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Hacia un nuevo templo con un nuevo dios

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«El intento de reunir todas las religiones, aun aquella que adoran a seres falsos y falaces, con la perspectiva de una unión religiosa mundial para la defensa de los valores humanos, es vano, peligroso y no conforme al deseo de mi Corazón Inmaculado.

Esto puede conducir incluso al aumento de la confusión, a la indiferencia religiosa y puede hacer aún más difícil la consecución de la verdadera paz» (P. Gobbi – La misión confiada a la Iglesia – 27 de octubre 1986).

La Palabra de Dios es muy sencilla de comprender, pero muy difícil de vivir. Por eso, es fácil que en la vida práctica, la gente viva de cualquier cosa, menos del dogma, de la doctrina de Cristo.

Nadie hace caso a la Verdad Revelada, que son los dogmas, sino que todos hacen de esa Verdad, su negocio en la Iglesia.

A nadie le interesa conocer lo que Dios dice en Su Palabra, sino que todos buscan una razón para interpretarla y decirse a sí mismo que aman la Palabra y que viven esa Palabra.

El Evangelio no es la palabra de un hombre, o los escritos de una serie de hombres, a lo largo de la historia, no es un conjunto de recuerdos históricos, sino que es la misma Palabra de Dios, que Dios ha revelado a los hombres. Es el mismo Pensamiento del Padre, que habla por la boca del Hijo.

Pero, como a los hombres les gusta pensarlo todo, por eso, les cuesta vivir de fe. No entienden lo que es vivir la Palabra; pero sí comprenden lo que es pensar la Palabra.

El hombre que se acostumbra a pensar en Dios no sabe vivir de Dios. No encuentra el camino para hacer vida lo que Dios le da en Su Palabra. No sabe asentir a la Palabra, obedecerla como está escrita. Sólo sabe acomodarla a su vida humana, a sus intereses humanos, a su manera de entender a Dios. Y, de esa manera, se comienza la ingratitud contra Dios y a abusar de todas las gracias.

La Gracia, Dios la da para que el hombre obre lo divino en lo humano. Si no se usa la Gracia en Dios, de forma conveniente, entonces el demonio la usa para un fin demoniaco.

El hombre, que ha recibido una Gracia y no sabe usarla, es siempre instrumento del demonio. La Gracia es una inteligencia divina al alma. Aquel que no viva esa inteligencia divina, vive la inteligencia demoniaca. Por eso, hay tantas contradicciones entre la Jerarquía, que se saben el dogma, pero predican otra cosa. Con su inteligencia sobrenatural, comprenden las Escrituras, pero como no viven esa inteligencia sobrenatural en sus vidas, sino que sólo la piensan, la meditan, la trituran, el demonio les pone ideas para torcer la Gracia y, de esa manera, aparecen todas las herejías y cismas en la Jerarquía.

Por eso, es siempre la Jerarquía la que trae al mundo entero el castigo divino. Ellos tienen el Poder para comprender toda la verdad, para enseñarla y poner un camino de santidad a todos los hombres; pero como son infieles a la Gracia que han recibido, entonces tenemos lo que vemos actualmente en la Iglesia: un tonto que se cree dios en su pensamiento humano, y una Jerarquía que obedece al tonto.

Y esto es un escándalo para toda la Iglesia y para todo el mundo, que produce la Justicia Divina: todos viven en sus pecados, porque la Jerarquía viven en los suyos. Todos pecan y nadie quiere salir de sus pecados, y se pasan la vida buscando soluciones a todos sus problemas, sin comprender que el principal problema en sus vidas es su pecado.

Hoy, en la Iglesia y en el mundo, todo está degenerado y depravado. No existe ninguna Verdad, sino que los hombres se han hecho maestros para destruir cualquier verdad. Y esos hombres son tenidos por todos como grandes hombres, llenos de sabiduría, de ciencia, de poder. Los hombres se han endurecido en sus pecados y no quieren salir de ellos. Ya no les interesa. Ya viven para pecar, viven sosteniendo que el pecado es un valor.

Los verdaderos hombres que construyen la paz son los fieles sólo a Cristo y a Su Evangelio. Aquel hombre que sea fiel a su mente humana, construye la guerra, anuda la guerra, lucha para que en el mundo se produzca la negrura de la muerte y la sangre del dolor.
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El tercer sello es la tercera guerra mundial: «Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano» (Ap 6, 5). Se mata por interés humano, por negocio. Es decir, por maldad, buscando un mal, con el fin de conseguir un mal. Todo se pesa, todo se mide, para conquistar, en la guerra, un proyecto humano, una obra del hombre, una vida para el hombre en la que Dios no aparece. Y está a punto de abrirse.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras. Efectivamente, los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana, creada por el único Dios» (Mensaje para el final del Ramadán). Para los autores de este documento, que son el cardenal Jean-Louis Tauran y el padre Miguel Ángel Ayuso Guixot, los católicos somos hermanos de gente terrorista, de personas que matan por un ideal religioso. Y, entonces, en la cabeza de esta Jerarquía, que obedece a Francisco, hay que hacer una unidad con personas que no aman a nadie, sino sólo a sus ideales masónicos y marxistas.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras»: las que dijo Francisco, donde los llamó hermanos: «Desearía dirigir un saludo a los musulmanes de todo el mundo, nuestros hermanos, que hace poco han celebrado la conclusión del mes del Ramadán, dedicado de modo especial al ayuno, a la oración y la limosna» (texto). Ellos, la Jerarquía maldita, es la que reconoce esas palabras y las tienen como importantes. Para los católicos, esas palabras son una blasfemia.

Ellos, recurren a las palabras que dijo Juan Pablo II a los líderes religiosos musulmanes, en su viaje apostólico a Nigeria, el 14 de febrero de 1982 (texto). Pero allí, el Papa nunca dijo que los cristianos y los musulmanes eran hermanos y hermanas de una única familia, sino «en la fe en el único Dios». Porque los dos creen en un Dios monoteísta, entonces, en ese sentido, creen en un Dios que es Uno. Después, es la tarea del teólogo discernir el concepto de unidad que se da entre los católicos y los musulmanes. Y, en el concepto, los católicos ya no son hermanos ni hermanas de los musulmanes: la fe de ambos sigue un camino opuesto. Pero los dos creen que hay un solo Dios.

Creer esto no es concluir que pertenecemos a la misma familia humana y que ésta ha sido creada por Dios, como se expresa en este mensaje. Esto es decir dos herejías en una frase.

El Islam nació para matar. Y no tiene otro fin su religión: son adictos a la muerte. Son almas negras, que llevan en su corazón la muerte.

Dios no ha creado al Islam. Es el invento del demonio. Dios ha creado las almas de los hombres, pero los hombres han elegido pertenecer a la familia del demonio: el Islam. Los católicos no pertenecemos al Islam. Ni siquiera hacemos una familia humana con ellos. Este es el falso lenguaje humano, que lleva a la ignorancia más supina: «los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana». Los católicos y los musulmanes pertenecemos a la humanidad, pero no hacemos familia humana: nadie quiere en su familia humana a una persona que mata. Todos quieren que esa persona esté en la cárcel o en otro lugar.

Hay que saber discernir la pertenencia al género humano, del cual somos todos los hombres, porque todos tenemos una naturaleza humana; y la pertenencia a una familia humana. Si no se sabe discernir esto, tan sencillo, tampoco se sabe discernir la familia espiritual ni la religiosa.

Por naturaleza, todos los hombres somos hombres, pero no hermanos: tenemos una carne y un alma, que obran al unirse la naturaleza humana, el género humano.

Por nacimiento, los hombres tienen muchas raíces, una familia, una generación familiar. Y, tampoco son hermanos en el sentido estricto de las palabras.

Por fe, los hombres tienen muchos credos, muchas familias espirituales. Y habrá unidad en la fe en aquellas cosas en que se cree lo mismo; pero habrá diversidad en la fe, en el credo diverso, múltiple.

Este deseo humano de unir a todos los hombres en una familia humana no es la realidad humana, no es algo objetivo. Es sólo un lenguaje humano para engañar a las almas. El que tiene las ideas claras, dice las cosas con la Verdad por delante. Pero el que es malicioso en el hablar, entonces habla para crear confusión a los demás.

El problema de esta Jerarquía que está en el Vaticano es que aprueba como verdadera el islam: «vamos a demostrar que las religiones pueden ser una fuente de armonía para el beneficio de la sociedad en su conjunto». Este es el grave error.

Nunca la religión musulmana es una fuente de armonía para el mundo, porque viven para matar, para aniquilar el género humano.

Habrá musulmanes que no sean vengativos, sino que tengan un mínimo de decoro en la vida humana para no matar al otro. Pero el musulmán que sigue el Corán vive para matar. Son como Caín: nacido para matar a su hermano. Adán, en su pecado, creó un monstruo. Así es el Islam: un monstruo que Mahoma concibió en su mente humana, con el objetivo de oponerse a Cristo y a Su Iglesia, matando a los hombres.

Por tanto, no vengan ahora la estúpida Jerarquía de la Iglesia, que la gobierna usurpándola, con palabritas que no convencen a nadie, sino que demuestran la herejía y el cisma que se vive en el Vaticano.

En el vaticano se quiere demostrar que la Iglesia Católica ya no vale para crear la armonía en el mundo, sino que es necesario recurrir a las demás religiones. Este es el pensamiento claro en este mensaje, que viene de Francisco.

En el diálogo «aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales» (EG – n. 250). Francisco busca una religión mundial para la defensa de los valores humanos. Este es el gran peligro. No se busca la religión mundial para la defensa de los valores divinos, de las leyes divinas, de la norma de moralidad. Esto nadie lo busca ni lo sabe buscar. Y aquí está el punto del verdadero ecumenismo, en el que todos quitan sus pecados, sus errores, sus herejías, sus cismas, y entonces queda una sola fe, la que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es la que enseña la Iglesia.

Pero como no se cree en la Iglesia Católica, ni en lo que Cristo ha enseñado, entonces tenemos a un Francisco que coge las palabras de Juan Pablo II y las tuerce para su negocio humano.

Para Francisco todo es crear nuevas condiciones, nuevas estructuras, para la sociedad, para que los hombres vivan sus ideas, obren sus vidas, de acuerdo a esas ideas, y crean en el dios que su cabeza humana les diga.

Y, entonces, todos ellos terminan por juntarse para crear un nuevo templo y un nuevo dios, que reúne a muchos hombres en sus credos diversos.
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El Señor, en su Palabra, fue muy sencillo: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las criaturas: el que crea y se bautice será salvado». El Señor no manda ir al mundo para hacer una nueva religión, para formar un nuevo orden mundial. Sólo manda predicar, anunciar Su Palabra, no buscar argumentos humanos para crear una nueva sociedad de hombres, con nuevo templo, para adorar a un nuevo dios.

Quien no sepa discernir lo que está haciendo Francisco en el Vaticano, es que no sabe de qué va la película. La película es el cisma en el Vaticano.

La Iglesia es de Cristo, porque ha nacido de Su Corazón traspasado. Y, por tanto, la Iglesia no es de ningún hombre, de ningún fiel, de ninguna Jerarquía. En la Iglesia no hay que inventarse el camino, porque Cristo es el Camino. No hay que unirse a los judíos ni a los musulmanes para hacer una oración a Dios pidiendo una absurda paz. En la Iglesia Católica, para conseguir la Paz, hay que hacer penitencia por nuestros pecados y los del mundo entero. Lo demás, es el marketing de Francisco y de todo el Vaticano que lo apoya.

La Iglesia, que camina con Cristo, tiene que purificarse para que pueda reflejar en todas partes el mismo esplendor de Jesús Resucitado. Y sólo en el Reino Glorioso de Cristo se podrá dar la unidad de todos en una misma fe. Antes, los hombres sólo se empeñan en buscar el milenismo carnal.

A Jesús le trae sin cuidado todas las ofertas económicas, todos los problemas sociales, todas las injusticas que los hombres viven actualmente.

A Jesús lo que le importa es que las almas vivan quitando sus pecados. Eso es todo. Y, en la medida, que el alma luche contra sus tres principales enemigos: mundo, demonio y carne; entonces ese alma se va transformando en hija de Dios y puede realizar, en su familia, en su trabajo, en la sociedad, obras divinas que arrastren a los demás hacia lo divino.

Pero, hoy, todo el afán de la Jerarquía está puesto en los hombres. Y hablan de ellos y viven para ellos y sólo les interesa destruir toda la Iglesia para hacer su negocio: el milenismo carnal, que da una falsa paz a los hombres.

La Paz desciende del Cielo, no viene de los hombres, ni de sus diálogos, ni de sus ideas, ni de sus obras en el mundo. Los hombres niegan a Dios, se rebelan contra sus leyes divinas, y han convertido a toda la humanidad en un desierto, en donde el error ha cerrado las mentes de muchos a la comprensión de la verdad. Los corazones de los hombres han quedado endurecidos por el egoísmo y el odio. Y sólo se dedican a cumplir con la sociedad, pero no con Dios. Y, en ese cumplimiento, buscan la manera de encontrar una falsa paz sin quitar sus pecados, sus herejías, sus cismas.

Por eso, la Iglesia está llamada a sufrir y a darle a la humanidad el camino de una interior y sangrienta purificación. Todo hombre que quiera salvarse tiene que pasar por el Gran Aviso. Allí Dios va a poner las cosas en su sitio. Y aquel hombre que no acepte sus pecados, entonces va a elegir condenarse para siempre.

Hasta que el Señor no envíe su castigo a la tierra, no es posible la Paz. Todos los esfuerzos que hacen los hombres son vanos, peligrosos y en contra de la Voluntad de Dios.

Estamos asistiendo a la desmembración de la Iglesia en el Vaticano. Van cayendo los pilares de la Iglesia; se van quitando muros. Y sólo queda los cimientos. Y, entonces, se producirá el gran cisma. Ese cisma que nadie quiere ver, pero que ha comenzado ya en el Vaticano. A todo el mundo le asusta hablar de una Jerarquía herética, cismática, que apostata de la fe.

Todos quieren soñar que las cosas van bien y que tienen solución como antes. Y ya nada es como el hombre lo conoce. Ya todo es como Dios lo quiere. Porque Dios ha querido la renuncia del Papa Benedicto XVI para salvar Su Iglesia de la destrucción de los hombres. Sólo de esa manera, el camino está libre de toda la cizaña. Y el trigo será el que siga fructificando, pero sin la maldad de los hombres malos, que sólo están en la Iglesia con bonitas palabras, con gestos sentimentales, con el solo fin de condenar almas al infierno.
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Y la bestia abrió su boca en Amman

virtudes

Francisco ha abierto la boca en Amman para proferir blasfemias contra Dios:

1. «Las diversas intervenciones del Espíritu Santo forman parte de una acción armónica, de un único proyecto divino de amor. La misión del Espíritu Santo consiste en generar armonía –Él mismo es armonía– y obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos diferentes. La diversidad de personas y de ideas no debe provocar rechazo o crear obstáculos, porque la variedad es siempre una riqueza. Por tanto, hoy invocamos con corazón ardiente al Espíritu Santo pidiéndole que prepare el camino de la paz y de la unidad».

a. La Obra de la Redención es el proyecto del Padre sobre la humanidad. Y esa obra se compone de Amor y de Justicia. Y, en la Justicia, un camino de Misericordia para los que creen en Jesús y en Su Iglesia. Esa Obra es la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo; es decir, no es la del hombre. El hombre no sabe el camino para realizar las obras divinas. Y, por tanto, el hombre no sabe discernir las intervenciones de Dios en la vida de los hombres. Dios actúa en todos los hombres, pero no para todos los hombres. Unos se salvan, otros se condenan. La unidad de la obra de Dios no es la unidad de todo el género humano. Jesús viene a redimir al género humano, pero no viene a salvar a todos los hombres. Cada hombre tiene que salvarse dando su voluntad libre a Dios en Su Hijo Jesucristo.

b. La misión del Espíritu Santo es la de defender la causa de Jesús. Y Jesús ha juzgado al mundo y lo ha desenmascarado de su mentira y de su pecado. Por eso, el Paráclito es el que convence al mundo en lo que se refiere al pecado, a la justicia y al juicio (cf. Jn 16, 5-15). En otras palabras, el Paráclito saca todo a luz para que se comprenda la malicia del mundo.

El Espíritu Santo no viene a poner paz entre los hombres, sino espada, que es lo mismo que hizo Jesús: «No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada» (Mt 10, 34). Por tanto, la afirmación de que el Espíritu Santo viene a «obrar la paz en situaciones diversas y entre individuos diferentes», no sólo es una opinión de un hereje, como Francisco, sino que va en contra de la Palabra de Dios, que muy claro dice: «Porque he venido a separar al hombre de su padre, y la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 35).

Aquí, Francisco habla el lenguaje que gusta a los hombres: como somos personas con juicios diferentes, con vida distintas, con religiones encontradas, vamos a buscar una solución a todo este problema, poniendo como testigo la Palabra de Dios. Y, yo como un santo Obispo de Roma, digo que el Espíritu Santo nos da a todos la paz, porque somos tan buenas personas, Dios nos ama tanto, que nos da un camino para la unidad.

«Porque la variedad es siempre una riqueza»: el judío, el israelita, el budista, el cristiano, el pagano, el homosexual, el ateo, el terrorista, los mafiosos,…, son siempre una riqueza para la humanidad, son siempre un bien para todas las culturas del hombre. Y sólo hay que ver el camino para unir tanta riqueza.

Cada hombre, en su pensamiento, tiene una verdad que hay que cultivar, que hay que proteger, a la cual hay que unirse.

En este párrafo de este hombre sin vida espiritual, sin sentido común, sin dos dedos de frente, se resume toda su homilía. Lo demás que ha dicho palabrería para entretener a la masa, que lo oye con la boca abierta, sin saber discernir ningún espíritu en ese hombre.

Un hombre que no se enfrenta al pecado que hay en Jerusalén no es un Papa, no habla como Papa, no es ni siquiera un Obispo. Un hombre que habla para contentar a los hombres, para darles un consuelo en su vida humana, es el Vicario del Anticristo.

2. «En segundo lugar, el Espíritu Santo unge. Ha ungido interiormente a Jesús, y unge a los discípulos, para que tengan los mismos sentimientos de Jesús y puedan así asumir en su vida las actitudes que favorecen la paz y la comunión. Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad y nos hace capaces de amar a los hermanos con el mismo amor con que Dios nos ama».

a. El Espíritu Santo no unge: es el aceite el que está ungido o las manos del sacerdote que son ungidas, o se imponen las manos para dar un carisma a una persona (profeta, etc.). El alma bautizada tiene la unción del Santo; y así el que ha recibido el Orden, posee la unción del Espíritu (cf. 1 Jn 2, 20). Se unge con la Gracia de Dios. Se unge a una persona que está en Gracia de Dios. Si se unge a una persona que no está en Gracia, esa persona no recibe la unción del santo, porque pone un óbice, que es su pecado, y hasta que no lo quite, no puede recibir esa unción.

b. El Espíritu Santo no ha ungido interiormente a Jesús, sino que el Verbo, al encarnarse, ha hecho de esa humanidad el Templo de la Santísima Trinidad. Jesús no es ungido como son las almas cuando se bautizan o se casan o reciben cualquier sacramento. Jesús, por ser Dios, no necesita la unción del Santo. Su misma alma, su misma carne, su misma humanidad es ungida en la Encarnación. Las obras del Espíritu en la vida de Jesús no son unciones. Jesús, al ser bautizado en el Jordán, no es ungido con el Bautismo de la Penitencia de San Juan Bautista, porque no tiene necesidad de esa unción. Ese Bautismo es para manifestar al Mesías prometido, es para abrir el camino de salvación a los hombres; no es para el alma de Jesús, no es una obra para la vida interior de Jesús. Francisco trata a Jesús como un hombre, pero no como Dios. Equipara a Jesús con sus discípulos. Y, por eso, da oscuridad en su enseñanza en la Iglesia.

c. Para tener los mismos sentimientos de Jesús no se necesita la unción del Santo, sino la humildad, la disponibilidad, la sencillez, la obediencia, del alma al Espíritu de Cristo. Un soberbio, que se cree algo en la Iglesia, nunca da a Cristo ni en sus palabras ni en sus obras. Imitar a Cristo es desprenderse de todo lo humano: sólo así los discípulos tienen los mismos sentimientos de Cristo. Porque Jesús, en su vida humana, sólo se dedicó a seguir la Voluntad de Dios, que le mandaba a la Cruz, obra que aborrecía su humanidad. Ningún hombre quiere el dolor para su vida. Y menos la humanidad de Cristo, que es Santa por su Concepción. Y, sin embargo, Jesús acepta el dolor que le envía Su Padre, porque no sigue ningún pensamiento humano ni ninguna meta humana en su vida humana. Francisco sigue hablando para contentar a los hombres necios, como él, que no saben decir una verdad sobre Jesús.

d. «Con la unción del Espíritu, la santidad de Jesucristo se imprime en nuestra humanidad»: mayor estupidez no se puede decir. Un hombre necio y estúpido. Las dos cosas. Necio, porque no sabe diferenciar la santidad de Jesús de la santidad de los demás. Jesús no es Santo como los hombres son santos. Jesús es el Santo de los Santos, porque es Dios. Y los hombres son santos porque participan de la gracia santificante. Quien no vive en gracia, no es un santo sino un demonio. La Gracia es la que comunica la santidad al hombre. Y la comunica infundiendo en su alma las virtudes. Y el hombre, al sol de los dones del Espíritu, tiene que hacer méritos para alcanzar la santidad que Dios le pide. Así que, el Espíritu Santo no imprime nada, ni hace falta que imprima nada. ¡Qué necio es este hombre! ¿Pero no se dan cuenta que así no habla un Papa? ¡Qué necios son los que lo siguen porque se sienta en la Silla de Pedro! Y ya no tienen otra razón para excusar a ese hombre que decir que se sienta en Silla para obedecerle. ¡Hay gente en la Iglesia con una venda en los ojos incapaz de ver la estupidez de Francisco!

Si Dios imprime en nuestra humanidad la santidad de Jesucristo, entonces todos somos santos, todos al cielo, no existe el pecado, ni el mal en el mundo. Nuestro cuerpo es glorioso. Todo es un Paraíso: esta es la estupidez de ese hombre. Ese hombre cae en esta estupidez por su necedad: no distingue santidades, no discierne la verdad.

3. «La paz no se puede comprar: es un don que hemos de buscar con paciencia y construir “artesanalmente” mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre del cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza».

a. «La paz os dejo, Mi Paz os doy; no como la da el mundo os la doy Yo» (Jn 14, 27): luego, no es un don que el hombre tenga que buscar y construir artesanalmente. El Evangelio es tan claro para el alma humilde que con sólo leer lo que dice este hombre se da cuenta de la gran soberbia que anima el espíritu de Francisco.

La paz es el fruto de la gracia en el alma: El apóstol Pablo enumera la múltiple fecundidad del Espíritu en la vida cristiana: «El fruto del Espíritu Santo es caridad: alegría, paz, paciencia, bondad, benignidad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5,22-23). El Espíritu obra en el corazón del alma humilde y da la paz al corazón que permanece en gracia. El hombre sólo tiene que construir una vida en gracia: ser fiel a la Gracia, permanecer en la gracia, perseverar en la gracia. Y, de esa manera, el mundo va cambiando, porque la santidad del alma, que cree en la Palabra de Dios, se irradia sin hacer ningún esfuerzo humano, sin las obras humanas. Es Dios quien enseña a realizar las obras exteriores que Él quiere entre los hombres. Y, por eso, la paz es la enseñanza del Espíritu al alma para que obre una justicia, un orden, una rectitud, en la humanidad. La paz de Dios es poner una justicia: primero en el interior del alma: la gracia; segundo, al exterior: dar a cada uno lo que se merece. Y, sólo de esta manera, se consigue la paz ente los hombres. Si no se predica que los hombres quiten su pecado para encontrar la paz, entonces la predicación es sólo propaganda para el que predica: salir en la foto como hombre de paz. Si la paz no se puede comprar, entonces no la compres con tu artesanalidad. No quieras inventarte un mundo de pequeños y grandes gestos para vender tus palabras de paz. Hablas de que no hay que comprar y, sin embargo, te vendes al mejor postor para ganarte la amistad de los hombres sin paz en sus corazones.

b. Entonces, decir que: «El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano»: es su comunismo. Habla del bien común que los hombres tienen que buscar para consolidar esa paz falsa. El amor de sangre, de carne y sangre, es lo que hace hijos de Dios. Ya no es la fe en Jesucristo. Es porque nos amamos tanto como hombres, nos besamos, nos abrazamos, nos cogemos la mano, dormimos juntos, que sólo hay que mirar que tenemos un Padre, que ha engendrado las carnes y las sangres. Tenemos un Padre carnal. Ya no es el Padre que da la Gracia ni el Espíritu. Es un Padre que une a todos los hombres porque somos de la misma sangre. Somos tan buenos hermanos unos con otros, que Dios da la paz por eso.

Seguir a Francisco es, sencillamente, una estupidez. No hay manera de comulgar con su pensamiento humano. Es que no se puede. Es que dice vulgaridades, sin fundamento, sin una verdad, sin un fin. Habla por hablar, para llenar cuartillas, para entretener a las masas, para no decir nada.

Habla para dividir a la Iglesia con su mentira, con su engaño, con su necedad. Su primera homilía ya indica la intención con qué va a Jerusalén: para iniciar el cisma en la Iglesia. Para poner a Jerusalén como el centro de todas las religiones del mundo.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

Via Crucis cismático: la anulación de la Obra Redentora de Cristo

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Primera estación: primera herejía

Jesús es condenado a muerte por nuestros pecados. El pecado de Pilatos fue no creer en la Verdad, que es Jesús. Por su falta de fe, Jesús va hacia la Cruz. Por tanto, lo que crucifica a Cristo no es la existencia de personas inocentes ni de personas débiles, ni de hombres que sufren injusticias sociales. Lo que crucifica a Cristo son nuestros pecados y, sobre todo, el pecado contra la Fe.

Por tanto, «¿sabremos tener una conciencia recta y responsable, transparente, que nunca dé la espalda al inocente, sino que luche con valor en favor de los débiles resistiéndose a la injusticia y defendiendo por doquier la verdad ultrajada?» (Meditaciones al Via Crucis, de Mons. Giancarlo Maria BREGANTINI, Arzobispo de Campobasso-Boiano – 15 de abril de 2014)

A esta pregunta herética, hay que responder: Apártate de Mí Satanás; tú hablas como los políticos, tú hablas como los marxistas, tú hablas como los comunistas, pero no enseñas la Palabra de Dios en tu discurso.

Tú, Francisco, que has destruido la Verdad del Papado, que has hecho la injusticia más grande, negando la verdad del Evangelio a toda la Iglesia imponiendo tu evangelio fraterno, que es la negación del amor y de la misericordia, creando alrededor tuyo una atmósfera de odio y de crueldad, haciendo que la falsedad sea el principio de tu gobierno, seas maldito, seas excomulgado de la Iglesia Católica, seas un alma errante sin misericordia divina.

Hay que defender la verdad ultrajada por Francisco y por su gobierno horizontal. Hay que atacar al hereje Francisco y a su nueva iglesia en el Vaticano.

Segunda estación: segunda herejía

Jesús carga con la cruz de nuestros pecados, por tanto, Jesús no carga con “el peso de todas las injusticias que ha causado la crisis económica, con sus graves consecuencias sociales: precariedad, desempleo, despidos; un dinero que gobierna en lugar de servir, la especulación financiera, el suicidio de empresarios, la corrupción y la usura, las empresas que abandonan el propio país” (Ibidem).

A Jesús le trae sin cuidado las crisis económicas, el desempleo, el dinero, la corrupción, las empresas que abandonan el país, etc.

A Jesús le trae sin cuidado el pensamiento de Francisco sobre los males de los hombres, los males sociales, los males del trabajo, los males de la cultura.

A Jesús le da igual la palabrería barata y blasfema que Francisco y su gobierno de marxistas están diciendo continuamente en la Iglesia.

Jesús sólo se preocupa del pecado de sus almas, de darles el camino para que quiten sus pecados, de darles las gracias para que expíen sus pecados, de darles el Espíritu que fortalece contra el demonio y que impide caer en el pecado.

Jesús viene a cargar con todos los pecados de los hombres. Las consecuencias del pecado son sólo el fruto del pecado. Son otros pecados. Son otras maldades, que conducen a otros pecados.

Si el hombre no lucha por quitar sus pecados, y se dedica a resolver sus asuntos económicos, sus crisis; si el hombre sólo lucha por sus justicias sociales, entonces el hombre se va de cabeza al infierno por querer quitar el pecado con una solución marxista y comunista de la vida.

“Esta es la pesada cruz del mundo del trabajo, la injusticia en la espalda de los trabajadores. Jesús la carga sobre sus hombros” (Ibidem): Jesús no carga la cruz del mundo del trabajo; Jesús no carga con las injusticias de los trabajadores. Porque Jesús no es un líder social, no es un líder político. Jesús no es un trabajador social.

“y nos enseña a no vivir más en la injusticia, sino a ser capaces, con su ayuda, de crear puentes de solidaridad y esperanza, para no ser ovejas errantes ni extraviadas en esta crisis” (Ibidem): Jesús carga con el pecado de los hombres y enseña a no pecar más. Jesús, enseñando a no pecar, enseña a practicar las virtudes cristianas, las teologales, y a dar a cada hombre lo que se merece.

La justicia con los hombres viene de quitar el pecado. Las injusticias con los hombres vienen de vivir en el pecado. Quien quiera hacer una justicia estando en pecado, comete otra injusticia mayor. Quien no vive en la justicia divina, en la justicia del alma, en la vida de la gracia, ¿cómo quiere dar una justicia a otro hombre? No puede. Nadie da lo que no tiene. Siempre le dará una injusticia, que es lo que posee en su corazón por estar en pecado.

Jesús no viene a crear puentes de solidaridad. Jesús viene a ser el puente que lleva de la tierra al cielo. Jesús crea el camino para salvarse y para santificarse. A Jesús le trae sin cuidado todas las crisis de los hombres, porque la única crisis del hombre es su amor al pecado. Si no sale de esa crisis, el hombre se pierde para toda la eternidad.

Tercera estación: tercera herejía

Jesús cae por primera vez, por los pecados de lujuria de los hombres. La primera caída es por la fuerza del pecado que todos los hombres tienen en su carne, en su humanidad. Ese pecado divide al alma y al cuerpo. Y el alma quiere lo divino, pero el cuerpo quiere lo carnal, lo pecaminoso, lo lujurioso.

Jesús cae para expiar la maldad de todos los hombres por su vida de placeres, por su vida de gula, por su vida acomodada a todo lo humano. Es el pecado de la carne lo que hace débil al hombre.

Y, por tanto, Jesús no “nos ayuda a aceptar las debilidades de los demás; a no indignarnos con quien ha caído, a no ser indiferentes con quien cae” (Ibidem). Jesús, con su caída, no da la fuerza para no caer en el pecado que domina a toda la carne.

Jesús no mira las debilidades de los hombres, sino sus pecados. Y el hombre no puede aceptar las debilidades de los demás, porque toda debilidad del hombre es por un pecado. El hombre tiene que exigir al otro hombre que se arrepienta de su pecado. El hombre tiene que mostrarse ante los demás hombres como justo, como recto, con una norma de moralidad, con la ley divina en el corazón.

El hombre no tiene que llorar por las debilidades de los demás hombres; no tiene que mostrar misericordia con nadie; no tiene que afligirse por el pecado de los hombres. El hombre recto en Dios da a cada hombre lo que se merece: a unos dará misericordia y a otros justicia.

El hombre no tiene que ser amable con los hombres que pecan. El hombre no tiene que ser humano con los hombres. El hombre tiene que ser divino, tiene que imitar a Cristo cuando está con los hombres.

La ñoñería de estar pendiente de las debilidades humanas, del otro es lo que lleva al infierno sin remedio. Por el apegado amor a la carne y a la sangre, por el estúpido sentimiento y afecto humano, muchos se alejan de la Verdad y de la Gracia Divina. ¡Cuántos caen en el pecado por su lujuria de la vida, por su vida de placeres, por su vida cómoda, por estar pendiente de las necesidades materiales de los otros!

Cuarta estación: cuarta herejía

Jesús se encuentra con Su Madre, que es el único Refugio en medio del Dolor de Su Pasión. Es la única que entiende a Jesús; que sabe medir el sufrimiento de Su Hijo; que le ayuda a cargar con Su Cruz. La primera cirenea; la mano de la Madre, que lleva el Dolor Místico hacia la cumbre del padecer.

La Virgen llora por Su Hijo y, por tanto, la Virgen no “recoge las lágrimas de todas las madres por sus hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, asesinados o enviados a la guerra, especialmente por los niños soldados”.

La Virgen no está para recoger los lamentos de las madres por sus hijos. Lamentos estériles; lamentos criminales; lamentos sin sentido.

La madre que llore por su hijo lejano es que no ha comprendido el dolor de Cristo; la madre que llore por su hijo condenado a muerte, es que no ha comprendido la muerte de Cristo; la madre que llore por sus hijos asesinados o enviados a la guerra, es que no ha entendido la Pasión de Cristo.

El hombre no tiene que llorar por su vida humana ni por los problemas que tenga en su vida humana, ni por las injusticias que otros le hagan en su vida humana.

Cristo no ha muerto en la Cruz para que el hombre llore por su vida humana. Cristo ha muerto en la Cruz para que el hombre llore por sus pecados.

Y la Virgen María sólo recoge las lágrimas de aquellas almas que lloran y hacen penitencias por sus malditos pecados.

¿Qué se creen que es la Pasión de Cristo? ¿Lamentarnos por nuestros problemas humanos? ¿Cómo se atreve Francisco a anular la muerte de Cristo con su filosofía barata de la vida?

Francisco ha anulado la Redención de Cristo, la Obra de Cristo, para dar a la Iglesia su estúpida doctrina de la teología de la liberación. Estúpida y herética.

¡Qué salvajada para la verdad es este via crucis! ¡Cómo aniquila ese hereje lo más sagrado que hay en la Iglesia: la Cruz de Cristo!

Su sentimentalismo hereje le lleva al infierno de cabeza.

La Pasión de Cristo, las llagas de Cristo, el Dolor de la Madre por Su Hijo, no es para escuchar “el lamento desgarrador de las madres por sus hijos, moribundos a causa de tumores producidos por la quema de residuos tóxicos” (Ibidem). ¡Qué supina ignorancia de la teología y de la filosofía! ¡Qué heréticas palabras de un comunista que se viste de Obispo para engañar a la Iglesia! ¡Qué asco de idiota, que es Francisco! ¡Qué loco está para buscar su dinero en la Iglesia! ¡Cómo mata a las almas negando la Verdad el Evangelio! ¡Cómo engaña a todo el mundo con su sonrisa diabólica!

Quinta estación: quinta herejía

El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz; el hombre que ve su pecado, se une a la obra de la Redención, se une al Dolor de Cristo, y salva almas.

El hombre que pone su vida en penitencia, en expiación, es el que hace la verdadera fraternidad, es el que vive el verdadero amor fraterno, porque el amor a Cristo Crucificado llena todo su corazón.

Si no se ama el dolor de Cristo, no se ama al hermano. Si no se sufre con Cristo, no se sufre con los hermanos. Si no se muere con Cristo, no es posible dar vida a los hermanos.

“La relación con el otro nos rehabilita y crea una hermandad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo” (Ibidem): ¡Qué bazofia de frase! ¡Cuánta maldad está escondida en esta frase! ¡Qué gran herejía anuncia esta frase!

La relación con Cristo, con su sufrimiento, con su dolor, con su muerte en Cruz, es lo que libera al alma, es lo que rehabilita al alma, es lo que empuja al alma hacia la verdad de su vida. El otro: nada. El hombre: nada. El hermano: nada.

Si el alma no ama a Cristo totalmente; si el alma no se transforma en otro Cristo, en plenitud, por la Gracia; si el alma no posee la Mente de Cristo, tampoco posee las obras de Cristo hacia el otro.

El amor al prójimo es el fruto del amor a Dios en Cristo Jesús. Y quien ama a Cristo, se hace Cuerpo Místico de Cristo. No se hace hermandad mística; no hay un lazo místico entre los hombres. Sólo hay una unión mística entre Cristo y el alma. Sólo el alma contempla a Dios. Sólo el alma desea ver a Dios. Sólo el alma es poseída por el amor de Dios. Y, de esa manera, el alma ve todo los demás y se une, en Dios, a todo los demás.

Sólo Dios es Sagrado; el hombre es un demonio, de pies a cabeza, desde que nace hasta que muere.

Lo sagrado es de Dios; lo sagrado viene de Dios; lo sagrado Dios lo da. Nada es sagrado si el hombre rechaza la vida de la gracia en su corazón. Nada tiene valor, si el hombre vive sólo para el hombre.

La vida no es para “buscar la felicidad de los demás en tantos gestos de voluntariado: una noche en el hospital, un préstamo sin intereses, una lágrima enjugada en familia, la gratuidad sincera, el compromiso con altas miras por el bien común, el compartir el pan y el trabajo, venciendo toda forma de recelo y envidia” (Ibidem).

La vida es para darle al otro la Voluntad de Dios, que es siempre una cruz, no una felicidad; es siempre un dolor, no un placer.

No se vive para pasar una noche en el hospital, ni para dar un préstamo sin intereses, ni para enjugar una lágrima en familia, ni para agradecer a los hombres, ni para buscar el bien común, ni para compartir nada en la vida.

El amor al prójimo no se mide con la inteligencia humana, ni con las obras humanas, ni dando a la vida humana el primer lugar.

El amor al prójimo se mide con la Voluntad de Dios. Y aquel que aprende a crucificar su propia voluntad, es el que sabe amar al hombre, es el que sabe hacer sociedad, hacer familia, hacer un bien común. Lo demás, es el comunismo de Francisco y los suyos.

(Continuará)

El Papado de Francisco es nulo

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Francisco se ha levantado contra la disciplina de la verdadera Fe, de una manera perversa, diabólica y masónica. Y predica un evangelio totalmente contrario a las Sagradas Escrituras, con el fin de romper la unidad de la Iglesia Católica, de desgajar el Cuerpo Místico de Cristo, de condenar las almas al infierno.

Francisco es maestro del error, de la mentira, del engaño, porque ha despreciado ser discípulo de la Verdad. Se ha convertido en un hijo del demonio, y su padre es el diablo.

Y aquellos que sigan a Francisco, siguen su herejía, su cisma, y se colocan fuera de la Iglesia, como Francisco está.

El Papa Paulo IV, en la bula “Cum ex Apostolatus Officio” (15 de febrero de 1559), define una Verdad, que es necesario seguir (PDF):

“(…)si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía. o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto (…)” (§ 6. Nulidad de todas las promociones o elevaciones de desviados en la Fe)

Es decir, todo Obispo, todo Cardenal, que antes de ser elegido para el cargo de Arzobispo, o para ser Papa, se hubiere desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, u obrase un cisma; esa elección, para ser Arzobispo o para ser Papa, es nula, inválida, no tiene ningún efecto.

Francisco, antes de ser elegido por los cardenales para ser Papa, era hereje, se había desviado de la Fe católica, vivía en la apostasía de la fe. Por tanto, a pesar de que los Cardenales se pusieron de acuerdo para elegirlo Papa, a pesar de tener la mayoría de votos en el Cónclave, Francisco no es Papa. Su lección es NULA. Su elección es INVÁLIDA. Su Papado es sin ningún efecto. Y ¿la razón? Su herejía, su desviación de la Fe Católica, su apostasía de la fe.

Aquí tienen la invalidez de Francisco como Papa. No lo llamen Papa, porque es un hereje. No lo llamen Obispo, porque es un hereje. No lo llamen sacerdote, porque es un hereje. Todo hereje está fuera de la Iglesia de forma automática por su pecado de herejía.

Y sigue el Papa Paulo IV:” y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. (…)” (Ibidem)

A pesar de transcurrido más de un año de esa elección, sigue siendo inválida; a pesar que de que él ha aceptado el cargo; a pesar de que ha tomado posesión del gobierno de la Iglesia; a pesar de haber recibido la obediencia de los Obispos; a pesar de haber sido entronizado como Romano Pontífice; Francisco no es Papa. Todo eso es inválido, sin efecto, nulo a los ojos de Dios y de toda la Iglesia.

Y continúa el Papa Paulo IV:” Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes, y no será posible considerar que se ha otorgado o se otorga alguna facultad de administrar en las cosas temporales o espirituales a los que son promovidos, en tales circunstancias, a la dignidad de obispo, arzobispo, patriarca o primado, o a los que han asumido la función de Cardenales, o de Pontífice Romano, sino que por el contrario todos y cada uno de los pronunciamientos, hechos, actos y resoluciones y sus consecuentes efectos carecen de fuerza, y no otorgan ninguna validez, y ningún derecho a nadie (…)” (Ibidem)

Todo cuanto haga Francisco en ese cargo de Papa no es legítimo: ni sus predicaciones, ni sus encíclicas, ni su gobierno, ni nada de lo que haga o promueva o disponga en la Iglesia. No tiene poder divino ni puede darlo a nadie dentro de la Iglesia. Todas sus obras son sin validez; él no da derecho a nadie en la Iglesia para gobernar la Iglesia. Ningún Obispo, ningún sacerdote tiene poder de mandar nada si está sometido a Francisco, si obedece a Francisco, si sigue a Francisco. Todos sus nombramientos son sin validez en la Iglesia Católica. Su gobierno horizontal es inválido en la Iglesia Católica. Todo cuanto él disponga u otros, bajo sus órdenes, es inválido en la Iglesia Católica.

El Poder Divino sólo recae en el verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Quien siga obedeciendo al Papa Benedicto XVI, sigue teniendo poder en la Iglesia. Pero la Jerarquía que ya no obedece al verdadero Papa, sino que se somete a Francisco, no tiene poder ni de mandar, ni de enseñar, ni de santificar en la Iglesia Católica.

Y continúa el Papa Paulo IV: “Y en consecuencia, los que así hubiesen sido promovidos y hubiesen asumido sus funciones, por esa misma razón y sin necesidad de hacer ninguna declaración ulterior, están privados de toda dignidad, lugar, honor, título, autoridad, función y poder;

y séales lícito en consecuencia a todas y cada una de las personas subordinadas a los así promovidos y asumidos, si no se hubiesen apartado antes de la Fe, ni hubiesen sido heréticos, ni hubiesen incurrido en cisma, o lo hubiesen suscitado o cometido, tanto a los clérigos seculares y regulare, lo mismo que a los laicos;

y a los Cardenales, incluso a los que hubiesen participado en la elección de ese Pontífice Romano, que con anterioridad se apartó de la Fe, y era o herético o cismático, o que hubieren consentido con él otros pormenores y le hubiesen prestado obediencia, y se hubiesen arrodillado ante él;

a los jefes, prefectos, capitanes, oficiales, incluso de nuestra materna Urbe y de todo el Estado Pontificio; asimismo a los que por acatamiento o juramento, o caución se hubiesen obligado y comprometido con los que en esas condiciones fueron promovidos o asumieron sus funciones,

(séales lícito) sustraerse en cualquier momento e impunemente a la obediencia y devoción de quienes fueron así promovidos o entraron en funciones, y evitarlos como si fuesen hechiceros, paganos, publicanos o heresiarcas, lo que no obsta que estas mismas personas hayan de prestar sin embargo estricta fidelidad y obediencia a los futuros obispos, arzobispos, patriarcas, primados, cardenales o al Romano Pontífice, canónicamente electo.” (§7. Los fieles no deben obedecer sino evitar a los desviados en la Fe.)

Todos aquellos que están ahora subordinados a Francisco tienen la obligación de sustraerse a la obediencia y de evitar a Francisco y a todos los que le siguen. A Francisco y a su cuadra de gente, hay que tratarlos como hechiceros, pagamos, publicanos, heresiarcas, pero no como sacerdotes, ni como Obispos, ni como fieles de la Iglesia Católica ni como Papa.

Nadie puede obedecer a Francisco. Todos tienen que evitarlo. Ni hay que preocuparse ni de sus palabras, ni de sus obras, ni de su gobierno. No hay que estar pendiente de él, sino que hay que evitarlo y contra-atacarlo, hacer que se vaya de la Iglesia.

A Francisco sólo hay que echarle de la Iglesia; hay que privarlo de toda dignidad, posición, honor, título, autoridad, función y poder. Y no hace falta la reunión de Obispos; no hace falta una declaración formal. La razón: su pecado de herejía, de apostasía de la fe, que lo coloca, automáticamente, fuera de la Iglesia.

Tienen que comprender la gravedad del pecado de herejía, de apostasía de la fe y del cisma.

Son pecados que siempre son graves, porque van contra la Verdad Absoluta, contra lo que Dios ha revelado en Su Palabra, y que toda la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, ha enseñado siempre.

Cualquier fiel, sacerdote, Obispo, que vaya en contra de una sola verdad, queda fuera de la Iglesia, de forma automática. Se sale de la verdad por su pecado de infidelidad a Dios. Es infiel a la Palabra de Dios, por tanto, ya no puede estar en la Iglesia.

Es un pecado gravísimo y, por eso, la Iglesia lo condena con la excomunión. Porque la Iglesia es la Obra de la Verdad. Si no se acepta una verdad, un dogma, entonces se obra la mentira.

Lo que ha pasado, en estos 50 años, es sólo esto: la iniciación en el cisma, que ha sido promovida por tantos sacerdotes, Obispos, que se han desviado de la Fe Católica. Y han permanecido en la Iglesia, y ya no son de la Iglesia. Y el Papa y los buenos Obispos, que tienen el poder de pronunciar la excomunión, por muchos motivos, no lo han hecho, y han sembrado más confusión dentro de la Iglesia.

Y no hace falta dar una excomunión, porque la persona se pone, por su pecado, fuera de la Iglesia; pero es necesario ser ejemplar en la Iglesia y dar validez a la Autoridad que de Dios se ha recibido dando excomuniones. Si no se hace eso, entonces, la Autoridad pierde su valor, su integridad.

Por tanto, no hay que engañarse con Francisco. Por el sólo motivo de que Francisco es masón (y se pueden encontrar otras herejías en sus años de sacerdocio y de Obispo), de que ha pertenecido a la masonería antes de ser elegido Papa; por ese sólo motivo, Francisco no es Papa. Es nula su elección por los Cardenales. Es nulo todo lo que ha hecho en la Iglesia hasta ahora. Es nulo todo cuanto va a hacer en la Iglesia, hasta que se vaya. Nulo. Inválido. Francisco hace su obra de teatro. Engaña a todo el mundo. Y nadie en la Iglesia se ha dado cuenta de este engaño, porque viven como él: en la herejía, en la apostasía de la fe, en el cisma.

Y cualquiera que apruebe a un hereje, es hereje y no pertenece a la Iglesia Católica:

“Incurren en excomunión ipso facto todos los que conscientemente osen acoger, defender o favorecer a los desviados o les den crédito, o divulguen sus doctrinas; sean considerados infames, y no sean admitidos a funciones públicas o privadas, ni en los Consejos o Sínodos, ni en los Concilios Generales o Provinciales, ni en el Cónclave de Cardenales, o en cualquiera reunión de fieles o en cualquier otra elección” (§5. Excomunión ipso facto para los que favorezcan a herejes o cismáticos).

Este es el magisterio auténtico de la Iglesia, que ya nadie dentro de la Iglesia atiende ni enseña.

Desde hace 50 años se ha ido callando las herejías de muchos sacerdotes y Obispos. Y se les ha dejado que sigan haciendo sus obras, sus vidas, sin oponerse a ello. Y, por eso, tenemos lo que tenemos. La Masonería se ha hecho fuerte en toda la Iglesia y está en su cima, en su nervio, en la cumbre, en el Papado, en la Jerarquía. Está infiltrada. Y, por eso, ha puesto a un hombre de su confianza: Francisco; porque el demonio tiene prisa de demoler la Iglesia.

El Papado de Francisco es nulo: es decir, no existe, no tiene validez, no es Papa, ni Francisco gobierna la Iglesia.

Pero la Sede no está vacante: existe el verdadero Papa: Benedicto XVI. A él se le da obediencia. Pero el Señor no la impone si él permanece en su renuncia. Él tiene que quitar su pecado, para que la Iglesia le dé, de nuevo, la obediencia como Papa.

La Sede de Pedro no está vacante. Ha sido robada por Francisco. Él sólo hace su nueva iglesia. Y no hay que hacerle ni caso. Hay que tratarlo como un hereje, como un payaso, como un estúpido, como un idiota. Pero no como Iglesia.

La Iglesia está donde está el Papa verdadero: Benedicto XVI. En Francisco no está la Iglesia Católica. Sólo está un demente que se ha creído dios, y que dice que es santo porque ya no tiene pecado que quitar de su alma, sino que trabaja para quitar los males de los pobres, los males de la creación, los males que se inventa con su cabeza para así ganar un poco de dinero y de fama ante el mundo.

El hombre no tiene la vocación de la fraternidad

cruz

“la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos” (8 de diciembre 2013).

Si uno lee esta frase y se queda tan tranquilo, como si hubiera dicho una verdad, entonces es que no vive la verdad en su vida.

La cruz es para quitar el pecado de todos los hombres. Y no es para regenerar nada. Cristo muere para expiar el pecado, para arrancar la obra que el demonio hizo en la humanidad. Una obra que sólo se puede quitar de esta manera: muriendo a todo lo humano, tanto de una forma material, natural, física, como espiritual y mística.

En el Calvario está la cima de la muerte en todos los aspectos como se quiera mirar. Jesús es un hombre que muere, con esa muerte de Cruz, porque ha vivido su vida humana muerto a todo lo humano, sin importarle nada de lo humano. Y, por tanto, haciendo en esa vida humana, sólo la Voluntad de Su Padre.

Y esa muerte en Cruz le lleva a la Resurrección, en la que Dios da al hombre un nuevo camino, distinto a lo suyo humano, a lo natural, a lo material, a lo carnal. Y, por eso, la Resurrección de Cristo exige la gracia y el Espíritu al hombre, que llevan a la humanidad hacia la Gloria de Dios, hacia el Reino Glorioso de Dios; y, por tanto, hace que la vida de todo hombre tenga un fin divino, un fin que el hombre sólo puede poner en su vida humana si sigue el Espíritu de Cristo, si imita a Cristo en todo. Y, por eso, hay que morir, como Cristo, a todas las cosas humanas, no hay que apegarse a nada humano, para poder entrar en la Vida de la Resurrección.

Cristo muere en la Cruz para quitar el pecado, pero no muere para que el hombre ya no tenga que sufrir ni morir. Muchos piensan, y Francisco es uno de ellos, que ya con el sufrimiento y la muerte de Cristo, no hay que hacer más en la vida, no hay ya penitencia por el pecado, no hay desprendimiento de la vida humana, porque ya Cristo da otra cosa al hombre.

Y esto es un grave error, porque Cristo no quita al hombre ni el sufrimiento ni la muerte en la Cruz, sino que Él vence la obra del demonio en el hombre: que es el pecado. Y, por eso, el Señor da en Su Iglesia el Sacramento de la Penitencia, que es la gracia para perdonar el pecado y expiarlo. Ese sacramento es por lo que hizo Cristo en la Cruz. Como él venció la obra del demonio, que es el pecado, Cristo tiene poder para quitar el pecado en cada alma. Pero cada hombre tiene que ver su pecado y arrepentirse de su pecado y, por tanto, confesarlo ante Cristo. Para eso, Cristo pone a sus sacerdotes, que son otros Cristos, que obran en la Persona de Cristo, para poder quitar el pecado.

Con la Cruz se quita el pecado, pero no se quitan las consecuencias que trae el pecado. Con la Cruz, el hombre tiene la gracia para no pecar más, pero no tiene la fuerza para obrar siempre la Voluntad de Dios en su vida, porque todavía queda la concupiscencia del pecado. Y, por tanto, el hombre tiene que dar a su vida un camino de sufrimiento, de sacrificios, de desprendimiento de todas las cosas humanas si quiere vivir la Resurrección.

Cuanto más el hombre viva escondido de otros hombres, viva oponiéndose a otros hombres, viva luchando contra las ideas de los hombres, más comprende qué significa la Resurrección y qué Dios le pide de su vida.

Francisco da una doctrina totalmente equivocada, porque pone el centro de todo en la fraternidad. Y esto es, sencillamente una herejía. Porque el hombre no tiene la vocación de la fraternidad. Eso se lo ha sacado Francisco de la manga, eso se lo ha inventado él en su necia cabeza.

“De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera” (8 de diciembre 2013).

La fraternidad no pertenece a la esencia del hombre, a su naturaleza humana. Dios no crea a un hombre sociable, es decir, Dios no crea a un hombre para otro hombre, para que el hombre ame a otro hombre.

Dios crea a Adán. Y sólo a Adán. Y en Adán lo pone todo: su vida divina, sus dones divinos, sus tesoros divinos. Y a Adán le da el señorío de la Creación. Y sólo a Adán: “Plantó, luego, Yavhé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara (…) para que lo cultivase y lo guardase” (Gn 2, 9.15).

No pone a la mujer, porque todavía no ha sido creada. La mujer viene después, una vez que Dios da a Adán el mandato: “De todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la Ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás” (Gn 2, 16).

El mandato divino es sólo para Adán, no para la mujer. Y, por tanto, Adán podía pecar, ir en contra de ese mandato, sin que la mujer todavía fuera formada. Y, por tanto, ese mandato no es para la vida de los hombres, para la vida social de ellos, para la vida fraternal de ellos. Es un mandato sólo para Adán. Por tanto, la fraternidad no pertenece a la esencia del hombre, porque Adán en el Paraíso no es un ser relacional, social, fraternal. Adán está sin mujer en el Paraíso. No hay relación, no hay sociedad, no hay familia, no hay nada. No hay otros hombres.

Y, entonces, ¿cuál es el mandato de para Adán que no siguiéndolo, la muerte viene para Adán? ¿En que consiste ese árbol de la ciencia de bien y del mal, que sólo es para Adán, porque la mujer no ha sido formada aún?

Si Adán hubiera pecado sin la mujer, sin que Dios creara aún a la mujer, entonces su pecado ¿qué obraría en la mujer cuando fuere creada?

Y si Adán pecó cuando ya Dios creó a la mujer, por sugestión de la mujer, entonces, ¿en qué consiste ese pecado en su relación con la mujer, en su ser sociable con la mujer, en su fraternidad con la mujer?

La Sagrada Escritura es muy sencilla: Dios pone una ley sólo a Adán, no a la mujer. Una ley que Adán no puede desobedecer. Si desobedece vienen las consecuencias sólo para Adán. Y Adán, obrando esa desobediencia, transmite su pecado a todos los hombres, empezando por su mujer.

Cuando Adán peca, ya no existe la fraternidad entre los hombres. Porque la fraternidad sólo se puede dar sin pecado. El amor al prójimo nace del amor a Dios. Si hay pecado, no hay amor a Dios y, en consecuencia, no hay amor al prójimo.

Adán está solo en el Paraíso, sin mujer, sin hermanos, con una ley que no puede traspasar. Luego, esa ley es sólo para Adán. Y Jesús muere en la Cruz para ser el Nuevo Adán, para quitar el obra del pecado que hizo Adán en él mismo y que, después, la transmite a toda la humanidad.

El pecado de Adán no es para la humanidad, no rige la fraternidad, no se funda en el amor entre los hombres, no es una cuestión social, no es esencial en la humanidad. Es sólo para Adán.

Por eso, Francisco se equivoca al decir “la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad”. Es que Adán no tenía inscrito en él la vocación a la fraternidad cuando recibió la ley divina que le impedía comer del Árbol. Adán tenía en su corazón la ley divina del Amor de Dios, que le ponía en relación sólo con Dios y con la Obra de Dios en el Paraíso.

Adán está solo. No hay humanidad. Y sólo recibe el mandato. Y podía pecar sólo, sin la mujer. No hay amor fraternal, no hay amor social, sólo amor divino.

La mujer fue el instrumento del demonio para hacer pecar al hombre. Pero el pecado de Adán es su pecado e impide la fraternidad, impide el amor hacia el hombre. Por eso, Adán, cuando peca con su mujer, peca sin amor fraterno, peca con el deseo de hacer un mal, de hacer un odio en la mujer. No hay fraternidad. Y lo que sale de ese pecado, de esa relación sexual no querida por Dios es odio. Por eso, Caín mata a Abel, por el pecado de Adán, que se trasmite a toda la humanidad.

Y Cristo Jesús, en la Cruz, quita este pecado de Adán. Y, por tanto, no da al hombre el ser fraterno, no vuelve al hombre a la fraternidad, a lo sociable, porque el pecado de Adán no tiene nada que ver con la fraternidad o con la vida sociable de los hombres.

Jesús quita el pecado de Adán, pero no da el amor fraterno a los hombres. Jesús pone las cosas en su sitio. En el hombre tiene que estar lo que tenía Adán inscrito en su corazón: el amor divino. Por eso, decir: “La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad”, es una soberana estupidez y una herejía.

En la Cruz, el Señor quita el pecado de Adán. Y, entonces, en la Cruz se da el nuevo camino para toda la humanidad. La Cruz es el lugar donde se funda la Verdad del hombre.

Dios puso a Adán en la Verdad de su vida en el Paraíso. Esa Verdad, Adán la perdió. Esa Verdad, el Nuevo Adán la rescató para el hombre.

¿Qué es lo que perdió Adán en su pecado? ¿Qué es esa Verdad? Por supuesto, que no tiene nada que ver con la fraternidad, como quiere Francisco.

Hoy la gente no quiere pensar la verdad como está escrita en el Evangelio. Y cree las fábulas de gente que no tiene vida espiritual, que no cree en la Palabra de Dios, que sólo cree en sus pensamientos, en sus ideas, en sus negocios en la Iglesia.

Francisco está haciendo negocio con su doctrina de la fraternidad. Quiere que todos los hombres se amen para que él gane su dinero en la Iglesia, para que él sea popular entre los hombres. Francisco nunca enseña la Verdad porque no le interesa la Verdad. Sólo quiere su negocio en la Iglesia.

Y es triste ver a los hombres de la Iglesia que le hacen el juego a ese idiota. ¡Es triste! Contemplamos las fábulas de Francisco en medio de la Iglesia y nadie se atreve a desenmascararlas. ¡Eso es lo triste! Nadie enseña que Francisco está mintiendo en la Iglesia. ¿Para qué estamos en la Iglesia? ¿Para actos sociales, fraternos, humanitarios?

Estamos en la Iglesia para vivir a Cristo, para vivir la Verdad, que es Cristo. Y aquel que no quiera esto, que se vaya de la Iglesia, pero que no haga como Francisco: se queda sentado, en una Silla que no le pertenece, para mostrar al mundo la cara de su soberbia y de su orgullo.

Quien quiera ser Iglesia tiene que despertar ya de las estupideces de Francisco y combatirlo como hay que hacerlo: presentando su mentira como mentira, no como algo que se pueda seguir en la Iglesia.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

La Iglesia está podrida en Roma

jpii

“Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo” [Eph. 4, 5].

Para tener fe no basta con hacer un acto de fe una vez en la vida, sino que la fe es un acto de cada día, de cada segundo. No se puede tener fe hoy y mañana no tenerla.

La fe es algo continuo, es algo que permanece, porque lo que Dios da no lo quita. Pero se puede perder por el pecado del hombre.

Aquellos que quisieran tener más fe en sus vidas y hacen actos de fe para eso, trabajan mal, hacen mal. Porque la fe crece con la obra de la fe, no haciendo actos de fe.

Quien obra su fe camina en la fe y llega a la cumbre de la fe. Pero quien no obra su fe, entonces no camina y languidece en su vida espiritual. Tiene una luz que se va apagando, hasta que llega un momento en que desparece.

Quien vive su fe no mira al mundo, no le interesa el mundo, no hace caso de las modas del mundo.

Quien vive su fe, combate contra los pensamientos de todos los hombres, porque nadie piensa de acuerdo a la fe.

La fe es un Pensamiento Divino sobre todas las cosas. La fe no se adquiere pensando la vida, sino sometiendo la razón al Pensamiento de Dios.

A los hombres les cuesta comprender este punto porque son racionales: todo lo quieren medir con su inteligencia humana. Y la fe no se mide con la razón, sino que se obra con el corazón.

La fe no es para abarcarla con la razón, con la ciencia, con la técnica. La fe es para vivirla, para obrarla, para darla a conocer a los demás para que también la vivan y la obren.

Por eso, sólo es necesario predicar la Palabra de Dios. No hace falta más en la Iglesia. No hay que hacer obras humanas para dar a entender que se cree. Quien cree en la Palabra, obra lo que quiere esa Palabra en su vida y en la Iglesia.

Pero quien no cree en la Palabra, se dedica a hacer tantas cosas en la vida, en la Iglesia, y no hace nada.

“Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor, y nadie se la quitará” (Lc 10, 42).

Hay que estar a los pies del Señor escuchando Su Palabra. Eso es lo único necesario para, después, hacer las obras que enseña esa Palabra.

Es necesaria un fe que escuche a Dios. Es lo que no existe en la Iglesia.

Nadie escucha a Dios en su corazón. Todos se escuchan a sí mismos, a los otros, al mundo, pero no a Dios.

La fe no es escuchar al hombre, lo que dice. Es escuchar la Palabra de Dios.

Y si un hombre, un sacerdote, un Obispo, cuando predica, cuando habla, no da la Palabra de Dios, entonces no se le puede escuchar, no se le puede seguir, no se le pude obedecer.

El Pastor de la Ovejas sólo da la Palabra de Cristo, no da palabras humanas a sus ovejas, no obra cosas humanas en la Iglesia, no vive humanamente su ministerio sacerdotal.

Si el sacerdote sólo se mira a sí misma, entonces sólo se escucha a sí mismo y no puede guiar a ningún alma hacia la verdad, hacia la salvación y la santificación.

Las ovejas no tienen que escuchar a un hombre, sino a Dios en ese hombre. Y si ese hombre no da a Dios, a ese hombre se le desprecia, se le enfrenta, se le persigue, se le amonesta, se le corrige.

Esto es lo que nadie hace con Francisco. Y, entonces, toda la Iglesia peca, al oír a un hombre que miente en su ministerio en la Iglesia y que obra la mentira con el aplauso de todos.

El pecado de la Iglesia, en estos momentos, es callar ante un hereje. Es un gravísimo pecado.

Cuando consta evidentemente que un sacerdote, un Obispo, un cardenal es hereje, hay obligación moral de denunciarlo siempre, si no se cae en el pecado.

Francisco está sembrando por todas partes el error, el engaño, la falsedad y, por eso, debe ser evitado, debe ser castigado: “decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados” (V CONCILIO DE LETRAN [De la Bula Apostolici regiminis (SESION VIII), de 19 de diciembre de 1513]).

Pero la Iglesia, hoy día, no castiga a los herejes, sino que castiga a las almas que cumplen la Voluntad de Dios. Eso es signo de que la Iglesia no es la de Jesús.

En Roma ya hay otra iglesia, que no tiene nada que ver con la de Jesús. Pero lo más triste es comprobar que nadie se ha dado cuenta del engaño. Nadie. Muy pocos saben discernir lo que pasa en Roma.

En Roma, desde hace 50 años pasan cosas muy raras, que pertenecen a hombres que ya no dan culto a Dios, sino al demonio.

Pablo VI murió sin que nadie se diera cuenta. Lo quitaron de en medio y, en el funeral, era otro, un doble. A Juan Pablo I lo asesinaron porque les salió mal la jugada. No era él el que debía salir. Juan Pablo II murió envenenado: ”Juan Pablo II… Volvió a casa prácticamente cinco años antes de lo previsto. La verdadera causa de su muerte es la Gota… enfermedad a la cual se llega a través del envenenamiento del agua. Envenenamiento que viene efectuado en pequeñas dosis para que no queden trazas” (Jesús a Conchiglia 25 de abril de 2008).

Francisco es el hombre inicuo que se sienta, ahora, sobre el trono de Pedro.

Un hombre aclamado por la una Iglesia ciega, porque no ve las cosas que son de Dios, las cosas divinas, santas, sagradas, sino que sólo está atento a lo moderno, al mundo, al hombre, a lo material de la vida.

Sacerdotes entregados al poder y a la riqueza que hacen caminar a la Iglesia por esos caminos, contrarios a los mandamientos de Dios.

Es una Iglesia a la deriva, que ya no navega hacia la Verdad, hacia el centro del Amor, hacia la Vida Eterna.

Y va a la deriva sólo por sus Pastores, por tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, que ya no son lo que parecen exteriormente. Se visten como sacerdotes, pero son lobos, son panteras, son demonios, que viven su mentira en la Iglesia, dentro de la Iglesia, pero que ya no son la Iglesia.

Están dentro, porque están en Roma, pero son de una nueva iglesia, que han formado para aniquilar la verdadera Iglesia.

No tienen Espíritu Santo, no tienen la Luz de Dios, y las almas los siguen como guías sin luz, ciegos para el bien, sólo con ojos para hacer el mal.

Estos sacerdotes, estos Obispos no pertenecen a la Iglesia. No han sido llamados por Dios a Su Iglesia, sino que han entrado por otra parte y se han vestido de sacerdotes para engañar a toda la Iglesia.

Son hombres inicuos que siguen al demonio y que entregarán al Anticristo la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Todos esos sacerdotes y Obispos están presentando una doctrina que lleva almas y almas al infierno. Una doctrina que es contraria a la de Cristo, que toma verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de los Santos, para tergiversarlas y dar a conocer sus mentiras.

Jesús sólo tiene una Palabra, no tiene un conjunto de palabras humanas, no tiene un libro que contenga muchas palabras humanas, muchas explicaciones a Su Palabra.

Sólo las ovejas de Cristo, que escuchan la Palabra de Dios, siguen al Buen Pastor, porque “conocen su Voz” (Jn 10, 4); pero las almas que no son de Cristo, sólo siguen a los lobos, a los ladrones, a los imitadores del Buen Pastor, porque no escuchan la Voz de Cristo, han perdido la fe, ya no tienen fe en la Palabra de Dios.

¡Cuántas almas con una venda en los ojos siguiendo a Francisco y los suyos! No hay fe en la Iglesia. La Iglesia no escucha al Buen Pastor, a Cristo Jesús, sino que da oídos a los mentirosos, a los mentecatos, a lo necios de corazón.

“Si el mundo supiera como me han tratado dentro de la Iglesia. En televisión y en los periódicos veían Sacerdotes… Obispos y Cardenales todos atentos alrededor de mí con mil atenciones. Era sólo apariencia. Habría querido gritar y desmentirlos a todos pero no podía dar escándalo y así asustar y hacer alejar a los fieles de la Iglesia. He tenido que padecer humillaciones sobre humillaciones. Me han perseguido cada momento. Los tenía a todos a mi alrededor sólo porque me controlaban de cerca. Cada paso y movimiento mío era controlado” (01 de julio de 2010 – Juan Pablo II a Conchiglia).

Es muy serio lo que está pasando en Roma y nadie quiere discernir nada. Es terriblemente cierto que ya nada en Roma es lo que parece. Todo se ha vuelto una pantalla, una cortina de humo. Sólo se ve lo que ellos quieren que se vea. Lo demás, ya nada interesa.

Si han tratado de esta manera a los Papas, ¿qué no habrán hecho con los demás: sacerdotes, Obispos, fieles, en la Iglesia, que se han opuesto, como Juan Pablo II, a esa raza maldita del demonio?

La Iglesia está a un paso de las catacumbas. Tiene que destruirse esta iglesia de pecadores, que sólo viven en sus pecados y dan culto a sus pecados. Y tiene que nacer una Iglesia renovada en el Espíritu, que sólo busque la santidad, lo sagrado de la vida, lo divino en todas las cosas.

Llegan tiempos de muchos sufrimientos, de muchas oposiciones, de muchas rebeldías en Roma y fuera de Roma.

La Iglesia remanente sólo será de pocas almas. Las demás quedarán oscurecidas en la vorágine que viene a Roma y al mundo.

“Mi Iglesia, que está podrida por dentro, va a ser renovada en breve sin ninguna vacilación. Serán los primeros en caer los potentes que están en lo alto para ordenar, mientras Mi Hijo Pedro… Asiste, a las ruinas, impotente y cansado… oh Mi Pedro… Cómo eres humillado y vilipendiado, te hacen pasar por viejo y cansado en tu decir. Por el contrario eres un muchacho dentro del corazón dentro de un cuerpo que ha hecho su deber”( 10 de abril de 2001 Jesús).

Vaticano: fábrica de hacer dinero para el comunismo

judas

“su labor es el corazón de la misión de la Iglesia y su atención hacia todos aquellos que sufren por ese escándalo del hambre, con el que el Señor se identificó cuando dijo: “Tuve hambre y me diste de comer””. (Francisco – 10 de dciembre 2013)

Francisco demuestra en estas palabras su herejía del comunismo: el corazón de la misión de la Iglesia el bien común, el ponerlo todo en común, el dar dinero y lo material a los hombres con un fin sólo humano, económico, natural, material. Y este bien común es no para de comer a los hambrientos sino para quedarse con las ganancias de lo que recojan.

Así es el comunismo. Así hace el comunista Francisco en la nueva iglesia en Roma.

El corazón de la misión de la Iglesia es dar el Pan Vivo de la Eucaristía a los pobres de espíritu. Ése es el amor de la Iglesia, su corazón. Dar de comer a los pobres es el negocio que se ha montado el comunista Francisco en el Vaticano, que se convierte en la fábrica de hacer dinero para una causa comunista. Dinero para destruir la Iglesia.

En el Vaticano, ahora se pagan a los sacerdotes y a los Obispos para que prediquen herejías a la Iglesia y obren la mentira, su teatro, en el aplaudo de muchas almas que los siguen porque son bobas y tontas como ellos, la nueva jerarquía del comunismo en Roma. Una jerarquía no de sacerdotes, sino de hombres vendidos al demonio. Cada uno en Roma tiene un puesto sometido a la burda conquista del mundo y de los hombres.

Mayor mentira no puede hablar ese hereje: el Señor se identificó con el escándalo del hambre. Un Obispo, un sacerdote de la Iglesia verdadera nunca puede decir esto del Señor. Nunca. Es un ultraje al Señor. Es una falta de obediencia a Su Palabra. Es decirle al Señor: Tú no sabes dirigir tu Iglesia, déjame guiar a la Iglesia para dar de comer a los pobres, ya que tú no te preocupaste de eso en tu vida humana.

Este es el pensamiento de Francisco que no revela a la Iglesia. Él sólo dice su mentira, para complacer a los bobos y mentirosos como él.

El Señor Jesús vino por los pecadores, no por la gente que se muere de hambre. Poco le importa a Dios el hambre de las personas, el hambre material, mientras ve cómo caen almas al infierno. Lo único que ve Dios en el hombre es su maldito pecado. Por ese pecado, el hombre pasa hambre y muchos problemas más en la vida.

Y el Señor Jesús vino a remediar el pecado, poniendo un camino para quitarlo y expiarlo. Y ese camino no incluye sacar de la pobreza material a nadie. Ese camino no incluye quitar enfermedades o la muerte u otras cosas que los hombres tienen en sus vidas a causa del pecado, fruto del pecado.

La Obra de la Redención de Jesús sólo se centra en el pecado del hombre, no en su miseria material. Sólo Jesús atiende a la causa espiritual de todo problema humano, natural, carnal, material, físico de los hombres. Y, por tanto, aquel que se une a la Obra de la Redención humana, hace lo mismo que hizo Jesús: cargar con el pecado de los hombres.

Jesús no cargó con la miseria económica de nadie. No hacía falta. Jesús no puso un restaurante para dar de comer a nadie. No puso una panadería para alimentar a los pobres. No fabricó una cáritas, que es el engendro del demonio en la Iglesia. No pidió dinero a nadie. Se limitó a cargar con los pecados de todo el mundo. Y así resolvió el problema principal de todo hombre, que es su elección de vida.

Todo hombre está en esta vida para una elección: o el infierno o el cielo.

No se está en esta vida para alimentar a nadie, para dar dinero a nadie, para dar un trabajo a nadie. La vida no es ni para comer, ni para ganar dinero, ni para hacer que los hombres vivan felices en sus necias vidas.

La vida sólo está o para salvarse o para condenarse, que ese fue todo el discurso del Señor que Francisco calla y pone lo que le interesa destacar: “Tuve hambre y me diste de comer”.

No pone que eso lo dijo el Señor a aquellas almas que eligieron el camino de la salvación. Este punto lo calla. Y es el más importante, porque señala la Obra Redentora de Cristo Jesús en medio de la Iglesia.

Y, por supuesto, calla la segunda parte: “Tuve hambre y no me diste de comer”. Esto ni lo menciona. No habla de la Justicias Divina, de la elección que muchos han hecho para ir al infierno por no quitar sus pecados. Esto no lo puede enseñar, porque comenzó mal su discurso.

Comenzó diciendo que el corazón de la Iglesia es dar de comer a los pobres, es decir, el dinero, buscar dinero para los pobres. Ése es el tesoro que persigue el hereje Francisco, y que hace que toda la Iglesia se mueva buscando los tesoros materiales para así dar contento a los hombres en el mundo.

Porque el corazón de la Iglesia el Amor de Cristo, dado en la Eucaristía, entonces el alma debe trabajar por ese Amor, para tenerlo dentro de su corazón y así obrar las obras de ese amor divino entre los hombres. Y si ese amor divino le manda dar de comer, se da de comer por Voluntad de Dios, no por capricho, no por interés de los hombres, no porque lo digan los hombres y, menos, sacerdotes y Obispos herejes como Francisco.No se puede obedecer a un hereje.

Esto es imposible que lo enseñe Francisco. Y lleva nueve meses con la misma obsesión, que es la de Judas: ¡quién me da dinero para mis pobres! Es decir, ¡quien me da dinero para mi bolsillo!

El comunista Francisco es un judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres? Esto decía, no por amor a los pobres, sino porque era ladrón, y, llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban. Pero Jesús dijo: Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura. Porque pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre.” (Jn 12, 7)

Francisco pide dinero, no porque le importen los pobres, no por amor a los pobres, sino porque es un ladrón. Ha robado la riqueza de la Iglesia, que es el Papado y la ha destruido con su pecado. Ha echado a Cristo de la Iglesia, del centro de la Iglesia, que es el Papa. Y se ha puesto él como impostor, como un fraude, como un hereje, para así arrebatar a todas las almas de la Iglesia su preciado tesoro: su salvación.

Francisco roba la salvación a las almas, se las arrebata, y les da la condenación en la Iglesia. Por eso, hace que toda la Iglesia esté pendiente de resolver problemas materiales, económicos, políticos culturales, humanos. Pero que nadie se centre ni en su salvación ni en su santificación.

Y, por eso, clama desesperado: “Nos encontramos ante un escándalo mundial de casi mil millones de personas”. ¡Dios mío, qué barbaridad la de este hombre en estas palabras! ¡Cómo se ve que le gusta el dinero!

Ningún político mueve un dedo por esos mil millones que dice Francisco que hay. Ningún político en sus gobiernos les importa esos mil millones de personas que mueren de hambre. Ningún empresario, ningún economista, mueve su dinero para dar de comer a nadie en el mundo. A nadie en el mundo le interesa esos mil millones de personas que se mueren de hambre, según los cálculos de Francisco.

Y he aquí que Francisco tiene la solución para dar de comer a los mil millones de personas: pedir dinero. Esa es la utopía de Francisco en la nueva iglesia. Y ¿quién le va a dar gratis ese dinero en el mundo, si en el mundo nadie da gratis nada? En el mundo a nadie le interesa los pobres. Nadie mueve un dedo por los pobres. Y los que son de la Iglesia no tienen más riqueza que la que tienen. No son ricos para alimentar a mil millones de personas. Luego, ¡qué gran utopía que propone Francisco!

En la práctica no se puede alimentar a mil millones como lo quiere Francisco, porque los hombres somos pecadores y nos agarramos a nuestro dinero y que se mueran de hambre todos.

Así pensamos todos. Y así piensa también Francisco. Pero esto no lo dice. No conviene. Él no dice la Verdad a las claras. No puede. Es mentiroso desde el principio. No hay verdad en él.

Francisco predica comunismo. Punto y final. Denme dinero para el bien común de todos los hambrientos en el mundo, pero me lo guardo en mi bolsillo. Así es el comunista. Esa es la experiencia de Rusia y de tantos países bajo el comunismo. ¿Es que no aprendéis de vuestros errores? Vivís para caer siempre en los mismos errores de todos los hombres. Pero no vivís para aprender a quitar los errores, a quitar vuestro pecados de la Vista Santa del Señor.

Francisco: un gran iluso, un gran bobo, un necio que no sabe lo que está diciendo. Y sólo los bobos como él dan su dinero a esa causa comunista de Cáritas.

No apoyen a Cáritas: es perder su dinero. Es meter su dinero en una causa de condenación de las almas. Se lo roban.

Las almas, primero hay que salvarlas, y, después viene la añadidura. Para Francisco, le importa un bledo la salvación de las almas, sólo quiere su bienestar humano. Por eso, predica el reino material, el reino humano, el reino económico, el reino para condenarse en vida.

Quien siga a Francisco, quien siga sus consejos, se condena. No se puede obedecer a Francisco. Es un comunista en la Iglesia. Habla como dragón y condena a las almas como pantera.

La Iglesia descarnada de la Verdad para obrar la mentira

Primer anticristo

El anticristo Francisco presenta una Iglesia desencarnada de la Verdad para encarnarla en la mentira de los hombres y del mundo.

De esta manera, anula la Encarnación del Verbo que supone dar al hombre el Camino para la Salvación y para la Santificación fuera del hombre y del mundo.

Los hombres son Iglesia cuando siguen las huellas de Cristo Crucificado. Pero los hombres destruyen la Iglesia cuando destruyen el camino de Cruz que recorrió Cristo en su vida terrena.

Jesús no se involucró con ningún hombre. Y, por tanto, tampoco la Iglesia tiene que involucrarse ni con el mundo ni con los hombres. Porque la Iglesia está para enseñar el camino de la Verdad, no para meterse en los camino enredados del pecado de los hombres.

“la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos” (n. 24): constantemente, en este diabólico documento, este anticristo tuerce toda la Palabra de Dios, la desfigura, la destruye, porque está creando su falsa Iglesia, con su falsa palabra, con su falso Cristo.

Jesús enseña el camino espiritual de la humildad sólo a Sus Apóstoles, a su Jerarquía, a sus Sacerdotes, no a los fieles de la Iglesia. Miente de forma descarada este anticristo porque ya le da igual la Sagrada Escritura. Para él los Evangelios son unos libros históricos que hay que interpretarlos según la mente de los hombres.

“La Iglesia, que es discípula misionera, necesita crecer en su interpretación de la Palabra revelada y en su comprensión de la verdad. La tarea de los exégetas y de los teólogos ayuda a «madurar el juicio de la Iglesia». De otro modo también lo hacen las demás ciencias” (n. 40): la Iglesia no es discípula misionera, sin maestra de los hombres, de las almas, de todo aquel que quiere estar en la Iglesia. La Iglesia enseña al mundo la Verdad, no aprende del mundo sus mentiras, no aprende de la ciencia, ni de la filosofía ni de ninguna sabiduría humana la Verdad.

La Iglesia es Maestra de la Verdad, no discípula de la Verdad, porque posee el Espíritu de la Verdad que enseña a todos en la Iglesia lo que es la Verdad. Es el Espíritu el que enseña a los miembros de la Iglesia a ser Iglesia, a formar la Iglesia de la Palabra, de Jesús. Sólo el Espíritu. Nadie más.

Y el Espíritu se da a Pedro y sólo a Pedro. Y quien obedece a Pedro, recibe el mismo Espíritu para tener la Verdad, enseñar la verdad y guiar a todos en la Verdad. Quien obedece a Pedro. Quien no le obedece, pone su mentira en la Iglesia, pone su fábula en la Iglesia como lo hace este anticristo y muchos con él.

Por tanto, la Iglesia no necesita creer en la interpretación que los hombres hacen de la Palabra de Dios No hacen falta los exegétas y teólogos estúpidos -como Francisco y los que le siguen- para entender la Escritura. Sólo hacen falta almas humildes, santas, obedientes, de adoración a Dios en Espíritu y en Verdad. Todo aquel sacerdote que no se ponga de rodillas ante el Santísimo Sacramente para hacer su homilía en la Iglesia, es sólo un sacerdote del demonio que habla sus palabras en la Iglesia y lleva a las almas a beber sólo de las fuentes de lo humano, de la material, de lo natural, de lo carnal de la vida.

Santo Tomás de Aquino hizo su teología de rodillas ante el Señor Sacramentado. Y hoy muchos sacerdotes y Obispos hacen su teología de rodillas ante el mundo, ante el pensamiento de los hombres; se inclinan ante la basura y la mentira que da el mundo, doblan sus rodillas ante cualquier pensamiento y sentimiento humano que atraiga a los hombres hacia su estúpida vida humana. Muchos sacerdotes y Obispos, como dan culto al hombre en sus ministerios, dan a las almas sólo el alimento del mundo y de los hombres. Pero nunca darán a las almas el alimento celestial de la Verdad que sólo los humildes lo pueden recibir del Espíritu de la Verdad.

“La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (n. 24): la gran falsedad de este anticristo es dar a los hombres el gusto de ser hombres, de sacrificarse por los hombres, de vivir para los hombres, de obrar las obras de los hombres, porque sólo eso es Cristo para Francisco.

Cristo no es el que se humilla ante los hombres por el pecado de los hombres.

Cristo no es el maldito que muere en la cruz por el pecado de los hombres.

Cristo no es el perseguido por los hombres por dar la Verdad ante hombres que no quieren oír la Verdad.

No, Cristo, para el anticristo Francisco, es el que vive en lo humano y mira los problemas de los hombres para hacerlos suyos. Y ahí se acaba todo en Francisco.: “El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora” (n. 24): si sigues a Cristo, entonces eres amigo de todo el mundo. Es lo más contrario al Evangelio. A Cristo lo persiguieron por decir la Verdad a los hombres. En la falsa iglesia de Francisco, nadie es enemigo de nadie porque nadie dice la verdad, todos se mienten unos a otros. Y todos felices y contentos, cada uno en sus mentiras, todos somos amigotes, no enemigos.

Para este anticristo, Cristo no enseña al hombre a salir de lo humano para encontrarse con Dios, sino al revés, hay que ir a lo humano para ver en el hombre a Dios:”la carne sufriente de Cristo en el pueblo”. Esta es su herejía. Sólo se ve a Cristo en los pobres de dinero, en los hombres que sufren en la vida, en los que no tienen trabajo, etc.

Las llagas de Cristo son por nuestros pecados. Y nada más. Cristo sufre por nuestros pecados, no porque no tengamos qué comer, no porque tengamos crisis económicas, no porque tengamos problemas de todo tipo en la vida. Cristo sólo sufre por el pecado de todos los hombres.

Y un pobre de dinero que no quiera quitar su pecado en su vida no es de Cristo, no pertenece a Cristo, no es oveja de Cristo. A Cristo sólo se le ve en los pobres de espíritu. Sólo en ellos. En los demás, no se ve nada. Sólo se ve un hombre que vive su pecado, que tiene hambre, que le falta trabajo, que tiene un problema en la vida, etc.

La Iglesia es para los pobres de espíritu, que ven sus pecados, luchan contra ellos, y no les interesa tener o no tener dinero. Lo que quieren es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como lo manda Dios. Y punto y final. Lo demás es inventarse la Iglesia, como lo hace este anticristo.

En el pobre de dinero no se ven las llagas de Cristo. Las llagas de Cristo se ven en las almas santas que han hecho de sus vidas una oblación a Cristo y, por tanto, han renunciado a toda obra humana, a toda vida humana, a todo espectáculo humano, con tal de ganar a Cristo, con tal de poseer la Mente de Cristo, con tal de imitar a Cristo en toda su vida.

Los santos no ganan pobres de dinero para Cristo y su Iglesia. Los santos se esfuerzan por salvar almas para Cristo, no cuerpos para Cristo. Los santos no se esfuerzan por resolver problemas económicos de la gente, sino que se esfuerzan por humillarse ante Dios para pedirle misericordia por aquellos que obran su pecado en el mundo.

En esta gran herejía está cayendo ese infeliz y nadie se ha dado cuenta. ¿Para qué están los teólogos en la Iglesia sino para desbaratar toda la mentira que este idiota está dando en ese diabólico documento? Nadie se preocupa por dar la Verdad en la Iglesia. Nadie. Todos aplaudiendo a rabiar a un idiota que sólo habla idioteces todo el día sentado en la Silla de Pedro.

La Iglesia ha perdido la conciencia de ser Iglesia, de pertenecer a Jesús, a la Verdad. Está en manos de demonios que sólo quieren destruirla con el amparo de todos en la Iglesia. Nadie se opone a este hereje. Nadie.

Y ¿cuál es el motor que impulsa a este hereje a inventarse esta nueva iglesia?: el falso amor al hombre. Hay que salir al mundo, la Iglesia tiene que despertar de su recreo en la verdad para mirar otras fuentes que son también válidas para la Iglesia.

Este falso amor al hombre le lleva a este anticristo a torcerlo todo en la Iglesia para conseguir este fin. Todo. No queda nada en pie. No puede quedar, porque se trata de cambiar el rostro de Cristo, de acercarlo a los hombres para que los hombres sigan en sus vidas humanas diciéndose a sí mismo que por ser muy buenas personas ya tienen el cielo ganado. Este es el falso amor humano, que se descubre cuando este anticristo habla del ecumenismo en su nueva iglesia.

“Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior” (n. 268): este es su falso amor humano. Nadie que siga a Cristo siente gusto espiritual por estar cerca de la gente, de sus vidas, de sus problemas. El que sigue a Cristo se separa de todo el mundo y de todos los hombres. Separación, porque ahí está el gusto espiritual de lo divino. Quien se mete con los hombres se vuelve hombre. Quien se acerca a Dios, se hace como Él por participación.

Nadie puede comprender cómo el Obispo Francisco puede sentir este gozo de estar con la gente cuando el sacerdote tiene que vivir retirado de toda la gente para hacer fruto en la almas. Y sólo se puede explicar de esta manera: Francisco no es sacerdote, no es Obispo. Sí, se viste como Obispo y hace muchas cosas como Obispo, pero no tiene el Espíritu de Cristo para ser Obispo. Es un falso sacerdote, es un falso Obispo, que sólo está donde está porque ha alcanzado ese poder en la Iglesia buscando el dinero y el agrado de los hombres, no por llamado de Dios. Francisco no tiene vocación para la vida religiosa, ni la vida sacerdotal, ni la vida espiritual.

Francisco no hace Iglesia, sino que la destruye. Es sólo el primer anticristo que Roma tiene para indica el camino a todos de que el mundo y la nueva iglesia, regida por anticristos, se han unido para acabar con Cristo y con Su Obra, la Iglesia.

Nada bueno se puede esperar en estos meses de Roma. Unas navidades tristes para todos. Y un comienzo de año que marcará a todos en la penumbra más total hasta el alcanzar la gravedad de la herejía: sentarse en Roma el Anticristo, el verdadero Anticristo.

Francisco es el primero de muchos. Y él se va porque tiene que dejar a otro continuar la ruina que él ha comenzado, pero que no puede seguir, porque no es inteligente. Es sólo un pobre vividor de su orgullo y de su lujuria, que son los hombres. Vive para agradar a todo el mundo. Ése es su amor. No tiene amor por la Verdad y, por tanto, no sabe ver la mentira en los hombres que le rodean. Él mismo ha quedado engañado al poner ocho hombres que lo van a traicionar dentro de poco. Porque los mentirosos no se aman, sino que se odian.

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