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La maldición divina

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«…salieron de la ciudad unos muchachos y se burlaban de él, diciéndole: “¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!”. Volvióse él a mirarlos y los maldijo en el nombre del Señor, y saliendo del bosque dos osos, destrozaron a cuarenta y dos de los muchachos» (2 Re 2, 23.24).

Muchos no tienen vida espiritual y no saben discernir entre el pecado de maldición y la maldición.

El pecado de maldición es un pecado grave, que va en contra de la justicia y de la caridad.

Este pecado consiste en invocar un mal contra alguien. Querer un mal a otro es ir en contra de la caridad. Ese mal que se quiere no está dentro de la Justicia de Dios. Es un mal que es un pecado, que va en contra de una ley de Dios.

«El que maldijese a su padre y a su madre, sea muerto» (Lv 20, 9).

El hijo que quiere un mal, un pecado, a sus padres, se opone a la ley natural: todo hijo debe amar naturalmente a sus papás. No puede ordenar un pecado en contra de ellos. Este es el sentido de la Palabra de Dios.

No se puede desear al otro un pecado, pero sí una Justicia de Dios.

Son dos cosas diferentes.

El profeta Eliseo maldijo a los muchachos: no obra el pecado de maldición, sino que obra una maldición divina. Los maldice en el nombre de Dios. Dios quiere castigar a esos muchachos a través de la palabra de su profeta.

El profeta, inspirado por Dios, dice esa maldición y se cumple: salen del bosque y son destrozados los muchachos.

El hijo no puede querer un pecado contra sus padres, pero sí puede querer una justicia divina contra ellos.

Un esposo infiel, que se va con otras mujeres, casado con el Sacramento del Matrimonio, puede recibir de su esposa una justicia divina por su pecado de infidelidad. Para eso es la gracia del Matrimonio: para dar un amor divino o una justicia divina al cónyuge.

Hay que saber discernir entre el pecado de maldición y la maldición que viene de Dios por Su Justicia.

Muchos confunden esto y quieren tratar a todos con bonitas palabras.

Todos los profetas del Antiguo Testamento maldijeron en nombre de Dios. Y todos los profetas de Dios maldicen.

La maldición divina es la que produce o causa un daño a la criatura sobre la cual recae. Y es propia de Dios. La usó el mismo Cristo, cuando maldice a la higuera, que se seca al instante. La usa Cristo en el juicio final, cuando maldice a los de su izquierda, que son arrojados al fuego eterno en ese momento.

Los Santos maldicen a los demonios:

«Son, dice, tantas veces las que estos malditos me atormentan, y tan poco el miedo que yo ya los he, con ver que no se pueden menear si el Señor no les da licencia… Sepan que a cada vez que se nos da poco de ellos, quedan con menos fuerza y el alma muy más señora… Porque son nada sus fuerzas si no ven almas rendidas a ellos y cobardes, que aquí muestran ellos su poder» (Sta. Teresa – Vida nn.10 y 11).

Todo exorcista maldice al demonio.

Cuando un profeta maldice a una persona está revelando la obstinación del alma de esa persona. Y, por lo tanto, le está diciendo el castigo que viene de Dios por esa obstinación.

Dios maldice a la higuera: en ella se ve la obstinación del pueblo judío. Y la higuera se seca: el pueblo judío queda sin el alimento del amor de Dios.

Cuando se maldice a otro, por mandato de Dios, se está descubriendo que esa persona vive en su pecado, obra su pecado, lo muestra a todo el mundo y no quiere quitarlo. Obra como un demonio. Los demonios son malditos, porque carecen del amor divino. No pueden amar, no pueden ver a Dios, no pueden aceptar la Voluntad de Dios.

Una persona pública que constantemente está mostrando su pecado a los demás como un bien, como un valor, como una obra que hay que realizar, es una persona maldita para Dios: obstinada en el mal.

Hay mucha gente así en el mundo.

Si los hombres tuvieran una vida espiritual, entonces, sin ningún problema podrían maldecir a esas personas en el nombre de Dios.

Pero la gente carece de vida espiritual y cree que tratando a los demás con cariñitos, con besos, con abrazos, están obrando en la Voluntad de Dios.

La Gracia, que es la Vida Divina, es para obrar o un amor de Dios o una justicia de Dios. Dios es Amor y Dios es Justicia. Estas dos cosas, mucha gente, no las entiende.

Si Dios maldice, también puede maldecir todo hijo de Dios. Pero, para eso, hay que tener vida espiritual, para no caer en el pecado de maldición.

En este blog se ha maldecido a Bergoglio muchas veces. Y pocos lo han entendido. No saben discernir entre pecado de maldición y maldición divina. Quieren tratar a Bergoglio con un cariñito, con una palabra, un lenguaje sentimental, afectivo, pero no con la verdad.

Un hombre público, que se pasa las 24 horas del día mostrando su pecado, hablando a las almas para engañarlas, obrando el pecado sin rubor; que además es Obispo y le han puesto como jefe de una iglesia que no existe, que la están levantando a base de socavar los cimientos de la verdadera Iglesia, no puede ser llamado bendito. Hay que llamarle maldito. Y eso es una Justicia Divina, no el pecado de maldición.

Llamando maldito a Bergoglio se está revelando lo que hay en el alma de ese hombre: se está poniendo en claro, a la luz de todos. Se cogen sus homilías, sus escritos, y se les desmenuzan para que vean la maldición de su palabra. Y muchos no captan esto, porque les asusta la palabra maldición.

Quieren un lenguaje en que se trate de forma respetuosa la mente de ese hombre.

No se puede respetar la mente de un hombre que no es capaz de decir una verdad. Cuando la dice, inmediatamente, pone su mentira al lado. No hay respeto al lenguaje de la mentira. No hay respeto a la mente que habla ese lenguaje de la mentira. No hay respeto a la persona que obliga a su mente a decir una mentira en su palabra, en su lenguaje.

Tampoco hay respeto a esa persona por el cargo que representa: no es Papa. No tiene el oficio de juez universal. Por lo tanto, se le puede juzgar tranquilamente.

Bergoglio ejerce un cargo político, de acuerdo a su gobierno horizontal. Y todo político puede ser juzgado por la Iglesia (por sus miembros) y por la autoridad de la Iglesia (por su Jerarquía).

¡Qué pocos tienen vida espiritual en la Iglesia!

La Iglesia está totalmente dividida. Todos andan en el juego del lenguaje humano. Pero a nadie le interesa la verdad. Ya nadie sabe lo que es la Verdad.

Por eso, este blog ni es para los progresistas, ni es para los tradicionalistas, ni es para los lefebvrianos, ni es para los católicos tibios, ni es para nadie que no tenga vida espiritual.

Aquí se trata la situación de la Iglesia desde un punto de vista espiritual, que es lo que nadie hace en la Iglesia. Se ve la Iglesia desde muchos puntos de vista, pero nadie da el Espíritu de la Iglesia. Nadie llama al pan, pan; y al vino, vino. Todos están en sus ensaladas. Y comen de eso. Y no son capaces de ver a los hombres en sus almas, no en sus mentes.

«¡Maldito el día en que nací! ¡El día en que mi madre me parió no sea bendito! Maldito el hombre que alegre anunció a mi padre: “Un niño, tienes un hijo varón”, llenándole de gozo. Sea ese hombre como las ciudades que destruye el Señor sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos y al mediodía alaridos» (Jer 20, 14).

Estas palabras del profeta nadie las comprende.

El profeta está maldiciendo, en nombre de Dios, el día en que nació. Maldice al hombre que anunció ese nacimiento. Maldice su nacimiento, su propia vida humana.

Y Jeremías no está pecando en esta maldición.

En estas maldiciones está el alma del profeta, no su mente, no sus obras. Su alma ha contemplado su miseria, su pecado, sus manchas. Y las ve como Dios las ve, con claridad. Y, por eso, maldice el día en que nace: contempla su alma en el pecado original. Se contempla como un condenado, como un demonio.

Su madre ha traído al mundo un demonio: eso es maldito. No es una bendición nacer en este mundo. Para ningún hombre lo es. Pero son pocos los hombres que caen en la cuenta de lo que es su nacimiento. Se nace como un auténtico maldito a los ojos de Dios. Se nace en la Justicia Divina, para un castigo de Dios, para una sentencia de Dios. Y, por eso, el hombre que anuncia con gozo esa maldición, es también maldito: no sabe lo que anuncia.

Cuando se dice que Bergoglio es un maldito se está diciendo que su alma vive constantemente en su pecado, en la obra de su pecado. Quien maldice de esta manera, no está pecando. Está diciendo la verdad. Pero son pocos los hombres que entienden el lenguaje del alma.

La vida espiritual es el lenguaje del alma. La vida humana es el lenguaje de la mente.

Si piensas como hombre, como ser racional, vives de esa manera. Y hablas a la mente del hombre, con su lenguaje, usando sus ideas racionales.

Pero si piensas como hijo de Dios, como un ser espiritual, entonces dices misterios en tu lenguaje humano: estás dando tu alma al otro. Estás diciendo lo que hay en tu alma; no en tu mente.

Y quien lea a Bergoglio con su alma, lo tiene que maldecir. Su alma encuentra una gran maldad, que la rechaza al instante, que la maldice.

La Sagrada Escritura es para el alma, no es para la mente del hombre.

Muchos no saben leer la Palabra de Dios: quieren investigarla con sus mentes.

La Palabra de Dios es Espíritu, es para el espíritu, es un ser espiritual.

La Palabra de Dios viene de la Mente de Dios. Y esa Mente es Espíritu. La Mente de Dios no es racional, como lo es la del hombre. Dios no piensa como piensa el hombre. Luego, no puedes leer la Palabra de Dios con tu mente humana. Tienes que leerla con la Mente de Dios.

Y tú tienes la Mente de Dios: «nosotros tenemos la Mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).

Si comulgas, recibes a Cristo: tienes Su Mente y Su Voluntad.

El que no comulga no posee la Mente de Cristo. El Bautizado que no recibe la Eucaristía no posee la Mente de Cristo. Sólo tiene el Espíritu de Dios. El sacerdote, no sólo posee la Mente de Cristo, sino Su Poder. Y el Obispo tiene toda la plenitud de lo que es Cristo.

Muchos comulgan y, después, piensan como los hombres, no como Cristo. ¿Para qué comulgáis?

Muchos leen la Palabra de Dios con su mente humana, no con la de Cristo. ¿Para qué la leéis?

Lo que Dios da siempre al alma es un alimento espiritual: para su vida espiritual. No para su vida racional o humana.

Dios te habla al corazón, no a la mente. El demonio te habla a la mente siempre. El demonio quiere entender lo que piensas. Por eso, te pone cantidad de pensamientos, que parecen tuyos, pero son de él. Y así va guiando a los hombres, en sus pensamientos. Así va formando sus obsesiones y posesiones en la mente de las personas.

Lo que más se ve en el mundo, y en la Iglesia, es la posesión de la mente del hombre por el demonio. Por eso, muchos acuden a los psiquiatras. El demonio los vuelve locos. No tienen ninguna locura, pero el demonio se la pone: son locuras puestas por el demonio. Son enfermedades, reales, pero que tienen su origen en lo espiritual. No se quitan con pastillas, sino con la conversión de la persona y con muchos exorcismos.

Dios te habla al corazón. Y su Palabra es Amor. No son ideas, no son razones, no son filosofías, no son lenguajes bellos.

Cuando Dios te habla, te da un amor. Ama tu corazón. Es un amor que el hombre ni lo siente ni lo puede explicar. Es totalmente en el espíritu, obrado por el Espíritu. No es un sentimiento humano, no es un consuelo humano, no tiene nada que ver con lo que el hombre entiende por amor.

Cuando Dios te ama, ama tu corazón: lo penetra, se instala en él y lo mueve a Su Voluntad.

El alma, amada por Dios, no tiene que hacer nada: sólo seguir la inspiración divina, la moción divina en el corazón.

Esto no se comprende sin vida espiritual.

Si Dios te ha puesto en Su Iglesia, Dios te ama y te da a conocer, de manera espiritual, todo lo que pasa en la Iglesia.

La razón de por qué muchos todavía no se han enterado de lo que es Bergoglio, es sólo porque no tienen vida espiritual. No saben lo que es eso. Ven la Iglesia desde lo humano, desde lo histórico, desde las estructuras exteriores. Pero no ven almas en la Iglesia. No captan las almas en la Iglesia. Sólo captan las mentes de los hombres, sus obras, sus vidas.

Por eso, adoran a Bergoglio. Por eso, lo llaman como Papa. Por eso, les molesta que se diga que Bergoglio es un maldito. No lo entienden. No lo pueden comprender.

La misión de este blog es señalar el camino espiritual de la Iglesia. La Iglesia camina hacia lo remanente. Va hacia una Iglesia que permanece en la sola Verdad.

No es la Iglesia ni de los progresistas, ni de los tradicionalistas, ni de los moderados o centristas, ni de nadie que mira a la Iglesia con su mente humana.

Aquí no nos casamos con nadie. Aquí no damos besitos a nadie. Aquí damos la Verdad que nadie quiere escuchar y que nadie va a decir. Y sabemos que estamos solos. Y no nos importa. A nadie debemos nada. Cuando el Señor diga, se cierra la obra que Él comenzó. Y nos iremos sin decir adiós, porque la vida eclesial va a ser en la oscuridad, en la persecución. Y ya no será conveniente hablar públicamente cosas que hay que decirlas en secreto.

Los tiempos son muy oscuros. Y si no tienen la guía del Espíritu, si sólo tienen la guía de sus inteligencias humanas, se van a perder. Tienen que saber moverse en la oscuridad. Porque todo es un infierno. La Iglesia ya no da la Verdad y ya no lleva a la Verdad. Han puesto a un maldito: que guía en la mentira y que arrastra a todos hacia la mentira.

Y si la palabra de este maldito les hace vacilar, entonces no van a poder enfrentarse al Anticristo.

Si una palabra barata les confunde y piensan que Bergoglio dice alguna verdad, es que no tienen vida espiritual. Viven en la Iglesia de acá para allá: cogiendo aquí y comiendo de allá. Y al final terminan, como hacen muchos, negando toda la Iglesia.

Hoy día se quiere una tradición sin papas; se quiere un papa sin doctrina, radical, que lo rompa todo; se quiere una liturgia que no sea herética y que no sea con papas heréticos.

Hoy día, en la Iglesia, sólo se quiere al hombre, a su mente, a sus obras. Pero nadie quiere ver las almas de esos hombres.

Por eso, este blog escandaliza a muchos. Que sigan en sus escándalos.

La Iglesia va hacia el remanente. Son las almas que poseen, en sus corazones, sólo la verdad. Lo demás, no interesa. Lo demás, no es Iglesia.

Los progresistas, los tradicionalistas, los centristas, los sedevacantistas, etc… sólo están en el terreno de nadie: haciendo su iglesia, a su manera. Luchando por sus intereses, que los llaman de Dios. Pero ninguno de ellos se pone en la Verdad.

Cuando muera el Papa legítimo de la Iglesia, Benedicto XVI, la Iglesia quedará en Sede Vacante. Los Cardenales pondrán sus papas. Ninguno de ellos será papa. Porque hay un impedimento para elegir a un Papa verdadero: el gobierno horizontal, que ese maldito ha puesto.

Hasta que los Cardenales electores no quiten esa maldición, esa obra maldita, hasta que no salgan de la obediencia a ese gobierno horizontal y a ese falso papa, hasta que no tengan agallas de dejar la estructura interna, que los ahoga en la mentira del lenguaje de un hombre sin verdad, por más que elijan a un hombre para papa, no será Papa.

La Iglesia tiene que estar un tiempo sin papa: porque hay una maldición puesta en Roma. El gobierno de ese hombre, de ese político, de ese bufón. Una obra maldita que ha anulado el fundamento de la Iglesia: Pedro. Por más que quieran elegir a un Pedro, no podrán. Tienen que salir de todo eso para elegir al Papa que está profetizado: Pedro Romano, el cual finaliza el tiempo dado a la Iglesia para echar las redes. Y abre otro tiempo, uno nuevo.

Todos van a luchar, a partir de ahora, por un trozo de poder en el Vaticano. Por eso, viene una gran división. Y, por eso, habrá que esconderse.

Poca gente, en la Iglesia, entiende esto.

Todos esperan algo de Bergoglio y del Concilio que viene. Están ciegos y quedarán ciegos para siempre.

La Iglesia de Cristo camina, ahora, por otros caminos distintos a Roma. Por eso, dentro de poco hay que dejar de hablar de lo que sucede en Roma, porque será contraproducente para todos.

Hay que seguir a Cristo en la Iglesia remanente. Ya no hay que seguir a Roma.

Es la última hora

obisposcondenado

«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

El descalabro mental de Bergoglio

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«Cuando tantas veces en mi vida como sacerdote he oído objeciones. “Pero dime, ¿por qué la Iglesia se opone al aborto, por ejemplo? ¿Es un problema religioso? “-” No, no. No es un problema religioso “-” ¿Es un problema filosófico? “-” No, no es un problema filosófico”. Es un problema científico, porque hay una vida humana, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema. “Pero no, el pensamiento moderno…” – “Pero, mira, en el pensamiento antiguo y el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo.” Lo mismo se aplica a la eutanasia: todos sabemos que con tantos ancianos, en esta cultura del descarte, si se hace esto la eutanasia se oculta. Pero, también es el otro. Y esto es decir a Dios: “No, el final de la vida lo hago yo, como yo quiero.” El pecado en contra de Dios Creador.» (ver texto)

Sólo un hombre que desvaría en su cabeza puede decir esto: el aborto es «un problema científico, porque hay una vida humana, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema».

Vean la locura:

a. el aborto es un problema científico, porque hay una vida humana. Entonces, la vida del hombre sólo se puede ver tras la ciencia, en lo experimental, en los datos que los científicos buscan y obran. Esto es decir, que lo que rige la vida humana es la ley de la ciencia, ley humana, ley de datos, ley de la experiencia científica.<

Nos recuerda el magisterio de la Iglesia: «la norma suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna, con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana. Dios hace al hombre partícipe de esta ley suya, de modo que el hombre, según ha dispuesto suavemente la Providencia divina, pueda reconocer cada vez más la verdad inmutable» (Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 3).

En otras palabras, el aborto es un problema religioso, porque la vida humana se rige por una ley moral, por una norma de moralidad, no por una ley científica.

b. El aborto es un problema científico, y no es lícito echar fuera una vida humana para resolver un problema. Y nos preguntamos: ¿qué es lo lícito o lo ilícito en un problema científico si no hay ni una ética ni una moral?

El científico es el que experimenta. Y, en la experiencia, llega a unos datos. Usa o no usa esos datos; coge unos métodos u otros, con esos datos. Y así llega a una conclusión, a un fin en su estudio científico.

Entonces, los científicos producen el aborto porque están experimentando con datos: experimentan con la madre, con el feto, etc… Y llegan a una conclusión: hay que echar fuera a ese feto. ¿Qué tienen que hacer esos científicos? Tienen que corregir su experimentación. Experimentan mal, según un camino equivocado, según un método que no es. Y, entonces, ¿cuál es el camino para que el científico no eche fuera al feto? ¿cuál es el camino para no matar a un anciano?¿cómo resolver esos datos que tiene el científico para no matar al feto?¿qué hace con el dato de la madre y qué hace con el dato del feto?

¿Ven el pensamiento de este loco? No tiene lógica, Bergoglio, en su pensamiento humano. No habla con lógica, sino con el sentimiento.

Está diciendo que el científico debe decidir libremente su comportamiento sobre el feto, pero atendiendo al significado que la palabra matar tiene en la historia: «en el pensamiento antiguo y el pensamiento moderno, la palabra matar significa lo mismo»; atendiendo a ciertos comportamientos que el hombre tiene en su vida cultural o social: «todos sabemos que con tantos ancianos, en esta cultura del descarte, si se hace esto la eutanasia se oculta». Los hombres matan a los ancianos porque son desechables, no son útiles. Es decir, hay que amar al otro porque también el otro es libre para vivir. Hay que respetar la libertad del otro. Y así hacemos una cultura del encuentro: encontramos al otro en su libertad. Pero si le negamos la libertad de vivir, hacemos una cultura del descarte,

Y termina con una blasfemia: «es un pecado contra Dios creador». ¿Qué cosa es un pecado contra Dios? ¿Usar unos datos, obrar una experiencia? ¿Que el científico experimente con los datos de la madre y del hijo?¿que el científico eche fuera el dato del feto?¿que el científico no use el método apropiado para no echar fuera el dato del feto?

En esta concepción, no hay que matar al otro porque Dios al crear al hombre lo ha dejado libre. Y es un pecado contra Dios porque se quita la libertad al hombre.

Bergoglio siempre tiene este problema: no sabe unir libertad humana con la verdad inmutable. Pone la libertad del hombre por encima de la verdad.

El acto humano es aquel que procede de la voluntad libre de la persona. Bergoglio ensalza esta libertad del hombre, pero no sabe unirla al acto moral. Tiene que negar la moralidad.

El acto moral es aquel que es conforme o disconforme con una norma suprema de moralidad, que Dios da al hombre en la ley natural, en la ley divina, en la ley de la gracia, en la ley del Espíritu. Existe una Ley Eterna que todo hombre tiene que cumplir, para llegar a su fin último, que es Dios. Y, por tanto, todo hombre, en su libertad, en su dignidad humana, tiene que aceptar la verdad, la ley que Dios le manda. Los científicos, los médicos, para hacer bien su trabajo, tienen que regirse, no por la experiencia de sus datos, sino por una norma de moralidad. No sólo por una ley ética que ellos conciben con sus mentes; sino con una ley que no viene del hombre, sino de Dios.

Bergoglio no hace referencia a esta norma suprema de la moralidad, la anula: el aborto no es un problema religioso; y, por tanto, pone la libertad del hombre por encima de toda ley, aun la ética. Y, por eso, dice que el aborto no es un problema filosófico: matar al feto no se rige por una ley ética. Sólo es un problema científico: se rige por la ley de la experiencia vital. Lo que cada uno experimenta con su libertad en la vida. Tiene, cada hombre, que saber dirigir su libertad hacia el otro para no quitarle el derecho de ser libre, de ser hombre, para no hacer una cultura del descarte: «reconocen la dignidad de la persona humana como criterio de su actividad».

El criterio para el científico es la dignidad de la persona humana: su libertad; pero no la obra moral de esa persona humana, no su vida moral, no el fin último para el cual vive esa persona.

Y esto le lleva a un falso amor: «Si el juramento de Hipócrates os compromete a ser siempre servidores de la vida, el Evangelio os empuja más allá: a amarla siempre y de todos modos, sobre todo cuando requiere atención y cuidados especiales». El Evangelio no empuja al hombre a amar a todo hombre y de cualquier manera. Cristo no enseña a atender y a cuidar a los hombres. El Evangelio es la norma suprema de la moralidad. Cristo enseña una ley moral en Su Palabra. Y, cada hombre, en su libertad, tiene que aceptar o no esa ley. Hay que amar al feto y al anciano porque sus vidas son de Dios y para Dios, son para una vida moral, no porque son hombres libres, no porque tenga una dignidad humana, no porque vivan para una vida humana.

«la unidad de la Iglesia es herida no sólo por los cristianos que rechazan o falsean la verdad de la fe, sino también por aquellos que desconocen las obligaciones morales a las que los llama el Evangelio (cf. 1 Co 5, 9-13) (…) Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por Jesús a los Apóstoles (cf. Mt 28, 19-20), la cual se continúa en el ministerio de sus sucesores» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 26-27).

Bergoglio falsea el Evangelio porque anula las obligaciones morales que todo hombre tiene con su prójimo. Bergoglio no desconoce las obligaciones morales, sino que en su pecado de rebeldía contra Dios se pone por encima de la ley moral, de la ley eterna, de Dios. Y le lleva a una predicación del sentimiento, de la falsa misericordia: ama a tu prójimo porque es tu hermano, porque es un hombre libre, como tú.: «La compasión evangélica en cambio, es la que acompaña en tiempos de necesidad, o sea la del Buen Samaritano, que “ve”, “tiene compasión”, se acerca y da ayuda concreta. Vuestra misión como médicos os pone en contacto diario con muchas formas de sufrimiento. Os animo a haceros cargo como “buenos samaritanos”, cuidando especialmente de los ancianos, de los enfermos y de los discapacitados». Todo es puro sentimentalismo el de este hombre, que nace de su locura: niega el orden moral, la vida moral, la norma de moralidad.

Esto es un hombre que ha perdido el juicio totalmente. Por eso, las agencias informativas del vaticano ocultan esta parte. Sólo está en italiano. Al hacer el resumen, la agencia VIS no pone estas frases, porque sabe que son un descalabro, son un desvarío mental.

¿Qué dice un verdadero Papa sobre el aborto?

«Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» (Beato Juan Pablo II -Evangelium vitae, n. 62)

El aborto es un desorden moral grave. Acto moral grave. Esto es hablar claro. Esto es tener una cabeza bien montada. Bergoglio es un auténtico loco en su pensamiento humano. No tiene cabeza.

Un acto científico no es un acto moral; un acto humano no es un acto moral; un acto natural no es un acto moral.

El acto moral es aquel que realiza un hombre bajo un fin divino, moral: se hace una obra atendiendo a una ley: natural, divina, de la gracia, del Espíritu. Se atiende a la ley Eterna. Y de acuerdo a esa ley, se actúa.

Un acto humano es aquel que se realiza sin atender a una ley Eterna, sin apoyarse en una norma de moralidad: sentarse, estar de pie, comer, etc… son actos humanos, pero no morales.

Cuando el hombre se pregunta si su acto humano lo quiere Dios o no, entonces ahí entra el acto moral.

Si el hombre no se pregunta si es la Voluntad de Dios obrar ese acto humano, entonces el hombre peca siempre, si ese acto humano es necesario para la salvación de su alma; si no es necesario, no hay pecado, pero sí puede haber imperfección.

Todo acto moral es un acto humano; pero no todo acto humano es acto moral.

Un acto científico es un acto humano: el científico usa datos para su investigación. Si esa investigación u obra trae repercusiones para su alma, entonces el científico tiene que preguntarse la norma de moralidad. Y su acto científico ya es un acto moral, ya es un acto religioso.

Allí donde hay un acto moral allí hay siempre un problema religioso, espiritual, divino.

Por tanto, el aborto es un problema religioso, porque atañe a un acto moral de la persona.

Luego, hay que enseñar al científico a usar sus datos con respecto a una norma de moralidad. Usar su libertad en la ley moral, en la verdad inmutable, universal, eterna. Hay que enseñar que matar un feto es un pecado grave. Hay que decirle que es un pecado, que es un acto moral en contra de la Voluntad de Dios, que es una ofensa contra Dios, que es una mancha del alma, que hace que el alma viva en condenación. Esto es lo que no enseña Bergoglio. Y esto es lo que enseña Juan Pablo II.

La diferencia es clarísima: a Bergoglio sólo le interesa la cultura del descarte: no hagamos una sociedad donde se deseche a los hombres. Miremos la dignidad humana, la libertad del hombre, porque toda vida la ha creado Dios. Esto es todo en este hombre. Y esto no es la Verdad.

Hay que enseñar al hombre a no matar, a no pecar, porque así lo ha mandado Dios, no a formar una sociedad justa, buena para el hombre, donde no haya desechos. Es que es imposible que el hombre no mate, no aborte. Es imposible buscar una cultura donde no haya desechos, que este es el ideal de Bergoglio: no matemos ni a los niños ni a los ancianos, porque es más bonito no matar.

Existe el pecado original, luego, necesariamente, tienen que haber abortos y eutanasia. Necesariamente. Hay que ofrecer al hombre el camino para que salve su alma. Hay que darle al científico el camino para que salve su alma en su obra médica, científica. Esto es lo que no enseña este hombre. Y nunca lo va a enseñar.

Bergoglio no da la ley moral al científico. Ésta es su locura. Si hubiera dicho: empleen métodos más justos, más éticos, en sus obras científicas, hubiera salvado, en parte, su locura. Pero es que ni siquiera el aborto es un problema filosófico. Deja al científico en su propia experimentación, en su propia libertad. Y el que experimenta no sabe cuál es el camino recto. Hay que darle una norma moral; hay que decirle las cosas claras, el camino para que su experimento sea saludable para su alma y la de los demás. Deja al científico en su misma libertad y le dice: no dañes la libertad del otro.

No hay que decir que eso es un pecado porque va en contra de Dios creador. No se dice nada con eso. ¿De qué Dios habla este hombre? ¿Del dios de los judíos o del dios del musulmán? Porque si habla del Dios del musulmán, entonces está diciendo que se puede matar al feto.

Hay que decir que eso es un pecado porque va en contra de la ley de Dios en la Creación, va a en contra de una norma suprema de moralidad. No porque existe un Dios creador. Cada uno entiende al Dios Creador de una manera. Luego, no se dice nada de nada. Se habla para quedar bien con todo el mundo.

Son muy pocos los que disciernen, en verdad, las palabras de este loco. Muy pocos.

¿Por qué muchos católicos siguen llamando Papa a un hombre que desvaría en su mente humana? ¿A un hombre que no da continuidad al magisterio de los Papas? ¿Por qué no lo ven como es: como un falsario, como un falso Papa? Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católico, ni es tampoco un antipapa. Bergoglio es un falso papa de una falsa iglesia que él ha levantado en Roma con su gobierno horizontal.

¿Por qué no se ve esto?

Porque la Iglesia ha quedado dividida por muchos hombres, ya de la Jerarquía, ya de los fieles, que con sus ideas prefabricadas sobre lo que debe ser la Tradición, el Magisterio, la liturgia, se atreven a formar su grupito dentro de la Iglesia para defender sus verdades. Y ahí están todos siguiendo, cada uno, su fábula, su cuento para no dormir.

Bergoglio se ha quedado solo en su obra cismática. Y viene el tiempo de la destrucción de la Iglesia con un nuevo hombre, al que todos van a seguir, porque se va a dirigir a todos esos católicos que han producido la división y que quieren encontrar al hombre ideal en sus mentes: al Papa que los una en sus desvaríos mentales. Están todos esperando un Papa salvador de este desastre. Esta es la obra del demonio en la Iglesia. Cristo ya puso su Papa: Benedicto XVI. Al hombre no le gustó, y buscó a otro: Bergoglio. Y ahora, al hombre no le gusta lo que puso y va a buscar a su papa salvador.

La Iglesia es sólo Una, pero son muchos sus destructores. Que cada cual elija el hombre para su vida espiritual, para su vida eclesial. Aquí somos claros: el Papa Benedicto XVI sigue siendo el Papa de los católicos, hasta su muerte. Lo demás, una fantasía de los hombres, un negocio en la Iglesia, un cisma en Roma.

Es el Dolor el que preserva de caer en la herejía que existe en Roma

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«Y apareció en el Cielo una gran señal: una Mujer, cubierta del Sol, y la luna debajo de sus Pies, y en su Cabeza una Corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).

Los judíos pidieron al Señor una señal, y Él les anunció Su Resurrección de entre los muertos. Y ninguno de ellos, creyó la Palabra de Dios. Era el mismo Dios, en la Persona de Su Hijo, el que marcaba el camino. Y el hombre eligió su camino: el laberinto de su mente humana.

En la gran crisis de la Iglesia, en el oscurecimiento de la Verdad de la Iglesia, Jesús ha dado otra señal: Su Madre. Y tampoco los católicos creen en la Virgen María. Van a sus profecías y como si oyeran llover: no disciernen absolutamente nada de lo que pasa en la Iglesia.

¿No ha dicho la Virgen María que Bergoglio no es Papa? Entonces, ¿por qué no la creen?

El que sigue a la Virgen María está siguiendo a Jesús. El que no hace caso a sus Palabras, no hace caso del Evangelio de Jesús.

Es paradójico cómo está el patio de la Iglesia: todos viven de sus estupendas cabezas humanas. Y nadie hace caso de Su Madre, de la Inteligencia Divina que tiene la Virgen María.

«¿¡Hasta cuándo mi Hijo tiene que estar dando avisos, y a las almas que más aman nuestros Corazones!?  Anteponen los apegos a la carne y a la sangre, hija mía, a las palabras de todo un Dios. (…) ¡Cuántas almas, hija mía, huyen de nuestra voz, porque nuestra voz no da nada más que cruz y no gozos temporales: gozos eternos!; y ¡cuántas almas, hija mía, después de haber lavado sus iniquidades, sus pecados, sus infidelidades, sus desobediencias, con la Sangre de Cristo, cuando mi Hijo les dice “ven”, huyen despavoridos, sin querer escuchar sus palabras! ¡Qué ingratitud la de los hombres, hija mía! Corren a lo que les ofrece el mundo y los enemigos que hay en el mundo. Hacen caso, hija mía, del mundo, del demonio y de la carne; ésos son los tres enemigos más grandes a los que obedecen. ¿Cómo no va a estar triste mi Corazón? Sí, hija mía, aunque todavía hay almas, aunque sea un número reducido, que consuela nuestros Corazones; pero, ¡qué tristeza, los hombres, hija mía, cómo cierran sus oídos a la llamada de salvación!» (Mensaje de la Virgen María a Amparo cuevas del día 6 de junio de 1998).

Los apegos a la humanidad, a la vida de cada uno, eso es lo que muchos católicos hacen diariamente en la Iglesia: apoyarse en sí mismos, dejando las palabras de Dios a un lado.

Los profetas verdaderos dan Cruz, sufrimientos, humillaciones, desprecios, odios; los falsos dan gozos temporales, aplausos, alabanzas… Quien quiera seguir a Cristo, en el estado que se encuentra la Iglesia actual, tiene que alejarse de la mentira, de la hipocresía, del fariseísmo de tanta Jerarquía, Alta Jerarquía, que ya no es de la Iglesia Católica. Todavía existen sacerdotes humildes, sencillos, que se dedican a dar a las almas la verdad; pero son pocos y hay que buscarlos.

La mayoría de los católicos andan detrás de una Jerarquía que ofrece lo que ofrece el mundo, que da lo que los enemigos en el mundo dan a los hombres. En el Vaticano ya se puede apreciar esa jerarquía, falsa jerarquía, que es del mundo, del demonio y de la carne. Es una jerarquía enemiga de las almas: no las lleva a la salvación, sino a la condenación.

¡Qué duro es predicar esto y no recibir amenazas de la gente! Se predica esta verdad y la gente desprecia al sacerdote por decir esta verdad.

Los hombres siempre cierran sus oídos a la Verdad, a la llamada de la salvación. Hoy, como ayer, es siempre lo mismo, porque los hombres terminan acomodándose a la vida exterior que se les ofrece por muchos caminos.

Ven a Bergoglio y, sabiendo que no es Papa, lo tienen como tal: el hombre se acostumbra  a lo que ve, al político de turno que gobierna, al sacerdote que dice y obra cosas…Cuando se va ese político o ese sacerdote, el hombre despierta de su sopor y quiere otra cosa. Pero mientras vea, cada día, al mismo sujeto, acaba aceptándolo, aunque sepa que es un hereje. Esto es lo que pasa, en muchos, con Bergoglio.

No hay fidelidad a las palabras de Dios, a su gracia, a su vida en la Iglesia.

«Yo Soy un Padre Amoroso que os ha demostrado a través de todos los tiempos de que siempre os he acompañado y de que no os olvido ni os olvidaré, ya que Yo os creé para manteneros siempre cerca de Mi Corazón. Mi Corazón y Mi Fidelidad han cumplido Su Promesa, ¿por qué vosotros no os mantenéis en ésa fidelidad hacia Mí y hacia vuestros semejantes? Vosotros decís a vuestros semejantes; dame el ejemplo para que yo te pueda seguir. Yo os lo he dado a todos niveles. Yo os he buscado, a cada uno de vosotros y Me he puesto a la altura de vosotros, para que no os sintierais impotentes al seguir Mis Ejemplos y Enseñanzas y ni aún así las apreciáis, ni las seguís. Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir, al ejemplo del bien, que si os va a traer bienestar y vida eterna, ni aún así lo tomáis como forma de vida Os enfrentáis a vuestra realidad y a lo que ella conlleva cuando no estáis Conmigo y ni aún así reaccionáis» (Mensaje de Dios Padre a JV el 12 de Agosto de 1998).

Bergoglio no da ejemplo del bien ni de la verdad, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no es fiel al Evangelio de Cristo, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no continúa el magisterio de los Papas, ¿por qué le siguen?

«Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir». Es más fácil seguir a Bergoglio que a Benedicto XVI.

Aquella Jerarquía que se oponga a Bergoglio se queda sin comer y sin trabajo en la Iglesia. ¡Esto es una realidad! Por eso, hay mucha Jerarquía que tiene que mirar para otro lado y seguir a Bergoglio. No son fieles a Cristo ni a Su Iglesia.

Seguir a la Virgen María es oponerse a la herejía que existe hoy en la Iglesia. ¡Son pocos, muy pocos, los que siguen a la Virgen María! Rezan el Rosario y después obedecen a Bergoglio como Papa. ¿Por qué llaman Santo a Juan Pablo II, si para la Iglesia verdadera es sólo Beato? Porque Bergoglio, que es un masón, lo ha proclamado santo. El hombre acaba siempre aceptando la maldad que ve, que comprende. No sabe oponerse a esa maldad, porque es más fácil no oponerse, hacer lo que hace la masa, decir lo que dice la masa. Esto es construir la vida espiritual por el techo: por nuestra razón humana, por nuestras ideas fantásticas sobre la Iglesia y sobre nuestra vida humana.

«Hija Mía, vosotros debéis saber todos, que pecar es desviarse de Mi Camino de Verdad; pecar es también hacer desviar a veces inocentes que os siguen por la misma pendiente; creyendo en la autoridad del pecado, ellos mismos cometerán la misma falta. Y ¿cómo detener toda esa cadena? Es necesario que el primer eslabón defectuoso de esa misma cadena confiese en público su falta. Su fidelidad a Dios le obliga a ello. A veces, Yo os pido que reconozcáis públicamente vuestro pecado, sobre todo cuando hay alguna consecuencia mundial. Este pecado comienza contaminando una asamblea, un pueblo, y termina tocando naciones enteras» (Mensaje de Jesús a JNSR el 23 de febrero de 2005).

Lo que obra Bergoglio es una cadena de pecado. Pecar es desviar al otro del camino de la verdad de la Iglesia. Bergoglio ha puesto un camino nuevo en Roma: su gobierno horizontal. Y muchos creen en la autoridad de ese gobierno y, por tanto, muchos pecan, cometen el mismo pecado que obró Bergoglio al poner su gobierno horizontal.

Lo que hace Bergoglio, en Roma, no es cualquier cosa: es llevar almas al pecado. Es hacer pecar al otro, es arrastrar a las almas por la pendiente del pecado. Y sólo hay una manera de detener esa cadena: que Bergoglio públicamente reconozca su pecado. Él es el culpable, el primer eslabón defectuoso en esa cadena. Por tanto, tiene que confesar públicamente su pecado. Como no lo va a hacer, entonces ese pecado, no sólo está en Roma, sino que va a terminar tocando al mundo entero.

«Hoy, Satanás se sirve de estas inconscientes cadenas. No os olvidéis de que el pecado es satánico y el aliento o estímulo hacia el mal viene del Príncipe de las Tinieblas. Hoy, él está desenfrenado en maldad contra toda la Humanidad; su espíritu maléfico penetra profundamente en todos los espíritus, de los hombres, de las mujeres y de los hijos no habitados o poseídos por Mi Espíritu Santo» (Ib).

Bergoglio no es cualquier hombre: es un enviado de Satanás para abrir esta cadena de pecado en la Iglesia. Bergoglio es un hombre satánico. Y aquellos que lo sigan son, también, hombres satánicos. Por eso, la Iglesia está llena de satanismo. Y nadie quiere darse cuenta.

Se han abierto muchas cadenas del mal en el Vaticano, muchas corrientes que llevan a muchos católicos al pecado en masa. Son arrastrados así

La Virgen María fue la primera discípula de su Hijo: Madre y Discípula. Y, por tanto, la Virgen María es la mejor Maestra que el Señor nos ha dejado. Y nadie quiere aprender de Ella. En la práctica, nadie lo hace.

Con la mente humana, el hombre se pierde a sí mismo; con su mente, el hombre se confunde a sí mismo. Con la Virgen María, que es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, ni hay perdición ni confusión. Pero es necesario poner la mente en el suelo, pisotear tus grandiosas ideas preestablecidas por tu orgullo en tu vida. Tienes que ser un niño en los brazos de tu Madre.

Tú eres, en tu persona, el que te riges a ti mismo; no es tu cabeza. Eres tú, como persona, el que guías tu vida. Y si no eres capaz de abofetear tu orgullo: el creerte algo para Dios, necesario para la obra de Dios, entonces tú te lo guisas, tú te lo piensas, tú das vueltas y vueltas a tu estúpida cabeza, y tú te lo comes: tú vives tu vida y te crees el más santo de todos porque tienes a Bergoglio como Papa.

Dos iglesias hay en Roma. No una. Dos. Está la Iglesia en Pedro; y está la iglesia en un falso Pedro. Hay dos iglesias visibles en Roma. Dos. Y, por tanto, hay una división en Roma; hay un cisma encubierto; hay una apostasía de la fe que impide ver esta verdad.

Dos Papas: luego, dos iglesias.

La Iglesia Católica sólo tiene un Papa. Si hay dos, es que hay dos iglesias.

Esta verdad, tan sencilla, a nadie le interesa. Todos están detrás de la noticia de Bergoglio: qué hace o qué no hace; qué dice o qué no dice; ¿alguna vez dirá algo sensato para poder creerle como Papa?; ¿alguna vez dejaremos de dudar en él como Papa, para creer en él como Papa?

Así está la gente en la Iglesia: sin ver dos iglesias, dos realidades, dos caminos, dos fes, dos dioses.

Tienen el Magisterio de la Iglesia para salir de la duda, y ninguno se ha acercado a esa fuente de verdad, y siguen en sus mentiras: las que sus mentes se fabrican. ¿Para qué están en la Iglesia? ¿A qué se dedican? ¿A recolectar noticias sobre Bergoglio? ¿A recorrer los profetas, cogiendo una de cal y otra de arena, para terminar criticando a los Papas, a toda la Tradición, a todo el Magisterio y a todos los miembros de la Iglesia?

La Iglesia es la Obra de la Verdad. Y quien no la obre, no es de la Iglesia.

¿Bergoglio obra la verdad? No; luego, no es de la Iglesia.

¿El gobierno horizontal que ha puesto Bergoglio, esos herejes vestidos de santos, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿La Jerarquía que obedece a Bergoglio como Papa, obra la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿Los fieles que tienen a Bergoglio como Papa, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

Es así de sencillo. Pero, en la práctica de la vida, no es tan sencillo. Y la culpa: tu cabeza, tu mente humana, tus ideas soberbias, tus filosofías, tus psiquiatrías, tus teologías, tus sentimentalismos, tu vida y obras humanas, tus apegos a la carne y a la sangre.

Hay dos iglesias en Roma: la verdadera, y la que se está levantando en el gobierno horizontal, político, liderado por el impostor Bergoglio.

A la Iglesia verdadera no hay que juzgarla: no hay que juzgar al Papa Benedicto XVI. No hay que juzgar el Magisterio de la Iglesia, ni la Tradición, ni el Evangelio de Jesús. No hay que juzgar a la Jerarquía que permanece fiel a esa Iglesia.

A la iglesia falsa hay que juzgarla y atacarla, por todos los medios posibles, al alcance de la mano del hombre. Pero es un atacar en la paz del Espíritu: cuando Dios quiera y como Dios lo quiera. No es un atacar por atacar. Es luchar contra muchos demonios que vienen directamente de Roma, de esa iglesia falsa. Es una batalla espiritual.

«Voy a hablar del Dolor, de este Dolor que quiero hacer reinar en el mundo materializado y vano. Quiero Dolor: tengo sed de Sacrificio, de Abnegación, de Correspondencia, de Fidelidad, de Vencimiento de Pureza, de Obediencia, de Sencillez y de otras muchas virtudes que están arrinconadas y no se practican. ¡Ay! el mundo se olvida de las virtudes! Ellas no existen con la solidez de las que he explicado, y sin embargo, deben existir. El mundo duerme en el profundo letargo del engaño más lamentable. Las almas se pierden, precipitándose a su eterna perdición, porque no hay en ellas Sacrificio. El Dolor es el preservativo del infierno. La Cruz con mi Corazón doloroso salvará al mundo: es la llave del Paraíso. ¡Se pierde el mundo porque no hay Candor, no hay Dolor en las almas! La Pureza y la Cruz son su salvación, y serán la única barrera que, en la precipitada corriente de sus vicios, lo detenga y salve. ¡Ay del mundo sin mi Corazón y sin la Cruz, sin la Pureza y sin el Dolor! Amen y sufran: es necesario que las almas amen, pero en el Dolor: es necesario que la Cruz se extienda por toda la tierra y traiga a todas las naciones a mi Corazón: es necesario que la Cruz y mi Corazón detengan el cataclismo que se cierne sobre el mundo. Quiero corazones puros y crucificados que aplaquen la divina Justicia: que el mundo venga a mi Corazón por el camino de la Cruz: por esto he presentado el Corazón en el centro de la Cruz, a fin de que comprendan que sólo subiendo por la Cruz se puede llegar a mi Corazón. El reinado del dolor es indispensable en el mundo; pues que solamente por este camino lloverán gracias y se salvarán las almas. Denme almas puras: pido almas crucificadas ¡oren! ¡oren!» (De las Virtudes y de los Vicios, de Concepción Cabrera de Armida, pag. 94-95).

Jesús quiere Dolor. ¿Esto es lo que predica Bergoglio? No; entonces, ¿por qué lo siguen?

Es el Dolor el que preserva del infierno. La Cruz con el Corazón de Jesús ensangrentado es la llave para ir al Cielo.

Es el Dolor el que impide pecar, el que impide ser arrastrado por esas corrientes de pecado, que se ven en Roma.

Hay que amar al prójimo, pero en el dolor de Cristo, no en el dolor del prójimo. Hay que amarlo para que no peque, para que se vuelva a Dios, para que deje su vida de pecado.

No hay que amarlo para darle de comer, para solucionarle sus problemas.

Cristo ha amado al hombre en el Dolor de su propia Vida, no lo ha amado en el dolor del hombre. Ha cargado con su pecado y eso es producir en Su Corazón el Dolor. Un Dolor que salva y santifica al hombre.

Jesús quiere corazones puros y crucificados.

¿Y qué es lo que quiere Bergoglio? ¿Quiere pureza? ¿Quiere crucificar la voluntad de los hombres? No; no cree ni en el pecado ni en la Cruz de Cristo. Entonces, ¿por qué lo tienen como Papa? ¿Habla con la Voz de Cristo? No. ¿Habla con la voz del Anticristo? Sí.

Sólo subiendo por la Cruz se llega al Corazón de Jesús.

¿Cómo pretenden llegar a Jesús con los ofrecimientos sin Cruz de Bergoglio?

«Os están sometiendo a que os rindáis en sus redes de manipulación para luego ellos crear aquello que os harán pasar por bueno, como ese hermano en el Vaticano que os quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Artimañas. ¿A qué sirven?: A la bestia. Todo aquel que desee la esclavitud, el cambio radical para los hombres, de seguro que no vienen de Mí. Amén» (Mensajes Personales de octubre del 2013, dados a una hermana elegida por Dios en el barrio del pilar).

Este es el resumen de lo que es Bergoglio: un hombre que te quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que de Dios. Punto y final. Y, por eso, se ha montado todo ese negocio en Roma con su nueva iglesia. Y muchos católicos siguen bobos.

Con Bergoglio la Iglesia no puede subsistir, sino que camina hacia su destrucción

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Todos hablan de una clara división en el Sínodo, pero nadie pone el dedo en la llaga de quién es la culpa de esta división.

El culpable: Bergoglio, falso Papa, al cual todos están sometidos. Le obedecen y no son capaces de discernir este falso Papado, que los va a llevar a todos hacia la destrucción de la Iglesia.

Toda división es una guerra civil, interna, espiritual, que trae siempre la mentira, nunca la verdad. Si los Obispos, sacerdotes están divididos entre ellos, entonces toda la Iglesia camina hacia la mentira, hacia un futuro de muerte, de desolación, de destrucción: «Todo reino dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 25b).

Con Bergoglio la Iglesia no puede subsistir. Esto hay que predicarlo fuertemente. Y no puede subsistir porque en sí misma está dividida.

Bergoglio, al no ser el Papa legítimo, divide el Papado. Y si se divide la cabeza, toda la Iglesia está en sí misma dividida: cardenales divididos, obispos divididos, sacerdotes dividido, fieles divididos. Luego, esta Iglesia así dividida no puede subsistir, sostenerse, no puede quedar en pie. Porque esta iglesia no es la de Cristo, no es la de Pedro, que une en la Verdad. Es la de Bergoglio que divide con la mentira. Y esta iglesia tiene que caer, y de manera estrepitosa, como nunca se ha visto en la historia.

Bergoglio ha dividido la cabeza, la gracia del Papado, la verdad de un Papa. Por eso, él no es Papa, sólo es un Obispo que en Roma está gobernando su estilo de iglesia, su estructura de iglesia, su sociedad religiosa, que es ecuménica, abierta a tres cosas: idea masónica, idea protestante e idea comunista.

Cuesta entender que el mal que Bergoglio ha hecho a la Iglesia Católica viene del mismo Bergoglio. No vienen de los anteriores Papas. Esto, muchos católicos –y católicos intelectuales- no saben discernirlo. Sólo critican a todo el mundo, a todos los Papas, al Concilio…. Y ponen una razón: su falso amor a la Iglesia, que nace de su falsa idea de la verdad.

Hoy, por amor a la Iglesia, se destruye la misma Iglesia.

Nadie es fiel a la Gracia para mantener a la Iglesia en su Ser Divino. Y ser fiel a la Gracia es poseer la Verdad como Verdad. Los hombres tienen una verdad en sus mentes que no reflejan la Verdad que está en la Mente de Cristo. La Gracia es Cristo, es un ser divino, que procede del mismo Corazón de Cristo, para obrar Su Iglesia en cada alma.

Y ser fiel a la Gracia es ser fiel a la Verdad como nace de la Mente de Cristo. Ser infiel a la Gracia, es quedarse en las verdades múltiples que todo hombre adquiere con su razón. Ser fiel a la Gracia es lo que se llama humildad.

Muchos dicen: es que no sé teología, no sé las leyes canónicas, y por eso, no juzgo si Bergoglio es Papa o no. Para mí es el Papa legítimo, porque está en la Silla de Pedro, un Cónclave lo ha elegido. Y conclusión: hay que unirse a esa figura extraña, a ese Papa que dice herejías, para estar en comunión con toda la Iglesia. Esta es la barbaridad que la Jerarquía propone a toda la Iglesia.

No hay que saber teología ni filosofía ni ser un canonista para discernir que Bergoglio no es Papa. Porque el Papa no es una cuestión de la ley canónica ni es el resultado de un análisis teológico de la situación de la Iglesia. El Papa es el fruto de la fidelidad a la Gracia. Si los Cardenales no son fieles a la Gracia del Papado, entonces siempre eligen a un falso Papa como Papa de la Iglesia.

No hay que saber teología para elegir a un Papa o para discernir si ese Papa es legítimo o no. Sólo hay que tener unión con Cristo. Sólo hay que ser humildes. Sólo hay que practicar la fe, profesar la fe verdadera, obrar la fe que Cristo da al alma en Su Iglesia.

Cardenales, sin oración y sin penitencia, eligieron a un falso Papa. Unos soberbios que sólo quieren la Iglesia para destruirla desde dentro, desde su misma vestidura sacerdotal.

Muchos no saben lo que es profesar la fe: no se saben los dogmas que hay que creer para salvarse. No saben lo que es la Verdad Absoluta. No saben leer el lenguaje de los hombres de Iglesia; cuando un sacerdote les predica no saben ver lo que les está diciendo, sino que se tragan todo lo que les dice como si fuera una verdad que hay que seguir en la Iglesia. No saben oponerse a ese lenguaje humano, que en la predicación o en las charlas o en los escritos, se les da.

Y no saben hacer esto por una sola cosa: son soberbios en sus mentes. No han aprendido a ser humildes, a abajar su cabeza. No saben lo que es la humildad. Y ponen la humildad en formas exteriores: como Bergoglio es el Papa, entonces hay que ser humildes y someterse a él en la Iglesia. Hay que unirse al Papa.

La vida de la Iglesia de un alma no es su vida espiritual propia. No se vive en la Iglesia como se vive en el interior de cada alma.

En la vida interior de cada alma, sólo Dios y el alma importan. Lo demás, no tiene interés alguno. Pero en la vida eclesial, lo que importa es la Verdad de la Iglesia: no el alma, no una Jerarquía, no unos hombres, no unas ideas, no un lenguaje humano.

En la Iglesia, el valor está en la Verdad, porque la Iglesia es Cristo. Y no es otra cosa que Cristo. Y cuesta entender que la Iglesia sea sólo Cristo, porque enseguida los hombres van buscando las obras de los hombres en la Iglesia.

En la Iglesia hay que buscar a Cristo. Y sólo a Cristo. Luego, interesa tener bien claro quién es Cristo. Y como esto es lo menos claro en la Iglesia actual, entonces todo el mundo buscando a los hombres, a sus lenguajes, a sus vidas acomodadas, a sus obras apostólicas.

Cristo y su doctrina es una misma cosa: no se puede separar a Cristo de lo que Él enseñó a Sus Apóstoles; y que la Iglesia, en su largo caminar, ha transmitido, ha enseñado. No se puede separar. Porque Cristo es la Palabra del Padre, que es la Obra del Espíritu. Su Palabra es una Obra. Su enseñanza es una obra divina en la Iglesia. No se puede admitir la doctrina de Cristo y hacer una obra diferente, una obra humana, en la Iglesia.

Quien acepta el dogma lo obra sin más, y es de Cristo. Quien no lo acepta, obra en contra del dogma, y es del Anticristo.

Esta es la división que contemplamos en el Sínodo: gente que ya no acepta el dogma, pero que con el ropaje exterior se dicen sacerdotes, Obispos, Cardenales… Se visten de sacerdotes, de otros Cristos, pero hablan como el mismo demonio y, por tanto, hacen las obras, en sus ministerios sacerdotales, que son del mismo demonio.

Esto, antes en el Sínodo no se veía: quien hablaba, era comedido. Se ceñía a la doctrina de siempre, aunque pensase otra cosa; aunque después obrara lo contrario, en lo oculto.

Pero ahora, no. Ahora, hablan con un lenguaje herético, que divide la asamblea: divide el Sínodo claramente. Y, después, vestidos como sacerdotes, como otros Cristos, dan a conocer a todo el mundo, ese lenguaje nuevo, como si fuera una verdad que la Iglesia tiene que seguir.

Esto es el cisma declarado desde la cabeza de la Iglesia: Bergoglio ha querido ese Sínodo para dar a conocer la voz de la gente, el pensamiento de los hombres, para producir el cisma de manera oficial.

Muchos no acaban de ver esto, porque no ven a Bergoglio como falso Papa.

¿No tenéis la inteligencia de la Gracia para ver que un Papa nunca puede decir herejías? Y, si las dice, entonces no es Papa. ¿No enseña esto el mismo Magisterio de la Iglesia? Entonces: no sois Iglesia, porque no obedecéis el Magisterio auténtico de la Iglesia. No obedecéis la doctrina de Cristo, que es Cristo mismo.

Y si no obedecéis a Cristo, en Su Iglesia, no tenéis la inteligencia para ver que Bergoglio no es el Papa verdadero.

Muchos están en la Iglesia sólo con una actitud humana, social, externa, sin ninguna vida espiritual. Hoy día, la Jerarquía da culto a Buda para hacer su misa en la Iglesia. Y los fieles, después de escuchar la misa, se van a adorar a tantos dioses que están instalados en su vida humana.

Nadie tiene vida espiritual, ni sabe lo que es eso. Y, ante un hombre que habla claro su herejía, como es Bergoglio, están de acuerdo con él, por sólo una razón: está gobernando la Iglesia. Como es el que lleva la batuta, ahora en la Iglesia, entonces hay que llamarlo Papa, y hay que hacer unión con él para estar en comunión con todos en la Iglesia.

Todos temen decir esto: Bergoglio destruye la Iglesia.

Hablan de la división que en la Iglesia se está produciendo desde hace 50 años; división conocida por todos, pero sujetada por un Papa legítimo. Y esa división no creó un cisma dentro de la Iglesia. Creó apostasía de la fe, creó herejías que no se combatieron. Pero no llegó al cisma, porque había una cabeza que impedía ese cisma. Una cabeza elegida por Dios, que regía la Iglesia en medio de una división que el mismo Dios ha querido.

En este Misterio nadie profundiza, porque ven la Iglesia con ojos humanos; pero no tienen las agallas de ponerse las lentes divinas para mirar lo que el hombre no es capaz de ver.

Si Dios le dio el permiso a Satán de destruir la Iglesia, entonces no podemos ver la división actual sin ir a esta profecía, sin penetrar en esta profecía, sin discernirla adecuadamente:

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«Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo» (Testimonio Monseñor Rinaldo Angeli, 13/10/1884; P. Domenico Pechenino – Ephemerides Liturgicae (1955) 58-59; cardenal Nasalli Rocca, Bolonia, 1946).

100 años que ya se han cumplido. 100 años que, para Dios y para Satanás, no son 100 años justos, medidos como el hombre los mide. Son 100 años espirituales, en que se da libertad al demonio de obrar lo que quiera entre los hombres del mundo y de la Iglesia.

No sólo el demonio obra en el mundo, que es lo natural, porque el mundo se halla en las manos del demonio; sino que obra también en la Iglesia.

Esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia nunca ha entendido: este obrar del demonio en la misma Jerarquía, en el mismo Papado. Por eso, León XIII escribía en su exorcismo:

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«Los enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado y le han dado de beber ajenjo, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales para realizar todos sus impíos designios. Allí, en el lugar sagrado donde está constituida la Sede del beatísimo Pedro y Cátedra de la Verdad para iluminar a los pueblos, allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad, para que, con el designio inicuo de herir al Pastor, se dispersen las ovejas» (AAS 23(1890- 91), p.743)

Allí, en el trono de Pedro, está Satanás: «en el lugar sagrado… allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad».

Esto es lo que vio León XIII: que el mismo Satanás se ponía como Papa.

Y nadie quiere profundizar en esta gran verdad.

En el trono de satanás está sentado, ahora mismo, Bergoglio, voz de satanás en la Iglesia, bufón del Anticristo, hombre poseído por la mente de su padre, el diablo. Por eso, Bergoglio es un hombre loco: está en su mente, dando vueltas a su idea de lo que debe ser la iglesia. No puede estar en la Mente de Cristo.

Sólo un Vicario de Satanás es capaz de destruir la Iglesia. No se puede destruir la Iglesia con un Vicario de Cristo, con un Papa legítimo. No se puede. En 50 años, el demonio no ha podido vencer a la Iglesia, porque tenía el katejón: el Papa legítimo. Y ese Papa legítimo es el mismo Cristo en la tierra.

Un Papa legítimo sostiene el cisma: lo impide.

Juan XXIII no destruyó la Iglesia convocando el Concilio. No la destruyó. Ninguno de los Papas que le sucedieron destruyeron la Iglesia con las obras que hicieron en Ella. Ninguno de ellos.

Sólo Bergoglio es el que destruye la Iglesia. Sólo él.

Sólo Bergoglio lanza el cisma en la Iglesia. Sólo él.

Han quitado al Papa legítimo, lo han hecho renunciar, y ahora, ¿cuál es el objetivo del Sínodo?

El objetivo de Bergoglio, del cardenal Walter Kasper, de todo el clan masónico que gobierna la Iglesia, y de la Iglesia de hoy (= de toda esa Jerarquía bergogliana, que sigue a Bergoglio; de todos esos fieles que han hecho de Bergoglio un ídolo para su ruina espiritual) es que la mayoría salga de ese Sínodo con un mandato a una pastoral más suelta, más cómoda, más liberal, independiente, sin estar sujeta a Roma, sino que cada uno decida en su diócesis lo que se va a hacer o no va a hacer, y –sobre todo- recalcando, diciendo que la doctrina no va a ser tocada.

Esta es la manipulación del Sínodo: y por eso, nadie conoce quién habla en el Sínodo, para que la gente en sus parroquias no se levanten. Y cada párroco, en el silencio, va a ir haciendo y deshaciendo en su diócesis, como le da la gana.

Este Sínodo extraordinario es sólo abrir una puerta falsa a la Iglesia: no tocamos la doctrina, pero hagan ustedes lo que quieran en sus diócesis. Saquemos un documento, con un lenguaje humano apropiado, en que no se toque el dogma, pero dejemos libertad para legitimar el pecado.

Ese lenguaje humano querido en este Sínodo: un lenguaje que trae división oficial. Si me han permitido decir en el sínodo que los homosexuales hay que acogerlos y darles la comunión, entonces hagámoslo realidad en la vida cotidiana de las diócesis.

¿En qué se han puesto de acuerdo todos los padres sinodales? En que se adelanten los procesos de nulidad del matrimonio. ¿En qué hay división? En la doctrina de Cristo. Todos divididos en la Verdad. Todos han querido la división en la Verdad. Todos exponen sus puntos de vista de cómo debe ser la pastoral hoy día. Pero nadie se ha preocupado por enseñar la Verdad de siempre, la Mente de Cristo, lo que quiere Cristo de Su Iglesia hoy día. A nadie le interesa la Verdad. A nadie le interesa Cristo. Nadie ama a Cristo. «El Amor no es Amado». El Amor es dejado a un lado por el lenguaje humano. Todos aman las bellezas de sus palabras humanas. Pero nadie ama la Palabra del Pensamiento del Padre.

¿Quién los ha dividido? Bergoglio, al convocar este Sínodo. Bergoglio, que ha dividido la cabeza, al poner al Papa legítimo como Papa emérito, divide a toda la Jerarquía: hablen lo que quieran en este Sínodo y como lo quieran. Pero eso sí, a puerta cerrada, para no escandalizar a los fieles en la Iglesia. Para que nadie entienda la jugada. Vamos a ponernos de acuerdo en el lenguaje de la Iglesia, que tiene que ser más realista, no tanto dogmático. Y todos, en sus parroquias a trabajar en este lenguaje moderno de la nueva iglesia, hasta el año que viene, en que ya quitemos los dogmas. ¿Ven el cisma ya declarado? ¿O todavía no lo ven?

Este Sínodo es ratificar lo que ya está sucediendo en toda la Iglesia, lo que durante 50 años se ha dado por los miembros de la Jerarquía, pero de manera oculta, como ha hecho Bergoglio toda su vida: declaraba una cosa a los medios, y con una llamada telefónica obraba otra.

Ya el pecado no hay que sujetarlo, no hay que permitirlo, sino aprobarlo, quererlo como un bien para toda la Iglesia.

Los anteriores Papas habían sujetado la división declarada en toda la Jerarquía.

Ahora, con una falsa cabeza es el “hágalo usted mismo” pastoral; con Bergoglio, no se sujeta la división, sino que se imprime la forma para que las almas cometan el pecado con la misma aprobación de la Jerarquía de la Iglesia.

Nadie quiere ver que el Papa León XIII está demostrando a toda la Iglesia que los Cardenales pueden elegir a un falso Papa en la Iglesia.

Un Papa ha hablado en la Iglesia, pero nadie le hace caso. Todos están pendientes de sus lenguajes humanos. Y eso es señal de que el dogma ya no es dogma en la Iglesia. Los hombres han cambiado el concepto de la misma Verdad. Ya la Verdad Absoluta es una evolución de la mente del hombre y, por eso, los dogmas hay que entenderlos según esa evolución, ese cambio.

Por eso, el tarado de Bergoglio ha dicho hoy que la ley santa no tiene fin en sí misma. Es esto: como yo concibo el concepto de Dios según mi mente, entonces yo pongo a la ley de Dios mi fin humano, social, interesado..

Así está la Iglesia: con un hombre que la lleva, a pasos agigantados, hacia su destrucción.

Contemplamos una Jerarquía podrida en Roma

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«Como ustedes no ven ni el cambio ni el desorden, ni la provocación dirigida al mismo Dios en Su propia Iglesia, Yo, Jesús, Dios y Sacerdote por excelencia, retiro las piedras muertas, las que aprisionan Mi Verdad muy santa ; hago caer todo lo que está podrido y que esconde Mi Santa Luz» (J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, p. 375).

¿Por qué hay tantas almas en la Iglesia que no ven la verdad? Porque ya no son de la Verdad, no son de la Iglesia, no son de Cristo.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Es el Espíritu el que mueve a las almas a obrar. Es el Espíritu el que da al alma la Verdad que tiene que obrar. Es el Espíritu el que ofrece la Vida al alma para que pueda obrar la Verdad.

Sin la moción del Espíritu, el alma no puede salir de su vida de pecado.

Sin la Inteligencia del Espíritu, el alma no conoce la Verdad y no puede quitar la mentira en su vida.

Sin el Amor del Espíritu, el alma no puede obrar lo divino, lo santo, lo sagrado, en su vida humana.

El Espíritu: mueve, da inteligencia y ama. Mueve para una obra de verdad divina, para que el alma salga de su visión humana, natural, de la existencia, y se ponga en la realidad divina.

El hombre, que vive lo humano, no ve lo real, el mundo real, que es siempre un mundo espiritual. El hombre sólo atiende a lo que ve con sus ojos naturales; sólo comprende lo que su mente capta, sintetiza, analiza. El hombre sólo vive en un mundo exterior, de muchas formas, modos, maneras, que no son la realidad de su vida.

El hombre está inmerso en un mundo que no puede percibirlo con sus propios medios humanos. Un mundo que tiene que revelarse al hombre para que éste se dé cuenta, para que preste atención, para que comprenda el camino de su vida.

Nada que obre el hombre, ninguna cosa que pasa por su inteligencia, es por el hombre. El hombre no se da cuenta de quién le hace pensar. Sólo ve su idea en su cabeza, pero no ve quién ha puesto esa idea en su cabeza. Y el hombre se cree que ha sido él mismo el que ha tenido esa idea. Y su ignorancia es su soberbia. El soberbio sólo ve su pensamiento humano, pero no ve de dónde viene la idea a su pensamiento; no ve quién la puso ahí.

¿Cómo ustedes no ven el cambio en la Iglesia? Por su soberbia. Y ¿cuál es la acción del Señor ante la soberbia del hombre? Una Justicia: «hago caer todo lo que está podrido y que esconde Mi Santa Luz».

Estamos en la Iglesia presenciando la caída de toda una Jerarquía podrida en el pecado y que se ha caracterizado por esconder la Verdad, la luz del Espíritu en la Iglesia: «Pastores, obispos, fieles, todos luchan contra lo sobrenatural santo y adorable que Dios descubre hoy a Sus más pequeños, para todos Sus hijos que lo escuchan» (La Virgen María en : J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, p. 160).

Una Iglesia que combate a Dios en Sus Profetas, y eso supone destruir la Iglesia. La Iglesia no la hacen los hombres, la Jerarquía, sino el Espíritu. Una Jerarquía que no cree en los profetas, sino que los obstaculiza de muchas maneras, destruye la misma Iglesia. Cristo habla a la Iglesia por Sus Profetas, por Su Espíritu. Y un sacerdote que no sea Profeta no es sacerdote. Una Iglesia que comete el mismo pecado del cual no hay perdón: «Mi Iglesia actual rechaza las manifestaciones de Mi Espíritu Santo; Ella Lo condena abiertamente y se condena a la vez Ella misma, pues he dicho que no blasfemen contra el Espíritu. Pero tantos, en Mi Iglesia, Me rechazan, que les envío a ustedes, los pequeños, darla nueva vida aportándola Mis Mensajes. (…) La Iglesia condena al Espíritu Santo, al cual Ella le prohíbe hablar… ¿Cómo quieres que Yo Me calle, hijita, ante tanta rebeldía contra Mí ?… ¿Cómo puedo Yo dejar Mi Iglesia ir a su perdición viviendo sin Mi Espíritu Santo? Eso no será; Yo la defenderé a pesar de todos» (Françoise, Jésus-Christ révèle aux siens ce qu’est la franc-maçonnerie, Éditions du Parvis, Suisse, 1998, pp. 53-54).

Hoy, en la realidad de una Iglesia que ha perdido su alma, el Espíritu, sólo Jesús la lleva en sus brazos. Sólo Él la guía hacia la Verdad sin apoyarse en ninguna Jerarquía, porque ya no creen en Cristo. Ya no creen en la vocación que Cristo les ha dado: ser otros Cristos. Sólo creen en sus inteligencias humanas, en sus conquistas humanas, en sus obras de hombres. Sólo creen en su humanidad podrida.

Este Misterio es el que estamos viviendo. Cuando un Papa ha renunciado a ser Papa (= y eso es blasfemar contra el Espíritu) y un hombre se ha puesto como falso Papa (= y eso es una blasfemia contra el Espíritu), a Dios no le queda más remedio que retirarse de Su Iglesia, la Iglesia concebida por el hombre en sus estructuras exteriores, humanas, naturales, materiales. Y, dejando lo exterior en manos de los hombres, Jesús guía Su Iglesia en cada corazón del que cree.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Ustedes Me demandan pruebas; que Yo existo, que soy Viviente, que hablo otra vez hoy, que les doy las señales de Mi presencia entre ustedes…Cada uno de ustedes es la señal viviente de Mi existencia.

Ustedes son como los fariseos: delante de ellos se encontraba la Verdad y la buscaban en otra parte, en las Escrituras. Hoy, otra vez ustedes están en la búsqueda de algo sensacional y tienen ante ustedes lo Esencial. Y todo esto que ustedes ven y escuchan de Mí al mismo instante lo ponen en duda. Hombres de poca fe….

Me anuncio Yo mismo y ustedes Me echan de Mi Tierra. Yo les hablo y ustedes se hacen los sordos. Yo Me acerco a salvarlos y ustedes rehusan Mi Mano. Ustedes escogen las tinieblas; prefieren la duda, se esconden detrás de su incredulidad; ustedes dudan que Dios pueda descender de los Cielos para advertir a Sus hijos del peligro que les amenaza.

¿Cómo puede Dios, que los ama, dejarlos en ese marasmo y en la decadencia que ustedes han creado con todas sus falsas ideas, sus principios inmorales, su orgullo insensato?

El fango que les cubre, parece ya liga: mientras más se mueven más se ahogan: el mundo entero se asfixia y el hombre es su propio verdugo.

Ustedes piensan que Dios puede quedarse indiferente y que no regresará para restablecer el orden en todas cosas que Él ha creado para el bien del hombre, y que han destruido con sus manos.

Piensan ustedes que Dios ya no puede regresar sobre la Tierra donde ha vivido entre sus hermanos humanos y donde ha dado Su Vida por Sus amigos y también por Sus enemigos. Mis hermanos, Mis hijos, Yo regreso para darles la esperanza» (J.N.S.R., Témoins de la Croix, Résiac, France, 1997, tome 4, pp. 108-109).

Esta es la principal blasfemia de la Jerarquía eclesiástica: no creen que Jesús venga de nuevo. Viene, pero para juzgar en el último día. Pero no viene para instaurar su Reino Glorioso. Por eso, la Iglesia está abocada a un comunismo: a un reino material, humano. A un mesianismo, a encontrar un rey humano que sirva para dar un gusto a los hombres. Este es el sentido del nuevo orden mundial y de la reunión de todas las iglesias en una. Y esto que buscan los hombres es sólo por su soberbia: por una idea que el demonio ha puesto en los hombres. Y esa idea dirige a muchos hombres para conseguir lo que quiere el demonio.

Jesús viene para instaurar Su Reino. Esto es lo que el demonio quiere impedir a toda costa. Y, por eso, ha puesto dos divisiones en la Iglesia: una en el Papado; otra en la fe. Esas dos divisiones son la obra del demonio dentro de la Iglesia, con un falso Papa, con uno que usurpa el Papado, que está sentado en la Silla sólo para poner estas dos divisiones.

La señal de que la Iglesia se destruye es lo que pasa en Roma:

1. un hombre que no da continuidad al Papado, sino que lo rompe: «Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión del papado. Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización» (EG – n 32).

Primero: el Papado no se puede tocar porque es un dogma de fe. La persona del Papa la ha puesto el mismo Jesucristo en Su Iglesia. No es posible la conversión del Papado. La persona del Papa tiene que tener Espíritu para ser fiel a Jesucristo, para poder comprender lo que Jesús quiere de un Papa. Francisco es un hombre sin ningún Espíritu. Y, por eso, pone su coletilla: «necesidades actuales de la evangelización». Francisco ha tocado el Papado: su gobierno horizontal. Esto significa romper el dogma del Papado. Ahora, busca unas nuevas leyes para poder obrar su nuevo y falso Papado. Ésta, su herejía, da a la Iglesia la ruptura en la Cabeza, que es la primera división. Una Iglesia, que se divide en la Cabeza, ya no es más la Iglesia de Cristo. Es la Iglesia de los hombres. Es la Iglesia podrida de la humanidad.

Segundo: Francisco habla como Obispo de Roma, es decir como persona particular, privada en la Iglesia. Por tanto, su opinión, que es herética y cismática, la Iglesia Católica no puede aceptarla. Francisco no puede hablar como el Sucesor de Pedro. ¡Y él lo sabe!. Por eso, siempre dice: Obispo de Roma. Y el Papa verdadero, si quiere ser persona pública, habla como el Vicario de Cristo. Cuando un Papa habla como Obispo de Roma no habla como Papa, sino como persona particular, privada. Ningún Papa legítimo habla en la Iglesia como Obispo de Roma. Aquí tienen una señal más de que Francisco no es el Papa verdadero, sino un usurpador del Papado.

Tercero: Un Papa legítimo escucha a todo el mundo en la Iglesia, pero sólo hace caso a Jesucristo. Sin vida espiritual, entonces Francisco hace su jugada: quiero opiniones para destruir el Papado. Y pone una excusa, que sólo se la cree él: para que el ejercicio en el ministerio se «vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle». Esto sólo se lo cree él porque la fe, para Francisco, es un acto mental, un recuerdo, un ir a la historia y ver qué hacían los Apóstoles en ese tiempo y ponerlo, pero en el tiempo actual: según las «necesidades actuales de la evangelización». Siempre, cuando Francisco habla, recurre a su lenguaje humano, a su juego, a su jerga. Como la fe es un recordar el pasado para poner un nuevo presente; entonces hagamos memoria de la Iglesia, hagamos memoria de la vida de Cristo, hagamos memoria de las necesidades de los hombres en sus culturas, y apañemos el Evangelio para darle un gusto al hombre. Este es todo el juego de Francisco cuando habla.

Cuarto: Francisco vive su mentira: «estoy llamado a vivir». ¿Qué cosa? Mi mentira, mi pecado: la «conversión del papado». Luego, como ya vivo mi pecado, cómo mi vida es la obra de mi pecado, como soy podredumbre en mi pecado, como me senté en la Silla de Pedro para tumbar a Pedro, entonces pongamos el camino para que también los demás vivan mi pecado y sean una iglesia podrida en el pecado. Y, para hacer esto, habla como Obispo; porque no puede hablar como Papa. Francisco ha puesto el camino, dentro de las estructuras de la Iglesia, para condenar almas.

Estos cuatro puntos nadie los ve, nadie los discierne cuando leen a Francisco. Y están ahí. Y, ¿por qué no se ve esta Verdad? Por la soberbia. No se quiere ver la Verdad. Todos se apoyan en el lenguaje humano de Francisco para asentir con su mente a la mentira que Francisco habla por su boca.

2. un hombre que divide la fe en Cristo y en la Iglesia: «Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes» (EG – n. 250s).

Primero: la Verdad no se discute, no se dialoga, no se piensa, sino que se cree. Si no hay humildad en la persona, no se puede aceptar la Verdad, que es siempre algo Absoluta; nunca es relativa al hombre o a su vida. Es algo que viene de Dios y que es obligatorio al hombre asentir con su mente a la Verdad que da Dios. El hombre tiene que abajarse para acoger la Verdad. Tiene que dejar a un lado sus pensamientos verdaderos, para poder entender lo que es verdadero en Dios. Por tanto, Francisco está en su juego: «Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo». Hay que abrirse a la verdad que cada uno posee en su mente humana. Éste es el juego, el lenguaje de Francisco. Francisco no puede enseñar que la Verdad la trae el Espíritu y, por tanto, hay que tener una actitud de apertura al Espíritu. Hay que abrirse al Espíritu, no a los hombres. Hay que hablar con el Espíritu, no con los hombres. Hay que hacer caso al Espíritu, no a los hombres. «La verdadera apertura implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con una identidad clara y gozosa, pero abierto a comprender las del otro y sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada uno» (Ibidem). Su herejía es clara: sé católico, pero también sé budista, judío, protestante, etc. Francisco no dice: mantente en la Tradición y combate el error. No, no puede decir esto. Tiene que decir, con bellas palabras, pero que son una blasfemia: Sé tradicional, pero abierto a las verdades que los otros tienen y que te enriquecen, te dan una verdad que no posee tu tradicionalismo, porque es un fundamentalismo.

Segundo: Al ser la Verdad Absoluta, quien quiera ser de la Verdad tiene que dejar sus pecados, sus errores, sus ideas humanas, aunque sean las más perfectas. La Verdad es divina, no humana. Y, por tanto, quien es de la Verdad no es de los hombres. Y esto es lo que no aguanta Francisco: «a pesar de los varios obstáculos y dificultades, particularmente los fundamentalismos de ambas partes». Como a todos los hombres les gustan sus ideas, sus juicios, sus opiniones, sus dogmas, entonces es necesario crear un clima para acoger los fundamentalismos de todo el mundo. Con esto está declarando que todas las confesiones religiosas son verdaderas. Con esto está diciendo que la Iglesia Católica no tiene toda la Verdad, sino que tiene verdades que son fundamentalistas, que hacen que la gente se quede colgada en su juicio y no avance a la conversión del Papado, de la Iglesia, de la doctrina de Cristo, de sus dogmas. Y, por eso, dice su gran blasfemia: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo…» (EG – n. 254s). Este texto revela el alma de Francisco: quiere una Iglesia universal, no católica. Los no cristianos están justificados –por su conciencia- mediante la Gracia. Esta es la demencia senil de ese hombre. Es su locura. Es su gran ignorancia de la vida de la Iglesia, de lo que es la Iglesia, de lo que es la Verdad y de lo que es el pecado.

Tercero: Al negar que la Iglesia Católica posea la Verdad Absoluta y que, por tanto, las demás iglesias también valen (los no cristianos ya viven en gracia), está declarando la anulación del dogma, de todos los dogmas. Y esta es la división de la fe. Por eso, fue a Jerusalén a dar comienzo a esta división. El pensamiento que está en su bazofia de encíclica lo obró en Jerusalén. Ahí comenzó, la obra de la destrucción de la Iglesia. En la primera división, en su gobierno horizontal, comenzó la destrucción de Cristo como Cabeza. En esta segunda división, comienza la destrucción de Cristo como Cuerpo.

Estas cosas, hoy día, nadie las analiza, porque todos están viendo a Francisco como lo que no es: no es Papa. Es un usurpador del Papado. Todos los ven como Papa. Y es lo que hay que analizar en el gobierno de Francisco. Éste es el gran error. Éste es el gran engaño. Éste es el gran castigo de Dios a Su Iglesia.

«El Papa Juan Pablo II es aún católico y luchará hasta la muerte por serlo y llevar al mundo las consignas del Catolicismo… pero el que le suceda no las seguirá y dará apertura a todas las herejías que están presionando hoy a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana» (Pequeña Alma, España 2001 ). Un Papa legítimo abrió la puerta a toda la maldad con su renuncia al Papado. Esta es su blasfemia. Un gravísimo pecado como Papa verdadero. No se dejó guiar por el Espíritu para hacer lo correcto como Papa, como Sucesor de Pedro. Por eso, su renuncia no es un acto de humildad. El humilde no abre las puertas de la Iglesia a todas las herejías, sino que las cierra. Su renuncia fue un acto de gran soberbia. Puso el camino para que la Iglesia sea gobernada por un falso Papa, que es el que trae todas las herejías.

El Papa Benedicto XVI no luchó hasta la muerte por ser católico, por ser el Papa de los católicos. Y no luchó por su falta de fe en Cristo y en la Iglesia. Y esa, su debilidad en la fe, hace de Su Papado, un camino abierto al error. Un camino no seguro, que le llevó a decidir una renuncia en contra de la fe católica. Cuanto más la Iglesia necesitaba de la fortaleza de una cabeza para seguir adelante, esa cabeza se hundió y ha hecho hundirse a toda la Iglesia. Y ahora la Iglesia es manejada por el demonio en la cabeza.

Por eso, el Señor no quiere cabezas. No quiere la Jerarquía. Toda esa Jerarquía está podrida en Roma. Están haciendo lo que les da la gana en Roma: es un escaparate del demonio, de la maldad. Y más pecados se irán viendo, ahora, en toda la Jerarquía podrida. Ahora es cuando se van a quitar la careta, y cada uno podrá saber quién realmente pertenece a la Iglesia Católica y quién no. Sólo queda rezar y hacer penitencia. Lo demás, no interesa en la Iglesia, no interesa en Roma. Roma ya camina hacia su destrucción, hacia su comunismo:

«¡Oh, qué visión horrible veo! ¡Una gran revolución se desarrolla en Roma! Ellos entran al Vaticano. El Papa está completamente solo, rogando. Tienen el Papa. Lo toman con fuerza. Lo golpean hasta hacerlo caer. Lo atan. ¡Oh Dios mio! ¡Oh Dios mio! Le dan patadas. ¡Qué escena horrible! ¡Eso es terrible!… Nuestra Señora se acerca. ¡Estos hombres malos caen a tierra como cadáveres! Nuestra Señora ayuda al Papa a levantarse tomándolo por el brazo; lo cubre con Su manto y le dice: ¡No temas!»

«Astas de banderas (que enarbolan la bandera roja sobre la cúpula de San Pedro y en otros lugares), la destrucción y la seducción salieron de las logias de estos siniestros brutos. Gritan esos ateos: nunca querremos que Dios reine sobre nosotros;¡queremos que Satanás sea nuestro amo!»

«Hija mia, Roma no será salvada, porque los gobernantes italianos abandonaron la luz divina. Sólo un reducido número de gente quiere verdaderamente a la Iglesia. Pero no está lejos el día donde perecerán todos los malvados, bajo los tremendos golpes de la Divina Justicia» (profecías de la Madre Elena Aiello monja, fundadora, estigmatizada (1895/1961) – Viernes Santo de 1961).

La Jerarquía podrida acabará en manos del comunismo para su perdición eterna.

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