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Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habló ninguna verdad (2)

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Muchos católicos quedan fascinados por la palabra barata de Bergoglio. Y eso es una señal de que ellos buscan el pensamiento barato, fácil, simplón en la Jerarquía. Muchos, que dudan de este hombre, ante su palabra vuelven a darle un voto de confianza. Y así están en la Iglesia, entre dos aguas, entre dos señores: Cristo y el diablo. Y quieren servir a los dos, al mismo tiempo.

Bergoglio resuelve el problema económico poniendo la divinización del hombre, colocando al hombre como dios: «ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana». En estas palabras anula toda la doctrina social de la Iglesia, todo el Evangelio de Jesús y toda la Tradición católica. Y muchos católicos no han despertado después de leer este discurso. Y nunca despertarán, porque ya siguen el camino barato que un usurpador pone en la Iglesia.

Un Papa verdadero, legítimo, que tiene la verdad en su corazón, habla y enseña con la misma Verdad, con la misma boca de Cristo:

“La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece –la doctrina social- al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral” (Juan Pablo II – Sollicitudo rei sociales).

Europa tiene que girar en torno a la teología moral, no al hombre. Sin norma de moralidad, Europa se destruye a sí misma, porque se considera dios para el mundo entero.

La doctrina social de la Iglesia no es una ideología, sino una vida de fe, que sólo es posible ponerla en práctica luchando en contra del querer de los hombres. Esto es lo que no hace Bergoglio ni la Jerarquía que lo acompaña al valle de la muerte, en donde van a encontrar la Justicia de Dios para sus cabezas.

La doctrina social de la Iglesia pertenece a la teología moral, es decir, enseña una vida moral, una conciencia moral, una norma de moralidad a todo hombre. Enseña una verdad que no puede cambiarse por la mente de ningún hombre, una verdad para el corazón, no para la mente del hombre. Una verdad que sólo el humilde de corazón puede obrar en su vida.

Bergoglio, en su discurso en la ONU, no habla de ninguna verdad, no dice una verdad, no señala una verdad, sino que rompe con toda verdad.

«El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad…»: este es el lema de la masonería y del falso ecumenismo. Es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos, que hay que tolerarlos todos porque existe una graduación intelectual entre los hombres, una evolución hacia una conciencia más alta, más perfecta, que sólo unos privilegiados poseen.

Se quiere aunar las mentes de los hombres en una conciencia común, en un pensamiento global, al cual nadie puede dominar, pero sí acceder. Es la autoridad de un hombre que se cree dios y que quiere tener dominio sobre todos los hombres: es la mente del Anticristo.

Entre los hombres, la única manera de hacer un común es por la fuerza, es imponiendo ese común como un bien universal, global.

Dios es Uno en la Trinidad; y Trino en la Unidad. Dios obra la unidad en la Verdad. A Dios no le interesa la unidad en la diversidad de pensamientos, porque «Mis Pensamientos no son vuestros pensamientos».

La mente humana tiene sólo que vivir de fe. Y esto es lo que más le cuesta al hombre y, por eso, va en busca de su concepto de fe, de su obra de fe, de su vida de fe. Y la fe sólo es tener la Mente de Cristo. Y para llegar a esto, sólo hay un camino: crucificar la voluntad de los hombres, que es matar su idea humana de la vida y de Dios.

La Unión Europea nació para eso: para ser el gobierno del Anticristo, para que ese hombre tuviera un campo de dominio propio sobre el mundo.  Y, desde ese poder humano, alcanzar el poder divino.

«…toda auténtica unidad vive de la riqueza de la diversidad que la compone: como una familia, que está tanto más unida cuanto cada uno de sus miembros puede ser más plenamente sí mismo sin temor».

Toda auténtica unidad vive sólo de una riqueza: del amor divino. Sin esa riqueza, lo que el hombre llama unidad es una fantasía de su mente humana. Quiere buscar entre las vidas de los hombres, en sus existencias propias, la unidad. Y es un imposible y un absurdo.

Si el hombre nace en el pecado original, todo hombre, toda sociedad, toda familia, todo grupo social, está desunido. Es imposible la unidad en la diversidad, en la desunión de vidas, de pareceres, de obras humanas.

Un hombre no se une a otro hombre porque sea carne y sangre. Las almas se unen, unas a otras, porque tienen el mismo Espíritu. Y si las almas no perciben ese mismo Espíritu, los hombres no se unen, sino que siempre buscan un camino para la desunión.

¡Cuántos unen sus cuerpos en el espíritu de la lujuria! ¡Tienen un mismo espíritu! Sus cuerpos buscan lo mismo, pero no sus almas. Al final, el placer del momento acaba cansando y se busca otra cosa, otra vida distinta a esa unión carnal.

No es la carne y la sangre lo que une: no es el ecumenismo de sangre, que tanta predica este demonio encarnado. O se hace una unión en la Verdad, que es la doctrina de Cristo, que es la enseñanza de la Iglesia, que es lo que la Tradición siempre ha vivido; o se hace una unión con el demonio que es siempre una división con todo lo demás.

«En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Poner en el centro la persona humana significa sobre todo dejar que muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad, sea en el ámbito particular que como pueblo».

Unión en la diversidad;

Unión aceptando las tradiciones, las culturas, los pecados, los errores, las mentiras de los demás;

Unión para tomar conciencia de la humanidad, de la historia del hombre, para ir a la raíz del hombre: ¿cuál es su raíz? ¿No es acaso la tierra, el polvo: «polvo eres y en polvo te convertirás»?¿No es el hombre sólo vanidad de vanidades? No; para Bergoglio será otra cosa.

Unión para dejar las fobias de las mentes: ¡qué miedo pensar que los homosexuales se puede casar… tienen valores! Hay que dejar estas fobias, estos temores…Hay que ser hombres valerosos que lo pueden pensar todo, porque así son libres.

Unión para dar culto al hombre: que cada uno «muestre libremente el propio rostro y la propia creatividad»: no hay reglas, no hay dogmatismos, no hay norma de moralidad.

Bergoglio busca un pueblo de degenerados, de demonios encarnados, de gente que vive en su pecado y que exalta su pecado porque es su pecado. Es necesario justificar el pecado de los hombres para conseguir esta unidad en la diversidad.

Bergoglio habla de la unidad en la diversidad, pero no es cualquier unidad, porque no es cualquier diversidad. Entre la infinidad de pensamientos humanos, de vida y de obras humanas, hay muchos que no sirven a esta unidad en la diversidad.

«En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí. De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría».

He aquí el pensamiento necio de un demonio encarnado. Comienza una crítica a todo, pero sin ninguna referencia, sin ninguna verdad. Es la crítica de su filosofía absurda:

Primera contradicción: «Hay que mantener viva la democracia»: ¿Cómo quieres conseguir la unidad en la diversidad en una democracia? No se puede, porque es necesario mantener la propiedad privada, los dogmas, la ética, la moral, la sabiduría divina…  Y esto impide, precisamente, la unidad en la diversidad. Donde hay una ley divina ya no hay diversidad de pensamientos. La democracia no significa libertinaje, sino moralidad, conciencia moral en el pueblo.

Segunda contradicción: «No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático»: lo uniforme no va con la democracia. Y preguntamos: ¿cuál es la idea de lo uniforme que va con la democracia? ¿Existe la idea uniforme de lo global? ¿Esa idea se ajusta a la idea democrática?

Porque lo uniforme es lo que está en todas partes, lo que se da en todas partes, lo que es igual, lo que todos siguen. Una idea uniforme de lo global es eso: lo que vale para todos, para un mundo global. ¿Cómo es que este concepto de lo uniforme debilita «el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos»?  En la democracia hay muchas cosas para todos que son uniformes, ¿qué cosas uniformes no valen para la democracia? ¿A qué mundo global se está refiriendo? ¿A qué idea de la globalidad se refiere para que se encuentre la idea apropiada de la uniformidad, para que no debilite la organización política?

El pensamiento de Bergoglio no tiene lógica humana. Es un pensamiento oscuro y totalmente contradictorio. Tenía que haber razonado así: la idea de la uniformidad no es posible en un mundo global, no es para todos los hombres, no es para una masa de hombres, no es para una democracia. No existe un pueblo uniforme; no se da una cultura uniforme, porque los pensamientos, las vidas, las obras de todos los hombres son diversas, contradictorias, sin semejanza, sin continuidad una con otra. Sólo se puede dar una uniformidad en aspectos muy particulares, pero es imposible que se de en todos los aspectos de la vida de los hombres. No se puede hablar de la concepción uniforme de la globalidad en la democracia. Es hablar de un disparate. Para hablar de la uniformidad hay que meter la conciencia moral, que es lo que no hace Bergoglio. Los hombres viven en lo uniforme si hay una verdad, la referencia a una verdad. Pero no hay uniformidad en la referencia una globalidad sin verdad.

Tercera contradicción: «De esta manera se corre el riesgo de vivir en el reino de la idea, de la mera palabra, de la imagen, del sofisma… y se termina por confundir la realidad de la democracia con un nuevo nominalismo político». ¡Toma ya! La idea no lleva a la realidad de la democracia. Quien vive de la idea vive en un ideal, en un concepto de la democracia, pero no en la realidad. ¡Puro sentimentalismo de este hombre! No vivas en el reino de la idea: vive en el reino del sentimiento, del afecto. Pensar es vivir una fábula, un sueño. Toda la Unión Europea vive en el reino de la idea masónica. ¿A qué vienes a predicar que no vivan en el reino de la idea? ¡Qué disparate! ¿Qué es la realidad de la democracia? Si no es la idea, que es lo que mueve a todo hombre, aunque sea un subnormal, tiene que ser lo sensible, lo sentimental, los afectos vacíos y ciegos de los hombres, sus instintos carnales y animales.

Bergoglio critica el reino de la idea, pero no dice de qué ideas se refiere, qué ideas son malas para la vida. Habla de un nominalismo político, es decir, de conceptos vacíos, de ideas sin contenido. Pero, ¿cuál es el contenido de la idea para Bergoglio? Es lo que no dice, porque lo critica todo. Bergoglio va en busca de una idea, de su idea, pero no de la Verdad. Entonces, siempre su pensamiento se queda en la oscuridad. Habla de muchas cosas y no dice nada en concreto.

Y, entonces, termina con una blasfemia:

«Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas «maneras globalizantes» de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría». Ha llamado idiotas a todos los hombres. Ha jugado a todos los hombres. Ha condenado a todos los hombres.

«Maneras globalizantes de diluir la realidad»: se busca un mundo real, pero la gente vive de una manera que imposibilita esa realidad. Y son maneras globalizantes, son formas de vivir, acuñadas por una mayoría, que entorpecen la realidad de la vida. Y he aquí su salvajada, esas maneras globalizantes:

Los purismos angélicos: serán los conventos de las carmelitas, la gente que vive separada del mundo, los anacoretas, los monjes del desierto, los que no quieren saber nada del mundo, los que buscan el cielo en la tierra, los que quieren ser como ángeles, sin pecado, los que luchan contra el pecado, los que llaman al pecado con el nombre del pecado, los que quiere purificar su corazón del pecado, los que todavía creen que con la gracia el hombre se hace puro, santo, justo…Pues, estos viven una manera globalizante que impide la realidad de la vida. No sirven para la democracia, para la unidad en la diversidad.

Los totalitarismos de lo relativo: Todos los hombres buscan su propiedad privada, su relación personal y privada con otra persona, con el mundo que le rodea, su vida que a nadie le incumbe. Todos viven para una relación, no para un global. Todos en esa relación se comunican con otros hombres; pero no es una comunicación totalitaria, absoluta, incondicional…Este hombre dice: en lo relatico, no seas totalitario. Y ¿qué pretende enseñar con eso? Nada. Porque lo relativo nunca es totalitario, nunca es lo absoluto. No tiene lógica Bergoglio. Ninguna lógica. Habla por hablar, para quedar bien ante todo el mundo. En la comunicación con los hombres no busques totalidad, sino parcialidad. Sé parcial, sé comprensivo, no vivas tu vida imponiendo tu relación. Ten una relación global, en la que todo el mundo entre. Si no vives así, entonces tu vida privada impide la unidad en la diversidad.

Los fundamentalismos ahistóricos: el aborto, el homosexualismo, la eutanasia, hay que mirarlos en la historia del momento, no en el pasado del tiempo. No hay que quedarse en un dogma, en una revelación, en el pasado ahistórico. Hay que coger el pasado y que sea un camino nuevo, una evolución nueva para la mente del hombre moderno, para construir el hombre del futuro, el hombre de las ideas viejas y locas, como Bergoglio. Todos aquellos que viven de una idea fija no sirven para la unidad en la diversidad. Tiene que dejar su fijeza, su dogma. Como Bergoglio no discierne entre el pecado de soberbia que lleva a un fundamentalismo malo, pecaminoso, y la norma de moralidad que lleva a un fundamentalismo bueno, entonces anula la Verdad Absoluta y condena a los hombres por sus ideas fijas.

Bergoglio juzga a toda la Tradición católica. No hay moral permanente. Tiene que haber una moral que cambie a todas horas para que se pueda producir la unidad en la diversidad

Los eticismos sin bondad: ¿Cuándo la ética no es buena? Es que si no es buena, no es ética. ¿Qué clase de bondad hay que no sea ética? ¡Qué majadero! ¡Pero qué idiota es Bergoglio!

Los intelectualismos sin sabiduría: Todo intelectual es sabio, aunque posea una sabiduría equivocada, mundana. Todo conocimiento es sabiduría. Un intelectual sin sabiduría no es intelectual sino un animal irracional. ¿Qué sabiduría humana no es intelectual, no nace del intelecto del hombre? ¡Pero, Dios mí, qué hombre más necio!

¿Cuál es el pensamiento de Bergoglio? Ninguno. Sólo vive en la voluntad: no quiere ni ética ni moral; no quiere intelectuales, no quiere sabiduría, no quiere absolutos, no quiere egoísmos…Sólo quiere una cosa: lo bueno que hay que hacer ahora: llenar estómagos, dar trabajo a los jóvenes, cuidar ancianos…La voluntad. Bergoglio es un ser que vive para obrar. Y no importa si eso que obra es bueno o malo. Hay que obrarlo, y punto y final. Por eso, Bergoglio se carga todo y no gusta a nadie. A nadie.

La gente del mundo conoce lo que es Bergoglio. Y están más despiertos que muchos católicos en la Iglesia.

Hay muchos paganos que ya están de vuelta ante lo que propone Bergoglio. Y han descubierto que eso no es la verdad. ¡Cuántos paganos van a entrar en la verdadera Iglesia porque la Jerarquía de la Iglesia ha despreciado la Verdad!

¡Cuántos paganos están viendo que lo que propone Bergoglio, desde el Vaticano, no sirve para encontrar la Verdad! ¡Pero qué poca gente en la Iglesia hay que discierna esto!

«Mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece»: la fuerza real del pueblo. Es lo que le interesa a Bergoglio. Esta realidad. Y las maneras globalizantes de muchos impiden esta realidad. Esas maneras transforman el poder del pueblo en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos: teología de la liberación. El pueblo se siente oprimido por el capitalismo. Lucha de clases sociales. Fuera la tiranía del capital. Es la vieja batalla del marxismo, que un viejo la saca a relucir porque no tiene otra cosa que hacer en su maldita vida. A sus años es lo único que puede hacer: hablar sin sensatez de algo que ya la gente no quiere, porque ha visto por experiencia la maldad de lo que predica Bergoglio.

Y una vez que hace esta crítica a todo el mundo, que vive unas maneras globalizantes que impiden la unidad en la diversidad, ahora se pone como maestro. Va a hablar de la educación, de las familias, de la ecología, del trabajo. Y va a terminar su discurso con la falsa idea de la paz, buscada en el diálogo. Quiere encontrar la identidad europea, pero ¿con qué leyes, con qué verdad, con qué ética, con qué norma de moralidad? Con ninguna. Con lo que los hombres se inventen, en sus cabezas, para hallar esa unidad en la diversidad que sirva. Y pone el resumen de su loco pensamiento:

«Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira, defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad».

Creíamos que construir la Europa significaría poner a Dios en el centro. No; todo debe girar en torno al hombre, en torno a su mente, a su vida, a sus valores, a sus obras. Es el hombre, el centro. Y ese hombre es sagrado: la «sacralidad de la persona humana». Pero, ¿cuándo el hombre, que nace en el pecado original, que vive una vida para pecar, es sagrado? ¿Qué es lo sagrado para este hombre? ¿Cuál es el concepto de lo divino, de la santidad, que tiene este hombre?

Juan Pablo II resolvió el dilema de las economías en la doctrina social de la Iglesia que exige una ley moral, una ley ética, una ley divina entre los hombres.

Bergoglio anula a Juan Pablo II y pone el culto al hombre como solución de los problemas de los pueblos.

¿A quién quieren seguir? Cada alma tiene que elegir en la Iglesia: el usurpador, Bergoglio, o Cristo. No se pueden seguir a los dos. Quien obedece a Bergoglio anula a Cristo. Quien obedece a cristo, combate a Bergoglio y lucha por la Iglesia verdadera.

Pero, muchos católicos, no piensan en esto, no ven esto.

Bergoglio es un hombre de cabeza hueca: no tiene, dentro de su mente humana, la verdad. Nada más es leer este su discurso totalmente herético por los cuatro costados.

¿Por qué obedecen a un hombre de cabeza hueca, de palabra barata, de corazón malvado en la Iglesia?

¿Por qué lo llaman Papa?

¿Por qué le dan publicidad?

¿Cuál es su vida espiritual en la Iglesia? ¿Qué se creen que es la Iglesia? ¿La opinión de Bergoglio? ¿La Iglesia está en la mente de Bergoglio? ¿El camino para salvarse en la Iglesia es aceptar la mente de Bergoglio? ¿Se está en comunión con la Iglesia porque se obedece la mente de Bergoglio? ¿Cómo la comunión en la verdad puede surgir sometiendo el entendimiento a la herejía de un hombre? ¿Es eso posible?¿La verdad nace del disparate de Bergoglio? ¿La verdad se encuentra en las estupideces que dice Bergoglio todos los días? ¿Qué es la verdad para muchos católicos? ¿Es amar a Cristo en el Altar y después amar a un hereje como Papa? ¿Se puede amar a Bergoglio como Papa y no odiar a Cristo como Rey de la Iglesia?

Muchos no saben responder a estas preguntas porque ya no les importa la verdad en la Iglesia. Sólo van con la masa: con lo que dicen muchos, con lo que opinan muchos. Y, ante un discurso blasfemo de un hombre sin conocimiento de la verdad, siguen con la boca abierta, con la sorpresa de haber encontrado al gran reformador de la Iglesia.

Si ciega está toda la Jerarquía con respecto a Bergoglio, más ciega están todos los católicos que se creen algo por tener a Bergoglio como Papa verdadero, sabiendo que es un hereje contumaz.

¡Qué gran ignorante es Bergoglio y cómo lo ha demostrado en su discurso en la ONU!

La blasfemia de Bergoglio contra la Maternidad Divina

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«El Evangelio que acabamos de escuchar, lo acogemos hoy como el Evangelio del encuentro entre los jóvenes y los ancianos: un encuentro lleno de gozo, de fe y de esperanza» (ver texto).

Así comienza un hereje su homilía: poniendo su idea humana por encima de la Mente de Cristo, del Evangelio de Jesucristo, de la Palabra del Pensamiento del Padre.

No podemos acoger una blasfemia como ésta: el Evangelio de Jesucristo no es el evangelio del encuentro con los hombres y, menos, del encuentro entre los jóvenes y los ancianos.

El Evangelio de Jesús es una Ley Eterna; el falso evangelio del encuentro es una idea masónica, protestante y comunista, sin gozo, sin fe y sin esperanza.

La Palabra de Dios no es para hacer un encuentro entre los hombres, sino para hacer una selección entre ellos: es para poner espada, división; es para indicar el camino de la salvación y hacer que el alma elija un camino en su vida.

El Evangelio de Jesucristo es el que lleva al Cielo; el evangelio del encuentro es el que lleva al infierno. Elijan uno de ellos. Elijan a Cristo o a un Obispo que no sabe leer el Evangelio de Jesús, que sólo sabe malinterpretarlo con sus palabras baratas y llenas de blasfemias.

Tienen que elegir ya. Tienen que saber escupir cada palabra de Bergoglio y decirle a la cara: tú no eres el Papa verdadero de la Iglesia Católica, porque no hablas como Jesucristo, no eres la Voz de Cristo en la tierra, sino que hablas como tu padre, el demonio: eres la misma voz del demonio.

Si no se atreven a decir esto, están haciendo como todos esos católicos, tibios y pervertidos en sus juicios, que buscan una razón para lavar las babosidades de este hombre cuando habla; son como toda esa Jerarquía, que se ha acomodado al lenguaje herético de un hombre, y que no tiene ninguna vergüenza en llamar a esta doctrina como católica, cuando es claramente anticatólica.

¡Da asco Bergoglio! ¡Pero más asco dan los católicos y la Jerarquía que apoyan y obedecen a Bergoglio! ¡Porquería demoníaca es lo que abunda en toda la Iglesia!

Si Bergoglio es un ser que ha perdido el juicio, es decir, un idiota, uno que no sabe pensar ni hablar una verdad, porque no hay verdad ni en su mente ni en su boca humana, más locos son todos esos católicos, que sólo son de nombre, pero no de obras, que alaban a Bergoglio, que lloran las palabras de un mentiroso, que repiten las herejías de un demonio en la Iglesia.

¡Bastardo es el nombre de Bergoglio: es el nombre de la Bestia! Nombre que se ha escondido en la falsedad de Francisco.

Francisco es un farsante (= su nombre es falsedad, porque no tiene el Espíritu de San Francisco de Asís, que es el motivo por el cual lo eligió); Bergoglio es el demonio en persona (= su nombre es su vocación en la vida: Bergoglio viene Beriko (Beriko, Berko, Bergo, Bergolio, Bergoglio), que significa burro, asno, persona incapaz de pensar la verdad. Es una hernia en el pie (Beriko, bernia, hernia); es un malestar que no se quita en la vida; es un dolor de cabeza, que ninguna medicina lo saca).

«María nos muestra el camino: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, ciertamente para ayudarla, pero también y sobre todo para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

En estas palabras ha anulado todo el Misterio de la Maternidad Divina.

¡Qué hombre tan cegado por lo humano! ¡Qué hombre tan inculto! ¡Qué demonio es Bergoglio!

La Virgen María va a aprender de una criatura humana, de la sabiduría de la vida humana: clarísima herejía, blasfemia contra la Santidad de la Virgen María.

¿Dónde están las Glorias de María en esta homilía? En ninguna parte, en ninguna palabra, en ningún párrafo.

¿Dónde están las glorias del hombre en esta homilía? En todas partes: desde el principio hasta el final.

Conociendo la mente de este sinvergüenza, es lógico que trate así a la Virgen María: sin ningún respeto, sin ninguna obediencia a Su Misterio, sin ninguna alabanza a su persona humana.

¿Quién es la Virgen María? La Madre de Dios. Y, por ser Madre, tiene la perfecta sabiduría humana, no sólo la divina. Luego, por ser Madre de Dios, la Virgen María no tiene que aprender de nadie, y menos de una mujer, lo que es la sabiduría de la vida.

Si no ponen a la Virgen María en su puesto, entonces caen en la blasfemia de este hombre, de esta piltrafa humana, de esta sabandija demoníaca.

La Virgen María, por Su Maternidad, no es una mujer como las demás. Es una persona humana con dos naturalezas. Este es Su Misterio, Su Gloria.

¿Quién es Jesús? Es el Verbo Divino que tiene dos naturalezas: la Divina y la Humana. Jesús no es un hombre: no pertenece a la naturaleza humana. El hombre sólo posee una sola naturaleza: la suya propia de su especie: la humana.

Jesús posee dos naturalezas: no es un hombre, no pertenece a la naturaleza humana. Posee otra naturaleza en su ser. ¡Este es el Misterio de la Encarnación! Nadie enseña este gran Misterio. Todos colocan a Jesús como Hombre. Y no es un Hombre como los demás.

En Él se resuelve la unión hipostática: el Verbo, que es Dios, se une a otra naturaleza, la del hombre, y surge así un nuevo ser, que es Dios y Hombre, al mismo tiempo.

En este Misterio, participa en grado supremo, Su Madre, la Virgen María.

La Virgen María, para poder ser Madre de Dios, tiene que ser elevada a esa unión hipostática. Y cuando el Verbo asume la naturaleza humana, en el vientre de María, asume la persona humana de Su Madre. Y esto significa, que María posee la misma Naturaleza Divina del Verbo por asunción. En otras palabras, María es Divina.

No sólo la Virgen María es divina por la Gracia, que la hace ser Hija de Dios por adopción; no sólo participa de la Naturaleza Divina por la gracia. Sino que es divina por su Maternidad; no sólo por su Bautismo.

Esta es la Gloria de María: tener por Hijo al mismo Hijo del Padre. Es algo que no se puede explicar, alcanzar con la mente humana. Es algo que supone una elevación del ser humano de María al Ser Divino, en que la Virgen pasa a ser Divina por la unión del Verbo con su naturaleza humana, en Su Seno Virginal.

Y, por tanto, María es poseída por toda la Sabiduría Divina. Y, en esa Sabiduría Divina, conoce lo que es el hombre, su valor y su sabiduría. María no necesita leer un libro para conocer lo que es el hombre. María no necesita que otra persona le enseñe lo que es la vida humana. No tiene ninguna necesidad porque lo sabe todo. Esta es Su Grandeza, que anula ese bribón con sus palabras de blasfemia, porque no cree en el dogma de la Maternidad Divina.

Hoy día la Jerarquía de la Iglesia no cree en esta divinidad de la Virgen, en Su Maternidad que la hace divina. No cree. Hace falta ser niños para poder creer en la Virgen María y para poder decir: María es Divina. Hay que poner la mente en el suelo y pisotear toda filosofía y toda la teología. Sólo los niños creen en las Grandezas del alma de Su Madre. Los hombres, los adultos, los sabios, ven sólo a María como una simple mujer

Como somos tan hombres, tan humanos, tan carnales, tan materiales, tan de la tierra, entonces lloramos y nos divertimos con las palabras necias de un estúpido: «para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

Es Isabel la que aprende de la Virgen María, porque la alaba en Su Maternidad Divina.

¿Por qué va la Virgen María a visitar a su prima Isabel?

Lo dice la misma escritura: «Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y clamó en voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 41-42)

Santa Isabel engrandece la Gloria de la Virgen María: su maternidad divina.

Bergoglio alaba a los hombres, los engrandece.

¿Quién tiene la razón? ¿Una Santa o un demonio? ¿Quién está dando lo que es la Virgen María, la verdad de su vida, de su persona, de su unión con Dios? ¿Lo da Bergoglio o lo da Santa Isabel? ¿Con quién te quedas: con Bergoglio o con los Santos de Dios? ¿A qué iglesia perteneces: a la de Bergoglio o a la de Jesús?

Ya hay que elegir. Ya hay que ponerse o de parte del Anticristo o de parte de Cristo.

Hay mucha gente que no sabe discernir nada. Están en la Iglesia con una estupidez morrocotuda.

La Virgen María lleva en su Seno al Santificador; y ¿cuál es su obra? Santificar un seno de una mujer que ha creído en el Mesías, pero que tiene un hombre, un sacerdote, que no ha creído y, por eso, se quedó mudo. ¿En qué cabeza cabe que la Virgen María vaya a escuchar las palabras de un anciano que no cree ni puede hablar? ¿En qué está pensando Bergoglio al hacer de este encuentro con Isabel una tertulia social? Es lo que quiere este hombre: la sociedad, lo cultural, lo humano. Pero aborrece a Cristo y a Su Madre.

La Virgen Maria hace una obra: santificar. Y la hace, no sólo como instrumento del Verbo, que está en Su Seno Virginal. Es su misma Maternidad la que obra: es el mismo Verbo unido a Su Madre. Son los dos, al mismo tiempo, los que santifican el hijo de esa mujer. Porque, para esto, el Verbo se encarna en el Seno de una Virgen: para llevar a la santidad a todas las almas, a través de Su Madre, la Virgen María. Jesús y Su Madre no se pueden separar en la Iglesia, en la Obra de la Redención. No se puede amar a Jesús y no amar a Su Madre. No se puede dar culto a Jesús y no dar culto a la Virgen María. No se puede. Quien no es devoto de la Virgen María, aunque comulgue no puede salvarse.

¿Predica esto Bergoglio? ¿Habla alguna vez Bergoglio de la santidad? Ninguna. Claramente no lo predica. Y, entonces, ¿por qué le llaman Papa? ¿Por qué le obedecen? ¿Por qué lloran con sus homilías oscuras y llenas de errores por todas partes? ¿Por qué hacen publicidad a un burro?

«Podemos pensar que la Virgen María, estando en la casa de Isabel, habrá oído rezar a ella y a su esposo Zacarías con las palabras del Salmo Responsorial de hoy: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud… No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones… Ahora, en la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación» (Sal 70,9.5.18). La joven María escuchaba, y lo guardaba todo en su corazón».

«Podemos pensar…»: esto es todo en Bergoglio: su mente…Podemos pensar, recordar, imaginar, ilusionarnos, soñar…. Se pone a pensar, se pone a interpretar, se pone a malinterpretar, se pone a destruir la Palabra de Dios con la misma Palabra de Dios. ¿Por qué no va a los Santos Padres y dice lo que ellos han dicho de este pasaje? Porque no cree en la Tradición Divina, ni en los Santos, ni en nadie. Sólo cree en lo que hay en su estúpida cabeza humana, que es una cabeza de chorlito.

Aprende, Obispo necio, estúpido e idiota, lo que significa este pasaje de otro Obispo:

«Bien pronto se manifestó los beneficios de la llegada de María y de la Presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo. Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del Misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la Mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (De la exposición de San Ambrosio, obispo, sobre el Evangelio de San Lucas – Libro 2, 19.22-23.26-27; CCL 14, 39-42).

La Virgen María no fue a casa de Isabel para dialogar con esa mujer, sino para santificar su seno.

La Virgen María no fue a la casa de Isabel para aprender de ella una sabiduría de la vida, sino para profetizar lo que viene con el Hijo que tiene en su seno virginal: Misericordia y Justicia, que es el Magnificat, que Bergoglio ni se molesta en nombrar, porque ha anulado la misión de la Virgen María en la Iglesia: ser profeta de Su Hijo; ser Apóstol de Su Hijo; ser mártir con su Hijo.

«María supo escuchar a aquellos padres ancianos y llenos de asombro, hizo acopio de su sabiduría, y ésta fue de gran valor para ella en su camino como mujer, esposa y madre». ¿Ven la gran blasfemia de este hombre? ¿Ven cómo no predica el Evangelio de Jesucristo, sino que predica lo que le da la gana?

¿No ven que Bergoglio no puede ser el Papa de los católicos porque no da la unidad de la fe? No lleva a la Tradición, no continúa la línea de los Papas, no hace nada para salvar a la Iglesia del error y de la mentira. No une en la Verdad: desune con su mentira, con sus errores, con sus palabras llenas de sin sentido. Sólo está interesado en su humanidad, en los hombres, pero no en Cristo, no en Su Obra, no en su Plan de Salvación.

¿Todavía no lo disciernen? ¿Qué más hay que decir para que comprendan la situación de toda la Iglesia?

¿Qué más hay que escribir para que comprendan que, a partir de ahora, la Jerarquía va a dar un cambio sustancial en todo? Si están apoyando las palabras de un hereje, también van a apoyar las reformas malditas que ese hereje quiere. Y van a destruir toda la Iglesia, como lo hace el mismo Bergoglio: con palabras baratas, sentimentales, que agradan los oídos de todos los hombres.

¿Todavía no ven lo que viene a la Iglesia? ¿Todavía rezan por el Sínodo? Todos se van a abrazar en un mismo lenguaje: igualdad, libertad y fraternidad. Y van a consentir con el pecado, y lo van a obrar como si fuera un vaso de agua en sus vidas.

La Virgen María enseña sólo un camino: el de Su Hijo. Y llama a todos a caminar por ese Camino. Y no es fácil ese caminar, porque el hombre tiene que aprender la humildad: tiene que aprender a no mirar su vida humana ni su humanidad: es el negarse a sí mismo que Bergoglio no lo quiere ni lo vive, sino que muestra, en todo su obra en la Iglesia, lo contrario: sean hombres, busquemos los derechos humanos, seamos justos con todos, vivamos en la fraternidad, en la igualdad de todas las mentes humanas, y amémonos en la creación porque es algo maravilloso: Dios todo lo ha creado bueno, todo es hermoso, todo es amable. Todo consiste en el cristal como se lo mire. Y, por eso, anulemos las Verdades Absolutas que impiden esta unión global, este levantamiento del hombre por encima de Dios.

Bergoglio se ha hecho un dios; la Jerarquía de la Iglesia se ha hecho un dios. Todo el mundo juega a ser dios. Y nadie quiere reconocer los derechos de Dios sobre todas las criaturas. Y eso es lo que viene ahora: la Justicia de Dios. Y nadie se puede esconder de Su Justicia.

Los gobernantes de las naciones se les va a ir de la mano todo su plan; los que gobiernan la Iglesia en Roma van a quedar al desnudo, con todas sus verguenzas al aire; y los católicos, tan ufanos para proclamar las herejías de un hereje, van a quedar mudos y espantados ante lo que viene a la Iglesia.

«Y mirarán al que traspasaron»

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«Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

«Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

1. Luchar contra el demonio;

2. Luchar contra el pecado de cada uno.

Estas dos cosas son toda la Iglesia.

Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

Esta es toda la Muerte de Cristo.

Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

1. Quitar su pecado;

2. Luchar contra el demonio.

Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

1. La salvación para su alma

2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

Porque el mundo, todavía es del demonio.

Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

La gran obra de teatro en muchos Altares

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“ Te anunciamos la siguiente advertencia: Los discípulos que no son de Mi Evangelio están trabajando intensamente en estructurar, de acuerdo a sus propias ideas y bajo la influencia del enemigo de las almas, una nueva Misa que contenga conceptos odiosos a Mis designios. Cuando la fatal hora llegue, la fe de mis sacerdotes se pondrá a prueba; estos textos serán celebrados en el segundo periodo.

El primer periodo es aquel de Mis sacerdotes que viven sin Mí. El segundo es aquel de la persecución, cuando los enemigos de la Fe y de la Santa Religión impondrán sus fórmulas en el libro de la segunda celebración. Estos espíritus infames son aquellos que Me han crucificado y están esperando el reino del nuevo Mesías. Algunos de mis santos sacerdotes rechazarán este libro, sellado con las palabras del Abismo. Desafortunadamente, habrá muchos que lo aceptarán” (Marie-Julie Jahenny – Profecías).

El sacerdote es de Cristo, para Cristo y en Cristo.

El sacerdote no es para el pueblo, no es para la gente, no es para la sociedad, no es para la cultura de los hombres, no es para la política de las mentes humanas. El sacerdote no es un laico, sino un jerarca.

El sacerdote tiene que vivir con Cristo. Y si vive así, entonces es de la Iglesia, que es la Obra de Cristo.

“Aquellos que son ordenados se colocan a la cabeza de la comunidad. Están a la cabeza sí, pero para Jesús esto significa poner la propia autoridad al servicio de los otros” (Francisco, 26 de marzo de 2014). No; Francisco. Una vez más eres el que metes la pata hasta el fondo. Una vez más das tus fábulas sentado en la Silla que has robado al Papa Benedicto XVI. Una vez más, das tu palabra mentirosa a los hombres para que te aplaudan.

Los sacerdotes están a la cabeza, porque son jerarcas, son Autoridad, son Cabeza; pero para Francisco –no para Jesús- eso significa que deben servir al otro: poner la propia autoridad al servicio del otro. Esto se llama laicismo. Eso se llama anular la Jerarquía. Anular el sacerdocio de Cristo en la Iglesia.

El sacerdote no es un laico, sino una Jerarca; es decir, uno que tiene Autoridad Divina. El lacio es uno del pueblo, que pertenece al pueblo, que es de la gente; que no tiene autoridad. Vive en sus ideas humanas y hace su vida humana. El lacio católico es el que pone su mente humana a los pies de la Jerarquía. El laico del mundo es el que pone su mente humana por encima de la ley divina y la ley natural.

La Autoridad Divina es para obrar el Poder Divino. Y se obra con humildad, no con arrogancia. Por eso, hay que hacerse pequeño ante los demás; pero eso no significa poner la autoridad al servicio del otro. Eso sólo significa saber mandar, saber obrar la Voluntad de Dios con humildad, con sencillez, con verdad, aplicando la justicia en todo; imponiendo la ley divina a los hombres; exigiendo obediencia a Dios. La Jerarquía es para servir a Dios, a la Mente de Dios; no es para servir al pueblo, a la mente de los hombres. La Jerarquía tiene que obedecer a Dios, no al pueblo, no a la Iglesia, no a la comunidad.

Francisco anula la Jerarquía al poner la autoridad sirviendo al pueblo, a la comunidad. Es la idea masónica de servir al hombre, porque es necesario respetar el pensamiento de los hombres. Y, uno que manda, uno que tiene autoridad, tiene que mandar tolerando la idea del otro. Y, por eso, hay que poner la autoridad al servicio de la mente de los hombres, de las ideas de los hombres, de las vidas de los hombres, de las culturas de los hombres. En otras palabras, el que ejerce autoridad tiene que dar a los otros lo que ellos quieren. Y, por eso, Francisco dice su sentimentalismo herético: “Un obispo que no está al servicio de la comunidad no actúa bien; un cura o un sacerdote que no está al servicio de la comunidad, se equivoca” (Ibidem).

Ésta, su herejía, nace de su obsesión por el amor a los hombres; por poner su amor al hombre por encima del amor a Cristo.

Un Obispo que no es otro Cristo, que no imita a Cristo, entonces no actúa bien en la Iglesia, obra la maldad en la Iglesia, conduce hacia la mentira a las almas dentro de la Iglesia. Un Obispo que no está al servicio de la comunidad hace bien en la Iglesia. Porque el Obispo está sólo para servir a Dios, a los intereses de Dios en la Iglesia. Un Obispo que hace caso de los hombres en la Iglesia no es Obispo, no es Cabeza del sacerdocio.

Un sacerdote que no es otro Cristo, que no imita a Cristo, entonces siempre se equivoca en la Iglesia.

El sacerdote es Cristo en persona; actúa en la Persona de Cristo; obra en la Persona de Cristo. Es el mismo Cristo. Y si eso no lo vive el sacerdote, es mejor que no se hubiera hecho sacerdote.

La Iglesia no necesita sacerdotes para el pueblo, para la gente, para lo humano. La Iglesia necesita sacerdotes que sean otros Cristo, que den a Cristo, que vivan a Cristo, que hagan las mismas obras de Cristo.

Eso, por supuesto, no lo es Francisco. Francisco es un degenerado como sacerdote. Ha manchado su vestidura sacerdotal con la mente del demonio y con sus obras en la Iglesia. Por eso, la Iglesia Católica no tiene necesidad de Francisco, ni como sacerdote, ni como hombre. Si Francisco no respeta a Cristo en la Iglesia, que se vaya a su casa, pero que no esté en un sitio que no ama, que odia en su corazón.

Los sacerdotes están viviendo el primer período, que dice la estigmatizada: viven sin Cristo oficiando la Misa, siendo sacerdotes en la Iglesia. Viven como hombres dentro de la Iglesia y obedecen a hombres en Ella. Han dejado de obedecer a Cristo en sus sacerdocios.

El sacerdote es de Cristo, y de nadie más. No es del Obispo que lo consagra; no es de la Iglesia, de las almas que tiene asignadas; no es de la Cabeza a quien tiene que obedecer porque así lo ha puesto Cristo en Su Iglesia.

El sacerdote es de Cristo. Y la Misa es la vocación del sacerdote. Y quien no viva esa vocación divina, hace de la misa un teatro en la Iglesia.

La Liturgia no necesitaba ningún cambio, porque la Misa, en el rito antiguo, contenía la plenitud de gracias que el Nuevo Ordo no merece.

La Nueva Misa, la que los Cardenales introdujeron en la Iglesia, en desobediencia al Papa Pablo VI, sigue siendo válida, pero no da a las almas el fruto divino; es decir, no sirve para salvar y santificar a las almas. Los cambios en la liturgia dados después del Concilio Vaticano II no invalidan los sacramentos, como muchos predican en su ignorancia. Todos los sacramentos siguen siendo válidos, pero todos tienen un defecto: no dan la plenitud de gracia. Y, por eso, los sacerdotes que se ordenan con el nuevo rito, no reciben toda la gracia, que con el antiguo recibían. En consecuencia, están más dispuestos a pecar en sus vocaciones. Por eso, la relajación en todas partes en la Iglesia.

Las gracias se reciben de acuerdo a la disposición del alma y a lo que el alma obra en la Misa.

Cuando el texto que el sacerdote lee no está correcto, entonces se detiene el canal de gracias. Hay que pronunciar las palabras convenientemente, de acuerdo a la Tradición, al Evangelio, a la Voluntad de Dios.

Decir: “Esta es Mi Sangre que será derramada por vosotros y por todos”; impide que Dios derrame las gracias en esa Misa. Porque no hay que inventarse las Palabras del Evangelio, que son las de Cristo. Hay que decirlas como Cristo las dijo. Hay que decir: “Esta es Mi Sangre que será derramada por vosotros y por muchos”. El Papa Benedicto XVI logró cambiar el todos por muchos. Fue un Papa que luchó por la Misa. Francisco se ha dedicado a tumbar la Tradición en la Misa. Y, por eso, predica sus herejías en la Misa, y hace de ella una obra de teatro.

Cristo no derramó Su sangre por todos. En el deseo, quiso derramarla por todos los hombres, pero, de hecho, Cristo sólo derramó Su Sangre por los que se van a salvar, que sólo Dios sabe quiénes son. Siempre en Dios está presente la libertad de cada hombre. Y, en esa libertad, no todos quieren salvarse.

Dios quiere salvar a todos los hombres. Y Cristo va a la Cruz para todos los hombres. Cristo llama a todos los hombres a la salvación; pero, es claro, que no todos quieren salvarse. El ir a la Cruz por todos los hombres, para morir por todos, no significa salvarlos a todos. En la mente de Dios, la cosa es clara: Cristo derramó Su sangre por muchos, por aquellos que sí quieren salvarse.

A los hombres les cuesta siempre comprender el Pensamiento Divino. Y, por eso, les gusta modificar las Escrituras. Y no se puede modificar ni una palabra de lo que Cristo dijo. Hay que saber interpretarla en el Espíritu de la Palabra. Si Cristo dijo “por muchos”, es que no es “por todos los hombres”; es que no derrama Su Sangre por todos, sino por muchos. Y eso hay que decirlo en la Misa. Si no se dice correctamente, se obra una mentira. Y, en la mentira, no hay gracias, Dios no bendice.

Los Obispos cambiaron la Misa Tridentina, que contenía la plenitud de gracias para las almas en la Iglesia. Y pusieron una nueva Misa, válida, pero inútil para salvar y santificar.

Lo que un Papa prescribió en la Iglesia, que fue San Pío V, nadie lo puede anular, quitar. Pablo VI no quitó nada, no fue en contra de San Pío V; fueron los Obispos los que se rebelaron en contra de su autoridad divina en la Iglesia. Pusieron a un actor como falso Papa. E hicieron que los demás, después, culparan a Pablo VI de lo que nunca hizo. De ahí nació la desobediencia de muchos al Papa. Los culpables: los Obispos desobedientes al Papa. El Papa estaba enclaustrado, drogado, y no podía hacer nada ante la maldad de muchos. Y así permaneció hasta su muerte, que nadie sabe cuándo fue, porque en su funeral no estaba su cuerpo.

La Misa Tridentina es la mejor que existe, la verdadera, la buena, la que hace santos en la Iglesia.

Un fiel, en la Misa, que se dedica a hablar, a cantar, a ver un teatro, entonces su alma no está dispuesta para recibir las gracias. Un fiel, en la Misa, que comulga en la mano, detiene todas las gracias de Dios. Un fiel que no se arrodilla en la consagración, detiene las gracias de Dios. Un fiel que va a la misa por la rutina del domingo, porque hay que ir a misa, no recibe las gracias de Dios. Una mujer que lea las lecturas, antes del Evangelio, no recibe las gracias de Dios. La mujer que ayuda a dar la comunión, no recibe las gracias de Dios. Un fiel que no recibe la bendición final de rodillas, no recibe la gracia de esa bendición.

La Misa no es un teatro, una función de sobremesa, una comida o lo que sea. Es Cristo que da Su Gracia al hombre. Y el hombre tiene que obrar para merecer recibirla. Hay que merecer las gracias que Cristo da en la Misa. Hay que merecer la gracia de la comunión.

La Misa es el Calvario de Cristo. Y hay que saber estar en ese Calvario, como lo hizo la Virgen María y san Juan. Hay que saber contemplar el Dolor y la Muerte de Cristo.

Los fieles no tienen que hacer nada: sólo estar en oración en la Misa. Arrodillarse, cuando lo tienen que hacer. Y nada más. Así estuvo la Virgen María: en el silencio de la oración. Los fieles no tienen que entender las palabras que se dicen, ni del Evangelio ni de otra cosa en la Misa. No hace falta.

El evangelio lo explica el sacerdote en su homilía. Y eso basta para recibir las gracias de Dios. Aunque se entienda el evangelio, no por eso, se recibe la gracia. Se recibe la gracia cuando el fiel está atento a la homilía y acepta lo que el sacerdote le dice. Hay que escuchar al sacerdote, que es otro Cristo, que es Cristo el que habla por su boca.

Por supuesto, hoy día, en tantas misas con tantas homilías heréticas, el fiel no está obligado a escuchar al sacerdote. Cuando un sacerdote, comienza a predicar tonterías, mentiras, herejías, el fiel tiene que coger un Rosario o un libro y pasar su tiempo en oración para prepararse a la consagración, si es que ese sacerdote tiene fe. Si no la tiene, es mejor que busque otra misa.

Se ha quitado la ceremonia de aspersión del comienzo de la misa, en la que se rociaba a los fieles con el agua bendita y el sacerdote daba su absolución a toda la Iglesia. Hoy se reza una oración en la que se pide perdón a Dios y no se recibe ninguna gracia por esa oración. Porque la Misa es para quitar los pecados de toda la Iglesia, no para que los fieles pidan perdón por sus pecados. Y se quitan los pecados, con el agua bendita, con el incienso y con la absolución del sacerdote. Y eso hacía que todos los demonios se marcharan fuera del recinto de la Iglesia.

A nadie le incumbe, en la Iglesia, leer la Sagrada Escritura. Sólo al sacerdote. El sacerdote es Cristo y, por tanto, da la Palabra de Dios a la Iglesia. Él tiene la misión de leer las dos o tres lecturas, y el salmo correspondiente. Si los lee un fiel, entonces, no se alcanzan las gracias para las almas.

En las ofrendas del nuevo ordo se ha perdido el sentido de lo que se ofrece. Y sólo se dicen palabras a Dios; bonitas, pero que no merecen las gracias de Dios. No se ofrece a Cristo en las ofendas, sino sólo lo humano: el pan y el vino; que Dios no lo quiere. No hay que ofrecer el pan y el vino como cosas buenas humanas, sino como instrumentos para la salvación del hombre; que Cristo baje a ese pan y a ese vino, y lo haga Su Sacrificio por el pecado de los hombres. Y esto es lo que ya no se dice en el ofertorio. Y, entonces, no hay gracias de Dios.

Para consagrar a Cristo en el Altar es necesario una oración adecuada, digna, a esa obra divina. Y es necesario una serie de gestos que complementan la consagración. Ya nadie comienza la preparación a la consagración con el prefacio de la Santísima Trinidad, que era el único que había en la antigua Misa. Ahora, hay tantos prefacios que no sirven para alcanzar de Dios las gracias. La Misa es la Obra de la santísima Trinidad. Y, por tanto, hay que invocar ese Misterio con las palabras adecuadas. Si no se hace así, se pierden muchas gracias en esa Misa.

Hay que hacer las treinta y tres cruces, que ya nadie se acuerda de ellas. Porque estamos en el Calvario. Estamos ante la Cruz que salva. Estamos ante la muerte en Cruz. Estamos ante la victoria de Cristo en la Cruz. Y ese número de cruces representa muchas cosas en la Iglesia, no sólo los años de Cristo, sino los misterios de la vida de Cristo.

Hoy todo se ha perdido con el nuevo Ordo. Y son pocas las gracias que se reciben en una Misa. Por eso, la mayoría de Misas, son válidas, pero no producen en el alma todo el valor de una Misa, porque no se da la plenitud de la gracia.

Después del Concilio Vaticano II, se introdujo una primera redacción de la celebración de la Misa. Es la primera celebración, en la que se contienen palabras que no pertenecen al Evangelio, a la Tradición y que degradan los Sacramentos y toda la liturgia.

Falta la segunda redacción, que es la que ahora se está redactando en Roma y que contiene un juramento para que los sacerdotes oficien la nueva misa, los nuevos sacramentos, la nueva liturgia. Esa segunda redacción viene escrita por el demonio. Son palabras del demonio que anulan todo: ya los Sacramentos no serán válidos. Ya nada será válido. Y pocos sacerdotes comprenderán la jugada del demonio, porque muchos se han acostumbrado, en sus sacerdocios, a vivir sin Cristo, sólo mirando al hombre y dando gusto a los pensamientos de los hombres. Y, por eso, les cuesta imponerse en las Misas y dejan que los hombres, los laicos, hagan cosas que no quiere Dios en las Misas.

Pocos Sagrarios contienen ya a Cristo. En muchos hay sólo un poco de pan. Y se da eso, pan, un trozo de pan, en muchas misas, porque ya el sacerdote no tiene intención de consagrar. Aunque se digan las palabras correctas, si el sacerdote no tiene la intención de poner el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Altar, entonces sólo hay un poco de pan sobre el Altar.

Y la intención del sacerdote es fácil conocerla: aquel sacerdote que niegue las verdades, los dogmas, no posee esa intención. Si le predican herejías en la homilía, después no hay consagración. Si no se da la Palabra de Dios en el ambón, tampoco se da la Obra de la Palabra de Dios en el Altar.

Muchos sacerdotes hacen su teatro en la Iglesia. Francisco es uno de ellos. Por eso, es un bufón, un payaso. Se dedica a entretener a la gente, a estar con la gente, a darse el gusto de ser una persona social.

El Corazón de Cristo es el camino hacia la Verdad

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La Iglesia nace en el Calvario, cuando el soldado descubre el Corazón de Cristo:

«Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34).

Al Cuerpo muerto de Cristo no le rompieron las piernas, sino que se quedó intacto.

El Cuerpo de Cristo es la Iglesia y, por tanto, es Uno con Su Cabeza, que es Cristo. No puede ser dividido, roto, porque Jesús es Uno con Su Cuerpo.

Por eso, el soldado mete su lanza en Su Costado para abrir el camino hacia la Verdad.

Y la Verdad es una sola: Cristo Jesús.

La Verdad sólo se encuentra en el Corazón de Cristo.

No se puede encontrar en la mente de ningún hombre.

Sólo el Amor, que posee ese Corazón, es el Camino hacia la Vida Divina.

Cuando el agua y la sangre fluyen del Costado de Cristo, la Gracia se da a los hombres. Comienza un tiempo nuevo para la vida de todos los hombres: el tiempo de la Gracia.

Y ese tiempo ya no es como los demás tiempos pasados en la historia de la humanidad.

Desde el pecado de Adán hasta Cristo, el hombre ha estado sin Gracia y sin Espíritu. Ha vivido en su humanidad, con el deseo de lo divino, pero sin poder hacer una vida divina en lo suyo humano, en su historia humana.

Pero con la Gracia, que Cristo da a todo hombre, cada hombre puede obrar lo divino en su vida humana. Ya no hay excusa. Pero es necesario una cosa: estar en Gracia.

Jesús da la Gracia, pero se pierde por el pecado personal de cada hombre. Y Jesús pone el Sacramento de la Penitencia para recuperar la Gracia perdida. Ya hay un camino para estar siempre en Gracia y hacer obras divinas en la Gracia.

Es fácil permanecer en la Gracia por el Sacramento de la Penitencia, que es muy poco valorado por los mismos católicos en la Iglesia. Y es el Sacramento llave para todos los demás. Sin éste, los demás no pueden realizarse, obrarse como Dios quiere.

Un alma en pecado, aunque comulgue, se case, sea sacerdote o reciba la confirmación o el auxilio en su enfermedad, no puede obrar la Gracia en ninguno de esos Sacramentos. Y tiene un Sacramento sin poderlo vivir, con un obstáculo que le cierra las puertas del Cielo.

Muchos se casan por la Iglesia, pero en pecado. Ponen un óbice a la Gracia del Sacramento del Matrimonio. Y lo mismo el que accede al Orden, o el que va a comulgar en pecado, o el que quiera vivir un Sacramento pero sin quitar el pecado de su alma.

Reciben el Sacramento, pero no la Gracia que porta el Sacramento. Tienen un Sacramento que no les sirve para llegar al Cielo, sino que se convierte en Justicia Divina en sus vidas humanas.

Muchos han recibido los Sacramentos, pero como viven en sus pecados, esos Sacramentos, esa gracias son para Su Justicia, no para la Misericordia.

La Gracia, con Cristo, es Misericordia y Justicia. Son dos cosas, al mismo tiempo.

Con Adán, la Gracia era sólo Amor. Su Gracia le llevaba sólo a la Voluntad de Dios. Perdió esa Gracia y Adán se quedó sin nada, sin camino para el Cielo, sin camino para amar a Dios, sin camino para conocer la Verdad. Tuvo el Señor que ponerle un camino sólo de Justicia. Y, en la Justicia, la Misericordia.

Pero en Cristo, se da un camino nuevo al hombre. Un camino de Misericordia, porque se puede perder la Gracia, pero se recupera. Eso no lo tenía Adán.

Y un camino de Justicia, porque teniendo un Sacramento, se vive sin Gracia. Y eso llama a la Justicia de Dios sobre esa alma. Eso ya no es Misericordia. Adán tenía este camino de Justicia, pero sin poder recuperar la Gracia. En su vida humana, haciendo el bien humanamente, Dios le daba la Misericordia.

Pero, a partir de Cristo, la cosa cambia: quien quiera vivir en pecado, teniendo un Sacramento, sólo hay Justicia en ese camino. Ya no Misericordia. Ya las obras buenas humanas no sirven para alcanzar de Dios Misericordia, como en Adán. Porque Dios ha puesto un camino para quitar el pecado: el Sacramento de la Penitencia, no las obras buenas humanas.

Por eso, a muchos católicos, los Sacramentos son para su condenación, no para su salvación.

Esta Verdad, muchos católicos no la han meditado. Y están en la Iglesia en sus vidas de mentira, sin hacer valer la Gracia en sus corazones. Por eso, después, no pueden comprender qué pasa en la Iglesia. No entienden a Francisco y lo llaman un hombre bueno, santo, justo; cuando es un asesino de la Gracia.

La Gracia, vivida en la Misericordia, es decir, si el alma cae en pecado y se confiesa, entonces el alma encuentra el camino del Amor Divino, que tenía Adán.

Los pecados no son impedimento para el Amor de Dios si se confiesan los pecados, si hay arrepentimiento de los pecados, si se usa el sacramento de la Penitencia como Cristo lo ha puesto en Su Iglesia.

Pero los pecados de cada alma son impedimento para el Amor de Dios cuando las almas ya no lo confiesan, sino que viven en ellos, haciendo del pecado su vida humana. Y, entonces, esa alma se convierte en un demonio, en un engendro demoniaco.

Hay muchos católicos así, dentro de la Iglesia: tienen los sacramentos, pero viven en sus pecados como si fueran una virtud, un bien, en sus vidas.

Por eso, hay tantos sacerdotes que son lobos vestidos de piel de oveja. Y estos son los anticristos en la Iglesia. Son los que van en contra de Cristo y de Su Cuerpo, que es la Iglesia.

Hay muchos anticristos en Roma, actualmente. Sólo miren sus pecados, su forma de pecar, su forma de vivir a Cristo en la Iglesia. No imitan a Cristo, sino que ponen su mente humana, su idea humana, por encima de la Mente de Cristo. Y así hacen su iglesia, a su manera humana, tomando cosas del Evangelio, de la Tradición, del Magisterio de la Iglesia, pero anulando la Verdad de todo eso, para sólo manifestar su mentira, su idea, su propaganda, su negocio en la Iglesia.

La Iglesia no es un pensamiento del hombre, sino la obra de Cristo en la Cruz.

Cristo, en la Cruz, obró Su Muerte. Este Misterio no se puede comprender con la razón humana. Obrar la Muerte es dar la Vida a los hombres. Morir Cristo es hacer vivir al hombre. Sin la muerte de Cristo, el hombre seguiría muerto. Y, para imitar a Cristo, hay que hacer lo mismo: morir a todo lo humano, para que así lo humano tenga vida en Dios.

Esto es lo más difícil de comprender al hombre. Y en esto está sólo la vida de fe. La Fe no es un conjunto de razones, de leyes, de ideas. La Fe es una Vida Divina, una Obra Divina, un Pensamiento Divino.

El hombre que vive en su mente humana no posee la Fe. El hombre tiene que renunciar a toda su mente humana para que ésta tenga valor para Dios. Si el hombre no renuncia a su mente humana, Dios no puede guiarle en la Verdad.

Adán tenía que vivir en su mente humana. Y Dios lo guiaba así, porque le quitó la Fe, la Vida de la Gracia.

Dios puso un camino de Fe a Abraham: «Sal de tu tierra, de tu parentela, de las casa de tu padre, para la tierra que Yo te daré» (Gn 12,1). Siempre la Fe es un salir de lo humano. Y Dios fue enseñando a Su Pueblo este camino de fe, sin la Gracia, sin el Espíritu. Se lo enseñaba en su humanidad, sin exigirle la muerte a lo humano.

Sólo a almas que Dios escogía, le podía exigir todo, como a Abrahán: «Anda, coge a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécemelo allí en holocausto» (Gn 22, 2). Dios les daba la Gracia para hacer esto: para desprenderse de todo lo humano por Voluntad de Dios, porque así Dios lo mandaba.

Sólo hay una razón para dejar todo lo humano: la Voluntad Divina. Cumpliendo la Voluntad de Dios nunca se peca.

«Dijo Yavé a Oseas: Ve, toma por mujer una prostituta y ten hijos de prostitución, pues que se prostituye la tierra apartándose de Yavé» (Os 1,2). Dios manda a Oseas obrar una Justicia. Y ese mandamiento no es un pecado a los ojos de Dios. Y Oseas no pecó buscando una prostituta y engendrando hijos de ella, porque estaba cumpliendo la Voluntad de Dios, en la cual nunca hay pecado.

Y este es el Misterio de la Fe: por ley divina no se puede ir en contra del sexto mandamiento: «no adulterarás». Y esa ley está inscrita en el corazón de cada hombre.

Por ley divina, nadie puede matar a otro hombre, no puede ir en contra del quinto mandamiento: «no matarás».

Sólo por Voluntad de Dios se puede realizar una acción que es un pecado contra la ley de Dios. Y este es el Misterio de la Fe, que vivió Abraham, que vivió Oseas, y que Cristo obró en Su Muerte.

Cristo obra Su Muerte: Su Padre le pide morir en la Cruz. La Voluntad del Padre es que hay que morir, hay que dejar que los hombres cometan un pecado. Hay que permitir ese pecado en los hombres.

Pero el pecado de los hombres no es la obra de Cristo en la Cruz. Cristo va a la Cruz sólo por Voluntad de Su Padre, no por el pecado de los hombres, que lo quieren matar.

Cristo va a a la muerte por una sola razón: porque lo quiere Su Padre.

Y el querer del Padre está por encima de toda ley divina. Y aquí comienza el Misterio de la Fe.

La Fe no es sólo cumplir unos mandamientos, unas leyes, unas normas litúrgicas, sino que es obrar una Voluntad Divina en cada alma, en cada hombre.

Los hombres suelen acomodarse a las leyes, a las normas, a las tradiciones, y se olvidan de que la Fe es algo más que todo eso.

Por eso, el Señor decía: «Si tuviereis fe como un granito de mostaza, diríais a este monte: vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible» (Mt 17, 20). Cuando Dios muestra Su Voluntad, no hay imposibles para los hombres. Cuando Dios da Su Voluntad, el hombre lo puede todo en Dios.

Por eso, el hombre tiene que ir hacia este Misterio de la Fe. Y sólo se puede ir en el camino de Cristo: en la Cruz.

Cuanto más un alma en Gracia comprende que lo humano no sirve para ir al Cielo, entonces más se mete en el misterio de la Fe. Y Dios puede pedirle cosas como a Abraham y a Oseas. Dios no da esta Voluntad a cualquier hombre y, menos, a un hombre que vive en sus pecados. Dios da esta Voluntad a hombres que viven en Gracia y que son espirituales, que no son carnales, que no son para lo humano, para lo material de la vida, sino que han sabido desprenderse de todas las cosas humanas, para ponerse sólo en lo que agrada a Dios.

Vivimos en un mundo que ha puesto la vida humana por encima de la ley divina. Y quiere hacer las obras de Abraham y de Oseas, pero sin la Voluntad de Dios. Esto es a lo que lleva siempre el demonio: a imitar las obras de Cristo, las obras de Dios. El demonio es maestro en esto desde el principio de su pecado.

Porque su pecado consistió en ver las obras de Dios e imitarlas sin Dios, sin la Voluntad de Dios, sin el consentimiento divino. Y, por eso, lleva a los hombres hacia el pecado visto como algo bueno, como un valor, como una verdad en la vida.

Abrahan y Oseas obraron la Verdad, pero en la Voluntad de Dios. Muchos hombres obran eso, pero fuera del querer divino. Obran sin fe; es decir, obran con su inteligencia humana, que la han puesto por encima de la Mente Divina.

Cristo vino a hacer la Obra de Su Padre, Su Voluntad. Y esa Obra sólo es conocida por Cristo, no pos los hombres en la Iglesia. Y, por eso, de nadie es la Iglesia. Sólo le pertenece a Cristo.

Que nadie venga a querer cambiar la doctrina de Cristo con su mente humana, con sus ideas comunistas, marxistas, protestantes, masónicas, que es lo que da Francisco cada día, que es su predicación.

Y el tiempo de Francisco se termina: «El reinado en la Casa de Pedro será corto, y pronto Mi amado Papa Benedicto guiará a los hijos de dios desde su lugar de exilio. Pedro, Mi Apóstol, el fundador de Mi Iglesia en la Tierra, lo guiará en los últimos días difíciles, mientras Mi Iglesia lucha por Su Vida» (Viernes Santo, 29 de marzo del 2013).

Francisco deja el cisma dentro de la Iglesia: un Obispo sin Cristo en su corazón. Un Obispo para el mundo, sin la Vida de Fe, sin el Amor de Dios, sin la Verdad del Espíritu. Un hombre que no cree en Dios, no puede conocer lo que es bueno y lo que es malo. Francisco sólo cree en su dios, que es su pensamiento humano. Y, por eso, cada día dice sus barbaridades, que muchos aplauden, que muchos hacen propaganda. Y ya no saben cómo ocultar algunas cosas, que son tan manifiestas en el hereje de Francisco, sólo por temor a oponerse a ese hombre, que sólo sabe usar palabras baratas y blasfemas, pero que no tiene ninguna inteligencia.

Seguís a un idiota porque teméis su autoridad Y su autoridad es lo más estúpido que hay en la Iglesia: un poder humano que él mismo se ha dado en la Iglesia. Ha puesto su gobierno para decirse a sí mismo: aquí estoy yo; yo soy el que voy a dar de comer a todos los hombres; yo soy el que voy a solucionar los problemas de todos los hombres; yo y la revolución de mi estúpida ternura para con los hombres, con mi insulso lenguaje del corazón; yo con los mocos que se me caen de mi narices cuando hablo de amor a los hombres, eso es el camino para la iglesia.

Francisco es un hombre sin ley divina, sin norma de moralidad, con un lenguaje humano que es su basura ideológica. ¿Y obedecéis a ese subnormal?

Cristo no ha puesto a Francisco en Su Iglesia. Han sido los hombres. Y estos van en serio dentro de la Iglesia: van a echar a Cristo de la Iglesia. Y van a matar a la Iglesia, como hicieron con Cristo. Y quien no quiera creer, es que vive de ilusiones en la Iglesia.

Francisco destruye la Verdad en la Iglesia con su comunismo

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“Hay que recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en que cada individuo se convierte en doctor y legislador. No, venerables hermanos, no se edificará la ciudad de un modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos de los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo (San Pío X, Notre Charge Apostolique, del 25 de agosto de 1910)

La Ciudad Católica es algo distinto y separable absolutamente de la Iglesia y del cristianismo.

No se da la Ciudad Católica sin la Iglesia, pero la Iglesia siempre se da sin la Ciudad Católica.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo que da la presencia de Cristo en las almas. Cada alma en Gracia es Cristo, -su vida, sus obras-, en esa alma. Y eso está por encima, eso trasciende la sociedad, las culturas, la historia de los hombres.

La Iglesia tiene una estructura externa, una organización externa de magisterio, de gobierno, de culto, que es necesaria para obrar la Verdad, que es Cristo. Pero la Iglesia se puede difundir entre civilizaciones hostiles sin apoyarse en ninguna de ellas, sin informar ninguna de ellas, porque la Iglesia está en las almas. Pero es siempre necesario una sociedad que avale la vida de la Iglesia, porque si todas fueran hostiles a la Iglesia, entonces sólo la Iglesia viviría en algunas almas privilegiadas, en algunas almas que responden a Cristo en ese mundo totalmente rebelde, pero no podría obrar la misión que tiene: la de ser camino de salvación y santificación en el mundo.

En el tiempo del Anticristo, la Iglesia vivirá una gran desolación en la que unos pocos fieles continúen viviendo de la Fe, en medio de un gobierno mundial hostil totalmente a la Verdad. Y, por eso, en ese tiempo, nadie se salvará. No habrá Misericordia, sólo la Justicia Divina. Y si ese tiempo no fuera abreviado, incluso los elegidos, incluso esas almas privilegiadas que continúan viviendo su fe, no podrían salvarse.

La Ciudad Católica significa que la Iglesia misma informa la vida de los pueblos, la vida temporal de todos los hombres. Es decir, los hombres viven en la sociedad pero sometiéndose a la vida de Cristo, sometiéndose a unas leyes naturales y divinas y, en consecuencia, haciendo de esa historia humana algo divino, un camino para el mismo hombre en esas sociedades.

Pero, cuando las sociedades, los Estados, se olvidan de someterse a las leyes divinas, entonces se ponen en contra de esa Ciudad Católica y comienza a formar sus ciudades, sus países, sus mundos, que no son otra cosa que un reflejo del pensamiento del demonio en los hombres.

“Hubo un tiempo en que la filosofía del evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el Imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades” (León XIII, en su Inmortale Dei).

Ese tiempo fue un momento de plenitud histórica en el siglo XIII, cuando la sabiduría culminó con Santo Tomás de Aquino, cuando la prudencia política logró una forma maravillosa con San Luis, rey de Francia. Pero, después, vino la decadencia de los pueblos y hemos llegado al culmen de esa decadencia: el comunismo.

El comunismo tiene una raíz cristiana. No es un movimiento puramente pagano, sino que es una herejía del cristianismo hecha obra, hecha modelo de amor fraterno para la sociedad. Es, en consecuencia, un poder destructivo de la Verdad Evangélica y de la Verdad de la Ciudad Católica.

El comunismo socava la Iglesia, la hunde. Sólo unas almas privilegiadas pueden seguir siendo Iglesia en un régimen comunista. El comunismo quiere realizar el hombre total, es decir, la humanidad perfecta sin Cristo, sin Verdad, sin la Vida que da la Gracia. Y a ese comunismo hay que enfrentarlo con el Cristo total, el Cristo del Evangelio, el Cristo que no se sometió a ningún poder humano ni eclesiástico.

Y cuando ese comunismo ha penetrado la Iglesia con la teología de la liberación, con la de los pobres, con las comunidades de base, con la doctrina de la fraternidad de Francisco, entonces hay que decir: ésa no es la Iglesia de Cristo. Esa que está en Roma es la iglesia del Anticristo, que va a producir que todos los Estados del mundo se opongan a la Iglesia. Y la verdadera Iglesia quede sola en las almas privilegiadas, que viven su fe en la Palabra de Dios. Una Iglesia sin estructuras externas, porque no será posible obrar externamente la verdad, sino sólo en las catacumbas, encerrados, viviendo la fe sin poder transmitirla a los demás de una manera pública, social, política, económica, etc.

Por eso, el mal de Francisco es inmenso. Todas las herejías han sido revolucionarias en un sentido total, porque no sólo se intenta reformar las creencias religiosas, sino también la vida espiritual de las almas: darle a las almas un sucedáneo del espíritu. Eso es sólo la Nueva Era: un conglomerado de cosas espirituales que no sirve para nada, sólo para confundir a las almas en el camino espiritual y hacer que crean que obran algo bueno para Dios.

Desde el siglo XIII, el hombre ha puesto su comunismo en todas las cosas, pero se enfrentó a sociedades fuertemente estructuradas en la ley divina y en la ley natural. Y no pudieron socavar esas sociedades de un solo golpe, sino poco a poco. Y, por eso, se llegó al siglo XVIII en que la Revolución Francesa quiso conquistar el mundo y la Iglesia. Napoleón quiso ser Papa, pero Dios tenía otros planes. Y, desde ese momento, hasta nuestros días, el hombre ha avanzado en el proyecto de este gobierno mundial. Por eso, un Hitler es la consecuencia de la Revolución.

La Iglesia, en los Papas, se ha opuesto de forma enérgica al planteamiento del comunismo. Y se ha opuesto en las mismas estructuras sociales y políticas, porque todavía existían hombres en el mundo sin el espíritu del mundo, llenos de la Verdad del Espíritu de Cristo. Por eso, Napoleón fracasó y, también, Hitler. Y ha sido tarea del mismo comunismo socavar esas estructuras para que el hombre viviera un sistema de desorden que le alejara del camino de la salvación y de la santificación. Por eso, el comunismo ha conseguido que los Estados tengan leyes totalmente contrarias a las leyes divinas y naturales, aceptadas por todos.

Con el comunismo el hombre no afirma nada, sino que se vuelve hacia el mismo hombre y lo destruye. Destruye la religión, el Estado, la propiedad, la familia, la Verdad.

El humanismo afirmaba al hombre; el racionalismo, la razón del hombre; el naturalismo, la vida natural de los hombres; el absolutismo, el poder absoluto del hombre sin dependencia a nada: el orgullo del hombre; el capitalismo, afirma el capital, la propiedad privada; la democracia, afirma la soberanía del pueblo; el liberalismo afirma la libertad del hombre; pero el comunismo destruye al hombre, porque es una cultura que se rebela contra lo burgués, que oprime al rico para expandir lo material. Y esto es un absurdo: porque si los ricos no dan dinero, ¿de dónde viene el dinero para los pobres? Si al rico se le oprime, entonces ¿cómo se expande lo material, cómo los pobres tienen lo material? Se crea un círculo vicioso. Y eso es una destrucción de todo.

El comunismo promulga el bien común, el bien colectivo, el bien de todos y, en consecuencia, tiene que destruir al hombre individual, al hombre hijo de Dios, al hombre que domina la naturaleza con su razón para servir sólo a lo social, a lo común. El hombre, para el comunismo es sólo algo útil, que se usa o se tira según lo común, según una conveniencia social, cultural, artística, económica, política; según una maquinaria colectiva así sirve o no sirve el hombre.

Juan Pablo II combatió al comunismo, pero no lo venció, sino que se ocultó. Porque ninguna herejía es vencida totalmente, sino que todas cambian de color, cambian su rostro, cambian su forma de presentarse a los hombres. El protestantismo sigue vigente, pero se presenta de otras maneras a los hombres. El comunismo sigue ahí, pero de otra manera.

La Ciudad Católica está formada por pueblos sometidos a la Iglesia Católica, que se desarrollan en su historia de cada día. Pero, ¿dónde está la Ciudad Católica cuando la Iglesia pierde la Verdad de lo que es? Tiene que desparecer. Este es el problema en el mundo y en la Iglesia actualmente. La iglesia en Roma es una estructura que se somete al mundo, no a la Verdad.

En la Iglesia pervive el comunismo en la teología de la liberación y de los pobres. Esa teología ha sido combatida por la misma Iglesia. Juan Pablo II es modelo de ese combate. Pero el problema es que el comunismo se introdujo en la Iglesia, que no tenía que haberlo hecho, y eso es el fin de la Iglesia.

El comunismo lo destruye todo, porque así ha sido concebido: una herejía que tiene por objetivo destrozar al hombre entero. El comunismo ha arrasado en todo el mundo, pero no en la Iglesia. La Iglesia se ha mantenido firme hasta que entró la teología de la liberación en ella. Esa entrada fue diabólica: fue la sugestión del demonio en muchos Obispos que ya vivían ese comunismo en la vida práctica de sus ministerios sacerdotales.

El comunismo no tenía que haber entrado en la Iglesia como una teología. Pero se produjo y eso señala la decadencia de la propia teología eclesial, que ya no es una ciencia divina, sino demoniaca. Los Sacerdotes tienen que estudiar teología para ser sacerdotes. Y, por eso, hoy día salen sacerdotes del demonio, porque estudian una teología que ha perdido la Verdad, el norte de la verdad divina, y ha impuesto el norte de la verdad humana. En la teología se estudian tantas cosas, tantas corrientes filosóficas modernas que no ayudan para entender la Verdad del Evangelio, sino que ponen un obstáculo para obrar la Verdad.

Muchos sacerdotes y Obispos están influidos por la teología protestante en sus ministerios y, por eso, predican auténticas herejías, como lo hace Francisco.

La teología de la liberación tiene su origen en Lutero, en las reforma de Lutero. Y, poco a poco, se ha ido imponiendo, primero en el mundo, y, después, en la Iglesia.

El problema de la Iglesia, en estos momentos, es tener un líder comunista. Ésta es la gravedad. Ese líder está para destruir la Iglesia con su teología de los pobres, con su iglesia para el pobre, del pobre, con su evangelio de la fraternidad.

El amor fraterno destruye el amor divino, la gracia. El comunismo se basa en el humanismo, en el progreso de toda la humanidad, en el bien común de todos, es decir, en un amor común, en un amor colectivo, en un amor universal: el amor fraterno.

Por eso, Francisco busca a todos los hombres del mundo, por este amor universal, colectivo, por este querer hacer un bien común a todos los hombres.

Este amor colectivo, fraterno, no mira el orden moral, sino sólo el bien de todos los hombres, sólo se fija en que todos los hombres tengan lo necesario para ser hombres, para vivir como hombres, para obrar como hombres. Pero no pone el dedo en la llaga en la norma de moralidad, en la ética, en la ley divina y en la ley natural. Porque este amor colectivo ha destrozado lo moral. Lo moral tiene que estar sujeto al bien colectivo. Primero es el hombre y su bien, su ciencia, su progreso, su bienestar, su cultura; después, lo demás. Y, por eso, se hacen leyes para anular las leyes divinas y las leyes naturales, y así se anula la norma de moralidad, la ley moral, la ley que Dios ha inscrito en cada corazón.

Este amor colectivo tiene que ser para todo el mundo, no sólo para los miembros de la Iglesia, no sólo para unos pocos. Por eso, Francisco predica que la iglesia es para todos los hombres, no sólo para los que están en unos dogmas, en una verdades. Por eso, hay que abrazar a los herejes, a los cismáticos, porque ellos también son hombres y tienen cosas que enseñarnos. A pesar de vivir en su pecado, también viven en la verdad, en la verdad de cada uno, en una verdad relativa a la vida de cada hombre. Se destroza la gracia; se anula la Verdad del Evangelio, las verdades absolutas, y se comienza a vivir la mentira que cada uno vive en su vida particular. Esa mentira acaba siendo un bien colectivo, un amor colectivo, una obra universal.

Un mundo y una Iglesia que ha apostatado de la Verdad y de la Gracia corre pendiente abajo hacia la propia destrucción. Hoy la Iglesia no combate el comunismo; luego, la Iglesia se destruye a sí misma por el mismo comunismo. Y todos los pueblos de la tierra han quedado desarmados porque la Iglesia se ha hecho comunista. No es posible, hoy día, encontrar la Ciudad Católica. No es posible que pueda darse en estos momentos, porque hay un hombre en la Iglesia, como líder de la Iglesia, un líder impío, un falso líder, que es Francisco, que predica el comunismo y que hace vivir a todos ese comunismo. Predica la muerte de la Verdad; predica la muerte de la Vida Eterna; predica la muerte del camino de la salvación y de la santificación personal, individual. Para poner una verdad colectiva, relativa; una vida para todos los hombres; y un camino en el que se trabaja sólo para el bien humano, natural, de todos los hombres. Se anulan los medios sobrenaturales, para dedicarse a los medios naturales.

El comunismo en la Iglesia avanza porque hay hombres, como Francisco, -que son sacerdotes y Obispos-, que trabajan para que penetre la ideología comunista. Y, además, hay hombres, como Francisco que desarman la Iglesia, que quitan obstáculos para que pueda entrar sin problemas esa ideología.

Francisco quitó la verticalidad en la Iglesia: camino abierto hacia el comunismo. Muchos en su gobierno horizontal han anulado los dogmas, y así lo predican a sus rebaños y así lo viven. Eso es abrir caminos al comunismo; no sólo trabajar por un ideal comunista.

Hasta el Papa Benedicto XVI, en la Iglesia no había caminos para el comunismo. Puertas cerradas. Sólo habían sacerdotes y Obispos que trabajaban -ocultamente- para hacer penetrar el comunismo. Con Francisco, las puertas abiertas a la destrucción de toda la Verdad en la Iglesia.

Francisco predica un cristianismo diluido, un humanismo cristiano, un socialismo universal, un liberalismo fraterno, una encarnación del orgullo demoniaco.

¿Qué está haciendo Francisco en la Iglesia? Lo propio del comunismo: que todos trabajen, febrilmente, para producir bienes económicos para todo el mundo. ¡Hay que quitar la hambruna del mundo! Es necesario erigir una poderosa colectividad entregada a esto. Por eso, predica que Cristo se ha hecho pobre para cubrir las necesidades de los pobres. Y que la Iglesia tiene que ser pobre y tiene que vivir para los pobres, tiene que servir a los pobres. Está abriendo caminos para su objetivo comunista, para su nueva iglesia marxista, comunista, masónica, fraternal.

Y esto produce un caos en lo espiritual. Ya la Iglesia verdadera no tiene el apoyo de ningún gobierno del mundo. Todos miran la iglesia que Francisco quiere construir, una iglesia del mundo y para el mundo, donde se resuelvan los problemas de todos los hombres.

Por eso, la Iglesia verdadera tiene que irse al desierto, fuera de Roma, porque Roma es la destrucción de la Verdad, la aniquilación de la ley divina, el desmoronamiento de todo lo sagrado, de todo lo divino, de todo lo santo.

Francisco sólo quiere servir a los hombres, pero no a Dios. Y su nueva iglesia es sólo para los hombres mundanos, profanos, incultos, desarraigados de la bondad divina para poder obrar sólo las bondades humanas, naturales, sociales, económicas, culturales de los hombres.

El hombre comunista, el hombre fraternal, el hombre que predica Francisco es ateo porque quiere ser completamente hombre.

Francisco, para conseguir que los hombres lleguen a su felicidad tiene que darles de comer, tiene que servirles en todo lo humano, tiene que quitarles todos los problemas que tienen en sus vidas humanas. Es decir, tiene que ateizarlos. Un hombre sin dios es un hombre que se dedica a trabajar por el bien colectivo, por el bien universal, por el bien fraternal de todos los hombres. Y la razón: porque Dios no lo hace. Dios ha dejado al hombre que trabaje para que sea feliz. Francisco, para poder explicar el mal, para poder dar una explicación de por qué Dios no quita el mal, tiene que negar a Dios, tiene que presentar a un dios colectivo, un dios que ama a todos los hombres porque los ha creado, un dios amor, misericordioso, que todo lo perdona porque tiene poder para ello. Y, como Dios ha dejado al hombre el trabajo de quitar el mal, es tarea de los hombres hacer el bien en sus vidas humanas y así todos se salvan.

Para Francisco, Dios es sólo un concepto, una idea filosófica, teológica, pero no un ser real. Para Francisco, el hombre es dios, pero un dios práctico. Francisco no va a la filosofía para negar a dios, para decir que Dios no existe o para afirmar que el hombre es dios. Francisco no es inteligente, sino sabio en su voluntad de pecar. Él ya vive sin Dios en su corazón. Y no le interesa dar una filosofía de eso, sino que lo pone en práctica. Francisco no es un teólogo, que está en un escritorio, en una biblioteca y que da sus investigaciones a los demás. Francisco da lo que vive a la Iglesia. Él vive el comunismo, el bien colectivo, el bien fraternal. Y eso es lo que enseña cada día en sus homilías. Y eso es lo que obra cada día en la Iglesia.

Por eso, el gravísimo mal que ha hecho Francisco en este año en toda la Iglesia. No sólo por su verborrea barata y blasfema, sino por sus obras. Se ha dedicado a obrar el comunismo, el protestantismo. Y esas obras son la destrucción de la Verdad en la Iglesia. No son cualquier obra. No es sólo dar un dinero a los pobres, es anular la verdad de las almas para que vivan la mentira en la Iglesia.

La Iglesia se deshace y se corrompe siempre por arriba, por su clase dirigente, por su Jerarquía. Los pueblos del mundo se corrompen porque existen sacerdotes y Obispos corrompidos. Y ya no puede darse la Ciudad Católica. Lo que sucede en la Iglesia se verifica en el mundo, pasa al mundo. Si la sal se corrompe, entonces ¿qué será del mundo?

Por eso, no vivimos cualquier cosa en la Iglesia. Estamos viendo cómo un hereje destruye lo más sagrado de la Iglesia: la Verdad, que es Cristo.

El ecumenismo es un imposible en la Iglesia

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Dos soles anuncian dos cabezas que rigen el mundo y la Iglesia. Dos reinos que dan al hombre el camino de la perdición. Sólo hay un Sol de Justicia para el hombre: Jesucristo y Su Obra, la Iglesia. Ver video original

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«Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una iglesia, y ahí había un sacerdote que celebraba el divino sacrificio, y mientras esto hacía lloraba amargamente y decía: “La columna de mi Iglesia no tiene donde apoyarse.”

En el momento que decía esto he visto una columna cuya cima tocaba el cielo, y por debajo de esta columna estaban sacerdotes, obispos, cardenales y todas las demás dignidades, que sostenían dicha columna, pero con mi sorpresa, al mirar he visto que de estas personas, quien era muy débil, quien medio acabado, quien enfermo, quien lleno de fango; escasísimo era el número de aquellos que se encontraban en estado de sostenerla, así que esta pobre columna, tantas eran las sacudidas que recibía desde abajo, que se tambaleaba sin poder estar firme. Hasta arriba de esta columna estaba el santo Padre, que con cadenas de oro y con los rayos que despedía de toda su persona, hacía cuanto más podía para sostenerla, para encadenar e iluminar a las personas que moraban en la parte baja, si bien alguna se escapaba para tener más oportunidad de degradarse y enfangarse, y no sólo a estas personas sino que trataba de atar e iluminar a todo el mundo.

Mientras yo veía esto, aquel sacerdote que celebraba la misa (aunque tengo duda si era sacerdote o bien Nuestro Señor. Me parece que era Él, pero no lo sé decir con certeza), me ha llamado junto a Él y me ha dicho:

“Hija mía, mira en qué estado lamentable se encuentra mi Iglesia, las mismas personas que debían sostenerla desfallecen, y con sus obras la abaten, la golpean, y llegan a denigrarla. El único remedio es que haga derramar tanta sangre, hasta formar un baño para poder lavar ese purulento fango y sanar sus profundas llagas, para que sanadas, reforzadas, embellecidas por esa sangre puedan ser instrumentos hábiles para mantenerla estable y firme.”

Después ha agregado: “Te he llamado para decirte: ¿Quieres tú ser víctima y así ser como un puntal para sostener esta columna en tiempos tan incorregibles?”» (Luisa Piccareta – Purificación de la Iglesia. Las almas víctimas son su sostén. – Noviembre 1, 1899)

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La situación en la Iglesia es de enorme gravedad, porque su purificación supone la apostasía de la fe en muchos miembros de la Iglesia.

No todos son de la Iglesia, ni pueden serlo, porque la Gracia no es permanente en los hombres. Jesús ha dado Su Gracia al hombre para que pueda vivir la Vida de Dios. Pero Jesús no ha dado la confirmación en Gracia, la cual da la capacidad al hombre para no pecar más. Ser confirmados en Gracia es una Gracia más que Dios da a quien quiere y como quiere. El hombre no es digno de esa Gracia y sólo puede pedirla, pero no puede saber si el Señor se la da.

Los hombres, en Gracia, vivimos un misterio: podemos pecar, podemos caer en el pecado, aunque hayamos alcanzado cierta plenitud en la Gracia. Es la enseñanza de la caída de Adán, el cual poseía muchos dones, muchas gracias, muchos carismas, estaba en continua presencia de Dios y, sin embargo, pecó, tenía la capacidad de pecar. No está confirmado en la Gracia. Y, por eso, su pecado sigue siendo un misterio para el hombre.

Por la muerte de Jesucristo, el hombre en gracia se encuentra en el período escatológico, es decir, en los últimos tiempos, viviendo la Resurrección con Cristo, poseyendo el Reino Futuro mediante la fe y, hasta cierto punto, poseemos ese Reino, de una forma anticipada y efectiva, pero podemos caer, de nuevo, en el pecado. Podemos volver atrás, al hombre viejo, al hombre en pecado.

Por eso, el Señor exhorta: «Estad, pues, siempre en vela, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor. Bien comprendéis que si el dueño supiera a qué hora de la noche había de venir el ladrón, estaría en vela y no consentiría que penetrase en casa. Por consiguiente, estad también vosotros dispuestos, porque a la hora que no sospecháis vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,42-44).

No podemos dormir porque hierve la lucha final de Jesucristo y de Satanás, la cual va a durar hasta el fin del mundo. Y, en esa lucha, el hombre siempre puede caer en los lazos del demonio si su vida no está alerta, en guardia contra la mentira y el engaño que Satanás realiza en todas partes del mundo, también en la Iglesia.

Los hombres de Iglesia se creen que, porque tienen la Gracia, ya son santos y justos, ya lo pueden todo en la Iglesia, ya pueden decidir los destinos de la Iglesia.

Muchos sacerdotes y Obispos no han comprendido que tienen que ser los últimos de todos para poder servir a la Iglesia, que tienen que dedicarse sólo a las almas. Y, lo demás, lo material y lo humano, viene por añadidura, viene en la medida en que se dedican a salvar almas.

El sacerdote es otro Cristo y, por tanto, tiene que reflejar en todo a Jesucristo. Y, muchos, sólo reflejan su humanidad, se ser de hombres, pero no la Santidad de Cristo.

Muchos sacerdotes y Obispos engañan las almas, porque sólo las alimentan de su vida humana, de sus obras humanas, de sus sentimientos humanos. Están en la Iglesia con una cara de buenos amigos, conquistando los sentimientos de los hombres, pero no son capaces de darles la Verdad de Cristo.

Por eso, la Iglesia que contemplamos tiene que ser destruida por los propios miembros de la Iglesia, porque es necesario que se cumpla lo que Adán hizo: destruir el plan de Dios en la Creación.

Es necesario destruir el plan que Jesús ha puesto en Su Iglesia: plan de salvación y de santificación. Este plan nadie lo quiere en la actualidad. Todos buscan sus planes humanos, sus objetivos humanos en la Iglesia. Todos andan tras otros caminos, más convincentes para los hombres, pero que los lleva, de forma necesaria, a convivir con el demonio en sus vidas.

Sólo la Iglesia regenerada, purificada, transformada, es imbatible, es capaz de poner un camino que el hombre no pueda anularlo: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). Estas palabras del Señor sólo se pueden cumplir en una Iglesia purificada del pecado, es decir, en una Iglesia donde los hombres tengan la confirmación en Gracia, por la cual, ya no se podrá pecar.

Jesús, cuando murió en la Cruz, alcanzó de Su Padre, la Gracia para el hombre. Y «gracia tras gracia» (Jn 1, 16b), Jesús va adornando a sus almas en la Iglesia. «De su Plenitud todos hemos recibido» (Jn 1, 16a), pero no todos viven esa Plenitud, no todos son capaces de ser fieles a la Gracia y, por tanto, no son capaces de ir creciendo en Gracia hasta llegar a la Plenitud, a la confirmación en Gracia.

Por eso, la Iglesia no es para todos los hombres, ni la salvación ni la santificación están al alcance todos los hombres. No es posible salvar a todos los hombres; sólo es posible morir por todos los hombres, para quitar el pecado de origen, en la que un hombre pecó por todos.

Jesucristo murió por todos, pero no salva a todos. Adán pecó por todos, pero no condena a todos.

Jesucristo tiene que condenar a los hombres, como Adán tiene que salvar a los hombres. Porque el pecado de Adán, en la Justicia de Dios, no es un pecado que condene al hombre, a todos los hombres, sino que es un pecado que pone un camino de purificación a todos los hombres. Y, de igual manera, la muerte de Jesucristo, es un camino de salvación y de santificación para todos los hombres, pero no se salvan todos, no se santifican todos, porque Dios ya no lo perdona todo.

Una vez que Dios ha dado Su Gracia al hombre, Dios puede condenar al hombre de forma individual. Con Adán, Dios condena al hombre de forma general, en conjunto, pero no puede condenar a todos los hombres. Pero, una vez dada la Gracia, Dios puede condenar a cada hombre en particular, porque ya el pecado de origen se satisfizo en Su Hijo.

Por eso, ya no hay que mirar a Adán ni a su pecado. Jesús quitó ese pecado de origen, aunque el hombre siga naciendo en el pecado original. Tiene que nacer hasta que el Señor no ponga su tiempo para que el hombre nazca sin pecado. Eso sólo es posible en el Reino glorioso. Esto es imposible en las actuales circunstancias de la vida de los hombres.

Muchos quieren ya estar en ese momento y es, sólo, la ilusión y el engaño del demonio en la mente de muchos sacerdotes y Obispos que se han creído santos porque tienen una gracia. Y, por su soberbia, no han sabido crecer en gracia, adquirir otra gracia, hasta llegar a la plenitud. Por eso, predican que ya no hay pecado, que todos nos salvamos, que sólo hay que hacer el bien a toda la humanidad para que así venga el Reino de Cristo en el mundo.

Esta es la predicación del Anticristo, propia de Él, y que muchos la siguen dentro de la Iglesia, olvidándose de discernir los Tiempos: «Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no sabéis discernir las señales de los Tiempos» (Mt 16, 3), porque es necesario, para ese discernimiento, vivir en Gracia, no perder la Gracia, buscar continuamente la Gracia.

Es la Gracia el camino de los hombres en la Iglesia. Ya no hay que mirar la historia de los hombres para ver cuál es el camino. No hay que ver el Paraíso que Adán perdió. No hay que buscarlo, porque el Señor ha dado el camino para el Cielo, para la Nueva Tierra y el Nuevo Cielo: «Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya» (Ap 21, 1). Sólo un signo se le da al hombre para que comprenda las señales de los Tiempos: «Esta generación mala y adúltera busca una señal, mas no se le dará sino la señal de Jonás» (Mt 16, 4).

Hasta que el mundo no sea transformado en otra cosa, no es posible vivir sin pecado. Esa es la señal. Y vemos que el mundo sigue igual, sigue en su pecado de origen. Por eso, los hombres siguen naciendo en pecado, como en Adán. Todavía no es posible poner en el mundo la Victoria de Cristo sobre el pecado. Esa victoria se puede poner en cada hombre en particular, pero no en toda la humanidad, no en la Creación. No existe la armonía de la Creación.

Por eso, han habido santos que han conseguido esta gracia: la de no pecar y, por tanto, sus vidas han sido sólo para Dios, no para los hombres. Y Dios los ha guiado en todo en un mundo que no le pertenece, aunque lo haya vencido en Su Hijo.

Dios va dando el camino de la salvación y de la santificación a los hombres. Los hombres no tienen que hacer nada por Dios, sólo dejarse guiar por Él. Es lo que muchos, en la Iglesia, no sabe hacer y, por eso, están en la Iglesia para salvar los cuerpos de los hombres, pero no sus almas. Y este es el gran error de muchos. Gravísimo error.

Ese error es un pecado que, en muchos, es contra el Espíritu Santo. Porque es el Espíritu el que lleva al hombre a la Plenitud de la Verdad. Sólo el Espíritu sabe el camino. El hombre no sabe dónde está toda la verdad. Y los sacerdotes y Obispos han pecado contra el Espíritu Santo creyéndose que conocen los destinos de la Iglesia y de las almas, que el hombre sólo tiene que trabajar en lo creado para así llegar a lo nuevo de la Gracia. Y no han comprendido que para vestirse de lo nuevo hay que desvestirse de lo viejo.

La Creación sigue maldita por el pecado de Adán, a pesar de que el Nuevo Adán, Jesucristo, ha bendecido la Nueva Creación. Pero es la Nueva, no la vieja, no la antigua. Y, por eso, hasta que no se dé el cambio, hasta que el hombre no esté «en el vientre del pez por tres días y tres noches» (Jon 2, 1), no puede comenzar el Reino Glorioso de Cristo en que la Iglesia ya no podrá ser destruida por los hombres.

Ahora, los hombres pueden destruir la Iglesia, porque los hombres pueden caer en el pecado y estar en la Iglesia haciendo su iglesia, que es lo más contrario a la Iglesia de Cristo. Eso lo estamos viendo desde que Jesús fundó Su Iglesia. En todos los tiempos de la Iglesia siempre han habido sacerdotes y Obispos que han intentado vivir en la Iglesia otras cosas, según su pecado y su vida mundana. Y, hoy como ayer, el hombre sigue siendo el mismo: un gran pecador, aunque se revista de sacerdote y de Obispo. Por eso, no es de extrañar lo que hace ese hereje sentado en la Silla de Pedro. No es de maravillarse, porque así somos todos los hombres: nos creemos santos porque ya tenemos algún conocimiento de Dios.

Y Francisco es sólo un gran pecador que no sabe mirar su pecado. Es como muchos hombres: vive su vida humana y llama a esa obra, vida justa, vida santa, vida de bondad. Y cree que Dios lo escucha porque es un buen hombre. Así son muchos en la Iglesia. Se han olvidado de purificar sus corazones. Han dejado de mirar sus pecados, sus miserias, porque no han sabido ser fieles a la Gracia que han recibido. Y, por eso, se creen santos sin serlo, siendo unos grandes demonios.

«Despertaos, borrachos (de humanidad), y llorad (vuestros pecados); gemid, bebedores de vino (de la maldad de los hombres), que os han quitado el vino de la boca. Ha invadido Mi tierra un pueblo fuerte (orgulloso, soberbio), innumerable (por sus pecados que no quita)… Ha devastado Mi Viña (Mi Iglesia)… La Viña está en confusión (perdidos en sus pecados)… Venid, pasad la noche cubiertos de saco (en penitencia), ministros de mi Dios… Promulgad ayuno… y clamad al Señor» (Joel 1, 5.6ª.7ª.12ª.13b.14c).

Ya está cerca: «Día de tinieblas y oscuridad; día de nublados y sombras… Delante de ellos va el fuego consumiendo y detrás la llama abrasa. Delante de ellos es la tierra un Paraíso de Edén, detrás queda convertida en desolado desierto; ante Él no hay escape» (Joel 2, 2.3).

Si el Señor no mete al hombre en el fuego que lo purifica todo y que lo renueva todo, es imposible salvarse, porque todo está contaminado por el pecado de los hombres. Y, ahora, cada hombre, en particular tiene que buscar su salvación. Dios salva a cada hombre; pero Dios no salva a todos los hombres en conjunto, porque ya la Gracia es para cada uno, no para todos.

Y si cada hombre consigue la confirmación en gracia, entonces habrá unión entre los hombres confirmados en Gracia. Nunca la unión entre los hombres se puede dar cuando hay un pecado en ellos. Nunca, porque el pecado rompe cualquier unión. Por eso, el ecumenismo es un imposible ahora, entre los hombres y en la Iglesia. Sólo se puede llegar a un sincretismo y eso es lo más contrario a la Verdad del Evangelio y de la Iglesia.

Monseñor Müller: sus herejías

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La Iglesia tiene en su seno a un Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que es un hereje: niega la Inmaculada Concepción, la Eucaristía, la Divinidad de Jesucristo, la Iglesia como Cuerpo de Cristo y pone la Teología de la liberación como único valor para estar en la Iglesia. Anula la doctrina de Cristo y pone su doctrina, que es la que sigue Francisco en todo y que le lleva a pedir dinero a todo el mundo, para metérselo en su bolsillo.

En Roma se está haciendo de la Iglesia una empresa más para ganar dinero. Ese es el lema que ha sacado el hereje Francisco: “Una sola familia humana, alimentos para todos”. Francisco denuncia el escándalo mundial del hambre y está ciego del escándalo que él y sus compinches en el gobierno dan a la Iglesia llenándola de sus herejías y de su mala voluntad en la Iglesia. No se escandaliza de la falta de fe que vive la Iglesia, porque no es capaz de ver sus malditos pecados. Y, por eso, no le interesa resolver los problemas de las almas, sino que sólo quiere pedir dinero a todo el mundo para metérselo en su cuenta corriente.

Francisco y los suyos están devastando la Iglesia con sus herejías. Y todo tan contentos por eso. Todos aplaudiendo a ese maldito. Se hacen malditos como él. He aquí sus herejías:

1. Contra la Virginidad de María Santísima.

Para Müller la virginidad no tiene nada que ver con las “características fisiológicas en el proceso natural del nacimiento de Jesús (como el no-abrirse de la cerviz, la incolumidad del himen o la ausencia de dolores), mas con el influjo salvador y redentor de la gracia de Cristo por la naturaleza humana” (Müller : “Dogmática católica: estudio y práctica de la teología”).

Pone Müller la Virginidad de María sólo en los espiritual: “influjo salvador y redentor de la gracia de Cristo”, pero niega la Virginidad física de la Virgen. Y, entonces, cae en la herejía más común de los hombres sin sabiduría divina. Porque quien niegue la virginidad física de la Virgen, también tiene que negar la virginidad espiritual de Ella.

La Virginidad espiritual de la Virgen no es un influjo salvador y redentor de la gracia, sino un don de Dios a la Virgen para ser Madre de Dios. Se es Virgen para Madre. No se puede ser Madre de Dios sin la Virginidad plena: física, espiritual, moral, humana, carnal, natural. Sólo puede creer en la Virginidad de María quien tiene fe. Por eso, muchos hombres, en la historia, se han burlado de esta virginidad y lo siguen haciendo por su falta de fe.

Es un dogma revelado que la Virgen es Virgen: “Lo concebido en Ella viene del Espíritu Santo” (Mt. 1, 20). Y quien piense que la Virgen perdió su virginidad porque tuvo relaciones sexuales, o porque la perdió por masturbarse (es decir, cometió un pecado mortal), o que, simplemente no tuvo relaciones pero la perdió por causas físicas, extrínsecas, naturales, involuntariamente, entonces cae en herejía múltiple.

Porque la fe en la Virginidad de María es “un nexo que reúne entre sí los misterios” (DS 3016); es decir, quien niegue la Virginidad de María, tiene que negar Su Maternidad Divina, la Inmaculada Concpeción, la Divinidad de Jesús, la Obra de la Redención y la Iglesia. Cae en muchas herejías al negar una. Y, por tanto, el Cardenal Muller tiene a María sólo como una mujer más en la Iglesia y a Jesús como un hombre más, que nació de la unión carnal entre María y José. Tiene a María como una pecadora más en la Iglesia. Y da a María sólo una reverencia en la Iglesia, no un culto divino.

Tamaña herejía, que pone al Cardenal Muller fuera de la Iglesia. La Iglesia está clara en cuanto a la Virgen María, pero que el que tiene la misión de guardar la fe en la Iglesia, Muller, vive en la oscuridad de su pecado y está en la Iglesia para destruir los dogmas de la Iglesia, que es lo que va a hacer ahora.

Quien lo siga, cae en herejía y se pone fuera de la Iglesia, como está él. La Iglesia de Jesús, la verdadera Iglesia, no necesita de hombres herejes como Muller. Sobra el conocimiento de Muller. Es herético y lleva a muchas almas al infierno.

“Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos Padres, propiamente y según verdad por madre de Dios a la santa y siempre Virgen María, como quiera que concibió en los últimos tiempos sin semen por obra del Espíritu Santo al mismo Dios Verbo propia y verdaderamente, que antes de todos los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le engendró, permaneciendo ella, aun después del parto, en su virginidad indisoluble, sea condenado [v. 218]” (Concilio de Letrán – Can. 3)

“[Quienes afirmaren] que la misma beatísima Virgen María no es verdadera madre de Dios, ni permaneció siempre en la integridad de la virginidad, a saber, antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto [sean condenados, rechazados, y anatematizados]” (De la Constitución de Paulo IV Cum quorundam, de 7 de agosto de 1555).

2. Contra el dogma de la transustanciación.

Muller escribe: “Cuerpo y sangre de Cristo no significan las partes físicas del hombre Jesús durante su vida o en su cuerpo glorificado (…)Cuerpo y sangre significan aquí por lo tanto una presencia de Cristo en la señal mediada del pan y del vino” (Muller: “La Misa, manantial de la vida cristiana”).

Müller de este modo explica la transustanciación: “La esencia del pan y del vino tiene que ser definida en un sentido antropológico. El carácter natural de estos dones [pan y vino] como frutos de la tierra y del trabajo del hombre, como productos naturales y culturales, consiste en la designación de la comida y del descanso de las personas y la comunidad humana en la señal de la comida común. El ser natural del pan y del vino es transformado por Dios en el sentido que este ser ahora demuestra y realiza la comunión salvadora”.

Muller niega la Presencia real de Jesús Vivo y Verdadero en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía: es sólo la transformación del pan y del vino: “El ser natural del pan y del vino es transformado por Dios”, no es un cambio de sustancia. No es que la sustancia del pan y del vino desparezcan y se ponga el Cuerpo y la Sangre de Cristo, junto con Su Alma y Su Divinidad. Es cambiar eso material en algo divino, bendecido por Dios, pero permaneciendo la cosa material, el pan y el vino.

“Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transustanciación, sea anatema [cf. 877]”.(Concilio de Trento -Can. 2.). Anatema a Muller.

Muller, al negar este dogma, niega el sacerdocio y niega la Obra Redentora de Cristo. Por tanto, al perder la fe en la Eucaristía, él no consagra en las misas que celebra, él anula sus sacerdocio en la Iglesia, él no participa de la Jerarquía de la Iglesia y él se opone a toda la Iglesia. Porque la columna de la Iglesia es la Eucaristía. Quien la niegue, tiene que negar la Iglesia como Obra de Cristo. Muller hace su teatro en la Iglesia como Francisco. Tremenda cabeza de herejía la que está en Roma.

3. Los Protestantes como parte de la Iglesia

Müller afirmó: “El Bautismo es el carácter fundamental que nos une sacramentalmente en Cristo delante del mundo en una sola Iglesia visible. Nosotros como cristianos, católicos y protestantes, estamos pues ya unidos en lo que llamamos la Iglesia visible. En un sentido estrecho existen pues no muchas Iglesias, es decir, uno junto a la otra, pero existen divisiones y grietas dentro de un único pueblo y de una única casa de Dios.” (Muller: discurso en honor del obispo luterano Johannes Friedrich, el 11 de octubre de 2011).

Estas palabras de Muller se rebaten con aquellas del Papa PÍO XI: “Un error capital del movimiento ecuménico en la pretendida unión de iglesias cristianas” (Encíclica “MORTALIUM ANIMOS”, n. 9 – 6 de enero de 1928)

Muller habla de la Iglesia visible, que es formada por todos los Bautizados: “El Bautismo es el carácter fundamental que nos une sacramentalmente en Cristo delante del mundo en una sola Iglesia visible”. Cae en el error más común en el mundo moderno. Poner la Iglesia en el mundo, cuando es claro que la Iglesia no pertenece al mundo: “Mi reino no es de este mundo”.

El Reino de Dios, la Iglesia, es un Reino espiritual y, por tanto, son miembros de ese Reino los que tienen el Espíritu de Cristo, no sólo el Espíritu de Hijo de Dios, de filiación divina, que da el Bautismo. La Iglesia es de Cristo, no de los hijos de Dios. Hay muchos hijos de Dios, almas que están bautizadas en sus referentes iglesias, pero que no creen en Cristo o creen a su manera, con sus herejías, como son los Protestantes.

El Bautismo es la Puerta de la Iglesia, pero no lleva a vivir lo que es la Iglesia. Porque en la Iglesia hay que aceptar otras verdades para poder ser Iglesia, y así salvarse y santificarse.

Por tanto, la Iglesia visible es aquella que cree en Cristo, no es la unión de todos los que están bautizados.

Los que ponen la Iglesia visible en el Bautismo están fundados “en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no solo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios” (Encíclica “MORTALIUM ANIMOS”, n. 3 – 6 de enero de 1928).

Además, Muler cae en la herejía más nefasta de todas, la que hace de todos una sola cosa: “En un sentido estrecho existen pues no muchas Iglesias, es decir, uno junto a la otra, pero existen divisiones y grietas dentro de un único pueblo y de una única casa de Dios”.

Todos unidos sin quitar los errores. Uno junto al otro. Todos tienen la verdad. Todos tienen sus verdades. Todos comparten sus verdades y así se hace una unión falsa, descentralizada de la verdad. Esto es caer en la herejía del monismo: todos somos uno, pero junto al otro, sin jerarquía, sin dependencia de uno a otro, sin obediencia. Y esto lleva al sincretismo religioso: una unión de muchos siguiendo un culto amorfo, donde entra de todo.

Pero, además, Muller habla de la diferencias entre las Iglesias, las divisiones de la Iglesia, diciendo que la Iglesia está de suyo dividida en partes, es decir, un conjunto de comunidades, distintas, separadas, que coinciden en algunos puntos de doctrina, pero que discrepan en otros. Y, entonces, como la Iglesia está partida en su origen, en su naturaleza, todo consiste en buscar un cierto consenso entre todos los hombres, una norma común de fe que englobe los pensamientos de todos y, de esa manera, se produce la unión entre las partes.

En este pensamiento herético se va contra el dogma del Papado. La unión entre los hombres se da cuando se obedezca a Pedro. No hay otra manera de unir lo diverso: sólo en la obediencia a una cabeza, la que ha puesto Jesús en Su Iglesia: Su Vicario.

Como los hombres no quieren obedecer a Pedro, entonces se inventan su ecumenismo, su falso amor a los hombres y su falsa iglesia, que está partida. La Iglesia de Jesús no tiene partes, no está dividida en muchas, porque la Verdad es una sola.

Todo el problema de ser uno sólo está en la Obediencia a Pedro. No se quieren quitar las diferentes doctrinas que cada uno sigue porque no se quiere someterse a la Verdad de la Iglesia que da sólo Pedro en Ella. No quieren “abandonar sus opiniones que constituyen aun la causa por qué continúan errando y vagando fuera del único redil de Cristo” (Encíclica “MORTALIUM ANIMOS”, n. 9 – 6 de enero de 1928).

Muller es nefasto en su herejía sobre la unión entre todas las Iglesias. Y ahí está en Roma para dinamitar toda la Iglesia, sacando las verdades de la Iglesia con sus razonamiento inicuos.

Evangelii gaudium: panfleto comunista

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Para hablar de la doctrina social de la Iglesia, es necesario diferenciar dos cosas:

1. El Estado y la Iglesia son sociedades perfectas, incompatibles entre sí y con fines distintos. El Estado tiene un fin humano en todo; la Iglesia, un fin divino.

2. Estado e Iglesia se unen sólo para hacer que las personas puedan vivir con estos dos fines, pero regido en todo por la ley divina y la ley natural.

Por tanto, le compete a la Iglesia dar normas, una moral, una ética para que las personas, en el Estado, puedan seguir su fin divino, propia de su pertenencia a la Iglesia. Los que son de la Iglesia y tiene que estar en el mundo, en un gobierno, en una economía, en una cultura, necesitan de normas derivadas de la ley divina y de la ley natural, para no ser del mundo, para no revestirse del espíritu del mundo.

Por tanto, no compete a la Iglesia decir qué gobierno o qué clase social, o qué economía tiene que regir en un Estado. Porque el Estado, en su perfección como sociedad humana, no es perfecta como sociedad espiritual y, por tanto, no posee toda la Verdad, que sólo la Iglesia posee, al ser una sociedad perfecta en el ámbito humano y espiritual.

Si la Iglesia se decanta por un gobierno o por otro, o por una economía o por otra, siempre yerra, porque no hay gobierno verdadero ni economía verdadera en el Estado. Siempre habrá errores, divisiones, mentiras, etc. La Iglesia solamente pone las normas y las leyes para que las almas puedan moverse en esos gobiernos o en esas economías sin pecar. Y, por tanto, sepan elegir, en cada tiempo de la vida, aquel gobierno o aquella economía que no haga perder el fin divino en sus vidas.

Y tenemos en este documento lo más contrario a unas normas morales y éticas en cuanto a la doctrina social de la Iglesia.

Es sólo un panfleto comunista, que se decanta en todo por el comunismo.

Este documento se supone que es para evangelizar a las almas, para darles la verdad en sus vidas. Y se muestra todo lo contrario a esa evangelización.

“tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata” (n. 53): esto es claramente comunista. Francisco no quiere una economía que suponga una distinción de clases, de ricos y pobres, de personas de clase social alta y baja. Francisco quiere que todos sean iguales en los medios de producción y, por tanto, de riqueza y de status social. Y esto no es la doctrina social de la Iglesia.

“No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.” (n. 53): esto es puro comunismo. No otra cosa. Esto es utopía pretender que no haya ancianos que mueran de frío, que no haya gente que tire la comida, que no haya personas que tengan más dinero y más poder que otras. Es una utopía que todas las personas del mundo tengan trabajo, tengan una vida digna, tengan una salida.

Si no se contempla el pecado original, que es la razón de la desigualdad social, entonces Francisco cae en el error más grave de todos: luchar por una ilusión, por una utopía en la Iglesia y en el mundo.

Por eso, su obsesión por el dinero que marca su obsesión por los pobres. Obsesión por el dinero que viene de su condición marxista-comunista.

“Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar… Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”: pero esto es por el pecado de avaricia de los hombres, no por la economía, ni por la política. Porque los hombres pecan, y quieren el dinero y el poder, entonces usan y tiran a los hombres. Y si la Iglesia no pone una moralidad y una ética a los gobiernos y a las personas de negocios, entonces siempre se va a tener lo mismo. Porque, desde el pecado de Adán y Eva, los hombres explotan continuamente, de muchas maneras, a los hombres. Hoy se hace a través del poder y del dinero. En otra épocas, con otras formas, pero es siempre por lo mismo: por el pecado de avaricia y de orgullo entre los hombres.

“Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (n. 54): Y ¿qué espera Francisco cuando no existe el amor en el mundo? Quien no ama no se ocupa de nadie, sino que excluye a todo el mundo. La solución no está en criticar lo que se hace en el mundo, sino en poner un camino moral y ético para quitar este pecado. Y, como él no lo pone, entonces se esfuerza por dar a entender que hay que compadecerse de los demás porque son hombres, que hay que cuidar a los demás porque son hombres, que hay que interesarse por los demás porque son hombres. Siempre cae en el mismo error, en su error: el humanismo. Nunca pone en alto al amor de Dios, sino el amor a los hombres.

Por eso cae en este error: “La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano!” (n. 55). La crisis financiera que atravesamos es por el pecado, no porque se niegue la dignidad del ser humano. Quien peca no respeta a ningún hombre. Quien ama respeta al hombre y le da un camino para la verdad en su vida. Pero lo primero en la vida no es la dignidad del hombre, sino el amor que Dios tiene al hombre, y que éste debe responda con el mismo amor a Dios. Y si el hombre vive su pecado, el mismo hombre se degenera en su dignidad personal. El hombre no es digno porque sea hombre, porque viva una vida humana digna, sino porque vive dependiendo de Dios, sujeto a Dios, obedeciendo la ley divina y la ley natural en su ser de hombre.

“Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común” (n. 56): esto huele a comunismo puro. Así hablan los comunistas: el bien común, no a la especulación financiera, no al control de los mercados, de los dineros, no al crecimiento de beneficios. Francisco no pone una solución real a este problema, sino que da una utopía al mundo y a la Iglesia.

“¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (n. 58): Y ¿cuál es esa ética en favor del ser humano? ¿No tirar la comida? ¿Cuidar a todos los ancianos del mundo? ¿Qué los ricos se hagan pobres para que no haya fuertes, poderosos entre los hombres? ¿Dar trabajo a todo el mundo? Francisco no dice ninguna norma ni moral ni ética que tenga que ser puesta por los gobiernos y los economistas del mundo y, mucho menos, para las almas que son de la Iglesia y que tiene que estar en esos gobiernos del mundo sin perder el alma. Francisco plantea una utopía y lo deja todo sin resolver. Son sólo ganas de hablar por su obsesión por el dinero.

“hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”(n. 59): sólo una clase social: los pobres. Si no se llega a esto, entonces siempre habrá violencia entre los hombres. No dice qué cosa hay que hacer para quitar la violencia, las guerras, las opresiones.

“Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad” (n. 59): como se han olvidado de los pobres, ningún gobierno sirve. Sólo aquel que recoja a los pobres, que atienda a los pobres. Marxismo puro. Sólo le interesa resaltar su comunismo, no quiere dar solución a los problemas de las naciones.

Y ¿qué jefe de gobierno en el mundo va a seguir a Francisco en este dictado comunista que propone? Nadie. Porque en el mundo ya se sabe a qué conduce el comunismo. Y el comunismo ha sido y siempre lo será un fracaso para todos los pueblos del mundo, porque no quiere normas divinas ni naturales para regir a los hombres. Sólo le interesa el bienestar social de nadie, porque sólo unos pocos tienen el poder y el dinero en los países comunistas.

“Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas” (n. 59): pone el mal en las clases sociales injustas, no pone el mal en el pecado de cada hombre. Para Francisco sólo se da un pecado social: una clase alta, con dinero, con poder, que excluye, que destroza, que aniquila a la clase pobre, sin dinero, sin poder, que es un desecho para la sociedad. Es la lucha de clases, la lucha por el poder, la lucha por el dinero, que eso es lo que vive Francisco en la Iglesia: por un dinero y por poder que eleve su humanidad a la gloria.

Consecuencia: tenemos ante nosotros el legado de un comunista a la Iglesia. No es el legado de un jefe de la Iglesia que se preocupa por la vida espiritual de las almas en la Iglesia. Sino que sólo quiere hacer de la Iglesia la apertura del bien de los hombres a poderes que son totalmente contrarios a la vida del Espíritu en la Iglesia.

Con Francisco se inicia la destrucción de la Iglesia, quitando la Jerarquía, que es la clase alta de la Iglesia que oprime a la clase baja. los fieles. Y los fieles, para él, es todo el mundo pobre, sin Dios, sin trabajo, sin un lugar entre los hombres.

Quien siga a Francisco es claro lo que le espera: vivir en el mundo siendo del mundo para condenarse en el mundo.

Evangelii gaudium: la herética doctrina social

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“quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero” (n. 221).

Lo que tenemos en este documento es sólo la teología de la liberación centrada en los pobres. Y, por tanto, una teología herética y marcada como signo de destrucción en la Iglesia.

Se observa en toda ella un odio a la Iglesia, por querer centrarse sólo en los pobres. Todo está pensado para los pobres y todas las citas, ya sean del Evangelio, ya sean de los Santos, ya del Magisterio de la Iglesia, son usadas y, por tanto, cortadas, manipuladas, para enfocarse sólo en el tema de los pobres.

Nace así un documento que fustiga a toda la Iglesia para quedarse con un sector de la Iglesia que, para Francisco, está marginado por la propia Iglesia.
Para hacer la teología de los pobres, Francisco tiene que ponerse en la historia, en la visión histórica del hombre, de la Iglesia, de Cristo, de los Apóstoles, del Evangelio, del Pueblo de Dios, etc. Y todo se mira, todo se mide desde esa visión histórica. Nada se mide desde la visión sobrenatural, visión divina y espiritual.

Por tanto, para comprender las gravísimas herejías contenidas en este documento, para verlas como herejías, no hay que estudiarlo como teología ni como filosofía, sino como historia.

Es la visión histórica de un hombre sobre la Iglesia. Es la memoria de un hombre sobre la Iglesia. No es la enseñanza espiritual de la Iglesia, ni de Cristo, ni de nada.

Es sólo llevar a la Iglesia a verla desde el punto de vista histórico, que es el trazo humano de la Iglesia, es lo social, es lo material, es lo del mundo, la profanidad en la Iglesia.

Por eso, Francisco cae en muchos errores y tiene muchos discursos que son incomprensibles, porque quiere medirlo todo desde el tiempo sin el espacio, desde la unidad en la diversidad, desde la obra sin ideas, desde el bien común sin el bien privado.

1. Para él, tiempo y espacio explican toda la obra social en la Iglesia.

El tiempo, para él, es algo que está por encima del espacio.

El tiempo que se da a las obras en la Iglesia es superior al espacio que ocupa la Iglesia. Es decir, que en la Iglesia hay que salir a dar dinero a los pobres. La Iglesia no puede quedarse en su espacio, en su cómodo espacio de doctrina, de normas, de liturgia, de sacramentos, de dogmas, etc.

“Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación” (n. 223).

Con esta visión hace que la Revelación quede anulada con las obras del tiempo.

Una cosa es la Palabra de Dios, que se revela. Otra es la Obra de la Palabra.

Dios da la Palabra al hombre, pero no la Obra de la Palabra. Dios siembra en el corazón del que cree Su Palabra, pero le hace esperar, sin obrar nada, hasta que Dios no le muestra cómo obrar esa Palabra.

Francisco rompe la Revelación, la acción de Dios en las almas.

La Palabra se da en el tiempo y en el espacio. Se da en el alma en un tiempo, pero la hace esperar un espacio, que es también un tiempo. Y en ese espacio, no se obra nada por parte del hombre. Pero Francisco dice que el tiempo es superior al espacio y, por tanto, hay que obrar en la Iglesia. Por supuesto, las obras humanas, no las obras divinas. No hay que esperar a Dios. Hay que tener prisas por salir a la calle para obtener dinero y dárselo a los pobres.

Francisco no espera a obrar, porque el tiempo es superior al espacio. Hay que obrar las obras sin discernir nada más, sin esperar de Dios la forma de obrar su Palabra, el camino para la obra. Se obra porque los hombres tienen necesidad de algo en la vida, no se puede esperar. Los pobres no pueden esperar a la Voluntad de Dios, tienen que comer, que trabajar, que vivir dignamente. Y, entonces, cae en la herejía de poner a los pobres por encima de todo. Primero ayudar a los pobres, después la oración, la penitencia y los Sacramentos en la Iglesia. Después las verdades en la Iglesia. No importa ayudar a los pobres aunque se peque en ello.

Pero esta concepción del tiempo y del espacio es para otra cosa.

2. Es para buscar la unidad en el conflicto, en la diversidad de opiniones, de intereses personales, de dudas, de temores, de inquietudes, etc.

Y, por eso, la unidad para él consiste: en unir conflictos. Coger los conflictos de todo el mundo y llevarlos a la práctica.

“La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna” (n. 228).

Todos los conflictos entre los hombres, todo lo que es opuesto en los hombres, todas las tensiones, todas las diferencias se quitan en una unidad pluriforme. Está diciendo una gran herejía.

No existe la unidad pluriforme, no se da la unidad de muchos, de muchas formas, de muchos individuos. Porque cada cosa es singular. Y la unidad es singular. Es una. No es el conjunto de muchos. La unidad de muchos hombres no se realiza sumando las mentes, ni las voluntades, ni las obras de los hombres. No se hace unidad porque se aúnan las obras, porque se cojan todas las obras y se muestren al mundo.

Se hace unidad porque muchos hombres obran la misma obra, piensan la misma idea, quieren el mismo deseo. Y esta unidad sólo es posible hacerla en el Espíritu. Es totalmente imposible hacerla humana, material, carnalmente.

Francisco rompe el Espíritu de la Iglesia, Espiritu que une a muchos en un solo Señor, en una sola Fe, al poner su unidad pluriforme: la unión de muchos hombres con sus muchas obras en la Iglesia. Y no importa qué tipo de obras sean las que se hacen. Hay que hacerlas porque los pobres lo quieren, lo necesitan.

Para que todos sea uno en Cristo, todos tienen que pensar lo mismo, obrar lo mismo, querer lo mismo. No puede haber un pensamiento discordante, una obra que sobresalga, una vida distinta a la otra. Esta unidad no puede darse en la Iglesia militante, mientras exista el pecado y las consecuencias del pecado. Es imposible, por la soberbia y el orgullo de los hombres.

Y esta es la experiencia de 20 siglos de Iglesia que, por más que se ha dado la Fe, la Verdad, muchos no tienen ni fe, ni han seguido la verdad en la Iglesia, a pesar de tener un bautismo, de estar consagrado, etc. Y no es posible esta unidad por el pecado de cada hombre.

Francisco postula un imposible para hacer su doctrina social en la Iglesia. No sabe lo que está diciendo con esta unidad pluriforme.

3. Y esta unidad pluriforme es para obrar sin las ideas. Porque son las ideas las que obstaculizan las obras, que los pobres necesitan urgente. Son las leyes de la Iglesia, las normas litúrgicas en la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, lo que impide la obra hacia los pobres.

“La idea –las elaboraciones conceptuales– está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa” (n. 232)

Francisco busca una idea para una obra, pero no busca una idea verdadera, una idea eterna, que permanezca, que sea siempre la misma, porque sólo se centra en la obra concreta hacia los pobres. No le interesa elaborar una doctrina de verdades, lo que le interesa es obrar, tener un razonamiento práctico que obre sin más, sin estar atentos a la idea, sin perderse en ideas, en razones, en filosofías.

Para él hay muchas ideas desconectadas de la realidad actual del hombre. Y, por eso, no existe el infierno, porque eso no da de comer a los pobres. No existen los dogmas porque impiden buscar al pobre ya que se le juzga en su vida.

Francisco quiere construir un sistema filosófico que sea objetivo, no ideal. Que la idea lleve al acto de forma inmediata. Esta herejía se llama: culto al propio pensamiento. Es poner la razón práctica como norma de la vida. Esto es seguir a Kant, a Hegel en sus doctrinas heréticas en la Iglesia.

Francisco se hace dios en este documento. Su pensamiento está en todo este documento. No es el Pensamiento Divino lo que se da aquí. Es la forma de pensar de un hombre que se da culto a sí mismo en su pensamiento. Por eso, Francisco quiere ser maestro de todo el mundo: de los políticos, de los economistas, de los jefes de gobierno, de toda la Jerarquía de la Iglesia. Habla como maestro sin saber nada de lo que está diciendo. Quiere aparentar que lo sabe todo y que puede conducirlo todo si la gente sigue estas grandiosos postulados para hacer la vida social de la Iglesia.

4. Y, entonces, tiene que caer en lo propio del comunismo: el bien común sin el bien privado.

“El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos….es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos” (n.235- 236).

Para tener una idea práctica, que obre sin más, entonces no puede existir el bien privado de nadie en la Iglesia. Todo en la Iglesia es un bien común, un bien para todo el mundo.

Y, por eso, no se da la gracia santificante, porque esa gracia es un bien sólo para la persona.

Se dan los carismas, que son bienes para toda la Iglesia. Pero no se dan todos los carismas, sino sólo aquellos que den de comer a los pobres, porque hay que llegar a esta idea práctica, operante: en la Iglesia lo primero dar de comer a los pobres.

Es una idea que hay que practicarla con todas las consecuencias. Caiga lo que caiga.

Hay que quitar dogmas, no hay que predicar la salvación ni la santificación, sino que todo sirve para mirar a los pobres y para que los pobres nos enseñen la vida real.

Para incorporar a todos en la Iglesia hay que buscar ese bien común que produce esa unidad pluriforme: los pobres.

Como se ve, los postulados en los que se basa la doctrina social de Francisco en la Iglesia son una completa herejía, nacida sólo de su pensamiento humano, que se cree dios en la Iglesia.

Enseña una filosofía que ya la Iglesia ha combatido desde siempre: la de Kant y la del marxismo.

Y en esa doble filosofía cae en dos herejías principales: la gnóstica, es decir, al de creerse que llegando a una idea máxima, cumbre, todo de soluciona en la Iglesia. Y esa idea cumbre combate le fe en la Palabra y la fe en la Iglesia. Ya no hay dogmas, ni verdades, ni nada eterno en la Iglesia.

Y la segunda herejía: su inmanentismo religioso. Es decir, todo lo contempla desde su sentimiento religioso, desde su afecto religioso, desde su orgullo religioso, porque pone la obra en la Iglesia sólo en el sentimiento de la obra sin apoyarse en la verdad.

Muy grave es este documento para la Iglesia, Con él inicia la destrucción de toda la Iglesia.

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