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Evangelii gaudium: la maldita falsa iglesia en Roma

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“Es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local” (n. 30).

La falsa Iglesia que propone este anticristo es la de una Iglesia encarnada en el mundo y en los hombres. Y, por eso, todo lo que expresa en este documento es para hacer brillar esta idea: la encarnación de la Iglesia en el hombre.

Y en esa encarnación se anula los medios de salvación que Cristo ha dado y se ponen otros: los mismos, pero sin Espíritu. Todos los Sacramentos se cambian en la Iglesia cuando la Iglesia se encarna en el mundo. Y hay que hacerlo así si se quiere dejar entrar en la Iglesia a gente que vive su pecado y que no quiere quitar su pecado.

Esa encarnación de la Iglesia tiene todos los medios de salvación, pero que, en la práctica, no salvan a nadie. Esto es lo que no dice Francisco. Porque todavía no puede decir los cambios que se van a hacer en todos los Sacramentos.

Esta encarnación supone ir en contra de cualquier Verdad dada por Jesús en Su Evangelio, en la Tradición, en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

“quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien” (n.9): aquí comienza a explicar lo que es la idea de la encarnación de la Iglesia, su idea maldita para una iglesia maldita. La dignidad del hombre en la tierra, en su ser humano, como persona, sólo está en buscar al otro, en darle un bien.

Esto es lo más contrario a la Palabra de Dios y a la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia.

Se es Iglesia para ser de Cristo. Y no hay más. El camino para que el hombre sea hombre y viva su ser de hombre de acuerdo a lo que Dios le ha puesto es reconocer a Cristo y hacer el Bien que Cristo quiere. Y punto.

Este anticristo empieza mal su discurso, porque es mentiroso desde el principio. Habla la mentira para engañar a todo el mundo con frases bonitas, pero totalmente erradas.

El hombre tiene dignidad humana porque se pone en la Verdad de su Vida. Y esa Verdad sólo se la enseña Cristo Jesús. Esa Verdad no se descubre mirando al hombre, haciendo obras humanas buenas. Esa Verdad sólo se descubre en la intimidad del alma con Cristo Jesús.

“La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión «esencialmente se configura como comunión misionera». Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” (n. 23): pone la intimidad de la Iglesia en algo intinerante, propia de su idea: hay que encarnarse en el mundo y, por tanto, hay que salir al mundo y vivir para el mundo y hacer las obras del mundo, porque así se llega a todos los hombres. Y hay que tener prisas por hacer esto. Las prisas del demonio. Con Dios sólo hay que esperar para obrar. Con este anticristo todo es prisas. Esta es su herejía, clarísima, pero que nadie se opone a ella, porque todos viven lo que predica este necio en la Iglesia.

El anticristo Francisco sabe bien cómo está la Iglesia, sus miembros: sin vida espiritual, sólo preocupados por las cosas del mundo. Y habla para todos esos que viven para el mundo y hacen las obras del mundo, que son muchísimos en la Iglesia. Tenemos una Iglesia mundana, profana, humana, carnal, material, demoniaca, pero no divina, ni espiritual, ni sagrada, ni santa.

Y, por eso, dice él, con gran descaro: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos… Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» “ (n. 49).

Aquí contemplamos todo el desastre que viene a la Iglesia ahora y que se traduce en construir una falsa Iglesia. Ya la Verdad no hay que seguirla en la Iglesia, sino el pecado: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”.

La Iglesia enferma es la que sigue la doctrina de Cristo, la que se pone en la Verdad, la que guarda los dogmas, la que se enfrenta a los hombres con sus errores y con sus mentiras, la que se opone a todo aquello que oculte la Verdad, que es Jesús. Esa es la Iglesia enferma para este necio. Y, por tanto, es preferible accidentarse en el mundo, porque hay que buscar a los hombres pecadores, mentirosos y hay que comulgar con ellos en sus mentiras, que vivir el Amor a la Verdad, que es la Palabra de Dios.

Este necio quiere una Iglesia de pecadores que no luchan por sus pecados sino que llaman al pecado un bien en la vida y en la Iglesia.

“Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos”: él cree que estar en la Verdad, decir la Verdad, obrar la Verdad en la Iglesia es estar tranquilos. Y, por eso, él no juzga en la Iglesia a nadie para vivir su tranquilidad sin enfrentarse con nadie. Él no va contra las personas que tumban la Iglesia con sus pecados y sus mentiras. Eso no hay que hacerlo, porque es cómodo en la vida. Es cómo encerrarse en los dogmas y no ayudar a los hombres. Y encerarse en dogma, en la Verdad es lo más incómodo y la lucha más terrible en la vida espiritual, porque hay que luchar contra los hombres, contra el demonio y contra uno mismo. Y eso duele mucho. Y eso produce muchas cosas que a nadie. A este absurdo llega, porque sólo su pensamiento va hacia los hombres: ”afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!»”. Él sólo quiere contentar a los hombres y decirse a sí mismo: qué bueno que eres Francisco porque das de comer a los hombres.

Le gusta a este anticristo seducir con la Palabra de Dios. ”Dadle de vosotros de comer”: ésta es su seducción, pero no la Verdad. Él calla la Verdad de estas palabras que dijo Cristo a Sus Apóstoles para probarles en la fe. Jesús iba a hacer el milagro que representaba, que simbolizaba, la Eucaristía. Jesús estaba probando la fe de sus Apóstoles, no estaba mandando a sus Apóstoles que dieran de comer a los hombres: “Esto decía para probarle, que bien sabía Él lo que iba a hacer” (Jn 6, 6). Más claro agua para el que lee el Evangelio con sencillez. Pero para la mente obtusa, complicada, necia de este anticristo -y de muchos como él-, tuercen la sencillez de la Palabra de Dios sólo con el fin de poner su idea, su magnífica idea en la Iglesia, que es su fábula, su cuento chino. Y punto.

Para este anticristo “La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”(n. 15): esto es presentar en la Iglesia una lucha de clases: las clases que dirigen la Iglesia, que es para él la lepra de la Iglesia, y la clase trabajadora, la de los fieles, que, para él, es la única Iglesia. Están enfrentando a todos los miembros de la Iglesia. Y esto es porque está embebido de la teología de la liberación, que supone la lucha de clases: “no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” (n. 28). Palabras de enfrentamiento, no de corrección en la Iglesia. Todos los que están en la Verdad, que dejen de estarlo, de mirarse a sí mismos, y se dediquen a mirar el pecado y a los hombres que viven su grandiosa mentira en la Iglesia, como este anticristo.

Por eso, se quiere quitar el Papado y toda la Jerarquía en la Iglesia y hacer que los sacerdotes sean sólo laicos. Eso ya lo ha predicado un Obispo que pertenece al gobierno de los malditos de la Iglesia en Roma.

Y este anticristo lo recuerda en este panfleto comunista: “debo pensar en una conversión del papado” (n. 32). Esto es el pensamiento que se deriva de la renuncia de Benddicto XVI a ser Pedro y, por tanto, del engaño de los Cardenales al elegir a un impostor en la Iglesia que sólo ha tenido un objetivo: eliminar el Papado.

“También el papado y las estructuras centrales de la Iglesia universal necesitan escuchar el llamado a una conversión pastoral” (n. 32): Se acabó Pedro y la Jerarquía Eclesiástica.

Pedro sólo necesita escuchar la Voz de Cristo para ser Iglesia, para formar la Iglesia, para Evangelizar al mundo. Pedro no necesita escuchar a los hombres ni en la Iglesia ni en el mundo para saber qué cosa hay que hacer en la Iglesia. Pedro sólo necesita ser Pedro. Punto y final. Eso es lo que no quiso ser Benedicto XVI: no quiso ser Pedro.

Por tanto, tenemos la total destrucción de la Iglesia con este anticristo y con sus sucesores. La total ruina de la Iglesia. Y se presenta una falsa iglesia para los pobres, para el mundo, para los hombres en sus pecados, para gente que le da igual estar en gracia o estar en pecado. Sólo quieren comer y divertirse en la Iglesia.

Esta es la falsa Iglesia que presenta ese necio. ¿Todavía no creen que Francisco es un anticristo? ¿Todavía dudan cuando leen sus inútiles palabras? ¿Todavía se paran a pensar que algo bueno puede traer este anticristo a la Iglesia? Pero si ha hundido a la Iglesia quitando el Papado. ¿Qué más quieren para oponerse a él y a todos los que le sigan, se unan a él, con todas las consecuencias para la vida?

La gente tiene miedo de vivir la verdad y de decir la Verdad porque, para eso, hay que enfrentarse a energúmenos como Francisco, que sólo viven para su idea humana de lo que es la Iglesia y de lo que es Cristo en la Iglesia. Ideas humanas, baratas, que no hay quien las siga, que son muy bonitas para los oídos de los hombres, pero que sólo producen la condenación de las almas al infierno.

Este anticristo vive con “el sueño misionero de llegar a todos” (n. 31): vive de sueños, de ilusiones, de imaginaciones. No vive en la realidad de la Iglesia. No se puede llegar a todos. Es imposible. Eso es la experiencia de 20 siglos de Iglesia: muy pocos se salvan. Muy pocos. Pero esto a él le trae sin cuidado, porque sólo está en la Iglesia para vivir su sueño. Y su sueño es: destruir la Iglesia, poniendo la seducción de dar de comer a los pobres.

Evangelii gaudium: la falsa opción por los pobres

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El problema de los pobres no son los pobres, sino la concepción que el hombre tiene del pobre.

El pobre del Evangelio es el pobre de espíritu. Lo demás, es ciencia ficción.

Quien no es pobre de espíritu, entonces es rico y, por tanto, un pecador que vive su pecado y que ama su pecado.

Rico de espíritu son muchas personas, ya ricas porque tienen dinero y bienestar en la vida, ya pobres porque no poseen ese flujo de dinero para vivir una vida acomodada a lo humano.

El pobre de espíritu es aquel que ve su pecado y lucha contra su pecado hasta la muerte.

Los demás, que no son pobres de espíritu, les trae sin cuidado los pecados y las consecuencias del pecado en sus vidas y en la de otros.

Jesús viene a liberar a los hombres del pecado. Jesús no viene a liberar a los hombres de las cargas sociales, económicas, culturales, etc., que el pecado trae en la vida de todo hombre y en las sociedades.

Jesús no viene a dar de comer a nadie, no viene para dar trabajo a nadie, no viene para cuidar a los enfermos, ni para sanarlos, ni para hacer la vida cómoda a nadie en lo humano.

Jesús viene para quitar el pecado. Sólo para eso. Lo demás, es la consecuencia del pecado. La razón de que los pobres no tengan dinero ni bienestar en sus vidas, es porque existe el pecado, de ellos y de otros. Y no el pecado social, sino el pecado de cada hombre que no lo quiere quitar y que, por eso, se producen desigualdades en todos los campos humanos.

Jesús no viene a quitar estas desigualdades entre los hombres, sino a liberar del pecado a los hombres. Y aquel que quiera ser liberado del pecado, entonces hará la caridad con los pobres como siempre en la Iglesia se ha hecho. Porque la limosna quita el pecado, expía el pecado, purifica el corazón del apego a lo material y la vida humana.

A Jesús no le interesa para nada el dinero. No es su problema. No viene para solucionar ningún problema financiero entre los hombres. Su Palabra va más allá de las inquietudes de los hombres por su dinero y por su bienestar social.

Francisco no comprende este punto y, por eso, habla así:”La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la fe” (n. 200). Esto es una mentira. Porque hay muchos pobres que no tienen fe y que, por tanto, sólo están preocupados por buscar su dinero en la vida. Son pobres porque no tiene dinero, pero no son pobres de espíritu, porque viven en su pecado. Este es el punto que Francisco no comprende. Y, entonces, falla en su teología de los pobres, en su opción por los pobres.

“La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria” (n. 200): esto es lo que ningún sacerdote ni Obispo puede decir sin dejar a un lado la Verdad.

Jesús vino a salvar a todos los hombres. Y son todos: ricos y pobres. Y no hay ni primero, ni segundo ni último por el hecho de tener riqueza material o no tenerla. Jesús no viene a salvar primero a los pobres de dinero, que es lo que predica constantemente este anticristo y, por eso, se le ve su mentira en todas las cosas.

Jesús viene a por todos los hombres, sean ricos o pobres. Luego, lo primero: todos los hombres. El privilegio para salvarse lo tienen todos los hombres. No hace falta una atención religiosa privilegiada y prioritaria para los pobres. Son palabras vacías, huecas, sin sentido, que no pueden apoyarse en la Palabra de Dios, sino sólo en el pensamiento de ese anticristo, que promulga su comunismo disfrazado en la Iglesia.

“Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales” (n. 201): aquí incita Francisco a la lucha de clases entre los hombres. Porque los ricos no se ocupan de los pobres, sino de sus asuntos, por eso, no tienen excusa. Esto es el enfrentamiento con los ricos y con todos aquellos que no les importa los pobres.

Jesús no quita la liberta a ningún hombre. Francisco la quita, la quiere quitar al imponer su necio pensamiento al hombre.

Si los ricos quieren seguir en su riqueza sin atender a los pobres, eso no es problema de la Iglesia, sino de esos ricos que no quitan sus pecados. Y punto. Que sigan en sus pecados porque Dios los ha hecho libres para elegir el pecado o salir del pecado.

El pecado de los ricos se traduce en muchas cosas en la sociedad, muchas injusticias, propias del pecado de avaricia. Por eso, la Iglesia no es del mundo. A la Iglesia no le interesa todos esos asuntos que nace del pecado de hombres que no quieren quitar su pecado.

A la Iglesia le interesa resolver los problemas que los hombres que han pecado, al salir de su pecado, han hecho en sus vidas o en el mundo. La Iglesia carga, por disposición divina, con el pecado de muchos y, por tanto, con las consecuencias de ese pecado en el mundo y en los hombres. Por eso, un sacerdote y un Obispo deben ser almas víctimas para reparar tanto mal que traen los pecados.

Los sacerdotes y los Obispos no tienen que entrar en el juego de la política ni de la economía para saldar la deuda de tanta injusticia como trae el pecado de la avaricia.

La Iglesia tiene que poner una moral, una ética a los hombres de negocios que viven en Gracia, que siguen al Espíritu de Cristo. Pero la Iglesia sabe que hay muchos hombres de negocios que les importa un bledo la moral y la ética y, por tanto, no está en darles un camino para dar dinero y salir de la crisis económica, sino en ofrecer a todos los hombres el camino para salir del pecado. Y es esto lo que no da Francisco en este panfleto comunista, que es su teología de los pobres.

Por eso, dice:” Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (n. 202): este es su error más grave. El dinero nunca puede hacer iguales entre los hombres. Nunca. No hay equidad entre los hombre en el aspecto monetario. Siempre habrá la inequidad. No hay un reparto equitativo del dinero entre los hombres. Eso se sabe por experiencia. Eso es el abc de la economía. Eso es pensar rectamente, humanamente, con dos dedos de frente, con sentido común, que es lo que le falta a Francisco.

Y, porque no hay equidad en el reparto de la riqueza, nunca se va a resolver el problema financiero. Nunca. Desde que Adán y Eva pecaron nunca se ha llegado a una igualdad en lo material, en lo humano, en lo natural, en lo económico entre los hombres. Lo que propone Francisco aquí es una solmene tontería que nadie en el mundo lo sigue y que todos los gobernante se ríen de Francisco en este argumento que hace.

Es que no hay manera de resolver radicalmente los problemas de los pobres porque es un problema espiritual, no humano, no financiero.

Como los hombres no quieren quitar sus pecados, siempre habrá pobres y las injusticias sociales que nacen de todo eso. Punto y final.

Francisco quiere enfrentar a todo el mundo para que comiencen a dar dinero para los pobres. Y se mete en el mayor lío de todos. Porque nadie da nada gratis en el mundo: ¿quieres dinero, Francisco? Dame un trozo de poder en la Iglesia.

A esto está invitando Francisco en este su negocio de la teología de los pobres.

En la Iglesia la opción por los pobres ha sido siempre muy clara. El problema ha nacido de gente como Francisco que no viven sus sacerdocios en la Iglesia. Y, entonces, todo lo tuercen. Todo. Con tal de implantar su idea marxista, comunista, liberadora de los pobres.

Evangelizar sin Espíritu

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El anticristo Francisco presenta a la Iglesia, en el documento Evangelii gaudium, una Evangelización sin Espíritu.

En este documento trata a la Iglesia como un conjunto de hombres que buscan la cultura de los hombres para ser Iglesia.

Trata a la Palabra de Dios como la que debe estar embebida (encarnada es la palabra herética que usa) en las culturas de las hombres para poder darse a los demás.

La cultura del hombre es la cultura del mundo. Y, por tanto, este documento abre a la Iglesia a la conquista del mundo. Es la razón de este documento y es la única finalidad en este documento.

Unos escritos llenos de ideas humanas que sólo sirven para una cosa: hacer que los que no tienen fe se queden sin fe en la Palabra de Dios y sin capacidad para adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. Y pierdan la fe en la Iglesia.

Es un documento muy grave para la Iglesia porque la desprende de la fe. Y es un documento que las almas que ya piensan como este anticristo lo acogen de forma favorable, porque habla para estas almas. Y estas almas en la Iglesia son muchísimas, porque es la consecuencia de 50 años de lo mismo. Es la síntesis de esos 50 años en que la Iglesia, poco a poco, ha ido perdiendo la fe, el norte de la Verdad, la obra del Amor Divino en la Iglesia.

No es de extrañar que nadie haya discernido nada en este documento, porque los hombres viven para que les digan una palabra hermosa sobre Dios. Pero no viven para la radicalidad de la Palabra Divina que, si no se hace fuerte en el corazón del alma, la persona se conforma con sentimentalismos como los que se dan en este documento.

Es un documento grave porque se anula a la Iglesia. Pero es la consecuencia del pecado de este anticristo.

El anticristo Francisco ha anulado a Pedro en la Iglesia. Él simboliza la degeneración de un poder que ya no se puede dar en la Iglesia. Él no es Pedro, ni puede serlo por más que quiera llamarse Papa u Obispo de Roma, o porque los demás lo llaman así por no discernir nada.

El anticristo Francisco simboliza una cabeza sin trono, sin poder, sin capacidad de decisión en la Iglesia, sin miras hacia lo alto, sin poner la visión del mundo fuera de los recintos de la Iglesia. Y, por tanto, el fruto de esta decadente cabeza, que no gobierna nada en la Iglesia, es anular a la Iglesia en su raíz. Anulación que produce que todo se vea sin el Espíritu que debe acompañarlo.

Si se quita a Pedro, se quita el Espíritu en la Iglesia. Y queda una estructura de hombres que piensan y obran como hombres. Queda un pueblo de hombres que ya no tienen el Espíritu de ser hijos de Dios. Ya no es el Pueblo de Dios, el del Antiguo Testamento, es un nuevo pueblo, una nueva comunidad de hombres, que hablan cosas de Dios, pero sin Espíritu.

Esta es la consecuencia de la anulación de Pedro en la Iglesia: queda un pueblo dedicado a las cosas del mundo. Y no más.

Y, para ser Iglesia, para formar la Iglesia, hay que salir de ese negocio que en Roma se ha creado ya. Es de vital importancia, y es lo que muchos no acaban de comprender, porque están en la Iglesia para un acto social, para una obra social, para conquistar el mundo y a los hombres del mundo.

Este documento es clarísimo para las almas que viven de la fe: es un documento que señala el fin de la Iglesia y que abre el tiempo para salir de Roma.

Todos los herejes van a aplaudir este documento. Todos, sin excepción, porque en él se da el culto al hombre, a su pensamiento y a sus obras en el mundo. En él no hay sitio para la Verdad que trae el Espíritu a la Iglesia. Sólo cabe la mentira que cada uno fabrique con su mente humana.

Por eso, es un documento frío para el que ama a la Iglesia y caluroso para el que odia a la Iglesia.

El anticristo Francisco odia a la Iglesia. La odia con su boca y con sus obras. Los que se unen a él, hacen el esfuerzo por aparentar que siguen amando a la Iglesia, porque todavía no pueden odiarla como la odia ese anticristo.

Quien no se oponga a este anticristo acabará odiando a la Iglesia como él. El odio nace del corazón cerrado a la Verdad. Y quien no se pone en la Verdad, odia a Cristo y a Su Iglesia. Y, aunque haga oración y reciba los sacramentos o tenga un servicio en la Iglesia, no podrá amarla si continúa sirviendo al anticristo Francisco en la Iglesia.

Muchos no han comprendido esta Verdad: quien se une a un anticristo deja de ser Cristo en la Iglesia, deja de obrar las obras de Cristo en la Iglesia, deja de imitar a Cristo en la Iglesia.

Porque la Iglesia es Pedro y para amar a Cristo, en la Iglesia, hay que unirse a Pedro. Si se quita a Pedro, queda la impostura, la mentira, la soberbia y el odio. Quien se una a un impostor, por ser cabeza visible, recibe el mismo espíritu que anima a esa cabeza: el espíritu del anticristo.

Es muy grave lo que se hizo después de la renuncia de Benedicto XVI. Gravísimo, y nadie lo ha comprendido. Se puso un anticristo como cabeza y, automáticamente, toda la Iglesia recibió el mismo espíritu del anticristo. Y lo pudo recibir porque el Espíritu de la Iglesia huyó de Pedro en su renuncia, huyó de la Cabeza Visible.

Esta gravedad trae la consecuencia obvia: hay que hacer una nueva iglesia, una nueva Roma, un nuevo pueblo: el del anticristo. Y, por eso, este anticristo Francisco habla a las almas de la Iglesia con un lenguaje sentimental, confuso, engañador, malintencionado, sólo con el fin de que las almas se queden donde están para formar este nueva estructura de iglesia.

Y se presenta este documento para sellar a las almas y que vivan el gozo de la evangelización sin la fuerza del Espíritu, sólo en la seducción del espíritu del anticristo, que está contenido en todo este documento.

Por eso, este documento mata la fe, mata la gracia en las almas, mata la esperanza de la salvación y de la santidad en la Iglesia. Del demonio no se puede esperar nada bueno. El demonio siempre hace su juego: da lo que le gusta al hombre y, después, lo mata.

Es lo que hace este anticristo en su documento: habla un lenguaje que agrada a los hombres para aniquilar su fe. Y quien no quiera verlo así, el tiempo se lo dirá. Si no han aprendido a discernir estos 50 años, comiencen a hacerlo ya porque los tiempos son muy graves para todos.

Comienza la ruina de la Iglesia en Roma. Se ha anulado el Papado. Ahora todo se descentraliza y cada diócesis va a hacer lo que le dé la gana en la Iglesia. El que esté como cabeza será sólo para coordinar las cosas en la iglesia, pero no es el que habla lo definitivo, la verdad, no es el que une a todos en el Espíritu de la Verdad, sino que será el que seduce a todos en el espíritu del anticristo.

Los hombres temen ver esta Verdad en la Iglesia y en Roma. Pero ya llevamos nueve meses cogidos en el espíritu del anticristo en la Iglesia y nadie ha luchado contra ese espíritu, porque ya no se cree en nada.

Desde la renuncia de Benedicto XVI, en Roma hay un espíritu muy fuerte que se opone a toda Verdad y que desestabiliza al mundo entero, no sólo a la Iglesia. Porque es el mismo espíritu que está en el mundo. El mismo. El mundo se ha apoderado de la Iglesia. Y eso se ha contemplado en el gobierno de esta cabeza inútil para todos, no sólo para la Iglesia.

Una cabeza degradada que se ha destacado por abrirse a todo el mundo sin importar la Verdad en la Iglesia. Y el mundo lo reconoce suyo, porque piensa lo mismo que se piensa en el mundo. Y esto es lo más grave que le ha podido pasar a la Iglesia: no enfrentarse al mundo. Luego, queda cogida, atrapada, por el mismo espíritu que está en el mundo, que es el espíritu de tres cabezas: Lucifer, Satanás y Belcebú. Es el espíritu del anticristo.

Y la primera batalla contra este espíritu muy pocos lo han hecho. Y tendrán que hacerla en la siguiente ronda de este combate, porque pronto se acerca el Idiota a Roma, el que impone su mente a todos, el que es el fariseo propio para anular con documentos oficiales todo el dogma en la Iglesia.

El anticristo Francisco es el Orgulloso, representa la cabeza de Lucifer, porque gobierna como él: con dictaduras, con arrogancia, sin inteligencia en ninguna verdad. Y habla como él: con la emoción de la palabra, con el sentimiento de la palabra, con la sensiblería de la palabra.

Y, ahora en la Iglesia, le corresponde el turno a Satanás, que es el filósofo de la palabra, es el que pone los pensamientos en las almas, es el que hace que las almas estén en sus vidas preocupadas por todo lo humano, dando vueltas en sus cabezas a toda su vida humana. Es el ideal para romper la Iglesia, dividir toda Verdad en la Iglesia.

En el demonio, el primero en manifestarse siempre es Lucifer. Y su reinado en el alma es corto, porque habla con emociones que con el tiempo se van. Por eso, en la Iglesia la gente ha despertado, porque no se vive de sentimientos, de sensiblerías, de afectos. Y, por eso, debe caer el anticristo Francisco para poner una cabeza pensante, que siga en todo a Satanás y que cumpla la segunda división en la Iglesia, la división del amor. Se rompe el amor y sólo queda el odio en todas las almas. Y con el odio el demonio trabaja para conquistar en la Iglesia lo que le interesa: que es su destrucción total.

Por eso, en la segunda batalla, hay que salir de Roma, porque ya no se puede luchar de igual manera que con el orgulloso. Con el anticristo Francisco, como es orgulloso, le trae sin cuidado las críticas que se hacen contra él. Le resbalan porque vive su orgullo. Y lo vive a pesar de todas las razones y juicios en contra de él. Por eso, se puede hablar en contra de él y no pasa nada, porque es un necio que sólo vive para su vida. Y deja que los demás vivan sus vidas. Ha sido el ideal para abrirse al mundo, donde cada uno vive su vida como quiere.

Pero con una cabeza pensante, la cosa es distinta, porque todo aquel que piensa pone su fuerza, impone su pensamiento con la fuerza al otro para que se haga. Y, por eso, para atacarlo hay que salir de Roma y enfrentarse a él, para no ser cogidos por esa imposición, por esa fuerza bruta que se va emplear en Roma un vez quiten los dogmas de la Iglesia.

Hay que ir saliendo de un lugar en donde sólo se sienta el Anticristo.

La Iglesia la componen los que hablan la Verdad

La nueva iglesia de Francisco es aplaudida por el mundo, por los ateos, por los homosexuales, por los musulmanes, por los judíos, por los protestantes. Y eso significa una cosa: esa iglesia está unida al mundo para formar una sola cosa en la mentira.

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Es una iglesia que acoge el mundo, que participa del mundo, que quiere estar presente en el mundo, que le motiva la política del mundo, que quiere que los gobiernos la reconozcan para dar un poder al mundo. Y eso nunca viene de Dios, sino de los hombres y del demonio.

La apertura al mundo de la nueva iglesia de Francisco en Roma anula a la Iglesia de Jesús en Roma. Nunca es la Voluntad de Dios que la Iglesia se abra al mundo. Nunca. Y fue la primera cosa que hizo Francisco una vez que comenzó su reinado en Roma.

La Iglesia ha sido construida en la Palabra de Dios, no en la palabra de los hombres. Y, por tanto, se edifica la Iglesia sólo en la Verdad que da esa Palabra Divina. Y todo sacerdote, todo Obispo de la Iglesia tiene que derramar de sus labios sólo y únicamente la Verdad.

Y, por eso, el sacerdote que no fustiga el pecado en el mundo, que no juzga al homosexual, ni al ateo, ni al judío, ni al masón, ni al protestante, ni al musulman, y no les enseña su pecado para quitárselo, para arrancárselo, automáticamente se pone en la mentira, se aparta de la Verdad, se aleja del Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y ya no pertenece a la Iglesia.

Los hombres siempre van a defender su pecado, porque el pecado hace la vida más agradable y más placentera y, por tanto, quien vive en su pecado, quien vive en la mentira de su pecado, no puede escuchar la Verdad, no puede aceptar la Verdad. Y, por eso, muchos critican que la Iglesia vaya en contra del pecador y de su pecado en el mundo.

Aquel sacerdote y aquel Obispo que tengan miedo de decir la verdad al que peca, que tenga miedo de las críticas del mundo y de los hombres, y que, por tanto, esconda esa verdad para presentar un falso amor a Dios y al prójimo es siempre un anticristo en la Iglesia.

Nunca el anticristo va a fustigar el pecado. Nunca francisco hace eso en sus homilías en la Iglesia. Nunca.

Francisco es un anticristo porque enseña la mentira a las almas que están en el mundo viviendo su pecado. Les enseña a seguir viviendo en su pecado. Les enseña a seguir amando su pecado. Les enseña a hacer del pecado la manifestación de la Voluntad de Dios.

Francisco llama al pecado un bien que hay que hacer en la Iglesia y en el mundo.

Cuando la Iglesia habla solo de este mundo, de sus aflicciones, de sus problemas, de sus sufrimientos y no predica la Verdad al mundo y al hombre, entonces la misma Iglesia se separa del Espíritu de Cristo y de la Iglesia.

Esto es lo que hace Francisco: separarse de Cristo y de la Iglesia. Y lleva consigo a muchas almas en esa separación. Es la división que ha creado Francisco en Roma.

Francisco ha dividido Roma, no sólo a la Iglesia.

La Iglesia se ha dividido con Francisco por el pecado de poner el gobierno horizontal.

Pero Roma está dividida porque en la Iglesia sólo existe la palabra de los hombres, que divide a todos los hombres.

Una vez que se divide la Iglesia, que se divide la verdad, la Iglesia carece de la Palabra Divina, carece de la Verdad, carece de la unidad que da la Verdad. Y aparece ante los hombres sólo la palabra humana, la filosofía humana, la ciencia humana. Y eso produce división en Roma.

Roma es la Sede de la Verdad en el mundo, cuando da la Verdad de la Palabra. Y, por tanto, Roma une en la Verdad de la Palabra.

Pero cuando Roma se convierte en la Sede de la mentira, entonces Roma siempre produce división, como pasa en el mundo.

En el mundo, la filosofía divide a los hombres, los políticos dividen a los hombres, la ciencia divide a los hombres. Nada en el mundo es capaz de hacer unidad, porque no hay verdad, sólo hay un conjunto de verdades a medias, sin la plenitud de la verdad.

Roma ha dejado ya de ser la Sede de la Verdad. Cuando murió Juan Pablo II se acabó la Verdad en la Iglesia y en Roma.

Y lo que tenemos ahora es sólo la mentira. No busquen la Verdad en Roma, porque Roma oculta la Verdad a todo el mundo.

Sólo aquellos que permanecen fieles a la Palabra de Dios y a la fe católica, en sus dogmas, en su tradición, en sus sacramentos, en el magisterio auténtico de la Iglesia, son los que hacen Iglesia y pertenecen a la Iglesia.

Los demás hacen en la Iglesia su iglesia. Se inventan su iglesia.

Eso es la obra de Francisco en la Iglesia. Y sólo eso. Él trabaja para edificar su iglesia demoliendo la Iglesia de Jesús, haciendo de Roma la Gran Ramera de toda la historia.

Porque si Roma ha dado a luz a la Verdad durante 20 siglos, ahora da a luz a la mentira oponiéndose a toda Verdad, como si no fueran sus hijos tantos siglos de Iglesia en Roma.

Por eso, lo que sucede ahora es muy grave para todo el mundo. Tan grave que es necesario que las cosas cambien ya en Roma para mal, porque de esta manera Roma no tiene salida para ningún lado.

O se está con el mundo o se está en contra del mundo. Si se dan esperanzas al mundo pero no se obra nada, el mundo se va de Roma. Es necesario destruir la Iglesia si se quiere agradar al mundo. Si no se quiere agradar al mundo, entonces hay que hacer que todo vuelva a lo de siempre.

Y, por supuesto, esto último no se va a hacer.

La Iglesia sólo está compuesta porque aquellos que hablan la Verdad, por aquellos que obran la Verdad.

Y Roma ya no quiere la Verdad y, por tanto, hay que destruir la Iglesia. Y, en consecuencia, hay que salir de Roma para seguir siendo la Iglesia que habla la Verdad y se enfrenta con la verdad en la mano a todo el mundo.

Francisco usa las Palabras del Evangelio para decir sus herejías en la Iglesia y para obrar el pecado en la Iglesia. Y esto es algo diabólico.

Porque quien quiere vivir la mentira, deja a Dios a un lado y se pone a obrar su mentira.

Pero Francisco, en nombre de Dios, dice la mentira en la Iglesia. Eso se llama malicia demoniáca. Eso tiene el nombre de maléfico. Eso es estar poseído por el demonio.

Nadie en la Iglesia puede cambiar la Palabra de Dios y usarla como le dé la gana. Nadie en la Iglesia pone la Palabra de Dios como garantía de su herejía, como hace Francisco. Nadie en la Iglesia toma la Palabra de Dios como inútil e inservible para hacer su voluntad.

Francisco ha sido el más necio de todos los gobernantes de Roma, porque ha ido contra sí mismo en sus homilías.

Al poner en sus homilías las Palabras de Dios y colocar entre ellas su mentira, él mismo se descubre en su juego. Él mismo se hace un necio a los ojos de todo el mundo. Él mismo se condena por sus mismas palabras.

Y así como obra Francisco en la Iglesia, así son muchos en la Iglesia que creen que la vida es bella y placentera y que se puede opinar cualquier cosa en la Iglesia.

Y aquel que opine otra cosa diferente a la Verdad en la Iglesia es sólo un hereje, un mentiroso, un maldito, un sin nombre en la Iglesia.

La Iglesia no va al baile de Francisco en su jerga humana, en su palabrería humana. La Iglesia se dedica a confrontar a Francisco y a desnudarle de todas sus mentiras para así echarlo de la Iglesia.

La Iglesia echa a Francisco, pero la nueva iglesia en Roma no lo echa. Y este es el problema para muchas almas que están esperando algo bueno de ese hombre para seguir caminando en Roma.

Y esperan mal. Y se engañan en esa espera.

Roma engaña ahora a toda la Iglesia. Y nadie quiere ver ese engaño. Así está la Iglesia: tiene miedo de decir la Verdad como es. Tiene miedo de luchar por la Verdad. Tiene miedo de enfrentar a toda la Jerarquía de la Iglesia por el falso respeto a ella.

Nadie que hable la mentira merece ni respeto ni obediencia.

Y nadie que diga la herejía merece estar unido a él. Las almas no pueden unirse a Pastores herejes en la Iglesia. No pueden. Tienen que dar a ese Pastor el líbelo de repudio. Ese Pastor no es Pastor de almas, sino un lobo, uno que descuartiza almas, que destruye corazones, que da al hombre el camino para el infierno.

Francisco: un lobo que anda entre lobos y que se alimenta de mentiras y de herejías.

Roma se hace laica

El problema de la nueva iglesia en Roma está en el sacerdocio.

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Para la nueva iglesia, “Jesús es un laico más que causó un cambio en el sacerdocio. La vida entera de Jesús fue una vida sacerdotal, en el sentido en que se hizo hombre, era pobre, luchó por la justicia, criticó los vicios del poder, se identificó con los más oprimidos y los defendió, trató a las mujeres sin discriminarlas, y se vio obligado por su propia fe a ser perseguido y morir crucificado fuera de la ciudad. Este sacerdocio original de Jesús es el que tiene que continuar en la historia.” (Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga Conferencia en Dallas).

Cuando se dice esta frase -Jesús es un laico más que causó un cambio en el sacerdocio- se está anulando el sacerdocio y la Eucaristía. Esta es la forma para zanjar la Eucaristía. Automáticamente.

Jesús no es un laico, sino que es el Sacerdote por excelencia y es Sacerdote único.

Sacerdote según el orden de Melquisedec (cfr. Heb 5,6), sin padre según la generación humana y sin madre según la generación divina; perfecto (cfr. Heb 7,19); vivo (cfr.Heb 7,25); sin interrupción (Heb 7,3), sin falta de continuidad; perpetuo… para siempre (Heb 7,24); santo, inocente, inmaculado (Heb 7,26); universal, para beneficio de todos los hombres (cfr. Heb 5,9); sacrificado y ofrecido por sí mismo (cfr. Heb 7,27; 9,26); ejercitando su sacerdocio con un sacrificio eficacísimo, hecho una sola vez (Heb 10,10); para purificarnos de nuestros pecados (cfr. Heb 9,14). Él sustituye, suprime, el sacerdocio levítico; no lo sucede, sino que lo interrumpe, aún más, lo abroga.

Esto es Jesús. Quien quiera inventarse otro Jesús cae en herejía, como ese cardenal, que es ya un anticristo en la Iglesia.

Si se enseña que Jesús es un laico, con un sacerdocio volátil, entonces sacerdotes y fieles de la Iglesia son iguales, no son distintos, es decir, sólo se da un sacerdocio espiritual, pero no se da el sacerdocio ministerial.

“Un laico justo está unido espiritualmente a Cristo por la fe y la caridad, pero no por la potestad sacramental. Por tanto, posee el sacerdocio espiritual para ofrecer hostias espirituales, de las que se habla tanto en Sal 50,19: El sacrificio agradable a Dios es un espíritu contrito, como en Rom 12,1: Ofreced vuestros cuerpos como hostia viva. Por lo que en 1 Pe 2,5 se atribuye a todos un sacerdocio santo para ofrecer víctimas espirituales” (Sto. Tomás de Aquino).

Y cuando se iguala al sacerdote con este sacerdocio espiritual se tiene que negar, necesariamente, el Sacerdocio de Cristo.

Y esto produce definir la Iglesia de esta manera: la Iglesia es una porque todos sus miembros participan del Sacerdocio de Cristo.

Cuando se define así la Iglesia, entonces se anula la Eucaristía y el Sacerdocio en la Iglesia.

El sacerdocio de Cristo en la nueva iglesia sólo se dedica a cuestiones humanas, como señala el Cardenal. Y ahí en lo humano el sacerdote hace su iglesia.

Por tanto, la figura de la Eucaristía es ya una memoria en esa nueva iglesia: “Y si la Iglesia quiere seguir a Jesús, lo único que tiene que hacer es seguir diciéndole al mundo lo que le sucedió, proclamando sus enseñanzas y su vida” (Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga Conferencia en Dallas).

Decir al mundo lo que pasó hace 2000 años: eso es la destrucción de la Eucaristía. Aquí el Cardenal ha puesto las bases para negarlo todo en la nueva iglesia.

Y de esto se deduce que en la nueva iglesia ya no cabe Cristo Jesús, sino sólo el falso Jesús que se han inventado.

“Si la Iglesia tiene alguna misión, esa es manifestar los hechos de Jesús. La Iglesia nunca fue una meta en sí misma. La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia. Para esta labor de misión y testimonio, la Iglesia siempre debería estar equipada con fe y un espíritu de servicio a la humanidad. Demasiadas veces da la sensación que tiene muchas certezas y muy pocas dudas, libertad, desacuerdo o diálogo. No más exclusiones ni tratar de resolver los problemas del mundo regresando al autoritarismo, la rigidez y el moralismo, más bien manteniendo siempre el mensaje de Jesús como única fuente de inspiración” (Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga Conferencia en Dallas) .

Leer esto es entender lo que es la nueva iglesia en Roma, entender lo que está pasando en Roma.

a. La nueva iglesia sólo tiene una misión: la de recordar la vida de Jesús, la de manifestar lo que hizo Jesús. Y no más. No tiene la misión de hacer las mismas obras de Jesús. No. Eso ya no es en la nueva iglesia, porque Jesús es sólo un hombre que se dedicó a las cosas humanas, pero nunca a las cosas de Su Padre, a hacer la Voluntad de Su Padre.

b. Y, por tanto, la Iglesia no tiene un fin divino en Ella. Es decir, que Jesús no fundó la iglesia. Como Jesús es sólo un laico, un hombre, la Iglesia no es nada, no lleva a nada espiritual, a nada divino. Es sólo un conjunto de hombres que hablan y se mueven de muchas maneras.

Por eso, en la nueva iglesia en Roma se quitó el Papado con el gobierno horizontal. Es que ya no creen que Jesús fundó la Iglesia. Este es el punto que nadie cree. Se ha puesto ese gobierno horizontal porque no se cree en la Palabra de Dios. No por otra cosa, no para ayudar al Papa. Eso no se lo creen ni ellos mismos. Se ha puesto el gobierno horizontal para eliminar al Papa, como va a suceder.

c. Como la Iglesia no tiene un fin divino, entonces la consecuencia: “La salvación viene de Jesús, no de la Iglesia”. Ya la Iglesia no salva. Ya la Iglesia no es el camino para salvarse. Ellos predican que fuera de la Iglesia ya hay salvación.

En la nueva iglesia en Roma todos entran: ateos, masones, protestantes, musulmanes, budistas, etc., porque todos creen de alguna manera en Jesús.

Ya es la fe la que salva. Y eso es la doctrina de los protestantes. La fe fiducial.

Pero sólo la gracia mediante la fe es la que salva. Hay que estar en gracia para salvarse, no basta con creer en Jesús. Hay que quitar errores, pecados, etc., que es lo que impide la gracia en el alma. La nueva iglesia en Roma es totalmente protestante. Se ve su tufillo por todas partes.

d. Para obrar esta gran misión que tiene la nueva iglesia es claro el camino: el humanismo: ”la Iglesia siempre debería estar equipada con fe y un espíritu de servicio a la humanidad”.

Y entonces viene la puntilla: que todos seamos buenos hermanos, que nos amemos mucho, que nos abracemos mucho, que todos sintamos que hacemos mucho bien entre los hombres. No hay que hablar del pecado, de la cruz, de la penitencia, de la muerte, de la justicia divina, del purgatorio, de las leyes que condenen, de las penas de excomunión, etc: “No más exclusiones ni tratar de resolver los problemas del mundo regresando al autoritarismo, la rigidez y el moralismo”.

No hay moral, no hay ética, no hay autoridad, no hay leyes. Pura anarquía es lo que hay en la nueva iglesia.

Así, de esta manera, se va a quitar la Eucaristía, poniendo una definición que parece bonita, pero que es una total herejía.

Roma se ha hecho laica, es decir ha caído en la herejía del laicismo, por la cual se quita todo lo sagrado, lo santo, lo divino en la Iglesia.

La Iglesia es la obra de los laicos y también los sacerdotes son laicos, con una misión que tiene que hacer, como es la fiesta de la cena del Señor. Hacer que todos en la Iglesia bailen y se rían porque en el mundo hay muchos problemas y la Iglesia debe ser una casa donde la gente venga a quitarse sus problemas de la vida divirtiéndose un poco. Así se piensa y así se va a hacer en Roma.

Por eso, hay que salir de Roma ya. Esto ya huele muy mal.

El Concilio Vaticano II

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El Concilio Vaticano II no fue un concilio dogmático, es decir, no fue un concilio para definir nuevos dogmas o poner sanciones para aquellos que iban en contra del dogma.

Como no fue dogmático, las Verdades que están en la Iglesia permanecen, no cambian, porque nada se dijo de esos Dogmas, nada se cambió. El Concilio Vaticano II sólo se lee en su forma pastoral, no dogmática. Por tanto, de esa lectura no se saca nada nuevo para la Iglesia, porque no se definió nada nuevo.

El Concilio Vaticano II sólo es pastoral: es decir, una serie de enseñanzas sobre lo que es la Iglesia y no otra cosa. Un recordar con otras palabras lo mismo de siempre.

El problema está en que se hizo el Concilio para esto:

“con oportunas “actualizaciones” y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”. (DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII – Jueves 11 de octubre de 1962).

Se quería actualizar algunas cosas en la Iglesia, como la liturgia, la Sagrada Eucaristía, la Palabra de Dios, etc., pero en cuestiones secundarias, como: la introducción de las lenguas propias de cada nación, una mayor amplitud y una nueva ordenación de las diversas lecturas de la Sagrada Escritura; cambios accidentales en la misa, la recuperación de la oración común u oración de los fieles; etc.

Pero la realidad fue otra muy distinta. A partir del Concilio hay un cambio, no accidental, sino sustancial en muchas cosas que no vienen del Concilio Vaticano II, sino de la interpretación que cada uno ha seguido de ese Concilio.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no dogmático y, por tanto, no está centrado en cambiar cosas sustanciales de la Iglesia, sino cosas accidentales, para ayudar en la comprensión de la salvación de las almas en la Iglesia.

Como es Pastoral, el Concilio Vaticano II no tiene ningún error en su doctrina. Se puede seguir, pero hay que apoyarse en toda la Tradición de la Iglesia, en el Auténtico Magisterio de la Iglesia, en el Concilio Vaticano I, en todos los escritos que han dejado los Santos, los Doctores de la Iglesia, los Confesores de la Fe, porque si no ese Concilio se convierte en una herejía, como así ha ocurrido.

Al no proclamar ningún dogma, sino que se hizo para actualizar, para cambiar algunas cosas, viene el desastre para toda la Iglesia.

El problema no está en el Concilio Vaticano II, sino en aquellos que lo han interpretado a su manera, y han hecho de la Iglesia lo que vemos.

Al ser un Concilio sin dogmas, todo el mundo ha sacado de él sus dogmas, sus interpretaciones, sus ideologías en la Iglesia, como lo expresa Francisco: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea”. Hay que leer el Concilio según la cultura del momento, ya no según la Fe en la Palabra de Dios.

Y, entonces, se dicen estas cosas:

1. la Iglesia es definida como Pueblo de Dios: Pero si el Concilio Vaticano II no define nada. Utiliza un lenguaje pastoral cuando habla de la Iglesia. Y la Iglesia sigue siendo el Cuerpo Místico de Cristo, porque así lo enseña la Palabra de Dios. La Iglesia no se define como el Pueblo de Dios. Eso lo definen los teólogos, como Francisco, que no tienen Fe en la Palabra de Dios y que hacen su interpretación de algo que es sólo pastoral, una forma humana de expresar la Verdad Dogmática.

2. La jerarquía debe estar al servicio del Pueblo de Dios y no al contrario: Pero si la Palabra de Dios es clara: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia. Todos en la Iglesia tienen que obedecer al Papa. Y, por tanto, los fieles deben servir al Papa en la Obediencia. El Papa no puede servir a los fieles, no puede someterse a los fieles, porque primero es el Papa. Y debajo de él los demás. Y aquel que se quiere igualar al Papa hace como Francisco: destruye la Iglesia en el Papado.

3. La Iglesia deja su potestad (poder, jerarquía, sociedad perfecta) para ser una Iglesia servidora de la humanidad, seguidora de Jesús pobre y humilde, semilla del Reino: Esto es sólo la interpretación personal de los textos del Vaticano II. Pero en ningún momento el Concilio Vaticano II enseña que ya no exista la Jerarquía en la Iglesia y que, por tanto, la Iglesia es una democracia en la que hay que vivir para hacer el bien a todos los hombres, como se hace en el mundo. De esta mentira, Francisco ha predicado en sus siete meses como Jefe de la Iglesia.

4. La Iglesia ya no es sacramento de salvación, sino que es señal e instrumento de esta salvación: Esta es la mentira como conclusión a la visión errada de lo que es el Papa y el Papado en el gobierno vertical. Porque en la Iglesia se salvan los fieles unidos a los Pastores. Sin esta unión espiritual, que se da sólo en la Verdad, en la Fe en la Palabra de Dios, nadie puede salvarse. La Iglesia es Sacramento de Salvación porque son los Pastores, con su vida de santidad, los que salvan a las ovejas. Si los Pastores se dedican a su vida humana, no hay quién se salve en la Iglesia. Y, por eso, como ya no se cree en el Sacerdocio, entonces, la Iglesia, que es un conjunto de fieles, todo el mundo en ella se salva y no importa que se esté en pecado, porque es sólo un instrumento más para salvarse. También con los budistas el alma encuentra su salvación. También de la mano de los judíos, se encuentra la verdad de la vida. También los homosexuales se salvan, porque creen en Dios, y en la Iglesia tenemos un Dios Misericordioso que salva.

5. El sujeto de la Iglesia ya no es el Papa y los Obispos unidos a Él, sino todos los bautizados: Esta es la segunda conclusión de quitar el gobierno vertical. La Autoridad en la Iglesia ya no está en el Papa, como Vértice de la Iglesia, sino en toda la Iglesia. Para eso, es necesario el gobierno horizontal, para poner al Pueblo de Dios como sujeto de la Autoridad, que es lo que predica Francisco en todas sus homilías, esta interpretación que saca de los protestante que él admira mucho.

6. El valor en la Iglesia es la colegialidad de los obispos, no el Papa: Esta es la tercera conclusión. El Papa gobierna toda la Iglesia por el mandato de Jesús: Apacienta los Corderos. El Papa gobierna a cada Obispo y, por tanto, gobierna a cada diócesis de la Iglesia. Ahora no. Ahora son los Obispos los que se gobiernan a sí mismos. Ahora el Papa es sólo la Voz de los Obispos, ya no es la Voz de Cristo. Y esto es sólo una libre interpretación del Concilio Vaticano II. El Concilio no está definiendo nada. Entonces, ¿por qué se quieren definir cosas que el Concilio no define? La maldad de los hombres. Porque no se ama ni a la Iglesia ni a Jesús. Cada cual ama su necio pensamiento, su necia ideología en la Iglesia, su necio negocio en la Iglesia.

7. La fuente, el método y el fin de la misión eclesial ya no es Dios, sino el dinamismo, la metodología y sustentación de los pensamientos humanos: Si Dios ya no tiene la Autoridad en la Iglesia en el Papa, -porque se pasa al Pueblo de Dios-, luego la consecuencia: el Apostolado en la Iglesia lo resuelven, lo deciden los hombres, no Dios. Hay que hacer planes y planes para llevar el Evangelio a los hombres. Y, entonces, todo el mundo tiene su plan para salvar y nadie quiere salvar con el Evangelio. Sólo con sus planes, proyectos, ambiciones terrenas, que no es otra cosa el Apostolado moderno en la Iglesia, que no sirve para nada, ni para santificar ni para salvar a nadie. Es todo un negocio en la Iglesia.

8. La salvación del mundo está en el dialogo, no en el cumplimiento de la Voluntad de Dios, de la Ley Divina: Hay que dialogar con los “hermanos separados”, dialogar con el mundo, dialogar con las ciencias y con la modernidad, pero no negar el mundo, no negar la modernidad, no negar que las demás Iglesias sean portadoras también de salvación. No hay que enfrentarse al mundo, ni a los hombres, ni al pecado, ni ver lo que pasa en el mundo como algo malo para la Iglesia. Para salvar hay que hablar. Para salvar hay que dar a conocer nuestro grandes pensamientos a los demás. Para salvar hay que buscar la fraternidad con todos, que todos nos sintamos unidos en un mismo cariño, en una misma sonrisa, en un mismo abrazo. Hay que ser respetuoso con los que viven en sus pecados, porque también tienen derecho a vivir en sus pecados. El pecado es lo más maravilloso en la vida. El pecado es la salvación de todos los hombres. Así se piensa hoy porque se ha hecho un dogma de un Concilio que no es dogmático, que no define nada, que sólo habla para los hombres lo mismo de siempre, la misma Verdad. Pero a los hombres no les gusta esa misma Verdad, porque ya están hartos de vivir para un Papa que no les habla sino del fuego del infierno, de las penas del Purgatorio y del silencio y de la soledad necesarias para encontrar la verdad en la vida. No se quieren esas verdades, porque se prefiere el dinero y sexo que todos buscan en la vida.

9. Hay que destruir lo sagrado en la Iglesia para dar a la Iglesia lo profano: Esa fue toda la reforma de la Misa, de los libros litúrgicos, de la Sagrada Escritura y demás cosas que se reformaron que el Concilio no mandó. No está escrito en ninguna página del Concilio que se hiciese lo que se ha hecho con la Misa. Eso sólo fue la desobediencia de unos Obispos, masones, que querían destruir la Misa. Y el Papa Pablo VI le tocó sufrir lo más importante en la reforma de la Iglesia. Y pudo conseguir que no se quitara la esencia del Sacramento de la Eucaristía. Y, gracias, a ello, la Misa sigue, aunque no tiene la fuerza de antes, porque se han cambiado muchas cosas, pero no lo esencial de la Misa.

Para comprender todo el desastre que ha venido tras el Concilio Vaticano II, no se tiene que ir al Concilio, sino a aquellos que lo han interpretado a su manera y buscar sus errores. Cada uno ha puesto sus dogmas del Concilio, cuando el Concilio no definió ningún dogma nuevo.

Si el Concilio no define, los demás tampoco tienen derecho a definir nada. Si alguien define algo nuevo es sólo su soberbia y nada más que su soberbia.

Todo aquel que quiera dar su interpretación del Concilio Vaticano II siguiendo sólo al Concilio siempre se va a equivocar, porque el C. Vaticano II no fue hecho para definir nada nuevo en la Iglesia. Fue sólo para actualizar algunas cosas.

El problema de fondo es éste: ¿quién hace un Concilio para actualizar cosas secundarias en la Iglesia? Nadie. Esa fue la equivocación de Juan XXIII. Se hace un Concilio para definir algo nuevo, algo esencial en la Iglesia. No se hace un Concilio para decir lo mismo con otras palabras, que es eso y sólo eso es el Concilio Vaticano II.

Lo que ha venido después del Concilio es la consecuencia de este fondo: quien movió ese Concilio fue la masonería eclesiástica para poner en la Iglesia lo que vemos.

Juan XXIII hizo caso a los masones y puso en marcha un Concilio que no hacía falta a la Iglesia, que Dios no lo quería en Su Iglesia.

La culpa de todo lo que ha pasado después del Concilio: los hombres que no tenemos fe en la Palabra. No quieran culpar a ningún Papa a ni ningún Obispo, a ningún sacerdote, ni a ningún fiel, porque todos tenemos la culpa de ver lo que vemos. De contemplar el mal y de no mover un dedo para quitarlo.

Dios habla a cada alma y le dice la verdad

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suns“Mi amado Papa Benedicto XVI fue perseguido y huyó, como fue predicho. Yo no he nombrado a esta persona, que dice venir en Mi Nombre. Él, el Papa Benedicto, guiará a Mis seguidores hacia la Verdad. No lo he abandonado y lo sostendré cerca de Mi Corazón y le daré el consuelo que necesita en este momento terrible. Su trono ha sido robado. Su poder no”.(13 mar 2013. Su trono ha sido robado. Su poder, no. Mensajes de Dios dados a María de la Divina Misericordia. The Warning)

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Cuando Francisco enseña que “es imposible creer cada uno por su cuenta” está enseñando que Dios no puede hablar con las almas. Y, por tanto, está negando toda revelación privada que Dios tiene en el mundo.

¿Por qué la Jerarquía de la Iglesia no ha creído en Fátima? Porque niega que Dios se manifieste a un alma y le hable de cosas que la Iglesia no acepta.

¿Por qué no se ha creído en Garabandal, que es la continuación de Fátima? Porque en Garabandal se dicen cosas que no están en la Revelación, tal como la entienden los hombres soberbios de la Iglesia. Y se habla de un aviso, de un castigo, de muchas cosas que la inteligencia del hombre no puede aceptar, porque no cree.

¿Por qué se ha tapado lo que la Virgen ha dicho de la Iglesia en el Escorial? Porque son cosas que asustan a la misma Jerarquía de la Iglesia, ya que van en contra de la Autoridad de la Iglesia. Como los sacerdotes en la Iglesia ya no obran en el gobierno con fe, entonces su gobierno es algo dictatorial en la Iglesia. Y la Virgen arremete contra esta dictadura en sus mensajes. Y eso no gusta a la Jerarquía de la Iglesia. A nadie le gusta que le digan sus verdades a la cara, que le descubran sus mentiras a la cara. Y eso es lo que ha hecho la Virgen. La Virgen enseña la verdad a la Iglesia. Y la enseñan porque sus sacerdotes, sus Obispos, han dejado de enseñar esa verdad en la Iglesia. Y la Virgen es más que el sacerdote en la Iglesia. La Virgen está por encima de cualquier Obispo en la Iglesia. La Virgen está por encima del Papa en la Iglesia. Y hay que escucharla primero a Ella. Y sin Ella no se puede entender lo que pasa en la Iglesia.

Las revelaciones privadas son necesarias para la salvación y la santidad de todas las almas en la Iglesia. Porque Dios sigue hablando en Su Palabra. Dios sigue enseñando en Su Palabra. Dios sigue obrando en Su Palabra. Dios no está callado, que es lo que enseña Francisco y todos los demás en su corte regia.

Dios es Palabra, Dios no es Silencio. Y, por eso, Dios habla a cada alma y le indica el camino de la salvación y de la santidad de su vida.

El problema está en que la Iglesia ha perdido la sencillez de la Fe y ha construido todo un aparato para tener fe. Y ese aparato está de más en la Iglesia, es algo que impide vivir la Fe que da Dios a las almas.

Los hombres de la Iglesia sólo persiguen sus pensamientos humanos, pero no buscan el Pensamiento de Dios. No saben penetrar la Mente de Dios y aprender a pensar con la Verdad que está en esa Mente Divina.

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Los hombres tienen que poner su inteligencia en el suelo, tienen que pisotear sus razones, sus ideas, sus juicios, sus opiniones, sus teologías, sus ciencias, para tener fe. Si no se hace esto, entonces se cae en la fe humana, en la fe inventada por cualquier pensamiento bello del hombre. Y los hombres se quedan en ese pensamiento bello y no saben ir a más. Se llenan de pensamientos, de razones y, entonces, la Iglesia es sólo una burocracia, pero no una obra divina de fe.

Y las burocracias estorban la vida de Dios, estorban las obras de Dios, impiden realizar en la Iglesia lo que Dios quiere en cada alma.

Por eso, se persigue a los Profetas de Dios, porque se ve a las almas con las razones de la mente del hombre, pero no se ve el alma como una creación divina que sólo Dios tiene derecho a guiarla hacia la Verdad.

Los hombres se creen con derecho a decidir la vida de las almas y a decir tantas cosas para apagar la fe de las almas, la fe sencilla de las almas, porque no les gusta lo que las almas dicen de ellos.

Y, por eso, a Sor Lucía se le impuso silencio para que no revelara lo que la Iglesia quería esconder en el secreto de Fátima. A los hombres no les gustó lo que la Virgen les decía en ese secreto. Y había que quitarlo de esos escritos porque dañaba a la Jerarquía de la Iglesia. Se cumple lo que Francisco dice sobre la fe: “La Iglesia… transmite a sus hijos el contenido de su memoria”. Y como en el contenido de la memoria de la Iglesia no se encuentra lo que la Virgen enseña en Fátima, por eso, se quita esa Palabra de Fe y se deja un mensaje manipulado por la Iglesia, que no da la Verdad de la Palabra Revelada.

Es necesario creer en la Palabra de Dios antes que en la palabra de los sacerdotes, de los Obispos de la Iglesia. Primero es Dios quien enseña la Verdad, porque Jesús es la Verdad. Y ningún hombre, por más que sea Papa, Obispo o sacerdote, posee toda la Verdad.

La Fe es un don de Dios, no es un don de la Iglesia. La Fe, Dios la da al corazón del hombre, para que pueda vivir el Amor de Dios en su vida. Y pueda acercarse a Dios para transformarse en hijo de Dios.

La fe no es un juego de los hombres con sus sanas doctrinas, como lo enseña Muller, que es el intelectual del gobierno horizontal: “la sana doctrina es el instrumento para llegar a la plena comunión con Dios, la vida eterna con Dios y los prójimos”. Sana doctrina es -para Muller- lo que está haciendo Francisco en la Iglesia. Sana doctrina es -para Muller- lo que los teólogos enseñan sobre la aceptación del pecado en la Iglesia, para abrir la Iglesia hacia nuevos horizontes. Pero Muller niega la sana doctrina de Benedicto XVI, la de Juan Pablo II y la de muchos Papas que se han opuesto a lo que enseña Francisco. Muller está para hacer el juego a Francisco y para que se imponga en la Iglesia las ideas de Francisco, porque Francisco no es intelectual, es sólo un charlatán. Y necesita de una cabeza pensante en su nueva iglesia.

La comunión con Dios se hace a través de la Fe, no de la sana doctrina. La sana doctrina sólo quita obstáculos que puedan impedir la obra de la fe en el alma. El alma crece por la fe, no por la sana doctrina. El alma se alimenta de la fe, no de la sana doctrina. La sana doctrina no lleva a la comunión con Dios, es sólo un instrumento para quitar errores, como puede ser otro instrumento.

No es necesaria la sana doctrina para alcanzar la unión con Dios. No es necesario leer todos los escritos de los Papas, sus encíclicas para llegar a la vida eterna, ni todos los libros de los santos para entender la verdad de la vida divina. Es sólo necesaria la fe para esta unión. Sólo lo que Dios dice al alma eso es lo que salva. No lo que los hombres dicen, en sus predicaciones, en sus entrevistas, en sus charlas, lo que salva al alma. Pero ¿qué es la palabra de los hombres sino viento que entra por un oído y sale por otro? Los hombres quieren que los demás estén atentos a sus palabras, a sus enseñanzas sobre Dios y sobre la Iglesia. Y sólo hay un Maestro de la Verdad: el Espíritu de Cristo que se da a los humildes de corazón, a los que pisotean su orgullo para impedir que su pensamiento sea conocido por los demás y así sólo brille el Pensamiento de Dios sobre la vida.

Porque se enseña que el hombre no aprende la verdad de Dios, sino de los hombres, por eso, no se comprende cómo en una revelación privada, el Señor dice que Francisco no es Papa. Eso asusta a la Jerarquía de la Iglesia. Eso perturba a las cabezas pensantes de la Iglesia. Eso no cabe en la cabeza de muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia. Y, como no saben discernir las profecías, entonces arremeten en contra de ellas, que es la consecuencia de su soberbia. Porque ellos piensan que Francisco es Papa, es elegido por Dios, entonces atacan a quien se oponga a su pensamiento humano. Y si no quieren creer en la Profecías, por lo menos que crean en los hechos. Y Francisco ha demostrado que no es Papa, que no ha sido elegido por Dios para ser Papa. Ahí están los hechos. Pero tampoco se ven los hechos, sino que se tapan las obras de Francisco, se lava la cara a Francisco y se le presenta como el inocente en todo eso que Francisco ha promovido en la Iglesia.

Cuesta decir la verdad. Cuesta decir que francisco no es Papa, porque hay que enfrentarse al pensamiento de todos los hombres. Porque la fe no es vivir de un pensamiento humano, no es seguir un pensamiento humano, no es aplaudir un pensamiento humano. No se vive de una idea humana. Se vive de la Palabra de Dios, que es una Obra en el corazón. Una Obra divina, una obra que da la Verdad que está en Dios. Y, por eso, hay que decir la Verdad: Francisco no es Papa, porque no se puede elegir a un Papa mientras esté vivo el anterior. Esta es la verdad. Y quien no acepta esta verdad, entonces acepta su mentira y defiende su mentira. Y, por eso, se batalla contra todas las profecías que niegan esta mentira de los hombres.

Tener fe en un mundo regido por los pensamientos de los hombres, por las razones de los hombres es heróico, es para santos. Hay que enfrentarse a los hombres: eso es la vida espiritual. La vida espiritual no es hacer oración y después comulgar con cualquier pensamiento de cualquier idiota sobre la fe o sobre Dios o sobre la Iglesia. La vida espiritual es alcanzar de Dios la verdad y obrarla en todo el actuar de la existencia humana. Y hay que batallar contra el demonio, contra los hombres y contra el pecado. Y si no hay esta batalla, entonces nos hacemos amigos del demonio.

La Iglesia no es lo que parece

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La Iglesia no es lo que parece.

La Iglesia es lo que no se ve con los ojos humanos.

La Iglesia pertenece al corazón, no al hombre, con sus sentidos, con sus obras humanas, con su vida de hombre.

La Iglesia no se hace construyendo Parroquias, ni despachos parroquiales, ni casas de retiros, ni radios, ni televisiones, ni periódicos, ni nada por el estilo. La Iglesia no se ve porque haya algo material, sensible, humano, natural, carnal que la identifique, que la señale.

El Amor es la Señal de la Iglesia.

La Iglesia es Espíritu, no es carne.

La Iglesia es la Obra del Espíritu, no es la obra del hombre.

La Iglesia es para el hombre, pero no pertenece al hombre.

Y, por eso, en la Iglesia no se puede hacer cualquier cosa que a los hombres les guste, que los hombres piensen, que los hombres decidan.

La Iglesia vive del Espíritu, no vive del pensamiento de ningún hombre, no vive de una teología, no vive de unas obras buenas humanas.

La Iglesia vive del Amor de Dios. Un Amor que no se puede comprender con los sentimientos del hombre, con el entendimiento del hombre, con las obras de los hombres.

La Iglesia es la Verdad que está en Dios. Y sólo es esa Verdad. Y nadie conoce el Pensamiento Divino sobre la Iglesia. Nadie sabe hacia dónde la Iglesia se dirige y cómo Dios guía a la Iglesia.

Y, entonces, en la Iglesia ocurren muchas cosas que no deben pasar, porque la Iglesia es Divina, es Santa, pero no sus miembros.

Y, cuando pasan, los hombres no saben ver la realidad de ese acontecimiento como la ve Dios. Los hombres ven con sus ojos y comprenden con sus razones, pero no llegan a la verdad de lo que ven.

Porque la Verdad no está delante del hombre. La Verdad no está en los acontecimientos de los hombres. La Verdad no la pregonan los hombres en su diario vivir. Cada uno vive su vida, pero no vive la Verdad de su Vida, la Verdad que Dios quiere que cada uno viva en su vida. Cada hombre vive como su razón le dice, pero no vive como el Pensamiento del Padre quiere.

La Iglesia está hecha por Dios para que cada hombre encuentre la Verdad de su vida, para que cada hombre viva esa Verdad, para que cada hombre obre esa Verdad.

Pero esa Verdad sólo es conocida por Dios, no por cada hombre. Sólo Dios la revela a cada hombre. Sólo Dios la da a cada hombre.

Pero el hombre tiene que estar abierto a esa Verdad, que es Dios. Tiene que tener su corazón abierto a la Verdad, que es Jesús. Tiene que aceptar la Verdad, que es la Iglesia.

Y este es el problema de la Iglesia: no sabe aceptar la Verdad que Es. Sus miembros viven otra cosa a la Verdad que la Iglesia Es, por ser la Obra de Jesús en la Tierra.

La Verdad no es lo que un hombre piensa. La Verdad no es lo que un hombre obra. La Verdad es Jesús. Y Jesús no es la filosofía del hombre, no es la política del hombre, no es el mesianismo del hombre, no es el ecumenismo del hombre, no es la teología del hombre, no es la espiritualidad del hombre.

Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre.

Y no es otra cosa que eso: Palabra. Palabra Divina. Palabra dada al corazón del hombre. Palabra que da al hombre un camino en su vida para llegar a la Verdad de su vida. Palabra que da al corazón del hombre un Amor, que obra una Vida Divina, una Vida distinta a la vida humana, una vida para una Verdad Divina.

La Palabra de Jesús es la Palabra del Corazón de Su Padre. No es la Palabra llena de pensamientos o de ideas sobre el Padre. Es la Palabra del Amor del Padre hacia el hombre. Es un Palabra que es una Obra. Cuando el Padre dice Su Palabra, el Padre Obra lo que dice.

Obra lo Divino. Obra la Verdad de lo Divino.

Por eso, el Evangelio es la enseñanza del Padre al hombre, a través de Su Palabra, que es el Hijo. Y, por tanto, el Evangelio no hay que interpretarlo según la mente de los hombres. No hay que estudiarlo con la ciencia de los hombres.

Para sacar algo de la Palabra Divina, el hombre tiene que arrodillarse ante esa Palabra y dejar que el Espíritu le diga qué tiene que aprender de esa Palabra, qué tiene que enseñar de esa Palabra, qué tiene que obrar con esa Palabra.

Y como los hombres no saben ser espirituales, sino carnales, entonces destrozan la Palabra del Pensamiento del Padre y destrozan la Obra de la Palabra, que es la Iglesia.

La Iglesia es la Obra de la Palabra, hecha con el Espíritu. La Iglesia la hace el Espíritu. El Espíritu Obra la Palabra en el corazón humilde, que recibe esa Palabra sin más, sin ponerle nada suyo humano, sin querer otras cosas en la vida sino aquello que quiere la Palabra. Y, entonces, se hace Iglesia.

Por eso, la Iglesia no es lo que parece. Hoy -en la Iglesia- los hombres luchan por sus verdades y todos quieren tener razón. Y todos se equivocan, porque no son humildes.

Y la falta de humildad es la ruina de la Iglesia.

Y la ruina de la Iglesia es lo que vemos desde hace setenta años, desde 1960 hasta nuestros días. Una ruina obrada por el Misterio de Iniquidad, que tiene poder de Dios para hacer lo que está haciendo en la Iglesia.

Este poder del demonio no se puede comprender. Sólo se puede ver en todo lo que ha pasado en la Iglesia.

Se ve en el Cardenal Siri, obligado por los Cardenales cuando lo eligieron a no aceptar el Pontificado. Dios eligió al Papa, pero el demonio hizo que esa elección no se llevase a efecto, y los Cardenales eligieron a otro Papa. El Cardenal Siri nunca fue Papa, porque no pudo aceptar el Papado ante los Cardenales reunidos en Cónclave, y no pudo manifestar ese Papado ante toda la Iglesia. No fue Papa, aunque fue elegido por los Cardenales, y era el Papa que Dios quería para la Iglesia. Pero el demonio quería para la Iglesia otro Papa.

Y fue elegido Juan XXIII. Elección verdadera, pero en el pecado de los Cardenales en el Cónclave. Elección válida, pero era el Papa que Dios no quería. Era el Papa que el demonio quería. Sin embargo, era verdadero Papa. No era un anti-Papa. Y Dios se comprometía a seguir llevando la Iglesia, de forma infalible, a pesar de esa elección hecha en el pecado de los Cardenales.

Este Misterio de la Iglesia no se puede comprender con la razón. Hay que ser humildes para aceptar la Justicia de Dios en la Elección de Juan XXIII al Papado. Ese Papa inicia el Tiempo de la Justicia Divina en la Cabeza Visible de la Iglesia. La Justicia Divina es obrada por el demonio. El demonio es el instrumento de Dios para obrar Su Justicia.

Por el pecado de los Cardenales, por no aceptar el Papa que Dios quería en Su Amor, Dios les da otro Papa, pero en Su Justicia. Y así Dios se lava las manos ante los hombres, porque da a cada hombre lo que quiere, lo que su corazón malvado quiere. Y así Dios no obliga nunca a aceptar su Voluntad Divina, sino que deja al hombre siempre en la libertad de su voluntad humana. No habéis querido Mi Voluntad en Siri, os doy lo que queréis en vuestra torcida voluntad. Pero Yo sigo guiando a Mi Iglesia hacia donde Yo quiero.

Y Juan XXIII inició el Concilio que Dios no quería. Y lo inició porque escuchó la voz del demonio, y no escuchó la Voz de Dios en su corazón. Y eso es sólo porque la Iglesia tenía que expiar el pecado de esos Cardenales que no aceptaron la Voluntad de Dios, sino que la rechazaron. Y Juan XXIII inició el Concilio Vaticano II, que es el Concilio del demonio, porque de él nacieron todas las herejías que se ven hoy en la Iglesia. El Misterio de la Iniquidad que obra en cada hombre. Y obra en la Iglesia.

Pero como Dios guía Su Iglesia, no puede permitir el error en Su Iglesia y, por eso, ese Concilio no tiene ningún error doctrinal, pero no sirve para nada. Sólo sirve para hacer crecer la maldad en la Iglesia, como ha sucedido.

Pablo VI amarró el Concilio a la Verdad de la Iglesia. Esa fue su obra. Cogió un concilio que Dios no quería y lo puso en orden. Y lo demás que pasó en su Pontificado hay que verlo en el Misterio de Iniquidad, que ya estaba en acción desde la elección de Juan XXIII.

Y si las cosas no se ven así, entonces cualquiera hace de la Iglesia lo que está pasando, y cualquiera se pone a juzgar a todo el mundo en la Iglesia.

El Misterio de la Iniquidad está dentro de la Iglesia haciendo su obra, no sólo en la Iglesia, sino en el Vértice de la Iglesia, que es el Papado. Y una obra oculta que nadie ve, porque el demonio se esconde siempre al hombre y le hace ver otras cosas que no son la verdad de lo que él está haciendo en la Iglesia.

Y hay que tener vida espiritual para estar en una Iglesia que no sirve para nada, porque no enseña la verdad, no obra la verdad, no manda la verdad. Aquí, en esta Iglesia que tenemos, todos enseñan sus verdades, obran sus verdades y mandan lo que les da la real gana.

Por eso, comienza en la Iglesia la oscuridad total. Cada uno va a querer formar su iglesia como la tiene en su cabeza. Ahí está Francisco que ha hecho su reino en la Iglesia, su corona en la Iglesia. Y ha puesto sus gobernantes para hacer lo que el demonio le pida. Y eso que hace Francisco es la Justicia Divina. No queréis escuchar Mi Palabra, que es Camino, que es Verdad, que es Vida, ahí os dejo la palabra de un juguete del demonio, que os llevará por los caminos del mundo, que os dará las verdades de los hombres, que obrará la vida que tiene en su corazón cerrado al Amor.

La Justicia Divina está sobre la Iglesia para purificarla, para hacerla como Dios quiere. Y hay que someterse a esa Justicia Divina, porque ya Dios se cansó de los hombres que sólo piden dinero y placer para sus vidas y no son capaces de pedir la santidad para sus corazones.

pdfLa Iglesia no es lo que parece

“No creo en un Dios Católico”

catalinadesena

Jesús es la Verdad. Y ha puesto Su Iglesia como la única verdadera, como la única infalible, que no se equivoca, que no miente.

La Iglesia es Católica por ser la Verdad, por tener toda la Verdad.

La catolicidad significa ser para todos. La Verdad es para todos. La Verdad no es para un grupo exclusivo de hombres. La Verdad no es para una comunidad de hombres. Es para todos.

Pero este para todos no significa para todos los hombres o para todo el mundo. La Verdad no es para todo el mundo, porque la Verdad no está en todo el mundo, no está en el mundo, no está en ningún hombre, no está en todos los hombres.

Jesús es la Verdad. Lo demás no es la Verdad.

“¿Quieres saber, Catalina, quién eres tú y quién soy Yo? Pues tú eres la que no eres y Yo soy el que soy” (Diálogo, cap. XVIII)

El gran pecado de la Iglesia es no reconocer esta verdad: somos nada. No tenemos la verdad, no entendemos la verdad, no llegamos a la verdad, no buscamos la verdad.

Y porque la Iglesia, en sus consagrados, se ha creído la dueña de la Verdad, entonces viene el desastre en toda la Iglesia.

Los consagrados en la Iglesia no tienen la Verdad. Sólo Jesús es el Dueño de la Verdad, no los consagrados. Los consagrados sirven a la Verdad, pero no dominan la Verdad.

Como falta esta humildad en la Iglesia, como los sacerdotes no son humildes, como los Obispos no son humildes, como los fieles no son humildes, entonces se ponen a luchar en la Iglesia por sus verdades, pero no por la Verdad.

Es lo que vemos en este momento y en la historia de la Iglesia, que es sólo el fruto de lo que es el hombre: soberbio, que se cree en posesión de la Verdad.

La Iglesia no se hace siguiendo a nadie en Ella, ni siquiera al Papa. La Iglesia se hace siguiendo al Espíritu de la Verdad, que nunca miente, que siempre da al hombre el camino de la Verdad, camino distinto a lo que el hombre busca con su entendimiento humano.

La Verdad, en la Iglesia, la Verdad de lo que ha pasado en la Iglesia desde Juan XXIII a Francisco, la tiene el Espíritu de la Verdad. Y hay que acudir a ese Espíritu para no salir de la Verdad, que es la Iglesia que Jesús ha fundado, para no interpretar lo que ha sucedido con las verdades de los hombres.

Muchos, al interpretar todo lo que ha pasado en los últimos setenta años en la Iglesia con su cabeza, yerran siempre, porque la mente humana no alcanza toda la Verdad.

Para seguir siendo Iglesia con unos Papas que han permitido tantas cosas en la Iglesia, hay que dejarse enseñar por el Espíritu de la Verdad, que es el que da la interpretación a todo eso que el hombre no comprende con su razón.

Y el problema de todos los hombres y, sobre todo, de las almas que ya tienen una vida espiritual, es creerse que ya lo saben todo en la Iglesia, y comienzan a juzgar cada cosa de la Iglesia, y se equivocan en todo su juicio.

Nadie es dueño de la Verdad, sino que todos los hombres tenemos que servir a la Verdad. Es decir, dar la Verdad como está en Jesús, como es Jesús, como la obró Jesús.

Este servicio es lo que más cuesta en la vida espiritual, porque no se sirve a Cristo con la cabeza humana, con los pensamientos humanos, con las razones humanas, con los planes humanos, con la vida humana, con las obras humanas, con la voluntad del hombre. Se sirve a Cristo despojándose del hombre viejo, que es el hombre lleno de sus pensamientos soberbios en su mente.

Como no se sigue la Verdad, entonces el hombre sigue sus verdades que encuentra en su razón. Y eso se opone a la Fe.

La Fe es seguir la Verdad. La Fe no es seguir a la razón humana, aunque dé palabras bellas, bonitos discursos, planteamientos correctos sobre la Verdad.

La Verdad es la Palabra del Hijo. No es la palabra de los hombres. La Verdad es lo que Es. Y nadie tiene derecho a decir sus palabras, a explicar esa Verdad con sus palabras humanas, a obrar esa Verdad con sus obras humanas.

Para decir la Verdad con las palabras humanas, hay que seguir el Pensamiento del Espíritu, la inteligencia que da el Espíritu al alma. Y sólo así el hombre, cuando habla, no se equivoca.

Pero quien sigue su razón, y ya no sigue al Espíritu, siempre se va a equivocar en lo que diga, porque nace de su pensamiento, no nace de la Verdad.

Este es el problema del hombre: su soberbia. Y, por su soberbia, el hombre sigue su pensamiento y no es capaz de seguir al Espíritu en lo que razona y en lo que obra en la Iglesia.

Por eso, se ven en la Iglesia tantas barbaridades de tantos sacerdotes, Obispos y fieles, porque cada uno quiere poner su verdad, la que con su entendimiento humano ha buscado y encontrado, y -claro- ya no se pone la Verdad, ya no se predica la Verdad, ya no se enseña la Verdad, ya no se obra la Verdad.

Jesús es la Verdad. Y la Iglesia de Jesús es Aquella que permanece Fiel a la Verdad. Y, entonces, esa Iglesia es Infalible, esa Iglesia es la Católica.

Francisco, al derrumbar el Papado con su gobierno horizontal, se ha cargado la Catolicidad de la Iglesia. Grave daño el de ese idiota.

En este momento, la Iglesia no es Católica, porque no existe el Papa. Existe uno vestido de Papa con un gobierno horizontal. Eso no es la Iglesia Católica, esa no es la Verdad que Jesús ha enseñado a Su Iglesia.

Quien quiera ahora encontrar la Verdad en la Iglesia, no la puede encontrar en ninguna iglesia, porque todas les falta algo para tener la Verdad. La nueva iglesia que se ha inventado Francisco no tiene el gobierno vertical, no tiene el Papado, no tiene el Poder de Dios en el vértice de la Iglesia. Y, por eso, esa nueva iglesia ya no es católica.

El problema es que Francisco permanece en la Iglesia que Jesús ha fundado y no permite poner el Papado. Y, entonces, ya no se da la Catolicidad en ninguna parte, en ninguna iglesia, porque la verdad se ha transformado para que sea de todos los hombres, para que sea de todo el mundo, para que en el mundo esté la verdad como está en la nueva iglesia de Francisco. Esta es la herejía de Francisco al decir: “No creo en un Dios católico”. Ha destrozado la Catolicidad de la Iglesia. Y esto es un gran desastre para la Vida de la Iglesia.

Francisco cree en Dios, pero no en un Dios católico. Es decir, no cree en un Dios para todos, sino que cree en un Dios que todos pueden tener, acudiendo a su pensamiento humano o a las circunstancias de su vida. Todos creen en Dios de alguna manera. Así es como Francisco cree en Dios: según su manera de ver a Dios, según su pensamiento de Dios, según su filosofía de Dios. Y, por tanto, Francisco no cree en Dios. Porque la Fe es aceptar lo que Dios Es. Y no otra cosa. Cuando se piensa sobre Dios, sólo se piensa, pero no se tiene Fe. Cuando se piensa sobre Dios apoyado en el Espíritu Divino, entonces se piensa con la Fe, se obra lo que se piensa, se ama en ese pensamiento que lo lleva el Espíritu en el alma del que cree.

Francisco no cree en Dios. Sólo dice con sus palabras que cree en Dios. Y añade: no creo en el Dios Católico.

Porque Francisco no cree en Dios, sino que cree en su pensamiento humano sobre Dios, entonces tiene que rechazar el pensamiento de Dios en la Iglesia Católica. Por eso, dice esa barbaridad.

Quien rechaza el pensamiento de Dios en la Iglesia Católica, se está oponiendo a toda la Revelación sobre Dios: se opone al Misterio de la Stma. Trinidad y al Misterio de la Esencia Divina.

Francisco, con su boca, dice que cree en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Eso es fácil decirlo con la boca. Eso es lo que ha aprendido en la Teología. Pero la Fe no está en lo que uno aprende, ni en el Catecismo, ni en la Teología.

La Fe es aceptar esa Palabra de Dios que dice al alma que hay Tres Personas en Dios y que la Esencia de Dios es una. Esto es lo que no acepta Francisco. Y, entonces, no puede creen en el Dios Católico.

Pero la razón de que no cree en el Dios Católico no es tanto un argumento filosófico, sino práctico. Como la Iglesia no se ocupa del bien material de los hombres, como no resuelve los problemas económicos de los demás, como no da trabajo al que no tiene, entonces no puede comprender el Dios Católico. Él comprende su idea de Dios. Y en esa idea, Jesús es amor y hay que amar la carne de Jesús, que son los pobres, y hay que dedicarse a los pobres porque el Padre los ama en su corazón.

Esta doctrina de Francisco es seguida en la nueva iglesia que ha creado al poner su gobierno horizontal. Y nadie ha dicho esta boca es mía. Nadie se ha opuesto a esta gran herejía, sino que lo siguen todos.

Francisco, al decir, que no cree en un Dios católico ha borrado la Catolicidad en la Iglesia, de un plumazo. Por supuesto, que él con su boca sigue diciendo que es el Papa de los Católicos. Porque con la boca se dicen muchas tonterías que todo el mundo las acoge y nadie sabe discernirlas como son.

No existe la Iglesia Católica con el gobierno horizontal. No puede darse, aunque todo el mundo use la palabra católico para su interés personal.

Porque si no se está unido al Espíritu de Cristo, entonces no se hace la Iglesia Católica, por más gobierno horizontal que haya.

Dentro de poco la Silla de Pedro estará vacía. Y eso significa que quien se siente en Ella se sienta para gobernar otra iglesia, para enseñar otras verdades distintas a Cristo, para obrar otras obras que no nacen de la Fe en Cristo. Todavía la Silla permanece intacta. Se ha empezado a quitar prerrogativas al Papado. Cuando comiencen con las esenciales al Papado, entonces la Silla de Pedro estará vacía, que es distinta a estar vacante.

La Iglesia de Jesús tiene un Papa verdadero: Benedicto XVI. La Silla de Pedro no está vacante. Se la han robado a Benedicto XVI. Y, aunque los hombres despojen a la Silla de Pedro y la dejan vacía de todo lo sagrado y divino, mientras viva Benedicto XVI, la Silla no estará vacante. Si muere, entonces habrá que elegir a otro Papa, para que la Silla sea ocupada por la Verdad.

La engañosa doctrina de Francisco sobre el mundo

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“Y hoy, muchos de vosotros habéis sido despojados por este mundo salvaje que no da trabajo, que no ayuda; no importa si en el mundo hay niños que mueren de hambre; no importa si tantas familias no tienen que comer; no tienen la dignidad de llevar pan a casa; no importa que tanta gente tenga que escapar de la esclavitud, del hambre y huir buscando la libertad y, con cuanto dolor, tantas veces vemos que encuentran la muerte, como sucedió ayer en Lampedusa. ¡Hoy es un día de llanto! Estas cosas son obra del espíritu del mundo. Es ridículo que un cristiano, un cristiano verdadero, un cura, una monja, un obispo, un cardenal, un papa, quieran recorrer este camino de la mundanidad; es una actitud homicida. La mundanidad espiritual mata. ¡Mata el alma! ¡Mata a las personas! ¡Mata a la Iglesia!” (Francisco en Asís. 4 de octubre).

Estas palabras de Francisco son la síntesis de su error, de su humanismo.

Francisco lucha por un mundo mejor, por una vida humana mejor, para que el mundo dé trabajo a los que no lo tienen, para que los niños no pasen hambre, para que cada familia lleve a su casa un pan y así tener dignidad humana. Francisco sólo habla de la esclavitud del hambre, de la esclavitud del dinero, de la esclavitud del trabajo, pero no como un pecado, sino como un mal social.

Para Francisco no existe el pecado sino el mal social, el error social, lo que cada uno entiende por el mal. Nunca Francisco va a predicar sobre el pecado, sino siempre sobre los males sociales sin atender a la raíz del mal social, que es el pecado.

Francisco lucha por el bien social, no lucha por el bien espiritual. Y llama a su iglesia para que se despoje del espíritu mundano y dé dinero al que no lo tiene y dé trabajo al que no lo tiene y quite los problemas económicos, sociales, materiales, humanos de las personas: “Estas cosas son obra del espíritu del mundo”. Estas cosas son obra del pecado, no de tu interpretación de lo que es el espíritu del mundo.

Francisco ha entendido mal lo que es el espíritu del mundo, el espíritu mundano. Francisco entiende que el mundo está mal porque tiene un espíritu mundano. Y, entonces, hay que sacarlo de ese espíritu y darle otro espíritu, el de Jesús. Pero, para hacer eso, hay que comenzar resolviendo los problemas económicos de la gente, dando pan al que no lo tiene, etc. Francisco se ampara en la enseñanza de Cristo en el Evangelio, pero no sigue el Espíritu de Cristo en el Evangelio.: “No me disteis pan, no me vestisteis…”. Cristo enseña la salvación por el amor, practicando la virtud del amor con los más necesitados. Y enseña la condenación, negándose a practicar la virtud del amor con los más necesitados. Cristo habla del bien espiritual. No habla del bien material. Cristo no enseña a dar pan a los hombres. Cristo enseña a practicar el amor para salvarse. Y se practica dando un pan al que no lo tiene. No se practica obligando a dar el pan a los pobres, como hace Francisco. Francisco no se centra en el bien espiritual del alma, de la Iglesia, que es buscar la salvación la santidad. Francisco se centra en resolver el problema económico de los demás.

Nunca Cristo enseña que hay que dar dinero. Cristo enseña a amar al pobre practicando una virtud con el pobre. Francisco no enseña eso. Francisco despotrica contra el espíritu del mundo en los sacerdotes, en los curas, en los religiosos, que -por ese espíritu mundano– no dan dinero a los pobres, no ayudan a los más necesitados. Francisco quiere que toda la Iglesia se dedique a resolver los problemas económicos de los demás, y así se sale del espíritu del mundo y la Iglesia se pone en el espíritu de Jesús. Todos en la Iglesia tienen este espíritu del mundo y, por eso, la gente pasa hambre y no tiene trabajo. Y él, que no tiene este espíritu del mundo, es lo que enseña a la Iglesia. Hay que ser como él, hay que obrar como él para zafarse de este espíritu mundano, que consiste en no resolver las necesidades de los demás por estar cada uno en su mundo, en su vida humana.

Quien lea toda su predicación se dará cuenta de la necedad que está diciendo, y cómo se esfuerza por querer que sus palabras sea captadas por todos como la verdad del Evangelio. Le gusta tanto improvisar que pierde el sentido espiritual de la Palabra de Dios y hace su interpretación humana de la miseria en el mundo. Qué diferente a otros Papas que, cuando tocaron estos temas, pusieron las íes sobre los puntos y llamaron a cada cosa por su nombre. A Francisco le da igual esto. Lo que importa es su doctrina sobre los pobres en el mundo y en su iglesia. Esto es lo que todos tienen que hacer en su nueva iglesia: despojarse de este espíritu mundano.

Francisco no ha entendido lo que es el espíritu del mundo porque él se ha fabricado su enseñanza del espíritu del mundo. Para él, tener el espíritu del mundo es eso: como no ayudas al pobre en sus necesidades, eres mundano, estás en tu mundo, en tus problemas, pero no sabes ver los problemas económicos de los demás, no tienes el espíritu de Jesús, él sí sabía ver las necesidades de los demás y las remediaba. Y, por eso, tienes un espíritu mundano que te impide tener el espíritu de Jesús. Este es su filosofía del espíritu mundano. Y todos, en esa predicación de Francisco, lloraron, se alegraron, aplaudieron a este idiota que no sabe lo básico en la vida espiritual.

Dijo su herejía favorita: amor a la carne de Cristo. Hay que amar la humanidad de Cristo, que, en lo concreto, son los pobres, los que pasan hambre, los que no tienen trabajo. Hay que dedicarse a eso. Eso es ser Cristo, eso es amar a Cristo, eso es tener el espíritu de Cristo. Y el Señor lo dijo muy claro: “Pobre siempre tendréis”, porque no queréis quitar vuestro pecado de avaricia.

El problema no está en que haya pobres, sino en que las almas no quitan su pecado de avaricia, que es lo que no predica Francisco. No hay que predicar que hay que dar dinero a los pobres. Hay que predicar que cada uno quite su avaricia. Y nada más. Aquel que quita su avaricia, entonces ayuda a los pobres. Pero aquel que no quita su avaricia, no ayuda. Y no hay que cansarse en dar un panfleto comunista en los discursos, en las predicaciones, para obligar a la gente a que dé dinero, que es lo que hace Francisco.

Está haciendo su política, su discurso comunista sobre el dinero, sobre el mal del mundo. Tiene la teología de la liberación empapada en todo sus espíritu. Se nota a legua que habla para conquistar las mentes de los hombres y llevarlos hacia lo que él quiere: su visión de los que tiene que ser la Iglesia hoy día. Y, para eso, coge a San Francisco y lo adultera, le da la vuelta, y predica la mentira.

La Verdad no está en la predicaciones, en los discursos bonitos, con fuego, en las obras buenas de los hombres. La Verdad es Jesús. Y los demás somo siervos de la Verdad, esclavos de la Verdad, no dueños de la Verdad. Y hay que estar en la Iglesia sirviendo a la Verdad, no sirviendo a la Iglesia. Y, entonces, se hace la Iglesia que Jesús quiere. Jesús es el que enseña la Verdad. No son los hombres, no son sus predicaciones, sus teologías, sus obras buenas humanas. La Verdad no está en cada hombre. La Verdad está sólo en Jesús. Y Jesús sólo da Su Verdad al corazón humilde, que no pone nada, que no hace nada en contra de esa Verdad.

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