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Roma hechizada por las palabras de un bufón

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«Muchos son los pecados de Jerusalén; por eso, fue objeto de aversión; cuantos antes la honraron la desprecian viendo su desnudez, y ella misma suspira y vuelve su rostro» (Lam 1, 8).

Jerusalén, en este primer capítulo de las Lamentaciones, es la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo (cfr. Col 1, 24), como Esposa de Cristo, a la cual Cristo amó y se entregó por Ella (cfr. Ef 5, 29). Iglesia desolada, que se sienta «como viuda», que «llora amargamente» y que le «fallaron todos sus amigos y se le volvieron enemigos» (Ib., v.1)

Somos miembros místicos del Cuerpo de Cristo, hijos espirituales de Su Esposa, que tienen que pasar por la vía dolorosa de la Pasión y de la Muerte de Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia, para después resucitar, de manera esplendorosa, en el Reino de la Paz.

La Iglesia no es algo abstracto, no es un conjunto de hombres: son almas unidas a Cristo, por lazos místicos y espirituales, que forman una sociedad perfecta. Y hay muchas almas que se han vuelto enemigas de Cristo y de Su Iglesia. Y permanecen dentro de Ella con un rostro de amigo, pero con obras de enemigo. Hay muchas que no son Iglesia, que no pertenecen a Ella, a pesar de que tengan y reciban los Sacramentos.

La Iglesia tiene que sufrir y morir, como lo hizo Su Cabeza. Mas «las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18), porque Cristo ha vencido a todo el infierno en Su Cruz. Y también la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, debe vencer a todo el infierno, en la Cruz, abrazada a Su Cabeza.

Pero es una batalla dura que los miembros de Cristo tienen que pasar. No es un juego de niños. Es una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). Muchos perderán la fe en Cristo y en Su Iglesia. La persecución a los verdaderos católicos, a la verdadera Jerarquía, desvelará el Misterio de la Iniquidad.

Un gran cisma va a ocurrir en el interior de la Iglesia. Este cisma ya ha comenzado, de manera silenciosa, con la usurpación del Trono de Pedro y con el establecimiento de un gobierno horizontal en el Vaticano, que lleva al gobierno mundial de un solo hombre. Pero este cisma no será público hasta que no quiten la Eucaristía, el Sacrifico Perpetuo (cfr. Dn 9, 27).

Este cisma es una gran división: una iglesia modernista, liderada por un falso papa o falso Profeta; y una Iglesia remanente, que es la que defenderá la Tradición Divina, el Magisterio Auténtico de la Iglesia y la Palabra de Dios, como valores inmutables y perfectos para todos los hombres.

La iglesia modernista ya ha comenzado con Bergoglio y su grupo horizontal, que es un grupo de anticristos. Pero es el inicio. Debe todavía consolidarse en toda maldad: «Muchos de ellos, gritando y levantando sus voces, presentarán mentiras, no sólo contra las leyes establecidas por Mis Enseñanzas. Lo que realmente quiere es crear un nuevo dios. La nueva figura guiadora de Mi Iglesia, será promovida como cualquier elección de alto perfil de líderes políticos» (MDM – 14 nov. 2012).

Bergoglio fue elegido canónicamente, según las leyes canónicas, pero no según la ley de la Gracia. Su elección al Trono es nula por la Gracia; es válida según las leyes canónicas. Atendiendo a estas leyes, él gobierna como Obispo de Roma, pero sin el Primado de Jurisdicción. Es decir, sólo con un poder humano, ya que el poder divino, que le venía del Papa legítimo, queda anulado por su herejía pertinaz. No es, por tanto, Papa, sino un falso Papa.

Bergoglio ha puesto su gobierno horizontal sin colocar nuevas leyes que rijan esa estructura en horizontal. Y, por tanto, el ejercicio de su gobierno humano tiene que hacerse ocultamente, porque todavía se apoya en las leyes de la verticalidad. Y están trabajando para poner nuevas leyes y así elegir falsos papas como se hacen en el mundo. Por eso, Bergoglio no es la persona del Falso Profeta, no es el falso Papa. Es el inicio necesario para instalar al falso Papa, que es elegido a dedo por los hombres, y así se cumple la profecía de San Francisco de Asís: «En el momento de esta tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte» (Opuscoli del seráfico patriarca Francesco D´assisi – Bernardo da Fivizzano – Tip. della SS. Concezione di R. Ricci – ver texto).

Ese hombre elegido no canónicamente es el que, en verdad, destruye la Iglesia: «Muchos autoproclamados eruditos de la iglesia pronto cuestionarán Mi Verdadera identidad y la Existencia de la Santísima Trinidad. Usarán grandiosos argumentos para cegaros a la Verdadera Palabra de Dios, y usarán todo tipo de argumentos teológicos, para demostrar que todas las religiones son iguales. Pronto van a rechazar la Verdad – la Palabra de Dios. Ellos profanarán la Palabra de Dios con complicadas y contradictorias doctrinas, y los que asisten a la iglesia en todas partes, no serán los más sabios, ya que están alimentados con tonterías. Se esconderá Mi Palabra y se le dejará acumular polvo» (MDM – 6 de septiembre 2014)

De esta manera, puede presentarse el Anticristo: «La Iglesia será desmantelada de muchas maneras ante que él, el Anticristo, sea rogado que se involucre en Ella. Él será involucrado con la decisión para lanzar una nueva religión mundial. Todos estos cambios – en donde la Iglesia hace un llamamiento público para la unificación de todas las religiones- se llevarán a cabo antes que el Anticristo tome su asiento en el Trono de Mi Hijo en la tierra» (MDM – 7 de septiembre 2014 )

Es necesario una sucesión de anticristos en la Iglesia para colocar al Falso Profeta, al Falso Papa que señale a la persona misma del Anticristo. Y así se cumple la profecía de San Malaquías: «In psecutione extrema S.R.E. sedebit» («En la última persecución se sentará una sucesión de reyes en la Iglesia»).

La Iglesia remanente tiene que ser clandestina y perseguida: vivirá en las catacumbas, sin ninguna publicidad, sin ningún apoyo de los grandes del mundo. Sostenida sólo por el Espíritu. La otra, la falsa iglesia, que presenta un falso cristo, es la que permanece pública, en la propaganda masónica y comunista, porque es el Tiempo de la Iniquidad, en el cual tiene que aparecer el hijo de Satanás, o también llamado el Maitreya, en sanscrito “ser iluminado”, el instructor del mundo, el imán madhi, el Señor de la Época, el maestro divino, el salvador de la humanidad, el mesías esperado por todas las religiones.

El nuevo orden mundial y el Vaticano aclamarán a Maitreya como el mesías esperado, el líder único religioso y con la soberanía sobre todos los hombres (cfr. Ap 17, 17)

Un hombre con una impostura religiosa; un hombre que gobernará con las 10 potencias mundiales (cfr. Dn 7, 24), que es «la gran Ramera que está sentada sobre las grandes aguas, con quien han fornicado los reyes de la tierra» (Ap 17, 2). «Las aguas que ves, sobre las cuales está sentada la gran Ramera, son los pueblos, las muchedumbres, las naciones y las lenguas» (Ap 17, 15)

Un hombre que «hablará palabras arrogantes contra Dios» (cfr. Dn 7, 25a), que «cambiará los tiempos y la Ley» (v. 25c, que se sentará en el santuario de Dios y se proclamarás dios (cfr. 2 Ts 2, 4).

Tiene que cumplirse la Sagrada Escritura: «Yo he venido en Nombre de Mi Padre y vosotros no Me recibisteis; si otro viniera usurpando Mi Nombre, le recibiríais» (Jn 5, 43).

Han usurpado el Trono de Dios, han puesto a un falso Papa, que es un payaso, y todos locos con ese hombre: negando a Cristo y su doctrina. ¿Qué pasará cuando llegue el Anticristo usurpando el Nombre de Cristo? Si los miembros de la Iglesia han quedado cegados por la palabra barata de un bufón, ¿qué se puede esperar cuando un hombre empiece a hacer milagros y diga que es el Cristo?

El Anticristo, en estos momentos, es el líder del nuevo gobierno mundial. Recorre el mundo y nadie lo conoce, porque es experto en cambiar de apariencia. Tiene que camuflarse en distintos rostros. Tiene que ser hoy una persona influyente en lo económico, político, cultural, y mañana ser un amigo íntimo de cualquier hombre.

El Anticristo necesita su Falso Profeta para poder darse a conocer. No necesita un bufón. Y hasta que no aparezca ese Falso Profeta, que es un Falso Papa en una falsa Iglesia, no se muestra el Anticristo. Hay muchos falsos profetas en todo el mundo y en la misma Iglesia, pero uno solo es la persona del Falso Profeta que señala a la misma persona del Anticristo.

Bergoglio es un falso profeta, pero no es la persona que señala al Anticristo. Él ya ha señalado a su anticristo, que es Kasper, el cual tiene el mismo espíritu del Anticristo, pero no es la persona del Anticristo.

Bergoglio ya ha señalado a la persona que le va a suceder, porque así obra todo falso profeta: habla para indicar la mente de un anticristo; habla con la mente de ese anticristo; habla para que ese anticristo obre. Un falso profeta nunca obra, sino que deja que otros hagan el trabajo de lo que él predica o dice. El falso profeta da falsos conocimientos, falsas enseñanzas, falsas doctrinas, que no son suyas, sino que las ha aprendido, ya de otro, ya del mismo demonio. Pero no persigue a nadie. Deja vivir. El que es un anticristo es el que hace daño, el que persigue a los que no obedecen su mente diabólica. El falso profeta no tiene el espíritu de un anticristo, pero sí posee su fuerza, su visión, su obra.

El Anticristo hace sus milagros en sus grupos, que tiene por todo el mundo, y tiene una oración, titulada “la gran invocación”, con la cual el alma –con sólo leerla- queda infestada, oprimida, obsesionada y poseída por muchos demonios (no la consulten si no tienen auténtica vida espiritual; no la vean sin usar sacramentales).

El Anticristo es el que tritura las mentes de los hombres con demonios que se instalan en ellas. La obra del Anticristo es la posesión de la mente del hombre. Esa posesión domina la mente y hace que el hombre peque y no se confiese, no se arrepienta de sus pecados, convirtiéndolo así en esclavo de Satanás sin que el hombre se dé cuenta: «Todo es limpio para los limpios, mas para los impuros y para los infieles, nada hay puro, porque su mente y su conciencia están contaminadas» (Tit 1, 15).

Hay muchos católicos, que ya son tibios y pervertidos, que están contaminados, porque su mente está poseída por Satanás. Y esto es una señal de que el Anticristo ya está en el mundo obrando: la perversión del juicio en mucha Jerarquía de la Iglesia y en muchos miembros de ella. Una perversión que les impide salir de su mente, de su juicio: no pueden discernir la Verdad.

Ahí tienen a un Bergoglio, con toda su cuadrilla de herejes; ahí tienen a tanta Jerarquía que dice que la doctrina de Bergoglio es católica; ahí tienen a tantos fieles que ya no saben los dogmas, las enseñanzas de la Iglesia, porque viven inmersos en el demonio: no pueden salir de sus mentes. Están poseídos, porque el mundo en que vivimos es la obra del Anticristo. Y éste sólo obra así: poseyendo la mente del hombre. Cuando la posee, el hombre obra automáticamente la idea que el demonio le pone en su cabeza. Y no puede zafarse de esa idea. Por eso, es muy peligroso leer cosas del Anticristo, escucharlo, verlo. Un falso profeta no tiene este poder. Por eso, se puede leer a Bergoglio, pero no se puede leer los escritos del Anticristo.

Este falso Cristo anuncia que viene un aviso, un “nuevo pentecostés”, en la que todo ojo le verá: es el día de su manifestación, de su declaración mundial, que se hará por todas las cadenas de televisión, por internet. Ese día, los verdaderos católicos no tienen que mirarlo ni escucharlo para no quedar atrapados. Quien lo mire, lo tendrá que seguir: recibirá un espíritu demoníaco, que le atará su mente y su voluntad, y será obligado a servirle.

Este falso mesías es un falso imitador de Cristo y, por tanto, habla en sus mensajes de muchas cosas: amor, paz, justicia, fraternidad. Pero nunca dice la Verdad. Es el lenguaje perfecto para captar el sentimiento del hombre y llevarlo a la idea que él quiere: «El mayor pecado que estáis por cometer, es honrar a un dios falso. Vestido con joyas, él será encantador, sutil y con una aparente comprensión de las Enseñanzas del Libro de Mi Padre. Vosotros caeréis bajo su hechizo. Él torcerá Mis Enseñanzas que se volverán herejía. Esta religión, una alternativa a la Verdad de Dios, es indigna. Sin embargo tendrá un aspecto exterior de encanto, amor y maravillas y engalanada con oro nuevo y piedras preciosas, que se lanzará como una nueva religión mundial en todos los altares» (MDM – 14 de noviembre de 2012).

El Anticristo emerge para establecer un solo gobierno, religión y economía mundial. Y, por tanto, él declarará estar a la cabeza de todas las iglesias y gobiernos del mundo. Es el que va a tomar posesión, próximamente, después del Gran Aviso, del Trono de Pedro, para poner su doctrina mundial.

El Anticristo no va a aparecer hasta después del Gran Aviso, porque tiene que mostrarse como salvador, en la gran confusión que la humanidad tendrá en esos momentos. Hablará de amor y ayudará a toda la humanidad ofreciendo alimentos, ropas, casa, medicinas, etc., pero con la condición de la implantación del microchip.

El Gran Aviso es un arma de doble filo: producirá muchas conversiones, pero «no se arrepintieron de las obras de sus manos» (Ap 9, 20). Muchos no renunciarán a sus vidas pasadas, sino que las continuarán, porque no han comprendido el camino de expiación, de sufrimiento, de negación de sí mismos para alcanzar la salvación.

Dios da el don de conversión, pero el hombre tiene que merecer «gracia tras gracia» (Jn 1, 16b) para ganar el cielo. Cuando el alma vive apegada a las cosas de la tierra, a lo humano, le cuesta horrores desprenderse de todo eso. Y si se añade las circunstancias tan terribles de la vida humana, ese cataclismo que va a desconcertar a todos, en que faltará comida, vestidos, medicinas,…, entonces es fácil seguir al Enemigo, vender el alma por un plato de lentejas.

«Os echarán de la sinagoga; pues llega la hora en que todo el que os quite la vida pensará prestar un servicio a Dios. Y esto lo harán porque no conocieron al Padre ni a Mí» (Jn 16, 3).

En la perversión de la mente de muchos, que se dicen católicos, ya se ve esta persecución. Los verdaderos católicos serán expulsados y excomulgados por el mismo Vaticano por defender la fe en Cristo y en Su Iglesia. Esto ya ha comenzado de manera oculta. Esto ya lo palpan algunos pocos sacerdotes que deben retirarse al monte, al desierto. La Iglesia ya no los quiere porque no siguen a Bergoglio. Y los verdaderos fieles encuentran la oposición de sus familias, amigos, gente de la Iglesia, porque no siguen a Bergoglio. Ya hay muchos que condenan a católicos que se oponen a Bergoglio. Es la obra del Anticristo: ata la mente para que no se pueda entender la verdad.

Ahora, para ser Iglesia, hay que trabajar silenciosamente y tenerlo todo en común, como en las primeras comunidades. En la Iglesia remanente el centro es el Santo sacrificio de la Misa. Si hay ese centro, si se cuida la Misa, entonces, se tiene para comer, se tienen medicinas, se tiene todo lo material.

Cuando llegue el Anticristo con su microchip, hay que tener comunidades clandestinas, en los montes, autosuficientes en servicio, alimentos, cultivos, porque el trabajo del Anticristo va a ser como en la segunda guerra mundial: militares que lo rastrean todo y aquel que no lleve el implante, a los campos de concentración, condenados a muerte.

Las persecuciones se harán por todos los medios: políticos, militares, por rastreo satelital y terrestre. La gente no prepara la iglesia remanente, porque está viviendo en la burbuja del Anticristo.

El Señor se retirará de las parroquias, capillas, modernistas, donde se celebra la Misa ya adulterada en su esencia consagratoria. Esas iglesias serán habitadas por los demonios: «el Eterno mandará sobre ella el fuego por largos días y por mucho tiempo será habitación de demonios» (Bar 4, 35).

La sede de Pedro se trasladará de Roma a Jerusalén: «El atrio exterior del templo déjalo fuera y no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones, que hollarán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses» (Ap 11, 2). En Roma ondeará la bandera comunista y comenzará la misión profética de los dos testigos durante el reinado del anticristo: «Mandaré a mis dos testigos para que profeticen, durante mil doscientos sesenta días, vestidos de saco» (Ap 11, 3). Y se cumplirá así la profecía de La Salette: “La Iglesia será eclipsada, el mundo estará en la consternación. Pero he ahí Enoc y Elías, llenos del espíritu de Dios; predicarán con la fuerza de Dios, y los hombres de buena voluntad creerán en Dios, y muchas almas serán consoladas. Harán grandes prodigios por la virtud del Espíritu Santo, y condenarán los errores diabólicos del anticristo».

Bergoglio es sólo el inicio de un gran desastre en la Iglesia. Sus últimas homilías en santa Marta son su gran decadencia, su gran vulgaridad, su gran blasfemia contra el Espíritu Santo. Es un hombre que lo mantienen, porque conviene a todos en el Vaticano.

Pero es un hombre que debe ser puesto a un lado, porque no tiene la capacidad para romper el dogma. Él sólo sabe seducir, pero no sabe usar el poder de seducción con la fuerza de la inteligencia. Eso lo sabe hacer un anticristo: uno que coge la idea y le da mil vueltas para que el otro acepte su idea. Eso es Kasper. Si Kasper sube al poder, comienzan las excomuniones. Mientras esté Bergoglio, todo es sentimentalismo barato. Todo es llorar por los hombres: darse un beso, un abrazo y llamar a todos santos en la Iglesia.

Comienza la verdadera maldad. Antes del Sínodo ya se pueden observar signos, ceremonias que indican una cosa: todos van a estar de acuerdo para poner otra cosa en la Iglesia: otro estilo de misa, de papa, de sacerdote, de obispo. Y, muchos, muchísimos, van a seguirlo porque es su plato de comida.

«Echó mano el enemigo de todos sus tesoros; vio penetrar en su santuario a las gentes de las cuales mandaste que no entrasen en tu congregación. Todo su pueblo va suspirando en busca de pan; han dado cuanto tenían de precioso para mantener la vida. Mira , oh Señor, y ve cuán abatida estoy» (Lam 1, 10-11)

Los tres pecados sociales de la humanidad

Ana-Catalina-Emmerick.

«Sólo hay una Iglesia, la Iglesia Católica Romana. Aunque no hubiera en la tierra sino un solo católico, ése sería la Iglesia única y universal, esto es, la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del Infierno (…) muchos sacerdotes no saben lo que son, muchos fieles desconocen su propio carácter e ignoran lo que es la Iglesia de que forman parte. Para que ninguna potestad humana pueda destruir la Iglesia, Dios ha elevado la consagración sacerdotal a carácter indeleble. Mientras quede en la tierra un solo sacerdote debidamente consagrado, vivirá Jesucristo, como Dios y como Hombre, en la Iglesia en el Santísimo Sacramento del Altar» (Ana Catalina Emmerick – Tomo 1 – Libro 3 – Visiones del poder sacerdotal – 9. Palabras sobre la Iglesia Católica).

Muchos, que se dicen católicos, no saben lo que son, porque no viven la Gracia, que los Sacramentos dan al alma.

La Gracia es la unión con Cristo. Y, cada alma, se une a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo, como un sarmiento se une a la Vid. La Gracia es lo que une a Cristo. Sin Gracia, la unión que una vez se tenía, se va pudriendo, hasta que el sarmiento se cae o lo cortan de la vid.

Sin la fidelidad a la Gracia, las almas viven en la decadencia espiritual, sin poder recibir la Vida de Cristo, sin poder imitarlo, sin tener entrada a su pensamiento divino.

Por eso, hay tantas almas que revolotean en las cosas humanas, materiales, naturales, cayendo en estados de tibieza espiritual y haciendo que su mente se vaya pervirtiendo con todas las cosas humanas.

La Gracia da al alma un conocimiento divino, que enseña al hombre a pensar rectamente, no sólo las cosas divinas, sino las humanas.

Cuando el hombre cae en errores, en dudas, en temores, es por su falta de fe, que le viene por no ser fiel a la Gracia. Y permanece en lo humano, viendo la vida desde el punto de vista del hombre, sin posibilidad de mirar para arriba, de elevar su alma hacia lo divino, de entender la vida como la ve Dios.

Muchos católicos no son católicos. Tienen la etiqueta de católicos, se llaman a sí mismos católicos, pero ya no están unidos a Cristo, porque han echado en un saco roto la Gracia.

Y, entonces, están en la Iglesia sólo para una cosa: destruirla.

El Anticristo sólo tiene un fin en toda su obra: destruir la humanidad entera para destruir al sacerdote. Sabe que cuando aniquile a todos los sacerdotes, ya no habrá Iglesia. Y como hay sacerdotes que a pesar de su pecado, viven en el mundo y siguen siendo sacerdotes, el fin es claro. Por eso, muchos no han comprendido la gravedad del momento. Es el tiempo del Anticristo: el tiempo del pecado social que destruye la Iglesia.

Los tres grandes pecados sociales de la humanidad:

a. La humanidad ha pecado en Adán y Eva;

b. La humanidad ha pecado matando al Hijo de Dios, Jesucristo.

c. La humanidad peca rechazando la Iglesia que Jesús le dejó.

El plan de Dios en el Paraíso fue desbaratado y cambiado su resultado. Adán lo desbarató con su pecado, lo cambió con su vida; e hizo del Paraíso el lugar para iniciar la obra del demonio entre la humanidad.

Todo hombre que nace recibe dos espíritus: uno bueno y otro malo. Y, por tanto, en todo hombre se da una lucha espiritual entre estos dos espíritus. El hombre permanece en medio de esta batalla, y es llevado a obrar lo bueno o lo malo, según escuche a uno u a otro espíritu.

Ningún hombre está sólo en su vida. Ningún hombre obra sólo en su vida. Si obra un bien es porque escuchó al buen espíritu; si obra un mal es porque dio oídos al mal espíritu.

Es el espíritu el que hace pensar y obrar a los hombres; el que los mueve; el que les indica el camino de sus vidas.

Por eso, un hombre sin fe, sin la gracia, es un hombre perdido en la obra del mal espíritu. Pero un hombre fiel a la Gracia que ha recibido, entonces sus obras son las del buen espíritu.

Y todo está en la vida espiritual en discernir los espíritus para nunca equivocarse, para no caminar siguiendo al mal espíritu.

Adán no discernió el espíritu que movía a Eva, y quedó atrapado en la obra del mal espíritu, iniciando la maldad en el mismo Paraíso.

El desconcertante desorden, la infelicidad de la vida de los hombres, las tinieblas de la ignorancia en las mentes humanas, el odio manifiesto en las obras humanas, el mal con toda la gama de sus manifestaciones, las guerras y las violencias constantes, la posibilidad de preferir la muerte eterna en la desesperación del Infierno, son el fruto de ese pecado de Adán. Pecados sociales que vienen de un solo pecado.

De una sola obra de pecado, le vienen al hombre multitud de otros pecados, que hacen de la vida social un auténtico infierno. De esta manera, el hombre ha respondido al Amor de Dios en el Paraíso: con el pecado. Una monstruosa ingratitud, consumada en Adán y en la primera mujer, que poseían toda la Gracia, pero que prefirieron pecar, amar su pecado, vivir de su pecado.

Por el pecado de uno solo, todos hemos pecado. Es el pecado social que pocos comprenden.

Porque todos hemos pecado en Adán, entonces construimos nuestras vidas, nuestras familias, nuestros países en el pecado. Son vidas de pecado, son familias de pecado, son países para pecar, donde reina el pecado.

Y este es el sentido del pecado social: cada alma comete su pecado personal y eso se irradia en todo lo demás: familia, matrimonio, trabajo, iglesia, parroquia, comunidad, sociedad, nación, mundo entero. El pecado individual se hace social al participarlo a los demás en la vida, al comunicarlo al otro, al hacer que el otro también lo viva, lo obre en su misma vida.

El solo pecado de Adán se convirtió en el pecado de su mujer, al comunicárselo a ella, al unirse a ella, al vivirlo con ella. Y se convirtió en un pecado de los dos, de su matrimonio, un pecado social; y de los dos, nacieron otros pecados sociales; y concibieron a sus hijos en el pecado; y los educaron en el pecado. Y la familia se convirtió en un sitio de pecado social. Y el pecado se fue extendiendo socialmente, en todas las cosas, en todos los hombres, por todo el mundo.

A la rebelión de la humanidad en Adán y Eva, Dios responde con dos cosas: Justicia y Misericordia.

Con la Justicia castiga el pecado en la humanidad entera. Desde su origen hasta el fin, el hombre comerá el pan con el sudor de su frente. La Justicia pesará sobre la humanidad hasta el fin de los tiempos.

Con la Misericordia, Dios ofrece la promesa de la Redención. Para eso, escoge un pueblo, el pueblo preferido, que Dios quiere santo, pero que no se vuelve nunca santo a pesar de la lluvia de gracias y de milagros. Un pueblo que responde siempre con la ingratitud a la predilección divina.

Un pueblo lleno de profetas, que enseñan la Palabra de Dios, las obras que Dios quería, la vida que tenían que vivir los hombres en su estado de pecado, sin la gracia, para preparar el camino al Señor, que venía a implantar el Reino de Dios en la tierra.

Un pueblo que andaba entre la justicia y la misericordia, y que sólo aprendía la verdad a base de dolor, de sufrimientos, de expiación de los pecados. Un pueblo duro de cerviz porque no poseía la Gracia, que quita esa dureza, esa soberbia de mente.

Un pueblo que, a pesar de tantas gracias, cuando el Salvador nace lo combate, lo asedia, le hace la vida imposible.

El pecado social de ese pueblo elegido es tan grande que termina por matar al Hijo de Dios. Ese deicidio es más grave que el pecado de Adán en el Paraíso. Dios ha amado a su pueblo hasta lo más increíble, hasta darle a su mismo Hijo. Y su pueblo lo ha puesto en una Cruz. Ha clavado al Amor en el Odio del madero.

Y Jesús responde a esa obra de odio, suspendido en la Cruz, con una Obra de Amor: entrega a la humanidad Su Iglesia.

Esta Obra es la que culmina el pecado de Adán y abre el pecado del pueblo elegido. Adán no fue el que mató a Jesús, sino fue el pueblo que Dios había elegido.

Y, por eso, el pueblo judío no puede salvarse. Es un pecado social que incide en todo el pueblo elegido. En este deicidio se dan las dos cosas en Dios: Justicia y Misericordia.

Por la Justicia, el pueblo elegido anda errante por toda la tierra, sin posibilidad de establecerse como pueblo. Al tenerlo todo de Dios, como pueblo de Su Elección, lo perdió todo, hasta lo mínimo material. No hay providencia divina sobre el pueblo judío.

Misericordia, porque una parte del pueblo judío fue fiel al Salvador. Luego, también una parte de ese pueblo judío errante se va a salvar en el tiempo que Dios fije para eso. Y ese pueblo errante judío que se convertirá anulará, como pueblo, el pecado del pueblo elegido contra Jesús.

El pecado en el Paraíso fue de un solo hombre; el pecado del deicidio fue de un pueblo, de muchos hombres, de un grupo social. Jesús anuló el pecado de Adán en la Cruz. Pero todavía no está anulado el pecado social del pueblo judío. Jesús puso a toda la humanidad en un nuevo camino. Ya no es el camino que nace fuera del Paraíso, sino que es el camino que nace dentro de la Iglesia Católica, en la que es posible expiar todo pecado de los hombres.

Jesús entrega Su Iglesia a toda la humanidad, pero ésta se vuelve a oponer a esa Obra de Amor. Y comienza a maquinarse la destrucción del Cuerpo de Cristo, así como se maquinó la muerte de Su Cabeza.

Comienza una guerra agotadora, que se combate sin tregua desde hace más de dos mil años. Y, en este tiempo, las heridas han sido muy dolorosas, porque el pecado social sigue. Han sido muchos los esfuerzos de los hombres, en todas las épocas, para destruir a Cristo y a Su Iglesia.

Y esta batalla, que sigue su curso, que no descansa, es en estos momentos, de una furia que sólo las almas inconscientes no advierten; sólo los tibios no pueden verla. Y que llevará a la Iglesia hacia la persecución, con gran cantidad de víctimas entre el clero y los fieles.

En este tiempo en que vivimos dentro de la Iglesia se dan dos cosas muy importantes:

a. decadencia en todo el clero;

b. abominación en el Vaticano.

Son dos pecados sociales diferentes, pero que se enlazan uno con otro.

En la decadencia, observamos cómo la Jerarquía de la Iglesia va abandonando la línea de la gracia y ya no son otros Cristo, sino otros hombres, que hacen una obra de teatro en las misas, cuando se ponen a confesar, en la administración de los diferentes sacramentos. No tienen vida de oración, no saben discernir espíritus, no saben luchar contra el demonio en las almas, no enseñan la verdad a su rebaño, no lo guían hacia la santidad de la vida, no lo gobiernan en la verdad de la ley de la gracia. Es la grave decadencia, la grave corrupción de lo que es la esencia de la Iglesia: la Jerarquía. Sin un sacerdote debidamente consagrado no hay Iglesia; y sin un sacerdote que no sea otro Cristo, la Iglesia le pertenece al Anticristo.

En la abominación, se ve con claridad el fin que toma todo en la Iglesia: un fin humano, material, natural, sentimental, inicuo, carnal, de apostasía clara de la fe. La abominación comenzó cuando se puso el gobierno horizontal en la Iglesia. Y ha ido creciendo, de tal manera, que en estos momentos, es una obra de gran envergadura, que todavía no sale a luz, pero que ya está instalada en el mismo Vaticano.

Es una abominación que exige de la Jerarquía obediencia a un falso Papa, sabiendo que es falso. Se impone en las estructuras del Vaticano, que son sólo un conjunto de obras burocráticas, sin ninguna salida, sin ningún camino hacia la verdad, el silencio y el sometimiento a todo cuanto venga de Roma. Y, por eso, Francisco es intocable. A pesar de su gran pecado, nadie lo puede tocar. Es la abominación, que conducirá al cisma, un grave cisma que romperá la Iglesia en mil pedazos.

Muchos se van a condenar dentro de la Iglesia, porque ya no saben luchar contra el Enemigo. Ya no saben ver la batalla siempre en acción. Ya no disciernen nada. No saben discernir la hora de la Justicia que viene cuando el hombre destruya la Iglesia, quitando la Eucaristía. Y será la misma Jerarquía la que la destruya. Serán los mismos miembros de la Iglesia los que la destruyan.

Y, en esa hora, se producirá la mayor abominación en todos los aspectos: no sólo los hombres han matado al Salvador, sino que matarán también su Obra de Redención. Será el momento de la condenación en vida de mucha Jerarquía y de muchos fieles, que renegarán del amor a Cristo para poner su corazón en el amor a una criatura, que se hará pasar por Cristo: el Anticristo.

Esta abominación exigirá en Dios dos cosas: Justicia y Misericordia.

Justicia, porque todos los Enemigos de Cristo, dentro de Su Iglesia, perecerán y se condenarán. Toda la Jerarquía infiltrada se irá para el infierno directamente. No puede quedar como pueblo errante, porque el pecado es contra la Iglesia, que es la salvación para la humanidad. Fuera de Ella, no hay salvación. No puede quedar fuera de la Iglesia, viviendo una vida, porque esa vida es sólo para el infierno, sin posibilidad de salvar a ningún miembro de esa Jerarquía abominable. Fuera del pueblo elegido todavía había salvación, pero no fuera de la Iglesia.

Misericordia, porque la Iglesia remanente entrará en un tiempo de paz, en donde la Virgen María aplastará de nuevo, por segunda vez, la cabeza de Satanás. Quedará atado el demonio para que la Iglesia vaya hacia el Reino Glorioso.

Y será la nueva iglesia, la del Espíritu, la que anule la obra de destrucción que la Jerarquía infiltrada va a obrar dentro de poco.

Dios, en el Paraíso, ofreció al hombre una Obra Gloriosa; y el hombre la despreció;

Dios se hizo Hombre para que el hombre se divinizará; y el hombre despreció el don de ser hijo de Dios en el Hijo;

Dios, en la Cruz, ofreció a la humanidad, Su Reino glorioso; y el hombre lo despreció.

Son tres pecados sociales que van en contra de una obra social de Dios. En esos pecados sociales sólo hay que ver la batalla de espíritus para poder entender qué Dios quiere del hombre y de la Iglesia.

Y, cuando un falso Papa está sentado en el Trono que ha usurpado, entonces es claro que Dios quiere del hombre que salga de esa iglesia que no es Su Iglesia, para poder permanecer en la Verdad.

Y es lo que muchos no van a hacer, porque están pillados por la abominación en el Vaticano.

En el Vaticano está la Iglesia de los apóstatas

Virgen María Reina--

Un alma explica lo que sucedió en una parroquia y la locución que recibe: “El domingo 20 de julio en misa, después de escuchar el evangelio donde el sacerdote exaltaba los mensajes y lo bueno y humilde que es el papa Francisco, y repartiera a todos el evangelii gaudium para que meditáramos…. Pedí al Señor que me iluminará, entonces me habló Dios Padre… «hija levántate, sal de esta parroquia y no vuelvas más porque mi hijo Jesús ya no está ahí… Como no está en las iglesias, y parroquias que siguen las enseñanzas y directrices que vienen del Vaticano, de Francisco el Falso Profeta»”. Después, recibe este mensaje:

entre

«Amado pueblo Mío, este mensaje es para todos aquellos que me aman y creen en Mi y en Mi Misericordia.

Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió.

La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro.

Caos, caos en todos los ámbitos de vida… los volcanes estallarán con furia, terremotos remecerán continentes, los niños gritarán sus verdades…después oscuridad.

Las almas clamarán a sus dioses sordos y el maligno saldrá a cosechar su siembra.

Oigan ustedes todos, humanidad corrupta, el Día del Señor se acerca, trayendo el castigo que se merecen.

Ya no queda misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor.

Para ti, hija Mía, Mi amor siempre te acompañará… Mi pueblo fiel no deberá temer, pues Yo el Todopoderoso los protejo, los amparo, y les proveo para todas sus necesidades.

Levántense con la frente en alto, sonrían y alaben a su Dios, porque el día de su liberación está cerca.

¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista.

Recordarán Mis Palabras, las que dije a Moisés, y temerosos gritarán misericordia, pero Yo no los oiré, no los miraré, no los perdonaré, y mi Divina y Perfecta Justicia caerá sobre ellos.

No temas, hija Mía, por lo que veas y oigas, Yo protegeré a los que como tú Me aman, creen en Mí y siguen mis preceptos.

Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco.

En todas las iglesias que está sucediendo lo mismo y a mis hijos fieles los estoy retirando de ahí.

Oren mucho por sus familias para que los desastres no les caigan cerca, y por sus conversiones.

El tiempo final está cerca, hija mía, te ama tu Padre del Cielo, que vela y está siempre pendiente de ti» (Mensaje del Padre Eterno a un alma – 2 de Agosto del 2014).

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El Señor, desde el Trono del Cielo, es el que guía a Su Iglesia en estos momentos: «Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco». En esa parroquia ya no se profesa la fe verdadera: su párroco vive otra fe, distinta a la católica, y eso es lo que enseña, transmite. Y, como consecuencia de esa falta de fe en ese sacerdote, ha hecho de ese sitio una cueva de ladrones, donde el pensamiento de un hombre herético es lo único que se sigue. Y hay que salir de esas parroquias, que no es salir de la Iglesia Católica, para formar la Iglesia remanente, la que permanece invariable, la que se apoya sólo en la doctrina de Cristo, en la Tradición Divina, en la enseñanza infalible de la Iglesia. Esa Iglesia Remanente que no tiene parroquias ni capillas, sino que está en los corazones fieles a la Palabra de Dios, corazones humildes, obedientes, llenos de la sabiduría divina.

No es ya la Jerarquía de la Iglesia la que guía a la Iglesia, porque ha perdido la Autoridad Divina al obedecer a un usurpador, Francisco. Esa Jerarquía, que se somete a un hombre que Dios no ha elegido, pierde la Autoridad que le viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo por obedecer a este hombre, que es un falso Papa, esa Jerarquía no tiene poder ni para guiar la Iglesia, ni para enseñar ninguna Verdad ni para santificar a ningún alma.

Esto debe estar claro para discernir a quién seguir en la Iglesia Católica. Si esto no lo tienen claro, entonces pertenecen a la falsa Iglesia Católica, que está en el Vaticano. Es falsa, porque su líder es un falso Papa. Su nombre de Papa está vació del Espíritu del Sucesor de Pedro. Es sólo una etiqueta, un lenguaje, un término. Su magisterio ordinario no es el de un Papa, sino el propio de un impostor, de un falsario, de uno que sólo vive para destruir toda la verdad dentro de la Iglesia. Es un falso Papa que gobierna una falsa iglesia: la de los herejes, apóstatas y cismáticos, como él es. Y la gobierna con un gobierno horizontal, que es el signo de su apostasía.

No esperen que de dentro de la Iglesia Católica, algún Obispo se levante y declare la apostasía y el cisma. Toda la Jerarquía de la Iglesia ha quedado ciega con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Son pocos los sacerdotes que ven, pero deben callar, porque saben lo que se cuece en la estructura interna del Vaticano y de cada diócesis. Es el Señor el que da la luz en estos momentos a cada alma, para que sepa caminar en estas tinieblas, que lo invaden todo. Es el Señor el que hace que sus almas se dirijan al desierto de todo, para esperar allí, en el silencio, en una vida escondida, el camino de la Iglesia.

Las almas tienen que salir de aquellas parroquias que ya no dan la Verdad como es, y no hacer grupos de Iglesia o irse a otros grupos o asociaciones, sino vivir su fe de manera escondida, como en las catacumbas. No hacer cosas públicamente: la oración, la misa, etc., todo de manera privada, sin que nadie lo sepa; sólo las personas que quieren la fe de siempre, que no desean lo que viene de Roma, porque eso sólo es una apostasía.

Esa falsa iglesia de los apóstatas, que está en Roma, no sigue la línea de la Gracia: han quitado la verticalidad, es decir, el Papado. Por esto sólo, se convierte en dos cosas: herética y cismática. No importa que lo demás no lo hayan tocado en la práctica: es decir, todavía no han quitado la Eucaristía y los demás Sacramentos. Pero lo harán. Sí han hecho ciertas obras, como bautizar hijos de personas lesbianas, que claramente se opone a la Gracia. Son actos heréticos, que revelan la doctrina que se sigue en esa falsa iglesia, que anulan la Gracia por seguir una ley canónica.

Han quitado a Pedro y han puesto una cabeza con un consejo de muchas cabezas. Es decir, se han convertido en una secta más, en una de tantas como hay en el mundo. Es un grupo de personas, con un fin humano y con unas obras humanas, que se ponen la etiqueta de católico, porque eso gusta mucho para atraer a las almas y para seguir engañando a la gente.

El Señor habla a los que creen en Su Misericordia y les da un mensaje lleno de Justicia, porque así es la Misericordia del Señor: en la verdad de su Justicia. Dios muestra Su Amor Misericordioso como camino en Su Justicia para el hombre. Porque el hombre, desde que nace hasta que muere, tiene que vivir colgado de la Justicia Divina, reparando sus muchos pecados, encuentra, en ese camino, justo y recto a los ojos de Dios, la Misericordia que lo salva y lo lleva a la santidad de una vida.

«Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió»: los tiempos del Fin no son los tiempos ordinarios, como el hombre los ha entendido durante 2000 años. Son los tiempos de un cambio para todo y para todos. Todo en la Creación; y todos los hombres. La Creación debe volverse gloriosa, espiritual, como fue concebida en la Mente de Dios. Y, para eso, hay que quitar lo que impide esa transformación: que son las obras del demonio y de los hombres, que han abierto su vida a la mente del demonio. Y, por tanto, este tiempo del Fin, nadie sabe cuándo comienza: se duerme uno en la vida de siempre y se levanta con otra cosa muy diferente.

Los tiempos de Dios no pueden ser medidos por los hombres. Se van conociendo en la medida en que el hombre va viendo, en su vida, las consecuencias, los efectos, de ese tiempo.

«La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro». Tiene que comenzar la guerra mundial para que el Falso Profeta se ponga en el Trono de Dios sobre la tierra, que es la Silla de Pedro. Francisco es un falso Profeta, porque tiene el mismo Espíritu de falsa profecía, pero no es el Falso Profeta, es decir, el Falso Papa que señala al Anticristo. Francisco es el inicio de un gran desastre en la Iglesia. Y eso todos lo pueden ver, lo pueden comprobar. Pero es incapaz de moverse como quiere, rompiendo el dogma. Sólo está con sus pobres y con su enamoramiento de las falsas religiones: es un comunista y un protestante. Y eso es lo que vive en la Iglesia, lo que transmite, a lo que se dedica. Pero él sabe las dificultades para quitar el dogma. Y tiene que hacerlo con medidas pastorales: un telefonazo, un Sínodo, una orden para que se bauticen, etc… Soluciones políticas que anulan la línea de la Gracia y que reflejan su pensamiento demoníaco. Pero es necesario desestabilizar el gobierno de la Iglesia, no sólo poniendo a un usurpador, sino a personas que dirijan la Iglesia hacia el rompimiento total: que es echar a Cristo de la Iglesia, quitando la Eucaristía de manera oficial. Por eso, se prepara un cambio en las estructuras de la Iglesia, en ese gobierno horizontal, para quitar a ese payaso y poner a un hombre fuerte, que comience a despojar la Iglesia de la línea de la Gracia, de lo poco que aún queda de Gracia. Y sólo así puede entrar en aparición el Anticristo.

«Ya no queda Misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor»: esto significa que el pecado ha llegado a su culmen, a su perfección, y por tanto, debe iniciarse la Justicia Divina que combata ese pecado perfecto y lo aniquile en el mundo y en la Iglesia. Si no se quita ese pecado, el demonio vence al hombre. Pero, porque Cristo vino al mundo para destruir las obras del demonio, por eso, se inicia esta Justica que se hace presente en todas partes, preparando el Día del Señor, que es el Castigo de los tres días y tres noches. Es tan perfecto el pecado de los hombres que ya no quieren convertirse, ya han despreciado la Misericordia como camino de salvación y por tanto, ya no queda Misericordia. El hombre, en pecado, siempre encuentra Misericordia. Pero, cuando el hombre desprecia la Misericordia, entonces ya no existe Misericordia.

«¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista». Los Vicarios del Señor son los Obispos, que tienen la plenitud del sacerdocio de Cristo, y que se han vuelto todos unos herejes. Pueden conocer la plenitud de la Verdad y prefieren la plenitud de la herejía.

Obispos malditos que han puesto a un hereje en la Silla de Pedro. Y ellos los saben, porque son herejes como él. Si no hubieran sido herejes, si hubieran profesado la fe verdadera, nunca hubieran elegido a Francisco ni a ningún otro. Pero están en la Iglesia, en cada diócesis, para llevar a la Apostasía a los sacerdotes y a todo el Rebaño. Son los guías puestos por Dios para llevar a las almas hacia el Cielo, con una vida de oración y de penitencia, y se han convertido, por sus muchos pecados, en lobos, en fariseos, en legistas, en hipócritas, en gente sin dos dedos de frente. Es la mayor corrupción que existe actualmente en la Iglesia: es la corrupción de lo mejor. La mente se corrompe, esa mente que ha conocido la Verdad, y se dedica a las obras del mismísimo demonio en la Iglesia. No hay mayor degeneración en la vida espiritual que un Obispo, como Francisco, que ha bebido la Verdad, pero que se emborracha de su mentira. Eso clama al cielo: el pecado de muchos Obispos que se asemejan a Francisco en la vida eclesial. Y, por eso, el castigo es modélico: fuego del cielo contra la falsa Iglesia de los apóstatas de la fe en Roma. Son Obispos que por más que clamen misericordia, no la tendrán. Ya no es tiempo de convertirse, sino de condenarse.

No son tiempos como los de antes. Son tiempos para ir formando la Iglesia remanente, que es la Iglesia Católica, pero aquella fundada en la Verdad del Evangelio. Una Iglesia que pasa a formar parte del Reino de Dios hasta que el Señor ponga el camino hacia la Nueva Creación. Una Iglesia de muy pocos, porque la mayoría prefiere estar con Roma y con la nueva iglesia que se hace más humana, más natural, más acorde al mundo. Y eso es lo que atrae a mucha gente, que son tibios en su fe y pervertidos en su mente humana. Así son muchos católicos en la Iglesia. Gente que se rasga sus vestiduras porque se juzga a Francisco por lo que es: un impostor. Gente que no sabe discernir el pan de la Vida, sino que va a la Eucaristía a tragarse una galleta de su sacerdote preferido, de aquella Jerarquía que le hable muy bonito y que le muestre sus verguenzas en público. Estamos en el tiempo del Fin. Y no hay más tiempo para convertirse. No oren por las almas que no quieran convertirse, duras en su pecado. Oren por las almas que todavía tienen dos dedos de frente y que ven que la situación no puede estar peor. Son muchas las almas, dentro de la Iglesia, que viven como condenadas. Nada se puede hacer por ellas: se han creído santas y justas en su pecado. Es mucho el fariseísmo en la Iglesia, la doblez, la mentira, el engaño. Sólo vean las páginas del Vaticano cómo exaltan los pensamientos heréticos del falso Profeta Francisco. Hay que dejarlas en su mentira y aplicarse a vivir la fe verdadera. Y todo lo que diga el Vaticano es para mirarlo con lupa, para criticarlo y para abandonarlo. Si no hacen eso, entonces caen en el error de muchos: esperan un bien de almas que viven para condenar el Rebaño. Mayor vileza no se puede encontrar. Y de idiotas que esperan algo de Francisco esta la Iglesia llena.

Jesús enseña a San José la verdadera sabiduría

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«José fue para Jesús ejemplo y maestro de esta sabiduría, que se nutre de la Palabra de Dios. Podemos pensar en cómo José educó al pequeño Jesús a escuchar las Sagradas Escrituras, en especial acompañándole el sábado a la sinagoga de Nazaret. Y José lo acompañaba para que Jesús escuchara la palabra de Dios en la sinagoga» (Francisco, 19 de marzo 2014).

El Evangelio enseña que «El Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en Él» (Lc 2, 40).

El Evangelio no enseña que José fuera ejemplo y maestro de sabiduría. El Evangelio no enseña que José educó a Jesús a escuchar las Sagradas Escrituras.

Este es el gravísimo error de Francisco.

Jesús es la Palabra de Dios. ¿Qué significa eso? Que las palabras contenidas en las Sagradas Escrituras son del Verbo, son de la Palabra del Padre. Y Jesús es el Verbo Encarnado. Conclusión: Jesús no tiene que aprender de nadie las Sagradas Escrituras porque Él es el Autor.

Es José el que aprende de Jesús la Palabra de Dios. Jesús es el maestro y el ejemplo de la Sabiduría Divina para José.

¿Por qué llega a este gravísimo error Francisco? Sólo por una cosa: Francisco no cree en Jesús. Francisco no tiene fe en Cristo. Francisco no imita a Cristo en su sacerdocio. Francisco está en la Iglesia para construir una nueva iglesia y para dar un falso Cristo a todo el mundo.

A las almas, dentro de la Iglesia Católica, les cuesta entender que estamos viviendo en la Gran Apostasía.

Y es un tiempo para el demonio, y sólo para el demonio.

Es el tiempo de la Justicia Divina. Y eso no significa que no haya Misericordia, sino que se da la Justicia sin posibilidad de Misericordia. En otras palabras, es un tiempo de condenación para muchas almas.

Si no comprenden este punto, no entienden lo que pasa en la Iglesia.

Lo que sucede en la Iglesia es cosa del demonio, que guía las mentes de los hombres, porque él es maestro en hablar a la mente. Para el demonio es fácil guiar a un sacerdote, a un Obispo, a un Cardenal, a un fiel en la Iglesia. ¡Muy fácil! Sólo vean a Francisco, cómo vive adorando su mente. El demonio le pone todo en su mente. Y, después, le es fácil hablar mintiendo. Francisco nunca dirá una verdad bien dicha, sin una mentira. ¡No puede! Pero esto muchos no lo ven, no lo comprenden. Y tampoco quieren verlo.

“Él no era el padre de Jesús: el padre de Jesús era Dios, pero él le hacía de papá a Jesús, le hacía de padre para hacerlo crecer”.

El padre de Jesús no era Dios. Esta forma de hablar es herética en teología. Dios, tomado de forma absoluta, no es padre, no es hijo, no es espíritu santo. Dios es un ser, único, infinito, absoluto, eterno. Pero Dios no es Padre. Dios tiene una Persona Divina, que se llama Padre. Y tiene otra Persona Divina, que se llama Hijo. Y tiene otra Persona Divina, que se llama Espíritu Santo.

Y, en teología, hay que hablar claramente. Y, cuando se predica a la gente, hay que hablar claramente. Y hay que decir que Jesús tiene un Padre, que es Dios, como Él lo es. Pero decir: “el padre de Jesús era Dios”, es estar diciendo una grave herejía.

Estas cosas, a la gente se le pasa por alto; pero es, en estas cosas, tan pequeñas, cómo se coge la mentira de Francisco, la herejía de Francisco. No se queden en el lenguaje bonito, palabra bella, que emplea Francisco a toda hora, pero que está llena de herejía en cada frase. ¡Busquen las herejías! ¡No se queden en lo barato del lenguaje!

El demonio habla a la mente de Francisco. Y Francisco dice lo que le habla el demonio. Así funciona esto en muchos sacerdotes y Obispos. Han crecido tanto en soberbia, que sólo miran su razonamiento humano, y no saben salir de sus ideas humanas, de su lenguaje humano, de sus filosofías humanas, de sus teologías.

Se llenan de pensamientos, leen cantidad de libros llenos de herejías, porque les gusta los teólogos protestantes, soberbios, que lo quieren analizar todo con su mente, que lo especulan todo, que trituran con su pensamiento humano la Palabra de Dios: la cambian, la tergiversan, le añaden palabras, le quitan otras. Y así se pasan todo el día: en sus mentes humanas. Y predican lo que predican: su basura intelectual.

Estamos en el tiempo de la condenación de almas, porque es necesario purificar la Iglesia; es decir, vaciarla de gente que no sirve para nada; sólo está para ganar dinero y para tener poder en la Iglesia.

La Iglesia ya no se dedica a salvar almas, a darles un camino de santidad, sino que se dedica a la vida humana, a las obras humanas, a lo que quiere el hombre, a lo que le gusta el hombre, a las conquistas del hombre.

Y, por eso, estamos en la Apostasía de la fe; es decir, con una fe humana en muchos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles. Fe humana: no creen en nada, sólo en sus cabezas humanas. Todo es de tejas para abajo. Se habla de Dios, y de muchas cosas, pero, lo que importa, es realizar una vida humana, una obra humana, un trabajo humano.

Para ser Iglesia hay que poseer la fe divina. Y esta fe es sólo un don de Dios. Dios la da a quien quiere, cuando quiere y como quiere.

Mucha gente está en la Iglesia con su fe humana. Y saben muchas cosas de teología, han leído muchos libros, y sólo tiene una fe humana, una fe intelectual, una fe para su mente humana, una fe para su vida humana, una fe para su palabra humana.

Y Dios no da la fe porque se tenga un Bautismo, o se comulgue, o se case por la Iglesia, o se sea sacerdote.

Los Sacramentos son una cosa; la Gracia es otra, la Fe es otra.

Para tener Fe, el hombre tiene que saberla pedir a Dios; con humildad, con sinceridad de corazón y con pureza de vida.

Un hombre soberbio, un hombre cerrado a Dios, un hombre en sus pecados, no puede tener Fe. Dios no da la Fe así porque sí, porque se lo merezcan los hombres.

Los hombres no nos merecemos nada de Dios. Es Dios quien va dando. Y Él sabe a quién dar y a quién no dar. Él es Justo en el Don.

El hombre tiene que merecer la Fe. Tiene que trabajar por la Fe divina.

El gran problema de los sacerdotes, Obispos, fieles, es que sólo trabajan por su fe humana.

¡Hay que trabajar por lo divino! ¡No por lo humano!

Y, por eso, hay que saber pedir a Dios las cosas divinas. Y un hombre soberbio no sabe pedir a Dios nada, sino que continuamente le exige a Dios; culpa a Dios de todos los males de su vida; no puede comprender los caminos espirituales, divinos, celestiales.

El primer trabajo del hombre para merecer la Fe es luchar contra su soberbia. Si no hay humildad, Dios no puede dar la Fe a un hombre.

Si los hombres no batallan, diariamente, contra sus soberbias, Dios no da la Fe.

Para tener Fe es necesario que el hombre vea que su mente humana no es lo principal en la vida; que no es algo absoluto; que no tiene importancia; que no sirve para hacer la Voluntad de Dios.

Y esto cuesta mucho comprenderlo en un mundo que ha puesto la razón humana por encima de la Mente de Dios, de la ley Divina, de la Ley natural, de la norma de moralidad. ¡Cuesta muchísimo! Y, por eso, tana gente que se cree que por tener teología o por saberse el catecismo, ya tiene Fe.

En la Iglesia sólo se ve gente intelectual, pero que no sabe, en la práctica, hacer la Voluntad de Dios, buscar algo divino; buscar lo que le agrada a Dios; no sabe discernir pensamientos humanos; no sabe ver al demonio en nada; no sabe ver a Dios en nada. Sólo ven sus ideas brillantes, sus razonamientos, que sólo sirven para cegarlos más y más a sus soberbias, y sólo quieren obrar como los hombres lo hacen en todas partes para así construir un mundo de hombres.

Si las almas no luchan contra sus soberbias; si no ponen sus magníficas cabezas en el suelo; si no humillan sus orgullos, su yo personal, independiente, autoritario; entonces, nunca Dios les va a dar la Fe.

Una persona puede ser muy intelectual, muy dada a la razón, pero estar abierta a Dios. Un Santo Tomás de Aquino: su razón no se perdía en sus razonamientos humanos, porque su corazón estaba abierto a la Verdad y, por tanto, sabía usar la razón en la Voluntad de Dios, en el Amor Divino, en la Gracia, siguiendo al Espíritu de la Verdad. Y, por eso, hacía su teología delante del Santísimo. Era humilde, no caía en soberbia, porque es antes el corazón que la mente del hombre. Para saber teología, para no tener ningún error en teología, para saber predicar sin mentira, primero hay que amar a Dios.

Muchos hacen su oración intelectual, según su mente. Y se quedan en sus soberbias. No van a la oración a aprender a amar a Dios; van a la oración a contarle michas cosas a Dios, según lo que cada uno busca en su mente. Es una oración soberbia, mental, intelectual, cerrada a Dios.

Para orar, hay que poner la mente en el suelo, y dejar que Dios guíe el alma en la oración. Que dios ponga sus deseos, sus intenciones; que Dios muestre el camino de la oración, en donde se encuentra siempre el amor divino.

Muchos sacerdotes ya no oran así. No tienen tiempo. Y, entonces, viven, en sus ministerios sacerdotales, con un corazón cerrado a la Verdad.

Si hay soberbia, si el corazón no se abre a Dios y si se vive en pecado, si se busca el pecado, si no se lucha contra el pecado, Dios nunca dará la fe a un alma.

El alma tiene que merecer la Fe, el Don de Dios. Porque son estas tres cosas: soberbia, orgullo y lujuria de la vida, lo que hace perder la fe. Y, una vez que se pierde, es dificilísimo volverla a tener.

Dios no da la fe a un alma si sabe que por su soberbia, por su orgullo, por su lujuria de la vida, la va a perder.

Dios sabe cuándo un alma está dispuesta para recibir ese don. Por eso, el alma tiene que saber pedir ese don: Tiene que pedirle a Dios que disponga su alma, que purifique su alma, que le muestre lo que tiene que hacer para conseguir la Fe.

¡No sigan a Francisco porque es un hombre sin fe divina, sólo con su fe raquítica, herética., sentimental, ciega, basada en su mente humana! Es una fe propia de un comunista, de un protestante, de un masón. Pero nunca es la fe de un católico.

Sin discernimiento no hay conocimiento de la mentira

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Se está produciendo la gran división entre el bien y el mal dentro de la misma Iglesia.

Estamos en los tiempos de la gran división por la gran apostasía de muchos católicos que han perdido la fe. Y están en la Iglesia sin fe, es decir, proclamando una fe que no es la verdadera, que no es el don de la fe que Cristo da al que cree en Su Palabra.

Es fácil inventarse la fe; es decir, hablar sobre Cristo, su Evangelio, su doctrina, y decir sólo mentiras con bellas frases. Esto lo hacen muchos sacerdotes y Obispos en toda la Iglesia: la llenan de sus herejías camufladas en bandeja de plata, en verdades que no son verdades, sino sólo la apariencia de una verdad.

Esta es la división: el pecado y la Verdad. Quien está en la Verdad no puede estar en el pecado. O el alma permanece en la Verdad o el alma permanece en el pecado. Pero no es posible estar en los dos, al mismo tiempo, como muchos, dentro de la Iglesia, se esfuerzan por hacer comprender a las almas.

Peca, te confiesas, y sigue pecando. Esto es lo que muchos hacen, convirtiendo el pecado sólo en un mal social, un mal humano, económico, orgánico, y la confesión en un desahogo del hombre. A este punto se ha llegado en la Iglesia: sacerdotes que son sólo psiquiatras; personas que sólo cuentan sus problemas al sacerdote pero que ya no creen en el pecado, no confiesan sus pecados, sino que hablan de sus problemas. Hacen del tribunal de la penitencia una irrisión, una comedia absurda, una obra teatral.

Dentro de la Iglesia se está viviendo el protestantismo diariamente, en la práctica de cada día. Las almas son protestantes. No hay que irse al protestantismo para encontrar a estas almas. Las tenemos en cada parroquia, en cada diócesis, en cada familia, en la sociedad de cada país.

Y quien se sienta en la Silla de Pedro, Francisco, es sólo un protestante, vestido de Obispo. Realidad que muchos no quieren aceptar, porque se han fabricado su fe en la Iglesia. Y, según esa fe, Francisco es un santo y es el verdadero Papa.

En esta fe falsa, que muchos tienen en la Iglesia, se da una contradicción: la obediencia al pecado, la obediencia a la mentira, la obediencia al error.

La fe divina enseña a obedecer sólo a la Verdad: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act 5, 29). Aquel hombre que no dé la Verdad no está Dios en él y, por tanto, no es posible la obediencia espiritual. Se puede dar una obediencia material, pero ésta no es a la Verdad, sino a las costumbres de los hombres, a las leyes de los hombres, para no hacer pecar a otros en ese mal que se quiere imponer, para no escandalizar a los pequeños. Pero la obediencia material es sólo por un tiempo; después, ya ni siquiera esa obediencia material hay que darla.

Con Francisco ya ni siquiera es posible una obediencia material a lo que habla o a su pensamiento humano, porque ha quedado claro qué quiere ese hombre en la Iglesia: su destrucción.

Con Francisco sólo queda una cosa: una férrea oposición a todo lo que haga, así obre cosas buenas, que gusten a todos. Incluso eso hay que despreciarlo porque no viene de Dios, sino del demonio, que le gusta atraer a las almas por la bondad, sin declarar abiertamente la mentira. Así atrapa más al alma.

Muchos siguen a Francisco y están en esta contradicción: obedeciendo al pecado que ese hombre les muestra. Esto es lo que muchos no ven, porque sólo se fijan en sus palabras bonitas, pero no caen en la cuenta de la maldad que encierran.

Y esto sólo significa una cosa: siguen a Francisco por el lenguaje que usa, no por el contenido de ese lenguaje. Son almas que sólo se fijan en la palabra externa, la que se dice: si es bonita, si es agradable, si es hermosa, si tiene sentimiento, etc. Pero no saben discernir esa palabra.

Éste es el punto de muchos en la Iglesia: tienen una venda en sus ojos. No ven nada. No disciernen nada. No penetran nada. Se les ha educado para obedecer a quien esté ahí sentado en la Silla de Pedro. Pero no se les ha educado para discernir al que se sienta en la Silla de Pedro.

La vida espiritual es discernimiento. Y sólo eso. No se puede amar sin discernir. No se puede obedecer sin discernir. No se puede sufrir sin discernir. No se puede orar sin discernir. No se puede adorar sin discernir. No se puede dar una limosna sin discernir. No se puede ir a Misa sin discernir. No se puede escuchar una predicación sin discernir.

Muchos, dentro de la Iglesia, no son ovejas, sino borregos. Son idiotas, son locos, son necios, son estúpidos, porque no disciernen. Y viene un lobo y se van con el lobo. Por eso, dice el Señor que al Buen Pastor «las ovejas le siguen, porque conocen Su Voz; pero no seguirán al extraño; antes huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10, 4-5).

¿Por qué muchos siguen a Francisco? Porque no son de las ovejas del Buen Pastor, de Cristo. Y ¿por qué no? Porque las ovejas de Cristo sólo escuchan a Cristo, no tienen oídos para otras voces. Y ¿cómo pueden sólo escuchar la Voz de Cristo? Porque saben discernir las voces.

¡Discernimiento! Es lo que falta en la Iglesia. Todos como borregos siguiendo a un verdadero idiota, como es Francisco.

Y, entonces, viene la pregunta: ¿Cómo es posible llamar a Francisco Papa si está dando verdaderas herejías en la Iglesia? ¿Cómo Dios puede darnos un Papa así? ¿Cómo el Espíritu Santo ha puesto a este hombre en la Silla de Pedro?

Esto es lo que muchos se siguen preguntando porque todavía no han discernido. Discernir no es preguntarse cosas. Todo el mundo tiene muchas preguntas sin resolver.

Discernir es sólo ver la Verdad. Cuando se ve la Verdad, entonces se acaba la pregunta. Pero quien quiera preguntarse para resolver un misterio, nunca discierne nada.

Muchos quieren preguntarse sobre el infierno porque tienen muchas dudas. Eso es señal de que no han discernido sobre el Infierno, no ven la Verdad del Infierno. Y eso sólo significa que no viven de fe. Sólo viven de sus preguntas.

Muchos se preguntan por qué Dios permite tanto mal en el mundo. Y eso es señal de que no creen en Dios, ni tienen fe, porque no han discernido la Voluntad Salvífica de Dios. No ven que para salvar hay que permitir el mal. No ven eso. No entienden eso. No les cabe en la cabeza, porque no tienen discernimiento.

Discernir es sólo ver la verdad. Francisco no es Papa. Ésa es la Verdad. Se llega a esa Verdad de una manera: viendo las obras de Francisco; escuchando sus palabras, leyendo sus escritos. Se ve al hombre, pero todavía sin obediencia ni rechazo.

Ante un hombre elegido para ser Papa, lo primero es verlo, escucharlo. Si lo que se hace es obedecerlo porque es Papa, ahí viene el error.

Cuando se va a una Misa, se ve al sacerdote como hombre: se ven sus gestos, lo que predica, lo que hace en el Altar, cómo se comporta con la gente, etc. Y se discierne: este sacerdote tiene la verdad o este sacerdote no tiene la verdad. Y, entonces, se puede dar la obediencia o el rechazo.

Pero si no se hace esto, entonces estamos en la Iglesia con una venda en los ojos: todos son santos, todos dan la verdad, todos nos llevan al cielo. Y esto es una falsedad. Porque Judas hay muchos dentro de la Iglesia; de fariseos está la Iglesia llena.

Sin discernimiento no es posible ponerse en la Verdad. Porque la Verdad es Jesucristo. Y, por tanto, la Verdad no la tiene ningún hombre, aunque parezca santo en lo exterior, aunque dé signos de gran humanidad, de gran santidad. Nunca hay que hacer caso a lo externo de la persona para discernir, porque si se hace eso, se peca.

Para no caer en el pecado de juicio contra otra persona, hay que ir a lo interior: esas palabras que esa persona predica, ¿las predicó Cristo? ¿Están en el Evangelio? Esas obras que esa persona hace, ¿las hizo Cristo?

Es Cristo la Verdad. Es sólo Cristo. Y Jesús es muy sencillo en Su Evangelio. Su vida es muy simple. Y, por eso, se capta en seguida quién es de Cristo y quién no es de Cristo. Para discernir si un sacerdote o un Obispo es de Cristo o no, sólo vean si obra y si habla como Cristo o no lo hace.

Cuando un sacerdote comienza a dar sus palabras humanas, ya es señal de que no tiene a Cristo. Cristo es muy sencillo cuando predica al pueblo, a las almas: va directo a la verdad, no rodea la verdad, no pone lenguajes artificiosos, humanos, oscuros. La Verdad es simple, sencilla, clara, pura, transparente. La Verdad se ve sin más: existe el pecado, existe el infierno, hay que confesarse, etc. Pero cuando los hombres quieren rodear la verdad, comienzan a dar sus verdades, sus frases bonitas, bellas, sus giros hermosos que captan la mente humana, pero que dejan vacío el corazón. Esto lo hacen muchos predicadores: giran y giran en torno a una verdad, sin caer en la verdad, sin ponerse en la verdad, sin dar la verdad como es: Francisco no es Papa. Ésa es la verdad. Punto.

Hoy los hombres viven en la locura de su lenguaje humano: dan vueltas y vueltas a sus ideas sin ver la verdad, sin ponerse en la verdad, tienen miedo de llamar a cada cosa por su nombre.

Y cuando se dice la verdad el alma tiene una fuerza que antes no poseía. Pero cuando se está en la mentira, revoloteando, como el águila, sin afianzarse en algo, entonces el alma se siente con miedo, con temor, porque no ve nada claro.

En la Iglesia, actualmente, no hay ningún discernimiento en la Jerarquía. Son borregos muchos sacerdotes y Obispos. Y esto les convierte en ciegos, guías de ciegos. Esto es muy peligroso para toda la Iglesia. Así el demonio conquista almas para el infierno de una manera simple, fácil, porque hace que los hombres obedezcan a hombres vestidos de piel de oveja, que no pueden predicar la verdad porque no la ven, no la disciernen. Y muchas almas se condenan por obedecer a hombres en su mentira, por seguir la mentira que esos sacerdotes y Obispos siguen en sus ministerios.

Muchos pastores invitan a sus fieles a seguir a Francisco, a leer sus escritos, a obrar lo que dice. Eso es llevar al infierno de una manera fácil, simple. Ésa es la acción del demonio dentro de la Jerarquía de la Iglesia. Y eso trae una oscuridad espantosa a toda la Iglesia. Y eso produce poner el pecado, la mentira, el error, por encima de la Verdad.

Este es el punto de la apostasía de la fe: se da valor al pecado; la verdad se oscurece, se tapa, se oculta, desparece. Y todos viviendo una mentira, todos obedeciendo a un mentiroso, todos queriendo resolver los problemas de la Iglesia por los caminos de la mentira.

Para resolver el problema de Francisco es sólo uno: decirle que se vaya. Punto y final. Hay que ponerse en la verdad para caminar en la Iglesia. Sólo diciendo la Verdad se abre camino, se abre una puerta.

Pero aquel que quiera resolver esta situación con las mentiras, apañando las cosas, entonces no resuelve nada.

Como la Iglesia no va a hacer esto, entonces viene el problema, un gravísimo problema para el que cree, para el que ve la Verdad, para el que discierne. Para los demás, no es problema.

Si Francisco no se va, entonces, ¿qué hay que hacer en la Iglesia? ¿A quién se obedece? Esto es un grave problema para el alma que escucha al Buen Pastor, porque no puede dar oídos al lobo, no puede escucharlo, no puede seguirlo.

Para resolver este problema, sólo hay que discernir la verdad. Mientras Francisco no rompa el dogma, entonces hay que permanecer en la Iglesia pero sin seguir a Francisco, sin hacerle caso en nada, porque es un mentiroso. Y sólo se puede dar la obediencia a aquellos Pastores que predican en contra de Francisco. A los demás, nada.

Pero en cuanto Francisco empiece a romper el dogma, hay que irse de la Iglesia, porque entonces eso ya no será la Iglesia verdadera.

¿Qué ha hecho Francisco en este año? Ha roto un dogma: el Papado. Con esto es suficiente para salir de Roma, porque conlleva romper todos los demás.

Espiritualmente, el cisma está ya declarado cuando Francisco puso su gobierno horizontal. Pero humanamente, la gente no ve ese cisma, porque los hombres necesitan que se les diga todo lo demás: no hay eucaristía, no hay pecado, no hay infierno, etc. Al hombre le cuesta ver la verdad como es. Dios la ve sin más; el Espíritu la ve sin más; el hombre espiritual la ve sin más.
Pero no todos los hombres son espirituales; muchos son racionales, viven de lo que sus pensamientos le proporcionan. Y, claro, no ven la verdad sin más. Y Dios sabe esperar a los hombres, porque sabe cómo son los hombres de brutos, de cabeza dura, de juicio duro.

Cuando Francisco o los suyos en el gobierno horizontal, empiecen a quitar dogmas, entonces hay que irse de una Iglesia que sólo sirve para condenarse. Con el gobierno horizontal, la Iglesia sólo sirve para condenar. Pero esto muy pocos lo disciernen. Cuando les quiten la Eucaristía, verán esta verdad.

Ya lo que ha montado Francisco en Roma sólo lleva al infierno. Pero Dios no obliga a salir de Roma ahora, porque todavía permanece en muchos sagrarios. Pero cuando el hombre se meta más hondo en el pecado, entonces es necesario salir de Roma para batallar contra esa iglesia que no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia de Cristo sólo está en los corazones: no en Roma, no en las estructuras que los hombres fabrican en la Iglesia. ¡Cuántas diócesis en el mundo hay que son del demonio, ya no son la Iglesia!

Porque la Iglesia sólo está en los corazones. ¡Sólo ahí! Porque es el Cuerpo Místico de Cristo. No es un cuerpo material, ni orgánico, ni humano, ni social, ni económico, ni político. Es algo místico, del espíritu, del corazón.

Al hombre le gusta siempre ver la Iglesia en lo exterior, en lo terreno, en lo humano. Y, por eso, se equivoca al decir quién es de la Iglesia y quién no. Por eso, el Señor decía: «Tengo otras ovejas que no son de este aprisco, y es preciso que Yo las traiga» (Jn 10, 16). Porque el Rebaño de Cristo no está en las estructuras materiales, humanas, carnales, sino en el Espíritu.

Y Cristo conoce a su Rebaño. Sólo Cristo. Los hombres no saben cuál es el Rebaño de Cristo, dónde está la verdadera Iglesia de Cristo.

Sin discernimiento es imposible agradar a Dios en Su Iglesia. Quien quiera hacer apostolado siguiendo a un hereje, no hace nada en la Iglesia. Porque se está en la Iglesia para salvar a las almas. Y Francisco lleva a la Iglesia para salvar los cuerpos solamente. Por eso, sobra decir que Francisco es un hereje. Pero esto muchos todavía no lo ven. Les suena raro, porque creen que para ser herejes hay que ser formales; es decir, que la Iglesia tiene que decir: esta persona es un hereje. Y este es el error de muchos.

Si no hay discernimiento no hay Iglesia. Si para saber si una persona es hereje o no, hay que esperar a que ls diga la Iglesia, entonces nadie es hereje. La Iglesia sólo da la confirmación de la Verdad. Pero la verdad se da sin más.

La Iglesia confirmó la Inmaculada después de 18 siglos. Pero la Virgen es Inmaculada no porque lo diga la Iglesia, sino por la verdad de ser Inmaculada. Esa Verdad la vivió la Virgen en su propia vida antes de que Su Hijo fundara la Iglesia. Es una verdad que no pertenece a la Iglesia, sino que la Iglesia la transmite por ser la Verdad.

Esto es lo que muchos no comprenden. La Verdad es Cristo. Y Cristo se da a sus almas. Y esas almas forman la Iglesia. Y esas almas conocen quién está en la verdad y quién está en la mentira. No hace falta esperar al juicio de nadie, en la Iglesia, para conocer a un hereje. El juicio de la Iglesia ayuda a todos a poner división en la Iglesia. Pero la Verdad se da sin más, porque la Verdad es Cristo.

Por eso, los sencillos dicen que Francisco es un hereje, porque ven su mentira, y no están aguardando al juicio de nadie para decir esa Verdad, para predicarla a todos.

Pero los complicados temen dar testimonio de la verdad. Ven que Francisco no es bueno, pero callan. Y eso es un mal en toda la Iglesia. Así no se puede hacer Iglesia. No es posible, porque la Iglesia es la verdad. Y se calla sólo porque lo exige la Verdad. Y se habla sólo porque lo exige la Verdad.

Pero los hombres callan por muchos intereses humanos, mentirosos, engañosos, que pone a toda la Iglesia en un camino de condenación.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo

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Francisco es un hombre necio, que clama su mentira, ignorante de la vida de la Iglesia y que pone su obra en agradar a los hombres. No sabe nada de lo que es la Verdad en la Iglesia. No sabe obrar la Verdad, no sabe ser de la Verdad, no sabe guiar hacia la Verdad.

Francisco se sienta en la Silla de Pedro para invitar a la Iglesia a un camino que no es el de Cristo, que no conduce a la santidad de la vida, que no lleva el sello de la Verdad. Y, por tanto, Francisco se dirige, desde esa Silla, a la gente simple, a la gente que no tiene sentido de la vida espiritual, a la gente boba, que vive su vida de acuerdo a la inteligencia del hombre, según la sabiduría de los hombres, pero que no ha aprendido a discernir las palabras de los hombres en el Espíritu.

Francisco no habla una sabiduría que no es de este mundo, que no es de los jefes de este mundo, sino que habla la sabiduría que está condenada a perecer, la que crucifica a Cristo y a la Iglesia, porque es la propia de los hombres sin espíritu (cf. 1 Co 2, 6), que sólo hablan de lo que tienen en su mente humana, de lo que han conseguido con su razón humana, con su idea loca de la vida.

Francisco no habla de esa sabiduría entre los perfectos, porque él no busca la perfección, las obras santas en la Iglesia. Y, por tanto, no puede dar lo que no tiene, lo que no busca, lo que no ha aprendido nunca. Él da su vida de pecado en medio de la Iglesia, como algo que todos deberían seguir en la Iglesia. Y muchos se equivocan con Francisco porque viven la misma vida de pecado en la Iglesia. No saben ver a un hereje porque no saben ver sus mismos pecados que cometen en sus vidas. Y, por eso, quieren defender a Francisco como el Papa elegido. Y no se dan cuenta que quien eligió a Francisco para sentarse en la Silla de Pedro es el mismo que han elegido ellos para sus vidas : al demonio.

¿Por qué la Iglesia no llama Francisco con el nombre de hereje ? Porque vive en el mismo pecado que vive ese hereje. Quien vive en el pecado elige al pecador para que lo gobierne en la vida. El Espíritu Santo nunca pone a un hereje como Papa. Pondrá a un hombre pecador, pero que sabe reconocer su pecado y que llama al pecado con el nombre de pecado. El humilde ve su pecado y no hace propaganda de su pecado, sino que lo quita, lucha contra su pecado y no quiere que nadie lo sepa. Pero el soberbio manifiesta su pecado ante todo el mundo para que todos le den publicidad : « El sabio esconde su ciencia, la boca del necio anuncia la ruina » (Prov. 10, 14).

La misma Iglesia está haciendo propaganda de un hereje. Luego, está anunciando su misma ruina. La Verdad ha sido impedida en la Iglesia, ya no se escucha, ya no se dice por la boca de lo que son suyos. La Verdad, ahora la dicen otros, que no tienen nada que ver con la Iglesia, pero que son humildes en su corazón para ver la Verdad. Muchos de los que dicen que pertenecen a la Iglesia no es verdad, no pertenecen, sino que son maridaje con las obras del diablo y del mundo, que ha puesto su morada en medio de la Iglesia. Y muchos que están fuera de la Iglesia son las almas que llevan en el corazón la Iglesia y que ven la Verdad de todas las cosas en el Espíritu : « Y otras ovejas tengo que no son de este aprisco ; ésas tengo Yo que recoger, y oirán Mi Voz, y vendrá a ser un solo rebaño, un solo pastor » (Jn 10, 16).

Francisco enseña a pecar, porque esa es su vida, su obra, su dedicación en la Iglesia. Por eso, sus palabras son dulces en la Iglesia, porque agradable es el pecado. Sus palabras están llenas de mentira encubierta y eso las hace sabrosas para los hombres que, como él en su vida simple, pueblerina, están en la Iglesia para vivir su pecado, su endiosamiento en todas las cosas de la Iglesia.

Francisco, cuando habla, tapa la Verdad, la oculta, y eso hace sabroso su pensamiento ; porque así obra la persona necia, la persona sin inteligencia, la persona que se cree algo porque entiende algo con su mente humana : habla lo sabroso que ha conseguido con su inteligencia, pero ocultando la verdad, que no es sabrosa para su mente.

En el espíritu del mundo, los sabios son los que hacen el mal, los que hablan la mentira, los que ponen su vida como modelo para los demás. Pero, en el Espíritu de Dios, los sabios son los que obran las virtudes, los que enseñan las falacias de los discursos con la Verdad clara de la sabiduría divina, los que imitan la Vida de Aquel que es la Eterna Sabiduría, de Aquél que es, no sólo el Modelo para todo hombre, sino el Artífice de la vida de todo hombre.

Muchos, con Francisco, no se dan cuenta de que allí, en la Iglesia, desde la Silla de Pedro, se encuentra la muerte, se encuentra el engaño, se encuentra la desnudez de toda Verdad. No han caído en la cuenta de esto. No ven el camino hacia lo profundo del infierno que lleva Francisco a toda la Iglesia.

« Fuente de Vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre la violencia » (Prov. 10, 11). Francisco no da lo que tiene en su corazón abiertamente, sino que se pone una careta, una pantalla de santidad, de justicia, de amor hacia el hombre y hacia los pobres. Le interesa estar con una máscara en su negocio en la Iglesia, porque no sabe romper con los dogmas que tiene la Iglesia igual que ha roto con el dogma del Papado.

Para quitar el Papado ha sido fácil. Sólo hay que sentarse en la Silla de Pedro y poner un gobierno horizontal con la sola decisión suya. Facilísimo. Y nadie se le vino encima, por la falsa obediencia a un Papa. Un verdadero Papa mantiene la verticalidad en la Iglesia, porque la Iglesia se sostiene sólo en Su Vértice. Pero la Iglesia se derrumba si se quita el Vértice.

El Vértice en la Iglesia es sólo el Papa. Los demás, abajo, por debajo, en obediencia al Papa. Y, por tanto, nunca puede darse un gobierno horizontal en la Iglesia. Nunca. Si se da, eso va en contra del dogma del Papado : « Tú eres Pedo y sobre esta Piedra » edifico lo demás, lo que está por debajo de esta Piedra, lo que nadie puede entender sino sólo Pedro.

La Sabiduría en la Iglesia sólo la tiene Pedro. A Pedro todos oyen. A Pedro todos obedecen. La astucia del demonio es poner un hombre que habla lo que el hombre quiere escuchar, para que amen a ese hombre como a su Salvador en la Iglesia, como a un santo, como a un justo, por el oficio que ese hombre tiene en la Iglesia.

Es triste ver cómo la Iglesia no tiene discernimiento espiritual, no vive de cara a Dios, no obra las obras de Dios, no ama con el amor de Dios. Y, por eso, se deja engañar de un embaucador de la Verdad, de uno que coge la palabra divina y la tuerce como quiere, la destroza con el aplauso de tantos embaucadores -como él- en la Iglesia.

Si pasa esto en la Iglesia es porque se lleva ya tiempo en el mismo juego. Esto no viene de ahora, es el fruto de un tiempo en que los hombres de la Iglesia sólo se han dedicado a mentir a toda la Iglesia. Los Papas en la Iglesia se ha dedicado a decir la Verdad, a obrar la Verdad, pero los que están abajo, los que deberían estar en obediencia al Papa, se han rebelado, y han puesto en la Iglesia lo contrario a lo que los Ellos decían.

La rebeldía y la desobediencia de muchos en la Iglesia al Papa es el fruto que vemos, hoy día, en la Silla de Pedro, en el que se sienta, ahora, en esa Silla. Francisco es el negocio de los rebeldes y desobedientes a Cristo en la Iglesia. Lo han comprado para que lleve a la Iglesia hacia su ruina. Lo han vendido para hacer entrar en la Iglesia el poder del mundo. Y lo han llevado a la cima para destronarlo como necio, que es. Porque Francisco no se da cuenta de lo que pisa sus pies, de dónde está parado.

La Iglesia, en estos momentos, pertenece al demonio. La Iglesia que se muestra en Roma. La verdadera Iglesia no se muestra en Roma, sino que está escondida en muchos corazones fieles a la Palabra y que no la cambian por más dulces, en sus palabras, que dé Francisco.

La falsa iglesia, que ya está revelándose al mundo en Roma, es sólo la del demonio y, por tanto, regida por los hombres que dan culto al demonio. Y esos hombres se ponen todavía la careta. Son sacerdotes, Obispos, fieles, que hablan bonito, pero que obran la maldad en la Iglesia. Sus caretas son fáciles de ver, porque la Verdad, aunque esté oculta, resplandece en ellos.

La Verdad ilumina la tiniebla. Nada está oculto cuando la Verdad da Su Luz. « No se pone una luz bajo la mesa », sino que se coloca encima para que dé la luz a todo el mundo. Cristo es la luz del mundo e ilumina a todo hombre, porque ha vencido al mundo, al demonio, a los hombres que sólo viven para pecar.

Con la Resurrección de Cristo, las cosas ya no son como antes. A Cristo lo mataron porque lo persiguieron a muerte y Él se dejó matar, por Voluntad del Padre. Pero la muerte de Cristo es la Victoria de la Vida sobre el pecado, sobre toda mentira, sobre todo engaño. Y ya no es posible para el demonio actuar como lo hizo con Cristo. El demonio tiene que ponerse una careta para ir en contra de la Verdad. Ya no puede ir abiertamente, porque la Luz de Cristo lo ilumina todo. La Verdad ilumina las caretas que se ponen los herejes, como Francisco, para que la gente vea que ese hombre no es de Dios, que debajo de esa careta, está la boca del demonio.. Ya nada hay escondido con la Resurrección de Cristo. Ya no se puede esconder la Verdad. Y la Verdad de Francisco es su pecado que ya no oculta, que ya lo obra sin más en medio de la Iglesia.

Por eso, Francisco tiene que hablar medias palabras, pero no sabe obrar en contra de la Verdad abiertamente, como lo hizo quitando el Papado. No tiene inteligencia, no tiene poder para eso, no le dejan. Eso se ve por las guerras internas que hay en su gobierno horizontal, las contradicciones de todos, la división que muestran ocho hombres que, también, tienen que usar la careta en la Iglesia.

Pero es tiempo de quitarse las caretas y que cada uno en la Iglesia elija el camino : o hacia el Cielo o hacia el infierno.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo. Francisco muestra muchas caras que no pertenecen a Cristo, sino que son su invento de lo que debería ser Cristo en el mundo de hoy. Y Cristo está por encima de todo tiempo, de toda historia de los hombres, porque es el mismo ayer, hoy y siempre. No cambia. No puede amoldarse a las modas de los hombres, a las culturas de los hombres, a la evolución del pensamiento de los hombres. La Verdad yace en un corazón humilde desprovisto de las bases y de los apoyos de los hombres, para vivir sólo la Obra Divina a la cual ha sido llamado desde toda la eternidad. La Iglesia es para los humildes que nunca cambian de careta, sino que siempre tienen el rostro de cristo en sus almas, en sus corazones y en sus espíritus.

Obediencia ciega sólo a la Verdad

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Jesús: Escucha, Israel: El Señor Dios es tu Único Dios, sólo a Él darás culto. […] Mira que la adoración a otros dioses que no son tu Único Dios, trae consigo la perdición […]
Vuelvo Yo la vista a mi Pueblo y no le encuentro en su sitio. Mira que vuelvo la vista a mi Pueblo y en su interior ha habido una estampida. Y los sacerdotes fueron a presentar sus ofrendas a otros lugares. Cada uno, equivocado, vaga por ahí presentando holocaustos falsos a falsos dioses. Y en su puesto no veo a ninguno.
¡Espera!, ¡hay uno! Este es un sacerdote pobre, blanco y anciano, encorvado, que presenta el verdadero holocausto en la verdadera Iglesia. ¡No es la iglesia de satanás! Es la Iglesia de las catacumbas
” (Mensaje dado a Marga el 11 de marzo de 2002).

Obispos y cardenales, sacerdotes y fieles, van por el camino de la perdición, llevando con ellos muchas almas.

Dan culto a la mentira, al engaño, al dinero, al poder, al mundo. Y eso trae la perdición de las almas.

Porque la Iglesia se ha edificado sólo en el centro de la Verdad, que da a cada alma el camino para llegar a la vida que Dios quiere que se obre en la tierra por cada alma.

La Iglesia, dedicada a los asuntos espirituales, no deja los asuntos humanos para los hombres, sino que pone en todo lo humano la inteligencia de lo divino.

El que vive una vida espiritual obra en su vida humana lo contrario al mundo y a los hombres.

El error del humanismo, que lo tiene Francisco y los que le siguen, consiste en desvincular lo espiritual de lo humano, dando lugar a que lo espiritual sea sólo un recuerdo de las cosas santas, divinas, espirituales, pero no una vida, no un fin en la vida, no algo que marque la vida humana. Y se cae, entonces, en la adoración del hombre. Se da valor a lo humano sin lo divino, sin lo espiritual, sin lo religioso.

Y, por eso, todo el que sigue el error del humanismo tiene que abrirse al mundo y apartarse de Dios. Y, si está en la Iglesia, entonces hace de todo lo religioso, de su ministerio, de su apostolado, su negocio humano en el mundo y en la Iglesia.

Es lo que vemos en Roma, en el Vaticano, en tantos sacerdotes y Obispos que han dejado de ser sal, de guiar a las almas hacia la verdad de sus vidas, y sólo se centran en que las almas naden y busquen en todo lo mundano, profano, científico, humano, natural, de la vida, quitando, anulando, oscureciendo lo espiritual, lo divino, lo religioso.

Ante esta realidad que ofrece Roma a la Iglesia, no queda otra solución que seguir viviendo la Verdad de la Iglesia pero fuera de Roma, fuera del Vaticano, fuera del pensamiento humano de muchos sacerdotes y Obispos que, debido a su autoridad en la Iglesia, ponen a la Iglesia bajo un yugo que no se puede seguir: el yugo de lo humano que lleva al culto de lo humano.

La Jerarquía en la Iglesia está definida por ser Autoridad, no sólo por un orden entre los hombres, por una pirámide, en la que se obedece a una cabeza.

La Jerarquía viene de la palabra griega que significa autoridad, principio religioso, cabeza que ordena, que manda, que distribuye.

Y cuando esa Autoridad se pone Ella misma en contra de Dios, de la ley divina, de la ley natural, entonces se transforma en un imposición, en un yugo, en el cual no es posible la obediencia.

Sólo se da la obediencia a la Verdad. Y si la Autoridad, si el sacerdote, si el Obispo, si el Cardenal, si el Papa, no obedece a la Verdad, los demás no pueden obedecer a esa Jerarquía.

En la Iglesia, la obediencia no es al pensamiento de un hombre, sino al Pensamiento del Padre, a la Mente de Cristo, a la Inteligencia del Espíritu.

El Pensamiento Divino lo tiene siempre Pedro en la Iglesia. Y quien obedece a Pedro tiene el mismo Pensamiento Divino. Y quien no le obedece, sólo posee su propio pensamiento humano.

En la Iglesia, todo está en la Obediencia a la Verdad. Pedro y los demás tiene que obedecer a la Verdad, que es Jesús.

Y cuando uno de ellos no obedece a la Verdad, en los demás no hay obediencia, no puede haberla.

En las condiciones del hombre, en su pecado original, no puede darse la obediencia ciega a un hombre en la Iglesia. Y, aunque la gracia borre el pecado original, no quita la división que hizo en el hombre ese pecado. Y, por eso, sólo se da la obediencia ciega a la Verdad, que es Jesús. Por eso, en la Iglesia todos tienen el deber de discernirlo todo en el Espíritu, para ver dónde está la Verdad y obedecer sólo a los que siguen la Verdad.

Cualquier acto del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes, de los fieles, hay que discernirlo en el Espíritu, para ver si ese acto está en la Verdad. Ese discernimiento no es un juicio al acto del Papa o de quien sea que lo realice. Es sólo ver que en ese acto no hay ninguna mentira, ningún engaño, que se da lo que Dios quiere en ese acto, que se da la Voluntad de Dios, el Pensamiento Divino. Y si no se da, no se puede seguir.

Juzgar los actos de un Papa o de un sacerdote o de un Obispo sin discernir primero la Verdad, es siempre condenar a la Jerarquía. El juicio que se hace con la mente no es un discernimiento espiritual, sino sólo racional, humano, natural. Y ese juicio es siempre un error en el hombre, nunca una verdad.

Para discernir en el Espíritu, hay que apartarse en la oración y pedir a Dios luz sobre ese acto que hace el Papa o quien sea. Y hasta no entender la Verdad, no se puede juzgar con la mente.

Una vez que se discierne espiritualmente, viene el juicio correcto de la mente. Y, entonces, nunca hay error en lo que se dice. Pero quien no discierne espiritualmente siempre se equivoca.

¿Por qué la Iglesia no discernió espiritualmente la renuncia de Benedicto XVI? Porque la Iglesia, la gran mayoría de las almas no tienen fe, no tienen vida espiritual, no saben hacer oración ni penitencia y, por tanto, no saben discernir espiritualmente. Consecuencia: todo se lo tragan, todo se lo engullen como si fuera una verdad que hay que seguir.

Quien no hace oración va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios y peca. Y puede pecar grave o levemente, según sea el asunto. Y en la renuncia de Benedicto XVI el asunto es grave. Luego, si el alma no se recoge en oración para tratar ese asunto con Dios y ver la Verdad de todo eso, el alma peca gravemente. Y, en ese pecado, obedece a una mentira y se conforma con esa mentira.

Ya su inteligencia se oscurece y no puede juzgar rectamente lo que está pasando. Y, a raíz de ese pecado, con la inteligencia oscurecida, se cometen otros pecados.

Llega Francisco y se obedece a un hereje. Se la da una obediencia falsa. Ese es otro pecado mayor que el anterior. Porque quien obedece a un hereje, se hace hereje como él.

Por eso, qué necesario es predicar la Verdad como Es, sin tapujos, sin miedos, sin dudas, sin temores, sin engaños, sin dobles palabras. Y sólo así las almas ven la Verdad.

Quien no predica la Verdad, como lo hace Francisco, deja a las almas en la mentira y se las roba a Cristo.

Francisco está robando almas a la Iglesia. Y la culpa es tanto de Francisco como de las almas que no disciernen lo que ven, lo que oyen. Y no lo hacen por su falta de fe, por estar metidas en lo humano, en el mundo, en lo profano. Y así quieren una Iglesia profana, del mundo, acomodada a sus caprichos humanos.

No hay que tener miedo de decir la Verdad cuando se ve. Cuando el alma no la ve, es mejor que se calle, que no diga nada, hasta que no comprenda en Dios lo que pasa, para no pecar.

Pero el que ve la Verdad y calla, comete otro pecado. Porque quien calla la Verdad habla la mentira. Y la dice con sus obras. El pensamiento calla la verdad, pero el hombre siempre obra lo que hay en su interior.

Un pensamiento que calla la verdad, es un corazón que se cierra al amor y, por tanto, el hombre obra la mentira, el odio, el engaño, la falsedad en su vida.

Por eso, hay muchos sacerdotes, Obispos, que ven la Verdad de lo que pasa, pero callan. Y lo hacen culpablemente porque ellos son Autoridad en la Iglesia y tienen que hablar siempre la Verdad, nunca callar.

El Pastor que calla la Verdad hace que el lobo robe las ovejas con la mentira. Y comete un gran pecado al callar la Verdad: el pecado de renunciar a las ovejas de Cristo, para quedarse en su vida humana sin problemas.

Y quien renuncia a las ovejas, que Cristo le ha dado, inutiliza la Obra de la Redención de Cristo y crucifica de nuevo a Cristo en su sacerdocio, en su ministerio en la Iglesia. Y, por tanto, ese sacerdote o ese Obispo, esa Autoridad que calla, sabiendo la Verdad, se convierte en instrumento del demonio dentro de la Iglesia.

Por eso, tenemos un Vaticano que es la sinagoga de Satanás: dan culto a las obras del demonio. Se ha apartado de la Verdad. Y no se les puede dar la obediencia.

Por eso, a la Iglesia le espera las catacumbas. Es que no hay otro camino. Y al Papa Benedicto XVI le espera las catacumbas si sale de su pecado.

Primero tiene que salir del pecado; después salir de Roma. Ya es viejo, pero para el Señor no hay edades. Quien tiene la fuerza del Espíritu, aunque sea viejo, cumple la Voluntad de Dios. Y eso es lo que tiene que hacer el Papa Benedicto XVI si quiere salvarse.

No sólo para los pobres se vive en la Iglesia

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Las almas viven en la locura de su humanismo y creen que la Iglesia es por los hombres y para los hombres, por los pobres y para los pobres, por la gente que vive para el mundo y para esa gente.

Las almas no disciernen nada en la Iglesia. Es señal de que tampoco, en sus vidas humanas, disciernen nada, se lo tragan todo, viven alimentados de cualquier basura ideológica que los hombres dan en el mundo.

Francisco da la basura del comunismo desde hace nueve meses. Y, parece, que nadie se ha dado cuenta. Y es lo más fácil de discernir, porque el comunismo es sólo lo opuesto al catolicismo. El comunista vive hablando del pobre para engordar él, no el pobre. Y el católico vive hablando en contra del pobre para salvar al pobre.

Quien hace una iglesia para el pobre y por el pobre es porque quiere hacerse rico en esa iglesia. Y, entonces, comienza a hablar del pobre con una utopía: recojamos dinero para entregárselo al pobre. Hagamos un común, una iglesia en la que todos ayuden al pobre. Pongamos nuestros dineros para darlos al pobre.

Esto es Francisco: un comunista que quiere hacer su negocio en la Iglesia.

Jesús es lo más contrario a Francisco. Jesús le interesó muy poco el dinero, porque no vino para hacer una Iglesia para el pobre y por el pobre. Jesús vino a hacer una Iglesia para el alma y por el alma.

Y las almas no son ni ricas ni pobres. En Dios, no hay distinción de clases, no es posible la lucha de clases. Dios sólo ve almas. Y le interesa muy poco la clase social. Es más, Jesús va en contra de toda clase social, de toda cultura de los hombres, toda sabiduría humana.

Jesús no es como Francisco. Es lo más opuesto a Francisco.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo, porque no enseña la Palabra de Cristo en la Iglesia. Sólo enseña su inútil palabrería humana.

Francisco no tiene el Espíritu de la Iglesia, porque ha escalado el poder con su negocio en la Iglesia. Él ha dicho a quién tenían que elegir los Cardenales. Él se puso como el jefe de la Iglesia antes del Cónclave, porque fue elegido en secreto. Él no ha sido elegido por Dios para ser Pedro en la Iglesia. Y aquel que se pone como Pedro sin la elección de Dios no puede recibir el Espíritu de la Iglesia, sino que recibe el espíritu del demonio, para construir una falsa iglesia.

Francisco no tiene el Espíritu de Profecía, que es el primero de todos que debe tener un sacerdote en la Iglesia. Porque el sacerdote tiene que dar el Espíritu de la Palabra. Y se necesita la Profecía para poder interpretar el Evangelio. Francisco es como muchos sacerdotes: son ciegos, guías de ciegos, porque carecen de la Verdad en sus predicaciones, en sus homilías, en sus ministerios en la Iglesia.

Francisco no tiene el Espíritu de la Verdad, porque si no tiene la Profecía, no puede obrar la Verdad, que enseña toda profecía. Y, por tanto, obra en la Iglesia con su mentira, con el espíritu de la mentira, que da el demonio.

Francisco no es Iglesia ni hace Iglesia porque carece de Espíritu. Hace su obra de teatro en la Iglesia. Y, como él, muchísimos, porque, como decía el padre Gabriele Amorth, en el diario Veja, el 11/03/2010:

“El diablo está instalado en el corazón de la Iglesia…Hay indicios de que el anti-Cristo está ganando la batalla contra la Santa Sede…hay cardenales que no creen en Jesús y obispos que están relacionados con el demonio… El diablo vive en el Vaticano y se puede ver las consecuencias”.

Francisco es uno de esos Obispos que han ganado el poder en la Iglesia a base de vender su alma al demonio.

Francisco es un demonio, le guste o no le guste a la gente. “Por sus obras los conoceréis”. Lleva nueve meses obrando lo mismo desde que fue ordenado sacerdote. No cambió sus obras. Cambió de lugar para seguir haciendo lo mismo que ha hecho siempre: destruir la Iglesia.

Hay muchas almas, buenas en la Iglesia, pero que no disciernen nada. Se la pasan viviendo la vida tragándose cualquier cosa en la vida. No importa que sea una mentira, una herejía, una duda, una verdad. No disciernen, no juzgan espiritualmente, es decir, no hacen oración y penitencia para ver si sus vidas van por buen camino, para ver si en la Iglesia, quien está en la Silla, es un hereje o un hombre de Dios.

Viven sin preguntarse por la Verdad que hay a su alrededor y, por tanto viven sin preocuparse por la verdad de sus almas ni de sus corazones.

Así hay cantidad de gente en la Iglesia. Ven a Francisco y, como todo se lo tragan, lo tienen como un santo porque besa a los enfermos, porque habla bonito, porque dice lo que el pueblo quiere escuchar, porque da de comer a los pobres.

Esta es la santidad que mucha gente se ha formado de Francisco. Una santidad barata, porque en el mundo hay mucha gente que besa a los enfermos, que da dinero a los pobres, que hace mucho bien a los demás y son, sin embargo, unos demonios.

¡Cuánta gente buena hay en el mundo que no le interesa la obra de Redención de Jesús, que no va con la Iglesia que fundó Jesús, que no le importa los dogmas de la Iglesia! Y, sin embargo, da su dinero, hace obras de beneficiencia, pero nadie los tiene como santos, porque no pertenecen a la Iglesia.

Y un Francisco, que tampoco pertenece a la Iglesia, hace lo mismo que se hace en el mundo, y ya la gente pierde la cabeza totalmente por un idiota, que no sabe ponerse en la Verdad de la Iglesia, que sólo persigue sus verdades en su iglesia, que ya ha fundado en Roma.

La nueva iglesia en Roma se funda en la memoria de Cristo. La Iglesia de Jesús se funda en Pedro.

Francisco no quiere a Pedro. Eso es claro en su nuevo panfleto comunista, Evangelii gaudium. Entonces, ¿qué es esa iglesia donde no está Pedro, donde el gobierno de Pedro se descentraliza de la Verdad, se despoja de la Verdad?

Parece mentira que sigue habiendo tanta gente que tiene una venda en sus ojos, después de nueve meses con lo mismo todos los días. ¿En qué Iglesia viven? ¿En qué mundo viven?

Un Francisco que no se ocupa por dar un camino de salvación y de santidad a la Iglesia, sino que está preocupadísimo por atender los problemas humanos de la gente.

Jesús sólo se preocupó del pecado del hombre. Sólo eso. Jesús no hizo un programa para proteger a los menores ni para atender pastoralmente a las víctimas de abusos. Porque no hace falta.

Los problemas de los menores, los problemas de todos los hombres, es sólo por el maldito pecado. Como Francisco no cree en el pecado, entonces pierde su tiempo en la iglesia proponiendo comisiones y programas para no resolver nada ni en el mundo ni en la Iglesia.

Francisco hace una iglesia para que los demás trabajen por el pobre. Esa es la utopía de Francisco. A eso se está dedicando durante nueve meses. A esa utopía. Y nadie trabaja en la Iglesia, expiando los pecados, cargando con su cruz diaria, luchando contra el demonio, batallando contra todos los hombres que quieran destruir la verdad en la Iglesia con sus negros pensamientos humanos.

Francisco es un político comunista. No es un Obispo que dé a Cristo. Esta vestido de Obispo, pero da al demonio en la Iglesia. Y ese es su trabajo en la Iglesia. Su programa de gobierno es el propio de un comunista. No tiene la Mente de Cristo. No puede hacer en la Iglesia las Obras de Cristo. Tiene la mente del demonio para hacer las obras del demonio.

Hace su nueva iglesia donde todos metidos en el laberinto del mundo para resolver los grandes proyectos que los hombres quieren en el mundo.

La gente contentísima con Francisco porque les da el chupete para su vida humana.

Que Francisco empiece a hablar de la Justicia de Dios y verán como nadie le hace caso. Que Francisco bese a un enfermo y ya todos diciendo que eso es el amor de Dios en obra, en concreto, eso es lo que queremos en la iglesia.

Hablar del infierno no da dinero para los pobres. Pero la foto besando a un enfermo, eso da dividendos al bolsillo de Francisco.

A este estado de estupidez llegan los hombres cuando no tienen discernimiento espiritual, cuando viven sin discernir la Verdad, tragándose cualquier cosa que el hombre diga por su boca y obre con sus manos.

¡Da pena ver una Iglesia como la de hoy! Es para llorar por la Iglesia. Es para iniciar una lamentación y no acabarla.

¡Cuidado con lo que viene ya a la Iglesia! La Verdad se oscurece, se tapa. Y el Sol deja de brillar. Y el frío del cisma arruina la vida de toda la Iglesia.

Evangelii gaudium: la fábula de la Palabra de Dios

sanjuandelacruz

“La homilía es un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo. El que predica debe reconocer el corazón de su comunidad para buscar dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que era amoroso, fue sofocado o no pudo dar fruto” (n. 137).

La Palabra de Dios no es un diálogo entre Dios y el alma, sino un enseñanza de Dios al alma. Y, por tanto, toda homilía tiene que enseñar lo que Dios quiere decir a Su Iglesia. No es para continuar ningún diálogo ni para comenzarlo en ninguna forma, porque se está en la Iglesia para aprender la Verdad, no para hacer un coloquio de la Verdad. El que predica no debe reconocer el corazón de la comunidad, sino lo que Dios quiere que se diga a la Iglesia, a esas almas que están en ese momento escuchando la predicación en la Iglesia. No hay que conocer la vida de nadie para predicar, sino sólo la Voluntad de Dios en cada homilía. Si el sacerdote carece de vida espiritual, esto es imposible de hacer y, por tanto, se recurre a los de siempre: a hacer predicaciones para pasar el rato en la Iglesia, para entretener a la gente, para hablarle de cosas del mundo, de los problemas que cada uno tiene en su vida, y así es imposible dar la Voluntad de Dios a las almas en las predicaciones, que son sólo palabrería humana de sacerdotes y de Obispos que hablan por hablar, pero que no saben hablar la Palabra de Dios a nadie. Y así se cae en agradar los oídos de los hombres con tanta basura humana que sale de la boca de muchos en sus predicaciones.

“La prédica cristiana encuentra en el corazón cultural del pueblo una fuente de agua viva para saber lo que tiene que decir y para encontrar el modo como tiene que decirlo. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno” (n. 139): para predicar hay que dejarse de las culturas de los hombres. Es la herejía que sigue este anticristo, porque, para él, es necesario interpretar el Evangelio según coordenadas humanas, según los tiempos de los hombres, según las necesidades materiales de los hombres, según sus problemas humanos. Y cae en este pensamiento totalmente herético.

No se predica para dar gusto a los hombres, ni para hablarles bonito, con palabras de amor, de ternura, de sensiblería humana. Se predica con la Palabra de Dios, que es viril, que es fuerte, que no se anda con sentimiento humanos, que dice las cosas como son, que llama a cada cosa por su nombre, que no busca palabras humanas para tapar la verdad, que no busca tazones humanas para esconder la Verdad. Se predica dando la verdad que a ningún hombre le gusta. Y, por tanto, hay que predicar de igual manera la Justicia de Dios como el Amor de Dios a las almas. No hay que dar a las almas un Dios amoroso, sino un Dios que exige su Amor y aquel que no lo quiere recibir, le da su castigo por despreciar su amor.

El anticristo Francisco, como es muy sentimental, sólo le gusta decir cosas bonitas a la gente, pero no le gusta decir la Verdad a nadie, porque sólo vive su gran mentira en la vida y eso es lo que predica siempre: su grandiosa herejía: ser hombres para dar un gusto a los hombres.

Hay que dejarse de ternuritas con las almas cuando se trata de enseñar la Verdad que quiere Dios a cada alma que escucha la predicación. Y, por tanto, sobra en el predicador poner caras alegres, dar un tono de voz cálido, melodioso, cariñoso, mostrarse ante lo demás cercano, afable, porque de lo que se trata de es dar la Verdad, no de hacer una obra de teatro mientras se predica. Si hay que hablar fuerte, se habla fuerte; si hay que dar un puñetazo en la mesa, se da; si hay que hablar en contra de la Iglesia y de sus sacerdotes y Obispos, es lo que hay que hacer, porque hay que enseñar la Verdad a las almas en la predicación. no hay que hacer discursos que no valen para nada, sólo para pasar el tiempo dando una mentira a la Iglesia, que es lo único que hace ese idiota de Francisco cuando predica.

“El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir este gusto del Señor a su gente” (n. 141) : El Señor se complace en corregir a sus almas de sus errores, de sus maldades, de sus vidas que no sirven para nada. El Señor no dialoga con ninguna alma, sino que le enseña el camino para salir de su pecado y para ser santa en su vida. El Señor no se preocupa de los problemas de las almas, sino que hace preocupar a las almas de que estén todavía mirando sus problemas sin poner su atención en el que quita todos los problemas. El Señor da la fe a las almas, no da un coloquio de sus vidas para que sigan en sus vidas. El Señor da Su Palabra para que el alma salga de su vida humana y obre la vida divina en esa Palabra.

“Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. Se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras.” (n. 142): este idiota no sabe lo que dice, porque cuando Dios comunica Su Palabra y el alma la acepta, entonces, el alma cambia de vida, se convierte, ve su pecado y ve lo que le falta por caminar. Y Dios comunica Su Palabra de forma sencilla, sin razones, sin buscar palabras adecuadas, sino con sencillez, como un padre habla a su hijo, aunque lo que le tenga que decir hiera a su hijo. El diálogo es un discurso humano, complicado, aburrido, que, al final, no comunica ninguna verdad. El diálogo es para este anticristo, que le gusta hablar de todo pero sin ponerse en la Verdad de las cosas. Nadie se ama con palabras, porque eso es imposible. Muchos se dicen palabras bonitas y se odian en sus corazones. Así pasa con este anticristo y con muchos sacerdotes Y Obispos, que dicen palabras muy bellas en la Iglesia y después obran el odio en medio de la Iglesia, porque no saben abrir el corazón al amor, sino sólo sus bocas a la mentira.

“El desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos” (n. 143): esto es lo más estúpido que se puede decir al hablar de la Palabra de Dios. Esto sólo lo dice este hereje porque lo vive en cada homilía. Y si no lo viviera, no podía hablar como lo hace: rompiendo la verdad de la Palabra de Dios. Quien sintetiza el Evangelio destruye la Palabra de Dios. No hay que sintetizar el Evangelio, no hay que razonar el Evangelio, no hay que meditar el Evangelio. No hay que medir el Evangelio con la razón humana. Sólo hay que dar la Palabra que el Espíritu pone en la boca de quien predica. Sólo eso. Se necesita, para ello, la humildad de corazón. No hace falta ser inteligente, filósofo, teólogo del Evangelio. Sólo hay que seguir al Espíritu en la predicación y siempre tiene fruto divino lo que se predica. Pero quien sintetiza el Evangelio seca la devoción a la Palabra de Dios y hace que las almas no se alimenten de la Verdad, sino de la mentira que se da en esa homilía.

“El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar” (n. 154): no es necesario escuchar a las almas para darles la voluntad de Dios. el que predica sólo escucha a Dios, Lo demás no le interesa, porque no se predica para darle el gusto a ningún hombre, ni para decirle a los hombres lo que quieren escuchar, sino que se predica aquello que los hombres no quieren escuchar ni osan pedirlo para que se predique. En la predicación se trata de sacar al alma de su vida humana, de sus pensamientos humanos, de sus obras humanas, de sus caprichos humanos. Y, por tanto, está de más hacer oídos a los hombres en las homilías. Son las almas las que tiene que poner sus oídos a la escucha de la Palabra de Dios.

“Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo” (n. 154). El predicador no tiene que contemplar al pueblo, ni tiene que contemplar la Palabra. Sólo tiene que seguir al Espíritu de la Palabra. Eso es suficiente para dar la Verdad a las almas.

“Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra” (n. 154): se trata de conectar al alma con la Vida de Dios. Y no otra cosa. La homilía noes para hablar de los problemas de la gente, de sus situaciones en el mundo, de sus obras en el mundo. La homilía es para llevar al alma al Cielo. Y si no se hace eso, todo se queda en un mero hablar a los hombres sin alimentar sus corazones que están ávidos solamente de lo espiritual. La gente está harta de escuchar a tantos sacerdotes y Obispos que hablan como los políticos del mundo. Harta de que haya tanto Pastor que no sabe lo que es la vida espiritual porque se pasa la vida viviendo su humanidad y sus problemas en lo humano.

Hay que llorar por la Iglesia

“Tal como en la Asunción de María, los Ángeles de Dios se movilizaron para buscar el alma del Soberano Pontífice (Juan Pablo II), el hijo Bienamado de la Santísima Virgen María. Venido a la Tierra, él era el Elegido de la Santa Madre de Dios, para conducir en esta Tierra a todas las Naciones en la Paz de Dios. Él mismo dio la propia imagen de vuestro Dios de Bondad. El Amor y el perdón iluminaron su vida que irradió sobre toda la Humanidad. Si el Padre acogió a María, en cuerpo, alma y espíritu, Él Mismo acogió en ese día de la Misericordia Divina, el alma y el espíritu de Su hijo bienamado, enteramente entregado a Dios” (Jesús a JNSR – 3 de abril de 2005).

ddeespititus

La Bendición que fue Juan Pablo II para la Iglesia pocos la han comprendido, porque se han fijado sólo en el mal que estaba la Iglesia, pero no han puesto sus ojos en el Papa Juan Pablo II.

La Iglesia nunca ha sabido amar a un Papa como conviene. Muchos en la Iglesia critican y luchan contra el Papado y no saben que ir en contra de un Papa es ir en contra de Cristo y de Su Iglesia.

Muchos salieron de Roma cuando los Papas eran verdaderos, puestos por Dios. Y muchos se va a quedar en Roma cuando en la Iglesia se anude la mentira y la soberbia en cabezas puestas por el demonio.

Pocos han comprendido los Signos de los Tiempos. Tienen miedo de ver la Verdad de los hombres y de la Iglesia.

Y la Verdad siempre la da la Palabra de Dios que nadie sigue porque todos apetecen seguir sus grandes razonamientos sobre la Iglesia.

Estamos en un mundo racionalista y naturalista, es decir, que todo lo tapa con su razón y todo lo oculta con lo natural de la vida.

Con la razón se acaba la fe en la Palabra y comienza la fe en las leyes de cada uno, en las reglas que cada uno se pone para vivir.

Con lo natural se acaba lo divino, porque es más fácil mirar el entorno humano que mirar lo que no se ve en lo humano.

Hoy a nadie le importa discernir la Verdad. Todos juzgan y todos se equivocan porque quieren juzgar las cosas divinas, las cosas espirituales según lo que hay en sus razones, en lo que descubren con sus pensamientos humanos. Y, por tanto, no saben salir de su discernimiento humano, que no sirve para nada, sólo sirve para seguir creciendo en lo humano, en lo racional, en las medidas finitas que la mente pone a todo.

Para tener fe hay que aprender a discernir en el Espíritu. Hay que dejar todo discernimiento humano. Y esto es lo que más le cuesta al hombre: dejar de pensar, dejar de buscar un pensamiento en la vida. Al hombre le cuesta pisotear su mente de hombre. El hombre se alaba en su mente. El hombre se engrandece en su mente. El hombre se eleva en su mente por encima de todas las cosas, incluso de Dios.

Es el mismo pecado que tuvo el Ángel en su caída para transformarse en demonio. Asimismo, de la misma manera, se transforma el hombre en demonio. Con su mente el hombre se hace demonio. Con sus pensamientos, que no quiere deja,r porque los valora más que su vida propia.

Dios habla al corazón del hombre, no a su mente. Pero esto los hombres nunca lo han comprendido. Porque los hombres viven encerrados en sus mentes. No saben salir de ellas. Y tampoco pueden sin una gracia divina.

Todo es Gracia en la Iglesia, pero esto tampoco lo comprenden los hombres. Porque, para los hombres, en la Iglesia todo es una ley, no una Gracia. Y, por eso, resulta tan difícil permanecer en gracia para los hombres, porque es necesario que el hombre se apoye sólo en la Gracia, no en la ley.

Es la Gracia la que salva al hombre, no son sus leyes, aunque sean las más perfectas de todas. Muchos, por seguir las leyes de la liturgia, desobedecieron al Papa y salieron de la Iglesia, cuando se cambió las liturgias. Es siempre el apego a la ley lo que hace perder la gracia.

Y los hombres siguen sin comprender este punto. En la Iglesia se sigue la gracia, no la ley de la Iglesia.

La gracia es la ley divina que Dios pone en cada alma. Y eso es lo que hay que seguir en la Iglesia para ser Iglesia y para hacer la Iglesia que Dios quiere.

Pero los hombres no lo ven así. No saben verlo así, porque su pensamiento humano lo estorba y se hace más importante que la gracia.

La gracia es la vida divina dada al corazón del hombre. Vida que no se puede medir con ningún pensamiento humano y no se puede limitar con ninguna ley eclesiástica.

Y pocos han entendido lo que es la Vida Divina que trae la Gracia. Muy pocos, porque son muchísimos los que quieren entender la Fe como una regla en la Iglesia, como una ley en la Iglesia, como un pensamiento en la Iglesia.

Y, por eso, atacan mucho todo lo que Dios hace en Su Iglesia, por estar viviendo en sus mentes humanas y queriendo descifrarlo todo con sus mentes humanas.

¡Cuántos santos han sufrido la estupidez de tantos sacerdotes, de tantos Obispos, de tantos fieles que sólo están en la Iglesia amparados en su mente humana, fijos en sus discursos humanos, poseídos por sus inteligencias humanas!

Santa Teresa de Jesús sufrió las necedades de muchos confesores que no tenían idea de la vida espiritual en el alma y que todo lo analizaban según sus teologías perfectas en sus mentes.

Santa Gema sufrió un calvario en vida porque los sacerdotes la juzgaron loca, y hasta su muerte no pudo entrar donde Dios la quería por la necedad de la Jerarquía.

Sacerdotes escribas hay muchísimos en la Iglesia. Sacerdotes fariseos hay un montón. Y sacerdotes demonios es lo que más abunda en la Iglesia.

El gran pecado de los hombres es siempre su mente humana, lo que tiene cada uno dentro de la cabeza y que no quiere soltar, que se agarra a ello como si fuera una tabla de salvación.

Por eso, lo que hay en la Iglesia , ahora mismo, son sólo demonios. Gente poseída por el demonio en muchos aspectos de la vida espiritual.

Y toda esa gente endemoniada conduce a la Iglesia hacia las aguas de la destrucción y de la condenación. Y no hay manera que de esos demonios salga algo bueno para la Iglesia. No hay forma porque la Iglesia ha perdido Su Espíritu.

El Espíritu de la Iglesia espera a que las almas salgan de Roma para indicar el camino que debe seguir la Iglesia en estos momentos.

Eso será el Aviso y el Milagro: una vuelta al Espíritu de la Iglesia que ya no está en Roma. Un volver a la sencillez de la fe que sólo será posible para aquellos que persigan la Verdad en sus vidas. Sólo la Verdad. Que no se acomoden a cualquier verdad y negocio en la vida.

Ese Espíritu habla, ahora, a cada alma en particular, porque, con la renuncia de Benedicto XVI, no hay autoridad divina en la Iglesia. Ese Papa ató el Poder Divino y no hay forma de desatarlo por nadie.

Y sólo guía la verdadera Iglesia Cristo Jesús en Su Espíritu. Y nadie más. Y es el Rey de la Iglesia el que hace el camino ahora para todas las almas que son de la Iglesia, que ya no son de Roma.

Este punto es el más difícil para todos, porque los hombres se han guiado siempre por una cabeza en la Iglesia. Y ya no hay cabeza, no hay comunidad que rija los destinos de la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia ha quedado abandonada por Cristo Jesús, por la renuncia de Benedicto XVI.

Jesús no se acomoda a ningún jefe en la Iglesia. Jesús ha hecho Su Iglesia en Pedro y si Pedro renuncia a ser Pedro, Cristo Jesús no se une a ningún hombre para seguir haciendo Su Iglesia en la Tierra. Porque la potestad de guiar a la Iglesia en la Tierra sólo la tiene Pedro, y nadie más; y ningún miembro de la Jerarquía Eclesiástica, por más que se ponga en el poder de la Iglesia, tiene capacidad para dar la Voluntad de Dios en la Iglesia. Sólo Pedro tiene ese Poder. Y Pedro renunció a ese Poder.

En consecuencia, hay que llorar por la Iglesia en Roma, porque se ha quedado sola, sin Espíritu y sin cabeza que la guíe. Hay que llorar. Que es lo que nadie hace.

Pero nadie analiza la situación de la Iglesia actual de esta manera. Nadie. Porque no hay vida espiritual en los hombres. Los hombres quieren seguir siendo Iglesia a pesar de la renuncia de Benedicto XVI. Y eso ya no es posible en Dios. Es sólo posible en los hombres, pero de ahí surge la división en toda la Iglesia porque se hacen cosas sin Espíritu, cosas que son, a las claras, pecado.

Para ser Iglesia es necesario seguir al Espíritu de la Iglesia. No es suficiente seguir una ley eclesiástica, que es lo que hicieron los Cardenales en la renuncia de Benedicto XVI. No se pararon a discernir el espíritu con que Benedicto XVI había hecho su renuncia. Y, al no tener discernimiento espiritual de esa renuncia, cayeron todos en el error de elegir a un hombre sin la Voluntad de Dios, sin el Espíritu de la Iglesia. Y sólo por seguir su discernimiento humano, racional, natural, que siempre lleva al error en todo. Y, ahora, se están viendo las consecuencias nacidas de esa falsa elección de un hombre a la Silla de Pedro.

Ahora es cuando muchos despiertan, pero despiertan mal. Despiertan porque ven que la cosa no funciona, pero no entienden por qué no funciona. Siguen sin discernir en el Espíritu. Sólo ven razones, ideas, obras, sentimientos contrapuestos, divisiones entre los fieles, en la Jerarquía, pero no ven la Verdad de lo que pasa.

Esto también es el juego del demonio, que sabe cómo son todos los hombres y justifica la división en ellos haciendo que las almas se despierten de un engaño para meterlas en otro.

Así siempre actúa el demonio. Lleva a las almas de una seducción a otra seducción para hacerlas caer en el pecado que quiere.

Y, ahora, el pecado que le interesa poner al demonio en la Iglesia es otra cabeza, no elegida por los Cardenales en el cónclave, sino que salga del gobierno horizontal. Y muchos que despiertan ahora del engaño de Francisco van a caer en el siguiente engaño, porque los hombres necesitan de una cabeza que los gobierne. Y esto lo sabe muy bien el demonio. Y muchos ven que Francisco no vale para ser cabeza de nada. Y, por eso, acogerán con gusto otra cabeza.

La realidad de la Iglesia en Roma, la realidad de su gobierno horizontal es caótica. No están unidos ellos mismos en una verdad, en un fin que hay que seguir en la Iglesia. Es que no hay manera mientras Francisco esté de jefe. Porque Francisco da largas a todos, ya que sólo le interesa sus pobres en la Iglesia. Y se desvive sólo por eso. Pero se desvive mal porque quiere ir hacia los pobres sin el dogma, sin la verdad. Y, claro, eso produce tensiones en toda la Iglesia, división en toda la Iglesia. Y esto tiene que romperse de alguna manera.

Y el demonio no está para soltar su presa de la Iglesia una vez que la ha cogido en la cabeza. El demonio ahora hace su jugada maestra. Y ahí enlaza con todas las almas que no han querido discernir nada en este tiempo de seducción. Es una atadura perfecta la que va a hacer el demonio. Una atadura muy fuerte que sólo con dolor se podrá quitar. Con el dolor de renunciar a todo por amor sólo a Cristo y a Su Iglesia, que es lo que ahora nadie sabe hacer porque todos bailan con Roma.

Todos contentos por ver cómo para todo esto que se ha inventado Roma en la Iglesia. Y nadie se va a apercibir del engaño. Muy pocos, porque muy pocos son los que viven de fe en la Palabra de Dios. Todos quieren una ley para tener fe, una razón que los obligue a quedarse en Roma y a ser gobernados por una cabeza que ya no representa a Dios ni a Cristo en la Iglesia.

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