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La estupidez en la boca de Francisco

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La estupidez llena Roma. La vana alegría, la vana esperanza en un mundo corrompido por el pecado; la vana ciencia donde todo se discute, pero nada se soluciona; la vana palabrería llena de la majestad de la ignorancia y del error.

Todo en Roma se oculta, la verdad de las cosas no conviene decirlas, porque ya nada es como antes, sino que todo ha cambiado, todo huele a destrucción, a ruina, a muerte.

Como mataron a Jesús, así hoy se mata Su Palabra. Como hirieron la Verdad, así se hiere a los hombres que anuncian la Verdad.

Francisco es un viejo sin sabiduría divina. En él no se puede dar la Palabra Divina: “Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano” (Lev. 19, 32). En Roma las canas se han hecho corruptas. Sólo viven para odiar y aniquilarlo todo.

¡Cuántas palabras inútiles!: “Hoy existe el ecumenismo de la sangre”. La unión en la sangre es la mayor estupidez de todas. Pero, por supuesto, a Francisco le importa poco que eso suene a herejía. Es su mentira que la luce al mundo, que la hace brillar a todos para que los bobos, como él, digan: ¡qué bien habla ese hombre! ¡qué humildad tiene este santo varón!

“En algunos países matan a los cristianos porque llevan consigo una cruz o tienen una Biblia; y antes de matarlos no les preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos”: es decir, todos los que mueren con una cruz o con una biblia son mártires, son santos. ¡El mundo ha sido canonizado por Francisco! Y nadie contempla la herejía. Todos se callan, todos siguen diciendo: ¡qué humilde es Francisco!

Esta es la estupidez y la locura de Francisco, un hombre, que es instrumento del demonio, para hacer que la Iglesia se someta a la mentira. Y la Iglesia no acaba de ver lo que es este hombre. No se quiere quitar la venda de los ojos. La Iglesia está maltrecha y espiritualmente abnegada en el pecado, manchada con el pecado. Y, ¿de quién es la culpa? ¿Del demonio? Sí, pero también de tantos sacerdotes, Obispos y fieles que no han hecho nada para defender la Verdad, que es Jesús. Todos defienden sus verdades, que son sus herejías, como hace Francisco desde que comenzó a reinar en la Iglesia. Un reinado que lleva a la Iglesia a la tumba de todo Espíritu.

Un pueblo terco es la Iglesia, un pueblo duro de cerviz, que se cree santo y justo a los ojos de Dios y a los ojos de los hombres. Un pueblo que no se da cuenta de la realidad de los hechos: está gobernado por un maldito.

Esto es lo que nadie quiere aceptar. Jesús es el Rey de la Iglesia; Francisco es el instrumento del demonio para aniquilar el Reinado de Cristo en la tierra.

Nadie llama a Francisco como lo que es: impostor, falso Papa, anticristo, falso profeta, el que robó la silla de Pedro con su orgullo, el que planeó, desde antes de la renuncia del papa Benedicto XVI, su impostura en la Iglesia, el que buscó un atajo para dar a la Iglesia la devolución del protestantismo en Ella.

Francisco tiene el espíritu del protestante. Ese espíritu significa que ninguna verdad existe en la Iglesia. Sólo la verdad está en la libre interpretación del Evangelio.

Esto es lo que, en toda homilía, en toda declaración, en toda charla que da Francisco, obra sin más. Y obra apoyado sólo en su autoridad humana en la Iglesia. Como los hombres lo han elevado a un cargo que no le pertenece, entonces se aprovecha de ese cargo para hundir a la Iglesia con sus ideas protestantes. Y, por eso, le gusta inventarse términos, como a todo protestante. Le gusta innovar, le gusta las modas, le gusta cambiarlo todo. Nunca permanece en algo. Sólo está inmóvil en una cosa: en su pecado.

Nadie quiere atender a este hecho. Todos cierran sus ojos y sus oídos ante esta realidad. Nadie, entre los sacerdotes, entre los Obispos, se opone a Francisco. Nadie. Consecuencia: la Iglesia tendrá que llegar al fondo para despertar. Y, por eso, cuando muchos despierten, será tarde.

Se tiene que llegar al fondo del pecado actual en la Iglesia: habéis aceptado a un impostor para que os gobierne, entonces someteos a ese impostor hasta que quedéis en la ruina total. Y cuando lleguéis a esa ruina, es cuando vais a abrir vuestros ojos.

La Iglesia está enferma de muerte. Nadie se levanta de esa enfermedad. Es una enfermedad que lleva a la destrucción de la misma Iglesia, de lo que se ha construido en Roma desde hace 20 siglos. Todo quedará anulado por la mano del hombre, por el pensamiento del hombre, por las obras de los hombres en Ella.

“Los que matan a los cristianos no te piden el documento de identidad para saber en cuál Iglesia fuiste bautizado”: la unión de los católicos, la unión de los cristianos, sólo es posible en el Espíritu. La carne y la sangre no valen para nada, no sirven para unir nada. El Espíritu es el que da vida (cf. Jn 6, 63). Y ¿quién es Mi Madre y mis hermanos? Los que hacen la Voluntad del Padre, los que obran en todo según el designio del Espíritu en sus vidas (cf. Mt 12, 46).

Francisco llama hermanos a todo el mundo, menos a los que son del Espíritu. Francisco no diferencia a los hombres, porque sólo los ve de carne y hueso, de carne y sangre, de sentimientos y de pensamientos comunes.

Para el que tiene fe estas palabras de Francisco sólo confirman una cosa: su estupidez como hombre en la Iglesia; su gran necedad como gobernante en la Iglesia, y su ridícula espiritualidad como hombre en la Iglesia.

¡Cuántos estúpidos, necios y amorfos siguen a Francisco! ¡La Iglesia está llena de hombres así! ¡Llena! Esta es la tristeza mortal. Esto da pena. Esto es un asco.

¡Vivir en una Iglesia como está es morir de pena y abatimiento!

Ya para morir por Cristo sólo hace falta tener en la mano una biblia o una cruz. Hay niños que tienen una metralleta en una mano y al cuello un rosario. ¿También son santos? ¿También se salvan?

Nunca un Papa verdadero ha desbarrado tanto como Francisco. Ningún Papa verdadero se ha atrevido a decir estas barbaridades en público en 20 siglos de Iglesia. Por eso, Francisco no es Papa verdadero. Sólo Francisco ha hecho la diferencia. ¡Menuda diferencia! ¡Menuda papeleta tiene la Iglesia con Francisco! ¡A qué abismos no va a llegar la Iglesia cuando no se opone abiertamente a este farsante!

Os calláis. Las piedras van a hablar: veréis cómo Roma queda totalmente destruida porque habéis destruido la Verdad que, durante 20 siglos, se había edificado en Roma.

Nadie quiere ver esta verdad. Todos se asustan. Nadie quiere meditar en las barbaridades que un hombre hace en la Iglesia y que otros callan y aplauden.

¡Es para llorar lo que viene a la Iglesia!

“Debemos tratar de facilitar la fe de las personas más que controlarla”: es decir, acabemos con los dogmas para que todo el mundo sea libre de hacer lo quiera en la Iglesia. Una fe que no se limita en la Verdad, no es fe. Una fe que no se controla con la Verdad, no es fe. Una fe que no es dirigida por la Verdad, no es fe. Abajo las leyes morales, las leyes éticas, la ley divina, la ley natural. Abajo todo eso. No hay mandamientos de Dios. Inventémonos los mandamientos de los hombres. ¡Como le gusta a cada hombre vivir su fe! Esto es lo que viene. ¿Qué se creen? ¿Qué viene una primavera de santidad a la Iglesia? Viene la primavera comunista a Roma.

Todos contentos con la falsa libertad que da Francisco a todo el mundo, pero nadie ve el complot que hay detrás de todo eso. Nadie ve los tanques que van a arrasar con todo. ¡Ensimismados con la vanidad que ofrece Francisco a la Iglesia!: regala en navidad a los pobres tarjetas de teléfono y billetes del metro. Esto es destruir la Iglesia. Éste es el comienzo de la ruina en la Iglesia.

A los pobres hay que darles la Verdad, no dinero. A los pobres hay que darles la Vida, no la muerte que ofrece el mundo. A los pobres hay que darles el camino para salir de su pecado, no incentivarlos en el camino del pecado, del apego a las riquezas.

Francisco es lo más opuesto a la Verdad, que es Jesús. No sirve para nada. sólo sirve para destruir la Iglesia como lo está haciendo.

Él no hace nada en la Iglesia: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien”.

Francisco sólo escucha a los hombres en su gobierno, pero no escucha la Voz de Cristo. Está dando oídos a lo que ocho cabezas proponen en la Iglesia. ¡Vaya manera de gobernar una Iglesia! ¿A qué se dedica Francisco en la Iglesia? Sólo a hablar. Nada más. A entretener a la Iglesia dando sus herejías diariamente.

Es claro lo que hace este hombre en el gobierno de la Iglesia: nada. Quien no lo vea es que es ciego como él. Está en la Iglesia, se ha puesto como jefe de la Iglesia para decir herejías. Punto y final. Sólo ha hecho una obra: destruir el Papado, poniendo a ocho idiotas que gobiernen su iglesia en Roma. Ocho bocazas que, de vida espiritual, no tienen ni idea. Y si no hay vida de comunión con Dios, ¿qué van a gobernar? Sólo sus planes en la vida: ¿qué hay que hacer para tener más dinero y más poder en la Iglesia? En eso piensan esos ocho idiotas.

¿Qué creen que va a salir de un gobierno que no cree en el infierno, en el purgatorio, en el pecado, en la cruz, en la oración, en la Iglesia, en el sacerdocio? ¿Qué esperan de esos ocho idiotas? De Francisco ya no hay que esperar nada. Sólo escucha, pero no decide nada. Quien ahora gobierna son otros.

¿No ven que no es un gobierno de ayuda, como lo explicó Francisco? ¿No ven que son ellos los que gobiernan? Entonces, ¿para qué está Francisco en la Iglesia? ¿Para qué está sentado en la Silla de Pedro? ¿No ven el engaño? ¿No han captado lo que viene?

Francisco sólo escucha y, después, se va a hacer lo suyo, su obra de teatro en la Iglesia. Luego, cae Francisco y otro se pone en el gobierno. Eso es clarísimo en las palabras de Francisco. ¿No saben leer? ¿No sabe descifrar el pensamiento de ese loco, que habla muchas cosas y no dice nada, no dice la realidad de las cosas, sino que las oculta, como masón que es.

Estamos en unos momentos graves para toda la Iglesia. Y esto no es un juego. Es la cruda realidad: hay que salir de Roma muy pronto porque ya todos es insostenible.

Francisco: un hombre ciego

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Francisco ha demostrado que es un hombre ciego, que no ve su pecado y que hace todo lo que está en su mano para señalar que es santo, justo e inmaculado.

Un hombre humilde reconoce su error y lo quita. Un hombre soberbio ve su error y lo llama verdad, y hace que todo el mundo lo llame verdad. El hombre soberbio no ve su pecado, sino que justifica su pecado ante todo el mundo.

¿Qué otra cosa es esa declaración para dejar sentado que él no es marxista, qué él está en la Iglesia para dar de comer a los pobres, porque así su dios –el demonio- se lo ha mandado, para decir, ante el mundo y ante la Iglesia que su evangelii gaudium da la doctrina social de la Iglesia?

Sólo un político corrupto hace lo de Francisco: habla la mentira y, cuando ve que las cosas no van como él quisiera, cuando ve el descontento en los demás, cuando percibe la murmuración en la Iglesia, se apresura a declarar que él ha hecho lo correcto. Es decir, da otra mentira, da otro engaño para hacer que el ambiente se calme, para desviar la atención de la gente.

Así actúa Francisco: no puede nunca decir la verdad, sino que siempre busca un camino para decir su mentira y tratar de convencer a todos de que, esa mentira, es la verdad de los hechos. Que los demás se equivocan, no saben leer, no saben interpretar sus magníficos escritos en el contexto que él ha puesto en ellos. Él es el propio intérprete de sus escritos. No permite que nadie diga algo en contra de su pensamiento brillante.

Francisco está ciego en su pensamiento. Su obsesión es el dinero. Vive en la Iglesia para recoger dinero, no para los pobres, sino para él. Él tiene que pagar a tantos sacerdotes y Obispos masones que lo rodean, y que tienen que hacer en la Iglesia la ruptura del dogma con todas sus consecuencias.

Francisco sólo habla para desviar la atención de lo principal: su deseo de destrucción de la Iglesia. Esto no lo dice, porque sabe que es peligroso. Sólo habla de cosas sin importancia, para entretener a la masa de la Iglesia, y hacer que esa masa lo tenga por santo, por justo, por humilde, por caritativo.

Ningún Papa verdadero hace lo de Francisco. Cuando el mundo ha criticado a los Papas, éstos callaban y, después, se hacía una declaración por parte de la Iglesia sobre el punto de la crítica.

Pero Francisco se lanza al mundo para hablar él, para hacer que el mundo lo escuche, se fije en sus palabras, en su verborrea, en su pensamiento pueblerino. A Francisco le gusta que le tomen por uno más del pueblo. Eso es señal de que no es sacerdote, de que no comulga con la Jerarquía auténtica de la Iglesia. Porque el sacerdote es de Cristo, no del pueblo. El sacerdote es para dar las Palabras de Cristo al pueblo, no para aprender del pueblo su lenguaje amorfo, como él ha dado buen ejemplo en su panfleto comunista evangelii gaudium. Emplea palabras que, en un documento de la Iglesia, no se deben usar.

¿A quién quiere engañar Francisco con ese deseo de ser popular, de ser mundano, de dar gusto a todo el mundo, menos a Dios?

Sólo se engaña él, pero los demás ven su engaño. Al mentiroso se le coge en su mentira.

“En la Exhortación no hay nada que no se encuentre en la Doctrina social de la Iglesia”. Quien haya leído con detenimiento esa basura habrá visto los errores continuos en que cae ese hombre, sus herejías claras y su ineptitud para dirigir la Iglesia en lo social y en lo espiritual. Francisco no tiene ni idea de lo que es la doctrina social de la Iglesia. Sólo habla de sus pobres y de la forma cómo conseguir dinero abriéndose al mundo para ello.

Francisco, para combatir a los que lo han criticado, en vez de reconocer su error, en vez de decir que ese documento está hecho con la doctrina comunista, que tiene sus bases en la teología de los pobres, del cual él es su fundador, habla una nueva mentira. Y ¿quién le cree esta mentira? Los bobos, como él es. Los soberbio, como él lo es.

Una persona humilde reconoce su pecado. Francisco no puede reconocerlo, sino que obra siempre su pecado. Acumula pecado tras pecado, porque el soberbio sólo mira su pecado, no puede mirar la verdad.

Francisco no ve la verdad. Es imposible que la vea, por más que se le diga, por más que se den razones: él es el santo, el justo, el que sabe hacer las cosas bien en la Iglesia.

Y, por eso, dice su pecado: “Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo”.

Un Papa verdadero enseña que la Navidad es adorar a Dios en el Hijo que ha dado a Luz la Virgen María, en un establo, en un lugar apartado del mundo y olvidado de los hombres.

Eso es la Navidad: adorar a Dios. Para Francisco, la Navidad es adorar al hombre. A Francisco se le coge en su mentira, en sus hablas, tan bonitas, pero tan mentirosas. Si Francisco fuera Papa hablaría como un Papa, pero como es un demonio, habla como demonio: Dios visita a su pueblo. Y es el pueblo el que tiene que visitar a Dios, el que tiene que adorar a Dios, el que tiene que darse cuenta de que Dios está con el pueblo.

Un Papa verdadero no concede entrevistas, porque no tiene que hablar con el pueblo, sino sólo enseñar al pueblo la verdad. Y, para ello, sobran las palabras, las entrevistas, porque eso se hace con las obras, con el testimonio de las obras verdaderas.

Francisco, como no es Papa, habla a los hombres para darles gusto a los hombres, porque carece de las obras de verdad. Y entretiene a la gente con sus palabras de mentira, que es lo único que sabe hacer en la Iglesia: un charlatán que no enseña ninguna verdad ni al mundo ni a la Iglesia.

Por eso, Francisco cae en su sincretismo religioso: “Si (Dios) nos ofrece el don de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad para comprenderlo y recibirlo. Todos, desde el más santo hasta el más pecador, desde el más limpio hasta el más corrupto. Incluso el corrupto tiene esta capacidad: pobrecito, la tiene un poco oxidada, pero la tiene”. Tremenda herejía la que dice aquí Francisco.

Cada día Francisco, en sus homilías, dice una herejía. Y, por su puesto, en sus declaraciones no podía faltar la herejía. Es clarísima esta herejía, pero muchos no la ven. Muchos la leen, y qué cosa más bonita dice aquí Francisco: todos los hombres tienen sabiduría divina para comprender los dones de Dios. Esta es su herejía.

¡Hasta el más corrupto sabe lo que es el Espíritu de la Navidad! Apaga y vámonos. Todos somos inmaculados, santos, justos. Cada uno, en su pecado, en su religión, en su secta, con su demonio, en el infierno, vive el Espíritu de la Navidad, vive el don de Dios, porque, claro: “Dios nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo”. Éste es su error.

Nadie es capaz de recibir el don de Dios. Nadie puede merecer el don de Dios. Nadie tiene inteligencia para poder comprender el don de Dios. Si Francisco dice esto está yendo contra la gracia. Está diciendo que no es necesaria la gracia para comprender el don de Dios, sino que, cada hombre, con su inteligencia, comprende lo que Dios le da, porque tiene capacidad de recibirlo.

Francisco es un pelagiano. Clarísima herejía, pero nadie la ve. Nadie quiere verla. De esta herejía no se hablará, porque como está dicha en un lenguaje vulgar, pueblerino, no está fundamentada con una filosofía, con una teología, entonces, dirán lo de siempre: hay que comprender las palabras de Francisco en el contexto que las dice. Lo de siempre. La mentira de siempre.

El hombre no tiene capacidad para recibir ningún don de Dios. Nadie merece nada, porque todo es gratis. Y si Dios da un gracia, Dios da al hombre todo para obrar esa gracia. De otra manera, el hombre no podría hacer nada con la gracia. Estas cosas no las enseña Francisco. Y un Papa verdadero enseña todo esto. Pero Francisco no es Papa, es un falso Pastor que engaña a todos con sus palabras hermosas, pero vacías de verdad. Y ¿a quién le importa la hermosura si no tiene la verdad?

La verdad es hermosa por sí misma. No necesita de palabras ni de frases ampulosas, bonitas, puestas en una bandeja de plata. La verdad, por sí misma, cuando se dice, da su hermosura al corazón.

Francisco se detiene en su pecado favorito: “Frente a un niño que sufre, la única oración que me viene es la oración del “por qué”. ¿Señor, por qué? Él no me explica nada, pero siento que está viéndome. Entonces puedo decir: “Tú sabes por qué, yo no lo sé y Tú no me lo dices, pero me ves y yo confío en Ti, Señor, confío en tu mirada””.

Su oración es su ruina en la vida espiritual. Una oración que sólo consiste en recordar las cosas de Dios, en memorizar lo que otros hicieron con las cosas de Dios. Pero nunca su oración penetra los cielos.

Un Papa verdadero da la respuesta que él no sabe dar porque lee lo que no tiene que leer: “Para mí, Dostoyevski ha sido un maestro de vida, y su pregunta, explícita e implícita, siempre ha rondado mi corazón: ¿por qué sufren los niños? No hay explicación”.

Sí; hay explicación, pero sólo la encuentran los humildes de corazón, no los soberbios, como Francisco.

Un Papa verdadero dice que la existencia del sufrimiento de los niños es el pecado. Francisco, como no es Papa, dice: No hay explicación…Sólo veo la mirada del Señor, sólo confía en su mirada ante ese hecho.

Es un argumento sentimentaloide, afectivo, que sólo sirve para contemplar la estupidez de este hombre: no tiene vida espiritual ninguna. Sólo vive de sus sentimientos, de sus afectos, de su charlatanería. Y ahí se queda, como si hubiera descubierto América: no hay explicación. El Señor no me lo dice. Porque eres un soberbio, un orgulloso y un lujurioso. Y Dios no habla con tal calaña de hombres. Dios se da a los humildes y sólo a los humildes.

“Con la comida que dejamos y tiramos podríamos dar de comer a muchísima gente. Si lográramos no desperdiciar, reciclar la comida, el hambre en el mundo disminuiría mucho.”: esta es la solución mágica todos los problemas económicos. Esto es todo lo que hay que hacer en la vida: recoger comida para dárselo a los pobres. Que los pobres coman de lo que tiramos a la basura. Esto va contra la caridad fraterna. Porque si invito a un pobre a comer, le doy lo mejor que tengo. Eso es el amor verdadero. No le doy lo que no quiero, lo que me sobra.

Francisco enseña la miseria hacia los pobres, no el amor hacia ellos. Él come bien en el Vaticano y, después, recoge las migajas para darle de comer a un pobre. Eso sólo lo hace un miserable, pero no uno que ama a Dios. Francisco no enseña ninguna verdad. Sólo habla por hablar, para entretener a la gente, para decirse a sí mismo: qué santo y justo soy con todos los hombres.

¡Da asco este hombre! ¡Da pena leer lo que dice, lo que escribe! ¿Cuándo la Iglesia va a despertar de las idioteces que dice este hombre? Que se vaya a su casa a vivir sus navidades, pero que deje ya de estar en una Iglesia que no sirve para nada.

“La ideología marxista está equivocada. Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenos como personas, y por esto no me siento ofendido”: claro, dice lo que conviene, para seguir mintiendo. Esta es la razón de estas declaraciones. No es hablar de la Navidad, es atacar a los que le han atacado a él.

El marxismo es un error, pero él no dice que su teología de los pobres sea un error. A su teología le ha quitado las palabras marxistas, que molestan. Y ha dejado lo mismo: el marxismo, pero con otro lenguaje, con otras palabras. Pero es lo mismo. Esto no lo dice, porque claro, tiene que mentir brillantemente. Tiene que decir lo que la Iglesia quiere escuchar de él: “La ideología marxista está equivocada”.¡Oh, qué respiro! Esta es una verdad, pero en su boca una gran mentira.

A Francisco se le coge por su mentira: “Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenos como personas”. Esta es la mentira. Ningún marxista en bueno como persona. Los marxistas han matado siempre a los católicos. Siempre. Se han opuesto siempre a la Verdad. No pueden congeniar un marxista y un católico. Nunca. Como Francisco es marxista, entonces, ha conocido personas buenas y santas en el marxismo, como él lo es. Por eso, de esta mentira, se deduce que lo primero es una gran una mentira. Da un verdad para engañar, para decir una mentira, para esconder una mentira (su teología de los pobres). Y lo que queda es la mentira: hay personas buenas en el marxismo. Así habla siempre un falso profeta: verdad y mentira; verdad y mentira. Une las dos cosas para siempre acabar en una mentira, para señalar sólo la mentira y ocultar lo que no quiere decir.

“no hablé como técnico, sino según la Doctrina social de la Iglesia. Y esto no significa ser marxista”: Francisco habló como un idiota, y ahora quiere que los bobos le crean en lo que dice. Francisco no dijo nada de la doctrina social de la Iglesia. Ni una palabra. Sólo desarrolló su teología de los pobres. Y no más. No hizo alusión a nada de los Papas anteriores. Sólo se dedicó a nombrar frases del Magisterio, para después hacer lo de siempre: una verdad y una mentira.

Francisco ha dado la doctrina marxista en su documento, en un lenguaje pueblerino. Eso basta para ser marxista y hereje. No hay que ser técnico, no hay que estudiar ni para ser marxista ni para ser hereje. Con el solo pensamiento, cuando éste se va de la verdad, se cae en la herejía y en el marxismo. Francisco quiere buscar una excusa para tapar su pecado: no use un lenguaje técnico. Barata excusa. Manifiesto pecado.

Y seguiremos en otro post machando al hereje Francisco.

El Dragón Rojo viene del sur

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El documento de Francisco, Evangelii Gaudium, contiene encubierto una herejía: la teología de la liberación.

Esta teología viene de la filosofía marxista y produce toda clase de herejías en sus postulados.

El comunismo no sólo pertenece a Rusia, sino también a la teología descarnada de muchos sacerdotes y Obispos que ya no creen en la Iglesia.

La Teología de la liberación fue combatida por la Iglesia, pero no aniquilada. Y cambiaron las caretas los que seguían esa teología para hacerla más descafeinada, quitando aquellas cosas propias del marxismo, que no gustaban porque, claramente, eran heréticas. Y presentaron una teología de los pobres, que es lo mismo que la teología de la liberación, pero más práctica, no tan filosófica ni tan clara en los argumentos contra las verdades de la Iglesia.

Pero, en el fondo, es lo mismo, porque el fin es el mismo: acabar con la clase dominante en la Iglesia, que es la Jerarquía. Y hacer una Iglesia para los pobres, para el pueblo, sirviendo a la gente que no sabe lo que es la verdad en la Iglesia.

No importan las formas para imponer una herejía. Lo que importa es hablar la herejía y tener a alguien en la Iglesia que la obre sin más.

Francisco pertenece a la “bestia…con dos cuernos semejantes a los de cordero”, que habla “como dragón” (Ap. 12, 11): es decir, Francisco es un Obispo que habla el comunismo en la Iglesia. Pertenece al grupo de la bestia, de la masonería en la Iglesia, que se opone a Cristo y a Su Iglesia.

El comunismo es el Dragón Rojo, que se enfrentó a la Iglesia y puso en la Iglesia 50 años de decaimiento espiritual. El Concilio Vaticano II es la idea del comunismo. Un Concilio que no dice nada nuevo, sino que abre muchos interrogantes sobre la esencia y la existencia de la Iglesia.

Ese Concilio trajo “agua como rio, para hacer que fuera arrastrada por el río” (Ap. 12, 15) la Iglesia.

El comunismo nunca murió, sino que se transformó en otra cosa, para seguir peleando contra la Iglesia. Porque el comunismo nació para destruir la Iglesia. Los comunistas odian la Iglesia.

Francisco la odia con todo su corazón. Por eso, el Dragón Rojo viene de la teología de la liberación o la teología de los pobres. Viene del sur, porque es América del Sur la cuna de esa teología. Y Francisco, que es del sur, la tiene embebida hasta los huesos de sus ser.

Por tanto, Francisco ha puesto en Roma la destrucción, el surtido de todas las herejías que están contenidas en su evangelii gaudium.

Es su legado a la Iglesia. Es donde se van a basar los diferentes jefes de la nueva iglesia para tumbar el dogma en la Iglesia.

Sólo hay una batalla contra el mal: dar al mal lo que es del mal. Si no se obra esto, entonces nunca se batalla contra el mal.

Si peleando contra el mal quieren ustedes poner palabritas para no hacer daño, entonces nunca van a triunfar del mal.

Al pecado hay que llamarlo como pecado. Y al pecador, que no quita su pecado, se le llama maldito, porque así lo llama la Escritura. Las cosas hay que tenerlas claras cuando se trata de combatir el mal en la Iglesia, porque si no pasa lo que pasa: todo el mundo haciendo juego con Francisco y nadie lo llama por su nombre: un maldito.

El maldito es el que pone su pecado públicamente en medio de la Iglesia y lo da a conocer a todos como si fuera un bien para todos. Y ante eso, quien quiera guardar las formas con Francisco, siempre se va a equivocar con ese sujeto, y nunca lo va a vencer, porque queda atrapado en su lenguaje amorfo que tiene en la Iglesia.

Un idiota como Francisco no merece ninguna publicidad en la Iglesia. Y todos se la están dando, porque tienen miedo de decir las cosas claritas. El respeto humano, las formas diplomáticas para no decir lo que se está pensando, y tantas cosas que no sirven para aclarar lo que es Francisco, es siempre un impedimento para ganar batallas en lo espiritual.

Francisco habla como dragón. Eso basta para oponerse a él sin misericordia, sin esperar darle un gusto por lo que hace en la Iglesia. A Francisco hay que ridiculizarlo, porque eso es lo que él hace con la Iglesia. El documento Evangelii gaudium ridiculiza la Iglesia, se mofa de Ella. Nos toma por idiotas, por almas que no sabemos ver lo que hay en ese panfleto.

Francisco habla con un lenguaje para bobos, sin ninguna sustancia intelectual en ese documento. No sirve ni siquiera para pensar la verdad. Quien quiera seguir un orden lógico en ese documento, se pierde en muchas cosas y no resuelve nada en su cabeza. Quien quiera hacer una teología de ese panfleto, no hace nada, porque no se apoya en nada, sino sólo en sentimientos bonitos sobre la vida.

Hay que estar alegres porque Jesús es alegría y nos la comunica. Ése es el resumen de ese documento. Páginas y páginas para no decir nada, ninguna verdad, ningún camino ni para salvarse ni para santificarse.

Hay que atacar con dureza a Francisco porque ha puesto la división en la Iglesia. Y esa división destruye toda la Iglesia, porque quita el Papado en la Iglesia. Y donde no está el Papa no hay Iglesia.

Esto es la gravedad del pecado de Francisco. Ante esta gravedad, no se puede hablar con cariñitos de Francisco. Hay que tumbarlo, porque su pecado lo exige.

Aquí no se habla para darle un gusto a nadie. Aquí se dicen las cosas claritas, gusten o no gusten. La verdad duele escucharla, porque los hombres viven para que sus oídos se regalen: quieren darse un gusto en el oído. Y les resulta difícil escuchar la verdad clara, como es. Y la verdad a nadie le gusta oírla.

Aquí nos dejamos de diplomacias y vamos al grano, porque hay que llamar a todos por su nombre. Y un idiota es siempre un idiota en la sagrada Escritura, es decir, uno que no sabe lo que es la verdad.

Eso es Francisco: un idiota. A quien no le guste este lenguaje, es el que emplea la Escritura. Pero como hacemos traducciones que agradan al oído humano, entonces no leemos la palabra hebrea de necio, que es idiota.

La palabra culta para llamar a Francisco necio es idiota. La palabra que emplean los hombres es necio, sin sabiduría, sin visión intelectual, etc.

Aquí nos dejamos de rodeos en el habla y vamos al grano, para que todos comprendan lo que se está diciendo. Y es muy claro, porque la Verdad no tiene pliegues. La Verdad se da como es.

El Dragón Rojo no significa un país o un grupo de personas con una ideología. Es un espíritu demoniaco que tiene la misión de combatir la Verdad de la Iglesia.

La Bestia con dos cuernos no combate la Verdad, sino que obra la mentira en la Iglesia.

Se combate la verdad de muchas maneras, con muchas filosofías, con muchas teologías erradas. No importa tanto la teología ni la filosofía, sino lo que importa es la manera de decir esa mentira.

El hombre es hábil en su pensamiento y sabe ocultar una mentira con muchas verdades. Eso es lo que hace Francisco. Analicen las homilías de Francisco y encontrarán que no tienen ninguna verdad, que no se apoyan en ninguna verdad, que no tienen un fin para una verdad.

Francisco sólo da mentiras, pero encubiertas. Y las da sin caer en la herejía, porque la encubre, la oculta. La dice y no la dice.

Esta forma de hablar es propia del demonio cuando quiere enseñar la mentira en la Iglesia. El demonio no va a enseñar la herejía como es, porque si no no tendría éxito en la Iglesia. El demonio tiene que llevar a la Iglesia hacia la mentira, pero dando verdades a medias. Verdades bonitas, bellas, pero que son una herejía.

Se dice mucho: Jesús ayuda a las almas, porque cura enfermedades, lava los pies, da de comer, etc. Esta frase es una herejía, pero no es una herejía por la forma de decir la herejía.

Jesús no ayuda a nadie, sino que Jesús salva a las almas de sus pecados. Y si quita el pecado, el alma puede recibir una sanación en su cuerpo, etc.

Esta es la Verdad. Pero no interesa poner a un Jesús Redentor, sino que interesa poner a un Jesús humano, que es bueno con todos. Y, entonces, se cae en la herejía pero sin poner en claro la herejía.

Así construye Francisco todo ese panfleto comunista, que es el Evangelii gaudium. Su forma de expresar su pensamiento agrada a los hombres. Pero está diciendo una herejía en lo que expresa.

En las homilías de cada día, no se aprecia con facilidad el discurso de la herejía. Pero, en este documento, porque Francisco tiene que decir más cosas, entonces es cuando mejor se aprecia la herejía en todo.

Este documento es herético en su fondo, pero está encubierta la herejía. Por fuera, no se ve. Sólo la observan los que saben de qué va Francisco. Los demás, les parece algo pueblerino, con un lenguaje sencillo, pero que tampoco es del agrado de muchos, porque no da inteligencias claras, sino que pone en alerta sobre ciertas cuestiones que a todos interesan en la Iglesia.

El Dragón Rojo significa una lucha contra la Iglesia hasta que sea atado por el Cielo. Cuando suceda eso, comenzará los mil años del Reino Glorioso de Cristo.

Francisco ha puesto el motivo para destruir la Iglesia en Roma con este documento. Este documento, en sí mismo, no vale nada, porque no da nada a la Iglesia. Es sólo el pensamiento de ese necio sobre la Iglesia. Y no más.

Pero este documento tendrá una gran importancia para el desarrollo de los acontecimientos en la Iglesia. Porque esa es la iglesia que se quiere en Roma: una iglesia para el mundo, para el pueblo, sin verdades, sin jerarquías, en la que todos sea felices en sus vidas humanas y tengan a la iglesia como un club social más en sus vidas, un lugar donde reunirse y charlar sobre las batallitas de la vida, mientras se toma un copa.

Esto es a lo que va la iglesia. Para hacer un reino humano en la Iglesia. Un reino para dar de comer a los pobres, para dar trabajo a los jóvenes, para estar a la moda de la ciencia, de la cultura, de la técnica en el mundo. Y así crear un paraíso en la tierra. Lo más contrario al Reino Glorioso de Cristo.

Francisco no cree en los mil años de ese Reino de Gloria. Francisco sólo cree en su reino en la tierra donde los pobres tiene pan y dinero para vivir su vida. Y lleva predicando esto nueve meses seguidos. Y lo hace por su obsesión del dinero. Vive para encontrar a alguien que le dé dinero para sus pobres. Lo demás, su teatro en la Iglesia. Y gana dinero por su obra de teatro en la Iglesia.

Francisco ha venido a destruir la Iglesia. Pero no es el indicado, porque no tiene inteligencia. Eso se ve por lo que escribe. Sólo uno sin inteligencia es capaz de escribir el Evangelii gaudium. Una persona inteligente no pierde el tiempo escribiendo tonterías.

Por eso, Francisco no sabe cómo tumbar a la Iglesia. Para eso, ha creado su gobierno horizontal. Para que otro saque un documento inteligente y él lo firme y así tumba la Iglesia.

El gobierno horizontal es la ayuda que Francisco necesitaba para destruir la Iglesia. No gobierna ese gobierno central, sino que planean la forma de sacar documentos con el solo fin de levantar una nueva iglesia en Roma.

Hay que ver las cosas como son. Y no son nada buenas para nadie. Viene lo peor para la Iglesia, lo que tanto en las revelaciones se ha dicho: la supresión del Sacrificio de Cristo en el Altar. Se quita eso y hay que irse de Roma. Y se quita eso de una forma que nadie lo va a entender, pero que va a estar, en ese acto, contenida la negación de la Eucaristía.

¡Ojo a lo que viene ahora de Roma! El documento Evangelii Gaudium es sólo para entretener a la Iglesia, una cortina de humo, que oculta la verdad de lo que se quiere hacer.

Evangelii gaudium: la cultura del odio y del enfrentamiento

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Dios no evangeliza culturas, sino personas, corazones. Dios no da Su Palabra para cambiar una cultura, una sociedad, una forma de gobierno, un mundo de hombres. Dios da Su Palabra para salvar al hombre, para santificar al hombre. Y, por tanto, no es la fe la que debe cambiar en la cultural, la que debe amoldarse a la cultura, a las ciencias, a las técnicas del hombre. Es la persona la que debe dejar su cultura para vivir la fe.

“En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas” (n. 62): presenta Francisco la guerra de culturas, de luchas de ideas predominantes sobre otras ideas más débiles. Francisco se centra en la raíz de la cultura para evangelizar, pero no se centra en el hombre. Le importa más la cultura que ha nacido en un país, en una sociedad, en una comunidad, que la persona. Francisco mide al hombre según su cultura, pero no mide la fe del hombre. Y, por tanto, achaca el problema en la sociedad a culturas más poderosas que otras, que imponen y deterioran la forma de ser de los hombres, su estilo de vida.

Evangelizar al hombre es sacarlo de su estilo de vivir humano, cultural, social, para darle la vida divina, que no es una forma de vida humana o natural, que no se puede ver o entender mirando la vida de los hombres. Dar la Palabra de Dios es sacar al hombre del hombre, de lo humano, de lo mundano, de lo cultural, de lo social, para que obre la Voluntad de Dios, las obras divinas.

Pero Francisco no se centra en esto, sino sólo en los hombres que viven su cultura, su sociedad, su comunidad, su unión en grupos. Y, por eso, desbarra en todo lo que dice.

“la proliferación de nuevos movimientos religiosos… es, por una parte, el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista y, por otra parte, un aprovechamiento de las carencias de la población que vive en las periferias y zonas empobrecidas, que sobrevive en medio de grandes dolores humanos y busca soluciones inmediatas para sus necesidades” (n. 62).

Los nuevos movimientos religiosos no es por una lucha de clases, no se da porque los hombres reaccionen contra una sociedad capitalista o porque se aprovechen de las miserias de los pobres. Existen más de 40.000 sectas en el mundo por la falta de fe de los sacerdotes y de los Obispos de la Iglesia Católica, incluyendo a Francisco como el principal agente de que existan tantos movimientos religiosos.

Cuando no se vive la fe, cada uno se inventa su fe, su religión, su iglesia, su comunidad religiosa, porque los hombres siempre están sedientos de lo espiritual. Y buscan cualquier camino espiritual que se les ofrece sin discernir nada.

Para acabar con tanto movimiento religiosos, hay que vivir de fe. Y la Iglesia ya no tiene fe para luchar contra todos esos hombres que se han inventado, cada uno, su culto a Dios.

Francisco enfrenta a hombres contra hombres. Es la cultura del odio, propia del comunismo. Hay que odiar, hay que ir en contra de todos aquellos que desechan, que inutilizan, que luchan contra las clases pobres y miserables.

Y, por supuesto, hay que ir en contra de la misma Iglesia, que tiene una clase alta dirigente, burocrática, que impide hacer el bien a los pobres: “Además, es necesario que reconozcamos que, si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática para dar respuesta a los problemas, simples o complejos, de la vida de nuestros pueblos. En muchas partes hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización” (n. 62).

La culpa de los sacramentos, de muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia que no saben acoger a los pobres, que viven su burocracia, que no están pendientes de los problemas de los pueblos.

No se puede evangelizar con los sacramentos, con la gracia, con la Palabra de Dios a los pueblos. Hay que buscar nuevos caminos para ayudar a la gente, para hacer el bien a la gente y para que la Iglesia se una comunión de hombres que se aman porque son buenos hombres unos con otros, hacen un común entre todos, sin exclusiones, sin tuyo ni mío, con igualad en todas las cosas. La culpa es de la Iglesia que no se ocupa de la cultura de los pobres, de la sociedad de los pobres, de las comunidades de los pobres. Lucha de clases; el odio, el motor de su teología de los pobres.

“El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo” (n. 65): ¡qué gran mentira! Lo secular avanza porque ya no hay vida de intimidad con Dios. Y el hombre se hace del siglo, profano, mundano. Y el hombre ya no vive para lo divino, sino para sus conquistas personales, sin atender a ninguna más. Ya no tiene vida religiosa, ni de Iglesia, ni espiritual. No existe una fe reducida al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Es imposible que se dé esta fe. Es imposible la Iglesia en lo privado. Porque lo secular anula la fe, no la reduce. La suprime totalmente. No se puede ser de Dios y del mundo. O se es del siglo o no se es del siglo. Y aquel que se seculariza, ya no pertenece a Dios, ya no tiene fe, ya no hace Iglesia, ya no es Iglesia. Está en su pecado sin querer quitar su pecado.

¡Qué maldad la de Francisco, que juega con las palabras para engañar a todo el mundo!

Quiere presentarse como el adalid de la verdad en el mundo, cuando él mismo se ha hecho del mundo, se ha hecho secular, vive sin la trascendencia a Dios, vive en su relativismo, vive sin moral, vive sin valores cristianos, vive su vida en la Iglesia, pero no vive la Vida de la Gracia ni en su sacerdocio, ni en su humanidad. Y, por eso, presenta lo que le interesa que el mundo conozca: “la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, confiable en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados” (n. 65).

La Iglesia es la que lucha, se esfuerza, por los pobres. Los demás no luchan. De nuevo, lucha de clases, enfrentamiento. Como si en el mundo no hay hombres que se interesen por los pobres fuera de la Iglesia.

Si Francisco no dice por qué la Iglesia es creíble cuando ayuda a los pobres, entonces todo este discurso huele a comunismo. Francisco no apoya su discurso en verdades objetivas. No dice, sólo dice: “se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores” (n. 64). Y ¿qué significa ese pensar críticamente? ¿En qué filosofía hay que apoyarse para que ese pensamiento sea verdadero? ¿A qué valores se está refiriendo? ¿Qué es madurar en los valores? ¿Cómo se madura?

Francisco no habla claro, sólo habla de forma interesada para provocar el enfrentamiento entre los hombres. Esta es su cultura de odio.

“La familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales” (n. 66): la familia está destruida porque no tiene fe en la Palabra de Dios. La familia no es un grupo de hombres, es algo que Dios ha creado cuando hizo a Adán y a Eva. Formó una familia, un núcleo social entre dos realidades humanas. La familia no tiene cultura, no pertenece a la idea del hombre. La unión entre un hombre y una mujer es una unión divina, no humana. Y, por tanto, la familia tiene, en sí misma, por creación de Dios, un vínculo divino, un fin divino, aunque ese hombre y esa mujer sólo se unan carnalmente o materialmente en la vida.

No hay que ver a la familia en lo cultural de la vida. No existe. Lo cultural de la vida es un estilo de vida del hombre, independientemente de la familia o de la sociedad o de cualquier grupo humano o religioso. El hombre tiene en su cultura muchas cosas, que pueden ser de Dios, del demonio, de los hombres o que procedan de cualquier otra circunstancia en la vida. Nadie hace una vida de cultura, sino que los hombres aportan a la cultura sus pensamientos, sus obras, sus deseos, pero no se vive de eso.

La familia no está en crisis de cultura, sino en la crisis que se origina de un hombre sin fe y de una mujer sin fe, que se unen para vivir muchas cosas, pero no la vida divina de la gracia en la Iglesia.

Por eso, sobra todo cuanto francisco dice sobre la familia, porque no se centra en la raíz del problema de la familia. Y, entonces, ¿qué va a evangelizar? Nada.

“El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (n. 67): lucha de clases, enfrentamiento con los hombres, cultura de odio. Hay hombres que viven para los suyo, lo privado, lo individual, y son muchos, porque es global en todo el mundo, y eso hace que no se centren en las personas y en las familias. Absurdo.

Si la familia está rota no es por culpa de nadie en el mundo. Es por culpa de cada miembro de esa familia: de ese padre, de esa madre, de esos hijos que ya no viven su fe, sino que viven buscando el mundo y queriendo las cosas del mundo.

Habla como lo hace Francisco es decir a la Iglesia entera: estáis equivocados en perseguir la fe. Tenéis que buscar caminos para darle a los hombres lo que ellos quieren: su cultura, su vida social su vida artística, su familia, etc. La crisis de la cultura en el mundo es la crisis de la Iglesia. La Iglesia está mal porque no corrige la crisis culturales de los hombres, sus estilos de vidas, sus formas de entender la vida, etc.

Ante este planteamiento sólo queda decir: pronto se acaba la Iglesia y comienza un absurdo para todos.

Evangelii gaudium: panfleto comunista

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Para hablar de la doctrina social de la Iglesia, es necesario diferenciar dos cosas:

1. El Estado y la Iglesia son sociedades perfectas, incompatibles entre sí y con fines distintos. El Estado tiene un fin humano en todo; la Iglesia, un fin divino.

2. Estado e Iglesia se unen sólo para hacer que las personas puedan vivir con estos dos fines, pero regido en todo por la ley divina y la ley natural.

Por tanto, le compete a la Iglesia dar normas, una moral, una ética para que las personas, en el Estado, puedan seguir su fin divino, propia de su pertenencia a la Iglesia. Los que son de la Iglesia y tiene que estar en el mundo, en un gobierno, en una economía, en una cultura, necesitan de normas derivadas de la ley divina y de la ley natural, para no ser del mundo, para no revestirse del espíritu del mundo.

Por tanto, no compete a la Iglesia decir qué gobierno o qué clase social, o qué economía tiene que regir en un Estado. Porque el Estado, en su perfección como sociedad humana, no es perfecta como sociedad espiritual y, por tanto, no posee toda la Verdad, que sólo la Iglesia posee, al ser una sociedad perfecta en el ámbito humano y espiritual.

Si la Iglesia se decanta por un gobierno o por otro, o por una economía o por otra, siempre yerra, porque no hay gobierno verdadero ni economía verdadera en el Estado. Siempre habrá errores, divisiones, mentiras, etc. La Iglesia solamente pone las normas y las leyes para que las almas puedan moverse en esos gobiernos o en esas economías sin pecar. Y, por tanto, sepan elegir, en cada tiempo de la vida, aquel gobierno o aquella economía que no haga perder el fin divino en sus vidas.

Y tenemos en este documento lo más contrario a unas normas morales y éticas en cuanto a la doctrina social de la Iglesia.

Es sólo un panfleto comunista, que se decanta en todo por el comunismo.

Este documento se supone que es para evangelizar a las almas, para darles la verdad en sus vidas. Y se muestra todo lo contrario a esa evangelización.

“tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata” (n. 53): esto es claramente comunista. Francisco no quiere una economía que suponga una distinción de clases, de ricos y pobres, de personas de clase social alta y baja. Francisco quiere que todos sean iguales en los medios de producción y, por tanto, de riqueza y de status social. Y esto no es la doctrina social de la Iglesia.

“No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.” (n. 53): esto es puro comunismo. No otra cosa. Esto es utopía pretender que no haya ancianos que mueran de frío, que no haya gente que tire la comida, que no haya personas que tengan más dinero y más poder que otras. Es una utopía que todas las personas del mundo tengan trabajo, tengan una vida digna, tengan una salida.

Si no se contempla el pecado original, que es la razón de la desigualdad social, entonces Francisco cae en el error más grave de todos: luchar por una ilusión, por una utopía en la Iglesia y en el mundo.

Por eso, su obsesión por el dinero que marca su obsesión por los pobres. Obsesión por el dinero que viene de su condición marxista-comunista.

“Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar… Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”: pero esto es por el pecado de avaricia de los hombres, no por la economía, ni por la política. Porque los hombres pecan, y quieren el dinero y el poder, entonces usan y tiran a los hombres. Y si la Iglesia no pone una moralidad y una ética a los gobiernos y a las personas de negocios, entonces siempre se va a tener lo mismo. Porque, desde el pecado de Adán y Eva, los hombres explotan continuamente, de muchas maneras, a los hombres. Hoy se hace a través del poder y del dinero. En otra épocas, con otras formas, pero es siempre por lo mismo: por el pecado de avaricia y de orgullo entre los hombres.

“Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (n. 54): Y ¿qué espera Francisco cuando no existe el amor en el mundo? Quien no ama no se ocupa de nadie, sino que excluye a todo el mundo. La solución no está en criticar lo que se hace en el mundo, sino en poner un camino moral y ético para quitar este pecado. Y, como él no lo pone, entonces se esfuerza por dar a entender que hay que compadecerse de los demás porque son hombres, que hay que cuidar a los demás porque son hombres, que hay que interesarse por los demás porque son hombres. Siempre cae en el mismo error, en su error: el humanismo. Nunca pone en alto al amor de Dios, sino el amor a los hombres.

Por eso cae en este error: “La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano!” (n. 55). La crisis financiera que atravesamos es por el pecado, no porque se niegue la dignidad del ser humano. Quien peca no respeta a ningún hombre. Quien ama respeta al hombre y le da un camino para la verdad en su vida. Pero lo primero en la vida no es la dignidad del hombre, sino el amor que Dios tiene al hombre, y que éste debe responda con el mismo amor a Dios. Y si el hombre vive su pecado, el mismo hombre se degenera en su dignidad personal. El hombre no es digno porque sea hombre, porque viva una vida humana digna, sino porque vive dependiendo de Dios, sujeto a Dios, obedeciendo la ley divina y la ley natural en su ser de hombre.

“Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común” (n. 56): esto huele a comunismo puro. Así hablan los comunistas: el bien común, no a la especulación financiera, no al control de los mercados, de los dineros, no al crecimiento de beneficios. Francisco no pone una solución real a este problema, sino que da una utopía al mundo y a la Iglesia.

“¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (n. 58): Y ¿cuál es esa ética en favor del ser humano? ¿No tirar la comida? ¿Cuidar a todos los ancianos del mundo? ¿Qué los ricos se hagan pobres para que no haya fuertes, poderosos entre los hombres? ¿Dar trabajo a todo el mundo? Francisco no dice ninguna norma ni moral ni ética que tenga que ser puesta por los gobiernos y los economistas del mundo y, mucho menos, para las almas que son de la Iglesia y que tiene que estar en esos gobiernos del mundo sin perder el alma. Francisco plantea una utopía y lo deja todo sin resolver. Son sólo ganas de hablar por su obsesión por el dinero.

“hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”(n. 59): sólo una clase social: los pobres. Si no se llega a esto, entonces siempre habrá violencia entre los hombres. No dice qué cosa hay que hacer para quitar la violencia, las guerras, las opresiones.

“Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad” (n. 59): como se han olvidado de los pobres, ningún gobierno sirve. Sólo aquel que recoja a los pobres, que atienda a los pobres. Marxismo puro. Sólo le interesa resaltar su comunismo, no quiere dar solución a los problemas de las naciones.

Y ¿qué jefe de gobierno en el mundo va a seguir a Francisco en este dictado comunista que propone? Nadie. Porque en el mundo ya se sabe a qué conduce el comunismo. Y el comunismo ha sido y siempre lo será un fracaso para todos los pueblos del mundo, porque no quiere normas divinas ni naturales para regir a los hombres. Sólo le interesa el bienestar social de nadie, porque sólo unos pocos tienen el poder y el dinero en los países comunistas.

“Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas” (n. 59): pone el mal en las clases sociales injustas, no pone el mal en el pecado de cada hombre. Para Francisco sólo se da un pecado social: una clase alta, con dinero, con poder, que excluye, que destroza, que aniquila a la clase pobre, sin dinero, sin poder, que es un desecho para la sociedad. Es la lucha de clases, la lucha por el poder, la lucha por el dinero, que eso es lo que vive Francisco en la Iglesia: por un dinero y por poder que eleve su humanidad a la gloria.

Consecuencia: tenemos ante nosotros el legado de un comunista a la Iglesia. No es el legado de un jefe de la Iglesia que se preocupa por la vida espiritual de las almas en la Iglesia. Sino que sólo quiere hacer de la Iglesia la apertura del bien de los hombres a poderes que son totalmente contrarios a la vida del Espíritu en la Iglesia.

Con Francisco se inicia la destrucción de la Iglesia, quitando la Jerarquía, que es la clase alta de la Iglesia que oprime a la clase baja. los fieles. Y los fieles, para él, es todo el mundo pobre, sin Dios, sin trabajo, sin un lugar entre los hombres.

Quien siga a Francisco es claro lo que le espera: vivir en el mundo siendo del mundo para condenarse en el mundo.

Evangelii gaudium: la lucha de clases en la Iglesia

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La mundanidad espiritual es un concepto inventado por la cabeza de Francisco que significa sólo: vivir en el mundo siendo del mundo, con el espíritu que hay en el mundo. De esta manera, Francisco invita a ser del mundo y a trabajar para el mundo.

“La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (n. 93): esto que describe Francisco es el fariseísmo, la hipocresía que tienen los hombres, no en el mundo, sino en la Iglesia.

En el mundo no hay hipócritas, porque cada hombre sigue a su dios, a su pensamiento, a su credo personal. No es posible la hipocresía o el fariseísmo en el mundo.

El fariseísmo sólo se da en la Iglesia. Y no en otro sitio. Por tanto, cuando Francisco habla de mundanidad espiritual no sabe lo que está hablando. Son dos palabras totalmente opuestas. Porque el que es del mundo no es del Espíritu. Y el que es del Espíritu no es del mundo: “Es el Espíritu el que da vida; la carne no sirve para nada “ (Jn 6, 63).

Francisco sigue a Lubac, que es un cardenal pensador de la Iglesia, cargado de muchos errores en sus escritos. Para Lubac se da la mundanidad moral, que es un concepto para decir que en el mundo hay una moral al margen del Evangelio. Es un concepto totalmente erróneo, porque sin Evangelio no hay moral. Hay virtudes humanas, pero sin lo moral, sin lo ético, sin una obligación para hacer algo bueno para Dios.

Francisco presenta su mundanidad espiritual, es decir en el mundo hay una espiritualidad falsa, que consiste en dos cosas: a. gnosticismo; b. neopelagianismo.

Si Francisco supiera de qué está hablando, entonces no caería en este error. Porque en el mundo no existe esta espiritualidad, sino que existen muchas herejías, de muchas clases, de muchos orígenes, que nacen todas de la falta de fe, de no ponerse en la Verdad.

El gnosticismo es sólo la cumbre del pensamiento humano que se hace dios para sí mismo. Y, por lo tanto, saca de la mente humana todo para vivir. El gnóstico es el que piensa la vida, el que da vueltas con su pensamiento a la vida, el que crea todo con su pensamiento y, por tanto, transforma la Verdad en muchas mentiras.

Para Francisco el gnosticismo es “una fe encerrada en el subjetivismo” (n. 94). Y, por eso, cae en el error. Porque en el mundo no hay fe, sólo hay razón. Entonces, viene la duda. Si en el mundo no hay fe, entonces qué esta mundanidad espirtual, dónde está. ¿De qué gnósticos está hablando Francisco?

Entonces, para Francisco, la Iglesia es gnóstica, no el mundo, porque su fe está encerrada en el subjetivismo: “Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia»” (n. 95).

Francisco está atacando a la Iglesia de ser gnóstica y de ser neopelagiana. Su mundanidad espiritual no se refiere al mundo y al Espíritu, no a una tensión entre estas dos cosas, sino que se refiere a la Iglesia. La Iglesia vive una mundanidad espiritual en estas dos formas que él describe.

Y pone ejemplos concretos: “un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia”, “la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos”, “se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial”, “diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones”, “se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización”, “se encierra en grupos elitistas”.

Y dice toda esta sarta de cosas para acabar en lo que le interesa: “Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres”.

Francisco, en este juego de palabras, quiere enfrentar en la Iglesia a dos grupos: a un grupo elitista, que vive una mundanidad espiritual, que hace una iglesia mundana porque se viste de un ropaje espiritual o doctrinal o porque tiene fe, y al grupo de los pobres, que no tiene esa mundanidad espiritual.

Francisco pone una lucha de clases en la Iglesia: él quiere a sus pobres, y todo aquel que no se ponga en su enseñanza pertenece a la clase elitista, encerrada en una fe subjetivista y en una seguridad doctrinal, que impide darse a los pobres, porque vive una mundanidad espiritual.

Aquí está la lucha de clases propia de la teología de la liberación, que sigue en su teología de los pobres.

Francisco llama a los que poseen fe, gnósticos, porque su fe no se mueve hacia el pobre, sino hacia sí mismo. Es subjetiva, es sólo para él, no para los demás.

Y llama a los que se apoyan en la doctrina o en la disciplina, neopelagianistas, es decir es una clase en la Iglesia narcisista y autoritaria, que no se ocupa de los pobres, sino que se ocupa de las leyes, de las normas, de la doctrina en la Iglesia: “en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar” (n. 95).

Esto es muy grave. Para Francisco sólo existen sus pobres, que es la clase preferida para él, y la única y primaria en la Iglesia. Los demás son todos unos mundanos espirituales, que no hacen Iglesia y que no ayudan a los pobres a ser Iglesia.

Bajo la máscara de la mundanidad espiritual, está contenida la lucha de clases. Ese concepto es sólo para enfrentar en la Iglesia a la Jerarquía contra el pueblo y, por tanto, para anular la Jerarquía en favor del pueblo.

Ni el gnosticismo ni el neopelagianismo pertenecen a la Iglesia. Si él quiere enseñar lo que son esas dos doctrinas heréticas, que las enseñe, pero que no meta a nadie de la Iglesia en ellas. Y si hay que meter a alguien de la Iglesia, que diga nombres concretos, porque eso es muy peligroso en la Iglesia: tener neopelagianos y gnósticos. Por supuesto, que no lo va a hacer, porque tendría que meterse él mismo. Él es gnóstico y neopelagiano, al mismo tiempo.

Meter estas dos categorías como clases en la Iglesia es muy serio y muy grave en Francisco y para toda la Iglesia. Y, por eso, este documento es de lo más inútil para hacer la Iglesia que Francisco quiere.

Porque para vivir esto que dice Francisco, él tiene que hablar claro, quitarse la máscara y destruir la Iglesia, como él la ha destruido en su corazón.

Que se deje de documentos para despistar a la gente, porque la razón de sacar este documento es para tapar, para ocultar, lo que viene ahora a la Iglesia.

Este documento es sólo la punta del iceberg de la ruina de la Iglesia. Francisco, en este documento, sólo habla odio contra la Iglesia, no enseña el amor a la Iglesia, no enseña la verdad en la Iglesia. Enseña su iglesia, cómo él quiere su iglesia: un Iglesia de pobres donde no haya clases altas, donde no haya Jerarquía, donde no hayan sacerdotes ni Obispos. Es lo único que le interesa a Francisco: sus pobres. Y, por eso, pone la lucha de clases para desbaratar la Iglesia.

Pero la tiene que poner oculta, para que nadie se dé cuenta de lo que está hablando. El mentiroso da su mentira oculta entre muchas verdades, que aparecen como verdades, pero que sólo son mentiras que hay que descubrirlas quitando las verdades.

Siempre Francisco dice una verdad y una mentira al mismo tiempo. Nunca dice mentiras solas ni verdades solas. Las junta las dos con el fin negro de confundir a todo el mundo, y que lo que da suene oscuro para muchos. Pero tiene que hablar así, porque no se ha quitado la máscara ante la Iglesia.

Tiene que hacer su teatro en la Iglesia, su obra de teatro: que es mostrarse amable, sonriente, acogedor de todos para infundir en la Iglesia un falso amor al hombre, que eso es todo en Francisco.

Que nadie quiera aprender la vida espiritual y de la Iglesia en este documento. Es que no sirve para nada, ni siquiera para enseñar los errores de la Iglesia. No habla claro en ningún momento a la Iglesia. Todo es oscuridad y sólo hay una nota que destaca: los pobres. Los demás, tiene que servir a los pobres. Y si no sirve,n se destruye todo con frases bonitas, bellas y que hacen que este documento sólo sirva para limpiarse el trasero.

Quien lee este panfleto no le cabe duda de lo que viene ya a la Iglesia. Vienen días en que hay que decidir salir de Roma o quedarse en Roma. No vienen unas navidades alegres para nadie que crea en la Iglesia y que crea en Jesús. Viene un desastre. Y viene sin avisar a nadie.

Lo que se han hecho en ocho meses largos en la Iglesia ahora tiene su fruto. Ahora se van a ver esas obras escondidas, que nadie ha contemplado, porque todos han estado hablado bien de Francisco. Y nadie se ha puesto en la Verdad. Y la Verdad es que Francisco ha destruido la Iglesia en su raíz. Y nadie lo ha captado. Todos haciendo el juego al primer anticristo que tiene la Iglesia en Roma.

Hasta que venga el Anticristo, es necesario muchos anticristos que preparen el lugar. Y, antes del Anticristo, su Falso Profeta, que da a la Iglesia el espíritu del demonio en sus tres cabezas. Y con ese espíritu, los miembros de esa iglesia podrán acoger al Anticristo. Porque sin ese espíritu no es posible que aparezca el Anticristo.

Y hasta su aparición muchas cosas negativas en la Iglesia y ninguna positiva, porque ya la Iglesia ha perdido Su Espíritu en la renuncia de Benedicto XVI. Y no hay manera de ser Iglesia y de hacer Iglesia. No hay forma, porque el Espíritu de la Iglesia se ha retirado al desierto. Y, por eso, hay que irse de Roma, al desierto, para encontrar al Espíritu de la Iglesia y formar de nuevo la Iglesia.

Pero los hombres siguen sin discernir nada en estos tiempos. Absolutamente nada. Y todavía esperan algo bueno de esta estructura de la Iglesia que se ha puesto en Roma. No esperen nada bueno, sino maldición tras maldición.

La Iglesia descarnada de la Verdad para obrar la mentira

Primer anticristo

El anticristo Francisco presenta una Iglesia desencarnada de la Verdad para encarnarla en la mentira de los hombres y del mundo.

De esta manera, anula la Encarnación del Verbo que supone dar al hombre el Camino para la Salvación y para la Santificación fuera del hombre y del mundo.

Los hombres son Iglesia cuando siguen las huellas de Cristo Crucificado. Pero los hombres destruyen la Iglesia cuando destruyen el camino de Cruz que recorrió Cristo en su vida terrena.

Jesús no se involucró con ningún hombre. Y, por tanto, tampoco la Iglesia tiene que involucrarse ni con el mundo ni con los hombres. Porque la Iglesia está para enseñar el camino de la Verdad, no para meterse en los camino enredados del pecado de los hombres.

“la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos” (n. 24): constantemente, en este diabólico documento, este anticristo tuerce toda la Palabra de Dios, la desfigura, la destruye, porque está creando su falsa Iglesia, con su falsa palabra, con su falso Cristo.

Jesús enseña el camino espiritual de la humildad sólo a Sus Apóstoles, a su Jerarquía, a sus Sacerdotes, no a los fieles de la Iglesia. Miente de forma descarada este anticristo porque ya le da igual la Sagrada Escritura. Para él los Evangelios son unos libros históricos que hay que interpretarlos según la mente de los hombres.

“La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La tarea de los exégetas y de los teólogos ayuda a «madurar el juicio de la Iglesia». De otro modo también lo hacen las demás ciencias” (n. 40): la Iglesia no es discípula misionera, sin maestra de los hombres, de las almas, de todo aquel que quiere estar en la Iglesia. La Iglesia enseña al mundo la Verdad, no aprende del mundo sus mentiras, no aprende de la ciencia, ni de la filosofía ni de ninguna sabiduría humana la Verdad.

La Iglesia es Maestra de la Verdad, no discípula de la Verdad, porque posee el Espíritu de la Verdad que enseña a todos en la Iglesia lo que es la Verdad. Es el Espíritu el que enseña a los miembros de la Iglesia a ser Iglesia, a formar la Iglesia de la Palabra, de Jesús. Sólo el Espíritu. Nadie más.

Y el Espíritu se da a Pedro y sólo a Pedro. Y quien obedece a Pedro, recibe el mismo Espíritu para tener la Verdad, enseñar la verdad y guiar a todos en la Verdad. Quien obedece a Pedro. Quien no le obedece, pone su mentira en la Iglesia, pone su fábula en la Iglesia como lo hace este anticristo y muchos con él.

Por tanto, la Iglesia no necesita creer en la interpretación que los hombres hacen de la Palabra de Dios No hacen falta los exegétas y teólogos estúpidos -como Francisco y los que le siguen- para entender la Escritura. Sólo hacen falta almas humildes, santas, obedientes, de adoración a Dios en Espíritu y en Verdad. Todo aquel sacerdote que no se ponga de rodillas ante el Santísimo Sacramente para hacer su homilía en la Iglesia, es sólo un sacerdote del demonio que habla sus palabras en la Iglesia y lleva a las almas a beber sólo de las fuentes de lo humano, de la material, de lo natural, de lo carnal de la vida.

Santo Tomás de Aquino hizo su teología de rodillas ante el Señor Sacramentado. Y hoy muchos sacerdotes y Obispos hacen su teología de rodillas ante el mundo, ante el pensamiento de los hombres; se inclinan ante la basura y la mentira que da el mundo, doblan sus rodillas ante cualquier pensamiento y sentimiento humano que atraiga a los hombres hacia su estúpida vida humana. Muchos sacerdotes y Obispos, como dan culto al hombre en sus ministerios, dan a las almas sólo el alimento del mundo y de los hombres. Pero nunca darán a las almas el alimento celestial de la Verdad que sólo los humildes lo pueden recibir del Espíritu de la Verdad.

“La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (n. 24): la gran falsedad de este anticristo es dar a los hombres el gusto de ser hombres, de sacrificarse por los hombres, de vivir para los hombres, de obrar las obras de los hombres, porque sólo eso es Cristo para Francisco.

Cristo no es el que se humilla ante los hombres por el pecado de los hombres.

Cristo no es el maldito que muere en la cruz por el pecado de los hombres.

Cristo no es el perseguido por los hombres por dar la Verdad ante hombres que no quieren oír la Verdad.

No, Cristo, para el anticristo Francisco, es el que vive en lo humano y mira los problemas de los hombres para hacerlos suyos. Y ahí se acaba todo en Francisco.: “El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora” (n. 24): si sigues a Cristo, entonces eres amigo de todo el mundo. Es lo más contrario al Evangelio. A Cristo lo persiguieron por decir la Verdad a los hombres. En la falsa iglesia de Francisco, nadie es enemigo de nadie porque nadie dice la verdad, todos se mienten unos a otros. Y todos felices y contentos, cada uno en sus mentiras, todos somos amigotes, no enemigos.

Para este anticristo, Cristo no enseña al hombre a salir de lo humano para encontrarse con Dios, sino al revés, hay que ir a lo humano para ver en el hombre a Dios:”la carne sufriente de Cristo en el pueblo”. Esta es su herejía. Sólo se ve a Cristo en los pobres de dinero, en los hombres que sufren en la vida, en los que no tienen trabajo, etc.

Las llagas de Cristo son por nuestros pecados. Y nada más. Cristo sufre por nuestros pecados, no porque no tengamos qué comer, no porque tengamos crisis económicas, no porque tengamos problemas de todo tipo en la vida. Cristo sólo sufre por el pecado de todos los hombres.

Y un pobre de dinero que no quiera quitar su pecado en su vida no es de Cristo, no pertenece a Cristo, no es oveja de Cristo. A Cristo sólo se le ve en los pobres de espíritu. Sólo en ellos. En los demás, no se ve nada. Sólo se ve un hombre que vive su pecado, que tiene hambre, que le falta trabajo, que tiene un problema en la vida, etc.

La Iglesia es para los pobres de espíritu, que ven sus pecados, luchan contra ellos, y no les interesa tener o no tener dinero. Lo que quieren es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como lo manda Dios. Y punto y final. Lo demás es inventarse la Iglesia, como lo hace este anticristo.

En el pobre de dinero no se ven las llagas de Cristo. Las llagas de Cristo se ven en las almas santas que han hecho de sus vidas una oblación a Cristo y, por tanto, han renunciado a toda obra humana, a toda vida humana, a todo espectáculo humano, con tal de ganar a Cristo, con tal de poseer la Mente de Cristo, con tal de imitar a Cristo en toda su vida.

Los santos no ganan pobres de dinero para Cristo y su Iglesia. Los santos se esfuerzan por salvar almas para Cristo, no cuerpos para Cristo. Los santos no se esfuerzan por resolver problemas económicos de la gente, sino que se esfuerzan por humillarse ante Dios para pedirle misericordia por aquellos que obran su pecado en el mundo.

En esta gran herejía está cayendo ese infeliz y nadie se ha dado cuenta. ¿Para qué están los teólogos en la Iglesia sino para desbaratar toda la mentira que este idiota está dando en ese diabólico documento? Nadie se preocupa por dar la Verdad en la Iglesia. Nadie. Todos aplaudiendo a rabiar a un idiota que sólo habla idioteces todo el día sentado en la Silla de Pedro.

La Iglesia ha perdido la conciencia de ser Iglesia, de pertenecer a Jesús, a la Verdad. Está en manos de demonios que sólo quieren destruirla con el amparo de todos en la Iglesia. Nadie se opone a este hereje. Nadie.

Y ¿cuál es el motor que impulsa a este hereje a inventarse esta nueva iglesia?: el falso amor al hombre. Hay que salir al mundo, la Iglesia tiene que despertar de su recreo en la verdad para mirar otras fuentes que son también válidas para la Iglesia.

Este falso amor al hombre le lleva a este anticristo a torcerlo todo en la Iglesia para conseguir este fin. Todo. No queda nada en pie. No puede quedar, porque se trata de cambiar el rostro de Cristo, de acercarlo a los hombres para que los hombres sigan en sus vidas humanas diciéndose a sí mismo que por ser muy buenas personas ya tienen el cielo ganado. Este es el falso amor humano, que se descubre cuando este anticristo habla del ecumenismo en su nueva iglesia.

“Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior” (n. 268): este es su falso amor humano. Nadie que siga a Cristo siente gusto espiritual por estar cerca de la gente, de sus vidas, de sus problemas. El que sigue a Cristo se separa de todo el mundo y de todos los hombres. Separación, porque ahí está el gusto espiritual de lo divino. Quien se mete con los hombres se vuelve hombre. Quien se acerca a Dios, se hace como Él por participación.

Nadie puede comprender cómo el Obispo Francisco puede sentir este gozo de estar con la gente cuando el sacerdote tiene que vivir retirado de toda la gente para hacer fruto en la almas. Y sólo se puede explicar de esta manera: Francisco no es sacerdote, no es Obispo. Sí, se viste como Obispo y hace muchas cosas como Obispo, pero no tiene el Espíritu de Cristo para ser Obispo. Es un falso sacerdote, es un falso Obispo, que sólo está donde está porque ha alcanzado ese poder en la Iglesia buscando el dinero y el agrado de los hombres, no por llamado de Dios. Francisco no tiene vocación para la vida religiosa, ni la vida sacerdotal, ni la vida espiritual.

Francisco no hace Iglesia, sino que la destruye. Es sólo el primer anticristo que Roma tiene para indica el camino a todos de que el mundo y la nueva iglesia, regida por anticristos, se han unido para acabar con Cristo y con Su Obra, la Iglesia.

Nada bueno se puede esperar en estos meses de Roma. Unas navidades tristes para todos. Y un comienzo de año que marcará a todos en la penumbra más total hasta el alcanzar la gravedad de la herejía: sentarse en Roma el Anticristo, el verdadero Anticristo.

Francisco es el primero de muchos. Y él se va porque tiene que dejar a otro continuar la ruina que él ha comenzado, pero que no puede seguir, porque no es inteligente. Es sólo un pobre vividor de su orgullo y de su lujuria, que son los hombres. Vive para agradar a todo el mundo. Ése es su amor. No tiene amor por la Verdad y, por tanto, no sabe ver la mentira en los hombres que le rodean. Él mismo ha quedado engañado al poner ocho hombres que lo van a traicionar dentro de poco. Porque los mentirosos no se aman, sino que se odian.

Evangelii gaudium: la maldita falsa iglesia en Roma

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“Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local” (n. 30).

La falsa Iglesia que propone este anticristo es la de una Iglesia encarnada en el mundo y en los hombres. Y, por eso, todo lo que expresa en este documento es para hacer brillar esta idea: la encarnación de la Iglesia en el hombre.

Y en esa encarnación se anula los medios de salvación que Cristo ha dado y se ponen otros: los mismos, pero sin Espíritu. Todos los Sacramentos se cambian en la Iglesia cuando la Iglesia se encarna en el mundo. Y hay que hacerlo así si se quiere dejar entrar en la Iglesia a gente que vive su pecado y que no quiere quitar su pecado.

Esa encarnación de la Iglesia tiene todos los medios de salvación, pero que, en la práctica, no salvan a nadie. Esto es lo que no dice Francisco. Porque todavía no puede decir los cambios que se van a hacer en todos los Sacramentos.

Esta encarnación supone ir en contra de cualquier Verdad dada por Jesús en Su Evangelio, en la Tradición, en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

“quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (n.9): aquí comienza a explicar lo que es la idea de la encarnación de la Iglesia, su idea maldita para una iglesia maldita. La dignidad del hombre en la tierra, en su ser humano, como persona, sólo está en buscar al otro, en darle un bien.

Esto es lo más contrario a la Palabra de Dios y a la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Se es Iglesia para ser de Cristo. Y no hay más. El camino para que el hombre sea hombre y viva su ser de hombre de acuerdo a lo que Dios le ha puesto es reconocer a Cristo y hacer el Bien que Cristo quiere. Y punto.

Este anticristo empieza mal su discurso, porque es mentiroso desde el principio. Habla la mentira para engañar a todo el mundo con frases bonitas, pero totalmente erradas.

El hombre tiene dignidad humana porque se pone en la Verdad de su Vida. Y esa Verdad sólo se la enseña Cristo Jesús. Esa Verdad no se descubre mirando al hombre, haciendo obras humanas buenas. Esa Verdad sólo se descubre en la intimidad del alma con Cristo Jesús.

“La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera». Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (n. 23): pone la intimidad de la Iglesia en algo intinerante, propia de su idea: hay que encarnarse en el mundo y, por tanto, hay que salir al mundo y vivir para el mundo y hacer las obras del mundo, porque así se llega a todos los hombres. Y hay que tener prisas por hacer esto. Las prisas del demonio. Con Dios sólo hay que esperar para obrar. Con este anticristo todo es prisas. Esta es su herejía, clarísima, pero que nadie se opone a ella, porque todos viven lo que predica este necio en la Iglesia.

El anticristo Francisco sabe bien cómo está la Iglesia, sus miembros: sin vida espiritual, sólo preocupados por las cosas del mundo. Y habla para todos esos que viven para el mundo y hacen las obras del mundo, que son muchísimos en la Iglesia. Tenemos una Iglesia mundana, profana, humana, carnal, material, demoniaca, pero no divina, ni espiritual, ni sagrada, ni santa.

Y, por eso, dice él, con gran descaro: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos… Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» “ (n. 49).

Aquí contemplamos todo el desastre que viene a la Iglesia ahora y que se traduce en construir una falsa Iglesia. Ya la Verdad no hay que seguirla en la Iglesia, sino el pecado: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

La Iglesia enferma es la que sigue la doctrina de Cristo, la que se pone en la Verdad, la que guarda los dogmas, la que se enfrenta a los hombres con sus errores y con sus mentiras, la que se opone a todo aquello que oculte la Verdad, que es Jesús. Esa es la Iglesia enferma para este necio. Y, por tanto, es preferible accidentarse en el mundo, porque hay que buscar a los hombres pecadores, mentirosos y hay que comulgar con ellos en sus mentiras, que vivir el Amor a la Verdad, que es la Palabra de Dios.

Este necio quiere una Iglesia de pecadores que no luchan por sus pecados sino que llaman al pecado un bien en la vida y en la Iglesia.

“Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos”: él cree que estar en la Verdad, decir la Verdad, obrar la Verdad en la Iglesia es estar tranquilos. Y, por eso, él no juzga en la Iglesia a nadie para vivir su tranquilidad sin enfrentarse con nadie. Él no va contra las personas que tumban la Iglesia con sus pecados y sus mentiras. Eso no hay que hacerlo, porque es cómodo en la vida. Es cómo encerrarse en los dogmas y no ayudar a los hombres. Y encerarse en dogma, en la Verdad es lo más incómodo y la lucha más terrible en la vida espiritual, porque hay que luchar contra los hombres, contra el demonio y contra uno mismo. Y eso duele mucho. Y eso produce muchas cosas que a nadie. A este absurdo llega, porque sólo su pensamiento va hacia los hombres: ”afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»”. Él sólo quiere contentar a los hombres y decirse a sí mismo: qué bueno que eres Francisco porque das de comer a los hombres.

Le gusta a este anticristo seducir con la Palabra de Dios. ”Dadle de vosotros de comer”: ésta es su seducción, pero no la Verdad. Él calla la Verdad de estas palabras que dijo Cristo a Sus Apóstoles para probarles en la fe. Jesús iba a hacer el milagro que representaba, que simbolizaba, la Eucaristía. Jesús estaba probando la fe de sus Apóstoles, no estaba mandando a sus Apóstoles que dieran de comer a los hombres: “Esto decía para probarle, que bien sabía Él lo que iba a hacer” (Jn 6, 6). Más claro agua para el que lee el Evangelio con sencillez. Pero para la mente obtusa, complicada, necia de este anticristo -y de muchos como él-, tuercen la sencillez de la Palabra de Dios sólo con el fin de poner su idea, su magnífica idea en la Iglesia, que es su fábula, su cuento chino. Y punto.

Para este anticristo “La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”(n. 15): esto es presentar en la Iglesia una lucha de clases: las clases que dirigen la Iglesia, que es para él la lepra de la Iglesia, y la clase trabajadora, la de los fieles, que, para él, es la única Iglesia. Están enfrentando a todos los miembros de la Iglesia. Y esto es porque está embebido de la teología de la liberación, que supone la lucha de clases: “no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (n. 28). Palabras de enfrentamiento, no de corrección en la Iglesia. Todos los que están en la Verdad, que dejen de estarlo, de mirarse a sí mismos, y se dediquen a mirar el pecado y a los hombres que viven su grandiosa mentira en la Iglesia, como este anticristo.

Por eso, se quiere quitar el Papado y toda la Jerarquía en la Iglesia y hacer que los sacerdotes sean sólo laicos. Eso ya lo ha predicado un Obispo que pertenece al gobierno de los malditos de la Iglesia en Roma.

Y este anticristo lo recuerda en este panfleto comunista: “debo pensar en una conversión del papado” (n. 32). Esto es el pensamiento que se deriva de la renuncia de Benddicto XVI a ser Pedro y, por tanto, del engaño de los Cardenales al elegir a un impostor en la Iglesia que sólo ha tenido un objetivo: eliminar el Papado.

“También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral” (n. 32): Se acabó Pedro y la Jerarquía Eclesiástica.

Pedro sólo necesita escuchar la Voz de Cristo para ser Iglesia, para formar la Iglesia, para Evangelizar al mundo. Pedro no necesita escuchar a los hombres ni en la Iglesia ni en el mundo para saber qué cosa hay que hacer en la Iglesia. Pedro sólo necesita ser Pedro. Punto y final. Eso es lo que no quiso ser Benedicto XVI: no quiso ser Pedro.

Por tanto, tenemos la total destrucción de la Iglesia con este anticristo y con sus sucesores. La total ruina de la Iglesia. Y se presenta una falsa iglesia para los pobres, para el mundo, para los hombres en sus pecados, para gente que le da igual estar en gracia o estar en pecado. Sólo quieren comer y divertirse en la Iglesia.

Esta es la falsa Iglesia que presenta ese necio. ¿Todavía no creen que Francisco es un anticristo? ¿Todavía dudan cuando leen sus inútiles palabras? ¿Todavía se paran a pensar que algo bueno puede traer este anticristo a la Iglesia? Pero si ha hundido a la Iglesia quitando el Papado. ¿Qué más quieren para oponerse a él y a todos los que le sigan, se unan a él, con todas las consecuencias para la vida?

La gente tiene miedo de vivir la verdad y de decir la Verdad porque, para eso, hay que enfrentarse a energúmenos como Francisco, que sólo viven para su idea humana de lo que es la Iglesia y de lo que es Cristo en la Iglesia. Ideas humanas, baratas, que no hay quien las siga, que son muy bonitas para los oídos de los hombres, pero que sólo producen la condenación de las almas al infierno.

Este anticristo vive con “el sueño misionero de llegar a todos” (n. 31): vive de sueños, de ilusiones, de imaginaciones. No vive en la realidad de la Iglesia. No se puede llegar a todos. Es imposible. Eso es la experiencia de 20 siglos de Iglesia: muy pocos se salvan. Muy pocos. Pero esto a él le trae sin cuidado, porque sólo está en la Iglesia para vivir su sueño. Y su sueño es: destruir la Iglesia, poniendo la seducción de dar de comer a los pobres.

Evangelii gaudium: la falsa opción por los pobres

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El problema de los pobres no son los pobres, sino la concepción que el hombre tiene del pobre.

El pobre del Evangelio es el pobre de espíritu. Lo demás, es ciencia ficción.

Quien no es pobre de espíritu, entonces es rico y, por tanto, un pecador que vive su pecado y que ama su pecado.

Rico de espíritu son muchas personas, ya ricas porque tienen dinero y bienestar en la vida, ya pobres porque no poseen ese flujo de dinero para vivir una vida acomodada a lo humano.

El pobre de espíritu es aquel que ve su pecado y lucha contra su pecado hasta la muerte.

Los demás, que no son pobres de espíritu, les trae sin cuidado los pecados y las consecuencias del pecado en sus vidas y en la de otros.

Jesús viene a liberar a los hombres del pecado. Jesús no viene a liberar a los hombres de las cargas sociales, económicas, culturales, etc., que el pecado trae en la vida de todo hombre y en las sociedades.

Jesús no viene a dar de comer a nadie, no viene para dar trabajo a nadie, no viene para cuidar a los enfermos, ni para sanarlos, ni para hacer la vida cómoda a nadie en lo humano.

Jesús viene para quitar el pecado. Sólo para eso. Lo demás, es la consecuencia del pecado. La razón de que los pobres no tengan dinero ni bienestar en sus vidas, es porque existe el pecado, de ellos y de otros. Y no el pecado social, sino el pecado de cada hombre que no lo quiere quitar y que, por eso, se producen desigualdades en todos los campos humanos.

Jesús no viene a quitar estas desigualdades entre los hombres, sino a liberar del pecado a los hombres. Y aquel que quiera ser liberado del pecado, entonces hará la caridad con los pobres como siempre en la Iglesia se ha hecho. Porque la limosna quita el pecado, expía el pecado, purifica el corazón del apego a lo material y la vida humana.

A Jesús no le interesa para nada el dinero. No es su problema. No viene para solucionar ningún problema financiero entre los hombres. Su Palabra va más allá de las inquietudes de los hombres por su dinero y por su bienestar social.

Francisco no comprende este punto y, por eso, habla así:”La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe” (n. 200). Esto es una mentira. Porque hay muchos pobres que no tienen fe y que, por tanto, sólo están preocupados por buscar su dinero en la vida. Son pobres porque no tiene dinero, pero no son pobres de espíritu, porque viven en su pecado. Este es el punto que Francisco no comprende. Y, entonces, falla en su teología de los pobres, en su opción por los pobres.

“La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (n. 200): esto es lo que ningún sacerdote ni Obispo puede decir sin dejar a un lado la Verdad.

Jesús vino a salvar a todos los hombres. Y son todos: ricos y pobres. Y no hay ni primero, ni segundo ni último por el hecho de tener riqueza material o no tenerla. Jesús no viene a salvar primero a los pobres de dinero, que es lo que predica constantemente este anticristo y, por eso, se le ve su mentira en todas las cosas.

Jesús viene a por todos los hombres, sean ricos o pobres. Luego, lo primero: todos los hombres. El privilegio para salvarse lo tienen todos los hombres. No hace falta una atención religiosa privilegiada y prioritaria para los pobres. Son palabras vacías, huecas, sin sentido, que no pueden apoyarse en la Palabra de Dios, sino sólo en el pensamiento de ese anticristo, que promulga su comunismo disfrazado en la Iglesia.

“Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales” (n. 201): aquí incita Francisco a la lucha de clases entre los hombres. Porque los ricos no se ocupan de los pobres, sino de sus asuntos, por eso, no tienen excusa. Esto es el enfrentamiento con los ricos y con todos aquellos que no les importa los pobres.

Jesús no quita la liberta a ningún hombre. Francisco la quita, la quiere quitar al imponer su necio pensamiento al hombre.

Si los ricos quieren seguir en su riqueza sin atender a los pobres, eso no es problema de la Iglesia, sino de esos ricos que no quitan sus pecados. Y punto. Que sigan en sus pecados porque Dios los ha hecho libres para elegir el pecado o salir del pecado.

El pecado de los ricos se traduce en muchas cosas en la sociedad, muchas injusticias, propias del pecado de avaricia. Por eso, la Iglesia no es del mundo. A la Iglesia no le interesa todos esos asuntos que nace del pecado de hombres que no quieren quitar su pecado.

A la Iglesia le interesa resolver los problemas que los hombres que han pecado, al salir de su pecado, han hecho en sus vidas o en el mundo. La Iglesia carga, por disposición divina, con el pecado de muchos y, por tanto, con las consecuencias de ese pecado en el mundo y en los hombres. Por eso, un sacerdote y un Obispo deben ser almas víctimas para reparar tanto mal que traen los pecados.

Los sacerdotes y los Obispos no tienen que entrar en el juego de la política ni de la economía para saldar la deuda de tanta injusticia como trae el pecado de la avaricia.

La Iglesia tiene que poner una moral, una ética a los hombres de negocios que viven en Gracia, que siguen al Espíritu de Cristo. Pero la Iglesia sabe que hay muchos hombres de negocios que les importa un bledo la moral y la ética y, por tanto, no está en darles un camino para dar dinero y salir de la crisis económica, sino en ofrecer a todos los hombres el camino para salir del pecado. Y es esto lo que no da Francisco en este panfleto comunista, que es su teología de los pobres.

Por eso, dice:” Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (n. 202): este es su error más grave. El dinero nunca puede hacer iguales entre los hombres. Nunca. No hay equidad entre los hombre en el aspecto monetario. Siempre habrá la inequidad. No hay un reparto equitativo del dinero entre los hombres. Eso se sabe por experiencia. Eso es el abc de la economía. Eso es pensar rectamente, humanamente, con dos dedos de frente, con sentido común, que es lo que le falta a Francisco.

Y, porque no hay equidad en el reparto de la riqueza, nunca se va a resolver el problema financiero. Nunca. Desde que Adán y Eva pecaron nunca se ha llegado a una igualdad en lo material, en lo humano, en lo natural, en lo económico entre los hombres. Lo que propone Francisco aquí es una solmene tontería que nadie en el mundo lo sigue y que todos los gobernante se ríen de Francisco en este argumento que hace.

Es que no hay manera de resolver radicalmente los problemas de los pobres porque es un problema espiritual, no humano, no financiero.

Como los hombres no quieren quitar sus pecados, siempre habrá pobres y las injusticias sociales que nacen de todo eso. Punto y final.

Francisco quiere enfrentar a todo el mundo para que comiencen a dar dinero para los pobres. Y se mete en el mayor lío de todos. Porque nadie da nada gratis en el mundo: ¿quieres dinero, Francisco? Dame un trozo de poder en la Iglesia.

A esto está invitando Francisco en este su negocio de la teología de los pobres.

En la Iglesia la opción por los pobres ha sido siempre muy clara. El problema ha nacido de gente como Francisco que no viven sus sacerdocios en la Iglesia. Y, entonces, todo lo tuercen. Todo. Con tal de implantar su idea marxista, comunista, liberadora de los pobres.

El anticristo Francisco

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Estamos viviendo en la Iglesia lo propio de la mentira, es decir, confundir a las almas con obras buenas humanas, para que no se vean los errores y las mentiras que muchos sacerdotes y Obispos obran en sus ministerios en la Iglesia.

Roma se ha convertido en un conjunto de hombres que predican tonterías y que obran las cosas que a ellos les parece que son buenas en la Iglesia.

Mucha palabrería es lo que existe en la Iglesia. Mucho pensamiento del hombre, muchas razones para hacer cosas en la Iglesia, pero nadie hace la Voluntad de Dios en la Iglesia.

Un anticristo, como es Francisco, nunca puede dar las obras divinas en la Iglesia, sino que da las obras de los hombres y del demonio en la Iglesia.

Él sólo vive para su obsesión: el dinero. Vive para la añadidura en el Reino de los Cielo. Pero no vive para ser santo porque ese anticristo se opone, en todo, a la Santidad de Cristo en la Iglesia.

Jesús puso su camino de santidad en la Iglesia. Un camino muy difícil de recorrer para la Iglesia, porque supone atacar a los hombres, a los pensamientos de los hombres en la Iglesia.

Si no se lucha contra el hombre dentro de la Iglesia, no se obra la Mente de Cristo en la Iglesia, sino que se obran lo que los hombres piensan y sienten sobre la Iglesia.

Así está toda la Iglesia, empezando por su anticristo Francisco. Francisco no es Papa ni antipapa y, por tanto, su negocio en la Iglesia corresponde a su ser de hombre que se esclaviza al mal.

Francisco vive para obrar el mal en la Iglesia. Y lo obra de muchas maneras, porque hay muchos caminos para hacer el mal. Y sólo uno para hacer el bien.

Para hacer la Voluntad de Dios el camino es la Cruz. Para hacer la voluntad de los hombres el camino es el mundo. Y es claro que el anticristo Francisco se ha metido en el mundo y obra en la Iglesia las obras del demonio, propias del mundo.

La Iglesia pertenece a Dios, no a los hombres. Y, por eso, vemos que Roma es sólo de los hombres, pero no de Dios.

Dios ya no habla en Roma. Dios habla ahora fuera de Roma. Hay que buscar a Dios fuera de los sacerdotes y Obispos que se unen al anticristo Francisco. Nadie puede obedecer a Roma, porque Roma se ha abierto al mundo.

Pero es una apertura que todavía no se ve a las claras, porque no se han quitado las caretas en Roma. Siguen con sus caretas, con sus pantallas, con sus iniquidades en el pensamiento, pero obrando lo bueno con las manos. Y la gente, en la Iglesia, no se ha dado cuenta de esta maldad.

Así comienza siempre el demonio: con obras buenas, escondiendo la mentira, el error, el engaño.

El anticristo Francisco es un engaño en la Iglesia, pero todos lo siguen porque hace cosas buenas, como ayudar a los pobres y dar un contentamiento a los hombres. Pero ese anticristo no dice la Verdad a la Iglesia y no obra ninguna Verdad en la Iglesia.

La Iglesia sigue engañada por el anticristo Francisco. No ha salido de ese engaño, porque nadie ataca a Francisco como hay que atacarlo: declarándole la guerra en la Iglesia, dentro de la Iglesia.

La única forma de echar abajo a un anticristo es oponiéndose en todo a él. Como la Iglesia no hace eso, queda en el engaño. Como ve cosas buenas que hace el anticristo Francisco, entonces espera en vano una solución en la Iglesia.

La Iglesia no camina con el anticristo Francisco, porque él ama el mundo y lo que hay en el mundo, pero no ama a la Iglesia, porque, desde hace mucho tiempo, ha dejado de pertenecer a la Iglesia.

Esto no lo ven los hombres, porque juzgan al anticristo Francisco como una buena persona, que tiene sus errores, pero que se esfuerza por hacer un bien en la Iglesia.

Los hombres tienen que discernir estos tiempos para ser Iglesia, para formar Iglesia.

Y, para eso, hay que fijarse en lo que hacen los hombres dentro de la Iglesia: lo que hacen los sacerdotes y los Obispos que, ahora, están en Roma gobernando la Iglesia.

Y lo que obran es sencillo de ver: sus herejías, sus mentiras, sus falsas expectativas para el futuro de la Iglesia, su lenguaje complicado, oscuro, racionalista, humanista, naturalista, materialista, carnal, sus obras en contra del Evangelio y sus descaro en seguir siendo sacerdotes y Obispos mostrando su pecado en la Iglesia sin quitarlo.

Una Iglesia así no es la Iglesia que Jesús quiere. Y, por eso, no se puede seguir a nadie en Roma. No se puede ni molestarse en ver lo que dice el anticristo Francisco en sus homilías, que ya no convencen a nadie, porque muchos han visto su error, pero muchos no saben oponerse a ese error. Y los siguen escuchando y siguen esperando algo de él.

Este es el error de muchos. Sólo con el anticristo Francisco queda despreciarlo hasta que lo quiten y pongan a otro. Y no hay que hacer más con él.
Hay que oponerse a él totalmente y no otra cosa. No hay que hacerle el juego en Roma, que es lo que muchos siguen haciendo.

Dios ha dado tiempo para discernir lo que pasa en Roma. Y pocos han sabido hacerlo, porque es más agradable seguir viviendo en la Iglesia con cualquier cabeza que la gobierne, y estar así en la Iglesia de cualquier manera. Eso es lo que hacen muchos: les importa muy poco quién está en la cabeza. Sólo les interesa sus cosas en la Iglesia, sus obras en la Iglesia, su interés privado en la Iglesia.

La Iglesia, hoy día, está compuesta de muchas comunidades, muchas asociaciones, muchos recursos humanos que destruyen la Iglesia, porque cada uno obra en la Iglesia lo que le parece bueno. Y todos se desviven por sus cosas, pero nadie hace Iglesia.

La mayor herejía en la Iglesia, hoy día, es tener multitud de grupos de oración y de comunidades, llenas de hombres, que obran cosas buenas humanas, pero que no hacen nada por la Iglesia, sino que todo lo hacen por sus comunidades o sus grupos de oración.

Es una Iglesia que sólo es un conjunto de hombres y nada más. Y, por eso, a nadie la interesa la cabeza que esté gobernando la Iglesia. Todos la siguen porque hay que seguir a alguien, no por fe en la Iglesia. Por eso, nadie se ha preocupado por batallar en contra de Francisco. Todos están muy a gusto en sus comunidades, en sus cosas humanas en la Iglesia, pero nadie vive la Fe. Nadie.

Nadie lucha por perseverar en la fe, en la Verdad, en el amor auténtico en la Iglesia. Todos tienen una conciencia ancha en la Iglesia y se conforman con cualquier cosa en la Iglesia.

Y hay que captar este hecho para enfrentarse al anticristo Francisco. Porque este anticristo habla de lo que ya vive. Y, por tanto, no puede hablar la Verdad. Él no vive la Verdad, sino sus verdades en la Iglesia. Y así habla, según lo que tiene en su pensamiento, un pensamiento que contradice en todo al Pensamiento Divino, a la Mente de Cristo. En todas las cosas. Y, por tanto, no hay que esperar nada bueno de él nunca en la Iglesia. Hay que esperar todo lo malo.

Porque un anticristo sólo es capaz de dar la maldad en la Iglesia. Nunca se va a poner en la verdad, porque no puede. Ya ha elegido la maldad para vivir, pero es una maldad camuflada, para que le dejen obrar en la Iglesia lo que quiere el demonio.

Y muchos analistas de la Iglesia en Roma no han captado esto y, por eso, lo que dicen del anticristo Francisco es falso, erróneo, equivocado, sin sentido.

Muchos quieren analizar lo que pasa en la Iglesia de una manera humana o racional. Y es imposible, porque la Iglesia es Espíritu, no racional. Y la Iglesia es llevada por el Espíritu en todo, no por los pensamientos y planes de los hombres.

Y el engaño en muchos es creer que el anticristo Francisco está haciendo las cosas bien en la Iglesia, como Dios las quiere.

El anticristo Francisco ha abierto la Iglesia al politeísmo, porque no cree en la Santísima Trinidad y, por tanto él se acoge a cualquier dios de los hombres. Él cree que con la fe en Dios es suficiente para salvarse.

Y no basta creer en Dios para salvarse. Es más, quien cree en Dios se condena, porque Dios se ha revelado como Uno y Trino, no como Dios. Luego, la fe en Dios es la Fe en el Dios Uno y Trino.

El demonio cree en Dios, pero no cree en Dios Uno y Trino, cree en su dios, que es él mismo. Él mismo se llama dios.

Los judíos creen en Dios, pero no creen en Dios Uno y Trino porque no aceptan al Hijo de Dios como Mesías. Y quien niega al Hijo, niega al Padre. Los judíos son anticristos, se oponen a Jesús a Su Obra, que es la Iglesia. Y, entonces, no se puede comulgar con los judíos. No se puede llamar a los judíos hermanos de Cristo, porque son Caínes de Cristo.

Los hombres creen en Dios, pero no en el Dios verdadero, sino en el dios que ellos se fabrican en su inteligencia humana. Hoy la humanidad se da culto a sí misma: a su pensamiento, a sus obras, a sus sentimientos, a sus vidas.

El anticristo Francisco, porque no cree en el Dios Uno y Trino, no puede creer en la Palabra del Pensamiento del Padre. No puede obrar el Evangelio. En consecuencia, él da su evangelio en la Iglesia. Él toma palabras del Evangelio y las interpreta según su pensamiento humano, según la ciencia, según la teología de la liberación, según las costumbres de los hombres, según el devenir de cada hombre. Por eso, para él todo es una memoria del pasado que debe actualizar según lo que piensan los hombres, según sus problemas en la vida, según sus intereses humanos.

El anticristo Francisco destroza en cada homilía la Palabra de Dios. Y nadie se ha dado cuenta de este hecho, porque dice cosas bonitas que les gusta oír a todos los hombres.

Y si el anticristo Francisco no cree en el verdadero Dios, ni tampoco en Jesús, entonces no puede creer en la Obra de Jesús, que es la Iglesia, y que le corresponde al Espíritu.

El anticristo Francisco niega el Espíritu en la práctica. Pude nombrar al Espíritu y predicar del Espíritu, como lo hace de Jesús y de todas las cosas de la vida espiritual. Pero Francisco se opone al Espíritu porque se opone al Padre y al Hijo.

Entre el Padre y el Hijo sólo se da el Espíritu. Y no se da nada más. La Obra del Padre es la Obra del Hijo y es la Obra del Espíritu. El anticristo Francisco niega las tres obras y, por eso, se inventa una nueva iglesia en Roma: la iglesia de su pensamiento humano. Y, como los hombres viven pensando la vida, entonces viven engañados con el anticristo Francisco.

Nadie en la Iglesia sigue al Espíritu, sino que todos siguen los que los hombres piensan y hablan.

Por eso, el desastre es cada día mayor en la Iglesia. Mayor. Ya no hay camino en Roma para ser Iglesia. Ya sólo hay destrucción. Y aquel que no quiera verlo, se engaña con sus fábulas sobre la Iglesia. Fábulas que nacen de la inteligencia de los hombres y que hace que muchos sigan con sus vendas en los ojos y no vean la Verdad de lo que sucede en Roma.

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