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Tiempos apocalípticos

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«Pocos son los que ven y saben reconocer los Signos de los Tiempos, los tiempos descritos en el libro del Apocalipsis, que muy  pocos se interesan en descubrir y comprender, pues la gran mayoría viven tan sumergidos en las cosas del mundo, sus placeres temporales, que no saben que muy pronto todo pasará, lo único que no pasará son las Palabras de Mi Hijo Jesús, pues todo lo profetizado tendrá su Fiel cumplimiento» (A un alma escogida).

La Jerarquía masónica tiene el control de la Iglesia Católica desde la renuncia obligada del Papa Benedicto XVI.

Control total en el núcleo de la Iglesia. Se controla a toda la Jerarquía, de una manera que muy pocos comprenden. La Jerarquía no es libre, no ha sido libre. Los Papas, desde hace cuarenta años han estado prisioneros en el Vaticano.

Esto es un Signo de los Tiempos que muy pocos reconocen.

¡Cuántos han apostatado de la fe en Pedro, juzgando y condenando a los Papas en la Iglesia!

¡Cuántos siguen a Bergoglio como su papa! ¡Están atrapados en las mentiras, en la boca del Dragón! ¡Y no hay manera de salir de ese engaño cuando el Trono de Pedro ha sido usurpado!

Es Signo de los Tiempos que el cuerno pequeño hable desde el Trono de Pedro. Ese cuerno pequeño que se ha engrandecido, durante años, contra toda la Jerarquía, que ha preparado en lo oculto, pacientemente, lo que hoy vemos en el Vaticano, y que se dispone a derribar y a anular los Sacramentos y, con ellos, el orden Jerárquico.

Hacer desaparecer la Eucaristía es acabar con toda la Jerarquía: Obispos, sacerdotes y diáconos. Todos los niveles jerárquicos van a desaparecer. Se trata de crear una nueva jerarquía, una nueva iglesia, unos nuevos sacramentos, para un falso Cristo: el Anticristo.

Mientras exista un sacerdote con fe en el Misterio del Altar, la Eucaristía estará presente en este mundo. Cristo estará vivo en medio de un mundo lleno de muerte.

Pero si se engañan a los sacerdotes y Obispos con una doctrina contraria a la fe católica, entonces en los Altares sólo queda la Abominación. Y la Iglesia se convierte en un conjunto de hombres revestidos sólo con ornamentos que no representan la vida de Cristo, y que realizan obras de muerte, obras vacías de toda verdad.

Tiene que ser purificado, este núcleo, del mal que lo posee para que la Iglesia Católica pueda ser faro de la Verdad ante todo el mundo.

La infiltración masónica en la Jerarquía debe ser purgada, pero con un sacrificio de sangre.

La purificación del núcleo jerárquico conlleva la muerte del Cuerpo Místico de la Iglesia. El Cuerpo tiene que morir, así como lo hizo Su Cabeza, para resucitar glorioso.

La Jerarquía de la Iglesia no cree en esta verdad revelada en el Apocalipsis. No cree en el Reino Glorioso de Cristo. No cree en el milenio.

¡Han dejado de creer en la Cruz que salva! ¡En el camino de la Cruz, en dónde el alma conoce la Verdad y obra la Vida que trae esa Verdad conocida!

¡Han dejado de creer en la Sangre de Cristo que es la que quita el pecado del mundo!

Todos están en la búsqueda de un reino terrenal, con un mesías de carne y sangre. El mismo pecado que tuvieron los Apóstoles con Jesús. Por eso, ellos no entendieron la Cruz, el Calvario, porque sólo veían a Jesús como un líder político. Sólo concebían su Reino como una conquista de lo terrenal.

Ahora es lo mismo: todos están en la búsqueda de una iglesia mundial que sirva a un gobierno mundial, al reino de un hombre al cual van adorarlo como su dios.

«Ocupaos de Mis asuntos, los asuntos del cielo, que Yo Me ocuparé de los vuestros. Aunque, aparentemente, el mal se presente en vuestra vida y os quiera hacer creer que él vence, nada temáis a sus ataques y venganzas, todo lo somete Mí Hijo,  en su tiempo y según su Plan Divino. La Cruz de Mi Hijo Jesús venció el mal… Él ya triunfó en la Cruz y vosotros, los que amáis la Cruz, venceréis también con el Hijo amado» (A un alma escogida).

Si el mundo se ocupase de las cosas de Dios no estaría en la búsqueda de un gobierno global.

Si la Iglesia estuviera centrada en el alimento espiritual, todas las cosas materiales tendrían solución en esta vida.

Pero ni la Iglesia ni el mundo se ocupa de las cosas divinas. Y esto es otro Signo de los Tiempos. Y pocos lo ven. Y es precisamente ahora, cuando todo invita a alejarse de Dios, cuando las almas deben ocuparse de buscar la Voluntad de Dios.

Los que amáis la Cruz, tendréis la Victoria. Pero si se desprecia la Cruz, entonces queda la ignominia.

En medio del infierno que observamos en todas partes, en los gobiernos y en la Alta Jerarquía, en el Vaticano y en las diócesis, hay que seguir obrando lo que Dios quiere, hay que seguir amando la Cruz.

Y no preocuparse ni de las guerras, ni de los problemas económicos, porque todo eso es parte de la purificación. Hay que abrazar el dolor que viene de un mundo sin Dios, de una Iglesia sin el norte de la Verdad.

Hay que ocuparse de los asuntos de Dios si queremos que Dios se ocupe de nuestros asuntos humanos, materiales, carnales, temporales.

Hay que seguir construyendo el Reino de Dios que significa, en este momento de la historia del hombre, luchar contra el Anticristo. Todavía no ha aparecido, pero ya está el cuerno pequeño mostrando el tiempo del Anticristo.

Muchos andan con miedo con lo que va a venir. Este miedo les distrae de la única verdad: sólo Dios basta; lo demás no tiene ninguna importancia. Es el ama y haz lo que quieras en un mundo que se descompone porque ha perdido el norte de la Verdad.

Se puede seguir amando a Dios aunque el Anticristo ponga su obra de odio en medio de todos. Pero hay que saber amar a Dios. Saber lo que significa el amor divino: una Cruz que muy pocos quieren abrazar.

«La mayoría de aquellos en la Iglesia de Mi Hijo serán engañados, pero casi una mitad de los siervos sagrados de Mi Hijo, rehusarán jurar el juramento final, que será falsamente declarado como uno de la Santa Eucaristía» (MDM – 11 dec 2013).

El corazón de la Iglesia es su Jerarquía: las dos terceras partes, la mayoría, caerá en el engaño del Sínodo. Ellos no serán capaces de luchar por la Verdad, de dar testimonio de la Verdad, porque han estado ocupados dos años largos luchando por limpiar las babas de un impostor, al cual ellos llaman su Papa.

Una Jerarquía que conoce perfectamente la herejía del que usurpa la Silla de Pedro, pero han dejado de creer en la doctrina de Cristo, que es el magisterio infalible e inmutable de la Iglesia. Y, por eso, le dejan hacer. Prefieren que siga hablando sus herejías, sin taparle la boca, sin excomulgarlo, porque sus vidas humanas son más importantes que la salvación de las almas. Ellos se disponen a atender el Sínodo, bajo el gobierno horizontal de un hereje, lo cual es un insulto para Dios, y será el inicio del desmantelamiento de toda la Iglesia.

Éste ya ha comenzado de una manera oculta, que muy pocos saben reconocerlo por los hechos exteriores de toda la Jerarquía. Pero ya se palpa el gran pecado que absorbe a toda la Jerarquía. Ya se ve en las distintas capillas y parroquias. Ya muchos se quitan la máscara y no esconden su orgullo y la vanidad de sus vidas.

Muchos, en la Jerarquía, son incapaces de ver la Abominación que ya está instalada en Roma. Sólo, al final, cuando les obliguen a hacer un nuevo juramento es cuando abrirán los ojos.

Si ahora muchos van a ser engañados, no es una ceguera total. Serán engañados porque ellos quieren ser engañados. Ellos, viviendo en su pecado, aceptan la mentira como verdad en la Iglesia. Su pecado de soberbia y de orgullo les ciega para poder dar testimonio de Cristo en medio de la élite masónica que los gobierna.

Si ahora aceptarán la mentira, sin embargo un falso juramento, en donde se les obligue a renunciar a ser sacerdotes y Obispos, les abrirá los ojos a la Verdad. Rehusarán y podrán enfrentarse a esa élite, que los llevará al martirio.

«Vengo a hacer la separación de Mi Verdadera Iglesia con la falsa iglesia: la Hora de la cosecha ha llegado. Se verán los frutos, y por ellos os reconoceréis quienes están Conmigo, y quiénes están contra Mí. No podéis servir a dos amos: o estáis Conmigo o estáis en contra Mía. Los hijos de Mi Padre imitan las obras de la Luz y andan en la Verdad,  son fieles a Mi doctrina y  a la Santa Palabra, son Luz del  mundo y sal de la tierra. En cambio, los hijos de Satanás, son imitadores de las obras de la obscuridad, vanidosos y mentirosos, buscan ser servidos y no servir al prójimo, hacedores de falsos milagros, pues su poder no viene de Mi Padre, sino del espíritu del mal que les da todo poder para engañar  y seducir a los débiles, a los que no siguieron Mis enseñanzas, a los que no quisieron negarse a sí mismos y seguirme, a los que no alimentaron su Fe. Prefirieron la obscuridad que la Luz» (A un alma escogida).

Ya se observa la separación en la Iglesia: unos, siguen al Papa verdadero y legítimo, al Vicario de Cristo, Benedicto XVI. Otros, creen como un sentido del deber, de la obediencia, del respeto a la Jerarquía, la necesidad de obedecer y de seguir al impostor Bergoglio.

Ese sentido del deber es lo que confunde a muchos.

Porque, en la Iglesia, sólo hay obediencia a la Verdad, que es Cristo. Y, por lo tanto, si la Jerarquía no habla con la Verdad, no enseña la misma doctrina de Cristo, entonces cae la obediencia espiritual. Sólo queda la obediencia material. Pero, en ésta, no es posible seguir la mente del que está gobernando la Iglesia.

Ya, en la Iglesia, no está un Papa verdadero y legítimo en su gobierno. Luego, cae la obediencia espiritual. Hay que seguir en las estructuras jerárquicas sólo porque dan de comer y un techo. Pero no hay que tener miedo de hablar claro al Rebaño.

Esto es lo que la Jerarquía no ha hecho. Y es por causa de ese sentido del deber, falso cuando se trata de un hereje. Ellos obedecen la mente de ese hereje. Y este es su pecado principal, que los ata al demonio.

Un hereje no tiene jurisdicción alguna para gobernar la Iglesia, para mandar en los sacerdotes y en los Obispos. Esto lo sabe la Jerarquía, pero calla. Y hacen silencio culpable. Están atados, están controlados por la élite masónica.

Por eso, de la Jerarquía de la Iglesia no hay que esperar nada: son incapaces de señalar el camino de la Iglesia en estos tiempos. Están poseídos, en sus mentes, por espíritus que los llevan lejos de la Verdad. Esa posesión es por su obediencia a la mente de un hereje. Si se obedece la mente de un hereje, la propia mente humana queda poseída por Satanás.

Es la posesión demoniaca más difícil de quitar en un alma: la del pensamiento. El demonio guía la mente humana de la persona y ésta no se da cuenta del engaño. El hombre no puede afirmarse en una verdad con su mente. Ve la Verdad, pero no puede penetrarla, no puede asimilarla, no puede seguirla. El demonio siempre le pone una idea que le aleja de la Verdad.

A la Jerarquía de la Iglesia no le sirve, para salvarse, su vasto conocimiento de la teología y de la filosofía. Ellos conocen la Verdad, pero prefieren estar dedicados a otros negocios mucho más importantes para su vida propia.

A esta Jerarquía, que ha dado su obediencia a la mente de un hereje, sólo le sirve el martirio para liberarse de esa posesión.

Por eso, ya se está haciendo la separación de la verdadera Iglesia, la que permanece en toda la Verdad, y la falsa iglesia, conducida en todas las cosas por la élite masónica.

Esta Jerarquía masónica son lobos vestidos de Obispos y de sacerdotes, es decir, en ellos todo es falso y perverso: en las ideas y en las obras.

Esa élite masónica ha puesto a un engendro del demonio como falso papa: Bergoglio. Pero esta cabeza no está a cargo de la Sede de Roma, sino que es sólo un bastión del enemigo, con el cual se ha podido abrir la puerta para hacer desaparecer el fundamento de la Iglesia.

Bergoglio era la llave para anular a Pedro en la Iglesia Católica.

Pedro es la cabeza visible de la Iglesia. Y las enseñanzas de la Iglesia Católica son infalibles porque han sido puestas por Pedro. Los Sucesores de Pedro sólo han confirmado, en el tiempo, los fundamentos que puso Pedro. Por eso, ningún Papa niega la obra de su predecesor, en lo esencial de la Iglesia, porque el fundamento no puede cambiar.

La cabeza es Pedro. Y Pedro no es sólo el hombre, sino que es el Vicario de Cristo, es decir, es el que guarda la Verdad que Cristo enseñó. La guarda íntegra, la enseña sin quitar ni añadir nada, y pone el camino para que esa Verdad pueda ser obrada por todas las almas, y así sea el objeto de la salvación y de la santificación de cada alma. Pedro es la misma Voz de Cristo en medio de la Iglesia.

El fundamento de la Iglesia es la Palabra de Dios, la Verdad Revelada por Jesucristo a Sus Apóstoles. Esa Palabra de Dios es el Pensamiento del Padre y la Obra del Espíritu Santo.

Y la Iglesia no tiene otro fundamento que Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

La Iglesia es Cristo. Y en Cristo, las almas se unen de una manera mística y espiritual. En la Verdad Revelada se construye el Cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia.

La élite masónica, es decir, Bergoglio y toda su compañía, tratan la Verdad Revelada como herejía. En otras palabras, tienen a la Iglesia Católica, ven el magisterio de la Iglesia Católica, contemplan los dogmas inmutables, enseñados desde el principio de la existencia de la Iglesia, como estupidez y sujetos de cambio.

Para ellos, lo que importa no es Jesús, sino la interpretación que cada uno hace de Jesús. Y, por eso, acuden a las diversas culturas, a los cambios sociales y políticos, a las filosofías del momento, para inventarse su Jesús, un falso Cristo, que sólo existe en la mente de esa élite masónica, pero que nunca puede darse en la realidad de la vida.

Jesús no puede cambiar porque es una Persona Divina. Y, por lo tanto, Su Palabra, lo que Él enseñó a Sus Apóstoles, no admite ningún cambio, porque esa enseñanza es una obra divina en la Iglesia y en las almas.

Jesús sigue enseñando a Su Iglesia como antes, pero lo hace sólo por medio del Espíritu Santo. Si la Jerarquía no es espiritual, no sigue al Espíritu, entonces pierde esta enseñanza y se vuelve humana, natural, carnal, material, hasta perder totalmente la fe.

El magisterio de la Iglesia no es un conjunto de ideas que hay que aprender para ser Iglesia, para estar en la Iglesia, para vivir en la Iglesia. La Iglesia no la hace una Jerarquía que se sabe la teología, pero que después obra otra cosa. Para ser sacerdote no hace falta estudiar teología. Sólo es necesario estar abiertos al Espíritu. En un corazón humilde a la Voluntad de Dios, el sacerdote sabe obrar en la Iglesia lo que quiere el Espíritu. Y sólo así se va construyendo la Iglesia: con almas espirituales.

La racionalidad lo domina todo en muchos Obispos y sacerdotes. Y ya no son humildes a la Voz del Espíritu. Y si ellos no aprenden del Espíritu cómo levantar la Iglesia que Dios quiere, entonces lo que hacen es inventarse su nueva iglesia, la de los hombres, la propia de unas almas que han perdido su devoción a Cristo, el amor verdadero a Cristo.

El magisterio de la Iglesia es una obra divina que cada alma tiene que realizarla en su vida espiritual. Ese magisterio es intocable, no sólo porque representa la vida de Cristo, sino porque es Cristo mismo en la Iglesia.

La Verdad es una Persona Divina. Amar la Verdad es amar a esa Persona Divina, es amar a Cristo. Odiar la Verdad es odiar a Cristo. Negar la Verdad es negar a Cristo.

Para la élite masónica no existe la verdad objetiva, es decir, no existe Cristo. Sólo puede darse la idea que cada uno adquiera de Cristo. Lo infalible no existe para ellos. Lo inmutable no puede darse en sus mentes masónicas. Sólo se da el camino de la gradualidad, de la evolución, de la división de toda verdad, que crea un relativismo infinito. Sólo se puede pensar en un idealismo sin el fundamento de la realidad.

La fe católica, para Bergoglio y su clan, es una herejía, porque va en contra del dogma de sus pensamientos humanos. Ellos viven la evolución de la idea humana. Y no pueden dejar de pensar de manera evolutiva, cambiante, gradual. Ese pensamiento lo divide todo y, por eso, para ellos en la diversidad de las ideas se encuentra la verdad.

La Verdad Absoluta destruye este pensamiento gradual, lo combate. Por eso, la tratan como herejía. Para ellos, la Verdad no es la Mente de Cristo, sino su propia mente humana. Ellos viven en el idealismo más puro de todos: el que se construye sólo atendiendo a lo que uno piensa de la vida. Midiendo todas las cosas, incluso a Dios, con su pensamiento humano.

La fe católica contradice sus pensamientos humanos, que son la única verdad que el hombre puede conocer en esta vida. Este conocimiento sólo es posible en la unión de todas las mentes humanas que tienen una parte de la verdad, una división. Pero este conocimiento es imposible si hay una mente que posea la verdad plena, que excluya a las demás mentes. Por eso, tienen que atacar a Cristo y a Su Iglesia. Tienen que tratarla como herejía pura para sus mentes pervertidas.

Consecuencia de todo esto es la persecución que se va a iniciar después del Sínodo a todos los católicos que se empeñen en permanecer en la Verdad.

Ellos quieren llevar al engaño de su gradualidad a muchas almas. Por eso, Bergoglio está continuamente dando entrevistas para que la gente quede colgada de sus palabras mentirosas.

El fundamento de la Iglesia Católica ya ha sido sacudido desde el 13 de marzo del 2013. Han cambiado la forma de gobierno en la Iglesia, iniciando una horizontalidad que anula a Pedro. Lo que vemos con Bergoglio es sólo el cascarón del Papado, es decir, algo exterior, vacío, sin consistencia, falso, irrelevante, que produce un caos en el Vaticano y en todas las diócesis, y que da la autoridad de la Iglesia a uno sólo: su voluntad caprichosa es la ley que rige en la Iglesia.

Autocracia y caos es el testamento que deja Bergoglio en el gobierno de la Iglesia. Es decir, el orgullo de su vida y la soberbia de su mente humana. Esto es el resumen de este hombre, para el cual el hombre, lo humano, la humanidad, es más importante que Cristo. Por eso, en la mente de este impostor, es necesario descartar a Cristo. Cristo traicionó el ideal del hombre: se dejó matar en una cruz, clavó la humanidad en una cruz. Hay que desclavarla porque el hombre tiene que ser libre en este mundo y buscar su felicidad a pesar de constatar, día a día, que no la puede ni la sabe encontrar.

Bergoglio, como toda la élite masónica, nunca va a expresar que odia a Cristo. La perversidad de un hereje consiste en ocultar su verdadero pensamiento y en ofrecer un lenguaje maquillado de humanismo, de misericordia y de cuidado de los pobres. Por eso, Bergoglio presenta a un Cristo defensor de los derechos humanos, centrado en las injusticias sociales, que tiene compasión por todos los pobres materiales del mundo. Un cristo que no descarta al hombre, sino que camina junto al hombre, pendiente de su vida humana. Es un falso cristo que muchos lo aceptan porque lo dice Bergoglio.

Él presenta la mentira de un cristo para reemplazar la Verdad, al verdadero Cristo. Esto siempre es el juego del demonio: nunca el demonio se presenta al alma con su cara de odio, sino que siempre se disfraza de hombre encantador, moderno, humano, que le importa la vida de los hombres.

La felicidad del hombre no está en este mundo. Y, por más que el hombre busque y construya caminos de felicidad, de falsa paz, sólo encuentra lo de siempre: muerte, enfermedades, desgracias, sufrimientos, una vida que carece de sentido.

Los cambios en la Iglesia se han intensificado desde la renuncia del Papa verdadero. Esos cambios han venido con la difusión de infinidad de mentiras que el cuerno pequeño ha propagado –y lo sigue haciendo- desde Roma.

Ese cuerno pequeño es la bestia semejante un cordero, con dos cuernos, y que habla como dragón. Esa bestia representa al Falso Profeta y al Anticristo. Son dos cuernos, son dos voces, dos cabezas, pero unidas en un mismo objetivo: destruir la Iglesia

El Anticristo es la bestia sin más, la bestia por excelencia, la que ha creado satanás para estos tiempos. Una bestia que tiene vínculos con la Iglesia Católica porque el Anticristo nace de un Obispo, con las artes maléficas de una bruja que se dedica a formar cuerpos para el espíritu demoniaco.

Esta bestia necesita de otra bestia, menos importante, pero unida a él, que prepare el camino para la entrada del gran impostor. El Anticristo necesita del Falso Profeta que va a liderar la falsa Iglesia que será levantada en Roma.

Pero hasta que aparezca este Falso Profeta, se ha puesto a un hombre que posee el mismo espíritu del Falso Profeta, y que anuncia con sus obras maléficas las obras del Anticristo.

El mundo secular aplaude a Bergoglio. Esto ya debería ser una señal para todos los católicos que les indicara que Bergoglio no es Papa. Pero ni siquiera esta señal tan clara es argumento que convenza a los católicos.

Bergoglio recibe honor público en todos los medios de comunicación, especialmente en aquellos que son del mundo, ateos, agnósticos, abominables por sus doctrinas en contra de la ley de Dios.

Bergoglio está en la mente de toda la élite política. A las ideas heréticas de ese hombre, se abrazan todos para seguir obrando en sus gobiernos en contra de la Voluntad de Dios.

Bergoglio es el ejemplo de un hombre que hace multitud de obras de caridad, lleno de un humanismo sentimental, amorfo, que sólo sabe llorar, ver su propia infelicidad, pero que es incapaz de ver el sufrimiento de Cristo en las almas.

Bergoglio vive en el culto al hombre, pero no le interesan los hombres, sino sólo él, su orgullo, su arrogancia y su auto-obsesión, el maldito dinero.

Pero, a pesar de esto, multitudes siguen a Bergoglio como su papa. Y esto es una clara señal de los Signos de los Tiempos. La gente ya no quiere escuchar la Verdad, no le interesa. Sólo quiere escuchar la fábula que hay en su mente.

«… vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» (2 Tim 4, 3).

Es tiempo para prepararse a combatir contra el Anticristo. Muchos no creen en el Apocalipsis y, por eso, andan sin ver la realidad de lo que pasa en todo el mundo. Piensan que todavía no es el tiempo. Esta ceguera, que es de muchos católicos, les lleva a preguntarse si en el Sínodo se producirá o no un cisma. Así andan muchos católicos, sin ver los Signos de los Tiempos, sin ninguna vida espiritual, anclados y fijados en sus grandes pensamientos teológicos y filosóficos.

Bergoglio se gasta en dar entrevistas para seducir a muchas almas, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Y los católicos están amodorrados y temerosos por lo que pueda pasar en el mundo, con las guerras y la crisis económica y la hambruna que se avecina. Pierden su tiempo en estas cosas, cuando deberían trabajar por arrebatar a Bergoglio las almas que seduce. Muy pocos han hecho esto. Y ahora, cuando viene la persecución oficial, pocos los seguirán haciendo.

Hay muchas dudas entre los católicos. Y quien duda no está en la Verdad, no tiene la fuerza para dar testimonio de la Verdad.

Si un hombre, como Bergoglio, estúpido en su pensamiento humano, ha hecho tanto mal con su palabra babosa, ¿qué no hará el Anticristo, que se sabe de memoria toda la Sagrada Escritura, que realiza milagros y portentos capaces de convertir al más duro ateo?

Si el católico no se prepara para combatir a esta bestia, con la fuerza del Espíritu Santo, entonces va quedar atrapado con la hipnosis de su mente. Toda la fuerza del Anticristo está en su cuerpo. Con su cuerpo puede moverse, atravesar paredes, desparecer, porque tiene que imitar en lo más posible al Cuerpo Glorioso de Cristo. Muchos quedarán engañados por estas falsas maravillas, y lo adorarán como a su dios.

No teman por todo lo que viene. Sólo tengan temor de Dios. Ahí está la fuerza del verdadero amor.

Es Cristo Crucificado el signo de la Misericordia

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Todos van buscando un falso ecumenismo, que no se fundamenta en la religión natural, en la relación del hombre con Dios, sino que se va en la conquista de una nueva religión que nace sólo de la mente humana.

Es el yo del hombre, un yo orgulloso, arrogante, que quiere imperar sobre los demás hombres a base de planteamientos humanos que son la creación del mismo hombre.

Hay que inventarse una crisis económica para que aparezca el salvador del mundo con un gobierno mundial.

Hay que inventarse un cisma para que se levante la iglesia universal que apoye ese gobierno mundial.

Para esto es la falsa misericordia que se predica, sin contemplaciones, con la cara descubierta, por toda la falsa jerarquía que constituyen la falsa iglesia en Roma.

Y la maldad de muchos es que ven la clara herejía de todos esos falsos pastores, pero miran a otro lado y hacen coro al lenguaje sin verdad de Bergoglio y compañía, que no pertenecen a la Iglesia Católica. Pero, ¡cuánto cuesta decir esta verdad! Cuesta el pan, el trabajo, la fama, la dignidad sacerdotal. Y así muchos siguen excusando lo que no se puede excusar. Muchos levantan la voz diciendo que ya esto no puede seguir así, pero no dan en el clavo, no ponen la solución al problema, sino que siguen haciendo propaganda de un hereje como su papa, y de un pontificado que no existe, que no es real, que destruye la vida de la Iglesia y de las almas.

Dios no castiga. Éste es el pensamiento que la gente quiere escuchar.

La Misericordia de Dios obra cuando en el alma hay sincero arrepentimiento y lucha contra el pecado. El alma que busca no pecar más encuentra el camino, no sólo de la misericordia, sino del amor de Dios.

Pero, se ha convocado un falso jubileo en donde la palabra arrepentimiento brilla por su ausencia. Y todo es engarzar frases bonitas para presentar un dios que no existe, una iglesia que no es la iglesia de Cristo, un cristo que no es el del Evangelio.

El Buen Pastor no es el que carga, en sus hombros, con la vida de los hombres, sino el que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Una vida que no es humana. Ofrece en sacrificio su vida humana para que el hombre viva lo divino, alcance lo divino en lo humano.

Es la Cruz el signo de la Misericordia del Padre. El Amor de Cristo, en el cual lleva a término la Obra de la Redención, no se simboliza en el Hijo que carga con sus hombres al hombre, sino en el dolor de la Cruz, en el Hijo que muere clavado en la Cruz.

Ya no presentan a Cristo Crucificado porque Dios no castiga.

Presentan un imperativo moral: «…se propone vivir la misericordia siguiendo el ejemplo del Padre, que pide no juzgar y no condenar, sino amar sin medida» (texto).

Toman las palabras del Evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6, 37), para presentar una mentira bien dicha.

El amor a los enemigos, que es la enseñanza de Cristo en todo ese pasaje, consiste en un acto de perdón y de benevolencia. Jesús enseña a sufrir injusticias no a aplicar una venganza. Y, por eso, en el pecado del otro, hay que practicar la virtud de la paciencia, dando al otro un signo de compasión por su miseria. Y es una compasión de índole material, no espiritual.

Dios se reserva la venganza, la justicia: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira de Dios; pues está escrito: “A Mí la venganza, Yo haré Justicia”. Por lo contrario, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendido sobre su cabeza”. No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12, 20-21).

En la nueva iglesia de Bergoglio se enseña el imperativo categórico: no juzgues; Dios pide que no juzgues. Ama sin medida. ¿Cómo se puede amar sin medida sin juzgar si el otro es enemigo o amigo? Hay que discernir al otro y eso es un juicio espiritual, que todo hombre está obligado a hacer. Lo que Jesús enseña es a no hacer un juicio moral de la persona, que sólo está reservado a Él.

Pero, esto en la Iglesia universal de Bergoglio no se enseña, porque no existe el pecado como ofensa a Dios. Y tampoco existe la ley natural. Sólo se concibe el mal en la ley de la gradualidad.

Ellos toman la Palabra de Dios y la tergiversan. Jesús pide que se practique el perdón ante el enemigo. Se le sigue considerando enemigo, no amigo. Y la única manera de hacer justicia al hombre enemigo es practicar con él una compasión material, no espiritual: no hay que defenderse de las injusticias que ese enemigo procura, no hay que atacarlo con la misma moneda, sino que hay que ofrecer al injusto, al pecador, al que hace un mal más de lo que toma. De esta manera, se aumenta el castigo de Dios sobre él, se obra la Justicia de Dios.

Pero presentan a un Dios que no castiga, a un Dios que pide no juzgar. Y caen en su misma trampa.

Para ver al otro a un enemigo hay que juzgarlo como enemigo. Si la criatura no hace este juicio, entonces vive un sueño en su vida: vive creyendo que todos los hombres son buenos y, por lo tanto, no hay que juzgarlos.

Esto es lo que ellos ofrecen en su falsa misericordia, olvidando el orden que toda criatura tiene con Dios, la relación del hombre con Dios, que es una dependencia absoluta a Su Voluntad Divina.

Y oscurecen una verdad: Dios no puede hacer que un hombre peque. Por tanto, al que peca Dios tiene que castigarlo de alguna manera para que salga de su pecado, para que viva sin pecado. Hace falta una Justicia Divina, que castigue al pecador. Pero mostrar una falsa misericordia en donde Dios no juzga al que peca, es blasfemar contra la santidad de la Voluntad de Dios.

Dios no quiere un mundo lleno de pecado; Dios no quiere una iglesia llena de pecadores. Por eso, ha puesto los medios adecuados para que las almas vivan sin pecar. Y esos medios son el fruto de una Justicia Divina, no de un beso y un abrazo de Dios hacia el hombre.

Dios pide practicar la paciencia que perdona la ofensa, que el enemigo hace, para que triunfe, no los enemigos, sino los que sufren esa injusticia. Practicar la virtud es obrar una justicia, no una misericordia. Y, en la obra de esa justicia, se encuentra una misericordia para el hombre que peca o hace una injustica. Esa compasión material, en la que se da al otro algo material, no es cerrar los ojos a los pecados del otro, a sus males. Es seguir teniéndolo muy abiertos, porque el que ama al enemigo conoce lo que es su enemigo y no se deja engañar por él. Al enemigo hay que seguir contemplándolo como enemigo. No hay que vivir soñando que es nuestro amigo.

Pero, a la falsa jerarquía, que gobierna en el Vaticano, le gusta coger frases del Evangelio para manifestar su mentira, su error, la gran oscuridad que tienen en sus mentes. Nunca serán capaces de mostrar la verdad porque no tienen la verdad, no pueden obrarla. Son demonios encarnados. Es la falsa jerarquía, que muchos siguen porque no conocen la verdad del Evangelio, no buscan en sus vidas la verdad que la Mente de Cristo ofrece a todo hombre. Sólo viven para lo que viven: para ser del mundo y para apoyar a un hombre que no merece darle ni los buenos días.

«…el Buen Pastor que toca en profundidad la carne del hombre»: Jesús toca en profundidad  los corazones de los hombres, no sus carnes. Jesús ama los corazones, no los cuerpos de los hombres. Jesús ha sido ungido «para evangelizar a los pobres», no para abrazarlos y besarlos. No para mostrar un sentimiento vacío, inútil sobre la vida humana. Jesús no llora por ningún problema del hombre. Jesús sufre por los malditos pecados de todos los hombres. Y, por eso, murió en una Cruz para enseñar a los hombres el camino de la salvación: cómo quitar el maldito pecado de la vida. ¡Crucifica tu voluntad humana para obrar la Voluntad de Dios en tu vida!

Jesús viene para dar la verdad de la vida, no para caminar con los hombres, no para estar pendiente de la vida de ningún hombre.

Ellos muestran un Jesús humano, un político, un hombre del pueblo, de la vida social, lleno de sentimientos baratos, que se dedica a hacer justicias sociales y a predicar los derechos humanos.

Y enseñan una blasfemia, que es su abominación: «el Buen Pastor…carga sobre sí la humanidad, pero sus ojos se confunden con los del hombre. Cristo ve con el ojo de Adán y éste lo hace con el ojo de Cristo. Así, cada hombre descubre en Cristo…la propia humanidad y el fututo que lo espera…».

Palabas propias de un demente.

¡Gran locura es lo que se dice aquí!

Se niegan tantas cosas que sólo quieren presentar su dios abominable. Un dios que carga con la humanidad para mostrarse amable con todos, para mostrar una fraternidad que no existe, que es el invento de muchos. Pero, en la realidad es un dios que odia a toda la humanidad. Y, por eso, carga con ella, para aniquilarla, para destruirla, para llevarla a la condenación. Y esto es lo que ellos no enseñan: esconden, todavía, al Anticristo, pero predican su doctrina.

Es lo que ahora presentan en su lenguaje amorfo: un Jesús amoroso, tierno, idiota, sentimental, que se postra ante los hombres, que camina con ellos, que lleva al hombre a donde éste quiere ir. No es un Jesús que muestre el camino del hombre, sino que camina el mismo camino del hombre. No es un Jesús que sufra por el pecado de los hombres, sino que es un Jesús amigo de todos los hombres que posee una conciencia ancha, con la cual se acomoda a todas las vidas de los hombres para que ellos estén felices y contentos de tener un dios que los ama, pero que no les corrige sus maldades.

Por eso, es un cristo que ve con los ojos de Adán. No es un Cristo que viene a hacer la Voluntad de Su Padre. Es el Padre el que mira a toda la humanidad a través de los ojos de Su Hijo. Y el Verbo se ha encarnado para poseer nuevos ojos, para ver la vida con nuevos ojos. Es el Hombre Nuevo, totalmente diferente al hombre viejo, que simboliza Adán y toda su descendencia.

Cristo no ve la vida de los hombres con los ojos de Adán.

¡Qué gran blasfemia!

Cristo ha venido a quitar el pecado de Adán. Luego, tiene que ver la vida de una manera totalmente opuesta a como la ve Adán.

Cristo vino a sanar los ojos de Adán y a liberarlos de toda la corrupción que su pecado ha traído a toda la humanidad.

Los ojos de Adán le llevaron a la obra de su pecado. Adán no supo mirar la vida con los ojos de Dios, en la Voluntad de Dios, en el Plan que Dios quería para el hombre.

Los ojos de Cristo le llevan a obrar la Redención del pecado, que es quitar el pecado del mundo. Cristo miró la vida como la ve Su Padre y, por lo tanto, vino a hacer la Voluntad de Su Padre, que es lo que muchos no han comprendido en la Iglesia. Tienen un sacerdocio para hacer lo que les da la gana. Y, por eso, han sentado a un inútil y a un orgulloso, que lleva dos años haciendo lo que le da la gana en su gobierno maldito en Roma.

Todo hombre tiene a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Ya el camino no es la obra de Adán, no es la visión de Adán sobre la vida, no es el pensamiento de Adán sobre la verdad de la vida.

Hay que dejar al hombre viejo, a Adán. Hay que dejar de mirar la vida con los ojos de Adán. Ya tenemos a Cristo, ya poseemos su Mente, ya conocemos la Voluntad de Dios. Hay que mirar la vida como Cristo la ve: en Su Padre.

Pero, ellos se inventan su dios: ese yo emergente, ese yo común, ese yo masónico, ese yo múltiple, que nace de la unión de los pensamientos humanos, porque en la mente del hombre está la ley de la gradualidad. Hay que unir mentes, hay que unir múltiples personas. Hay que unificarlo todo en una sola religión que sea una blasfemia al Espíritu Santo, que se gobierne por imperativos morales, categóricos, en donde la obligación moral se concibe sin relación a Dios, sin el orden de la verdad, en la sola libertad del pensamiento humano.

Sé libre para pensar lo que quieras de la vida; y después, impón tu pensamiento libre a los demás. Si los demás no te aceptan tus ideas de la vida, entonces los combates, pero secretamente, a escondidas, como ahora se hace contra todos los verdaderos católicos. Al exterior, ellos presentan una misericordia en la que no se juzga a nadie. Pero si no está de acedo con esa misericordia, entonces ellos te juzgan, pero no lo muestran púbicamente, porque tienen que guardar las apariencias. Ellos son los nuevos santos, los hombres buenos y justos, que con su verborrea hablan de todo y no dicen ninguna verdad. Sólo hablan para conseguir su negocio en la Iglesia.

Ahora todos buscan en la Iglesia un ecumenismo abominable, sin la relación con Dios, sin el orden debido a Dios.

¿No ha enseñado eso, miles de veces, el falso papa Bergoglio? ¿No enseñó eso cuando recibió en audiencia a la arzobispa luterana de Upsala, reconociendo en ella una figura de fe?

«…no deben ser percibidos como adversarios o competidores, sino reconocidos por lo que son: hermanos y hermanas en la fe…Los católicos y luteranos deben buscar y promover la unidad en las diócesis, parroquias y comunidades de todo el mundo» (texto).

¿Cómo una mujer puede ser Obispa? ¿Cómo una mujer Obispa puede ser hermana en la fe? Eso va en contra de la religión natural. La mujer no tiene el poder recibido de Dios para gobernar. Dios da al hombre el poder, el gobierno. Dios da a la mujer el amor, la vida.

Por lo tanto, toda mujer que se viste de Obispa es una adversaria en la fe, no se la puede reconocer como hermana en la fe. Es una abominación de mujer. Hay que atacarla. Hay que recibirla para cantarle las cuarenta, cosa que nunca va a hacer Bergoglio.

La religión natural es la que se funda únicamente en la naturaleza humana. Por tanto es una sola, ya que todos los hombres tienen la misma naturaleza humana y, por lo tanto, las mismas relaciones de dependencia para con Dios.

Toda religión verdadera debe contener como fundamento la religión natural. Cristo funda Su Iglesia en el fundamento de la religión natural. Él no funda una religión que viene de su mente humana. Cristo funda Iglesia en la que se vive totalmente la dependencia a Dios que da la naturaleza humana. Por eso, en la Iglesia de Cristo, las mujeres no gobiernan nada. No son para el sacerdocio porque naturalmente no tienen el poder.

Los luteranos que tienen Obispas ya no pertenecen a la religión natural. No se puede buscar en ellos un ecumenismo. Es un escándalo para la fe si se busca. Bergoglio es lo que busca porque ha puesto la unión de los hombres sólo en la unión de pensamientos humanos, no en la unión con la Mente de Cristo. Hay que buscar un pensamiento unificado.

La división entre los cristianos es sólo por el maldito pecado de cada uno de ellos. El falso ecumenismo oculta el pecado y la abominación para conseguir su gran negocio.

La religión natural es el conjunto de verdades, obligaciones y relaciones con Dios, que pueden deducirse de la consideración del solo hecho de la creación.

Dios crea al varón y le da poder para cultivar y guardar el Paraíso. Le da poder para poner nombres a todos los seres vivientes.

Dios crea al hombre del polvo de la tierra y le da poder sobre toda la tierra. El hombre es el señor de la tierra.

El hombre tiene el poder de dar la vida, pero no puede engendrarla. Necesita de algo más. «No es bueno que el hombre esté solo». Necesita de una ayuda adecuada para poder ejercer su poder.

Por eso, Dios crea a la mujer.

Y la crea, no del polvo de la tierra, no para un poder terrenal, no para dar nombre a las criaturas, no para ejercer un dominio sobre la creación. La mujer sólo domina por su amor, no por el poder.

Dios crea a la mujer de la costilla del varón, para que sea hueso de sus huesos, carne de su carne. Sea algo del hombre, sea dependiente de él. Siempre la mujer debe vivir bajo el poder del hombre. Nunca la mujer es para el gobierno. Es una aberración toda mujer que gobierne. No es esa la relación natural entre hombre y mujer. No es ese el orden que Dios ha puesto en la naturaleza humana.

Una mujer que gobierne no se la debe ninguna obediencia, porque la mujer no es cabeza. Allí donde una mujer gobierna cae la abominación sobre todo el país. La mujer es para la maternidad, para estar sujeta al poder que tiene el varón. Un país funciona cuando gobierna el varón. Una Iglesia funciona cuando gobierna el varón.

Pero, hoy se concibe el poder como un servicio, no como un dominio. Y, entonces, vemos a mujeres que ya no son mujeres, que ya no hacen el papel que Dios quiere en toda mujer.

Dios crea a la mujer para que el hombre pueda ejercer su poder en ella, para adherirse a ella, para ser una sola carne. Por eso, el matrimonio es un vínculo natural. Es el propio entre hombre y mujer. El matrimonio no existe en el cielo, sino que es sólo para la tierra. Es para un fin que Dios ha querido al crear al varón.

Dios crea al hombre para tener de él otros hombres. Dios no quiso crear a todos los hombres por separado, sino por generación. Que los hombres vengan de otros hombres. Para esto necesita crear a una mujer. Y que esa mujer provenga del hombre, no de la tierra. Que no sea una especie distinta al varón. Que sea como el varón, que tenga la misma naturaleza humana. Que esa mujer tenga la capacidad de engendrar la vida, de darle un hijo al varón que se une a ella. Que sea una ayuda semejante al poder que tiene el varón. La ayuda del amor que engendra, que es semejante al poder de dar la vida en el hombre.

Dios crea al varón para el poder, para el gobierno, para ser cabeza. Dios crea a la mujer, para la vida, para el amor, para dar hijos al hombre, para ayudar al poder del hombre, para engendrar con el poder del hombre.

Toda mujer que no busque un hijo en el hombre no es mujer, no sabe para lo que Dios la ha creado.

El hijo es lo propio de la religión natural: la maternidad es el orden divino en la mujer. Dios ha creado la mujer para ser madre. Por eso, es una bendición tener hijos. Es lo que Dios quiere de todo matrimonio. Es la relación correcta entre hombre y mujer. Los dos se casan para tener hijos. Ése es el sentido natural de la vida. Este es el sentido natural de la unión de los dos sexos. El pecado oscureció y anuló este sentido natural.

Después, está el sentido sobrenatural de la unión carnal, porque la religión no es sólo natural, sino también sobrenatural. La naturaleza humana se ordena a la gracia sobrenatural. Dios crea al varón en la gracia, en un ser sobrenatural. El hombre creado por Dios tiene en su naturaleza un ser divino que le capacita y le exige una vida distinta a la humana, a la natural, a la carnal.

Adán, con su pecado, perdió esta ordenación divina y, por eso, el matrimonio entre hombre y mujer debían tener excepciones en la ley positiva. Moisés tuvo que introducir el divorcio porque, entre hombre y mujer, era imposible realizar el plan de Dios. Hombre y mujer se unían para muchas cosas, pero no para dar hijos a Dios. El matrimonio, como vínculo natural, necesita de la gracia para ser obrado. Sin la gracia, es imposible dar un hijo a Dios en el matrimonio.

El pecado de Adán anuló el plan divino, y el matrimonio fue imposible vivirlo hasta que Cristo no trajo la gracia. Con el Sacramento, hay un camino para que los hijos sean de Dios, todavía no por medio de la generación, sino sólo por la gracia.

En aquella religión en donde se apoyen los diferentes métodos anticonceptivos, se va  en contra de la misma religión natural. Dios castiga todo aquello que impide la vida, engendrar la vida.

Las mujeres que se dedican a su feminismo ya no son mujeres. Naturalmente han perdido la relación con Dios y con el hombre. Buscan al hombre, no para un hijo, sino para un negocio más en la vida.

La mujer es para la maternidad, no para la esterilidad.

En aquella religión donde haya homosexuales o lesbianas no es posible el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es para la mujer, y la mujer para el hombre. Dios no ha creado ni a los homosexuales ni a las lesbianas. Dios ha creado sólo al varón y a la mujer.

¿Qué relación con Dios tiene un homosexual que ame su pecado de homosexualidad? ¿Qué orden divino vive? ¿Qué verdad obra en su vida? Sólo se da una abominación en el culto a Dios. Un homosexual sólo se adora a sí mismo cuando pretende adorar a Dios. Adora a su dios, a su mente humana, a su pecado, a su estilo de vida. Pero no es capaz de vivir naturalmente en relación con Dios.

En aquella religión donde haya mujeres sacerdotes, es una aberración el culto a Dios. Porque, en la religión natural, el hombre es el que tiene el poder, la mujer es la que engendra la vida. El hombre es el que tiene el poder de sacrificar a Dios por los pecados de los hombres. Eso es el sacerdocio. La mujer es la que engendra la vida, la que es llamada a la virginidad y a la maternidad. El sacerdote tiene el poder para conferir la gracia; la mujer es la que da el amor en la Iglesia.

Se busca el triple ojo, que significa el ojo del Anticristo: un dios que una a todos los hombres. Una los yo múltiples en un solo pensamiento humano, que sólo se rige por la ley de la gradualidad. Una abominación. Y, para eso, es el jubileo, un año para prepararse al culto al hombre. Es necesario aprender a adorar a los hombres para poder entrar en la nueva religión y tener un medio para vivir la vida.

Aquellos que no adoren al hombre, entonces no podrán comer, no tendrán un trabajo, se les perseguirá por su fe que combate la mentira del Anticristo.

No tengan parte con la iglesia de Bergoglio. Desprecien a ese hombre y a toda la Jerarquía que le obedece, que son la mayoría. Son pocos los sacerdotes que ven la realidad de lo que pasa en la Iglesia. Los demás, se acomodan a un hereje. Terminan haciéndose herejes.

El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

corromper

«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

Bergoglio enseña, como un falso papa, su falsa y herética doctrina

vividor

1. «El Concilio Vaticano II, al presentar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, tenía bien presente una verdad fundamental, que jamás hay que olvidar: la Iglesia no es una realidad estática, inmóvil, con un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los cielos, del cual la Iglesia en la tierra es el germen y el inicio» [cf. Conc. ecum. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5] (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 20 – Audiencia general del miércoles, 26 de noviembre).

Si van a la Lumen Gentium comprobarán que no se dice nada de lo que Bergoglio habla. Allí, el Papa enseña que la Iglesia: «constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria». La Iglesia va hacia su fin: la Gloria, que es la unión con Su Cabeza Invisible en la gloria; va creciendo en la gracia y en el Espíritu. No crece en lo humano, en lo material, en lo natural. La Iglesia es una realidad divina, espiritual y, por tanto, siempre la Iglesia está en acto, pero es una obra divina en Ella, no humana.

Bergoglio pone el acento en su herejía: la Iglesia está «continuamente en camino en la historia». Ve la Iglesia como una realidad histórica, pero no divina, no espiritual. La hacen los hombres durante el tiempo en que viven. Y, por eso, este hombre pone la Iglesia, no en Jesús, sino en Abraham, en el pueblo de Dios del AT. Por eso, habla así y enseña su estilo de iglesia, que no es la Iglesia Católica.

Nombra, además, un documento de la Iglesia para predicar su mentira. Es lo que hacen muchos ahora en la Iglesia: nombran a un Papa o al magisterio o a un santo para decir su gran mentira a todos con una sonrisa.

El fin de la Iglesia es salvar y santificar las almas. Es un fin en sí mismo. Se quita ese fin, se anula la Iglesia.

• Lc 19,10:  «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús viene a salvar el alma. Éste es el fin. Confirman lo mismo las parábolas de la oveja perdida, del hallazgo de la dracma y del hijo pródigo (cfr. Lc 15,1-32).

• El Nombre de Jesús indica la finalidad de la Misión de Jesucristo: la salvación de los hombres: «Dará a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

• Y esta salvación del alma sólo se puede realizar mediante la perfección moral: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48);

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24); «cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 33). La Iglesia no se hace en la historia, en el tiempo de los hombres, sino en la lucha, en la batalla de los hombres contra los enemigos de su alma. La Iglesia no es una realidad histórica, no se lucha por un motivo humano, por un ideal social, para que no haya pobres. Se lucha para ganar el cielo:

«Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo» (Mt 10, 22). No todos son amigos de Dios en la Iglesia. Hay enemigos, hay extraños, hay traidores. Y hay que perseverar hasta el final.

¿Qué dice Bergoglio? «Es muy necesario que esto se verifique en la comunidad cristiana, en la que nadie es extranjero y, por consiguiente, todos merecen acogida y apoyo». (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 9 – Audiencia del viernes, 21 de noviembre). Nadie es extraño en la Iglesia, sino que todos son amigos, conocidos. Nadie es peligroso. Y pone la razón: «La Iglesia, además de ser una comunidad de fieles que reconoce a Jesucristo en el rostro del prójimo, es madre sin confines y sin fronteras. Es madre de todos y se esfuerza por alimentar la cultura de la acogida y de la solidaridad, en la que nadie es inútil, está fuera de lugar o hay que descartar» (Ib). En este párrafo hay tantas herejías que sería largo de desarrollar aquí. Pero tienen el pensamiento de un hombre sin fe, sin verdad, sin brújula alguna. Es el hombre que quiere la Iglesia en estos momentos. Y, por eso, con él, se pierde toda la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, porque la misión de Jesús estaba restringida a la Casa de Israel: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 15, 24). Y la misión de los Apóstoles estaba también restringida a Israel: «No vayáis a los gentiles… id más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10, 5). Eso no impide que se predique el Evangelio a todos: «Antes habrá de ser predicado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13, 10); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Pero se va a predicar al mundo entero impulsado por el Espíritu, como lo hizo San Pedro con Cornelio: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro». San Pedro, al dar cuenta de su comportamiento hace referencia no a un mandato de Jesucristo, sino a la revelación del Espíritu, a la visión que él tuvo y a la revelación que el mismo Cornelio recibió del ángel (cf. Act. 10, 17- 29). La Iglesia es la obra del Espíritu, no del hombre. Y, por tanto, entran en la Iglesia aquellas almas que quiere el Espíritu, no las que desea el hombre. «En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23). El mandato del Señor de evangelizar a Israel no contradice la evangelización del mundo entero por el Espíritu. Es el Espíritu el que sabe a quién hay que evangelizar, quién tiene que entrar en la Iglesia. Los hombres, con cumplir el mandato del Señor es suficiente para hacer la Iglesia. No tienen que meter en la Iglesia a los que Dios no ha purificado.

Al no interpretar correctamente la Sagrada Escritura, se cae en el falso ecumenismo, que hoy hace gala todo el mundo en la Iglesia. Hay que ir sólo a los infieles por mandato de Dios en su Espíritu, no porque uno lo vea. Son las misiones que antes se tenían en la Iglesia: se mandaba a misionar a los infieles. Ya eso se ha perdido. Hoy se va a los infieles, no para convertirlos, sino para ser sus amigos y vivir con ellos en sus pecados.

Al anular Bergoglio el fin de la Iglesia, y al decir que es para todo el mundo, que no hay extranjeros, que es madre de todos, que alimenta las culturas de los hombres,  entonces tiene que concluir –necesariamente- que todos van al cielo.

2. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma donde nuestras expectativas más profundas se realizarán de modo superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, llegará a la plena maduración. Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él (cf. 1 Cor 13, 12). Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma».

a. «Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos»

¿Qué enseña la Iglesia?

«Por esta constitución que ha de valer para siempre por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos…, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieron purgado…, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación… aún antes… del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor Nuestro Jesucristo…, estuvieron, están y estarán en el cielo… y vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara… definimos además, que según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales…» (Benedicto XII (D530).

Se enseña explícitamente que las almas reciben, una vez que mueren, un premio o un castigo. Y lo reciben inmediatamente: «definimos que (…) las almas de todos los santos (…) inmediatamente después de su muerte(…) están y estarán en el cielo(…)definimos además, que (…)  las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno ».

Es la definición de la Iglesia que significa que hay que creer que cuando se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Es de fe divina y católica definida. Es un dogma definido por la Iglesia, que está en la Sagrada Escritura y en toda la Tradición.

Bergoglio, por tanto, enseña su propio magisterio, que no pertenece a la Iglesia Católica. Con su doctrina, Bergoglio enseña el camino de condenación a las almas en la Iglesia.

Y esto significa una cosa: que Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

b. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma»

El cielo es un lugar concreto.

Según la sentencia común de los teólogos, las almas quedan constituidas no sólo en un cierto estado de bienaventuranza o de condenación o de purificación, sino en un lugar determinado:

• Lc 16, 22: «Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». El alma del pobre es llevada a un lugar, no se transforma en un estado, no vive en un estado: murió en estado de gracia y fue llevada al seno de Abraham, a un lugar concreto.

• Hech, 1, 25: «para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado de que prevaricó Judas para irse a su lugar»: Judas pecó, murió y se fue a su lugar en el infierno.

• Jn 14,2s: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… y luego que os haya preparado el lugar, volverá otra vez y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo estoy, también estéis vosotros»: Jesús prepara un lugar concreto para sus almas elegidas, que son las que se salvan y se santifican. Jesús, siendo Dios, también tiene su lugar en el Cielo, porque posee un Cuerpo Glorioso.

• Lc 23, 43: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»: el buen ladrón, cuando muera, va a estar con Jesús en el lugar del Paraíso; su alma no cambiará de estado, sino que estará junto a Jesús en un lugar concreto.

• Ap 21, 2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa»: la Nueva Jerusalén baja del cielo, baja de un lugar concreto. Y en el Cielo se encuentra al lado de Dios, está en un lugar concreto del cielo.

• El Concilio Florentino (D 693): «Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes». En esta definición se enseña que las almas que mueren sin pecado o que han purificado sus pecados son «inmediatamente recibidas en el cielo»: son recibidas en el lugar concreto del cielo. Y las que muere en pecado mortal  «bajan inmediatamente al infierno»: bajan al lugar concreto del infierno.

• San Cirilo de Jerusalén: «Los ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de Dios; ahora bien cada uno ve según la medida de su propio orden y lugar. Sin embargo la pura intuición del esplendor de la gloria del Padre está reservada propia y sinceramente al Hijo juntamente con el Espíritu Santo»: los ángeles también estén en un lugar concreto del cielo, no sólo en el orden de su jerarquía.

• San Gregorio Niseno: «Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios»: las almas, en el cielo, ven a Dios, pero cada una en su lugar, en su mansión:

• San Agustín: «Todas las almas tienen cuando salen de este mundo, sus diversas mansiones. Las buenas alcanzan el gozo, las malas los tormentos. Mas cuando haya acaecido la resurrección, el gozo de los buenos será mayor y los tormentos de los malos serán más terribles, cuando sean atormentadas las almas juntamente con el cuerpo…»

Más aún, los Padres y los Teólogos juzgan comúnmente que las almas no pueden salir de sus lugares, según la ley ordinaria, si bien no excluyen el que esto suceda de manera extraordinaria.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero no se atreven a llamarlo hereje manifiesto: están esperando otra herejía. Y no se han dado cuenta que el verdadero hereje no es el que dice herejías, sino el que vive su herejía, su pecado, aunque no manifieste con la palabra esa herejía.

Bergoglio es el que vive su herejia y deja vivir a otros en su herejía, en su vida de pecado. Por tanto, es el que condena a todos al infierno. Y lo hace con una sonrisa, tomando mate: vive y deja vivir, porque todos nos vamos al cielo.

El anuncio de un precursor del Anticristo por Francisco

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«En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo». (ver texto).

Este gran teólogo es grande por su herejía, no por la verdad que no aparece en su libro ni dice su boca. Es un buen teólogo para destruir la Verdad Revelada. Es un buen hombre, que se viste de lobo, aparece como Obispo, pero que obra lo contrario a Cristo en la Iglesia. Se opone a la doctrina de Cristo, al Magisterio auténtico de la Iglesia. Hace de la Iglesia su gran negocio humano.

«Ayer, antes de dormirme, pero no para adormecerme, leí, releí el trabajo del cardenal Kasper y quiero darle las gracias, porque encontré una profunda teología, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable leer teología serena. Y también encontré lo que san Ignacio nos decía, ese sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me hizo bien y me surgió una idea y, disculpe Eminencia si le hago pasar vergüenza, pero la idea es que esto se llama “hacer teología de rodillas”. Gracias». (ver texto).

Gran necedad son estas palabras de un idiota. Porque eso es Francisco: un idiota. Es decir, un personaje metido en su idea de la vida, que va dando vueltas, como un loco, a ese idea, y que no es capaz de ver la verdad, porque no puede salir de esa idea. Este es el concepto de idiota en la Sagrada Escritura. Gran necedad es publicar esta idiotez. Que todo el mundo vea cuán idiota es Francisco.

Pero esta necedad señala una profecía: “Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre” (San Anselmo de Sunium (Siglo XIII) M. Servant, pág. 281).

Cuando la letra K sea alabada en Roma, cuando Kasper ha sido ensalzado por un falso Profeta, entonces viene la desgracia para toda la Iglesia. La ruina es ese Sínodo, sellado por el demonio, para comenzar la liquidación de la Iglesia. Y Kapser es el maestro, la mente que todos siguen para llevar a cabo el proyecto del demonio en Roma.

Un falso profeta siempre señala a un anticristo. Francisco, como falso Papa – y, por tanto, como falso Profeta-, señala a un falso Obispo, a un falso Cristo, que tiene por lema en su teología: fe e historia. Es decir, la fe en lo científico (= el carácter científico de la teología = el diálogo con las muchas ciencias humanas, con la sabiduría de los hombres, que es necedad) y la práctica en lo social (= que el Evangelio impregne el mundo de hoy, lo cambie, pero que los hombres no quiten sus pecados). Una mente que se abre a la sabiduría humana, anulando la gracia y el don del Espíritu; y que busca caminos prácticos a las cuestiones de los hombres, a sus problemas, a sus vidas en el mundo.

La necesidad de dar respuesta a los problemas de la paz, de la justicia y de la libertad humanas, así como los nuevos interrogantes éticos, han hecho que Kasper anule todo el dogma en su teología, iniciando una eclesiología y una cristología totalmente heréticas y cismáticas.

Kasper es un anticristo, pero no es el Anticristo. Es un precursor del Anticristo: «Han de venir precursores del mismo. He visto en algunas ciudades maestros de cuyas escuelas podrán salir esos precursores» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 3)

Kasper pertenece a la escuela católica de Tubinga, en donde no se enseña ninguna fe católica. Allí se enseña cómo pertenecer a una Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cómo ser de una Jerarquía falsa para construir una falsa iglesia. Francisco y Kasper son dos almas gemelas, que viven de lo mismo y piensan lo mismo. Si quieren conocer el pensamiento de Francisco lo tienen en la teología de Kasper.

Para Kasper, «la teología sólo es posible en la corriente abierta del tiempo» (= la teología no es eterna, sino temporal) y, en consecuencia, «la unidad en la teología no puede ser hoy la de un sistema monolítico, sino que consistirá en la intercomunicación recíproca de todas las teologías, en la referencia de todas ellas a un objeto común, y en la utilización de unos principios básicos comunes» (= la teología es algo relativo, no absoluto) (“Situación y tareas actuales de la teología sistemática”, en: W. KASPER, Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p. 7-27; aquí: p. 13. Véase: M. SECKLER, Kein Abschied von der Katholischen Tübinger Schule, en: Divinarum rerum notitia, p. 749-762).

Esto es una aberración, porque se pretende unificar las mentiras en un común denominador: como existe un pluralismo de teologías condicionado culturalmente; es decir, como se da la teología africana, la asiática, la latinoamericana, etc., hay que buscar, no ya el fundamento de la verdad; no es el dogma el común de todas esas teologías. Es la intercomunicación, el diálogo, el coger de aquí y de allá para encontrar un común, una unidad.

La teología, la ciencia de la palabra de Dios sólo es posible en el tiempo, pero en la corriente abierta del tiempo: en lo que los hombres piensan, obran, viven en sus tiempos. Ya la ciencia de lo divino no se funda en Dios, en lo eterno, sino en los hombres, en la temporalidad, en las ciencias humanas y en sus conquistas. Es una teología para abajar lo divino a lo humano, para anularlo, y para elevar el pensamiento del hombre sobre el pensamiento de Dios.

Entonces se cae en un absurdo: ¿Cómo puede ser universal una teología que, al mismo tiempo, respeta el pluralismo de ideas, lo individual de cada persona, la idea relativa, errónea, herética, que cada hombre tiene de Cristo y de la Iglesia? ¿Cómo no sucumbir al relativismo haciendo una unidad relativa de pensamientos discordes, dispares, oscuros, sin verdad, que llevan a la duda, al error, al engaño, a la mentira? ¿Cómo compaginar tamaña multiplicidad de ideas, que no son legítimas, que no son válidas para la fe, con la verdad absoluta? Sencillamente, no se puede. Sin quitar el pecado, sin apartarse del error, es imposible encontrar la unidad en la verdad.

Pero, en la mente de estos herejes, hay un camino en la mentira, para dar una solución totalmente herética y cismática, y conseguir una unidad utópica, sólo en el papel, sólo en sus mentes, pero no en la práctica de la vida.

Para Kasper, la eclesialidad no significa atadura a un sistema doctrinal, a unos dogmas, sino la inserción en un proceso vivo de tradición y de comunicación, en el que cual se actualiza y se interpreta el evangelio de Jesucristo: «sólo en el testimonio de la Iglesia poseemos el Evangelio de la liberadora acción salvífica de Dios en Jesucristo como noticia origina de Éste en la Escritura». Es decir, en sus palabras: «La teología sólo es posible en la comunión de la Iglesia, en y bajo la norma de la tradición viva» (= no en y bajo la norma de la tradición divina) (Ib., p. 14). La fe -para Kasper- hay que actualizarla según la vida de cada hombre en su tiempo concreto. La fe no es un Pensamiento Divino inmutable, no es una verdad absoluta, inmutable, que no admite la idea humana, sino una moda de los hombres, algo que cambia según el gusto de cada hombre, un producto de los tiempos, de las culturas, de la intercomunicación o diálogo entre los hombres.

Con estas palabras de Kasper se anula el Evangelio de Cristo, la Palabra de Jesús dada a Sus Apóstoles. Se anula el testimonio de Cristo, la tradición divina, para poner el testimonio de los hombres, de la Iglesia, la tradición viva de las culturas humanas.

Una cosa es el Evangelio de Cristo, que es la Palabra de Dios; otra cosa es la Iglesia, que Cristo ha fundado. Y la ha fundado en Su Misma Palabra Divina, no fuera de Ella. No la fundó por una palabra o idea humana. Y Cristo, al fundar Su Iglesia, da el poder a la Jerarquía para interpretar verdaderamente el Evangelio.

Es el testimonio de la Jerarquía, no de la Iglesia, lo que da valor al Evangelio. Pero esa Jerarquía tiene que ser verdadera, tiene que imitar a Cristo, tiene que ser otro Cristo, tiene que someterse a la tradición divina, para no adulterar el Evangelio, para no cambiarlo. Para no presentar un falso Cristo a la Iglesia.

El gravísimo problema de Kasper es su concepto de Iglesia, que le llevó a enfrentarse al cardenal Raztinger, ante el escrito que la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, “Sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”, sacó el 15 de julio de 1992, para salir al paso de todas aquellas tendencias que favorecían una desfiguración teológica y un empobrecimiento del concepto y del misterio de la Iglesia. Kasper nunca se sometió al Papado de Juan Pablo II y, por eso, combatió este escrito hasta el final. Y, por supuesto, tampoco se sometió al Papado de Benedicto XVI.

Lo que no le gustó a Kasper, ni por tanto, a tantos teólogos errados como él, fue este punto: “la Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”, y, por tanto, la Iglesia universal “en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular” (n. 9 del documento).

Estos teólogos no aceptan que Cristo funde Su Iglesia en el Calvario y que, después, una vez que resucita, va indicando a Sus Apóstoles lo que tienen que hacer en la Iglesia. Ellos combaten la estructura de Roma y ponen el fundamento de la Iglesia en las particulares. Las Iglesias particulares ya no son en la Iglesia universal, en la que funda Jesús en Pedro, sino que son independientes de ese tiempo, de esa cronología, de esa historia. Y, por tanto comienza mucho antes que el Calvario. Francisco, en su herejía, la remonta a Abraham. Se cargan el fundamento de la fe: el dogma del Papado, lo que Jesús hizo en Pedro, para poner la vista sólo en la comunidad de personas. Y, por eso, defienden las diferentes teologías en las diferentes culturas, como una tradición viva de las Iglesias particulares. Este es el gran error de estos herejes. La tradición viva es lo que viven los hombres en cada tiempo, pero no es la tradición divina, que va pasando de generación en generación, sin cambiar nada el dogma, esa Verdad Revelada. Lo vivo no es lo divino inmutable y eterno, sino lo humano cambiante y temporal.

Por eso, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe seguía diciendo en el n. 9: “Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: La Iglesia en y a partir de las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre la Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana”.

Kasper reivindica que la Iglesia es una realidad histórica, no divina. Y, por tanto, la teoría –el dogma- no sirve cuando hay problemas que resolver en la historia de los hombres. El dogma tiene que acomodarse a la vida de cada hombre. Lo fundamental, para Kasper, es la distancia creciente entre las normas marcadas para la Iglesia universal y la praxis concreta de las iglesias particulares. Y, por eso, él defiende la libertad que tienen que tener las Iglesia particulares para resolver cuestiones morales, praxis sacramental o ecuménica, como son la admisión a la comunión de divorciados vueltos a casar… Hay que descentralizarse de Roma y vivir la iglesia según los propios contextos culturales y locales.

Este pensamiento lo tienen en el artículo publicado en la revista Stimmen der Zeit, a comienzos del año 2000, con el título de “discusión amigable con la crítica del cardenal Ratzinger” (Das Verhältnis von Universalkirche und Ortskirche: Freundliche Auseinandersetzung mit der Kritik von Joseph Kardinal Ratzinger: Stimmen de Zeit 218 (2000) 793-804. El texto del cardenal Ratzinger, ’ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium”, puede verse en: R. FISICHELLA (ed.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, Cinisello Balsamo 2000, p. 66-81).

Este pensamiento de Kasper es el propio de Francisco: hay que descentralizar Roma. Hay que cambiar el Papado. Porque se pone la Iglesia en las particulares, no en la universal. No es lo que Jesús fundó, sino lo que los discípulos hicieron en cada iglesia particular.

De aquí nace todo el falso ecumenismo en Francisco: la unidad de la diversidad. Francisco sigue a Kasper en esto. Y Kasper sigue a Mohler: «La teología ecuménica» del siglo XX, distinguía entre oposición y contradicción, de modo que en su opinión sólo se podrá retornar a la unidad de la Iglesia si las contradicciones se transforman paulatinamente en contraposiciones. Ello significa una nueva calidad de la unidad, un nuevo reconocimiento de la pluralidad en una unidad más amplia que no sólo incluye teologías, espiritualidades y ordenamientos eclesiales dispares, sino también fórmulas de confesión de la fe expresadas en términos diversos sobre el humus de la verdad única del Evangelio» (W. Kasper, Rückkehr zu den klassichen Fragen ökumenischer Theologie: Una Sancta 37 (1982) p. 10. Renovación del principio dogmático“, p. 49-50. Cf. Al corazón de la fe, 209-232).

Para Kasper, la idea de unidad de la Iglesia está en la interpretación recíproca de lo contrapuesto. Lo más característico de esta falsa teología ecuménica consiste en partir, no de lo que separa, sino de lo que es común, considerando a los otros como hermanos y hermanas en la misma fe. Este es el gravísimo problema de Kasper y de Francisco.

Porque tienen que hacer un común en lo humano, en el pensamiento de los hombres. Entonces, no hay que ver las cosas, las ideas que separan. Hay que centrarse en las ideas que unen. Consecuencia: hay que anular el dogma, porque eso es lo que separa. Hay que quitar las verdades absolutas, la Revelación divina. Hay que interpretar la tradición divina, la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, según lo común a todos los hombres, porque todos tenemos la misma fe. Es hacer una comunión de hombres, una iglesia para los hombres. Es dejar la Iglesia Revelada en Cristo como inútil para la unidad. Ya la Verdad no está en Cristo, sino en la mente de todos los hombres. La verdad es una relación, un relativismo; no es la adecuación de la cosa a la realidad de la vida. Ya el hombre no tiene que acomodarse a la Verdad, someterse a Ella, sino que es la verdad la que se acomoda al hombre, la que se abaja al hombre, la que se pierde, se oculta, en el relativismo de cada mente humana. La verdad es sólo una creación de la mente del hombre.

Se equiparan todas las Iglesias: todas son verdaderas: los ortodoxos, las anglicanos, los católicos, los protestantes, etc.; todas tienen sus interpretaciones de lo que es la unidad, de lo que es la verdad, de lo que es la Iglesia, de lo que es Cristo. Y eso produce contradicciones. Hay que transformar esas contradicciones en un espacio para la pluralidad: “El objetivo del ecumenismo es la unidad visible, la plena comunión de las Iglesias, que no es una Iglesia de la unidad uniforme, sino que abre espacio para la legítima pluralidad de los dones del Espíritu, de las tradiciones, de las espiritualidades y de las culturas” (W. KASPER, Perspektiven einer sich wandelnden Ökumene: Stimmen der Zeit 220 (2002) 651-661; aquí: 652. Esta dimensión de la personalidad del cardenal W. Kasper ha sido puesta de manifiesto en: P. WALTER, KL. KRÄMER, G. AUGUSTIN (eds.), Kirche in ökumenischer Perspektive. Cardinal W. Kasper zum 70. Geburtstag, Freiburg-Basel-Wien 2003).

Kasper representa a una Iglesia que no es la de Cristo, sino que mira de cerca al mundo para darle lo propio del hombre: una iglesia que quiere ponerse en solidaridad con el hombre, al lado de las gentes, para compartir sus vidas humanas, pero no para vivir a Cristo en esas vidas humanas, no para ofrecer la Verdad, que es Cristo, a esa humanidad, no para hacer las obras de Cristo por el hombre. No. Es una iglesia del hombre y para todos los hombres. Y, por eso, Francisco es tan sentimental, tan llorón de la vida de los hombres.

Kasper quiere una iglesia que vaya más allá de los aspectos dogmáticos, que se interese por los pobres y los necesitados, por la dignidad del ser humano, que no se quede en el fundamentalismo, sino que dé el Evangelio. Pero el problema de Kasper es la concepción de Cristo y de Su Evangelio.

«La confesión «Jesús es el Cristo» es una formula abreviada para expresar la fe cristiana, y la cristología no es más que la interpretación rigurosa de esa confesión» (W. KASPER, Jesús, el Cristo, Salamanca 1976, p. 14. Véase: J. VIDAL TALÉNS, El Mediador y la mediación. La cristología de Walter Kasper en su génesis y estructura, Valencia 1988. N. MADONÌA, Ermeneutica e cristologia in Walter Kasper, Palermo 1990. J. ZDENKO, Christologie und Anthropologie: eine Vehältnisbestimmung unter besonderer Berücksichtigung des theologischen Denkens Walter Kaspers, Freiburg i. Br. 1992. Véase: Al corazón de la fe, 96).

Es decir, cuando el alma dice que «Jesús es el Mesías» está indicando una fórmula abreviada de su fe. No está indicando a una Persona Divina. Es un lenguaje humano, una idea que el hombre tiene en su cabeza, es un recuerdo, una memoria. La fe es un acto de memoria, es ir al pasado y recordar que Jesús es el Mesías. Y, entonces, en ese recuerdo, en ese acto mental, viene la interpretación. ¿Cómo se le da la interpretación rigurosa a esa fórmula? Responde Kasper: la teología se encuentra en la tarea de pensar la relación entre la fe cristiana y la cultura humana. Jesús es el resultado histórico de una tradición profética. Jesús no es Dios, sino que es la realización histórica y encarnada del plan salvador de Dios. Jesús no es el Verbo que se encarna. Es el hombre que encarna la idea divina de la salvación, que está en el AT, reunida en todos los profetas. Jesús es el hombre que tiene una experiencia profunda de la vida, un saber adquirido de la vida. Para Kasper, el hombre sabio no es aquel que tiene una Verdad Absoluta, sino aquel que resuelve el problema de los hombres, la vida de los hombres, el que pone un camino a los hombres.

Por eso, para Kasper, Jesús fue el hombre, que reunió en sí toda la sabiduría del pasado, y se puso a trabajar por los pobres, por los necesitados. Para Kasper, no se tiene una verdad para un dogma, sino una verdad para resolver un problema del hombre. Por eso, para este hombre el principal interlocutor de la teología actual es el hombre que sufre, es la criatura oprimida por muchas injusticias sociales. Y Cristo es un luchador, un Mesías terrenal, un hombre con un Evangelio que porta un ideal político, cultural, económico.

El hombre de fe no tiene que fijarse en Cristo que sufre, sino en el hombre que sufre. De esta manera, se abaja el Misterio de la Cruz en el sufrimiento de los hombres. Ya el sentido del dolor de Cristo en la Cruz no tiene validez: que Cristo haya muerto por nuestros pecados no resuelve los problemas de los hombres. Es una fe, para Kasper inútil, que se queda en el fundamentalismo, pero que no va a la experiencia de la vida. No hay que hacer penitencia, no hay que unirse a Cristo para resolver los problemas de la vida. Hay que sufrir con el prójimo y así se van resolviendo los problemas de los hombres.

Y, entonces, cuando se dice la fórmula: Jesús es el Mesías, se está diciendo que el que cree, el que tiene fe en Cristo tiene que dedicarse a resolver los problemas de los hombres, sus vidas. Esa es la verdadera interpretación, la rigurosa, de esa fe. ¿Dónde está Cristo? En el hombre que sufre. El pobre es la carne sufriente de Cristo, que es lo que pregona constantemente Francisco.

Este pensamiento de Kasper lo tienen en sus dos libros: “Jesús, el Cristo” y “El Dios de Jesucristo”. Dos libros heréticos y cismáticos, donde siempre ha bebido Francisco.

Cuando un falso Profeta alaba a un anticristo, a un Obispo que se opone a Cristo en Su Doctrina, entonces hay que pensar que esa alabanza no es por casualidad. No es porque a Francisco se le ocurrió dar a conocer la obra de Kasper, que toda la Jerarquía sabe que es un hereje manifiesto.

Francisco lo dice para dar una señal: para que todos miren al anticristo. Al que va a romper la verdad en la Iglesia. Al que inicia esa ruptura. Porque el pobre Francisco es sólo un vividor. No sabe de teologías. No sabe pensar la vida desde Cristo, sino desde los hombres. Por eso, Francisco renuncia muy pronto a su cargo en su nueva iglesia, para dejar paso a este anticristo. Hace falta una cabeza pensante, como Kasper. Y ya Kasper se enfrentó al Papa Benedicto XVI siendo cardenal. Así que tiene que cumplirse las profecías:

“He visto un cuadro maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario número de cosas antiguas y nuevas….» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 2 – pag 404).

«Entonces me fue mostrada también una comparación de los dos papas, del verdadero y de éste, y de éste y de aquel templo…; me fue dicho y mostrado cuán débil era el verdadero Papa (en los principios) y cuán desprovisto de ayuda estaba; pero fuerte en la voluntad para derribar tanto ídolos y tantos falsos cultos y reunirlos en uno verdadero. Por el contrario, cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad, era este papa (o jefe de secta), pues había dejado al único y verdadero Dios y al solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiasen en tantos ídolos y tantos falsos cultos, y habiéndose erigido ese falso templo… He visto también cuán perniciosas serán las consecuencias de esta pseudoiglesia. La vi crecer, y vi muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y establecerse allí» (Ib. Pag 407).

«¡Quieren robar al Pastor sus propias ovejas! ¡Quieren meter dentro por la fuerza a otro que cede todo a sus enemigos!» (Ib. – pag 422).

«Vi la falsa iglesia crecer y vi sus funestas consecuencias, y vi a muchos herejes de todas condiciones ir a Roma. Vi aumentar allí la tibieza de los eclesiásticos y difundirse más y más la oscuridad. Entonces se extendió por todas partes esta visión. Vi en todo lugar a la comunidad católica oprimida, perseguida, impedida y sujeta. Vi que en muchos lugares se cerraban las iglesias y vi por todas partes la desolación. Vi guerras y efusión de sangre. Vi surgir poderosamente un pueblo oscuro y feroz, pero que esto no duró mucho tiempo. Vi que la Iglesia de San Pedro iba a ser demolida mediante un plan hábilmente concertado por las sociedades secretas y devastada por violenta tempestad» (Ib. – pag 426).

Estamos en los momentos en que se cumplen las más terribles de las profecías: las que son del Cuerpo Místico de la Iglesia. Las que hablan del sufrimiento de la Iglesia como Cuerpo. Cristo, Su Cabeza, ya pasó por el dolor, por la Cruz. Ahora, le toca el turno a Su Iglesia.

Ahora es cuando se va a conocer la fe de la verdadera Iglesia, de aquellos miembros unidos siempre a Cristo, de aquellas almas que han comprendido qué es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Son pocas las almas de la Iglesia fiel a la Gracia de Cristo. Son pocos los miembros de Cristo. Son muchos más los miembros del demonio.

Por eso, hay que disponerse a contemplar una batalla entre los hombres: los que siguen la herejía y, por tanto, obedecen a un falso Papa; y los que siguen en la Verdad y, en consecuencia, no pueden obedecer la mente de ningún hombre en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo, no los hombres. Y, por eso, para ser Iglesia hay que ser de Cristo, no de los hombres.

Hacia un nuevo templo con un nuevo dios

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«El intento de reunir todas las religiones, aun aquella que adoran a seres falsos y falaces, con la perspectiva de una unión religiosa mundial para la defensa de los valores humanos, es vano, peligroso y no conforme al deseo de mi Corazón Inmaculado.

Esto puede conducir incluso al aumento de la confusión, a la indiferencia religiosa y puede hacer aún más difícil la consecución de la verdadera paz» (P. Gobbi – La misión confiada a la Iglesia – 27 de octubre 1986).

La Palabra de Dios es muy sencilla de comprender, pero muy difícil de vivir. Por eso, es fácil que en la vida práctica, la gente viva de cualquier cosa, menos del dogma, de la doctrina de Cristo.

Nadie hace caso a la Verdad Revelada, que son los dogmas, sino que todos hacen de esa Verdad, su negocio en la Iglesia.

A nadie le interesa conocer lo que Dios dice en Su Palabra, sino que todos buscan una razón para interpretarla y decirse a sí mismo que aman la Palabra y que viven esa Palabra.

El Evangelio no es la palabra de un hombre, o los escritos de una serie de hombres, a lo largo de la historia, no es un conjunto de recuerdos históricos, sino que es la misma Palabra de Dios, que Dios ha revelado a los hombres. Es el mismo Pensamiento del Padre, que habla por la boca del Hijo.

Pero, como a los hombres les gusta pensarlo todo, por eso, les cuesta vivir de fe. No entienden lo que es vivir la Palabra; pero sí comprenden lo que es pensar la Palabra.

El hombre que se acostumbra a pensar en Dios no sabe vivir de Dios. No encuentra el camino para hacer vida lo que Dios le da en Su Palabra. No sabe asentir a la Palabra, obedecerla como está escrita. Sólo sabe acomodarla a su vida humana, a sus intereses humanos, a su manera de entender a Dios. Y, de esa manera, se comienza la ingratitud contra Dios y a abusar de todas las gracias.

La Gracia, Dios la da para que el hombre obre lo divino en lo humano. Si no se usa la Gracia en Dios, de forma conveniente, entonces el demonio la usa para un fin demoniaco.

El hombre, que ha recibido una Gracia y no sabe usarla, es siempre instrumento del demonio. La Gracia es una inteligencia divina al alma. Aquel que no viva esa inteligencia divina, vive la inteligencia demoniaca. Por eso, hay tantas contradicciones entre la Jerarquía, que se saben el dogma, pero predican otra cosa. Con su inteligencia sobrenatural, comprenden las Escrituras, pero como no viven esa inteligencia sobrenatural en sus vidas, sino que sólo la piensan, la meditan, la trituran, el demonio les pone ideas para torcer la Gracia y, de esa manera, aparecen todas las herejías y cismas en la Jerarquía.

Por eso, es siempre la Jerarquía la que trae al mundo entero el castigo divino. Ellos tienen el Poder para comprender toda la verdad, para enseñarla y poner un camino de santidad a todos los hombres; pero como son infieles a la Gracia que han recibido, entonces tenemos lo que vemos actualmente en la Iglesia: un tonto que se cree dios en su pensamiento humano, y una Jerarquía que obedece al tonto.

Y esto es un escándalo para toda la Iglesia y para todo el mundo, que produce la Justicia Divina: todos viven en sus pecados, porque la Jerarquía viven en los suyos. Todos pecan y nadie quiere salir de sus pecados, y se pasan la vida buscando soluciones a todos sus problemas, sin comprender que el principal problema en sus vidas es su pecado.

Hoy, en la Iglesia y en el mundo, todo está degenerado y depravado. No existe ninguna Verdad, sino que los hombres se han hecho maestros para destruir cualquier verdad. Y esos hombres son tenidos por todos como grandes hombres, llenos de sabiduría, de ciencia, de poder. Los hombres se han endurecido en sus pecados y no quieren salir de ellos. Ya no les interesa. Ya viven para pecar, viven sosteniendo que el pecado es un valor.

Los verdaderos hombres que construyen la paz son los fieles sólo a Cristo y a Su Evangelio. Aquel hombre que sea fiel a su mente humana, construye la guerra, anuda la guerra, lucha para que en el mundo se produzca la negrura de la muerte y la sangre del dolor.
anudarlaguerra

El tercer sello es la tercera guerra mundial: «Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano» (Ap 6, 5). Se mata por interés humano, por negocio. Es decir, por maldad, buscando un mal, con el fin de conseguir un mal. Todo se pesa, todo se mide, para conquistar, en la guerra, un proyecto humano, una obra del hombre, una vida para el hombre en la que Dios no aparece. Y está a punto de abrirse.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras. Efectivamente, los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana, creada por el único Dios» (Mensaje para el final del Ramadán). Para los autores de este documento, que son el cardenal Jean-Louis Tauran y el padre Miguel Ángel Ayuso Guixot, los católicos somos hermanos de gente terrorista, de personas que matan por un ideal religioso. Y, entonces, en la cabeza de esta Jerarquía, que obedece a Francisco, hay que hacer una unidad con personas que no aman a nadie, sino sólo a sus ideales masónicos y marxistas.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras»: las que dijo Francisco, donde los llamó hermanos: «Desearía dirigir un saludo a los musulmanes de todo el mundo, nuestros hermanos, que hace poco han celebrado la conclusión del mes del Ramadán, dedicado de modo especial al ayuno, a la oración y la limosna» (texto). Ellos, la Jerarquía maldita, es la que reconoce esas palabras y las tienen como importantes. Para los católicos, esas palabras son una blasfemia.

Ellos, recurren a las palabras que dijo Juan Pablo II a los líderes religiosos musulmanes, en su viaje apostólico a Nigeria, el 14 de febrero de 1982 (texto). Pero allí, el Papa nunca dijo que los cristianos y los musulmanes eran hermanos y hermanas de una única familia, sino «en la fe en el único Dios». Porque los dos creen en un Dios monoteísta, entonces, en ese sentido, creen en un Dios que es Uno. Después, es la tarea del teólogo discernir el concepto de unidad que se da entre los católicos y los musulmanes. Y, en el concepto, los católicos ya no son hermanos ni hermanas de los musulmanes: la fe de ambos sigue un camino opuesto. Pero los dos creen que hay un solo Dios.

Creer esto no es concluir que pertenecemos a la misma familia humana y que ésta ha sido creada por Dios, como se expresa en este mensaje. Esto es decir dos herejías en una frase.

El Islam nació para matar. Y no tiene otro fin su religión: son adictos a la muerte. Son almas negras, que llevan en su corazón la muerte.

Dios no ha creado al Islam. Es el invento del demonio. Dios ha creado las almas de los hombres, pero los hombres han elegido pertenecer a la familia del demonio: el Islam. Los católicos no pertenecemos al Islam. Ni siquiera hacemos una familia humana con ellos. Este es el falso lenguaje humano, que lleva a la ignorancia más supina: «los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana». Los católicos y los musulmanes pertenecemos a la humanidad, pero no hacemos familia humana: nadie quiere en su familia humana a una persona que mata. Todos quieren que esa persona esté en la cárcel o en otro lugar.

Hay que saber discernir la pertenencia al género humano, del cual somos todos los hombres, porque todos tenemos una naturaleza humana; y la pertenencia a una familia humana. Si no se sabe discernir esto, tan sencillo, tampoco se sabe discernir la familia espiritual ni la religiosa.

Por naturaleza, todos los hombres somos hombres, pero no hermanos: tenemos una carne y un alma, que obran al unirse la naturaleza humana, el género humano.

Por nacimiento, los hombres tienen muchas raíces, una familia, una generación familiar. Y, tampoco son hermanos en el sentido estricto de las palabras.

Por fe, los hombres tienen muchos credos, muchas familias espirituales. Y habrá unidad en la fe en aquellas cosas en que se cree lo mismo; pero habrá diversidad en la fe, en el credo diverso, múltiple.

Este deseo humano de unir a todos los hombres en una familia humana no es la realidad humana, no es algo objetivo. Es sólo un lenguaje humano para engañar a las almas. El que tiene las ideas claras, dice las cosas con la Verdad por delante. Pero el que es malicioso en el hablar, entonces habla para crear confusión a los demás.

El problema de esta Jerarquía que está en el Vaticano es que aprueba como verdadera el islam: «vamos a demostrar que las religiones pueden ser una fuente de armonía para el beneficio de la sociedad en su conjunto». Este es el grave error.

Nunca la religión musulmana es una fuente de armonía para el mundo, porque viven para matar, para aniquilar el género humano.

Habrá musulmanes que no sean vengativos, sino que tengan un mínimo de decoro en la vida humana para no matar al otro. Pero el musulmán que sigue el Corán vive para matar. Son como Caín: nacido para matar a su hermano. Adán, en su pecado, creó un monstruo. Así es el Islam: un monstruo que Mahoma concibió en su mente humana, con el objetivo de oponerse a Cristo y a Su Iglesia, matando a los hombres.

Por tanto, no vengan ahora la estúpida Jerarquía de la Iglesia, que la gobierna usurpándola, con palabritas que no convencen a nadie, sino que demuestran la herejía y el cisma que se vive en el Vaticano.

En el vaticano se quiere demostrar que la Iglesia Católica ya no vale para crear la armonía en el mundo, sino que es necesario recurrir a las demás religiones. Este es el pensamiento claro en este mensaje, que viene de Francisco.

En el diálogo «aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales» (EG – n. 250). Francisco busca una religión mundial para la defensa de los valores humanos. Este es el gran peligro. No se busca la religión mundial para la defensa de los valores divinos, de las leyes divinas, de la norma de moralidad. Esto nadie lo busca ni lo sabe buscar. Y aquí está el punto del verdadero ecumenismo, en el que todos quitan sus pecados, sus errores, sus herejías, sus cismas, y entonces queda una sola fe, la que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es la que enseña la Iglesia.

Pero como no se cree en la Iglesia Católica, ni en lo que Cristo ha enseñado, entonces tenemos a un Francisco que coge las palabras de Juan Pablo II y las tuerce para su negocio humano.

Para Francisco todo es crear nuevas condiciones, nuevas estructuras, para la sociedad, para que los hombres vivan sus ideas, obren sus vidas, de acuerdo a esas ideas, y crean en el dios que su cabeza humana les diga.

Y, entonces, todos ellos terminan por juntarse para crear un nuevo templo y un nuevo dios, que reúne a muchos hombres en sus credos diversos.
cisma

El Señor, en su Palabra, fue muy sencillo: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las criaturas: el que crea y se bautice será salvado». El Señor no manda ir al mundo para hacer una nueva religión, para formar un nuevo orden mundial. Sólo manda predicar, anunciar Su Palabra, no buscar argumentos humanos para crear una nueva sociedad de hombres, con nuevo templo, para adorar a un nuevo dios.

Quien no sepa discernir lo que está haciendo Francisco en el Vaticano, es que no sabe de qué va la película. La película es el cisma en el Vaticano.

La Iglesia es de Cristo, porque ha nacido de Su Corazón traspasado. Y, por tanto, la Iglesia no es de ningún hombre, de ningún fiel, de ninguna Jerarquía. En la Iglesia no hay que inventarse el camino, porque Cristo es el Camino. No hay que unirse a los judíos ni a los musulmanes para hacer una oración a Dios pidiendo una absurda paz. En la Iglesia Católica, para conseguir la Paz, hay que hacer penitencia por nuestros pecados y los del mundo entero. Lo demás, es el marketing de Francisco y de todo el Vaticano que lo apoya.

La Iglesia, que camina con Cristo, tiene que purificarse para que pueda reflejar en todas partes el mismo esplendor de Jesús Resucitado. Y sólo en el Reino Glorioso de Cristo se podrá dar la unidad de todos en una misma fe. Antes, los hombres sólo se empeñan en buscar el milenismo carnal.

A Jesús le trae sin cuidado todas las ofertas económicas, todos los problemas sociales, todas las injusticas que los hombres viven actualmente.

A Jesús lo que le importa es que las almas vivan quitando sus pecados. Eso es todo. Y, en la medida, que el alma luche contra sus tres principales enemigos: mundo, demonio y carne; entonces ese alma se va transformando en hija de Dios y puede realizar, en su familia, en su trabajo, en la sociedad, obras divinas que arrastren a los demás hacia lo divino.

Pero, hoy, todo el afán de la Jerarquía está puesto en los hombres. Y hablan de ellos y viven para ellos y sólo les interesa destruir toda la Iglesia para hacer su negocio: el milenismo carnal, que da una falsa paz a los hombres.

La Paz desciende del Cielo, no viene de los hombres, ni de sus diálogos, ni de sus ideas, ni de sus obras en el mundo. Los hombres niegan a Dios, se rebelan contra sus leyes divinas, y han convertido a toda la humanidad en un desierto, en donde el error ha cerrado las mentes de muchos a la comprensión de la verdad. Los corazones de los hombres han quedado endurecidos por el egoísmo y el odio. Y sólo se dedican a cumplir con la sociedad, pero no con Dios. Y, en ese cumplimiento, buscan la manera de encontrar una falsa paz sin quitar sus pecados, sus herejías, sus cismas.

Por eso, la Iglesia está llamada a sufrir y a darle a la humanidad el camino de una interior y sangrienta purificación. Todo hombre que quiera salvarse tiene que pasar por el Gran Aviso. Allí Dios va a poner las cosas en su sitio. Y aquel hombre que no acepte sus pecados, entonces va a elegir condenarse para siempre.

Hasta que el Señor no envíe su castigo a la tierra, no es posible la Paz. Todos los esfuerzos que hacen los hombres son vanos, peligrosos y en contra de la Voluntad de Dios.

Estamos asistiendo a la desmembración de la Iglesia en el Vaticano. Van cayendo los pilares de la Iglesia; se van quitando muros. Y sólo queda los cimientos. Y, entonces, se producirá el gran cisma. Ese cisma que nadie quiere ver, pero que ha comenzado ya en el Vaticano. A todo el mundo le asusta hablar de una Jerarquía herética, cismática, que apostata de la fe.

Todos quieren soñar que las cosas van bien y que tienen solución como antes. Y ya nada es como el hombre lo conoce. Ya todo es como Dios lo quiere. Porque Dios ha querido la renuncia del Papa Benedicto XVI para salvar Su Iglesia de la destrucción de los hombres. Sólo de esa manera, el camino está libre de toda la cizaña. Y el trigo será el que siga fructificando, pero sin la maldad de los hombres malos, que sólo están en la Iglesia con bonitas palabras, con gestos sentimentales, con el solo fin de condenar almas al infierno.
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Francisco invoca al demonio en el Vaticano

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Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

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La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

Estamos en los tiempos del Anticristo

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Para que un Papa hable ex cathedra no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, se llamen bulas, encíclicas, decretos, etc., en los que con toda solemnidad defina alguna verdad revelada. Lo único que se necesita que el Papa hable como Papa y sea maestro de la Verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve, homilía, etc., no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.

Aunque el Papa se dirija a un hombre, en una carta, está enseñando a toda la Iglesia. Las entrevistas que hizo Juan Pablo II y las de Benedicto XVI (incluso las que ha hecho habiendo renunciado al Papado) son documentos ex cathedra. Un Papa nunca se desliga de la Iglesia cuando habla como Papa. Por eso, un Papa no puede tener vida privada. Es para toda la Iglesia y es para todo el tiempo en que vive, hasta su muerte.

Lo único que compromete la infalibilidad de un Papa es un error doctrinal. Otro tipo de errores (modo de resolver un asunto, etc.) no van contra la infalibilidad.

Por eso, nunca un Papa puede enseñar la herejía. Nunca. Si la enseña, entonces es necesario concluir que no es Papa.

De aquí es claro que Francisco no es Papa, porque enseña la herejía. Ahí tienen sus homilías, sus declaraciones a la prensa, sus encíclicas, que claramente no son el magisterio vivo de Pedro en la Iglesia.

Y muchos se confunden en esto de la enseñanza ex cathedra. Y, por eso, siguen sin ver a Francisco como lo que es: no es Papa. Sí, como hombre también se equivoca, pero dice cosas que están bien.

Un Papa nunca se equivoca en cuestiones doctrinales. Nunca. Por eso, mandar hacer una encuesta es una equivocación doctrinal; llamar por teléfono a una mujer malcasada, es el inicio de un cisma; convocar un sínodo para destruir la familia es consagrar la Iglesia a Satanás; poner como modelo de teología la obra de un hereje y de un cismático, como es Kasper, es hacer que el mundo se ponga a los pies de Francisco.

El colapso de la Iglesia Católica no es signo de división en Ella, sino sólo da a entender que se ha perdido la fe en mucha Jerarquía. Lo que divide la Iglesia es su participación en la creación de una nueva iglesia mundial, una religión mundial, que es lo que hemos visto desde hace más de un año, cuando Francisco inicia la falsedad de su Papado.

Francisco se ha ido al mundo para hablar a todos de hacer una nueva forma de adoración a Dios. Esas son sus dos declaraciones a la prensa, y sus diálogos con los judíos, protestantes, musulmanes y jefes de gobierno.

La liquidación del Papado, poniendo su gobierno horizontal con todo el aparato económico, es claro ejemplo de división en toda la Iglesia. El gobierno de la Iglesia es, en estos momentos, una dictadura. Todos tienen que obedecer lo que viene de Roma. Y lo que viene de ahí es el comunismo y el protestantismo. Ya no es el catolicismo. Ya de Roma no viene la Verdad, sino la mentira. Y una mentira que todos pueden ver.

Los Obispos del mundo están con la soga al cuello; porque ven la herejía en el que se sienta en la Silla de Pedro, pero tienen que callar. Y el que calla otorga, hace alarde de sabiduría mundana. Y, por eso, «cuando el error no es combatido termina siendo aceptado; cuando la verdad no es defendida termina siendo oprimida» (San Félix III, Papa).

Todos van a aceptar lo que proponga Francisco en el Sínodo: una herejía; porque ahora no combaten las palabras de Francisco y de Kasper. Sólo muy contados Obispos y Cardenales, viejos por experiencia, que tienen sabiduría divina, han hablado. Los demás, la mucha Jerarquía que queda, está dividida; y muchos dando coba a Francisco.

Ya la Verdad no se defiende en la Iglesia. La gente habla y habla de tantas cosas, da sus opiniones sobre todo, comienzan a criticar a todo el mundo, a los Papas anteriores y, después, siguen besando el trasero de Francisco, lo siguen llamando Papa. Es algo sin sentido común. Algo que no entra en la cabeza, cómo esta de ciega la gente.

Si se pierde la Verdad, se pierde el alma.

El alma sólo se alimenta de la Vida Divina. Y ésta es la Obra de la Palabra de Dios. Dios obra Su Palabra en el corazón de la persona que acepta la verdad. Y obrar la Palabra Divina es vivir de manera divina en lo humano.

Cuando no se enseña la Verdad, entonces se enseña a caminar hacia el infierno del alma.

Cuando no se combate el pecado, entonces éste se hace vida en las almas.

Cuando el amor no es vencido por la mentira, entonces hace caminar al alma hacia la verdad de su vida.

La muerte de muchas almas es porque han aceptado la mentira que viene de Roma, que está en la boca de Francisco todos los días, que es la propaganda de la Jerarquía que apoya a Francisco, que es la obra de tantos fieles de la Iglesia que se han creído maestros de todo en Ella.

La Iglesia no es un juego de los hombres, sino la posesión de la Verdad en el corazón del que cree en Jesús. Quien cree en la Palabra del Verbo Encarnado, obra la Iglesia. Quien no cree, la destruye con su palabra humana.

Quien no quiera poseer la Verdad, sino que va buscando las verdades de los hombres, entonces hace de la Iglesia su propio negocio entre los hombres.

La Iglesia se ha convertido en una ONG por la falta de fe de toda su Jerarquía. No es que la Jerarquía vaya tras el dinero o el puesto en el gobierno eclesial. Eso no es el problema, porque siempre el pecado de avaricia, de orgullo, de lujuria, está en todos los hombres. El problema de la Iglesia actual es que su Jerarquía no cree en nada. Sólo cree en lo que encuentra con su razonamiento humano en todas las cosas divinas. Han abajado a Dios a su concepción humana, a su visión humana, a su ley humana.

Y este problema: no hay fe; es lo que va a producir el cisma en toda la Iglesia.

El cisma significa alejarse de la Verdad. Y esto se puede hacer de muchas maneras.

Francisco ya lo ha hecho con el Papado: se ha alejado del dogma del Papado con su gobierno horizontal. Y nadie ha captado este cisma. Nadie lo llama cisma. Porque todos han perdido la fe en el Papado. Se han dedicado, durante 50 años, a triturar al Papa reinante. Y esa desobediencia de muchos Cardenales y Obispos, es el fruto del gobierno horizontal.

Ese gobierno no sólo lo componen ocho cabezas más los secretarios y otros elementos añadidos. Ese gobierno está compuesto por la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, que son más de la mitad de Ella. Hay más Jerarquía que se viste de lobo, que Jerarquía auténtica. Son pocos los sacerdotes, los Obispos, que tengan fe en Cristo y en Su Obra, la Iglesia.

No se puede decir que son más los verdaderos, porque entonces no se puede comprender la situación a la que ha llegado toda la Iglesia: a un colapso en la fe, en la verdad. Si nadie lucha por toda la Verdad, entonces todos se pierden en la mentira, y van caminado hacia el infierno. Y la Jerarquía que ya no enseña la verdad lanza a las almas al fuego del infierno. Todos quieren ese gobierno horizontal porque es lo que han practicado durante 50 años a espaldas del Papa reinante. Claro, nadie lo llama cisma.

Muchos fieles se están alejando de la Verdad al aceptar la mentira que viene de Francisco todos los días. Si Francisco no es Papa, entonces lo que enseña siempre aleja de la verdad. A la larga, produce el alejamiento de la verdadera doctrina y eso lleva, de forma inevitable, al cisma.

No se cae en la cuenta de que Francisco es un falso Profeta. Y todo aquel que escucha y aprende de un falso Profeta, se coloca en la mentira, en el engaño, en el error.

No se cae en la cuenta de la gravedad de lo que significa tener a un usurpador sentado en el Trono de Pedro. Como lo ven una persona amable, humilde, cariñosa, buena,.., ahí está la trampa del demonio.

Francisco es el mayor engaño de Satanás a la Iglesia. A muchos les cuesta creer que un Papa pueda ser hereje y cismático. A mucha Jerarquía no les entra en la cabeza que la figura del Anticristo y del Papa sea una misma. Se aferran a la idea de que el Vicario es luz siempre en la Iglesia, la seguridad última para saber dónde está la Verdad, porque donde está el Papa está la Iglesia. No pueden entender que no haya Papa en la Iglesia o que un Papa sea el Anticristo.

Y no lo comprenden sólo por su falta de fe, porque viven de espaldas a la Palabra de Dios, que es clara cuando se trata de la Iglesia: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). En estas palabras se dice que la Iglesia es perdurable y, por tanto, la dignidad de Pedro también lo es. Si la Iglesia no perdura, no llega hasta el final, sino que es vencida por el demonio, entonces también la figura de Pedro se tiene que acabar.

Si Satanás pone su Papa en la Iglesia, es claro que la Iglesia ha acabado, porque ese Papa ya no tiene la dignidad de Pedro, no es el sucesor de Pedro. Y, por tanto, esa Iglesia, que lidera, no es la de Cristo, sino la del demonio.

Si no se puede creer que Satanás puede poner su Papa en la Silla de Pedro, entonces hay que anular la Palabra de Dios. Muchos lo hacen y, por eso, siguen llamando a Francisco como Papa. No ven el engaño del demonio en la Silla de Pedro. Y, por lo tanto, no ven la falsa iglesia que Francisco está montando sobre los restos de la Iglesia Católica.

Hoy las almas no atienden a la Verdad de la Palabra, sino que están en la Iglesia buscando sus verdades, sus razonamientos, sus ideales, sus políticas, sus espiritualidades. Todos se han inventado la Fe en Cristo y las obras en la Iglesia. Nadie vive de fe auténtica en Ella.

Por eso, se está al inicio de la mayor herejía de todas. Y esa herejía hará temblar al mundo, porque el mundo vive de lo que la Iglesia ofrece. Si ésta construye la Verdad, entonces el mundo camina hacia su salvación; pero si ésta destruye la Verdad, el mundo se impone en la misma Iglesia y lo acaba todo, lo destruye todo.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

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