo oficial en la Iglesia no es la mente ni la boca de los hombres.

Lo oficial en la Iglesia es la Palabra de Dios Revelada desde siempre, y que ningún pensamiento humano puede cambiar.

No se sigue a un hombre en la Iglesia. Se sigue a Cristo.

No se sigue la mente de un hombre en la Iglesia. Se sigue la Mente de Cristo.

No se sigue las palabras bonitas de un hombre en la Iglesia. Se sigue la Palabra de Dios, la Palabra del Pensamiento del Padre, que sólo el Espíritu de la Verdad da a los humildes de corazón.

No se siguen las obras de los hombres en la Iglesia. Se sigue la obra del Espíritu de Cristo.

No sigas a Francisco Bergoglio: es una cabeza de herejía. Es un hombre sin el Corazón de Cristo. Es un mago de la palabra humana. Es un negociante de los tesoros divinos. Es una prostituta de la mente del demonio.

No sigas a Francisco Bergoglio: quien lo haga se condena con seguridad. Y se condena en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Francisco Bergoglio es como Lucifer: un gran dragón que «con su cola arrastró las tercera parte de los astros del cielo» (Ap 12, 4).

Los astros del cielo son los sacerdotes y Obispos en la Iglesia; y aquellos que obedecen a Bergoglio como su cabeza en la Iglesia son llevados hacia abajo, hacia la decadencia del Espíritu y, por tanto, son arrastrados hacia todo lo humano en donde encuentran su condenación fatal.

¡Qué pocos buscan la salvación en la Iglesia! ¡Cuántos prefieren las palabras cómodas y rastreras de un hombre sin verdad, de un mago de satanás, de un supersticioso de su propia mente humana!

Los falsos Profetas

elamorers

Los falsos Profetas son aquellos que hablan las palabras de la mentira, que nacen de la mente del demonio. Y, por tanto, un falso Profeta nunca dice la Verdad, porque el demonio miente desde el principio.

Una Profecía que, al principio, era de Dios y que con el tiempo comienza a verse sus mentiras, nunca fue de Dios, sino siempre del demonio.

1. El Profeta de Dios siempre dice la Verdad; el falso profeta del demonio siempre dice la mentira. Sólo hay que discernir en el falso Profeta cuándo apareció la mentira claramente, porque siempre estuvo, pero el demonio sabe ocultarla entre muchas razones que distraen de la mentira.

2. El Profeta de Dios es claro, sencillo, no razona para convencer, sino que da la Verdad como es. El falso profeta es oscuro, complicado, y da muchas razones para convencer de su mentira encubierta.

3. El Profeta de Dios siempre habla para no dar gusto ni agrado a los hombres, y sólo así Dios da la Verdad al hombre. El falso profeta siempre habla lo que al hombre le gusta escuchar, porque al hombre le atrae la mentira y nunca quiere escuchar la Verdad.

La Verdad duele escucharla y duele decirla, pero la mentira es del agrado de todos y con ella se obtienen muchos beneficios en lo humano.

4. Por un Profeta de Dios hay muchos falsos Profetas. Se multiplican porque tienen que acallar la Verdad que da un solo Profeta.

Cada Profeta es para un tiempo en la Iglesia. No hay Profetas iguales. Cada tiempo, cada estado del alma requiere una Profecía distinta.

Y, por eso, hay que analizar a cada Profeta en su tiempo, nunca fuera de su tiempo.

Ahora, en este tiempo que la Iglesia vive, sólo hay un Profeta que diga la Verdad. Todos los demás mienten sobre Francisco y la Iglesia.

Aquel que quiera que todos los profetas sea iguales, y que digan las mismas cosas, y que agraden a todos los hombres es que no sabe discernir espíritus.

Para discernir a un Profeta, primero hay que discernir la vida de la Iglesia con ese Profeta. El hombre tiene que ver en lo humano cómo está la Iglesia, qué dice la Iglesia, qué piensa la Iglesia, cómo se comportan sus miembros en la Iglesia y en el mundo. Y, una vez que discierne eso, puede acudir al Profeta para comprender los Signos de los Tiempos.

Quien quiera entender si una profecía sobre Francisco o sobre la Iglesia es verdadera o falsa, primero tiene que ver lo que habla Francisco y lo que habla la Iglesia, lo que piensa Francisco y lo que piensa la Iglesia. Primero tiene que ver cómo vive Francisco y cómo vive la Iglesia y sus miembros en este tiempo.

El Profeta de Dios nunca va a ocultar las herejías, las mentiras, los errores, los discursos vanos de Francisco y de la Iglesia. El falso Profeta siempre va a ocultar esa verdad para decir que todo está bien con Francisco y con la Iglesia.

Siempre Dios revela al hombre los pecados de lo suyos y de Su Iglesia para que el hombre se enmiende de esos pecados, se corrija, para que vea que va por mal camino.

Siempre el demonio oculta al hombre los pecados de los sacerdotes, Obispos y de la Iglesia en general, para así presentar un mundo ideal, que va viento en popa, que no necesita convertirse, porque ya vive de cara a Dios.

Nunca los Profetas de Dios son acogidos por la Iglesia, por los sacerdotes, por los Obispos, por los fieles. Nunca. Siempre se les combate. Siempre se les tapa. Siempre se los tergiversa, se los manipula, se los destruye. Así pasó con Fátima y así pasa con todas las profecías divinas.

Los falsos Profetas son acogidos, no sólo por la Iglesia sino por el mundo entero, porque hablan a la mente del hombre, ponen caminos humanos en la vida, dan el servicio de las obras humanas. Son los que hablan al oído del hombre para obtener de él un aplauso, una alabanza, un don del hombre.

Aquel que destruya a los Profetas de Dios o vaya en contra de ellos, se opone siempre a Dios, a su Voluntad Divina, a sus obras divinas en el mundo y en la Iglesia.

Porque el Padre envió, desde siempre, a los Profetas para conducir a su pueblo hacia el Reino de Dios.

El Padre envió a Su Hijo como Sacerdote Profeta para indicar al camino de salvación a los hombres.

Y el Padre siempre envía profetas al mundo para señalar el camino de Su Hijo a los hombres.

Es necesario que hayan profetas, buenos y malos, porque los hombres no saben discernir ni el bien ni el mal.

Es Dios quien revela al hombre lo que es bueno y lo que es malo.

Dios revela el bien en sus Profetas y revela el mal en los profetas del demonio. El demonio hace la obra de la Justicia Divina. Y, por eso, es mandado por Dios para que hable la mentira a los hombres. Y así los hombres puede ver dónde está la Verdad, a dónde hay que dirigirse para encontrar la Verdad, cómo batallar contra la mentira.

El bien y el mal no es algo de los hombres, sino que pertenece al Espíritu. Y, por tanto, en la vida del Espíritu se dan los espíritus buenos y los malos. Y eso es un Misterio para todo hombre.

Ningún hombre puede comprender ni el bien ni el mal si el espíritu no se lo revela. Ninguno. Por eso, son necesarias las profecías. Y sólo así el hombre aprende a ver la Verdad, porque toda la vida del hombre se encuentra en una encrucijada, en una batalla de espíritus: Dios y el demonio que guerrean con sus ángeles y sus demonios. Y el hombre está en el centro de esa guerra espiritual. Y el hombre tiene que discernir esa batalla de ideas buenas y de ideas malas. De ideas espirituales, no racionales. Y así toda profecía, sea buena o sea mala sirve para entender esa guerra espiritual y para elegir un bando: o con Dios o con el demonio.

Y eso es lo que salva al hombre: tener discernimiento de la Verdad. Ver la Verdad en medio de la guerra que el demonio pone con sus mentiras.

Por una Verdad Divina, el demonio ataca con multitud de mentiras, porque su mente divide la Verdad en infinitas partes, para destrozar la Verdad. Y, por eso, la Verdad es simple, bella, clara, sencilla. Y la mentira todo lo contrario.

Y, en consecuencia, en la vida espiritual hay que quitar todo razonamiento humano, porque el hombre hace como el demonio: divide la Verdad y se queda con la mentira que le agrada.

Ejemplo de falsos profeta: Jesús el Buen Pastor, Mirjana, Gustavo y todos aquellos que afirman que hay que seguir a Francisco y que la Iglesia va por buen camino.

Ejemplo de profetas de Dios: Maria Divine Mercy , J.N.S.R.

Siempre los profetas de Dios son menos. Y sólo hay uno para un tiempo. Ahora mismo, el único profeta de Dios es Maria Divine Mercy. JNSR es para otro tiempo en la Iglesia, no para éste.

Ahora estamos en el centro de la destrucción de la Iglesia. y, para eso, se necesita un Profeta que hable claro sobre esa destrucción. Por eso, ese Profeta es claro, sencillo, directo, va al grano, no se anda con rodeos, con razones, no quiere dar ideas para decir que todo va bien.

Y es muy importante para el hombre no creer de principio a ningún profeta hasta que no reciba la luz del Espíritu.

Porque la Profecía sólo se discierne en el Espíritu de Profecía. No se discierne ni en el amor de Dios, ni en la gracia, ni en la mente de los hombres, sino sólo en ese Espíritu.

Porque el Espíritu de la Profecía sólo da la Mente de Dios. Y nadie comprende esa Mente si no se la explican. Por eso, sin luz divina es imposible discernir ninguna profecía.

Y aquellos que combaten a los Profetas por el mero hecho de que no les gusta o que dicen cosas que sus mente no entiende, se oponen al Espíritu de la Profecía y se hacen necios para discernir la profecía.

Quien no comprenda una profecía lo mejor es pedir a Dios discernimiento, pero nunca juzgar por sí mismo o por lo que digan los demás sobre esa profecía.

La Profecía es sólo para el profeta. Y sólo el Profeta discierne su profecía. Y, cuando esa profecía se hace pública, para todo el mundo y para toda la Iglesia, cada alma tiene que pedir luz al Señor para no equivocarse en lo que lee. Porque es muy fácil dejarse llevar por las ideas de los hombres, por sus razones, por las medidas de la inteligencia humana, que no son las medidas de la inteligencia del Espíritu.

Siempre la Profecía Divina combate a cualquier hombre. Y siempre la falsa profecía agrada a todos los hombres.

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