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El fundamento inconmovible de la sociedad es la propiedad privada

Cuando el hombre ha perdido la fe en Dios, busca organizar la vida de los hombres según su pensamiento humano. Vende al mundo una imposición:

«Un mundo interdependiente… significa… procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en defensa de los intereses de algunos países» (LS – n. 164).

Un mundo interdependiente: la falta de conocimiento de la esencia de las cosas hace que se ponga la dependencia derivada sólo de la coexistencia: las cosas dependen unas de otras porque existen juntas o porque un problema nace de otro problema.

Bergoglio, al estar en su idea de la evolución, tiene que anular la esencia de cada cosa, y verlo todo como un conjunto que trae una sucesión de problemas globales. Necesariamente, esta visión le tiene que llevar siempre al error por su falta de discernimiento, que es defender los intereses públicos del mundo, dejando a un lado los intereses privados de toda sociedad. Es su comunismo movido por la idea masónica de un gobierno mundial, público, en que nada sea privado, sea de interés personal.

Todas las cosas dependen de sí mismas; cada una de su ser individual, creado. Es el principio de individuación.

La existencia de algo no supone la dependencia con otra cosa que exista. Sólo hay una dependencia absoluta de toda criatura con Dios. La esencia de cada criatura es nada, no puede subsistir por sí misma, sino que necesita absolutamente el ser de Dios para existir. Entre las criaturas, las dependencias son sólo relativas y temporales. No son esenciales, íntimas.

Dios creó al hombre para que dominara la Creación, no para que dominara a otros hombres.

El pecado original ha traído tanto mal a la Creación que los hombres sin fe pierden de vista para qué Dios los ha creado.

Dios no ha creado al hombre para que dé soluciones globales a los problemas del mundo. Dios no ha creado al hombre para que viva solucionando los problemas de su vida ni los de su vecino. No se ha creado al hombre con un problema que debe solucionarlo en su vida.

Dios ha creado al hombre para una obra divina, que el pecado original anuló. El hombre, ahora, se encuentra inmerso en las consecuencias de ese pecado y, por eso, el único sentido de su vida es salvar y santificar su alma.

Quien olvide esta verdad revelada, entonces pasa su vida queriendo salvar el planeta de tantos males que tienen sólo su origen en el pecado original, en una causa espiritual.

Las consecuencias del pecado original son globales, para todo hombre, pero no absolutas. E, incluso son universales, para todo el Universo creado: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17e). Pero son consecuencias espirituales, no existenciales; consecuencias que no anulan la esencia de lo que es el hombre o la naturaleza.

La creación sigue su curso natural, obedeciendo a la ley que Dios ha inscrito en ella, pero cargando con las consecuencias de un pecado que va más allá de lo que el hombre puede imaginar.

El pecado original se transmite por generación: en los cuerpos de los hombres hay una consecuencia espiritual, un efecto de ese pecado. Pero la naturaleza humana, los hombres no dependen unos de otros por ese pecado: ningún hombre, por ese pecado, depende de otro hombre en su naturaleza humana. La sucesión del pecado original, su transmisión por generación, no es la sucesión de naturalezas, no es la sucesión de vidas humanas, no es su interdependencia: nadie nace a la vida para estar pendiente, para estar dependiendo de otros hombres, para estar unido a otro hombre o a la tierra.

Este es el gravísimo error en que caen los que niegan el pecado original.

«El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos» (LS – n. 48). Esto es una blasfemia a toda la obra de la Creación. La naturaleza tiene su esencia independiente del hombre. Y entre el hombre y la naturaleza habrá ciertas dependencias, ciertas relaciones, ciertas conexiones externas: el hombre necesita el agua, el sol, el alimento para vivir. Pero no son absolutas. Y, por eso, el actuar humano sobre la naturaleza no degrada ésta, porque Dios ha mandado al hombre dominarla. Todo el problema está en saber ejercer ese dominio.

En la mente de Bergoglio, naturaleza y hombre están unidos:

«…la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida» (LS – n. 16).

Bergoglio toma la idea de su fe fundante, que desarrolló en su panfleto lumen fidei, y la traslada a la relación entre el hombre y la tierra.

Así como el hombre no puede creer por sí mismo, sino que necesita de una comunidad, de una estructura social, para poder creer; así el hombre no puede vivir por sí mismo, sino que necesita una estructura apta para desarrollar su vida humana.

Por eso, habla de que el planeta es débil, habla de buscar un nuevo estilo de vida, una nueva estructura que se ponga por encima de lo que es natural, de la propia esencia de la naturaleza y del hombre.

■ El planeta no es débil porque Dios lo ha creado perfecto, no en debilidad, no limitado en su perfección;

■ los pecados de los hombres no anulan la obra perfecta de Dios; la pueden ocultar, oscurecer. Pueden construir otro mundo distinto al creado, como son las ciudades; pero nunca el hombre degrada lo natural, sino que lo transforma, ya para bien, ya para mal.

■ los pobres no están relacionados con la fragilidad del planeta, porque el hombre es débil sólo por su pecado, no por su estilo de vida material. El pecado debilita al hombre en su vida espiritual, pero no en su vida material: «Yavé puso a Caín una señal, para que nadie que lo encontrase le matara» (Gn 4, 15). Caín sigue viviendo en la debilidad de su espíritu, sin poder quitar su pecado, para seguir obrándolo con la fuerza de su naturaleza. El pecado hace fuerte al hombre, nunca débil. Fuerte para seguir pecando.

Todo el planeta que Dios ha creado sigue siendo fuerte en su ser creado, por más que el demonio y el hombre, por las obras de sus pecados, dañen el entorno ambiental. Las consecuencias materiales de un pecado espiritual nunca anulan la obra creadora de Dios.

«¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?»: la muerte, a la que ha sido conducida toda la creación por el pecado original no puede vencer al amor con que Dios ha creado todas las cosas. Las ha creado en la vida. Cada ser creado es vida, no muerte.

El hombre no es débil en su naturaleza humana: tiene todo lo necesario para vivir como hombre, para ser hombre. Pero, en la debilidad de su pecado, obra en contra de lo creado, produciendo un mal material.

Pero, Bergoglio cree en la evolución del mundo porque cree en un dios no perfecto en sus obras: «Él, de algún modo, quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo» (LS – n. 80).

Tanto las naturalezas del hombre como del planeta son imperfectos en su ser y, por tanto, se necesitan unas a otras para alcanzar la perfección. Esta es la síntesis de su panenteísmo.

Por eso, Bergoglio tiene que estar convencido de que todo en el mundo está conectado, cayendo en el gravísimo error de juntarlo todo sin discernir nada: tanto hombre y naturaleza se degradan juntos como son perfectos juntos: «La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados» (LS – n. 243).

Aquí se ve su falta de conocimiento de las esencias de las cosas. En la vida eterna todo estará transfigurado, no transformado. Todo estará revestido del Espíritu. Por eso, no existirá ni el reino animal ni el vegetal, porque son incapaces del Espíritu. La vida eterna no es la vida creada. No es la vida en un Paraíso. Es la misma vida de Dios, que es Espíritu.

Dios creó al hombre, no en la vida eterna, sino en la vida de un Paraíso: con un cuerpo revestido del Espíritu, con un alma viviendo en la gracia. Y lo puso en una creación material para que realizara una obra divina: engendrar y llevar hijos a la vida eterna. Los hijos no eran para vivir en un paraíso, sino para llevarlos a una vida no material, sino espiritual y gloriosa en todo.

Este plan de Dios lo anuló el pecado original. Y, por eso, siempre los hombres están construyendo sus fábulas, buscando sus estilos de vida y no se paran a pensar para qué Dios los ha creado.

¿Qué es la naturaleza? ¿Qué es el hombre? ¿Para qué es la naturaleza? ¿Para qué es el hombre? Estas preguntas Bergoglio ni se las hace ni puede resolverlas adecuadamente en su manuscrito comunista y masónico, porque su visión de la esencia de las cosas es totalmente errada.

La vida humana como tal tiene una estructura sin la cual no es tal vida humana personal. El hombre primeramente es persona, individuo, algo intangible. Y esa persona realiza su vida en su propia naturaleza humana, no fuera de ella: su alma y su cuerpo es el centro de su vida humana. Ninguna persona vive en el centro de lo que es la esencia de un animal o del planeta. Y, finalmente, la persona vive en diversas formas histórico-sociales, en las cuales da un sentido a su propia vida humana. Se relaciona con todo lo creado, pero no depende de nada de lo creado.

«Pobres siempre tendréis»: la actitud cristiana frente a la pobreza ha sido siempre considerarla como inevitable. Y, por eso, la condición de todo hombre era ser pobre: ser hombre quería decir ser pobre. Pero, cuando los hombres empiezan a adoptar un lenguaje nuevo, otros principios no evangélicos, entonces se vive para que la miseria sea eliminada, para que la pobreza esté en vías de desaparición, y viene la imposición: la pobreza es evitable, es un pecado que los hombres vivan pobremente, hay que buscar esa vida eterna en donde los pobres sean definitivamente liberados:

«… un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir» (LS – n. 95): hay pobres porque los ricos les roban el alimento, consumen recursos que roban lo que necesitan otros.

¡Esto es inaceptable!

Esta mentalidad perversa viene de su claro comunismo, en donde se va buscando el bien común de toda la humanidad anulando el principio de la propiedad privada:

«El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes es… una “regla de oro” y… el “primer principio de todo el ordenamiento ético-social”» (LS – n. 93).

Todos los bienes de este mundo han sido creados para el hombre y por el hombre. Pero el dueño supremo de todos ellos es Dios. Y todas las cosas Dios las ha dispuesto para el servicio de todos los hombres.

La pregunta clave es ¿de qué manera las cosas sirven a todos los hombres, están a disposición de todos los hombres? ¿Cómo los bienes materiales son poseídos por todos los hombres, son propiedad privada de todos ellos? Y la respuesta no puede darse sin considerar la diversas naturalezas de las cosas y su utilidad para los hombres.

El fundamento inconmovible de la sociedad es la propiedad privada. El hombre, en particular, posee la propiedad privada, por ley natural: es dueño de su naturaleza humana, dueño de su vida, de sus obras, de sus cosas. El hombre, estando en una sociedad, posee esa propiedad privada en la comunidad: tiene derecho a administrar y a repartirse todos los bienes en esa sociedad.

La propiedad privada tiene un carácter individual, pero también debe necesariamente cumplir una determinada función social.

Bergoglio habla de subordinación porque, en su comunismo, la propiedad privada es ilícita: los bienes materiales y la producción de esos bienes tienen que ser poseídos con propiedad pública, para un destino universal de los bienes. Nunca Bergoglio va a defender el derecho a disponer perfectamente de los bienes materiales, dentro de los límites de la ley, que tiene toda persona. Nunca defiende Bergoglio el derecho mismo de propiedad, la facultad moral de disponer todo aquello que sea útil a la vida privada de cada hombre. Siempre va a defender aquello que es útil para la vida pública, anulando lo que es la esencia de la sociedad.

Por eso, dice que la subordinación es el primer principio, anulando lo que es el fundamento inconmovible, el primer principio, de toda sociedad: la propiedad privada.

Por eso, este hombre va en busca de un paraíso, de una sociedad, de una estructura social, de un futuro que no existe, que nunca puede darse en la realidad:

«… cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos» (LS – n. 13).

Los Obispos de la Iglesia Católica primariamente deben buscar la salvación de los hombres, no estar andando tras la multiplicidad de opciones políticas que destruyen o pretenden destruir aquello que consiste el hombre y lo que es la esencia de la sociedad.

El futuro de una sociedad no se piensa mirando la crisis ambiental ni los sufrimientos de los pobres. Una sociedad se construye mirando al hombre, a su naturaleza humana, a las exigencias y a los derechos que Dios ha puesto en ella.

Quien busca un mundo mejor para todos los hombres tiene que anular necesariamente lo que es el hombre y lo que es la sociedad. La sociedad no está fundamentada en el bien común, sino en el bien privado.

La manera de que este bien privado llegue a todos los hombres no es un asunto de un gobierno mundial, público, que tenga dominio sobre la propiedad privada de todos los hombres, que ejerza una imposición sobre las vidas privadas de los hombres para encontrar una igualdad material entre ellos.

No es igualando en lo material como el hombre adquiere su dignidad. Es viviendo una vida espiritual cómo el hombre obra su dignidad en la sociedad.

Pero, Bergoglio anda tras su idea política.

Como se consume muchos recursos, se roba a los que lo necesitan; como unos viven bien con su propiedad privada eso perjudica a los que viven mal, a los que tienen problemas.

Es siempre el mismo juego: propiedad privada y bien común. Estas dos cosas se relacionan entre sí, pero no dependen una de otra. Se quiere resolver los problemas injustos en la sociedad privando al hombre de su propiedad privada. Y eso es hacer una profunda injusticia al hombre y a la propia sociedad.

Como los hombres han perdido el norte de la ley de Dios, entonces andan todos tras las imposiciones de su mente humana a los demás. Imposiciones globales, públicas, sacando leyes abominables.

El futuro del hombre y de toda sociedad está en resolver el problema del pecado, que es un asunto espiritual. Y, por eso, toda la creación, todo el medio ambiente «gime y siente dolores de parto» (Rom 8, 22), a causa del pecado original, no porque el clima se esté calentando o el CO2 mate el ambiente o haya pobres en el mundo. El mundo está mal por el maldito pecado de los hombres, no por la tecnología, no por las formas de poder que derivan de la tecnología.

No se vive buscando una tecnología que se acomode al estilo de vida del hombre, ni teniendo un poder que use la tecnología para igualar todas las clases sociales.

Se vive la vida quitando aquello que impide progresar en la vida espiritual: el pecado. Sin arrepentimiento del pecado, ni la tecnología ni el poder sirven para nada.

Este hombre, al perder el sentido espiritual de la vida humana, se mete en camisa de once varas.

«Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable» (LS – n. 30).

Bergoglio se llena la boca, como lo hace todo político que quiere vender su idea: los pobres tienen derecho inalienable al agua.

Todo este escrito es sólo una idea política que no resuelve, en la práctica, cómo dar agua a todos los pobres.

¿Quieres agua? Vete a vivir al lado de un río; construye un pozo. Ahí tienes la naturaleza creada; ahí tienes el agua que Dios ha creado para todos; ahí tienes una estructura natural que Dios ha puesto para que el hombre se acomode a ella, no para que el hombre acomode la naturaleza creada a su estilo de vida, a su idea de la vida, a su filosofía particular de lo que es una sociedad.

Bergoglio, cuando habla, nunca resuelve los problemas, sino que sólo vende su idea. Es un político más. Y un mal político, porque anda vestido de religioso.

Este mundo tiene una grave deuda moral con su Creador: tiene que alejarse del pecado; no seguir dando culto a otros dioses; no seguir buscando la ruina espiritual de tantas almas por su clara apostasía de la fe.

Si el hombre saldase esta deuda espiritual, entonces quitaría la deuda social con los demás hombres. Pero todos los hombres se llenan la boca clamando las injusticias sociales; olvidando las ofensas que se hacen a Dios. Es el fariseísmo propio de Bergoglio, que es un sepulcro blanqueado: quiere limpiar la suciedad exterior de los hombres y de las sociedades, dejando el pecado dentro de sus almas.

El derecho a la vida de toda persona, sea pobre o sea rico, está radicado en su propia naturaleza humana, no en el agua potable, no en los recursos naturales, no en la tierra que tampoco es madre. Tener agua o no tenerla no es signo de dignidad inalienable; es sólo la vida. En la vida no siempre se puede tener de todo.

Pero ser hombre o ser otra cosa es el gran problema de los hombres. Hoy, el hombre no quiere pertenecer a la naturaleza humana: el hombre quiere ser mujer, y la mujer, hombre. Y, por eso, todos andan buscando una nueva sociedad acorde a una idea humana que no existe en la realidad. Y, por eso, hay que buscar otros modos de entender la economía y el progreso, que regulen eso nuevo que quiere ser el hombre.

Cuando se despoja al hombre de la esperanza de una vida eterna, entonces se da una visión de la vida humana tan esperpéntica como la que aparece en este escrito.

Un escrito que es sólo un manifiesto comunista y masónico. Ni pertenece a la doctrina social de la Iglesia ni es magisterio de un papa. ¡Cuántos andan preguntándose si este escrito les obliga a seguirlo en conciencia! ¡No han comprendido lo que pasa en la Iglesia! Siguen llamando papa a uno que, claramente, no lo es. Siguen tomando en consideración, valorando sus palabras como una verdad que hay que tener en cuenta.

Esta es la doctrina de un heresiarca, que da su opinión sobre un tema que no existe en la realidad, que no tiene fundamento en la realidad.

Está hablando un hombre que vive su idea no real y que sólo le interesa venderla al mejor postor. Y no tiene otro fin este escrito.

Es el idealismo de un hombre, que ha inventado como real, aquello que la ciencia ha demostrado que no existe: el calentamiento alarmista del clima.

Todos los idealistas viven siempre en su sueño, en su ilusión, en la idea que conciben en su mente, y que nunca es una verdad. Y trabajan sobre esa mentira, y hacen que muchos otros configuren sus vidas alrededor de esa mentira.

«La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común» (LS – n. 164).

Nos obliga a pensar: Bergoglio siempre está en su imperativo categórico, que es el propio de todo idealista. Es un hombre no libre para pensar lo que quiera. Es un hombre con una idea fija en su cabeza, obligado por esa idea fija.

El hombre idealista no se mueve por la ley Eterna, sino sólo por la ley que su propio conocimiento va creando. Es esclavo de su idea. Está obligado a pensar su idea. El idealista va haciendo su propia ley, para que su mente siga un curso y alcance, con sus pensamientos, el fin que no tiene un fundamento real, que sólo está en su mente.

Bergoglio piensa en un solo mundo, en una sola estructura de gobierno mundial. Esto, en la ley natural y en la ley divina es imposible de realizar.

Quien siga la ley de Dios nunca puede pensar en un gobierno mundial, porque Dios manda al hombre gobernar la Creación, pero no gobernar al mismo hombre: «sometedla y dominad sobre… todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gn 1, 28).

Dios nunca manda al hombre: “someted y dominad al hombre”. Sino que da al hombre la misión de multiplicarse: «Procread y multiplicaos» (Gn 1, 28). Es una vocación divina traer hijos al mundo. Es la vocación de todo hombre.

Para gobernar a los hombres, Dios pone sus leyes. Y las autoridades que los hombres ponen son siempre divinas: «no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (Rom 13, 1).

El hombre tiene de Dios el poder, pero se ejerce en la sociedad que pertenece el hombre, no en el mundo entero.

Dios es autor de la sociedad. Y la primera célula social es la familia. El hombre tiene el poder en su propia familia, no en la de los otros. Nadie puede mandar en las familias del mundo entero. Cada hombre manda en su propia familia.

Y los hombres, que se reúnen en una sociedad, eligen a un hombre para que tenga el poder en esa sociedad. Ese hombre no tiene el poder para todas las sociedades del mundo. Ese hombre no puede decidir sobre la propiedad privada de nadie en particular. Tiene que gobernar según la ley de Dios, no según sus ideas humanas.

El hombre vive en su familia y en su sociedad, pero no vive en el mundo: no puede vivir en todas las sociedades. No puede estar pendiente de todos los hombres. Ni tampoco hace falta eso para vivir. Por eso, esas estructuras virtuales, esas redes sociales creadas en internet que quieren buscar una idea global para unir a todos los hombres, destruyen la misma vida de los hombres. Porque el hombre radica su existencia humana en sí mismo, en su propia naturaleza, no en la búsqueda de una estructura social que convenga a su estilo de vida.

El hombre que no conozca su naturaleza humana: para qué es su alma, para qué es su cuerpo; entonces no puede comprender para qué es una familia o una sociedad. Y va buscando, en su vida, una sociedad, una red social acomodada a su mente humana, pero no a su naturaleza humana. Y lucha por su idea en ese grupo, en esa sociedad. Pero no lucha por la verdad de la vida.

El gran peligro de las redes sociales es vivir para una ideología humana, no para la verdad de lo que es el hombre, de lo que es la sociedad, de lo que es la Iglesia.

Bergoglio, en este escrito, hace apología de una nueva raza humana, de un nuevo humanismo, centrado en un poder mundial. El poder de gobernar a todo el mundo para que la creación no se degrade por la actuación individual, irresponsable de los hombres.

Bergoglio quiere igualar a los pobres y a los ricos; pero además, quiere la supremacía de una humanidad que tenga el dominio sobre los demás hombres.

En su falsa encíclica se ven estas dos ideas: comunismo y masonismo.

No se puede gobernar con una autoridad mundial a todos los hombres porque se necesitaría conocerlos profundamente a todos. Cosa que es imposible naturalmente para el hombre.

El hombre no puede tener el poder de gobernar el mundo entero porque necesita un conocimiento total de ese mundo: un conocimiento, no de oídas, sino de todas las personas a las cuales va a gobernar. No se pueden quitar los problemas ambientales de todo el mundo sin conocer todas las causas globales y particulares de esos problemas. Sin ese conocimiento es imposible obrar un acto global de la voluntad. Es imposible que ese acto sea recto, justo, equilibrado, que no dañe a ninguna persona, que no dañe al medio ambiente.

Dios no dio al hombre un poder global sobre otros hombres.

Quien ha perdido el sentido sobrenatural de la vida humana, es decir, aquel que no vive para salvar su alma, sólo vive para hacer más complicada la existencia de todos los hombres, queriendo imponer su propio pensamiento a todos ellos:

«… es indispensable un consenso mundial» (LS – n. 164).

No es indispensable un gobierno mundial: todos los hombres pueden vivir tranquilamente sin una autoridad mundial. No les hace falta para nada.

Para vivir no hay que estar pendientes de lo que dice un grupo de hombres, de lo que opina, de lo que piensa. Porque la vocación que Dios ha dado al hombre es engendrar hijos: ya sea física, ya espiritualmente. No es vivir enganchados al pensamiento de ningún hombre.

Antes de Encarnarse el Verbo, el hombre era para un matrimonio: no había sido dada por Dios la vocación religiosa, la vocación sacerdotal. Y todos los hombres vivían para una sola vocación: el matrimonio. Ninguno vivía para solucionar los problemas de los demás. Porque el poder que Dios da al hombre no es una vocación para su vida: no se vive para ser gobernante del mundo o de un país. Se vive para una familia y una sociedad, en donde se ejerce un poder divino

Ningún hombre necesita una agricultura sostenible y diversificada, porque no se vive para comer, ni que esa mesa tenga de todo, sino para salvar el alma. No se vive pensando si mañana voy a llenar mi estómago o no; no se vive buscando un futuro cierto, seguro, porque éste no puede existir por el pecado original.

Quien quiera sostener su vida material pierde inevitablemente su alma: «… el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la hallará» (Mt 16, 25).

Bergoglio quiere condenar, no sólo su alma, sino la de todo el mundo. Es más, quiere perder al mundo en la búsqueda de un paraíso terrenal que no existe.

No se vive «para desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía», porque nada de lo que Dios ha creado contamina al hombre. El hombre, trabajando la tierra, no la desgasta, ni la corrompe, sino que la transforma. Es un bien natural que se transforma siempre en otro bien para el hombre.

Lo que contamina al hombre es el pecado: «lo que sale de la boca eso es lo que al hombre le hace impuro» (Mt 15, 11). ¿Para qué buscar energías no impuras, renovables, si el corazón del hombre no está sanado, no ha sido renovado, porque vive en su pecado?

Bergoglio se mete en temas que no son de su incumbencia. Él, como Obispo, está llamado a la vida espiritual, no a juzgar a toda la sociedad:

«…mientras la humanidad del período post-industrial quizás sea recordada como una de las más irresponsables de la historia, es de esperar que la humanidad de comienzos del siglo XXI pueda ser recordada por haber asumido con generosidad sus graves responsabilidades» (LS – n. 165).

Este hombre, que ha puesto como lema de su falso pontificado el no juzgar a nadie, es el primero en condenarlo todo: llama irresponsables a todo el mundo. Como si la vida de todos esos hombres del período post-industrial no tuvieran valor para nadie, no hubieran sido responsables en sus vidas. Y lanza esta condena sólo porque esos hombres han estado «lejos de estar a la altura de los desafíos mundiales» (LS – n. 165).

Nadie en la humanidad, hasta ahora, ha asumido con generosidad sus responsabilidades mundiales: ¡qué gran descaro!

Bergoglio está reflejando su cara de dictador: él quiere una humanidad que asuma responsabilidades mundiales. Quiere una nueva raza humana, la supremacía de hombres inteligentes que den soluciones globales en el mundo. Para esto ha escrito esta basura intelectual, que proviene de una mente perversa.

Los gobernantes del mundo, esos que han perdido la fe, que gobiernan sus países en contra de la Voluntad de Dios, imponiendo leyes abominables al hombre, a la familia y a toda la sociedad, van a dar un gran peso a las ideas maquiavélicas de este hombre.

A ellos les interesa la posición que Bergoglio tiene en la Iglesia. No les interesa tanto Bergoglio, sino el poder que tiene, el poder que falsamente representa. Y van a ir a la caza de ese poder. Eso supone dar al hombre que ocupa ese poder otro puesto más adecuado a su pobre inteligencia. Bergoglio no sirve para gobernar, sino sólo para revolver el gallinero, como lo está haciendo.

El gran mal de sacar este documento ya está hecho: es el vómito que se esperaba de este hombre. Pero, ahora viene otro gran mal. Y como consecuencia de no oponerse a este hombre.

La gran estafa del sobrecalentamiento global

«Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (LS – n. 23).

No existe alguna prueba científica que el calentamiento global tenga un fundamento en la verdad.

Este consenso científico muy consistente es el famoso IPCC, organismo de la ONU para asuntos del clima, que se compone de un grupo muy pequeño de expertos climáticos, burócratas y políticos, creado en 1988, con la única intención de demostrar el cambio climático antropogénico. Por lo tanto, este grupo nunca ha sido neutral.

De este grupo, dice el climatólogo neozelandés, de intachable reputación, el Dr. Vincente Gray, que «el IPCC está fundamentalmente corrupto. La única “reforma” que podría sugerir sería su abolición». (ver)

Muchos científicos se han separado de este grupo por su deshonestidad. Ellos van tras una agenda predeterminada. Y lo que llaman argumentos científicos son un fraude para toda la opinión pública, un bulo, una estafa.

En el IPCC se basa Bergoglio para colar su argumento, un hombre que habla sin recurrir al método científico, al rigor científico.

«Existen formas de contaminación que afectan cotidianamente a las personas. La exposición a los contaminantes atmosféricos produce un amplio espectro de efectos sobre la salud, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras. Se enferman, por ejemplo, a causa de la inhalación de elevados niveles de humo que procede de los combustibles que utilizan para cocinar o para calentarse. A ello se suma la contaminación que afecta a todos, debida al transporte, al humo de la industria, a los depósitos de sustancias que contribuyen a la acidificación del suelo y del agua, a los fertilizantes, insecticidas, fungicidas, controladores de malezas y agrotóxicos en general» (LS – n. 20).

Según la idea de Bergoglio, la contaminación ambiental, que viene por el cambio climático, lleva a la muerte, especialmente de sus pobres, a los cuales odia con toda su alma; pero son su gran negocio en la Iglesia.

Un grupo de científicos internacionales NIPCC ha publicado un completísimo informe, el 1 de abril del 2014, sobre el aumento de la temperatura terrestre y la salud de las personas:

«■ Temperaturas más cálidas conducen a una disminución neta de la mortalidad relacionada con la temperatura, incluyendo muertes asociadas a enfermedades cardiovasculares, respiratorias y cerebrovasculares. Trabajos de investigación epidemiológica de todo el mundo confirman esta afirmación.

■ Las muertes relacionadas con el frío son mucho más numerosos que las muertes relacionadas con el calor en los Estados Unidos, Europa y casi todos los países fuera de los trópicos. Los fallecimientos por trombosis coronaria y cerebral suponen cerca de la mitad de toda la mortalidad relacionada con el frío.

■ El calentamiento global está reduciendo la incidencia de enfermedades cardiovasculares relacionados con las bajas temperaturas y el clima invernal en un grado mucho mayor de lo que aumenta la incidencia de enfermedades cardiovasculares y enfermedades asociadas con las altas temperaturas durante olas de calor en verano.

■ Un vasto conjunto de trabajos de investigación contradice robustamente la afirmación de que la malaria se extenderá e intensificará por todo el mundo como resultado del calentamiento inducido por emisiones de CO2.

■ Mientras que los factores climáticos locales determinan en gran medida la distribución geográfica de las garrapatas, la temperatura y el cambio climático no se encuentran entre los factores significativos que determinan la incidencia de las enfermedades transmitidas por eso insectos.

■ El actual aumento en el contenido de CO2 del aire no sólo lleva al aumento de la productividad de los cultivos alimentarios, también conlleva un aumento significativo de la cantidad y potencia de las muchas substancias vitales y farmacoactivas que se encuentran en los tejidos vegetales» (pdf en inglés).

El calentamiento global reduce la mortandad. El CO2 conlleva un aumento de substancias vitales: no mata, sino que da vida. No hay pérdida de biodiversidad, como falsamente proclama Bergoglio desde los números 32 al 42 de su falsa encíclica.

«A su vez, el calentamiento tiene efectos sobre el ciclo del carbono. Crea un círculo vicioso que agrava aún más la situación, y que afectará la disponibilidad de recursos imprescindibles como el agua potable, la energía y la producción agrícola de las zonas más cálidas, y provocará la extinción de parte de la biodiversidad del planeta. El derretimiento de los hielos polares y de planicies de altura amenaza con una liberación de alto riesgo de gas metano, y la descomposición de la materia orgánica congelada podría acentuar todavía más la emanación de anhídrido carbónico. A su vez, la pérdida de selvas tropicales empeora las cosas, ya que ayudan a mitigar el cambio climático. La contaminación que produce el anhídrido carbónico aumenta la acidez de los océanos y compromete la cadena alimentaria marina» (LS – n. 24).

Según la cabeza de este hombre, las emisiones de CO2, propias de las actividades humanas, son las responsables del calentamiento global, que a su vez incide en el CO2, y produce directamente condiciones adversas para la salud del hombre.

Pero, según los científicos, el CO2 no es contaminante, sino que la vida depende de ello. Son los océanos quienes regulan la cantidad de CO2 en el aire, porque son alcalinos, capaces de absorber todo el dióxido de carbono. Hay un intercambio entre los océanos y el CO2 19 veces más que el nivel que producen los hombres. El CO2 desaparece de la atmósfera, gracias a los océanos. Luego, no se pueden agotar los recursos naturales, como falsamente expone Bergoglio desde el número 27 al 31. Y, como el agua absorbe el CO2, entonces no se produce un círculo vicioso y no es posible ningún calentamiento global. Si hay calentamiento es por otras causas. El dióxido de carbono en los océanos está mejorando la producción de los arrecifes de coral, que ayudan a la vida. Y, por lo tanto, eso anula el fraude de la acidez en el mar. Los mares no se están corrompiendo ni, por lo tanto, la vida en ellos. No hay círculo vicioso. (resumen de la noticia en inglés)

Además, no se dan consecuencias directas sobre la salud humana, sólo indirectas:

«El dióxido de carbono no afecta seriamente a la salud humana hasta que el CO2 contenido en el aire alcance aproximadamente 15.000 ppm, 37 veces más grande que la actual concentración de CO2 en la atmósfera (aprox. 400 ppm). No hay razón alguna para preocuparse sobre algunas consecuencias directas adversas para la salud humana por el crecimiento del CO2 en el aire, ahora o en el futuro, ya que incluso proyecciones de los modelos extremos no indican actividades antropogénicas que elevaran la concentración de CO2 en el aire por encima de 1.000 a 2.000 ppm. Sin embargo, el IPCC afirma que el aumento de concentraciones de CO2 son causa indirecta de varias amenazas a la salud humana…» (ver)

La teoría del CO2 como asesino del clima no ha podido demostrarse experimentalmente. Al contrario, a pesar del continuo aumento en las emisiones de CO2, «no ha habido calentamiento global»  desde el año 2000 por encima de los niveles de 1998. «¿Cómo se puede obtener un promedio global cuando ni siquiera tienen un solo porcentaje local?» (ver)

Esta es la gran mentira del cambio climático.

«¿Es razonable pensar que provocamos “calentamiento global” con el CO2? ¿Y que sea un problema?

Respuesta: Razonable es, pero no es necesario. Lo que no es tan razonable es pensar que sea un problema. Y, sobre todo, es muy probable que no falte mucho tiempo para descartar lo que dicen los alarmistas, con sus dobles saltos mortales. Si no empieza el calentamiento de nuevo en los próximos cinco o diez años, y fuerte, ya no va a haber volatines que valgan. Se romperán los huesos. La gimnasia tiene sus límites». (ver)

El cambio climático es algo natural, obedece a la ley inscrita en la naturaleza. La creación va buscando su camino natural.

Que no venga Bergoglio, que es el juguete de la ONU, amenazando con las terribles consecuencias del cambio climático, advirtiendo que si no se busca un modelo económico apto y un gobierno mundial, con una autoridad mundial, entonces todos pereceremos.

«Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo» (LS – n. 25); «… se ha vuelto urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de anhídrido carbónico y de otros gases altamente contaminantes sea reducida drásticamente, por ejemplo, reemplazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable» (LS – n. 26): Bergoglio es el falso profeta de calamidades. Mete miedo para conseguir lo que quiere, su comunismo:

«… el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta» (LS – n. 48). Los malos de la película son las más fuertes del planeta. Para ellos no hay deterioro ambiental. Para ellos, ni el ambiente humano ni el natural se degradan. Son los ricos los culpables de que los pobres vivan sin ser felices, sin la dignidad  a la cual tienen derecho.

Vivimos en una «cultura del descarte en la vida de las personas» (LS – n. 44), y eso no hay derecho. Hay que implantar la cultura del bien común impuesto a todo el mundo porque existe «el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes», con el cual «el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» (LS – n. 93).

Bergoglio se ha sacado de la manga este principio. Sencillamente, no existe. Pero como él está en su idea evolucionista, en la cual el hombre viene del mono, de una especie pre-humana inferior, antepone la sociedad a la familia.

Dios crea al hombre individual, es decir, el hombre, por ley natural, tiene derecho exclusivo a la propiedad privada. Nadie se lo puede quitar. Nadie le puede obligar a darlo a otro.

Dios creó al hombre solo, no en sociedad. Y el hombre no estaba obligado por nada ni por nadie para dar su propiedad privada. Además, era dueño de toda la creación. Y, cuando Dios crea a la mujer, crea el matrimonio. Luego, la primera obligación del hombre para dar su propiedad privada a otro es a la familia. El bien común empieza por casa. Primero, los tuyos. Después, si Dios te lo pide, los demás.

No existe la regla de oro para poner los bienes al destino universal de todo el mundo. Primero, a la familia. Y si quiere el hombre, siguiendo la ley Eterna, después a la sociedad. Porque Dios no obliga al hombre a compartir nada. Tiene libertad para dar o no dar su propiedad privada.

Pero, Bergoglio, como ha anulado la ley natural, se encuentra en el imperativo categórico: hay pobres, me tienes que dar aunque no lo quieras. Me das porque yo te lo digo, yo te lo mando. Y te pongo la excusa del calentamiento global y del CO2.

«La estafa del calentamiento global es el resultado de la creencia generalizada en una nueva religión, basada en la deificación de una entidad nebulosa, «El Medio Ambiente» (la madre tierra, la madre naturaleza).

«El Medio Ambiente» es una extensión del concepto de «naturaleza” que fue considerado sagrado por los románticos, pero es una deidad mucho más exigente, la cual requiere sacrificios constantes y crecientes de los seres humanos.

El ecologismo es sólo el último intento de encontrar un sustituto de la teoría de la evolución y es paradójico que puede ser tan generalizada cuando el próximo año (2009) es el 200 aniversario del nacimiento de Charles Darwin y el 150 aniversario de la publicación de su gran obra «El origen de las especies como el resultado de la selección natural».

Todas las creencias básicas del ambientalismo están en conflicto directo con la comprensión contemporánea de los principios del darwinismo. A pesar de este hecho, muchos científicos son partidarios de dogmas ambientalistas y algunos se preparan para reclamar que sean compatibles con el darwinismo». (La estafa del calentamiento global – Vincent Gray

Esto es, precisamente, lo que Bergoglio está proponiendo en su falsa encíclica.

Está renovando a Darwin con su evolucionismo, pero yendo más lejos: el panenteísmo. Y con esta herejía quiere fundamentar una nueva religión:

«El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador» (LS – n. 83).

Está hablando de la redención de todas las criaturas, no sólo el hombre. Está diciendo que las criaturas, hoy día, por el cambio climático, están muy alejadas de Dios. Está diciendo que es deber del hombre reconducir, llevar por el camino adecuado a todas las criaturas. Es su panenteísmo que muy pocos ven en este escrito.

Bergoglio ha anulado toda ley natural en la Creación y sólo porque tiene a la Creación como su diosa. La naturaleza es algo sagrado:

«… todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado» (LS – n. 89).

«… la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores» (LS – n. 146).

El ecologismo es el último intento de poner al hombre como dios en la naturaleza. Pero, necesita -ese dios- un sacrificio humano, un nuevo fascismo:

«El siglo XXI, mientras mantiene un sistema de gobernanza propio de épocas pasadas, es escenario de un debilitamiento de poder de los Estados nacionales, sobre todo porque la dimensión económico financiera, de características transnacionales, tiende a predominar sobre la política. En este contexto, se vuelve indispensable la maduración de instituciones internacionales más fuertes y eficazmente organizadas, con autoridades designadas equitativamente por acuerdo entre los gobiernos nacionales, y dotadas de poder para sancionar» (LS – n. 175).

La política, la idea imperante, por encima de la economía: que haya gente en el poder que controle el dinero, que imponga el bien común a todos, que obligue a dar a quien no tiene, una libertad económica (es decir, una imposición categórica, ideológica) para que todos se beneficien:

«Las autoridades tienen el derecho y la responsabilidad de tomar medidas de claro y firme apoyo a los pequeños productores y a la variedad productiva. Para que haya una libertad económica de la que todos efectivamente se beneficien, a veces puede ser necesario poner límites a quienes tienen mayores recursos y poder financiero» (LS – n. 129).

Es su principio de subordinación, su masónica regla de oro.

Lo quieren dominar todo. Quieren esclavizar, más y más, a los hombres. Como si tener dinero fuera un pecado mortal.

El dinero, que es el invento de los hombres, es también la ruina de todos ellos. Se lo han inventado para ser dioses. Pero sólo unos pocos pueden serlo. Por eso, hay que dominar la propiedad privada, hay que subordinarla. Y no con el fin de enriquecer a los pobres. Ésta es la idea bonita con que venden su negocio.

El fin es quedarse ellos con todas las riquezas del mundo y los demás como esclavos. Y si no quieres ser esclavo, te liquidan. Por eso, ante la rebelión de los pueblos, van a poner la marca de la bestia, para quitar gente de en medio, gente que no está de acuerdo con su regla de oro.

«¿El sobrecalientamiento global y el efecto invernadero culpa del hombre y de la excesiva producción de anhídrido carbónico? Un bulo colosal.

Así el profesor emérito Antonino Zichichi, intervino en el Viest Hotel en el ámbito de un congreso organizado por el eurodiputado Sergio Berlato.

«El efecto invernadero no lo ha creado por cierto el hombre, más bien la naturaleza y debemos solo agradecer que exista, de otro modo la vida sobre nuestro planeta no podría ser, visto que las temperaturas no serían compatibles con nuestra supervivencia», ha declarado el científico, presidente del Wfs.

No existen pruebas científicas que el género humano incida sobre los fenómenos de los cuales habla el que lanza la alarma sobre los efectos terrificantes del calentamiento global. Serviría un tipo de matemáticas mucho más refinadas de aquellas que conocemos para hacer ciertas afirmaciones.»

Antes de hablar, los susodichos expertos deberían estar seguros de tener las pruebas.

¿Cómo es posible, entonces que todos los gobiernos a nivel mundial tomen cada día decisiones fundamentales, que inciden sobre la vida cotidiana de todos nosotros, basándose sobre declaraciones que no tienen ningún fundamento científico rigoroso?

La cuestión ha estado en el centro del debate sobre el tema «La posición de Europa sobre el bulo del sobrecalentamiento global», al que también han tomado parte el periodista y escritor Riccardo Cascioli y el senador Altero Matteoli.

«Estamos gastando millares de recursos para efectuar inversiones aptas a reducir la producción de anhídrido carbónico, aunque si no es seguro de que haya necesidad de ello», ha explicado Zichichi.

«Si fuera verdad todo eso que ambientalistas y meteorólogos se afanan a proclamar, aterrorizando los habitantes del entero planeta sobre los efectos deletéreos sobre nuestros comportamientos sobre el clima – ha añadido – yo y mis colegas del Cern de Ginebra habríamos ya cerrado los laboratorios. ¿Dónde están las pruebas científicas de tales declaraciones?», se pregunta el científico de fama internacional, que agrega: «Antes de hablar, los susodichos expertos deberían estar seguros de demostrar la veracidad de sus afirmaciones de manera experimental, inatacable. En cambio, con los conocimientos actuales, nadie, al día de hoy es capaz de explicar con una teoría científica rigorosa tampoco cómo se forman las nubes o cómo se ha originado el desierto del Sahara».

El motor meteorológico, según el estudioso, no ha creado ciertamente al ser humano, pero lo ha encontrado así como es. Tanto que, «en los últimos 500 millones de años, la Tierra ha visto derretirse bien cuatro veces los casquetes de hielos que recubren los polos, que luego se han reformado solos, sin que el hombre influyera en algún modo en tal proceso».

¿Con qué objeto, entonces, continuar a invertir capitales destinados a alcanzar objetivos que parecen, a la luz de tales mediciones, inalcanzables?

La alarma se ha vuelto una ideología que obliga al uso de fuentes energéticas más costosas.

«En éstos días en Europa ha sido aprobada una deliberación en materia de compraventa de los derechos sobre las emisiones de anhídrido carbónico – ha explicado Berlato – y, como otras directivas comunitarias y normativas nacionales, se trata de disposiciones destinadas a condicionar enormemente los estilos de vida de todos los ciudadanos y de las empresas. ¿Es justo que las empresas, ya en fuerte dificultad, se encuentren obligadas a afrontar costos elevados para adecuarse a tales normativas, si no existe alguna prueba científica que el sobrecalentamiento global tenga un fundamento de verdad? La alarma sobre el calentamiento global se ha convertido en una ideología política, que obliga al uso de fuentes más costosas y menos eficientes, aumentando los gastos y haciendo perder competitividad». (ver noticia en italiano).

Bergoglio se burla de todo el mundo, hasta de los científicos. ¿Hasta cuándo van a seguirle llamando papa?

Laudato Si: el vómito de Bergoglio en la Iglesia

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«El Padre es la fuente última de todo, fundamento amoroso y comunicativo de cuanto existe. El Hijo… se unió a esta tierra cuando se formó en el seno de María. El Espíritu…. está íntimamente presente en el corazón del universo…» (LS – n. 238).

Toda esta basura ecológica se centra en una herejía: el panenteísmo. Es decir, todo está en Dios.

Es algo más que un panteísmo. Es querer imponer la vida humana relacionada entre sí por medio de la naturaleza. El hombre ama a Dios, no directamente, sino a través de la naturaleza. El hombre ama a sus semejantes no con un amor directo, sino con el medio de la naturaleza. El hombre se ama a sí mismo porque antes ama su naturaleza. Se ama a través de otra naturaleza, no en la misma naturaleza. Todo naturaleza es parte de todo el Universo.

Este panenteísmo es el amor en todo. Todo está envuelto del amor de Dios. Todo se recubre de este amor.

Para estas personas el amor de Dios no es un ser espiritual, sino sólo material. El amor de Dios no se concibe como una Voluntad de Dios, sino como una experiencia natural, que integra a todas las criaturas.

El fundamento de todo cuanto existe es la nada: Dios ha creado todo de la nada. Dios no ha creado las cosas de sí mismo.

«La creación es del orden del amor. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado» (LS – n. 77).

La creación es un acto de la Voluntad de Dios, que pone en lo creado un fin último: dar gloria a Dios.

Ese acto de la Voluntad de Dios es distinto al Amor en Dios, al Amor en la Santísima Trinidad.

Dios no tiene necesidad de crear nada porque se ama a sí mismo, se basta a sí mismo. Luego, la creación no es del orden del amor. Es del orden de la Voluntad Divina.

Dios crea algo porque quiere, no porque ama. Lo crea en el Amor, es decir, lo crea en el Espíritu Divino. Pero el móvil de todo lo creado, el motor de la creación no es la Voluntad de Dios, no es el amor de Dios, sino lo que rige a ese ser creado: las leyes de la propia naturaleza creada.

La Creación no se mueve por el amor de Dios, sino por sus leyes naturales, que Dios ha escrito en ella.

Estas personas no distinguen entre Creador y criatura. Todo es uno. En el fondo, caen en un panteísmo. Pero van más allá de ese panteísmo.

Al poner el fundamento de todo lo creado en el amor de Dios, entonces viene el sentimentalismo, que es siempre propio de este hombre ciego por su soberbia y por su orgullo:

«… cada criatura es objeto de la ternura del Padre, que le da un lugar en el mundo. Hasta la vida efímera del ser más insignificante es objeto de su amor y, en esos pocos segundos de existencia, él lo rodea con su cariño» (LS – n. 77).

Dios rige a cada criatura con las leyes que ha puesto en cada una de ellas. El reino vegetal tiene unas leyes distintas al mundo animal y a las criaturas humanas.

Dios no llora por ninguna criatura: Dios no rodea con cariñitos a las criaturas. Dios no es un sentimental de lo que ha creado. Sabe muy bien lo que ha creado y sabe gobernar lo creado sin mirar, sin estar pendiente de lo creado.

Pero, para estos personajes, el fundamento de todo lo creado, no es la nada, sino Dios mismo.

El hombre es polvo y vuelve al polvo: el fundamento del hombre es ser polvo, su nada, su miseria existencial. No es el amor de Dios.

Pero, como el fundamento de todo lo creado es el Padre, el amor de Dios, entonces el hombre es parte del mundo:

«Un retorno a la naturaleza no puede ser a costa de la libertad y la responsabilidad del ser humano, que es parte del mundo con el deber de cultivar sus propias capacidades para protegerlo y desarrollar sus potencialidades» (LS – n. 78).

Estos personajes meten al hombre dentro de la naturaleza: «el hombre es parte del mundo».

Dios ha creado al hombre como cima de todo lo creado, para que domine todo lo creado, para que sea Señor de la Tierra.

La creación del hombre no es parte de la naturaleza: el hombre no viene de lo creado, de una evolución de lo creado. El hombre viene de Dios: creado de la nada; hecho a su imagen y semejanza; y puesto en la cima de todo el Universo como Señor, como el que domina todo el Universo.

Pero, toda esta gente piensa el Universo como algo creado por Dios que va evolucionando:

«Él, de algún modo, quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo, donde muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufrimiento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Creador» (LS – n. 80).

Dios no creó un mundo perfecto en su ser, sino que se limitó a sí mismo, produciendo un mundo en evolución, necesitado de desarrollo.

Ellos se meten en la evolución de todo lo creado. Es una herejía. Y, por tanto, tienen que negar el pecado original: esas cosas que se consideran males, no son males, sino que son parte de nosotros, son parte de los dolores de parto. No han comprendido a San Pablo, porque niegan el pecado original. Malinterpretan toda la Escritura, la tergiversan.

Por eso, este hombre tiene que decir:

«Así como los distintos componentes del planeta –físicos, químicos y biológicos– están relacionados entre sí, también las especies vivas conforman una red que nunca terminamos de reconocer y comprender. Buena parte de nuestra información genética se comparte con muchos seres vivos. Por eso, los conocimientos fragmentarios y aislados pueden convertirse en una forma de ignorancia si se resisten a integrarse en una visión más amplia de la realidad» (LS – n. 138).

El reino vegetal, el mundo animal, la criatura humana están relacionadas entre sí. El adn del hombre es una mezcla de otra genética, ya sea animal, ya sea vegetal. Todo es una mezcla de genes: porque todo viene por evolución de lo creado.

Estos hombres quieren interpretar lo que ocurrió en el Paraíso como una evolución de las naturalezas creadas. Todo surge en una especie, y de esa especie se va evolucionando hasta llegar al hombre. Por eso, todos estamos relacionados unos con otros. El hombre comparte en sus genes cosas de otras especies. Y, por tanto, está llamado a buscar ese amor común, ese amor universal con todas las cosas, ese amor cósmico.

«Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados» (LS – n. 139).

La naturaleza no es algo separado del hombre, sino incluido en el hombre. El hombre viene de un animal. Y el animal viene de un vegetal. Y el vegetal viene de la fusión del agua, de la tierra, del aire y del fuego. Hay una interpenetración: una especie penetra a la otra sustancialmente.

Hablar del medio ambiente es hablar de un sistema evolutivo en las especies. Y, por eso, todo está junto, todo están incluido en el otro. Todo está en relación íntima con las demás cosas.

Por eso, dice del Espíritu que está viviendo «íntimamente presente en el corazón del universo».

Ellos caen en este gravísimo error sólo por negar el pecado original. Por lo tanto, tienen que interpretar los males, que vienen de ese pecado, con estas fábulas de la mente: la fábula del medio ambiente, la fábula de la ecología.

Y, por eso, para solucionar los problemas hay que atender a esta interpenetración de las cosas:

«Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental». ( LS – n. 139)

Es el cuento del ecologismo: el problema ambiental es un problema humano, social, de todos. Porque la naturaleza vive en todos. Todos son parte de la naturaleza. Todo está en la naturaleza. Hay que descubrir las potencialidades de la naturaleza para que el hombre encuentre su sito dentro de ella. El hombre no ha sabido poner en su naturaleza humana los otros sistemas naturales, no se ha sabido encontrarse como parte integral de un todo.

El panenteísmo no se refiere al panteísmo, sino a la naturaleza. Se pone el énfasis en lo natural, no en Dios. En la idea panteísta, todo es Dios. Pero en la idea panenteísta, todo es en la naturaleza, la cual es divina porque Dios la ha creado de su ser divino, tiene una marca trinitaria en ella. Ellos van más allá de un panteísmo. En el fondo, son ateos, agnósticos. Ni creen en Dios ni conocen a Dios. Quieren explicar el misterio de la creación con su triste e inútil filosofía de la ecología.

La ecología no es una teología, sino un discurso de la mente humana para engañar con palabras bonitas a los hombres. Es un bulo muy bien presentado para que prevalezca una ideología política que aune a todos en la formación de un gobierno mundial para la total destrucción de toda la humanidad. El fin de la ecología sólo es esto: destruirlo todo porque, en estas condiciones de vida, no hay solución a nada. Y se inventan un cuento de viejas, escondiendo el verdadero propósito. Es la imposición de una idea común, global, universal.

Como todo está en Dios, todo está en la naturaleza, ¿quién es Jesús?:

«El Hijo… se unió a esta tierra cuando se formó en el seno de María».

Jesús es el que se unió a esta tierra, porque es parte de esta tierra: se anula la Encarnación: el Verbo se hace carne para salvar las almas del pecado. Y se pinta a un Jesús que vive su vida humana y que actúa con todo lo creado como un hombre sentimental:

«El Señor podía invitar a otros a estar atentos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro» (LS – n. 97).

La belleza que hay en el mundo. Ya no habla de la belleza del Universo. Jesús vivía en el mundo porque ha incorporado a su persona la naturaleza:

«… todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva» (LS – n.236).

Una roca encuentra su sentido en Jesús, no en su ser creado. Su ser creado es imperfecto, está en evolución. Necesita a Jesús para encontrar su verdadero sentido. Esto es el puro panenteísmo.

Jesús ha metido en el universo un germen nuevo, un germen de transformación definitivo. Esto es una gravísima herejía, que viene porque Dios lo creado todo en evolución, en necesidad de desarrollo. Luego, Jesús, que no se encarna en María, sino que se forma en María, como si María necesitara de un hombre para engendrar a Jesús, viene para poner dentro de lo creado lo que su Padre no puso: un germen de transformación que lleve a todo lo creado, que sigue en evolución, hacia la gloria, hacia su elevación. Estos son los delirios de este hombre.

Y, por eso, dice de la Eucaristía:

«En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación. La gracia… logra una expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por su criatura. El Señor… quiso llegar a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él» (LS – n. 236).

Gravísima herejía, que ya viene expresada en su Lumen fidei, pero que aquí la desarrolla. En esa falsa encíclica, la Eucaristía es una transformación, no una transubstanciación.

Dios se mete en el hombre a través de un pedazo de materia, no a través de Él Mismo: como la Eucaristía es una transformación del pan y del vino, Dios se mete en el hombre a través de la sustancia del pan y del vino. En la Eucaristía no sólo están los accidentes del pan y del vino, sino también sus sustancias. Ellos están en la herejía de la evolución. Entonces, Dios tiene que meter en el hombre lo que le falta para su perfección. Y así transforma esa sustancia y pone en ella algo divino, un germen definitivo, porque el hombre tiene que evolucionar hacia lo divino, tiene que elevarse hacia lo divino unido a toda la Creación. Y, por eso, necesita, desde adentro, esa materia transformada, evolucionada, que le relaciona con todo lo creado. ¡Gravísima herejía! ¡Los delirios de la cabeza de este hombre!

Todo el Universo material ha sido elevado en la Eucaristía. En estas fábulas andan metidos toda la Jerarquía. Porque han roto el dogma de la creación de las cosas de la nada. Todo es evolución. Y la eucaristía ayuda a esa evolución, a ese integrar al hombre en la creación. Todo es en Dios. Todo está en el Universo. Todo está relacionado en el mundo creado. No hay diferencias. Hay una mezcla de genes, de especies.

Por eso, este sujeto interpela al diálogo y a buscar en las culturas el motor de este panenteísmo.

«… la Eucaristía… es el centro vital del universo…la Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico…» (LS – n. 236).

Por eso, la Eucaristía tiene que darse a los malcasados, a los homosexuales, a los ateos, a todo el mundo. Porque es el centro vital, el centro de la vida de todo el universo. Hay que llegar al amor cósmico.

«Para los cristianos, creer en un solo Dios que es comunión trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria…toda criatura lleva en sí una estructura propiamente trinitaria, tan real que podría ser espontáneamente contemplada…el desafío de tratar de leer la realidad en clave trinitaria» (LS – n. 239).

Todo lo creado contiene una marca trinitaria, una estructura trinitaria: está haciendo referencia a la herejía sabeliana, en la cual la trinidad se entiende como tres funciones diferentes. No son Personas Divinas, sino funcionalidades que forman una estructura.

De esta manera, todo lo creado ya no es vestigio natural de Dios: veo la belleza de una flor y el alma se eleva a contemplar la belleza de Dios. Todo lo creado no es un reflejo natural del creador, sino divino:

«Una Persona de la Trinidad se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz… el misterio de Cristo opera de manera oculta en el conjunto de la realidad natural… De este modo, las criaturas de este mundo ya no se presentan como una realidad meramente natural, porque el Resucitado las envuelve misteriosamente y las orienta a un destino de plenitud. Las mismas flores del campo y las aves…ahora están llenas de su presencia luminosa» (LS – n. 100).

Todo lo creado es un vestigio divino: tiene una marca divina, trinitaria. Es más, tiene una estructura en su ser creado lo más parecido a Dios. Gravísima herejía que contradice la Escritura: sólo el hombre ha sido creado por Dios a imagen y semejanza. Lo demás no tiene esta marca divina. Pero, ellos han anulado el dogma de la creación divina. Por eso, lo tienen que explicar todo con esta basura ideológica. Las mismas flores del campo, las aves, todo está lleno de ese germen definitivo que los catapulta hacia la vida eterna.

Y, por tanto, al ser lo creado algo divino, un modelo divino, todo está en relación y eso lleva a buscar una espiritualidad de lo global:

«….el mundo, creado según el modelo divino, es una trama de relaciones… en el seno del universo podemos encontrar un sinnúmero de constantes relaciones que se entrelazan secretamente… las múltiples conexiones que existen entre las criaturas… nos lleva a descubrir una clave de nuestra propia realización… Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad» (LS – n 240).

La solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad: esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Dios no ha creado las cosas para una solidaridad, para la gloria de los hombres, sino para darse Gloria a Si Mismo. Se anula la gloria que cada criatura tiene que dar, en su ser creado, a Dios, para buscar un modelo de vida en que el centro de todo sea lo creado. Se busca una armonía en la creación en donde no se dé gloria a Dios.

Si cada criatura, en su especie, necesita para vivir de la otra especie; si cada criatura, en su ser creado, no puede desarrollarse si no se une a las otras criaturas de otras especies, entonces se anula el fin para el cual Dios ha creado a cada especie. Se anula la gloria que cada criatura tiene que dar por sí misma a Dios en su ser creado. Y se va en busca de una armonía entre las criaturas, que es una abominación espectacular. Por eso, el Anticristo está en el fondo de todo este escrito. Hay que presentar al mundo un hombre que sea capaz de reunir todo lo creado en su ser para que así el hombre vea que la ecología es el fin del universo: el culto al universo. Todo va evolucionando hacia el Anticristo.

«Jesús vivía en armonía plena con la creación, y los demás se asombraban…No aparecía como un asceta separado del mundo o enemigo de las cosas agradables de la vida…Estaba lejos de las filosofías que despreciaban el cuerpo, la materia y las cosas de este mundo» (LS – n. 99).

Jesús vivía en armonía, no era un asceta separado del mundo, es decir, no hizo un ayuno de cuarenta días en el desierto, no huía a los montes para orar, para estar apartado de todo. Era un hombre que vivía su vida, que le gustaba todas las cosas agradables, porque no existe el pecado. Todo vale para vivir. El hombre sabe usarlo todo correctamente y nunca se equivoca. Jesús amaba su cuerpo, amaba las cosas de este mundo. Era un hombre para la vida material.

Este es el Jesús que se busca, el nuevo Mesías, el Anticristo, que interpreta el Evangelio según su loca cabeza humana:

«Cuando uno lee en el Evangelio que Jesús habla de los pájaros, y dice que « ninguno de ellos está olvidado ante Dios » (Lc 12,6), ¿será capaz de maltratarlos o de hacerles daño?» (LS – n. 221).

Sentimentalismo puro.

«La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia?» (LS – n. 225).

La naturaleza habla, es amor, lleva a un acto de amor cósmico. Hay que escuchar a la naturaleza. Porque todo está rebosando de una fraternidad universal:

«Jesús nos recordó que tenemos a Dios como nuestro Padre común y que eso nos hace hermanos. El amor fraterno sólo puede ser gratuito, nunca puede ser un pago por lo que otro realice ni un anticipo por lo que esperamos que haga. Por eso es posible amar a los enemigos. Esta misma gratuidad nos lleva a amar y aceptar el viento, el sol o las nubes, aunque no se sometan a nuestro control. Por eso podemos hablar de una fraternidad universal» (LS –n. 228).

Un hombre que no ha comprendido lo que es el amor a los enemigos, porque los ve como parte de su naturaleza humana, parte de su vida, parte de lo creado por Dios; los ve como hermanos. Señal de que no sabe discernir entre los hijos de Dios y los hijos de los hombres. No sabe qué es el pecado original. Y no sabe tratar al enemigo como tal. Tiene que darle un cariñito, pero es incapaz de darle la Voluntad de Dios, que es siempre una Justicia para el enemigo. Todos somos hermanos; luego todo es en la fraternidad del universo.

«… cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad… Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también» (LS – n. 92).

Tienes que abrirte a una comunión universal: gobierno mundial, iglesia universal.

Porque todos somos hermanos. Y todos vamos al cielo, incluso los seres inmateriales, los vegetales, los animales, que ya habrán alcanzado la cima de la evolución, estarán en la casa común del cielo:

«La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados» (LS – n. 243).

Cada criatura luminosamente transformada: todo es en la evolución. Los cuerpos son transformados, no transfigurados, no revestidos de la gloria. Y una roca será transformada en otra cosa para que sea asombro compartido de todos en la casa común del cielo. ¡Cuántos delirios!. Y los pobres ya no serán pobres, habrás sido transformados en otra cosa, liberados de su pobreza.

«… todo lo bueno que hay en ella será asumido en la fiesta celestial» (LS – n. 244).

¿Cómo presenta este hombre sin nombre a la Virgen María?

«María, la madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido. Así como lloró con el corazón traspasado la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano… En su cuerpo glorificado, junto con Cristo resucitado, parte de la creación alcanzó toda la plenitud de su hermosura» (LS – n.241).

La que llora por este mundo herido; la que comparte los sufrimientos de sus malditos pobres; la que se compadece de los malditos hombres que son esclavizados por los malditos gobernantes del mundo, que no quieren expresar con su ser ese amor cósmico.

Y dice su gran blasfemia: en María, en su cuerpo glorificado, «parte de la creación alcanzó la plenitud de su hermosura». María es parte el universo. La madre gaia. La madre tierra. Ya una parte de la Creación ha sido glorificada. Pero, hay que esperar a morirse para contemplarla.

No pierdan el tiempo con esta basura, con este vómito de Bergoglio. No dice nada nuevo. Repite lo mismo que lleva hablando estos dos años. Sólo que en este vómito se ve más claro su herejía, su cisma y su apostasía de la fe.

A los hombres les encantan estas fabulas. Y se cumple el Evangelio:

«…apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» (2 Tim 4, 4).

Que nadie los engañe con la fábula del ecologismo. Este hombre niega todos los dogmas y sólo está sentado para destruir la Iglesia. Su vómito ecológico le va a llevar a abandonar esa Silla, porque ha dado un escrito sin inteligencia, que no sigue el método científico y que destruye toda la moral católica. Él se pone por encima de todo eso porque está sólo en su negocio redondo en el Vaticano: ha abierto la Iglesia al mundo, porque hay que buscar la iglesia que quiere el mundo.

«La interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común» (LS – n. 164).

Un consenso mundial para resolver un problema que no existe: el CO2 no es contaminante. Pero presentan la búsqueda de otras energías como solución a un problema que no es real.

Todo se quiere sostener en el Universo: que el hombre sea el dios de universo, que lo maneje todo y así no haya pobres.

«…urge la presencia de una verdadera Autoridad política mundial» (LS – n. 175): urge el Anticristo.

Lo único que hay que hacer es quitar el maldito pecado como ofensa a Dios. Si se hace esto, la creación no se rebela contra el hombre y el problema deja de existir.

Pero como se niegan las verdades absolutas, se tiene esta chorrada política del ecologismo.p;

La locura del desarrollo sostenible

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«Encontraréis mejores cosas en los bosques que en los libros. Los árboles y las rocas os enseñarán lo que ningún maestro humano puede enseñar» (San Bernardo de Claraval).

Dios ha puesto al hombre en la tierra para ejercer un poder: «sometedla y dominadla» (Gn 1, 28c). El hombre tiene derecho a manejarla pero con la ley de Dios, con el sentido común, que es lo que falta en muchos discursos de gente que no sabe lo que es la ecología.

Hay que ver la naturaleza con reverencia, con un espíritu religioso, porque es la obra de Dios. Hay que tratar a la naturaleza como Dios lo hace: con sus leyes, con una ética y con una moral que conserve lo que Dios ha creado.

No hay que tratar a la naturaleza como algo sagrado, porque todo está maldito por el pecado original: ni la creación ni la persona humana son sagradas. Hay que cuidar la naturaleza como la obra de Dios, que exige un orden divino en ella.

La ecología debería ser un conocimiento profundo de la tierra: es decir, un conocimiento religioso de la tierra. Y, por tanto, una toma de conciencia de cuál es la capacidad del hombre en la obra de la creación de Dios. ¿Hasta dónde el hombre es capaz, tiene poder para someter y dominar lo que Dios ha creado, y que la sigue manteniendo en su Providencia? ¿Qué quiere Dios que el hombre obre en Su Creación? ¿Cómo hay que dominarla y someterla en la Voluntad de Dios?

Hoy, la mayoría de los ecologistas se han vuelto idólatras: niegan a Dios y promueven leyes en contra de la ley de Dios: aborto, derechos de los homosexuales, eutanasia, etc. Ninguno de ellos busca la Voluntad de Dios en la naturaleza: no buscan el conocimiento religioso de la tierra, sino una iluminación diabólica para conseguir que la creación sea un nido de maldad, regida sólo por poderes ocultos.

«Hoy día, la quema cada vez más acelerada de los combustibles fósiles, que nuestra maquinaria económica potencia, están alterando el delicado equilibrio ecológico a escala casi insondable» (Cardinal Peter K.A. Turkson, 28 de abril del 2015): la relación causa-efecto entre los combustibles fósiles y el cambio climático. Esto es volver a las cavernas del pensamiento humano, y generar la confusión entre la teoría científica del cambio climático y las acciones morales humanas.

Están todos preocupados porque ven que se gasta el gas, el petróleo; que esas energías no se usan adecuadamente, y entonces caen en un absurdo: la combustión acelerada de los combustibles fósiles producen los cambios climáticos. Esto es un pensamiento cavernícola, propio de la nueva y falsa jerarquía de la Iglesia.

La naturaleza se rebela contra el hombre sólo por su pecado, por su mala acción moral. La naturaleza no se rebela contra el hombre porque se quemen de forma no recta o acelerada los combustibles.

Todo el problema es que ven lo que no es: «el planeta Tierra, el jardín que nos fue dado como nuestra casa». ¡No estamos en el jardín del Paraíso! Dios expulsó al hombre «del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado». Y «puso delante del jardín de Edén un querubín» (Gn 3, 23.24).

La tierra no es un jardín ni el hombre es parte de la naturaleza: «El ser humano es parte de la naturaleza» (C. Turkson). Vivimos en una naturaleza creada por Dios, pero no estamos unidos a esa naturaleza. La integración en la naturaleza es sólo participar exteriormente de ella.  El ser humano vive con otras naturalezas, pero no las crea, no las transforma, no se une a ellas en ninguna manera. El ser humano es el rey de la creación, no una parte de la creación.

«Hagamos al hombre…para que domine» (Gn 2, 1) sobre todas las demás naturalezas. Ejercer el dominio es algo más que participar de la naturaleza.

La falsa jerarquía, que gobierna falsamente la Iglesia, niega el pecado original y, por lo tanto, va en busca del paraíso perdido. Quiere construir, con sus grandes pensamientos humanos, con su verborrea insoportable, una ideología barata para solucionar los problemas de los hombres. Ni los soluciona ni saben hablar con propiedad de la obra de la creación divina.

Ellos parten de un principio equivocado: «somos hechos en la imagen y semejanza de Dios, y por lo tanto, (los hombres) poseen una dignidad innata que nunca puede ser negada, degradad o denigrada» (C. Turkson). Se olvidan del pecado original, por el cual la obra de Dios, no sólo en la Creación, sino en el hombre, se degrada, se niega, se denigra.

Toda esta jerarquía, que ha perdido la cabeza, ven a todos los hombres como justos, como santos, como divinos, como celestiales, por ser imagen y semejanza de Dios. Y en ese pensamiento se quedan para poder explicar el mal en la creación y en el mundo.

Ven todo como bueno: «También significa reconocer que todo lo que Dios ha creado es bueno, precioso y valioso» (C. Turkson). Pero no son capaces de ver la obra del pecado. No ven la realidad de esa maldad, sino que se inventan el concepto de pecado, el concepto de mal, según sus intereses, sus negocios en sus vidas.

Como ya el pecado no es una ofensa del hombre a Dios, entonces hay que ver el mal del cambio climático en el mal de la quema de los combustibles fósiles. Es un mal científico. No se queman bien esos combustibles… Se queman aceleradamente… Los hombres no saben quemar de manera apropiada…

Y con esta mentalidad, se hacen vaticinios apocalípticos: «En nuestra imprudencia, estamos atravesando algunos de los más fundamentales límites naturales del planeta… La misma tecnología que ha traído un gran beneficio es, ahora, un veneno que trae una gran ruina. Los desastres relacionados con el clima son una realidad tanto para los países pobres, que están en los márgenes de la economía moderna, como para aquellos que están en el corazón….Todos ellos están a merced de la furia de la naturaleza» (C. Turkson).

¿Captan el discurso apocalíptico?

¿Quién es el culpable de todo esto? ¿Es el hombre el que lleva al cambio climático con sus ciencias, técnicas, etc…? ¿O es el cambio climático, la furia de la naturaleza, lo que impulsa el desastre de tener países pobres, de estar en el riesgo de que se acaben los alimentos, las energías fósiles (gas, petróleo…), de presenciar la quiebra de una economía global que no sirve, que no ayuda a las sociedades para vivir dignamente?

Este es el mismo problema de Galileo: ¿es el Sol el que gira en torno a la tierra o es la tierra la gira en torno al Sol?

¿Cómo es posible que la tecnología sea un bien para la creación y al, mismo tiempo, un mal? ¿Qué cosa cambió en ella para convertirse en un veneno para la creación?

Si hay desastres naturales, si hay un cambio climático, ¿eso incide en la economía de los países? ¿Es el culpable el desastre natural de que la economía ya no sirva? ¿Hay que buscar otra economía –un desarrollo sostenible–  porque la naturaleza se revuelve contra el hombre? ¿Es posible encontrar un desarrollo sostenible que no ponga en furia a la naturaleza?

¿Por qué los hombres sufren? ¿Por el cambio climático o por su pecado? ¿O porque no han sido capaces de encontrar ese gobierno mundial que cuide a los hombres y al planeta?

¿Por qué la naturaleza se rebela contra el hombre? ¿Por qué obedece a Dios o por el pecado de los hombres?

¿Cuál es la solución a todo esto? Quitar el pecado. Solución que a nadie interesa. Todos se olvidan de que Dios sigue guiando Su Creación, y que por más maldad que el hombre ponga en Ella, a causa de su pecado, ni se acaban los combustibles fósiles, ni los terremotos o los cambios climáticos degradan al hombre, lo anulan, ni lo denigran.

La tierra está maldita por causa del pecado original. Esto es lo que todo el mundo olvida: «Por ti será maldita la tierra» (Gn 3, 17c). Es la maldición que trae la obra del pecado original. En esa maldición, la tierra sufre por el pecado de los hombres. Pero ningún pecado del hombre puede acabar ni con el hombre ni con los recursos naturales que hay en la creación. Ningún desarrollo sostenible podrá quitar la maldición que sufre toda la Creación, porque esa maldición es una obra espiritual en la Creación de Dios. Es la obra del demonio, que ningún hombre entiende y puede anular con sus grandes pensamientos humanos.

El pecado del hombre hará la vida más complicada para el mismo hombre. Y lo que parece un cambio climático es sólo la justica de Dios en la misma obra de la creación. Porque todo el universo obedece sólo a Dios, no a los hombres. Y por más que los hombres transformen lo creado, no pueden anular ni destruir lo creado. Siempre habrá recursos naturales para todos los hombres. El hombre sólo tiene que trabajar la tierra, como Dios le mandó al expulsarlo del Paraíso. Y este es todo el problema: saber trabajar la tierra. Saber poner la Voluntad de Dios cuando se trabaja la tierra. Pero esto es lo que no enseña la falsa jerarquía.

¿Qué es lo que proponen en la iglesia de Bergoglio? El ecumenismo ecológico: todas las religiones unidas para un compromiso de una nueva y falsa moral, que la ONU lidera.

«Cada persona y cada comunidad tienen un deber sagrado para extraer con prudencia, con respeto y gratitud de la bondad de la tierra, y cuidarla en una manera que asegure su continua fecundidad para las generaciones venideras» (C. Turkson). Estos personajes se olvidan de la Voluntad de Dios, de la ley eterna. Y sólo hablan de deberes sagrados. Como la persona es imagen y semejanza de Dios, entonces obra sagradamente, tiene un deber sagrado. Nada se dice de buscar lo que Dios quiere en el trabajo de la tierra. Y, entonces, aparece el comunismo, el socialismo:

«Los que cultivan y mantienen la tierra también tienen una gran responsabilidad de compartir sus frutos con los demás – especialmente los pobres, los desposeídos, los forasteros, los olvidados…el don de la tierra es un regalo para todos» (C. Turkson). La responsabilidad de compartir porque todo es un regalo. Ellos ee olvidan del merecimiento que todo hombre tiene por su trabajo.

«Sabéis bien cómo debéis imitarnos, pues no hemos vivido entre vosotros en ociosidad, ni de balde comimos el pan de nadie, sino que con afán y con fatiga trabajamos día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros… Y mientras estuvimos entre vosotros, os advertíamos que el que no quiere trabajar, que no coma» (2 Ts 3, 7.9).

El hombre está obligado a trabajar, a tener la gran responsabilidad del trabajo, que hay que hacerlo con afán y con fatiga. Pero nadie está obligado a compartir el fruto de su trabajo, para que la gente no ande ociosa en la vida. Quien no quiera trabajar, que no coma. El pobre que no quiera trabajar, que siga siendo pobre, que se muera de hambre. Porque nada es un regalo en esta vida. Todo es un merecimiento.

La falsa solidaridad -la globalización de la solidaridad- que predica toda esa falsa jerarquía, liderada por Bergoglio, proviene de haber anulado el pecado original. Y, por lo tanto, ya no hay obras de misericordia, ya no hay limosnas que expíen el pecado. Ahora, para ellos, al pobre hay que darle de comer por ser pobre, por su cara bonita: «Quisiera ser portavoz de todas estas personas, cristianos y no cristianos (…) Jesús nos ha enseñado a pedir a Dios Padre ‘danos el pan de cada día’. ¡Que la Expo sea una ocasión propicia para globalizar la solidaridad!» (Bergoglio, 1 de mayo del 2015, en la inauguración de la Expo de Milán). Jesús nos ha enseñado a regalar el fruto de nuestro trabajo. Es el mensaje del que se llama voz de los incautos pobres, de esos hombres que siguen a Bergoglio sólo por su nombre, no por la verdad que nunca puede decir, que nunca va a enseñar. Hay que globalizar la solidaridad. No sólo hay que ganar el pan con el sudor de la frente, sino que también hay que regalarlo al que no tiene. Esta es la falacia de ese hombre, que se apoya en las Palabras de Jesús para mostrar su clara herejía. Por supuesto, que a nadie le interesa ya la herejía de ese hombre. Sólo ven que habla muy bonito. Y así la gente va tirando detrás de ese hombre, sin saber que los lleva a lo más profundo del infierno.

Todo es un bien común para toda la humanidad. Todo es un regalo: tengamos «el sentido de la solidaridad intergeneracional» (C. Turkson). Esta es la falsa espiritualidad y el falso misticismo, propio de una jerarquía que no sabe lo que está diciendo. Sólo sabe hablar de política comunista. Sólo está en su lenguaje humano:

«Es evidente que hemos “labrado demasiado” y hemos “protegido muy poco”. Nuestras relaciones con Dios, con nuestros vecinos, especialmente el pobre, y con el entorno ha llegado a ser fundamentalmente “sin protección”. Debemos alejarnos de este modo de comportamiento, para llegar a ser protector, más “guardián”» (C. Turkson). Guarda a tu hermano, protege a tu hermano, mantiene a tu hermano, dale de comer, dale el fruto de tu trabajo porque se lo merece, porque es tu hermano. Pero no hagas con él una obra para expiar el pecado: el suyo y el tuyo.

Y, por eso, se predica un programa político:

«En términos prácticos, necesitamos soluciones tecnológicas y económicas,  innovadoras  y sostenibles, así como el liderazgo político, valiente y decidido, ejercido en diferentes niveles, incluyendo el global» (C. Turkson). Para que los hombres regalen el fruto de su trabajo a lo más pobres hace falta un gobierno global, que ponga una nueva economía y una nueva tecnología, y así se quitan los cambios climáticos, así desaparecen los pobres.

«Necesitamos aprender a trabajar juntos hacia el desarrollo sostenible, en un marco que vincule la prosperidad económica con la inclusión social y la protección del mundo natural. Necesitamos que la comunidad de naciones abrace este concepto de “desarrollo sostenible”» (C. Turkson).

Trabajar juntos para que no haya pobres, para quitar la pobreza, para que nadie se sienta excluido de la sociedad, para cuidar el medio ambiente. ¿Ven el discurso programático, interesado, falaz, errado y herético de la falsa jerarquía?

¿Qué es la ONU, la comunidad de naciones?

La ONU es un poderoso instrumento globalista, sincretista y gnóstico, manejado por un poder oculto, -el propio de la masonería-, desde la cual se impone a todo el mundo la voluntad de unos pocos. La ONU urde y participa en proyectos y campañas de control imperativo demográfico basadas en métodos perversos moralmente, campañas que atentan contra la identidad cultural y religiosa de los pueblos. Y, en unión con los poderes financieros, la ONU es el instrumento que se ha elegido para la instauración de un gobierno mundial que anula cualquier ley sensata que el hombre tenga y cualquier ley divina que Dios ha dado a los hombres. Es un gobierno sin ley,  llevado en el lenguaje de unos pocos hombres, para imponer sus leyes malditas a todos. Es una subversión de toda ley. Es una abominación que la mente del hombre ha creado sólo para conseguir una cosa: que el hombre sea aclamado como dios por el mismo hombre.

Y toda la jerarquía de la Iglesia, esa falsa jerarquía que gobierna la Iglesia, están detrás de esto, de ser el apoyo a este gobierno global. Y, por eso, hablan de esta manera. Hablan de un imperativo moral:

«Se trata de un imperativo moral que todo lo abarca: proteger y cuidar tanto la creación, nuestra casa jardín, y la persona humana que lo habita  – y tomar medidas para lograrlo. Si el ethos dominante, penetrante,  es el egoísmo y el individualismo, el desarrollo sostenible no se logrará» (C. Turkson). Tienes que ser ternura con los otros, tienes que vivir el bien común, y entonces el desarrollo sostenible se tendrá.

Imperativo moral: es poner la voluntad de los hombres. Hablan como lo hacen los intelectuales más obstinados en su soberbia. Es el idealismo kantiano y hegeliano que está en toda la jerarquía. No creen en nada, sólo en lo que producen sus mentes humanas, lo que ellos se inventan con sus filosofías de la vida. Es la falsa moralidad de la solidaridad. Se quiere llegar a un desarrollo sostenible con un lenguaje humano, diciendo que los hombres destruyen las especies humanas, degradan la integridad de la tierra, destruyen la naturaleza, dañan a otros hombres provocando diversas enfermedades por su mal trabajo de la tierra, porque los hombres no son solidarios con los hombres: son egoístas y viven en su individualismo.

Y viene el claro comunismo:

«Los ciudadanos de los países más ricos deben estar hombro con hombro con los pobres, tanto en casa como en el extranjero. Ellos tienen una obligación especial de ayudar a sus hermanos y hermanas en los países para hacer frente al cambio climático mediante la mitigación de sus efectos en desarrollo y ayudando con la adaptación. Ellos tienen la obligación tanto para reducir sus propias emisiones de carbono y para ayudar a proteger a los países más pobres de los desastres causados o exacerbados por los excesos de la industrialización» (C. Turkson).

¿Ven el descalabro mental de este sujeto?

Los ricos, que han propiciado una tecnología buena para todos, han trabajado mucho y han obtenido riquezas, son culpables porque no han dado el fruto de su trabajo a los pobres. Y, por lo tanto, esa gran tecnología, esa gran economía, que han seguido, se ha convertido en un veneno para los países pobres. Y han puesto a la tierra en una situación insostenible, porque no han sido solidarios con los pobres. Ese desarrollo, que han creado, no sostiene a los demás en la misma riqueza, sino que los excluye. Ahora, se les exige, es un imperativo moral, que ayuden a los países pobres del cambio climático, que ellos mismos han propiciado con su tecnología, con la quema acelerada de los combustibles, para salvar el planeta, para que emerja el desarrollo sostenible, con nuevas energías que sostengan a todos – la economía sostenible con un gobierno sostenible-, que es el propio del gobierno global.

Hay que seguir sosteniendo la mentira de unos pocos con estos cuentos chinos.

¿Ven la fábula que cuenta a todo el mundo?

Y el pobre orador va a caer en una locura mental:

«¡Seamos líderes religiosos con el ejemplo! ¡Piense en el mensaje positivo que enviaría a las personas de fe, no sólo para predicar la sostenibilidad sino para vivir vidas sostenibles! Por ejemplo, piense en el mensaje positivo que enviaría para las iglesias, mezquitas, sinagogas y templos en todo el mundo para convertirse en carbono neutral» (C. Turkson).

Vivir vidas sosteniblesSer carbono neutral… ¿Ven la locura de este hombre?

Quieren buscar las virtudes que propicien esa economía sostenible, ese gobierno global sostenible, que es el que va a quitar el bióxido de carbono de la atmósfera, que es el culpable del cambio climático.

Quieren remover de la atmósfera el bióxido de carbono con un ecumenismo ecológico:

«En este espacio moral básico, las religiones del mundo desempeñan un papel vital. Todas estas tradiciones afirman la dignidad inherente de cada individuo vinculado al bien común de toda la humanidad. Afirman la necesidad de una economía de inclusión y de oportunidad, donde todos puedan prosperar y cumplir su propósito dado por Dios. Afirman la belleza, la maravilla y la bondad inherente del mundo natural, y aprecian que es un don precioso confiado a nuestro cuidado común – por lo que es nuestro deber moral de respetar más que hacer estragos, de mantener en lugar de poner la basura, de proteger en lugar de hacer pillaje, de administrar en lugar de hacer sabotaje, el jardín, que es nuestro hogar y la herencia compartida de los recursos naturales» (C. Turkson).

Todas las religiones son buenas para este proyecto del desarrollo sostenible. Por eso, no hay que hacer proselitismo. No hay que convertir a nadie. Que todos sigan la identidad de sus creencias. Hay que apuntarse al carro de una nueva economía que sostenga al más pobre, que le regale la vida, que coma sin trabajar, y a un liderazgo de tontos e inútiles, marionetas del demonio, veletas del pensamiento humano, hombres sin fe, sin verdad, sin ley, que se pasan la vida buscando una idea maravillosa para que todo el mundo lo ponga como el modelo a seguir.

En esta conferencia, de ese falso cardenal, se invitó a leer el nuevo libro de Jeffrey Sachs, que es el autor, el que está detrás,  del vómito de Bergoglio en su falsa encíclica sobre el ecologismo. Jeffrey Sachs es el nuevo profeta de la ideología neomalthusiana:

«¿Cómo podremos disfrutar de un desarrollo sostenible en un planeta lleno de gente?…Hace dos siglos, el pensador británico Thomas Robert Malthus advirtió que el crecimiento excesivo de la población podría socavar el progreso económico. Esta es la amenaza que enfrentamos hoy…» (21 de octubre del 2011)

La falacia del control de la natalidad maltusiana, más o menos perfeccionada por los neomalthusianos, ha llegado hasta nuestros días mutando en argumentos del desarrollo sostenible aceptados inmediata y casi universalmente, sostenidos acríticamente por poderosas instituciones y organismos políticos y financieros multilaterales (ONU, BM, BEI, FMI, UE) en la aplicación de sus políticas socio-económicas.

Todos siguen un gran negocio mundial de unos pocos hombres, que tiene el poder en todo el mundo. Un poder oculto, invisible, pero que se manifiesta por todas partes.

En todo este negocio del desarrollo sostenible está en juego la célula de la sociedad, la columna vertebral, que es la familia. Y la pérdida del sentido de lo que es el matrimonio y la familia llevan a este desastre en todos los gobiernos del mundo y en la Iglesia. Buscan un desarrollo que no es el propio de la familia.

Se olvidan de que el hombre fue creado por Dios para dar hijos a Dios: dar una humanidad a Dios. Como el hombre no siguió el plan de Dios, vienen todos los problemas para el mismo hombre y para todo lo que sea matrimonio: unión entre hombre y mujer. Y, por eso, se inventan estos desarrollos, que son sólo más complicaciones para todos los hombres. Ya no se respeta el orden natural, sino que se va buscando nuevos órdenes, nuevas estructuras, nuevas energías, nuevas tecnologías, que sólo hacen la vida más difícil.

Todo es sencillo: contempla la naturaleza porque «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son conocidos mediante las criaturas» (Rom 1, 20). No hay que inventarse nada para vivir. Hay que aplicar lo que se conoce en la naturaleza.

Pero, como los hombres no creen en Dios, entonces «Dios los entregó a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuerpos» (Rom 1, 24). Aquel que peca contra su propia naturaleza, aquel que la deshonra, también peca contra toda la creación y contra Dios. Y viven en el desorden más total.

No quieran quitar ese desorden con otro desorden, con el desorden de un desarrollo sostenible. Es a lo que se va por la falta de fe de todo el mundo.

El hombre sólo ha sido creado para dar gloria a Dios, no para cuidar la Creación

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«custodios de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos  que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro…todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos » ( 19 de marzo de 2013).

Estos son los delirios de Bergoglio sobre la Creación de Dios.

  • ¿Es el hombre custodio de la creación? No, no lo es. Veamos qué dice la Palabra de Dios:

«y los bendijo Dios, diciéndoles: “Procread y multiplicaos. Y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gn 1, 28).

El hombre ejerce el dominio sobre la creación. No la custodia, no la cuida, no la conserva. La somete y la domina.

  • El hombre no es guardián del otro ni del medio ambiente.

«¿Soy acaso el guarda de mi hermano?» (Gn 4, 9). Bergoglio cree que cambiando el pensamiento, se quita el mal. Si Caín hubiera pensado: “Sí, soy el guarda de mi hermano”; entonces no hubiera matado a Abel.

Pero Caín mata a Abel porque no cumple con el 5 mandamiento de la ley de Dios: «La voz de la sangre de tu hermano está clamando a Mí desde la tierra» (v. 10). No está en la gramática; no está en pensar de manera positiva; no está en quitar los pensamientos negativos, no está en el lenguaje humano.

Todo está en el hombre: cumple o no cumple con la ley de Dios.

«¿Para qué unir el lobo con el cordero? Pues lo mismo es unir al impío con el justo» (Ecle 13, 21). Amar al enemigo de tu alma no es guardarlo en tu corazón, sino que es odiar su pecado y su persona que ama su pecado.

Es lo que hace el Señor:

«El Altísimo odia a los pecadores y a los impíos les hace experimentar su venganza» (Ecle 12, 6).

El Señor odia al pecador, no sólo a su pecado. ¡Qué difícil de predicar es esto, hoy día!

«No digas: “Grande es Su Misericordia. Él perdonará mis muchos pecados» (Ecle 5, 6).

La vida espiritual no son palabritas bonitas, no es una gramática que hay que aprender, sino una obra de fe: hay que convertirse al Señor, hay que arrepentirse del pecado, hay que luchar contra el hombre y sus pecados, y contra todos los demonios, hay que expiar el pecado, para poder permanecer en la verdad.

«Porque aunque es misericordioso también castiga, y su furor caerá sobre los pecadores» (v. 7). Esto es lo que nadie en la Iglesia se atreve a predicar. Nadie quiere escuchar las Palabras de Dios. Nadie quiere la verdad. Todos quieren las fábulas de los hombres. Dios castiga y, por lo tanto, el hombre no puede amar a otro hombre que Dios castiga. No puede. Bergoglio dice que hay que guardar al otro. Pero el Señor enseña lo contrario. No hay que amarlo, hay que tener misericordia del otro. Y eso es darle, ofrecerle una justicia divina.

El amor al prójimo no significa darle un beso y un abrazo, sino una Voluntad de Dios. De esa manera, se guarda la creación del mal del pecado de muchos. Si los hombres hicieran la Voluntad de Dios en el amor al prójimo, la creación no estaría como está. Pero como se busca al prójimo para ensalzar su persona y su vida de pecado (eso es lo que la Iglesia está haciendo con Bergoglio= ensalza su persona y su obra de pecado; no la odia), entonces los hombres se inventan fábulas para arreglar los malos caminos de los hombres en la Creación (ahora, en Roma se han inventado una nueva iglesia, para terminar de destruir lo poco que queda de la Iglesia).

No se puede unir al hereje con el santo. No vivimos para cuidar el medio ambiente; no vivimos para limpiar las babas de Bergoglio, sino para cuidar nuestras almas de muchos lobos que se visten de sacerdotes y de Obispos, como Bergoglio, y que sólo quieren sus negocios en la Iglesia, hablando herejías todo el día.

  • «La misericordia del hombre es para con su prójimo: la del Señor para con toda carne» (Ecle 17, 12).

No hay que guardar el medio ambiente. Hay que tener misericordia con todos los hombres, porque son unos pecadores. Del medio ambiente se encarga el Señor. De los males que el hombre hace en la creación, ya Dios los usa para un bien para todos. Ya Dios se encarga de eliminarlos en la Creación, porque ningún mal puede destruir la obra de Dios.

Lo creado es para el hombre: para su uso, para su usufructo. Lo creado no es para cuidarlo, no es para levantar una nueva iglesia ni un nuevo orden mundial.

La muerte y la destrucción que se ven en el mundo son sólo por el pecado del hombre. No es porque no se cuida la creación, no es porque no se guarda al hermano.

Dios no puso la creación en las manos del hombre: no hay que cuidarla. Hay que dominarla. La Creación sigue estando en las manos de Dios. Y Dios le dio un mandato específico al hombre, concreto: sométela y domínala.

El problema del hombre es que no ejerce ese dominio en la ley del Señor, sino combatiendo las leyes que el Señor ha puesto en la Creación, es decir, pecando contra la creación misma. Consecuencia, no sabe dominarla, sino que es la naturaleza la que lo domina a él.

La Creación sólo obedece a Dios, nunca a los hombres. La Creación es regida sólo por Dios, nunca por los hombres. La Creación es preservada sólo por Dios, nunca por los hombres.

Si los hombres saben ejercer bien su dominio sobre la creación, entonces la cuidan, la conservan como Dios quiere. Saben hacer el bien al otro sin dañar la Creación.

En lo que Dios ha creado «ninguna obra molesta al otro» (Ecle 16, 28). En la creación no hay hambre ni fatiga, nada interrumpe su trabajo, todos obedecen los mandamientos de Dios, las leyes que Dios ha puesto en Ella. (cf. Ecle 16, 26-29).

Si el hombre pasa hambre es por su pecado en contra de la Voluntad de Dios en la Creación.

Si el hombre se fatiga es por su pecado como ofensa a Dios.

No está el problema en la Creación. Todo el problema está en el hombre, que no sabe obedecer a Dios.

Todo en la creación obedece a Dios, menos el hombre.

Dios ha dado un mandato al hombre: domina la creación. El hombre la quiere cuidar para hacer su jardín, su Paraíso. Eso es desobedecer la Voluntad de Dios. Es lo que predica Bergoglio a todas horas: desobediencia a la Palabra de Dios.

El hombre no es el custodio de la creación, sino que es el que somete la creación.

Todo el problema de Bergoglio es haber anulado el pecado original, por el cual el mal entra en toda la creación y el hombre no comprende para qué sirve la creación.

¿Para qué Dios crea el mundo?

Enseña el Magisterio infalible de la Iglesia:

«Este único Dios verdadero por su bondad… creó de la nada a ambas creaturas, la espiritual y la corporal, y después la humana… no para aumentar su felicidad ni para adquirir ésta, sino para manifestar su perfección mediante los bienes, que distribuye a las creaturas…» (C. Vaticano I (D 1783)).

Dios crea el mundo para manifestar su perfección divina. Y lo hace mediante los bienes que Él ha creado: mediante toda la Creación, que da, que distribuye a todas sus creaturas.

Dios no crea el mundo para que el hombre haga un jardín de él: no lo ha creado para que el hombre adquiera una felicidad. Este es el pensamiento de Bergoglio:

«Quisiera invitar a todos a reflexionar sobre… el vigoroso llamamiento al respeto y la custodia de toda la creación, que Dios ha confiado al hombre, no para explotarla salvajemente, sino para que la convierta en un jardín» (27 de julio del 2013).

Lo creado es para el hombre: dado, comunicado por Dios, para los hombres.

Dominando lo creado, en la voluntad de Dios, el hombre manifiesta la perfección divina.

Dios crea el mundo, movido sólo por su bondad divina para manifestar y comunicar su perfección divina, es decir, para Su Gloria:

«Si alguno… negara que el mundo ha sido creado para la gloria de Dios: sea anatema» (D 1805).

Esto que enseña el Concilio es un dogma de fe: está contenido en la Sagrada Escritura y enseñado en la Iglesia para ser creído.

El mundo ha sido creado por Dios, a causa de Dios, como fin, no por necesidad, no para darle al hombre una gloria humana, no para que el hombre haga un Paraíso en él, no para que el hombre sea feliz en su vida humana (no para disfrutar la creación), sino por la bondad de Dios, el cual ha querido manifestar su Perfección en orden a su Gloria.

El mundo es para manifestar la gloria de Dios. Este es el fin de la Creación.

Dios es el fin del mundo:

«Yo soy el alfa y el omega…el principio y el fin» (Ap. 22, 13).

«¿Quién le vio primero, que tenga derecho a la recompensa? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos» (Rom 11, 36).

No es el hombre el fin del mundo: todo lo que hace el hombre en el mundo debería ser para dar gloria a Dios, no para darse gloria a sí mismo. No para hacer un jardín. Así viven muchos hombres: usando la creación para su gloria humana. Y, de esta manera, opacan, ocultan la gloria de Dios. Usan lo creado en contra de la Voluntad Divina, para su negocio humano, para su nueva iglesia ecuménica, para un nuevo orden mundial.

Lo creado es para el hombre: para que el hombre lo use manifestando las perfecciones de Dios. Por eso, es necesario usar lo creado en la Ley del Señor, no en contra de Su Ley.

Dios crea, no porque necesita la creación, no porque las creaturas sean útiles:

«¿Tiene algún interés Dios por tu justicia? ¿Gana algo con que seas intachable?» (Job 22, 3).

A Dios no le interesan ni los pensamientos ni las obras de los hombres. Dios no ha creado al hombre para que el hombre continúe la obra de la creación, sino para que el hombre manifieste, en toda su vida humana, la gloria de Dios, la santidad, la perfección de Dios.

Pero así no viven los hombres. Los hombres viven buscando la evolución de sus pensamientos humanos para construirse un Paraíso en la tierra.

«Dije al Señor: “Tú eres Mi Dios puesto que no necesita de mis bienes”» (Is 1, 11).

Dios no necesita que los hombres cuiden la creación, cuiden los bienes creados por Dios.

Dios no necesita las obras humanas que los hombres realizan en la Creación para cuidarla de alguna manera.

Tú eres Mi Dios porque eres todo para mí, no porque te doy algo. Dios no quiere tus ideas, ni tus obras, ni tu vida, ni tu ciencia, ni tu progreso, ni tus sueños, ni tus utopías, ni nada de nada.

Dios no quiere que cuides a los otros ni al medio ambiente. No te ha creado para eso.

Lo creado es para el hombre; el hombre es para Su Creador.

Dios quiere que domines al hombre y a su Creación. Sólo así das gloria a Dios en la Creación.

Para eso es la Jerarquía de la Iglesia, para eso es el gobierno de Dios, para eso es la Iglesia: para que domine al mundo, para que someta a los hombres a la verdad Revelada. Dios no ha levantado una iglesia para que el mundo la domine, para que se someta a las mentes y obras de la gente mundana. Dios no quiere una Iglesia para el mundo, que abarque a todo el mundo. Eso no existe.

Dios quiere una Iglesia para Su Hijo, porque la Iglesia es Cristo. Y Cristo no es el mundo. Cristo es el que combate el pecado del mundo, el que quita el pecado del mundo.

Hay una sola verdad que hay que obrarla en lo que Dios ha creado.

Toda la obra del demonio es destruir la obra de la Verdad en la creación. El hombre, que sigue a Dios, es el encargado de poner esta obra de la verdad. Y, para eso, tiene que ejercer el dominio sobre la mentira, sobre los hombres pecadores que viven en sus pecados y que no quieren someterse a la Verdad. Ejercer el dominio. No dar un beso y un abrazo a un maricón.

No hay que guardar a los hombres, al prójimo. Hay que dominarlos, hay que someterlos a la verdad, hay que juzgarlos: hay que darles una Voluntad Divina. Así se ejerce el dominio, el gobierno. Y así se cuida toda la creación: enseñando, gobernando y poniendo el camino de la verdad a los hombres.

Hay que salvar almas; lo demás, Dios se encarga de cuidar la creación, de que los hombres tengan para comer, para vestirse, de que el demonio no destruya lo que Él ha creado.

Pero los hombres prefieren su vida de pecado y convertir su existencia humana en un proyecto diabólico: la ecología.

«Dios…, que es el Señor del cielo y de la tierra, no habita en santuarios fabricados por mano de los hombres; ni es servido por manos humanas, como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el alimento y todas las cosas» (Hchs 17,24s).

Dios sólo habita en un corazón despojado de todo: un corazón humilde que sólo está pronto para hacer Su Voluntad. Dios no necesita de otra cosa del hombre. Dios no quiere ningún progreso del hombre. A Dios no se le sirve con manos humanas, con obras humanas, con vidas humanas, con filosofías humanas, con teologías humanas.

Dios no quiere un nuevo orden mundial, ni una iglesia que sirva para todo el mundo, para todas las inteligencias de los hombres. Dios no quiere el ecumenismo barato que predica Bergoglio y los suyos. En ese ecumenismo, la Iglesia es dominada por la mentira, por el error, por la herejía. En ese falso ecumenismo, la Iglesia no somete ni domina con la verdad Revelada.

«¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? – dice Yahvé. Harto estoy de holocaustos de carneros…» (Is 1,11).

¿A mí que me importa vuestro ecologismo?

¿Es el número de los hombres en el planeta el gran problema de la humanidad?¿O son los estómagos de los que pasan hambre el causante de las crisis económicas?

¿Se va a acabar el alimento porque son muchos los hombres o porque los hombres derrochan sus dineros?

¿O todo está en el problema de la contaminación?

¿Un mundo finito sólo puede sostener a una población finita?

¿Hay que hacer menos hijos para preservar el medio ambiente y permitir la vida del hombre, y así no contaminar la creación?

¿Puso Dios límites a su Palabra: «procread y multiplicaos»?

¿De qué manera quiere el hombre limitar la Palabra de Dios para vivir cuidando el medio ambiente? ¿Hay que cuidar el cuerpo antes que el alma? ¿Vale más un trozo de pan que la verdad para la mente y el corazón del hombre?

¿Si son pocos los hombres entonces todos tendremos para comer? ¿Entonces ya no habrá más contaminación del medio ambiente? ¿Entonces se resolverán los problemas económicos? ¿Ya se acabarán las esclavitudes, las guerras, las matanzas, el hambre?

¿Es necesario un nuevo gobierno mundial para que unos pocos consigan este jardín ideal para todos?

¿Es necesario una nueva iglesia ecuménica en la que el dogma no discrimine a los hombres, y así todos puedan participar de este Paraíso?

¿Es más importante en la vida el medio ambiente que los hijos, que la Palabra de Dios que manda, que obliga a hacer hijos?

Si Dios manda hacer hijos, ¿no va a dar, no va a proveer al hombre, en ese mandato, con todo lo necesario para la vida material, humana, natural, de esos hijos?

El hombre ha dejado de creer en el dogma de la Providencia Divina. El hombre quiere ser él mismo la providencia para sí mismo.

Pero, ¿qué se creen que es Dios?

¿Qué creen que es la Creación de Dios?

¿Un juego de Dios? ¿Un pensamiento del hombre? ¿Una gramática bien dicha? ¿Una ley de la gradualidad?

«La fe, además, revelándonos el amor de Dios, nos hace respetar más la naturaleza, pues nos hace reconocer en ella una gramática escrita por él y una morada que nos ha confiado para cultivarla y salvaguardarla» (LF, n. 55).

Esto es el «designio de Dios inscrito en la naturaleza», que dice Bergoglio: una gramática escrita por Dios.

No es la Ley Eterna lo que está inscrito en la naturaleza. No es una vida divina, una norma de moralidad. Es una gramática, un lenguaje humano que el hombre tiene que desarrollar, tiene que ir evolucionando para que se pueda poner en obra la felicidad para todos los hombres, el jardín que tanto predica Bergoglio. Esa gramática es la ley de la gradualidad. Esta es su memoria fundante, es decir, su fe masónica.

Por eso, Bergoglio habla de cuidar la creación: hay que cuidar esta gramática.

Los teólogos ecologistas, por la boca de ese blasfemo de Boff, lo dirán de esta forma:

«Por último, tal concepto de ley natural no deja espacio suficiente a la libertad humana querida por Dios. Mediante ella el ser humano prolonga el acto creador de Dios, administrando la naturaleza y trascendiéndola. El ser humano pasa de modo continuo de una situación existencial dada por su nacimiento y por la cultura ambiente (por naturaleza) a una situación que él crea con su libertad, mediante la cual él se define a sí mismo y plasma el mundo. Solamente en esa libertad el ser humano se torna él mismo. Además de eso, hay que considerar que la naturaleza está siempre en proceso. Nunca está acabada. Está abierta al futuro de Dios y a los enriquecimientos de la evolución. Bíblicamente la verdad de la naturaleza no es tanto el que ella exista, cuanto aquello a lo que ella está llamada a ser en el plano de Dios, que progresivamente se va realizando en la historia por su propia fuerza interna y por las intervenciones del ser humano». (Boff, La dignidad de la tierra).

Este es el pensamiento de Bergoglio. Su escrito sobre la ecología está tomado de Boff.

  1. La ley natural no es inmutable;
  2. La libertad del hombre está por encima de la ley natural;
  3. El hombre, con su libertad, crea como Dios crea: continúa la obra inacabada de Dios;
  4. Por tanto, la obra de la creación no está cerrada, sino abierta a las sorpresas de Dios;
  5. Todo está en la evolución de la creación. Nada es dogma; nada es inmutable. Dios no creó de la nada, sino de él mismo: la persona humana es sagrada y, por tanto, todos somos hijos de Dios y hermanos entre sí.
  6. La verdad de la creación no está en ella, sino en lo que obra el hombre, en la evolución del pensamiento, en la ley de la gradualidad;
  7. Todo está en las fuerzas de la naturaleza, en la energía de la mente (piensa en positivo: sé el guardián de tu hermano, no lo juzgues), en la frenética actividad de los hombres.

La Creación es una obra divina donde se realza sólo la Gloria de Dios. No es una obra humana. El hombre no continúa la obra de Dios. Dios acabó su obra cuando la creó. El demonio metió su pata: puso un desorden en la creación. Dios sigue obrando en lo creado y nadie lo detiene, ni siquiera la mala pata del demonio. Dios lleva la creación hacia donde Él quiere: no hacia donde el hombre piensa o el demonio obra dentro de Ella.

El hombre vive en una opción, en una selección: o el hombre o la naturaleza. O seleccionamos las especies útiles y los fenómenos naturales adecuados para que la naturaleza permanezca en su equilibrio o dejamos que el hombre intervenga en toda la creación alterando la armonía de ésta.

Este es el pensamiento de muchos. Un pensamiento contrario al dogma católico.

O hacemos aquí un jardín, un paraíso, o se acaba el mundo por el hombre. Y, para hacer un paraíso, es necesario un nuevo orden mundial, una nueva iglesia ecuménica. Por aquí va el ecologismo.

Es lo que predica Bergoglio:

«Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no sólo al inicio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; quiere decir hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos […] Nosotros en cambio nos guiamos a menudo por la soberbia de dominar, de poseer, de manipular, de explotar; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar. Estamos perdiendo la actitud del estupor, de la contemplación, de la escucha de la creación» (5 de junio de 2013).

«no la consideramos como un don gratuito que hay que cuidar»: Bergoglio, ¡que siempre metes la pata cuando hablas!

La creación es un don gratuito de Dios que hay que dominar: «sometedla y dominad». No es un don para cuidar. El hombre tiene que cuidar su alma del pecado. No tiene que cuidar una creación maldita por el pecado.

«Estamos perdiendo la actitud del estupor, de la contemplación, de la escucha de la creación»: escucha la voz de la naturaleza. Esto es el budismo, el tantra, la nueva era….el culto a la naturaleza.

El católico escucha la voz de Dios y se deja de tanta tontería de Bergoglio, que sólo habla para esto:

«que todos asumiéramos el grave compromiso de respetar y custodiar la creación, de estar atentos a cada persona, de contrarrestar la cultura del desperdicio y del descarte, para promover una cultura de la solidaridad y del encuentro» (5 de junio de 2013).

Su nuevo escrito sobre la ecología es eso: para promover la cultura de la solidaridad (la fraternidad, el amor al prójimo por encima del amor divino) y la cultura del encuentro (sé el guardián de tu hermano maricón, del ateo, del hereje, del cismático, del que te roba, del que te difama, del que te pone la zancadilla. Tienes que encontrarte con la creación, no con Dios).

La naturaleza refleja la Gloria de Dios, no las fraternidades ni los encuentros de los hombres

«Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal 19, 2).

No necesitamos las estupideces de Bergoglio para ser Iglesia. Nos basta la Palabra de Dios. No necesitamos a Bergoglio para pertenecer a la Iglesia verdadera. Bergoglio no define el camino de la Iglesia, sino que está levantando una nueva ignominia a Dios, en la que todos aplauden a un maldito como su salvador.

Que el Señor trate a Bergoglio y a todos los que le obedecen «conforme a sus obras, conforme a la malicia de sus acciones; que les retribuya conforme a la obra de sus manos, dándoles su merecido. Porque no atienden a las obras del Señor, a la obra de sus manos. ¡Derríbalos y no los edifiques!» (Sal 28, 4-5).

La Justicia de Dios, muy pronto, se verá; primero en Roma, y después, en todas las parroquias del mundo. Todo empieza en la Iglesia y termina en el mundo. Primero, la guerra en la Iglesia; después el inicio de la tercera guerra mundial. La nueva iglesia, que Bergoglio está levantando, será derribada por la mano del Señor muy pronto.

Sin la Verdad Absoluta, cualquier error guía el pensamiento humano

todoloqueviene

Dios es la primera y suma verdad, es decir la Verdad Absoluta, que no cambia, que siempre es Verdad, es eterna, permanece como Verdad y sólo se apoya en Sí Misma.

Hablar de la Verdad Absoluta es hablar de Dios. Y negar que exista la Verdad Absoluta es negar que exista Dios.

«Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad «absoluta», en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación!» (texto)

Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad «absoluta: El creyente no puede creer en la Verdad Absoluta. Luego, la fe del hombre es siempre algo humano, nunca algo divino. No es un don de Dios, es el invento de la cabeza de cada hombre.

Lo absoluto es aquello que es inconexo, que no tiene una conexión, una salida, un camino, una relación. Es decir, no existe lo absoluto. Luego, no existe el ser Absoluto, que es Dios. Si Dios existiera como absoluto no habría un camino para llegar a Él. Luego, Dios existe como verdad relativa; es decir, cada hombre se inventa su dios, su concepto de Dios, su concepto de iglesia, su concepto de Cristo, etc. Francisco se carga a Dios, lo anula en una frase.

a. Consecuencia: cuando Francisco habla de Dios, está hablando de su concepto humano de Dios, de su lenguaje humano sobre Dios. Nunca habla del Dios verdadero, porque no es capaz de creer en Él: no existe.

b. Otra consecuencia: si Dios no existe, entonces Dios no habla y la Revelación Divina, el Evangelio, la Biblia, es el invento de los hombres, es la creación de las diversas mentes humanas a lo largo de la historia.

c. Otra consecuencia: Si Dios no ha Revelado nada, entonces no existe la Iglesia. La Iglesia es sólo el invento de la cabeza de Jesús, que es un hombre, una persona humana, pero que no es Dios, para Francisco.

d. Otra consecuencia: la salvación o la condenación de los hombres es sólo un lenguaje de la época. No es un lenguaje actual. Hoy día, es necesario predicar otras cosas y dar a esa salvación y condenación otro punto de vista, más acorde a lo que los hombres viven. Hay que salvar estructuras que sirvan para la vida de los hombres y condenar aquellas que impidan que los hombres se desarrollen. Y, por eso, dice:

«Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular» (ibídem). Hay que salvarse en una estructura adecuada: en aquella en que se da una serie de relaciones adecuadas entre todos los hombres. Dios salva al hombre que hace comunidad, que hace pueblo, que hace una sociedad, un gobierno, una estructura. Dios no salva al hombre solo. Y, por eso, es necesario crear estructuras que salven a los hombres, crear iglesias en la que entren todos los hombres. No se puede tener una Iglesia dogmática, universal, porque en ella no se salvan todos los hombres, sino unos pocos.

«El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia, por tanto, para mí quiere decir estar en este pueblo. Y el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina» (Ibidem).

a. El alma no es el sujeto de la salvación ni de la santificación. El alma no es el sujeto del Reino de Dios. El alma no es el sujeto de la Iglesia. Es el pueblo, la comunidad, un conjunto de hombres: esto es el populismo o marxismo.

b. La Iglesia es ese conjunto de hombres en la historia: Jesús no fundó una Iglesia divina, sino una asociación de hombres de acuerdo a la situación histórica que le tocó vivir. Y, por eso, ese grupo de hombres fue creciendo hasta convertirse en la Iglesia de hoy, que ya no sirve a la mentalidad moderna, y que hay que cambiarla. Busquemos nuevos caminos para la Iglesia, nuevas formas de vivir el lenguaje humano sobre la Iglesia.

c. Si no sientes con el pueblo no eres Iglesia. Si buscas tu salvación, tu santificación, no eres iglesia. Si no cargas con los problemas económicos de tus hermanos, no eres Iglesia. Si no llenas estómagos, no eres iglesia…

Consecuencia: se niega la fe en la persona humana y se pone la fe en un pueblo. Si el pueblo cree, entonces hay que obrar. Si el pueblo no cree, entonces no hay que obrar. Lo que importa es lo que cree la mayoría, no una minoría, no una clase social, no una Jerarquía. Hay que votar para ver lo que la mayoría de las personas quieren en la Iglesia. Votemos para que los homosexuales puedan casarse o para que las mujeres sean obispos, o para que los sacerdotes se casen, etc.

La verdad es el amor de Dios hacia los hombres en Jesucristo: esto es el gnosticismo. Es la idea gnóstica de la verdad. Al ser la verdad una relación, el hombre tiene que buscar una conexión entre Dios y el hombre: Jesucristo. Y, por tanto, hay que amar a Jesús. Ésa es la verdad. No hay que cumplir con unos mandamientos, porque no existe la Revelación Divina. Jesús no enseñó a Sus Apóstoles una doctrina absoluta, eterna, permanente, que no puede cambiar ni en los tiempos, ni en los espacios de los hombres. No hay que detenerse en los dogmas, porque son sólo un lenguaje humano que ha servido en una época. Ahora, eso no sirve. Ahora, lo que sirve es amar a Jesús. Eso es lo que importa. Que todo el mundo permanezca en sus iglesias amando a Jesús. No hay que convertir a nadie al catolicismo. Esto es lo que Francisco no se harta de predicar todos los días. Y, como hay que amar a Jesús, entonces todos somos iguales, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios.

«El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo» (texto).

Este es el gran error de Francisco, en el cual cae por negar la verdad Absoluta, y al poner la verdad en el amor de Dios: cada ser humano es hijo de Dios. Grandísima herejía. Por eso, él dice que los homosexuales son hijos de Dios.

Francisco no puede discernir la Verdad de la Creación de la Verdad del pecado original. Para él no existen estas dos verdades y, por eso, proclama su herejía.

1. La Verdad de la Creación dice que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza: Adán y la mujer fueron creados hijos de Dios.

2. La verdad del pecado original dice que Adán y Eva dejaron de ser hijos de Dios y se convirtieron en hijos del demonio.

Esta verdad, que es espiritual, es negada constantemente por Francisco. Son dos verdades absolutas. Al negarlas, tiene que negar la Obra de la Redención humana por Cristo. Para Francisco, en Cristo todos somos hijos de Dios de nuevo. Es el renacer, la Resurrección. Es la vuelta al principio. Y, por eso, en cada hombre está el rostro de Cristo: «en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo» (ibídem). Todos los hombres son cristianos porque aman a Cristo como ellos lo piensan, lo sienten, lo ven. Según cada cual, en su vida, vea a Jesús, así se transparenta en su rostro. Es el puro gnosticismo. Ser de Jesús no es pertenecer a la Iglesia Católica: el fundamento de la dignidad humana no está en ser de un grupo religioso. La moral católica no te hace ser un digno ser humano. No; no te equivoques. Es la moral del mundo lo que te hace ser un digno ser humano: en ser de la humanidad, en ser del pueblo de Dios, en ser del mundo. Y, por eso, hay que construir un mundo mejor, no hay que construir una Iglesia mejor:

«¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado» (Ibidem). Hay que custodiar la Creación, no las verdades de fe, no los dogmas, que son concepciones abstractas. No custodies el Reino de Dios. Custodia el mundo, que es del demonio. Custodia las obras del demonio en el mundo. No te dediques a hacer oración y penitencia por tus pecados, dedícate a ser un hombre verde: posee la ideología ecologista. El pecado está en que se violan los derechos humanos y ambientales de los hombres, porque la riqueza está mal distribuida, porque los recursos de la tierra están mal repartidos. Hay que buscar un bienestar social y económico que sean para todos los hombres, no para unos pocos. Hay que dedicarse a dar de comer, a vestir hambrientos, a poner hospitales, a establecer medios informativos en que todo el mundo aprenda a errar, a mentir, a engañar. Que cada uno dé su herejía y que el otro la respete como herejía, como un valor, un bien que aprovecha a todo el mundo, porque hay que ser fraternos con todo el mundo, hay que dialogar con todas las sectas para aprender una verdad relativa, la que a ti te guste. Tienes que amar a los animales, a las plantas, a todo lo Creado, porque no está maldito. Es una gran bendición lo que Dios ha hecho, pero los hombres, como viven en sus culturas del rechazo, tienen que aprender a vivir en las culturas del encuentro, tiene que aprender la virtud de la solidaridad fraternal. Y, así, todos contentos, bailando, comiendo, disfrutando de la vida, nos vamos al infierno, porque nadie se ocupa de quitar el pecado de sus vidas: «En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor» (Ibidem).

Con Francisco, todo es cuestión de culturas, pero no del pecado. Quita una cultura, quita una estructura que no sirve, y pon otra, más adecuada a la vida de los hombres. Francisco trabaja con el lenguaje humano, para llegar a los hombres, y así engañarlos con su protestantismo y comunismo.

Como Francisco niega la Verdad Absoluta, tiene que negar la certeza de que Dios habla al hombre y que el hombre lo encuentra:

«Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien… Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda». (texto)

• Algo no va bien cuando los hombres siguen el dogma, la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia. Algo no va bien cuando cumples con los mandamientos de Dios, que te ponen en un camino sin certeza. Tienes que dudar de los mandamientos de Dios para que todo vaya bien. Y, entonces, pueden pasar a comulgar los que fornican. Los ateos se salvan porque creen en su conciencia. Hay que bautizar a los hijos de las parejas lesbianas, homosexuales… Si no dudas es que vas mal. La duda es el camino de la Verdad.

Consecuencia: Cualquier pensamiento humano es verdadero si lleva una duda, un error, un engaño, una mentira, una falsedad. Todos piensan bien la vida, con tal de que duden siempre. Esa duda les llevará a la perfección del entendimiento humano. Duda y acertarás.

Consecuencia: Toda obra humana que venga de una duda es buena. Toda obra humana que nazca de una mentira, de un error, es buena. Todo pecado es un valor, un bien, un camino para el hombre.

Consecuencia: no puede darse ni la misericordia ni la justicia divina. Sólo es posible una misericordia falsa, según el lenguaje humano de cada hombre. El hombre, al dudar, no es capaz de ver su pecado y, por eso, Dios lo salva sin más, a pesar de sus dudas, a pesar de sus pecados. Peca fuertemente y estás salvado. Pecar te salva. Es el protestantismo.

Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda: Todos los Papas en la Iglesia han dudado de todo. Nunca han hablado con la verdad Absoluta. No son posibles los dogmas. Los dogmas son sólo el lenguaje de los hombres. Y, en ese lenguaje, hay dudas, hay errores. Un dogma es un error y, por tanto, hay que corregir ese error, poniendo otro lenguaje humano, que haga salir de ese error, de esa duda. Hay que cambiar los dogmas, porque no son absolutos, sino relativos a las circunstancias de las vidas humanas. Cada época tiene sus dogmas.

Consecuencia: no existe nada. Sólo lo que los hombres piensan y deciden en cada momento de sus vidas. La vida es según el color del lenguaje que cada hombre usa para vivirla.

Al no existir la Verdad como un entendimiento absoluto, entonces no se da la doctrina como tal, sino el lenguaje de la doctrina. Si la verdad es una relación, entonces la mente expresa esa verdad de acuerdo a un lenguaje humano, que puede ser múltiple y cambiante según los tiempos y las circunstancias de la vida. Y, entonces, Francisco enseña:

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano» (EG n- 41).

Está negando que se pueda predicar siempre lo mismo: Jesús es Espíritu, Dios es Uno y Trino, existe el pecado. Hay que predicar con otro lenguaje distinto: Jesús no es Espíritu, pero es Hijo de Dios. Existe Dios, pero no el Dios de los Católicos. Dios es Abba, y Jesús es la encarnación de ese dios. No existe el pecado, sino los males sociales, y hay que buscar una razón, una ley, para que desaparezcan esos males. Hay que hacer un comunismo, un negocio económico en la Iglesia y en el mundo, porque ya no se sostiene la economía. Hay que buscar nuevos caminos para la Iglesia. No ya los dogmáticos ni los tradicionales, porque ya la gente no vive la moda del dogma, sino que vive otro tipo de moda en su lenguaje.

«De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio» (EG – n 42).

Niega el Magisterio Auténtico de la Iglesia: la gente no comprende lo que los Papas han dicho. Hay que llegar a todo el mundo, no sólo a la Iglesia Católica. Y, entonces, hagamos un magisterio amoroso, cariñoso, sentimentaloide, que guste a todo el mundo, que sea testimonio de lo que los hombres hacen en el mundo.

Así habla Francisco: y siempre es igual. No cambia. Un hombre que no puede dar la verdad nunca, sino siempre el error, la mentira, la duda, el engaño, la ignorancia supina de todas las cosas.

El problema de este hombre es que cree en su ignorancia: la ve como buena, como una sabiduría que todos tienen que seguir. ¡Qué bonito es lo que dice Francisco! Esta es la estupidez del pueblo de Dios. No saben pensar su fe católica. Sólo saben bailar con un hereje. Y gritarle, y darle palmas, y decirse a sí mismos: que buenos y santos somos porque tenemos un Papa del mundo, de la sociedad, que entiende bien nuestras lujurias de la vida.

Francisco es un hombre sin verdad, sin norte, sin camino. Es un hombre que no sabe andar poniendo a las almas la norma de la moralidad, de la ley divina. Sino que sólo da al alma el camino propio del demonio: crecer en la inteligencia humana para abarcarlo todo y vivir, después, según ideas generales, comunes, universales, globales. Francisco nunca hace caminar hacia la santidad, sino que siempre arrastra hacia la condenación. No hay en su lenguaje humano una Verdad Absoluta. Todas son verdades relativas, verdades humanas, verdades a medias, verdades sin sabiduría del Cielo. Y, por tanto, Francisco sólo puede hablar la herejía y conducir al cisma de manera irreversible. No es posible seguir a Francisco y salvarse. Quien le obedece absolutamente se condena. Porque es la Verdad la que libera. Y este hombre no sabe decir una Verdad bien dicha, sin poner su mentira, su duda, su error, su ignorancia, su maldad cuando habla.

Francisco en la búsqueda de un gobierno mundial

maria3a

C. – «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos» (Evangelium gaudium – n 206).

I. «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero».

a. El oikos (griego:οἶκος, plural: οἶκοι) es la palabra griega que significa casa;

b. El nomos (griego: νόμος, en plural νόμοι) es la palabra griega que significa ley.

c. Oikonomia: significa la ley de la casa, la administración de la casa, el orden en la casa.

La creación es una economía divina: en ella se refleja la Ley Eterna, la ley divina, la ley natural. Todo está administrado por esta Ley Eterna, en que Dios ordena todas las acciones, tanto humanas como no humanas, hacia su fin.

En la Creación, cada criatura está ordenada a su propio acto y a su perfección. Es una ordenación divina: es la ley natural que Dios ha puesto en todo lo creado. Existe la Jerarquía de seres, en que los seres menos nobles se subordinan a los más nobles: los seres inferiores están bajo el hombre.

Cada criatura tiende a la perfección del universo. Y todo el Universo, con cada una de sus partes, está ordenado a Dios como a su fin.

Y en la Creación está la ley divina, que es lo que Dios ha revelado al hombre, y que debe cumplir para que todo permanezca en el orden divino.

El pecado de Adán produjo un desorden en toda la Creación. Y ese desorden trajo la Maldición de Dios sobre lo creado. Es una maldición en el ámbito moral, no en el ámbito de lo Creado. Lo creado sigue siendo bueno, pero no le sirve al hombre para alcanzar su fin.

Para que todo lo creado vuelva a su ser, era necesaria la Obra de la Redención. Con la Gracia, el hombre aprende a usar lo creado para Dios, a poner orden divino en la Creación.

Por tanto, la economía es un orden divino para un bien común. Ese bien común es diverso: el bien de una familia, el bien de una economía, el bien de la Iglesia, el bien de una política, el bien de una estructura social, etc. Pero nunca es el bien del mundo entero.

Hablar así supone negar el pecado original y ver la creación como buena, pero que los hombres la dañan por causas que no son el pecado como ofensa a Dios.

Decir que la economía es el arte para administrar la casa común, que es el mundo entero, es estar hablando del nuevo gobierno mundial, en que se quiere hacer una economía que funcione para todo el mundo, para todas las familias, para todas las políticas, para todas las Iglesias, etc. Y esto es un imposible, un absurdo, la negación de la Verdad de la Creación.

Es imposible hacer una economía que funcione para el mundo entero, porque:

• El mundo no pertenece a Dios, sino al demonio y, por tanto, no se rige por las leyes divinas, por un orden divino, moral, natural (el mundo debe ser comprendido en el orden moral, no en el orden de la Creación);

• El hombre es anterior al Estado y, por tanto, es antes la propiedad privada que la propiedad social; es antes la familia que la sociedad civil (cf. Pío xI Quadragesimo anno). Y, en consecuencia, se vive para el hombre, no para el mundo entero; se vive para una familia, no para todas las familias. Es antes el hombre que el mundo entero. Hay que legislar para el hombre, no para una globalización, no para un ente abstracto, sin personalidad, sin vida, regido sólo por leyes humanas para una masa impersonal de gente.

• Es necesario hacer desaparecer el Estado en donde se cree una estructura que administre cosas, pero que no gobierne a las personas. La gente, la masa de gente es la dueña de toda la humanidad, para vivir, para planificar lo que la masa quiera. Es aniquilar también al hombre para poner una voluntad para todos, un poder de todos, una inteligencia en todos. Es decir, un imposible, una utopía, un absurdo. Porque por más que se quiera imponer la masa, el hombre sigue siendo libre por Creación. Y siempre el hombre va a decidir sin la masa, sin hacer caso a la mayoría, a la opinión pública, al juicio de los hombres.

Cuando Francisco está hablando de una economía que administre el mundo entero, está indicando el plan del comunismo sobre un nuevo orden mundial. Y está yendo, en consecuencia, contra toda verdad en el hombre.

Cuando se habla de una administración del mundo entero, se está hablando de controlar la Creación divina. Administrar no sólo lo creado, sino la Creación, es decir, ponerse en el puesto de Dios y poner leyes adversas, contrarias, a la ley eterna, natural y divina. En muchos países ya se legisla en contra de la ley natural y la ley divina. Pero no pueden tocar la ley eterna.

II. «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común». Este es el ecologismo de Francisco: todo mal en la creación, en el cosmos, repercute, influye en todas partes. Es el mal social, el mal de muchos, el mal en una comunidad, el mal en una sociedad, el mal que se produce por muchos en la atmósfera, en las ciudades, en los pueblos. Y, por tanto, hay una responsabilidad común, de todos. Es el amor a la Creación puesto por encima del amor a Dios y el amor al hombre. Y, por tanto, como se hace un daño a la Creación, todos son culpables. Y, entonces, como en los países hay economías que matan, que excluyen, que discriminan, eso pasa a todo el mundo, a todo lo creado. Y todo el mundo debe tomar conciencia de ese mal común.

Dos cosas anula aquí Francisco:

a. El dogma del pecado, como acto personal que se realiza en contra de Dios

b. Los mandamientos de la ley de Dios, que son la base para el amor a Dios y al prójimo.

c. En consecuencia, queda un amor a lo creado, un amor natural, que todo hombre posee y que debe ser la guía de su vida. Si no se ama lo creado, entonces eso repercute en toda la Creación.

i. Este amor a lo creado viene de la idea de que todos los seres vivos están unidos, se relacionan entre sí. Y lo que a uno le pasa, se comunica, se irradia al otro. El bien o el mal de uno es el de toda la creación. Y en la creación, no existe tal unión, sino la subordinación de unos seres a otros. Existe una Jerarquía de seres, no una comunidad de seres.

«En las partes del universo, cada creatura es por su propio acto y perfección. En segundo lugar, empero, las creaturas inferiores son por las más nobles […], y cada una de las creaturas es por la perfección de todo el universo. Finalmente, todo el universo, con cada una de sus partes, se ordena a Dios como el fin, en cuanto la divina bondad se refleja en ellas por cierta imitación para la gloria de Dios» (Aquino, Tomás de. S.Th., q.65, a.2).

Dios ha puesto su ley eterna en la Creación. Y ésta posee un fin divino. Todas las criaturas obedecen a este fin divino en la Creación. Lo que obran en ella es siempre bueno. Porque la creación es la manifestación del orden con que Dios conduce todos los seres hacia sus fines propios y hacía sí Mismo como último fin. Dios, todo lo ha creado, para Él Mismo. Todo tiende hacia Dios.

Todos los seres inferiores al hombre: minerales, vegetales, animales irracionales están subordinados entre sí y según sus naturalezas. Son una Jerarquía con un fin propio en cada ser, pero ordenadas para un bien común, para un bien en la Creación.

Y, por tanto, cuando un animal mata a otro, no produce ningún daño a la creación, porque está obedeciendo la ley que Dios le ha puesto en su especie, una ley natural para un instinto de supervivencia. Y es una ley regida por la dependencia de unos seres hacia otros.

Estos seres inferiores están subordinados al hombre y, por tanto, son medios que el hombre tiene para alcanzar su fin. Si el hombre no sabe usar estos seres, entonces produce un daño en la Creación. Un daño moral: la crueldad contra el medio ambiente y contra los demás seres, que están al servicio del hombre, son causa de otros males por el pecado del hombre.

Por tanto, matar los animales para un fin que Dios ha puesto en el hombre (vgr. alimentarse, vestirse, etc) eso no repercute en la Creación, no daña lo creado. Pero matarlos por otros fines distintos a los que el hombre tiene, que son moralmente malos, entonces daña la Creación.

El que haya personas que sean pobres, que pasen hambre, no daña la Creación. Una economía de mercado si se rige por la ley divina, entonces no produce ningún daño moral. Cuando esa economía de mercado pasa los límites de la ley divina, de la moralidad, entonces daña la Creación y repercute en el hambre de algunas sociedades.

El pecado es el que se irradia en toda la Creación, es el que repercute en Ella. Pero decir: «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo» es una blasfemia. Francisco no sabe distinguir entre un acto económico moralmente malo y otro bueno. Todo lo engloba y dice una aberración: una fábrica que gaste millones en un producto bueno repercute en todo el planeta. Esto es algo sin sentido. Esto es el ecologismo.

Sólo los actos morales del hombre repercuten sobre su vida y la de los demás: es decir, los actos virtuosos y los actos pecaminosos. Los demás actos, no son nada en el Universo. Son actos de los hombres, actos carnales, actos materiales, etc., pero que no dañan la creación.

La Creación está dañada sólo por el pecado, no por los males o bienes de gran envergadura. Y, por tanto, cada persona tiene responsabilidad de su pecado o de su obra virtuosa. Pero ningún gobierno es responsable de actos no morales de los hombres.

Lo que daña la creación es el uso indebido de ella y, por tanto, se talan árboles, se eliminan especies, se trastoca la capa de ozono, se contaminan los ríos, se usa el dinero para fines de corrupción moral, etc., por el pecado de cada hombre, por un daño moral, pero no por un daño físico.

El hombre quiere controlar la creación, quiere meterse en el misterio de la vida, y entonces comienza a hacer daños morales. Y eso es lo que daña todo. Pero se daña no sólo por el pecado de cada hombre, sino por la maldición que la tierra tiene por el pecado de Adán: «Maldita Adán, la tierra, a causa tuya». Esa maldición de la creación influye en toda la vida de los hombres. Y, como el hombre ha crecido en su pecado de soberbia y quiere ser el dueño de lo Creado, sin la sabiduría divina, entonces la creación se vuelve contra el hombre. Es la ley Eterna, que rige todo lo Creado al margen de lo que piensen u obren los hombres.

Y el hombre quiere arreglar el mal que él ha hecho con su pecado, con una doctrina aberrante: antes de que nos quedemos sin alimento, sin vida en la tierra, entonces cuidemos la creación y busquemos un gobierno mundial para esto.

III. «De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos».

Es que no se puede alcanzar una sana economía mundial. Es necesario legislar desde el hombre, para la vida del hombre, para la vida de las familias, para la vida de las clases sociales, para la vida de los países, pero no para la vida del mundo entero. Esta es la aberración. Se habla para nada, para una utopía, para decir esta injuria a la Iglesia:

«Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (Evangelium gaudium – n 207).

Es claro el pensamiento comunista de este hombre, que no sabe nada de la doctrina social de la Iglesia. Como la Iglesia no se ocupa de los pobres, entonces es corrupta. Hasta aquí baja Francisco en su pensamiento. Hasta aquí se rebela contra la Iglesia, contra la Verdad que posee la Iglesia. Y se cree con autoridad y con sabiduría para decir estas palabras.

Aunque la Iglesia hable su doctrina social, y combata contra el mundo y los gobiernos, que ponen leyes en contra de los mandamientos divinos, eso no sirve para nada. Eso es causa de destrucción de la misma Iglesia, porque no se ocupa, de forma creativa, con eficiencia humana, de los pobres. ¡Comunismo! ¡Comunismo! ¡Comunismo! La Iglesia es infecunda en su doctrina social. No atiende al marxismo, al modernismo, al gran pensamiento de Francisco. Y entonces, Francisco va más allá y pone el párrafo de su orgullo:

«Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (Evangelium gaudium – n 208).

Es su gran orgullo: Francisco dice que él es libre en su mente humana y que los demás son esclavos de una mentalidad que los hace egoístas, porque no se dedican a los pobres. ¡Este es su gran orgullo!. Él se pone como ejemplo a seguir para los demás, para la Iglesia, cuando él mismo no está dando la Verdad del Evangelio, cuando él quiere buscar una solución a los problemas de los hombres sólo por los caminos humanos, dejando a un lado la doctrina social de la Iglesia.

Francisco se siente libre porque ama a los pobres y habla de ellos y los besa con ternura. Y a los demás, que no hacen lo que él hace, los llama esclavos, les dice que tienen cadenas indignas y que, por eso, deben alcanzar otro pensamiento más noble, más perfecto, con más dignidad.

¡Qué desfachatez la de este hombre! ¡Qué injuria a la Iglesia! ¡Qué blasfemia al Espíritu Santo! ¡Cómo se ríe de todo el mundo sentado en una Silla que no le pertenece!

Muchos admiran a Francisco por su lenguaje humano, es decir, por su necedad en el hablar, por su soberbia en su pensamiento y por su orgullo en las obras que hace en la Iglesia. Y al admirar la mente de un hombre, vacía de la Verdad, ellos mismos se niegan a ver la maldad de este hombre.

Francisco no es cabeza de la Iglesia Católica, sino que es cabeza de su propia invención de iglesia, que está formando en el Vaticano.

Pero esto, mucha gente no se atreve a decirlo. La falsa obediencia a un hereje, el falso respeto a un cismático, la incredulidad de sus vidas en la Iglesia. No creen ni en ellos mismos. No saben para qué viven. Sólo son veletas del pensamiento de los hombres, de sus ideas. Creen que en la diversidad de pensamientos está la riqueza de la Iglesia. Y se olvidan de la Palabra de Dios:

«Porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos vuestros caminos, dice Yavé. Cuanto son los Cielos más altos que la tierra, tanto están Mis Caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros, Mis Pensamientos» (Is 55, 8-9).

Pero, ¿quién te crees que eres Francisco? Si no eres capaz de dar la Mente de Cristo, entonces cállate en la Iglesia y no digas tonterías. Tú te crees que eres libre en tu mente y, sin embargo, tus mismas palabras revelan tu esclavitud al pensamiento del demonio. Hablas lo mismo que tiene el demonio en su mente. Y no te das cuenta de que eres esclavo, porque te crees libres y juzgas a los demás como esclavos.

Quieres hacer una economía para el mundo entero. En eso estás en el negocio de tu iglesia. Te has convertido en un jefe político que tratas los asuntos de la Iglesia, que son asuntos sagrados con tu profanidad, con tu mundanidad, con tu herejía en tu lenguaje humano. Eres el mismo demonio, porque te rige el Espíritu del Anticristo. Eres un falso Profeta y así debes ser tratado: como un embaucador de la Palabra de Dios. Contigo no hay parte en la Iglesia Católica porque, desde que te sentaste en esa Silla de Pedro, no has sido capaz de decir una VERDAD CATÓLICA. No eres capaz de dar una alegría al Espíritu. Sólo alegras vidas humanas, vidas sociales, vidas pecaminosas. Sólo ensalzas el pecado de muchos. Sólo das importancia a los que piensan como tú. Sólo vives para agradar al mundo. Tú vives tus verdades, tus libertades, tus sentimientos, tus necedades. Y enseñas a vivir el vacío de tu vida a muchas almas incautas, que sólo están en la Iglesia para que otros les acaricien, les den una palabra que los ciegue más en sus vidas. La ternura de tu palabra es la condenación para muchas almas. Por eso, tu orgullo no tiene excusa en la Iglesia. No hay que limpiarte las babas de tu boca; no hay que buscar una razón para callar tu herejía y para decir que aquí no pasa nada, que todo va viento en popa. Sólo hay que dar tus palabras en la Verdad del Evangelio para que tus mismas palabras te condenen.

La teología ecológica o panenteísmo cristiano

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«Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación… Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre…» (Francisco – 16 de marzo de 2013).

«…el hombre que ama y custodia la creación»: esto no es San Francisco de Asís. Este santo amó y custodió a Cristo en su corazón. Fue uno con Cristo. Perseveró en la Fe de Cristo e hizo en la Iglesia la obra que Cristo le pedía.

Pero Francisco entiende a San Francisco según la teología ecológica o panenteísmo cristiano.

Para esta aberración filosófica, «la originalidad de San Francisco reside en el hecho de haber conseguido una síntesis feliz entre la ecología interior y la ecología exterior, es decir, dio origen a una fascinación mística cósmica» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

¿De qué habla el hereje y cismático Boff?

La ecología interior es la ecología mental, es decir, la polución del aire, la contaminación de la tierra, la pobreza de los hombres, los agujeros negros, etc…, manifiestan la mente del hombre. Y, por tanto, todo eso significa que el hombre está enfermo en su mente. Las violencias, las agresiones al medio ambiente producen en la mente del hombre un desequilibrio.

Y, para poder comprender este punto, hay que saber que para ellos el universo no está sólo fuera de la persona, sino que está dentro de ella. Lo que pasa en el universo, en su exterior, también se traduce en el interior de la persona. El sol, el agua, las plantas, los animales no son imágenes que vemos con los ojos y que producen un estímulo intelectual o sensible en nosotros, sino que viven en nosotros como figuras cargadas de emoción, como un arquetipo. Esto es una aberración, pero así piensan ellos.

Ellos creen que el mundo es el cuerpo de Dios. Y, por eso, Francisco predica: «Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, tenemos que curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las llagas de Jesús, y esto literalmente» (3 de julio de 2013). Los pobres son las llagas de Cristo. Los pobres son el cuerpo de Cristo. Los pobres son la carne de Cristo. Literalmente.

«Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo.» (12-05-2013). Cuando no se diferencia entre Cristo y los hombres; cuando todo es uno, entonces se llega a esta aberración. Ya no es sólo una herejía, sino una abominación.

Ningún pobre es la carne de Cristo. Ningún hombre es el cuerpo de Cristo. Cada pobre tiene su vida, cada hombre tiene su cuerpo.

El problema de este pensamiento filosófico es que pone a Dios más grande que el Universo y, por tanto, el Universo está en Dios (panenteísmo= todo en Dios, todo dentro de Dios, todo metido en Dios). En consecuencia, Dios impregna cada parte de la naturaleza, del cosmos; Dios es una parte de la naturaleza. Dios se extiende más allá de la naturaleza, pero está en la naturaleza. Es distinto a la naturaleza, pero es la naturaleza.

Y Dios no es más grande que la naturaleza, ni es más pequeño, porque Dios no tiene medida. Dios es el que es. Lo demás es lo que no es.

Como ellos no parten de acá, entonces todo es buscar la idea humana de Dios y de la Creación.

Ellos rompen a Dios y el acto creador de Dios. Por tanto, ellos lo niegan todo y quieren explicarlo todo desde el hombre. Es volver a Kant y a Hegel, pero más sofisticado.

Ellos tratan de explicar la relación del hombre con la naturaleza a lo largo de la historia. Por eso, San Francisco es el hombre que ama y custodia la Creación; es decir, ha encontrado una idea, un modo de relacionarse con lo creado, con el universo, con las criaturas, sin dañarlas, sin poner un pensamiento negativo. Llegó a un pensamiento positivo y con él vivió.

Cuando el hombre era primitivo, entonces desarrolló un instinto de agresividad, y eso dejó marcas en el hombre interior y en la sociedad. Si el hombre lucha por sobrevivir, comienza a hacer daño en la naturaleza y, entonces, eso se va reflejando en él mismo, en los que viven con él, en la sociedad, etc. Se va creando un estado mental, una idea fija, una acomodación al mundo, al espacio en que vive, etc. Se crean sociedades que viven de esa forma de pensar.

Según sea lo que el hombre obre, así será su estado mental, su enfermedad. Y así quieren explicar todos los pecados de los hombres. Los distintos sistemas son los que fabrican la vida de los hombres.

El sistema religioso mete en la mente del hombre la idea de Dios y le va proyectando lo que tiene que obrar con esa idea; el sistema del capital penetra en el hombre y le determina la manera de vivir, de relacionarse con los demás, la forma de amar a otros, etc, según el dinero, el capital, los negocios. El sistema tecnológico invade la mente de objetos inanimados, que crean soledad, egoísmo, odio, etc.

Como hay una unidad entre la naturaleza y el hombre (no hay una diferencia esencial), entonces lo que obra el hombre se traduce en la naturaleza, y eso pasa a los demás hombres. Por tanto, la ecología mental supone la anulación de la voluntad humana y de la razón humana. El hombre es un juguete de sí mismo y de la naturaleza.

Ellos quieren meter en la mente del hombre la idea de que el hombre puede convivir con la naturaleza. Y si el hombre alcanza esta idea, entonces no destruye la naturaleza ni así mismo. El pecado original, por supuesto, no existe. El hombre tiene que mirar al universo y descubrir un encantamiento, una belleza, una grandeza. Y vivir de acuerdo a eso.

Cuando Adán pecó, esto es ya imposible de realizar, porque todo está maldito. Es decir, nada de la Creación lleva al hombre a una bondad, una belleza, en la que pueda quedarse, permanecer siempre. Todo es transitorio, todo es vanidad, todo es vacío. «Vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?» (Ecles. 1, 2b-3). Ellos niegan esta Palabra de Dios. Ellos quieren encontrar en el Universo el eslabón perdido, lo que Adán perdió por su pecado.

Por eso, ellos dan mucha importancia a las energías psíquicas, a los pensamientos positivos del hombre, para poder ir a esta convivencia con lo naturaleza. Si el hombre tiene ideas positivas, entonces no hace un mal social, un mal natural, un mal cósmico. Ellos se impregnan de toda la dimensión mágica y chamánica del psiquismo humano. Ellos adaptan la doctrina budista de la reencarnación y del espíritu.

Se trata de observar la propia imaginería mental y aprender a moverse dentro de esa realidad subjetiva, poniéndose en contacto con todo ese universo para llegar a la idea que una al hombre con el universo.

La ecología es un campo abierto al espiritismo, adivinación, al budismo, que destruye completamente la fe en Cristo y la fe en la Iglesia.

La nueva encíclica o aberración filosófica que está preparando Francisco va por aquí. Es un destruir la doctrina de Cristo, para hablar de un lenguaje sobre Cristo, sobre Dios, sobre la Creación, sobre el pecado, que no tiene nada que ver con la Verdad.

Francisco ya emplea este lenguaje cuando habla del demonio, de los pobres, de Cristo, de la Iglesia, de la Misericordia. Dice cosas, que la gente no comprende que eso es una aberración, porque suenan bien al oído, gustan al entendimiento del hombre y hacen caminar con una gran confusión en su mente.

Cuando a los hombres se les habla la Verdad como es, estas personas, que siguen estas doctrinas, no son capaces de ver la verdad, porque están sólo mirando su idea humana, su filosofía humana. Y así viven: destrozando la verdad, persiguiendo la Verdad, con su idea.

Para los seguidores de esta aberración, San Francisco era un poeta, «capaz de sentir el corazón de la cosas, descifrar en cada cosa su mensaje ontológico y sentir, por connaturalidad, los lazos con los cuales están unidos todas las criaturas, ente sí y con Dios» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Es decir, que San Francisco pudo conseguir entrar en el misterio de la Creación y de Dios. Conocía lo que había en cada ser, en su interior; podía leer la mente de los hombres; cuando veía una planta, conocía su interior, su energía que transmitía. Y, por eso, podía conectarse a esa planta, a ese universo, a ese cosmos. Veía las uniones entre las criaturas y Dios, y así podía formar una unión con ellas.

En esta aberración filosófica, que es la teología ecológica, se destruye la Creación de Dios y la obra que Dios ha puesto en esa Creación.

Dios, al crear, pone una Jerarquía de seres en lo que crea. Y, por eso, entre las criaturas, hay un orden, una jerarquía. Y se crean unas primero, y otras después, porque en Dios hay una razón divina en lo que crea: cada criatura es para algo divino en el plan de Dios. Hay una dependencia entre todas las criaturas. No hay una igualdad, una amistad, un lazo común entre ellas. Unas criaturas dependen de otras para vivir. Por eso, cuando Dios crea al hombre, crea un orden, una jerarquía: primero el varón, después la mujer. Y la mujer depende del hombre; no es igual al hombre. Porque el hombre y la mujer tienen funciones diferentes en la Creación. Pero todo esto queda anulado en esta aberración, que sólo quiere buscar un ideal común entre todas las criaturas del universo. Y no comprenden lo que significa que el Espíritu Santo habite en el cuerpo del hombre. No comprenden la Eucaristía; no comprenden la vida espiritual ni la vida mística. Todo lo tuercen, porque ponen una unión sustancial entre el hombre y Dios, por su panenteísmo.

Ellos explican así la ecología exterior que practicaba San Francisco de Asís: «A partir de esa mística de confraternización universal, trataba a todas las cosas con sumo respeto y veneración. Pedía a los hermanos que no cortasen totalmente los árboles, para que pudiesen brotar nuevamente; en invierno daba miel a las abejas porque sufría víéndolas nerviosas y hambrientas. En él irrumpió la ternura como actitud fontal en el encuentro con todas las alteridades. En él predominaban el Eros y el Pathós (capacidad de sentir y de vibrar ante el valor de las personas y las cosas) por encima del Logos (estructura de comprensión de la realidad). El corazón ganó con él su derecho como forma sutil y profunda de conocimiento. El conocimiento cordial no nos distancia de las realidades, nos posibilita establecer comunión y amistad con ellas» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Porque fraternizaba, porque era amigo del universo, de los hombres, de las criaturas, entonces respetaba todas las cosas y las veneraba. Ese amor al universo le lleva al culto del universo. Rompen con el amor divino y con la ley divina.

Para amar al universo hay que hacerlo con el amor de Dios, no con los sentimientos fraternos que cada cual encuentra en su vida. Francisco predica mucho de la fraternidad, de la ternura, del sentimiento humano, para respetar al otro, para compartir con el otro. Eso es constante en él, en cada homilía, porque está bebiendo de esta doctrina.

Y, como siente esta veneración con el cosmos, entonces San Francisco no rompe una hoja, no pisa una hormiga, no produce un mal en el universo. El amor a la criatura por encima del amor de Dios. Es más importante no dañar a una hormiga que el mal que está en el alma por el pecado. Sólo el hombre atiende a la relación con el otro hombre, en no dañar al otro, en no dar una palabra que moleste; pero no atiende a su pecado, ni al suyo ni al de la otra persona. No se atiende a una norma de moralidad entre las personas, a un orden en el ser, entre las criaturas, sino a un amor fraterno, a un amor idealizado, a una fascinación por el cosmos: «La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir» (Francisco – 18 de mayo de 2013). Se es levadura porque hay un amor al hombre; no porque exista una ley divina. Este es el engaño de este hombre, que no cree en nada. Sólo cree en su pensamiento humano. Y, con él, no puede dar nunca la doctrina de Cristo, la Verdad en la Iglesia.

«Cuando este dejar el padre y la madre y unirse a una mujer, hacerse una sola carne e ir adelante y este amor fracasa, porque tantas veces fracasa, debemos sentir el dolor del fracaso, acompañar a aquellas personas que han tenido este fracaso en el propio amor. ¡No condenar! ¡Caminar con ellas! Y no hacer casuística con su situación» (8 de febrero de 2014). Francisco nunca va a juzgar el fracaso de un matrimonio por su falso amor al hombre, que le ciega en la verdad de lo que es un matrimonio. Si un matrimonio fracasa, hay que juzgar en qué ha fracasado. Y la Iglesia tiene el deber de juzgar el fracaso de un matrimonio. No es la conciencia del hombre y de la mujer lo que resuelve ese matrimonio.

Y Francisco no juzga por esto, por su falsa concepción del matrimonio: «Cuando uno lee esto piensa en este diseño de amor, este camino de amor del matrimonio cristiano, que Dios ha bendecido en la obra de arte de su Creación…una bendición que jamás ha sido quitada. ¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!. Cuando uno piensa en esto, ve cuan bello es el amor, cuan bello es el matrimonio, cuan bella es la familia, cuan bello es este camino y cuanto amor, cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor» (8 de febrero de 2014). Francisco está expresando su idea de la Creación, pero no expresa la fe en Cristo, la Palabra de Dios, el Evangelio. Y no puede entender que el matrimonio está maldito desde que Adán pecó: «Maldita Adán la tierra por tu causa». Fue precisamente la unión entre hombre y mujer lo que trajo esa maldición. Adán se unió a la mujer sin la Voluntad de Dios, sin la ley divina, por un amor humano, por un amor carnal, por un amor fraterno.

Una cosa es que permanezca entre hombre y mujer el vínculo del matrimonio si se casan ante Dios, y otra cosa es que Dios bendiga ese matrimonio.

Jesús puso el Sacramento del Matrimonio para que los hombres alcanzaran la bendición divina en esa unión entre ellos, que Adán perdió para todo matrimonio. Sin ese Sacramento, todo matrimonio es maldito. Existirá el vínculo, pero no la bendición de Dios.

Francisco busca la cercanía humana, la fraternidad con el hombre y con el universo: «cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor». Para la gente que ha fracasado en su matrimonio, hay que darle la verdad de la situación. Hay que hablar claro, no hay que tener sentimentalismos, cariñitos, ternuras. Porque esto lleva siempre al pecado: demos la comunión a la gente malcasada, porque hay que comprender su situación de vida, por una falso amor fraterno.

Francisco bebe de las aguas de esta aberración filosófica, que es la teología ecológica. Es un monstruo de teología, de pensamiento filosófico, que hace aguas por todos lados y que anula la fe en Cristo y cualquier dogma en la Iglesia. Y esto es lo que viene a la Iglesia. Y Francisco da muchas cosas que pertenecen a esta teología, porque se quiere hacer una nueva iglesia, con una nueva fe, con un nuevo evangelio.

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