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Bergoglio es decadencia, destrucción e iniquidad

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Bergoglio es tres cosas: decadencia, destrucción e iniquidad.

1. Decadencia en su sacerdocio porque no tiene el Espíritu de Cristo y, por lo tanto, se dedica a hacer obras para el hombre, para el mundo, lo social, lo político. Obras sin Cristo, sin verdad, que no son camino para llevar las almas al Cielo, que es lo que todo sacerdote tiene que ser en la Iglesia.

Y esta decadencia en lo espiritual se refleja en todo el actuar humano de este hombre. Si se vive una vida espiritual contraria a la vocación divina, entonces la vida humana es de acuerdo a esa decadencia. Y, por eso, sus obras, sus escritos, sus palabras, son también, en lo humano, una insensatez. Si un sacerdote o un Obispo no enseña la verdad en la Iglesia, tampoco enseña a vivir rectamente en lo humano. Tampoco es maestro de lo humano, porque no es maestro de lo divino.

Bergoglio no es maestro de nada: es decadencia. No reforma nada, no innova nada, no señala ningún camino. Su magisterio no es papal; está en un cargo que no es papal. En el mundo, hay hombres que, sin ser católicos, son más interesantes, en sus vidas y en sus escritos, que Bergoglio. No merece la pena dedicarse a leer los libros de este hombre ni a seguir su vida: no tiene nada que ofrecer ni al hombre ni a la Iglesia. Es un degenerado en lo humano y en lo espiritual.

2. Destrucción de Cristo y de Su Iglesia, porque está en ese cargo para aniquilar toda la doctrina de Cristo y todo el Magisterio de la Iglesia. No levanta la Iglesia en la Verdad, sino que las destruye con su mentira, con sus engaños, con sus bonitas palabras sociales, políticas, económicas, humanas, naturales, carnales, que agradan a todo el mundo, porque está sediento de la gloria de los hombres. Busca el aplauso, la alabanza, el conseguir un encuentro, una idea motriz que aúne a los hombres y se dediquen a obrar anulando la Iglesia.

Su gobierno horizontal es el eje de su destrucción, es el motor. Aquí inicia su nueva iglesia con una nueva doctrina. Esa nueva iglesia es falsa en todo, porque está apoyada, no en Pedro, sino en muchas cabezas, en una horizontalidad. Y, en esa falsedad, tiene que predicarse un falso cristo: el de su misericordia barata, sin Justicia. Es una doctrina que lleva tres ideas claves: la idea de la masonería, la del protestantismo y la del comunismo. Con estas tres filosofías, Bergoglio da su lenguaje ambiguo a todo el mundo. Por eso, su magisterio no es papal.

Los otros Papas se centraban en la doctrina católica. Y tenían otras ideas, pero no producían ambigüedad. En Bergoglio lo principal es su ambigüedad. Y, después, él da un poco de doctrina católica, pero de pasada, en su lenguaje barato y blasfemo, para contentar a los católicos. Bergoglio habla para todo el mundo, pero no para la Iglesia Católica. Los otros Papas hablaban para la Iglesia Católica; después tenían palabras para los demás. Esta es la gran diferencia entre un destructor y un constructor.

Bergoglio destruye la Verdad; los otros Papas se dedicaron a defender la Verdad, la Iglesia Católica. Bergoglio no defiende la Verdad porque no hay verdad en él. Por eso, se ha enojado contra los Cardenales que han escrito el libro sobre la doctrina católica del matrimonio. Él quiere que todo el mundo piense como él. Esto es lo propio de un destructor: va seduciendo a los demás para que acepten su idea destructora. Es lo propio de un falso Papa: no hay verdad en él; no hay línea de catolicidad; no hay continuidad en el Papado.

En los otros Papas, sí había verdad, sí había continuidad con los anteriores. Y, por eso, eran legítimos. Nunca cayeron en la herejía, ni material ni formalmente. Bergoglio, desde el principio, cae en la herejía. Desde el principio de su reinado, que no es pontificado. Es un falso pontificado. Es un falso Papa. Esto es lo que a la gente le cuesta decir, porque no ha comprendido lo que es un Papa en la Iglesia, la misión de un Papa en la Iglesia.
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Bergoglio no sabe lo que es un Papa. Ha vivido toda su vida rodeado de Papas y nunca los ha obedecido. Nunca se ha sometido a la mente de un Papa. Nunca. Siempre ha hecho en la Iglesia lo que ha querido y como lo ha querido. Y, por supuesto, ha sido hábil en darse a conocer a los Papas. Es fácil poner cara de santo. Es fácil vestirse de humildad, bajar la cabeza delante de un Papa y besarle el anillo. Eso lo hacen todos. Y la humildad no está en eso. Se es humilde porque se da testimonio de la Verdad ante cualquiera, sea Papa, sea Obispo, sea sacerdote, sea fiel la Iglesia. Y esto es lo que nunca ha hecho este hombre. Se pone la careta de humildad y de pobreza, que es como consigue engañar a todo el mundo. Y, después, obra el pecado. Así inició su reinado en el Vaticano: quiso pagar el alquiler de su habitación y después, a los pocos días, lava los pies a las mujeres, insultando a Cristo en la Misa más importante de todas. Esto es destruir la Iglesia con las ropas de la humildad y de la pobreza. Esto es ser un lobo vestido de piel de oveja. Y esto es lo que mucha gente no sabe discernir porque ya no tiene vida espiritual. Y enseguida salen con la política: es que los tradicionalistas no perdonan a Bergoglio que haya lavado los pies a las mujeres.

La Iglesia es Cristo y es para hacer las mismas obras de Cristo en Ella. Esto es lo que no hace Bergoglio. Y nunca lo va a hacer. Nunca. Él hace sus obras en su falsa iglesia con su falso doctrina sobre Cristo.

3. Iniquidad es la obra de Bergoglio en el Vaticano.

El Misterio de iniquidad se ha abierto con la subida al poder de este hombre. Es el hombre que necesitaba el demonio, que es el que actúa en todo el grupo masónico que rige el Vaticano, para poner al Anticristo en el Trono de Pedro.

Lo único que le interesa al demonio es poner su hombre rigiendo la Iglesia Católica. Esto ha sido toda su lucha desde que Cristo inició Su Iglesia en el Calvario. Por eso, en la historia de la Iglesia ha habido tantas cosas: cismas, herejías, apostasías, etc. Es el demonio el que ha turbado la Iglesia con su misma Jerarquía, que se ha prestado para este servicio.

Los hombres de la Iglesia tienen la historia de 2000 años de Iglesia y no han aprendido nada. Sube un Bergoglio y todos lo adoran. Esto es la iniquidad.

La iniquidad se manifiesta en sus obras: el Papa en la Iglesia es obediencia. Todos tienen que obedecer. Pongamos a un hombre, que es un demonio, para que todos le obedezcan. Esta fue la primera jugada del demonio, en la que todos o casi todos cayeron. Han dado obediencia a uno que no se lo merece.

La primera obra de la iniquidad en el Vaticano: poner a Bergoglio como Papa para conseguir el sometimiento de todos. Que todos sigan lo que diga ese falso Papa. Así se va abriendo el camino para algo más en la Iglesia. Si todos se acomodan a un falso Papa y lo llaman como verdadero, entonces el demonio puede hacer más en el Papado. Se rompe la Iglesia desde Su Cabeza, no desde sus miembros. Los miembros pueden ser cismáticos y herejes, pero si la cabeza es recta, la Iglesia sigue sin más, porque la sostiene Su Cabeza, Su Papa legítimo. Pero si se consigue hacer renunciar al Papa legítimo y poner el Papa del demonio, entonces la Iglesia cae en toda la decadencia y se destruye por sí misma.

Como todos han dado obediencia a uno que no es Papa, entonces viene ahora la jugada maestra del demonio. Un Bergoglio no puede sostenerse mucho tiempo en la Iglesia. Todos, los buenos y los malos, ven la calidad de ese hombre. Todos acaban por darse cuenta de lo que, en verdad, hay en ese hombre. Y ese hombre es sólo un vividor. Y no más. No es un teólogo. No es un intelectual. El demonio necesita una cabeza que rompa el dogma. Y esto es lo que viene ahora.

Una vez conseguido quitar la verticalidad; una vez que se han puesto a los hombres en los puestos claves en el vaticano y fuera de él, en las demás diócesis; ahora es necesario un hombre inteligente. Porque la división es muy clara, en todos los aspectos. Y la Verdad está ahí para todo el mundo. Pero los hombres no les gusta la verdad, sino sus verdades. Y esta es la fuerza que tiene ahora el demonio en toda la Jerarquía.

Es una Jerarquía que está sometida a un lenguaje humano, que le incapacita para decir éste es hereje, cismático, no lo sigan. ¿Quién en sus parroquias escucha de labios de sus sacerdotes que Bergoglio es hereje? Nadie. No se atreven porque siguen una teología que les impide juzgar al otro y que les oscurece la mente para decir: esto es mentira, esto es herejía, esto no se puede seguir.

La verdadera teología católica ya no está en la Jerarquía. Ha sido el trabajo de muchos años para conseguir esto. La Jerarquía ya no tiene las ideas claras sobre lo que es la verdad y sobre lo que es la mentira. Son muy pocos los que se apoyan en la verdad Absoluta. Son muy pocos los que dicen que existe una única verdad. Por eso, no pueden llamar a Bergoglio como falso Papa. No pueden. En sus teologías, ya no se da esta verdad. Los hombres de la Iglesia están oscurecidos por toda la política que en el Vaticano se muestra. Y prefieren hacer lo políticamente correcto que predicar la Verdad, que dar testimonio de la verdad. Por eso, dicen: hay que seguir obedeciendo a Roma.

Esto es otra obra de la iniquidad en la mente de toda la Jerarquía. Es el trabajo del Anticristo, que posee la mente: la pervierte. Pone muchas ideas y lo confunde todo. Hay mucha Jerarquía contaminada por el demonio. Y esto es un triunfo del demonio en muchos sacerdotes y Obispos. Esto, después, se refleja en todos los demás miembros de la Iglesia. ¿De qué se llena ahora todas las parroquias? De gente tibia y pervertida que no sabe nada del dogma, de la tradición de la Iglesia. Sacerdotes y fieles que se dedican a lo social, a lo político, a lo económico. Y lo hacen en nombre de Cristo.

Con Bergoglio han aparecido todos los tibios en la Iglesia. Todos. Toda esa gente que vive cualquier cosa en una misa, en un apostolado, en unos sacramentos, menos la verdad. Y, claro, les agrada la doctrina de Bergoglio: vivimos en nuestro pecado y ya podemos comulgar. La ley de la iniquidad: conseguir que el pecado ya no sea pecado, ya no se mire como pecado, sino como un valor. Las soluciones pastorales que son soluciones políticas, de intereses creados por los hombres.

¿Qué viene ahora para la Iglesia? Un falso Sínodo. Es la jugada maestra del demonio. Todos tienen que obedecer a Bergoglio, aunque mande un pecado. Es la fuerza del demonio: ha puesto a un hombre como Papa. Y todos en la Iglesia tienen que obedecerlo. Durante 18 meses nadie se ha levantado para decir: no obedezco a Bergoglio. Esta es la señal de lo que viene después de ese Sínodo. El pecado va a ser una ley, una obligación: tienes que dar la comunión a los malcasados. Si no la das, excomulgado, porque no obedeces al Papa.

Esto es el cisma, que nadie ve, que a nadie le interesa, porque nadie se pone en la verdad. Nadie sabe lo que es la Verdad. Todos están en sus verdades, que no es la de Cristo. Nadie llama a las cosas por su nombre. Nadie. Todos siguen su teología ambigua, que les oscurece todavía más y que les lleva a condenar la misma doctrina católica. Todos critican a todos los papas anteriores. Y nadie critica a Bergoglio. Es la obra maestra del demonio.

Bergoglio es un patán: eso todo el mundo lo ve. Pero todos tienen miedo de decirlo con claridad. Bergoglio ya no le sirve más al demonio. Pero tiene que quitarlo de la manera más honrosa. Él lo ha llevado a la santidad: todo el mundo lo proclama santo en sus herejías. No ha podido matarlo para oscurecer más a los tibios y pervertidos en la Iglesia. Pero puede hacerle renunciar de una manera que la Iglesia la acepte: acepte el engaño de su renuncia. Todos los tienen como Papa, todos han aceptado su gobierno horizontal, y él está creando división en todas partes. Una forma de renunciar: me voy y deje a este personaje que siga con todo este lío, que aclare las cosas. Dejo a un hombre de mi gobierno horizontal. Y yo me dedico a mi vida que me gusta tanto.

Es necesario poner las nuevas leyes en el gobierno horizontal: es un poder político, en donde se nombran jefes como se hace en el mundo: por votación, por referéndum. Hagamos leyes para poner papas eméritos sin necesidad de cónclaves. Esto es lo que viene ahora a la Iglesia. Hay que romper el dogma. Y hay que empezarlo a hacer ya. El sínodo es el principio. La familia es el comienzo de la obra de la iniquidad. Y después vendrán otras cosas, porque todo está unido.

No es fácil romper la Iglesia desde la cabeza. Pero no es imposible. Y el demonio no se va a echar para atrás una vez que ha conseguido su objetivo: poner su bufón en el Trono de Pedro. Ahora tiene que continuar su obra: hay que poner al temido, al que da excomuniones si no le obedecen.

Roma se ha separado de Cristo y de Su Iglesia

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«Esta historia, o “prehistoria” de la Iglesia, ya se encuentra en las páginas del Antiguo Testamento» (texto).

Francisco está negando las profecías mesiánicas referidas a Jesús en el Antiguo Testamento. Decir que en las páginas del AT se encuentra la prehistoria de la Iglesia es negar la Revelación, es negar la Palabra de Dios: «escrudiñáis las Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan testimonio de mí» (Jn 5,39). Las páginas del AT dan testimonio de Cristo, no de la historia de la Iglesia

En las profecías del AT se halla una imagen de Cristo, del Mesías, no de la Iglesia. Cada profeta aporta un rasgo distinto de la vida de Jesucristo. Y reuniendo a todos los profetas surge la figura completa y patente de Jesucristo. El AT habla sólo de Jesucristo y, por tanto, del Reino que el Mesías va a predicar, un Reino Espiritual, Glorioso, nunca humano o material.

Francisco es como aquellos discípulos que el Señor decía: «hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas» (Lc 24,25). No cree en la profecía, no cree en el Espíritu de la profecía, sino que lee el AT con su inteligencia, con su filosofía y, por tanto, anula la verdad que la Palabra de Dios da en esas profecías.

En la Iglesia «tenemos aún algo más firme, a saber, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso…» (2 Pe 1,19). En la Iglesia Católica no nos hace falta la inteligencia de Francisco para ser Iglesia, para comprender a Cristo. Francisco no tiene ninguna inteligencia divina. Su palabra es la de un bastardo que no ha comprendido, con su mente humana, la Verdad, sino que divide, de muchas maneras, lo que nunca se puede dividir: el Pensamiento de Dios.

Dios, cuando revela Su Mente, el hombre tiene que abajarse -en su intelecto- para comprender la verdad que viene de esa Inteligencia divina. Si el hombre quita o a añade algo a la Revelación de Dios, automáticamente se pone fuera de la Verdad, y ya no cree a Dios que Revela, sino que cree sólo a su inteligencia humana, a su discurso humano, a su lenguaje de hombre.

«Hemos escuchado el libro del Génesis, Dios escogió a Abraham, nuestro padre en la fe, y le pidió que se marchara, que abandonara su patria natal y se fuera hacia otra tierra que Él le mostraría (cf. Gn 12,1-9). Y en esta vocación Dios no llamó a Abraham solo, como individuo, sino que desde el principio implicó a su familia, a sus familiares y a todos los que estaban al servicio en su casa». Nada dice Francisco de lo que significa esta profecía, sino que pone el énfasis en lo humano y dice una completa herejía: Dios no llamó a Abraham solo sino también a su familia. Esto es hablar sin sabiduría divina, esto no es exponer la doctrina del Reino de Dios, sino la doctrina de su comunismo en la Iglesia, en el Reino de Dios.

Hay muchas promesas al Patriarca Abraham, las cuales muestran la universalidad en una salvación futura. Dan a entender la Fe en el Mesías, que viene para salvar:

El texto del Génesis 12,2s, al que alude Francisco, contiene siete miembros (para dar a entender -incluso en el número- la universalidad de los bienes), la bendición de Dios a Abraham:

1. «Yo te haré un gran pueblo» [que será numeroso: «te bendeciré largamente y multiplicaré grandemente tu descendencia, como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar, y se adueñará tu descendencia de las puertas de sus enemigos» (Gn 22,17)]

2. «te bendeciré» [también en lo material: «Bendijo Yavé por José la casa de Putifar, y derramó Yavé su bendición sobre todo cuanto tenía en casa y en el campo» (Gn 39,5)]

3. «y engrandeceré tu nombre» [que será glorioso: «por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un Nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp. 2, 9-10) ]

4. «que será una bendición» [«Bendito el que viene, el Rey, en Nombre del Señor. Paz en el Cielo y Gloria en las alturas» (Lc 19, 39 ]

5. «Y bendeciré a los que te bendigan» [«Después de la muerte de Abrahám, Dios bendijo a Isaac, su hijo» (Gn 25, 11)]

6. «y maldeciré a los que te maldigan» [«E Isaías clama de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mal, sólo un resto será salvo, porque el Señor ejecutará sobre la tierra un juicio consumado y decisivo (Is 10, 22s)» (Rom 9, 27]

7. «y serán bendecida en ti todas las familias de la tierra».

La razón de todas estas bendiciones es el Mesías, que de Abraham nacerá. Y ese Mesías es el que predicará el Reino escatológico, el Reino de Dios, fundando Su Iglesia.

La razón de esas bendiciones no es el comienzo de la Iglesia, no es el comienzo del pueblo de Dios, sino el inicio de la fe, por la cual Abraham es justificado: «Abraham, contra toda esperanza, creyó que había de ser padre de muchas naciones (…) y no flaqueó en la fe (…) sino que ante la promesa de Dios no vaciló, dejándose llevar de la incredulidad, antes, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios (…) y por esto le fue computado a justicia» (Rom 4, 18.19.20.22).

Con Abraham, Dios inicia la fe del hombre, no de un pueblo. El hombre tiene que aprender a creer en la Palabra de Dios. Dios da a Abraham el don de la fe. No le da unos mandamientos, unas leyes, sino la fe en el Dios que se Revela a Sí Mismo. Porque sin fe no es posible cumplir con los mandamientos de Dios. Una vez que el hombre cree en Dios, se abre a Dios, es cuando comienza a obrar la Voluntad de Dios, que son los mandamientos.

Y esta fe, Dios se la da sólo a Abraham, no a sus hijos, no a su familia. Ellos, bendiciendo a Abraham, tienen la misma fe; siguiendo el camino que Dios le ponía a Abraham, los demás consiguen la fe y son justificados por esa fe.

La fe se da a cada alma, no a una familia, no a una sociedad, no a un grupo de gentes. La fe se inicia en cada uno, en cada corazón. Y según sea la fe en cada alma, así será la familia, la comunidad de personas, la Iglesia.

Como Francisco niega que la Iglesia tenga un fin en sí misma (= «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma»), entonces tiene que negar el origen sobrenatural de Ella, y decir: «Está fundada por Jesús, pero es un pueblo con una larga historia a sus espaldas y una preparación que comenzó mucho antes que Cristo mismo». Es decir, tiene que ponerse a buscar el origen natural de la Iglesia, el origen histórico, el origen en el cual el hombre pensó en la Iglesia, negando así toda Revelación sobre Cristo y sobre la Iglesia. No sabe discernir en el AT lo que pertenece al pueblo de Dios, lo que es del Mesías y lo que es del Reino de Dios. Todo es uno en su mente humana.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro. Y, por tanto, la Iglesia no nace ni con Adán, ni con Abraham, ni con Moisés, ni con ninguno de los Profetas. No existe una prehistoria de la Iglesia, como falsamente enseña Francisco. Existe la Revelación de Dios al hombre. Dios es el que se Revela, el que se da a conocer al hombre y forma Su Pueblo. Ese Pueblo no es la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Son dos cosas totalmente diferentes. Es el Pueblo de la fe en Abraham, pero no es el Pueblo del Reino Escatológico que Cristo va a predicar en su vida humana.

a. «El primer hecho importante es éste: comenzando con Abraham, Dios forma un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y dentro de este pueblo nació Jesús. Es Dios que hace este pueblo, esta historia, la Iglesia en camino. Y ahí nace Jesús: en este pueblo». Esta su herejía consiste en poner a Jesús como miembro espiritual del Pueblo de Dios, que es ya –en su mente- la Iglesia. Gran herejía.

Jesús tiene una existencia histórica, nace en Nazaret, de una Virgen, de la estirpe de David, ha «nacido bajo la ley» (Gál 4, 4):«los israelitas, cuya es la adopción, y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo” (Rom 9, 4-5). Jesús, carnalmente, pertenece al pueblo de Israel

Pero Jesús no nace en esa «iglesia en camino». Dios se revela a Abraham, pero no para fundar una Iglesia. Dios hace salir a Abraham de su tierra, pero no para fundar una Iglesia. Abraham camina hacia la Tierra Prometida, pero no se inicia –en ese camino- la Iglesia, como dice Francisco: «Después, una vez en camino – sí, así comenzó a caminar la Iglesia». Gravísima herejía. La Iglesia no camina con Abrahán. La Iglesia camina con Jesucristo:

Jesús no sólo predicó el Reino de Dios, sino que abrogó toda la economía religiosa del Antiguo Testamento y la substituyó por Su Iglesia: «mientras que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos, habéis sido acercados por la Sangre de Cristo; pues Él es nuestra Paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la Enemistad; anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos, para hacer en Sí Mismo de los dos un solo Hombre Nuevo, y estableciendo la Paz, y reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» (Ef 2, 13-16).

Estas palabras del Apóstol revelan:

i. Jesús instituye una nueva Alianza en Su Sangre (= «habéis sido acercados por la Sangre de Cristo»). Y, por tanto, abroga la Antigua Alianza que Dios, por medio de Moisés, había pactado con el pueblo de Israel en la sangre de las víctimas (Ex 24, 5-8).

ii. El Antiguo Testamento queda abrogado por la muerte de Cristo (= «anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos» ).

iii. Jesús es el Hombre Nuevo y pone Su Iglesia como lugar de reconciliación con el Padre (= «reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» ). La Iglesia nace en la Cruz. No nace en Abraham. No camina con Abraham. La Iglesia camina con el Crucificado, en Su Cruz, desde Su Cruz, por Su Cruz.

Este punto es el más importante para comprender la herejía de Francisco. Porque él quiere irse a la historia, a la prehistoria de la Iglesia. Y se equivoca. No sabe discernir lo que Dios dijo a Abrahám y, por tanto, no sabe leer la historia del pueblo de Israel como esperanza del Mesías, del Reino del Mesías. El pueblo de Israel camina esperando al Mesías, pero no puede hacer Iglesia. Porque la Iglesia la hace el Mesías, no la esperanza del Mesías. Jesús nace en el pueblo de Israel, pero no es del pueblo de Israel, no es de la tradición de ese pueblo, no es del espíritu de ese pueblo.

Jesús cumple con todas los elementos esenciales del Antiguo Testamento: la Circuncisión (Gn 17,10), el Templo (Ex 25,27), el Sábado (Ex 20,8; 31,12), la Pureza levítica (Lev 11), la Prerrogativa del pueblo de Israel (Dt 7,6-14), la Ley misma (Ex 19,24 ).

Pero Jesucristo equipara la Circuncisión a una curación (Jn 7,22), anuncia que el Templo va a ser abandonado y destruido (Mt 23,38; 24,2), quebranta el Sábado y se declara Señor del Sábado y del Templo (Jn 5,18; San Mateo 12,6.8), desecha la Pureza levítica (Mt 15,11), rechaza la Prerrogativa del pueblo de Israel (Mt 8,10ss; 21,43), completa y perfecciona la Ley misma, y quita los indultos de ésta (Mt 5,21-48).

Jesús no es de la Tradición hebrea, sino que viene a poner la Tradición Divina, la doctrina de Dios para que el hombre pueda salvarse y santificarse. Por eso, la Iglesia camina con Cristo, no con Abraham.

b. «Cuando ha llamado a Abraham, Dios pensaba en esto: formar un pueblo bendecido por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre vigente. En Cristo ha tenido su cumplimiento y aún hoy Dios continúa realizándolo en la Iglesia».

1) Cuando Dios llama a Abraham es para dar inicio a la fe en cada hombre

2) Por esa fe, se constituye un pueblo fiel a la Revelación de Dios

3) Los que no son fieles, no pertenecen a ese pueblo

4) La fe en Abraham es figura de la fe en Cristo. Abraham cree en la Palabra de Dios. La Iglesia cree en Cristo, no en Abraham. Por eso, la Iglesia no está en Abraham, sino en Cristo. La fe está en Abraham, porque Abraham cree en la Palabra de Dios: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Hb 1, 1-2)

5) Los pueblos de la tierra no alcanzan todos la bendición, como falsamente dice Francisco, porque hay almas que no creen en Cristo. Y quien no cree recibe la maldición, conforme a la promesa de Dios a Abraham.

6) En Cristo se da el cumplimiento de la Obra del Padre, no de la fe de Abraham. Cristo viene a realizar la obra de Su Padre, que es una obra Redentora. Abraham, por su fe, hizo su obra, la que Dios le pedía. Cristo no da cumplimiento a ninguna obra que los hombres hayan hecho por su fe en el AT. Cristo viene a cumplir el mandamiento de Su Padre: «Entonces Yo dije: Heme aquí que vengo –en el volumen del libro está escrito de Mí- para hacer, Oh Dios, Tu Voluntad» (Hb 10, 7).

Como se ve, Francisco no tiene ni idea de lo que está hablando. Coge la Sagrada Escritura para argumentar, con su labia fina y mordaz, sus herejías, dando oscuridad a toda la Iglesia.

Y este es el problema: la Jerarquía calla las herejías de este hombre y eso produce el cisma, ya no encubierto, sino a las claras. Si nadie se opone al error, entonces todo el mundo haciendo el cisma. Y nadie quiere reconocer lo evidente: Roma se ha separado de Cristo y de la Iglesia. En la catequesis de este hombre sobre la Iglesia se ve lo que nadie quiere ver.

Francisco escupe a la Iglesia

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Francisco ha comenzado una enseñanza diabólica en la Iglesia. Presenta una iglesia que no es la Iglesia verdadera, no es la de Cristo, sino la que su cabeza se ha inventado. Sus enseñanzas están llenas de herejías y son totalmente cismáticas.

1. «Hoy comienzo un ciclo de catequesis sobre la Iglesia. Es un poco como un hijo que habla de la propia madre, de la propia familia. Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia» (Ver texto). Hay que poner los puntos sobre las íes: Francisco no habla como hijo de la Iglesia Católica (porque no cree en el Dios de los católicos), sino que habla como hijo del demonio. Su padre es el demonio y, por tanto, está enseñando la doctrina de su nueva y falsa iglesia, de su familia, de su mundo, de sus ideas locas en la Iglesia.

2. «En efecto, la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma o una organización privada, una ONG, ni mucho menos debe restringir su mirada al clero o al Vaticano…La Iglesia piensa. Pero la Iglesia somos todos. ¿De quién hablas tú? No, de los curas. Ah, la Iglesia son parte de la Iglesia pero la Iglesia somos todos, ¡eh! No limitarla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano. Ellos son parte de la Iglesia pero la Iglesia somos todos, todos familia de la madre. Y la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace en un laboratorio, la Iglesia no nació en laboratorio, no nació improvisadamente».

a. Primera herejía: «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma». Sólo con esta frase, ya podemos decir, con los ojos cerrados, de qué va a hablar Francisco. En esta frase, se anulan muchas cosas, pero la principal una: Cristo Jesús no es Dios. Si Cristo, al fundar Su Iglesia no le pone un fin divino en sí misma, entonces hay que negar la divinidad de Jesús. Jesús fue un hombre que funda una iglesia y que le pone el fin para ese tiempo, un fin humano acomodado a ese tiempo, a esa historia de los hombres, a sus culturas.

Si la iglesia que predica Francisco no tiene una finalidad en sí misma, sino en los hombres, entonces, preguntamos a toda la Jerarquía de la Iglesia: ¿qué estáis haciendo en una iglesia humana, temporal, mecánica, carnal material, política, natural, orgánica, que sólo obra para un fin caduco? No podemos entender cómo la Jerarquía de la Iglesia no se levanta para enseñarle a ese hombre lo que es la verdadera Iglesia.

• ¿Qué enseña la doctrina de la Iglesia sobre el fin de la Iglesia?

i. PIO IX, en la Encíclica «Etsi multa luctuosa», enseña explícitamente: «que existe un doble orden de cosas y que al mismo tiempo hay que distinguir dos potestades en la tierra, una natural… y otra, cuyo origen es sobrenatural, la cual está al frente de la Ciudad de Dios, a saber de la Iglesia de Jesucristo, instituida por Dios para la paz de las almas y para la salvación eterna»: D 1841. En otras palabras, el fin de la Iglesia es la santificación y salvación de los hombres. Es un fin sobrenatural, divino, porque el origen de la Iglesia es sobrenatural, no humano.

ii. LEON XIII de modo igualmente explícito dice en la Encíclica «Inmortale Dei»: «Así como Jesucristo vino a la tierra para que los hombres tengan vida y la tengan abundante (In 10,10), del mismo modo la Iglesia tiene propuesto como fin la salvación eterna de las almas». Más claro, agua.

iii. PIO XII enseña la misma doctrina en la Encíclica «Mystíci Corporís Christi» cuando afirma: «Así como el Hijo del Padre eterno bajó del cielo a causa de la salvación eterna de todos nosotros, del mismo modo fundó el Cuerpo de la Iglesia y lo enriqueció con el divino Espíritu en orden a procurar y a alcanzar la bienaventuranza de las almas inmortales (…) La ciudad cristiana por voluntad de su Fundador es Cuerpo social y perfecto, cuyo fin altísimo es: la constante santificación del Cuerpo mismo para gloria de Dios y del Cordero»

• ¿Qué enseña la Sagrada Escritura?

i. «Predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará» (Mc 16,15). La misión de enseñar está dirigida a la predicación del Evangelio. Y esa predicación es para que los hombres crean en Jesús, para que los hombres lo confiesen, lo adoren, invoquen su nombre. Y esto se hace para alcanzar la salvación del alma. Esto no se hace para darle un gusto a la gente, para entretenerla, sino para indicarle el camino de salvación, el camino del cielo, que es lo que no muestra Francisco: pone un camino humano, un fin temporal al hombre y a la Iglesia.

ii. «Yo soy el Buen Pastor; el Buen Pastor da Su Vida por las ovejas (…) Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga, y oirán Mi Voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor (…) pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas. Mis ovejas oyen Mi Voz, y Yo las conozco, y ellas Me siguen, y Yo les doy la Vida Eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de Mi Mano» (Jn 10,11.16.26-28). Cristo apacienta sus ovejas para darles la vida eterna, para llevarlas al cielo, no a la tierra. Y hay almas que no son de Cristo, no son del rebaño de Cristo, como es Francisco y todo su gobierno horizontal, y toda la Jerarquía que lo apoya: no son de la Iglesia Católica. Los que son de Cristo son los que escuchan la Voz de Cristo, que es la Verdad. Y esos no puede escuchar otras voces, sólo la Voz del Buen Pastor, que se da en la Iglesia en el Vicario de Cristo, en el Papa legítimo. Como Francisco no es el Papa legítimo, sino un usurpador del Papado, entonces los que son de Cristo no pueden escucharlo, no puede seguirlo, porque automáticamente se dan cuenta de que ese hombre no es de Cristo, no habla las palabras de Cristo, sino sus propias palabras, su labia mordaz, su labia fina para confundir a todo el mundo. Y sólo lo escuchan los que no son de Cristo, los que se van a condenar, los que no pertenecen a la Iglesia Católica. Se está en la Iglesia para alcanzar la Vida Eterna que sólo da Cristo a su Rebaño, no a todos los hombres, no al mundo.

iii. «Bien sabéis los preceptos que os hemos dado en nombre del Señor Jesús. Porque la Voluntad de Dios es vuestra santificación (…), que no nos llamó Dios a la impureza sino a la santidad» (1 Tes 4, 3.7). Cristo enseñó una doctrina divina a Sus Apóstoles, unos preceptos, no humanos, no carnales, no naturales, sino sobrenaturales, celestiales, sagrados, divinos. Y quien cumple esa doctrina de Cristo alcanza la santidad de vida, la perfección en todas las cosas: humanas y divinas. La Voluntad de Dios no consiste en dar de comer a los pobres, en llenar estómagos, en resolver problemas sociales, en darle un gusto al mundo. Sino que consiste en santificarse, alcanzar la misma santidad de Dios: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto»

b. Segunda herejía: «La Iglesia piensa. Pero la Iglesia somos todos (…) la Iglesia es una realidad mucho más amplia, que se abre a toda la humanidad».

i. la Iglesia no somos todos, no se abre a toda la humanidad: es claro por el Evangelio: «pero vosotros no creéis, porque no sois de Mis ovejas»

ii. la Iglesia no piensa sino que es la que cree en Cristo, la que tiene fe en la Palabra de Dios, la que sigue las enseñanzas de Cristo; enseñanzas que nadie puede tocar: ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún Papa, puede cambiar lo que ha enseñado Cristo a Sus Apóstoles. El pensamiento de los hombres, en la Iglesia, no hace la Iglesia. La Iglesia Católica es la Mente de Cristo, es la que tiene la Mente de Cristo: «Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo» (1 Cor 2, 16b). Aquella Jerarquía que no posea la Mente de Cristo, como es la de Francisco y todos los que le apoyan, no son de la Iglesia Católica. Aquella Jerarquía que cambie el Evangelio, lo dogmas, la Tradición Divina en la Iglesia no es de Ella. Francisco habla para los suyos: los que están en la Iglesia pensando la doctrina, innovando la doctrina con sus fábulas, cambiando la doctrina según sus interpretaciones filosóficas, políticas, económicas, culturales, de los hombres.

iii. La Iglesia es una sociedad sobrenatural:

a. «Así pues la Iglesia es una sociedad divina por su origen: sobrenatural por su fin y por todo lo que está próximo a su fin» (León XIIII – D 1959). Por tanto, la Iglesia no es una sociedad humana, terrenal, que se abre a toda la humanidad.

b. «Se citan tres sociedades necesarias, distintas entre sí: dos de éstas, a saber la asociación familiar y la sociedad civil son de orden natural; y la tercera, o sea la Iglesia, es una sociedad de orden sobrenatural…, en la cual los hombres, mediante el agua bautismal, entran en la vida de la gracia divina» (PIO XI en la Encíclica «Divini Illius Magistri» – D 2203). Los que no están bautizados no pertenecen a la Iglesia. Los que estando en la Iglesia no tienen fe en Cristo, no son de la Iglesia, a pesar de su Bautismo. Porque la Iglesia es un ser sobrenatural, no natural. Y, por tanto, se está en la Iglesia para un fin sobrenatural, no natural. No se hace la Iglesia para reunir a todos los hombres en una comunidad, que es lo que quiere Francisco: abrir la Iglesia al mundo, a todos los hombres. Se está en la Iglesia para obrar lo divino, no lo humano. Por eso, mucha gente que dice que cree en Jesús, realmente no cree porque sólo obra para un fin natural, social, civil, material, en la Iglesia. Es necesario un amor sobrenatural para conseguir este fin. Y, por eso:

c. «La sociedad cristiana es elevada a un grado, que supera enteramente todo orden natural» (Pío XII en la Encíclica «Mystici Corporis»). La Iglesia da la Gracia, que es el amor divino, para poder conquistar este fin sobrenatural, que tiene en Sí Misma. En todos los Sacramentos se da la gracia que lleva a lo sobrenatural:

i. En el Bautismo el fin es la vuelta a nacer de naturaleza sobrenatural en virtud del Espíritu Santo (Jn 3,3-5);

ii. en la Confirmación el fin es la entrega del don del Espíritu Santo (lHec. 8,14-17);

iii. en la sagrada Eucaristía el fin es la participación de aquella vida sobrenatural y eterna por la que los fieles vivan a causa de Jesucristo (Jn 6,53-58);

iv. en la Penitencia el fin el perdón verdadero de los pecados (Jn 20,21-23);

v. en la Santa Unción el fin es el alivio y la salvación del enfermo y el perdón de sus pecados (Sant 5,14-15);

vi. en el Orden el fin es conferir la gracia y la virtud para cumplir denodadamente el ministerio del Evangelio (2 Tim 1,59);

vii. en el Matrimonio el fin es darles la gracia a los contrayentes, por la que éstos puedan imitar aquella unión y amor mutuo, con los que Jesucristo se une a la Iglesia y ama a ésta (Ef 5,22-32).

c. tercera herejía: «ni mucho menos debe restringir su mirada al clero o al Vaticano (…)No limitarla a los sacerdotes, a los obispos, al Vaticano. Ellos son parte de la Iglesia».

i. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Es decir:

a. Su Cabeza es Cristo;

b. Su Alma (= a modo de alma, en sentido analógico) es el Espíritu Santo;

c. Sus miembros: los hijos de Dios.

ii. Y Cristo, funda Su Iglesia en Pedro, que es Jerarquía, la cual no es una cabeza aparte en la Iglesia, sino el mismo Vicario de Cristo. No está fundada la Iglesia en los demás fieles, en los Apóstoles, sino en una piedra, para que haya una sola cátedra, una sola fe, una sola enseñanza, un solo Señor. Para que los hombres obedezcan a un hombre, que es el Vicario de Cristo, que da la misma Mente de Cristo. Y, por eso, la Jerarquía no es una parte de la Iglesia, sino el mismo fundamento de la Iglesia:

«El Señor dijo a Pedro: “Yo te digo que tu eres Pedro”, etc. Edifica la Iglesia sobre uno solo. A este mismo después de su resurrección le dice: “Apacienta mis ovejas” y le confía a él las ovejas para que las apaciente. Y aunque a todos los Apóstoles después de su resurrección les conceda una potestad semejante (San Juan 20,21-23), sin embargo a fin de poner en claro la unidad, ordenó con su propia autoridad el origen de esta misma unidad que tuviera su principio en uno solo y constituyó una sola cátedra. Ciertamente también los otros Apóstoles eran esto que fue Pedro, al estar dotados de consorcio análogo de honor y de potestad, sin embargo el comienzo parte de la unidad a fin de que la Iglesia de Jesucristo se muestre única. Y el Primado se le otorga a Pedro a fin de que aparezca una sola cátedra». (San Cipriano – R 555).

iii. En la Iglesia se mira a Pedro y, en Pedro, a toda la Jerarquía. Son ellos los que tienen el poder en la Iglesia: el poder para gobernar, enseñar y santificar. Los demás, en la Iglesia, son nada. No tienen ningún poder. No hacen nada. Porque se salvan y se santifican obedeciendo a la Jerarquía, no haciendo cosas en la Iglesia. La Jerarquía lo es todo en la Iglesia, no es una parte.

Cuando un hombre habla así de la Iglesia Católica, sin apoyarse en el Magisterio de la Iglesia ni en los Evangelios, sin apoyarse en lo que los Santos han dicho sobre la Iglesia, entonces es claro que su enseñanza no viene de Cristo. Que Francisco no pertenece a la Iglesia Católica, sino que pertenece a su iglesia, una iglesia universal, donde entren todos y donde todos los hombres puedan opinar, puedan pensar la Iglesia. Sólo al comienzo de su exposición, Francisco ha dado cantidad de errores, que no se pueden seguir, que no se pueden aceptar de ninguna manera.

Y en los errores que da a continuación se ve la negrura de su alma, se ve su falta de fe, se ve para qué está en la Iglesia, para qué la está gobernando.

No pierdan el tiempo con esas catequesis. Luchen contra la mente de Francisco, muestren la Verdad a toda la Iglesia, pero no pierdan la paz por lo que dice ese hombre. Ese hombre ha perdido la sensatez espiritual. No sabe decir ni una Verdad bien dicha. Sólo sabe hablar y hablar para confundir a todo el mundo. Ése es su objetivo. No tiene otro. Los que tienen dos dedos de frente, saben muy bien de qué está hablando ese hombre en estas enseñanzas del demonio.

Francisco es la voz de un nuevo y falso Papado en la Iglesia y, por tanto, es la base para construir una nueva herejía, una nueva iglesia sin verdad, sin fundamento en la Revelación, sino sólo en lo que piensan los hombres. Y quien da culto al pensamiento del hombre se vuelve dios en la Iglesia.

La Iglesia es la Eucaristía. Ahí está toda la Iglesia. Y quien no viva a Cristo en su corazón, sólo lo destruye con su mente humana, que es lo que hace Francisco.

Cuando una cabeza no habla como Papa la confusión reina en toda la Iglesia

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La Iglesia carece de una cabeza que hable como Papa.

La Iglesia tiene a un hombre sentado en la Silla de Pedro que no habla como Papa.

La Iglesia no sigue a un hombre que se sienta en la Silla de Pedro, sino que sigue a un hombre que hable como Papa.

Y la palabra de un Papa es la Verdad en la Iglesia. Y aquel hombre, sentado en el Trono de Pedro, que no dé la Verdad, no es Papa.

«No debemos ver los Diez Mandamientos como limitaciones a la libertad, no, esto no es así. Sino que los debemos ver como signos de libertad» (Francisco, 9-06-2013).

Sólo la Verdad da la libertad al hombre (cf. Jn 8, 32); pero el hombre es libre, aunque permanezca en la mentira.

Conocer la Verdad hace que la Verdad libere al hombre, dé libertad al hombre.

Pero el desconocimiento de la Verdad, produce esclavitud en el hombre. Y, sin embargo, el hombre esclavo sigue siendo libre.

Es necesario discernir la libertad en el hombre:

a. el hombre es libre por naturaleza, porque su voluntad es libre, porque puede elegir entre muchas cosas;

b. el hombre es libre en su pensamiento, porque encuentra una verdad que lo libera de su error;

Son dos libertades diferentes. Y, para hablar de las dos, hay que hablar del pecado y de la virtud en el hombre. Hay que hablar de la expiación del pecado, de la Cruz de Cristo.

El pecado de soberbia produce la esclavitud del pensamiento del hombre a la mente del demonio. En este pecado, el hombre sigue siendo libre en su voluntad. Se es esclavo de la soberbia, pero libre para salir o no salir de esa soberbia.

La virtud de la humildad produce la liberación del pensamiento del hombre de cualquier atadura que el demonio o los hombres pongan en su vida. El humilde conoce la verdad y se pone por encima de cualquier mentira, de cualquier opinión, de cualquier juicio, humano o diabólico.

El demonio ata al hombre con una idea; los hombres atan a los hombres con sus ideas.

El hombre humilde es libre porque no se somete a los pensamientos de ningún hombre, que den el error, el engaño, la mentira, la falacia, la oscuridad.

El pensamiento del hombre es libre cuando obedece a la Verdad. El pensamiento del hombre es esclavo cuando se somete a la mentira, venga ésta del demonio, de los demás hombres o de su misma inteligencia humana.

Un hombre mentiroso esclaviza a las almas a su mentira, las abaja a su oscuridad mental; hace que las mentes de las personas se sometan, se inclinen, a sus mentiras.

Un hombre fiel a la Palabra de Dios da la libertad a las almas; hace que los pensamientos de los hombres vuelen a Dios. Hace que el hombre viva sin depender de la mente de otro hombre.

No matar, ¿es un signo de libertad? ¿Soy libre para no matar? ¿Soy libre para algo más que no matar? ¿Soy libre porque no mato? ¿Soy libre porque cumplo los mandamientos?

No matar significa que Dios pone una ley al hombre que no puede traspasar. Si la traspasa, entonces peca. Y peca libremente, con su voluntad libre. Luego, no matar no es un signo de libertad, no es una indicación para la libertad.

El hombre es libre, mate o no mate. El hombre es libre, adultere o no adultere.

Dios prohíbe en sus mandamientos. Dios no limita en sus mandamientos. Dios da una norma moral al hombre, que es libre por naturaleza, no por el mandamiento. Y esa norma moral no es para su libertad, no «nos enseñan a evitar la esclavitud a la que nos reducen los muchos ídolos que construimos nosotros mismos» (ibídem). Esos signos nos enseñan a no pecar, a no ofender a Dios. El mandamiento de Dios nos lleva a la libertad del pensamiento porque hace al hombre humilde.

La penitencia, la expiación del pecado es lo que enseña a no ser esclavos de las cosas humanas, materiales, carnales, etc.

Francisco no distingue el pecado de la virtud; la libertad por naturaleza y la libertad que produce la obra de la humildad. Y, por tanto, tampoco habla de la esclavitud que se obra cuando se peca. Y menos de la expiación del pecado.

«No debemos ver los Diez Mandamientos como limitaciones a la libertad» (ibídem): es que los mandamientos de Dios son prohibiciones, no son limitaciones. Dios no limita al hombre con sus mandamientos. Dios le prohíbe. Y prohibir no es limitar. Prohibir es marcar el camino para la libertad del pensamiento humano. Si Dios no prohibiera, entonces el hombre no sabría la Verdad de las cosas, porque todo sería verdad, todo sería bueno, todo sería agradable para pensar y para obrar. Todo sería un Paraíso.

Porque el hombre ha pecado, Dios tiene que enseñarle el camino para salir de su pecado, y sólo así el hombre alcanza la libertad fuera del pecado.

El hombre es libre, en su pensamiento, cuando no peca, cuando obedece lo que Dios prohíbe. Pero si el hombre ve el mandamiento de Dios como una limitación a su pensamiento, entonces el hombre se hace esclavo de su propio pensamiento, de su propia soberbia, y busca -en el mandamiento de Dios- un signo para la libertad de su pensamiento.

Los mandamientos de Dios no significan libertad, sino prohibición divina, camino divino hacia la libertad del pensamiento. Se es libre cuando el hombre comienza a someterse a la Mente de Dios.

Francisco se olvida de la prohibición divina sobre las cosas de este mundo y, por eso, hace su homilía, en la que no es capaz de discernir ninguna verdad. Sólo va a lo que va: amar al hombre.

El pecado es la esclavitud a Satanás. El pecado no es la esclavitud a las cosas humanas, materiales, naturales, carnales, etc. Se es esclavo del dinero, del sexo, etc., porque se es esclavo del demonio, de su mente, al cometer un pecado contra Dios, al no cumplir con un mandamiento divino.

Y se comete ese pecado con libertad, libremente. Y ese pecado esclaviza el pensamiento del hombre: le impide conocer la verdad, que le hace libre. No encuentra el camino de la liberación, porque el hombre se ató a la mente del demonio.

Aquí Francisco habla de una libertad en el pensamiento, no en la voluntad. Pero de una falsa libertad en el pensar.

Existe el mandamiento de no matar. Ese mandamiento hace libre la mente del hombre para buscar una idea más perfecta a la de no matar. Ese no matar es un signo de que la mente del hombre tiende hacia la libertad del pensamiento. Y, entonces, el hombre es libre para pensar en algo más que el pensamiento de no matar.

No matar es un «sí al Amor para defender al ser humano y guiarlo hacia la verdadera libertad» (ibídem). Esta es la falsedad en la libertad de pensamiento, que predica Francisco.

Para Francisco no matar nos lleva a este pensamiento: defender al ser humano. Si no mato, defiendo al hombre (que no mato). Francisco no dice: Si no mato, no pecó contra Dios.

Francisco dice que hay que pensar en el mandamiento de no matar para defender al hombre (que no mato), para guiar al hombre (que no mato) hacia la libertad verdadera. Y, ¿para qué quiero defender al hombre (que no mato) con el mandamiento de no matar? Para defender a un hombre no hace falta ir al mandamiento. Para no matar a un hombre sólo hay que cumplir el mandamiento de Dios. No hay que pensar que no tengo que matar a un hombre porque hay que defenderlo de la muerte.

Esta es la trampa del lenguaje de Francisco. Dice una frase muy hermosa, pero vacía de contenido. Con lo fácil que es decir: no mates para no ofender a Dios. Francisco dice: no mates para defender al hombre. Cumple con los mandamientos de Dios para defender al hombre, para amar al hombre, para respetar al hombre.

Francisco confunde pecado y expiación del pecado. Es una sola cosa en él, en su mente humana. No los distingue, no los discierne. Sino que los junta y así predica una barbaridad.

No matar es un sí a la libertad del hombre en su pensamiento; no es un sí a la defensa del ser humano. Quien cumple el mandamiento de Dios recibe en su alma la humildad, con la cual la persona ve el camino para obrar la verdad, que la hace libre en su vida humana, que la hace obrar aquello que Dios quiere que se dé a los hombres.

Para Francisco, cumplir con los mandamientos lleva a una idea más perfecta en lo humano: defender al ser humano y guiarlo hacia la verdadera libertad. Pero, para Francisco, cumplir con los mandamientos no lleva a la práctica de la virtud, a una obra divina perfecta; no lleva a la lucha contra el pecado; no lleva a discernir las diferentes voluntades de los hombres para poder obrar la Voluntad de Dios, que es lo que salva al hombre.

Para Francisco, cumplir con los mandamientos divinos lleva a una idea humana, a un ideal humano, a un plan humano, a un obra humana. Nunca a algo espiritual, a algo divino, a algo celestial. Siempre Francisco predica al hombre y para el hombre.

Es la trampa de su lenguaje maquiavélico.

Los mandamientos de Dios nos hacen libres, ¿para qué? ¡Si ya somos libres! Si el mandamiento de Dios no imprime más libertad al hombre, ni disminuye su libertad. Si el hombre es libre perfectamente, no imperfectamente. El hombre tiene toda la libertad para elegir en su vida lo que quiera, sin que nada ni nadie impida esa libertad, ni siquiera el demonio.

Dios no da su ley divina para que el hombre sea libre. Dios da su ley divina para que el hombre obre de forma divina. Para que haga un bien divino. Y esto lo puede hacer el hombre porque es libre de seguir ese mandamiento o de no seguirlo.

El mandamiento de la ley de Dios no es una limitación a la libertad del hombre. Cuando Dios da su ley no limita ninguna libertad humana, sino que pone un camino a la libertad del hombre. Un camino divino. El hombre sigue siendo libre en ese camino, pero más perfecto en su vida humana. El hombre alcanza la perfección de la libertad del pensamiento.

El demonio, al sugerir al hombre que vaya en contra de la ley de Dios, pone al hombre un camino demoníaco. El hombre sigue siendo libre, pero esclavo de un pecado, que le impide la perfección de su vida humana. Su pensamiento es sólo oscuridad, error, imperfección, maldad.

Los mandamientos de Dios ni limitan ni indican la libertad. Esta es la trampa del lenguaje de Francisco. Y muchos todavía no saben discernir ese lenguaje, y se tragan barbaridades de ese hombre, que no tiene ni idea de lo que es la vida espiritual.

Francisco siempre habla a la mente del hombre, nunca habla al corazón del hombre. Siempre le da al hombre lo que éste le gusta escuchar, pensar, meditar, leer. Pero es incapaz de dar una Verdad como es.

Los mandamientos de Dios «constituyen una especie de ‘código ético’ para construir sociedades justas, a medida del hombre» (ibídem). Lo que da Dios es para hacer un mundo divino, no un mundo humano. Quien quiera construir una sociedad justa a la medida del hombre no tiene que cumplir los mandamientos de Dios.

¿Quién cumple hoy la ley divina en el mundo, en los países, en las familias, en las sociedades? Nadie. Y todos están contentos porque han construido una sociedad a su medida humana. El aborto está aprobado en todas partes. Y el aborto va en contra de la ley de Dios: no matar. Y la gente mata y produce una sociedad perfecta, a su medida humana.

Francisco siempre va a hablar su demagogia, su política. Siempre da un rodeo a la verdad y pone una frase tan hermosa, pero tan herética. Los mandamientos son algo para inventarse una sociedad como le gusta al hombre. Esto es su comunismo. Aprovecha la ley de Dios para poner su ética humana, su ley humana.

Los mandamientos de Dios son un código para que el hombre no peque, huya del pecado, luche contra el pecado, arremeta contra los que pecan, juzgue a los que pecan. Y sólo así se puede hacer una ética que sirva al hombre. La ley ética es el fruto de obrar la ley divina. La ley ética no es la ley divina. Porque se cumple la ley divina, el hombre tiene una ética en su vida humana, en su vida social.

Los mandamientos de la ley de Dios no constituyen una ley ética, no la forman. Ayudan al hombre a vivir una ética en su entorno social, familiar, etc. Los mandamientos de Dios producen la virtud, obran la virtud, hacen al hombre más perfecto en toda su vida humana.

Francisco no enseña nada de esto, porque lo confunde todo. No sabe discernir entre ley divina y ley ética. Y, por supuesto, no sabe lo que es la ley moral, la moralidad de las acciones de los hombres, que es distinto a la ley divina y a la ley ética.

«Los Diez Mandamientos nos enseñan a vivir el respeto de las personas, venciendo la codicia de poder, de posesión, de dinero, a ser honestos y sinceros en nuestras relaciones, a cuidar toda la creación, a fomentar ideales altos, nobles, espirituales»(ibídem).

Los mandamientos divinos no nos enseñan a vivir el respeto a la persona humana, porque quien tiene respeto humano peca contra la ley de Dios.

La ley de Dios no es para respetar al hombre, el pensamiento del hombre. La ley de Dios es para que el hombre respete el pensamiento de Dios, obedezca la Mente Divina.

Este es el lenguaje humano de Francisco en sus homilías. Siempre es así. Lo divino lo abaja a lo humano, a lo material, a su capricho, a su inteligencia humana.

Los mandamientos de Dios no enseñan a vencer la codicia de poder, ni la avaricia, ni a ser honestos, sino a no pecar. Vencer la avaricia, el orgullo, se hace con la penitencia del pecado, con la vida de mortificación, con la Cruz de Cristo. No pecar no es signo de vencimiento. No pecar significa obrar la Voluntad de Dios. Pero para obrarla en cada segundo de la vida es necesario no pecar en cada segundo. Y eso sólo se consigue con la penitencia. Sin penitencia en la vida, la confesión del pecado es una ilusión, un engaño, un teatro.

Dios da el mandamiento para que el hombre obre su voluntad; pero Dios necesita que el hombre cumpla algo más que su ley divina para poder permanecer en la libertad. Y, por eso, sin lucha espiritual, no se puede cumplir los mandamientos divinos: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme» (Mt 19, 21)

«Los Diez Mandamientos no son un himno al ‘no’, sino al ‘sí’» (ibídem). Precisamente la esencia de los mandamientos de Dios son el himno al no: prohibiciones. Y no son otra cosa que un himno al no.

«Un ‘sí’ a Dios; el ‘sí’ al Amor… y porque yo digo ‘sí’ al Amor, yo digo ‘no’ a no Amor» (ibídem). Para decir sí a Dios hay que decir primero no al pecado. No se puede decir sí a Dios con un sí al Amor. Es un absurdo. Para dar la voluntad a Dios, libremente, hay que liberarse de la mente del demonio con un no a su mente. Quien no dice un no al demonio, no puede decir un sí a Dios. No es primero un sí al amor, sino un no al odio: «No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple con la Voluntad de Mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7, 21). No es un sí a Dios para decir un no al pecado. Es un no al pecado, es obedecer una prohibición divina, para decir sí a Dios. En esta frase, Francisco anula el pecado. Con decir sí a Dios es suficiente para no pecar. El alma no tiene que esforzarse por decir no al pecado, porque ya es santa y justa.

«Pero el ‘no’ es una consecuencia del ‘sí’, que viene de Dios y nos hace amar» (ibídem). Si Dios nos hiciera amar entonces no pondría ningún mandamiento divino. No haría falta. Si ya amo, ¿para qué decir un no al demonio?

Muy pocos saben leer a Francisco. Muy pocos saben pensar cuando leen. Muchos se lo tragan todo de ese hombre, y sus mentes se vuelven más oscuras, más tenebrosas. Porque aceptar la mente de Francisco, su idea del Evangelio es pensar como él en la Iglesia y, por tanto, es dedicarse a él en la Iglesia. Es respetarlo en su mentira. Es obedecerle en su mentira. Es esclavizarse a su mentira.

La Iglesia está tan oscura porque la Jerarquía de la Iglesia no da la claridad de la Verdad, la luz de Dios en todas sus palabras y sus obras. Y si las almas no conocen la Verdad, las almas son esclavas del demonio en la Iglesia.

La Iglesia no tiene una cabeza que la guíe en la Verdad. Y eso significa sólo una cosa: el cisma en la cabeza, la división en la cabeza. Unos contra otros. Cardenales contra cardenales, obispos contra obispos, sacerdotes contra sacerdotes, fieles contra fieles.

Estamos en los tiempos del Anticristo

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Para que un Papa hable ex cathedra no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, se llamen bulas, encíclicas, decretos, etc., en los que con toda solemnidad defina alguna verdad revelada. Lo único que se necesita que el Papa hable como Papa y sea maestro de la Verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve, homilía, etc., no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.

Aunque el Papa se dirija a un hombre, en una carta, está enseñando a toda la Iglesia. Las entrevistas que hizo Juan Pablo II y las de Benedicto XVI (incluso las que ha hecho habiendo renunciado al Papado) son documentos ex cathedra. Un Papa nunca se desliga de la Iglesia cuando habla como Papa. Por eso, un Papa no puede tener vida privada. Es para toda la Iglesia y es para todo el tiempo en que vive, hasta su muerte.

Lo único que compromete la infalibilidad de un Papa es un error doctrinal. Otro tipo de errores (modo de resolver un asunto, etc.) no van contra la infalibilidad.

Por eso, nunca un Papa puede enseñar la herejía. Nunca. Si la enseña, entonces es necesario concluir que no es Papa.

De aquí es claro que Francisco no es Papa, porque enseña la herejía. Ahí tienen sus homilías, sus declaraciones a la prensa, sus encíclicas, que claramente no son el magisterio vivo de Pedro en la Iglesia.

Y muchos se confunden en esto de la enseñanza ex cathedra. Y, por eso, siguen sin ver a Francisco como lo que es: no es Papa. Sí, como hombre también se equivoca, pero dice cosas que están bien.

Un Papa nunca se equivoca en cuestiones doctrinales. Nunca. Por eso, mandar hacer una encuesta es una equivocación doctrinal; llamar por teléfono a una mujer malcasada, es el inicio de un cisma; convocar un sínodo para destruir la familia es consagrar la Iglesia a Satanás; poner como modelo de teología la obra de un hereje y de un cismático, como es Kasper, es hacer que el mundo se ponga a los pies de Francisco.

El colapso de la Iglesia Católica no es signo de división en Ella, sino sólo da a entender que se ha perdido la fe en mucha Jerarquía. Lo que divide la Iglesia es su participación en la creación de una nueva iglesia mundial, una religión mundial, que es lo que hemos visto desde hace más de un año, cuando Francisco inicia la falsedad de su Papado.

Francisco se ha ido al mundo para hablar a todos de hacer una nueva forma de adoración a Dios. Esas son sus dos declaraciones a la prensa, y sus diálogos con los judíos, protestantes, musulmanes y jefes de gobierno.

La liquidación del Papado, poniendo su gobierno horizontal con todo el aparato económico, es claro ejemplo de división en toda la Iglesia. El gobierno de la Iglesia es, en estos momentos, una dictadura. Todos tienen que obedecer lo que viene de Roma. Y lo que viene de ahí es el comunismo y el protestantismo. Ya no es el catolicismo. Ya de Roma no viene la Verdad, sino la mentira. Y una mentira que todos pueden ver.

Los Obispos del mundo están con la soga al cuello; porque ven la herejía en el que se sienta en la Silla de Pedro, pero tienen que callar. Y el que calla otorga, hace alarde de sabiduría mundana. Y, por eso, «cuando el error no es combatido termina siendo aceptado; cuando la verdad no es defendida termina siendo oprimida» (San Félix III, Papa).

Todos van a aceptar lo que proponga Francisco en el Sínodo: una herejía; porque ahora no combaten las palabras de Francisco y de Kasper. Sólo muy contados Obispos y Cardenales, viejos por experiencia, que tienen sabiduría divina, han hablado. Los demás, la mucha Jerarquía que queda, está dividida; y muchos dando coba a Francisco.

Ya la Verdad no se defiende en la Iglesia. La gente habla y habla de tantas cosas, da sus opiniones sobre todo, comienzan a criticar a todo el mundo, a los Papas anteriores y, después, siguen besando el trasero de Francisco, lo siguen llamando Papa. Es algo sin sentido común. Algo que no entra en la cabeza, cómo esta de ciega la gente.

Si se pierde la Verdad, se pierde el alma.

El alma sólo se alimenta de la Vida Divina. Y ésta es la Obra de la Palabra de Dios. Dios obra Su Palabra en el corazón de la persona que acepta la verdad. Y obrar la Palabra Divina es vivir de manera divina en lo humano.

Cuando no se enseña la Verdad, entonces se enseña a caminar hacia el infierno del alma.

Cuando no se combate el pecado, entonces éste se hace vida en las almas.

Cuando el amor no es vencido por la mentira, entonces hace caminar al alma hacia la verdad de su vida.

La muerte de muchas almas es porque han aceptado la mentira que viene de Roma, que está en la boca de Francisco todos los días, que es la propaganda de la Jerarquía que apoya a Francisco, que es la obra de tantos fieles de la Iglesia que se han creído maestros de todo en Ella.

La Iglesia no es un juego de los hombres, sino la posesión de la Verdad en el corazón del que cree en Jesús. Quien cree en la Palabra del Verbo Encarnado, obra la Iglesia. Quien no cree, la destruye con su palabra humana.

Quien no quiera poseer la Verdad, sino que va buscando las verdades de los hombres, entonces hace de la Iglesia su propio negocio entre los hombres.

La Iglesia se ha convertido en una ONG por la falta de fe de toda su Jerarquía. No es que la Jerarquía vaya tras el dinero o el puesto en el gobierno eclesial. Eso no es el problema, porque siempre el pecado de avaricia, de orgullo, de lujuria, está en todos los hombres. El problema de la Iglesia actual es que su Jerarquía no cree en nada. Sólo cree en lo que encuentra con su razonamiento humano en todas las cosas divinas. Han abajado a Dios a su concepción humana, a su visión humana, a su ley humana.

Y este problema: no hay fe; es lo que va a producir el cisma en toda la Iglesia.

El cisma significa alejarse de la Verdad. Y esto se puede hacer de muchas maneras.

Francisco ya lo ha hecho con el Papado: se ha alejado del dogma del Papado con su gobierno horizontal. Y nadie ha captado este cisma. Nadie lo llama cisma. Porque todos han perdido la fe en el Papado. Se han dedicado, durante 50 años, a triturar al Papa reinante. Y esa desobediencia de muchos Cardenales y Obispos, es el fruto del gobierno horizontal.

Ese gobierno no sólo lo componen ocho cabezas más los secretarios y otros elementos añadidos. Ese gobierno está compuesto por la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, que son más de la mitad de Ella. Hay más Jerarquía que se viste de lobo, que Jerarquía auténtica. Son pocos los sacerdotes, los Obispos, que tengan fe en Cristo y en Su Obra, la Iglesia.

No se puede decir que son más los verdaderos, porque entonces no se puede comprender la situación a la que ha llegado toda la Iglesia: a un colapso en la fe, en la verdad. Si nadie lucha por toda la Verdad, entonces todos se pierden en la mentira, y van caminado hacia el infierno. Y la Jerarquía que ya no enseña la verdad lanza a las almas al fuego del infierno. Todos quieren ese gobierno horizontal porque es lo que han practicado durante 50 años a espaldas del Papa reinante. Claro, nadie lo llama cisma.

Muchos fieles se están alejando de la Verdad al aceptar la mentira que viene de Francisco todos los días. Si Francisco no es Papa, entonces lo que enseña siempre aleja de la verdad. A la larga, produce el alejamiento de la verdadera doctrina y eso lleva, de forma inevitable, al cisma.

No se cae en la cuenta de que Francisco es un falso Profeta. Y todo aquel que escucha y aprende de un falso Profeta, se coloca en la mentira, en el engaño, en el error.

No se cae en la cuenta de la gravedad de lo que significa tener a un usurpador sentado en el Trono de Pedro. Como lo ven una persona amable, humilde, cariñosa, buena,.., ahí está la trampa del demonio.

Francisco es el mayor engaño de Satanás a la Iglesia. A muchos les cuesta creer que un Papa pueda ser hereje y cismático. A mucha Jerarquía no les entra en la cabeza que la figura del Anticristo y del Papa sea una misma. Se aferran a la idea de que el Vicario es luz siempre en la Iglesia, la seguridad última para saber dónde está la Verdad, porque donde está el Papa está la Iglesia. No pueden entender que no haya Papa en la Iglesia o que un Papa sea el Anticristo.

Y no lo comprenden sólo por su falta de fe, porque viven de espaldas a la Palabra de Dios, que es clara cuando se trata de la Iglesia: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). En estas palabras se dice que la Iglesia es perdurable y, por tanto, la dignidad de Pedro también lo es. Si la Iglesia no perdura, no llega hasta el final, sino que es vencida por el demonio, entonces también la figura de Pedro se tiene que acabar.

Si Satanás pone su Papa en la Iglesia, es claro que la Iglesia ha acabado, porque ese Papa ya no tiene la dignidad de Pedro, no es el sucesor de Pedro. Y, por tanto, esa Iglesia, que lidera, no es la de Cristo, sino la del demonio.

Si no se puede creer que Satanás puede poner su Papa en la Silla de Pedro, entonces hay que anular la Palabra de Dios. Muchos lo hacen y, por eso, siguen llamando a Francisco como Papa. No ven el engaño del demonio en la Silla de Pedro. Y, por lo tanto, no ven la falsa iglesia que Francisco está montando sobre los restos de la Iglesia Católica.

Hoy las almas no atienden a la Verdad de la Palabra, sino que están en la Iglesia buscando sus verdades, sus razonamientos, sus ideales, sus políticas, sus espiritualidades. Todos se han inventado la Fe en Cristo y las obras en la Iglesia. Nadie vive de fe auténtica en Ella.

Por eso, se está al inicio de la mayor herejía de todas. Y esa herejía hará temblar al mundo, porque el mundo vive de lo que la Iglesia ofrece. Si ésta construye la Verdad, entonces el mundo camina hacia su salvación; pero si ésta destruye la Verdad, el mundo se impone en la misma Iglesia y lo acaba todo, lo destruye todo.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

Una Iglesia sumergida en el error

Jesus Rey

La Iglesia se halla sumergida en el error, acogido y propagado por muchos, desconociendo la Verdad del Evangelio: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?” (Rm 6, 2).

Las tinieblas del pecado han descendido sobre la Iglesia porque vive en el pecado. Jesús ha dado muerte al pecado con Su Muerte, pero muchos siguen viviendo según la carne y, por tanto, “no pueden agradar a Dios” (Rm 8, 8). Sólo los que “son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) y, por tanto, no viven según la carne, sino que son de Cristo.

Cristo no pertenece al mundo, Cristo no da la alegría del mundo, sino al Espíritu de Dios. Cristo no vino al mundo para dejar al hombre en sus pensamientos humanos, en sus vidas humanas, en sus obras humanas, sino que vino para darle una nueva Vida, que no es de este mundo, que no se puede encontrar en este mundo, porque es un don de Dios.

Pero hay que ganarse ese don de Dios luchando contra el pecado, que impide que se manifieste el Espíritu de Dios en el hombre. Y, en consecuencia, impide la verdadera alegría en el corazón.

Hay que arrancar de sí las raíces del pecado, que son las vestiduras del hombre viejo, para poder vestirse del hombre nuevo, del Nuevo Adán, que quiere asumir toda carne y llevarla a la Gloria de Dios.

Pero si los hombres desechan la Palabra de Dios, que es el camino para salvar y santificar al hombre, entonces Cristo no puede habitar en los corazones de los hombres y sus vidas se pierden sólo en las oscuridades del mundo.

Si el mundo está pervertido por el pecado, va a alcanzar la máxima perversión por la apostasía de la Iglesia, porque un gran mal significa para el mundo que un hereje esté sentado en la Silla de Pedro.

Si en la Iglesia primitiva, los gentiles obtuvieron la salvación por el pecado de los judíos: “su reprobación es reconciliación del mundo” (Rom 11, 14), ¿qué será del mundo, del pueblo gentil, ahora que la Iglesia vuelve la espalda a Su Salvador? ¿Qué castigo no vendrá al mundo y a la Iglesia?

En la Iglesia primitiva había fe en la Palabra para transformar los corazones de los hombres sin Dios. Las almas creían sencillamente en el Evangelio y daban testimonio de la Verdad con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos.

Pero en la Iglesia del siglo XXI, las almas carecen de fe en la Palabra de Dios y han vuelto a lo de antes, a lo que los fariseos vivían y obraban: en las promesas de un Mesías terreno, temporal, humano. Hoy se busca en la Iglesia el Paraíso en la tierra, la felicidad en la tierra, a un Mesías, a un rey, a un hombre que dé palabras de apoyo, de confianza, de seguridad en las cosas materiales, en lo humano de la vida.

Las almas han perdido el objeto de la fe: a Cristo. Ya no miran la Vida que Cristo ofrece en cada Eucaristía, sino que andan mirando sus vidas humanas y buscando un camino para ser feliz en esas vidas de hombre.

Las almas en la Iglesia prefieren a un gobernante que les hable de forma bella, agradable, que se ocupe de los asuntos del mundo, que a un gobernante que les diga la Verdad.

No quieren escuchar la Verdad, pero sí quieren acoger la mentira como verdad. Están dispuestos a morir por la mentira de sus vidas y a enseñar esas mentiras a otros en la Iglesia. Y eso da lugar a que se extienda la apostasía como una mancha de aceite hasta que llegue a su culmen.

Cristo ha abandonado a Su Iglesia. Cristo calla ahora en Su Iglesia. No se manifiesta por su Jerarquía, que debe ser la Voz de Cristo en la Iglesia. Y eso es un castigo para toda la Iglesia. Porque la Iglesia es lo que son sus primicias: “si las primicias son santas, también la masa; si la raíz es santa, también las ramas” (Rm 11, 16).

Y la Jerarquía de la Iglesia no es santa, sino pecadora, pervertida, corrupta. Por lo tanto, también la masa, también el Cuerpo de Cristo está lleno de pecadores, de perversión y de corrupción. Y, donde reina el pecado, no reina Cristo. Donde se comulga con la mentira no puede haber unión con la Verdad. Donde se obedece al error es imposible vivir la libertad de los hijos de Dios.

Cristo calla en Su Jerarquía porque ésta mira el pecado como solución para la vida de la Iglesia en muchos. Pero Cristo no calla en las almas de la Iglesia, porque cada alma ha sido redimida por la sangre de Cristo. Y, por lo tanto, Cristo guía, ahora, a su Iglesia desde el Cielo. Él solo, sin necesidad de hablar por ninguna cabeza en Su Iglesia.

Porque quien ha jubilado al Papa Benedicto XVI también ha jubilado la Voz de Cristo en la Iglesia.

Quien haya hecho renunciar al Papa Benedicto XVI al Papado, también ha hecho renunciar la Voz de Cristo en la Iglesia.

Si no hay Cabeza en la Iglesia, Cristo calla en toda cabeza de la Iglesia. Pero no puede callar en sus almas. Por eso, ahora sólo hay que hacer caso, en la Iglesia, a los profetas de Dios. Sólo a ellos. A los demás, ni caso.

Lo que haga Francisco y los suyos: ni caso. No hay obediencia a un judas en la Iglesia. Se obedece a Cristo, no a uno que parece de Cristo en su semblante exterior, pero sus obras son las de un anticristo.

El negocio de la Iglesia es la salvación de las almas. Quien quiera poner el negocio de la Iglesia en quitar la hambruna de los pobres del mundo, ése es del anticristo. Ése es un judas. Tiene el mismo pensamiento de Judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trecientos denarios y se dio a los pobres? Esto lo decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón” (Jn 12, 6). Francisco el ladrón del dinero, el que roba el dinero en la Iglesia.

“Pero, hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? Mira de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho no está la vida en la hacienda” (Lc 12, 14).

La vida de la Iglesia no está en pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de los pobres. La vida de la Iglesia está en caminar detrás de las huellas ensangrentadas de Cristo para subir al Calvario, con Él, y alcanzar la Vida Eterna.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia no sigue a Cristo, no sube al Calvario, sino que mira, de nuevo a Cristo, para juzgarle y crucificarle en cada miembro de la Iglesia. Porque esto es lo que significa la apostasía de la fe: andar por el camino de la rebelión contra Dios, de la idolatría, de la blasfemia, de la impiedad, pervirtiendo todo en la Iglesia, anulando toda Verdad en la Iglesia, aniquilando la Vida de Cristo en la Iglesia.

Y, por tanto, persiguiendo a aquellos que siguen la doctrina de Cristo, que siguen los dogmas de siempre, que no negocian con la Verdad de la Iglesia.

No se puede negociar con los dones de Dios, con los tesoros divinos, con las gracias divinas, con los misterios de Dios, porque no pertenecen a nadie. Sólo a Dios. Los hombres son sus administradores. Pero si los hombres se pervierten, esos dones vuelven a Dios, no quedan entre los hombres. Por tanto, que nadie se engañe cuando le ofrezcan un evangelio lleno de felicidad, que dicen que es de Cristo, pero que es sólo la perversión de su mente humana.

Quien no vive a Cristo en su corazón, pierde los dones de Dios y sólo ofrece en la Iglesia lo adulterado de su pensamiento. Y lo ofrece como una mentira encubierta, maquillada de verdad.

Por eso, hay que combatir la doctrina de Francisco, porque no es la de Cristo en la Iglesia. Es la doctrina de un pervertido, de un amanerado, de uno que se ha olvidado de mirar los dones de Cristo, para observar los regalos que los hombres le hacen.

Hoy Francisco da a la Iglesia la Resurrección, pero olvidando el drama del Calvario, dejando el sufrimiento como una calamidad en la vida, pero no como camino de salvación. Muchos creen que el Nuevo Testamento es sólo alegría, diversión, la búsqueda de nuevos horizontes, porque Dios ya lo perdonó todo. No quieren oír hablar de castigos ni de profetas que anuncian tiempos difíciles.

Hoy no se quiere hablar de la muerte en la Iglesia, ni del infierno, ni del purgatorio, porque no hay que asustar a la gente, no hay que tener miedo, hay que dar el amor en la Iglesia, no hay que atemorizar con los castigos. Esto es lo que mucha gente saca de la doctrina de Francisco: todo es Misericordia. Dios todo lo perdona, Dios todo lo aguanta, Dios es bueno con todos. Y, por tanto, seamos santos con nuestros pecados en la Iglesia.

Francisco presenta un evangelio amable, cariñoso, de besos y de abrazos, de que todo va bien en todas partes, de que existe la esperanza para todos los hombres, de que todos se salvan, ninguno se va al infierno, porque lo dice Francisco, lo predica Francisco. Ha hablado el maestro de los tontos en la Iglesia: Francisco. Ha hablado el engañabobos en la Iglesia: Francisco.

Francisco habla de la necesidad de la alegría, pero no habla de la necesidad de ver el pecado para estar alegres en Dios. Francisco presenta una alegría humana, superficial, que le gusta a todos los hombres, pero que no es la alegría del Evangelio. Es la alegría de los que van bailando, corriendo al infierno.

Francisco dice que la humanidad está enferma de fraternidad y no ve que la enfermedad del hombre es el pecado. No pone el dedo en la llaga, porque sólo quiere ser hombre amable con los hombres. Sólo quiere decirles a los hombres: ¡qué bueno es la vida! ¡qué bello es vivir! Pero no le da al hombre la solución de su enfermedad: que es quitar su pecado, luchar contra su pecado, meter su vida humana en el desierto de todo lo humano para vivir a Cristo en su corazón.

Esto no lo enseña Francisco porque no lo vive. Él vive su estúpida vida. Y hace que los demás lo imiten, viviendo sus estúpidas vidas en la Iglesia, llamado a todo fraternidad, cuando habría que llamarlo todo engendro demoniaco.

Francisco quiere una Iglesia mundana, pero no quiere la santidad, que es crucifixión del mundo. Quiere aferrarse a su vida mundana, pero no puede acogerse a la Verdad de Cristo, a la vida divina que Cristo le ofrece en un camino de Cruz, de desprendimiento de todo lo humano. Él no puede comprender esto. Por eso, cuelga de su cuello una cruz con un cristo con los brazos cruzados, porque ya no hay que crucificarse, sufrir, ya que Cristo ha sufrido por todos. Ahora, a descansar en la vida: a comer, a ser felices, a ganar dinero y a morir contentos, que todos nos salvamos, que ya cristo negoció la salvación de todos los hombres y al Cielo sin sufrir más en la vida, con los sufrimientos que cada cual tenga en su vida. Esto es su mente. Esto es lo que piensan muchos en la Iglesia: esta espiritualidad cómoda, acomodada a la vida humana, que sólo pone la mira en los problemas de los hombres para vivir solucionando problemas humanos. Y eso da felicidad al hombre.

Por eso, a Francisco no le gustan los profetas. No puede con ellos, porque los Profetas ponen verde a Francisco, lo niegan como Vicario de Cristo, y le dan el nombre de falso profeta.

Pero, como Francisco se cree sabio, como él se que cree más que todos los profetas, él hace como los falsos profetas: habla en contra de la Verdad para decir sus mentiras en la Iglesia. Y así tapa a los profetas.

Francisco nunca va a escuchar a un Profeta, porque no cree en el Espíritu de Profecía. Sólo cree en su mente humana. Sólo habla en la Iglesia lo que se inventa su mente humana. Sólo sale de su boca la arrogancia de su mente humana.

Y los que los siguen, los que hacen coro a su estupidez doctrinal, son los que se niegan a reconocer la Verdad en la Iglesia, que son muchos, porque sólo quieren vivir felices en el mundo y en sus vidas.

La Iglesia ha perdido la fe en la Palabra de Dios. Por eso, lo que viene a la Iglesia no es nada bueno. Y el mismo Francisco tendrá que callar su boca ante la maldad que va a contemplar en la Iglesia, en esa iglesia que él quiere de la alegría y del bienestar.

Testigos de la Gran Apostasía dentro de la Iglesia

St_Michael

Estamos siendo testigos de la gran Apostasía que se da en el Vaticano. Muchos cambios se han presentado durante once meses en la doctrina de Cristo con la careta de actos públicos de caridad, de amor a los enfermos, de solidarizarse con las otras religiones, con aparentar ser buenos, pero negando la Verdad.

Se desvía esta negación de la Verdad con la falsa caridad, el falso amor fraterno, la falsa solidaridad con los hombres de todo el mundo.

“La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como “un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos”, sino como “la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo” , como un hermano” (Francisco, 8 de diciembre 2013).

Para Francisco todo prójimo es la imagen viva del Padre, rescatado por Jesús y que obra en toda su vida el Espíritu Santo. Esta es la gran herejía del amor fraterno de Francisco. No sólo dice Francisco que el Padre es de todos los hombres, sino que Jesús ha salvado a todos los hombres y que se da el Espíritu en todos los hombres.

¿Por qué dice eso? Porque no cree en el pecado.

El pecado, en el Paraíso, es sólo un conflicto entre los hombres, no una desobediencia a Dios.

El pecado, con Jesucristo, se anuló al poner Jesús en el hombre la armonía perdida en el Paraíso. Como Cristo nos ha unido a todos los hombres en la fraternidad, quitando el conflicto, entonces todos somos hermanos.

Y, como Jesús derramó su Espíritu sobre todos, entonces el prójimo, todos los hombres, somos hermanos. Hay que amar al otro como un hermano, aunque sea nuestro enemigo, un demonio, uno que solo busca el mal en la vida.

Éste es el pensamiento de Francisco, su doctrina en la Iglesia, mantenida en Ella, sin que nadie se oponga a Ella, porque Francisco es popular en la Iglesia, hace actos de caridad: besa a un enfermo, a los pobres, se saca fotos con la gente, recibe premios de los homosexuales, da dinero para ayudar a las necesidades de los hombres, habla bonito, con un sentimiento que agrada a todos, etc. Y, por eso, hay que mantener a Francisco. ¿Importa que diga herejías? No, como es el Papa, que diga todas las que quiera. Y que nadie se oponga y diga que Francisco no es Papa, porque si no se siembra división en la Iglesia, se siembra el cisma en la Iglesia.

Ahora, la división en la Iglesia la hacen los que hablan la verdad, pero no los que publican y aplauden a un mentiroso, como Francisco. Esos no. Esos pueden seguir mintiendo en la Iglesia porque, como son la Jerarquía de la Iglesia, como Dios los ha puesto para mentir en la Iglesia, como Dios ha elegido a Francisco para que inunde la Iglesia con sus grandes opiniones heréticas sobre la Iglesia y sobre Cristo, entonces, son los demás, los que no quieren aceptar la mentira, los que dividen la Iglesia, los que crean el cisma en la Iglesia.

Así piensa muchos católicos. Y esto se llama apostasía en la Iglesia. A nadie le interesa la Verdad, sino que a todos les importa más la popularidad de un hereje que la Verdad de Cristo.

Francisco se solidariza con los paganos y tiene para ellos frases hermosas, pero con la gente de la Iglesia, Francisco habla con odio y con resentimiento para aquellos que se ponen en la Verdad y se enfrentan a él.

Francisco no es de la verdad, sino de la mentira. Y, por eso, Francisco es un hijo del demonio. Está vestido de Obispo, pero el traje no hace al monje. Francisco es el típico fariseo que oculta la Verdad, que sabe que la está ocultando, para dar lo que él quiere: su mentira, su opinión en la Iglesia, su fábula compartida con estruendo de los mentirosos, como él.

Y hace esto sólo con un fin: recibir el aplauso de los hombres del mundo, no de la Iglesia, porque él sabe que dentro de la Iglesia no tiene amigos, no tiene hermanos, ve oposición a él y a su doctrina.

Y, por eso, ha puesto a su alrededor a hombres que son como él, heréticos en todo: humanistas, sentimentalistas, idealistas, mundanos, profanos, comunistas, marxistas, proselitistas, amanerados. Gente que les da igual la vida espiritual, porque la tergiversan con cualquier pensamiento humano. Son gente que sabe hablar bonito para tapar la mentira, para dar la mentira entre muchas verdades.

Esa gente que rodea a Francisco son sus mismos traidores, porque, en el mal, con el demonio, no existe el amor, la unión, sino sólo el odio y el juntarse para romper, para dividir, para ser fuertes destruyéndolo todo.

En el Vaticano hay una ralea de hipócritas, desde Francisco hasta el último de ellos. No se salva uno, porque Francisco ha puesto a su gente. Los demás, que se vayan, que sigan con lo suyo, pero él quiere romper la Iglesia. No puede, porque ve que él es sólo un peón más en ese gobierno.

Es la masonería eclesiástica la que gobierna ahora la Iglesia. No es Francisco, no es nadie, porque se ha puesto a Francisco por algo, no para poner un Papa más, como los otros, que había que esperar el tiempo para liquidarlo. Con Francisco, no. Francisco ha sido puesto para una cosa. Cuando la realice, se pone a otro, porque así es ahora la Iglesia.

Francisco no es sólo la decadencia del Papado, no sólo está representada la figura del Papa, una figura externa, una apariencia de Papa, un Papa que no tiene el Espíritu de Pedro, porque enseña la mentira constantemente. Francisco se ha hecho la ilusión de ser Papa, sabiendo que no puede ser Papa, sabiendo lo que está haciendo: su teatro como Papa, su obra en la Iglesia, obra para los hombres, obra externa, para contentar a muchos, y para tapar lo que nadie entiende.

Mientras Francisco está sentado en la Silla de Pedro, interpretando su papel de Papa, otros se dedican a ultimar los nuevos documentos en lo que se va a dividir a toda la Iglesia, en los que el cisma estará visible para todos.

Francisco es sólo una cortina de humo, en este tiempo necesario para el demonio para poner sus hombres en el Vaticano, y así romper sin más toda la doctrina de la Iglesia, que sólo se puede hacer así: imponiendo en la Iglesia nuevas forma de adoración a Dios, que son sólo el culto al demonio, pero que se dan con el lenguaje bonito que a los hombres les gusta tanto.

Cuando un sacerdote predica regalando el oído, malo: ése sacerdote es del demonio.

Pero cuando un sacerdote habla claro y da la doctrina que nadie quiere escuchar, entonces ése sacerdote es un Profeta de Dios en medio de la Iglesia.

Muchos van buscando en la Iglesia gente que les regale el oído, que les hable bien, que les dé un sentimiento bonito de la vida, un pensamiento positivo, algo agradable. Y, por eso, no pueden ver la herejía porque ya se han abrazado a ella en sus vidas humanas.

Hoy, para dar la Verdad en la Iglesia, hay que ser impopulares. Los verdaderos Profetas son impopulares, nadie los quiere a su lado. Pero quien busca el aplauso de los hombres, sus alabanzas, sus criterios, entonces ése siempre dará la mentira en la Iglesia y será siempre un falso profeta del demonio y de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser como Jesús: que el mundo persiga sin tregua a la Iglesia, que haya que esconderse de los hombres, que haya que huir, hasta esperar el tiempo de Dios para morir por la Iglesia.

Pero muchos no quieren ser así en la Iglesia y, por eso, escogen lo cómodo de la vida: callar ante un hereje, y decir que es mejor hacer eso que sembrar división en la Iglesia.

Es muy cómodo vivir nuestra vida, la nuestra y, después, ir a misa y comulgar, para seguir viviendo lo nuestro. Eso lo hacen muchos católicos. Y, por eso, les asusta que otros tomen la espada de la Verdad y se enfrenten al maldito que está sentado en la Silla de Pedro. Ellos no pueden llamarlo maldito por el falso respeto humano que tienen, por su diplomacia ante los hombres, por el lenguaje amanerado que emplean en sus vidas. ¡Hay que cuidar la imagen de los hombres, pero no hay que cuidar a Cristo en la Iglesia!

Por eso, no saben hablar con el lenguaje de Dios, lenguaje recio, seco, duro, cortante, que ha sido siempre claro en toda la historia del hombre, que nunca se ha mordido la lengua con ningún hombre.

Pero hoy, como queremos agradar a los hombres, entonces dejamos de agradar a Dios por no decir las cosas como son. Y eso es señal de que la Iglesia no funciona, no marcha, no hay camino dentro de la Iglesia.

Poco tiempo queda para ver el mayor desastre de todos: el cisma creado por la misma Jerarquía que gobierna la Iglesia. Un gran cisma. Algo que nunca en la historia de la Iglesia ha pasado. Y ese cisma, que ya está encubierto, solapado, sin que se muestre, sólo se da porque en la Iglesia nadie ha comprendido nada en este tiempo.

Si los hijos de Dios, que tienen la gracia y el Espíritu, se hubieran movido, desde hace 50 años, contra todos los mentirosos en la Iglesia, ésta sería otra cosa ahora.

Pero como, durante 50 años, nos hemos dedicado a mirarnos el ombligo mientras otros destrozaban la Iglesia, entonces tenemos lo que merecemos: el cisma.

Y, por eso, es necesario salir de una iglesia que ya no es la Iglesia de Cristo. Es otra cosa. Es el invento de los hombres. Es la ruptura más total con la Verdad, que es Jesús.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

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