Lumen Mariae

Inicio » dios catolico

Archivo de la categoría: dios catolico

El discurso vacío de verdad en Bergoglio

ALL

Bergoglio se ha fijado un término a su falso pontificado:

«Yo tengo la sensación que mi Pontificado va a ser breve. Cuatro o cinco años» (ver)

1. Está enseñando que Dios no lo ha elegido como Papa: todo Papa es hasta la muerte. Están vendiendo la idea de tener falsos papas por un tiempo determinado.

2. Y, después, enseña que fueron los hombres los que lo pusieron en ese cargo para un tiempo. El tiempo necesario para destruir el centro de la Iglesia, que es el Papado.

3. Además, está aclarando las palabras del Cardenal McCarrick, cuando un hombre muy influyente le obligó a votar, a hacer campaña por Bergoglio en el Cónclave:

«Él dijo: “Él podría hacerlo, ya sabes”. Le dije: “¿Qué podría hacer?”. Él dijo: “Él podría reformar la Iglesia. Si usted le diera 5 años, él podría ponernos de nuevo en el objetivo. Él tiene 76 años, si él tuviera 5 años, el Señor, obrando a través de Bergoglio, en 5 años podría hacer que la Iglesia surgiera de nuevo”».

«Yo no soy de la idea de poner una edad, pero sí soy de la idea de lo que hizo Benedicto»: Benedicto XVI no renunció al Papado, sino que le obligaron a renunciar. Él sigue siendo Papa, aunque le pese a Bergoglio y a todos los modernistas que lo siguen.

Bergoglio es de la idea de que hay que renunciar. Ya no cree en el dogma del Papado. Se inventa su propio papado, su propia figura de papa, su propia iglesia. Y hay muchos que lo siguen en este pensamiento diabólico.

«A Benedicto no hay que considerarlo como una excepción. Sino como una Institución. Por ahí sea el único en mucho tiempo, por ahí no sea el único. Pero es una puerta abierta institucional. Hoy día el Papa emérito no es una cosa rara, sino que se abrió la puerta, que pueda existir esto».

El Papa emérito no existe en Dios, sino sólo en la cabeza de los hombres soberbios.

Se ha acabado el Papado en la Iglesia. Éstas son las palabras de quien ha hecho eso, de quien se ha encargado de dirigir un movimiento para quitar un Papa y ponerse él mismo como falso papa.

¡Qué pocos creen en esto, porque ven la bondad humana de Bergoglio!

El Papa, en la Iglesia Católica, no es una institución, sino que es la misma Iglesia: «allí donde está Pedro, está la Iglesia». Pedro es un Carisma en la Iglesia, no es una institución de los hombres. No es una jerarquía que ponen los hombres, como el cardenalato. El Papa es la Voz de Cristo, el Vicario de Cristo.

No queremos en la Iglesia hombres institucionalizados. No nos interesa un hombre que se convierte en institución. Queremos un Papa, una Cabeza que una en la Verdad a todos sus miembros; que enseñe sólo la Verdad en la Iglesia, que sea camino, en la Verdad, para salvar y santificar a la Iglesia.

No queremos a un hombre con este pensamiento que refleja lo que es su vida:

«…lo único que me gustaría es poder salir un día, sin que nadie me conociera, e irme a una pizzería a comer una pizza».

Vete a tu pueblo a comer tu pizza. Pero deja de demoler la Iglesia con tus fantasías hegelianas.

Bergoglio: hombre de mundo, hombre puesto para destruir la Iglesia.

El objetivo que tiene Bergoglio es llevar a la Iglesia a sus orígenes en el pensamiento del hombre. Es decir, refundarla totalmente.

El falso pontificado de ese hombre, al que muchos llaman su papa, y que se ha puesto un nombre para denigrar lo santo, Francisco, tiene en su agenda cambios en la esencia de lo que es la Iglesia.

No sólo cambia a personas, poniendo otros Cardenales, que son todos hombres de herejía, de cisma, que llevan, -sin lugar a dudas-, hacia la apostasía de la fe a muchos; sino que comenzó su falso pontificado poniendo una estructura externa para dirigir la Iglesia: su gobierno horizontal.

Ese conjunto de hombres hace que la Iglesia se rompa en mil pedazos.

Ya no hay una Cabeza que una en la Verdad, sino que sólo existen mentes humanas que dialogan para ver cómo cambiarlo todo en la Iglesia.

Bergoglio anula toda Verdad en la Iglesia. Y esto es lo que muchos no han comprendido, porque sólo están en el juego del lenguaje. Pero no viven los dogmas, la verdad revelada y dogmática. Cada uno se hace su propia doctrina, su propia vida de Iglesia, su propio sacerdocio. Cada uno es jefe de su propia cabeza, de su propia existencia humana.

Bergoglio es sólo un hombre que habla la mentira. Y, por eso, gusta a todo el mundo. Sus discursos son importantes para el mundo.

Un hombre con una sola filosofía: “oler a oveja”. Oler a mundo, oler a hombre, pensar y obrar como lo hace un hombre en el mundo. El olor a Cristo, propio de todos los Santos, la unción de Cristo no se puede encontrar ni en la palabra ni en la obra de Bergoglio.

Por eso, sus entrevistas son de una ordinariez exquisita. Él habla así: con olor a oveja. Habla lo que la gente quiere escuchar. Habla para agradar al hombre. Habla para encontrar en el hombre un hueco, un pensamiento, una obra en la que él, – el papa Bergoglio -, sea el centro, la imagen, la irradiación de una vida para el mundo.

Están adorando a un hombre, en la Iglesia y en el mundo. Es el nuevo fan, la nueva cultura, la nueva moda de muchos. Gente que vive en sus pecados lo tiene como su ídolo. Es la institución del nuevo y falso papado: una figura de papa vacía de toda verdad, centrada sólo en el lenguaje humano.

De esta manera, Bergoglio, y todos los que lo siguen, quieren llevar a la Iglesia a sus “cimientos”. Es la herejía de siempre. Cuando el hombre no pone el cimiento de su vida en la Roca de la verdad, entonces el hombre va en busca de sus filosofías, de sus teologías, de sus lenguajes maravillosos en que todo está en decirse unas palabras bonitas, una idea que guste al propio pensamiento humano.

El hombre, queriendo salir de la verdad, del dogma, de la ortodoxia, se queda en su propia idea de la vida. Y así construye su vida: en su soberbia manifiesta.

Es el objetivo de ese hombre:

«Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse» (18 de mayo de 2013): la Iglesia está enferma porque se encierra en la verdad, en el dogma, en el lenguaje ortodoxo. Tiene que salir hacia el lenguaje heterodoxo. Tiene que vivir accidentada, en el pecado, en el error, en la confusión de ideas, de doctrinas. Que nadie luche por una doctrina, sino que todos luchen por una obra: los pobres, la hermandad universal, la libertad del pensamiento humano, el progresismo de tener una cultura de muchas religiones.

«El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo” (19 de mayo de 2013).

Iglesia autorreferencial: la que está enferma por cerrarse en la Verdad, en la ley santa de Dios, en el lenguaje ortodoxo.

Lo autorreferencial es un lenguaje de los modernistas para negar el pecado de orgullo y de soberbia de aquellos que hablan de esta manera: autorrefiriéndose como sabios para todo el mundo.

Si El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, entonces la Iglesia vive en el misterio, encerrada en la Verdad que Dios ha revelado, y que la Iglesia ha enseñado en todo su magisterio auténtico.

Bergoglio siempre ataca la verdad con una verdad: «El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo».

Para poner su mentira: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto».

El Espíritu Santo no nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica. Nunca hace esto el Espíritu Santo. El Espíritu Santo hace una Iglesia Santa, capaz de luchar contra los gnósticos y contra toda iglesia gnóstica. El Espíritu Santo guarda la Verdad, salvaguarda a la Iglesia en la Verdad. Y, en la Verdad, se lucha contra toda idea contraria a la Verdad.

Pero Bergoglio, dando una verdad, quiere reflejar su mentira: lo gnóstico y el modernismo. Estas dos ideas son lo principal en el discurso de este hombre. En vez de hablar de la santidad de Dios y de la Iglesia, habla de la autorreferencialidad.

¡Muchos no han aprendido a leer a Bergoglio! Y no caen en la cuenta de cómo engaña Bergoglio en cada frase bonita que dice.

Una vez que ha lanzado su tesis, su mentira, pone la obra de la mentira: «nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio».

¡Qué maestro de la oratoria es este hombre! ¡Maestro de la maldad consumada!

Dios no impulsa a salir: es el lenguaje propio del demonio.

Dios mueve al hombre, su corazón, para que haga la Voluntad de Dios. Es la moción divina, diferente al impulso del demonio. Dios no pone al hombre en la actividad enfermiza de hacer cosas por Él, que es la que tienen mucho católicos, sólo de nombre.

El mundo no cambia con la palabra de los hombres ni con sus obras humanas, aunque sean perfectísimas. El mundo cambia con corazones llenos de amor divino, que es lo que menos tiene la Jerarquía y los fieles en la Iglesia. No saben lo que es el amor de Dios porque no conocen  a Dios.

No hay que abrir las puertas para salir al mundo; hay que abrir las puertas del corazón para entrar en el Misterio de Dios, que está escondido al mundo. No se puede salir al mundo para dar lo santo a los perros. Hay que esconder el tesoro del rey en lo más íntimo del corazón.

Bergoglio, cuando predica, nunca lleva al alma hacia su interior, hacia la vida interior con Cristo, sino que la saca de su interior para mostrarle la exterioridad, la superficialidad del mundo. Es así, de esta manera, cómo los falsos profetas engañan a muchos hombres, haciéndoles creer que si no predican el Evangelio, con la máxima evangélica de “a tiempo y a destiempo”, no hacen nada por Dios.

Hace más un corazón abierto al Misterio de Dios, contemplando a Dios en Espíritu y en Verdad,  que millones de hombres que dan de comer a los pobres.

Si la vida consistiera en dar de comer a los que no lo tienen, Jesús hubiese enseñado la forma de hacerlo. Es muy fácil: repartan la comida con los demás. Eso es todo. Repartan dinero para todos. Fabriquen dinero y todos tendrán para comprar la comida.

Pero a Jesús no le interesó llenar estómagos de la gente, solucionar problemas sociales. Jesús vino para llevar al hombre al interior de Dios. Y eso es muy difícil porque necesita de un corazón humilde, de sacerdotes humildes, de fieles que sólo vivan para la Palabra de la Verdad, no para el lenguaje de los hombres.

Bergoglio tiene su idea de Dios, su propio lenguaje:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Esto es lo que se llama la herejía del subordinacianismo.

En estas palabras se niega la verdadera Trinidad de Personas en Dios. Sola una, el Padre es el verdadero Dios; las demás, la segunda y la tercera persona, quedan subordinadas, clara y de manera disimulada, insinuando por debajo, que no existen como Dios. Jesús existe como la Encarnación de ese Dios, que es sólo el Padre.

Este error está unido a la falsa noción de la divinidad misma. Para Bergoglio, Dios es un Dios de sorpresas. Esa es su noción clave de la divinidad.

Sólo la doctrina trinitaria ortodoxa ha mantenido incólume la verdadera noción de Dios, que es conocida por la razón y por la revelación.

Bergoglio no cree en esta doctrina católica: no creo en un Dios católico.

Bergoglio sigue a los herejes gnósticos, que pretendieron adaptar las teorías emanatistas acerca de los eones y de los intermediarios entre Dios y las cosas, al dogma cristiano.

Bergoglio es gnóstico y tiene la caradura de predicar que no se dé una Iglesia gnóstica: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica».

¿Ven qué falacia en el pensamiento y en el lenguaje de Bergoglio? Se contradicen: se piensa como gnóstico, pero se habla en contra de la idea gnóstica. Esta es la demencia que muchos no ven en Bergoglio. Es un hombre sin lógica, sin sentido común. Si estás en la idea gnóstica de lo que es Dios, entonces sigue tu pensamiento hasta el final, con todas las consecuencias: vete de la iglesia a levantar tu idea gnóstica de Dios, a hacer tu iglesia gnóstica.

Pero Bergoglio se queda en la Iglesia siendo un maestro consumado en hablar un lenguaje de mentira, para condenar a las almas.

Al hacer esto, Bergoglio está diciendo una cosa: mi lenguaje sólo sirve para entretener a la gente. Doy muchas cosas, que en sí mismas son una contradicción, pero lo que más importa es obrar.

Os digo que no hay que tener una iglesia gnóstica, pero la obro: pongo un gobierno horizontal donde se realice el mismo trabajo que hicieron los gnósticos para cambiar el dogma: a base de ideas, de lenguaje humano, a base de ser un papa radical, se consigue lo que oculto en mi predicación.

Es su fariseísmo: se predica una cosa, se obra lo contrario.

Hay que lanzar la idea, sembrar una palabra falsa, como lo hacen los falsos profetas, pero todo eso es para despistar a la gente de lo que realmente se está llevando a cabo en la Iglesia.

Mientras Bergoglio entretiene a todo el mundo con sus nefastas homilías, entrevistas, discursos que sólo sirven para limpiarse el trasero, otros en el gobierno horizontal están obrando sin que nadie se dé cuenta.

Nuevos libros, nuevas leyes, nuevos documentos, nuevas liturgias, nuevos sacramentos… Necesitan tiempo para sacar todo eso. Y necesitan una cabeza como papa que imponga todo eso, que haga obedecer la nueva doctrina a base de excomuniones.

¡Qué pocos ven esto en la Iglesia!

Bergoglio no predica la doctrina de Jesús porque no cree en Jesús.

Al decir: Jesús es su Encarnación; Bergoglio se está refiriendo a la emanación de Dios, no a la Encarnación del Verbo.

Para Bergoglio, Jesús no es Dios. Es una emanación, un agua que fluye, un pensamiento que se alcanza en un grado de perfección. Y de aquí nace la ley de la gradualidad. Por lo tanto, la Iglesia no es Divina, no es Santa, no tiene un fin divino que haya que cumplir. En la Iglesia no se está para salvar el alma, sino para liberar a la gente de sus problemas sociales.

Jesús, para Bergoglio, no es Dios: «¿Pero Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (28 de octubre del 2013).

«Dios es Espíritu» (Jn 4, 24). Si Jesús es Dios, entonces Jesús es Espíritu. Si Jesús no es Dios, entonces Jesús no es Espíritu. Es sólo un hombre.

Al preguntarse si Jesús es un Espíritu, y responderse que no es, claramente está negando la Divinidad de Jesús. Jesús no es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no es el Verbo, el Hijo de Padre, no es una Persona Divina. Jesús es una persona humana, un hombre santo en la gloria.

Bergoglio está exponiendo la herejía de Arrio, en la que se niega que Jesús sea Dios. Jesús no es Dios hecho hombre, sino un ser creado por Dios, semejante a Dios, tiene atributos divinos, pero no es Dios ni en Sí ni por Sí Mismo.

Dos dogmas principales ha negado Bergoglio: la Trinidad y la Divinidad de Jesús.

Una abominación ha puesto en la Iglesia: su gobierno horizontal, del que parte todo el cisma en la Iglesia. Un cisma institucionalizado por la propia Jerarquía, querido por Ella. Levantado en el mismo centro de la Iglesia. Quitado el Papado para poner la figura de un Papa que, en su tiempo, será poseída por el Anticristo.

Sin estas dos verdades dogmáticas, nadie en la Iglesia puede salvarse. Nadie.

Y con esa abominación, los que obedezcan a ese falso papa y trabajen en esa falsa iglesia, se condenan sin remedio, sin misericordia. Porque esa abominación es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no puede salvarse por su cara bonita, porque exteriormente parezca una buena persona.

Bergoglio, si quiere salvarse, tiene que hacer, públicamente, un acto de fe en la que niegue sus creencias sobre Dios, sobre Jesús y sobre la Iglesia.

Y hasta que no haga esto, a ese hombre sólo hay que olvidarlo, juzgarlo, condenarlo, maltratarlo, despreciarlo, llevarlo a juicio, excomulgarlo.

Por supuesto, que nadie va a hacer esto. Porque todos buscan lo mismo que Bergoglio: el negocio, la empresa en el Vaticano.

Y aquellos católicos que tengan a  Bergoglio como su papa, se van a condenar. Un hereje no puede ser camino de salvación en la Iglesia. Nunca.

¿Qué es Dios para Bergoglio?

Es sólo un pensamiento, un concepto humano.

«…de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo» (18 de enero del 2015).

De Dios se dice que es Dios de las sorpresas: Bergoglio no da una verdad revelada sobre Dios ni dogmática. El Dios de las sorpresas sólo existe en su mente humana. Bergoglio da su concepto de Dios: el Dios de las sorpresas. El Dios de la vida humana, del lenguaje humano, de las obras humanas. En ese concepto, está un amor que ama primero y que da una sorpresa al hombre.

¿Dónde queda la Providencia de Dios? En el olvido del hombre. Dios guía al hombre en las sorpresas de la vida, no en su providencia. Dios no es un camino de verdad, de certeza, eterno, sino un conjunto de cosas que pasan al hombre sin que nadie le avise de ello.

Las profecías divinas, con este Dios de las sorpresas, se anulan todas. Y tienen que anularse porque el único que rige el mundo es la mente del hombre. Es el único que sabe lo que es el bien y el mal.

«Cada uno de nosotros tiene su propia visión del Bien y también del Mal» (1 de octubre 2013).

¿Cuál es ese Dios de las sorpresas?

Es el hombre con su visión propia del bien y del mal. Es el nuevo yo: es ese dios, que soy yo mismo, que ama a toda la creación, y que está continuamente saliendo de su yo encerrado, de su autorreferencialidad, de sus temores, de sus deseos, de su reino, en donde se excluyen a los demás. Hay que dejar esa mundanidad asfixiante que sólo se puede sanar:

«…tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios» (EG, n. 97).

La Iglesia tiene que descentrarse de su propio lenguaje rígido. Y tiene que aprender a hablar el lenguaje del mundo. Para eso se ha puesto el gobierno horizontal.

La Iglesia no tiene que dar la máxima ortodoxia: eso es repetirse siempre en su propio lenguaje.

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo» (EG, n. 91).

El lenguaje ortodoxo es oscuridad para el hombre. ¡Qué gran blasfemia! ¡Cómo ataca lo sagrado, lo divino, lo eterno!

Hay que emplear un lenguaje heterodoxo. Un lenguaje que responda al concepto de evangelio, el evangelio de la alegría, el evangelio de los pobres, el evangelio de recaudar dinero para vivir felices.

«No tengas la psicología de la computadora», que tiene todo el saber en ella. O, si lo prefieren, con estas palabras:

«Un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios, pero que ame también las sorpresas de Dios, porque su ley santa no es un fin en sí misma» (13 de octubre del 2014).

La Iglesia usa un lenguaje que el mundo no comprende. Un lenguaje de computadora, de fin en sí mismo. Un lenguaje ortodoxo que la imposibilita de dialogar con el mundo. Y si no habla con el mundo, no puede anunciar el Evangelio.

La Iglesia es misionera, no autorreferencial. No tiene que estar centrada en la verdad, sino en el mundo.

Hay que hacerse un uno con el mundo. Si se encierra en sí misma impide ir al encuentro real con el otro.

La realidad, no está en la vida de la gracia, sino que está en los derechos sagrados del hombre:

«…tierra, techo y trabajo. Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista.  No se entiende que el amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados» (28 de octubre del 2014).

El hombre tiene que luchar por su tierra, no por la tierra que Dios prometió a Abraham, que es el Cielo; tiene que luchar por su techo, y no tiene que seguir el pensamiento ortodoxo de Cristo: «Las raposas tienen sus cuevas, y las aves del cielo sus nidos; mas el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9, 57). Y tiene que luchar por su trabajo, haciendo de la Palabra de Dios una mentira: «Necio, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Si sigues a Bergoglio, todo eso será para Bergoglio. Él sólo pide dinero. Y no otra cosa.

No vivas tu vida para tener una casa, un techo, un trabajo, una tierra. Vive tu vida para desprenderte de todas las cosas, aunque las tengas todas, y así obrar lo divino en lo humano.

Pero Bergoglio lleva a la lucha de clases. Tú tienes una casa y yo no. Voy a luchar por mi casa, porque es mi derecho sagrado. Soy dios para mí mismo: yo soy el que entiendo lo que es bueno y lo que es malo para mi propia vida.

Bergoglio no entiende que el amor a Cristo –no el amor a los pobres- está en el centro del Evangelio. Él predica su evangelio: el de los pobres. Para su Iglesia: la iglesia de los pobres.

Y hace esto para abarcar a todo el universo, a todos los hombres en una fraternidad sin límites. Y cuando se hace esto, entonces el yo encuentra a su dios en sí mismo, y el hombre descubre una vida llena de sorpresas.

La ley de Dios, al ser santa, es un fin en sí misma. Pero, al no tener el fin en sí misma, automáticamente, todo está regido por el azar, por las sorpresas, por el fin, por el objetivo que cada hombre se ponga en su vida.

Cada hombre hace su ley en el pecado y la llama santa.

Esto es Bergoglio. ¿Todavía no se han dado cuenta?

Es un discurso vacío de la verdad. Por lo tanto, es un discurso lleno de mentiras.

¿Queréis llevar la Iglesia a sus orígenes? Entonces prediquen del infierno, de la cruz, de la penitencia, del pecado. Porque la Iglesia nació en el Dolor del Calvario, no en el lenguaje, no en el diálogo de los Apóstoles con la gente del mundo.

Fue el Dolor de Cristo y de Su Madre el origen de la Iglesia. Lo demás: la cultura de los tiempos es sólo eso: cultura. La Iglesia no es una institución, sino la Vida de Dios en la tierra. El Reino de Dios en la tierra. Y quien haga de ese Reino una conquista humana, un reino material, humano, la Justicia de Dios lo enterrará en el infierno.

Poco tiempo queda para ver la Justicia de Dios en Bergoglio. Ese hombre es ya un demente. Y lo que queda por ver es su degradación como persona y como sacerdote.

Dios no es novedad perenne

fbx

«Pagad al César lo que es del Cesar; y a Dios, lo que es de Dios» (Mt 22, 21).

Esta frase de Jesús no es irónica: «Jesús responde con esta frase irónica y genial» (Homilía – 19 de octubre 2014).

En Jesús no se da el pecado de ironía; en Jesús no hay genialidades. Jesús no es una persona humana, es una Persona Divina. Y, cuando habla, habla con sabiduría divina, y dice lo que tiene que decir en cada momento.

Jesús no es un papagayo de los hombres, como lo es Bergoglio: no repite las palabras de otro; no da a conocer lo que otro piensa; no apoya su vida en el pensamiento de ningún hombre. No habla de más. No habla para captar la atención del oyente. No habla para ser famoso entre los hombres.

Jesús es Dios y habla como Dios. Habla para enseñar la verdad del pecado del hombre: por vuestras infidelidades, de un pueblo libre que erais, os habéis sujetado al imperio de los Romanos. Cargad, ahora, con ese yugo, pagando al césar el tributo que le corresponde como gobernante de unos esclavos. Pero ese peso de vuestro pecado, no os va a impedir dar a Dios lo que le debéis como pueblo suyo que sois.

De estas palabras de Jesús resulta una lección y doctrina muy importante para todos. Todos los católicos están obligados a respetar y a honrar los gobiernos de la tierra, aunque quien gobierne sea un demonio. Ningún católico puede resistir a la potestad temporal, sino cuando ésta exige cosas que sólo pertenecen a Dios. En este caso, no hay obediencia: es necesario resistir a uno que quiere ponerse por encima de Dios, que da normas en contra de la ley de Dios.

¿Qué enseña Bergoglio?

«Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que se plantean problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego sus conveniencias, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama» (Ib). ¿Está en juego tu dinero? Dale al César tu dinero. ¿Está en juego tus riquezas? Dale al César tus riquezas. ¿Está en juego tus conveniencias? Dale al César tus conveniencias. ¿Está en juego tu poder? Dale al César tu poder. ¿Está en juego tu fama? Dale al César tu fama.

Esta es la doctrina comunista del bien común social: es más importante el que gobierna, sus intereses, sus intenciones, sus puntos de vista, que el bien privado del pueblo.

Es una barbaridad esta doctrina de Bergoglio. Y fue predicada en un acto importantísimo para ellos: la falsa beatificación del Papa Pablo VI.

¿No han caído en la cuenta que un comunista no puede beatificar a nadie en la Iglesia? Y, por lo tanto, lo que predica, lo que hace ese día, tan mediático para él, es dar su idea comunista, marxista. Y todos aplaudiendo esas palabras.

¿Qué dicen los santos sobre este pasaje?

«No dudéis que cuando Jesucristo ordena dar al César lo que pertenece al César, entiende solamente las cosas que no son contrarias a la piedad ni a la religión; porque todo lo que es contrario a la fe y a la virtud, no es el tributo que se debe al César, este es el tributo del diablo. El pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina» (San Juan Crisóstomo – Homilía L).

Pagar los tributos es bueno: no es un problema de conciencia: es un deber y una obligación moral para todos.

¿Qué enseña la Escritura?

«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores… Pagadles, pues, los tributos…Pagad a todos lo que debáis…» (Rom 13, 1.6a.7a).

¿Qué enseña Bergoglio?

«Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dad] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y profesar —ante cualquier tipo de poder— que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Esta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios».

¿No es el pensamiento de este hombre, no sólo oscurísimo, sino tiniebla pura?

Jesús no pone el acento ni en la primera ni en la segunda parte: Jesús enseña que «el pagar los tributos no encierra en sí cosa que se oponga a la ley divina».

Jesús enseña a someterse a toda autoridad, porque viene de Dios: «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios» (Rom 13, 2): hay que pagar el tributo porque así lo ha dispuesto Dios. Es la carga del pecado. Pero no hay que dar a la autoridad aquello que pertenece a Dios, que manda Dios en Su Ley. No hay que reconocer ante ningún poder el poder de Dios, porque toda autoridad la ha puesto Dios. Hay que reconocer eso: que toda autoridad viene de Dios: «no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (v.1b). Pero si manda algo, en contra de Dios, entonces se la resiste, no se la quita y se pone otra.

Pero Bergoglio va a lo suyo: «esta es la novedad perenne»

La doctrina de Cristo no es ninguna novedad perenne. No es algo nuevo, que es perenne. Dios no cambia en su doctrina. Su doctrina no es novedad, sino que es inmutable. Esta es, simple y puramente, la Verdad, lo que hay que obrar. Punto y final. Es una verdad eterna. No es nueva. Lo nuevo es lo que ha nacido ahora, lo que se da ahora. Dios no es novedad. Dios es eternidad. Dios es inmutable moralmente: lo que quiere, lo quiere siempre. No cambia en su voluntad. Es una voluntad eterna. No quiere nunca una cosa opuesta a lo que quiere.

Lo perenne es lo común que se acepta en todos las épocas, es algo continuo, que no cesa. Lo perenne no es lo absoluto, no es lo eterno. Es el conjunto de pensamientos, de ideas que todo el mundo sigue, por una novedad, que no necesariamente es de sentido común, por un  problema que no se sabe resolver.

La doctrina de Cristo no es perenne, sino absoluta, que permanece siempre en la misma, que no cambia, que no es del gusto de los hombres, no es para un común de hombres, no es para una masa de hombres. Es para cada alma.

Muchos viven en el pecado como algo aceptado por todos: eso se llama perenne. Es un conjunto universal de vicios, tomados como valores, que son comunes a todas las culturas: todos valoran sus pecados. Todos hacen una vida de sus pecados. No los quitan. Es algo que no cesa en ellos. Y, por tanto, lo perenne les lleva al cambio en sus vidas, a las novedades, a las sorpresas de la vida.

El mal es algo que está en la vida de cada hombre. Es algo continuo, que se convierte en una rutina. Luego, el mal es una parte esencial de la vida de todos los hombres. Hagámoslo novedad. Que sea una novedad perenne, continua, común a todos, aceptada universalmente por todas las culturas.

Así que, para Bergoglio, Dios es novedad perenne. Dios no es ni eterno ni inmutable ni absoluto. Y, por tanto, «hemos de redescubrir cada día» a ese Dios que es novedad, que cambia, que quiere hoy una cosa y mañana da una sorpresa al hombre. Hay que «superar el temor»

Pero, ¿qué temor hay que superar? No entendemos este galimatías de la mente de Bergoglio.

«¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3b-4).

San Pablo es muy claro: hay que dar a la autoridad para estar en paz, para vivir tranquilos con ella. Pero si no se da, si por malicia, se esconde lo que hay que dar, se peca, entonces esa misma autoridad es justicia de Dios.

San Pablo habla del pecado de avaricia, que hace retener el dinero que hay que dar a la autoridad.

Bergoglio, ¿de qué habla? Habla de un temor, habla de unas sorpresas de Dios. ¡No comprendemos! ¡Ni tampoco hace falta comprenderlo, porque él va a lo suyo!

Dios «no tiene miedo de las novedades».

Esta frase es portada en la mayoría de los magazines del mundo.

Dios no tiene miedo de los gays, de los divorciados, de las nuevas familias. Esto es lo que corre por el mundo entero, porque un hereje, sentado en la Silla de Pedro, lo ha predicado.

El mundo ha comprendido el pensamiento de Bergoglio: Dios es «novedad perenne». Porque en el mundo los hombres hacen sus dioses, viven de sus continuas novedades. Viven en el cambio temporal. Y eso es perenne en ellos, porque no quieren quitar el pecado. El pecado se ha convertido en un bien del pensamiento del hombre. Un bien que hay que buscar y que hay que valorar en todas las cosas de la existencia humana. El pecado es algo perenne para el hombre. Es algo novedoso, porque hay que dar una nueva cara todos los días, para que el hombre no se aburra pecando.

«¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, abriéndonos y llevándonos por caminos imprevistos. Él nos renueva, es decir, nos hace continuamente «nuevos». Un cristiano que vive el Evangelio es «la novedad de Dios» en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta «novedad»».

Esta es la doctrina masónica: Dios ahora quiere algo que nunca lo ha querido. Dios comienza a querer algo en el tiempo de los hombres. Dios suspendió Su Voluntad, pero ahora la manifiesta con una sorpresa, con caminos imprevistos. Dios cambia, no hay Verdades Absolutas. Dios cambia en el pensamiento de cada hombre. Dios es como el hombre lo quiere pensar. El concepto de Dios, cada hombre se lo inventa.

Dios «nos hace continuamente nuevos»: ésta es la idea de la reencarnación, dicha en un lenguaje coloquial.

Dios nos regenera en el Bautismo: nos hace hombres nuevos. Pero Dios no hace eso continuamente. Lo que hizo en el Bautismo, no lo vuelve a repetir. Si el alma pierde la gracia, por el pecado, vuelve a ella por el arrepentimiento. Pero ese alma es ya hijo de Dios por el Bautismo. Ya es algo nuevo que recibió una vez, pero que no vuelve a recibirlo aunque haya pecado. Ese ser hijo de Dios no constituye a la persona en un ser puro, en una humanidad pura, en donde no puede pecar. Es ya hijo de Dios, pero con la capacidad de pecar de nuevo. Lo que se repite de nuevo es el pecado, no el ser hijo de Dios.

Dios no es novedad, sino eternidad.

Dios no es novedad, sino que es inmutable en todas las cosas.

Dios es Eterno. Dios no es nuevo. Dios permanece en lo que es: no cambia, no nace, no muere, no crece, no decrece. Permanece en la realidad de lo que es su Ser Divino. Siempre ha existido. Siempre ha querido lo mismo. No hay un antes, no hay un después. Es un ahora continuo. No tiene un principio ni un fin. No tiene una medida.

Lo que es nuevo se puede medir, se le pone principio, se le coloca un término. Lo que es nuevo, nace ahora, empieza ahora, se conoce ahora.

Dios no cambia, no tiene sucesión, no se mueve. Todo lo que es novedad es cambiante, es movedizo, es una medida finita. Dios no tiene duración, no se le puede añadir algo o quitar algo: ni adquiere ni pierde nada. La novedad es de algo que se puede dividir, que se puede quitar.

Por tanto, Dios no sorprende a nadie con novedades. Dios no abre al hombre ni lo lleva por caminos imprevistos. Esta es la doctrina propia del demonio.

Dios tiene un fin divino en todo su obrar. Y es un fin inmutable, en donde no entra ninguna sorpresa. En la luz de Dios no hay sorpresas: sólo hay enseñanza de Dios al hombre. Enseñanza de la Verdad. Y no de otra cosa, porque «Dios es Luz y en Él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 5b). En Dios no hay oscuridades, tinieblas, maldades. Dios, cuando da Su Luz al hombre, lo ilumina con la verdad: no le da sorpresas, no le da novedades.

Dios es la luz de la Verdad, y comunicándola a los hombres es la luz de los hombres: «Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). Y la luz verdadera no quiere ahora lo contrario de lo que ha querido antes.

Dios llama a los gays: abominación: «Si uno se acuesta con otro como se hace con mujer, ambos hacen una cosa abominable y serán castigados con la muerte. Caiga sobre ellos su sangre» (Lev 20, 13). Y esto es para siempre. Esto no es novedad perenne, sino doctrina inmutable y eterna.

Dios da la interpretación definitiva a lo que es un matrimonio por la Iglesia: «Todo el que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con la que está divorciada del marido comete adulterio» (Lc 16. 18). Esto es para siempre: los divorciados no pueden comulgar porque lo dice Dios, lo enseña Dios. Y siempre Dios lo ha enseñado. Y Dios, ahora, porque lo quieran lo hombres, no va a cambiar Su Eterna Voluntad. Dios no es novedad perenne; Dios es un ahora inmutable, eterno.

Dios no es una sorpresa ni una novedad. Su doctrina no puede cambiar nunca. Permanece siempre en lo que es. Su doctrina no es nueva, es de ahora, es de siempre. Su doctrina no tiene una medida humana: no se puede dividir, no se la puede desarrollar, no se la puede interpretar con la mente del hombre.

Dios no es novedad. Dios no quiere las novedades de los hombres. No las necesita para nada, porque en Dios todo es Eterno, todo permanece siempre, en un ahora que no cambia, que no lleva a algo novedoso.  Dios quiere ahora lo que ha querido siempre. No puede mudar de propósito. No puede cambiar de intención en Su voluntad. Dios, lo que siempre ha comprendido, lo que siempre ha juzgado, no cambia por las cosas de los hombres, por sus culturas, por sus tiempos. Dios no está determinado por los hombres. Dios se determina por sí mismo para conocer la verdad. No necesita las novedades de los hombres. Lo que es una verdad desde toda la eternidad, sigue siendo verdad para este tiempo de los hombres. Dios no se muda en su Inteligencia Divina, porque las cosas tienen su verdad desde toda la eternidad. Y si una cosa se muda, es que desde toda la eternidad se muda.

Dios no hace caminar al hombre por caminos imprevistos, sino por caminos ya pensados por Él desde toda la Eternidad. Y esos caminos, ningún hombre los puede cambiar. No es el tiempo la medida de los hombres: es con lo eterno cómo los hombres tienen que medir sus vidas humanas.

Bergoglio enseña la doctrina del demonio, que gusta al mundo y a todos los católicos tibios y pervertidos, que son muchos en la Iglesia Católica. ¡Muchos!

«La eternidad es la posesión perfecta y simultáneamente total de una vida sin término» (Boecio). Quien lo posee todo, de una manera perfecta y simultánea, no necesita las novedades de los hombres.

En la Iglesia Católica tenemos al Espíritu de la Verdad que nos lleva a la plenitud de toda la Verdad, a lo eterno, a lo inmutable, a lo que no tiene capacidad de novedad alguna, a lo que no es perenne.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en la Iglesia», sino que es el mismo Cristo en la Iglesia. Y Cristo no es novedad, es eternidad.

Un cristiano que vive el Evangelio no es «la novedad de Dios en el mundo», sino que es el que lucha continuamente contra el espíritu del mundo.

Bergoglio sólo se dedica a lo suyo: a su negocio en el mundo. Y sólo a eso:

«En esto reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En esto reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es devolver con laboriosidad a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira la realidad futura, la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida —con los pies bien puestos en la tierra— y responder, con valentía, a los numerosos retos nuevos».

A Bergoglio sólo le interesa los retos nuevos que hay en el mundo: matrimonio de gays, comunión a los divorciados, bautizos de los hijos de las nuevas familias de lesbianas y gays, casamiento de los sacerdotes, una novedosa economía mundial, un nuevo gobierno mundial, una nueva iglesia ecuménica…Son las sorpresas de su concepto de Dios. El dios que sigue Bergoglio es el dios de su cabeza. Por eso, Bergoglio desvaría continuamente. Ya se le palpa en las últimas homilías que dice. Está diciendo cosas sin sentido, sin lógica, oscuras, necias, locuras de su mente.

«La esperanza en Dios no es una huida de la realidad»: la esperanza divina es conquistar el cielo, tender hacia lo divino, apartarse de todo lo humano, de toda la realidad. Es vivir para conquistar lo eterno, lo que nunca cambia. Y, por tanto, es vivir sabiendo usar todo lo material, todo lo humano, como plataforma para lo divino. Si algo humano me impide lo eterno, hay que cortarlo, hay que desprenderse de eso, hay que renunciar al hombre, a su pensamiento, para tener a Dios en el corazón.

El que espera en Dios no espera en los numerosos retos nuevos: da a cada uno lo que tiene que dar y, después, se dedica a adorar a Dios, huyendo de toda realidad.

Esto es tener los pies en el suelo y una cabeza bien montada.

Bergoglio es un loco, con una doctrina insoportable, demoniaca y claramente atea.

«Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los obispos —«Sínodo» significa «caminar juntos»—. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús».

Sólo un loco puede decir esta frase y quedarse tan tranquilo. Sólo una persona que ha perdido el juicio, que desvaría en su mente.

¿Pretenden los Obispos ayudar a las familias con sus herejías? ¡Por favor! ¡Vayan a contarle ese cuento a otros en la Iglesia!

Los pastores y laicos han llevado a Roma la doctrina del mundo, que es la doctrina del demonio. Han llevado la voz de las almas que no obedecen la Verdad del Evangelio, sino que viven para obedecer a sus propios pensamientos humanos, ya hechos vida, rutina, en el pecado.

¿Qué evangelio pretenden seguir con el pecado de herejía y de cisma?

¿Cómo se puede engañar a todo el mundo con estas palabras? «Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien hace crecer lo que hemos sembrado». Es el demonio el que va a hacer crecer lo que los Obispos, hijos del diablo, han sembrado en el Sínodo. Es el demonio.

Y como no comiencen a criticar a toda la Jerarquía, esos Cardenales, esos Obispos, esos sacerdotes, les van a ganar con sus inteligencias erradas, con su lenguaje maravilloso. Ellos se saben la teología a la perfección, pero no la cumplen, porque sólo les interesa vivir buscando una razón para exaltar el pecado, para justificarlo, para llamarlo bueno. ES lo que hacen con Bergoglio: si es un hereje, pero es un buen hombre.

Criticar a la Jerarquía ya no es pecado, porque se ha sometido a un hereje. Y esa es la perdición de toda la Iglesia.

La Iglesia se salva cuando obedece al Papa legítimo; la Iglesia se condena Ella misma cuando obedece a un falso Papa.

Ha sido un Sínodo preparado por Bergoglio para anular el dogma. Pero ha tenido que echarse para atrás. Y eso le va a costar el gobierno en su iglesia. Bergoglio no ha hecho lo que la masonería le ha pedido.

Sacó el documento para su aprobación la primera semana y, como es un sentimental perdido, al ver el alboroto, se echó para atrás. Ese documento fue hecho por la masonería para que todos los Obispos lo aprobaran. Y Bergoglio se echó para atrás. Y, ahora, viene su cabeza. Ahora viene su renuncia.

Las necedades de Francisco hablando de la Santísima Trinidad

final6

Solo hay un Dios; un Ser, que es Dios; un Ser que es Trino.

La Fe Católica da culto a un Dios en la Trinidad y a una Trinidad en la Unidad.

Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: tres Personas distintas en Una Misma Esencia, en un Mismo Dios. No hay tres dioses, uno para cada Persona, sino que hay un solo Dios: son Tres en Uno. Los Tres son Uno.

Las Tres Personas no se confunden, no están separadas, no hay una diferencia entre ellas, no hay una diversidad de Personas. Son Tres en Una. Los Tres son Uno. Este es el Misterio. Por eso, predicar la diversidad en la unidad es la blasfemia contra el Espíritu. No hay diferencias en Dios. En los hombres, hay desunión por la soberbia de sus pensamientos. Pero, en Dios, sólo hay unidad. Y es una unidad que ningún hombre sabe explicar con palabras humanas.

Dios Padre es el Creador de Todo.

Dios Hijo es la Revelación del Padre.

Dios Espíritu Santo es el Don del Padre y del Hijo.

Dios Padre crea con la Palabra de Su Hijo. Y esa Palabra es la Obra del Espíritu. Padre, Hijo y Espíritu Santo son los creadores de todo el Universo. Todo tiene su origen de la Santísima Trinidad, pero no todo viene de la Santísima Trinidad. Y no todo vuelve a Dios.

«Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, que presenta a nuestra contemplación y adoración la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: una vida de comunión profunda y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de toda criatura» (texto).

El demonio no tiene su origen en Dios ni tiene su meta en Dios. No se puede predicar que toda criatura vuelve a Dios. Dios ha creado todo el universo y le ha puesto un fin último. Pero hay criaturas, creadas por Dios, ángeles y almas, que por su pecado, ya no son de Dios, ya no vuelven a Dios. Y este es el Misterio del Mal. No cumplen con el fin que Dios ha puesto a cada criatura. Un fin de bondad, un fin de amor, un fin de santidad. Sino que han elegido pecar, vivir en el infierno. Y el infierno no lo creó Dios, sino el demonio. El infierno es la obra de la Justicia Divina en la obra del demonio.

Dios nunca hace el mal, nunca peca. El demonio es el que obra el mal, obra el pecado que no puede hacer Dios. Luego, es el demonio el que se inventa el infierno. El infierno ha nacido en la mente del demonio, es la obra de esa idea soberbia, orgullosa y lujuriosa de ese ser espiritual, creado por Dios, pero transformado en otra cosa por su pecado. El demonio es un ser degradante, que ha perdido toda bondad divina, espiritual. Y que sólo puede transmitir la maldad de su pecado.

Y, en esa obra del demonio, que es el infierno, Dios actúa con Su Justicia. Y el infierno es eterno porque el pecado del demonio es para siempre. No hay vuelta atrás. No hay perdón divino a su pecado. No hay arrepentimiento. El demonio, viviendo en el infierno, no puede volver a Dios. Y debe seguir viviendo en su infierno siempre.

Francisco no sabe de lo que está predicando. Predica su consuelo humano: todos somos buenos, todos hemos salido de Dios, todos volvemos a Dios, porque Dios es amor, Dios nos ama. Por eso, cae en estos errores, porque no sabe hablar ninguna Verdad. Habla para confundirlo todo.

«En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, a la que hemos sido llamados a amarnos como Jesús nos amó. Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo».

Dios Hijo revela la Mente de Su Padre. Jesús vive entre los hombres para revelar a Su Padre, para hablar de Su Padre, para obrar las Obras de Dios, que son las Obras de la Santísima Trinidad.

Y la Iglesia es la Obra del Espíritu. La Iglesia nace en la Obra del Hijo: la Cruz Redentora. Y Jesús hace esa Obra por Voluntad de Su Padre: va a la Cruz por mandato de Su Padre. Es el Espíritu del Padre y del Hijo el que lo lleva a la Cruz.

En la Cruz, nace la Iglesia. Pero la Iglesia no es la Santísima Trinidad. Quien vea a Dios no puede contemplar la Iglesia. Quien ve a Dios contempla a Dios. Y Dios tiene muchas obras. Y en ninguna de ellas está Dios. Las obras de Dios no son Dios. Dios crea y pone Su Gloria en lo que crea. Pero la Creación y Dios son seres diferentes.

En la Iglesia, obra la Santísima Trinidad, pero nadie puede hacer la Iglesia mirando a la Trinidad, sino recibiendo de Ella las obras que Ella quiere que se hagan. En la Trinidad no reconocemos el modelo de la Iglesia: la Iglesia no es Una en la Trinidad. Y no es Trina en la Unidad. La Iglesia es la obra de la Santísima Trinidad. Los hombres, en la Iglesia, si quieren ser Iglesia, si quieren pertenecer a la Iglesia, deben:

1. Primero: creer en el Verbo Encarnado y Crucificado. Sin la fe en Cristo, el Espíritu no puede obrar ni en el alma ni en la Iglesia. El corazón que está rebosando de la Palabra Divina, obra esa Palabra con la fuerza del Espíritu. Y, de esa manera, hace Iglesia, es de la Iglesia. La Iglesia es para las almas, no para Dios. El modelo de la Iglesia son las almas que creen en Cristo. Si no hay almas llenas de fe en la doctrina de Cristo, no hay Iglesia. Por eso, Cristo funda Su Iglesia en la fe de Pedro. No funda Su Iglesia en Él Mismo, en la Santísima Trinidad, sino en un hombre, un alma que cree en el Dios que se Revela a Sí Mismo en Jesucristo.

2. Segundo: una vez que el alma cree en la Palabra, comienza a obrar la Voluntad del Padre. Comienza a hacer obras de fe. Según sea la fe de ese alma en Cristo, así serán sus obras en la Iglesia. En la medida en que cree, en la medida en que crece en la fe, en esa medida obra la Voluntad de Dios. Y cuanto más un alma se va purificando de sus pecados, de sus apegos, de sus errores, más comprende la Voluntad del Padre y más es Iglesia.

3. Tercero: la Voluntad de Dios sólo la puede realizar el Espíritu del Padre y del Hijo. Y, por tanto, cuanto más el alma se deje guiar por el Espíritu, que es el que le da la verdad, que es la único que llena el corazón con la Sabiduría divina, con la Gracia de Dios, con la Fuerza del Amor de Dios, más el alma se espiritualiza, se hace gloriosa, se hace una con la Trinidad

Por tanto, en la Iglesia no hemos sido llamados a amarnos como Jesús nos amó. Esta es un frase bonita y vacía porque se dice fuera de su contexto. En la Iglesia, Dios da la vocación al alma para una obra divina, santa, sagrada, que Él quiere de ese alma. Y, en esa obra, estará el amor al prójimo, el amor que Cristo da al hombre por tener su Mismo Espíritu.

Y decir: «Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo». Es decir una payasada. Creer en la Santísima Trinidad no es creer en Dios Amor. Quien cree en la santísima Trinidad no manifiesta un amor, sino una obra de fe. Dios es Amor, pero la criatura no es amor. Por más que ame el hombre, si no tiene fe en Cristo, no está manifestando la fe en la santísima Trinidad.

Primero hay que creer en la Palabra, en el Evangelio; hay que hacer las obras de esa fe; hay que dejarse guiar por el Espíritu para poder comprender las obras de Dios. Y eso es lo que manifiesta, en el alma, la fe en la santísima Trinidad. Pero el hombre que ama no revela nada en ese amor, si ese amor no se apoya en la fe, en la Revelación de Dios en Jesucristo.

Francisco habla así por lo que sigue: «Es el amor el distintivo del cristiano, como nos dijo Jesús: “Por esto sabrán que sois mis discípulos: si tenéis amor los unos por los otros” (Jn 13, 35). Es una contradicción pensar en cristianos que se odian ¡es una contradicción! Esto es lo que busca siempre el diablo, que nos odiemos, porque él pretende siempre sembrar la cizaña del odio. Él no conoce el amor. El amor es de Dios». Habla de lo que le conviene: Dios es amor.

Y Dios es Amor, pero Dios es el que enseña Su Amor al hombre. Esto es lo que no dice Francisco. Y lo enseña con Su Espíritu. El Espíritu del Padre y del Hijo lleva al alma a realizar las obras del Amor Divino. Y, por tanto, el distintivo del cristiano: no es el amor, sino la fe en Cristo. Si se tiene fe en Cristo, se tiene amor de Cristo. Si no hay fe, no hay amor. ¡Cuántos son los cristianos de boca que dicen que aman pero que no creen en nada!

Porque se tiene fe en Cristo, el alma recibe el Espíritu de Cristo que la hace ser discípula de la Palabra. Y cuanto más aprende el alma de la Palabra, entonces más ama como Cristo amó a los hombres. Cristo los amó en la Cruz. Cristo nunca amó a los hombres con un beso ni con un abrazo. Un cristiano que no se crucifica con Cristo no ama a los hombres.

Pero Francisco va a lo que le conviene: no nos odiemos, sino que amémonos. Predica su amor de sentimiento humano, de compasión humana. Y nunca Cristo amó a los hombres humanamente, sino divinamente. Y el discípulo de Cristo tiene que aprender a amar a los hombres de manera divina, no de forma humana. Los tiene que amar con una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillaciones, de desprendimiento de todo lo humano y material.

«Todos estamos llamados a testificar y a anunciar el mensaje de que “Dios es amor”, que Dios no está lejos o es insensible a nuestros asuntos humanos. Él está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas». Esta es la vida al revés. Ésta es la estupidez de ese hombre. Éste es su pecado: el humanismo. Ésta es su obsesión: el dinero.

La fe la pone Francisco en decir: Dios es Amor. En una frase que gusta a todo el mundo. Una frase con tres palabras. No hay que anunciar que Dios es Amor, sino el Evangelio de Jesucristo, el Evangelio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así hablan los protestantes, los pentecostales, los que no creen en la Palabra del Hijo, sino que creen en su palabra humana.

Anuncien la palabra humana: Dios es Amor y todo va de perlas. Porque Dios «no está lejos o es insensible a nuestros asuntos humanos». Pero, ¿no dice el Padre, por el profeta Isaías: «Porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos vuestros caminos» (55, 8)?. Luego, Dios no está pendiente de ningún asunto humano, de ninguna vida humana. Dios es sensible para con el alma que deja su vida de pecado. Pero Dios no mueve un dedo por el hombre que vive en su pecado. A Dios no le interesa los problemas de los hombres, sino sus almas, lo que hay en sus almas: el pecado o la Gracia. A Francisco le trae sin cuidado la vida espiritual de los hombres, sino sólo su vida humana, mundana, carnal, material, social, económica, que es para lo que vive en la Iglesia.

Dios no comparte la vida de los hombres: ni sus alegrías ni sus penas. La Trinidad no es un facebook social, en la que los hombres presentan a Dios sus vidas sociales para que Dios les dé un abrazo. Dios no camina con el hombre para compartir las cosas del hombre. Esto es hablar sin fe en la Trinidad, sin fe en la Palabra de Dios, sin fe en la Iglesia.

Dios da Su Gracia al hombre para que el hombre viva de forma divina en su vida humana. Dios odia la vida social de los hombres: los hombres están metidos en sus cosas humanas, hablando de los suyo, pero nadie hace caso a la Gracia. Nadie vive de la Gracia. Nadie sabe usar la Gracia en su vida social. Y, entonces, ¿para qué queréis tanta vida social sin el valor de la Gracia? Dios no se fatiga mirando a los hombres. Es el hombre el que tiene que dejar sus fatigas humanas, su vida humana, sus obras humanas, para poder llegar a lo que Dios quiere de su vida. Dios espera a que el hombre deje de ser hombre, de pensar como hombre, de obrar como hombre, de vivir como hombre, para que comience a pensar como el Padre, a obrar como el Espíritu y a vivir como el Hijo. Si el alma no imita a Cristo, Dios no hace nada por el hombre, sino que lo deja en su estúpida vida, con los brazos cruzados esperando a ver si el hombre se convierte de sus pecados y comienza a mirar a Dios.

«Nos ama hasta tal punto que se hizo carne, que se ha hecho hombre, vino al mundo no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cfr. Jn 3, 16-17). Este es el amor de Dios en Jesús. Este amor que es tan difícil de entender, pero que nosotros los sentimos cuando nos acercamos a Jesús y él nos perdona siempre, nos espera siempre, nos ama tanto. Este amor de Jesús que nosotros sentimos es el Amor de Dios». ¡Qué estúpidas palabras! ¡Cuánto sentimentalismo barato! ¡Cuánta necedad! ¡Cuánta locura hay en esa mente!

El Verbo se Encarnó no porque ama al hombre, sino porque lo quiere salvar de su pecado, de su infierno. Este es el sello de su protestantismo: sólo poner de relieve la misericordia, el perdón; pero nunca la justicia, el infierno, el sufrimiento, la penitencia por el pecado. Y, entonces, lleva a las almas hacia una vida fácil: Dios nos ama tanto, Dios lo perdona todo, Dios siempre espera al hombre, Dios es muy bueno con todo el mundo. Así hablan los protestantes: no hay pecado. Y si lo hay, ya Dios lo perdonó. Pero la vida no se hace mirando el pecado, sino a Dios que es amor. Y, entonces, tiene que resolver su discurso con una herejía:

«El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y así nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia que se ama y se ayuda, los unos a los otros, es reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quieren mucho y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad».

1. El Espíritu Santo es el don del Padre y del Hijo, no es el don de Jesús Resucitado: «Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16). Y «Como me envío Mi Padre, así s envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 21-22). Es claro que el Espíritu lo da el Padre y el Hijo.

2. El Espíritu Santo no nos comunica la Vida Divina. Es la Gracia la que comunica la Vida de Dios. El Espíritu Santo hace al alma hija de Dios. Y sin esa filiación divina, el alma no puede recibir la Gracia, la Vida Divina. Por eso, primero es el Bautismo, donde la persona se hace hija de Dios por el Espíritu. Y el Espíritu le trae la Gracia al alma, con la cual ésta puede empezar a obrar esa filiación divina.

3. La Trinidad no tiene ningún dinamismo. No es una actividad como la piensa el hombre. La Trinidad es Dios. Y punto y final. La Gracia Divina señala al alma el camino para hacer las obras de la santísima Trinidad en la vida humana. Y es un camino de Cruz, porque el alma tiene que asemejarse al Crucificado, al Verbo Encarnado; y es una Verdad que el alma tiene que vivir de la mano del Espíritu; y es una Vida que el alma tiene que desarrollar con la Voluntad del Padre.

4. Esta obra de la Trinidad en el alma no le lleva al hombre a compartir su vida con los demás, sino a dar a cada hombre lo que quiere Dios. Dios, cuando ama al hombre lo hace desaparecer de todo lo humano, de toda vida social. Lo lleva al desierto para que aprenda lo que Dios quiere de su vida.

No se ama a Dios para compartir con los hombres. Esta es la herejía que se vive en todas partes. El hombre, si no es social, si no mira la vida de los hombres, entonces no ama. Los santos se apartaron de toda vida social para amar a los hombres, para amar al mundo. Jesús se apartaba de las masas y se escondía en el silencio y en la soledad de todo lo humano para estar con Su Padre Dios. Jesús no compartía con nadie su vida con Su Padre. Porque no hay que dar los tesoros divinos a los cerdos. Lo divino es para una obra divina que los hombres nunca saben comprenderla. Se vive una vida humana para una obra divina, no para una obra social. Hoy se da el culto al hombre: todos mirando lo que no importa nada, lo que es un cero a la izquierda para Dios: la vida de los hombres. Todos dándose importancia en sus vidas humanas. Y ningún hombre vale algo para Dios. Somos todos unos demonios encarnados.

5. Dios sólo se refleja a Si Mismo. El hombre, en su vida humana no refleja a Dios. Sólo los santos que están en el Cielo reflejan a Dios. Los que estamos aquí en la tierra, reflejamos muchas veces al demonio en todo lo que hacemos. Por eso, labia fina y mordaz decir que una persona que ama, una familia que ama, una parroquia que se ama mucho refleja a Dios. Sólo son estúpidas y bellas palabras para ocultar la Verdad: os digo esto porque os odio. Y estoy aquí, sentado en esta Silla, para destruir la Iglesia.

Francisco invoca al demonio en el Vaticano

division

Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

unicareligion

Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

eucaristia

La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

Francisco: un hombre que no quiere salvarse

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

«¿Y quien es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el Anticristo, que niega a la vez al Padre y al Hijo». (1 Jn 2, 23).

Francisco es el mentiroso, porque niega que Jesús sea el Mesías prometido por la Santísima Trinidad:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». ( Entrevista a Francisco del fundador del periódico «la repubblica»).

Sólo por decir esta frase, lo que hace Francisco en la Iglesia Católica es NULO.

Nula su elección a la Silla de Pedro; nulas sus predicaciones, sus enseñanzas desde esa Silla; nulas sus obras en la Iglesia, porque todo aquel que niega al Padre y al Hijo es el anticristo.

Si Francisco no cree en un Dios católico, es más dice que no existe un Dios católico, entonces no cree en el Padre, que engendra a Su Hijo, y no cree en el Hijo, que es engendrado por Su Padre. Y, por tanto, no cree que el Hijo se encarnó para ser el Redentor de los hombres. Francisco cree en un dios al que llama Padre, y en un Jesús, al que llama la encarnación de ese dios. Y dice que la Iglesia Católica se ha inventado eso de un Dios católico. Y, ahora, hay que pensar como piensa Francisco a Dios. Ahora, la moda es no creer en un Dios católico. Ahora, esa es la cultura como hay que interpretar el Evangelio: según el concepto de dios que tiene Francisco en su cabeza. Según la fábula de ese hombre, así tiene que ser el culto a Dios en la Iglesia Católica.

Sólo por esto, no hay obediencia a Francisco. ¡Sólo por esto! No se puede obedecer a uno que ni cree en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. No se puede obedecer a un hombre que niega la enseñanza de la Iglesia sobre Dios.

«Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados,ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios (…)» (símbolo Quicumque vult).

Francisco no quiere salvarse, porque no profesa la fe católica, sino su fe humana, su fe masónica, su fe comunista, su fe idólatra.

Un hombre que cree en dios, pero no en el Dios católico, en el Dios que enseña la fe católica, lo está negando TODO en la Iglesia.

Un hombre que no profesa la fe católica, ni se salva ni puede salvar a los demás.

No se puede obedecer a un hombre que da culto a su mente humana. Y, en ese mente humana, ha construido un dios para él mismo.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿para qué os sirve tanta teología si tenéis una venda en los ojos para no ver la Verdad?

Francisco, al decir que no cree en un Dios católico, ¿está actuando con la autoridad de Cristo en la Iglesia? ¿Le ha dado Cristo poder a Francisco para decir: Yo creo en Dios, no en un Dios católico? ¿Le ha dado Cristo a Francisco autoridad en Su Iglesia para enseñar lo que hay en su mente: no existe un Dios católico, existe Dios?

La respuesta es clara: Francisco no tiene ese poder de Cristo.

Entonces, viene la pregunta: ¿qué poder tiene Francisco para decir eso? ¿Si Cristo no se lo ha dado, quién se lo ha dado?

Respuesta: los hombres que han colocado a ese hombre en la Silla de Pedro, para que todo el mundo lo llame Papa, sin serlo. No ha sido Dios el que ha elegido a Francisco para Papa.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿por qué obedecéis a uno que no es Papa? ¿Por qué la obediencia a un hombre que no habla en nombre de Cristo ni con la autoridad de Cristo? ¿Por qué obedecéis a un hombre que no habla las mismas palabras de Cristo, sino que se inventa el Evangelio según está en su cabeza?

Respuesta:

«(…) pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la Verdad para volverlos a las fábulas» (2 Timoteo 4:3,4).

No queréis escuchar la verdad de siempre, sino que os inquietáis en el asiento y saltáis como gacelas cuando os presentan los dogmas, las tradiciones, las enseñanzas de siempre. Huis de la Verdad para lanzaros a vuestra mentira, que nace de vuestras mentes, y que queréis enseñarla poniendo a Cristo por testigo de vuestras soberbias. Por eso, obedecéis las fábulas de ese hombre en la Iglesia.

Mas os valiera salir de la Iglesia para enseñar vuestras herejías, que quedaros dentro de Ella, oprimiendo a los humildes de corazón, porque quieren seguir la única Verdad, que es Cristo. Al Cristo, que es «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

¿Quién se han creído los teólogos que es Francisco? ¿Qué hace tanta Jerarquía, que sólo están en la Iglesia tocándose el ombligo, y diciendo que, por pertenecer a la Iglesia Católica, obedecen a Francisco porque se sienta en la Silla de Pedro?

¿Se puede caer en mayor absurdo? Sí. Todavía la soberbia del hombre puede realizar mayor pecado de soberbia.

Si seguís a uno que no cree en el Dios católico, tampoco vosotros creéis en el Dios católico. Seguís la fábula de un hombre sobre Dios; ya no seguís el Evangelio que enseña que Dios es católico. Dios es como lo enseña la Tradición, el Magisterio auténtico de la Iglesia, la Palabra de Dios. Dios no es como lo enseña Francisco. Francisco no conoce a Dios, ¿cómo va a guiar a la Iglesia hacia la Voluntad de Dios? Francisco no ama a Dios, ¿cómo va a amar a los hombres si no sabe darles la Voluntad de Dios?

Por eso, ahora, os acomodáis para seguír una fábula y declaráis obediencia a uno que cuenta cuentos en la Iglesia. ¡Esto sí que es absurdo! Y arremetéis contra aquellos que no obedecen a Francisco. ¡Más absurdo todavía!

La verdad es mentira, y la mentira es la verdad. Es lo que mucha Jerarquía está predicando en la Iglesia, está enseñando en la Iglesia.

Francisco no soporta la sana doctrina:

«No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

Son sus mismas palabras: es imposible ver el aborto como siempre, ver el matrimonio homosexual como siempre, ver el uso de los anticonceptivos como siempre.

¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿Todavía queréis pensar el aborto como un crimen social, pero no como una ofensa a Dios que exige la excomunión? ¿Todavía pensáis que no hay que juzgar al homosexual, porque es libre de vivir como le da la gana, según el invento de su mente humana, y no juzgarlo como lo juzga Dios: abominación? ¿Todavía os gusta pensar que la crisis de los matrimonios no es debido al uso de los anticonceptivos, sino a la opresión que la Iglesia hace a las pobres familias que tienen muchos hijos y que ya no aguantan más, y hay que procurarles el placer del pecado sin el remordimiento de la conciencia?

No podemos seguir insistiendo en el pecado como ofensa a Dios y, por tanto, ahora hay que meter la fábula del pecado como un mal que cada hombre se inventa en su bella cabeza humana, y que debe ser quitado atendiendo sólo a la mente del hombre. Veamos en la Iglesia otros caminos para dar un gusto a la gente en su vida humana. Salvemos a los hombres enseñándoles a pecar.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

«Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no solo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

¿Se puede obedecer a un hombre que no cree que en la Iglesia Católica está toda la Verdad? No; no se puede. Las demás iglesias son del demonio. Y si quieren salvarse, tienen que dejar sus pecados, porque la única Verdad que salva sólo la pueden encontrar en la Iglesia Católica.

Un hombre que enseña que en los judíos, en los musulmanes, en los ortodoxos, en los budistas, el Espíritu siembra la Verdad, eso no sólo es una herejía, no sólo es un cisma, sino una provocación a toda la Iglesia Católica.

Aquí estoy yo, como Papa, como Obispo de Roma, como el que se sienta en la Silla de Pedro, para que comprendáis que la Verdad también la poseen las demás iglesias. Hay que enseñar que Dios perdona todo pecado, porque ya no existe el pecado. Hay que enseñar a ser tiernos con la gente, a darles cariñitos, a ser amables con todo el mundo, porque todo el mundo es buenísimo.

Y, ante esto de Francisco, sólo queda una cosa:

«(…) no os mezcléis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal ni comer» (1 Cor 5, 11).

No estamos en la Iglesia para obedecer a un idólatra, como es Francisco. No hay unión con él, no hay obediencia a él, no hay ni siquiera respeto porque se siente en la Silla de Pedro, porque es un ladrón de esa Silla.

En la Iglesia, no estamos para ver qué cosa hace Francisco: ni comer con él. Ni alimentarnos de su palabra. Vomitar su palabra. Anular su palabra. Condenar su palabra. Escupirle a su rostro su misma palabra.

En la Iglesia Católica estamos para negar a Francisco, para tumbarle sus enseñanzas del demonio, para poner un camino de salvación a todo aquel que busca la Verdad y sólo la Verdad en la Iglesia Católica.

Porque «el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30). Francisco no está con Cristo, sino contra Él y, por tanto, sus obras son para la condenación de muchas almas dentro de la Iglesia y fuera de Ella. Está desparramando la Gracia de Cristo, la está inutilizando, la está anulando. Y eso es muy grave dentro de la Iglesia Católica para estar pidiendo obediencia a Francisco.

Es hora de no obedecer a Francisco ni a ningún Obispo que apoye a Francisco.

En la Iglesia Católica hay que tener las cosas claras:

La Iglesia está donde está el Papa. La Iglesia es si hay un Papa.

Por tanto, la Iglesia no está en Francisco, porque no es Papa, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de Cristo. No es nada en la Iglesia Católica, porque no sigue la fe católica. Sigue su fe y se condenará por seguir esa fe. Y el Católico, si quiere salvarse, tiene que seguir al verdadero Papa: Benedicto XVI. Hasta que muera, en él está la Iglesia.

Y al verdadero Católico le trae sin cuidado que ese Papa haya renunciado, porque para Dios no hay tal renuncia. Y, aunque Benedicto XVI, no haga nada por la Iglesia y se dedique a otras cosas, sigue siendo el Papa; sigue estando en él todo el Papado. Porque se es Papa hasta la muerte. ¡Y ay de aquel que toque a Su Ungido!

Que un idólatra, como Francisco, no engañe a las almas en la Iglesia. Que se vaya a su ciudad, a su pueblo, a seguir su iglesia como le dé la gana. Que renuncie al cargo que otros le han encomendado hacer si quiere salvar su vida.

Pero, mientras siga en ese cargo, con Francisco ni comer, ni un saludo, ni sentarse a mirar qué cosa hace con todos los demás. A Francisco hay que humillarlo hasta que se le asomen las vergüenzas en su cara.

Francisco es un gran castigo para toda la Iglesia. Es una maldición. Y más le valiera morirse antes de que el Señor venga sobre su vida:

«(…) y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen, mejor le sería que le echasen al cuello una muela asnal y le arrojasen al mar» (Mc 9, 42).

Cuando no se busca la verdad de la vida, el sentido de la vida, es mejor morir, porque se vive para condenarse. Y es preferible morir antes de cometer el pecado contra el Espíritu Santo, del cual no hay perdón. Un hombre que decide acabar su vida porque ha vivido de espaldas a la fe católica, un hombre que entiende eso, entonces tiene posibilidad de convertirse, antes de morir. Pero un hombre que no ha comprendido su pecado y que quiere seguir viviendo para continuar pecando, entonces llega a la perfección de su pecado, donde ya no hay salvación.

Por eso, Francisco: vete de la Iglesia, renuncia al gobierno en la Silla de Pedro, para poder salvarte. Si te empeñas en seguir, tu condenación es clara y segura.

Francisco: asesino de almas en la Iglesia

Primer anticristo

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser”.

¡No hay mayor ciego que el que no quiere ver!

¿Qué hacen los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, los fieles, obedeciendo a un hombre que no cree en el Dios católico?

¿A qué se dedican en la Iglesia Católica? ¿Cuál es su negocio? ¿Para qué están en la Iglesia Católica?

Para Francisco no existe un Dios católico, entonces ¿qué hace gobernando la Iglesia Católica? ¿A qué se dedica en ese gobierno? ¿Qué valor tienen las palabras y las obras de un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad?

Resulta absurdo que muchos Pastores, que tienen cursos de filosofía y teología, no saben discernir lo que es Francisco.

¿Para qué tanta filosofía? ¿De qué les sirve su brillante teología?

Hay almas, sin tanta filosofía ni tanta teología, que saben ver la maldad de ese hombre con sólo mirarlo a los ojos, con sólo escuchar sus palabras, con sólo fijarse en una de sus obras en la Iglesia.

Un Papa verdadero nunca se equivoca, es infalible en materia de fe y costumbres. Esto es lo que enseña el Magisterio de la Iglesia, en su Constitución dogmática, «Pastor Eternus».

Y Francisco está hablando de una materia de fe, la más importante, que es la existencia de Dios. Y si Francisco fuera verdadero Papa, entonces tendría que decir: Yo creo en el Dios católico.

Pero Francisco dice lo contrario. Y la Santísima Trinidad, el Dios católico, el único Dios que Es, que Existe, es el primer dogma que el alma debe aceptar, creer, si quiere estar en la Iglesia, si quiere salvarse, si quiere santificarse.

La doctrina de la santísima Trinidad es irreformable, porque es una Verdad Absoluta.

Y, cuando un hombre no cree en la santísima Trinidad no tiene fe divina, no tiene la fe católica.

Y, si un sacerdote o un Obispo, niega la Santísima Trinidad, entonces queda excomulgado de la Iglesia.

Francisco dice que no cree en un Dios católico. Está diciendo que no cree en la Santísima Trinidad. Está diciendo que no tiene fe en la Santísima Trinidad. No posee la fe divina. No posee la fe católica. Francisco está excomulgado.

Francisco no usa un lenguaje de símbolos, un lenguaje abstracto, no está hablando en parábolas; sino que está siendo muy claro. Sencillamente, confiesa, da testimonio, y lo hace de forma pública, ante todos, ante el mundo, ante la Iglesia, que no tiene Fe: “Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios”.

Y, entonces, ¿por qué obedecéis a un hombre que no obedece a Dios?

¿Por qué os sometéis a un hombre que no se somete ni al Padre, ni al Hijo ni al Espíritu Santo?

¿Por qué vivís con la ilusión de que un hombre pueda dar solución a los problemas de la Iglesia cuando él no ve cuál es su problema: su falta de fe en Dios?

Francisco cree en su concepto de Dios, pero no cree en el Dios católico. Francisco cree en su dios, el que encontró en su mente humana.

¿Qué soluciones divinas puede dar un hombre que no cree en Dios, en el Dios verdadero, en el Dios único, en el Dios Absoluto?

¿Qué camino divino pone en la Iglesia un hombre que no camina hacia Dios en su pensamiento humano, que no sabe hace de su pensamiento humano la escuela de la Verdad?

¿Qué verdad puede dar a la Iglesia un hombre que sólo mira su mente humana?

¡Qué ciegos están todos en la Iglesia!

Y comenzando por Francisco, que es el mayor ciego, y acabando por los fieles, que sólo viven para dar un beso a Francisco, para decir, por sus bocas, lo bueno que es Francisco, para engañar a los demás con sus vanas palabras, y hacer de la Iglesia el reino de la mentira.

¿Qué os creéis que es la Iglesia? ¿Un conjunto de opiniones humanas? ¿Un reunirse para dialogar en la verdad y así transformar el mundo?

Pero, ¿qué os creéis que es la Verdad? ¿Ser tolerante con los pensamientos de los otros? ¿Admitirles sus errores, sus mentiras, sus pecados?

Francisco cree en un dios que está por encima del Dios católico, de la Santísima Trinidad. Un dios que todo lo incluye y todo lo abarca.

Pero es un dios simbólico, no un Dios teológico.

El Dios teológico es el Dios que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo y que da una ley divina a los hombres. Es el Dios de la Iglesia Católica.

Pero el dios de Francisco es un padre que es la luz. Pero, ¿de qué luz está hablando Francisco? Es un padre que es Creador. Pero, ¿qué es lo que crea ese dios? Porque si no cree en el Dios que crea todo de la nada, entonces, ¿qué cosa crea ese dios? ¿Crea las cosas de la nada o es simplemente un constructor del universo? ¿Es un dios que coge una materia ya formada, ya creada, y empieza a transformarla hasta crear algo nuevo?

Y esa luz, que es Dios, ¿qué es lo que tiene? ¿De dónde viene? Esa luz, ¿ilumina o es oscuridad? Esa luz, ¿es algo divino, humano, preternatural, material?

Francisco ha dicho su idea de Dios, pero no ha enseñado la Verdad en la Iglesia Católica. Y, entonces, ustedes sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, ¿pueden obedecer a un Obispo que no enseña la Verdad, dentro de la Iglesia Católica?

Yo como sacerdote, me niego a obedecer a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad. Y no sólo me niego, sino que lo ataco porque está excomulgado por su mismo pecado. Un pecado que condena su misma alma, porque quien no cree en la Santísima Trinidad no puede salvarse.

Francisco no quiere salvarse. ¿Por qué siguen a uno que quiere condenarse? ¿Por qué aprenden de uno que quiere condenarse? ¿Por qué le hacen el juego a un hombre que vive para condenarse?

¿Todavía les cuesta discernir lo que es Francisco? Después de un año, en que Francisco ha sido claro en todas sus declaraciones, en todas sus homilías, en todas sus obras, ¿le siguen besando el trasero?

La fe de Francisco es una fe masónica. ¿Todavía lo no ven? ¿No lo captan?

Francisco se ha abierto a todo el conjunto de lo religioso, a todas las iglesias, a todas las confesiones. ¿Todavía no captan? Francisco está con los judíos, con los protestantes, con los musulmanes, con los ateos, con los cismáticos, con los católicos, con los no-católicos,… Y ¿todavía no captan?

Francisco cree en Dios. ¿En cuál dios? En un dios que es algo neutro, indefinido y abierto a toda comprensión. No es un Dios personal, como la santísima Trinidad. Un Dios que es Tres Personas. En ese Dios, Francisco no cree.

Francisco no cree en un conocimiento objetivo de Dios. Francisco cree en un concepto simbólico de Dios, en que cada hombre puede introducir, meter su representación de dios, como lo concibe en su mente humana, según el grado de su perfección intelectual.

Y, entonces, Francisco predica la revolución de la ternura, es decir, la revolución de la herejía: convivamos todos los seres humanos de todas las creencias, porque en cada mente humana hay un símbolo de lo que dios. Y cada mente humana debe trabajar por pulir ese concepto que tiene de dios. Un concepto válido, porque es necesario creer en algo para dar a la vida un sentido.

Entonces, hagamos un evangelio de la fraternidad, donde todos sean tolerantes con el pensamiento del otro, porque nadie puede llegar a definir lo que realmente, específicamente, es Dios. Dios es algo real, pero en la práctica de los hombres, dios es muchas cosas. Hagamos una iglesia que crea en dios, como un ser real, pero no especifiquemos, no pongamos dogmas, leyes divinas, leyes morales, porque eso es lo que divide a los hombres.

¿Todavía no captan la fe masónica de Francisco?

¡Hay que estar ciegos, realmente ciegos, para no saber discernir de las declaraciones de Francisco su claro pensamiento: él no cree ni en Cristo ni en la Iglesia Católica! Él se ha inventado su falso Cristo y su falsa Iglesia.

Su falso Cristo: “Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor”.

Sacerdotes, Obispos, Cardenales: ¿es Jesús la encarnación de Dios?

Cojan la teología. Repasen la teología. Jesús es el Verbo Encarnado. Jesús no es Dios Encarnado.

«Jesucristo, su encarnación». Encarnación, ¿de qué? ¿de quién?

El Padre envía a Su Hijo al mundo para que nazca en el seno de una Mujer: eso se llama la Encarnación del Verbo. El Verbo que une dos naturalezas: la humana y la divina. En Jesús hay una unión hipostática: la naturaleza humana está unida a la Persona Divina del Verbo. Jesús no tiene persona humana. El Verbo asume una humanidad, sin persona humana.

Esto es lo que enseña la teología.

Y Francisco, ¿qué enseña? Que Jesús es la Encarnación de dios. Por supuesto, de su dios, de su concepto de dios, que es algo abstracto, algo mental, una conquista del pensamiento humano; pero no es una persona, no es un ser específico, no es algo concreto, no es algo vital, no es divino. Para Francisco, Jesús es un hombre, una persona humana.

«Pero, ¿Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria.» (Francisco, 28 de octubre 2013).

¿Todavía no captan la grave herejía de Francisco? Pone a Cristo en la gloria sin Persona Divina; con una persona humana. Jesús es un hombre glorioso, pero no es el Verbo.

Cojan sus teologías y vean lo que se deduce de esta herejía de Francisco. De esta simple frase, Francisco anula todo el dogma en la Iglesia. ¡Sólo por decir que Jesús no es un Espíritu, sino un hombre en la gloria.

¿Qué hacen ustedes, sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, siguiendo al idiota de Francisco?

¿No ven que Francisco es un asesino de almas? ¿Todavía están ciegos?

Francisco ha matado su alma con su pensamiento humano, con su concepto de Dios, con su idea de la fraternidad, con su obsesión por el dinero, por su popularidad en el mundo.

Francisco es gente del mundo. Es un inútil. Es un don nadie. No se merece ni un abrazo, ni un saludo, ni una misericordia, porque está condenado almas, dentro de la Iglesia Católica, con su doctrina comunista y protestante. ¡Condenando almas! ¡Ése es su trabajo en la Iglesia Católica! Y eso significa: formar una nueva iglesia, una nueva estructura de iglesia, donde estén sacerdotes, Obispos, Cardenales y fieles, que sigan su mismo pensamiento humano.

¡La Iglesia Católica está dando culto a la mente de un hombre! ¡Eso es una abominación! Un hombre que, claramente, no dice la Verdad con sencillez, sino que todo lo retuerce, todo lo desvirtúa, para imponer su criterio en la Iglesia.

Y, ¿por qué sacerdotes, Obispos, Cardenales, seguís el pensamiento de ese hombre? Porque os habéis vuelto esclavos de vuestras mismas estructuras en la Iglesia. Os habéis fabricado vuestras propias obediencias. Y, claro, si no obedecéis, ahora, a Francisco, se os acaba vuestro negocio en la Iglesia: el dinero y el poder que tenéis. Preferís predicar una verdad que no moleste a Francisco, que la Verdad clara, oponiéndoos a lo que dice Francisco. Hacéis el juego a Francisco, sabiendo que está hablando herejías, porque si os oponéis perdéis el dinero y la posición en la Iglesia.

Esta es la verdad: aquel que quiera ser sacerdote, Obispo, Cardenal, en la Iglesia Católica tiene que hacer su ministerio en la soledad, en el abandono de toda una Jerarquía que ya no obedece a Cristo, a la Verdad, sino que tiene miedo de quedarse sola ante el mundo, ante los hombres, porque vive esclava de sus pasiones, de su dinero, de su confort en la vida, de sus conquistas humanas en la vida, de su popularidad entre los hombres.

Y, por eso, tenéis mayor pecado que Francisco: veis la Verdad, pero acogéis la mentira, sabiendo el gran daño que se produce en toda la Iglesia.

Y, por eso, se renueva, cada día, el pecado del Papa Benedicto XVI: puso a la Iglesia en manos de traidores. Ese pecado es el pecado de toda la Jerarquía que no se levanta en contra de Francisco.

El origen del pecado de renuncia del Papa Benedicto XVI

REVELACIONES MARIANAS 2013

“Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios.(…) Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios.” (Papa Benedicto XVI – Asís, Basílica de Santa María de los Ángeles Jueves 27 de octubre de 2011).

Estas palabras del Papa Benedicto XVI son el inicio de la entrada del ateísmo, del agnosticismo, del protestantismo en la Iglesia.

“personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios”: El Papa resbala en la Fe de la Iglesia. Esta frase indica una hendidura en el edificio de la Iglesia. Y si algo no funciona en ese edificio, se va cayendo, poco a poco.

Negar una verdad en la Iglesia es negar cualquier verdad de Ella, porque todas están conectadas entre sí.

Aquellas “personas a las que no se les ha dado el don de poder creer” no pueden salvarse y, por lo tanto, no es posible que busquen a Dios en sus vidas. Dios se hace encontrar en la fe. Y sin fe no es posible ni buscarlo ni encontrarlo.

En este pasaje se está hablando de la verdad de la Predestinación y de la Reprobación. Es un dogma en la Iglesia: Dios predestina al Cielo y Dios reprueba o condena al infierno.

“He sido encontrado por los que no me buscaban; manifiestamente aparecí a quienes por mí no preguntaban [Rom. 10, 20; cf. Is. 65, l]”: Dios, para salvar al hombre, tiene que darle el don de la fe. Sin este don, los que no buscan a Dios no pueden encontrarlo. Por eso, la necesidad de predicar la Palabra de Dios para que el que escuche, reciba el don de la fe.

La fe viene por el oído. Y el que acepta esa Palabra Divina, entonces encuentra a Dios en su corazón, y comienza a vivir la fe, la salvación y la santificación en su vida.

Pero aquel que, escuchando la Palabra de Dios, la rechace, entonces no puede recibir el don de la fe y, en consecuencia, no encuentra a Dios en su corazón y no puede salvarse.

Dios nunca niega la fe a ningún hombre, pero es decisión del hombre aceptar o rechazar ese don.

Dios predestina a la Vida Eterna: eso significa que Dios, conociendo lo que va a hacer un alma en su vida, cuando la crea, le da el camino hacia el cielo, pero atendiendo a la libertad de ese alma, nunca imponiendo la salvación al alma.

Dios conoce quién se va a salvar y quien se va a condenar. Pero ese conocimiento de Dios no va en contra de la voluntad libre de cada persona, con la cual puede elegir, en cada instante de su vida, el cielo o el infierno.

Dios reprueba o condena al Infierno, a la muerte eterna del alma: eso significa que Dios, conociendo que esa alma ha elegido la condenación, le pone el camino para condenarse, que es el camino de Su Justicia.

Dios da a cada alma lo que ella se merece, lo que ella busca. Quien busca el cielo, Dios lo lleva al Cielo. Quien busca el infierno, Dios lo condena al infierno: «El alma que pecare, ésa morirá» [Ez. 18, 20], y: «¿No sabéis que si os entregáis a uno por esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien os sujetáis? «[Rom. 6, 16] . Y: «Por quien uno es vencido, para esclavo suyo es destinado» [2 Petr. 2, 19].

Dios no empuja violentamente al hombre al infierno, a la muerte eterna, sino que es la misma alma la que se entrega voluntariamente al infierno, porque rechaza el don de la fe.

No es por Voluntad de Dios que se condenen los que se condenan, sino que es por voluntad de cada hombre condenado, su condenación.

Dios sabe quién se condena y quién se salva. Y, por eso, Dios predestina y reprueba, pero atendiendo a la libertad de cada persona. No sin esa libertad del hombre.

Dios no destina a la muerte a unos y a otros predestina a la vida. Dios, en la libertad de cada uno, pone un camino para la salvación o para la condenación de cada alma.

“También creemos según la fe católica que, después de recibida por el bautismo la gracia, todos los bautizados pueden y deben, con el auxilio y cooperación de Cristo con tal que quieran fielmente trabajar, cumplir lo que pertenece a la salud del alma. Que algunos, empero, hayan sido predestinados por el poder divino para el mal, no sólo no lo creemos, sino que si hubiere quienes tamaño mal se atrevan a creer, con toda detestación pronunciamos anatema contra ellos”. (II CONCILIO DE ORANGE, 529 [III. De la predestinación.])

La predestinación a la muerte o a la vida no está en el poder de Dios, sino en el poder de la libertad de cada hombre.

El hombre elige o la muerte o la vida. Y Dios confirma esa elección en cada hombre. Es el Misterio de la Gracia y de la Libertad, que siempre van unidos en Dios y en la criatura: «Mira: hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal…. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra; te pongo delante vida y muerte, bendición y maldición.» (Dt, 12, 15).

“Dios omnipotente creó recto al hombre, sin pecado, con libre albedrío y lo puso en el paraíso, y quiso que permaneciera en la santidad de la justicia. El hombre, usando mal de su libre albedrío, pecó y cayó, y se convirtió en “masa de perdición” de todo el género humano. Pero Dios, bueno y justo, eligió, según su presciencia, de la misma masa de perdición a los que por su gracia predestinó a la vida [Rom. 8, 29 ss; Eph. 1, 11] y predestinó para ellos la vida eterna; a los demás, empero, que por juicio de justicia dejó en la masa de perdición, supo por su presciencia que habían de perecer, pero no los predestinó a que perecieran; pero, por ser justo, les predestinó una pena eterna. Y por eso decimos que sólo hay una predestinación de Dios, que pertenece o al don de la gracia o a la retribución de la justicia”. (CONCILIO DE QUIERSY, 853 – Cap. 1.).

Quien está en gracia está en camino de salvación, porque la gracia salva mediante la fe en la Palabra. Para salvarse por la gracia, antes hay que recibir el don de la fe. Y la fe lleva a la salvación. Quien vive en gracia está predestinado a la vida eterna.

Pero quien pierde la gracia, pierde el camino de la salvación y ya no puede llegar a la vida eterna, sino que tiene la Justicia de Dios sobre su pecado. Dios le da lo que merece en su pecado, que es la condenación o muerte eterna.

Por tanto, las palabras del Papa Benedicto XVI son muy graves para la Iglesia. Van en contra de esta verdad fundamental de la salvación y de la condenación.

Los que no pueden creer son los hombres que:

1. Nunca recibieron el don de la fe porque siempre rechazaron ese don cuando se les predicó la Palabra de Dios.

2. Teniendo el don de la fe, lo perdieron por sus pecados.

Estos hombres, sin el don de la fe no pueden buscar a Dios, no pueden encontrarlo, si Dios no les muestra el camino de la fe. Dios nunca niega ese camino, pero el problema siempre está en cada alma.

Aquel que vive en su pecado, que sólo mira su pecado, que no atiende a otra cosa sino a su pecado, entonces no puede ponerse en la verdad. No sabe lo que es la verdad. Sólo conoce su pecado.

Y llega un momento en el pecado en que no hay vuelta atrás. Es decir, no se quiere dejar el pecado. El hombre se ha cerrado completamente a Dios y, por tanto, no puede recibir el don de la fe, que le lleva a la salvación.

Esos hombres están condenados en vida sólo por su propia voluntad libre que ha escogido el pecado para vivir. Dios, en esos hombres, les muestra Su Justicia y Su Misericordia. Pero Dios sabe que siempre van a rechazar Su Misericordia. Dios les da la fe, pero ellos la rechazan siempre. Y, en ese camino, que pone el alma en su libertad de escoger el pecado, Dios pone su gracia, sus dones para salvar al alma, pero también para darle lo que ella escoge: el infierno.

Nunca se puede predicar de Dios sólo Su Misericordia o sólo Su Justicia. Hay que dar siempre las dos cosas, porque si no siempre se cae en herejía en la Iglesia.

Aquí, el Papa Benedicto XVI cae en una grave herejía. Y, por eso, culmina en una gran falsedad: “Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios”.

Si el que no cree no puede encontrar a Dios eso no es ni por las religiones ni por los creyentes, es sólo por la libertad de cada hombre. Cada hombre ha rechazado el don de la fe, la gracia para convertirse, para ver su pecado. En cada hombre, Dios trabaja para que vea la verdad. Pero cada hombre es libre de aceptar lo que hace Dios en él o de rechazarlo. La culpa nunca es de los demás, sino de la propia persona. Hay que predicar el Evangelio, pero Dios siempre obra en cada alma en particular, aunque no llegue el Evangelio. Cada alma siempre tiene la conciencia que le dice el bien y el mal. Y cada alma siempre escoge uno u otro. No es problema de los otros, sino de cada uno en particular.

Decir que “los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios” son culpables de que esas personas, sin fe, no encuentren a Dios es negar la Iglesia verdadera.

La Iglesia no tiene culpa de que haya hombres que vivan en sus pecados y que, por eso, no puedan recibir el don de la fe.

La Iglesia es la única puerta de salvación de los hombres. Estar dentro de la Iglesia salva a los hombres. Estar fuera de la Iglesia, condena al hombre. Decir que la Iglesia tiene una imagen reducida o deformada de Dios es decir que no se cree en el dogma de la Santísima Trinidad y, por tanto, se abre el camino para dar culto a otros dioses en la Iglesia.

Sólo hay un Dios: la Santísima Trinidad. Los demás dioses son todos falsos. Quien no crea en la Santísima Trinidad, quien predique que el Dios de los Católicos está deformado, como lo hace Benedicto XVI y Francisco, no puede salvarse.

Es una grave herejía en la que cae el Papa Benedicto XVI. Gravísima herejía que nadie ha contemplado.

Y esto que predicó Benedicto XVI es lo mismo que predica Francisco. El Papa Benedicto XVI abrió la puerta de la Iglesia a la mentira, al engaño, al falso ecumenismo, al culto de otros dioses en la Iglesia.

Este pecado gravísimo del Papa tiene la consecuencia de su renuncia. Un pecado lleva al otro. Negar la Santísima Trinidad, como lo hace aquí el Papa, de una forma implícita, es negar las demás verdades en la Iglesia. Y eso le llevó a su pecado de renuncia, un pecado contra el Espíritu Santo, como Papa, no como hombre.

Aquí está el origen del pecado de renuncia del Papa Benedicto XVI. Y, ahora, todos se apoyan en esto que dijo el Papa para abrirse al mundo y a todas las demás religiones e iglesias, que no tienen la Verdad y que rechazan, continuamente, el don de la fe.

Por eso, viene una gran debacle para toda la Iglesia, un gran derrumbe, porque se ha quitado el edificio de la verdad en la Iglesia y se ha puesto la mentira en Ella.

Iglesia de satanás es lo que contemplamos en Roma. Hay que salir de Roma cuanto antes.

La vergüenza en toda la Iglesia

suenaslavida

Sólo existe un Dios: el Dios Uno y Trino. Tres Personas distintas en una sola Naturaleza Divina.

Y no existe otro Dios. No se da el dios de los protestantes, ni el dios de los judíos, ni el dios de los ateos, ni el dios de los budistas, ni el dios de los musulmanes, ni cualquier dios que los hombre se inventen.

El Dios de los católicos, el que forma la fe católica es el Dios de la Revelación, el Dios que enseña la Verdad a los hombres.

Y quien no quiera creer en este Dios no puede salvarse.

Es necesario creer en la Palabra de Dios que enseña que el Padre engendra a Su Hijo y que ambos producen el Espíritu Santo. Y este Misterio, revelado desde siempre, es el que no se cree hoy en la Iglesia.

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser” (Francisco).

Como Francisco, hay muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia que creen en Dios, pero no creen en la Santísima Trinidad.

Y quien no cree en el Dios Uno y Tino, tampoco cree en nada más, en ninguna verdad más, sino que sólo cree en lo que le dice su cabeza, su filosofía de la vida, su pensamiento sobre Dios y sobre el mundo.

Son muy graves esas palabras de Francisco y ningún teólogo romano las ha combatido. Y todos los sacerdotes y Obispos en la Iglesia se están uniendo, están obedeciendo a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe.

Y nadie en la Iglesia se ha destacado por enfrentarse a ese hereje. Nadie. Y lo siguen escuchando y apoyando como si no hubiera dicho nada en esa frase. Como si esa frase fuera una verdad que todos deben seguir y apoyar en sus vidas.

Hoy se combate a los Profetas de Dios, pero nadie combate a Obispos como Francisco que hacen de la Iglesia una ruina por declarar sus mentiras como verdades, que van en contra de toda la Tradición en la Iglesia, de todo el Dogma en la Iglesia, de todo el Magisterio Eclesiástico, de toda la ley divina y eclesiástica.

Es vergonzoso tener a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad sentado en la Silla de Pedro, haciendo que Roma sea una ramera de su pensamiento humano.

Porque Roma es lo que es su gobernante. Y el que gobierna Roma actualmente es un fornicador de la mente del demonio. Uno que ha hecho de su inteligencia humana la rebeldía a Cristo y a Su Iglesia.

Quien siga a Francisco en este pensamiento deja de obedecer a Cristo y comienza a obedecer en su vida al demonio.

Sólo se puede adorar en la Iglesia al Dios Uno y Trino. Los demás dioses hay que despreciarlos porque son todos una mentira para la vida de los hombres.

Y aquel que no enseñe esta verdad no pertenece a la Iglesia, sino al demonio, al pecado y al mundo.

Muchos sacerdotes y Obispos siguen con la venda puesta en sus ojos por no querer discernir la Verdad sobre Francisco y sobre la Iglesia. Tienen miedo a decir las cosas como son. A decir la verdad de forma sencilla para que todo el mundo la comprenda.

No hace falta ir a una Profecía para ver lo que es Francisco. Sólo hay que ir a él: él mismo se descubre en lo que es: un mentiroso que sólo obra su mentira en la Iglesia.

No estamos en la Iglesia para servir ni para obedecer a un hereje como Francisco. Estamos en la Iglesia para servir a la Verdad y para dar la Obediencia de la Fe en la Verdad.

Es hora de que la Iglesia se levante contra ese hereje, porque es un impedimento para ser Iglesia. Es una piedra de escándalo por su maldito pecado que no quiere quitar y que no va a quitar.

Es la clase de persona que hay que despreciar de por vida, porque sólo enseña la mentira de su pecado. Y no puede enseñar otra cosa a los hombres. Habla la mentira y obra la mentira.

Y sólo un necio, como es Francisco, puede seguir siendo lo que es en la Iglesia. Porque toda la Iglesia se ha vuelto necia, sin el sentido de la verdad, sin la comprensión de los Signos de los Tiempos en la Iglesia.

Por eso, la Iglesia, que ya no tiene la sabiduría divina para discernir la Verdad en Ella, va a sufrir el castigo que se merece por su pecado, por no haber luchado contra un hombre que se ha puesto por encima del Dios Uno y Trino en la Iglesia.

Castigo ejemplar para toda la Iglesia para que aprenda a seguir la Verdad, no la mentira camuflada en muchas verdades que dan los sacerdotes y los Obispos desde hace 50 años.

La Iglesia no es el conjunto de hombres que piensan lo mismo, que deciden lo mismo, que se unen según sus normas o leyes en la Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Y no otra cosa. Y ese Cuerpo sólo está animado por el Espíritu de la Verdad, no por los pensamientos de los hombres.

El Espíritu de la Verdad no lo puede recibir el mundo ni los hombres que tienen el espíritu del mundo en sus venas, como Francisco y los que le siguen.

El Espíritu de la Verdad sólo lo reciben los humildes de corazón, los que combaten hasta la muerte contra el pecado, contra el demonio y contra todos los hombres.

“No améis al mundo ni las cosas que hay en el mundo” (1 Jn 2, 15), porque el mundo no conoce a los hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1), y hace de la Iglesia sólo la familia de los hombres, pero nunca la familia de los hijos de Dios.

Los hijos de Dios son aquellos que se revisten de lo Alto, del Espíritu Divino, y hacen de sus vidas sólo la Obra de la Voluntad de Dios.

Los demás viven de acuerdo a sus concupiscencias y a su orgullo de la vida.

Por eso, quien no cree en el Dios Uno y Trino se llama a sí mismo anticristo, porque “niega al Padre y al Hijo” (1 Jn 2, 22), porque batalla en contra de Cristo, porque se opone a Cristo y a Su Obra, que es la Iglesia en la Verdad de Su Palabra.

Francisco niega al Padre, porque sólo lo tiene como Creador, no como el que engendra a Su Hijo. Y Francisco niega al Hijo, porque sólo es la encarnación de una idea en su mente humana.

“Quien no cree a Dios, por mentiroso le tiene, por cuanto no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado acerca de Su Hijo” (1 Jn 5, 10): “Este es Mi Hijo, escuchadlo”.

Francisco no escucha al Hijo del Padre en su corazón, no cree en las Palabras del Hijo, que son el Evangelio y, por tanto, no puede obedecer al Padre para hacer en la Iglesia la Voluntad de Dios, sino que él mismo se declara dios en medio de la Iglesia con su pensamiento. Y obra en la Iglesia sólo con su voluntad humana; no puede obrar lo divino en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco pregona que hay que dar dinero a los pobres en la Iglesia: “El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente?¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar” (Francisco).

Y este pensamiento infame de ese hombre va en contra de la Palabra de Dios, que dice: “Buscad el Reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura”.

Francisco, en la Iglesia busca su reino humano, material, carnal, natural, profano, pero no puede buscar el Reino de Cristo, que es un Reino espiritual, no humano, sagrado, santo, divino, porque dijo la Palabra hecha carne: “Mi Reino no es de este mundo”.

Francisco prefiere la añadidura que el Reino de Dios. Está más interesado en su obsesión: el dinero. Y hace caminar a toda la Iglesia hacia la riqueza mundana, carnal, humana.

Y, por eso, entran en la Iglesia los poderes del mundo. Si Francisco quiere alimentar a los pobres, entonces tendrá que buscar dinero fuera de la Iglesia, en el mundo. Y en el mundo, nadie da nada gratis. Si Francisco quiere dinero entonces el mundo quiere un trozo de poder en la Iglesia. Eso es lo que está pasando en la realidad, y que nadie ha comprendido porque no se ponen a discernir la Verdad sobre Francisco y los suyos.

Roma se ha abierto al mundo porque necesita dinero para alimentar a los pobres, para darles una felicidad a los hombres en sus vidas humanas.

Quien siga a Francisco se opone a Cristo y a su Iglesia. No se puede comulgar con el pensamiento de ese hereje. Hay que despreciar a ese hereje.

A %d blogueros les gusta esto: