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Dios no es novedad perenne

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«Pagad al César lo que es del Cesar; y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

Esta frase de Jesús no es irónica: «Jesús responde con esta frase irónica y genial» (Homilía – 19 de octubre 2014).

En Jesús no se da el pecado de ironía; en Jesús no hay genialidades. Jesús no es una persona humana, es una Persona Divina. Y, cuando habla, habla con sabiduría divina, y dice lo que tiene que decir en cada momento.

Jesús no es un papagayo de los hombres, como lo es Bergoglio: no repite las palabras de otro; no da a conocer lo que otro piensa; no apoya su vida en el pensamiento de ningún hombre. No habla de más. No habla para captar la atención del oyente. No habla para ser famoso entre los hombres.

Jesús es Dios y habla como Dios. Habla para enseñar la verdad del pecado del hombre: por vuestras infidelidades, de un pueblo libre que erais, os habéis sujetado al imperio de los Romanos. Cargad, ahora, con ese yugo, pagando al césar el tributo que le corresponde como gobernante de unos esclavos. Pero ese peso de vuestro pecado, no os va a impedir dar a Dios lo que le debéis como pueblo suyo que sois.

De estas palabras de Jesús resulta una lección y doctrina muy importante para todos. Todos los católicos están obligados a respetar y a honrar los gobiernos de la tierra, aunque quien gobierne sea un demonio. Ningún católico puede resistir a la potestad temporal, sino cuando ésta exige cosas que sólo pertenecen a Dios. En este caso, no hay obediencia: es necesario resistir a uno que quiere ponerse por encima de Dios, que da normas en contra de la ley de Dios.

¿Qué enseña Bergoglio?

«Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que se plantean problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego sus conveniencias, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama» (Ib). ¿Está en juego tu dinero? Dale al César tu dinero. ¿Está en juego tus riquezas? Dale al César tus riquezas. ¿Está en juego tus conveniencias? Dale al César tus conveniencias. ¿Está en juego tu poder? Dale al César tu poder. ¿Está en juego tu fama? Dale al César tu fama.

Esta es la doctrina comunista del bien común social: es más importante el que gobierna, sus intereses, sus intenciones, sus puntos de vista, que el bien privado del pueblo.

Es una barbaridad esta doctrina de Bergoglio. Y fue predicada en un acto importantísimo para ellos: la falsa beatificación del Papa Pablo VI.

¿No han caído en la cuenta que un comunista no puede beatificar a nadie en la Iglesia? Y, por lo tanto, lo que predica, lo que hace ese día, tan mediático para él, es dar su idea comunista, marxista. Y todos aplaudiendo esas palabras.

¿Qué dicen los santos sobre este pasaje?

«No dudéis que cuando Jesucristo ordena dar al César lo que pertenece al César, entiende solamente las cosas que no son contrarias a la piedad ni a la religión; porque todo lo que es contrario a la fe y a la virtud, no es el tributo que se debe al César, este es el tributo del diablo. El pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina» (San Juan Crisóstomo – Homilía L).

Pagar los tributos es bueno: no es un problema de conciencia: es un deber y una obligación moral para todos.

¿Qué enseña la Escritura?

«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores… Pagadles, pues, los tributos…Pagad a todos lo que debáis…» (Rom 13, 1.6a.7a).

¿Qué enseña Bergoglio?

«Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dad] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y profesar —ante cualquier tipo de poder— que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Esta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios».

¿No es el pensamiento de este hombre, no sólo oscurísimo, sino tiniebla pura?

Jesús no pone el acento ni en la primera ni en la segunda parte: Jesús enseña que «el pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina».

Jesús enseña a someterse a toda autoridad, porque viene de Dios: «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios» (Rom 13, 2): hay que pagar el tributo porque así lo ha dispuesto Dios. Es la carga del pecado. Pero no hay que dar a la autoridad aquello que pertenece a Dios, que manda Dios en Su Ley. No hay que reconocer ante ningún poder el poder de Dios, porque toda autoridad la ha puesto Dios. Hay que reconocer eso: que toda autoridad viene de Dios: «no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (v.1b). Pero si manda algo, en contra de Dios, entonces se la resiste, no se la quita y se pone otra.

Pero Bergoglio va a lo suyo: «esta es la novedad perenne»

La doctrina de Cristo no es ninguna novedad perenne. No es algo nuevo, que es perenne. Dios no cambia en su doctrina. Su doctrina no es novedad, sino que es inmutable. Esta es, simple y puramente, la Verdad, lo que hay que obrar. Punto y final. Es una verdad eterna. No es nueva. Lo nuevo es lo que ha nacido ahora, lo que se da ahora. Dios no es novedad. Dios es eternidad. Dios es inmutable moralmente: lo que quiere, lo quiere siempre. No cambia en su voluntad. Es una voluntad eterna. No quiere nunca una cosa opuesta a lo que quiere.

Lo perenne es lo común que se acepta en todos las épocas, es algo continuo, que no cesa. Lo perenne no es lo absoluto, no es lo eterno. Es el conjunto de pensamientos, de ideas que todo el mundo sigue, por una novedad, que no necesariamente es de sentido común, por un  problema que no se sabe resolver.

La doctrina de Cristo no es perenne, sino absoluta, que permanece siempre en la misma, que no cambia, que no es del gusto de los hombres, no es para un común de hombres, no es para una masa de hombres. Es para cada alma.

Muchos viven en el pecado como algo aceptado por todos: eso se llama perenne. Es un conjunto universal de vicios, tomados como valores, que son comunes a todas las culturas: todos valoran sus pecados. Todos hacen una vida de sus pecados. No los quitan. Es algo que no cesa en ellos. Y, por tanto, lo perenne les lleva al cambio en sus vidas, a las novedades, a las sorpresas de la vida.

El mal es algo que está en la vida de cada hombre. Es algo continuo, que se convierte en una rutina. Luego, el mal es una parte esencial de la vida de todos los hombres. Hagámoslo novedad. Que sea una novedad perenne, continua, común a todos, aceptada universalmente por todas las culturas.

Así que, para Bergoglio, Dios es novedad perenne. Dios no es ni eterno ni inmutable ni absoluto. Y, por tanto, «hemos de redescubrir cada día» a ese Dios que es novedad, que cambia, que quiere hoy una cosa y mañana da una sorpresa al hombre. Hay que «superar el temor»

Pero, ¿qué temor hay que superar? No entendemos este galimatías de la mente de Bergoglio.

«¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3b-4).

San Pablo es muy claro: hay que dar a la autoridad para estar en paz, para vivir tranquilos con ella. Pero si no se da, si por malicia, se esconde lo que hay que dar, se peca, entonces esa misma autoridad es justicia de Dios.

San Pablo habla del pecado de avaricia, que hace retener el dinero que hay que dar a la autoridad.

Bergoglio, ¿de qué habla? Habla de un temor, habla de unas sorpresas de Dios. ¡No comprendemos! ¡Ni tampoco hace falta comprenderlo, porque él va a lo suyo!

Dios «no tiene miedo de las novedades».

Esta frase es portada en la mayoría de los magazines del mundo.

Dios no tiene miedo de los gays, de los divorciados, de las nuevas familias. Esto es lo que corre por el mundo entero, porque un hereje, sentado en la Silla de Pedro, lo ha predicado.

El mundo ha comprendido el pensamiento de Bergoglio: Dios es «novedad perenne». Porque en el mundo los hombres hacen sus dioses, viven de sus continuas novedades. Viven en el cambio temporal. Y eso es perenne en ellos, porque no quieren quitar el pecado. El pecado se ha convertido en un bien del pensamiento del hombre. Un bien que hay que buscar y que hay que valorar en todas las cosas de la existencia humana. El pecado es algo perenne para el hombre. Es algo novedoso, porque hay que dar una nueva cara todos los días, para que el hombre no se aburra pecando.

«¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, abriéndonos y llevándonos por caminos imprevistos. Él nos renueva, es decir, nos hace continuamente «nuevos». Un cristiano que vive el Evangelio es «la novedad de Dios» en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta «novedad»».

Esta es la doctrina masónica: Dios ahora quiere algo que nunca lo ha querido. Dios comienza a querer algo en el tiempo de los hombres. Dios suspendió Su Voluntad, pero ahora la manifiesta con una sorpresa, con caminos imprevistos. Dios cambia, no hay Verdades Absolutas. Dios cambia en el pensamiento de cada hombre. Dios es como el hombre lo quiere pensar. El concepto de Dios, cada hombre se lo inventa.

Dios «nos hace continuamente nuevos»: ésta es la idea de la reencarnación, dicha en un lenguaje coloquial.

Dios nos regenera en el Bautismo: nos hace hombres nuevos. Pero Dios no hace eso continuamente. Lo que hizo en el Bautismo, no lo vuelve a repetir. Si el alma pierde la gracia, por el pecado, vuelve a ella por el arrepentimiento. Pero ese alma es ya hijo de Dios por el Bautismo. Ya es algo nuevo que recibió una vez, pero que no vuelve a recibirlo aunque haya pecado. Ese ser hijo de Dios no constituye a la persona en un ser puro, en una humanidad pura, en donde no puede pecar. Es ya hijo de Dios, pero con la capacidad de pecar de nuevo. Lo que se repite de nuevo es el pecado, no el ser hijo de Dios.

Dios no es novedad, sino eternidad.

Dios no es novedad, sino que es inmutable en todas las cosas.

Dios es Eterno. Dios no es nuevo. Dios permanece en lo que es: no cambia, no nace, no muere, no crece, no decrece. Permanece en la realidad de lo que es su Ser Divino. Siempre ha existido. Siempre ha querido lo mismo. No hay un antes, no hay un después. Es un ahora continuo. No tiene un principio ni un fin. No tiene una medida.

Lo que es nuevo se puede medir, se le pone principio, se le coloca un término. Lo que es nuevo, nace ahora, empieza ahora, se conoce ahora.

Dios no cambia, no tiene sucesión, no se mueve. Todo lo que es novedad es cambiante, es movedizo, es una medida finita. Dios no tiene duración, no se le puede añadir algo o quitar algo: ni adquiere ni pierde nada. La novedad es de algo que se puede dividir, que se puede quitar.

Por tanto, Dios no sorprende a nadie con novedades. Dios no abre al hombre ni lo lleva por caminos imprevistos. Esta es la doctrina propia del demonio.

Dios tiene un fin divino en todo su obrar. Y es un fin inmutable, en donde no entra ninguna sorpresa. En la luz de Dios no hay sorpresas: sólo hay enseñanza de Dios al hombre. Enseñanza de la Verdad. Y no de otra cosa, porque «Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 5b). En Dios no hay oscuridades, tinieblas, maldades. Dios, cuando da Su Luz al hombre, lo ilumina con la verdad: no le da sorpresas, no le da novedades.

Dios es la luz de la Verdad, y comunicándola a los hombres es la luz de los hombres: «Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Y la luz verdadera no quiere ahora lo contrario de lo que ha querido antes.

Dios llama a los gays: abominación: «Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lev 20, 13). Y esto es para siempre. Esto no es novedad perenne, sino doctrina inmutable y eterna.

Dios da la interpretación definitiva a lo que es un matrimonio por la Iglesia: «Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada del marido comete adulterio» (Lc 16. 18). Esto es para siempre: los divorciados no pueden comulgar porque lo dice Dios, lo enseña Dios. Y siempre Dios lo ha enseñado. Y Dios, ahora, porque lo quieran lo hombres, no va a cambiar Su Eterna Voluntad. Dios no es novedad perenne; Dios es un ahora inmutable, eterno.

Dios no es una sorpresa ni una novedad. Su doctrina no puede cambiar nunca. Permanece siempre en lo que es. Su doctrina no es nueva, es de ahora, es de siempre. Su doctrina no tiene una medida humana: no se puede dividir, no se la puede desarrollar, no se la puede interpretar con la mente del hombre.

Dios no es novedad. Dios no quiere las novedades de los hombres. No las necesita para nada, porque en Dios todo es Eterno, todo permanece siempre, en un ahora que no cambia, que no lleva a algo novedoso.  Dios quiere ahora lo que ha querido siempre. No puede mudar de propósito. No puede cambiar de intención en Su voluntad. Dios, lo que siempre ha comprendido, lo que siempre ha juzgado, no cambia por las cosas de los hombres, por sus culturas, por sus tiempos. Dios no está determinado por los hombres. Dios se determina por sí mismo para conocer la verdad. No necesita las novedades de los hombres. Lo que es una verdad desde toda la eternidad, sigue siendo verdad para este tiempo de los hombres. Dios no se muda en su Inteligencia Divina, porque las cosas tienen su verdad desde toda la eternidad. Y si una cosa se muda, es que desde toda la eternidad se muda.

Dios no hace caminar al hombre por caminos imprevistos, sino por caminos ya pensados por Él desde toda la Eternidad. Y esos caminos, ningún hombre los puede cambiar. No es el tiempo la medida de los hombres: es con lo eterno cómo los hombres tienen que medir sus vidas humanas.

Bergoglio enseña la doctrina del demonio, que gusta al mundo y a todos los católicos tibios y pervertidos, que son muchos en la Iglesia Católica. ¡Muchos!

«La eternidad es la posesión perfecta y simultáneamente total de una vida sin término» (Boecio). Quien lo posee todo, de una manera perfecta y simultánea, no necesita las novedades de los hombres.

En la Iglesia Católica tenemos al Espíritu de la Verdad que nos lleva a la plenitud de toda la Verdad, a lo eterno, a lo inmutable, a lo que no tiene capacidad de novedad alguna, a lo que no es perenne.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en la Iglesia», sino que es el mismo Cristo en la Iglesia. Y Cristo no es novedad, es eternidad.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en el mundo», sino que es el que lucha continuamente contra el espíritu del mundo.

Bergoglio sólo se dedica a lo suyo: a su negocio en el mundo. Y sólo a eso:

«En esto reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En esto reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es devolver con laboriosidad a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira la realidad futura, la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida —con los pies bien puestos en la tierra— y responder, con valentía, a los numerosos retos nuevos».

A Bergoglio sólo le interesa los retos nuevos que hay en el mundo: matrimonio de gays, comunión a los divorciados, bautizos de los hijos de las nuevas familias de lesbianas y gays, casamiento de los sacerdotes, una novedosa economía mundial, un nuevo gobierno mundial, una nueva iglesia ecuménica…Son las sorpresas de su concepto de Dios. El dios que sigue Bergoglio es el dios de su cabeza. Por eso, Bergoglio desvaría continuamente. Ya se le palpa en las últimas homilías que dice. Está diciendo cosas sin sentido, sin lógica, oscuras, necias, locuras de su mente.

«La esperanza en Dios no es una huida de la realidad»: la esperanza divina es conquistar el cielo, tender hacia lo divino, apartarse de todo lo humano, de toda la realidad. Es vivir para conquistar lo eterno, lo que nunca cambia. Y, por tanto, es vivir sabiendo usar todo lo material, todo lo humano, como plataforma para lo divino. Si algo humano me impide lo eterno, hay que cortarlo, hay que desprenderse de eso, hay que renunciar al hombre, a su pensamiento, para tener a Dios en el corazón.

El que espera en Dios no espera en los numerosos retos nuevos: da a cada uno lo que tiene que dar y, después, se dedica a adorar a Dios, huyendo de toda realidad.

Esto es tener los pies en el suelo y una cabeza bien montada.

Bergoglio es un loco, con una doctrina insoportable, demoniaca y claramente atea.

«Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los obispos —«Sínodo» significa «caminar juntos»—. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús».

Sólo un loco puede decir esta frase y quedarse tan tranquilo. Sólo una persona que ha perdido el juicio, que desvaría en su mente.

¿Pretenden los Obispos ayudar a las familias con sus herejías? ¡Por favor! ¡Vayan a contarle ese cuento a otros en la Iglesia!

Los pastores y laicos han llevado a Roma la doctrina del mundo, que es la doctrina del demonio. Han llevado la voz de las almas que no obedecen la Verdad del Evangelio, sino que viven para obedecer a sus propios pensamientos humanos, ya hechos vida, rutina, en el pecado.

¿Qué evangelio pretenden seguir con el pecado de herejía y de cisma?

¿Cómo se puede engañar a todo el mundo con estas palabras? «Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien hace crecer lo que hemos sembrado». Es el demonio el que va a hacer crecer lo que los Obispos, hijos del diablo, han sembrado en el Sínodo. Es el demonio.

Y como no comiencen a criticar a toda la Jerarquía, esos Cardenales, esos Obispos, esos sacerdotes, les van a ganar con sus inteligencias erradas, con su lenguaje maravilloso. Ellos se saben la teología a la perfección, pero no la cumplen, porque sólo les interesa vivir buscando una razón para exaltar el pecado, para justificarlo, para llamarlo bueno. ES lo que hacen con Bergoglio: si es un hereje, pero es un buen hombre.

Criticar a la Jerarquía ya no es pecado, porque se ha sometido a un hereje. Y esa es la perdición de toda la Iglesia.

La Iglesia se salva cuando obedece al Papa legítimo; la Iglesia se condena Ella misma cuando obedece a un falso Papa.

Ha sido un Sínodo preparado por Bergoglio para anular el dogma. Pero ha tenido que echarse para atrás. Y eso le va a costar el gobierno en su iglesia. Bergoglio no ha hecho lo que la masonería le ha pedido.

Sacó el documento para su aprobación la primera semana y, como es un sentimental perdido, al ver el alboroto, se echó para atrás. Ese documento fue hecho por la masonería para que todos los Obispos lo aprobaran. Y Bergoglio se echó para atrás. Y, ahora, viene su cabeza. Ahora viene su renuncia.

La blasfemia de Bergoglio contra la Maternidad Divina

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«El Evangelio que acabamos de escuchar, lo acogemos hoy como el Evangelio del encuentro entre los jóvenes y los ancianos: un encuentro lleno de gozo, de fe y de esperanza» (ver texto).

Así comienza un hereje su homilía: poniendo su idea humana por encima de la Mente de Cristo, del Evangelio de Jesucristo, de la Palabra del Pensamiento del Padre.

No podemos acoger una blasfemia como ésta: el Evangelio de Jesucristo no es el evangelio del encuentro con los hombres y, menos, del encuentro entre los jóvenes y los ancianos.

El Evangelio de Jesús es una Ley Eterna; el falso evangelio del encuentro es una idea masónica, protestante y comunista, sin gozo, sin fe y sin esperanza.

La Palabra de Dios no es para hacer un encuentro entre los hombres, sino para hacer una selección entre ellos: es para poner espada, división; es para indicar el camino de la salvación y hacer que el alma elija un camino en su vida.

El Evangelio de Jesucristo es el que lleva al Cielo; el evangelio del encuentro es el que lleva al infierno. Elijan uno de ellos. Elijan a Cristo o a un Obispo que no sabe leer el Evangelio de Jesús, que sólo sabe malinterpretarlo con sus palabras baratas y llenas de blasfemias.

Tienen que elegir ya. Tienen que saber escupir cada palabra de Bergoglio y decirle a la cara: tú no eres el Papa verdadero de la Iglesia Católica, porque no hablas como Jesucristo, no eres la Voz de Cristo en la tierra, sino que hablas como tu padre, el demonio: eres la misma voz del demonio.

Si no se atreven a decir esto, están haciendo como todos esos católicos, tibios y pervertidos en sus juicios, que buscan una razón para lavar las babosidades de este hombre cuando habla; son como toda esa Jerarquía, que se ha acomodado al lenguaje herético de un hombre, y que no tiene ninguna vergüenza en llamar a esta doctrina como católica, cuando es claramente anticatólica.

¡Da asco Bergoglio! ¡Pero más asco dan los católicos y la Jerarquía que apoyan y obedecen a Bergoglio! ¡Porquería demoníaca es lo que abunda en toda la Iglesia!

Si Bergoglio es un ser que ha perdido el juicio, es decir, un idiota, uno que no sabe pensar ni hablar una verdad, porque no hay verdad ni en su mente ni en su boca humana, más locos son todos esos católicos, que sólo son de nombre, pero no de obras, que alaban a Bergoglio, que lloran las palabras de un mentiroso, que repiten las herejías de un demonio en la Iglesia.

¡Bastardo es el nombre de Bergoglio: es el nombre de la Bestia! Nombre que se ha escondido en la falsedad de Francisco.

Francisco es un farsante (= su nombre es falsedad, porque no tiene el Espíritu de San Francisco de Asís, que es el motivo por el cual lo eligió); Bergoglio es el demonio en persona (= su nombre es su vocación en la vida: Bergoglio viene Beriko (Beriko, Berko, Bergo, Bergolio, Bergoglio), que significa burro, asno, persona incapaz de pensar la verdad. Es una hernia en el pie (Beriko, bernia, hernia); es un malestar que no se quita en la vida; es un dolor de cabeza, que ninguna medicina lo saca).

«María nos muestra el camino: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, ciertamente para ayudarla, pero también y sobre todo para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

En estas palabras ha anulado todo el Misterio de la Maternidad Divina.

¡Qué hombre tan cegado por lo humano! ¡Qué hombre tan inculto! ¡Qué demonio es Bergoglio!

La Virgen María va a aprender de una criatura humana, de la sabiduría de la vida humana: clarísima herejía, blasfemia contra la Santidad de la Virgen María.

¿Dónde están las Glorias de María en esta homilía? En ninguna parte, en ninguna palabra, en ningún párrafo.

¿Dónde están las glorias del hombre en esta homilía? En todas partes: desde el principio hasta el final.

Conociendo la mente de este sinvergüenza, es lógico que trate así a la Virgen María: sin ningún respeto, sin ninguna obediencia a Su Misterio, sin ninguna alabanza a su persona humana.

¿Quién es la Virgen María? La Madre de Dios. Y, por ser Madre, tiene la perfecta sabiduría humana, no sólo la divina. Luego, por ser Madre de Dios, la Virgen María no tiene que aprender de nadie, y menos de una mujer, lo que es la sabiduría de la vida.

Si no ponen a la Virgen María en su puesto, entonces caen en la blasfemia de este hombre, de esta piltrafa humana, de esta sabandija demoníaca.

La Virgen María, por Su Maternidad, no es una mujer como las demás. Es una persona humana con dos naturalezas. Este es Su Misterio, Su Gloria.

¿Quién es Jesús? Es el Verbo Divino que tiene dos naturalezas: la Divina y la Humana. Jesús no es un hombre: no pertenece a la naturaleza humana. El hombre sólo posee una sola naturaleza: la suya propia de su especie: la humana.

Jesús posee dos naturalezas: no es un hombre, no pertenece a la naturaleza humana. Posee otra naturaleza en su ser. ¡Este es el Misterio de la Encarnación! Nadie enseña este gran Misterio. Todos colocan a Jesús como Hombre. Y no es un Hombre como los demás.

En Él se resuelve la unión hipostática: el Verbo, que es Dios, se une a otra naturaleza, la del hombre, y surge así un nuevo ser, que es Dios y Hombre, al mismo tiempo.

En este Misterio, participa en grado supremo, Su Madre, la Virgen María.

La Virgen María, para poder ser Madre de Dios, tiene que ser elevada a esa unión hipostática. Y cuando el Verbo asume la naturaleza humana, en el vientre de María, asume la persona humana de Su Madre. Y esto significa, que María posee la misma Naturaleza Divina del Verbo por asunción. En otras palabras, María es Divina.

No sólo la Virgen María es divina por la Gracia, que la hace ser Hija de Dios por adopción; no sólo participa de la Naturaleza Divina por la gracia. Sino que es divina por su Maternidad; no sólo por su Bautismo.

Esta es la Gloria de María: tener por Hijo al mismo Hijo del Padre. Es algo que no se puede explicar, alcanzar con la mente humana. Es algo que supone una elevación del ser humano de María al Ser Divino, en que la Virgen pasa a ser Divina por la unión del Verbo con su naturaleza humana, en Su Seno Virginal.

Y, por tanto, María es poseída por toda la Sabiduría Divina. Y, en esa Sabiduría Divina, conoce lo que es el hombre, su valor y su sabiduría. María no necesita leer un libro para conocer lo que es el hombre. María no necesita que otra persona le enseñe lo que es la vida humana. No tiene ninguna necesidad porque lo sabe todo. Esta es Su Grandeza, que anula ese bribón con sus palabras de blasfemia, porque no cree en el dogma de la Maternidad Divina.

Hoy día la Jerarquía de la Iglesia no cree en esta divinidad de la Virgen, en Su Maternidad que la hace divina. No cree. Hace falta ser niños para poder creer en la Virgen María y para poder decir: María es Divina. Hay que poner la mente en el suelo y pisotear toda filosofía y toda la teología. Sólo los niños creen en las Grandezas del alma de Su Madre. Los hombres, los adultos, los sabios, ven sólo a María como una simple mujer

Como somos tan hombres, tan humanos, tan carnales, tan materiales, tan de la tierra, entonces lloramos y nos divertimos con las palabras necias de un estúpido: «para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

Es Isabel la que aprende de la Virgen María, porque la alaba en Su Maternidad Divina.

¿Por qué va la Virgen María a visitar a su prima Isabel?

Lo dice la misma escritura: «Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y clamó en voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 41-42)

Santa Isabel engrandece la Gloria de la Virgen María: su maternidad divina.

Bergoglio alaba a los hombres, los engrandece.

¿Quién tiene la razón? ¿Una Santa o un demonio? ¿Quién está dando lo que es la Virgen María, la verdad de su vida, de su persona, de su unión con Dios? ¿Lo da Bergoglio o lo da Santa Isabel? ¿Con quién te quedas: con Bergoglio o con los Santos de Dios? ¿A qué iglesia perteneces: a la de Bergoglio o a la de Jesús?

Ya hay que elegir. Ya hay que ponerse o de parte del Anticristo o de parte de Cristo.

Hay mucha gente que no sabe discernir nada. Están en la Iglesia con una estupidez morrocotuda.

La Virgen María lleva en su Seno al Santificador; y ¿cuál es su obra? Santificar un seno de una mujer que ha creído en el Mesías, pero que tiene un hombre, un sacerdote, que no ha creído y, por eso, se quedó mudo. ¿En qué cabeza cabe que la Virgen María vaya a escuchar las palabras de un anciano que no cree ni puede hablar? ¿En qué está pensando Bergoglio al hacer de este encuentro con Isabel una tertulia social? Es lo que quiere este hombre: la sociedad, lo cultural, lo humano. Pero aborrece a Cristo y a Su Madre.

La Virgen Maria hace una obra: santificar. Y la hace, no sólo como instrumento del Verbo, que está en Su Seno Virginal. Es su misma Maternidad la que obra: es el mismo Verbo unido a Su Madre. Son los dos, al mismo tiempo, los que santifican el hijo de esa mujer. Porque, para esto, el Verbo se encarna en el Seno de una Virgen: para llevar a la santidad a todas las almas, a través de Su Madre, la Virgen María. Jesús y Su Madre no se pueden separar en la Iglesia, en la Obra de la Redención. No se puede amar a Jesús y no amar a Su Madre. No se puede dar culto a Jesús y no dar culto a la Virgen María. No se puede. Quien no es devoto de la Virgen María, aunque comulgue no puede salvarse.

¿Predica esto Bergoglio? ¿Habla alguna vez Bergoglio de la santidad? Ninguna. Claramente no lo predica. Y, entonces, ¿por qué le llaman Papa? ¿Por qué le obedecen? ¿Por qué lloran con sus homilías oscuras y llenas de errores por todas partes? ¿Por qué hacen publicidad a un burro?

«Podemos pensar que la Virgen María, estando en la casa de Isabel, habrá oído rezar a ella y a su esposo Zacarías con las palabras del Salmo Responsorial de hoy: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud… No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones… Ahora, en la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación» (Sal 70,9.5.18). La joven María escuchaba, y lo guardaba todo en su corazón».

«Podemos pensar…»: esto es todo en Bergoglio: su mente…Podemos pensar, recordar, imaginar, ilusionarnos, soñar…. Se pone a pensar, se pone a interpretar, se pone a malinterpretar, se pone a destruir la Palabra de Dios con la misma Palabra de Dios. ¿Por qué no va a los Santos Padres y dice lo que ellos han dicho de este pasaje? Porque no cree en la Tradición Divina, ni en los Santos, ni en nadie. Sólo cree en lo que hay en su estúpida cabeza humana, que es una cabeza de chorlito.

Aprende, Obispo necio, estúpido e idiota, lo que significa este pasaje de otro Obispo:

«Bien pronto se manifestó los beneficios de la llegada de María y de la Presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo. Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del Misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la Mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (De la exposición de San Ambrosio, obispo, sobre el Evangelio de San Lucas – Libro 2, 19.22-23.26-27; CCL 14, 39-42).

La Virgen María no fue a casa de Isabel para dialogar con esa mujer, sino para santificar su seno.

La Virgen María no fue a la casa de Isabel para aprender de ella una sabiduría de la vida, sino para profetizar lo que viene con el Hijo que tiene en su seno virginal: Misericordia y Justicia, que es el Magnificat, que Bergoglio ni se molesta en nombrar, porque ha anulado la misión de la Virgen María en la Iglesia: ser profeta de Su Hijo; ser Apóstol de Su Hijo; ser mártir con su Hijo.

«María supo escuchar a aquellos padres ancianos y llenos de asombro, hizo acopio de su sabiduría, y ésta fue de gran valor para ella en su camino como mujer, esposa y madre». ¿Ven la gran blasfemia de este hombre? ¿Ven cómo no predica el Evangelio de Jesucristo, sino que predica lo que le da la gana?

¿No ven que Bergoglio no puede ser el Papa de los católicos porque no da la unidad de la fe? No lleva a la Tradición, no continúa la línea de los Papas, no hace nada para salvar a la Iglesia del error y de la mentira. No une en la Verdad: desune con su mentira, con sus errores, con sus palabras llenas de sin sentido. Sólo está interesado en su humanidad, en los hombres, pero no en Cristo, no en Su Obra, no en su Plan de Salvación.

¿Todavía no lo disciernen? ¿Qué más hay que decir para que comprendan la situación de toda la Iglesia?

¿Qué más hay que escribir para que comprendan que, a partir de ahora, la Jerarquía va a dar un cambio sustancial en todo? Si están apoyando las palabras de un hereje, también van a apoyar las reformas malditas que ese hereje quiere. Y van a destruir toda la Iglesia, como lo hace el mismo Bergoglio: con palabras baratas, sentimentales, que agradan los oídos de todos los hombres.

¿Todavía no ven lo que viene a la Iglesia? ¿Todavía rezan por el Sínodo? Todos se van a abrazar en un mismo lenguaje: igualdad, libertad y fraternidad. Y van a consentir con el pecado, y lo van a obrar como si fuera un vaso de agua en sus vidas.

La Virgen María enseña sólo un camino: el de Su Hijo. Y llama a todos a caminar por ese Camino. Y no es fácil ese caminar, porque el hombre tiene que aprender la humildad: tiene que aprender a no mirar su vida humana ni su humanidad: es el negarse a sí mismo que Bergoglio no lo quiere ni lo vive, sino que muestra, en todo su obra en la Iglesia, lo contrario: sean hombres, busquemos los derechos humanos, seamos justos con todos, vivamos en la fraternidad, en la igualdad de todas las mentes humanas, y amémonos en la creación porque es algo maravilloso: Dios todo lo ha creado bueno, todo es hermoso, todo es amable. Todo consiste en el cristal como se lo mire. Y, por eso, anulemos las Verdades Absolutas que impiden esta unión global, este levantamiento del hombre por encima de Dios.

Bergoglio se ha hecho un dios; la Jerarquía de la Iglesia se ha hecho un dios. Todo el mundo juega a ser dios. Y nadie quiere reconocer los derechos de Dios sobre todas las criaturas. Y eso es lo que viene ahora: la Justicia de Dios. Y nadie se puede esconder de Su Justicia.

Los gobernantes de las naciones se les va a ir de la mano todo su plan; los que gobiernan la Iglesia en Roma van a quedar al desnudo, con todas sus verguenzas al aire; y los católicos, tan ufanos para proclamar las herejías de un hereje, van a quedar mudos y espantados ante lo que viene a la Iglesia.

Cambios nefastos para la Iglesia

Sacerdote corrupto, vestido de homosexual, en la fiesta de la Inmaculada, en España 2013

Sacerdote corrupto, vestido de homosexual, en la fiesta de la Inmaculada, en España, 2013

La Iglesia ha perdido el camino de Cristo, el camino de la Verdad, y se está precipitando en la más completa oscuridad, que significa abrazar la mentira como si fuera la misma verdad. Y cuando se hace eso, esa es la señal primera de que las profecías empiezan a cumplirse, a obrarse.

El Apocalipsis, es decir, el Libro de la Revelación Divina se obra ya ante nuestros ojos, en nuestro tiempo, en nuestra historia. Y, muy pocos, saben lo que eso significa para el mundo y para la Iglesia.

Porque no vivimos para este mundo sino para el nuevo mundo, la Nueva Jerusalén, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Y muchos quieren tener aquí el Paraíso y, después, irse al Cielo con todos sus pecados. Y no es posible eso que piensan muchos. Y muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia, que no son lo que parecen, porque ya no viven el Evangelio, ya no enseñan la Verdad de las Escrituras con su misma vida, sino que se dedican a enseñar sus verdades, aprendidas en el mundo, no en la oración personal con Cristo Jesús.

Hay muchos sacerdotes y Obispos que ya no creen en el pecado y, por tanto, no lo juzgan como pecado, sino como otra cosa. Y esos pastores que no juzgan el pecado, no pueden juzgar al pecador y, por tanto, no pueden absolver en el Sacramento de la Confesión el alma del penitente. Hay muchas confesiones en las que el alma entra con sus pecados y sale con ellos, porque el confesor ya no juzga el pecado, sino que dice: eso no es pecado, eso hay que entenderlo de otra manera, no en lo que la Sagrada Escritura llama como pecado.

Hay muchos pecados que ya no son pecados para muchos confesores: masturbación, fornicación, uso de métodos anticonceptivos, etc. Quien no juzga el pecado, quien no ve el pecado como pecado, no absuelve, aunque diga las palabras de la absolución correctamente, porque la intención del confesor es una: juzgar el pecado que el alma le trae y hacer un juicio del penitente. Si no tiene esa intención, lo otro, lo demás no sirve. Si el confesor no sabe lo que es el pecado y llama al pecado como una verdad a seguir, como algo que se puede hacer, entonces no hay confesión. El alma se va con sus pecados no borrados.

No se confiesen nunca con un sacerdote que diga que ciertos pecados ya no son pecados, porque se irán como vinieron. Francisco y muchos Cardenales de su gobierno no confiesan y no celebran misa porque no juzgan el pecado y predican herejías en la Iglesia.

Un sacerdote, un Obispo, un Cardenal, que en la Misa o en la Iglesia, en una charla o conferencia, predique otra cosa a la Palabra de Dios, yendo contra la Verdad, diciendo herejías claras, entonces, en la consagración no hay nada, sólo un teatro.

Porque el sacerdote está para dos cosas en la Misa: para hablar la Palabra y para obrar esa Palabra en el Altar. Quien no habla la Palabra, sino que empieza a decir sus herejías, que no existe el infierno, que no existe el purgatorio, que no existe el pecado, que ya Cristo nos ha salvado a todos y, por tanto, no hay que hacer penitencia, que todo consisten en dar limosnas a los pobres, etc., después, Cristo no baja al Altar en esa Misa.

El sacerdote es otro Cristo, el mismo Cristo. Y, por tanto, tiene que hablar como Cristo y obrar como Cristo. Y, quien no haga eso, entonces es mejor que se dedique a otra cosa en la Iglesia, pero que no haga misas.

Muchos sacerdotes, en la realidad de sus vidas hacen teatro en la Iglesia, porque no es que pequen y, después se confiesen de sus pecados, que eso no anula su misa ni su predicación, sino que ya viven amando sus pecados, sin arrepentirse de ellos, sin hacer ninguna penitencia, están inscritos en sectas ocultas, viven para el mundo, para sus negocios en el mundo, abrazando todas las herejías del mundo. Y es imposible que un sacerdote así ponga a Cristo en el Altar. Cuando vean predicaciones heréticas en una misa, váyanse a buscar otra donde se les dé la Palabra de Dios como es y, por tanto, donde se obre esa Palabra con dignidad en el Altar. Misas, como hoy se hacen, en la que todo es una fiesta, ahí no está Cristo en el Altar. Y la comunión que se da es sólo una galleta a la que todos idolatran.

Cristo Jesús es muy celoso de Su Misa, de sus sacerdotes, de sus pastores. Lo quiere todo íntegro. Y si no hay eso, Cristo no baja al Altar en la palabra de aquel sacerdote que ya no cree en Él, sino que sólo cree en su vida humana y en la vida mundana que lleva.

El sacerdocio no es una carrera en la Iglesia, sino es la Vida del Mismo Cristo en el alma del sacerdote. Para ser sacerdotes no hay que estudiar nada, ni teología ni filosofía, ni hacer carreras en las universidades. Para ser sacerdotes sólo hay que seguir al Espíritu de Cristo que es el que enseña lo que es Cristo.

Cristo no es un libro que se aprende en un aula del mundo, de una universidad, o de un seminario. Cristo es una Vida Divina que sólo puede ser obrada en el Espíritu de Cristo. Por eso, Cristo es el que elige a sus sacerdotes. Y hay muchos que no son elegidos por Cristo, sino por los hombres en la Iglesia, porque no tienen el discernimiento para saber elegir las almas para el sacerdocio. Muchos Obispos, que son la cabeza del sacerdote, no saben lo que es ser sacerdote y, por eso, eligen a candidatos erróneos para esa vocación divina en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que no saben guiar a los sacerdotes en la Iglesia, que no saben mostrarles el camino de la santidad, porque tampoco ellos buscan la Voluntad de Dios para sus ministerios en la Iglesia! ¡Cuántos Obispos hay que condenan a muchos sacerdotes imponiéndoles falsas obediencias en la Iglesia!

El sacerdocio en la Iglesia es una cuestión sólo espiritual, no humana, no natural, no social. Por eso, la Iglesia es la Jerarquía. Y así viva la Jerarquía su sacerdocio, así la Iglesia, así los fieles serán en sus vidas espirituales.

El sacerdote es el que decide el destino de las almas en la Iglesia. Es el que lleva al rebaño o al infierno o al cielo. Nunca un fiel en la Iglesia se va solo al infierno o al cielo. Siempre se va con su Pastor, con su sacerdote. Por eso, la terrible carga que pesa en todo sacerdote, en todo Obispo, en todo Cardenal. Si ellos no son fieles a su vocación divina en la Iglesia, tampoco los fieles, los miembros de la Iglesia son fieles a Cristo.

Por eso, quien no medita en lo que está pasando ahora la Iglesia, no entiende nada de lo que Cristo quiere ahora para su Iglesia.

Cristo es el Sacerdote Eterno, el Único Sacerdote, el que guía a su rebaño al Cielo. Y la Iglesia ahora es un desastre en la Jerarquía, porque los sacerdotes, los Obispos están guiando al rebaño hacia el infierno. Si no hay un Papa que guíe la Iglesia, entonces toda la Iglesia se va para el infierno. Y, ahora mismo, no hay una Cabeza que dé a Cristo en la Iglesia: ni Francisco ni Benedicto XVI. Esta es la gravedad que nadie medita, que nadie contempla.

Y, por eso, ahora sólo es Cristo el que guía a Su Iglesia para que no se pierda por medio de los Profetas, no por medio de ninguna cabeza, ni de ninguna Jerarquía en la Iglesia. Toda la Jerarquía está confundida en estos momentos, y no sabe guiar el rebaño hacia Cristo, hacia la Verdad. Luego, no se puede confiar en nadie, en ningún sacerdote, en ningún Obispo. Es triste, pero es la realidad. Aquel que no dé la Verdad, que es Jesús, no hay que seguirlo, no hay que obedecerlo, no hay que someterse a él. Porque la obediencia ciega es sólo a Cristo, a la verdad, no a los hombres.

Este es el punto que, hoy día, la Jerarquía combate. Y quieren hacer que los fieles obedezcan sus mentes humanas, totalmente erradas, heréticas, engañosas. Eso es Francisco, que es un ejemplo clarísimo de lo que es un sacerdote que ha renegado de su vocación en la Iglesia. Eso que hace Francisco lo hacen muchos en la Iglesia, pero no se conocen porque no tienen un puesto relevante en la Iglesia.

¿Qué se creen que la Iglesia es un lugar lleno de Santos? ¡Hay cada demonio deambulando por los pasillos de Vaticano que da escalofríos penetrar esos recintos sin antes no ponerse en profunda oración para saber dónde uno se mete! ¡Roma es, hoy día, la antesala de infierno! ¿Qué bien puede salir de eso? Ninguno. Toda maldad es lo que le viene al mundo y a la Iglesia.

El último Papa verdadero: Benedicto XVI. Y hasta que no venga Pedro Romano, puesto por el Cielo para regir Su Iglesia en los tiempos caóticos, en la Iglesia habrá sólo sucesión de antipapas, falsos papas, anticristo, falsos profetas. Pero no esperen una cabeza clara en la doctrina de Cristo ni de la Iglesia. Ya se está pensando en un concilio vaticano iii: ¡qué monstruosidad no saldrá de allí!

La Iglesia no está para Concilio, sino para llorar sus pecados y arrepentirse de ellos. Lo demás, es el baile con el demonio en la que toda la Jerarquía está imbuida. Cambios vienen a la Iglesia, cambios para su ruina, cambios que sólo significan una cosa: hay que salir de Roma.

Quien no cree en los milagros adora su mente humana

sanmiguelvirgen

«Da mihi animas caetera tolle»(San Juan Bosco): “Dame almas, quita lo demás”

El deber de la Iglesia: conservar la doctrina de Cristo y propagarla íntegra e incorrupta. Si la Iglesia no hace esto, entonces rebaja la doctrina de Cristo a fábulas humanas, a opiniones de los hombres, a corrientes filosóficas o teológicas, que producen confusión dentro de la Iglesia y hacen que todos vivan la mentira en Ella.

Quien no predica la Verdad de lo Revelado, entonces predica la mentira que el hombre quiere escuchar.

“(…) Respecto a los panes y los peces quisiera agregar un matiz: no se multiplicaron, no, no es verdad. Simplemente los panes no se acabaron. Como no se acabó la harina y el aceite de la viuda. No se acabaron. Cuando uno dice multiplicar puede confundirse y creer que hace magia, no. No, no, simplemente es tal la grandeza de Dios y del amor que puso en nuestros corazones, que si queremos, lo que tenemos no se acaba (…)” (Francisco, 16 de mayo de 2013, Ciudad del Vaticano).

“Los panes y los peces no se multiplicaron”: es decir, Jesús no hizo el milagro de la multiplicación de los panes. No multiplicó nada. Y, por tanto, en este pasaje del Evangelio no se da ningún milagro, sino que debe ser explicado de otra manera: “no se acabaron”. Es decir, Jesús tiene guardado, en una casa aparte, panes y peces para tanta gente, porque no se acabaron. Esta es la fábula que dice Francisco. Esto es una herejía, y Francisco es anatema por esta herejía:

“Si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que, por ende, todas las narraciones sobre ellos, aun las contenidas en la Sagrada Escritura, hay que relegarlas entre las fábulas o mitos, o que los milagros no pueden nunca ser conocidos con certeza y que con ellos no se prueba legítimamente el origen divino de la religión cristiana, sea anatema [cf. 1790]” ( Conc. Vaticano I, Sesión III – Constitución dogmática sobre la fe católica – Cánones de la fe -De la demostrabilidad de la revelación)

En la Iglesia se está para creer en la Revelación de Dios:

“En segundo lugar: admito y reconozco como signos certísimos del origen divino de la religión cristiana los argumentos externos de la revelación, esto es, hechos divinos, y en primer término, los milagros y las profecías, y sostengo que son sobremanera acomodados a la inteligencia de todas las edades y de los hombres, aun los de este tiempo” (Juramento contra los errores del modernismo [Del Motu proprio Sacrorum Antistitum de 1º de septiembre de 1910])

Quien niegue los milagros de Cristo, entonces tiene que negar la Iglesia de Cristo. La religión cristiana son obras divinas, no obras humanas. La Iglesia que funda Cristo la hace sobre obras de Dios, sobre hechos divinos, hechos milagrosos, que no se pueden explicar con la razón humana ni, por tanto, con las fábulas o historias de los hombres.

Decir que los panes y los peces no se multiplicaron es contar a la gente que Cristo, con su esfuerzo humano, con lo material de la vida, apoyándose sólo en lo natural, enseña a los discípulos una doctrina para el hombre, que sólo se fija en lo humano, que da gusto a los hombres y que da de comer sólo a los hombres. Cristo no hizo milagros, sino que dio de comer a tanta gente. Y, por lo tanto, la Iglesia es para de comer a la gente: busquemos alimentos, vestidos, lo material de la vida para hacer eso que hizo Cristo. Esta es la predicación de Francisco. Esta es la nueva iglesia de Francisco.

En esto se apoya para decir todas las herejías desde hace diez meses: en su humanismo, en sus fuerzas humanas, en su pensamiento humano, en sus fábulas en la Iglesia. Por eso, Francisco es un comunista, un marxista, y sólo hace política en la Iglesia, pero no busca la Verdad en la Iglesia, no lleva a la Iglesia hacia la Verdad.

Francisco es un hereje y, por tanto, ningún hereje es la Voz de Cristo en la Iglesia. Sólo el que cree en el Evangelio, el que da la Verdad del Evangelio, el que predica el Evangelio como está escrito, sin quitar ni añadir ninguna palabra, sin interpretar el pasaje según la mente de cada cual, entonces ése da la verdad y es Voz en la Iglesia, la Voz de la Verdad.

Es claro que no se puede dar la obediencia a un hereje. Nadie puede someterse a Francisco. Si alguien lo sigue, se condena. Francisco no es el Papa verdadero, porque el Papa verdadero cree en los milagros de Cristo, no cuenta fábulas, como hace ese hereje.

Francisco no es la Voz de Cristo en la Iglesia, porque el Papa verdadero sólo habla la Verdad en la Iglesia, no da su versión del Evangelio, de los milagros, porque sólo el Papa verdadero da a Cristo, da la Palabra de Cristo en la Iglesia.

Mucha gente no tiene dos dedos de frente con Francisco. Están ciegos diciendo que, como es el Papa, entonces hay que prestarle obediencia. Ese es todo su argumento. De ahí no salen. Eso es señal de estupidez humana. Sólo un necio obedece al mentiroso. Sólo uno que no ve la Verdad acoge la mentira, -y cualquier mentira. Y llama a la verdad con el nombre de mentira, y llama a la mentira con el nombre de verdad.

Dame almas, no cuerpos, no lo material de la vida, no un negocio en la vida, sino enséñame a buscar el Espíritu en la vida, el espíritu en cada alma, el espíritu en cada corazón. Enséñame a ver a los hombres como almas, no como hombres, no como seres humanos, no como cuerpos, sino como seres donde el Espíritu hace su Templo.

En la iglesia de Francisco se dedican a los cuerpos de los hombres, a engordar la vida humana de los hombres, pero no son capaces de dar un camino para las almas de los hombres, un camino de salvación y de santificación.

Lo demás en la vida que no sea el alma no interesa para entender la verdad de la vida.

La verdad de cada alma está en su corazón, en su espíritu, en su alma. Y cada persona tiene que buscar en Dios esa verdad, tiene que verse como Dios la ve, con los ojos de Dios. Y, por eso, la oración y la penitencia, el sacrificio de las cosas humanas, el camino de la cruz, para que el hombre se centre en su alma y viva una vida buscando almas, no cuerpos.

El alma es lo principal en el hombre. Y en el alma está todo lo que el hombre tiene que saber en su vida. Dios habla a las almas, Dios no habla a los cuerpos de los hombres, a las vidas humanas; Dios no enseña a realizar obras humanas maravillosas, sino que enseña a realizar obras divinas, milagrosas.

Es lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles: una obra divina, una obra milagrosa, para que Sus Apóstoles hicieran los mismo: “El que en mi cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aún mayores hará, porque Yo voy al Padre“ (Jn 14, 12).

La Iglesia de Jesús es divina, está llena de obras divinas, no de obras humanas. En la Iglesia de Jesús sólo cree en lo divino, no en lo humano.

Jesús enseña a obrar milagros. Francisco enseña a vivir una vida humana. ¿Quién da la Verdad: Cristo o Francisco? ¿A quién hay que creer: a la palabra de Francisco o la Palabra de Dios?

Quien niega el milagro en la Iglesia niega a Cristo en la Iglesia, y niega la Iglesia de Cristo.

Quien aplaude al hombre crucifica, de nuevo, a Cristo y echa a Cristo de la Iglesia.

Están echando a Cristo de Roma. Están anulando su doctrina. Están presentando un nuevo evangelio, una nueva forma de hacer iglesia lo más contraria a la Verdad , que es Jesús.

La Verdad no está en el pensamiento de ningún hombre. La Verdad es sólo Cristo Jesús. Y aquel que sigue a Jesús habla y obra sólo la Verdad. Los demás, se inventan a Jesús, se inventan el evangelio, se inventan la iglesia, se lo inventan todo con sus negros pensamientos.

Francisco se ha inventado un falso papa, una figura de papa, un papa que no es el Papa verdadero. Ha rebajado la santidad de Pedro y ha puesto la política del hombre en el Papado.

Francisco ha anulado el centro de la verdad en la Iglesia, que es Pedro. Y ha puesto la división más profunda que la Iglesia puede tener: el abismo de la mentira. Hay un agujero negro en Roma por donde entran y salen demonios del infierno.

Roma está infestado de espíritus demoniacos, que dirigen todo Roma para hacer de Roma el habitáculo del Anticristo.

Y los hombres de la Iglesia, tan contentos, como si nada pasara. Todos esperando la Navidad para seguir en sus pecados. Todos deseándose unas felices fiestas para seguir comulgando con el demonio. Y no ven lo que viene a Roma.

Jesús no puede permitir la maldad en Su Iglesia, porque Su Iglesia es la Verdad. Y aquel que toque a la niña de sus ojos, el castigo que tiene es diabólico. Porque Dios obra Su Justicia Divina con el demonio. El demonio, en su pecado, está sometido a la Justicia Divina. Y el demonio sólo obra aquello que Dios quiere en Su Justicia.

Lo que viene a Francisco y a su iglesia en Roma es algo diabólico. Algo que va a tambalear los cimientos del mundo, porque nadie se ríe ni de Cristo ni de Su Iglesia.

Dios guía a Su Pueblo hacia la Verdad que da sólo el Espíritu. Los hombres no saben ni buscar la Verdad en sus vidas ni obrarlas como conviene. Por eso, los hombres siempre se equivocan en sus percepciones en la vida. No piden la luz del Espíritu para obrar en el camino de la verdad, sino que andan buscando acá y allá algo que les satisfaga su curiosidad en la vida.

Roma está dando la mentira desde hace once meses. Y eso trae un castigo divino para Roma, para la Iglesia y para el mundo. Y hay que pedir luz al Espíritu para comprender ese castigo, para entender qué Dios quiere ahora de Su Iglesia, cuando las cosas están de mal en peor, cuando se ve la herejía, pero se sigue callando lo que un traidor, como Francisco, está haciendo en la Iglesia.

Dios no juega con Su Iglesia. Dios da la Justicia a su Iglesia para que comprenda el camino del Amor y de la Misericordia, que no es para todos los hombres, sino sólo para aquellos que creen, como niños, en la Palabra del Pensamiento del Padre.

Viene un gran castigo para todos. Un castigo espiritual, no material. Un aviso del Cielo para que los hombres comprendan y abran sus ojos a la Verdad. Y ese castigo es una misericordia sólo para aquellos que creen en la Palabra. Para los demás, significará una ceguera en su espíritu, en su alma y en su corazón.

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