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Sin la Verdad Absoluta, cualquier error guía el pensamiento humano

todoloqueviene

Dios es la primera y suma verdad, es decir la Verdad Absoluta, que no cambia, que siempre es Verdad, es eterna, permanece como Verdad y sólo se apoya en Sí Misma.

Hablar de la Verdad Absoluta es hablar de Dios. Y negar que exista la Verdad Absoluta es negar que exista Dios.

«Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación!» (texto)

Yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta: El creyente no puede creer en la Verdad Absoluta. Luego, la fe del hombre es siempre algo humano, nunca algo divino. No es un don de Dios, es el invento de la cabeza de cada hombre.

Lo absoluto es aquello que es inconexo, que no tiene una conexión, una salida, un camino, una relación. Es decir, no existe lo absoluto. Luego, no existe el ser Absoluto, que es Dios. Si Dios existiera como absoluto no habría un camino para llegar a Él. Luego, Dios existe como verdad relativa; es decir, cada hombre se inventa su dios, su concepto de Dios, su concepto de iglesia, su concepto de Cristo, etc. Francisco se carga a Dios, lo anula en una frase.

a. Consecuencia: cuando Francisco habla de Dios, está hablando de su concepto humano de Dios, de su lenguaje humano sobre Dios. Nunca habla del Dios verdadero, porque no es capaz de creer en Él: no existe.

b. Otra consecuencia: si Dios no existe, entonces Dios no habla y la Revelación Divina, el Evangelio, la Biblia, es el invento de los hombres, es la creación de las diversas mentes humanas a lo largo de la historia.

c. Otra consecuencia: Si Dios no ha Revelado nada, entonces no existe la Iglesia. La Iglesia es sólo el invento de la cabeza de Jesús, que es un hombre, una persona humana, pero que no es Dios, para Francisco.

d. Otra consecuencia: la salvación o la condenación de los hombres es sólo un lenguaje de la época. No es un lenguaje actual. Hoy día, es necesario predicar otras cosas y dar a esa salvación y condenación otro punto de vista, más acorde a lo que los hombres viven. Hay que salvar estructuras que sirvan para la vida de los hombres y condenar aquellas que impidan que los hombres se desarrollen. Y, por eso, dice:

«Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana. Dios entra en esta dinámica popular» (ibídem). Hay que salvarse en una estructura adecuada: en aquella en que se da una serie de relaciones adecuadas entre todos los hombres. Dios salva al hombre que hace comunidad, que hace pueblo, que hace una sociedad, un gobierno, una estructura. Dios no salva al hombre solo. Y, por eso, es necesario crear estructuras que salven a los hombres, crear iglesias en la que entren todos los hombres. No se puede tener una Iglesia dogmática, universal, porque en ella no se salvan todos los hombres, sino unos pocos.

«El pueblo es sujeto. Y la Iglesia es el pueblo de Dios en camino a través de la historia, con gozos y dolores. Sentir con la Iglesia, por tanto, para mí quiere decir estar en este pueblo. Y el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina» (Ibidem).

a. El alma no es el sujeto de la salvación ni de la santificación. El alma no es el sujeto del Reino de Dios. El alma no es el sujeto de la Iglesia. Es el pueblo, la comunidad, un conjunto de hombres: esto es el populismo o marxismo.

b. La Iglesia es ese conjunto de hombres en la historia: Jesús no fundó una Iglesia divina, sino una asociación de hombres de acuerdo a la situación histórica que le tocó vivir. Y, por eso, ese grupo de hombres fue creciendo hasta convertirse en la Iglesia de hoy, que ya no sirve a la mentalidad moderna, y que hay que cambiarla. Busquemos nuevos caminos para la Iglesia, nuevas formas de vivir el lenguaje humano sobre la Iglesia.

c. Si no sientes con el pueblo no eres Iglesia. Si buscas tu salvación, tu santificación, no eres iglesia. Si no cargas con los problemas económicos de tus hermanos, no eres Iglesia. Si no llenas estómagos, no eres iglesia…

Consecuencia: se niega la fe en la persona humana y se pone la fe en un pueblo. Si el pueblo cree, entonces hay que obrar. Si el pueblo no cree, entonces no hay que obrar. Lo que importa es lo que cree la mayoría, no una minoría, no una clase social, no una Jerarquía. Hay que votar para ver lo que la mayoría de las personas quieren en la Iglesia. Votemos para que los homosexuales puedan casarse o para que las mujeres sean obispos, o para que los sacerdotes se casen, etc.

La verdad es el amor de Dios hacia los hombres en Jesucristo: esto es el gnosticismo. Es la idea gnóstica de la verdad. Al ser la verdad una relación, el hombre tiene que buscar una conexión entre Dios y el hombre: Jesucristo. Y, por tanto, hay que amar a Jesús. Ésa es la verdad. No hay que cumplir con unos mandamientos, porque no existe la Revelación Divina. Jesús no enseñó a Sus Apóstoles una doctrina absoluta, eterna, permanente, que no puede cambiar ni en los tiempos, ni en los espacios de los hombres. No hay que detenerse en los dogmas, porque son sólo un lenguaje humano que ha servido en una época. Ahora, eso no sirve. Ahora, lo que sirve es amar a Jesús. Eso es lo que importa. Que todo el mundo permanezca en sus iglesias amando a Jesús. No hay que convertir a nadie al catolicismo. Esto es lo que Francisco no se harta de predicar todos los días. Y, como hay que amar a Jesús, entonces todos somos iguales, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios.

«El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,26-27) y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo» (texto).

Este es el gran error de Francisco, en el cual cae por negar la verdad Absoluta, y al poner la verdad en el amor de Dios: cada ser humano es hijo de Dios. Grandísima herejía. Por eso, él dice que los homosexuales son hijos de Dios.

Francisco no puede discernir la Verdad de la Creación de la Verdad del pecado original. Para él no existen estas dos verdades y, por eso, proclama su herejía.

1. La Verdad de la Creación dice que Dios crea al hombre a su imagen y semejanza: Adán y la mujer fueron creados hijos de Dios.

2. La verdad del pecado original dice que Adán y Eva dejaron de ser hijos de Dios y se convirtieron en hijos del demonio.

Esta verdad, que es espiritual, es negada constantemente por Francisco. Son dos verdades absolutas. Al negarlas, tiene que negar la Obra de la Redención humana por Cristo. Para Francisco, en Cristo todos somos hijos de Dios de nuevo. Es el renacer, la Resurrección. Es la vuelta al principio. Y, por eso, en cada hombre está el rostro de Cristo: «en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo» (ibídem). Todos los hombres son cristianos porque aman a Cristo como ellos lo piensan, lo sienten, lo ven. Según cada cual, en su vida, vea a Jesús, así se transparenta en su rostro. Es el puro gnosticismo. Ser de Jesús no es pertenecer a la Iglesia Católica: el fundamento de la dignidad humana no está en ser de un grupo religioso. La moral católica no te hace ser un digno ser humano. No; no te equivoques. Es la moral del mundo lo que te hace ser un digno ser humano: en ser de la humanidad, en ser del pueblo de Dios, en ser del mundo. Y, por eso, hay que construir un mundo mejor, no hay que construir una Iglesia mejor:

«¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado» (Ibidem). Hay que custodiar la Creación, no las verdades de fe, no los dogmas, que son concepciones abstractas. No custodies el Reino de Dios. Custodia el mundo, que es del demonio. Custodia las obras del demonio en el mundo. No te dediques a hacer oración y penitencia por tus pecados, dedícate a ser un hombre verde: posee la ideología ecologista. El pecado está en que se violan los derechos humanos y ambientales de los hombres, porque la riqueza está mal distribuida, porque los recursos de la tierra están mal repartidos. Hay que buscar un bienestar social y económico que sean para todos los hombres, no para unos pocos. Hay que dedicarse a dar de comer, a vestir hambrientos, a poner hospitales, a establecer medios informativos en que todo el mundo aprenda a errar, a mentir, a engañar. Que cada uno dé su herejía y que el otro la respete como herejía, como un valor, un bien que aprovecha a todo el mundo, porque hay que ser fraternos con todo el mundo, hay que dialogar con todas las sectas para aprender una verdad relativa, la que a ti te guste. Tienes que amar a los animales, a las plantas, a todo lo Creado, porque no está maldito. Es una gran bendición lo que Dios ha hecho, pero los hombres, como viven en sus culturas del rechazo, tienen que aprender a vivir en las culturas del encuentro, tiene que aprender la virtud de la solidaridad fraternal. Y, así, todos contentos, bailando, comiendo, disfrutando de la vida, nos vamos al infierno, porque nadie se ocupa de quitar el pecado de sus vidas: «En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y los refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación –que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”- a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor» (Ibidem).

Con Francisco, todo es cuestión de culturas, pero no del pecado. Quita una cultura, quita una estructura que no sirve, y pon otra, más adecuada a la vida de los hombres. Francisco trabaja con el lenguaje humano, para llegar a los hombres, y así engañarlos con su protestantismo y comunismo.

Como Francisco niega la Verdad Absoluta, tiene que negar la certeza de que Dios habla al hombre y que el hombre lo encuentra:

«Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien… Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda». (texto)

• Algo no va bien cuando los hombres siguen el dogma, la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia. Algo no va bien cuando cumples con los mandamientos de Dios, que te ponen en un camino sin certeza. Tienes que dudar de los mandamientos de Dios para que todo vaya bien. Y, entonces, pueden pasar a comulgar los que fornican. Los ateos se salvan porque creen en su conciencia. Hay que bautizar a los hijos de las parejas lesbianas, homosexuales… Si no dudas es que vas mal. La duda es el camino de la Verdad.

Consecuencia: Cualquier pensamiento humano es verdadero si lleva una duda, un error, un engaño, una mentira, una falsedad. Todos piensan bien la vida, con tal de que duden siempre. Esa duda les llevará a la perfección del entendimiento humano. Duda y acertarás.

Consecuencia: Toda obra humana que venga de una duda es buena. Toda obra humana que nazca de una mentira, de un error, es buena. Todo pecado es un valor, un bien, un camino para el hombre.

Consecuencia: no puede darse ni la misericordia ni la justicia divina. Sólo es posible una misericordia falsa, según el lenguaje humano de cada hombre. El hombre, al dudar, no es capaz de ver su pecado y, por eso, Dios lo salva sin más, a pesar de sus dudas, a pesar de sus pecados. Peca fuertemente y estás salvado. Pecar te salva. Es el protestantismo.

Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda: Todos los Papas en la Iglesia han dudado de todo. Nunca han hablado con la verdad Absoluta. No son posibles los dogmas. Los dogmas son sólo el lenguaje de los hombres. Y, en ese lenguaje, hay dudas, hay errores. Un dogma es un error y, por tanto, hay que corregir ese error, poniendo otro lenguaje humano, que haga salir de ese error, de esa duda. Hay que cambiar los dogmas, porque no son absolutos, sino relativos a las circunstancias de las vidas humanas. Cada época tiene sus dogmas.

Consecuencia: no existe nada. Sólo lo que los hombres piensan y deciden en cada momento de sus vidas. La vida es según el color del lenguaje que cada hombre usa para vivirla.

Al no existir la Verdad como un entendimiento absoluto, entonces no se da la doctrina como tal, sino el lenguaje de la doctrina. Si la verdad es una relación, entonces la mente expresa esa verdad de acuerdo a un lenguaje humano, que puede ser múltiple y cambiante según los tiempos y las circunstancias de la vida. Y, entonces, Francisco enseña:

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo. Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano» (EG n- 41).

Está negando que se pueda predicar siempre lo mismo: Jesús es Espíritu, Dios es Uno y Trino, existe el pecado. Hay que predicar con otro lenguaje distinto: Jesús no es Espíritu, pero es Hijo de Dios. Existe Dios, pero no el Dios de los Católicos. Dios es Abba, y Jesús es la encarnación de ese dios. No existe el pecado, sino los males sociales, y hay que buscar una razón, una ley, para que desaparezcan esos males. Hay que hacer un comunismo, un negocio económico en la Iglesia y en el mundo, porque ya no se sostiene la economía. Hay que buscar nuevos caminos para la Iglesia. No ya los dogmáticos ni los tradicionales, porque ya la gente no vive la moda del dogma, sino que vive otro tipo de moda en su lenguaje.

«De cualquier modo, nunca podremos convertir las enseñanzas de la Iglesia en algo fácilmente comprendido y felizmente valorado por todos. La fe siempre conserva un aspecto de cruz, alguna oscuridad que no le quita la firmeza de su adhesión. Hay cosas que sólo se comprenden y valoran desde esa adhesión que es hermana del amor, más allá de la claridad con que puedan percibirse las razones y argumentos. Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio» (EG – n 42).

Niega el Magisterio Auténtico de la Iglesia: la gente no comprende lo que los Papas han dicho. Hay que llegar a todo el mundo, no sólo a la Iglesia Católica. Y, entonces, hagamos un magisterio amoroso, cariñoso, sentimentaloide, que guste a todo el mundo, que sea testimonio de lo que los hombres hacen en el mundo.

Así habla Francisco: y siempre es igual. No cambia. Un hombre que no puede dar la verdad nunca, sino siempre el error, la mentira, la duda, el engaño, la ignorancia supina de todas las cosas.

El problema de este hombre es que cree en su ignorancia: la ve como buena, como una sabiduría que todos tienen que seguir. ¡Qué bonito es lo que dice Francisco! Esta es la estupidez del pueblo de Dios. No saben pensar su fe católica. Sólo saben bailar con un hereje. Y gritarle, y darle palmas, y decirse a sí mismos: que buenos y santos somos porque tenemos un Papa del mundo, de la sociedad, que entiende bien nuestras lujurias de la vida.

Francisco es un hombre sin verdad, sin norte, sin camino. Es un hombre que no sabe andar poniendo a las almas la norma de la moralidad, de la ley divina. Sino que sólo da al alma el camino propio del demonio: crecer en la inteligencia humana para abarcarlo todo y vivir, después, según ideas generales, comunes, universales, globales. Francisco nunca hace caminar hacia la santidad, sino que siempre arrastra hacia la condenación. No hay en su lenguaje humano una Verdad Absoluta. Todas son verdades relativas, verdades humanas, verdades a medias, verdades sin sabiduría del Cielo. Y, por tanto, Francisco sólo puede hablar la herejía y conducir al cisma de manera irreversible. No es posible seguir a Francisco y salvarse. Quien le obedece absolutamente se condena. Porque es la Verdad la que libera. Y este hombre no sabe decir una Verdad bien dicha, sin poner su mentira, su duda, su error, su ignorancia, su maldad cuando habla.

El Vaticano es una guarida de víboras

Primer anticristo

Francisco no profesa la fe católica, sino sus falsas religiones: está con los judíos, con los protestantes, con los mahometanos, con los budistas, con todo el mundo religioso, menos con la Iglesia Católica.

Francisco es el hombre de las falsas religiones, el hombre que gusta al mundo porque piensa y obra como se hace en el mundo.

Por eso, es necesario apartarse de las falsas enseñanzas que Francisco da cada día en la Iglesia.

Francisco, en cada homilía, en cada declaración, introduce palabras que no pertenecen a Jesús, que no están en el Evangelio, que no son del Magisterio de la Iglesia.

Francisco no habla como un Papa, sino como Satanás, como vicario del demonio. Su magisterio en la Iglesia no es papal, es decir, no está guiado por el Espíritu Santo, para enseñar la Verdad y guiar a la Iglesia hacia la Verdad.

La sabiduría que viene del cielo es pura, dice Santiago en su carta, y, por tanto, no viene con mentiras, con engaños, con opiniones, con dudas, con filosofías de la vida de los hombres.

La sabiduría que viene del cielo no viene con las culturas de los hombres, no viene con el pensamiento de los hombres, no viene a acomodarse a las ideas de los hombres, no viene a aplaudir el progreso de las ciencias y de las técnicas de los hombres, no viene a decir que ya todo está perdonado y, por lo tanto, a vivir la vida haciendo cosas buenas o malas, pero todo el mundo se salva, que es lo que, a fin de cuentas, enseña Francisco.

Francisco es astuto, pero tiene la astucia de su padre, el diablo. Es astuto para engañar, para mentir, para decir aquello que nadie quiere decir, porque es claramente una mentira, un pecado, pero lo dice dejándolo caer, como de pasada, como sin darle importancia.

Tiene la astucia del alma no inteligente; pero que es una astucia que produce mucho daño porque enseña la duda, pone al alma en la confusión, deja que el alma piense sólo en la mentira que le ha dado, pero que no vaya a la clara verdad. Es una astucia que impide ver la Verdad.

Por eso, Francisco es un verdadero actor: sabe actuar para meter su engaño, su mentira, su error, su duda. Prepara lo que va a decir, piensa en sus gestos, en las caras que hay que poner, en las sonrisas que hay que dar, en el ejemplo amable hacia los otros, porque Francisco sabe que esto es lo que vende entre los hombres.

Un hombre que da una sonrisa a los demás es agradable a todos. Un hombre que da palabras bellas, hermosas, cariñosas, amables, distinguidas, entonces cae bien a todo el mundo. Un hombre que no quiere imponer su pensamiento, sino que sólo lo deja caer, como de pasada, como sin darle importancia, entonces la gente sigue ese pensamiento.

Francisco sabe cómo son los hombres: como borriquillos, que van uno detrás de otro, sin fijarse en nada más que lo que tienen a su frente y dejándose guiar por todo el mundo.

Francisco sabe que los hombres son una masa. Y, por tanto, él habla para la masa. Él no es capaz de hablar a cada alma. No sabe lo que es el alma, no sabe la vida espiritual, no sabe la vida de la Iglesia.

Francisco habla como un político: para todo el mundo, para la masa de las gentes, para algo que, en sí mismo, no vale nada.

Alrededor de Francisco se reúnen las masas, pero no las almas. Alrededor de Francisco no hay un alma, porque Francisco no alimenta el alma, sino las masas.

Un alma que busque la verdad no va hacia Francisco, porque no da una verdad para un alma, da muchas cosas para todo el mundo, habla para todo el mundo, pero no habla al corazón del alma.

El alma siente cuando algo va dirigido hacia ella; pero ante Francisco, el alma sólo siente que lo que se dice es para todo el mundo, para la masa, para un conjunto de hombres que escuchan un palabra de mentira para obrarla en sus vidas.

Francisco tiene un corazón sucio, un corazón cerrado a la gracia, un corazón en pecado, que vive su pecado y que ama su pecado y que no quiere quitar su pecado. Es un corazón que impide que la verdad habite en él. Y, por tanto, lo que enseña Francisco es sólo su corazón sucio, su corazón ennegrecido por sus pecados, su corazón que sólo sabe hablar de dinero, de materialismo, de humanismo, de mundanidad, de profanidad; pero que es incapaz de tener vida espiritual.

Y, por tanto, Francisco se recubre de aquello que no cree en su corazón; se reviste de aquello que odia, porque es algo santo, es algo puro, es algo verdadero, pero que tiene que decirlo porque está haciendo su obra de teatro. Tiene que actuar como los actores lo hace en una película: se aprenden el guión, aunque saben que lo que dicen no es para ellos, no lo viven, no lo creen, pero tienen que decirlo para hacer su película.

Francisco tiene que decir las verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, pero que no cree en ellas, en su corazón. Y, justamente, porque no cree, tiene que hablar palabras buenas, palabras verdaderas, pero que no son suyas, que no están en su mente, que no vive en su corazón, que no ha asimilado porque no puede hacerlo por su pecado de orgullo.

Y Francisco, cuando hace su misa, pronuncia las palabras de la consagración, que son palabras verdaderas, auténticas; pero las pronuncia porque sabe leer y recitar, no porque cree en ellas. Y, por eso, hace su obra de teatro, hace su actuación. No consagra, no da un pan consagrado, no a Cristo, sin un pan material en sus misas.

Y, cuando predica, hace lo mismo: lee palabras del evangelio, las recita, las pronuncia, las vocaliza, pero después, mete lo que le interesa: su mentiras, sus palabras que sí cree, sus filosofías que están en su corazón, sus obras malditas que vive cada día.

Francisco tiene un corazón que odia. No tiene un corazón que ama. Y la razón sólo están en una cosa: la Virgen María.

Para ver si un sacerdote es auténtico, sólo hay que fijarse en si ama o no a la Virgen María.

Y Francisco no ama a la Virgen María. Y se prueba con esto:

“El Evangelio no nos dice nada: si dijo alguna palabra o no… Estaba silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas decía al Señor! Tú, aquel día me dijiste que iba a ser grande; Tú me dijiste que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría por siempre, ¡y ahora lo veo allí! ¡La Virgen era humana! Y tal vez tenía ganas de decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!” (Francisco, 20 de diciembre, en Santa Marta).

Leer estas palabras trae indignación a al alma que cree en la Verdad, que vive para no tener dudas de lo que el Señor le da.

Francisco enseña la duda para caminar ante Dios. No enseña a creer en Dios de una manera sencilla, clara, humilde, abandonada a la sola Voluntad de Dios.

Decir que María duda es ir en contra de la misma palabra de Dios: “He aquí la Esclava del Señor, hágase en Mi según tu palabra”. María no duda, sino que tiene plena confianza en la palabra de Dios, que se revela a Ella de una manera perfecta, en la que no es posible dudar, porque la Virgen es Inmaculada, no tiene pecado y, por tanto, no puede dudar. La Virgen nunca puede decir: ¡Mentiras! ¡He sido engañada!. Nunca podía pasarse por su cabeza esta idea. Nunca. En los demás hombres, sí. En la Virgen, nunca, porque no puede pecar. Y toda duda es pecado.

Pero el pecado de Francisco no es decir que la Virgen duda, sino en decir que la Virgen es humana.

Si Francisco creyera en lo que significa ser Inmaculada y ser Madre de Dios, entonces, tendría que decir una sola cosa: la Virgen es divina, no humana.

Tiene naturaleza humana, porque es una criatura, nacida de padre y madre; pero no actúa, no piensa, no obra, no vive, como los demás hombres. Y no puede hacerlo por esas dos cosas: es Inmaculada y es Madre de Dios.

Como Francisco no cree en estos dos dogmas, entonces cae en el error de concebir a la Virgen como otro hombre más, como una pobre mujer, como una criatura mortal común, sujeta a las dudas, a los temores, a los miedos, a las inseguridades, que todo hombre tiene en su vida porque nace con pecado original y puede pecar en el transcurso de su vida.

Francisco es incapaz de comprender los Misterios de Dios en la Virgen y, por eso, la maltrata de esa manera, la anula, y la muestra como una mujerzuela más. Y eso es señal de que el sacerdocio de Francisco no pertenece a la Virgen María. Francisco no es un hijo predilecto de la Virgen María. Francisco no ama a la Virgen María. Francisco no tiene como Madre a la Virgen María. Francisco no ve a la Virgen María como Madre de la Iglesia ni como Reina del Universo. Francisco no obra en la Iglesia como lo hizo la Virgen María: con la fe divina. Sino que está en la Iglesia con su fe humana, con su fe diabólica, con su negocio humano en las cosas divinas.

Francisco hace de todo para menospreciar la Iglesia de Cristo, para abajarla, para anularla, para despojarla de todas sus verdades.

Y esto lo hace Francisco con la complicidad de sacerdotes y de Obispos, de Cardenales, que lo rodean y que quieren lo mismo que quiere él: destruir la Iglesia.

El Vaticano es el centro del poder mundial y temporal, convertido en una guarida de víboras. Ya no es el centro del poder espiritual. Desde hace 50 años sólo hay podredumbre dentro de los muros del Vaticano. El Vaticano está podrido en sus sacerdotes, en sus Obispos, en sus Cardenales, y en todas sus estructuras.

El Vaticano es un enorme sepulcro, blanqueado por fuera, para que nadie se dé cuenta, nadie atienda a la podredumbre que hay dentro de él. En el Vaticano nadie respeta la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural. Ni uno solo de esa Jerarquía, que ha tomado el poder de la Iglesia para destruirla completamente.

Si hubiera un sacerdote que respete los Mandamientos de la Ley de Dios, tendría que salir del Vaticano.

El Vaticano es una maldición para toda la Iglesia. Los buenos sacerdotes que todavía aman al Señor, son injuriados, menospreciados, perseguidos, calumniados, por el mismo Vaticano, por esa Jerarquía que está sólo para hacer su negocio en Roma, pero que le importa nada un alma sacerdotal.

Los sacerdotes son borregos a los que se utilizan parar los planes de ese Vaticano corrupto. Y muchos sacerdotes tienen miedo de enfrentarse a la Jerarquía, a sus Obispos, que sólo son como Francisco: mentirosos, engañabobos, que están en su oficio para ganar dinero y fama entre la gente del mundo, pero que no tienen vida espiritual. Muchos Obispos no saben dirigir el alma del sacerdote hacia la Voluntad de Dios. Son cabezas ciegas que guían a los ciegos hacia el mismo infierno.

Muchos Obispos no saben dirigir la Iglesia hacia la Verdad, que es Cristo. Sólo saben leer y citar textos de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia. Sólo saben recordar que existen leyes canónicas a aquellos que no quieren obedecerlos. Sólo saben mandar imponiendo su mente humana, produciendo el miedo en los sacerdotes que tienen a su cargo, para mantenerlos cautivos a sus mentiras, a sus apostolados en la Iglesia.

Muchos sacerdotes tienen miedo de sus Obispos y no defiende a Jesús y a Su Iglesia. No defienden la Verdad en la Iglesia. Están cautivos, están obligados por sus Obispos a obrar lo que las mentes de esos Obispos quieren en la Iglesia.

La Iglesia, en su Jerarquía, está podrida. Y en su Jerarquía superior: los Obispos. Son lobos, que se visten de piel de oveja, se viste de Cristo, enseñan con sus bocas lo que leen en sus escritos, que son del demonio, pero que después, obran como lobos, como carniceros de las almas, de los corazones, de los sacerdotes.

Jerarquía que mata las almas de la Iglesia, que enseña a dudar de todo, que enseña a vivir en el pecado, que enseña a amar el pecado, que enseña a anular el pecado, que enseña sus mentiras, cada día, como si fueran verdades.

Francisco da el veneno mortal de la duda en la Iglesia: eso significa sus mentiras, sus engaños, sus falsedades, sus idioteces, sus estupideces, sus boberías. El alma que escucha a Francisco, el alma que sigue a Francisco, cae siempre en la duda.

Un sacerdote que alimente a las almas con la duda es un sacerdote del demonio. ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? Un anticristo sentado en la Silla de la Verdad, actuando como Papa, sin ser elegido por Dios para ser Papa, diciendo palabras bellas para engañar a todo el mundo, y con la colaboración de toda la Jerarquía de la Iglesia, que son todos unos miedosos para levantarse contra Francisco y decirle las cosas claras.

Francisco deambula en el lodazal del Ecumenismo y del diálogo con Satanás. Y lleva a todos hacia ese reino maldito del demonio, que es el mundo.

Francisco camina entre presuntuosos teólogos de la teología de la liberación, de la teología protestante, de los modernistas que sólo creen en sus cabezas humanas, en sus elucubraciones estrafalarias, en sus maravillosos textos humanos, que sólo dan la mentira y nada más que la mentira a las almas y, por tanto, enseñan a dudar de todo. Y, en esa enseñanza, tienen un fin: crear una nueva fe para su nueva iglesia.

Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; y, por tanto, toda cosa distinta que sostenga, que enseñe, que predique, que obre Francisco -y todos los que le siguen-, no son más que el camino hacia el Infierno, hacia la muerte del alma y del espíritu; no son más que mentira, mentira y mentira.

Es hora de que alguien con autoridad en la Iglesia se levante y diga a Francisco que se vaya, que deje la Silla de Pedro vacía, porque su magisterio lleva a la Iglesia hacia la condenación más terrible y a hacer de la Iglesia una confrontación: ya nadie está seguro siendo de la Iglesia Católica. O sigues la opinión de Francisco o ya no eres de la Iglesia. Ya te echan por defender la verdadera doctrina de Cristo y de la Iglesia.

Roma está corrupta. Es una prostituta que se acuesta con todo el mundo para hacer su negocio: dar hijos del demonio dentro de la Iglesia.

Evangelii gaudium: la lucha de clases en la Iglesia

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La mundanidad espiritual es un concepto inventado por la cabeza de Francisco que significa sólo: vivir en el mundo siendo del mundo, con el espíritu que hay en el mundo. De esta manera, Francisco invita a ser del mundo y a trabajar para el mundo.

“La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (n. 93): esto que describe Francisco es el fariseísmo, la hipocresía que tienen los hombres, no en el mundo, sino en la Iglesia.

En el mundo no hay hipócritas, porque cada hombre sigue a su dios, a su pensamiento, a su credo personal. No es posible la hipocresía o el fariseísmo en el mundo.

El fariseísmo sólo se da en la Iglesia. Y no en otro sitio. Por tanto, cuando Francisco habla de mundanidad espiritual no sabe lo que está hablando. Son dos palabras totalmente opuestas. Porque el que es del mundo no es del Espíritu. Y el que es del Espíritu no es del mundo: “Es el Espíritu el que da vida; la carne no sirve para nada “ (Jn 6, 63).

Francisco sigue a Lubac, que es un cardenal pensador de la Iglesia, cargado de muchos errores en sus escritos. Para Lubac se da la mundanidad moral, que es un concepto para decir que en el mundo hay una moral al margen del Evangelio. Es un concepto totalmente erróneo, porque sin Evangelio no hay moral. Hay virtudes humanas, pero sin lo moral, sin lo ético, sin una obligación para hacer algo bueno para Dios.

Francisco presenta su mundanidad espiritual, es decir en el mundo hay una espiritualidad falsa, que consiste en dos cosas: a. gnosticismo; b. neopelagianismo.

Si Francisco supiera de qué está hablando, entonces no caería en este error. Porque en el mundo no existe esta espiritualidad, sino que existen muchas herejías, de muchas clases, de muchos orígenes, que nacen todas de la falta de fe, de no ponerse en la Verdad.

El gnosticismo es sólo la cumbre del pensamiento humano que se hace dios para sí mismo. Y, por lo tanto, saca de la mente humana todo para vivir. El gnóstico es el que piensa la vida, el que da vueltas con su pensamiento a la vida, el que crea todo con su pensamiento y, por tanto, transforma la Verdad en muchas mentiras.

Para Francisco el gnosticismo es “una fe encerrada en el subjetivismo” (n. 94). Y, por eso, cae en el error. Porque en el mundo no hay fe, sólo hay razón. Entonces, viene la duda. Si en el mundo no hay fe, entonces qué esta mundanidad espirtual, dónde está. ¿De qué gnósticos está hablando Francisco?

Entonces, para Francisco, la Iglesia es gnóstica, no el mundo, porque su fe está encerrada en el subjetivismo: “Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia»” (n. 95).

Francisco está atacando a la Iglesia de ser gnóstica y de ser neopelagiana. Su mundanidad espiritual no se refiere al mundo y al Espíritu, no a una tensión entre estas dos cosas, sino que se refiere a la Iglesia. La Iglesia vive una mundanidad espiritual en estas dos formas que él describe.

Y pone ejemplos concretos: “un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia”, “la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos”, “se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, o en una vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, o en un embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial”, “diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones”, “se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización”, “se encierra en grupos elitistas”.

Y dice toda esta sarta de cosas para acabar en lo que le interesa: “Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres”.

Francisco, en este juego de palabras, quiere enfrentar en la Iglesia a dos grupos: a un grupo elitista, que vive una mundanidad espiritual, que hace una iglesia mundana porque se viste de un ropaje espiritual o doctrinal o porque tiene fe, y al grupo de los pobres, que no tiene esa mundanidad espiritual.

Francisco pone una lucha de clases en la Iglesia: él quiere a sus pobres, y todo aquel que no se ponga en su enseñanza pertenece a la clase elitista, encerrada en una fe subjetivista y en una seguridad doctrinal, que impide darse a los pobres, porque vive una mundanidad espiritual.

Aquí está la lucha de clases propia de la teología de la liberación, que sigue en su teología de los pobres.

Francisco llama a los que poseen fe, gnósticos, porque su fe no se mueve hacia el pobre, sino hacia sí mismo. Es subjetiva, es sólo para él, no para los demás.

Y llama a los que se apoyan en la doctrina o en la disciplina, neopelagianistas, es decir es una clase en la Iglesia narcisista y autoritaria, que no se ocupa de los pobres, sino que se ocupa de las leyes, de las normas, de la doctrina en la Iglesia: “en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar” (n. 95).

Esto es muy grave. Para Francisco sólo existen sus pobres, que es la clase preferida para él, y la única y primaria en la Iglesia. Los demás son todos unos mundanos espirituales, que no hacen Iglesia y que no ayudan a los pobres a ser Iglesia.

Bajo la máscara de la mundanidad espiritual, está contenida la lucha de clases. Ese concepto es sólo para enfrentar en la Iglesia a la Jerarquía contra el pueblo y, por tanto, para anular la Jerarquía en favor del pueblo.

Ni el gnosticismo ni el neopelagianismo pertenecen a la Iglesia. Si él quiere enseñar lo que son esas dos doctrinas heréticas, que las enseñe, pero que no meta a nadie de la Iglesia en ellas. Y si hay que meter a alguien de la Iglesia, que diga nombres concretos, porque eso es muy peligroso en la Iglesia: tener neopelagianos y gnósticos. Por supuesto, que no lo va a hacer, porque tendría que meterse él mismo. Él es gnóstico y neopelagiano, al mismo tiempo.

Meter estas dos categorías como clases en la Iglesia es muy serio y muy grave en Francisco y para toda la Iglesia. Y, por eso, este documento es de lo más inútil para hacer la Iglesia que Francisco quiere.

Porque para vivir esto que dice Francisco, él tiene que hablar claro, quitarse la máscara y destruir la Iglesia, como él la ha destruido en su corazón.

Que se deje de documentos para despistar a la gente, porque la razón de sacar este documento es para tapar, para ocultar, lo que viene ahora a la Iglesia.

Este documento es sólo la punta del iceberg de la ruina de la Iglesia. Francisco, en este documento, sólo habla odio contra la Iglesia, no enseña el amor a la Iglesia, no enseña la verdad en la Iglesia. Enseña su iglesia, cómo él quiere su iglesia: un Iglesia de pobres donde no haya clases altas, donde no haya Jerarquía, donde no hayan sacerdotes ni Obispos. Es lo único que le interesa a Francisco: sus pobres. Y, por eso, pone la lucha de clases para desbaratar la Iglesia.

Pero la tiene que poner oculta, para que nadie se dé cuenta de lo que está hablando. El mentiroso da su mentira oculta entre muchas verdades, que aparecen como verdades, pero que sólo son mentiras que hay que descubrirlas quitando las verdades.

Siempre Francisco dice una verdad y una mentira al mismo tiempo. Nunca dice mentiras solas ni verdades solas. Las junta las dos con el fin negro de confundir a todo el mundo, y que lo que da suene oscuro para muchos. Pero tiene que hablar así, porque no se ha quitado la máscara ante la Iglesia.

Tiene que hacer su teatro en la Iglesia, su obra de teatro: que es mostrarse amable, sonriente, acogedor de todos para infundir en la Iglesia un falso amor al hombre, que eso es todo en Francisco.

Que nadie quiera aprender la vida espiritual y de la Iglesia en este documento. Es que no sirve para nada, ni siquiera para enseñar los errores de la Iglesia. No habla claro en ningún momento a la Iglesia. Todo es oscuridad y sólo hay una nota que destaca: los pobres. Los demás, tiene que servir a los pobres. Y si no sirve,n se destruye todo con frases bonitas, bellas y que hacen que este documento sólo sirva para limpiarse el trasero.

Quien lee este panfleto no le cabe duda de lo que viene ya a la Iglesia. Vienen días en que hay que decidir salir de Roma o quedarse en Roma. No vienen unas navidades alegres para nadie que crea en la Iglesia y que crea en Jesús. Viene un desastre. Y viene sin avisar a nadie.

Lo que se han hecho en ocho meses largos en la Iglesia ahora tiene su fruto. Ahora se van a ver esas obras escondidas, que nadie ha contemplado, porque todos han estado hablado bien de Francisco. Y nadie se ha puesto en la Verdad. Y la Verdad es que Francisco ha destruido la Iglesia en su raíz. Y nadie lo ha captado. Todos haciendo el juego al primer anticristo que tiene la Iglesia en Roma.

Hasta que venga el Anticristo, es necesario muchos anticristos que preparen el lugar. Y, antes del Anticristo, su Falso Profeta, que da a la Iglesia el espíritu del demonio en sus tres cabezas. Y con ese espíritu, los miembros de esa iglesia podrán acoger al Anticristo. Porque sin ese espíritu no es posible que aparezca el Anticristo.

Y hasta su aparición muchas cosas negativas en la Iglesia y ninguna positiva, porque ya la Iglesia ha perdido Su Espíritu en la renuncia de Benedicto XVI. Y no hay manera de ser Iglesia y de hacer Iglesia. No hay forma, porque el Espíritu de la Iglesia se ha retirado al desierto. Y, por eso, hay que irse de Roma, al desierto, para encontrar al Espíritu de la Iglesia y formar de nuevo la Iglesia.

Pero los hombres siguen sin discernir nada en estos tiempos. Absolutamente nada. Y todavía esperan algo bueno de esta estructura de la Iglesia que se ha puesto en Roma. No esperen nada bueno, sino maldición tras maldición.

Hay que llorar por la Iglesia

“Tal como en la Asunción de María, los Ángeles de Dios se movilizaron para buscar el alma del Soberano Pontífice (Juan Pablo II), el hijo Bienamado de la Santísima Virgen María. Venido a la Tierra, él era el Elegido de la Santa Madre de Dios, para conducir en esta Tierra a todas las Naciones en la Paz de Dios. Él mismo dio la propia imagen de vuestro Dios de Bondad. El Amor y el perdón iluminaron su vida que irradió sobre toda la Humanidad. Si el Padre acogió a María, en cuerpo, alma y espíritu, Él Mismo acogió en ese día de la Misericordia Divina, el alma y el espíritu de Su hijo bienamado, enteramente entregado a Dios” (Jesús a JNSR – 3 de abril de 2005).

ddeespititus

La Bendición que fue Juan Pablo II para la Iglesia pocos la han comprendido, porque se han fijado sólo en el mal que estaba la Iglesia, pero no han puesto sus ojos en el Papa Juan Pablo II.

La Iglesia nunca ha sabido amar a un Papa como conviene. Muchos en la Iglesia critican y luchan contra el Papado y no saben que ir en contra de un Papa es ir en contra de Cristo y de Su Iglesia.

Muchos salieron de Roma cuando los Papas eran verdaderos, puestos por Dios. Y muchos se va a quedar en Roma cuando en la Iglesia se anude la mentira y la soberbia en cabezas puestas por el demonio.

Pocos han comprendido los Signos de los Tiempos. Tienen miedo de ver la Verdad de los hombres y de la Iglesia.

Y la Verdad siempre la da la Palabra de Dios que nadie sigue porque todos apetecen seguir sus grandes razonamientos sobre la Iglesia.

Estamos en un mundo racionalista y naturalista, es decir, que todo lo tapa con su razón y todo lo oculta con lo natural de la vida.

Con la razón se acaba la fe en la Palabra y comienza la fe en las leyes de cada uno, en las reglas que cada uno se pone para vivir.

Con lo natural se acaba lo divino, porque es más fácil mirar el entorno humano que mirar lo que no se ve en lo humano.

Hoy a nadie le importa discernir la Verdad. Todos juzgan y todos se equivocan porque quieren juzgar las cosas divinas, las cosas espirituales según lo que hay en sus razones, en lo que descubren con sus pensamientos humanos. Y, por tanto, no saben salir de su discernimiento humano, que no sirve para nada, sólo sirve para seguir creciendo en lo humano, en lo racional, en las medidas finitas que la mente pone a todo.

Para tener fe hay que aprender a discernir en el Espíritu. Hay que dejar todo discernimiento humano. Y esto es lo que más le cuesta al hombre: dejar de pensar, dejar de buscar un pensamiento en la vida. Al hombre le cuesta pisotear su mente de hombre. El hombre se alaba en su mente. El hombre se engrandece en su mente. El hombre se eleva en su mente por encima de todas las cosas, incluso de Dios.

Es el mismo pecado que tuvo el Ángel en su caída para transformarse en demonio. Asimismo, de la misma manera, se transforma el hombre en demonio. Con su mente el hombre se hace demonio. Con sus pensamientos, que no quiere deja,r porque los valora más que su vida propia.

Dios habla al corazón del hombre, no a su mente. Pero esto los hombres nunca lo han comprendido. Porque los hombres viven encerrados en sus mentes. No saben salir de ellas. Y tampoco pueden sin una gracia divina.

Todo es Gracia en la Iglesia, pero esto tampoco lo comprenden los hombres. Porque, para los hombres, en la Iglesia todo es una ley, no una Gracia. Y, por eso, resulta tan difícil permanecer en gracia para los hombres, porque es necesario que el hombre se apoye sólo en la Gracia, no en la ley.

Es la Gracia la que salva al hombre, no son sus leyes, aunque sean las más perfectas de todas. Muchos, por seguir las leyes de la liturgia, desobedecieron al Papa y salieron de la Iglesia, cuando se cambió las liturgias. Es siempre el apego a la ley lo que hace perder la gracia.

Y los hombres siguen sin comprender este punto. En la Iglesia se sigue la gracia, no la ley de la Iglesia.

La gracia es la ley divina que Dios pone en cada alma. Y eso es lo que hay que seguir en la Iglesia para ser Iglesia y para hacer la Iglesia que Dios quiere.

Pero los hombres no lo ven así. No saben verlo así, porque su pensamiento humano lo estorba y se hace más importante que la gracia.

La gracia es la vida divina dada al corazón del hombre. Vida que no se puede medir con ningún pensamiento humano y no se puede limitar con ninguna ley eclesiástica.

Y pocos han entendido lo que es la Vida Divina que trae la Gracia. Muy pocos, porque son muchísimos los que quieren entender la Fe como una regla en la Iglesia, como una ley en la Iglesia, como un pensamiento en la Iglesia.

Y, por eso, atacan mucho todo lo que Dios hace en Su Iglesia, por estar viviendo en sus mentes humanas y queriendo descifrarlo todo con sus mentes humanas.

¡Cuántos santos han sufrido la estupidez de tantos sacerdotes, de tantos Obispos, de tantos fieles que sólo están en la Iglesia amparados en su mente humana, fijos en sus discursos humanos, poseídos por sus inteligencias humanas!

Santa Teresa de Jesús sufrió las necedades de muchos confesores que no tenían idea de la vida espiritual en el alma y que todo lo analizaban según sus teologías perfectas en sus mentes.

Santa Gema sufrió un calvario en vida porque los sacerdotes la juzgaron loca, y hasta su muerte no pudo entrar donde Dios la quería por la necedad de la Jerarquía.

Sacerdotes escribas hay muchísimos en la Iglesia. Sacerdotes fariseos hay un montón. Y sacerdotes demonios es lo que más abunda en la Iglesia.

El gran pecado de los hombres es siempre su mente humana, lo que tiene cada uno dentro de la cabeza y que no quiere soltar, que se agarra a ello como si fuera una tabla de salvación.

Por eso, lo que hay en la Iglesia , ahora mismo, son sólo demonios. Gente poseída por el demonio en muchos aspectos de la vida espiritual.

Y toda esa gente endemoniada conduce a la Iglesia hacia las aguas de la destrucción y de la condenación. Y no hay manera que de esos demonios salga algo bueno para la Iglesia. No hay forma porque la Iglesia ha perdido Su Espíritu.

El Espíritu de la Iglesia espera a que las almas salgan de Roma para indicar el camino que debe seguir la Iglesia en estos momentos.

Eso será el Aviso y el Milagro: una vuelta al Espíritu de la Iglesia que ya no está en Roma. Un volver a la sencillez de la fe que sólo será posible para aquellos que persigan la Verdad en sus vidas. Sólo la Verdad. Que no se acomoden a cualquier verdad y negocio en la vida.

Ese Espíritu habla, ahora, a cada alma en particular, porque, con la renuncia de Benedicto XVI, no hay autoridad divina en la Iglesia. Ese Papa ató el Poder Divino y no hay forma de desatarlo por nadie.

Y sólo guía la verdadera Iglesia Cristo Jesús en Su Espíritu. Y nadie más. Y es el Rey de la Iglesia el que hace el camino ahora para todas las almas que son de la Iglesia, que ya no son de Roma.

Este punto es el más difícil para todos, porque los hombres se han guiado siempre por una cabeza en la Iglesia. Y ya no hay cabeza, no hay comunidad que rija los destinos de la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia ha quedado abandonada por Cristo Jesús, por la renuncia de Benedicto XVI.

Jesús no se acomoda a ningún jefe en la Iglesia. Jesús ha hecho Su Iglesia en Pedro y si Pedro renuncia a ser Pedro, Cristo Jesús no se une a ningún hombre para seguir haciendo Su Iglesia en la Tierra. Porque la potestad de guiar a la Iglesia en la Tierra sólo la tiene Pedro, y nadie más; y ningún miembro de la Jerarquía Eclesiástica, por más que se ponga en el poder de la Iglesia, tiene capacidad para dar la Voluntad de Dios en la Iglesia. Sólo Pedro tiene ese Poder. Y Pedro renunció a ese Poder.

En consecuencia, hay que llorar por la Iglesia en Roma, porque se ha quedado sola, sin Espíritu y sin cabeza que la guíe. Hay que llorar. Que es lo que nadie hace.

Pero nadie analiza la situación de la Iglesia actual de esta manera. Nadie. Porque no hay vida espiritual en los hombres. Los hombres quieren seguir siendo Iglesia a pesar de la renuncia de Benedicto XVI. Y eso ya no es posible en Dios. Es sólo posible en los hombres, pero de ahí surge la división en toda la Iglesia porque se hacen cosas sin Espíritu, cosas que son, a las claras, pecado.

Para ser Iglesia es necesario seguir al Espíritu de la Iglesia. No es suficiente seguir una ley eclesiástica, que es lo que hicieron los Cardenales en la renuncia de Benedicto XVI. No se pararon a discernir el espíritu con que Benedicto XVI había hecho su renuncia. Y, al no tener discernimiento espiritual de esa renuncia, cayeron todos en el error de elegir a un hombre sin la Voluntad de Dios, sin el Espíritu de la Iglesia. Y sólo por seguir su discernimiento humano, racional, natural, que siempre lleva al error en todo. Y, ahora, se están viendo las consecuencias nacidas de esa falsa elección de un hombre a la Silla de Pedro.

Ahora es cuando muchos despiertan, pero despiertan mal. Despiertan porque ven que la cosa no funciona, pero no entienden por qué no funciona. Siguen sin discernir en el Espíritu. Sólo ven razones, ideas, obras, sentimientos contrapuestos, divisiones entre los fieles, en la Jerarquía, pero no ven la Verdad de lo que pasa.

Esto también es el juego del demonio, que sabe cómo son todos los hombres y justifica la división en ellos haciendo que las almas se despierten de un engaño para meterlas en otro.

Así siempre actúa el demonio. Lleva a las almas de una seducción a otra seducción para hacerlas caer en el pecado que quiere.

Y, ahora, el pecado que le interesa poner al demonio en la Iglesia es otra cabeza, no elegida por los Cardenales en el cónclave, sino que salga del gobierno horizontal. Y muchos que despiertan ahora del engaño de Francisco van a caer en el siguiente engaño, porque los hombres necesitan de una cabeza que los gobierne. Y esto lo sabe muy bien el demonio. Y muchos ven que Francisco no vale para ser cabeza de nada. Y, por eso, acogerán con gusto otra cabeza.

La realidad de la Iglesia en Roma, la realidad de su gobierno horizontal es caótica. No están unidos ellos mismos en una verdad, en un fin que hay que seguir en la Iglesia. Es que no hay manera mientras Francisco esté de jefe. Porque Francisco da largas a todos, ya que sólo le interesa sus pobres en la Iglesia. Y se desvive sólo por eso. Pero se desvive mal porque quiere ir hacia los pobres sin el dogma, sin la verdad. Y, claro, eso produce tensiones en toda la Iglesia, división en toda la Iglesia. Y esto tiene que romperse de alguna manera.

Y el demonio no está para soltar su presa de la Iglesia una vez que la ha cogido en la cabeza. El demonio ahora hace su jugada maestra. Y ahí enlaza con todas las almas que no han querido discernir nada en este tiempo de seducción. Es una atadura perfecta la que va a hacer el demonio. Una atadura muy fuerte que sólo con dolor se podrá quitar. Con el dolor de renunciar a todo por amor sólo a Cristo y a Su Iglesia, que es lo que ahora nadie sabe hacer porque todos bailan con Roma.

Todos contentos por ver cómo para todo esto que se ha inventado Roma en la Iglesia. Y nadie se va a apercibir del engaño. Muy pocos, porque muy pocos son los que viven de fe en la Palabra de Dios. Todos quieren una ley para tener fe, una razón que los obligue a quedarse en Roma y a ser gobernados por una cabeza que ya no representa a Dios ni a Cristo en la Iglesia.

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