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Tiempos apocalípticos

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«Pocos son los que ven y saben reconocer los Signos de los Tiempos, los tiempos descritos en el libro del Apocalipsis, que muy  pocos se interesan en descubrir y comprender, pues la gran mayoría viven tan sumergidos en las cosas del mundo, sus placeres temporales, que no saben que muy pronto todo pasará, lo único que no pasará son las Palabras de Mi Hijo Jesús, pues todo lo profetizado tendrá su Fiel cumplimiento» (A un alma escogida).

La Jerarquía masónica tiene el control de la Iglesia Católica desde la renuncia obligada del Papa Benedicto XVI.

Control total en el núcleo de la Iglesia. Se controla a toda la Jerarquía, de una manera que muy pocos comprenden. La Jerarquía no es libre, no ha sido libre. Los Papas, desde hace cuarenta años han estado prisioneros en el Vaticano.

Esto es un Signo de los Tiempos que muy pocos reconocen.

¡Cuántos han apostatado de la fe en Pedro, juzgando y condenando a los Papas en la Iglesia!

¡Cuántos siguen a Bergoglio como su papa! ¡Están atrapados en las mentiras, en la boca del Dragón! ¡Y no hay manera de salir de ese engaño cuando el Trono de Pedro ha sido usurpado!

Es Signo de los Tiempos que el cuerno pequeño hable desde el Trono de Pedro. Ese cuerno pequeño que se ha engrandecido, durante años, contra toda la Jerarquía, que ha preparado en lo oculto, pacientemente, lo que hoy vemos en el Vaticano, y que se dispone a derribar y a anular los Sacramentos y, con ellos, el orden Jerárquico.

Hacer desaparecer la Eucaristía es acabar con toda la Jerarquía: Obispos, sacerdotes y diáconos. Todos los niveles jerárquicos van a desaparecer. Se trata de crear una nueva jerarquía, una nueva iglesia, unos nuevos sacramentos, para un falso Cristo: el Anticristo.

Mientras exista un sacerdote con fe en el Misterio del Altar, la Eucaristía estará presente en este mundo. Cristo estará vivo en medio de un mundo lleno de muerte.

Pero si se engañan a los sacerdotes y Obispos con una doctrina contraria a la fe católica, entonces en los Altares sólo queda la Abominación. Y la Iglesia se convierte en un conjunto de hombres revestidos sólo con ornamentos que no representan la vida de Cristo, y que realizan obras de muerte, obras vacías de toda verdad.

Tiene que ser purificado, este núcleo, del mal que lo posee para que la Iglesia Católica pueda ser faro de la Verdad ante todo el mundo.

La infiltración masónica en la Jerarquía debe ser purgada, pero con un sacrificio de sangre.

La purificación del núcleo jerárquico conlleva la muerte del Cuerpo Místico de la Iglesia. El Cuerpo tiene que morir, así como lo hizo Su Cabeza, para resucitar glorioso.

La Jerarquía de la Iglesia no cree en esta verdad revelada en el Apocalipsis. No cree en el Reino Glorioso de Cristo. No cree en el milenio.

¡Han dejado de creer en la Cruz que salva! ¡En el camino de la Cruz, en dónde el alma conoce la Verdad y obra la Vida que trae esa Verdad conocida!

¡Han dejado de creer en la Sangre de Cristo que es la que quita el pecado del mundo!

Todos están en la búsqueda de un reino terrenal, con un mesías de carne y sangre. El mismo pecado que tuvieron los Apóstoles con Jesús. Por eso, ellos no entendieron la Cruz, el Calvario, porque sólo veían a Jesús como un líder político. Sólo concebían su Reino como una conquista de lo terrenal.

Ahora es lo mismo: todos están en la búsqueda de una iglesia mundial que sirva a un gobierno mundial, al reino de un hombre al cual van adorarlo como su dios.

«Ocupaos de Mis asuntos, los asuntos del cielo, que Yo Me ocuparé de los vuestros. Aunque, aparentemente, el mal se presente en vuestra vida y os quiera hacer creer que él vence, nada temáis a sus ataques y venganzas, todo lo somete Mí Hijo,  en su tiempo y según su Plan Divino. La Cruz de Mi Hijo Jesús venció el mal… Él ya triunfó en la Cruz y vosotros, los que amáis la Cruz, venceréis también con el Hijo amado» (A un alma escogida).

Si el mundo se ocupase de las cosas de Dios no estaría en la búsqueda de un gobierno global.

Si la Iglesia estuviera centrada en el alimento espiritual, todas las cosas materiales tendrían solución en esta vida.

Pero ni la Iglesia ni el mundo se ocupa de las cosas divinas. Y esto es otro Signo de los Tiempos. Y pocos lo ven. Y es precisamente ahora, cuando todo invita a alejarse de Dios, cuando las almas deben ocuparse de buscar la Voluntad de Dios.

Los que amáis la Cruz, tendréis la Victoria. Pero si se desprecia la Cruz, entonces queda la ignominia.

En medio del infierno que observamos en todas partes, en los gobiernos y en la Alta Jerarquía, en el Vaticano y en las diócesis, hay que seguir obrando lo que Dios quiere, hay que seguir amando la Cruz.

Y no preocuparse ni de las guerras, ni de los problemas económicos, porque todo eso es parte de la purificación. Hay que abrazar el dolor que viene de un mundo sin Dios, de una Iglesia sin el norte de la Verdad.

Hay que ocuparse de los asuntos de Dios si queremos que Dios se ocupe de nuestros asuntos humanos, materiales, carnales, temporales.

Hay que seguir construyendo el Reino de Dios que significa, en este momento de la historia del hombre, luchar contra el Anticristo. Todavía no ha aparecido, pero ya está el cuerno pequeño mostrando el tiempo del Anticristo.

Muchos andan con miedo con lo que va a venir. Este miedo les distrae de la única verdad: sólo Dios basta; lo demás no tiene ninguna importancia. Es el ama y haz lo que quieras en un mundo que se descompone porque ha perdido el norte de la Verdad.

Se puede seguir amando a Dios aunque el Anticristo ponga su obra de odio en medio de todos. Pero hay que saber amar a Dios. Saber lo que significa el amor divino: una Cruz que muy pocos quieren abrazar.

«La mayoría de aquellos en la Iglesia de Mi Hijo serán engañados, pero casi una mitad de los siervos sagrados de Mi Hijo, rehusarán jurar el juramento final, que será falsamente declarado como uno de la Santa Eucaristía» (MDM – 11 dec 2013).

El corazón de la Iglesia es su Jerarquía: las dos terceras partes, la mayoría, caerá en el engaño del Sínodo. Ellos no serán capaces de luchar por la Verdad, de dar testimonio de la Verdad, porque han estado ocupados dos años largos luchando por limpiar las babas de un impostor, al cual ellos llaman su Papa.

Una Jerarquía que conoce perfectamente la herejía del que usurpa la Silla de Pedro, pero han dejado de creer en la doctrina de Cristo, que es el magisterio infalible e inmutable de la Iglesia. Y, por eso, le dejan hacer. Prefieren que siga hablando sus herejías, sin taparle la boca, sin excomulgarlo, porque sus vidas humanas son más importantes que la salvación de las almas. Ellos se disponen a atender el Sínodo, bajo el gobierno horizontal de un hereje, lo cual es un insulto para Dios, y será el inicio del desmantelamiento de toda la Iglesia.

Éste ya ha comenzado de una manera oculta, que muy pocos saben reconocerlo por los hechos exteriores de toda la Jerarquía. Pero ya se palpa el gran pecado que absorbe a toda la Jerarquía. Ya se ve en las distintas capillas y parroquias. Ya muchos se quitan la máscara y no esconden su orgullo y la vanidad de sus vidas.

Muchos, en la Jerarquía, son incapaces de ver la Abominación que ya está instalada en Roma. Sólo, al final, cuando les obliguen a hacer un nuevo juramento es cuando abrirán los ojos.

Si ahora muchos van a ser engañados, no es una ceguera total. Serán engañados porque ellos quieren ser engañados. Ellos, viviendo en su pecado, aceptan la mentira como verdad en la Iglesia. Su pecado de soberbia y de orgullo les ciega para poder dar testimonio de Cristo en medio de la élite masónica que los gobierna.

Si ahora aceptarán la mentira, sin embargo un falso juramento, en donde se les obligue a renunciar a ser sacerdotes y Obispos, les abrirá los ojos a la Verdad. Rehusarán y podrán enfrentarse a esa élite, que los llevará al martirio.

«Vengo a hacer la separación de Mi Verdadera Iglesia con la falsa iglesia: la Hora de la cosecha ha llegado. Se verán los frutos, y por ellos os reconoceréis quienes están Conmigo, y quiénes están contra Mí. No podéis servir a dos amos: o estáis Conmigo o estáis en contra Mía. Los hijos de Mi Padre imitan las obras de la Luz y andan en la Verdad,  son fieles a Mi doctrina y  a la Santa Palabra, son Luz del  mundo y sal de la tierra. En cambio, los hijos de Satanás, son imitadores de las obras de la obscuridad, vanidosos y mentirosos, buscan ser servidos y no servir al prójimo, hacedores de falsos milagros, pues su poder no viene de Mi Padre, sino del espíritu del mal que les da todo poder para engañar  y seducir a los débiles, a los que no siguieron Mis enseñanzas, a los que no quisieron negarse a sí mismos y seguirme, a los que no alimentaron su Fe. Prefirieron la obscuridad que la Luz» (A un alma escogida).

Ya se observa la separación en la Iglesia: unos, siguen al Papa verdadero y legítimo, al Vicario de Cristo, Benedicto XVI. Otros, creen como un sentido del deber, de la obediencia, del respeto a la Jerarquía, la necesidad de obedecer y de seguir al impostor Bergoglio.

Ese sentido del deber es lo que confunde a muchos.

Porque, en la Iglesia, sólo hay obediencia a la Verdad, que es Cristo. Y, por lo tanto, si la Jerarquía no habla con la Verdad, no enseña la misma doctrina de Cristo, entonces cae la obediencia espiritual. Sólo queda la obediencia material. Pero, en ésta, no es posible seguir la mente del que está gobernando la Iglesia.

Ya, en la Iglesia, no está un Papa verdadero y legítimo en su gobierno. Luego, cae la obediencia espiritual. Hay que seguir en las estructuras jerárquicas sólo porque dan de comer y un techo. Pero no hay que tener miedo de hablar claro al Rebaño.

Esto es lo que la Jerarquía no ha hecho. Y es por causa de ese sentido del deber, falso cuando se trata de un hereje. Ellos obedecen la mente de ese hereje. Y este es su pecado principal, que los ata al demonio.

Un hereje no tiene jurisdicción alguna para gobernar la Iglesia, para mandar en los sacerdotes y en los Obispos. Esto lo sabe la Jerarquía, pero calla. Y hacen silencio culpable. Están atados, están controlados por la élite masónica.

Por eso, de la Jerarquía de la Iglesia no hay que esperar nada: son incapaces de señalar el camino de la Iglesia en estos tiempos. Están poseídos, en sus mentes, por espíritus que los llevan lejos de la Verdad. Esa posesión es por su obediencia a la mente de un hereje. Si se obedece la mente de un hereje, la propia mente humana queda poseída por Satanás.

Es la posesión demoniaca más difícil de quitar en un alma: la del pensamiento. El demonio guía la mente humana de la persona y ésta no se da cuenta del engaño. El hombre no puede afirmarse en una verdad con su mente. Ve la Verdad, pero no puede penetrarla, no puede asimilarla, no puede seguirla. El demonio siempre le pone una idea que le aleja de la Verdad.

A la Jerarquía de la Iglesia no le sirve, para salvarse, su vasto conocimiento de la teología y de la filosofía. Ellos conocen la Verdad, pero prefieren estar dedicados a otros negocios mucho más importantes para su vida propia.

A esta Jerarquía, que ha dado su obediencia a la mente de un hereje, sólo le sirve el martirio para liberarse de esa posesión.

Por eso, ya se está haciendo la separación de la verdadera Iglesia, la que permanece en toda la Verdad, y la falsa iglesia, conducida en todas las cosas por la élite masónica.

Esta Jerarquía masónica son lobos vestidos de Obispos y de sacerdotes, es decir, en ellos todo es falso y perverso: en las ideas y en las obras.

Esa élite masónica ha puesto a un engendro del demonio como falso papa: Bergoglio. Pero esta cabeza no está a cargo de la Sede de Roma, sino que es sólo un bastión del enemigo, con el cual se ha podido abrir la puerta para hacer desaparecer el fundamento de la Iglesia.

Bergoglio era la llave para anular a Pedro en la Iglesia Católica.

Pedro es la cabeza visible de la Iglesia. Y las enseñanzas de la Iglesia Católica son infalibles porque han sido puestas por Pedro. Los Sucesores de Pedro sólo han confirmado, en el tiempo, los fundamentos que puso Pedro. Por eso, ningún Papa niega la obra de su predecesor, en lo esencial de la Iglesia, porque el fundamento no puede cambiar.

La cabeza es Pedro. Y Pedro no es sólo el hombre, sino que es el Vicario de Cristo, es decir, es el que guarda la Verdad que Cristo enseñó. La guarda íntegra, la enseña sin quitar ni añadir nada, y pone el camino para que esa Verdad pueda ser obrada por todas las almas, y así sea el objeto de la salvación y de la santificación de cada alma. Pedro es la misma Voz de Cristo en medio de la Iglesia.

El fundamento de la Iglesia es la Palabra de Dios, la Verdad Revelada por Jesucristo a Sus Apóstoles. Esa Palabra de Dios es el Pensamiento del Padre y la Obra del Espíritu Santo.

Y la Iglesia no tiene otro fundamento que Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

La Iglesia es Cristo. Y en Cristo, las almas se unen de una manera mística y espiritual. En la Verdad Revelada se construye el Cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia.

La élite masónica, es decir, Bergoglio y toda su compañía, tratan la Verdad Revelada como herejía. En otras palabras, tienen a la Iglesia Católica, ven el magisterio de la Iglesia Católica, contemplan los dogmas inmutables, enseñados desde el principio de la existencia de la Iglesia, como estupidez y sujetos de cambio.

Para ellos, lo que importa no es Jesús, sino la interpretación que cada uno hace de Jesús. Y, por eso, acuden a las diversas culturas, a los cambios sociales y políticos, a las filosofías del momento, para inventarse su Jesús, un falso Cristo, que sólo existe en la mente de esa élite masónica, pero que nunca puede darse en la realidad de la vida.

Jesús no puede cambiar porque es una Persona Divina. Y, por lo tanto, Su Palabra, lo que Él enseñó a Sus Apóstoles, no admite ningún cambio, porque esa enseñanza es una obra divina en la Iglesia y en las almas.

Jesús sigue enseñando a Su Iglesia como antes, pero lo hace sólo por medio del Espíritu Santo. Si la Jerarquía no es espiritual, no sigue al Espíritu, entonces pierde esta enseñanza y se vuelve humana, natural, carnal, material, hasta perder totalmente la fe.

El magisterio de la Iglesia no es un conjunto de ideas que hay que aprender para ser Iglesia, para estar en la Iglesia, para vivir en la Iglesia. La Iglesia no la hace una Jerarquía que se sabe la teología, pero que después obra otra cosa. Para ser sacerdote no hace falta estudiar teología. Sólo es necesario estar abiertos al Espíritu. En un corazón humilde a la Voluntad de Dios, el sacerdote sabe obrar en la Iglesia lo que quiere el Espíritu. Y sólo así se va construyendo la Iglesia: con almas espirituales.

La racionalidad lo domina todo en muchos Obispos y sacerdotes. Y ya no son humildes a la Voz del Espíritu. Y si ellos no aprenden del Espíritu cómo levantar la Iglesia que Dios quiere, entonces lo que hacen es inventarse su nueva iglesia, la de los hombres, la propia de unas almas que han perdido su devoción a Cristo, el amor verdadero a Cristo.

El magisterio de la Iglesia es una obra divina que cada alma tiene que realizarla en su vida espiritual. Ese magisterio es intocable, no sólo porque representa la vida de Cristo, sino porque es Cristo mismo en la Iglesia.

La Verdad es una Persona Divina. Amar la Verdad es amar a esa Persona Divina, es amar a Cristo. Odiar la Verdad es odiar a Cristo. Negar la Verdad es negar a Cristo.

Para la élite masónica no existe la verdad objetiva, es decir, no existe Cristo. Sólo puede darse la idea que cada uno adquiera de Cristo. Lo infalible no existe para ellos. Lo inmutable no puede darse en sus mentes masónicas. Sólo se da el camino de la gradualidad, de la evolución, de la división de toda verdad, que crea un relativismo infinito. Sólo se puede pensar en un idealismo sin el fundamento de la realidad.

La fe católica, para Bergoglio y su clan, es una herejía, porque va en contra del dogma de sus pensamientos humanos. Ellos viven la evolución de la idea humana. Y no pueden dejar de pensar de manera evolutiva, cambiante, gradual. Ese pensamiento lo divide todo y, por eso, para ellos en la diversidad de las ideas se encuentra la verdad.

La Verdad Absoluta destruye este pensamiento gradual, lo combate. Por eso, la tratan como herejía. Para ellos, la Verdad no es la Mente de Cristo, sino su propia mente humana. Ellos viven en el idealismo más puro de todos: el que se construye sólo atendiendo a lo que uno piensa de la vida. Midiendo todas las cosas, incluso a Dios, con su pensamiento humano.

La fe católica contradice sus pensamientos humanos, que son la única verdad que el hombre puede conocer en esta vida. Este conocimiento sólo es posible en la unión de todas las mentes humanas que tienen una parte de la verdad, una división. Pero este conocimiento es imposible si hay una mente que posea la verdad plena, que excluya a las demás mentes. Por eso, tienen que atacar a Cristo y a Su Iglesia. Tienen que tratarla como herejía pura para sus mentes pervertidas.

Consecuencia de todo esto es la persecución que se va a iniciar después del Sínodo a todos los católicos que se empeñen en permanecer en la Verdad.

Ellos quieren llevar al engaño de su gradualidad a muchas almas. Por eso, Bergoglio está continuamente dando entrevistas para que la gente quede colgada de sus palabras mentirosas.

El fundamento de la Iglesia Católica ya ha sido sacudido desde el 13 de marzo del 2013. Han cambiado la forma de gobierno en la Iglesia, iniciando una horizontalidad que anula a Pedro. Lo que vemos con Bergoglio es sólo el cascarón del Papado, es decir, algo exterior, vacío, sin consistencia, falso, irrelevante, que produce un caos en el Vaticano y en todas las diócesis, y que da la autoridad de la Iglesia a uno sólo: su voluntad caprichosa es la ley que rige en la Iglesia.

Autocracia y caos es el testamento que deja Bergoglio en el gobierno de la Iglesia. Es decir, el orgullo de su vida y la soberbia de su mente humana. Esto es el resumen de este hombre, para el cual el hombre, lo humano, la humanidad, es más importante que Cristo. Por eso, en la mente de este impostor, es necesario descartar a Cristo. Cristo traicionó el ideal del hombre: se dejó matar en una cruz, clavó la humanidad en una cruz. Hay que desclavarla porque el hombre tiene que ser libre en este mundo y buscar su felicidad a pesar de constatar, día a día, que no la puede ni la sabe encontrar.

Bergoglio, como toda la élite masónica, nunca va a expresar que odia a Cristo. La perversidad de un hereje consiste en ocultar su verdadero pensamiento y en ofrecer un lenguaje maquillado de humanismo, de misericordia y de cuidado de los pobres. Por eso, Bergoglio presenta a un Cristo defensor de los derechos humanos, centrado en las injusticias sociales, que tiene compasión por todos los pobres materiales del mundo. Un cristo que no descarta al hombre, sino que camina junto al hombre, pendiente de su vida humana. Es un falso cristo que muchos lo aceptan porque lo dice Bergoglio.

Él presenta la mentira de un cristo para reemplazar la Verdad, al verdadero Cristo. Esto siempre es el juego del demonio: nunca el demonio se presenta al alma con su cara de odio, sino que siempre se disfraza de hombre encantador, moderno, humano, que le importa la vida de los hombres.

La felicidad del hombre no está en este mundo. Y, por más que el hombre busque y construya caminos de felicidad, de falsa paz, sólo encuentra lo de siempre: muerte, enfermedades, desgracias, sufrimientos, una vida que carece de sentido.

Los cambios en la Iglesia se han intensificado desde la renuncia del Papa verdadero. Esos cambios han venido con la difusión de infinidad de mentiras que el cuerno pequeño ha propagado –y lo sigue haciendo- desde Roma.

Ese cuerno pequeño es la bestia semejante un cordero, con dos cuernos, y que habla como dragón. Esa bestia representa al Falso Profeta y al Anticristo. Son dos cuernos, son dos voces, dos cabezas, pero unidas en un mismo objetivo: destruir la Iglesia

El Anticristo es la bestia sin más, la bestia por excelencia, la que ha creado satanás para estos tiempos. Una bestia que tiene vínculos con la Iglesia Católica porque el Anticristo nace de un Obispo, con las artes maléficas de una bruja que se dedica a formar cuerpos para el espíritu demoniaco.

Esta bestia necesita de otra bestia, menos importante, pero unida a él, que prepare el camino para la entrada del gran impostor. El Anticristo necesita del Falso Profeta que va a liderar la falsa Iglesia que será levantada en Roma.

Pero hasta que aparezca este Falso Profeta, se ha puesto a un hombre que posee el mismo espíritu del Falso Profeta, y que anuncia con sus obras maléficas las obras del Anticristo.

El mundo secular aplaude a Bergoglio. Esto ya debería ser una señal para todos los católicos que les indicara que Bergoglio no es Papa. Pero ni siquiera esta señal tan clara es argumento que convenza a los católicos.

Bergoglio recibe honor público en todos los medios de comunicación, especialmente en aquellos que son del mundo, ateos, agnósticos, abominables por sus doctrinas en contra de la ley de Dios.

Bergoglio está en la mente de toda la élite política. A las ideas heréticas de ese hombre, se abrazan todos para seguir obrando en sus gobiernos en contra de la Voluntad de Dios.

Bergoglio es el ejemplo de un hombre que hace multitud de obras de caridad, lleno de un humanismo sentimental, amorfo, que sólo sabe llorar, ver su propia infelicidad, pero que es incapaz de ver el sufrimiento de Cristo en las almas.

Bergoglio vive en el culto al hombre, pero no le interesan los hombres, sino sólo él, su orgullo, su arrogancia y su auto-obsesión, el maldito dinero.

Pero, a pesar de esto, multitudes siguen a Bergoglio como su papa. Y esto es una clara señal de los Signos de los Tiempos. La gente ya no quiere escuchar la Verdad, no le interesa. Sólo quiere escuchar la fábula que hay en su mente.

«… vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» (2 Tim 4, 3).

Es tiempo para prepararse a combatir contra el Anticristo. Muchos no creen en el Apocalipsis y, por eso, andan sin ver la realidad de lo que pasa en todo el mundo. Piensan que todavía no es el tiempo. Esta ceguera, que es de muchos católicos, les lleva a preguntarse si en el Sínodo se producirá o no un cisma. Así andan muchos católicos, sin ver los Signos de los Tiempos, sin ninguna vida espiritual, anclados y fijados en sus grandes pensamientos teológicos y filosóficos.

Bergoglio se gasta en dar entrevistas para seducir a muchas almas, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Y los católicos están amodorrados y temerosos por lo que pueda pasar en el mundo, con las guerras y la crisis económica y la hambruna que se avecina. Pierden su tiempo en estas cosas, cuando deberían trabajar por arrebatar a Bergoglio las almas que seduce. Muy pocos han hecho esto. Y ahora, cuando viene la persecución oficial, pocos los seguirán haciendo.

Hay muchas dudas entre los católicos. Y quien duda no está en la Verdad, no tiene la fuerza para dar testimonio de la Verdad.

Si un hombre, como Bergoglio, estúpido en su pensamiento humano, ha hecho tanto mal con su palabra babosa, ¿qué no hará el Anticristo, que se sabe de memoria toda la Sagrada Escritura, que realiza milagros y portentos capaces de convertir al más duro ateo?

Si el católico no se prepara para combatir a esta bestia, con la fuerza del Espíritu Santo, entonces va quedar atrapado con la hipnosis de su mente. Toda la fuerza del Anticristo está en su cuerpo. Con su cuerpo puede moverse, atravesar paredes, desparecer, porque tiene que imitar en lo más posible al Cuerpo Glorioso de Cristo. Muchos quedarán engañados por estas falsas maravillas, y lo adorarán como a su dios.

No teman por todo lo que viene. Sólo tengan temor de Dios. Ahí está la fuerza del verdadero amor.

La historicidad del pensamiento

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«Cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión, su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma. Al principio del diálogo está, pues, el encuentro» (Bergoglio, 24 de enero 2015).

Dos cosas se revelan en el pensamiento de este hombre:

  1. La duda de Descartes: nos preguntamos sobre nuestra espiritualidad: tenemos dudas en lo que creemos, no estamos convencidos, porque no existe la verdad absoluta. Hay que dudar de todo para encontrar una verdad absoluta: que será la mente de cada uno. La mente que se vuelve consciente a sí misma, que se ve reflejada en sí misma. Y como la mente del hombre no puede tener en sí toda la verdad, entonces tiene que buscar al hombre, tiene que dialogar con todos los hombres, para así poseer toda la verdad. Por eso, es necesario buscar una religión mundial en donde se reúnan las mentes diversas de los hombres, y así poseer toda la verdad, que será encontrar la felicidad en la tierra.
  2. Al principio del diálogo, ya no está la verdad, sino la mente de los hombres, el encuentro con cada mente humana: esto se llama el pensamiento histórico.

O con las palabras de Kasper:

«Aprendemos en presencia de una historización radical de todos los ámbitos de la realidad. Todo está en agitación y cambio; apenas hay algo sólido y resistente. Este cambio histórico también ha tomado la iglesia y su comprensión de la fe» (Kasper – E. Troeltsch, más del método histórico y dogmático en la teología)

Todo el problema de estos hombres está sólo en esto: en negar a Dios Creador.

El hombre no es obra de la historia, sino del Creador. Esta es la verdad combatida por toda la Jerarquía herética, modernista, cismática, que guía, en la actualidad, a la Iglesia.

La mente del hombre es obra de Dios, no es la consecuencia de una historia, de un suceso cambiante, de unas circunstancias en las que vive el hombre.

Dios ha hecho la mente del hombre para la verdad absoluta, para que el hombre haga en su vida la obra de una permanencia, de una estabilidad, de algo que sea eterno, para siempre. Si el hombre no vive para un fin absoluto, sino que vive para algo que cambia, que es inestable, entonces el hombre no puede dar sentido a su existencia humana.

Siempre, y en todas partes, el hombre es lo que es, es como Dios lo ha creado. En cada tiempo de la historia. Y a pesar de los sucesos históricos, el hombre sigue siendo hombre. Su mente no cambia, su esencia no cambia. Y, por lo tanto, para resolver el problema del hombre sólo hay que mirarlo como Dios lo creó. Sólo hay que ver lo que hizo el hombre ante la Creación de Dios. Y sólo así se puede entender qué Dios quiere de cada hombre.

Si el hombre está en cambio y en agitación, entonces ¿qué es el hombre? Si lo que Dios ha creado, está siempre en evolución, entonces ¿qué es la Creación? Si la Iglesia que Jesús ha puesto en Pedro no es siempre la misma, entonces ¿qué es la Iglesia? Si los dogmas no son verdades absolutas, entonces ¿para qué los dogmas?

Este es el grave problema de la historicidad del pensamiento de estos hombres. No conciben al hombre como ser dependiente de Dios, con una dependencia absoluta. No lo ven como un ser creado por Dios. Lo conciben sin la sujeción a un ser inmutable, eterno, infinito.  Y, por lo tanto, buscan en el hombre sólo una cosa: el imperio de su libertad, anulando así la esencia propia del hombre. No buscan lo que es el hombre, su esencia, el orden de su naturaleza, sino que se ponen por encima del mismo ser del hombre, para así crear, con sus inteligencias humanas, un nuevo hombre, un ente de razón sin fundamento en la realidad.

Primero es el orden, no la libertad:

«Orden, no la libertad, es el principio más elevado, y la mejor garantía también del grado correcto de la libertad» (Ethics and the national economy – Henrich Pesch – pag 34).

Sin un orden moral, el hombre se esclaviza a su propia libertad, que será la obra de su propio pecado. Sin un orden divino en la creación, el hombre la destruye con su libertad. Sin un orden humano, las sociedades son sólo engendros del demonio.

Primero es la naturaleza que Dios ha creado; después es la obra en esa naturaleza.

«en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente. Los hombres muestran que los preceptos de la ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia» [Rom 2,15] (Juan XXIII – Pacem in Terris).

La libertad es para obrar la naturaleza racional del hombre: para poner por obra lo que el hombre piensa y decide, de acuerdo al orden natural, racional, divino, que Dios ha escrito en la naturaleza del hombre.

Pero si la mente duda de su propia naturaleza humana, de su propia esencia, entonces el hombre sólo busca su interés en la vida, pero no la verdad de su naturaleza humana.

Busca su autonomía, su independencia, su libertad y, con ella, engendra un “orden” contrario a su propia naturaleza, que es siempre un desorden en el hombre, en su misma esencia.

Hoy se pone la libertad como madre del orden. Por tanto, el hombre tiene que destruirlo todo para construir su mundo, su creación, su humanidad, su dios, su religión, su iglesia.

Si en la naturaleza humana no hay un orden inmutable, puesto por Dios, entonces el hombre vive buscando ser como Dios: se hace dios para sí mismo.

Bergoglio dice a los fieles del islam: «cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión», entonces no hay decirle la verdad: vas mal en tu religión. Está prohibido decir esto, porque la mente enseña a dudar: «su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma».

No puedes juzgar el testimonio y el pensamiento del otro porque son verdaderos: «nos interpelan y nos cuestionan». Por eso, Bergoglio no puede juzgar a nadie, porque ve la mente de los demás como una verdad, no como una mentira. Y lo ve así porque ha anulado el orden divino en la naturaleza humana. Se ha construido un nuevo orden, que su mente lo crea en ella misma. Y lo construye porque mira la historia, mira al hombre. Ya no mira a Dios.

El hombre, su mente, su vida, sus obras, son una hechura de la historia: no son una creación divina, una providencia de Dios, un poder divino. La mente ya no se rige por la ley de su naturaleza, sino por la ley de la historia, que es una ley gradual, de perfección en la inteligencia humana.

Por eso, Bergoglio, al no poseer la verdad en su naturaleza humana, tiene que buscarla en los demás, en el diálogo, en la charla, en las ideas diversas de todos los hombres. Y, por eso, dice: «Al principio del diálogo está, pues, el encuentro».

El encuentro con la verdad se halla sólo en el diálogo con los hombres. Bergoglio anula la fe, porque ha anulado a Dios como ser real, independiente del hombre y de la Creación.

Para Bergoglio, Dios está en la creación, metido en ella. Y hay que descubrirlo en los cambios, en cada época, en cada tiempo de la historia, en cada hombre, en cada cultura. Ese dios se va manifestando de muchas maneras, y sólo así se puede llegar a toda la verdad. Y se llega en el asombro, en la sorpresa, en la maravilla:

«si se parte del presupuesto de la pertenencia común a la naturaleza humana, se pueden superar los prejuicios y las falsedades, y se puede comenzar a comprender al otro según una perspectiva nueva».

Hay que partir del hecho de un humanismo: todos pertenecemos a una naturaleza humana. Bergoglio no parte del hecho de un orden moral, de una ley divina. Bergoglio se centra en el hombre.

Para hablar con los hombres que profesan una fe distinta, no hay que fijarse en el contenido de esa fe. Sólo hay que mirar que son hombres como nosotros. Y así se puede superar los prejuicios y las falsedades. Esto que dice Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza en la vida real de los hombres.

Por más que mires al otro como un hombre, siempre vas a ver cosas que no te gustan y que no quieres seguir. Siempre vas a rechazar a los hombres por las ideas que muestran, y que no están conformes a una ley, a una norma de moralidad, a un orden establecido.

Bergoglio enseña  algo utópico: si miras al otro como hombre, entonces no hay diferencias, se superan los prejuicios y las falsedades. Bergoglio siempre carece del mínimo sentido común. No tiene lógica humana su pensamiento.

Claro: si sólo vemos al otro como hombre, entonces nos tenemos que inventar una perspectiva nueva, que tiene  que ir, necesariamente, en contra de toda verdad. Y eso conlleva inventarse un nuevo pensamiento, el de la historia:

«El trabajo académico, fruto del esfuerzo diario, va a investigar las fuentes, a colmar las lagunas, a analizar la etimología, a proponer una hermenéutica del diálogo y, a través de un enfoque científico inspirado en el asombro y la maravilla, es capaz de no perder la brújula del respeto mutuo y la estima recíproca».

Investigar las fuentes: no hay que creer en las fuentes de la Revelación. Todo debe ser medido, sopesado, triturado, por la inteligencia del hombre. Es la razón la que debe mostrar la verdad de las cosas. No es la fe: no es la obediencia de la razón humana a Dios lo que revela la verdad al hombre. Es la conquista de la razón por la razón. El hombre se hace dios en su historia propia.

Y, por eso, hay que colmar las lagunas: aquello que la razón no comprenda,  tiene que llenarlo con sus investigaciones, suplirlo, con sus ciencias, con su progreso humano.

Hay que analizar la etimología de las palabras porque no hay palabras absolutas. Todas cambian. No hay una palabra que signifique una verdad absoluta. Hay que dar al lenguaje humano una nueva forma de comprensión, para que todos los hombres participen en ella, y puedan ser comprendidos y aceptados por los demás hombres.

Es lo que dicen continuamente Kasper y demás compañía: no queremos cambiar la doctrina, sino la forma del lenguaje.

Todo -el hombre- lo analiza, lo sintetiza, lo divide, hasta el diálogo: hay que proponer una hermenéutica del diálogo. Los hombres no saben dialogar, no saben escucharse: hay que educarlos. Una nueva educación.

Y, ahora, viene el colmo de la estupidez: «a través de un enfoque científico inspirado en el asombro y la maravilla». Hay que dedicarse a hacer ciencia ficción.

¡Este es el mensaje de Bergoglio!

Una ciencia inspirada en el asombro y en la maravilla. El científico se basa en datos, en razones, en comprobaciones. Esa ciencia no vale. Como Dios es un Dios de sorpresas, hay que dialogar para crear un método de ficción, en donde haya cosas mágicas, mentales, preternaturales, etc… Por eso, si un extraterrestre se aparece, hay que bautizarlo. Es la ciencia inspirada en el asombro…

Los católicos, cuando leen a este hombre, ¿qué leen? ¿No se dan cuenta de las estupideces que dice a cada rato? ¿No disciernen esto?

«Con estas premisas, uno se acerca de puntillas al otro, sin levantar el polvo que enturbia la vista»: esto es para reírse. Si le muestras al otro un mundo de asombro, de maravillas, mágico, ficticio, ¿cuál va a ser la respuesta del otro? Este hombre, ¿de qué me está hablando? Este hombre se está riendo de mí;  me cuenta un cuento, una fábula. De esta manera, es claro que espantamos a los demás –no nos acercamos de puntillas-, porque no hay seriedad en las palabras.

¡Esto es Bergoglio! ¿Qué se creen que es este hombre?

Un hombre sin ninguna verdad:

«el antídoto más eficaz contra cualquier forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Caín mató a Abel porque no descubrió en él la diferencia; no la aceptó como riqueza y fruto para su vida, no fue un valor para su vida.

Todos los hombres que ejercen una violencia, tienen el mismo problema: no fueron educados para descubrir las diferencias que hay en el pensamiento de los otros.

Y, entonces, ya no se mata por odio o por cualquier otro pecado. Sólo se mata por falta de educación. Hay que meter a los asesinos en clases de diálogo, para que aprendan a ver a los demás como algo valioso para sus vidas. El remedio para la violencia, el remedio para acabar con Isis: el psiquiatra.

El católico tiene que aprender a quitar sus dogmatismos, porque son una especie de violencia contra los musulmanes. Los católicos tienen que descubrir que los musulmanes son buena gente, son hombres que Dios ha salvado. Dios los ama  aunque maten muchos hombres.

En el pensamiento histórico de estos herejes y cismáticos, la gracia se da de manera absoluta a todos los hombres. Y, por eso, todos se salvan y se van al cielo:

«en el concepto absoluto del cristianismo no se trata de las pretensiones absolutas de una comunidad religiosa particular, sino del valor absoluto del evangelio de la gracia para todos los hombres» (Carácter absoluto del cristianismo -Walter KASPER – Sacramentum Mundi, Herder, Barcelona 1976, vol II, cols. 54-59).

No hay una Iglesia que posea toda la Verdad, sino que existe el evangelio de la gracia: la gracia, que Cristo ha traído, ha sido derramada en todos los hombres. Cristo ha dado a la historia del hombre un nuevo cambio. Ya lo antiguo, el Antiguo Testamento no existe, ha quedado suplantado por lo nuevo, que trae Cristo.

Ellos van buscando un cristianismo que «implica una aceptación y afirmación incondicionales del hombre y del mundo»,  en el cual se proclame «que Dios ama al mundo  y lo ha aceptado en forma absoluta y divina, y que, por tanto, él no puede hallarse abandonado en el abismo del vacío y de la nada, del absurdo y de la esquizofrenia» (Ib).

La maldición del Paraíso ha sido quitada por la bendición de Cristo. Y, por lo tanto, Dios ya puede amar el mundo, de una manera absoluta y divina. Antes no podía: el hombre no había progresado en su pensamiento histórico:

«El hombre no vive sólo en una historia que de alguna manera sigue siendo externo a él; la historia es más bien  […] la constitución del pueblo […] El hombre […] es profundamente histórico» (Kasper – E. Troeltsch, más del método histórico y dogmático en la teología).

El hombre es profundamente histórico: el hombre y  su historia: el hombre es la obra de la historia. Según el progreso de la historia, así va a ser el hombre y su mente. Y, por eso, con Kant, con Hegel, con el idealismo alemán, el hombre llega a su culmen, a la perfección del pensamiento. El modernismo sólo es el fruto de esa perfección.

Y, por lo tanto, hay que concluir que «el cristianismo no excluye sino que incluye las otras religiones y los demás esfuerzos en torno a la verdad; más que exclusivo es inclusivo. Por eso el cristianismo está dispuesto al diálogo con las religiones y la filosofía» (Carácter absoluto del cristianismo -Walter KASPER – Sacramentum Mundi, Herder, Barcelona 1976, vol II, cols. 54-59).

Ellos buscan una religión que no excluya a nadie, sino que lo incluya todo. En la práctica es siempre una utopía este proyecto. Levantarán esa nueva iglesia mundial, que lo incluye todo, pero será por poco tiempo. Por el pecado original, los hombres siempre tienden a separarse, a dividirse, a criticarse unos a otros. Nadie puede ocultar el pecado original en la sociedad.

Para estos herejes, no existe la norma de moralidad, la ley:

«Cristo, como cumplimiento, es también el final de la ley (Rom 10, 4); él cumple la ley en cuanto la suprime (Ef 2, 15; Col 2, 14); el cumplimiento, por ser una acción prodigiosa de Dios, crea una realidad nueva que no puede deducirse de otra anterior» (Ib).

Cristo ha suprimido la ley. Por eso, para estos herejes sólo existe la ley de la gradualidad: todo es una evolución del pensamiento del hombre. Cristo mismo es una evolución en la historia del hombre.

Toda esa Jerarquía va buscando la falsa iglesia, que incluya a todo el mundo, menos a los católicos verdaderos. A estos no; porque son un claro peligro a la paz y a la felicidad que va a dar a todo el mundo esa nueva y falsa religión. Y será esta iglesia universal la que imponga la marca de la bestia. No es un gobierno mundial. La marca de la bestia es el sello de la nueva iglesia mundial; es el nuevo credo, el nuevo pensamiento, la nueva fe en el hombre que se cree, que se ha hecho a sí mismo, en su mente, dios.

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«Es la iglesia la que pondrá la marca en la frente y en la mano. Es la iglesia la dispensadora de los alimentos y la que se presentará como única salvación del hombre… Pero es la falsa iglesia (…) «Ponte esta señal en la frente y te dispensaremos los alimentos». «Únete a nosotros». «Abandona ritos ancestrales». «Ven a una reunión con tus hermanos y goza de la alegría fraterna verdadera». «No vivas aislado». «¿Te crees mejor? ¿Te crees bueno?…». «No te aíslas tú, sino que aíslas a tus hijos por querer seguir con tradiciones ancestrales pasadas de moda». «¿No sabes que la iglesia ha cambiado?». «Libérate y no te llenes de hijos. Sobre todo no en esta época de carestía». Y una vez que dices que no, que no te pueden convencer, los malos, los peores te perseguirán hasta procurarte, incluso, la muerte» (Jesús, 19 de marzo del 2004 – La verdadera devoción al Corazón de Jesús, Dictados de Jesús a Marga, Parte II, pág. 50).

Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

Bergoglio es decadencia, destrucción e iniquidad

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Bergoglio es tres cosas: decadencia, destrucción e iniquidad.

1. Decadencia en su sacerdocio porque no tiene el Espíritu de Cristo y, por lo tanto, se dedica a hacer obras para el hombre, para el mundo, lo social, lo político. Obras sin Cristo, sin verdad, que no son camino para llevar las almas al Cielo, que es lo que todo sacerdote tiene que ser en la Iglesia.

Y esta decadencia en lo espiritual se refleja en todo el actuar humano de este hombre. Si se vive una vida espiritual contraria a la vocación divina, entonces la vida humana es de acuerdo a esa decadencia. Y, por eso, sus obras, sus escritos, sus palabras, son también, en lo humano, una insensatez. Si un sacerdote o un Obispo no enseña la verdad en la Iglesia, tampoco enseña a vivir rectamente en lo humano. Tampoco es maestro de lo humano, porque no es maestro de lo divino.

Bergoglio no es maestro de nada: es decadencia. No reforma nada, no innova nada, no señala ningún camino. Su magisterio no es papal; está en un cargo que no es papal. En el mundo, hay hombres que, sin ser católicos, son más interesantes, en sus vidas y en sus escritos, que Bergoglio. No merece la pena dedicarse a leer los libros de este hombre ni a seguir su vida: no tiene nada que ofrecer ni al hombre ni a la Iglesia. Es un degenerado en lo humano y en lo espiritual.

2. Destrucción de Cristo y de Su Iglesia, porque está en ese cargo para aniquilar toda la doctrina de Cristo y todo el Magisterio de la Iglesia. No levanta la Iglesia en la Verdad, sino que las destruye con su mentira, con sus engaños, con sus bonitas palabras sociales, políticas, económicas, humanas, naturales, carnales, que agradan a todo el mundo, porque está sediento de la gloria de los hombres. Busca el aplauso, la alabanza, el conseguir un encuentro, una idea motriz que aúne a los hombres y se dediquen a obrar anulando la Iglesia.

Su gobierno horizontal es el eje de su destrucción, es el motor. Aquí inicia su nueva iglesia con una nueva doctrina. Esa nueva iglesia es falsa en todo, porque está apoyada, no en Pedro, sino en muchas cabezas, en una horizontalidad. Y, en esa falsedad, tiene que predicarse un falso cristo: el de su misericordia barata, sin Justicia. Es una doctrina que lleva tres ideas claves: la idea de la masonería, la del protestantismo y la del comunismo. Con estas tres filosofías, Bergoglio da su lenguaje ambiguo a todo el mundo. Por eso, su magisterio no es papal.

Los otros Papas se centraban en la doctrina católica. Y tenían otras ideas, pero no producían ambigüedad. En Bergoglio lo principal es su ambigüedad. Y, después, él da un poco de doctrina católica, pero de pasada, en su lenguaje barato y blasfemo, para contentar a los católicos. Bergoglio habla para todo el mundo, pero no para la Iglesia Católica. Los otros Papas hablaban para la Iglesia Católica; después tenían palabras para los demás. Esta es la gran diferencia entre un destructor y un constructor.

Bergoglio destruye la Verdad; los otros Papas se dedicaron a defender la Verdad, la Iglesia Católica. Bergoglio no defiende la Verdad porque no hay verdad en él. Por eso, se ha enojado contra los Cardenales que han escrito el libro sobre la doctrina católica del matrimonio. Él quiere que todo el mundo piense como él. Esto es lo propio de un destructor: va seduciendo a los demás para que acepten su idea destructora. Es lo propio de un falso Papa: no hay verdad en él; no hay línea de catolicidad; no hay continuidad en el Papado.

En los otros Papas, sí había verdad, sí había continuidad con los anteriores. Y, por eso, eran legítimos. Nunca cayeron en la herejía, ni material ni formalmente. Bergoglio, desde el principio, cae en la herejía. Desde el principio de su reinado, que no es pontificado. Es un falso pontificado. Es un falso Papa. Esto es lo que a la gente le cuesta decir, porque no ha comprendido lo que es un Papa en la Iglesia, la misión de un Papa en la Iglesia.
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Bergoglio no sabe lo que es un Papa. Ha vivido toda su vida rodeado de Papas y nunca los ha obedecido. Nunca se ha sometido a la mente de un Papa. Nunca. Siempre ha hecho en la Iglesia lo que ha querido y como lo ha querido. Y, por supuesto, ha sido hábil en darse a conocer a los Papas. Es fácil poner cara de santo. Es fácil vestirse de humildad, bajar la cabeza delante de un Papa y besarle el anillo. Eso lo hacen todos. Y la humildad no está en eso. Se es humilde porque se da testimonio de la Verdad ante cualquiera, sea Papa, sea Obispo, sea sacerdote, sea fiel la Iglesia. Y esto es lo que nunca ha hecho este hombre. Se pone la careta de humildad y de pobreza, que es como consigue engañar a todo el mundo. Y, después, obra el pecado. Así inició su reinado en el Vaticano: quiso pagar el alquiler de su habitación y después, a los pocos días, lava los pies a las mujeres, insultando a Cristo en la Misa más importante de todas. Esto es destruir la Iglesia con las ropas de la humildad y de la pobreza. Esto es ser un lobo vestido de piel de oveja. Y esto es lo que mucha gente no sabe discernir porque ya no tiene vida espiritual. Y enseguida salen con la política: es que los tradicionalistas no perdonan a Bergoglio que haya lavado los pies a las mujeres.

La Iglesia es Cristo y es para hacer las mismas obras de Cristo en Ella. Esto es lo que no hace Bergoglio. Y nunca lo va a hacer. Nunca. Él hace sus obras en su falsa iglesia con su falso doctrina sobre Cristo.

3. Iniquidad es la obra de Bergoglio en el Vaticano.

El Misterio de iniquidad se ha abierto con la subida al poder de este hombre. Es el hombre que necesitaba el demonio, que es el que actúa en todo el grupo masónico que rige el Vaticano, para poner al Anticristo en el Trono de Pedro.

Lo único que le interesa al demonio es poner su hombre rigiendo la Iglesia Católica. Esto ha sido toda su lucha desde que Cristo inició Su Iglesia en el Calvario. Por eso, en la historia de la Iglesia ha habido tantas cosas: cismas, herejías, apostasías, etc. Es el demonio el que ha turbado la Iglesia con su misma Jerarquía, que se ha prestado para este servicio.

Los hombres de la Iglesia tienen la historia de 2000 años de Iglesia y no han aprendido nada. Sube un Bergoglio y todos lo adoran. Esto es la iniquidad.

La iniquidad se manifiesta en sus obras: el Papa en la Iglesia es obediencia. Todos tienen que obedecer. Pongamos a un hombre, que es un demonio, para que todos le obedezcan. Esta fue la primera jugada del demonio, en la que todos o casi todos cayeron. Han dado obediencia a uno que no se lo merece.

La primera obra de la iniquidad en el Vaticano: poner a Bergoglio como Papa para conseguir el sometimiento de todos. Que todos sigan lo que diga ese falso Papa. Así se va abriendo el camino para algo más en la Iglesia. Si todos se acomodan a un falso Papa y lo llaman como verdadero, entonces el demonio puede hacer más en el Papado. Se rompe la Iglesia desde Su Cabeza, no desde sus miembros. Los miembros pueden ser cismáticos y herejes, pero si la cabeza es recta, la Iglesia sigue sin más, porque la sostiene Su Cabeza, Su Papa legítimo. Pero si se consigue hacer renunciar al Papa legítimo y poner el Papa del demonio, entonces la Iglesia cae en toda la decadencia y se destruye por sí misma.

Como todos han dado obediencia a uno que no es Papa, entonces viene ahora la jugada maestra del demonio. Un Bergoglio no puede sostenerse mucho tiempo en la Iglesia. Todos, los buenos y los malos, ven la calidad de ese hombre. Todos acaban por darse cuenta de lo que, en verdad, hay en ese hombre. Y ese hombre es sólo un vividor. Y no más. No es un teólogo. No es un intelectual. El demonio necesita una cabeza que rompa el dogma. Y esto es lo que viene ahora.

Una vez conseguido quitar la verticalidad; una vez que se han puesto a los hombres en los puestos claves en el vaticano y fuera de él, en las demás diócesis; ahora es necesario un hombre inteligente. Porque la división es muy clara, en todos los aspectos. Y la Verdad está ahí para todo el mundo. Pero los hombres no les gusta la verdad, sino sus verdades. Y esta es la fuerza que tiene ahora el demonio en toda la Jerarquía.

Es una Jerarquía que está sometida a un lenguaje humano, que le incapacita para decir éste es hereje, cismático, no lo sigan. ¿Quién en sus parroquias escucha de labios de sus sacerdotes que Bergoglio es hereje? Nadie. No se atreven porque siguen una teología que les impide juzgar al otro y que les oscurece la mente para decir: esto es mentira, esto es herejía, esto no se puede seguir.

La verdadera teología católica ya no está en la Jerarquía. Ha sido el trabajo de muchos años para conseguir esto. La Jerarquía ya no tiene las ideas claras sobre lo que es la verdad y sobre lo que es la mentira. Son muy pocos los que se apoyan en la verdad Absoluta. Son muy pocos los que dicen que existe una única verdad. Por eso, no pueden llamar a Bergoglio como falso Papa. No pueden. En sus teologías, ya no se da esta verdad. Los hombres de la Iglesia están oscurecidos por toda la política que en el Vaticano se muestra. Y prefieren hacer lo políticamente correcto que predicar la Verdad, que dar testimonio de la verdad. Por eso, dicen: hay que seguir obedeciendo a Roma.

Esto es otra obra de la iniquidad en la mente de toda la Jerarquía. Es el trabajo del Anticristo, que posee la mente: la pervierte. Pone muchas ideas y lo confunde todo. Hay mucha Jerarquía contaminada por el demonio. Y esto es un triunfo del demonio en muchos sacerdotes y Obispos. Esto, después, se refleja en todos los demás miembros de la Iglesia. ¿De qué se llena ahora todas las parroquias? De gente tibia y pervertida que no sabe nada del dogma, de la tradición de la Iglesia. Sacerdotes y fieles que se dedican a lo social, a lo político, a lo económico. Y lo hacen en nombre de Cristo.

Con Bergoglio han aparecido todos los tibios en la Iglesia. Todos. Toda esa gente que vive cualquier cosa en una misa, en un apostolado, en unos sacramentos, menos la verdad. Y, claro, les agrada la doctrina de Bergoglio: vivimos en nuestro pecado y ya podemos comulgar. La ley de la iniquidad: conseguir que el pecado ya no sea pecado, ya no se mire como pecado, sino como un valor. Las soluciones pastorales que son soluciones políticas, de intereses creados por los hombres.

¿Qué viene ahora para la Iglesia? Un falso Sínodo. Es la jugada maestra del demonio. Todos tienen que obedecer a Bergoglio, aunque mande un pecado. Es la fuerza del demonio: ha puesto a un hombre como Papa. Y todos en la Iglesia tienen que obedecerlo. Durante 18 meses nadie se ha levantado para decir: no obedezco a Bergoglio. Esta es la señal de lo que viene después de ese Sínodo. El pecado va a ser una ley, una obligación: tienes que dar la comunión a los malcasados. Si no la das, excomulgado, porque no obedeces al Papa.

Esto es el cisma, que nadie ve, que a nadie le interesa, porque nadie se pone en la verdad. Nadie sabe lo que es la Verdad. Todos están en sus verdades, que no es la de Cristo. Nadie llama a las cosas por su nombre. Nadie. Todos siguen su teología ambigua, que les oscurece todavía más y que les lleva a condenar la misma doctrina católica. Todos critican a todos los papas anteriores. Y nadie critica a Bergoglio. Es la obra maestra del demonio.

Bergoglio es un patán: eso todo el mundo lo ve. Pero todos tienen miedo de decirlo con claridad. Bergoglio ya no le sirve más al demonio. Pero tiene que quitarlo de la manera más honrosa. Él lo ha llevado a la santidad: todo el mundo lo proclama santo en sus herejías. No ha podido matarlo para oscurecer más a los tibios y pervertidos en la Iglesia. Pero puede hacerle renunciar de una manera que la Iglesia la acepte: acepte el engaño de su renuncia. Todos los tienen como Papa, todos han aceptado su gobierno horizontal, y él está creando división en todas partes. Una forma de renunciar: me voy y deje a este personaje que siga con todo este lío, que aclare las cosas. Dejo a un hombre de mi gobierno horizontal. Y yo me dedico a mi vida que me gusta tanto.

Es necesario poner las nuevas leyes en el gobierno horizontal: es un poder político, en donde se nombran jefes como se hace en el mundo: por votación, por referéndum. Hagamos leyes para poner papas eméritos sin necesidad de cónclaves. Esto es lo que viene ahora a la Iglesia. Hay que romper el dogma. Y hay que empezarlo a hacer ya. El sínodo es el principio. La familia es el comienzo de la obra de la iniquidad. Y después vendrán otras cosas, porque todo está unido.

No es fácil romper la Iglesia desde la cabeza. Pero no es imposible. Y el demonio no se va a echar para atrás una vez que ha conseguido su objetivo: poner su bufón en el Trono de Pedro. Ahora tiene que continuar su obra: hay que poner al temido, al que da excomuniones si no le obedecen.

Roma se ha separado de Cristo y de Su Iglesia

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«Esta historia, o “prehistoria” de la Iglesia, ya se encuentra en las páginas del Antiguo Testamento» (texto).

Francisco está negando las profecías mesiánicas referidas a Jesús en el Antiguo Testamento. Decir que en las páginas del AT se encuentra la prehistoria de la Iglesia es negar la Revelación, es negar la Palabra de Dios: «escrudiñáis las Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan testimonio de mí» (Jn 5,39). Las páginas del AT dan testimonio de Cristo, no de la historia de la Iglesia

En las profecías del AT se halla una imagen de Cristo, del Mesías, no de la Iglesia. Cada profeta aporta un rasgo distinto de la vida de Jesucristo. Y reuniendo a todos los profetas surge la figura completa y patente de Jesucristo. El AT habla sólo de Jesucristo y, por tanto, del Reino que el Mesías va a predicar, un Reino Espiritual, Glorioso, nunca humano o material.

Francisco es como aquellos discípulos que el Señor decía: «hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas» (Lc 24,25). No cree en la profecía, no cree en el Espíritu de la profecía, sino que lee el AT con su inteligencia, con su filosofía y, por tanto, anula la verdad que la Palabra de Dios da en esas profecías.

En la Iglesia «tenemos aún algo más firme, a saber, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso…» (2 Pe 1,19). En la Iglesia Católica no nos hace falta la inteligencia de Francisco para ser Iglesia, para comprender a Cristo. Francisco no tiene ninguna inteligencia divina. Su palabra es la de un bastardo que no ha comprendido, con su mente humana, la Verdad, sino que divide, de muchas maneras, lo que nunca se puede dividir: el Pensamiento de Dios.

Dios, cuando revela Su Mente, el hombre tiene que abajarse -en su intelecto- para comprender la verdad que viene de esa Inteligencia divina. Si el hombre quita o a añade algo a la Revelación de Dios, automáticamente se pone fuera de la Verdad, y ya no cree a Dios que Revela, sino que cree sólo a su inteligencia humana, a su discurso humano, a su lenguaje de hombre.

«Hemos escuchado el libro del Génesis, Dios escogió a Abraham, nuestro padre en la fe, y le pidió que se marchara, que abandonara su patria natal y se fuera hacia otra tierra que Él le mostraría (cf. Gn 12,1-9). Y en esta vocación Dios no llamó a Abraham solo, como individuo, sino que desde el principio implicó a su familia, a sus familiares y a todos los que estaban al servicio en su casa». Nada dice Francisco de lo que significa esta profecía, sino que pone el énfasis en lo humano y dice una completa herejía: Dios no llamó a Abraham solo sino también a su familia. Esto es hablar sin sabiduría divina, esto no es exponer la doctrina del Reino de Dios, sino la doctrina de su comunismo en la Iglesia, en el Reino de Dios.

Hay muchas promesas al Patriarca Abraham, las cuales muestran la universalidad en una salvación futura. Dan a entender la Fe en el Mesías, que viene para salvar:

El texto del Génesis 12,2s, al que alude Francisco, contiene siete miembros (para dar a entender -incluso en el número- la universalidad de los bienes), la bendición de Dios a Abraham:

1. «Yo te haré un gran pueblo» [que será numeroso: «te bendeciré largamente y multiplicaré grandemente tu descendencia, como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar, y se adueñará tu descendencia de las puertas de sus enemigos» (Gn 22,17)]

2. «te bendeciré» [también en lo material: «Bendijo Yavé por José la casa de Putifar, y derramó Yavé su bendición sobre todo cuanto tenía en casa y en el campo» (Gn 39,5)]

3. «y engrandeceré tu nombre» [que será glorioso: «por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un Nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp. 2, 9-10) ]

4. «que será una bendición» [«Bendito el que viene, el Rey, en Nombre del Señor. Paz en el Cielo y Gloria en las alturas» (Lc 19, 39 ]

5. «Y bendeciré a los que te bendigan» [«Después de la muerte de Abrahám, Dios bendijo a Isaac, su hijo» (Gn 25, 11)]

6. «y maldeciré a los que te maldigan» [«E Isaías clama de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mal, sólo un resto será salvo, porque el Señor ejecutará sobre la tierra un juicio consumado y decisivo (Is 10, 22s)» (Rom 9, 27]

7. «y serán bendecida en ti todas las familias de la tierra».

La razón de todas estas bendiciones es el Mesías, que de Abraham nacerá. Y ese Mesías es el que predicará el Reino escatológico, el Reino de Dios, fundando Su Iglesia.

La razón de esas bendiciones no es el comienzo de la Iglesia, no es el comienzo del pueblo de Dios, sino el inicio de la fe, por la cual Abraham es justificado: «Abraham, contra toda esperanza, creyó que había de ser padre de muchas naciones (…) y no flaqueó en la fe (…) sino que ante la promesa de Dios no vaciló, dejándose llevar de la incredulidad, antes, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios (…) y por esto le fue computado a justicia» (Rom 4, 18.19.20.22).

Con Abraham, Dios inicia la fe del hombre, no de un pueblo. El hombre tiene que aprender a creer en la Palabra de Dios. Dios da a Abraham el don de la fe. No le da unos mandamientos, unas leyes, sino la fe en el Dios que se Revela a Sí Mismo. Porque sin fe no es posible cumplir con los mandamientos de Dios. Una vez que el hombre cree en Dios, se abre a Dios, es cuando comienza a obrar la Voluntad de Dios, que son los mandamientos.

Y esta fe, Dios se la da sólo a Abraham, no a sus hijos, no a su familia. Ellos, bendiciendo a Abraham, tienen la misma fe; siguiendo el camino que Dios le ponía a Abraham, los demás consiguen la fe y son justificados por esa fe.

La fe se da a cada alma, no a una familia, no a una sociedad, no a un grupo de gentes. La fe se inicia en cada uno, en cada corazón. Y según sea la fe en cada alma, así será la familia, la comunidad de personas, la Iglesia.

Como Francisco niega que la Iglesia tenga un fin en sí misma (= «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma»), entonces tiene que negar el origen sobrenatural de Ella, y decir: «Está fundada por Jesús, pero es un pueblo con una larga historia a sus espaldas y una preparación que comenzó mucho antes que Cristo mismo». Es decir, tiene que ponerse a buscar el origen natural de la Iglesia, el origen histórico, el origen en el cual el hombre pensó en la Iglesia, negando así toda Revelación sobre Cristo y sobre la Iglesia. No sabe discernir en el AT lo que pertenece al pueblo de Dios, lo que es del Mesías y lo que es del Reino de Dios. Todo es uno en su mente humana.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro. Y, por tanto, la Iglesia no nace ni con Adán, ni con Abraham, ni con Moisés, ni con ninguno de los Profetas. No existe una prehistoria de la Iglesia, como falsamente enseña Francisco. Existe la Revelación de Dios al hombre. Dios es el que se Revela, el que se da a conocer al hombre y forma Su Pueblo. Ese Pueblo no es la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Son dos cosas totalmente diferentes. Es el Pueblo de la fe en Abraham, pero no es el Pueblo del Reino Escatológico que Cristo va a predicar en su vida humana.

a. «El primer hecho importante es éste: comenzando con Abraham, Dios forma un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y dentro de este pueblo nació Jesús. Es Dios que hace este pueblo, esta historia, la Iglesia en camino. Y ahí nace Jesús: en este pueblo». Esta su herejía consiste en poner a Jesús como miembro espiritual del Pueblo de Dios, que es ya –en su mente- la Iglesia. Gran herejía.

Jesús tiene una existencia histórica, nace en Nazaret, de una Virgen, de la estirpe de David, ha «nacido bajo la ley» (Gál 4, 4):«los israelitas, cuya es la adopción, y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo” (Rom 9, 4-5). Jesús, carnalmente, pertenece al pueblo de Israel

Pero Jesús no nace en esa «iglesia en camino». Dios se revela a Abraham, pero no para fundar una Iglesia. Dios hace salir a Abraham de su tierra, pero no para fundar una Iglesia. Abraham camina hacia la Tierra Prometida, pero no se inicia –en ese camino- la Iglesia, como dice Francisco: «Después, una vez en camino – sí, así comenzó a caminar la Iglesia». Gravísima herejía. La Iglesia no camina con Abrahán. La Iglesia camina con Jesucristo:

Jesús no sólo predicó el Reino de Dios, sino que abrogó toda la economía religiosa del Antiguo Testamento y la substituyó por Su Iglesia: «mientras que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos, habéis sido acercados por la Sangre de Cristo; pues Él es nuestra Paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la Enemistad; anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos, para hacer en Sí Mismo de los dos un solo Hombre Nuevo, y estableciendo la Paz, y reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» (Ef 2, 13-16).

Estas palabras del Apóstol revelan:

i. Jesús instituye una nueva Alianza en Su Sangre (= «habéis sido acercados por la Sangre de Cristo»). Y, por tanto, abroga la Antigua Alianza que Dios, por medio de Moisés, había pactado con el pueblo de Israel en la sangre de las víctimas (Ex 24, 5-8).

ii. El Antiguo Testamento queda abrogado por la muerte de Cristo (= «anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos» ).

iii. Jesús es el Hombre Nuevo y pone Su Iglesia como lugar de reconciliación con el Padre (= «reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» ). La Iglesia nace en la Cruz. No nace en Abraham. No camina con Abraham. La Iglesia camina con el Crucificado, en Su Cruz, desde Su Cruz, por Su Cruz.

Este punto es el más importante para comprender la herejía de Francisco. Porque él quiere irse a la historia, a la prehistoria de la Iglesia. Y se equivoca. No sabe discernir lo que Dios dijo a Abrahám y, por tanto, no sabe leer la historia del pueblo de Israel como esperanza del Mesías, del Reino del Mesías. El pueblo de Israel camina esperando al Mesías, pero no puede hacer Iglesia. Porque la Iglesia la hace el Mesías, no la esperanza del Mesías. Jesús nace en el pueblo de Israel, pero no es del pueblo de Israel, no es de la tradición de ese pueblo, no es del espíritu de ese pueblo.

Jesús cumple con todas los elementos esenciales del Antiguo Testamento: la Circuncisión (Gn 17,10), el Templo (Ex 25,27), el Sábado (Ex 20,8; 31,12), la Pureza levítica (Lev 11), la Prerrogativa del pueblo de Israel (Dt 7,6-14), la Ley misma (Ex 19,24 ).

Pero Jesucristo equipara la Circuncisión a una curación (Jn 7,22), anuncia que el Templo va a ser abandonado y destruido (Mt 23,38; 24,2), quebranta el Sábado y se declara Señor del Sábado y del Templo (Jn 5,18; San Mateo 12,6.8), desecha la Pureza levítica (Mt 15,11), rechaza la Prerrogativa del pueblo de Israel (Mt 8,10ss; 21,43), completa y perfecciona la Ley misma, y quita los indultos de ésta (Mt 5,21-48).

Jesús no es de la Tradición hebrea, sino que viene a poner la Tradición Divina, la doctrina de Dios para que el hombre pueda salvarse y santificarse. Por eso, la Iglesia camina con Cristo, no con Abraham.

b. «Cuando ha llamado a Abraham, Dios pensaba en esto: formar un pueblo bendecido por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre vigente. En Cristo ha tenido su cumplimiento y aún hoy Dios continúa realizándolo en la Iglesia».

1) Cuando Dios llama a Abraham es para dar inicio a la fe en cada hombre

2) Por esa fe, se constituye un pueblo fiel a la Revelación de Dios

3) Los que no son fieles, no pertenecen a ese pueblo

4) La fe en Abraham es figura de la fe en Cristo. Abraham cree en la Palabra de Dios. La Iglesia cree en Cristo, no en Abraham. Por eso, la Iglesia no está en Abraham, sino en Cristo. La fe está en Abraham, porque Abraham cree en la Palabra de Dios: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Hb 1, 1-2)

5) Los pueblos de la tierra no alcanzan todos la bendición, como falsamente dice Francisco, porque hay almas que no creen en Cristo. Y quien no cree recibe la maldición, conforme a la promesa de Dios a Abraham.

6) En Cristo se da el cumplimiento de la Obra del Padre, no de la fe de Abraham. Cristo viene a realizar la obra de Su Padre, que es una obra Redentora. Abraham, por su fe, hizo su obra, la que Dios le pedía. Cristo no da cumplimiento a ninguna obra que los hombres hayan hecho por su fe en el AT. Cristo viene a cumplir el mandamiento de Su Padre: «Entonces Yo dije: Heme aquí que vengo –en el volumen del libro está escrito de Mí- para hacer, Oh Dios, Tu Voluntad» (Hb 10, 7).

Como se ve, Francisco no tiene ni idea de lo que está hablando. Coge la Sagrada Escritura para argumentar, con su labia fina y mordaz, sus herejías, dando oscuridad a toda la Iglesia.

Y este es el problema: la Jerarquía calla las herejías de este hombre y eso produce el cisma, ya no encubierto, sino a las claras. Si nadie se opone al error, entonces todo el mundo haciendo el cisma. Y nadie quiere reconocer lo evidente: Roma se ha separado de Cristo y de la Iglesia. En la catequesis de este hombre sobre la Iglesia se ve lo que nadie quiere ver.

La ciudad de Babel en el Santo Sepulcro

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«Cuando cristianos de diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia» (Discurso de Francisco en el encuentro ecuménico en la Basílica del Santo Sepulcro).

Cuando un ortodoxo, un evangélico, un protestante, un católico, uno de cualquier secta cristiana o religión, sufren juntos, y se ayudan unos a otros, entonces se realiza el ecumenismo del sufrimiento.

Esta novedad es el cisma en la Iglesia Católica. Esto no se puede decir y quedarse tan tranquilo, como si esta predicación fuera sentida, verdadera, llena de unidad entre los hombres.

Hay que saber lo que se está diciendo, para no hablar disparates.

Jesús es el primero en desear que exista una verdadera unión entre las diversas iglesias, para que todas sea una en Él, que es la Cabeza de la Iglesia.

Cuando se dice: todos en uno, se está indicando que existe, entre muchos, una unidad. Y ésta sólo se da cuando el grupo que forma esta unidad tiene un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo Bautismo y un solo Señor, Dios y Padre.

Esta sintonía espiritual debe estar en todos los miembros que forman el Cuerpo Místico. Si no está en todos, no es posible que todos sean uno, como el Padre y Jesús son uno. No es posible, cuando algo falla: si hay pensamientos discordantes, que dividen, que llevan al error, a la mentira; si los corazones no están en la Gracia, sino que permanecen cerrados al Espíritu, por el pecado; si no se siguen todos los dogmas, todas las verdades, la ley divina y la ley natural, sino que cada uno interpreta la verdad como le parece; si el sentimiento de lo divino se anula por el sentimiento de lo humano, poniendo lo humano como centro del culto divino; entonces, es claro, que Cristo no está en los miembros y ellos tampoco están en Él.

Para que se dé esa cohabitación entre el Creador y las criaturas, el hombre debe desterrar de su corazón el error y amar la verdad.

Consecuencia: por más que un católico, que sigue todas las verdades, todos los dogmas, sufra junto a un protestante, que no sigue ninguna verdad, que hace de la vida moral su propio pensamiento, su propio ideal, que da culto a su libertad por encima de la verdad; por más que se sufra juntos y se ayuden juntos, unos a otros, no existe unidad, unión, ni entre el católico con el protestante, ni entre Cristo y el protestante.

Esto, si no se tiene claro, se dice la herejía del ecumenismo del sufrimiento.

Tamaña barbaridad sólo puede venir de la boca de un hereje y de un cismático, como es Francisco, que en la mañana ha predicado su herejía del humanismo, para confirmarla, en la tarde, en el encuentro ecuménico.

Los sufrimientos humanos no nos unen a Cristo, no producen la unidad entre los cristianos y Cristo. Porque la unión entre el Padre y Jesús es la unión en la Voluntad Divina. Jesús hizo la Voluntad de su Padre, que consistía en sufrir y morir en la Cruz por todo el género humano. Para esto vino Cristo a la tierra. Y no para otra cosa.

«que todos sean uno; como tú, Padre, en Mí y Yo en ti» (Jn 17, 21). El Padre y Jesús son uno en la única Voluntad Divina. El Padre, en Jesús, es uno; Jesús, en el Padre, es uno. El Padre pone en Su Hijo, su Voluntad. Y el Hijo obra, en el Padre, su Voluntad. Sólo es posible ser uno en la Voluntad. El Hijo sufrió para hacer la Voluntad del Padre. Y no podía no sufrir, porque el Padre le mandó a la Cruz. El Hijo se mantuvo en la Voluntad de Su Padre en la Cruz, haciendo de su vida un camino a la muerte en Cruz. El Hijo vivió para morir en una Cruz. De esta manera, nunca se salió de la Voluntad de Su Padre.

Y Jesús enseña este camino al hombre: el de la Voluntad de Dios. Si los hombres no sufren para cumplir los mandamientos de Dios, las leyes divinas, las leyes naturales, entonces se salen de la Voluntad de Dios. Si los hombres no quitan de sus corazones los errores, los apegos a la vida, los proyectos que conciben para vivir bien, según sus voluntades humanas, entonces se desprenden de la Voluntad de Dios para sus vidas.

Y, por más que sufran en sus vidas humanas, por más que pasen hambre, estén enfermos, sientan el abandono de los hombres, reciban injusticias de los hombres, rechazos, si no sufren con Cristo, si no permanecen en la Gracia para dar valor a esos sufrimientos humanos; si se sufre por algo humano mientras se vive de espaldas a la ley de Dios, entonces Cristo no está en el que sufre, ni el que sufre está en Cristo.

La Voluntad de Dios no está en el sufrimiento de los hombres, no permanece en el hombre que sufre y que vive, al mismo tiempo, alejado de la verdad por sus pecados.

Ni el hombre que sufre viviendo en un estado de pecado habitual tiene en su corazón a Cristo. No puede tenerlo, porque el pecado impide la Gracia, que Cristo ha obtenido de Su Padre por ser Uno con Él, en el Calvario.

Este hombre, Francisco, dice su palabrería y la gente no sabe discernir lo que habla con su boca de dragón.

«Y habrá un solo rebaño, bajo el cayado de un solo Pastor» (Jn 10, 16). Francisco ha entrado por otra puerta en la Iglesia, saltando los muros, y camina y hace caminar a las almas por otros senderos: su humanismo. Y lleva a esas almas al precipicio de la condenación eterna.

«se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia».

Así que los católicos, los ortodoxos, los protestantes, los evangélicos, etc…, son todos santos. Esto es lo que está diciendo ese hombre. Como todos están unidos, porque sufren juntos, porque se ayudan unos a otros, entonces sus obras son merecedoras del Cielo, ya que irradian la santidad en los lugares que se da esa unión, y Dios, a través de sus santos, confirma, para toda la Iglesia, esa unión.

Tamaña herejía sólo puede provenir de la boca de un hombre que no sabe hablar la Verdad, con el respeto que ésta tiene, por ser Cristo la verdad de todo hombre.

Francisco pretende enseñar a Dios y corregir los designios de Dios. Esta es su soberbia manifiesta. Está diciendo que los sufrimientos de todos los hombres son sagrados, santos, y que Dios lo confirma con la comunión de los santos. Esto es un espíritu soberbio, prepotente, orgulloso y arrogante, que quiere alcanzar el Cielo con las solas fuerzas humanas. Quiere llevar al Cielo a los hombres por el camino fácil: sus sufrimientos en sus vidas los salva. No necesitan creer en otras cosas. Esos sufrimientos nos unen en la Voluntad de Dios y nos dan, no solo la salvación sino la santificación.

Gran herejía porque el cisma está abierto ya en la Iglesia Católica.

Francisco no desea estar en la Iglesia ni llevar las almas al cielo. Lo único que desea es suplantar a Dios, ponerse en su lugar y mostrar al hombre el camino de su inteligencia humana: lo que él ha vivido toda su vida, eso es lo que enseña ahora sentado en la Silla de Pedro: su herejía del humanismo, del sentimiento de la ternura; una ternura que es vicio, que no procede de la virtud de la templanza ni del don de la sabiduría divina.

Por eso, Francisco está construyendo una iglesia que es la ciudad de Babel, que emerge hoy de las cenizas, porque jamás ha habido en la Iglesia tanta soberbia, orgullo, prepotencia y arrogancia, en toda la Jerarquía. Y ése es el sello de Satanás. Y esta soberbia induce a muchos hombres, a mucha gente de Iglesia, a levantarse contra Dios y contra Su Ungido, Jesucristo, y a creerse con derecho de dejar la Tradición, los dogmas, las enseñanzas de siempre, porque valoran, por encima de todo, sus vidas humanas y sus problemas como hombres.

«Los modernistas y apóstatas se sentirán liberados de las normas, de las Tradiciones y el Dogma, y trazarán un Magisterio a su capricho y acorde con el espíritu del mundo y no con el Espíritu Santo, por ello, perderán la Línea de la Gracia y no será ya la Iglesia que comenzó el día de Pentecostés, sino que quedará en una institución solamente humana como tantas otras. Se integrarán en eso que llamáis “globalización” y en una religión única que acoge a todas las religiones, respetando a cada una, con el nombre y el pretexto de la catolicidad, esto dará apertura a que un árabe como Maitreya, pueda introducirse en la religión “católica” y exponer su doctrina de Anticristo en los templos católicos, pues en las personas ya lo están haciendo hace años. Lo que hoy os parece un imposible se hará realidad, cumpliéndose la profecía de Daniel en los versículos 30 al 36 del capítulo 11» (Pequeña alma. España. 2001).

¡Qué indignante basura de Via Crucis!

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El Via Crucis es el camino de la Cruz, es decir, el camino que Cristo marcó para que el alma se salvara de su pecado y se santificara con la Gracia Divina.

El camino de la Cruz se recorre pisando las huellas de Cristo y, por tanto, fijándose sólo en los sufrimientos de Cristo, que son a causa de nuestros pecados.

Cristo sufre sólo por nuestros pecados.

Cristo no sufre por la crisis económica ni por sus consecuencias nefastas, ni por los sufrimientos de los emigrantes, ni sobre los males que desgarran la vida de muchas personas.

El Via crucis no es ver los problemas de los hombres, no es meditarlos, no es recorrerlos y dar una enseñanza de cómo se solucionan siendo más hombres con los hombres.

El Via crucis no es dedicarse a hacer política, no es para apoyar los derechos de los hombres, no es para hablar de las justicias sociales, no es para entender la vida en clave de fraternidad.

El Via crucis es ver sólo nuestros pecados y la ofensa que hemos hecho a Dios por nuestros pecados. Es dolernos por haber pecado, por haber matado a Cristo, por haberlo crucificado.

Un Via Crucis que anule esto, anula todo en la Iglesia.

Un Via Crucis centrado en:

1. las graves consecuencias sociales de la crisis económica,

2. en las mujeres que son víctimas de la violencia,

3. en el trauma de los niños maltratados,

4. en el dolor de las madres que han perdido a sus hijos en la guerra, o que están en las drogas o en el alcohol;

5. en la injustica de la muerte de unos niños por desechos tóxicos,

6. en la injusticia que sufren los presos por vivir en superpoblación en las cárceles o porque reciben torturas de otros presos;

7. la necesidad de ayudar, de ser solidarios con todos los hombres, para encontrar el bien común;

es, simplemente, el comienzo del cisma dentro de la Iglesia.

Quien anula el Calvario, anula la Iglesia.

Quien anula la muerte de Cristo, anula la Iglesia.

Quien se aleja de la Verdad de la Pasión, se aleja de la verdadera Iglesia.

Sexta estación: sexta herejía

No se puede predicar que “la Verónica es la verdadera imagen femenina de la ternura”. Esto es inadmisible. Esto es un puñal en el corazón de Cristo.

La Verónica enjuga el Rostro de Jesús. Esa mujer no le da una ternura a Cristo. Esa mujer obra lo divino en la Pasión.

El Rostro de Cristo es el Rostro del Salvador. Y se necesitaba imprimir ese Rostro en un lienzo para las almas que, viendo el Dolor de Cristo, necesitaban la ayuda de un milagro para seguir creyendo.

Y ese milagro, Cristo lo da a las mujeres, que son las que llevan todo el peso de la Cruz. Son las almas que creen. Y ellas sólo creen. Ellas, en su fe, no se apoyan en los Apóstoles. Ellos no creen en Cristo. Ellos lo han negado y han huido como cobardes. Y sólo quedan ellas en la Fe. Y el Señor les da un regalo de Su Amor para confortarlas en la fe y para que pudieran seguir adelante, hasta el Calvario.

¡Cómo se ríe Francisco de la Fe de toda la Iglesia con su ternura herética! ¡De qué manera anula Francisco la Verdad con su sentimentalismo herético y cismático!

“El Señor encarna aquí nuestra necesidad de gratuidad amorosa, de sentirnos amados y protegidos por gestos de solicitud y de cuidados”: cuanto amor propio trae esta frase para el alma; cuánta vanidad escondida en esta frase; cuánto sentimentalismo herético tiene toda la Jerarquía de la Iglesia. ¡Están necesitados de las caricias de una muer para ser sacerdotes! ¡Cuánta impureza la de este Obispo que ha escrito esta basura y cómo se ve lo adúltero que es en la Iglesia!

“Las caricias de esta criatura se empapan de la sangre preciosa de Jesús y parecen purificarlo de las profanaciones recibidas en aquellas horas de tortura”: ¡Qué grave herejía la de este Obispo! ¿Cómo se atreve a decir que las caricias de una mujer purifican el dolor de Cristo? ¡Dios mío, qué blasfemia contra el Espíritu Santo! ¡Qué ignorante de la teología de la Cruz! ¡Que amante eres de las mujeres en tu ministerio sacerdotal!

Es el Dolor de Cristo el que purifica los corazones de los hombres; es el sufrimiento de Cristo el que da valor a las obras de los hombres; es la muerte de Cristo lo que engrandece la vida de los hombres.

¡Cuánta ignorancia de la vida espiritual! ¡Cuánta idiotez en este escrito! ¡Cuánta doctrina del demonio se descubre en cada palabra de esta basura ideológica!

Séptima estación: séptima herejía

Jesús no es un hombre para una vida social, para una historia de los hombres. Jesús es el Hombre. El hombre de todos los tiempos, porque sobre Él se han depositado todos los pecados del mundo, de todos los hombres.

Y, por tanto, Jesús no “carga sobre sus hombros toda nuestra historia de dolor”. No existe la historia del dolor de los hombres.

Existe el Hombre; existe Cristo que fue matado en Abel; existe Cristo cuyos pies fueron atados en Isaac; existe Cristo que anduvo peregrino en Jacob; existe Cristo que fue vendido en José; existe Cristo que fue expuesto sobre las aguas en Moisés; existe Cristo que fue perseguido en David; existe Cristo que fue deshonrado en los profetas.

Es Cristo el que ha llevado en Su Cuerpo los sufrimientos de todos, las víctimas del odio, de la violencia, de las guerras.

Es Cristo el que ha encerrado en Sus Heridas la sangre derramada por millones de niños inocentes, matados en el seno de sus madres.

Es Cristo el que ha sido flagelado por todos los dolores, por todas las enfermedades, por todos los males incurables.

Es Cristo el que ha sido coronado de espinas en aquellos que pecan contra la Fe, contra la Verdad, contra la Iglesia. Es Cristo el que sufre el pecado de soberbia de todos los hombres en su Cabeza Coronada de Espinas.

Es Cristo el que es despreciado en los pobres, en los pequeños, en los marginados, en los últimos, en los explotados. Es Cristo. No es la historia del dolor de los hombres. No son los hombres los que sufren. Es Cristo el que ha sufrido primero y el que da valor a todo sufrimiento humano. ¿Cuándo lo van a comprender?

Es Cristo el Hombre de todos los tiempos. Los demás: nada.

En Cristo ha vivido, ha sido redimido y ha sido salvado, cada hombre, desde el primer Adán, hasta el último al final de los tiempos.

Y a cada hombre le toca sólo aceptar la obra de Cristo o rechazarla. Aceptar los sufrimientos de Cristo para dar valor a sus sufrimientos humanos. O rechazar la obra de Cristo en la Cruz, y poner su vida en un camino para la condenación, en la que nada tiene valor e importancia para Dios.

¡Cuánta grosería hay que leer en este infame escrito, que no da la verdadera teología de la Cruz, que anula con una nueva doctrina, la Verdad de la muerte de Cristo!

Se adora el sufrimiento de Cristo, no se da culto a los sufrimientos de los hombres.

La Semana Santa es para adorar a Cristo Crucificado, para adorar sus llagas, para amar su Dolor.

La Semana Santa no es para fijarse en los problemas de ningún hombre, no es para ensalzar la vida de los hombres, no es para medir el sufrimiento de los hombres con la inteligencia humana.

La Semana Santa es para meterse en las llagas de Cristo y vivir allí. Y, en esas llagas, se descubre el valor de todo sufrimiento humano.

“A la cárcel se la mantiene aún hoy demasiado lejana, olvidada, rechazada por la sociedad civil”: y a nosotros, ¿qué nos importa esto?.

Si no eres capaz de dar a Cristo, el valor de su sufrimiento, ¿para qué enumeras tantas cosas que a nadie le interesa saber?: ”los absurdos de la burocracia, la lentitud de la justicia. El hacinamiento es una doble pena, un dolor agravado, una opresión injusta, que desgasta la carne y los huesos”.

Palabras que sólo se dicen para rellanar una cuartilla, para buscar el agrado de los hombres, para alcanzar la popularidad entre las masas de las gentes, que no saben lo que es la Verdad de Cristo, la Verdad de Su Dolor, la Verdad de Su Muerte en Cruz; sino que viven agarrados a sus verdades humanas, a sus ambiciones humanas, a sus intereses humanos. Ganas de hablar y contar chismes para acrecentar el odio entre los hombres, la discordia, la envidia.

¡Da pena leer esta salvajada de escrito! Y da dolor ver cómo muchos la aplauden como una obra maestra en el gobierno de ese idiota.

Octava estación: octava herejía

Se habla ocultando la Verdad del Evangelio: “Las figuras femeninas en el camino del dolor se presentan como antorchas encendidas”.

La luz en el camino del Dolor es Cristo, no las mujeres que se encuentran con Cristo. Es el Dolor de Cristo el que da conocimiento a las mujeres para acercarse a Él. Es el Dolor de Cristo el que llama al alma para que aprenda una verdad. Esa verdad que se anula en este Via Crucis, esa Verdad que no se quiere nombrar porque significa Justicia Divina. Y en este panfleto comunista se habla de una falsa misericordia, de una falsa compasión por el prójimo, de una herética doctrina de la fraternidad, de una misericordia sin justicia sin verdad.

“Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrán a decir a los montes: ¡Caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos! Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lc 23, 28-31)

Esto es lo que se calla: de nada sirve compadecerse con palabras y con sentimientos de los sufrimientos de este mundo, de los problemas de los hombres, si nuestra vida continúa como siempre: amando nuestros pecados.

Jesús muestra a las mujeres las verdaderas lágrimas, las que nacen de la gravedad del pecado y de la seriedad del Juicio de Dios.

Las mujeres tienen que llorar por los hijos que no quieren convertirse para alcanzar la Misericordia, y así no ser fulminados por la Justicia que condena al alma al infierno.

Esto es lo que significan las palabras de Cristo en Su Dolor. Cristo no busca el cariño de unas mujeres, las lágrimas de unas mujeres: “no lloréis por mí”. Dejad vuestros inútiles sentimientos de la vida a un lado y profundicen en el Dolor de Mi Pasión. Lloren lágrimas de penitencia por sus hijos, para que reciban la gracia de la conversión. Déjense de estúpidos cariños humanos, porque no sirve para consolar el Dolor que el pecado trae al alma.

“Lloremos por las mujeres esclavizadas por el miedo y la explotación”: vete al infierno con tus lagrimas heréticas, Obispo orgulloso, Obispo herético, Obispo cismático. Y que te acompañe la rata de Francisco, que es el culpable de esta bazofia de predicación.

Aquel Católico que no sienta indignación ante este Via Crucis es que no es católico, es que no ama a Cristo, es que no ama a la Iglesia, es que no es de la Verdad.

(Continuará)

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

Francisco: su luz encarnada

nosepuedevivir

“la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”. (no. 34 – Lumen Fidei).

“la luz de la fe es una luz encarnada” es el dogma que sigue Francisco en su vida de sacerdote y de Obispo.

Para él la luz de la fe es una encarnación, ya no es escuchar la Palabra de Dios.

La encarnación es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Divino, la humanidad de Jesús, quitándole la persona humana. Jesús no tiene persona humana, sino que la cumbre de su humanidad, su persona, es la Persona Divina del Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo engendrado por el Padre.

Y no existen más encarnaciones.

Cuando se habla de la luz encarnada se habla de una herejía en Cristo Jesús. Un teólogo verdadero nunca usa la palabra encarnación para explicar otras cosas diferentes a la Encarnación del Verbo. Aquí se ve que Francisco no sabe lo que es la Teología. Habla de lo que ha aprendido en muchos teólogos protestantes que sigue con devoción en su encíclica.

Quien se encarnó en Jesús no es la luz, sino el Verbo: “Y el Verbo se hizo Carne” (Jn 1, 14). No es la luz la que se hizo carne.

Por tanto la vida de Jesús es la vida del Verbo, no una vida luminosa, una vida de luz. La Transfiguración del Señor no es una emanación de luz, sino la transformación de la humanidad de Cristo en la Gloria de la Divinidad. Es una transformación de sustancias, no es una emanación de sustancias.

“La luz encarnada que procede de la vida luminosa de Jesús” es una herejía que ve contra Dios y contra la Encarnación del Verbo.

Decir que hay una luz que procede de la vida de Jesús es enseñar que entre Jesús y el hombre hay una procesión, no una relación.

En Dios, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. No viene del Padre y del Hijo, sino que procede. Procede es un término teológico que sólo se puede emplear cuando se habla del Misterio de la Santísima Trinidad, que Francisco ignora por su necedad de pensamiento.

Fuera de Dios, de Su Vida Divina, Dios se relaciona con la creación, se relaciona con el hombre, se relaciona con las criaturas. Esa relación es siempre una dependencia de la criatura, del hombre, de la Creación a Dios. Por esa dependencia, Dios da a los hombres su gracia, sus dones, sus carismas. Dios da al hombre, pero de Dios no procede nada para el hombre.

Proceder, cuando se habla de Dios significa que en Dios no hay dependencia entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No hay sometimiento entre ellos. Y, por eso, en la Vida de Dios todo es para las Tres Personas. Nadie da nada al otro. Las Tres Personas lo tienen todo.

Jesús, por ser Dios, lo tiene todo en su humanidad. Y, por eso, de Jesús no procede nada para los hombres, porque los hombres no son dioses, no tienen la misma Vida Divina que está en Jesús.

Jesús da dones a los hombres, pero de Jesús no procede nada para los hombres. Jesús se relaciona con los hombres, pero Jesús no se somete a ningún hombre, por ser Dios. Jesús es más grande que todos los hombres juntos. Son los hombres quienes se tienen que someter a Jesús en toda su vida humana para ser agradables a Dios. Son los hombres los que tienen que dar su libertad a Jesús para que Jesús pueda dar sus dones a sus almas, a sus corazones, a sus espíritus. Pero Francisco no enseña esto, sino que enseña a estar a la par que Jesús, a estar a la altura de Jesús, a tener a Jesús sólo como un amigo del alma, pero no como Dios en el alma.

Entre Jesús y los hombres hay una jerarquía que los hombres no pueden alcanzar. Primero está Dios con las Tres Personas y Jesús,- por ser el Verbo Encarnado en la humanidad de Jesús-, después están los ángeles que sirven a la Santísima Trinidad, y por último están los hombres que sirven al Hijo de Dios Encarnado.

Y entre Jesús y los hombres hay un escalón que nadie puede subir, sólo la Virgen María. Los demás, se quedan abajo, en la superficie de la tierra.

Y Jesús se comunica con los hombres para darles sus gracias. Él las da por Su Voluntad, no porque se lo piden los hombres, no porque lo necesitan los hombres, no por el gusto y el capricho de los hombres.

Por tanto, de Jesús no procede una luz. De su vida humana no procede una luz. Hablar así es meterse en el gnosticismo, en la emanación de una luz en la vida de Jesús y de la vida de Jesús.

Francisco está enseñando esta emanación divina en Jesús: “la luz de la fe es una luz encarnada, que procede de la vida luminosa de Jesús”.

Ese procede significa emanación: “la luz de la fe es una luz encarnada que emana de la vida luminosa de Jesús”.

La vida de Jesús es Divina y, por tanto, de Ella no emana nada al hombre, de ella no procede nada al hombre. Porque en la Vida Divina sólo las Tres Personas viven esa Vida sin darse nada a Ellas Mismas.

Cuando se dice que de la Vida de Jesús emana una luz, y que esa luz se encarna en el hombre, se está diciendo esta herejía: de la vida de Jesús nace una luz que se sitúa en la mente del hombre, y así se encarna en todo hombre, para que le guíe en su vida humana.

Esta herejía es la del Demiurgo de Platón: Hay un Ser Divino, que es una Idea, -y esa Idea puede ser múltiple, la idea de Dios, la idea de la belleza, la idea de la verdad-, que baja a los hombres, al mundo y se coloca en cada hombre, en el entendimiento humano, y lo ilumina en su vida para que llegue a su destino.

Esto es lo mismo que predica Francisco: su luz encarnada es su herejía que viene de su concepción de la fe:

“La fe… se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, …Pero, al mismo tiempo… la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión” (n. 4 Lumen Fidei).

Francisco coloca la fe en la inteligencia del hombre, en un acto del entendimiento humano: la luz de la fe es una “luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús”.

La luz de la fe ya no es un acto de la voluntad humana, sino un acto de conocimiento del hombre. Hay que recordar la vida de Jesús, hay que ver sus obras y de ahí nace una idea. Esa idea es la fe para Francisco. Esa idea es una luz en la persona, que se queda siempre ahí:

“una luz que, alumbrándonos, nos llama y quiere reflejarse en nuestro rostro para resplandecer desde dentro de nosotros mismos” (n. 33 – Lumen Fidei).

La Fe es un acto de la voluntad humana por el cual se asiente a la Palabra de Dios revelada al corazón del hombre. Se asiente, se dice sí a esa Verdad Revelada. No se piensa en esa Verdad Revelada, no se discute esa Verdad Revelada, no se medita en esa Verdad Revelada. Se dice sólo sí a esa Verdad Revelada. Ese sí es un sometimiento del hombre al Pensamiento Divino. Y, en ese sometimiento, el hombre entrega a Dios su libertad para que Dios pueda obrar en él a través de la fe. Francisco niega este acto de voluntad y presenta la fe como un acto del entendimiento, como un discurso, como una ideología de la fe.

Francisco enseña que esa luz alumbra, y nos llama, y se refleja en nosotros desde dentro. Este es su error doctrinal.

La Fe es un don de Dios, no una luz. Y ese Don de Dios se da al corazón como gracia divina, no se da a la persona como inteligencia, como memoria, como datos, como razones, ideas, sentimientos.

Dios da al hombre una gracia que le ayuda a vivir la Voluntad de Dios. Esa Gracia es una Vida Divina, un Amor Divino, una enseñanza divina de Dios al hombre. Dios enseña a cada hombre, en su gracia, a buscarle y obrar en su vida humana la Voluntad de Dios.

Dios nunca da al hombre pensamientos para vivir, sentimientos para estar bien, porque la relación entre Dios y el hombre es una relación de Vida, no de diálogo de pensamientos, no de discursos de la vida, no de conocimientos sobre el bien y el mal.

Dios da su Vida al hombre en el corazón. El demonio es el que pone en la mente del hombre su inteligencia demoniáca. Dios da al corazón del hombre Su Amor, que es una inteligencia divina, que es una obra divina.

Esa Vida Divina, que Dios da, no alumbra al hombre, sino que le mueve a obrar lo divino en su vida humana. Dios siempre mueve al alma. Nunca el amor de Dios es algo rígido, algo que se queda en la inteligencia. El amor de Dios es una moción divina en el alma. Y son esas obras -nacidas de esa moción divina- lo que es la luz para los hombres, lo que es la inteligencia divina para los hombres. Por eso, dice Jesús: por sus obras los conoceréis. Por sus obras humanas, por sus obras divinas, por sus obras demoniacas.

Por eso, a Francisco se le conoce desde el principio por sus obras: sus obras no son las de Dios, no están movidas por el Espíritu Santo, sino por el espíritu del demonio. Sus obras, no sus cálidas palabras. Por las cálidas palabras, Francisco ha engañado a todo el mundo, porque a los hombres les gusta escuchar cálidas palabras, que le hablen bonito.

Esa Vida Divina sólo permanece en el hombre cuando éste es fiel a la Gracia. Si vive en pecado, esa Vida Divina desaparece y el hombre se queda en su estado natural. Y, en ese estado, puede hacer muchas cosas buenas, puede vivir una vida buena, puede tener buenos pensamientos, pero sólo eso son sus obras humanas sin la Gracia. Obras de sus leyes humanas, de sus razones humanas, que no le dan la salvación del alma. Son los fariseos que se anudan a sus obras buenas humanas y que quieren salvarse sólo por eso.

Son los que van a misa el domingo porque es un precepto, pero que no van a misa el domingo para santificarse por lo que se produce en el Altar. Obran la ley, obran el precepto, pero lo hacen sin Fe, sin la Gracia. Así hay cantidad de católicos sin Fe, que se mueven sólo por sus razones humanas en la Iglesia. Y, claro, después no saben discernir las palabras de Francisco, sus herejías, sus mentiras, porque viven de eso, -también-, en sus vidas. Viven buscando la mentira, como Francisco, y haciendo de la mentira sus verdades en la vida.

Francisco dice que esa luz alumbra al hombre. Entonces, está diciendo que esa luz va al entendimiento del hombre, no a su corazón. Porque la luz es para la mente. El amor es para el corazón.

Luego, esa luz encarnada, se encarna en la mente de cada hombre. Eso es decir, que el hombre tiene que abrir su mente. Ese abrir su mente es escuchar al demonio, como lo hizo Eva en el Paraíso: escuchó a la serpiente, dio oídos al pensamiento exterior que el demonio pone en la mente.

Y Eva escuchó esa palabra en su mente, la aceptó, y, automáticamente, perdió la Fe, la Gracia, la Vida Divina.

Adán escuchó a Eva en su pecado y, por escuchar a una mujer en pecado, por hacerla caso, entonces cometió su pecado, y la gracia se alejó de su alma.

Adán abrió su mente a Eva, que le daba un pensamiento del demonio, que le transmitía un pensamiento del demonio.

Esto es lo que enseña Francisco cuando habla de la luz encarnada: hay que abrir la mente al demonio para que ese pensamiento del demonio se escuche, se acepte en la mente, y eso es lo que alumbra en el interior de la persona, eso es lo que lleva la persona: ese engendro en la mente de la persona de Satanás.

Hablar de la luz de la fe como luz encarnada es caer en esta herejía, que es la propia de la Nueva Era. De ahí nace el culto a Satanás y a todo lo diabólico.

La luz encarnada es encarnar al demonio en la mente del hombre, es quedar poseído en la mente por el demonio, es abrir la mente a los pensamientos del demonio y, por tanto, cerrar el corazón al amor de Dios. Porque no se puede servir a dos señores. Si tengo en mi mente al demonio, no tengo en el corazón a Dios.

Por eso, esta herejía de Francisco anula la gracia en la persona que sigue esta herejía. Francisco, como la sigue, está en la Iglesia enseñando lo propio del demonio. Y eso está en cada homilía que predica. Porque él ha tenido que abrir su mente al demonio, ha tenido que escuchar los pensamientos que el demonio ha puesto en su mente, y los ha tenido que aceptar, hacerlos suyos, meditarlos, y sacar un pensamiento para su vida. Y ese pensamiento es su engendro demoniáco en su alma y en su espíritu. Por eso, es un anticristo, porque se opone a Cristo y a la Obra de Cristo, que es la Iglesia.

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