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Francisco reina, pero no gobierna

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El Papa es el sucesor de San Pedro, es decir, es el que substituye a la persona de San Pedro en toda la potestad ordinaria anexa a la función del Primado. Es decir, que posee la misma potestad suprema de jurisdicción, con la que Jesucristo mismo constituyó a San Pedro como Vicario Suyo en la tierra. En otras palabras, es la suprema cabeza visible de toda la Iglesia. Es decir, él sólo gobierna la Iglesia. Es el Vértice en el gobierno. Y, en la Iglesia, no hay más cabezas que gobiernen. No hay otros gobiernos que el Vertical.

Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, no de San Pedro. Son dos sucesiones distintas en la Iglesia. Los Apóstoles son aquellos doce discípulos de Jesús con los cuales el Señor instituyó el Colegio Apostólico. Y tienen la misión de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia bajo el Papa. No son la Cabeza Visible de la Iglesia. Son cabezas en sus iglesias particulares, con todo el poder, que reciben del Papa legítimo, pero no pueden gobernarlas según sus mentes humanas, sino obedeciendo en todo a la Cabeza de la Iglesia, que es el Romano Pontífice.

Quien gobierna la Iglesia es sólo el Papa. Los demás, no gobiernan nada.

Muchos católicos desconocen el dogma del Papado y, ante Francisco, dudan, temen, lo aplauden, lo llaman Papa, lo llaman antipapa, quieren defenderlo como Papa objetando que quien no esté con el Papa en la Iglesia no es católico, quieren estar en comunión con el Papa y con el Magisterio de la Iglesia obedeciendo a uno que no es Papa, cuando, precisamente, el Magisterio y el dogma, van en contra de Francisco….

Los católicos, hoy día, no conocen su fe, la Verdad Revelada, no siguen la línea de la Gracia, sino que están en la Iglesia sin ser católicos en la práctica. Son católicos tibios, pervertidos en sus mentes.

Sólo puede haber una persona que reciba la sucesión de San Pedro. Sólo una Cabeza Visible en la Iglesia. Sólo un Papa. Y, por el contrario, son muchas las personas que pueden recibir la sucesión apostólica, por el Sacramento del Orden. Hay muchos Obispos. Sólo hay un Papa.

Esto es lo que dice el dogma del Papado. Y, por tanto, si sólo una persona puede recibir el Espíritu de San Pedro, entonces se es Papa por Gracia, no por ley canónica. La ley canónica permite renunciar al Papa. En esa ley, el Papa renuncia al gobierno de la Iglesia, pero no puede renunciar a la Gracia que ha recibido: el Espíritu de San Pedro. Y hasta que no muera el Papa, ese Espíritu permanece en él y no se da a otra persona. Porque los dones de Dios son irrevocables. La Iglesia está fundamentada sólo en Pedro. Y sólo hay un Pedro. Sólo hay un Espíritu de San Pedro. Sólo hay un sucesor de San Pedro. Sólo hay un Papa. Y hasta que no muera el Papa, sigue siendo Papa, aunque no gobierne en la práctica. Y, en el momento de morir, se produce la Sede Vacante, porque el Espíritu de San Pedro ha dejado esa alma y espera una nueva elección.

Este es el dogma del Papado: tan sencillo, pero que nadie en la práctica lo ha seguido. Y aquellos que siguen dudando si Francisco es o no es Papa, sólo tienen que ir al dogma y resolver el enigma.

Se es Papa por Gracia, no por ley canónica. Y la Gracia exige tener el don hasta la muerte. Se es Papa hasta que se muere. Igual que con el matrimonio, con el sacerdocio: hasta que la muerte separe, quite la unión, el lazo sacramental. No se deja de ser Papa porque lo digan los hombres o la ley canónica. No se es Papa porque se encierren los cardenales y digan que han elegido a un nuevo Papa. No son las leyes de los hombres lo que construye la Iglesia. Cristo funda Su Iglesia en una sola cabeza, en solo Pedro. No la funda en Sus Apóstoles. Y, Pedro, es Apóstol, por ser discípulo de Cristo. Pero sólo él recibe el carisma de ser Vicario de Cristo. Y ningún otro Apóstol tiene ese carisma. Y esto sólo porque Cristo ha hecho así Su Iglesia. Es una ley positivo divina.

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Por tanto, ante la renuncia del Papa Benedicto XVI, Francisco no es Papa ni antipapa. ¿Por qué? Porque Benedicto XVI sigue vivo. Luego, todavía posee el Espíritu de San Pedro, es decir, tiene el Primado de Jurisdicción, que ninguna ley canónica le puede arrebatar. No hay ley jurídica que quite al Papa legítimo el Primado de Jurisdicción, porque ha sido instituido directamente por Jesucristo mismo (cfr. D 1825), no por los hombres. La ley de sucesión es de derecho divino, no humano, por la cual, el ser Papa o el ser Apóstol ha sido instituido positivamente por Dios: Dios le ha dado al Papa o a los Apóstoles un Poder para ejercer su función. Ese Poder no viene por ley canónica, sino por ley de la Gracia. Es una ley positiva divina, no humana. Es Dios quien elige al Papa, el cual posee la sucesión de San Pedro, y a los diversos Obispos, que tienen la sucesión apostólica.

Y el Primado de Jurisdicción no puede ser arrebatado del Papa por ningún cambio jurídico, porque Pedro tiene la plenitud de la Jurisdicción en la Iglesia. Es el Primado de Jurisdicción. Por tanto, no existe el Papa emérito. No se da un Papa con el Primado de Honor. El Primado de honor sólo corresponde a los Obispos. Ninguna ley jurídica puede quitar al Papa legítimo el Primado de Jurisdicción. Y, por eso, el Papa Benedicto XVI sigue teniendo el Poder Divino en la Iglesia. Y, en consecuencia, lo que hace Francisco es nulo totalmente: no puede proclamar santos, no puede quitar o poner excomuniones, no puede celebrar Sínodos, etc…Porque no tiene el Poder Divino. Está en la Iglesia con un poder humano. Sin el Primado de Jurisdicción no hay Iglesia, no se hace la Iglesia, no se construye la Iglesia.

La Iglesia la forma Dios, no los hombres. La Iglesia la guía Dios, no los hombres. Es Dios quien enseña en la Iglesia, no los hombres.

Este dogma del Papado, muy pocos católicos lo saben. No conocen su fe. Y, claro, dudan y no saben resolver sus dudas.

Todo el problema en la Iglesia, desde siempre, ha sido este punto: el Papa y los Obispos. Es decir, los Obispos quieren gobernar la Iglesia sin el Papa. Todos los cismas de la historia, lo que ha pasado en estos cincuenta años, desde el Concilio Vaticano II, es sólo la ambición de poder que todos los hombres tienen. Y, por esa ambición, vienen las desobediencias, las rebeldías, las herejías, las apostasías de muchos sacerdotes, Obispos y Cardenales.

Quien no comprenda que la renuncia del Papa Benedicto XVI es sólo por el pecado de la ambición de poder que tienen muchos Purpurados, es que no se entiende qué hace tanto católico ignorante e iluso en la Iglesia.

Hay tanto católico que se escandaliza de que los sacerdotes, Obispos y Cardenales sientan el atractivo del poder y vivan, dentro de sus ministerios, para alcanzar un puesto, un poder en la Iglesia. Entran en las vocaciones, en los seminarios para tener poder: quieren ser obispos para gobernar como ellos quieren. Quieren ser cardenales para estar en la mira de ser Papa, para entrar en el bombo de los Papables.

Hay que abrir los ojos de una vez: la corrupción en la Jerarquía, ya hace mucho tiempo, que es clara. Corruptos en el poder de la Iglesia. Así hay que definir a mucha Jerarquía. No viven como los Apóstoles, que aprendieron la humildad antes de estar en el Poder. Viven como Judas: su negocio humano que le llevó a vender a Cristo por unas cuántas monedas. Judas era un Apóstol que mendigó dinero de los hombres, pero que era incapaz de vivir de la Providencia Divina. Se movía para estar seguro en su vida humana. Y esa seguridad económica le llevó a la ambición de poder.

Primero, en el hombre, es la conquista del dinero. Una vez que el hombre tiene lo material asegurado, comienza a conquistar otras facetas en su vida. Y, siendo un Apóstol, conociendo el Poder que iba a recibir, todo era maquinar para poseer ese Poder al margen de la verdad.

Judas no llegó a ejercer como Apóstol, porque la Iglesia comenzó en el Calvario, pero sí subió al poder, codeándose con los fariseos, los legistas, los saduceos de su tiempo que le ofrecieron un puesto a cambio de información sobre Jesús. Judas no tenía vocación para el sacerdocio. Y fue rechazado por Jesús. Pero su mente obtusa, incrédula, su obsesión humana por servir al Mesías, sin creer en Su Reino ni en Su Divinidad, le llevaron a estar en una vocación que Dios no quería, pero que le daba para no tener en contra ninguna injusticia por parte de Judas: no tienes vocación, Judas, pero persistes en tu idea humana…Entonces, tu misma idea humana, que persigues, será tu justicia, lo que te condene. No crees en Dios que te dice sigue por otro camino, entonces tu falta de fe es tu condenación. Y Dios nunca se mancha las manos de sangre.

El Señor tiene que dar una vocación a muchos Obispos que, en realidad, no la tienen. Que él sabe que son como Judas: ven la Iglesia como un reino material, humano, para sus negocios, para sus conquistas.

El Señor muestra el camino a todas las almas, pero éstas son libres para aceptar o rechazar ese camino.

Por eso, los Cardenales que se pusieron a elegir a un Papa, estando el legítimo vivo, sólo siguieron la ley canónica, pero no la ley de la Gracia. Y, por tanto, en ese Cónclave no estaba el Espíritu Santo, porque Dios no podía dar el Espíritu de San Pedro a otra persona, ya que no había muerto el Papa.

Es así de sencillo el dogma del Papado. Y, por tanto, lo que los Cardenales eligieron fue a un anticristo. No un antipapa. A un hombre, que eligieron, para poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Esta fue la movida de los Purpurados. Lo demás, que Francisco ha hecho es entretenimiento para las masas. Había que poner muchas cabezas para regir, para mandar, para imponer, para enseñar, para guiar.

Desde el momento que Francisco pone ese gobierno, ya no hay Iglesia Católica en el Vaticano. Porque en la Iglesia Católica sólo se puede dar la Verticalidad. Se quita y se acabó la Iglesia. La Iglesia es Pedro. La Iglesia no es un conjunto de Obispos que dicen muchas cosas y que no hacen lo que dicen.

Lo que hay en el Vaticano es un nueva sociedad, una nueva iglesia, compuesta por hombres que se visten de Púrpura y que sólo tienen un poder humano. Han perdido todos los Obispos que obedecen a Francisco, que sigue ese gobierno horizontal, el Poder Divino, que les viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo aquellos Obispos que sigue en obediencia al Papa Benedicto XVI y que, por tanto, se oponen, en la práctica, al gobierno horizontal que está en Roma, siguen poseyendo el Poder Divino.

Por tanto, Francisco reina su sociedad, su iglesia, pero no gobierna la Iglesia Católica. La arrastra hacia el comunismo, el protestantismo, hacia su nueva iglesia. Pero no tiene poder divino para nada en la Iglesia. Francisco no hace la Iglesia Católica, no la construye, sino que hace su propia iglesia y, por tanto, destruye la verdadera Iglesia.

Esto es el dogma del Papado. Y muy pocos lo conocen. Muy pocos hay que sigan la ley de la gracia. Hay muy pocos católicos en la Iglesia católica. Ya no son católicos por gracia, sino por otra cosa, de nombre, de apellido, por diversión.

Y hay que ir al mundo y ver a la gente que, en verdad, tiene fe, tiene sentido común. Hay gente en el mundo que dice verdades como puños, y no son católicos. Pero son un ejemplo para todos. Por eso que creen son perseguidos. Por la Verdad que transmiten, que testimonian porque creen como niños en el Evangelio

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La evolución del pensamiento

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Francisco es un hombre vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno. Y aquí está la prueba de su obsesiva humildad.

Su humildad consiste en que se le perciba como un hombre del montón: viajar en colectivo o en coches de segunda mano, pagar las cuentas del hotel, hacer lo que todo el mundo hace: no destacarse, porque hay que estar en el mundo con el espíritu del mundo. Hay que obrar para que el hombre del mundo comprenda que se le entiende en su mundo, que se vive como él vive. Hay que ofrecer una imagen al hombre, una propaganda que guste al mundo, que lo atraiga. Francisco no entiende la humidad como el que da, ofrece, obra, la verdad. Sino como aquel que se abaja al error y comete el mismo error del otro.

En su concepto de amor al prójimo, ser humilde es respetar, aceptar el error del otro para poder amarlo

Francisco, toda su vida ha sido negador de la Verdad. Nunca se batió por la Verdad única, crucificada e indivisa, que es Cristo, sino que siempre ha predicado “la aceptación de la diversidad (…) que nos enriquece a todos” (El Jesuita – pag. 169). No la Verdad Revelada, no la Tradición Divina, no el Magisterio auténtico de la Iglesia, sino las verdades múltiples y consensuadas «con diálogo y amor» para «el reconocimiento del otro como otro (…) no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades, no absorbiendo al otro, sino reconociendo como valiosos lo que el otro es, y celebrando esa diversidad que nos enriquece a todos» (Ibidem). Y, en esta aceptación del otro, pone el amor al prójimo.

Los judíos, los musulmanes, lo masones, los que trafican con las armas, con el sexo, los corruptos, los indeseables, los que hacen el mal… son valiosos. Hay que dialogar; pero ¿hay reglas para el diálogo? No. ¿En que se fundamenta ese diálogo? ¿En la vida del otro, en sus verdades, en sus ideales, en sus obras, en sus pecados, en sus fechoría, en sus virtudes…? Ponte a dialogar y después bendice unas hojas de coca, porque tienes que aceptar la diversidad, tienes que reconocer al otro, no tienes que decirle al otro algo para que se humille, obedezca, se subordine a tus ideas, a tus sentimientos. No tienes que absorber al otro con tus ideas, con tus dogmas, con tus verdades reveladas. La fe es para todos. La fe es múltiple porque múltiples son las cabezas de los hombres, sus ideas, sus culturas, sus encuentros con la verdad.

«¿Cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo construir algo común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera sido mi aporte?» (Ibidem). Está declarando que ningún hombre es pecador, un demonio, sino que todos somos santos. Todos aportamos algo bueno a la humanidad, a la Iglesia. Todos tenemos una verdad que compartir. Y si las unimos todas, entonces tenemos la plenitud, lo global, el mundo feliz.

No mires el pecado del otro, no juzgues nada. Sólo acéptalo como es: el homosexual te aporta una verdad en tu vida. Esta es la gran herejía, que muchos siguen en la Iglesia, porque no se ponen en la Verdad Absoluta, sino que andan bailando de una verdad a otra, de un relativismo a otro, según les convenga en sus vidas. Y ahora dicen que los malcasados no pueden comulgar, pero después, con un telefonazo, se da la autorización para comulgar. La verdad es según la evolución del pensamiento humano. Una verdad que cambia, que se acomoda a la vivencia del hombre. Una verdad que nace en el mismo hombre, en su conciencia moral.

«Es que las culturas, en general, van progresando en la captación de la conciencia moral. No es que cambie la moral. La moral no cambia. La llevamos adentro. El comportamiento ético es parte de nuestro ser. Lo que pasa es que cada vez lo explicitamos mejor. Por ejemplo, ahora hay una conciencia creciente sobre la inmoralidad de la pena de muerte. Antes se sostenía que la Iglesia católica estaba a favor de ella o, por lo menos, que no la condenaba. La última redacción del catecismo pide, prácticamente, que sea abolida. En otras palabras, se tomó una mayor conciencia de que la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte» (El Jesuita – pag 87).

No cambia la moral, porque no viene impuesta por Dios: no hay ley divina, no hay ley natural, no hay ley moral. Es la conciencia de la persona la ley moral. Es lo que piensa la persona lo que es bueno o malo. Se lleva dentro, en el pensamiento. Y, por eso, no cambia. Todos los hombres piensan las mismas cosas. Todos los hombres van de una idea a otra. Unos se quedan en una idea, otros evolucionan en la idea. Y según avanza el progreso del hombre, entonces se va reflejando esa idea, esa evolución en el mundo. Y, por eso, antes la pena de muerte se podía justificar. Eran otros tiempos. Ahora, no hay «crimen tremendo que justifique la pena de muerte». Esta es la barbaridad que dice. Anula toda la Sagrada Escritura donde se ven los castigos que Dios enviaba a los hombres por otros hombres. Se anula la Justicia Divina como virtud en el hombre: el hombre no puede matar a otro si Dios se lo pide: «Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros al filo de la espada» (Lev 25, 7). En esta Palabra Divina está la pena de muerte. Y hay que saberla comprender en la Justicia de Dios, por el pecado de los hombres, no por una idea religiosa. No se mata en nombre de Dios, sino que se mata para hacer una Justicia que Dios pide, que Dios revela.

Esta Palabra Divina es, para Francisco, una idea vieja, un déficit que los hombres tuvieron en sus mentes en esa época. Y es necesario evolucionar, en la medida en que «la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano» (El Jesuita – pág. 88). Hay que afinar la mente, la idea vieja tiene que evolucionar hacia algo nuevo, amoroso, que al hombre le guste y le agrade. Pero, para Francisco siempre hay alguna excepción a la regla, una tolerancia cero:

«Uno no puede decir: “te perdono y aquí no pasó nada”. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros, la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente» (El Jesuita – pág. 137). Francisco habla como un judío, resentido con los nazis y pone en evidencia que su conciencia moral exige una excepción a la regla.

No podemos perdonar a los nazis y aquí no pasó nada. Hay que matarlos porque era la ley del momento. Era buena, era aceptable esa ley. No estoy a favor de la pena de muerte, pero cuando me tocan los nazis, entonces sí estoy a favor. Lo que hicieron los nazis, ¿no justifica la pena de muerte? Francisco está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. Hay que justificar la pena de muerte. Era «la ley de ese momento». La evolución de la conciencia puede esperar un ratito más.

Y, por eso, porque era el momento, en la oración blasfema que se hizo en el Vaticano, un musulmán, recitó la pena de muerte para todos los infieles.


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Esto es lo que se llama una oración por la guerra. Y es el fruto recogido ahora: «Matadlos donde los encontreís (…) Combatidlos hasta que no haya más asociación y que la religión sea solo de Alá» (Sura 191). Soy un hombre pacífico que reúne a mis hombres en el Vaticano para declarar la guerra a todo el mundo.

Esto es siempre Francisco: maneja su lenguaje humano como quiere. Lo lleva de un sitio a otro, porque no se pone en la Verdad, sino que va buscando sus verdades de acuerdo al momento histórico.

Y todavía hay hombres en la Iglesia, y muchos de ellos con la teología a cuestas, que no saben llamar a Francisco como lo que es: falso Papa. En sus teologías buscan un argumento para salvar a Francisco. Que es lo que hace Lombardi y los demás: limpian los mocos de la nariz de Francisco cuando éste dice sus babosidades.

Esta evolución del pensamiento se refleja en la idea de una nueva iglesia y del gobierno mundial.«La globalización como imposición unidireccional y uniformante de valores, prácticas y mercancías va de la mano de la integración entendida como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual» (El Jesuita – pag. 169). Está hablando del nuevo orden mundial. Esta es su idea de lo que es un gobierno en la Iglesia. Para continuar así: «Entonces, ni profetas de aislamiento, ermitaños localistas en un mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo de los otros, con la boca abierta y aplausos programados. Los pueblos al integrarse al diálogo global, aportan valores de su cultura y han de defenderse de toda absorción desmedida o síntesis de laboratorio que los diluya en lo común, lo global. Y, al aportar esos valores, reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas que le son propias» (Ibidem).

a. Para un nuevo orden mundial se necesita imitar las culturas, las filosofías, las religiones de todos. Hay que integrar a los demás: «va de la mano de la integración entendida como imitación». Y sólo se integra, imitando a los hombres.

b. Se necesita subordinar las cosas de los hombres: esto va en contra de lo que él mismo dice sobre el diálogo: «no pretendiendo que el otro se subordine a mis criterios y prioridades». Dialoga, pero no subordines. Pero, cuando hay que hacer un orden mundial, es necesario la subordinación de las culturas a otra cosa. Esta es la idea maquiavélica: seamos todos hermanos, nos besamos, nos abrazamos, pero una vez que estamos juntos, que nos hemos conocido y puesto de acuerdo, hay que someterse a algo. Y ese algo no aparece en el diálogo. Cuando los hombres se unen, entonces se les impone la idea de la dictadura.

c. profetas del aislamiento: Una vez que todos nos besamos, hay que quitar a los profetas que dan negatividades: que hablan del infierno, del pecado, de castigos divinos, etc. Hay que quedarse con los profetas del amor, de la misericordia, de las ternuras: el profetismo del relativismo, de la tolerancia, de la amistad, del bien comer, del hacer una fiesta, una alegría para todos. Hay que combatir a MDM, porque dice cosas que no le van a la publicidad de Francisco. Hay que aupar a este hombre y combatir a los que hablan la mentira que está en contra de la verdad que Francisco dice. La verdad es lo que dice Francisco. Y ahí del que se oponga. Es un profeta del aislamiento. Pena de muerte al profeta del aislamiento.

d. ermitaños localistas en un mundo global: que las carmelitas acepten a personas hermafroditas para que no se queden solas en este mundo. Tienen que subirse al carro de lo global, de lo para todos. Ya la soledad, el apartamiento del mundo no es un camino para alcanzar la santidad. Como todos somos santos, hay que meter a todos en los conventos. Todos las clausuras, los conventos que se abran al mundo, a las nuevas tendencias, y que acepten a los monjes budistas, a los sionistas, …

e. ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola: los idiotas de turno que aceptan los dogmas porque otros lo dicen, que van a la misa por un compromiso social, que hacen masa para aplaudir y vitorear a quienes no conocen, cuando los Papas viajan a sus países, a esos hay que hacerles de la causa global: que sigan en lo mismo, pero que sean idiotas del error, que aplaudan a los vulgares, a la Jerarquía que se dedica a cantar y a hacer fiesta, contratando payasos para la misa….

f. Cada pueblo que defienda sus culturas de las Verdades Reveladas, de los dogmatismos, de las leyes divinas, morales, naturales. Hay que ser del común, no de un grupo selecto de gente que no sabe besar y abrazar al otro. Seamos un pueblo mundial porque tenemos, aceptamos, con gran respeto y dignidad, los errores, las mentiras, las herejías, las leyes inicuas, las obras maliciosas de todos, porque ese es el camino para hacer un mundo feliz, que esté lleno de alegría.

Francisco es amigo de neologismos y de chabacanerías, que ha sabido acuñar aquello de «dejate misericordear por Cristo». Con Francisco, hay que dejarse sinagoguear por el mundo judío.

Su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman, al cual prologó su libro “Argentina Ciudadana” y Alejando Avruj, al que le entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara “la noche de los cristales rotos», una impostura, una blasfemia; y con el rabino Skorda, defensor del matrimonio homosexual (noticia); revela la mente de Francisco sobre Jesús, que es la mente de un judío.

«Usted no puede negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad»

«Debemos hacer una aclaración: hablar de mártires significa hablar de personas que dieron testimonio hasta el final, hasta la muerte. Decir que mi vida es un martirio debería significar que mi vida es un testimonio. Pero, actualmente, esta idea se asocia con lo cruento. No obstante, por el tramo final de la vida de algunos testigos, la palabra pasó a ser sinónimo de dar la vida por la fe. El término, si se me permite la expresión, fue achicado. La vida cristiana es dar testimonio con alegría, como lo hacía Jesús. Santa Teresa decía que un santo triste es un triste santo» (El Jesuita – pág. 42).

Es decir, para Francisco Jesús no fue mártir. Su muerte hay que explicarla de otra manera. Jesús vivió la vida cristiana con alegría y después lo mataron. Y, entonces, hagan todos lo mismo: vivan con alegría la vida. Y ya son mártires.

«Todo el que pierda su vida por mí la ganará» (San Mateo, 10, 39). La Iglesia enseña que la corona del mártir es Cristo: es dar la vida por Cristo, no por la fe, no por un testimonio. El mártir significa que el discípulo se asemeja a Su Maestro: como Cristo dio su vida por todos, así el que sigue a Cristo tiene que dar la vida por Él, tiene que unirse al martirio de Cristo, a los sufrimientos, a la muerte de Cristo. Para Francisco esto es un empequeñecimiento, una reducción, un “achique”.
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En consecuencia, Francisco se inclina por «La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. El dolor se muestra allí con serenidad. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó» (El Jesuita – pág. 41). La crueldad de Cristo en la Cruz eso no da esperanza al hombre. Mirar las llagas de Cristo, ver su sufrimiento real, eso es devastador para el alma. Hay que quitarlo. Hay que mostrar un Cristo alegre, con un dolor sereno, con una muerte dulce.

«La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía. Si se observan los íconos orientales, los rusos, por ejemplo, se comprueba que son pocas las imágenes del crucificado doliente. Más bien, se representa la resurrección. En cambio, si echamos un vistazo al barroco español o al cuzqueño, nos encontramos con cristos de la paciencia todos despedazados, porque el barroco enfatizaba la pasión de Jesús» (El Jesuita – pág. 41).

En estas palabras, Francisco niega la obra Redentora de Cristo. En la Iglesia se exalta a Cristo y, por tanto, se exalta la Cruz: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose maldito, porque lo dice la Escritura: “Maldito todo el que cuelga de un árbol”» (Ga 3, 13). A un maldito no se le pinta con una cara de sonrisa. Un maldito tiene en su rostro la maldición del pecado. Y esa visión es horrenda, no se puede aguantar para el hombre que vive en su pecado. Ante un maldito, el hombre pecador lo aborrece, lo desprecia. Y, por eso, al Señor, lo despreciaron en la Cruz, le añadieron más sufrimientos que los que padecía.

Francisco recurre al tiempo de los hombres, a sus culturas, a sus ideas de cada época. Es la evolución del pensamiento. La fe, para Francisco, se representa, se vive, se interpreta según el momento histórico. Y, por tanto, no hay que poner una cruz maldita a los ojos de los hombres; no hay que representar en la Cruz el dolor de Cristo. No hay que poner la sangre, y una cara desfigurada. Hay que poner otras cosas más agradables a los hombres, que gustan, que están más de acuerdo con las ideas que cada hombre vive en su vida. Es el sentimiento de lo humano: dame sentir lo agradable de lo humano y soy feliz. Dame algo positivo y entonces vivo sin problemas. Miremos al Resucitado, pero no al Crucificado, porque ya no hay que hacer penitencia por nuestros pecados, hay que pasarlo bien.

«¿Dar testimonio de alegría aún cuando la Iglesia invite a la penitencia y al sacrificio como forma de expiación?»

«Claro que sí. Se puede hacer ayuno y otras formas de privación e ir progresando espiritualmente sin perder la paz y la alegría. Pero cuidado, tampoco puedo caer en la herejía del pelagianismo, en una forma de autosuficiencia, según la cual yo me santifico si hago penitencia y, entonces, todo pasa a ser penitencia. En el caso del dolor, el problema es que, en ciertas oportunidades, está mal llevado. De todas maneras, no soy muy amigo de las teorizaciones delante de personas que atraviesan momentos duros. Me viene a la mente el pasaje evangélico de la samaritana que había tenido cinco fracasos matrimoniales y no los podía asumir. Y que, cuando se encuentra con Jesús y le empieza a hablar de teología, el Señor la baja de un hondazo, la acompaña en su problema, la pone frente a la verdad y no deja que se aliene con una reflexión teológica» (Ibidem).

Es increíble la tergiversación que hace del pasaje de la samaritana para anular la Verdad. ¡Qué mente tan malvada la de este hombre! La samaritana asumía sus cincos matrimonios. Y tenía otro hombre más con el cual pecaba. Y eso no era un problema para la samaritana, no era un momento duro para ella. En este pasaje, el Señor se centra en uno de los puntos fundamentales de la división entre judíos y samaritanos: la adoración a Dios, el lugar en el que se debe dar el culto legítimo a Dios. Y el Señor le enseña que hay que «adorar al Padre en Espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). El Señor le habla como profeta y le enseña su vida de pecado, para que esta mujer entienda que está ante un hombre distinto a los demás. El Señor le enseña el camino para salir de su pecado: el culto verdadero a Dios. El Señor no le habla del fracaso de sus matrimonios. La samaritana no habla con ninguna teología. El Señor da su Palabra a un alma perdida en su pecado y le muestra el camino de salida, que es un camino de penitencia. Y, al final, el Señor se revela a ella como Mesías: «Yo soy, el que habla contigo» (v. 26).

Así que, para Francisco, hagan ayunos, pero progresen en la vida espiritual, porque no todo es penitencia, no todo es cruz, no todo es amargura. Hay que progresar. Hay que dejar la amargura, el dolor, y centrarse en la alegría. Haz ayuno, pero si sientes hambre, come. No hagas ayunos rigurosos. Hazlos según tu vida. Hazlos como te gusten. Pero no sufras mucho, porque ya no tienes que salvar tu alma o expiar tus pecados, o morir con Cristo. Tienes que vivir la alegría que Cristo vivió. Y, por eso, el Calvario tiene que ser una fiesta. Allí estuvo la virgen María bailando y comiendo, mientras su Hijo moría. Hay que hacer así las santas Misas: discotecas.

La evolución del pensamiento: esto es todo en Francisco. Una mente que baila con todas las ideas de los hombres, sean buenas, sean malas, y que escoge aquellas que son para el momento. Recurre a las leyes del momento. Piensa según el momento. Obra según el tiempo. Todo es según el cristal como se lo mire. Nada es Absoluto. No hay dogmas, sólo se da el pensamiento del hombre.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

El ecumenismo destruye a la Iglesia Católica

Cartel blasfemo sobre el ecumenismo

Cartel blasfemo sobre el ecumenismo

Los hombres quieren formar su unidad en la Iglesia y ése es el principal error del ecumenismo.

Porque la unidad en la Iglesia es una Gracia de la Santísima Trinidad que nadie en la Iglesia sabe obrarla como conviene.

Jesús no pide a los hombres que todos sean Uno, sino que ruega al Padre que dé la Gracia de la unidad a los que creen en Su Palabra: «Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos, crean en Mí por Su Palabra, para que todos sea Uno, como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti, para que ellos también sean en nosotros» (Jn 17, 20-21).

Los hombres no tienen que empeñarse en buscar la unidad, sino en quitar sus pecados, que es lo que impide que la Gracia de la unidad actúe en la Iglesia.

Es una ilusión buscar la unidad entre los hombres del mundo cuando en la Jerarquía de la Iglesia existe una clara división. Es algo absurdo lo que propone Francisco: “La credibilidad del anuncio cristiano sería mucho mayor si los cristianos superaran sus divisiones” (Ev. gaudium n- 244).

Primer absurdo: El Evangelio hay que predicar allí donde no hay fe, porque es la Palabra que contiene la Fe y que da la Fe al alma que no la posee. Si no se predica el Evangelio entonces los hombres no se convierten, siguen en sus vidas humanas, en sus errores, en sus pecados. El Evangelio es para aquellos que no creen. El mismo Evangelio tiene credibilidad por sí mismo porque es la misma Verdad. No es una Verdad que tiene que apoyarse en un testimonio humano. Es una Verdad que sólo se apoya en Dios, en Su Palabra, en Su Mente, en Su Obra Divina. Y se da esa Verdad sin más. Sólo hace falta una boca sencilla, humilde, que transmita ese Evangelio sin añadirle ni quitarle nada. Que dé la Verdad como la recibe de Dios. Y si se hace eso, entonces Dios hace Su Obra: convierte a las almas y las une en un mismo Espíritu.

No se cree al Evangelio porque haya muchos hombres unidos; se cree al Evangelio porque es la Verdad Divina. Y esa Verdad Divina hace que los hombres se unan en una misma Iglesia, que da esa misma Verdad. Pero cuando los hombres en la Iglesia no dan esa Verdad, tal cual es, el problema está en los hombres de la Iglesia, no en el Evangelio. Y, entonces, aparece el conflicto: el Evangelio dice una cosa, pero los hombres en la Iglesia dicen otra y obran otra cosa distinta al Evangelio. Gravísimo conflicto. Y lo que hay que remediar es la división interna de la Iglesia, no que los hombres del mundo, los cristianos del mundo, se unan para que así el Evangelio tenga más credibilidad.

La gente no cree en la Iglesia, pero sí cree en el Evangelio. La gente no cree en los sacerdotes ni en los Obispos, porque no viven el Evangelio, no obran conforme al Evangelio. Y éste es el grave problema. No está en el Evangelio, sino en que los hombres no aceptan el Evangelio dentro de la misma Iglesia Católica. Y, entonces, viene el segundo absurdo:

Segundo absurdo: querer unir a todos los cristianos (protestantes, musulmanes, budistas, judíos, etc.) para que el Evangelio sea creíble. ¡Gran absurdo, propio de esa cabeza absurda, que es Francisco! ¿Para qué quieres unirte al judío, al protestante, al cismático, al hereje, si los mismos sacerdotes y Obispos en la Iglesia ya no siguen el Evangelio, ya no viven el Evangelio, ya no creen en el Evangelio? ¿Con quién te quieres unir en el mundo si dentro de la Iglesia estás desunido con todos? ¿Para qué buscas una unión fuera de la Iglesia, si dentro de la Iglesia está la división? Remedia lo que hay dentro de la Iglesia. Pero esto nunca lo va a hacer Francisco, porque él ha sido puesto para dividir la Iglesia y el mundo buscando una unidad ficticia, falsa, romántica, impía.

“Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente” (Ev. gaudium n- 245). Francisco no ha comprendido el problema.

El problema del Ecumenismo es que, de hecho, niega el Úníco Verdadero Dios. Este es el problema. El judío, el protestante, el budista, el musulmán, etc. cada uno de ellos sigue a su dios, pero nadie sigue al Verdadero Dios. ¿Cómo puede haber unidad entre los hombres cristianos si ellos no se ponen de acuerdo en un único Dios?.

No se puede equiparar a Mahoma con la Santísima Trinidad. No se puede rebajar a Dios para acoger a Buda; no se puede obviar el pecado de los judíos para anular a Cristo, que es el Mesías de los judíos; no se puede ensalzar al dios interior, al dios de la conciencia, cuando existe el Dios que ha creado la vida interior de cada hombre y que le ha dado una conciencia para que vea su pecado y convierta su corazón a Dios.

El gran problema de los hombres es que quieren quitar con sus pensamientos humanos a Dios y poner lo que cada uno piensa o se ha inventado sobre Dios. Muchos sacerdotes y Obispos sólo tienen el lenguaje de la Santísima Trinidad. Sólo dicen que existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Lo hablan con sus palabras humanas, pero, de hecho, en la vida de cada día, en sus ministerios sacerdotales, no creen ni en el Padre ni en el Hijo ni en el Espíritu Santo.

El problema de los hombres está en creer en la Santísima Trinidad. ¡Creer! No está en hablar de Ella, sino en obrar lo que el Padre quiere, lo que dice el Hijo, lo que pone el Espíritu en el corazón. ¡Éste es el verdadero problema!

La gente del mundo cree en sus dioses, en sus mentes humanas, en sus culturas humanas, en sus obras humanas, pero no cree en la Santísima Trinidad.

Muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia Católica han dejado de creer en la Santísima Trinidad. Ya muchos creen en la reencarnación, en que Cristo era hombre, persona humana, en que el Espíritu es sólo un poder divino, pero no una Persona Divina.

Si falla la Fe en el verdadero Dios, aunque haya un Bautismo, aunque haya una Sacramento del Orden, aunque todos nos besemos y no abracemos, no hay unidad entre los hombres en la Iglesia.

La unidad en la Iglesia no la hacen los bautizados, sino los que creen en Dios. Es la fe en el único Dios Verdadero. No es que estemos bautizados y tú, como perteneces a los protestantes, y yo a los católicos, entonces nos unimos porque hay un bautismo, porque hay una creencia en Cristo, porque somos cristianos…. Ésta es la herejía que Francisco promulga. Y, entonces, él quiere unir a todos los hombres a la fuerza:

“¡Son tantas y tan valiosas las cosas que nos unen!” (Ev. gaudium n- 246). Francisco quiere unir a los hombres buscando un motivo humano, un romanticismo humano. El budista sigue a Buda; el católico sigue a la Santísima Trinidad. ¿Cómo unirlos? Hay que buscar cosas humanas, pensamientos, obras, deseos, vidas, inquietudes, culturas, que sean comunes a los dos. Y eso produce la unión. Y Francisco pone una razón diabólica para hacer esto: “si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros!” (Ev. gaudium n- 246). Está diciendo que el Espíritu Santo está con los budistas, con los musulmanes, con los judíos, con los paganos, con todo el mundo. Y, por tanto, lo que vive cada hombre en su vida particular es santo, es bueno, es justo. Consecuencia: ningún hombre peca. Consecuencia: todas las religiones sirven para alcanzar a Dios y para salvarse. Consecuencia: hagamos una única religión mundial. ¿Para qué estar desunidos, viviendo en muchas religiones, si podemos unirnos todos en una? ¡Diabólico!

Aquí se ve claro el ideal comunista de Francisco: busquemos el bien común de todos los hombres para la unión en una misma Iglesia. El bien común humano, cultural, político, económico natural. Y, entonces, tiene que negar a Dios. Hay que anular la fe en Dios. Hay que anular los dogmas, las verdades absolutas. Porque hay que acoger a hombres que viven sus pecados y adoran a sus dioses.

“No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros”.(Ev. gaudium n- 247) ¡Esto es diabólico! Esto es negar la Iglesia Católica, porque sólo el Espíritu siembra sus dones en la Iglesia Católica. Sólo el Espíritu Santo se da en la Iglesia Católica. Sólo el Espíritu Santo forma la Iglesia Católica. Es decir, el Espíritu Santo no obra allí donde hay un óbice a la Gracia, donde hay pecado. No puede obrar, no puede mover hacia lo santo. Francisco anula la Iglesia en este párrafo, porque necesita crear su nueva iglesia, donde entren todos sin diferencias, sin distinción.

“A través de un intercambio de dones, el Espíritu puede llevarnos cada vez más a la verdad y al bien” (Ev. gaudium n- 246). Esto es el resumen de su idiotez. Porque esta frase sólo la puede decir un idiota, no un sabio. Es imposible que intercambiando culturas los hombres lleguen a la plenitud de la Verdad. Es imposible que intercambiando ciencias, técnicas, filosofías psicologías, los hombres descubran la plenitud de la Verdad. Es imposible que intercambiando ritos, liturgias, cultos a dioses, oraciones a dioses, se llegue a la adoración del auténtico Dios.

Ponerse en la Verdad no es intercambiar dones. Ponerse en la verdad es dejar el hombre su pecado y ser fiel a la Gracia. Si el hombre no hace esto, por más que dialogue, intercambie pensamientos, proyectos humanos, obras humanas, culturas, etc., no se llega a ningún bien ni a ninguna verdad.

Francisco está en su romanticismo herético: nos besamos, nos abrazamos, charlamos de nuestras cosas, de nuestras vidas, aprendemos unos de otros y ya está todo conseguido. Y pone su razón diabólica: es que el Espíritu nos une; es el que el Espíritu siembra sus dones. ¡Claro! El espíritu demoniaco….

“Dios sigue obrando en el pueblo de la Antigua Alianza y provoca tesoros de sabiduría que brotan de su encuentro con la Palabra divina” (Ev. gaudium n- 246). Pero, inútil de Francisco: ¿cómo Dios puede seguir obrando en los judíos si ellos no creen en la Palabra Divina? Y si no creen en el Evangelio, cuando ellos toman esa Palabra, la interpretan como quieren, según sus leyes. Por seguir sus leyes, ellos mataron al Cristo del Evangelio. Ellos mataron el Evangelio, lo anularon. Ellos mataron la Gracia .¿Cómo Dios va a seguir obrando en ellos si no quieren la gracia, si han anulado la Gracia, si se oponen a la Gracia? Sólo un necio como Francisco se atreve a decir esta frase y quedarse como si nada, como si hubiera dicho una gran verdad. Es la palabrería barata y hereje de ese hombre que no tiene ni idea de lo que exige la unidad en el Espíritu. Él va buscando la unidad en lo humano, en lo carnal, en lo cultural, en el pensamiento del hombre. Y, por eso, dice todas estas sandeces. Y, es claro, que no se puede comulgar con Francisco. ¡Es clarísimo!

“Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos” (Ev. gaudium n- 252). Los escritos sagrados del Islam…: Francisco, ¿no sabes que el fenómeno del Islam niega directamente el Misterio de la Santísima Trinidad y el Misterio de la Encarnación? ¿Es que no lees la historia donde se ve que el islamismo se desencadenó por toda Europa para destruir lo cristiano, lo católico? ¿Es que no has discernido que el islamismo es la religión del Anticristo que se opone a la Iglesia Católica en todos sus dogmas? ¿Y llamas sagrado a sus libros? ¿Y, entonces, qué es para ti la Palabra de Dios? ¿Un apéndice de los libros del Islam? ¿Un fruto del Islam? Tamaña necedad sólo un idiota como Francisco la escribe. ¿Qué tenemos de común con los del islam? ¿Qué nos gusta la vida, las mujeres, el comer, el beber, el bailar? Por favor, ¿quién puede hacer caso a Francisco? ¿Quién se atreve a decir que Francisco está dando la doctrina de Cristo, está hablando como Vicario de Cristo? Es un majadero que no sabe lo que está diciendo.

El Ecumenismo es invención, mentira y blasfemia de Satanás, para equiparar a todos los dioses, a todos los falsos profetas, al mismo nivel de Cristo Jesús. Y, por eso, hay que anular a Cristo, hay que ocultar a Cristo, hay que tergiversar a Cristo, su vida, sus obras, su doctrina, su Evangelio. Hay que ensalzar a los demás, a los hombres. El valor, la verdad está en los demás, no está en la doctrina de Cristo. Y, entonces, la consecuencia: hay que negar al verdadero Dios, porque cada uno sigue a su dios, como está en su mente humana.

Y en la unidad que hace el Espíritu, Dios no se niega a sí mismo. Dios se afirma a Sí Mismo y, por tanto, pone en cada alma que hace la unidad la gracia para ser santo. Y sin esa gracia, es imposible la unidad.

Por eso, sólo en el Cielo se da la perfecta unidad, porque ya no hay pecado, ya no hay que purificar el pecado en el Purgatorio. Pero, en la tierra, como hay pecado y como los hombres no se purifican de sus pecados, no puede darse la unidad, por más que quieran los hombres. Ni siquiera Dios lo puede hacer mientras exista el pecado. Y sólo en el Reino glorioso se va a dar esa unidad. Pero, antes, ni soñando es posible la unidad en la Verdad.

De este ecumenismo que busca Francisco se sigue, de forma inexorable, la destrucción de la Iglesia actual. Y es una destrucción inminente. Queda muy poco tiempo para ver en Roma cómo los mismos sacerdotes y Obispos anulan la Verdad en la Iglesia y la destruyen. Y entrarán en la Iglesia los hombres del mundo, con sus religiones para formar la iglesia universal: todos juntitos caminado hacia el infierno.

El gobierno horizontal promueve la mentira en la Iglesia

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La Iglesia tiene una forma de gobierno jerárquica (ierá-argá (en griego) = mando sagrado), es decir, la persona que tiene el poder es sagrada. No es un laico, no es alguien del mundo, no es profana, mundana, humana. Y, además, esa persona sagrada ha sido elegida directamente por Dios, de forma positiva, para un cargo sagrado.

Saúl fue elegido por Dios, pero no para un cargo sagrado. Saúl no es persona sagrada, porque su cargo, su poder no era sagrado.

Dios ha designado al gobierno de la Iglesia a los Obispos, los sacerdotes, y los diáconos. A ellos les ha dado la potestad para enseñar, gobernar y santificar a las almas: “Pues Jesucristo mismo, durante su vida en esta tierra… comunicó a los Apóstoles y a sus sucesores una triple potestad; a saber la de enseñar, la de gobernar, y la de conducir a los hombres a la santidad; y estableció como ley primera de toda la Iglesia esta potestad determinada ciertamente con unos preceptos, derechos y deberes” (AAS 35,209) ” (PÍO XII en la Encíclica “Mystici Corporis”)

Pero Dios ha puesto una persona por encima de ellos: Pedro.

Pedro no sólo tiene un poder en la Iglesia, porque pertenece a la Jerarquía, sino un poder absoluto en la Iglesia.

Ningún Obispo, sacerdote, diacono posee el poder de Pedro. San Pedro está por encima de los apóstoles, gobernando la Iglesia como una monarquía, siendo él el que tiene la potestad suprema de la Iglesia. Jesús instituyó una monarquía, es decir, un gobierno vertical. Jesús no instituyó una oligarquía, es decir, que la potestad suprema no está en un gobierno horizontal, en un colegio de obispos, o de cardenales, o de iguales.

En la Iglesia se sigue el dogma, la única Verdad: su gobierno es vertical. Éste es el dogma. Quien quite este dogma, se carga la Iglesia automáticamente.

Jesús, al fundar Su Iglesia le pone la Cabeza: Pedro y una monarquía. Éste es el dogma del Primado de Pedro en la Iglesia. Primado de Jurisdicción.

Jesús no pone un gobierno horizontal, de iguales, oligárquico. Por eso, Francisco, al poner un gobierno horizontal, anula el dogma, pone su mentira en la Iglesia. Automáticamente, comienza su nueva iglesia. Lo que vemos en Roma no es la Iglesia de Jesús, porque en Ella no existe el gobierno horizontal. Sólo vemos un inicio de una nueva iglesia, con un gobierno humano, con unos poderes humanos, con unos fines humanos, con gente que se viste de Obispo, de sacerdote,de persona sagrada pero sin un cargo sagrado. Y, por lo tanto, no rigen la Iglesia de Jesús, sino sólo su iglesia nueva. Sólo el gobierno vertical es un cargo sagrado en la Iglesia. El gobierno horizontal no tiene el sello de lo sagrado, sino de lo mundano.

Este es el desastre que Francisco ha hecho en Roma y que nadie lo analiza. Y es la obra del pecado de Francisco, por la cual se le llama maldito: pone su pecado en medio de la Iglesia, no se arrepiente de su pecado, y justifica, de muchas maneras, su pecado. Por eso, es un maldito, para el cual no hay misericordia porque no ve su pecado. Sólo la espada de la Justicia está sobre su cabeza. Su pecado es una obra pública y, por tanto, todos pueden hablar del pecado de Francisco, porque él lo enseña al mundo. Todos pueden juzgar a Francisco, porque es un hombre que ama su pecado y obra su pecado. Y, por tanto, produce un mal enorme. Y eso se siente en toda la Iglesia.

El pecador público que no quita su pecado es juzgado por todos, porque ese pecado público muestra la intención de su pecado. Y, conociendo la intención del que peca, se puede juzgar al que peca.

Cuando el pecado es privado, oculto, nadie puede juzgar al pecador, porque no conoce su intención. Pero cuando se muestra el pecado a todos, entonces también se muestra la intención.

El pecado de Francisco: quitar el dogma de la monarquía en la Iglesia, el gobierno vertical. Y, por tanto, poner su mentira, su obra de pecado.

Quitando el gobierno vertical se producen dos cosas en la Iglesia:

1. ya la cabeza de esa iglesia no es el fundamento de la unidad: se pone la división en la cabeza, que es la división de la verdad. Hay muchas cabezas que gobiernan = hay muchas verdades. Lo que prevalece son las mentiras, las muchas verdades arropadas de santidad y de justicia, que esconden el pecado, el engaño, la falsedad, el error.

2. ya la cabeza de esa iglesia no tiene el poder absoluto en Ella: por tanto, no tiene las llaves de la Verdad, las llaves del Cielo, las llaves de la salvación. Lo que obra esa cabeza es para condenar a todas las almas que pertenezcan a esa iglesia.

Esta es la gravedad del pecado de Francisco. Peligrosísima obra de Francisco en la Iglesia. Francisco ha anulado un dogma en la Iglesia. Y el dogma principal, porque es el fundamento de la Iglesia. La Iglesia se edifica en Pedro. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Pedro tiene la Suprema Potestad en la Iglesia. Pedro no es como un padre de familia, que es el primero en la familia, porque tiene una potestad de mando. El varón es la cabeza porque su potestad es para mandar, pero no es para ser autoridad. También la mujer manda en la familia, pero es segunda en el mando. En esa potestad de mando, la mujer no siempre tiene que obedecer al varón, porque éste no es el primero por derecho de autoridad, sino sólo el primero por la potestad de mandar.

Pedro no manda en la Iglesia, sino que la guía con su autoridad absoluta. Pedro no opina en la Iglesia, sino lo que dice es con su autoridad absoluta, y siempre hay que hacerle caso, siempre hay que obedecerle. Pedro recibe la autoridad del mismo Jesucristo, no de la Iglesia, no de los Sacramentos, no de la Gracia, no de los Carismas, no por derecho natural, sino de la misma Persona del Verbo Encarnado.

El varón no tiene esta autoridad, sino sólo el poder del mando que le da la naturaleza humana. Por ser el primero en ser creado y, siendo la mujer la segunda, la que nace de él, por eso tiene esta potestad de mando, pero no autoridad sobre la mujer. La mujer sólo está sometida a él en las cosas de la naturaleza humana, no en las cosas espirituales o divinas.

La autoridad que tiene Pedro en la Iglesia no se la da un conjunto de hombres: de Obispos, de Cardenales, de sacerdotes, etc. Su autoridad no viene de los hombres, de la concordia entre iguales, porque Jesús sólo da esta potestad absoluta a Pedro, no a los Apóstoles. Y se la da para que gobierne solo, sin ayuda de ningún hombre en la Iglesia.

La potestad absoluta que tiene Pedro en la Iglesia no necesita de un gobierno de ayuda o de un gobierno horizontal, porque en esa potestad está todo lo que Pedro necesita para gobernar. Pedro puede consultar con los hombres, pero los hombres no deciden nada. Sólo se consulta para ver cómo está el panorama de la Iglesia, para ver cómo están los corazones en la Iglesia, para ver los problemas que hay en la Iglesia. Pero esa consulta no es un gobierno de consulta, no es una necesidad en la Iglesia, porque la Iglesia la rige el Espíritu, no los pensamientos de los hombres. Y sólo hay que seguir al Espíritu para no equivocarse en el gobierno de la Iglesia.

“Jesucristo puso a San Pedro como gobernante supremo de la Iglesia. En verdad hizo a San Pedro y a nadie mas aquella insigne promesa: “Tu eres Pedro sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia” (San Mateo 16,18). Por estas palabras queda claro que por voluntad y por mandato de Dios la Iglesia se asienta en San Pedro, así como un edificio está asentado en sus cimientos… Por consiguiente pertenece a Pedro el sustentar la Iglesia y el defenderla unida y firme con estructura irrompible. Ahora bien ¿quién es el que puede cumplir un cargo de tan gran responsabilidad sin la potestad de mandar, de prohibir, de juzgar, a la cual potestad se la denomina verdadera y propiamente con el nombre de jurisdicción?… Además Jesús añadió lo siguiente: “Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos”… La Iglesia ostenta la imagen expresa no solo del edificio, sino también del Reino: además todo el mundo sabe que las llaves son el distintivo normal que indican el poder. Por lo cual cuando Jesús promete dar a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos, promete que le dará potestad y derecho sobre la Iglesia… Están de acuerdo con esto las palabras que Jesús le dijo a Pedro a continuación: “Y cuanto tu atares sobre la tierra, quedará atado en el cielo; y cuanto tu desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos”. La expresión empleada en sentido translaticio de atar y desatar indica el derecho de dar leyes e igualmente la potestad de juzgar y de castigar. En verdad esta potestad se dice que tendrá tanta amplitud y poder, que cualesquiera decretos de la misma los ratificará Dios. Por tanto es una potestad suprema y plenamente “sui iuris”, puesto que no hay en la tierra por encima de ella ninguna potestad de grado superior, y ya que abarca a la Iglesia entera y a todo lo que le ha sido confiado a la Iglesia” (León XIII en la Encíclica “Satis cognitum” (AAS 28,726s)).

No hay en la tierra otra potestad por encima de la de Pedro. Luego, ¿no es ridículo el gobierno horizontal ,que ha puesto Francisco en Roma, porque eso señala el poder que hay en el mundo? Los poderes en el mundo son horizontales. Luego, ese gobierno que ha puesto Francisco no es distintivo de la Iglesia, no hacen de esa iglesia algo fuera de lo que hay en el mundo, sino que sólo es otra cosa más del mundo. Ese gobierno es como los del mundo.

Y el gobierno que ha puesto Jesús en la Iglesia no está en el mundo: está por encima de cualquier potestad del mundo. ¿Ven la estupidez de ese gobierno horizontal? ¿Ven la locura a la que lleva ese gobierno horizontal? ¿No ven que, a través de ese gobierno horizontal, los poderes del mundo se unifican con la Iglesia, se meten en la Iglesia? ¿No ven el peligro de tener unas cabezas que promueven una caridad en la Iglesia pero sin el sentido sobrenatural? Es lo del mundo: hagamos un bien humano a los hombres. Eso da publicidad a los políticos. Vayamos a compartir con las diferentes ideologías de los hombres, para quedar bien ante los hombres. De esa manera, se gana adeptos para la nueva iglesia.

El gran peligro del gobierno horizontal es: meter en la Iglesia el poder del mundo y vender la Iglesia al mejor postor. Es lo que hizo Judas cuando entregó a Su Maestro. Francisco quiere dinero para sus pobres. Muy bien: dame el poder de la Iglesia. Quita los dogmas, abre la mano para que todos puedan estar en la Iglesia con sus pecados, con sus errores, con sus opiniones en la vida. Déjanos decidir los destinos de la gente en la Iglesia. Metamos la justicia del mundo en la Iglesia, la sabiduría, la ciencia de los hombres para decidir quién se salva y quién no.

A eso es lo que vamos. Eso está muy claro para que se pone en la Verdad de la Iglesia, para el que sabe ver la Verdad de la Iglesia, para el que aprecia la Verdad de la Iglesia, para que el lucha por la Verdad en la Iglesia.

Los demás, felices y contentos por tener un gobierno horizontal de gente que ni si quiera cree en el pecado, ni en el infierno, ni que Jesús sea Dios. Porque ya la verdad no interesa, los dogmas no interesan. Sólo interesa las opiniones de Francisco, sus heréticas homilías, sus necios pensamientos, la novedad de su pecado en la Iglesia.

Quien anula un dogma en la Iglesia, lo anula todo en la práctica. Pero Francisco es hábil para esconder el destrozo que ahora se va a ver por todos lados, y que sólo está oculto porque así le interesa al demonio, para ganar más almas para su infierno.

Francisco sabe cómo está la Iglesia: está llena de gente mundana, que ama su pecado y que vive en su pecado. Y habla para esa gente, porque sabe que es mucha. Y los demás, los combate, como ha hecho con los Franciscanos de la Inmaculada.

Francisco odia la verdad, ¿es que no se han dado cuenta todavía? Francisco combate a la Iglesia verdadera, porque quiere poner su iglesia, el invento de su necia cabeza. Por eso, no hay cariñitos para ese idiota. Francisco condena a las almas al poner su gobierno horizontal en la Iglesia. Sólo por eso. De ahí vienen las herejías en todas sus homilías y en todos sus escritos. De ese pecado de orgullo.

Por eso, no se puede obedecer a Francisco, ni se le puede respetar ni como Obispo, porque su pecado es público, no es privado. Y, por eso, hay que combatirlo. No hay que creerse nada de lo que diga. Sus bellas palabras, sus hermosas frases, que se las lleve al infierno. Pero no hay que hacer caso de nada de lo que diga. Hay que triturarlo, como se machaca una hormiga. Hay que pisotearlo y ponerlo verde, porque su pecado es público. Y su pecado lleva a toda la Iglesia hacia la condenación.

Las llaves de la Iglesia sólo las tiene Cristo, en este momento. Francisco tiene la puerta del infierno abierta para el que quiere ir. Y hay que elegir: o estar en la nueva iglesia que Francisco ya ha iniciado, o estar en la Iglesia de Jesús, que continúa en el desierto y que llama a todos los elegidos al desierto, a salir de Roma, porque Roma ya es la sede del anticristo.

El pecado es un acto de desobediencia a Dios

Clavado-en-cruz.

El pecado es un acto humano, es una obra de la voluntad libre de cada persona, es algo que todo hombre puede realizar sin coacción, sin impedimento de ningún tipo, sin estar sujetos a algún pensamiento o a alguna estructura de la vida.

Se peca no porque hay problemas en la vida o porque alguien u otro nos lleva al pecado, nos empuja, o nos seduce. Se peca porque la persona quiere pecar.

El pecado no es un conflicto interno, no es algo que pasa en nuestro interior y que, después, se trasluce en una obra. El pecado es obrar un pensamiento que no es de Dios, que no proviene de la Verdad, que va en contra de la Voluntad de Dios.

Todo pecado es una desobediencia a Dios. Aun el más mínimo, el más leve. El pecado no es una obra mala humana o un error que se comete o una ignorancia que se dice.

Siempre el pecado es una obra en contra de lo que Dios quiere para la vida. Es ir en contra de una ley divina. Y, por tanto, no hay que fijarse en la obra del pecado, sino en aquella ley divina que transgrede.

Si no se tiene esto claro, se pone el pecado en muchas cosas que no son el pecado.

No es pecado no dar dinero a los pobres, porque no hay una ley divina que obligue a dar dinero a los pobres.

Es pecado comulgar en la mano, porque hay una ley divina que exige adorar a Dios en Espíritu y en Verdad; entre Dios y la criatura hay dependencia absoluta. Dios está arriba, el hombre abajo. El hombre tiene que someterse a Dios en todo; tiene que estar en la presencia de Dios abajado, con el rostro en el suelo, sin osar levantar sus ojos a Dios. Y, por eso, Dios se muestra en los accidentes del pan y del vino, para que la criatura pueda abrir su boca y dejar que Dios entre en ella. Pero no se puede tocar a Dios porque nadie está en la misma altura que Dios. Dios tiene que elevar al hombre para que lo pueda tocar; por eso, consagra las manos de sus sacerdotes para este fin.

No es pecado desobedecer una cabeza que Dios no ha puesto como Papa, no elegida por Dios, como por ejemplo, a Francisco. Pero es pecado desobedecer a un Papa elegido por Dios, como Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI. Quien se oponga a estos Papas está pecando, pero quien se oponga a Francisco, no peca. Porque Cristo ha puesto su ley en la Iglesia a través de una Cabeza elegida por Él. Y todos tienen que seguir a esa cabeza si quieren cumplir con la ley divina.

Es pecado no seguir un dogma en la Iglesia. Por ejemplo, decir que Jesús no hizo milagros, es un pecado que va contra una Verdad Divina: Jesús es el Verbo Encarnado. Predicar que Jesús no es un Espíritu, es un pecado, porque va contra la Divinidad del Verbo. Predicar que el pecado es un conflicto entre los hombres, es un pecado, porque va contra la ley de Dios sobre el Amor Divino: quien va en contra del Amor Divino comete pecado. Es pecado apoyar a los homosexuales, bautizarles sus hijos, enseñarles que deben estar en la Iglesia, porque los homosexuales van contra el sexto mandamiento de la ley de Dios. Quien ensalza un pecado ya se ha hecho pecado en eso que ensalza.

Hoy día, hay en la Iglesia muchas personas que no ven el pecado, y que, después, llaman pecado a lo que no es. Y eso ocurre sólo porque no creen en el pecado. Esta es la única razón. Y no hay otra.

Cuando el hombre sólo se fija en sus problemas de la vida, ya no mira su pecado. Cuando el hombre sólo vive para solucionar problemas, ya no mira su pecado. Cuando el hombre vive su vida para conquistar algo humano, ya no mira el pecado. Cuando el hombre ensalza al hombre, ya no se fija en el pecado.

El pecado no está fuera del hombre: es una elección del mismo hombre. Y una elección libre, independientemente de todo los demás. Lo demás, puede o no puede condicionar, limitar, la visión del hombre en su vida, pero se peca igual, ya si se viva o no se viva bajo esas condiciones.

Sólo algo grave, algo impuesto y que anula la libertad de la persona, quita el pecado. Queda la obra mala, pero no se hace el pecado.

El hombre tiene capacidad para pecar y para no pecar. Y esa capacidad es total, al cien por cien. Por eso, nunca hay que ver las circunstancias de la vida para juzgar un pecado, sino sólo hay que ver la libertad de la persona: en qué medida ha sido libre para pecar.

Como hoy no se enseña el pecado en la Iglesia, por eso, se enseña una espiritualidad amorfa, amanerada, ofuscada, mentirosa, que engaña a los hombres, porque pone el pecado en algo interior del hombre, pero no en su voluntad libre. Se pone el pecado en la conciencia del hombre, y eso es un error.

Porque la conciencia no es la voluntad libre. Por la conciencia, el hombre conoce que ha pecado, ya que la conciencia da una noticia del mal, del error, del pecado.

Si se dice que el pecado es algo de la conciencia, algo interior, entonces se está diciendo que el hombre crea su pecado, lo inventa, pero que también él mismo se juzga y se quita su mismo pecado.

Quien dice que el bien y el mal es una cosa del hombre, de su interior, de su pensamiento, está expresando esta doctrina. Francisco lo dice: “Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal (…)Cada uno…debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe”. Para Francisco el pecado nace en el interior de cada uno porque cada hombre tiene una visión del bien y del mal. Es una visión distinta en cada hombre y, por tanto, según sea el pensamiento de cada hombre sobre el bien y el mal, así será el pecado.

Luego, ya no existe el pecado, sino la visión que el hombre tiene del mal. El mal va cambiando según lo que piense el hombre, según el hombre evolucione en su pensamiento. Por eso, no es igual el pecado en cada época de la historia. Y, por eso, ya no hay pecados como los de hace 2000 años, porque el hombre ha progresado en su pensamiento. Y ya, como consecuencia, no existe la verdad, sino la visión que cada hombre tiene del bien y de la verdad. Todo es relativo, todo es como lo vea el hombre en relación a muchas cosas. Ya no hay nada fijo, no hay dogmas, no hay nada que permanezca, sino que todo cambia.

Y, según esta visión que tenga el hombre del bien y del mal, viene el conflicto: “El hombre entra en conflicto consigo mismo (..) se cierra en su propio egoísmo” (7 de septiembre). Así explica Francisco el pasaje del Génesis cuando Adán peca, cuando Caín peca: Existe la armonía en toda la Creación (ya no existe Dios, sino la armonía), pero el hombre deja de ver esa armonía (ya el hombre no ve a Dios, no peca contra Dios, sino contra la armonía) para fijarse en su pensamiento. Y ahí nace el conflicto. En esa visión del mal que tiene el hombre, viene el desorden en la creación. Y, por eso, Adán acusa a su mujer; Caín mata a Abel. El hombre tiene que volver a la armonía corrigiendo en su interior esa visión del bien y del mal. Él mismo hombre se juzga y se auto- absuelve. Su misma conciencia lo hace todo. El hombre diviniza su conciencia, su yo interior.

En consecuencia, no existe el pecado, sólo existen los conflictos entre los hombres porque, en su interior, no ven bien las cosas. Y, por eso, el diálogo es fundamental para resolver los problemas. Las guerras es sólo cuestión de ponerse de acuerdo los hombres, de dejar sus conflictos, sus visiones erradas del bien y del mal.

Por eso, hay que acoger a todos los hombres de todas las religiones, porque no se da el pecado de desobediencia a Dios, sino sólo las malas interpretaciones, los lenguajes humanos que se emplean y que no producen un acuerdo, una unidad entre los hombres.

Por eso, Francisco no juzga al pecador ni absuelve su pecado, porque no existe el pecado. La homosexualidad no es pecado. Es la visión que cada uno tiene de la lujuria, de su propio sexo. “Si el homosexual cree en Dios, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. No importa que el homosexual tenga un problema, lo que importa es ponerle un camino para que viva su problema y alcance a Dios, corrigiendo su visión de la lujuria que tiene. Ya Dios le mostrará qué es su vida, porque Dios lo perdona todo, Dios no se cansa de perdonar, Dios es Misericordioso. Hay que vivir en la confianza de un Dios que todo lo perdona. No hay que mostrarle el infierno para que salga de su vida. No hay que atemorizar a la gente, porque hay que amar a Dios sin temor, sin miedos.

Todo el problema sólo está en una cosa: el pecado es siempre una desobediencia a Dios. Y esto es lo que no se acepta.

El homosexual desobedece a Dios. Y, por tanto, hay que juzgar su persona y su pecado. Dios lo juzga, Dios lo castiga, Dios corrige al que peca. Y el sacerdote, en la Iglesia, actúa en nombre de Cristo, en su Persona, para juzgar, para condenar, para castigar al pecador y su pecado. Los demás, tienen que ver el pecado y tratar a esa persona como la trata Dios. Dios pone un abismo con el homosexual, porque su pecado es abominación. Luego, no es cualquier pecado. No es una mentira piadosa, sino un pecado que exige un estilo de vida totalmente contrario a la verdad. Luego, no se puede dar esperanzas en la Iglesia al homosexual. Hay que dejarlo en su vida de pecado hasta que no corrija su pecado. No se puede abrazar al homosexual porque no tiene derecho a pecar, no tiene derecho a exigir vivir su pecado ante Dios ni ante los hombres. No tiene derecho a exigir que los demás acepten su pecado, su estilo de vida, porque Dios no lo acepta. Su estilo de vida es una desobediencia a Dios. Y, por sólo esto, hay que condenar al homosexual, hay que anatematizarlo, hay que alejarlo de la Iglesia. Y eso es ponerle un camino para que vea lo que es su pecado y, si quiere, que lo quite.

Pero si no se hace esto, entonces el homosexual nunca va a quitar su pecado, porque ya todos acogen su pecado como algo bueno para los hombres y para Dios.

Vivimos en la Iglesia precisamente esto: no existe el pecado. Luego, todos al Cielo, todos somos santos con nuestros pecados. Ya no hay que luchar por quitar el pecado, sino sólo por dar de comer a los pobres, por aceptar a los homosexuales, etc.

Hay que compartir con el pecado de los hombres para ser fraternos, para ser hermanos. Éste es el evangelio de la fraternidad de Francisco: justifiquen el pecado de su hermano, aprúebenlo, apláudanlo, y así amarán a sus hermanos. Todos nos besamos y nos abrazamos y nos vamos al cielo felices de amarnos unos a otros.

Cuando el hombre ya no llama al pecado con el nombre de pecado, es que dejó de creer en el pecado. Y quien no cree en el pecado, tampoco cree en el Amor de Dios. Porque todo pecado es lo opuesto al Amor de Dios. Y quien no cree ni en el pecado ni en el amor de Dios, sólo cree en su pensamiento humano. Yo me lo guiso, yo me lo como, yo soy el rey palomo.

Monseñor Müller: sus herejías

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La Iglesia tiene en su seno a un Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que es un hereje: niega la Inmaculada Concepción, la Eucaristía, la Divinidad de Jesucristo, la Iglesia como Cuerpo de Cristo y pone la Teología de la liberación como único valor para estar en la Iglesia. Anula la doctrina de Cristo y pone su doctrina, que es la que sigue Francisco en todo y que le lleva a pedir dinero a todo el mundo, para metérselo en su bolsillo.

En Roma se está haciendo de la Iglesia una empresa más para ganar dinero. Ese es el lema que ha sacado el hereje Francisco: “Una sola familia humana, alimentos para todos”. Francisco denuncia el escándalo mundial del hambre y está ciego del escándalo que él y sus compinches en el gobierno dan a la Iglesia llenándola de sus herejías y de su mala voluntad en la Iglesia. No se escandaliza de la falta de fe que vive la Iglesia, porque no es capaz de ver sus malditos pecados. Y, por eso, no le interesa resolver los problemas de las almas, sino que sólo quiere pedir dinero a todo el mundo para metérselo en su cuenta corriente.

Francisco y los suyos están devastando la Iglesia con sus herejías. Y todo tan contentos por eso. Todos aplaudiendo a ese maldito. Se hacen malditos como él. He aquí sus herejías:

1. Contra la Virginidad de María Santísima.

Para Müller la virginidad no tiene nada que ver con las “características fisiológicas en el proceso natural del nacimiento de Jesús (como el no-abrirse de la cerviz, la incolumidad del himen o la ausencia de dolores), mas con el influjo salvador y redentor de la gracia de Cristo por la naturaleza humana” (Müller : “Dogmática católica: estudio y práctica de la teología”).

Pone Müller la Virginidad de María sólo en los espiritual: “influjo salvador y redentor de la gracia de Cristo”, pero niega la Virginidad física de la Virgen. Y, entonces, cae en la herejía más común de los hombres sin sabiduría divina. Porque quien niegue la virginidad física de la Virgen, también tiene que negar la virginidad espiritual de Ella.

La Virginidad espiritual de la Virgen no es un influjo salvador y redentor de la gracia, sino un don de Dios a la Virgen para ser Madre de Dios. Se es Virgen para Madre. No se puede ser Madre de Dios sin la Virginidad plena: física, espiritual, moral, humana, carnal, natural. Sólo puede creer en la Virginidad de María quien tiene fe. Por eso, muchos hombres, en la historia, se han burlado de esta virginidad y lo siguen haciendo por su falta de fe.

Es un dogma revelado que la Virgen es Virgen: “Lo concebido en Ella viene del Espíritu Santo” (Mt. 1, 20). Y quien piense que la Virgen perdió su virginidad porque tuvo relaciones sexuales, o porque la perdió por masturbarse (es decir, cometió un pecado mortal), o que, simplemente no tuvo relaciones pero la perdió por causas físicas, extrínsecas, naturales, involuntariamente, entonces cae en herejía múltiple.

Porque la fe en la Virginidad de María es “un nexo que reúne entre sí los misterios” (DS 3016); es decir, quien niegue la Virginidad de María, tiene que negar Su Maternidad Divina, la Inmaculada Concpeción, la Divinidad de Jesús, la Obra de la Redención y la Iglesia. Cae en muchas herejías al negar una. Y, por tanto, el Cardenal Muller tiene a María sólo como una mujer más en la Iglesia y a Jesús como un hombre más, que nació de la unión carnal entre María y José. Tiene a María como una pecadora más en la Iglesia. Y da a María sólo una reverencia en la Iglesia, no un culto divino.

Tamaña herejía, que pone al Cardenal Muller fuera de la Iglesia. La Iglesia está clara en cuanto a la Virgen María, pero que el que tiene la misión de guardar la fe en la Iglesia, Muller, vive en la oscuridad de su pecado y está en la Iglesia para destruir los dogmas de la Iglesia, que es lo que va a hacer ahora.

Quien lo siga, cae en herejía y se pone fuera de la Iglesia, como está él. La Iglesia de Jesús, la verdadera Iglesia, no necesita de hombres herejes como Muller. Sobra el conocimiento de Muller. Es herético y lleva a muchas almas al infierno.

“Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente y según verdad por madre de Dios a la santa y siempre Virgen María, como quiera que concibió en los últimos tiempos sin semen por obra del Espíritu Santo al mismo Dios Verbo propia y verdaderamente, que antes de todos los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le engendró, permaneciendo ella, aun después del parto, en su virginidad indisoluble, sea condenado [v. 218]” (Concilio de Letrán – Can. 3)

“[Quienes afirmaren] que la misma beatísima Virgen María no es verdadera madre de Dios, ni permaneció siempre en la integridad de la virginidad, a saber, antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto [sean condenados, rechazados, y anatematizados]” (De la Constitución de Paulo IV Cum quorundam, de 7 de agosto de 1555).

2. Contra el dogma de la transustanciación.

Muller escribe: “Cuerpo y sangre de Cristo no significan las partes físicas del hombre Jesús durante su vida o en su cuerpo glorificado (…)Cuerpo y sangre significan aquí por lo tanto una presencia de Cristo en la señal mediada del pan y del vino” (Muller: “La Misa, manantial de la vida cristiana”).

Müller de este modo explica la transustanciación: “La esencia del pan y del vino tiene que ser definida en un sentido antropológico. El carácter natural de estos dones [pan y vino] como frutos de la tierra y del trabajo del hombre, como productos naturales y culturales, consiste en la designación de la comida y del descanso de las personas y la comunidad humana en la señal de la comida común. El ser natural del pan y del vino es transformado por Dios en el sentido que este ser ahora demuestra y realiza la comunión salvadora”.

Muller niega la Presencia real de Jesús Vivo y Verdadero en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía: es sólo la transformación del pan y del vino: “El ser natural del pan y del vino es transformado por Dios”, no es un cambio de sustancia. No es que la sustancia del pan y del vino desparezcan y se ponga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, junto con Su Alma y Su Divinidad. Es cambiar eso material en algo divino, bendecido por Dios, pero permaneciendo la cosa material, el pan y el vino.

“Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transustanciación, sea anatema [cf. 877]”.(Concilio de Trento -Can. 2.). Anatema a Muller.

Muller, al negar este dogma, niega el sacerdocio y niega la Obra Redentora de Cristo. Por tanto, al perder la fe en la Eucaristía, él no consagra en las misas que celebra, él anula sus sacerdocio en la Iglesia, él no participa de la Jerarquía de la Iglesia y él se opone a toda la Iglesia. Porque la columna de la Iglesia es la Eucaristía. Quien la niegue, tiene que negar la Iglesia como Obra de Cristo. Muller hace su teatro en la Iglesia como Francisco. Tremenda cabeza de herejía la que está en Roma.

3. Los Protestantes como parte de la Iglesia

Müller afirmó: “El Bautismo es el carácter fundamental que nos une sacramentalmente en Cristo delante del mundo en una sola Iglesia visible. Nosotros como cristianos, católicos y protestantes, estamos pues ya unidos en lo que llamamos la Iglesia visible. En un sentido estrecho existen pues no muchas Iglesias, es decir, uno junto a la otra, pero existen divisiones y grietas dentro de un único pueblo y de una única casa de Dios.” (Muller: discurso en honor del obispo luterano Johannes Friedrich, el 11 de octubre de 2011).

Estas palabras de Muller se rebaten con aquellas del Papa PÍO XI: “Un error capital del movimiento ecuménico en la pretendida unión de iglesias cristianas” (Encíclica “MORTALIUM ANIMOS”, n. 9 – 6 de enero de 1928)

Muller habla de la Iglesia visible, que es formada por todos los Bautizados: “El Bautismo es el carácter fundamental que nos une sacramentalmente en Cristo delante del mundo en una sola Iglesia visible”. Cae en el error más común en el mundo moderno. Poner la Iglesia en el mundo, cuando es claro que la Iglesia no pertenece al mundo: “Mi reino no es de este mundo”.

El Reino de Dios, la Iglesia, es un Reino espiritual y, por tanto, son miembros de ese Reino los que tienen el Espíritu de Cristo, no sólo el Espíritu de Hijo de Dios, de filiación divina, que da el Bautismo. La Iglesia es de Cristo, no de los hijos de Dios. Hay muchos hijos de Dios, almas que están bautizadas en sus referentes iglesias, pero que no creen en Cristo o creen a su manera, con sus herejías, como son los Protestantes.

El Bautismo es la Puerta de la Iglesia, pero no lleva a vivir lo que es la Iglesia. Porque en la Iglesia hay que aceptar otras verdades para poder ser Iglesia, y así salvarse y santificarse.

Por tanto, la Iglesia visible es aquella que cree en Cristo, no es la unión de todos los que están bautizados.

Los que ponen la Iglesia visible en el Bautismo están fundados “en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios” (Encíclica “MORTALIUM ANIMOS”, n. 3 – 6 de enero de 1928).

Además, Muler cae en la herejía más nefasta de todas, la que hace de todos una sola cosa: “En un sentido estrecho existen pues no muchas Iglesias, es decir, uno junto a la otra, pero existen divisiones y grietas dentro de un único pueblo y de una única casa de Dios”.

Todos unidos sin quitar los errores. Uno junto al otro. Todos tienen la verdad. Todos tienen sus verdades. Todos comparten sus verdades y así se hace una unión falsa, descentralizada de la verdad. Esto es caer en la herejía del monismo: todos somos uno, pero junto al otro, sin jerarquía, sin dependencia de uno a otro, sin obediencia. Y esto lleva al sincretismo religioso: una unión de muchos siguiendo un culto amorfo, donde entra de todo.

Pero, además, Muller habla de la diferencias entre las Iglesias, las divisiones de la Iglesia, diciendo que la Iglesia está de suyo dividida en partes, es decir, un conjunto de comunidades, distintas, separadas, que coinciden en algunos puntos de doctrina, pero que discrepan en otros. Y, entonces, como la Iglesia está partida en su origen, en su naturaleza, todo consiste en buscar un cierto consenso entre todos los hombres, una norma común de fe que englobe los pensamientos de todos y, de esa manera, se produce la unión entre las partes.

En este pensamiento herético se va contra el dogma del Papado. La unión entre los hombres se da cuando se obedezca a Pedro. No hay otra manera de unir lo diverso: sólo en la obediencia a una cabeza, la que ha puesto Jesús en Su Iglesia: Su Vicario.

Como los hombres no quieren obedecer a Pedro, entonces se inventan su ecumenismo, su falso amor a los hombres y su falsa iglesia, que está partida. La Iglesia de Jesús no tiene partes, no está dividida en muchas, porque la Verdad es una sola.

Todo el problema de ser uno sólo está en la Obediencia a Pedro. No se quieren quitar las diferentes doctrinas que cada uno sigue porque no se quiere someterse a la Verdad de la Iglesia que da sólo Pedro en Ella. No quieren “abandonar sus opiniones que constituyen aun la causa por qué continúan errando y vagando fuera del único redil de Cristo” (Encíclica “MORTALIUM ANIMOS”, n. 9 – 6 de enero de 1928).

Muller es nefasto en su herejía sobre la unión entre todas las Iglesias. Y ahí está en Roma para dinamitar toda la Iglesia, sacando las verdades de la Iglesia con sus razonamiento inicuos.

Francisco anula la Inmaculada

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“Y la Virgen jamás se alejó de aquel amor: toda su vida, todo su ser es un «si» a aquel amor, es un si a Dios. ¡Pero ciertamente no ha sido fácil para ella! Cuando el Ángel la llama «llena de gracia» (Lc 1,28), ella permanece «muy confusa», porque en su humildad se siente nada ante Dios. El Ángel la consuela: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (v. 30). Este anuncio la confunde aún más, también porque todavía no se había casado con José; pero el Ángel agrega: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios»(v. 35).María escucha, obedece interiormente y responde: «Yo soy la sierva del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho»” (8 de diciembre de 2013).

El engaño de un hombre que ha provocado el cisma en la Iglesia. El engaño en sus palabras que predica en la Iglesia.

Francisco tiene un doble lenguaje: el de la Iglesia y el del mundo.

En este doble lenguaje construye todas sus homilías. Homilías que son una herejía, pero que nadie las ve, porque ya el hombre no cree en la Palabra de Dios, sino sólo en el fruto de su pensamiento humano.

“Cuando el Ángel la llama «llena de gracia» , ella permanece «muy confusa», porque en su humildad se siente nada ante Dios”.

Ésta es la interpretación de este hereje sobre la llena de gracia. Si Francisco supiera lo que significa, plenagratia o llena de gracia, entonces diría que la Virgen Maria entendió lo que el Ángel le decía en esa Palabra Divina. Lo que da Dios nunca oscurece la inteligencia del hombre. María no permanece confusa ante la luz de Dios, sino iluminada en su corazón por el amor divino dado en esa Palabra Divina.

Por consiguiente, quien conoce la Verdad y la acepta en su corazón, como hizo la Virgen María, automáticamente se pone en la humildad de su ser. Y esa humildad es la verdad para el alma. Y toda verdad es luz, es resplandor, es camino en la vida.

Por tanto, decir que por su humildad, su sentirse nada ante Dios, eso produce confusión en la Virgen María, no sólo es mentir, no sólo es engañar a las almas, sino que dice una herejía, algo en contra de la Palabra de Dios.

No se puede enseñar de la Virgen María la confusión, porque no tiene pecado original. Está llena de gracia. Conoce con perfección todas las cosas de Dios y de los hombres. No hay en Ella ni una mota de ignorancia. Sus virtudes son perfectísimas, su Gracia en el corazón está colmada de todo bien. Y, por tanto, una vez más, Francisco es hereje cuando habla en la Iglesia y enseñando una mentira a la Iglesia. No dice la Verdad sobre la Inmaculada, sino que enseña su mentira.

Sus palabras son engañosas siempre. Nunca puede Francisco decir una verdad clara. No le sale de su corazón, porque su corazón está totalmente desviado de la Verdad.

Francisco representa la cabeza cismática en la Iglesia. Una cabeza que separa a la Iglesia de la Verdad, que lleva a la Iglesia hacia la mentira, que obra en la Iglesia toda clase de engaños y mentiras.

Porque los hombres de la Iglesia siguen inclinados a los pensamientos humanos, entonces, no pueden apreciar las barbaridades continuas que Francisco lanza por esa boca de dragón que tiene.

¡Cuántos fieles, sacerdotes y Obispos hay que se tragan, como vaso de agua, las continuas herejías de Francisco!

“El Ángel la consuela: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús» . Este anuncio la confunde aún más, también porque todavía no se había casado con José”: esta herejía define a Francisco.

El Ángel no consuela a la Virgen María, sino que le explica cómo será que el Hijo de Dios vendrá a Ella. Le explica su misión en su vida: es decir, le da el don de la Maternidad Divina en esa Palabra.

Además, Francisco usa una traducción de este pasaje evangélico herética, porque la palabra que emplea el Ángel no es “Dios te ha favorecido”, sino “has hallado gracia ante Dios”; es decir, por tus méritos se obra la Maternidad Divina, no por un don o favor de Dios.

Francisco cambia todo el sentido a la Escritura, es decir, lo anula, anula la verdad de la Escritura. Por eso, cae en herejía doctrinal. No enseña la Verdad de la Palabra de Dios, sino que enseña a la Iglesia su pensamiento humano. Gravísimo para un líder de la Iglesia. Pero él se está definiendo a sí mismo en esta enseñanza que hace de la Inmaculada: como voy en contra de Cristo y de la Virgen, enseño la mentira hablando de la Virgen. Se está definiendo como anticristo, como precursor del anticristo, como falso profeta, como aquel que anuncia la mentira en la Iglesia.

Francisco, en su inicua traducción, sólo pone la palabra “Concebirás” y suprime “en tu seno”. Para enseñar la Verdad sobre la Maternidad Divina, hay que decir las cosas como están en el Evangelio. Porque la Virgen es Madre de Dios, concibe en su seno a Dios. No concibe sin más. No concibe en su pensamiento, sino en su seno.

Franciso calla “en su seno” por maldad, porque no cree en la Maternidad Divina en la Virgen. No tiene esa fe, por eso, enseña lo que le interesa destacar en este pasaje: como María fue amada por Dios, entonces Dios ama a todos los hombres. Es lo único a lo que va en esta homilía herética. Ni le interesa resaltar las virtudes de María, ni el don de la Maternidad, ni su virginidad.

“Concebirás en tu seno”: el ángel está haciendo referencia a la Virginidad de María. Porque es Virgen es Madre de Dios, concibe a Dios en su seno sin perder su Virginidad.

A Francisco no le interesa la Virginidad, sino sólo esto: “no se había casado con José”.

Esta es su nueva herejía, porque desconoce las costumbres judías de aquel tiempo, en que se daban dos momentos en el matrimonio: un primer rito, que eran los esponsales, donde ya se consideraban casados, pero sin convivir; y, un segundo rito, el día de la boda, en donde la mujer pasa a vivir a casa del esposo.

La Virgen María y San José ya estaban casados cuando se aparece el Ángel. Y, por eso, las luchas de San José al ver a su mujer embarazada. Si no hubiera matrimonio, San José no tuviera esas luchas espirituales en su alma. Pero hay un matrimonio verdadero y una prueba verdadera para San José, para que acepte la misión de Dios en su mujer. Es la mujer la que pone el camino al hombre en todo matrimonio católico. Esta es la enseñanza de este pasaje, que pocos han aprendido en sus matrimonios.Y, por supuesto, Francisco no puede enseñar nada de esto, porque no le interesa la Verdad del Evangelio, ni la Verdad de la Iglesia, ni lo que es el Sacramento del Matrimonio en la Iglesia.

“María escucha, obedece interiormente y responde: «Yo soy la sierva del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho»”: la traducción de Francisco revela su ineptitud para declarar la Verdad en esta importantísima palabra de la Virgen.

La Virgen dice: “He aquí la Esclava del Señor”, no dice: “Yo soy la sierva del Señor”.

La Virgen María se presenta ante Dios como esclava; no presenta su persona: “yo soy”; presenta su esclavitud, su corazón atado a Dios, su alma obediente a la Palabra de Dios, su ser dependiente del Ser de Dios.

“Yo soy la esclava del Señor” es poner el orgullo delante de Dios. Tú eres Dios, yo soy tu esclava. Ése es el lenguaje del orgulloso, el que quiere elevar su persona e igualarla a Dios. Así habla Francisco, con el “yo soy”. Yo soy el que mando, yo soy el que pienso, yo soy el que va a poner el gobierno horizontal,…, yo soy. Francisco es un dios para sí mismo.

La Virgen María pone su alma a los pies del Señor para que se haga en Ella Su Voluntad.

“Que se cumpla en mi lo que has dicho”: ¿qué es lo que ha dicho el ángel? La Palabra de Dios, la Palabra que revela el designio de Dios sobre María. Las palabras del ángel a María son la Revelación de Dios a María. A Ella sola. Es Dios quien le muestra a María su camino en la vida.

“Hágase en Mí según Tu Palabra”: lo que dice el Ángel no son las palabras del Ángel, no son los dichos del Ángel, sino una Revelación Divina, son las Palabras de Dios usando la boca del Ángel. Y en, estas palabras, el Señor enseña que cada alma recibe de Dios una Revelación, una Palabra, para que comprenda lo que tiene que hacer en la vida.

Dios habla a cada alma en particular y le da a conocer Su Voluntad, la Verdad que tiene que obrar en su vida.

Francisco calla todo esto, porque no le interesa para su doble lenguaje en la Iglesia. Francisco no enseña la vida espiritual a nadie en la Iglesia. A nadie. Enseña sólo lo que hay en su cabeza humana.

Y lo peligroso es que ya está utilizando en sus predicaciones una traducción que no es de la Iglesia.

Está acomodando, en esas traducciones, su mentira en la Iglesia. Ahí se ve el engaño de Francisco a toda la Iglesia.

¡Y cuantos dan esta homilía en sus webs y se quedan tan contentos, como si hubiera dicho alguna verdad en esta predicación! Es que no es posible que Francisco hable una sola verdad en la Iglesia. Ni una sola.

Y, para acabar, la guinda, lo que él quiere resaltar en esta homilía, lo único que le interesa: “El misterio de esta muchacha de Nazaret, que está en el corazón de Dios, no nos es extraño. No es Él que está arriba y nosotros aquí. No, no, estamos conectados ¡De hecho Dios posa su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer! Con nombre y apellido. Su mirada de amor está sobre cada uno de nosotros”.

Primero: llama a María con un nombre humano: muchacha de Nazaret. No puede llamarla ni Virgen, ni Madre de Dios, ni llena de gracia, porque la Virgen María, para Francisco, es sólo una mujerzuela, que tuvo un hijo con José, al que todos llaman hijo de Dios, porque fue bautizado por Juan Bautista. Así concibe Francisco a la Virgen María. Tuvo un hijo, antes de casarse con José y, por eso, es amada por Dios. Todos los concubinos imiten a María y a José para traer hijos al mundo.

Segundo: “No es Él que está arriba y nosotros aquí”. Todos somos dioses. Todos estamos conectados, unidos. Dios y nosotros al mismo nivel. No hay dependencia de la criatura a Dios. No existe sometimiento de la criatura a la ley divina. No hay moralidad, no hay ética. Hay una amorfía entre Dios y el hombre. Más clara la herejía no se puede dar, no se puede escribir. Y muchos, al leer esta frase, no ven la herejía. Porque, claro, como la dice en un lenguaje vulgar, asequible a todos, no usa una teología, una filosofía, es sólo que Francisco habla mucho, dice muchas cosas y ya está. Hay que entenderlo según su contexto, según la naturaleza con que habla y a quién habla. Así es todo ahora en la Iglesia. Nadie dice herejías porque todo hay que entenderlo en el contexto histórico, cultural, artístico, en que se dice.

Francisco anula en esta homilía a la Inmaculada. Y nadie lo ve, lo entiende. A nadie le preocupa cómo habla Francisco, qué enseña Francisco en la Iglesia. Todos están ahora en la Iglesia por un pedazo de poder y un fajo de billetes. Por eso, callan ante estas barbaridades de Francisco, porque no quieren perder lo que tienen.

Tercero: “De hecho Dios posa su mirada de amor sobre cada hombre y cada mujer! Con nombre y apellido”. Esta es su herejía favorita. Dios ama todo hombre. Ya está. Todos al cielo porque nos ama Dios. Se acabó. Igual que amó a María y la favoreció, así ama a todos y a todos favorece. La vida es bella, la vida es un placer. Comamos y bebamos que mañana moriremos de placer.

Así predica Francisco en la Iglesia. Y se gana los aplausos de los necios como él, que son muchos Cardenales, Obispos, sacerdotes y fieles en la Iglesia.

¿No tenéis inteligencia? ¿Creéis que Francisco va a salvar a la Iglesia? ¿Creéis que Francisco es un camino en la Iglesia? ¿Hasta cuándo vais a estar con la venda en vuestros ojos? ¿Hasta cuándo vais a seguir diciendo: que venga sobre nosotros el amor de un hombre que sólo se mira su trasero en la Iglesia?

¡Da pena cómo está la Iglesia tan ciega! ¡Guías de ciegos es lo que hay por todas partes en la Iglesia!

Evangelii gaudium: la maldita falsa iglesia en Roma

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“Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local” (n. 30).

La falsa Iglesia que propone este anticristo es la de una Iglesia encarnada en el mundo y en los hombres. Y, por eso, todo lo que expresa en este documento es para hacer brillar esta idea: la encarnación de la Iglesia en el hombre.

Y en esa encarnación se anula los medios de salvación que Cristo ha dado y se ponen otros: los mismos, pero sin Espíritu. Todos los Sacramentos se cambian en la Iglesia cuando la Iglesia se encarna en el mundo. Y hay que hacerlo así si se quiere dejar entrar en la Iglesia a gente que vive su pecado y que no quiere quitar su pecado.

Esa encarnación de la Iglesia tiene todos los medios de salvación, pero que, en la práctica, no salvan a nadie. Esto es lo que no dice Francisco. Porque todavía no puede decir los cambios que se van a hacer en todos los Sacramentos.

Esta encarnación supone ir en contra de cualquier Verdad dada por Jesús en Su Evangelio, en la Tradición, en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

“quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (n.9): aquí comienza a explicar lo que es la idea de la encarnación de la Iglesia, su idea maldita para una iglesia maldita. La dignidad del hombre en la tierra, en su ser humano, como persona, sólo está en buscar al otro, en darle un bien.

Esto es lo más contrario a la Palabra de Dios y a la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Se es Iglesia para ser de Cristo. Y no hay más. El camino para que el hombre sea hombre y viva su ser de hombre de acuerdo a lo que Dios le ha puesto es reconocer a Cristo y hacer el Bien que Cristo quiere. Y punto.

Este anticristo empieza mal su discurso, porque es mentiroso desde el principio. Habla la mentira para engañar a todo el mundo con frases bonitas, pero totalmente erradas.

El hombre tiene dignidad humana porque se pone en la Verdad de su Vida. Y esa Verdad sólo se la enseña Cristo Jesús. Esa Verdad no se descubre mirando al hombre, haciendo obras humanas buenas. Esa Verdad sólo se descubre en la intimidad del alma con Cristo Jesús.

“La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera». Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (n. 23): pone la intimidad de la Iglesia en algo intinerante, propia de su idea: hay que encarnarse en el mundo y, por tanto, hay que salir al mundo y vivir para el mundo y hacer las obras del mundo, porque así se llega a todos los hombres. Y hay que tener prisas por hacer esto. Las prisas del demonio. Con Dios sólo hay que esperar para obrar. Con este anticristo todo es prisas. Esta es su herejía, clarísima, pero que nadie se opone a ella, porque todos viven lo que predica este necio en la Iglesia.

El anticristo Francisco sabe bien cómo está la Iglesia, sus miembros: sin vida espiritual, sólo preocupados por las cosas del mundo. Y habla para todos esos que viven para el mundo y hacen las obras del mundo, que son muchísimos en la Iglesia. Tenemos una Iglesia mundana, profana, humana, carnal, material, demoniaca, pero no divina, ni espiritual, ni sagrada, ni santa.

Y, por eso, dice él, con gran descaro: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos… Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» “ (n. 49).

Aquí contemplamos todo el desastre que viene a la Iglesia ahora y que se traduce en construir una falsa Iglesia. Ya la Verdad no hay que seguirla en la Iglesia, sino el pecado: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

La Iglesia enferma es la que sigue la doctrina de Cristo, la que se pone en la Verdad, la que guarda los dogmas, la que se enfrenta a los hombres con sus errores y con sus mentiras, la que se opone a todo aquello que oculte la Verdad, que es Jesús. Esa es la Iglesia enferma para este necio. Y, por tanto, es preferible accidentarse en el mundo, porque hay que buscar a los hombres pecadores, mentirosos y hay que comulgar con ellos en sus mentiras, que vivir el Amor a la Verdad, que es la Palabra de Dios.

Este necio quiere una Iglesia de pecadores que no luchan por sus pecados sino que llaman al pecado un bien en la vida y en la Iglesia.

“Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos”: él cree que estar en la Verdad, decir la Verdad, obrar la Verdad en la Iglesia es estar tranquilos. Y, por eso, él no juzga en la Iglesia a nadie para vivir su tranquilidad sin enfrentarse con nadie. Él no va contra las personas que tumban la Iglesia con sus pecados y sus mentiras. Eso no hay que hacerlo, porque es cómodo en la vida. Es cómo encerrarse en los dogmas y no ayudar a los hombres. Y encerarse en dogma, en la Verdad es lo más incómodo y la lucha más terrible en la vida espiritual, porque hay que luchar contra los hombres, contra el demonio y contra uno mismo. Y eso duele mucho. Y eso produce muchas cosas que a nadie. A este absurdo llega, porque sólo su pensamiento va hacia los hombres: ”afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»”. Él sólo quiere contentar a los hombres y decirse a sí mismo: qué bueno que eres Francisco porque das de comer a los hombres.

Le gusta a este anticristo seducir con la Palabra de Dios. ”Dadle de vosotros de comer”: ésta es su seducción, pero no la Verdad. Él calla la Verdad de estas palabras que dijo Cristo a Sus Apóstoles para probarles en la fe. Jesús iba a hacer el milagro que representaba, que simbolizaba, la Eucaristía. Jesús estaba probando la fe de sus Apóstoles, no estaba mandando a sus Apóstoles que dieran de comer a los hombres: “Esto decía para probarle, que bien sabía Él lo que iba a hacer” (Jn 6, 6). Más claro agua para el que lee el Evangelio con sencillez. Pero para la mente obtusa, complicada, necia de este anticristo -y de muchos como él-, tuercen la sencillez de la Palabra de Dios sólo con el fin de poner su idea, su magnífica idea en la Iglesia, que es su fábula, su cuento chino. Y punto.

Para este anticristo “La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”(n. 15): esto es presentar en la Iglesia una lucha de clases: las clases que dirigen la Iglesia, que es para él la lepra de la Iglesia, y la clase trabajadora, la de los fieles, que, para él, es la única Iglesia. Están enfrentando a todos los miembros de la Iglesia. Y esto es porque está embebido de la teología de la liberación, que supone la lucha de clases: “no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (n. 28). Palabras de enfrentamiento, no de corrección en la Iglesia. Todos los que están en la Verdad, que dejen de estarlo, de mirarse a sí mismos, y se dediquen a mirar el pecado y a los hombres que viven su grandiosa mentira en la Iglesia, como este anticristo.

Por eso, se quiere quitar el Papado y toda la Jerarquía en la Iglesia y hacer que los sacerdotes sean sólo laicos. Eso ya lo ha predicado un Obispo que pertenece al gobierno de los malditos de la Iglesia en Roma.

Y este anticristo lo recuerda en este panfleto comunista: “debo pensar en una conversión del papado” (n. 32). Esto es el pensamiento que se deriva de la renuncia de Benddicto XVI a ser Pedro y, por tanto, del engaño de los Cardenales al elegir a un impostor en la Iglesia que sólo ha tenido un objetivo: eliminar el Papado.

“También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral” (n. 32): Se acabó Pedro y la Jerarquía Eclesiástica.

Pedro sólo necesita escuchar la Voz de Cristo para ser Iglesia, para formar la Iglesia, para Evangelizar al mundo. Pedro no necesita escuchar a los hombres ni en la Iglesia ni en el mundo para saber qué cosa hay que hacer en la Iglesia. Pedro sólo necesita ser Pedro. Punto y final. Eso es lo que no quiso ser Benedicto XVI: no quiso ser Pedro.

Por tanto, tenemos la total destrucción de la Iglesia con este anticristo y con sus sucesores. La total ruina de la Iglesia. Y se presenta una falsa iglesia para los pobres, para el mundo, para los hombres en sus pecados, para gente que le da igual estar en gracia o estar en pecado. Sólo quieren comer y divertirse en la Iglesia.

Esta es la falsa Iglesia que presenta ese necio. ¿Todavía no creen que Francisco es un anticristo? ¿Todavía dudan cuando leen sus inútiles palabras? ¿Todavía se paran a pensar que algo bueno puede traer este anticristo a la Iglesia? Pero si ha hundido a la Iglesia quitando el Papado. ¿Qué más quieren para oponerse a él y a todos los que le sigan, se unan a él, con todas las consecuencias para la vida?

La gente tiene miedo de vivir la verdad y de decir la Verdad porque, para eso, hay que enfrentarse a energúmenos como Francisco, que sólo viven para su idea humana de lo que es la Iglesia y de lo que es Cristo en la Iglesia. Ideas humanas, baratas, que no hay quien las siga, que son muy bonitas para los oídos de los hombres, pero que sólo producen la condenación de las almas al infierno.

Este anticristo vive con “el sueño misionero de llegar a todos” (n. 31): vive de sueños, de ilusiones, de imaginaciones. No vive en la realidad de la Iglesia. No se puede llegar a todos. Es imposible. Eso es la experiencia de 20 siglos de Iglesia: muy pocos se salvan. Muy pocos. Pero esto a él le trae sin cuidado, porque sólo está en la Iglesia para vivir su sueño. Y su sueño es: destruir la Iglesia, poniendo la seducción de dar de comer a los pobres.

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